el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 10 de agosto de 2022

ACÁ ESTOY DE NUEVO

Estuve varios días totalmente absorbido por el cierre de la Comiqueando Digital, sin tiempo para leer comics, mucho menos para escribir acerca de ellos. El esfuerzo dio sus frutos (suele suceder) y la nueva entrega de la revista ya está disponible en https://comiqueandoshop.blogspot.com/, donde se puede descargar por muy poquita plata y acceder a unas notas tremendas, historietas gloriosas y contenidos audiovisuales exclusivos de primer nivel. Vamos con las lecturas. El Brujo es una historieta de autores chilenos que se publicó a lo largo de varios años y en distintas revistas, y que se recopiló este año en un tomo integral del cual tuve el privilegio de escribir el prólogo. El libro es un lujo, está armado con cariño, con jerarquía, por momentos hasta con picardía, y realmente tiene todo lo que cualquier fan de Román Farías (que así se llama El Brujo) quería ver en un integral. El punto débil de esta serie, breve pero de gran impacto entre los fans trasandinos, son los dibujantes. Uno tras otro, se suceden dibujantes con muy escasa onda, en su mayoría tributarios de la estética que imperaba en el mainstream yanki a mediados de los ´90: Scott Campbell, Joe Madureira, Humberto Ramos... esa onda, pero en versiones de menor calidad. Eso sí, con una paleta de colores totalmente distinta a la que usaban los comics de esos autores, obra de un hábil Carlos Badilla. Y con una puesta en página totalmente opuesta a la de los dibujantes a los que imitaban: acá todo está muy apretado, muy comprimido, las historias se narran en pocas páginas en las que pasan muchas cosas y hay muchas viñetas, algunas muy cargadas de texto. El Brujo es un comic abigarrado, agorafóbico, que por momentos te agobia por la cantidad de elementos que hay en cada página. Estas mismas historias, contadas en más páginas, con más aire para que el dibujo se luzca (ponele) se verían mucho mejor. Los guiones de Brian Wallis y Francisco Inostroza están muy bien, porque son 100% en joda. La idea de crear un superhéroe que en realidad es un joven chileno medio garca los lleva enseguida al terreno de la comedia, donde se mueven con mucha soltura. La aventura más divertida es la que está escrita más en joda, la menos aventurera, que es la del casting de supervillanos. Ahí Wallis demuestra ser un alumno aventajado en las cátedras que dictaron Keith Giffen y J.M. DeMatteis en su Justice League, a la que por supuesto le tira homenajes y referencias copadas. También hay mucha referencia a la cultura pop de los ´90, desde Ren & Stimpy a las cámaras ocultas de VideoMatch. Así que son unas cuantas páginas muy entretenidas. Esto mismo, con historias menos comprimidas y dibujantes más capaces, podría ser un clásico que trascienda ampliamente sus coordenadas temporales y geográficas. Pero bueno, les tocó en suerte esta narrativa tan sobrecargada y dibujantes que quizás ahora superaron este nivel, pero lo que muestran en El Brujo es bastante inconsistente, especialmente en el caso de Javier Bahamonde. Yo conocí a El Brujo cuando mi amigo Francisco Inostroza me mandó este libro en .pdf para invitarme a escribir el prólogo. Y la verdad que me pareció una idea muy atractiva, cuyo desarrollo por ahí no resultó tan eficaz, pero que para pasar un rato y rememorar las boludeces de los ´90, está muy bien. Entre los años 2014 y 2015, el maestro británico Brendan McCarthy produjo para Dark Horse una obra fascinante llamada Dream Gang, luego recopilada en libro en 2016. El argumento es una epopeya fantástica en el mundo de los sueños: la clásica aventura de buenos contra malos que aspiran a destruir la realidad toda, pero ambientada en un universo onírico, con reglas más extrañas que las de cualquier otro mundo fantástico que puedas imaginar. Es una fórmula clásica, pero fresca, muy bien condimentada con ideas atractivas, buenos diálogos y algo de desarrollo de personajes. En ese aspecto, McCarthy todavía tiene muy marcado el genoma de la 2000 A.D., donde todo está jugado al plot y rara vez se le da bola al desarrollo de los personajes, y ese puede llegar a ser el único punto algo insatisfactorio de Dream Gang. Todo lo demás es un festival de imaginac
ión, magia y audacia creativa pasada de rosca. La trama avanza a un ritmo cautivante, los peligros se siente reales, el final es brillante, quedan ventanitas por las que volver si alguna vez el autor decide hacer una secuela, y la extensión de la obra es la ideal para lo que quería contar McCarthy. Pero seamos sinceros: cualquier hallazgo que encontremos en el guion es un bonus track. Todos nos compramos los comics de McCarthy por los dibujos, y medio que los guiones nos chupan un huevo. Blanqueado ese punto, estoy en condiciones de afirmar que el dibujo de Dream Gang es perfecto. Es esa narrativa clásica, casi adusta, de los autores de la 2000 A.D., que identificamos con (por ejemplo) Carlos Ezquerra o Steve Dillon, combinada con un trazo mágico, psicodélico, lleno de yeites heredados de Moebius y Philippe Druillet, pero absolutamente personal. Y por supuesto con ese coloreado alucinante que caracteriza desde siempre al genio salvaje que es McCarthy. Visualmente, Dream Gang es un comic insuperable, que te hipnotiza en la primera secuencia y te lleva a delirar por climas, paisajes y momentos asombrosos, que te quitan el aliento. Si sos fan de Brendan McCarthy, ni hace falta que te lo recomiende. Y si no, este es un buen punto de entrada al universo desaforado y demencial de este genio del Noveno Arte.
Para cerrar, breve mención a La Sonrisa de Duchenne, una historieta corta de Damián Connelly que salió en formato de comic book de 20 páginas. A pesar de los climas oscuros y la temática sumamente perturbadora, la historia no me logró atrapar. Me pareció que había mucho impacto pero poca sustancia. Por otro lado, el de la gráfica, me encantó ver a Connelly más suelto, más libre, cada vez más cerca de despegarse de ese realismo foto-dependiente que adoptó desde que volvió a dibujar. Sin dudas ese es el camino a seguir. No sé cuándo voy a volver a postear en el blog, pero seguramente habrá más reseñas en algún momento. Y nos cruzaremos durante el finde con quienes asistan a Crack Bang Boom. No sean ortivas y saluden. Gracias y hasta pronto.

viernes, 29 de julio de 2022

VIERNES SOLEADO

Hermoso mediodía en Buenos Aires, y de nuevo tengo un par de libritos para reseñar. Empiezo con la nueva edición de Fantaciencia, una historieta de Mauro Mantella y Leandro Rizzo que ya había leído hace muchos años (2008, probablemente), cuando se publicó en blanco y negro. El trabajo de Marcelo Blanco a cargo del coloreado es muy bueno, se acopla muy bien al dibujo de Rizzo. Y el dibujo es también notable, con un nivel de detalle apabullante y el desafío que resulta dibujar un guion tan complejo como el que entregó Mantella para un Rizzo que todavía no estaba tan curtido. Hay que tener mucho coraje para agarrar un guion así, tan plagado de referencias visuales que hay que plasmar en todas y cada una de las viñetas. Con un buen balance entre dinamismo en las escenas de acción y un trazo elegante, rico en texturas, la faceta visual de Fantaciencia funciona como un relojito y respalda con solvencia el ambicioso guion de Mantella. Un guion que está muy bueno, pero que desborda ampliamente las 64 páginas en las que se desarrolla. Hay un montón de ideas fascinantes, pero comprimidas en un espacio tan acotado que algunas no se llegan a explicar del todo y otras sí, pero no se terminan de aprovechar. Con un aplomo digno de guionistas con 30 o 40 años de trayectoria, Mantella tira conceptos complejos, elevados, que requerían por ahí más elaboración en la propia historieta. Y además asume el desafío de integrar esos conceptos a un relato de aventuras, con peripecias, buenos, malos y demás. Esto último está logrado, con personajes que no logran lucirse con todo su potencial (precisamente por el escaso espacio) pero que sin duda son atractivos. Acá había material como para 10 ó 12 comic books, y Fantaciencia termina en el 3. El tema de las infinitas referencias a otras obras de ficción es muy interesante... hasta un punto. Entiendo que para algunos lectores pueda ser excesivo, como si Mantella estuviera en plan canchero, esforzándose por mostrar lo mucho que sabe, como el alumno buchón que levanta la mano y dice "¡Profe, yo estudié!". Ya lo hemos bardeado al mismísimo Alan Moore por hacer eso mismo en From Hell, así que lo de Mantella también podría entrar en terrenos polémicos, si bien el universo al que referencia es claramente más accesible. Al final de la historieta hay 11 páginas en las que Mauro explica viñeta por viñeta cada una de las referencias, y se pueden leer o no. No es que sin eso no se entienda la historia. Más allá de estos desbordes, Fantaciencia es un ejercicio narrativo arriesgado, inteligente, que abre puertas para todos lados y que amerita no una sino varias secuelas, porque los conceptos que tira Mantella son de una fertilidad pocas veces vista. ¿Viste que a veces a una buena aventura los hinchapelotas le pedimos un poco más? Bueno, Fantaciencia tiene mucho más. El tema es el espacio en el que se pudo desarrollar.
Me voy a España, año 2020, cuando el maestro Miguelanxo Prado publica el que hasta ahora es su último trabajo: El Pacto del Letargo, una novela gráfica de 100 páginas muy atractiva, muy bien resuelta, aunque muy atípica dentro de la obra del genio oriundo de Galicia. El Pacto del Letargo es una historia que nunca me imaginé que a Prado le interesaría contar, por lo poco que tiene que ver con los universos de ficción por los que suele moverse el autor. En sus cuatro décadas en la profesión, Prado hizo prácticamente de todo, pero la verdad que acá me sorprendió con la elección del tema y del tono. La historia nos cuenta cómo despiertan en nuestro presente dos razas de criaturas mágicas que alguna vez poblaron la Tierra: una más cercana a las hadas y los duendes y otra más dark, más cercana a los demonios. Hay un conflicto entre estas dos facciones, hay humanos comunes y corrientes metidos en el medio, y hay una aventura a todo o nada, que avanza lento, de manera bastante protocolar, porque Prado quiere que todos estos conceptos fantásticos se integren sin hacer demasiado ruido a un contexto 100% realista. El 75% de la novela gráfica no tiene acción y tiene a las criaturas fantásticas tan bien camufladas entre los humanos que ni te acordás que están ahí. Esto le permite a Prado buscar un tono de realismo, de costumbrismo, como si estuviéramos leyendo una novela de Arturo Pérez-Reverte, de esas en las que la aventura tarde o temprano explota, pero generalmente tarda en llegar. Además de la fantasía y de ese pedacito de epopeya que cobra importancia sobre el final, El Pacto del Letargo nos invita a pensar en el rol de los humanos en nuestro planeta, sobre todo a través de los diálogos en los que el autor explora las motivaciones de Xamaín, el capo de los demonios. El dilema moral está bien logrado, porque por momentos uno empatiza con este personaje, que vendría a ser algo así como el villano. Pero si bien Xamaín sueña con un genocidio que extermine a la humanidad, en la trama tenemos villanos humanos a los que Prado retrata como personajes aún más venales y abyectos. O sea que hay varios niveles de conflicto, no está todo jugado al clásico ancestral entre criaturas mágicas "buenas" y "malas". No sé si le salió a propósito o sin querer, pero Prado logró una obra 100% apta para todo público, que tranquilamente podría convertirse en una película de Disney o en una miniserie de Netflix (aunque habría que agregarle tres o cuatro personajes afroamericanos). Por ahí en unos meses, tenemos la versión con actores de El Pacto del Letargo, andá a saber... Y en cuanto al dibujo, es increíble cómo el maestro sigue evolucionando. En su obra anterior (Presas Fáciles, reseñada el 18/02/18) se había animado a volver al blanco y negro. Ahora se anima a reencontrarse con la línea y a darle mucho protagonismo, sobre todo a la hora de dibujar rasgos faciales. Como siempre, tenemos paisajes majestuosos, personajes de una expresividad acojonante, texturas y colores que le agregan al dibujo una belleza indescriptible y una habilidad maradoniana para la narración y la puesta en página. Tengo algunos "peros" menores con algunos diálogos (los personajes se nombran mucho entre ellos y explican demasiado algunas puntas de la trama) pero en general, me parece que El Pacto del Letargo es un comic maravilloso, que se puede recomendar tranquilamente a lectores de todas las edades. Y nada más, por hoy. Atenti si sos fan de Prado, que por ahí te damos una sorpresa muy pronto. Gracias y hasta pronto.

