el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 28 de febrero de 2013

28/ 02: DOLLS KILLER

Hoy me como otro “cero comments”, pero bueno, es lo que hay. Me toca reseñar otra obra de guionista francés con dibujante hispanoparlante y esta vez el equipito está integrado por Nicolas Pona (ya vimos otro trabajo suyo en el blog) y el gran Sergio Bleda, uno de los autores españoles con más continuidad en el mercado francés. Dolls Killer se pensó como una trilogía, pero como las ventas no fueron buenas, se canceló luego del segundo álbum. Felizmente, la edición española ofrece los dos álbumes y una síntesis escena por escena de lo que Pona había planeado para el tercero.
La saga está protagonizada por Juliette Desanges, una francesa transplantada a EEUU y convertida en una policía dura, infalible, de mucha presencia en los medios por su afición al gatillo fácil. Juliette deberá confrontar con un asesino serial que deja muñecas junto a sus víctimas, y con sus propios fantasmas, vestigios de cosas muy heavies que le pasaron en su niñez. Y acá hay que hacer un corte, diferenciar muy bien ambas partes del argumento.
Por el lado de la trama policial, de la investigación, las pistas, el informe del forense, etc., Dolls Killer hace bastante agua. No atrapa, no convence, a lo sumo impacta cuando pintan las secuencias de acción (persecuciones, tiros, cuchillazos, trompadas) o cuando el dibujo chorrea sangre. El misterio no está bien llevado, el lector nunca tiene la más mínima pista de quién puede ser el asesino (dependemos de que él mismo, una vez acorralado por la cana, revele su identidad y sus motivaciones), todas cosas que empañan el desarrollo de la trama y que se evidencian más en el segundo álbum. En el primero, más o menos la piloteamos con el plot de La Voz, y con la trama romántica que envuelve a Juliette con la mamá de Stevie. El segundo se juega más a resolver el misterio de los asesinatos y las muñecas y lo hace, pero tropezando demasiadas veces.
Ahora, por el otro lado, el del desarrollo de Juliette como personaje, el trabajo de Pona es impecable. Elige con mucha astucia dónde meter los flashbacks al pasado de la protagonista y qué revelarnos en cada uno, usa con gran criterio el recurso de mostrarnos lo que sueña, de a poco logra sumergirnos en la psiquis de Juliette y compartir incluso sus patologías. Cuanto más claro nos queda que a Juliette le faltan un par de jugadores (y por qué) más mérito y más logica tiene lo que hace el personaje en cada una de las situaciones límite que le propone el guión. No te digo que la trama policial “moleste” al desarrollo de la protagonista, pero sin duda no es lo que más me interesó. Me cebé mucho más con lo otro, con bucear en los mambos que convirtieron a esta mina en un bicho raro, impredecible, con serios problemas a la hora de vincularse con otros seres humanos y con la capacidad de convertir a esos problemas en armas para sobresalir en la profesión que ejerce. Eso me pareció muy, muy loable.
Y el dibujo de Bleda, como siempre, me encantó. Lo banco en todas. Cuando se zarpa con la estilización, como si quisiera dibujar a Aeon Flux, también. Y cuando va para el lado más clásico, más tradicional, más cerca de Alfonso Font o Alfonso López, me parece una maravilla. Bleda mezcla muchas cosas muy distintas en su estilo, tantas que te marea. Y además se permite cambiar bastante, no sólo de obra a obra, sino incluso dentro de un mismo trabajo. Acá hay secuencias que parecen narradas por Boucq o por Loisel, viñetas que parecen entintadas por Frank Miller en un comic de Sin City, escenas que recuerdan al Bleda de la etapa más under, el de El Hijo de Kim... y lo bueno es que todo se integra armónicamente para darle forma a un trabajo muy sólido. El color también está muy bien planteado, pensado para acompañar los distintos climas del guión, y el tema de las infinitas páginas de más de 7 cuadros parece no afectar para nada a la narrativa que, como en todas las obras de Bleda, es impecable.
Si sos fan del dibujante, entrale sin dudarlo. Si no, fijate. Te tiene que atrapar un policial duro, violento, con mucha sangre, mucha mala leche, con un misterio no del todo logrado, y con una protagonista atípica, muy bien presentada, cuyos rayes mentales amenazan con superar a la intriga que genera la trama del asesino serial.

miércoles, 27 de febrero de 2013

27/ 02: LES SENTINELLES Vol.3

Tercer tomo de esta serie con guionista francés y dibujante argentino, y la verdad es que hay muchos cambios respecto del tomo anterior.
Cuando reseñé el Vol.2 (03/09/12) me llamaba la atención que al guionista Xavier Dorison le permitieran muchísima flexibilidad en cuanto al rigor histórico. Estaba claro que la serie está ambientada en la Primera Guerra Mundial, pero dentro de ese contexto, Dorison fruteaba tranquilo. Esta vez no: hay muchas más menciones a acontecimientos históricos reales y más cuidado en representar de modo muy realista esas oscuras jornadas que sacudieron a Europa allá por 1915.
También señalábamos que los villanos, alemanes pero todavía no nazis, funcionaban como mero obstáculo, no tenían desarrollo, no había por parte de Dorison una intención de convertir ni siquiera a uno de ellos en un personaje posta. De nuevo, esta vez eso se da vuelta y dos de los mejores personajes de este tomo vienen del bando enemigo: son el Übermensch (la respuesta germana al Cortahierro de los franceses) y el Oberleutnant, un comandante de las tropas alemanas que demuestra (como en más de una historieta de Oesterheld) que se puede pelear en el bando contrario al de los protagonistas y aún así tener códigos, preservar el honor y –también en una situación en la que manda la muerte- honrar la vida.
En cuanto al guión, no hay muchas más innovaciones respecto del tomo anterior. De nuevo tenemos a los Centinelas encargados de una misión jodida, en un arco argumental que va para adelante, que no esquiva el grim ´n gritty onda Suicide Squad ni los dilemas morales, perfectamente planteados por Dorison en escenas muy tensas, de gran carga emotiva. Además del Cortahierro y Djibouti, el equipo de “los buenos” suma ahora a Pegaso, un oficial propulsado por un jet-pack que le permite volar, pero que viene de la aristocracia y con un agrande que al principio lo hará chocar con sus camaradas. Con el correr de las páginas, Pegaso se integrará mejor al equipo y los lectores (y los otros Centinelas) aprenderemos a quererlo y a valorar su coraje y su dignidad.
Y en cuanto al dibujo, también hay novedades: en los primeros tomos llamaba la atención que Enrique Breccia dibujara tan pocos cuadros por página, a tal punto que en cada álbum de Los Centinelas pasaba bastante menos que en el álbum francés promedio. Ahora eso se revirtió: hay un par de splash-pages majestuosas y un par de páginas de menos de 5 viñetas. El resto, siempre ofrece 6 o más viñetas, hasta llegar al extremo de las 11 viñetas, algo que –me parece- no habíamos visto nunca, en ninguna otra historieta en los 45 años de profesión que lleva el Churrique. Por supuesto, el monstruo se la re-banca y su dibujo brilla con fulgor incandescente en absolutamente todas las páginas del libro, las de mil viñetas y las de una sóla.
En parte esto tiene que ver con que lo dejan colorearse a sí mismo: ahí Breccia saca una diferencia escalofriante y sorprende incluso a los que lo seguimos desde siempre con esa combinación perfecta entre climas en los que manda la sutileza cuasi-poética y exabruptos viscerales, de altísimo impacto visual, puestos en los momentos justos. Destaquemos también su magnífico trabajo a la hora de dibujar pueblos, ciudades, aviones y armas de la Europa de hace 100 años y ese otro plus, eso que Breccia dibuja (como los dioses) en Los Centinelas y –andá a saber por qué- se resistió a dibujar en todas sus otras historietas: los cuerpos en acción, las peleas físicas, los combates cuerpo a cuerpo, ya no resueltos con el primer plano de un puño, sino desplegados con generosidad y contundencia por este genio de nuestro Noveno Arte, hoy radicado en Italia.
Hasta ahora Dorison y Breccia vienen entregando un tomo de Los Centinelas (de 62 páginas, que para Francia no es poco) cada dos años. Este tomo se editó en 2011 (creo que en castellano todavía no salió), así que con un poco de orto, este año tenemos el Vol.4 de esta extraña mezcla entre historieta bélica, aventura histórica y machaca superheroica en la que guionista francés y dibujante argentino nos llevan a vivir una Primera Guerra Mundial distinta. No tan distinta como la que vimos el otro día en Arrowsmith, pero no menos cautivante.

martes, 26 de febrero de 2013

26/ 02: THE MARVELS PROJECT

Fogoneado por la recomendación de lectores de este blog y amigos cuyos gustos suelen coincidir con los míos, cuando vi barato este libro me lancé sobre él.
Adentro me encontré con un prolijo recuento de los albores de las carreras de los primeros superhéroes de Marvel, los que surgieron poquito antes de que EEUU se sumara oficialmente a la Segunda Guerra Mundial. Al igual que el Legacies de Len Wein, The Marvels Project no tiene una estructura típica, con principio, desarrollo y fin de un argumento, sino que funciona como una especie de crónica de distintos acontecimientos que suceden entre 1938 y 1942, narrados por un personaje que los mira mitad de adentro y mitad de afuera. El Angel es un justiciero enmascarado, a quien el propio Capitán América tiene en alta estima. Pero nunca pisará la Alemania nazi, ni siquiera un mísero cuartel militar de EEUU y no se sentará ni cerca del presidente Roosevelt. O sea que mucho de lo que sucede en la/s historia/s, el Angel no lo vivió, sino que se lo contaron otros protagonistas. La idea de que sea un personaje claramente segundón el que lleve la voz cantante sirve para que la historia, si bien cobra visos épicos, sea vista siempre desde el suelo, desde un tipo normal, sin poderes, que gran parte del día es un newyorkino más. Casi la Gran Astro City.
Gradualmente, el maestro Ed Brubaker (que es quien firma este guión) desplaza el foco de Nueva York hacia el frente de combate en Europa y sobre el final le dedica también una extensa (y desoladora) secuencia a los trágicos sucesos de Pearl Harbor. Los superhéroes impulsan la historia hacia el género en el que se sienten más cómodos, pero recién al final la machaca grandilocuente le gana la pulseada al género bélico, al espionaje y al crimen urbano que (con la onda típica de los pulps) domina buena parte de la obra. La idea de Brubaker es recontar este amanecer de los héroes en el Universo Marvel desde una óptica más realista y menos bizarra, y para eso se apoya bastante en el primer tramo de Marvels (aquel clásico de Kurt Busiek y Alex Ross), al que expande, complementa y traiciona en sólo detalle, que es la edad de Nick Fury.
De todos modos, no se puede decir que Brubaker no haya hecho los deberes: por acá desfilan muchísimos personajes de fines de los ´30 y principios de los ´40, incluso algunos con poquísimas apariciones, y el guionista se esfuerza por darle a cada uno un perfil propio, una impronta propia y hasta que nos interesemos por ellos. Hay héroes, hay villanos, hay –como en todo comic que juega a implantar retroactivamente las bases de la continuidad- guiños a lo que uno sabe que va a suceder y además hay una especie de misterio muy bien llevado que tiene que ver con Matt Hawkins, el Two-Gun Kid, el cowboy desplazado en el tiempo que compartió varias aventuras con los héroes del presente.
Al frente del dibujo está Steve Epting, un tipo que hace 20 años era dedicidamente un John Buscema de la B, y más tarde (en sus pasos por DC y especialmente CrossGen) mejoró ostensiblemente hasta convertirse en un gran dibujante de estilo realista. Epting formó equipo con Brubaker varios años en la revista del Capi América y está clarísimo que es una dupla que se entiende a la perfección. Si queda algo para criticarle a Epting a esta altura del partido es que su dibujo se pasa un poquito de solemne. Los personajes parecen no distenderse nunca, jamás se rien, siempre están con cara de malitos, viendo a quien soltarle el próximo grito o la próxima trompada. El resto, todo óptimo. Me encantó su Human Torch (obviamente tributario del de Alex Dioss), me encantó su reconstrucción histórica tanto de New York como de la Europa en guerra, la forma en la que integró las referencias fotográficas al dibujo y, por supuesto, la forma en que el glorioso Dave Stewart entendió el estilo de Epting y lo levantó tremendamente con su habitual magia cromática.
The Marvels Project ofrece una versión más verosímil, más dramática, más cruda, en un punto más humana, de las primeras epopeyas de los héroes marvelianos de la mal llamada Golden Age. Si ese contexto histórico te interesa mínimamente, dale una oportunidad, porque Brubaker puso mucho huevo para que esos personajes, que en su momento eran sosos, chatos y sin onda, acá brillen en todo su esplendor. Incluso se tomó el laburo de explicar cosas imposibles como la militancia de Namor en los Invaders, codo a codo con Human Torch, con quien se cagó a trompadas en varias ocasiones. Y por si faltara algo, el dibujo está muy, muy bien.

