el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 14 de julio de 2014

14/ 07: G.I. COMBAT Vol.1

Este fue un título raro del New 52, que compró muy poca gente y duró apenas ocho números. Yo entré un poco para ver qué onda, cómo intentaba DC reformular un puñado de viejos conceptos que habían surgido en sus clásicas revistas de guerra, y un poco por la presencia de algunos autores de los que rara vez me defraudan. Básicamente, el TPB reúne tres historietas muy distintas entre sí, cada una de entre 60 y 70 páginas, a veces con los cambios de capítulo muy marcados (con cliffhangers jodidos) y a veces no. Veamos con qué me encontré.
La primera es un revival de The War that Time Forgot, y no tengo idea qué tanto del concepto original se conserva, porque jamás me animé a leer esa serie, ni siquiera cuando Bruce Jones la reformuló allá por el 2008 o 2009. En esta versión, el guionista J.T. Krul se juega mucho al impacto, a los cheap thrills, y no se preocupa demasiado por explicar nada. Hay un intento tibio por darle profundidad a los dos protagonistas, pero en tan pocas páginas, y condicionado por la preponderancia de la aventura, es casi imposible. La faz gráfica está a cargo del maestro argento Ariel Olivetti, que se esfuerza por darle onda y plasticidad a los personajes. La narrativa está bastante cuidada y los fondos son fotos apenas retocadas. Lo más lindo son las criaturas prehistóricas, algo que creo que Olivetti nunca había dibujado y que le salen demasiado bien.
En la segunda saga, Jimmy Palmiotti y Justin Grey, la dupla insumergible de Jonah Hex, se larga a ofrecernos una nueva versión del Unknown Soldier, que no tiene nada que ver con la que nos mostró Joshua Dysart en la serie de Vertigo. El guión tiene buenas intenciones, mucho ritmo y una trama bien pensada, aunque se desinfla un poco cuando el Soldier zafa de peligros demasiado extremos, en escenas que hacen añicos el verosímil. En el dibujo tenemos a un sorprendente Dan Panosian, muy suelto, muy expresivo, con un entintado zarpado, mucho laburo en los fondos y un gran manejo de las tramas mecánicas. Cerca del final lo reemplaza Staz Johnson, que tiene mucha menos onda y muchas menos ganas de dibujar fondos que Panosian.
Finalmente, el mejor de los tres revivals terminó por ser el de The Haunted Tank (me clavé un Showcase con bocha de episodios clásicos allá por el 16/03/11), a cargo de Peter Tomasi. Por ahí la historia no es genial, pero se apoya en el hallazgo de no tomarse a sí misma demasiado en serio y en hacer énfasis en el hecho bizarro de que se trata de un tanque embrujado. En el contrapunto con la racionalidad de algunos personajes, Tomasi logra buenos diálogos y un clima de “abrí grandes los ojos porque acá puede pasar cualquier cosa”. Y cuando pactás, cuando esa consigna te cierra, te divertís con las limaduras que manda el guionista. Lógicamente, este es el segmento mejor dibujado, porque me encuentro una vez más con el incansable maestro Howard Chaykin. Es cierto: acá Chaykin se apoya muchísimo en el colorista Jesus Aburtov (excelente, por donde se lo mire) y en un descomunal trabajo de toqueteo de la referencia fotográfica para integrarla a su grafismo y zafar de dibujar… prácticamente todo. Estos son personajes muy de Chaykin, habitando un mundo que de Chaykin tiene poco, que se parece mucho más al mundo real que a una historieta del maestro. De todos modos, hay un gran laburo para que la amalgama visual funcione. Y como siempre, grandes hallazgos en la planificación de las páginas, como esa secuencia en la que el talibán escapa del tanque disparando hacia atrás.
No estamos ni por casualidad frente a un libro imprescindible, pero el balance general es bastante aceptable. Si te gustan los personajes bélicos de DC, no creo que te aburras. Y si sos fan de Gray y Palmiotti, o de Peter Tomasi, o si venerás incondicionalmente a Ariel Olivetti o a Howard Chaykin, acá los vas a ver en un buen nivel, cagándose a tiros contra un género inusual, poco transitado por el mainstream actual, y a la vez bastante idóneo para intentar cosas que en los comics de superhéroes no se pueden hacer. “Make War No More”, como decían las viejas historietas de guerra del maestro Joe Kubert.

