el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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domingo, 3 de septiembre de 2023

DOS LIBROS FINITOS

Sigo con poco tiempo para leer comics, pero me logré terminar dos libros de esos tranquilos, de pocas paginas, que procedo a reseñar. Allá por 2020 leí y reseñé los dos primeros TPBs de Scarlet Witch, aquella breve serie escrita por James Robinson, y se hizo difícil conseguir el tercero y último. Finalmente apareció y debo decir que este Vol.3 es el pico más alto en esta trilogía de recopilatorios. Lo único que tengo para criticarle es que me resultó un toque caprichoso el dogma tan estricto de que cada episodio tenga un dibujante distinto, sobre todo porque eso hace que visualmente el librito sea muy desparejo. El primer episodio lo dibuja Leila Del Duca, que es apenas competente; el segundo se lo dan a Annapaola Martello, que es una dibujante bien del montón; el tercero está a cargo de Jonathan Marks-Barravecchia, un dibujante más raro, más emparentado con el Jae Lee de Inhumans y Sentry: para el cuarto tenemos a Shawn Crystal, clásico fill-inero de Marvel, que sorprende con una muy atractiva puesta en página y arma un combo muy potente con el color de Chris Brunner, pero tiene más problemas que Medio Oriente cuando tiene que dibujar primeros planos de las protagonistas; y finalmente el cierre está a cargo de Vanesa Del Rey, también con un trabajo modesto, sin brillo ni sorpresas, que se vuelve mínimamente interesante gracias a la magia cromática de la inmensa Jordie Bellaire. Esto mismo en blanco y negro, sería virtualmente infumable. Pero lo grosso está en el guion de Robinson, un autor ya muy curtido, que acá se anima a todo. Probablemente el sacudón más interesante (del que dudo que otros guionistas se hagan cargo) es la revelación de que Wanda es la continuadora de un legado de Scarlet Witches que viene de mucho antes, y que su verdadera madre fue la Scarlet Witch anterior. Todo el tema del origen de Wanda (y Pietro) se resuelve de manera muy interesante, con muchas sorpresas fuertes y vueltas de tuerca alucinantes que no borran como por arte de magia lo establecido por los autores que trabajaron anteriormente con los personajes. Otro punto altísimo es la caracterización de Agatha Harkness, que acá cobra una profundidad inusitada y hasta logra que uno por momentos simpatice con ella. Sí, esa vieja con cara de ojete se convierte en un personaje muy atractivo gracias a la pluma mágica de Robinson. También está la construcción de un villano pensado para ser (en el largo plazo) el archi-enemigo de Wanda, pero la confrontación no se llega a ver, por lo menos en los 15 números que duró esta serie. Lo que sí llega a un final consistente es el plot, desarrollado por Robinson a lo largo de toda esta etapa, en el que Wanda tiene que resolver esa especie de "crisis en el corazón de la brujería", una epopeya mística que por momentos parece un sentido homenaje a la Promethea de Alan Moore y J.H. Williams III, pero con dibujantes medio crotos. En esta serie, que claramente daba para durar mucho más, James Robinson nos presenta a una Wanda muy humana, vulnerable, pero decidida a todo para recuperar su imposible poder, con sacudones limados y un respeto increíble por la riquísima historia de una de las grandes creaciones de Stan Lee y Jack Kirby. Creo que salió un broli más power que recopila los 15 números juntos, y que debe ser más fácil de encontrar que los tres libritos individuales. Si sos fan de Scarlet Witch (de toda la vida, o a partir de la chapa de Wanda en el MCU), te lo recontra-recomiendo. Y si te sumaste a la barra brava de James Robinson a partir de a su paso por Starman, obviamente también.
Me vengo a Argentina, año 2023, para disfrutar horrores del sexto librito de la magnífica serie Roque & Gervasio, Pioneros del Espacio, que publica con encomiable regularidad la editorial Libros del Cosmonauta. Esta vez, Federico Reggiani y Ángel Mosquito nos presentan "Elvis fue Vicepresidente, Parte I", 80 páginas que -contra todos los pronósticos- logran superar a los que hasta ahora eran los mejores libritos de la colección. Hoy y hasta nuevo aviso, esta es mi aventura favorita de mi serie argentina favorita. A un ritmo electrizante, la dupla nos mete en una comedia de enredos clásica, en la que los protagonistas oscilan entre el rol del vivo que viene a hacer fortunas a costa de los incautos, el rol de la víctima a la que la garcan como de arriba de un puente, y el rol del loser que tiene que dejar hasta su último gramo de suerte, coraje o lo que sea para arañar un empate. Esto es muy gracioso, muy ganchero e incluso adictivo. No quería llegar a la última página para no irme de este universo alucinante en el que conviven seres y conceptos limadísimos con situaciones y actitudes demasiado reales. Esta vez el guion se mete a fondo con la política, y la forma en que se gestiona, se financia, se promueve y se rosquea la obra pública. Si bien Roque & Gervasio ya nos había paseado varias veces por los laberintos de la burocracia (por supuesto en clave satírica) esta vez la saga explora vericuetos similares, pero a un nivel más alto, el del protocolo político en las más altas esferas de un planeta de enorme inestabilidad social. Obviamente esto está lleno de guiños elípticos a la realidad de un país socialmente inestable en el que se suele chorear a cuatro manos con la obra pública, al que ni hace falta nombrar. Pero además la trama abunda en situaciones desopilantes que tienen que ver con una cultura basada en lo que sería la quintaesencia del mítico Elvis: sexo, droga y rockanroll. El atildado Roque y el lábil Gervasio reaccionan a este contexto de maneras muy diferentes, y de ahí salen contrapuntos divertidísimos, que le agregan picante al entramado político-financiero de la misión que deben cumplir los pioneros del espacio. Y además (y con esto termino) en este librito queda más claro que nunca que para Roque y Gervasio todos estos encuentros con alienígenas bizarros, burócratas del cosmos y chantas varios no son apenas una fuente de peripecias que se olvidan cuando la trama llega a su fin. Acá todo eso constituye también el pasado de los personajes, porque muchos de estos conceptos reaparecen en aventuras posteriores y dan la sensación de un universo en constante expansión, cada vez más rico, más complejo y más fértil para las andanzas de nuestros conquistadores planetarios. Si todavía no entraste en la adicción de Roque & Gervasio, no lo dudes más. La vas a pasar bomba, de acá a la luna artificial de ASDF 44 Trotilo. Nada más, por hoy. Nos reencontramos en un par de días, y si estás en Córdoba (o cerca) nos vemos jueves, viernes y sábado en la nueva edición del Docta Comics.