lunes, 25 de febrero de 2013

25/ 02: ZHONG GUO

Vuelvo a encontrarme con el maestro belga Hermann Huppen (de acá en más, Hermann a secas) y su hijo Yves (de acá en más Yves H.), quien oficia de guionista en esta prolífica y exitosa dupla. En esta novela gráfica, padre e hijo nos llevan a la China del futuro para contarnos una clásica historia de espionaje, condimentada con elementos de ciencia-ficción.
Esta vez, las 52 páginas le alcanzan perfectamente a Yves H. para desarrollar la trama. De hecho, se da el lujo de escribir varias y muy intensas secuencias mudas, en las que se luce a pleno el talento de su padre, dibujante y narrador de calidad superlativa. Como en tantas historietas de misterio, en las últimas páginas habrá que aclarar verbalmente varios puntos oscuros de la trama y aparecerán algunos soliloquios un poco más extensos, pero nada que se compare ni remotamente con los masacotes de texto que vimos en La Chica de Ipanema.
En un tono sobrio, sin las estridencias típicas de las películas de James Bond, Yves H. nos mete en medio del típico enredo diplomático: un espía chino, que supuestamente robó datos confidenciales, pide asilo en la embajada de EEUU, donde nunca va a estar del todo seguro, porque hay infiltrados que responden a los servicios de inteligencia chinos, a la mafia de las tríadas y a la propia CIA que –como siempre- tiene su propia agenda. El primer tramo de la novela parece concentrarse en cómo Wang Li Fang zafa de sus captores, pero con el correr de las páginas, el guionista desplaza el foco hacia el agente Ditto, un ser clonado numerosas veces (incluso por distintas facciones), que intentará desenredar esta siniestra red de conjuras que intoxica, corrompe y lleva al límite del protocolo a las relaciones diplomáticas entre China y EEUU.
Por suerte el tema de las identidades y las lealtades volátiles (algo frecuente en el género del espionaje) no complica innecesariamente la comprensión de la trama. Que -en rigor de verdad- es más bien sencilla, a tal punto que muchas de las secuencias de acción parecen estar puestas por Yves H. simplemente para sacudirnos un poco, para asegurarnos de que no nos aburran el protocolo y el chamuyo. El hecho de que haya clones, autos que vuelan y chiches tecno del futuro también hace su aporte a la espectacularidad y a la tensión dramática de algunas escenas. Sin ser una maravilla, el guión está bastante bien y se hace sumamente llevadero.
Y como siempre, lo que manda al libro a la pila de los imprescindibles es el trabajo de Hermann al frente de los dibujos. El maestro aprovecha a full las secuencias mudas, las secuencias oníricas, las escenas en las que la acción le roba el protagonismo al protocolo, esos momentos tensos de interrogatorios, aprietes y torturas, las persecuciones por esta gigantesca urbe china del futuro, las escenas en mansiones y oficinas de lujo, para variar radicalmente la paleta de colores, para acompañar cada cambio de secuencia con cambios muy notables (y siempre acertadísimos) en la iluminación y sobre todo en las tonalidades del color. Todo a manopla, eh? Acá no existe el photoshop, ni ningún chiche informático. Los fondos, laburadísimos y omnipresentes como en toda novela pensada para el público franco-belga, están todos dibujados, hay cero foto retocada. Las armas, vehículos, laboratorios, rascacielos y hasta celulares ni siquiera están basados en fotos, porque al ambientar la historia en el futuro, Hermann los tiene que imaginar. Hay muchos hallazgos en el dibujo del belga, pero creo que me quedo con el de los saltos permanentes en el color, esa adaptación constante de la paleta del maestro a las muchas variantes que le ofrece el guión en materia de climas y locaciones.
Zhong Guo no es LA obra maestra de los Huppen, no cambia la historia ni te dan el diploma de Boludo si no la leés jamás. No obstante lo cual (cantaba el Carpo, que hoy cumple ocho años de gira) se trata de una historieta sólida, potente, convincente y con unos dibujos que te detonan las retinas en fuegos artificiales de placer. Me queda sin leer un libro más de Yves H. y Hermann, pero lo guardo para más adelante, para después de mitad de año.

domingo, 24 de febrero de 2013

24/ 02: ANTOLOGIA DE HEROES ARGENTINOS Vol.1

Es lógico que este libro lo edite Universo Retro. La idea es definitivamente retro y habría funcionado maravillosamente bien allá por 1999 cuando surgían con bastante frecuencia los proyectos en los que autores argentinos buscaban aproximarse –de distintas maneras y con distintos grados de éxito- a estéticas y temáticas vinculadas al comic de superhéroes. En aquel entonces, el espacio compartido entre todos esos personajes no sucedió y ahora sí. Veamos cómo vino esta primera entrega:
Lógicamente, Cazador no podía faltar. Pero la historieta que entregó Jorge Lucas no tiene nada que ver con el material que tanto amaron los fans del Paladín de las Puteadas. Se trata más bien de un rejunte de clichés de los cuentos de Lovecraft, al que al final se suma una tibia mención a Cazador. El clima oscuro y denso está muy bien llevado por los textos y ahí se terminan los logros. El dibujo prácticamente no existe: es Lucas jugando muy finito en la frontera entre el estilo Juan Carlos Flicker y la fotonovela. Arrancamos con el pie izquierdo.
Después viene la historieta más extensa: 20 páginas protagonizadas por Camulus. Se trata de una epopeya ambiciosa, evidentemente bien planeada por los guionistas García y Cascallares. Tiene dos problemas: por un lado, le falta establecer de modo más fuerte el conflicto. En las primeras páginas, los personajes tiran frases enigmáticas, profecías ominosas, pero no queda claro qué está pasando. Eso tiene que ver con el segundo problema: me da la sensación de que esta historia funciona perfecto como un episodio más en la saga de Camulus y al que no la viene siguiendo, lo deja bastante afuera. Hubiese estado piola que García y Cascallares usaran esta historia para explicarle a los neófitos el universo de Camulus, para tratar de cebarlos. Lo que sí me cebó hasta el infinito y más allá es el trabajo de Jok al frente de los dibujos. Estas 20 páginas son –lejos- las más hermosas del libro y están repletas de hallazgos. Jok aprovecha la ambientación fantástico-medieval para adoptar algunos truquitos clásicos de Alcatena y al combinarlos con su estilo salen unas imágenes de asombrosa belleza.
En la breve historieta de King Cop nos reencontramos con los autores de El Feo, Luciano Saracino y Omar Hetchenkopf. Esta vez la historia es menor, casi un chiste largo, y el mayor lucimiento se lo lleva el dibujo, super expresivo, recontra estilizado y con los fondos puestos donde tienen que estar.
Fernando Calvi retoma después de muchos años a Bruno Helmet, en una historieta sumamente extraña: lo que sucede es fuerte, definitivo, crucial para la historia del personaje. Sin embargo, el autor se esfuerza por des-enfatizarlo, por desorientarnos con los bloques de texto para que creamos que en realidad nos está narrando una historia chiquita, una anécdota de poca trascendencia. El dibujo le da una vuelta de tuerca más al estilo que Calvi nos mostró estos últimos años en Fierro: como no puede recurrir al color, le prende fuego al lápiz, la tinta y las tramas mecánicas para lograr ocho páginas repletas de imágenes de altísimo impacto.
Finalmente, los autores de Animal Urbano, Guillermo Grillo y Edu Molina, se reencuentran para una breve historia que supuestamente “pasa en limpio” lo sucedido en la novela gráfica de Carlitos (la vimos el 10/ 6/ 12), aunque en realidad lo que hace es introducir con mucho ingenio un concepto que –me parece- está pensado para habilitar (más adelante, si el proyecto de la antología se afianza y prospera) el encuentro entre varios de estos personajes. El dibujo de Molina (radicado hace ya muchos años en México) está bárbaro y hace que uno lamente enormemente que la historieta dure sólo seis páginas.
Hay un segundo tomo de la antología en carpeta, con historietas de Animal Urbano y Caballero Rojo (entre otros), pero por ahora no tiene fecha de salida. Esta primera entrega tiene sus altas y sus bajas, pero en general es un producto cuidado, con una edición impecable y con trabajos que los fans de Calvi, Jok, Hetchenkopf, Grillo y Molina no van a querer perderse por nada del mundo.

sábado, 23 de febrero de 2013

23/ 02: ARROWSMITH

Allá por 2003 se reunieron para un nuevo proyecto los autores de la alucinante Avengers Forever: Kurt Busiek y Carlos Pacheco. Esta vez nos contaron una historia ambientada en 1915, protagonizada por un chico de un pueblito rural de EEUU que, aburrido de la rutina de su granja y fascinado por los relatos épicos de los héroes que peleaban en la Primera Guerra Mundial, se decide a viajar a Europa, a sumarse al combate entre las grandes potencias de esa época. Así veremos a Fletcher Arrowsmith pasar de chico a hombre, experimentar el horror de la guerra, perder, ganar, enamorarse, sufrir, ensuciarse hasta el alma con las atrocidades que le toca presenciar y finalmente convertirse él mismo en un héroe de esos cuyos relatos lo cautivaron.
Con esta consigna, las posibilidades de que salieran 144 buenas páginas de historieta eran bastante altas. Pero hete aquí que Busiek y Pacheco deciden no arriesgar: esta versión de la Primera Guerra Mundial es la de un mundo alternativo, en el que existen (integrados a los seres humanos normales) dragones, gárgolas, vampiros, hombres lobo, zombies, gigantes, trolls, golems y hechiceros de toda clase. Tanto Prusia como Galia cuentan con bichos, artefactos y conjuros de origen místico y los usan para lograr la ventaja en esta guerra cruenta y a gran escala. De hecho, el cuerpo de “aviadores” donde milita Arrowsmith no tiene aviones, sino que los “pilotos” vuelan propulsados por hechizos que los vinculan a los pequeños dragones que los acompañan.
A partir de la introducción de los elementos fantásticos, Busiek y Pacheco se permiten a sí mismos no obsesionarse con el tema de la documentación histórica y la reproducción fidedigna del período en cuestión. Como en Rex Mundi, se animan a redibujar el mapa, a cambiar brutalmente el equilibrio de poderes entre las naciones de este 1915 alternativo, a los efectos de que la historia sea menos predecible. Y a partir de ahí, toda la atención que no le ponen a respetar nombres y rostros de presidentes, reyes y ministros, toda la bola que no le dan a los uniformes y armamentos de cada una de las milicias involucradas, se la dan al desarrollo de los personajes y sobre todo a las emociones que genera en ellos el contexto extremo en el que les toca vivir. Claramente el personaje mejor trabajado es Fletcher Arrowsmith, aunque también hay secuencias de alto impacto para Rocky, Grace y Jonathan.
El final, si bien es monumental, no suena a final definitivo, y durante los distintos episodios asoman puntitas de misterio que no terminan de cerrar. Por supuesto, el universo bélico-místico que plantea la saga también es imposible de explorar en su totalidad en menos de 150 páginas. O sea que yo sospecho que esto se escribió como primer arco de una serie, que lamentablemente nunca continuó.
Está complicado encontrar palabras para lo que hace Pacheco a la hora de dibujar esta saga. Entintado por Jesús Merino con línea clara, finita, muy prolija, acá tenemos una versión del maestro gaditano que lo acerca muchísimo a los grandes dibujantes de aventura histórica que triunfan en el mercado franco-belga. Con muchos primeros planos y bastantes páginas de un sólo cuadro, es cierto, pero con un laburo impresionante en los fondos, detalles increíbles y una sutileza para las escenas tranqui que generalmente no logran los autores identificados con el género superheroico. A esto sumémosle el generoso despliegue de acción y machaca que pela Pacheco en los tramos centrados en el combate, su narrativa fina y efectiva (que acá, además, hace magia para no shockear más de la cuenta con el gore) y un muy buen trabajo del colorista Alex Sinclair, y nos queda un libro inmensamente placentero a la vista.
Arrowsmith no marca un antes y después en la historia del comic ni aspira a ascender al Olimpo. Sin embargo la rompe y te deja pidiendo a gritos una secuela. ¿Por qué? Por su hábil combinación de géneros, la profundidad que adquieren personajes y situaciones y el enorme talento volcado por una dupla autoral que se entiende a la perfección y a la que le sobra huevos para buscar vueltas nuevas, sin regurgitar ad infinitum los yeites del comic de superhéroes que tan bien manejan. Tengo la sensación de que el TPB está descatalogado, o que no es fácil de encontrar. Pero vale la pena incluso recorrer varias dimensiones alternativas con tal de conseguirlo.

