el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 11 de diciembre de 2019

LOS 10 AÑOS DEL BLOG

Como habrán notado algunos, este blog está por terminar su décima temporada. Eso significa que está por cumplir diez años de presencia ininterrumpida en la web. El 01/01/20 se cumplen exactamente 10 años de la aparición del blog, una animalada. Para ese día, vamos a andar por las 2520 entradas, lo cual también es una bestialidad. Lo que empezó como un desafío que iba a durar 365 días, está por llegar a los 3650.
Me parece que semejante bizarreada merece una celebración y para eso les propongo reunirnos el sábado 28 de este mes a las 17 hs en el sótano de Sector 2814, la comiquería ubicada en Suipacha 892, ciudad de Buenos Aires.
¿Qué vamos a hacer? La idea es charlar un poco acerca de luces, sombras, tradiciones y tendencias en la difusión de comics en la era de web y las redes sociales. Y después, si vienen y se copan, prometo responder todas las preguntas que quieran hacer acerca de cómo se hace el blog, cómo se sostiene un espacio así a lo largo de 10 años, etc. Hasta pueden proponer ideas para incorporar en la undécima temporada que –lógicamente- arrancará los primeros días de 2020.
Para la charla inicial invité a tres jóvenes colegas a los que sigo en los distintos canales en los que hablan (o escriben) sobre comics: Nicolás Gath (del podcast Tierra X), Matías Mir (escriba del blog Zinerama y el sitio Ouroboros) y Gonzalo Ruiz (del podcast y el sitio 9 Paneles). Entre los cuatro vamos a tratar de abordar el tema en cuestión, y por supuesto quienes asistan también podrán participar.
Seguramente al final habrá un brindis, con gaseosa y agua saborizada. La entrada es gratuita, pero vale colaborar trayendo bebidas, o incluso libros que yo no haya reseñado nunca en el blog, y que me quieran obsequiar para que yo lea y comente (comic yanki o británico, sólo en inglés, no vale traducciones). ¿Te llama la atención, o te llena de un odio visceral que en 10 años de blog nunca haya hablado de… Peanuts? Traete un libro de Peanuts. O de lo que sea que te parezca que se merece una reseña. Acepto hasta mangas de Masami Kurumada, mirá lo que te digo. El límite (obvio) es Gaturro. Cualquier otra cosa editada en libro y que no sea la traducción de un comic anglófono a otro idioma, está perfecto (sí, comic argentino en italiano o francés también).
El festejo de los 10 años del blog va a terminar un cachito antes de las 18:30 y a esa hora va a arrancar una Trivia, un concurso de preguntas y respuestas sobre comics en el que cualquiera se puede inscribir, también en forma gratuita. El (o la) que gane se va a llevar una cantidad grosera de premios.

Bueno, nada más. Acá abajo está el afiche del evento, en tamaño grandote para que se vea bien. Nos vemos, escuchamos, olemos y toqueteamos el 28 con quienes se copen y asistan… y con el resto nos seguimos leyendo, acá en el blog.

lunes, 9 de diciembre de 2019

EL FIN DE LA CHETOCRACIA

Y ahora sí, se terminan cuatro años de un gobierno horripilante y nada de lo que venga de acá en más puede ser peor que lo que vimos y sufrimos estos cuatro años. Eso, por sí solo, es motivo de celebración y allí estaremos mañana, cantando en la Plaza hasta tener que tirar la garganta a la basura. Mientras llega ese ansiado momento, comparto las reseñas de los últimos libritos que leí.
Retazos de Vida es una breve historieta (44 páginas) realizada por el maestro Ralf König en 1989. Inspirado por una situación muy grotesca que escucha en la radio (y nos narra de modo graciosísimo con sus dibujos), König se propone a contar en forma de historietas anécdotas graciosas o zarpadas de la vida real, aportadas por sus amigos, que son mayormente muchachos homosexuales de clase media/alta que viven en las grandes urbes de Alemania. El propio König aparece entre historia e historia para ponerlas en contexto, contarnos a quién le sucedió, o quién se la contó a él, mientras interactúa con su pareja o con algún otro amigo gay que lo visita en su estudio.
Hay cuatro historias muy buenas, con gran poder humorístico y que además sirven para ilustrar aspectos interesantes, quizás polémicos, de lo que era la vida de los varones gays en Europa a fines de los ´80: la historia de los predicadores evangelistas que se inmiscuyen en el departamento de los putos después de una noche de descontrol, la del gay experimentado que tiene una cita con un jovencito que se las da de punk y guacho-pistola, la de la pareja que se ve obligada a blanquear que son “más que amigos” durante la visita a la casa de la madre de uno de ellos, y la más desopilante, la que más juguetea con el grotesco, que es la de la marcha del orgullo gay. Y después hay algunas breves anécdotas más, que podrían tranquilamente no estar.
König arma la página en cuatro tiras, con tres o cuatro viñetas por tira, o sea que hay bastante para leer en 44 páginas. Casi no tiene viñetas mudas y varía muy poco los enfoques, como si estuviera narrando con la cámara fija. Eso me transmitió una sensación rara, como de obra de teatro, o sketch de los viejos programas cómicos. Me parece que esto originalmente fue hecho a color, y la edición de La Cúpula cambió esos colores por distintos tonos de grises, de un modo no muy convincente. Pero dentro de todo, el trazo de König resiste con aguante esos grises empastados, ya que su atractivo pasa –claramente-por otro lado.
Breve, sobrecargada de información sobre la vida íntima de estos muchachos y repleta de coqueteos con la autobiografía, Retazos de Vida no es ni en pedo la mejor obra de este ícono de la comedia. Pero si sos muy fan de König o si nunca leíste nada de él y querés ver qué onda “ese alemán que hace historietas cómicas con protagonistas putos”, lo más probable es que por lo menos algunas de estas anécdotas te atrapen o te arranquen una sonrisa.
Con sus exiguas 70 páginas, El Ziggurat también corre el riesgo de ser considerada “una obra menor” dentro de la exhuberante bibliografía de Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena. Pero si le das una oportunidad (cosa que los fans de la dupla suelen hacer con TODAS sus obras) te vas a encontrar con una muy buena historia en la que Mazzitelli nos invita a reflexionar acerca de lo fácil que es manipular pelotudos para que crean que son capaces de gobernar, de ostentar poder, autoridad, majestad. El Ziggurat es una especie de remake de Being There (conocida en castellano como “Desde el Jardín”) con monstruos y demonios zarpados. De hecho, el personaje que cree ser el protagonista de la trama también es jardinero, como el inolvidable Chauncey Gardiner de la novela (y el film) de Jerzy Kosinsky.
Poderosos exorcistas, sensuales sacerdotisas, eunucos y cortesanos varios llevan y traen, juran lealtades que luego traicionarán y se entreveran en una historia que siempre gira sobre el mismo eje: el poder. Los sacrificios que hay que hacer, lo garca que hay que ser, lo clara que la tenés que tener para tener el poder y que el poder no te tenga a vos. Todo esto condimentado con guerras, masacres y un clima bastante más violento que en la serie promedio de Mazzitelli y Alcatena. Hay un sólo personaje al que Eduardo le hace pegar demasiados volantazos (Inanna) y el resto no sólo es realmente imponente sino que llega a ponerte muy nervioso.
La faz visual nos muestra a Alcatena encendido como pocas veces. La ambientación elegida (una versión mítica, despojada de todo rigor histórico, de la antigua Mesopotamia) le da a Quique material para desplegar las alas de su inagotable imaginación y ametrallarnos con una sucesión interminable de criaturas, palacios, monumentos y demonios de esos que te hacen caer la mandíbula al piso varias veces por capítulo. La narrativa es excelente (no así en el episodio autoconclusivo que completa el tomo, donde el relato no tiene ni a palos la fluidez que vemos en El Ziggurat) y los recursos gráficos que nos obsequia el plumín mágico de Quique son infinitos. Te juro que me compraría el libro sólo por las carátulas (en formato splash-page) con las que Alcatena abre cada capítulo.
Obviamente recomiendo a full El Ziggurat, a los fans de la dupla, de la historieta fantástica de alto vuelo, o de las obras que –disfrazadas de aventuras “de género”- se animan a indagar en temas espesos, de real trascendencia para el alma y la mente de la Humanidad toda.  

