el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 31 de octubre de 2010

31/ 10: WORKS: EL ARTE DE VICTOR SANTOS


Y no, esto no es exactamente un libro de comics. Es un libro sobre un autor de comics que dedica 80 de sus 224 páginas a recopilar historietas raras e inéditas del autor. No está mal. Hemos reseñado unos cuantos libros con menos de 80 páginas de historietas. Y además en esas 80 páginas hay contenido más que suficiente como para no tener que llenar tres párrafos de la reseña con data o apreciaciones acerca de todo lo demás que incluye el libro (bocetos, dibujos, ilustraciones, comentarios). Así que vale.
Pero además vale porque estamos hablando de Víctor Santos, ya casi un autor fetiche de este blog, del cual sigo decidido a comprarme todo lo que encuentre, porque no defrauda nunca. Acá hay un rejunte de lo más bizarro, de su obra más dispersa, y –salvo honrosas excepciones- lo mejor de los autores no suele aparecer en los recopilatorios de obra dispersa. Pero repasar la trayectoria de Santos desde sus inicios es una propuesta absolutamente irresistible, y que además garpa desde temprano. En un comic cortito y en joda de 2000, ya se revela como un guionista notable, capaz de mirar desde otra óptica algunos de los temas más remanidos de los comics recientes, como la autobiografía y la meta-historieta.
Su breve secuencia con el protagonista de Los Reyes Elfos no aporta nada a la colosal saga, pero está exquisitamente dibujada. Al igual que la breve historia erótica (muy softcore) en la que un elfo se enfiesta a las protagonistas de Magia y Acero, un comic de otro autor, amigo de Santos. Los chistes y tiras cómicas referidas al mundillo comiquero nos muestran a otro Santos, ácido y despiadado a la hora del gaste, capaz de ocultar su faceta de virtuoso del dibujo para que el efecto humorísitico pegue más.
Para 2006, Santos ya era un autor fundamental en el panorama del comic español, y ya genera obras maestras de cualquier temática y en cualquier formato. Las breves historias de Bulldamn City son pequeña joyas del western, dibujadas en un estilo en el que Santos ya muestra la madurez y la calidad de sus mejores trabajos, con una solidez narrativa y una magia pocas veces vista para combinar el claroscuro con las tramas mecánicas.
Casi sobre el final de la sección dedicada a los comics, vemos otras dos incursiones del ídolo en el terreno del dibujo humorístico, una de ellas escrita por Mike Carey y protagonizada por Leonardo Da Vinci. Son dos paginitas, nada más, pero con demasiado texto y poco lucimiento del dibujo. Hubiese quedado excelente con una página más. Y después, los bocetos, las ilustraciones y todo eso, ya no para leer, sino para babearse.
La evolución de Santos me asombraba desde aquellos primeros tomos llenos de historias cortas con los que me topé a principios de año, pero ahora me asombra también su versatilidad. La posibilidad de ver trabajos para Francia, para EEUU, para revistas infantiles, para fanzines, material a lápiz, entintando, coloreado a mano o con computadoras, toda esa gama amplísima de dibujos y bocetos en las que aparece firme, inalterable, la marca autoral de un tipo que sabe lo que quiere y que –queda clarísimo al hojear este libro- lo supo casi desde que comenzó su carrera.
Con esfuerzo y constancia, Santos adquirió los elementos para que eso que él quería hacer se plasmara cada vez mejor en sus trabajos publicados, y hoy es un tanque imposible de detener. Descubrir sus trabajos más raros también es deleitarnos con lujos, caños, tacos y sombreritos que no conocíamos y ver sus bocetos es como ver a ese mago enmascarado que explica los trucos alucinantes de los otros magos: sopresa y placer en dosis muy similares. Cuando un Santos viene marchando, los fans nos paramos a un costadito a aplaudir.

sábado, 30 de octubre de 2010

30/ 10: NEW X-MEN Vol.6


Tarde pero seguro, conseguí el tomo que me faltaba para completar los New X-Men de Grant Morrison, una de las joyas más conspicuas en la corona de la dupla Bill Jemas-Joe Quesada al frente de la tercera Era de Oro de Marvel. Esto lo leyó muchísima gente en la época en que ConoSur editaba Marvel en Argentina, y no faltó el boludo que me contara (supongo que sin querer) lo que Morrison nos revela al principio de este libro: el copado y pacifista Xorn no es otro que Magneto (con una sóla t), que zafó de la muerte por enésima vez y vuelve más malo que nunca a aniquilar de una vez y para siempre a la raza humana, en venganza por el genocidio con el cual empezaba el primer tomo de New X-Men y que le costara la vida a 16 millones de mutantes.
El plan de Magneto para sacarse de encima definitivamente a los X-Men es brillante. Pero lo más brillante es por qué fracasa: los jóvenes no creen en él. Lo vieron morir y volver tantas veces que desconfían de que sea el verdadero Magneto. Lo respetan más como ícono para lucir en las remeras que como líder. Y no se les mueve un pelo con los gestos grandilocuentes y las declaraciones pomposas, a las que el Sapo (eterno esbirro del amo del magnetismo) define a la perfección como “chamuyo shakespereano”. ¿Desde cuándo tener una buena educación y un vocabulario vasto se conviertieron en impedimentos?, dice un Magneto que –como tantos villanos grossos de los comics- vive demasiado lejos de la gente como para aspirar a gobernarla.
Ahí Morrison termina de redondear su idea: esto es NUEVO. Los mutantes jóvenes (como los lectores jóvenes) quieren otra cosa. Si tu chamuyo atrasa 40 años, fracasás, aunque seas Magneto, Malcolm X o el Che Guevara. Y lo mismo para el comic: la fórmula de Stan Lee no corre más, la de Chris Claremont tampoco. De eso se trata New X-Men: de re-imaginar a los mutantes (en el funcionamiento de sus poderes, en su relación con los humanos, etc.) para el Siglo XXI, sin barrer lo previo bajo la alfombra (eso lo hace Mark Millar en Ultimate X-Men y también la rompe) pero pensando siempre para adelante, a futuro.
Lo cual también queda bastante claro si vemos que el elenco de secundarios de esta serie está compuesto casi exclusivamente por mutantes jóvenes, alumnos de la escuela de Xavier a los que nunca habíamos visto antes (y a los que no sé si veremos después). Para los seis protagonistas (el Profe, Cyclops, Jean Grey, Beast, Emma Frost y Wolverine) Morrison no escatima sacudones ni momentos memorables, pero el laburo que hace para construir a estos nuevos personajes es realmente notable. Y como siempre en la obra del escocés, tenemos esas vueltas de tuercas alucinantes al tema de los superpoderes, que acá llegan a niveles cósmicos. Las cosas que hacen Magneto, Jean o el Profe con sus poderes, la regeneración de Wolverine tras ser carbonizado a nivel molecular por el propio poder de Phoenix, todo está más allá de lo imaginable, incluso por el que leyó muuuucho comic de superhéroes.
Por el lado del dibujo, después de varios tomos en los que metían mano varios artistas, este se lo puso al hombro el siempre grosso Phil Jimenez y se lo bancó de punta a punta en un gran nivel. Como en The Invisibles, la química Morrison-Jimenez funciona al palo y hay que esforzarse para pensar que esto está imaginado por más de una persona. Jimenez entiende dónde tiene que acentuar el power, dónde bajar un cambio y dónde apostar fuerte por la emotividad, y eso no tiene precio, porque logra páginas de altísimo impacto sin caer en la onda pochoclera ni en la estridencia al pedo.
New X-Men demostró que los conceptos más baqueteados, remanidos y sobre-explotados también pueden resucitar (como Phoenix) de la mano de un autor que se tome la molestia de re-pensarlos. Y que sea un genio, claro, porque a más de un verdulero no se le hubiesen ocurrido ni media de las ideas de Morrison, ni fumándose los pelos del sobaco de Swamp Thing…

viernes, 29 de octubre de 2010

29/ 10: LA FABRICA


Hace un tiempo, cuando me tocó comentar otro trabajo de Alejandro Farías, aclaraba que ese sabor pochoclero era atípico en la obra de este guionista, generalmente más volcado a historias más comprometidas, de mayor impronta autoral. Farías (para los que no lo oyeron nombrar) es un tipo muy joven, que con apenas 32 años ya incursionó en el mundo de la ópera, de la literatura, la poesía y por supuesto la historieta, en el doble rol de guionista y editor. Ejemplo destacado (aunque no tan promocionado) de esa camada surgida del under de fines de los ´90, Farías es un autor versátil, que puede escribir humor, drama, aventura, slice of life o mezclas limadas entre varias cosas. Y además escribe muy bien y sabe jugar en equipo: todas sus historias están potenciadas por los dibujantes con los que colabora, y se nota que estos la pasan bien, que se sienten estimulados por los guiones de Farías para no guardarse nada, para brindar lo mejor.
En La Fábrica, Farías más que un equipo arma una tropa. A lo largo de las siete historias del libro, lo vemos trabajar con siete dibujantes distintos… pero distintos de verdad, con improntas visuales propias y originales. Las siete historias comparten la misma ambientación (esta fábrica crepuscular y sórdida en la que los obreros tienen cabezas de animales) y un cierto clima opresivo, pero no mucho más. Cada una de las siete, además de distinto color gráfico, tiene un tono propio. A veces más dark, a veces más grotesco, a veces más romántico, a veces más onírico… no hay dos historias parecidas y eso es lo que hace tan rico a este microverso que nos proponen Farías y sus secuaces.
Ojo, no son todas excelentes. La primera historia (basada en un cuento de Jorge Accame) termina donde uno no quería que terminara, con varios puntos importantes por aclarar o desarrollar un poco más. El dibujo de Carlos Aón es excelente, pero el conjunto no termina de cerrar. Y la otra que tiene alguna falla es la tercera (también, maravillosamente dibujada por Pablo Vigo), ya que la secuencia más importante de la trama está presentada de modo demasiado ambiguo, demasiado propenso a la confusión. Las otras cinco, en cambio, son historias redondas, sin fisuras, llenas de situaciones impactantes y de personajes convincentes.
La segunda, dibujada por el impresionante puntano Rodrigo Terranova, es malignamente genial. La cuarta pega unas vueltas de tuerca impredecibles a un esquema ya conocido y nos revela a Karlo Lottesberger como un dibujante exquisito y fascinante, pero que además la descose a la hora de narrar. La quinta, dibujada por el ascendente Matías San Juan, es enfermiza y perturbadora, profunda y conmovedora. La sexta, dibujada por el versátil Leo Sandler, es jodida, sórdida y violenta, un desgarrador canto a la mala leche. Y para cerrar, una última joya, una historieta brillante, de gran vuelo poético que justificaría por sí sóla la compra del libro. La dibuja ese monstruo imparable llamado Marcos Vergara (el de Cena con Amigos, ¿te acordás?) y probablemente sean las mejores 10 páginas que dibujó en su carrera, lo cual es decir muchísimo, porque Vergara lleva más de cinco años produciendo mucho material a un nivel altísimo.
En esta fábrica trabajaron ocho bestias de la historieta argentina actual. Como los tipos que fabrican autos o golosinas, ninguno es estrella, todos están ahí en función del conjunto. Bajo la batuta de Farías (el capataz), todos se desempeñaron con solvencia y aportaron lo suyo para que el producto destile talento, calidad y la incomparable sensación de estar leyendo algo que no se parece a nada de lo que leíste antes. Seguro hicieron horas extras, porque el resultado está muy por encima de las expectativas más exigentes. Aumento de sueldo para todos ya, sin esperar las paritarias.

