el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 8 de julio de 2020

REIRAKU

Estos días en los que no me muevo de mi casa me cuesta un poco encontrar el momento para sentarme (o acostarme) a leer. Hago otras cosas, me cuelgo pelotudeando en las redes, o me cebo con temas vinculados al sitio de Comiqueando, el canal de YouTube y demás. No quiero suspender el blog hasta volver a tener esas horas que siempre le dedico a la lectura cuando viajo en bondi o en subte, así que lo que se me ocurre para bancar los trapos y no bajar el ritmo de las 10 entradas mensuales es volver a reseñar un sólo libro por entrada, como en la época pre-2016. Si de acá a fin de año aparecen más entradas con una sola reseña que entradas con dos o más, sepan disculpar. Y para el año que viene, veremos qué hacemos. Por ahí no sigue el blog, o cambia mucho en su propuesta.
Lo que tengo para reseñar hoy es una novela gráfica que araña la categoría de Historieta Perfecta. También es un manga, y también es una especie de Lado B de Bakuman. Así como la obra de Takeshi Obata y Tsugumi Ohba se centraba en las ilusiones de los pibes que soñaban con triunfar como mangakas, el esfuerzo, el sacrificio, los vínculos solidarios, la pasión, el amor por el manga… Reiraku es exactamente lo contrario. El inconmensurable Inio Asano nos cuenta la historia de un mangaka de más de 35 que se rompió el orto 10 años para sacar adelante una serie de considerable éxito, bien tratada por la crítica y con un núcleo hardcore de fans que lo re-bancaron (me imagino que está hablando solapadamente de su experiencia con Oyasumi Punpun), pero que hace el camino inverso al de los chicos de Bakuman. Le cuesta engancharse con una nueva obra, le resulta cada vez más ridículo ponerse a pensar qué carajo le puede llegar a gustar a los lectores, se da cuenta de la cantidad de años que se va a tener que clavar al tablero para realizarla, no se siente cómodo con su vida, con la carrera que eligió, no siente admiración por los grandes maestros, ni por los autores de moda que venden más que él, y por si esto fuera poco, se le terminó el amor por su esposa, que también está muy metida en el mundo del manga.
Reiraku es, entonces, una obra de desilusión. Asano parece decirnos que cuando envejecés un toque, cuando quemás ciertas etapas, los sueños, las ilusiones y la pasión por el manga te empiezan a chupar bien un huevo. Están los lectores, y Fukazawa (el protagonista de Reiraku) no llega a mandarlos a la mierda. Pero todo lo demás (incluyendo sus vínculos “afectivos”) lo deprime, lo frustra y hace cada día más improbable que vuelva a crear una obra que lo entusiasme a él, o a alguien más. En el medio, Asano nos va a mostrar una especie de historia de amor, con la distancia y la frialdad que se pueden esperar de un amargo como Fukazawa, y no exenta de una cierta sordidez, pero aún así con algunos momentos muy lindos. Este es un manga 100% adulto, que no juega a atrapar al lector con cheap thrills, ni con acción, ni con momentos en los que estallan los tsunamis de emociones. Va mucho más para el lado de la introspección, la melancolía, la rutina, el vacío existencial que dejan los sueños cuando se hacen añicos. Y es realmente excelente, porque va al hueso, porque te deja pensando, porque ofrece una mirada atípica sobre la vida del mangaka y sobre todo porque no está estirado hasta el infinito.
Y el dibujo me pulverizó, me dejó sin palabras. Acá hay un nuevo salto cualitativo en la carrera de uno de los mejores dibujantes que vi en mi vida. Para esta obra, Asano le saca protagonismo a las tramas de grises y se lo da a unas aguadas majestuosas, una forma de aplicar los grises mucho más artesanal, más bella, mucho más idónea para sugerirnos los climas que propone la trama. Esto no lo inventó Asano, obviamente. Ya se lo vimos a genios como Naoki Urasawa, Satoshi Kon y muchos más. Pero en la obra de Asano esto se ve como un upgrade, como un paso hacia un dibujo menos pendiente del realismo y más tendiente al expresionismo, a tratar de que su trazo no sólo reproduzca el mundo real, sino que manipule en cierto modo el mundo interior de los lectores. La edición de Norma es más grande que la de los mangas de Asano que había leído últimamente, así que me vino bárbaro para cebarme a full con toda la faceta visual de Reiraku, que además es (como siempre) riquísima en detalles alucinantes. Si en algún momento Ivrea abre algún tipo de consulta popular para ver qué obras de Inio Asano pide la hinchada, por favor hagamos fuerza (o fraude) para que gane Reiraku, así más gente puede acceder a esta gema del infinito. Tengo más libros del ídolo en el estante de las lecturas inminentes, así que será un invierno Asanista.

Gracias por tanto, perdón por tan poco, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 5 de julio de 2020

ABURRIDOMINGO

Otro domingo eterno, sin futbol, sin nada mínimamente interesante para entretenerse que no sea leer comics. Aprovecho para ponerme al día con las reseñas (escritas así nomás, sin demasiado entusiasmo) de un par de libritos que tengo leídos.
Ya vot por el Vol.17 del coleccionable de Nippur y estoy en una meseta que se estira hasta el infinito, como la cuareterna. Otra vez un montón de episodios autoconclusivos en los que la saga del personaje no avanza hacia ningún lado, con Robin Wood clavando unos bloques de texto hermosos en aventuras muy cercanas a la Nada Misma, siempre con Sergio Mulko a cargo de las historietas en blanco y negro, y Ricardo Villagrán a cargo de las historietas a todo color.
Entre los seis episodios de este tomo, encontré un sólo guion brillante, con un planteo y un desarrollo realmente gancheros, con sorpresa (de hecho Robin tira el as de espadas en la última frase del último bloque de texto), con un cierto vuelo, con una ironía fina, resuelta con mucha clase. El resto, más de lo mismo. Hay una que es básicamente un paso de comedia, un relato que se podría haber publicado en la serie Mi Novia y Yo, cuyo efecto humorístico se disuelve cuando Wood y Mulko se proponen contarla en diez páginas en vez de... cuatro. Y después está “El Gran Torneo”, una historia muy bien dibujada por Villagrán, que arranca muy arriba, sigue muy arriba y al final termina por defraudar, porque el argumento resulta ser apenas una excusa para contarnos por enésima vez lo grosso que es Nippur, y lo imposible que es vencerlo en combate, sea contra quien sea, y aunque vengan de a cuatro. Las otras tres historias no tienen mérito ni para justificar una mención, más allá de mi constante admiración por la elegancia y la jerarquía que le pone Villagrán a la faz gráfica. Te querés matar cuando lo vez dibujar esas páginas con 12 viñetas microscópicas, pero cada tanto te clava una de esas splash-pages realmente fastuosas, como para ponerles un marquito y exhibirlas en cualquier museo como las altas obras de arte que son.
Sigo adelante, a ver si la cosa en algún momento cambia y si Wood encuentra la forma de volver a engancharme con una serie que –como ya dije alguna vez- tenía todo para ser gloriosa y en la práctica resulta entre predecible y embolante.
Salto a EEUU, año 2016, cuando Becky Cloonan, la gran dibujante italiana, se pone la pilcha de guionista para escribir nada menos que una nueva serie del inagotable Punisher, un personaje que acumula números 1 como Brasil acumula enfermos de coronavirus. En este primer TPB, Cloonan se toma seis episodios para contar una historia que en los ´80 era una novela gráfica de 60 páginas (como mucho) y que, sin ser brillante, tiene algunos puntos a favor. Por un lado, la intención de desarrollar nuevos enemigos para Punisher (en general, le han durado muy poco), por el otro el énfasis en un personaje secundario bastante interesante (la agente Ortiz), y por el otro la posibilidad de encarar la aventura desde una óptica “adulta”, en el sentido de que las puteadas son muchas y están mínimamente camufladas y la violencia es MUCHISIMA y está absolutamente enfatizada, a niveles muy escabrosos, sin nada que envidiarle a las sagas de Punisher en el sello MAX (que creo que no existe max). Mucha acción, muchos tiros, muchos cuchillazos, muchas explosiones, mutilaciones, sangre, drogas, que no alcanzan para ocultar que la trama se podría haber contado en muchas menos páginas. Y ese último flashback a una operación militar yanki en Medio Oriente está totalmente de más.
Lo lindo es que todo el tomo está dibujado por un mismo artista, en este caso a cargo de lápices y tintas, como era su costumbre. Me refiero al recordado maestro Steve Dillon, que va a tener la mala idea de morirse muy poco después, sin completar el segundo arco argumental de esta serie. Si leíste Preacher, o el Punisher de Garth Ennis, ya sabés que a Dillon le gusta la violencia a quemarropa, bien extrema, con gente que explota en mil pedazos, tiros en la jeta, estallidos de sangre y esas cosas tan hermosas, tan agradables de ver. Su Punisher es un tipo jodido de verdad, que mete temor sólo con verle la cara, y la acción por ahí no es lo que mejor le sale, pero en general la resuelve con oficio, sin pifias. Acá además se lo ve muy compenetrado con el tema fondos, armas y vehículos, sin hacer copy-paste de fotos. El color en general se acopla bastante bien a los trazos de este prolífico dibujante británico que –sin saberlo- nos estaba obsequiando las últimas páginas de su ilustre carrera. 
No la pasé mal, para nada, me entretuve un lindo rato, pero esperaba una vuelta de tuerca más. Otro enfoque, otra sensibilidad, algún giro menos obvio, menos tradicional. Me encontré con una más de tiros, mala leche, sangre y machaca, como tantas otras aventuras de Punisher, que pierden impacto y emoción a medida que te vas convenciendo de que siempre, corra los riesgos que corra, se enfrente a lo que se enfrente, Frank Castle va a salir entero y va a volver a embestir contra el crimen organizado sin importar los costos. El hecho de que queden para el Vol.2 muy pocas páginas de Dillon tampoco me da mucho estímulo para leer los dos TPBs que le siguen a este, y que no tengo.

