el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 19 de mayo de 2013

19/ 05: TIBURCIO Vol.1

Qué increíble cómo se le escapó este libro a las grandes editoriales, o a Comiks Debris, que es un sello pequeño, pero 100% centrado en historieta infantil... Lo cierto es que, en vez de seguir esperando el llamado providencial de algún editor que les propusiera convertir en libro esta tira que publican desde 2009 en la revista Viva, el guionista Alejo Valdearena y el dibujante Diego Greco rompieron el chanchito y se largaron ellos mismos a editar el primer recopilatorio de Tiburcio en formato libro. La verdad es que les quedó lindísimo: más de 100 páginas, muy buen papel, hermosa portada, un formato más grande que el de los libritos de tiras de Mafalda o Gaturro, y hasta un bonus track: un poema ilustrado inédito, protagonizado por el Gaucho Zombie.
Cuesta acostumbrarse al hecho de que tenemos una tira de Tiburcio cada dos páginas. Las tiras están reproducidas en un tamaño mayor que el de la publicación en Viva, y cada una ocupa dos páginas. En las primeras tiras, esto hace un poco de ruido, porque Greco rara vez dibuja más de cuatro viñetas, lo cual nos deja con sólo dos viñetas por página. A medida que avanza la tira, se hacen más frecuentes las seis viñetas y ahí sí, cada página del librito ofrece un poco más. En total tenemos 42 breves historietas de Tiburcio, más el poema del Gaucho Zombie, que consta de seis hermosas ilustraciones.
Lo bueno de publicar una tira cada dos páginas es que el dibujo de Greco se ve maravillosamente bien y se disfruta en toda su dimensión. El estilo que desarrolla acá el crack de Banfield no se parece en nada al de sus trabajos anteriores: esto es una especie de García Ferré del Siglo XXI,con una estética simple, muy jugada a la caricatura, personajes muy expresivos, fondos muy trabajados, color digital muy logrado (en el cuento del Gaucho Zombie es probable que el color sea analógico), variedad de enfoques, variedad en los tamaños y formas de las viñetas... y todo dibujado con una cancha tremenda, como si Greco hubiese incursionado en ese estilo 25 ó 30 años ininterrumpidos.
Alejo Valdearena también sorprende en su primera incursión por el género infantil, y en el formato de tira, que lo obliga a plantear y rematar situaciones en espacios muy acotados. Las mini-historias de Tiburcio y su sapo Batracio tienen ingenio, chispa, la cuota justa de ternura, y hasta cierta pizca de mala leche, de mirada poco piadosa hacia algunas convenciones sociales que el guionista de 4 Segundos no filtra (y lo bien que hace).. Tal vez porque la tira no sale en una revista infantil, el mundo en el que se mueve Tiburcio es mucho más real (y complejo) que el que vemos en las típicas historietas de Genios o Billiken, lo cual es un punto a favor, porque le permite a la Alejo jugar a menudo su ancho de espadas, que es el humor basado en la comedia costumbrista, con diálogos filosos, mordaces y que suenan muy reales, incluso dichos por chicos de 8 ó 9 años.
Nunca había leído las tiras de Tiburcio en la revista Viva (publicación excecrable, pensada para viejas culonas, con mucho tiempo al pedo, escaso gusto en materia de diseño y con el cerebro carcomido por las mentiras de Clarín) o sea que para mí este libro fue pura sorpresa. Y puro deleite, porque me encontré con una tira muy divertida, con un humor amplio, que funciona en varios niveles, con rasgos muy originales dentro de un género hecho hasta el hartazgo y con un dibujo increíble, muy por encima de la media. Uno podría pensar que Greco y Valdearena se guardarían sus mejores esfuerzos para trabajos que tengan más que ver con sus pasiones (que supongo que no pasan por hacer una tira infantil para Viva), y sin embargo acá tenemos a dos grossos de la historieta argentina actual decididos a no retacear ni lo más mínimo de su indiscutible (e infrecuente) talento. Me encanuto este librito en mi biblioteca y salgo a buscar otro ejemplar para regalárselo a mi sobrino, que en unos días cumple 7 años y –por supuesto- ya es comiquero a full. Ojalá salga pronto el Vol.2!

sábado, 18 de mayo de 2013

18/ 05: ZERO GIRL: FULL CIRCLE

O podría ser también “Zero Girl Vol.2”, porque esta es la segunda miniserie protagonizada por Amy Smootster y Tim Foster. Esta vez, el maestro Sam Kieth nos patea la pelota 15 años para adelante, cuando Tim ya es un veterano, viudo, padre de una nena adolescente; y Amy, la chica de los extraños poderes psíquicos, es una prestigiosa periodista que escribe críticas de discos. El triángulo de amor bizarro lo completará Nikki, la hija de Tim, que también manifiesta poderes extraños y dudas sobre su sexualidad.
Esta vez, el tema de “lo circular es lo bueno y lo cuadrado lo malo” tiene un poco menos de peso en la trama que en la saguita original. Es una idea tan retorcidamente buena, que obviamente había que sacarle más jugo, y Kieth la vuelve a explorar, ahora mezclada con todo lo que pasa por la mente de Nikki, que es mucho y muy rico para jugar a este juego delirante. Con menos de 4 años, Nikki perdió a su mamá. Sin embargo, en su mente, su mamá está viva y tiene cabeza cuadrada, es decir, la convierte en la villana de la serie. Porque Nikki tiene poderes parecidos a los de Amy, sólo que menos desarrollados. No la veremos lanzar agua de los dedos, pero sí controlar mentalmente a los demás para que hagan su voluntad. Y además tiene un conflicto con su identidad sexual: siente que le gustan las chicas, pero odia el término “lesbiana” y prefiere sufrir a asumirse como homosexual. De nuevo, la palabra clave es “retorcido”: Nikki se calentará con Amy y tratará de convertirse en su novia, mientras que esta lo que quiere es una segunda oportunidad con Tim, que ahora no sólo está solo, sino que dejó de ser un pendejo infeliz para convertirse en un hombre maduro... e igual de infeliz.
Una vez más, tenemos una historieta de Kieth en la que lo más importante es lo que sólo existe en la psiquis de los personajes, otra exploración a fondo de los enrevesados laberintos mentales creados por el dolor, el abandono y la desesperación. Hay acción, hay giros inesperados y momentos impactantes, también diálogos increíbles y
secuencias intimistas conmovedoras... de las cuales unas cuantas suceden sólo en la mente de alguno de los protagonistas. Por supuesto los tres están perfectamente trabajados, son personajes de una humanidad palpable, indiscutible, que realmente trasciende las dos dimensiones de la página impresa. Y hay poquitos personajes secundarios, entre los que se destaca ampliamente Rat, la chica retraída, con menos glamour que el Tolo Gallego, pero con el coraje (que Nikki no tiene) para blanquear que es torta, y hacerse cargo.
La aventura propiamente dicha arranca tarde, cuando van 8 páginas del tercer episodio, y termina temprano, en la cuarta página del quinto y último. Y está perfecto. Kieth maneja los tiempos con jerarquía y prioriza (como siempre) lo que hace únicos a sus relatos, en este caso, el juego perverso y totalmente impredecible entre esta chica manipuladora y negadora, su padre, y Amy, la ex-freak, hoy mujer atractiva y triunfadora. Un juego que va a tener un desenlace impredecible (y brillante), donde unos se reivindicarán y otros se hundirán en el pantano de sus propias cagadas.
Una vez más, Kieth nos detonará las retinas con su asombroso arsenal de recursos gráficos y narrativos. Se trata de un autor absolutamente único, con una identidad gráfica tan consolidada, que lo reconocés con sólo ver la forma de las viñetas. Sacale los dibujos: la puesta en página ya te botonea que es un trabajo de Kieth. Pero no, mejor dejale los dibujos, que son majestuosos. En ese péndulo drogadísimo entre los garabatos y los personajes definidos con palotes de nene de tercer grado a las viñetas hiper-realistas, sobrecargadas de detalles inverosímiles e iluminadas con unos crosshatchings asesinos, Kieth establece el tono esquizofrénico de la obra y logra, tanto en los extremos como en el recorrido de una punta a la otra, imágenes de una belleza y una fuerza expresiva descomunales. No quisiera ser el colorista Alex Sinclair: colorear los dibujos de Kieth debe ser un delirio cósmico y no hay guita que te puedan pagar que compense las infinitas horas que este pobre pibe debe haber pasado frente a esas páginas, tratando de descifrar qué escenas son flashbacks, cuáles son sueños y cuáles fantasías imaginarias, para darle a cada una su propia tonalidad cromática. Ves las portadas, realizadas por Kieth a color directo, y decís “nah, chupame un huevo, esto sólo lo puede hacer un demente pasado de rosca”.
Y bueno, le sigo haciendo el aguante a demente pasado de rosca. Creo que, menos las saguitas de Lobo, voy a terminar comprando todo lo que dibuje Sam Kieth. ¿Recomiendo Full Circle? Sí, si leíste la primera Zero Girl y/o sos fan de este monstruo, te va a volar la cabeza. Si no, arrancá por el principio.

