el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 20 de junio de 2018

FERIADO MUNDIAL

Como tantos, aprovecho el feriado para clavarme una seguidilla hardcore de partidos mundialistas. Y entre uno y otro, me tomo un ratito para escribir las reseñas de dos libros que me bajé en estos últimos días.
El tercer tomo del Captain America de Dan Jurgens es seguramente el mejor dibujado de los tres. No solamente porque el propio Jurgens le pone más pilas a su faceta de dibujante, sino porque entre los invitados hay colaboraciones fastuosas de capos como Kevin Maguire, Igor Kordey, Stuart Immonen, Lee Moder y la nunca bien ponderada dupla de mis amigos Juan Bobillo y Marcelo Sosa. También hay unas páginas de Darryl Banks (nunca entre mis favoritos) y del uruguayo Ignacio Calero, a quien vemos en un intento de clonar la estética de Travis Charest, que resulta doblemente frustrante: primero porque uno sabe que Calero tiene con qué aspirar a mucho más, y segundo porque el resultado de la clonación no es demasiado convincente. Con muchas más altas que bajas, el apartado visual de este tomo es muy notable, con una buena cantidad de imágenes icónicas, secuencias de alto impacto y páginas memorables.
Los guiones… y bueno… Jurgens tiene una sóla idea copada (una aventura contra el Red Skull y el Hate Monger) y la estira sin compasión para que dure varios episodios, cuando la podría haber liquidado en 40-44 páginas. Después te calza un Annual que va muy lento, repleto de flashbacks a la época en que los Invaders luchaban contra los nazis, un numerito muy tranqui donde se resuelve el triángulo con Sharon Carter y Connie Ferrari, y después ese extraño (y hoy cuasi-mítico) nº50, que arranca con una historia muda (acá Jurgens saca a relucir su chapa de gran narrador gráfico) y sigue con varias historias cortas, a cargo del propio Jurgens e ilustres invitados. En una de esas historias, sin decir “agua va” y sin enfrentarse a ningún villano pulenta, el Capi muere, y el libro cierra con un funeral muy bien escrito por el maestro Evan Dorkin. En este tramo que funciona como antología de relatos breves, están los mejores guiones del libro. Y sí, obviamente Steve Rogers volverá de la muerte (varias veces) y a esta serie le seguirán otras. No me acuerdo si me quedan libros del Capi en la pila de las lecturas pendientes, pero sé que eventualmente me tengo que comprar los TPBs de la etapa más reciente de Mark Waid y Chris Samnee. Por ahora, me despido acá de este ícono marveliano que tantas alegrías nos dio.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando se edita Asian Store Junkies, un recopilatorio de historias cortas escritas y dibujadas por Berliac para la revista Vice. Son ocho comedias cortitas, protagonizadas por dos pibes cuyos nombres desconocemos, dibujadas en ese estilo que nos remite al manga alternativo de los ´60 y que tan bien maneja el autor de Sadbøi.
Entre homenajes a Osamu Tezuka y Akira Toriyama y gastes a Simon Hanselmann, Kim Jong-un y Donald Trump, las historias van de la típica comedia costumbrista de “jóvenes a la deriva” a delirios épicos con ribetes alucinógenos. Berliac juega con la adicción que produce una sustancia llamada MSG, presente en un montón de alimentos y comercializada masivamente en supermercados, y la utiliza como motor de estas breves historias en las que también baja línea acerca del consumismo acrítico, el racismo y la violencia.
Si no esperás una obra profunda, relevante y filosa (como lo fue Sadbøi, con la que Berliac dejó muy alta su propia vara), Asian Store Junkies seguro te va a atrapar por el lado del humor, del desparpajo, de esa combinación entre un dibujo muy cuidado, muy pensado, y una sensación de desenfreno, de “me chupa todo un huevo” que le suma mucha onda a estas comedias limadas.
Y nada más, por ahora. Mañana espero retomar mi ritmo normal de lectura, para volver a postear pronto, acá en el blog.

domingo, 17 de junio de 2018

OTRA VEZ DOS LOPEZ

Aprovecho un ratito libre en medio de un finde bastante intenso (y frío como teta de bruja) para reseñar un par de libritos que tengo leídos.
Arranco en 2016 en Chile, donde se publica una adaptación al comic de Hamlet, el clásico de William Shakespeare, bastante extraño. No porque Hamlet aparezca tomando merca, calzado con una Glock en la cintura y garchando con botineras, sino porque el libro combina páginas de historieta (magníficamente dibujadas por Rodrigo López) con páginas en las que sólo hay texto y otras que tienen un gran porcentaje de texto, y alguna viñeta (o incluso una breve secuencia de viñetas) a modo de ilustración, o complemento. La adaptación estuvo a cargo de Marco Antonio de la Parra, y obviamente la pregunta que uno se hace es: ¿no daba para convertir TODA la obra en una historieta?.
En los tramos en los que este Hamlet se nos cuenta efectivamente como un comic, con páginas enteras pobladas de viñetas que forman secuencias, con globos de diálogo normales y demás, la experiencia se vuelve sumamente satisfactoria. López (como siempre) dibuja y colorea a un nivel altísimo, no mezquina nada en los fondos ni en las expresiones faciales y además, se da cuenta de que parte de la esencia de una obra de teatro consiste en que durante largos tramos, durante escenas enteras, los personajes se mueven poco, en torno a un decorado estático. Entonces hace lo que hay que hacer en estos casos: mover todo el tiempo la “cámara”, ofrecer encuadres distintos uno atrás del otro, sin parar, para que el lector no se aburra de ver siempre lo mismo.
Me imagino que para el lector al que apunta este libro (consumidores ocasionales de historieta que entran a una librería y se ven atraídos por la obra de Shakespeare) ese mix bizarro entre historieta y prosa no resultará un palo en el orto. Para mí, que entré a este libro por ser fan de ese historietista superdotado llamado Rodrigo López, fue bastante frustrante poder disfrutar sólo de ratos de la magia narrativa de esta bestia del Noveno Arte chileno. Ser o no ser una historieta… esa es la cuestión. Y este libro lamentablemente no la resuelve…
Me vengo a Argentina a 2017, cuando se publica Futuro Total, un libro con tres historietas del impactante Ariel López V., en las que el Matador de Mataderos escribe, dibuja, rotula y colorea en su personalísimo estilo. Visualmente esto es un festival del delirio extremo, un trip ido muy al carajo con drogas, videojuegos ochentosos, cine clase Z y comic indie norteamericano del Siglo XXI. A nivel gráfico, no tenemos muchos autores capaces de hacer lo que hace López V. en estas páginas. La estridencia en el color, el impacto en los estallidos de violencia, esas perspectivas llevadas al límite, esos ojos sin pupilas… Ariel impone su sello y, si comprás, te hacés adicto, no queda otra.
En cuanto a los guiones, la primera historia podría haber aparecido tranquilamente en la Métal Hurlant de los ´80, porque tiene ese tinte irónico, esa burla sutil a la épica del rock kilombero y transgresor, mezclada con elementos fantásticos, apuntes de sátira social y unos diálogos tan afilados como desopilantes, dignos de un sketch de Peter Capussotto. La segunda historia, la más extensa, combina el sub-género de los “jóvenes a la deriva” con alienígenas y zombies, en un roller-coaster por momentos excesivo, donde parte de la gracia (además de los diálogos) parece ser la destrucción sistemática del verosímil. Se nota y se aprecia lo mucho que se debe haber divertido Ariel haciendo estas historietas.
Y sin embargo, la que a mí más me gustó es la tercera, la más breve: Ultima Nave al Terror. Esta es una aventura de ciencia-ficción más clásica, una especie de homenaje freak a aquellos unitarios que clavaba Bruce Jones en la Zona 84, con viajes espaciales, viajes temporales, alienígenas y mutantes. Acá el esfuerzo de López V. parece estar menos concentrado en la vorágine de la acción y los chistes y más en el argumento (que es muy sólido) y en la puesta en página, un rubro en el que, sobre el final de esta historieta, pela unos hallazgos que yo nunca le había visto ni a él ni a ningún otro artista. También en esta última historia, el color baja un par de cambios y en vez de proponerse impactar se propone contribuir a los climas que conjura el guión. Posta, esas últimas 19 páginas valen lo que pagues por este libro.
Espero nuevas obras de Ariel López V. (sentado, porque sé lo que tarda este animalito en terminar una historieta) y prometo volver a postear nuevas reseñas muy pronto, acá en el blog.

