el blog de reseñas de Andrés Accorsi

lunes, 23 de noviembre de 2020

MANO OCULTA

Otra vez me toca reseñar una obra de Rodrigo Canessa, un guionista semi-oculto en los pliegues de la historieta argentina actual, del que se habla poco, pero por lo menos una vez al año tira al “mercado” una obra interesante. En este caso me tocó leer Mano Oculta, escrita por Canessa y dibujada por Athos Pastore, una obra en la que el guion en sí es casi minimalista. Canessa plantea un argumento (no lo quiero explicar, por las dudas que que alguien prefiera leer el libro), que tiene que ver con un mundo post-holocausto nuclear en el que algunos sobreviven como pueden y otros montan un complejo operativo para experimentar ilícitamente con seres humanos. Y ya está. Lo plantea y lo deja volar. Lo que más me gustó del guion es cómo Canessa “se calla la boca” y deja que las imágenes que conjura Pastore cuenten la historia de Etiel y su búsqueda. Esto podría ser un festival de bloques de texto introspectivos, o descriptivos, y los personajes podrían hablar mucho más de lo que hablan, pero el guionista elige el camino contrario: el de los silencios., el de dejar que los dibujos creen los climan, describan y acentúen lo que le está pasando a Etiel y al resto del elenco. En principio no es una mala opción, pero para mi gusto Mano Oculta tiene dos problemas, y casualmente los dos tienen que ver con esta decisión por parte de Canessa: por un lado, como toda historieta en la que escasean los textos, se lee muy rápido. No a todos los lectores les resulta un bajón que los libros les duren menos de 15 minutos, pero a mí la verdad que no me copa. El otro problema es que noto una cierta falta de intensidad. Canessa piensa un argumento rico en situaciones tensas, estremecedoras, jodidas… pero después renuncia al uso de un montón de elementos que podría poner en juego para hacernos vivir todas esas sensaciones con más fuerza. Sin embargo, prefiere que estas nos lleguen –como decía recién- exclusivamente a través de los dibujos de Pastore, lo cual no siempre sucede. En algunas secuencias, como la del incendio cerca del final, Pastore se pone el relato al hombro y deja todo para transmitirnos la verdadera fuerza dramática de lo que está sucediendo en la historia, y en otras la verdad que no, y eso hace que Mano Oculta enfríe en momentos en los que debería calentar y no impacte en momentos en los que –desde el argumento mismo- tenía todo servido para impactar. En el apartado gráfico, Athos hace muy bien algo que la mayoría de los dibujantes hacen mal, que es mezclar varias técnicas de entintado. Acá hay un revoltijo de línea clara, mancha expresionista ida al carajo, tramas mecánicas, claroscuro… Imaginate una historieta dibujada a ocho manos entre el Lucas Varela de Doctor Oscuro, Pablo Burman, Renzo Podestá y Gonzalo Ruggeri. Un dibujo muy generoso en materia de climas, repleto de detalles en los fondos pero muy simple en los rostros, realmente muy interesante para mirar y estudiar. Le falta lo que señalábamos recién: más intensidad a la hora de transmitir todas esas cosas que habitualmente transmiten los textos y que acá el guionista decidió “restar” de la ecuación. Pastore se desvive para cuidar la calidad del grafismo y el flujo del relato secuencial, pero le falta ese plus, esa garra para cazar al lector de la garganta y ametrallarlo con todas esas sensaciones y emociones que Canessa imaginó en el argumento pero no incluyó en el guion. Sólo por la cantidad de secuencias mudas que tiene Mano Oculta, me doy cuenta de que es una historieta que guionista y dibujante hablaron mucho, y que hay entre ellos un fuerte vínculo de confianza. Esta vez, la apuesta a un guion minimalista y un dibujo que cargara con casi todo el peso de la narración no salió todo lo bien que uno quisiera, no obstante lo cual (cantaría Riff) estamos ante una obra atractiva, con un buen conflicto, un buen desarrollo y una buena resolución, ambientada en un mundo atípico y fértil para este tipo de aventuras, y dibujada en un estilo original, novedoso y de gran solidez, coherente consigo mismo de la primera viñeta hasta la última. No tengo dudas de que en su próxima obra conjunta Canessa y Pastore van a ajustar un poquito la sintonía para que todo este despliegue de ideas e imágenes pegue mucho más fuerte. Ah, excelente la edición a cargo de la editorial Deriva. Un lujo, de verdad. Nada más por hoy. Seguimos recorriendo obras de autores argentinos en este Noviembre temático, acá en el blog.

viernes, 20 de noviembre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.28

Hora de despedirme de esta serie, que me acompañó durante unos cuantos meses de este año bizarro e irrepetible. El coleccionable de Planeta-DeAgostini sigue un montón de tomos más, la serie escrita por Robin Wood también, pero yo me bajo acá, con esta tanda de episodios de mediados de 1979. Lo que viene después es la etapa en la revista Nippur Magnum, creo que con Ricardo Villagrán de nuevo a cargo de los dibujos, y no sé si algún día lo leeré completo. Algunos episodios leí en mi infancia, otros ya de grande, y –como me pasó con estos tomos- no todo me pareció glorioso, ni mucho menos. Así que hasta acá llego. Para la despedida me acompaña también el maestro Carlos Leopardi, dibujante de los seis episodios incluídos en este tomo. Un tomo narrado en estilo “moderno”, con pocas páginas de más de 9 viñetas y pocas secuencias sepultadas por infinitos masacotes de texto. En la mayoría de las páginas, el dibujo de Leopardi encuentra espacio para lucirse, si bien no son tantos los momentos en los que el dibujo se hace cargo de llevar adelante la narración. Leopardi llega a este último tramo de su paso por la serie pisando muy firme, muy afianzado en un estilo bien expresionista, por momentos brecciano, por momentos bien grotesco, y en algunos pasajes más tributario del de Lucho Olivera. Lo más notable es cómo lo masacran los coloristas (juicio y castigo a esos hijos de un tren cargado con siete millones de putas) y cómo Leopardi explota cuando tiene la posibilidad de dibujar escenas de acción y violencia. Este es, lejos, el Nippur más violento de todos. Ninguno de los dibujantes que pasó o pasará por esta serie grafica las peleas como lo hace Leopardi, con esa sensación de vértigo y de peligro extremo tan atípica en las historietas de Columba. Por motivos que desconozco, Leopardi no tiene muchas más producción en historieta fuera de su etapa en Nippur. Una pena, porque lo que mostró acá alcanza para aspirar a la consagración y sumarse al Olimpo de los grandes dibujantes de aventuras que dio este país. En cuanto a las historias que componen el tomo, no hay demasiado para destacar. La primera es un disparate, liso y llano, en la que pasan un montón de cosas impactantes que no tienen ninguna explicación racional. Se podría escribir una saga de 12 capítulos explorando y tratando de responder todas las preguntas que dispara Wood en estas 14 páginas, pero nunca nadie se tomó el trabajo de hacerlo. En la segunda, Robin hace algo que a mí me gusta, que es traer de vuelta a prersonajes que ya aparecieron en episodios anteriores. En todo caso, el que sobra en esta aventura es Nippur, cuyo aporte a la trama es ínfimo. La tercera es rarísima… Si no entendí mal, es una historia de amor entre un adulto grandote y un nene de unos 10 u 11 años. Por ahí en 1979 esto no hacía mucho ruido, pero hoy es muy turbio. La cuarta historia es fórmula pura, 14 páginas en las que pasan millones de cosas y Robin crea a personajes muy grossos para liquidarlos sin ningún miramiento. Y la quinta y la sexta son las historias más interesantes, las que ofrecen los giros argumentales menos predecibles. También con personajes secundarios alucinantes a los que jamás volveremos a ver, pero con tramas intensas, dramáticas, que dan pie de modo muy natural a combates grossos y moralejas conmovedoras, de esas que Wood escribe mejor que nadie. En fin, podría haber sido bastante peor. No sé si voy a extrañar a Nippur, pero a Leopardi seguro que sí. Y hasta acá llegamos. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas de historieta argentina acá en el blog.

