el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 1 de diciembre de 2023

VIERNES LLUVIOSO

Y cuando estás todo mojado, te leés un comic de Aquaman y listo... El otro día, cuando nos estábamos por juntar con Gonzalo Ruiz a grabar un episodio de Distinguida Competencia (que se va a poder escuchar desde el lunes en cualquier plataforma), me puse a repasar Kingdom Lost, el TPB de Aquaman que completa la etapa de De Will Pfeiffer y John Arcudi y llega hasta Infinite Crisis. Vendría a ser la continuación directa de los libros que reseñamos por acá los días 26/12/19 y 16/01/20. ¿Está bueno? La verdad que mal no está. Pero al pobre Arcudi lo destrozan cuando le exigen enganchar la saga que él estaba tejiendo con los sucesos de lo que se conoció como el "Countdown to Infinite Crisis". Acá hay una aparición muy forzada de un OMAC, y otra no tan forzada pero con consecuencias funestas de aquel Spectre recontra-sacado que protagonizaba la miniserie Day of Judgement. Para darle bola al embate del Spectre contra Atlantis, la trama descuida el desarrollo de los planes de Ocean Master y manda al banco de suplentes al otro sub-plot atractivo, que era el de Black Manta vinculado a turbios intereses para hacerse con el contro, de Sub Diego. El último episodio tendrá una tensa y satisfactoria venganza de Aquaman contra Manta, pero lo que pasa en el medio del tomo (el cataclismo místico de Atlantis) es tan desolador, que no alcanzan las páginas para quitarte ese sabor a derrota, a tragedia, a "se fueron al carajo". La batalla contra el Spectre deja un saldo de muertos y desaparecidos entre los que están los mejores personajes secundarios de la serie: Koryak, Vulko, Tempest, Mera... para los últimos capítulos sólo queda en pie Lorena Márquez (la nueva Aquagirl) a la que por suerte Arcudi construye como un personaje bastante interesante. Después vendrá el One Year Later y nada quedará como lo deja Arcudi en el nº39. Me imagino que la serie no vendería bien, porque si no, no se explica semejante cirugía mayor sin anestesia. De los ocho episodios que compila este libro, sólo uno está dibujado por Patrick Gleason, y lógicamente es el mejor. El grueso de las páginas restantes caen en manos de Leonard Kirk, ese dibujante sin imaginación ni onda al que ya padecimos en varios TPBs de la JSA. Acá por lo menos le ponen como entintador a Andy Clarke, el británico de trazo elegante y preciocista, que no se luce tanto como cuando lo dejan encargarse también de los lápices, pero hace su aporte para que el dibujo de Kirk se vea un poco más sólido y menos frío. Y el último número lo dibuja Freddie Williams II, pero muy lejos del nivel que muestra hoy. Me imagino que en 2006 sería muy pibe y estaría dando sus primeros pasos, pero ya a partir de 2009-2010 Williams II se convirtió en un gran dibujante para comics de superhéroes. Y este efímero paso por la serie de Aquaman tampoco es horrible, simplemente está muy por debajo de lo que peló después.
Pero volvamos al material argentino editado en 2023, que si no no se termina nunca. Me gustó mucho El Castillo Rojo, la novela gráfica de Pablo De Santis y Matías San Juan. El dibujo me remitió mucho al de Lucas Varela, incluso se repite el truco típico de Varela de trabajar con una paleta limitada de colores (acá no existen ni el amarillo ni el verde). Pero las similitudes son apenas a nivel de la superficie. San Juan tiene su propia forma de elegir los encuadres y de armar las secuencias, incluso la puesta en página, cuando se despega del esquema de tres tiras de viñetas, no se parece nada a lo que solemos ver en las obras del autor de Paolo Pinocchio. Muy buen trabajo de San Juan, que logra ensamblarse muy bien con los guiones de De Santis. Si te dicen que El Castillo... es la obra de un autor integral que se encarga del guion y el dibujo, te lo creés, de una. El guion es excelente. Una pena que el texto de la contratapa explicite de modo tan contundente y ponga tan en claro cosas que De Santis revela con el correr de las páginas, siempre de un modo gradual, e incluso algo ambiguo. La premisa de la obra es tan compleja, tan original y tan loca que todo lo que