el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 31 de marzo de 2019

ESPERANDO LAS 18:10

Hoy lo único que me importa es que Racing juega contra Tigre y si gana, sale campeón. Y si no gana pero Defensa y Justicia pierde, también. El resto del día es la previa del partido y, eventualmente, la consecuencia del mismo, es decir, los festejos. En ese contexto, me siento a escribir un par de reseñas.
Me bajé el voluminoso Vol.6 de The Invisibles, más de 200 páginas con los nueve episodios que cierran lo que fuera el segundo tramo de esta serie. Acá ya no está más Phil Jimenez y el elegido para sucederlo es Chris Weston, quien fuera suplente en el tomo anterior. Weston es un poquito más vulnerable al trazo de los entintadores (no se ve igual entintado por Ray Krissing que por John Stokes, ni cuando se entinta él mismo) pero nos regala un gran trabajo en materia de expresiones faciales, deja la vida en los fondos (que Phil muchas veces gambeteaba) y se apoya en una solidez narrativa a prueba de bombas nucleares. El episodio que no dibuja Weston nos muestra a un primerizo (pero ya muy competente) Ivan Reis. 
En cuanto a los guiones de Grant Morrison, allá por 2013, cuando me tocó leer el Vol.7, postulé que “la saga completa, la que hoy ocupa siete TPBs y más de 1200 páginas, se podría resumir en los cuatro episodios de Satanstorm (el primero de los tres arcos que recopila este TPB) y los tres episodios de The Invisible Kingdom (el tercer arco de este TPB). Con eso, entendés todo: los buenos, los malos, el conflicto, la resolución, TODO. La gracia, en todo caso, es comprobar cómo Morrison siembra en los arcos anteriores los plots que va a terminar de hilvanar y redondear en estos dos arcos, y –lo más divertido- con qué cosas estira”. Y ahora lo reafirmo, con menos dudas que antes.
El Vol.6 tiene acción, runflas, debates filosóficos, toques de comedia logradísimos, garches intensos, grandes diálogos, viajes en el tiempo y mucho más desarrollo de personajes que los tomos anteriores. De hecho, el último episodio es SOLO desarrollo de personajes y me pareció el mejor del tomo, lejos. Y aún así, por haber leído hace no tantos años el Vol.7, me dejó gusto a relleno, a acumulación de peripecias para nada imprescindibles en el big picture de la serie. Pero bueno, no la pasé mal, para nada. Me divertí, me encariñé con casi todos los personajes, vibré al ritmo de la machaca y sumé data acerca de temas tan diversos como los aliens, el SIDA, Hollywood, la magia voodoo, o drogas y dioses que nunca había escuchado nombrar. Valoro por sobre todas las cosas la libertad que transmite esta serie, la contundencia con la que se impuso (por sobre cualquier especulación comercial) el criterio lírico-genital de un autor al que, cuando lo dejan irse a la mierda, se va a la recontra-mierda y hace añicos el siempre rendidor “más de lo mismo”.
El librito de Dr. Paradox se imprimió en Diciembre de 2018 y se empezó a distribuir en Enero, así que entra (medio por la ventana) como publicación argentina del año pasado. Vamos a repasarla antes de zambullirme en el material más antiguo que prometí la vez pasada.
Esta serie (oriunda de Totem Comics) es un homenaje de Quique Alcatena a los comics de superhéroes que lo hicieron flashear en su infancia. Básicamente, la Silver Age de DC. Las aventuras de Dr. Paradox son lineales, sin llegar a ser ingenuas, con mucho ritmo y con la virtud de no tomarse a sí mismas demasiado en serio. Si las obras de Alcatena con Mazzitelli te resultan algo solemnes, esto va claramente para otro lado. Yo que no soy fan de la Silver Age de DC, me encuentro con un problema: los diálogos, en los que Quique abusa del juego de palabras y los retruques supuestamente graciosos con un vocabulario que sólo existe en las malas traducciones del comic yanki. Sobre todo en la primera aventura, eso me la bajó muchísimo. Después, la compulsión por meter en cada historia universos enteros de héroes y villanos a los que (obviamente) no hay espacio para desarrollar. Así se sucede un festival interminable de héroes y villanos (testimonio de una imaginación prodigiosa e inagotable como la de Alcatena) en los que nunca se llega a profundizar. Y para ese mismo lado van los nueve pin-ups con los que cierra el librito: unas ilustraciones majestuosas en las que Quique nos muestra la puntita de conceptos fascinantes, limadísimos… que se quedan solo en eso, en la imagen alucinante. Ojalá en futuras aventuras haya un poco más de indagación en los orígenes, poderes y motivaciones de estos personajes.
A nivel dibujo y narrativa, Dr. Paradox no tiene nada que ver con las obras de Alcatena para el mercado italiano. Acá hay color a full, una planificación de las páginas mucho más cercana a la del comic de superhéroes clásico, menos bloques de texto, onomatopeyas estridentes y personajes que parecen estar todo el tiempo en movimiento, sin detenerse jamás. Te puede resultar medio bizarro si estás muy acostumbrado a la otra estética alcateniana, pero se ve todo demasiado bien, se nota que atrás hay un autor que pensó minuciosamente lo que iba a hacer y que (una vez más) puso todo el despliegue visual al servicio de los relatos.
Por suerte a este primer tomito de Dr. Paradox le fue muy bien, así que este año habrá un nuevo recopilatorio para este pastiche estrambótico y adictivo con el que Alcatena revive (él solito) la inexplicable magia de la Silver Age.

Y bueno, nada más. Aguante la Academia que, más que nunca, “para ser campeón, hoy hay que ganar”. Mañana tengo función de prensa de Shazam!, así que pronto habrá reseña. ¡Feliz domingo para todos!

