el blog de reseñas de Andrés Accorsi

lunes, 18 de marzo de 2019

OTRA NOCHE DE LUNES

Vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé durante los últimos días.
Arranco con el Vol.5 de The Invisibles, llamado “Counting to None”. Esto abarca los nºs 5 al 13 de la segunda serie y es probablemente lo más flojo de la seminal obra de Grant Morrison. Son más de 200 páginas sostenidas por una premisa argumental tan chiquita, tan intrascendente, que por momentos me dio vergüenza ajena. En el contexto global de la obra, el 90% de lo poco que pasa en este tomo podría no pasar y no cambiaría prácticamente nada. El plot más interesante del tomo anterior (la posible dominación mental de Ragged Robin por parte del maligno Mr. Quimper) acá ni se menciona. Toda la gigantesca movida de los Invisibles y sus enemigos por capturar la Mano de la Gloria termina por tener ínfimas consecuencias, al igual que la captura de Boy por parte de una célula cuyo verdadero rol en la trama es impredecible y está bastante bien resuelto.
Y también hay mucha acción, violencia y torturas en grandes cantidades, amor, sexo, viajes astrales, conceptos limadísimos y diálogos muy afilados. Pero falta. Falta desarrollo en los personajes, sobre todo. Boy es la que más atención recibe, porque –torturas psicológicas mediante- nos metemos bastante en su mente. Y también hay algo de King Mob. Pero el resto, muy poquito. Es muy loco, porque en general cuando me dan un comic de machaca escrito por uno que sabe, me la creo, me engancho y no siento que me están mezquinando espesor dramático o solidez argumental. Acá sentí esa falencia todo el tiempo, incluso cuando Morrison detona todos esos diálogos brillantes y esas revelaciones supuestamente shockeantes.
El dibujo de Phil Jimenez sigue –por suerte- en un muy buen nivel, incluso en los episodios en los que entrega unos bocetos bastante básicos para que los termine un laborioso John Stokes. En los episodios donde no está Jimenez, tenemos unas muy lindas paginitas de un Michael Lark que no se parece en nada al actual y una participación muy notable de Chris Weston, que deja la vida en cada viñeta. Me queda un sólo tomo por leer, que espero sea mejor que este.
Salto a Brasil, a 2008, año en el que el maestro Adâo Iturrusgarai se viene a vivir a Argentina, no sin antes publicar No Divâ com Adâo (al diván con Adán) un libro de humor con el que me cagué de la risa, mal. Me reí a carcajadas en el bondi, como un subnormal. Son unas 120 páginas de chistes (varias de ellas inéditas), todas compuestas por cuatro viñetas en las que Adâo propone una misma estructura: un in crescendo de crueldad, mala leche o guarrada lisa y llana que desemboca invariablemente en una cuarta viñeta tremenda. Para mi sorpresa, la repetición de la fórmula suma comicidad con la acumulación, en vez de diluirse o hacerse predecible.
Adâo le va metiendo pequeñas modificaciones a la fórmula. Al principio todo gira en torno a cuántos años de terapia necesitás para superar ciertas situaciones, después cuántos Aves Marías y Padres Nuestros hacen falta para que Dios te perdone ciertos pecados, después cuántos kilos de culpa producen ciertos actos, después cuántos años de Infierno te merecés por cada cosa y así. Lo importante en realidad son las situaciones. La forma en la que Adâo observa y satiriza momentos, hechos, puntitas de conflictos con los que a veces es muy fácil sentirse identificados y otras veces es inevitable decir “nah, te fuiste a la mierda”. El genio del humor brazuca no deja títere con cabeza. Manda chistes de sexo salvaje, drogas, escatología, política, humor negro, violencia, y por supuesto no deja afuera el patetismo, la mala leche y la mediocridad de la vida cotidiana.
El dibujo fluctúa bastante, desde viñetas más cuidadas (más cercanas a un Angeli, ponele) hasta otras resueltas bien a los bestia, en un par de trazos bestiales, viscerales, más cercanos a un Johnny Ryan. El color a veces está más laburado, otras veces está todo pintado del mismo color, sin distinguir siquiera a los personajes de los fondos. Pero nada de eso es demasiado importante. Está claro que para Adâo el dibujo es totalmente accesorio, y lo realmente fundamental son las ideas y la forma de transmitirlas. Y ahí es donde el autor da la vuelta olímpica en el Maracaná que se le negó dos veces a la verdeamarela. En la gracia, la fuerza, el impacto y la genialidad con la que baja línea en estas no-historias que explotan de humor y que mucho le hubiera gustado imaginar al maestro Alfredo Grondona White. Esto en Brasil lo publicó la mega-editorial Planeta, así que no me parece tan utópico que se pueda traducir al castellano y publicarse en el país donde vive Adâo Iturrusgarai hace casi 11 años.

Y no hay más. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 15 de marzo de 2019

