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domingo, 8 de marzo de 2026
CORTITO Y AL PIE
Hoy dos reseñas breves, porque estoy bastante metido con otros temas que requieren atención, entre ellos la organización del evento anual de los Premios Cinder, para el que ya falta menos de un mes.
Prometí para Marzo más historieta latinoamericana, y acá estoy con Laberinto, una obra corta, escrita y dibujada por el maestro paraguayo Roberto Goiriz, que originalmente se serializó en Aces Weekly, la antología digital que dirige David Lloyd.
Nada, imposible que no me guste una historieta que gira en torno a la magia de la lectura, la cultura, la imaginación puesta al servicio del bien común, y que encima tiene guiños futboleros y homenajes a Jorge Luis Borges, Alberto Breccia, Robin Wood y Howard P. Lovecraft. En todo caso, lo que queda por evaluar es cómo hace Goiriz para meter todo eso en el contexto de un comic de aventuras. Sobre todo si pensamos que cuenta con solo 31 páginas para presentarnos a los personajes y el mundo en el que habitan, plantear un conflicto, llevarlo al climax y resolverlo. Y la verdad que lo logra de manera muy solvente. El misterio avanza, se enrosca, pasa de lo cotidiano a lo sobrenatural, llega a un punto de máxima tensión y desemboca en un final rápido, pero satisfactorio.
El dibujo es claro, sólido, siempre en una línea de realismo académico, pero con pinceladas de virtuosismo que me recordaron al malogrado Dave Stevens. En los momentos clave, Goiriz abandona la puesta en página tradicional en favor de una más ambiciosa, pero en ningún momento sacrifica la prolijidad en la forma de presentar gráficamente la narración. El color tal vez sea el rubro con más altibajos, donde el autor alterna hallazgos notables con decisiones (para mi gusto) más cuestionables.
A grandes rasgos, Laberinto es una muy bienvenida historieta de misterio y aventura, en la que se destacan un planteo sumamente original y un dibujo clásico, sobrio, y a la vez con mucho espacio para que Goiriz nos brinde un despliegue de imaginación a la altura de lo mejor de su vasta trayectoria.
Y llegué al final de East of West, la serie de Jonathan Hickman y Nick Dragotta que reseñé en su totalidad acá en el blog. ¿Es un final justo? Sí. Pierden los que merecían perder y zafan los que merecían zafar. ¿Es un final a la altura de la ambición que demostró la serie a lo largo de los diez tomos? No, lamentablemente. Sin ser una cagada, el final tiene mucho menos impacto del que amagaba con tener en la previa. Semejante construcción, con tantos años de trabajo, con un elenco tan amplio y complejo, con todas las situaciones tensas que se acumularon episodio a episodio, con todo ese clima de "se pudre todo" que los autores le insuflaron al relato, parecía que iba a desembocar en algo un poco más pulenta que lo que nos traen Hickman y Dragotta en el tomo final.
Hay momentos fuertes y emotivos, y hay (en las últimas páginas) un nuevo statu quo que hasta puede ser interesante para explorar en una eventual secuela. Y el dibujo está buenísimo, como siempre potenciado hasta el infinito y más allá por la extraordinaria labor del colorista Frank Martin. Pero no sé, esperaba más. Por la guita que hay que poner para tener los 10 tomos, por las horas que requiere leerlos, por el espacio que te ocupan en la biblioteca, por la chapa de los autores... por varios motivos esperaba más. El camino hasta acá fue bastante disfrutable, no es que sufrí o pedí la hora para llegar al final de East of West. Simplemente me parece que a lo largo de nueve tomos me convencieron de que esto era hiper-grosso, y el final no es hiper-grosso.
Nada más, por hoy. Disculpen la brevedad de los textos y vuelvan pronto, que en cualquier momento hay nuevas reseñas acá en el blog.
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sábado, 20 de septiembre de 2025
HOY, DOS CORTITAS
Entre los dos libros que tengo para reseñar hoy, no llegamos ni a las 120 páginas de historieta. Puede ser, entonces, que las reseñas queden un poco más breves que las habituales.
