el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 3 de marzo de 2011

03/ 03: 100 BULLETS Vol.13


Uffff.. Bueno, terminé 100 Bullets. Por fin puedo respirar. La verdad es que el último tomo es, lejos, el mejor de la serie. Atenti si no lo leíste, porque pienso spoilear a ocho manos. Acá no se jode: hay una sóla historia marginal, que no conecta con el tronco central de la obra, y está muy buena. Pero la inmensa mayoría de estos últimos 13 episodios van derecho hacia lo que todos queríamos ver, que es la resolución del sangriento conflicto entre el Trust y los Minutemen. El final está espectacular, pasa todo lo que uno quería que pasara y es todo trágico, épico y humano a la vez (bueno, lo de Lono no es humano; obviamente –y aunque Brian Azzarello lo niegue- el chabón tiene superpoderes).
Lo primera reflexión que me surge es cómo cambia la propuesta de 100 Bullets de los primeros números al final. Al principio es una cosa más episódica, más cercana a las series de TV y al final es casi una de guerra entre maffias, en la que todos los personajes se conocen hace mil años (incluso en el último episodio te enterás que uno de los “buenos” es hijo de uno de los “malos”) y tienen talonarios enteros de facturas para pasarse por las transgresiones y traiciones acumuladas desde la década del ´60. Por supuesto, estas historias y estos personajes están tan bien armados, que el conflicto final te atrapa por completo. El tema es que, si la idea era que todo condujera a esto, mucho de lo que leímos en los 12 tomos anteriores se apartó MUCHISIMO de esa idea. Lo disfrutamos a pleno, obvio, pero ¿era una parte del rompecabezas de 100 Bullets? Y, no, era otra cosa. Era una exploración de la corrupción en sus distintas formas, a lo largo y a lo ancho de los EEUU. Y por ahí alguno te explica que la serie se trata tanto de eso como de la guerra entre el Trust y los Minutemen.
La otra reflexión: el final me hizo acordar a Sandman. Sí, sí, estoy sobrio. ¿Te acordás cuál era el conflicto central en Sandman? Los Endless tenían una regla muy estricta: si uno de ellos derramaba sangre de un familiar, sería ejecutado por las Euménides. A Morpheus lo enroscan para que mate a su propio hijo y lo termina por pagar con su propia vida. O sea, por más poderoso que seas, hay UNA regla que no podías transgredir y si lo hiciste, fuiste. El final de 100 Bullets es eso: un árbitro severo (ningún “siga, siga”) imparte castigos durísimos a los que violaron el reglamento, a cara de perro y sin que le pese el complejo entramado de relaciones humanas que vincula a los distintos protagonistas. De los que merecían salir con vida, muere uno sólo, y de los que merecían la muerte, zafa también uno sólo (el hijo de puta de Lono). Pero claro, al tener personajes tan humanos, tan reales, la línea que separa a buenos y malos es muy finita. ¿Alguno era 100% inocente? No, ni en pedo. Pero algunos pelearon por lo que creían más noble, otros cumplieron órdenes y otros defendieron hasta el final sus propios y mezquinos intereses. O sea que es casi imposible no tomar partido.
¿Quedaron cabos sueltos? Sí, muchísimos. Sin dudas, el final se les vino encima y los autores tuvieron que acelerar, comprimir y dejar para otro momento (tal vez para nunca) una pasada en limpio de cómo quedó la cosa, qué pasó con algunos personajes a los que dejamos de ver en algún punto de este tomo y cómo se resolvieron puntas a las que en su momento Azzarelllo les dedicó mucha atención (sagas enteras!), como la de la pintura robada.
Del trabajo de Eduardo Risso ya hablamos muchísimo, y no me quiero repetir. Simplemente destacar las cátedras de narrativa que da a lo largo de todo el tomo, especialmente en el noveno episodio, que es el que intercala secuencias de seis o siete historias paralelas sin perderte ni marearte en ningún momento. Hay que ser infinitamente grosso para que te salga bien eso. Y la secuencia del final, esas seis páginas mudas que transcurren en algo así como cinco segundos, son imbatibles y lo serán forever.
Al final, 100 Bullets terminó por ser un comic raro, muy arriesgado, muy complejo, muy ambicioso… y aún así ganchero y taquillero como pocos. ¿Qué pasó ahí? ¿Cómo se generó esa sintonía entre dos autores que en ningún momento se bajaron los lienzos y un público que ama ver cómo los autores se bajan los lienzos? Por ahí tiene que ver con las fechas en las que se publicó, 1999-2009, años en los que el público del comic yanki se renovó casi por completo… Ni idea, pero te recomiendo que lo descubras por vos mismo, porque garpa de verdad.