martes, 5 de mayo de 2020

MARTES DE MUJERES

Bueno, acá estamos con lo que debía de ayer, y los intereses. En vez de un libro, tengo leídos dos.
Arranco con una reseña muy breve, la del Vol.2 de Ryuko. Breve porque mucho de lo que me motiva este manga de Eldo Yoshimizu ya lo puse por escrito el 24/10/19 y breve porque es un tomito de muy pocas páginas (112), con pocas viñetas por página y una cantidad de texto… no escasa, pero para nada abultada.
Me gustó más esta segunda parte, donde la narración es más lineal. O no, donde Yoshimizu elige mejor dónde interrumpir cada secuencia, para que se entienda más claramente qué está sucediendo en el presente, qué tramos son flashbacks y demás. De a poco se va delineando mejor la relación entre los personajes, como para darnos alguna pista de cuál va a ser el climax del conflicto y cómo se puede llegar a resolver.
Y por supuesto, el gancho grosso que tiene Ryuko es el dibujo, un rubro en el que Yoshimizu pone toda la carne al asador, sin la menor piedad ni respeto para con nadie. A nivel visual, este es un manga de un impacto impresionante. Acostumbrados como estamos a que cada mangaka se mueva dentro de un único registro estético, de pronto Yoshimizu nos sorprende con una mezcla alucinógena en la que una viñeta parece dibujada por Yoshitaka Amano, la siguiente por Leiji Matsumoto, y la siguiente por… Carlos Alonso, ponele. El despliegue de técnicas es infernal, te abre tremendamente la cabeza a la hora de pensar qué se puede hacer y qué no en una historieta que se imprime en blanco y negro. Y en todas esas técnicas, Yoshimizu juega de local, con el aplomo y la cancha de los consagrados.
Veremos qué nos depara la segunda mitad de este thriller violento y sórdido, pero con momentos de mucha humanidad, en los que Eldo Yoshimizu realmente logra que empaticemos con sus personajes, por más que sean todos asesinos.
Me liquidé también el Vol.2 de Scarlet Witch (el anterior lo vimos el 19/04/20) y de nuevo, me gustó más que el Vol.1. La fórmula es bastante parecida a la del tomo anterior: cinco episodios, todos básicamente autoconclusivos, siempre con James Robinson como guionista, pero con rotación de dibujantes en cada historia. Esta vez, además, son cinco dibujantes mujeres, como para subrayar ese costado feminista que yo notaba en el enfoque que propone Robinson para esta serie.
El primer episodio es flojo: apenas un tipo muy pusilánime y muy nabo al que su mujer ya muerta le enseña a vivir. El segundo, un poquito mejor, consiste en darle chapa a un personaje (obviamente femenino) que Robinson había creado para una historia corta en un one-shot de Dr. Strange. El quinto episodio, está bien, tranqui, con un giro copado y una ambientación logradísima.
Pero la pulenta, la recontra-pulenta, son el tercer y cuarto episodio. Acá vuelve el Robinson de la gente, el que nos sedujo a todos en Starman. Son 40 páginas sin acción, de Wanda hablando con dos interlocutores distintos. En el cuarto, con la excusa de que en varios títulos hay conexiones con la funesta Civil War II, Wanda habla con su hermano Pietro (Quicksilver), primero de ese tema, y después de temas muchísimo más interesantes. Una charla profunda, sin pelos en la lengua, con facturas vencidas y otras todavía dignas de ser cobradas. Si seguís las vidas de estos hermanos desde aquellos comics de los años ´60, esto te va a emocionar a pleno. Y encima dibuja Joëlle Jones a un gran nivel.
Y el tercer episodio (nº8 de la edición en revistitas) es LA GLORIA. En 20 páginas, Robinson le explica a una legión de guionistas mediocres que con Scarlet Witch NO SE JODE. Que es un personaje demasiado central del Universo Marvel como para ningunearla o basurearla como se hizo durante años con Wanda. No podés –dice Robinson- sacar de la galera personajes como Wiccan y Speed y no darle bola al vínculo con Wanda. No podés pegarle sacudones brutales a Vision o a Wonder Man sin explorar cómo eso afecta a la mujer que los amó a los dos. No le pueden mentir más en la cara ni a ella ni a los lectores que la siguen desde 1963. Lástima el dibujo (a cargo de Tula Lotay) que quizás sea el menos logrado del tomo. Pero el guión, el texto, esos diálogos, el clima que construye Robinson para el largo diálogo entre Wanda y… alguien que no es quien dice ser, alcanza y sobra para que estas 20 páginas sean una auténtica cátedra de cómo se escribe un personaje con 55 años de historia a cuestas.
Se puso power la Scarlet Witch de Vertigo, pero yo me bajo acá, porque no tengo el tercer y último tomo. Acepto donaciones.

