el blog de reseñas de Andrés Accorsi

sábado, 24 de octubre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.26

Ah, bueno… Ahora sí. Por fin, después de tanto padecer, tengo en mis manos un tomo con seis historietas de Nippur que me animo a recomendar plenamente. Esto parece historieta moderna (o lo que considerábamos historieta moderna en 1978): un solo guionista, un solo dibujante, historia que se hacen cargo 100% de lo que pasó en la anterior, y –sobre 87 páginas de historieta- apenas dos superpobladas por 14 viñetas microscópicas. Las otras 85 ¡tienen todas menos de ocho cuadros! Como las historietas que se publicaban en esa época en el resto de América. Por supuesto, Robin Wood mete más texto que en una historieta promedio de aquel entonces, pero al haber menos viñetas de mayor tamaño, el equilibrio entre los masacotes de texto (o los diálogos extensos) y la narración visual está mucho mejor logrado. En estos seis episodios vamos a volver a ver cómo los coloristas (criminales de lesa humanidad que merecen el más atroz de los castigos) se esfuerzan por estropear los dibujos de Carlos Leopardi, pero quizás porque el ídolo está mucho más afianzado en el dibujo, el daño que le hacen no es tan letal como en tomos anteriores. De todos modos, me encantaría tener este material en blanco y negro, para disfrutar del trazo salvaje, violento, expresivo al límite del grotesco de un Leopardi que atravesaba un momento de inspiración absoluta. En cuanto a los guiones, en el primero vemos a Nippur engañar y matar a sus enemigos sin el menor reparo, en una historia con muchos de los elementos típicos de esta serie bastante bien combinados. El segundo episodio está narrado en primera persona por un antagonista al que Robin le da mucha profundidad. Por supuesto, sabemos desde el primer cuadrito que no va a lograr su cometido (matar a Nippur), pero la historia es atractiva y está bien llevada. La tercera aventura es definitiva: “Laris, sobre el espejo del desierto”, 15 páginas inolvidables en las que Nippur se enamora de una chica ciega y sobre el final… ¡pierde un ojo! Un enemigo al que nunca antes habíamos visto (y creo que nunca reaparecerá) se da el lujo de dejar tuerto al justiciero de un certero flechazo y encima de matar a su novia. Muy impactante todo. Y en los tres episodios restantes, vemos algo así como el Daredevil: Born Again de Nippur. El héroe toca fondo, perdió todo y no quiere seguir. No más combates, no más romances, no más aventuras. Nippur es ahora un indigente zaparrastroso, un ermitaño que escapa de la gente y de los peligros, al que asiste un niño, Mohar, de unos 10 u 11 años. Y ese statu quo dura varios episodios, no es un argumento que se le ocurrió a Robin para zafar una vez. Por el contrario, se exploran a fondo las consecuencias de lo que pasó en “Laris, sobre el espejo del desierto”, como para que ningún desprevenido se olvide lo importante que es esa entrega. Ver a Nippur vencido, hecho un trapo de piso, es algo que nadie se esperaba, y resulta realmente conmovedor, especialmente en “Los Cazadores y el Miedo”, un capítulo narrado en tercera persona con unos bloques de texto exquisitos y una humanidad escalofriante. Finalmente, en “La Ultima Galería” (también con bloques de texto a cargo de un narrador omnisciente) vamos a ver la escabrosa muerte de Mohar, un Nippur forzado a volver a blandir la espada y volver al combate (esta vez contra una jauría de lobos liderada por un macho muy astuto, como en aquel manga de Jiro Taniguchi que vimos el 22/07/12) y al final, encontrar a una minita que lo va a ayudar a ser el de siempre. Bah, creo. Habrá que ver qué pasa en el próximo tomo… Esto es aventura clásica a un gran nivel. Un dibujo vigoroso, osado, con mucha impronta autoral, argumentos jugados, en los que el héroe la pasa realmente mal, textos hermosos, bajada de línea siempre para el lado correcto… Ya estamos en una época en la que el nivel de las revistas de Columba alcanzaban un pico (1977-82 es, para mí, el período dorado de esa editorial) y era momento de que Nippur se sacudiera un poco las telarañas para volver a pelar la chapa de clásico y a justificar su longevidad y su popularidad entre los lectores. Y hasta acá llegamos, por hoy. Nos reencontramos en unos días con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 21 de octubre de 2020

SOUTHERN BASTARDS Vol.3

Imposible aguantar demasiado sin entrarle al Vol.3 después de lo manija que me dejó el Vol.2 de esta gran serie de Jason Aaron y Jason Latour. Ya quedó atrás aquella primera mirada, en la que Southern Bastards aparecía muy pegada a Men of Wrath. A esta altura de la serie, con 14 episodios ya en el buche, no tengo dudas de que la principal referencia tiene que ser sí o sí Scalped. Para regocijo de cualquiera que haya disfrutado (o sufrido) con aquella insuperable serie de Vertigo, les cuento y hasta les afirmo con total convicción que en Southern Bastards lo tenemos a Aaron aplicando la MISMA FÓRMULA que lo consagró en Scalped. El pueblito alejado y endogámico donde las reglas sociales son otras, la mala leche y la sordidez asfixiantes, e incluso trucos narrativos, como el de frenar la acción en la víspera de un evento importante, parar la bocha y (como un 5 con talento) empezar a mandar pases a los costados, para habilitarle el protagonismo a personajes que todavía no habían encontrado espacio para desarrollarse. Esto es básicamente lo que sucede en este tercer tomo. Se viene un partido importantísimo para los Running Rebs, y Aaron y Latour se lo guardan hasta el quinto episodio. Los cuatro primeros pasan todos al mismo tiempo, en los días previos al partido contra los Warriors de Wetumpka, y cada uno está centrado en un personaje distinto. Se exploran apenitas lo sucedido en el impactante final del Vol.2, y la bocha se mueve hacia los laterales: el sheriff Hardy, el sacado secuaz Esaw (lejos, el personaje más detestable de la serie), el (hasta ahora) misterioso cazador del arco y la flecha, y un pibe hospitalizado que parece tener algún tipo de don sobrenatural extraño. El quinto episodio, el del partido, se enfoca necesariamente en Euless Boss, el director técnico de los Rebs, quien en el tomo anterior despuntó como el protagonista excluyente de la serie, y sí, probablemente sea el punto más alto de esta tanda. Y en el sexto episodio, finalmente sucede algo que Aaron venía postergando desde el final del primer arco: llega al pueblo de Craw County la hija de Earl, el hombre asesinado por Boss al principio de la serie. Supongo que la serie va a avanzar hacia el conflicto a todo o nada entre Roberta y Euless Boss, pero por ahora a la joven le cuesta hacer pie en este territorio hostil, donde hasta la más básica convivencia entre vecinos está atravesada por la violencia, el delito y el odio (en este caso odio racial, porque Roberta, al igual que su madre, es afroamericana). Una vez más, el dibujo de Jason Latour me sorprendió por su desparpajo, por la forma visceral en que se caga en la estética realista para irse bien, bien a la mierda, a un expresionismo que por momentos casi mete miedo. Hay pasajes tan grotescos, que me los imaginé dibujados por Steve Parkhouse en un comic en joda, tipo The Bojeffries Saga. El color (también obra de Latour) es magnífico de punta a punta y el dibujante que entra de suplente en el número en que Latour descansa (en realidad no, porque escribe el guión) es un inspiradísimo Chris Brunner. Hay muchísimos puntos altos en la faz gráfica, pero creo que lo que más me impactó es que Latour no sugiere nada, no te deja nada librado a la imaginación. Si hay torturas te las muestra, si hay muertes truculentas hace que te salpiquen sangre, y si hay garches no te los esconde en sombras ni te tapa los genitales de nadie. Esto es así, crudo, brutal, sin ningún tipo de concesiones. No es para todos los públicos, obviamente, pero el que se aguante este nivel de atrocidad se va a ver ampliamente recompensado por tramas, diálogos y dibujos muy por encima de la media que ofrece hoy el mainstream yanki. Leés un TPB de Southern Bastards y te convencés de que no hay forma de que Jason Aaron escriba un comic choto, no te entra en la cabeza que varios de sus títulos de superhéroes en Marvel sean puro humo, o directamente una bosta. Pero bueno, es así. Me acabo de fijar y Southern Bastards llegó hasta el nº20, nomás, y se cortó allá por 2018. O sea que el cuarto TPB (que también salió en 2018) debería incluir el final de la serie… a menos que haya quedado inconclusa. No lo tengo, nunca lo vi, pero como siempre digo, acepto donaciones. Y hasta acá llegamos, por ahora. Atenti, que en cualquier momento nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 18 de octubre de 2020

