el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 23 de febrero de 2020

DOMINGO DE DIEZ

Hoy justo se me juntaron para reseñar dos Vol.10 de dos series que vengo siguiendo hace un montón.
Empiezo con el Vol.10 de Oyasumi Punpun, el gran manga de Inio Asano, del que vimos el Vol.9 hace muy poquito. Esto es increíble, de verdad. No estaba preparado para que pasara lo que pasó en este tomo. La vez pasada yo hablaba de “el fantasma de Aiko” y ahora Asano veletea una vez más y convierte a la hermosa jovencita en la co-protagonista definitiva de la obra. Sachi sigue siendo el mejor personaje, obviamente, la que tiene los mejores diálogos, la que está mejor trabajada, mejor escrita. Pero el regreso de Aiko y lo que pasa entre ella y Punpun la deja muy en segundo plano.
El plot del gurú new age lanzado a la política queda bastante más relegado, varios de los personajes que debutaron en el Vol.9 aparecen muy poquito, en apenas un par de secuencias muy menores, sin peso en la trama. Y también en una sóla página, totalmente desenganchada de lo que Asano nos cuenta en este tomo, aparece… ¡el tío Yuichi! Genio y figura, Yuichi es como Juanfer Quintero en River. Un virtuoso, un distinto, eternamente relegado a tener muy pocos minutos en cancha. Ojalá este personajón (que algunos tomos atrás se morfaba la serie) deje de echar raíces en el banco de suplentes y vuelva a recuperar protagonismo.
El propio Punpun sigue también su errática evolución hacia un adulto maduro, todo el tiempo con cambios, replanteos, momentos de bajón, momentos de euforia, momentos de cabeza fría para maquinar, momentos en los que la calentura (en sentido sexual) no lo deja pensar… Imposible no sentirse identificado con algunas de las muchas facetas que nos muestra este personaje, demasiado tridimensional para estar hecho de papel y tinta.
El dibujo es (como siempre) de una calidad inverosímil, fastuosa, con una expresividad notable en rostros y cuerpos, y con la belleza indescriptible de Aiko como punto más fuerte del tomo. Oyasumi Punpun es un manga sin aventuras, casi sin chistes, con mínimos elementos fantásticos a los que apenas se les da bola, con vínculos afectivos demasiado enroscados como para considerarlos “románticos”, y con demasiada introspección para ser un slice of life. No hay un género que englobe o enmarque lo que quiso hacer Inio Asano en este manga. Es todo demasiado idiosincrático, personal, único, imposible de imitar y de encasillar. Me faltan sólo tres tomos para terminarlo, pero vamos a hacer una pausa, así leo otros mangas, y por ahí en Abril retomo esta maravilla.
Vamos con otra serie que llegó a su décimo tomo recopila-
torio: Escuela de Monstruos, el hitazo de El Bruno que apareció durante años en la revista Billiken. Esta vez la aventura tarda muchísimo en arrancar. El Bruno dedica las primeras 18 páginas a repasar los poderes sobrenaturales de cada uno de los chicos-monstruo que integran la pandilla de Tomás, condimentado con algunos chistes, pero sin nada que podamos percibir como un conflicto. La aventura y el conflicto cobrarán relevancia en las 26 páginas restantes, cuando un villano al que ya vimos ponga en marcha un plan para acabar con nuestros amigos. Por supuesto los chicos van a usar con gran ingenio los poderes que El Bruno nos explicó que tenían, y van a salir airosos una vez más.
Lo más atractivo del tomo es que –sin prisa pero sin pausa- El Bruno empieza a indagar un poco más en los inconmensurables poderes de Berta, sin duda el personaje más enigmático, el que puede disparar para cualquier lado. Si Escuela de Monstruos fuera un comic al estilo X-Men, ya te vaticino la saga en la que Berta se va a ver subyugada, poseída por su propio poder, que la va a corromper al punto de cometer un genocidio cósmico. Por suerte las chances de que eso suceda son ínfimas, como las que tengo yo de vencer en combate a diez rugbiers asesinos.
Al igual que Oyasumi Punpun, Escuela de Monstruos nos malacostumbró a un nivel de dibujo buenísimo, sumado a un color perfecto para este tipo de historias y a una narrativa clara, ágil, con secuencias bien armadas, planos muy variados y un cuidado especial para que la violencia se vea más cómica que agresiva. Otro comic sumamente recomendado para leer en 15 minutos y quedar como reyes regalándoselo a hij@s, sobrin@s, ahijad@s o mascotas bípedas.

Nada más, por hoy. A disfrutar de los feriados de lunes y martes y a prestar atención, que en cualquier momento clavo un nuevo posteo, acá en el blog.

viernes, 21 de febrero de 2020

REINOS DE VOID Vol.1

Mucho para celebrar en esta noche de viernes: mi cumpleaños, el arranque de un finde extra-large, el fin de 18 años de dan DiDio haciendo desastres como capo máximo de DC… Falta que liberen a Milagro Sala, nomás. Y bueno, esto se festeja con una reseña “de las de antes”, dedicada a un único y tremendo broli de más de 200 páginas, con muchísimo para leer.
Reinos de Void marca el debut como historietista integral de Santiago Villa, a quien nos cruzamos un lejano 20 de Enero de 2013, cuando me tocó reseñar una obra en la que trabajó como colorista. Se trata de una ambiciosa saga de espada y brujería, con caballeros, dioses y machaca, pero ambientada en un mundo de space opera, con mucho de Star Wars. Es una historieta apta para todo público, una epopeya inmensa en su concepción y en su escala.
Este primer tomo tiene un problema. Uno sólo, sí, pero muy notable: Santiago Villa no creó una historieta. Creó un universo, repleto de planetas, cada una con sus ciudades, su historia, su religión, su forma de gobierno, su armamento, su rol dentro de este sistema llamado Void. Le faltó inventarle un idioma a cada una de estas culturas y ya le ganaba con 33 de mano a J.R.R. Tolkien. Y quizás por falta de experiencia, o por un cierto “temor” a que este sea el único volumen que llegue a publicarse, le metió TODO a estas 212 páginas de historieta. Por momentos los personajes hablan tanto, tiran tanta información acerca del pasado y el presente de este universo, que el relato colapsa bajo el peso de infinitos globos que explotan de texto. A veces las páginas donde el texto se come cruda a la historia son dos, como la 100 y la 101, o incluso cuatro seguidas, como la 151 a la 154. Incluso en la portada se evidencia esto que digo: en vez de una imagen clara y sencilla, tenemos un cúmulo de personajes y acciones muy chiquitos, muy atiborrados, que no llegan a generar impacto.
¿No se podía reducir la cantidad de información que se nos brinda en esta primera entrega? ¿O contar la historia de modo más escueto y ofrecer aparte (quizás en un sitio web) toda la información adicional en forma de mapas, documentos, fichas con datos, etc.? Son preguntas que me hago mientras repaso un comic que –aclaro, por las dudas- me gustó mucho. La historia está muy buena, es muy ganchera y está repleta de personajes muy copados, a los que quiero volver a ver.
El principal bajón de tener tanta información, tantas explicaciones de tantas cosas dentro de la historia, pasa en realidad por lo visual. Para que le entre todo lo que quiere contar en 212 páginas, Villa opta a menudo por grillas de 7 u 8 viñetas, lo cual sumado a la cantidad de diálogos, da una sensación de sobrecarga de elementos, de cosa barroca. Y el efecto es (como te imaginarás) un lucimiento bastante menor del dibujo. Cuando dibujás tan bien como Villa, poner al dibujo en segundo plano, taparlo o aplastarlo tanto con todo ese texto, es un disparate. Es como tener a Messi en tu equipo, ponerlo en el banco y que entre cuando faltan 3 minutos para el final del partido. Por suerte a medida que se acerca el final del tomo y la machaca le empieza a ganar terreno a los diálogos, la planificación vira hacia menos cuadros por página, con algunas splash-pages devastadoras, y nuestras retinas se deshacen en un orgasmo de acción, líneas, colores y efectos que se despliegan con una generosidad, una potencia gráfica y una belleza realmente difíciles de olvidar.
Quiero más Reinos de Void y quiero que sea todo así, enorme, cósmico, grandilocuente, con menos personajes, menos "world-building", menos planetas, menos razas, menos explicaciones y más estallidos de magia visual. En ese rubro y en el diseño de los personajes (con unos rasgos y unas expresiones fabulosas, dignas de Akira Toriyama) es donde más me impactó Santiago Villa, donde realmente se destaca grosso dentro (y fuera) del panorama actual del comic argentino. Si te gustan las sagas interplanetarias, con guerras entre naves espaciales, droides, poderes místicos y dioses, no tengas dudas de que con Reinos de Void vas a flashear a full.

Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 17 de febrero de 2020

LUNES UN POCO MENOS GLORIOSO

Hice el intento de leer dos libros bastante similares a los que se combinaron el martes pasado, en aquel Martes de Gloria, pero no. No llegamos a esos niveles de disfrute, ni cerca.
El torpedo que me hundió el barco fue, básicamente, el guión de El Mago, esta serie escrita por Ricardo Barreiro a fines de los ´80, que luego tendría una secuela en los ´90 y que recién en 2019 se publicara toda junta en un sólo tomo. La primera parte de El Mago parece una falta de respeto: a lo largo de 48 páginas vemos a Jalib preparándose para enfrentar a los tres Magos Negros, unos hechiceros malísimos, recontra-poderosos, a los que el joven protagonista destruye uno atrás del otro, sin tomarse un respiro siquiera, en las últimas 12 páginas. Termina de vencer al tercero, y dos viñetas después… FIN, se terminó la serie. Posta, un guionista profesional (y capo) como Barreiro podía entregar eso y alguien se lo publicaba.
Cuando ves que hay una secuela, decís “ah, bueno, ahora sí, Jalib va a poder reflexionar sobre lo que pasó, buscar un nuevo propósito para su vida ahora que ya mató a los asesinos de su familia, incluso puede ser que alguno de los Magos Negros resucite y vuelva por la revancha…”.  Nada de eso sucede. La “segunda parte” de El Mago son en realidad tres aventuras autoconclusivas y una narrada en dos episodios, que no tienen ninguna relación con el primer arco. Tampoco tienen personajes secundarios copados, ni villanos jodidos, ni desarrollo para Jalib, ni el más mínimo toque de humor, ni bloques de texto con una prosa más sofisticada, ni nada. Son eso, la nada. Aventuras neutras de un personaje anodino, con menos onda que Inés Pertiné. Lo único que rescato es que el último episodio (que de último no tiene nada, porque no ensaya siquiera un cierre para la saga de Jalib) prácticamente no tiene violencia: es una aventura resuelta en términos menos convencionales, más originales. Una grata sorpresa (sobre todo para los que leímos muchas obras de Barreiro), que obviamente llega tarde.
Y la primera parte de El Mago tiene un gran atractivo, que se entiende en el contexto de su época: acá el dibujo de Quique Alcatena pega un gran salto de calidad respecto de sus series anteriores (La Fortaleza Móvil y El Mundo Subterráneo) porque se vuelve menos ornamental y más narrativo. Alcatena juega más en equipo con Barreiro, pone su dibujo (majestuoso, como siempre) más en función del relato que de “el artbook con globitos y bloques de texto”. La segunda parte ya nos muestra al Alcatena más canchero, a un nivel muy similar al que despliega en sus obras junto a Eduardo Mazzitelli. O sea que a nivel visual esto es impresionante, fundamental para los alcatenófilos que siguen al prócer desde los ´80 y para los que se fueron sumando en los últimos años.
Vamos a EEUU, año 2016, cuando después de un paréntesis no muy extenso Dan Slott y Michael Allred se reencuentran para contar nuevas aventuras del querido Norrin Radd, más conocido como el Silver Surfer. Las chances de que en este Vol.4 lograran superar lo que vimos el martes eran muy bajas, como las de IndeBendiente de ganar la Superliga, más o menos. Y claro, no fue el caso.
Pero ojo, que este Vol.4 tiene muchas ideas brillantes (la obliteración de la cultura de Zenn-La, la reconfiguración de Shalla Bal en… algo muy zarpado), unos diálogos increíbles y muchísimo desarrollo para Dawn Greenwood, su hermana, su papá, su mamá… Las escenas con Alicia Masters, la escena con Nick Fury en la luna, la escena con el borreguito fanático de los Fantastic Four (sí, Slott baja línea acerca de esa movida excecrable que fue esconder durante años a los Fantastic Four porque Disney no tenía los derechos para hacer películas o merchandising de Reed Richards y los suyos)… la verdad que hay muchísimos momentos memorables, que funcionan en varios niveles. Lo más flojo está en el sexto episodio, esa pelea medio absuda con unos bichos alienígenas, pero está claro que es el relleno: lo importante de ese número pasa por Dawn y su familia, no por la machaca entre buenos y malos.
Por el lado del dibujo, Mike Allred y su esposa (y colorista) Laura no se guardan nada. La magia explota en todas las viñetas, está todo lleno de detalles hermosos, con unas puestas en página alucinantes, siempre variadas, primeros planos llenos de emotividad, paisajes maravillosos y hasta un homenaje a Madman. Posta, en el improbable caso de que los guiones de Slott te parezcan una gansada cósmica, igual vas a flashear con lo que hace Allred en la faz gráfica. Hay un Vol.5 de esta serie que no tengo, y que me muero por conseguir. Por supuesto acepto donaciones.

Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por tanto, perdón por tan poco y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 14 de febrero de 2020