martes, 17 de noviembre de 2020

SOBRE EL DANUBIO

Me imagino que la reseña de hoy va a quedar cortita, porque se trata de una historieta muy breve. Leonardo Kuntscher y Kundo Krunch narran la historia del Puente de Trajano en apenas 114 viñetas, varias de ellas sin textos. Es una buena historia, basada en hechos reales ocurridos en la época del Imperio Romano, que es un período histórico acerca del cual la historieta argentina ha hablado bastante poco. El guion de Kuntscher ensaya una explicación interesante de por qué pasó lo que pasó y explica bien el conflicto entre el poderosísimo imperio y los dacios, un pueblo que habitaba lo que hoy conocemos como Rumania. Como los galos de la aldea de Astérix, los dacios se van a plantar frente a los romanos para resistir la conquista, y también la magia (esta vez no en forma de poción) va a tener algo que ver en el resultado final. En el medio, los hijos de Roma van a construir una de las obras arquitectónicas más impactantes de su época, un puente sobre el río Danubio, de ahí el nombre de la historieta. Sobre el Danubio tiene una premisa atractiva, un conflicto interesante y una resolución de altísimo impacto. ¿Qué le falta? Probablemente un poco más de carnadura en los personajes. Ni la bruja de los dacios ni los jefes de ninguna de las dos facciones tienen esa profundidad, o esos matices, que nos dan ganas de que unos ganen y otros pierdan. Ahí sí que las distancias con cualquier aventura de Astérix (incluso las más chotas) son abismales. Y es cierto que en tan pocas páginas no era fácil meter, además, desarrollo de personajes complejos. Entre el planteo de la trama, el mínimo desarrollo y un espacio dedicado al final que es acorde con la grandilocuencia del mismo, Kuntscher se consumió toda la extensión de esta breve historieta. El librito ofrece 33 páginas de narración gráfica sobre un total de 44, es decir que el 25% está ocupado con algo que no es lo que uno paga por leer. O sea que en la Ratio Accorsi, le va definitivamente mal. Donde realmente descolla Sobre el Danubio es en la faz gráfica, que nos presenta a Kundo Krunch (uno de los dibujantes más interesantes que tiene hoy la historieta argentina) dispuesto a bancar el desafío de salir de su zona de confort y documentarse a full para llevarnos al año 105 de nuestra era de manera convincente. Kundo afila el ingenio para hacer entretenidas esas páginas con seis o siete viñetas chiquitas donde sólo se ve gente hablando y las rompe en las secuencias en las que la historia deja de lado los textos y se imponen los silencios. Pero sin dudas lo que más impacta, lo que se me impregnó en las retinas con más fuerza, son esas escenas gigantescas con batallas y cataclismos fuera de control. Y lo que menos me cerró fue el trabajo con el color, que abusa un poco del recurso (el último recurso) de engamar cada página, o dos páginas contiguas en un sólo color que, con mínimos matices, convive con la mancha y la línea negras. La idea piola que pone en juego Krunch a la hora del color es la de hacer desaparecer el blanco de personajes y fondos, y usarlo sólo para los globos de diálogo. Repito, entonces: obra cortita, que ocupa apenas el 75% de un libro chiquito, pero a la que no le faltan méritos en el guion y ofrece unos cuantos momentos memorables en el dibujo. Se puede recomendar sin ningún resquemor a cualquier fan de la historieta al que le gusten las aventuras con base histórica y dimensión épica. Y nada más, por ahora. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas de historieta argentina, en este Noviembre temático que estamos transitando acá en el blog.

sábado, 14 de noviembre de 2020

LA FRUSTRACION

Sigo recorriendo lanzamientos de historieta argentina de este extrañísimo 2020, y ahora es el turno de La Frustración, el nuevo trabajo de Brian Janchez. Esta probablemente sea la novela gráfica más extensa en la bibliografía del autor, que no sólo subió la apuesta en materia de ambiciones, sino también en materia de originalidad. Después de jugar con varios géneros, de destacarse sobre todo en la comedia costumbrista (a la que de a poco le fue incorporando elementos dramáticos), ahora Janchez se propone una fusión sumamente original: La Frustración es una aventura dramática, con mucha introspección, con un rol muy importante para los vínculos entre las personas, pero ambientada en un contexto de ciencia-ficción del post-holocausto. Una combinación rara, que en una de esas se le podría haber ocurrido a Beto Hernández, pero no a muchos más. Y por si a la consigna le faltara atractivo, Janchez incorpora otro elemento con el que le había ido muy bien en sus primeros trabajos: la autobiografía. La Frustración no es un comic autobiográfico, pero obtiene un montón de recursos tragicómicos del hecho de que la protagonista, Bulma Jimenes, es una autora de historietas enrolada eternamente en un underground enrarecido y adverso, que garantiza sangre, sudor y lágrimas, más que esa consagración a la que todo artista alguna vez aspiró. Está claro que muchas de las frustraciones que experimenta Bulma, ese boulevard de los sueños rotos por el que transita su carrera como autora de comics, empalma con los sinsabores que alguna vez vivió Brian en los años que lleva en este metier. El contexto del post-holocausto da origen a un world-building interesante, bien pensado y bien ejecutado. Pero sin dudas el principal atractivo de la novela está en la construcción que hace Janchez del personaje central. Bulma Jimenes es una mina dura, conflictiva, tramposa, manipuladora, por momentos capaz de ser muy cruel. Difícil identificarse con un personaje así, si no fuera por ese rasgo que (en una de esas, a los ojos de algunos lectores) la redime: su amor por la historieta. Probablemente eso sea lo único 100% genuino en esta mujer enroscada al límite de lo patético. Janchez hace crecer al personaje desde la primera viñeta hasta la última, a fuerza de un logrado equilibrio entre silencios introspectivos, diálogos punzantes y escenas de acción a todo o nada, con más violencia que la que nos mostró en cualquier otra de sus obras. El final es abierto, y no del todo triste. No me molestaría en lo más mínimo que en algún momento Janchez se decidiera a retomar a Bulma Jimenes para continuar esta historia y ofrecernos nuevos giros argumentales y más exploración de este mundo crepuscular y caótico en el que la historieta es el principal entretenimiento popular. El dibujo va en la línea de los trabajos más recientes de Brian: una línea despojada, sintética, con un claroscuro extremo en el que sólo existen los espacios blancos y las masas negras. Las caras son muy expresivasy los fondos no aparecen muy seguido, pero cuando lo hacen, están bien. Creo que lo que más me gustó de la faz gráfica fueron los homenajes a Peanuts, los personajes claramente basados en Marcie y Peppermint Patty. Y me gustó también la narrativa descomprimida, sobre todo esas páginas en las que en vez de meter tres viñetas widescreen cada una con un bloque de texto, Janchez dibuja tres viñetas normales y pone los textos en la mitad de la página que le queda vacía. A rasgos generales, hay una intención coherente en guión y dibujo que –digo yo, no sé si Brian lo pensó así- la de generar una distancia entre lo que se cuenta y el lector. La narrativa tiene ese grado de frialdad como para que incluso las escenas que nos resultan familiares se sientan lejanas, la protagonista no se esfuerza en lo más mínimo en generar ningún tipo de empatía, y el recurso de ambientar la historia 65 años en el futuro le permite al autor “vendernos” un mundo que no se parece demasiado al nuestro. Así como hay historietas que buscan que uno se sienta parte del relato, que se involucre casi como si fuera un personaje más, La Frustración va para el lado contrario y aún así llega a buen puerto. Estamos hablando de una muy buena novela gráfica, donde brilla el desarrollo de un mundo y un personaje para nada trillados, y donde se ve a un autor maduro, en total control de una vasta gama de recursos narrativos y gráficos. Me animo a recomendarle La Frustración no sólo a los fans de Brian Janchez que lo siguen hace años, sino incluso a quienes nunca se aventuraron en las obras de este interesantísimo autor. Y nada más, por hoy. Retomamos este Noviembre dedicado a la historieta argentina en un futuro post que se viene pronto, acá en el blog.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

