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martes, 28 de abril de 2026
PLAN B
Hoy a esta hora, yo debería estar en el CC Art Media disfrutando del show de Echo & the Bunnymen, una banda a la que amo y a la que nunca vi en vivo. Pero el viernes se anunció la cancelación del show y acá estamos, en casa como unos pelotudos, a la espera de que se anuncie la fecha reprogramada. Mientras tanto, tengo un par de libritos para reseñar, y ahí vamos.
Tenía pendiente el tercer y último tomo de Trees, la inquietante creación de Warren Ellis y Jason Howard para Image. Y me llevé varias sorpresas. Primero y principal: los autores no retoman a ninguno de los personajes de los tomos anteriores. Estos cinco episodios conforman un arco totalmente independiente de lo que vimos hasta ahora, con otra ambientación, otros personajes y otros conflictos. De hecho, se le da ínfima pelota al tema de los árboles alienígenas que bajaron once años atrás a nuestro planeta y lo modificaron para siempre. Ese elemento, bastante importante en los tomos anteriores, acá podría no estar y la historia sería básicamente la misma.
La otra sorpresa tiene que ver con la gran calidad de la historia que nos traen Ellis y Howard en este arco argumental. No es la trama más original del mundo, pero está tan bien llevada, tiene tanto gancho y tanta profundidad, que brilla con luz propia, más allá de la mucha o poca conexión con el resto de la serie. Three Fates (que así se llama el arco) tiene personajes inolvidables, un par de giros argumentales impactantes, muchos diálogos magníficos, unas escenas de violencia estremecedoras y un final más amargo que la hinchada de Independiente.
A la hora del dibujo, Jason Howard se canta quiero retruco a sí mismo y nos regala un trabajo muy superior al de los tomos anteriores... que ya de por sí eran excelentes. Acá el dibujante lleva al límite su técnica de iluminar las viñetas con rayitas muy finitas, y nos brinda los mejores paisajes, los mejores climas, los rostros más expresivos y la mayor variedad de planos, enfoques y formas de organizar la página en toda la serie. Si el guion es atrapante por mérito propio, la magia que le agrega Howard con sus trazos y su paleta de colores es absolutamente inexplicable. No sé qué hay que hacer para que Ellis y Howard se vuelvan a juntar y produzcan nuevos arcos de Trees, o de lo que ellos quieran. Pero cuenten conmigo para cualquier cruzada que haya que emprender para que eso suceda. Tres TPBs es muy poco para semejante ensamble entre guionista y dibujante inspirados a este nivel. Ni siquiera pretendo que expliquen de dónde vinieron los árboles extraterrestres, ni por qué durante once años estuvieron inertes, sin la menor interacción con los terrícolas. Ya ni me interesa todo eso. Pero me copan estas historias duras, muy humanas, que se dan el lujo de ningunear a los elementos fantásticos que los propios Ellis y Howard crearon para Trees, para ir para otro lado, más jugado, más genial.
Termino mi recorrida por la historieta latinoamericana reciente con Vidas Secas, una adaptación al comic de la famosa novela de Graciliano Ramos, realizada por el guionista Arnaldo Branco y el célebre dibujante Eloar Guazzelli, todos oriundos de Brasil. Esta es una obra que se dio a conocer en 2015 y ya acumula 13 reimpresiones, porque no para de venderse. Vidas Secas es un clásico de la literatura del Coloso de Sudamérica, y la versión en historieta se convirtió, a su vez, en un referente muy grosso de la novela gráfica contemporánea.
Yo debo decir que el guion me sedujo poco y nada, seguramente porque no hace tanto tiempo (18/08/24) me topé con Como Pedra, la hermosa novela gráfica de Luckas Iohanathan, que comparte ambientación y temática con Vidas Secas. Seguramente la influencia va para el lado contrario de mis lecturas, es decir, lo más probable es que Iohanathan haya leído Vidas Secas antes de publicar Como Pedra. Pero aún así, leer ooootra vez acerca de lo mal que viven los pobres en el sertao de Brasil, cómo sufren las inclemencias del desierto, los abusos de los terratenientes y las consecuencias de su propia falta de cultura y educación, se me hizo cuesta arriba. La adaptación, además, tiene sus tropiezos, con páginas repletas de texto, y hasta páginas que solo tienen texto. Levanta mucho hacia el final, como si Branco y Guazzelli hubiesen terminado de sintonizarle la onda al trabajo cuando faltaban 30 ó 35 páginas para cerrarlo.
El enfoque que elige Guazzelli para la faz gráfica puede tranquilamente no gustarte, porque el autor opta por un trazo muy despojado, muy sintético, que le permite -una vez que tiene resuelta la puesta en página- liquidar el dibujo a gran velocidad. Para que te salga bien algo así, tenés que manejar muy bien las técnicas que elige Guazzelli (tintas y aguadas) y lo más importante: romperte mucho el orto para que la puesta en página sea dinámica y atractiva. El resultado es más que convincente: Guazzelli logra transmitir mucha emoción con ese trazo sintético, y la aplicación de esas tintas entre sepia y vino tinto le confieren a las páginas un cierto vuelo poético, que por momentos me hizo acordar a los grandes trabajos de Ricard Castells. También en el dibujo, lo mejor está en las últimas 30-35 páginas, en las que el consagrado historietista afila aún más el timing de la narrativa y amplía su repertorio gráfico.
Me cuesta recomendar Vidas Secas, porque me parece que no funciona bien como adaptación al comic de una novela. Lo que más me gustó, que es el dibujo de Guazzelli, lo puedo encontrar en otras obras del autor, que por suerte son muchas y muy diversas. En la bibliografía de Guazzelli hay historietas más infanto-juveniles, otras más underground, más graciosas y más salvajes, obras con guiones propios, colaboraciones con otros guionistas, adaptaciones de otras obras literarias... y siempre le fue muy bien y ganó muchos premios, tanto cuando quiso ser más mainstream como cuando quiso ser más experimental.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Mañana a las 22:30, nos vemos en el canal de YouTube de Comiqueando, en una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta, que va a estar zarpada. Y el lunes a las 19:30, en Libros del Pasaje, donde vamos a estar conversando con Liniers. Gracias y hasta pronto.
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jueves, 26 de marzo de 2026
HASTA LAS PELOTAS
Qué feo es no tener tiempo para leer comics... o llegar a leerlos, pero no tener tiempo para escribir las reseñas. En eso estamos, por lo menos hasta el 6 de Abril, cuando ya haya pasado el evento de los Premios Cinder (que es el sábado 4 y domingo 5 en el Club Cultural Quetren, Olazábal 1784, ciudad de Buenos Aires, con entrada libre y gratuita). Hoy por suerte le puedo robar unos minutos a la vorágine para escribir las paparruchadas que procedo a infligirles.
Arranco con el tercer integral de El Gato del Rabino, que compila los álbumes 6 y 7 de la famosa saga de Joann Sfar (a la que le dedicamos un NOTÓN en el nº12 de Comiqueando Digital). El Vol.6 es medio la nada misma. El argumento es ínfimo: Zlabya va a tener un bebé con su marido y el gato está celoso. Con esa consigna, Sfar sale a chorear a lo largo de 52 páginas, dibujadas como los dioses y con un montón de diálogos muy graciosos. Esto es una comedia costumbrista clásica, con espacio para algunas reflexiones acerca de las instituciones religiosas y familiares, por supuesto formuladas desde la óptica irreverente del maestro Sfar. Podría ser infinitamente peor, si pensamos que casi no hay un argumento sobre el cual edificar el relato.
El Vol.7, en cambio, es mucho más extenso (80 páginas) y ambicioso. Acá, además de la comedia costumbrista, hay conflictos zarpados, acción y violencia. El álbum gira en torno al choque, al clivaje entre religiones imposibles de conciliar, en una Argelia en la que hace 100 años convivían como podían las colectividades musulmana, judía y cristiana. Rabinos, curas e imanes se disputan el protagonismo, pero el que realmente se pone al hombro la narración y hace que las cosas sucedan es el Malka, que hace su regreso triunfal a las páginas de la serie.
Ya desde el principio del álbum, Sfar se encuentra con secuencias que lo obligan a dejar de lado la grilla de seis viñetas por página en tres tiras de dos, y a medida que se acerca el final de La Tour de Bab-El-Oued (que así se llama la historia) más variedad tenemos en la forma en que las viñetas se despliegan en la página. O sea que, incluso si la trama te interesa poco, o si te resulta muy extensa la historieta, te podés entretener con los alucinantes dibujos de Sfar, los hermosos colores de Brigitte Findakly, y la magia que tira el autor cuando se permite jugar un poco con la puesta en página.
Cuando se despeja un poco el humo, te cae la ficha de que los álbumes realmente grossos de El Gato del Rabino son los tres primeros, y que lo posterior es un poco desparejo, una mezcla de álbumes interesantes con otros innecesarios y alguno que otro decididamente choto... en materia de guiones. El dibujo se la banca siempre en un nivel altísimo, y el carisma de los personajes no hace más que acrecentarse a lo largo de las entregas. Si venís enganchado con la serie, no creo que este tercer integral te dé ganas de abandonarla. Ninguna de las dos historias está entre mis favoritas, pero las dos tienen puntos altos, sobre todo en lo visual. Y también, si venís enganchado con la serie, rezale a los dioses cristianos, judíos y musulmanes para que no se corte la edición argentina de El Gato... que está muy bien hecha y llega a las librerías a un precio más que razonable.
Tras una pausa de más de 10 años, retomé Trees, la serie de Warren Ellis y Jason Howard cuyo Vol.1 tuvo una brevísima reseña allá por el 11/01/16. En su momento, definí a Trees como un comic "de ciencia-ficción, misterio, ecología, política, slice of life, violencia, traiciones, garches, poesía, amor y los mejores diálogos de toda la carrera de Ellis". Bueno, acá garche no hay ni por accidente. Violencia hay mucha, en las últimas páginas. Y poesía, olvidate, ni un verso hay. Pero sí, el nivel de los diálogos es glorioso, las ideas que derrocha Ellis son una obscenidad, el misterio está muy bien llevado y lo más importante: este segundo tomo desarrolla a dos personajes nuevos (una bióloga británica y un político que acaba de ser elegido intendente de New York) de manera magistral. Leímos apenas siete comic books, pero sentimos que conocemos a Joanne y a Vincent de toda la vida, como si hubiesen protagonizado cada uno una serie de 50 ó 60 episodios.