Y nada más, por hoy. Como siempre “vamos a volver” ni bien tenga un par de libros más listos para ser reseñados.

domingo, 19 de abril de 2020

OTRO DOMINGO EN CASA

A fines de 2015, Marvel decidió reparar una injusticia y le dio serie regular a Scarlet Witch, inmenso personajes siempre contenido en las páginas de los distintos títulos de Avengers, tras hacer las inferiores como villana en Uncanny X-Men. El guionista elegido fue James Robinson, muy fan del tema de las brujas, como atestigua su serie Witchcraft, de la cual escribió un par de sagas en Vertigo, en los ´90. Y el formato elegido es muy parecido al que vimos hace poco en aquella serie de S.H.I.E.L.D.: episodios autoconclusivos, siempre con distintos dibujantes. Evidentemente esa fórmula no es la que prende hoy en día entre los lectores de Marvel, porque a Scarlet Witch también le fue mal, y la serie se extinguió luego de apenas 15 entregas. Pero de ahí salieron tres TPBs, de los cuales tengo dos, y hoy tengo para comentar el primero.
Robinson presenta una versión bastante “vertiguesca” de la querida Wanda Maximoff, más madura, menos bardera, conectada a full con el tema de la brujería (que se usa para explicar sus poderes, por encima de cualquier poder mutante que pueda tener la heroína) y hasta con un tinte feminista, ya que la cuestión de género tiene bastante peso en las tramas. Falta que la veamos putear y acostarse con otras mujeres y ya podríamos decir que esta es la Scarlet Witch de Vertigo. De todos modos, como suele suceder en Marvel, aunque los autores tengan amplias libertades para llevarse a los personajes a las márgenes del meta-relato compartido entre todos los títulos de la editorial, el Universo Marvel siempre se hace presente, en distintas formas.
El primer episodio es bastante flojo, pensado más para piantar compradores que para seducirlos. El segundo levanta un poco, el tercero y el cuarto ya están bastante mejor (acá Robinson ensaya otra innovación: inventarle un archienemigo a Wanda, que nunca tuvo uno) y el quinto, que es el más desenganchado, el más autoconclusivo de todos, es el que a mí más me gustó. Es rara cómo está mostrada la acción, con lo cual uno nunca siente el peligro, la emoción, la veta épica de lo que está sucediendo, pero a nivel argumental me parece la historia más lograda.
Este último episodio está ambientado en España y una vez más (como en el libro de Shade que vimos el 17/03/14) Robinson convoca para dibujarlo al gran Javier Pulido, que plantea una puesta en página medio extraña, pero dibuja a un nivel muy alto. Después tenemos a Vanesa del Rey (bastante del montón lo suyo), a Chris Visions (no lo conocía, me gustó bastante), al maestro Steve Dillon (tranquilo, sin sobresaltos) y a Marco Rudy, mil veces mejor que en aquellos números de Swamp Thing donde lo vimos reemplazar a Yanick Paquette, ahora con la posibilidad de colorearse a sí mismo, y con un juego de puesta en página que emula (con dignísimos resultados) a los que proponía J.H. Williams III en Promethea. O sea que visualmente el TPB tiene más logros que tropiezos. Prometo entrarle pronto al Vol.2, a ver si siguen mejorando los guiones.
Me queda sin leer muy poco material editado en Argentina en 2019 y en 2020 casi no salieron libros de autores locales, así que veremos de qué carajo me disfrazo para que no falte comic nacional en este espacio. Tengo leído Changos es Puro Cuento, una antología en la que varios autores reversionan clásicos de la literatura con una vuelta de tuerca rara e ingeniosa: la de meter en el medio a sus propios personajes, todos ya aparecidos (creo) en otras historietas destinadas al público infantil. O sea que al desafío de adaptar a pocas páginas de historieta relatos literarios mucho más extensos, se suma este, bastante más jodido, que es el de romper la lógica de l@s autores originales para darle a todo una onda infanto-juvenil y mechar personajes de la propia cosecha de cada un@ de l@s historietistas.  
Todas las historietas comparten un problema serio: esa tipografía chota, amarga, que va en sentido contrario del despliegue de imaginación que uno espera ver en un libro de estas características. Y después, hay dibujantes realmente flojos, a los que les quedó muy grande el formato libro, las páginas a color, la chapa de los textos que adaptaron, etc. Material que si ves en un fanzine no te hace ruido, pero en este contexto, el de un libro con una calidad de edición impecable, impacta muy negativamente.
En el rubro “busquemos una vuelta loca para contar las historias que todo el mundo conoce con una impronta distinta y metámosles personajes que no tienen nada que ver”, creo que los mejores resultados los obtienen Willy Pinuer, Pablo Lizalde, y la dupla Muriel Frega-Mariela Acevedo. Además, son tres de las historietas realmente bien dibujadas. La forma en que Hernán Offi encara la adaptación de 2001: A Space Odyssey también me causó bastante gracia, pero al dibujo le falta un poco más y no está tan logrado el equilibro entre texto e imagen. Y después hay dibujos más que correctos en la historieta de Laura Vásquez (donde falta destreza en la puesta en página, en el flujo narrativo de la historia) y en menor medida en las de Sergio Puente y Laura Rosendo.
En el resultado global, creo que es un proyecto mejor pensado que ejecutado, pero a los más chicos seguro los va a cautivar, y a mí me brindó la posibilidad de conocer a algun@s nombres vinculados a la historieta infantojuvenil que desconocía, en parte porque la inmensa mayoría son de Mar del Plata. A ver con qué más me sorprenden l@s creativ@s de esa hermosa ciudad.

Y nada más, por hoy. Ni bien tenga otro par de libros leídos, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.