miércoles, 27 de julio de 2022

MIERCOLES GRIS

Mediodía gris y lluvioso en Buenos Aires, pero no tan frío, por suerte. No está mal para sentarse a reseñar unos libritos. Empiezo con la esperada edición argentina de Cuentos de Terror, un tomo que recopila las 11 historias cortas de este género creadas por Carlos Trillo y Eduardo Risso para la editorial italiana Eura en la década del ´90. Inexplicablemente, no todas estaban publicadas en castellano hasta que Historieteca y Puro Comic lanzaron este libro. Ahora, por suerte, lo único que queda inédito de la brutal producción de la dupla para la Eura es Chicanos, de la que solo se publicó un pedacito en Argentina. Este tomo arranca con dos historias magníficas, sin elementos fantásticos. Los protagonistas son monstruos reales, posibles, tan reales y tan posibles que duele. Son cátedras de mala leche, escritas por un Trillo despiadado, que busca la revulsión y el asco en el lector, y lo logra con unos textos perfectos (felizmente escritos en argentino) y con un manejo del suspenso que hace que las historias se resuelvan en la última viñeta con giros magistrales e impredecibles. La tercera historia (ya con un fantasma involucrado) me interesó menos, la cuarta es buenísima pero sería mejor si fuera más corta, y la quinta también: su único atractivo está en el remate, lo que torna tedioso el desarrollo. La sexta es brillante y la séptima es una idea que está tan buena que no dudo que Trillo debe haber barajado la posibilidad de convertirla en un álbum de 46 páginas... o incluso en una serie de varios álbumes. La octava es una de mis favoritas (por eso la publicamos en un número de Comiqueando, allá por 2005), una obra maestra de la crueldad. La novena es un chiste gracioso, pero estirado para que dure 14 páginas. Los bloques de texto son hermosos, pero la trama daba para mucho menos. La décima propone revisitar la historia clásica de Frankenstein y traerla al presente, con muy buen resultado. Y la última también, es una clásica historia de personajes abyectos, amorales y con pésima leche de las que tanto le gustaba escribir a Carlos. El dibujo de Risso es glorioso en las 11 historias, no hay una sola tirada a chanta, nada que sugiera que esto fue dibujado a los santos pedos, o derivado a asistentes menos diestros que el león de Leones. Hay riesgo en la puesta en página, hay un claroscuro de alto impacto, fondos laburadísimos, personajes de enorme expresividad... Esto es un lujo, de verdad. Y como siempre, cuando un guionista juega al misterio, a esconder revelaciones para sorprender al final de la historia, necesita que el dibujante "mueva la cámara" con inteligencia y sutileza para no darle al lector información que le cague la sorpresa. Risso hace eso en todas las historias que requieren ocultar datos hasta el final, con verdadera maestría. Un libro realmente muy recomendable, con el que la vas a pasar muy bien, aunque no te interese demasiado el tema de las momias, fantasmas, vampiros y monstruos varios.
Por fin, después de muchos años, logré leer Empire en su totalidad. Esta saga creada por Mark Waid y Barry Kitson a fines de los ´90 había quedado trunca cuando la lanzó Image, y años más tarde fue publicada como corresponde (en TPB) por DC. Es muy loco que un comic de DC, sin el logo de Vertigo ni ningún otro, incluya garches, puteadas y violencia hiper-explícita, pero bueno, se dio así. Por supuesto esto es creator-owned, no está integrado a ningún tipo de continuidad... aunque no estará mal que pasara algo así en alguno de los universos tradicionales poblados de superhéroes y supervillanos... El planteo de Empire es muy atractivo: hace 10 años, un supervillano con alto poderío intelectual y tecnológico (y ningún escrúpulo) llamado Golgoth emprendió la conquista del mundo, y ahora lo tiene bajo su yugo. Sometió a los gobiernos, eliminó al superhéroe que osó confrontarlo, se quedó con todo lo que quería poseer y más. ¿Y ahora? ¿Qué onda? ¿Es feliz? ¿Se puede relajar, o tomarse vacaciones? No. Ahora es un gobernante, y tiene que estar más alerta que nunca a las intrigas palaciegas y los intentos de desestabilización que cada tanto aparecen en algún país medio perdido en el mapamundi. El guion está muy bien llevado. Lo que yo pensé que iba a ser el talón de Aquiles de Golgoth, lo que lo iba a empujar al abismo, no lo fue. El que creí que lo iba a traicionar no lo traicionó. Mezcla de Luthor y Dr. Doom, Golgoth es un personaje complejo, trágico, que sufre pérdidas enormes en su derrotero hacia una gloria que no parece disfrutar, sino más bien padecer. Waid lo rodea de un elenco de secundarios muy atractivo, con personajes atrevidos, astutos, y sobre todo corruptos, como debería ser cualquier villano que aspire a quedarse con el poder absoluto. Acá no hay dudas, nadie busca la redención, todos saben que el imperio de Golgoth se sostiene en su poderío militar, su manipulación de los medios masivos y su accionar implacable y despiadado contra cualquiera que se le subleve. Maquiavelo puro y duro, en un mundo donde alguna vez hubo superhéroes (y esperanza) y hoy hay solo desolación, autoritarismo y sordidez. La trama de Empire se parece poco a las otras obras de Waid que conozco, y amplía mi percepción de lo que el hábil guionista oriundo de Alabama puede hacer y crear en este medio. Con eso solo alcanzaría para recomendarlo, pero además es una muy buena historia, orquestada con clase, y obviamente con mala leche. El dibujo de Barry Kitson acompaña muy bien al guion. Sus diseños de ciudades, vehículos, armas y trajes son excelentes, una especie de modernización de la estética que inventó Jack Kirby cuando tuvo que vestir y equipar a los New Gods. Los dos coloristas lo complementan muy bien y en la narrativa sabemos que Kitson no tambalea nunca, es un relojito. Y nada más. La verdad que me voy contento, porque me tocaron dos librazos. Nos reencontramos pronto (espero) con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 22 de julio de 2022

