el blog de reseñas de Andrés Accorsi

lunes, 21 de septiembre de 2020

THE CHRONICLES OF KULL Vol.1

Sí, ya sé, con Nippur tengo cubierta la dosis de muchachones musculosos con escasa vestimenta que se cagan a espadazos. Pero bueno, este es el último libro que me queda sin leer de los muchos que me compré hace casi tres años en EEUU, y no lo quiero postergar más, pobre. En la época en que tuvo los derechos para publicar el material de Conan, Dark Horse se jugó también por reeditar Kull the Conqueror, otra serie basada en relatos de Robert E. Howard que produjo Marvel a principios de los ´70 (y según me dicen, una de las poquísimas historietas de Marvel que nunca fue publicada en España, donde La Casa de las Ideas es religión hace décadas). Siempre digo que Conan me interesa poco y nada, y que son pocos los autores capaces de hacerme comprar un comic de Conan. A partir de hoy lo mismo se aplica a Kull, pero hace tres años este tomo me llamó la atención porque estaba muy barato, porque no había leído nada de este personaje y porque tiene unos dibujantes del mega-carajo. El tomo arranca con una historia corta dibujada por Berni Wrightson en un nivel sublime, aunque masacrado por un colorista que merece morir en cana. Después tenemos un episodio más extenso dibujado por Ross Andru en un gran nivel, con unas tintas gloriosas del incomparable Wally Wood. Y todo el resto del tomo, casi 200 páginas más, están a cargo de los hermanos Severin. Marie se ocupa del plantado, del armado de las secuencias, y John le pone al dibujo de personajes y fondos esa elegancia, esa solidez, esa impronta tan pulida. John Severin es un dibujante que está en las antípodas del típico dibujante de Marvel de los ´70, cuando todos seguían (hasta donde les daba el talento) la huella de Jack Kirby. Un tipo de un talento descomunal, un ilustre continuador de la línea más clásica, más académica, más de Harold Foster y Alex Raymond. O sea que visualmente, Kull te ofrecía algo que ningún otro comic de Marvel de esa época te podía ofrecer. Y sí, a los hermanos Severin también los hacen mierda los coloristas, pero un poco menos, y sobre todo en los últimos episodios que incluye este tomo. Por supuesto que esto mismo publicado en blanco y negro se vería muchísimo, pero MUCHISIMO mejor. En materia de guiones, la verdad que esperaba un poco más. No mucho, porque –como ya dije- en general la ficción tal como la entendía Robert E. Howard no me llega ni me identifica. Pero por ahí Roy Thomas, o Gerry Conway (que toma las riendas de la serie cuando Thomas es ascendido a Jefe de Coordinadores) se jugaban con algo distinto, más loco, más impredecible. No pudo ser. Se queda todo en la machaca con monstruos y villanos con poderes fantásticos, apenas sazonada con un poquito de intriga palaciega. No hay desarrollo de personajes, los secundarios tienen poquísimo relieve, las mujeres son adornos, los villanos son chatos, Kull le gana a amenazas infinitamente poderosas de modos imposibles… Nada para destacar, realmente. El último episodio creo que fue el que más me gustó. Es largo y violento al pedo, pero sobre el final aparece esa humanidad casi oesterheldiana que Robin Wood le puso a las mejores aventuras de Nippur. El resto, sólo tiene sentido para maravillarse con los dibujos. Ah, y otra cosa loquísima: en todos estos combates tremendos, donde se cagan a espadazos, hachazos, flechazos y cuchillazos… ¡no se ve sangre! El único monstruo que sangra es uno al que Kull destroza bajo el agua, y ahí sí, el colorista tiñe de un color magentoso la escena subacuática. Pero todo el resto de las matanzas (que son muchísimas) son limpitas. Se matan todos contra todos sin salpicar una gota de sangre, que aparece sólo en el filo de la espada de Kull cuando ya terminó de combatir. Otra cosa que me sorprendió es ver a Thulsa Doom como enemigo recurrente Kull. Para mí, que soy un ignorante en materia de la mitología de Howard, Thulsa Doom era un enemigo de Conan; de hecho es el malo de la peli de los ´80, con Arnold Schwarzenegger, que recuerdo haber visto en el cine hace mil años. Ahora me entero que no, que Thulsa Doom siempre fue enemigo de Kull y recién en 1991 Roy Thomas lo hizo aparecer en la Era Hyboriana como antagonista de Conan. ¿Por qué eligieron como villano para la peli de Conan a un enemigo de Kull? No se me ocurre ninguna respuesta coherente. Bueno, todos los días se aprende algo nuevo. Y cada tanto, una lectura como esta me recuerda por qué no soy fan del género de espada y brujería en su vertiente “bárbaros pasados de testosterona que vociferan los nombres de sus dioses mientras reparten espadazos”. Kull the Conqueror tiene el atractivo irresistible de los dibujos de los hermanos Severin, pero si algún día veo baratas las revistitas, me compro dos o tres y hago guita el TPB. No necesito toooodas estas páginas de aventuras poco consistentes para disfrutar de la magia de Marie y John. Y si sale un tomo en blanco y negro con este material, obviamente me vuelven a seducir. Hasta acá llegamos, por hoy. Pasen una primavera recontra comiquera y vuelvan pronto por acá, que en unos días habrá nuevas reseñas.

viernes, 18 de septiembre de 2020

POLAR: LA CAIDA DEL KAISER

Hoy me toca reseñar el tomo final de esta maravillosa serie de Víctor Santos, que vendría a ser la quinta aventura y el Vol.4, porque hay un Vol.0, que es la historieta que vimos el 10/02/12. La Caída del Kaiser viene después de Ojo por Ojo (la vimos el 25/07/18) y está planteada como el final de la saga del Black Kaiser por motivos que no pienso spoilear. Al igual que las tres aventuras anteriores, esta fue pensada por Víctor Santos para ser serializada en un sitio web, por eso está editada en formato apaisado. También como las entregas anteriores, Santos trabaja toda la novela en blanco, negro, grises y rojos, a veces plenos, a veces con tramas mecánicas y a veces sin la línea negra para definir los contornos. Si seguís hace un tiempo este blog, sabés que yo soy MUY fan de los autores que se van al carajo con el manejo del claroscuro extremo, y claramente Santos es uno de esos. Acá hay verdaderas animaladas visuales, en las que el valenciano tira contrastes absolutos y composiciones jugadísimas a los efectos de impactarnos con su técnica visceral y fascinante. Esta vez suma el truquito (perfectamente integrado a su grafismo) de la trama mecánica, que se ve intencionalmente antigua, se nota que Santos busca reproducir el efecto que los dibujantes de los ´80 lograban con el letraset. Con las tramas de puntos digitales, Santos incorpora también algunos degradés, para compensar las áreas blancas que le quedan en algunas viñetas y crear la ilusión de que hay fondos que en realidad no están. Y además hay fondos realmente exquisitos, puestos con criterio y elegancia para apuntalar la que quizás sea la más realista de las historias de Black Kaiser. Como siempre, el estilo extremo de Santos tiene resabios del Frank Miller de Sin City, pero también hay cosas de Rafael Grampá, de Darwyn Cooke, de Paul Grist, de Matt Wagner, algún detalle que me hizo acordar a Eduardo Risso… Me queda claro que a Santos le gustan los autores que, además, de hacer magia con el claroscuro, la rompen en la narrativa. Y eso es lo más alucinante que tiene La Caída del Kaiser. La forma en que Santos piensa y vuelca en la página el relato gráfico, el armado de las secuencias para generar ritmo, suspenso, climas, y obviamente para shockear al lector en esos momentos en los que la trama explota en un pandemonium vertigionoso que salpica violencia y muerte. ¿Por qué La Caída del Kaiser me pareció incluso mejor que Ojo por Ojo? Primero porque tiene diálogos. Bastantes más que otras obras de Santos. El Kaiser es un personaje naturalmente parco, de pocas palabras, pero en esta historia la interacción con los personajes secundarios lo lleva a hablar un poco más, y en esas escenas que se apoyan en los diálogos, el autor nos regala muy buenos momentos. Y después, me pegó fuerte La Caída… porque es una historia crepuscular, en la que el protagonista ya no es el guacho-winner que resuelve todo sin despeinarse, sino un viejo bastante baqueteado que vive en Miami y que está alejado de la vida de chumbos, espionaje y misiones suicidas. La aventura y la violencia lo van a venir a buscar a su casa y el Kaiser va a tener que dejar todo en la cancha, esforzarse al límite de lo que su anciano cuerpo le permite, para llegar vivo al final de la obra. Y para ese final, Santos nos reserva una sorpresa más, un giro final sumamente emotivo, tenso, potente, casi poético. La Caída del Kaiser es mucho más que un comic de machaca, tiros y sangre. No es el enésimo remedo de Kill Bill o de Sin City. Es un thriller de alto impacto y de altísimo vuelo, que te hipnotiza en la primera viñeta y te suelta recién en la última, para dejarte en un estado de conmoción que pocas historietas logran producir en los lectores muy curtidos. Lo malo: dudo mucho que Santos nos cuente nuevas aventuras de este personaje. Lo bueno: Black Kaiser se despide muy arriba, con la mejor de sus historias y con un pico en la notable carrera artística de este autor prolífico y en constante evolución que es Víctor Santos. Si no te causan rechazo la sangre, los tiroteos donde vuelan cachos de cráneo y las luchas de gente que se atraviesa con cuchillos, katanas y destornilladores, acá vas a encontrar un comic realmente maravilloso, del que dificilmente te puedas olvidar una vez que llegás al final. Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 15 de septiembre de 2020