LA MUSICA DE MARIE

Vuelvo al maravilloso mundo de Usamaru Furuya, para internarme en una de sus obras más antiguas. La Música de Marie se publicó en Japón entre los años 2000 y 2001, o sea que es justo anterior a El Club del Suicidio (ver reseña del 12/03/20). Y bastante anterior a las otras obras de este gran mangaka que pasaron por este blog. Los próceres de Milky Way editaron La Música de Marie en un único tomo espectacular, con más de 500 páginas, algunas de ellas a todo color. La Música de Marie es un manga que te va llevando por distintos lugares a lo largo de su extensión. En las primeras 200 páginas, lo que prima es el world-building. Acá Furuya se dedica minuciosamente a presentarnos a los personajes y al mundo en el que viven: sus costumbres, su religión, su comercio, los vínculos y sobre todo su desarrollo tecnológico, que parece estar frenado en un nivel que nuestro mundo alcanzó allá por 1850, más o menos. Llama la atención que no cobre relieve ningún conflicto, pero parte de las sorpresas de la trama van por ese lado. Los personajes centrales son Pippi (una minita copada, divina, inteligente, con la mejor onda) y Kai, un chico más introspectivo, más taciturno, al que cuando tenía 10 años le pasó algo que le cambió la vida para siempre y lo hizo distinto a todos los demás habitantes de la Tierra de Pirito. Kai provee el elemento de misterio a este mundo fantástico en el que reinan la concordia y la armonía entre todos los seres, biológicos y mecánicos. Las siguientes 100 páginas introducen un conflicto, no muy enfatizado por Furuya: un triángulo de amor bizarro entre Pippi, Kai y una diosa inmensa, omnipresente, inalcanzable. ¿A dónde va esto?, te preguntás. Ahí el autor nos clava casi 40 páginas en las que le da un poco más de relieve al aspecto religioso de la obra. Y ahí, en la página 340, cuando ya te tiene a punto caramelo, Furuya pone tercera y arranca un tramo entre aventurero y filosófico, que le hubiese encantado imaginar (y dibujar, y animar) al maestro Hayao Miyazaki. Este tramo se centra en Kai y la diosa Marie, cara a cara, cuerpo a cuerpo, corazón a corazón, para desentrañar todos los secretos de este mundo, de lo que le pasó al pibe cuando tenía 10 años, de lo que pasó ese día en que la música de Marie sonó desafinada y la rutina de los amables habitantes de Pirito se alteró. ¿La buena onda de la gente tiene que ver con la diosa? ¿El desarrollo (o en realidad el estancamiento) tecnológico está conectado a la omnipotente Marie? ¿Hay que sacrificar una cosa para obtener a otra? Kai se ve atrapado en un dilema moral brillante, que Furuya despliega a lo largo de 100 páginas memorables. Y cuando ya te estabas levantando de la butaca para aplaudir de pie, vienen dos epílogos, de 30 páginas cada uno. El primero cierra la historia de Pippi y Kai, también con nuevas e impactantes revelaciones acerca del enigmático muchacho. ¿Ya está? No, en el segundo epílogo (ambientado 50 años más tarde, cuando los chicos ya son viejos), Furuya patea el tablero y te tira casi al pasar una data clave, que resignifica todo lo que leíste hasta ese momento. Lo que realmente le pasó a Kai cuando tenía 10 años no es lo que parecía, y esa revelación cambia todo el juego de una manera drástica y genial. Y le agrega poesía, profundidad, misterio y onda a todas esas páginas por las que transitamos junto a los personajes. Un final maravilloso, sumamente conmovedor. ¿Podría ser mejor La Música de Marie? Sí, porque gráficamente Furuya evolucionó un montón y hoy dibuja mucho mejor que hace 20 años. En esta obra hay momentos gloriosos a nivel dibujo, sobre todo cuando dibuja paisajes y engranajes mecánicos. Texturas, líneas cinéticas, aplicación de grises, todo eso está perfecto. El armado de las secuencias, la organización de la información visual dentro de cada cuadro, también, inobjetables. Pero a la hora de dibujar a los personajes y su gestualidad (que es algo importante en la trama) vemos a un Furuya un poco precario, se nota que lo que termina en la página no es lo que él visualizaba en su mente. Me lo imaginaba todo el tiempo pensando “la puta madre, ¿por qué no podré dibujar como Masakazu Katsura, o como Satoshi Kon?”. Y por más que se rompa el culo, Usamaru no logra romper ese techo, esa limitación que lo deja ahí, a mitad de tabla, rodeado de dibujantes de shonen entre correctos y medio pelo. Por supuesto que los pulveriza a nivel imaginación, pero en la tarea específica de darle rostros y expresiones a los personajes, todavía estaba lejos de lo que va a mostrar años después. Recomiendo enfáticamente La Música de Marie a todos los amantes de la fantasía, de las pelis de Miyazaki, obviamente de Usamaru Furuya y a quienes queran explorar un manga lleno de ideas preciosas, desafiantes, provocativas, bien desarrolladas, resueltas con maestría y encarnadas en personajes entrañables, de los que cuesta despedirse a la hora de cerrar el libro. Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 15 de octubre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.25

Otro tomo del coleccionable de
Nippur con unas cuantas sorpresas para compartir con ustedes… Primero, repasando la lista de episodios y sus fechas de publicación descubro que entre Junio y Diciembre de 1977… ¡no se editaron nuevos episodios de Nippur! La serie más popular de la editorial Columba, que atravesaba una época de esplendor a nivel comercial acompañada por un nivel artístico bastante aceptable, desapareció de las páginas de la revista D´Artagnan durante SEIS MESES. No tengo idea qué pasó, si Robin Wood dejó de mandar guiones, si no conseguían buenos dibujantes… pero hubo seis meses, justo en el año en que Nippur festejaba su décimo aniversario, en que no aparecieron nuevos episodios de esta serie. El tomo arranca con “La Columna de los Buitres”, una historieta muy notable por varios motivos: por un lado, marca el final de la colaboración entre Wood y Ricardo Ferrari. En segundo término, se trata del pico más alto de Jorge Zaffino como dibujante de Nippur. Todavía muy lejos del estilo con el que se va a consagrar mundialmente, acá un Zaffino todavía muy joven (apenas 18 añitos) se comía crudo a su maestro, Ricardo Villagrán, y empezaba a avanzar a paso firme hacia los terrenos de un Burne Hogarth, ponele. El dibujo académico-realista en su máxima expresión, con gran fuerza icónica, y con varias páginas con pocos cuadros (en Columba “pocos cuadros” signfica “menos de 10”) que hacen que, por primera vez en mucho tiempo, aunque sea un pasaje de una historieta de Nippur se vea parecida a otras historietas de las que aparecían en otras editoriales. Y también hay páginas de 700 viñetitas microscópicas en las que el dibujo de Zaffino no se luce casi en absoluto. En tercer lugar, esta es la historieta en la que Zaffino le pone a los aliados de Nippur los rostros de Robin, de Villagrán, el suyo propio y hasta el de empleados de distintas áreas de la editorial Columba. Y entre los enemigos (a los que Nippur y su tropa hacen pedazos) hay guerreros con los rasgos de Horacio Altuna y Alberto Breccia, dos próceres de la historieta argentina que ya en los ´70 hablaban pestes de la editorial de la palomita y sus abyectas prácticas en materia de reconocimiento de los derechos de autor a los dibujantes y guionistas. La segunda historia del tomo marca la despedida de Zaffino, y tiene un guion mucho más livianito, casi en joda, que no está mal. Después viene ese bache de seis meses y al regreso, tenemos un equipo (equipazo) integrado por Robin Wood como único guionista y Carlos Leopardi como único dibujante. Desde la primera página de “Llegar a Akad” hasta el final del tomo, Leopardi sale a matar, con el cuchillo entre los dientes. Su dibujo agreste, desangelado, por momentos brutal, combina cosas de Lucho Olivera, Carlos Casalla y hasta el propio Alberto Breccia, pero además tiene una narrativa más estridente, más ampulosa, más cercana al comic de superhéroes de EEUU. En las páginas en las que Leopardi puede dibujar menos de 10 viñetas, aparece un ritmo narrativo, una intensidad, que hasta acá no habíamos visto en las aventuras de Nippur. Lástima que los coloristas (que se esforzaban bastante por no estropear los virtuosos trazos de Zaffino) le entran a las páginas de Leopardi con odio, con saña, como si el dibujante hubiese abusado sexualmente de sus madres, hijas y mascotas. Juro que por momentos me costó leer las historietas de lo espantoso que es el color, sentía que me estaba lastimando los ojos. Hijos de mil putas, ojalá mueran en cana. Y ojalá alguna vez toda esta etapa de Nippur dibujado por Leopardi se reedite en blanco y negro. En cuanto a estos cuatro guiones que ofrece Robin en su regreso tras el parate, el primero es previsible pero muy lindo, muy emotivo. El segundo está absolutamente virado al terror sobrenatural, algo que ya vimos que no funciona muy bien en el contexto de Nippur. El tercero es la enésima vuelta de tuerca al tema de los abusos de los poderosos y cómo un cuatro de copas se puede convertir en as de espadas con solo juntar los huevos para plantarse frente a la injusticia y la arbitraredad. Nippur está de adorno, pero bue. Y el cuarto y último va para el mismo lado: Nippur pintado al óleo en medio de una trama de lucha, dignidad, códigos, respeto, letaltad y amor. El balance general de estas seis historietas es muy decoroso. Muy por encima de lo que veníamos padeciendo en entregas anteriores. Ojalá sigamos así en los tres o cuatro tomos que me quedan por delante. Y nada más, por hoy. Ya estoy leyendo un libro extra-large, para reseñarlo ni bien lo termine, acá en el blog.

