Ultimo tomo en esta recorrida por algunos highlights de la colección Un Uomo un'Avventura, gestada en Italia en la segunda mitad de los ´70. Este es un álbum de 1977 que tiene como principal atractivo los dibujos del maestro Sergio Toppi. Tanto es el atractivo, que la edición española no dice en ningún lado que el guión no es de Toppi, sino de un tal Decio Canzio. Menos mal que existe la compañera Wikipedia para aportar esos datos…
La verdar es que el guión de Canzio se esfuerza, le pone garra, pero no logra armar una buena aventura. ¡Viva México! funciona mejor como un comic documental, casi como un ancestro de las historietas de Joe Sacco. Lo que mejor hace Canzio es recrear aquellos convulsionados años de la revolución mexicana, explicarnos cuál era el conflicto, por qué hace 100 años estos muchachos se cagaban a tiros y se dinamitaban unos a otros, con qué tácticas (y con qué pruritos a la hora de eliminar al adversario) combatían uno y otro bando, cuál era la postura de EEUU frente al bolonki, en qué se diferenciaban y en qué coincidían Emiliano Zapata y Pancho Villa… un montón de data muy interesante, que no aparece de modo pedagógico ni enciclopédico, sino muy bien integrado a ese relato que quiere ser de aventuras pero no llega.
El protagonista y uno de los principales secundarios son yankis, y excepto en las cuatro últimas páginas, cumplen roles muy menores, son simples testigos de lo que sucede. Acompañan, observan, hacen preguntas que le dan el pie a los mexicanos para explicarnos en los diálogos muchos de estos elementos ya enumerados… y no mucho más. Los comentarios que hacen los yankis entre ellos nos muestran claramente la distancia cultural entre ambos países… un poquito deformada por la visión que un guionista italiano tenía de esas diferencias. Por suerte, todo lo que muestra Canzio en esta faceta más descriptiva del guión resulta interesante, creíble, me permite suponer (por lo menos a mí que toco de oído en materia de Historia Mexicana) que el tipo hizo los deberes, se documentó bien, no mandó fruta.
Y por suerte escribió poco, metió pocos bloques de texto, pocos diálogos, pocos cuadros por página. Digo “por suerte” porque eso es lo que permite un enorme lucimiento del dibujo del maestro Toppi. Acá el milanés tiene espacio para jugar, para resolver hermosas secuencias mudas, para experimentar con el armado de la página, con la composición de las viñetas, en su estilo más maduro, ese que se basa en un complejo y fascinante equilibrio entre espacios vacíos y sobrecarga de elementos gráficos en texturas, fondos y hasta en detalles en los primeros planos.
Son innumerables los aciertos de Toppi en el manejo del plumín y la mancha. La documentación histórica está buenísima, la referencia fotográfica está perfectamente integrada, la acción tiene muchísimo dinamismo, las onomatopeyas son espectaculares… Por ahí le faltó zarparse un poquito más en las expresiones faciales, que están algo contenidas, desenfatizadas. Y lo que realmente no suma, sino que resta un poco, es el color. Un color chato, sin onda, sin énfasis, muchas veces puesto al estilo Columba (personajes o paisajes enteros pintados de un sólo color), muy poco comprometido, muy poco funcional a los climas del relato. Sospecho que alguna vez, probablemente en Francia, ¡Viva México! se debe haber reeditado en blanco y negro. Si existe tal cosa, debe ser una auténtica maravilla, mucho más disfrutable que esta versión.
Aunque no te interese mucho el tema de la revolución mexicana, este álbum se puede tener para babear con los dibujos del inmenso Sergio Toppi, a quien le venía dando duro y parejo, y ahora me propongo dejar decansar unos meses. De hecho, ya me queda sin leer muy poca historieta europea clásica de los ´70 y ´80, así que en estos días se vienen con todo varios hitos, pero del Siglo XXI.
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martes, 7 de julio de 2015
domingo, 14 de junio de 2015
14/ 06: HISTORIAS DE SOLDADOS Y MAQUINAS
Segundo recopilatorio de historias cortas realizadas en los ´70 por Mino Milani y el alucinante Sergio Toppi, de nuevo muy centrado en la temática bélica y con un tomo predominantemente didáctico. Este tomito nos ofrece seis historias cortas (ya vimos otras cinco en la reseña del 31/05/15), que vamos a repasar una por una.