Suficiente por hoy. Buena semana y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 2 de julio de 2020

OTRO JUEVES EN CASA

Día asqueroso, de frío y pandemia, ideal para quedarse en casa y leer comics. Yo acá tengo dos lecturas para compartir.
Tarde pero seguro le di una posibilidad a Joe Bar Team, una historieta francesa que rompe todo desde 1990, y que llegó a tener su propia revista. Se trata de una serie de humor creada por Bar2 (Christian Debarre) y centrada en una bandita de cuatro adultescentes fanáticos de las motos… y de correr picadas en moto. En la edición española de Glénat les cambiaron los nombres a los personajes de modo bastante grotesco, pero investigando un poco, descubrí que en la versión original los nombres son a su vez juegos de palabras con cosas relacionadas a las motos y la velocidad, así como los nombres de los personajes de la aldea de Astérix (e incluso los romanos) suelen hacer referencia a otras cosas. Con esa salvedad, la edición española conserva intacta la gracia de los chistes de Bar2, siempre desarrollados en una única página, con una cantidad de viñetas que puede ir de una a 12, según lo que tenga ganas de contar el autor en cada plancha.
El repertorio temático es amplio, hay por lo menos un personaje secundario bien logrado (Joe, el dueño del bar), la grosería y la mala leche están puestas en dosis muy equilibradas y el mensaje subyacente de la serie es “estos tipos adictos al vértigo y la velocidad son, en realidad, cuatro nabos de cuidado”. En cuanto al apartado gráfico, ya desde la portada se percibe algo que adentro se hace absolutamente insoslayable: Bar2 es un clon exacto del mejor André Franquin. Esto parece TODO EL TIEMPO una historieta dibujada por Franquin, te tienen que jurar que no apareció en las páginas del semanario Spirou y aún así cuesta creerlo. Bar2 no descuida el más mínimo detalle en su intento por mimetizarse con el trazo de su ídolo, con la forma de colocar las onomatopeyas, las líneas cinéticas, los detalles en la ropa, en los fondos, las expresiones de cuerpos y rostros… Es realmente increíble lo cerca que le pasa Bar2 a la etapa mágica de Franquin. O sea que si sos fan del glorioso creador de Gaston Lagaffe, esto te va a resultar muy, muy atractivo, aunque no te causen gracia los chistes de motoqueros que se las dan de guachos-winners y en realidad son unos pobres losers. Obviamente, el día que vea más tomos de Joe Bar Team a buen precio, acelero a fondo.
Le meto pausa a mi lectura de los episodios setentosos de Nippur para darle cabida a una obra reciente de Quique Alcatena (salió en Italia en 2018 y en Argentina a principios de este año), en la que el prócer oficia tanto de dibujante como de guionista. Las Seis Máscaras es una aventura tradicional, la típica gesta en la que un grupo de héroes parte rumbo a una misión y deberá confrontar con varios peligros a lo largo del viaje para finalmente quedar frente a frente con ese destino último, donde está en juego mucho más que la vida de los protagonistas. Es una saga de fantasía pura, sin subtextos que hagan referencia a nada del mundo real, muy bien estructurada, muy bien escrita, que en una de esas funcionaría mejor con menos personajes, como para poder desarrollar un poco más a cada uno y que nos pegue un poco más fuerte cuando los vemos… encontrarse con ese destino final. Aún así, con ese elenco un poco superpoblado, tenemos una epopeya que avanza a muy buen ritmo y te mantiene entretenido a lo largo de 144 páginas, por supuesto dibujadas a un nivel aniquilador por un Alcatena que nunca baja de los 10 puntos.
¿Qué le falta a Las Seis Máscaras? Y, el toque mágico de Eduardo Mazzitelli. Uno ya se acostumbró a la dupla Mazzitelli-Alcatena y cuando lee una obra “solista” de Quique extraña esos bloques de texto brillantes de Eduardo, con esas reflexiones y esas sentencias demoledoras sobre la vida y la muerte, el amor y la guerra, el poder y la desolación. Alcatena domina tan bien como Mazzitelli ese sentido de la épica, de la aventura a todo nada contra los villanos más malvados, los ejércitos más poderosos, las sombras más tenebrosas, los monstruos más jodidos, pero le falta ese plus, ese vuelo que le pone Mazzitelli a los textos para hacerlos resonar con fuerza, para que funcionen como un puente directo y conmovedor entre los mundos fantásticos donde viven sus personajes y la vida real de los lectores. En una palabra, para que trasciendan. No es que al faltarle ese plus Las Seis Máscaras se lea como una obra “renga” o fallida, en absoluto. Como ya dije, es una historia muy sólida, que funciona muy, muy bien. Pero uno siempre quiere más, especialmente de los más grandes.
Excelente la edición a cargo de Utopía (una de las pocas editoriales locales que nunca había publicado obras de Quique), con una Ratio Accorsi ideal: sólo cuatro páginas sin historieta en un libro de 148. No tengo más libros de Alcatena sin leer, pero me chusmearon por ahí que se viene un título nuevo con Mazzitelli en Loco Rabia, ni bien se relaje un poco el tema del confinamiento. Como siempre, le pongo toneladas de fichas, sin tener la más puta idea ni de la temática, ni de la extensión, ni de nada.