CRIMENES Y CASTIGOS

Qué grosso tener todo este material en libro… Yo lo tenía disperso en un montón de números de Fierro, encima de la época más floja de la etapa clásica de Fierro, que es esa del medio, entre los nºs 30 y 60. Tenerlo todo en álbum, así editado, es un placer increíble. Hay 10 páginas sin historietas sobre un total de 56, lo cual es un poquito mucho, pero es realmente una edición preciosa, muy cuidada, a la altura de la chapa de un genio del Noveno Arte como fue Carlos Nine. ¿Qué me pasó leyendo las historietas? Primero, descubrí que no me acordaba un carajo de cuando las leí por primera vez, allá por los ´80. Fue como leer algo 100% nuevo, como si Nine hubiese escrito y dibujado este material el año pasado. En parte porque es un material que no envejeció en lo más mínimo. Hoy probablemente los historietistas lo piensen un poco más antes de introducir tantos personajes sexópatas y tantas mujeres golpeadas, ultrajadas o asesinadas en un comic, pero básicamente Crímenes y Castigos es una historieta muy moderna, muy actual. Y lo otro que me pasó no está tan bueno: me encontré por un lado con unos textos exquisitos, escritos por un tipo que no sólo entiende perfectamente las convenciones y lugares comunes del hard boiled, sino que las sabe satirizar con ingenio y con talento, que logra hacer impredecibles historias que parten de premisas muy, muy remanidas. La faz literaria de Crímenes y Castigos me pareció brillante, intachable. Y los dibujos, por otro lado, son alucinantes. Es Nine en estado puro, decidido a detonar todo su arsenal de recursos plásticos, en un festival desenfrenado de imaginación, grotesco, sensualidad y delirio, técnicamente asombroso, originalísimo, cautivante. Pero nunca llega a producirse ese click, esa comunión entre el texto y el dibujo. O por lo menos yo no la sentí nunca. Editás este libro sin los dibujos, y te quedan unos cuentos cortitos y geniales. Editás este libro sin los textos y te queda un artbook alucinante, repleto de ilustraciones y viñetas majestuosas. Pero texto e imagen nunca se acoplan, no necesitan el uno del otro. Nine no sólo se arriesga a no delimitar los bordes de las viñetas, no sólo deja de lado ese elemento gráfico formidable que tiene la historieta que son los globos de diálogo, no sólo te clava cada tres o cuatro páginas una splash page que fuerza un cambio en el ritmo de la narración. También hace una con la que yo particularmente no comulgo, que es prescindir casi por completo de la secuencialidad. Veo poca conexión, poca interacción, poco juego entre cada viñeta y la siguiente. Muchas veces, si no fuera por la reiteración de algún personaje, parecen viñetas de distintas historietas, o peor aún: ilustraciones realizadas para distintos medios, o distintos proyectos, hilvanadas de un modo medio forzado para integrarlas a una misma página y a una misma narración. Se le ven un poco las costuras, se nota que por momentos cada historia es un Frankenstein de dibujos gloriosos que no nacieron en función de estas historias, sino de otros trabajos de Nine. Y la verdad que las imágenes son tan hermosas y tan potentes (a veces tan perturbadoras) que no importa demasiado. Pero si venías más acostumbrado al Nine de Fantagás o de El Patito Saubón, es probable que esto te haga un poco de ruido. Como en todo relato hard boiled, no hay mucha indagación en la personalidad de los detectives protagonistas, que están ahí más como artificios de la narración que como personajes que nos tienen que transmitir la sensación de ser personas (o algo así). De hecho, hasta es al pedo que haya tres investigadores distintos, porque no interactúan entre ellos, pero sobre todo porque Nine no les da distintas personalidades o distintas formas de encarar el relato en primera persona de cada uno de los casos. Felizmente los casos son muy atractivos y están resueltos con finísima mala leche y hasta cierto vuelo poético. Un nuevo libro de Carlos Nine en el mercado argentino siempre es motivo de festejo y se vive como un acto de justicia, como una forma de pagar la deuda que nuestro país tiene con uno de sus artistas más brillantes, y que mejor nos hizo quedar en el exterior. Al comiquero que nunca se enganchó con las historietas de Nine, no le recomiendo empezar por Crímenes y Castigos, ni a palos. Como puerta de entrada a este universo descontrolado, seguramente funciona mejor Fantagás, por ejemplo. Pero al fan de Nine, o de la historieta argentina menos convencional, o al fan de la literatura hard boiled que se banque la parodia y el manoseo de los tópicos del género, estoy seguro de que Crímenes y Castigos le va a volar la cabeza. Nada más por hoy. Seguimos recorriendo historietas argentinas en este Noviembre temático en futuras reseñas que aparecerán muy pronto acá en el blog.

domingo, 8 de noviembre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.27

Y no, no podía ser. Ya era muchísimo pedir que este tomo mantuviera el nivel del anterior en materia de guiones. En estos seis episodios vamos a ver a Robin Wood volver a la fórmula clásica de la serie, es decir, a generar aventuras autoconclusivas que no construyen ni para arriba ni para los costados, en las que todo vuleve prolijamente al punto de partida sin afectar en lo más mínimo a Nippur. No pretendo que en todos los tomos tengamos un sacudón como el que vimos en el Vol.26, pero tampoco esta forma tan gastada de patearla siempre a la tribuna. La que más me sulfuró fue la tercera historia, La Furia de las Mujeres. No es una mala aventura, pero en esta serie está más desubicada que chupete en el orto. El relato empieza y termina con Nippur viviendo en pareja con una chica llamada Darana, dedicado a labrar la tierra para los cultivos. Los bloques de texto nos permiten suponer que Nippur lleva muchos meses de esa vida sedentaria, a la que regresará en la última página, una vez vencidos los villanos. ¿Por qué el errante decide abandonar los caminos y la aventura para vivir esa vida? ¿Cómo conoció a Darana? ¿Cómo y por qué se separa de ella para retomar la senda de la aventura en el episodio siguiente? ¿Por qué nunca más se vuelven a mencionar los meses (o años) que paó junto a Darana? Nada, Robin no nos da la más mínima pista de qué pasó. Lo cual –lamento decirlo así, de modo tan tajante- ESTA MAL. Es una traición al lector que sigue la serie. Esto mismo, narrado en el marco de las aventuras de Juan Carlos el Labriego, o de Darana la Campesina, estaba perfecto. Pero esto es Nippur de Lagash, un tipo que se dedica a vagar por el mundo antiguo y a impartir justicia sin quedarse nunca en ningún lugar. Los guiones de las otras cinco historias son normales, ni brillantes ni catastróficos. Pero con el ominoso regreso de las páginas de 11 y 12 viñetas microscópicas superpobladas de textos kilométricos. En algunas Nippur tiene un poco más de peso, en otras está de adorno, o de mero testigo de situaciones que se desenvuelven a su alrededor, pero ninguna transmite esa sensación de saga, de que están pasando cosas importantes a largo plazo. Siempre hay alguna frase demoledora, alguna descripción fascinante en algún bloque de texto, siempre está esa línea de rebelarse contra la opresión, de bancar hasta la muerte ideales de dignidad y lealtad para con los compañeros… En eso también Wood es coherente, digamos todo. Pero este último tramo de 1978 no ofrece ni por asomo las situaciones extremas y las emociones que ofrecía el tramo inmediatamente anterior. Los dibujos de Carlos Leopardi están muy bien. Lo que pierden en sofisticación lo ganan en fuerza expresiva, en salvajismo. Por momentos, se le va la mano en el grotesco (me imagino cómo lo putearían los fanáticos de la línea más académica, más identificados con la estética más clásica de un Ricardo Villagrán, por ejemplo), pero le pone a la serie esa impronta más dramática y te hace sentir que cuando pinta la violencia se pudre todo, de verdad. En el último episodio del tomo, a Leopardi se le ocurre cambiar la forma en que le dibuja la nariz a Nippur, un detalle pavote, pero que me llamó la atención. Y al igual que Lucho Olivera, dibuja a todas las mujeres con la misma cara. Esta vez me pareció que los coloristas trataron un poquito mejor a los dibujos de Leopardi. Sigue habiendo viñetas todas pintadas de rosa, o todas de celeste, o secuencias en las que el cielo pasa de verde a rojo de un cuadrito al siguiente. Pero noto un cierto cuidado, un leve esfuerzo por no arruinar el trabajo del dibujante. Y bueno, no se pudo. La gloria duró un tomo, que fue el anterior. Me queda sin leer uno solo, que prometo reseñar antes de fin de mes. La colección sigue hasta el sesenta y pico, pero mi hermano tomó la decisión bastante sensata de dejar de comprarla cuando algún delirante decretó que pasara a salir todas las semanas. Veremos con qué me encuentro cuando me toque despedirme (probablemente para siempre) de Nippur de Lagash. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas en este mes temático dedicado a la historieta argentina, acá en el blog.

