el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 6 de junio de 2022

OTRO LUNES CON RESEÑAS

Bueno, como ya es costumbre, los lunes reseño algunos libritos que leí durante el finde. Empiezo en Francia, año 2011, cuando Fabien Nury y Brüno (una dupla hoy recontra-afianzada) adaptan al comic la novela de Eugene Sue llamada Atar Gull, o el destino de un esclavo modélico. Alcanza con un vistazo a la portada para deducir de qué va la historia: un nativo africano de físico portentoso, esclavizado por europeos para ser vendido en América. Una historia que, por más que nos la hayan contado mil veces, no deja de ofrecer aristas interesantes para explorar. La saga de Atar Gull está dividida en dos partes: en la primera, Nury se concentra en el viaje a América de los africanos y en todo el mecanismo perverso del tráfico de esclavos: quién los somete, quién los vende, cómo se negocia cada eslabón de esa infame cadena, y los peligros que enfrentaban los barcos cargados de esclavos cada vez que intentaban cruzar el Oceáno Atlántico para vender su mercancía en nuestro continente. En todo este extenso tramo, el rol de Atar Gull es muy menor, es apenas un testigo de lo que sucede, una víctima más de este abominable mecanismo de explotación forzada de hombres y mujeres a los que los europeos ni siquiera consideraban seres humanos. La segunda parte no es menos desgarradora ni menos conmovedora, ni golpea menos al lector con las atrocidades que nos toca presenciar. Pero es la que cuenta el grueso de la historia, donde realmente se desarrolla el personaje de Atar Gull. Ambientado en Jamaica, en una gran finca donde muchísimos esclavos trabajan al servicio de un amo inglés, este tramo también transita muchos lugares comunes que vimos en miles de películas, novelas y comics sobre la vida de los africanos transplantados a América por la fuerza, pero al espesor dramático del clásico conflicto entre blancos y negros, Nury le suma un elemento muy ganchero: Atar Gull tiene un plan para vengarse de quienes esclavizaron a su gente. Las fronteras entre héroes y villanos se hacen borrosas a medida que el plan de Atar Gull avanza y vemos sus funestas consecuencias para prácticamente todo el elenco de la novela. Nury narra todo esto de manera adusta, impiadosa, con pocas palabras pero muy filosas, con unas escenas mudas electrizantes y una mala leche desoladora. Hasta la última página hay sorpresas, porque el protagonista va revelando de a poco facetas de su personalidad que estaban apenas insinuadas en las primeras páginas. Esto es heavy de verdad, no es una lectura para estómagos blanditos. Y el dibujo de Brüno es magnífico. Brüno es alemán, se apellida Thielleux, y su trazo busca todo el tiempo la síntesis, quedarse con el impacto, con la potencia del dibujo y prescindir de todo lo demás. Encuentra un punto de equilibrio alucinante, en una especie de frontera entre Lucas Varela y Miguel Ángel Martín, como para que te des una idea. Y ahí, en ese nivel de abstracción, te masacra con una expresividad que te sumerge inexorablemente en la historia, en los climas que propone el guion, para hacerte sentir en carne propia los horrores que viven los personajes del comic. Brüno deja la vida en cada fondo y no desaprovecha en lo más mínimo las oportunidades de lucimiento que le brindan las muchas secuencias mudas que le habilita Nury. El colorista Laurence Croix lo complementa muy bien y lo colorea como corresponde a este tipo de línea dura, casi agreste: con colores planos. Atar Gull es un comic durísimo, incómodo como tampón de virulana, jodido como enema de chimichurri, pero realmente cautivante por su temática y su ritmo, y brillante por su ejecución tanto en guion como en dibujo.