el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 23 de enero de 2020

EL CLASICO DE LOS JUEVES

Bueno, acá estoy con un par de libritos leídos.
Allá por 2011, cuando se produjo el desastre de la central atómica de Fukushima (obviamente en Japón) varios editores salieron a buscar historietas que tocaran el tema de las plantas nucleares y sus peligros para el medio ambiente. La editorial británica Breakdown Press se sacó el Loto con dos historietas de Susumu Katsumata escritas y dibujadas en los ´80, que tratan acerca de las pésimas condiciones de seguridad e higiene en las que trabajan los operarios de las plantas nucleares. No son historietas de introducción-nudo-desenlace, no hay desarrollo de personajes y en buena medida los conflictos no se resuelven ni por casualidad en las 20 ó 24 páginas que dura cada uno de los relatos. La intención del autor (que además estudió física nuclear en la universidad) es claramente la denuncia: concientizar al lector acerca de las irregularidades que cometen las empresas de energía nuclear, siempre en busca del mango fácil por sobre la salud o la seguridad de sus empleados, a los que la radiación irá deteriorando o matando poco a poco, jornada a jornada. Katsumata desliza mínimas pinceladas de comedia para que no sea todo tan bajonero, pero el mensaje es una advertencia potente y desesperada… que obviamente no surtió efecto.
Complementan el tomo (llamado Fukushima Devil Fish) algunas historias cortas más de este destacado autor de la segunda línea de la revista Garo. Algunos van para el lado de la mitología y el folklore japoneses (al estilo Shigeru Mizuki, el autor de cuyo estilo está más cerca Katsumata, aunque sin aspirar a su virtuosismo) y otros más para el lado de un slice of life muy tranqui, con mucha introspección y –de nuevo- prácticamente sin conflictos. En estas últimas historias es donde Katsumata se anima más a romper la grilla de seis u ocho viñetas iguales y se manda algunas más grandes, con unos paisajes realmente hermosos. Es el único momento en el que el dibujo realmente levanta vuelo. En el resto del tomo, vemos a un dibujante cumplidor, más concentrado en el control del tempo narrativo que en el disfrute que puedan producir sus trazos.
El material incluído en Fukushima Devil Fish no alcanzó para que te suba a Susumu Katsumata (fallecido en 2007) a la lista de los mangakas fundamentales, pero sin dudas es un autor muy interesante, que se animó a anticipar en los ´80 (incluso antes que Los Simpsons) las consecuencias que traen los malos manejos y las tiradas a chanta de las empresas que generan energía nuclear para el consumo de las grandes ciudades.
Volvemos a la atroz Guerra de la Triple Alianza, el conflicto bélico (devenido en genocidio) que unió a Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay y a favor de los intereses de la corona británica. El 27/05/19 conocimos la versión de estos hechos contada por Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti, y ahora quien cuenta la historia es el uruguayo Silvio Galizzi, junto a dos dibujantes de este lado del charco: Majox y Esteban Tolj. Galizzi va mucho más allá de la Guerra del Paraguay: la considera la culminación de una serie de clivajes que arranca con la Guerra de Secesión en los EEUU, pasa por un conflicto armado entre partidos políticos de Uruguay, incluye una invasión al país hermano por parte de Brasil, y viene sazonado con manipulaciones mediáticas, roscas comerciales y traiciones misérrimas. El guionista logra integrar todo este contexto histórico en un bloque homogéneo, incluso con un personaje (Sheridan) que participa en cada uno de los sucesos que desembocan en la Guerra del Paraguay.
La protagonista de Ya No Quedan Héroes, Avril Murray, es fotógrafa, igual que Pierre Duprat (el personaje ficticio que introducen Agrimbau e Ippóliti en Guaraní para contar la historia) pero tiene mucha menos suerte que su colega: es absolutamente eclipsada por otros dos personajes mucho más interesantes como son Melchora (la inclaudicable prostituta paraguaya) y Sheridan, a quien Galizzi se esfuerza por no mostrar como un héroe, aunque está muy claro que pelea del lado correcto de esta guerra. Lo único que no me gustó del guión es que los personajes reiteran en los diálogos mucha de la información que Galizzi nos brinda en el texto histórico con el que abre el libro. El resto, muy bueno, emotivo, impactante, truculento y muy bien investigado.
En cuanto a los dibujantes, Majox tiene a su cargo las primeras 29 páginas y las encara en su habitual estilo, muy logrado, pero a la vez demasiado bonito para el tipo de historia descarnada y oscura que nos quiere contar Galizzi. En las páginas restantes (más de 70), Esteban Tolj propone una estética más sucia, más visceral, más a tono con el guión. En un péndulo medio loco entre grillas de tres o cuatro tiras (me hubiese gustado más que se decidiera por una grilla única y la bancara hasta el final), Tolj conjura la magia del claroscuro y se acerca por momentos a Hugo Pratt, y por momentos a una versión light de Cacho Mandrafina u Horacio Lalia, menos sobrecargada de detalles y masas negras. Expresivo, agreste y contundente en las (muchas) escenas de violencia, Tolj hace gala de su versatilidad y tira elegancia y sofisticación en las secuencias de las damas que toman té o bailan vals en lujosas mansiones. Un fenómeno.
Me encanta que más historietistas sudamericanos recreen en sus obras los escabrosos sucesos que mancharon de sangre nuestra historia hace 150 años, sobre todo cuando lo hacen a este nivel.