lunes, 12 de octubre de 2020

HOY

Este es uno de esos libros imposibles, que más que libros parecen muebles. Un libro grandote, con más de 400 páginas, que nadie que no esté entrenado para levantar pesas podrá sostener en el aire más que un par de segundos. Un objeto contundente, monumental. Al nivel del concepto, también es monumental. Es un monumento que los editores le erigieron a la historieta argentina independiente, presente y pasada. Cada detalle del libro, cada texto, cada historieta, es un testimonio de la pasión que vincula a Julián Oubiña Castro y Sergio Schiavinato con este medio, y sobre todo con esta forma de producir. El resultado es una foto enorme, completísima, que deja muy chiquitos a intentos anteriores por hacer algo más o menos similar. Lo primero que me sorprendió es que había leído en otras publicaciones UNA SOLA de las 66 historietas que integran la antología. Sospecho que los editores les habrán pedido enfáticamente a los autores participantes que entregaran material inédito, que no desempolvaran para esta edición historietas ya aparecidas en otros medios. Eso es un acierto, porque lo lógico sería que a este lbro se acercara mayoritariamente gente que sigue habitualmente a estos autores en fanzines, antologías, blogs o revistas digitales y está bastante familiarizada con las obras ya publicadas de muchos de ellos. Como en toda antología de historieta argentina post-1995, me sorprendió también la diversidad de estilos gráficos. El nivel es, a grandes rasgos, muy bueno, pero lo más impactante es la amplitud, la gran variedad de estéticas distintas que ofrece HOY. Eso habla muy bien del criterio con el que se eligió a los autores, un criterio evidentemente generoso, para nada sectario. Hay un par que me parecieron de desastrosos para abajo, muy difíciles de redimir. Pero en promedio, me parece que visualmente es una antología sólida, con muchas posibilidades de seducir a públicos distintos e incluso a paladares exigentes. No está ahí, me parece, el problema o las limitaciones que muestra la historieta argentina independiente a esta altura de su evolución. El problema aparece cuando estos dibujos se tienen que poner al servicio de una narración. Dentro estas 66 historietas, en ese sentido, noto un déficit realmente preocupante. Hay un puñado, quizás un 10% de las historietas, en las que se combinan buenos dibujos con buenos guiones. Y en el 90% restante, veo dos variantes igualmente frustrantes: Por un lado, muchas historietas que parten de una buena idea, mal llevada a la página producto de una impericia narrativa que hace que el relato no prospere, se empantane, no trascienda. Por el otro lado, guiones que nacen muertos, pavadas irrelevantes, o peor aún: planteos hiper-ambiciosos que evidentemente no se van a poder desarrollar en cinco o seis páginas y quedan ahí, a la deriva. Entiendo lo difícil que es contar algo consistente con principio, nudo y desenlace en poquitas páginas. Y entiendo también que autores y autoras acostumbrados a publicar en antologías deberían tener más recursos, más cintura, para salir mejor parados de estos desafíos. Dejo de lado el tema de la pobre redacción de diálogos y textos, porque la verdad que no hay tantos errores de ortografía. Sí muchas dudas en el uso de los signos de puntuación. Pero lo realmente alarmante es la baja calidad que me encontré en la mayoría de los guiones. Repito que hay algunos muy buenos, algunos pasables, otros cuyo argumento no me atrapó pero me engancharon con buenos diálogos, algunos que no entendí ni remotamente qué corno me estaban queriendo contar, y otros donde entendí la trama pero me pareció muy poco atractiva, o la vi naufragar a merced de una precariedad lamentable en el armado de las secuencias, la elección de los enfoques o la planificación de las páginas. Es muy injusto tirar este tipo de críticas sin hacer nombres, sin entregarles el salvoconducto a los que merecen quedar exentos del “tirón de orejas”, pero me gustaría creer que ellos y ellas saben quiénes son, que no necesitan que yo los identifique por escrito. Rescato la gran variedad de temas, las ganas de contar cosas distintas, pero en la mayoría de los casos noto que faltan herramientas, que los autores se propusieron hacer cosas que no están del todo capacitados para hacer. Por suerte están los dibujos, que empujan para arriba el promedio final, las ilustraciones (que en su mayoría son excelentes) y los textos teóricos de Oubiña Castro, realmente valiosísimos. Y ese cuidado, esa atención por aspectos de la edición que muchas veces se descuidan y acá, en HOY, están impecables hasta en los más mínimos detalles. Ojalá en 10 ó 20 años, estos mismos editores produzcan un nuevo libro antológico con este nivel técnico, esta diversidad, esta pasión, esta amplitud de citerios, en la que (los que lleguemos vivos a verla) podamos apreciar una evolución en el aspecto más flojo de esta antología (y –supongo- del universo que la misma busca reflejar), que son los guiones. Por encima de cualquier cuestionamiento del tipo “¿Cómo pusieron una historieta de Tal y no una de Cual?”, me parece importantísimo subrayar este punto: con malos guiones o dibujantes que no saben narrar, el techo nos queda demasiado bajo. Hay que encontrar la forma de romperlo y de crecer por afuera de estos límites que se ven tan claramente en las páginas de HOY.

