el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 29 de julio de 2025

MARTES SOLEADO

Todavía no terminó Julio y ya clavé 12 entradas en el blog. ¿Qué me contursi? La verdad que entre películas y lecturas, salió un mes ultra-comiquero. Vamos con las reseñas de un par de libros más. Por esas cosas de los japoneses y la extraña forma que tienen de vender las licencias de los mangas a las editoriales extranjeras, Ivrea metió en un mismo tomo dos obras de Junji Ito que no tienen un choto que ver una con la otra. El tomo argentino se titula "Frankenstein" y tiene más de 400 páginas. La primera mitad, está compuesta por historias de terror/ misterio/ suspenso/ bizarreadas varias, casi todas protagonizadas por Oshikiri, un pibe que vive solo en una extraña mansión en la que pasan cosas muy locas. Hay fantasmas, muertos en las paredes, un vórtice que da a otra dimensión... y algunas cosas son reales y otras son alucinaciones de Oshikiri. Lo que hace acá Ito es tirar una idea fuerte, desarrollarla hasta donde se le da la gana, y terminar la historia donde a él le parece, no necesariamente cuando el conflicto que plantea llega a una resolución. Algunas son buenas ideas, desperdiciadas en malas historias. Y otras ni eso. Son imágenes de alto impacto, enigmáticas, perturbadoras o simplemente asquerosas, alrededor de las cuales el autor trata de armar un argumento, con distintos niveles de éxito. La verdad que si fuera por este primer tramo, ni se me ocurriría conservar este libro, porque ni siquiera el dibujo de Ito está en un nivel cercano a los de sus momentos más gloriosos. Las tramas son un poco rudimentarias, el capricho de que los protagonistas sean siempre chicos y chicas de escuela secundaria me seca los huevos sobremanera, y en todos los casos, lo que Ito cuenta en 30 ó 35 páginas se podía contar en 10 ó 12. Felizmente, después de esta primera mitad medio "más de lo mismo", tenemos la adaptación de Frankenstein, sorprendentemente fiel a la versión original con la que la genial Mary Shelley inauguró eso que hoy llamamos "ciencia ficción" allá por 1818. Como cuando le tocó adaptar "Indigno de ser humano", acá Ito se pone la 10 y la cinta de capitán. Su Frankenstein, además de MUY respetuoso de la versión literaria, es un manga atrapante, narrado de manera magistral, sin abusar de los bloques de texto (vicio muy habitual en las adaptaciones), repleto de imágenes impactantes, aunque esta vez perfectamente integradas a un argumento sólido. Como en la novela de Shelley, acá no pasa todo por las tropelías que comete el monstruo sino más bien por las oscuras obsesiones que atormentan a Victor Frankenstein, su creador. El personaje central es Victor, y su criatura tiene un rol importante, pero no le roba el protagonismo. Por supuesto que, con la adaptación en manos de Ito, el terror se va a hacer presente en la narración. Pero es un elemento más, al igual que el drama. También hay una trama romántica (una y media, podríamos decir) y momentos (el principio y el final) donde se impone una aventura en paisajes exóticos, todo maravillosamente dibujado por el astro japonés. No hace falta que lo subraye, pero sin dudas estas casi 200 páginas (originalmente realizadas por Ito a mediados de los ´90) son las que hacen que valga la pena comprar y atesorar el libro, sobre todo si sos fan de Frankenstein o de los orígenes de la ciencia ficción.