jueves, 28 de octubre de 2010

28/ 10: SHOWCASE PRESENTS METAMORPHO


Otro trip a la bizarreada sesentosa de la mano del increíble Bob Haney. ¿Qué fumaba ese muchacho?, me pregunto una y otra vez cuando leo sus historietas… Esta serie tiene una gran ventaja sobre muchas de sus contemporáneas: está escrita claramente en joda. No para chicos, en joda. Hasta hay una parodia a la saga de Galactus y el Silver Surfer! Metamorpho habla con giros “cancheros” de la época, las personalidades de Sapphire, Simon Stagg y Java están exageradas a propósito y ellos mismos ironizan acerca de las situaciones extremas y limadas que les toca vivir.
También te das cuenta de que no es para chicos porque la franela entre Metamorpho y su novia es intensa y casi softcore, y porque el Hombre Elemento se la pasa explicando en qué elementos se transforma y qué propiedades tiene cada uno. O sea que si no pasaste por la secundaria y te familiarizaste mínimamente con oxidaciones, valencias, átomos y reacciones, toda esa perorata te deja de garpe y te aburrís por más divertidas que sean las peripecias. Esa manía de los héroes de los ´60 de explicar qué poder estaban usando, cómo y para qué, se dejó de usar en los ´70 y cuando Metamorpho recobró cierta chapa en los ´80 (en los Outsiders), ya nos lo presentaron como un tipo más básico, más cabeza, incapaz de memorizar los nombres de más de tres o cuatro elementos de la tabla periódica.
Otro rasgo que se pierde es el de la faceta científica de Simon Stagg. Cuando reaparece en los ´80 es un magnate ingenioso e inescrupuloso, pero no el científico hiper-pulenta que en la serie original rivalizaba con un Lex Luthor o un Will Magnus. Y lo otro que se barrió abajo de la alfombra fueron los villanos. A lo largo del tomo aparecen unos 10 villanos y ninguno vuelve, ni en esta serie ni en ninguna otra. Obvio, ninguno tiene chapa, pero los guionistas de los ´80 rescataron a cada impresentable, que uno más no costaba nada. Por suerte, dentro de su propio elenco de secundarios nuestro freak favorito tiene a Stagg y a Java, que más de una vez juegan el rol de villanos, o por lo menos ponen en riesgo la vida de Metamorpho en pos de algún fin poco altruista.
Haney maneja muy bien la dinámica entre los cuatro personajes centrales y esta se deteriora un poco cuando mete a un quinto, la ignominiosa Element Girl (¿o creías que la habia inventado Gaiman?). Lástima las aventuras, que son simplonas y están estiradas. En ese entonces los comics de DC tenían 25 páginas por episodio y las ideas de Haney no daban ni para 18, entonces llenaba con peripecias boludas e inverosímiles.
Por suerte en los primeros números tooodas esas bizarreadas están dibujadas como los dioses por Ramona Fradon, una grossa que mezclaba con mano maestra trazos de Frank Robbins con yeites de Will Eisner. Cuando se va, Sal Trapani trata de imitarla, pero no es lo mismo. Y en los números que no dibujan ni Ramona ni Trapani, agarrate porque sufrís de verdad.
Extrañas, irónicas, con muchos chistes y juegos de palabras, totalmente desconectadas del resto del Universo DC, las primeras aventuras de Metamorpho tienen esa onda festiva y sin mayores consecuencias, como las de los Metal Men pero mejor dibujadas. Si sos fan del personaje de la época de los Outsiders o la Justice League Europe, acá lo vas a encontrar bastante cambiado, pero también bastante interesante. Esto no es una joya, ni una piedra fundacional del DCU, pero en el contexto de la joda y la bizarreada está bueno, y cuando dibuja Ramona Fradon se vuelve delicioso.

miércoles, 27 de octubre de 2010

27/ 10: HISTORIAS DEL BAR Vol.1


Si alguna vez te preguntaste de dónde sacaron tanta chapa Carlos Sampayo y José Muñoz, por qué se los cita siempre entre los mejores artistas que tiene este medio y por qué su influencia atraviesa como una lanza endemoniada la obra de centenares de autores de todo el mundo, este libro ofrece un montón de respuestas a esas preguntas. Son cinco historias, todas realizadas en aquel período mítico de la historieta para adultos, el que arranca en la segunda mitad de los ´70 y llega hasta la primera mitad de los ´80. Es la época en la que todo es nuevo, en la que cuaja la amalgama y aquello que a fines de los ´60 era medio experimental, volátil, caótico y en un punto producto de una moda, pasa a ser algo serio, real, palpable, sustentable (un tiempito) y con un impulso hacia adelante que parecía irrefrenable.
En ese contexto, la dupla Muñoz-Sampayo se juega una carta brava: desplazar del foco a Alack Sinner y contar historias de gente común en la que los elementos detectivescos o policiales no fueran el hilo conductor de las tramas. Así aparece un subgénero poco explorado hasta ese entonces en Occidente, un ancestro del slice of life al que podríamos llamar “drama urbano” y que se parece bastante a lo que en la misma época (e incluso un cachito antes) hacía en Japón el sensei Yoshihiro Tatsumi.
Los cinco guiones de Sampayo son realmente excelentes. En el primero, un chico latinoamericano que en su país era arquitecto y en New York trabaja de lavacopas se hunde en el pantano de la desesperación y la violencia luego del encuentro fortuito con una mujer que lo acosa, lo enloquece y lo humilla. El segundo nos muestra la sincera y profunda amistad que entablan dos hombres solitarios, cincuentones y de buena posición, y tiene un final absolutamente shockeante y perturbador. En la tercera tenemos de protagonista a otro perdedor, Moses Man, un muchacho judío que pasó de chico pobre a multimillonario campeón mundial de boxeo y, tras su estruendosa caída, tiene la chance de ganarse unos mangos si acepta la propuesta de una especie de Martín Karadagián que le ofrece armar una lucha medio farsesca. La cuarta historia gira en torno a otro amor obsesivo y condenado a la desventura, entre una fotógrafa blanca y un médico negro, y también tiene un final imprevisible e impactante. Además hay cameos de los protagonistas de las tres historias anteriores (truquito luego repetido en muuuchas obras posteriores) y es la única en la que no muere nadie. Y la quinta nos cuenta otra historia de amor desesperado, entre dos chicos hijos de comerciantes judíos, que degenera en un grotesco de tremenda crueldad.
El bar en sí es importante sólo en la primera historia y después es apenas un punto de referencia por el cual los personajes pasan, como pasás por cualquier otro lado. El verdadero protagonismo se lo lleva la ciudad, o en realidad las miserias y angustias de la vida en la ciudad. Sampayo se juega a desgarrarte el alma con sus losers deshauciados y sus historias de desamor y la ciudad le brinda el marco ideal y le guiña un ojo cómplice.
El dibujo de Muñoz pega un salto importante entre el primer y el segundo episodio y ahí ya salta en el famoso trampolín al carajo. Acá están todas esas cosas que definen el estilo del genio del claroscuro: las lagunas de tinta negra, las arrugas que parecen tajos, las multitudes caóticas que hablan en varios idiomas distintos, los gotones de transpiración, las secuencias oníricas pasadas de rosca, el expresionismo en carne viva.
Hubo un tiempo que fue hermoso en el que esto no era clásico, era vanguardia, era un camino nuevo. Un camino al que Muñoz y Sampayo volvieron, laburaron (a tal punto que la serie de Sinner viró hacia la estética y la temática de estas historias) y terminaron por convertir en una autopista a la que después se subió cualquiera. Si te tenés que comprar un sólo libro de la dupla (fuera de la saga de Sinner, que es TODA imprescindible), jugate por este, de una.

martes, 26 de octubre de 2010

26/ 10: REX MUNDI Vol.3


Ah, qué mala leche! Tengo que dejar de leer esta serie en este tomo, porque me falta el Vol.4… y justo se puso grossa! En realidad ya venía grossa, pero ahora levantó un montón y empezaron a pasar un montón de las cosas que se venían cocinando a fuego lento en los dos tomos anteriores. Es como si acá el guionista Arvid Nelson hubiese puesto tercera y acelerado, pero no de golpe. Todo sigue un curso sumamente lógico y –fiel a la onda de la serie- hay secuencias larguísimas de gente que habla, analiza, investiga, rosquea, decodifica mensajes cifrados y debate teorías estrafalarias. O sea que “acelerar” en este caso no es volcarse a una sucesión vertiginosa de persecuciones, tiros, trompadas y demás elementos del comic de acción. Los eventos que se aceleran, al tener que ver con la política y la religión, se aceleran despacito, respetando el protocolo.
Y la verdad es que la trama se pone muchísimo más interesante, totalmente adictiva. Nelson hizo los deberes: el tipo sabe de lo que habla y lo adorna con un contexto político ficticio, en el que la faceta aventurera de la obra cobra mucho más sentido. Ya para este tomo, a Rex Mundi le empieza a pasar lo mismo que a Scalped (la otra adicción que padezco hoy en día): el villano tiene tanta chapa, que la historia gira cada vez más en torno a él. Si en el próximo tomo es boleta el Doctor Sauniére, la historia puede seguir casi sin sobresaltos, pero sin el Duque de Lorraine, nos vamos al descenso directo con Quilmes.
No quiero contar detalles del argumento, porque sueño con que muchísimos de los que leen estas reseñas terminen por comprarse (o bajarse) estos comics y leerlos, y realmente les cagaría la vida si les contara cómo y hacia dónde avanza la procelosa investigación de Sauniére, las teorías que baraja, la data que descubre para sostener esas teorías y las movidas que orquesta el Duque de Lorraine para convertirse en –como lo indica el nombre de la serie- Rey del Mundo. Posta, esto hay que leerlo. La primera mitad de la serie sembró tantas y tan buenas puntas, que si la segunda no derrapa para el orto, vamos a estar seguro ante un comic fundamental.
Acá también debuta el dibujante que se va a cargar al hombro toda la segunda mitad de Rex Mundi: el cordobés Juan Ferreyra, que aparece en los dos últimos episodios de este tomo. Los dos primeros episodios marcan la despedida de Eric J, junto a su increíble colorista Jeromy Cox (que lo levantaba a full). Probablemente sean los dos números mejor dibujados por Eric, pero bue, pidió el cambio y se fue. Lo reemplazó dos numeritos Jim Di Bartolo, con un estilo más suelto, más orgánico, con más protagonismo de las texturas que del color en sí, y finalmente llegó Ferreyra, cantando cuarteto y tomando fernet, y se convirtió en el dibujante definitivo de la serie. Ferreyra es un dibujante raro: académico, correcto y realista hasta el extremo, pero capaz de zarparse y jugarse por planos extremos y secuencias de acción de alto impacto. Además maneja un tratamiento muy personal del color, más expresionista, más al servicio de los climas de la historia. Sumémosle una puesta en página ágil, novedosa, en la que jamás repite una grilla monocorde, y estamos ante un grosso cuyo aporte a Rex Mundi seguro va a ser fundamental.
Lo dije pero lo repito: Si te ceban las conspiraciones milenarias, el tema del Santo Grial, esas teorías que exploran las diferencias no muy sutiles entre lo que cuentan los curas y lo que realmente fue la vida de Cristo (y su descendencia!), Rex Mundi te va a partir el cráneo a niveles dignos de El Péndulo de Foucault. Y si no, la podés leer como un buen thriller detectivesco con bastante runfla política y un componente menor (pero recontra-atractivo) de fantasía y machaca. Quiero YA el Vol.4!

