el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 23 de noviembre de 2014

23/11: LO MEJOR DE POE

Y siguen las adaptaciones al comic de los cuentos de Edgar Allan Poe, quizás el autor de literatura más veces “traducido” al lenguaje de la narrativa secuencial. ¿Por qué tantos autores se copan con las adaptaciones de los cuentos de Poe? Ni idea. Me consta que no pagan derechos, porque son obras de dominio público, y que se venden bien, lo cual explica por qué a los editores les cierra editar este tipo de libros. ¿Pero los autores? ¿Lo verán como un desafío, a ver si superan las adaptaciones de Alberto Breccia? ¿O como un tributo a un escritor que los marcó en la juventud? ¿O como una forma relativamente fácil de encajarle a las editoriales proyectos que logran una buena repercusión comercial? Repito, ni idea.
Nombraba recién al Viejo Breccia y –mirá lo que son las casualidades- Edu Molina, autor de este libro de adaptaciones de Poe, también fue discípulo del genio máximo de nuestra historieta, al igual que Horacio Lalia, cuyas adaptaciones de cuentos Poe ya vimos el 30/03/12 acá en el blog. O sea que ya son por lo menos dos los “pollos” del más grande que se aventuraron en las fantasías de este escritor al que Breccia leyó tanto y tan bien.
Claro, Edu Molina nació en 1969, cuando Lalia ya era un señor grande, o sea que su impronta gráfica, su forma de reinterpretar y contarnos los cuentos de Poe, se parecen poco, aunque los cuentos sean prácticamente los mismos. Molina reduce al texto a su mínima expresión y casi siempre lo usa más como adorno que como hilo conductor de estos relatos cuyo final jamás nos sorprende porque ya los leímos mil veces. Como el Viejo Breccia, Molina trabaja algunas adaptaciones en blanco y negro y otras a color, con un despliegue fascinante de técnicas, pero siempre tomando como base un dibujo muy sólido, muy expresivo, apoyado en un claroscuro visceral. A eso, después le podemos sumar tramas mecánicas, collage, efectos del photoshop, o nada, como en El Tonel de Amontillado, que es blanco y negro puro.
Hay que ser muy valiente para adaptar El Corazón Delator después de que la hizo Breccia, o El Retrato Oval después de ver la versión de Lalia. Pero con todo este arsenal de recursos gráficos y muchas ideas notables a la hora de la puesta en página, Molina se aventura en estas mansiones ominosas y sale muy bien parado. Su versión de El Gato Negro me parece la mejor que vi hasta ahora en historieta y me impactó lo que hizo con una adaptación a priori muy difícil, como es la de El Cuervo. El Cuervo (The Raven) es un poema de Poe, en el que la rima es muy importante y que casi no tiene argumento. Un cuervo entra en la casa de un viudo, se posa en un dintel, el tipo le empieza a hablar, y el cuervo le contesta siempre lo mismo: “nunca más”. Y ya está, no hay acción, no hay peleas, no hay muertes ni resurrecciones. Molina se arremangó y logró 16 páginas cautivantes, con la rima presente en los textos y un dibujo que plasma a la perfección todo lo que pasa en la torturada mente de este hombre mientras dialoga con el ave. Una joya.
Este es uno de esos libros lindos para regalarle al fan de la literatura fantástica que no te toca un comic ni por accidente, a ese fan de Poe al que nunca lograste seducir con Hellblazer, ni con Sherlock Time, ni con las historias cortas que hacían Richard Corben y Berni Wrightson para la Creepy. A ese fan, que no tiene la más puta idea de quién es Edu Molina, ni se cebó nunca con Animal Urbano, ni con ninguna otra obra de este platense radicado hace muchos años en México, con esto lo enganchás seguro. Pero claro, vas a tener que combatir la irrefrenable pulsión de quedarte este libro para vos y calzarlo en tu biblioteca junto a las grandes antologías de historietas basadas en literatura fantástica, porque con este trabajo Molina se ganó sin ninguna duda un lugarcito en ese Olimpo en el que reina Breccia y liban hidromiel Corben, Wrightson, Lalia, Carlos Giménez y varios capos más.

sábado, 22 de noviembre de 2014

22/11: ALL-STAR WESTERN Vol.3

Tercer tomo de esta serie que venía disfrutando bastante y que, por supuesto, DC ya canceló.
En este tomo tenemos tres cosas muy distintas entre sí. En primer lugar, el número 0 de la colección en el que Jimmy Palmiotti y Justin Gray nos recuentan el origen de Jonah Hex, con algunos toques interesantes respecto del origen “clásico” (el de Michael Fleisher y Gray Morrow), que consisten en darle más sustancia al padre de Jonah y a uno de los apaches que se crían con él. Esto está muy bien, son 20 páginas muy logradas.
Después tenemos una saga que nos lleva de nuevo a esta Gotham City de fines del Siglo XIX, en la que Hex tiene al Dr. Amadeus Arkham como compañero de aventuras. Y acá la cosa derrapa un poco, porque los guionistas tienen UNA idea muy buena, para diluir entre 80 páginas. El planteo es atractivo: el Dr. Jeckyll llega a Gotham y empieza a comercializar la fórmula que lo transforma en Mr. Hyde. Esto genera una epidemia de “hydes”, de gente que se saca y comete crímenes violentos y atroces. Para empeorarla, el propio Mr. Hyde, un antropófago macabro, sádico, violador de cualquier cosa que tenga agujeros y además hiper-fuerte, retiene el 100% del intelecto de Jeckyll gracias a un componente que agrega a la fórmula, pero que no le habilita a la gilada: un pequeño diamante negro. El enganche entre el famoso relato de Robert Louis Stevenson y Eclipso es una gran idea, pero la aventura no está buena.
¿Qué puede hacer Hex contra esta amenaza? Nada. Cobra de lo lindo y se pasa páginas enteras en silla de ruedas. ¿Y Arkham? Menos. Toma la poción y se vuelve loco. ¿Y qué rol cumple The Barbary Ghost, la justiciera oriental que Palmiotti y Gray nos presentaron en una historia corta del Vol.1? Ninguno, apenas sirve para rellenar páginas con escenas de machaca totalmente innecesaria y para mostrar carne a rolete, porque Moritat la dibuja mucho más voluptuosa y con menos ropa que Phil Winslade en aquel unitario. Así es como a mitad de la saga esta chica desaparece, junto con Tallulah Black, de modo totalmente desprolijo, sin contribuir en lo más mínimo al desarrollo de la trama. El balance general no es un desastre, pero la verdad que la idea daba para mucho más.
El dibujo de Moritat está mejor que en el tomo anterior. Se ve que se acostumbró a sacar rápido 20 páginas con un nivel aceptable, o consiguió buenos asistentes. Hay logros en los primeros planos, en viñetas que combinan personajes de cuerpo entero con fondos bien trabajados y en las splash pages, que son todas espectaculares. La doble splash page de Barbary Ghost en el Chinatown es casi gloriosa. Y las peleas están muy bien coreografiadas, la narrativa es dinámica (incluso con Jonah postrado y fuera de la acción), así que si hay alguna tirada a chanta es mínima y muy perdonable.
Y me queda para el postre lo mejor: una breve novela gráfica de 40 páginas en la que Gray, Palmiotti y el ya mencionado Phil Winslade nos presentan a una nueva versión de Tomahawk, que no tiene nada que ver con la clásica. Esta es una historia tremenda, de enorme fuerza dramática, donde además los guionistas y el dibujante se lucen con el rigor histórico en la ambientación. Todo transcurre a fines del Siglo XVIII, con los EEUU recién independizados de Inglaterra y envueltos en un conflicto grosso contra las tribus aborígenes que no quieren entregarle a los yankis los territorios que los ingleses les concedieron. Es una historia de honor, de coraje y también de runflas y traiciones, en la que Gray y Palmiotti no se guardan nada: por el contrario, hacen notable hincapié en las mentiras y las masacres con las que el ilustre presidente George Washington les birló sus tierras a los aborígenes. A juzgar por lo que muestra esta historieta, al lado de Washington, nuestro General Roca parece Mahatma Ghandi. Y en la última te tiro el ancho de espadas: ¡Phil Winslade se colorea a sí mismo! Esto le da al dibujo un vuelo exquisito, como de álbum europeo, con un cuidado en los climas y una exhuberancia en los paisajes realmente conmovedores. Majestuoso laburo de Winslade, que además la pilotea para que no se hagan densas las páginas en las que hay mucho texto.
Ya sé que comprar un libro de u$ 17 por las últimas 40 páginas es un delirio. Pero te aseguro que la historia de Tomahawk es una genialidad absoluta, y si a eso le sumamos el atractivo número 0, el buen desempeño de Moritat a lo largo de casi toda la saga central y varias portadas de Ariel Olivetti para enmarcar y colgar en un museo, nos queda un broli con bastantes méritos para llevarse nuestros pesitos. Habrá más All-Star Western en el blog, el año que viene.

