el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 6 de junio de 2014

06/ 06: NOTES FROM A DEFEATIST

Hace no mucho, el 19/02/14, reseñé un libro de historias cortas del maestro Joe Sacco y me morfé un contundente “Cero Comments”. Hoy vuelvo a la carga con otro libro pensado para recopilar la obra dispersa de este referente absoluto de los últimos 25 años de historieta, que justamente arranca un toque antes, a mediados de los ´80, para mostrarnos historias breves del período anterior a que Sacco se consagrara en el género del comic periodístico.
Si las obras fundamentales en la carrera de Sacco (Palestine, Safe Area Gorazde) te ahuyentan por su extensión o te bajonean por su crudeza, este es el libro por el que tenés que entrar al universo del autor. No te voy a mentir: no son todas historias livianitas, en joda, de sexo, droga y rockanroll al estilo Peter Bagge. También hay historias jodidas, basadas en testimonios desgarradores o en los propios noticieros, que tienen que ver con guerras, bombardeos y crímenes de lesa humanidad. Pero la gran mayoría de estas 200 páginas de historieta (imposibles de liquidar en un sólo día) van para otro lado. Tenemos bizarreadas como un homenaje de Sacco a Rodolphe Töpffer (quizás el primer historietista de la historia), con rimas al pie y todo. Tenemos unas cuantas historias autobiográficas, de cuando el autor era joven y se dedicaba a la historieta en los ratos libres, mientras laburaba de otra cosa (la mejor, lejos, Voyage to the End of the Library); una extensa crónica de una gira por Europa que Sacco emprende junto a una banda de rock bastante kilombera; y otros relatos breves, no necesariamente basados en hechos reales, en los que el autor satiriza sin piedad a distintos ejemplares de la fauna social. Sus víctimas favoritas son los psico-bolches que hablan mucho y hacen poco, y los abanderados de la “cultura corporativa”, engranajes de mecanismos inmensos y perversos motorizados por la codicia de los que ya tienen demasiado y aún así quieren más.
A diferencia de los otros libros de Sacco, este tiene MUCHAS historias con intenciones 100% humorísticas, donde todo está puesto ahí para que te mees de risa. Y esa es la Gran Revelación de esta antología: el Sacco humorístico, que te arranca carcajadas con recursos recontra-básicos, como el humor sexual y escatológico que uno no asocia ni en pedo con sus obras más conocidas. Y cuando habla de la Guerra del Golfo y demás tropelías imperiales del gobierno de George Bush (padre), Sacco se anima a mostrar todo de un modo mucho menos objetivo, a distorsionar todo según su propia óptica, a través de lo que estaba viviendo a nivel personal en ese momento, y eso le da a las crónicas un filo muy ácido, muy visceral y muy atractivo.
Lo único que me resultó ilegible son esas dos historias en las que Sacco agrupa todo el texto (manuscrito, claro) en una columna que va de punta a punta de la página, y ocupa los tres cuartos restantes de la misma con una única ilustración. Narrativamente, eso me resulta chocante y me la baja en el acto, aunque me interese el tema. Pero claro, me puedo colgar media hora mirando cada una de las ilustraciones. A nivel gráfico, este libro tiene las muestras más contundentes de la genialidad de esta bestia desaforada del plumín. Todo lo que vimos hasta ahora, es poco. Acá Sacco explota. Su agorafobia, su compulsión por llenar cada rincón de cada viñeta con esas tramas y esas texturas hechas a mano (con infinita paciencia y andá a saber en cuántas horas), brillan como nunca antes. Hay páginas realmente inverosímiles, imposibles, que nadie en su sano juicio podría intentar reproducir. Encima cada textura y cada trama responde a un acertadísimo estudio de la iluminación para cada una de las escenas, no están ahí para joder. O quizás sí, no sé...
En las historias más cómicas, Sacco estiliza más el dibujo, le suma expresión, plasticidad, gracia. Y enfatiza esto desde los ángulos que elige y sobre todo desde la puesta en página, otro rubro en el que acá pela genialidades y acierta con experimentos que yo nunca antes había visto en ningún otro trabajo de ningún otro autor. ¿Se puede desplegar un virtuosismo apabullante sin transitar los caminos del dibujo académico? Obvio. Lo hace Roger Langridge todo el tiempo y lo hace también Sacco, por supuesto en otro estilo. Realmente, esto es sublime. Hay que verlo para creerlo.
Si ya estás adicto a las historietas de Joe Sacco y no podés esperar a que salga su próxima novela gráfica, entrale con toda a este libro. Y si no lo conocés, o tenés miedo de que las obras más “documentales” te resulten un embole, con este libro vas a descubrir a un verdadero genio, a un historietista que ya desde sus primeros laburos sacaba chapa de quintaesencial.

miércoles, 2 de abril de 2014

02/ 04: MINHA VIDA RIDICULA

Sigo con mi recorrida por la historieta latinoamericana reciente y me encuentro con este magnífico recopilatorio de tiras cómicas y breves historietas de Adao Iturrusgarai, un autor más brazuca que comer feijoada en Copacabana, pero que hace varios años está radicado en Argentina.
Adao tiene una producción enorme desde fines de los ´80 y algo de eso pudimos ver traducido al castellano en las páginas de Fierro. A la hora de armar esta recopilación, el criterio fue reunir todas las historietas y tiras en las que el autor hace humor con su propia vida, ya sean anécdotas de su infancia y su juventud, o pequeñas crónicas de su vida cotidiana. En esta segunda vertiente, Adao incursiona en la clásica historieta autobiográfica protagonizada por un dibujante que vive con su esposa y sus hijos, en la misma línea de los trabajos de Lewis Trondheim o Alfredo Rodríguez que ya vimos en el blog, aunque sin escaparle al tema del sexo, bastante presente incluso en las tiras en las que Laura, su esposa, participa de argumentos y dibujos. Las tiras más graciosas son esas en las que Laura (argentina) habla como nosotros y Adao pesca la mitad de las animaladas que le dice su mujer.
Si conocés las obras de Iturrusgarai para los diarios y revistas de Brasil, seguro lo tenés encasillado como un humorista salvaje, un militante del movimiento del Humor Sin Barreras. Por suerte de eso hay mucho en las tiras e historietas en las que el autor cuenta anécdotas de su infancia, su adolescencia, sus meses en París y sus primeros años como dibujante profesional, ya afincado en San Pablo, cuando se convierte en una especie de sidekick de aquella tríada insumergible formada por Angeli, Laerte y Glauco (los vimos team-upear en una reseña publicada el 03/11/11). Ahí tenemos sexo, droga, rockanroll y hasta un enano que se disfraza de gaucho y se empoma a una vieja ciega, a la que solía tocarle el culo el abuelo del autor.
Me llamó mucho la atención una serie de tiras, agrupadas en apenas 5 páginas, bajo en nombre de Private Eye, porque ahí Adao cambia el estilo y dibuja con una línea más sólida, más redondita, más careta en un punto, más cerca de la de Angeli también, y sobre todo muy linda, muy plástica. En el resto del libro, vemos al autor dibujar en su estilo mucho más suelto, más a mano alzada, más al filo del mamarracho, con muchas menos pilas a la hora de pelar algún tipo de virtuosismo. Ahí se ve al Adao al que el dibujo le chupa un huevo, porque sólo le interesa contar el chiste. El grafismo poco importa, como le importaba poco a Georges Wolinski, por ejemplo, o a Johnny Ryan. Aún así, Iturrusgarai sorprende gratamente en el armado de las secuencias, cuando incorpora el color con acuarelas, y cuando hace que sus personajes salten por el aire en posiciones que me hicieron acordar a los dibujos de Keith Haring.
Como casi todos los autores que hacen humor autobiográfico, Adao se retrata a sí mismo como un personaje venal, patético, vago, pajero, borracho, irresponsable, al que le cuesta adaptarse a la vida tranqui de tipo cuarentón, casado y con hijos. Por suerte el libro incluye una sección de 12 páginas, en las que otros historietistas y humoristas hablan de Adao, y todos coinciden en mostrarlo como un guarro, siempre al límite de irse al carajo, pero muy inteligente, muy buen amigo y con una facilidad asombrosa para improvisar genialidades de la nada. En esas páginas vemos dibujos, chistes o historietas de una página de bestias como Allan Sieber y Arnaldo Branco (los tuvimos el año pasado en Comicópolis), Rafael Coutinho (a quien conocimos hace un par de años en Crack Bang Boom), Fido Nesti (a quien no conocía y me encantó), Eloar Guazzelli, el maestro Laerte y el ídolo marplatense Gustavo Sala. Un lindo complemento, para que se escuchen otras voces además de la del autor/ protagonista.
Si nunca leíste nada de Adao Iturrusgarai, no te recomiendo empezar por acá. Quizás te resulte más atractivo empezar por el libro de Rocky y Hudson, los cowboys gay, que son el greatest hit de este autor y hasta tuvieron su propia película animada. De eso también, algo se vio en Fierro y hace no mucho salió un muy buen recopilatorio en la editorial española Diábolo, que en algún momento me compraré. Y si ya sos fan de este monstruo, pedile este libro (editado por Zarabatana) a cualquier amigo, familiar, novia/o o dealer que viaje a Brasil, porque re-garpa (en reales).