miércoles, 27 de marzo de 2019

MIERCOLES DE FINALES

Hoy tengo para reseñar el último tomo de una serie que veníamos recorriendo acá en el blog, y el último que me quedaba sin leer de los libros de historieta argentina que se sumaron a mi biblioteca en 2018.
Voy primero con el Vol.5 de Ping-Pong, el magnífico shonen del maestro Taiyo Matsumoto. El Vol.4 nos dejo a la mitad de un torneo de ping-pong para el cual se habían preparado de distinta manera los dos protagonistas del manga: Peko y Smile. El Vol.5 cuenta básicamente dos partidos de ese torneo: una semifinal y la final. Después hay un epílogo muy emotivo, ambientado unos cuantos meses (o unos pocos años) después de esa final y listo, se acabó. O sea que el grueso de la narración está concentrada en dos partidos, ambos con un mismo protagonista, porque el que gana la semifinal lógicamente pasa a disputar la final.
Y hasta ahí lo predecible. Nunca me imaginé que Matsumoto guardara para el cierre de esta serie una confrontación entre los dos personajes a los que más desarrolló a lo largo de la serie. Pensaba que uno de “los héroes” iba a jugar el duelo decisivo con uno de “los villanos”. Pero no, la final termina por enfrentar a Peko contra Smile, los compañeros del Instituto Katase y el resultado de este choque también me sorprendió. De todos modos, creo que lo más asombroso es verlo a Matsumoto mechar entre las jugadas más tremendas esos momentos pensados para seguir sumándole profundidad a los personajes y lirismo a un shonen que podía pecar de hueco o hasta de cabeza (en el contexto de la obra de Matsumoto, se entiende). Impresionante, de verdad.
Y a nivel dibujo, este tomo destruye a los cuatro anteriores. Acá Matsumoto deja la vida en cada viñeta y llega a límites insospechados para hacernos vibrar, emocionarnos y hasta chivar con estos partidos de ping-pong, como si fuéramos nosotros los que sostenemos la paleta. Las líneas cinéticas copan la parada, se multiplican, cambian de grosor, por momentos hasta de grafismo, se deforma la anatomía, la perspectiva, las angulaciones se hacen más extremas que nunca, las onomatopeyas cobran vida, la “cámara” elige los planos más extraños jamás vistos en un shonen… Esto es un golpe de estado a los cinco sentidos, un 21-0 demoledor, una cátedra de narrativa pocas veces vista.
Gracias por la magia, sensei Matsumoto, gracias ECC por editar esto y gracias al genio universal que inventó el ping-pong.
Ingratitos es el cuarto libro de Caro Chinaski y el primero que me toca reseñar acá en el blog. Cada página ofrece una breve historieta de cuatro viñetas iguales que desembocan en un remate humorístico, con lo cual estamos ante un clásico tomito recopilatorio de tiras cómicas, simplemente pensado en un formato cuadrado (no apaisado) para publicar una sola tira por página sin dar la sensación de que nos están mezquinando material.
Por suerte el material que hay es sumamente aceptable. Mentiría si dijera que me cagué de risa, porque no fue así. Pero me entretuvo bastante y encontré un puñado de chistes muy buenos. Quizás los personajes no me resultaran tan gancheros, pero los diálogos y las situaciones que les inventa Chinaski están muy bien. Creo que lo mejor de Ingratitos aparece cuando los gatos interactúan con “su humana”.
Cuando trabajás con una grilla fija es difícil manejar el timing, y sin timing muchas veces el humor no funciona. Acá encontré muchas tiras en las que los chistes logran su efecto a pesar de la falta de timing, y tiras en las que Chinaski organiza sus ideas para que, incluso en cuatro viñetas de igual tamaño, percibamos algo así como un control del timing en busca de ese efecto cómico. El dibujo es cumplidor, tiene onda, es más carismático que llamativo. Me gustaba más el estilo más libre, más limado, más cargado de rayitas que usaba Caro en Indecentemente Cursi, pero la síntesis que encuentra en Ingratitos seguramente funciona mucho mejor con el público que habitualmente no consume historietas que es (me parece) el segmento al que apunta este libro. De hecho, me parece un libro ideal para regalarle a esa amiga, novia o amigovia que en su vida leyó un comic pero te habla todo el tiempo de sus gatos como si fueran lo más. Ahí quedás como un duque y de paso (en 15 minutos, 20 a lo sumo) te leés esta recopilación de tiras y descubrís la vertiente más “domesticada” de la notable Caro Chinaski.

Ahora que terminé con el pilón de las publicaciones argentinas de 2018, le voy a entrar a algunos títulos más antiguos, y después sí, empezaré con el material de 2019. Nada más, por hoy. Gracias y hasta pronto.

lunes, 25 de marzo de 2019

DOS DE 2016

Hoy me toca reseñar dos libros aparecidos el mismo año, el ya bastante lejano 2016.
Arranco con el Vol.3 de Varua Rapa Nui (los Vol.1 y 2 tuvieron sus reseñas los días 09/04/13 y 27/03/14, respectivamente), esta vez con una novedad llamativa: la galardonada serie que escribe Bernardita Labourdette cambia de dibujante y en lugar de Ismael Hernández tenemos al frente de la faz gráfica a Fernando Pinto, el dibujante de Fumetsu (serie de la cual también reseñé dos tomos acá en el blog). La verdad es que no son muchas las innovaciones que propone Pinto, quien sigue los lineamientos de Hernández en materia de puesta en página y tratamiento del color, aunque sin alcanzar los niveles de belleza plástica, de destreza en el dibujo de la figura humana y expresividad en los rostros que lograba su antecesor. Me quedo mil veces con Hernández y pongo el trabajo de Pinto en Fumetsu bastante por encima de su labor en Varua Rapa Nui.
En cuanto al guión, me pasó lo mismo que cuando leí el Vol.2: sentí que le costaba arrancar. Para cuando los conflictos cobran verdadero espesor, ya se me habían ido 32 páginas de un comic de 50. Y hasta llegar a ese punto, la cocción se me hizo lenta, el franeleo previo se me hizo largo. Después la historia se pone picante, y los conflictos que en las entregas anteriores tenían que ver con eventos más mitológicos que históricos, ahora sí se convierten en testimonios truculentos de hechos reales (y aberrantes) que exigen verdad, memoria y justicia. El cambio de registro, la forma en que Labourdette decide aferrarse a la aventura pero cambiar el foco para irse de la leyenda a la historia, es lo que más me gustó de este tercer tomo, acertadamente titulado “El Ocaso”. También se ve el esfuerzo de la guionista por darle onda y personalidad a tres personajes destacados, pero a mí me enganchó más lo otro, la trama de violencia, crueldad, desazón y lucha contra viento y marea que protagonizan estos entrañables nativos de la Isla de Pascua.
Y no mucho más. Tengo entendido que la serie termina en el cuarto tomo, cuya aparición viene bastante demorada. Ojalá luego de esta experiencia podamos disfrutar a Bernardita Labourdette enfocada en otro tipo de relatos, como para terminar de afianzarse como una de las muy buenas plumas que tiene hoy el comic chileno.
Tarde como siempre, empecé a leer Paper Girls, la serie de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang que se termina ahora, a mitad de año. Me la habían vendido como La Mismísima Gloria, y la verdad es que me encantó. Son cinco episodios (uno de 40 páginas) en los que pasan un montón de cosas: Vaughan nos presenta a cuatro personajes muy bien elaborados, con matices, con aristas atractivas para explorar, y además nos bombardea con un verdadero aluvión de sucesos inexplicables, de tremendo impacto en estos suburbios de Cleveland, Ohio de 1988 en los que normalmente pasaba poco y nada.
Como en El Eternauta, de pronto las vidas de cuatro chicas comunes y corrientes se ven alteradas por elementos extremos que tienen que ver con la ciencia-ficción. Viajes en el tiempo, quizás incluso en el espacio, tecnología de avanzada junto a animales que no se veían desde la Prehistoria… Acá pasan cosas rarísimas y seguro está en juego mucho más de lo que Vaughan nos mostró hasta ahora. La acumulación de misterios y situaciones bravísimas, combinada con unos diálogos extraordinarios, hacen que uno no pueda dejar de pasar las páginas hasta que se termina el libro. Lo cual sucede (obviamente) en un momento de absoluta tensión, como para que el suspenso te estrangule… o salgas corriendo a buscar el Vol.2.
Cliff Chiang, brillante, fascinante, mucho mejor que en Wonder Woman, donde ya la descosía. Para la cuarta página, cuando mete ese poster de Depeche Mode en la habitación de Erin, ya me tenía rendido a sus pies. La paleta de Matt Wilson lo complementa a la perfección, con un despliegue de engamados logradísimo, muy al servicio de los climas de la historia. Y cuando hay que matarse en los detalles, ni el dibujante ni el colorista mezquinan nada.
Acabo de descubrir una serie realmente sólida, tanto en guión como en dibujo, que sólo puede ahuyentar lectores si se estira más de la cuenta. Pero con el final confirmado para el nº30, estimo que eso no sucederá, que con lo que sembró en estos cinco episodios, Vaughan puede cosechar tranquilamente durante otros 25 sin que decaiga el interés. Me da la sensación de que cuando llegue al final de Paper Girls voy a extrañar a estas chicas tanto como extraño a Mitchell Hundred y a Yorick Brown…

