el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 19 de octubre de 2014

19/ 10: SAUCER COUNTRY Vol.2

¿Y, qué onda? ¿Pudiste repasar la reseña del Vol.1? A mí me da la sensación de que si hubiese tenido más fresco aquel tomo, me habría costado menos engancharme con este, se me habría hecho menos ardua la lectura sobre todo del primer tramo de este Vol.2.
Lo cierto es que, si bien no se me hizo aburrido, el planteo de Paul Cornell era ambicioso, complejo y –como señalamos la vez pasada- deja poco margen para la acción. Saucer Country es una historia que se dirime en dos terrenos poco propicios para la machaca: por un lado, el de la ciencia, porque uno de los temas centrales es el de la existencia de los alienígenas y su eventual contacto con los terrícolas. Y por el otro, el de la política, porque buena parte de la trama la motoriza la campaña de Arcadia Alvarado, la gobernadora de New Mexico, para llegar a la Casa Blanca. Obviamente esto es un comic y Cornell va a encontrar la forma de conjurar situaciones fuertes, de alto impacto, y de colar por algún lado alguna piña o algún tiroteo. Pero preparate a entrarle a una serie muy hablada, donde los diálogos -y no la acción- cargan con el peso de llevar adelante los conflictos.
Por eso es tan importante el desarrollo de los personajes, profundizar en ellos, darles carnadura, y en ese rubro la labor de Cornell es excelente. También se nota mucho que el guionista británico estudió a fondo el tema de los OVNIs (sin dejar de lado las shockeantes revelaciones acerca del vínculo entre los aliens y el poder político tan bien expuesto por el maestro Doug Moench en el Big Book of Conspiracies) y que además indagó a fondo en la trastienda de las campañas electorales en EEUU, que se parecen MUY poco a las de países como el nuestro. O sea que el andamiaje sobre el cual Cornell armó la historia era bastante sólido. La historia en sí… quizás un poco menos. Por momentos parece que sobraran personajes, y esto supongo yo, se debe a que el guionista pensó la trama para durar mucho más de 14 episodios. De hecho, sobre el final se resuelve (de modo sintético, pero no abrupto) el tema de las elecciones que decidirán si Arcadia llega o no a la presidencia; pero queda abierto el otro plot, el de los aliens. Se cierra el misterio del Profesor Kidd, pero queda abierto lo más grande, el misterio principal, que tiene que ver con la abducción de Arcadia y su ex-marido por parte de los aliens, y la supuesta rosca entre estos y el presidente de los EEUU que va por la reelección.
Sería largo analizar por qué Saucer Country no vendió una chota y se canceló tan rápido. Lo bueno es que Cornell supo varios números antes que la serie tenía los días contados y así es como en el último tramo pasa de todo, a un ritmo alucinante. Y lo malo, bueno, eso… no se pudo llevar a fondo una de las líneas argumentales más interesantes. Por suerte esto es 100% propiedad de los autores, con lo cual dentro de unos años Cornell se puede llevar esta serie a otra editorial y eventualmente escribir una secuela que explore lo que acá quedó a medio resolver.
En el dibujo lo tenemos de nuevo a Ryan Kelly, a quien ya definimos como una mezcla entre Tom Grummett y Paul Pope, acá un poco más consistente que en el Vol.1 y con un gran laburo en las portadas. Hay un episodio dibujado por Mirko Colak y Andrea Mutti que me dejó gusto a poco, y uno que –paradójicamente- no aporta demasiado a la trama principal, pero tiene el atractivo de estar dibujado por el maestro David Lapham, que se destaca holgadamente incluso cuando trata de mostrarse sobrio y no pelar virtuosismo.
Una pena que Saucer Country no haya tenido mejor suerte, y ojalá los próximos experimentos de Vertigo con géneros atípicos y sagas no orientadas a la machaca encuentren una mejor recepción por parte de los lectores. Y que Paul Cornell no deje nunca de adentrarse en estos terrenos difíciles, poco transitados por la mayoría de sus colegas.

sábado, 18 de octubre de 2014

18/ 10: HOY NO HAY NADA

Como hace dos sábados, de nuevo me encuentro con que son casi las once de la noche y no tengo nada leído para reseñar.
Seguramente tiene que ver con que hoy estuve participando (después de varios meses) de la feria Rocketbooks y eso me insumió un montón de horas que podría haber usado para terminar el libro que tengo empezado, que es bastante voluminoso. Y con el hecho de que uno generalmente sale los viernes a la trasnoche y los sábados se levanta más bien tarde.
Lo cierto es que no tengo terminado el libro que quería reseñar hoy, y que lo más probable es que lo pueda reseñar mañana.
Mientras tanto, releete alguna reseña vieja (sugiero la del Vol.1 de Saucer Country, del 09/09/13, para prepararte para lo que viene mañana) o aprovechá los minutos que habitualmente le dedicás a este blog para leer comics… u otros blogs. O el sitio web de Comiqueando. O para mirar TVR, de última.
Perdón por el faltazo y será hasta mañana.