VIERNES DE VERANO

En el día de San Valentín, Febrero nos regala otra noche hermosa a los que nos gusta más salir a atorrantear que enamorarnos, pero antes, vamos con unas reseñas.
Retomé (después de un parate) la lectura de Oyasumi Punpun, el manga más raro que leí en mi vida. Mientras leía el tomito, todo el tiempo me estuve preguntando qué carajo le pasará por la cabeza a Inio Asano. Cuánto de lo que estoy leyendo responde a mambos que el autor tenía en la cabeza y se le ocurrió exorcizar a través de esta obra. Acá el elenco de secundarios ya cambió por completo (ni rastros del querido Tío Yoichi), el propio Punpun cambió por completo, y lo único que perdura, en forma tenue y muy en tercer plano, es el fantasma de Aiko, la primera chica de la que se enamoró el protagonista, allá lejos y hace tiempo.
El plot del manga que Punpun estaba creando junto a Sachi se desinfla sin haber estado nunca a punto caramelo (igual Asano lo aprovecha para bajar una línea bastante poco sutil acerca de cómo los editores eligen los mangas que publican), la relación entre Punpun y esta chica (a esta altura, el personaje más interesante que tiene la serie) tampoco parece ir a ningún lado, pero la vida de este chico continúa y Asano nos sigue haciendo comer todo tipo de amagues y gambetas, con destreza maradoniana.
A lo largo del tomo, tenemos una segunda línea argumental, la de ese especie de gurú new age limado que quiere ser gobernador de Tokyo, un personaje estrafalario de gran carisma, que a su vez se vincula con otros personajes que –por ahora- no intersectan con la historia de Punpun. ¿A dónde va esta línea? Ni la menor idea. Conociéndolo a Asano, en una de esas en el Vol.10 ya nadie se acuerda de Toshiki Hoshikawa y sus buenas vibraciones.
El dibujo, glorioso como siempre. Me dieron ganas de arrancar esa viñeta-página de Aiko que aparece casi al final del tomo y enmarcarla como si fuera un cuadro del Museo del Prado. Increíble cómo este zarpado le pinta la cara a tanto mediocre que vende fortunas. Habrá más Oyasumi Punpun muy pronto.
Salto a Argentina, año 2019, cuando se publica Los Condenados, un recopilatorio de historias cortas del maestro Jok, donde mezcla trabajos con guiones propios con otros escritos por dos grandes: Alejandro Farías y Rodolfo Santullo. Varias de estas historietas aparecieron en Fierro, otras en antologías que ya reseñamos en el blog (Próxima, Crónicas del Lejano Oeste) y otras estaban inéditas, o habían aparecido sólo en sitios de historieta digitalizada. El paso a grises de las historietas que originalmente eran a todo color es bastante bueno, aunque las sigo prefiriendo a color. Y lo mejor que tiene el libro es la “Ratio Accorsi”: sobre 88 páginas, ¡84 son de historieta! Termina una, arranca la otra. Y así hasta el final, sin separadores absurdos, ni carátulas, ni páginas en blanco. Una fiesta para los que somos fans del dibujo de Jok.
Vamos a las historias: Las dos que más me gustaron tienen guiones de Farías: La Aceptación y Pique. De las escritas por Santullo, creo que mi favorita es Hombres de Provecho. Y de las que tienen a Jok como autor integral, me acuerdo haber leído en algún lado Jauría (que necesitaba tres o cuatro páginas más para desarrollar mejor un argumento interesantísimo y un par de personajes tremendos) y me sorprendieron el guión de Lapsus (cátedra para cualquier guionista de superhéroes con tendencia a la oscuridad) y el dibujo de Toque Invisible, en el que Jok trabaja con viñetas más grandes y deja la vida en cada retrato de esos templos, parques y pagodas que vio en China.
Pero hablar bien de los dibujos de Jok ya es medio redundante porque hace años que este aventajado alumno de Oswal definió y perfeccionó un estilo, y lo puso siempre al servicio de contar historias, nunca se quedó en el despliegue de virtuosismo ni en lo superficial. Si conocés las obras más difundidas de Jok (40 Cajones, Merlín, Ladrones y Mazmorras, Reflejo) y querés descubrirlo como autor integral, Los Condenados es una excelente opción. Si lo que te atrapó de Jok es cómo se complementa con los guiones de Santullo, acá vas  a ver a la dupla tirar magia en espacios reducidos. Y como bonus track, Los Condenados te ofrece esas colaboraciones inéditas con Ale Farías, con ideas, climas, silencios y diálogos realmente formidables.
Ojalá cunda el ejemplo y empiecen a salir libros con las historias cortas (la “obra dispersa”, como dicen en literatura) de muchos más autores de los que solemos consumir en el otro formato, el de los relatos más extensos.

Nada más, por hoy. Buen finde para tod@s y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

martes, 11 de febrero de 2020

MARTES DE GLORIA

Hoy, papa fina de alto vuelo, pero posta.
El Sable y el Laúd es una saga cortita (56 páginas) que los maestros Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena realizaron para Italia allá por 2010. En 2017 apareció la edición argentina, que es la que hoy cae en mis garras. Venía muy acostumbrado a los libros gordos de la dupla, con más de 160, o 200 páginas de historieta. Pero cuando la tenés muy clara, 56 páginas pueden ser suficientes para conmover al lector y sumar un título más a la lista de tus obras imprescindibles.
Fiel a su costumbre, en El Sable y el Laúd lo vemos a Mazzitelli reflexionar en voz alta acerca de abusos de poder, actos de valentía que desafían cualquier tipo de raciocinio, riquezas materiales que nunca conducen a la felicidad ni a la gloria eternas, traiciones, desgracias, intrigas y laberintos. La machaca escasea, mientras abundan los diálogos y los bloques de texto repletos de poesía y de frases tan potentes como bellas. La música es un elemento central en esta trama de talento y abnegación. O sea que si te gusta ese tema, el de la música y su poder, su influjo, el misterio de su origen, la magia de la inspiración, lo sagrado de su estudio e interpretación, El Sable y el Laúd te va a hacer numerosos mimos en el alma.
Y, como siempre, el dibujo de Alcatena te va a ser mimos en los ojos. Esta vez no hay tantas sorpresas en los diseños de locaciones y personajes, porque es una más de fantasía, en la que los monstruos limados y los palacios majestuosos no tienen tanto peso en la trama. Entonces el hechicero conocido sobre todo por su hipocorístico aprovecha para arriesgar por el lado de la puesta en página, por la forma de plantar la secuencia en la página, en busca de un ritmo narrativo que transmita esa sensación de flujo que transmite casi sin dificultad la propia música. El resultado es una auténtica maravilla. Si sos fan de la mítica dupla, El Sable y el Laúd no puede faltar en tu biblioteca.
Salto a 2015, cuando sale el Vol.3 del Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.2 lo vimos hace dos años, el 05/02/18). Lo digo así, rapidito y de arranque: esto NO puede ser mejor. De verdad, esta etapa del Surfer está al nivel de los mejores comics de superhéroes que leimos en nuestras nerdísimas vidas. Slott y Allred le hacen el aguante a los que vos quieras, sin parpadear. Lee y Kirby, O´Neil y Adams, Claremont y Byrne, Wolfman y Pérez, Levitz y Giffen, Nocenti y Romita Jr., Grant y Breyfogle, Ellis y Hitch… a todos se les frunce el culo cuando les nombrás al Surfer de Slott y Allred.
El primer episodio es un experimento formal BRILLANTE, un capítulo más largo que los habituales en el que los autores arman un loop tipo cinta de Moebius (con un homenaje alucinante al genio del comic francés) y en un momento lo rompen en una secuencia épica y estremecedora. El segundo episodio resuelve el plot de Newhaven y de los sobrevivientes a los genocidios de Galactus. Y los tres últimos enganchan con Secret Wars para plantear no sólo una saga cósmica hiper-ambiciosa, sino también un dilema ético realmente espeso, incómodo como tampón de virulana. Slott entiende al toque el potencial dramático que puede tener la epopeya cósmica en la que el universo todo se destruye y se recrea vista desde una óptica humana, cotidiana, de gente de a pie. En base a eso, los seres de poder más que infinito establecen nuevos vínculos y protagonizan nuevas situaciones, sin dejar de lado cierta solemnidad y cierta grandilocuencia, pero con una onda fresca, vital, emotiva.
Muchas veces vimos a héroes y villanos ser causantes o testigos de la obliteración del universo, de realidades enteras, o de su reconstrucción desde cero, o de su manipulación con fines más o menos nobles. Nunca lo vimos tan bien narrado como en este arco de Silver Surfer, con las maravillosas piruetas gráficas de Mike Allred como complemento perfecto a las ideas más extremas (y copadas) en la larga carrera de Dan Slott. Si nunca leíste la Secret Wars del 2015, no pasa nada. Igual se entiende todo perfecto. Last Days (que así se llama el TPB) es una cátedra, una joya, una supernova incandescente de talento y amor por el comic que deja sin habla en el acto a cualquier subnormal de los que andan por la vida repitiendo que el comic de superhéroes es puro refrito de ideas viejas y ya no aporta nada. Las aventuras de Norrin Radd y Dawn Greenwood tienen acción, drama, romance, machaca, sutiles toques de comedia y un montón de momentos de altísimo (y pochoclerísimo) impacto. Como cualquier buen comic de superhéroes, no? Pero además tiene huevos, tiene poesía, tiene riesgo, tiene magia. Tiene a dos autores en un momento increíble dispuestos a dejar la vida en cada viñeta, a romper con todo y no guardarse nada. Tengo en el pilón de espera el Vol.4, así que seguro pasarán menos dos años antes de que le entre. Es más, me quedé tan manija que por ahí le entro en dos días.