Vamos a Estados Unidos, fines de 2018, cuando DC publica la antología Nuclear Winter Special, un librito con 10 historias cortas de ocho páginas cada una, hilvanadas por una secuencia medio en joda, en la que el protagonista es Rip Hunter. Lo que más me sorprendió es la calidad de los dibujantes: el italiano Giuseppe Camuncoli, Brad Walker, el rosarino Cristian Duce, Yasmine Putri, Dexter Soy, el prócer Jerry Ordway, el maestro Phil Hester, el chileno Amancay Nahuelpan y Scott Kolins. No hay uno flojo, de verdad. Visualmente, es una antología muy pareja, y con un nivel altísimo. Veamos qué onda los guiones. La historia de Damian Wayne contra Ra´s al Ghul (a cargo de Colin Kelly y Jackson Lanzing) no está mal, es correcta y poco pretensiosa. La de Superman y Martian Manhunter ambientada en el futuro del One Million es excelente, sorprendente y emotiva. La de Flash (a cargo de Jeff Loveness) no me pareció gran cosa. La de Supergirl (de Tom Taylor) me intrigó porque está ambientada en un futuro en el que Kara es bastante mayor, y tiene una hijita. No sé si está conectada a una saga más extensa que nunca leí, o si es un invento fumanchero de Taylor, pero funciona. Mairghread Scott firma el unitario protagonizado por Aquaman, también muy poco ambicioso, bastante entretenido. La de Firestorm está a cargo del maestro Paul Dini, que se zarpa un poquito en la cantidad de texto y la cantidad de cuadros que le hace dibujar a Ordway, pero está muy bien, es una linda vuelta de tuerca a un concepto bastante ramplón como era el de la Nuclear Family (creada por Mike W. Barr como antagonistas de los Outsiders). El propio Hester escribe el guion de la historieta de Kamandi, que está muy buena y te deja con ganas de más. La más flojita tal vez sea la de Catwoman (escrita por Cecil Castelucci) y el librito cierra con una de Green Arrow, a cargo de un guionista al que nunca había oído nombrar: Dave Wielgosz. Una muy grata sorpresa, porque -si bien prácticamente no hay acción- nos presenta a un Oliver Queen crepuscular muy interesante, muy consistente con lo que fue toda la trayectoria de Green Arrow como superhéroe, y con una exploración de sus vínculos muy intensa y muy profunda, sobre todo si pensamos que está todo contado en apenas ocho páginas. Como siempre, por sobre el frío del invierno y por sobre la desolación de los escenarios de futuros distópicos, en los que la Tierra está hecha mierda o los superhéroes están viejos o derrotados, se impone la luz, la esperanza. No importa cuándo, no importa cómo, los íconos de la justicia, la bondad y el altruismo van a aportar su granito de arena para que el universo, la ciudad, una familia, o un amigo, sean un poquito más felices. Casi todos los guionistas que colaboran en el Nuclear Winter Special captaron esa consigna y la convirtieron en historias cortas que tal vez no tengan tanta prensa ni tanta repercusión como las series mensuales o las miniseries de Black Label, pero que se disfrutan sin mayores inconvenientes y además inspiraron a los dibujantes para que se pongan las pilas y realicen trabajos muy, muy notables. Hasta acá llegamos, por hoy. Capaz que hay una entrada más antes de fin de mes (lo dudo), pero lo que es seguro es que nos vemos mañana a las 22:30, en vivo en el canal de YouTube de Comiqueando, en una nueva emisión de Agenda Abierta. ¡Gracias y hasta entonces!