NOCHE DE VIERNES

Hoy no leí comics. Nada, eh? Ni media viñeta. Pero bueno, ayer sí y los días anteriores sí, por eso no falta material para reseñar.
Arranco en 2016, con Mooncop, del británico Tom Gauld. Me lo habían pintado como a un hiper-grosso que estaba reescribiendo la historia del comic, así que ni bien vi un libro suyo a buen precio, lo capturé. La verdad es que me gustó mucho, pero no para armar tanto revuelo. Mooncop es una historieta que le hubiese gustado escribir a Jason, y el tono, el ritmo y algunos detalles del relato muestran claramente la influencia que el noruego ejerce sobre Tom Gauld.
Visualmente hay menos coincidencias, porque se ve que a Gauld le aburre repetir siempre la misma grilla, y si bien Mooncop tiene un esquema básico de seis cuadros iguales, el autor no lo sostiene de punta a punta de la obra. Y por supuesto, la gran diferencia es que  Gauld no le copa la línea clara. No recurre prácticamente nunca a las masas negras, pero logra todos los efectos de iluminación y todas las texturas con unas rayitas muy finitas (supongo yo que hechas con plumín o rotring), mucho más para el lado de Jim Woodring que el de Jason.
La trama de Mooncop es original, está narrada en forma lineal, simple, con una emotividad de la que el autor parece no querer hacerse mucho cargo y hasta con un cierto vuelo poético. Como en las historietas de Jason, tenemos abundantes (y elocuentes) silencios y conflictos que no están planteados en términos de “malos y buenos”, sino que van más bien por el camino de las personas normales en situaciones atípicas. No quiero contar el argumento (el forro que redactó el texto que aparece en la contratapa de la edición de Drawn & Quarterly me spoileó TODO lo que pasa en estas 90 páginas, que tampoco es tanto), pero sí recomendar Mooncop como punto de entrada al universo de un autor que se ganó en muy buena ley el dudoso privilegio de que, la próxima vez que vea un libro suyo a un precio razonable, me lo compre sin decir pensarlo demasiado.
Y me vengo a Argentina, a 2018, cuando la Fundación Pulgar edita un álbum de historietas llamado Cuentos de la Selva que (como alguno se imaginará) está compuesto por adaptaciones al comic de los famosos relatos de Horacio Quiroga. Con lo cual este libro se puede leer perfectamente como complemento de aquel que me tocó reseñar un lejano 26/05/11… siempre y cuando lo hayas comprado en su momento, porque hace tiempo que está descatalogado. Me llama la atención lo mismo que cuando me sumergí en aquella antología: los cuentos de Quiroga me parecen (en su mayoría) muy flojos. Rara vez terminan de hilvanar un conflicto, mucho menos probable es que lleguen a resolverlo, o a veces sí, pero de modo demasiado predecible. Veamos cómo le fue a los historietistas que tuvieron que remar contra esos textos.
Rodolfo Santullo y Jok (dupla grossa si las hay) le buscan la vuelta a El Loro Pelado, pero es imposible. Queda para la posteridad el dibujo de Jok, que es maravilloso. A José Luis Gaitán le tocó La Abeja Haragana, una especie de fábula desabrida, y se puso el desafio de narrarla sin textos. El resultado es bastante bueno, con muchos logros en el manejo del color, pero con un dibujo desparejo, que por momentos parece mezquinar demasiados detalles y hacerse muy esquemático. Nicolás Brondo fue contra La Tortuga Gigante y dejó la vida en el dibujo… que es lo único que se puede rescatar de un relato aburridísimo.
Una de las pocas historias con un conflicto fuerte es El Paso del Yabebirí, uno de mis favoritos cuando leí Cuentos de la Selva en la infancia. Pero leído de grande, te das cuenta de que es un cuento absurdo, un disparate total, al que por suerte Ezequiel Rosingana complementa con unos dibujos magníficos. No conocía a este autor, pero me gustó mucho su trabajo. La dupla Javi Hildebrandt-Lauri Fernández le encuentra una arista interesante a Las Medias de los Flamencos. Esperaba un poquito más del dibujo de Lauri, pero en general es un buen aporte a la antología. La historieta mejor dibujada del tomo, la que mejor funciona como historieta incluso si se la publicara en otro contexto, es La Gama Ciega, una brillante adaptación de un Dante Ginevra afiladísimo en el dibujo, el color y la narrativa. Una joyita.
Mi otro cuento favorito de Quiroga, La Guerra de los Yacarés, es otro disparate sin pies ni cabeza, repleto de inconsistencias y caprichos. Sebastián Piriz le pone bastante onda al dibujo para hacerlo mínimamente tolerable. Y dejo para el final la adaptación más ingeniosa, la que más le agrega al cuento de Quiroga, la que se anima a imaginar por encima y para los costados a la hora de reinterpretar el texto. Me refiero a la versión de Historia de Dos Cachorros de Coatí y Dos Cachorros de Hombre, realizada por Fede Velasco y Martín Túnica. La trama es muy simple, una anécdota emotiva pero casi pueril… y Velasco y Túnica aprovechan precisamente esos aspectos del cuento para darle una hermosa vuelta de tuerca a la historieta. Lástima que son sólo cinco páginas, algunas con muchas viñetas.

No sé si este libro salió a la venta en librerías, o si la Fundación Pulgar lo regala. Pero si podés conseguirlo, está bueno para ver a unos cuantos historietistas argentinos (y Santullo) laburando en un buen nivel, y poniendo su granito de arena para acercar a los chicos a la literatura y a la historieta. Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 12 de marzo de 2019

ESSENTIAL AVENGERS VOL.7

Hacía mucho que no le entraba a un comic de los Avengers y justo se me ocurrió clavarme un Essential con unos cuantos números bien de mediados de los ´70, esa época caótica en la que en cualquier serie podía pasar cualquier cosa.
Esto arranca en 1975 a un nivel sumamente decoroso, con una especie de dream team integrado por Steve Englehart en los guiones y George Pérez en los dibujos. Pero después de cuatro numeritos a todo ritmo con Kang, el Squadron Supreme, los héroes del los westerns y el debut de Hellcat, viene una puñalada artera: la historia de Englehart y Perez se interrumpe durante dos números en los que Tony Isabella y Don Heck nos infligen una historia menos que olvidable, de esas que justifican el apodo de “Verdul Age” para el mainstream de los ´70. Por suerte en el nº147 vuelven Englehart y Perez a terminar con su extensa (y en un punto intrincada) epopeya. Englehart se despide en el nº150, un choreo a mano armada en el que Perez dibuja un puñadito de páginas y casi todo es un reprint de un episodio de los ´60, escrito por Stan Lee y dibujado por Jack Kirby.
Finalmente en el nº151 se define la nueva formación de los Avengers (bah, de nueva tiene poquísimo) y salen a la cancha los dos guionistas que se alternarán en la serie hasta el nº163, que es el último de este tomo: Gerry Conway y Jim Shooter. Cabe destacar que tanto Englehart como Conway, ni bien dejan los Avengers se hacen cargo de la Justice League of America. Por si faltara algo en esta bizarra sincronicidad, el pase de Englehart a Conway en Justice League también se da en el nº150. Por supuesto a Conway se le ocurren menos ideas que a Englehart y la serie de los Avengers empieza a volar bastante más bajo que hasta ahora. El as de espadas de Conway es el regreso de Wonder Man, al que le da mucha chapa, y el resto es todo bastante intrascendente. La saguita con el Dr. Doom, Attuma y el Whizzer es probablemente el punto más bajo de esta colección en muchos años.
Para el nº158, el siempre eficaz Jim Shooter es el nuevo guionista de Avengers y ahí el nivel de los guiones empieza a repuntar muy de a poco. Enseguida se nota que el personaje que más le interesa desarrollar al nuevo guionista es Hank Pym y los desplazados un poco hacia las márgenes son Captain America y Beast. Pero tanto en esta etapa como la segunda vez que Shooter tome las riendas de esta serie, tendremos un Pym muy atractivo, con muchos conflictos interesantes, rodeado de personajes que tampoco se quedan atrás, como Wasp, Vision, Scarlet Witch, Wonder Man y en menor medida Black Panther, Iron Man y Thor.
El nº154 va en el medio de la saga más floja de Gerry Conway, pero es relevante porque acá por primera vez le ponen a Perez un entintador como la gente, que en vez de sepultarlo lo potencia y mejora ostensiblemente el trabajo del dibujante. Me refiero al gran Pablo Marcos, un prócer peruano que acá le aplica su pincel mágico  a varios dibujantes y hace que se luzcan (además de Perez) Sal Buscema y George Tuska, dos típicos dibujantes del montón, de esos que sacaban con fritas decenas de páginas todos los meses con escasa onda e ínfima imaginación. El combo Perez-Marcos es devastador y sin duda firma las mejores páginas (a nivel visual) de este Essential. Medalla de plata para John Buscema y Joe Sinnott, una dupla hiper-clásica, a cargo de los nºs 152 y 153, los del regreso de Wonder Man.
En general, salvando esas abominaciones de Don Heck y el numerito de Super-Villain Team-Up dibujado por el propio Jim Shooter, tenemos un tomo dibujado en un nivel más que aceptable, porque Perez se la banca hasta cuando lo entinta Vince Colletta, John Buscema re-garpa y a los otros suplentes (Sal Buscema y Tuska) los levanta muchísimo Pablo Marcos. Incluso el último episodio que le dan a Don Heck (el 157, donde Conway ensaya un regreso del Black Knight) también es casi presentable gracias a la titánica tarea del entintador peruano.
Y no tengo más Essentials de Avengers, pero si algún día veo a buen precio los Vol.8 y 9, me los compro y hago guita las revistas, para tener en glorioso blanco y negro la saga de Korvac, la etapa de John Byrne y un montón de historias más que leí hace mil años, cuando me fui armando la serie numerito a numerito.