GUTS

Esta novela gráfica fue la historieta en lengua inglesa más vendida en 2019, ganó el Premio Eisner a Mejor Historieta para Chicos de ese año, y su autora fue galardonada como Mejor Historietista, también de 2019, por su labor en esta obra. Por si faltara algo, se editó recientemente en nuestro país (con el título de "Coraje") y también está vendiendo muy, pero muy bien. Es una historia acerca de cómo los miedos e inseguridades se pueden somatizar y afectarte a nivel físico, protagonizada por la propia autora, Raina Telgemeier, cuando tenía 10 u 11 años. Como en casi todas las obras de Raina, buena parte de lo que sucede tiene que ver con la salud (mental o corporal) y para eso la autora suele contar con el asesoramiento de profesionales, médicos y psicólogos, para no mandar fruta y que los padres que compran estas historietas para sus hijos encuentren un andamiaje sólido para sostener la historia que cuenta Raina y la línea que baja. Eso está muy cuidado: los vómitos y las diarreas no están ahí para causar gracia, ni para impactar, sino que todo tiene un sentido en el marco del aprendizaje de la joven protagonista, que busca dominar sus ataques de miedo y angustia. Me imagino que para una nena de 10 años esto debe ser muy lindo, muy emotivo, se deben sentir muy identificadas con lo que cuenta Raina, que es todo muy real y a la vez muy accesible. Yo esperaba un poco más del argumento, para ser honestos. Hace un par de años me tocó leer Ghosts (ver reseña del 04/11/18) y ahí me encontré, además del slice of life y la mirada muy real y muy emotiva a la vida de una chica con una enfermedad muy jodida, una historia con elementos fantásticos presentados de manera muy atractiva, más allá de que estuviera apuntada al público infantil y uno ya tenga edad como para ser abuelo. Guts, en cambio, vuelve a la onda de las primeras novelas gráficas de Telgemeier, en las que no había elementos fantásticos y todos los conflictos pasaban por los vínculos entre personas reales, en general adolescentes. Para mi gusto, Ghosts era un upgrade respecto de esa fórmula, porque introducía con éxito el elemento fantástico. Desde ese punto de vista (sesgado, por supuesto), Guts es un pasito para atrás y quizás por eso me dejó gusto a poco. Incluso en el apartado gráfico, Raina no repite esas proezas que hacía en Ghosts cuando te clavaba en el ángulo esas splash pages fascinantes, con unos paisajes increíbles. La ambientación de Guts es más ordinaria, no está esa invitación a vivir como algo mágico o estimulante el entorno en el que se mueven los personajes, sino más bien lo contrario: el paisaje suburbano (y hogareño) es frío, desangelado, y contribuye a esa sensación de chatura y -en algunos pasajes- de opresión. En el dibujo de fondos y personajes, Telgemeier vuelve a brillar en ese estilo sintético, claro, con esos detalles que le dan realismo a la imagen sin saturarla de información y con su excelente manejo de las expresiones corporales y faciales. Raina sigue en la senda de Bill Watterson, su principal referente, pero también muestra cositas de otros artistas como Stan Sakai, John Stanley, y hasta por momentos me hizo acordar mucho a Maco, la autora uruguaya, cuyas obras (supongo) Raina no leyó nunca en su vida. Como siempre, donde más se luce Telgemeier es en la narrativa, en ese flujo absolutamente natural y envolvente que tienen sus secuencias, ideal para enganchar a los lectores más chicos. A diferencia de la mayoría de los autores que hoy piensan al comic en términos de “novela gráfica”, Raina juega fuerte con el lenguaje icónico de la historieta: las onomatopeyas, los globos con distintas formas para expresar distintas formas de hablar (o pensar), e incluso diálogos y silencios traducidos a dibujos con gran jerarquía y con cero posibilidades de desorientar al lector no muy curtido en la lectura de historietas. Repito, entonces, que si bien a mí no me llegó tanto como Ghosts, me doy cuenta de que Guts es un muy buen trabajo, con la fuerza y la sensibilidad adecuadas para que millones de chicos y chicas se sientan muy identificados, la pasen muy bien y tengan a su disposición nuevas herramientas para ganarle a sus miedos e inseguridades. No tengo dudas de que Raina Telgemeier se merece la corona de Best Seller (que comparte con Dav Pilkey, el otro monstruo de las novelas gráficas infantiles que tiene Estados Unidos) ni de que sus historietas son un excelente punto de entrada para sumarle nuevos lectores a nuestro medio favorito. Estamos hablando de una autora que, con 43 años, encontró no sólo un público gigantesco, sino también una voz única, un estilo perfectamente idóneo para contar estas historias chiquitas, casi íntimas, en las que se ven reflejados muchísimos aspectos de la vida cotidiana de los chicos y adolescentes. Eso solo ya constituye una hazaña. Si además dibujás tan bien como ella, el éxito comercial y el reconocimiento de la crítica son actos de justicia que no tiene sentido cuestionar. Nada más, por hoy. Sigo leyendo el material que tengo pendiente, para que no falten reseñas acá en el blog.

sábado, 12 de septiembre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.23

Otro tomo del coleccionable de Nippur, esta vez con sólo seis historietas y con bastantes novedades en materia del elenco de autores. Vamos a ver con qué nos encontramos. La primera historieta, con dibujos de Sergio Milko en blanco y negro, es bien de fórmula, bien inscripta en el “más de lo mismo”. Millones de viñetas por página, textos kilométricos y un argumento que no suma ni resta. En la segunda historia, Robin Wood trae de regreso a Aneleh y Oiram, para una aventura flojita, muy predecible, a la que le falta fuerza, a tal punto que Nippur podría tranquilamente no estar y la trama sería prácticamente la misma. Dibuja una vez más Mulko, de nuevo con pocas ganas, ahora masacrado por unos coloristas que merecen morir en un penal de máxima seguridad. La tercera historia es rara: tarda en arrancar, pero una vez que lo hace se pone MUY buena. Acá Robin presenta una nueva locación, repleta de posibilidades para un montón de nuevas aventuras, y a todo un grupo de personajes secundarios con muchísimo potencial. Te imaginarás qué pasó con todo ese potencial: jamás nadie lo aprovechó. Acá pasan un montón de cosas que para el siguiente episodio (y todos los que vendrán después) no se vuelven a nombrar, como si nunca hubieran sucedido. Un disparate. Esta aventura tiene el atractivo de estar muy bien dibujada por Ricardo Villagrán, que regresa después de un paréntesis en el que su estilo se soltó un poco más de la referencia fotográfica y ganó en plasticidad y dinamismo. Las splash pages son alucinantes, ricas en detalles y con unas composiciones magníficas.Y el resto de la historieta está muy bien, no padece la pandemia de páginas con 12 ó 13 viñetas microscópicas. Una pena que la serie no haya continuado en esta línea. El siguiente episodio tampoco tiene páginas llenas de cuadritos ínfimos en los que los textos sepultan a los dibujos, pero ya no está Ricardo Villagrán, sino su hermano Enrique, que firmaba como “Gómez Sierra”. Obviamente está muy lejos del nivel de Ricardo, aunque sin errores groseros. El guión de Wood, de nuevo muy predecible, sin ninguna sorpresa ni giros interesantes. Seguimos con “Gómez Sierra” también en la cuarta historia, que presenta otra novedad: Ricardo Ferrari (quien compartía estudio con los hermanos Villagrán) aparece como co-guionista. ¿Qué supongo yo que sucedió? Que Robin no llegaba a mandar guiones completos y le dictaba a Ferrari (sospecho que por teléfono) un argumento muy básico para que el hoy encumbrado profesor de zoología lo desarrollara y le diera forma de guion. La verdad que la primera colaboración entre estos dos grossos no arroja resultados demasiado convincentes, y el dibujo tampoco ayuda. Y en la sexta y última historia, también tenemos una novedad: el guion de Ferrari y Wood no lo dibuja ninguno de los hermanos Villagrán, sino un adolescente que los asistía en el estudio. Un pibe muy jovencito destinado a ser un capo: nada menos que Jorge Zaffino, en su debut como profesional que firmaba con su nombre. No es un gran debut, porque Zaffino tiene muchos problemas con la narrativa, arma las secuencias de un modo medio confuso, repite mucho algunos enfoques y dibuja tratando de imitar al Ricardo Villagrán de principios de los ´70, lo cual consigue sólo parcialmente. La historieta está en blanco y negro, y no, acá no se ve ninguna de las técnicas con las que Zaffino se va a convertir (años más tarde) en un monstruo sagrado del blanco y negro. La trama no es tan obvia como otras, pero tampoco es nada del otro mundo. Una vez más, hay que conformarse con la altísima calidad de la prosa que aparece en los bloques de texto, porque desarrollo de personajes, subtextos interesantes o construcción de plots a futuro sigue sin haber. Muchas novedades en apenas seis historietas, pero sin un correlato real a nivel artístico. Veremos con qué me encuentro en el siguiente tomo. Mientras tanto, a seguir atentos, que en cualquier momento nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog. Gracias totales.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

SOLANIN

Me compré este manga en 2009, cuando se editó en EEUU, sin saber con qué me iba a encontrar, ni tener la menor idea de quién era Inio Asano. No había muchas referencias en ese momento, porque no tenía otros mangas publicados fuera de Japón. Pero algo me interesó como para timbearle los mangos que valía la edición de Viz. Lo leí ni bien me llegó y el resultado está a la vista: llevo once años predicando la palabra de Asano, comprando todas las obras que le publican en Occidente y recomendándolo a full a los lectores que quieren leer otro tipo de manga. Hace un par de años dejé de hinchar las bolas para que se empezara a publicar en Argentina, porque felizmente alguien en Ivrea se enamoró como me enamoré yo de las obras de este monstruo, y empezaron a salir ediciones nacionales de las obras del ídolo con bastante regularidad. Cuando se anunció la edición de Solanin con extras que en 2009 no existían, no dudé en hacer guita el libro de Viz y comprarme el de Ivrea. Y con la excusa de tener en la mano una nueva edición y algunos contenidos que nunca había visto, me lancé a releer este clásico contemporáneo que tan feliz me había hecho años atrás. Sí, no tengo problema en admitirlo: ese nivel de dibujo que en 2009 me había impactado y parecido glorioso, hoy lo comparo con los trabajos más recientes de Asano y me resulta bastante precario. Comparado con comics de otra gente, sigue siendo genial, pero los saltos que pegó este autor de Solanin para acá son tantos y tan brutales, que hoy a nivel gráfico esta obra quedó muy atrás de las más actuales. La brecha se nota grosso en este capítulo extra que incluye la edición argentina, donde vemos dibujos de Asano unos 10 años posteriores a los del grueso del tomo, y ahí está todo dicho. El libro te permite ver esa evolución tremenda con sólo pasar de una página a la siguiente. Te imaginás como se vería todo este librazo dibujado así, con la calidad del Asano más actual, y lo empapás todo con baba. El guion me volvió a parecer excelente, pero esta vez me quedó más claro que antes que Asano empezó el manga sin saber cómo iba a terminar. La historia fluye de modo muy natural, muy parecido a como pasan las cosas en el mundo real, y todo me hace sospechar que no había un plan muy definido, sino que el autor dejó que los personajes se desarrollaran e impulsaran la trama hacia adelante sin demasiado rigor, sin demasiado cálculo. Digo yo, eh? No se me ocurren motivos para darle al personaje de Taneda el protagonismo que le da Asano en la primera mitad de la obra, si ya estaba decidido lo que le va a pasar a Taneda y cuál va a ser su función en el argumento durante la segunda mitad. De todos modos, esto queda opacado por el desarrollo de Meiko, sin dudas el personaje principal, al que Asano le asigna el rol de llevar adelante el grueso de la trama, de ponerse al hombro la historia y de convertir a sus sentimientos en el eje sobre el cual van a girar casi todas las situaciones que tendrán lugar en Solanin. Y de nuevo lo que más me gustó fue la onda, la forma en que Asano recorre el fértil terreno del costumbrismo. Este es un manga que saca materias primas para construir su relato de cosas tan palpables, tan cotidianas como son los sueños de los jóvenes, sus inseguridades, sus pasiones, sus boludeces de todos los días, las cosas que dejan atrás cuando (sienten que) maduran, las reglas impuestas por la sociedad que aceptan, las que se pasan por el orto… En 2009 yo nunca había leído un manga así, quizás por eso este me llegó con tanta fuerza. Aún hoy, es difícil igualar a Solanin en este rubro, el del abordaje del slice of life sin caer en lo autorreferencial, ni en el drama por el drama mismo, ni en el grotesco, ni en el panfleto con pretensiones. Aprovecho que ahora hay edición nacional fácil de encontrar para volver a recomendar enfáticamente Solanin. Mangas como este le hacen mucho bien a la industria, generan mejores lectores y mejores personas. Nada más, por hoy. Aguante Inio Asano y la seguimos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