viernes, 17 de octubre de 2014

17/ 10: PROXIMA ESPECIAL HISTORIETAS

Próxima es una revista argentina que habitualmente se dedica a la literatura de ciencia-ficción. Este año, además, incursionó en el campo de la historieta, con una antología compuesta por trabajos autoconclusivos de autores locales. Veamos que hay bajo esa perturbadora portada de Matías Mendoza.
Empezamos con Tártaro, una historieta de Pablo Barbieri y el dibujante peruano Diego Rondón Almuelle que creo haber leído en alguna otra antología. Son ocho páginas y la historia pegaría más fuerte si fueran seis. Pero el principal obstáculo para disfrutarla es que el dibujante busca su propio lucimiento por sobre el de la historieta y se zarpa con despliegues de pirotecnia pictórica que empantanan el fluir de la narrativa. De todos modos, el resultado se ve bastante profesional.
El Cocinero, de Gastón López, quiere ser una historieta pero no lo logra porque el autor no tiene la menor noción de lo que es narrar con imágenes. Los dibujos están bien, pero no cuentan absolutamente nada. Las dos paginitas de Diego Agrimbau y Pablo Túnica no llegan ni a ser un chiste. Son… seis viñetas puestas una al lado de otra, bien dibujadas, pero que tampoco funcionan como una historieta.
Jok, en cambio, pela excelentes dibujos y magníficos textos perfectamente integrados en la notable Silicio-Carbono, una historieta de siete páginas, que quizás hubiese quedado todavía mejor con dos o tres páginas más. Acá el problema es que es un trabajo realizado a color, pensado a color, y que se desluce mucho en el traspaso a blanco, negro y grises. La siguiente historieta, Los Mares de Maizner, también parece pensada para color y traspasada a blanco, negro y grises. El guión sin ser horrible me pareció… menor, y me gustaron bastante los dibujos de Paula Andrade.
Arzak Blues es un homenaje a Moebius encarado con buenas intenciones por Grendel Bellarousse (lector de este blog) que se cae en las últimas dos páginas, cuando la parodia-homenaje sólo se sostiene si la dibuja alguien que dibuje igual de bien que Moebius. Y no es el caso, claro… La de Salvador Sanz es una buena idea, resuelta con jerarquía en apenas cuatro páginas. El dibujo también está muy logrado (y pensado para blanco y negro), así que creo que fue lo que más me gustó de la antología.
Las cuatro páginas de José Luis Gaitán cuentan una historia jugada a la revelación de la última viñeta, y está bien, es efectiva. Lástima el dibujo, que se va al carajo combinando demasiadas técnicas y efectos y termina por hacerse confuso. La siguiente historieta tiene ocho páginas dibujadas por Nahus, un muchacho que dibuja tan mal que no pude siquiera pasar de la tercera viñeta para enterarme de qué iba la historia. Le hice zapping, de una.
Principio y Fin, de Gonzalo Duarte, Lucas García y Facundo López, me atrapó, me gustó, me tuvo intrigado hasta la última viñeta… pero no entendí el final. Se supone que con el dibujo del último cuadrito todo cobra sentido, pero a mí se me escapó. Debo ser un subnormal, claramente. Les siguen dos paginitas maravillosas de Alejandro Farías y Marcos Vergara, que no tienen una chota que ver con la ciencia-ficción, pero están buenísimas. Y después, una escrita por Daniel Perrotta y dibujada por Andrés Casciani, seis páginas sin textos, bastante originales y con un nivel interesante.
Casi sobre el final, un tal JaimeE se quiere hacer el vanguardista y fracasa estrepitosamente, en otras seis páginas sumamente prescindibles. Y para terminar, otra dupla de nombres fuertes: Rodolfo Santullo y Leo Sandler, con otra historia que se juega todo al impacto de la última viñeta, y en la que diálogos y dibujos (sobresalientes ambos) se cargan la responsabilidad de mantenerte enganchado hasta el final, a pesar de que en realidad no pasa nada en todo el relato.
Resumiendo, muchos nombres atractivos para un producto bastante desparejo. Hay material realmente bueno, codo a codo con material muy, muy amateur, y la calidad de la edición tampoco ayuda demasiado. Me gusta que una publicación literaria se juegue a explorar el mundo de la historieta, pero para la próxima (cuac!) hay varias tuercas que ajustar.

jueves, 16 de octubre de 2014

16/ 10: ANIMAL MAN Vol.3

Tomo voluminoso de Animal Man, con ocho episodios de la serie que escribía Jeff Lemire y dos de Swamp Thing, escritos por Scott Snyder. Sospecho que cuando lea el Vol.3 de Swamp Thing me voy a encontrar con que ahí también se republican cuatro de los 10 episodios de este libro, pero me parece razonable, sobre todo para la gente que seguía una sola colección.
La estructura de la saga de Rotworld es de un videojuego mediocre: de pronto, toda la realidad cambió. El mal triunfó, la putrefacción arrasó a la tierra (o por lo menos a EEUU), los superhéroes y villanos se convirtieron en unos monstruos tipo zombies totalmente corrompidos por el Rot, y Animal Man y Swamp Thing (cada uno por su lado) deben tratar de llegar a un lugar puntual de EEUU, donde –si hacen todo bien y tienen culo- quizás puedan vencer a Arcane y reestablecer el orden, rescatar a sus seres querido, etc. En el medio, Buddy Baker se encontrará con otros personajes que, por algún motivo, no fueron contagiados por el Rot y algunos (como Steel y Frankenstein) estarán bien aprovechados por el guión.
Pero básicamente, lo que vemos a lo largo de muchísimas páginas es a Buddy y estos personajes que se le van sumando, en una ruta lineal hacia el lugar donde tal vez se resuelva todo, en una peregrinación cuesta arriba, interrumpida todo el tiempo por la machaca sanguinolienta contra monstruos, criaturas abisales y héroes y villanos horrendamente mutados. Por suerte Lemire no se olvida de la familia de Buddy, y en todos los episodios le dedica unas páginas a un subplot protagonizado por Maxine, que está sumamente estirado pero por lo menos sirve para matizar, para que no sea todo “Animal Man y sus amigos avanzan por la tierra podrida machacando monstruos”.
Sobre el final, la saga levanta bastante la puntería. Cuando Buddy y Swampy confrontan al Rot y descubren el verdadero rol de Arcane en la trama, se produce un volantazo que funciona. Para cuando Lemire logra unir la trama de Buddy con la de Maxine, el clima ya está bien espeso, ya se generó una tensión muy grossa. Y el epílogo (llamado “El Funeral”, aunque no te voy a blanquear de quién) es lo mejor que leí hasta ahora en esta versión de Animal Man. Por los huevos para sacudir de esa manera el status quo de la serie, pero sobre todo por la emotividad, la efectividad de Lemire para pegarle a Buddy un golpe que nos duele a todos. Tan perfecto es el final de ese n°19, que era un gran momento para cancelar la revista, o seguirla, pero con otro equipo creativo y otra dirección. Yo, por mi parte, creo que la cuelgo ahí, que no me voy a comprar los TPBs que me faltan para completarla, a menos que los vea a un precio ridículamente bajo.
¿Te acordás de Travel Foreman, el dibujante de los primeros números? Bueno, olvidate porque acá no está más. Por suerte lo tenemos a Steve Pugh, en un gran nivel, como siempre muy jugado a la figura humana, a dejar la vida en cuerpos y rostros y darle mínima bola a todo lo demás. Pero bien, con onda, con polenta, con buena sintonía con los coloristas. Todo el subplot de Maxine permite ver en cada episodio un puñado de páginas dibujadas por un inspiradísimo Timothy Green II, cada vez más afianzado, más personal, más fino. Quiero ya una novela gráfica íntegramente dibujada por este animalito, que por ahí no se luce tanto en las escenas de machaca, pero en las escnas más tranquis la tiene atada. En los dos episodios de Swamp Thing tenemos lo más flojo a nivel dibujo: primero al verdulero Marco Rudy, un Juan Carlos Flicker de la B Metropolitana, con errores en las caras y cero idea en los fondos, y después al impresentable Andrew Belanger, a quien jamás había visto y a quien no quiero ver nunca más, porque –posta- menos la puesta en página, todo lo demás lo hace mal.
El Vol.3 de Swamp Thing (que por lo visto conecta MUCHO con este) lo tengo bastante más abajo en el pilón, pero lo voy a subir para leerlo pronto, así veo si la historia me termina de cerrar o qué. Por ahora, no más Animal Man acá en el blog.