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando Capitán Barato publica un segundo libro de Rancat, titulado Tres Chicas y un Vampiro. Acá tenemos cuatro aventuras del violento justiciero urbano escritas por Matts (el editor y guionista Matías Timarchi), dibujadas por Sergio Monjes y coloreadas por Ramón Bunge. Este último se lleva la medalla dorada, porque su trabajo es realmente excelente. Me imagino este comic en blanco y negro y tendría... el 40% de la gracia y el impacto que se puede apreciar en la versión a color. La medalla de plata es para Matts, que maneja muy bien el género del grim´n gritty. El único problema que encuentro es que TODOS los personajes son groseros y hablan con una cantidad insoslayable de puteadas. Me encanta que haya personajes mal hablados, pero eso se disfruta mucho más cuando son uno o dos, y encajan las puteadas en un contexto en el que se supone que son la excepción, no la regla. Acá son la regla, prácticamente no hay personajes que no puteen en las cuatro aventuras, y eso diluye un poco el impacto de las guarangadas. Y medalla de bronce para Sergio Monjes, un dibujante correcto, con algunos momentos realmente memorables, pero con un vicio que no logro entender: cuando llegan las escenas de acción, que es donde más debería lucirse el dibujo, donde en general las historietas de este tipo se van al carajo en sus despliegues de viñetas enormes en las que la machaca estalla con todo su power, Monjes en vez de meter menos cuadros por página, mete más. Buena parte de las peleas están resueltas en páginas con cuatro tiras de viñetas muy chiquitas, con poco énfasis en la acción, mientras que en las páginas donde Rancat y los demás personajes dialogan o hacen otras cosas, muchas veces las tiras son tres y las viñetas, seis o menos. Ojo, también hay escenas sin violencia en las que Monjes mete MUCHOS cuadros por página, y cuadros (grandes y chicos) MUY cargados de texto. Pero donde esto se convierte en un obstáculo es en las escenas de acción, que merecían ser narradas con menos cuadros, más grandes y más espectaculares. Más allá de los detalles, me divertí bastante con estas historias repletas de corrupción y sordidez, donde hay tráfico de órganos, prostitución, timba clandestina, drogas, armas, torturas, vampirismo, violaciones y mil excusas más para que la violencia explote y salpique a buenos y malos. No es material para analizar de modo puntilloso, sino más bien para dejarse llevar por lo extremo de los conflictos y por los tsunamis de sangre y muerte con los que los resuelven Matts y Monjes. Desde ese lugar, Rancat es un entretenimiento sólido y eficaz, casi irresistible para los fans de los justicieros mala leche que no tienen el menor reparo en responder a la agresión con mucha más agresión. Nada más, por hoy. Nos reencontramos ni bien tenga leídos un par de libros más, acá en el blog.