Nada más por hoy. Volvemos a encontrarnos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 10 de marzo de 2019

DOMINGO DE CLAROSCURO

Hoy me toca reseñar dos libros de los ´90, en los que no existen los grises. Dos autores muy distintos entre sí, que resuelven el aspecto gráfico de sus obras sólo con el blanco y el negro puros.
El Vol.4 de Ping-Pong es impresionante. Taiyo Matsumoto se toma las primeras 90 páginas del tomo para terminar de desarrollar a los personajes, y después sí, con el elenco ya debidamente presentado, se manda a hacer lo que no puede faltar en ningún shonen: el torneo a todo o nada, en el que los protagonistas se enfrentan y habrá gloria sólo para algunos. Todo ese segundo tramo centrado en el torneo de ping-pong es alucinante. Son páginas y páginas de una intensidad tremenda. Nada de lo que yo escriba puede siquiera empezar a describir las cosas que te hace sentir Matsumoto a través sobre todo del armado de las secuencias. La elección de los planos, la construcción de la página, las líneas cinéticas y las onomatopeyas son apenas algunos de los recursos que el mangaka despliega para meternos adentro de estos partidos en los que Smile y Peko dejan la vida para defender los colores del Instituto Katase.
Durante el tramo del torneo, aparecen poco el entrenador de Smile y “la Abuela”, responsable del enorme crecimiento de Peko. Y es lo único que se extraña. Todo lo demás queda totalmente opacado por el modo brutalmente apasionante del relato de los duelos.
No quiero repetirme mucho más, sobre todo en lo que tiene que ver con el dibujo, porque mucho de lo que tengo para decir ya lo dije en las reseñas de los tomos anteriores. Me queda un solo tomo más por leer, que arranca con las semifinales del torneo. Se nota desde la primera página que acá se define todo, que todo lo que pasó en los primeros cuatro tomos explota en estos últimos tres partidos. Un delirio maravilloso, conjurado por un Matsumoto aplastante en dibujo y narrativa, y como siempre un poco retorcido en materia de guión.
Pero me voy unos años antes, a Francia. Inexplicablemente inédita en nuestro idioma, la serie de Julius Corentin Acquefacques, prisionero de los sueños, es una de las obras fundamentales de ese genio del Noveno Arte conocido como Marc-Antoine Mathieu. De milagro conseguí el tercer tomo (en francés) y por fin pude internarme en el cautivante universo de Julius Corentin Acquefacques, un universo crepuscular, extremo, donde no existen las mujeres, donde la arquitectura señorial y sofisticada contrasta de modo bestial con una atmósfera oscura, espesa, entre opresiva y surrealista.
Estaría buenísimo que Mathieu contara una historia en la que esta extraña metrópolis tuviera un rol más importante, pero en este álbum, The Processus, lo central tiene que ver con el propio Julius, con un extraño sueño que deriva en un desdoblamiento de su persona, lo cual detona un guión perfecto, un mecanismo de relojería ambicioso y asombroso como pocos. Sin hacerse críptico, sin saltar al vacío, Mathieu se mete en la esencia del sueño, en un laberinto onírico fascinante, que nos lleva más allá del subconciente de Acquefacques para convertirse a partir de cierto punto en un metacomic, porque el personaje cambia de nivel de realidad y pasa a un plano en el que él es tridimensional y accede a una dimensión en la que el resto del álbum son páginas de historieta a las que puede entrar y salir por los marcos de las viñetas.
Como te imaginarás, The Processus es un gigantesco experimento formal, un ejercicio impactante de narrativa, como los que le vimos alguna vez a Shintaro Kago, o a Chanti y sus Crucitramas, o a aquel Mangaman de Colleen Doran. La diferencia está en el extremo al que lleva Mathieu la experimentación formal, y en la fecha, porque el francés cruzó este rubicón en 1993, cuando esto era absolutamente impensable. Realmente no tengo palabras, The Processus me las quitó todas. Terminé de leer el álbum y lo seguí mirando, para atrás, para adelante, atrapado en ese loop perfecto que tanto peso tiene en la trama. Albumes como este (autores como este) son los que nos hacen enamorarnos perdidamente de este lenguaje, de este medio, de esta forma narrativa en la los límites de la imaginación son constantemente avasallados por las ideas que pelan y los riesgos que asumen genios como Marc-Antoine Mathieu. Glorioso es poco.

Gracias como siempre por estar ahí, y nos reencontramos muy pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

jueves, 7 de marzo de 2019

CAPTAIN MARVEL

No sabía bien qué esperar de esta película, y por las dudas fui al cine sin ver un mísero trailer, sin leer críticas, sin la menor idea de las internas del elenco… en bolas, bah. El veredicto es que me re-gustó. Ojo: es una película bien de factoría, bastante ajustada a una fórmula comercial ya probada muchas veces. No vamos a encontrar en estos 125 minutos muchas marcas de autor, no estamos ante una película más “idiosincrática”, como podrían ser Black Panther, Thor: Ragnarok, o las Guardians of the Galaxy. Esta vez, los directores (Anna Boden y Ryan Fleck) juegan para el lucimiento de la historia y sobre todo del personaje. Sin dudas, el principal logro del largometraje es presentarnos de cero a un personaje nuevo, injertarlo con la técnica del retcon en la ya abultada historia de este Universo Marvel y convencernos de que le sobra chapa para ponerse al hombro la revancha contra Thanos que se viene en un par de meses.
Pero paradójicamente, la peli no habla de eso. Se concentra más bien en la aventura y en el desarrollo de los personajes. Los guionistas se lucen sobre todo cuando le agregan sustancia a ese gigantesco bache que tenemos en la historia de este universo, entre la Segunda Guerra Mundial y la primera Iron Man. Toda la trama de Captain Marvel está ambientada en 1995, con un Nick Fury de unos 35 años como cuasi-sidekick de la heroína, y abundan los guiños y referencias a las películas que –en la línea de tiempo- sucederán después. Así es como, en unos cuantos aspectos, Captain Marvel funciona como precuela de la primera Avengers y además la resignifica. No contentos con eso, los guionistas también le pegan vueltas de tuerca impredecibles a sagas clásicas del Universo Marvel de los comics, principalmente la guerra entre los Kree y los Skrull, ahora reinterpretada en clave progre, anti-imperialista. También hay roles “poco ortodoxos” para Mar-Vell, la Doctora Minerva, Yon-Rogg, Talos the Tamer (aquel guerrero skrull creado por Peter David en las páginas de Hulk) y la querida Monica Rambeau. La cagada es que si leíste muchos comics, ya sabés quiénes son villanos encubiertos y quiénes no. Aún así, un par de giros argumentales me sorprendieron.
Quizás de donde más haya tomado esta peli es de las dos series de Captain Marvel escritas por Kelly Sue DeConnick (que además tiene su cameo en la escena de la estación de subte): no tanto por lo que sucede (bueno, sí, el plot del gatito está tomado tal cual) sino por la personalidad que le dan los guionistas a Carol. Si leíste la etapa de DeConnick, cada diálogo de la protagonista te va a resultar muy acertado, muy fiel al comic. Y en una de esas, para serle fiel a los comics de Kelly Sue, en la próxima peli de Avengers se empiece a armar el romance entre Carol y Jim Rhodes. Lo cierto es que en estos 125 minutos no hay trama romántica y eso (obviamente) es un golazo. 
Como siempre, tenemos un nivel altísimo en los efectos especiales (que resaltan todo el tiempo el grado de poder descomunal de la Capitana), una muy buena selección de canciones noventosas para la banda de sonido, un laburo fascinante a la hora de diseñar las locaciones fantásticas de los imperios extraterrestres y un buen gusto exquisito en la presentación de los títulos finales. Pero además, la peli abre con un homenaje a Stan Lee tremendamente emotivo (después habrá un cameo del viejito, auto-parodiando su aparición en la película Mallrats, también de 1995) y cierra con dos escenas post-créditos de las cuales una nos trae muy brevemente al presente, al cuartel donde están reunidos los pocos Avengers que sobrevivieron a Infinity War. ¿Por qué Carol aparece en 2019 sin verse un día más vieja que en 1995? Ojalá lo expliquen.
Y hablando de no envejecer, impresionante el laburo que hicieron los magos de los efectos visuales para que un Samuel L. Jackson sesentón se vea como un tipo de 35. Gran actuación de este monstruo sagrado, que le agrega varias capas de profundidad al personaje de Fury. Por suerte, en el resto del elenco no hay actuaciones flojas que desentonen con la de Jackson. Brie Larson (a quien jamás había visto ni oído nombrar) se re-banca el notable protagonismo de Carol en la trama y resulta creíble y copada, sobre todo cuando intercambia retruques irónicos con Jackson, Jude Law o Akira Akbar, la nenita que hace de… nah, te tenés que dar cuenta sin que nadie te lo diga. 