miércoles, 15 de octubre de 2014

15/ 10: PETIT PEINTRE

Este libro es a la vez un rescate interesantísimo y un delito a mano armada. La editorial española Bang lo publicó en 2008, y la verdad es que fue un hallazgo, porque era una historieta realizada por Philippe Dupuy y Charles Berberian en un remoto 1985, cuando recién empezaban a hacerse conocidos en Francia. Encima la edición francesa había estado a cargo de un sello “boutique”, famoso por editar como los dioses a autores de gran prestigio y también por las tiradas microscópicas y los precios desorbitados. Así que habrían sido poquísimos los lectores hispanoparlantes que podrían haber accedido a Petit Peintre de no ser por esta nueva edición. Por otro lado, si nos ceñimos a la historieta en sí, Petit Peintre es una obra de 30 páginas. Y ya lo hablamos más de una vez, pero vale la pena repetirlo: ¿tiene sentido sacar en libro una historieta de 30 páginas?
La edición española (que no sé en España, pero acá salía cara) lleva el libro a 64 páginas. Le agregan prólogos, carátulas, páginas en blanco que no aportan absolutamente nada, y algo que seguramente está tomado de la edición francesa del ´85: en vez de pin-ups, cuadros que nos muestran el estilo en el que pinta Jeremy, el chico de 11 o 12 años que protagoniza la historia. La idea está muy buena y la verdad es que los “cuadros” son geniales, pero por ahí con tres o cuatro alcanzaba, no sé si hacían falta tantos.
¿Y qué onda la historieta, propiamente dicha? Ahí sólo caben palabras de elogio para Dupuy y Berberian, y más si pensamos que se trata de uno de sus primeros trabajos. El argumento es potente, el ritmo está cuidadísimo, nada está estirado ni comprimido, y en sólo 30 páginas hay dos personajes protagónicos muy bien desarrollados. No quiero ahondar mucho en este punto, primero porque al ser un relato tan breve, no hay tanto para desmenuzar. Y segundo, porque cualquier dato acerca de la trama o los personajes puede funcionar como spoiler y sería una cagada que leas Petit Peintre sabiendo cómo va a terminar.
Vamos entonces con el dibujo, que es increíble. No hay obras de Dupuy y Berberian mal dibujadas, no las voy a encontrar jamás. Creo que debe ser más fácil encontrar filósofos y neurocirujanos en un cosplay de animé organizado por Yamato. Pero acá hay un nivel plástico, una libertad, un vuelo expresivo, un uso tan brillante de la paleta cromática intencionalmente acotada, que ni siquiera hace falta ver “los cuadros de Jeremy” para caerse de orto. La línea, las expresiones faciales, las sombras, las composiciones... todo está demasiado perfecto y se luce muchísimo porque casi todas las páginas tienen menos de seis viñetas. Y “los cuadros” son vanguardia pura, muy en sintonía con la historieta moderna y diseñosa que a mediados de los ´80 se veía en algunos autores de Cairo o El Víbora, tipo Montesol, Javier Mariscal o Micharmut. Acá llaman la atención el trabajo con la mancha negra y con la espacialidad, y sobre todo ese contraste entre un color aplicado con sutileza y precisión y una línea más salvaje, con cierta textura de carbonilla, que se nota que muchas veces está trazada a mano alzada, con más osadía que planificación. Realmente alucinante.
¿Da para comprarse Petit Peintre aunque la relación precio/ cantidad de páginas suene a disparate? Si sos muy fan de los autores, o si comprás hsitorietas por los dibujos, ya te digo que sí. Tengo sin leer otro libro de Dupuy y Berberian, que quizás llegue a reseñar antes de fin de año. Y parece que en pocas semanas se edita en Argentina un segundo libro de Monsieur Jean, así que –como diría el Más Grande- nos sobran los motivos para seguir hablando de esta dupla que hace más de 30 años jerarquiza al comic europeo.

martes, 14 de octubre de 2014

14/ 10: THE LORDS OF MISRULE

¿Qué es esto? ¿Un flashback al 01/07/12? No, tranqui. Aquella vez yo me había cebado con la primera novela gráfica de Lords of Misrule y me proponía conseguir la secuela. Pero hete aquí que la editorial Radical reeditó en un sólo tomo TODO Lords of Misrule: la secuela, la novela gráfica y tres historias cortas, perdidas andá a saber en qué antología. Es un libro majestuoso, un hardcover de 264 páginas editado como los dioses, así que cuando lo vi a buen precio, me tiré de cabeza, aunque me quedara “repe” la primera parte.
No voy a reiterar los conceptos de la reseña que le dediqué hace unos años, pero sí subrayar dos cosas: 1) En el contexto global de la saga, es decir, a raíz de lo que sucede después, esa primera historia es bastante menor, tiene un peso… chiquito. 2) Aquellos horrores indecibles, aquellos vejámenes que sufrieron los dibujos de Gary Erskine bajo la inclemente e incompetente paleta de una colorista abyecta, fueron subsanados. Ahora la historia de Kieron Wallace aparece recoloreada por JM Ringuet, un dibujante, ilustrador y colorista francés que vive en China, conocido sobre todo por Transhuman, una serie que hizo en Image junto a Jonathan Hickman. Y ahora sí, la faz gráfica se ve sólida en todos sus rubros.
Pero vamos a la secuela, a esa saga de seis episodios en la que John Tomlinson comparte los guiones con Dan Abnett y se suma como dibujante nada menos que Peter Snejberg. Acá el argumento se hace más ambicioso, más complejo, se empieza a entender mejor qué carajo tienen que ver esas secuencias ambientadas en un mundo de fantasía épica onda Tolkien, y el foco se desplaza hacia Jack Goodfellow, un personaje al que los guionistas trabajarán a fondo. Pero se rompe un poquito el equilibrio entre thriller psicológico, misterio freak onda X-Files y terror puro y duro, con mucho gore, sangre y mutilaciones. Sin irse muy al carajo, y sin perder interés, la cosa derrapa para el lado del terror y por momentos este se hace muy gráfico, muy cabeza. Quizás, si la saga tuviera dos episodios menos, se podrían haber obviado algunas peripecias truculentas que en su momento impactan, pero que en el global de la historia no aportan demasiado.
Para cuando empezás a vislumbrar el final, cómo puede llegar a cerrar todo, son cuatro o cinco los personajes que cobraron peso en la trama. Y la resolución, sin ser hiper-original, está muy bien lograda. Pero claro, para esta instancia ya estamos inmersos claramente en “una de terror”, con criaturas abisales, machaca y ríos de sangre, muy lejos de ese tono gaimanesco que yo señalaba cuando leí la primera parte. Las historias cortas también van para ese lado, el de un terror que amaga con ser fino, psicológico, pero en un punto enfila hacia un tono más gráfico, más chocante, más cerca de la E.C. que del Vertigo de los ´90. Lo cual no significa que estén mal. Por el contrario, se disfrutan bastante incluso sin saber una chota acerca de Jack Goodfellow, su linaje y su conexión con el extraño pueblito de Callow.
Pero estoy dejando de lado lo más notable, que es el trabajo de Peter Snejberg en el dibujo. El gran danés produjo todas estas páginas a fines de los ´90, en blanco y negro, que es como las publicó Dark Horse en su momento. Es un laburo monumental de Snejberg, consagratorio por su manejo de las expresiones faciales, de los fondos, de la puesta en página, del jueguito (que ya había hecho Erskine) de dibujar en otro estilo las páginas en las que la narración coquetea con la fantasía épica… Y sospecho que Snejberg la habrá roto también con los climas y con el manejo del claroscuro, que es su técnica favorita. Sin embargo eso no se ve en esta edición, porque por encima del dibujo del gran danés tenemos el color de JM Ringuet, que hace un trabajo absolutamente genial, que casi eclipsa al del dibujante. Ringuet le pone al dibujo de Snejberg texturas, profundidad, volúmenes… tonalidades que no se ven habitualmente en el comic yanki, y que hacen que algunas páginas parezcan coloreadas por Enki Bilal o Miguelanxo Prado. Milagrosamente, el claroscuro de Snejberg se potencia muchísimo y se acerca todavía más a los mejores trabajos de Richard Corben, con quien –insisto- hay que emparentar cada vez más al capo de Copenhague.
Si sos fan de Peter Snejberg y lo querés ver rozar la gloria, no lo dudes. En Lords of Misrule, además de una buena historia de misterio, terror y mitos ancestrales, te espera la conjunción entre los excelentes dibujos del danés y una paleta de colores que lo reinventó y lo elevó a la estratósfera.