lunes, 25 de octubre de 2010

25/ 10: LA DAMA DE LAS NIEVES


Y un día me senté a leer con onda un manga de CLAMP. Hace mil años, cuando los editó Ivrea, leí el primer tomo de Sakura (que me pareció un bochorno, pero bien dibujado) y el primero de Clover (que se pasaba un poco de vanguardista, pero mostraba la sana intención de apuntar a algo distinto, por afuera de las fórmulas recontra-trilladas por los greatest hits).
Ahora caí en este tomo, que tiene un prólogo a todo color y un epílogo que funcionan como una especie historia en dos partes. Las dos muestran un nivel de dibujo muy, muy interesante, de gran lirismo y atractiva planificación, pero con un guión chiquito, redundante y que, más allá del vuelo poético, deja gusto a poquito. Igual se te impregna en las retinas, porque las imágenes son muy potentes, sugestivas y hermosas para contemplar.
La primera de las tres historietas “centrales” es la más larga y además la mejor. Está bien dibujada, tiene un clima fabuloso de leyenda, de cuento de hadas medio dark, y si se le puede cuestionar algo al argumento, son cosas de las que habitualmente le cuestionamos a todas las historias míticas o legendarias, no un problema de las CLAMP. El Colmillo del Lobo es una historieta intensa, de gran despliegue visual y enorme emotividad que demuestra que en 48 páginas también se puede contar una gran historia, por más que vivas en Japón.
La Flor del Hielo, en cambio, fracasa estrepitosamente. A ver: si dos personajes recuerdan una tragedia que se narra en una leyenda, ¿vale que el desenlace trágico de la historia sea EXACTAMENTE el mismo que de la leyenda? ¿Para qué están los personajes? Era más fácil adaptar al comic la leyenda, con los personajes originales y listo, no? El dibujo, de nuevo, es espectacular, con una estilización notable (sobre todo en los cabellos de las mujeres, que parecen cobrar vida), el clima es muy lindo, pero el guión hace agua (helada) por todos lados.
Y cerramos con Las Dos Garzas, otra historia con clima de fábula dark, muy emotiva y con un giro inesperado en el final, pero en la cual algunos tropiezos en la narrativa hacen que el desarrollo se haga largo al pedo y que las sorpresas no impacten tanto como deberían. El dibujo, de nuevo es inobjetable. Como las historias transcurren en la nieve, las CLAMP se ven en problemas a la hora de balancear las inmensas masas blancas, y por eso inventan todos esos truquitos alucinantes con los pelos de las minas, que se convierten en masas negras. Pero en esta historia no hay de eso, y el recurso con el que zafan es la incorporación de una gama de grises muy bien trabajada, que le aporta sofisticación al dibujo y que efectivamente, sirve para que la página no parezca una gigantesca hoja en blanco con tres tracitos chotos. En el epílogo también, los grises aportan muchísimo a la faz gráfica.
En síntesis, historietas dibujadas con mucha onda por artistas con una fuerte impronta personal, con altibajos en los guiones, con hermosos climas y 48 páginas, las de El Colmillo del Lobo, que justifican ampliamente la compra del tomo, sobre todo si (como yo) lo encontrás barato. No me hice fan de CLAMP, pero lo disfruté como para citarlo como ejemplo de que cuando quieren, incluso los mangakas más asociados con la voraz mecánica del hitazo-que-apela-al-mínimo-denominador-común pueden producir material de gran nivel.

domingo, 24 de octubre de 2010

24/ 10: SCALPED Vol.3


Sí, sí, me vuelvo a entregar a las garras de este vicio perjudicial para la salud y maravilloso para la vista y la mente llamado Scalped.
Después de la inolvidable noche de inauguración del casino (que vimos desde seis ópticas distintas en el libro anterior) se viene necesariamente un tomo más tranqui, más de pre-temporada. En este caso, todo se centra en la investigación del asesinato de Gina Bad Horse, la madre de Dash, nuestro “héroe”, quien en su juventud fuera muy amiga del hoy cacique Red Crow para luego convertirse en una activista a favor de las tradiciones indígenas y en contra de las espurias movidas de su antiguo amigo y ocasional amante. Y acá los roles se terminan de invertir. Al supuesto “bueno” el asesinato de su madre le chupa un huevo, la mitad del otro y el 62% de la poronga. Mientras que al “malo” se lo ve genuinamente dispuesto a remover cielo y tierra con tal de que la muerte de Gina no quede impune. ¿Qué hay detrás de todo esto y quién mató a la mamá de Dash? Hay que esperar hasta el próximo tomo para averiguarlo...
¿Cómo se sostiene un tomo de más de 130 páginas centrado en la investigación de un crimen que no llega a resolverse? El asombroso Jason Aaron tiene algunas respuestas bastante convincentes: 1) el primer episodio es un originalísimo recuento de lo sucedido hasta ahora, el famoso número jump-in para enganchar nuevos lectores, dibujado como los dioses por John Paul Leon. 2) el último episodio (dibujado por Davide Furnó) le da infinita chapa a un personaje hasta ahora muuuy secundario, el oficial Falls Down, quien se acerca peligrosamente a la verdad sobre la muerte de Gina. 3) A lo largo de los otros cuatro episodios, hay una segunda línea argumental que tiene que ver con el asesinato de una prostituta y las consecuencias: Dash, a cargo de la investigación, se va a encariñar con uno de los hijos de la puta muerta, y por supuesto eso sólo puede terminar muy mal, porque Aaron no se va a perder la oportunidad de recordarnos que esta es la serie más sórdida y jodida de todos los tiempos. 4) La línea central, la de Red Crow jugado a todo o nada por descubrir al asesino de Gina, se enriquece con algunas secuencias de diálogos muy extensas pero terriblemente grossas, y con la entrada en escena de Mr. Brass, un enviado de la familia mafiosa china asociada a casi todas las matufias ilegales del cacique, que –sospecho- de a poco va a ir cobrando más peso en la trama. Entre todos estos elementos, los seis episodios que contiene el TPB se pueblan de una cantidad más que suficiente de escenas memorables, violentas, desgarradoras, difíciles de digerir. Prácticamente no aparecen Carol y Catcher (que pisaban fuerte en los tomos anteriores) y pierde un poquito de protagonismo Diesel, que la vez pasada la rompió. Cada vez más, Red Crow se convierte en el eje en torno al cual gira absolutamente todo lo demás.
R. M. Guéra, el serbio a cargo del arco principal del libro, sigue prendido fuego y lo suyo ya no se puede creer. El tipo se encarga de que la violencia duela y pegue fuerte. El único bajón es el color, a cargo de Giulia Brusco, que por momentos desentona mal con los climas que plantean tanto Aaron como sus dibujantes. Pero Scalped no baja de la pila de las series fundamentales. El coordinador, Will Dennis, con el que conversé bastante estos días en Rosario, dice que la revista vende poco (los libros no) pero que difícilmente se cancele la serie gracias a la gran repercusión que logra entre los críticos y los artistas. Sumate vos también a los que la ovacionan de pie (y la compran), así tenemos Scalped para rato.

sábado, 23 de octubre de 2010

23/ 10: GUY GARDNER: COLLATERAL DAMAGE



Bueno, una de cal y una de arena… En esta mini de dos libritos prestige, el siempre vigente Howard Chaykin recupera al Guy Gardner que a mí más me gusta: el tipo jodido, egocéntrico, pajero, violento y absolutamente irrespetuoso. Este es el Guy de los primeros números de la Justice League de Giffen y DeMatteis, un zarpado con la peor onda, que se caga en todo y en todos. No sólo en G’Nort (como todo el mundo), sino también en los Guardianes, en los otros Green Lanterns, y hasta en la paz del cosmos.
Una paz que se ve amenazada por las profundas consecuencias que genera la larga guerra entre Rann y Thanagar (excusa con la cual DC nos infligió una serie cuasi-infinita de sagas espaciales, una más chota que la otra), y que tienen como primeras víctimas a los habitantes de Gnewt, el planeta de G’Nort, que son virtualmente exterminados por una raza tremendamente maligna y poderosa, los Tormocks. Y acá el argumento se enreda al pedo. Por un lado, a alguien se le ocurre la disparatada idea de que Guy haga las veces de mediador entre Rann y Thanagar para tratar de acercar posiciones y evitar otra masacre. Guy acepta sólo porque se quiere enfiestar con las dos emisarias de ambos planetas. Hasta ahí, la trama no tiene mayor sentido, pero por lo menos cierra. Hasta que aparece una segunda línea argumental: los Tormocks que devastaron Gnewt se proponen ahora un nuevo genocidio, esta vez para aniquilar a los últimos vuldarianos. ¿Sigue habiendo vuldarianos? Para mí, cuando a Guy le dieron los poderes de Warrior, él era el último… pero por ahí me equivoco. Lo cierto es que Guy DETESTA a los vuldarianos, porque invadieron su cuerpo con sus genes. ¿Por qué va a ayudarlos? Porque los Tormocks le rompen una pared de su bar temático, Warriors.
A ese nivel de sencillez, rayano en la pavada, llegan los razonamientos que guían esta trama. Y si no es un desastre, es porque Chaykin escribe al Gardner que más me gusta leer y llena los diálogos con chistes zarpados y groseros, muy, muy graciosos. Son 96 páginas y podrían ser 64, pero la estiradita es lo que menos jode. Otra cosa que tira para atrás es la caracterización de G’Nort. Okey, su planeta acaba de ser devastado por unos genocidas cósmicos, pero ¿eso lo hizo inteligente de golpe? ¿Eso le da la capacidad de responder a las agresiones de Guy con ironías, o de discutir con el pelirrojo de igual a igual? Nah, no jodamos. G’Nort sólo funciona como alivio cómico, como el subnormal que se manda cagadas y genera situaciones desopilantes. Chayin mete una o dos, pero más que situaciones son diálogos, secuencias mínimas. Y además en un momento se cansa de dibujarlo con rasgos perrunos y le pone una cara de murciélago, medio monstruosa, que no tiene un carajo que ver con nada.
El dibujo del ídolo, por suerte, está en su excelente nivel habitual. La narrativa perfectamente cuidada, la acción bien plasmada y en los momentos justos, grossos diseños de naves y uniformes militares de las distintas razas y el fan service para geeks que cualquier autor debe brindar cuando le toca dibujar muchas escenas en un bar temático dedicado a los superhéroes. La colorista Michelle Madsen, sin entrar ni por casualidad en el panteón de los grandes coloristas de Chaykin, cumple muy decorosamente con una tarea muy complicada, por los constantes cambios de locación, de clima, de tono y –por supuesto- el tema de los rayitos de colores, donde muchas veces los coloristas resbalan.
Si te subiste a la onda verde con todas las movidas recientes centradas en los Green Lantern, esto no te va a interesar. Si venías cebado con la guerra Rann-Thanagar, en una de esas sí, pero acá no se resuelve nada. Ahora, si sos fan de Chaykin, o del Guy Gardner intratable y desagradable, esto seguro te va a hacer pasar un lindo rato.