viernes, 17 de mayo de 2013

17/ 05: HEARTS OF SAND

Esta es una edición yanki perfectamente clonada de la francesa. Incluso el título está perfectamente respetado: la historieta de Philippe Paringaux y Jacques Loustal, originalmente publicada en 1985 en las páginas de la revista A Suivre, se llamaba Coeurs de Sable, ni más ni menos.
El género es raro. Es una aventura cuasi-clásica, a la que Paringaux y Loustal se esfuerzan por des-enfatizar. Los bloques de texto y los dibujos nos transmiten belleza, elegancia, sofisticación, romance, poesía de alto vuelo... y sin embargo a la trama la impulsan la lujuria y la violencia más vulgares. Hay muchísimos tiros, cuchillazos, piñas, garches, violaciones y un primer plano memorable de la heroína pegándose un saque de merca. Esto, que podría estar contado como una peli de Indiana Jones para adultos, está contado como una de Wim Wenders. Y ahí, me parece, está el verdadero hallazgo de Coeurs de Sable.
El relato está bastante descomprimido, mucho más que en otras novelas gráficas europeas de los ´80, aunque no mucho más que en las otras obras de Loustal, que evidentemente se siente cómodo con ese ritmo más pachorro, más contemplativo. No creas que Paringaux utiliza ese “tiempo extra” para ir a fondo en el desarrollo de los personajes. La elección de narrar todo desde los bloques de texto, es decir, de prescindir de las “voces” de los personajes, cuyos diálogos casi no vemos más allá de alguna cita entrecomillada, hace que tengamos pocas pistas acerca de los rasgos más profundos de la personalidad de cada uno, e incluso en buena medida de sus motivaciones. Con el correr de las páginas más o menos te cae la ficha de qué se proponía cada uno y por qué, pero Paringaux no lo explicita, no lo hace para nada obvio.
Y aún así, con esa limitación, con esa marcada toma de distancia entre el lector y lo que le pasa a los personajes, con esa brecha entre lo que sucede en la trama y lo que nos muestra el guión, Coeurs de Sable es una historieta que logró atraparme. Por el misterio, por lo original de varias situaciones, por sus personajes medio enigmáticos y medio perversos, por el propio impacto de lo que les toca vivir a Baby, Robert y Eva, y por el final, donde se descorren algunos velos y las piezas terminan de encajar, especialmente para Robert, que durante casi toda la obra es el héroe, pero además el boludo, el personaje que va a contramano de la trama y se pega los palos más jodidos.
En realidad, tanto la descompresión del relato, como la onda sofisticada de los textos, como la elección de no meter globos de diálogo, responden a lo mismo: a apuntalar por todos los medios el dibujo de Loustal. Porque claro, estamos ante un dibujante tan especial, tan único, tan genial, que la novela podría no tener guión y muchos la compraríamos igual, porque la dibuja Loustal. Maestro absoluto del color y la composición, Loustal coquetea con las artes plásticas un poquito menos que Lorenzo Mattotti. Sus viñetas (como las del italiano) podrían enmarcarse de a una y exponerse como cuadros en cualquier museo. Sin embargo, Loustal cuida mucho la narrativa, no se conforma con poner una imagen alucinante al lado de la otra. No te digo que se podría entender el 100% de la novela sin leer los textos, porque hay un extenso tramo en el que Paringaux narra tres secuencias en paralelo, cortando las escenas de a una página, y eso requiere sí o sí el apoyo de los textos para no marearnos. La línea del prócer frances, por su parte, tiene una mezcla subyugante entre la elegancia y la freakeada. Hay detallitos, cositas que desentonan, que parecen virar hacia algo más raro, más grotesco, más visceral, y esa especie de “contradicción interna” enriquece mucho la lectura, hace que le prestemos MUCHA atención al dibujo. Un dibujo que alcanza su punto más alto cuando Loustal establece el clima de cada escena con esas tomas panorámicas casi siempre en formato “widescreen”, imposibles de olvidar por su magistral laburo en la perspectiva, los detalles y las atmósferas, que impregnan a todas las viñetas posteriores.
No sé si Coeurs de Sable es una historieta para que disfrute cualquier tipo de lector. Obviamente, si te gusta el dibujo, vas a flashear con la magia que pela Loustal. Pero el guión puede resultar medio piantavotos, por esa decisión medio extrema de des-enfatizar la machaca y tomar distancia de lo que les sucede a los personajes que –repito- viven una aventura fuerte, de gran intensidad y muy ganchera, a pesar de que Loustal y Paringaux nos intenten convencer de lo contrario. Ahora, si sos fan del comic europeo de los ´80, sabés que esto es paponga de primer nivel y que vale la pena esforzarse para conseguirlo, en la edición que sea.