jueves, 19 de enero de 2017

UNA LARGA Y DOS CORTAS

¿Qué hacés, Batman, tanto tiempo…? Volví a leer algo de Batman, en este caso un TPB que reúne tres arcos argumentales originalmente aparecidos en la revista Legends of the Dark Knight, uno del ´95, uno del ´96 y uno del ´97.
Para respetar el orden en el que salieron en la revista, el TPB arranca con Werewolf, un arco escrito por James Robinson, sumamente estirado. Son 75 páginas dedicadas a una trama que se podría haber desarrollado tranquilamente en 48 y que ni siquiera es muy interesante. Por ahí hay climas logrados, algún diálogo, pero en general está MUY por debajo de Blades, aquella memorable participación de Robinson en LOTDK. El dibujo es de John Watkiss, artista al que uno habitualmente asocia con el aburrimiento, y los más flojitos de estómago, a la náusea. Acá se nota la intención de Watkiss de dibujar y narrar bien, pero no lo logra. Intuyo que el dibujo se vería mejor en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar categóricamente.
El segundo arco tiene un equipazo: guión de Warren Ellis, dibujos de John McCrea. Pero es de 1996, acá Ellis todavía no había explotado ni en StormWatch ni en Transmetropolitan y la saguita, si bien tiene un par de ideas buenas, no entra ni en pedo a un Top Ten de obras del inglés, ni de arcos de LOTDK. Lo mejor es el final, las últimas tres páginas, donde Ellis pone arriba de la mesa el dilema ético que subyace en toda la historia. El dibujo de McCrea es adusto, intenso y está siempre agazapado, a la espera del momento justo para impactar.
Y el tercer y último arco está a cargo de una dupla que ya jugaba de memoria: Alan Grant y Quique Alcatena, creo que en su primera visita conjunta a Gotham. El guión de la Bruja no es gran cosa: lo salvan algunos diálogos exquisitos de Alfred (¿quién si no?) y el buen aprovechamiento del hecho de que esta aventura transcurre durante el primer mes de Bruce Wayne como Batman, cuando todavía estaba muy verde. El resto, muy de manual, muy predecible. El dibujo de Alcatena, glorioso como siempre, con el atractivo extra de verlo dibujar lo que rara vez dibuja en sus historietas de corte más fantástico: callejones, tugurios, cloacas y una versión todavía muy primitiva de la Batcave. Todo esto con un ritmo y una puesta en página que no tienen nada que ver con los de sus trabajos para Italia. Como era de esperar, la magia de Quique le levanta el puntaje general al libro, que dentro de todo, aprueba dignamente.
Me voy a Inglaterra, donde en 1989 a algún transtornado se le ocurre editar como un álbum de tapa dura, a todo culo y en formato pequeño (24.5 x 16.5) dos historietas muy cortas del maestro francés Serge Clerc. Sam Bronx and the Robots y Murder in Megaville son relatos breves, en el mismo mundo y con los mismos personajes, y tuve que buscar páginas de las historietas en francés para convencerme de que Clerc las dibujó así, de a dos viñetas por página, porque pareciera un remontaje bizarro de una historieta planteada de modo más tradicional. Pero no, la bizarreada se la mandó Clerc, que decidió narrar historias en 32 y 18 viñetas, respectivamente, en las que la puesta en página está supeditada a la elección del formato (una viñeta arriba y otra abajo) y donde el dibujo se luce muchísimo. Pasan muy poquitas cosas, el desarrollo argumental es mínimo… pero ves esa línea, esos trazos, esas masas de negro, esas tramas mecánicas, esos fondos, esas líneas cinéticas… y nada te importa una chota. Es Clerc dibujando con todas las pilas y eso recontra-alcanza y recontra-sobra.
Y termino con la edición argentina de Del Otro Lado, del español Linhart, alq ue alguna vez nos cruzamos en alguna antología. Los tres episodios de Del Otro Lado son formidables: es una serie que narra las no-aventuras de Pablo Picasso, John Lennon, Albert Einstein, Lenin y Elvis Presley en una especie de limbo, un purgatorio extraño y sombrío. Linhart no sólo descolla en la gráfica, sino que tira muchísimas ideas y reflexiones geniales. Pero la serie llegó sólo hasta el tercer episodio (lejos el mejor) y el resto del tomo se completa con historias cortas, sin personajes recurrentes. Acá hay climas que remiten a Franz Kafka (también homenajes explícitos), conceptos dignos de Sigmund Freud y algunos achacos medio alevosos a Charles Burns. El nivel de los guiones, en estas historias autocionclusivas es muy desparejo. Algunas, de hecho, parecen estar hechas sin guión, así, al voleo. Pero bueno, de última siempre garpa el dibujo, que es inquietante, sugestivo y se apoya en una destreza técnica poco frecuente.
No me queda un choto sin leer, así que vuelvo cuando se me acumulen algunas lecturas. Será hasta entonces…

domingo, 22 de noviembre de 2015

22/11: DC COMICS PRESENTS SUPERMAN: SOLE SURVIVOR

Rescaté a este TPB para pobres de una batea de ofertas en la que agonizaba, a ver con qué me podía llegar a encontrar. Como otros TPBs para pobres que ya vimos, este se nutre de lo que en su momento fueron cuatro números de la revista Legends of the DC Universe, un título muy desparejo, obviamente a causa de la constante rotación de personajes y autores.
La revista se lanzó con una saga de tres episodios protagonizada por Superman, escrita por el entonces encumbrado James Robinson y reeditada en este one-shot. La consigna de Robinson parece ser actualizar a los ´90 la primera batalla de Superman contra el Ultra-Humanite (considerado el primer supervillano de la historia del comic), que originalmente había sido narrada en 1939 por Jerry Siegel y Joe Shuster. Coherentemente, la historia está ambientada en los albores de la carrera de Superman, en la época de los primeros números de The Man of Steel, cuando Luthor todavía tenía pelo y nadie había visto un cacho de kryptonita.
Más allá de que la consigna y la ambientación puedan resultar interesantes, la historia es muy floja. Robinson hace bien dos cosas: le escribe los mejores diálogos a Lois Lane, como para justificar su participación en la trama, y nos hace comer el amague a los que conocemos la historia clásica del Ultra-Humanite al mostrar a Dolores Winters como una posible “anfitriona” de la mente del villano, que salta de cuerpo en cuerpo. Uno apostaba hasta la dignidad a que la clave estaba en Dolores Winters y al final no era así. Salvo por esos dos detalles, la historia es aburrida, el villano que introduce Robinson (Madness) es choto y en ningún momento uno siente esa tensión, esa vibración que te hace pensar “acá está por pasar algo muy grosso”.
El dibujo de Val Semeiks tampoco contribuye. Es básico, ramplón y encima el color no lo ayuda. Lo peor que tiene el dibujo de Semeiks es que dibuja la musculatura de Superman de un modo grotesco, muy exagerado. Eso por ahí quedaba bien cuando dibujaba a Lobo, que es un personaje grotesco, más virado a la joda que a la aventura con alguna pretensión de realismo. Lo más digno lo logra cuando intenta copiar cositas de John Byrne o Alan Davis, y para esto último lo ayudan las tintas de Paul Neary. Pero visualmente, esta es una historieta bien del montón.
Como complemento, tenemos un unitario que apareció en el n°39 de LOTDCU, escrito por Danny Fingeroth, guionista y coordinador de muchos títulos auténticamente aberrantes de la Marvel de los ´90. Fingeroth sorprendió a propios y ajenos con un breve unitario de Superman en una antología, y en esta nueva visita a Metropolis trae una consigna atractiva: un científico multimillonario se convence de que la Tierra está por explotar en mil pedazos y lanza a su bebé en una nave espacial, en busca de un planeta supuestamente habitable. Por supuesto todo sale mal y será Superman quien deba evitar la tragedia y salvar al bebé. No está mal, tiene su encanto, más allá de lo poco verosímil que resulta la existencia de un científico multimillonario, capaz de construir robots hiper-tecno y naves espaciales… al que nunca ningún otro guionista había mencionado. “Hola, soy más grosso que Luthor, pero nunca nadie había hablado de mí en ningún comic”. En fin… el dibujo de estas 22 páginas es un horror cancerígeno y abisal, perpetrado por Randy Green, un dibujante espantosamente precario, que en un mundo más justo estaría limpiando parabrisas en los semáforos.
Me guardo este TPB para pobres… para regalárselo a algún amigo fan de Superman.