En fin, con más de 50 años de trayectoria en los comics y cuatro identidades heroicas a cuestas, Carol Danvers no era un personaje fácil de llevar al cine, menos cuando la hacen arrastrar a ella sola todo el plot de la Guerra Kree-Skrull, y menos todavía cuando –en uno de los saltos al vacío más bizarros del Universo Marvel fílmico- sitúan su origen 13 años antes de la primera Iron Man. Y a pesar de todo, salió una buena película, muy satisfactoria. No super-original, quizás un toque carente de identidad, pero con verdadero peso específico en la saga del MCU, mucha acción, momentos emotivos, chispazos de humor y muchos logros en materia de construcción de personajes y tramas, tanto para adelante como para atrás. ´Nuff said. 

martes, 5 de marzo de 2019

SE ACABA LA JODA

Después de un feriado extra-large memorable (con triunfo de Racing incluído), mañana hay que volver a laburar. Mientras pega el bajón, me aboco a la redacción de mis habituales reseñas.
Retomé la lectura de The Invisibles con el Vol.4, el que recopila los primeros episodios de la segunda serie, la que Grant Morrison lanza a fines de 1996, en su momento de mayor éxito comercial, cuando las ventas de la JLA amenazaban con pintarle la cara a la ambiciosa movida de Heroes Reborn encarada por Marvel. Este es el tomo más cortito de Invisibles, con sólo cuatro episodios, un poco menos de 100 páginas con un sólo arco argumental y un sólo dibujante: un Phil Jimenez prendido fuego, complementado a la perfección por las tintas de John Stokes. Tuve la suerte de ver los originales a lápiz y debo decir que, si bien tanto Stokes como el colorista Daniel Vozzo aportan muchísimo, el laburo que hizo Jimenez en los lápices, el plantado de cada página, la planificación de las secuencias, es absolutamente hipnótico. Los fondos son zarpadísimos (y las excusas para no ponerlos cuando no aparecen son recontra-válidos) las expresiones faciales están cuidadísimas, la acción tene un impacto tremendo y por si faltara algo hay páginas como la 68 y la 69 (del TPB) donde la narración explota en una supernova gráfica sobrenatural. Si eso que muestra Phil estaba detallado en el guión de Morrison, entonces el escocés es un genio cósmico, más allá de toda exégesis, o de todo panegírico que uno pueda ensayar. Y si se le ocurrió a Jimenez, es un monstruo absoluto.
El dibujo de este arco argumental está tan bueno que eclipsa un poco al guión. Black Science es un arco atípico porque –si bien tiene un montón de ideas locas y conceptos fascinantes- es una aventura de palo y palo, totalmente basada en la machaca. Es una misión clara, lineal, sin vueltas demasiado retorcidas, ideal para enganchar nuevos lectores y sacudirle los prejuicios a los que no leían The Invisibles porque “es un delirio que no se entiende a menos que estés muy drogado”. Hay un par de flashbacks al pasado común entre King Mob y Jolly Roger y el resto va todo para adelante, como una topadora, a una confrontación a todo o nada entre los Invisibles y Mr. Quimper, que pinta para ser el villano grosso de esta segunda etapa. Un cambio de registro por parte de Morrison sumamente bienvenido, porque a pesar de optar por una narración más “careta” no mezquina nada en materia de diálogos (cada vez mejores) y desarrollo de personajes. Me faltan dos TPBs gorditos y cerramos la relectura de esta obra fundamental para entender al genio de Glasgow.
Ya estoy cerca de liquidar todo el material que se editó en Argentina en 2018 y me interesó como para pegarle una leída. La Cazadora de Libros apareció durante más de dos años en el suplemento ADN del diario La Nación, entre 2011 y… 2013 o 2014, no recuerdo con precisión. Finalmente el año pasado salió el libro, como para que los fans de Pablo De Santis y Max Cachimba pudiéramos sumar esta obra a nuestras bibliotecas, en vez de andar recortando páginas del house organ de la oligarquía argentina.
La verdad que me costó bastante leer La Cazadora de Libros en libro (¡cuac!) principalmente porque se le nota mucho la naturaleza serial. El recopilatorio quiere convertir en historias extensas a lo que originalmente eran entregas semanales (con algo así como un principio, desarrollo y fin propios) y se ven mucho las costuras. Se repite información, se frena el ritmo cada vez que la aventura amaga con levantar temperatura, hasta se conserva la decisión casi caprichosa de los autores de arrancar cada entrega con una viñeta muda en la que se ve un plano general de la fachada de la biblioteca… aunque en el remontaje de viñetas requerido por el libro esa imagen aparezca en el medio de la página, o incluso al final de la misma. Con el correr de las aventuras, se termina un poco la reiteración constante de esa viñeta y también se repite menos información. Y aparecen páginas distintas, donde ya no tenemos seis viñetas de igual tamaño, si no otras variantes que subrayan o puntúan mejor los distintos momentos del guión de De Santis.
Lo mejor, por lo menos para mi gusto, es ese tono farsesco que logra el guionista. Las aventuras son delirantes, estrambóticas, entre fantásticas, ingenuas y absurdas. Y De Santis acierta al combinarlas con diálogos repletos de humor, donde lo vemos muy afilado para los juegos de palabras. Obviamente un planteo entre absurdo, bizarro y naïf resulta ideal para el lucimiento gráfico de Cachimba. Sin embargo, acá el rosarino está bastante contenido. El tema de que todas las viñetas sean iguales lo limita un poco, y le permite jugar sólo en la elección de los ángulos. El trazo es minimalista, con margen para un repertorio de expresiones faciales sumamente acotado, y probablemente lo que más me haya gustado sea el tratamiento del color que propone Cachimba. Esta vez, en vez de colores planos, trabaja los fondos con pasteles o acuarelas, lo cual le permite (además de sugerir apenas los decorados) darle profundidad a las viñetas y clima a las secuencias. Me sigue gustando más el Cachimba de 1989-1992, obviamente, pero dentro de su estilo más despojado, este debe ser el trabajo en el que lo vi más comprometido, más decidido a encontrar un planeo estético que no obstaculice si no que acompañe y potencie los logros del guión.
 Además, La Cazadora de Libros es una historieta bien para todo público, que tiene (no como tema central, pero ahí nomás) el amor por la lectura, así que es ideal para regalárselo a hijos, sobrinos o mascotas bípedas a las que tratemos de inocular el virus de la historieta.