Hacía bastante que no visitaba La Mazmorra, pero qué regreso, la puta madre. Des Soldats d´Honneur, el décimo tomo de la serie Donjon: Monsters, entra cómodo al podio de los mejores álbumes de esta complejísima saga. Ubicado en el nivel 95, cuando Herbert ya es el Gran Khan y Marvin ya es el Rey Polvo, Des Soldats d´Honneur cambia totalmente el registro de lo que venían contando Lewis Trondheim y Joann Sfar en este universo, para ofrecernos una historia desgarradora, dramática, crepuscular, enchastrada de mala leche, melancolía y desazón.
Básicamente es la historia de un soldado absolutamente leal al Gran Khan, un guerrero de segundo orden que recibe la orden de arrestar y escoltar a su hermano (responsable de un incidente que en realidad fue provocado por el Rey Polvo), a quien debe dejar abandonado en el desierto, para que muera de sed y es lo coman los buitres. Los dos hermanos crecieron juntos y no se separaron un solo día, pero Görk no duda un instante en cumplir su mandato. La vida de Krag no es nada comparada al honor de servir al Gran Khan. ¿O sí? El álbum nos va a contar la sucesión de complicaciones y enredos en los que se mete Krag tratando de cumplir la sentencia que terminará con la vida de su hermano. Y lo hará de una manera seria, profunda, sin chistes, de modo que la crueldad y la violencia cobrarán otra impronta, porque ahora no está el humor para morigerarlas.
Sfar y Trondheim optan por no usar globos de diálogo. Incluso cuando las escenas se basan en conversaciones entre los personajes, todo está narrado en off por el propio Krag en bloques de texto que nos revelan, además de lo que se dice, lo que siente el protagonista en cada momento. Así, llegamos a meternos bien a fondo en la psiquis de este complejo y fascinante personaje, un hallazgo increíble dentro de este universo donde creíamos que todos los bichos eran "funny animals". Funny, las pelotas.
Y para hacer todo más oscuro, más épico, más apocalíptico y más crepuscular, el dibujante elegido para este álbum no es otro que el genio absoluto de Frederic Bezian. Y Bezian nos deleita con 46 páginas gloriosas, en las que no modifica nunca la grilla de seis viñetas iguales (la Gran Kirby), pero se luce con un par de polípticos magistrales. Es alucinante ver el universo casi siempre festivo de Le Donjon reinterpretado por Bezian en clave oscura, con su trazo sobrecargado, expresivo, obsesivo por momentos, con esa paleta de colores apagados, que potencian la tristeza y la desesperanza que impregnan el guion.
No se me ocurre por qué, en la época en que Norma publicaba La Mazmorra en álbumes individuales, dejó afuera de la colección a Des Soldats d´Honneur. Sin dudas estamos ante una obra maestra, una gema (otra gema) en la corona de Sfar y Trondheim, y un muy buen punto de entrada al universo ominoso y tétrico de Frederic Bezian.
Me voy a Paraguay, año 2020, cuando se edita La Joya, un álbum protagonizado por Warrior-M, el personaje creado por Robin Wood y Roberto Goiriz. Yo conocía al personaje por una saga anterior (supongo que era la primera), publicada en 2006 no en libro, sino en revista, también en una editorial paraguaya. En la que probablemente sea la última colaboración entre los dos maestros, Warrior-M vuelve para una aventura de 70 páginas, claramente estructurada en episodios de 10 páginas, pero que se leen de manera muy armoniosa, muy fluida, en este formato tipo novelita gráfica.
No me quiero hacer el boludo con esto: el personaje no me cae muy simpático. Es el típico macho recio, cancherito, cínico, que se hace el duro y que se gana a cualquier minita casi sin esfuerzo. Lo único copado de Warrior-M es que (a diferencia de otros héroes cancheros de Wood, como Dago) cobra de lo lindo. Warrior-M opera medio al margen del orden establecido, en un contexto de hard boiled clásico, pero transplantado a un futuro no muy lejano, onda Blade Runner, algo que Robin ya había probado con muy buenos resultados en Morgan, aquella serie que dibujaba Cacho Mandrafina a fines de los ´80. Lo más interesante de "La Joya" es que a Robin no le alcanza con combinar el policial hard boiled con la ambientación futurista, y desde temprano incorpora más elementos fantásticos, vinculados al mundo de las hadas. Una movida audaz e impredecible, porque cuando a vos te dicen "una onda Blade Runner", lo último que te imaginás son hadas y criaturas mágicas. Pero el guion las incorpora de un modo bastante orgánico, no se sienten como algo demasiado bizarro o traído de los pelos.