Chau, chetos, gracias por hacer todo tan mal. Caricias significativas en el orto, que ojalá les duela por años.

viernes, 6 de diciembre de 2019

VIERNES DE VERANITO

Hermoso clima en Buenos Aires en el último finde de la chetocracia, casualmente compuesto por los días 6-7-8. Y mientras nos preparamos para iniciar los festejos, no está mal clavar un par de reseñitas de los últimos libros que leí.
Mirá quién volvió: nada menos que Tarzan, con un librito de 1996 que reúne dos historietas realizadas por Russ Manning a mediados de los ´70, que estaban inéditas en EEUU. El maestro Manning realizó este material por encargo de editoriales de Europa (donde desde siempre la demanda de comics de Tarzan es mayor que en nuestro continente), tomando levemente como base algunos relatos de Edgar Rice Burroughs. El resultado son dos novelitas de 50 páginas cada una, que conforman un díptico porque ambas (The Land that Time Forgot y The Pool of Time) están ambientadas en la misteriosa isla de Caspak. ¿Qué hace Tarzan lejos de Africa, en una isla del Pacífico cerca de Perú? La explicación no me cerró en lo más mínimo.
En general, nada del argumento me cerró en lo más mínimo. Los guiones son una sucesión de peripecias extremas, hilvanadas de modo caprichoso de modo tal que cada dos o tres páginas Tarzan y sus aliados tengan que enfrentar peligros mortales. En vez de fieras africanas hay animales prehistóricos y en vez de bravos guerreros del continente negro tenemos cavernícolas, pero básicamente esto es más de lo mismo: aventura clásica sin profundidad ni sorpresas. Lo único apenitas zarpado es que cuando Manning habla del terrible trato que estos cavernícolas intentan darle a las mujeres (todas hermosas y de cuerpos esculturales) queda bastane claro que se refiere a abusos de tipo sexual, aunque el dibujo no lo grafique. Todo lo demás suena antiguo, remanido, blandito. Las peleas sin sangre, los diálogos acartonados, los villanos estereotipados… Muy poco para rescatar en este aspecto.
Por suerte, el dibujo de Manning es muy lindo, muy plástico. También un poco pecho frío, a años luz de lo que para esta misma época hacía Joe Kubert en los comics de Tarzan que editaba DC, o incluso lo que hacía Gil Kane en las planchas que salían en los diarios. Manning se luce sobre todo cuando muestra a lo personajes en acción, de cuerpo entero. Los primeros planos me gustan bastante menos que esas tomas panorámicas, en las que el maestro también dejaba la vida en los fondos. Y me gustó también la puesta en página, muy funcional al ritmo de los relatos. O sea que si sos fan de Russ Manning, este librito es poco menos que imprescindible aunque sea por los dibujos. Y si sos fan de Tarzan, por ahí no, no te aporta demasiado. Si no sos fan ni del autor ni del personaje, ni te acerques porque no tiene ningún sentido.
Vuelvo a Argentina, año 2019, y me reencuentro con Rocío Ogñenovich (vimos un trabajo suyo el 27/10/19), quien a lo largo de 48 páginas presenta el inicio de una saga llamada Hera. Visto de lejos, es un comic precioso, parecido en su estética a un título cool de Image. Las tonalidades de color en la portada, el logo, todo va para ese lado, muy atractivo.
Después, a la hora de internarse en la historia, aparece un dibujo que evidencia algunos problemas a medida que la autora plantea planos más amplios. A la inversa de lo que comentaba recién de Russ Manning, los primeros planos de Ogñenovich son muy buenos, mientras que los planos más abiertos, donde los personajes se ven de cuerpo entero, me convencieron mucho menos. El color (rubro en el que la autora contó con la colaboración de Alejandro Basso) está muy bien logrado de punta a punta del tomito y ayuda bastante.
Pero Hera falla en lo más importante, que es la trama. Hay un conflicto, pero es leve, poco ganchero, y se explicita cuando ya van casi 30 páginas de… preludio a la aventura, que se liquida rápido y deja muchísimas puntas abiertas. La consigna ya la leí mil veces (una chica del mundo real pasa a un mundo fantástico con hechiceros, dragones, castillos, etc.) y la verdad es que, para que me enganche con algo tan trillado, hay que pelar personajes y diálogos bastante más interesante que los que me ofreció Hera. No descarto en lo más mínimo que el guión pueda mejorar en las entregas posteriores, pero estas 48 páginas me dejaron con gusto a poco. Una pena, porque la calidad de la portada y de la edición en general son realmente infrecuentes en nuestro mini-mercado.   
Nada más por hoy. ¿Habrá otro posteo antes de que asuman Alberto y Cristina? Ni idea, en una de esas hay. Y cierro con la noticia de que el 28/12, para los festejos de los 10 años del blog, vamos a tener la presencia de Nicolás Gath (Tierra-X), Gonzalo Ruiz (9 Paneles) y Matías Mir (Ouroboros, Zinerama), tres jóvenes referentes de la difusión del comic en las redes a los que sigo a todas partes y que me van a estar acompañando para pensar en voz alta sobre este tema. Un honor, posta.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