viernes, 21 de noviembre de 2014

21/11: BAKUMAN Vol.6

Hoy tengo poquito tiempo, así que se viene una reseña muy breve de un tomo fascinante, con muchísimo para analizar.
Esta serie sigue a un nivel impresionante. Tsugumi Ohba me sigue sorprendiendo, es increíble. Por un lado, todo ese “reality” cautivante que muestra cómo se hace y cómo se sostiene una antología semanal de manga, cómo la reacción del público determina quiénes se consagran y quiénes quedan en el camino, cómo los bendecidos por el gusto del público empiezan a ganar un billete cada vez más grande… Por el otro, los volantazos “dramáticos” para que la serie mantenga alto el nivel de tensión, para que pasen cosas, para que estallen conflictos. Se te tienen que ocurrir cosas que le sacudan la estantería a pibes que lo único que pueden hacer en sus vidas es dibujar historietas para cumplir con las entregas semanales que les impone la revista donde publican. Y finalmente, pero muy emparentado con lo anterior, acá empieza a dar frutos EN SERIO la brutal expansión de elenco que encaró Ohba a partir del segundo tomo. Lo que empezó con Mashiro y Takagi, hoy es un cast multitudinario con las novias de ambos, la mamá de Mashiro, los asistentes de Mashiro, cinco o seis coordinadores de la editorial (que son los que arman la antología semana a semana y “persiguen” a los autores para que entreguen su material) y todo ese grupito maravilloso y heterogéneo de mangakas jóvenes que se sumaron a la revista justo antes o justo después que Mashiro y Takagi.
En estas páginas pasa algo muy grosso, y Ohba logra que eso movilice a TODOS los personajes, del primero al último, en una exploración a fondo de las consecuencias de eso que pasa. Y la consecuencia más grossa es la que vuelve a incrementar la tensión al final, cuando parece que la serie de Mashiro y Takagi se va al descenso porque pierde popularidad. El tomo termina en un cliffhanger jodido como enema de chimichurri, que te dan ganas de correr a buscar el tomo siguiente (por suerte ya salieron el Vol.7 y el Vol.8) para ver cómo se resuelve.
Como única constante en medio de este torbellino de emociones, de esperanzas, sueños, decepciones, tropiezos, culpas, caprichos, competencias a todo o nada y gestos solidarios conmovedores, tenemos como ancla, como refugio, el dibujo siempre perfecto de un Takeshi Obata magistral. Más que nunca, Bakuman es un manga de gente que habla (y habla y habla) y Obata se arremanga y te dibuja 200 páginas de eso, sin chistar y sin que decaiga el interés. Cuando puede, hace que los personajes hablen mientras andan en bici por un parque, como para dibujar algo distinto, para romper un poco la claustrofobia de escena tras escena contenida entre cuatro paredes, en tres o cuatro locaciones distintas.
Con un argumento originalísimo, un elenco amplio, variado y fresco, y un dibujo sumamente expresivo, ajustado y acogedor, Bakuman está allá arriba y cuesta bajarlo. Son 20 tomos, lo cual significa que a pesar de lo mucho que pasó hasta ahora, uno no leyó ni un tercio de la obra. Pero tengo fe, confío en que Tsugumi Ohba y Takeshi Obata la van a bancar allá arriba hasta el final. Hasta ahora, es hiper-recomendable.