jueves, 6 de marzo de 2014

06/ 03: LAS AVENTURAS DEL UNIVERSO

Mirá qué loco... Yo creía que Lewis Trondheim había inventado la serie Las Increíbles Aventuras sin Lapinot para continuar de alguna manera la colección, una vez que Lapinot... no sigue como protagonista de la misma (digo, para no spoilear a los que no la leyeron). Pero –una vez más- yo estaba equivocado. Esta serie empieza a editarse en Francia en 1997, cuando los álbumes de Lapinot todavía estaban saliendo de forma regular. En los tomos posteriores, Trondheim nos ofrecerá aventuras de tono costumbrista protagonizadas por los amigos de Lapinot (Richard, Félix, Nadia y el resto), pero este primer álbum es muy raro y huele a rejunte de material que el maestro tenía dando vueltas por ahí y no sabía en qué libro meter.
Arranca con una historieta de cinco páginas autobiográfica, con Trondheim, su esposa y sus hijos (mucho más chiquitos que en Les Petits Riens) como protagonistas. Son anécdotas graciosas, medio iconexas, que tienen que ver con la vida del autor y su familia en esa especie de granja lejos de las grandes ciudades a la que los vimos mudarse, antes de que nacieran los nenes, sobre el final de Approximativement (reseñado el 04/02/14). De aquí en más, el resto del álbum estará compuesto de historietas de una sóla página, en un formato raro, al que hubo que agregarle una guarda para que encajara en el tamaño del típico álbum frances. Pareciera material hecho paar un semanario de actualidad, de los que lee la gente que no consume habitualmente libros y revistas de historietas.
Entre estas historias de una sóla página, hay dos vertientes. La que más aparece es la vertiente autobiográfica, con más anécdotas graciosas de la vida de Trondheim, menos vinculadas a su labor profesional y más a su vida hogareña. Pero atenti, que esto no es un mero puente entre Approximativement y Les Petits Riens. Acá aparece con fuerza un nuevo elemento que es la reflexión: Trondheim se dibuja a sí mismo haciendo un montón de boludeces, pero también pensando en voz alta. Así es como comparte con sus lectores agudas reflexiones, algunas bastante amargas, acerca de la sociedad, la economía, la política, acerca de sus convicciones como ciudadano... Mucho más interesante que los chistes que terminan con la beba cagada o vomitada.
Con una temática casi similar, las historietas restantes no tienen personajes recurrentes. Son breves chistes, un toque más volados, en los que también Trondheim baja línea acerca de nuestro comportamiento como sociedad. Acá no es un “me parece que...”. Es hachazo y garrotazo directo contra políticos, empresarios y demás depredadores del ser humano honesto. En estas historias Trondheim recupera su estilo minimalista, despojado, con viñetas sin enmarcar, ese en el que los humanos NO tienen cabeza de animal sino que parecen huevos con ropa, y que viéramos en obras como Inefables o Génesis Apocalípticos. Son páginas a las que no les queda bien el color, lamentablemente.
Y en las historietas autobiográficas, el color digital de Brigitte Findakly (la esposa de Trondheim) también se ve raro. Quizás porque uno está acostumbrado al blanco y negro de Approximativement y a esas acuarelas majestuosas con las que el propio dibujante colorea Les Petits Riens. Lo cierto es que me costó engancharme con el color de este libro, a pesar de que no es horrendo ni mucho menos.
En fin, un librito prescindible, sólo para los enfermos totalmente adictos a Lewis Trondheim y dispuestos a hacerse con todas y cada una de las obras del prolífico historietista francés. Voy por los otros tomos de esta serie, los de las historias de los amigos de Lapinot. No tengo ninguno, pero creo haber visto las ediciones de Norma de por lo menos dos más. Qué bizarro, no? Norma nunca editó los álbumes de Lapinot, pero edita los álbumes protagonizados por los personajes secundarios de esa serie... “Estos catalanes están majaretas”, diría Obélix...

lunes, 10 de febrero de 2014

10/ 02: SHENZHEN

Shenzhen es el primero de los (cuatro) libros en los que el canadiense (radicado en Francia) Guy Delisle nos cuenta sus viajes por lugares medio bizarros del planeta. Este es un viaje que el autor realiza en 1997, narrado en un comic que se edita por primera vez en 2000. O sea que va antes de sus viajes a Pyongyang (lo reseñamos el 14/08/10) y a Birmania (lo reseñamos el 15/11/11). Veamos cómo le fue.
Shenzhen es una mega-ciudad de China, a la que Delisle viaja durante tres meses para supervisar la producción de una serie animada, producida por un estudio francés para el que trabaja. En esos meses, ademá, va a descubrir una nueva cultura, muy distinta de la canadiense y la francesa, siempre acompañado de intérpretes porque no entiende una palabra de chino y casi no encuentra chinos que hablen inglés, ni mucho menos francés. Buena parte de las más de 140 páginas que ofrece el libro, se tratan de eso, de una crónica graciosa de las costumbres, los paisajes, las comidas y hasta los olores que Delisle descubre en la mega-urbe china. Los restaurantes donde se morfa perro, los maniquíes en las vidrieras, el tránsito intenso de bicicletas, las obras en construcción, la basura y hasta la proliferación de soretes humanos en los lugares más improbables son algunas de las cosas que impactan al autor y este nos cuenta, obviamente en clave de humor.
Por suerte, esta vez no hay un contexto político tan denso como el de Corea del Norte, Myanmar o Israel. Delisle casi no ve militares, no respira ese clima de opresión, no le caen misiles a dos cuadras del hotel. Esta rara cruza de comunismo y capitalismo que experimenta en China le causa una cierta sorpresa, pero –de nuevo- le parece más graciosa o bizarra que indignante. Por supuesto le da por el quinto forro prender la tele y que haya sólo dos canales, pero no está contado como algo grave, no hay una intención de denunciar una injusticia o un disparate mayúsculos como sí se ve en otras crónicas del canadiense.
Lo más lindo, o lo que a mí más me gustó, es cómo Delisle nos mantiene enganchados todas esas páginas sin un conflicto fuerte. Se supone que el tipo llega con una misión: garantizarle un nivel de calidad a esta serie en la que trabajan los animadores chinos. Pero rápidamente se da cuenta de que todo está planteado con menos tiempo, menos guita y menos ganas de las que hacen falta para que todo salga bien y dice “ma´sí, váyanse a cagar”. Y en vez de hacerse mala sangre por la baja calidad de la animación, se relaja y se propone simplemente corregir los errores más groseros, que igual son muchos. Toda esa parte en la que Delisle nos muestra el backstage de la realización de la serie es muy divertida, muy ganchera, y claro, es la que peor hace quedar a los locales, porque los muestra como unos improvisados, colgados y bastante ineptos a la hora de laburar.
Por supuesto, a la hora de describir, de no narrar, de no engancharse a establecer un conflicto fuerte o a generar tensión, Delisle tiene un arma infalible que es la asombrosa calidad de su dibujo. Mezcla perfecta entre Lewis Trondheim y los humoristas de los diarios yankis (con Ted Rall a la cabeza), el grafismo del canadiense se embellece y se potencia con un fastuoso trabajo de grises aplicados con lápiz negro. De hecho, salvo algún fondo negro de alguna viñeta, toda la obra parece estar dibujada con lápiz negro, un elemento al que Delisle le arranca una gama de texturas virtualmente infinita. Quizás sea un efecto de photoshop que imita el trazo del lápiz, pero lo cierto es que se ve muy, muy suelto, muy genuino, y sobre todo muy bello. Cada tanto, el relato es interrumpido por una splah-page en la que el autor mete una ilustración sin textos, en la que retrata con un grado de detalle pasmoso algún edificio o algún paisaje urbano de Shenzhen que le llamó mucho la atención. Son imágenes imponentes, en cuya contemplación te podés colgar horas.
Si sos fan de Guy Delisle, no hace falta que te recomiende este libro. Ahora, si estás pensando en engancharte con las crónicas de este talentoso autor que recorre lugares bizarros, me parece que te van a impactar más Pyongyang, Crónicas de Birmania o Jerusalén, porque tienen todo ese contenido extra de los contextos socio-políticos espesos. Habrá más Delisle en el blog, en los próximos meses.

martes, 4 de febrero de 2014

04/ 02: APPROXIMATE CONTINUUM COMICS

Este libro de Lewis Trondheim es más conocido como “Mis Circunstancias”, que es el nombre que le puso Astiberri cuando lo editó en España. La gran ventaja de la edición de Fantagraphics por sobre la de Astiberri es el precio: esta se consigue en oferta casi sin dificultad. Y además, cuenta con las traducciones del inolvidable Kim Thompson, un maestro para todos los que alguna vez nos interesamos por el mundillo de la edición de historietas y publicaciones aledañas.
En francés, este libro se llama Approximativement y se editó en 2001. Las historietas que reúne son bastante anteriores (1992-96, a ojo de buen cubero) y marcan el inicio de la vertiente autobiográfica de Trondheim, que persiste aún hoy en sus magníficas Les Petits Riens (Little Nothings en la edición yanki que reseñamos un par de veces acá en el blog). Acá las historietas no duran una sóla página, sino varias más, y además están realizadas en blanco y negro. La otra diferencia, quizás menos obvia, es que en Les Petits Riens el autor trata de hablar poco de su profesión y más de su vida privada: sus viajes, su vida familiar, sus hábitos hogareños... Acá también hay algo de eso (menos, porque todavía no habían nacido sus hijos) pero el dato de que Lewis es historietista tiene muchísimo más peso. Todo el tiempo lo vemos interactuar con sus colegas, hablar de dibujo, de otros autores, de los laburos que va colocando en distintas editoriales, de las exigencias de los distintos mercados... Approximativement funciona mucho mejor como un “backstage” de los otros álbumes de Trondheim, especialmente de La Mouche, su clásico mudo de 1995.
Me falta un dato importante y es que Trondheim decide contarnos su vida en clave de humor. Las anécdotas reales están “barnizadas” para acentuar sus aristas más cómicas o más patéticas, y además mezcladas con sueños, recuerdos de la infancia y momentos en los que el autor no muestra lo que sucede en el mundo real, sino lo que fantasea él en su fuero íntimo. Y además hay algo así como un mensaje, o por lo menos pareciera que Trondheim usa estas historietas como una especie de catarsis, para discutir ciertos temas consigo mismo, temas que hacen a su forma de relacionarse con la gente, con el laburo, con sus propias fobias, angustias y rayes. Al final, con 144 páginas de historieta a cuestas, el ídolo nos da a entender que todo esto le sirvió para aprender, para madurar, para pasar en limpio ciertas cuestiones.
Como hace años que sigo a Trondheim en su vertiente autobiográfica, los relatos en sí me sorprendieron poco. Me reí, me pareció alucinante ver en los roles secundarios a genios como Emile Bravo, David B., Patrice Killoffer o Dupuy y Berberian, pero todo estaba dentro de lo (más o menos) esperable. Lo que realmente no me esperaba era la calidad del dibujo. Esto está al mismo nivel, o un toquecito por encima, de lo que hacía Trondheim en los álbumes de Lapinot (que son de esta misma época) y mínimamente por debajo de su mejor nivel, que es el que logra a fines de los ´90 con Le Donjon y mantiene aún hoy.
A nivel narrativo, esto está a medio camino entre Les Petits Riens y los álbumes “aventureros”. Es decir, ni se zarpa con miles de páginas de uno o dos cuadros (y a veces tres o cuatro) con unos dibujos devastadores, ni te clava esas páginas de 11 o 12 cuadros en los que el dibujo apenas se ve. Approximativement tiene un formato muy parecido al del comic yanki y las grillas que elige Trondheim para armar sus páginas van para ese lado. Hay tres páginas de una secuencia alucinante (protagonizada por La Mouche), hasta las bolas de viñetas microscópicas, y una secuencia de una página en la que Emile Bravo narra una anécdota en 12 viñetas, pero se nota claramente que son recursos que utiliza Trondheim para controlar y ajustar mejor el tempo narrativo, no porque “se quedó sin espacio” para contar lo que quería contar. Y el dibujo, el grafismo en sí, está logradísimo, con personajes muy expresivos, un lenguaje corporal fluído y muy gracioso, la clásica línea “semi-tembleque” y un inmejorable equilibrio entre espacios blancos y masas negras.
Precursora en el género de la autobiografía, repleta de grandes momentos y con un elenco de personajes secundarios demasiado grosso para ser real, Approximativement parecía una obra menor, marginal dentro de la obra de Lewis Trondheim, pero terminó por pelar tantos hallazgos que se integró a la lista de títulos fundamentales de este genio del comic francés.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

