el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 17 de mayo de 2019

MAÑANA DE VIERNES

Es raro escribir reseñas un viernes a la mañana, pero bueno, es lo que hay…
Sigo leyendo álbumes de Spirou que nunca había leído pego un salto de 30 años, que son los que pasaron entre El Viajero del Mesozoico (1960) y Spirou y Fantasio en Moscú (1990). Acá me encuentro con Tome y Janry, la dupla que revitalizó la serie allá por 1983, ya afianzadísima y en un nivel altísimo, con muy poco que envidiarle a los mejores álbumes de André Franquin.
Lo único que le puedo criticar a esta aventura en Moscú es que no deja margen para desarrollar a los personajes. Es tanto lo que pasa, se acumulan tantas peripecias en apenas 44 páginas de historieta, que Tome y Janry no encuentran espacio para la pausa, para salir un poquito del ritmo frenético que impone la trama y entrar en la psiquis de los personajes para ahondar un toque en sus motivaciones, sentimientos, etc. Pero bueno, también tengo claro que estas son aventuras infanto-juveniles de hace casi 30 años, en las que la profundidad psicológica de los personajes no era para nada lo que venían a buscar los lectores.
Fuera de eso, sólo tengo palabras de elogio para Spirou y Fantasio en Moscú. Me atrapó totalmente el ritmo, sentí que los héroes realmente corrían peligros grossos; me causó mucha gracia la forma farsesca en la que (al mejor estilo René Goscinny) los autores nos presentan a esa Unión Soviética en plena desintegración como si fuera casi otro planeta, con énfasis (y chistes) en todos los sitios, costumbres y vicios que caracterizan a los moscovitas; y por supuesto aplaudo los huevos para tomarse 100% en joda esa especie de epílogo de la Guerra Fría, en la que los roles de la KGB y las agencias de inteligencia de Europa y EEUU empiezan a resultar más confusos, más ambiguos y por ende más fértiles para generar enredos y situaciones cómicas.
El dibujo es excelente, muy bien complementado por la paleta (adusta, opaca) de Stephane de Becker, y totalmente funcional a la narrativa. Esas dos páginas en el teatro Bolshoi merecen ser contadas en forma de dibujo animado, porque Tome y Janry les pusieron esa dinámica, esa lógica, esa plasticidad, que impactaría mucho más combinada con música y movimiento. Habrá más Spirou de Tome y Janry muy pronto.
Me vengo a Argentina, a 2019, para leer el Mío Cid, el clásico fundacional de la literatura castellana ahora reversionado por el incansable Alejandro Farías y un dibujante al que nunca había oído nombrar: Antonio Acevedo, un joven de apenas 29 años oriundo de San Juan. Me hice fan al toque de Acevedo, me alcanzaron estas 64 páginas para ponerlo entre los autores argentinos a los que hay que seguir de cerca. Le encontré una sola falla (que también se le puede atribuir a los editores, no sólo al dibujante), que son algunas viñetas en las que están mal colocados los globos de diálogo. Esto hace que uno los lea en desorden y las conversaciones no tengan sentido. Son tres o cuatro, nomás, pero no tendría que suceder. El resto, un lujo tanto en el aspecto narrativo como en el visual, con un combo devastador entre el dibujo tipo Batman Animated (la estética creada por Bruce Timm y continuada por Ty Templeton, Brad Rader, Dev Madan, etc.), la impronta más angulosa de Segundo Moyano, una aplicación de grises exquisita, y el despliegue kilombero de David Rubín o Jim Steranko, en esas páginas dobles dedicadas a las estremecedoras batallas del Cid.
El trabajo de Farías también me resultó muy satisfactorio. El autor no cae en la tentación de recontar la saga del Cid como si fuera una aventura del Siglo XXI, sino que respeta ese clima más protocolar, más pausado, de los relatos medievales. Y además no nos agobia con información innecesaria, le encuentra la duración exacta a cada escena, maneja los recursos idóneos para resaltar bien los conflictos y sabe cuando “callarse la boca” y dejar que sean los dibujos de Acevedo los que lleven adelante la narración. La única decisión que no comparto mucho es la de suavizar demasiado el horror de la afrenta de Corpes. Farías y Acevedo eligen con buen criterio no mostrar en detalle los ultrajes a los que son sometidas las hijas del Cid, pero cuando nos muestran a las jóvenes post-violación, están atadas a los árboles, con tajos y heridas… y la ropa puesta. Un disparate.   
Fuera de ese detalle menor, Mío Cid es una excelente adaptación, que transmite la epopeya de Rodrigo Díaz de forma muy accesible, muy dinámica, como para que cualquier lector de aventuras se pueda enganchar y disfrutarla a pleno. Y además nos brinda la posibilidad de sumar a nuestra biblioteca la primera obra importante de Antonio Acevedo, destinado a generar muchos hitazos más.

Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 15 de mayo de 2019

THE BEST OF WONDER WART-HOG

Y me terminé, por fin, el mamotreto de más de 460 páginas con el que estuve yendo y viniendo durante días y días.
Hace casi nueve años, el 21/05/10, le dediqué la reseña de ese día al mega-broli que recopila TODO lo que hizo el maestro Gilbert Shelton con los Freak Brothers. En esa misma colección apareció (en 2013) este tomo donde se reedita lo mejor de Wonder Wart-Hog, la brutal parodia a los superhéroes creada por el ídolo allá por 1962 y continuada (con intermitencias) hasta el día de hoy.
Dos detalles para criticar de esta tremenda edición de Knockabout: 1) hubiese estado bueno que el material respetara el orden cronológico en el que lo realizó Shelton, y 2) también hubiese estado bueno agregar la info de años y publicación en la que aparecieron por primera vez cada una de estas historietas. El resto es todo alucinante, desde el diseño hasta esas 32 páginas a todo color que vienen en el medio del libro.
A lo largo de estas 464 páginas, recorremos varias décadas y vemos evolucionar muchísimo a Gilbert Shelton, no sólo a nivel dibujo (empieza como un clon dubitativo de Sergio Aragonés y para fines de los ´60 ya es una bestia fuera de toda escala), sino también a nivel de los temas que le interesa tocar. Wonder Wart-Hog arranca como una obvia sátira a Superman, con jodas que giran en torno al secreto de la doble identidad, los superpoderes, los villanos estrafalarios… pero rápidamente empieza a cuestionar el lado ético del asunto, la motivación del héroe, su altruismo, su relación con las autoridades, incluso su condición de freak, de marginal que no encaja en ningún lado. Más tarde, a Shelton le empiezan a interesar más los temas sociales y hasta la política misma, y eso hace crecer muchísimo a la serie. No te digo que en un punto “se convierte en otra cosa” (como le pasó a Cerebus, que un día dejó de ser una parodia de Conan para convertirse en otra cosa), porque el gaste a Superman está siempre presente. Pero hay mucho más. 464 páginas de chistes con superhéroes que se pasan de violentos, de losers o de escatológicos serían difíciles de digerir incluso dibujadas al nivel que exhibe Shelton. Acá claramente hay más riesgo, más sustancia, más profundidad y obviamente más mala leche.
Entre las historias cortas, destaco la irónica Strike Fever, la políticamente incorrecta Wonder Wart-Hog Visits the Ghetto, la desopilante The Famous Superheroes School y la demoledora Philbert Gets a Job. De las “medianas”, me quedo con las 20 páginas de Sudden Death, repleta de palos letales contra el futbol americano y el gran negocio que representa, y las 17 de Epidemic!, otro fuerte alegato social. Y después hay varias historias largas. La más graciosa es Battle of the Titans!!!, donde Shelton se caga de risa del género de los superhéroes en una saga con alienígenas, clones y realidades alternativas, intencionalmente sobrecargada de cheap thrills. La más rara es Philbert Desanex´s 100.000 th Dream, una historieta de 44 páginas (todas con la grilla de cuatro tiras de dos viñetas de igual tamaño) en la que Shelton narra un sueño disparatado, que no da respiro y que le permite incursionar en virtualmente todos los géneros imaginables, aunque sea durante algunos cuadritos.
Y no podía faltar mi historia favorita de Shelton de todos los tiempos: las 47 páginas de Wonder Wart-Hog & the Nurds of November, un comic 100% político, realizado en 1979. El título es medio un engaña-pichanga: el protagonista absoluto es Philbert Desanex y son poquísimas las viñetas en las que lo vemos convertido en el Jabalí de Acero. Pero eso no es óbice para disfrutar de una trama brillante, con unos giros argumentales perfectos y un mensaje muuuuy adelantado para su época que tiene que ver con el poder de los medios de comunicación convertidos en mega-empresas. Este es un Shelton prendido fuego, indignado por la corrupción, la pobreza, la desigualdad, la ignorancia, la falta de compromiso político y la tendencia de la gente común y corriente a bancar gobiernos fachos. Una lectura imprescindible en un año electoral, y en cualquier otro.
En síntesis, con tanta cantidad de material que abarca tantos años de producción es imposible que el nivel de todas las historietas sea parejo y –para qué te voy a mentir- hay unas cuantas que podrían no estar en un compilado que se titula “The Best of”. Pero también están las que realmente son las mejores, las que pasan cualquier filtro y entran en cualquier selección. Y esas son verdaderas gemas, que resisten el paso del tiempo y que no se pueden dejar de recomendar ni hoy ni nunca.