domingo, 6 de septiembre de 2020

CRIST… ICA DE LA RAZON PURA

Ya me falta un tomito menos para tener todos los que me interesan de la mítica colección de Grandes Humoristas Argentinos publicada por Hyspamérica a fines de los ´80. El último que logré sumar a mi biblioteca es el de Crist, un libro que tarda en arrancar (el primer chiste aparece recién en la página 13) y que termina con SEIS páginas en blanco, como si el autor no tuviera más material digno de ser recopilado en libro. Por suerte en el medio hay 140 páginas de las cuales casi todas tienen chistes, y algunas tienen varios. Después discutimos si está bueno que aparezcan chistes de 35 tamaños distintos, algunos recontra-ampliados y otros reducidos a su mínima expresión. Pero me gusta que el material esté elegido con un criterio amplio: hay muchos gag panels de los que Crist realiza aún hoy para la contratapa de Clarín, mezclados con un montón de otros chistes que aparecían en revistas como Hum® u Hortensia, entre otras revistas. La producción de Crist que se ve reflejada en este libro es (a ojo de buen cubero) la de fines de los ´70 y el período 1980-87, una época en la que el maestro cordobés también incursionó en el campo de las historietas, que por suerte ya tengo en el libro reseñado el 27/01/14. Varias cosas me llamaron la atención: Primero, que se eligieran para la recopilación unos cuantos chistes muy vinculados a la coyuntura de su momento, en los que Crist hacía humor con Ronald Reagan, Mikhail Gorbachev, o con películas que se estrenaron hace 35 años y hoy poca gente recuerda. Segundo, que la inmensa mayoría de los chistes no requieren del dibujo para lograr el efecto cómico que busca Crist. Los hay más graciosos y menos graciosos, pero lo más loco es que el humor que predomina es el que los humoristas gráficos llaman “humor radial”, es decir, chistes que podrían ser leídos por radio, sin la más mínima apoyatura de la imagen, sin perder su comicidad. Realmente son muy pocos los chistes en los que la gracia surge de la contraposición o de de la dinámica que se establece entre el texto y el dibujo. Esperaba que hubieran muchos más. En cuanto al nivel de comicidad, encontré pocos chistes que me hicieran reir fuerte. La mayoría son (como es la norma dentro del “humor radial”) juegos de palabras ingeniosos, puestos en función de reflexiones, de ideas que postula Crist, desde una mirada en general bastante pesimista, de la vida, de la política, de la economía, de la sociedad, del progreso científico, etc.. Hay mucha filosofía en estos diálogos amañados, enroscados para arrancarle una sonrisa al lector. Evidentemente detrás del humorista hay un tipo preocupado, pensante, observador. No infalible, porque también tiene chistes que no son muy eficaces y otros que hoy serían impublicables, como el que dice “Yo creo que el animal transmisor del SIDA debe ser la Pantera Rosa”. Pero en su mayoría, las reflexiones de Crist van para el lado del deterioro económico, de la hipocresía de los políticos, de la ambiciones imperialistas de las grandes potencias, del choque entre culturas, de la alienación que padecen los artistas… Todos temas bastante más complejos que los clásicos chistes que aparecen en cualquier página de humor de cualquier diario. Y dejo para el final lo más lindo, lo más brutal, lo más fascinante, que es el dibujo de Crist. Acá lo vemos experimentar con no menos de seis técnicas distintas, modificar totalmente su trazo, refinar el rotulado a niveles imposibles… La evolución nos la tenemos que imaginar, porque los chistes no están publicados en el orden en que fueron dibujados, sino que en una misma página conviven viñetas de épocas distintas, que parecen dibujadas por distintas personas. Así, conviven codo a codo trabajos de un Crist más genérico, más pegado a la estética típica del humor gráfico argentino de los ´70, con material en el que el cordobés ya se caga en todo y despliega rasgos estilísticos absolutamente propios, de esos que nadie puede reproducir sin convertirse en “un clon choto de Crist”. En todos los estilos, con todas las técnicas, tanto cuando juega al minimalismo como cuando sobrecarga las imágenes con detalles o texturas microscópicas, Crist impacta con su dominio del grafismo, su expresividad, su soltura y su inmensa libertad para hacer lo que se le cantara, sin ninguna restricción. Hace ya unos cuantos años que en la contratapa de Clarín los chistes de Crist aparecen coloreados, pero toda esta extensa etapa de blanco y negro (que se aprecia también en el hermoso librito La Tintaesencia de Crist, publicado en 1993 por Ediciones de la Flor) es asombrosa, por los riesgos y sobre todo por los logros que exhibe el autor. Aunque desaparecieran todos los textos de este libro (y junto con ellos, el 99% de los chistes) re da para tenerlo sólo para disfrutar de los dibujos, que son brillantes. Nada más por hoy. A seguir leyendo historietas, y atenti que en cualquier momento nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.

jueves, 3 de septiembre de 2020

THE WRETCH Vol.1

¡Volvieron los superhéroes! Bue, más o menos… The Wretch (el desgraciado, sería en castellano) es un personaje con poderes que pelea del lado de la gente necesitada. Pongámosle que –por la magnitud de las amenazas a las que enfrenta- se lo puede considerar un superhéroe. Es un bicho raro, de todos modos. No habla, no tiene rasgos faciales y sólo se expresa con los ojos. No sabemos cuáles son sus poderes, ni su origen, ni qué hace cuando no está en acción contra monstruos y amenazas varias. Estamos hablando de un personaje bastante atípico, pensado sobre todo para que su creador narre más o menos lo que se le da la gana. Y además estamos hablando de una obra personal, arriesgada y fascinante del maestro Phil Hester, un historietista descomunal, que en esta época (año 1997) estaba en un momento fenomenal. Las seis historietas que componen el tomo tienen guiones de calidad bastante disímiles, pero no hay ninguno definitivamente horrendo. Los más flojitos (los dos primeros) se la bancan con decoro, y de ahí en más, Hester pega saltos muy notables en su eficacia como guionista, apoyado sobre todo en sus virtudes como narrador. El último episodio, donde el autor se dedica sobre todo a homenajear a Jack Kirby, no está a la altura de los tres mejores, pero también es atractivo. Y probablemente el mejor de los seis sea el quinto, donde Hester juega a meterse en la cabeza de cinco adolescentes de escuela secundaria y pela momentos dignos de un guionista grosso, con 20 años de trayectoria a sus espaldas. Posta, si me decís que esas 23 páginas las escribió Neil Gaiman, o Grant Morrison, te lo re-creo. La del tributo a Kirby también desentona por el lado de la grandilocuencia. Hester estaba desarrollando a The Wretch como un héroe de barrio, que se ocupaba de amenazas no mundanas, pero sí munícipes, circunscriptas a la calle y la gente común, por debjao del radar de la policía y los medios de comunicación. Por ese lado venían in crescendo los hallazgos del autor, por ahí se venía edificando la leyenda de este personaje al que –por motivos que no logro descifrar- hoy poca gente conoce o recuerda. También esa última historia es la única que no tiene un subtexto social, un mensaje sutil acerca de temas referidos a la desigualdad entre ricos y pobres, o a la discriminación en sus distintas (y funestas) formas. En las cinco anteriores, Hester se las rebusca para bajar línea de modo para nada estridente pero sí disfrutable. Y si hablamos de disfrutar, lo que seguramente hará que quieras comprar este libro y que lo disfrutes como lo disfruté yo, va a ser el dibujo. Más allá de su devastador talento como narrador, más allá de los logros que le vimos en varios de los guiones de este tomo (e incluso en el que reseñamos aquel lejano 07/11/10, que contenía historias más antiguas), el ancho de espadas de este autor es el alucinante impacto que produce su dibujo. Fuera de la mímica de Kirby (que le sale perfecto), Hester tiene un estilo perfectamente definido, basado en un manejo espectacular del claroscuro. Masas negras, espacios blancos y chau, no hace falta nada más para que la magia de Hester brille en la página con todo su esplendor. Tener como protagonista a un personaje que no habla le sirve al autor para prodigarse en secuencias mudas, también de altísimo impacto, donde se lucen como nunca los cambios de enfoque, la planificación del relato gráfico y la fuerza de ese trazo generalmente bien grueso, bastante a contramano de lo que estaba de moda en el mainstream yanki de fines de los ´90. Me dieron ganas de buscar y releer las revistitas con el material anterior de The Wretch, de cuando la publicaba Caliber y Hester le metía muchos más detalles al diseño del personaje. Esto, en cambio, es un recopilatorio de la serie que publicaba Slave Labor, y tengo entendido que en total son tres TPBs. Ojalá algún día consiga baratos los otros dos. Nada más, por hoy. Mañana es 4 de Septiembre, Día de la Historieta, y no puedo menos que desearles que lo pasen muy bien, rodeados de infinitas viñetas. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 31 de agosto de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.22

Hoy muy cortito, porque no me quiero amargar la vida yo, ni amargársela a ustedes. Este es, por afano, el tomo de Nippur más flojo de todos los que leí hasta ahora. No sólo los guiones son intrascendentes: también están llenos de ideas (y creo que hasta de diálogos) que ya leí en episodios anteriores. Parecieran ser refritos de historias viejas, a las que alguien (no sé si el propio Robin Wood o algún sicario) les cambió un par de nombres y alguna boludez más para venderlas como episodios inéditos. El tomo trae sólo seis historietas y no hay una sola para rescatar. Realmente, si te salteás este libro hacés mierda el dibujo que se forma con los lomos, pero te hacés un favor, porque esto sólo te puede aportar desgracias. Cuatro de los seis episodios están dibujados por Sergio Mulko, así nomás, sin demasiado entusiasmo, como si se quisiera sacar el trabajo de encima lo más rápido posible. En algunos episodios lo colorean los criminales de lesa humanidad a los que Columba empleaba para que destruyeran la labor de los dibujantes, y en otros lo vemos en ese blanco y negro siempre igual, sin nuevas ideas hace ya varios tomos. En los episodios a color aparecen varias splash-pages, que parecen viñetas comunes ampliadas. No se nota (como se notaba en las splash-pages de Lucho Olivera o de Ricardo Villagrán) la intención de aprovechar para meterle a esa única imagen un grado mayor de detalles, de cuidado en la composición, o de equilibrio entre masas negras y espacios blancos. Yo creo que Mulko se dio cuenta de que esos dibujos iban a ocupar una página entera recién cuando los vio publicados. Y quizás ni le llamó la atención, porque el color de la primera página lo dejó ciego y ya no pudo ver las siguientes. Los dos episodios que dibuja Carlos Leopardi aparecen publicados a color, y con mucho menos abuso de la splash-page. Cuando le dan a Leopardi la posibilidad de romperse el alma para que esa única imagen sea memorable, no la desaprovecha. De hecho, en la aventura que cierra el tomo (Primero el Vuelo del Pinzón) tiene apenas tres páginas con más de nueve cuadros (algo infrecuente para esta época de Nippur) y en la mayoría de las páginas de nueve viñetas o menos, vemos un equilibrio muy logrado entre texto e imagen. Más allá del guion formulaico y aburrido, la forma en que Leopardi plantea las secuencias hace que ese último episodio se pueda leer sin sufrir. Y los malignos coloristas lo tratan un poco mejor que a Mulko. Por lo menos no colorean a Nippur con todo el cuerpo violeta y las pupilas rojo sangre, lo cual es un avance. Nada más. No me quiero seguir flagelando a mí mismo con un comic de tan improbable redención. Ojalá haya más suerte en el próximo tomo. Tampoco me quedan tantos por delante porque –creo que ya lo conté- mi hermano los dejó de comprar cuando pasaron de quincenales a semanales. Es lo que hay. Gracias y hasta el mes que viene.