De Alcatena también, tengo más material pidiendo pista, así que por ahí repetimos el combo. Nada más, por hoy. Mil gracias a todos los que se acercaron a saludar en el EPAH! y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.   

miércoles, 5 de febrero de 2020

BIRDS OF PREY + HARLEY QUINN

Nada, no les voy a dar el gusto de escribir todo ese título larguísimo y ridículo. El film que retoma a Harley Quinn justo donde la dejamos al final de Suicide Squad (aquel bodrio de 2016 reseñado el 17/08 de ese año) tiene un gran problema: dura 109 minutos, con un argumento que daba para… 35, ó 40, para ser generosos. Si era un episodio de una serie, estaba perfecto. Pero no alcanza para bancar un largometraje y la directora Cathy Yan se ve obligada a estirar, a llenar muchos minutos con poca trama. Y rellena básicamente con dos cosas: 1) peleas, muchas peleas, larguísimas peleas en las que vemos a Harley y el resto del elenco realizar todas las acrobacias habidas y por haber, un festival de piñas, patadas, tiros y piruetas que no se termina nunca; y 2) tres o cuatro escenas pensadas para que digamos “qué hijo de puta que es el villano” (por las dudas no lo nombro), que podrían haber funcionado si Ewan McGregor se hubiese tomado en serio al personaje que le tocó, si le hubiese encontrado el tono adecuado a esta interpretación. Eso no sucede nunca y esas escenas resultan sosas y aburridas.
¿Qué se puede rescatar de la película? Me gustó que se hicieran cargo de Suicide Squad, que no la barran abajo de la alfombra. De hecho, TODO lo que pasa en estos 109 minutos son consecuencia de algo que pasó en la peli del Squad. Me gustó también la apropiación de los recursos Deadpoolianos: el relato en primera persona, el permanente guiño cómplice de Harley para con el espectador, el uso y abuso de las puteadas… No hay chistes de pija y concha como en Deadpool, pero el nivel de guarangada es bastante similar. Me gustó que la película respete MILIMETRICAMENTE el origen de Helena Bertinelli, el que narraran en los comics (allá por 1989) Joey Cavalieri y Joe Staton. No me cerró la actriz que eligieron para interpretarla, ni se explica nunca cómo Huntress sabe SIEMPRE dónde están Harley o los otros personajes relevantes para la acción, cuya ubicación se supone que sólo conocemos los espectadores. Pero ver el origen de la Huntress post-Crisis en la pantalla estuvo bueno. Y me gustó también el mensaje de sororidad, de minas en principio enfrentadas, de mundos distintos, que terminan mancomunadas en la lucha, por supuesto contra villanos varones.
La música, horrenda. En un momento hasta masacran sin piedad a “Hit me with yor best shot”, un temazo de Pat Benatar. El tema de que los personajes prácticamente no usen máscaras ni trajes característicos, también, deleznable. La decisión de ponerle “Cassandra Cain” a un personaje que NO TIENE UN CHOTO QUE VER con la gloriosa Cassandra Cain de los comic tampoco tiene sentido. Pareciera que lo hacen sólo para irritarnos a los fans de Cassandra. La inclusión de Renée Montoya… ponele que está bien, porque es el otro personaje creado por Paul Dini y Bruce Timm (junto con Harley, obvio) que fue adoptado con éxito por el canon comiquero… El rol de Montoya en la trama está bueno, pero ¿Rosie Perez, te parece? Y encima sin la menor sugerencia de que puede llegar a ser gay, que era un rasgo muy interesante de la Montoya de los comics. Black Canary me pareció aceptable (dentro de esta tendencia absurda de sacar a los personajes de sus contextos originales), Victor Zsasz funciona decentemente (incluso como sidekick de otro villano) y bueno, Margot Robbie vuelve a deslumbrar con su carisma, su expresividad y su belleza. Ya cuesta imaginarse a otra actriz en el rol de Harleen Quinzel. También aparece un viejito idéntico al recordado Manuel García Ferré.
Y retomo algo que mencioné al pasar: la tendencia absurda de sacar a los personajes de sus contextos originales. Flaco, sos DC. ¿Tanto te cuesta hacer que los personajes actúen como personajes de DC? Para ver a Black Canary laburando en un cabarulo, prefiero leer Kryptonita o ver la serie Nafta Super, que era spin-off de la ya mítica novela de Leonardo Oyola. En la carrera por reimaginar a los personajes clásicos en contextos sórdidos, turbios y/o marginales a Oyola no le van a ganar. Entonces jueguen a potenciar lo que tienen: las Birds of Prey son heroínas cuyo accionar no se limita en lo más mínimo a Gotham, Black Canary es una de las justicieras más grossas del DCU expuesta a la luz desde muy chica porque su mamá también fue heroína, Huntress va más allá de vengar la muerte de su familia, Cassandra Cain es la segunda Batgirl y una de las mejores artistas marciales de todos los tiempos… ¿Tan chotos les parecen estos conceptos que los quieren esconder, o trastocar por completo? 
Bueno, nada más. Ojalá de esta película se desprendan dos: una nueva aventura de Harley (en lo posible con Poison Ivy) y una de las Birds of Prey sin Harley, en lo posible con Oracle. Y con un argumento más aventurero, más superheroico… si es que eso no les da pánico ni vergüenza a los drogadictos de mierda que escriben estas “Rápido y Furioso con superpoderes”.