Lógicamente, el gran protagonismo de un tipo que (a fuerza de venta de humo y runflas espurias) llega a la intendencia de New York le abre la puerta a un elemento que no aparecía en el Vol.1, que es la política. Y Ellis nos la muestra como una especie de mugrienta y hedionda antesala a la violencia más atroz. Lo único que no me fascina de Trees es que termina en el Vol.3. Hay tantas puntas abiertas, tantos personajes y situaciones interesantes para explorar en esta Tierra "invadida" por los árboles del espacio exterior, que tengo la espantosa sensación de que para el final de la serie buena parte de las incógnitas van a quedar sin resolverse. Ellis incluso es capaz de no retomar en el Vol.3 a ninguno de los personajes y conflictos que nos presentó en los dos primeros tomos. Pero bueno, el final está ahí. Lo voy a leer muy pronto y me voy a enterar (y voy a contar acá) cómo termina esta serie que hasta ahora es una maravilla.
También me genera entusiasmo tener un librito más todo dibujado por Jason Howard, que me parece un talento a valorar mucho más. Howard deja la vida tanto en los paisajes (que tienen un peso enorme en la trama) como en las expresiones faciales, narra bien, y además se colorea a sí mismo con un criterio exquisito, que funciona tanto a nivel estético como narrativo. Este Vol.2 lo obliga a dibujar una cantidad brutal de páginas sin acción, y Howard las pilotea con un aplomo encomiable. Me mantengo firme en recomendar (mal y tarde) la lectura de Trees, y ni bien pueda le entro al Vol.3.
Nada más, por hoy. Si quieren más lectura, ya saben que pueden descargar por muy poquita plata cualquier número de la Comiqueando Digital en la tienda virtual https://comiqueandoshop.blogspot.com. Gracias por tanto, perdón por tan poco y ni bien pueda leer más material, busco un rato para volver a postear acá en el blog.
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martes, 2 de septiembre de 2025
NOCHE DE MARTES
Bueno, ya tengo leídos un par de libritos más. Veamos con qué nos encontramos esta vez.
Empiezo con el Vol.3 de Injection, la serie de Warren Ellis y Declan Shalvey que salía en Image, y de la cual vimos el Vol.1 allá por el 23/09/16 y el Vol.2 en tiempos un poco más recientes, el 29/04/24. Como ya comenté, la serie nunca pasó del nº15 y dejó sin resolver unas 763.344 puntas argumentales. Este tercer tomo recopila los últimos cinco episodios que llegó a realizar la dupla (allá por 2017) y por suerte es un arco sumamente autoconclusivo y con poca vinculación con la trama y los personajes centrales de los otros dos tomos. Tanto es asi, que podría publicarse (con mínimos retoques) como una obra aparte, con otro título. Hay menciones a los personajes que ya conocíamos y en algún momento Ellis se acuerda de relacionar lo que está pasando en esta historia con lo que pasó en los tomos anteriores. Pero es todo muy leve, muy sutil, no cambia en absoluto la esencia de la trama.
Lo realmente importante es que la historia es buenísima y que el personaje que desarrollan Ellis y Shalvey en este arco, Brigid Roth, tiene todo para volver en sagas futuras (ojalá algún día) porque despliega una personalidad tremenda y un gran potencial para este tipo de narraciones. Básicamente, este arco de Injection nos cuenta qué pasa cuando un elemento sobrenatural emerge de manera inesperada y disruptiva en el mundo hiper-tecno de hoy. Hay un juego muy interesante entre la tecnología de recontra-punta que maneja Brigid y la amenaza que debe investigar y -en lo posible- desactivar. La tradición oral, la naturaleza (lo que queda de la naturaleza), la propia disposición geográfica de los moros británicos parecen jugar a favor del misticismo, de lo inexplicable, pero hay gente muerta, y entonces alguien (en lo posible alguien racional) tiene que intervenir. Y ahí va Brigid, implacable, a vérselas con entuerto que parece superarla por todos lados.
El arco está un poquito estirado (por ahí con 20 páginas menos sería más impactante), pero Ellis siempre te hace llevadera la lectura con su manejo magistral de los diálogos, y con los personajes secundarios que acompañan (o complican) a Brigid. El dibujo de Declan Shalvey no es ni muy virtuoso ni muy espectacular, pero se pone muy bien al servicio del relato, acompaña sin fisuras lo que Ellis nos quiere contar. La genial colorista Jordie Bellaire le aporta un toque de magia al dibujo de Shalvey, y entre los dos logran una faz visual que no marca un antes y un después de nada, pero que se disfruta sin ninguna dificultad. Aca las claves son manejar el tempo de la narración para sostener la intriga y la sensación de "se está por ir todo a la mierda" y sobre todo lograr que los personajes sean expresivos. Y la verdad que Shalvey cumple más que dignamente en ambos rubros.
Una pena que no haya más Injection. La pasé bárbaro con estos tres tomitos y -sobre todo con este tercero- me quedó clarísimo que la consigna de la serie daba para mucho más de lo que llegamos a ver en estos 15 episodios. Warren, Declan, déjense de joder y retomen Injection, que acá tienen un comprador asegurado.
El maestro paraguayo Roberto Goiriz es uno de los autores latinoamericanos que aparecen con cierta regularidad en Aces Weekly, la antología digital que dirige el legendario David Lloyd. El año pasado, poco después de completar una aventura de su nuevo personaje en dicha publicación, Goiriz la compiló en un libro a todo color llamado Caín: Marca Mortal. Ojo, no se parece mucho a las recopilaciones de material de la Aces Weekly a las que nos acostumbró Loco Rabia con los tomos de Ladrones y Mazmorras (de Rodolfo Santullo y Jok): esos eran libros bastante voluminosos, que reunían varios episodios completos, y que utilizaban el formato de página vertical, de modo que en cada página entraban dos de las que ofrece Aces Weekly a sus lectores. Goiriz, en cambio, decidió armar un libro con solo 23 páginas de historieta, en el formato de la antología británica, es decir, apaisado. Está buenísimo para apreciar el dibujo del maestro en un tamaño bastante más grande que el habitual, pero se lee muy rápido y -lógicamente- para completar las 40 páginas que ofrece el libro, hay un montón de relleno (carátulas, prólogo, detalles acerca del backstage revelados por el autor, etc.). Es una edición muy cuidada, que le valió a Goiriz el premio a la Mejor Historieta Paraguaya del año, pero a mí me copa más cuando los libros traen mucha historieta para leer.
En este arco tenemos la presentación del personaje, que se apoya en una consigna muy ganchera: Caín, el hijo de Adán y Eva y asesino de su hermano Abel, es inmortal y actualmente vive en una gran metrópolis (probablemente de Inglaterra) donde trabaja como detective privado. Hasta ahí, todo genial. Después, la trama propiamente dicha me atrapó menos. Hay seres sobrenaturales entre los mortales, y como en toda aventura convencional, habrá un combate entre los buenos y los malos. Caín, en busca de la redención, está claramente del lado de los buenos y no hay siquiera un atisbo de ambigüedad al respecto. Ayuda a la (cuasi) arquetípica damisela en peligro, es amigo de un ángel y hasta tiene buena onda con la policía. Sin dudas una caracterización demasiado lineal para un personaje que ofrece ese nivel de complejidad. Pero bueno, la historia es breve, hay páginas con muy pocas viñetas, y por ahí el ritmo de publicación de un semanario no es el más amistoso para ahondar en la psiquis de los personajes. Hay que ir rápido al nudo, al kilombo, a la acción de palo-y-palo, que en esta historia por suerte no escasea.
Seguramente el principal atractivo para quien se acerque a Caín: Marca Mortal será el dibujo de Goiriz, esa combinación entre una estética clásica, elegante, sin sobresaltos, y un trabajo muy personal y muy bien logrado en el color. La puesta en página toma riesgos solo cuando la historia lo requiere, el texto está bien dosificado, y hay un solo momento, cerca del final, donde se nota que a Goiriz le cae la ficha de que tiene que cerrar el relato en poquísimo espacio y mete una cantidad brutal de viñetas (en las que pasan un montón de cosas) en apenas dos páginas. Veremos cómo evoluciona esta serie en futuras entregas. Y tengo otros trabajos de Roberto Goiriz para leer, en la pila de los pendientes.
Nada más, por hoy. La seguimos pronto acá, en el canal de YouTube, en el sitio web o en la fundamentalísima Comiqueando Digital.
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viernes, 7 de febrero de 2025
VIERNES EN BLANCO Y NEGRO
Muchos años, varias décadas, tardó Daniel Galliano (editor de Puro Comic) en convencer a Eduardo Risso, su amigo y socio, para que le diera luz verde a una recopilación de Julio César, la obra más relevante de las que produjo el León de Leones para Columba, allá por 1986-1987. Y finalmente en 2024 pudimos acceder al libro que reúne la saga completa, escrita por Ricardo Ferrari y dibujada por Risso, sin los colores abominables que supo lucir en la Nippur Magnum y con un rotulado que le hace justicia a los textos.
A lo largo de casi 190 páginas, se nota una evolución muy favorable por parte de Risso. Los últimos episodios están mucho mejor dibujados que los primeros, con momentos realmente grandiosos, que preanuncian a ese dibujante virtuoso y vistoso que vamos a disfrutar en Parque Chas, a ese coloso del claroscuro que va a estallar entre Caín y Fulú e incluso a ese maestro del armado de la secuencia que se va a florear sobre todo en sus trabajos para el mercado de EEUU. Guarda: en 1987, cuando termina Julio César, faltaban 10 años para que Risso llegara al mercado yanki y terminara de consagrarse a nivel global. Este es un Risso muy, muy sólido, pero que todavía arrastra ciertos vicios "columbescos", como resolver viñetas complejas con el primer plano de un rostro o de una mano. Y también hay un trabajo en la documentación y en los fondos que el dibujante promedio de Columba no hacía ni a palos en esa época, y hasta momentos en los que la planificación de las secuencias tiene más que ver con El Corazón Delator de Alberto Breccia o Master Race de Bernie Krigstein que con cualquier otra historieta de la Nippur Magnum. Evidentemente, e incluso en un contexto que no estimulaba para nada la creatividad, Risso proponía otro vuelo y demostraba otra ambición artística, y eso se percibe con mucha claridad en las páginas de Julio César.