jueves, 26 de marzo de 2015

26/ 03: DC COMICS PRESENTS CAPTAIN ATOM

Este TPB para pobres (uno de los últimos que publicó DC antes de desactivar aquella maravillosa iniciativa) fue otro rescate de mesa de saldos. Lo capturé porque estaba barato, porque le tengo cariño a Captain Atom por aquella hermosa serie de fines de los ´80 y porque en la tapa estaban los nombres de James Robinson y sobre todo Greg Rucka, que es un guionista que casi no tiene obras flojas. Finalmente resultó que Rucka es apenas el co-argumentista de las primeras páginas, y el resto está todo a cargo de Robinson. Lo cual es bastante coherente, porque esta historieta se publicó originalmente a modo de back-up de Action Comics, en la etapa en la que Robinson llevaba las riendas de los títulos de Superman.
La verdad es que toda esta saga de 90 páginas es un tratamiento de rehabilitación. Captain Atom venía de ser un villano (el Monarch) y antes de eso había integrado ese equipito nefasto armado por el presidente Luthor para desactivar a Superman y Batman en la infladísima saga Public Enemies. Así que, a los ojos de muchos lectores, este héroe venía sumamente devaluado. Keith Giffen y Judd Winnick lo necesitaban mejor posicionado para la serie quincenal Justice League: Generation Lost, y la misión de Robinson fue esa: reinsertar a Captain Atom como un personaje importante y con imagen positiva en el DCU.
Finalmente la misión se cumple: a lo largo de estas páginas el Capi interactúa con la Liga (que en ese momento también estaba en manos de Robinson), con Natasha Irons, con Mon-El, con el Shadowpact y hasta aparece un toque (muuuy desaprovechado) Warlord. Con todos queda bastante bien parado, ya que de alguna manera se reconcilia con su pasado, se perdona por las cagadas que se mandó por afuera de su voluntad y se hace cargo de las que se mandó por boludo. Eso está bien, porque Robinson fuerza una introspección, un pase en limpio de un montón de cosas sin barrer nada abajo de la alfombra, sin reboots ni retcons bizarros, algo que al guionista se le suele dar bien.
El problema es que esto es un comic de superhéroes y la introspección sola no garpa. 90 páginas del Capitán reencontrándose con su pasado y pagando facturas viejas resultaba inviable y por eso hay que meter la infaltable machaca. Y para eso tiene que haber conflictos que se puedan resolver por la via de la violencia. Ahí es donde Robinson flaquea. La aventura es blandita, el héroe lucha contra una amenaza que no le importa a nadie, las excusas para interrumpir esas peleas para que el Capi hable con los otros héroes son bastante truchas, y hay un intento de darle a la “epopeya” un final más decoroso cuando se revela quién es el villano encubierto y Robinson decide que no se cague a trompadas (ni a conjuros) contra el Capi.
El dibujante a cargo de la faz gráfica es Cafu, a quien no recuerdo de otros trabajos. Es un dibujante… correcto, normal. Una especie de Gary Frank más tranqui, mezclado con dibujantes europeos de aventura clásica, que no descolla demasiado. Tampoco tiene grandes pifias, eh? Dibuja muy mal a Congorilla y el resto zafa muy bien. Tiene pocos cuadros por página, mucha splash y doble splash… una narrativa muy jugada a la estridencia, que a mí mucho no me copa. El color lo aporta el maestro español Santiago Arcas, a quien ya vimos jugar en todos los puestos, y está muy bien, sobre todo en las primeras ocho páginas que realmente parecen de un comic europeo ambientado en el medioevo. No sé qué será de la vida de Cafu, pero si se esfuerza un poquito en la narrativa y logra un trazo con un poco más de identidad, podría ser un gran dibujante de mainstream, ya sea en EEUU o en Francia.
Si le sacamos las peleas ridículas contra guerreros, orcos, robots de la B e incluso la pelea con Major Force (que tampoco aporta nada), en vez de 90 páginas tendremos 20 ó 24, pero estaríamos hablando de una lectura más interesante. Los conflictos, la entrada y salida de oponentes con los que el héroe mide sus fuerzas, es el punto débil de esta saga y lo que hace que sólo se pueda valorar como recurso de continuidad, de rescate de un personaje que se había ido al descenso y al que había que traer de vuelta. Si sos fan del Captain Atom, o de la Liga de la Justicia de los ´80, sospecho que te interesará.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