Gracias por el aguante, gracias a los seguidores del blog que me vinieron a saludar en Montevideo Comics y vuelvo a postear a la brevedad, ni bien tenga un par de libritos leídos.

jueves, 9 de mayo de 2019

JUEVES TORMENTOSO

Hoy hubo tiros cerca de Congreso, la militancia copó la Rural para escuchar a la única que sabe y además llovió como la San Puta. Yo tranqui, laburando como si nada. Estaba leyendo un masacote de 400 páginas y le clavés una pausa para leer otras cosas, así no me aburro. Y lo que leí fue esto:
Arranco en Inglaterra, año 1992, cuando aparece The Minotaur´s Tale, una novela íntegramente realizada por Al Davison. A lo largo de 80 páginas, el autor traza un paralelismo entre la historia del famoso minotauro de la mitología griega y la vida de un pobre tipo que nace con malformaciones en el rostro y el cuerpo y habita en una gran urbe inglesa a principios de los ´90. Al relato clásico acerca del minotauro, su origen y su muerte a manos de Teseo, Davison le suma un montón de datos que yo desconocía, y hasta se anima a narrar los hechos desde la óptica del monstruo. Pero poco a poco, me empezó a interesar más la historia de Banshee, el tipo desfigurado. Una historia que arranca muy de atrás, que al principio parece casi irrelevante, pero que con el correr de las páginas gana en complejidad hasta desembocar en un giro final muy impredecible y de mucho vuelo.
Davison aprovecha la historia ambientada en “el presente” para bajar línea acerca de temas espesos como la marginalidad, la prostitución, el SIDA y la completa desprotección que le brindan los estados “modernos” a los pobres y discapacitados. Pero The Minotaur´s Tale no es un comic de denuncia, ni de corte socio-político. Es una novela en la que lo principal son los vínculos entre las personas, la dicotomía entre lo bello y lo feo, los monstruos por fuera y los monstruos por dentro, la discriminación al distinto y la solidaridad con el de al lado, sea quien sea. No te digo que es una obra fundamental para entender el Noveno Arte, pero está realmente muy bien.
Y el dibujo de Al Davison es alucinante. La cantidad de técnicas que emplea, lo bien que las domina, cómo elige los momentos para cambiar de estilo, el efecto expresivo que provoca cada vez que salta de un grafismo a otro, la construcción de las secuencias mudas… Creo que lo único que no me gustó es que traza líneas negras entre las viñetas en vez de las típicas zanjas blancas, y que mete un par de splash pages medio innecesarias. Pero nada de eso es óbice para disfrutar de una labor realmente notable de un dibujante virtuosísimo en el trazo, en el color y en la articulación de todos esos elementos en pos de una narrativa poco convencional y a la vez muy sólida.
Allá por el 17/11/11, me tocaba comentar un libro con cuatro historias cortas de Joaquín Cuevas, uno de los historietistas más interesantes surgidos en Bolivia. Ahora me toca leer Ctrl Z, otra antología que reúne las mejores historietas realizadas por Cuevas entre 2004 y 2006, 15 relatos breves de los cuales uno sólo formó parte del libro reseñado en 2011.
Lo mejor que tiene este libro es que las historietas están en orden cronológico. ¿Por qué? Porque las últimas cinco historietas son, por amplio margen, las mejores del tomo y los mejores trabajos que recuerdo haberle visto a Joaquín. Y son todas bastante distintas entre sí, eh? El libro arranca bien, tiene algún altibajo en el medio, pero una vez que arrancan las cuatro páginas de “Alas”, ya no baja nunca más. De ahí hasta el final tenemos excelentes dibujos, buenas ideas en los guiones, un humor afilado, un vuelo poético muy logrado, mucho riesgo bien asumido a la hora de elegir técnicas, enfoques, grillas para armar la página y hasta tipografías para los textos.
En su momento postulé que 24, 31, etc. (así se llamaba el librito que reseñé en 2011) no ofrecía la selección de material más idónea para convertir en fans de Joaquín Cuevas a quienes hasta entonces no lo conocían. Ctrl Z, en cambio, cumple con creces esa función. Si nunca leíste nada de este joven y experimentado autor boliviano, sin dudas te recomiendo empezar por acá y disfrutar ese in crescendo que desemboca en cinco últimas historietas de un nivel excelente.