Esto es todo por hoy. Trataré de postear antes del lunes pero no prometo nada. Gracias y hasta pronto.

lunes, 20 de enero de 2020

LUNES ASFIXIANTE

Sí, ya sé que posteando sólo los lunes y jueves no llego nunca a las 120 entradas en el año. Matemáticamente, no da ni a palos. Pero bueno, es el tiempo que estoy encontrando para escribir. Ya veremos si más adelante puedo recuperar un poco más de ritmo y tener semanas con más de dos posteos.
Empiezo en Europa, en 2006, cuando dos enormes autores argentinos radicados en el Viejo Continente lanzan la novela gráfica Tres Artistas en París, la colaboración entre Carlos Sampayo y Oscar Zárate que precede a Fly Blues (reseñada un lejano 07/07/10). Este es un gran trabajo de los maestros argentinos, repleto de sutileza, profundidad, situaciones muy verosímiles y un enfoque muy interesante sobre los “white people problems”. Al principio hay un amague de thriller, de cosa turbia o violenta, pero es un engaña-pichanga de Sampayo, quien no necesita del shock o la violencia para atraparnos con la trama. La forma en que el pianista, el artista plástico y el escritor intersectan con la periodista Chantal Fernandes compone el núcleo de la obra, que se enriquece con los flashbacks donde Sampayo expone los secretos más oscuros de estos tres prestigiosos referentes de las artes occidentales. Con esos cuatro personajes, más un puñado de secundarios, se arman 78 páginas muy atractivas, de lectura muy clásica, muy accesible, donde Sampayo logra indagar a fondo en las motivaciones y expresiones un tanto excéntricas de estos tres maestros, cada uno en su disciplina artística.
No quiero ahondar mucho en el argumento, porque la verdad es que lo más atractivo está en los vínculos, en escenas muchas veces resueltas a través de los diálogos, que conviene experimentar de primera mano, no que te las cuente cualquier gil. Le dedico unas líneas al dibujo de Zárate, siempre expresivo, generoso, desbordante de color y personalidad, muy beneficiado por la posibilidad de no dibujar nunca más de seis cuadros por página. El argentino radicado en Londres deja la vida en los climas, en los paisajes, en lo que cada personaje nos dice con su rostro y su lenguaje corporal… y no tanto en el armado de la secuencia. Casi no hay manipulación de la puesta en página para lograr efectos expresivos que potencien el relato. Pero hay unas cuantas páginas realmente muy hermosas, al nivel de lo mejor que nos diera este notable autor, injustamente poco conocido en su país. Ojalá algún día haya edición argentina para Tres Artistas en París. Sampayo y Zárate se lo re-merecen.
Entre 2014 y 2015, Marvel nos dio una cátedra de cómo fracasar teniendo todo a favor. Lanzó una serie de S.H.I.E.L.D. escrita por el maestro Mark Waid, con portadas del increíble Julián Totino Tedesco, con un rol central para el Agente Coulson (amado por millones de fans de las películas y series de TV de Marvel), y te puso en el primer número dibujos de (agarrate fuerte) Carlos Pachecho, en el segundo de Humberto Ramos, en el tercero de Alan Davis, en el cuarto de Chris Sprouse y en el quinto y sexto, dibujantes menos conocidos pero más que aceptables. Además, en una movida de encomiable valentía, le pidieron a Waid que no estire las ideas para que cada una ocupe un TPB entero, sino que arme la serie con episodios autoconclusivos, de modo que el TPB tenga seis historias completas, cada una con un tema propio y con distintos héroes y heroínas invitados de distintos rincones del Universo Marvel. ¿Qué más querés? ¿Que venga Ivana Nadal a tu casa a leértela en baby doll?
Sin embargo, a la serie le fue mal y el nº12 fue el último. ¿Cuál fue el problema? Ni idea. Lo único que tengo para aventurar es que Waid no se juega el pellejo en cada historia. Cumple dignamente, las ideas están bien, los diálogos son magníficos, se nota que conoce a la perfección a cada personaje que trae como invitado, el ritmo es siempre de palo-y-palo (porque tiene que rematar las ideas en 20 páginas) y la única vez que una historia se extiende a dos episodios (nºs 5 y 6) nos ofrece los mejores guiones de este primer TPB. Se nota la intención de que no sólo Coulson sino también los otros agentes de S.H.I.E.L.D. tengan ciertos matices, ciertos rasgos de personalidad llamativos, y por ahí eso cobra más relevancia en el segundo TPB (que está ahí, pidiendo pista). O sea que lo único que me faltó fue creerle a Waid que sus breves epopeyas van a tener alguna relevancia a futuro en la vida de los personajes, que no son apenas excusas para divertirnos durante 20 páginas con machaca a todo o nada con bonitas pinceladas de comedia. Hasta ahí no llegué, porque a las aventuras de S.H.I.E.L.D. no les alcanzó el espesor dramático para llevarme hasta ese punto. Pero sin dudas las disfruté mucho.
En cuanto a los dibujantes, me impactaron sobre todo los trabajos de Ramos, Davis y uno de los que no conocía, Paul Renaud, muy buen émulo de Terry Dodson, potenciado al infinito por una labor subyugante de Rómulo Fajardo en el color digital. Veremos con qué me encuentre cuando le entre al Vol.2.
Ya estoy en plena lectura de un nuevo librito, así que ni bien pueda, vuelvo a postear reseñas acá en el blog. Hasta entonces.