se explique le quita fuerza a lo mejor que tiene El Castillo..., que es el misterio. El clima enrarecido, que hace que el lector desconfíe todo el tiempo de lo que dicen los personajes. Prácticamente no se puede hablar de la trama sin spoilear cosas importantes, revelaciones que De Santis dosifica con mano maestra para mantenernos enganchados (y desconcertados) hasta el final. Digamos que es un misterio ambientado en un contexto futurista, con elementos de ciencia ficción, apoyado en una investigación que sigue los procedimientos del policial pero de pronto suma como elemento importante la exploración del subconsciente (sueños, recuerdos, la identidad misma) no de una persona, sino de un colectivo de... personas, ponele. Sí, es muy raro. Por momentos los diálogos cobran un espesor que me remitió a Twin Peaks, a esa cosa de tratar de estudiar desde lo racional algo que a todas luces es un delirio... o un sueño. Por ahí transita El Castillo Rojo, con muchas ideas cautivantes y poco énfasis en el hecho de que -tarde o temprano- hará falta la violencia para resolver parte del conflicto, porque está claro que a De Santis no le divierte escribir comics de acción y peleas. Si te copa esa mezcla de hard boiled y futuro crepuscular onda Blade Runner, esto te va a detonar la cabeza.
Vuelvo con Gastón Flores y Sergio Tarquini, una dupla con bastante participación en la antología Avalancha, que vimos por acá hace muy poquito. Silver Sigma es un trabajo 100% inédito, y ofrece una historia completa, con personajes pensados claramente para volver eventualmente con nuevas aventuras. Lo mejor que tiene Silver Sigma es que en un momento se aburre de ser una típica aventura de ciencia ficción, con naves espaciales, pistolas de rayos y peleas contra alienígenas malos y se mete en un pantano jodido: el del dilema moral. De pronto, con la aparición en escena de Sula y su familia, la machaca y las explosiones pasan a un segundo plano y crece un conflicto más filosófico, atípico en este tipo de historietas. No me parece que esté ni maravillosamente planteado ni maravillosamente resuelto, pero la irrupción de ese elemento en un relato que claramente iba para otro lado me descolocó y me hizo recuperar el interés por ver cómo Flores llevaba adelante la trama de ahí en adelante. De todos modos, hay buenos diálogos y está la intención de no caer en las trampas obvias del género de aventureros espaciales, o sea que la lectura se hace llevadera. Por el lado del dibujo, bastantes inconsistencias. Me gusta la elección de las acuarelas como técnica para colorear esta historia (me recuerda, en sus mejores pasajes, a cosas que hacían en los ´80 Juan Giménez, Marcelo Pérez o Juan Zanotto), me gusta la puesta en página, el ritmo que elige Tarquini para la historia, y cómo se las ingenia para armar la secuencia cuando le toca lidiar con globos de diálogo gigantes, llenos de palabras. Pero no soy muy fan de cómo maneja la anatomía, le falta personalidad a su trabajo en los rostros, y hay viñetas que sufren de una alarmante falta de dedicación en los fondos. De nuevo: cosas de hinchapelotas, que probablemente alguien que se acerca a esta historieta sin demasiado bagaje previo no note y no señale como algo negativo. Silver Sigma es una historieta que, a grandes rasgos está bien, pero no le alcanza para descollar, para decir "ah, si este año tenés que comprar sólo cinco libros, este tiene que ser uno". Pero tiene el atractivo suficiente como para captar lectores que por ahí vienen del palo de Star Wars o algo así, y acá encuentran (en una de esas, por primera vez) una historieta de autores argentinos que los interpela y los atrapa. Por ese lado, me parece lógica la apuesta de Rabdomantes de editar este material a todo culo, con un papel y una impresión realmente magníficos. Nada más, por hoy. Sigo a full trabajando en el próximo número de la Comiqueando Digital y subiendo videos al canal de YouTube de Comiqueando, algunos de los cuales se nutren de experiencias vividas e imágenes grabadas en mi gira por España, Francia y Bélgica. Ni bien tenga más libros leídos... lo de siempre, serán reseñados acá en el blog.