POR FIN DE REGRESO

Nunca creí que iba a estar tantos días sin postear, pero bueno... se dio así. El número de Comiqueando Digital que se viene en Agosto me tiene prácticamente esclavizado y además surgen otras cosas que hay que hacer y resolver. Pero bueno, acá estamos. Empiezo en Chile, donde el maestro Gonzalo Martínez autoeditó un libro que reúne sus primeros trabajos, historias cortas realizadas entre 1987 y 1997 para publicaciones del país vecino que acá en Argentina casi nadie escuchó nombrar jamás. Alguna vez mencionamos (pero el público se renueva) que Martínez es arquitecto y se volcó a la historieta recién a los 26 años, a diferencia de la mayoría de los pibes que empiezan el largo camino del profesionalismo sobre el final de la adolescencia, o a los veintipocos. Este libro nos permite descubrir sus inicios, cuando estaba a años luz del estilo con el que hoy lo identificamos los lectores de toda el habla hispana. Al principio, Martínez era el típico dibujante que, fascinado por Moebius de los ´70, buscaba un dibujo realista y lo llenaba de puntitos y rayitas. En cualquier fanzine argentino de los ´80, o en el Óxido de Fierro siempre había varios de esos. Después descubre a Mike Kaluta, Jeff Jones y Barry Windsor-Smith y empieza a coquetear con la estética pre-rafaelista y ya para los años ´90, en las últimas historietas, tenemos cuadros que parecen inspirados en el Eduardo Risso de Caín o Fulú. Con todo eso, más sus propios recursos, Gonzalo sintetiza un trazo bastante personal, que va a seguir depurando hasta llegar a sus obras más conocidas, que son las posteriores a 2005. Todo esto es un largo Secret Origins, o un Year Zero, de la carrera de un autor hoy absolutamente afianzado. De todos modos, lo más asombroso de esta colección de historias cortas no es la evolución gráfica de Martínez, sino que todos los guiones son suyos... ¡y algunos son muy buenos! Aún desde la juventud y la inexperiencia, aún con la limitación de que casi no hay relatos que superen la seis páginas, en Chilean Apples nos vamos a encontrar con ideas y desarrollos que tienen poco que envidiarles a los de los guionistas profesionales. Hace años que Martínez no trabaja con guiones propios, pero no tengo dudas de que si algún día junta coraje para volver a hacerlo, nos va a volver a sorprender. Si ya seguís a este referente absoluto del comic chileno actual, este libro te va a completar muchísimo el panorama. Si nunca leíste obras de Gonzalo Martínez, yo empezaría por las más actuales.
Una vez por año, cuando hacemos el balance del año en el Podcast de Comiqueando, repasamos las listas de las historietas más vendidas en Italia y siempre nos sorprende encontrarnos con que entre las diez primeras suele haber cuatro o cinco de Zerocalcare, y siempre el libro más vendido del año es uno de este autor oriundo de Roma. O sea que cuando Reservoir Books tuvo la astucia de distribuir en Argentina una novela de este monstruo publicada en castellano en el 2017, me venció la curiosidad y me tiré de cabeza, para tratar de comprender, o de experimentar de primera mano, este verdadero fenómeno. Bueno, a lo largo de las más de 260 páginas de Kobane Calling me convencí de que Zerocalcare es un genio. Un narrador formidable, un dibujante exquisito (muy en la línea de lo que nos mostró Juan Caminador en Segunda Venida) y un tipo que sabe meterse con una temática áspera, fuerte, y aún así no tomársela del todo en serio. La novela gráfica en cuestión es autobiográfica, y narra dos viajes de Zerocalcare y sus amigos al Kurdistán, esa zona de eterno conflicto entre Irak, Turquía y Siria, donde el Isis juega de local y donde hace 40 años apareció la resistencia del pueblo kurdo contra el estado islámico. Zonas de guerra permanente, donde cada tanto pasan aviones yankis a bombardear y donde las guerrillas resisten los ataques de milicias de fanáticos religiosos que no tienen reparo en degollar, secuestrar o violar a quien se les ponga enfrente. Con este contexto, un monstruo como Joe Sacco te hace una novela gráfica desgarradora, que te estruja el corazón a fuerza de crímenes de lesa humanidad. Pero el astro italiano no se copa con el enfoque periodístico. Todo el tiempo te subraya que el conflicto está visto desde los ojos de un pibe de clase media, de 32 años, fanático de los comics, el animé y los videojuegos, bastante ingenuo y en un punto boludón. Por momentos busca algo así como la objetividad, pero casi siempre narra desde la emoción, desde los sentimientos que el despierta esta proto-nación (el Rojava) surgida del aguante y de valores que Occidente bien haría en adoptar como propios. Por su estructura episódica, y por el espesor (dramático pero también geopolítico) de lo que cuenta, Kobane Calling es un libro para leer de a poco, ni en una sentada ni en tres. Hay que clavar pausas, digerir, pensar, y eventualmente seguir avanzando. Los dibujos de Zerocalcare, los chistes que mete, las acotaciones bizarras o ridículas con las que rompe (de a ratos) ese clima agobiantes, son sin dudas el motor, lo que tira para adelante y hace que no quieras soltar el libro aunque las situaciones sean muy heavies. Lo de meter chistes y acotaciones limadas ya lo había hecho antes Guy Delisle en sus crónicas de viaje, pero la verdad que Zerocalcare dibuja mejor, y por algún motivo, logró que me identificara más con él, o con su mirada. Con las obras de Delisle a veces me pasaba que sentía que se estaba burlando de la gente de estos países exóticos que recorría. En cambio en Kobane Calling hay un respeto infinito, una admiración conmovedora por parte del autor hacia estas mujeres y hombres que desde unas montañas perdidas en la Concha de la Lora combaten por ideales que lo emocionan a él, y que logra que nos emocionen a nosotros, que estamos todavía mucho más lejos del conflicto que los tanos. Recomiendo enfáticamente Kobane Calling y me pongo a rastrear más historietas de Zerocalcare, en el idioma que pinte. Gracias por el aguante y espero volver a postear pronto.

miércoles, 13 de julio de 2022

TARDE DE MIÉRCOLES

Hermosa tarde en Buenos Aires, con un solcito muy copado, ideal para sentarse a escribir unas reseñas. Empezamos en EEUU, año 2017, y por primera vez en muchos años, le entro a un comic de Valiant. Creo que nunca había leído nada de los títulos que están en la continuidad, en el universo heroico de la editorial. En este tomo de Ninja-K me encuentro con que supuestamente es un Vol.1, el inicio de una serie del personaje, pero el guion de Christos Gage hace un montón de menciones a cosas que pasaron antes, en otras revistas que no leí. O sea que es un falso inicio, muy vinculado a sucesos importantes que transcurrieron antes, en sagas que desconozco y de las que entendí lo mínimo indispensable (o quizás menos) gracias a las menciones que se hacen en estos números. El personaje principal es Colin King, un super-espía al estilo James Bond que no se casa con ninguna agencia de inteligencia, sino que ofrece sus servicios a la que le pone la tarasca. Además, Colin tiene un entrenamiento ninja de la San Puta y combina armas tradicionales japonesas con chiches tecnológicos que le dan enormes posibilidades en combate. Y por si fuera poco, tiene guita y es fachero. Uno enseguida se pregunta "¿Por qué este tipo no es feliz?", y por suerte Gage también se lo pregunta, y se propone indagar en la mentalidad de Colin y su ineptitud para construir relaciones afectivas con la gente que le importa. Por supuesto el foco no está puesto ahí, sino en la machaca. Ninja-K es un thriller explosivo, a pura acción, apoyado en la clásica trama de "la agencia de espionaje que garca a sus propios espías hasta que alguno se da cuenta y se da vuelta para combatirla". Y funciona bastante bien. Tiene buen ritmo, los diálogos están bien, la trama se resuelve cuando se tiene que resolver, y prácticamente no deja cabos sueltos. Además, hay una historia complementaria que repasa los orígenes del Programa Ninja, desde el Ninja-A en adelante, como para entender mejor cómo se vinculan estos asesinos con el espionaje británico (me olvidé de mencionar que Colin King es británico y labura principalmente para el MI-6). La verdad que esa segmento no explica mucho, pero le da mucha chapa al Ninja-A y tiene muy lindos dibujos de Ariel Olivetti, al que le sienta muy bien la ambientación de la Primera Guerra Mundial. En el tramo ambientado en el presente, hay algunas páginas dibujadas por Juan José Ryp, no feas, pero por debajo del nivel habitual del capo español. Y todo el resto lo dibuja a un nivel superlativo otro maestro argentino, Tomás Giorello, magníficamente complementado por los colores de Diego Rodríguez. El trabajo de Giorello es realmente apabullante: el despliegue, el dinamismo, los detalles, los fondos, la iluminación, esos momentos medio zaffinescos, la claridad con la que narra... Tomás se luce tanto en las escenas de diálogo y psicopateada mental como en los estallidos de acción que desparraman violencia y alto impacto por todas partes. En fin, si no te ahuyenta la temática de los super-espías, los black-ops, los ninjas y la machaca pasada de rosca, Ninja-K probablemente te atrape. Y aunque nada de eso te llame la atención, el dibujo de Tomás Giorello seguramente te va a hacer decir "pará un poco, hijo de puta, estás humillando a todos los demás dibujantes de la editorial".
Me vengo a Argentina, año 2021, para leer Macklemore, una novelita gráfica de 64 páginas a todo color, donde por primera vez forman equipo dos autores de la misma generación que son amigos desde hace mil años: Rodolfo Santullo y Nicolás Brondo. La trama de Macklemore nos lleva a un futuro post-apocalíptico, donde los humanos que siguen vivos lo hacen a duras penas, en un desierto asediado por la escasez de agua y alimentos y por la presencia de plantas carnívoras gigantes. No sabemos casi nada del protagonista, pero es un tipo canchero, habilidoso en el manejo de la katana, pícaro para resolver situaciones límite vinculadas al combate y poco dado a los vínculos con los otros sobrevivientes. Un clásico héroe (o antihéroe) de acción, al estilo Mad Max, si no fuera porque a Santullo se le va un poquito la mano con el tema de los diálogos graciosos. Eso que en Ladrones y Mazmorras queda bárbaro, acá me parece que sobra. Que la trama daba más para un tono más parco, menos jocoso. Pero dentro del delirio de las plantas gigantes, los robots gigantes y el tipo duro y grosso que le gana a todos, la historia funciona bien, avanza a buen ritmo, no deja cabos sueltos y resulta entretenida. El dibujo de Brondo también transmite esa onda dinámica, desaforada, brutal, y se apoya en un excelente trabajo de color y de aplicación de tramas mecánicas. No creas que está todo dibujado al increíble nivel de la portada: adentro te vas a encontrar con viñetas más elaboradas y otras resueltas medio a los pedos. Pero el color ayuda a que todo parezca más homogéneo y más sólido. Este es un Brondo apenas un poquito más salvaje que en Manta: se suelta un poco más de la referencia fotográfica, porque puede inventar locaciones y criaturas que no existen, pero a la hora de dibujar los rostros de la gente, va derecho a ese intento de realismo que vimos en Manta y en The Beatles. De hecho tiene bastante protagonismo un nene al que Nico le pone los rasgos de su hijo, Valentín. Lindo gesto, pero no hacía falta. Como ya mencioné alguna vez, me gustaba más el Brondo más expresionista, más ido al carajo, que este Brondo más pendiente de que anatomía, rostros, vehículos y armas se ajusten a la realidad. No me volvió loco Macklemore, pero para entretenerse un rato, está bien. Santullo y Brondo son narradores natos, con mucho oficio y a la obra no le faltan ideas y giros para generar impacto en el lector. Si no le pedís más que eso, te va a gustar. Y nada más, por hoy. Ni bien tenga leídos un par de libritos más, los comentamos acá en el blog. Será hasta entonces.