  

martes, 4 de febrero de 2020

MARTES SOFOCANTE

Un día de emociones fuertes entre el calor inhumano y la muerte de ese no-humano, de esa rata inmunda corrupta y asesina, ese íncubo putrefacto y maligno al que conocimos como Claudio Bonadío. Pero vamos con unas reseñitas, a tratar de bajar un cambio.
Cibercultura Mi Amor es un álbum que reúne 44 planchas realizadas por Lewis Trondheim a razón de una por semana, para una publicación que no incluía otras historietas. Hay una trama general que recorre todo el álbum (publicado en este formato en 2001), pero además cada página plantea, desarrolla y remata una idea en una cantidad de viñetas que fluctúa entre 8 y 12, según la puesta que elige el autor. O sea que el álbum ofrece 44 mini-relatos, lo cual puede empantanar la experiencia de leerlo todo de un saque. Yo recomiendo ir de a poco. No de a una página por semana, pero por ahí leer 10 u 11 páginas, parar, leer otra cosa, bajarse otras 10 páginas y así.
Básicamente la trama gira en torno a dos adultescentes, Felix y Patrick, que después de malgastar años de su vida jugando videojuegos finalmente desarrollaron uno propio y una empresa se los quiere comprar. Esta punta argumental avanza de a poquito página a página y Trondheim la toma como esqueleto de la serie. Pero la mayoría de los chistes tienen que ver con la transformación tecnológica del cambio de milenio: internet, modems, juegos en red, CD-ROMs, computadoras obsoletas, e-mails, celulares, consolas, mp3, cámaras digitales, GPS… todas esas garchas que nos iban a cambiar la vida, vistas en clave satírica por Trondheim de la mano de los amigos del (por entonces) finado Lapinot.
Esta temática está muy presente, pero nunca logró distraerme de lo más importante: los diálogos afiladísimos, las situaciones reales vistas desde una óptica mordaz y el talento del autor para –además de llevar cada página hacia un remate cómico- sembrar toda la historieta de gags y momentos llenos de humor. Y claro, la bestial calidad del dibujo. Trondheim no permite que su línea chunga sea obstáculo para tratar de dibujar los fondos realistas, complejos, repletos de detalles. Como si fuera Hergé, pero con una estética que lo único que tiene en común con la de Hergé es que calza perfecto con el color plano (acá puesto por Brigitte Findakly, la esposa del autor). Probablemente ninguno de los álbumes de “Las Increíbles Aventuras sin Lapinot” se suba al podio de lo mejor de Lewis Trondheim, pero Cibercultura Mi Amor me hizo pasar varios ratos de estupenda diversión.
Salto a EEUU, año 2016, cuando Image empieza a reeditar en TPBs la galardonada serie Monstress, escrita por Marjorie Liu y dibujada por Sana Takeda. Ya desde la portada, con esa cita laudatoria de Neil Gaiman prometiendo magia y gloria en grandes cantidades, entré preparado para sumergirme en una gran historieta. Y felizmente, Monstress no me defraudó.
Este primer tomo ofrece muchas páginas de una aventura fuerte, por momentos arrolladora, con ínfimas pinceladas de humor y cero trama romántica. Y lo más importante: la construcción por parte de las autoras de un mundo fantástico cautivante, complejo y consistente, donde todo va más allá de una lucha de “buenos contra malos”. Si leíste mucha literatura fantástica o mucho comic (o manga) de este estilo, quizás no encuentres en Monstress demasiados elementos que no hayas visto nunca. Pero la gracia es cómo Liu y Takeda arman la ensalada, cómo la condimentan, el ritmo al que te la van mostrando, dónde te clavan los flashbacks, los sacudones definitivos, las revelaciones impactantes, las secuencias en las que la machaca (y hasta por momentos, el terror) se llevan puesto cualquier intento de sutileza. El resultado es muy satisfactorio y te va a dejar –no tengo dudas- pidiendo más.
El dibujo de Sana Takeda es bellísimo, realmente glorioso. En los primeros planos se le nota el DNI japonés, los rasgos “manguescos” en las caras de los personajes. Pero arma la página y dibuja la acción como cualquier artista yanki y se mata en los decorados y los paisajes como los mejores autores europeos. Además se colorea a sí misma, lo cual le permite añadirle al dibujo toda una dimensión de elegancia y sofisticación, o de fuerza primal recontra-expresiva, según la secuencia. Es algo así como la síntesis entre tres escuelas, y de todas toma elementos que funcionan a la perfección para esta historia.  
Monstress es una aventura violenta, jodida, que coquetea con el terror y con la runfla política. Pero tiene resquicios por los que se cuelan la poesía, el amor por la cultura y un mensaje de esperanza, coraje y redención. Espero conseguir pronto los tomos siguientes para enterarme cómo avanza la estremecedora epopeya de Maika Halfwolf.

Y nada más, por hoy. Si mañana tengo un rato, publico la reseña de la peli de Birds of Prey + Harley Quinn. Si no, la prometo para el jueves. Gracias y nos encontramos el finde con tod@s l@s que asistan al EPAH! en la maravillosa Mar del Plata.

sábado, 1 de febrero de 2020

SABADO CON POCO TIEMPO

Encontré un ratito para escribir reseñas, pero es un ratito muy corto, así que voy a ser muy breve.
The Troublemakers es un hermoso libro publicado por una editorial ignota de Canadá, que reúne seis historias cortas de Baron Yoshimoto, un mangaka emblemático de los ´60 y ´70, junto a un magnífico texto del especialista Ryan Holmberg, gracias al cual aprendí un montón de cosas que no sabía sobre manga y entendí mucho mejor ciertos subtextos, ciertos elementos que subyacen en las historietas que ofrece el tomo.
Baron Yoshimoto es un dibujante realmente prodigioso, con un dominio de la narrativa que me dejó atónito, perplejo, estupefacto. Se formó en el palo del gekiga, pero no se convirtió en clon de Takao Saito ni de Yoshihiro Tatsumi. En las distintas historias del libro adopta rasgos novedosos, se adapta muy bien a la onda de los guiones y exhibe una atención por los detalles que no es frecuente en los mangas de los ´60. En la última historieta, The Girl and the Black Soldier, pareciera que Yoshimoto se propuso imitar a los autores de superhéroes de la Silver Age. Son 60 páginas que gráficamente desentonan con el resto del tomo, porque parecen dibujadas por un japonés que aprendió a hacer historietas leyendo a Joe Kubert, Jack Kirby y John Buscema. Por supuesto Yoshimoto no te meet los bloques de texto zarpados que caracterizan al comic yanki de esa época, por eso nos narra en 60 páginas lo mismo que Kubert narraría en 16. Pero está esa misma intensidad, la misma grandilocuencia, la puesta en página totalmente yanki, las angulaciones, las transiciones. Increíble la metamorfosis de Yoshimoto para esta historieta.
Y bueno, como seguro ya todos saben, en Japón no es tan frecuente la división del trabajo entre guionista y dibujante, y así es como cualquier grosso del láiz y la tinta termina escribiendo sus propias historias como si supiera. Yoshimoto tiene un guión bastante digno (el de The Girl and the Black Soldier) y uno perfecto: Eriko´s Happiness. Los otros cuatro, sin ser impresentables, están bastante por debajo de estos dos y de lo que uno espera cuando se propone intenarse en la obra de un autor con tanta chapa como Yoshimoto. ¿Recomiendo el libro? Sí, obvio, por los dibujos, por las dos historias que están de buenas para arriba y por el texto de Holmberg, que es una maravilla en sí mismo.
Me faltaba Messi, ¿se acuerdan? El otro día, cuando resñé Pumbapá… Bueno, apareció Messi. Y clavó un hat trick memorable. En Historietas Surtidas, el sello Comiks Debris reunió 48 páginas inéditas escritas y dibujadas por el imparable Chanti, con una mezcla en la que aparecen Cachito y Chorlito, el Historietero, personajes de Payunia City, el Sincola y otros personajes a los que nunca habíamos visto (y probablemente nunca volvamos a ver).
Chanti te pinta la cara hasta con el rejunte, hasta con las sobras de lo que quedó afuera de sus otros libros (que son muchos). Guiones, dibujos, color, diseño de personajes, rotulado… todo está demasiado bueno. Las historietas destilan ingenio, se animan a transgredir mínimamente las reglas que rigen al típico producto apuntado a los chicos, es original, es autorreferencial, tiene un oído increíble para los diálogos, un ojo infalible para las expresiones de cuerpos y rostros… Un capo. Si tengo que elegir una historieta del tomo, voy con Amor a Toda Costa, dos paginitas preciosas. Pero hay mucho, incluso varios estilos de dibujo, porque Chanti se anima también a saltar de un registro a otro en las distintas series y relatos unitarios. Regalazo para los más chicos, que además te va a proveer 15 o 20 minutos de entretenidísima lectura a vos que sos grande para leer historieta infantil.