jueves, 5 de noviembre de 2020

UNA DE VAMPIROS

Acá está el batacazo, el tapado. Una de Vampiros es ese libro al que la gran masa del pueblo no le dio pelota, que salió allá por Marzo o Abril sin causar demasiado revuelo y que -una vez que lo leés- se instala con total comodidad entre las mejores historietas argentinas de este año… y de los años anteriores, incluso. Yo le tenía fe porque conozco el trabajo de Agustín Paillet en el campo de la ilustración infantil y sé que es muy grosso. Pero sinceramente nunca me imaginé que a la hora de contar historias Paillet iba a lograr un ensamblaje tan perfecto entre su dibujo, los distintos recursos de la narración gráfica, los argumentos y –sobre todo- los diálogos. Después de ocho páginas prácticamente en blanco que lo hacen caer por debajo de la Ratio Accorsi (sumadas a cuatro páginas en blanco al final del libro), Una de Vampiros ofrece cinco historietas autoconclusivas con los mismos protagonistas: dos nenes de cinco años y una nena un poquito más grande, de siete u ocho. La gracia es que estos chicos hacen las mismas cosas que en las típicas películas yankis hacen chicos de más de 14. Salen de noche, fuman, van a recitales de rock, se enamoran… todos los clichés de las películas yankis de adolescentes están extrapolados y recreados para ser vividos en forma prematura por estos nenes de pre-escolar que todavía creen en Papá Noel. Eso le da a las historias un clima raro, inquietante, un WTF?!, que resulta muy ganchero, muy bizarro y en cierto modo muy tierno. La primera historia me gustó mucho. Con la segunda, ya me empecé a encariñar fuerte con los personajes. En la tercera, ya me estaba riendo a viva voz, solo como un infeliz en un colectivo donde el resto de los pasajeros me empezaba a mirar con cara de “¿qué el pasa a este subnormal?”. La cuarta me pareció la mejor historia del libro, una gema absoluta, difícil de superar. Son 20 páginas que te atrapan por completo, que te llevan del éxtasis a la angustia, con diálogos brillantes, chistes, ternura freak, mala leche y un talento infernal para subvertir los lugares comunes de este tipo de relatos y hacerlos caer por el propio peso del absurdo. Y la quinta también, encuentra en el absurdo las herramientas fundamentales para hacernos sentir en carne propia las desventuras amorosas de Tomi y el otro vampirito. A lo largo de todo el libro, me reí muchas veces, me sentí identificado muchas veces, me fascinó la forma en que Paillet juega a contar historias de nenes chiquitos que en realidad esconden otra cosa y disfruté a lo bestia de un dibujo exquisito. Paillet desarrolla una estética típica de dibujo animado actual (una onda Gravity Falls, por citar una que sepamos todos), pero sólo para los personajes. Los fondos parecen de una historieta indie yanki, tipo Daniel Clowes o Adrian Tomine, y la combinación es impecable. La idea de colorear todo en tonos de rojo y rosa, sumado a un trabajo magnífico en el claroscuro, da por resultado un libro muy hermoso a la vista. Paillet arma para todas las páginas una grilla básica de 12 viñetas, con cuatro tiras de tres. Pero en todas las páginas encuentra el momento ideal para romper la grilla y meter viñetas que ocupan dos o más de esos 12 espacios, a veces ampliadas a lo ancho y a veces a lo alto. Con eso logra un ritmo perfectamente controlado (muy idóneo para las situaciones de comedia) y a la vez encuentra margen para enfatizar ciertos momentos de la narración con cuadros más grandes, siempre elegidos con muy buen criterio. Lo más notable es que incluso esas viñetitas que ocupan la doceava parte de la página están dibujadas y organizadas en un nivel altísimo, nunca muy apretadas, siempre con los planos bien elegidos y el espacio para los globos bien dispuesto. Una de Vampiros es el primer libro de historietas de Agustín Paillet, pero parece el trabajo de un autor con 20 ó 25 años de trayectoria en este medio. Que no tenga la prensa que tienen otros no significa que no estemos frente a un monstruo con un dominio apabullante de este oficio, un capo que a los 34 años alcanzó un pico realmente magistral, en el que ojalá lo veamos quedarse a vivir y a contar historias durante mucho tiempo. De verdad, ni siquiera hace falta ser fan de la historieta argentina para engancharse a full con Una de Vampiros. Alcanza con que te gusten las buenas comedias, con personajes entrañables, diálogos brillantes y situaciones familiares en las que aparece un twist bizarro e impredecible que las hace frescas y cautivantes. Si seis de esas 12 páginas en blanco fueran historietas o dibujos de Agustín Paillet, estaríamos hablando de un libro perfecto, de una gema imposible de mejorar. Así como está es una belleza, la sorpresa más grata que me dio este año plagado de muerte y desolación. Gracias por leer este choclazo de texto y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 2 de noviembre de 2020