lunes, 13 de octubre de 2014

13/ 10: 20 AÑOS NO ES NADA

Este libro de la mítica “colección azul” de Hyspamérica es, ni más menos, lo que habría que hacer con todos los humoristas gráficos cuando cumplen 20 años de trayectoria. En 1988, cuando salió este libro, Caloi festejaba 20 años con la profesión y en fechas parecidas a las de la aparición de este tomo, se lo homenajeaba con una gran retrospectiva de su obra en el Centro Cultural Recoleta. Lo mejor de lo mucho que se vio en aquella muestra (incluyendo el extenso texto que Juan Sasturain escribió para el catálogo de la misma) está en 20 Años No es Nada, una publicación de llegada mucho más amplia que el catálogo de una muestra.
Lo mejor que tiene el libro es que, sobre 144 páginas, sólo 20 están dedicadas a las tiras de Clemente. Nadie discute que la tira representa el pico de la popularidad de Caloi, pero para 1988 todavía eran bastante conseguibles las reediciones del sello El Pájaro y el Cañón, que compilaban la tira diaria desde el principio, sin saltearse ninguna. Por si eso no alcanzara, las 75 tiras de Clemente que se reproducen pertenecen a los primeros años, que (no me canso de repetirlo) son los que a mí más me gustan. Tengo varias en El Libro de Clemente de Ediciones de la Flor y casi todas en los tomitos de Clarín que vimos hace poco, pero está todo bien, es una repetición casi bienvenida.
Otras 12 páginas están dedicadas a los chistes que hizo Caloi entre 1971 y 1976 para promocionar los cigarrillos Parliament. Quizás no sean sus mejores chistes, pero tienen un nivel de dibujo asombroso, y como la marca ponía estos avisos en medios muy distintos, le dieron una gran visibilidad a los trabajos del autor.
También hay 12 páginas tituladas “Bocetos y distracciones”, que son eso: bocetos inéditos, garabatos, estudios, dibujos inconexos que brotaban con total libertad y cero pretensión humorística o narrativa de la prodigiosa pluma de Caloi. Acá se ve con una contundencia demoledora la versatilidad, la belleza, el control perfecto que Caloi tenía sobre su grafismo, con el que podía levantar vuelo y dibujar –literalmente- cualquier cosa, en cualquier estilo.
Y el resto del libro, el tramo más sustancioso, recopila chistes e historietas de los primeros años de carrera del maestro. Desde dibujos realizados a los 3 o 4 años, hasta material de la primera mitad de los ´70, cuando ya era un profesional destacado. La mezcla es completísima: hay humor gráfico tradicional, del que se publicaba en los ´70 en cualquier medio no necesariamente vanguardista, hay humor más reflexivo (“a lo Quino”) y hay material absolutamente experimental, tanto desde lo estético como desde las historias que se cuentan. Esas historietas tan típicas de Tute, en las que un tipo reflexiona acerca del amor, la soledad, la incomunicación, los miedos, los sueños incumplidos… eso ya lo hacía Caloi en 1970. La nostalgia del barrio que exploraría años más tarde en esas “sagas” de Clemente centradas en Bartolo y su tranvía, también estaba presente en los chistes e historietas de sus primeros años. El absurdo, el sinsentido y el mestizaje entre ambos y la poesía se ve clarísimo en algunos de estos trabajos “antiguos”, anteriores al desarrollo del estilo definitivo, de la impronta gráfica que identificaría a Caloi durante las décadas posteriores.
Si venís a buscar chistes, los vas a encontrar y te vas a reir. Pero si querés ir más allá, y te interesa (además de disfrutarlo) estudiar a fondo a Caloi, sobre todo su “Year One”, su etapa pre-Clemente, este libro aporta documentación fundamental, que hasta entonces estaba dispersa en revistas difíciles de conseguir e incluso en cuadernos privados del autor, que nunca habían visto la luz. Versatilidad y virtuosismo son, sin dudas, las palabras clave para describir este paneo por esta primera etapa en la carrera de uno de los nombres realmente fundamentales que tuvo el humor gráfico argentino. Libros como este (accesibles, sin lujos innecesarios en la edición) resultan vitales para jerarquizar las bibliotecas de todos los interesados en el humor, la historieta o el dibujo en general. Algún día terminaremos de digerir lo grossa que fue la colección de Hyspamérica…