jueves, 29 de agosto de 2019

GEMAS DE JUEVES

Mientras nos reencontramos con el viejo y querido default (hello darkness, my old friend), yo sigo avanzando con mis lecturas.
Empezamos en Francia, en 2003, cuando Denis Deprez adapta al comic una de las novelas más leídas y más influyentes de todos los tiempos: el Frankenstein de Mary Shelley. Hay chotocientas noventa y tres mil versiones de Frankenstein en historieta, pero esta es bastante destacable, por varios motivos.
Por supuesto lo primero que llama la atención es que acá prácticamente no hay dibujo. Lo que hace Deprez es completamente pictórico, las viñetas son pinturas en las que se ve todo el tiempo el trazo de los pinceles. A veces Deprez define los contornos con una línea (casi nunca negra) pero muchas veces la omite, de modo que los distintos elementos son masas de distintos colores, no contenidas por una línea. La estética es expresionista al palo, o post-impresionista, si se quiere, con mucha influencia de Paul Gaugain y Vincent Van Gogh. La única referencia que se me ocurre sin salir del mundo del comic es Lorenzo Mattotti, quizás el historietista de estilo pictórico más completo que nos dio Europa.
Lo segundo que me sorprendió es cómo Deprez se las ingenia para que este tipo de trabajo sumamente plástico, con un vuelo alucinante, se ponga en función de contar una historia. La trama que todos conocemos está muy presente en la adaptación, no se pierde ni se disuelve entre la magia de la paleta y el pincel del autor. ¿Se lucen más los textos tomados de la novela de Shelley que las imágenes que conjura Deprez? No, ni en pedo, pero se da una conjunción muy armónica entre ambos elementos, bastante infrecuente en las adaptaciones en las que se opta por un estilo pictórico tan impactante como el que vemos acá.
Y finalmente, comendo el acierto de Deprez para tomar lo esencial de la novela y contarlo a un ritmo que no tiene mucho que ver con el de la obra original. El francés no deja afuera ninguno de los momentos clave de la novela, pero hace que todo encaje en un relato donde todo fluye de manera original, con posibilidades de sorprender incluso al que leyó Frankenstein varias veces. Por supuesto ayuda mucho la atmósfera que construye Deprez desde el “dibujo”, una atmósfera en la que garpa mucho más sugerir que mostrar, con una apuesta fuerte a la introspección, a lo que le pasa por la cabeza a Victor Frankenstein, y no tan pendiente de los actos de violencia que la criatura comete o genera.
Una versión realmente hermosa de la novela de Shelley, a cargo de un autor francés (creo que inédito en nuestro idioma) que también adaptó Moby Dick y Otelo. Esta última la conseguí, así que prometo reseñarla pronto.
Retomo la lectura de la cautivante, hipnótica y asfixiante Oyasumi Punpun, esta serie del genial Inio Asano que Ivrea publicó completa en nuestro país. Este tomo tiene poco Yuichi. El tío de Punpun, que compartía el protagonismo con su sobrino en los Vol.3 y 4, esta vez aparece poco y nada. Pero eso no es óbice para que Asano siga desarrollando su relación con Midori, esta chica bastante más joven que él, que tiene un rol central en este tomo.
Estamos en un momento infernal de la serie, en el que pasan un montón de cosas en la vida de Punpun, tenemos el debut sexual del pibe tímido al que nunca le “escuchamos la voz”, peleas grossas en el seno de la familia, muertes… y sin embargo, Asano en un momento para la bocha y, así como en los tomos anteriores le abría el juego a la historia de (des) amor de Yuichi, esta vez agarra para otro lado y le habilita el protagonismo de un montón de secuencias a Seki y Shimizu, dos amigos de Punpun. Con estos personajes, Asano vuelve a explorar uno de sus temas recurrentes: el de los jóvenes a la deriva. Chicos prácticamente marginales, que merodean por la gran ciudad buscando el mango (el yen) y terminan envueltos en situaciones turbias, o por lo menos atípicas. Este es el tramo menos emo, donde menos peso tienen las emociones, los vínculos y la reflexión (casi siempre tremendista) de Punpun y los otros protagonistas de esta serie. Pero es sólo un interludio. Para el final, Asano vuelve a concentrarse en la familia Onodera, sus conflictos y sus vaivenes.
El dibujo (ya ni hace falta decirlo) está totalmente fuera de escala. Las piruetas narrativas de Asano también, ya son mitológicas. Esa secuencia de Seki y Shimizu en el bar, contada como si fuera casi una obra de teatro, es apenas uno de los muchos ejemplos de la magia que hace este mangaka a la hora de elegir cómo y desde dónde contar. Clavo una pausa en la lectura de Oyasumi Punpun (alguna vez entenderé por qué Ivrea le dejó el título en japonés) para entrarle a un pseudo-manga que me llamó la atención, pero en cualquier momento vuelvo a visitar esta serie apasionante, que no se parece a ninguna otra que yo haya leído en mis muchas décadas de voraz consumo de viñetas.

Trato de clavar un post más el domingo, y después habrá receso hasta el lunes 9, por lo menos. Domo arigato y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