viernes, 9 de octubre de 2020

SOUTHERN BASTARDS Vol.2

Hace más de tres años, el 26/07/17, le dediqué unas breves líneas al Vol.1 de Southern Bastards, la creación de Jason Aaron y Jason Latour. Además de resaltar unos cuantos puntos muy altos que encontré en ese primer arco argumental, yo me preguntaba qué volantazo le iba a pegar Aaron a la serie en el inicio de este segundo tomo, como para que el núcleo del argumento se pudiera estirar más allá de los ocho o diez episodios como máximo. Bueno, acá están las respuestas. Por un lado, la Gran Vagabond, algo que Aaron ya había hecho con maestría en Scalped: paro la bocha, no avanzo casi nada en la trama ambientada en el presente y te encajo cuatro episodios donde lo central es la historia del villano, desde sus inicios hasta su ascenso a ese lugar de poder, corrupción e impunidad donde lo vimos en el primer arco. Así, Euless Boss pasa en menos de 90 páginas de ser “el malo de Southern Bastards” a ser un personaje complejo, fascinante, lleno de matices, con una carnadura humana y una profundidad que lo ponen allá arriba, al nivel de aquel inolvidable Red Crow que nos partió la cabeza y el alma a los que leimos Scalped. Por el otro, el epílogo, las dos últimas páginas del tomo, abren la puerta para otro recurso clásico de este tipo de relatos: alguien de una nueva generación, a quien nadie tenía en el mapa, va a volver de muy lejos para vengar al caído, en este caso a Earl Tubb. Y seguramente va a alterar para siempre el delicado equilibrio de poder que sostiene a Boss en lo más alto de la impresentable sociedad de Craw County, Alabama. Así que ya están jugadas las cartas para que esta serie tenga por delante unos cuantos arcos más, uno más impactante que el otro, y son cartas tremendas. Anchos de espada, como mínimo. Este trip al pasado que encara Aaron en el Vol.2 es una gema de la brutalidad y la mala leche. Hay pasión a full, pero hay un desprecio por la gente, por los vínculos y el respeto, que te hielan la sangre. Y hay, además del despiadado Boss, un segundo personaje que crece en importancia a lo largo del tomo (el maestro Big), en cuyo desarrollo Aaron despliega toda su jerarquía como creador. Llega un punto en todo es tan extremo que el verosímil se empieza a abollar, como aquel DNI que te daban a los 16 años que era un cuadernito con tapas verdes y que uno llevaba siempre en el bolsillo de los jeans. Pero, como sucediera en la reservación aborigen de Scalped, Aaron nos va tirando sutilmente la data que nos convence de que Craw County no es un lugar común, sino un caso bastante excepcional, donde las cosas funcionan con otras reglas, y donde lo que a nosotros nos resulta extremo y demasiado atroz para aceptarlo como real, es parte de una “normalidad” escabrosa, pero “normal” al fin. También en este tomo es mucho más relevante que en el anterior el hecho de que Boss es el director técnico del equipo de football americano del condado, los Running Rebs. Con lo cual los diálogos nos bombardean con muchísimos tecnicismos que tienen que ver con ese espantoso e incomprensible deporte, que lleva décadas manchando el nombre de otro deporte infinitamente superior. Los personajes discuten tácticas, jugadas, variantes posicionales, formas de lanzar la pelota, de derribar a los adversarios… a un nivel de precisión y detalle que a los que no cazamos una de football americano nos dejan bastante de garpe. Pero igual se entiende todo, no es que la trama te desconcierta si no entendés de qué jugadas discuten Boss y Big. Por momentos parece una canchereada de Aaron, como si nos quisiera refregar por la cara lo mucho que conoce de la parte táctica de este deporte. Digo esto sin saber un carajo, no? Por ahí ves 15 minutos del equivalente a TyC Sports del football americano y te alcanza para manejar todos estos términos como si fueran “doble 5”, “falso 9”, “salir jugando”, “hacer la banda” o “tirar la diagonal”. Y no me quiero ir sin hablar maravillas del dibujo y el color de Jason Latour. Increíble, en ambos rubros. El dibujo es rarísimo: por momentos parece un boceto de Goran Parlov entintado a los pedos por Danijel Zezelj, pero de a ratos aparecen rasgos más de comic francés, tipo Patrice Killofer. Las escenas dentro de los partidos de football americano tienen otra estética, otra paleta de colores, como si fueran afiches ilustrados. En general, cada ambientación tiene su propio clima, su propio tratamiento de los fondos y del color. Latour tiene una forma de dibujar la violencia que por un lado te asfixia, te desgarra el alma, y por el otro te cautiva, te hace querer más violencia. Excelente labor de este artista único y personal, todavía no valorado en toda su dimensión. Me compré el mismo día los Vol.2 y 3, así que en cualquier momento le entro al TPB que le sigue a este. Atenti que ni bien termine un libro que estoy leyendo, reaparezco con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 6 de octubre de 2020

ARAIA

Ricard Castells fue un talentoso historietista e ilustrador catalán que vivió apenas 47 años, entre 1955 y 2002. Nunca pegó un hitazo ni remotamente masivo, pero su talento y su don de gente lo convirtieron en un autor muy respetado en el ámbito de la historieta española, uno de esos tipos de los que todo el mundo suele hablar maravillas, tanto a nivel profesional como personal. Este librito se propone rescatar cuatro historias cortas, definidas por el propio Castells como “las más crípticas” de su no tan extensa carrera. Es un libro al que –analizado con la Ratio Accorsi- le falta claramente una historieta más, o le sobran unas cuantas páginas. Pero la posibilidad de tener cuatro historietas que componen su “obra dispersa” en un sólo libro sin dudas me sedujo como para comprarlo. Veamos con qué me encontré a la hora de leerlo: La primera historieta tiene muy poquito texto y está escrita en un registro intencionalmente confuso. No hay una historia, un conflicto, una curva dramática, o por lo menos yo no la encontré. La segunda se publicó originalmente en el formato de 11 páginas de nueve cuadros, pero para esta edición Castells la rearmó en 25 páginas de cuatro cuadros, lo cual la mejoró notablemente. Acá sí hay un argumento identificable, no sencillo, no exento de caprichos y excentricidades, pero presente. La tercera historieta es más onírica que narrativa, y de nuevo se complica encontrar algo así como un hilo conductor que le dé un sentido dramático a esas cinco breves páginas. Y la quinta es la que tiene el argumento más claro, la que se entendería incluso sin los diálogos (prestándole mucha atención, no?). También tiene cosas raras o estrafalarias, pero sin dudas es la menos críptica de todas. Y por si faltara algo, el argumento está muy bien, es una historia preciosa, muy sutil, con guiños al cine y la literatura y con un mensaje triste, teñido de nostalgia por tiempos mejores que quedaron atrás. Y acá está la puerta que, una vez que la abrimos, no la queremos cerrar nunca más. Entrarle a Araia por el lado de las sensaciones y emociones que transmite puede ser un canto de sirenas absolutamente irresistible, porque Castells juega todo el tiempo a eso: no tanto a contar como a sugerir, no tanto a expicar como a dejar pistas que el lector (si se copa) puede unir como para darle forma a las historias. El atractivo principal está claramente en los climas, en lo que las historietas de Castells nos transmiten no tanto desde los textos, pero sí desde los dibujos. Estamos ante un artista de un virtuosismo gráfico único, irrepetible, un genio con un manejo de técnicas diversas y asombrosas al nivel del mejor Bill Sienkiewicz, del mejor Dave McKean. En la última historieta, Castells ni siquiera planifica la puesta en página: parte todas las páginas en seis viñetas del mismo tamaño (sin zanjas que las separen) y cuenta la historia simplemente eligiendo qué mostrar en cada una de las viñetas, y cómo organizar la información dentro de cada una. Lo mismo sucede en la historieta más larga (Sombra Runa): cuatro viñetas por página, todas del mismo tamaño, siempre con los textos POR AFUERA de las viñetas, y a llenar esos rectangulitos con dibujos. O sea, la puesta en página está fuera de la ecuación. Lo importante es lo que crea con el dibujo. Y en ese aspecto es donde Araia te pasa por encima con un nivel de magia y poesía que muy pocas veces se ve en la historieta. Castells juega con el color, con el blanco y negro, con aguadas, con pasteles, con acuarelas, témperas, crayones, puntos, manchas… En Selene, la historieta más extraña y más breve del tomo, las viñetas parecen cuadros de un artista plástico a los que Castells les dibuja encima con un trazo finito, esperpéntico, como si dibujara con luz. Así es como todo el libro está regado de unas imágenes de una belleza indescriptible, unas atmósferas cautivantes, a veces más etéreas, a veces más prosaicas, siempre armónicas, sugestivas, evocativas. Ponerse a reclamar porque no todos los guiones se entienden cuando te ponen enfrente semejante despliegue de talento visual es básicamente un absurdo. Si te gusta la historieta rara, experimental, arriesgada, con cero finalidad comercial y fuerte impronta autoral, tarde o temprano vas a llegar a Ricard Castells, este artista prodigioso que alguna vez la rompió trabajando en equipo con Felipe Hernández Cava (él dibujó el álbum final de la trilogía de Lope de Aguirre, iniciada por Enrique Breccia), pero que solito, lejos de la aventura y cerca de su fascinante y a menudo desconcertante mundo interior, nos regaló las cuatro historietas que acabo de disfrutar. No mucho más, por el momento. Gracias por el aguante y la seguimos pronto, acá en el blog.