Y hasta acá llegamos. Ni bien tenga leídos un par de libritos más, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 29 de junio de 2020

LUNES HORRENDO

Llueve, hace frío y estoy en mi casa, aburridísimo. Por suerte tengo un par de libritos para reseñar.
Predeciblemente, no me aguanté demasiado antes de entrarle al segundo y último tomo de Blanco, del maestro Jiro Taniguchi. Quería saber, necesitaba saber, si había una chance de final feliz para la historia del perro ruso convertido en una máquina de matar. No pretendía tampoco un final tipo Disney, donde todos cantaran y bailaran, pero tenía mucho miedo de que Taniguchi me clavara una puñalada artera y me dejara puteando. Finalmente se podría considerar un empate. Hay una carga de sensiblería golpebajera importante, el clima desolador de “se pudre todo” se conserva hasta el final, y Taniguchi logra filtrar un rayito de esperanza sin tirar a la mierd el dramatismo ni el verosímil que fue construyendo a lo largo de casi 600 páginas.
¿Es de los mejores guiones del ídolo? No, no te quiero mentir. Es una aventura zarpada, muy realista, que explora a fondo las consecuencias de todo lo que pasa y que explica en detalle esas cosas que vemos en Blanco pero nunca vimos en el mundo real. Un gekiga sólido, duro, sin facilismos, sin tomar por boludo al lector. Por ahí se pdría haber simplificado, con menos personajes y menos explicaciones, pero dentro de un esquema de aventura para jóvenes o adultos, así como está funciona muy bien. Y además el guion (me enteré el otro día que no se acentúa más la “o” de “guion”) le da a Taniguchi la posibilidad de lucirse, de maravillarnos con esa ambientación geográfica imponente, de sublime majestad, como es el sudoeste de Canadá y el noroeste de Estados Unidos. Pocas veces leí un manga que se nutra tan bien, que aproveche tanto los escenarios naturales en los que se sitúa la acción. Y por si faltara algo, la acción también está bárbara, repleta de escenas de alto impacto, con momentos de una violencia estremecedora, retratados con maestría por este inolvidable genio del Noveno Arte.
O sea que, sin ser una obra maestra, si te acercás a Blanco por completismo, porque querés tener todo lo que hizo Taniguchi, te vas a encontrar con una aventura clásica, potente, emotiva, por momentos descarnada, que te va a hacer pasar un buen rato a puro misterio, vértigo y machaca.
Nos vamos a EEUU, año 2014, cuando Kieron Gillen y Jamie McKelvie empiezan a publicar The Wicked + The Divine, una serie que tuvo una excelente repercusión y muy buenas ventas. ¿Te acordás cuando Neil Gaiman refritó varias ideas de la saga Brief Lives y les pegó una vuelta de tuerca muy copada para volver a usarlas en la novela American Gods? Bueno, Gillen vuelve a esas mismas ideas y les pega OTRA vuelta de tuerca copada. Sí, otras vez dioses poderosísimos de distintos panteones mezclados entre los humanos en un contexto urbano y actual. Pero esta vez, Gillen le agrega todo un discurso acerca de la cultura de la celebridad, la fama efímera y –lógicamente- vincula esto a la música que consumen los adolescentes, esa industria caníbal en la que todos los días se inventan ídolos pensados para romper todo durante dos años y después desaparecer más rápido que la guita que el Banco Nación le prestó a Vicentín.
The Wicked + The Divine es una historia de poder, de fe, con mucha acción, un cierto tinte fatalista (típico de Sandman) y mucha rosca sobre el tema de la identidad, que por supuesto incluye la exploración de identidades sexuales no tradicionales. El personaje central (Laura) está muy bien trabajado, los diálogos son excelentes (y muy groseros) y –a diferencia de Gaiman- Gillen quiere que la presencia entre nosotros de estos seres hiper-poderosos garantice el constante estallido de escenas de acción y violencia bien al límite. La explicación de todos estos elementos fantásticos está bien lograda, desde el momento en que jamás te aburre. Ahí también, el guión combina sabiamente buenas ideas, sutileza e impacto.
El dibujo de McKelvie me gustó mucho, lo sentí muy idóneo para el tipo de historia que nos quiere contar. Se trata de un dibujante muy influenciado por Kevin Maguire en los enfoques, en la composición de la página y hasta en el trazo en sí, aunque claro, McKelvie no llega a los extremos a los que llega Maguire a la hora de ponerle onda a las expresiones faciales. Es como un Maguire al que el editor le dijo “buenísimo todo, pero bajame un cambio con las muecas”. Aclaro por las dudas que me gusta más Maguire que McKelvie, pero acá veo a un muy buen dibujante, que además deja la vida en los fondos, en el diseño de los personaje y en un montón de detalles que tienen que ver con indumentaria, peinados y hasta con maquillaje y bijouterie, que tanto aportan a la imagen de las estrellas del rock y el pop para adolescentes.
Nada, leí la puntita del iceberg. Seis episodios de una serie que ya pasó el nº 50. Pero me enganchó bastante. Cuando vea a buen precio los tomos que siguen, no voy a dudar en entrarles. Bien por Gillen, bien por McKelvie y bien por Image, apostando por un título de esos que hasta 2012 sólo podrían haber aparecido en Vertigo.

Nada más por hoy. Mañana seguro voy a avanzar con nuevas lecturas para que arranquemos el segundo semestre con más reseñas acá en el blog.