La primera dedica sus siete páginas a rescatar la figura de Fernando Pallasciano, un italiano que tuvo un rol muy destacado en el origen de la Cruz Roja, y que pagó caro el haber bregado por la salud de los caídos en combate, sin importar para qué bando pelearan. Es una historia MUY basada en el texto, al estilo de las de los Big Books, pero como por suerte es poco lo que Milani tiene para decir, no queda una cosa claustrofóbica, atiborrada de viñetas microscópicas sobrecargadas de palabras.
La segunda, con apenas seis páginas, nos lleva a la Guerra de Secesión de los EEUU, para conocer un poco más sobre los últimos días del General Thomas Jackson, hábil y valiente militar sureño, cuyo genio táctico se explora bastante a fondo. También, es una historia principalmente documental, informativa, sin ningún amague de curva dramática.
La tercera, en cambio, es una aventura pura y dura, que le sucedió en la vida real a un joven Winston Churchill. A lo largo de nueve páginas vemos a quien luego sería Primer Ministro de Inglaterra superar terribles ordalías en Sudáfrica, durante la guerra entre los británicos y los boers, los colonos holandeses. Acá, además de la intención documental, se nota la mano del guionista para hilvanar una trama, hacer crecer la tensión y resolver de tal modo que el lector se sienta sorprendido y satisfecho. Creo que es la mejor historia del librito.
La siguiente es, de nuevo, una historia documental, didáctica, en la que lo central pasa por explicarnos cómo cambiaron las tácticas bélicas cuando aparecieron primero las ametralladoras y después los tanques. Acá no importan los personajes, ni para qué bando pelean, sólo el impacto que generaron las nuevas tecnologías aplicadas al combate militar.
En la quinta historia, Milani vuelve a apostar por un relato más humano, más centrado en los personajes, en este caso soldados italianos a los que les va muy mal en una batalla contra los austríacos, allá por 1917. Es un relato atrapante, donde funcionan muy bien los recursos que emplean los autores para ponerte nervioso.
Y la última es una anécdota menor de la Segunda Guerra Mundial, en la que –por un momento- el honor y la solidaridad le ganan la batalla a una masacre que se cobra miles de vidas durante la retirada de un batallón italiano del frente ruso. Es una historia que se queda a mitad de camino, entre lo documental y lo aventurero, pero que no está mal sobre todo por la línea que baja.
Felizmente, a lo largo de las seis historias tenmos muchas menos viñetas por página y mucho menos texto por viñeta que en los relatos que vimos en el tomito anterior. Eso significa más espacio para el lucimiento del verdadero motivo por el cual Historias de Soldados… merece un lugarcito en la biblioteca, que es el dibujo de un Sergio Toppi brillante. Toppi pone su blanco y negro fuerte y elegante al servicio de los climas, deja la vida en la documentación, trata de darle plasticidad a todos los rostros (incluso a los que se ve obligado a copiar de fotos para conservar la resemblanza con las figuras históricas que protagonizan las historias), se acomoda lo mejor que puede cuando le toca alguna página muy cargada de viñetas y logra impactar siempre con su descomunal equilibrio entre espacios blancos y masas negras. En el medio entre ambos extremos, el plumín mágico del milanés baila y nos regala unas texturas, unos detalles y unos crosshatchings alucinantes.
Si no te molesta el tono didáctico, o documental de las historias, esto te va a resultar muy entretenido, a tal punto que ni te vas a imaginar que son historietas escritas hace más de 40 años. Y si te importan un carajo los guiones y te conformás con que el dibujo esté bueno, preparate, porque acá da cátedra Sergio Toppi, un maestro difícil de igualar en este género y en cualquier otro.
La primera dedica sus siete páginas a rescatar la figura de Fernando Pallasciano, un italiano que tuvo un rol muy destacado en el origen de la Cruz Roja, y que pagó caro el haber bregado por la salud de los caídos en combate, sin importar para qué bando pelearan. Es una historia MUY basada en el texto, al estilo de las de los Big Books, pero como por suerte es poco lo que Milani tiene para decir, no queda una cosa claustrofóbica, atiborrada de viñetas microscópicas sobrecargadas de palabras.