sábado, 3 de octubre de 2020

ELEKTRA LIVES AGAIN

De las obras en las que Frank Miller dibuja sus propios guiones, Elektra Lives Again debe ser la más rara. E incluso la menos difundida, la que menos se menciona, o la que menos menciona el propio Milller. Lo más raro es que el guion se escribió en 1984 y la novela gráfica salió a la venta en 1990. O sea que varias obras que se publicaron antes que esta (Elektra: Assassin y Daredevil: Born Again, por ejemplo) se escribieron después que Elektra Lives Again. En la continuidad de Daredevil, no es difícil de ubicar en el algún punto de la etapa de Denny O´Neil, pero la novela gráfica no lo aclara. Originalmente, tampoco había sido pensada como novela gráfica: lo de editarla en tamaño más grande, en tapa dura y con el logo de Epic (que le habilitaba a Miller meter escenas de sexo y un nivel de violencia muy salvaje) surgió después. En algún momento esta historia iba a ser un número de la revista Marvel Fanfare y después el proyecto mutó y pasó por las manos de varios coordinadores a medida que los tiempos se dilataban. Entre que Miller la escribió y la fecha de publicación, el autor tuvo un regreso a Daredevil, vio cómo su padrino y amigo Jim Shooter caía en desgracia, rompió todo con The Dark Knight Returns y Batman: Year One, recorrió todo Estados Unidos promocionando sus comics de Batman, se peleó con DC, empezó a trabajar para Hollywood… En un punto, la tremenda demora que sufrió Elektra Lives Again es casi lógica si pensamos en las turbulencias que experimentó Miller en su vida profesional durante esos años. Ya estoy veleteando, al mejor estilo UCR: lo más raro –me parece ahora- es que no esté el logo de Daredevil en la portada. Esta no es una aventura de Elektra, ni por casualidad. El protagonista absoluto es Matt Murdock (ni siquiera Daredevil) y toda la historia está narrada en primera persona por el abogado ciego. De hecho, lo peor que tiene la historia es que durante buena parte de la novela, no sabés si lo que está contando Miller es real, o si son sueños o alucinaciones de Matt. Acá tenemos la clásica batalla de Argumento vs. Guion, y esta vez el guion es realmente hermoso. Son casi 75 páginas con unos bloques de texto poéticos, muy bien escritos, un ritmo narrativo muy ganchero, con secuencias orquestadas con imaginación y coraje, diálogos memorables, miles de referencias sutiles a la saga original de Elektra, mucho juego simbólico con la fe católica de Matt… Pero es como tratar de ponerle vitraux a una carpa. La estructura es tan débil que no lo resiste. Elektra Lives Again te impacta con un guion muy pulido, muy sofisticado, pero nada llega a buen puerto porque el argumento, lo que Miller tiene para contar, es la nada misma. Entonces todo se disuelve en la ambigüedad, en el “capaz que fue todo un sueño”, o “Matt estaba tan obsesionado con Elektra que por ahí todo esto lo flasheó” y atrás de eso no se ve una historia sólida. Sobre el final, pareciera que Matt hizo un recorrido, que todo esto le sirvió para poder seguir viviendo sin el amor de Elektra y sin su fantasma quemándole la cabeza. Pero no está muy enfatizado por el autor. Otro punto rarísimo (y maravilloso) es que Miller no le da estas páginas para entintar ni a Klaus Janson ni a nadie más. En una de esas, el proyecto se atrasó los años que se atrasó porque Miller decidió hacerse cargo él mismo de las tintas, en un estilo distinto, con una línea clara, que cambia poco de grosor. Es un estilo precioso, sutil, finoli, con los mismos trucos narrativos que vimos en The Dark Knight Returns, pero con otro acabado, mucho más prolijito, con más detalle, con unos fondos elaboradísimos, como si Miller estuviera en tránsito hacia un estilo más cercano al de… Geoff Darrow, ponele. Lo cual también hace un ruido descomunal si pensamos que la siguiente obra que Miller va a dibujar él mismo va a ser Sin City (en 1991), donde visualmente pega un volantazo bestial y se va a terrenos totalmente impensados para los fans acostumbrados al Miller de los ´80. En Elektra Lives Again todo se ve realmente increíble: no sólo se nota el laburo a destajo de Miller, sino que además, a la hora de agregar el color, Lynn Varley inventa nuevas magias que potencian muchísimo el resultado final. Brillos, texturas, detalles, atmósferas, esfumados… todo cobra un relieve de gran belleza plástica gracias a la labor de la colorista cuyo nombre aparece –con toda justicia- del mismo tamaño que el de Miller en la portada del libro. ¿Recomiendo Elektra Lives Again? Si te gusta Miller como dibujante y querés ver un momento extraño y notable en su evolución gráfica, por supuesto que sí. Si sos fan de Elektra, también. Si sos fan de Daredevil, supongo que también, porque Miller se mete a fondo en la psiquis del personaje y demuestra (una vez más) que lo entiende como pocos autores. Pero si te gustan las historias sólidas, donde el argumento se te venga encima como un tren dispuesto a pasarte por encima y te deje pensando en lo mucho que cambiaron las cosas entre la primera página y la última, la verdad que no. En ese caso, me parece que esta historieta te va a dejar bastante frío, vas a proferir varios “¿WTF?!?” y vas a entender por qué en los 30 años transcurridos ningún guionista se hizo cargo de lo que narra Frank Miller en estas páginas. Nada más, por hoy. Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.24

Me tocó un tomo raro de Nippur, porque tiene siete historietas a cargo de un mismo equipo creativo, algo que hacía mucho que no pasaba. Es todo material de 1976 y 1977, cuando Nippur aparecía una sola vez por mes, siempre en la revista D´Artagnan, a veces a todo color y a veces en blanco y negro. Todos los guiones están a cargo de Robin Wood y Ricardo Ferrari, mientras que el único dibujante es Jorge Zaffino, a quien vemos crecer enormemente a lo largo del tomo. Ya vimos que en sus inicios Jorge era una especie de versión agreste, desangelada, cruda de Ricardo Villagrán. Acá sigue en esa tónica, todavía muy lejos del Zaffino icónico, de ese estilo personal, reconocible, tan imitado por las hordas de dibujantes a las que influenció esta bestia del claroscuro. En estas historias se da una constante rara: las que son a todo color tienen menos viñetas por página que las que son en blanco y negro. La última historia a color (La Serpiente de la Vida y la Muerte) es la que menos cuadros tiene, y donde el trazo de Zaffino más se acerca al de Villagrán, donde mejor le sale la mímesis de la impronta gráfica de su maestro. Y última historia en blanco y negro (La Puerta) tiene una página de 13 cuadros, seguida de una de 16 y seguida de una de ¡17 cuadros! Bah, más estampillas que cuadros. Son viñetas microscópicas, repletas de texto, en las que Zaffino apenas logra meter un mínimo dibujito para rellenar los milímetros que no ocupan las letras. Un disparate absoluto, luego compensado por un par de páginas de acción, con muchos menos cuadros y menos texto, en las que Zaffino hace gala de un dinamismo, una fuerza y un nivel de salvajada que el elegante trazo de Villagrán nunca tuvo. Esas dos páginas de La Puerta son las mejor dibujadas de todo un tomo donde el nivel es alto y asciende mucho entre la primera página y la última. ¿Y qué onda los guiones? El primero es predecible, pero no está mal. Tiene su ingenio. El segundo es un embole, sin el menor atractivo. El tercero es la clásica fórmula de Nippur, respetada a rajatabla: o sea, una aventura correcta, sin sobresaltos, por momentos excedida en cantidad de texto. El cuarto también es bien tradicional, la enésima confrontación entre el errante y un monarca soberbio, despiadado y demasiado confiado en su propia chapa. Y para cerrar el tomo, tenemos tres aventuras en las que entran en juego elementos sobrenaturales. Wood y Ferrari dejan de lado el realismo y el cuidado por la ambientación histórica para meter a Nippur en historias en las que tendría más sentido un personaje de perfil ocultista, tipo Martin Hel. En la primera aparece un guerrero inmortal, que busca infructuosamente la muerte. En la segunda el sumerio se mete en un templo prohibido donde los esqueletos cobran vida y pasan todo tipo de cosas inexplicables. Y finalmente en La Puerta los guionistas narran una especie de thriller psicológico en el que una violencia sobrenatural enloquece a los personajes. O no, es ese episodio de las tres páginas llenas de cuadritos ínfimos que explotan de texto, así que en un punto fui expulsado de la lectura y por ahí hay otra explicación para lo que sucede, en alguna de las viñetas a las que no pude entrar. A todo esto, en estas siete entregas no se menciona nada de la misión original de Nippur, ni a su Lagash natal, ni a ninguno de los personajes aparecidos en las historias anteriores. Son simplemente aventuras autoconclusivas que aparecieron en este orden como podrían haber aparecido en cualquier otro. No horribles ni infumables, pero sí bastante intrascendentes. Ojalá en el próximo tomo me encuentre con mejores guiones. Nada más, por hoy. Cerramos otro mes de reseñas y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

