miércoles, 21 de enero de 2026

MIÉRCOLES CON LOS LÍDERES

Hoy, de pura casualidad, tengo para reseñar dos obras publicadas por las dos editoriales que lideran el segmento de la historieta en nuestro mercado editorial. Ahí vamos. Le entré al Vol.2 de Tokyo Days lo antes que pude, porque el Vol.1 me pareció realmente notable. Y en este segundo tramo, tenemos un leve volantazo de Taiyo Matsumoto en cuanto al foco del relato. La trama que parecía ser la principal en el Vol.1 (Shiozawa renuncia a su puesto de editor de manga en una gran editorial y empieza a planear una nueva revista que él mismo va a financiar, con los autores que a él le copan) esta vez es secundaria. Avanza un poco, pero Matsumoto alterna capítulos en los que vemos a Shiozawa contactando autores para la revista, con otros en los que apenas se lo nombra. ¿Y de qué tratan los capítulos que no se centran en Shiozawa? En esos momentos, el foco está puesto en la vida de Chosuke, el autor más carismático de los que ya se comprometieron a participar del nuevo proyecto, y sobre todo en Aoki, el mangaka conflictivo al que Shiozawa le había visto pasta de campeón. Sobre todo en la segunda mitad del tomo, Aoki se morfa la serie. Todo pasa por él, por cómo se adapta a la realidad de ser, por fin, un autor exitoso, y cómo esto también genera conflictos. Estamos frente a un personaje muy complejo, muy enroscado, probablemente basado en un colega al que Matsumoto conoce de la vida real que, a través de su inestabilidad y sus arrebatos, cobra un relieve increíble al punto de eclipsar a todo el resto del elenco. Sin embargo, los episodios que yo más disfruté son los de Shiozawa, sobre todo el de su encuentro con la sensei Machiko Iidabashi. Ese tramo me resultó fascinante, me conmovió, me tocó una fibra muy especial. La de Iidabashi es una historia casi irónica, porque de alguna manera, ella agradece todo el daño que le hicieron, todo el abuso que soportó por parte del editor que la convirtió en la mangaka que es hoy. Y ni bien vos te preguntás qué haría Aoki en una situación similar, Matsumoto te lo responde en el siguiente episodio, donde un editor en jefe decide meterle un personaje de prepo en su manga. En paralelo a todo esto, Tokyo va creciendo ya no como decorado, sino como un personaje más en la historia. El autor nos lleva por barrios periféricos de la ciudad, lejos de las luces y los rascacielos, donde todo (hasta la campaña política de los candidatos a intendente) se vive a otro ritmo, más pachorro, más propenso a la introspección e incluso a la melancolía. Retratada por Matsumoto, parece una ciudad totalmente incompatible con esa Tokyo repleta de aventuras explosivas, persecuciones a alta velocidad, invasiones de aliens, demonios o kaijus, y demás bolonkis que suelen sostener los argumentos de otros mangas. Como suele suceder en las obras del ídolo, en Tokyo Days los silencios tienen un peso muy marcado, y felizmente los diálogos aportan muchísimo, gracias a la muy buena labor del traductor Adrián Schwarzfischer. Cuanto más leo obras como esta, más me perturba que sean la ultra-hiper-archi-mega-minoría de la oferta de manga que tiene cualquier consumidor argentino. Tokyo Days es una rareza absoluta dentro del catálogo de Ivrea, es... Paco De Lucía en un festival de doom metal, o de cumbia villera. Una marcianada que conecta mucho más con el lector de comic europeo que con el lector de manga que supo forjar Ivrea en estos últimos 25 años. Y eso no está para nada bueno, pero tampoco empaña la alegría de tener obras como esta a nuestro alcance.
Listo Ivrea, ahora vamos con OVNI, que publicó un comic de autores argentinos protagonizado por El Zorro, el mítico personaje creado por Johnston McCulley hace más de 100 años. El argumento que imagina Luciano Saracino para "Tierra de Cipangos" no me sedujo para nada. La excusa para que Diego de la Vega y Bernardo vengan a Argentina es chotísima, el hecho de que en 72 páginas un solo personaje deduzca que Don Diego y el Zorro son la misma persona me resulta un insulto a mi inteligencia, y lo peor de todo no es eso, sino el plan del villano. No lo voy a explicar ahora, pero si de pibe eras fan de Scooby-Doo, ya viste ese mismo plan aplicado sin éxito por no menos de una docena de villanos de Scooby-Doo. De alguna manera (supongo que con oficio), Saracino logra construir un guion atractivo sobre la estructura de este argumento que se cae a pedazos, casi por debajo de la línea de pobreza. La lectura del comic, si te olvidás de lo endeble del argumento, se hace dinámica, llevadera, por momentos divertida. Ayudan mucho los diálogos, frescos, picantes, con el caudal de humor justo para que esto no sea ni un embole solemne ni una de Pepe Sánchez. Y sobre todo el hecho de que Saracino, con astucia, conecta al toque con la idea de que el Zorro existe principalmente para defender a los que menos tienen de los abusos de los más poderosos. Eso lo convierte en un vehículo ideal para bajar una exquisita línea cuasi-bolche, y así tenemos personajes que dicen cosas como "lo que es de todos es mejor defenderlo entre todos", o "lo contrario a un pueblo sumiso, vencido y en silencio es un pueblo alerta y dispuesto a todo por lo suyo". No, no es una aventura del Che Guevara en el Altiplano, ni en África. Es la aventura argentina del Zorro, el justiciero creado por un escritor yanki, popularizado por una serie de TV de Disney y publicado por una editorial argentina que es una especie de subsidiaria de una editorial de EEUU. Entre Pampa, Andresito y el Zorro venimos muy cebados con la ambientación rural del Siglo XIX, pero no, ese no es el fuerte de esta historieta. El mate, las boleadoras, los facones, los indios, los estancieros y la pulpería están ahí porque tienen que estar, pero la historia se podría trasladar tranquilamente a cualquier otro punto del ex-Virreinato del Río de la Plata, o cualquier otro territorio más o menos convulsionado por las guerras de la independencia contra un imperio que está en cualquiera. Y me falta hablar del dibujo, pero me cuesta hacerlo sin sonar ofensivo, porque la verdad que el trabajo de Emiliano Correa no me gustó en lo más mínimo. Su trazo es estático, tosco... y sí, su Zorro se parece un toque a Guy Williams, y supongo que para mucha gente eso suma. Para mí, el Zorro es el de Alex Toth. Es en blanco y negro, no se mueve y no habla. Acá tenemos a Exequiel Fernández Roel que la rema fuerte desde el color, pero es colorista, no necromante. Por más huevo que le ponga, no puede darle a los dibujos la vida y la onda que no tienen. Posta, me imagino algunas de estas páginas en blanco y negro y me pongo a llorar. Me parece que OVNI (o Alien) tiene acceso a mejores dibujantes, y ojalá si reinciden con nuevas aventuras originales de El Zorro opten por uno que esté a la altura del mito del personaje. No es el caso de Emiliano Correa, lamentablemente, y encima al pobre pibe lo ponen abajo de una portada de Mariano Navarro mega-ganchera, con una ilustración magnífica, realzada a niveles mágicos por la laca sectorizada. Perdón, me re-zarpé con la extensión de los textos. Me callo la boca y los invito a volver en unos días, cuando haya nuevas reseñas acá en el blog.

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