
Dos de mis autores fetiche se reunieron para crear una novela gráfica 100% nueva, justo en el sello editorial con cuya propuesta más me identifico. ¿Estamos frente a una obra maestra definitiva, que marca un antes y un después y cuya lectura es tan imprescindible como que arranque el Clausura para no aburrirnos los domingos a la tarde? No, pero sí estamos frente a una excelente historieta, con todos los ingredientes para satisfacer de sobra a los fans del género noir.
Tenemos un protagonista medio loser, bastante fachero pero no muy difícil de manipular; tenemos un millonario jodido, al que querés ver muerto desde que aparece en escena; tenemos una femme fatale; hay varios asesinatos bastante truculentos, garches muy hot, engaños, verdades a medias y esperanzas de tener una vida mejor hechas añicos contra el piso enchastrado de sangre y alcohol barato. Y todo funciona.
Pero claro, el guionista no es otro que Brian Azzarello, maestro del mal, amo y señor de los climas sórdidos, las perversiones a oscuras y las traiciones a quemarropa. Azzarello reproduce perfectamente el ritmo de la buena novela negra americana. Construye con paciencia y buen tino a los personajes, aguanta los estallidos de violencia para los momentos justos y te acribilla con unos diálogos absolutamente inolvidables. Así te lleva por el descenso del pobre Rich Junkin hacia el abismo de la abyección moral, la lujuria y el asesinato a sangre fría. Como ex-futbolista, “Junk” trata de parar la pelota, de leer la posición de los jugadores en el campo, de planificar jugadas en equipo. Pero no puede. Le gana el vértigo en el que se ve envuelto, el huracán de pasiones y traiciones, las piernas que se le abren, las oportunidades que se le cierran. Para el final de la novela, como cuando se lesionó la rodilla y tuvo que dejar las canchas, “Junk” va a dar gracias por haber sobrevivido y aspirará, con mucha suerte, a comer banco de suplentes un tiempito más.
El dibujante, que con Filthy Rich hizo su debut en Vertigo, es el auténtico y legítimo Víctor Santos, un especialista en la estética noir, a la que (en su serie Pulp Heroes) le encontró la vuelta para ir más allá de los yeites y los truquitos que inventó Frank Miller en Sin City (más los que se choreó, claro) y que cualquier mediocre puede imitar. A esa base milleresca, Santos le mete unas tramas mecánicas perfectas, una narrativa más clásica, y por supuesto las influencias de los otros autores que lo marcaron: Mike Mignola, Darwyn Cooke, Eduardo Risso, Chris Sprouse, y un par que hasta ahora no habíamos detectado en las obras previas de Santos, pero que acá asoman su impronta, como David Lapham o Daniel Torres. El combo es visualmente impresionante, como la cancha del español para cambiar de clima, de ambientación tanto geográfica como social, y para retratar con onda tanto las escenas intimistas como las más explosivas (los asesinatos y los garches). Un trabajo absolutamente impecable de este maestro del claroscuro.
Y no, Filthy Rich no te cambia la vida. Pero te entretiene, te shockea, te calienta… te involucra, que es lo más difícil de hacer, sobre todo cuando los protagonistas no buscan parecerse a los lectores. Si sos fan de las historias de criminales (me niego a llamarla “policial” porque en las 191 páginas que dura la novela no aparece un sólo cana), o de Azzarello, o de Santos, o te resulta atractivo el crossover entre un gran guionista yanki y un gran dibujante español, no dejes de leer Filthy Rich. Te va a dejar bastante cagado a trompadas, pero también muy feliz.