domingo, 27 de septiembre de 2020

MULTIPLE WARHEADS Vol.2

Hace unos cuantos años, el 06/01/15, yo cerraba la reseña del primer tomo de Multiple Warheads con la frase “No sé si hay un Vol.2 de esta serie, pero si salió, trataré de entrarle cuanto antes”. Me tomé mi tiempo, pero finalmente cayó en mis manos ese dichoso Vol.2 Y me gustó un poco menos que el Vol.1, porque ya no juega el factor sorpresa. Ya sabía con qué me iba a encontrar, ya sabía a qué juega este marciano llamado Brandon Graham, cuáles son las reglas que gobiernan el idiosincrático universo de Multiple Warheads. O sea que, al no estar entre desconcertado y fascinado por todos esos caprichos lewiscarrollescos del autor, me concentré más en la acción que Graham propone para Sexica y Nikoli (los protagonistas de la serie) y me encontré con lo mismo que la vez pasada, pero más rápido. Me choqué a más velocidad y más de frente con esta forma atípica que tiene Graham de plantear y desarrollar los conflictos y me convencí más de que, como historieta de aventuras, Multiple Warheads tiene más problemas que Medio Oriente. También me molestó menos, porque –de nuevo- ya sabía dónde me estaba metiendo. El resto, va por los mismos carriles que el Vol.1: Sexica se embarca en una misión arriesgada junto a Bruno y Kitchen Sink (muchachos acostumbrados a negocios de dudosa profilaxis) mientras que Nikoli cae en la aventura medio de rebote, como consecuencia de sus ganas de explorar un poco más este mundo bizarro y lleno de sorpresas. La excusa para que al final todos los personajes confluyan en un mismo lugar no está ni remotamente buena, pero era eso o mandarlo a Nikoli muchas páginas al banco de suplentes. No hay una intención de Graham de potenciar el impacto dramático de los momentos más jodidos de la acción, ni de presentar las peripecias desde una mirada épica. Si el lector percibe lo que sucede como grandioso, es porque el dibujo, el despliegue gráfico que le pone Graham a algunas escenas puntuales, lo lleva para ese lado. Casi todo lo que más me gustó en el Vol.1 también reaparece acá: faltan sólo los chistes subidos de tono (esos que giraban alrededor de la pija de lobo que Nikoli tiene implantada entre sus piernas), pero están los otros chistes, los juegos de palabras absurdos, los detalles microscópicos, ese clima alucinado en el que puede pasar cualquier cosa, esa especie de Unión Soviética distorsionada que sirve de decorado para las andanzas de los protagonistas, con todos esos lugares, criaturas, costumbres y objetos tremendamente bizarros… Por momentos parece una historieta de Moebius por la que desfilan personajes de Max Cachimba, tipo esas teteras con pies y ojos que le gusta dibujar al ídolo rosarino. A ese nivel de deformidad mental está Brandon Graham, y de esos desbordes de su imaginación se nutre a full Multiple Warheads. El dibujo mantiene ese nivel descomunal del tomo anterior. La línea clara, expresiva, que todo el tiempo (sobre todo en fondos y paisajes) me remitió a Moebius, la onda psicodélica (que por momentos nos lleva al underground yanki de fines de los ´60), las formas redondeadas, la paleta de colores perfectamente acompasada al relato, muchos logros en los rostros de los personajes (que es donde menos influencias se le ven a Graham), todo realmente muy lindo, muy bien dibujado. La narrativa también ofrece un menú muy amplio, con muchas decisiones locas a la hora de armar las secuencias y mostrar desde paisajes majestuosos hasta chistes que se desarrollan en las márgenes de las viñetas, apretaditos, como los que metía Sergio Aragonés en las páginas de MAD. La idea de tratar a los globos de diálogo como elementos físicos, con los que los personajes pueden interactuar y convertir en distintas cosas, sin duda es la más arriesgada de las muchas ideas excelentes que despliega Graham en estas páginas. O sea que si le entraste al Vol.1 y te gustó, no tengo dudas de que el Vol.2 también te va a gustar. Si el Vol.1 no te gustó, o te pareció “meh”, ni te gastes. Este es un comic extraño, pensado para seducir a algunos y dejar medio en pelotas a otros, sobre todo por esto de la forma que tiene el autor de plasmar la faceta aventurera de sus relatos. En todo lo demás (el world-building, el desarrollo de personajes, los diálogos, los dibujos, etc.) me parece que Multiple Warheads sigue siendo una opción realmente convincente, original y cautivante. Nada más, por hoy. Estoy leyendo un tomito de Nippur que espero terminar y reseñar pronto, acá en el blog.

jueves, 24 de septiembre de 2020

AL DESPERTAR

Krysthopher Woods es el estrafalario pseudónimo de un dibujante argentino, con sede en el conurbano bonaerense, a quien yo no conocía hasta hoy. Me sedujo rápidamente, con la portada de este librito, que me convenció de inmediato de que adentro me iba a encontrar con un buen clon de Liniers. Adentro me encontré con otra cosa: tanto el color (exquisito) como esas texturitas linierescas aparecen sólo en la portada, y en las páginas interiores Woods propone otra estética, una línea clara, muy sintética, en un punto similar a la de la uruguaya Maco, pero con tonalidades de gris muy bien aplicadas. Ojo: me gustan más Maco y Liniers que Woods, pero por tratarse de una ópera prima, esto está muy bien, se nota que hay una senda trazada y que el autor se esfuerza por ir mejorando a medida que la recorre. Al Despertar combina viñetas humorísticas con breves historietas de dos o cuatro viñetas. A veces el humor es más reflexivo, otras veces se nota más la búsqueda de la complicidad del lector en alguna observación de la vida cotidiana y no muy frecuentemente, aparecen chistes en el sentido más clásico, de esos que te hacen reir. Es un buen equilibrio, que le permite a Woods no estar todo el tiempo jugado a provocar la risa del lector, sino que además lo puede ir “haciendo amigo” de los personajes, sumándolo a esta acogedora intimidad que comparten la protagonista y su gato. Al Despertar es una especie de Lado B de Genio y Figura, la tira de Max Aguirre que aparece todos los días en La Nación, también protagonizada por un dibujante y su gata, que dialogan, reflexionan o deliran sobre distintos temas casi siempre puertas adentro. Acá el gato es macho y la humana es hembra, una dibujante gay cuyo nombre desconocemos, bastante insegura en su faceta laboral y tirando a desastrosa en sus vínculos sentimentales. El principal logro de Woods es que en pocas viñetas nos convence de que es lo más normal del mundo que una persona y su mascota charlen como uno charla habitualmente con amigos o hermanos, con gastes, consejos, momentos más tiernos y momentos más guarros. El rol más raro es (obviamente) el de Michi, que a veces actúa como gato (ronronea, hincha las bolas para que le den de comer, hace caca en las piedritas, etc.) y a veces como ser humano que sube historias a Instagram, ceba mate, lee libros o se preocupa por las finanzas de su dueña. En ese péndulo está lo más atractivo de Al Despertar, lo que la despega bastante de otras historietas costumbristas de “dueño y mascota”. En algún punto, Woods se da cuenta de que puede necesitar abrir un poco la tira para no asfixiar al lector con tanto enrosque entre sólo dos personajes, y hace aparecer a algún gato amigo de Michi o a alguna noviecita de su dueña, pero los mantiene lejos de los roles protagónicos. De hecho, casi no les habilita líneas de diálogo. No me quiero extender mucho en el texto porque –como se podrá apreciar- algo pasó con la interfaz de Blogger y ahora lo que uno escribe en distintos párrafos, aparece todo junto, sin separación, como si fuera un bloque monolítico de texto que –lógicamente- se hace mucho más engorroso a la hora de la lectura. De hecho, cualquiera que haya llegado hasta acá es mi ídolo. Yo no me banco esta cantidad de frases sin un punto aparte, ni en pedo. Me falta sólo recomendar Al Despertar a los fans del humor gráfico tranqui, intimista, sin estridencias, con mucho espacio para la reflexión, con una mirada de jóvenes del Siglo XXI acerca de los vínculos y la vida cotidiana. No es la recontra-gema del infinito, no te desarmás de la risa, el dibujo está lejos todavía de la gloria, pero tiene encanto, buenas ideas, buenos diálogos y un montón de detalles con los que te vas a sentir identificado, o reconfortado. Muy buen primer paso en la trayectoria de un nuevo referente del humor gráfico al que conviene seguir de cerca. Ahora sí, nada más. Gracias por tanto, perdón por tan poco y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 21 de septiembre de 2020