MIERCOLES COPADO

Sí, parece mentira pero es posta: el miércoles ya vamos a tener un nuevo gobierno y las probabilidades de que sea peor que el que se va son similares a las de que te atropelle un micro escolar en la esquina de Lavalle y Florida, un sábado de Enero a las 4 AM. Y mientras espero ese día de ir a cantar a la Plaza, tengo para reseñar un par de libritos más.
Tarde pero seguro empecé a leer Low, una serie iniciada en 2014 por Rick Remender y Greg Tocchini de la que salieron sólo 19 episodios (ni idea si terminó o quedó inconclusa, pero por ahí algún lector me desasna). Low es un comic de recontra-ciencia-ficción, ambientada decenas de miles de años en el futuro, cuando el sol se empezó a expandir hasta convertir en inhabitable la superficie de la Tierra. Los humanos que sobrevivieron se fueron a vivir en ciudades-domos bajo el océano, y mandaron miles de sondas al espacio, en busca de algún planeta menos hostil a donde mudarse. Pero las noticias que llegaron de estas sondas fueron escasas y desalentadoras.
El entorno, entonces, de este primer tomo de Low es el fondo del mar, donde viven Stel, sus hijos y su marido Johl, que es una especie de sheriff de una de las ciudades subacuáticas. Pero el status quo va a cambiar rápido y para el segundo episodio la familia de Stel estará hecha pedazos por una tragedia capaz de eliminar cualquier rastro de esperanza. Remender va a poner el foco ahí, en qué hacer cuando la esperanza agoniza, y va a plantear a Stel como una especie de elemental de la esperanza, como la mina que jamás se rinde, que jamás pierde la ilusión ni la convicción de que las cosas pueden resolverse, o al menos mejorar. Con unos ovarios monumentales, se pondrá al hombro el protagonismo de la serie y emprenderá una búsqueda heroica (algunos dirán suicida) de sus hijas y de una sonda que regresó con noticias que (en una de esas) son alentadoras. O sea que la machaca acuática con mega-chiches tecno, naves y trajes exóticos y criaturas alucinantes tiene también una especie de trasfondo filosófico, una ética, un mensaje que en general no había visto en otras de Remender, donde la violencia se explica y se impone por sí sola, sin profundizar demasiado.
Todo esto, sin embargo, corre el riesgo de pasar absolutamente desapercibido, porque MUY por encima de cualquier logro de Remender en materia de desarrollo de personajes, diálogos o contexto espacio-temporal, está el dibujo de Tocchini. Esta bestia oriunda de San Pablo (Brasil) deslumbra con su trazo hiper-estilizado, realista, muy detallado y de increíble fluidez. Me cuesta muchísimo describir (y ni hablar de explicar) lo que hace Tocchini en estas páginas, la elegancia que le pone a las escenas más bestiales, la majestad que ostentan sus decorados, sus paisajes… Visualmente, este es un comic realmente mágico, único e irreproducible. Encima Tocchini se colorea a sí mismo, también a un nivel superlativo. O sea que aunque no te interese en lo más mínimo el guión, te recomiendo sumergirte en Low para morir de emoción con los dibujos. Tengo por ahí el Vol.2, prometo entrarle pronto.
Hora de reencontrarme con Pancho el Pitbull, la tira que realizan el estadounidense Neal Wooten y el uruguayo Nicolás Peruzzo para… algún medio de EEUU. Como ya vimos en las reseñas de los tomos anteriores, la edición uruguaya tiene como gran atractivo la traducción al rioplatense realizada por el propio Peruzzo, que no sólo conserva sino que hasta potencia el contenido humorístico de la tira. A la hora de armar los libritos, Peruzzo mete mucha mano, agrega dibujos y hasta una historieta de ocho páginas 100% realizada por él, que me pareció brillante entre otras cosas porque rompe el molde de las tiras, todas (TODAS) divididas en tres viñetas de igual tamaño.
Es muy difícil bancar años y años de una tira siempre en ese formato tan restrictivo un poco por el cansancio que genera en el dibujante y un poco porque hay que ser un mago del timing para acomodar TODOS los chistes a esa grilla sin que pierdan efecto cómico. Por suerte Peruzzo se banca esas reglas tan estrictas, y Wooten (sin grandes destellos de originalidad) encuentra siempre nuevos lugares por donde llevar a la tira y que no se haga repetitiva o aburrida.   
El dibujo está muy bien, el color es excelente, después de cuatro libritos uno ya quiere a los personajes como si fueran amigos de toda la vida, y si bien nunca estallé en carcajadas, el aspecto humorístico funciona como debe funcionar en una tira de estas características, en buena medida gracias a los diálogos reformulados por Peruzzo para esta edición. Difícilmente las generaciones futuras se refieran a Pancho el Pitbull como una tira fundamental para entender el humor gráfico de nuestros días, pero pasar un buen rato sin mayores pretensiones, esto recontra-garpa.

Gracias por el aguante de siempre y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 1 de diciembre de 2019

LLEGO DICIEMBRE

Ya estamos ahí de fin de año, del fin del peor gobierno de la historia de la democracia y del festejo de los 10 años de este blog. Un mes colmado de expectativas en el que seguramente clavaremos los 10 posteos que le faltan al blog para llegar a la meta de los 120 a lo largo de 2019.
Hoy aflojo un toque con la historieta argentina y me embarco en un trip a Brasil, a fines de los´90, cuando el maestro, el grosso, el referente de varias generaciones llamado Angeli, empieza a producir esta tira magistral llamada Luke & Tantra, de la cual este tomo (titulado Sangue Bom) es el primer recopilatorio. ¿Me animo a afirmar que Luke & Tantra es lo mejor que leí de Angeli? Creo que sí. Me he reído muchísimo con historietas mucho más guarras, en las que cada cinco viñetas había garches, petes y eyaculaciones, pero esta tira (bastante más tranqui en ese sentido) me pareció más original, mejor pensada, mejor desarrollada y con más contenido.
También tiene que ver el hecho de que Luke y Tantra son dos chicas adolescentes, menores de edad, una de ellas todavía virgen, con lo cual no daba para irse muy a la mierda con las escenas de sexo. Las chicas de Angeli están todavía en la etapa pre-garche, en la que hablan de sexo y fantasean con tal o cual pibe, pero a la hora de la verdad, su experiencia en ese sentido es exigua. Por eso Angeli agarra para otro lado: la transgresión al palo va a venir desde la música. Luke y Tantra van a formar una banda de rock bien kilombera, con letras revulsivas, y de la nada las vamos a ver triunfar en el circuito alternativo de una gran ciudad brasileña. Imaginate el jugo que le saca Angeli a la posibilidad de reirse de los jóvenes rockeros, de la fama repentina y efímera, de los rebelditos que la van de alternativos, de la eterna pica entre skinheads y punks, de la relación intrínseca entre jóvenes, rock, escabio y falopa…
Y lo que no te vas a poder imaginar, lo que hay que ver para creerlo, es el nivel del dibujo de Angeli. Esto es sencillamente perfecto. Algunas de las tiras se publicaron originalmente en blanco y negro, y fueron coloreadas para esta recopilación. Detalle casi irrelevante, porque el libro ofrece (a modo de separadores) ocho ilustraciones de Angeli a lápiz, sin entintar, con mínimos toques de color también a lápiz… que a nivel gráfico son –lejos- lo mejor del tomo. O sea que el ídolo no necesita ni color ni tinta para dejarte atónito, babeando como un subnormal. Varias de esas ilustraciones a lápiz merecerían ser posters, sin ninguna duda. El libro se publicó en Brasil en el 2000, así que no sé si será fácil de conseguir. Yo se lo compré a un amigo que estaba haciendo limpieza de biblioteca y te juro que sentí el impulso de devolvérselo, de decirle “boludo, quedateló, esto es demasiado bueno como para venderlo, incluso a un amigo”.
Hora de sumergirme en el idiosincrático mundo de Inio Asano, para leer el Vol.8 de Oyasumi Punpun, la extraña y cautivante serie que empecé a leer hace exactamente un año (01/12/18). En este tomo, Asano canta “quiero vale cuatro” y directamente hace desaparecer a todos los personajes que venía desarrollando en las entregas anteriores. Ahora todo se centra en la relación entre Punpun y Sachi Nanjo, una chica varios años mayor que nuestro protagonista, a la que el autor le va a dar una tridimensionalidad, una profundidad impresionante, que rivaliza con la que acumuló a lo largo de siete tomos el propio Punpun. Miradas, silencios, proyectos, fracasos, celos, discusiones con y sin sentido, fantasías y complicidades van a ser las bases sobre las que se edifique un vínculo demasiado verosímil, demasiado real como para leerlo en un manga. Ahora sí, no extrañé en lo más mínimo al tío Yoichi, ni a ningún otro personaje de los tomos anteriores. Asano me cebó a pleno con la química entre Sachi y Punpun y sólo me interesa ver cómo evoluciona esa relación. El Vol.8 termina con un posible regreso de Aiko, y veremos si es posta o un amague más del autor para sumarle un conflicto al status quo de la serie, que llegó a un punto absolutamente hipnótico.
Me encantó la transición gráfica de Punpun, que arranca el tomo como un triangulito, después lo vemos como una pirámide y en un punto pasa algo, el pibe “se abre” y el dibujo de Asano lo acompaña y lo vuelve a mostrar en su forma de “pajarito-fantasma”. La idea de modificar la forma en que vemos a Punpun según la evolución de sus estados de ánimo es una de las tantas genialidades que nos ofrece Asano a la hora de dibujar este manga. Las demás, creo que ya las mencioné en otras reseñas, así que… ´nuff said. Banco a full esta serie, pero antes de entrarle a los cinco tomos finales, voy a hacer un parate para leer otros mangas, así no me aburro.