jueves, 25 de junio de 2020

JUEVES GÉLIDO

Primer día de frío posta, acá en Buenos Aires. Y bueno, además de cagarme de frío leí historietas, como para tener qué corno reseñar en este espacio.
Como ya es costumbre, me clavé un tomito del coleccionable de Nippur, con otras seis historietas escritas por Robin Wood y publicadas entre fines de 1973 y principios de 1974. Acá está la resolución de la búsqueda de Teseo, esa saga que amagaba con ser muy extensa y termina por durar… siete u ocho episodios, no mucho más. El final está muy bien y el epílogo quizás sea lo mejor del tomo. Las peripecias del camino (las dos primeras historias de este tomo son apenas eso), la verdad que no, que me aburrieron bastante. Y lo más bizarro: como Columba había publicado episodios de esta saga tanto en la revista D´Artagnan (donde aparecían las aventuras de Nippur dibujadas por Sergio Milko) como en el comic-book del personaje (donde dibujaba Ricardo Villagrán), se les ocurrió la brillante idea de que AMBAS publicaciones mostraran el final de la saga de Teseo EL MISMO MES. Alucinante, no? Incluso hay dos o tres páginas de cada historieta en las que los textos COINCIDEN MILIMETRICAMENTE. Las palabras de Robin son LAS MISMAS, en dos historietas dibujadas en estilos totalmente distintos, y en las que –luego de esas páginas de convergencia- los argumentos siguen en direcciones distintas.
De pronto pareciera que alguien en Columba se esforzó por coordinar los contenidos de dos publicaciones distintas… hasta que ves los dibujos. Mulko dibuja a Teseo y a Pylenor en su estilo, Villagrán en el suyo -lo cual es lógico-pero además... cada uno les pone los rasgos que se les canta la chota. Teseo tiene barba y pelo corto cuando lo dibuja Mulko, y pelo largo sin barba cuando lo dibuja Villagrán. Lo cual es muy raro cuando lo vemos decir (como ya subrayé) exactamente los mismo textos. O sea que el esfuerzo de coordinar las dos publicaciones se hizo a medias, porque nadie se calentó por mostrarle a Villagrán cómo dibujaba Mulko a los personajes, o viceversa. Pero bueno, estamos hablando de personajes secundarios en una serie donde normalmente los personajes secundarios duraban 10 o 12 páginas. Ah, otra cosa que no se entiende de la saga de Teseo: ¿para qué lo llevan a Ur-El? El gigante no hace NADA, no tiene peso en ninguna de las tramas y prácticamente no habla.
Terminada la saga, con Nippur y sus amigos todavía en Atenas, Robin y Mulko nos ofrecen la historia más floja del tomo, como siempre salvada –apenas- por la jerarquía que demuestra el guionista a la hora de redactar bloques de texto. En cuanto a los dibujos, lo de siempre: poco para rescatar por el lado de Mulko (que empezó siendo una versión caricaturesca de Lucho Olivera y ahora es una versión caricaturesca del Mulko de cuatro o cinco tomos atrás) y varias imágenes realmente maravillosas en las historietas de un Ricardo Villagrán muy pegado a Hal Foster, al que uno quisiera ver dibujar menos viñetas por páginas y soltarse un poco más a la hora de dibujar cuerpos en acción. Por momentos el trazo de Villagrán es tan perfecto, tan cautivante, que hasta te olvidás de que las páginas están coloreadas para el infra-ojete por un criminal de lesa humanidad que merece morir en cana. De todos modos, hay un laburo notable por parte de la edición de Planeta para que el color no se sufra a los niveles que se sufría cuando esto lo publicaba Columba. No lo hace bueno, pero sí menos dañino.
Y me fui al carajo hablando del errante, Teseo, sus amigos y el cuasi-crossover entre D´Artagnan y la revistita de Nippur, con lo cual si intento meter acá la reseña del otro libro que leí, la tengo que comprimir en un párrafo y moneditas. Eso sería muy injusto, porque es un comic muy interesante, con bastantes páginas y unas cuantas aristas para explorar. Así que nada, lo guardo para reseñarlo muy pronto, junto a alguna otra cosa que lea en los próximos días.

Gracias por el aguante y la seguimos pronto.

martes, 23 de junio de 2020

ENESIMO MARTES

Otro martes en casa, con un par de libritos leídos, como para que no falten las reseñas en este espacio.
Empiezo en Japón, año 1996, cuando el glorioso y aún hoy irreemplazable Jiro Taniguchi publica esta primera mitad de Blanco, una aventura extrema en paisajes a los que el manga en general visita poco. Blanco está ambientada en la tundra, en la frontera entre Alaska y el noroeste de Canadá, un territorio casi despoblado por los seres humanos, agreste, de una majestad sobrecogedora y de un clima que condiciona por completo el desarrollo de cualquier forma de vida. Si seguís a Taniguchi, sabés que al ídolo le encantaban esas ambientaciones, con frío extremo, montañas, animales salvajes… Acá lo vamos a ver en su salsa, como si jugara de local, incluso cuando se trata de un trabajo anterior a su mejor momento como dibujante. Este es el Taniguchi todavía muy barroco, muy pendiente de la línea de Vittorio Giardino y André Juillard, no tan suelto como en otras obras que vendrán después, donde la búsqueda de la síntesis y el amor por Moebius van a elevar aún más el aplastante nivel de su grafismo. Pero acá todavía estamos en la Fase 2 de Taniguchi, y eso se nota sobre todo en los rostros humanos, a los que el maestro no les logra poner demasiada expresión. Parece una joda, pero le salen más expresivos los animales que los seres humanos.
El guión está muy bien. Tiene algunas escenas de corte protocolar que se podrían haber resumido un poco para ganar en dinamismo, pero no se hacen ilegibles, para nada. Es un tomo rico en tensión, en peligro, con unos exabruptos de violencia narrados con una belleza que te hiela la sangre, y con secretos jodidos que, a medida que se van revelando, le agregan espesor al dilema moral que empapa al conflicto central de la obra: la cacería por parte de un montón de tipos armados hasta la chota de un perro muy capo, que parece un perro común, pero es mucho más que eso.
No quiero contar mucho del argumento, porque los tomitos de Blanco andan circulando a buen precio por las comiquerías (por lo menos acá en Buenos Aires) y no le quiero spoilear nada al que los compró hace poco o está por hacerlo. Me quedé bastante manija para entrarle pronto al Vol.2, y ojalá la historia tenga un final feliz. Por como viene este primer tomo, y por haber leído mangas de Taniguchi en una línea similar, lo veo tan improbable como que Independiente salga campeón de algo en los próximos… tres años. Pero hay una esperanza.
Me voy a EEUU, año 2015, cuando empieza la accidentada pre-publicación de Karnak. El arranque no podía ser más auspicioso: Warren Ellis como guionista, Gerardo Zaffino como dibujante. Pero pasaron cosas. Gerardo abandonó el proyecto sin terminar el segundo episodio, los dibujantes que lo reemplazaron (principalmente Roland Boschi) no bancaron ni cerca el nivel de esas primeras páginas, y por si faltara algo, las ideas de Ellis llevaron al personaje tan, pero tan lejos del Karnak al que todo fan de Marvel conoce y venera, que el guión habría funcionado mejor si en vez de Karnak lo protagonizaba un personaje 100% nuevo, llamado Kranek, Krotik o Kropok.
Esta es una saguita de 120 páginas muy, pero muy estirada, con unos niveles de violencia tan pasados de rosca que por momentos se hace intragable, en la que vemos a esta versión irreconocible de Karnak pasearse por distintas locaciones exóticas donde tira frases de filosofía oriental y –sobre todo- mata gente por kilo, sin piedad, sin necesidad, sin el menor resquemor. Hay algunos diálogos filosos, lindos, hay un trabajo más que aceptable en el querido Phil Coulson (lo más parecido a un secundario con chapa que tiene el arquito), y quizás lo más rescatable sea el quinto episodio, donde Ellis rompe durante unas cuantas páginas la lógica de “Karnak avanza de un punto A a un punto B masacrando a todo lo que se interpone en su paso”.
Nada, este no es el Karnak de los Inhumans. Es un clon maligno, o algo así. Nunca fue un personaje con el que fuera fácil identificarse o establecer algún vínculo afectivo, pero acá ya llega un momento en que lo detestás, por soberbio, por manipulador y por asesinar gente a mansalva. Un faux pas de Warren Ellis (hoy expuesto y cuestionado por ciertas conductas de “depredador sexual”) muy manchado de sangre, vísceras y mala leche que no son en absoluto esenciales para que funcione la trama. Y Gerardo (que hoy cumple años) tiene momentos de gran lucimiento, pero también secuencias en las que la narrativa no logra fluir armónicamente, entre todas esas viñetas llenas de machaca, rayitas y tramitas mecánicas. Y aún así está a años luz de los pobres pibes que trataron de reemplazarlo.
Obviamente esto sólo te lo puedo recomendar si sos un/a completista de Ellis o de Zaffino. Si no, cualquiera de los dos te va a ofrecer obras más logradas. Y si te copan los Inhumans clásicos, escapale a esto como si transmitiera SIDA, cáncer, tuberculosis y covid-19.