viernes, 24 de junio de 2022

VIERNES MELANCÓLICO

Hoy se me juntaron para reseñar dos historietas tristes, melancólicas, que te envuelven en una atmósfera tanguera de pesadumbre y desazón. Primero tengo el Vol.2 de El Club del Divorcio, obra maestra del gekiga realizada por Kazuo Kamimura a comienzos de la década del ´70. Un librazo de casi 500 páginas editado como los dioses por ECC, sin sobrecubiertas ni giladas innecesarias. Esto es un masacote, con historietas de punta a punta, que -a pesar de su espesor- se lee bastante rápido, porque Kamimura mete poco texto y juega a narrar principalmente con las imágenes. Y hay una cantidad de experimentos narrativos impresionante. Estamos ante un autor que entiende la mezcla entre espacialidad y temporalidad (clave para la gramática del idioma al que llamamos "historieta") de un modo muy personal y sencillamente magistral. En estas páginas hay muchísimas sorpresas en materia de armado de las secuencias, y todas son muy gratas. El estilo en general, parece un Takao Saito más elegante, más sofisticado, menos apresurado. Por momentos el plumín de Kamimura levanta vuelo y alcanza niveles más cercanos a la poesía que a la narrativa, pero sin descuidar nunca la fuerza dramática de estos relatos de amores imposibles, sueños hechos pedazos y convicciones éticas rifadas por tres yenes con cincuenta. Los argumentos muestran una evolución, siempre en base a las desventuras de Yuko, la protagonista, un personaje al que Kamimura deja madurar, replantearse muchas cosas, cambiar de mirada acerca de otras. En una palabra, la deja crecer. El elenco secundario es muy sólido, con personajes complejos, que se prestan a situaciones muy disímiles. Y cuando las tramas son motorizadas por personajes ocasionales, pensados para aparecer una sola vez, también se generan momentos gloriosos, como en la soberbia "En la flor de la madurez". La subtrama principal (el romance entre Yuko y Ken) avanza y retrocede todo el tiempo y se hace tan hipnótica como impredecible. ¿Termina bien? Y, es gekiga... Gekiga de los buenos, de los que te garantizan ambientación urbana, realismo y sobre todo niveles de amargura solo comparables a los de ponerse una camiseta de Independiente para ir a alentar a 11 perros que pasan vergüenza todos los fines de semana. Tengo entendido que entraron al país pocos ejemplares de los dos tomos de El Club del Divorcio publicados por ECC, pero si te gusta el manga para adultos, sin chistes pelotudos, ni machaca descerebrada, ni romances ridículos entre colegialas, acá vas a encontrar (entre el humo de los puchos y el aliento a whisky de los protagonistas) otro tipo de pasiones y de emociones, menos épicas y más humanas, más cercanas, más reales. Más dolorosas, también. Vale la pena buscar este material, descubrirlo y atesorarlo por siempre.
Me vengo a Argentina, a seguir descubriendo el material que se editó por estos pagos durante 2021. Así me encuentro con Saturno, una serie episódica escrita por Pablo De Santis y dibujada por Matías San Juan, ambientada en Buenos Aires, aparentemente a principios de los años ´90. Esperaba mucho más del dibujo de San Juan, al que acá veo por debajo de otros trabajos anteriores (pienso, por ejemplo, en Las Chicas de Nadie). No me convencieron ni la anatomía, ni las expresiones faciales, ni la forma en que el color se acopla con un trazo al que yo asociaba con el claroscuro. Y sí me gustó mucho el trabajo en los fondos, muy cuidado, muy atento a la atmósfera de realismo sin estridencias que proponen los guiones. Saturno es un periodista que escribe para una revista sensacionalista de crímenes, y muchas veces termina siendo él quien los resuelve. Cada episodio se centra en un caso que Saturno debe investigar y todos son autoconclusivos, excepto el último, que está dividido en dos partes. No sorprendo a nadie si digo que De Santis maneja el misterio policial con una jerarquía apabullante. Todos los guiones de Saturno son pequeñas obras maestras, mecanismos de relojería perfectos, donde no hay nada librado al azar ni tirado a la marchanta. El autor logra incluso impactar al lector con cada resolución, sin apostar nunca a la espectacularidad, ni al shock. Por el contrario, opta por un tono frío, desapasionado, no desprovisto de algunos momentos muy emotivos, porque por atrás de los crímenes a veces pasan historias de amor, de amistad o incluso de odio, sumamente conmovedoras. Ese ritmo parsimonioso de las historias, esa Buenos Aires que apela a los recuerdos y la nostalgia del lector más veterano, hacen que en Saturno predomine un clima melancólico, tanguero, donde la sangre y la muerte parecen inevitables, un elemento más en un coctel con sabor a corrupción y desolación. Y también contribuye a este clima el propio protagonista, que lamentablemente es lo menos interesante de la obra. Saturno Drey es un personaje sin onda, sin rasgos de personalidad interesantes, que se podría reemplazar tranquilamente por cualquier otro tipo que investigue crímenes. No sabemos nada de su vida, apenas que tiene muchos contactos por haber pateado durante muchas décadas los rincones más oscuros de Buenos Aires. Una pena que De Santis no se haya esforzado por dotarlo de un poco más de onda. No te pido otro Arenas, pero sí que me importe un toque más quién es, qué le pasa y por qué actúa como actúa el personaje principal de la serie. Acá también tenemos altas dosis de pucho, escabio y vidas arrojadas al abismo por amor, por ambición, por venganza o incluso por accidente. Si todo eso no te asfixia ni te espanta, preparate para disfrutar de unas historias exquisitas, servidas con talento y originalidad por un crack del relato policial. Y hasta acá llegamos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.