Nos seguimos leyendo muy pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

jueves, 28 de noviembre de 2019

JUEVES PACHORRO

Mi consigna para hoy fue no salir de mi casa, y por ahora la estoy cumpliendo a rajatabla. Aprovecho, entonces, para sacar con fritas las reseñas de dos libros que leí en estos días.
Conseguí en oferta los tomos que me faltaban para completar Gipsy, o sea que esta reseña del Vol.4 es secuela de la del tomo anterior, publicada el 07/11/11. Si hace ocho años la trilogía original de Gipsy ya tenía rasgos de “comic viejo”, que la anclaban a la época de su realización (primera mitad de los ´90), seguramente eso debería molestar más si agarro esta cuarta entrega 22 años después de su aparición en Francia, no? Sí, en algunas cosas sí.
El guión de Thierry Smolderen no era una maravilla en 1997 y leído hoy, suena bastante a “más de lo mismo”. El personaje de Mirno nunca me cerró, el personaje de Rosalynn está bastante al pedo, las distintas facciones de malvivientes que confrontan con “los buenos” aportan más confusión que otra cosa, la asesina silenciosa de la moto y las gafas oscuras nunca se explica… por momentos es todo un kilombo, una sucesión de excusas (que se tropiezan unas con otras) para que estalle la violencia. Lo más rescatable es el subtexto satírico con el que Smolderen se caga de risa del fanatismo ciego e irracional que el futbol produce en las masas. Esa sensación (tan conocida por los argentinos) de que una final de un campeonato de futbol hace que “se congele el mundo” está muy bien plasmada en el álbum, como explicación para algunas cosas medio inverosímiles y como disparador de situaciones en las que la violencia llega de la mano del humor.
Y por supuesto lo que hace irresistible al álbum (sobre todo cuando está en oferta) es el dibujo de Enrico Marini, muy por encima de lo que vimos en la trilogía original. Quizás el color no sea tan elegante, ni tan expresivo, pero el trazo del suizo está mucho más suelto, más dinámico, más afilado. El equilibrio entre una estética básicamente realista y los rasgos caricaturescos de algunos personajes está muy bien logrado, las escenas de acción (en su mayoría mudas) son tremendas y por supuesto Marini aprovecha a pleno la posibilidad de tener pocas páginas de 9 ó 10 viñetas. Gran trabajo de un dibujante que ya estaba en un punto alucinante de su madurez como profesional. Me queda otro tomo Gipsy (autoconclusivo, como este) en el pilón de los pendientes. No se si se va a Diciembre o si queda para el 2020. Veremos.
Salto a Argentina, año 2019, para leer uno de los cuatro o cinco mejores comics de autores locales aparecidos este año. El Ultimo Recurso, de Lubrio y Kundo Krunch, propone un torbellino de acción, combates, diálogos ingeniosos y personajes estrambóticos que me resultó totalmente adictivo y satisfactorio.
Cualquier comic que en la cuarta página nos ofrezca una splash-page de un tipo empomándose a un cadáver me tiene entre sus fans, pero El Ultimo Recurso va bastante más allá del impacto de la necrofilia, los vómitos, las decapitaciones y las puteadas. Lubrio banca de punta a punta del tomo una aventura trepidante, y la sostiene en un argumento lineal, sólido, pero sobre todo en el desarrollo de un grupo de personajes sumamente atractivos, a los que cualquier lector de este libro querrá volver a ver. La dinámica del equipo, los poderes y las personalidades de estos freaks, hacen que El Ultimo Recurso trascienda los confines de la historieta de aventuras con monstruos y machaca para aspirar a cautivar a un lector más exigente, a cuya inteligencia apela todo el tiempo el guión de Lubrio, incluso cuando nos salpica con tripas, vómitos y bizarreadas varias.
La mejor decisión de Lubrio, sin embargo, es no haber dibujado él mismo este guión. El estilo gráfico del creador de Lucy Niestra y Zoila Zombie va mucho mejor –me parece- con otro tipo de relatos. Y además, a la hora de buscar un dibujante, Lubrio se sacó la lotería, el PRODE y el Quini 6 de la mano del marplatense Kundo Krunch, a quien (desde que cambió radicalmente de estilo) hemos visto progresar a pasos agigantados. Entre este trabajo y el que vimos el 03/10/19, Krunch se dio el lujo de firmar en muy poquito tiempo dos obras absolutamente imprescindibles, que seguro estarán entre lo más notable de este extraño 2019. Y ni me quiero imaginar lo que viene.
Recomiendo mucho El Ultimo Recurso, espero que Lubrio y Kundo produzcan infinitas secuelas y comendo a la editorial Libera la Bestia por apostar a un proyecto como este, que no cualquiera te edita un libro de 80 páginas a todo color con esta calidad.