jueves, 16 de mayo de 2013

16/ 05: MANHUNTER Vol.2

Bueno, completé Manhunter. Creía que había un Vol.6, pero no, no existe. O lo aluciné yo, o es uno de esos TPBs que DC anunció y jamás editó. En ese caso, les mando una cordial puteada, porque creo que todos nos merecemos más Manhunter en nuestras bibliotecas.
Este segundo tomo levanta todavía más la osada apuesta del Vol.1 (lo vimos el 25/03/11), con dos arcos argumentales perfectamente enganchados entre sí. En el primer tramo de este voluminoso TPB, todo gira en torno al juicio a Carl Sands, el Shadow Thief, responsable de la muerte de Firestorm (en la sobrevalorada Identity Crisis), a quien Kate Spencer, en su rol de fiscal, tratará de meter en cana el mayor tiempo posible. Al resto de los villanos les conviene un Shadow Thief muerto y así es como Manhunter deberá proteger al asesino, hasta que sus poderes peguen un extraño giro y ahora los villanos lo prefieran libre. Ahí Kate tendrá que pelear para que Sands no se le escape de las manos.
Por atrás de esta saga, el guionista Marc Andreyko hace evolucionar con maestría un segundo plot, el del misterioso asesino de Manhunters, que se carga de a uno a los tipos que adoptaron en el pasado la identidad que hoy ostenta Kate. A la mitad de uno de los episodios, el plot de los Manhunters muertos le robará el protagonismo al del Shadow Thief y el tomo, que venía potente, se tornará definitivamente imprescindible. Lo que hace Andreyko en este tramo final es sencillamente dar cátedra de cómo se escribe un comic ambientado en un universo heroico con mil años de continuidad a sus espaldas, sin renunciar a la identidad propia de tu personaje, ni de tu forma de escribir, y sin arrugar, sin miedo a pegar volantazos zarpados, que ni los lectores más curtidos se pueden llegar a imaginar.
Claro, no le dieron a Superman, le dieron a Manhunter. Ahí es más fácil hacerte el loco y pegar giros impactantes, porque no están en juego los intereses de muchos garcas de saco y corbata que tienen guita puesta en las licencias. De todos modos, Andreyko arriesga todo el tiempo, no sólo en la forma de trazar las líneas argumentales, sino también en el desarrollo de los personajes. No sólo Kate, sino todo el elenco de la serie. Todos tienen momentos excelentes, grandes diálogos, situaciones que los definen a la perfección. Incluso los villanos (todos conocidos por los lectores de larga data del DCU) exhiben una profundidad poco frecuente en las historietas de super-tipos que se machacan entre sí. El último episodio, en el que la trama principal decae un toque (porque hay que hacerse cargo del Countdown to Infinite Crisis y luchar con un OMAC), Andreyko se reserva las seis páginas finales para bajar un cambio, atar cabos sueltos y pasar en limpio lo que sucedió a lo largo de todo el tomo. Y lo hace tan bien, con secuencias tan logradas, que la serie podría terminar ahí y nadie se quejaría. Bueno, sí, los que leímos los tres tomos siguientes, que son buenísimos.
Por el lado del dibujo, el guionista se tiene que comer el garrón de tener cuatro dibujantes distintos en sólo 9 episodios. Uno de ellos, el español Diego Olmos, es realmente choto, pero por suerte dibuja poquitas páginas. Brad Walker, sin ser un desastre, desentona bastante con la estética realista de la serie, pero se luce en un par de composiciones muy grossas en las páginas en las que Cameron Chase y Dylan Battles repasan la historia de los Manhunters anteriores. La mayoría del tomo está repartido entre el muy correcto Jesús Sáiz y Javier Pina. Hay que esforzarse un poquito para darse cuenta cuándo dibuja Sáiz y cuándo Pina, porque los estilos se parecen bastante. Pina es un poco más pecho frío, está más conciente de sus limitaciones y se esfuerza más por pasar desapercibido; lo cual no lo hace un mal dibujante, simplemente le falta un poco de soltura, de onda. En general, el dibujo cumple sin descollar a lo largo de las casi 220 páginas de historieta que ofrece el TPB.
Para descollar está Andreyko, un guionista realmente interesante, con la onda del James Robinson de la mejor época, al que realmente se extraña en un mainstream de DC que últimamente no da pie con bola. Por suerte la magia de este ex-esbirro de Brian Michael Bendis vive y late en los cinco TPBs de Manhunter, una extraña obra maestra, a la que pocos le dieron bola mientras se publicaba todos los meses. Capturala, que la rompe.

miércoles, 15 de mayo de 2013

15/ 05: TERMINUS Vol.1

Uh, cuánto hacía que no cazaba una antología... Ya las estaba extrañando. Veamos cómo me va con la primera entrega de esta antología hecha en Rosario con autores jóvenes, muchos de ellos con obras ya publicadas en el exterior y que se dan a conocer en su país a través de este proyecto.
La primera historieta, la de Juan Pablo Vaccaro, me perdió rápido. Para la tercera o cuarta viñeta, me tropecé con una narrativa confusa y me desconecté de la historia. Parece interesante y el dibujo es espectacular, pero no sé, no la entendí... La segunda historia ofrece todo lo contrario: cero estridencia en la puesta en página, un dibujo tranqui, sin ningún intento de virtuosismo, y un guión cristalino, sostenido por una narrativa correcta y un final redondísimo e impredecible. Esa es la senda: estas cinco páginas, con un dibujante un cachito más afianzado, eran una historieta de la San Puta.
De acá en más, la antología ya no decae: El maestro Dante Ginevra ofrece tres paginitas de una historia breve, pero muy linda, divertida, ingeniosa y obscenamente bien dibujada. Le sigue Germán Curti, un dibujante de estilo MUY atractivo, una mezcla entre Oswal (de quien fue alumno), el Viejo Breccia y Walther Taborda, que pone su talento al servicio de una historia chiquita, menor, pero de indiscutible solidez.
Ariel Grichener (guión) y Juan Manuel Frigeri (dibujo) ofrecen el primer episodio de una historieta que –lamentablemente- termina en “continuará”. Ahí se violó una de las leyes de este tipo de publicaciones: no vale meter historietas que continúan. Esta pinta interesante, a pesar de la impronta pochoclera de este primer fragmento, que parece la presentación de esos videogames muy violentos en los que machacás gente a lo guanaco. Hay otra historia con “continuará”, pero que por suerte termina en el Vol.2, que ya salió: es una de misterio escrita y dibujada por Maximiliano Bartomucci, una especie de Juan Ferreyra al que se lo ve muy bien en las expresiones faciales y en la reconstrucción histórica de los inicios del siglo pasado. Veremos cómo termina.
Individuo H, de Grichener y Germán Peralta, también está pensada como serie, pero este primer episodio tiene un final. Hasta ahora, Grichener no nos mostró mucho más que una escena de acción, así que habrá que ver qué onda. El trabajo de Peralta, fuertemente influenciado por el del maestro Eduardo Risso, es uno de los más impactantes y memorables de la antología. Y cierro con la historieta más extensa, Euriale, escrita y dibujada por Bruno Chiroleu. El guión revisita con bastante buen tino el eterno mito de la gorgona y el dibujo es muy bueno, elegante, sutil, con unas tramas mecánicas brillantemente aplicadas y una narrativa muy cuidada, con riesgos bien asumidos.
También hay algunos chistes (me gustaron los de Martín Almeida) y varias ilustraciones, todas de gran nivel. ¿Cosas para mejorar? Sin dudas eliminar las historietas con “continuará”, más allá de que algunas resulten promisorias. Y no estaría mal agrupar todas las páginas de publicidad al final de la revista, en lugar de intercalarlas entre las historietas. La portada (también de Bartomucci, quien oficia como editor) es atractiva, el formato es muy lindo, la impresión es muy buena (y banca trabajos con negros plenos que no se arratonan y muchas tonalidades de grises que no se empastan) y la consigna (historietas cortas, enroladas en los géneros clásicos) está muy piola. Ahora que la leí, me llama mucho menos la atención el gran éxito que está teniendo Términus entre los fans de la historieta argentina. Merecido reconocimiento a esta nueva trova rosarina que todavía está lejos del techo, pero que arrancó con un primer número fuerte, con mucho material al que se le nota la calidad profesional y –lo más importante- la pasión por contar buenas historias.