jueves, 20 de noviembre de 2014

20/11: THE UNEXPECTED

Mirá cómo te rompo el orto. En el arco, te pongo a Dave Gibbons. Te armo la defensa con Jill Thompson, Phil Jimenez, David Lapham y Farrel Dalrymple. En el medio Brian Wood repartiendo juego, Geoff Johns de doble cinco colaborando en la marca, y abiertos en los laterales Jeff Lemire y Mark Buckingham. Y arriba, para agujerearte la red, Paul Pope y Beto Hernández. En el banco de suplentes, te pongo a Amy Reeder, Joshua Dysart, Denys Cowan, John McCrea, Víctor Santos y al viejito Joe Kubert, con su última historieta, la que había escrito y dibujado pero no llegó a entintar ni a colorear porque justo le compró el pase Olimpo y se fue a jugar con Kirby, Eisner, Moebius y otros cracks de los que hicieron historia. Cualquier publicación que reúna esos nombres, la edite Vertigo o Muñones, ya merece un lugar en la biblioteca de cualquiera que disfrute del Noveno Arte. Y si además hay historias que están buenas, ni hablar. El libro trae 18 historias cortas, obviamente no todas del mismo nivel. Repasemos.
La de Paul Pope (con Lapham colaborando en los diálogos) es maravillosa y además nos muestra al ídolo probando un estilo distinto, más fino, más europeo, con más viñetas por página y cositas de Phillipe Druillet. La de Dave Gibbons quizás sea la mejor del libro, una aplanadora, original, concisa, irónica y con una planificación y una narrativa perfectas. Brian Wood se junta con la excelente dibujante Emily Carroll para una historia rara, que desentona por la temática. Acá no hay crímenes ni elementos sobrenaturales y lo “unexpected” es el futuro en el que transcurre la historia, con algunas reminiscencias de la inolvidable DMZ. Otra chica que dibuja bárbaro, Amy Reeder (la vimos el otro día en el tomo de Batwoman) deja la vida para levantar un guión de Cecil Castellucci al que le falta un poco más de onda. La genial Jill Thompson también despliega talento a rolete (y mucho gore) en una historia ingeniosa y truculenta, escrita por Alex Grecian, a quien no conocía.
La del maestro Kubert está muy bien, no desentona entre tanta luminaria del comic moderno. La de Joshua Dysart es un toque predecible, pero tiene unos bloques de texto notables y el dibujo de Dalrymple, que justifica absolutamente todo. G. Willow Wilson (la guionista de Air, ¿te acordás?) pela una historia intensa e impactante, dibujada con lo justo por Robbi Rodríguez, un Sean Murphy de la B. La de Phil Jimenez se prodiga en dibujos majestuosos, pero el guión de Mary Choi, que se las da de vanguardista, de transgresor, se pasa de rosca y no se entiende. Al inmenso Beto Hernández lo dejan publicar en blanco y negro, y así es como mejor se luce su dibujo. El guión tiene un giro copado sobre el final, pero no es una genialidad, ni mucho menos. David Lapham reaparece para dibujar con todas las pilas una historia efectista, apenas predecible, escrita por Mat Johnson.
El británico Al Ewing pela una especie de comedia corta, o de chiste largo, dibujada por Rufus DayGlo, que no está mal. La de Joshua Hale Fialkov me gustó, me logró poner nervioso, si bien el dibujo de Rahsan Ekedal me pareció bastante frío, bastante del montón. El reencuentro con John McCrea (del que hacía mucho que no leía nada) no fue demasiado feliz: no me terminó de cerrar el dibujo, no me gustó el color y el guión (de Neil Kleid) no sólo no me enganchó, sino que tiene demasiado texto y lo eclipsa mucho. Dos desconocidos, Jeffrey Rotter y Lelio Bomnaccorso, colaboran en una historia con buen planteo, pero desarrollo y final sumamente predecibles. Para cerrar, tenemos una breve historia que funciona como prólogo a una serie regular, que fracasó de inmediato: Voodoo Child, con un guión para nada atractivo de Selwyn Seyfu Hinds y buenos dibujos de Denys Cowan. Y un delirio: el primer capítulo de una saga de los Dead Boy Detectives, que continúa… en otra publicación. No está mal, pero ¿no podían aguantar y republicarla completa en un TPB de los Dead Boy Detectives?
Me guardé para el final la historia más divertida, la que más gracia me causó: Ghost For Hire, escrita por mi clon Geoff Johns en clave de comedia con mala leche y dibujada como los dioses por el cada vez más grosso Jeff Lemire. Una papita fina más, dentro de un planteo táctico al que le sobran las figuras, pero que también despliega buen juego, vistoso, atractivo, durante unos cuantos pasajes del partido. En su eterno super-clásico contra la berretada y el “más de lo mismo”, las antologías de Vertigo tienen un historial muy favorable, y con The Unexpected se armó un plantel como para pelear el torneo hasta la última fecha. Desde acá, el aliento incondicional de un barrabrava del sello adulto de DC.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

19/11: THE PARK

La verdad que no me da la cara para ponerle la etiqueta de Argentina a este post. El autor de la novela es argentino, pero vive hace 35 años en Londres, todos los personajes son londinenses, la historia transcurre en Londres y la única edición que conozco del libro es la británica. La única referencia argenta en todo el libro está al final, cuando el autor le dedica la obra a sus maestros, entre los que enumera al inmortal Héctor Oesterheld. Así que no califica para historieta argentina.
El autor, a todo esto, es el maestro Oscar Zárate, que esta vez no forma equipo con Alan Moore, ni con Carlos Sampayo, ni con ningún otro guionista, sino que se larga él solo a la odisea de contar una novela gráfica de casi 150 páginas. La verdad es que el guión está bueno, pero podría haber sido mejor. Zárate arma bien a los personajes, acierta en reaprtir el protagonismo entre cuatro personajes y darle a cada uno sus propios secundarios, sus propios ámbitos de acción, y presenta el conflicto central de modo muy creíble, muy accesible incluso para el lector no muy curtido en las lides del comic.
Quizás lo más flojo sea la gran cantidad de casualidades que acumula en el desarrollo de la obra. Okey: los cuatro protagonistas viven en el mismo barrio y pasean a diario por el mismo parque, con lo cual no es tan inverosímil que se crucen. Pero hay cruces y cruces (diría Jesucristo) y algunos se ven un poco forzados. Entre eso y alguna situación un toque predecible (el garche entre Victor y Mel), el guión hace que The Park no llegue a brillar como las obras de Zárate escritas por terceros.
Por suerte es un guión dinámico, con muy buenos diálogos, en los que se habla de amistades, de vínculos familiares, de compromiso político, de cómo el sistema capta al outsider para que labure para él, de cómo reaccionamos ante la injusticia, la violencia y la humillación, a veces de forma desmedida. En este último rubro, el personaje de Victor se va un poquito al carajo, es el único que –en función de agregarle espesor dramático a la trama- pone en crisis el verosímil, que parece ser algo que a Zárate le interesa conservar impoluto hasta el final. Entre esta escalada de conflictos que empiezan (y terminan) con una boludez, Zárate logra mechar varios homenajes a las películas de Laurel & Hardy, que adquieren un notable prortagonismo en las escenas centradas en Chris, al punto de despertarte la curiosidad si nunca viste ninguna.
O sea que al guión no le faltan elementos atractivos, hay un poco de todo y está casi todo bien. Pero claro, está el dibujo. Y ahí es donde Oscar Zárate saca a relucir su chapa de monstruo sagrado del Noveno Arte. En The Park, el argentino devenido inglés sorprende una vez más con su magia, con su sutileza para los climas, con su finísimo manejo del color, con sus magníficas expresiones faciales, con esa mezcla de técnica y magia tan difícil de explicar y tan linda de ver. Esas escenas al aire libre (en el parque, obvio, que es el inmenso Hampstead Heath), con esas acuarelas fastuosas, con esos verdes vibrantes, se te instalan en las retinas para siempre. Ojo, no todo es poesía y pasión por la naturaleza: Zárate es un gran observador de la sordidez y la berretada de las grandes ciudades y eso también está. Hay amor y reflexión, pero también piñas y patadas. Hay día y hay noche. Y todo está dibujado a un nivel increíble, enmarcado en una narrativa clásica, prolija, sin saltos al vacío.
Como para sintetizar, me encantaría decirte que The Park es una obra maestra fundamental, porque banco a muerte a Oscar Zárate y porque visualmente es de una belleza demoledora. Pero no puedo, porque hay cositas del guión que no me terminaron de cerrar. De todos modos, es una muy buena novela gráfica, muy entretenida, que se deja leer sin ningún problema, que te deja pensando y que seguramente muchísimos lectores van a disfrutar a pleno. Ya llegará la obra solista de Zárate que la rompa como la rompieron sus colaboraciones con los genios del guión con los que le tocó colaborar a lo largo de su ilustre carrera.
Y como ayer cambió una regla, hoy cambia otra. A partir de hoy, para comentar en los posts hay que estar registrado como “miembro del blog”. Somos casi 500, así que seguramente no faltará diversidad, ni disenso, ni esos cruces repletos de puteadas que tanto hemos disfrutado a lo largo de estos años. La libertad para opinar sigue siendo absoluta, sólo que ahora hay que estar “empadronado” para postear comentarios. ¿Me gustaba más lo otro? Sí, pero vamos a probar qué onda esta nueva modalidad. En una de esas, me termina gustando más.