Nada más, por hoy. Sigo leyendo, así nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 19 de junio de 2020

LECTURAS DE VIERNES

Otra vez es viernes, y otra vez tengo un par de libritos leídos como para reseñar en este espacio.
Empiezo con el Vol.15 del coleccionable de Nippur de Lagash, que nos lleva una vez más a 1973 para leer “nuevas” aventuras del héroe creado por Robin Wood y Lucho Olivera, en la época en que aparecía tanto en la revista D´Artagnan como en su propio comic-book a todo color. La primera mitad de este tomo es absolutamente olvidable: historias bien de fórmula, en las que Wood no transpira para nada la camiseta y su tira algún caño para ganarse el aplauso de la tribuna, es en los bloques de texto. Pero en la segunda mitad del tomo, pasa lo que yo quería que pasara: arranca una saga, que le da dirección a la serie y al incesante vagabundeo de Nippur por el mundo antiguo. Una saga que avanza muy lentamente, para la cual Wood hace lo que yo estaba esperando que hiciera: reúne a varios personajes secundarios que juntaron chapa en los episodios anteriores y tuvieron el infrecuente ojete como para no morir, los nuclea a todos (mediante un deus ex machina inexplicable, pero bueno…), y de pronto convierte a Nippur en un héroe grupal, al estilo del que pregonaba Héctor G. Oesterheld.
Nunca había leído la saga de la búsqueda de Teseo, no sé cuánto la va a estirar Robin, no sé si el final va a estar a la altura de las expectativas que generan estos primeros tres episodios, pero l hecho de que exista, de que el guionista se haya animado a romper la rutina de los episodios autoconclusivos sin ninguna consecuencia, me parece alucinante. Incluso acá por primera vez se ve una coordinación entre los episodios en blanco y negro (dibujados por Sergio Mulko) y los episodios a todo color (dibujados por  Ricardo Villagrán), porque ahora sí, es importante leerlos en un orden predeterminado para que la saga tenga sentido.
Los dos episodios dibujados por Villagrán tienen momentos visualmente muy impactantes, resueltos con belleza y elegancia por el prócer nacido en Corrientes, y los cuatro dibujados por Mulko te hacen mirar la hora y preguntar “che, ¿falta mucho para que venga otro dibujante?”. Fuera de las poco frecuentes secuencias donde el texto “se calla la boca” y deja narrar al dibujo, los hallazgos de Mulko son muy, muy pocos. Y con tantos episodios a cuestas ya se complica digerir ese nivel tan chato. Pero espero con altísima manija el próximo tomo, para ver cómo sigue el arco argumental de Nippur y su grupete en busca de Teseo.
Salto a Francia, año 2017, cuando se publica Gérard, un álbum en el que el historietista Mathieu Sapin cuenta los mejores momentos de los cinco años en los que mantuvo un vínculo muy estrecho nada menos que con Gérard Depardieu, el actor francés más famoso de los últimos… 35 años. Depardieu es una leyenda viviente, un monstruo del cine con más de 250 películas filmadas en todo el mundo, y además –me entero leyendo este libro- una personalidad de un magnetismo casi digno de Diego Maradona.
Imaginate un tanque de 140 kilos, que morfa como una bestia, eructa, gruñe y emite todo tipo de sonidos extraños, con un carácter histriónico, que pendula entre reflexiones profundas y rabietas totalmente irracionales, un hiper-millonario amante del arte, de la política, de la filosofía, que vive solo, pero necesita estar siempre acompañado, siempre involucrado con otros en negocios y proyectos artísticos que a veces salen muy mal. Así es como Sapin me pintó a Depardieu, a mí, que hace… 30 años que no veo una película en la que participe este ícono del Séptimo Arte. Me resultó una mirada honesta, no es una hagiografía, no son 150 páginas de chuparle las medias al ídolo. Lo único que me extrañó es que no hay una sola situación que hable de la vida sexual de Depardieu: no lo vemos emprender ninguna aventura de índole sexual ni con mujeres ni con varones, y ni siquiera se habla del tema. Si comparte escenas íntimas con mujeres, es siempre en el contexto de una filmación donde ambos están actuando. Y también falta la pata escatológica. Si bien Sapin enfatiza la relación desmesurada que tiene el astro con la comida, no explora sus consecuencias, no hay flatulencias letales, ni holocaustos fecales en los que Depardieu pose su gigantesca humanidad sobre inodoros a los que reduce a escombros.
Sapin le busca el costado humorístico a casi todas estas secuencias, se regodea con las rispideces entre Depardieu y el presidente de Francia (en este momento era François Hollande) y cuestiona la amistad del ídolo con presidentes como Vladimir Putin o Ramzán Kadyrov, polémico jefe de estado de Chechenia. Pero sale mejor parado cuando trata de entender a Gérard que cuando trata de confrontarlo.
El trazo de Sapin tiene carisma, soltura y chispa para retratar la comedia cuasi-autobiográfica (porque él se convierte en inseparable compañero de su “objeto de estudio”) y el rigor documental para plasmar con jerarquía escenarios y paisajes majestuosos. Lo que le falta es un poco de originalidad, como para que uno sienta que está leyendo a un autor con un sello único, y no al enésimo “Joann Sfar de la B”. Sólo le puedo criticar ese detalle y quizás el hecho de que esto mismo se podría contar en menos de 150 páginas, en una de esas con más potencia. Si sos fan de Gérard Depardieu, o si alguna vez soñaste cómo sería convivir semanas enteras con uno de los tipos más famosos del mundo, este libro te va a enganchar, a full. Y si no, igual es entretenido, tiene secuencias muy bien narradas, diálogos muy copados y dibujos no muy originales, pero sí muy lindos de apreciar.

Gracias por todo, buen finde y hasta la próxima.

