
Termino (por ahora) mi recorrida por los países hermanos con una notable antología en la que participa la flor y nata del comic boliviano actual. En Bolivia, la aparición de algo así como un “comic de autor” es un fenómeno muy reciente y este álbum de 2008 da cuenta de las mejores búsquedas de esta primera etapa.
Cuando la historieta empieza a hacer pie, o incluso a ponerse de moda, lógicamente atrae, además de a los historietistas de raza, que llevan la narrativa gráfica en la sangre, a ilustradores que buscan en el comic un medio más donde mostrar que dibujan muy bien. En este libro hay de eso, cómo no. Edwin Villegas y Avril Filomeno son grandes ilustradores (esta última particularmente dotada para la ilustración infantil), pero están lejos de saber aprovechar el lenguaje narrativo de la historieta. Alexandra Ramírez, en cambio, lo comprende, pero le falta mucho para adquirir un nivel destacado de dibujo.
El resto, realmente impacta por la calidad. La Fiesta Pagana nos brinda la oportunidad de reencontrarnos con los dos autores bolivianos más conocidos en Argentina (gracias a Suda Mery K primero y Fierro después): Por un lado, el increíble Joaquín Cuevas, ese que trabaja en un estilo minimalista, naif, casi de infografía, pero con una narrativa alucinante e innovadora y unos guiones zarpados y letalmente satíricos. Acá Cuevas tiene la infrecuente posibilidad de trabajar con color, y como todo capo del diseño gráfico y la comunicación, saca un enorme provecho de este recurso para potenciar aún más una historieta brillante, en la que hasta se da el lujo de bajar línea política.
Por el otro lado, el maestro cubano-boliviano Frank Arbelo, el más europeo de los autores del país vecino, el tipo que mejor narra y mejor maneja climas y claroscuros. Arbelo es una especie de mezcla entre Jacques Loustal y Eduardo Risso, pero muy personal y muy grosso. Su historia para este libro habla de una boliviana que emigró a Suecia y tiene, sin dudas, el mejor guión de la antología. Pulenta de verdad.
Paola Guardia todavía no está del todo aceitada como dibujante, pero sus historias (dos, muy cortitas) están buenas y sus apuestas en materia de narrativa resultan ganadoras. Alejandro Salazar ya está claramente encaminado para convertirse en un grosso, y además tiene un estilo perfectamente compatible con la animación, el nuevo medio en el que están empezando a cotizarse los artistas bolivianos.
Iván Cáceres es un autor un poco pasado de rosca, que aporta una furia underground no muy prolija, pero sanamente iconoclasta. Jorge Siles sale airoso del extraño experimento de contar una historia más poética que narrativa y encima graficarla con dibujos trabajados en base a fotos. El resultado es bizarro pero de gran belleza. Alejandro Archondo tiene un estilo muy de humor gráfico, pero se tira a narrar una historia en cinco páginas sin diálogos y termina por aportar una de las mejores historietas del libro.
Y dejo para el final a Susana Villegas, la referente, la que está en esto desde el principio, a la que todos señalan como motor del surgimiento de esta nueva ola de comic boliviano. Villegas maneja de taquito el dibujo realista de estilo clásico, puede pasar sin problemas de eso a la ilustración fantástica tipo Boris Vallejo, y además narra como los dioses. No estaría mal una buena antología con todas las historias cortas de Villegas.
Sin tener todavía un mercado grande ni una industria fuerte, el comic boliviano se las ingenió para incorporarse en cinco o seis años al mapa de la historieta mundial. Y lo hizo sobre todo a fuerza de calidad y aprovechando al mango las posibilidades que da el hecho de no tener industria, de que nadie le explique a los autores qué hacer, a qué tendencias subirse, ni a qué hitazos extranjeros copiar. Así también se llega.