miércoles, 13 de junio de 2018

NOCHE GELIDA

Estoy recontra a favor de la despenalización del aborto, aunque no tanto como para alejarme a más de 20 centímetros de una estufa y salir a la calle a cagarme de frío. Ya clavé posts ayer y anteayer, pero mañana seguro no voy a poder, el viernes ni en pedo y el sábado lo veo complicado, así que vamos con un par de reseñas hoy, que tengo tiempo y lecturas para comentar.
Arrancamos con El Barrio de la Luz, el segundo manga que produjo en su vida el maestro Inio Asano, lo cual lo hace el más antiguo de los que leí, por lo menos hasta ahora. Y no, no te pongo a El Barrio de la Luz al nivel de Solanin, pero la verdad que para ser un trabajo de un pibe que tenía menos de 25 años, es espectacular. El dibujo es particularmente asombroso, con muy poco para envidiarle a los mejores trabajos de Asano que –lógicamente- son los que vendrían después.
Lo más lindo del estilo de Asano es la forma en que integra la referencia fotográfica a sus dibujos. Eso, sumado al trabajo con los grises, le da a la faz gráfica una sensación de realismo a prueba de balas, que no se rompe cuando Asano dibuja a personajes un poco más caricaturescos, o cuando aparecen elementos imposibles como ese chofer de colectivo con cabeza de gato. La narrativa tiene algún breve momento de confusión, sobre todo cuando aparecen esos extensos bloques de texto resueltos con letra blanca sobre fondo negro, que interrumpen el fluir del relato de un modo demasiado grosero, por lo menos para mi gusto.
La primera de las cuatro historias que componen El Barrio de la Luz es un clásico slice of life protagonizado por los típicos jóvenes a la deriva, un arquetipo que Asano maneja muy bien en todas sus obras y que acá obviamente no falla. Es una historia breve, bastante ganchera, con tintes autobiográficos, porque el personaje principal es un mangaka que está empezando a insertarse en la industria. La segunda historia, ya más extensa, se centra en la relación entre una chica de escuela secundaria y un pibe que se dedica a coordinar suicidios, a asistir a los suicidas no para disuadirlos, sino para que se suiciden más rápido y de modo tal que la muerte sea más segura. Es una historia muy pensada y muy hablada, que corre el riesgo de perder un poco el interés cuando te cae la ficha de que no avanza hacia un final contundente, ni impactante.
La tercera historia sí, tiene más pasta de thriller. Sin renunciar al realismo, acá Asano mete más tensión, se zarpa más. El protagonismo recae en un malviviente que tiene un papel chiquito en la segunda historia y esta vez sí, todo avanza hacia un desenlace muy potente y para nada obvio. Y en la última historia, Asano se aventura en las procelosas aguas del realismo mágico y –sin salir del barrio donde transcurre toda la obra- mete almas reencarnadas en otros cuerpos, sueños que se mezclan con la realidad, un colectivo que levanta vuelo y un gato antropomórfico que funciona como una especie de entidad cósmica con poderes casi de dios. Muy loco y a la vez muy interesante. Tengo más mangas de Inio Asano sin leer, así que volveremos a visitarlo antes de fin de año.
Me vengo a Argentina, a 2017, para leer la adaptación del clásico Don Juan Tenorio, realizada por Alejandro Farías y Marcos Vergara, dos autores clave de la historieta argentina actual. La adaptación tiene una vuelta de tuerca muy ingeniosa: además de convertir en historieta la obra de teatro escrita por José Zorrilla, nos narra en paralelo la vida (sobre todo los infortunios) del propio Zorrilla, que en unas secuencias es autor y en otras, protagonista. O sea que Farías nos cuenta dos historias por el mismo precio: para escribir una, le alcanzó con leer el Don Juan, y para escribir la otra se nota que investigó muchísimo en la vida de José Zorrilla.
El traspaso a historieta del Don Juan está perfectamente logrado. Es una historieta con muchísimo ritmo, con abundantes diálogos y a la vez con buen margen para contar desde la acción, desde lo visual. Farías ya está muy canchero en esto de adaptar teatro a historieta y sus versiones rara vez defraudan.
La sorpresa me la dio Vergara, y por partida doble: en las secuencias en las que narra la clásica pieza teatral, el dibujante oriundo de San Nicolás lleva al grado máximo un estilo que ya insinuaba en otros trabajos, pero que acá realmente explota. Se trata de un claroscuro fuerte, sumamente expresivo, con personajes muy plásticos, cuerpos muy dinámicos y –lo más impactante- una incorporación magnífica de los grises. Vergara se enfrenta con algunas páginas muy pobladas de viñetas, algunas con mucho texto, y aún así deja todo, se prodiga en detalles impresionantes en los fondos, el vestuario, los carruajes… Todo está dibujado de modo sintético y exhaustivo a la vez.
Y en las secuencias protagonizadas por Zorrilla, el dibujante cambia de estilo y se va a una línea más abierta, aún más sintética, sin grises, casi sin manchas negras y a viñetas un poco más grandes, con menos texto, en las que los fondos aparecen sólo cuando son absolutamente imprescindibles y dibujados de modo mucho más esquemático que en la otra parte de la obra. Así es como Vergara dibuja de modo más realista la ficción (la obra Don Juan Tenorio) que la realidad (la vida de Zorrilla), algo que seguramente motivará algún sesudo análisis por parte de alguien que no seré yo (¿el terapeuta de Marcos, quizás?). En las páginas del libro conviven esos dos estilos tan distintos y en los dos se ve el talento, la solidez, la madurez de un Vergara que puede cambiar su grafismo pero no ocultar lo cómodo que se siente trabajando con Farías y poniendo su destreza como narrador al servicio de estas historias. Muy recomendable, sobre todo si (como yo) lo seguís a Vergara desde que era un promisorio militante del underground.
Trato de volver a postear el domingo, y si no, la semana que viene. Ah, aguante Argentina, que te queremos ver campeón, sub-campeón, o algo más o menos digno…

martes, 12 de junio de 2018

THE INCREDIBLES 2

Catorce años después de habernos detonado las neuronas y las retinas con aquel clásico insumergible que fue The Incredibles, el maestro Brad Bird vuelve recargado, a reincidir con una secuela que retoma a la familia Parr justo cuando la dejamos en la primera entrega.
A lo largo de casi dos horas, Bird redobla la apuesta en materia de acción, humor y despliegue visual. Cada decorado, cada iluminación, cada traje, cada diseño de cada personaje, cada movimiento de cámara, cada detalle (hasta el más mínimo) están ahí para asombrarnos y para meternos más y más en la historia. En todos estos rubros, en la música y en las voces, The Incredibles 2 te recontra-caga a trompadas. En todo caso, el problema está en el guión.
A ver… es un gran guión, repleto de momentos gloriosos para cualquier fan de los superhéroes o para cualquiera al que le guste ir al cine a divertirse con un combo de machaca y comedia. El tema es que está demasiado jugado al enigma de la identidad del villano, el maligno Screenslaver, dueño de un discurso que trata de poner en crisis el rol de los medios de comunicación de un modo punzante, filoso, interesantísimo para la reflexión. Y el misterio no se sostiene, ni a palos. Antes de la mitad de la película, yo (que soy un boludo importante) ya había deducido quién estaba detrás de las felonías de Screenslaver. No quiero dar ninguna pista, porque ver esta peli sabiendo de antemano quién es Screenslaver debe ser más amargo que 30 meses de ajuste neoliberal. Lo cierto es que me da la sensación de que cualquiera con dos dedos de frente se va a dar cuenta mucho antes de que llegue la escena de la revelación.
Si eso no te la baja un toque, la vas a pasar bárbaro, sobre todo si sos fan de Elastigirl o de Jack-Jack, que son los personajes cuyos roles más se destacan en esta secuela. La peli se mete además con dos temas muy interesantes: por un lado, el rol de la mujer en la familia y cómo se le complica al hombre hacerse cargo de tareas que tienen que ver con el cuidado de la casa y los hijos, que la mujer realiza casi de taquito; y por el otro lado, cómo y dónde se puede orquestar la reivindicación pública de los superhéroes, prohibidos a nivel global hace 18 años y considerados una amenaza para la sociedad. Si hacés el jueguito mental de reemplazar “superhéroes” por “milicos”, capaz que te vas del cine con un cagazo bárbaro.
Por afuera de los temas centrales, The Incredibles 2 te va a sorprender con un montón de boludeces y guiños copados, muchos referidos a los poderes de Jack-Jack, otros vinculados a los superhéroes “nuevos”, o en rigor de verdad, que hacen su debut en esta peli. Y por supuesto, con nuevos matices en personajes ya conocidos, como Frozone o Edna Mode, cuya voz es nada menos que el propio Brad Bird.
En medio de este océano de películas de superhéroes que venimos navegando hace varios años, The Incredibles 2 no es para nada una más. Bird conserva intacta su impronta siempre original, siempre aguda, siempre emotiva, y la estructura de Pixar está ahí para garantizar (en su vigésima película) ese nivel de calidad que trasciende la pantalla y que hace que estas producciones puedan volverse favoritas tanto de los más chicos como de uno que ya está tirando a anciano. Ojalá a Bird le pique el bichito de las secuelas infinitas y no tarde otros 14 años en contarnos una nueva historia protagonizada por la familia Parr.
Ah, como es costumbre en las pelis de Pixar, antes de The Incredibles 2 se proyecta un cortometraje, también animado. No te lo pierdas, que es una delicia.