martes, 16 de junio de 2020

MUY BUEN MARTES

Hoy en Buenos Aires tuvimos sol, calorcito… un lujo. Y encima tengo para reseñar dos libros que me gustaron muchísimo.
Empiezo en España, en 2006, cuando el maestro Daniel Torres publica La Balada de Dry Martini, que vendría a ser el Vol.8 de las aventuras de Roco Vargas. Este es el álbum en el que Torres cierra varios plots que vimos desarrollarse en las dos entregas anteriores (El Juego de los Dioses y Paseando con Monstruos), que tienen que ver básicamente con la vida en un mundo donde los seres humanos conviven con los androides y demás criaturas con inteligencia artificial. Lo mejor que tiene La Balada de Dry Martini es que, en su intento por explicar esas zonas grises, o esos momentos medio WTF?! que le había puesto Torres a las dos aventuras anteriores, las resignifica por completo. Las recuenta desde otra óptica y les agrega capas de complejidad muy atractivas, que hacen que no te puedas resistir a releerlas ni bien terminás este tomo.
Además, esta es una obra del Torres maduro, que se toma su tiempo para que los personajes reflexionen acerca de lo que está pasando, y que se cuestionen a nivel filosófico todo esto que tiene que ver con ser o no humano. Si pensás, si podés tomar decisiones por vos mismo, si te podés rebelar, si te podés equivocar, si hasta te podés reproducir sin permiso de nadie… ¿sos una máquina? ¿O sos una persona, hecha de materiales sintéticos en vez de biológicos? El autor dedica unas cuantas páginas a indagar en la “psiquis” de la inteligencia artificial y plantea la problemática con una profundidad digna de los mejores relatos de Isaac Asimov.
-¿Y le queda espacio, en apenas 46 páginas, para no descuidar la faceta aventurera de Roco Vargas? Sí, y el costo que paga es “olvidarse” durante este álbum de los personajes secundarios que acompañan al protagonista desde su debut allá por 1983. Banco la decisión, porque acá hay varios personajes muy destacados que rodean a Roco y le agregan volumen dramático a la obra.
Visualmente, esto no se diferencia en nada del resto de los álbumes de Roco Vargas aparecidos en el Siglo XXI (vimos uno sólo en el blog, un lejano 25/07/10) y está muy bien. Muy sobrio, muy clásico, con una gran simbiosis entre la imaginación y el timing narrativo de Torres y la labor más ardua de Paco Cavero, quien está cargo de tintas y color. Me falta un sólo álbum de Roco Vargas que nunca me pasó ni cerca, y que –según leí por ahí- es incluso mejor que este. Lo tengo en la mira, obviamente.
Nos vamos a EEUU, fines de 2015, cuando Mark Millar y Rafael Albuquerque presentan a Huck, una nueva vuelta de tuerca al mito del superhombre que a cualquier director de cine le gustaría filmar. Eso es lo único que no me cerró de Huck: antes que un gran comic, se propone ser una gran película. Y lo logra ampliamente, eh? Me imagino esto con actores, movimiento y sonido y debe ser genial. Pero eso le da al comic cierto tinte de “boceto previo a la obra real” y me llena un poquito las pelotas.
La trama está muy bien armada, el desarrollo es muy ganchero, el final es consistente, los diálogos están buenísimos, los personajes nos llegan, nos hacen quererlos como si fueran amigos del barrio, de toda la vida… No se puede decir ni mu del guión, porque realmente acá Millar puso el alma. Incluso me hizo pensar para qué mierda quieren los superhéroes esos uniformes estridentes, esos chiches tecnológicos, esos cuarteles suntuosos, si Huck nos deja clarísimo que para hacer el Bien, para ponerse al servicio de quien lo necesita, nada de eso hace falta. Es eso solo. La base más cruda, más pelada de lo que significa ser un héroe. El núcleo duro de la ética de la solidaridad. No le pidas más, porque es al pedo. Y funciona. Millar lo demuestra con la contundencia de sus trabajos más lindos, menos salpicados de mala leche y –una vez más- mete ese enganche, esa gambeta, tira esa magia que te hace decir “¿cómo no se le ocurrió antes a ninguno de estos tipos que escriben seis series de superhéroes por mes hace mil años?”.
Rafael Albuquerque, por su parte, me deleitó con su línea dinámica, plástica, amistosa y potente a la vez… pero llega un punto en que tanta escasez de fondos me empieza a no convencer.  Por suerte cuando dibuja fondos la rompe, no sé si no son los mejores fondos que dibujó en su vida. El tema es que para mi gusto, hay pocos. Y también por suerte está el gran Dave McCaig a cargo del color, y esto le agrega climas, sutilezas, complejidad y hasta impacto a los dibujos del querido brazuca. Además, una vez que la historia te atrapa y la química (o alquimia) entre guión y dibujo te empieza a llevar de una punta a la otra del libro, medio que te olvidás de que hay pocos fondos, sobre todo porque eso NO es lo esencial ni en este comic ni en casi ningún otro.
Recomiendo mucho Huck y me llama la atención que en la portada diga “Book 1” y no haya más material fuera de los seis comic-books reunidos en este TPB. ¿Le habrá ido mal? No se me ocurren motivos para que Millar y Albuquerque no produzcan nuevas historias de este personaje entrañable… aunque si no lo hacen y dejan todo así como está, no me quejo en absoluto.

Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

sábado, 13 de junio de 2020

SABADO DE SECUELAS

El post de hoy es una secuela al del viernes 5, en el cual retomo las lecturas de ese día, pero con nuevos tomos.
Arranco, entonces, por el Vol.14 del coleccionable de Nippur de Lagash. Acá el maestro Robin Wood nos ofrece en primer lugar un guión interesante, en el que el rol de Nippur es muy menor, pero está bastante bien. La segunda historia es un toque predecible, pero también me gustó, sobre todo por la calidad de los bloques de texto. La tercera es desastrosa, no hay cómo salvarla. Encima es la peor dibujada, lejos. Sergio Mulko narra del modo más confuso posible, cambia de estilo de una viñeta a otra, todo un kilombo visual que hace MUY cuesta arriba la lectura. En la anteúltima página se redime con una secuencia muda (la de los flechazos) de una belleza gráfica memorable, pero en general, son 12 páginas difíciles de tragar.
Al igual que la segunda historia, las tres que vienen a continuación están dibujadas por Ricardo Villagrán, con esa estética sutil, elegante, repleta de detalles, donde los personajes ostentan nobleza y majestad, y donde el maestro no mezquina nada, ni siquiera en las páginas de 12 viñetas chiquititas. En cuanto a los guiones, “El Hombre de Guerra” es una frustración similar a la del pobre laburante que votó a Macri en 2015. Wood arma con la efectividad de sus mejores guiones a un personaje fuerte, muy atractivo, que tenía todo para convertirse en un villano central para la saga de Nippur. Y en la anteúltima página, cuelga la pelota en la tribuna y lo mata. Pero Robin también va por la redención, y la encuentra en las dos últimas de este tomo: “Rimas el general” es un gran relato, con más de un giro impredecible, y “El Padre de Siros” es directamente una gema, una historieta excelente, dura, emotiva, hermosa por donde se la mire.
O sea que, dentro de todo, me tocó una buena entrega del coleccionable. Y me quedo con una reflexión, que es la siguiente: estas son historietas de 1973, publicadas en los primeros meses del gobierno democrático de Héctor Cámpora, pero que muy probablemente se hayan escrito cuando Argentina todavía estaba gobernada por la dictadura militar que encabezó Agustín Lanusse. En ese contexto, me sorprende la escaso respeto que muestra Robin Wood hacia la autoridad establecida, especialmente a los militares, pero también a reyes, caudillos y demás figuras de poder. Momento raro para bajar esa línea, que es parte de lo que hace que Nippur sea atractivo aún hoy.
Y me leí también el segundo y último tomo de Gyo, el manga de Junji Ito que es simplemente genial. Divertido, extremo, intenso, grandilocuente, exagerado… Todo lo que está bueno de leer un comic de aventuras, está en Gyo. Vueltas de tuerca que te descolocan, misterios, peligros, momentos shockeantes. No falta nada, por suerte.
Hay secuencias que me recordaron a lo que estamos viviendo con el tema de la pandemia del Covid-19, y el final me parece que conecta muy bien con el clima de El Eternauta. Lo único que por ahí no me pareció brillante es Tadeshi, el protagonista. Es un pibe sin demasiada personalidad, y además prácticamente nada de lo que hace cambia el rumbo de la historia. Está ahí para vivir peripecias y que nosotros los lectores suframos con él, pero cada una de esas peripecias podrían estar protagonizadas por un personaje distinto, y la trama sería exactamente igual, y además más verosímil, porque a Tadeshi lo vemos zafar muchas veces de muchas situaciones muy jodidas.
Fuera de ese detalle muy menor, Gyo me pareció una gran obra de ciencia-ficción al límite, que hasta se da el lujo de mostrar cómo toda esta fumanchereada que inventa Ito afecta a la gente común, a la vida diaria en las grandes ciudades. En ese contraste entre lo cotidiano y lo fantástico, cualquier buen guionista encuentra tesoros, y acá Ito encuentra poco menos que la cueva de Alí Babá. Muy, pero muy recomendable y muy buena la edición de Ivrea, con una gran traducción, un par de extras copados (sueño con una antología mensual con mangas de distintos autores donde estas historias cortas puedan aparecer antes o después de entrar como relleno de los tomos), texturas locas en las portadas y un diseño impecable. Tengo otro libro de Junji Ito en el pilón de las lecturas pendientes, así que este año habrá más bizarreadas de este capo absoluto del terror pasado de rosca.