27/ 11: SEX REPORT (DIARIO DE UN PUTERO EN JAPON)

Este es uno de los mangas más raros que leí en mi vida. A lo largo de más de 400 páginas, el periodista, actor pono y mangaka Hiromi Hiraguchi cuenta historias protagonizadas por él mismo en las que encuentra avisos (clasificados o no) en los que se ofrece sexo por dinero, contacta a quienes los publica y acude a hoteles, saunas, prostíbulos y demás salas de dudosa profilaxis de Tokyo y alrededores para acostarse con prostitutas y compartir sus experiencias con el lector. Se me dirá “Es muy parecido a Paying for it, de Chester Brown”. Sí, la idea es MUY similar. Pero a) Hiraguchi lo hizo antes, b) el tono es totalmente distinto y c) Hiraguchi se esfuerza por dibujar bien, mientras Brown se esfuerza por dibujar mal.
La cagada que tiene el libro es que no hay forma de leerlo de una sentada, ni siquiera de una sentada larga, porque las historias (ninguna supera las 6 páginas) son casi idénticas entre sí. Todas se repiten mucho, con mínimas variaciones en cuanto a las tarifas de las putas, si la chupan con o sin globito, si están gordas o esculturales, cómo acaba Hiraguchi, y algún diálogo que el cliente mantiene con la “proveedora”. La estructura de las historietas es siempre igual, nunca pasa nada raro, no hay sorpresas. A veces a Hiromi no se le para, a veces la prostituta es vieja, fea o huele mal, pero básicamente el mismo “sketch” se repite una y otra vez a lo largo del tomo. Hasta los dibujos son parecidos. Y esto se debe a que Hiraguchi realizó esta investigación de campo en forma de comic para ocho revistas distintas dedicadas al ocio de los adultos, revistas en las que estas eran las únicas historietas, y aparecían de a una por mes, o por quincena. Leídas así, deben ser graciosísimas. Todas de un saque, corren serios riesgos de aburrirnos un poco.
Lo más interesante es que todo está contado en un tono alegre, festivo. Olvidate de la sordidez y la desazón que uno asocia normalmente a la prostitución. La mayoría de las putas a las que frecuenta Hiraguchi son minas casadas que encontraron la forma de meterle los cuernos a sus maridos y –de paso- ganarse unos mangos. Ninguna es borracha, ni drogadicta, ni está cagada a piñas por un cafishio violento, ni ejerce la prostitución en contra de su voluntad. El mangaka enseguida entabla un trato cordial con las putas, sin esa solemnidad, o esa frialdad casi ascéptica que uno imagina que rodearía a esta actividad en una sociedad tan pacata como la japonesa. Hiraguchi la pasa bárbaro, se nota que tiene un amor genuino por el sexo con profesionales, y nos transmite a los lectores esa diversión, a veces un poquito salvaje, pero nunca heavy, ni perturbadora. Incluso, a pesar de lo grotesco de su dibujo, logra producirnos algún que otro zumbido en la entrepierna.
El dibujo es bizarro, mal. Está claramente enrolado en la tradición humorística del manga, mucho más cerca de un Fujio Akatsuka o un Akira Narita que de los mangakas más publicados en Occidente. En realidad, parece una especie de Philippe Vuillemin, o un dibujante español de los más zarpados de El Víbora, o un Angel Mosquito muy sacado, con unos cross-hatchings pasados de rosca. Lo que mejor dibuja Hiraguchi son sus propias expresiones faciales y su principal virtud como historietista es bancarse páginas de muchas viñetas chiquititas, en las que mete mucho dibujo y mucho texto sin que quede un empaste horroroso ni mucho menos. Quisiera leer otras obras de este autor, sin dudas.
Uno que no consume ni consumió nunca los servicios de una prostituta tiene el prejuicio de que pagar para ponerla es denigrante para uno y para la mina cuyos servicios contrata. Hiromi Hiraguchi, por el contrario, vive el sexo pago como una pasión, como un hobby, como un tema que definitivamente le encanta como para especializarse a full, y por lo menos en estas anécdotas que reúne en Sex Report, lo vemos disfrutar a pleno, sin tapujos y sin ese velo de cosa lumpen, sucia, prohibida o peligrosa que –para los que la vemos de afuera- pareciera ser el mundo de las prostitutas. Las historias son entretenidas, intensas, no se parecen a ningún otro manga que hayas leído y para que no se te hagan reiterativas, hay que leerlas con varias pausas, mechándolas con otras lecturas.

lunes, 25 de noviembre de 2013

25/ 11: EL SABIO DE SION

Brian Janchez vuelve a incursionar en el terreno de la autobiografía, con historietas de 2009, en las que narra (entre otras cosas) un viaje que lo llevó durante varios meses a Israel.
Para mi gusto, el libro arranca flojito, con unas… 14 primeras páginas que apenas me lograron arrancar alguna sonrisa. Es la previa, lo que le sucede a Janchez antes del viaje, más un par de páginas ya ambientadas en Israel. Después la puntería de Brian levanta bastante y se multiplican las anécdotas graciosas y/o bizarras, apuntaladas por los comentarios ácidos y las observaciones mordaces que caracterizan a este autor con innegable talento para satirizar las boludeces de la vida cotidiana.
No te voy a decir que de la página 15 hasta el final sólo hay historietas brillantes, porque seria una mentira atroz. Pero seguramente lo mejor del libro está en ese segundo tramo de El Sabio de Sión, en el que a Brian le toca vivir situaciones más interesantes y en el que –quizás sin querer- incluye mucho más al lector, lo capta mucho más y lo hace sentir parte de la infrecuente experiencia que significa ser argentino y vivir seis meses de 2009 en la ciudad israelí de Migdal Haemek. Las similitudes y diferencias entre lo que vivió (y comió) Janchez en estos seis meses y lo que vivió (y comió) el resto de su vida son el principal sustento para esta crónica atravesada principalmente por el humor costumbrista.
El dibujo de Janchez no está en su mejor momento. El autor abandona su trazo más despojado, más minimalista, y mete en cada viñeta muchos detalles, mucho laburo en los fondos y abundante texto. Y si bien acierta cuando aplica grises para diferenciar los planos y destacar ciertas figuras por sobre otras, en general, estas páginas de ocho cuadros se ven muy, muy sobrecargadas de elementos, algo que por momentos llega a entorpecer la fluidez del relato. Además, al dibujar tantas cosas (objetos, edificios, ropa, etc.) queda bastante claro que este Janchez modelo 2009 dibujaba algunas cosas muy bien y otras de modo bastante precario. Lo cual no siempre hace ruido, porque todo está puesto en función de un grafismo básicamente caricaturesco, pero a veces (sobre todo cuando aparecen autos) llaman la atención por la falta de cuidado en el “rediseño”. El avión que dibuja Brian, en cambio, no se parece en nada a ningún avión que haya existido jamás, pero está buenísimo.
Y mirá lo que son las cosas…El Sabio de Sión termina en la página 36 y el librito sigue, para incorporar una segunda versión de las crónicas del viaje de Janchez a Israel, presentadas en forma de textos que el autor publicó en su blog. Y en esas páginas finales, en las que desaparece el dibujo y sólo queda la opción de engancharse con los textos, me sorprende gratamente un historietista que es, además, un muy buen escritor. A su afilada observación, Brian suma también un talento para el absurdo, que no se ve en sus historietas pero que enriquece muchísimo a sus escritos. La crónica tiene más sentido, permite hilar mejor los sucesos, nos invita a meternos aún más de lleno en las vivencias del autor que la mayoría de las anécdotas contadas en forma de historieta. Así que ni se te ocurra hacerle zapping a ese tramo final donde no hay dibujos, porque te vas a perder varios de los momentos más cómicos y más incisivos del libro.
Entre la ingenuidad y la mala leche, entre las ganas de dejar un registro de lo que ve y vive y las ganas de romper las pelotas, un Brian Janchez de sólo 23 años generó esta obra breve, aunque de gran intensidad y desbordante honestidad. No es su trabajo formalmente más logrado (de hecho, hoy dibuja mil veces mejor), no todas las situaciones que elige contarnos son efectivas o graciosas, pero la idea de compartir esa experiencia tan definitiva con sus lectores, evidentemente funcionó. Si seguiste El Sabio de Sión cuando se serializó en la web, o si sos fan de este personalísimo autor argentino y disfrutaste de las otras dos obras que componen su “trilogía judía” (Sloishim y McKosher), no dejes de comprarte el librito.