lunes, 11 de junio de 2018

ESSENTIAL X-MEN Vol.1

Allá por el 16/11/17, cerraba una reseña con la promesa de retomar a los X-Men desde el Giant-Size nº1, de 1975, cuando debuta la formación más exitosa del grupo mutante, de la mano de dos maestros que ya no están con nosotros: Len Wein y Dave Crockrum. Con esa consigna empieza un repaso por la gloriosa colección Essential X-Men, que nos llevará hasta 1989 (más o menos) de la mano del muchachito cuasi-ignoto que heredó tempranamente esta serie cuando Wein la dejó recién iniciada, y la llevó a ser la más taquillera y relevante del mainstream superheroico durante muchísimos años. Por supuesto, me refiero a ese monstruo icónico llamado Chris Claremont. El aporte de Claremont a esta serie es inconmensurable. Okey: el que tuvo los huevos para relanzar un título tercerón, cuasi-olvidado como era X-Men en 1975, fue Len Wein. Huevos cósmicos, podríamos decir, porque en vez de especular con un equipo que incluyera a uno o dos personajes nuevos y revitalizara un toque a los que venían batallando desde los ´60, Wein subió la apuesta y metió a cuatro personajes nuevos, dos que ya existían pero no tenían mucha relación con los X-Men y uno sólo de los ya conocidos por los lectores. Hoy eso no lo hace nadie. Ni Gerard Way cuando relanzó a la Doom Patrol se animó a tanto.
De todos modos, el que se cargó la mochila, se arremangó y trabajó a sol y sombra para darle chapa a Storm, Nightcrawler, Colossus, Wolverine y Banshee fue Claremont. Nunca supe por qué casi no se esforzó por darle onda a Thunderbird, por lograr que aunque sea una parte de los lectores lo bancaran, pero sospecho que la gracia era impactar desde temprano, haciendo boleta a uno de estos nuevos héroes, como para indicarle al público que acá nadie estaba a salvo. No contento con crear el andamiaje que aún sostiene a estos personajes, Claremont hizo más sólidos, más creíbles y más poderosos al Professor Xavier, a Cyclops y más tarde a Jean Grey, y hasta tuvo tiempo para sumar (sin salir de estos primeros 25 episodios que recopila el Essential) a personajes importantísimos como Moira McTaggert, la emperatriz Lilandra, Guardian (o Weapon Alpha, o Vindicator), los Starjammers y Black Tom Cassidy. Sólo por eso, por los personajes que incorporó y por cómo desarrolló a los que creó Len Wein, Claremont ya merecería ser considerado el mejor guionista de X-Men de todos los tiempos. Ni hablar de los personajes que sumará en los próximos Essentials.
Estas primeras aventuras -además de dejar mucho espacio para el desarrollo de todos estos héroes, heroínas y villanos- tienen mucha fuerza, hay conflictos realmente potentes, sacudones imprevistos, mucha integración con el Universo Marvel, mucho respeto a la labor de los guionistas que escribían Uncanny X-Men en los ´60 y una sensación absolutamente moderna: esto es fantasía en esteroides, con sagas cósmicas, villanos zarpados, la Savage Land, monstruos locos, alucinaciones o trampas que hacen que los buenos se peleen entre ellos y toda la parafernalia de siempre… pero se nota que Claremont manejaba una sintonía muy fina con lo que pasaba en el mundo real en ese momento (1975-78), hay un tono muy contemporáneo, muy rico, que hace que estos comics hoy resulten mucho más atractivos que casi todo lo que publicaban las grandes editoriales en esa época. Por supuesto que hay unos masacotes de texto infinitos, que los personajes hablan demasiado, que te acribillan con unos globos de pensamiento que parecen El Capital de Karl Marx con las notas al pie y todo, y que cada vez que arranca un nuevo episodio te tenés que fumar que alguien recapitule lo que pasó en los anteriores. Lo que Claremont contaba en 17 páginas, hoy cualquier guionista te lo cuenta en 48. Pero la verdad es que está todo muy bien pensado, muy bien ejecutado, con un ritmo que hace que las tramas y sub-tramas generen adicción y uno se pregunte cómo mierda hacían los fans de los ´70 para leer esto de a 17 páginas ¡por bimestre!, porque hasta el nº 112 Uncanny X-Men era bimestral.
En cuanto a la faz gráfica, libres al fin de esos coloristas de lesa humanidad que masacraban a los dibujos con total impunidad, me encontré con un Cockrum que en blanco y negro se ve mucho mejor que a color y que resiste con aguante y decoro los constantes cambios de entintador. El mejor Cockrum llega cuando lo dejan entintarse a sí mismo, y cuando hablamos de este dibujante siempre subrayamos lo mismo: su infalible manejo de la narrativa y el fuerte contraste entre unos primeros planos magníficos y algunas falencias bastante evidentes cuando dibuja los cuerpos enteros.
Y cuando Cockrum tira la toalla llega la dupla devastadora: John Byrne en lápices y Terry Austin en tintas. Chau, game over. No se puede pedir nada mejor, posta. El próximo Essential está todo dibujado por Byrne y Austin, así que volveré a babearme como en aquel 17/07/11 (cuando reseñé el tomo recopilatorio de la Dark Phoenix Saga) o más, porque esta vez será en monumental blanco y negro.
La seguimos muy pronto. ¡Gracias a los amigos de Córdoba que se acercaron al Docta Comic a saludar!

miércoles, 6 de junio de 2018

DOS ANTES DE IRME

Después de casi seis meses sin moverme de Buenos Aires, esta noche me toca viajar una vez más a Córdoba, para participar del Docta Comics. Y no me quiero ir sin clavar un posteo en el blog, ya que después es muy poco probable que vuelva a postear antes del lunes. El lunes también tengo función de prensa de The Incredibles 2, así que la semana que viene, además de reseñar los libros que me baje durante el viaje a Córdoba, tendremos también reseña de la nueva peli del maestro Brad Bird.
Arranco en EEUU, en 1988, cuando el por entonces cuasi-ignoto Grant Morrison lanza una serie protagonizada por un personaje menos que tercerón, y encima con un dibujante de mediocre para abajo. En una de esas fueron las tapas de Brian Bolland las que hicieron la diferencia, lo cierto es que no fuimos tan pocos los que compramos Animal Man desde el principio… y el resto fue obra del boca a boca. Claramente, esta era la serie a recomendar, y así fuimos avivando gil tras gil, hasta que para cuando el escocés deja esta colección, ya era un hitazo, o por lo menos de culto.
Ahora me toca redescubrir estas historias en TPB y me reconforta ver lo bien que se bancaron el paso de 30 años. El dibujo de Chas Truog sigue siendo bastante insulso, aunque sin pifias demasiado groseras. Es muy fuerte el contraste con las portadas de Bolland, e incluso con el episodio que dibuja Tom Grummett, el noveno y último de este primer TPB. Pero bueno, eran los ´80, era un título al que DC no le jugaba demasiadas fichas, y de última no sé si estos guiones -con el grado de elaboración que uno percibe- necesitan de un dibujante más espectacular, más virtuoso o de mayor despliegue.
El trabajo de Morrison es realmente impecable. En los primeros cuatro números, presenta de cero a un personaje que nadie tenía en el radar, lo dota de un lindo elenco de secundarios, le da una motivación y le suma otra sobre el final del arco inicial. De paso reintroduce a otro héroe antiquísimo, también en desuso, que era B´wana Beast. Si todo terminaba ahí, era una excelente miniserie de cuatro episodios. Pero no terminó, y al toque Morrison jugó su as de espadas: The Coyote Gospel, desgarrador tributo a los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos, y además el primer escarceo con un elemento que será central en esta serie: los distintos niveles de realidad. Una historia absolutamente impactante, que en su momento me dejó perplejo, boquiabierto, estupefacto.
Después vienen cuatro episodios más básicamente autoconclusivos (uno de ellos bastante enganchado con Invasion!), donde Morrison demuestra una vez más que 22 páginas le recontra-sobran para contar una buena historia, y de paso empieza a hilvanar un par de sub-plots y a integrar a Buddy Baker un poco más al Universo DC, en la época en que este funcionaba como tal.
Entre una cosa y otra, con estos nueve episodios Grant Morrison se ganó la lealtad de un montón de lectores que dijimos “a este pibe lo sigo a todas partes” y Animal Man pasó de ser una referencia oscura y bizarra (onda los sidekicks de Guido Süller) a ser un personaje que aparecía en todas las charlas entre los comiqueros de la época. Pronto voy por el Vol.2.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando el maestro Alejandro Aguado produce una segunda versión corregida y aumentada de su biografía del General Ingeniero Enrique Mosconi, que yo nunca había leído. El dibujo marca una notable evolución respecto de los trabajos anteriores de Aguado, que ahora parece acercarse a la estética de Edgar-Pierre Jacobs y André Juillard. No del todo, claro. O sea que el trazo elegante, recontra-detallista y un poco frío de los maestros europeos todavía convive con algo del estilo anterior de Aguado, más suelto, más expresivo, y con buen manejo de las masas negras. Además en este trabajo incorpora los grisados mediante tramas mecánicas, que funcionan muy bien. Lo único que desluce un poco la faz gráfica es el texto: hay viñetas en las que los textos (diálogos y bloques) son tan extensos, que el dibujo queda muy relegado. Y viñetas en las que el texto es breve, pero el globo que lo contiene es inmenso y cobra un peso gráfico que le compite al dibujo.
Fuera de este desborde en la cantidad de texto que quiere volcar en estas 65 páginas, Aguado cumple dignamente la tarea de brindarnos un montón de información acerca de la vida y la obra del General Mosconi, de modo bastante ágil, aunque sin ocultar en ningún momento el objetivo didáctico de la historieta. Es sumamente interesante la forma en la que Aguado presenta los hechos ocurridos hace casi 100 años y logra (de un modo bastante sutil) que los vinculemos a lo que sucede hoy con la producción petrolera, el desarrollo industrial y la soberanía energética de nuestro país. Este es un libro que tranquilamente podría convertirse en texto obligatorio en los colegios secundarios de todo el país, para que los chicos entiendan de qué hablamos cuando hablamos de YPF y por qué hasta la Unión Cínica Radical (hoy aliada al neoliberalismo más apátrida y entreguista del que se tenga memoria) defiende la existencia de una empresa petrolera estatal.
Volvemos seguramente el lunes, con nuevas reseñas acá en el blog. Y si estás por Córdoba o alrededores, no dejes de darte una vuelta por el Centro Cultural España Córdoba este jueves, viernes y sábado. ¡Nos vemos!