domingo, 12 de octubre de 2014

12/ 10: AMERICAN VAMPIRE Vol.4

Con esta serie me pasa algo rarísimo: me encanta la premisa, me gusta el clima, me engancha el ritmo que le imprime Scott Snyder a las aventuras, me sorprendo con lo bien que el guionista maneja los diálogos, llenos de modismos propios de las distintas etapas en las que sitúa las historias, me parece que está bien armado el elenco de secundarios… pero detesto al protagonista. Skinner Sweet me parece un personaje despreciable, pero además choto, unidimensional, básico… Desde el primer tomo estoy esperando que Snyder se juegue a hacerlo boleta y lamentablemente, parece que tenemos Skinner para rato. Aún así, este tomo me gustó mucho más que el anterior. Trato de explicar por qué.
Arrancamos con un arco de tres episodios, ambientado primero en la infancia y después en la juventud de Skinner Sweet y su primer némesis, Jim Book. Primero en el marco de la Guerra de Secesión y más tarde en las campañas de los milicos yankis contra los apaches, Snyder nos revela un montón de datos acerca de estos dos personajes, en secuencias anteriores al Vol.1. Acá ya está clara la crueldad y la falta de escrúpulos de Skinner, pero por lo menos se lo ve menos invulnerable, más humano. Y además pega más fuerte ver a un pibe hacer esas maldades. Como punto extra, en el segundo episodio de la trilogía, Skinner y Book casi no aparecen y todo se centra en la piel roja Mimeth, quien resulta ser la verdadera pionera en esto de los vampiros americanos.
El siguiente arco tiene cuatro episodios y retoma la progresión lineal de la serie para llevarnos a 1954. Y acá Snyder frota la lámpara y pela una genialidad: Travis Kidd, un pibe que parece John Travolta en Grease, o James Dean en Rebel Without a Cause, y que se dedica a cazar vampiros con una mala leche fascinante. Acá la serie encuentra un personaje carismático, tridimensional, complejo, con huevos y recursos para que uno hinche, más que nunca, por ver al sorete de Skinner definitivamente exterminado. Son 80 páginas narradas a un ritmo frenético, con flashbacks muy bien calzados a la infancia de Travis (que tiene que ver con lo que sucedió en Las Vegas en el Vol.2) y con una mirada sutil y llena de ironía acerca de esa época de los EEUU tan fértil para la ficción. Lo mejor de todo es que Skinner aparece con el arco argumental ya bastante avanzado y hay que sufrirlo pocos episodios. Sobre el final, van a tener peso Los Vasallos del Lucero y Pearl, pero el núcleo central de la saga es 100% Travis Kidd, un gran hallazgo por parte de Snyder.
Y predeciblemente, Calvin Poole (secundario en el tomo anterior) vuelve esta vez como protagonista, para un arco breve, también ambientado en 1954 y que es apenas una excusa para hablar de la tensión racial, otro elemento típico de este período histórico en EEUU. Y de nuevo, no aparece el nefasto Skinner Sweet, lo cual suma bastante.
Por el lado del dibujo, el nivel es altísimo. Para el arco ambientado a fines del Siglo XIX tenemos a un especialista, el prócer catalán Jordi Bernet, que venía de años de lucimiento en la revista de Jonah Hex, que transcurría en ese mismo período. Clásico y efectivo, Bernet deja todo y logra páginas memorables. En los cuatro episodios de Travis Kidd tenemos al titular de la serie, el cada día más grosso Rafael Albuquerque (que nos visitara recientemente en Comicópolis), jugado al vértigo, a la machaca a todo o nada, pero con muy buen laburo en los fondos y algunas puestas en página geniales y sumamente arriesgadas, como esa doble página cerca del final del tercer episodio. Y los de Calvin Poole son episodios tan de relleno que ni siquiera tienen los dos el mismo dibujante. En el primero aparece Roger Cruz, un brazuca bien del montón, que se esfuerza por no chorear ni a Jim Lee ni a Joe Madureira (que es lo que hizo toda la vida) y le sale algo híbrido,a a mitad de camino entre el realismo y el grotesco. Y en el segundo, un ídolo: el tano Riccardo Burchielli, viejo compañero de correrías de Brian Wood, cuando Brian Wood la descosía en Vertigo. Obviamente a Burchielli le sobra oficio para salir bien parado de este desafío y logra imágenes y secuencias mucho más interesantes que las de Cruz.
Lindo tomo de American Vampire, como para tenerle fe a un repunte que ojalá sea definitivo. Tengo ya comprado el Vol.5, así que eventualmente le hincaré los colmillos.

sábado, 11 de octubre de 2014

11/ 10: SABER TIGER

Me reencuentro con uno de mis mangakas favoritos, al que ya le dedicamos unas cuantas reseñas acá en el blog, y a través de una obra que pensé que nunca iba a conseguir. Saber Tiger está editada por Viz en 1991, en formato de novela gráfica, con una sobrecubierta rarísima, y con las historietas “dadas vuelta” para que se puedan leer en sistema occidental. Para que nos ubiquemos, 1991 era casi la prehistoria en materia de edición de manga fuera de Japón y todavía se experimentaba a full con el tema de los formatos, buscando ese que los occidentales aceptaríamos sin chistar.
Fijate que mencioné “las historietas” en plural, porque este libro trae dos historias autoconclusivas del maestro Yukinobu Hoshino: Saber Tiger (26 páginas) y The Planet of the Unicorn (50 páginas). Se trata de dos unitarios publicados originalmente en Japón en 1981, cuando Hoshino todavía no se había consagrado con 2001 Nights (ver reseñas del 05/04/13 y 26/06/12). El recopilatorio ponja de Saber Tiger tiene muchas más historias cortas, siempre enroladas en el género de la ciencia-ficción, que es el que desarrolló Hoshino durante muchas décadas, pero bueno, para la edición yanki se eligieron estas dos. Algún día aparecerá el editor occidental que se proponga seriamente rescatar toda la obra de este brillante mangaka, pero por ahora, cada cosita que uno consigue, la atesora como una gema extraña y fascinante.
Dicho todo esto, es menester aclarar que Saber Tiger (la historia que da título al libro) no es gran cosa. Tiene una idea muy buena, parece encaminarse hacia un desarrollo de lo que se llama “brainy sci-fi”, con una explicación realmente elaborada acerca de la evolución de la Humanidad y los viajes entre momentos cruciales del tiempo, y además una buena cuota de acción. Pero al final, Hoshino pega un volantazo y la acción se impone a lo bestia, para dejar medio trunca la exploración de esa teoría científica que impulsa el viaje de las protagonistas a la Era de Hielo. En perspectiva, el final casi termina por convertir a toda la historieta en un chiste largo, que se podría haber contado en cuatro páginas, seis como mucho.
Por suerte después tenemos The Planet of the Unicorn donde, con mucho más espacio, Hoshino desarrolla una historia mucho más redonda, bien en el estilo de lo que veremos años más tarde en 2001 Nights. Acá hay una curva dramática perfecta, un gran trabajo de caracterización para 6-7-8 personajes distintos, una idea excelente (si bien no muy original) para combinar la investigación científica con la aventura, y sobre todo está ese tono tan propio de Hoshino, ese clima que se respira en todas las historias cortas de 2001 Nights y que el maestro domina tan bien. El final es trágico, pero con un cierto lirismo, con una sensación de cierre muy coherente, de que “pasó lo que tenía que pasar”.
El dibujo del sensei todavía no está tan bueno como en 2001 Nights. En buena medida porque todavía Hoshino no había encontrado su estilo definitivo. En algunas cosas (sobre todo los animales) se volcaba a un trazo muy sobrecargado, cercano al fotorrealismo, que es un terreno en el que pocos mangakas han obtenido buenos resultados (pienso enseguida en Ryoichi Ikegami). Y en los cuerpos y rostros humanos, Hoshino todavía mostraba la influencia de dibujantes también muy afines al realismo, sobre todo la de Buichi Terasawa. Más tarde, el autor logrará una síntesis más marcada y le sacará un jugo enorme al contraste entre naves y máquinas muy complejas, muy detalladas, y personajes más simples, más expresivos. Sin abandonar una cierta sensación de realismo y sin renunciar nunca a su amplio abanico de recursos gráficos, ya presente en estas obras anteriores a su consagración.
Para resumir, The Planet of the Unicorn puede leerse como una breve joya de la ciencia-ficción e incluso como un ensayo para lo que luego sería 2001 Nights. Mientras que Saber Tiger pierde sobre el final buena parte de su atractivo, aunque conserva altísimo el nivel del dibujo. Si (como yo) te hiciste fan a muerte de Yukinobu Hoshino, vale mucho la pena buscar esta hermosa (y rarísima) edición de Viz, para disfrutar de un poquito más del talento del maestro, en historias que no pertenecen a su período de mayor gloria, pero se acercan.