La aventura en sí no me pareció muy lograda, más allá de que Robin siempre te engancha con los diálogos filosos. El dibujo de Goiriz cumple muy dignamente. No es muy original (las poses de las chicas con escasa vestimenta nos resultan invariablemente familiares a los pajeros que alguna vez consumimos comics o revistas eróticas), pero es dinámico, generoso a la hora de dibujar fondos, hábil para ampliar el menú de enfoques y angulaciones, y está apuntalado por un trabajo magnífico del colorista Kike Espinoza. Espinoza logra combinar con naturalidad y talento el clima mugriento de la ciudad (típico del policial negro), con el neón y la tecnología futurista, y con el aura mágica de las hadas. No es poco, y Warrior-M se beneficia mucho de esta gran simbiosis entre el grafismo bien clásico, bien aventurero de Goiriz y la paleta de Espinoza.
"La Joya" está lejos de ser un trabajo realmente relevante en el contexto de la increíble carrera de Robin Wood, y si reviste algún interés particular (más allá del mero entretenimiento) es porque probablemente se trate de una de sus últimas obras... o al menos fue publicada cuando el ídolo ya se había retirado de la profesión.
Nada más, por hoy. Nos encontramos el miércoles a las 22:30 en la nueva emisión en vivo de Agenda Abierta (obviamente en el canal de YouTube de Comiqueando), o con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 2 de septiembre de 2025
NOCHE DE MARTES
Bueno, ya tengo leídos un par de libritos más. Veamos con qué nos encontramos esta vez.
Empiezo con el Vol.3 de Injection, la serie de Warren Ellis y Declan Shalvey que salía en Image, y de la cual vimos el Vol.1 allá por el 23/09/16 y el Vol.2 en tiempos un poco más recientes, el 29/04/24. Como ya comenté, la serie nunca pasó del nº15 y dejó sin resolver unas 763.344 puntas argumentales. Este tercer tomo recopila los últimos cinco episodios que llegó a realizar la dupla (allá por 2017) y por suerte es un arco sumamente autoconclusivo y con poca vinculación con la trama y los personajes centrales de los otros dos tomos. Tanto es asi, que podría publicarse (con mínimos retoques) como una obra aparte, con otro título. Hay menciones a los personajes que ya conocíamos y en algún momento Ellis se acuerda de relacionar lo que está pasando en esta historia con lo que pasó en los tomos anteriores. Pero es todo muy leve, muy sutil, no cambia en absoluto la esencia de la trama.
Lo realmente importante es que la historia es buenísima y que el personaje que desarrollan Ellis y Shalvey en este arco, Brigid Roth, tiene todo para volver en sagas futuras (ojalá algún día) porque despliega una personalidad tremenda y un gran potencial para este tipo de narraciones. Básicamente, este arco de Injection nos cuenta qué pasa cuando un elemento sobrenatural emerge de manera inesperada y disruptiva en el mundo hiper-tecno de hoy. Hay un juego muy interesante entre la tecnología de recontra-punta que maneja Brigid y la amenaza que debe investigar y -en lo posible- desactivar. La tradición oral, la naturaleza (lo que queda de la naturaleza), la propia disposición geográfica de los moros británicos parecen jugar a favor del misticismo, de lo inexplicable, pero hay gente muerta, y entonces alguien (en lo posible alguien racional) tiene que intervenir. Y ahí va Brigid, implacable, a vérselas con entuerto que parece superarla por todos lados.
El arco está un poquito estirado (por ahí con 20 páginas menos sería más impactante), pero Ellis siempre te hace llevadera la lectura con su manejo magistral de los diálogos, y con los personajes secundarios que acompañan (o complican) a Brigid. El dibujo de Declan Shalvey no es ni muy virtuoso ni muy espectacular, pero se pone muy bien al servicio del relato, acompaña sin fisuras lo que Ellis nos quiere contar. La genial colorista Jordie Bellaire le aporta un toque de magia al dibujo de Shalvey, y entre los dos logran una faz visual que no marca un antes y un después de nada, pero que se disfruta sin ninguna dificultad. Aca las claves son manejar el tempo de la narración para sostener la intriga y la sensación de "se está por ir todo a la mierda" y sobre todo lograr que los personajes sean expresivos. Y la verdad que Shalvey cumple más que dignamente en ambos rubros.