lunes, 4 de junio de 2018

LUNES Y PUESTA AL DIA

Como suele suceder, los fines de semana o leo poco, o me da paja sentarme a escribir reseñas. Pero hoy no tengo excusas, así que ahí vamos.
Mi búsqueda de material raro del maestro Enrique Sánchez Abulí me llevó a comprar el Vol.1 de una serie llamada Kafre, que yo desconocía, pero que se publicó varios años en las páginas de El Jueves. Este primer recopilatorio (de 1993) ofrece más de 30 historietas de dos páginas cada una, todas con una misma consigna: el Padre Antón, un misionero católico apostado en la selva africana, se esfuerza por civilizar a un puñado de nativos (principalmente Kafre y Kongo) a los que la cultura y la religión cristianas no les puede interesar menos. La gracia es que Kafre y Kongo están siempre muy alzados, eternamente dispuestos a empomarse aldeanas, hembras de distintas especies animales, o bien a clavarse infinitas pajas. El contraste entre la promiscuidad de los nativos y la castidad que intenta inculcarles el cura es el núcleo de la obra, la fuente de casi todas las situaciones (obviamente humorísticas) que plantea y desarrolla Abulí en esta serie.
El padre Antón, por su parte, es un personaje complejo, muy bien estructurado. El tipo no se come ni la punta y estalla en ataques de furia bastante violentos contra estos “negros de mierda”, a los que maltrata considerablemente. El sacerdote tampoco peca de ingenuo: se manda sus propias “avivadas” y cuando no la gana, la empata. Abulí logra que en ningún momento podamos encasillar al padre como “víctima” de los aldeanos, ni viceversa, y ahí reside buena parte del atractivo de la serie. El resto de los aldeanos y los animales típicos de la selva africana también aportan buenos disparadores para el clásico humor malalechístico, grosero y políticamente incorrecto del mítico guionista de Torpedo 1936.
Y lo más grosso: todo está dibujado por el genio, el ídolo, el grandioso Julio (o Xulio) Martínez Pérez, más conocido como Das Pastoras. Imaginate una cruza entre Richard Corben y Philippe Vuillemin, y para ese lado rumbea en este trabajo el magistral dibujante oriundo de Galicia. Narrativa muy sobria, personajes muy expresivos, un trabajo de color, iluminación y texturas absolutamente glorioso y un rotulado medio desprolijo, que es lo único que desluce un poquito una faz gráfica impecable. Recomiendo bastante Kafre, tanto a los fans de Abulí como a los de Das Pastoras.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando aparece El Viaje de Nahuel, el Niño-Jaguar, una impactante novela gráfica editada a todo culo, en tamaño grande, en un libro de 168 páginas, que además de unas 130 páginas de historieta ofrece actividades, acertijos y muchísima información. El guionista es Jo Rivadulla, a quien jamás había oído nombrar, y el dibujante es Iván Zigarán (o Ziga), a quien nos habíamos cruzado el 11/12/17.
Hasta pasada la mitad de la novela, El Viaje de Nahuel no se diferencia mucho de Labyrinth, el largometraje del maestro Jim Henson. Un chico recorre un mundo mágico y extraño, donde le hablan las piedras, algunos animales y algunas plantas, sin tener muy claro a dónde va, con la remota esperanza de encontrar a la chica que le gusta. Después se suma un elemento clásico de la aventura: este pibe no es cualquier pibe, sino el elegido por fuerzas místicas que tienen que ver con la Naturaleza. Nahuel obtiene así el poder de transformarse en jaguar y liderará a estas criaturas que se le fueron sumando en una lucha contra… alguien que está dañando a la fauna de este lugar en el que transcurre la historia.
El gran hallazgo del guión es que ese mundo mágico y fantástico no es otro que Argentina y esas montañas, bosques, ríos y animales son típicos de nuestra geografía, nuestra flora y nuestra fauna. Y como se trata de una historieta claramente apuntada a lectores menores de 12-13 años, Jo Rivadulla los atrapa con las peripecias de Nahuel y de keruza les baja un montón de información sobre nuestro medio ambiente. El truco re-garpa. Vistos desde los ojos de un chico, y barnizados con toda esa pátina de epopeya fantástica, lugares como los Andes, las cataratas de Iguazú o la selva cuasi-amazónica del NOA se vuelven sumamente atractivos.
Por supuesto, buena parte del mérito le corresponde a Zigarán, que acá la rompe en un estilo más cercano al que le vimos a Gerardo Baró en las aventuras de Fede y Tomate, pero con muchos más cuadros por página, más información y más texto en cada viñeta, más elaboración en el color, más riesgos en la puesta en página y una atención por los detalles al límite de lo sobrenatural.
La verdad que la idea no era fácil de convertir en un buen guión y el guión era difícil de dibujar. Sin embargo, Rivadulla y Zigarán salieron más que airosos de esta ordalía, que les debe haber llevado décadas, siglos, milenios, eones… Gran broli para regalarle a un hijo, sobrino o mascota bípeda de 9 a 13, y de paso pegarle una leída.
El miércoles a última hora me voy a Córdoba, a participar una vez más del imprescindible Docta Comic, pero espero clavar un posteo más antes de viajar. La seguimos pronto.