jueves, 10 de octubre de 2013

10/ 10: SIENTO Y MIENTO Vol.3

Tercer y último recopilatorio de la serie autobiográfica de Alfredo Rodríguez de la que ya vimos los dos tomos anteriores acá en el blog. Como siempre, recomiendo repasar las reseñas de los Vol.1 y 2 antes de seguir adelante.
¿Ya está? Bien. Esta reseña va a ser más cortita, para no machacar de nuevo con los conceptos ya vertidos en las dos anteriores. De nuevo encontré las mejores ideas y me reí más en las historietas en las que Rodríguez juega con el lenguaje de la narrativa secuencial, cuando se hace cargo de que Siento y Miento no es su vida, ni un documental sobre su vida, sino una historieta, que a veces hay que dibujarla sin tiempo o escribirla sin ideas. Cuanto más meta-comiquera se hace la tira, más me divierte. El resto, los pasos de comedia costumbrista, más de una vez me arrancaron una sonrisa, pero nunca me sorprendieron demasiado.
El libro cierra con una secuencia de unas 25 páginas en las que Rodríguez se propone darle un cierre definitivo a la serie. Ahí empiezan a pasar cosas raras: aparece un personaje de otra tira y de otro autor, el protagonista parece morir, el propio Rodríguez se incorpora como personaje de la tira e interactúa (dibujado por el ubicuo Gonzalo Martínez) con su alter ego, y entre los dos acuerdan un final que le cierra a ambos. En estas páginas hay todo tipo de rupturas, desde el personaje que le habla al autor y a los lectores hasta una página con cuatro viñetas 100% negras, sin imágenes ni textos. Sin llegar a darle a la tira visos realmente épicos, Rodríguez abandona definitivamente el slice of life jocoso para embarcarse en un relato que por momentos se vuelve más dramático y por momentos directamente metafísico. Muy loco.
Con tres libros a sus espaldas y una repercusión en la web que –uno supone- fue bastante fuerte, Siento y Miento se retiró en un buen momento, consagrada por fans y críticos como LA historieta autobiográfica chilena. No sé en qué andará ahora Alfredo Rodríguez, pero me gustaría ver otros trabajos suyos, a ver qué sabe hacer además de desplegar este grafismo minimalista a lo largo de centenares de páginas signadas por un muy buen timing para la comedia y un notable manejo del lenguaje historietístico. A mí, que no me ceba mucho la autobiografía “de entrecasa”, Siento y Miento se me hizo bastante llevadera y casi todo lo que tengo para criticarle a Rodríguez pasa por lo que eligió NO hacer, no por lo que efectivamente hizo. Lo que hizo se la banca, en parte gracias a sus mínimas pretensiones y a que el autor tenía clarísimas las limitaciones con las que se manejaba. Por eso, creo yo, las pudo pilotear con tanto decoro.

lunes, 23 de septiembre de 2013

23/ 09: LA VIDA EN COMIC...

Este voluminoso tomo recopila historietas autobiográficas de cinco autores chilenos que se lanzan de lleno a la no-aventura de contar sus vidas en viñetas. Veamos cómo les fue.
Arrancamos con casi 50 páginas de Gaspar Pujadas, un dibujante chileno que cuenta su vida acá en Buenos Aires. La verdad, muy flojito. El dibujo tiene mucha búsqueda y poco hallazgo, cuando quiere ser gracioso rara vez lo logra y cuando se pone a reflexionar o a filosofar naufraga en la intrascendencia.
Seguimos con una chica llamada Shan!, que me parece que es la que logra los mejores resultados. Primero, porque plantea todo en el exigente formato de tira, como si publicara en un diario, y se re-banca esa elección. Shan! tiene el timing de los buenos humoristas gráficos, los que saben plantear y rematar en espacios chicos, y además –sin salir de su vida real- logra momentos de verdadera comicidad. Todo sostenido en un estilo muy, muy marcado, que es el chibi, la vertiente humorística en la que incursionan muchas autoras de manga. Shan! maneja de taquito estas convenciones y estas deformaciones y, sin ser genial, ofrece unas cuantas páginas de lectura muy amena, muy dinámica.
El tercer artista en presentarnos su vida en viñetas es Necrotax, un dibujante al que todavía le falta mucho. Su búsqueda va mitad por el lado dark del estilo académico-realista, mitad por el lado de dibujantes más estilizados, tipo Paul Pope , más alguna influencia del manga. Por momentos, sobre todo en las últimas planchas, parece un clon de Salvador Sanz que se quedó a mitad de camino. Las historias cotidianas de Necrotax dejan bastante margen para la imaginación y el delirio, e incluso para flashbacks a otras etapas de su vida, con lo cual no llega nunca a aburrirnos. Cuando se afiance en su estilo gráfico, este autor se puede poner interesante.
En el siguiente tramo me reencuentro con Claudio Rocco, el dibujante de Trolley, aquel comic reseñado a fines del mes pasado, protagonizado por tranvías. Rocco opta de nuevo por un dibujo muy, muy sencillo, en la línea de los humoristas yankis más minimalistas (un Tom Wilson, ponele) o de Fujiko Fujio, la dupla responsable de El Gatito Doraemon. Es un estilo bien definido, donde todo lo que no está desaparece no por impericia, sino por decisión del autor. La embarra un poco en las últimas planchas, cuando mete esos grisados feos, sin criterio, que por ahí hubiesen quedado bien si el libro se publicaba a color. Los chistes... ni fu ni fa. Se agradecen ciertos chispazos de mala leche y el homenaje a El Eternauta, pero no hay demasiadas ideas que uno no haya visto ya mil veces.
Y el tomo cierra con casi 50 páginas de Yako, el dibujante más pretencioso de los cinco. Yako se debe creer que es un capo de las artes plásticas volcado a la historieta. Sobredibuja groseramente, mete 8.000 técnicas de entintado en cada viñeta, por arriba de la tinta mete rayones blancos, texturas, aguadas... una sobredosis de recursos que no logran ocultar que lo más importante (el dibujo) es decididamente precario. Narrativa, ni en pedo. Estas son las páginas con menos manejo de la narrativa de todo el tomo, lo cual es bastante decir. Y las historias son básicamente aburridas, depresivas, grises. Sólo tengo para rescatar el hecho de que Yako es el autor que más se mete con el contexto social que hoy sufren los jóvenes chilenos. En varios pasajes de Yako se ve claramente cómo opera el capitalismo salvaje en el país vecino y cómo deja a la mayoría de sus habitantes sin educación, sin salud, sin derechos laborales, sin esperanzas.
El balance del libro no me dio positivo, en absoluto, y por si faltara algo está muy mal encuadernado y es casi imposible leerlo sin quedarte con hojitas sueltas en la mano. Dejémonos de chorear un par de años con la autobiografía, o pongamos huevos tamaño tiranosaurio para contar historias reales, pero con onda, emoción y talento genuinos.

jueves, 12 de septiembre de 2013

12/ 09: ARE YOU MY MOTHER?

Otra vez me toca un comic con guionista mujer, sólo que esta además de escribir, dibuja. Y menos mal que dibuja MUY bien, si no habría que pegarle un tiro en el orto y arrojar su cadáver a una zanja. Cuando me tocó reseñar su trabajo anterior (Fun Home, el 07/05/10) me sorprendía que Alison Bechdel se jugara a llenar 220 páginas de historieta con una historia muy chiquita, que daba para plantearse y resolverse en muchas menos páginas. Esta vez, la autora me canta quiero retruco: tiene para llenar casi 290 páginas... y no hay historia! Ni chiquita ni grande! En casi 290 páginas no pasa nada, absolutamente nada.
Are You My Mother? es la nada misma, el vacío, la negación. En vez de desarrollar una novela gráfica, Bechdel arma un mezcladito de escenas cuasi-inconexas, que nunca cuajan para lograr un relato homogéneo, coherente, consistente. Supuestamente, el eje conductor es la relación entre la autora y su madre, lo cual –a la luz de lo que vive Helen Fontana de Bechdel en Fun Home- tendría su atractivo. Olvidate. La autora problematiza (con perdón de la palabra) la relación con su madre a través de largas charlas con distintas psicólogas, en las que les relata breves anécdotas de su infancia y de su pasado reciente. Algunas tienen que ver con su vida en el seno de esta extraña familia, otras con su relación con sus distintas novias, otras con cartas y fotos vinculadas a los años mozos de Helen, otras a llamadas por teléfono entre madre e hija (que viven en distintas ciudades) y muchas otras funcionan como una especie de backstage de Fun Home, se relacionan todo el tiempo con la obra anterior, durante cuya realización Bechdel empezó a pensar y analizar su vínculo con su mamá.
Por si faltara algo para que esto fuera un embole atroz, una nube de humo absolutamente inasible e insostenible, Bechdel se hace hardcore fan del psicoanálisis y empieza a mechar entre estas secuencias ya mencionadas cachos de textos de Freud, de Jung y de Donald Winnicott, un psicólogo con el que se fascina tanto, que llega a contar práticamente toda su vida en forma de historieta, no de modo lineal, si no intercalando estas secuencias con las otras. Además, Bechdel se cuelga con las obras de teatro en las que actúa su madre, con una ilustración del Dr. Seuss, con Virginia Woolf, con la poetisa y escritora feminista Adrienne Rich... con cualquier cosa que le sirva para rememorar momentos de su pasado y para tratar de enteder cómo funciona su vínculo con Helen. Por supuesto, nada de lo que Bechdel pone sobre la mesa sirve para hacer avanzar la trama, porque NO hay trama. Es todo sanata, todo paja, toda una cátedra de cómo mirarse el ombligo durante una eternidad, y que te paguen por eso.
Yo entiendo que con Fun Home la autora haya vendido fortunas y ganado muchos premios. Pero esta “secuela” era totalmente innecesaria. No necesitábamos ser testigos de horas y horas de sesiones de psicoanálisis, ni de charlas telefónicas tan extensas como intrascendentes, y si querés mostrar que sabés mucho de psicoanálisis o de literatura, escribí ensayos científicos sobre esos temas, no historietas. Ojo, yo no digo que la única historieta que sirve es la que te transporta a mundos fantásticos a vivir aventuras imposibles de vértigo, acción y machaca. Sin salir del mundo real se pueden hacer grandes historietas. Incluso sin salir del género autobiográfico, tan querido por los historietistas a los que les encanta hablar de sí mismos. Pero en general, para que la historieta funcione, tiene que estar la intención de contar algo, de hilar un relato, de que al cerrar el libro al lector le quede algo más que sueño.
Por suerte, Are You My Mother? está magníficamente dibujada, en un hermoso blanco y negro, complementado con grises y con distintas tonalidades de rosas y sepias. Si te agarrás de eso, por ahí encontrás esa cuota de placer que te ayude a pilotear el bajón. Si no te gusta cómo dibuja Bechdel, cagaste, porque no tenés con qué combatir esos masacotes interminables de texto. Y sobre todo esa sensación de estar escuchando conversaciones ajenas, trivialidades, boludeces que no nos interesan, o soliloquios pretenciosos acerca de teoría psicoanalítica, complejas (e incomprobables) elucubraciones acerca de qué te pasa en el bocho si un día cuando tenés 10 años, tu mamá no te da el beso de las buenas noches. ¿Sabés qué te pasa? Me importa un carajo lo que te pasa. Alison Bechdel tuvo la mala idea de mandarse todo un libro para meditar acerca de eso y yo, que perdí horas de mi vida leyéndolo, me quiero cortar la verga en fetas y mandarle una por correo.