No mucho más, por hoy. Me quedo satisfecho con la calidad de lo que leí. Ni bien tenga un par de libritos más listos para reseñar, nos reencontramos en este espacio. Gracias y que la pasen bomba.

viernes, 12 de junio de 2020

DOS ANÉCDOTAS CON DENNY O ´NEIL

Tengo un par de libritos leídos como para meter reseñas, pero las podemos guardar para mañana.
Hoy la noticia (triste noticia) es la muerte del maestro Denny O´Neil, a los 81 años. Doblemente triste para mí, porque buscando información sobre el fallecimiento de Denny, me enteré que en 2017 falleció también su esposa, Marifran, que es personaje importante en estas dos anécdotas que quería compartir.
La primera vez que lo vi a Denny O´Neil fue en la San Diego Comic Con de 1991. No le hablé más que para pedirle permiso y sacarle la foto que acompaña al post. El vínculo empezó de un modo disparatado en Julio de 1998, cuando nos tocó a ambos ser invitados al MECYF, un evento gigantesco que se hizo en la ciudad de México D.F.. El primer día hubo un mega-agasajo para todos los invitados, en un sector VIP dentro del predio (inmenso) donde se hacía la convención. Al poco tiempo de llegar, yo me puse a charlar con Sergio Aragonés (obviamente en castellano), a quien también conocía desde aquella San Diego del ´91. En un momento se acercan Denny y Marifran, y Sergio –un tipo educadísimo- interrumpe nuestro diálogo en castellano para presentarnos en inglés.
Le doy la mano a Denny y le digo “qué tal, mucho gusto”.
Le doy la mano a Marifran y le digo “Hola, soy Andy”.
Marifran era una señora formal, chapada a la antigua, unos 30 años mayor que yo. No le causó mucha gracia mi exceso de familiaridad, y sin soltarme la mano, levantó una ceja, como cagándome a pedos, y me corrigió: “Deberás ser Andrew”, dijo.
Yo sin soltarle la mano, le digo “No, de hecho soy Andrés, como sacarse la ropa, pero me pareció un poco fuerte para presentarme ante una dama como usted”.
Sergio y Denny se miraron y explotaron en una carcajada. Marifran se puso colorada. Yo creo que también, pero no de vergüenza, sino porque estaba haciendo fuerza para no reirme.
Por supuesto esto sólo es gracioso si entendemos que “Andrés” suena casi igual a “undress”, que en inglés significa desvestirse.
El resto de los días en México se armó muy buena onda con los O´Neil, y gracias sobre todo a la parla de Alan Grant, Denny se comprometió a venir a Fantabaires, no ese año, sino el siguiente, o sea, en 1999.
Al mes siguiente (Agosto de 1998) nos volvimos a encontrar en la San Diego Comic Con y ahí tuve una charlita muy interesante con Denny acerca de la continuidad de Batman, en la que él anticipa un poco lo que iba a ser No Man´s Land. Esa charla la grabé y se publicó en el nº35 de Comiqueando.
Saltamos a Noviembre de 1999, cuando Denny y Marifran están en Buenos Aires, como invitados de Fantabaires. Un día, tipo 13:30, salgo a la playa de estacionamiento a recibir a los invitados, que llegaban del hotel al predio (el viejo Centro Municipal de Exposiciones, donde ahora está… el Area 51, no se sabe bien qué corno hicieron ahí, porque nunca se abrió al público). Denny me dice “estuve viendo mi agenda de actividades para hoy y lo único que tengo es una charla tipo 19 hs.. No nos queremos quedar haciendo huevo hasta esa hora acá en el predio, nos gustaría salir a caminar, ir al cine…”
Todo bien –le digo yo- Vayan tranquilos. Acá cerca hay un sólo cine, no sé qué tienen ganas de ver…
En lo posible cine europeo –me dicen- porque cine yanki vemos en casa.
Bueno, tienen suerte, acá cerca está el Atlas Recoleta (ya no, obviamente), donde suelen dar buen cine europeo.
Marifran tenía un mapita que le habían dado en el hotel, y les expliqué cómo llegar. Era una boludez, no se podían perder nunca. “Cruzan la avenida, suben por la plaza de los artesanos, van bordeando el cementerio, doblan acá, etc.”. Y ahí fueron.
A las tres o cuatro horas, entro al VIP donde descansaban los invitados y los veo a Denny y Marifran.
-¿Y, cómo la pasaron? ¿Vieron alguna peli buena?
-La peli creo que era buena, pero la pasamos mal.
-¿Por qué? ¿Qué pasó?
-Era una película húngara, con subtítulos en castellano, y nosotros no entendemos ninguno de los dos idiomas.
Se hizo un silencio de un par de segundos y todo el VIP se cagó de risa.
Claro, ahí me cayó la ficha de que en EEUU, cuando dan pelis habladas en otro idioma, las doblan al inglés o les ponen subtítulos en inglés. Acá, ninguna de las dos. Me tendría que haber dado cuenta, pero a mí nunca había pasado algo así en un cine, por eso ni se me ocurrió.
Gracias por tanto, maestro. Dejaste una marca indeleble en varias generaciones de lectores de comics y a mí me regalaste estas anécdotas copadas que atesoro para siempre.

Mañana, las reseñas. Prometidísimo.