La segunda, con apenas seis páginas, nos lleva a la Guerra de Secesión de los EEUU, para conocer un poco más sobre los últimos días del General Thomas Jackson, hábil y valiente militar sureño, cuyo genio táctico se explora bastante a fondo. También, es una historia principalmente documental, informativa, sin ningún amague de curva dramática.
La tercera, en cambio, es una aventura pura y dura, que le sucedió en la vida real a un joven Winston Churchill. A lo largo de nueve páginas vemos a quien luego sería Primer Ministro de Inglaterra superar terribles ordalías en Sudáfrica, durante la guerra entre los británicos y los boers, los colonos holandeses. Acá, además de la intención documental, se nota la mano del guionista para hilvanar una trama, hacer crecer la tensión y resolver de tal modo que el lector se sienta sorprendido y satisfecho. Creo que es la mejor historia del librito.
La siguiente es, de nuevo, una historia documental, didáctica, en la que lo central pasa por explicarnos cómo cambiaron las tácticas bélicas cuando aparecieron primero las ametralladoras y después los tanques. Acá no importan los personajes, ni para qué bando pelean, sólo el impacto que generaron las nuevas tecnologías aplicadas al combate militar.
En la quinta historia, Milani vuelve a apostar por un relato más humano, más centrado en los personajes, en este caso soldados italianos a los que les va muy mal en una batalla contra los austríacos, allá por 1917. Es un relato atrapante, donde funcionan muy bien los recursos que emplean los autores para ponerte nervioso.
Y la última es una anécdota menor de la Segunda Guerra Mundial, en la que –por un momento- el honor y la solidaridad le ganan la batalla a una masacre que se cobra miles de vidas durante la retirada de un batallón italiano del frente ruso. Es una historia que se queda a mitad de camino, entre lo documental y lo aventurero, pero que no está mal sobre todo por la línea que baja.
Felizmente, a lo largo de las seis historias tenmos muchas menos viñetas por página y mucho menos texto por viñeta que en los relatos que vimos en el tomito anterior. Eso significa más espacio para el lucimiento del verdadero motivo por el cual Historias de Soldados… merece un lugarcito en la biblioteca, que es el dibujo de un Sergio Toppi brillante. Toppi pone su blanco y negro fuerte y elegante al servicio de los climas, deja la vida en la documentación, trata de darle plasticidad a todos los rostros (incluso a los que se ve obligado a copiar de fotos para conservar la resemblanza con las figuras históricas que protagonizan las historias), se acomoda lo mejor que puede cuando le toca alguna página muy cargada de viñetas y logra impactar siempre con su descomunal equilibrio entre espacios blancos y masas negras. En el medio entre ambos extremos, el plumín mágico del milanés baila y nos regala unas texturas, unos detalles y unos crosshatchings alucinantes.
Si no te molesta el tono didáctico, o documental de las historias, esto te va a resultar muy entretenido, a tal punto que ni te vas a imaginar que son historietas escritas hace más de 40 años. Y si te importan un carajo los guiones y te conformás con que el dibujo esté bueno, preparate, porque acá da cátedra Sergio Toppi, un maestro difícil de igualar en este género y en cualquier otro.
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domingo, 31 de mayo de 2015
31/ 05: HISTORIAS DE SOLDADOS Y JUGLARES
Allá por principios de los ´70, el maestro italiano Sergio Toppi se juntó con el guionista Mino Milani y de ahí salieron un montón de historias cortas ambientadas en distintas guerras, desde el medioevo hasta la (por entonces reciente) Segunda Guerra Mundial. Este libro reúne cinco de ellas, no en el orden en que las realizaron los autores italianos, sino en el orden cronológico real, empezando por la de ambientación más antigua y llegando hasta la de ambientación más reciente.
Cuando digo que son historias cortas, lo digo en serio: todas tienen ocho o nueve páginas. Y casi todas ostentan grandes ambiciones en cuanto a lo que se proponen contar. Así es como Toppi termina por llenar las páginas de cuadritos chiquitos, a su vez muy poblados de texto. A tal punto que en la primera historia, por ejemplo, tenemos viñetas que sólo muestran texto, como en El Eternauta y tantas otras historietas definitivamente antiguas. Por momentos el texto tiene tanto protagonismo y se hace tanto cargo de llevar adelante el relato, que los dibujos de Toppi se convierten en meros complementos, que ilustran pedacitos de lo que narra Milani con palabras.
