el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 17 de mayo de 2019

MAÑANA DE VIERNES

Es raro escribir reseñas un viernes a la mañana, pero bueno, es lo que hay…
Sigo leyendo álbumes de Spirou que nunca había leído pego un salto de 30 años, que son los que pasaron entre El Viajero del Mesozoico (1960) y Spirou y Fantasio en Moscú (1990). Acá me encuentro con Tome y Janry, la dupla que revitalizó la serie allá por 1983, ya afianzadísima y en un nivel altísimo, con muy poco que envidiarle a los mejores álbumes de André Franquin.
Lo único que le puedo criticar a esta aventura en Moscú es que no deja margen para desarrollar a los personajes. Es tanto lo que pasa, se acumulan tantas peripecias en apenas 44 páginas de historieta, que Tome y Janry no encuentran espacio para la pausa, para salir un poquito del ritmo frenético que impone la trama y entrar en la psiquis de los personajes para ahondar un toque en sus motivaciones, sentimientos, etc. Pero bueno, también tengo claro que estas son aventuras infanto-juveniles de hace casi 30 años, en las que la profundidad psicológica de los personajes no era para nada lo que venían a buscar los lectores.
Fuera de eso, sólo tengo palabras de elogio para Spirou y Fantasio en Moscú. Me atrapó totalmente el ritmo, sentí que los héroes realmente corrían peligros grossos; me causó mucha gracia la forma farsesca en la que (al mejor estilo René Goscinny) los autores nos presentan a esa Unión Soviética en plena desintegración como si fuera casi otro planeta, con énfasis (y chistes) en todos los sitios, costumbres y vicios que caracterizan a los moscovitas; y por supuesto aplaudo los huevos para tomarse 100% en joda esa especie de epílogo de la Guerra Fría, en la que los roles de la KGB y las agencias de inteligencia de Europa y EEUU empiezan a resultar más confusos, más ambiguos y por ende más fértiles para generar enredos y situaciones cómicas.
El dibujo es excelente, muy bien complementado por la paleta (adusta, opaca) de Stephane de Becker, y totalmente funcional a la narrativa. Esas dos páginas en el teatro Bolshoi merecen ser contadas en forma de dibujo animado, porque Tome y Janry les pusieron esa dinámica, esa lógica, esa plasticidad, que impactaría mucho más combinada con música y movimiento. Habrá más Spirou de Tome y Janry muy pronto.
Me vengo a Argentina, a 2019, para leer el Mío Cid, el clásico fundacional de la literatura castellana ahora reversionado por el incansable Alejandro Farías y un dibujante al que nunca había oído nombrar: Antonio Acevedo, un joven de apenas 29 años oriundo de San Juan. Me hice fan al toque de Acevedo, me alcanzaron estas 64 páginas para ponerlo entre los autores argentinos a los que hay que seguir de cerca. Le encontré una sola falla (que también se le puede atribuir a los editores, no sólo al dibujante), que son algunas viñetas en las que están mal colocados los globos de diálogo. Esto hace que uno los lea en desorden y las conversaciones no tengan sentido. Son tres o cuatro, nomás, pero no tendría que suceder. El resto, un lujo tanto en el aspecto narrativo como en el visual, con un combo devastador entre el dibujo tipo Batman Animated (la estética creada por Bruce Timm y continuada por Ty Templeton, Brad Rader, Dev Madan, etc.), la impronta más angulosa de Segundo Moyano, una aplicación de grises exquisita, y el despliegue kilombero de David Rubín o Jim Steranko, en esas páginas dobles dedicadas a las estremecedoras batallas del Cid.
El trabajo de Farías también me resultó muy satisfactorio. El autor no cae en la tentación de recontar la saga del Cid como si fuera una aventura del Siglo XXI, sino que respeta ese clima más protocolar, más pausado, de los relatos medievales. Y además no nos agobia con información innecesaria, le encuentra la duración exacta a cada escena, maneja los recursos idóneos para resaltar bien los conflictos y sabe cuando “callarse la boca” y dejar que sean los dibujos de Acevedo los que lleven adelante la narración. La única decisión que no comparto mucho es la de suavizar demasiado el horror de la afrenta de Corpes. Farías y Acevedo eligen con buen criterio no mostrar en detalle los ultrajes a los que son sometidas las hijas del Cid, pero cuando nos muestran a las jóvenes post-violación, están atadas a los árboles, con tajos y heridas… y la ropa puesta. Un disparate.   
Fuera de ese detalle menor, Mío Cid es una excelente adaptación, que transmite la epopeya de Rodrigo Díaz de forma muy accesible, muy dinámica, como para que cualquier lector de aventuras se pueda enganchar y disfrutarla a pleno. Y además nos brinda la posibilidad de sumar a nuestra biblioteca la primera obra importante de Antonio Acevedo, destinado a generar muchos hitazos más.

Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 15 de mayo de 2019

THE BEST OF WONDER WART-HOG

Y me terminé, por fin, el mamotreto de más de 460 páginas con el que estuve yendo y viniendo durante días y días.
Hace casi nueve años, el 21/05/10, le dediqué la reseña de ese día al mega-broli que recopila TODO lo que hizo el maestro Gilbert Shelton con los Freak Brothers. En esa misma colección apareció (en 2013) este tomo donde se reedita lo mejor de Wonder Wart-Hog, la brutal parodia a los superhéroes creada por el ídolo allá por 1962 y continuada (con intermitencias) hasta el día de hoy.
Dos detalles para criticar de esta tremenda edición de Knockabout: 1) hubiese estado bueno que el material respetara el orden cronológico en el que lo realizó Shelton, y 2) también hubiese estado bueno agregar la info de años y publicación en la que aparecieron por primera vez cada una de estas historietas. El resto es todo alucinante, desde el diseño hasta esas 32 páginas a todo color que vienen en el medio del libro.
A lo largo de estas 464 páginas, recorremos varias décadas y vemos evolucionar muchísimo a Gilbert Shelton, no sólo a nivel dibujo (empieza como un clon dubitativo de Sergio Aragonés y para fines de los ´60 ya es una bestia fuera de toda escala), sino también a nivel de los temas que le interesa tocar. Wonder Wart-Hog arranca como una obvia sátira a Superman, con jodas que giran en torno al secreto de la doble identidad, los superpoderes, los villanos estrafalarios… pero rápidamente empieza a cuestionar el lado ético del asunto, la motivación del héroe, su altruismo, su relación con las autoridades, incluso su condición de freak, de marginal que no encaja en ningún lado. Más tarde, a Shelton le empiezan a interesar más los temas sociales y hasta la política misma, y eso hace crecer muchísimo a la serie. No te digo que en un punto “se convierte en otra cosa” (como le pasó a Cerebus, que un día dejó de ser una parodia de Conan para convertirse en otra cosa), porque el gaste a Superman está siempre presente. Pero hay mucho más. 464 páginas de chistes con superhéroes que se pasan de violentos, de losers o de escatológicos serían difíciles de digerir incluso dibujadas al nivel que exhibe Shelton. Acá claramente hay más riesgo, más sustancia, más profundidad y obviamente más mala leche.
Entre las historias cortas, destaco la irónica Strike Fever, la políticamente incorrecta Wonder Wart-Hog Visits the Ghetto, la desopilante The Famous Superheroes School y la demoledora Philbert Gets a Job. De las “medianas”, me quedo con las 20 páginas de Sudden Death, repleta de palos letales contra el futbol americano y el gran negocio que representa, y las 17 de Epidemic!, otro fuerte alegato social. Y después hay varias historias largas. La más graciosa es Battle of the Titans!!!, donde Shelton se caga de risa del género de los superhéroes en una saga con alienígenas, clones y realidades alternativas, intencionalmente sobrecargada de cheap thrills. La más rara es Philbert Desanex´s 100.000 th Dream, una historieta de 44 páginas (todas con la grilla de cuatro tiras de dos viñetas de igual tamaño) en la que Shelton narra un sueño disparatado, que no da respiro y que le permite incursionar en virtualmente todos los géneros imaginables, aunque sea durante algunos cuadritos.
Y no podía faltar mi historia favorita de Shelton de todos los tiempos: las 47 páginas de Wonder Wart-Hog & the Nurds of November, un comic 100% político, realizado en 1979. El título es medio un engaña-pichanga: el protagonista absoluto es Philbert Desanex y son poquísimas las viñetas en las que lo vemos convertido en el Jabalí de Acero. Pero eso no es óbice para disfrutar de una trama brillante, con unos giros argumentales perfectos y un mensaje muuuuy adelantado para su época que tiene que ver con el poder de los medios de comunicación convertidos en mega-empresas. Este es un Shelton prendido fuego, indignado por la corrupción, la pobreza, la desigualdad, la ignorancia, la falta de compromiso político y la tendencia de la gente común y corriente a bancar gobiernos fachos. Una lectura imprescindible en un año electoral, y en cualquier otro.
En síntesis, con tanta cantidad de material que abarca tantos años de producción es imposible que el nivel de todas las historietas sea parejo y –para qué te voy a mentir- hay unas cuantas que podrían no estar en un compilado que se titula “The Best of”. Pero también están las que realmente son las mejores, las que pasan cualquier filtro y entran en cualquier selección. Y esas son verdaderas gemas, que resisten el paso del tiempo y que no se pueden dejar de recomendar ni hoy ni nunca.