viernes, 28 de agosto de 2020

EL HOMBRE GARABATEADO

Bueno, ahora sí, cerrá todo. Me puse a leer las historietas de 2018 que tenía y no había leído, para no frutear cuando grabemos el podcast donde –junto a los lectores de Comiqueando- elegimos las mejores obras aparecidas ese año, y llegué una vez más al Nirvana. A la Historieta Perfecta. El Hombre Garabateado es una novela de más de 300 páginas escrita por Serge Lehman (a quien nunca había oído nombrar) y dibujada por el ídolo suizo Frederik Peeters, todo en blanco y negro. Es una obra bastante reciente, tiene apenas dos años, con lo cual me da cosa contar demasiado de la trama, porque supongo que mucha gente interesada todavía no la pudo leer (además, como ya señalamos el otro día en la reseña de ¡Universo!, al estar editada por Astiberri en tapa dura, la inversión que requiere su compra no es para nada menor). Sin spoilear nada, es una historia centrada en tres mujeres (abuela, madre e hija), construida sobre una base realista, costumbrista, en la que irrumpen elementos sobrenaturales bastante oscuros, pero de una manera armónica, lógica, muy bien presentada. Es como una especie de cruza entre un thriller con ciertas aristas políticas y un cuento de hadas 100% adulto, terrible, pasado de rosca, algo que –no tengo ninguna duda- le hubiese encantado imaginar a Neil Gaiman para una de sus novelas. La vinculación con la literatura es muy explícita, el ámbito de las editoriales parisinas está bastante presente y la Ciudad de las Luces comparte protagonismo con un pueblito en la Loma del Orto, donde Lehman va a ambientar algunas de las escenas más zarpadas. Además de los tres personajes centrales (entrañables las tres), Lehman presenta a unos cuantos secundarios, y varios de ellos son tan grossos que cualquiera de ellos podría ser protagonista. Los diálogos están perfectamente cuidados, el misterio está llevado de una manera exquisita, impredecible, que te enrosca en la trama en muy pocas páginas, y ya no te deja salir. Otra punta muy interesante es cómo se sostiene de punta a punta el contraste entre los elementos actuales, modernos, contemporáneos, y toda esa otra arista atávica, secreta, ancestral, anclada en un pasado que nos queda muy lejos, pero que Lehman nos trae al presente con una maestría poco frecuente para un guionista que no figura en la lista obvia de los recontra-consagrados. Y ya está, no digo ni una palabra más sobre el glorioso guion de Serge Lehman. Me voy con el trabajo de Frederik Peeters, que vuelve al blanco y negro para detonarlo en mil pedazos. Ya sólo por la magia que tira a la hora de aplicar los grises, este podría ser el pico en la carrera del suizo como dibujante. Pero además están los climas, está la acción, está todo el flujo de la narrativa que es impecable, todo el cuidado para darle a cada una de las protagonistas su propio lenguaje gestual y corporal, la planificación de las secuencias mudas (infernales, de esas que se te quedan en las retinas toda la vida), el grafismo preciso, plástico, por momentos cercano al mejor Craig Thompson y –no puedo no nombrarlos- esos fondos demoledores, esas ciudades y esos paisajes rurales que te envuelven por completo. Visualmente, estamos ante un comic absolutamente maravilloso, con un nivel que sólo se le puede pedir a uno de los máximos exponentes que tiene hoy el Noveno Arte a nivel global. La verdad que no puedo explicar lo bien que la pasé leyendo El Hombre Garabateado. Le tenía mucha fe, porque recibió unos cuantos premios, de esos que no se rifan ni se le dan a los amigos para subirles la autoestima. Pero me encontré con algo infinitamente mejor que lo que esperaba. Una verdadera gema, que me atrapó, me emocionó, me involucró, me hizo jugar al famoso “a ver si deducís el misterio antes que los personajes”… En una palabra: me resultó fascinante. Sólo loas, aplausos y recomendación extrema para esta obra, y por supuesto ahora a buscar otros trabajos de Lehman, a ver con qué me sorprendo. Esto es genuinamente original, potente y hermoso. Esto es lo que hace que tenga sentido prácticamente todo. Gracias por estar ahí una vez más, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 25 de agosto de 2020

ZOOT SUITE

Por lo menos hasta fin de mes, sigo transitando mi cuarentena sin superhéroes, y es hora de compartir una reseña complementaria a la del 11/02/14, que nunca está demás repasar. En un libro bastante más finito que aquel y en formato comic-book, Fantagraphics recopila trabajos muy locos del glorioso neozelandés Roger Langridge, todos de 1992-96, esta vez acompañado por su hermano Andrew en los guiones. La portada te engaña: parece que de nuevo casi todo va a girar en torno a Art D´Ecco y The Gump, pero en realidad aparecen muy poquito y en historias muy breves, de una página, que complementan a la principal. La historia más extensa se titula The Journey Halfway y es una tragicomedia absolutamente hipnótica que te hace reir, te pone nervioso, te bajonea y por momentos te deja en bolas, pensando qué quisieron decir los autores. Por momentos parece un sketch de los Monty Phyton, por momentos una parodia de Waiting for Godot (el clásico surrealista de Samuel Beckett), por momentos una aventura costumbrista de borrachos y perdedores que podría haber contado Peter Bagge en un número de Hate. Andrew Langridge ensaya distintos tipos de humor (de los Hermanos Marx a Bugs Bunny), distintos climas, y a la vez le da el pie a Roger para probar distintas grillas y distintos tempos narrativos a la hora de llevar la historia a la página. Y por supuesto Roger no se guarda nada y despliega ese asombroso arsenal gráfico que lo posiciona hace muchos años como uno de los mejores historietistas del planeta, el heredero natural de Will Elder y Harvey Kurtzman. Estamos hablando de un dibujante realmente fenomenal, brillante en todos los rubros. Un genio absoluto. Por el lado de las historietas cortas, no sólo tenemos más despliegue visual por parte de Roger (que se anima a modificar el trazo, a narrar sin fondos, a irse más al carajo en el diseño de los personajes) sino que además Andrew abraza con más pasión el surrealismo, el delirio y el humor con mala leche, sin descuidar nunca la calidad de los diálogos, que es altísima en todo el tomito. Calling Claire y No Shit Man son verdaderas micro-joyas, The Friendly Pooh es tan graciosa que daba para seguirla hasta el infinito, y la onírica I Dreamt está repleta de ideas limadísimas, y además contiene las páginas mejor dibujadas por Roger a lo largo del librito. Me da la sensación (chotísima, por cierto) de que en Argentina somos muy poco los fans de Langridge y no se me ocurre qué corno hacer para reparar esta horrorosa injusticia. Por ahí ponerle un chumbo en la cabeza a algún editor local para que le publiquen aunque sea una historia corta. Por lo pronto me sigo maravillando cada vez que uno de sus trabajos cae en mis manos, porque siempre encuentro cosas nuevas que me sorprenden y me fascinan, dentro de un estilo muy reconocible, capaz de brillar tanto en color como en blanco y negro, en historias más aventureras, más cómicas o más inclasificables, ya sea con guiones propios o ajenos. Sueño con el día en que los comiqueros de todo el planeta se apuñalen unos a otros por un libro de Roger Langridge, y en todos los medios más o menos especializados se lo cite como el referente, como el capo, como la bruta bestia que es desde hace más de 30 años. No sé si Zoot Suite es un buen punto de entrada para el que no es fan de Langridge, porque si no te gusta el surrealismo tiene varios momentos medio WTF?!?. Pero aunque sea para flashear con los dibujos, todos, hasta los lectores más cabeza, se merecen tener frente a sus ojos estas historietas creadas por los gloriosos hermanos neozelandeses. Esto es todo por hoy. Gracias por tanto, perdón por tan poco y seguramente antes de que termine Agosto tendremos una nueva reseña, acá en el blog.

sábado, 22 de agosto de 2020

¡UNIVERSO!