BOLA NEGRA

A lo largo de varios años, Liniers trabajó en la adaptación al comic de este cuento del autor mexicano Mario Bellatin, ahora transformado en una novela gráfica. Fiel a su estilo innovador y cercano al disparate, Liniers se puso una regla: iba a adaptar en cada página del comic dos renglones de cuento. O sea que si en dos renglones Bellatin contaba poco o nada, lo mismo sucedería en la historieta. Incluso cuando el renglón termina con una palabra cortada en alguna de sus sílabas por un hiato, Liniers reproduce ese corte y la palabra inconclusa continúa en la página siguiente de la historieta. Sí, ya sé. Un delirio total. Ya el sólo hecho de no modificar el texto en lo más mínimo, no sintetizar frases, no dejar afuera ni una coma, es un salto al vació absoluto. Lo que hace Liniers, al final, no es exactamente una historieta: es acompañar con ilustraciones un texto que ya existe exactamente igual en su versión literaria. Las páginas están armadas (casi siempre) como si fuera una historieta: varias viñetas yuxtapuestas, con globos de diálogo (que a veces contienen menos de una palabra entera) y bloques de texto. Pero en ningún momento hay secuencias mudas, en las que el dibujo se aventure a contarnos algo que el texto no cuenta y en general vemos muy pocas transiciones de acción a acción, o de momento a momento. Este detalle y el de las palabras cortadas en cualquier lado (y continuadas en la página siguiente) son las que transmiten la sensación de estar leyendo algo que más que una historieta es un experimento, o –visto con mala leche- un capricho. No voy a descubrir nada nuevo si digo que Mario Bellatin escribe muy bien. En este relato hay muchísimas frases preciosas, ideas muy locas, un misterio que se nutre tanto de elementos místicos como científicos, cierta ironía, cierto juego con lo asqueroso, cierta mirada satírica a las tradiciones milenarias de Oriente… Falta un poquito más de profundidad psicológica en el protagonista (el entomólogo japonés Endo Hiroshi), pero ahí sí, a la hora de definir el aspecto de los personajes Liniers logra darles una carnadura que por ahí en el texto de Bellatin no tenían. El relato es atractivo, no lo discuto para nada. Entiendo por qué Liniers se cebó con el cuento al punto de querer transformarlo en una historieta. Lo que me parece es que no era un cuento idóneo para este tipo de traslación y que, al imponerse esas reglas tan bizarras, Liniers inclinó todavía más la cancha a favor de los rivales. El resultado no es exactamente malo, pero comete un pecado que ningún libro debería cometer: jamás te convence de que estás leyendo algo trascendental. Incluso si te engancha la historia de Endo Hiroshi, incluso si te intrigan o fascinan las bizarreadas que manda Bellatin para enroscar un poco más la trama, incluso si te maravillás con los recursos gráficos y con la calidad del dibujo de Liniers (que es sublime), Bola Negra no te termina de involucrar por completo. Todo el tiempo aparece el tema del capricho, a veces de manera subyacente, otras de manera muy, muy conspicua. Y al final gana esa sensación de que Liniers la pasó bomba poniéndole dibujos a su cuento favorito de ese escritor con el que pegó onda cuando se conocieron en Tierra del Fuego, pero que uno, como lector, nunca termina de ser parte de esa fiesta. Hay dos tipos talentosos, cada uno hizo lo que se le cantaron las bolas, los dos le pusieron imaginación, pasión y jerarquía a su labor artística, y sin embargo el resultado es algo que (por lo menos desde mi óptica de fan de las historietas de Liniers) no logra llegar a buen puerto. No logra lograr ese logro (diría un especialista en rebuznancias) que la convierta en una novela gráfica potente, atrapante, compacta, satisfactoria de punta a punta. Si sos muy fan de Bellatin, quizás te interese como pieza extraña en la bibliografía del escritor mexicano, y si sos fan de Liniers acá vas a ver al ídolo dibujando, coloreando y planificando páginas en un nivel extraordinario. Con la adaptación al comic de Bola Negra, el consagrado autor de Macanudo propone una timba muy loca y muy arriesgada, pero con la que en varios momentos me costó conectar, por eso hoy me cuesta recomendar. Nada más por hoy. Este mes, vamos a tener 10 reseñas de sendos libros a cargo de autores argentinos, o por lo menos UN autor argentino. Nos reencontramos pronto, acá en el blog.

viernes, 30 de octubre de 2020

IT´S A BIRD…

Por motivos varios, esta novela gráfica de 2004 cae en mis manos recién hoy. Nunca la había tenido en mis manos, no había visto ni una sóla página interior, hasta ayer o anteayer. Pero había leído varias críticas, todas absolutamente laudatorias, que me habían convencido de que Steven T. Seagle y Teddy Kristiansen se habían mandado una gema del infinito, una obra para aspirar a la consagración definitiva que no les había llegado en los ´90 con House of Secrets. Ahora, con la novela gráfica, me parece que me la inflaron un poquito. Me gustó mucho, me pareció una forma muy inteligente de contar una historia autobiográfica, la sentí muy genuina, me interesó mucho toda la parte del backstage, todas esas escenas en las que Seagle cuenta esos tire-y-afloje entre un guionista y una editorial a la hora de subirse o no a un trabajo tan único como es el de escribir una serie regular de Superman. Me pareció también muy ingenioso el abordaje del proceso creativo del guionista, esa búsqueda de imágenes o sensaciones que le puedan disparar ideas para desde ahí meterse con los conceptos centrales de estos personajes icónicos, inmensos, infinitamente más potentes en la cultura popular que cualquier otra creación que se le pueda ocurrir a cada autor en forma individual. Esas mini-historias que Seagle inserta en la trama, en las que explora aspectos de Superman desde ópticas más personales, o más atípicas, son sin dudas lo más atractivo que tiene el libro. Ejercicios de imaginación, de libertad, de abrir la cabeza para tratar de pensar desde otro lado los rasgos más obvios del superhéroe más obvio. Ahí hay muchos hallazgos, riesgo y sobre todo vuelo poético. Y después está la parte que menos me interesó, que es la que le aporta el conflicto “central” a la trama: esa enfermedad hereditaria que cada (aproximadamente) 30 años mata de modo cruel y grotesco a un integrante de la familia de Seagle, sin saltearse ninguna generación. No milito de modo dogmático contra las novelas gráficas centradas en enfermedades, pero tampoco es algo que me llame mucho la atención. Seagle maneja bien los momentos para impactar al lector con las revelaciones, lleva con buen pulso el “misterio” del paradero de su padre y lo usa astutamente como elemento para desestabilizar al protagonista. Pero no me llegó a conmover, no me convenció de que hacía falta un drama familiar de esa intensidad para sostener mi interés hasta el final de la novela. Yo me conformaba con lo otro, con ese conflicto más tranqui, más interno, más intelectual, del guionista que no sabe si tiene o no lo que hay que tener para escribir comics de Superman. Esas escenas en las que Seagle toma conciencia de lo que significa Superman para la gente común me movilizaron mucho más que las que giran en torno al Mal de Huntington. Y bueno, donde no se puede poner un sólo pero, donde es todo, pero todo ganancia, donde hasta la escena más prosaica se eleva en un halo mágico de lirismo y belleza iridiscente, es en la faceta gráfica. Teddy Kristiansen despliega todo su talento sin guardarse nada y eso es todo lo que deberíamos saber antes de comprar el libro sin decir ni mu. La extensión de la novela le permite combinar todas esas páginas de escenas costumbristas, de gente hablando o pensando, con algunos momentos en los que se cuela algo de acción. Pero además en cada una de las secuencias “imaginadas por el guionista”, en la que nos muestra las ideas que se le van ocurriendo a medida que reflexiona acerca de Superman y su mitología, Kristiansen encuentra espacio para experimentar, para probar cosas nuevas en la puesta en página y en el tratamiento visual global de cada una de estas mini-historias. Como en todas sus obras, el gran danés borra de a poquito las fronteras entre la gráfica y la plástica, y es en estas breves secuencias donde lo vemos detonar una gama de recursos pictóricos y narrativos amplísima e hipnótica. Si sos fan de Superman y alguna vez soñaste con convertirte en guionista de historietas para poder escribir esa saga espectacular y definitiva de tu héroe favorito, It´s a Bird te va a partir la cabeza en mil pedazos. Si sos fan de Kristiansen, obviamente también. Si lo tuyo son los comics de enfermedades y los dramas familiares que se articulan en torno a estas, seguro la vas a pasar mal, pero lo vas a disfrutar. Y si te gusta una historieta más adulta, más artística y te parece que los buenos autores pierden su tiempo o se convierten en putas baratas por entrar en el juego de DC y ponerle el cuerpo (a veces incluso el alma) a un comic de Superman, acá te esperan unas cuantas sorpresas interesantes. No estamos hablando de la Gloria Máxima del Noveno Arte, pero sí de una novela gráfica más que sólida, con momentos de una belleza realmente infrecuente. Nada más, por hoy. Nos reencontramos el mes que viene, con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 27 de octubre de 2020