Gracias por el aguante, gracias a los seguidores del blog que me vinieron a saludar en Montevideo Comics y vuelvo a postear a la brevedad, ni bien tenga un par de libritos leídos.

jueves, 9 de mayo de 2019

JUEVES TORMENTOSO

Hoy hubo tiros cerca de Congreso, la militancia copó la Rural para escuchar a la única que sabe y además llovió como la San Puta. Yo tranqui, laburando como si nada. Estaba leyendo un masacote de 400 páginas y le clavés una pausa para leer otras cosas, así no me aburro. Y lo que leí fue esto:
Arranco en Inglaterra, año 1992, cuando aparece The Minotaur´s Tale, una novela íntegramente realizada por Al Davison. A lo largo de 80 páginas, el autor traza un paralelismo entre la historia del famoso minotauro de la mitología griega y la vida de un pobre tipo que nace con malformaciones en el rostro y el cuerpo y habita en una gran urbe inglesa a principios de los ´90. Al relato clásico acerca del minotauro, su origen y su muerte a manos de Teseo, Davison le suma un montón de datos que yo desconocía, y hasta se anima a narrar los hechos desde la óptica del monstruo. Pero poco a poco, me empezó a interesar más la historia de Banshee, el tipo desfigurado. Una historia que arranca muy de atrás, que al principio parece casi irrelevante, pero que con el correr de las páginas gana en complejidad hasta desembocar en un giro final muy impredecible y de mucho vuelo.
Davison aprovecha la historia ambientada en “el presente” para bajar línea acerca de temas espesos como la marginalidad, la prostitución, el SIDA y la completa desprotección que le brindan los estados “modernos” a los pobres y discapacitados. Pero The Minotaur´s Tale no es un comic de denuncia, ni de corte socio-político. Es una novela en la que lo principal son los vínculos entre las personas, la dicotomía entre lo bello y lo feo, los monstruos por fuera y los monstruos por dentro, la discriminación al distinto y la solidaridad con el de al lado, sea quien sea. No te digo que es una obra fundamental para entender el Noveno Arte, pero está realmente muy bien.
Y el dibujo de Al Davison es alucinante. La cantidad de técnicas que emplea, lo bien que las domina, cómo elige los momentos para cambiar de estilo, el efecto expresivo que provoca cada vez que salta de un grafismo a otro, la construcción de las secuencias mudas… Creo que lo único que no me gustó es que traza líneas negras entre las viñetas en vez de las típicas zanjas blancas, y que mete un par de splash pages medio innecesarias. Pero nada de eso es óbice para disfrutar de una labor realmente notable de un dibujante virtuosísimo en el trazo, en el color y en la articulación de todos esos elementos en pos de una narrativa poco convencional y a la vez muy sólida.
Allá por el 17/11/11, me tocaba comentar un libro con cuatro historias cortas de Joaquín Cuevas, uno de los historietistas más interesantes surgidos en Bolivia. Ahora me toca leer Ctrl Z, otra antología que reúne las mejores historietas realizadas por Cuevas entre 2004 y 2006, 15 relatos breves de los cuales uno sólo formó parte del libro reseñado en 2011.
Lo mejor que tiene este libro es que las historietas están en orden cronológico. ¿Por qué? Porque las últimas cinco historietas son, por amplio margen, las mejores del tomo y los mejores trabajos que recuerdo haberle visto a Joaquín. Y son todas bastante distintas entre sí, eh? El libro arranca bien, tiene algún altibajo en el medio, pero una vez que arrancan las cuatro páginas de “Alas”, ya no baja nunca más. De ahí hasta el final tenemos excelentes dibujos, buenas ideas en los guiones, un humor afilado, un vuelo poético muy logrado, mucho riesgo bien asumido a la hora de elegir técnicas, enfoques, grillas para armar la página y hasta tipografías para los textos.
En su momento postulé que 24, 31, etc. (así se llamaba el librito que reseñé en 2011) no ofrecía la selección de material más idónea para convertir en fans de Joaquín Cuevas a quienes hasta entonces no lo conocían. Ctrl Z, en cambio, cumple con creces esa función. Si nunca leíste nada de este joven y experimentado autor boliviano, sin dudas te recomiendo empezar por acá y disfrutar ese in crescendo que desemboca en cinco últimas historietas de un nivel excelente.

Y bueno, me llevo el masacote que estoy leyendo a Montevideo, a ver si me lo liquido entre el viaje y alguna hora muerta en el evento. Y nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 6 de mayo de 2019