03/09: FRANKENSTEIN, AGENT OF S.H.A.D.E. Vol.2

Hace más de dos años, el 19/08/12, leí el primer tomo de esta serie. Y la verdad que no me imaginé que el segundo tomo fuera a ser el último, creí que o el público, o cierto sector de la crítica, o la propia DC la iban a bancar un poco más. Al final, la aventura duró solo 17 meses y este voluminoso TPB reúne los últimos 10 episodios.
El tomo arranca con una sorpresa: Jeff Lemire resuelve en apenas 20 páginas el plot del hijo de Frankenstein, que para el final del Vol.1 pintaba para ser el detonante de una saga compleja y extensa. Me comí el amague, mal. Le sigue un unitario bastante intrascendente, en el que Lemire empieza a vincular a esta serie con la otra que escribía en ese mismo momento, Animal Man. Así, Frankenstein y otros agentes de S.H.A.D.E. tienen sus propios escarceos con las fuerzas del Rot, lo cual se verá con más claridad en un arco argumental posterior. El primer arco extenso, el que gira en torno a Leviathan, marca la despedida de Lemire de la serie y la llegada de su amigo Matt Kindt, que lo reemplaza a la mitad de la saga. Y sí, podría haber sido mucho más corta, pero es una buena saga, con un final potente, con cambios grossos en el status quo del protagonista y pequeñas pistas de lo que va a suceder después, sembradas con buen criterio por Kindt.
El siguiente unitario nos lleva al origen de Frankenstein, a explorar sobre todo su relación con Victor, su creador. Se me hizo corto, me enganchó como para querer que durara mucho más. Después sí, vienen los tres episodios en los que el monstruo y sus aliados tienen que hacerle el aguante a Victor y al Rot en la tierra, mientras Animal Man y Swamp Thing combaten uno en el Rojo y uno en el Verde (supongo). Acá hay, como en toda la serie, muchas ideas limadas, conceptos raros, jugados… pero que pierden en la comparación con la machaca. En la saga del Rot se nota que Frankenstein es una serie de monstruos que se cagan a palos, y que ese espacio que ocupan las ideas limadas es un bonus track, algo que está, pero si no estuviera no tendríamos siquiera que quejarnos, porque se supone que uno compraba la revista para ver monstruos que se cagan a palos. El unitario que cierra la serie es lo más flojo del tomo, una aventurita menor, genérica, en la que Kindt no se calienta en explicar por qué están vivos personajes a los que vimos morir en el arco anterior.
A lo largo de todo el tomo y sin faltar nunca, tenemos los dibujazos del maestro italiano Alberto Ponticelli, al que se nota que le encanta la onda de la machaca salvaje y grandilocuente, pero que nunca cae en la tentación de salir a chorear con las splash pages. Ponticelli, además de ponerte los pelos de punta con lo bien que dibuja a los bichos bizarros que le pide el guión, se mata en la narrativa, propone todo el tiempo buenas transiciones, buenas composiciones, puestas arriesgadas, enfoques muy diversos… La verdad que es un placer estudiar la narrativa del tano, porque se nota que la pasó bárbaro y dejó la vida en cada página. Además le ponen un entintador finoli como Wayne Faucher y un colorista exquisito como José Villarrubia, con lo cual los excesos de Ponti, sus coqueteos con el grotesco más cabeza, están muy bien balanceados con la elegancia de sus colaboradores. Obviamente, si esto fuera más oscuro, más denso, más visceral, seguramente se vería mejor y hasta sería más genuino, porque estaría más de manifiesto el estilo de Ponticelli. Pero en ese caso hubiese sido imposible que el tano entregara todos los meses y el TPB estaría lleno de dibujantes suplentes, casi seguro inferiores.
En fin, se terminó Frankenstein. Una serie rara, muy jugada a la estridencia y la espectacularidad, a la que Jeff Lemire y Matt Kindt le lograron meter varias ideas atípicas, interesantes, y bastante desarrollo de personajes. De alguna manera, la fórmula no prendió, y esto que parecía la oportunidad de tener un Hellboy y un B.P.R.D. perfectamente integrados al Universo DC no pasó de una bizarreada efímera, de la que probablemente jamás se haga cargo ningún otro guionista. Es lo que hay.