Y nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 21 de marzo de 2019

TARDE DE JUEVES

Hora de bajar un cambio y escribir unas reseñitas, en este primer (y hermoso) día de otoño.
Arranco en 2000, cuando se publica en Francia y España este álbum con 45 planchas de Agrippine, de la capa máxima del humor costumbrista, Claire Bretécher. En historietas de una página con una cantidad de cuadros que fluctúa entre los 9 y los 12, Bretécher nos invita a conocer a Agrippine, una chica de escuela secundaria, de unos 15 ó 16 años, ya en edad de tener novios y darle cada vez menos pelota a los padres y a los profesores. Bretécher satiriza sin piedad a estas chicas huecas a las que sólo les interesa la música, la ropa, los chongos y la forma de conseguir guita para comprar ropa, ir a recitales y salir con chongos. Estamos hablando (como supondrás) de chicas de clase media sin sobresaltos, el target favorito de esta autora, que obviamente no desaprovecha la oportunidad de clavarle varios tiros por elevación a los padres de Agrippine, típicos burgueses a los que se les cae muy a menudo la careta. El que mejor parado sale es Tristán, el hermanito menor de Agrippine, que podría ser una especie de pre-Titeuf, un Titeuf con un par de años menos que el célebre personaje de Zep.
Con este elenco y este contexto, uno supone que las 45 planchas funcionan como un bombardeo de chistes y carcajadas que te deja las mandúbulas doloridas. Y la verdad que no, que no son pocas las mini-comedias de Agrippine que no me causaron gracia. En algunos casos esto es intencional: me queda claro que lo que busca Bretécher es invitarnos a reflexionar más que a cagarnos de risa. En otros casos, los chistes se empantanan en la traducción al castellano de España, o en la referencia a elementos y situaciones de una coyuntura que me queda medio lejos. Lo cierto es que me reí y me divertí, pero menos que con Les Frustrées o con Cellulite, que son las otras de esta autora que vimos acá en el blog.
Obviamente lo que no decae nunca es el nivel del dibujo (que acá es exquisito), el poder de observación de Bretécher y su inigualable timing para la comedia. Elementos que, lógicamente, garantizan que uno se quiera quedar con este libro y trate de conseguir otros de la misma colección.
Me vengo a Argentina donde a fines de 2018 se recopiló en libro Dr. Oscuro, una serie que Roberto Barreiro y Lucas Varela realizaron para el fanzine Kapop! entre 1999 y 2000. Esto está hecho en simultáneo con Los Hermanos Segelín (ver reseña del 09/03/17) y sin embargo no tiene NADA que ver con esa historieta, ni en el tono de los guiones, ni en la estructura del relato, ni en el planteo estético del dibujante. Donde los Segelín funcionaban como parodia a los clásicos aventureros que buscaban tesoros en parajes exóticos, el Dr. Oscuro le da a Barreiro la posibilidad de homenajear a los pulps y los seriales de los años ´30 y ´40, con justicieros enmascarados, sectas orientales, asesinatos, experimentos bizarros y hasta un zeppelin gigante.
El misterio está bueno, está bien llevado, y si bien Barreiro mete mucho diálogo, es por un lado para darle onda y gracia a los personajes y por el otro para explicitar algunas de las cosas que suceden a lo largo de la obra, que son unas cuantas y bastante retorcidas. A lo mejor, sin esa información que nos brindan los diálogos, no se entendía todo lo que pasa en este relato. El personaje del título, el Dr. Oscuro, no es exactamente el protagonista, ni el personaje que más le interesa desarrollar a Barreiro. De alguna manera elige dejarlo ahí, bajo un halo de ambigüedad, enroscado en un enigma que el resto de los personajes no tienen chances de resolver. Con buen criterio, el guionista elige darle mucha más carnadura a Jones y Steele, los personajes con los que se supone que se tienen que identificar los lectores. Lo más raro (y que también funciona sorprendentemente bien) es que los personajes se tratan de vos y usan todo el slang argento, aunque queda clarísimo que la historia NO transcurre en Buenos Aires, ni remotamente cerca.
El dibujo de Varela está ajustadísimo, más realista, con más manchas, sombras y tramas mecánicas, más cercano a lo que veríamos años después en Sasha Despierta (ver reseña del 17/06/12). Cuando faltan 13 ó 14 páginas para el final, a los autores les cae la ficha de que la única forma de resolver todas las puntas argumentales abiertas es metiendo más cuadros por página, y Varela reconfigura la planificación para pasar de una puesta más “de comic yanki” a una bien “de comic europeo”, con páginas de 9, 10 o inclusive 11 viñetas. Obviamente en estas últimas no se luce tanto, pero de todos modos el dibujo no pierde fuerza ni belleza ni claridad.
A 20 años de su primera aparición, Dr. Oscuro todavía se puede recomendar sin ningún prurito a los fans de la aventura clásica, con buenos, malos, peligros zarpados y combates a todo o nada.