viernes, 22 de febrero de 2013

22/ 02: PROMESA

Lo intenté varias veces, pero nunca encontré un shojo que me cerrara. Por muchísimos motivos que sería denso enumerar, los shojo en general me hacen más ruido y me generan más rechazo que las historietas románticas chotas gestadas en Occidente (ya sean las yankis al estilo Young Romance o las argentinas al estilo Intervalo). Ojo, no es una actitud militante. No levanto las banderas del “anti-shojo”. Pero ya no me caliento en buscar alguno que me pueda llegar a gustar, porque estoy resignado a no encontrarlo. Me imagino que para las minitas que sintonizan la onda de lo que las autoras de shojo quieren transmitir, muchos de esos mangas que a mí se me hicieron infumables deben ser gloriosos. En una de esas, resulta que el shojo está tan bien pensado para las chicas japonesas de 15 años, que uno que es varón, argentino y podría tener hijas de 15 años, lo ve muy de lejos, con mucha distorsión, o como esos partidos de futbol de los que (hasta hace no mucho tiempo) nos mostraban sólo la tribuna.
Promesa se editó en España en 1995 y fue la primera vez que una editorial de ese país apostaba por el shojo, en este caso con dos historias cortas de Keiko Nishi, publicadas en un único tomo de 80 páginas. Ya sólo por esa chapa, por esa impronta vanguardista, me interesó para comprarlo. Además me atrajo que fueran dos historias autoconclusivas, me encanta ese formato (Planeta lo utilizó bastante a mediados de los ´90 para editar mangas MUY copados) y lo vi muy barato en una comiquería. Veamos con qué me encontré al leerlo:
A nivel gráfico, Keiko Nishi comparte todos los problemas (algunos dirán “son los códigos”) que veo en casi todas las autoras de shojo: no hay equilibrio entre masas negras y espacios blancos, los varones son casi idénticos a las mujeres, la narrativa se entorpece cuando aparecen esas viñetas todas blancas o todas negras donde “vemos” diálogos pero no a los personajes que los emiten, se nota mucho el apuro (o el desdén) a la hora de dibujar fondos y vehúculos... lo de siempre, bah. Nishi la rema bastante bien con algunas viñetas aisladas (sobre todo en la primera historieta) en las que pela unos cross-hatchings alucinantes, dignas de un virtuoso del plumín. En el resto, es una mangaka del montón, un exponente más de esa forma de dibujar y narrar que a mí no me cierra. Por lo menos no mete super-deformers ni personajitos cute, ni bloques en los que narra en primera persona qué le pasaba mientras dibujaba los mangas.
La segunda historia, Desde que te has ido, arranca bastante bien, en un momento afloja un poco y, cuando parece que está por repuntar, se termina. Se me dirá “¿y, qué querés si son sólo 34 páginas?”. Responderé “Flaca, antes de empezar sabías que eran 34 páginas. ¿para qué te cebás contando un flashback de 10 páginas?”. En fin, tampoco es catastrófico...
Y la primera historia, la que le da título al álbum, tiene un argumento sorprendentemente bueno. Después lo tira un poco abajo el guión, como suele suceder en este género, pero el argumento es muy atractivo. Tanto que, reescrito en clave dark, reinterpretado para el lado del misterio sobrenatural y graficado de otra manera, se podría acercar a los relatos más argolla-friendly del maestro Neil Gaiman. La historieta no está para nada comprimida ni estirada, y es –para lo que solemos ver en el shojo- entre aceptable y buena, pero la idea que la motoriza, la premisa que conjura Keiko Nishi, es realmente bella. Promesa se publicó originalmente en Japón allá por 1990, así que ya nadie se va a avivar si alguien se afana esta idea y –disfrazándola un poquito- la usa para un nuevo manga, o un comic occidental, que parta de la misma base.
En buena medida gracias a sus primeras 42 páginas, Promesa cumplió. Entré con la expectativa de no salir demasiado indignado y me fui con la satisfacción de haber encontrado un planteo argumental bueno y otro brillante, que se lucen a pesar de tooodo lo que hace ruido, tanto en el guión como en el dibujo. Bien por Keiko Nishi y bien por Planeta-DeAgostini, que eligió criteriosamente con qué historias abonar ese terreno que en la España de 1995 era un baldío y hoy es un pastizal fértil y generoso en el que comen unas cuantas bestias.

jueves, 21 de febrero de 2013

21/ 02: KANE Vol.1

Hoy cortito, porque no tengo tiempo.
Esperé muchos años para leer esta obra de Paul Grist y la verdad que recontra valió la pena. Kane es un policial de tono realista, ambientado en una ciudad que no existe (New Eden). Las historias combinan investigación, algo de acción y un cachito de humor, sin perder nunca el foco, que son los procedimientos policiales. Como si esto fuera poco, Grist le da carnadura a varios personajes y nos los hace sentir sumamente reales. Y esto recién empieza: me da toda la sensación de que en los tomos siguientes va a haber todavía más énfasis en la caracterización.
Esto que Image publicó en seis tomos, originalmente salió en comic-books, editados por el propio Grist, a través de su sello unipersonal, Dancing Elephant. Según él, lo que lo llevó a autoeditarse fue su fanatismo por Cerebus, que además se nota en la narrativa, en la búsqueda permamente de efectos para sorprender al lector con la puesta en página. En ese sentido, el tributo de Grist a la obra magna de Dave Sim es notable y constante en los todos los episodios que recopila el libro. Ahora en la superficie del dibujo, la principal referencia es Sin City. Sospecho que Grist leyó también a José Muñoz, a Mike Mignola, a Rian Hughes y muy probablemente también a Alex Toth. Pero a la hora de “subirse” a una estética, elige la de los violentos thrillers urbanos de Frank Miller, e incluso mete las panatllitas de TV al mejor estilo Dark Knight. Con ese claroscuro fuerte y esa línea sintética y sobria, Grist hace –definitivamente- lo que quiere y nos lleva a gusto y piaccere por escenas tensas o relajadas, por climas ominosos, por persecuciones a todo o nada o por momentos en el que la rutina de estos canas amenaza con llevarse a la historia para el lado del slice of life.
Por las características propias de su industria del comic, Inglaterra nunca generó demasiados autores integrales, sino más bien guionistas que no dibujan y dibujantes que no escriben. Hay varias excepciones, por supuesto, y Paul Grist es una de las más llamativas, sobre todo por la calidad de las obras que acumuló en los últimos 25 años. Ahora, a redoblar esfuerzos para conseguir los tomos restantes de Kane.

miércoles, 20 de febrero de 2013

20/ 02: EL FEO

Este libro es importante, porque recopila en su totalidad una serie que, cuando se pre-publicó en Fierro, salió no sólo cortada en fetas, sino con menos páginas de las que entregaron los autores. Fierro nos ofreció 38 páginas a color (un color por lo menos discutible) y Llanto de Mudo nos dice que no, que El Feo son 46 páginas en blanco y negro. Hasta ahí, buenísimo. Ahora lo que no se entiende es con qué criterio una historieta de 46 páginas se recopila en un libro de 80. Tooodas esas páginas que la historieta no ocupa, están repartidas entre un prólogo del guionista (Luciano Saracino), algunos bocetos del dibujante (Omar Hetchenkopf) y 15 (!) pin-ups de artistas invitados. Algunos son maravillosos, pero... ¿hacían falta? ¿Alguien se compra un libro así por los pin-ups? ¿No era más fácil, práctico y económico editar El Feo en un libro de 56 páginas, con la historieta completa, el prólogo y algún dibujito extra? Como diría Miguel Angel Russo, “son decisiones...”, en este caso una decisión que no me termina de cerrar.
El planteo de la obra es sumamente ganchero: un demonio cansado del Infierno vive en la Tierra, más precisamente en un Abasto teñido de malevaje y arrabal. Pero resulta que esta especie de Hellboy encapuchado está enamorado de una diosa, Minerva, y la quiere encontrar. La trama narra básicamente la búsqueda de Minerva por parte de Edmond, el Feo, que se llama así por el gran Edmundo Rivero. Entre secuencias oníricas, garches sensuales (no se sabe cómo, pero El Feo la pone bastante seguido) y algunos momentos de acción, Saracino nos lleva por distintos inframundos hasta llegar al encuentro entre Minerva y El Feo, que no termina para nada como uno se lo espera.
A su habitual solvencia para el realismo mágico y la combinación de elementos terrenales y sobrenaturales, Saracino suma un hábil manejo de la mitología tanguera. Letras y climas típicos de la música que hace 100 años identifica a Buenos Aires invaden la historia de El Feo y la enriquecen, le suman vuelo y poesía. También suman esas frases definitivas, esas sentencias que algunos personajes le tiran al protagonista (que no responde porque es mudo), invariablemente bien escritas. Lo que no me llegó a atrapar del todo es el conflicto, en una de esas porque Saracino cuenta en el prólogo cómo lo va a resolver.
Y lo que definitivamente deja a El Feo afuera de la lista de los libros imprescindibles es el trabajo de Hetchenkopf al frente de la faz visual. Se nota que estamos ante un dibujante que sabe, que no improvisa, pero excepto por los primeros planos (en los que deja la vida), se lo ve poco comprometido con la trama. Claramente a Hetchenkopf no le copan las páginas con más de seis viñetas y las muchas veces que el guión se las exige, responde con dibujos precarios y planificaciones forzadas, en las que no se lucen ni su dibujo, ni la mezcla de brutalidad y sensualidad que proponen los textos. Además, Hetchenkopf se suma a la onda “ni en pedo dibujo un fondo”. Cuando no alcanza con meter manchas negras, atrás de los personajes aparecen invariablemente fotos apenas retocadas, en contraste bastante grosero con la estética del dibujo. A favor de Omar tenemos que decir que evolucionó un montón: ya no es el clon correcto de Carlos Meglia que vimos en King Cop. Ahora tiene una identidad gráfica más personal, aunque para sentarse entre los maestros del claroscuro le falta poner bastante más huevo. En un momento me imaginé estas páginas dibujadas por Dante Ginevra y tuve una especie de nirvana.
Con la originalísima consigna de combinar el mundo de los ángeles, los demonios, las hadas y los dioses con el submundo siome y sórdido del arrabal porteño, El Feo cuenta y canta, muestra y sugiere una historia “de amor a pesar de todo”. Para ser Gardel, le falta un dibujante que se juegue más, y por ahí descomprimir un poco más la trama, darle más aire, para evitar esas páginas de ocho y nueve cuadros que conspiran contra el clima de la obra y le aceleran mucho el ritmo a un baile que se disfruta más cuando se baila más pausado, cuando se franelea más.