miércoles, 16 de marzo de 2011

16/ 03: SHOWCASE PRESENTS THE HAUNTED TANK Vol.2


Bob Kanigher, uno de los coordinadores y guionistas más prolíficos de la historia del comic yanki, era un tipo de mierda, despótico, cruel, malo de verdad. Por eso uno, cuando lee su obra, hace fuerza para que no le guste, porque no está bueno aplaudir a un tipo que, antes que guionista, era persona y de las malas. Pero claro, te pelan un Enemy Ace y lo tenés que aplaudir igual, aunque te dé bronca, porque es un comic impresionante, muy basado en la magia dibujística del imbatible Joe Kubert, pero no por eso menos notable, o menos representativo del Estilo Kanigher.
El Estilo Kanigher es algo que hoy resulta alienígena: el tipo creaba una fórmula para cada serie y la repetía siempre, en todas las historietas, mes tras mes. Todo se basaba en el plot, nunca en el desarrollo de los personajes, ni mucho menos en los diálogos. En las historias de guerra, los malos (casi siempre nazis) rara vez tenían nombre, cara o voz y por supuesto, era casi imposible que sobrevivieran para buscar vengarse de los buenos. El status quo de las series de Kanigher era virtualmente inalterable, lo cual hace muy dura la lectura de 37 episodios al hilo, como propone este Showcase. La fórmula del Haunted Tank era así: Jeb Stuart comanda una pequeña tanqueta yanki que combate a los nazis en Europa y el norte de Africa, casi siempre en inferioridad de condiciones. En todos los episodios, Stuart habla durante tres o cuatro viñetas con el espíritu de un valiente general de la Guerra de Secesión, que se llama igual que él y que siempre le tira algún dato medio ambiguo (un chimento enigmático, dirían en Intrusos) que después tendrá que ver con la resolución de la trama del episodio. Y eso, tan sencillito, duró décadas.
A las órdenes de Jeb Stuart viajan en la tanqueta otros tres soldados a los que Kanigher jamás les otorga un mínimo protagonismo. Están ahí para ejecutar las órdenes de Jeb. El protagonista es simplemente perfecto: honesto, osado, inteligente, piadoso, un capo. Y es el único que, en un flashback, parece tener algo así como una personalidad humana y creíble. Lógicamente, las mejores historias no son las que nos muestran cómo el Haunted Tank hace crosta a miles de nazis más malos e inoperantes que el gobierno de De la Rúa, sino aquellas poquísimas historias (tal vez 6 ó 7 de las 37) en las que Kanigher se va un poquito del esquema para presentar a algún personaje nuevo (que rara vez sobrevive), centrarse en el general fantasma, o en algún hecho del pasado de Jeb.
El episodio más loco es el del n°150 de G.I. Combat, donde el tanque se destruye, así, de una. Imaginate el kilombo que armaría un guionista de hoy si lo habilitan a escribir la destrucción del aparato que da nombre a la serie… Bueno, Kanigher hace lo contrario. La juega casi de cayetano y para el final del episodio, Jeb y su equipo tienen un tanque nuevo, más pulenta, armado con cachos de tanques destruídos. Por supuesto, el general fantasma los seguirá acompañando.
Lo más jodido e imposible de reivindicar que tiene este tomo son las historias en las que Kanigher reitera la fórmula clásica y encima dibuja Irv Novick, en un estilo que no es el suyo sino un triste intento por clonar a Joe Kubert. Catastrófico. También hay aportes menores de Mike Sekowsky, tres insulsos episodios de Ross Andru y sobre el final, tres de Sam Glanzman, un tipo con cero virtuosismo, pero bien salvaje, bien expresivo, crudo, zarpado. Y lo que hace que este Showcase tenga razón de ser es que 24 de las 37 historietas están dibujadas por el monstruo sacrosanto, genio entre los genios, Russ Heath. Uno de los más maravillosos dibujantes de estilo clásico que dio el comic, un tipo que reunía (o reúne, aunque hoy tiene más de 80 años y está retirado) lo mejor de John Severin y Wally Wood, al que han choreado hasta el hartazgo miles de dibujantes posteriores, como Paul Gulacy o Jim Starlin. Recién en los últimos episodios del tomo (los de 1972), Heath se tira un poquito a chanta. En todos los demás, el maestro pone todo, pero todo-todo. Y encima en blanco y negro se disfruta mucho más cada mancha, cada pincelada, cada pase mágico del plumín de este dibujante que llegó a su pico en los ´60 y ´70 y después se volcó a la publicidad y la animación.
Si te bancás ver cómo los heroicos soldados yankis sobreviven sin despeinarse a 100 millones de ordalías imposibles a bordo de una tanqueta embrujada, este Showcase te premia con muchas de las mejores páginas en la ilustre carrera de Russ Heath. Si no te gusta cómo escribe Kanigher, te esperan 550 páginas de sangre, sudor y lágrimas. Pero por Heath me aguanto eso y mucho más.