Y nada más, por hoy. Ya vi la peli de Birds of Prey y Harley Quinn, pero hay que esperar hasta el miércoles para publicar las críticas. Es probable que antes del miércoles postee reseñas de algunos comics que ya estoy empezando a recorrer. Gracias y hasta pronto.

miércoles, 29 de enero de 2020

NOCHE DE MIERCOLES

Bueno, pintó el ratito para reseñar los libros que me devoré en estos últimos días.
Hace casi 10 años, el 25/06/10, empecé a leer The Goon, de Eric Powell. Y me gustó bastante, lo cual no se condice con el tiempo que pasó hasta que leí un segundo tomo de dicah serie, en este caso el Vol.1 (porque la numeración de los TPBs empezó en el 0). Ya tengo encanutados un par de tomos más, así que seguro que este año (o a lo sumo el próximo) voy a volver a esta ciudad crepuscular imaginada por Powell, en la que pululan los zombies, hombres-lobo, fantasmas y criaturas bizarras de todo tipo, vivas, muertas y no-muertas.
Este tomo incluye dos historias cortas (básicamente en joda, donde no hay mucho más que una situación disparatada resuelta a través de un estallido de violencia) y cinco historias largas, de las cuales sólo dos se meten a full con lo que parece ser la trama principal de The Goon: la lucha entre este portentoso muchachón y el Zombie Priest, villano central, cerebro (“cereeeebroooos…”) detrás de verdaderos ejércitos de no-muertos que le disputan al protagonista el control de la ciudad. Esas dos historias están buenísimas y la verdad es que Powell se anima a hacer avanzar esta trama principal sin ningún reparo. De las otras tres historias extensas, una (la de Navidad) me pareció bastante pavota, otra (la del ilusionista) me pareció que estaba bien pero no aportó demasiado, y una tercera (la del botín escondido en la casa embrujada) me pareció una genialidad. Esas son las 23 páginas que yo le daría al que jamás leyó The Goon para cebarlo definitivamente con esta serie, su elenco, su atmósfera, su ritmo.
El resto, muy similar al Vol.1: un combo muy eficaz entre un hard boiled a lo Sin City, con elementos de terror y con una violencia exacerbada al punto de la joda, al estilo Cazador. Sangre, tripas, tiros, hachazos, chistes, referencias a comics y películas Clase Z de los ´50 y ´60… Todo muy entretenido y dibujado como los dioses por este heredero de los grandes maestros de la E.C., con momentos re-Berni Wrightson y búsquedas narrativas en la tradición del mejor Will Eisner. The Goon no es la mega-maravilla universal que te cambia la vida, pero para pasar un buen rato con aventuras en son de joda y monstruos pulentosos que se cagan a palos, está perfecto.
Salto a Argentina, año 2019, cuando finalmente se hace realidad Pumbapá, el ambicioso proyecto de antología de historieta infantil impulsado hace unos cuantos años por Diego Cortés y Mariana Salina que quedara trunco tras la muerte del irremplazable guionista/ editor/ poeta/ comerciante/ genio/ etc.. Gracias a un crowdfunding y a la labor de Loco Rabia, Pumbapá se bajó de la lista de los proyectos imposibles y se subió a las bibliotecas de un montón de niños y niñas. Veamos cómo forma esta verdadera selección nacional de historietas para chicos.
Falta Messi, o sea, Chanti. El astro mendocino es un exponente fundamental de la historieta infantil, cuya ausencia me llamó la atención. Fuera de eso, la magia está garantizada, porque realmente se armó una antología poderosísima. Lo que más me gsutó fueron los dibujos de Coty Taboada, la muralista cordobesa que acá la rompe como historietista. Pero también encontré otros trabajos muy sólidos, disfrutables tanto a nivel gráfico como a nivel del guión: la historieta de Fer Calvi es excelente, la de El Perro de la Esquina de Leo Arias también, la de Sole Otero también. También me encontré con muy buenos dibujos de Aleta Vidal (autora también de la portada), Nicolás Brondo, J.J. Rovella, César Da Col (referente hace mil años de la historieta infantil, pero con poca obra editada en el país), y con un trabajo visualmente increíble de Fabián Mezquita. También me reí con la de Brian Jánchez, me pareció interesante la de Lubrio (aunque la letra tan chiquita me hizo doler la cabeza como si estuviera dando a luz a una ballena por la oreja) y descubrí cositas para rescatar en varias historietas más.
Pumbapá funciona como testimonio del muy buen momento por el que atraviesa la historieta infantil en nuestro país. Hay calidad, hay diversidad, no hay un molde al que todos clonan para colgarse de las tetas de los tres o cuatro productos más exitosos… la verdad que es un ámbito donde hay dificultades (como en todos) pero donde se está generando muchísimo material de gran nivel. ¿Qué hacemos los adultos con Pumbapá? Lo compramos, le dedicamos 25-30 minutos de lectura y quedamos como reyes regalándoselo a hij@s, sobrin@s, ahijad@s o mascotas bípedas, que leerán este material con ojos de niñ@ y seguramente sentirán esos primeros chispazos de pasión comiquera que –en una de esas- los llevarán a embarcarse en este camino hacia la perdición que nosotros transitamos hace tantos años con tanta alegría.

Nada más, por hoy. Cumplida la meta de los 10 posts por mes, creo que nos reencontramos en Febrero. Gracias y hasta pronto.