domingo, 20 de febrero de 2011

20/ 02: 100 BULLETS Vol.12


Aaaggghhh! Más de dos meses aguanté sin abalanzarme sobre este libro para ver cómo corno sigue la historia que me atrapó por completo y me dejó el cerebro en llamas! Una proeza digna de todos los superhéroes de todas las editoriales de la Golden Age para acá. Y cuando lo terminé quedé más caliente que antes, a apenas 12 episodios (un TPB) del final.
Acá la historia ya es una sóla y avanza en una única dirección. Los nuevos Minutemen reunidos por el agente Graves empezaron con la eliminación sistemática de las familias que componen al Trust y todavía no apareció nadie con un plan convincente para frenarlos. ¿Habrá tiempo para evitar una masacre? ¿Hará falta? ¿O lo que Graves nos vende como una cruzada épica y noble terminará por ser un bluff, o un apriete para rosquear en mejores condiciones? Por ahora, nada es negociable y la sangre corre a raudales, por lo menos del lado del Trust.
Una vez más, me impresiona el trabajo de Brian Azzarello. El tipo sigue poniendo TODO en el armado de personajes secundarios, con ínfima injerencia en la trama central. Vos decís “este tipo, tan bien desarrollado, al que en pocas secuencias le dan una onda infernal, seguro va a tener peso más adelante”. Pero enseguida te respondés “Pará, ¿qué más adelante, si esto está a milímetros de terminar?”. Y antes de que te pongas de acuerdo con vos mismo, llega la escena en la que ese personaje que tanto te enganchó recibe unos hermosos comprimidos de plomo que lo liquidan sin piedad, en el acto, y ya está. Con suerte, se lo volverá a nombrar, pero no va a aparecer más. Azzarello se da ese lujo: en la recta final, sigue construyendo personajes tercerones con el empeño que otros autores ponen para presentarte a los protagonistas, y ya que está te los boletea 15 páginas después, cuando ya les tomaste cariño, o te intrigaron como para buscar los tomos anteriores, a ver si es un personaje 100% nuevo, o alguien a quien el guionista está retomando, después de muchos capítulos en el freezer.
Esa crueldad es mínima al lado de otras crueldades que despliega este príncipe de la mala leche, que además sigue dando clase de virtuosismo, de cómo armar y ejecutar secuencias memorables. El mejor episodio del tomo es uno que narra dos historias en paralelo: por un lado una cena muy tensa entre Megan Dietrich, Augustus Medici y su hijo Benito; y por el otro una “aventura” de Lono que, por primera vez, nos lo muestra como un ser humano, como un tipo al que se lo puede vencer. Azzarello logra que estas dos secuencias -a priori inconexas- interactúen entre sí mediante un uso de los bloques de texto absolutamente brillante, digno del mejor Alan Moore. Como un juego de espejos, contrapone a víctimas y victimarios, traidores y traicionados, valientes y cobardes. Hay que ser MUY capo para que te salga bien una cosa así. El último episodio también se destaca, porque avanza bastante el plot del famoso cuadro que Cole Burns está intentando recuperar y termina con la muerte de uno de los personajes secundarios con más peso en la trama.
Todo esto, por supuesto, dibujado como los mega-dioses por Eduardo Risso, asesino serial del lápiz y la tinta que sigue sin mezquinar ni un ápice de su magia en el diseño de los personajes que se suman (estos nuevos, llenos de hallazgos pero con menos futuro que Miguel Del Sel en la política) y está siempre listo para dibujar la violencia de modo tremendo, impactante, jodido pero no revulsivo. Y los fondos… el laburo de Risso en los paisajes y las locaciones (que nos llevan por varias ciudades y pueblos de EEUU) es absolutamente devastador.
Con su ritmo descomprimido y su incesante acumulación de personajes y puntas argumentales, este hito del comic contemporáneo se acerca a su fin. A menos de 300 páginas de que baje el telón, los pocos que quedan vivos se preparan para definir quién será el ganador de esta guerra sucia que le cagó la vida a tanta gente ficticia, y se la alegró a tanta gente real. No creo que aguante más de una semana sin leer el último tomo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