Esto es todo por hoy. Prometo volver pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 18 de marzo de 2019

OTRA NOCHE DE LUNES

Vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé durante los últimos días.
Arranco con el Vol.5 de The Invisibles, llamado “Counting to None”. Esto abarca los nºs 5 al 13 de la segunda serie y es probablemente lo más flojo de la seminal obra de Grant Morrison. Son más de 200 páginas sostenidas por una premisa argumental tan chiquita, tan intrascendente, que por momentos me dio vergüenza ajena. En el contexto global de la obra, el 90% de lo poco que pasa en este tomo podría no pasar y no cambiaría prácticamente nada. El plot más interesante del tomo anterior (la posible dominación mental de Ragged Robin por parte del maligno Mr. Quimper) acá ni se menciona. Toda la gigantesca movida de los Invisibles y sus enemigos por capturar la Mano de la Gloria termina por tener ínfimas consecuencias, al igual que la captura de Boy por parte de una célula cuyo verdadero rol en la trama es impredecible y está bastante bien resuelto.
Y también hay mucha acción, violencia y torturas en grandes cantidades, amor, sexo, viajes astrales, conceptos limadísimos y diálogos muy afilados. Pero falta. Falta desarrollo en los personajes, sobre todo. Boy es la que más atención recibe, porque –torturas psicológicas mediante- nos metemos bastante en su mente. Y también hay algo de King Mob. Pero el resto, muy poquito. Es muy loco, porque en general cuando me dan un comic de machaca escrito por uno que sabe, me la creo, me engancho y no siento que me están mezquinando espesor dramático o solidez argumental. Acá sentí esa falencia todo el tiempo, incluso cuando Morrison detona todos esos diálogos brillantes y esas revelaciones supuestamente shockeantes.
El dibujo de Phil Jimenez sigue –por suerte- en un muy buen nivel, incluso en los episodios en los que entrega unos bocetos bastante básicos para que los termine un laborioso John Stokes. En los episodios donde no está Jimenez, tenemos unas muy lindas paginitas de un Michael Lark que no se parece en nada al actual y una participación muy notable de Chris Weston, que deja la vida en cada viñeta. Me queda un sólo tomo por leer, que espero sea mejor que este.
Salto a Brasil, a 2008, año en el que el maestro Adâo Iturrusgarai se viene a vivir a Argentina, no sin antes publicar No Divâ com Adâo (al diván con Adán) un libro de humor con el que me cagué de la risa, mal. Me reí a carcajadas en el bondi, como un subnormal. Son unas 120 páginas de chistes (varias de ellas inéditas), todas compuestas por cuatro viñetas en las que Adâo propone una misma estructura: un in crescendo de crueldad, mala leche o guarrada lisa y llana que desemboca invariablemente en una cuarta viñeta tremenda. Para mi sorpresa, la repetición de la fórmula suma comicidad con la acumulación, en vez de diluirse o hacerse predecible.
Adâo le va metiendo pequeñas modificaciones a la fórmula. Al principio todo gira en torno a cuántos años de terapia necesitás para superar ciertas situaciones, después cuántos Aves Marías y Padres Nuestros hacen falta para que Dios te perdone ciertos pecados, después cuántos kilos de culpa producen ciertos actos, después cuántos años de Infierno te merecés por cada cosa y así. Lo importante en realidad son las situaciones. La forma en la que Adâo observa y satiriza momentos, hechos, puntitas de conflictos con los que a veces es muy fácil sentirse identificados y otras veces es inevitable decir “nah, te fuiste a la mierda”. El genio del humor brazuca no deja títere con cabeza. Manda chistes de sexo salvaje, drogas, escatología, política, humor negro, violencia, y por supuesto no deja afuera el patetismo, la mala leche y la mediocridad de la vida cotidiana.
El dibujo fluctúa bastante, desde viñetas más cuidadas (más cercanas a un Angeli, ponele) hasta otras resueltas bien a los bestia, en un par de trazos bestiales, viscerales, más cercanos a un Johnny Ryan. El color a veces está más laburado, otras veces está todo pintado del mismo color, sin distinguir siquiera a los personajes de los fondos. Pero nada de eso es demasiado importante. Está claro que para Adâo el dibujo es totalmente accesorio, y lo realmente fundamental son las ideas y la forma de transmitirlas. Y ahí es donde el autor da la vuelta olímpica en el Maracaná que se le negó dos veces a la verdeamarela. En la gracia, la fuerza, el impacto y la genialidad con la que baja línea en estas no-historias que explotan de humor y que mucho le hubiera gustado imaginar al maestro Alfredo Grondona White. Esto en Brasil lo publicó la mega-editorial Planeta, así que no me parece tan utópico que se pueda traducir al castellano y publicarse en el país donde vive Adâo Iturrusgarai hace casi 11 años.

Y no hay más. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 15 de marzo de 2019

NOCHE DE VIERNES

Hoy no leí comics. Nada, eh? Ni media viñeta. Pero bueno, ayer sí y los días anteriores sí, por eso no falta material para reseñar.
Arranco en 2016, con Mooncop, del británico Tom Gauld. Me lo habían pintado como a un hiper-grosso que estaba reescribiendo la historia del comic, así que ni bien vi un libro suyo a buen precio, lo capturé. La verdad es que me gustó mucho, pero no para armar tanto revuelo. Mooncop es una historieta que le hubiese gustado escribir a Jason, y el tono, el ritmo y algunos detalles del relato muestran claramente la influencia que el noruego ejerce sobre Tom Gauld.
Visualmente hay menos coincidencias, porque se ve que a Gauld le aburre repetir siempre la misma grilla, y si bien Mooncop tiene un esquema básico de seis cuadros iguales, el autor no lo sostiene de punta a punta de la obra. Y por supuesto, la gran diferencia es que  Gauld no le copa la línea clara. No recurre prácticamente nunca a las masas negras, pero logra todos los efectos de iluminación y todas las texturas con unas rayitas muy finitas (supongo yo que hechas con plumín o rotring), mucho más para el lado de Jim Woodring que el de Jason.
La trama de Mooncop es original, está narrada en forma lineal, simple, con una emotividad de la que el autor parece no querer hacerse mucho cargo y hasta con un cierto vuelo poético. Como en las historietas de Jason, tenemos abundantes (y elocuentes) silencios y conflictos que no están planteados en términos de “malos y buenos”, sino que van más bien por el camino de las personas normales en situaciones atípicas. No quiero contar el argumento (el forro que redactó el texto que aparece en la contratapa de la edición de Drawn & Quarterly me spoileó TODO lo que pasa en estas 90 páginas, que tampoco es tanto), pero sí recomendar Mooncop como punto de entrada al universo de un autor que se ganó en muy buena ley el dudoso privilegio de que, la próxima vez que vea un libro suyo a un precio razonable, me lo compre sin decir pensarlo demasiado.
Y me vengo a Argentina, a 2018, cuando la Fundación Pulgar edita un álbum de historietas llamado Cuentos de la Selva que (como alguno se imaginará) está compuesto por adaptaciones al comic de los famosos relatos de Horacio Quiroga. Con lo cual este libro se puede leer perfectamente como complemento de aquel que me tocó reseñar un lejano 26/05/11… siempre y cuando lo hayas comprado en su momento, porque hace tiempo que está descatalogado. Me llama la atención lo mismo que cuando me sumergí en aquella antología: los cuentos de Quiroga me parecen (en su mayoría) muy flojos. Rara vez terminan de hilvanar un conflicto, mucho menos probable es que lleguen a resolverlo, o a veces sí, pero de modo demasiado predecible. Veamos cómo le fue a los historietistas que tuvieron que remar contra esos textos.
Rodolfo Santullo y Jok (dupla grossa si las hay) le buscan la vuelta a El Loro Pelado, pero es imposible. Queda para la posteridad el dibujo de Jok, que es maravilloso. A José Luis Gaitán le tocó La Abeja Haragana, una especie de fábula desabrida, y se puso el desafio de narrarla sin textos. El resultado es bastante bueno, con muchos logros en el manejo del color, pero con un dibujo desparejo, que por momentos parece mezquinar demasiados detalles y hacerse muy esquemático. Nicolás Brondo fue contra La Tortuga Gigante y dejó la vida en el dibujo… que es lo único que se puede rescatar de un relato aburridísimo.
Una de las pocas historias con un conflicto fuerte es El Paso del Yabebirí, uno de mis favoritos cuando leí Cuentos de la Selva en la infancia. Pero leído de grande, te das cuenta de que es un cuento absurdo, un disparate total, al que por suerte Ezequiel Rosingana complementa con unos dibujos magníficos. No conocía a este autor, pero me gustó mucho su trabajo. La dupla Javi Hildebrandt-Lauri Fernández le encuentra una arista interesante a Las Medias de los Flamencos. Esperaba un poquito más del dibujo de Lauri, pero en general es un buen aporte a la antología. La historieta mejor dibujada del tomo, la que mejor funciona como historieta incluso si se la publicara en otro contexto, es La Gama Ciega, una brillante adaptación de un Dante Ginevra afiladísimo en el dibujo, el color y la narrativa. Una joyita.
Mi otro cuento favorito de Quiroga, La Guerra de los Yacarés, es otro disparate sin pies ni cabeza, repleto de inconsistencias y caprichos. Sebastián Piriz le pone bastante onda al dibujo para hacerlo mínimamente tolerable. Y dejo para el final la adaptación más ingeniosa, la que más le agrega al cuento de Quiroga, la que se anima a imaginar por encima y para los costados a la hora de reinterpretar el texto. Me refiero a la versión de Historia de Dos Cachorros de Coatí y Dos Cachorros de Hombre, realizada por Fede Velasco y Martín Túnica. La trama es muy simple, una anécdota emotiva pero casi pueril… y Velasco y Túnica aprovechan precisamente esos aspectos del cuento para darle una hermosa vuelta de tuerca a la historieta. Lástima que son sólo cinco páginas, algunas con muchas viñetas.