Uh, me fui a la mierda. La seguimos pronto.

viernes, 1 de marzo de 2019

ARRANCA MARZO

Todavía no salgo de mi asombro después de haber escuchado el discurso más alienígena (y alienado) con el que un presidente argentino inauguró un período de sesiones ordinarias. Maestro, para consumir ficción leo comics y literatura. Y hablando de leer comics, vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé en estos días.
Injustamente, en todos estos años que lleva el blog, nunca le habíamos dedicado una reseña a un libro del glorioso Jean Pierre Stassen, un autor belga del que soy hardcore fan. Poco publicado en castellano (en una de esas, inédito), Stassen tiene un estilo gráfico absolutamente hipnótico, una mezcla entre el mejor Max y la línea actual (más gruesa, más pensada para publicarse a color) de Jaime Martín y Rubén Pellejero. En el álbum en cuestión, titulado Thérese y publicado en 1999, Stassen trabaja con una grilla de tres tiras y nunca mete más de ocho viñetas por página, con lo cual el dibujo (y la tipografía, que también es hermosa) se luce muchísimo. El trabajo en los fondos, esas escenas en las que se borra la línea y queda todo definido por los contornos, el lenguaje corporal de los personajes, son algunos de los puntos más altos en una faz gráfica realmente espléndida.
De todos modos, lo más atractivo de Thérese es el guión. Stassen propone una historia de amor sumamente original, entrecruzada con la violencia urbana, el cuento de hadas clásico y el realismo mágico, y le sale una hsitorieta que mucho le hubiese gustado escribir a Neil Gaiman o a Carlos Trillo. Como en todas sus obras, Stassen aprovecha para bajar un poquito de línea relacionada con las privaciones que sufren los inmigrantes africanos y sus descendientes en las grandes urbes europeas. Acá nos invita a pensar cómo en realidad muchos de ellos se desloman laburando (o delinquen) en barrios los pobres de Bélgica con el sueño de cazar una guita que les permita volver a su país natal con los problemas económicos más o menos resueltos.
Pero el foco está puesto básicamente en el amor, primero obsesivo y después sincero que siente Thérese, esta chica buena, sencilla, humilde, pero con poderes tipo Scarlet Witch (presentados de otra manera, por supuesto) que le permiten manipular la realidad y acomodarla un poco a sus deseos, a veces con resultados desopilantes. O sea que también hay magia y humor en esta sabrosa mezcla que nos ofrece Stassen y que, si bien creo que existe sólo en francés, recomiendo mucho rastrear y leer.
Me vengo más cerca, a 2017, de la mano de más autores desconocidos en Argentina. El Cardenal es una novela gráfica escrita por Kote Carvajal (al que vimos oficiar de colorista en varios libros ya reseñados en el blog) y dibujada por Lucho Inzunza, de quien también vimos ya otros trabajos. Se trata de dos autores bastante conocidos… en Chile, donde la mayoría de la producción local no trasciende nunca las fronteras del país trasandino. Por si faltara algo, El Cardenal cuenta la historia real de un personaje notable pero poco difundido de la historia reciente de nuestros vecinos: Raúl Silva Hernández, el arzobispo de Santiago de Chile que confrontó con la dictadura de Augusto Pinochet para denunciar violaciones a los derechos humanos.
La novela trata, básicamente, de gente hablando. Son unas 100 páginas en las que la acción brilla por su ausencia y todo avanza con diálogos, con investigaciones, o con noticias que van dando a conocer los medios de comunicación. Y aún así, no se me hizo aburrida, excepto por algún flashback a la juventud del cardenal, cuando decide seguir la vocación religiosa y duda entre hacerse salesiano o jesuita, como si eso tuviera algún peso en lo que va a suceder más tarde. El tramo ambientado en los ´70 y ´80, en cambio, me resultó muy interesante más allá de la parsimonia y el alto grado de protocolo que Carvajal subraya en los diálogos, los discursos y las cartas que escribe el cardenal.
El dibujo de Inzunza me pareció blandito, muy derivativo, una especie de Solano López diluído, sin esas rayitas que ponía el maestro por todos lados para sugerir texturas y efectos de iluminación. A este trabajo de Inzunza, le sacás el color y desinfla como un globo (amarillo, obvio). Pero con el color se ve bien, la narrativa es muy sólida y los personajes reales le salen muy parecidos a sus contrapartes humanas. Si sos fan de la trilogía Verdad-Memoria-Justicia, te va a encantar saber que en Chile (donde durante la dictadura no hubo Madres de Plaza de Mayo, ni Abuelas, ni sindicatos que defendieran a los laburantes, ni nada) un jerarca grosso de la iglesia católica (que en Argentina se alineó con los genocidas y se hizo bien la boluda) hizo lo que pudo para combatir los crímenes de lesa humanidad de Pinochet. Según Kote Carvajal, lo que pudo hacer no fue mucho, pero aún así se convirtió en un símbolo de resistencia, integridad y solidaridad para con la gente injustamente perseguida y masacrada por el sangriento régimen de Pinochet. Un superhéroe de carne y hueso, bah.

Gracias por el aguante. Nos reencontarmos pronto, espero que con reseñas de material que haya leído más gente de la que está ahi, del otro lado del monitor.