LINDO LUNES

Prometí más Spirou de André Franquin y hoy cumplo, con la reseña de El Viajero del Mesozoico, una historieta que data de 1960 y que tiene una particularidad muy rara: Spirou podría tranquilamente no estar y la historia se desarrollaría exactamente igual. Fantasio también, está totalmente de adorno, aunque protagoniza (en la primera mitad del álbum) varios de los mejores pasos de comedia. Esta es una aventura del Conde de Champignac y el Marsupilami. Uno genera el kilombo, el otro lo resuelve. De las 47 páginas que dura la historieta, Franquin dedica 27 a mostrarnos cómo fracasan uno tras otro los intentos por contener al dinosaurio que nació en el “presente” y que por su propio tamaño y su inexistente destreza, causa estragos en la apacible localidad de Champignac.
El núcleo de la trama es ese: ¿cómo carajo paramos a este mamotreto que a cada paso rompe o se morfa algo que va a costar muchísimo recuperar o reconstruir?. Ni Spirou, ni Fantasio, ni el Conde, ni las autoridades municipales ni nacionales le encuentran la vuelta… y la situación se estira tanto que la comicidad se diluye. La cuarta vez que el dinosaurio destruye o aplasta casas y autos (y tanques) ya no es gracioso. La batalla la va a ganar el Marsupilami, cuya cruzada quijotesca está hábilmente presentada por Franquin como un gag recurrente. Nunca te imaginás que de ahí va a salir la resolución de la trama… en parte porque nunca te imaginás que ni Spirou ni Fantasio van a estar pintados al óleo hasta el final del álbum.
El dibujo está a un nivel sublime, imposible de superar excepto por el propio Franquin. Las escenas en las que el pueblo se ve subvertido por el caos son brillantes, ahí se ve el mejor Franquin, el especialista en dibujar hermosos desórdenes, bolonkis cacofónicos repletos de detalles alucinantes. La secuencia inicial, donde solo vemos cuerpos moviéndose lentamente en plena Antártida, también está logradísima y muestra lo canchero que estaba el maestro en el manejo del lenguaje corporal de los personajes. La verdad que, si no te molesta ver a Spirou y Fantasio relegados a un rol muy menor en la trama, El Viajero del Mesozoico es un álbum divertido, raro, con un nudo un poco estirado, pero con una introducción y un desenlace alucinantes e impredecibles.   
Salto 57 años para adelante hasta 2017, cuando se publica el primer álbum de Torpedo 1972, la nueva serie protagonizada por un Luca Torelli ya veterano, ahora con el maestro Eduardo Risso al frente de los dibujos. La verdad que me costó un poco entrar en la amalgama entre estos legendarios personajes y el universo gráfico del León de Leones. El tema del color, la puesta en página, obviamente el trazo, el aspecto de Torpedo y Rascal con varias décadas más encima… muchos fueron los elementos que indicaron con mucha fuerza que este no era un álbum más de la gloriosa serie de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.
El guión, en cambio, conserva el ritmo de los álbumes de Torpedo 1936 en los que los autores contaban una sóla historia extensa. Abulí puso al personaje en el freezer casi 20 años, pero en el medio no perdió en absoluto el pulso para los diálogos zarpados, con juegos de palabras constantes y punzantes, ni para las situaciones violentas, escabrosas, al límite de lo publicable. Ojo, los hallazgos los encontré en el guión, no tanto en el argumento, que me pareció bastante precario. Me divertí más viendo cómo cambiaron en estos años Torpedo y Rascal que con el discurrir de la trama. Y me parece que (todavía) Abulí no le empezó a sacar el jugo a la nueva ambientación (principios de los ´70), más allá de algunas referencias bastante obvias a hechos y personajes reales.
En cuanto al dibujo, el propio Risso reconoce haber despachado el trabajo “de taquito”, escatimándole esa pasión autoral que le pone a todos sus trabajos, incluso los que realiza por encargo de grandes editoriales. En general, yo veo un muy buen trabajo de Risso, que retoma esa línea de grotesco y mala leche de obras como Bolita y Chicanos (o ¡Ay, Jalisco!), e intuyo varias decisiones suyas a la hora de armar varias secuencias que no creo que se le hayan ocurrido a Abulí. Donde noto cierta “mezquindad” por parte del dibujante es en los fondos. Creo que en todas las páginas hay una o dos viñetas en las que me hubiese gustado ver fondos, que no están. En su lugar hay grandes masas de negro, o simplemente un color pleno, sin texturas ni degradés de ningún tipo. Pero bueno, cuando tenés el oficio que tiene Eduardo Risso para narrar con el dibujo, podés no dar el 100% y que aún así los lectores la pasemos bárbaro durante la lectura.
Y me imagino que para las secuelas (que encargó una editorial francesa, que seguro paga mejor que Panini) tanto Sánchez Abulí como Risso redoblarán esfuerzos para que este Torpedo viejo y choto vuelva a brillar como en los míticos álbumes de los ´80 y ´90, cuando fue por mérito propio uno de los personajes más taquilleros y más queridos del comic europeo.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas y si vivís en Montevideo (o cerca) nos vemos este sábado y domingo en Montevideo Comics. Excelsior!

viernes, 3 de mayo de 2019

THE SANDMAN: OVERTURE

Uno de los momentos más álgidos en la larga historia de este blog fue aquel final de 2015 en el que reseñé los 10 tomos de The Sandman, a razón de uno por día durante 10 días consecutivos. Un poco por eso le dedico a Overture una reseña para ella sola, sin mezclarla con el otro librito que estuve leyendo en estos días.
Para empezar, se trata de un libro de 224 páginas en el que sólo 156 son de historieta. El resto es un interminable compendio de carátulas, prólogos, entrevistas a los autores, bocetos, portadas alternativas, el letrista y el colorista que te explican el backstage de sus respectivos trabajos… Todo el relleno imaginable, está en esta edición. Algunas de estas cositas están buenísimas, para qué engañarnos. Y entiendo que me tenés que justificar un PVP de u$ 20, en parte para que Overture cueste lo mismo que los 10 TPBs de la saga original. Pero 68 páginas de relleno es un abuso, en serio.
Y eso no es lo más grave. Lo que más ruido me hizo es que la esencia de la historia, el núcleo de la trama, el momento en el que realmente Morpheus enfrenta el conflicto en cuestión y avanza hacia su resolución, está condensado en menos de 45 páginas, ubicadas al final de la obra. Hasta llegar a ese punto, Neil Gaiman nos pasea por un montón de situaciones menores, establece conflictos más chiquitos, desgasta un poco a Morpheus al ponerlo (por primera vez en mucho tiempo) en una especie de peligro de muy difícil solución… pero pasadita la mitad del quinto episodio desactiva el peligro y Dream, baqueteado y todo, entra a la recta final de la historia. Una recta final espectacular, redondísima… que hace bastante intrascendente todo lo que habíamos leído hasta ese punto.
¿Qué hay de atractivo en toda esa extensa franela previa? Primero, lo que ya mencioné: creíamos que nunca iba a aparecer una amenaza que obligara a Morpheus a pelar sus poderes a pleno para combatirla, pero Gaiman nos cerró el orto. La amenaza apareció y es la que anima en buena medida todo el tramo “tranqui” de Overture. También vemos al padre y la madre de Dream, y la interacción de ambos con el orgulloso y taciturno Rey del Sueño. Vemos también a todos los Endless (y al Corinthian, y a Lucien, y a Merv, y a varios personajes más), pero están básicamente al pedo. Quizás lo más atractivo sea la gran cantidad de guiños que tira Overture al que ya sabe lo que va a pasar después. La saga termina (y esto no es un spoiler) con Dream capturado en el sótano de Roderick Burguess (a quien Gaiman no nombra en esta obra), o sea que es como un Vol.0 de Sandman, que tiene mucho más sentido si se lee DESPUES de los Vol.1-10 y de Endless Nights. Gaiman juega  mucho con eso, con sembrar pistas de plots o secuencias que “luego” veremos en Preludes & Nocturnes, The Doll´s House, Season of Mists… y el lector que ya sabe todo lo que va a pasar las disfruta a full. Y bueno, obviamente hay parábolas, historias dentro de la historia que los personajes se cuentan unos a otros, diálogos magníficos y bloques de texto de alto vuelo, en los que se ve con claridad que no estamos ante el típico escritor de comic-books que saca con fritas tres o cuatro series mensuales todos los putos meses hasta que se le rostizan las neuronas.
¿Y por qué está bueno que Overture dure casi 100 páginas más de lo que podría haber durado si Gaiman fuera al grano y no descomprimiera brutalmente el relato? Porque todas esas páginas las dibuja J.H. Williams, en el que sin dudas es el mejor trabajo de su deslumbrante carrera. Acá el ídolo no sólo cambia todo el tiempo de grilla: también cambia el grafismo. Tiene secuencias en las que parece Frank Quitely, en otras parece P. Craig Russell, en otras el dibujo animado de Yellow Submarine, en otras Moebius, en otras Alex Ross, por momentos parece un ilustrador de fantasía medieval, sobre el final tira un homenaje hermoso a Sam Kieth y Kelley Jones, aparecen personajes que parecen diseñados por Jack Kirby, otros que parecen inspirados en historietas de la 2000 A.D. o la Métal Hurlant… un desconche visual como pocas veces se vio en el Noveno Arte. Y encima de todas estas referencias, guiños, homenajes y/o choreos, está el estilo del propio J.H. Williams, que se complementa perfecto con los colores de Dave Stewart y que alcanza un nivel imposible, pensado para devastar sistemas solares enteros.
The Sandman: Overture tiene aventura a escala sideral, fantasía, introspección, incluso ciencia-ficción (que es algo que Gaiman hace poco), algún toque mínimo de comedia, infinito fan service para el lector de la saga clásica, momentos en los que la estructura del relato parece medio un western, o un policial, por momentos el drama familiar amenaza con comerse a la trama, por momentos decís “metele pata, que me duermo”, por momentos el ritmo se vuelve casi frenético y te lleva puesto… Claramente es un comic raro, dentro de la cosmogonía de Sandman y dentro de la obra de Gaiman, en general. Pero no huele a estafa, a “esquilmemos a estos giles con cualquier verdura que quedó ahí, pudriéndose al sol desde 1996 cuando terminó Sandman”. Huele a obra sumamente ambiciosa, muy personal, con mucho amor por Morpheus, su historia y su mundo (y sus fans) y sobre todo con unos dibujos que están más allá de cualquier exégesis, a parsecs de lo que se ve normalmente en los (pocos) comics que publicó Vertigo en estos últimos cinco o seis años. Ya sólo por el laburo de J.H. Williams recontra-vale la pena sumar este broli a tu colección.
Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