domingo, 19 de agosto de 2012

19/ 08: FRANKENSTEIN, AGENT OF S.H.A.D.E. Vol.1

Bueno, hora de leer mi primera saga completa de un título de los New 52. ¿Cómo caí acá? Obviamente por los autores. Frankenstein es un personaje que no me interesa para nada y menos integrado a un universo superheroico. Pero escribe Jeff Lemire y dibuja Alberto Ponticelli, dos autores a los que este blog ya les dedicó containers repletos de elogios, todos muy merecidos.
El primer tramo del tomo me transmitió la sensación de estar leyendo un comic muy cabeza de Hellboy. Sacale a la creación de Mike Mignola el aspecto de investigación, olvidate de las referencias a la mitología y el folklore europeo y te queda un comic de monstruos bizarros que se cagan a trompadas. Bueno, Frankenstein arranca así, como una de monstruos bizarros que se cagan a trompadas. Hasta aparecen otros agentes de S.H.A.D.E. con poderes no tan distintos a los de los muchachos del B.P.R.D. con los que se codeó durante tantos años el mostro rojo de Mignola. Por suerte, con el correr de las páginas, Lemire mantiene al palo la consigna de las luchas mega-kilomberas entre criaturas imposibles, pero reemplaza el folklore y la mitología con conceptos novedosos y muy imaginativos, más para el lado del Cuarto Mundo de Kirby, o de los guionistas más limados de la Silver Age.
La S.H.A.D.E.net, la ciudad microscópica que se desplaza con un método que combina la teleportación y la tecnología de reducción de tamaño en la que se especializa el doctor Ray Palmer, el planeta monstruo que en realidad es un ser vivo, la misteriosa toybox... De a poquito, la machaca se empieza a complementar con ideas más interesantes que las meras trompadas, misilazos y espadazos. Lemire utiliza muy bien los elementos que le brinda el Universo DC: el más atractivo por ahora es Ray Palmer (que tiene menos chances de convertirse en Atom que Independiente de zafar de la Promoción), pero también pinta interesante la relación entre S.H.A.D.E. y Checkmate e incluso la movida marketinera de traer de invitado a O.M.A.C. (otro chabón grandote, pulentoso y con chiches tecno, que tuvo revista propia y no vendió lo suficiente como para aguantarla) genera nuevas posibilidades de enriquecer las historias y sumar elementos atractivos. La machaca contra O.M.A.C. es en el quinto episodio, pero en el sexto y en el séptimo Lemire explora algunas consecuencias de esa historia que pueden derivar hacia situaciones muy interesantes.
La principal cagada es que el tomo termina en un cliffhanger jodido, con una revelación impactante que no cambia todo, pero abre muchísimas puntas para explorar en el Vol.2. Si decidís no comprar más un broli de Frankenstein, te vas a quedar con una leche importante de saber cómo catzo van a reaccionar los protagonistas frente a esto que se descubre en la última página. Y el otro bajón es que Frankenstein es un personaje bastante chato, poco carismático, con pocos matices. Hellboy por lo menos come panqueques. Este, ni eso. Los secundarios por ahí aportan algo más, sobre todo Father Time, Griffith y Velcoro, y evidentemente en algún punto se van a robar el spotlight. Por ahora, todo gira demasiado en torno a la aventura, a la acción, a las misiones que estos bichos van y cumplen. Falta mucho laburo en materia de caracterización por parte de Lemire y lo peor es que el creador de Sweet Tooth va a dejar esta serie en algún punto del segundo recopilatorio. Matt Kindt será el que tenga la dura tarea (y con un margen de error escasísimo) de darle onda a Frankenstein y su esposa.
Un incentivo para no colgar la serie es el dibujo de Ponticelli, el prócer italiano que la rompiera en Unknown Soldier. Ponti mantiene intacta la virulencia de su trabajo anterior, pero ahora la multiplica hasta el infinito para brindarnos, en vez de combates realistas entre tropas militares, unas masacres desaforadas entre monstruos y criaturas limadas. En las poquísimas escenas tranqui, el tano pone todo y todo se ve raro y atractivo. Pero cuando estalla la machaca (o sea, casi siempre), salta en el famoso trampolín al carajo y nos detona el cerebro un unas páginas de una intensidad pocas veces vista, en las que hasta la narrativa se descontrola para reflejar la violencia y la bizarrez de lo que nos quiere transmitir Lemire. En el séptimo episodio, Ponticelli pareciera buscar un estilo más sintético, más limpito, no sé si para no volver definitivamente loco al gran José Villarrubia (encargado de colorear estas orgías deformes y explosivas) o para ganar velocidad y no atrasarse en las entregas. A mí me gusta más el estilo más cargado, más sucio, pero si para tener al tano todos los números tiene que dibujar como en el n° 7, no me quejo en lo más mínimo.
En fin, esto es más raro que bueno. Por la chapa de los autores vine y por la chapa de los autores me quedo un TP más, a ver si levanta. Si me morfo otras 140 páginas de monstruos que se cagan a palos, la cuelgo forever.