Una pena que no haya más Injection. La pasé bárbaro con estos tres tomitos y -sobre todo con este tercero- me quedó clarísimo que la consigna de la serie daba para mucho más de lo que llegamos a ver en estos 15 episodios. Warren, Declan, déjense de joder y retomen Injection, que acá tienen un comprador asegurado.
El maestro paraguayo Roberto Goiriz es uno de los autores latinoamericanos que aparecen con cierta regularidad en Aces Weekly, la antología digital que dirige el legendario David Lloyd. El año pasado, poco después de completar una aventura de su nuevo personaje en dicha publicación, Goiriz la compiló en un libro a todo color llamado Caín: Marca Mortal. Ojo, no se parece mucho a las recopilaciones de material de la Aces Weekly a las que nos acostumbró Loco Rabia con los tomos de Ladrones y Mazmorras (de Rodolfo Santullo y Jok): esos eran libros bastante voluminosos, que reunían varios episodios completos, y que utilizaban el formato de página vertical, de modo que en cada página entraban dos de las que ofrece Aces Weekly a sus lectores. Goiriz, en cambio, decidió armar un libro con solo 23 páginas de historieta, en el formato de la antología británica, es decir, apaisado. Está buenísimo para apreciar el dibujo del maestro en un tamaño bastante más grande que el habitual, pero se lee muy rápido y -lógicamente- para completar las 40 páginas que ofrece el libro, hay un montón de relleno (carátulas, prólogo, detalles acerca del backstage revelados por el autor, etc.). Es una edición muy cuidada, que le valió a Goiriz el premio a la Mejor Historieta Paraguaya del año, pero a mí me copa más cuando los libros traen mucha historieta para leer.
En este arco tenemos la presentación del personaje, que se apoya en una consigna muy ganchera: Caín, el hijo de Adán y Eva y asesino de su hermano Abel, es inmortal y actualmente vive en una gran metrópolis (probablemente de Inglaterra) donde trabaja como detective privado. Hasta ahí, todo genial. Después, la trama propiamente dicha me atrapó menos. Hay seres sobrenaturales entre los mortales, y como en toda aventura convencional, habrá un combate entre los buenos y los malos. Caín, en busca de la redención, está claramente del lado de los buenos y no hay siquiera un atisbo de ambigüedad al respecto. Ayuda a la (cuasi) arquetípica damisela en peligro, es amigo de un ángel y hasta tiene buena onda con la policía. Sin dudas una caracterización demasiado lineal para un personaje que ofrece ese nivel de complejidad. Pero bueno, la historia es breve, hay páginas con muy pocas viñetas, y por ahí el ritmo de publicación de un semanario no es el más amistoso para ahondar en la psiquis de los personajes. Hay que ir rápido al nudo, al kilombo, a la acción de palo-y-palo, que en esta historia por suerte no escasea.
Seguramente el principal atractivo para quien se acerque a Caín: Marca Mortal será el dibujo de Goiriz, esa combinación entre una estética clásica, elegante, sin sobresaltos, y un trabajo muy personal y muy bien logrado en el color. La puesta en página toma riesgos solo cuando la historia lo requiere, el texto está bien dosificado, y hay un solo momento, cerca del final, donde se nota que a Goiriz le cae la ficha de que tiene que cerrar el relato en poquísimo espacio y mete una cantidad brutal de viñetas (en las que pasan un montón de cosas) en apenas dos páginas. Veremos cómo evoluciona esta serie en futuras entregas. Y tengo otros trabajos de Roberto Goiriz para leer, en la pila de los pendientes.
Nada más, por hoy. La seguimos pronto acá, en el canal de YouTube, en el sitio web o en la fundamentalísima Comiqueando Digital.
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miércoles, 2 de julio de 2025
SE LARGA EL SEGUNDO SEMESTRE
Bueno, primero que nada, aclarar que el lunes cuando escribí la reseña de ese Essential Avengers escrito por Jim Shooter, no sabía que el autor había muerto unas horas antes. Fue una coincidencia desafortunada, nada más. Ahora sí, vamos con otras lecturas.