viernes, 10 de octubre de 2014

10/ 10: HAWKEYE Vol.2

Hacía bastante que no leía nada de Marvel, pero acá estoy, con el segundo tomo de una serie cuyo debut me dejó infinitamente cebado. Matt Fraction se plantea contarnos la vida cotidiana de Hawkeye, lo que hace en sus ratos libres, cuando no está combatiendo junto a los Avengers. Y sí, a veces no le queda otra que mostrar peleas de buenos contra malos, pero en la gran mayoría de las historias los conflictos pasan por otro lado. Una inundación, líos de polleras, antenas y cables que andan para el orto… un montón de problemas que no se solucionan tirando flechas con una puntería asombrosa.
Pero hay algo más loco. A Fraction no le alcanza con no hacer énfasis en Hawkeye como héroe. También sube la apuesta cuando decide no indagar en la personalidad de Clint Barton, no aprovechar estas no-aventuras para que el personaje se replantee quién es y por qué hace tantos años que hace lo que hace. Si caés en esta serie totalmente virgen de Hawkeye, no te va a ser fácil describir la personalidad del protagonista. Fraction nos lo muestra como un tipo normal, ni siquiera demasiado altruista, que se mete en kilombos con bastante frecuencia, e incluso a su propio pesar. Y ya está. No se debaten sus motivaciones, sus posiciones éticas, su relación con los otros Avengers… Todo eso Fraction lo da por sabido. Y paradójicamente, cuando se decide a meterse a fondo en la psiquis de un personaje, a explorar a fondo su origen, su motivación y demás, lo hace con un villano, en una historia fuerte, sumamente interesante, casi un Killing Joke, porque es probable que de acá surja ESE enemigo grosso que Hawkeye nunca tuvo en los 50 años que lleva militando en el Universo Marvel.
Entre tantas apuestas arriesgadas, este tomo incluye el ya mítico n°11, esas 20 páginas memorables narradas íntegramente por Pizza Dog (o Lucky), el perro que vive con Clint y Kate. Eso no se puede describir, hay que verlo por uno mismo, porque realmente es increíble. Es un experimento formal zarpado y de demoledora efectividad, que requiere un ingenio en la concepción y un talento en la ejecución de los que uno no asocia con la historieta mainstream “por kilo”, ni mucho menos con un guionista que escribe tres o cuatro de estas series todos los meses.
El final de ese episodio parece crucial para la serie, porque marca el alejamiento de un personaje hasta el momento central (no quiero dar detalles para no spoilear), pero lo realmente definitivo acá es el trabajo de David Ajá en la faceta visual. Esto es historieta, pero también es diseño gráfico. Es pensar a fondo en la representación, en la espacialidad, en complejas metáforas para mostrarnos la “realidad” desde la óptica de un personaje (el perro) que se comunica, se mueve y razona de modo muy distinto a nosotros y a los seres humanos que pueblan las historietas de Marvel. Ajá desparrama su jerarquía (y sus influencias, que van del mejor David Mazzucchelli al Guido Crépax más vanguardista) por casi todos los episodios reunidos en este tomo y logra que Hawkeye tenga la identidad gráfica que casi ningún otro comic americano tiene. Ves… una página, tres viñetas, y ya está, ya sabés que sólo se puede tratar del Hawkeye de Fraction y Ajá. En el episodio centrado en el villano, Ajá descansa y lo reemplaza otro capo, Francesco Francavilla, con una onda totalmente distinta en el grafismo, en los enfoques, en la puesta en página y hasta en el tratamiento del color, porque el tano se colorea a sí mismo con una paleta que no tiene nada que ver con la que usa el gran Matt Hollingsworth para colorear las páginas de Ajá.
Predeciblemente, y a pesar de las excelentes críticas que recibió y los premios que ganó, esta serie se terminó prematuramente, luego de sólo 22 episodios. Era bastante lógico, porque era un enfoque muy atípico, difícil de bancar en el largo plazo, y con una impronta autoral tan fuerte que si Fraction o Ajá decidían bajarse para dedicarse a otra cosa, lo más razonable era ponerle fin a la serie. Así que me falta la segunda mitad, que espero sea tan grossa como esta, con esta calidad tan apabullante en los diálogos y en el dibujo y con esta originalidad a la hora de plantear historias más cercanas a lo cotidiano, al barrio, a la vida “puertas adentro” de un paladín de la justicia.

jueves, 9 de octubre de 2014

09/ 10: FRANKO: FABULAS DE LA ULTIMA TIERRA

Este es un comic muy raro, de autores chilenos. El dibujante es Cristóbal Jofré y el guionista es Angel Bernier, a quien ya habíamos visto en alguna que otra historia corta de uno de los tomos de Mortis.
Franko vive en un desierto, que podría ser o bien lo que quedó de la Tierra tras la extinción de la cvilización, o bien una civilización previa. O incluso otro planeta, por qué no. Se trata de un mundo en el que los animales adoptan rasgos humanos (se visten, caminan en dos patas, flexionan los pulgares, hablan y razonan), al estilo de los clásicos cartoons de Disney y Warner, o más recientemente, de Blacksad. El desierto es… atípico, con reglas muy propias y bastante impredecibles, lo cual sumado a la presencia de una chamana (la anciana Mana) le da a todo un cierto aire new age-peyotero, como si se tratara de una historieta para chicos escrita por Alejandro Jodorowsky (que no por nada nació en la región desértica del norte de Chile).
Y ahí hay otro dato importante: se supone que estas fábulas son para chicos. Pero además de esta impronta medio lisérgica (que habilita la proliferación de sucesos que no tienen demasiada explicación), hay torturas, gente que muere de hambre, esclavos, gladiadores forzados a pelear hasta morir y hasta una hueste infernal, destinada a sumir a este mundo bajo el yugo de la destrucción y el terror más absolutos. O sea que los guiones de Bernier van de una especie de lirismo chamánico, de un cierto realismo mágico (más mágico que realista), a situaciones muy extremas, bastante duras de digerir para el público infantil. A su favor hay que decir que las aventuras de Franko y Shin rara vez se resuelven por la vía de la violencia, sino por el contrario, la lucha entre Buenos y Malos está des-enfatizada, en favor de otras formas de encarar los conflictos. Algunas medio zen (en el sentido de que no “zentiende” qué carajo pasa) y otras muy lindas, con bastante vuelo y bastante originalidad.
En una de esas, leídas por segunda o tercera vez, estas fábulas sin moraleja cobran más relevancia, más contundencia. A primera vista, me resultaron raras, narradas de una forma muy ganchera, y a la vez resueltas de formas medio ambiguas, como sugiriendo que la aventura más importante no es la que vimos nosotros, sino la que vivió Franko en su fuero interno. Seguramente ahí hay más sustancia de la que yo pude percibir y disfrutar en una primera lectura.
El dibujo está muy bien. Le falta poquito para ser realmente grosso. Se notan demasiado los fondos repetidos, hay incluso una página entera repetida (que cumple una función narrativa, pero hace mucho ruido), y abundan un poco mucho las splash pages. El resto, funciona muy bien, sobre todo la expresividad en rostros y cuerpos de los personajes, cuyos hermosos diseños le deben algo a los de los Thundercats. Lo que más conspira contra el lucimiento del dibujo de Jofré es el color, decididamente mediocre. En este rubro metieron mano el propio dibujante y tres personas más, con resultados muy decepcionantes. Hay algunas viñetas muy lindas, realmente bien trabajadas desde el color y otras en las que un tsunami de berretada cromática parece arrasar con las buenas intenciones del dibujo de Jofré.
La edición es muy linda, con excelente calidad de papel e impresión, y un vicio ya muy generalizado: páginas y páginas desperdiciadas en carátulas y páginas en blanco para dividir los episodios, y una sección de pin-ups a cargo de dibujantes invitados que no aporta absolutamente nada. Por supuesto hubiese preferido omitir todo ese relleno para darle lugar a una historieta más.
Sin ser una joya imprescindible, Franko: Fábulas de la Ultima Tierra me intrigó como para querer leer otras obras de Bernier y Jofré. No creo que este libro sea fácil de conseguir fuera de Chile, pero bien podría comercializarse en cualquier otro mercado, porque la temática es absolutamente universal y está escrito en castellano neutro, ¿cachai?