domingo, 26 de enero de 2020

ROMPI EL MALEFICIO

No, no, no me puse de novio. Simplemente encontré un rato para postear en el blog un día que no es ni lunes ni jueves. Vamos ya con las reseñas.
El Camino de América es una magnífica novela gráfica de hace exactamente 30 años, en la que el siempre alucinante Baru escribe y dibuja, con la colaboración de Jean-Marc Thévenet en el guión. Sospecho que la participación de este muchacho tendrá que ver con los diálogos, porque la novela se lee como si fuera un trabajo 100% de Baru. El libro es de 2002, de aquel tiempo mágico y glorioso en el que Astiberri todavía editaba álbumes en tapa blanda a precios accesibles. Tiene una cantidad de páginas desaprovechadas en pelotudeces que me erizó los pelos de la nuca, pero al final se reivindica con un artículo de dos páginas a cargo del notable especialista Pepe Gálvez, que repasa los primeros 20 años de carrera de Baru de manera impecable.
En cuanto a la historia en sí, Baru entreteje dos tramas muy gancheras: la del meteórico ascenso de un boxeador francés de origen argelino… justo en el momento más tenso del conflicto que va a terminar con Argelia independizada de Francia, en 1962. Hoy parece un delirio, pero no: hace menos de 60 años, Argelia (nación del norte de Africa, donde predomina la religión musulmana) era una colonia de Francia y tuvo que morir mucha gente para que esto dejara de ser así. Baru retrata todo este momento con un espesor dramático alucinante, que le juega muy, pero muy a favor a la historia de Said Boudiaf, el crack del boxeo que esquiva el compromiso político incluso mejor que los golpes de sus rivales. Hay también un intento de trama romántica, bastante data acerca del backstage del mundo del boxeo y varias emociones más, todo en apenas 45 páginas.
Y por supuesto, lo que me ganó por knockout fue el dibujo de Baru, una verdadera bestialidad. La línea, el color, la puesta en página, la expresividad de los personajes, el dinamismo de los cuerpos en movimiento, la reconstrucción de los hechos históricos, el efecto de combinar paisajes y decorados recontra-realistas con personajes mucho más sintéticos y exagerados… es increíble como Baru acierta con tanta categoría en cada decisión que toma. Recomiendo mucho esta novela gráfica, que tuve la suerte de rescatar de una mesa de saldos de una comiquería que (creo) ya no vende comics.
Me quedaba pendiente el segundo y último TPB de S.H.I.E.L.D. de Mark Waid, de nuevo con seis episodios autoconclusivos, cada uno con un dibujante distinto. Rankeados de peor a mejor, el nº12 es el más flojo. Waid se pasa de ambicioso y pretende meter en 20 páginas un argumento que requería entre 48 y 64 para tener algo así como un sentido, como una magnitud acorde a la grandilocuencia del planteo. Dibuja un apenas correcto Joe Bennett. El nº8 no está mal, pero es una aventura bastante menor, con un rol destacado para Mockingbird. El dibujo está a cargo de Paco Medina, muy sólido. El nº9 es casi una no-aventura en la que Waid mete en continuidad muy respetuosamente todos los aportes a la mitología de S.H.I.E.L.D.  realizados por el glorioso Jonathan Hickman en esa serie cuyo primer TPB vimos un lejano 13/04/12. El dibujo es del mediocre Lee Ferguson, más un par de paginitas inéditas de los próceres Jack Kirby y Jim Steranko, rescatadas milagrosamente de un archivo.
Medalla de bronce para el nº10, una aventura desopilante con mucho protagonismo para el gran Howard the Duck y excelentes dibujos de Evan “Doc” Shaner. Medalla de plata para el nº7, gran vuelta de tuerca para una de las agentes que mejor secunda a Phil Coulson en esta serie (y probablemente también en la serie de TV, que nunca vi). 20 páginas con varios giros sorprendentes y un dibujo magnífico del enorme Greg Smallwood. Y medalla de oro para el nº11, donde Waid forma equipo nada menos que con Howard Chaykin para traer de regreso al carismático Dominic Fortune, en una historia realmente exquisita. El dibujo de Chaykin está a un gran nivel, y lo único que no cierra es la edad de Fortune: si su etapa de esplendor fue en 1937, difícilmente haya nacido después de 1912. Y esta aventura es de 2015, o sea que este viejito que acá aparenta 80-85 años, en realidad tiene más de 100. No dan nunca los números. Pero fuera de esa nimiedad, el unitario es apasionante y siempre es un placer volver a ver a Dominic Fortune dibujado por Chaykin.
Y no hay más. Esta serie de S.H.I.E.L.D. se canceló en el nº12, Phil Coulson y sus muchaches volvieron a trabajar de personajes secundarios en otras colecciones y otra vez se comprobó que acercar a los personajes de comics a sus versiones de la tele (o el cine) no garantiza ningún tipo de éxito, ni siquiera de la mano de un guionista prácticamente intachable como es Mark Waid.

Nada más por hoy, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.  

jueves, 23 de enero de 2020

EL CLASICO DE LOS JUEVES

Bueno, acá estoy con un par de libritos leídos.
Allá por 2011, cuando se produjo el desastre de la central atómica de Fukushima (obviamente en Japón) varios editores salieron a buscar historietas que tocaran el tema de las plantas nucleares y sus peligros para el medio ambiente. La editorial británica Breakdown Press se sacó el Loto con dos historietas de Susumu Katsumata escritas y dibujadas en los ´80, que tratan acerca de las pésimas condiciones de seguridad e higiene en las que trabajan los operarios de las plantas nucleares. No son historietas de introducción-nudo-desenlace, no hay desarrollo de personajes y en buena medida los conflictos no se resuelven ni por casualidad en las 20 ó 24 páginas que dura cada uno de los relatos. La intención del autor (que además estudió física nuclear en la universidad) es claramente la denuncia: concientizar al lector acerca de las irregularidades que cometen las empresas de energía nuclear, siempre en busca del mango fácil por sobre la salud o la seguridad de sus empleados, a los que la radiación irá deteriorando o matando poco a poco, jornada a jornada. Katsumata desliza mínimas pinceladas de comedia para que no sea todo tan bajonero, pero el mensaje es una advertencia potente y desesperada… que obviamente no surtió efecto.
Complementan el tomo (llamado Fukushima Devil Fish) algunas historias cortas más de este destacado autor de la segunda línea de la revista Garo. Algunos van para el lado de la mitología y el folklore japoneses (al estilo Shigeru Mizuki, el autor de cuyo estilo está más cerca Katsumata, aunque sin aspirar a su virtuosismo) y otros más para el lado de un slice of life muy tranqui, con mucha introspección y –de nuevo- prácticamente sin conflictos. En estas últimas historias es donde Katsumata se anima más a romper la grilla de seis u ocho viñetas iguales y se manda algunas más grandes, con unos paisajes realmente hermosos. Es el único momento en el que el dibujo realmente levanta vuelo. En el resto del tomo, vemos a un dibujante cumplidor, más concentrado en el control del tempo narrativo que en el disfrute que puedan producir sus trazos.
El material incluído en Fukushima Devil Fish no alcanzó para que te suba a Susumu Katsumata (fallecido en 2007) a la lista de los mangakas fundamentales, pero sin dudas es un autor muy interesante, que se animó a anticipar en los ´80 (incluso antes que Los Simpsons) las consecuencias que traen los malos manejos y las tiradas a chanta de las empresas que generan energía nuclear para el consumo de las grandes ciudades.
Volvemos a la atroz Guerra de la Triple Alianza, el conflicto bélico (devenido en genocidio) que unió a Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay y a favor de los intereses de la corona británica. El 27/05/19 conocimos la versión de estos hechos contada por Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti, y ahora quien cuenta la historia es el uruguayo Silvio Galizzi, junto a dos dibujantes de este lado del charco: Majox y Esteban Tolj. Galizzi va mucho más allá de la Guerra del Paraguay: la considera la culminación de una serie de clivajes que arranca con la Guerra de Secesión en los EEUU, pasa por un conflicto armado entre partidos políticos de Uruguay, incluye una invasión al país hermano por parte de Brasil, y viene sazonado con manipulaciones mediáticas, roscas comerciales y traiciones misérrimas. El guionista logra integrar todo este contexto histórico en un bloque homogéneo, incluso con un personaje (Sheridan) que participa en cada uno de los sucesos que desembocan en la Guerra del Paraguay.
La protagonista de Ya No Quedan Héroes, Avril Murray, es fotógrafa, igual que Pierre Duprat (el personaje ficticio que introducen Agrimbau e Ippóliti en Guaraní para contar la historia) pero tiene mucha menos suerte que su colega: es absolutamente eclipsada por otros dos personajes mucho más interesantes como son Melchora (la inclaudicable prostituta paraguaya) y Sheridan, a quien Galizzi se esfuerza por no mostrar como un héroe, aunque está muy claro que pelea del lado correcto de esta guerra. Lo único que no me gustó del guión es que los personajes reiteran en los diálogos mucha de la información que Galizzi nos brinda en el texto histórico con el que abre el libro. El resto, muy bueno, emotivo, impactante, truculento y muy bien investigado.
En cuanto a los dibujantes, Majox tiene a su cargo las primeras 29 páginas y las encara en su habitual estilo, muy logrado, pero a la vez demasiado bonito para el tipo de historia descarnada y oscura que nos quiere contar Galizzi. En las páginas restantes (más de 70), Esteban Tolj propone una estética más sucia, más visceral, más a tono con el guión. En un péndulo medio loco entre grillas de tres o cuatro tiras (me hubiese gustado más que se decidiera por una grilla única y la bancara hasta el final), Tolj conjura la magia del claroscuro y se acerca por momentos a Hugo Pratt, y por momentos a una versión light de Cacho Mandrafina u Horacio Lalia, menos sobrecargada de detalles y masas negras. Expresivo, agreste y contundente en las (muchas) escenas de violencia, Tolj hace gala de su versatilidad y tira elegancia y sofisticación en las secuencias de las damas que toman té o bailan vals en lujosas mansiones. Un fenómeno.
Me encanta que más historietistas sudamericanos recreen en sus obras los escabrosos sucesos que mancharon de sangre nuestra historia hace 150 años, sobre todo cuando lo hacen a este nivel.