viernes, 22 de octubre de 2010

22/ 10: WESTERN


Uia, otra historieta perfecta! Guión redondísimo, dibujo inobjetable, ritmo, onda, vueltas de tuerca impresionantes y la extensión justa para no aburrir. Así da gusto leer cualquier cosa, incluso si no sos fan del género (que es el western, como su nombre lo indica).
Convengamos en que para apostar a una obra autoconclusiva escrita por Jean Van Hamme y dibujada por Grzegorz Rosinski no hace falta ser un valiente de esos que saltan de casa en casa por los techos, se meten al río donde hay pirañas o se miren dos bloques enteros de Impacto Chiche. Estamos hablando de la dupla responsable de la fundamentalísima serie Thorgal y que la otra vez que se mandaron un tomo unitario produjeron una Obra Maestra del Noveno Arte, conocida como El Gran Poder del Chninkel, una de las mejores novelas gráficas de los ‘80. En una de esas, Western no está al nivel de El Gran Poder… pero claro, casi nada lo está.
La trama de Western nos sitúa en las peligrosas planicies de Wichita, en 1868, pero a partir de ahí pegará varios saltos temporales, para contarnos la vida de Nate, un chico bravo, pícaro y trágico a la vez, que tendrá que ingeniárselas para sobrevivir sin padres, sin un mango y más adelante, sin un brazo. En el medio protagonizará peripecias intensas, participará de engañifas y runflas de notable elaboración, ganará más enemigos que dólares y sufrirá una historia de amor condenada al desencuentro. Nate será héroe y forajido, guardián de la ley y mentiroso contumaz, ídolo de todo un pueblo y bastardo de improbable redención. Con el correr de las páginas, los autores logran que uno se encariñe con el personaje y aliente la remota chance de que Nate va a terminar más o menos bien, a pesar de todo. Pero los buenos westerns, como el oeste mismo, son crueles con sus protagonistas y poco antes del final a Nate se le viene la noche. Después, y a modo de epílogo, vendrán nuevas vueltas de tuerca sorprendentes y todo terminará de cerrar. No quiero contar más del argumento, porque hay muchas sorpresas y muchas emociones que no te quiero cagar si algún día (en lo posible hoy mismo) decidís leerlo.
El dibujo del polaco Rosinski está más allá del bien y del crack. Imbatible en el dibujo realista, infalible en la documentación histórica, implacable en las expresiones faciales y los climas, Rosinski es un monstruo de esos cuya existencia no se termina de explicar. Por si todo eso fuera poco, entre las distintas secuencias de la vida de Nate, el polaco intercala cuadros, que ocupan dos páginas, pintados en óleo sobre telas. Cuadros que se mega-merecen ser expuestos en cualquier museo de artes plásticas y en las que Rosinski muestra una vertiente más impresionista, más preocupado por los climas que por la representación. Majestuoso de verdad.
Este álbum hay que tenerlo, de una. En 64 páginas te enamorás del dibujo, del guión, de los protagonistas y hasta de una temática que no suele ser la más popular en la historieta actual, pero que en manos como las del belga y el polaco, brilla como en su mejor momento.

jueves, 21 de octubre de 2010

21/10: IN MY DARKEST HOUR


Wilfred Santiago es un autor portorriqueño que vive en EEUU y que suele aparecer en las antologías de Fantagraphics con historias cortas de todo tipo y tenor. Cada tanto, la editorial de Seattle le publica una novela gráfica, pero rara vez repercute, gana premios o vende una cifra razonable de ejemplares. Lo cual resulta una injusticia casi agraviante, porque este tipo es un maestro, con CAPO con todas las letras.
En esta novela gráfica, Santiago nos cuenta un slice of life típico, pero no por eso menos asombroso. Omar es un tipo que ya pasó los 30, que luce una buzarda importante y que jamás terminó sus estudios, con lo cual está virtualmente condenado a laburos chotos y mal pagos. Tiene una relación con Lucinda y de a ratos está todo bien, pero eso no le impide jugarle fichas a tres minitas más que lo calientan, con resultados bastante lamentables (onda “seamos amigos”). En algún punto la propia mediocridad de Omar le va a empezar a activar a Lucinda ciertas alarmas que las mujeres tienen incorporadas y la onda entre ambos se deteriorará para dejar paso al intercambio de facturas (no precisamente de dulce de leche) y la posterior ruptura.
Ahí la historia cambia de ambientación y de elenco, porque Omar deja los suburbios de Chicago para probar suerte en New York. Pero le va muy mal y tiene que volver, con la frente marchita y algunos kilos menos, producto del alto costo de la birra en la Gran Manzana y de las largas caminatas buscando laburos que nadie le da. La vuelta al barrio no es fácil y el final feliz no llega nunca. El climax tampoco. La obra no tiene nada parecido a un climax. Todo es pachorro y mediocre, como Omar, y avanza cuando no le queda más remedio, como Omar.
En el medio, estalla el delirio. En breves e inconexas secuencias oníricas, que nos muestran los sueños de Omar, el Santiago tranqui y parsimonioso le deja espacio para lucirse al Santiago virtuoso, a un genio del descontrol gráfico que pela unas imágenes escalofriantes, dignas del mejor Dave McKean. Tipografías, texturas, las más variadas técnicas pictóricas, los más delirantes efectos de Photoshop, todo junto y sin frenos, a matar o morir. Pero guarda, que el Santiago tranqui también la descose: en un estilo donde se encuentran Ted McKeever, Ho Che Anderson (amigo y ocasional colaborador del autor) y los dibujantes españoles vanguardistas de los ’80, Santiago pilotea con elegancia y onda todas las escenas de gente que habla, fuma, chupa o coge cuando no está trabajando, o incluso cuando está trabajando. La mezcla es rara, pero efectiva y la verdad es que, si bien pasa poco, no podés parar de leer hasta el final.
Por ahí las otras novelas gráficas de Wilfred Santiago son mejores. Realmente no lo sé, porque esta es la primera que consigo. Pero me parece que recontra-alcanza para poner a este autor en el mapa de los narradores interesantes, intensos, con algo para decir y a los que vale la pena seguir. Si sos fan del slice of life, tirate de cabeza. Si querés descubrir a un gran, gran autor injustamente poco conocido, también.

miércoles, 20 de octubre de 2010

20/ 10: TARZAN Vol.9


Otra vez en bolas y a los gritos…
Para este tomo, el maestro Burne Hogarth ya se acerca peligrosamente a su mejor momento. Le falta zarparse un poquito más, sublevarse a esa grilla de 12 cuadros idénticos que se repite demasiadas veces y jugarse a narrar un poco más con la imagen, que muchas veces es apenas una ilustración redundante respecto de lo que ya nos contaron los textos. Se viene el estallido y Tarzan empieza a aparecer en poses cada vez más jugadas en las que el aplastante dominio de la anatomía por parte de Hogarth se empieza a lucir muy por encima del de sus pares de aquel entonces (y estamos hablando de nenes de pecho como Harold Foster y Alex Raymond, que conste). En un par de tomos, esto que empezó volando bajito se va a convertir en una orgía visual a la que ningún fan del dibujo realista se puede resistir.
Pero, ¿llego a comprarme dos tomos más? Digo, ¿resistirá mi estómago la lectura de dos tomos más? Porque la verdad que para los que leemos los comics por los guiones, esto es un sacerdocio. Okey, en este tomo Tarzan no asume el liderazgo de ninguna manada de monos tras vencer en combate al más poronga, pero el resto… ma-mita! No mejora nada! La primera aventura es muuuy larga (tanto que empezó en el tomo anterior) y se centra en un villano, el avechuchesco Klaas Vanger, que hace las mil y una para quedarse con la casa de una familia de colonos holandeses, bajo la cual hay una mina de diamantes. Por supuesto, Tarzan se encargará de que sus planes fracasen una y mil veces hasta que uno de los colonos, el grandote Carlus, será quien termine de una vez con el garca con cara de garca.
En la segunda aventura, Tarzan entrará en contacto con la enésima civilización perdida en el espesor de la jungla, el Reino del Agua, eternamente enfrentado al Reino del Fuego, que aparecerá un poquito más en el próximo tomo. Los muchachos del Agua no tendrán demasiados reparos en capturar y maltratar bastante al Rey de la Selva, excepto por la bella princesa que –obvia y predeciblemente- se enamora de nuestro salvaje favorito. Con o sin princesa babosa, Tarzan zafará de los distintos peligros y del yugo que pretende imponerle el perverso Molocar, incluso sin ayuda de sus súbditos, ya que en el Reino del Agua sólo hay peces y de los grandotes, todos hostiles al ser humano.
O sea, otras 52 páginas totalmente intrascendentes. Y hasta con ideas desaprovechadas. En un momento de la primera saga, el jefe de una manada de babuinos le chorea a Klaas Vanger una riñonera llena de diamantes, se la pone y la luce a la vista de todos. En uno de sus tantos enfrentamientos con la monada, el villano mata al babuino, pero la riñonera con las joyas se la termina llevando un trío de jinetes que pasaba por ahí y a los que justo les pintó tirarles unos tiros a los monitos. Y ya está, Vanger se olvida de la riñonera porque estos tipos están armados. ¿Y él no? ¿Y las decenas de babuinos con los que acaba de pelear eran perritos caniche? ¿Y Tarzan no se aviva? No, estaba ayudando a los monos heridos a escapar hacia un refugio. Obviamente nadie tenía idea de cómo darle peso dramático a los elementos que iban apareciendo semana tras semana.
Bueno, voy a meditar seriamente el tema de seguir o no seguir adelante con la colección. Para tener todo lo de Hogarth son nueve tomos más y los guiones no justifican comprar ni dos páginas más. Pero el dibujo sí, y mucho. Veremos qué onda…

martes, 19 de octubre de 2010

19/ 10: CABO SAVINO


Nunca fui fan del Cabo Savino, de hecho esta debe ser la segunda vez que leo algo del personaje. Pero hice una experiencia muy limada: me leí este libro volviendo de Neuquén, en un micro que atravesó La Pampa y el oeste de la provincia de Buenos Aires, o sea, las mismas planicies por las que cabalgaban hace 140 años Savino y los demás personajes de la historieta. Estuvo bueno! Fue flashero, de verdad!
Claro que ya era fan de Carlos “Chingolo” Casalla. Al principio no, las primeras cosas que leí de Casalla no me gustaron un carajo. Por ahí porque era muy pendejo y no entendía nada. A los 11 años tampoco me gustaban ni Kirby ni Ditko, o sea que tomo bastante con pinzas mis gustos de la niñez. Lo cierto es que hace unos años me tomé el laburito de leer los primeros… 40 episodios de El Cosaco, historieta de Casalla y Robin Wood de principios de los ´80, y ahí me cebé con el Chingolo y me cerró por completo su estilo, esa mezcla de rudimento y elegancia, esa impronta medio desprolija, medio sucia, esos caballos majestuosos (creo que sólo Carlos Roume le ganaba a Casalla a la hora de dibujar caballos), eas ambientación definida siempre con lo justo, con los detalles puestos donde tienen que ir.
Y eso estaba hecho a los pedos, porque en su etapa en Columba, Casalla entregaba 12 páginas por semana, cuando no más. Imaginate a Casalla con todo el tiempo del mundo para dibujar, con libertad, con la posibilidad de meter menos cuadros por página, con los diálogos rotulados a mano y no con la inmunda maquinola de Columba… ahí ya suma fantastillones de puntos, pero falta algo más, algo que lo levanta más todavía: imaginátelo en blanco y negro, sin los colores espantosos que aquellos despiadados coloristas le infligían a las historietas de Columba en lo que constituía verdaderos crímenes de lesa humanidad aún hoy impunes. Ahí el dibujo del Chingolo levanta un vuelo alucinante y permite que disfrutemos mucho más de su trazo enmarañado, a veces hasta sobrecargado de líneas, de sombreados y texturas. En blanco y negro se notan también las pifias, como esos personajes que le quedan un poquito cabezones, como a otro Carlos ilustre, el maestro Vogt. Pero cuando los personajes tienen mucho para expresar, eso no calienta demasiado.
Este libro arranca con una de las aventuras clásicas de Savino, de las que salían en Columba, pero el plato fuerte viene después. Son tres aventuras re-escritas por Casalla para convertirlas en una novela gráfica de 76 páginas, una verdadera epopeya, que funcionaría perfecto como un largometraje. Acá, el Cabo vive varias peripecias, se enfrenta a varios malones, a varios milicos desertores y traidores y vive un romance con la Gallega, una mina brava y valiente que lo banca en todas. Entre los secundarios y los villanos, el personaje que menos me interesó fue el propio Savino, que es el que menos avanza, sobre el que menos se pregunta Casalla por qué hace lo que hace. Es como si se diera por sentado que esto lo van a leer los fans incondicionales del longevo aventurero; o no, pero no hay un esfuerzo por cebar al nuevo fan o al no-fan.
Por suerte el guión no decae, manda data sobre la pampa, los fortines, los gauchos, los indios y los milicos sin aburrir y la acción es áspera, fuerte, con consecuencias jodidas. Por ahí hace ruido la bajada de línea ideológica, al final, cuando el Cabo Savino vaticina que se vendrá la avanzada definitiva del ejército sobre “la indiada” y le pone una ficha, lo dice esperanzado, como si el inminente genocidio fuera la clave para construir un país mejor. Hasta ahí, la forma en que Casalla mostraba a los pueblos originarios era más que respetuosa, pero a dos páginas del final se pone la camiseta del General Roca, aunque vaticina que los caciques emigrarán al sur, o cruzarán la cordillera, no que los van a hacer mierda sin la menor piedad.
Sigue sin gustarme el Cabo Savino, pero ahora Casalla me gusta más que antes, porque escribe bien, narra mejor y en blanco y negro y con menos viñetas por página, dibuja como la San Puta, el muy maula.