martes, 18 de noviembre de 2014

18/11: SLEEPWALK (AND OTHER STORIES)

Y un día las reglas cambian. Estaba muy claro, lo dije muchas veces, que este blog nunca iba a tener publicidad, y a partir de hoy, hay un recuadrito con avisos. ¿Qué pasó? Básicamente, lo que pasó es que hace varios meses que tengo un pinzamiento jodido en el ciático, que me molesta mucho para caminar o estar parado. Los médicos me recomiendan no cargar peso y eso implica parar un poco con mi trabajo como distribuidor que consiste, en buena medida, en cargar peso.
Mientras me re-organizo, o mientras consigo otro trabajo en otra cosa, vamos a tener publicidad en el blog. Así, si cada uno que entra a leer las reseñas le da un click al recuadrito de los avisos, a mí me van a entrar unos manguitos como para poder aflojar con la distribución y cuidar un poco más mi salud. Y si muchos hacen click y entra un billete importante... ya sabés que se va a invertir en nuevos libros para reseñar en el blog. Entre todos (entre los 29.000 monos que visitan cada mes este blog) pueden ayudar (con mínimo esfuerzo) a que mi físico no se siga deteriorando. Desde ya, mil gracias.
Vamos a la reseña, sin perder más tiempo. Este libro ofrece 16 historias cortas del maestro Adrian Tomine, realizadas entre 1994 y 1997, cuando Optic Nerve era una revista promisoria, que salía de vez en cuando y sorprendía con un estilo de historias que no se veía en ningún otro lado. En su momento las había leído todas (yo era uno de los 14 fans incondicionales de Optic Nerve) pero hoy, a la hora de releerlas, no me acordaba de ninguna. Tenía muy presente, por supuesto, los climas, los tiempos, que es algo que distinguió a Tomine desde el primer día. Las historias, en cambio, me volvieron a sorprender como hace 20 años.
Quiero rescatar varias: Echo Ave., por el laburo de Tomine con la grilla de 12 cuadros. Long Distance, apenas dos paginitas, por la idea, y porque me sentí identificado. The Connecting Thread, por la decisión de narrar todo mediante bloques de texto, que encima están muy, pero muy bien escritos. Supermarket tiene un planteo excelente, grandes diálogos y un trabajo sublime en los grises, que no parecen tramas mecánicas sino aguadas, aplicadas con un criterio exquisito.
También banco mucho a Hostage Situation, por la idea extrema, porque hay algo así como un conflicto, una tensión posta, jodida de verdad. Dylan & Donovan me pareció la mejor de las historias típicamente “tominescas”, esas llenas de introspección, casi sin conflictos, en las que todo pasa por las relaciones entre personas que no se quieren, no se encuentran, no se escuchan o no se entienden. Unfaded me gustó porque coquetea con la comedia y porque Tomine juega a ser Joe Sacco o Robert Crumb y busca crear texturas e iluminaciones con unos cross- hatchings escalofriantes, logrados con un plumín que parece un bisturí. Six Day Cold es la que me pareció mejor dibujada, con la clásica grilla de Watchmen y un claroscuro perfecto, muy bien complementado con las tramas mecánicas. Por ahí el guión es medio “más de lo mismo”, pero el dibujo es devastador.
Y dejo para el final la que más me gustó: Summer Job, una de las más extensas (15 páginas) y la única que rompe un poco con la tónica de los personajes retraídos, alienados, traumados, que sufren y se cuestionan absolutamente todo lo que les pasa. Acá el protagonista es Eric, un pibe que caga olímpicamente a sus jefes (que también son unos garcas importantes) y basurea a sus compañeros de trabajo sin ningún remordimiento. El pibe encontró la forma de laburar poco, ganarse unos pesos y además imprimir un fanzine con costo cero. Para eso hay que mentir bastante y para que la mentira no se desplome hay que estar alerta, no podés estar boludeando, pensando en la minita de la secundaria que no te daba bola. Sin renunciar al verosímil, ni al ritmo pachorro, ni a los diálogos apenitas más filosos que los que intercambiamos todos los días en el mundo real, Tomine logra una historia distinta, más vital, más ganchera y mucho menos melancólica. Casi una de Buddy Bradley sin garches, ni vómitos, ni drogas, ni peleas entre borrachines.
Si te hiciste fan de ese estilo distante, cerebral y a la vez intimista a más no poder que perfeccionó Adrian Tomine a lo largo de su carrera, seguro ya llegaste a Sleepwalk. Si todavía no lo descubriste, este es un gran tomo para empezar: no tan crudo como 32 Stories y no tan frío como Summer Blonde o Shortcomings. Una joyita noventosa bien lo-fi, bien a contramano de la estridencia que reinaba en aquellos años en el comic yanki.