martes, 19 de febrero de 2013

19/ 02: LA CHICA DE IPANEMA

El título de este álbum no puede ser más frutihortícola. Lo que pasa en la historia no tiene nada que ver con esa famosa canción, de la que apenas se “oye“ un pedacito en la última viñeta, encima en la versión de Frank Sinatra.
Lo importante, obviamente, no es eso, sino que estamos ante una nueva colaboración entre el guionista Yves H. y su ilustre padre, el glorioso Hermann. Ya los habíamos visto trabajar juntos en Manhattan Beach 1957 (allá por Marzo de 2010) y esta obra de 2005 es su cuarta historieta en conjunto (en unos días leo la tercera, que está ahí, pidiendo pista). Este Hermann tiene poquísimo que ver con el que descubrimos en los setentosos álbumes de Comanche: acá el maestro belga ya encontró definitivamente su estilo y lo refinó para crear un sello gráfico indudablemente propio, sin renunciar a su inscripción en el estilo académico-realista. Este Hermann mete más cuadros por página, dibuja a los personajes más redondeados (pareciera sentirse mucho más cómodo dibujando a gordos que a flacos), simplificó muchísimo el trazo y ganó en complejidad y sutileza cuando se lanzó a darle color directo a sus páginas. Un porcentaje muy importante de lo mucho que se disfruta la faceta visual de este libro tiene que ver con cómo Hermann aplica el color, cómo elige la paleta, cómo crea y ejecuta efectos alucinantes en la iluminación, como se pone al servicio de los climas que propone el guión. Este es otro trabajo magistral del belga, repleto de detalles increíbles, personajes muy expresivos, referencias fotográficas muy bien integradas al dibujo, un repertorio amplísimo de enfoques (siempre bien elegidos) y lo que subrayaba recién, un manejo exquisito de las posibilidades que le brinda el color directo.
El argumento que propone Yves H. es sumamente atractivo: una investigación policial absolutamente realista, que respeta al milímetro los procedimientos (más incluso que lo que veíamos en Gotham Central), y que busca esclarecer la muerte de una joven y la desaparición de otra. Ron Chávez, detective de la policía de Los Angeles, llevará adelante la mayor parte de la pesquisa y por supuesto se topará con una intrincada red de impunidad tejida por mafiosos, empresarios encumbrados de Hollywood y gente vinculada a la política. Hasta ahí, todo bárbaro. Los personajes están bien construídos, no hay sacudones ilógicos, el plan B de los villanos está bien planteado, la policía no encuentra pistas de casualidad, cuando aparecen el gore o el grim ´n grittty impactan y estremecen de verdad, se nota que Yves H. estudió la geografía y la sociedad de Los Angeles y sus suburbios... un lujo.
El problema es que la novela gráfica tiene sólo 52 páginas, y el argumento es demasiado complejo para 52 páginas. Así es como el guionista mete groseros masacotes de texto en casi todas las páginas, en los que nos narra secuencias enteras que su padre no dibuja porque no tiene espacio. Incluso avances importantes en la investigación de Chávez y el LAPD se cuentan en esos bloques de texto, además de algunas conjeturas, sensaciones, recuerdos y esas cosas que sirven para meternos más en la mente de los protagonistas. O sea que, aunque te aterren esos párrafos infinitos de texto -que parecen capítulos de El Capital de Marx, con las notas al pie y todo- no te los podés saltear porque te quedás afuera de cosas realmente importantes para la resolución del misterio.
Y así, entre los mega-bloques de texto que escribe Yves H. y las muchas viñetas por página que dibuja Hermann, La Chica de Ipanema llega a un final, que no es para nada el que uno espera. La novela le saca mucho jugo al hecho de que está ambientada en Hollywood, pero el final no tiene nada que ver con el del típico thriller del cine yanki. No quiero contar nada, simplemente destacar la fina ironía del giro con el que, en la última página, los autores le ponen el broche de oro a una historia dura, tensa, 100% verosímil (nadie se sorprendería si estuviera sacada de los diarios) y que sufre un poquito por el hecho de estar caprichosamente comprimida en menos páginas de las que hacían falta para que padre e hijo brillaran en todo su esplendor. En 52 páginas, les salió una historieta buenísima. En 64, no me quiero ni imaginar lo que se podría haber hecho con ese mismo argumento. Mínimo, una obra maestra.

lunes, 18 de febrero de 2013

18/ 02: JSA Vol.7

Finalmente conseguí los dos tomos que me faltaban para completar esta serie, a la que vengo leyendo en perfecto desorden. De hecho, ya reseñé acá en el blog los tomos 6 y 8, o sea que esta reseña iría en medio de esas dos. Algún día tendré tiempo para releer toda la JSA en orden, como debe ser. Esto es una expresión de deseos, no una afirmación, pero bueno... es lo que hay.
Este es un tomo gordito, jugoso, con 10 episodios de la serie regular en los que tenemos la última saga co-escrita por Geoff Johns y David Goyer, un arquito de dos números y dos episodios unitarios, ya con Johns solito al frente del timón. De atrás para adelante, el último unitario es el típico (y logradísimo) canto de mi doppleganger a la chapa y la tradición de la JSA y además recupera a Ma Hunkel, un personaje cuasi-olvidado, que llevaba décadas sin aparecer. El otro episodio autoconclusivo narra una reunión entre la JSA y la JSA y se centra íntegramente en los diálogos (buenísimos) entre los personajes. Páginas y páginas de tipos y minas con disfraces locos, que charlan y comen. Hay un intento de conflicto pero se desactiva por el lado de la joda (con humillación para los villanos incluída), al mejor estilo de la Liga de Giffen y DeMatteis.
El arquito de dos episodios arranca muy bien, con la exploración de varias de las consecuencias que dejó la saga anterior y con el desarrollo de un sub-plot que desembocará en el tomo siguiente. Hasta que a Johns se le ocurre focalizar la acción en la nueva y misteriosa Crimson Avenger, que ya había aparecido alguna vez, y ahí se va todo al carajo. Esta mina, ciega y medio pirada, se lanza contra Wildcat y Power Girl en una lucha absurda e innecesaria, encima muy mal dibujada por el precario Don Kramer, quien también dibuja el unitario con la JLA. Yo entiendo que meter TRES capítulos seguidos de gente hablando significa un riesgo enorme, y bueno, Johns le quiso poner algo de machaca al epílogo de Princes of Darkness, con resultados discutibles.
En cambio, en los seis números de la saga que le da título al TPB, a mi clon perdido y a Goyer les sale todo demasiado bien. Princes of Darkness tiene más de 150 páginas, más de 20 superhéroes, tres villanos grossos, escenas en el pasado, en el futuro, en dimensiones paralelas, machaca en cantidades industriales, diálogos magníficos, secuencias intimistas, momentos cruciales para casi todos los protagonistas... esto está al nivel de lo mejor de Chris Claremont en X-Men, y si no se puede postular que es incluso mejor, es porque en vez de a un John Byrne, Johns y Goyer tuvieron a un Leonard Kirk, dibujante segundón con escasa onda. Con dibujante del montonardo y todo, Princes of Darkness es una montaña rusa impresionante. Por la cantidad de cosas grossas que pasan, la cantidad de líneas argumentales que se cierran, la cantidad de veces que te hacen sentir que se pudrió todo y la JSA va a perder, la audacia para pegarle sacudones importantes a un montón de héroes y villanos, la magnitud del conflicto, la habilidad maradoniana para entretejer decenas de conceptos que ya existían en el Universo DC pero que a nadie se le había ocurrido vincular... Sin duda esto es comic de superhéroes de primera calidad, con todos los elementos que uno quiere ver en una epopeya de este tipo, e incluso más.
Lástima el dibujo: el primer episodio lo pilotea un muy decoroso Sal Velluto y en el resto, Leonard Kirk hace lo que puede, que no es demasiado. Sin ser horrible (al lado de Don Kramer es... Alan Davis), a Kirk estos guiones le quedan un poco grandes y se nota cómo trata de remarla para que sus limitaciones no se hagan tan evidentes. Encima ocho de estos 10 episodios salieron con unas portadas devastadoras de Carlos Pacheco: buscar en las páginas interiores UNA viñeta dibujada al nivel de las portadas es totalmente al pedo, como buscar escenas de sexo explícito en el Discovery Kids.
En estos comics de 2003 y 2004, Geoff Johns justificaba ampliamente la enorme chapa que acumuló en años posteriores. A diferencia de su infumable reboot de la Justice League, esta etapa en la JSA es una cátedra en la que Johns enseñó a humanizar, modernizar, upgradear y sobre todo a respetar a héroes y villanos de larguísima tradición, en historias vibrantes, emotivas, con dilemas morales jodidos y un equilibrio perfecto entre machaca y caracterización. Después (creo que cuando se fue de Action Comics) traicionó definitivamente estos valores y se dedicó a chorear, convertido en un vil sicario de Dan DiDio. Por suerte nos quedan comics como la JSA para recordar al Johns copado, al que dejaba la vida en cada página. Volvé, Geoff, está todo bien...

domingo, 17 de febrero de 2013

17/ 02: EL CULTO DEL LIBRO NO LEIDO

No sé si la foto se verá bien... Claramente las camaritas digitales no son lo mío. Pero custodiados por mis muñequitos de Astérix, aparecen repartidos entre dos estantes de una de mis bibliotecas casi todos los libros que tengo sin leer. Algunos quedaron afuera (en un pilón al lado de la cama) y habrá seis o siete que están en lo de mi hermano, que suele leer las cosas que le interesan antes que yo.
No quiero cancherear, pero son muchos libros. Demasiados. Posta, me pone mal tener tanto material sin leer. Y eso explica bastante por qué últimamente el blog se parece tanto a la primera temporada, la de 2010, cuando la consigna era “sólo reseñas”. No es que no se me ocurran temas para debatir, o para analizar. Siempre tengo cuatro o cinco temas bosquejados, con punteos, flechitas, acotaciones... embriones de posts que tal vez, algún día, verán la luz. Pero la onda ahora es priorizar las reseñas, para bajar un poco los pilones de material no leído. Por ese mismo motivo no estoy publicando mis disecciones del Previews. Hago las listitas y los pedidos pensando “Estoy en pedo, tengo todos esos libros sin leer y estoy comprando... más libros!”.
Mi único aliado en todo esto (y en tantas cosas) es el paso del tiempo: cada día me bajo un libro y no todos los días compro (o me llegan) libros nuevos. Entonces, a la larga, la pila necesariamente va a bajar. Y tengo que aprovechar para ganarle al monstruo ahora, que no estamos en temporada de eventos y no tengo por delante viajes o jornadas de ocho mil horas en un stand que me impidan leer y reseñar material al demencial ritmo de un broli por día.
Alguno dirá “¿Y para qué perdés el día de hoy con este post pelotudo, si podés (y necesitás) reseñar un libro y bajar la pila de los pendientes?”. Es cierto, hoy podría haber reseñado el libro que me terminé a las seis y media de la matina, cuando volví de una fiesta. Pero bueno, necesitaba también exteriorizar esto, en parte porque hoy me tocó hacer el pedido mensual a Amazon y tomé conciencia de que cada clic que hacía en el cartelito de “add to cart” era un libro más en la interminable montaña de lo no leído. También el TPB que voy a reseñar mañana marca el inicio de una larguísima saga de reseñas del material que me compré en el viaje a Nueva York. Ya había comentado un par de libros conseguidos en aquel momento (uno de ex Machina, uno de Sam Kieth y uno de Corben) pero la gran masa quedó ahí, pidiendo pista.
A partir de mañana, entonces, vamos a mechar algunas reseñas de material reciente (principalmente nacional) y muchas de material de años anteriores, de cosas que siempre quise leer y nunca tuve, colecciones de la década pasada que en algunos casos ni había llegado a empezar, cuasi-clásicos rarísimos, etc. Cuando veas que comento algún comic editado en EEUU, seguro es uno de los trofeos que me traje de Nueva York. Y postergo para vaya a saber cuándo la lectura de material yanki de estos últimos meses, incluyendo lecturas imprescindibles, como los tomos finales de Scalped, todo Journey Into Mystery de Kieron Gillen, la continuación de X´ed Out (de Charles Burns) y muchísimos libros más con olor a papa fina. Cuando los lea, van a ser casi tan vintage como los libros de Tarzan de Hogarth...
Me fui al carajo, mal. Pero no me arrepiento de nada, obvio. Al principio, el blog me sirvió para adquirir la disciplina de sentarme todos los días a escribir. Ahora ejerce presión para que no pase un sólo día sin leer. Y en este momento, esa presión me viene bárbaro. Mil disculpas si en estos meses el blog no ofrece tantas variantes como en los anteriores, sobre todo a los que prefieren la onda más diversa, la que cultivamos en 2011 y 2012. Los nostálgicos de 2010, de las 365 reseñas en igual cantidad de días, supongo que estarán chochos de la vida. Gracias a todos por estar ahí y hacerle el aguante al blog.