17/09: HAWKMAN Vol.1

Tarde pero seguro, le jugué unas fichas a esta serie de Hawkman que arrancó (creo) a principios de 2002. Ya dije alguna vez que Hawkman me parece un personaje pedorro, repleto de limitaciones, así que para que le dé una chance tiene que haber motivos muy potentes. Veamos: co-escriben Geoff Johns y James Robinson, guionistas de la etapa más gloriosa de la JSA. Dibuja Rags Morales, dibujante más que correcto, con un logrado equilibrio entre estridencia pochoclera y solidez narrativa. Tiene mucho protagonismo la Hawkgirl a la que vimos debutar, evolucionar y convertirse en un personaje muy interesante en las páginas de la JSA. Y lo más atractivo: este NO es el Hawkman de la Silver Age, si bien visualmente se le parece muchísimo. Es más bien el de la Golden Age, muy toqueteado, muy reversionado, al que estos guionistas y otros que vinieron antes le fueron incorporando elementos más originales, más distintivos: las eternas reencarnaciones, el gusto por la violencia, la inclinación política de extrema derecha… Ya no es un Batman con alas, o un Green Lantern sin anillo. Al chamuyo silveragesco del enésimo metal y el origen thanagariano, acá le metieron todo el bagaje del antiguo Egipto y la verdad es que la explicación a la que recurren Johns y Robinson para ensamblar en un sólo Hawkman distintos aspectos rescatables de los varios Hawkmen anteriores funciona bastante bien.
Las aventuras en sí no son especialmente fuertes, por lo menos en el primer tomo. La primera propone un conflicto interesante, que es la búsqueda de el o los asesinos de los padres de Kendra (Hawkgirl). El planteo está bien, hay roles muy copados para villanos con onda como Shadow Thief, Tigress y Copperhead, y está bien pensada la presentación de algunos secundarios (buenos y malos) creados para acompañar a los Hawks en esta etapa. Lo que no me convenció es qué obstáculos tienen que sortear Carter y Kendra para salir victoriosos, ni cómo los sortean. Las peripecias, las peleas… eso me la bajó bastante.
Después hay un muy lindo unitario que ya había leído (en el Secret Files & Origins dedicado a esta colección) y un arco breve, de apenas dos episodios, con Green Arrow de invitado y bastante desarrollo para Spider, un héroe devenido villano (quiero más de esos) al que Johns ya había rescatado del olvido en su recordada serie Stars & S.T.R.I.P.E.. Como cada vez que un buen guionista genera un cruce entre el arquero y el gavilán, acá hay varios diálogos logradísimos, en los que Ollie se queda con las frases más punzantes, más venenosas. De nuevo, la interacción entre los héroes (que simbolizan de modo bastante light el conflicto entre fachos y progres) cobra más relieve y resulta más atractiva que la machaca y el conflicto planteado por el villano. Ah, y se nota demasiado que sobra Hawkgirl, que la irrupción de Green Arrow le deja poco margen para el lucimiento a la co-protagonista de la serie.
Clásico y moderno, generoso como pocos a la hora de dibujar fondos, muy aplicado en la iluminación de cada escena, habilidoso en las expresiones faciales, muy dinámico para plantear las escenas de acción, sin dudas el aporte de Rags Morales a esta serie es inmenso. Y el episodio que no dibuja Morales (el del SF&O) le toca a Patrick Gleason, más sacado, más al filo del grotesco, pero con unas cuantas viñetas muy lindas, en las que pela un claroscuro muy bien trabajado.
No sin esfuerzo conseguí los dos tomos que me faltan para completar la etapa de Geoff Johns al frente de Hawkman y eventualmente los voy a leer. Por ahora, es una serie que no termina de alcanzar su potencial simplemente porque a los autores no deslumbran a la hora de decidir cómo y contra quién tienen que luchar los Hawks. Por suerte te entretiene con buenas caracterizaciones, con revelaciones asombrosas acerca del pasado de los personajes y con la presentación de St. Roch, esta nueva ciudad ficticia que el (antiguo) DCU sumaba a partir de esta serie, a la que Robinson trata de darle tanta chapa como le dio en su momento a Opal City. Veremos si más adelante los héroes alados levantan vuelo.
Y nos reencontramos acá en el blog el lunes, o nos vemos entre el jueves y el domingo en Comicópolis.