Y bueno, me llevo el masacote que estoy leyendo a Montevideo, a ver si me lo liquido entre el viaje y alguna hora muerta en el evento. Y nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 6 de mayo de 2019

LINDO LUNES

Prometí más Spirou de André Franquin y hoy cumplo, con la reseña de El Viajero del Mesozoico, una historieta que data de 1960 y que tiene una particularidad muy rara: Spirou podría tranquilamente no estar y la historia se desarrollaría exactamente igual. Fantasio también, está totalmente de adorno, aunque protagoniza (en la primera mitad del álbum) varios de los mejores pasos de comedia. Esta es una aventura del Conde de Champignac y el Marsupilami. Uno genera el kilombo, el otro lo resuelve. De las 47 páginas que dura la historieta, Franquin dedica 27 a mostrarnos cómo fracasan uno tras otro los intentos por contener al dinosaurio que nació en el “presente” y que por su propio tamaño y su inexistente destreza, causa estragos en la apacible localidad de Champignac.
El núcleo de la trama es ese: ¿cómo carajo paramos a este mamotreto que a cada paso rompe o se morfa algo que va a costar muchísimo recuperar o reconstruir?. Ni Spirou, ni Fantasio, ni el Conde, ni las autoridades municipales ni nacionales le encuentran la vuelta… y la situación se estira tanto que la comicidad se diluye. La cuarta vez que el dinosaurio destruye o aplasta casas y autos (y tanques) ya no es gracioso. La batalla la va a ganar el Marsupilami, cuya cruzada quijotesca está hábilmente presentada por Franquin como un gag recurrente. Nunca te imaginás que de ahí va a salir la resolución de la trama… en parte porque nunca te imaginás que ni Spirou ni Fantasio van a estar pintados al óleo hasta el final del álbum.
El dibujo está a un nivel sublime, imposible de superar excepto por el propio Franquin. Las escenas en las que el pueblo se ve subvertido por el caos son brillantes, ahí se ve el mejor Franquin, el especialista en dibujar hermosos desórdenes, bolonkis cacofónicos repletos de detalles alucinantes. La secuencia inicial, donde solo vemos cuerpos moviéndose lentamente en plena Antártida, también está logradísima y muestra lo canchero que estaba el maestro en el manejo del lenguaje corporal de los personajes. La verdad que, si no te molesta ver a Spirou y Fantasio relegados a un rol muy menor en la trama, El Viajero del Mesozoico es un álbum divertido, raro, con un nudo un poco estirado, pero con una introducción y un desenlace alucinantes e impredecibles.   
Salto 57 años para adelante hasta 2017, cuando se publica el primer álbum de Torpedo 1972, la nueva serie protagonizada por un Luca Torelli ya veterano, ahora con el maestro Eduardo Risso al frente de los dibujos. La verdad que me costó un poco entrar en la amalgama entre estos legendarios personajes y el universo gráfico del León de Leones. El tema del color, la puesta en página, obviamente el trazo, el aspecto de Torpedo y Rascal con varias décadas más encima… muchos fueron los elementos que indicaron con mucha fuerza que este no era un álbum más de la gloriosa serie de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.
El guión, en cambio, conserva el ritmo de los álbumes de Torpedo 1936 en los que los autores contaban una sóla historia extensa. Abulí puso al personaje en el freezer casi 20 años, pero en el medio no perdió en absoluto el pulso para los diálogos zarpados, con juegos de palabras constantes y punzantes, ni para las situaciones violentas, escabrosas, al límite de lo publicable. Ojo, los hallazgos los encontré en el guión, no tanto en el argumento, que me pareció bastante precario. Me divertí más viendo cómo cambiaron en estos años Torpedo y Rascal que con el discurrir de la trama. Y me parece que (todavía) Abulí no le empezó a sacar el jugo a la nueva ambientación (principios de los ´70), más allá de algunas referencias bastante obvias a hechos y personajes reales.
En cuanto al dibujo, el propio Risso reconoce haber despachado el trabajo “de taquito”, escatimándole esa pasión autoral que le pone a todos sus trabajos, incluso los que realiza por encargo de grandes editoriales. En general, yo veo un muy buen trabajo de Risso, que retoma esa línea de grotesco y mala leche de obras como Bolita y Chicanos (o ¡Ay, Jalisco!), e intuyo varias decisiones suyas a la hora de armar varias secuencias que no creo que se le hayan ocurrido a Abulí. Donde noto cierta “mezquindad” por parte del dibujante es en los fondos. Creo que en todas las páginas hay una o dos viñetas en las que me hubiese gustado ver fondos, que no están. En su lugar hay grandes masas de negro, o simplemente un color pleno, sin texturas ni degradés de ningún tipo. Pero bueno, cuando tenés el oficio que tiene Eduardo Risso para narrar con el dibujo, podés no dar el 100% y que aún así los lectores la pasemos bárbaro durante la lectura.
Y me imagino que para las secuelas (que encargó una editorial francesa, que seguro paga mejor que Panini) tanto Sánchez Abulí como Risso redoblarán esfuerzos para que este Torpedo viejo y choto vuelva a brillar como en los míticos álbumes de los ´80 y ´90, cuando fue por mérito propio uno de los personajes más taquilleros y más queridos del comic europeo.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas y si vivís en Montevideo (o cerca) nos vemos este sábado y domingo en Montevideo Comics. Excelsior!