lunes, 18 de octubre de 2010

18/ 10: DEATH: AT DEATH’S DOOR


A ver, te resumo Sandman en tres frases: Uno de los Endless se quier sacar de encima a Morpheus, la encarnación del Sueño. Para eso, necesita que este derrame sangre de su propia familia. Si eso sucede, vendrán las Euménides a llevárselo, y su reinado (y su vida) llegarán a su fin. Y eso es lo que finalmente sucede: Morpheus mata a alguien de su sangre, y es boleta. En el medio pasan un montón de cosas alucinantes, pero básicamente, lo que nos contó Neil Gaiman en uno de los mejores comics de todos los tiempos, es eso.
¿Por qué la simplificación grosera? Para subrayar que la historia es tan redonda que se complica seguirla. De hecho, este “manga” es un intento de capitalizar la inmensa chapa de Sandman y termina por reversionar uno de los arcos de la saga, porque sin Gaiman (y sin su genialidad) no se puede seguir. Death: At Death´s Door recuenta de modo muy sintético y simplificado lo mismo que ya leímos en la magistral Season of Mists, fácil entre las tres mejores historias de Sandman. Lo que agrega esta obra son secuencias que transcurren en paralelo a la historia que ya vimos, protagonizadas por las hermanas de Morpheus: Death, Delirium y Despair. También aparecen Destiny y Desire, pero en roles menores.
Lo más arriesgado de lo que nos propone Jill Thompson (la autora de este “manga”) es que todas estas secuencias agregadas están narradas en tono de comedia juvenil. Lo que sucede es bastante trágico, pero Thompson se las ingenia para que sea bizarro y divertido. Lo cual contrasta bastante con las secuencias tomadas de Season of Mists, que se pueden simplificar, pero no banalizar ni contar en son de joda. O sea que el resultado es bastante extraño. Por ahí hubiese sido mejor reversionar todo Sandman desde el principio dibujado en estilo manga, o todo lo contrario: contar nuevas historias de los Endless en tono jocoso, pero sin intersectar con las sagas que ya nos narró Gaiman. Las dos cosas, así mezcladas, hacen un poco de ruido.
La idea, de todos modos, es muy piola. Andá a saber cuántos consumidores voraces de cualquier cosa que parezca manga habrán tenido su primer acercamiento a la obra de Gaiman (o al sello Vertigo) gracias a este tomito. Ahí, la banco a muerte a Thompson. Y además la banco porque me encanta cómo dibuja. En este estilo, y en todos los demás. No se habla mucho de lo EXCELENTE artista que es la pelirroja esposa de Brian Azzarello, y nunca entendí por qué. En EEUU la respetan muchísimo, pero nunca le dan protagonismo, ni proyectos de perfil alto, y la verdad es que se lo recontra-merece.
Su reversión de los Endless en clave de manga está MUY buena. Sus varones son andróginos (como Desire), sus estallidos de humor super-deformed son muy cómicos, su forma de imaginar a Death como una heroína de shojo es acertadísima, no derrapa en las escenas tranqui ni en las de machaca, elige con mucho criterio cuando hacer desaparecer los bordes de las viñetas… Un montón de las cosas que las típicas autoras japonesas de shojo hacen mal, Thompson las hace perfecto. Idola absoluta en el manejo del color, acá da cátedra con blanco, negro y grises, con páginas tremendamente bien equilibradas y placenteras de leer. Casi no hay fondos, es cierto, pero en el shojo eso es casi una ley universal.
Si sos fan del manga y querés descubrir qué catzo es Sandman, o por qué Neil Gaiman es uno de los autores de ficción más cotizados del planeta, abrile la puerta a Death. Si sos fan de Sandman y querés más historias con esos personajes (y no te importa demasiado que no las escriba el propio Neil), también la vas a pasar bien. Y si no, seguro conocés a algún fan del manga a quien encajárselo para cebarlo. Jill Thompson, que ya pasó por los superhéroes, por el terror dark y por el cuento de hadas freak onda Tim Burton, acá se jugó unas fichitas a la arriesgada timba de crear manga en Occidente. Y donde muchos perdieron hasta la chabomba (sin hablar de la dignidad), la Colo se fue con un dignísimo empate, que cuando se juega tan de visitante, se festeja como una goleada 6-0.

domingo, 17 de octubre de 2010

17/ 10: SKY DOLL


Uh, Sky Doll, qué copado! ¿Qué tomo vas a comentar? Ninguno! Bah, el único que hay. Porque la paciencia tiene premio y Marvel, la vieja y querida Marvel, editó los TRES tomos de Sky Doll en un único TPB que vale sólo u$ 20. Parece mentira, pero no. Por míseros $ 80 te podés comprar TODO Sky Doll en inglés, mientras que por la edición española no vas a pagar ni drogado menos de $ 75 por cada uno de los tres álbumes.
Igual entiendo al que se hace vejar por las ediciones europeas, simplemente porque en el formato grandote de Norma se ve mucho más impactante el dibujo de Alessandro Barbucci, que es –sin ninguna duda- un argumento irresistible para comprar esta obra. El trabajo de Barbucci es absolutamente consagratorio. Tardó cinco años en terminar la trilogía, pero así da gusto esperar. Como todo autor que viene del campo de la animación, el tipo muestra una soltura, una clase, una magia imposibles de describir. Los fondos son alucinantes, los vestuarios, las expresiones faciales, el lenguaje corporal de los personajes, todo está perfecto. No es Enrique Fernández, pero arrima. Y además, Barbucci se banca a lo guapo la planificación “a la francesa”, con muchas páginas de 10 viñetas en las que el dibujo debería perder algo de protagonismo, si dibujara un artista del montón y no un asesino serial como este. Por suerte la calidad gráfica no decae nunca, ni siquiera en las escenas tranqui, ni en las páginas con miles de cuadritos. Incluso mejora. El tercer tomo es, lejos, el mejor dibujado, en el que Barbucci sale airoso del combate contra un guión mucho más exigente. No por nada con Sky Doll este italiano alcanzó la cima.
En cuanto al guión, hay que esforzarse para no convencerse de que Bárbara Cánepa es un pseudónimo detrás del cual se esconde Carlos Trillo. Sky Doll se lee como un típico comic de Trillo y tiene miles de elementos de los que suelen aparecer en la obra del maestro argentino: una protagonista sexy y con alguna facultad inusual que la hace única, duras críticas a las runflas religiosas que esconden intereses económicos, alegatos contra el autoritarismo, la manipulación mediática y la violencia de género, ciertos toques de comedia, el contrapunto permanente entre un personaje ingenuo y un mundo corrupto… todas cosas que los fans de Trillo ya leímos mil veces. Pero Cánepa baraja las 40 cartas de siempre y logra un resultado que huele a nuevo, a recién horneado, no a refrito de clichés, ni de Trillo ni de nadie.
Y por supuesto, el final de Sky Doll no tiene nada que ver con los finales que Trillo suele darle a sus historias. Probablemente porque fue cambiado sobre la marcha, cuando surgió la posibilidad de trabajar en secuelas que creo que ya salieron, aunque no sé si con la misma dupla autoral, porque Barbucci y Cánepa eran pareja en la vida real y hace unos años se separaron. Por lo que sea, el final de Sky Doll es sumamente abierto y, si bien quedan bastante claras muchas de las cosas que se venían insinuando desde el principio, no hay una pasada en limpio definitiva de nada (ni siquiera de la derrota de la villana) como para decir “fin”. Es un cierre, pero de un arco argumental, no de una saga, ni de un concepto, para nada. O sea que habrá que buscar las continuaciones.
Claro que, por lo menos en mi caso, las buscaría aunque este tomo cerrara absolutamente todas las puntas que abre, porque con estas ciento treinta y pico de páginas recontra-compré el concepto de Sky Doll, de su mundo y de los personajes que la acompañan, que también están muy, pero muy bien trabajados. Como en la buena ciencia-ficción, los autores se las rebuscan para hablar elípticamente de nuestro presente, pero además de la bajada de línea funcionan muy bien la intriga palaciega, la aventura, los momentos cómicos, las escenas románticas y hasta un garche bastante heavy, probablemente el más explícito jamás publicado por Marvel.
Sky Doll es una saga de autores italianos pensada para cautivar también a los fans del comic yanki e incluso a los del manga. Ese es el futuro, no me cabe duda. El verdadero y auténtico crossover, que derribe barreras pelotudas con la fuerza que dan un guión inteligente y original y un dibujo de la hiper-concha de Dios. Quiero más.

sábado, 16 de octubre de 2010

16/ 10: BILLY BATSON AND THE MAGIC OF SHAZAM!


Otra sorpresa: Cuando me enteré que salía esta serie (o miniserie, no sé) en el sub-sello DC Kids, dije “Uh, qué copado, una nueva versión del Capitán Marvel, obviamente fuera de continuidad”, y por supuesto derramé hectolitros de baba al ver a los personajes dibujados por Mike Kunkel, el injustamente no muy conocido autor de la indispensable Herobear & the Kid. Como corresponde, ni bien vi el TPB a un precio razonable me lo compré y fijate con qué me encuentro: El Capitán Marvel de esta serie es EL MISMO que el que ya vimos hace varios meses en la saga de Jeff Smith, contra la Monster Society! Kunkel se hace cargo de absolutamente TODO lo narrado por Smith en esa historia, o sea que esta se imbrica (con perdón de la palabra) en la misma continuidad que la versión del creador de Bone. Lo cual no hace más que sumar puntos, porque –como ya comentamos en su momento- es una versión fascinante y que garpa por todos lados.
No sé si Jeff Smith se guardaba a Black Adam para una secuela que pensaba escribir él o qué, pero dejarlo afuera del arco de presentación de este nuevo Capi fue un acierto. Y ahora Kunkel lo capitaliza, porque sin esforzarse demasiado, tiene un villano pulenta para su saguita. Que por suerte no se queda en la machaca de Billy y Mary contra su némesis. Kunkel aporta además lindos toques de caracterización, se mete más con el triple rol de Billy de chico que va a la escuela + periodista de la tele + superhéroe, y hasta el propio Capitán Marvel tiene que jugar un rol extra y hacerse pasar por padre de Billy y Mary frente a las autoridades del colegio y a la propietaria del departamento donde viven. Todo esto da jugo para que Kunkel reproduzca ese balance alucinante entre comedia, acción y travesura infantil que nos volara el bocho en su otra obra importante.
Con chistes, situaciones limadas, momentos electrizantes llenos de acción y menos secuencias tranquis e introspectivas que en la saga de Jeff Smith, las 92 páginas de Kunkel te hipnotizan de punta a punta y no podés largar el libro hasta que no llegás a la última. Kunkel viene de la animación y tiene una forma de narrar muy atípica para el comic yanki. Para empezar, porque le gustan las páginas con muchas viñetas y en algunas llega a dibujar hasta 16. Son un montón de viñetas chiquititas, pero no a la George Perez, sino más cerca del storyboard. Porque además sus dibujos, si bien están magníficamente terminados, tienen la frescura y el dinamismo del boceto, del dibujo suelto, ágil y hecho a los santos pedos que caracteriza a los animadores. Eso le da a la historieta un ritmo increíble, refuerza muchísimo la sensación de que los personajes se están moviendo y le suma plasticidad a un diseño de héroes y villanos que ya era muy atractivo antes de verlos “moverse”. El Shazam de Kunkel se parece a Panoramix, su Mary Marvel a Dee-Dee (la hermana de Dexter) y su Capitán Marvel recupera por momentos el leguaje corporal de Johnny Bravo. Y el color. No me puedo olvidar de la técnica originalísima que usa Kunkel para colorear la historia. No sé cómo hace, pero por momentos parece coloreada con fibras por un chico de la escuela primaria. Muy, muy notable.
Para cumplir con las páginas necesarias para que esto parezca un libro, se incluyen dos episodios más, ya sin Mike Kunkel al frente. Acá se suman nuevos villanos (Mr. Atom y King Kull) y se retoma el plot de Sivana (también heredado de la saga de Jeff Smith). Ninguno de los está mal, ni traiciona el espíritu de Smith, ni de Kunkel, pero falta la magia. El de King Kull, incluso, está dibujado por Stephen DeStefano, que es un tipo de un talento inconmensurable, pero que acá elige un estilo más cercano al de la Golden Age (una especie versión más grotesca y oscura de C.C.Beck) y desentona muchísimo con el resto del libro.
Pero hay que tenerlo igual, por lo de Kunkel que, repito, va mucho más allá del intento por colgarse de las tetas de Jeff Smith, y hace un aporte enorme para que esta versión de Shazam! termine por convertirse en la definitiva, por lo menos para los lectores que lo descubran en este siglo.