   

martes, 30 de abril de 2019

CLASICOS PARA CERRAR EL MES

Despedimos a Abril con las reseñas de dos clásicos.
Primero, The Birth of Kitaro, un tomito en el que Drawn & Quarterly reunió siete historietas de GeGeGe no Kitaro originalmente realizadas por el mítico Shigeru Mizuki entre 1966 y 1968. Ya vimos en el blog un libro bien power, con mucho material de Kitaro de esta misma época, allá por el 10/04/14. La verdad es que no hay mucho más para agregar a aquellos comentarios.
Los guiones… ninguno me volvió muy loco, todos se resuelven de maneras excesivamente simples. Creo que lo que más me gustó es cómo Mizuki se da cuenta de que Nezumi Otoko da para mucho más que para ser el villano de una aventura de 16 páginas y rápidamente lo reformula como un personaje secundario que se integra de modo estable al elenco de la serie, y que le provee un montón de situaciones atractivas en el contrapunto con el protagonista y su padre.
El dibujo mejora notablemente entre la primera historia (la única de 1966) y la segunda. Entre ambas pasa un año y medio, en el que Mizuki incorpora nuevos recursos, abandona las páginas con 10 ó 12 viñetas microscópicas y renuncia a ciertos rasgos “realistas” en los personajes humanos para hacerse más caricaturesco y más expresivo. Y seguramente acá está lo más atractivo de Kitaro: la magia que tira Mizuki para mantener fresco, sencillo y hasta bonito el trazo que usa para los personajes, mientras se va al carajo y más allá cuando dibuja paisajes, fondos y unos monstruos que por momentos parecen de Quique Alcatena… en 1967, cuando Quique Alcatena estaba en la escuela primaria. Drawn & Quarterly llegó a publicar varios tomitos más como este, con historias cortas de Kitaro, pero a menos que los vea a precios ridículos, me bajo acá. El personaje me gusta, la química con los secundarios también, la temática de los yokai también, el dibujo de Shigeru Mizuki obviamente también, pero para mi gusto le falta un poco más de trabajo a los guiones.
Y ya que mencionaba a Alcatena, me voy con otro cuasi-clásico al que le faltan cinco p´al peso, sobre todo en materia de guiones. El año pasado se editó en Chile un lujoso broli que recopila las dos primeras series que realizaron Ricardo Barreiro y Quique Alcatena para la revista Skorpio, allá por 1987-88: La Fortaleza Móvil y el Mundo Subterráneo. Y está bien que se las edite juntas porque son sagas cortas (entre las dos apenas superan las 120 páginas), que además de autores comparten protagonista. En las dos aventuras ese rol lo ocupa Bass de Avregaut, un personaje que lamentablemente no tiene historia, ni profundidad, ni personalidad. Es apenas “el bueno”, el tipo valiente que zafa de todos los peligros y al final le gana al “malo”. El enésimo Juan Carlos Nadie, bah.
Hace muchos años, cuando yo trabajaba para Ediciones Record y peinaba una abultada cabellera, me tocó traducir al inglés los textos de Barreiro de ambas aventuras, para la edición de EEUU (textos que después fueron retocados por el maestro Chuck Dixon). O sea que me sumergí a nivel cuasi-molecular en la prosa del guionista… y en aquel entonces me pareció bastante mejor que ahora. A ver, no es que las tramas sean chotas. Las tramas zafan dignamente, sobre todo la de El Mundo Subterráneo. El tema es que son aventuras muy básicas, donde lo más importante parece ser la creación de mundos extraños, cuyos secretos terminan revelados al final, con extensas parrafadas de texto, un vicio bastante frecuente en la bibliografía del recordado Loco Barreiro.
Esta vez, además, Barreiro se choca con un obstáculo extra: el dibujo de Alcatena. Para este entonces, el virtuoso artista oriundo de Caballito todavía no dominaba esa magia que despliega hoy en día cuando logra meter esas imágenes barrocas, deslumbrantes, recontra-cargadas de detalles fabulosos, en medio de una página de historieta y sin entorpecer el flujo del relato. El Alcatena de fines de los ´80 todavía te clavaba un dibujo digno de cualquier artbook de ilustración fantástica en cualquier parte, y te pateaba al carajo la narrativa, porque de inmediato esas ilustraciones eclipsaban al guión hasta hacerlo desaparecer. Por momentos, La Fortaleza Móvil y el Mundo Subterráneo parecen dos libros fusionados medio a las patadas: en un sector de la página (a veces en las márgenes), tratan de avanzar como pueden las aventuras de Bass de Avregaut; y en el resto de la página vemos un festival de la ilustración fantástica, y nos babeamos con un Alcatena desbocado, cuyas imágenes impactan y fascinan, pero muchas veces no conectan ni remotamente con lo que nos está tratando de contar Barreiro. Como contrapartida, las viñetas en las que avanza la trama nos ofrecen dibujos de Quique chiquitos, muy contenidos, apretados para dejar espacio para los inmensos bloques de texto a los que recurría Barreiro para contar lo que el dibujo no contaba. Ahí también Alcatena muestra algunas virtudes, pero muchas menos que en las ilustraciones más grandes con las que adorna estas páginas.
Después de estas dos historias, vendrá Ulrick el Negro (nunca reeditada en libro, por lo menos en nuestro idioma) y más tarde El Mago, donde la dupla Barreiro-Alcatena ya mucho más afianzada, alcanza su pico. Pero no nos adelantemos, porque parece que este año se va a reeditar en libro TODO El Mago (o sea, las dos sagas). Lo espero ansioso, porque recuerdo haberme cebado mucho con esa historieta cuando salió en la Skorpio.