sábado, 16 de febrero de 2013

16/ 02: L´EXPEDITION Vol.1

El rosarino Marcelo Frusín es el abanderado, el referente indiscutido, de algo que no debería existir: los dibujantes argentinos con muchísima trayectoria, gran producción e indiscutido talento, pero con cero obras publicadas en nuestro país. Preguntale a cualquiera de los chicos argentos que trabajan para Marvel, DC, Dark Horse, Avatar o la que sea, y todos te van a decir lo mismo: “Frusín, el más grosso”. Con 45 años ya cumplidos y miles de páginas publicadas en editoriales de primera línea, Marcelo sigue inexplicablemente inédito en Argentina. Acá vimos algunos trabajos que realizó en su etapa de asistente de Eduardo Risso, pero llevan la firma de Risso, no de Frusín. Con lo cual este monstruo del Noveno Arte es una especie de secreto cuya existencia conocemos sólo los iniciados, mientras miles de fans de la historieta argentina ni saben que existe. Injusticia absoluta rayana en el disparate, aunque al rosarino eso le importe poco.
Después de muchos años de batallar en el sello Vertigo, hace un tiempo Frusín aceptó una oferta de la editorial Dargaud para sumarse al mercado del álbum francés. El resultado es L´Expedition, una serie cuyo primer tomo (aparecido en 2012) causó conmoción y arrasó en las librerías francófonas. La propuesta tenía todo para ganar: L´Expedition es una aventura ambiciosa con ambientación histórica (ancho de espadas entre los comiqueros franceses), escrita por Richard Marazano, uno de los guionistas de moda, un pulpo que escribe 8.000 series por mes y con todas le va bien, y dibujada por Frusín a un nivel que te deja estupefacto. No sé si la coloreó él mismo, pero el color también, está más allá de lo verosímil.
La trama arranca bien de atrás, sin apuro por llegar a los momentos más impactantes. Los personajes y la dirección se construyen de a poco, en diálogos en los que Marazano tira mucha data sin aburrir. Con el correr de las páginas, terminamos por entender perfectamente al enigmático Marcus Livius y su férrea (casi demencial) determinación por descubrir de dónde salió ese hombre tatuado y cubierto en joyas extrañas que apareció un día, flotando en un barquito en las aguas de una Tebas ocupada por el Imperio Romano. Livius se rodeará de mercenarios codiciosos y pendencieros y emprenderá la búsqueda de esa civilización desconocida y aparentemente poseedora de increíbles tesoros. Por ahora, lo veremos padecer el calor de los desiertos, la voracidad de las fieras y la persistencia inclemente de fantasmas del pasado, de cagadas que se mandó y que la vida le cobró caras. El Vol.1 termina en un momento tremendo, con una secuencia fundamental para la trama, y te deja prendido fuego, pidiendo a gritos el Vol.2. Maligno pero válido, el recurso al que apela Marazano para que uno se haga adicto a la serie.
Frusín, mientras tanto, pelará el mejor trabajo de su carrera. Como se nota que Marazano no tiene apuro, el rosarino se encuentra con la libertad de dibujar pocas viñetas por página (casi no hay páginas con más de seis), lo que le permite repetir y refinar los trucos de narrativa que tan bien le salían cuando laburaba en Vertigo. El trabajo del color, que imita la pincelada del color directo, le da al dibujo de Marcelo una impronta más personal, más alejada de la de Risso. Los personajes, que en principio son todos chabones grandotes con cara de pesados, tienen cada uno sus rasgos distintivos. Y los animales... ma-mita! No hay muchos dibujantes en el mundo que dibujen animales mejor que Frusín. Acá tenemos camellos, hienas, buitres, una pantera, un elefante (que aparece en una sola viñeta pero te detona el cerebro)... todos dibujados como la hiper-concha de Dios. El laburo de Marcelo es tan, tan potente, que en Francia se editó una segunda versión del álbum, en formato aún más grande (casi al tamaño real de los originales) y en blanco y negro, para que los fans más exquisitos puedan degustar hasta el más mínimo detalle. Me imagino que debe ser un festival del claroscuro difícil de olvidar.
L´Expedition, amigo viñetófilo, es aventura clásica en su máxima expresión. Una especie de peplum con elementos fantásticos (hasta ahora sólo insinuados), perfectamente documentado, osado, duro, para nada solemne, con sutiles pinceladas de humor negro y el tema subyacente del imperialismo y el choque entre conquistadores y conquistados. No creo que jamás se publique en Argentina, pero me conformo con que haya una edición en castellano, para que más gente la pueda disfrutar. Ah, y quiero YA el segundo tomo!

viernes, 15 de febrero de 2013

15/ 02: DAREDEVIL Vol.1

Con Daredevil no voy a hacer lo que hice con Fantastic Four. Sé que me falta leer bocha de episodios de la época de Brian Michael Bendis y Ed Brubaker, pero quedarán para más adelante. Ahora me quiero zambullir en la etapa de Mark Waid, a ver qué tan distinto es de todo lo anterior y sobre todo qué tanto exageraron los jurados que se cansaron de darle premios.
La primera sorpresa que ofrece este TPB no es muy grata: me querían vender a Paolo Rivera como un grosso y me pareció un dibujante correcto, cumplidor, sin mocos estridentes, pero lejos del nivel que hace falta para subirse al palco de los próceres. Encima lo ponen al lado de Marcos Martín, y ese sí, en un estilo bastante cercano al de Rivera, despliega una magia y un talento de los que no abundan ni a palos (ni a billy cubs) en el mainstream yanki. O sea que Rivera no sólo no hace méritos para lucirse, sino que al lado de Martín se desluce.
Martín arranca a full en el cuarto episodio, pero dibuja una historia corta que acompaña a la del n°1, donde ya te avisa que te va a partir la cabeza en 32 pedazos. La escena en la que Matt y Foggy bajan a tomarse el subte (en la estación de la calle 125, al toque de donde paramos con mis amigos uruguayos en nuestro reciente viaje a Nueva York) deja el listón tan alto, que todo lo que venga después parecerá mediocre. En sus tres episodios posteriores (los de la saguita de Austin Cao y el cónclave entre las cinco mega-organizaciones del crimen) el talentoso español nos brindará muchas secuencias maravillosas, recontra estilizadas, de alto impacto, pero nada como esa página del n°1, perfecta por donde se la mire.
De todos modos, la estrella de esta serie es Mark Waid, quien se cargó al hombro la dura tarea de reinterpretar a Daredevil dejando afuera de la ecuación el lado más dark y más trágico del personaje. Por ahora, no hay ninjas, no hay mafias sórdidas al estilo Kingpin, el personaje no parece sufrir ni retorcerse por nada de lo que le sucede, no se toca ni de rebote el tema de la religión (ni la brillante contradicción que supone un católico disfrazado de diablo) y no se respira ese clima noir, de “está todo mal y en cualquier momento cualquier personaje puede ser boleta”. Acá no creo que muera nadie, ni los secundarios (un Foggy Nelson afiladísimo y un hallazgo de Waid, Kirsten McDuffie), ni los terciarios (los ocasionales clientes de Matt Murdock), ni siquiera los villanos.
Guarda: tampoco es una comedia light. Hay mucha acción, Daredevil zafa de peligros imposibles, la trama de la segunda saga es espesa, con mucho y muy heavy en juego (quiero ver a Waid explorar las consecuencias de lo que nos cuenta en ese increíble n°6) y nada se resuelve de modo ramplón o pavote como en los comics de los ´60. Hay diálogos muy cómicos, incluso hay reflexiones agudas e ingeniosas en los bloques de texto (narrados por el propio Matt), y aún así el énfasis está puesto en la aventura, en la faceta más puramente superheroica del personaje. El ritmo y la acción son tan importantes para Waid que hasta encuentra la forma de que Matt, experto litigador en juicios orales, no quede empantanado en largas secuencias de courtroom drama. El abogado ciego (de quien media Nueva York asegura que es Daredevil) se alejará de los tribunales, aunque no de la profesión a la que ama.
Esto arrancó muy bien. Con muchas emociones, un lindo elenco, excelentes diálogos, usos (y formas de graficar) los poderes de Daredevil muy originales, peleas en las que el héroe se exige a un 110% y además varias situaciones que tiene que resolver pensando, no revoleando patadas. Lo único que tengo para criticar es que Bruiser tuvo sobradas chances de matar a Daredevil y se conformó con tirarlo al mar cagado a trompadas. Un error que, obviamente, pagó caro. El resto, divertidísimo. Así que si te gustan los superhéroes más clásicos, con menos grim ´n gritty y más margen para la sonrisa y la buena onda, supongo que esto te va a resultar entre atractivo y adictivo, según cuánto cariño le tengas al personaje. A mí, que banco al Cuernitos incondicionalmente desde los ´80, Waid me sedujo de entrada, con sólo mostrarme lo mucho que quiere a Matt Murdock. El resto fue todo bonus track.