jueves, 16 de enero de 2020

UN JUEVES MAS

Estoy con un montón de cosas en la cabeza, dándole bastante poca bola al tema de leer y reseñar comics. Pero algo tengo leído.
Hace unas semanitas, el 26/12/19, me sumergía en Sub Diego, la parte de San Diego sumergida en el Pacífico de la mano (cuac) de Aquaman. Ahora voy por la continuación de eso, ya sin Will Pfeifer, el guionista que orquestó la ambiciosa jugada de hundir la mitad de la ciudad más austral de California. Este TPB (To Serve and Protect) ofrece nada menos que nueve episodios, en los que otros tres guionistas indagan en serio acerca de lo que pasó en el tomo anterior. Tanto se esfuerzan, que lo hacen quedar a Pfeifer como el vendehumo que tiró la bomba y se fue, porque si bien todos se basan en lo que hizo el guionista anterior, los nueve episodios de este tomo son mucho mejores que los del anterior.
Arranca con dos numeritos el maestro John Ostrander, que se hace cargo de modo impecable del hecho de que San Diego está llena de bases militares. Lo acompaña el correcto Chris Batista, pero por supuesto el punto fuerte son el argumento y los diálogos. Después tenemos cinco episodios a cargo de quien quedará como guionista titular de esta serie, el nunca bien ponderado John Arcudi. Arcudi es el que más se anima a profundizar en el personaje de Aquaman y en su nueva sidekick, Lorena Márquez, pero sin descuidar la aventura, la machaca y más consecuencias impredecibles del hundimiento de media San Diego. En todas estas páginas tenemos una vez más a Patrick Gleason, con muchas pilas, bien ido al carajo a la hora de dibujar las peleas y la acción en general, con esos cogotes del grosor de un pilar de los que sostienen autopistas y mujeres que le salen cada vez más lindas. El Gleason de Aquaman está ahí, a un pasito de la consagración, que le llegará cuando pase a la revista Green Lantern Corps. Y los dos últimos episodios son los que más me gustaron. Mirá que soy muy fan de Arcudi y casi talibán de Ostrander, pero mi arquito argumental favorito fue el último, a cargo de Marc Guggenheim, mucho más identificado con Marvel que con DC, y no precisamente con los mejores títulos de la Casa de las Ideas. Pero acá orquesta una intriga policial espesa, en la que Aquaman tiene que resolver las cosas pensando, y con la que logró ponerme bastante nervioso. Además tuvo ojete con el dibujante: le tocó nada menos que el británico Andy Clarke, el del trazo elegante y la pasión por los detalles.
Me divertí bastante con este voluminoso broli de Aquaman, así que ni bien lo vea, me lanzaré sobre el que me falta. El tomo siguiente compila los últimos arcos de Arcudi y Gleason (antes de que les metan una patada en el orto porque llegaba el One Year Later y la revista cambiaba radicalmente de dirección) y me acuerdo que cuando los leí en revistitas me encantaron.
A grandes rasgos y mediante duros cachetazos, la década del 2010 me volvió poco fan del género autobiográfico, pero a veces se produce el milagro y aparece una obra de este género que satisface mis expectativas. Es el caso de Rakas, el nuevo trabajo de Paula Andrade, en el que nos invita a viajar con ella a la lejana Finlandia, donde estuvo en 2016 y 2017, compartiendo una residencia para artistas. Rakas no es una novela gráfica, ni un compilado de historias cortas, ni un diario de viaje en el sentido literal del término. Es una mezcla entre todo eso, una experiencia que alterna secuencias más narrativas con otras más descriptivas, y otras decididamente introspectivas. Andrade cuenta y muestra desde un lugar 100% personal, como si el viaje fuera al interior de ella misma. Todo lo que aparece en Rakas está pensado para que nosotros, los lectores, sintamos lo que sintió ella al vivir esas anécdotas, al descubrir esos paisajes, esas personas, esos climas, esos sabores, esa música.
Me enteré de un montón de cosas que no sabía acerca de Finlandia, pero sobre todo me enteré de un montón de cosas que no sabía acerca de Paula, a quien tenía como una mina tenaz, valiente, decidida, siempre del lado correcto de los combates en los que la vi pelear. Acá hay otra Paula, más reflexiva, más vulnerable, más madura, que se anima a cuestionar sus propias motivaciones para viajar sola a chupar frío a la Loma del Orto, pero también para encarar otros aspectos de su vida, entre ellos hacer historietas.
El dibujo me gustó más que lo visto en Cría Cuervos (reseña del 30/06/18), más fino, más prolijo y sobre todo más versátil. Andrade va del hiper-realismo al dibujo minimalista-bonito-chibi sin ninguna dificultad, la rompe cuando mete ilustraciones por fuera de los mini-relatos que componen el libro, saca mucha diferencia en la aplicación de grisados y tramas mecánicas, y hasta se da el lujo de homenajear al gran Junji Ito en una página alucinante. Por supuesto que Rakas me habría impactado más si fuera todo historieta, si toda la info, todas las emociones y todas las sensaciones que transmite el libro estuviesen envueltas en una narración lineal, con conflictos, desarrollo de personajes, cierta intriga, etc.. Pero incluso sin entrar en esa lógica (sin siquiera respetar la progresión temporal), me encontré con un libro cautivante por su honestidad, su profundidad y su vertiente más de “manifiesto”. Sin hablar de la gran calidad de la faz gráfica, que alcanza y sobra para que muchísima gente compre y disfrute Rakas.