El guion de Ferrari conserva un punto de contacto con la tradición columbera, y es el uso exhaustivo de los bloques de texto, donde se luce una prosa con esa impronta poética, elevada, típica de Robin Wood. Pero en las tramas en sí, queda claro que a Ferrari le interesa más demostrar que se leyó todo sobre Julio César y su época que reproducir (por enésima vez) los mecanismos de la aventura tradicional. Acá el rigor histórico le gana la pulseada a la aventura. De hecho, tenemos como protagonista a un personaje que no es un héroe, sino que actúa siempre según sus propios intereses, algo atípico en las historietas de Columba. Incluso queda muy claro que los personajes... ¡cogen! No se muestra los garches, lógicamente, pero el guion explicita que el sexo existe y que tiene su peso en algunos momentos de las tramas. Más motivos para que Julio César llamara la atención o desentonara con el resto de la revista en la que serializó.
Los comics de Astérix nos enseñaron a considerar a Julio César un villano abyecto, y a maldecir el día en que Vercingetorix se rindió ante él en Alesia. La prosa de Ferrari logra lo contrario: el cacique galo es tratado con respeto, pero acá uno hincha todo el tiempo por César y quiere verlo sojuzgar a todos esos galos zaparrastrozos que -sin poción mágica- tienen poquísimas chances de resistir el embate de las legiones del más poderoso de los romanos. Para cuando César muere traicionado por una conjura de la que es parte su propio hijo, uno ya es fan incondicional de este personaje ambiguo, complejo y sin dudas fascinante.
La restauración del material original es más que aceptable; no perfecta, pero bueno... son historietas de Columba de las que Risso no puedo conservar los originales. Y la recopilación incluye también buenos textos sobre Julio César y su época y sobre la historieta en sí. Recomiendo este libro a los fans de la historieta histórica, y obviamente a los fans de Ricardo Ferrari y Eduardo Risso, dos bestias que a mediados de los ´80 ya eran un poquito más que "jóvenes promesas" y que después de esta obra protagonizaron (cada uno por su lado) muchas gestas comiqueras más.
Allá por 2008, en una editorial que me parece que no existe más, Warren Ellis se sacó las ganas de hacer su propia League of Extraordinary Gentlemen en apenas 44 páginas. La breve novelita, titulada Aetheric Mechanics, está situada en 1907 en una Londres ucrónica en la que existe tecnología capaz de hacer volar a los autos, lanchas y hasta enormes embarcaciones de guerra. Y los protagonistas son clones apenas disimulados de Sherlock Holmes y Watson.
No voy a contar acá de qué va el guion, porque es muy breve y muy sencillo. Simplemente dejar constancia de que el final me resultó un poco precipitado y anticlimático. El punto más alto de la obra, que sostuvo mi interés hasta el final, es la perfecta caracterización de Sherlock y Watson, una demostración magistral del conocimiento y el cariño que tiene Ellis por la obra de Sir Arthur Conan Doyle. Los diálogos son brillantes (y muy extensos), las deducciones de Sax Raker son tan impactantes como las del personaje en el que está basado y en general, cuando Ellis ambienta sus historias en Londres, aparece una capa más de profundidad, que también tiene que ver con el vínculo profundo entre el autor y su ciudad. Las ideas que Ellis pone sobre la mesa en Aetheric Mechanics (y que la conectan con la ciencia ficción) son sumamente atractivas, pero por la breve extensión del comic, no llegan a desarrollar todo su potencial. Por momentos sentí que estaba leyendo una obra prima, o hermana, de 1899, la novela gráfica de Francisco Ortega y Nelson Daniel que vimos en este espacio allá por el 19/12/12.
Y el dibujo... ma-mita, qué difícil... Gianluca Pagliarani es un dibujante chato, sin alma ni talento, que cree que si llena con líneas cada milímetro de la viñeta alguien lo va a confundir con un buen dibujante. Hay una sobrecarga bestial de información visual (encima en páginas donde el texto abunda y mucho), un despliegue agobiante de detalles y texturas que no contribuyen en nada a la narración. Pagliarani no entiende que hay algunas viñetas en las que es mejor NO dibujar los fondos, para acentuar las expresiones de cuerpos o rostros... pero es bastante lógico, porque sus cuerpos y sus rostros no tienen expresiones. El entintador Chris Dreier no ayuda para nada, porque mantiene el mismo grosor de línea para entintar prácticamente TODO lo que Pagliarani pone en la viñeta, y eso hace que más de una vez se complique distinguir las figuras de los fondos.
En fin, a pesar de que la faz gráfica del librito está por debajo de la línea de pobreza, Aetheric Mechanics tiene su encanto y su impacto. Es un canto de amor de Warren Ellis a Sherlock Holmes muy entretenido, con buenas ideas y diálogos magníficos, y si bien se trata de una obra muy menor en la bibliografía del creador de Transmetropolitan y Planetary, amerita por lo menos una lectura.
Hasta acá llegamos, por hoy. El miércoles que viene tengo función de prensa de la nueva peli de Captain America, pero espero meter un posteo con reseñas de comic ANTES de comentar la película. ¡Será hasta pronto!
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lunes, 29 de abril de 2024
RESEÑAS CUESTA ARRIBA
Tardé horrores en volver a postear, y apenas tengo leídos dos libritos. Ya mi ritmo de lectura/ reseñas se está por caer debajo de la línea de pobreza.
Hace siglos, un lejano 23/09/16, hablamos acá del Vol.1 de Injection, una interesantísima serie de Image que lanzaran Warren Ellis y Declan Shalvey, que por lo que tengo entendido quedó inconclusa. Hay un tercer TPB que (al igual que este) recopila cinco episodios, pero la saga no termina. La verdad que mucho no calienta, por lo menos a la hora de leer este Vol.2, porque es prácticamente autoconclusivo. A lo largo de cinco episodios, Ellis y Shalvey plantean, desarrollan y rematan una historia central, y hay un subplot que también se cierra sobre el final de este tomo (para abrir toooodo otro universo de posibilidades que -supongo- se explorarán en el Vol.3). La historia central, si bien está un poquito estirada, se disfruta plenamente sin tener demasiada idea de lo que pasó en el Vol.1 y cero idea de lo que puede llegar a pasar en el Vol.3.
Parte de lo que hace tan "unitario" a este tomo es que de los cinco personajes principales que nos presentaran en el Vol.1, hay uno solo que acapara totalmente el protagonismo. Se trata de Vivek Headland, esa especie de Sherlock Holmes frío, brillante, culto, tranquilo, implacable a la hora de pensar, deducir y unir cabos sueltos. Ellis nos propone meternos de lleno en la piel de este personaje, incluso en su vida sexual, para entender por qué razona como razona y actúa como actúa. No es un personaje querible, no es un garca execrable, es una especie de Sr. Spock emocionalmente discapacitado, pero dueño de un intelecto, una sofisticación y un buen gusto imposibles de igualar. El caso que debe resolver Headland es interesante, es original y está bastante bien conectado con lo que parece ser la "trama mayor" de Injection. Hay acción, hay momentos muy violentos, otros en los que sube el voltaje erótico, otros que parecen pasos de comedia en los que Ellis hace gala de su manejo del humor (inglés) y entre todo el bolonki emerge un gran personaje secundario como es Red, el inquebrantable ladero de Headland.
El resultado son 100 páginas en las que la trama avanza a un ritmo mayoritariamente pausado (muy acorde con un relato de investigación detectivesca), sin perder nunca el interés del lector. Y para eso también es fundamental el trabajo de Declan Shalvey en los dibujos y la gran labor de la colorista Jordie Bellaire. Shalvey esconde cualquier rasgo de virtuosismo que haya mostrado en obras anteriores para sacar a relucir su estilo adusto, sin estridencias, que se destaca por su notable ojo para la elección de los planos. En el último episodio los fondos escasean como los artículos beneficiosos para la mayoría de los argentinos en las leyes que manda al Congreso el presidemente Milei, pero en la página en la que se arremanga y mete un fondo grosso realmente humilla y doblega.
Cuesta recomendar una historieta que es parte de una serie inconclusa, pero este tomo puntual de Injection se la re banca por fuera del contexto de la serie, y brilla con luz propia, sobre todo si te gustan esos personajes atípicos, ambiguos, con muchos matices, y esos diálogos plenos de fina mala leche que Warren Ellis maneja tan bien.
En Francia conseguí un manga de Shintaro Kago que está publicado en castellano y en inglés, pero que nunca había visto: Ciudades e Infraestructuras, una extrañísima recopilación de historias cortas producidas por el ídolo en 2021. A lo largo del tomo predominan las historias de cuatro páginas, en las que Kago generalmente desarrolla una idea visual, muy limada, muy asquerosa, o las dos cosas. A veces va hacia un remate clásico, en busca de un efecto humorístico, pero la mayoría son cosas que se le ocurren en base a imágenes que quiere plasmar en el papel. Algunas, con escasas cuatro páginas y todo, son geniales, ya sea por el impacto visual, o por lo zarpado, lo extremo, lo absolutamente ido al carajo de los conceptos que rebolea el autor. Hay una historieta más larga, de 12 páginas, una especie de misterio que también va a desembocar en una imagen final de alto impacto, pero en el medio tiene un clima que se va enroscando para ponerte nervioso, algo que en las historias más cortas Kago no tiene espacio para orquestar.
Y sobre el final, lo más bizarro: 15 páginas de Yonkoma, o 4-Koma, esas tiras verticales de cuatro viñetas que son las que habitualmente utilizan los dibujantes de humor gráfico en Japón. Cada página ofrece dos tiras, con viñetas muy chiquitas en las que el dibujo se reduce a su mínima expresión... y en las que Kago mete las ideas más groseras del tomo. La mayoría de las tiras cómicas tienen que ver con conchas, pijas, mutilación de pijas, trepanación de cerebros, violencia, sexo y personajes que (por el estilo mega-sencillo que adopta Kago) parecen todos menores de edad. Si en las historias de cuatro páginas el mangaka se juega mucho al impacto visual, acá al no tener casi espacio para dibujar en cada cuadrito, va directo al hueso, a impactar sin piedad con ideas tremendas, de las que te hacen suponer que estás frente a la obra de un desquiciado total.