Nada más, por hoy. Estamos a exactamente un mes del festejo de los 10 años del blog, así que muy pronto habrá más información para lso que estén con ganas de venir a acompañarme el 28 de Diciembre en Sector 2814. Au revoir.

martes, 26 de noviembre de 2019

ESSENTIAL FANTASTIC FOUR Vol.9

Bizarro flashback a los albores del blog, al lejano 17/08/10, cuando me tocaba reseñar el essential anterior a este. Y sí, volvemos a la Verdul Age, con un nuevo masacote que trae básicamente todo lo que se publicó de los Fantastic Four entre mediados de 1977 y mediados de 1979. O sea que arrancamos en el nº 184, cuando todavía Len Wein escribía y coordinaba esta serie, y llegamos hasta el nº207, justo a la mitad de la etapa de Marv Wolfman, en la que ya estaba Jim Shooter como Jefe de Coordinadores y no dejaba que los guionistas coordinaran además las series que escribían.
La transición de Wein a Wolfman es casi imperceptible: Ninguno de los dos sorprende ni entusiasma demasiado en su paso por esta serie, que –digamos la verdad- en los ´70 era más bien intrascendente. Wein se da el lujo de dejar la serie tras el nº194, con los Fantastic Four disueltos hacía ya varios números. Esa es la única idea interesante que aportan los números escritos por el co-creador de Wolverine y Swamp Thing: separar al cuarteto y empezar a contar historias en las que las vidas de Reed, Sue, Johnny y Ben prácticamente no se cruzan. Ni siquiera resuelve el plot de los poderes de Reed (los perdió en el tomo anterior): eso quedará para su sucesor y amigo Marv.
Y por supuesto, Wolfman empieza a construir de a poco el regreso triunfal del cuarteto, que coincidirá (lógicamente) con un nº200 un poco mejor que el promedio de estos años y un nº201 malísimo, pero donde se oficializa la vuelta de Reed (ya con los poderes de siempre), su esposa, su amigo y su cuñado como equipo. De ahí en más los guiones vuelven a sumergirse en los pantanos de la irrelevancia y el aburrimiento, con la aparición de uno de los villanos más pedorros de todos los tiempos (the Monocle) y con tres de los FF mezclados en una saga cósmica que empalmaba con las tramas que Wolfman venía desarrollando en la revista de Nova, y que obviamente vendía mucho menos que la de los Fantastic Four. Esa saga se va a extender muchos números, prácticamente hasta el final de la Era Wolfman, así que para enterarse cómo termina hay que comprar las revistitas o el TPB que recopila los primeros números de John Byrne en esta serie, que son parte de esa poco atractiva epopeya.
Len Wein tiene como dibujante en casi todos sus números a George Pérez, mientras que en casi todos los números de Wolfman el dibujante es Keith Pollard. Pero claro, falta un dato fundamental y es que el entintador de toda esta etapa es Joe Sinnott, un tipo con un estilo tan fuerte, tan marcado, que se lleva puestos a todos los dibujantes a los que entinta. El cambio de Pérez a Pollard, por ejemplo, no se nota ni en la anatomía ni en las expresiones faciales. Hay que estudiar detalles menos superficiales como la puesta en página o cierto despliegue de detalles en los fondos, porque Sinnott hace que ambos dibujantes se vean básicamente idénticos. Lo mismo pasa cuando entra algún suplente a cubrir un bache o dibujar un Annual. John Buscema logra traspasar apenitas el estilo aplastante de Sinnott con su virtuosismo en materia de anatomía y expresiones faciales, pero su hermano Sal, en cambio, no logra distinguirse en lo más mínimo de Pollard gracias al trabajo del entintador.
Lo bueno es que, incluso muy eclipsado por las tintas, Pérez transpira a full la camiseta y nos regala páginas espectaculares, mientras que Pollard (por entonces mucho menos conocido) pone todo lo que tiene y hace un papel bastante decoroso. Se nota bastante como a lo largo de los episodios se compenetra más y se entiende mejor con los guiones de Wolfman, a los que hace más amenos, menos densos. De hecho, una vez que Wolfman y Pollard se harten de los caprichos de Jim Shooter y se vayan a DC, seguirán trabajando juntos varios años, primero en Green Lantern y más tarde en Vigilante.
Y hasta acá llegaron los Essentials de Fantastic Four, lamentablemente. Con uno más, se podría haber cubierto todo hasta el nº232, es decir, hasta que John Byrne desembarca como autor integral. Pero no hay más, así que del nº208 en adelante me guardo las revistitas. Esta no es una gran época para la Primera Familia de Marvel, no son los comics que más me gustó releer ni mucho menos, así que se la recomiendo sólo a los fans extremos de Wein, Wolfman o Pérez, o al que quiera leer TODO Fantastic Four.

Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 21 de noviembre de 2019

DOS Y A CATAMARCA

A pocas horas de emprender otro largo viaje (¿el último del año?), me tomo un rato para redactar las reseñas de dos libritos que tengo leídos.
Retomo la lectura del Moon Knight de Jeff Lemire, que empecé el 01/11/19 (y andá a saber cuándo voy a terminar, porque son tres tomos y el tercero no lo vi jamás). Esto es un delirio, mal. Un comic que hace… diez años era impensable. 80 páginas sin villanos, en las que los “conflictos” se desarrollan en la mente del protagonista, cuando se enfrentan cuatro realidades distintas, que responden a las distintas personalidades en las que se fragmentó la psiquis de Moon Knight. Recién al final Lemire blanquea lo obvio, que es que todo lo que vemos pasa dentro de la mente del héroe y a su vez es todo un prólogo a lo que –supongo- va a pasar en el tercer tomo.
Si te quedaba alguna duda acerca de la salud mental de Moon Knight, este tomo te la termina de despejar: el paladín de Khonshu está totalmente chapa, y ese es el principal sostén de todo este arco argumental. Una alucinación, una exploración de la demencia como pocas veces se vio en este medio, una danza bizarra entre realidades que se interconectan en una psiquis hecha añicos. No es exactamente una aventura, pero igual te atrapa a full. Y sí, pegaría mucho más fuerte si en vez de 80 páginas fueran 48, o 60.
Esta vez Greg Smallwood tiene una participación mínima en la faz gráfica. Alguien (un genio) decidió que tres dibujantes invitados se hagan cargo de las secuencias protagonizadas por las distintas identidades de Moon Knight, en un juego hipnótico que nos permite incluso ver tres estilos gráficos muy distintos… ¡en la misma página! De los tres invitados, a Wilfredo Torres le tocan las escenas más tranqui, al alucinante Francesco Francavilla las más fuertes, las más violentas, y esas escenas de ciencia-ficción tipo Star Wars (que son las que menos peso tienen a nivel del guión) fueron a manos del glorioso James Stokoe, así que las disfruté enormemente. Otra locura brillante para esta serie, que sigue acumulando méritos para ser la mejor iteración de Moon Knight después de la etapa clásica (la de Doug Moench y Bill Sienkiewicz). Ojalá en algún momento me encuentre a buen precio el Vol.3.
Me vengo a Argentina, año 2019, cuando se recopila en libro El Rey de la Historieta, una novela gráfica de Federico Baert originalmente publicada por entregas (y a todo color) en un popular blog. La verdad que, al sacarle el color, el dibujo de Baert no pierde casi nada. Es un dibujo adusto, por momentos medio bestia, medio precario. Como un Marcos Vergara desangelado, sin el menor esfuerzo por agradar al lector. Muy eficaz en términos narrativos, pero visualmente un poco limitado. Voy a ser muy injusto con Baert, pero me imaginé esta historia dibujada por Peter Bagge y casi me desmayo de la emoción.
Claramente el fuerte de El Rey de la Historieta es el guión. La construcción del personaje central (Fabricio Barraza, el exitoso guionista de historietas infantiles que venden fortunas) y la tremenda sucesión de situaciones límite por las que atraviesa a lo largo de estas 78 páginas. La trama es un espiral incandescente de violencia, abyección moral y locura, teñida de un fatalismo devastador y un humor negrísimo, que destila hectolitros de mala leche. No hay muchas historietas así, tan jodidas, tan pensadas para incomodar al lector, con un mensaje tan contrario a cualquier tipo de corrección política, sin esperanza, ni empatía, ni solidaridad, ni ningún tipo de vínculo afectivo real entre los personajes.
Baert se jugó una carta fuerte y –por lo menos para mi gusto- ganó. A fuerza de truculencia, insensibilidad y sacudones tan brutales como verosímiles, Fabricio Barraza se convierte en un personaje definitivo, icónico, un arquetipo perfecto dentro de la categoría “tipos de mierda”.
Si no te molesta que el dibujo no sea virtuoso, y no te escandalizan los diálogos en los que se agrede sin ningún tapujo a mujeres, homosexuales, gordos, pobres, o chicos con Síndrome de Down, ni las escenas de abuso de drogas y alcohol, femicidios, pedofilia y canibalismo, El Rey de la Historieta te va a impactar. El tema es aguantar todo ese tsunami de sordidez y miseria y llegar al final. Para aquellos que lo logren, Baert tiene la más valiosa de las recompensas: no te deja salir del libro igual que como entraste. Sin dudas eso es lo que lo hace fundamental.