miércoles, 27 de febrero de 2019

MIERCOLES DE MATERIAL RECIENTE

Hoy se me juntaron para reseñar dos publicaciones bastante recientes, ambas aparecidas en 2018.
Arranco con el nº1000 de Action Comics, una antología de 80 páginas, con lomito, muy buen papel y ni uno solo de esos millones de avisos nefastos que hacen que uno no quiera coleccionar issues ni aunque fueran gratis. La historia más extensa la escribe y dibuja Dan Jurgens, masacrado sin piedad por las horrendas tintas de Norm Rapmund. No es que el dibujo sea sublime, pero uno que leyó mucho a Jurgens se da cuenta de que, con entintadores menos chotos, los trabajos de este autor se ven mucho mejor. El guión es un poquito frío, pero tiene la buena intención de poner el foco en los vínculos de Superman con sus amigos y su ciudad, no tanto en la machaca. Peter Tomasi acomete la dura tarea de armar una historia con 15 splash-pages dibujadas con mucho power por Patrick Gleason… y por suerte le queda algo bastante presentable. La que dibujó Curt Swan no la pude leer porque hice patito precisamente contra el dibujo.
La de Geoff Johns y Richard Donner tiene unos dibujos zarpadísimos de Olivier Coipel, pero no me interesó para nada. La misma ecuación (dibujos de la San Puta, guión rayano en la nada misma) experimenté con la de Scott Snyder y Rafael Albuquerque y con la de Tom King y Clay Mann. Tanto Louise Simonson (que trabaja junto al maestro Jerry Ordway) como Brad Meltzer (cuyo guión fue dibujado por John Cassaday) tratan de ofrecer una vueltita más, un ganchito más atractivo en los guiones, pero lo logran sólo a medias. Acá tenemos también el debut de Brian Michael Bendis en los títulos de Superman, con 12 páginas que funcionan como prólogo a la miniserie The Man of Steel, que se quedan en la machaca a todo o nada contra el enésimo villano alienígena sin personalidad. Encima dibuja Jim Lee, que (por lo menos para mí) ya perdió toda sorpresa y todo atractivo.
Dejo para el final la mejor historieta del librito: Actionland, una cátedra de apenas cinco páginas de los próceres Paul Dini y José Luis García López, sencilla, divertida, impredecible y exquisita. Me imagino que a los muy fans de Superman este especial los emocionará mucho más que a mí. Yo me llené los ojos con unos dibujantes magníficos, pero a nivel guiones, encontré muy poco para rescatar.
Me vengo a Argentina, para leer El Loco Komare y Otras Historias, un librito que marca el reencuentro entre Fabio Zurita y Francisco Baron, la dupla detrás del libro reseñado un lejano 26/12/13. Esta vez tenemos una historieta de 24 páginas, una de 18 y un montón de relleno (textos, relatos en prosa con ilustraciones, bocetos, carátulas, hojas en blanco, etc.). Y tenemos además un salto cualitativo muy notable en el trabajo de Francisco Baron, que acá ya muestra nivel de sobra para ocupar un lugarcito en la mesa de los grandes dibujantes de historieta que hay hoy en nuestro país. Las dos historietas, pero sobre todo la primera (la que da título al libro), tienen mucho espacio para secuencias mudas, en las que el dibujante se pone el relato al hombro con una solvencia y un aplomo indescriptibles. Acierta en los ángulos, en los detalles que enfoca, se zarpa en el armado de la página, le pone toda la garra a las expresiones faciales para enfatizar lo grotesco o lo bizarro de las situaciones que tiene que narrar y la rompe cuando pone los grises con el Photoshop. Un laburo realmente excelente, absolutamente consagratorio de Baron, que andá a saber por qué no es mucho más conocido en el ámbito local.
El guión de El Loco Komare es simple, sin pretensiones, un poco más que una mera acumulación de anécdotas, cuyo principal atractivo es el impacto de algunas secuencias bastante violentas… y obviamente los huevos para animarse a contar casi toda la historia sin textos. En la otra historieta (La Otra Explotación) se habla un poco más, pero la temática me interesó un poquito menos. Acá Fabio Zurita nos cuenta varias peripecias medio inverosímiles que vive Lucho, en su ruta hacia un encuentro entre poetas… que terminará con todos peleados entre sí por diferencias políticas. Es una historieta divertida, intensa, que arranca como una mezcla entre humor y aventura (aventura a nivel urbano, bien croto, casi lumpen) y termina con una especia de sátira a las eternas divisiones entre los intelectuales de la izquierda y sus alrededores. Recomiendo este librito a los buscadores de rarezas dentro del panorama actual de la historieta argentina, y por supuesto a los que quieran disfrutar del talento de un Francisco Baron inspiradísimo.

Y nada más. Por ahí vuelvo a postear mañana, por ahí queda para el viernes, pero ya tengo material leído como para escribir nuevas reseñas. Hasta muy pronto.

lunes, 25 de febrero de 2019

LUNES POR LA MADRUGADA

Ayer se me complicó encontrar un rato para reseñar los libros que había leído en los últimos días, por eso hoy arranco a escribir boludeces más temprano que de costumbre.
Quería leer comic británico raro, que no fuera de aventura convencional, y así me metí con The Luck in the Head, una novela gráfica de 1993, que venía con la chapa de haber sido editada por Victor Gollancz, un sello identificado con un paladar exquisito para elegir el material. Si mi cultura literaria fuera más vasta, también me habría resultado atractivo el dato de que The Luck in the Head era originalmente un cuento de M. John Harrison, consagrado escritor del cual es muy fan Neil Gaiman. El propio Harrison trabajó en la adaptación al comic del cuento, junto a un dibujante que venía del palo de la ilustración: el asombroso Ian Miller, que no sé si tiene otras historietas aparte de esta.
Lo cierto es que, una vez que me sumergí en la novela, me encontré con un pantano narrativo, un choque de frente a 160 kmh entre imágenes y texto imposible de sobrellevar. Miller es un dibujante prodigioso, una mezcla incandescente entre Luis Scafati y Barron Storey, con un manejo colosal de técnicas pictóricas que van de las fotos recortadas a los estallidos abstractos de colores y formas. Maravilloso para mirar, tremendo para leer. No sólo abusa de las splash-pages (lógico, viene de la ilustración), sino que cuando trata de armar páginas con varias viñetas rara vez le queda algo presentable. Y por si esto fuera poco, rotula todo a mano, con una caligrafía muy retorcida, muy difícil de decodificar. Y por si todo lo anterior fuera poco, está mal dosificado el texto: hay páginas donde vemos sólo imagen, con apenas una o dos frases tomadas del cuento de Harrison, y páginas donde el texto copa la parada y casi no deja espacio para los dibujos de Miller, que aparecen chiquititos, casi en las márgenes. Todo esto conspira para que The Luck in the Head se convierta en una lectura ardua, procelosa, un laberinto del terror repleto de trampas y pozos ciegos, tipo Comodoro Py.
La trama del cuento/ novela gráfica tampoco ayuda, ya que se trata de un relato onírico, por momentos críptico, donde muchísimas cosas de las que suceden se rigen por la”lógica” de los sueños. Hay un cierto trasfondo político, cierta intención de darle como en bolsa a Margaret Thatcher y su funesto gobierno, pero hay que leer MUY entre líneas para encontrarlo y la verdad que el dibujo de Miller no ayuda, porque te volvés loco mirando técnicas, detalles y demás magias que tira el iustrador. En fin, menos mal que lo pagué barato…
Tenía pendiente la segunda mitad de La Chica a la Orilla del Mar, el manga de Inio Asano cuyo Vol.1 vimos el 24/09/18. En dos palabras: un bajón. El dibujo es fastuoso, los climas son increíbles, pero argumentalmente se me cayó a pedazos. La trama de la muerte del hermano de Isobe tiene poco peso y se desactiva durante muchísimas páginas. La trama del vínculo entre Isobe y Sato se desarrolla poco, Asano le dedica muchas menos páginas que en el Vol.1. Lo que pasa entre la parejita de quinceañeros está muy bueno, es sin dudas lo más interesante del tomo (por no decir lo único). Lamentablemente, el espacio que no ocupan ni la trama policial ni la del “romance” entre los protagonistas es bastante amplio, y Asano se lo dedica a un montón de personajes secundarios que giran básicamente en torno a Sato, de los cuales ninguno me generó el menor interés. Todas estas chicas y chicos que se enamoran, que compiten entre sí por el chico o chica que les gusta, que se confiesan boludeces como si fueran importantes, que se organizan para participar del Festival Cultural en medio de esa tormenta furibunda… todo muy menor, muy chato, a años luz de la fuerza del Vol.1 cuando todo pasaba por Sato, Isobe y el deseo sexual que explotaba entre ellos.    
Por supuesto que Asano te tira algunos diálogos brillantes, alguna secuencia con más vuelo poético, e incluso un garche entre los chicos mucho más subido de tono que los del tomo anterior. Pero todo lo bueno que tiene esta segunda mitad se diluye entre el relleno, entre largas secuencias en las que no avanzan ni un milímetro las dos tramas más atractivas que ofrecía la obra. Me la guardo por los dibujos del ídolo, que acá alcanzan un nivel… conmovedor.