viernes, 15 de octubre de 2010

15/ 10: MONDO URBANO Vol.1


Ahora sí, no falta nada para el desembarco de un All-Star Squadron de autores en Rosario y con Jim Lee y todo, a mí los que más me ceban son los brazucas, a los que además no conozco personalmente. Además, este blog –si lo venís siguiendo ya la tenés clara- está bastante pendiente de las joyas que nos da día a día la historieta latinoamericana actual, y entonces todo deriva a reseñar otra obra de reciente producción en el coloso de Sudamérica, en la que por supuesto está involucrado el impresionante Rafael Albuquerque.
Mirá lo que son las cosas: leyendo este libro, me entero de que Crimeland (la novela gráfica que comentamos hace un par de semanas) fue el primer laburo profesional de Albuquerque. A lo que sólo puedo agregar: Ma-mita! ¿Ese fue su primer laburo? Era un comic brillantemente narrado y dibujado, que parecía fruto de un tipo con 25 años de profesión a sus espaldas! Y bue, la vanguardia es así.
Pero vamos a Mondo Urbano, donde el gran Albuquerque no está solo, sino que forma un power trío con Mateus Santolouco (un dibujante un poquito más realista que Rafael, con algún comic de Wolverine a sus espaldas) y con el impresionante Eduardo Medeiros, un genio de la historieta humorística, que mezcla hábilmente a Manel Fontdevilla, Max Aguirre y Manu Larcenet para pelar una línea absolutamente perfecta. Entre los tres crearon una historieta que se subió por entregas a un blog (una onda Historietas Reales, pero con tres autores trabajando sobre el mismo guión) y después –como no podía ser de otra manera- pasó al libro.
Este primer tomo de Mondo Urbano plantea cuatro puntas argumentales: la de Van Hudson y la guitarra satánica, la de los fans de De-Mo (la banda de Hudson) y sus vidas comunes y corrientes (o casi), la de Ed (el dealer de Hudson, al que se le muere un cliente por sobredosis) y la del chico de anteojos cuyo nombre no sabemos. En realidad casi no sabemos nada de él, porque es la punta argumental menos explorada por los autores. Por el contrario, al tema de Van Hudson, la guitarra y el pacto con las fuerzas demoníacas, se le da mucha más bola, se desarrolla y se explica mucho más. Veremos si en los próximos tomos el foco sigue ahí, o se desplaza hacia alguno de los otros protagonistas.
Pero lo más interesante es que estas cuatro tramas están entretejidas a lo largo de todo el tomo. La misma situación la vemos desde la óptica de distintos personajes, cuando estos se cruzan por casualidad (o no). Como si esto fuera poco, las líneas argumentales van para adelante y para atrás en el tiempo, y los personajes aparecen dibujados por tres dibujantes distintos, con estilos distintos! Igual tranqui, porque lo que a prori puede parecer un kilombo imposible de descifrar, no sólo se entiende perfectamente, sino que logra que a las pocas páginas te zambullas de lleno en la historia y quieras que no se termine nunca.
Mondo Urbano nos aclara ya desde la portada que es una historia de sexo, droga y rock’n roll. Y cumple con creces esta consigna. Se publicó en un blog, pero se podría haber publicado tranquilamente en la época más salvaje de El Víbora. Además de orgías, mega-conciertos y tráfico permanente de frula y la notable “fuckdrina” (más algún faso al que nadie que haya terminado la escuela primaria puede calificar de “droga”, porque es un producto de la naturaleza, como el té, el café o el mate), Mondo Urbano tiene un fuerte elemento paranormal (el pacto con el Diablo) y una muy buena dosis de sangre y trompadas. En conjunto, el combo suena bárbaro, estridente y adictivo como el buen rock’n roll. La comedia costumbrista funciona a la perfección, el poco espacio para el amor que deja el huracán de lujuria está muy bien aprovechado, y está claro que para el próximo tomo hay un montón de puntas sembradas que pueden dar excelentes frutos.
Se viene Brasil, aceptémoslo rápido. No sólo porque se vienen los autores a la convención de Rosario, sino porque Brasil ya tiene casi todo lo que hace falta para despegar como un país absolutamente protagónico en materia de comics, uno de los rubros en los que estuvo muchos años a la sombra de EEUU (y en menor medida, de Argentina) y en los que ahora, si no pasa nada raro, no los para nadie. En Mondo Urbano tenés la chance de encontrarte con tres autores brazucas en un nivel muy cercano al de los mais grandes du mundo.

jueves, 14 de octubre de 2010

14/ 10: FORT: PROPHET OF THE UNEXPLAINED


Mmmno, no es un comic de Ricardo Fort. Todavía no hay y esperemos que no haya nunca. Esta mini de Dark Horse luego recopilada en libro se centra en Charles Fort, un señor que vivió entre 1874 y 1932, autor del famoso TheBook of the Damned, y que se dedicaba a investigar fenómenos paranormales, cosas que la ciencia de su época no lograba explicar o simplemente se negaba a estudiar.
No conozco otras obras del guionista Peter Lenkov, pero tampoco me calienta demasiado. Si me compré el libro fue porque a) estaba barato y b a la z) porque el dibujante es el ídolo/genio/prócer/maestro/capo británico Frazer Irving, uno de los mejores dibujantes que hay hoy a nivel mundial. Este es un Irving raro, no se parece al Irving ya afianzado en su estilo, ese que despunta cuando cae a DC, en la mini de Klarion y demás laburitos menores, hasta llegar a sus impresionantes números de Batman & Robin. En primer lugar es raro porque la historieta no sólo se publica en blanco y negro, sino que está pensada en blanco y negro. Entonces Irving apela a un arsenal de recursos totalmente distinto, que nos lo muestran como un experto en el manejo del claroscuro. Acá se notan claras las influencias de otros dos grandes del blanco y negro: Berni Wrightson y el alemán Andreas, casualmente dos tipos que tienen varias historietas ambientadas a fines del Siglo XIX, que es donde transcurre esta historia. Pero lo de Irving no se queda en clonar estilos ajenos, para nada. Su forma de elegir los enfoques, su trabajo con las líneas cinéticas y su puesta en página no le deben nada a nadie. Y son todos recursos que hacen que la saga de Fort tenga un ritmo mucho más frenético y acelerado que el de los comics de Andreas o Wrightson. Realmente el trabajo de Irving se disfruta a full, aunque se parezca poco a su producción más actual, que está muy pensada para ser coloreada.
El guión del ignoto señor Lenkov no está nada mal. Durante los últimos días del Siglo XIX (Diciembre de 1899), New York se ve paralizada por una ola de extraños asesinatos y Charles Fort, el investigador de lo inexplicable (al que todos toman por loco), esperará que caiga la noche para dejar su aburrido trabajo en una biblioteca pública y mandarse a recorrer las calles en busca de pistas para resolver el misterio, sin más armas que su curiosidad, su valentía y un par de amigos solidarios, que le siguen la corriente. Así va a llegar a una verdad impactante y escabrosa, que por supuesto habrá que ocultar porque es demasiado heavy como para permitir que trascienda a nivel masivo. Y además, habrá que ganarle a… eso que asesina gente, y no va a ser nada fácil. No quiero contar detalles del argumento para no spoilear, pero la verdad es que está bien llevado y los elementos fantásticos no desentonan para nada en lo que pretende ser una aventura histórica más o menos realista.
Lenkov le saca muy buen jugo a la ambientación elegida. Se nota que estudió a fondo la New York de hace 110 años. Incluso uno de los aliados de Fort es un pendejito de unos 10 años, que no es otro que H.P. Lovecraft, quien en 1900 tenía esa edad y vivía en esa ciudad. Por supuesto, las cosas que va a vivir de niño (como sidekick no-oficial de Fort) le van a disparar algunas de las ideas que años más tarde lo van a hacer famoso. Los sistemas cloacales bastante nuevos, una estatua de la Libertad casi recién inaugurada, un Harry Houdini que recién empezaba a hacerse conocido, un Teddy Roosevelt que era intendente de la ciudad y ya tenía aspiraciones presidenciales (como otro intendente conservador y garca que nos queda un poco más cerca), son todos elementos con los que Lenkov hace jueguito para la tribuna. A algunos los explota más, a otros menos, pero todo el tiempo deja en claro que se sabe de memoria el período en el que ambientó la historia, que es además el período en el que vivió Fort.
A Irving el tema de recrear la New York del 1900 le copa un poquito menos, y aprovecha que casi toda la saga transcurre de noche para dibujar pocos fondos. Pero no jode para nada, hasta le queda bien. Fort: Prophet of the Unexplained no es una joya imprescindible ni mucho menos, pero sí una historieta original, muy bien narrada, dibujada por un monstruo prendido fuego y que –leída con fines de entretenimiento- se disfruta de punta a punta y hasta te aporta datos grossos sobre una época en la que no se suelen ambientar muchos comics. Lo único inexplicable es que no haya secuelas.