De la demencia a la escatología, de los pijazos en la oreja a los cadáveres que salen del inodoro, Kago se anima incluso a salpicar el horror y el asco con algún tinte más lírico, con ironías un poco más finas y con puntitas para reflexionar acerca de algunos de los trastornos obsesivos que padecen las sociedades "modernas" de Occidente. El dibujo es mínimo en las 4-Koma, tranqui en la mayoría de las páginas de las historietas cortas y descomunal cuando te tira esas ilustraciones que ocupan dos páginas y que se podrían ampliar, enmarcar y exhibir como posters para apreciar todos los detalles imposibles e indescriptibles. Sí, ya sé, yo no colgaría en mi pared un poster donde ves cómo unos tipos matan mujeres, les separan la piel de los cuerpos y las rellenan con algo que no sabés si son fideos o gusanos. Pero bueno, la vanguardia es así. Y los fans de Shintaro Kago ya estamos acostumbrados a este tipo de animaladas.
Nada más, por hoy. Ojalá esta semana tenga más tiempo para leer y reseñar comics. Nos vemos el viernes en la Biblioteca Nacional, donde voy a estar como moderador en la presentación del libro de historias cortas del grossísimo Carlos Dearmas.
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martes, 4 de abril de 2023
MARTES FRESQUITO
Ya con clima bien otoñal, más cerca del sweater que de las bermudas y las ojotas, me siento a reseñar un par de libritos que leí en los últimos días.
Vamos a Colombia, a la ciudad de Medellín, donde transcurre Parque del Poblado, una historieta realizada en 2011 por Joni B., uno de los grandes referentes del comic colombiano de este siglo. Claramente el atractivo principal del libro (editado por los españoles de Spaceman en innecesaria tapa dura) es el dibujo. Un dibujo en el que conviven Jaime Hernández, Frederik Peeters, Jaime Martín, José Muñoz y Carol Swain en una fiesta del claroscuro cautivante y vital. Los personajes cobran vida, los lugares se hacen asombrosamente reales y la gráfica te seduce al punto de hacerte olvidar que Joni dibuja pocos fondos. La narrativa está perfectamente ajustada a algo que enseguida vamos a señalar cuando hablemos del guion: Parque del Poblado parece una obra de teatro. Está pensada para hacer foco en momentos y en diálogos, no en la acción ni en el movimiento. Cuando los personajes se empiezan a desplazar por este barrio/ cuadra lleno de bares, autos, pibes y pibas que escabian, fuman y coquetean, el relato se vuelve un poco caótico, como ese tipo de lugares a las 2 AM. Amigos que se tienen que encontrar y se pierden, minitas a las que venís siguiendo y desaparecen, borracheras, discusiones pelotudas, ruido de música y chamuyos varios... Joni B. recrea esa atmósfera en la historieta y logra que uno se vea inmerso en ella.
El tema es que el conflicto no está enfatizado. O mejor dicho, no hay un conflicto que esté lo suficientemente enfatizado como para identificarlo claramente como el hilo conductor de una trama. Por eso esta es ínfima, etérea, y entiendo a quien me diga "me cagaron, son 50 páginas en las que no pasa nada". Desde el punto de vista de una estructura dramática, eso es bastante cierto. Como en todo relato del subgénero "Jóvenes a la Deriva", acá tenemos un grupito de protagonistas de veintipico que conversan, fuman, chupan, transan... hay diálogos muy graciosos, otros a los que la incorporación de palabras y conjugaciones de España deformaron al punto de perder toda su gracia, pero nada parece ir en una progresión de principio/ desarrollo/ desenlace. Lo cual no significa que el autor no tenga nada para decir. A través de Rafa, Viviana, Alex y el resto de la pandilla, Joni B. habla de su generación, de lo raro que se siente tener veintipico y no ser ni pendejos ni adultos, de por qué no tiene sentido hacer grandes planes para el futuro, de cómo va quedando cada vez menos de los sueños y anhelos que cobijaron en la adolescencia, de cómo el escabio y el sexo pueden (o no) tapar esos agujeros existenciales en la vida y anestesiar algún que otro dolor. No es poco, a menos que hayas comprado el libro a la espera de una aventura en la que todo pase por una confrontación entre buenos y malos.
Y sí, se podría haber contado esto mismo en 36 páginas en vez de 50. Pero como el dibujo es buenísimo y los personajes se hacen querer al toque, uno no siente que le están estirando al pedo la "trama". Como nunca vi (ni creo que vea nunca) un Gran Hermano de Colombia, Parque del Poblado me vino bien para saber qué piensan y cómo se comportan los pibes y pibas de ese país que están básicamente al pedo, matando el tiempo con no-historias no-épicas con las que no resulta para nada difícil identificarse desde Argentina, un poco más de 10 años después.
Me voy a Estados Unidos, año 2016, cuando se juntan dos monstruos: Warren Ellis y Phil Hester. Como saben quienes siguen hace tiempo este blog, yo soy fan a muerte de Hester y banco a full las obras en las que él mismo se escribe los guiones, algo que no suele suceder cuando trabaja para las editoriales grandes. Y bueno, en AfterShock tampoco sucedió, pero esta vez le pusieron un guionista del mega-carajo. Shipwreck es una historia sumamente atípica, basada sobre todo en climas desoladores, en un EEUU fantasmagórico y tremendo por el que vaga un protagonista que no entiende una chota acerca de este mundo y sus habitantes. La idea es que el lector tampoco entienda una chota, hasta que poco a poco, a un ritmo muy pachorro, Ellis empieza a explicar qué es este lugar y cómo cayó ahí el Dr. Jonathan Shipwright.
A lo largo de seis episodios, Shipwreck adopta distintas formas: es una road movie, es un policial, es una de ciencia ficción, es una de terror y es una de fantasía oscura y sobrenatural al estilo del Vertigo de los ´90. Para hacerla más exasperante, Ellis cruza a Shipwright con personajes que a) la tienen infinitamente más clara que él, y b) le tiran extensos soliloquios repletos de frases alucinantes, cargadas de filosofía, que lo interpelan, lo descolocan y le retuercen el alma. Recién sobre el final, el protagonista queda cara a cara con una especie de antagonista y ahí sí, hay que resolver a todo o nada, con lo que hay, con lo que quedó después de tanto naufragio tanto externo como interno. Es un guionazo, muy perturbador, muy rico en matices, en silencios, en elementos que van por afuera de la aventura pero la enriquecen muchísimo. Gran laburo de Warren Ellis que -probablemente por las altas dosis de sangre y mutilaciones- no encontró lugar en las editoriales más grandes.
Y cuanto más retorcido y jodido es el guion, más a gusto se siente Hester a la hora de dibujar. Esta vez, el ídolo se encarga solo de los lápices, y tiene un excelente entintador (Eric Gapstur) y un excelente colorista (Mark Englert) que lo entienden a la perfección y lo potencian de un modo esplendoroso. Yo amo a Hester en blanco y negro, pero la magia que tira Englert en estas páginas, lo bien que acompaña no solo el trazo de Hester sino también los climas extraños que conjura el guion, es realmente una gloria. Acá vemos a Hester probar cosas nuevas todo el tiempo, jugar con el espacio negativo, inventar efectos gráficos y narrativos jamás vistos, ponerle dinamismo a las escenas en las que solo hay gente hablando en el medio de la nada, transmitir todo tipo de sensaciones (casi todas incómodas) en las muchas secuencias mudas... Si te faltaba algo para ascender a Phil Hester al Olimpo de los grandes narradores del Noveno Arte, en Shipwreck sin dudas lo vas a encontrar.
Recomiendo mucho esta historieta a los fans de los relatos oscuros, intrincados, donde la procesión va por dentro y la aventura no es otra cosa que el punto límite en el que los replanteos internos se tienen que convertir sí o sí en acción, para bien o para mal, porque lo que hay no se sostiene. Jugate por este mundo crepuscular, atroz y por momentos absurdo, y recorrelo junto a Ellis y Hester. Vale mucho la pena... y hay mucha pena de por medio, porque Shipwright sufre como pocos y los autores nos lo hacen sentir en carne propia.
Nada más, por hoy. Gracias totales y nos reencontramos acá en el blog ni bien tenga más libros leídos para reseñar.
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viernes, 3 de junio de 2022
LIBRITOS DE VIERNES
Vengo leyendo poco estos días, pero no quería que llegara el fin de semana sin clavar un posteo en el blog.
Conseguí el Vol.4 de StormWatch, que me faltaba, así que esta reseña debería ser leída entre la del 07/05/14 y la del 30/10/16. Una vez más, Warren Ellis plantea dos arcos de tres episodios, en los que va a sentar las bases de personajes y situaciones que van a explotar cuando StormWatch deje paso a The Authority. En este tomo lo acompaña un Bryan Hitch muy inspirado, muy comprometido, al que se le nota bastante que le interesa mucho más dibujar la figura humana que cualquier otro elemento que tenga que aparecer en las viñetas, pero igual le pone toda la garra. Elige ángulos espectaculares, no abusa del widescreen, trata de darle rasgos distintivos a las caras de los distintos personajes, y por supuesto se saca la lotería, el PRODE y el Quini 6 cuando le ponen como colorista a una Laura DePuy que le agrega magia y climas a un nivel devastador. En el segundo arco no está DePuy, no dibuja todas las páginas Hitch (entra el apenas aceptable Michael Ryan, un suplente bastante inferior al astro británico) y la faz gráfica sufre un poco. Pero conserva lo que a los fans más nos gustaba cuando leíamos esto en los ´90, que es la espectacularidad, la grandilocuencia, la sensación de que lo que estaba en juego era gigantesco, virtualmente inabarcable.
En el primer arco, Warren Ellis introduce a los hoy cuasi-icónicos Apollo y Midnighter, en una muy buena historia, emotiva, fuerte, en la que se siguen destapando los funestos secretos de Henry Bendix. Y el segundo arco está un poco estirado, se podría haber contado lo mismo en la mitad de las páginas, pero (a través de una versión de una realidad alternativa) indaga mucho y bien en los poderes, el origen y la personalidad de Jack Hawksmoor, otro personaje que será clave más adelante. Acá ya se nota mucho que a Ellis le importan muy poco los personajes que heredó de Jim Lee y demás "creadores" que habían pasado previamente por StormWatch. Con la notable excepción de Jackson King, el resto aparece poco, no hace pie en las tramas, no tienen escenas copadas, ni desarrollo, ni nada. Con el diario del lunes, parece bastante obvio que muy pronto los harían boleta a todos. Los diálogos no tienen la chispa ni la mala leche que amábamos los fans de Transmetropolitan, pero están muy por encima de lo que se veía en las otras series de superhéroes y afines que publicaba WildStorm a fines de los ´90.