Hoy la vida me trató bárbaro. Hoy cicatrizaron las heridas que le habían quedado a mi ojete desde el día en que compré este libro, por el que me cobraron una fortuna.¡Universo! Es un tremendo masacote de más de 200 páginas, editado en tapa dura y a todo culo por Astiberri, lo cual significa desembolsos de guita comparables a siete u ocho vencimientos de bonos de la deuda eterna que nos dejó la derecha neoliberal. Semanas enteras de no darte un puto gusto harán falta para compensar el agujero que te va a hacer este libro en tu economía (a menos que seas millonario o millonaria, en cuyo caso, seamos mejores amigos, amantes o cónyuges), pero el sacrificio vale la pena, no tengo dudas. El libro recopila las primeras cinco historietas que el genial autor catalán Albert Monteys realizó para el sitio web The Panel Syndicate y que se podían leer online, pagando unos pesitos a voluntad del lector. Pero esto es demasiado brillante como para que sólo accedan a su lectura aquellos que consumen historieta en soporte digital. En estas historietas, Monteys vuelve a la ciencia-ficción, género en el que había incursionado brevemente allá por fines de los ´90 con Calavera Lunar, que era un comic 100% en joda (y excelente). En el medio, el ídolo hizo de todo, pero la gran masa de su producción se concentró en revistas satíricas y de humor, principalmente El Jueves (donde llegó a ser director), Orgullo y Satisfacción y la revista infantojuvenil Mister K (que no era un órgano de difusión del kirchnerismo). Acá, a lo largo de poco más de 20 años, Monteys produjo una cantidad brutal de chistes y de historietas breves (rara vez exceden las dos páginas) basadas sobre todo en el humor costumbrista y en la sátira a situaciones y estereotipos sociales de los que pulularon por España en ese período. Con ¡Universo!, el creador de Tato y Carlitos Fax se reinventa como un autor de historietas extensas, que no dejan por completo de lado el humor, pero que cuentan historias dramáticas, profundas, en las que los tópicos de la ciencia-ficción (viajes al espacio, alienígenas, robots, viajes en el tiempo, etc.) se ponen al servicio de temas muy reales, muy próximos, muy humanos. Monteys crea a lo largo de estos relatos (sutilmente conectados entre sí) un vehículo narrativo que le permite abordar problemáticas actuales, con una gran madurez, lejos de la joda loca de la época de Tato y Calavera Lunar. Son historias teñidas de una cierta melancolía, de un humor medio bajonero, con un regusto amargo. Y lo más importante: no son sátiras ni parodias. No están llenas de guiños a los fans de Star Trek y Star Wars (a los que Monteys les dio sin asco en sus chistes en El Jueves), ni a los fans de las sagas cósmicas de Marvel y DC. Más que en las referencias a los clásicos del género, el catalán se apoya en la consistencia de las historias que imagina y del universo en el que las ambienta. El resultado es de una calidad y una originalidad poco frecuentes en las historietas de ciencia-ficción. No quiero contar nada de las tramas para no spoilear, pero esto es tan asombroso como emotivo y merece que todo comiquero se anime a descubrirlo. Por si faltara algo, el dibujo, el color y la puesta en página son extraordinarios. Monteys se nos muestra fuera de su zona de confort y a la vez fuera de control, decidido a probar todo, a explorar todas las variantes narrativas que tantos años de historietas humorísticas cortitas no le habían permitido explorar. El dibujo, sin ser académico, se aleja un poco de la caricatura extrema, de ese estilo del Monteys de los ´90 que combinaba a la Escuela Bruguera con Peter Bagge. ¡Universo! nos avisa desde la estética que este es otro Monteys, más curtido, más comprometido, más arriesgado, más incisivo, con un abanico de influencias infinitamente más amplio y con un arsenal de recursos gráficos y narrativos realmente inconmensurable. Recomiendo enfáticamente esta gloriosa colección de tragicomedias futuristas con las que Albert Monteys se puso otra vez a la vanguardia del Noveno Arte, ganó unos cuantos premios y cosechó unas críticas espectaculares en varios mercados muy distintos entre sí. Recorré el universo, si hace falta, pero conseguite este libro, disfrutalo, atesoralo y sé feliz. Nada más por hoy. Gracias y hasta pronto.

miércoles, 19 de agosto de 2020

EL CHICO DE LA HISTORIETA

Siempre me intrigó este libro de Ziraldo, pero nunca supe qué corno tenía adentro. La semana pasada, se me ocurrió atravesar el Parque Rivadavia mirando muy por encima los puestos, y como lo vi barato, me lo compré incluso cuando estaba embolsado y no había forma de averiguar con qué me iba a encontrar una vez que lo abriera. Lo primero que me sorprendió es que es un trabajo cortito. Son apenas 28 páginas, apenas un poquito más que un comic-book promedio. Pero eso no es lo más sorprendente. Lo más loco es que Ziraldo empieza a “contar una historia” en forma de historieta, y cuando van 18 páginas, pega un volantazo y sigue adelante la narración pero en forma de prosa. Primero con una tipografía inmensa, con muy pocas palabras por páginas, después la tipografía se empieza a achicar cada vez más, hasta que para la última página ya es un texto normal, con letra chiquita sobre fondo blanco, como cualquier libro de texto común y corriente. ¿Qué es esta bizarreada?!? Yo nunca había visto una cosa así, y consumo historieta para chicos desde antes de aprender a leer. Pero ni siquiera eso es lo más loco. Lo más loco es la historia que nos cuenta Ziraldo. La historia de un pibe que vive adentro de las historietas, que las conoce por dentro, que se codea con héroes re-capos y capos del humor, que pasea por escenarios fantásticos que parecen diseñados por Moebius, o por el espacio exterior, que domina de taquito técnicas gráficas, que sabe que en el mundo donde habita los ruidos y sonidos se traducen en letras, que el color está hecho de puntitos de impresión… Esto nos lo muestra Ziraldo en las primeras páginas, de un modo absolutamente descomprimido, como si no tuviera el menor apuro por llegar a ningún lado, como si el objetivo de la obra no fuera narrativo, sino descriptivo, centrado en esa fascinación que produce (además de la calidad del dibujo) esa mirada tan original y tan extraña al mundo de la historieta. Y cuando los dibujos desaparecen, el texto se vuelve bastante más narrativo, para centrarse en la reacción de este chico que de pronto se encuentra fuera de su zona de confort, en un medio que no es ese que recorría a piaccere y en el que se las sabía todas. Ahora se tiene que acostumbrar a un mundo sin imágenes, sin colores, donde todo pasa por la palabra, y acá empieza otro viaje, el viaje hacia el corazón de lo literario. Básicamente lo que Ziraldo nos quiere presentar es la transición entre leer historietas y leer literatura, algo que todo chico alguna vez hace en su vida como lector, pero con la novedad de que convierte ese tránsito en algo “aventurable”, como diría el maestro Juan Sasturain. Hay un hilo narrativo y una curva dramática en este paso de un medio a otro, de una forma a otra de percibir y describir la realidad, y eso es algo que –de nuevo- yo nunca había visto. ¿Está bueno que el aprendizaje del protagonista consista en dejar la historieta atrás, para acercarse gradualmente a un “punto de llegada” que es el texto pelado, con tipografía chiquita y fondo blanco? Para mi gusto no, porque le baja el precio a la historieta. Pareciera que la historieta es lo que leés cuando no te da la cabeza para leer literatura. O sea que, si bien el relato está bien armado, baja una línea que yo no comparto en absoluto. ¿Por qué está bueno tomarse un ratito para leer esta obra de 1989? Por la idea, que es rarísima; por la ejecución, que está muy bien lograda; y porque el tramo que tiene viñetas, secuencias, dibujos, color, onomatopeyas y (pocos) globos con texto es espectacular. Cómo está presentado, las variantes en el grafismo y en el color, la puesta en página… Querés que eso dure hasta el final del librito, que no se termine ni a palos, más allá de que a nivel argumental, las cosas interesantes empiecen a pasar cuando el pibe “deja atrás” el universo de las viñetas. Y claro, también está bueno porque Ziraldo es un autor impresionante, un referente de la historieta humorística que logró romper esa extraña insularidad que tiene la historieta de Brasil, para conquistar varios mercados extranjeros a fuerza de talento. Se puede no coincidir con el mensaje que transmite El Chico de la Historieta (O Menino Quadradinho, en la versión original), pero se complica discutir la solvencia y la originalidad que despliega el autor en estas páginas. Por si lo querés buscar y comprobar por vos mismo lo extraño de todo esto, el librito está editado en Argentina por Emecé, en 1993. Y esto es todo por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 16 de agosto de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.21

Sigo adelante con mi descubrimiento de una época de las aventuras de Nippur que nunca había leído, porque se publicaron en la revista D´Artagnan en 1975 (cuando yo era muy chico) y nunca se habían reeditado hasta que salió este coleccionable. Una vez más, el tomo ofrece siete episodios, que procedo a recorrer. El primero es el único dibujado por Lucho Olivera, en un muy buen nivel, siempre con ese desequilibrio extraño entre páginas con 12 ó 13 viñetas microscópicas, mezcladas con seis splash-pages, que para una historieta de 15 páginas son un montón. Por ahí sacrificando tres o cuatro splash-pages, se podrían evitar las páginas de 12 cuadritos minúsculos y lograr un resultado más parejo. El guión de esta primera aventura es bastante bueno, empieza con un repaso muy agudo (aunque excesivamente verborrágico) por todos los personajes a los que conoció Nippur y ostentan una corona, y después deriva hacia un canto a la amistad, a la joda, a la falta de ataduras y responsabilidades que el permite al errante ir de acá para allá a su antojo sin pedir permiso ni darle explicaciones a nadie. Es un discurso bastante coherente con lo que era la vida de Robin Wood en esta primera mitad de los ´70, plasmado en textos de hermoso vuelo literario. En este tomo tenemos cuatro episodios dibujados por Sergio Mulko y, si bien no aparecen los cuatro seguidos, los voy a reseñar en ese orden. El primero es una aventura muy menor, con un rol mínimo para Nippur, que podría tranquilamente no estar. El dibujo, muy desparejo, con alguna secuencia muda en la que Mulko trata de sacar chapa de buen narrador, pero en general muy opacado por la sobredosis de textos. La segunda nos muestra por primera vez a Mulko a todo color, pero le tocan unos coloristas criminales que lo masacran, de modo que el resultado se ve opaco, tosco, precario. Hay un par de viñetas muy bien logradas, pero en general es poco lo que se puede rescatar. El guion es realmente muy bueno, con un buen giro en el final y –de nuevo- un rol muy chiquito para Nippur, que es más testigo que héroe. En su segunda historieta a color, Mulko sufre aún más el flagelo de estos malvivientes que se hacían pasar por coloristas y el dibujo se ve aún peor que en el capítulo anterior. De nuevo la faz gráfica le baja el precio a un buen guion de Robin, que habla de modo explícito (y muy interesante) sobre la grieta entre ricos y pobres y lo que les pasa a los pobres cuando empiezan a pensar con mentalidad de ricos. Acá también, Nippur está prácticamente como figura decorativa. Y queda un cuarto y último episodio dibujado por Mulko, de nuevo sin participación de Nippur en la trama (se limita a narrar una historia vivida por su amigo Teseo), pero esta vez con un argumento endeble, poco atractivo. La clásica verborragia de Wood se impone por sobre los dibujos de Mulko (acá de regreso al blanco y negro) que no aportan nada que no hayamos visto ya en otros episodios dibujados por este artista. Y me quedan dos historietas, en las que aparece un nuevo dibujante, el glorioso Carlos Leopardi. En su primera historieta (en blanco y negro) Leopardi parece un correcto imitador de Lucho Olivera, más parejo, sin tanto péndulo brutal entre las viñetas en las que se dibuja todo y las viñetas resueltas en tiempo record, sin el menor esfuerzo. Es un muy buen debut, acompañado por un guion atractivo, también con un gran giro final, con bastante protagonismo para Nippur. Y en la historia que cierra el tomo, vemos a Leopardi por primera vez a todo color, y descubrimos que su trazo agreste, oscuro, áspero, soporta mejor que el de Mulko y el de Lucho el constante sabotaje por parte de los coloristas. Acá la influencia de Olivera sobre Leopardi se hace menos evidente, excepto en las caras del personaje femenino que protagoniza la historieta (sí, de nuevo Nippur tiene un rol mínimo en la trama). Es una buena historia, un toque predecible pero con buenos momentos de tensión y violencia. Me encantó ver a Leopardi desembarcar en la antigua Mesopotamia y dejar desde temprano su marca en esta serie, que es ideal para un dibujante de su estilo y de sus condiciones. Además me encontré con varios guiones de Robin realmente satisfactorios, así que me voy contento. Veremos con qué me encuentro en el próximo tomo. Spoiler alert: ya me quedan pocos son leer. Y ya está. Nada más por hoy, gracias por el aguante y será hasta la próxima.