Y nada más, por hoy. Volvemos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.  

jueves, 21 de febrero de 2019

JUEVES EN CASA

Hoy es mi cumpleaños y hace mucho calor, con lo cual decidí no moverme de mi casa en todo el día. Aprovecho para escribir las reseñas de algunos libritos que leí en los últimos días.
Me bajé el Vol.3 de The Invisibles, con los últimos nueve episodios de lo que fuera la primera serie. Seis de estos nueve episodios van para adelante de modo muy lineal, y continúan la trama que empezó en el tomo anterior: King Mob y Lord Fanny están prisioneros de la Conspiración y hay que liberarlos como sea. En el primer arco, el gran protagonista es Gideon Stargrave, o Gideon Starorzewski, o Kirk Morrison, o King Mob, como más les guste. Acá es donde la vida real de Grant Morrison se empieza a entrelazar con la/s vida/s ficiticia/s de este personaje complejo y fascinante, al que vemos soportar los más ignominiosos tormentos. Es un arco osado, con secuencias ambientadas en distintas épocas y distintos planos de realidad, dibujado como los dioses por Phil Jiménez.
En el segundo grupo de tres episodios, Morrison reparte mucho más el protagonismo entre todos los miembros del elenco de la serie. Son tres números básicamente de combate, con espacio para tirar ideas limadas y diálogos ingeniosos, lo cual justifica que esté bastante estirado. Para desgracia de mis retinas, acá regresa el funesto Steve Yeowell, al que esta vez entinta el veterano maestro Dick Giordano. Por momentos, el trazo firme de Giordano logra ocultar la impericia de Yeowell, pero en la gran mayoría de las páginas se ve un dibujo chato, tosco, sin alma y sin talento.
En cuanto a los unitarios, uno va para atrás, para narrarnos un extenso flashback al pasado de Boy. El dibujo de Tommy Lee Edwards es magnífico, pero se luce poco por la brutal cantidad de texto que mete Morrison. Otro unitario va en paralelo a la saga central y tiene que ver con el díscolo Dane McGowan, al que finalmente convencerán para que vuelva a unirse al resto el grupo. Una vez más, los dibujos están a cargo de un excelente Paul Johnson. Y el último unitario es miti-miti: combina escenas del pasado con escenas que funcionan como epílogo a la saga principal, todo centrado en Mister Six y sus adláteres. Está medio estirado, es cierto, pero acá están los diálogos más graciosos del tomo y algunas de las ideas más zarpadas y escabrosas. El dibujo es obra del siempre grosso Mark Buckingham.
En síntesis, para 220 páginas de historieta la trama avanza bastante poco, pero sin embargo el tomo me resultó entretenido, con momentos emotivos, impactantes, bizarros y hasta cómicos. Vuelvo a entrarle pronto a esta magnum opus de Grant Morrison.
Mientras tanto, me vengo a Argentina a 2018, cuando aparece 48, Muerto que Habla, una novela gráfica escrita y dibujada por el tucumano Segundo Moyano. El libro tiene dos trampas: una ilustración de portada (del magnífico Carlos Barocelli) en un estilo que no tiene nada que ver con el que vamos a ver en las páginas interiores, y 17 páginas de relleno, que no forman parte de la historieta y podrían tranquilamente no estar.
¿Qué diferencia a 48, Muerto que Habla de otros intentos por crear comics más o menos superheroicos ambientados en Argentina? Que Segundo Moyano no disfraza su trazo de comic yanki. No se quiere parecer a ningún dibujante de los conocidos, no se sube a ninguna estética ya impuesta. Muere en su ley, con ese trazo violento, fuerte, lleno de rayitas, muy funcional al relato, con cuerpos macizos, casi gordos, todo muy jugado a un dinamismo extremo. Y además me parece que ningún otro autor argentino abrazó tan fuerte al grim & gritty urbano como lo abraza Moyano. No recuerdo haber visto a otro “héroe” argentino matar a tantos delincuentes, ni armar los kilombos que arma 48 en estas páginas.
El guión es muy introductorio, y a la vez muy eficaz a la hora de explicarnos quién es este personaje y por qué hace lo que hace. Los flashbacks están muy bien calzados (aunque no me copó la estética del dibujante Jorge Endrizzi, que es quien los ilustra), el rol de la cana y los villanos está muy bien pensado, funciona todo bastante bien. No seré yo quien cuestione el uso de los bloques de texto para hacer narrar al protagonista en primera persona, ni tampoco el que descubra lo bien que funciona eso en los relatos grim & gritty, para enfatizar el clima e incluso en el contraste entre el lirismo de la prosa y la violencia y la sordidez de las situaciones que nos muestran los dibujos. Moyano abusa un poquito de este recurso y nos bombardea con MUCHOS bloques de texto muy voluminosos. Incluso cuando el ritmo del relato no da para meter bloques de texto, estas frases profundas, potentes, casi poéticas aparecen (medio a presión) en los diálogos, lo cual atenta contra el verosímil, porque Moyano le hace decir a 48 cosas que ningún ser humano diría jamás en una conversación normal. Lo bueno es que el nivel de esos textos es realmente notable, no dicen giladas ni ensayan un vuelo que termina hecho mierda contra el piso, como otros guionistas que se creen poetas sin tener con qué.
48, Muerto que Habla es un comic distinto, muy violento, atractivo sobre todo para los fans de los justicieros urbanos tipo Punisher, pero con un filo argento y una veta introspectiva muy lograda.

Gracias por estar ahí y nos reencontramos ni bien tenga un par de libros leídos como para reseñar. ¡Hasta entonces!