Esto es todo por hoy. Trataré de postear antes del lunes pero no prometo nada. Gracias y hasta pronto.

lunes, 20 de enero de 2020

LUNES ASFIXIANTE

Sí, ya sé que posteando sólo los lunes y jueves no llego nunca a las 120 entradas en el año. Matemáticamente, no da ni a palos. Pero bueno, es el tiempo que estoy encontrando para escribir. Ya veremos si más adelante puedo recuperar un poco más de ritmo y tener semanas con más de dos posteos.
Empiezo en Europa, en 2006, cuando dos enormes autores argentinos radicados en el Viejo Continente lanzan la novela gráfica Tres Artistas en París, la colaboración entre Carlos Sampayo y Oscar Zárate que precede a Fly Blues (reseñada un lejano 07/07/10). Este es un gran trabajo de los maestros argentinos, repleto de sutileza, profundidad, situaciones muy verosímiles y un enfoque muy interesante sobre los “white people problems”. Al principio hay un amague de thriller, de cosa turbia o violenta, pero es un engaña-pichanga de Sampayo, quien no necesita del shock o la violencia para atraparnos con la trama. La forma en que el pianista, el artista plástico y el escritor intersectan con la periodista Chantal Fernandes compone el núcleo de la obra, que se enriquece con los flashbacks donde Sampayo expone los secretos más oscuros de estos tres prestigiosos referentes de las artes occidentales. Con esos cuatro personajes, más un puñado de secundarios, se arman 78 páginas muy atractivas, de lectura muy clásica, muy accesible, donde Sampayo logra indagar a fondo en las motivaciones y expresiones un tanto excéntricas de estos tres maestros, cada uno en su disciplina artística.
No quiero ahondar mucho en el argumento, porque la verdad es que lo más atractivo está en los vínculos, en escenas muchas veces resueltas a través de los diálogos, que conviene experimentar de primera mano, no que te las cuente cualquier gil. Le dedico unas líneas al dibujo de Zárate, siempre expresivo, generoso, desbordante de color y personalidad, muy beneficiado por la posibilidad de no dibujar nunca más de seis cuadros por página. El argentino radicado en Londres deja la vida en los climas, en los paisajes, en lo que cada personaje nos dice con su rostro y su lenguaje corporal… y no tanto en el armado de la secuencia. Casi no hay manipulación de la puesta en página para lograr efectos expresivos que potencien el relato. Pero hay unas cuantas páginas realmente muy hermosas, al nivel de lo mejor que nos diera este notable autor, injustamente poco conocido en su país. Ojalá algún día haya edición argentina para Tres Artistas en París. Sampayo y Zárate se lo re-merecen.
Entre 2014 y 2015, Marvel nos dio una cátedra de cómo fracasar teniendo todo a favor. Lanzó una serie de S.H.I.E.L.D. escrita por el maestro Mark Waid, con portadas del increíble Julián Totino Tedesco, con un rol central para el Agente Coulson (amado por millones de fans de las películas y series de TV de Marvel), y te puso en el primer número dibujos de (agarrate fuerte) Carlos Pachecho, en el segundo de Humberto Ramos, en el tercero de Alan Davis, en el cuarto de Chris Sprouse y en el quinto y sexto, dibujantes menos conocidos pero más que aceptables. Además, en una movida de encomiable valentía, le pidieron a Waid que no estire las ideas para que cada una ocupe un TPB entero, sino que arme la serie con episodios autoconclusivos, de modo que el TPB tenga seis historias completas, cada una con un tema propio y con distintos héroes y heroínas invitados de distintos rincones del Universo Marvel. ¿Qué más querés? ¿Que venga Ivana Nadal a tu casa a leértela en baby doll?
Sin embargo, a la serie le fue mal y el nº12 fue el último. ¿Cuál fue el problema? Ni idea. Lo único que tengo para aventurar es que Waid no se juega el pellejo en cada historia. Cumple dignamente, las ideas están bien, los diálogos son magníficos, se nota que conoce a la perfección a cada personaje que trae como invitado, el ritmo es siempre de palo-y-palo (porque tiene que rematar las ideas en 20 páginas) y la única vez que una historia se extiende a dos episodios (nºs 5 y 6) nos ofrece los mejores guiones de este primer TPB. Se nota la intención de que no sólo Coulson sino también los otros agentes de S.H.I.E.L.D. tengan ciertos matices, ciertos rasgos de personalidad llamativos, y por ahí eso cobra más relevancia en el segundo TPB (que está ahí, pidiendo pista). O sea que lo único que me faltó fue creerle a Waid que sus breves epopeyas van a tener alguna relevancia a futuro en la vida de los personajes, que no son apenas excusas para divertirnos durante 20 páginas con machaca a todo o nada con bonitas pinceladas de comedia. Hasta ahí no llegué, porque a las aventuras de S.H.I.E.L.D. no les alcanzó el espesor dramático para llevarme hasta ese punto. Pero sin dudas las disfruté mucho.
En cuanto a los dibujantes, me impactaron sobre todo los trabajos de Ramos, Davis y uno de los que no conocía, Paul Renaud, muy buen émulo de Terry Dodson, potenciado al infinito por una labor subyugante de Rómulo Fajardo en el color digital. Veremos con qué me encuentre cuando le entre al Vol.2.
Ya estoy en plena lectura de un nuevo librito, así que ni bien pueda, vuelvo a postear reseñas acá en el blog. Hasta entonces.