domingo, 10 de julio de 2022

DOS ZARPAD@S DE MIERDA

Tengo para reseñar dos libros que me shockearon por lo zarpado de sus contenidos. Hoy que hay tanto cuidado por no ofender, o no provocar impactos negativos en los lectores, este tipo de material cobra una relevancia muy interesante, muy enriquecedora. Nejishiki es una recopilación de historias cortas de Yoshiharu Tsuge, un autor japonés ya anciano, que desde los años ´60 fue parte de la vanguardia, del selecto grupo de mangakas que -principalmente desde las páginas de la revista Garo- se animaron a darle un perfil autoral y experimental al manga. De las once historietas que compila este tomo solo dos se presentaron en la Garo, y el resto está tomado de distintas publicaciones. El material más antiguo data de 1968 y el más reciente, de 1980. Más allá del valor experimental de su obra, lo primero que llama la atención de Tsuge es lo mal que dibuja. Una mirada superficial a este libro, hará que lo dejes en la batea sin dudarlo, porque el dibujo es tosco, poco inspirado, desprolijo. Cuando ves un fondo bien hecho es porque está copiado de fotos, y generalmente puesto en la misma viñeta que personajes tan feos, y con tan poca plasticidad, que decís "pará, flaco, yo dibujo mejor que este hijo de puta". La perspectiva no existe, la anatomía es precaria, la iluminación está jugada al cross-hatching excesivo y sin gracia... Visualmente no encontré nada para rescatar, salvo una historieta, "La Hinchazón del Exterior", que es una especie de poema onírico muy limado, y que Tsuge dibuja en un estilo pictórico, basado en pinceladas de algo que parecen ser aguadas. No me gusta el resultado, para nada, pero me gusta la idea que tuvo el autor de cambiar totalmente de estilo para acompañar las ideas que se le ocurrieron. Pero vamos a los argumentos: en la primera historia, un tipo que está herido va a pedirle ayuda a una ginecóloga y termina por violarla. En la segunda, un tipo abusa de una chica con discapacidad mental y luego termina por formar una pareja con ella. En la tercera, un tipo viola a una mujer que está intentado rescatar a su hijito de un desagüe. La cuarta es apenas un boceto, el dibujo es tan precario que no la pude leer. En la quinta, un tipo aprovecha una fuerte tormenta para abordar carnalmente a una mujer. En la siguiente, un marido viola a su esposa, la golpea y le mete una botella de Coca-Cola en la concha. En la séptima hay unos pajeros que contemplan a una mujer desnuda, pero no la llegan a tocar. La octava es ese delirio onírico dibujado con otra técnica. En la novena, un sátiro viola a otra mujer. La décima también va por el lado de los sueños, y tampoco hay sexo de ningún tipo. Y la última es una locura, que trata de ser dramática pero suma un elemento fantástico tan limado (manos vivientes de una mujer que murió) que queda en el limbo de la bizarreada. Evidentemente, a Tsuge le obsesionaba el tema del sexo forzado, y cualquier excusa le parecía buena para que una mujer termine ultrajada por un hombre. El impacto, el shock, están logrados. Falta el resto: buenos argumentos (creo que en otros trabajos de Tsuge los voy a encontrar) y buenos dibujos (eso ya lo veo más complicado). Esto mismo, dibujado por Suehiro Maruo, tendría mucho mejor sabor, sin perder el filo de lo prohibido, o de lo atroz.
Me vengo a Argentina, año 2021 (ya no me falta tanto para terminar de leer todo lo que se editó el año pasado) para descubrir a una autora de la que conocía muy poco: Xina Ocho. Su primera obra extensa se llama Inframundo, y es realmente increíble. El dibujo es original, es vibrante, es versátil (por momentos cambia para mostrar un trazo distinto), el color es brillante, la tipografía de los diálogos es exquisita, la puesta en página es sorprendente (¡esas secuencias de 12 viñetas!) y -por si faltara algo- el argumento es muy atractivo, muy potente. La historia arranca en tono cuasi-autobiográfico, o confesional, y parece querer contarnos lo chota que es la vida de una chica que bien podría ser la propia Xina Ocho. Pero las frustraciones, las broncas, las inseguridades, las fobias, y el arruine de muchas noches de sexo, drogas y una música que yo me imaginé electrónica, se empiezan a materializar en una especie de personaje-concepto que va a cobrar protagonismo y le va a dar a Inframundo un tinte de realismo mágico. Una fantasía demasiado real, en la que Carolina va a convivir con sus demonios, y cuando se descuide, va a estar totalmente poseída por el Lado Oscuro. Cuando arranca el capítulo 7, la historieta ya pegó un giro alucinante y pasa a ser una especie de versión trippy de El Otro Yo del Dr. Merengue. Sin dudas es la parte más impactante, más tremenda, incluso más tremenda que las escenas en las que Carolina (drogada y borracha) se atraganta mientras practica sexo oral en un baño y le vomita la chota a un pibe. Xina Ocho nos muestra la puntita de un debate fascinante acerca de los costos y beneficios de mandar al carajo toda inhibición y salir a vivir sin miedos, con los tapones de punta, caiga quien caiga y se ofenda quien se ofenda. Y lo hace con un ritmo atrapante, con excelentes diálogos y con honestidad brutal. Cualquier obra capaz de generar revulsión en el lector ya es -de por sí- notable. Inframundo además te deja pensando, te cautiva con el dibujo y el color, y te hiere con un baldazo de realidad fría, incómoda como tampón de virulana. Me imagino lo que te debe provocar este comic si además te identificás con la protagonista, ya sea por el lado del género, la edad, la profesión, o alguna de las otras (muchas) aristas de un personaje rico y complejo como pocos en la historieta argentina reciente. Obviamente me hice fan de Xina Ocho y quiero leer cuanto antes más obras suyas. Sigo dándole átomos al número de Comiqueando Digital que se viene en Agosto. Ni bien pueda, vuelvo a postear reseñas, acá en el blog.

jueves, 7 de julio de 2022

NOCHE DE JUEVES

Tal como lo suponía ayer, hoy vamos con las reseñas de un par de libritos que tengo leídos, ambos bastante recientes. En 2020, para festejar el 80º Aniversario del Joker, DC publicó una antología de 100 páginas que incluye 10 historietas inéditas protagonizadas por el principal villano de la editorial, casi todas de ocho páginas. Algunas intersectan con momentos concretos de la historia canónica del Joker y otras no, pero no es eso lo que importa en este tipo de especiales, me parece. Vamos a recorrer el material. La primera historia se queda en el impacto y la mala leche, no va más allá. El guion de Scott Snyder amaga con levantar vuelo, pero no llega. El dibujo de Jock, maravilla absoluta. La segunda, a cargo de James Tynion y Mikel Janín, son como un complemento a aquel número de Batman en el que nos narraron el origen de Punchline. Los diálogos están muy buenos y el dibujo, muy frío. La tercera es más corta (seis páginas en vez de ocho) y está bien, porque es un chiste largo. La idea de Gary Whitta y Greg Miller es buena, y el dibujo de Dan Mora es preciso y precioso. Pero si la estiraban más, perdía totalmente la gracia. La cuarta historia, a cargo de los maestros Denny O´Neil y José Luis García López, es una especie de prólogo encubierto a The Killing Joke: acá nos enteramos de dónde sacó el yosapa la cámara fotográfica y la camisa de las palmeras y el short el que le veremos usar al momento de cometer una de sus más atroces felonías. Pero eso no hace que la historia sea buena. Ni siquiera el dibujo de García López está en un nivel digno de la leyenda. La de Peter Tomasi y Simone Bianchi es una excusa bizarra para que el ídolo italiano dibuje lo que tiene ganas de dibujar: una secuencia onírica, vehículo ideal para el asombroso virtuosismo de este monstruo hoy más cerca de la ilustración que de la historieta. Guarda, que en la segunda mitad mejora: La historia que aportan Paul Dini y Riley Rossmo es graciosa, picante y profunda a la vez, y está dibujada como los dioses. Tom Taylor le agrega una faceta casi tierna a un personaje habitualmente despiadado, en una breve historia con los mejores diálogos del librito. El dibujo de Eduardo Risso es glorioso, y se da el lujo de ponerle al co-protagonista la camiseta de Rosario Central. Después de que pelaran chapa dos maestros argentinos, les toca a los brazucas: Eduardo Medeiros co-escribe con Rafael Albuquerque una historia que dibuja este último en un nivel superlativo, seguramente el mejor trabajo que realizó para una editorial de EEUU. El guion no es una maravilla, pero tampoco apesta. Y nos quedan dos, ya con una calidad no tan zarpada como lo que vimos recién: una escrita y dibujada (bastante bien) por Tony Daniel, y una locura, un trip demencial, perturbador y caótico, a cargo de Brian Azzarello y Lee Bermejo, que engancha bien con la onda de la novela gráfica que supieron obsequiarnos unos cuantos años atrás. Complementan pin-ups inéditos y portadas clásicas (como para arrimar a las 100 páginas) y el balance general es positivo, sobre todo si sos fan del payaso criminal.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se da a conocer El Pueblo del Mal, una historieta absolutamente académica, porque tiene guionista y dibujante hinchas de Racing. Está escrita por Ricardo De Luca y dibujada por Horacio Lalia, y por su estructura episódica parece estar pensada para publicarse en las revistas italianas de Aurea (no sé si eso sucedió). En total la serie supera las 140 páginas... y se hace larga. De hecho, cambia de rumbo un par de veces, como si los autores quisieran hacerla durar lo más posible. El que pintaba para villano grosso muere en el cuarto episodio, lo que parecía un caso "policial" de asesinatos en serie se revela como obra de un monstruo de origen sobrenatural... Hay capítulos enteros dedicados al pasado (los secret origins) de dos o tres personajes importantes... Cerca del final, se acumuló una cantidad de información tan voluminosa, que no se condice con la poca empatía que generan los personajes, ni con la llamativa facilidad con la que en última instancia (y cuando a la serie le quedan seis viñetas) derrotan al mal. El argumento, entonces, no me pareció muy logrado, y si banqué los trapos hasta el final fue porque el guion tiene buenos momentos. Los bloques de texto están muy bien escritos, sobre todo en esos episodios en los que el narrador omnisciente le habla a Mondragón. Y me copó que en una obra ambientada en el Medioevo, en algún lugar de Europa, De Luca opte por un castellano más rioplatense que clásico, donde los personajes se tratan de vos. Del dibujo de Lalia, lo que más me gustó fueron los fondos y la vestimenta de los personajes. Después de tantos años de dibujar historietas de Nekrodamus, el maestro juega MUY de local en la ambientación que le pide El Pueblo del Mal y ahí saca mucha diferencia. Después, las expresiones faciales están un poco desparejas (en algunas deja la vida, otras parecen resueltas así nomás), la anatomía por momentos está un poco dura, el diseño de las criaturas monstruosas no me pareció demasiado inspirado, y -como suele suceder- me marea un poco la puesta en página, con esas viñetas diagonales que a veces no entiendo en qué orden deben ser leídas. Reitero mi pedido a los editores y guionistas que trabajan con Lalia (que son unos cuantos) para que le recuerden al maestro que sus mejores historietas son las que tienen puestas en página clásicas, tradicionales, con las viñetas en tres tiras prolijas, yuxtapuestas de modo diáfano, sin pisarse, sin adoptar esas formas de paralelogramo que le enkilomban mucho el flujo de la narrativa. Después, hay varios detalles mejorables en la edición, pero me imagino que esta obra está apuntada a los lectores que buscan aventuras clásicas, no lindos diseños, colores flasheros y tipografías vanguardistas. Así que en ese tema no me voy a meter. Ya estoy avanzando con otras lecturas, así que prometo nuevas reseñas para muy pronto, acá en el blog. Gracias y hasta entonces.