martes, 5 de marzo de 2019

SE ACABA LA JODA

Después de un feriado extra-large memorable (con triunfo de Racing incluído), mañana hay que volver a laburar. Mientras pega el bajón, me aboco a la redacción de mis habituales reseñas.
Retomé la lectura de The Invisibles con el Vol.4, el que recopila los primeros episodios de la segunda serie, la que Grant Morrison lanza a fines de 1996, en su momento de mayor éxito comercial, cuando las ventas de la JLA amenazaban con pintarle la cara a la ambiciosa movida de Heroes Reborn encarada por Marvel. Este es el tomo más cortito de Invisibles, con sólo cuatro episodios, un poco menos de 100 páginas con un sólo arco argumental y un sólo dibujante: un Phil Jimenez prendido fuego, complementado a la perfección por las tintas de John Stokes. Tuve la suerte de ver los originales a lápiz y debo decir que, si bien tanto Stokes como el colorista Daniel Vozzo aportan muchísimo, el laburo que hizo Jimenez en los lápices, el plantado de cada página, la planificación de las secuencias, es absolutamente hipnótico. Los fondos son zarpadísimos (y las excusas para no ponerlos cuando no aparecen son recontra-válidos) las expresiones faciales están cuidadísimas, la acción tene un impacto tremendo y por si faltara algo hay páginas como la 68 y la 69 (del TPB) donde la narración explota en una supernova gráfica sobrenatural. Si eso que muestra Phil estaba detallado en el guión de Morrison, entonces el escocés es un genio cósmico, más allá de toda exégesis, o de todo panegírico que uno pueda ensayar. Y si se le ocurrió a Jimenez, es un monstruo absoluto.
El dibujo de este arco argumental está tan bueno que eclipsa un poco al guión. Black Science es un arco atípico porque –si bien tiene un montón de ideas locas y conceptos fascinantes- es una aventura de palo y palo, totalmente basada en la machaca. Es una misión clara, lineal, sin vueltas demasiado retorcidas, ideal para enganchar nuevos lectores y sacudirle los prejuicios a los que no leían The Invisibles porque “es un delirio que no se entiende a menos que estés muy drogado”. Hay un par de flashbacks al pasado común entre King Mob y Jolly Roger y el resto va todo para adelante, como una topadora, a una confrontación a todo o nada entre los Invisibles y Mr. Quimper, que pinta para ser el villano grosso de esta segunda etapa. Un cambio de registro por parte de Morrison sumamente bienvenido, porque a pesar de optar por una narración más “careta” no mezquina nada en materia de diálogos (cada vez mejores) y desarrollo de personajes. Me faltan dos TPBs gorditos y cerramos la relectura de esta obra fundamental para entender al genio de Glasgow.