lunes, 17 de marzo de 2014

17/ 03: THE SHADE

Para mí, antes de abrir este libro, la consigna de The Shade era “un devaluadísimo James Robinson busca resucitar la onda noventosa de su Starman”. No esperaba leer un comic glorioso, ni mucho menos. Simplemente quería ver qué salía del reencuentro entre el guionista y uno de los tantos personajes a los que reformuló por completo (y les dio onda y sentido) durante su paso por Starman. El reencuentro con Mikaal, que ya vimos en JLA: Cry for Justice (reseña del 24/09/10), me había dejado con gusto a poco, al igual que aquel numerito de Starman que enganchaba con Blackest Night, si no me equivoco. Pero este proyecto, al estar pensado para 12 episodios y contar con un elenco de dibujantes de la San Puta, despertó mi interés. Y la verdad es que, sin ser la octava maravilla del mundo, se la banca muy decorosamente. Está muy claro que Robinson AMA a Richard Swift, que lo conoce a fondo, que se identifica con él y que –más allá de buscar una revancha artística o un currito comercial- le quedaban historias para contar con el personaje. ¿Están buenas? Ahí vamos.
El primer arco de tres episodios sirve para presentarle el personaje a los que no lo conocen. The Shade, Opal City, Mikaal, Hope O´Dare, y un personaje nuevo, Will von Hammer, al que Robinson extrañamente no vincula con Enemy Ace. Hay un ajuste a los poderes del “héroe”, una machaca no muy importante y la puesta en marcha de un argumento mayor, que tiene que ver con los descendientes de este ex-villano, que es inmortal desde 1838.
El segundo arco nos lleva a Barcelona y ahí sí, tiene mucho más peso el combate contra un claro antagonista, El Inquisidor. Acá vemos a Shade pelar a full sus poderes upgradeados y reencontrarse con un personaje de su sombrío pasado: La Sangre, una chica vampiro y valiente heroína que protege a la maravillosa Ciudad Condal. Es el tramo menos importante, menos relevante de la saga, tanto que por momentos parece un “fan service” a los lectores españoles.
Y el tercer arco transcurre en Londres, la ciudad natal de Richard Swift, que ahora sí, se tiene que ver las caras con el verdadero villano de la saga, que es uno de sus bisnietos. Acá aparecen varios héroes locales (falta John Constantine, nomás) y la saga cobra una dimensión mucho más espectacular, más grandilocuente. La resolución no está para nada mal, aunque –repito- no es una genialidad ni mucho menos.
Además, hay tres unitarios ambientados en el pasado (los clásicos Times Past de Starman): el de la Segunda Guerra Mundial es una aventura trepidante a pura machaca, el de 1901 es medio intrascendente y el de 1838 nos revela con lujo de detalles la fatídica noche en la que Richard Swift se convirtió en The Shade. Dos de estos tres unitarios están al nivel de lo más interesante que contó Robinson con este personaje.
¿Qué onda los dibujantes? Cully Hamner dibuja sus tres episodios con muchísimas pilas, sin guardarse nada, con una línea firme, vibrante, una especie de Eduardo Risso de la B, o Tim Sale con muchas ganas de laburar. Javier Pulido se prende fuego en sus tres episodios, con mucha intensidad en la narrativa, aunque se tiene que fumar algunas páginas con demasiado texto, que le complican las composiciones. Y los tres episodios de Fraser Irving son una orgía visual indescriptible en la que el ídolo te acribilla con unas imágenes poderosísimas y de alto vuelo plástico. Dibujo, color, narrativa, todo perfecto, todo colosal, todo demasiado grosso para aparecer en un comic-book que seguro compró poca gente.
En los unitarios, a Jill Thompson le toca el más flojo y responde con un trabajo por debajo del nivel actual de esta grossa. En cambio, Darwyn Cooke y Gene Ha, bendecidos con los guiones más atractivos del tomo, suben la apuesta y se despachan con unas páginas magníficas, a la altura de lo mejor de las notables carreras de ambos próceres.
Si fuiste fan de Starman en los ´90, seguro ya tenés este libro. Si nunca leiste nada del Starman de James Robinson, no creo que este sea un material como para empezar de cero. Se nota mucho que está pensado para el que ya leyó todo lo anterior. Y si lo tuyo son los dibujantes y querés tener todos los laburos de Hamner, Pulido, Irving, Cooke o Ha, acá los vas a ver a los cinco tirando magia de la buena. Ah, un detallito final: esto se publicó después del reboot de los New 52, pero transcurre en la continuidad anterior, la pre-Flashpoint.

lunes, 7 de marzo de 2011

07/ 03: JSA Vol.1


Si leés la serie actual de la Justice League of America, seguramente te costará creerme si te digo que en los ´90 James Robinson era un guionista del mega-carajo, un especialista en pilotear series regulares ambientadas en el Universo DC, un tipo que le sacaba un inmejorable jugo a los personajes, su interacción, su pasado, y los metía en sagas raras, en las que los villanos eran más que meras amenazas u obstáculos. En algún punto de la década pasada, Robinson perdió la magia y derrapó hacia ese guionista aburrido y predecible que es hoy (aunque no descarto que en algún momento haga otro click y recupere la onda), pero antes de que eso sucediera, se cargó al hombro la colosal tarea de relanzar a la Justice Society, un concepto hoy bastante afianzado, pero que en 1999 parecía bastante más complicado, no sólo desde las posibles ventas, sino también desde cómo bancarlo, cómo hacerlo funcionar después de casi 60 años de manoseo editorial.
En estos primeros números, Robinson contó con la colaboración de David Goyer, quien se quedaría hasta el n°25, a escribir en equipo con quien reemplazaría a Robinson a partir del n°6, el por entonces promisorio Geoff Johns. Goyer es otro que por sí solo no vale un peso, pero acá la dupla -primero con el inglés y después con mi doppleganger- funcionó, y el tipo pudo firmar unas cuantas historietas más que atractivas.
Porque, digámoslo de una vez, esta serie de la JSA arranca muy, muy arriba, y después no hace más que mejorar, por lo menos hasta pasado el n°60. El arco inicial (el Secret Files & Origins y los cuatro primeros números) apenas llega a las 35 páginas de machaca. Lo importante es lo otro: cerrar algunos cabos sueltos (Wesley Dodds, por ejemplo), volver a presentar a un montón de personajes que andaban desperdigados por las más variadas colecciones (de hecho, el villano solía aparecer en Legion of Superheroes) y, obviamente, mostrarnos desde cero a algún personaje nuevo (Hawkgirl). Todo esto con un ritmo no tan pachorro como el de algunas saguitas de Starman (la serie fundamental para entender y amar a James Robinson y a muchos héroes y heroínas arraigados en la Golden Age), pero a años luz del “palo y palo” que pelaba Grant Morrison en la JLA, por ejemplo.
Esto le permite a Robinson y Goyer desarrollar perfectamente a los protagonistas, definir en buena medida la dinámica que van a establecer entre ellos, darle buen clima al misterio central (quién será el nuevo Dr. Fate), homenajear a la ilustre tradición de la JSA y formar un nuevo grupo en el que quedan los que tienen que quedar, no todos los personajes que desfilan por la saga. Lo único medio choto es que, para demostrar que el malo es muy malo, se cargan casi al voleo a un par de personajes copados, como Kid Eternity y el Fate de Books of Fate, que seguro se podrían haber aprovechado mejor. El resto, todo impecable, sobre todo el rescate de personajes totalmente desactivados como Sandy Hawkins o Hector Hall.
Por el lado del dibujo, el grueso de las páginas están a cargo de Stephen Sadowski, un dibujante correcto, prolijo, sin estridencias, con muy buenas composiciones de página y la cancha necesaria para orquestar escenas con multitudes de supertipos, sean tranquis o de pelea. Con el correr de los números, lo veremos mejorar. Lo que no dibuja Sadowski se lo reparten entre dos dibujantes menores, el cero onda Scott Benefiel y el más personal (pero no por eso mejor) Derec Aucoin. En el numerito que dibuja Aucoin hay un golpe al corazón de los nostalgiosos: aparece John Stewart (mi Green Lantern favorito) cuando era paraplégico y arquitecto, antes de que algún imbécil lo re-escribiera retroactivamente para hacerlo milico.
Esto ya es tan clásico que hasta Sticker Design lo publicó en Argentina. O sea que, si tenés un mínimo interés por el Universo DC, seguro ya lo leiste. Y si no, si el DCU no te llama en lo más mínimo la atención, seguí sin leer la JSA, porque no creo que te vaya a entusiasmar, por más bien escrita que esté.