Nada más, por hoy. Aprovechen para salir de joda esta noche, que mañana es feriado. Y nos vemos el sábado en la fiesta de los 25 años de Comiqueando.

domingo, 28 de abril de 2019

AVENGERS: ENDGAME

El año pasado, cuando salí de la función de prensa de Infinity War, dije “es la mejor película que vi en mi vida”. Ahora veleteo, al mejor estilo Sergio Massa, y digo que la mejor película que vi en mi vida es Endgame. Pero… ¿son dos películas distintas? Me parece que no, que te las venden como dos cosas distintas cuando en realidad estamos hablando de un solo relato, un monolito, un masacote de más de cinco horas pensado para darle un cierre fastuoso al laburo de 11 años de ese nuevo hito de la cultura popular llamado Marvel Cinematic Universe.
Con Endgame me pasó algo muy raro: me largué a llorar en un momento de la película y no paré hasta que terminaron de pasar los créditos. En los momentos en los que buena parte del cine rompió en llanto, yo llevaba media hora lagrimeando. En esa escena en la que los pibes de 14 gritaron y ovacionaron como si Messi hiciera un golazo en la final de la Copa América, yo seguía llorando. Nunca había llorado así en el cine, no sé que me pasó. Espero llorar así el día que se mueran mis viejos para no sentirme un choto que se emociona más con los superhéroes que con su familia. A mi favor debo decir que tuve que elegir entre aguantarme las ganas de llorar o las ganas de mear. Las dos, no se puede.
En Avengers: Endgame, los directores Anthony y Joe Russo nos regalan 181 minutos de emoción en estado puro. Una epopeya fastuosa, repleta de ideas, de humanidad, de amor por los personajes… y de machaca a todo o nada contra el genocida más hijo de puta de la historia del cine. Por suerte no repiten el final choto que imaginó Jim Starlin para Infinity Gauntlet. Los guionistas del film encontraron la forma de que Nebula resulte crucial sin repetir el desenlace de aquel infladísimo comic noventoso. Las comparaciones con los comics son inevitables, porque acá hay referencias comiqueras a patadas. Hasta hay un tramo de la película que parece la etapa oscura de la Legion of Superheroes a cargo de Keith Giffen. Está el Hulk que más nos gusta a los comiqueros, el Capi dice las dos frases más moja-comiqueros de la historia del cine, es un nerdgasmo atrás de otro.
Pero a nivel cinematográfico también, esto es impresionante. La película visita decenas de locaciones, algunas ya conocidas para los seguidores del MCU, y reúne un elenco multiestelar, seguramente el más grosso de todos los tiempos, con unos 60 actores importantes, de los cuales por lo menos 30 suelen ser los/las protagonistas únicos/as de las producciones en las que actúan. Acá vemos a estrellas absolutas de Hollywood en roles muy menores, a veces en una sola escena, a veces sin siquiera abrir la boca. Actores y actrices a los que vimos aparecer en las 21 películas anteriores están ahí para subrayar que Endgame afecta a TODO este universo, pasado, presente y futuro. Los últimos… 40 minutos son una sucesión de epílogos, moñitos preciosos, cerezas que los Russo le ponen al postre, una interminable (y sumamente emotiva) acumulación de guiños, homenajes y hasta reflexiones casi meta-lingüísticas acerca de la epopeya que fue llevar adelante un hiper-relato colectivo (casi masivo) a lo largo de 11 años y 22 largometrajes.
Y bueno, seguramente habrá algunas polémicas por cómo cierra Endgame algunas de las tramas, el final que le reserva a los personajes que no van a seguir en la nueva etapa del MCU, las paradojas que abre… Realmente es una película muy fértil para el debate y seguramente nadie saldrá 100% conforme con TODAS las decisiones que tomaron los Russo y sus guionistas. Pero al final gana la emoción, la fascinación. Esto que hace 11 años era impensable, hoy es una realidad devastadora: un fenómeno social y cultural protagonizado por superhéroes que no muchos años atrás tenían menos fans que la leucemia. Y además, un gran producto de entretenimiento masivo, sin fisuras, sin tiradas a chanta, con una inversión de guita, tiempo y talento que no existe en ninguna otra saga de la historia del cine.
¡Pero hay más! Lo poco que se sabe de Spider-Man: Far from Home es que aborda el mismo tema de Endgame (es decir, cómo los héroes luchan para revertir el genocidio que se mandó Thanos en Infinity War) y explora sus consecuencias desde una óptica más terrenal, sin mega-batallas grandilocuentes pero también apostando fuerte a la emoción. Esa peli (dicen) es el verdadero cierre a la Fase Tres del MCU, y por supuesto la espero sumamente alzado.

Y vuelvo al principio, al boludo grandote que se lloró la vida con una película de superhéroes. Parafraseando a Víctor Hugo,"es para llorar, perdónenme... Joe y Anthony Russo, en recorrida memorable, en la película de todos los tiempos... Barriletes cósmicos... ¿De qué planeta vinieron? Gracias, Marvel por los Avengers, por Endgame, por estas lágrimas...”.