Ya estoy cerca de liquidar todo el material que se editó en Argentina en 2018 y me interesó como para pegarle una leída. La Cazadora de Libros apareció durante más de dos años en el suplemento ADN del diario La Nación, entre 2011 y… 2013 o 2014, no recuerdo con precisión. Finalmente el año pasado salió el libro, como para que los fans de Pablo De Santis y Max Cachimba pudiéramos sumar esta obra a nuestras bibliotecas, en vez de andar recortando páginas del house organ de la oligarquía argentina.
La verdad que me costó bastante leer La Cazadora de Libros en libro (¡cuac!) principalmente porque se le nota mucho la naturaleza serial. El recopilatorio quiere convertir en historias extensas a lo que originalmente eran entregas semanales (con algo así como un principio, desarrollo y fin propios) y se ven mucho las costuras. Se repite información, se frena el ritmo cada vez que la aventura amaga con levantar temperatura, hasta se conserva la decisión casi caprichosa de los autores de arrancar cada entrega con una viñeta muda en la que se ve un plano general de la fachada de la biblioteca… aunque en el remontaje de viñetas requerido por el libro esa imagen aparezca en el medio de la página, o incluso al final de la misma. Con el correr de las aventuras, se termina un poco la reiteración constante de esa viñeta y también se repite menos información. Y aparecen páginas distintas, donde ya no tenemos seis viñetas de igual tamaño, si no otras variantes que subrayan o puntúan mejor los distintos momentos del guión de De Santis.
Lo mejor, por lo menos para mi gusto, es ese tono farsesco que logra el guionista. Las aventuras son delirantes, estrambóticas, entre fantásticas, ingenuas y absurdas. Y De Santis acierta al combinarlas con diálogos repletos de humor, donde lo vemos muy afilado para los juegos de palabras. Obviamente un planteo entre absurdo, bizarro y naïf resulta ideal para el lucimiento gráfico de Cachimba. Sin embargo, acá el rosarino está bastante contenido. El tema de que todas las viñetas sean iguales lo limita un poco, y le permite jugar sólo en la elección de los ángulos. El trazo es minimalista, con margen para un repertorio de expresiones faciales sumamente acotado, y probablemente lo que más me haya gustado sea el tratamiento del color que propone Cachimba. Esta vez, en vez de colores planos, trabaja los fondos con pasteles o acuarelas, lo cual le permite (además de sugerir apenas los decorados) darle profundidad a las viñetas y clima a las secuencias. Me sigue gustando más el Cachimba de 1989-1992, obviamente, pero dentro de su estilo más despojado, este debe ser el trabajo en el que lo vi más comprometido, más decidido a encontrar un planeo estético que no obstaculice si no que acompañe y potencie los logros del guión.
 Además, La Cazadora de Libros es una historieta bien para todo público, que tiene (no como tema central, pero ahí nomás) el amor por la lectura, así que es ideal para regalárselo a hijos, sobrinos o mascotas bípedas a las que tratemos de inocular el virus de la historieta.

Uh, me fui a la mierda. La seguimos pronto.