Si te gusta leer a Ellis en títulos de claro perfil superheroico, esta etapa de StormWatch te va a encantar, porque encaja perfecto con la onda de esos primeros 12 monumentales números de The Authority, y porque están mayoritariamente dibujados por Bryan Hitch en una época de oro para el (hoy venido a menos) artista británico. Por ahí si Ellis en vez de una transición hubiese planteado una cirugía mayor sin anestesia, o un reboot más brutal, el impacto habría sido mayor. Pero a mí me gusta que se pueda leer y rastrear episodio a episodio la ruta que trazó el guionista desde la fosa séptica que era el nº35 de StormWatch (primera serie) a la gloria que significó el lanzamiento de The Authority.
Me vengo a Argentina, a repasar el nº1 de la revista Cancelado, una publicación de humor político, gestionada por la gente del colectivo Alegría. Me encontré con un formato grande, lindo, casi 100 páginas, pero un contenido muy por debajo de lo esperado. Una mezcla de autores consagrados con otros que desconocía, en la que por lo general los que dibujan bien cuentan cosas que no me interesaron o me parecieron medio pelotudas, mientras que algunas buenas ideas están en manos de chicos y chicas a los que les falta un montón en materia de dibujo. No me reí con capos que dibujan bárbaro como Ariel López V., Diego Parés, Gustavo Sala o Sergio Langer, apenas pude rescatar algún momento gracioso en una de las historietas de Ernán Cirianni... Creo que lo que más me gustó fue el segmento en el que colaboran autores de otros países, con muy destacadas participaciones del maestro chileno Christiano , el francés Darshan, y la portuguesa Julia Barata. Después, encontré lindos dibujos de Jesús Cossio y Mauro Entrialgo, lo de Adao Iturrusgarai me dejó con gusto a poco, lo de Joni B me pareció cualquiera... Y por suerte hay algunas ideas graciosas en historietas en las que no me entusiasmaron demasiado los dibujos, como la de Maxi Falcone, o la de Razz.
En un terreno ya 100% de gusto personal, me quedo mil veces con los chistes de libertarios, goriloides y fachos varios que con los de vacunas, virus y contagios, o los de pija y concha, de los que hay muy pocos. Pero el balance general me dio muy flojo. Pensé que me iba a encontrar con chistes e historietas mucho mejores.
Y no hay más. Perdón por tan poco y espero tener nuevos libros leídos para reseñarlos muy pronto, acá en el blog.
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miércoles, 23 de diciembre de 2020
LAZARUS CHURCHYARD: THE FINAL CUT
Este es un libro editado hace 20 años, que recopila historietas publicadas hace 30. Dos décadas tardé en conseguir esta gema, que siempre me fue esquiva. Recuerdo habérsela manoseado con cariño a un amigo que la tenía en su biblioteca cada vez que lo iba a visitar… pero bueno, ya está. La conseguí, la leí, y lo más importante es que la disfruté.
Lazarus Churchyard es la primera historieta más o menos importante en la carrera de Warren Ellis, y debutó en 1990 en la revista Blast!, una antología británca apuntada al público adulto. El dibujante no es otro que el gran Matt Brooker, más conocido como D´Israeli, que acá deja la piel en cada viñeta, como lo suele hacer en todos sus trabajos. A nivel gráfico, acá D´Israeli se pone decididamente a la vanguardia. A su dibujo siempre plástico, intenso, generoso en detalles, el ídolo suma una gran fuerza expresiva, y recursos tales como escenas sutilmente dibujadas a lápiz de color, texturas, témperas blancas, efectos de estática, salpicados, escenas resueltas con una línea clara que se acerca a la que usaba Moebius en los primeros álbumes de El Incal, escenas engamadas en un único color… Visualmente, esto es un deleite, un mix irresistible entre estridencia y sofisticación, donde en cada viñeta queda en claro que estamos ante un dibujante prodigioso, un auténtico genio del Noveno Arte.
En cuanto a la labor de Ellis, esto no parece en absoluto una obra de un guionista joven que recién se iniciaba en la profesión. El británico se luce a la hora de presentarnos este mundo futurista y decadente, dota a Lazarus de un pasado muy atractivo, y sobre todo de una motivación muy original: es un tipo que vivió más de 400 años y que lo único que quiere es morirse. Pero lo más ganchero es, a mi juicio, el tono. Acá está la mala leche, el humor negro, la vorágine de drogas, perversiones sexuales y usos bizarros de la tecnología que van a explotar unos años más tarde en (adivinaste) Transmetropolitan. Lazarus Churchyard se puede leer tranquilamente como un prólogo, o como un ensayo, para lo que más tarde va a ser la obra más rupturista de Warren Ellis, y eso la hace fundamental.
La historia más floja de las que integran el tomo es la de los separatistas vascos, que no llega a ser chota ni mucho menos. Ese mismo guion, protagonizado por Lobo o por cualquier personaje de la 2000 A.D. que tenga aventuras con violencia, descontrol y humor negro, funcionaría lo más bien. En el contexto de Lazarus Churchyard, uno por ahí esperaba un plus, un vuelta de tuerca más. Y la mejor historia del tomo, la breve “Lucy”, es una joya de la mala leche y la desolación. La cantidad de ideas macabras y jodidas que introduce Ellis en apenas ocho páginas es algo realmente descomunal. El libro termina con una historieta inédita, “Finality”, que narra la historia de la concepción de Lazarus Churchyard. Otra cátedra de sordidez y oscuridad, dibujada varios años después que el resto del material. Acá se ve a D´Israeli dibujar y colorear incluso mejor que en el resto del tomo, y hasta alterar el diseño del protagonista, que ya no se parece tanto a Howard Stern, sino que tiene rasgos más extremos, más insectoides. Son otras 12 páginas impresionantes, que hacen que no quieras que Lazarus Churchyard se termine ahí, porque se ve a los autores compenetradísimos, y en un nivel devastador.
Y no, no hay más Lazarus Churchyard, pero por suerte Warren Ellis volvió a frotar la lámpara y nos regaló la alucinante Transmetropolitan, donde el futuro hiper-tecno volvió a ser el escenario de una orgía de mala leche, violencia, sexo y más ideas geniales, originales y con ese condimento socio-político típico de este guionista, que cuando quiere, es genial. Obviamente, si sos fan de Ellis, o de D´Israeli, o de las historietas futuristas de decadencia y sordidez, te recontra-recomiendo esta edición de Lazarus Churchyard.
Con la reseña de hoy alcanzamos la meta de las 120 en el año, lo cual no significa que no vuelva a postear de acá al 01/01/21. En una de esas, pinta una yapa, como para sumarle un par de entradas más a la estadística. Gracias y hasta pronto.
martes, 23 de junio de 2020
ENESIMO MARTES
Otro martes en casa, con
un par de libritos leídos, como para que no falten las reseñas en este espacio.
Empiezo en Japón, año
1996, cuando el glorioso y aún hoy irreemplazable Jiro Taniguchi publica esta
primera mitad de Blanco, una aventura extrema en paisajes a los que el manga en
general visita poco. Blanco está ambientada en la tundra, en la frontera entre
Alaska y el noroeste de Canadá, un territorio casi despoblado por los seres
humanos, agreste, de una majestad sobrecogedora y de un clima que condiciona por
completo el desarrollo de cualquier forma de vida. Si seguís a Taniguchi, sabés
que al ídolo le encantaban esas ambientaciones, con frío extremo, montañas,
animales salvajes… Acá lo vamos a ver en su salsa, como si jugara de local, incluso
cuando se trata de un trabajo anterior a su mejor momento como dibujante. Este
es el Taniguchi todavía muy barroco, muy pendiente de la línea de Vittorio
Giardino y André Juillard, no tan suelto como en otras obras que vendrán
después, donde la búsqueda de la síntesis y el amor por Moebius van a elevar aún
más el aplastante nivel de su grafismo. Pero acá todavía estamos en la Fase 2
de Taniguchi, y eso se nota sobre todo en los rostros humanos, a los que el
maestro no les logra poner demasiada expresión. Parece una joda, pero le salen
más expresivos los animales que los seres humanos.
El guión está muy bien.
Tiene algunas escenas de corte protocolar que se podrían haber resumido un poco
para ganar en dinamismo, pero no se hacen ilegibles, para nada. Es un tomo rico
en tensión, en peligro, con unos exabruptos de violencia narrados con una
belleza que te hiela la sangre, y con secretos jodidos que, a medida que se van
revelando, le agregan espesor al dilema moral que empapa al conflicto central
de la obra: la cacería por parte de un montón de tipos armados hasta la chota
de un perro muy capo, que parece un perro común, pero es mucho más que eso.
No quiero contar mucho del
argumento, porque los tomitos de Blanco andan circulando a buen precio por las
comiquerías (por lo menos acá en Buenos Aires) y no le quiero spoilear nada al
que los compró hace poco o está por hacerlo. Me quedé bastante manija para
entrarle pronto al Vol.2, y ojalá la historia tenga un final feliz. Por como
viene este primer tomo, y por haber leído mangas de Taniguchi en una línea
similar, lo veo tan improbable como que Independiente salga campeón de algo en
los próximos… tres años. Pero hay una esperanza.
Me voy a EEUU, año 2015,
cuando empieza la accidentada pre-publicación de Karnak. El arranque no podía
ser más auspicioso: Warren Ellis como guionista, Gerardo Zaffino como
dibujante. Pero pasaron cosas. Gerardo abandonó el proyecto sin terminar el
segundo episodio, los dibujantes que lo reemplazaron (principalmente Roland
Boschi) no bancaron ni cerca el nivel de esas primeras páginas, y por si
faltara algo, las ideas de Ellis llevaron al personaje tan, pero tan lejos del
Karnak al que todo fan de Marvel conoce y venera, que el guión habría
funcionado mejor si en vez de Karnak lo protagonizaba un personaje 100% nuevo,
llamado Kranek, Krotik o Kropok.
Esta es una saguita de 120
páginas muy, pero muy estirada, con unos niveles de violencia tan pasados de
rosca que por momentos se hace intragable, en la que vemos a esta versión
irreconocible de Karnak pasearse por distintas locaciones exóticas donde tira
frases de filosofía oriental y –sobre todo- mata gente por kilo, sin piedad,
sin necesidad, sin el menor resquemor. Hay algunos diálogos filosos, lindos,
hay un trabajo más que aceptable en el querido Phil Coulson (lo más parecido a
un secundario con chapa que tiene el arquito), y quizás lo más rescatable sea
el quinto episodio, donde Ellis rompe durante unas cuantas páginas la lógica de “Karnak avanza de un punto A
a un punto B masacrando a todo lo que se interpone en su paso”.