Nada más, por ahora. Ni bien tenga leídos un par de libritos más, reaparezco por estos lares. Gracias y hasta entonces.

lunes, 13 de enero de 2020

LUNES DE HISTORIAS CORTAS

Hoy me toca reseñar dos tomos de historias cortas autoconclusivas, algo que en general me gusta bastante.
Empiezo con el Vol.2 de Bajo un cielo como unos pantis (el Vol.1 lo vimos el 02/04/18), un nuevo recopilatorio de historias cortas de Shun Umezawa, de nuevo sin elementos fantásticos, pero ahora con notables mejoras en el dibujo. Ya era excelente en el Vol.1, pero ahora –posta- es mejor, como si Umezawa se hubiese enamorado aún más de la línea de Katsuhiro Otomo y Satoshi Kon, pero sin pochoclear.
Las historias son muy interesantes. La primera tiene que ver con una chica muy mentirosa que le complica la vida a un pibe crédulo, en plena edad del pavo. La segunda es la historia de un abuelo que se resiste hasta donde puede a que el futuro se lo lleve puesto. La tercera es la más flojita, y además la más breve: un slice of life donde Umezawa apenas llega a plantear una idea. La cuarta, ya mucho más extensa, nos cuenta el kilombo en el que se mete un flaco que trabaja de recolector de residuos tras meterle los cuernos a su novia con la esposa de uno de sus compañeros. Esta es una historia de 66 páginas, en la que el autor tiene espacio para desarrollar bien los conflictos, los personajes y la atmósfera, y lo aprovecha para subir mucho el listón.
Y la última historia es la más extensa (72 páginas) y además la mejor, casi una novela gráfica metida en una antología de historias cortas. Umezawa inventa un recurso narrativo (en este caso, el personaje de Rui) para meterse en la mente de un gordo pajero de 26 años, que diez años antes había abusado de una nenita y hoy es un pedófilo reprimido, que sigue fantaseando con violar menores de edad, mientras subsiste con un laburo de mierda, vive con su madre y colecciona todo tipo de mangas y animés sobre sexo con colegialas. La deconstrucción que hace Umezawa del personaje de Yoichi es fascinante, realmente una cátedra de cómo trabajar de adentro hacia afuera a un protagonista de mierda, con el que ningún lector debería sentirse identificado.
Lo mejor que tiene Bajo un cielo como unos pantis es cómo Umezawa logra adornar con un vuelo poético muy hermoso su visión pesimista, descarnada, desbordante de mala leche acerca de la sociedad, el sistema capitalista, los vínculos laborales, los afectos, o ideas tan queridas por los japoneses como el trabajo, el esfuerzo y el progreso. Muy recomendable.
Y salto a Argentina, año 2019, cuando Rabdomantes publica Extraños Cuentos de Guerra, una antología a todo color y finita, con dos historietas de 12 páginas y dos de 10. La primera historieta (a cargo de Nicolás Ramírez y Javier Oliver) tiene 12 páginas y muy poco para rescatar. Sin dudas lo más flojo del tomo (junto con las faltas de ortografía en los textos del final, donde se resumen las biografías de los distintos colaboradores). La segunda historia tiene 10 páginas y nos ofrece una versión fantástica del éxodo de los Kilmes, los aborígenes que fueron expulsados de sus tierras en el Noroeste (la zona de Tucumán) para terminar a orillas del Río de la Plata, donde hoy está la localidad que lleva su nombre. Acá brilla con fulgor incandescente el dibujo de Kundo Krunch, y el guión de Lucas Alarcón está bien, pero se mete en un berenjenal cuando trata de que los personajes españoles hablen en español. Así tenemos diálogos al estilo “Parad esto si quiere a su hembra viva”, que obviamente están mal escritos.
La tercera historia tiene 12 páginas, está escrita por un yanki llamado Jason Aaron que no es el que todos conocemos (e idolatramos) y tiene muy buenos dibujos de Francisco Paronzini, capo del estilo académico-realista. Pasan demasiadas cosas en 12 páginas, y aún así la historia tiene buen ritmo, buenos diálogos (muy bien traducidos al argentino) y un mínimo subtexto que va más allá de la acumulación de peripecias. Y la última historia no la terminé de entender, se me hizo un poco confusa la forma en que César Libardi cuenta el desenlace del relato de Kanjani. El dibujo de Rodrigo Cardama, bastante bien, con un par de viñetas muy logradas y un gran manejo del color.
No me pareció un libro indispensable, pero nunca está de más disfrutar del talento de bestias como Kundo o Pancho Paronzini, aunque sean 10 ó 12 páginas. Ah, y la portada de Tomás Aira (especialista a esta altura en historieta bélica) suma un montón.