lunes, 23 de enero de 2017

TRASNOCHE DE LUNES

Hace un calor espantoso a las 12 y media de la noche, pero estoy contento porque la Academia otra vez le dio murra a nuestros amarguísimos rivales de siempre. Vamos con las reseñas de dos libros que leí hace poco y me gustaron mucho.
Pablo De Santis me volvió a sorprender con Cobalto, una “serie” en la que recrea la magia de El Hipnotizador… o por lo menos repite el truco que tan bien le salió aquella vez: amagar con que nos va a contar una seguidilla de relatos autonclusivos y, ni bien nos engancha, pegar el volantazo y jugarse a fondo por una novela gráfica, en este caso mucho más breve que El Hipnotizador (apenas 46 páginas) pero no por eso menos contundente. Cobalto es un thriller con elementos fantásticos que te atrapa en tiempo record y te lleva, sin perder un minuto, rumbo a una resolución brillante, categórica, de esas que sólo se le ocurren a los grandes narradores. Todo eso sin mezquinar diálogos memorables y giros argumentales asombrosos.
La comparación con El Hipnotizador es medio inevitable, porque esta vez De Santis también cuenta con la complicidad de Juan Sáenz Valiente al frente de la faz gráfica. Pero acá Juan no busca reproducir las maravillas que nos regaló en su colaboración anterior con Pablo, sino que agarra totalmente para otro lado, se lanza en otra búsqueda, de otro grafismo. Este es un estilo raro de Sáenz Valiente, en el que las figuras se vinculan con los fondos y ambos elementos se vinculan con el color de un modo arriesgado, inesperado, muy original… y que me gusta un poco menos que el estilo más clásico de Juan. Como complemento (porque tratar de vendernos un libro con sólo 46 páginas de historietas es más difícil que convencernos de que Calcaterra, Arribas y Macri nunca pagaron ni recibieron coimas) tenemos tres historias cortas de la dupla, que en su momento aparecieron en Fierro, y donde vemos a Sáenz Valiente incursionar en otros estilos que domina a la perfección. Las tres están buenas, pero creo que La Pluma de las Historias Tristes es la que más me enganchó.
Vamos con otro tomo de la colección MAD´s Original Idiots, esta vez al dedicado a reunir los trabajos del malogrado maestro Wally Wood para los primeros 23 números de la famosa revista de humor satírico de la E.C.. No hace falta que lo diga yo (obviamente) pero Wood era un dibujante prodigioso, una especie de Will Eisner con poderes camaleónicos, capaz de reproducir fácilmente los rasgos distintivos de otros dibujantes. Un talento ideal cuando tenés que parodiar historietas de Superman, Batman, Flash Gordon, Prince Valiant, Pogo, Little Orphan Annie, Terry and the Pirates, los Blackhawks… y películas, y poemas, y afiches publicitarios… Wood no deja títere con cabeza y en cada viñeta pone una cantidad impresionante de detalles, en dibujos de enorme plasticidad, impactante belleza, perfectamente funcionales a la narrativa, y con unos minones infernales (especialidad de un tipo que durante muchos años paró la olla con historietas eróticas).
Como en el tomo anterior, acá tenemos un sólo guionista: el imparable Harvey Kurtzman, un auténtico subversivo, quien pone en juego una amplísima gama de recursos a la hora de satirizar (que es la mejor forma de cuestionar) a un montón de instituciones de la cultura, el entretenimiento, las costumbres y la propia estructura social de los EEUU de los años ´50. Incluso llega a escribir una historieta que satiriza las convenciones de… las historietas satíricas. Y además, ya en aquel entonces, se animaba con historietas que jugaban con la gramática misma del lenguaje del comic (la apabullante “3-Dimensions!”) o que giraban en torno al uso y abuso de las onomatopeyas (“Sound Effects!”). Un genio total. Ah, y en este tomo seguimos sufriendo un poco el color, que quedó realmente muy antiguo, pero no tanto el tema de la sobrecarga de textos en cada viñeta. Hay mucho, pero no tanto como en las historietas que dibujaba Jack Davis. Me queda un tomo más, prometo entrarle pronto.
Y prometo también volver con nuevas reseñas, ni bien tenga algunos libros más en pilón de los leídos.