Nada, este no es el Karnak
de los Inhumans. Es un clon maligno, o algo así. Nunca fue un personaje con el
que fuera fácil identificarse o establecer algún vínculo afectivo, pero acá ya
llega un momento en que lo detestás, por soberbio, por manipulador y por
asesinar gente a mansalva. Un faux pas de Warren Ellis (hoy expuesto y cuestionado
por ciertas conductas de “depredador sexual”) muy manchado de sangre, vísceras
y mala leche que no son en absoluto esenciales para que funcione la trama. Y
Gerardo (que hoy cumple años) tiene momentos de gran lucimiento, pero también
secuencias en las que la narrativa no logra fluir armónicamente, entre todas
esas viñetas llenas de machaca, rayitas y tramitas mecánicas. Y aún así está a años
luz de los pobres pibes que trataron de reemplazarlo.
Obviamente esto sólo te lo
puedo recomendar si sos un/a completista de Ellis o de Zaffino. Si no,
cualquiera de los dos te va a ofrecer obras más logradas. Y si te copan los
Inhumans clásicos, escapale a esto como si transmitiera SIDA, cáncer, tuberculosis
y covid-19.
Nada más, por hoy. Sigo
leyendo, así nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 20 de mayo de 2019
LUNES LLUVIOSO
Mientras los fans del
ajuste salvaje y la inflación descontrolada buscan archivos viejos en los que
Alberto basureaba a Cristina o viceversa, sigo avanzando con las lecturas.
Me voy a los ´80, cuando
Eleuteri Serpieri publica Druuna, la secuela de Morbus Gravis protagonizada por
la escultural morocha que da título a la obra. Estamos todavía en los albores
de la saga de Druuna, cuando Serpieri todavía trataba de llevar adelante un
relato de aventuras ambientadas en un mundo post-holocausto, signado por la
decadencia, la putrefacción y las mutaciones horrendas. Así es como en estas 62
páginas se ve un esfuerzo por hacer avanzar una trama, hay una especie de
misión que Druuna debe cumplir y eso funciona como brújula para la acción, que
tampoco es tanta. No es un gran guión, aclaremos de antemano. Parece una mala
copia de una saguita de las que escribía Ricardo Barreiro en Fierro o Skorpio,
con menos violencia, escenas oníricas intercaladas con un criterio medio
dudoso… y hasta con menos garches de los que uno espera en un comic de Druuna.
No te digo que me dejó un
poco frío, porque constaté que aún a esta edad, en los umbrales de la
ancianidad, Druuna sigue provocando revoluciones hormonales de esas que hacen
casi inviable leer este material en un lugar público, donde esté mal visto
mandarse una mano por abajo de los lienzos. Esta no es una aventura de
palo-y-palo, sino una aventura bien al palo, que no es lo mismo. Lo que falta
en materia de ritmo, de potencia narrativa, sobra en el rubro cachondeo. Ver a
Druuna en pelotas, atada, recibiendo latigazos, en esas tomas que subrayan las
redondeces de las cachas o el escote, o verla participar voluntaria o
involuntariamente de esos garches, son algunos de atractivos realmente
insoslayables que tiene esta historieta. Es un recurso berreta, efectista, pero
puesto sobre la página por un tipo que tiene un dominio de la anatomía en
general y de la femenina en particular absolutamente magistral.
Serpieri es un dotado, un
dibujante tocado por la varita mágica, que sabe sacar lo mejor del estilo
académico-realista, darle onda, fluidez, ponerlo en función de la trama (aunque
sea una trama medio pelo) y no sólo del impacto (aunque esta saga se basa mucho
en eso). Además se rompe el culo en los fondos, las armas, los monstruos… No es
solamente un dibujante de minas que están buenísimas y lucen escasa vestimenta.
Serpieri le canta “quiero retruco” en todas las viñetas a José Luis Salinas,
que es claramente su principal influencia, y a la vez se despega del maestro
cuando le agrega al dibujo esa plasticidad, ese dinamismo que por ahí asociamos
más con Alberto Salinas, o con Juan Zanotto, o con Antonio Hernández Palacios,
por citar sólo a algunos seguidores destacados del glorioso José Luis. O sea
que si te gusta esa estética (o leer historietas con una sola mano) sabés que
con Druuna la vas a pasar bomba.
Hace casi un mes, el 23 de
Abril, me tocó reseñar el Vol.1 de Nextwave, Agents of H.A.T.E. y me gustó
muchísimo. La verdad que lo que tengo para decir del Vol.2 se parece demasiado
a lo que ya escribí en la reseña del Vol.1 y no se me ocurre qué carajo
inventar para no repetirme como un ganso.
Creo que lo más destacado
del tomo es el episodio 10, cuando Warren Ellis y Stuart Immonen juegan a
disfrazarse de otros autores para mostrarnos esas secuencias limadas que
transcurren en la mente de los distintos personajes. Ya sólo con las tres
páginas dedicadas a Elsa Bloodstone en las que Immonen dibuja a lo Mike Mignola
sobraba para ganarse mi ovación, pero hubo mucho más magia y más aciertos. Y en
el episodio 11, puestos a transgredir un poco más, tenemos esa seguidilla de
seis dobles splash-pages en las que los “héroes” va avanzando por un pasillo
dentro de una base secreta llena de peligros. Acá el maestro Ellis se llama al
silencio y el Immonen clava la cámara, la deja fija a lo largo de DOCE páginas.
Sí, doce páginas sin texto, en la que vemos seis ilustraciones a doble páginas
en las que la cámara está inmóvil y lo que se mueven son los personajes. Es un
laburo demecial de composición, de puesta en escena, y de diseño de personajes
porque Immonen mete en la trifulca a los bichos más bizarros y disparatados que
te puedas imaginar, desde androides, samurais y dinosaurios a chimpancés
disfrazados de Wolverine y enanos vestidos de BDSM. Un kilombo realmente
maravilloso.
Y bueno, nada más.
Recontra-recomiendo Nextwave, sobre todo a los fans de la Justice League de
Giffen y DeMatteis. O a los que extrañan a Immonen y quieren descubrir un
trabajo muy atípico del ídolo canadiense.
Nos reencontramos pronto
con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 23 de abril de 2019
NOCHE DE MARTES
Tengo sueño, pero como
este mes vengo posteando poco en el blog, me la banco y no dejo para mañana lo
que puedo reseñar hoy.
Me pareció muy acertada la
idea de la colección Continuará de nuclear en un mismo libro el Dr. Fogg y
Undermédanos, dos historietas de los ´80 en las que vemos al gran Lito
Fernández romper el molde de la historieta más industrial, la que produjo por
toneladas para las revistas de Columba y el combo binacional Skorpio/
LancioStory. En ambas historias vemos a un Fernández más suelto, dispuesto a
arriesgar más, muy comprometido con la creación de climas, muy generoso en el
trabajo de fondos y hasta por momentos vanguardista en la puesta en página y la
composición de las viñetas, sobre todo en Undermédanos.
Dr. Fogg es una historia
breve (28 páginas) escrita por el maestro Carlos Albiac, bastante en la línea
de la fantasía oscura con algo de realismo mágico que años más tarde ofrecería
el sello Vertigo. En 28 páginas no se puede pretender mucha profundidad en la
psiquis de los personajes y quizás eso sea lo que le falta a Dr. Fogg para ser
aún mejor de lo que ya es. Eso y el rotulado, que es pesadillesco. De todos
modos, es una perlita, una historieta breve, sumamente satisfactoria y extraña
en el contexto de la historieta argentina de principios de los ´80.
Undermédanos, en cambio,
tiene la intención de ser una buena historieta, pero tropieza con sus propias
pretensiones. El guión le pertenece a Oscar Armayor, un autor bastante
prolífico durante los ´80, que nunca fue ascendido al status de “maestro” ni
por los lectores ni por la crítica. Armayor plantea una especie de alegoría, es
decir, quiere bajar una línea ideológica por atrás de la aventura, utilizar a
esta como “puesta en escena” de un mensaje que nos quiere transmitir. Pero
narra todo en forma demasiado caótica. Hay cosas que no se terminan de
entender, la curva dramática no está muy pronunciada, están mal elegidos los
momentos que se enfatizan y los que se des-enfatizan, los personajes
secundarios se quedan en estereotipos muy básicos… y encima los experimentos de
Lito en materia de técnicas de dibujo y puesta en página no contribuyen
precisamente a sumar claridad al relato.
El resultado es un poco
frustrante, porque si tenés a Lito dibujando a ese nivel, así de jugado, con
esas ganas de romper todo, daba para aprovecharlo más, con un guión más sólido.
Visualmente, es un despelote absolutamente cautivante, 100% imprescindible para
los fans del co-creador de Dennis Martin. Ojalá algún día se reediten esos
clásicos que hizo Lito para Skorpio junto Eduardo Mazzitelli, que son un pico
en su extensa carrera.
Salto a 2006, cuando
Marvel publica una serie rarísima: Nextwave, Agents of H.A.T.E., una comedia
pasada de rosca escrita por el maestro Warren Ellis y dibujada por un Stuart
Immonen rarísimo, que cambia su grafismo habitual por otro más anguloso, más
sintético, como si se amalgamara con Phil Hester, ponele, pero más jugado al
color, menos dependiente de las masas negras. Un trabajo realmente notable de
Immonen, sobre todo por la búsqueda de una impronta distinta, que le permite
enfatizar las expresiones faciales de los personajes sin descuidar la machaca
estridente ni el dinamismo extremo de los cuerpos en movimiento.
El guión de Ellis es
extraño porque se trata básicamente de una comedia al estilo Justice League de
Giffen y DeMatteis. Superhéroes de la B Metropolitana, diálogos filosos,
confusiones, enredos, villanos deliberadamente pedorros… El único upgrade que
le mete Ellis a la fórmula de la JLI son las puteadas, que en 1988 no se podían
poner y en 2006 sí, aunque no leamos exactamente la palabra “fuck”. La sátira a
SHIELD y en especial a Nick Fury es descarnada, va más a fondo de lo que iría
cualquier guionista de DC si le dicen “haceme una historieta en joda parodiando
a SHIELD y Nick Fury”. El nivel de mala leche sube con cada arquito argumental de
dos números, al igual que el nivel de violencia, que se exarceba intencionalmente,
para lograr un efecto humorístico.