Y hasta acá llegamos, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, como siempre. Gracias por el aguante.

jueves, 9 de enero de 2020

JUEVES EN CASA

Hoy no pisé la calle en todo el día. No salí ni al chino de enfrente a comprar galletitas. Pero me sobró tiempo para terminar unos libritos que tenía dando vueltas por ahí, y que procedo a reseñar.
Arranco en EEUU, año 2016, con el tercer y último recopilatorio del divertidísimo Howard the Duck de Chip Zdarsky y Joe Quinones. El libro arranca con un episodio medio descolguetti en la Savage Land (como siempre, con un montón de personajes invitados), que tiene como principal atractivo los dibujazos del glorioso Kevin Maguire. Después vuelve Quinones y la dupla nos ofrece uno de los episodios más lindos y más emotivos de la serie, sin descuidar la machaca ni las apariciones de héroes o villanos conocidos por cualquier fan de Marvel. Y los tres últimos números componen una trilogía limadísima, metacomiquera a full pero hasta con menciones muy explícitas a la película de Howard the Duck, ese mega-fiasco de 1986 que casi funde a George Lucas. Esto es dinámico, es explosivo, es irónico, es auto-referencial, apela de manera muy ingeniosa al recurso de convertir a los autores en personajes y está realmente muy bien, sobre todo por la forma en la que Zdarsky encuentra siempre los espacios para darle onda y carnadura al protagonista, a los invitados, a los villanos y a los personajes secundarios.
A nivel visual, por supuesto no hay con qué darle al maestro Maguire. Sus 20 paginitas se disfrutan como si fueran 200 y siempre te deja pidiendo más. Pero lo de Quinones también es dignísimo, con mucho despliegue, muy buenas expresiones faciales, pocos fondos (muy bien puestos), hermosos flashbacks a los ´70 y hasta un plus que suele complicarle la vida a los dibujantes: cuando el guión le pide que convierta en personaje de historieta a una actriz del mundo real (en este caso Lea Thompson), Quinones logra una resemblanza bastante convincente sin copiar fotos y sin sacrificar plasticidad.   
Y no hay más Howard the Duck. Veremos cuándo le llega el turno de un nuevo relanzamiento a este carismático personaje creado por el inolvidable Steve Gerber. Esta etapa de Zdarsky y Quinones no eclipsa a las versiones de Gerber, pero se la re-banca.
Me vengo a Argentina, año 2019, cuando el sello Historieteca publica ¿Qué querés ser cuando seas grande?, un nuevo trabajo de su fundador y editor, Marcelo Pulido. Esta vez Pulido forma equipo con nueve dibujantes para imaginar una serie de historietas muy cortitas, casi sin diálogos, centradas en situaciones de la vida cotidiana… durante la sangrienta dictadura militar de 1976-83. Los vuelos de la muerte, los bebés apropiados, listas negras, torturadores, torturados, violencia, “no te metás”, madres de Plaza de Mayo y como telón de fondo, el Mundial ´78, una pantalla imbatible para tapar el horror.
La historieta más larga tiene siete páginas, así que te imaginarás que la idea de Pulido no es precisamente profundizar en cada uno de los tópicos que visita. En esa cantidad de páginas, ni siquiera se propone resolver un conflicto. A veces el conflicto está sugerido, otras se lo explicita un poco más, y a veces la intención es más la de describir un clima, un entorno, una atmósfera, que la de contar una historia propiamente dicha. La idea (me parece a mí) es que el libro funcione como una especie de crónica de esa época, sin caer en la obviedad del cuentito, de “había una vez un país donde gobernaba el peronismo y éramos todos felices hasta que un día vinieron unos genocidas muuuuy malos y mataron a un montón de pibes y pibas porque decían que eran comunistas”. Y en ese sentido, el resultado es muy satisfactorio.
Por supuesto que para apostar tan fuerte a los silencios y a los climas, tenés que tener una confianza ciega en los dibujantes y la verdad que el elenco que ensambló Pulido es muy merecedor de esa confianza. Dante Ginevra deja la vida en cuatro páginas preciosas, Lauri Fernández tira magia en cinco páginas sin una sóla palabra, Jok tiene seis páginas y las aprovecha a pleno para jugar en dos estilos distintos, Marcos Vergara se pone al hombro el guión más angustiante y hasta le tira un homenaje a Las Puertitas del Señor López, Sergio Ibáñez la rompe con los grisados y texturas en una historia truculenta (la única que podría contarse en dos páginas, en vez de seis), Ian Debiase me emocionó con otra historia 100% muda de gran belleza visual y un ritmo precioso, José Massaroli pone un claroscuro extremo al servicio de otra historia heavy y perturbadora (que también está un poquito estirada), Fabián Mezquita dibuja más allá de lo humanamente comprensible siete páginas que combinan a la perfección violencia y costumbrismo y cierra Ezequiel Rosingana, con cuatro páginas que eran muy difíciles de dibujar pero se ven bárbaras.
Gran trabajo del equipo capitaneado por Marcelo Pulido, y gran incursión en una temática (la “crónica” de la vida diaria bajo el régimen dictatorial) en la que curiosamente la historieta argentina actual se ha metido bastante poco.