Gracias a todos por el aguante y nos vemos este sábado y domingo en la ColossusCom de Catamarca.

martes, 19 de noviembre de 2019

MARTES TRANQUI

Pasó Dibujados y ahora arranca la cuenta regresiva rumbo a ColossusCom, en Catamarca, próximo evento en mi infinito cronograma. Previo a eso, tengo un par de días bastante movidos, pero siempre hay un ratito para reseñar un par de brolis.
Empiezo con El Coyote, un álbum de 2016 en el que vuelven a colaborar la dupla integrada por el guionista Yves H. y su papá, el legendario maestro Hermann. Obviamente lo primero que llama la atención es lo espantosa que resulta esa portada, que encima se parece poquísimo a la de la edición francesa. Algún día entenderé por qué ECC se dedicó con tanto ahínco a publicar las grandes obras de Hermann… y a hacerle mierda las portadas.
El Coyote es un relato de sueños aplastados por una realidad cruel, injusta, sórdida, en la que no se cuelan ni cinco centavos de esperanza. Un mundo post-apocalíptico plagado de gente que quiere sobrevivir, emigrar a un lugar mejor, volver a empezar… y de gente que se aprovecha de la desesperación del prójimo para hacer su negocio, por supuesto manchado de corrupción y sangre de inocentes. Creo que el principal logro de Yves H. es la construcción de este mundo, esta atmósfera, esta sensación agobiante de que en un entorno que se ve bastante real y cercano, de pronto pasan todas estas cosas extrañas, angustiantes, truculentas. El personaje central (Sam) no me resultó particularmente carismático y los villanos son tan hijos de puta que por bien que los escriba Yves H., no se los puede redimir. Así que me quedo con eso: con el clima entre enrarecido y asfixiante y el ritmo de la historia, que es totalmente hipnótico.
Si venís siguiendo este blog hace un tiempo, habrás notado que sigo en forma incondicional a esta dupla y que en cada álbum encuentro cosas distintas que me atrapan y me dejan muy cebado. Eso habla de la gran versatilidad, sobre todo del guionista. Su papá,  dentro de todo, no cambia tanto de un álbum a otro. En todo caso acomoda la paleta de colores para plasmar mejor los distintos climas, pero al nivel del dibujo y la puesta en página, siempre tenemos al Hermann maduro, consagradísimo, ese capo que sabe darle a los relatos de aventura y violencia esa pátina de sofisticación tan linda, y que –cuando su hijo se lo permite- se pone la historieta al hombro con unas secuencias mudas que te hielan la sangre. Recomiendo a full El Coyote y ni bien vea más libros a buen precio, voy por más Yves H. y Hermann.
Hace relativamente poco (el 01/08/19) me tocó leer el Vol.2 de Manta y ya tengo leído también el Vol.3 de esta notable serie escrita por Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo. Comparado con el Vol.2, este es un tomito en el que pasan menos cosas: la trama va más para el lado de la investigación que para el de la acción, como para mostrarnos en detalle cómo se va complicando el entramado de negocios turbios y muertes que le cagó la vida 20 años atrás a Santiago, el taciturno protagonista de la saga. El ritmo más pausado le da a los guionistas el espacio necesario para desarrollar como corresponde a los personajes centrales (Santiago y su amigo Manuka) y para cocinar a fuego lento un subplot que de a poco se va poniendo espeso. Una vez más, el punto más atractivo de toda esta entrega son los diálogos, afiladísimos y sumamente disfrutables, al punto de que puteás cada vez que aparece una secuencia muda.
Esta vez, Mazzeo y Crenovich tuvieron menos suerte con el dibujante. En lugar del correcto Ignacio Lázaro (al que vimos bancar los trapos muy decorosamente en el Vol.2), acá tenemos a su hermano, Matías Lázaro, que me gustó bastante menos. Matías tiene inconsistencias muy marcadas, como si en una viñeta quisiera dibujar como Jok y en la de al lado como un dibujante del under yanki y en la siguiente como Bryan Hitch. No se ve un criterio estético uniforme, más allá del color, que está muy bueno y también es obra del dibujante. Tiene momentos en los que repite mucho los planos y otros (pasado el primer tercio del librito) donde se juega más y sorprende más con la elección de los enfoques y el armado de las secuencias. Así como está, es un trabajo aceptable, pero me temo que esto mismo en blanco y negro mostraría de modo más elocuente unos cuantos problemas que ojalá Lázaro logre solucionar a futuro. Por suerte, el Vol.4 de Manta lo está dibujando Nicolás Brondo, una garantía absoluta en materia de solvencia gráfica y narrativa.
Y bueno, eso. Sigo enganchado con esta conjura cada vez más bizarra, ambiciosa y valiente, que andá a saber para dónde puede llegar a derivar. En este tomo Crenovich y Mazzeo nos revelan tantas cosas que eran totalmente inimaginables leyendo los dos primeros, que no me animo a presagiar ninguna resolución sin arriesgarme a quedar como un nabo. Si todavía no te subiste a la saga de Manta, metele pata, no te quedes afuera que está muy buena, posta.

Nada más por hoy. Gracias a todos los que se acercaron a saludar en Dibujados y seguro habrá un post más antes del viaje a Catamarca. Keep tuned.