jueves, 14 de febrero de 2013

14/ 02: INHUMANO

Tarde o temprano tenía que suceder: algún editor se tenía que poner las pilas y reeditar en libro los alucinantes trabajos de Ariel López V., este eximio historietista y humorista gráfico, volcado también a la animación, que es lo que le da de comer. Llanto de Mudo apostó por Inhumano y le puso todo lo que hacía falta para que fuera uno de los libros fundamentales que nos dejó 2012: 64 páginas, 32 de ellas a color (una novedad en el historial del sello cordobés), un gran prólogo de Gustavo Sala y sobre todo, espacio para que se luzca el talento inhumano de López V.
Acá hay chistes de una sóla viñeta, tiras, historietas de varias páginas, ilustraciones, y esas páginas raras que arma Ariel en las que mezcla distintas cosas, con textos en joda, parodias de publicidades y demás. En una de esas páginas “vale-todo” encontré lo que más me hizo reir de todo el libro que es esa columnita llamada “Diccionario para Ricos presenta el Ping-Pon”.
En sus chistes, López V. trabaja el humor en distintos registros: el delirio y la bizarreada con cierto aire gustavosalesco, la guarangada de pija y concha, las referencias geeks, los juegos de palabras medio pavotes (pero muy ingeniosos) y el comentario mordaz sobre temas socio-políticos. En las historietas también aparece todo eso, sumado a otro elemento muy presente, por lo menos en las que aparecen en Inhumano: la comedia costumbrista protagonizada por “jóvenes a la deriva”. Ahí el autor hace gala de un gran poder de observación para retratar a los chicos de los suburbios y su particular forma de vestirse, moverse y hablar. En esos pasajes del libro también encontré (o redescubrí) material de gran nivel, repleto de encanto, comicidad y fina mala leche.
De todos modos, lo más impactante del libro (y de la obra de Ariel, en general) es la inverosímil calidad del dibujo. Acá estamos ante un dibujante definitivo, un tipo que –con la desmesura de los grandes- se propone reinterpretar el universo entero, no dibujar NADA de formas que ya hayan sido dibujadas antes. López V. es estilización pura, es sorpresa constante y reconocimiento inmediato de un grafismo que no puede haber salido de ningún otro lado más que la mano (y la mente) de este demente hincha de Nueva Chicago. Y aún así, López V. nos remite a un montón de dibujantes conocidos (por mí, no sé si por él): autores del indie yanki, de las revistas humorísticas españolas, de fanzines y proyectos chiquitos de Argentina y demás países latinoamericanos... Es casi imposible ser fan de la estética underground, o alternativa, y no cebarse con los dibujos de López V. Las páginas a color nos permiten apreciar el excelente criterio con el que el autor echa mano a ese recurso, y en las páginas a blanco y negro se publica o bien material pensado para blanco y negro, o bien material pensado para color pero que no sufre el pasaje a blanco y negro y grises, que no se convierte en un empaste sin onda y sin equilibrio.
Esto es todo ganancia, recomendable al mango, de punta a punta. Sobre todo para el que no conoce este material (publicado a veces en la web, otras en Comiqueando, Lule le Lele o Barcelona), porque va a descubrir a un autor absolutamente genial, con un estilo único e hipnótico. Lástima que Ariel está muy ocupado con su laburo en el campo de la animación. Si no, creo que seríamos muchos los que le compraríamos un libro como este todos los años.


miércoles, 13 de febrero de 2013

13/ 02: COLD WAR Vol.1

Debe haber sido jodido ser John Byrne estos últimos 15 años. Estamos hablando de un autor que desde mediados de los ´70 se cansó de acumular hitazos, muchas veces con obras de gran calidad, y que a partir de cierto punto de los ´90 empezó a mostrar una decadencia muy marcada, con obras dignas en las que se mandó un par de mocos bestiales (Wonder Woman), obras que amagaban con ser la gloria y terminaron por vender humo e intrascendencia (New Gods) y obras decididamente chotas (Spider-Man: Chapter One). El cambio de milenio puso en evidencia la desconexión entre lo que Byrne tenía ganas de hacer y lo que las nuevas generaciones querían leer, lo que –sumado a la actitud intolerante y confrontativa que mostró el anglo-canadiense en los foros de internet- terminaron por convertirlo en un personaje entre nefasto y pintoresco, una especie de Gerardo Sofovich, al que nadie le discute la chapa del pasado, pero al que hoy está de moda ningunear y vilipendiar como si fuera el último de los verduleros.
A la Byrne-fobia que se expandió entre los fans más jóvenes (que tampoco tienen reparo en limpiarse el orto con otros próceres de antaño como Frank Miller o Chris Claremont, quienes fueran socios de Byrne en más de una gesta heroica), el autor respondió refugiándose en IDW, donde bajó notablemente su perfil pero no su producción. La editorial californiana le da laburo constante y además lo habilita a probar suerte con conceptos nuevos, como el que hoy nos ocupa. Después hace la pelotudez de editarte menos de 90 páginas de historieta en un TPB de u$ 20, lo cual hace que uno dude en comprar incluso lo que pinta interesante, pero bueno, así opera IDW.
Cold War es una serie de espionaje ambientada en la década del ´50 y protagonizada por Michael Swann, un correcto clon de James Bond. En esta primera saguita (se anunció una segunda, pero todavía no salió), Byrne revisita todos los tópicos que hicieron icónico al personaje de Ian Fleming: misiones arriesgadísimas, autos alucinantes, garches fogosos con minitas de dudosa lealtad y la grandilocuencia justa para que la emoción no baje nunca. El argumento es sólido, los diálogos están buenos, el ritmo está cuidadísimo, no hay volantazos fumados ni sacudones inexplicables... y tampoco hay nada que no hayas visto ya en las historias de Bond. Esto no es Next Men, donde Byrne se esforzaba por esquivar los caminos más transitados y trabajaba con ideas que nunca habíamos visto en otros comics de superhéroes. Acá el barbeta no oculta en lo más mínimo su intención de mostrarnos SU versión del clásico relato de espías, en el siempre fértil terreno del super-clásico Rusos vs. Yankis, aunque Michael Swann sea inglés.
Los hallazgos de Byrne van por el lado de la narrativa. El primer episodio, como aquel de The Many Deaths of Batman, arranca con una secuencia muda de 11 páginas ejecutada con la jerarquía de los grandes. Y en el segundo, cuando pela esa doble página con la carrera de autos, te demuestra que los grandes narradores gráficos nunca pasan de moda y siempre tienen un as guardado bajo la manga. Una vez superada esa secuencia inicial de 11 páginas, no habrá tantos fondos ni estarán tan minuciosamente laburados, por lo menos hasta llegar a la secuencia de la base espacial soviética, donde yo sospecho la mano de algún asistente, porque hay un nivel de detalles francamente pasmoso. Si leíste mucho a este maestro, ya te sabés de memoria sus poses y sus caras, aunque acá se ve un estilo de dibujo más sobrio, bastante más sombrío que en sus trabajos más superheroicos, casi en un punto intermedio entre el Byrne más conocido y Jim Aparo. La colorista Ronda Pattison (a quien nunca había oído nombrar) cumple con su trabajo sin estridencias y por supuesto sin intentar ni en una sola viñeta competir con el dibujo de Byrne y mucho menos eclipsarlo.
Cold War, además de una buena historieta, es un testimonio de que John Byrne todavía tiene mucho para dar. Recomiendo comprarla sólo si la ves muy barata, para no darle el gusto a los delirantes de IDW, que cuidan muchísimo la calidad del papel, la encuadernación, etc., pero se zarpan para el orto con los precios de los libros.


martes, 12 de febrero de 2013

12/ 02: COMANCHE Vol.4

Retomo esta serie clásica a la que redescubrí con ojos de adulto a mediados de Agosto del año pasado. Aquel tomo, Les Loups de Wyoming, enfrentaba a los buenos contra los hermanos Dobbs, temibles forajidos responsables de infinitos robos y violentos asesinatos. Uno de los Dobbs, Russ, el más jodido, lograba escaparse y este tomo, llamado Le Ciel est Rouge sur Laramie, consistirá precisamente en cerrar ese plot.
Acá la dupla sin apellido, integrada por el guionista Greg y el dibujante Hermann (ambos belgas), tomará una decisión arriesgada: Les Loups de Wyoming era un álbum de protagonismo coral, con seis o siete personajes importantes, entre los que se destacaban por sobre el resto dos: uno creado ex profeso para esa aventura y otro, Red Dust, que integraba el elenco de la serie desde el Vol.1. Esta vez será Red Dust, el pelirrojo fachero, cínico, testarudo y siempre al filo del conflicto con los compañeros y la patronal, quien monopolice las acciones. Los otros cowboys del Rancho 666 aparecen en apenas tres páginas y Comanche, que supuestamente es la protagonista, en una sola. Ella será la encargada de leerle a sus muchachos la carta que envía Red Dust, en la que narra (en primera persona) la osada cacería que emprende para capturar vivo o muerto al perverso Russ Dobbs.
Entre la página 5 y el final del álbum, entonces, será Red Dust quien cabalgue por la majestuosa geografía de Wyoming. Lo más loco es que no lo hará solo. No sé si para llenar páginas o porque piensa usarlos más adelante, Greg rodea a Red Dust de un atractivo combo de personajes secundarios, a los que desarrolla bastante pero utiliza poco. “Bombardero” Cavendish secunda a Dust en el tramo final y junta mucha chapa, Amos Coogan y Shaver Sharp tienen buenos momentos, con escenas importantes para la trama, pero Isadora Davenport y Leighton Hart, por lo menos en este tomo, están ahí para hacer número, no para aportar nada memorable, ni mucho menos. Sospecho que más adelante tendrán peso en alguna otra historia.
Como ya olfatearás, a una historia de 47 páginas en la que hay que presentar y desarrollar a cinco personajes nuevos no se le puede pedir demasiado énfasis en la acción. Por el contrario, se hacen imprescindibles las escenas más tranquis, para que estos personajes puedan conocerse y uno se interese mínimamente por ellos y sus motivaciones. Greg lo tiene clarísimo. Fuera de las cuatro o cinco páginas finales, la acción se circunscribe a un puñado de viñetas, estratégicamente repartidas en distintos pasajes del libro. Y en el final sí, estalla la violencia y Red Dust, cansado y molido a palos, encuentra lo que fue a buscar al pueblo de Laramie.
El dibujo de Hermann no hace más que mejorar y acercarse de a poco al estilo que lo haría famoso a nivel mundial en los ´80, en las obras que él mismo escribiera. En el trazo del belga sigue muy presente la influencia del gran Antonio Hernández Palacios, el más notable de los muchos maestros de la línea académico-realista a los que Hermann estudiaba en esta etapa. Cuando trata de sintetizar, de prescindir de algunas líneas, sombras y texturas, se empieza a ver muy de a poquito el Hermann de Jeremiah y Las Torres de Bois-Maury. Cuando va a fondo con el realismo más “fotográfico” no sólo aparece con fuerza la impronta de Hernández Palacios, sino también viñetas de inconmensurable fuerza visual, desbordantes de virtuosismo, como esa secuencia de las páginas 17 y 18 en la que los malos cascotean un puente y la diligencia y los caballos caen al río. Eso es casi imposible de dibujar y menos al nivel que lo hace Hermann. El resto es todo de muy bueno para arriba: muy expresivo, muy dinámico, muy bien narrado, y si hay algo que no me deja del todo conforme es el color, que en algunas viñetas recurre (como sucedía en los álbumes clásicos de Blueberry) al “pintamo´todo el fondo del mismo color y a comerla”. Si en el fondo además de decorados hay gente, no calienta. Será gente toda azul, toda violeta, toda naranja o toda marrón. Habría que ver si en las ediciones más recientes esto no fue recoloreado con más tiempo, más dedicación y técnicas más modernas.
Le Ciel est Rouge sur Laramie es un álbum incluso más al límite que el anterior en materia de crueldad y violencia, lo cual es muy loco si pensamos que esto se publicaba (allá por 1975) en una revista infanto-juvenil. Quiero más Comanche, para disfrutar de más Greg y Hermann, y para ver si los otros personajes del Vol.3 reaparecen, o si la serie fue definitivamente copada por Red Dust, el Wolverine del Rancho 666.