martes, 14 de mayo de 2013

14/ 05: THE JEW OF NEW YORK

Esto es muy raro, de verdad. Se trata de la primera novela gráfica del maestro Ben Katchor, lanzada en 1998. Hasta ese punto, Katchor sólo había trabajado en historietas muy breves en un registro mitad humorístico y mitad poético, una especie de versión un toque más surrealista de las Crónicas del Angel Gris que escribía Alejandro Dolina. The Jew of New York es mucho más verosímil que las historias cortas de Katchor. Acá no hay delirios extremos, sino profusa (aunque tal vez apócrifa) documentación para respaldar cada bizarreada de las que presenciamos a lo largo de estas casi 100 páginas. En parte por eso, por estar más borrosas las fronteras entre la joda y la crónica, esta obra ofrece más dificultades a la hora de la lectura.
También porque Katchor narra varias historias en paralelo. Todas están conectadas, porque transcurren en la Nueva York de 1835, cuando la ciudad todavía era chica. Además, todos los protagonistas son judíos y en aquel entonces la mayoría de los judíos de Nueva York se conocían e interactuaban entre sí. O sea que todos los protagonistas se cruzan más de una vez a lo largo del libro. Incluso Miss Patella, el único personaje femenino y no judío con peso en la trama, si bien parece venir claramente de otro palo, tiene su cruce con alguno de los miembros de este vasto elenco protagónico. Pero no es todo tan intrincado como parece a primera vista: alcanza con prestar un poquito de atención y se entiende todo, no te mezclás a los personajes, ni te confundís cada vez que cuentan quiénes son y a qué se dedican.
Al final, todas las líneas argumentales van a tener su cierre, algunos más abruptos, o más descolgados, otros más lógicos y naturales. El tema es la cantidad de páginas en las que las tramas no avanzan. Katchor se cuelga en extensos diálogos, en paseos por la ciudad, en anécdotas menores, y esto refuerza la sensación de que “no pasa nada”. Son muchas páginas de ocho viñetas, con mucho texto (tanto en los globos como en los bloques), casi cero acción y un ritmo muy pachorro, capaz de ahuyentar a los lectores más acostumbrados al palo-y-palo. Eventualmente vendrán los finales, pero mientras tanto hay que tener paciencia, o disfrutar en modo zen de esos diálogos formales al borde del ridículo, que Katchor usa para subrayar la excentricidad de sus personajes.
Lo más interesante son los conceptos: el proyecto de gasificar un lago para tener soda en las canillas y las fuentes, el cazador de castores que se acostumbra a vivir a la intemperie, el tipo que casi se convierte en un animal cuadrúpedo, la disparatada (y a la vez muy documentada) teoría que sostiene que las tribus aborígenes de la región de Buffalo en realidad tienen origen judío, el indio que recita salmos en hebreo, la producción de una obra de teatro sobre un intendente de Nueva York que quiso reunir a todos los judíos para fundar la nueva Jerusalem en una isla yanki, el comerciante que finge su propia muerte para huir a Inglaterra con un valioso cargamento de pieles... Todas esas ideas nutren los argumentos de Katchor y les dan tema de conversación a los personajes que –definitivamente- hablan más de lo que hacen. Como subtexto, el autor reflexiona sobre qué es ser judío lejos de Israel, baja línea acerca de cómo el furor capitalista va a darle a Nueva York su rostro definitivo y acerca de cómo los europeos (y sus descendientes) acostaron a los pueblos originarios.
Entre tantas puntas atractivas (no siempre desarrolladas al ritmo que a uno más lo seduce) surge y se eleva el dibujo de Katchor. Ahí es donde se acaban los peros, ahí es donde explota la magia. Si el guión te deja dudas acerca de cuánto de todo eso es posta y cuánto delirio del autor, ahí viene el dibujo a explicarte con jerarquía que se trata de una farsa surreal. Perfectamente documentada en lo que respecta a edificios, vestuario, vehículos, etc., y a la vez claramente virada al juego, a la caricatura, a las márgenes del disparate. La línea de Katchor, rica en expresividad, repleta de matices, se complementa a la perfección con las aguadas, que introducen mediante hermosas pinceladas una amplia gama de grises, pensada para suplir la ausencia total de masas negras. Cuando no se pasa de las siete viñetas, Katchor pela una grilla muy interesante, con una viñeta grande en el centro de la página y seis (o menos) alrededor, algo que a un autor menos dúctil le podría complicar un toque la narrativa. Acá, ningún problema. Bueno, sí, las páginas de ocho o nueve viñetas chiquititas y con toneladas de texto, que aunque estén bien dibujadas, son un bajón.
The Jew of New York es –repito- una novela gráfica rarísima. Por momentos desopilante, por momentos enroscada al pedo en situaciones que no van a ningún lado. Da para tenerla por la cantidad de ideas brillantes y originalísimas que desparrama Katchor, por el magnífico trabajo de documentación histórica, y por los dibujos, que son una auténtica delicia.

lunes, 13 de mayo de 2013

13/ 05: EL AVENTURERO DEL CARIBE

Allá por 1976, la editorial italiana Sergio Bonelli lanzó una colección de 30 álbumes lujosamente editados, llamada Un Uomo, Una Avventura. Cada tomo era autoconclusivo, presentaba a un protagonista masculino al frente de una aventura en algún lugar exótico y llevaba la firma de alguno de los grandes maestros de la historieta italiana. El inmenso Hugo Pratt firmó cuatro de esos álbumes: L'uomo dei Caraibi (1977), L'uomo del Sertao (1978), L'uomo della Somalia (1979) y L'uomo del grande nord (1980). En España no se publicaron los 30 tomos, pero sí los cuatro de Pratt, que se conocen en nuestro idioma como El Aventurero del Caribe, La Macumba del Gringo, Al Oeste del Edén y Jesuita Joe.
El Aventurero del Caribe (también conocida como Svend), tiene apenas 43 páginas y nos lleva –como su nombre lo indica- a los mares del Caribe, a la década del ´30 del siglo pasado. El protagonista es un arquetipo, apenas definido: un tipo cínico, de ascendencia europea, que se gana la vida a bordo de un barquito que recorre las islas, llevando gente o cargamentos y sobre todo sin hacer preguntas. Recién para el tercio final de la obra, se jugará por algo que trascienda lo material: un amigo que se come un garrón injustificado y una causa política, la de los revolucionarios liderados por Piel Negra, jefe de la insurrección en la Gran Antilla. Svend es un tipo que prefiere el cálculo a la acción y el humor sarcástico al diálogo abierto y sin tapujos, y sólo apretará el gatillo de su pistola dos páginas antes del final.
El argumento delineado por Pratt es prolijo, coherente y está muy bien llevado. Por ahí no es mega-original (o lo era en 1976, no ahora), pero sí muy interesante. Como en todas las obras del Tano, este avanza a paso cansino, cuando no le queda más remedio, y siempre muy impulsado por los diálogos. Acá hay acción, no vayas a creer, pero casi siempre se limita a que alguien pele un chumbo y, mientras amenaza a otro personaje, habla y habla, de lo que está por suceder, de sus motivaciones, o de cualquier otra cosa. Por supuesto, fiel a su estilo, Pratt también nos regala silencios importantes, de increíble elocuencia. La verdad es que, para 43 páginas, El Aventurero del Caribe ofrece un elenco muy nutrido, con siete personajes importantes y varios que cumplen roles menores. Felizmente, el Tano orquesta de modo impecable la entrada y salida de escena de todos estos personajes, entre los que tenemos a un argentino, de raíz cheta y oligárquica, pero volcado al bando de los revolucionarios. El maestro le saca muy buen jugo al contrapunto entre estos hombres y mujeres tan distintos entre sí, con grandes diálogos y memorables escenas intimistas en las que se dicen (y se callan) cosas realmente notables.
Cuando vi que era una historieta del ´76, enseguida subieron mis expectativas en materia de dibujo. A mediados de los ´70, Pratt dejaba la vida en cada viñeta y, si bien ya rumbeaba hacia la síntesis que le impondría a su trazo en la década siguiente, todavía conservaba rasgos de las primeras aventuras del Corto Maltés, esas glorias dibujadas como la hiper-concha de Dios. Acá hay un poco de cada cosa: los primeros planos son majestuosos, al nivel de esas historias míticas del Corto que Pratt publicaba en la revista Pif. Los fondos, en cambio, son escasos y muy básicos y a medida que la cámara se aleja de los personajes, estos pierden dinamismo y se ven no sólo más esquemáticos, sino también más estáticos. La página 21 es particularmente ilustrativa de esto: las dos primeras viñetas son magníficas. La tercera, en la que Moretto le pega una piña a Svend es tosca y falta de plasticidad. La cuarta zafa, la quinta es lindísima y la sexta, cuando Svend contragolpea, parece de una historieta chota de Columba, o de esas revistas de aventuras sosas y mediocres de los años ´50. Con un gran laburo de pincel y masas negras muy expresivas, es cierto, pero con una composición burda y unas líneas cinéticas que no logran hacernos creer en ningún momento que esos cuerpos están en movimiento. La narrativa, como siempre, es impecable, con mayoría de páginas de seis viñetas, siempre en tres tiras de igual altura. En general, este es buen trabajo del Tano, donde se nota mucho su mano y poco la de sus asistentes. Simplemente no hay que comparar estas planchas con las de Fábula de Venecia (también de 1976), que están 20 veces mejor.
Y sí, El Aventurero del Caribe es una obra menor dentro de la bibliografía de Hugo Pratt. Aun así, es un comic atrapante, con un excelente guión, con un ritmo extraño y fascinante, con la extensión justa, con algunos dibujos brillantes y otros que, incluso hechos a los pedos, transmiten muchísimas sensaciones grossas y se acoplan perfectamente al clima que trata de crear el maestro. Si lo ves a buen precio, embarcate.