jueves, 25 de abril de 2019

LECHE PRE-AVENGERS

Los chotos de Disney se ortivaron y no me invitaron a la función de prensa de Avengers: Endgame, con lo cual todavía no la vi. Voy mañana viernes, a las dos de la tarde. Y seguramente en algún momento del finde se vendrá la reseña. Mientras tanto, avanzo con las lecturas.
Hacía más de cinco años que no reseñaba un comic de Moebius, ¿podés creer? Por suerte hace poco conseguí Bajo la Estrella en la edición que más me gusta (la ochentosa de Toutain) y eso sirvió de excusa para releer este clásico. Bajo la Estrella es una obra rara, porque Moebius la realiza por encargo de una agencia de publicidad, que quiere un comic para promocionar los autos Citröen. En general, cuando un autor agarra ese tipo de trabajos es porque está en la lona, o porque el sobra tiempo. Y también en general, se compromete lo menos posible, lo saca con fritas y a los 15 minutos de cobrado el cheque se olvidó de lo que hizo. Bueno, esto es todo lo contrario: Moebius dibuja Sobre la Estrella en el pico de su popularidad, robándole tiempo a la saga del Incal, y no sólo deja la vida, sino que poco después retoma a los personajes que crea para esta historieta y continúa sus historias hacia el infinito y más allá. De modo que estas páginas, que empezaron como un encargo comercial para una empresa, son prontamente reformuladas para convertirse en la semilla de una saga ambiciosa y extensa, la famosa saga de Edena, a la que Moebius volverá muchas veces a lo largo de los ´80 y ´90, y en la que volcará muchos de sus mejores guiones.
Estas dos primeras historias (las seis paginitas de Reparadores y Bajo la Estrella) no sólo nos presentan a Stel y Atan, sino que empiezan a envolvernos en este mundo y a acostumbrarnos a un ritmo narrativo que no tiene nada que ver con la vorágine de El Incal. Los guiones de Moebius son más pachorros, tienen menos diálogo, menos acción, más escenas en las que los personajes contemplan en silencio los paisajes o edificios que los rodean. Si el Moebius de El Garaje Hermético era el Moebius de ácido, este es el Moebius 100% fumanchero, el hippón que medita, reflexiona acerca de la relación entre el hombre y la máquina y se cuelga a maravillarse con la naturaleza y la paz que esta te puede llegar a transmitir.
El dibujo, fastuoso, como todo lo que dibujó el Genio Eterno en su vida, con esa síntesis engañosa y los aportes de tres coloristas que le dieron una mano en el manejo del aerógrafo. Poquitas páginas y poquitos elementos le alcanzaron a Moebius para sentar las bases de un nuevo clásico. Increíble, de verdad.
Salto a Argentina, año 2017, cuando se publica Mi Vida Como Carla, un librito de 90 páginas íntegramente a cargo de Matías Di Stefano, de quien ya vimos una obra anterior el 01/09/18.
Una vez más, lo que más me gustó fueron los diálogos, y me habrían gustado más si no hubiese encontrado faltas de ortografía. La historieta en sí es fallida, porque el autor no se decide, parece no tener muy claro si quiere hacer una sitcom, o algo un poco más jugado. Por momentos plantea la página como si estuviera recopilando tiras de diario (de a tres por página) y por momentos modifica la grilla y se acerca a la típica planificación de un comic-book. Le va bastante bien cuando incorpora grisados, pero los usa sólo en algunas historietas, no en todas.
El dibujo en general me pareció bastante limitado, con desaciertos bastante visibles. Por momentos parece un dibujante del estilo de Julio Olivera (el creador de Piturro) al que le hicieron un tratamiento tipo The Clockwork Orange pero forzándolo a ver horas y horas de animé berreta. Y los guiones… son simpáticos, no están mal. El giro más interesante está en ese epílogo, esas cuatro páginas finales que son casi una secuencia post-créditos. Ahí encontré el gancho como para querer leer más acerca de estos personajes.
Y me llama la atención que este es el tercer guión de Di Stefano que leo, y en todos las protagonistas son chicas jóvenes. ¿Qué onda? ¿Nunca se le ocurren historias que puedan girar en torno a un varón, o a una mujer de más de 25? Raro, no?

Bueno, nos reencontramos pronto con la reseña de Avengers Endgame, acá en el blog.

martes, 23 de abril de 2019

NOCHE DE MARTES

Tengo sueño, pero como este mes vengo posteando poco en el blog, me la banco y no dejo para mañana lo que puedo reseñar hoy.
Me pareció muy acertada la idea de la colección Continuará de nuclear en un mismo libro el Dr. Fogg y Undermédanos, dos historietas de los ´80 en las que vemos al gran Lito Fernández romper el molde de la historieta más industrial, la que produjo por toneladas para las revistas de Columba y el combo binacional Skorpio/ LancioStory. En ambas historias vemos a un Fernández más suelto, dispuesto a arriesgar más, muy comprometido con la creación de climas, muy generoso en el trabajo de fondos y hasta por momentos vanguardista en la puesta en página y la composición de las viñetas, sobre todo en Undermédanos.
Dr. Fogg es una historia breve (28 páginas) escrita por el maestro Carlos Albiac, bastante en la línea de la fantasía oscura con algo de realismo mágico que años más tarde ofrecería el sello Vertigo. En 28 páginas no se puede pretender mucha profundidad en la psiquis de los personajes y quizás eso sea lo que le falta a Dr. Fogg para ser aún mejor de lo que ya es. Eso y el rotulado, que es pesadillesco. De todos modos, es una perlita, una historieta breve, sumamente satisfactoria y extraña en el contexto de la historieta argentina de principios de los ´80.
Undermédanos, en cambio, tiene la intención de ser una buena historieta, pero tropieza con sus propias pretensiones. El guión le pertenece a Oscar Armayor, un autor bastante prolífico durante los ´80, que nunca fue ascendido al status de “maestro” ni por los lectores ni por la crítica. Armayor plantea una especie de alegoría, es decir, quiere bajar una línea ideológica por atrás de la aventura, utilizar a esta como “puesta en escena” de un mensaje que nos quiere transmitir. Pero narra todo en forma demasiado caótica. Hay cosas que no se terminan de entender, la curva dramática no está muy pronunciada, están mal elegidos los momentos que se enfatizan y los que se des-enfatizan, los personajes secundarios se quedan en estereotipos muy básicos… y encima los experimentos de Lito en materia de técnicas de dibujo y puesta en página no contribuyen precisamente a sumar claridad al relato.
El resultado es un poco frustrante, porque si tenés a Lito dibujando a ese nivel, así de jugado, con esas ganas de romper todo, daba para aprovecharlo más, con un guión más sólido. Visualmente, es un despelote absolutamente cautivante, 100% imprescindible para los fans del co-creador de Dennis Martin. Ojalá algún día se reediten esos clásicos que hizo Lito para Skorpio junto Eduardo Mazzitelli, que son un pico en su extensa carrera.
Salto a 2006, cuando Marvel publica una serie rarísima: Nextwave, Agents of H.A.T.E., una comedia pasada de rosca escrita por el maestro Warren Ellis y dibujada por un Stuart Immonen rarísimo, que cambia su grafismo habitual por otro más anguloso, más sintético, como si se amalgamara con Phil Hester, ponele, pero más jugado al color, menos dependiente de las masas negras. Un trabajo realmente notable de Immonen, sobre todo por la búsqueda de una impronta distinta, que le permite enfatizar las expresiones faciales de los personajes sin descuidar la machaca estridente ni el dinamismo extremo de los cuerpos en movimiento.    
El guión de Ellis es extraño porque se trata básicamente de una comedia al estilo Justice League de Giffen y DeMatteis. Superhéroes de la B Metropolitana, diálogos filosos, confusiones, enredos, villanos deliberadamente pedorros… El único upgrade que le mete Ellis a la fórmula de la JLI son las puteadas, que en 1988 no se podían poner y en 2006 sí, aunque no leamos exactamente la palabra “fuck”. La sátira a SHIELD y en especial a Nick Fury es descarnada, va más a fondo de lo que iría cualquier guionista de DC si le dicen “haceme una historieta en joda parodiando a SHIELD y Nick Fury”. El nivel de mala leche sube con cada arquito argumental de dos números, al igual que el nivel de violencia, que se exarceba intencionalmente, para lograr un efecto humorístico.  
Este primer TPB trae tres aventuras y hay tres más en el Vol.2 que prometo leer pronto. Hasta ahora, me vengo cagando de risa. Pero claro, me queda la sensación agridulce de saber que nada de lo que pase acá tenddrá consecuencias reales para nadie, porque H.A.T.E. no es S.H.I.E.L.D., Dirk Anger no es Nick Fury, y tarde o temprano otros guionistas querrán usar a Monica Rambeau, Machine Man, Tabitha Smith o Elsa Bloodstone y no les va a quedar otra que barrer estas aventuras abajo de la alfombra y hacerse bien los boludos, como si nada de esto hubiese sucedido. Por suerte, los buenos momentos que pasamos leyendo este comic no nos los quita nadie.