jueves, 5 de septiembre de 2013

05/ 09: SIENTO Y MIENTO Vol.2

Hace casi dos años exactos, el 12/09/11, me tocó reseñar el primer tomo de esta serie y ahora voy por más. Siento y Miento es un comic autobiográfico en clave de comedia, que Alfredo Rodríguez escribe, dibuja, rotula y sube a un blog periódicamente para beneplácito de sus fans. Como al blog le va bien, las historietas se recopilan en libros y como si esto fuera poco, los libros venden muy bien en Chile, el país donde vive y trabaja Alfredo (y su hermano Gabriel, el dibujante de Locke & Key).
En general, Siento y Miento se compone de historietas autoconclusivas de una sóla página, protagonizadas (casi siempre puertas adentro) por Alfredo, su esposa Claudia, y sus pequeñas hijas Sofía y Antonia. Casi siempre Rodríguez propone un humor light, basado en el costumbrismo, en pequeñas anécdotas cotidianas con un cierto cariz humorístico. En la mayoría de las anécdotas, el propio autor se lleva la peor parte: se muestra a sí mismo como un tipo colgado, inmaduro, bastante proclive a gambetear las responsablidades, glotón, inconstante, con menos glamour que el Tolo Gallego... que ama a su esposa y a sus hijas, pero lo demuestra poco y de vez en cuando. O sea que, en buena medida, Rodríguez hace esta historieta para reirse de sí mismo, lo cual es un ejercicio bastante sano.
Lo más raro es cómo el autor se resiste a ampliar su universo. Esto se ve en dos frentes fundamentales: por un lado, en el elenco. No hay más personajes que Alfredo, Claudia y sus hijas. Nunca vemos para quién trabaja Alfredo, no conocemos a sus amigos, ni él ni Claudia parecen tener padres ni hermanos, nunca vemos a Claudia interactuar con gente en las horas en las que no está en su casa... Se trata de una familia excesivamente insular, y eso deja sin explorar muchas vetas de gran potencial cómico. Por otro lado, el tipo de temas que toca la tira es muy acotado: a Rodríguez no parece interesarle nada que vaya más allá de la vida familiar y alguna desventura laboral de Alfredo, que es freelance y trabaja en su casa. No se habla de política, no hay sexo (ni siquiera cuando Alfredo y Claudia pasan páginas enteras a solas en su cama matrimonial), no hay nada ni remotamente escatológico (Antonia es la única beba del comic que no se mea ni vomita)... Es todo demasiado limpito: afecto, seguridad, autito, casita, trabajo... Por momentos a la historieta le falta un poquito más de roce, de filo.
Dentro de estos confines tan estrechos, aparecen varios chistes realmente graciosos, que me hicieron reir en voz alta. Pero lo más interesante sucede cuando Rodríguez juega al metacomic, cuando se hace cargo de que está haciendo una historieta, que Alfredo no es él sino un personaje de historieta y se anima a jugar con las convenciones y el lenguaje del Noveno Arte. Ahí generalmente pela ingenio, levanta vuelo y sorprende con ideas y resoluciones gráficas que no son las obvias, ni las habituales. Ya en las últimas 15 páginas, esta vertiente desplaza a la otra y la serie se desvirtúa un poquito. Pero siempre en una búsqueda de ideas nuevas que no se puede dejar de ponderar.
El dibujo de Rodríguez también da la sensación de ser demasiado limpito. Es un trazo redondito, amistoso, sin manchas ni espacios negros, casi sin fondos... Todo el peso gráfico recae en una línea prolijita, siempre del mismo grosor, excepto en algunas viñetas puntuales en las que Rodríguez se esfuerza por diferenciar de modo más marcado el primer plano del segundo y el fondo, algo que en el primer tomo no sucedía nunca, creo. La principal virtud de Rodríguez es que tiene perfectamente incorporado el pulso narrativo. Ese estilo de dibujo de apariencia tan sencilla le sirve
-probablemente más que otros, más elaborados- para poner el énfasis en lo que mejor hace, que es controlar el timing de los relatos. Muchos de estos chistes no tendrían gracia contados de otra manera, sin las pausas, los dibujos repetidos y demás recursos narrativos que pone en juego Rodríguez para hacer eficaces a sus mini-comedias.
Me queda para leer un tercer tomo de Siento y Miento. Veremos cómo evoluciona la serie y sobre todo si Alfredo Rodríguez, que ya se reveló como un agudo observador de la vida puertas adentro, se anima a mirar un poquito lo que pasa de la puerta de su casa para afuera.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

21/ 11: ALEX

Entre Mail Order Bride y Freeway, me cebé tanto con Mark Kalesniko que empecé a buscar las obras anteriores. Así caí en Alex, que tiene el atractivo extra de tener como protagonista a Alex Kalienka, el mismo de Freeway, que es una especie de alter ego de Kalesniko.
Se supone que Freeway es una continuación de Alex, pero ¿es tan así? Yo diría que no, que son dos historias alternativas. En una (Freeway), Kalienka se casa y se queda en California y en la otra, manda todo a la mierda y se vuelve a su pueblito de Canadá. También está la posibilidad de que, después de lo que sucede en Alex, decida volver a Hollywood a vivir lo que sucede en Freeway, pero lo veo poco factible. En ambos casos (y obviamente también en la vida real de Kalesniko) el pibe al que le encantaba dibujar cumple su sueño de entrar a trabajar en un enorme estudio de animación (que cambia de nombre de un libro a otro, pero claramente es Disney) y se choca con una picadora de carne que lo explota, lo maltrata y finalmente le hace perder el amor por el dibujo.
En el libro que lleva su nombre (escrito y dibujado en 1994 y recopilado recién en 2006), Alex sale de esa experiencia convertido en una especie de energúmeno inaguantable. No labura, no se divierte, no la pone. Canaliza su frustración, sus angustias y sus inseguridades a través del escabio, lo cual lo hace estallar en ampulosos berrinches, con nefastas consecuencias para sus muebles, sus botellas y sus materiales de dibujo. Tanto su paso por el secundario (bastante traumático, porque era un nerd que casi no socializaba) como su experiencia en Los Angeles lo convirtieron en un tipo tenso, nervioso, resentido y cagón. Una basura, bah. El principal problema para disfrutar de Alex (la obra) es Alex (el personaje). Decí que le gusta Depeche Mode. Si no, no tiene UNA a favor.
La historieta se trata básicamente de eso: un tipo que llegó a cumplir un sueño, se dio cuenta de que detrás del sueño había una empresa muy hija de puta que le robó las ilusiones, y se convirtió en un tipo de mierda, un inmaduro crónico, un borracho irascible como el Capitán Haddock, pero sin su carisma. Tan insufrible se hace este personaje, que la novela levanta muchísimo cada vez que aparece algún secundario. Por suerte, Kalesniko trata a estos mejor que a sí mismo. El resto, parece la obra de un tipo superado por sus demonios internos, que busca en la historieta autobiográfica la posibilidad de exorcizarlos.
Por millones de motivos (no sólo porque el Kalienka de Freeway es más creíble y está mejor trabajado), me quedo con el Kalesniko más maduro, el de su obra más reciente. En Alex se ve a un autor con un talento indiscutible, una bestia del dibujo capaz de hacer cualquier cosa, pero le falta esa frialdad en el buen sentido de la palabra; esa sensación de “tranqui, muchachos, tengo todo bajo control”. Al Kalesniko de los ´90 le gana la furia, la urgencia. Se nota mucho cuánto lo afecta todo lo que nos quiere contar. De todos modos se nota también su mano maestra para componer las viñetas, para mostrar la acción, para darle expresión a los rostros, para tirar diálogos brillantes, para meter tramas mecánicas, para darle fuerza e intensidad incluso a escenas pachorras en las que nadie mueve un dedo. Evidentemente, estamos ante un genio de la narrativa gráfica, con méritos más que suficientes como para tener el mismo reconocimiento que otros autores de su generación, tipo Daniel Clowes o Peter Bagge.
Si leés Alex antes que Freeway, no te dejes vencer por este personaje patético y repulsivo. Seguí adelante, que en Freeway te espera un Alex Kalienka más copado. Si ya leíste Freeway (o Mail Order Bride), esto está buenísimo, aunque el argumento tiene bastante menos power que los de esas dos joyas, porque Alex se conforma con regodearse en las miserias de un “joven a la deriva” y las otras no. En ambos casos, preparate para sumergirte en el mundo (por momentos bastante perturbador) de un creador superdotado para el dibujo, que se lanzó con honestidad brutal al terreno de la historieta confesional en una época en la que esta no estaba de moda.