miércoles, 6 de julio de 2022

THOR: LOVE AND THUNDER

Tengo unos libritos leídos como para reseñar, pero primero lo prometido: la reseña de la nueva peli de Thor. Básicamente a lo largo de estas dos horas, el director Taika Waititi hace lo mismo que en Ragnarok: un primer tramo bastante extenso repleto de chistes y payasadas varias, una escena crucial que cambia el rumbo de la peli (en la anterior fue la muerte de Odin), y de ahí en más, una segunda parte mucho más dramática, con momentos épicos. En Love and Thunder el rumbo cambia cuando Thor se entera qué le pasa a Jane Foster. Ahí baja por completo el ritmo de la joda loca y la trama se concentra en buscar la derrota de un villano muy jodido. Vendrán escenas duras, inquietantes, casi aterradoras, y un combate final no tan épico como el de Ragnarok, pero sí más atravesado por las situaciones personales y sentimentales por las que transitan los protagonistas (y en ese combo incluyo al villano). Todo esto condimentado con una trama romántica, llevada criteriosamente por los guionistas para que no opaque a la acción y la aventura. Los conflictos principales están tomados literalmente de dos de las tres etapas de Jason Aaron como guionista de los comics de Thor, así que si sos fan de esa extensa epopeya vas a flashear fuerte. También como en Ragnarok, en Love and Thunder tenemos unas locaciones alucinantes, verdaderas locuras visuales, y la aparición de un personaje de infinito poder (aquella vez fue el Grandmaster) al que Waititi se toma medio en joda, y al que parecen faltarle un par de jugadores. El paso de la Asgard esplendorosa a la New Asgard mucho más humilde y terrenal está perfectamente compensado con los paisajes y decorados que crean los genios del diseño que trabajan en este largometraje. En el rubro actoral se ve una solidez muy notable, y se destaca claramente un irreconocible Christian Bale, que hace su debut en el Universo Marvel con un personaje muy bien trabajado, tanto por el actor como por los guionistas, quienes le dan una motivación fuerte, buenos diálogos y un giro muy copado en el final. Los efectos especiales, magníficos como siempre. La música, un hallazgo. No se puede ser fan de Guns N´ Roses y no salir del cine conmovido por el uso que hacen Waititi y su equipo de los greatest hits de Axl, Slash y el resto de la banda. ¿Está todo muy enganchado con lo anterior? No. Si viste las tres pelis anteriores de Thor y Avengers: Endgame, vas a entender TODO, porque Love and Thunder continúa directamente desde ahí. No encontré guiños a las series de Disney + (Darcy aparece muy poquito, y no se hace cargo de nada de lo que le tocó vivir en Wandavision), ni a ninguna de las pelis de 2020 y 2021. ¿Y para adelante? La primera escena post-créditos abre la cancha para una quinta película de Thor, con la aparición de un personaje importante en el Universo Marvel, que obviamente no vamos a nombrar acá. ¿Por qué Love and Thunder me gustó menos que Ragnarok? Primero porque aquella vez todo se veía más nuevo y más rupturista. Esta vez, Waititi va por la misma fórmula que ya resultó exitosa en 2017. Segundo, en Ragnarok estaba el elenco clásico de las mejores épocas de Thor: Odin, Loki, Hela, Surtur, el Executioner, el lobo Fenris, los Warriors Three... No hay forma de ganarle a eso. Además, aquel film encontró en Hulk una estrella invitada de una magnitud tremenda, un gran complemento para una historia donde la machaca era fundamental. Acá lo más parecido a una gran estrella invitada que tenemos es una breve aparición (poco más que un cameo) de los Guardians of the Galaxy. Y está Valkyrie, quien junto a Korg hace de sidekick de Thor, pero está muy cambiada: me gustaba más la Valkyrie de Ragnarok, una zarpada, borracha y kilombera, no una monarca circunspecta, siempre lista para poner cara de orto cada vez que Thor se manda un moco. Aún así, la peli nueva me resultó muy entretenida, nunca se me hizo larga (de hecho, me animo a ver la versión original, de cuatro horas, el día que la den a conocer), me gustó que sea más emotiva, que haya conflictos más humanos (además de la machaca, obvio), que se hayan animado a matar a un personaje importantísimo, y que el Thor de la última escena de Love and Thunder se parezca poco al Thor de Avengers: Endgame y nada al del film de Kenneth Branagh de 2011. Evidentemente en el hijo de Odin los demiurgos del MCU encontraron un personaje al que pueden hacer evolucionar muchísimo sin que el público los acuse de traicionar la esencia (o alguna de las esencias) del querido Dios del Trueno. Perdón por la ambigüedad a la hora de referirme a lo que pasa en la peli, pero antes del estreno es menester no spoilear. Para antes de fin de mes se vendrá un podcast de Comiqueando donde hablaremos más en detalle (y CON spoilers) de esta cuarta incursión de Thor por la pantalla grande. Mañana, si no pasa nada raro, nuevas reseñas de comics, acá en el blog.

sábado, 2 de julio de 2022

NOCHE DE SÁBADO RETRO

Bueno, llegó el momento en que la realización del número nuevo de Comiqueando Digital (que va a estar disponible en Agosto) se comió todo mi tiempo. Recién hoy tengo unos minutos para reseñar dos libritos que leí en la semana, y no tengo idea de cuándo voy a poder volver a postear. El martes voy a ver la peli nueva de Thor y seguro voy a tener ganas de escribir algo al respecto, pero no sé cuándo voy a encontrar el tiempo. Así que sepan disculpar si durante este mes y los primeros días de Agosto hay poco material nuevo para leer en este espacio. Hoy empiezo en Chile, año 2010, cuando la editorial Unlimited reedita en librito dos episodios de Barrabases, una historieta clásica del país vecino, creada por Guido Vallejos. La edición es muy precaria, porque no ofrece ni la más mínima pista de dónde aparecieron originalmente estas historietas, ni de qué año son. Tampoco tengo muy claro si Vallejos hacía todo el trabajo él solo, o si tenía un equipo de gente que lo asistía en los guiones, los dibujos, el entintado, el color o las letras. Lo que sí tengo claro es que Vallejos era un muy buen historietista, con un dibujo dinámico, un diseño de personajes muy idóneo para un comic apuntado a los más chicos y una narrativa fluida, sencilla, en la que se ve a un autor a sus anchas, con un gran dominio de lo que quiere contar. En la segunda historieta de este librito ("La justicia tarda pero llega") hay un par de páginas con muchísimas viñetas chiquitas, no sé si porque Vallejos estaba probando algo nuevo, o porque sintió que no le alcanzaban las páginas para meter todo lo que quería que pasara en el episodio. Pero las resuelve bien, sin enroscarse ni marear al lector. Como en aquellas viejas historietas de Gattín y el Equipo, en Barrabases buena parte de la acción tiene que ver con partidos de futbol. Por momentos Vallejos logra reproducir la emoción de un partido de futbol de los memorables, donde pasan cosas heavies, impredecibles. Y por momentos trata de sumar algunas pinceladas de humor, que pasan principalmente por algunos diálogos, y por la forma en que se exageran o se caricaturizan, ciertos gestos, ademanes y posturas de los personajes. También como en aquellas viejas historietas de Gattín y el Equipo, aparece la limitación, o la complicación, de tener que traducir un partido de futbol a un combate entre buenos y malos, sobre todo en la segunda historieta. Dentro de la lógica de la aventura, pareciera algo casi indispensable, pero dentro de la lógica del futbol, no se sostiene por ningún lado. Aún así, las historias se sostienen en el ritmo, en el carisma de los personajes y en la fuerza plástica del dibujo, que no tiene nada que envidiarle a las buenas historietas infantiles que aparecían a principios de los ´70 en la revista española Trinca. Y sí, lo más loco es que una historieta de futbol ambientada en Chile te arranque una sonrisa. En general, cuando vemos futbol chileno, nos dan ganas de llorar de lo mal que juegan.
Me voy a 1989 cuando, para conmemorar los 200 años de la Revolución Francesa, se junta un seleccionado de autores franceses y españoles y se produce la antología llamada "1789: La Revolución Francesa" para editarse en ambos países. Se colaron un alemán, el maestro Andreas, y un argentino (cómo no), el guionista Jorge Zentner, quien para fines de los ´80 ya estaba afincado en Cataluña. Y salieron seis historietas cortas, todas de ocho páginas, que vamos a repasar a continuación. La primera, escrita y dibujada por Edmond Baudoin, es una historieta de perfil bastante experimental, a la que no le encontré ningún atractivo ni en el guion ni en el dibujo que justificara el esfuerzo extra que hay que hacer para entender lo que el autor quiere contar. No sé si es una garcha, o si a mí no me llamó la atención, pero no pude conectar. Después tenemos una historia con unos dibujos magníficos de Víctor de la Fuente, un capo absoluto del estilo académico-realista. El guion es del maestro Felipe Hernández Cava, y se me hizo muy corto. Me dio la sensación de que estas ocho páginas son un fragmento de una obra mucho más larga... o que están haciendo referencia todo el tiempo a algo que no conozco. Es raro, porque me interesó, me dejó con ganas de más, pero también con el sabor agridulce de no saber si la historia es solo estas páginas y me quedé afuera de cosas que los autores cuentan y yo no pesqué. La tercera historia es menos ambiciosa, una anécdota menor casi, pensada para ilustrar una faceta poco explorada de la Revolución Francesa. Escribe Laurence Harle y dibuja otro maestro, Michel Blanc-Dumont, en ese estilo siempre tributario del de Jean Giraud. Por suerte la segunda mitad se pone pulenta: Zentner forma (una vez más) dupla con Rubén Pellejero y de ahí sale una historia original, ganchera, dinámica, con una buena idea, con un buen conflicto, con tensión, con un buen final... Se podía, nomás, aportar algo power en ocho páginas. La historieta de Andreas es la más desgarradora, la más conmovedora, además de mostrar el prodigio técnico que caracteriza al autor germano en cualquier estilo que aborde (acá aborda dos). Andreas mezcla la historia oficial con un trip psicológico zarpado y desolador, de manera magistral. Y cierra la antología otro autor fundamental para entender el comic europeo de los años ´80, el gallego Miguelanxo Prado. La historieta de Prado es fría, amarga, distante, como si el autor buscara denodadamente desenfatizar el dramatismo de lo que nos narra. La idea es buenísima, el dibujo es glorioso, el ritmo que elige es brillante y el remate es perfecto. Qué grosso es seguir descubriendo pequeñas gemas de Prado que no conocía, incluso cuando sigo su trayectoria hace casi 40 años. Y bueno, nada más. Trataremos de retomar en breve con la reseña de la peli de Thor, o con lo que pinte. Gracias y hasta pronto.