09/ 12: 100 BULLETS Vol.11


Y bueno, ya fue. Estoy demasiado cebado con 100 Bullets como para leer otra cosa. Me saco de encima el tomo que me queda, y por este año no jodo más ni con Brian Azzarello ni con Eduardo Risso.
Este tomo empieza a recorrer el cuarto final de la obra y ya uno percibe el cambio en el tono, que se va tornando más melancólico, más triste, como si los autores y los personajes se fueran dando cuenta de que se viene el final y que ya se mandaron cagadas más que suficientes para garantizarse un desenlace tan inevitable como trágico. Acá hay menos chistes (a pesar de que ahora sí, se reunió a pleno la tropa de Graves) e incluso menos violencia, como si a todos les hubiese pintado la onda reflexiva.
También hay información muy interesante que cierra un poco lo de los tomos anteriores. Yo me preguntaba cómo catzo había sobrevivido Megan Dietrich al disparo de Victor. Ya me lo explicaron. Pensaba también que Ronnie Rome (el hermano de Remi) era demasiado buen personaje para no volverlo a usar, y lo usan, para avanzar un subplot que anda dando vueltas hace mil años, el del cuadro robado, que está en Italia. Ronnie, que siamo fuori de los Minutemen por penales en una giornatta tristíssima, protagoniza una aventura solista en la ciudad de su apellido, pero aventura posta, con tiros, garches, piñas, traiciones, persecuciones… Muy grosso.
También especulaba con la reaparición de Dizzy Cordova, a la que en el Vol.10 nadie nombra, y la verdad es que está muy bien manejada. De los tres tipos que estaban con ella (Benito, Branch y Wiley) sólo dos viven para contarlo y eso le agrega tensión y drama a la conversación que Dizzy y Graves tienen pendiente, y que es probablemente el momento más intenso y potente del tomo. El plot de Lono y su dudosa lealtad a Graves no avanza demasiado, aunque algún datito más siempre pinta. También tenemos la muerte (más cómica que truculenta) de otra de las cabezas del Trust, y para los que extrañábamos a Shepherd, hay un flashback muuuuy extenso a principios de los ´70, a la juventud del finado “Warlord”, en el que nos enteramos cómo lo conoció a Graves. Es una historia fuerte, de honor, huevos y discriminación, llena de revelaciones impactantes (que no pienso batir).
Ya estamos en ese momento de la trama en el que todo lo que falta que pase le tiene que pasar a los protagonistas, por eso en este tomo Azzarello no nos obsequia historias paralelas, de esas en las que los “de siempre” casi no aparecen, pero en las que se lucen personajes secundarios creados ad hoc, trabajados como si fueran los recontra-protagonistas. Lo más parecido a una historia lateral es el mencionado flashback a la juventud de Shepherd, donde Azzarello termina de redondear al personaje de Curtis Hughes, el papá de Loop, al que conocimos ya de viejo en una de las primeras sagas.
En el este y el oeste, en el norte y en el sur, en las sagas ambientadas en los ´70, en México, en Roma, o en cualquier ciudad de EEUU, en las mansiones y en las pocilgas y en más bares de los humanamente concebibles, brilla siempre el claroscuro de Risso, un monstruo fuera de escala, que pone tanto, pero tanto, que cuando trate de escatimar, de mezquinar, de pichulear un poquito de esfuerzo, no va a poder. Realmente escalofriante lo que pela el león de Leones en esta serie.
Y ahora, a tratar de conseguir el Vol.12, para leer ese y el último (que ya lo tengo ahí, pidiendo pista) y enterarme cómo carajo termina esta aplanadora del Noveno Arte, este adictivo canto a la corrupción, las conspiraciones y la justicia por mano propia que tanta chapa cosechó a lo largo de diez años de publicación.