domingo, 12 de mayo de 2013

12/ 05: TO TERRA... Vol.1

Hoy trataré de no extenderme demasiado, porque tengo poco tiempo. Igual es el primer tomo de una trilogía, con lo cual me podré zarpar más cuando reseñe los próximos volúmenes.
To Terra... se publicó en Japón como Tera he..., entre 1977 y 1980. Es una obra considerada seminal en el manga de ciencia-ficción, nacida de la imaginación de Keiko Takemiya, una autora muy famosa, principalmente por haber sido la pionera absoluta del género yaoi (mangas románticos en los que ambos protagonistas son varones) con su Kaze to Ki No Uta (La Balada del Viento y los Arboles), publicada entre 1976 y 1984.
Como resulta obvio al mirar las fechas, To Terra... fue realizada en simultáneo con el manga más conocido de la autora. Y tiene algún tenue atisbo de historia de amor entre varones, en la segunda mitad de este primer tomo. Hay una onda rara entre Keith Anyan y Seki Ray Shiroe, pero apenas insinuada, no manifiesta. Estos dos personajes junto a Jomy Marcus Shin son los protagonistas más fuertes que tiene hasta ahora esta ambiciosa saga.
Qué flashero debe haber sido leer esto a los 14 ó 15 años. To Terra... es una mezcla muy osada entre The Matrix, X-Men y la saga de la Fundación de Isaac Asimov, con unos conceptos alucinantes y con protagonistas que tienen 14 ó 15 años, o tienen un poco más, pero parecen pendejos. Sin duda, lo más grosso son las ideas, las premisas sobre las cuales Takemiya construye este universo futurista y este relato de manipulación, persecución y promesas que –uno sospecha- jamás se van a cumplir. Y lo menos ganchero es el ritmo del relato, sumamente descomprimido, al punto de “perder tiempo” en escenas que no aportan nada, ni a la caracterización ni al desarrollo del argumento. Las escenas no están mal construídas, pero te das cuenta de que están ahí para subrayar cosas que la autora ya nos explicó, o cosas que –en el big scope de la saga- son sumamente irrelevantes.
El dibujo tiene un sólo problema: los varones se ven todos como nenes muy afeminados. Esto no lo inventó Takemiya, es una constante en casi todas las autoras japonesas, desde tiempos inmemoriales. Si eso no te jode, To Terra... te va a parecer visualmente maravillosa. Me imagino este guión dibujado por Yukinobu Hoshino y me gusta más, claro, pero Hoshino es unos años menor y no se jugaría tanto en las secuencias en las que las emociones de los personajes explotan y rompen la frialdad típica de la ci-fi futurista, de naves que recorren billones de años luz y computadoras que lo controlan todo. Takemiya, en cambio, le pone todo a esas escenas, y recurre a un montón de trucos expresionistas impactantes para que su dibujo refleje sensaciones, emociones y trastornos psicológicos jodidos del modo más eficaz que te puedas imaginar.
Sin demasiada violencia, sin sexo, sin irse muy al carajo, este primer tramo de To Terra... te mete de lleno en una historia compleja, muy bien elaborada, que avanza un poco lento, pero que se apoya en conceptos demasiado interesantes como para tirarlos a la marchanta y no indagar a fondo en lo que implican para la vida de estos muchachos. Ah, y tras casi 350 páginas, uno no tiene ni la más puta idea de quiénes son los buenos y quiénes los malos. Prometo entrarle pronto al Vol.2, a ver si me entero.

sábado, 11 de mayo de 2013

11/ 05: HOWARD THE DUCK

Y un día, Steve Gerber volvió a escribir a Howard the Duck. Fue en 2002, más de 20 años después de que Jim Shooter (por entonces jefe de coordinadores de Marvel) lo echara del título que el propio Gerber había lanzado, por una disputa que tenía que ver con los atrasos en los pagos al propio Gerber y a los dibujantes que colaboraban con él en la tira diaria del pato cascarrabias. El guionista cantaría “quiero retruco” y en 1981 iniciaría acciones legales contra Marvel, reclamando la propiedad intelectual sobre el personaje. Por supuesto, nunca le dieron nada, ni siquiera cuando se estrenó aquel infausto largometraje de 1986. El duelo Gerber vs. Marvel fue largo, duro y encarnizado, quizás el primero en poner sobre el tapete un tema que en 1981 casi no se debatía, que es el de los abusos a los que las grandes editoriales someten a sus colaboradores. Pero claro, en 2002 Shooter ya no era ni un mal recuerdo, y Bill Jemas y Joe Quesada (los artífices de la Tercera Era de Oro de Marvel), siempre proclives a negociar con la mejor onda hacia los autores, lograron lo imposible: una nueva saga de Howard the Duck escrita por Gerber, ahora en el sello MAX, que le ofrecía al guionista total libertad para meterse con temas jodidos y salpicar la historia de sexo, puteadas, gore, sátira política pasada de rosca... lo que venga.
Gerber respondió con una obra maestra: maligna y delirante, la mini de 2002 no deja títere con cabeza. Arranca con una deconstrucción impiadosa del fenómeno de las boys bands, sigue con una perversa parodia a Witchblade, destripa a los personajes más importantes de Vertigo (se mete hasta con Nevada, creada por el propio Gerber), reversiona el primer arco de Preacher pero cambiando a Oprah Winfrey (a la que hace mierda) por Jesse Custer y a Sigmund Freud por el Saint of Killers, y remata la saga en el mejor episodio, el sexto y último, en el que nos ofrece un extenso soliloquio a cargo de Dios, que responde a todas las preguntas de Howard de un modo que sólo se le puede ocurrir a un genio.
En el medio hay mínimas peripecias, la infaltable lucha contra el Dr. Bong, bizarras transformaciones de Howard (que se pasa media saga convertido en ratón, quizás para salpicar al otro ícono de Disney) y pequeños amagues de encontrarle a la saga un rumbo más aventurero. Son amagues, nomás. A Gerber no le interesa meter a Howard y Beverly en una epopeya, sino usarlos para hablar de lo que él tiene ganas y repartir palos para donde se le canta. Y reparte con tanta mala leche y tanto humor, que se gana enseguida la complicidad de los lectores. Incluso cuando gasta a John Constantine o a Spider Jerusalem (ídolos indiscutibles por los que me cago a trompadas con quien sea), Gerber te arranca una risa cómplice. De todos modos, lo grosso, lo definitivo, lo que deja chiquito a todo lo demás, lo que trasciende la sátira, la joda y el mero entretenimiento es el episodio final: Si en toda su carrera Gerber hubiese escrito sólo las 18 páginas con las que cierra esta saga, también debería ser considerado un monstruo, un autor fundamental. Posta, creo que el día que encuentre un comic de Marvel con 18 páginas mejor escritas que estas, largo la historieta y me pongo a estudiar oboe o abro una remisería en Rafael Calzada.
Para dibujar esta joya de la transgresión y la desmesura, Gerber contó con el siempre excelente Phil Winslade, quien lo había acompañado en Nevada, ahora con el plus de que el propio Winslade entinta sus lápices. Hay un episodio en el que lo reemplaza Glenn Fabry, que para mi gusto no es tan bueno (haciendo historieta, como portadista es un crack) pero se nota poco. El trabajo de Winslade es magistral de punta a punta y explota cuando cobran más peso en la trama los personajes supraterrenales (ángeles, demonios, dioses, etc.). En los dos últimos episodios están las secuencias más inspiradas, más impactantes de un tomo que a nivel visual es realmente glorioso.
Allá por Septiembre de 2010, yo hablaba maravillas de la mini de Howard the Duck escrita por Ty Templeton. Nada, está muy bien. Pero al lado de la de Gerber es muy menor. Y no sólo porque no tiene sexo ni puteadas. Acá el creador del pato de Cleveland se despedía de su personaje de un modo tan sublime, tan zarpado y tan increíble, que casi ni daba para seguirlo. Nunca leí Hard Time, el siguiente trabajo de Gerber y quizás el último realmente importante antes de su muerte, ocurrida en 2008. Cebado como me dejó este libro, no te sorprendas si capturo y reseño Hard Time en las próximas semanas...