THE CHRONICLES OF KULL Vol.1

Sí, ya sé, con Nippur tengo cubierta la dosis de muchachones musculosos con escasa vestimenta que se cagan a espadazos. Pero bueno, este es el último libro que me queda sin leer de los muchos que me compré hace casi tres años en EEUU, y no lo quiero postergar más, pobre. En la época en que tuvo los derechos para publicar el material de Conan, Dark Horse se jugó también por reeditar Kull the Conqueror, otra serie basada en relatos de Robert E. Howard que produjo Marvel a principios de los ´70 (y según me dicen, una de las poquísimas historietas de Marvel que nunca fue publicada en España, donde La Casa de las Ideas es religión hace décadas). Siempre digo que Conan me interesa poco y nada, y que son pocos los autores capaces de hacerme comprar un comic de Conan. A partir de hoy lo mismo se aplica a Kull, pero hace tres años este tomo me llamó la atención porque estaba muy barato, porque no había leído nada de este personaje y porque tiene unos dibujantes del mega-carajo. El tomo arranca con una historia corta dibujada por Berni Wrightson en un nivel sublime, aunque masacrado por un colorista que merece morir en cana. Después tenemos un episodio más extenso dibujado por Ross Andru en un gran nivel, con unas tintas gloriosas del incomparable Wally Wood. Y todo el resto del tomo, casi 200 páginas más, están a cargo de los hermanos Severin. Marie se ocupa del plantado, del armado de las secuencias, y John le pone al dibujo de personajes y fondos esa elegancia, esa solidez, esa impronta tan pulida. John Severin es un dibujante que está en las antípodas del típico dibujante de Marvel de los ´70, cuando todos seguían (hasta donde les daba el talento) la huella de Jack Kirby. Un tipo de un talento descomunal, un ilustre continuador de la línea más clásica, más académica, más de Harold Foster y Alex Raymond. O sea que visualmente, Kull te ofrecía algo que ningún otro comic de Marvel de esa época te podía ofrecer. Y sí, a los hermanos Severin también los hacen mierda los coloristas, pero un poco menos, y sobre todo en los últimos episodios que incluye este tomo. Por supuesto que esto mismo publicado en blanco y negro se vería muchísimo, pero MUCHISIMO mejor. En materia de guiones, la verdad que esperaba un poco más. No mucho, porque –como ya dije- en general la ficción tal como la entendía Robert E. Howard no me llega ni me identifica. Pero por ahí Roy Thomas, o Gerry Conway (que toma las riendas de la serie cuando Thomas es ascendido a Jefe de Coordinadores) se jugaban con algo distinto, más loco, más impredecible. No pudo ser. Se queda todo en la machaca con monstruos y villanos con poderes fantásticos, apenas sazonada con un poquito de intriga palaciega. No hay desarrollo de personajes, los secundarios tienen poquísimo relieve, las mujeres son adornos, los villanos son chatos, Kull le gana a amenazas infinitamente poderosas de modos imposibles… Nada para destacar, realmente. El último episodio creo que fue el que más me gustó. Es largo y violento al pedo, pero sobre el final aparece esa humanidad casi oesterheldiana que Robin Wood le puso a las mejores aventuras de Nippur. El resto, sólo tiene sentido para maravillarse con los dibujos. Ah, y otra cosa loquísima: en todos estos combates tremendos, donde se cagan a espadazos, hachazos, flechazos y cuchillazos… ¡no se ve sangre! El único monstruo que sangra es uno al que Kull destroza bajo el agua, y ahí sí, el colorista tiñe de un color magentoso la escena subacuática. Pero todo el resto de las matanzas (que son muchísimas) son limpitas. Se matan todos contra todos sin salpicar una gota de sangre, que aparece sólo en el filo de la espada de Kull cuando ya terminó de combatir. Otra cosa que me sorprendió es ver a Thulsa Doom como enemigo recurrente Kull. Para mí, que soy un ignorante en materia de la mitología de Howard, Thulsa Doom era un enemigo de Conan; de hecho es el malo de la peli de los ´80, con Arnold Schwarzenegger, que recuerdo haber visto en el cine hace mil años. Ahora me entero que no, que Thulsa Doom siempre fue enemigo de Kull y recién en 1991 Roy Thomas lo hizo aparecer en la Era Hyboriana como antagonista de Conan. ¿Por qué eligieron como villano para la peli de Conan a un enemigo de Kull? No se me ocurre ninguna respuesta coherente. Bueno, todos los días se aprende algo nuevo. Y cada tanto, una lectura como esta me recuerda por qué no soy fan del género de espada y brujería en su vertiente “bárbaros pasados de testosterona que vociferan los nombres de sus dioses mientras reparten espadazos”. Kull the Conqueror tiene el atractivo irresistible de los dibujos de los hermanos Severin, pero si algún día veo baratas las revistitas, me compro dos o tres y hago guita el TPB. No necesito toooodas estas páginas de aventuras poco consistentes para disfrutar de la magia de Marie y John. Y si sale un tomo en blanco y negro con este material, obviamente me vuelven a seducir. Hasta acá llegamos, por hoy. Pasen una primavera recontra comiquera y vuelvan pronto por acá, que en unos días habrá nuevas reseñas.