viernes, 24 de septiembre de 2010

24/ 09: JUSTICE LEAGUE: CRY FOR JUSTICE


Uh, esto es muy fuerte! Un relanzamiento de la Liga de la Justicia a cargo de James Robinson, el inglés que diera cátedra con su fundamental Starman, responsable además del excelente relanzamiento de la JSA de 1999. Encima con un grupo liderado por Hal Jordan, el personaje más taquillero que tiene DC en este momento (bueno, atrás de Batman, se entiende…). Por si faltara atractivo, el dibujo (en realidad, el arte) corre por cuenta de Mauro Cascioli, aquel pibe que a los 16 años dibujaba Cazador y hacía delirar tanto a fans como a profesionales. Y que, si bien se bajó de la vidriera, nunca dejó de dibujar y llegó a los 32 años con un nivel absolutamente demoledor, un estilo propio y una habilidad como narrador que en sus años mozos ni siquiera se intuía. Agreguemos un par de personajes bizarros pero con onda (Congorilla y el Starman alienígena, Mikaal) y se arma un combo prácticamente irresistible.
Hasta que le entrás al libro en sí. Ahí empiezan los problemas. El primero, y más obvio, es que la historia tarda cuatro números en empezar. Lo que pasa en el quinto episodio tendría que pasar en el primero, todo lo anterior es prólogo, es chamuyo. Los personajes se van juntando de a poco, hablan sin parar, y además hablan para los geeks, para los fans que se saben de memoria 50 o más años de continuidad de DC. Se llaman todo el tiempo por los nombres de pila, tipo -Che, Ray, ¿te contaron lo que le pasó a Jay?, -Sí, me comentó algo Ollie… -Bueno, a mí Donna me batió la posta: resulta que Dick y Wally, bla, bla, bla. Y nombran a villanos y héroes ignotos, y mencionan hechos semi-oscuros de la historia del DCU. O sea que si no tenés un promedio de 8 ó más en la materia Universo DC, esto es más inentendible que el éxito de Brightest Day.
El siguiente problema es la onda excesivamente dark. Okey, Robinson encontró la forma de rehabilitar a Prometheus, un villano de la era Morrison, y upgreadearlo para que sea una amenaza pulenta. Pero para que nos quede claro que es malo, hace la clásica boludez de cancherear y exhibir como trofeos los cadáveres de héroes pedorrísimos a los que nadie en su sano juicio recuerda o extraña, y a los que –no jodamos- el día que hagan faltan, los van a hacer volver. Esta vez el plan del villano está bueno y aunque los héroes se van a esforzar, el muy guacho les va a clavar una puñalada dura y jodida, que les va a doler principalmente a Green Arrow y su ex-sidekick, Red Arrow. Y será el veterano arquero (no, el Loco Gatti no, Ollie Queen), quien cambie justicia por venganza en un final impredecible, bastante traído de los pelos.
Otro detalle menor pero notorio es cómo Robinson tiene que pegar varios volantazos forzados. Se nota claramente que cuando meloneó esta orgía de sangre y destrucción, los protagonistas iban a ser otros, y a último momento se los hicieron cambiar. Mon El y Batwoman son los casos más evidentes, pero probablemente haya habido otros personajes con los que Robinson pensaba contar y en un punto le dijeron “No, flaco, los necesitamos para otra cosa”. Lo cierto es que el guión de Cry for Justice deja gusto a poco, a demasiada grandilocuencia, demasiada planificación, demasiado jugueteo previo para algo que cuando despega, vuela bajo.
Por suerte el dibujo de Mauro garantiza las emociones. Mauro le da a la historia un look fabuloso, pero a la vez muy real. Ves a los héroes y te los creés, no son dibujos ni fotos, son gente! Y el gorila es un gorila, no un chabón disfrazado de gorila! La paleta de colores, las pinceladas, todo se conjuga para crear climas potentes, memorables. La historia fluye con naturalidad a través de viñetas de los más distintos tamaños y formatos, sin dejarte nunca de garpe. Realmente, un trabajo absolutamente consagratorio para Cascioli, y una pena enorme que no haya dibujado la saga hasta el final. En los últimos episodios meten mano unos tercerones que tratan sin el menor éxito de capturar algo de la magia del crack argentino y deslucen mucho el resultado final. Como complemento, hay un unitario (lleno de sangre y tripas) que explica el regreso de Prometheus, muy bien dibujado por otro talento argento, Federico D´Allocchio.
En síntesis, si sos fan de la Liga, lo tenés que tener. Y si te gusta el dibujo realista, acá te espera uno de sus máximos exponentes a nivel mundial, o sea que tampoco lo dudes. En cuanto al guión, y bueno, no descubrimos nada nuevo si decimos que el Robinson de hoy conserva poca de la infinita chapa que cosechó en los ´90…