lunes, 11 de febrero de 2013

11/ 02: LOS AÑOS DULCES Vol.1

Hace un par de semanas, me topé (creo que por primera vez) con una obra del inmenso Jiro Taniguchi que no me terminó de cerrar. “El manga siempre da revancha”, me dije, y cacé de la montaña de material sin leer otro tomo de este sensei de senseis a quien tantas veces visitamos en estos 37 meses y pico que lleva el blog.
Los Años Dulces no es una idea original de Taniguchi, sino la adaptación al manga de una novela de Hiromi Kawakami llamada “El Cielo es Azul, La Tierra Blanca”. O sea que mi mangaka favorito no es el creador de Tsukiko Oomachi, el profesor Matsumoto y la historia de ¿amor? entre ellos. El planteo es interesante: una chica que llega soltera a los 37 años se reencuentra con uno de sus profesores de la secundaria que tiene casi 35 años más que ella. Coinciden en los bares, van a comer juntos y de a poco se establece un vínculo afectivo bastante extraño y sobre todo poco obvio. El problema es que el manga está publicado en dos tomos y en el primero Taniguchi dedica 200 páginas a contar... lo mismo que acabo de contar yo en la frase anterior. Si va a pasar algo un poquito más intenso entre Tsukiko y el profesor, va a ser en el segundo tomo y –por suerte- no tengo ninguna pista de para dónde puede ir la cosa.
Hasta ahora no hubo ni un beso como la gente. ¿Pintará el sexo en la segunda mitad? ¿Quién de los dos irá al frente? ¿Le alcanzará la jubilación a los docentes japoneses para comprar viagra? Muy sobre el final, Taniguchi desliza la pista de que si el profe apreta un poquito, Tsukiko entrega. Pero, ¿el profe querrá garchar con Tsukiko, o la ve sólo como una compañía agradable para sus noches de morfi y escabio? Si después de 200 páginas no puedo responder a esa pregunta es porque estamos ante un personaje muy complejo, perfectamente delineado, totalmente alejado de los estereotipos habituales en la historieta romántica. Tan rara es la relación entre los personajes que ni siquiera sé si este es un manga romántico. Por ahora no salimos del slice of life, de las infinitas charlas acerca de hongos, teteras, poetas japoneses y equipos de beisbol.
Lo más interesante que tiene este primer tomo de Los Años Dulces es que por primera vez me toca leer un manga extenso (no una historia corta) de Taniguchi protagonizado por una mujer. Por supuesto, el profesor es un personaje más interesante que Tsukiko, pero es ella a quien la novela de Kawakami le concede el privilegio de narrar la historia en primera persona. A tal punto que en los tramos en los que la relación parece disolverse, el que desaparece de la vista del lector es el profesor, no Tsukiko, que sigue ahí, mostrándonos (en bloques de texto) lo que le pasa por la cabeza. Ya sólo con eso, esta obra se parece poquísimo a las otras de Taniguchi, donde siempre el relato se articula (con perdón de la palabra) en torno a un protagonista varón.
Y mientras la trama avanza poquísimo, Taniguchi nos deleita con páginas y páginas dibujadas como los dioses, repletas de silencios y de espacio para la contemplación del mundo que rodea a los personajes. Con su línea sutil y prolijita y esos grises aplicados con precisión cuasi-mágica, el autor nos invita a recorrer a ritmo lento la ciudad, el campo, los parques y una cantidad de bares y fondas que casi rivalizan con las que dibujó Eduardo Risso en 100 Bullets. La edición española de Los Años Dulces se zarpa mal: tapas duras, papel grueso... innecesarios lujos que encarecen al pedo al producto. Y encima publican en blanco y negro (y grises) las páginas que Taniguchi ilustró a todo color, aunque felizmente conservan intacta buena parte de su belleza.
En términos occidentales (ya sé que no vale comparar, que son distintas culturas, etc., pero me la chupa), esta primera mitad de Los Años Dulces equivale a los primeros... 25 minutos de una película. Quedan pendientes para la segunda mitad... miles de cosas, entre ellas las emociones que hacen falta para que esto deje de ser una simple historia costumbrista y se pueda considerar una de amor. Como no tengo ni idea de qué puede llegar a pasar, me dan infinitas ganas de cazar el segundo tomo... que no tengo y que no creo que pueda leer en los próximos siete u ocho meses. Es lo que hay.

domingo, 10 de febrero de 2013

10/ 02: SIX GUNS

Esto es bastante raro. Andy Diggle reversiona a varios personajes que Marvel publicaba en sus comics de cowboys (algunos de los cuales llevaban décadas sin aparecer) y los convierte en personajes sin superpoderes que habitan el Universo Marvel de la actualidad. Y sin el sello MAX, o sea, sin puteadas, sin sexo y supuestamente integrados a la continuidad posta.
La trama va para el lado de la violencia hollywoodesca, con persecuciones, explosiones, aviones y autos que se estrellan, todo bastante grim ´n gritty, con bastantes pretensiones de realismo, aunque sin llegar a los niveles de truculencia y mala leche que el propio Diggle había mostrado en Vertigo, cuando le tocó narrar sagas bastante similares a esta en la revista de los Losers. Buena parte del argumento gira en torno a las excusas que se le ocurren a Diggle para que Black Rider, Tarantula, Tex Dawson, Matt Slade y el Two-Gun Kid terminen jugando para el mismo equipo, en vez de cagarse a tiros entre ellos. Lo bueno es que las excusas funcionan y que, efectivamente, en algún momento la solidaridad le gana a la desconfianza (e incluso al odio y a la codicia) y estos cinco valientes terminan por aunar fuerzas (y chumbos) para ganarle a un villano tan retorcido, tan jodido que hasta se empoma al F.M.I.
A contramano de lo que sucede en la gran mayoría de las miniseries de Marvel (y de tantas otras editoriales), Six Guns no está para nada estirada. Si pensamos que en estas 100 páginas Diggle tiene que presentar a cinco personajes nuevos, darle forma a un conflicto y resolverlo de modo convincente, estamos ante una especie de proeza única e irrepetible, porque el inglés se las rebusca para que entre todo en ese espacio, sin descuidar la caracterización, ni la machaca, ni las consecuencias de lo que pasa en la saga. La única pifia tiene que ver con la documentación: Diggle inventa un paisito sudamericano de la B, siempre volátil y conflictivo, pero no tiene idea de dónde ubicarlo. Menciona un par de veces al Río de la Plata, creo que sin saber dónde carajo queda, porque las locaciones que se ven en el comic no remiten en ningún momento ni a Argentina ni a Uruguay.
A cargo del dibujo hay un capo, el italiano Davide Gianfelice, sumamente inspirado. Gianfelice se caga en el realismo fotográfico que exigen hoy casi todas las editoriales y se juega todo al impacto de su dibujo, fuerte, vibrante, de gran dinamismo, aunque a veces coquetee con el grotesco y parezca una especie de Jason Pearson pasado de merca, o un Chris Bachalo sin sobrecarga de rayitas. Como en sus otros trabajos, Gianfelice dibuja pocos fondos, pero cuando los dibuja, deja la vida. Y el colorista Dave McCaig (el de American Vampire) aprovecha que el estilo del italiano tiene muchos puntos en común con el de Rafael Albuquerque para aplicar acá los mismos truquitos que ya vimos en American Vampire y que le salen bárbaro.
Six Guns no es una joya imprescindible, para qué te voy a mentir. Es una historieta explosiva, con personajes muy interesantes (nada que ver con las versiones acartonadas y sosas que galopaban en los ´50 y ´60 por el oeste marveliano), buenas runflas, varios volantazos impredecibles, toneladas de acción y –sobre todo- un ritmo increíble, de palo-y-palo, que jamás decae, ni se empantana, ni se cuelga en boludeces. Diggle y Gianfelice salieron en busca de aventuras fuertes por afuera de los géneros tradicionales y se encontraron con algo que en el cine por ahí se ve un poco más, pero en el comic no tanto. Una especie de “Western 2.0”, con filo, mala leche, mucha pólvora y mucha humanidad. Entre tanto reboot pedorro de conceptos que ya no dan jugo, a este hay que reivindicarlo.

sábado, 9 de febrero de 2013

09/ 02: MACANUDO Vol.9

Nuevo tomo de Macanudo y bueno, no es mucho lo que tengo para decir que no haya dicho ya en la reseña del Vol.8, aparecida en el blog allá por Marzo de 2011. O sea que, ante todo, recomiendo repasar ese texto.
¿Ya está? Bien. A todo lo anterior le agrego que en este tomo hubo dos tiras que me hicieron reir mucho, en voz alta. Una de Enriqueta y Fellini muy ingeniosa y la otra fue la primera aparición de un personaje nuevo, al que rápidamente puse en el podio de la fauna macanuda: Ome, el emo al revés. Un concepto brillante que –ya cerca del final del tomo- le habilita a Liniers una nueva veta para explorar, con resultados excelentes, plenos de originalidad y comicidad.
Otra vertiente que Liniers enfatiza en este tomo es la de los chistes geeks, con muchísimas tiras relacionadas a Star Wars (varias de ellas gloriosas), el Pac-Man, Donkey Kong, E.T., Hello Kitty y hasta un superhéroe creado ad hoc, el Capitán Déja Vu. Este último protagoniza varias tiras (una de ellas perfecta, con formato circular), pero –por ahora- es un recurso con más posibilidades de repetirse que de sorprender. Veremos si Liniers le encuentra otra vuelta más adelante.
A todos los experimentos estéticos y temáticos hay que sumarle además los experimentos formales. Y no me refiero sólo al armado de las tiras (con esa incesante búsqueda en materia de formas y tamaños de las viñetas) sino a esa mini-serie dentro de la tira llamada Random Macanudo, en la que Liniers ofrece tres tiras armadas con viñetas “al azar” de otras tiras ya publicadas. Por supuesto, esto tiene trampa: las viñetas están elegidas para lograr un efecto cómico y además están re-dibujadas, no son copy-paste de viñetas viejas. Una gran idea que ojalá Liniers revisite en el próximo tomo. Ah! Y ojalá haya un segundo Casting. Esas tiras me parecieron increíblemente ingeniosas.
El resto va por los carriles que ya conocemos: Olga y Martincito, el Hombre Misterioso, Conceptual Incomprensible, Pablo Picasso, Pan Chueco, los pingüinos, los duendes, un par de apariciones memorables de la Vaca Cinéfila y El Señor que Traduce los Nombres de las Películas y muchas de Enriqueta, su gato y su osito. Y un montón de tiras (no necesariamente chistes) en las que no aparecen los personajes recurrentes y en las que Liniers hace gala de su impactante estilo gráfico y de su capacidad para generar ideas, reflexiones y –a veces- sonrisas. Esta es la tira no de un humorista, sino de un visionario, y me parece que lo que la hace atractiva es precisamente eso, la visión que tiene Liniers de la vida, la óptica (a veces alucinada y a veces muy prosaica) que utiliza para mirar y el talento que pela para mostrar. E incluso para sugerir.
Macanudo ya lleva más de 10 años en la contratapa de La Nación. Son más de 3650 tiras, aparecidas TODOS LOS PUTOS DIAS y encima con un nivel promedio muy, muy alto. Alguna vez dije que el que inventó la frase “La Imaginación al Poder” había leído la Doom Patrol de Grant Morrison. Ahora cambio el discurso (al mejor estilo UCR) y digo que no, que el que acuñó esa frase seguro era un lector de Macanudo. Pocas veces la imaginación voló tanto y tan alto como en esta quijotada de Liniers, cada día más difícil de superar.