miércoles, 13 de octubre de 2010

13/ 10: WORLD APARTMENT HORROR


Como todos saben (creo) hace unas semanas falleció Satoshi Kon, el legendario director de algunos de los mejores largometrajes animados de todos los tiempos, como Perfect Blue, Paprika o Tokyo Godfathers. Mucho menos conocida y celebrada es su trayectoria como mangaka, principalmente porque tiene muy pocas obras editadas, incluso en su Japón natal.
La más conocida es World Apartment Horror, seguramente porque es una pata más de un ambicioso proyecto de Katsuhiro Otomo. En 1991, el creador de Akira escribió un guión para una película con actores que él mismo dirigió y al mismo tiempo le encargó a Kon que convirtiera ese guión en un manga. Satoshi, que admiraba profundamente a Otomo, se puso a trabajar y el resultado es un manga absolutamente atípico, que apenitas supera las 100 páginas y que se parece mucho más a un álbum europeo que al típico recopilatorio japonés con muchas páginas ya serializadas en alguna antología de esas que venden millones de ejemplares.
WAH nos cuenta qué pasa cuando los yakuza se proponen desalojar a un grupo de okupas que habitan ilegalmente en un edificio viejo, bajo, venido a menos y que, una vez que se convierta en escombros, pasa a valer fortunas, porque en ese terreno se puede edificar una mega-torre llena de departamentos lujosos. Una vez que fracasa el primer enviado (el trastornado Jefe Hide) es el turno de un matón de la B Metropolitana llamado Itta, quien deberá convencer de que se vayan de ahí a un montón de inmigrantes clandestinos que vienen de los distintos países asiáticos (incluido Filipinas) para conseguir trabajo en Tokyo.
O sea que la denuncia social es parte del planteo básico de la obra, que por supuesto incluye comedia (porque Itta es bastante inepto), tiros, espadazos, explosiones, algo de sexo, algo de terror (si te dan asco o miedo las ratas, ni abras el libro) y un elemento fantástico impredecible, que cobra un peso tal vez excesivo en un relato que se proponía realista. Con todo este menjunje de cosas, Otomo logra una historia de gran dinamismo y agilidad, donde todo el tiempo pasan cosas y donde el guión avanza palo y palo, sin desviarse ni empatanarse jamás. Kon, con su dibujo más exagerado y caricaturesco que el de Otomo, logra que nos cause gracia la idiotez de Itta, la violencia de sus jefes, y hasta la sordidez de las condiciones en las que viven los inmigrantes. A pesar de lo heavy de lo que nos están contando, la historia mantiene un clima casi festivo, o por lo menos de bizarreada que impacta más de lo que perturba.
La mejor parte de la obra llega cuando aparece un shaman a exorcizar a Itta, convencido de que está poseído por un demonio que habita hace milenios el predio invadido por los okupas. Ahí el gangster de cuarta vive una experiencia totalmente alucinógena, que Kon ilustra de modo desbocado y sencillamente genial. No tengo idea de cómo habrá filmado Otomo la escena de las alucinaciones de Itta, pero dibujada por Kon es una de las secuencias más grossas que recuerdo haber visto en un manga. Kon, además, no oculta en lo más mínimo su fanatismo por Moebius, que supera al de Otomo. Mete enfoques, gestos y rayitas muy típicos del maestro francés, y se nota que leyó no sólo los laburos fumancheros de ciencia-ficción, sino también lo que hacía Jean Giraud en el Teniente Blueberry.
World Apartment Horror es una gran, gran comedia fuera de control, que habla de la xenofobia, pero que no se queda para nada en la bajada de línea. Del misticismo milenario a las miserias cotidianas, Katsuhiro Otomo y Satoshi Kon nos llevan en una montaña rusa de emociones una más sacada que la otra y nos dejan –además de temas complejos en los que pensar- un festival de risas, asco y violencia y algunas imágenes absolutamente inolvidables. No es merca fácil de conseguir, pero en los ´90 lo editó en nuestro idioma Planeta-DeAgostini, así que con un poco de suerte, aparece en alguna cueva…

martes, 12 de octubre de 2010

12/ 10: ESSENTIAL POWER MAN AND IRON FIST Vol.1


Bienvenidos a otro Essential que de esencial tiene bastante poco. Parece que no, pero en la segunda Era de Oro de Marvel (1980-85) también había títulos flojos, algo que queda bastante claro al leer Power Man & Iron Fist, que no era una serie exactamente chota, pero sí bastante tercerona respecto de las glorias que nos dio Marvel en la Era Shooter.
De todos modos, la segunda mitad del Essential, la que arranca en 1980, es la más digna. Acá es donde vemos lo más parecido a una “etapa clásica” que puede mostrar esta serie, con Mary Jo Duffy en guiones, Kerry Gammil en lápices, Ricardo Villamonte en tintas y portadas de Frank Miller. Lo anterior, realmente es impresentable, principalmente porque no tiene dirección, nadie sabe a dónde va la serie. Por supuesto, tampoco ayuda la incesante rotación de autores. Por PM&IF pasan un montón de guionistas y dibujantes que apenas se esfuerzan por llenar unas poquitas páginas (porque era una serie bimestral y a veces tenía sólo 17 páginas de historieta por número) sin comprometerse en lo más mínimo. Tan frenética e impredecible es la rotación de artistas, que hasta llega a dibujar un par de números Lee Elias, veterano dibujante autor de muchísimas aventuras de Aquaman de la década del ’50.
Por suerte, el que más dibuja es Kerry Gammil, dignísimo dibujante, mezcla de John Byrne y John Buscema, al que casi siempre le ponen buenos entintadores. También hay un par de numeritos en los que vemos al siempre interesante Trevor Von Eeden, pero con un desempeño irregular, que incluye tiradas a chanta y grandes momentos en dosis similares. El resto de los dibujantes (el ya mencionado Byrne, Mike Zeck, Alan Weiss, etc.) o vinieron directamente a chorear, o se encontraron con horrendos entintadores que les estropearon los trabajos.
La trama general (cuando la hay) es más bien anodina. Se supone que esta es una serie urbana, callejera, y por ende más “realista”. Bueno, no tanto. Hay narcotraficantes, gangsters, espías y menos villanos disfrazados que en otras series, pero casi no hay énfasis en la temática social. No hay dilemas morales, no se toca el tema racial, ni de la pobreza… ni siquiera le sacan jugo al marco histórico, ya que esto sucede en New York y arranca en 1978, cuando empieza la reconstrucción luego de que la ciudad se convirtiera en un infierno, con la bancarrota fiscal, los incendios, la ola delictiva, el estallido del porno y la prostitución y el asesino serial conocido como “el hijo de Sam”, todos eventos que sacudieron (y devastaron) a la Gran Manzana en 1977. No sé si les daba paja explicar lo que sucedió, o si daban por sentado que todo el mundo conocía la situación por la que pasó New York en ese entonces.
La química entre los personajes (el bruto, pobre e impulsivo Luke Cage y el más espiritual, disciplinado y potentado Daniel Rand) empieza a funcionar también a partir de que Jo Duffy acumula varios episodios consecutivos al frente de la serie. Se nota el esfuerzo de la autora por lograr que los personajes empalicen entre sí, y con los secundarios, que vinieron heredados en su mayoría de la serie de Iron Fist. De la de Power Man debe haber sido muuuuy jodido rescatar personajes, villanos o conceptos copados, porque realmente era una serie desgarradoramente chota, que no se entiende cómo duró 50 números. Pero de Iron Fist se puede reciclar bastante más, a tal punto que la mejor saguita del Essential es la última, la que transcurre en K’un Lun y se mete a fondo con el trasfondo de Danny Rand.
Hoy, que tanto Fist como Cage tienen bastante chapa en el Universo Marvel, no está mal revisitar estas viejas historias, pero más por curiosidad arqueológica que por placer, porque ni siquiera el cariño a los personajes las eleva al rango de indispensables.

lunes, 11 de octubre de 2010

11/ 10: EL INFANTE DANTE ELEFANTE


Bueno, hoy sí: diversión, risas y buena onda garantizadas. Como decíamos la vez pasada, J.J. Rovella, que allá por sus años de militancia en el under pintaba para autor realista, sombrío y sórdido, encontró su mejor nivel cuando agarró para el otro lado y hoy es un referente fundamental de la historieta infantil en nuestro país.
Aunque claro, a nuestro país todo llega un poquito tarde. Las historietas que integran este libro (y el que editó Domus hace unos años) fueron hechas para el semanario Spirou (sí, ese que se edita en Bélgica hace más de 70 años) y los chicos de la europa francófona conocieron a Dante como Jean l´Elephant. Con el idioma nunca tuvieron problema porque, como Niko & Miko, Dante Elefante se abstiene por completo de usar palabras. Todos los chistes, tiras e historietas son mudos, o en realidad, están escritos en un lenguaje visual: el del comic, un lenguaje que Rovella maneja con un ingenio y un talento difíciles de explicar.
Entre los múltiples recursos con los que cuenta Rovella para hacernos reir (slapstick, absurdo, humor negro tranqui, etc.) los mejores son siempre los que tienen que ver con los globitos (aunque no haya palabras, los globitos están y tienen mucho peso), con las viñetas y con la secuencia en sí. Hay que tenerla muuuuy clara para joder con eso sin desorientar al lector (y más si pensamos que esto lo leen chicos, todavía no tan curtidos en el arte de decodificar el lenguaje icónico de la historieta) pero a Rovella le salen todas: caños, taquitos en el área, sombreritos… Y eso –me parece a mí- debe ser lo que hace que a los grandes también nos fascine Dante Elefante.
Eso, y el hecho de que es una tira sin límites, pensada para que pueda suceder cualquier cosa. Dante a veces parece un humano con aspecto de elefante (y sus amigos lo mismo, pero con tortugas o canarios) y otras no, otras está definido por su gran tamaño, su trompa y esas cosas inherentes al elefante. De ese juego ambiguo, Rovella también saca momentos espectaculares: en una tira Olegario Canario trabaja de mozo en un restaurant y cuando se acaba el pollo lo cocinan a él, por ejemplo. Y así un montón. No hay prácticamente situaciones en las que Dante no pueda aparecer: a lo largo de las 92 páginas de historietas que nos ofrece este libro lo vemos como astronauta, zombie, egipcio, estrella de cartoons de los años ´30, rey, soldado, alpinista… Todo vale para hacernos reir.
No quiero entrar en detalles ni contar los chistes (además no tengo la gracia que tienen los dibujos de Rovella), pero sí quiero subrayar que esto que parece historieta infantil, básica y sencillita, tiene atrás un laburo monumental, no sólo de dibujo (que es excelente), sino de ideas: de buscar una y mil vueltas de tuerca graciosas y de animarse a romper la barrera del lenguaje para que este sea un elemento más a la hora de la joda. Lo que hace Rovella da para un análisis sesudo y detallado (para una ponencia, dirían mis amigos académicos) porque hay sustancia, hay experimentación y hay mucho más manejo de la iconografía del comic que en casi cualquier comic apuntado al público adulto. Si todavía no descubriste a este animalito (a Rovella, no a Dante), entrale de una a este libro. Hasta lo podés comprar, leerlo, cagarte de risa un rato y después regalárselo a un niño y quedar como un duque, todo por el mismo precio.