No sé si este libro salió a la venta en librerías, o si la Fundación Pulgar lo regala. Pero si podés conseguirlo, está bueno para ver a unos cuantos historietistas argentinos (y Santullo) laburando en un buen nivel, y poniendo su granito de arena para acercar a los chicos a la literatura y a la historieta. Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 12 de marzo de 2019

ESSENTIAL AVENGERS VOL.7

Hacía mucho que no le entraba a un comic de los Avengers y justo se me ocurrió clavarme un Essential con unos cuantos números bien de mediados de los ´70, esa época caótica en la que en cualquier serie podía pasar cualquier cosa.
Esto arranca en 1975 a un nivel sumamente decoroso, con una especie de dream team integrado por Steve Englehart en los guiones y George Pérez en los dibujos. Pero después de cuatro numeritos a todo ritmo con Kang, el Squadron Supreme, los héroes del los westerns y el debut de Hellcat, viene una puñalada artera: la historia de Englehart y Perez se interrumpe durante dos números en los que Tony Isabella y Don Heck nos infligen una historia menos que olvidable, de esas que justifican el apodo de “Verdul Age” para el mainstream de los ´70. Por suerte en el nº147 vuelven Englehart y Perez a terminar con su extensa (y en un punto intrincada) epopeya. Englehart se despide en el nº150, un choreo a mano armada en el que Perez dibuja un puñadito de páginas y casi todo es un reprint de un episodio de los ´60, escrito por Stan Lee y dibujado por Jack Kirby.
Finalmente en el nº151 se define la nueva formación de los Avengers (bah, de nueva tiene poquísimo) y salen a la cancha los dos guionistas que se alternarán en la serie hasta el nº163, que es el último de este tomo: Gerry Conway y Jim Shooter. Cabe destacar que tanto Englehart como Conway, ni bien dejan los Avengers se hacen cargo de la Justice League of America. Por si faltara algo en esta bizarra sincronicidad, el pase de Englehart a Conway en Justice League también se da en el nº150. Por supuesto a Conway se le ocurren menos ideas que a Englehart y la serie de los Avengers empieza a volar bastante más bajo que hasta ahora. El as de espadas de Conway es el regreso de Wonder Man, al que le da mucha chapa, y el resto es todo bastante intrascendente. La saguita con el Dr. Doom, Attuma y el Whizzer es probablemente el punto más bajo de esta colección en muchos años.
Para el nº158, el siempre eficaz Jim Shooter es el nuevo guionista de Avengers y ahí el nivel de los guiones empieza a repuntar muy de a poco. Enseguida se nota que el personaje que más le interesa desarrollar al nuevo guionista es Hank Pym y los desplazados un poco hacia las márgenes son Captain America y Beast. Pero tanto en esta etapa como la segunda vez que Shooter tome las riendas de esta serie, tendremos un Pym muy atractivo, con muchos conflictos interesantes, rodeado de personajes que tampoco se quedan atrás, como Wasp, Vision, Scarlet Witch, Wonder Man y en menor medida Black Panther, Iron Man y Thor.
El nº154 va en el medio de la saga más floja de Gerry Conway, pero es relevante porque acá por primera vez le ponen a Perez un entintador como la gente, que en vez de sepultarlo lo potencia y mejora ostensiblemente el trabajo del dibujante. Me refiero al gran Pablo Marcos, un prócer peruano que acá le aplica su pincel mágico  a varios dibujantes y hace que se luzcan (además de Perez) Sal Buscema y George Tuska, dos típicos dibujantes del montón, de esos que sacaban con fritas decenas de páginas todos los meses con escasa onda e ínfima imaginación. El combo Perez-Marcos es devastador y sin duda firma las mejores páginas (a nivel visual) de este Essential. Medalla de plata para John Buscema y Joe Sinnott, una dupla hiper-clásica, a cargo de los nºs 152 y 153, los del regreso de Wonder Man.
En general, salvando esas abominaciones de Don Heck y el numerito de Super-Villain Team-Up dibujado por el propio Jim Shooter, tenemos un tomo dibujado en un nivel más que aceptable, porque Perez se la banca hasta cuando lo entinta Vince Colletta, John Buscema re-garpa y a los otros suplentes (Sal Buscema y Tuska) los levanta muchísimo Pablo Marcos. Incluso el último episodio que le dan a Don Heck (el 157, donde Conway ensaya un regreso del Black Knight) también es casi presentable gracias a la titánica tarea del entintador peruano.
Y no tengo más Essentials de Avengers, pero si algún día veo a buen precio los Vol.8 y 9, me los compro y hago guita las revistas, para tener en glorioso blanco y negro la saga de Korvac, la etapa de John Byrne y un montón de historias más que leí hace mil años, cuando me fui armando la serie numerito a numerito.