viernes, 15 de noviembre de 2019

VIERNES ALUCINANTE

Ya palpitando la decimonovena edición de Dibujados, paro un poquito la pelota para sentarme a reseñar un par de libritos que me devoré en estos últimos días.
Allá por 1999 o 2000, el guionista Gustavo Schimpp y el dibujante Horacio Lalia crearon una trilogía de álbumes para el mercado francés llamada Belzarek. Salió el Vol.1, al poco tiempo salió el Vol.2 (siempre en tapa dura, a todo color, en el clásico formato de álbum europeo) y antes de que saliera el Vol.3 la editorial puso una pausa, y poco después se fundió. O sea que el tercer y último tomo de Belzarek, las últimas 44 páginas, quedaron inéditas. Ahora el propio Schimpp (convertido en editor del sello Gorgona) lanzó el tomo integral de Belzarek, por primera vez completo y por primera vez en castellano. En el medio se perdió el color, pero la verdad que no era gran cosa. Tengo los dos primeros tomos en francés y ni en pedo me los quiero quedar, ahora que tengo la historia completa y en blanco y negro.
El dibujo del maestro Lalia se luce muchísimo sin los colores, y está repleto de detalles alucinantes, texturas, efectos… Lalia conoce a la perfección este medioevo mugriento y dark que elige Schimpp para ambientar la saga, y le pone todo a la documentación, con y sin referencias fotográficas. Y el tramo que transcurre en el Infierno le permite a Lalia imaginar sin límites, irse bien al carajo en la creación de un paisaje que combina horror, opresión y (satánica) majestad.
Schimpp escribe muy bien, con algunos recursos heredados de Robin Wood, y lleva la trama central con muy buen pulso a lo largo de los dos primeros tercios. Para el tercio final, el guionista incorpora una segunda trama (la clásica runfla entre demonios grossos para ver quién es el más capo del Averno) y eso deja medio en off-side al hilo argumental protagonizado por Chretien de Beziers. Que sigue avanzando, pero no parece conectar armónicamente con la otra línea, a la que Schimpp le da mucho más espacio y más desarrollo. Finalmente, cuando faltan seis páginas para el final, las dos líneas argumentales confluyen y todo cierra de modo má que satisfactorio.
Belzarek no es la Octava Maravilla del Noveno Arte, no te cambia la vida en lo más mínimo, pero es una linda historia de poder, corrupción, oscurantismo, horror, legados macabros y machaca sobrenatural, con muy buen nivel tanto en los textos como en los dibujos. Una de terror a la que se le puede entrar sin miedo.
Y sigo adelante con la inclasificable Oyasumi Punpun, ahora en el Vol.7, ya parte de la segunda mitad de esta obra del genial Inio Asano. La gran novedad de este tomo es la (breve) primera aparición del papá de Punpun, un personaje que -hasta ahora- aportó muy poco. Y el regreso de Yoichi, el tío, que no recupera el protagonismo perdido pero tiene una escena absolutamente memorable.
Todo el resto gira en torno a Punpun, ya lejos de la secundaria y buscando su lugar en el mercado laboral de la gran ciudad. No tiene mucho sentido hablar del argumento, porque lo que efectivamente pasa en este tomo es mínimo: Asano no tiene ningún apuro y hasta él mismo ironiza con lo lento que avanzan las tramas en esta serie. Me intrigó una escena centrada en personajes adultos a los que no habíamos visto nunca (veremos si más adelante eso conecta o no con la historia de Punpun) y me volví loco con esas casi 20 páginas contadas “en cámara lenta” en las que Punpun se cruza con Aiko en una estación de trenes. Esa secuencia hay que usarla en las escuelas para dar clase de ritmo narrativo.
Oyasumi Punpun se siente cercano, real, pero es un manga de otro planeta. Nunca en mi vida leí un manga (o un comic, en general) que se metiera tan a fondo en la psiquis de un personaje, que dedicara tantas páginas a explorar el mundo interior de un personaje, sus estados de ánimo (que además determinan aspectos centrales del siempre cambiante grafismo de Asano), sus sueños, frustraciones, filias y fobias. El contexto, la ciudad, la sociedad, el entorno, tienen su peso (obvio) y Asano no se guarda nada a la hora de retratarlos de un modo bastante crítico, aunque sin predicar ni bajar una línea demasiado evidente. Pero lo que realmente impacta es el viaje interior de este chico (ya te olvidás que Asano lo dibuja como un pajarito-fantasmita) hacia la adultez, narrado con una profundidad y una crudeza que yo nunca había encontrado en ninguna otra narración, con o sin dibujitos.
Y de los dibujitos del sensei Asano ya a esta altura ni me caliento en hablar. Cierro con la enfática recomendación de engancharse con esta extrañísima serie (idiosincrática hasta el tuétano) de uno de los mejores mangakas de todos los tiempos.

Domo arigato, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados.        

martes, 12 de noviembre de 2019

MARTES BRAVO

En medio de los estallidos en Chile, Bolivia y Haití, entre tanto sacudón informativo y polémica barata de redes sociales, me tomo un ratito para reseñar un par de libros que me terminé en estos días.
Empezamos en EEUU, año 2017, cuando se publica el primer TPB de Kill or be Killed, de los maestros Ed Brubaker y Sean Phillips. Se trata de un thriller urbano actual, violento, despiadado, con un elemento sobrenatural no tan enfatizado, una bajada de línea socio-política también bastante camuflada, y una construcción de personajes absolutamente brillante, sin dudas el rubro en el que más brilla esta serie, por lo menos en el inicio.
No quiero contar mucho de la trama. Sí subrayar que lo más interesante que tiene es cómo maneja Brubaker un dilema moral que ya conocemos los lectores de Nexus y Death Note. El protagonista, básicamente un flaco común y corriente llamado Dylan, tiene que matar gente y para eso elige sus víctimas entre personas irredimibles, auténticos hijos de puta. De nuevo tenemos a un “héroe” que convierte en fiambres a escorias de la humanidad, y de nuevo nos preguntamos lo mismo que en Nexus o en Death Note: ¿cuál es el criterio, cómo se decide –entre tanta mierda- quién es lo suficientemente mierda como para poder hacerlo boleta a sangre fría, sin sentir el menor remordimiento? Ni el mecanismo de ejecución ni los criterios para elegir a quién asesina Dylan se parecen a los de Nexus o Death Note, pero básicamente Brubaker está hablando de lo mismo. De hecho, la sincronía con el manga de Takeshi Obata y Tsugumi Ohba es tan notoria, que el personaje secundario más importante de Kill or be Killed se llama… Kira.
Una vez más, el zarpadísimo Sean Phillips se compenetra al 100% con el relato y nos ofrece una leve mutación en su grafismo, ahora con menos manchas negras, lo cual hace que se note un poco más cuándo dibuja posta y cuándo retoca fotos. La referencia fotográfica está muy, muy presente en estas páginas, seguramente para reforzar la sensación de que la historia que narra la dupla es actual, urbana y -en una de esas- hasta verosímil. La narrativa es ajustada, con muchísimo ritmo, con espacio para que cada tanto Phillips meta poquitas viñetas por página y deje el alma en cada una de ellas, y el trabajo de Elizabeth Breitweiser en el color es magnífico.
Kill or be Killed fue una serie corta, con sólo 20 episodios, y están todos reunidos en cuatro TPBs. No tengo los que le siguen a este Vol.1, así que no sé cuándo la voy a retomar, pero me dejó muy manija. Sí, acepto donaciones.
Vengo a Argentina, año 2019, cuando aparece el primer tomo de Los Prodigios, un nuevo intento de traer a nuestro país una historieta inequívocamente superheroica. Recomiendo repasar el texto que apareció en este espacio el 09/06/12, donde yo expongo por qué desconfío muchísimo de cualquier intento de transplantar esa temática 100% yanki a un país como el nuestro. Con eso en claro, debo decir que me sorprendió gratamente la forma en que el guionista Gastón Flores (ya vimos varios trabajos suyos acá en el blog) propone el siempre complicado transplante. Me gustó la decisión de arrancar con un grupo de superhéroes ya consolidado, me atrapó el contrapunto entre un personaje sumamente ingenuo (Laura/Aurea) y uno tremendamente cínico (Avefría) y me resultó atractivo cómo Flores deconstruye a un personaje que parecía muy pulenta (supongo) para reformularlo más adelante en modo villano. Todo esto con mucho ritmo, sin saturarnos con información, con bastante acción y con diálogos muy bien sintonizados al oído argento de hoy.
Lo que menos me cerró fue el villano, un monstruo genérico al que Flores no le interesa en lo más mínimo desarrollar. Había que hacer que los Prodigios lucharan contra algo, y bueno, en esta cantidad de páginas (64 sólo de historieta, más “documentación” y textos complementarios al estilo Watchmen) no hubo espacio para darle más bola a la amenaza. Tampoco para que se luzcan todos los integrantes del equipo, pero eso (de nuevo, supongo) sucederá en las entregas posteriores.
El dibujo de Sebastián Guidobono, muy flojito. Aceptable en los primeros planos (ahí algún distraído creerá que está leyendo un comic de Mariano Navarro) y muy precario cuando tiene que narrar “de lejos” y mostrar tomas panorámicas con los personajes de cuerpo entero. Ahí hay viñetas visualmente muy pobres, a las que por suerte levantan bastante los colores, también aplicados por Guidobono. Ojalá en la próxima entrega el dibujante logre superar aunque sea algunas de estas limitaciones.
Si sos fan del concepto de “superhéroes argentinos”, no tengo dudas de que Los Prodigios te va a cautivar, simplemente porque Gastón Flores hizo bien lo que unos cuantos suelen hacer mal.  