jueves, 31 de mayo de 2018

SE NOS VA MAYO

Ultimo día de un mes en el que tuvimos mucha actividad, acá en el blog. Y bueno, sigo avanzando con las lecturas.
Arranco con el segundo TPB de los que recopilan la etapa de Dan Jurgens al frente de Captain America, con nada menos que 10 números de la serie regular y un Annual. Un exceso, prácticamente. Encima el propio Jurgens dibuja todo excepto el Annual y un episodio de lo mensuales, o sea que acá tenemos literales cientos de páginas dibujadas por el hombre que mató a Superman. La faz gráfica de Captain America está muy basada en lo que a Jurgens más le gusta dibujar: la figura humana en acción. Y como él mismo es el guionista, se acomoda las historias para que todas le abran la puerta a la machaca, a esa especie de danza de cuerpos musculosos que a Jurgens tanto le divierte coreografiar. Esto no lo exime de –cada tanto- mandarse alguna pifia en la anatomía, algún escorzo demasiado extremo que termina por verse torpe o bizarro. Pero en general, Jurgens combina espectacularidad con solidez y muestra ser un digno alumno de sus maestros, Neal Adams y Mike Grell. Los dos dibujantes invitados (Dave Ross y Greg Scott) al lado de Jurgens pasan vergüenza, así, sin alicientes.
Los guiones… la verdad que te tiene que gustar mucho el Capi, o la historieta de machaca palo-y-palo. Como ya comenté, Jurgens se esfuerza para que nunca le falte protagonismo a las peleas físicas que tanto le gusta dibujar. En un episodio, un supuesto villano va a juicio, el Capi está seguro de que es culpable y la abogada que lo defiende es la novia de Steve Rogers. Yo dije “Ah, bien, un conflicto de índole ética, un dilema que no se resuelve con piñas”… Bueno, a Jurgens se le ocurre una forma de resolverlo con piñas. Y patadas. Y ese escudo mágico que el Capi parece controlar con la mente. Lo más interesante es el manejo de los sub-plots, un rubro en el que este autor ya dio sobradas muestras de solvencia. Jurgens entiende muy claramente el aspecto serial del comic de superhéroes y lo manipula con mucha inteligencia para hacerlo jugar a su favor, todo el tiempo y con notables resultados. Me queda pendiente el tercer tomo, para entrarle en Junio.
Salto a 2017, a Rosario, donde el Área de Diversidad Sexual de dicha ciudad publicó en un hermoso libro a las historietas ganadoras de un concurso de Historieta LGBTI, elegidas por un jurado en el que participaron Mariela Acevedo, Diego Trerotola y el glorioso Max Cachimba. Veamos qué material eligieron:
Arrancamos muy arriba, con una historieta de Sukermercado que, con un mínimo ajuste para redondear mejor el final, se podría publicar tranquilamente en cualquier antología grossa de cualquier país del mundo. El dibujo, el color y la narrativa son excelentes, posta. Le sigue Natalia Novia, una dibujante con un trazo barroco, sobrecargado, muy sugestivo, muy atractivo. Lamentablemente perpetúa este estigma tan frecuente en las historietistas de vanguardia de hoy en día, que es no dejar espacios (o zanjas) entre las viñetas, lo cual hace que no se entienda cuándo termina un cuadrito y cuándo empieza el de al lado. Ese truquito, el de apoyar una viñeta sobre la otra sin dejar un espacio, háganlo cuando estén MUY cancheras, chicas. No en sus primeras 100 ó 200 páginas de historieta, porque es MUY difícil hacerlo bien.
Lo de Maia Debowicz y Lucas Fauno Gutiérrez tiene buenos textos, buenos dibujos y una muy buena idea. La puesta en página (sin zanjas, sin viñetas… ¡y sin fondos!) es muy rara, pero no está mal. Muy buena también la de Román Suvriano, una historieta muy profesional, sobria, bien trabajada. Quiero ver más material de este autor, al que nunca había oído nombrar. Lo de Júlia Barata no me cerró por ningún lado: el guión es la nada misma, la narrativa no existe, el dibujo no me gusta y el rotulado es espantoso.
Julia Mamone y María Ibarra nos ofrecen otra historieta con excelente dibujo, un color exquisito y una decisión arriesgada (bancar siempre la grilla de tres viñetas widescreen) que les sale muy bien. El argumento, más o menos. El texto trata de contar una historia, pero al integrarse con el dibujo esta se disuelve un poco, y todo queda en la bajada de línea militante. La Watson, otra autora incomprensible, con una narrativa confusa y un dibujo muy poco inspirado. Rescato sólo la secuencia de la última página.
Otro trabajo muy sólido es el de Gaspar Aguirre, un autor que evidentemente viene del campo de la ilustración, pero que entiende muy bien cómo funciona el lenguaje del comic y para qué sirve. Cuenta conmigo para comprar sus próximas historietas. La de Nacha Vollenweider no me gustó ni como panfleto, ni como historieta. Para mi sorpresa, no me gustó ni siquiera el dibujo, un rubro en el que Nacha suele romperla. Ese mamarracho espantoso que en la portada del libro se ve tan mal está extraído de la última historieta del tomo, la de Gonzalo Agüero, que en realidad está muy bien. El tema que toca es fuerte, la historia está bien contada, el dibujo (incluso con esa técnica bastante extrema) es muy atractivo… nada que objetarle.
El balance me da bastante favorable, como para recomendar esta antología a cualquiera que se interese por historietas que traten temas vinculados a la diversidad sexual.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 28 de mayo de 2018

CLASICOS Y MODERNOS

Como habrán notado los que siguen hace bastante tiempo este blog, yo trato de no leer historieta anterior a 1960, porque en la mayoría de los casos me resulta obvia, aburrida, medio pelotuda. Pero bueno, a veces hay excepciones. El año pasado, juntando polvo en una tumba de libros usados en Montevideo, encontré este librito editado por Dell en 1958: Beetle Bailey and Sarge, del maestro Mort Walker. Se trata del primer recopilatorio de esta tira diaria creada en 1950, que para el ´58 vivía un momento de tremenda popularidad y se expandía como una epidemia por los diarios de todo el mundo.
A lo largo de 120 páginas, el libro ofrece muy pocas tiras, todas ellas de muy buenas para arriba. La gran mayoría de las páginas consisten en chistes de una sola viñeta, sin globos de diálogo, con el texto abajo del dibujo, al estilo de clásicos del humor gráfico yanki como Trudy, Marmaduke, The Far Side, o de lo que hoy hace Diego Parés en Humor Petiso. Al publicarse un solo chiste por página, el dibujo de Walker podría lucirse muchísimo, si no fuera porque al autor lo que menos le interesaba era lucirse. Son dibujos realizados en un estilo más sintético, más rápido, menos detallado que el de las tiras diarias, siempre con esa línea elegante, fluída y muy graciosa que Walker mantuvo hasta el final, o sea, hasta principios de este 2018, cuando falleció a los 94 años.
La influencia de Walker en el humor de los diarios estadounidenses es inconmensurable, algo que queda claro al leer en este librito decenas de chistes que se repetirían milimétricamente en otras tiras de otros autores a lo largo de las décadas. El principal atractivo de estos chistes es ver al recluta Beetle Bailey transgredir sistemáticamente las órdenes y tareas que le imponen sus superiores. Tranqui, sin erguirse en un manifiesto anti-militarista, Walker dedicó casi 70 años a burlarse todos los días de las jerarquías, del verticalismo acrítico que imponen instituciones esencialmente fachas como el ejército (de cualquier país, obviamente). También hay otros disparadores para el humor, incluso el tópico recurrente de que estos muchachos tienen poquísimo contacto con chicas atractivas (y las de Walker eran MUY atractivas) y no pierden ocasión de buscar intensificar a como dé lugar ese contacto. Hoy, el varón alzado que juega el rol de “depredador de minitas” no causa gracia, pero en 1958 esto era (además de muy gracioso) bastante picante para los diarios que estaban al alcance de los niños.
Y bueno, yo quería tener un librito de Beetle Bailey y de pedo conseguí el primero, el más antiguo, el que tiene todos esos chistes que probablemente hayan sido pensados especialmente para esta edición, no para los diarios, donde Walker entregaba tiras de varias viñetas. Un hermoso hallazgo.
Salto brutal a Argentina, 2017, para hablar un poquito de Megaverso, un libro con una calidad de edición impecable, asombrosa, en cuyas páginas me encuentro con dos historias escritas por Areka Sadaro (ya me lo había cruzado en alguna antología) y dibujadas por Valentín de las Casas, a quien no conocía.
El dibujo de Valentín es raro, anatómicamente incorrecto, con un filo muy moderno, muy interesante. Imaginate a un autor con un trazo tipo Brian Ralph, o el James Kochalka menos brutal, que empieza a mutar primero hacia James Stokoe y después hacia Pablo Túnica. De hecho, la paleta de colores es esa, la de Stokoe y Túnica. Extraño, no? Pero narrativamente garpa y visualmente me fue cerrando con el correr de las páginas.
Los guiones… ahí me encontré con más complicaciones. La primera, Los Límites, tiene un planteo muy atractivo y una ambientación muy original, muy interesante. Pero era obvio que a Areka Sadaro no le iban a alcanzar 25 páginas para llevarla hacia un final armónico, lógico, que no sonara abrupto ni dejara muchas puntas sin explicar o sin aprovechar al máximo. La segunda, Super Roboto Ya!, me gustó más porque es más sencilla en su planteo. También son 26 páginas, también deja bastante por explorar, pero está más jugada a la comedia. La trama es chiquita: Alex Master, integrante de un equipo de sentai que se integran para formar un mega-robot, está medio harto de ese equipo y quiere tener su propio mecha, para vivir aventuras solistas, por fuera del mega-robot grupal. Todo lo demás es una acumulación de personajes desopilantes, bizarros, pintorescos, y diálogos muy graciosos, en los que el guionista se florea metiendo en boca de Alex y el resto del elenco las expresiones argentas más cómicas que te puedas imaginar. Ya es cómico de por sí ver que personajes del futuro que manejan robots gigantes hablen como si vivieran hoy en González Catán. Y las situaciones, además, aportan también su cuota de delirio y humor. O sea que Super Roboto Ya!, sin ser una genialidad, se deja leer con gusto.
Banco mucho que sigan apareciendo guionistas así, raros, inclasificables, capaces de crear mundos locos mezclados con fuertes rasgos de identidad argenta, y dibujantes medio alienígenas, con una impronta gráfica atípica y 100% personal.
Ni bien tenga más libros leídos, nos reencontramos acá en el blog.