domingo, 5 de diciembre de 2010

05/ 12: 100 BULLETS Vol.10


Dispuesto a cumplir la promesa de llegar a fin de año con el tomo 11 reseñado, me tiré de cabeza sobre el 10 cuando todavía tenía muy fresquita la lectura del 9. Y me encuentro con que pifié mi pronóstico de acá al planeta más remoto del Imperio Shi´ar. Yo vaticinaba un tomo con mucho protagonismo para Dizzy Cordova y en estas 192 páginas no sólo no aparece ni en una mísera viñeta, sino que ni siquiera se la nombra. Como adivino de sagas me cago de hambre, me parece…
De nuevo, tenemos buenas historias en las que pasa poco. Lo más destacado del tomo es la eliminación de otra familia del Trust (la de Nagel), mediante prolijas e inescrupulosas movidas de los dos miembros más poderosos del cónclave, cada uno por la suya, ya que tienen objetivos incompatibles: Augustus Médici por un lado y Javier Vasco por el otro traman complejas runflas, mitad para que el Trust triunfe en la guerra sucia contra Graves, y mitad para acumular más poder y más riquezas, como si las que tienen fueran pocas. El plot de los Nagel, estirado hasta el infinito, está bien condimientado con un flashback a la época en que Vasco, Médici y Graves eran jóvenes, que resulta intrigante y revelador a la vez.
Por el lado de los Minutemen, falta activar a uno sólo de la tropa original y acá Azzarello y Risso nos hacen entrar como camellos con un truquito perfecto: a lo largo de toda la saga te comés el amague de que el agente que falta es Ronnie Rome, un chabón grandote, amargo, metido con un capo mafia de la B Metropolitana y poseedor de uno de los infaustos maletines que suele repartir Graves. Pero al final resulta que no, que el Minuteman que faltaba es Remi, su hermano menor, un tipo sádico, mentiroso, canallesco y ventajero, que si no está metido en un kilombo mucho mayor o directamente muerto, es porque Graves lo desactivó y Ronnie hizo lo posible para cuidarlo y encarrilarlo para otro lado. De todos modos, Ronnie está tan bien desarrollado y trabajado que sería un pecado no hacerlo reaparecer, aunque sea en un rol secundario, en el tramo final de la saga.
¿Y eso es todo? Bueno, casi… También cobra muuuucha chapa Lono. ¿De qué juega este hijo, nieto y bisnieto de puta? Supuestamente es uno de los agentes de Graves, de hecho es quien logra re-encauzar a Jack para que se una a los nuevos Minutemen. Pero también rosquea a ocho manos con Médici, y en el unitario que cierra el tomo “opera” con la destreza de un maestro de la manipulación a un chico que recibe el maletín de Graves para acabar con la mujer que le cagó la vida. Por supuesto, todo 100 Bullets está teñido de ambigüedades, pero para dónde va a saltar Lono a la hora de la verdad, no tengo la más puta idea. Los otros personajes tampoco, y está bueno verlos desconfiar y sentirse incómodos en la presencia de este asesino pasado de rosca al que Azzarello supo dotar de una complejidad notable. Y lo otro que no se termina de explicar es cómo sobrevive Megan Dietrich al balazo que le vimos recibir en el restaurant de San Diego, en el tomo anterior (cortesía de Victor). Augustus Médici la convence de no tomar represalias y ya está, queda todo olvidado. Obviamente ahí pasa algo raro. Ojalá Azzarello revele pronto cómo vino la mano.
Entre estos plots, subplots, flashbacks, chistes groseros, diálogos tensos, hermosos juegos entre lo que Azzarello escribe en los bloques de texto y lo que Risso muestra en las viñetas, y excelentes personajes secundarios (la mamá de Ronnie y Remi, la novia y el amigo de este último…), nos fumamos otro tomo en el que las tramas avanzaron lo mínimo indispensable. Por suerte, entre todos estos recursos narrativos y la calidad -siempre pareja, siempre en un nivel inconmensurable- del dibujo de Risso, la cosa se hace más que llevadera. Nos falta recorrer apenas el cuarto final de la obra y -si bien no me animo a pronosticar nada para no sumar otro fracaso- no tengo dudas de que esto está por estallar.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