Esto es todo por ahora. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 6 de enero de 2020

LUNES DE GEMAS

¡A la mierda! Tenía colgada L´Expedition desde 16/05/15! Casi cinco años de pausa entre el Vol.2 y este Vol.3 (editado en 2017) que me leí anoche y disfruté a lo pavote.
Este es un tomo rarísimo de la serie de Richard Marazano y Marcelo Frusín, porque básicamente no hay acción. Fuera de una secuencia de cuatro páginas en la que pasa lo mismo que en la portada del álbum, acá tenemos 54 páginas de rosca, diálogos, conjuras, silencios, tiempos muertos, en los que los personajes esperan que pase algo y que Marazano aprovecha para hacerlos hablar un montón entre ellos y sobre todo para profundizar en las personalidades de cada uno. Por supuesto el capo, el ídolo, el poronga, es Marcus Livius. De él depende que la trama de L´Expedition avance o se empantane, a tal punto que de los dos años que pasa en coma, Marazano nos muestra apenas un puñadito de momentos, en flashbacks que alguien le narra al propio Marcus Livius. Así que la clave de este tercer (y anteúltimo) tomo es esa: tener paciencia, dejarse atrapar por la red que teje Marazano, por el clima que se enrarece a medida que los hombres que siguen vivos y leales a Marcus se empiezan a impacientar, a dudar de su líder, a verlo más como un… enajenado que como un amigo. Veremos cómo resuelve todo esto el guionista en un Vol.4 que todavía no tiene fecha de salida en Francia.
Mientras tanto, nos espera una fiesta, que son 54 páginas dibujadas por Marcelo Frusín a un nivel tremendo, arrollador. El rosarino divide casi todas las páginas en tres tiras, como si estuviera trabajando para EEUU, y despliega la acción (escasa, pero bueno) en no más de siete viñetas grandes, en las que el dibujo y el color se lucen enormemente. Hay un trabajo impresionante en los climas, en las secuencias mudas, en ponerle onda y dinamismo a las escenas en las que sólo vemos gente hablando, la única secuencia realmente trepidante (la lucha de Marcus Livius contra el león) te quita el aliento, la reconstrucción de época es perfecta y –como siempre- Frusín saca una ventaja irremontable cuando dibuja animales. Ya desde la tapa te aniquila con ese león y adentro te tira fatalities con serpientes, panteras y elefantes que no te vas a poder olvidar nunca.
Este es el momento en que la aventura a todo o nada se toma un respiro para que crezca una trama de ambición, poder y locura que seguramente va a detonar un final impactante e impredecible para esta maravillosa serie que –a paso lento- está haciendo historia, por su vuelo, su profundidad y por lo mucho que se juega a no parecerse a otras 700 sagas de aventuras con ambientación histórica que pululan por el mercado francés. Quiero ya el Vol.4.
Me vengo a Uruguay, año 2019, cuando sale Diskettes, una novela gráfica a todo color a cargo de los mismos autores de Rincón de la Bolsa (ver reseña del 26/12/16). Esto tiene un sólo problema: los sellos Ninfa y Loco Rabia publican un libro de 128 páginas de las cuales sólo 100 están ocupadas por la novela de Nicolás Peruzzo y Gabriel Serra. Las otras 28 páginas (por las que uno paga, y a las que tiene que ”alojar” en su biblioteca) son la nada misma, la interminable sucesión de carátulas, prólogo, bocetitos, páginas en blanco… No sé de dónde sale esa pésima costumbre, que se ve poco en los libros de manga, o de comic europeo, y un poco más en los de mainstream yanki. Pero aflojen con ese vicio, posta. No suma nada, encarece los libros al pedo, hace que ocupen más lugar, que pesen más…
Lo bueno es que Diskettes es una gran novela gráfica. Tiene excelentes diálogos, una excelente construcción de los tres protagonistas, un gran aprovechamiento de la época en que está ambientada (principios de los ´80, en las postrimerías de la última dictadura militar que padecieron los hermanos uruguayos), tiene un elenco de secundarios laburadísimo, la trama ofrece volantazos impredecibles que no sólo agregan impacto, sino que le sirven a Peruzzo para hacer crecer el espesor dramático de lo que narra, varios personajes que parecen estar de relleno cobran relevancia en algún momento y le aportan muchísimo a la trama, nunca se rompe el verosímil… La verdad que no son pocos los guionistas que aceptarían torturar a sus hijos con tal de escribir una obra tan redonda como la que nos ofrece Peruzzo en Diskettes.
Esta es una historia de afectos, de solidaridad, de ambición, de intriga, en la que lo más importante es que el lector se sienta partícipe del sueño, de las frustraciones, de los riesgos, los miedos y la forma en que Antonio, Diego y Roberto se vinculan entre sí, con el entorno de una empresa (de nuevo Peruzzo se florea en un viaje al interior de una empresa uruguaya) y con sus respectivos entornos personales. Y para eso es fundamental que el dibujo sea claro, creíble, que nos ayude a distinguir de una a todos los personajes que desfilan por la novela. En esos y en varios rubros más, la labor de Serra es muy, muy notable. Con un trazo que de a poco se va despegando de Matías Bergara y Rafael Albuquerque, y con un gran manejo de la mancha negra y del color, acá Serra avanza varios casilleros respecto de sus trabajos anteriores. Banco a muerte a esta dupla, obviamente.

Y nada más, por hoy. Si están de vacaciones, aprovechen para leer muchos comics, o repasen reseñas viejas, hasta que yo vuelva a postear nuevas, acá en el blog.