La primera aventura, ambientada en Francia en 1040, no es gran cosa. Arranca lento, se apresura al final y obviamente necesitaba por lo menos cuatro páginas más para evitar que los masacotes de texto ahoguen por completo al dibujo, que a veces aparece apretujado en viñetas que parecen estampillas.
La segunda historia nos lleva a Suiza, en el año 1476. Esta vez hay un poco menos de texto, y un problema menor: hay una sóla escena contada a partir del dibujo… y es completamente innecesaria. Si leés sólo los bloques de texto, se entiende todo perfecto. Por suerte hay menos cuadros por página y el dibujo de Toppi se luce muchísimo más, pero me queda la sensación chota de que la historia en sí no era de las más idóneas para ser traspasadas al lenguaje de la historieta.
Para la tercera historia, la ambientación elegida es Italia en 1526. Esta debe ser la historia más floja: un conflicto poco atractivo, un personaje que no se hace querer en lo más mínimo, un final aticlimático, textos que dicen lo mismo que nos muestran los dibujos… Por suerte no es tan heavy el volumen de texto y nos podemos babear con los dibujazos de Toppi, aunque esta es la historieta en la que menos fondos dibuja.
La cuarta nos lleva al Sudán egipcio, en 1878. Es una anécdota menor pero bien narrada, con el dramatismo bien manejado y un lindo moñito en el final. Hay una sóla página de 9 cuadros y el resto está bien equilibrada entre texto e imagen.
Y la última historia, ambientada en la Primera Guerra Mundial, es lejos la mejor, la más original, la menos predecible, la que se apoya más en las relaciones entre personajes muy bien construídos. Por supuesto le vendrían bárbaro cuatro páginas más, para descomprimir un poco, para que no recibamos tanta información tan apretada, para no fumarnos páginas de 10 viñetas, para darle más aire al dibujo y que no sean los bloques de texto y los diálogos los que nos cuentan TODO lo que necesitamos saber… Pero sin dudas es la historia más linda, la más “moderna”, o por lo menos la que mejor se banca los 45 años transcurridos desde su publicación original.
El dibujo de Toppi es invariablemente potente, elegante. Incluso cuando no tiene espacio para lucirse, el maestro deja todo. A veces pierde la pulseada contra el afán de mostrar de un modo casi documental a personajes que existieron en la realidad, y le salen figuritas de la Billiken con mucha resemblanza pero poca onda. Cuando eso pasa a segundo plano, Toppi sorprende con la versatilidad de su línea (a veces bien finita, bien clara, a veces muy cargada), siempre en sintonía con los climas, con la iluminación y con lo más logrado que tienen estas páginas, que es el equilibrio entre espacios blancos y masas negras. En los trabajos en los que Toppi se calienta menos por mostrar su impronta autoral y en vez de hacerse el artista se pone el overol, la calidad no baja para nada. Ahí aparece un dibujante de estética realista sumamente correcto, con un trazo vigoroso, gran manejo de los fondos, de la documentación, de las expresiones faciales. Ese es el Toppi al que se puede imitar sin quedar como un “clon choto de…” y ahí aparecen cosas que veremos luego en Jorge Zaffino, Leopoldo Durañona o Luis García Durán, entre otros.
Repito: los guiones no son gran cosa salvo el último (El largo viaje del Zeppelin). Pero si comprás historietas por los dibujos y querés ver cómo se podía descollar en el género bélico o histórico sin chorear a Hugo Pratt, ni a los maestros norteamericanos que venían desde los años ´30, estos trabajos “menores” de Toppi te pueden enseñar unas cuantas cosas. Tengo por ahí otro librito de la misma colección, con más historias cortas de los mismos autores, así que pronto habrá secuela.