jueves, 13 de agosto de 2020

MEGAMAN ROTO

Después de la dosis extra-large de X-Men que me clavé la vez pasada, mi idea era no leer más comics de superhéroes hasta fin de mes. Pero bueno, pasaron cosas. Megaman Roto es una historieta de 82 páginas, en la que Fer Calvi retoma al personaje que surgió en 1996 en la revista Comiqueando (por ahí te suena) y que llegó a tener un par de números de su propio comic-book en Ediciones de la Urraca, también a mediados de los ´90. Lo increíble de este regreso es que, si bien Megaman siempre fue una serie que le servía a Calvi para homenajear a sus ídolos, ahora el foco se desplaza de la aventura a la meta-ficción. Como lo hiciera Grant Morrison en sus últimos números de Animal Man, acá el creador de Bosquenegro se dedica sobre todo a pensar cómo funcionan los mecanismos narrativos que impulsan los relatos protagonizados por superhéroes. El origen, los villanos, las debilidades, la motivación, la relación con otros héroes y –lo más morrisoneano- ese momento en que el personaje queda cara a cara con el autor, narrado en términos serios, dramáticos, de modo que se convierta en el pico máximo de tensión de toda la obra. O sea que más que un comic de superhéroes, Megaman Roto es un ensayo acerca del mito del superhéroe en forma de historieta. Con una especie de recorrida histórica, incluso, por las aventuras pasadas de Megaman, pero también por la historia del género en sí, con momentos que intersectan con las distintas “eras” en las que esta suele dividirse. Y además de toda esta faceta más reflexiva, más analítica, hay también escenas de machaca grandilocuente, escenas sostenidas en el desarrollo de personajes y hasta escenas más poéticas. Ninguna le disputa el protagonismo a las ganas que tiene Calvi de contarnos qué es para él un superhéroe, cómo funcionan y por qué lo emocionan este tipo de personajes. Con lo cual todo amague de conflicto más clásico o más aventurero queda en un segundo plano. Pero está perfecto. Lo que hace único y alucinante a Megaman Roto es que se anima a apartarse del molde de las historias a las que está homenajeando y acerca de las que nos invita a pensar, para narrar otra cosa. Después si querés nos preguntamos cómo le pegará esta historieta al que no leyó miles de comics de superhéroes y por ahí no sabe qué es un “kirby dot”, o no pesca las referencias al Superman de los años ´50, a la Silver Age de Marvel, a Watchmen, a los autores que fundaron Image en el ´92, etcétera. Por ahí los deja medio fríos. A los que consumimos, seguimos y pensamos este género, en cambio, Megaman Roto seguro nos detona los ojos, la mente y el corazón. No se le puede pedir mucho más a una historieta. Otra cosa que me encantó es que Calvi no juega a la mímica. No acomoda su estilo (de probada versatilidad) a cada referencia visual que nos quiere ofrecer. En un momento juega a dibujar como Pablo Picasso y le sale genial. Gráficamente, es un Calvi genuino, auténtico, comprometidísimo con lo que quiere contar y con espacio para la experimentación tanto en el trazo, como en el color, como en la narrativa propiamente dicha. En este último rubro, me hubiese gustado ver menos splash pages, pero la verdad es que están dibujadas a un nivel estupendo, con una fuerza y un dinamismo que te sacuden mientras las recorrés con la vista. La verdad que a nivel visual este es un trabajo muy bestial de Fernando, al nivel de lo mejor que dibujó en su vasta carrera. Y dejo para el final lo peor, lo más lamentable, lo que parece mentira que siga sucediendo en pleno Siglo XXI: las faltas de ortografía en los textos. ¿Cómo puede ser que nadie detecte o corrija errores (horrores, en realidad) como “horfanato” o “distorciones”? Un bajón tremendo, porque esos detalles, si bien son pequeños, opacan una muy buena edición y una historieta definitivamente memorable. En Argentina, muy lejos de donde los superhéroes grossos nacen, se desarrollan y se exprimen comercialmente más allá de cualquier lógica, hay un autor que los leyó, los estudió y entendió todo. Megaman Roto puede ser muy raro para el que busca un comic de superhéroes tradicional, o muy “nerd” para el lector que sigue las obras de Calvi apuntadas al público adulto. Pero si sos o fuiste fan de los muchachos musculosos con capas y superpoderes, no tengas dudas de que te va a conmover. Y si no, igual lo podés leer para deleitarte con los dibujos, que son impresionantes. Hasta acá llegamos por hoy. Gracias y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

lunes, 10 de agosto de 2020

ESSENTIAL X-MEN VOL.6

A lo largo de varios días, fui recorriendo de a poco este tremendo masacote de 656 páginas, que desemboca nada menos que en la Mutant Massacre, el primer crossover entre los títulos de la línea X-Men, que para este entonces (1986) ya contaba con tres series mensuales. El tomo arranca en 1985, con el nº 199 de Uncanny X-Men, con Chris Claremont muy concentrado en darle chapa a Rachel, un personaje que finalmente se sacará de encima pocos números después en circunstancias medio frutihortícolas. Acá también termina de darle relieve al plot de Freedom Force y justo cuando está todo listo para un nº 200 memorable, calzan el New Mutants Special y el X-Men Annual 9, más de 100 páginas con los mutantes en Asgard, totalmente descolgadas del resto. Esa saga es gloriosa, quizás lo más redondito a nivel desarrollo de personajes de toda la Era Claremont, y ya la reseñamos allá por el 24/08/11, cuando tuve la desgracia de leerla a color. Y después sí, de Asgard nos vamos a París, para presenciar el juicio a Magneto, y la despedida (nunca definitiva) del Profesor Xavier, que se va al espacio con Lilandra y los Starjammers. La movida de poner a Magneto a cargo de la escuela de Xavier se va a sentir mucho más en la revista de los New Mutants que en la de X-Men, donde el Amo del Magnetismo va a aparecer poco y en un rol menor. Los protagonistas de esta etapa son –por mucha diferencia- Wolverine y Storm, mientras que el resto apenas acompaña. Para darle chapa a Storm, Claremont se deshace de Cyclops de un modo por lo menos polémico, pero claro, se venía X-Factor y Scott tenía que estar en esa revista, donde era imposible reemplazarlo. Colossus, Nightcrawler, Rogue y Kitty tienen roles bastante secundarios y Rachel ocupa el centro de la escena hasta el nº 209, donde se esfuma sin dejar rastros. El número anterior, el 208, fue el primero que me compré en la adolescencia, el que me decidió a seguir todos los meses Uncanny X-Men y a aspirar a completar la colección para atrás, algo que pude hacer varias décadas después gracias a los gloriosos Essentials. El 210 es un número bien de transición, donde por primera vez los lectores de X-Men nos enteramos que existe X-Factor. Y de ahí hasta el final del mega-broli, tenemos toda la Mutant Massacre, con tres números de Uncanny, tres de X-Factor, uno de New Mutants, uno de Power Pack y ¡dos de Thor!. Esto es muy interesante, porque muestra lo minuciosa y lo ajustada de la coordinación entre las revistas que llevaba adelante Ann Nocenti. Los personajes y la trama pasan de una revista a otra sin tropiezos, todo se explica para que si leías sólo Thor o sólo X-Factor entendieras absolutamente todo lo que estaba pasando (aunque la resolución no va a estar en esas revistas, sino en Uncanny) y hasta tiene la misma escena vista de dos puntos de vista distintos (escrito por distintos guionistas), uno en un título y otro en otro, obviamente publicados el mismo mes. El argumento en sí es muy básico, y deja más preguntas que respuestas, pero está bueno porque le pega sacudones violentos tanto a los X-Men como a los X-Factor. Una pena que a este experimento le haya ido tan bien que Marvel decidió repetirlo una y mil veces, hasta que ya los cruces entre revistas fueran un obstáculo para disfrutar la lectura de los comics de mutantes. En materia de dibujantes, acá tenemos la despedida (por un tiempo) de John Romita Jr., que venía militando y mejorando grosso en Uncanny X-Men hacía unos cuantos números. Entre suplentes e invitados están (agarrate fuerte) Barry Windsor-Smith, Alan Davis, Rick Leonardi, Brett Blevins y June Brigman. En la saga de Asgard tenemos las que quizás sean las páginas más gloriosas de Arthur Adams. En X-Factor, dos de los tres números los dibuja Walt Simonson prendido fuego (con guiones de su esposa Louise). En Thor está Sal Buscema en su mejor momento. En New Mutants, dibuja Butch Guice y entinta Kyle Baker. Y en Power Pack, Louise Simonson ya trabajaba en equipo con Jon Bogdanove (quien va a ser su compañero muchos años en Superman: The Man of Steel), acá mucho más sobrio, mucho menos grotesco que cuando desembarque en DC. O sea que en cuanto a la calidad gráfica, el Essential nos tira un combo realmente demoledor. Ya en el próximo tomo, sin Romita Jr. (que se iba para consagrarse definitivamente en Daredevil), me imagino que habrá más altibajos. Pero este tramo es maravilloso y en blanco y negro se disfruta mucho más que con esos colores espantosos que le ponían a los comic-books de los ´80. Brillante lo de Chris Claremont, y obviamente lo de Ann Nocenti, para jugar a pleno con una franquicia cuyo éxito se empezaba a descontrolar, pero que acá se expande de modo consistente, atrapante, con ideas arriesgadas y con la generosidad que hace falta para que otros guionistas vengan y se sumen al juego y lo enriquezcan. Tan arriba estaba Claremont en este punto, que hasta hace interesantes los tie-ins con la insostenible Secret Wars II. ´Nuff said. Y nada más, por hoy. Estén atent@s, que pronto nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 7 de agosto de 2020