Este primer TPB trae tres
aventuras y hay tres más en el Vol.2 que prometo leer pronto. Hasta ahora, me
vengo cagando de risa. Pero claro, me queda la sensación agridulce de saber que
nada de lo que pase acá tenddrá consecuencias reales para nadie, porque
H.A.T.E. no es S.H.I.E.L.D., Dirk Anger no es Nick Fury, y tarde o temprano otros
guionistas querrán usar a Monica Rambeau, Machine Man, Tabitha Smith o Elsa
Bloodstone y no les va a quedar otra que barrer estas aventuras abajo de la
alfombra y hacerse bien los boludos, como si nada de esto hubiese sucedido. Por
suerte, los buenos momentos que pasamos leyendo este comic no nos los quita
nadie.
Nada más por hoy. Ni bien
tenga más material leído, posteo de nuevo acá en el blog.
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lunes, 19 de junio de 2017
GELIDA NOCHE DE LUNES
Es lunes, hace un frío de la concha de la lora y lo único que tenemos para rescatar es que, si sos asalariado, mañana martes te podés quedar en tu casa en vez de ir a laburar. El resto, todo tirando a choto, incluyéndome a mí, que vengo muy lento en esto de leer comics y reseñarlos. Es un momento complicado, donde realmente se me hace difícil encontrar los tiempos para esto que antes me salía de taquito. Paciencia…
Sigo leyendo comic yanki de 2014 como si fuera novedad. Esta vez le entré al Vol.1 de Moon Knight, el que trae los seis episodios escritos por Warren Ellis y dibujados por Declan Shalvey, el equipo que me conquistó incondicionalmente en Injection. Como lo hiciera en su momento con la gloriosa Fell, acá Ellis intenta contar en cada episodio una historia autoconclusiva. A veces le sale bien, y a veces para asegurarse de que llega a resolver todo en 20 páginas, desarrolla hasta el infinito ideas que daban para 10 ó 12. Repasemos.
El primer capítulo sirve para presentarle a Moon Knight a los nuevos lectores. Quién es, qué hace, por qué hace lo que hace y qué cambió respecto de la última vez que lo vimos. Bien, tranqui. Lo justo y necesario para convencernos de que era mejor lanzar la enésima serie de Moon Knight que contar estas historias con un personaje 100% nuevo. El segundo episodio es un choreo, una trama para ocho páginas, contada en 20. La tercera está bien, es muy sencilla, pero también bizarra y perturbadora, y funciona bien como un upgrade raro del personaje. La cuarta es otra muy buena idea… para 12 páginas, a lo sumo. Narrada en 20 es medio delictiva. La quinta directamente da vergüenza ajena, no daba ni para un back-up. Y la sexta y última es la más interesante, la más jugada a la construcción de un personaje, a la indagación en las consecuencias de las cosas que hizo Moon Knight en el pasado, la que muestra mayor interés de Ellis por el personaje, su historia y su potencial. Lástima que sea la última.
Por suerte esas historias totalmente estiradas tienen el inmenso atractivo de estar dibujadas por un Shalvey inspiradísimo, que deslumbra con la puesta en página, con los truquitos de montaje, que deja la vida en los fondos, que te devasta con las escenas de acción y que (como siempre) se complementa a la perfección con la paleta de la gloriosa Jordie Bellaire.
Después de esta etapa, viene la de Brian Wood (también muy breve), así que seguramente seguiré comprando TPBs de Moon Knight, a ver si alguno logra sorprenderme con algún enfoque realmente novedoso que no consista en limpiarse el orto con las bases que construyó para el personaje el maestro Doug Moench.
Salto a 2016, y me vengo a Argentina para leer Wampum y Wigwams, un recopilatorio de historias cortas originalmente realizadas para el mercado italiano por el guionista Gustavo Schimpp y el mito viviente, Quique Alcatena, otro de los fetiches de este blog. Son 10 relatos autoconclusivos ambientados en el norte de EEUU y sur de Canadá, los bosques dominados por los iroqueses, los mohicanos, los ottawa y otros bravos guerreros de piel roja, en los que tienen mucho peso los elementos sobrenaturales, tomados de las tradiciones, los mitos y los relatos folklóricos de estos pueblos indígenas.
En general, las historias están buenas. A veces las resoluciones son un poquito obvias: vos sabés para qué lado van a inclinar la balanza cada uno de estos elementos sobrenaturales, porque casi todos se definen de antemano como benignos o malignos, como los yokai del folklore japonés. Y a veces a los guiones les falta contundencia. Ideas que daban para 8 ó 10 páginas, narradas en 13 ó 14 pierden un poco de fuerza. Lo cual no es tanto culpa de Schimpp sino del formato que exigen las antologías italianas. La prosa de Schimpp es muy sólida (no esperes la magia de Mazzitelli), se nota su amplio conocimiento del tema y la época que explora, y siempre están las ganas de dejarte algo más que la aventura, o que la resolución de un conflicto por la vía de la violencia.
Pero, lógicamente, lo que hace indispensable a este libro es el dibujo de Alcatena. Si te aburrió la onda de fantasía épica, los mundos ficticios, o las reinterpretaciones limadas de las culturas antiguas que suele hacer Quique, esto te va a volver a enamorar, porque está todo tomado de la realidad, de la historia posta de estas culturas. Wampum y Wigwams tiene monstruos y criaturas zarpadas, pero todas están basadas en animales que existen en la naturaleza. Hasta los fantasmas y espectros tienen un rigor documental alucinante en la ropa, peinados, pinturas rituales, etc.. Las armas, las construcciones, todo está milimétricamente cuidado. Además acá Quique opta por una puesta en página más tradicional, sin esas viñetas enormes, sin esos ornamentos fastuosos que le pone a los marcos de las viñetas. Y aún así, su talento para asombrarnos con los detalles brilla en esos paisajes majestuosos, en esos árboles que parecen estar vivos, en esos rostros tallados por los años, el frío y las guerras.
Un trabajo espectacular de Alcatena, lejos de su zona de confort (¿hay alguna zona del dibujo donde Quique no se sienta cómodo?), pero con todas las pilas puestas tanto en la narrativa como en los climas y sobre todo en la reproducción de la infinita y fascinante naturaleza con la que convivieron estas tribus antes de que los blancos las exterminaran.
Vuelvo pronto con más reseñas…
Sigo leyendo comic yanki de 2014 como si fuera novedad. Esta vez le entré al Vol.1 de Moon Knight, el que trae los seis episodios escritos por Warren Ellis y dibujados por Declan Shalvey, el equipo que me conquistó incondicionalmente en Injection. Como lo hiciera en su momento con la gloriosa Fell, acá Ellis intenta contar en cada episodio una historia autoconclusiva. A veces le sale bien, y a veces para asegurarse de que llega a resolver todo en 20 páginas, desarrolla hasta el infinito ideas que daban para 10 ó 12. Repasemos.
El primer capítulo sirve para presentarle a Moon Knight a los nuevos lectores. Quién es, qué hace, por qué hace lo que hace y qué cambió respecto de la última vez que lo vimos. Bien, tranqui. Lo justo y necesario para convencernos de que era mejor lanzar la enésima serie de Moon Knight que contar estas historias con un personaje 100% nuevo. El segundo episodio es un choreo, una trama para ocho páginas, contada en 20. La tercera está bien, es muy sencilla, pero también bizarra y perturbadora, y funciona bien como un upgrade raro del personaje. La cuarta es otra muy buena idea… para 12 páginas, a lo sumo. Narrada en 20 es medio delictiva. La quinta directamente da vergüenza ajena, no daba ni para un back-up. Y la sexta y última es la más interesante, la más jugada a la construcción de un personaje, a la indagación en las consecuencias de las cosas que hizo Moon Knight en el pasado, la que muestra mayor interés de Ellis por el personaje, su historia y su potencial. Lástima que sea la última.
Por suerte esas historias totalmente estiradas tienen el inmenso atractivo de estar dibujadas por un Shalvey inspiradísimo, que deslumbra con la puesta en página, con los truquitos de montaje, que deja la vida en los fondos, que te devasta con las escenas de acción y que (como siempre) se complementa a la perfección con la paleta de la gloriosa Jordie Bellaire.
Después de esta etapa, viene la de Brian Wood (también muy breve), así que seguramente seguiré comprando TPBs de Moon Knight, a ver si alguno logra sorprenderme con algún enfoque realmente novedoso que no consista en limpiarse el orto con las bases que construyó para el personaje el maestro Doug Moench.
Salto a 2016, y me vengo a Argentina para leer Wampum y Wigwams, un recopilatorio de historias cortas originalmente realizadas para el mercado italiano por el guionista Gustavo Schimpp y el mito viviente, Quique Alcatena, otro de los fetiches de este blog. Son 10 relatos autoconclusivos ambientados en el norte de EEUU y sur de Canadá, los bosques dominados por los iroqueses, los mohicanos, los ottawa y otros bravos guerreros de piel roja, en los que tienen mucho peso los elementos sobrenaturales, tomados de las tradiciones, los mitos y los relatos folklóricos de estos pueblos indígenas.
En general, las historias están buenas. A veces las resoluciones son un poquito obvias: vos sabés para qué lado van a inclinar la balanza cada uno de estos elementos sobrenaturales, porque casi todos se definen de antemano como benignos o malignos, como los yokai del folklore japonés. Y a veces a los guiones les falta contundencia. Ideas que daban para 8 ó 10 páginas, narradas en 13 ó 14 pierden un poco de fuerza. Lo cual no es tanto culpa de Schimpp sino del formato que exigen las antologías italianas. La prosa de Schimpp es muy sólida (no esperes la magia de Mazzitelli), se nota su amplio conocimiento del tema y la época que explora, y siempre están las ganas de dejarte algo más que la aventura, o que la resolución de un conflicto por la vía de la violencia.