The Boys of Sheriff Street es una novela gráfica de los maestros Jerome Charyn y Jacques de Loustal que se dio a conocer originalmente en Francia en 1991 tardó apenas 25 años en publicarse en el país donde nació el guionista, y donde está ambientada la historia.
Se trata de una tragedia, un relato marcado por las pasiones y la violencia... en el que ambas cosas están totalmente desenfatizadas. Charyn cuenta el drama en los bloques de texto, con una voz neutra, que nos detalla las emociones y sensaciones de los protagonistas, mientras que Loustal dibuja tranquilo, con un trazo sintético, con figuras estáticas, a las que no te imaginás en movimiento para sacar un garrote y cagar a palos a otro personaje. De hecho, salvo cuando dibuja las calles oscuras del Lower East Side de Manhattan, el dibujo de Loustal es luminoso, casi amistoso, a años luz del pathos que conjura Charyn para estos mafiosos con códigos, a los que la violencia transformó en dioses todopoderosos y el amor redujo a babosas arrastradas y miserables.
Esta misma historia, contada con reyes medievales en algún país de Europa, podría cautivar sin el menor problema a cualquier fan de William Shakespeare. Hay un personaje un toque contrahecho, hay un conflicto entre hermanos, hay internas dentro de un círculo de poder, hay una mujer hermosa que saca de su eje al "emperador", hay ejércitos rivales a los que masacrar... Todos los elementos propios de un drama clásico, intenso, verosímil y pregnante están en las escuetas 60 páginas de The Boys of Sheriff Street. Es una obra que se lee rápido, principalmente porque tiene poco texto y porque Loustal rara vez dibuja más de seis viñetas por página.
¿Es un poquito fría? Sí, claro. Comparada con las obras de Charyn junto a François Boucq, es una heladera en Tierra del Fuego en pleno mes de Julio. Pero eso tiene que ver con la impronta gráfica de Loustal (del que ya hablamos por acá, y del que volveremos a hablar en un futuro cercano), a quien el propio Charyn elige para darle el guion. Entonces uno supone que el autor busca ESE efecto, esa forma de plasmar en secuencias lo que él escribe. Y lo que escribe son personajes muy complejos, muy humanos, envueltos en una historia donde no existe el concepto de "los buenos y los malos". Encima con un final raro, contradictorio, en el que el protagonista obtiene todo lo que quiso tener, pero a un precio tan alto que vos sentís que no solo no es feliz, sino que no lo va a ser nunca. Una vuelta de tuerca cargada de poesía y melancolía, que son sensaciones que el dibujo de Loustal transmite como pocos.
Me voy a Paraguay, año 2023, cuando Roberto Goiriz escribe y dibuja Soy el Pirata Jack, una muy breve novela gráfica de apenas 37 páginas en blanco y negro, apuntada al público juvenil.
El mundo de los sueños invade al mundo real, y los piratas que viajan en barcos voladores se llevan al joven Juan para convertirlo en Jack, un valiente corsario que encontrará su destino del otro lado, del lado de la fantasía, la aventura y las emociones que nos están vedadas a los que vivimos siempre de este lado de los sueños. Acá sí, tenemos una estructura más tradicional de buenos contra malos: si bien a lo largo del primer tramo Juan antagoniza con Barbarroja, cuando aparezcan los verdaderos villanos ambos dejarán sus diferencias de lado y combatirán juntos. Y no es mucho más lo que quiero contar del argumento, porque es una historia corta y no quiero caer en el spoiler berreta. Simplemente dejar sentado que hay un arco dramático que hace que el Juan de las primeras páginas no sea el mismo que el del final, y está perfectamente justificado.