DYLAN DOG: HISTORIETA

Me conseguí la edición española de Historieta, el especial a todo color de Dylan Dog que reúne cuatro historias dibujadas por maestros de Argentina y España. La primera historia es el homenaje a El Eternauta a cargo de Luigi Mignacco y Enrique Breccia, que ya había leído en la edición chilena (ver reseña del 03/08/15). No me quiero poner a repetir qué me pareció la historia, pero sí destacar que el dibujo de Enrique se ve mucho mejor a todo color. De hecho es, lejos, la historieta mejor coloreada del tomo, la única que no hubiese preferido ver en blanco y negro puro. Vamos a la segunda, escrita por Pasquale Ruju y dibujada por Lito Fernández. El guion es muy interesante, tiene una intriga muy bien llevada, un giro sorpresivo en el final, la verdad que me atrapó. El dibujo es muy raro, es Lito haciéndose pasar un dibujante de Dylan Dog cualquiera, un Nicola Mari, ponele. Entre que Lito dibuja como si no fuera Lito y que el colorista lo pasa por encima, queda algo muy blando, con una identidad gráfica muy endeble. La chica que coprotagoniza la historia con Dylan Dog está muy sexualizada, con un vestido que parece un body paint, y Lito busca todo el tiempo enfoques en los que se luzcan o las gomas o el culo del personaje. Nada, me gustaría ver esto mismo dibujado de otra manera. O dibujado por Lito en su estilo, y con Martin Hel en vez de Dylan Dog. En la tercera historieta tenemos el mismo problema: el glorioso Alfonso Font juega a no parecer Alfonso Font, a ocultar las marcas de su inconfundible estilo, también por abajo de la paleta digital de un colorista que busca lucirse por encima del dibujante. El guionista Giovanni Gualdoni también se guarda un giro copado para el final, pero hasta que llega, el desarrollo se hace aburrido, predecible, inverosímil, por momentos bastante pavote. Y exactamente el mismo problema se nota en la cuarta historieta, uno de los últimos trabajos del prócer español José Ortiz, cuyo estilo también desaparece para dejar lugar a una imitación poco inspirada de los típicos dibujantes italianos que trabajan en la popular serie de Dylan Dog. Acá ni siquiera le podemos pasar factura al colorista que es más sobrio, se esfuerza menos por eclipsar al dibujante. Pero aún así Ortiz brilla poco, en pocas viñetas, sobre todo aquellas en las que no aparecen ni Dylan ni la chica que coprotagoniza el relato con él. El guion de Andrea Cavaletto es el más extraño del tomo, el más jugado, donde los saltos que le propone a nuestra imaginación son los más extremos. No te digo que es una de la Doom Patrol escrita por Grant Morrison, pero sí que se eleva un toque por encima de las clásicas consignas del investigador de asuntos paranormales metido en un kilombo sobrenatural. Complementan una muy buena portada de Carlos Gómez y un gran texto de mi amigo e ídolo Norman Fernández, que le cuenta un poco a los lectores españoles de qué va este especial. Me encantó el formato de antología con cuatro historietas autoconclusivas de 32 páginas, y no entendí por qué en España se publicó en tapa dura algo que en Italia salió en tapa blanda. Pero bueno, se ve que son mercados distintos, con distintas reglas. En Italia las historietas de Dylan Dog son furor en los kiosco, y en España hace mucho que las únicas historietas que se ven en los kioscos son los coleccionables que lanzan las editoriales gigantescas como Planeta o Salvat. Como diría Miguel Angel Russo, “son decisiones”. Como fan de Breccia, Fernández, Font y Ortiz, entré como un caballo por los dibujantes, pero en líneas generales me gustaron más los guiones que los dibujos, porque –salvo Enrique- el resto de los dibujantes se escondió detrás de la mímica de los dibujantes clásicos de la serie. El día que los llamen para laburar en Marvel, se van a poner a imitar a Jack Kirby o a John Buscema :P . Por el lado de los guiones me encontré con trabajos bastante atractivos, dentro de un género que no me fascina ni muchos menos, y con un protagonista con el que me cuesta horrores engancharme (igual cada tanto me leo online algún episodio en italiano, sobre todo cuando dibuja alguno de esos tanos que rompen todo). Y nada más, por hoy. Nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 4 de agosto de 2020

THOR: VIKINGS

Pleno verano en Agosto, y así, en remera, pantalón corto y ojotas, me siento a redactar un textito acerca de lo último que leí. Años y años busqué el puto TPB de Vikings con menos éxito que un ministro de salud chileno enfrentando la pandemia. Así que cuando un amigo me ofreció la miniserie en revistitas, me resigné y dije “adentro”. Veamos con qué me encontré al recorrer estos cinco numeritos (llenos de avisos publicitarios uno más horrendo que el otro) escritos por Garth Ennis y dibujados por Glenn Fabry. El dibujo está bastante bien. No descubro nada si digo que Fabry se luce muchísimo más como portadista que como dibujante de historietas. La portada de Fabry comparada con el dibujo interior de Fabry es más o menos como el opening de los Thundercats comparado con la animación de los episodios. Ni en pedo vas a encontrar adentro del comic la magia que tira el británico en las portadas. Pero tampoco es un mediocre, ni mucho menos. Es un buen dibujante de aventuras violentas, de alto impacto visual, con un despliegue impresionante en fondos y escenas de multitudes, con cientos de cuerpos en movimiento. El trabajo del colorista Paul Mounts le agrega un poco más de clima, que por ahí el trazo de Fabry no tiene, y realza un poco la onda de fantasía oscura y putrefacta que intenta transmitir el guion. Garth Ennis, por su parte, se da el gusto de contar una aventura de superhéroes con sus propias reglas, con muertes truculentas, alguna grosería y un Thor que no encaja mucho con el Thor que leímos toda la vida. Su Dr. Strange (sin duda el personaje secundario con más peso en la trama) tampoco se ajusta mucho a lo que uno espera en materia de caracterización, pero bueno, no importa. Imaginate que es un comic de la editorial Pindonga o Cuchuflito, y que esos no son los héroes clásicos de Marvel, si no otros inventados por Ennis. El conflicto está MUY bien planteado, el primer episodio es sumamente atrapante, y realmente te hace sentir que estamos ante una amenaza recontra-heavy y recontra-jodida. El desarrollo se hace un poco largo, se toma muchas páginas para explicarnos cuál es el plan de los buenos para frenar el embate de lo malos, y al final se resuelve todo un poquito fácil, para mi gusto. Esto mismo, narrado en 64 páginas en vez de 110, sería una bomba atómica de un poder destructivo sensacional. Estirado a 110 páginas, se diluye un poco, y se hace llevadero básicamente porque los diálogos son muy buenos y el villano es muy hijo de puta y te termina gustando ver una tras otra las atrocidades que le hace cometer Ennis hasta el momento en que recibe su merecido. Vikings tiene las dos cosas que más me gustan de las historietas del gran guionista irlandés: escenas 100% bélicas (en este caso, con un aviador alemán que le da baile a los ingleses en la Segunda Guerra Mundial) y momentos de un humor negro espeso, impregnado de exquisita mala leche. ¿En un comic de Thor? Sí, Ennis aprovecha que esto sale en un sello apuntado al público adulto y nos regala un festival de mutilaciones, violaciones (estas no las muestra Fabry), decapitaciones, tripas y hectolitros de sangre, todo en un contexto ambiguo, que combina acertadamente el horror con el humor. Me imagino a Stan Lee o a Jack Kirby leyendo Vikings, con un gesto de estupor y desolación, pensando “qué irresponsables debemos haber sido para que los personajes que inventamos caigan en manos de zarpados como este”. Como si le hubieran dado una ametralladora a un nene de ocho años y le hubieran dicho “andá, nene, andá a jugar a la plaza con el chiche nuevo”. No te quiero vender el chamuyo de que esto es comic de autor dentro del mainstream, ni que es un enfoque adulto sobre el tema de los superhéroes. Es un comic clásico, lineal, casi obvio, donde la sorpresa pasa por la crueldad, la truculencia y el grado de salvajismo con el que está contada la clásica pelea entre buenos y malos. Hay un mínimo subtexto político, un diálogo desopilante en el que George W. Bush queda como el subnormal que es, y cierto contraste (apenas esbozado) entre el aguante infinito de los vikingos y la comodidad aburguesada y desapasionada de los newyorkinos. No mucho más. Para divertirse un rato está muy bien, y si sos hardcore fan de Ennis y lo seguís a todas partes, seguro te va a encantar verlo meterse con un superhéroe clásico, noble e incorruptible como es Thor. Aguante el veranito dentro del invierno y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

sábado, 1 de agosto de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.20

Sigo inclaudicable en mi gesta, sin sucumbir a la tentación de mandar a la mierda a Nippur y a estas historias supuestamente clásicas que se repiten muchísimo y ya no me emocionan en lo más mínimo. Este tomo ofrece otros siete episodios publicados en 1975 en la revista D´Artagnan, y además una cantidad bastante indignante de páginas en blanco. Entiendo que no puedan publicar tomos con más páginas o menos páginas porque se trata de una colección con el formato estandarizado, pero poneme algo. Portadas de Alfredo De la María, textos sobre la Mesopotamia en la antigüedad, entrevistas a los autores, un texto de alguien que sepa grosso sobre la serie… algo. Vamos con lo que hay. La primera historieta es –lejos- la mejor del tomo. El planteo es lógico, el desarrollo crea intriga, la resolución no es la obvia, el recurso de que esté todo narrado en primera persona por alguien que no es Nippur también garpa muchísimo… La verdad que me re-gustó. Ojalá en las seis historietas restantes viéramos a Robin Wood en este mismo nivel. El dibujo de Lucho Olivera también está buenísimo, excepto por las caras de las mujeres que (como suele suceder) son todas idénticas. Se ve que en aquella época garchaban entre primos o incluso entre hermanos, y había poca variedad de rasgos faciales. Después tenemos dos aventuras flojísimas, donde no llegás a sentir el peligro, ni a merte dentro de la trama. Son boludeces, peripecias muy menores, una de corte más sobrenatural, la otra de corte más clásico. Obviamente con páginas de 12 y 13 viñetas en las que la acción nunca se luce y con cantidades de texto grotescas. En ambos casos dibuja Sergio Mulko que trata de meter por lo menos dos buenas imágenes en cada episodio, a pesar de todo. Y sí, el resto de los dibujos se ven apurados, sin ganas, a veces con una mezcla de técnicas de entintado rara, y con algunas viñetas entintadas a lo bestia, con tres pincelazos. En la cuarta historia vuelve Lucho y el guion de Robin levanta un poquito. También, una cantidad de texto bestial, y chicas idénticas entresí. Pero el argumento es un toque mejor. Hay una chica con los mismos poderes de Dream Girl (de la Legion of Super-Heroes) y hay un peligro grosso, tan grosso que no resulta demasiado verosímil la forma en que Nippur escapa de una muerte más que cantada. Después tenemos la historieta peor dibujada del tomo, con Mulko ya definitivamente sin ganas, con páginas repletas de viñetas microscópicas y sin esas dos o tres imágenes memorables que el dibujante trataba de meter en cada episodio. El guion va más para el lado de la ética y la filosofía, con lo cual cuando Wood le agrega un par de escenas de violencia (como para que Nippur haga algo) se desvirtúa un poco la escencia de lo que quería contar. La sexta historia es casi buena, tiene ritmo, tiene páginas sin bloques de texto innecesarios y hay un argumento que no es genial ni mucho menos, pero por lo menos no es igual al que ya leímos 50 veces. Lo raro es que empieza narrando en primera persona un personaje secundario y para la quinta página es Nippur quien se hace cargo del relato en off. Lucho le pone bastante onda al dibujo, excepto en esa página funesta, con QUINCE viñetas y muchísimo diálogo, donde –lógicamente- dibuja lo menos posiible. Y en la séptima y última vuelve Hattusil, para otra aventura con onda sobrenatural, en la que el dibujo de Mulko ya es cualquier cosa. Líneas y manchas en estado salvaje, como si estuviera trabajando directo en tinta, sin un plantado previo a lápiz. El resultado es sumamente olvidable. Otra cosa que me hizo ruido es que el hijito de Hattusil llamado Nippur, al que vimos nacer hará unos… tres años, cuatro a lo sumo, acá ya parece un pibe de 9 ó 10 años. Por supuesto los adultos están siempre igual, ninguno parece haber envejecido 9 ó 10 años. En fin, seguimos lejos de la calidad que uno espera en una serie considerada un clásico, un pico de la gloriosa historieta argentina. Podría ser peor (supongo), pero también podría ser infinitamente mejor, sobre todo si pensamos que era la serie más popular de la editorial que dominaba por amplísimo margen un mercado inmenso, y a la que evidentemente no le faltaban recursos para cuidar un poco más los guiones, los dibujos y el color. Ni hablar del rotulado, pero ese flagelo por suerte fue eliminado en la edición de Planeta que estamos recorriendo. Gracias por tanto, perdón por tan poco, y vamos que ya estamos en Agosto y falta menos para que se termine este año de mierda.