CARMEN

Este es un libro que compré por curiosidad, y porque lo vi muy barato en una casa de usados. Nunca había leído la novela de Prosper Merimée, ni visto la ópera de Georges Bizet. De hecho, ni siquiera sabía que la ópera estaba basada en una novela; creía que era un argumento original de Bizet. Siempre me gustó el dibujo de Georges Pichard, hacía mucho que no leía obras suyas, y como el libro estaba envasado, me comí el amague de que probablemente se tratara de una obra de alto voltaje erótico, lo cual tampoco está mal (aunque recordemos siempre que más de dos pajas por día es vicio). Adentro me encontré con 62 páginas de una historieta muy, pero muy aburrida. Pichard arma las páginas con onda, no mete nunca más de seis viñetas, muchas veces mete cuatro o menos, dosifica bien los textos y los diálogos de modo que no queden masacotes ilegibles (algo que suele suceder en las adaptaciones literarias) y logra que a nivel del relato gráfico Carmen no desentone con lo que se consideraba moderno (o por lo menos contemporáneo) en 1981, cuando se editó este álbum en Francia. O sea que la embolia cerebral no viene por el lado del relato gráfico, sino del argumento de la novela original. Un argumento paupérrimo, que se puede resumir en “un tipo hace un montón de boludeces obsesionado y manipulado por una mina que está buenísima y es muy turra”. Las peripecias de este pobre tipo son anodinas, cuando finalmente la tiene a Carmen toda para él la obra no deja de lado la solemnidad para ofrecernos pasajes pornográficos en los que explote toda esa calentura contenida, y el contexto histórico (España, principios del Siglo XVI) tampoco está demasiado bien aprovechado. Para antes de la mitad del libro, ya me había cansado de gritarle al protagonista “¡Salí de ahí, Maravilla! ¡Pará de rebajarte y de dejarte llevar como una mascota por esa mina!”. Después me resigné a ver a este pobre gil hacer cualquier cosa por esas carnes y esa resignación potenció el aburrimiento. Esperaba un giro sorprendente en el final, que tampoco llegó, y bueno, remando en el océano de polenta alcancé la otra orilla. Si no tiré el libro a la mierda a la mitad de la lectura fue porque los dibujos de Pichard son alucinantes. No recordaba haberlo visto trabajar tanto cada viñeta, dejar la vida como la deja acá en cada uno de esos monumentos al cross-hatching con los que rellena cada superficie. Entre esa técnica y la del punteado, el autor logra una gama de texturas apabullante, que elevan ese blanco y negro a un Olimpo sagrado. El trazo de Pichard tiene esa mezcla hipnótica entre algo barroco, sofisticado, muy elaborado, y una arista más trash, más grotesca. De modo que cuando aparecen la desprolijidad, el trazo más caricaturesco o más grotesco, es más lo que suma que lo que resta o hace ruido. Los cuerpos, las expresiones faciales, la documentación en fondos y vestuario son impecables, las escenas de violencia tienen la dosis justa de impacto, y sólo le critico que hay poco énfasis en los garches. Al tratarse de una obra supuestamente “para adultos” (que sale en la misma colección en la que Guido Crépax publicara su versión de Emmanuelle), uno esperaba algo más en materia de erotismo. Carmen está toda la obra con no menos de un 75% de las tetas al aire, y un rato largo en topless (con algunas poses bien de fan service, pensadas para que la mujerzuela luzca mejor sus atributos), pero no hay penetraciones explícitas, ni primeros planos de genitales, ni nada en ese registro. Es un erotismo muy light, para señoras mayores que leen a Florencia Bonelli. Recomiendo esta obra a los fans muy hardcore de Georges Pichard que quieran leer toda la vasta obra del maestro fallecido en 2003, y lógicamente a los interesados en la relación entre la ópera y la historieta. El fan de la historieta europea para adultos probablemente la pase mejor con otras obras de Pichard aunque –repito- en este momento no recuerdo otras tan bien dibujadas como Carmen. Y el fan de la historieta erótica seguramente prefiera a dibujantes menos virtuosos que Pichard, pero más generosos a la hora de mostrar las escenas de mete-y-ponga. Nada más, por hoy. Seguramente antes de fin de mes tengamos una nueva entrada, acá en el blog. Será hasta entonces.

sábado, 24 de octubre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.26

Ah, bueno… Ahora sí. Por fin, después de tanto padecer, tengo en mis manos un tomo con seis historietas de Nippur que me animo a recomendar plenamente. Esto parece historieta moderna (o lo que considerábamos historieta moderna en 1978): un solo guionista, un solo dibujante, historia que se hacen cargo 100% de lo que pasó en la anterior, y –sobre 87 páginas de historieta- apenas dos superpobladas por 14 viñetas microscópicas. Las otras 85 ¡tienen todas menos de ocho cuadros! Como las historietas que se publicaban en esa época en el resto de América. Por supuesto, Robin Wood mete más texto que en una historieta promedio de aquel entonces, pero al haber menos viñetas de mayor tamaño, el equilibrio entre los masacotes de texto (o los diálogos extensos) y la narración visual está mucho mejor logrado. En estos seis episodios vamos a volver a ver cómo los coloristas (criminales de lesa humanidad que merecen el más atroz de los castigos) se esfuerzan por estropear los dibujos de Carlos Leopardi, pero quizás porque el ídolo está mucho más afianzado en el dibujo, el daño que le hacen no es tan letal como en tomos anteriores. De todos modos, me encantaría tener este material en blanco y negro, para disfrutar del trazo salvaje, violento, expresivo al límite del grotesco de un Leopardi que atravesaba un momento de inspiración absoluta. En cuanto a los guiones, en el primero vemos a Nippur engañar y matar a sus enemigos sin el menor reparo, en una historia con muchos de los elementos típicos de esta serie bastante bien combinados. El segundo episodio está narrado en primera persona por un antagonista al que Robin le da mucha profundidad. Por supuesto, sabemos desde el primer cuadrito que no va a lograr su cometido (matar a Nippur), pero la historia es atractiva y está bien llevada. La tercera aventura es definitiva: “Laris, sobre el espejo del desierto”, 15 páginas inolvidables en las que Nippur se enamora de una chica ciega y sobre el final… ¡pierde un ojo! Un enemigo al que nunca antes habíamos visto (y creo que nunca reaparecerá) se da el lujo de dejar tuerto al justiciero de un certero flechazo y encima de matar a su novia. Muy impactante todo. Y en los tres episodios restantes, vemos algo así como el Daredevil: Born Again de Nippur. El héroe toca fondo, perdió todo y no quiere seguir. No más combates, no más romances, no más aventuras. Nippur es ahora un indigente zaparrastroso, un ermitaño que escapa de la gente y de los peligros, al que asiste un niño, Mohar, de unos 10 u 11 años. Y ese statu quo dura varios episodios, no es un argumento que se le ocurrió a Robin para zafar una vez. Por el contrario, se exploran a fondo las consecuencias de lo que pasó en “Laris, sobre el espejo del desierto”, como para que ningún desprevenido se olvide lo importante que es esa entrega. Ver a Nippur vencido, hecho un trapo de piso, es algo que nadie se esperaba, y resulta realmente conmovedor, especialmente en “Los Cazadores y el Miedo”, un capítulo narrado en tercera persona con unos bloques de texto exquisitos y una humanidad escalofriante. Finalmente, en “La Ultima Galería” (también con bloques de texto a cargo de un narrador omnisciente) vamos a ver la escabrosa muerte de Mohar, un Nippur forzado a volver a blandir la espada y volver al combate (esta vez contra una jauría de lobos liderada por un macho muy astuto, como en aquel manga de Jiro Taniguchi que vimos el 22/07/12) y al final, encontrar a una minita que lo va a ayudar a ser el de siempre. Bah, creo. Habrá que ver qué pasa en el próximo tomo… Esto es aventura clásica a un gran nivel. Un dibujo vigoroso, osado, con mucha impronta autoral, argumentos jugados, en los que el héroe la pasa realmente mal, textos hermosos, bajada de línea siempre para el lado correcto… Ya estamos en una época en la que el nivel de las revistas de Columba alcanzaban un pico (1977-82 es, para mí, el período dorado de esa editorial) y era momento de que Nippur se sacudiera un poco las telarañas para volver a pelar la chapa de clásico y a justificar su longevidad y su popularidad entre los lectores. Y hasta acá llegamos, por hoy. Nos reencontramos en unos días con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 21 de octubre de 2020