Goriz plantea la narración de una manera ágil, dinámica, muy ganchera para el lector joven acostumbrado al despliegue visual del shonen o de los superhéroes. Y combina esto con un dibujo clásico, en el que aparecen un montón de texturas que me recordaron a Walther Taborda, diseños de personajes medio Alcatenescos, chicas sensuales en el estilo del mainstream yanki de los ´90, muecas faciales que parecen de Cam Kennedy, y un villano principal que me hizo acordar a Dominus, un enemigo de Superman creado por Dan Jurgens. Y claro, el Barbarroja de Goiriz no se diferencia casi nada del Barbe-Rouge de Jean-Michel Charlier y Victor Hubinon. Le ponés el parche en un ojo, y son (además de homónimos) prácticamente gemelos. Para enriquecer aún más el aspecto visual de la obra, en un momento Goiriz nos muestra un sueño de Juan que lo transporta a su infancia, y cambia totalmente el grafismo, para dibujar (una sola página) como en una típica historieta infantil, de las que también tiene unas cuantas en su vasta trayectoria.
Dicho así, parece un bolonki, pero no: es un caos controlado por un autor que sabe lo que está haciendo, y sobre todo qué es lo que quiere contar. La trama nunca se pierde en la sarasa onírica de "no se sabe qué es un sueño y qué es real", los diálogos son concisos, por momentos ingeniosos, y la resolución, si bien no es muy original, es adecuada y no desentona con lo que sucede hasta ese momento, ni con lo se espera de una historieta apuntada a un segmento etáreo mayoritariamente adolescente.
Soy el Pirata Jack le agrega una vuelta de tuerca atractiva a la clásica historia de "el pibe común que se va a vivir aventuras con los piratas", de modo que si se la das a un pibe de 10 a 15 o 16 años, no tengo dudas de que la va a disfrutar un montón, y le va a quedar grabada durante mucho tiempo.
Nada más, por hoy. Mil gracias a tod@s l@s que ya se descargaron la nueva Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y si todavía no lo hiciste, copate y llevate 372 páginas que son un verdadero lujo por un precio rayano en el absurdo. Y en un par de días, como siempre, nuevas reseñas acá en el blog.
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domingo, 26 de agosto de 2012
26/ 08: GRANDES HUMORISTAS PARAGUAYOS Vol.5
Hoy la recorrida por la historieta latinoamericana me lleva de nuevo a Paraguay, donde siempre termino por hablar del mismo autor: Roberto Goiriz, el hombre orquesta, el tipo capaz de realizar una novela gráfica de temática histórica junto a Robin Wood, o chistes al estilo de Rudy y Daniel Paz, todo a la vez y sin despeinarse.
La primera mitad de este libro está compuesta por chistes de una sóla viñeta, sin narrativa. Algunos están basados en situaciones coyunturales muy puntuales, obviamente de la realidad paraguaya pero, en general, se pueden entender y disfrutar en cualquier país que haya padecido la nefasta combinación entre gente pobre y dirigentes millonarios. La corrupción y las injusticias que denuncia Goiriz en sus chistes no son propiedad exclusiva del país hermano, lamentablemente, aunque a la hora de leer humor, eso sume. Por supuesto también hay chistes que no tienen que ver con la vida socio-política de Paraguay y ahí también Goiriz se las ingenia para sacarnos una sonrisa.
La segunda mitad del tomo es mucho más interesante, porque está compuesta básicamente por historietas, centradas en dos personajes. El primero es Jopo, un personaje muy universal, muy libre, casi surrealista, que arranca como protagonista de historietas de varias páginas (3 a 6), que parecen apuntadas al público infantil. Después las historias se estandarizan en una sóla página y el personaje empieza a bajar línea acerca de los medios de comunicación, la publicidad y el sistema capitalista. ¿Qué pasa ahí? Finalmente, Jopo se convierte en protagonista de una tira y en cada una Goiriz nos ofrece un chiste autoconclusivo. Y acá ya se va al otro extremo: TODOS esos chistes (supongo que realizados para un diario) se refieren a noticias, sucesos o situaciones de la realidad política, económica o social de Paraguay, y más precisamente de la ciudad de Asunción. Rarísimo periplo el de este personaje cuyo universo (atractivo y poblado de secundarios con mucho carisma) terminó subsumido al de las noticias del día.