martes, 28 de junio de 2022

NOCHE DE MARTES

Tarde pero seguro, tengo leídos otros dos libritos para comentar. Se vienen semanas complicadas para mí, porque estamos cerrando un nuevo número de Comiqueando Digital, pero trataré de mantener un ritmo aceptable en los posteos... Empezamos en EEUU, año 2017, con el primer tomo de Violent Love. No sé si alguna vez había leído otras obras de Frank Barbiere, sospecho que no. Si venís leyendo hace unos años este blog, deducirás rápidamente que caí en esta historieta porque la dibuja Víctor Santos, un autor del que soy muy fan y al que le compro prácticamente cualquier cosa que haga. El guion me gustó bastante. Es un thriller muy violento, casi una peli de Quentin Tarantino pero sin esos diálogos eternos y divertidos que caracterizan al cineasta. La trama se centra en el recuento de la trágica vida de una mina que un día decide jugarse lo poco que le queda (que es el pellejo) para vengarse de los asesinos de su padre, y su inmersión en un mundo sórdido de crimen, marginalidad y sangre. Por entre los tiros en la cabeza, las torturas y las violaciones, asoma una trama romántica, que pega más de un giro a lo largo de estos cinco episodios, ninguno demasiado imprevisible. Pero está buena, porque humaniza a estas máquinas de robar y matar. El giro de las últimas páginas del tomo sí me resultó más sorpresivo, y es muy interesante todo lo que abre para que Barbiere resuelva en el segundo y último TPB. Felizmente, el guionista se da cuenta de que con Santos se sacó la lotería, y permite que el valenciano narre tranquilo, con espacios, con escenas pensadas para que se luzcan el trazo y la paleta de este monstruo. La puesta en página es trepidante, el dibujo tiene un impacto tremendo, la sangre parece salpicar de verdad al lector y la reconstrucción de tiempo y lugar (pueblos del sur de California a principios de los años ´70) funciona sin fisuras. Santos pone todos sus recursos a trabajar para que la lectura de Violent Love resulte atrapante, adictiva. Y le sale muy bien. Por momentos me dio la sensación de que el color le restaba un poco de protagonismo al dibujo, especialmente en las escenas más turbias, más oscuras, pero en la segunda leída noté cómo la paleta de Santos no traiciona nunca la consigna de acompañar desde la gráfica los climas que propone el guion. Me sigue gustando más la obra de Santos en blanco y negro, pero esta forma de encarar el color está muy bien, me doy cuenta de que es algo que el público de Image no solo acepta sino disfruta. Violent Love no es para cualquier tipo de lector, por la brutal y lo explícito de la violencia. Pero por lo menos esta mitad, está muy bien llevada, tiene momentos originales, tiene profundidad en la caracterización, toca (aunque sea por encima) ciertas problemáticas sociales típicas de los EEUU de principios de los ´70 y termina con un cliffhanger jodido como enema de chimichurri. Y además dibuja Víctor Santos, con lo cual está casi todo dicho.
Seguimos acá nomás, Argentina 2021, con el libro Dago: La Justicia Secreta, una novela gráfica de 96 páginas de las que se producen en nuestro país para la editorial italiana Aurea, en este caso escrita por Néstor Barron y dibujada por Sergio Ibáñez. Lo de Ibáñez me resultó muy raro. Es como si fueran dos dibujantes distintos. Uno que se mata en los fondos y les pone toda la onda, la dedicación y el talento; y otro que dibuja a los personajes de un modo mucho más rústico, por momentos estáticos, sin onda. como si se los quisiera sacar de encima rápido. Este "segundo Ibáñez" logra reproducir en los primeros planos de Dago algunos rasgos de los que asociamos al trazo mágico de Carlos Gómez. Y en los primeros planos del villano de este episodio, nada menos que Giácomo Barazutti, reaparece algo de la impronta del maestro Alberto Salinas, co-creador y primer dibujante de la longeva serie. Fuera de esos primeros planos, hay poco del Ibáñez que disfrutamos en trabajos como La Guarida del Gusano Blanco o Ecos de Mundos Posibles. Me da la sensación (también por la escasa cantidad de cuadros por página) de que este es un trabajo hecho a velocidades supersónicas, sin tiempo como para que el dibujante cuide más algunos aspectos, lo cual es una pena, porque uno de Ibáñez espera otra cosa. El guion de Barron tiene una virtud irresistible: no está estirado. Muchas de estas novelas de Dago te cuentan en 96 páginas historias que daban para la mitad, pero en La Justicia Secreta tenemos una trama realmente compleja, con un elenco vasto (donde por ahí sobra La Flor, que no aporta nada), una conjura política espesa para que desentrañen Dago y sus aliados, y otro elemento muy ganchero: el regreso (no sé cuántos van) de Dago a su Venecia natal, lo cual le va a dar la posibilidad a Barron de poner al duro justiciero cara a cara con Barazutti, el único que queda vivo de los asesinos de la familia Renzi. La gran contra que tiene Dago, que es su falta de emociones, la forma desapasionada en la que resuelve las aventuras casi sin despeinarse, acá no se siente, porque -si bien por fuera mantiene la calma- cada regreso a Venecia significa reencontrarse con los fantasmas de la vida que le robaron cuando su familia fue traicionada y asesinada. Y lo más interesante, lo que hace que este guion de Barron sea realmente relevante para cualquiera mínimamente interesado en las andanzas de Dago, es el rol de Ginetta, la joven que fuera novia de Cesare y terminara dando a luz a los hijos de Barazutti. Lo que sucede con este personaje es tan fuerte, que hasta el Super-Clásico entre Dago y el asesino de su familia pasa por momentos a un segundo plano. No recuerdo otra historia de Dago en la que Ginetta haya sido desarrollada tanto como en La Justicia Secreta, y la vuelta que le pega Barron es realmente impactante. La última viñeta es clave, es... no lo puedo contar, porque es zarpado lo que pasa... Digamos que es el "Son of the Demon" de Dago... y que la cace el que sepa. Ojalá eso que sugiere Barron en el final de este libro no quede en el olvido ni sea negado retroactivamente por otros guionistas. ¿Tiene sentido que se sigan publicando 96 páginas de Dago todos los meses, pensando en que es una serie que ya lleva 40 años de producción ininterrumpida? Yo creo que no, pero cada tanto aparece un guion como este, y uno recupera la expectativa (o al menos la ilusión) de ver una real evolución en la serie. Esa magia, la sensación de que todo puede suceder, la perdieron Robin Wood y sus sucedáneos entre tantas peripecias tan parecidas entre sí. En una de esas, Barron se anima a recuperarla. Nada más, por hoy. En unos días reaparezco para comentar nuevas lecturas, acá en el blog.