domingo, 10 de octubre de 2010

10/ 10: GROO: THE HOGS OF HORDER


Después de varios días de leer comics sombríos, circunspectos o directamente truculentos, dije “Bueno, vamo´arriba! Groo es sinónimo de risa y diversión!”. Y, coherentemente con el mismísimo Groo, me equivoqué. Esta es una saga de Groo que –como todas- tiene muchísimos momentos muy cómicos, pero la verdadera intención de Sergio Aragonés va mucho más allá de arrancarnos la eventual carcajada. The Hogs of Horder es un comic prácticamente didáctico, donde la idea es explicarnos de modo sencillo y gracioso un tema muy complejo, el de las crisis cíclicas del capitalismo, y además aportarnos elementos para la reflexión. Pará… ¿Groo nos explica la crisis del capitalismo? ¿Y encima se supone que nos tenemos que reir? ¿Qué se fumó Aragonés? ¿Estamos todos locos?
No. Aragonés es un genio y si hay dibujos de por medio, el tipo SIEMPRE logra lo que se propone. Y además lo tiene a Mark Evanier para ayudarlo con las palabras, que no son su fuerte (porque además es mimo). O sea que The Hogs of Horder funciona perfectamente en los dos niveles: el de la historieta cómica para entretenernos, y el del “tratado” muy introductorio y simplista, pero con inmejorable intención, acerca de las crisis cíclicas del capitalismo y la forma en que estas afectan a la gente y a los gobiernos. Groo está casi metido a presión: Aragonés se las ingenia para que el rol del errante sea definitivo, pero es obvio que lo que más le interesa es lo otro: el comercio internacional, los países donde se explota a los laburantes y se exportan masivamente manufacturas baratas a otros mercados, el círculo vicioso de los bancos y demás matufias de índole financiera, las guerras por recursos económicos disfrazadas de gestas por la libertad, los obscenos ingresos de los gerentes y directores de las grandes empresas, la miseria que acompaña al desempleo, que a su vez acompaña a la destrucción de la industria nacional para favorecer las importaciones, la pérdida de la soberanía nacional como consecuencia del excesivo endeudamiento externo… todas cosas que en Argentina nos sabemos de memoria, porque las sufrimos en carne propia.
Acerca de todos esos temas, Aragonés y Evanier nos invitan a reflexionar, desde una serie protagonizada por un guerrero tosco y prácticamente subnormal, con talento sólo para la machaca. Por suerte cuentan con un gran personaje secundario, el Sage, el tipo que representa el conocimiento y la racionalidad en la longeva serie. Sage tiene algunos de los mejores diálogos del libro y la escena final, en la que le cuenta a Groo que soñó con algo muy parecido a lo que hoy conocemos como la internet, es sencillamente brillante. Momentos como ese hacen que aquel que compró el comic para reirse un rato le perdone a los autores la bajada de línea y el gusto amargo que deja esta inyección de “realidad” en una historieta de corte cómico-fantástico.
A mí, particularmente, no me molesta en lo más mínimo. Por el contrario, me parece un mérito que Aragonés haya logrado convertir a Groo en una serie desde la que se satiriza la realidad socio-política de nuestro presente. Y la bajada de línea… tampoco es tan extrema. The Hogs of Horder no es un panfleto trotskitsa, ni mucho menos. Simplemente nos señala cómo las prácticas del capitalismo salvaje se llevan a las patadas ya no con la solidaridad o la justicia, sino con valores más básicos como la supervivencia y el sentido común. Y además lo hace de modo muy gracioso, original y –por consiguiente- efectivo.
De la labor de Aragonés a nivel dibujo no hay mucho para decir. Estamos ante uno de los grandes maestros del dibujo humorístico a nivel global, que además es un narrador de la mega-San Puta. Puestos a criticarle algo, por ahí da para señalar que su estilo dejó de evolucionar hace 20 años. En el ´88-´89, dibujaba mil veces mejor que en el ´81-´82. Hoy no dibuja mejor que en los ´90, sino exactamente igual. Pero bueno, lo mismo le pasó a Fontanarrosa y a un montón más. Cuando producís cada mes la cantidad de páginas que produce Aragonés no debe ser fácil ponerte a buscar nuevas variantes y menos cuando alcanzaste un nivel tan alto. El colorista de Groo, el ya legendario Tom Luth, es el responsable de que toda esa verborragia visual que propone Aragonés cobre orden y se vea linda, prolija y fácil de entender incluso por los lectores menos curtidos en el estilo del maestro. Un capo, Luth.
A casi 30 años de su creación, lo que empezó como una parodia de Conan hoy sigue vigente y establecida como una serie en la que, sin arriar las banderas del humor, se puede hablar de temas ásperos y complejos. Hace añares que Groo es la obra cumbre de un genio del Noveno Arte, y esta saga de 2009 nos lo vuelve a confirmar. The Hogs of Horder vale cada kopin que te pidan por ella.

sábado, 9 de octubre de 2010

09/ 10: 30 DAYS OF NIGHT Vol.3


Uno en general no es muy partidario de las secuelas a las obras exitosas. Casi siempre lo mejor es dejarlas ahí, no romperse los sesos pensando cómo carajo volver a sacarle leche a ese concepto que la rompió. Y no hace falta caer en la crueldad de putear (una vez más) a las infaustas secuelas de Matrix. Sin salir del comic, hay un montón de obras lindas y redonditas que no necesitaban secuelas y nos las encajaron igual. El Incal, El Clic!, El Eternauta… un montón. Pero 30 Days of Night es una sana excepción, porque las secuelas están buenísimas, tal vez mejores que la saga original.
Hace ya muchos meses (en Febrero, creo) comentamos el Vol.2 de la saga de Steve Niles y Ben Templesmith, que inteligentemente retomaba a un sólo personaje (Stella Olemaun) de los pocos que sobrevivieron a la masacre de Barrow en el primer arco, lo sacaba de ese entorno y lo metía en una situación totalmente nueva, que además se resolvía con sorpresa y con talento. O sea, nada que ver con la típica secuela. Este tercer arco se parece más al primero, sobre todo porque una vez más hay un sheriff que se hace cargo de la policía de Barrow (un pueblito de Alaska en el que, en pleno invierno, no sale el sol durante 30 días consecutivos) justo cuando se está por venir la noche, y con ella una nueva tropa vampírica con ganas de completar el sangriento genocidio perpetrado en la primera parte.
Pero la estructura del relato no se parece. No es lo mismo el viaje de ida que el de vuelta. Brian Kitka no es Eben Olemaun (aunque le tocará ocupar no sólo la oficina, sino también la casa en la que vivieran Eben y Stella) y el pueblo, después de la tragedia, nunca volvió a ser el mismo. Además, a diferencia del primer arco (en el que el rol de los Olemaun crece con el correr de las páginas) acá hay un protagonista definido desde la primera viñeta y todo el relato se articula (con perdón de la palabra) en torno a Kitka y su hijo. Los vampiros tampoco son los mismos, en buena medida gracias a la movida que le vimos hacer a Stella en el tomo anterior. O sea que sí, esta se parece a la primera parte mucho más que la segunda, pero no huele a clon ni a figurita repetida.
Como en los tomos anteriores, Niles mide muchísimo las palabras. En ese sentido es un anti-Bendis o un anti-Ennis. En 30 Days… se habla poco de verdad. Pero está muy trabajado todo lo demás: las pausas, los climas, las miradas, los gestos y por supuesto, la machaca, porque este es un comic de vampiros, pero podría ser tranquilamente de zombies. Y si bien gran parte del protagonismo recae en Brian Kitka, incluso con pocas pinceladas Niles le da chapa, carnadura humana y mucha onda a dos secundarios que estuvieron ahí durante el primer ataque de los vampiros, John y Donna, que encarnan la memoria, el dolor y a la vez la resistencia y el aguante. Les falta el pañuelo blanco en la cabeza, nomás. Por el lado de los vampiros, lo más impactante es cómo Niles boletea sin piedad a personajes a los que él mismo se esforzó por darles mucha onda, como Greta (una nena de ocho años) y Dane, un chupasangre con bastante peso en Dark Days, el segundo arco. Con todos estos elementos, algunos chistes, bastante gore y algo de sátira socio-política, la historia va para adelante, los buenos ganan no sin sufrir bastante y uno se divierte de lo lindo. Así da gusto leer secuelas.
Lo de Ben Templesmith también es muy notable. Como ya señalamos, está en tránsito hacia su mejor trabajo, que es Fell, y eso se nota sobre todo en cómo busca la síntesis en su grafismo y cómo se pone las pilas con la narrativa. Y después está el tema de los fondos: Templesmith ya se convirtió en un experto a nivel mundial en no dibujar fondos. Todo sucede de noche, en espacio abiertos, y las cuatro casitas chotas que dibuja cuando no tiene más remedio, se repiten perfectamente copy-pasteadas a lo largo del resto de la novela y –de nuevo- cuando no le queda otra. Lo suyo son los climas, las texturas, las manchas, las líneas cinéticas fuera de control, la paleta de colores opaca y fría con estallidos de violencia en la que los rojos furiosos y los naranjas incandescentes le prenden fuego a la página, la salvajada, el grotesco. Muy grosso.
30 Days… es una saga de vampiros distinta. No trata de explotar ni el lirismo ni la sensualidad habitualmente asociada a los chupasangre, no se va por las ramas con linajes ancestrales ni runflas políticas, ni tampoco nos encumbra a un héroe humano, valiente y pulentoso, destinado a borrar a los vampiros de la faz de la Tierra. Acá los buenos hacen lo que pueden. Y a veces, lo más que pueden es no olvidar ni perdonar.

viernes, 8 de octubre de 2010

08/ 10: EL LIBRO


El Libro es una historia extraña, más parecida a un cuento de Borges que a las típicas historietas de Carlos Sampayo y José Muñoz. La trama gira en torno a un libro, o en realidad a un ejemplar de un libro. Un ejemplar de Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig (edición alemana) al que nuestros queridos amigos los Villanos Nazis (hacía bastante que no aparecían, no?) le cosieron una página extra con contenidos secretos, que le dan un ribete de espionaje a una novela gráfica que, de otra manera, se quedaría en un discurrir más bien costumbrista, o de drama urbano tipo Yoshihiro Tatsumi.
El protagonista, un argentino ya anciano llamado Huergo, repasa el periplo del libro desde 1942 hasta 2002. El tramo más interesante es, lejos, el primero, el que nos cuenta cómo el libro llega a Argentina en 1942. Pero nos lo cuenta de modo raro, como suele hacer Sampayo, como disfrazando ese evento crucial entre una miríada de elementos sumamente interesantes, a los que les presta más atención. Los negocios de Otto Schmelling, su relación con los nazis y con los peones argentinos a los que contrata dan muchísimo jugo y arman –literalmente- el bosque en el que Sampayo esconde el árbol, o en realidad la llegada del libro.
Una vez terminado ese flashback cobra verdadero protagonismo Huergo, fanático (como Borges) de los libros y del ajedrez, al que vemos perder su bibiloteca a manos de su inescrupuloso socio y –ya sin sus libros ni su ajedrez- precipitarse en caída libre hasta que la nueva oportunidad le llega en los brazos de una mujer.
La historia hace bastante hincapié en la vida cotidiana de Huergo sobre todo durante la década del ´50 y ´60 y ahí los autores se lucen con una reconstrucción impecable del típico barrio porteño de clase media. Le siguen más flashbacks, un breve paso por 1977 (en el que se remata brevemente una de las puntas abiertas, la de Annemarie, la joven fanática del ajedrez) y un salto final al presente, a 2002, en el que la crisis pega con todo y Huergo presencia cómo su ex-socio, el avechucho insolidario y ventajero, debe recurrir a pedirle ayuda a sus viejas víctimas.
Y parece que no, pero sí: el libro de Zweig le cambia la vida a varias personas a lo largo de la obra, o sea que le discute algo de protagonismo a Huergo y a su ex-socio, que son los personajes que más aparecen y a los que Sampayo más desarrolla. Como suele suceder en los comics de la dupla, los sacudones políticos de nuestro país aparecen magistralmente reflejados, como para que el contexto enriquezca (o al menos enrarezca) la historia más chiquita, más íntima, que sucede puertas adentro.
El dibujo de Muñoz, como de costumbre, desafía la comprensión humana. No se puede concebir que el tipo vuele y experimente tanto y aún así logre mantener un hilo narrativo perfecto y sin fisuras. Con su expresionismo pasado de rosca y ese pincel mágico que hace bailar a personajes, fondos, globos y letras una danza inimaginable por cualquier otro autor, Muñoz recrea lugares, épocas, climas, estados de ánimo muy distintos entre sí y acierta siempre. La escena en la que Huergo alucina con la caída de un piano sobre su némesis es tan maravillosa como desconcertante. ¿Qué es eso? ¿Qué hace ahí? ¿Y cómo puede estar tan bien dibujada, encima en un estilo que parece una caricatura del que usa Muñoz en el resto de la obra? La viñeta en la que vemos el rancho de Don Cosme en la noche de su muerte es para recortarla, enmarcarla y colgarla en un museo. Y así un montón. Realmente no se puede creer lo que hace el genio del claroscuro en las páginas de El Libro.
Bueno, acá están de nuevo los grossos, sin retomar a Sinner ni a sus personajes secundarios, sin adaptar obras literarias, ni contarnos la biografía de ningún músico. El Libro es una historia 100% original, apasionada y apasionante, contada como sólo ellos saben hacerlo. Vale la pena de verdad y –por supuesto- hay que hinchar las bolas para que esto se edite en el país donde nacieron los autores y donde transcurre la historia de Huergo, el ajedrez y el libro.