Y nada más. Hasta el 22 no me muevo de Buenos Aires, así que espero agarrar un buen ritmo de reseñas. Ah, sí, algo más: ya hay fecha para el festejo de los 10 años del blog. Sábado 28 de Diciembre a la tarde, en el subsuelo de Sector 2814 (Suipacha 892, ciudad de Buenos Aires). Ampliaremos.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

DOS Y A DORMIR

Estoy bastante cansado, con muchas ganas de irme a apolillar, pero estiro un poquito más la jornada del miércoles para reseñar un par de libritos que me bajé en estos días.
Arrancamos en 2006, cuando se publica en Francia una obra bastante extraña del maestro Manu Larcenet. Vida de Perros (una aventura rocambolesca de Sigmund Freud) parece un rejunte, un amalgam (para decirlo en términos comiqueros) entre dos ideas distintas, muy distintas, tan distintas que al fusionarlas en un único álbum, el autor descoloca incluso a los fans que lo seguimos a todas partes hace añares. Por un lado, tenemos la muy buena idea de mandar a Freud a recorrer los polvorientos desiertos de Estados Unidos, en la segunda mitad del Siglo XIX, cuando en buena parte de ese territorio el salvajismo todavía se imponía por sobre la civilización. Larcenet se toma totalmente en joda la figura del Padre del Psicoanálisis y lo reduce a una caricatura sumamente idónea para la comedia y el humor. Su adláter, Igor, es un personaje simple, unidimensional, también pensado totalmente en función del aspecto humorístico del álbum. “Freud recorre el Salvaje Oeste y vive bizarras peripecias mientras busca un cowboy para psicoanalizar” es un pitch infalible, de innegable atractivo. Le tirás ese anzuelo a cualquier editor y pica seguro.
Pero hay más: Vida de Perros se llama así porque el protagonista no es Freud (ni Igor), sino un perro. Un perro que camina sobre sus patas traseras, manipula objetos como si tuviera manos, viste pantalones y habla, en vez de ladrar. Todo lo importante que pasa en este comic, desde la primera página hasta la anteúltima, le pasa a Spot, este perro antropomórfico que –sin ninguna explicación- se codea con los humanos como si fuera uno más de ellos. ¿Qué es esto? ¿Es una metáfora? ¿En realidad Larcenet está hablando de cómo eran tratados los negros en los EEUU del Siglo XIX y en vez puso a un perro en lugar de un negro? Es bastante probable.
Lo importante es que la trama principal (la de Spot) es hipnótica, potente y está repleta de acción y de momentos en los que Larcenet nos invita a la reflexión. Y los contrapuntos entre el sofisticado doctor Freud y los violentos habitantes de estos EEUU jóvenes y rudimentarios también están muy logrados. Faltaría (en una de esas) explicar un poco mejor a Spot, o reemplazarlo por un humano de raza negra. Y terminar de fusionar mejor la magnífica trama que lo tiene como eje central con las hilarantes desventuras de Freud y su asistente, que a veces interrumpen el hilo del relato con cierta torpeza, como un flato estridente en medio de una suite para violín y flauta traversa. El dibujo de Larcenet, brillante como siempre, con algunos puntos de contacto con el estilo de Lewis Trondheim y muchísimos hallazgos en la puesta en página. Si lo ves a un precio razonable, entrale sin dudarlo.
A principios de este año me tocó reseñar el Vol.1 de Ladrones y Mazmorras, el primer recopilatorio en nuestro idioma de Dungeons & Burglars, la historieta de Rodolfo Santullo y Jok que aparece cada semana en la revista digital británica Aces Weekly. Se ve que la edición argentina/uruguaya tuvo buena aceptación, porque ya está en mis manos el Vol.2, de nuevo con varias historias cortas ambientadas en un universo al estilo Dungeons & Dragons, con guerreros, hechiceros, ladrones, reyes, princesas, piratas, y sí, dragones. El toque de distinción, que convierte a Ladrones y Mazmorras en una obra tan atípica como adictiva, es que todo esto está tomado para la chacota.
Santullo subvierte este clásico género de la aventura para brindarnos un festival farsesco, jocoso, por momentos irónico, por el que desfilan personajes entre inescrupulosos y entrañables, muy bien delineados. Esta vez hay aventuras un poco más largas, resueltas en dos episodios de 11 páginas, y otras más breves, donde todo se resuelve en la página 11. Me gustaron mucho una de las más largas (El Estandarte) y una de las más cortas (Un Trabajo Simple), dos historietas que –me parece- le hubiese gustado escribir a Carlos Trillo. Y las demás no están nada mal, eh? Todas tienen buen ritmo, diálogos graciosos, situaciones que le escapan al control de los personajes, buenos giros argumentales… Y por supuesto en todas se luce a full el dibujo de un Jok inspiradísimo, dispuesto a dejar la piel en cada viñeta y a tirar magias dignas de Quique Alcatena, Enrique Breccia o Mike Mignola en los fondos, las criaturas, la indumentaria y hasta en las expresiones faciales de los muchos y muy atractivos personajes. Un verdadero deleite para los ojos de cualquier fan del claroscuro.
Lo único que tengo para criticar es la cantidad de páginas del libro que NO ofrecen historietas y se despilfarran entre carátulas, separadores y páginas 100% en blanco, como si no hubiese más historietas de esta serie para traducir al castellano, o como si esas páginas (vacías como los negocios de la Avenida Córdoba en tiempos de debacle neoliberal) no encarecieran el precio que terminamos pagando por el libro. El resto, todo muy, muy disfrutable. Ojalá tengamos todos los años una dosis de Ladrones y Mazmorras… y más historietas de Santullo y Jok, ¿por qué no?

Gracias por el aguante y nos encontramos este viernes, sábado y domingo en la San Luis Comic Con.