viernes, 8 de febrero de 2013

08/ 02: ROAD TO PERDITION Vol.2

Road to Perdition es una excelente película dirigida por Sam Mendes, producida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Hanks, pero antes fue una excelente historieta escrita por Max Allan Collins y dibujada por Richard Piers Rayner. Cuando la peli se estrenó y resultó un éxito, Collins recibió luz verde de DC para continuar la saga, o en realidad para... algo muy raro. Esto no es exactamente una secuela, sino que el autor le agregó casi 300 páginas a la saga original. Casi 300 páginas que enganchan cerca del final de la primera novela, probablemente entre las páginas 262 y 263.
On the Road (que así se llama la no-secuela) se compone de tres arcos de 96 páginas, todos protagonizados por Michael O´Sullivan (apodado “el Angel de la Muerte”) y su hijito Mike. Juntos intentarán llegar vivos al pueblito de Perdition, a una granja en la que Mike va a estar a salvo de un montón de cosas muy heavies que le van a pasar a su padre, que cometió el pecado de confrontar con Frank Nitti y la familia Looney, capos de la mafia de Chicago y alrededores. Al mejor estilo Lone Wolf & Cub, padre de treinta y pico e hijo de nueve van a yirar por las polvorientas rutas del medio-oeste de los EEUU, sin quedarse nunca en ningún pueblo ni ciudad para no facilitarle el trabajo a los sicarios de Nitti y Looney que buscan al Angel de la Muerte para pasarlo a valores. O´Sullivan, el torpedo de la mafia irlandesa que mantiene los códigos y observa los ritos de la fe católica, no se limita a escapar: también les toca el culo a sus ex-jefes mediante asaltos sistemáticos a los pequeños bancos en los que la mafia de Chicago lava su dinero sucio. De modo que esta guerra (en la que el Angel perdió a su esposa y a su hijo menor) también le sale muy cara a la familia Looney y a Nitti, socio y mano derecha de Al Capone.
Max Allan Collins, consumado escritor de literatura policial y hard boiled, conoce de memoria la época de la Gran Depresión. Así, sin aburrir en ningún momento, explica la interna de la operatoria mafiosa, sus procedimientos, sus códigos, sus valores y lo más interesante: sus vinculaciones con el poder político. El protagonista es un personaje duro, recto, implacable en su sed de venganza, y a la vez lleno de matices, como el profundo amor por su familia, su compasión para con sus víctimas y su apego a los preceptos religiosos. Para estas tres “saguitas dentro de la saga mayor”, Collins también le da forma a los dos Jacks, un dúo de cazarrecompensas con personalidades bien trabajadas, a los que eclipsa bastante Queenie McQueen, un personaje supuestamente menor pero que cada vez que aparece se morfa la novela.
El segundo tramo de On The Road está dibujado por el gran Steve Lieber (además entintador del tercer tramo), aunque acá se luce menos que en otros trabajos, porque en vez de jugarse todo al claroscuro (que maneja con muchísima cancha) se esfuerza por acercarse al estilo de Piers Rayner, un demente que se especializa en meter rayitas y texturitas por todos lados. Piers Rayner es un virtuoso y Lieber no, por eso el resultado, sin ser horrendo ni mucho menos, no tiene el nivel de las otras obras de Lieber y por supuesto ni se acerca al de la saga original.
Bajo las tintas de Lieber en el tercer tramo y bajo las de Joe Rubinstein en el primero tenemos al prócer, al genio, al ídolo, al inconmensurable José Luis García López, de quien –en más de 37 meses de blog- nunca había reseñado más que su participación en Legacies. Con cualquiera de los dos entintadores, el estilo de García López (referente indiscutido a nivel mundial del dibujo académico-realista) se luce a full. Sus increíbles expresiones faciales, su perfecta integración de la referencia fotográfica, la elegancia y el dinamismo de sus cuerpos en movimiento, su narrativa cristalina y efectiva... todo ostenta sublime majestad. Como el libro se edita en formato pequeño (20,5 x 14) García López no dibuja nunca más de cuatro viñetas por página y en cada una pone todo. Por si faltara algo, esto se publica en blanco y negro, o sea que no existe el riesgo de que un colorista choto estropee el trabajo del maestro. Obviamente, cuanto más miro estas páginas más quiero leer TODAS las obras de García López en blanco y negro (bueno, Twilight capaz que no).
Si nunca leiste Road to Perdition (la original), leela ya, que es grandiosa. Y la no-secuela, si bien no tiene la tensión de la original (porque sabés cómo van a terminar O´Sullivan, su hijo, Connor Looney y demás) está repleta de momentos espectaculares y dibujada en un 66% por un monstruo sacrosanto, de esos a los que hay que comprarles TODO lo que publican. Collins condimenta una tremenda historia de traición, venganza y redención con gangsters, prostitutas, timba, jazz, violencia, pólvora y una ambientación histórica cuidadísima. Ni los nombres más talentosos de Hollywood pueden reproducir tanta gloria.

jueves, 7 de febrero de 2013

07/ 02: CUANDO SALI DE LA HABANA

Volvemos a meternos con la historieta latinoamericana reciente, esta vez de la mano de Frank Arbelo, quien nació en Cuba, vive hace muchos años en Bolivia y publica bastante en Argentina. Este libro (editado a todo lujo por un team-up entre tres sellos editoriales) reúne buena parte de la obra dispersa de Arbelo, las historias cortas que suele aportar a las distintas antologías que lo convocan.
Como suele suceder, dentro de este vasto universo de relatos breves (25 en total) hay historietas muy cortas, apenas el esbozo de una idea, historietas más largas, algunas bastante intrascendentes y un puñado realmente brillante. En todas se ve una constante, que es la inmensa calidad del dibujo de Arbelo. No me quiero extender desmenuzando sus influencias, pero sí destacar que estamos ante un autor que leyó mucho comic europeo del bueno. La identidad gráfica de Arbelo, bastante cambiante, sin miedo a la búsqueda ni a la experimentación, se construye en base a la acertada observación de unos cuantos dibujantes de primera línea oriundos del Viejo Continente. Felizmente, Arbelo no se casa con uno solo: toma lo que más le interesa de cada uno, que además no es siempre lo mismo, sino que varía mucho de una historieta a otra. De alguna manera, logra adaptar su estilo a la onda de cada relato y en todos cumple con creces para lograr buenas secuencias, buenos equilibrios entre masas negras y espacios blancos, personajes expresivos y demás. A veces se juega más al claroscuro, a veces busca por el lado de los grises, a veces explora el universo de las texturas y siempre, absolutamente siempre, encuentra y emplea recursos notables, que potencian la fuerza de las historias.
A veces no alcanza, porque hay historias realmente flojas, que no llegan a plantear conflictos interesantes, o que se quedan en la anécdota menor, cuasi cómica. Pero a veces el talento gráfico de Arbelo se pone al servicio de historias muy atractivas, y ahí los resultados son demoledores. Veamos cuáles son las fundamentales:
La Visita, de una. Una maravillosa incursión por el género del humor negro, con exquisita mala leche.
Ramírez, escrita por Omar Giménez y Diana Pazos, también la rompe. Y de esa misma dupla de guionistas, La Condena es seguro la mejor historieta, la más heavy e impredecible.
Del segmento en el que Arbelo recrea relatos de Enrique Anderson Imbert, me parece que el hitazo es El Ganador, otra gema de la mala leche que le hubiese gustado escribir a Sánchez Abulí.
Y cuando se mete con las creaciones de Juan José Arreola, Arbelo logra la mejor historieta del tomo, la hipnótica, sugestiva y cruelmente genial El Rinoceronte, maravillosa por donde se la mire.
El último tramo del libro, en el que Arbelo adapta relatos de distintos autores, está repleto de hallazgos. Me encantaron Historia del Joven Celoso, Un Tipo Ahí, El Ratón y el Canario, Soledad, y la conmovedora El Ultimo Baile en Hammarkullen, con la que ya me había cruzado en otra antología reseñada acá en el blog. Acá hay muchas buenas ideas, muy bien plasmadas en la página por Arbelo, con estéticas diversas y enorme calidad para que al toque nos olvidemos que los textos vienen de obras literarias y las vivamos como verdaderas y genuinas historietas, no como meras adaptaciones.
No te dejes engañar por esa portada amarga y pecho frío: Cuando Salí de la Habana tiene onda, se lee rápido y te deja la sensación de que el universo de Frank Arbelo es virtualmente inagotable, porque lo vemos acometer desafíos raros, jodidos y -sobre todo- distintos. No hace falta llegar a la página 140 para que te caiga la ficha de que estamos ante uno de los historietistas más interesantes que tiene hoy el comic de nuestra región, ni para empezar a hacer fuerza para que se recopilen otros trabajos de Arbelo, en lo posible con la misma (e infrecuente) calidad que ofrece este libro.

miércoles, 6 de febrero de 2013

06/ 02: SWAMP THING Vol.1

Bueno, por fin un recopilatorio de los New 52 que me deja más satisfacciones que dudas. Lo que propone Scott Snyder para Swamp Thing no es hiper original, y aún así se la banca muy decorosamente.
Los problemas que le veo a este primer tramo son tres: 1) va muuuy lento. En cada episodio de 20 paginitas pasa lo que en los ´80 pasaba en cinco páginas. De hecho, en los ´80, todo este TPB era –con suerte- un Annual de 45 páginas. 2) Al igual que en Animal Man, los autores eligen arrancar con una saga demasiado grandilocuente, demasiado “a todo o nada”. Por ahí era más copado desarrollar primero a los personajes, armar un elenco grosso de secundarios, ganarle a alguna amenaza más chiquita y después sí, poner toda la carne al asador para esta hiper-saga contra el Rot que arranca con ambiciones gigantescas, que ojalá cumpla y que ojalá no sea un clon milimétrico de aquella machaca contra Matango, del Gris, que ya vimos en esta serie allá por 1990. 3) En los episodios en los que se ausenta Yanick Paquette entra un suplente absolutamente desgarrador, Marco Rudy, un Juan Carlos Flicker de la C que cuando no afana de fotos afana de las gloriosas Swamp Thing de los ´80 dibujadas por John Totleben y Stephen Bissette.
En cuanto a los hallazgos, el más conspicuo es que esto está MUY bien escrito. Las escenas de terror son tremendamente escalofriantes, los diálogos son excelentes, y cuando Snyder se manda algún moorismo, la danza entre textos e imágenes cobra un vuelo poco frecuente en los comics del mainstream actual. Un truco que funciona muy bien, aunque sólo se puede aplicar en este TPB y que le debemos justamente a la parsimonia en el relato, es que acá Alec Holland NO es Swamp Thing. Tiene poderes sobre el Verde, memorias de haber sido Swamp Thing y un montón de personajes que le dicen “dale, flaco, convertite en Swamp Thing”. Snyder aprovecha a fondo este recurso para contar varias cosas de la vida de este científico que nunca antes nos habían revelado y que no sé si sumarán a futuro, pero ayudan a hacer atractivo este primer tramo que –repito- avanza más lento que el 151 por Medrano un martes a las cuatro de la tarde.
Me gustó el nuevo rol de Abby, me gustó que Arcane sea un pendejito en vez de un viejo decrépito, me gustaría (aunque lo dudo mucho) que al Parlamento de los Arboles realmente le queden pocos minutos de vida antes de desaparecer para siempre, y descubrí con satisfacción que esa aparición de Superman en el primer episodio (totalmente intrascendente) era sólo eso, un engaña-pichanga, ya que de ahí en más Snyder no vuelve a meter ni la más mínima mención al resto del DCU.
Por supuesto, me volvió loco el dibujo de Paquette. Ma-mita, qué jugador! El tipo pela una anatomía portentosa, tipo Bryan Hitch, pero a la hora de meter sombras parece Sean Phillips y a la hora de meterle detalles y expresiones a los rostros parece Kevin Nowlan. En la gran mayoría de las secuencias, se juega por una puesta en página muy loca, muy al estilo de lo que hacía Rick Veitch, sin zanjas blancas entre las viñetas, que son de los tamaños y formas más irregulares y bizarros que se te ocurran. A la hora de dibujar fondos, Paquette deja la vida y además decora todo con plantitas, flores y fumanchereadas varias. Para mi gusto, se zarpa apenitas un toque en el gore y el resto, todo de muy grosso para arriba. Lástima que no se banque dibujar todos los episodios, sobre todo a la luz de la ínfima calidad de su reemplazante.
Con ideas arriesgadas, un clima muy truculento y millones de homenajes a los autores que hicieron fundamental a esta serie en las décadas anteriores, Snyder y Paquette trajeron de vuelta a Swamp Thing. Por ahora, la historia que quieren contar se parece mucho a una que ya leímos en la época en la que en cada episodio de 20 páginas pasaban varias cosas. Y también por ahora, no escasean en absoluto los motivos para tenerles paciencia y bancar un TPB más, a ver cómo evoluciona la propuesta, que –más allá de algunos “peros”- se lee bien y se ve mejor.