viernes, 18 de septiembre de 2020

POLAR: LA CAIDA DEL KAISER

Hoy me toca reseñar el tomo final de esta maravillosa serie de Víctor Santos, que vendría a ser la quinta aventura y el Vol.4, porque hay un Vol.0, que es la historieta que vimos el 10/02/12. La Caída del Kaiser viene después de Ojo por Ojo (la vimos el 25/07/18) y está planteada como el final de la saga del Black Kaiser por motivos que no pienso spoilear. Al igual que las tres aventuras anteriores, esta fue pensada por Víctor Santos para ser serializada en un sitio web, por eso está editada en formato apaisado. También como las entregas anteriores, Santos trabaja toda la novela en blanco, negro, grises y rojos, a veces plenos, a veces con tramas mecánicas y a veces sin la línea negra para definir los contornos. Si seguís hace un tiempo este blog, sabés que yo soy MUY fan de los autores que se van al carajo con el manejo del claroscuro extremo, y claramente Santos es uno de esos. Acá hay verdaderas animaladas visuales, en las que el valenciano tira contrastes absolutos y composiciones jugadísimas a los efectos de impactarnos con su técnica visceral y fascinante. Esta vez suma el truquito (perfectamente integrado a su grafismo) de la trama mecánica, que se ve intencionalmente antigua, se nota que Santos busca reproducir el efecto que los dibujantes de los ´80 lograban con el letraset. Con las tramas de puntos digitales, Santos incorpora también algunos degradés, para compensar las áreas blancas que le quedan en algunas viñetas y crear la ilusión de que hay fondos que en realidad no están. Y además hay fondos realmente exquisitos, puestos con criterio y elegancia para apuntalar la que quizás sea la más realista de las historias de Black Kaiser. Como siempre, el estilo extremo de Santos tiene resabios del Frank Miller de Sin City, pero también hay cosas de Rafael Grampá, de Darwyn Cooke, de Paul Grist, de Matt Wagner, algún detalle que me hizo acordar a Eduardo Risso… Me queda claro que a Santos le gustan los autores que, además, de hacer magia con el claroscuro, la rompen en la narrativa. Y eso es lo más alucinante que tiene La Caída del Kaiser. La forma en que Santos piensa y vuelca en la página el relato gráfico, el armado de las secuencias para generar ritmo, suspenso, climas, y obviamente para shockear al lector en esos momentos en los que la trama explota en un pandemonium vertigionoso que salpica violencia y muerte. ¿Por qué La Caída del Kaiser me pareció incluso mejor que Ojo por Ojo? Primero porque tiene diálogos. Bastantes más que otras obras de Santos. El Kaiser es un personaje naturalmente parco, de pocas palabras, pero en esta historia la interacción con los personajes secundarios lo lleva a hablar un poco más, y en esas escenas que se apoyan en los diálogos, el autor nos regala muy buenos momentos. Y después, me pegó fuerte La Caída… porque es una historia crepuscular, en la que el protagonista ya no es el guacho-winner que resuelve todo sin despeinarse, sino un viejo bastante baqueteado que vive en Miami y que está alejado de la vida de chumbos, espionaje y misiones suicidas. La aventura y la violencia lo van a venir a buscar a su casa y el Kaiser va a tener que dejar todo en la cancha, esforzarse al límite de lo que su anciano cuerpo le permite, para llegar vivo al final de la obra. Y para ese final, Santos nos reserva una sorpresa más, un giro final sumamente emotivo, tenso, potente, casi poético. La Caída del Kaiser es mucho más que un comic de machaca, tiros y sangre. No es el enésimo remedo de Kill Bill o de Sin City. Es un thriller de alto impacto y de altísimo vuelo, que te hipnotiza en la primera viñeta y te suelta recién en la última, para dejarte en un estado de conmoción que pocas historietas logran producir en los lectores muy curtidos. Lo malo: dudo mucho que Santos nos cuente nuevas aventuras de este personaje. Lo bueno: Black Kaiser se despide muy arriba, con la mejor de sus historias y con un pico en la notable carrera artística de este autor prolífico y en constante evolución que es Víctor Santos. Si no te causan rechazo la sangre, los tiroteos donde vuelan cachos de cráneo y las luchas de gente que se atraviesa con cuchillos, katanas y destornilladores, acá vas a encontrar un comic realmente maravilloso, del que dificilmente te puedas olvidar una vez que llegás al final. Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 15 de septiembre de 2020

GUTS

Esta novela gráfica fue la historieta en lengua inglesa más vendida en 2019, ganó el Premio Eisner a Mejor Historieta para Chicos de ese año, y su autora fue galardonada como Mejor Historietista, también de 2019, por su labor en esta obra. Por si faltara algo, se editó recientemente en nuestro país (con el título de "Coraje") y también está vendiendo muy, pero muy bien. Es una historia acerca de cómo los miedos e inseguridades se pueden somatizar y afectarte a nivel físico, protagonizada por la propia autora, Raina Telgemeier, cuando tenía 10 u 11 años. Como en casi todas las obras de Raina, buena parte de lo que sucede tiene que ver con la salud (mental o corporal) y para eso la autora suele contar con el asesoramiento de profesionales, médicos y psicólogos, para no mandar fruta y que los padres que compran estas historietas para sus hijos encuentren un andamiaje sólido para sostener la historia que cuenta Raina y la línea que baja. Eso está muy cuidado: los vómitos y las diarreas no están ahí para causar gracia, ni para impactar, sino que todo tiene un sentido en el marco del aprendizaje de la joven protagonista, que busca dominar sus ataques de miedo y angustia. Me imagino que para una nena de 10 años esto debe ser muy lindo, muy emotivo, se deben sentir muy identificadas con lo que cuenta Raina, que es todo muy real y a la vez muy accesible. Yo esperaba un poco más del argumento, para ser honestos. Hace un par de años me tocó leer Ghosts (ver reseña del 04/11/18) y ahí me encontré, además del slice of life y la mirada muy real y muy emotiva a la vida de una chica con una enfermedad muy jodida, una historia con elementos fantásticos presentados de manera muy atractiva, más allá de que estuviera apuntada al público infantil y uno ya tenga edad como para ser abuelo. Guts, en cambio, vuelve a la onda de las primeras novelas gráficas de Telgemeier, en las que no había elementos fantásticos y todos los conflictos pasaban por los vínculos entre personas reales, en general adolescentes. Para mi gusto, Ghosts era un upgrade respecto de esa fórmula, porque introducía con éxito el elemento fantástico. Desde ese punto de vista (sesgado, por supuesto), Guts es un pasito para atrás y quizás por eso me dejó gusto a poco. Incluso en el apartado gráfico, Raina no repite esas proezas que hacía en Ghosts cuando te clavaba en el ángulo esas splash pages fascinantes, con unos paisajes increíbles. La ambientación de Guts es más ordinaria, no está esa invitación a vivir como algo mágico o estimulante el entorno en el que se mueven los personajes, sino más bien lo contrario: el paisaje suburbano (y hogareño) es frío, desangelado, y contribuye a esa sensación de chatura y -en algunos pasajes- de opresión. En el dibujo de fondos y personajes, Telgemeier vuelve a brillar en ese estilo sintético, claro, con esos detalles que le dan realismo a la imagen sin saturarla de información y con su excelente manejo de las expresiones corporales y faciales. Raina sigue en la senda de Bill Watterson, su principal referente, pero también muestra cositas de otros artistas como Stan Sakai, John Stanley, y hasta por momentos me hizo acordar mucho a Maco, la autora uruguaya, cuyas obras (supongo) Raina no leyó nunca en su vida. Como siempre, donde más se luce Telgemeier es en la narrativa, en ese flujo absolutamente natural y envolvente que tienen sus secuencias, ideal para enganchar a los lectores más chicos. A diferencia de la mayoría de los autores que hoy piensan al comic en términos de “novela gráfica”, Raina juega fuerte con el lenguaje icónico de la historieta: las onomatopeyas, los globos con distintas formas para expresar distintas formas de hablar (o pensar), e incluso diálogos y silencios traducidos a dibujos con gran jerarquía y con cero posibilidades de desorientar al lector no muy curtido en la lectura de historietas. Repito, entonces, que si bien a mí no me llegó tanto como Ghosts, me doy cuenta de que Guts es un muy buen trabajo, con la fuerza y la sensibilidad adecuadas para que millones de chicos y chicas se sientan muy identificados, la pasen muy bien y tengan a su disposición nuevas herramientas para ganarle a sus miedos e inseguridades. No tengo dudas de que Raina Telgemeier se merece la corona de Best Seller (que comparte con Dav Pilkey, el otro monstruo de las novelas gráficas infantiles que tiene Estados Unidos) ni de que sus historietas son un excelente punto de entrada para sumarle nuevos lectores a nuestro medio favorito. Estamos hablando de una autora que, con 43 años, encontró no sólo un público gigantesco, sino también una voz única, un estilo perfectamente idóneo para contar estas historias chiquitas, casi íntimas, en las que se ven reflejados muchísimos aspectos de la vida cotidiana de los chicos y adolescentes. Eso solo ya constituye una hazaña. Si además dibujás tan bien como ella, el éxito comercial y el reconocimiento de la crítica son actos de justicia que no tiene sentido cuestionar. Nada más, por hoy. Sigo leyendo el material que tengo pendiente, para que no falten reseñas acá en el blog.