SOUTHERN BASTARDS Vol.3

Imposible aguantar demasiado sin entrarle al Vol.3 después de lo manija que me dejó el Vol.2 de esta gran serie de Jason Aaron y Jason Latour. Ya quedó atrás aquella primera mirada, en la que Southern Bastards aparecía muy pegada a Men of Wrath. A esta altura de la serie, con 14 episodios ya en el buche, no tengo dudas de que la principal referencia tiene que ser sí o sí Scalped. Para regocijo de cualquiera que haya disfrutado (o sufrido) con aquella insuperable serie de Vertigo, les cuento y hasta les afirmo con total convicción que en Southern Bastards lo tenemos a Aaron aplicando la MISMA FÓRMULA que lo consagró en Scalped. El pueblito alejado y endogámico donde las reglas sociales son otras, la mala leche y la sordidez asfixiantes, e incluso trucos narrativos, como el de frenar la acción en la víspera de un evento importante, parar la bocha y (como un 5 con talento) empezar a mandar pases a los costados, para habilitarle el protagonismo a personajes que todavía no habían encontrado espacio para desarrollarse. Esto es básicamente lo que sucede en este tercer tomo. Se viene un partido importantísimo para los Running Rebs, y Aaron y Latour se lo guardan hasta el quinto episodio. Los cuatro primeros pasan todos al mismo tiempo, en los días previos al partido contra los Warriors de Wetumpka, y cada uno está centrado en un personaje distinto. Se exploran apenitas lo sucedido en el impactante final del Vol.2, y la bocha se mueve hacia los laterales: el sheriff Hardy, el sacado secuaz Esaw (lejos, el personaje más detestable de la serie), el (hasta ahora) misterioso cazador del arco y la flecha, y un pibe hospitalizado que parece tener algún tipo de don sobrenatural extraño. El quinto episodio, el del partido, se enfoca necesariamente en Euless Boss, el director técnico de los Rebs, quien en el tomo anterior despuntó como el protagonista excluyente de la serie, y sí, probablemente sea el punto más alto de esta tanda. Y en el sexto episodio, finalmente sucede algo que Aaron venía postergando desde el final del primer arco: llega al pueblo de Craw County la hija de Earl, el hombre asesinado por Boss al principio de la serie. Supongo que la serie va a avanzar hacia el conflicto a todo o nada entre Roberta y Euless Boss, pero por ahora a la joven le cuesta hacer pie en este territorio hostil, donde hasta la más básica convivencia entre vecinos está atravesada por la violencia, el delito y el odio (en este caso odio racial, porque Roberta, al igual que su madre, es afroamericana). Una vez más, el dibujo de Jason Latour me sorprendió por su desparpajo, por la forma visceral en que se caga en la estética realista para irse bien, bien a la mierda, a un expresionismo que por momentos casi mete miedo. Hay pasajes tan grotescos, que me los imaginé dibujados por Steve Parkhouse en un comic en joda, tipo The Bojeffries Saga. El color (también obra de Latour) es magnífico de punta a punta y el dibujante que entra de suplente en el número en que Latour descansa (en realidad no, porque escribe el guión) es un inspiradísimo Chris Brunner. Hay muchísimos puntos altos en la faz gráfica, pero creo que lo que más me impactó es que Latour no sugiere nada, no te deja nada librado a la imaginación. Si hay torturas te las muestra, si hay muertes truculentas hace que te salpiquen sangre, y si hay garches no te los esconde en sombras ni te tapa los genitales de nadie. Esto es así, crudo, brutal, sin ningún tipo de concesiones. No es para todos los públicos, obviamente, pero el que se aguante este nivel de atrocidad se va a ver ampliamente recompensado por tramas, diálogos y dibujos muy por encima de la media que ofrece hoy el mainstream yanki. Leés un TPB de Southern Bastards y te convencés de que no hay forma de que Jason Aaron escriba un comic choto, no te entra en la cabeza que varios de sus títulos de superhéroes en Marvel sean puro humo, o directamente una bosta. Pero bueno, es así. Me acabo de fijar y Southern Bastards llegó hasta el nº20, nomás, y se cortó allá por 2018. O sea que el cuarto TPB (que también salió en 2018) debería incluir el final de la serie… a menos que haya quedado inconclusa. No lo tengo, nunca lo vi, pero como siempre digo, acepto donaciones. Y hasta acá llegamos, por ahora. Atenti, que en cualquier momento nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 18 de octubre de 2020