lunes, 17 de noviembre de 2014

17/11: TRICENTENARIO

Bancado con fondos concursables que entrega el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, este año se publicó en el país vecino Tricentenario, un muy buen comic de Enzo Nicolini y Claudio Bergamin.
Se trata de un thriller futurista, con un clásico detective medio loser que investiga la desaparición de una chica, un caso en el que no hay que ser un genio pra olfatear una espesa runfla de poder y corrupción. Lo más interesante es que esta aventura de Vicente Lobos transcurre 100 años en el futuro, cuando Chile se aproxima al festejo de sus 300 años como nación independiente. Como en las buenas historias ambientadas en el futuro, Enzo Nicolini aprovecha para bajar línea acerca de la sociedad y la política chilenas de hoy. Y acierta al mostrar (amplificadas con la lupa de los 100 años de distancia) las consecuencias de ese fanatismo que hay en Chile por el capitalismo salvaje, la privatización de cualquier cosa, la farandulización extrema de todo, incluyendo la política. Este futuro a simple vista resplandeciente y próspero tiene un costo alto, y Lobos de a poco descubre que los que pagan ese costo son (como en todo capitalismo salvaje) precisamente los que menos tienen.
Por supuesto, si Tricentenario se limitara a bajar línea no sería un comic tan atractivo. Acá hay, además, un relato apoyado en una estructura clásica, con muy buen ritmo, buenos diálogos y algunos hallazgos en la caracterización, sobre todo en los secundarios, porque hasta ahora Vicente Lobos mostró pocos rasgos que lo despeguen un poco del molde de este tipo de personajes.
Pará. ¿Cómo que “hasta ahora”? ¿No termina acá la historia? No. En ningún lado dice “Vol.1”, ni nada parecido, pero cuando llegás a la página 66, te está esperando una puñalada artera, una traición digna de Starscream o Julio Cobos en forma de la palabra maldita: “concluirá”. Dentro de lo horrendo que es llegar al final y encontrarse con que no es el final, prefiero el “concluirá” al “continuará”, porque por lo menos me genera la ilusión de que el siguiente tomo será, efectivamente, la conclusión de la saga. Pero el sabor amargo no me lo saca nadie. Creo que tuve la leve sospecha de que el argumento no avanzaba a la velocidad suficiente como para rematar todo en 66 páginas cuando Vicente se escapa del burdel de Wal. Ahí es como que empecé a no creerle a los villanos cuando prometían la confrontación “definitiva” con el héroe. Y bueno, llegó ese final que no es final y ahora a comerla, a esperar a que Nicolini y Bergamin entreguen otras 66 páginas.
Otra cosa: se nota mucho (diría Chiche Niembro) que esto se escribió en tres tandas de 22 páginas, como si fuese a publicarse en tres comic-books. Cada 22 páginas, Nicolini fuerza un cliffhanger arriesgado y Bergamin mete una splash-page impactante… que en el contexto global de las 66 páginas no resultan ni arriesagdos ni impactantes. Son ganchos un poco ramplones, un “ni se te ocurra colgar la serie acá, porque esto se está por poner recontra-heavy”, absolutamente innecesarios, porque finalmente los tres episodios se publicaron juntos y se leen al hilo, sin solución de continuidad. Ahora que saben que esto sale así, ojalá la próxima entrega no tenga esos golpes de efecto baratos cada 22 páginas.
Me falta decir que Enzo Nicolini es ingeniero y que este es su primer trabajo como guionista de historietas, lo cual lo hace muy loable. También es el primer comic de Claudio Bergamin, con la diferencia de que este último tiene una abultada trayectoria en la ilustración publicitaria y en lo que se conoce como “fantasy art”. En general, los ilustradores devenidos historietistas (en especial los que llegan muy cancheros en el tema de la ilustración digital) suelen hacer comics bastante aburridos, con demasiado énfasis en la superficie, en los yeites, y poco en la sustancia y en la narrativa en sí. Bergamin, por suerte, no entra en esa generalización. Su grafismo tiene onda y personalidad, no te mezquina un fondo ni por puta, la narrativa está muy cuidada y después sí, tenemos ese plus que es el festival de efectos digitales (muy a tono con la ambientación futurista de la saga) como complemento a un muy buen trabajo con el color. O sea que visualmente, Tricentenario ofrece un muy buen equilibrio entre un dibujo cuasi-realista tradicional y un despliegue cromático bien “cutting edge”.
Superada la decepción profunda de enterarme en la última página que esto no era una obra completa, ahora sí, recomiendo a los lectores del blog que tienen acceso a publicaciones chilenas que le den una oportunidad a Tricentenario y les pido a Nicolini y Bergamin que le metan pata a la segunda parte, así la tienen editada para Abril, cuando yo vuelva a cruzar la cordillera en busca de nuevas aventuras.

domingo, 16 de noviembre de 2014

16/11: SUICIDE RISK Vol.1

Como no me alcanzó con las 400 páginas de Lucifer que me clavé el otro día, hoy fui por las primeras 100 de una nueva creación de Mike Carey, muy en la línea de lo que está publicando Image, pero en este caso publicada en BOOM! Studios, que tiene al británico como nave insignia de su línea de comics “adultos”, o por lo menos bajo total control de los autores.
Suicide Risk no está mal, pero tiene un problema: es Carey jugando a ser Mark Millar. Todo se basa en una idea muy interesante y original, que no es más que una nueva vuelta de tuerca al viejo tema de los tipos y minas con superpoderes y de qué lado de la ley se para cada uno. Carey nos lleva a una San Diego en la que la policía pierde por goleada todos los días contra una creciente legión de super-villanos, y en la que los pocos superhéroes que aparecen son velozmente liquidados por los malos, o directamente se corrompen y cambian de bando. El protagonista es Leo Winters, un cana que decide investigar de dónde salen estos super-villanos y se encuentra cara a cara con los dealers que les venden los superpoderes. Obviamente el propio Leo va a obtener los suyos y a confrontar con los villanos, en inferioridad de condiciones y sin blanquear absolutamente nada de lo que hizo ni a su familia ni al resto de la policía.
Es una consigna atractiva, novedosa, muy bien planteada por Carey, pero a la que le falta ese plus, ese vuelo que uno encuentra en las cosas que hizo el ídolo para Vertigo. El cuarto episodio desentona bastante con los otros tres, pega un volantazo bastante extraño para el lado de lo sobrenatural, se mete con una diosa, sacrificios rituales, memorias de vidas pasadas… y quizás sea de ahí de donde Carey saque ideas para barnizar un poquito la serie, para que tenga una cierta pátina de cosa más jugada, más trascendental. Tengo fe en que sea así, por eso la voy a bancar un tomo más.
Si la idea de Carey era no despegar nunca, bancar hasta el final esa onda “markmillarista” de explorar una variante nueva y sórdida al tema de los superpoderes, lo mejor que pudo haber hecho hubiese sido convertir a Suicide Risk en una mini de seis episodios y rematarla en un sólo TPB. Confío en que estas ideas que se ven acá sean el trampolín para saltar hacia otra cosa, en la que tenga peso la machaca truculenta entre tipos y minas con superpoderes, pero además aparezca ese plus.
En el dibujo tenemos a Elena Casagrande, una chica italiana apenas correcta. Casagrande tiene el mismo problema que Suicide Risk: cumple, pero le falta vuelo. Es una dibujante claramente del montón, que se desenvuelve bien, pero no sorprende. Carey le pide pocas escenas de acción y Casagrande no las aprovecha para irse al carajo. Mantiene todo el tiempo un tono narrativo sobrio, al límite de lo aburrido. Dibuja la menor cantidad de fondos posible, muchas viñetas de “talking heads” y lo mejor que tiene es la buena integración de la referencia fotográfica y alguna expresión facial bien lograda, de esas que podría haber dibujado Kevin Maguire. Pero no es gran cosa. De hecho, creo que le sacás el color (a cargo de Andrew Elder) y esto se desploma como un castillo de naipes. Por lo menos no hay dibujantes suplentes, sacados de abajo de la manga para cubrir a Casagrande cuando esta no llega con las entregas, al menos en este primer TPB.
Si te interesa el tema de los superhéroes “traídos a la realidad”, con una vuelta de tuerca interesante al tema de los poderes, con Suicide Risk seguramente vas a pasar un buen momento y te vas a enganchar, porque la historia promete y el protagonista está muy bien trabajado. Ahora, si venís buscando el próximo Lucifer, o el próximo The Unwritten, la verdad que acá no lo vas a encontrar. Sigo a full con Mike Carey y prometo volver a visitarlo pronto, en una de esas antes de fin de mes.