martes, 20 de marzo de 2012

20/ 03: LITTLE NOTHINGS Vol.4

Acá estoy de nuevo, fiel al maestro Lewis Trondheim y su cátedra de Historieta Autobiográfica. Ya pasamos por acá hace un poco más de dos años, cuando comentamos el Vol.3, y la verdad es que todo lo dicho acerca de aquel tomo se aplica también a este, sobre todo a nivel dibujo. Tanto es así que no voy a hablar de la faz gráfica de este tomo.
Pero en cuanto a las mini-historias que narra Trondheim (y que le sucedieron en la vida real durante 2009) hay varias cosas para destacar. En primer lugar, el garrón que se come en República Checa, cuando le detectan unos pólipos en las fosas nasales. “La saga de los pólipos” termina con una intervención quirúrgica, nos muestra a un Trondheim preocupado -por primera vez- por un problema de salud, y tiene un remate brillante en una ilustración con la que cierra el libro.
Lo otro muy destacable de este tomo es que además de viajar a la República Checa, New York, Las Vegas, San Francisco, Montreal, Alemania, Madrid, Angouleme, Córcega y la isla de Mayotte (colonia francesa cerca de las costas de Mozambique), el ídolo visita Buenos Aires, Ushuaia y el glaciar Perito Moreno. Me encantaría decir que las secuencias ambientadas en Argentina son las mejores del tomo, pero la verdad que no... Tiene un par de chistes muy buenos, dibuja unos paisajes alucinantes, pero no mucho más. No sé si no la vivió, o si eligió no reflejarla en las historietas, pero “la argentinidad al palo” brilla por su ausencia.
En realidad, Trondheim mira todo con los mismos ojos de alienígena, de tipo que se acaba de bajar del plato volador, lo cual es un recurso siempre efectivo a la hora del humor. Igual algo más vio en Argentina, ya que –como cuenta en una historieta- llega a evaluar la posibilidad de vivir con su esposa parte del año en Francia y parte del año en Buenos Aires. Al final, se termina asustando por el tema del agujero de ozono y las probabilidades de contraer cáncer de piel. Pero dice la gente que lo recibió en Buenos Aires (yo no tuve la suerte de cruzármelo, lo vi una sóla vez y en San Diego) que hasta llegó a ver departamentos en nuestra ciudad para comprar y fijar domicilio.
Además de todo esto, hay un gag recurrente al que Trondheim vuelve varias veces, al que podríamos llamar “la valija eternamente incompleta”: el tipo está preparando su valija y se jacta de lo bien organizado que está y de cómo esta vez no se olvida de guardar nada de lo que va a necesitar en el viaje. Y después te enterás qué se olvidó esta vez. Si viajás mucho (como me pasó a mí durante parte de 2010 y todo 2011) te vas a sentir muy identificado. A todo esto, entre la operación y todos esos viajes, ¿de dónde saca tiempo esta bestia para dibujar sus historietas? En todo el tomo aparece frente a su tablero en... tres páginas! Si no fuera porque cuando se encuentra con otros dibujantes hablan de pinceles, lápices o historietas, uno podría creer que Trondheim es odontólogo, escribano, o vendedor de seguros. La respuesta es: ya dedicó una obra entera (Mis Circunstancias) a contarnos su vida y su rutina como dibujante y, por suerte, tiene otras cosas más divertidas para contar. Entonces está bien que pase por alto su labor frente al tablero de dibujo.
De nuevo, la enfática recomendación para esta serie (de la cual este es el primer tomo que le hace el aguante al fundamental Vol.1), para los fans de la historieta autobiográfica, o del cada vez más inmenso Trondheim, o del humor costumbrista, repleto de ironías, reflexiones y observaciones de enorme lucidez.

miércoles, 7 de marzo de 2012

07/ 03: POR QUE HE MATADO A PIERRE

Volvió el comic europeo, que estuvo exiliado unas semanas, y volvió con todo. Por qué He Matado a Pierre es –agarrate fuerte- una historieta perfecta. No preguntes por qué la compré. Nunca había oído ninguna recomendación, ni me sonaban los nombres de Olvier Ka y Alfred. Pero algo en el libro (tal vez la majestuosa edición de Ponent Mon) me dijo “llevame, que te voy a hacer feliz”.
La novela es la autobiografía de Olivier Ka, y recorre todos los momentos importantes de su vida, desde los 7 a los 35 años, con énfasis en algo que le pasa a los 12 y que es tan heavy que no lo puedo revelar sin cagarle toda la gracia a la lectura de la obra. Es más, creo que no se puede decir ni media palabra de la trama sin spoilear secretos importantes. Ni siquiera quién es Pierre, ni a qué se dedica. Nada, ni mu. O sí, bueno, ya que estás... que sepas que esto es maravilloso, que la construcción del protagonista es exquisita, que hay muchísimos bloques de texto obscenamente bien escritos y que Olivier Ka entiende perfectamente que en la historieta hay que contar con imágenes, por eso ensambla esos textos con secuencias mudas, por eso apuesta fuerte a los climas y por eso le abre tanto el juego a los dibujos de Alfred, que este termina por co-protagonizar el último tramo de la novela.
Ka y Alfred hicieron muchas historietas juntos, y acá Alfred se da cuenta de que lo que está contando Ka es tan grosso, tan crucial para su vida, que más que crear, lo que tiene que hacer es documentar. Por eso, en el último tramo, en el que Alfred acompaña a su amigo en ese regreso electrizante a Río Feliz, aprecen muchísimas fotos, retocadas y sin retocar: son testimonios, Alfred es testigo, Olivier va en busca de algo que no se puede dibujar.
En ese último tramo, estalla además el Alfred más salvaje, más expresionista, el Alfred virtuoso del pincel, en un péndulo delirante entre el realismo fotográfico y el experimento vanguardista al filo del mamarracho. Ya en el anteúltimo capítulo, Alfred había impactado con planificaciones de página arriesgadas, a años luz de la grilla mansita y convencional de los primeros tramos, y al final se termina de zarpar. Pero nunca pierde ese increíble encanto, ese dibujo suelto, vibrante, esa línea clara que mezcla a Max, a Emile Bravo y a Dupuy y Berberian. Lo hojeás y parece un libro para chicos, lleno de dibujos hermosos y amistosos. Hasta que lo leés, claro, y ahí el contraste entre el estilo de Alfred y lo que cuenta Ka te tira de orto, mal.
Lamento no poder contar nada más. Recomiendo a full este libro y ya me pongo a buscar más obras de estos dos autores. No te lo pierdas por nada del mundo. Por qué He Matado a Pierre es un comic sórdido, jodido, pero también increíblemente bello. Tiene muy merecidos todos los premios que ganó.


jueves, 2 de febrero de 2012

02/ 02: LAS CRONICAS DE MALIKI 4 OJOS

Hoy la recorrida por la historieta latinoamericana reciente me lleva a Chile, a encontrarme con Marcela Trujillo, una autora a la que conocía por breves colaboraciones en antologías y de la que siempre quise tener un libro “solista”. Trujillo es artista plástica y autora de comics desde su adolescencia (nació en el ´69, así que estamos hablando de unos 25 años de producción artística), pero siempre interrumpió su carrera como pintora para dedicarse a la historieta, o al revés. No conozco su obra pictórica, pero sus comics no dejan ver la mano de una autora que está pensando en pintar cuadros, no están “contaminados” por los otros intereses artísticos de Marcela. A los 27 años, Trujillo emigró a los EEUU y –una vez establecida en New York- descubrió la escena indie de los ´90, lo cual la reconcilió con la historieta. Desde entonces, es un referente ineludible en el género de la autobiografía, que es el que elige cada vez que decide volver a dibujar comics.
Las historietas reunidas en este tomo nos cuentan ese tránsito de Trujillo de chica punki chilena, a inmigrante en New York, a artista reconocida, mujer adulta y madre de dos hijas. Hay detalles de su infancia, de sus viajes, de su labor como docente (una vez que regresó a Chile) y mucho, muchísimo, de su vida afectiva y hasta de su intimidad. Lo primero que sorprende (además de la calidad del dibujo, que es superlativa) es la honestidad con la que Trujillo revela y hace públicas sus fantasías sexuales, sus perversiones, su deseo y un montón de cosas referidas a los genitales (propios y ajenos) que uno generalmente hace “puertas para adentro”. A través del personaje de Maliki, Trujillo logra desembarazarse de todo tipo de pudor y va al frente, como una locomotora, a exponer públicamente los pormenores de su vida sexual.
Eso es en las primeras historietas. Después, a medida que cuenta historias de una Maliki más madura, el voltaje sexual baja un poco y las crónicas van más hacia la sátira costumbrista. Trujillo retrata al ambiente de los artistas plásticos newyorkinos, baja línea acerca de la guerra de Irak impulsada por el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush, revela detalles truculentos de su infancia en Chile, en la época del golpe militar de 1973, juega con el tema de su sobrepeso... todo mucho más tranqui que los diálogos que tenía con su clítoris mientras se lo frotaba en los primeros episodios. Su relación con el padre de sus hijas, el nacimiento de las mismas, el regreso a Chile, la ruptura de la pareja y su trabajo como docente le dan a Trujillo la materia prima para el último tramo del libro, el de la Maliki ya adulta, que se acerca a los 40 y ve la vida de un modo totalmente distinto al de las primeras historietas.
En general, las historias son atractivas, divertidas y hasta se hace soportable que los personajes chilenos hablen con los localismos de ese país. Lo más interesante, sin duda, es ver evolucionar a la autora a través del personaje. Y por supuesto, lo que hace fundamental a Marcela Trujillo es su estilo de dibujo, que tiene mucho que ver con el under norteamericano y que también evoluciona con el correr de los años. Las virtudes gráficas de Trujillo son imposibles de enumerar, pero lo que a mí más me gusta es cómo logra mantener una onda caricaturesca y funny dentro de una estética MUY realista, sobrecargada de detalles (la delirante dibuja hasta la textura de los sweaters, cada puto hilito de lana entretejido con el de al lado). También me gusta cómo piensa las secuencias, cuándo permite que el dibujo se haga cargo de llevar adelante la narración... y esas ilustraciones recontra-laburadas, que parecen las que hace Diego Parés en Barcelona. En las últimas historietas, Trujillo demuestra que (como Robert Crumb) cuando quiere, puede sintetizar su trazo y lograr una estética claramente de cartoon. Que también le queda genial. Pero cuando sobredibuja y se zarpa en los detalles, en los fondos, en cada pelo de cada personaje, es donde realmente te hace golpear la mandíbula contra el piso.
¿No es hiper-original? No calienta. De última, es de Chile, donde NUNCA hubo historietistas hiper-originales. Y puestos a tomar modelos de afuera, entre tanto boludo que mira los comics chotos de Image de los ´90, una que mira a Crumb, Jessica Abel, Phoebe Gloeckner, Charles Burns o Daniel Clowes sigue siendo un gran avance.