miércoles, 29 de julio de 2020

HIDEOUT

Pronto vuelvo a leer obras de los mangakas fetiches de este blog (Inio Asano, Shintaro Kago, Usamaru Furuya, esos muchachos), pero antes, una disgresión, un paréntesis para reseñar un tomo autoconclusivo a cargo de Masasumi Kakizaki, un autor cuyo nombre es imposible de recordar, y que Ivrea publicó en nuestro país a fines de 2019.
Hideout arranca como un manga de misterio, incluso con un argumento que parece tomado de una historia corta de House of Mystery o House of Secrets, y recién en la segunda mitad, cuando ya estás totalmente sumergido en la historia, la cosa se pone bien espesa en materia de terror. Lo bueno que tiene el guion de Kakizaki es que combina terror “de asustarse” con terror psicológico. Hay personajes monstruosos, pero también hay personajes de apariencia normal que meten miedo por lo garcas, inescrupulosos y soretes que son. De nuevo aparece el tema tan explorado por Hideshi Hino del seno familiar como el ámbito en el que el terror crece, se desarrolla y se apodera de la gente. Acá, un hecho fatídico se convierte en un trauma para una pareja cuyo dolor, en vez de cicatrizar con el tiempo, los va a pudrir, a corromper hasta convertirlos en algo más pesadillesco que los horrores que se van a encontrar en esa cueva en la islita perdida en la Loma del Orto.
Kakizaki acierta al no contar la historia de manera lineal, de modo que cada vez que la situación del presente alcanza un punto jodido de tensión, frena el relato para introducir un flashback y revelar algo importante del pasado de Seiichi y Miki. Y está muy bien, porque cada vez que suponés que estos personajes ya no se pueden hundir más en la fosa de la depravación, sucede algo más tremendo, más sórdido, que hace que los consideres todavía más hijos de puta. Después, la peripecia en sí, los peligros que corren, las amenazas a las que se enfrentan, son un complemento que está bien, porque agrega tensión, impacto, violencia y todas esas cosas que un buen thriller no puede no tener. No me volvió loco esa parte, me parece que –mirada fríamente- le resta un poco al verosímil de la historia. Funciona, porque uno ya está nervioso por la acumulación de cosas turbias que el autor encara desde que van apenas 24 páginas. Pero también hace un poco de ruido, porque no se termina de precisar (los propios personajes lo subrayan) cuánto tiempo pasan ahí adentro, sin comer, sin tomar agua, sin curarse las heridas, sin cagar… Ahí es como que lo turbio se hace medio borroso, como que Kakizaki, en busca de ese shock bien salvaje, tira más humo que solidez argumental.  
Y lo mejor, lejos, está en el aspecto visual de la obra. Gracias a Hideout descubrí a un dibujante realmente increíble, dotado como pocos para dibujar terror, truculencia, asco. Salvando las distancias, Masasumi Kakizaki es una especie de Berni Wrightson del Siglo XXI, un dibujante con un manejo formidable de los climas, sobre todo de los oscuros, y además dueño de un trazo firme, potente, de un virtuosismo arrollador. Como a todos los mangakas de estilo más o menos realista, se le nota muchísimo el trabajo con fotos, pero Kakizaki además mete mucho de su propia cosecha en esos rostros desfigurados, o no, pero que estallan de expresividad, y en esos efectos gráficos que le agregan unas texturas alucinantes a la línea, que ya de por sí es espectacular. Y esos raspados sobre las masas negras, que le quedan tan bien, sobre todo en las escenas de lluvia… Además en las secuencias ambientadas en el pasado, cambia totalmente de registro, de iluminación y hasta de técnicas para incorporar los grises, como para dejar bien en claro que lo suyo no es repetir hasta el infinito el truco que le sale bien.
Obviamente quiero leer más material de Masasumi Kakizaki, a ver cómo se desenvuelve en otro tipo de historias. Acá lo vi muy, muy bien, compenetrado con la narrativa, con mucha variedad de enfoques, mucho ritmo. Una excelente sorpresa que ojalá haya encontrado buena respuesta por parte del público local. Mientras Ivrea siga apostando por este tipo de material (tomos autoconclusivos con temáticas que se alejan de los pibitos con superpoderes y las chicas que se enamoran), acá tienen un goma dispuesto a comprarles prácticamente cualquier cosa. Hideout me dejó en claro que criterio para elegir buen material no les falta. Esto no está al nivel de un Bakuman, o de un Oyasumi Punpun, pero no está lejos de un buen manga de Junji Ito. Al lado de la mayoría de los mangas que se publican en Occidente, es una obra maestra del Noveno Arte.
Bueno, nada más por hoy. Creo que nos reencontramos el mes que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.
   


domingo, 26 de julio de 2020

HASTA LA MUERTE

Hacía mucho tiempo que quería leer esta novela gráfica de 2014 y finalmente se me dio, gracias a un seguidor de mi canal de YouTube que me lo hizo llegar desde México. Porque –aunque cueste creerlo- Hasta la Muerte es una obra de autores argentinos que sólo se editó en México. Probablemente haya una explicación para eso, pero estoy seguro de que me va a parecer una ridiculez. Se trata de una obra breve, de 60 páginas, escrita por Damián Connelly y dibujada por Renzo Podestá, dos autores prolíficos, con muchos seguidores en el mercado local. Y trae como complemento un CD con cinco canciones de Cuervo Viejo (un músico argentino radicado en México) cuyas letras tienen bastante que ver con lo que narran Connelly y Podestá en la historieta. Paradójicamente, el tema que más me gustó es el que no tiene letra.
La trama es lineal y bien de género. Es una típica historia de corrupción, venganza y violencia pasada de rosca, ambientada en La Cruz, un pueblito condenado al atraso y la miseria, donde los poderosos hacen lo que se les da la gana. Ahí va a llegar Alex, un músico de la gran ciudad, que se va a ver envuelto en un flor de despelote muy por afuera de sus expectativas. Acorralado e intoxicado por el clima de La Cruz, Alex va a tener que elegir entre ser víctima o verdugo, y así es como este tipo aparentemente tranquilo se va a metamorfosear en pocas páginas en un héroe de acción a la Antonio Banderas en Desperado. Hay una conspiración, un traidor, un romance, mucha acción y mucha mala leche. Nada fuera de lo que dicta el manual para escribir este tipo de historias, más allá de que Connelly logre colar en algunos pasajes ciertas pinceladas de lirismo, como para que no sea todo tan brutal.
Lo mejor que tiene el guion, o te diría la novela en su totalidad, es ese clima ominoso, tremendo, agobiante. No es sólo el protagonista el que se ve sobrepasado por la impronta sucia, crota, putrefacta de La Cruz. Tanto Damián como Renzo le ponen un esfuerzo extra a crear esa atmósfera de desolación y violencia que se te queda pegada incluso después de terminar el libro. No te quiero contar si el protagonista gana o pierde, palma o sobrevive, pero sí subrayar que los autores logran que, desde las primeras páginas, 1) te importe qué le va a pasar y 2) no tengas idea de lo que le va a pasar. Con eso alcanza para mantener mi interés a lo largo de 60 páginas, incluso sin necesidad de shockearme con tiros, cuchillazos y violaciones.
Connelly elige contar la historia con una notable economía de textos, apenas con los diálogos indispensables como para entender qué está pasando, por supuesto escritos en neutro. Eso le otorga muchísimo espacio para el lucimiento al dibujo de Podestá, un autor que sabe muy bien cómo narrar sin textos. No sé si Connelly le entregó un guion detallado, o si el desarrollo viñeta-a-viñeta fue planificado por Podestá, pero el resultado habla a las claras de una muy buena conjunción entre ambos y de una solidez en la narrativa realmente encomiable. Incluso sin ajustarse a la narrativa más clásica, incluso asumiendo unos cuantos riesgos, Damián y Renzo impactar y conmover al lector, y darle a una obra de género una fuerte impronta autoral.
En el apartado gráfico, Podestá se luce con una variedad amplísima de recursos para sacarle el máximo provecho a blancos, negros y sobre todo grises, que aparecen en todas sus formas y todos sus matices. Para 60 páginas me parece que hay pocos fondos (que oscilan entre las fotos retocadas y los dibujos a mano alzada, al filo del mamarracho), pero la verdad que no es ahí donde la historia requiere más atención ni más despliegue por parte del dibujante. Las claves de Hasta la Muerte pasan por el peso de los climas, el dinamismo de la acción y la expresividad de los personajes, todos rubros en los que Podestá demuestra con creces su categoría. Yo siempre digo que meterle a una misma página muchas técnicas de entintado distintas pueden complicar la fluidez del relato, y acá tenemos un ejemplo elocuente (y excelente) de lo contrario: Renzo no deja técnica sin aplicar y el efecto es el de un dibujo con una fuerza plástica espectacular, totalmente funcional al ritmo del relato.
Como para terminar, Hasta la Muerte no te cambia la vida. El hecho de no leerla nunca no te convierte automáticamente en un subnormal invertebrado con el gusto en el ojete que se masturba pensando en la próxima saga de Batman escrita por Jeph Loeb y dibujada por Marc Silvestri (o algún otro fiambre de los ´90). Pero el hecho de leerla te garantiza un momento de placer intenso, en el que te podés entregar sin mayor reparo a una historia fuerte, vibrante, jodida, potenciada por un dibujo al nivel de los mejores trabajos de Podestá, lo cual es mucho decir. Y acompañado de cinco canciones, como para sumarle una dimensión más a la lectura. Algún día alguien se va a poner las pilas para que Hasta la Muerte se pueda editar en Argentina (no hace falta ni traducirla) y esta obra que en México tuvo una tirada muy chiquita (1000 ejemplares) acá va a poder aspirar a un techo de ventas bastante más alto y por supuesto a una mayor repercusión. Méritos artísticos no le faltan.

Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.