miércoles, 10 de junio de 2020

ROCKET RACCOON AND GROOT

Me tomé varios días para bajarme este temible masacote de 400 páginas, que incluye 11 episodios de una serie de Rocket Raccoon, seis de una miniserie de Groot, un par de historias cortas y una cantidad obscena de portadas alternativas, donde vemos a los protagonistas dibujados por grossos como Declan Shalvey, Francesco Francavilla, Humberto Ramos, Sara Pichelli, Stan Sakai, Jason Latour, Simone Bianchi o Phil Noto.
Los 11 números de Rocket Raccoon fueron un flashback demoledor a mediados de los ´90, cuando Alan Grant y Val Semeiks contaban todos los meses historias de Lobo aptas para todo público. Esto es exactamente igual. Un personaje que es el último de su especie, kilombero, violento, mal hablado (que profiere puteadas inventadas para que no aparezcan las verdaderas), vive alocadas aventuras en el espacio exterior, donde se manda cualquiera para zafar de gente que lo quiere matar para vengarse de sus afanos, sus asesinatos o su promiscuidad. De verdad, si cambiás al Capo por Rocket, se pueden contar exactamente las mismas historias, con ínfimas modificaciones. La única diferencia es el vínculo fraternal entre Lobo… digo, Rocket y Groot. El pseudo-mapache se va a jugar la vida desinteresadamente por el árbol viviente más de una vez, mientras que el último czarniano probablemente no lo haría nunca sin que medie un beneficio para su pecunio.
Pero no, los guiones no son de Alan Grant. El encargado de guiar a Rocket en este periplo demencial es el maestro Scottie Young, quien se da todos los gustos. Arma una saga grandilocuente, la interrumpe para meter algún unitario descolgado, te bombardea con chistes y situaciones desopilantes, muchísimos gastes a Star Wars, y en los dos últimos episodios resuelve todo con tanta jerarquía que al final (como hacía la Bruja Grant) te deja al personaje en el mismo lugar donde lo encontró. En el medio, te divertiste a lo pavote durante más de 200 páginas. El propio Young dibuja un poco más de 100 páginas, en las que deja la vida. Te masacra con unas puestas en página alucinantes, ideas narrativas copadas, acción a pleno, diseños de personajes, criaturas y naves gloriosos, onomatopeyas salvajes… Todo se ve muy dinámico, muy divertido y demasiado lindo para ser real. Cuando deja de dibujar Scottie, lo reemplaza Jake Parker, que sigue esa misma línea de dibujo (aunque sin esos niveles de magia) y también hay dos episodios dibujados por Filipe Andrade, un dibujante portugués exquisito, con una estética bastante alejada de la de Young, pero también con muchos logros en materia visual y narrativa.
En los seis números de Groot, el guionista Jeff Loveness propone una road movie clásica, que le permite mostrarnos en cada episodio la interacción del protagonista con distintos personajes. También introduce a una nueva villana, repasa momentos clave en la historia de Groot y entre acción y chistes limados (brillante la sátira al origen de Superman), lleva el relato hacia una conclusión potente y satisfactoria en el quinto episodio. Queda uno más, y ahí Loveness sube la apuesta. En el nº6 juega la carta de la emotividad, lanza la estocada al corazón de los lectores y le da a las 13 páginas finales un vuelco muy conmovedor, casi poético, que no me vi venir nunca. Acá es donde la miniserie adquiere la profundidad que por ahí le venía faltando en las primeras 100 páginas.
El dibujante de este tramo es Brian Kesinger, quien dibuja bárbaro a Groot, a Rocket, a las chicas y a todas las razas alienígenas. Lo que le sale definitivamente mal son las caras de los varones con rasgos humanoides. Pero fuera de eso, se la banca muy dignamente incluso al lado de una bestia como Scottie Young. En las dos historias cortitas también hay buenos dibujantes: Mike Del Mundo (en un estilo tipo comic de ciencia-ficción de la revista Epic o Heavy Metal) y Ming Doyle en la línea que la caracteriza siempre, pero con un poco más de laburo en los fondos.
Si sos fan de los Guardians of the Galaxy, o si extrañás las aventuras galácticas de Lobo, o si te querés divertir un BUEN rato, acá tenés mucho material, mucho compromiso y mucho talento. Esta es la Marvel que le gusta a la gente: bardo, machaca épica, humor salvaje, cada tanto un toque emotivo, pero sin enkilombar la continuidad ni pretender que leamos 70 series para entender qué carajo está pasando. Y con dibujantes capaces de entregar un episodio completo durante más de dos meses consecutivos. Me quedó claro que Scottie Young no sólo le pone todo a su kiosquito creator-owned. Acá, con un personaje prestado, también hizo explotar todo con la polenta de su trazo y su ingenio.
Ultimo dato: Rocket Raccoon fue co-creado por Keith Giffen, igual que Lobo. ¿Casualidad? Nah, ni en pedo…

Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.

viernes, 5 de junio de 2020

VIERNES LLUVIOSO

Está bastante asquerosita, la tarde. Igual me hice una escapada a la comiquería de mi barrio, a comprarle un regalo a mi sobrino, que mañana cumple 14. Y tengo material para reseñar, como siempre.
El Vol.13 del coleccionable de Nippur de Lagash empieza con una historia cuyo argumento leímos (o vimos)… no menos de 30 ó 40 veces: un tipo con mucha guita y pinta de garca contrata al protagonista para que rescate a una chica que supuestamente fue secuestrada. La chica, en realidad, odia al garca, por eso se escapó, y encima está en pareja con su supuesto raptor, lo cual le plantea un dilema al protagonista. ¿Otra vez sopa? Sí, pero Robin Wood cuenta esta historia gastadísima con unos bloques de texto muy logrados, bastante acción y varios personajes secundarios copados que acompañan a Nippur y que en cualquier serie normal podrían ser buenos refuerzos para el elenco estable de la misma. En las dos historias siguientes, Nippur nos cuenta hechos del pasado, de su juventud, cuando junto a Teseo, Ur-El y Piritoos conocieron a Hipólita, la guerrera amazona. Son dos episodios que no están unidos por el continuará (en Columba esa palabra estaba más prohibida que “peronismo”) pero que conforman un díptico tranqui, con un ritmo distendido, momentos épicos, momentos intimistas y espacio para una historia de amor. Estas tres aventuras están dibujadas a un nivel altísimo por Ricardo Villagrán, quien se banca con decoro páginas de 12 estampillas… digo, 12 viñetas chiquititas, y tira magia nivel Hal Foster cuando le tocan las splash pages o las páginas de pocos cuadros. Me imagino esto en blanco y negro y debe ser infinitamente mejor, pero bueno, es lo que nos tocó.
La segunda mitad del tomo es en blanco y negro, y ofrece tres episodios dibujados por Sergio Mulko. Acá hay de todo: páginas resueltas a los santos pedos, páginas correctas, y un episodio (El Jinete del Sol) donde Mulko pone TODA la carne al asador. En apenas 11 páginas hay collages, cepillados, esfumados, texturas recortadas y pegadas, tramas mecánicas, claroscuros extremos onda Alberto Breccia, línea clara tipo Esteban Maroto, ¡secuencias mudas! ¡En un comic de Robin Wood! Es un capítulo loquísimo, donde el guión es la nada misma (posta, me dio vergüenza ajena) y el dibujante se tira a experimentar con todas las técnicas que existían en 1973 para hacer historieta en blanco y negro.
Los otros dos episodios que dibuja Mulko, sin ser oprobiosos, están muy lejos del nivel que uno asocia con las buenas obras de Robin Wood, o con cualquier historieta que ostente la chapa de clásico que ostenta Nippur de Lagash. A ver con qué me encuentro en el próximo tomo…
Salto a Japón, año 2002, cuando el maestro Junji Ito lanza Gyo. Pocas veces un primer tomo de un manga me dejó tan manija como este. Posta, lo único que le puedo criticar es que no sé si en la segunda mitad Ito va a resolver satisfactoriamente o no el mega-kilombo que armó en estas primera mitad. Gyo me puso nervioso, me o risa, me dio asco, me estremeció con lo zarpado de algunas escenas… no se le puede pedir mucho más a una historieta. Encima los diálogos están buenísimos (gran trabajo de Pablo Tschopp en la traducción), el ritmo no decae jamás, y hasta Ito se toma el trabajo de construir un verosímil, un marco más o menos posible en el cual se pueda encuadrar el delirio que nos está contando.
A esta altura, el trazo de Ito se volvió tan funcional al relato, que me cuesta hablar de la faz gráfica por fuera de la descripción general de la obra. No se me ocurre otra forma de dibujar este guión que no sea con esos dibujos y eso habla muy bien del autor. Ito encontró un registro gráfico que se ensambla a su estilo narrativo, a las temáticas que le interesa explorar y a los climas que le divierte conjurar, de un modo molecular, sin fisuras y con una identidad propia, totalmente inconfundible. Gyo es una salvajada visceral, una aventura pasada de rosca, atípica, extrema, muy divertida y muy adictiva. No pueden pasar demasiadas horas más sin que le entre al Vol.2 para ver cómo termina. El Vol.1 dejó la vara muy alta y si el final cumple con mis expectativas, me van a escuchar recomendar estos libritos de Ivrea hasta el fin de los tiempos.

Y nada más, por ahora. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.