viernes, 3 de enero de 2020

PRIMER VIERNES DEL AÑO

Y sí, está buenísimo para salir a atorrantear por ahí. Pero antes, unas reseñas.
Arranco en EEUU, en 2003, cuando en pleno auge de la historieta autobiográfica, Dark Horse produce una antología con 16 historias cortas en las que distintos autores reviven anécdotas de sus vidas reales que los marcaron, o reflexionan “en voz alta” acerca de temas que les resultan importantes. Autobiographix es un libro que hay que tener sí o sí, simplemente como reconocimiento a la coordinadora Diana Schutz por el esfuerzo que le debed haber exigido reunir a semejante elenco de autores. Después, si de las 16 historietas hay 5 ó 6 buenas, está todo pago. Y es probable que las haya, eh? Vamos a repasarlas.
La de Frank Miller es apenas graciosa y está dibujada a los santos pedos, pero ponele que zafa. La de Sergio Aragonés es gloriosa, de punta a punta. La de Will Eisner (uno de los precursores del género autobiográfico) es muy cortita, pero muy emotiva y está dibujada con todas las pilas. La de Jason Lutes es un no-relato, es él bajando línea, con unos dibujos fastuosos. Después vienen tres excelentes al hilo: la de Paul Chadwick, la de William Stout y la de Bill Morrison, que se cae apenitas al final. La de Linda Medley está recontra bien dibujada pero se me hizo un toque larga. La de Schutz y Arnold Pander es más clima que relato, y el dibujo es demasiado bueno para ser real.
Matt Wagner sorprende porque en vez de una historia nos trae… una receta de cocina, para hacer pechugas de pollo a la parmesana. Con narrativa 100% de comic y con excelentes dibujos, eh? La de Eddie Campbell no me enganchó para nada, no llegué al final de la segunda página. La de los gemelos Fábio Moon y Gabriel Bá está buenísima, me puso muy nervioso. La de Stan Sakai es linda, aunque me resultó un poquito mezquino que entregara los lápices sin entintar. La de Metaphrog no es genial, pero está bien. Una de las más lindas del tomo es la que escribe un tal Richard Doutt y dibuja el alucinante Farel Darlymple. Y cierra Paul Hornschemeier, con un intento de meta-comic pretencioso y aburridísimo.
Obviamente recomiendo Autobiographix a los fans de las historietas autobiográficas y a los que quieran ver cómo se desempeñan en espacios cortos autores a los que generalmente asociamos con novelas gráficas, sagas infinitas o historietas más extensas, en general.
Me vengo a Argentina, año 2019, cuando el sello Comic.ar recopila Asteroides, la serie de historias muy cortas que Emilio Balcarce y Marcelo Pérez realizaban para la Fierro clásica allá por 1985-87. Una edición preciosa, cuidadísima, en la que las historietas se ven muchísimo mejor que en las viejas y ya amarillentas revistas de los ´80. Y no porque mágicamente el dibujo de Pérez haya mejorado. Las falencias que se ven son las mismas que tenía el rosarino en los ´80, pero con la tecnología actual hay cosas que Pérez hacía y que no quedaban bien plasmadas en la página y ahora sí, se disfrutan mucho más, porque la calidad de la impresión está a la altura de lo que imaginó el dibujante.