sábado, 15 de noviembre de 2014

15/11: POSTERS

En otra bizarra coincidencia del destino, justo el día del cumpleaños de Liniers me toca reseñar algo que siempre quise leer, que es una novela gráfica de Liniers.
Es una novela gráfica muy rara, hecha de a una página por mes a lo largo de 79 meses. Seis años y medio en los que Liniers se embarcó en lo que él mismo definió como “un cadáver exquisito unipersonal”, porque el autor sólo leía la página publicada el mes anterior y en base a eso improvisaba una continuación, una nueva peripecia, un nuevo giro del destino para sus personajes, eternos prisioneros de un demiurgo caprichoso, inquieto, sublevado a la clásica estructura narrativa de “principio-desarrollo-fin”.
¿Y qué onda el resultado? ¿Es una aventura consistente, o una sucesión de bizarreadas frutihortícolas sin pies ni cabeza? A simple vista, yo diría (y Liniers pareciera coincidir) que lo segundo. Se nota mucho la ausencia de una línea argumental pensada y trazada por el autor, y su lugar lo ocupa una improvisación sumamente conspicua. Lo bueno es que esta ausencia de rumbo repercute en una ausencia de ataduras, de condicionamientos. Y así es como Posters gana en frescura, en libertad, en espontaneidad. Como ni el propio Liniers sabía qué carajo podía llegar a pasar, puede pasar cualquier cosa y eso hace que la lectura se haga muy divertida, muy amena, poblada de sorpresas y giros impredecibles.
Acá no hay convenciones porque no hay géneros. Escenas que daban para ser clave se convierten en anécdotas menores dentro del big picture. Escenas que podrían haber durado dos viñetas se extienden varias páginas a fuerza de diálogos muy bien escritos, de fina comicidad. No todas las ideas locas tienen que ver con lo visual, con las ganas que por ahí tenía Liniers de dibujar X cosa. Algunas van claramente para otro lado (y andá a saber de dónde vienen). Posters es una montaña rusa enloquecida, una mezcla bizarra entre una novela gráfica de “misterio freak” al estilo Richard Sala y todas las excentricidades retorcidas, cómicas y a veces geniales que aparecían en las historias cortas de Max Cachimba.
A esta altura, asombrarse por la calidad del dibujo de Liniers ya es un acto de ingenuidad sólo comparable al de votar a los políticos a los que promociona la agencia de Ramiro Agulla. Todo lo bueno que le vimos hacer en Macanudo, acá está mejor: el armado de la página, el juego con el tamaño y el contorno de las viñetas, el manejo de ese plumín frenético con el que logra texturas alucinantes, la expresividad de los personajes, la variedad de registros… y a todo eso hay que sumarle algo que Liniers hacía más en sus inicios, allá por principios de este milenio (que fue cuando arrancó con Posters), que es acotar intencionalmente la paleta de colores y trabajar en una única gama, en este caso la que va del rojo al amarillo, con excelentes resultados. A nivel visual, acá tenemos un despliegue increíble y sin esos altibajos que tiene el “guión”. El dibujo es parejo de punta a punta y siempre en un nivel realmente extraordinario.
Resumiendo, si no esperás el recontra-guión, si te animás a leer un relato que responde más a la lógica de los sueños que a la de la narrativa clásica, acá te vas a encontrar con un Liniers que se divierte como nunca, que sabe generar intriga desde los diálogos, que dibuja como la San Puta y que a la hora de salir a limar por los terrenos de la aventura, resulta tan imbatible como a la hora de bancar una tira diaria de gran calidad durante más de 10 años.
Ah, me olvidaba! Se fueron al carajo con el precio de este libro. Por más que sea una obra maestra de un autor que tiene hordas de fans, por más que la calidad de papel e impresión sea increíble, por más que las tapas tengan unas solapas hermosas y laca sectorizada, sigue siendo un libro de 96 páginas. Cobrarlo $ 190 es un suicidio, liso y llano.

viernes, 14 de noviembre de 2014

14/11: BATWOMAN Vol.2

Antes de lo esperado, volví a encontrarme con Kate Kane en esta serie cuyo Vol.1 comentamos hace poco, el 25/09/14.
La crítica esta vez es muy parecida: los co-guionistas J.H. Williams III y W. Haden Blackman no logran que me emocionen las peleas. Contra quién lucha Batwoman y cómo le gana es lo que menos me importa en el mundo. De hecho, a los guionistas tampoco parece calentarles mucho ese tema: en el Vol.1, Batwoman no le ganaba a la villana, sino que llegaba apenas a sospechar que La Llorona era una amenaza “menor”, a las órdenes de alguien más heavy y más pulenta. En este tomo vemos a quién respondía La Llorona y hay muchas, muchas secuencias de peleas. Pero los guionistas armaron a esta amenaza para que tenga en jaque a Kate al largo plazo, entonces ninguna confrontación es definitiva.
Además, para que no nos aburramos con esas luchas bastante anodinas, Williams y Blackman juegan a no contarnos la historia de forma lineal. No sólo mezclan escenas de Batwoman con escenas protagonizadas por el resto del elenco de la serie, sino que la propia machaca entre la protagonista y los villanos está contada en desorden, con idas y vueltas para adelante y para atrás en el tiempo, “rompiendo la diégesis”, diría un intelectual. En el rubro Villanos, me gustó la vueltita que le dan Williams y Blackman a Killer Croc, y la amenaza grossa, la que va a seguir latente (supongo) varios episodios más, también está muy bien pensada. En el rubro Secundarios, esta vez tenemos a Beth en el banco de suplentes, y a Maggie y a Chase muy activas. Pero lo más interesante es que (aunque sea en un rol chiquito) reaparece Jacob, el papá de Kate, que tenía muchísima chapa en las primeras aventuras de Batwoman, las previas al reboot, cuando las esribía el maestro Greg Rucka.
Básicamente, entonces, el atractivo de la serie reside en los personajes, en la muy buena elaboración de Kate Kane y en la muy buena interacción con los secundarios. Las peleas no aportan demasiado, al punto que ni siquiera se terminan de resolver, y los conflictos más interesantes son los que no involucran elementos sobrenaturales, ni piñas ni patadas, sino otro tipo de relaciones humanas. La presión de Chase para alinear a Batwoman con el D.E.O., el romance con Maggie, la responsabilidad de Kate frente a lo que le pasó a Beth, el sorprendente volantazo que pega Maro… con eso alcanza y sobra para mantenernos enganchados, por lo menos hasta que los conflictos que requieren sí o sí de la machaca cobren un poco más de fuerza, o entren en un tramo realmente definitivo.
Y para los que soñábamos con otros seis episodios dibujados por J.H. Williams, sonó el despertador, volvimos al mundo real y nos encontramos con seis episodios SIN J.H. Williams. En los cuatro primeros la tenemos a la talentosa Amy Reeder (a quien descubrimos en el Vol.1 de Madame Xanadu, un lejano 19/01/10), que deja la vida para tratar de recrear la magia de Williams. No tiene al maestro Dave Stewart haciéndole el aguante desde el color, pero tiene esas planificaciones alucinantes, esas páginas dobles repletas de acción y vértigo en las que juega a full con la ubicación y los contornos de las viñetas. Esto genera un contraste muy marcado con las escenas más tranqui, en las que el dibujo se hace más convencional, sin llegar a verse adocenado, o “del montón”, porque la verdad es que Reeder dibuja bastante por encima de la media de los “obreros del mainstream”. En los dos episodios finales, bajamos un poquito el listón para fumarnos a Trevor McCarthy, un dibujante claramente más convencional, muchísimo más lejos que Reeder del nivel impuesto por J.H. Williams. Por suerte McCarthy se hace cargo (en la medida de sus posibilidades) de que Batwoman es una serie con una identidad gráfica muy particular, y mal que mal se esfuerza por respetarla, por no dejar que esto parezca un comic más de disfrazados que cagan a trompadas.
Por ahora Batwoman conserva el irresistible aroma del “comic de autor dentro del mainstream” porque no tiene crossovers ridículos ni apariciones forzadas de los otros personajes de Gotham. Pero cuando no dibuja J.H. Williams III parte de esa fuerte impronta autoral se diluye, o queda en la mímica. Veremos qué onda el Vol.3 (que leeré el año que viene) y en base a eso decidiré si la banco hasta el final.