01/ 12: 100 BULLETS Vol.9


Retomo esta adicción que tenía colgada, pero ahora va en serio: de acá a fin de año, me bajo tres tomos, sí o sí. Y me quedarán los dos últimos para 2011, qué le va´cer.
En este tomo de la obra maestra de Brian Azzarello y Eduardo Risso vuelve la pachorra exasperante. Después de un tomo en el que pasaban miles de cosas, en este pasan muy pocas. Para que te des una idea, en las primeras 22 páginas Lono y Loop llegan a Chicago a buscar a Victor (el Minuteman original que nos reveló la historia secreta del Trust en el volúmen anterior) para que se sume a ellos, Victor acepta y se van. ¿Cómo se sostiene eso? Con más personajes, que no aportan nada a la trama mayor (la del Trust vs. los Minutemen del Agente Graves), pero que son los que le dan onda y vida a estos episodios menores, que se podrían haber contado en cuatro páginas. En este caso puntual, nos enteramos de que Victor estaba saliendo con una mina casada y esta blanqueó la relación con su marido, que no sabe si pegarse un tiro, o matar a la mina, o a Victor. Y ahí ya se armó una muy buena historia para 22 páginas.
Otro episodio de 22 páginas nos cuenta a dónde fue a parar Jack cuando dejó la heroína. El propio Graves va a ver qué onda y a apurarlo, a pincharlo, a psicopatearlo para que se sume a su tropa. Jack parece no darle ni pelota. Fin. Imaginate cuánto puede pasar en una saga de 88 páginas… lo mismo que en un comic normal de 20, con toda la furia. En el medio, Azzarello adorna, no sólo con personajes menores (algunos con infinita chapa, como Spain), sino también con extensos dialogos llenos de pistas, de sutilezas, y también de puteadas y de chistes groseros, cuando los que dialogan son los personajes lumpen-barriobajeros que pueblan la saga. Y por supuesto, con altas dosis de violencia, necesaria e innecesaria. A esta altura, vos ya sabés que si aparece un chabón con cara de heavy, tatuajes y demás, va a terminar cagado a tiros, o a trompadas. Si aparece una minita que se hace la sexy, no va a faltar el zarpado que la quiera violar, y el que salte a defenderla, y así. La sangre y las muertes están garantizadas, incluso cuando se podrían evitar.
Pero por más que hayas leído mucho 100 Bullets (o mucho género noir, o incluso cosas más terribles, como Scalped), nada te prepara para la secuencia en la que Lono tortura al pobre Fulvio Carlito. Son 12 páginas (mechadas con una secuencia de Loop y Victor en un cabarulo) estremecedoras, que te ponen los nervios de punta. Posta, no se puede ser tan cruel, tan hijo de puta. Mirá que en el tomo hay decapitaciones, masacres, drogas duras, sexo hadcore y hasta un tipo que se morfa a un perrito. Pero nada supera las atrocidades que le hace Lono a ese pobre infeliz.
Y lo de Risso ya desafía toda explicación, porque se las ingenia para mostrar todas estas animaladas con gran criterio, sin caer en el gore revulsivo, pero sin escaparle al bulto a la hora de que quede claro la magnitud, la intensidad, la grossitud de lo que está sucediendo. De todos modos, lo más notable (ya lo notamos antes) es cómo el prócer se fuma toooodas esas páginas sin acción, esos diálogos infinitos, ya sea en las mansiones y los hoteles 5 estrellas donde paran los chetos del Trust, o en los tugurios abyectos por donde pulula la fauna más sórdida de la obra. Ahí Risso hizo gala de una paciencia santa y de un talento enorme, porque los tipos hablan página tras página y vos nunca te aburrís. Para lograr eso hay que tenerla muy, muy clara.
Despacito, despacito, ya estamos en el número 67, en los albores del tercio final de la saga. Ya está claro el rumbo del argumento (aunque no descarto algún volantazo imprevisto), ya cobraron chapa un montón de personajes que son los que seguramente van a protagonizar este tramo final, y ya quedó claro que cualquiera puede ser boleta cuando menos te lo esperes, sin importar cuánto desarrollo haya tenido hasta ese punto. Mi pronóstico para el Vol.10 es mucho kilombo en torno a Dizzy Córdova, alrededor de la cual revolotean tres tipos dispuestos a todo: Wylie, Benito Medici y Branch, que hasta ahora es el personaje más errático, menos explicable, menos lógico de la historia. Pronto me voy a enterar si la emboqué o no…