sábado, 4 de abril de 2020

SABADO DE ENCIERRO

Hoy no pisé la calle en todo el día, me quiero matar. Pero bueno, es lo que nos toca. Vamos con las reseñas, que para eso estamos.
Hoy me toca ser sumamente injusto con un libro glorioso, nacido para reparar abyectas injusticias. Injusto porque lo voy a reseñar así nomás, sintéticamente, como si fuera uno más de tantos, cuando en realidad es una gema única. En 1998, Glénat armó un Frankenstein maravilloso llamado Héroes Modernos. ¿Qué tiene adentro? Tres obras distintas, compuestas por historias cortas, de la dupla integrada por el escritor y periodista Ignacio Vidal-Folch y el asombroso historietista Miguel Gallardo. Bajo este título genérico se agrupan casi 150 páginas realizadas por este tándem entre principios de los ´80 y mediados de los ´90.
La primera parte está dedicada a las historias de Pepito Magefesa y otros pastiches posmodernos, breves historietas en las que Vidal-Folch y Gallardo juegan a satirizar géneros, desde las artes plásticas a las telenovelas, y por supuesto se ceban mal en su mirada ácida y desangelada hacia la historieta clásica, sobre todo la de los diarios de EEUU. Originalmente estas historias aparecieron en los primeros números de la gloriosa revista Cairo, y se reeditaron alguna vez en un tomo llamado “Pepito Magefesa y otras historias”, que está descatalogado hace décadas y nunca pude conseguir. Imaginate mi alegría cuando me cayó este libro.
La segunda parte compila todas las historias cortas de Perico Carambola, una versión noventosa, más adulta y más sacada, de un personaje clásico del comic humorístico español que fue El Reporter Tribulete. Esto ya lo había sacado Glénat unos años antes, en formato revista. Obviamente en libro me gusta más. Las historias son alucinantes, el dibujo de Gallardo es excelso, los diálogos, las situaciones, todo es una combinación brillante entre delirio y mala leche. Y el tramo final, el más breve, abarca las historias cortas de Roberto España y Manolín (que también habían aparecido en formato revista), una serie en la que Vidal-Folch y Gallardo (a esta altura ya un camaleón, un Metamorpho del dibujo) se mimetizan con los autores de Roberto Alcázar y Pedrín, una serie emblemática del comic español de la época post-Guerra Civil, famoso por bajar una línea muy derechosa, muy alineada (o alienada) con la época más sanguinaria de la dictadura de Francisco Franco. Vidal-Folch y Gallardo invierten la carga ideológica y ponen a estos clones de Roberto Alcázar y Pedrín a predicar la democracia y la corrección política con resultados hilarantes. Una verdadera genialidad que –me da la sensación- en su momento pasó un poco desapercibida.
Soy muy fan de Miguel Gallardo, lo sigo a muerte desde mediados de los ´80 y ya había leído en revistas TODO el material de Héroes Modernos. Pero me hizo muy feliz reencontarme con estos personajes y volver a cagarme de risa como la primera vez.
Me vengo a Argentina, con una grata sorpresa editada en nuestro país a fines de 2019: Rancat Año Uno. En la superficie, parece la enésima historieta de superhéroes, en este caso a cargo de autores argentinos que tratan de imitar la estética yanki. Y algo de eso hay, pero a) está muy bien logrado, escrito por Matts (que si no me equivoco es Matías Timarchi), dibujado por Germán Erramouspe y coloreado por Ramón Bunge a un nivel que no tiene nada que envidiarle al de cualquier producto del mainstream de EEUU, y b) también hay algo más, un filo, una mala leche, una habilidad para llevar al límite la temática del justiciero urbano, que no es tan frecuente en el comic yanki de chabones enmascarados que se cagan a trompadas.
Hasta ahora las historietas de superhéroes argentinos que publicaba Capitán Ediciones eran ambientadas en nuestro país y aptas para todo público. Rancat, por el contrario, está claramente ambientada en EEUU (los personajes incluso se tratan de tú) y tiene montones de elementos no aptos para todo público, desde un nivel de violencia desolador, hasta sexo, corrupción policial zarpada, una red de prostitución infantil o un protagonista (no me animo a ponerle el rótulo de “héroe”) que le da a la falopa. La onda sórdida y grim´n gritty funciona muy bien, el dibujo de Erramouspe es excelente y si no se luce más es porque hay páginas donde Matts se va un poco de mambo con la cantidad de texto.
Al final de la historia más larga hay una más breve, también escrita por Matts y dibujada como los dioses por Facundo Percio, capo absoluto. Y lo mejor es el postre: ocho paginitas, una historia menor, apenas una anécdota, con muy buenos dibujos de Rafael Ortiz y un guionazo de Mauro Mantella, con unos diálogos brillantes. Esto que hace Mantella con Rancat no sólo levanta la temperatura del libro y del personaje, sino que echa por tierra el intento de presentarlo como un héroe yanki. Sólo un argentino puede escribir una historia así, plantearla y resolverla de esa manera, con ese timing, esa mirada, esa impronta. Al final no sé si me hice muy fan de Rancat (me cuesta empatizar con un justiciero urbano sacado, violento y bastante amoral), pero esa última historieta me pareció excelente de verdad.

Nada más, por hoy. Diviértanse como puedan, que nos quedan muchos días de encierro por delante.