viernes, 24 de junio de 2022

VIERNES MELANCÓLICO

Hoy se me juntaron para reseñar dos historietas tristes, melancólicas, que te envuelven en una atmósfera tanguera de pesadumbre y desazón. Primero tengo el Vol.2 de El Club del Divorcio, obra maestra del gekiga realizada por Kazuo Kamimura a comienzos de la década del ´70. Un librazo de casi 500 páginas editado como los dioses por ECC, sin sobrecubiertas ni giladas innecesarias. Esto es un masacote, con historietas de punta a punta, que -a pesar de su espesor- se lee bastante rápido, porque Kamimura mete poco texto y juega a narrar principalmente con las imágenes. Y hay una cantidad de experimentos narrativos impresionante. Estamos ante un autor que entiende la mezcla entre espacialidad y temporalidad (clave para la gramática del idioma al que llamamos "historieta") de un modo muy personal y sencillamente magistral. En estas páginas hay muchísimas sorpresas en materia de armado de las secuencias, y todas son muy gratas. El estilo en general, parece un Takao Saito más elegante, más sofisticado, menos apresurado. Por momentos el plumín de Kamimura levanta vuelo y alcanza niveles más cercanos a la poesía que a la narrativa, pero sin descuidar nunca la fuerza dramática de estos relatos de amores imposibles, sueños hechos pedazos y convicciones éticas rifadas por tres yenes con cincuenta. Los argumentos muestran una evolución, siempre en base a las desventuras de Yuko, la protagonista, un personaje al que Kamimura deja madurar, replantearse muchas cosas, cambiar de mirada acerca de otras. En una palabra, la deja crecer. El elenco secundario es muy sólido, con personajes complejos, que se prestan a situaciones muy disímiles. Y cuando las tramas son motorizadas por personajes ocasionales, pensados para aparecer una sola vez, también se generan momentos gloriosos, como en la soberbia "En la flor de la madurez". La subtrama principal (el romance entre Yuko y Ken) avanza y retrocede todo el tiempo y se hace tan hipnótica como impredecible. ¿Termina bien? Y, es gekiga... Gekiga de los buenos, de los que te garantizan ambientación urbana, realismo y sobre todo niveles de amargura solo comparables a los de ponerse una camiseta de Independiente para ir a alentar a 11 perros que pasan vergüenza todos los fines de semana. Tengo entendido que entraron al país pocos ejemplares de los dos tomos de El Club del Divorcio publicados por ECC, pero si te gusta el manga para adultos, sin chistes pelotudos, ni machaca descerebrada, ni romances ridículos entre colegialas, acá vas a encontrar (entre el humo de los puchos y el aliento a whisky de los protagonistas) otro tipo de pasiones y de emociones, menos épicas y más humanas, más cercanas, más reales. Más dolorosas, también. Vale la pena buscar este material, descubrirlo y atesorarlo por siempre.
Me vengo a Argentina, a seguir descubriendo el material que se editó por estos pagos durante 2021. Así me encuentro con Saturno, una serie episódica escrita por Pablo De Santis y dibujada por Matías San Juan, ambientada en Buenos Aires, aparentemente a principios de los años ´90. Esperaba mucho más del dibujo de San Juan, al que acá veo por debajo de otros trabajos anteriores (pienso, por ejemplo, en Las Chicas de Nadie). No me convencieron ni la anatomía, ni las expresiones faciales, ni la forma en que el color se acopla con un trazo al que yo asociaba con el claroscuro. Y sí me gustó mucho el trabajo en los fondos, muy cuidado, muy atento a la atmósfera de realismo sin estridencias que proponen los guiones. Saturno es un periodista que escribe para una revista sensacionalista de crímenes, y muchas veces termina siendo él quien los resuelve. Cada episodio se centra en un caso que Saturno debe investigar y todos son autoconclusivos, excepto el último, que está dividido en dos partes. No sorprendo a nadie si digo que De Santis maneja el misterio policial con una jerarquía apabullante. Todos los guiones de Saturno son pequeñas obras maestras, mecanismos de relojería perfectos, donde no hay nada librado al azar ni tirado a la marchanta. El autor logra incluso impactar al lector con cada resolución, sin apostar nunca a la espectacularidad, ni al shock. Por el contrario, opta por un tono frío, desapasionado, no desprovisto de algunos momentos muy emotivos, porque por atrás de los crímenes a veces pasan historias de amor, de amistad o incluso de odio, sumamente conmovedoras. Ese ritmo parsimonioso de las historias, esa Buenos Aires que apela a los recuerdos y la nostalgia del lector más veterano, hacen que en Saturno predomine un clima melancólico, tanguero, donde la sangre y la muerte parecen inevitables, un elemento más en un coctel con sabor a corrupción y desolación. Y también contribuye a este clima el propio protagonista, que lamentablemente es lo menos interesante de la obra. Saturno Drey es un personaje sin onda, sin rasgos de personalidad interesantes, que se podría reemplazar tranquilamente por cualquier otro tipo que investigue crímenes. No sabemos nada de su vida, apenas que tiene muchos contactos por haber pateado durante muchas décadas los rincones más oscuros de Buenos Aires. Una pena que De Santis no se haya esforzado por dotarlo de un poco más de onda. No te pido otro Arenas, pero sí que me importe un toque más quién es, qué le pasa y por qué actúa como actúa el personaje principal de la serie. Acá también tenemos altas dosis de pucho, escabio y vidas arrojadas al abismo por amor, por ambición, por venganza o incluso por accidente. Si todo eso no te asfixia ni te espanta, preparate para disfrutar de unas historias exquisitas, servidas con talento y originalidad por un crack del relato policial. Y hasta acá llegamos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.

martes, 21 de junio de 2022

DOS DEL DOS MIL

Hoy se dio la casualidad de que los dos libros que tengo para reseñar se publicaron en el mismo año, el paradigmático 2000. Empiezo con el Vol.5 de Mutts, uno de los que me faltaban para ir completando esta maravillosa colección de reediciones de la tira que Patrick McDonnell publica en los diarios yankis desde 1994. Son libros preciosos, de 128 páginas, donde aparecen tanto las tiras como las planchas dominicales, estas últimas pasadas a blanco, negro y grises sin perder ni un ápice de su atractivo. Mutts es una tira... perfecta, me animo a decir. Primero porque cumple con la consigna de arrancarte una sonrisa y hasta a veces te hace reir. Pero sobre todo porque tiene una sensibilidad muy propia, que excede a lo humorístico. Tiene momentos absurdos, otros más tiernos, por momentos hasta se anima al golpe bajo, a conmover al lector con recursos más dramáticos basados en la triste realidad que viven los animales que no tienen dueño. Con el correr de los años, McDonnell define esta sensibilidad, esta voz propia, al mismo tiempo que amplía el espectro de la tira, que de a poco sale de las casas de Earl y Mooch, y empieza a explorar ese suburbio casi rural de algún lugar de EEUU donde sabemos que hay una ciudad cerca, pero también bosques y lagos. Así se suman nuevos personajes y situaciones, a las que el autor les saca un enorme provecho sin cambiar nunca su registro: no vas a ver una "saga" en la que Earl y Mooch se hacen superhéroes, o monstruos, o guerreros galácticos. Pero McDonnell conoce todos esos géneros de la fantasía y los referencia sutilmente, con guiños para los que saben, mientras mantiene el foco en un único elemento fantástico, que es que los animales hablan entre ellos y muchas veces manipulan objetos como si fueran seres humanos. El enfoque de la tira es absolutamente moderno, y sin embargo McDonnell se afianza cada vez más en un grafismo totalmente tributario de los grandes autores de los años ´20 y ´30, de aquellos capos que en las primeras décadas del Siglo XX definieron el lenguaje y la onda de las tiras cómicas que aún hoy tienen un espacio destacado en los diarios yankis. Por las tiras de Mutts sobrevuelan todo el tiempo los fantasmas de George Herriman, Elzie Segar, Geo McManus, Billy De Beck, Sidney Smith y Cliff Sterret, entre varios otros. El trazo sintético de McDonnell no logra ocultar el virtuosismo de un historietista quintaesencial, de un tipo que entendió TODO, y que desde la primera tira demostró poseer un talento innato para el timing humorístico. Imposible recomendar lo suficiente a Mutts, una tira que te hace sentir bien, te acaricia el alma con la calidez y la onda de sus personajes y te hace mimos en los ojos con la belleza de sus dibujos.
Mirá esta bizarreada: guionista estadounidense, dibujante francés, y gil argentino que lee el libro en italiano porque es la única edición que logra conseguir después de más de 20 años de búsqueda. Es así. Pasé años y años buscando una edición de White Sonya y finalmente conseguí la de Mare Nero, que a nivel técnico es magnífica, y tiene como único problema estar traducida a la lengua de mis bisabuelos. Es lo que hay. El día que vea este libro en inglés o en francés, por ahí lo vuelvo a comprar, porque me encantó. Acá lo tenemos otra vez al maestro Jerome Charyn en su salsa, con un relato duro, sin concesiones, de violencia y desolación, ambientado en el Lado B de New York, el lado de las mafias, la cárcel, la prostitución y los asesinos a sueldo. Un relato que pareciera tener lugar a principios de los ´80, pero que es prácticamente atemporal. Se trata de una obra bastante breve (menos de 60 páginas), narrada de modo muy descomprimido, con poquísimo texto y muchas secuencias mudas. O sea que el argumento podría resumirse en poquísimas frases. Pero la verdad que no es la idea contar el argumento. Es lo que ya dije: una historia de una sordidez asfixiante, de una chica que la pasa muy mal desde la infancia y a la que Charyn nos invita a acompañar durante un breve período de tiempo. Casualmente el tiempo en el que Sonya cree que puede ajustar todas las cuentas que le quedaron pendientes del pasado y encontrar la paz, o por lo menos una chance de volver a empezar. Pero cuando todo está enchastrado por la violencia, la justicia real no llega nunca y la paz, mucho menos. Para dibujar este thriller desolador, Charyn acude al maestro Jacques Loustal, con quien ya había trabajado en 1991 en otra novela gráfica inédita en castellano, llamada Les Fréres Adamov (los hermanos Adamov). Y como en aquella ocasión, Loustal sorprende con un cambio radical en su estilo, que se aleja de esa impronta más sofisticada, más lírica, más "de contemplación", e incluso de su clásica puesta en página con tres viñetas widescreen, ideal para retratar paisajes. Acá, el maestro francés se pone el overol y se convierte en un obrero de la narrativa, con un grafismo mucho más crudo, más expresivo, mucho más idóneo para ponerse al servicio del relato de Charyn y mucho más en sintonía con la violencia, la abyección y la sordidez que caracterizan al guion. Por momentos decís "¿Este es Loustal?", porque realmente se parece poco al estilo que consagrara al ídolo en los ´80, sobre todo en esas obras junto a Philippe Paringaux. Y sí, es un Loustal raro, como si tratara de acercarse a un Guillem Cifré, o en los momentos más extremos a un Peter Kuper. El resultado es espectacular, porque sorprende no solo al fan de Loustal acostumbrado a otra cosa, sino también a cualquier lector de historietas para adultos, que se va a encontrar con un trazo tan duro y tan adusto como el propio guion de Charyn, con esa falsa sensación de simplicidad. Ojalá alguna vez haya edición en castellano de White Sonya. Es una obra maestra, de verdad. Nada más, por hoy. La seguimos pronto.