Las cuatro páginas finales están dedicadas a otra tira, que claramente duró mucho menos: Juan Tinto, un personaje unidimensional (al estilo de Fallutelli, Cicuta, Ramona y un largo etcétera), pero muy gracioso y efectivo. Como su apellido lo sugiere, Juan Tinto le entra sin asco al vino y en las tiras lo vemos hacer las típicas boludeces que hacen todos los borrachos, aunque con mucho más ingenio y simpatía. A pesar de ser poquitas tiras, creo que esto es lo que más disfruté de todo el libro (y eso que no me gusta el vino), en parte porque el dibujo de Goiriz está muy afilado, muy sólido, con un gran equilibrio entre los espacios blancos (su especialidad es hacer humor con muuuucho espacio blanco) y las masas negras. Hay muchos aciertos en el dibujo, tanto en los chistes como en las distintas etapas por las que pasa Jopo, siempre dentro de un enfoque clásico. No le pidas a Goiriz que innove, ni que se zarpe. Como en sus historietas de aventuras, el paraguayo transita una línea de sobriedad y corrección, con imaginación, con ideas, pero sin asumir demasiados riesgos ni coquetear con los extremos.
No puedo ir mucho más allá, porque no me quiero poner a contar los chistes. La liquido con el reconocimiento a un autor al que por primera vez me encuentro dibujando sin narrar (yo sólo había leído sus historietas de aventuras) y al que le descubrí con mucho gusto esa otra faceta, la de los chistes, páginas y tiras cómicas, todas muy bien dibujadas y con un gran manejo del timing para el humor. Me quedo pensando si Goiriz se sentirá más a gusto rodeado de héroes y villanos en eternos combates entre el Bien y el Mal, o en estos universos minimalistas, ensimismados, poblados por criaturas que sólo existen en su imaginación y que no aspiran al menor grado de realismo, aunque muchas veces basen sus chistes en problemas reales...
La primera mitad de este libro está compuesta por chistes de una sóla viñeta, sin narrativa. Algunos están basados en situaciones coyunturales muy puntuales, obviamente de la realidad paraguaya pero, en general, se pueden entender y disfrutar en cualquier país que haya padecido la nefasta combinación entre gente pobre y dirigentes millonarios. La corrupción y las injusticias que denuncia Goiriz en sus chistes no son propiedad exclusiva del país hermano, lamentablemente, aunque a la hora de leer humor, eso sume. Por supuesto también hay chistes que no tienen que ver con la vida socio-política de Paraguay y ahí también Goiriz se las ingenia para sacarnos una sonrisa.
La segunda mitad del tomo es mucho más interesante, porque está compuesta básicamente por historietas, centradas en dos personajes. El primero es Jopo, un personaje muy universal, muy libre, casi surrealista, que arranca como protagonista de historietas de varias páginas (3 a 6), que parecen apuntadas al público infantil. Después las historias se estandarizan en una sóla página y el personaje empieza a bajar línea acerca de los medios de comunicación, la publicidad y el sistema capitalista. ¿Qué pasa ahí? Finalmente, Jopo se convierte en protagonista de una tira y en cada una Goiriz nos ofrece un chiste autoconclusivo. Y acá ya se va al otro extremo: TODOS esos chistes (supongo que realizados para un diario) se refieren a noticias, sucesos o situaciones de la realidad política, económica o social de Paraguay, y más precisamente de la ciudad de Asunción. Rarísimo periplo el de este personaje cuyo universo (atractivo y poblado de secundarios con mucho carisma) terminó subsumido al de las noticias del día.
Las cuatro páginas finales están dedicadas a otra tira, que claramente duró mucho menos: Juan Tinto, un personaje unidimensional (al estilo de Fallutelli, Cicuta, Ramona y un largo etcétera), pero muy gracioso y efectivo. Como su apellido lo sugiere, Juan Tinto le entra sin asco al vino y en las tiras lo vemos hacer las típicas boludeces que hacen todos los borrachos, aunque con mucho más ingenio y simpatía. A pesar de ser poquitas tiras, creo que esto es lo que más disfruté de todo el libro (y eso que no me gusta el vino), en parte porque el dibujo de Goiriz está muy afilado, muy sólido, con un gran equilibrio entre los espacios blancos (su especialidad es hacer humor con muuuucho espacio blanco) y las masas negras. Hay muchos aciertos en el dibujo, tanto en los chistes como en las distintas etapas por las que pasa Jopo, siempre dentro de un enfoque clásico. No le pidas a Goiriz que innove, ni que se zarpe. Como en sus historietas de aventuras, el paraguayo transita una línea de sobriedad y corrección, con imaginación, con ideas, pero sin asumir demasiados riesgos ni coquetear con los extremos.