Cuando digo que son historias cortas, lo digo en serio: todas tienen ocho o nueve páginas. Y casi todas ostentan grandes ambiciones en cuanto a lo que se proponen contar. Así es como Toppi termina por llenar las páginas de cuadritos chiquitos, a su vez muy poblados de texto. A tal punto que en la primera historia, por ejemplo, tenemos viñetas que sólo muestran texto, como en El Eternauta y tantas otras historietas definitivamente antiguas. Por momentos el texto tiene tanto protagonismo y se hace tanto cargo de llevar adelante el relato, que los dibujos de Toppi se convierten en meros complementos, que ilustran pedacitos de lo que narra Milani con palabras.
La primera aventura, ambientada en Francia en 1040, no es gran cosa. Arranca lento, se apresura al final y obviamente necesitaba por lo menos cuatro páginas más para evitar que los masacotes de texto ahoguen por completo al dibujo, que a veces aparece apretujado en viñetas que parecen estampillas.
La segunda historia nos lleva a Suiza, en el año 1476. Esta vez hay un poco menos de texto, y un problema menor: hay una sóla escena contada a partir del dibujo… y es completamente innecesaria. Si leés sólo los bloques de texto, se entiende todo perfecto. Por suerte hay menos cuadros por página y el dibujo de Toppi se luce muchísimo más, pero me queda la sensación chota de que la historia en sí no era de las más idóneas para ser traspasadas al lenguaje de la historieta.
Para la tercera historia, la ambientación elegida es Italia en 1526. Esta debe ser la historia más floja: un conflicto poco atractivo, un personaje que no se hace querer en lo más mínimo, un final aticlimático, textos que dicen lo mismo que nos muestran los dibujos… Por suerte no es tan heavy el volumen de texto y nos podemos babear con los dibujazos de Toppi, aunque esta es la historieta en la que menos fondos dibuja.
La cuarta nos lleva al Sudán egipcio, en 1878. Es una anécdota menor pero bien narrada, con el dramatismo bien manejado y un lindo moñito en el final. Hay una sóla página de 9 cuadros y el resto está bien equilibrada entre texto e imagen.
Y la última historia, ambientada en la Primera Guerra Mundial, es lejos la mejor, la más original, la menos predecible, la que se apoya más en las relaciones entre personajes muy bien construídos. Por supuesto le vendrían bárbaro cuatro páginas más, para descomprimir un poco, para que no recibamos tanta información tan apretada, para no fumarnos páginas de 10 viñetas, para darle más aire al dibujo y que no sean los bloques de texto y los diálogos los que nos cuentan TODO lo que necesitamos saber… Pero sin dudas es la historia más linda, la más “moderna”, o por lo menos la que mejor se banca los 45 años transcurridos desde su publicación original.
El dibujo de Toppi es invariablemente potente, elegante. Incluso cuando no tiene espacio para lucirse, el maestro deja todo. A veces pierde la pulseada contra el afán de mostrar de un modo casi documental a personajes que existieron en la realidad, y le salen figuritas de la Billiken con mucha resemblanza pero poca onda. Cuando eso pasa a segundo plano, Toppi sorprende con la versatilidad de su línea (a veces bien finita, bien clara, a veces muy cargada), siempre en sintonía con los climas, con la iluminación y con lo más logrado que tienen estas páginas, que es el equilibrio entre espacios blancos y masas negras. En los trabajos en los que Toppi se calienta menos por mostrar su impronta autoral y en vez de hacerse el artista se pone el overol, la calidad no baja para nada. Ahí aparece un dibujante de estética realista sumamente correcto, con un trazo vigoroso, gran manejo de los fondos, de la documentación, de las expresiones faciales. Ese es el Toppi al que se puede imitar sin quedar como un “clon choto de…” y ahí aparecen cosas que veremos luego en Jorge Zaffino, Leopoldo Durañona o Luis García Durán, entre otros.
Repito: los guiones no son gran cosa salvo el último (El largo viaje del Zeppelin). Pero si comprás historietas por los dibujos y querés ver cómo se podía descollar en el género bélico o histórico sin chorear a Hugo Pratt, ni a los maestros norteamericanos que venían desde los años ´30, estos trabajos “menores” de Toppi te pueden enseñar unas cuantas cosas. Tengo por ahí otro librito de la misma colección, con más historias cortas de los mismos autores, así que pronto habrá secuela.