jueves, 16 de junio de 2022

ESSENTIAL CLASSIC X-MEN Vol.2

Otro Essential de durísima digestión, esta vez con el aliciente de que yo ya sabía lo que me iba a encontrar en estas 640 páginas, porque ya había leído todas estas historietas, por supuesto a color. Y entré tan convencido de que me estaba sumergiendo en un foso séptico, que por momentos el material me pareció menos choto de lo que suponía que iba a ser. De hecho, hay algunos numeritos de Roy Thomas que no están mal, que se me hicieron entretenidos, a pesar de la cantidad ingente de diálogos. Me parece que el problema fundamental de esta etapa de X-Men (años 1966-68, más o menos) es que es una serie que no va a ningún lado, que hace la plancha y simplemente acumula episodios, que hasta se podrían leer en cualquier orden. A partir del nº38, cada número incluye un episodio principal más corto (15 páginas) y un back-up protagonizado por uno solo de los miembros del equipo en el que generalmente se exploran sus orígenes. Esto le da un poco más de aire a los relatos, porque Thomas y sus sucesores (Gary Friedrich primero y Arnold Drake después) no sienten más la presión de cerrar las aventuras en la página 20, y estas se extienden a lo largo de varios números. Dos cosas me llamaron mucho la atención. Uno: me divertí mucho más en las escenas en las que los X-Men actúan en sus identidades civiles, como adolescentes "normales" de los años ´60, que durante las peleas con los villanos. Dos: parece que en el Universo Marvel de 1966-68 todavía no había afroamericanos. Ni en las escenas de multitudes, ni cuando aparecen grupos de soldados, policías, bomberos o incluso pandilleros, vemos gente de raza negra. Nunca, jamás, ni un solo personaje que no sea caucásico. Lo mejor, lejos, el ídolo Hank McCoy y la magia que nos regala en los diálogos, con un vocabulario florido, sofisticado, y referencias al cine, la literatura, la música y las artes plásticas, además de a la ciencia, que es su especialidad. Incluso en esta época "oscura" de los X-Men ya había motivos de sobra para hacerse hardcore fan de este personaje carismático y genial, quizás no tan relevante a la hora de definir los combates, pero brillante para tirar chistes y diálogos de los que los otros personajes no podrían tirar jamás. No sé si a causa de la vejez o del blanco y negro, no me disgustó el trabajo de Werner Roth en el dibujo. Al vilipendiado autor lo mandan a clonar los layouts de Jack Kirby, y si bien no logra reproducir el impacto y el carisma de los dibujos del Rey, zafa dignamente. Sobre todo en los primeros números, cuando lo entinta un Dick Ayers extrañamente elegante, que por momentos parece Sid Greene entintando a Gil Kane en un comic de DC. Después, al pobre Roth le infligen las tintas de asesinos como John Tartaglione y (en menor medida) John Verpoorten, y el dibujo se hunde en los pantanos del oprobio. En el medio, a Roth le permiten probar otras puestas en página, no clonadas de las de Kirby, a veces imaginadas por él mismo y otras veces delineadas por Don Heck. Entre los suplentes están Ross Andru, George Tuska (a los que también masacran los entintadores), un numerito más que decente de Dan Adkins, uno espantoso de Jack Sparling, uno de un primerizo Barry Smith (todavía sin el "Windsor") que es un pastiche bochornoso de afanos a Kirby, un par de números dibujados por Don Heck sin alma ni talento, y los dos numeritos del mítico Jim Steranko que ya vimos (a todo color) en la reseña del 22/03/18. Después de años de Roth y Heck, el despliegue visual que propone Steranko es un soplo de aire fresco, pero al ídolo también le enchastran los lápices con las horrendas tintas de John Tartaglione y el resultado queda muy por debajo de lo que pudo haber sido. El Essential incluye también un número de Avengers, ya que Roy Thomas ensaya un crossover entre las dos revistas de equipos que escribía en este entonces. Y claro, aparece en escena John Buscema y su jerarquía se impone de modo natural... excepto por un detalle. Parece que nadie le avisó al dibujante que los X-Men eran adolescentes, y dibuja a los pibes de 16 años con los mismos rasgos que a Hank Pym (que tenía más de 30) o Hawkeye (que no tendría menos de 23-24). En fin, poco para rescatar a nivel dibujos, pocas aventuras interesantes, y en todo caso si vale la pena guardar este masacote es por su valor histórico: acá están las primeras apariciones de personajes como Polaris, Banshee, Mesmero, Erik the Red, Mimic y la primera de las muchas muertes del Professor Xavier. Y por supuesto, también hay apariciones de un sinnúmero de personajes irrelevantes, que más tarde serían prolijamente barridos abajo de la alfombra, o reformulados por completo. Ah, y la dulce ironía de ver a Arnold Drake (co-creador de la Doom Patrol) como guionista de los X-Men también suma unos puntos. Tengo el tercer y último Essential de Classic X-Men en la pila de los pendientes y seguro le entraré durante este año. Nada más, por hoy. Gracias y hasta pronto.

lunes, 13 de junio de 2022

LIBROS DE LUNES

Como suele suceder, llego a la tarde del lunes con un par de libros leídos, como para reseñar en este espacio. Empiezo en Francia, año 1999, cuando Lewis Trondheim escribe y dibuja un álbum de Lapinot titulado "Pour de Vrai", como siempre con su esposa Brigitte Findakly como colorista. Este es un álbum totalmente basado en los diálogos, donde probablemente estén los one-liners y los retruques más graciosos de toda la bibliografía de Trondheim (que espero algún día tener o leer completa). Son 46 páginas en las que prácticamente no pasa nada, y en las que el atractivo reside en las cosas que dicen Lapinot, Nadia y el resto de los personajes. Hay un intento de trama mínimamente aventurera, cuando Nadia, en pleno fin de semana de descanso en un castillo cerca de la playa, empieza a hurgar en una posible historia para una nota periodística. Esto nunca cobrará un verdadero espesor dramático, sino que dará pie a nuevos diálogos entre profundos y desopilantes entre Lapinot y su novia. Un encuentro fortuito con una ex del protagonista con cabeza de conejo activará una posible trama de celos y romances frustrados, pero también se resolverá todo hablando, en pocas páginas y de modo muy entretenido. Y para que haya algo de acción, tendremos accidentes, tropiezos, y algunas pantomimas absurdas a cargo de Richard, el amigo de Lapinot con cabeza de gato, que acá está más inmaduro que nunca, al borde de volverse insufrible. Sin la mochila de tener que hilvanar un relato con misterios, aventura y el ritmo que estas temáticas imponen, Trondheim se siente a sus anchas. Lapinot y Nadia afianzan su vínculo romántico a través de estos paseos y estas largas charlas repletas de chistes brillantes, en las que ambos se revelan como maestros de la esgrima verbal y uno no puede sacarse la sonrisa del rostro, como si le hubieran lanzado el gas del Joker. De paso, Trondheim nos hace pensar de manera muy sutil y solapada acerca del rol del periodismo, sobre el tiempo que le dedicamos normalmente al ocio, y no mucho más, porque el resto es eso: gente normal haciendo cosas de gente normal. Algunos de estos humanos con cabeza de animales son más agudos, están más afilados, otros están medio estupidizados por los videojuegos, a otros el tema del castillo antiguo les da un toque de miedo, y otros se adaptan con total normalidad a la idea de distender y no hacer nada, simplemente compartir charlas, vinos, comidas y paseos. Pour de Vrai es un álbum que prescinde de la pasión para apasionar al lector, una timba loca de las tantas que nos propuso Trondheim en estos últimos 30 años, en la que si te arriesgás, ganás fortunas. Te divertís con los diálogos, te deslumbrás con el dibujo, te enganchás a pleno con la forma en que narra el francés, y cerrás el álbum convencido de que sos un integrante más de ese grupete de amigos, tan reales y tan humanos a pesar de su fisonomía híbrida entre humanos y animales. Ah, me fijé si existe en castellano y sí: Planeta-DeAgostini lo publicó como "De Veras", en un tomo doble que incluye otro álbum de Lapinot. Si alguno lo tiene, por favor cuénteme si la traducción está buena, porque traducir historietas basadas en diálogos tan cargados de chistes es más difícil que ser pobre y salir beneficiado por políticas neoliberales.
Allá por el 04/07/18 me tocó reseñar en este espacio un comic de Keith Giffen titulado "Common Foe", una aventura ambientada en la Segunda Guerra Mundial en la que soldados nazis y soldados aliados se ven obligados a unir fuerzas para combatir a una peligrosísima amenaza sobrenatural, unas criaturas horrendas y antropófagas que tenían bajo su control un pueblito de Francia deshabitado, que ambos ejércitos se disputaban. Exactamente LO MISMO sucede en la primera de las dos historias que componen el libro Tierra de Nadie, obra de Roberto Barreiro y Edu Molina. La única diferencia es que en el guion de Barreiro, la guerra es la primera y el pueblito pareciera estar en Bélgica. La segunda historia del tomo también ofrece un argumento que leímos varias veces: asediados por los nazis (ahora sí, estamos en la Segunda Guerra Mundial), los judíos recurren a su ancestral tradición mística y activan una tropa de golems que hacen pomada a los muchachos del Tercer Reich con su fuerza y resistencia sobrehumanas. ¿Son malas historias? No, simplemente no son originales. Los diálogos están bien, los bloques de texto no aportan información redundante sino relevante, y Barreiro tiene clarísimo cuándo "callarse la boca" y dejar que sea el dibujo de Molina el que lleve adelante la narración. O sea que si nunca leíste Common Foe, o alguna de las muchas historias cortas de golems vs. nazis, seguramente en Tierra de Nadie vas a encontrar tramas que te van a sorprender, te van a enganchar y hasta te van a poner nervioso, porque Barreiro y Molina trabajan con mucho énfasis en el ritmo del relato para generar tensión en el lector. Por el lado del dibujo, nunca me imaginé que el género bélico le sentara tan bien a Edu Molina, un dibujante que ya había dado cátedra en el misterio sobrenatural, pero en ambientaciones urbanas, más actuales y enroladas en una onda de policial negro. Para cuando aparecen en escena los elementos fantásticos, Molina ya te metió a fondo en estas guerras espantosas y ya estás respirando esos climas, chupando frío y oliendo cadáveres con esos soldados europeos del siglo pasado. En el trazo adusto y sintético de Molina, que por momentos parece un grabado más que un comic, aparece la influencia inmortal de Alberto Breccia, sobre todo en esos rostros desfigurados por el horror. Pero además Molina pone su claroscuro atroz al servicio de escenas de acción de una potencia demoledora, y ahí te olvidás de Breccia y flasheás cine de Hollywood estridente y kilombero. Las tramas mecánicas y el uso de las tonalidades de marrón en una historia y de gris en la otra engalanan una faz gráfica absolutamente impactante, en la que Molina hace gala de una solvencia a prueba de balas. Evidentemente el argentino radicado en México (Edu) y el argentino radicado en Chile (Roberto) se entienden a la perfección y logran una simbiosis que en Tierra de Nadie se disfruta a pleno. Quiero más trabajos de esta dupla. Y hasta acá llegamos. Estoy leyendo un Essential de esos de chotocientas páginas y no lo estoy disfrutando, por eso voy lento. Ni bien lo liquide, se viene reseña acá en el blog. Será hasta entonces.