Nada más por hoy. Volvemos a encontrarnos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 10 de marzo de 2019

DOMINGO DE CLAROSCURO

Hoy me toca reseñar dos libros de los ´90, en los que no existen los grises. Dos autores muy distintos entre sí, que resuelven el aspecto gráfico de sus obras sólo con el blanco y el negro puros.
El Vol.4 de Ping-Pong es impresionante. Taiyo Matsumoto se toma las primeras 90 páginas del tomo para terminar de desarrollar a los personajes, y después sí, con el elenco ya debidamente presentado, se manda a hacer lo que no puede faltar en ningún shonen: el torneo a todo o nada, en el que los protagonistas se enfrentan y habrá gloria sólo para algunos. Todo ese segundo tramo centrado en el torneo de ping-pong es alucinante. Son páginas y páginas de una intensidad tremenda. Nada de lo que yo escriba puede siquiera empezar a describir las cosas que te hace sentir Matsumoto a través sobre todo del armado de las secuencias. La elección de los planos, la construcción de la página, las líneas cinéticas y las onomatopeyas son apenas algunos de los recursos que el mangaka despliega para meternos adentro de estos partidos en los que Smile y Peko dejan la vida para defender los colores del Instituto Katase.
Durante el tramo del torneo, aparecen poco el entrenador de Smile y “la Abuela”, responsable del enorme crecimiento de Peko. Y es lo único que se extraña. Todo lo demás queda totalmente opacado por el modo brutalmente apasionante del relato de los duelos.
No quiero repetirme mucho más, sobre todo en lo que tiene que ver con el dibujo, porque mucho de lo que tengo para decir ya lo dije en las reseñas de los tomos anteriores. Me queda un solo tomo más por leer, que arranca con las semifinales del torneo. Se nota desde la primera página que acá se define todo, que todo lo que pasó en los primeros cuatro tomos explota en estos últimos tres partidos. Un delirio maravilloso, conjurado por un Matsumoto aplastante en dibujo y narrativa, y como siempre un poco retorcido en materia de guión.
Pero me voy unos años antes, a Francia. Inexplicablemente inédita en nuestro idioma, la serie de Julius Corentin Acquefacques, prisionero de los sueños, es una de las obras fundamentales de ese genio del Noveno Arte conocido como Marc-Antoine Mathieu. De milagro conseguí el tercer tomo (en francés) y por fin pude internarme en el cautivante universo de Julius Corentin Acquefacques, un universo crepuscular, extremo, donde no existen las mujeres, donde la arquitectura señorial y sofisticada contrasta de modo bestial con una atmósfera oscura, espesa, entre opresiva y surrealista.
Estaría buenísimo que Mathieu contara una historia en la que esta extraña metrópolis tuviera un rol más importante, pero en este álbum, The Processus, lo central tiene que ver con el propio Julius, con un extraño sueño que deriva en un desdoblamiento de su persona, lo cual detona un guión perfecto, un mecanismo de relojería ambicioso y asombroso como pocos. Sin hacerse críptico, sin saltar al vacío, Mathieu se mete en la esencia del sueño, en un laberinto onírico fascinante, que nos lleva más allá del subconciente de Acquefacques para convertirse a partir de cierto punto en un metacomic, porque el personaje cambia de nivel de realidad y pasa a un plano en el que él es tridimensional y accede a una dimensión en la que el resto del álbum son páginas de historieta a las que puede entrar y salir por los marcos de las viñetas.
Como te imaginarás, The Processus es un gigantesco experimento formal, un ejercicio impactante de narrativa, como los que le vimos alguna vez a Shintaro Kago, o a Chanti y sus Crucitramas, o a aquel Mangaman de Colleen Doran. La diferencia está en el extremo al que lleva Mathieu la experimentación formal, y en la fecha, porque el francés cruzó este rubicón en 1993, cuando esto era absolutamente impensable. Realmente no tengo palabras, The Processus me las quitó todas. Terminé de leer el álbum y lo seguí mirando, para atrás, para adelante, atrapado en ese loop perfecto que tanto peso tiene en la trama. Albumes como este (autores como este) son los que nos hacen enamorarnos perdidamente de este lenguaje, de este medio, de esta forma narrativa en la los límites de la imaginación son constantemente avasallados por las ideas que pelan y los riesgos que asumen genios como Marc-Antoine Mathieu. Glorioso es poco.

Gracias como siempre por estar ahí, y nos reencontramos muy pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