jueves, 13 de noviembre de 2014

13/11: MEMORIES

Durante aquel tórrido y fugaz romance entre Les Humanoides Associés y DC, uno de los autores que más obra publicó en EEUU fue el gran Enki Bilal. Le editaron todos los hitazos, los infaltables, y un libro que me sorprendió, por eso lo capturé: Memories, que es un compilado de los dos libros de historias cortas que habían salido en su momento en Francia. Uno de los dos libros, Memoires d´Outre-Space, ya lo tenía y es el que Norma editó en su momento como Doble Dimensión. El otro, Memoires d´Autres Temps, tiene muchísimo material que nunca había visto en libro, y además de épocas y temáticas más variadas.
Las primeras 48 páginas reúnen 8 historietas cortas, todas escritas por el propio Bilal, todas a color y todas de la segunda mitad de los ´70. Visualmente, esto se parece mucho al Bilal de las mejores colaboraciones con Pierre Christin, o sea que hay un nivel increíble. Y los guiones… bueno, son las típicas historias cortas de la Metal Hurlant, sin personajes recurrentes, con pocas páginas para desarrollar las ideas y con mucha libertad para delirar. A veces son gags largos y a veces la “trama” se diluye en una acumulación de sucesos bizarros, o de diálogos intencionalmente sobrecargados. No hay ninguna que vos digas “Ah, esto es una genialidad”, ni ninguna que vos digas “Nah, me estás faltando el respeto”. Pero hay cosas lindas, más allá del impacto de los dibujos.
Y hay más. 90 páginas más de historias cortas, muy interesantes, porque arrancan muy de atrás: acá hay historietas cortas realizadas por Bilal desde 1971, es decir desde los albores de su carrera. Y la verdad es que son trabajos que no se parecen en nada a las obras que lo consagraron. El dibujo era sucio, se notaba mucho la influencia de Philippe Druillet en las composiciones, los guiones parecían refritos de cuentos de H.P. Lovecraft… todo muy extraño. También hay gags, esas historietas muy cortitas que desembocan en un final sorpresivo y cómico, y algunas con guionistas, un poco más elaboradas. La que más me gustó de estas reliquias de principios de los ´70 es Ill-Gotten Gains, con guión de Linus, todavía dibujada (y coloreada) por un Bilal totalmente irreconocible.
También hay un par de historias escritas por Jean-Pierre Dionnet (con quien Bilal realizaría la zarpada Exterminateur 17), de las cuales una (The Omnibus to Vega) es muy graciosa. El estilo del prócer cambia mucho cuando empieza a experimentar en blanco y negro y se manda esas historietas recontra-sobrecargadas de detalles, viñetas auténticamente barrocas (cosa que en los ´70 también hacía Moebius), con unos cross-hatchings obsesivos y omnipresentes, y composiciones que ahora recuerdan más a los grabados de Gustave Doré que a las alucinaciones de Druillet. El tránsito de ese Bilal hiper-pasado de rosca al que termina de pelar su propia (y durante años definitiva) identidad visual se puede ver clarísimo en la muy reeditada Crux Universalis, una historieta con mucha impronta “moebiusera”, pero donde aparecen muchos rasgos típicos de Bilal.
Después nos quedan un puñado de historias cortas que abarcan la segunda mitad de los ´70 y principios de los ´80 (la más reciente es de 1981), una época en la que Bilal se vuelca definitivamente a las historias más extensas. En este tramo final del libro se ve el estilo más conocido del ídolo, con menos cuadros por página y con esa forma personal y majestuosa de incorporar el color. Pero además hay tres historietas muy cortas realizadas en blanco, negro y grises aplicados con tramas mecánicas, que nunca había visto y que me parecieron visualmente maravillosas. Una de ellas, Mondovision, me resultó brillante también en el guión, el rubro que quizás sea la pata más floja de esta antología.
Es obvio que si tenés que comprar UN libro de Bilal, no te vas a comprar uno de historias cortas, pudiendo elegir novelas gráficas de la calidad de la Trilogía Nikopol, o de las cosas que hizo con Pierre Christin. Pero si sos muy fan del ex-yugoslavo y lo querés ver limar en historias donde los guiones no importan demasiado, o seguir su evolución gráfica a lo largo de sus primeros 10-11 años de trabajo profesional, este es el libro de historias cortas que tenés que tener.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

12/11: LUCIFER Vol.2 (AHORA SI)

Segundo mega-TPB para recopilar 15 episodios y un one-shot de esta extraña serie de Vertigo, a la que en su momento no le di bola, pero ahora entré cebadísimo gracias al soberbio laburo que hizo Mike Carey en Hellblazer y en The Unwrtitten, que lo puso en la lista de autores de los que quiero leer lo más posible.
Este tomo arranca con un arquito de tres episodios muy notable, que funciona un poco como epílogo a todo lo que pasó en el primer tomo, que terminó con Lucifer como demiurgo de una nueva creación, paralela a la que firmó Dios, en la que las reglas son distintas. A partir de acá, Carey buscará una vuelta muy interesante para las historias, que es tratar de desarrollarlas sin que Lucifer esté todo el tiempo en el centro de la escena. Muchas veces a lo largo de estos muchos episodios vamos a ver cómo los personajes que movilizan la trama son los secundarios o incluso los villanos, mientras Carey nos “escamotea” al otrora capo del Infierno. Lucifer termina por aparecer cuando no queda otra, cuando la pelota pica en el área rival y sólo falta ese 9 goleador que la empuje hacia la red.
Para que esto funcione, hay que trabajar muy bien a los personajes secundarios y en ese rubro Carey se destaca ampliamente. Entre los que ya presentó en el Vol.1 y los que se suman en este tomo, la serie logra sostenerse en un elenco tan complejo y atractivo que si el goleador no la toca, también saca un buen resultado. Gaudium, Lady Lys, Christopher Rudd, Lord Arux, todos suman un montón y hacen que cuando Carey echa mano a los personajes “heredados” de Sandman (Brute y Glob, los mismísimos Death o Dream) se perciba como un detalle de exquisitez y no como un manotazo de ahogado.
Lo más flojo del tomo son dos unitarios: uno largo, que apareció por afuera de la serie regular, titulado Nirvana. Acá hay un laburo magnífico de construcción de un personaje (Cai, la joven viuda de Beijing) pero el conflicto en sí se ve tenue, inverosímil, no logró nunca juntar la intensidad suficiente para atraparme. Y el otro unitario que no me convenció fue el de la chica centauro, con buenas ideas, pero que también sufre la falta de un conflicto más fuerte.
Con o sin Lucifer como protagonista, está claro que lo más difícil en una serie como esta es imaginar contra qué puede luchar un personaje tan omnipotente, tan heavy como él. Por supuesto que cuando todo pasa por las roscas entre ángeles, demonios, dioses y criaturas ancestrales, el nivel de poder es generalmente MUY alto, pero precisamente por eso, no tiene sentido convertir a este en un comic “de peleas”. Sin embargo, a Carey se le ocurren varias amenazas realmente complicadas que debe afrontar Lucifer y la verdad es que en el arco titulado Purgatorio la pasa realmente mal. Obviamente, si sos Lucifer, hijo de Dios y creador de tu propio universo, alguna letra chiquita tendrá el contrato como para que zafes. Eso es perfectamente entendible. Lo divertido es ver cómo y quién deja a este Martín Palermo del Mal al borde del retiro y cómo este titán vuelve de una muerte casi segura a seguir agujereando redes.
Lucifer es un comic muy hablado, con excelentes diálogos, pero Carey no come vidrio y sabe habilitar juego a sus dibujantes. Como en The Unwritten, el titular es Peter Gross (nunca entre mis favoritos), que es quien se hace cargo de los arcos de tres episodios, bien complementado por las tintas de Ryan Kelly. En casi todos los unitarios que van entre saga y saga lo tenemos al glorioso Dean Ormston, capo del claroscuro, especialista en criaturas abisales y climas crepusculares. Y en Nirvana, el one-shot ambientado en China que a mí no me cerró demasiado, tenemos (para compensar sobradamente la escasa polenta del guión) un trabajo monumental del gran John J. Muth, cabecilla de la corriente pictórica tan en boga a fines de los ´80, que acá volvía a demostrar por qué fue un referente grosso en aquella época. Muth tiene tanto vuelo, tanta sutileza, tanta magia, que al lado suyo Alex Ross resulta más prosaico que un pagaré.
Con su elenco siempre en expansión y ese atractivo péndulo entre conflictos chiquititos y mega-conflictos a todo o nada, Lucifer me sigue tentando. Ya me animo a calificarla como la legítima y genuina heredera de Sandman, así que si entraste a Vertigo por el lado del Señor de los Sueños y no sabés por dónde seguir una vez que te liquides los 10 u 11 brolis que recopilan el clásico de Neil Gaiman, acá está la respuesta.