viernes, 3 de mayo de 2019

THE SANDMAN: OVERTURE

Uno de los momentos más álgidos en la larga historia de este blog fue aquel final de 2015 en el que reseñé los 10 tomos de The Sandman, a razón de uno por día durante 10 días consecutivos. Un poco por eso le dedico a Overture una reseña para ella sola, sin mezclarla con el otro librito que estuve leyendo en estos días.
Para empezar, se trata de un libro de 224 páginas en el que sólo 156 son de historieta. El resto es un interminable compendio de carátulas, prólogos, entrevistas a los autores, bocetos, portadas alternativas, el letrista y el colorista que te explican el backstage de sus respectivos trabajos… Todo el relleno imaginable, está en esta edición. Algunas de estas cositas están buenísimas, para qué engañarnos. Y entiendo que me tenés que justificar un PVP de u$ 20, en parte para que Overture cueste lo mismo que los 10 TPBs de la saga original. Pero 68 páginas de relleno es un abuso, en serio.
Y eso no es lo más grave. Lo que más ruido me hizo es que la esencia de la historia, el núcleo de la trama, el momento en el que realmente Morpheus enfrenta el conflicto en cuestión y avanza hacia su resolución, está condensado en menos de 45 páginas, ubicadas al final de la obra. Hasta llegar a ese punto, Neil Gaiman nos pasea por un montón de situaciones menores, establece conflictos más chiquitos, desgasta un poco a Morpheus al ponerlo (por primera vez en mucho tiempo) en una especie de peligro de muy difícil solución… pero pasadita la mitad del quinto episodio desactiva el peligro y Dream, baqueteado y todo, entra a la recta final de la historia. Una recta final espectacular, redondísima… que hace bastante intrascendente todo lo que habíamos leído hasta ese punto.
¿Qué hay de atractivo en toda esa extensa franela previa? Primero, lo que ya mencioné: creíamos que nunca iba a aparecer una amenaza que obligara a Morpheus a pelar sus poderes a pleno para combatirla, pero Gaiman nos cerró el orto. La amenaza apareció y es la que anima en buena medida todo el tramo “tranqui” de Overture. También vemos al padre y la madre de Dream, y la interacción de ambos con el orgulloso y taciturno Rey del Sueño. Vemos también a todos los Endless (y al Corinthian, y a Lucien, y a Merv, y a varios personajes más), pero están básicamente al pedo. Quizás lo más atractivo sea la gran cantidad de guiños que tira Overture al que ya sabe lo que va a pasar después. La saga termina (y esto no es un spoiler) con Dream capturado en el sótano de Roderick Burguess (a quien Gaiman no nombra en esta obra), o sea que es como un Vol.0 de Sandman, que tiene mucho más sentido si se lee DESPUES de los Vol.1-10 y de Endless Nights. Gaiman juega  mucho con eso, con sembrar pistas de plots o secuencias que “luego” veremos en Preludes & Nocturnes, The Doll´s House, Season of Mists… y el lector que ya sabe todo lo que va a pasar las disfruta a full. Y bueno, obviamente hay parábolas, historias dentro de la historia que los personajes se cuentan unos a otros, diálogos magníficos y bloques de texto de alto vuelo, en los que se ve con claridad que no estamos ante el típico escritor de comic-books que saca con fritas tres o cuatro series mensuales todos los putos meses hasta que se le rostizan las neuronas.
¿Y por qué está bueno que Overture dure casi 100 páginas más de lo que podría haber durado si Gaiman fuera al grano y no descomprimiera brutalmente el relato? Porque todas esas páginas las dibuja J.H. Williams, en el que sin dudas es el mejor trabajo de su deslumbrante carrera. Acá el ídolo no sólo cambia todo el tiempo de grilla: también cambia el grafismo. Tiene secuencias en las que parece Frank Quitely, en otras parece P. Craig Russell, en otras el dibujo animado de Yellow Submarine, en otras Moebius, en otras Alex Ross, por momentos parece un ilustrador de fantasía medieval, sobre el final tira un homenaje hermoso a Sam Kieth y Kelley Jones, aparecen personajes que parecen diseñados por Jack Kirby, otros que parecen inspirados en historietas de la 2000 A.D. o la Métal Hurlant… un desconche visual como pocas veces se vio en el Noveno Arte. Y encima de todas estas referencias, guiños, homenajes y/o choreos, está el estilo del propio J.H. Williams, que se complementa perfecto con los colores de Dave Stewart y que alcanza un nivel imposible, pensado para devastar sistemas solares enteros.
The Sandman: Overture tiene aventura a escala sideral, fantasía, introspección, incluso ciencia-ficción (que es algo que Gaiman hace poco), algún toque mínimo de comedia, infinito fan service para el lector de la saga clásica, momentos en los que la estructura del relato parece medio un western, o un policial, por momentos el drama familiar amenaza con comerse a la trama, por momentos decís “metele pata, que me duermo”, por momentos el ritmo se vuelve casi frenético y te lleva puesto… Claramente es un comic raro, dentro de la cosmogonía de Sandman y dentro de la obra de Gaiman, en general. Pero no huele a estafa, a “esquilmemos a estos giles con cualquier verdura que quedó ahí, pudriéndose al sol desde 1996 cuando terminó Sandman”. Huele a obra sumamente ambiciosa, muy personal, con mucho amor por Morpheus, su historia y su mundo (y sus fans) y sobre todo con unos dibujos que están más allá de cualquier exégesis, a parsecs de lo que se ve normalmente en los (pocos) comics que publicó Vertigo en estos últimos cinco o seis años. Ya sólo por el laburo de J.H. Williams recontra-vale la pena sumar este broli a tu colección.
Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, acá en el blog.