LA MUSICA DE MARIE

Vuelvo al maravilloso mundo de Usamaru Furuya, para internarme en una de sus obras más antiguas. La Música de Marie se publicó en Japón entre los años 2000 y 2001, o sea que es justo anterior a El Club del Suicidio (ver reseña del 12/03/20). Y bastante anterior a las otras obras de este gran mangaka que pasaron por este blog. Los próceres de Milky Way editaron La Música de Marie en un único tomo espectacular, con más de 500 páginas, algunas de ellas a todo color. La Música de Marie es un manga que te va llevando por distintos lugares a lo largo de su extensión. En las primeras 200 páginas, lo que prima es el world-building. Acá Furuya se dedica minuciosamente a presentarnos a los personajes y al mundo en el que viven: sus costumbres, su religión, su comercio, los vínculos y sobre todo su desarrollo tecnológico, que parece estar frenado en un nivel que nuestro mundo alcanzó allá por 1850, más o menos. Llama la atención que no cobre relieve ningún conflicto, pero parte de las sorpresas de la trama van por ese lado. Los personajes centrales son Pippi (una minita copada, divina, inteligente, con la mejor onda) y Kai, un chico más introspectivo, más taciturno, al que cuando tenía 10 años le pasó algo que le cambió la vida para siempre y lo hizo distinto a todos los demás habitantes de la Tierra de Pirito. Kai provee el elemento de misterio a este mundo fantástico en el que reinan la concordia y la armonía entre todos los seres, biológicos y mecánicos. Las siguientes 100 páginas introducen un conflicto, no muy enfatizado por Furuya: un triángulo de amor bizarro entre Pippi, Kai y una diosa inmensa, omnipresente, inalcanzable. ¿A dónde va esto?, te preguntás. Ahí el autor nos clava casi 40 páginas en las que le da un poco más de relieve al aspecto religioso de la obra. Y ahí, en la página 340, cuando ya te tiene a punto caramelo, Furuya pone tercera y arranca un tramo entre aventurero y filosófico, que le hubiese encantado imaginar (y dibujar, y animar) al maestro Hayao Miyazaki. Este tramo se centra en Kai y la diosa Marie, cara a cara, cuerpo a cuerpo, corazón a corazón, para desentrañar todos los secretos de este mundo, de lo que le pasó al pibe cuando tenía 10 años, de lo que pasó ese día en que la música de Marie sonó desafinada y la rutina de los amables habitantes de Pirito se alteró. ¿La buena onda de la gente tiene que ver con la diosa? ¿El desarrollo (o en realidad el estancamiento) tecnológico está conectado a la omnipotente Marie? ¿Hay que sacrificar una cosa para obtener a otra? Kai se ve atrapado en un dilema moral brillante, que Furuya despliega a lo largo de 100 páginas memorables. Y cuando ya te estabas levantando de la butaca para aplaudir de pie, vienen dos epílogos, de 30 páginas cada uno. El primero cierra la historia de Pippi y Kai, también con nuevas e impactantes revelaciones acerca del enigmático muchacho. ¿Ya está? No, en el segundo epílogo (ambientado 50 años más tarde, cuando los chicos ya son viejos), Furuya patea el tablero y te tira casi al pasar una data clave, que resignifica todo lo que leíste hasta ese momento. Lo que realmente le pasó a Kai cuando tenía 10 años no es lo que parecía, y esa revelación cambia todo el juego de una manera drástica y genial. Y le agrega poesía, profundidad, misterio y onda a todas esas páginas por las que transitamos junto a los personajes. Un final maravilloso, sumamente conmovedor. ¿Podría ser mejor La Música de Marie? Sí, porque gráficamente Furuya evolucionó un montón y hoy dibuja mucho mejor que hace 20 años. En esta obra hay momentos gloriosos a nivel dibujo, sobre todo cuando dibuja paisajes y engranajes mecánicos. Texturas, líneas cinéticas, aplicación de grises, todo eso está perfecto. El armado de las secuencias, la organización de la información visual dentro de cada cuadro, también, inobjetables. Pero a la hora de dibujar a los personajes y su gestualidad (que es algo importante en la trama) vemos a un Furuya un poco precario, se nota que lo que termina en la página no es lo que él visualizaba en su mente. Me lo imaginaba todo el tiempo pensando “la puta madre, ¿por qué no podré dibujar como Masakazu Katsura, o como Satoshi Kon?”. Y por más que se rompa el culo, Usamaru no logra romper ese techo, esa limitación que lo deja ahí, a mitad de tabla, rodeado de dibujantes de shonen entre correctos y medio pelo. Por supuesto que los pulveriza a nivel imaginación, pero en la tarea específica de darle rostros y expresiones a los personajes, todavía estaba lejos de lo que va a mostrar años después. Recomiendo enfáticamente La Música de Marie a todos los amantes de la fantasía, de las pelis de Miyazaki, obviamente de Usamaru Furuya y a quienes queran explorar un manga lleno de ideas preciosas, desafiantes, provocativas, bien desarrolladas, resueltas con maestría y encarnadas en personajes entrañables, de los que cuesta despedirse a la hora de cerrar el libro. Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 15 de octubre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.25

Otro tomo del coleccionable de
Nippur con unas cuantas sorpresas para compartir con ustedes… Primero, repasando la lista de episodios y sus fechas de publicación descubro que entre Junio y Diciembre de 1977… ¡no se editaron nuevos episodios de Nippur! La serie más popular de la editorial Columba, que atravesaba una época de esplendor a nivel comercial acompañada por un nivel artístico bastante aceptable, desapareció de las páginas de la revista D´Artagnan durante SEIS MESES. No tengo idea qué pasó, si Robin Wood dejó de mandar guiones, si no conseguían buenos dibujantes… pero hubo seis meses, justo en el año en que Nippur festejaba su décimo aniversario, en que no aparecieron nuevos episodios de esta serie. El tomo arranca con “La Columna de los Buitres”, una historieta muy notable por varios motivos: por un lado, marca el final de la colaboración entre Wood y Ricardo Ferrari. En segundo término, se trata del pico más alto de Jorge Zaffino como dibujante de Nippur. Todavía muy lejos del estilo con el que se va a consagrar mundialmente, acá un Zaffino todavía muy joven (apenas 18 añitos) se comía crudo a su maestro, Ricardo Villagrán, y empezaba a avanzar a paso firme hacia los terrenos de un Burne Hogarth, ponele. El dibujo académico-realista en su máxima expresión, con gran fuerza icónica, y con varias páginas con pocos cuadros (en Columba “pocos cuadros” signfica “menos de 10”) que hacen que, por primera vez en mucho tiempo, aunque sea un pasaje de una historieta de Nippur se vea parecida a otras historietas de las que aparecían en otras editoriales. Y también hay páginas de 700 viñetitas microscópicas en las que el dibujo de Zaffino no se luce casi en absoluto. En tercer lugar, esta es la historieta en la que Zaffino le pone a los aliados de Nippur los rostros de Robin, de Villagrán, el suyo propio y hasta el de empleados de distintas áreas de la editorial Columba. Y entre los enemigos (a los que Nippur y su tropa hacen pedazos) hay guerreros con los rasgos de Horacio Altuna y Alberto Breccia, dos próceres de la historieta argentina que ya en los ´70 hablaban pestes de la editorial de la palomita y sus abyectas prácticas en materia de reconocimiento de los derechos de autor a los dibujantes y guionistas. La segunda historia del tomo marca la despedida de Zaffino, y tiene un guion mucho más livianito, casi en joda, que no está mal. Después viene ese bache de seis meses y al regreso, tenemos un equipo (equipazo) integrado por Robin Wood como único guionista y Carlos Leopardi como único dibujante. Desde la primera página de “Llegar a Akad” hasta el final del tomo, Leopardi sale a matar, con el cuchillo entre los dientes. Su dibujo agreste, desangelado, por momentos brutal, combina cosas de Lucho Olivera, Carlos Casalla y hasta el propio Alberto Breccia, pero además tiene una narrativa más estridente, más ampulosa, más cercana al comic de superhéroes de EEUU. En las páginas en las que Leopardi puede dibujar menos de 10 viñetas, aparece un ritmo narrativo, una intensidad, que hasta acá no habíamos visto en las aventuras de Nippur. Lástima que los coloristas (que se esforzaban bastante por no estropear los virtuosos trazos de Zaffino) le entran a las páginas de Leopardi con odio, con saña, como si el dibujante hubiese abusado sexualmente de sus madres, hijas y mascotas. Juro que por momentos me costó leer las historietas de lo espantoso que es el color, sentía que me estaba lastimando los ojos. Hijos de mil putas, ojalá mueran en cana. Y ojalá alguna vez toda esta etapa de Nippur dibujado por Leopardi se reedite en blanco y negro. En cuanto a estos cuatro guiones que ofrece Robin en su regreso tras el parate, el primero es previsible pero muy lindo, muy emotivo. El segundo está absolutamente virado al terror sobrenatural, algo que ya vimos que no funciona muy bien en el contexto de Nippur. El tercero es la enésima vuelta de tuerca al tema de los abusos de los poderosos y cómo un cuatro de copas se puede convertir en as de espadas con solo juntar los huevos para plantarse frente a la injusticia y la arbitraredad. Nippur está de adorno, pero bue. Y el cuarto y último va para el mismo lado: Nippur pintado al óleo en medio de una trama de lucha, dignidad, códigos, respeto, letaltad y amor. El balance general de estas seis historietas es muy decoroso. Muy por encima de lo que veníamos padeciendo en entregas anteriores. Ojalá sigamos así en los tres o cuatro tomos que me quedan por delante. Y nada más, por hoy. Ya estoy leyendo un libro extra-large, para reseñarlo ni bien lo termine, acá en el blog.