Nada más por hoy. Ni bien tenga más material leído, posteo de nuevo acá en el blog.

sábado, 20 de abril de 2019

SABADO TRANQUI

Sábado pachorro y con un clima espectacular, ideal para sentarse a escribir unas reseñitas.
Tengo una hermosa tanda de álbumes de Spirou que conseguí en 2017 y que recién ahora empiezo a leer. Cronológicamente, el más antiguo es La Mina y el Gorila (en la edición original es el Vol.11 de la serie y se titula Le Gorllle a Bonne Mine), una historieta que el maestro André Franquin serializó en las páginas del semanario Spirou allá por 1956. Se trata de una aventura breve, apenas 40 páginas, por eso en la edición francófona la complementaron con una segunda aventura. Esta edición española, lamentablemente, ofrece sólo las 40 planchas de “Le Gorille…”. Cuanto más escucho hablar a los que saben, más me convenzo de que Grijalbo se mandó todas las cagadas habidas y por haber y que, si me alcanzan los años de vida, tendría que esforzarme por cambiar todos esos álbumes españoles de Spirou, Astérix, Lucky Luke, Valérian y Blueberry por las ediciones en francés. Es un planteo medio utópico, pero estoy seguro de que si alguna vez lo concreto, voy a descubrir miles de genialidades que en aquellas ediciones gallegas no están.
En cuanto a la aventura en cuestión, La Mina y el Gorila ofrece una trama muy simple, muy lineal, muy jugada a una revelación supuestamente impactante, que llega en la página 36 pero era bastante predecible 30 páginas antes. Es una aventura sólida, con peligros reales y jodidos (por suerte Franquin tiene a mano al Marsupilami para resolver todo con clase y categoría, como el Number One que es), con Fantasio y Spip prácticamente al pedo y con el detalle de no retratar a los nativos africanos como bestias bípedas infantiloides y supersticiosas. En el dibujo, Franquin no se guarda ningún estereotipo a la hora de dibujar a los guerreros de la tribu Wagundu, pero en el guión los trata (dentro de todo) bastante bien.
Y ya que mencioné el dibujo, no puedo cerrar la reseña sin subrayar que acá, en 1956, André Franquin alcanza la perfección. Después la va a llevar más allá, le va a dar una vueltita más para que su trazo sea un poquito menos “careta” y más personal. Pero el nivel al que llega en este álbum alcanza y sobra para ponerlo entre los grandes maestros de la historieta del Siglo XX. Acá se ve el Franquin seminal, al que estudiaron exhaustivamente todos sus seguidores, desde los más serviles hasta tipos como Yves Chaland que se atrevieron a modernizar, o a reformular la siempre vigente estética de la línea clara de Marcinelle. Gloria eterna para Franquin, a quien prometo volver a visitar pronto.
Salto brutal a Argentina, año 2018, cuando se edita Übertraven, un álbum con dos historias escritas por Daniel Basilio y dibujadas por Ramiro Pasch, a quienes jamás había oído nombrar. Me encontré con dos historietas (una de 19 páginas y una de 20) muy extrañas, muy distintas a todo lo que leí hasta ahora.
Los textos y las ideas de Daniel Basilio me parecieron alucinantes. El tipo escribe nivel Alan Moore, con un vuelo, unas imágenes, una sofisticación, una elaboración en la prosa que prácticamente no existe en la historieta actual. Posta, cada bloque de texto me dejó más atónito que el anterior. Lo que no logro entender es por qué decidió convertir esas ideas en historietas, porque no tienen mucha estructura de relato. Por supuesto les sobra lirismo para inspirar unas imágenes fastuosas, pero les falta esa intención más narrativa (más prosaica también, si se quiere), que las haría mucho más “historietables”. No pretendo que una bestia que escribe como Basilio se baje los lienzos para contarme la enésima batalla de Buenos contra Malos, pero podría aparecer una veta más narrativa, como en algún tramo de la segunda historia, en la que por momentos la estructura se asemeja a la de un cuento de H.P. Lovecraft. Obviamente quiero ver más trabajos de esta prodigiosa pluma rosarina.
El dibujo de Ramiro Pasch lucha contra dos gigantes de seis metros, con tubos del grosor de un subte y llenos de pinches tipo Doomsday: uno es el texto, que (como ya dije) no es muy “historietable”. Cuando te tiran un texto como el de Basilio lo mejor que podés hacer es dejar que tu dibujo vuele, que se vaya al carajo y más allá, ni intentar ponerlo al servicio de “contar la historia”. Pasch incursiona con bastante buen tino en ese camino, pero además arma secuencias y trata de encauzar en cierto modo las ideas de Basilio hacia un relato. Muy a mi pesar, se copa mal con la grilla menos narrativa de todas, la de dos cuadros uno arriba y uno abajo, pero bueno, necesita espacio para que el dibujo se luzca.
¿Por qué? Porque (acá está el otro gigante contra el que Pasch pierde por goleada) mete demasiado en cada imagen. Demasiados elementos, demasiadas texturas, demasiadas rayitas y puntitos. Ni hace falta aclarar que sólo los virtuosos pueden alcanzar ese dominio de la técnica. Pero en función de estas historietas, sobra carga gráfica. En la segunda historieta lo veo mejor a Pasch, en un sendero entre autores locos de El Víbora y el maestro Richard Sala. De hecho hay un par de personajes que parecen haberse fugado de un comic de Sala. Por ese lado creo que Pasch puede encontrar una estética muy interesante y con muchas posibilidades narrativas.

Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 17 de abril de 2019

THE OMEGA MEN

Arranca el finde largo y mientras nos preparamos para salir de joda, o para quedarnos en casa leyendo toneladas de comics, voy con la reseña de una obra extensa (casi 300 páginas) que me resultó muy rica para el análisis. Se trata de mi primer comic de DC post-Convergence y además de mi primera obra importante de Tom King, guionista del que había leído sólo cositas breves.
The Omega Men me dejó sensaciones contradictorias, como ser fan de los derechos humanos y votar a Cambiemos. Me dio por las bolas, por ejemplo, ese juego de palabras repetido hasta el cansancio entre el Alpha y el Omega. Me molesta que King introduzca a Alpha y Omega como elementos centrales de la religión del sistema solar Vega, que nunca había ido para ese lado. Me irrita ver a personajes que conozco hace 35 años actuar de modo extraño, fuera de su caracterización habitual. Y me indigna que esta aventura, pensada para ser la saga más grossa de la historia de los Omega Men (guarda, quizás lo sea), tenga como protagonista a Kyle Rayner y no a Primus, Kalista, Tigorr o Broot. Me confunde que el sistema solar Vega tenga 22 planetas y King se haga cargo sólo de seis. Y me llama mucho la atención que el propio guionista (y ex-agente de la CIA) haya planteado tan abiertamente el paralelismo entre la historia que narra este comic y la situación en Medio Oriente. Pensé que esa lectura la había propuesto un crítico, o los fans, pero no: el propio King abrió la caja de Pandora a las interpretaciones políticas.
Al ver la saga a través de ese prisma, me queda claro que el stellarium es el petróleo, que Kyle es el occidental pelotudo que cae a Medio Oriente sin entender por qué esta gente lleva décadas matándose entre sí, que los Omega Men son los rebeldes islámicos y que la Citadel es el imperio maligno, genocida, al que sólo le importan los recursos naturales, o sea, un combo EEUU/ Israel. Lo loco es que la trama se basa en la transición de Kyle de una posición conciliadora (tiene que haber una forma pacífica de resolver esto) a una posición extremista (hay que hacer mierrrrda al imperio genocida).
El desarrollo de la historia está groseramente estirado y todo lo importante podría haberse condensado en 96 páginas, como máximo. Pero King te la hace llevadera con un montón de recursos narrativos ingeniosos (y algunos brillantes), muchas escenas de alto impacto y un as de espadas que es el majestuoso dibujo de Barnaby Bagenda (a quien jamás había oído nombrar) complementado como los hiper-dioses cósmicos por la paleta mágica de Rómulo Fajardo. Visualmente esto es… la gloria. Parece un álbum europeo dibujado por Carlos Meglia, pero con mucha grilla de nueve cuadros, a las que Meglia les escapó siempre que pudo. Para la mitad del noveno episodio (lejos el mejor pensado y ejecutado de los 12), King y Bagenda detonan una escena PERFECTA, memorable, definitiva, de esas en las que textos e imágenes se ensamblan para dejarte sin aliento, babeando como un subnormal. Todo lo anterior parece un lento build-up hacia esa escena y todo lo posterior parece intrascendente, como si el plato principal fuera una suprema Maryland con papas paille y el postre un Criollita húmeda.
Hacía mucho que no leía un comic con Kyle Rayner (creo que desde los números de Green Lantern Corps que van entre Blackest Night y Brightest Day) y la verdad, me lo acordaba menos nabo, menos cuadrado, menos fácil de manipular… y jamás pensé que iba a pelar un crucifijo y rezar ¡en castellano!. Pero creo que son mocos que se manda Tom King, que se caga en la caracterización de Kyle desarrollada por otros guionistas, así como se caga en tantas cosas que (desde que los creara Marv Wolfman en 1981) le pasaron a los Omega Men. Me gusta que Kyle no use sus poderes casi hasta el final y que siga con su imparable racha ganadora con mujeres que le dan 14 vueltas. Pero no que eclipse a personajes que me gustan mucho más, como Primus, Kalista o Tigorr, este último tan poco aprovechado por King que se podría reemplazar tranquilamente por Wolverine o cualquier otro zarpadito con garras prominentes y cero reparos a la hora de matar.
En fin, me parece que The Omega Men es un comic pensado para ser leído más de una vez, para captar subtextos, para disfrutar de algunos yeites narrativos formales casi dignos de Alan Moore y sobre todo para deleitarnos con el magnífico trabajo de Bagenda y Fajardo en la faz visual. En una primera lectura, te van a estremecer la violencia, las runflas, la mala leche y las masacres. Pero me da la sensación de que por abajo de eso hay capas más profundas, potencialmente más emocionantes.

Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 15 de abril de 2019

LUNES DE CIENCIA-FICCION

Arranco esta entrada del blog con una reseña de Valerian: Los Rayos de Hipsis, la historia que va justo entre el álbum reseñado el 28/01/13 y el reseñado el 27/02/15. Se trata de un episodio rarísimo en la legendaria saga creada por los maestros Pierre Christin y Jean-Claude Mézieres, que me hizo comer todos los amagues. Después de un tomo anterior en el que se planteaba de modo tenue la amenaza de Hipsis y 40 páginas de este tomo en el que la cosa se pone más espesa, el peligro es más palpable y tenemos (por fin) algo de acción, todo hacía suponer que el final iba a ser a pura machaca cósmica, sobre todo porque (al haber leído los tomos posteriores) uno sabía que las consecuencias que dejaba Los rayos de Hipsis eran jodidas de verdad. Bueno, al climax que alcanza esta historia en el segundo y el tercer cuarto, le siguen ocho páginas finales en las que Christin pega un volantazo imposible, reformula totalmente a la amenaza para convertirla en algo absolutamente impredecible, no exenta de onda, pero a años luz de lo que uno espera en el contexto de una saga de aventuras y ciencia-ficción. No quiero contar con qué se encuentran Valerian, Laureline y sus aliados al final de este tomo, porque lo escribo y no lo puedo creer. Alcanza con decir que si llegaste a este álbum (el duodécimo) y no creías que Valerian fuera una serie en la que podía pasar cualquier cosa, seguramente el final de Los Rayos de Hipsis te va a hacer cambiar de opinión.
El dibujo de Mezíéres alcanza en esta época (mediados de los ´80) el cénit, el estado de gracia. La puesta en página es entre dinámica y mágica, las expresiones faciales son brillantes, las naves son gloriosas, los paisajes son hermosos, las escenas de acción son vibrantes, y las otras, todas esas páginas en las que Christin nos bombardea con una grotesca cantidad de texto, el dibujante las pilotea sin mayor dificultad, incluso cuando lo único que vemos son gente (o algo así) que habla, rosquea o trata de deducir el enigma de Hipsis.
Hasta acá Valerian era la serie copada, que a través de aventuras repletas de acción, misterio, romance y certeras pinceladas de un humor bastante ácido nos entretenía y a la vez nos bajaba una cierta línea ideológica progre, o directamente zurda. A partir del díptico compuesto por este álbum y su antecesor inmediato, ya entramos en el terreno en el que todo es posible, incluso algunos altibajos bastante pronunciados, tanto en los guiones como en los dibujos.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando se edita Lovechip, una historieta de ciencia-ficción de Emilio Balcarce y Guillermo Donés originalmente producida para el mercado italiano. El guión de Balcarce, sin ser una genialidad, es entretenido, tiene varias ideas interesantes y por lo menos dos giros argumentales que no me vi venir ni a palos. Los diálogos (a menudo el talón de Aquiles del guionista salteño) están bastante bien, nunca faltan las excusas (casi todas válidas) para meter escenas impactantes en las que vemos explosiones, masacres y gente que se caga a tiros, y si no te molesta esa impronta ochentosa de la aventura para adolescentes con tetas y drogas, seguramente la trama de Lovechip te va a atrapar.
El tema del sexo está bastante enfatizado, pero la verdad es que las (no pocas) escenas de cierto voltaje erótico no son las que hacen avanzar la trama. Por el contrario, Balcarce subraya todo el tiempo que Lovechip (como la mitad de su título lo indica) es una historia de amor. O sea que se habla mucho de coger y de hecho se coge bastante, pero en el global de la obra, el sexo es apenas anecdótico.
El dibujo de Donés me dejó muchísimas dudas. Esto está muy lejos de aquellas historietas que el crédito de Salto publicaba en la Skorpio a fines de los ´80 y principios de los ´90. No sé si el paso de color a blanco y negro le jugó una mala pasada o qué, pero visualmente esto así no se luce para nada. Las naves, máquinas, armaduras y locaciones futuristas están buenas, dentro de una estética que remite de inmediato a Juan Giménez. Pero los seres humanos… ma-mita. Las caras parecen desfiguradas, la anatomía tiene fallas (sobre todo cuando vemos cuerpos en movimiento), no se entiende bien si Donés buscaba un estilo más sintético o si estaba apurado y entregó algunas viñetas apenas bocetadas, para que el colorista tratara de darles un poco más de forma, o de fuerza… Una lástima, realmente, porque hacía mucho que no veía trabajos de Donés y mi expectativa era mucho más alta.

Y nada más, por hoy. Ni bien tenga más libritos leídos, comparto las reseñas acá en el blog.