sábado, 26 de mayo de 2018

HERMOSA NOCHE

Hermosa noche para salir de joda, pero antes, un poquito de crítica de comics, para no perder el training.
La Luna al Revés es una novela gráfica del maestro Blutch, publicada en 2014 en Francia y en 2016 en España. El dibujo, ni hace falta decirlo, es majestuoso. Blutch dibuja menos fondos que en otras obras, pero los motivos para omitirlos son legítimos, y cuando de hecho los dibuja son estremecedores. El color es raro, plano, sin estridencias… no sé si me cerró demasiado, creo que me hubiese gustado más esto mismo en blanco y negro. De todos modos se disfruta a full el inmenso trabajo de Blutch en materia de expresiones faciales, lenguaje corporal, detalles alucinantes en la ropa y los peinados… Visualmente esto es una exquisitez.
El guión es MUY raro. Blutch ambienta la historia en un contexto de ciencia-ficción, donde el comic parece ser el principal entretenimiento popular y masivo, al punto de que la inminente aparición de un álbum de historietas tiene en vilo no sólo a la industria editorial, sino a verdaderas hordas de consumidores. Es un mundo extraño, con avances tecnológicos bizarros, que a Blutch no le interesa demasiado explorar ni mucho menos explicar. El núcleo de la trama, lo que la hace realmente atractiva, gira en torno a esta relación, esta tensión (exacerbada por el contexto imaginado por el autor) entre arte e industria. El éxito comercial vs. la realización personal es el clivaje que atraviesa a los protagonistas y marca los vínculos entre ellos y con sus entornos. En este sentido hay diálogos muy interesantes y situaciones muy extremas, muy “over the top” que se llevan puesta la verosimilitud de la historia… cosa que no creo que a Blutch le preocupe demasiado, porque –como ya dije- ambienta el relato en un contexto repleto de elementos futuristas descabellados.
Lástima que hace una de más: sin ninguna explicación, uno de los personajes centrales aparece desdoblado entre su yo de los 20-25 años y su yo de los 46 años. Las dos versiones de este mismo tipo no se encuentran nunca cara a cara, pero otros personajes los conocen a los dos, e interactúan indistintamente con ambos, sin plantearse en profundidad cómo carajo pueden coexistir el Lantz joven y el Lantz maduro. Las excentricidades sociales y tecnológicas se pueden rastrear a obras literarias de Aldous Huxley, de George Orwell, de los que quieras. Pero la del personaje desdoblado en dos parece uno de esos caprichos de David Lynch que sirven para desconcertar a los espectadores y no mucho más. De todos modos, es un relato atrapante, que te involucra, te genera entusiasmo y al que no le faltan las escenas fuertes y memorables.
Allá por el 29/12/16 me tocó reseñar el primer libro de El Esqueleto (hasta ahora, el último trabajo de Salvador Sanz) y hoy finalmente le entré al segundo. Nada, muy poquito. Son 64 páginas de historieta, casi perdidas entre un libro de más de 80, repleto de carátulas, bocetos y material que no hace al desarrollo ni al disfrute de la historia. Lo más decepcionante es lo poco que pasa en esas 64 páginas de historieta. Sanz narra casi en cámara lenta, casi tratando de que la trama no avance nunca. Para cuando llega el final, uno ya se olvidó de que es una historieta de aventuras, porque hace mil páginas que se terminó la machaca y que el clima viró (sin previo aviso) para otro lado. Antes de cerrar, Sanz nos regala una escena imponente, emotiva, casi poética… cuya belleza empalidece frente a la cantidad de elementos que planteó en el guión (de este libro y del anterior) y quedaron sin resolverse.
La primera parte me había dejado con gusto a poco, porque era el primer pedazo (la primera feta) de una historia que no llegaba ni cerca de un final. Daba la sensación de ser el primer tercio de una obra y no, fue la primera mitad. Por eso esta segunda mitad también deja gusto a poco, porque da la sensación de que faltan otras 64 páginas para empezar a cerrar la historia. El planteo del argumento tiene fuerza, es realmente rico, ganchero… pero si estas primeras 130 páginas son las únicas, la verdad que esa riqueza va a quedar a medio explotar.
Por suerte son 130 páginas dibujadas con infinitas pilas por un talento notable, infrecuente, como es Salvador Sanz. Estamos hablando de un dibujante con un manejo extraordinario de los planos, de los enfoques, de la anatomía, de la iluminación, de los fondos, del diseño de personajes y criaturas, de la aplicación de los grises… Un monstruo, realmente. Ojalá su próximo trabajo retome ese sendero de gloria que había iniciado hace unos años con esa maravilla llamada Angela Della Morte.
Y esto es todo por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 23 de mayo de 2018

NOCHE FRESQUITA

Sigo avanzando con las lecturas y ya tengo algunos libros más para reseñar.
Arranco con Rakshassas y Kinnara, impronunciable título que reúne dos novelas gráficas de la dupla insumergible. Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena recrean la estética y la mitología de la India en dos relatos de un género al que me animo a ponerle el rótulo de Falsa Aventura. Con el tiempo, después de mucho leerlos, me cae la ficha de que lo que hacen Mazzitelli y Alcatena es Falsa Aventura. Son historias en contextos fantásticos, con imperios poderosísimos, héroes corajudísimos, mujeres hermosísimas, monstruos malísimos, dioses retorcidísimos… en las que nada de esto es lo realmente importante.
Yo siempre criticaba el hecho de que los héroes de Mazzitelli transpiran poco la camiseta, que le ganan muy fácil a ese villano que era el más invencible, a ese monstruo que era el más tremendo, a ese dios que era el más omnipotente… Pero con el tiempo entendí que eso no es lo que a Mazzitelli le interesa contar. Lo suyo es narrar historias atemporales, a veces fábulas con moraleja, centradas en temas profundos, que van mucho más allá de las peripecias: son historias de amor, de lealtad, de ambición, de fatalidad, de aprendizaje, donde entran en juego valores mucho más fuertes que las espadas, los ejércitos y los talismanes. Que haya héroes y villanos, que cambien de mano reinos, mujeres hermosas y objetos mágicos, es un detalle. Es el barniz, el make-up que el guionista le pone a la historia para que un editor lo publique y un montón de gente lo compre. Pero la gracia es –mirá cuándo me vengo a dar cuenta- descubrir de qué nos quiere hablar Mazzitelli en cada historia, qué mensaje nos quiere transmitir, qué línea nos quiere bajar. Son lecciones de vida, reflexiones, sentencias contundentes, disfrazadas de Falsa Aventura.
Todo esto, obviamente, con la complicidad de un Alcatena que no desaprovecha jamás la oportunidad de desplegar su talento y su magia, con ese plumín endemoniado que engendra mundos y criaturas saga tras saga, sin repetirse y sin soplar. En estas dos historias, Quique se luce con unos palacios, unos templos y unos dioses majestuosos, en unos dibujos generosísimos en detalles increíbles y a la vez sumamente funcionales al clima y al ritmo de las tramas de Mazzitelli. Hermoso libro, sumamente recomendable, incluso como punto de entrada al universo de la dupla para aquellos y aquellas que todavía no se le animaron.
Hace un par de meses (más precisamente el 20/03/18) me tocó reseñar un librito de historias cortas de Berliac, y ahora me interné en su novela gráfica más extensa: la asombrosa Sadbøi. Como en Desolation.exe, me encantó ver a Berliac tan afianzado en este estilo cercano al gekiga de los ´50 y ´60, con los personajes dibujados con un grafismo simple, muy expresivo, contrapuestos con paisajes, edificios y animales trabajados en un estilo mucho más realista, con un notable despliegue de texturas y un manejo extraordinario de las tramas mecánicas.
Pero lo que más me impactó es la historia, el ritmo, la profundidad, la cantidad de elementos que Berliac pone ahí con el objeto de hacernos pensar, de generarnos emociones nuevas, distintas, incluso contradictorias. ¿Qué es el arte? ¿Qué es el delito? No son fenómenos físicos, son convenciones sociales. Y Berliac se aferra a esa idea para urdir una trama que avanza y retrocede, que se enriquece con cada flashback, con cada diálogo e incluso con cada silencio. No quiero contar nada para no spoilear, pero sí subrayar que la construcción del protagonista es impecable, el resto del elenco se la re-banca, el conflicto es sumamente atractivo y la resolución no defrauda en lo más mínimo.
Sadbøi es un comic para adultos sincero, fuerte, de gran calidad, repleto de matices, de zonas grises, de ambigüedades de todo tipo. Una historia por momentos triste, donde pesan el desarraigo y la falta de oportunidades, por momentos intensa y vertiginosa, y por momentos condimentada por certeras pinceladas de comedia. Lo banco fuerte.
Y cerramos con una breve mención para Mutant Boyz, un nuevo trabajo del chileno Marko Torres (vimos el anterior el 05/09/17) que felizmente se publica en Argentina. Se trata de una novelita gráfica breve (46 páginas con pocas viñetas por página), cuyo único defecto es que se lee muy rápido. La historia es dinámica, ingeniosa, no toma por idiota al lector (incluso cuando está claramente apuntada a chicos de 8 a 10-11 años), los personajes tienen muchísimo carisma y el dibujo es impactante, simple, muy en sintonía con los dibujos animados actuales… o de los últimos 25 años, ponele.
Ojalá tengamos pronto nuevas aventuras de los Mutant Boyz, o por lo menos que se sigan editando de este lado de la cordillera las obras de Marko Torres. Estamos ante un autor cuyo trabajo corre los límites y enriquece definitivamente el panorama actual de la historieta infantil. Brígido, o cuático, diría un chileno.
Volvemos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 21 de mayo de 2018