martes, 11 de noviembre de 2014

11/11: LUCIFER Vol.2

Me bajé en un sólo día este mega-broli de más de 400 páginas y ahí se me fue toda la energía que me quedaba.
Ahora, de lo que menos ganas tengo en la vida es de acomodar ideas y redactar una reseña mínimamente presentable.
La prometo para mañana, sin falta. Hoy, quizás esté bueno repasar la reseña del Vol.1, que apareció acá el 30 de Julio de este año.
Perdón, pero me quedé sin pilas. Me iría a dormir ya, si no fuera porque tengo un compromiso con un amigo al que quiero mucho y hace años que no veo…
Mañana lucifereamos a pleno.

lunes, 10 de noviembre de 2014

10/11: INSPECTOR BULL

Esta es una historieta originalmente realizada para Italia entre 1989 y 1990, aproximadamente. Algo se había visto en la efímera revista Hora Cero de Ediciones de la Urraca y años más tarde Perfil había reunido seis episodios en un número de 45 Toneladas. Pero esta es la primera vez que se editan todos juntos y en castellano los 13 episodios que componen este clásico del inolvidable Carlos Albiac y el siempre vigente Horacio Lalia, una dupla que para fines de los ´80 estaba muy afianzada, con varios y muy buenos trabajos previos en su haber.
Cada uno de los 13 episodios plantea y resuelve un enigma policial, en el que el Inspector Bull debe aguzar de su ingenio para encontrar e interpretar pistas que lo lleven a resolver los crímenes. No hay demasiado espacio para el desarrollo de Bull como personaje, más allá de algunas sutiles pinceladas que tira Albiac para contraponer a un tipo duro en la profesión con un tipo sensible en su relación con la mujer a la que corteja. Quizás el rasgo más interesante que nos permite separar a Bull de los otros clásicos detectives de la Londres de muy principios del Siglo XX sea que a este policía no le salen todas bien. Casi siempre gana, pero también empata y pierde. Muchas veces no logra impedir un asesinato, o no llega a tiempo a meter en cana al asesino, que muere de alguna manera casi siempre sorprendente.
Los casos están muy bien pensados, son muy distintos entre sí y las pistas no aparecen por milagro. Con el correr de los episodios, uno ya empieza a tomarle el pulso a Albiac y anticiparse a Bull en la resolución de los misterios, lo cual significa que las pistas están puestas desde el principio por el guionista, no las saca de la manga cuando se le acaba el episodio y tiene que cerrar el caso.
Los diálogos son muy formales, muy protocolares, porque estamos hablando de la Inglaterra victoriana y de casos que generalmente involucran a gente de los estratos sociales más altos. Rara vez se filtra en los diálogos algún chascarrillo, aunque la ironía tan típica de los guiones de Albiac suele estar presente, generalmente en los episodios con desenlaces trágicos. Y también hay otro rasgo frecuente en los guiones de Albiac, que son las ideas sumamente visuales, pensadas para que se luzca el dibujante, para que la imagen cargue con el peso de la narración y el el texto resigne preponderancia. Casi todos los episodios tienen secuencias mudas, muy impactantes y además importantes para el desarrollo de las tramas. Eso es algo que Albiac siempre hizo muy bien y que no muchos supieron valorar en su momento, quizás porque estaba de moda una historieta más hablada, con más protagonismo para la palabra, en la que el bloque de texto (a veces farragoso, a veces redundante) era un recurso del cual los guionistas abusaban más que Nik del copy-paste.
Por el lado del dibujo tenemos a un Horacio Lalia inspiradísimo, capaz de darle vida, onda e identidad a muchos personajes distintos, magistral en la reconstrucción de la época, en el manejo de la referencia fotográfica, en las expresiones faciales y en su especialidad de toda la vida, que son los climas ominosos, en los que siempre acechan el horror y la muerte. Pero claro, acá también se ve el problema que tienen todos los trabajos de Lalia: los tropiezos notables en la planificación de la página. No menos de dos veces por episodio, el ritmo del relato se frena porque el lector se pierde en un laberinto del terror, en el que uno nunca sabe cuál es la siguiente viñeta que tiene que leer. A veces Lalia suple esta falencia con el recurso desesperado de la flechita, y otras veces deducir en qué secuencia hay que leer la página es más difícil que resolver los casos que investiga el Inspector Bull. Un globo de diálogo mal ubicado, una viñeta más larga que las dos de al lado, un inset puesto donde no iba, pueden hacer muy complicada la lectura de una secuencia y eso es lo que sucede muchas veces a lo largo de este libro y lo que empaña la encomiable labor de Lalia al frente de la faz gráfica.
Más allá de esto, Lalia y Albiac son palabras mayores cuando hablamos de historieta argentina clásica y acá lo demuestran sobradamente. Las aventuras del Inspector Bull son verosímiles, atrapantes, dramáticas y felizmente no perdieron vigencia con el paso de los años, con lo cual me parece que incluso el lector virgen de Albiac y Lalia las va a poder disfrutar.