miércoles, 8 de octubre de 2014

08/ 10: CRIMINAL Vol.3

Ah, bueno. Esto es realmente una joya, una de esas obras que te hacen dar gracias a los dioses de todos los panteones por haber salido fan del comic y no filatelista, numismático o miembro de Los Borrachos del Tablón. Me acuerdo que cuando reseñé el Vol.2 de esta serie (un lejano 10/09/10) comentaba que me había gustado mucho más que el Vol.1. Bueno, este tomo me gustó mucho más que el Vol.2. En este arco compuesto por tres historias de 30 páginas Ed Brubaker pela una magia asombrosa, sin nada que envidiarle a las grandes obras de Alan Moore, o de quien vos quieras. Esto es Primer Nivel, de la primera viñeta hasta la última, mejor que Incognito, mejor que Fatale, mejor que Gotham Noir, mejor que aquel hermoso unitario de Hawkman… No se me ocurren trabajos ni siquiera de Brubaker y Sean Phillips que le hagan el aguante a The Dead and the Dying, que es como se titula este arco argumental.
Brubaker arma tres historias autoconclusivas de 30 páginas, totalmente interconectadas entre sí. Si leés una sola, te vas a emocionar, las vas a pasar bomba. Si leés las tres, vas a coincidir conmigo en que acá estamos frente a una genialidad. La primera historia se centra en Jake Brown, el boxeador del corazón roto y el destino trágico, que lucha no sólo por deporte, sino para escaparle a la sombra de su padre, un gangster sumamente pesutti, mano derecha de Hyde, el capo mafia más heavy de la ciudad. De pronto, alguien le chorea 50 lucas verdes a Hyde y su hijo Sebastian (amigo desde la infancia de Jake) se encargará de que los que le tocaron el culo la paguen caro.
La segunda historia se centra en un personaje apenas esbozado en el Vol.2, Teegar Lawless, un ex-combatiente de Vietnam que se las ve feas a la hora de reinsertarse en la sociedad tras su regreso a EEUU. Además de laburar muchísimo a Teegar, Brubaker nos revelará cómo y gracias a quién Sebastian Hyde recupera el honor y la guita que le afanaron en la historia anterior. Esta es la historia más shockeante, salpicada de drogas, sexo salvaje, masacres sangrientas y flashbacks traumáticos a la guerra de Vietnam.
La tercera historia tiene más sexo, más drogas y más tragedias, urdidas en torno a Danica Briggs, la chica que le rompió el corazón a Jake Brown y que… tuvo algo que ver con la desaparición de las 50 lucas de los Hyde. Si leés las historias en orden, ya sabés qué le espera a Danica, pero estas 30 páginas son fundamentales para terminar de redondear al personaje, para explicar cómo y por qué elige lo que elige y actúa como actúa en las dos historias anteriores. Dramatismo, profundidad, diálogos y bloques de texto brillantes. Acá está todo.
Y fijate que cuando leés las tres historias, te cae la ficha de que el verdadero protagonista de The Dead and the Dying no es ni Jake, ni Teeg, ni Danni. El eje, el personaje que hace que las tres historias avancen hacia donde avanzan, es Sebastian Hyde. Y Brubaker lo trabaja tan bien y le dedica escenas tan definitivas en las tres historias que no necesita dedicarle otras 30 páginas para que se luzca. Se luce así, en esos roles engañosamente secundarios que cumple en las historias de Jake, Teeg y Danni. Otra demostración de talento de un guionista inspiradísmo.
Como en tantas obras de Brubaker, acá la faz gráfica está en manos del maestro Sean Phillips, el socio ideal del guionista, el que lo entiende a la perfección, el que se acopla con él para transmitir la sensación de que la historieta tiene un único autor. Capo absoluto a la hora de los climas sórdidos, amo y señor de esa atmósfera decadente con la que logra que las ciudades de EEUU nos asfixien, Phillips dibuja la historia de Jake de modo absolutamente clásico, tradicional. En la de Teegar introduce un recurso narrativo arriesgado: las viñetas en negro intercaladas en momentos clave. Y en la de Danica incorpora unas acuarelas fastuosas para ilustrar los sueños de la protagonista; y se zarpa en una sóla puesta en página, esa en la que divide la plancha en tres viñetas horizontales y luego las atraviesa con un dibujo enorme de Danica, “pisado” por los bloques de texto. Las carátulas de los episodios están pintadas al estilo de las novelas pulp de los años ´40, con una textura que remite a la del lienzo. Y el color de Val Staples acompaña a la perfección el claroscuro potente e infalible de Phillips.
Y sí, son 90 páginas de historieta, nomás. Quizás te parezca poco. Pero hay que subrayar que el sello Icon (de Marvel) las editó a sólo u$ 11.99 y en un papel de recontra lujo, mucho más grueso que el del típico TPB americano. En la edición que sea y al precio que sea, no te pierdas esta joya del Noveno Arte. Papa finísima, de verdad.