lunes, 2 de agosto de 2010

02/ 08: 100 BULLETS VOL.8


Bueno, ahora sí. Se acabaron los prólogos, se acabó la modorra, se acabó la onda de sembrar plots para cosechar más adelante. La mítica serie de Brian Azzarello y Eduardo Risso inicia su segunda mitad con un cambio de ritmo asombroso, un mega-broli con nueve episodios en los que pasan muchísimas cosas y se explican muchísimas más.
Pero guarda, que la explicación no es “Hola, soy Lono. Antes era uno de los Minutemen del Agente Graves y trabajaba para el Trust. Ahora soy un chabón heavy que bla-bla-bla”. Para nada. Azzarello no quiere cobrar barato, no le cierra hacer todo el esfuerzo él (y Risso) y que el lector coma la papita ya masticada. Acá todo es ambiguo, oscuro y para cazar cómo viene la mano hay que prestar muchísima atención. Los flashbacks van y vienen, la mitad de los personajes miente más que Macri y hay que estar muy, muy concentrado para seguir la historia por tantos vericuetos. Lo bueno es que de a poco, va quedando claro que estamos ante UNA historia y que todos los personajes a los que vimos hasta ahora van a terminar por confluir. La guerra entre el Trust de las 13 familias que gobiernan el mundo y su ex-empleado, el Agente Graves, está por estallar y ahora sí, los protagonistas tienen que elegir bando y bancarse esa elección.
Este tomo arranca con un episodio fundamental, el 50, en el que uno de los ex-Minutemen que sigue vivo explica nada menos que el origen secreto del Trust y su célula de justicia interna. Y de ahí nos vamos a New Orleans, para una saga extensa, ocho episodios en los que reaparece Wiley Times (a quien habíamos visto en un gran unitario, allá por el Vol.6), otro ex-Minutemen que ahora se reactiva y se enreda en una historia 100% troncal, en la que cobran muchísimo protagonismo Dizzy Córdova y sobre todo Shepherd, cuyo rol en la runfla se empieza a entender mucho mejor. Sobre el final, trágico, tenso, desesperante, un volantazo imprevisto va a cambiar radicalmente el curso de lo que veníamos viendo hasta ese punto, y ahí sí, todo encaja mejor y se encauza hacia el momento que estábamos esperando, que es el de la confrontación frente-march entre el Trust y la alegre muchachada de Graves.
Nada de lo dicho hasta acá le hace ni la menor justicia al trabajo de Azzarello, a su particular forma de llevar las tramas, a su manejo de los tiempos, a su inigualable oído para los diálogos, a la solvencia con la que presenta y define a decenas de personajes en cada arco y a la profundidad que les brinda no sólo a los protagonistas. En esta saguita ese laburo de personajes secundarios alcanza la cima con Martin, el trompetista genial y deforme al que todos apodan Gabriel. Lo que hace Azzarello con él es brillante y a la vez no tiene perdón de Dios.
Y lo de Risso, como siempre, está más allá del Bien y del Crack. A mitad de camino entre José Muñoz y Steve Dillon, el cordobés-rosarino encuentra un espacio donde expresarse con una contundencia infrecuente en el comic actual. Las miradas, el lenguaje corporal, los estallidos de violencia, todo es impactante y todo está perfectamente graficado. Hay en este arco varias minitas super-power y Risso recurre a figuras manarescas y trompitas altuneanas, pero sin renunciar nunca a su propia impronta visual. Pero lo más zarpado lo vemos en la construcción de las secuencias, varias de las cuales merecen pasar a la historia. La escena de Wylie y Martin en el pantano, una vez que zafan de sus captores, se tiene que usar en las escuelas para enseñar qué carajo es una historieta. El flashback que narra el fin de la relación entre Wylie y Rose también, es un clásico. Si eso no te pone los pelos de punta, tenés un témpano en el corazón de proporciones riquelmeanas.
100 Bullets, muchachos. 100 números, dos autores, cientos de personajes, infinitos corchazos, miles de diálogos filosos, de chistes groseros, de conspiraciones, traiciones y pases de facturas manchadas con sangre. Una gloria del Noveno Arte cuya segunda mitad –por lo menos en el arranque- cumple y dignifica mucho de lo que prometía la primera mitad.