viernes, 10 de mayo de 2013

10/ 05: LA SANGRE DE LAS VALKIRIAS

Después de largos meses de ausencia, vuelve a este blog la historieta española, y nada menos que de la mano de Víctor Santos, uno de mis autores fetiche. Ojo, este no es el típico comic de Santos, primero porque no tiene nada que ver con la saga de Los Reyes Elfos, ni con el género noir, y segundo porque acá el prócer valenciano no dibuja, sino que se limita a escribir el guión.
La Sangre de las Valkirias, como su nombre lo sugiere, es una de vikingos y sí, tal como sospechás, se podría haber publicado tranquilamente en la revista Northlanders, en la que el maestro Brian Wood revitalizó este atractivo género. Habría que estirarla muy poquito, apenas un pijésimo, y La Sangre... podría ser un arquito de tres episodios de esa inolvidable serie de Vertigo. La trama combina la habitual violencia de estas sagas de sanguinarios guerreros con un misterio muy bien orquestado, sutiles toques de humor (bastante zarpado) y algo de erotismo. La historia arranca cuando el poderoso Harek, cacique de una tribu de implacables vikingos, se decide exterminar a todo el pueblo gobernado por Regner, sólo porque este abrazó la religión cristiana y renunció a Odin, Thor y los demás muchachos de los comics de Marvel. A la hora de llevarse algún souvenir de la aldea devastada por sus guerreros, a Harek se le ocurre llevarse a Dalla, la hija de Regner, y tomarla por esposa, obviamente sin consultarlo con la chica. El trofeo que trajo Harek llamará poderosamente la atención de sus tres hijos varones, mientras su hija mujer será quien mejor se entienda con la joven cautiva.
Ya te imaginás cómo sigue la historia, no? Tres muchachones, un padre ya veterano, una chica que les calienta la pava a los cuatro, una cultura acostumbrada a dirimir cualquier litigio, hasta el más pelotudo, por la vía de los duelos a hachazo limpio... En pocas páginas y con poco texto, Santos urde un intrincado laberinto de lujuria, violencia, poder y muerte, sin buenos ni malos (lo más parecido a un bueno muere en la página 4) y sin ninguna chance de un final feliz. De todos modos, aunque antes de la mitad de la novela intuís que va a terminar todo para el orto, jamás te imaginás cómo va a llegar ese final trágico: ni por la magnitud que cobra, ni por el último giro, el moñito de la anteúltima página, que es tan impredecible como brillante.
No nombré al dibujante, al elegido por Víctor Santos para acompañarlo en esta aventura: se trata de Pere Pérez, un dibujante catalán que hizo varios laburitos menores para DC y ahora está a full en Valiant. Lo que puede verse en este trabajo (de 2009) está bastante en sintonía con lo que publicaba Vertigo en Northlanders: Pérez muestra un estilo bastante crudo, visceral, sin virtuosismos ni pretensiones de elegancia. El trazo es fuerte, vigoroso, casi cabeza, con una línea en la que parece verse el lápiz desnudo, grueso, sin entintar, sin peinar ni bañar para la foto. La narrativa también subraya la potencia y la salvajada de lo que nos muestra la historia, y el color (de Joan Fuster) acompaña perfectamente al dibujo. Buen trabajo de Pérez, tranquilamente al nivel de lo que se ve en cualquier comic de Avatar, que es el sello donde más proliferan los dibujantes salvajes y viscerales.
Si te enganchaste con los vikingos por culpa de Northlanders, esto te va a cebar mal. Si te sumaste a la religión de los que veneramos a Víctor Santos y nos compramos cualquier cosa que lleve su firma, te va a encantar descubrirlo muy afianzado en la faceta de “guionista que escribe para otros”. Y si simplemente buscás una aventura intensa y jodida, con buenas dosis de sangre, tripas y violencia, algo de sexo, runflas malignas, muchas atrocidades y una lograda reconstrucción histórica, La Sangre de las Valkirias seguro te va a sacudir. Son sólo 52 páginas, pero muy impactantes y muy difíciles de olvidar. Háganle un lugarcito a Santos en el Valhalla de la historieta. Lo de este muchacho ya es digno de los dioses más pulenta de todos los tiempos.

jueves, 9 de mayo de 2013

09/ 05: CIELOALTO

De todas las cosas alucinantes que tiene la historieta, una de las que más me gusta es cómo se mezclan las dimensiones del espacio y el tiempo. En la historieta no existe el tiempo, con lo cual los historietistas despliegan un montón de recursos para suplirlo con el espacio, para mostrar el paso del tiempo de manera espacial. Cuando todo funciona bien, el tiempo y el espacio son lo mismo, y uno entiende sin mayor esfuerzo que lo que está a la izquierda pasa antes que lo que está a la derecha, y lo que está abajo pasa después de lo que está arriba. Este concepto (a priori muy delirante pero perfectamente asimilable en la práctica incluso por los niños) no sólo subyace en la gramática del idioma al que llamamos Historieta (o comic, o como te guste): también motoriza a esta originalísima creación de Diego Agrimbau y Leonardo Pietro, publicada primero “en fetas” por Fierro y más tarde recopilada en un hermoso libro por Agua Negra.
La ciudad de Cieloalto funciona como la historieta: para que el tiempo pase, hay que desplazarse en el espacio. En el barrio en que nacés, vas a ser siempre un nenito. En el de al lado, vas a ser siempre un pibe. En otro, siempre un muchacho, y así, hasta llegar a barrios en los que estás muerto, a los que no te conviene entrar. Es una idea loquísima, a la que Agrimbau le saca un jugo alucinante: Javier Dosaires, el protagonista, va a la escuela en un barrio donde tiene veintipico y se ve ridículo con el guardapolvo blanco. Se levanta a una mina a la que le gusta que le den masa en un galpón... de un barrio donde Javier tiene como 60 años y a duras penas se le para. Juega al futbol en una cancha donde, cuando defiende, tiene 7 años, y cuando ataca, 17.
Guarda: así contado parece gracioso, pero Cieloalto es un relato trágico, de gran contenido dramático. La vida de Javier no es una comedia ochentosa de Michael J. Fox, ni mucho menos. A lo largo de estas 80 páginas lo veremos presenciar todo tipo de injusticias, soportar pérdidas irreparables, sufrir por amor, traicionar sus propios códigos éticos y finalmente, tener la desgracia de sobrevivir a una tragedía de proporciones colosales para ser testigo de la muerte y la destrucción más horrendas. Poco antes de la mitad de la obra, Cieloalto se empieza a convertir lentamente en el escenario de una guerra civil cruenta, sin cuartel, entre los “permanentes” (los que tienen el poder de conservar siempre la misma edad mientras no cambien de barrio) y los “viajantes”, que son como nosotros, es decir, no cambian de edad según los desplazamientos espaciales, sino a medida que pasa el tiempo.
No quiero contar mucho más de la trama, porque si no la leíste quiero que te sorprendas como me sorprendí yo con los giros impredecibles que le pega Agrimbau a la historia de Javier y de esta bizarra ciudad. Simplemente quiero dejar sentado que por ahí el final no es todo lo grosso que uno esperaba, pero es coherente y sobre todo no es traído de los pelos. Para la página 33, el guionista ya tira puntas de cómo va a terminar todo en la última secuencia.
El dibujo de Pietro es excelente, sumamente expresivo, con una gran atención por los detalles y con menos viñetas por página que en Fergus, su otra obra en conjunto con Agrimbau. El dibujante tiene la imperiosa necesidad de dotar a los personajes de rasgos muy claros, muy marcados, que le permitan al lector identificarlos en 7 u 8 etapas distintas de sus vidas. No es fácil hacer esto sin caer en el grotesco, en la caricatura de brocha gruesa, pero Pietro lo logra con creces. Si leíste Cieloalto en la Fierro, seguramente recordás que había pocos fondos y que el color era un empaste tirando a horripilante. Olvidate: para esta edición, Pietro agregó bochas de fondos y acá el color se ve maravilloso, repleto de matices y sutilezas, dentro de una paleta más tranqui, menos estridente que la que vimos en Fergus. Otro laburo formidable de este talentoso dibujante argentino, merecedor de infinita más chapa de la que tiene hoy entre los fans.
No te dejes amedrentar por esa portada amarga y pecho frío: Cieloalto es una historia arriesgada, intensa, atrapante, basada en una idea demasiado zarpada para ser real y adornada con buenos diálogos, hermosos bloques de texto, situaciones muy variadas (de la comedia al drama, del erotismo light a la crónica de una masacre hardcore) y unos dibujos de primer nivel. Cieloalto, la ciudad que funciona como la historieta, le hace alto honor al arte que más nos gusta. No dejes de visitarla.