jueves, 7 de marzo de 2019

CAPTAIN MARVEL

No sabía bien qué esperar de esta película, y por las dudas fui al cine sin ver un mísero trailer, sin leer críticas, sin la menor idea de las internas del elenco… en bolas, bah. El veredicto es que me re-gustó. Ojo: es una película bien de factoría, bastante ajustada a una fórmula comercial ya probada muchas veces. No vamos a encontrar en estos 125 minutos muchas marcas de autor, no estamos ante una película más “idiosincrática”, como podrían ser Black Panther, Thor: Ragnarok, o las Guardians of the Galaxy. Esta vez, los directores (Anna Boden y Ryan Fleck) juegan para el lucimiento de la historia y sobre todo del personaje. Sin dudas, el principal logro del largometraje es presentarnos de cero a un personaje nuevo, injertarlo con la técnica del retcon en la ya abultada historia de este Universo Marvel y convencernos de que le sobra chapa para ponerse al hombro la revancha contra Thanos que se viene en un par de meses.
Pero paradójicamente, la peli no habla de eso. Se concentra más bien en la aventura y en el desarrollo de los personajes. Los guionistas se lucen sobre todo cuando le agregan sustancia a ese gigantesco bache que tenemos en la historia de este universo, entre la Segunda Guerra Mundial y la primera Iron Man. Toda la trama de Captain Marvel está ambientada en 1995, con un Nick Fury de unos 35 años como cuasi-sidekick de la heroína, y abundan los guiños y referencias a las películas que –en la línea de tiempo- sucederán después. Así es como, en unos cuantos aspectos, Captain Marvel funciona como precuela de la primera Avengers y además la resignifica. No contentos con eso, los guionistas también le pegan vueltas de tuerca impredecibles a sagas clásicas del Universo Marvel de los comics, principalmente la guerra entre los Kree y los Skrull, ahora reinterpretada en clave progre, anti-imperialista. También hay roles “poco ortodoxos” para Mar-Vell, la Doctora Minerva, Yon-Rogg, Talos the Tamer (aquel guerrero skrull creado por Peter David en las páginas de Hulk) y la querida Monica Rambeau. La cagada es que si leíste muchos comics, ya sabés quiénes son villanos encubiertos y quiénes no. Aún así, un par de giros argumentales me sorprendieron.
Quizás de donde más haya tomado esta peli es de las dos series de Captain Marvel escritas por Kelly Sue DeConnick (que además tiene su cameo en la escena de la estación de subte): no tanto por lo que sucede (bueno, sí, el plot del gatito está tomado tal cual) sino por la personalidad que le dan los guionistas a Carol. Si leíste la etapa de DeConnick, cada diálogo de la protagonista te va a resultar muy acertado, muy fiel al comic. Y en una de esas, para serle fiel a los comics de Kelly Sue, en la próxima peli de Avengers se empiece a armar el romance entre Carol y Jim Rhodes. Lo cierto es que en estos 125 minutos no hay trama romántica y eso (obviamente) es un golazo. 
Como siempre, tenemos un nivel altísimo en los efectos especiales (que resaltan todo el tiempo el grado de poder descomunal de la Capitana), una muy buena selección de canciones noventosas para la banda de sonido, un laburo fascinante a la hora de diseñar las locaciones fantásticas de los imperios extraterrestres y un buen gusto exquisito en la presentación de los títulos finales. Pero además, la peli abre con un homenaje a Stan Lee tremendamente emotivo (después habrá un cameo del viejito, auto-parodiando su aparición en la película Mallrats, también de 1995) y cierra con dos escenas post-créditos de las cuales una nos trae muy brevemente al presente, al cuartel donde están reunidos los pocos Avengers que sobrevivieron a Infinity War. ¿Por qué Carol aparece en 2019 sin verse un día más vieja que en 1995? Ojalá lo expliquen.
Y hablando de no envejecer, impresionante el laburo que hicieron los magos de los efectos visuales para que un Samuel L. Jackson sesentón se vea como un tipo de 35. Gran actuación de este monstruo sagrado, que le agrega varias capas de profundidad al personaje de Fury. Por suerte, en el resto del elenco no hay actuaciones flojas que desentonen con la de Jackson. Brie Larson (a quien jamás había visto ni oído nombrar) se re-banca el notable protagonismo de Carol en la trama y resulta creíble y copada, sobre todo cuando intercambia retruques irónicos con Jackson, Jude Law o Akira Akbar, la nenita que hace de… nah, te tenés que dar cuenta sin que nadie te lo diga. 

En fin, con más de 50 años de trayectoria en los comics y cuatro identidades heroicas a cuestas, Carol Danvers no era un personaje fácil de llevar al cine, menos cuando la hacen arrastrar a ella sola todo el plot de la Guerra Kree-Skrull, y menos todavía cuando –en uno de los saltos al vacío más bizarros del Universo Marvel fílmico- sitúan su origen 13 años antes de la primera Iron Man. Y a pesar de todo, salió una buena película, muy satisfactoria. No super-original, quizás un toque carente de identidad, pero con verdadero peso específico en la saga del MCU, mucha acción, momentos emotivos, chispazos de humor y muchos logros en materia de construcción de personajes y tramas, tanto para adelante como para atrás. ´Nuff said. 

martes, 5 de marzo de 2019

SE ACABA LA JODA

Después de un feriado extra-large memorable (con triunfo de Racing incluído), mañana hay que volver a laburar. Mientras pega el bajón, me aboco a la redacción de mis habituales reseñas.
Retomé la lectura de The Invisibles con el Vol.4, el que recopila los primeros episodios de la segunda serie, la que Grant Morrison lanza a fines de 1996, en su momento de mayor éxito comercial, cuando las ventas de la JLA amenazaban con pintarle la cara a la ambiciosa movida de Heroes Reborn encarada por Marvel. Este es el tomo más cortito de Invisibles, con sólo cuatro episodios, un poco menos de 100 páginas con un sólo arco argumental y un sólo dibujante: un Phil Jimenez prendido fuego, complementado a la perfección por las tintas de John Stokes. Tuve la suerte de ver los originales a lápiz y debo decir que, si bien tanto Stokes como el colorista Daniel Vozzo aportan muchísimo, el laburo que hizo Jimenez en los lápices, el plantado de cada página, la planificación de las secuencias, es absolutamente hipnótico. Los fondos son zarpadísimos (y las excusas para no ponerlos cuando no aparecen son recontra-válidos) las expresiones faciales están cuidadísimas, la acción tene un impacto tremendo y por si faltara algo hay páginas como la 68 y la 69 (del TPB) donde la narración explota en una supernova gráfica sobrenatural. Si eso que muestra Phil estaba detallado en el guión de Morrison, entonces el escocés es un genio cósmico, más allá de toda exégesis, o de todo panegírico que uno pueda ensayar. Y si se le ocurrió a Jimenez, es un monstruo absoluto.
El dibujo de este arco argumental está tan bueno que eclipsa un poco al guión. Black Science es un arco atípico porque –si bien tiene un montón de ideas locas y conceptos fascinantes- es una aventura de palo y palo, totalmente basada en la machaca. Es una misión clara, lineal, sin vueltas demasiado retorcidas, ideal para enganchar nuevos lectores y sacudirle los prejuicios a los que no leían The Invisibles porque “es un delirio que no se entiende a menos que estés muy drogado”. Hay un par de flashbacks al pasado común entre King Mob y Jolly Roger y el resto va todo para adelante, como una topadora, a una confrontación a todo o nada entre los Invisibles y Mr. Quimper, que pinta para ser el villano grosso de esta segunda etapa. Un cambio de registro por parte de Morrison sumamente bienvenido, porque a pesar de optar por una narración más “careta” no mezquina nada en materia de diálogos (cada vez mejores) y desarrollo de personajes. Me faltan dos TPBs gorditos y cerramos la relectura de esta obra fundamental para entender al genio de Glasgow.
Ya estoy cerca de liquidar todo el material que se editó en Argentina en 2018 y me interesó como para pegarle una leída. La Cazadora de Libros apareció durante más de dos años en el suplemento ADN del diario La Nación, entre 2011 y… 2013 o 2014, no recuerdo con precisión. Finalmente el año pasado salió el libro, como para que los fans de Pablo De Santis y Max Cachimba pudiéramos sumar esta obra a nuestras bibliotecas, en vez de andar recortando páginas del house organ de la oligarquía argentina.
La verdad que me costó bastante leer La Cazadora de Libros en libro (¡cuac!) principalmente porque se le nota mucho la naturaleza serial. El recopilatorio quiere convertir en historias extensas a lo que originalmente eran entregas semanales (con algo así como un principio, desarrollo y fin propios) y se ven mucho las costuras. Se repite información, se frena el ritmo cada vez que la aventura amaga con levantar temperatura, hasta se conserva la decisión casi caprichosa de los autores de arrancar cada entrega con una viñeta muda en la que se ve un plano general de la fachada de la biblioteca… aunque en el remontaje de viñetas requerido por el libro esa imagen aparezca en el medio de la página, o incluso al final de la misma. Con el correr de las aventuras, se termina un poco la reiteración constante de esa viñeta y también se repite menos información. Y aparecen páginas distintas, donde ya no tenemos seis viñetas de igual tamaño, si no otras variantes que subrayan o puntúan mejor los distintos momentos del guión de De Santis.
Lo mejor, por lo menos para mi gusto, es ese tono farsesco que logra el guionista. Las aventuras son delirantes, estrambóticas, entre fantásticas, ingenuas y absurdas. Y De Santis acierta al combinarlas con diálogos repletos de humor, donde lo vemos muy afilado para los juegos de palabras. Obviamente un planteo entre absurdo, bizarro y naïf resulta ideal para el lucimiento gráfico de Cachimba. Sin embargo, acá el rosarino está bastante contenido. El tema de que todas las viñetas sean iguales lo limita un poco, y le permite jugar sólo en la elección de los ángulos. El trazo es minimalista, con margen para un repertorio de expresiones faciales sumamente acotado, y probablemente lo que más me haya gustado sea el tratamiento del color que propone Cachimba. Esta vez, en vez de colores planos, trabaja los fondos con pasteles o acuarelas, lo cual le permite (además de sugerir apenas los decorados) darle profundidad a las viñetas y clima a las secuencias. Me sigue gustando más el Cachimba de 1989-1992, obviamente, pero dentro de su estilo más despojado, este debe ser el trabajo en el que lo vi más comprometido, más decidido a encontrar un planeo estético que no obstaculice si no que acompañe y potencie los logros del guión.
 Además, La Cazadora de Libros es una historieta bien para todo público, que tiene (no como tema central, pero ahí nomás) el amor por la lectura, así que es ideal para regalárselo a hijos, sobrinos o mascotas bípedas a las que tratemos de inocular el virus de la historieta.