DOS DE TRASNOCHE

Otra vez se me acumularon un par de libros leídos, y bueno, sin más prologómenos procedo a reseñarlos.
Empiezo con el Vol.1 de Your Name, un manga romántico escrito por Makoto Shinkai y dibujado por Ranmaru Kotone. En general, no me atrae el manga romántico, pero este venía muy recomendado, me sedujo el tema de que hubiera una dupla guionista-dibujante y la verdad que los dibujos están buenísimos. El problema es que después de mirar un toque los dibujos se me ocurrió leerlo.
En realidad no es que sea “un problema”, no estamos ante una bazofia execrable ni mucho menos. Pero… ¡es el argumento de Freaky Friday! El famoso plot del traspaso de una mente a un cuerpo que no es el suyo que sucede simultáneamente en dos personas, y cada una empieza a alterar drásticamente la vida de la otra cuando “posee” el cuerpo que no le corresponde. Eso lo vi en películas, en series, en comics (me acuerdo de Superior Spider-Man)… Es un argumento que de novedoso tiene poco y nada, como el neoliberalismo de equitativo o el macrismo de transparente.
Por supuesto, el argumento está ahí para sostener un guión, y el guión combina aciertos y torpezas. Lógicamente a Makoto Shinkai se le ocurre poner en juego elementos que no vimos en otras historias al estilo Freaky Friday y algunos me resultaron ingeniosos o copados. El contrapunto entre el pueblito agreste en las montañas y la gran ciudad, por ejemplo, le funciona muy bien. Se trata de un manga de tres tomos, con lo cual los autores no tienen apuro en explicar las causas de este switch entre la adolescente del pueblito y el joven de la ciudad, ni en aclararnos qué vínculo existe entre ellos como para que sean los elegidos para protagonizar este extraño fenómeno ¿mágico?. Pero la verdad es que el final del Vol.1 cierra en un punto en el que ciertamente la historia podría terminar (dejando abiertos un par de interrogantes, claro). Sumémosle el hecho de que en general (con la eternamente repetida excepción de Bakuman) los mangas protagonizados por colegialas me tienen los huevos al plato y la respuesta es no. Muy lindo el trabajo de Ranmaru Kotone, pero no te compro ni a palos los dos tomos que me faltan.
Vamos con La Guarida del Gusano Blanco, un libro en el que el guionista Armando Fernández y el dibujante Sergio Ibáñez adaptan al comic tres relatos del siempre vigente Bram Stoker. La Virgen de Hierro y La Joya de las Siete Estrellas son historietas cortitas, bien efectistas, un poco obvias para cualquiera que haya leído muchos números de Creepy. Mucho clima oscuro, un avechucho que se pasa de vivo, y finalmente un castigo sobrenatural para la codicia o la crueldad desmedidas. Nada nuevo bajo el sol.
Por suerte Fernández e Ibáñez se toman 48 páginas para adaptar La Guarida del Gusano Blanco, y ahí sí, hay margen no sólo para conjurar un clima espeso, ominoso, más tétrico que una economía tercermundista en manos del FMI, si no también para más desarrollo de personajes, para más vueltas de tuerca que te desorientan, que te hacen suponer que la historia va para un lado cuando en realidad va para otro. Eso hace que incluso un guionista a mi juicio muy limitado como Armando Fernández mantenga el interés del lector a lo largo de toda la obra, incluso cuando hay páginas groseramente sobrecargadas de globos de diálogo interminables, que quizás en una novela queden bien, pero en una historieta te dan ganas de pegarte un corchazo.
La historia de Stoker tiene un problema grosso, que es el final. No hay forma de que Adam (el protagonista) liquide a ese mega-monstruo gigantesco con poderes místicos tremendos con sólo arrojarle un hacha. Sos un tipo común y corriente, en tu vida te enfrentaste a una criatura sobrenatural, decís todo el tiempo que no creés en mitos ni leyendas fantásticas… y de pronto se te viene al humo un híbrido entre Godzilla y una formación del Sarmiento, blanco, con cientos de dientes… Ni se te ocurre mirar al piso a ver si ves un arma para tirarle. Vomitás, te meás, te cagás, te desmayás, o te da un bobazo, de una. Cero chances de hacerle un aguante. Y sí, ese WTF?!? del final logra deslucir bastante los méritos de una trama que hasta ese punto me había cautivado.
El dibujo de Sergio Ibáñez me gustó bastante. Como en todo relato de terror decimonónico, se filtra esa impronta tan típica del maestro Horacio Lalia, especialista en adaptar a la historieta los cuentos fantásticos de los grandes escritores cuya obra entró al dominio público. Pero por suerte Ibáñez no se queda en seguirle los pasos a Lalia: también pone mucho de su propia cosecha, y por momentos pela recursos que me hicieron recordar los grandes trabajos de Barry Windsor-Smith. Lo que más llama la atención, sin embargo, es el tratamiento de los grises que propone Ibáñez, con una cantidad de matices impresionante, que le permiten lograr una enorme variedad de efectos de iluminación, que a su vez son importantísimos a la hora de acompañar los climas que sugieren los textos de Stoker. Un trabajo sólido, sobrio, quizás superior a la media de lo que produce Ibáñez para las antologías italianas de la editorial Aurea.
Si sos fan de Bram Stoker y ya leíste la suficiente cantidad de adaptaciones al comic de Drácula, muy probablemente te enganchen estas reversiones de otros relatos clásicos del seminal escritor irlandés. La edición está muy cuidada, con un papel de primera y una muy buena introducción del siempre afilado Ariel Avilez.
Y hasta acá llegamos. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 18 de mayo de 2018