martes, 15 de noviembre de 2011

15/ 11: BURMA CHRONICLES


Pobre pibe Guy Delisle... Compite con Joe Sacco a ver quién viaja a los lugares más chotos del planeta. Si no leiste la reseña de Pyongyang (página 51 del segundo libro del blog) te recomiendo leerla antes de seguir con esta...
¿Ya está? Bueno, Burma Chronicles cuenta las andanzas de Delisle en Birmania, el país al que la dictadura militar que lo gobierna desde fines de los ´80 decidió llamar Myanmar y al que en los países anglófonos se conoce como Burma. Como en Pyongyang, el autor combina las no-aventuras típicas del comic autobiográfico con un montón de información acerca de la vida en Birmania, su geografía, su cultura, su religión, su gastronomía y –sobre todo- los serios problemas de pobreza y desigualdad social, olímpicamente ignorados por un régimen totalitario que encarcela y tortura a quienes se le plantan en la vereda de enfrente.
La gran diferencia era que en Pyongyang (capital de Corea del Norte, si te llevaste Geografía a Octosto o Juliembre) el canadiense se encontraba con una población totalmente adoctrinada para apoyar de modo acrítico las excentricidades de la élite gobernante, mientras que en Birmania se encuentra con una población que está muy al tanto de las prevendas, los chanchuyos y las inequidades del régimen dictatorial, pero no tiene huevos para reaccionar. La gente agacha el lomo y sigue como siempre, clavada en el atraso y el oprobio, mientras la única líder opositora (galardonada con el Premio Nobel de la Paz) lleva décadas condenada a un arresto domiciliario que le impide aparecer en público y conducir al pueblo hacia la rebelión, o forzar una salida democrática.
En el medio, Delisle analiza (sin meterse demasiado a fondo) el rol de las Naciones Unidas, las potencias centrales, las multinacionales, los países vecinos y las organizaciones no gubernamentales que están presentes en Birmania, todas defendiendo sus propios intereses, excepto las ONGs, que gambetean como pueden las restricciones de la dictadura para ayudar a paliar las deficiencias sanitarias, educacionales y nutricionales de la gran masa del pueblo birmano, abandonado a su suerte por la cúpula militar.
Y aún así, Burma Chronicles no es un comic abiertamente socio-político. Lo Delisle es más abrir grandes los ojos y decir “boludo, no puedo creer que pase esto” que armar la barricada y erigirse en improbable oposición a la dictadura. ¿Por qué? Porque tiene otras cosas que hacer: viajar, conocer, acompañar a su esposa (que trabaja para Médicos Sin Fronteras), criar a su hijito Louis, dar clases de animación y –por supuesto- dibujar historietas, que de eso vive. Todas esas actividades de Delisle, su vida social, su ocio, etc., comparten protagonismo con la faceta “testimonial” de la obra y van casi siempre para el lado contrario, es decir, para el lado de la comedia costumbrista y de choque de culturas. Que además es el terreno donde el canadiense la tiene más clara. El equilibrio entre ambas cosas está tan bien logrado que probablemente sea lo más interesante de la obra. ¿Algo para criticar? Sí, es un poco larga. Son más de 260 páginas y te tiene que interesar demasiado el tema para fumártelas todas sin decir “uh, loco... ¿falta mucho para que vuelvan a Francia?”.
El dibujo, una vez más, es excelente. Bajo la aparente sencillez del trazo de Delisle se ocultan un virtuoso del lápiz, un gran observador y un narrador nato. Esta vez se nota claramente que los grises están aplicados con técnica digital, sin ese truquito para que parecieran puestos a lápiz que vimos en Pyongyang. Y de nuevo suman muchísimo a las composiciones tanto de las viñetas como de las páginas. En general, toda la faz visual se ve mejor y más sólida que en las obras anteriores de Delisle, como si de pronto hubiese recibido una transfusión de sangre de Miguel Gallardo, además de la influencia más obvia, que es la de Lewis Trondheim.
Si te interesa conocer la remota, exótica y cuasi-aislada Birmania de la mano de uno de los grandes autores de la historieta francófona actual, Burma Chronicles es un trip del cual no te vas a querer bajar ni a palos. Mingalaba!

viernes, 23 de septiembre de 2011

23/ 09: RANITAS


Otra vez mi paseo por la historieta latinoamericana actual me lleva al pantanoso terreno de la autobiografía, esta vez para conocer las filias y fobias de Nicolás Peruzzo, autor uruguayo de interesante trayectoria en el under, que ahora debuta con una novela gráfica de aspiraciones más masivas.
En Ranitas, Peruzzo se las ingenia para hablar mucho sobre sí mismo y a la vez generar la empatía y la identificación de un montón de gente que atravesó situaciones similares, en los mismos años (segunda mitad de los ´90 y principios de este milenio) y en la misma ciudad (Montevideo). Tallking ´bout my generation, dirían los Who. Peruzzo hilvana varias anécdotas inconexas que tienen que ver con su tránsito de la adolescencia pajero-kilombera hasta sus primeros pasos en el mundo del comic, en un tono claramente jodón. Con margen para la denuncia y un cierto compromiso con temas sociales, con algunas reflexiones muy notables (como la de “Las bandas que dejaron de ser tuyas”) y sobre todo con humor, bastante ácido y explosivo, al estilo Hate.
Parte de la consigna de Ranitas es el diálogo directo con el lector. Peruzzo (que se dibuja a sí mismo como el batracio del título) nos habla de frente, nos da explicaciones, nos blanquea cosas que sintió (o le pasaron) cuando se sentó a armar este libro, con onda y honestidad. Incluso se hace cargo de su escaso virtuosismo para el dibujo, algo de lo que hablaremos después. Lo más logrado, para mi gusto, es el principio: la forma en que Peruzzo nos muestra las diferencias entre lo que hizo y lo que le gustaría haber hecho en algunos momentos clave de su infancia y adolescencia, un juego al estilo El Otro Yo del Dr. Merengue, realmente muy bien plasmado. Y lo otro maravilloso es cuando Peruzzo frena el relato para brindarnos una especie de guía por los boliches nocturnos que frecuentaba en los años en los que transcurre Ranitas, con data posta, conjeturas, vivencias, anécdotas… Muy ingenioso.
En general, todo el libro se lee bien, rápido, y aunque no conozcas los boliches y las bandas uruguayas de esta época, seguro vas a encontrar muchas situaciones y opiniones en las que te vas a ver reflejado. A menos que tengas más de 50 años, cero humor y cero idea de lo que es la secundaria, los recitales de rock, los grafittis, y la horrible sensación de que tus amigos se van a vivir a otros países porque en el tuyo no tienen futuro.
En cuanto al dibujo, Peruzzo se hace cargo de sus limitaciones y las pilotea con bastante solvencia. Lo mejor dibujado es –lejos- esa historieta dentro de la historieta en la que hace un team-up con Michaelangelo (la tortuga ninja), una secuencia de acción que rompe el esquema realista, o testimonial, pero con mucha onda. El resto, va fluctuando bastante, en parte porque las distintas secuencias que componen el libro fueron dibujadas a lo largo de varios años y en un orden distinto al que se publican en Ranitas. Pero está bien. Tiene algún afanito menor, y varios desafíos mayores, de los que Peruzzo sale bastante bien parado, sobre todo en la secuencia de “los rugbistas”, que es como le dicen los uruguayos a los rugbiers.
El subtítulo de “catarsis y rock´n roll” le queda perfecto a este trabajo de un autor que se anima a pelar, a exponerse, a confesar y a compartir cosas de su vida, de su ideología, de su forma de entender la historieta. A veces con estridencia y siempre con huevos y con ganas de joder. Pero siempre a años luz de la inmadurez y la pelotudez adolescente, porque estamos frente a una obra que es –ante todo- fruto de la reflexión. Vale la pena.