lunes, 18 de febrero de 2019

LUNES A TODA ACCION

Luego de la contundente victoria de Racing, es un buen momento para sentarse a escribir unas reseñitas.
Hacía bastante que no leía nada del maestro español Sergio Bleda, y ahora cayó en mis manos Bloody Winter, una obra que ya tiene unos 15 años. Bloody Winter es un thriller urbano de tiros, persecuciones, traiciones y hectolitros de mala leche. Y además tiene algo de experimento formal porque, excepto en los flashbacks, Bleda se propone mantener a lo largo de las 46 páginas del álbum el formato de cuatro viñetas horizontales, o widescreen. La verdad es que el truquito le sale muy bien: sin variar nunca el formato de las viñetas, el autor nos muestra desde tomas panorámicas de esta New York cruda e invernal a primeros planos recontra-expresivos de los personajes.
Como en los buenos thrillers de Hollywood, acá lo importante es el grado de enrosque que tiene la trama y la tensión que logra generar el autor cuando la encamina hacia esa escena crucial, definitiva, en la que todo se resuelve… de un modo absolutamente impredecible. A todos los impactos que acumula durante las primeras 45 páginas, Bleda le suma un impacto más (lejos, el más jodido) a la última página de Bloody Winter, para asegurarse de que no haya ninguna chance de que los críticos la califiquemos de “una más de corrupción y mala leche”. No quiero contar nada, pero posta, se trata de una obra muy generosa en materia de sorpresas.
El dibujo está muy bien, el color lo apuntala con mucha fuerza y si te da el estómago para bancarte crueldades, sangre y truculencia a granel, le podés entrar en castellano, inglés o francés.
Allá por el 28/08/17 me tocó reseñar el Vol.1 de Rip Van Hellsing, la serie escrita por Enrique Barreiro y Hernán Ferrúa y dibujada por Enrique Santana. Aquella vez me llamaba la atención la escasa profundidad del personaje protagónico, y en las tres sagas que componen este tomo, eso empieza a cambiar. De a poco, aparecen datos acerca del pasado de Rip, empezamos a enterarnos por qué hace lo que hace, y hasta lo vemos dudar, cuestionarse algunas cosas. La responsible de sacudirle la estantería a esta implacable máquina de matar es Sombra, una vampira enigmática y sensual, que suele jugar para el bando contrario al de Rip. Ahí los guionistas se abstienen de clonar la relación entre Batman y Catwoman (que sería lo obvio) y llevan el vínculo entre Rip y Sombra por otros carriles, bastante interesantes aunque con poco desarrollo, porque lo importante, lo fundamental, sigue siendo la machaca.
Rip Van Hellsing puede sumar un poquito de introspección, una pizca de romance, pero siempre en cantidades muy pequeñas, porque todo está jugado a las peleas, las explosiones, los conflictos que exigen al límite las habilidades tácticas y de combate de este héroe taciturno al que esta vez descubrimos también en su faceta de galán irresistible.
Si no sos muy fan de las batallas a tiros, espadazos y granadas entre milicos, vampiros y licántropos, dudo mucho que te atrape el guión de Rip Van Hellsing. En ese caso, te recomiendo que te dejes llevar por los exquisitos dibujos de Enrique Santana, un artista descomunalmente dotado para contar aventuras clásicas con una onda moderna. El trazo de Santana fluye por estas páginas con una armonía notable, el armado de las secuencias esta ajustadísimo, el impacto de la machaca está sumamente logrado, dibuja perfecto fondos muy complicados, armas, vehículos, minitas, monstruos, batallas multitudinarias… La verdad que lo único que no me copa del dibujo es el rostro inexpresivo del protagonista, pero me queda claro que es una exigencia del guión, no un capricho de Santana.
De nuevo, la calidad de la edición es impecable, un auténtico lujo para un mercado alicaído como el nuestro. Y por cómo termina la teercera saga de este libro, intuyo que tarde o temprano habrá más tomos de Rip Van Hellsing.

Y nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 14 de febrero de 2019

RESEÑAS DE TRASNOCHE

A mitad de camino entre jueves y viernes, aprovecho un ratito libre para postear un par de reseñas.
Arranco con el Vol.2 de The Invisibles, para no perder el envión del Vol.1. Acá la apuesta de los que bancamos a este delirio de Grant Morrison empezó a dar sus frutos. La mejora respecto de los primeros ocho episodios es más que ostensible. El primer unitario hace lo que no hubo espacio para hacer al final de “Arcadia”: evaluar un poco las consecuencias de lo sucedido hasta el momento, cagar un poco a palos a algunos enemigos y –acá está la sorpresa- desestabilizar al equipo protagónico con la sublevación por parte de Dane McGowan, que no quiere saber nada con convertirse en el nuevo Jack Frost y se va a la mierda. Después vendrán otros tres episodios sumamente autoconclusivos, casi sin conexión con lo que Morrison nos había narrado hasta el momento, de los cuales dos (el de Jeremy Sutton y el de Bobby) son brillantes. Sí, es medio un bajón que una serie ofrezca su primer episodio brillante en el nº11. El propio Morrison, sin ir más lejos, había puesto altísimo el listón de su etapa en Animal Man con el nº5. Pero bueno, más vale tarde que nunca.
Después tenemos una trilogía en la que, mientras King Mob y los suyos buscan a Dane, Lord Fanny se mete en un lindo bolonki y Morrison aprovecha para revelarnos su origen y un montón de data acerca de un personaje que despliega un carisma infernal y cobra un trasfondo interesantísimo. Acá también hay saltos para adelante y para atrás en el tiempo, esoterismo, bizarreadas, violencia extrema, etc., pero presentado de un modo mucho más lineal y menos pretencioso que en “Arcadia”. Y cierra un unitario en el que –de nuevo- nos centramos en Dane, solo en la ciudad, de nuevo perseguido por el bando contrario y de nuevo “asesorado” por Tom O´Bedlam. Mucho de lo que no estaba bueno en el primer arco argumental, acá está buenísimo, en parte porque son 24, no 100 o más. Tanto la trilogía de Lord Fanny como el unitario de Dane terminan con cliffhangers jodidos como enema de chimichurri, como para que quieras leer YA el Vol.3.
En materia de dibujantes, Jill Thompson reincide con cuatro de los ocho episodios del tomo y en la trilogía de Lord Fanny se anima a entintarse ella misma, con lo cual todo se ve mucho mejor. Y los cuatro dibujantes invitados se lucen a full: Chris Weston, John Ridgway, un Steve Parkhouse magnífico y sobre todo Paul Johnson (en el unitario de Dane) tiran magia y categoría. Lo de Johnson brilla todavía más porque revisita personajes y situaciones que ya vimos en el Vol.1 dibujadas por Steve Yeowell: obviamente, la comparación beneficia ampliamente a Johnson. Prometo entrarle pronto al Vol.3.
Hacía bastante que no leía historieta boliviana y volví con la reciente antología titulada Toda la Nieve Bajo el Sol (antología de historietas sobre la ciudad de La Paz). En el texto que publiqué acá eñ 17/08/11 conté lo mucho que me impactó La Paz en mi primera y única visita a la ciudad donde se realiza el festival Viñetas con Altura, así que no está mal repasarla, para entrar en calor.
El libro tiene dos problemas: 1) Mezcla historieta con ilustración como si fueran lo mismo, o como si ambas disciplinas artísticas le interesaran de igual manera a todos los potenciales lectores. Si en subtítulo del libro aparece la palabra “historietas”, yo adentro quiero encontrar historietas, no ilustraciones. Lo cual no quita que muchas de estas sean excelentes. 2) En parte por la proliferación de ilustraciones, y de carátulas, y prólogos, y biografías, y páginas en blanco, el libro tiene pocas páginas de historieta, apenas 49 sobre 114 páginas totales. ¿Dije “pocas”? Pongamos poquísimas. 
Por suerte algunas son muy buenas. La última, a cargo de François Sanz, es una belleza. La de Andrés Montaño no está nada mal. La de Armín Castellón es otra exquisitez, quizás lo mejor del tomo. La de Diana Cabrera es rara, pero correcta. La del argentino César Carrizo está muy bien dibujada, pero quizás el argumento sea demasiado ambicioso para las exiguas seis páginas con las que contaba el tucumano, y además eligió una planificación que a mí no me copa. La de Alexandra Ramírez también tiene muy buenos dibujos y un color logradísimo, lástima que al durar sólo cuatro páginas se queda en una anécdota graciosa pero muy simple.
Y no encontré muchas más cosas para destacar. La portada del maestro Frank Arbelo, de quien me hubiese encantado encontrar una historieta dentro del libro.
De todos modos, lo importante es que descubrí a tres o cuatro autores que no conocía (Sanz, Montaño, Castellón y Cabrera) que muestran un nivel entre interesante y alucinante, como para cubrir dignamente el espacio de otros referentes del comic boliviano que aparecían en otras antologías (Crash, La Fiesta Pagana, etc.) y esta vez no fueron de la partida. Tengo muchísimas ganas de volver a Bolivia, aunque no sé cuándo sucederá ese regreso.
Acá al blog, vuelvo pronto. Seguramente el domingo o el lunes. Gracias y hasta entonces.