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martes, 30 de julio de 2013
30/ 07: SHARAZ-DE
Alberto Breccia, Jorge Zaffino, Quique Alcatena, Lucho Olivera, Dave McKean, Bill Sienkiewicz... en algún momento, todos estos genios del dibujo, todos estos inclasificables, confluyen en Sergio Toppi. También dibujantes que no pertenecen al palo de la historieta, como Carlos Alonso, por ejemplo. Toppi fue un faro vanguardista inagotable, un tipo que hasta el último día se esforzó para hacer todo distinto de como lo habían hecho todos los demás. Y lo logró. Hoy ves una página de Toppi y no te cabe la menor duda de que es obra de este monstruo italiano que nos dejó hace menos de un año. Toppi jugaba todo el tiempo a sobredibujar, a recargar la figura con las más inverosímiles texturas, cross-hatchings, sombras y efectos de todo tipo en un despliegue barroco, desmesurado, de un impacto arrollador para el ojo del lector. Y a la vez, se cuidaba de que toda esa sobrecarga de información visual ocupara sólo una parte de la viñeta. El maestro cuidaba como pocos la composición y el equilibrio y en sus alucinantes viñetas se luce también el espacio blanco, esas vastas zonas vacías, en virtuoso contrapunto con esos dibujos abigarrados, repletos de rayitas y detallitos microscópicos.
En los trabajos a color de Toppi, de los que este fastuoso libro ofrece dos, vemos toda otra gama de recursos increíbles (algunos que lo emparentan al enorme Fernando Fernández) y el mismo talento inconmensurable para el dibujo y la composición. Entre el color y el blanco y negro, esta edición nos bombardea con casi 200 páginas de Sergio Toppi y esa es una experiencia totalmente alucinante, sin ninguna posibilidad de retorno. En total son 11 historias, todas ellas basadas en los cuentos (menos conocidos) de Las Mil y Una Noches, y realizadas por el italiano a lo largo de muchos, muchos años. Las primeras son de 1979 y las últimas de 2005. En ningún momento se nota la evolución: el Toppi de 1979 ya hacía gala de la solvencia y la magia que conservó hasta sus últimos días. Si no buscás en la web las fechas, jamás te imaginás que Toppi no dibujó las 11 historietas una atrás de otra.
¿Y qué onda las historias? Casi todas son muy buenas. Hablan de honor, de lealtad, de humildad, de respeto, de no dejarse llevar por el poder o la ambición, de mantenerse fiel a los sueños... todo esto con los textos bien sintetizados, de modo que no se haga para nada densa la lectura. Está claro que Toppi planeó adaptar muchos cuentos más, porque en el último no hay ni el menor indicio de que pueda cambiar ese status quo que se impone cuando el sultán decide no matar a Sharaz-de a cambio de que esta le narre nuevas historias.
El problema (porque vos que me leés todos los días sabías que en algún punto nos íbamos a topar con un problema) es que Toppi elige no narrar con sus dibujos. Estos están ahí, majestuosos y omnipresentes, y sin embargo todo el peso del relato recae sobre los textos. Si leés los textos sin mirar los dibujos, las historias se entienden perfectamente. Si mirás los dibujos sin leer los textos, vas a tener varios orgasmos, pero no vas a entender una chota. Yo soy de los que creen que, por más virtuoso que seas a la hora de dibujar, si se pueden omitir tus dibujos y aún así entender las historias, estás haciendo algo mal. Si la imagen y el texto van cada uno por su lado, si no se frotan, la magia de la historieta no se produce. Y lamentablemente Toppi eligió ese camino: el de las imágenes superlativas, que te detonan las retinas, pero que funcionan apenas como ilustración medio fumada de algún pedacito del texto.
Por supuesto, corrí a buscar otras historietas de Toppi de principios de los ´80, y me quedé tranquilo al ver que en otras obras, el maestro ponía su formidable grafismo al servicio de los relatos, hilvanaba secuencias complejas, manejaba una amplia gama de planos y angulaciones, y aún así no descuidaba ni la identidad de su dibujo ni esa forma tan personal de componer las viñetas y las páginas. Así me convencí de que esto que sucede en Sharaz-de no es un error ni una torpeza por parte del ídolo, sino una elección, que yo particularmente no comparto.