lunes, 12 de septiembre de 2011

12/ 09: SIENTO Y MIENTO


Mi recorrida por la historieta actual de los países de nuestra región me lleva a Chile, donde se publicó (primero en formato de blog y después en libro) esta historieta autobiográfica de Alfredo Rodríguez, el lector de este blog que me convenciera para comprar Locke & Key con el avasallador argumento de “está muy buena y la dibuja mi hermano”. Pero además de leer este blog y de difundir la labor de su hermano Gabriel, Alfredo Rodríguez es autor y tuvo la deferencia de mandarme su libro, dedicado y todo (aprendan, manga de grasas ;).
Siento y Miento consiste en historietas de una página que narran breves anécdotas de la vida familiar de Alfredo, siempre en clave de comedia costumbrista. El humor pasa por pequeñas boludeces cotidianas, como “no puedo trabajar porque la bebita llora”, o “me dio fiaca cocinar y me comí todas las galletitas que había en la casa”, o cosas por el estilo, muy light. No esperes escenas hot entre el autor y su esposa, ni comentarios audaces acerca de la política o la sociedad chilenas. La onda es tranqui, intimista y sumamente apta para todo público. En general, Alfredo se ríe sobre todo de sí mismo. El mismo suele ser “el punto” de sus comentarios más sarcásticos y el personaje que más a menudo queda preso de su propio patetismo. Pero siempre se mira a sí mismo con onda, con ternura, como diciendo “y bueno, ¿qué querés? Hago lo que puedo…”.
Recién sobre el final del tomo, Rodríguez empieza a jugar con un elemento nuevo, que le ofrece nuevas variantes para el humor: Alfredo y Claudia se hacen cargo de que son personajes de historieta y el primero llega incluso a dialogar con el autor en las planchas finales. La primera plancha en la que Rodríguez juega al meta-comic (la titulada “Nadie lo Sabrá”) es, para mi gusto, la más graciosa e ingeniosa de todo el libro.
En cuanto a la estructura, todas las páginas están divididas en cuatro tiras, que pueden tener una, dos, o tres viñetas. O sea que hay páginas de sólo 4 viñetas y otras con 12 viñetas, todas del mismo tamaño. Esto le permite a Alfredo regular con precisión el timing, el tempo narrativo, que es fundamental para toda comedia. El dibujo es muy, muy simple. Lo básico, o un poquito menos. Y lo más loco: la línea sólo define los contornos de personajes y objetos, y hasta por ahí nomás. El trazo tiene siempre el mismo grosor, no hay valores de línea, lo cual dificulta a veces la separación entre figura y fondos… pero la verdad es que hay tan pocos fondos, que no calienta. Pero hay algo aún más loco: Alfredo no pone masas negras, ni grisados. No hay ninguna sugerencia acerca de iluminación, texturas, nada. Sólo una línea negra sobre el fondo blanco. Yo dije “seguro que esto fue pensado para publicarse a color, por eso no hay negros, ni grises”. Y no. Busqué las páginas en su versión digital, tal como Rodríguez las subió a su blog, y son tal cual lo que se ve en el libro: apenas una línea minimalista, muy suelta, muy sintética, que por momentos parece una especie de Scott McCloud, pero sin negros ni tramas mecánicas.
Con estos poquitos recursos gráficos, con buen criterio para las elipsis, con un buen manejo del lenguaje icónico de la historieta, Alfredo Rodríguez emprende la anti-epopeya de exponer su vida privada para contarnos situaciones normales, mundanas, bien de gente común y corriente, sin nada del otro mundo. El día que le pase algo interesante (un viaje grosso, un sacudón, algo relevante que lo obligue a dejar la comodidad de su casita y su autito) va a haber que convencerlo para que lo cuente en forma de historieta, porque probablemente de ahí salga una obra realmente power. Mientras tanto, esto es lo que hay: un pichi que se mira el ombligo y le parece lo suficientemente interesante como para dibujarlo y mostrárselo a un montón de gente. Aún así, se las ingenia para entretenernos a lo largo de una buena cantidad de páginas con algo que –si no aborrecés el género autobiográfico ni la comedia costumbrista- muy probablemente te enganche y te satisfaga. Lástima que no haya palos al garrrrca de Piñera…

viernes, 1 de julio de 2011

01/ 07: McKOSHER


Y hoy sí, tenemos autobiografía pura, sin ningún elemento fantástico. Brian Jánchez nos cuenta con gracia y honestidad su breve experiencia laboral en el McDonald´s Kosher del patio de comidas del Abasto Shopping en forma de historieta, y es todo lo que hay.
Pero no es poco, porque la historieta está buenísima. Primero te engancha por lo raro: seguro que la primera vez que viste el McDonald´s Kosher dijiste “qué bizarro…”. Después, seguro te preguntaste en qué se diferencia la comida chatarra kosher de la normal. Y después, seguro te fuiste a comer comida china, asado o pastas. Una vez ahí adentro, ya convertido en “activador”, Jánchez también descubrió los sutiles procedimientos que hacen kosher a la clásica hamburguesa con fritas, y nos revela todo el proceso con mucha precisión, condimentado con observaciones agudas y graciosas. Y de postre, nos ofrece un nutrido desfile de jefes, supervisores y compañeros de trabajo, de los cuales ninguno llega a cobrar demasiado protagonismo, no porque no sean interesantes, sino porque la historieta es muy breve.
Una vez que nos tiene enganchado con lo atípico del lugar donde trabaja, Jánchez aprovecha y mete más cosas personales: sueños, aspiraciones, madre, novia, viajes en bondi de o al laburo y hasta episodios fecales en el inodoro. Y por supuesto, pela su mejor recurso, que suele ser el humor. Un humor de stand-up comedy, basado sobre todo en la observación, apuntalado por una ironía inteligente, finoli, y servido en bandeja por el alto nivel de patetismo que Jánchez le encuentra a la situación y a la relación que se entabla entre jefes, empleados, clientes y demás.
El resultado es una comedia costumbrista con una mirada ácida e ingeniosa sobre un tema bastante desconocido por la mayoría de los lectores que, por no ser judíos o por no consumir comida chatarra, nunca comimos en el McKosher. Entra también en el subgénero “jóvenes a la deriva”, aunque nunca vemos a Brian destapar una birra.
En la faz visual, Jánchez cosecha un montón de laureles más. El dibujo es muchísimo mejor que el de su otra obra publicada en libro (Sloishim) y nos muestra a un autor mucho más solvente, que no dibuja lo que puede, sino lo que quiere. En la versión que salió publicada en la revista La Mano, McKosher era a color, o en realidad tenía varios tonos de naranja y amarillo. Esa paleta intencionalmente restringida fue reemplazada con éxito por blanco, negro y gris y la verdad es que los colores no se extrañan para nada. Parte de lo que hace interesantísimo leer a Jánchez es que no se le nota ninguna influencia alevosa. Nunca fue un “clon de”, ni mucho menos. Y por supuesto, está muy bueno verlo mejorar como narrador. Las 48 páginas de McKosher están armadas en dos tiras, y en cada tira pasa de todo. Las hay de dos viñetas y las hay de seis, y en todas está todo lo que tiene que estar. En esos espacios chiquitos, casi claustrofóbicos, Jánchez pone todo lo que quiere mostrar y lo organiza de tal modo que no satura, ni sobrecarga, ni aburre.
Brian Jánchez es muy joven, pero McKosher lo dejó ahí, a centímetros de esa obra maestra que lo consagre definitivamente y lo siente en la mesa de los más grossos de la historieta argentina actual. Si todavía no lo descubriste, agrandá tu combo y sumalo a tu lista de autores mega-promisiorios a los que conviene seguir muy de cerca.

domingo, 26 de diciembre de 2010

26/ 12: PILDORAS AZULES


Descubrí al maestro suizo Frederik Peeters hace varios años, pero nunca había leído sus obras más importantes, Lupus y la que hoy nos ocupa.
Imposible no relacionar desde temprano a Peeters con Pierre Wazem, su compatriota y amigo, a quien descubrimos con Como un Río. Las similitudes gráficas y narrativas son muchísimas, aunque –como señalamos en la reseña de Como un Río- Wazem es un poco más salvaje, se zarpa un poco más. Peeters, en cambio, es todo equilibrio. Su manejo del blanco y negro es perfecto, se le nota el dominio molecular del pincel y del plumín, como si dibujara directamente en tinta, sin lápiz previo. Cuesta creer que abajo de lo que vemos impreso, alguna vez hubo un boceto dibujado con algo que no sea tinta. El estilo de Peeters funciona por todos lados: realismo para los fondos, expresionismo y soltura para los personajes, manchas y complejidad para los paisajes, simplicidad y claridad para las expresiones faciales. Sumémosle un inmejorable tempo narrativo, un montón de truquitos que le salen bien (como el de llevar al extremo el plano detalle para que una figura se convierta en otra, que le va a servir como elemento narrativo en la secuencia siguiente) y un criterio acertadísimo para romper el esquema de tres tiras (casi siempre divididas en 6 viñetas) y vamos a estar frente a un libro visualmente fascinante, lleno de imágenes y secuencias pensadas para quedarse a vivir en tus retinas durante mucho, mucho tiempo.
Pero Píldoras Azules no pasó a la historia ni consagró definitivamente a su autor por estar bien dibujada. Lo que armó revuelo, lo que llamó la atención y la puso en boca de todos es el tema, el eje central del argumento: Frederik, el dibujante medio loser de veintimuchos, y su relación sentimental con Cati, una chica un par de años mayor que él, que tiene un hijo chiquito producto de una relación anterior, que al igual que ella es portador del virus VIH, más conocido como el SIDA. ¿Ves? Ahí tiene sentido ponerse autobiográfico! ¿Con cuántas minas que tenían hijos saliste? ¿Dos, tres, cinco? ¿Cuántas tenían VIH? ¿Y cuántas tenían un hijito con VIH? Seguro que no viviste lo que vivió Peeters, y seguro que te va a interesar su historia.
Ojo, no confundamos originalidad con calidad. Píldoras Azules no es excelente por hablar de la relación entre Frederik y su novia con VIH. Se pueden hacer comics (y novelas y películas) chotísimas sobre ese tema. Es excelente por cómo Peeters aborda el tema, por cómo (y desde dónde) nos cuenta lo que pasa en esa pareja/ familia, por cómo gambetea la linealidad documental para mechar recuerdos, reflexiones y hasta secuencias oníricas que terminan de completar el mapa de los sentimientos de Frederik frente a Cati, su hijo y su enfermedad. Peeters elude también la sensiblería, no se postula para la canonización por amar a una chica infectada, no la muestra a ella como un objeto de lástima, ni como una zorra pecaminosa a la que Dios condenó por su lujuria. No la juzga, solamente la ama.
Y por ahí pasa lo más conmovedor de la novela, por la relación entre Frederik y Cati. Los sustos, el miedo al contagio, la bronca y la impotencia de saber que tanto ella como su hijo van a depender ad infinitum de las píldoras azules para mantener a raya al virus… todo eso está, pero es un complemento, no es lo central. Lo central es esta celebración de la vida y del amor que propone Peeters y que seguro te va a llegar. Porque es humana, porque es sincera, porque por momentos es graciosa, porque está llena de grandes diálogos y metáforas ingeniosas, y porque está dibujada como la mega-San Puta por un monstruo de descomunal talento narrativo. Ojalá la pasión sea contagiosa y esta reseña te transmita el virus de la Peeters-filia.