lunes, 19 de julio de 2010

19/ 07: 100 BULLETS Vol.7


Bueno, prometí volver pronto y cumplí. Ahora, los que no volvieron son los personajes del tomo anterior! Posta, este tomo es rarísimo: Graves aparece tres páginas, en un flashback. Shepherd aparece (cada día más parecido a Alack Sinner) en una secuencia de 12 páginas. Y el único de los grossos que tiene un rol más o menos importante es un personaje al que en el tomo anterior vimos caer abatido a balazos y a quien yo, como buen salame crédulo y naif, creía boleteado forever. Obviamente no lo voy a nombrar, para no spoilear.
Eso que decía la vez pasada de la pachorra exasperante con la que Brian Azzarello hace avanzar esta ambiciosa trama de corrupción y venganza, en este libro alcanza niveles insólitos. Samurai (así se llama el recopilatorio, sin más sentido que jugar con el título de la famosa película) se compone de dos arcos argumentales. Uno transcurre en una cárcel y está protagonizado por Loop, uno de los reclusos, el de la saguita Hang Up on the Hang Low (Vol.3), un cuatro de copas que –por lógica- debería cobrar protagonismo en los próximos arcos. La segunda historia del libro retoma la historia de Jack, otro perdedor consumado a quien el Agente Graves le entregó el chumbo con las 100 balas imposibles de rastrear (presentado en los números 21 y 22). Hasta ahora no hay muchas pistas de que Jack pueda llegar a ser importante en el desenlace del conflicto entre los Minutemen y el Trust, pero con dos excelentes historias a cuestas, ya sería muy ilógico que no enganchara para nada en el big picture.
Ambos arcos tienen en común la vida tras las rejas. El de Loop, obviamente porque transcurre en la cárcel, un submundo que Azzarello ya demostró que domina como pocos cuando tiró aquella bomba atómica que fue la saga de Hellblazer en la que John iba en cana, aquel dibujado como los dioses por Richard Corben. Y el de Jack, porque gira en torno a una especie de zoológico de la B Metropolitana, en el que un par de tigres viven enjaulados. Y por supuesto, en los dos hay muchísimos momentos sórdidos, violentos, jodidos como enema de chimichurri. Aunque parezca mentira, la historia de Jack y los tigres es más escabrosa, y te revuelve más las entrañas, que la de Loop en la cárcel. A Loop ahora nos lo muestran como un habilidoso, un tipo que con ingenio, chamuyo y huevos se las va a rebuscar siempre para salir más o menos bien parado. Y además tiene códigos: con los amigos no se jode y al enemigo, ni justicia. Jack, en cambio, es un tiro al aire, un heroinómano poco dispuesto a intentar dejar la jeringa, que nunca sabés para dónde va a disparar (en sentido literal). Los dos “héroes” se enchastran de sangre ajena, los dos cobran de lo lindo, los dos van a tener que replantearse miles de cosas antes de poder tomar partido en la guerra fría entre el Trust y el Agente Graves.
Pero vuelvo a lo de antes: las historias están buenísimas, los diálogos son excelentes, los climas están logradísimos, las escenas de acción son recontra-impactantes… El tema es cuánto avanza la trama central en cada arco y la verdad es que la respuesta es: poquísimo. En todo caso la gracia será decir “yo a este pibe lo sigo desde la Novena” cuando Loop o Jack cobren chapa más adelante, pero por ahora la cantidad de páginas que les vimos protagonizar no tienen la menor relación con su injerencia en la trama. Veremos cómo y cuánto aparecen en la segunda mitad de la obra.
Del trabajo de Eduardo Risso al frente de la faz gráfica casi ni tiene sentido hablar. La chapa que demuestra el león de Leones en cada secuencia te deja helado. La cantidad de recursos que pela para darle ritmo y variedad a las extensas escenas de diálogo, o de inacción, es pasmosa. Su aporte al clima pesado y ominoso de la trama es incalculable. La personalidad que le da a cada uno de los cientos de personajes menores que desfilan por la(s) trama(s) es alucinante y su forma de retratar la violencia, escalofriante.
Por si faltara algo, el prólogo de este tomo lo escribió nada menos que Carlos Trillo, otra máquina de generar excelentes historietas con y sin dibujos de Risso. Esto se cocina a fuego lento, muchachos. Pero va largando un olorcito riquísimo…