domingo, 23 de octubre de 2016

TRIPLETE DOMINGUERO

Después de un largo tiempo de cuelgue, retomé The Unwritten, la gran serie de Mike Carey y Peter Gross. Me tocaba leer el tomo que a priori parecía más raro, más bizarro: el crossover con Fables. O en realidad, una saga de The Unwritten en la que los personajes de esta serie pasan al mundo de Fables e interactúan con los personajes creados por Bill Willingham y Mark Buckingham. La verdad que no funcionó. La historia no me aportó prácticamente nada al desarrollo de Tom Taylor y sus personajes secundarios, y hasta el villano está metido a presión. No terminé de entender en qué momento de la saga de Fables empalma el crossover (por ahí porque hace mucho que no leo Fables y estoy más atrasado con esa serie que con The Unwritten) y todo me pareció superficial, prescindible, un mero engaña-pichanga para tratar de que algunos lectores de Fables le dieran una posibilidad a The Unwritten, que (lógicamente) vendía menos. Si eso lo hace DC con –ponele- Batman y The Question, o Green Lantern y Omega Men, me lo fumo mansito. ¿Pero en Vertigo, te parece? ¿Da para ensuciar así la cancha? Me parece que no.
Rescato los dibujos: hay muchas secuencias muy bien dibujadas, por Peter Gross, por Buckingham y por el nunca bien ponderado Dean Ormston. Y buenos diálogos, porque si bien la trama está urdida por Carey, Willingham mete mano en los diálogos para asegurarse de que sus personajes hablen como tienen que hablar, como lo hacen normalmente en Fables. En fin, un experimento que salió mal. No te digo que si venís coleccionando The Unwritten saltes del Vol.8 al Vol.10, pero sí te digo que si sos fan de Fables y estás mirando con un cierto cariño este crossover porque creés que le va a sumar algo a esa saga, mejor seguí de largo.
Como suele suceder, cada vez que Pablo De Santis incursiona en la historieta nos deja una obra maestra. Justicia Poética (originalmente serializada en Fierro) es un comic fascinante, complejo, con elementos bien “de género” presentados de un modo original, atrapante, con un personaje central perfectamente construído y con una estructura similar a la de El Hipnotizador: arranca como una serie de episodios autoconclusivos, apenas hilvanados por un plot secundario, y cuando te querés dar cuenta, estás enredado en una novela gráfica ambiciosa y cautivante, que va para adelante como una locomotora, y que no podés soltar hasta llegar al final. Diálogos, bloques de texto y silencios se combinan de manera magistral para crear climas, indagar en las motivaciones de los personajes y hasta para tirar pinceladas del virtuosismo literario (o lírico, incluso) del que De Santis hace gala en sus novelas.
Justicia Poética, además, es de esas historietas que le podés dar a alguien que no lee historietas y casi seguro la va a disfrutar. Tiene esa sutileza y esa profundidad que no tiene la mayoría de los thrillers y una forma muy atractiva de tomar distancia de los tópicos del género en el que incursiona. El dibujo está a cargo del maestro Frank Arbelo, notable narrador gráfico que combina ese toque fino, ese expresionismo que uno asocia a autores como José Muñoz, Oscar Zárate o Igort, con una impronta más simple, más accesible al lector poco curtido en estas lides, que por momentos lo acerca a autores de la línea clara, o a los trabajos que publicaba Sanyú en la Fierro a principios de los ´90. Gran labor del cubano radicado en Bolivia. Si todavía no te compraste este libro, hacé justicia con vos mismo y sumalo a tu biblioteca. No te vas a arrepentir.
Y cierro con el Vol.15 de Bakuman, la joya en la corona de Tsugumi Ohba y Takeshi Obata, grossos entre los grossos. Este tomo trae la resolución del arco argumental iniciado en el Vol.14 (con Nanamine como protagonista), una especie de coda a ese arco en el que el protagonismo se lo roba Nakai (el gordo pajero, pero virtuoso dibujante, que viene apareciendo intermitentemente casi desde el principio) y un segundo arco más breve, que Ohba y Obata resuelven con jerarquía, en la cantidad de páginas justas y que devuelve a los Muto Ashirogi al centro de la escena.
Entre el final del plot de Nakai y el inicio del segundo arco, hay un unitario brillante, en el que los autores paran la bocha para pensar en algo que hasta ahora se había soslayado: hasta dónde la vida de un pibe de 20 años que es mangaka desde los 15 deja de parecerse a la de los típicos pibes de 20 años. Es un episodio de reflexión, de introspección, de acomodar ideas en la cabeza de los personajes y que además termina funcionando como un perfecto recordatorio de cuál es el tema central de Bakuman: nada menos que el amor al manga. Maravilloso es poco.
Volvemos pronto con más reseñas.