martes, 7 de octubre de 2014

07/ 10: TERMINUS Vol.5

Nueva entrega de la antología que surgió en Rosario y se viralizó por todo el país. Veamos qué hay bajo esa atractiva portada de Bruno Chiroleu y Germán Peralta.
Arranca el propio Chiroleu con la continuación de la historieta iniciada en el tomo anterior (reseñado el 26/07/14). Un muy buen trabajo tanto en guión como en dibujo, con un conflicto fuerte y diálogos de gran nivel, dignos de un guionista con muchos años en la profesión. Después tenemos una historieta muda, a cargo de Iñaki Aragón y Patricio Delpeche, donde brillan la narrativa y el dibujo. Diálogos no hay y la idea es chiquita, casi para un chiste, más que para una historieta de ocho páginas. Garpa más que nada por la intensidad en el ritmo y lo impactante del dibujo, muy jugado a un claroscuro contundente.
Otra vez aparece Fernando Baldó, con una historieta plagada de hermosos dibujos que –me parece a mí- están pensados para ser publicados a color y pierden un poco en el pasaje a grises. El guión no es tan perfecto como el que aportó en el tomo anterior, pero igual está muy bien. Le sigue un unitario de misterio, escrito por Gastón Flores y dibujado por Lisandro Estherren, en una onda recontra-Viejo Breccia, que logró ponerme los pelos de punta. El guión es inquietante, aunque no 100% original, y el dibujo es definitivamente majestuoso, con un énfasis alucinante en los climas ominosos y lúgubres del guión.
Ariel Grichener y Germán Peralta retoman la serialización de Individuo H y cierran un arco argumental (o algo así). La verdad, nunca me pude enganchar con esa historia, a pesar de que el dibujo me parecía muy ganchero, muy atractivo. Quizás leída toda de corrido tenga más onda. Rip van Hellsing, en cambio, ofrece en cada entrega un relato autoconclusivo, siempre guiado por Barreiro, Ferrúa y Santana. Esta vez lo que sucede es muy poco y los autores lo revelan pocas viñetas antes del final. Hasta ese punto, tenemos más de seis páginas de machaca estridente, bien mostrada, pero sin mucho sentido. Al final, todo cierra en una última página muy cargada de viñetas y de diálogos.
Y la última historieta de la antología es la mejor, lejos. Pero muy lejos. Es de esas historietas que hace que todas las demás antologías del mundo digan “la puta que lo parió, ¿cómo se nos escapó esa joya?”. En las 8 páginas de Promesas de Eternidad, Franco Stagni ensaya una de ciencia-ficción distinta, atravesada por una historia de amor, y logra un resultado realmente inolvidable. La faz gráfica no pela virtuosismos ni imágenes demasiado imponentes: Stagni maneja correctamente el blanco, el negro y las tramas aplicadas en el photoshop, sin siquiera intentar que el dibujo funcione como anzuelo para engancharnos con la historia. Pero cada bloque de texto, cada una de estas páginas que coincide con una de las “cartas” que Miriah le escribe a Nik (a un Nik ficticio, no al delincuente que insulta a la historieta cada día en la contratapa de La Nación), es una unidad perfecta, compacta, a la que le sobra el atractivo para que nos llegue con fuerza lo que les está pasando a los personajes y queramos saber más. Ocho páginas, nada más. Aún hoy se puede emocionar grosso al lector en ese espacio. Franco Stagni lo hizo.
Como siempre, hay varias ilustraciones y pin-ups muy logradas, pero lo que a mí me interesa son las historietas. En ese rubro, Términus viene bien, con hallazgos en todas las entregas, con un nivel muy bueno en los dibujantes y un crecimiento sostenido en los guiones. Si te gustan los géneros clásicos (ciencia-ficción, fantasía épica, policial, terror, etc.) nunca es tarde para engancharse con esta antología llena de gente joven con ganas de hacer las cosas bien.


lunes, 6 de octubre de 2014

06/ 10: BLACK KISS Vol.2

Casi 25 años después del primer y revolucionario Black Kiss, el maestro Howard Chaykin se embarcó en una segunda serie, que no es exactamente una secuela de la primera historia, sino que la incluye.
La verdad que no me acuerdo mucho de la primera Black Kiss y no tengo tiempo para releerla. Digo esto porque no recuerdo si en esa primera saga Chaykin explicaba quién carajo era Beverly y de dónde sacaba esos “poderes”. Lo cierto es que acá esa explicación está detalladísima y es muy, muy ganchera. De hecho, la premisa de la obra pasa por ahí: por seguir la vida de esta mujer virtualmente inmortal desde 1906 al presente, un periplo marcado por el sexo, las masacres, las traiciones, los coqueteos con la fama y los cambios de identidad.
En un punto, la trama llega a 1984 y esa secuencia funciona como prólogo a la saga del ´88. Y la secuencia siguiente, la de 1991 hace las veces de epílogo a la historia original. En ambas secuencias hay muchas referencias a lo que sucede en la primera Black Kiss, que me refrescaron (de modo para nada obvio, como suele hacer Chaykin) algunos de los hechos más relevantes de aquel comic. Pero hay muchísima historia previa y bastante historia posterior, que se disfruta sin tener la más puta idea de que alguna vez hubo un Vol.1 de Black Kiss.
Ahora bien, ¿está buena esta “secuela”? Yo creo que es demasiado larga. Quizás sin proponérselo, Chaykin genera una fórmula y la repite demasiadas veces. En un punto ya sabés lo que va a pasar: va a aparecer un travesti que va a asumir la identidad de Dagmar, mientras Beverly se garcha, traiciona y mata a una o varias personas. Eso pasa muchas veces en las 120 páginas que dura la obra y llega a hacerse un poco previsible. Por supuesto está la magia de Chaykin para contar de modo impactante estas escenas, decorarlas con diálogos magníficos (los más groseros y explícitos de su carrera) y shockearnos con penetraciones, felaciones, tríos, orgías, violaciones, decapitaciones, porongas arrancadas a dentelladas, sangre, sudor y semen en cantidades industriales. Cuando uno ya cree que vio todo y que es poco probable que alguna secuencia nos pegue fuerte o nos perturbe, Chaykin pela esa escena en Las Vegas en 1991, en la que un trava se traga los restos de Beverly para luego… implotar (no exactamente, pero no quiero spoilear) y de nuevo bajás el libro al grito de “¡Pará, hijo de puta! ¡No te podés ir TAN a la mierda!”. Posta, entre el sexo y la sangre, Black Kiss exige un estómago entrenado por años de ero-guro.
Lo mejor de todo es que Chaykin se esfuerza por contarnos algo más que un thriller con garches. Acá vemos una vez más la obsesión del maestro por retratar el siglo americano desde una óptica distinta, en este caso la óptica del sexo, la pornografía y las perversiones. Pero en escencia, está hablando de lo mismo que en American Century, que es a su vez parecido a lo que trató de hacer en Century West: de cómo el Siglo XX moldeó a EEUU y viceversa. El capitalismo, la inmigración, el jazz, el cine, la tele, las guerras “por la democracia y la libertad”, los conflictos raciales, las drogas, el conservadurismo religioso… todas esas cosas quintaesencialmente yankis y quintaesencialmente del Siglo XX son elementos que en este Black Kiss reciben tanta atención como las chupadas de pija.
Como si eso fuera poco, el compromiso de dibujar una historia que abarca más de 100 años lo obliga a Chaykin a dar cátedra en una materia en la que siempre le fue bien: la documentación. El maestro pela trajes, vehículos, interiores y exteriores perfectamente tomados de 10 u 11 décadas distintas y además el propio argumento lo lleva a cambiar de locaciones cada 10 ó 20 páginas, de modo que la saga recorre unas 10 ciudades de EEUU, sin contar los muchos suburbios de Los Angeles en los que transcurren los últimos episodios. Como sabe que acá no va a venir ningún colorista a meterle efectos y texturas a sus dibujos, Chaykin deja la vida en el lápiz, la tinta y las tramas mecánicas. Esto está mucho mejor dibujado que las historias pensadas para publicarse a todo color, lo cual nos permite hablar de un nivel al que pocos autores pueden aspirar. La narrativa está llena de los yeites clásicos del maestro, y además de riesgos, de enfoques y puestas en las que se lo ve a Chaykin experimentar con cosas nuevas.
No sé si este segundo Black Kiss era imprescindible y dudo que cause el impacto que causó el original allá por el ´88. Pero me intrigó, me hizo pasar un buen rato, por momentos me shockeó y todo el tiempo me fascinó con la calidad del dibujo y el voltaje pasado de rosca de los diálogos y los garches. Si sos fan del ídolo, no te lo pierdas. Y si querés ver como se hace un comic erótico bien hot pero con un argumento sólido (largo y duro, diría el chiste fácil) ponete en cuatro que Howard Chaykin te lo explica en dos pijazos.