domingo, 11 de julio de 2010

11/ 07: 100 BULLETS Vol.6



Cuánto hacía que no leía 100 Bullets! Encima el último tomo que había leído era el quinto, que roza de manera casi tangencial la ambiciosa saga que durante 100 episodios construyeron con mano maestra Brian Azzarello y Eduardo Risso.
De todos modos, este volumen me permitió re-engancharme de un modo bastante accesible, por su propia estructura. Se trata de seis historias cortas, cada una con un protagonista distinto, pero con un tema que las atraviesa a las seis, y que es la inminente guerra entre las familias que componen el Trust. El tipo que más conoce acerca de la runfla en ciernes es Shepherd y –lógicamente- aparece en un rol bastante importante en casi todas las historias. Otro elemento que siempre se las rebusca para robarse el protagonismo es la violencia. Excepto en la primera historia (la de Dizzy Córdova), donde no vuela ni un sopapo, en las otras dice presente la muerte, siempre de manera truculenta. Parte de lo grosso que tiene esta serie es que hay miles de muertes y los autores se las ingenian para que todas sean impactantes, para que nunca te dé lo mismo cuando los cuerpos caen al asfalto como bolsas de papas llenos de sangre y agujeros de balas.
Y el tercer elemento muy presente en todo el tomo es -ya lo adelantamos- la runfla, la intriga entre intrigantes profesionales, un juego de ajedrez por el poder absoluto, jugado con frialdad y cinismo por un Agente Graves implacable y sus ex-patrones y hoy enemigos, conocidos (por muy pocos) como el Trust. Esta trama de guerra fría, de amenaza latente y de “yo sé que vos sabés que yo sé lo que vos no querías que nadie supiera” es la que hace que este sea un comic importante, una obra compleja y cautivante, y no un mero canto a los corchazos y la sordidez tipo Sin City, y no un clon choto de las pelis de Tarantino o de la saga del Padrino o de Los Soprano, como tantos otros comics y series de TV. Pero tiene una contra y es que le da a Azzarello una inmejorable excusa para que la trama general avance muy lentamente, con una pachorra medio exasperante. No te extrañe si en un episodio de 22 páginas te comés 15 de dos tipos hablando en un bar. Creo que Risso tiene el record mundial de bares dibujados en la historia del comic. Me acuerdo que en cada ciudad que visitaba, Risso se metía en los bares y los dibujaba en su cuaderno de bocetos, para después meterlos en alguna de las miles de escenas de 100 Bullets que transcurren en un bar. La verdad es que el cordobés devenido rosarino mostró una abnegación increíble, y una paciencia santa para esperar esos momentos en los que el guión le permitiera lucir toda la grossitud de su estilo.
Por suerte en este tomo hay varios. No faltan los momentos en los que guión y dibujo se ensamblan en una danza frenética, zarpada y sanguinaria, que te deja con la boca abierta. Las cuatro últimas páginas del episodio de Benito son una cátedra de historieta. Y los dos últimos episodios del libro, el de Graves y el de Wylie, son magníficos de punta a punta, con sorpresas, cambios de ritmo, jueguitos entre el dibujo y los bloques de texto dignos de Alan Moore, páginas con 11 ó 12 cuadros que no querés que se terminen nunca y muchas puntas para que cuando cerrás el comic puedas pensar de otra manera acerca de lo que hay de este lado de la página, en eso que algunos insisten en llamar “el mundo real”.
100 Bullets hizo historia, de eso no hay duda. Para algunos, por haber sido el primer comic de Vertigo que tuvo éxito sin apelar a elementos sobrenaturales ni de ciencia-ficción. Y para otros, porque es otro ejemplo de cómo dos autores grossos, con tiempo, libertad y un plan a largo plazo, pueden crear historietas que además de impactar y entretener contribuyan a ampliar las fronteras del medio, a eliminar prejuicios y a elevar el standard de lo que vos, como lector, le podés exigir a una serie a la que mes tras mes le apostás esos manguitos que tanto te cuesta ganar. Volveremos pronto, porque tengo varios tomos más sin leer.