Pero, lógicamente, lo que hace indispensable a este libro es el dibujo de Alcatena. Si te aburrió la onda de fantasía épica, los mundos ficticios, o las reinterpretaciones limadas de las culturas antiguas que suele hacer Quique, esto te va a volver a enamorar, porque está todo tomado de la realidad, de la historia posta de estas culturas. Wampum y Wigwams tiene monstruos y criaturas zarpadas, pero todas están basadas en animales que existen en la naturaleza. Hasta los fantasmas y espectros tienen un rigor documental alucinante en la ropa, peinados, pinturas rituales, etc.. Las armas, las construcciones, todo está milimétricamente cuidado. Además acá Quique opta por una puesta en página más tradicional, sin esas viñetas enormes, sin esos ornamentos fastuosos que le pone a los marcos de las viñetas. Y aún así, su talento para asombrarnos con los detalles brilla en esos paisajes majestuosos, en esos árboles que parecen estar vivos, en esos rostros tallados por los años, el frío y las guerras.
Un trabajo espectacular de Alcatena, lejos de su zona de confort (¿hay alguna zona del dibujo donde Quique no se sienta cómodo?), pero con todas las pilas puestas tanto en la narrativa como en los climas y sobre todo en la reproducción de la infinita y fascinante naturaleza con la que convivieron estas tribus antes de que los blancos las exterminaran.
Vuelvo pronto con más reseñas…
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jueves, 19 de enero de 2017
UNA LARGA Y DOS CORTAS
¿Qué hacés, Batman, tanto tiempo…? Volví a leer algo de Batman, en este caso un TPB que reúne tres arcos argumentales originalmente aparecidos en la revista Legends of the Dark Knight, uno del ´95, uno del ´96 y uno del ´97.
Para respetar el orden en el que salieron en la revista, el TPB arranca con Werewolf, un arco escrito por James Robinson, sumamente estirado. Son 75 páginas dedicadas a una trama que se podría haber desarrollado tranquilamente en 48 y que ni siquiera es muy interesante. Por ahí hay climas logrados, algún diálogo, pero en general está MUY por debajo de Blades, aquella memorable participación de Robinson en LOTDK. El dibujo es de John Watkiss, artista al que uno habitualmente asocia con el aburrimiento, y los más flojitos de estómago, a la náusea. Acá se nota la intención de Watkiss de dibujar y narrar bien, pero no lo logra. Intuyo que el dibujo se vería mejor en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar categóricamente.
El segundo arco tiene un equipazo: guión de Warren Ellis, dibujos de John McCrea. Pero es de 1996, acá Ellis todavía no había explotado ni en StormWatch ni en Transmetropolitan y la saguita, si bien tiene un par de ideas buenas, no entra ni en pedo a un Top Ten de obras del inglés, ni de arcos de LOTDK. Lo mejor es el final, las últimas tres páginas, donde Ellis pone arriba de la mesa el dilema ético que subyace en toda la historia. El dibujo de McCrea es adusto, intenso y está siempre agazapado, a la espera del momento justo para impactar.
Y el tercer y último arco está a cargo de una dupla que ya jugaba de memoria: Alan Grant y Quique Alcatena, creo que en su primera visita conjunta a Gotham. El guión de la Bruja no es gran cosa: lo salvan algunos diálogos exquisitos de Alfred (¿quién si no?) y el buen aprovechamiento del hecho de que esta aventura transcurre durante el primer mes de Bruce Wayne como Batman, cuando todavía estaba muy verde. El resto, muy de manual, muy predecible. El dibujo de Alcatena, glorioso como siempre, con el atractivo extra de verlo dibujar lo que rara vez dibuja en sus historietas de corte más fantástico: callejones, tugurios, cloacas y una versión todavía muy primitiva de la Batcave. Todo esto con un ritmo y una puesta en página que no tienen nada que ver con los de sus trabajos para Italia. Como era de esperar, la magia de Quique le levanta el puntaje general al libro, que dentro de todo, aprueba dignamente.
Me voy a Inglaterra, donde en 1989 a algún transtornado se le ocurre editar como un álbum de tapa dura, a todo culo y en formato pequeño (24.5 x 16.5) dos historietas muy cortas del maestro francés Serge Clerc. Sam Bronx and the Robots y Murder in Megaville son relatos breves, en el mismo mundo y con los mismos personajes, y tuve que buscar páginas de las historietas en francés para convencerme de que Clerc las dibujó así, de a dos viñetas por página, porque pareciera un remontaje bizarro de una historieta planteada de modo más tradicional. Pero no, la bizarreada se la mandó Clerc, que decidió narrar historias en 32 y 18 viñetas, respectivamente, en las que la puesta en página está supeditada a la elección del formato (una viñeta arriba y otra abajo) y donde el dibujo se luce muchísimo. Pasan muy poquitas cosas, el desarrollo argumental es mínimo… pero ves esa línea, esos trazos, esas masas de negro, esas tramas mecánicas, esos fondos, esas líneas cinéticas… y nada te importa una chota. Es Clerc dibujando con todas las pilas y eso recontra-alcanza y recontra-sobra.
Y termino con la edición argentina de Del Otro Lado, del español Linhart, alq ue alguna vez nos cruzamos en alguna antología. Los tres episodios de Del Otro Lado son formidables: es una serie que narra las no-aventuras de Pablo Picasso, John Lennon, Albert Einstein, Lenin y Elvis Presley en una especie de limbo, un purgatorio extraño y sombrío. Linhart no sólo descolla en la gráfica, sino que tira muchísimas ideas y reflexiones geniales. Pero la serie llegó sólo hasta el tercer episodio (lejos el mejor) y el resto del tomo se completa con historias cortas, sin personajes recurrentes. Acá hay climas que remiten a Franz Kafka (también homenajes explícitos), conceptos dignos de Sigmund Freud y algunos achacos medio alevosos a Charles Burns. El nivel de los guiones, en estas historias autocionclusivas es muy desparejo. Algunas, de hecho, parecen estar hechas sin guión, así, al voleo. Pero bueno, de última siempre garpa el dibujo, que es inquietante, sugestivo y se apoya en una destreza técnica poco frecuente.
No me queda un choto sin leer, así que vuelvo cuando se me acumulen algunas lecturas. Será hasta entonces…
Para respetar el orden en el que salieron en la revista, el TPB arranca con Werewolf, un arco escrito por James Robinson, sumamente estirado. Son 75 páginas dedicadas a una trama que se podría haber desarrollado tranquilamente en 48 y que ni siquiera es muy interesante. Por ahí hay climas logrados, algún diálogo, pero en general está MUY por debajo de Blades, aquella memorable participación de Robinson en LOTDK. El dibujo es de John Watkiss, artista al que uno habitualmente asocia con el aburrimiento, y los más flojitos de estómago, a la náusea. Acá se nota la intención de Watkiss de dibujar y narrar bien, pero no lo logra. Intuyo que el dibujo se vería mejor en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar categóricamente.
El segundo arco tiene un equipazo: guión de Warren Ellis, dibujos de John McCrea. Pero es de 1996, acá Ellis todavía no había explotado ni en StormWatch ni en Transmetropolitan y la saguita, si bien tiene un par de ideas buenas, no entra ni en pedo a un Top Ten de obras del inglés, ni de arcos de LOTDK. Lo mejor es el final, las últimas tres páginas, donde Ellis pone arriba de la mesa el dilema ético que subyace en toda la historia. El dibujo de McCrea es adusto, intenso y está siempre agazapado, a la espera del momento justo para impactar.
Y el tercer y último arco está a cargo de una dupla que ya jugaba de memoria: Alan Grant y Quique Alcatena, creo que en su primera visita conjunta a Gotham. El guión de la Bruja no es gran cosa: lo salvan algunos diálogos exquisitos de Alfred (¿quién si no?) y el buen aprovechamiento del hecho de que esta aventura transcurre durante el primer mes de Bruce Wayne como Batman, cuando todavía estaba muy verde. El resto, muy de manual, muy predecible. El dibujo de Alcatena, glorioso como siempre, con el atractivo extra de verlo dibujar lo que rara vez dibuja en sus historietas de corte más fantástico: callejones, tugurios, cloacas y una versión todavía muy primitiva de la Batcave. Todo esto con un ritmo y una puesta en página que no tienen nada que ver con los de sus trabajos para Italia. Como era de esperar, la magia de Quique le levanta el puntaje general al libro, que dentro de todo, aprueba dignamente.
Me voy a Inglaterra, donde en 1989 a algún transtornado se le ocurre editar como un álbum de tapa dura, a todo culo y en formato pequeño (24.5 x 16.5) dos historietas muy cortas del maestro francés Serge Clerc. Sam Bronx and the Robots y Murder in Megaville son relatos breves, en el mismo mundo y con los mismos personajes, y tuve que buscar páginas de las historietas en francés para convencerme de que Clerc las dibujó así, de a dos viñetas por página, porque pareciera un remontaje bizarro de una historieta planteada de modo más tradicional. Pero no, la bizarreada se la mandó Clerc, que decidió narrar historias en 32 y 18 viñetas, respectivamente, en las que la puesta en página está supeditada a la elección del formato (una viñeta arriba y otra abajo) y donde el dibujo se luce muchísimo. Pasan muy poquitas cosas, el desarrollo argumental es mínimo… pero ves esa línea, esos trazos, esas masas de negro, esas tramas mecánicas, esos fondos, esas líneas cinéticas… y nada te importa una chota. Es Clerc dibujando con todas las pilas y eso recontra-alcanza y recontra-sobra.
Y termino con la edición argentina de Del Otro Lado, del español Linhart, alq ue alguna vez nos cruzamos en alguna antología. Los tres episodios de Del Otro Lado son formidables: es una serie que narra las no-aventuras de Pablo Picasso, John Lennon, Albert Einstein, Lenin y Elvis Presley en una especie de limbo, un purgatorio extraño y sombrío. Linhart no sólo descolla en la gráfica, sino que tira muchísimas ideas y reflexiones geniales. Pero la serie llegó sólo hasta el tercer episodio (lejos el mejor) y el resto del tomo se completa con historias cortas, sin personajes recurrentes. Acá hay climas que remiten a Franz Kafka (también homenajes explícitos), conceptos dignos de Sigmund Freud y algunos achacos medio alevosos a Charles Burns. El nivel de los guiones, en estas historias autocionclusivas es muy desparejo. Algunas, de hecho, parecen estar hechas sin guión, así, al voleo. Pero bueno, de última siempre garpa el dibujo, que es inquietante, sugestivo y se apoya en una destreza técnica poco frecuente.
No me queda un choto sin leer, así que vuelvo cuando se me acumulen algunas lecturas. Será hasta entonces…
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