No puedo ir mucho más allá, porque no me quiero poner a contar los chistes. La liquido con el reconocimiento a un autor al que por primera vez me encuentro dibujando sin narrar (yo sólo había leído sus historietas de aventuras) y al que le descubrí con mucho gusto esa otra faceta, la de los chistes, páginas y tiras cómicas, todas muy bien dibujadas y con un gran manejo del timing para el humor. Me quedo pensando si Goiriz se sentirá más a gusto rodeado de héroes y villanos en eternos combates entre el Bien y el Mal, o en estos universos minimalistas, ensimismados, poblados por criaturas que sólo existen en su imaginación y que no aspiran al menor grado de realismo, aunque muchas veces basen sus chistes en problemas reales...
sábado, 12 de junio de 2010
12/06: 1811

Sigo mi recorrida por la historieta reciente de los países latinoamericanos, y hoy, como pasé todo el día con Robin Wood, me puse las pilas para reseñar 1811, la novela gráfica en la que el creador de los greatest hits de la difunta editorial Columba recuenta en clave de historieta nada menos que la gesta de la independencia paraguaya.
Lo acompaña en el emprendimiento el maestro Roberto Goiriz, uno de los tipos que más saben de historieta paraguaya, y además uno de los historietistas paraguayos de mayor proyección internacional. Goiriz es una especie hombre del Renacimiento, que es la forma cool de llamar a los comodines, o a los jugadores de toda la cancha. Es ilustrador, diseñador gráfico, humorista, publicista, novelista, historietista, docente, y donde nos descuidemos, lo vamos a ver como intendente de Asunción, o como presidente de Cerro Porteño, el club de sus amores.
El trabajo de Goiriz en 1811 prioriza, ante todo, la accesibilidad. Experto en medios masivos, el dibujante sabe que la historieta se va a regalar junto al diario más vendido del país hermano, y en lugar de esforzarse por gustarle a los fanáticos del comic, pone todo para que la obra resulte visualmente atractiva para quien habitulamente no consume historietas. Todo está muy claro, muy fácil de digerir, y por ahí falta un poco más de expresionismo, un approach que acentuara desde lo gráfico el dramatismo de la historia, pero seguramente ese approach habría ahuyentado a ese lector ocasional al que apuntaba este trabajo. El colorista Edgar Arce, demasiado preocupado por iluminar cada escena con luz de vela o de fogón (que era lo que había en 1811) es el responsable de que sea casi imposible percibir algunos detalles finos y muy logrados del trazo de Goiriz, que uno pudo ver en sus originales en blanco y negro. Pero, de nuevo, el estilo utilizado por Arce es el ideal para que esta historieta le resulte atractiva al lector eventual. Goiriz, mientras tanto, no escatima algunas planificaciones más jugadas y pilotea con solvencia las extensas escenas donde sólo vemos gente hablando. Y por supuesto, trabaja con rigor histórico las vestimentas, armas y paisajes que la trama requiere.
Hablábamos del dramatismo de la historia, y la verdad es que Robin Wood la des-dramatiza bastante. Los personajes, más que héroes, son seres humanos. Y los picos de tensión, donde el tono deja de ser intimista y casi personal para acercarse a la epopeya, son uno o dos, puestos en momentos clave. Los protagonistas están (supongo yo desde el desconocimiento) un toque caricaturizados: el Doctor Francia es una especie de Sr. Spock, frío y calculador a niveles vulcanos, mientras que el Gobernador Velasco es un villano cobarde y carente de la menor dignidad. Manuel Belgrano aparece como un tipo equivocado pero bienintencionado y Fulgencio Yegros es una especie de Aragorn, que llega siempre en el momento justo para dar vuelta los combates decisivos.
Pero de nuevo, la historia además de humanizarse se respeta, y Robin plasma con rigor, pero también con onda, tanto las batallas como las intrigas palaciegas, que (si leíste Dago, Dax, o El Cosaco lo sabés bien) son una de sus especialidades. 1811 es un comic importantísimo para la historieta latinoamericana, de capital importancia para el Noveno Arte paraguayo, y que fuera de Paraguay puede abordarse como una lectura didáctica y dinámica, capaz de entretener al lector de aventura clásica casi sin proponérselo.
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