miércoles, 8 de mayo de 2013

08/ 05: POWERS Vol.3

Retomo esta serie que tenía abandonada hace más de 10 años. Me acordaba poco: que los protagonistas eran un tipo y una mina policías, que investigaban asesinatos en un mundo tipo Astro City, donde los superhéroes son cosa de todos los días, y que capaz que uno de ellos dos tenía superpoderes, aunque no los blanqueaba. Por suerte, no hacía falta recordar nada más para entender lo que pasa en este tomo.
Por desgracia, lo que pasa en este tomo es UN DESASTRE, una garcha, una tomadura de pelo. El libro arranca con un arco de tres episodios que se podría haber contado en uno, y que encima... no se resuelve! En el medio de la investifación, cuando Deena y Christian parecen haber encontrado a la testigo clave, la historia se interrumpe y queda ahí, trunca. Me salteo una historia a la que le quiero dedicar un próximo párrafo y llego a las 13 páginas de la historia titulada The Shark, una anécdota sumamente nimia e intrascendente, aunque hábilmente estirada por Brian Michael Bendis con los diálogos. Después, un montón de páginas que no son historietas, sino largos textos que fingen ser la transcripción de un juicio oral, intercalados con ilustraciones en blanco y negro de Michael Avon Oeming. Un juicio oral es aburrido incluso si te lo cuentan en forma de historieta... imaginate una transcripción en formato “solo texto”. A dormir al tercer párrafo.
Lo que le sigue es aún más ladri: 20 páginas en blanco y negro que fingen ser un librito para que los chicos coloreen, dibujen y resuelvan acertijos, laberintos y boludeces varias. De verdad! Los dibujos de Oeming mínimamente la reman, pero es un choreo a mano armada, mal. De ahí nos vamos a Mall Outing, la primera historieta que hicieron juntos Bendis y Oeming, para un especial de Jinx. Son cuatro paginitas, nomás, muy bien dibujadas y con un guión totalmente predecible y efectista, sin más intención que la de impactar a como dé lugar. Y para el final, bocetos de Oeming, portadas y una muy buena entrevista a Bendis, realizada por Alex Hamby.
Y me queda para rescatar Ride Along, la historieta de 25 páginas en las que Christian Walker comparte el protagonismo con... Warren Ellis! El eximio guionista del mundo real se mete en una ficción y durante las primeras 10 páginas la rompe con unos diálogos brillantes, en los que baja línea a ocho manos acerca de la industria del comic yanki, su desmesurada dependencia de los superhéroes y demás tópicos espinosos en los que coincido 100% con Ellis (y sospecho que Bendis también, aunque no le convenga blanquearlo). Pero claro, en las 15 páginas restantes se supone que tiene que pasar algo y ahí, como el resto del tomo, Ride Along se sumerge de a poquito en el pantano de la intrascendencia, sin la más remota chance de que uno se enganche con lo que le está por suceder a los personajes.
¿Por qué uno no pide demasiadas veces que esto se termine rápido? Primero, por lo ya mencionado: la habilidad de Bendis para pilotear con buenos diálogos estas historias más estiradas y con menos fundamento que las cautelares que benefician a Clarín y La Nación. Y segundo, la muy buena labor de Oeming al frente de la faz gráfica, con un estilo lindo, suelto, sin estridencias ni virtuosismos, muy jugado a la narrativa, a controlar obsesivamente los tiempos del relato mediante jueguitos con los tamaños de las viñetas, la reiteración de fondos y personajes, etc. Por supuesto, Oeming se luce mucho en esos dibujos que hacen las veces de fotos en ese episodio que quiere parecerse a una revista, y en esas ilustraciones en blanco y negro que fingen ser retratos de los implicados en el juicio oral. Liberado de los abundantes diálogos que mete Bendis y de la grilla de 146.000 viñetas por página, el dibujante aprovecha para pelar, para zarparse, para divertirse. Y está muy bien si no fuera porque uno pretendía leer buenas historietas, no mirar buenos dibujos.
Menos mal que tengo ya comprado el Vol.4 y menos mal que tengo mucha fe, casi la certeza de que esto va a repuntar. Si no, te juro que colgaba la serie acá y a la mierda Powers.