Balcarce tiene acá la difícil tarea de plantear, desarrollar y resolver ideas en tres o cuatro páginas, y la verdad que le sale bastante bien. Hay varias bastante ingeniosas, con buenos giros sobre el final, con acción, buenos diálogos y una bajada de línea interesante. De las cortitas, la que más me gustó fue Escarbadientes. Y el tomo cierra con dos historias más extensas (ocho páginas) que no recordaba haber visto a todo color y probablemente hayan sido coloreadas para esta edición, o cuando se publicaron en Italia. Esas dos historias (Una Nueva Vida y QEPD) no tienen la magia del color directo que desplegaba Pérez en las historias más breves (con esos efectos y esos engamados heredados del genial Juan Giménez) pero tienen los mejores guiones de la serie.
Al contar con más páginas para desarrollar las tramas, Balcarce logra dotar de mayor profundidad a los personajes, sumarle espesor a los conflictos y no jugarle tantas fichas a la resolución en la última viñeta. De hecho Una Nueva Vida está totalmente jugada al impacto de la última viñeta, pero para cuando llega, ya tuvimos casi 8 páginas muy intensas, con desarrollo de personajes, machaca futurista, dilemas éticos y hasta un toque de romance. Así es como la historieta se disfruta más allá de que ese giro final de cause mucha, poca o ninguna gracia.
Si sos fan de la ciencia-ficción ochentosa (y no tenés este material ni en Fierro ni en Zona 84), sospecho que este librito te va a hacer bastante feliz. Yo le hubiese metido cuatro páginas más de historieta en vez de esos textos en los que los autores hablan de bueyes perdidos, pero en una de esas no había más material. Por suerte lo que hay es interesante y por momentos impactante, a pesar de las décadas transcurridas y de que el dibujante nunca estuvo entre mis favoritos.

Por hoy, nada más. Disfruten el finde y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

miércoles, 1 de enero de 2020

UNDECIMA TEMPORADA

Y bueno, acá estamos. A exactamente diez años de aquel binario 01/01/10 en el que empezó esta aventura delirante, y cuando la inmensa mayoría de los blogs se fueron a la B hace rato, este espacio subsiste y resiste.
A lo largo de 2020 la idea es postear unas 120 veces, como para seguir exteriorizando impresiones, sensaciones o intentos de conclusiones a las que uno llega luego de hacer lo más lindo del mundo que es leer comics. Seguramente el viernes habrá un par de reseñas, pero hoy el posteo es simplemente para darle las gracias a los 550 seguidores y seguidoras del blog, a los 2642 ”megusteadores” de Facebook, a la gente que comparte links para que más lectores se acerquen al blog, a las editoriales que me hacen llegar sus libros para que yo los reseñe, y por supuesto a los artistas, sin los cuales no existirían las historietas y no habría nada para reseñar.
También quiero agradecerles muy especialmente a todos los que se acercaron el sábado a Sector 2814 para el festejo de los 10 años del blog. La verdad, no esperaba tanta gente. Y por supuesto a los colegas que me acompañaron en esa charla: Gonzalo Ruiz, Nicolás Gath, y Matías Mir.
Gonzalo además se tomó el laburo de grabar la charla y subirla a la web, para que más gente puede escucharla. Ya está disponible para escuchar o descargar en este link:


Dicho todo esto, les deseo un excelente 2020 repleto de comics y me despido, hasta muy pronto.