Si sos dibujante o te gusta el dibujo, supongo que ya tenés una o varias historietas de Toppi en tu biblioteca. Si todavía no capturaste ninguna, este libro te propone una sobredosis devastadora de una droga jodida de verdad. Ahora, si sos fan de las historias, si te copa más la narrativa visual que el despliegue de virtuosismo de un dibujante (o incluso de un genio del dibujo), seguro vas a encontrar obras de Sergio Toppi más logradas en ese sentido. Como sea, siempre está bueno deleitarse con el talento descomunal de esta bestia legendaria. La edición yanki (de Archaia), sencillamente inmejorable.
En los trabajos a color de Toppi, de los que este fastuoso libro ofrece dos, vemos toda otra gama de recursos increíbles (algunos que lo emparentan al enorme Fernando Fernández) y el mismo talento inconmensurable para el dibujo y la composición. Entre el color y el blanco y negro, esta edición nos bombardea con casi 200 páginas de Sergio Toppi y esa es una experiencia totalmente alucinante, sin ninguna posibilidad de retorno. En total son 11 historias, todas ellas basadas en los cuentos (menos conocidos) de Las Mil y Una Noches, y realizadas por el italiano a lo largo de muchos, muchos años. Las primeras son de 1979 y las últimas de 2005. En ningún momento se nota la evolución: el Toppi de 1979 ya hacía gala de la solvencia y la magia que conservó hasta sus últimos días. Si no buscás en la web las fechas, jamás te imaginás que Toppi no dibujó las 11 historietas una atrás de otra.
¿Y qué onda las historias? Casi todas son muy buenas. Hablan de honor, de lealtad, de humildad, de respeto, de no dejarse llevar por el poder o la ambición, de mantenerse fiel a los sueños... todo esto con los textos bien sintetizados, de modo que no se haga para nada densa la lectura. Está claro que Toppi planeó adaptar muchos cuentos más, porque en el último no hay ni el menor indicio de que pueda cambiar ese status quo que se impone cuando el sultán decide no matar a Sharaz-de a cambio de que esta le narre nuevas historias.
El problema (porque vos que me leés todos los días sabías que en algún punto nos íbamos a topar con un problema) es que Toppi elige no narrar con sus dibujos. Estos están ahí, majestuosos y omnipresentes, y sin embargo todo el peso del relato recae sobre los textos. Si leés los textos sin mirar los dibujos, las historias se entienden perfectamente. Si mirás los dibujos sin leer los textos, vas a tener varios orgasmos, pero no vas a entender una chota. Yo soy de los que creen que, por más virtuoso que seas a la hora de dibujar, si se pueden omitir tus dibujos y aún así entender las historias, estás haciendo algo mal. Si la imagen y el texto van cada uno por su lado, si no se frotan, la magia de la historieta no se produce. Y lamentablemente Toppi eligió ese camino: el de las imágenes superlativas, que te detonan las retinas, pero que funcionan apenas como ilustración medio fumada de algún pedacito del texto.
Por supuesto, corrí a buscar otras historietas de Toppi de principios de los ´80, y me quedé tranquilo al ver que en otras obras, el maestro ponía su formidable grafismo al servicio de los relatos, hilvanaba secuencias complejas, manejaba una amplia gama de planos y angulaciones, y aún así no descuidaba ni la identidad de su dibujo ni esa forma tan personal de componer las viñetas y las páginas. Así me convencí de que esto que sucede en Sharaz-de no es un error ni una torpeza por parte del ídolo, sino una elección, que yo particularmente no comparto.
Si sos dibujante o te gusta el dibujo, supongo que ya tenés una o varias historietas de Toppi en tu biblioteca. Si todavía no capturaste ninguna, este libro te propone una sobredosis devastadora de una droga jodida de verdad. Ahora, si sos fan de las historias, si te copa más la narrativa visual que el despliegue de virtuosismo de un dibujante (o incluso de un genio del dibujo), seguro vas a encontrar obras de Sergio Toppi más logradas en ese sentido. Como sea, siempre está bueno deleitarse con el talento descomunal de esta bestia legendaria. La edición yanki (de Archaia), sencillamente inmejorable.
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