martes, 7 de mayo de 2013

07/ 05: BY THE NUMBERS

By the Numbers no existe. Es un título totalmente frutihortícola, inventado por un yanki que se cree muy listo, bajo el cual se publicaron en EEUU los dos primeros álbumes de La Vie de Victor Levallois, una serie que en Francia tuvo apenas cuatro tomos, aparecidos de modo muy espaciado entre 1990 y 2004. Creada por el guionista Laurent Rullier y el dibujante Stanislas (uno de los fundadores de L´Association, a quien ya vimos por estos lares), La Vie de Victor Levallois nos invita a rememorar las peripecias vividas allá por 1949-50 de un tímido y formal asistente de contaduría parisino al que la vida transplanta a un contexto totalmente distinto.
Lo mejor que tiene la serie es que se nota mucho que Rullier y Stanislas no crean a Victor como el enésimo clon de Tintin, el muchacho aventurero que hoy anda por Vietnam, mañana por el Congo y pasado por el Amazonas. La línea clara, la estructura del primer álbum, hasta las portadas parecen sugerir que se trata de un personaje más en esa ilustre tradición franco-belga, pero cuando lo leés, rápidamente te cae la ficha de que es al revés: a Rullier lo obsesionaba el tema de Indochina, de los franceses metidos en ese hervidero que en los ´50 sería Vietnam, y simplemente buscó un personaje al que insertar en ese contexto, tan rico como poco explorado por la historieta francófona. Como el principal atractivo que tenía Indochina para los franceses de fines de los ´40 era la guita fácil que podía obtenerse mediante un no tan sofisticado curro legal, el guionista se decide por un asistente de contaduría, al que con el correr de las páginas veremos evolucionar, crecer muchísimo y convertirse en mucho más que ese pibe tímido preocupado por los balances y los movimientos de caja.
El primer álbum, Trafic en Indochine, arranca bárbaro y se cae un poquito al final: la resolución es un tanto simplista y no se explica por qué Victor se olvida por completo de su vida anterior, de la encantadora novia que dejó en París, y se zambulle de cabeza en esta remota y extraña sociedad en la que tendrá que codearse con malvivientes de toda índole para salvar el pellejo. El segundo, La Route de Cao Bang, es muchísimo más redondo, más potente, más relevante. Con el elenco ficticio ya presentado, Rullier se juega a meter mucho más a la realidad, a los verdaderos hechos históricos que sacudieron a esa región en 1950, cuando todavía se llamaba Indochina Francesa y estaba en medio de una guerra que sería barrida abajo de la alfombra simplemente porque luego vendrían guerras más terribles (la de Argelia para Francia y la de Vietnam para los locales). O sea que, además de atraparte con las peripecias que vive Victor, su fatídica historia de amor, los tremendos kilombos en los que se mete por rosquear con gente muy pesada y demás, Rullier y Stanislas nos hacen vivir situaciones históricas reales, perfectamente documentadas y perfectamente integradas a la saga ficticia en la que nos sumergieron desde la primera página.
El dibujo de Stanislas (ya lo dije en la reseña del 16/05/12) me recordó instantáneamente al de Pablo Zweig. No al Zweig de los ´90, sino al de ahora. Y claro, la influencia principal es la de Hergé, que está presente en todo, en cada fondo, en cada plano, casi en cada trazo. La puesta en página tiene sutiles toques: Stanislas rompe de vez en cuando la grilla de cuatro tiras para pasarse a una de cinco, con viñetas más chiquitas, y lo hace cuando tiene que mostrar que están pasando muchísimas cosas a gran velocidad. En el color, no hay ni una pincelada que lo aleje del planteo estético del maestro, aunque en el trazo en sí, se pueden observar cositas heredadas de Yves Chaland, uno de los grandes renovadores de la línea clara. Pero son detallitos (los nudillos, por ejemplo). En casi toda la faceta visual de la obra, Stanislas se siente cómodo respetando a rajatabla los preceptos gráficos y narrativos de Hergé y de sus seguidores más fieles, que en aquel entonces todavía eran unos cuantos.
No sé para dónde irá la historia de Victor Levallois en los dos tomos que faltan, que obviamente no se editaron en EEUU. Lo que más me interesó de estos dos primeros es cómo una serie que pintaba para el lado de la aventura exótica terminó por lucirse en el terreno de la aventura histórica. Eso y el notable desarrollo del personaje protagónico, que junta expieriencia y chapa página a página, a medida que se las ve realmente fuleras. Dicen que Rullier y Stanislas crearon estos primeros álbumes cuando eran muy jóvenes y que en las posteriores reediciones metieron muchos retoques para corregir errores. La verdad, en esta versión se ve todo muy, muy bien, sumamente prolijo y profesional. La única forma de no engancharse con esto es que no te guste el comic de aventuras, o que tengas una particular aversión por la línea clara clásica, que es el paradigma desde el que dibuja Stanislas Barthélémy. Si no, estoy seguro de que vas a querer hacerte amigo de Victor y bancarlo en todas.

lunes, 6 de mayo de 2013

06/ 05: ANYA´S GHOST

Vamos con una papita fina reciente, una novela gráfica de 2011 y además la primera obra extensa de Vera Brosgol, esta joven autora nacida hace 29 años en Moscú y radicada desde muy chica en los EEUU, a la que hasta ahora sólo habíamos visto en historias cortas.
Lo único medio choto que tiene Anya´s Ghost es que parece confirmar la existencia del subgénero “novelas gráficas en blanco y negro, aptas para todo público, de ambientación suburbana, protagonizadas por chicas adolescentes pertenecientes a minorías étnicas o con problemas de adaptación a la típica escuela secundaria yanki, narradas en tono de comedia, casi siempre centradas en el slice of life y a veces con elementos fantásticos, dibujadas en estilos semi-funny, con una línea limpita y fácil de llevar a la animación”, subgénero que jugó de local en la efímera línea Minx de DC y que incluso sobrevivió a la desaparición de la misma, como vimos en Diciembre del año pasado con Friends With Boys, de la canadiense Faith Erin Hicks.
Los puntos en común con dicha obra son tantos, que recomiendo enfáticamente releer la reseña, publicada el 07/12/12. Incluso el fantasma, el misterio acerca de la muerte de esa persona que hoy es un alma en pena, los secretos semi-enterrados en el pasado de un pueblito... Si no son obras gemelas es porque el elenco de personajes secundarios tienen menos similitudes y porque en la página 153, Anya´s Ghost pega un giro magistral y totalmente impredecible, que la despega totalmente de cualquier otra historieta parecida. La obra de Brosgol tiene apenas 10 páginas más que la de Hicks, pero parece más extensa porque los personajes hablan bastante menos y pasan menos cosas, es un relato claramente más descomprimido.
El dibujo de Brosgol es perfecto, demasiado bueno para ser real. La rusa/yanki tira sobre la página todo su background en el campo de la animación, gracias al cual sus personajes son sumamente expresivos, plásticos, con movimientos y gestos que parecen reales a pesar de estar dibujados en un estilo semi-funny. La vista fluye con total comodidad por las páginas, las secuencias están armadas con solvencia y con gran atractivo, los fondos están siempre que tienen que estar y el agregado de un tercer color (un gris violáceo al que Brosgol le saca 8.000 tonalidades distintas) suma muchísimo a la hora del equilibrio entre masas negras y espacios blancos y a la hora de los climas, que por momentos se ponen ominosos y heavies, para luego dar paso a nuevas escenas en las que manda la típica comedia light de escuela secundaria.
Y a todo esto, ¿el guión está bueno? Sí, excelente. Los diálogos están afiladísimos, los conflictos son creíbles (incluso el fantasma es creíble), el personaje de Anya está laburadísimo y –lo más interesante- el ritmo es alucinante, no decae nunca, en ningún momento te ofrece la posibilidad de decir “hasta acá llego” y cerrar el libro antes de llegar a la última página. Cuando la cosa se pone espesa, Brosgol se las ingenia para que sientas que está todo realmente mal y se viene la noche posta, y en todo el extenso tramo sin elementos fantásticos, logra que todos los clichés que ya viste en infinitas series, películas y comics de adolescentes yankis que van a la secundaria se sientan frescos, gancheros y sobre todo genuinos. Si algún personaje te resulta medio pavo es, precisamente, porque están en la edad del pavo. Y sin embargo, Brosgol no verduguea en forma desmedida a ninguno, ni siquiera a los que hacen cosas que a todas luces pueden dañar a sus semejantes. La autora no juzga a sus creaciones, las deja ser, hacer y crecer, y eso es un mérito inmenso.
Y ya está: después del combo Friends With Boys + Anya´s Ghost, me bajo del subgénero. Veré cómo hago, pero la próxima vez que First Second ofrezca una novela gráfica de una autora joven, con onda de comedia juvenil y protagonista adolescente, voy a aprovechar que la Naturaleza me dotó generosamente para ese rol y me voy a hacer bien el boludo. Pero claro, después sale algún autor grosso a decir que la nueva obra del subgénero es una obra maestra (como hizo Neil Gaiman con Anya´s Ghost), y uno cae de nuevo en la trampa. Ojo: son historietas hermosas, sumamente disfrutables, más allá de que uno no sea mujer ni adolescente. El tema es que si las autoras se ceban mal con esta onda y no se mueven de ahí, corren el riesgo de quedarse estancadas, de repetir la formulita hasta aburrir, lo cual sería un bajón, porque son minas jóvenes, de indiscutible talento y un techo todavía lejano. Veremos para dónde agarra Vera Brosgol en su próximo trabajo, que ojalá se edite pronto.