MUY LINDO VIERNES

Ahora se largó a llover, pero hasta hace un rato tuvimos un día sumamente agradable acá en Buenos Aires, y en mis viajes por la ciudad aproveché para liquidar un par de libritos más.
Arranco en 2012, cuando Alan Moore y Kevin O´Neill ponen fin a Century, la trilogía de la League of Extraordinary Gentlemen cuyas dos primeras partes vimos recientemente en este espacio. Ambientada en 2009, esta tercera parte de la saga es la más rara de las tres. Es un comic claramente crepuscular, en el que los 40 años transcurridos desde el episodio anterior han sido realmente funestos para los protagonistas (tres personajes que, por distintos motivos, no mueren ni envejecen), que ahora están baqueteados, cansados, hechos mierda, más desfasados que nunca con la época en la que les toca vivir. En este último tramo, la acción pierde por goleada frente a otros temas que a Moore le interesa explorar, básicamente los cambios en la sociedad, el retroceso de aquella Londres luminosa y efervescente de 1969 a una versión oscura, desangelada, con menos onda que el batero de U2.
Por las calles de Londres (donde transcurre el grueso de la novela), Moore y O´Neill nos invitan a cruzarnos con decenas personajes de ficción, de los cuales por supuesto reconocí a muy pocos. Pero se hacen sentir las presencias de criaturas tomadas de tres mitologías surgidas en el Reino Unido que hoy gozan de gran popularidad: la de Harry Potter, la de James Bond y la de Dr. Who. De hecho, cuando finalmente Mina y sus adláteres confrontan con el Anticristo (cuyo nacimiento intentaron impedir en los tomos anteriores) este tiene los rasgos de… nah, mejor no te lo cuento. Y cuando queman las papas y nada de lo que hacen los héroes alcanza para evitar la hecatombe, aparece sin ninguna explicación otro personaje ficticio de raíces británicas: una especie de Mary Poppins hiper-poderosa, que resuelve todo muy rápido y a la que Moore ni se calienta en explicar.
Otra vez hay canciones metidas en el medio del relato, esta vez cantadas por los propios protagonistas, como para enrarecer más el clima. También hay un epílogo (las últimas tres páginas) hermoso y conmovedor, algo de sexo, algo de droga, algo de rockanrol, finas pinceladas de mala leche, una atmósfera de amargura y desolación, y la sensación de que estas tres novelas de 80 páginas se podrían haber sintetizado en una sola, de 160, ponele.
Pero por sobre todas las cosas, hay 80 páginas más nacidas del lápiz insuperable de Kevin O´Neill, un narrador gráfico descomunal, uno de los artistas que mejor combinan el virtuosismo en el dibujo con el talento en la composición de las viñetas, en el armado de las secuencias, en la creación de los climas, en el cuidado en los fondos, repletos de detalles fascinantes, de referencias que andá a saber si estaban en los guiones que le entregó el Mago. Los pocos personajes que llegan al final de Century terminan tan castigados, que no se me ocurre qué pueden llegar a hacer con ellos Moore y O´Neill en la próxima saga. Pero obviamente voy a estar ahí para averiguarlo porque estos dos monstruos siempre tienen un as bajo la manga y son garantía de historietas fuertes, cautivantes y pensadas para hacerte pensar.
Salto a 2017, cuando en Argentina se publica Pipo y Bartolo, una novela gráfica apuntada al público infantil, a cargo de Guido Barsi (de quien me tocó leer dos historietas el año pasado) y Darío Reyes, un dibujante correcto, prolijo, que trabaja en una línea cercana a la de Pier Brito. A lo largo de unas 50 páginas a todo color, el dibujo de Reyes acompaña sin sobresaltos al guión, sin tirar magia, sin asumir riesgos y sin obstaculizar el fluir del relato. Detalle no menor, ya que al tratarse de una obra apuntada a los chicos, es de vital importancia la claridad y la fluidez en la narrativa.
En todo caso, el que asume riesgos es el guión de Barsi, que plantea una intrincada paradoja temporal, con viajes en el tiempo y personas que se encuentran cara a cara con la versión futura (o pasada) de ellos mismos. Esto no resulta para nada confuso, cualquier pibe de ocho o nueve años lo puede entender de manera clara, casi automática. La resolución del conflicto central es un poco simplista, pero bueno, me parece que la idea del guionista era no prodigarse en escenas violentas. Y sí, suena todo bastante inverosímil, pero estamos hablando de viajes en el tiempo, de un perro que habla y de una mochila que funciona como un anillo de Green Lantern.
Lo único que no me terminó de cerrar son los chistes: casi ninguno me causó la menor gracia. Barsi adorna la trama con pinceladas de humor tanto físico como verbal (como indica ese manual infalible que escribió Hergé en las aventuras de Tintín) pero por lo menos en mi caso, no lograron el efecto deseado. De todos modos, se valora el esfuerzo de crear una aventura para chicos que toca un tema interesante, que no se queda en la peripecia pavota y que apela a recursos copados de la ciencia-ficción.
La seguimos la semana que viene. Grazie per tutti y buen finde.

miércoles, 16 de mayo de 2018

TRIPLETE DE MIERCOLES

Con los días que pasaron desde la última vez que reseñé comics, tendría que tener más de tres libros leídos, pero no pudo ser. El obstáculo fue, precisamente, un comic, que a priori parecía una lectura livianita, para devorarse las casi 350 páginas en un par de horas, pero resultó una lectura ardua, complicada, por momentos muy frustrante, que me obligó a frenar muchas veces, incluso sin la certeza de juntar el aguante para llegar al final.
Me refiero a la edición argentina de Ghost in the Shell, el manga que allá por 1990 consagró a Masamune Shirow. La edición de OVNI es preciosa: me encantaron el tamaño, el papel, las sobrecubiertas, la calidad de la impresión… hasta la traducción (más allá de algún diálogo que suena poco natural al oído argento) se me hizo sumamente aceptable. El dibujo de Shirow es una exquisitez, por supuesto muy influenciado por Hayao Miyazaki y en menor medida por Katsuhiro Otomo, pero realmente excelente. En las páginas a color, el placer estético se multiplica aún más, y el mangaka tira una magia digna de esos autores europeos que sólo entienden la historieta a todo color y manejan unas técnicas alucinantes.
Los problemas están en otro lado. Yo nunca había leído Ghost in the Shell: había visto la adaptación animada (dirigida por el inmenso Mamoru Oshii), pero no me acordaba nada. Bah, me acordaba algo muy difuso, demasiado distinto a lo que leí en el manga. Acá me encontré con guiones realmente ilegibles. La cantidad de texto, la cantidad de viñetas por página, la cantidad de información (verbal y visual) que Shirow pretende meter en cada página, hacen de este manga una especie de infierno. El dibujo está tan sobrecargado que resigna buena parte de su función narrativa y en un punto conspira contra el fluir del relato. Esos globos gigantescos, en los que los personaje mandan textos que parecen monólogos de Enrique Pinti, esas viñetas microscópicas en las que Shirow los dibuja en versiones super deformer… Obstáculos y más obstáculos para esa lectura ágil y dinámica que uno asocia con el buen manga.
Me parece que el principal problema es que el autor inventó un mundo complejísimo, lleno de detalles fascinantes que tienen que ver con la tecnología, la política, la sociedad, incluso la sexualidad… Shirow (como los buenos autores de ciencia-ficción) se aferró al futuro para hablar del presente y desarrolló un marco impresionante, pero no lo supo amalgamar con un manga de aventuras y espionaje salpimentado con algo de comedia y sutiles pinceladas de erotismo. Felizmente en el último tercio de la obra los guiones mejoran un poco, el dibujo se suelta un poco más, hay menos viñetas por página, menos densidad de texto (¡esas notas al pie, la puta madre, me quieren dejar ciego!), hasta que llegan esas 10 ó 12 páginas previas al epílogo, donde Shirow vuelve a derrapar hacia el exceso. En fin, me gustó tanto el dibujo, que si me recomiendan alguna otra obra de Shirow donde los guiones sean menos torpes, menos sobrecargados, casi seguro le entro.
Breve glosa para el Vol.8 de Escuela de Monstruos, siempre dibujada como los fuckin´dioses por ese animalito salvaje (domes-
ticado por obra y gracia de sus años en la revista Billiken) que es El Bruno. Este tomo no tiene un gran guión, me quedó claro de movida, pero mantiene la gracia en los diálogos y es importante a futuro, porque acá pasa lo que el principal villano de la serie viene planeando hace un montón de tomos: finalmente Maligno captura a los monstruitos para exhibirlos en un circo de freaks. Y si bien al final (lógicamente) le sale todo mal y ganan los buenos, es probable que esta aventura sirva para replantear el rol del villano, o para eliminarlo de la serie y que aparezcan otros. Veremos qué tiene pensado El Bruno para mantener atrapados a sus hordas de fans de todas las edades.
Y cerramos con Legado de Sombras, otra novela gráfica de autores argentinos publicada en 2017, esta vez con guión de Gastón Flores (habitual colaborador de Términus) y dibujos de Pablo Ayala (a quien vimos hace un par de años en la antología Purple Comics). Se trata de una obra muy jugada a los climas, que transcurre casi toda en una única locación (por momentos uno parece estar viendo una obra de teatro) y a la que le falta acción. Los personajes hablan muchísimo (en el epílogo hay tres páginas brutalmente sobrecargadas de globos eternos) y hacen muy poco. Flores no encontró la forma de darle a la historia una impronta más visual, le faltaron recursos para contar con imágenes (no con diálogos) todo este asfixiante conflicto entre la joven Tessa y sus poderosos ancestros. Así es como una idea que a priori tenía bastante atractivo se va disolviendo, se diluye entre esas escenas donde sólo hay gente que se amenaza, se enrosca o se explica cosas.
Las pocas viñetas en las que predomina la acción no están debidamente enfatizadas por el dibujo de Ayala, a quien obviamente le queda más cómodo lo otro, la construcción de una atmósfera ominosa que le agregue misterio y ambigüedad al relato. Ayala maneja un estilo de realismo fotográfico, combinado con una muy buena técnica de retoques y color digital para las fotos que toma como referencia. En sus mejores momentos, me recordó a los dibujantes de estilo pictórico que se pusieron de moda en EEUU a fines de los ´80 y principios de los ´90 y no, Ayala no está cerca de ser el nuevo Kent Williams, George Pratt o Jay Muth, pero si le pone pilas a ese camino (y no cede a la tentación de convertirse en un triste Juan Carlos Flicker), es probable que llegue en unos años. Me gustaría ver nuevos trabajos de este artista y sí, tengo otra obra escrita por Gastón Flores en el pilón de los pendientes, así que pronto volveremos a hablar de él.
Como siempre, hasta acá llegamos por hoy y volveremos pronto, ni bien tenga nuevos libros leídos y listos para ser reseñados acá en el blog. Gracias por estar.