martes, 5 de octubre de 2010

05/ 10: EL HIPNOTIZADOR


Bueno, por fin una a la que no le pude poner ni un sólo “pero”. Esto, amigo viñetófilo, es Historieta Perfecta en su estado más puro. Es un 10, lo va a ser siempre, acá, en Europa, en EEUU, en cualquier lugar del universo donde se publique. Posta, no hay muchas historietas de esta calidad.
La primera historia es la más flojita. Y ya a partir de la segunda, la serie despega en un montón de direcciones distintas. Por un lado, aparece un conflicto central, que atraviesa la obra de punta a punta y que se ve reflejado en todos los episodios: Arenas, el Hipnotizador, no puede dormir hace años. Y por otro lado, empieza a aparecer el realismo mágico, que es una constante en la obra literaria de Pablo De Santis: un coleccionista de días felices abre el juego y luego vendrán otros conceptos dignos de Ben Katchor, como la casa de los sueños verdaderos. Ambos elementos contribuyen a definir el clima de la serie, que podría haber sido bizarro y estridente, pero es melancólico, introspectivo e imbuído de enorme sensibilidad, aún cuando el protagonista es un tipo inexpresivo, que no exterioriza sus emociones.
Tal vez lo mejor que tiene El Hipnotizador sea el formato. De Santis se las ingenia para que esta trama central avance en todos los episodios hasta llegar al clivaje final, pero a la vez cada uno de estos episodios cuenta una historia. En seis u ocho páginas, hay un relato que se abre, se desarrolla y se cierra con categoría, que deja contento al que leyó únicamente ese episodio (cosa que a veces sucede cuando las historietas aparecen en publicaciones periódicas) y a la vez le sube el cebamiento a niveles cósmicos al que se enganchó desde el principio y sigue la serie capítulo a capítulo. Eso, que debería ser la regla, casi siempre es la excepción. Pero De Santis lo logra con una solvencia monumental, como si realmente fuera muy fácil.
El truco funciona por muchos motivos, pero uno de los más atractivos son los personajes secundarios, Salinero y Anita, e incluso el villano, al que conocemos en el episodio del “origen”, pero al que recién vemos cara a cara (Y qué cara! Nada menos que la de Domingo Cavallo!) con Arenas en el episodio final. Las relaciones entre estos personajes y el protagonista están perfectamente orquestadas y cada uno interviene en los momentos justos para hacer aportes grandes o pequeños, según los requerimientos de cada una de las tramas “menores”, que son las que se resuelven en los distintos capítulos. Y por supuesto, el propio Arenas tiene un trasfondo y una impronta absolutamente hipnóticas (cuac!) y se nota que está recontra-trabajado por los autores para convertirse en un personaje memorable.
Todavía no nombré al dibujante, lo cual me hace merecedor de ignominiosos tormentos: esta es LA obra de Juan Sáenz Valiente, un dibujante que en poco tiempo pasó de joven promesa a referente ineludible. Entre su otra obra conocida (Sarna) y El Hipnotizador, Sáenz Valiente pega un salto abismal, y si en Sarna era buenísimo, acá ya es obscenamente genial. Sáenz Valiente no hace gala de su virtuosismo, no cancherea con lo bien que dibuja, y sin embargo no podés parar de maravillarte con sus dibujos, cuadro a cuadro, de punta a punta del libro. La narrativa está perfecta, las expresiones faciales, la arquitectura medio torcida (otra oportunidad para mencionar a Katchor), ese clima melanco, de edificios y gente que vio mejores épocas hace ya muchos años, los detalles increíbles en la ropa, en los muebles, la paleta de colores apagada, como gastada… No alcanzarían seis reseñas para mencionar la cantidad de recursos gráficos y narrativos a los que apela Sáenz Valiente para que esta historieta brille tanto en su faceta visual como en su asombroso y originalísimo guión.
No hay palabras para recomendar lo suficiente El Hipnotizador. Si lo habías descubierto en Fierro, seguro ya te tiraste de cabeza. Si no, cazá el libro, miralo fijo, concentrate y vas a sentir un trance extraño y hermoso. Cerrá los ojos, pagá lo que te pidan, llevate el libro y hacé fuerza para romper el influjo. Posta, se complica. Este es un sueño del que nadie en su sano juicio querría despertar.