Uh, me fui a la mierda. La seguimos pronto.

viernes, 1 de marzo de 2019

ARRANCA MARZO

Todavía no salgo de mi asombro después de haber escuchado el discurso más alienígena (y alienado) con el que un presidente argentino inauguró un período de sesiones ordinarias. Maestro, para consumir ficción leo comics y literatura. Y hablando de leer comics, vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé en estos días.
Injustamente, en todos estos años que lleva el blog, nunca le habíamos dedicado una reseña a un libro del glorioso Jean Pierre Stassen, un autor belga del que soy hardcore fan. Poco publicado en castellano (en una de esas, inédito), Stassen tiene un estilo gráfico absolutamente hipnótico, una mezcla entre el mejor Max y la línea actual (más gruesa, más pensada para publicarse a color) de Jaime Martín y Rubén Pellejero. En el álbum en cuestión, titulado Thérese y publicado en 1999, Stassen trabaja con una grilla de tres tiras y nunca mete más de ocho viñetas por página, con lo cual el dibujo (y la tipografía, que también es hermosa) se luce muchísimo. El trabajo en los fondos, esas escenas en las que se borra la línea y queda todo definido por los contornos, el lenguaje corporal de los personajes, son algunos de los puntos más altos en una faz gráfica realmente espléndida.
De todos modos, lo más atractivo de Thérese es el guión. Stassen propone una historia de amor sumamente original, entrecruzada con la violencia urbana, el cuento de hadas clásico y el realismo mágico, y le sale una hsitorieta que mucho le hubiese gustado escribir a Neil Gaiman o a Carlos Trillo. Como en todas sus obras, Stassen aprovecha para bajar un poquito de línea relacionada con las privaciones que sufren los inmigrantes africanos y sus descendientes en las grandes urbes europeas. Acá nos invita a pensar cómo en realidad muchos de ellos se desloman laburando (o delinquen) en barrios los pobres de Bélgica con el sueño de cazar una guita que les permita volver a su país natal con los problemas económicos más o menos resueltos.
Pero el foco está puesto básicamente en el amor, primero obsesivo y después sincero que siente Thérese, esta chica buena, sencilla, humilde, pero con poderes tipo Scarlet Witch (presentados de otra manera, por supuesto) que le permiten manipular la realidad y acomodarla un poco a sus deseos, a veces con resultados desopilantes. O sea que también hay magia y humor en esta sabrosa mezcla que nos ofrece Stassen y que, si bien creo que existe sólo en francés, recomiendo mucho rastrear y leer.
Me vengo más cerca, a 2017, de la mano de más autores desconocidos en Argentina. El Cardenal es una novela gráfica escrita por Kote Carvajal (al que vimos oficiar de colorista en varios libros ya reseñados en el blog) y dibujada por Lucho Inzunza, de quien también vimos ya otros trabajos. Se trata de dos autores bastante conocidos… en Chile, donde la mayoría de la producción local no trasciende nunca las fronteras del país trasandino. Por si faltara algo, El Cardenal cuenta la historia real de un personaje notable pero poco difundido de la historia reciente de nuestros vecinos: Raúl Silva Hernández, el arzobispo de Santiago de Chile que confrontó con la dictadura de Augusto Pinochet para denunciar violaciones a los derechos humanos.
La novela trata, básicamente, de gente hablando. Son unas 100 páginas en las que la acción brilla por su ausencia y todo avanza con diálogos, con investigaciones, o con noticias que van dando a conocer los medios de comunicación. Y aún así, no se me hizo aburrida, excepto por algún flashback a la juventud del cardenal, cuando decide seguir la vocación religiosa y duda entre hacerse salesiano o jesuita, como si eso tuviera algún peso en lo que va a suceder más tarde. El tramo ambientado en los ´70 y ´80, en cambio, me resultó muy interesante más allá de la parsimonia y el alto grado de protocolo que Carvajal subraya en los diálogos, los discursos y las cartas que escribe el cardenal.
El dibujo de Inzunza me pareció blandito, muy derivativo, una especie de Solano López diluído, sin esas rayitas que ponía el maestro por todos lados para sugerir texturas y efectos de iluminación. A este trabajo de Inzunza, le sacás el color y desinfla como un globo (amarillo, obvio). Pero con el color se ve bien, la narrativa es muy sólida y los personajes reales le salen muy parecidos a sus contrapartes humanas. Si sos fan de la trilogía Verdad-Memoria-Justicia, te va a encantar saber que en Chile (donde durante la dictadura no hubo Madres de Plaza de Mayo, ni Abuelas, ni sindicatos que defendieran a los laburantes, ni nada) un jerarca grosso de la iglesia católica (que en Argentina se alineó con los genocidas y se hizo bien la boluda) hizo lo que pudo para combatir los crímenes de lesa humanidad de Pinochet. Según Kote Carvajal, lo que pudo hacer no fue mucho, pero aún así se convirtió en un símbolo de resistencia, integridad y solidaridad para con la gente injustamente perseguida y masacrada por el sangriento régimen de Pinochet. Un superhéroe de carne y hueso, bah.

Gracias por el aguante. Nos reencontarmos pronto, espero que con reseñas de material que haya leído más gente de la que está ahi, del otro lado del monitor.