el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 14 de junio de 2019

CUASI-TRASNOCHE DE VIERNES

Me colgué horas y horas con pelotudeces y ahora me queda poco tiempo para escribir un par de reseñas antes de salir a hacer otras pelotudeces.
Arranco con el primer integral de Mikilo, que recopila un montón de historietas originalmente publicadas entre 1999 y 2001, años horrorosos para la historieta argentina. Mikilo fue una apuesta muy interesante de autores hasta ese entonces poco conocidos: el guionista Rafael Curci y los dibujantes Tomás Coggiola y Marcelo Basile, a los que más tarde se sumaría Sergio Ibáñez, de notable trayectoria en las antologías de Columba y demás diarios y revistas. Las aventuras de Mikilo nos invitaron a recorrer los mitos y leyendas de la Argentina profunda, en historias de misterio, a veces condimentado con terror, con machaca entre monstruos que se cagan a palos o (en el mejor de los casos) con un cierto vuelo poético.
En general, le encuentro dos problemas a los guiones de Curci: uno menor, que es que los diálogos nunca terminan de sonar 100% argentinos; y uno más preocupante, que es que las tramas son bastante parecidas entre sí. Se repite bastante un mismo esquema, en el que lo que cambia son las criaturas a las que se enfrentan Mikilo y su hermano humano. Patagonia, la saga más extensa que incluye este tomo, es un ejemplo bien gráfico de esto : a lo largo de  50 páginas los personajes avanzan medio a los tumbos, sin un objetivo claro, y la gracia son los obstáculos que les toca sortear en una acumulación de peripecias que se hace sosa y reiterativa. Y cerca del final del libro tenemos El Sabueso de Santa Mónica, un guión excelente, clásico y asombroso a la vez, en el que no se ven los problemas estos que yo marcaba recién. Sin dudas el tramo que más me gustó de esta impactante edición.
Y además El Sabueso de Santa Mónica cuenta con los dibujos de Ibáñez, que le aporta a la serie un upgrade grosso en la faz gráfica. Ibáñez trae la impronta de los maestros del comic de terror de los ´70 (Berni Wrightson, José Ortiz, Horacio Lalia) y aleja un poco a Mikilo de esa estética más tributaria del comic de superhéroes que (todos sabemos) funciona mejor en las historietas a color. El tomo incluye también dos historias cortitas dibujadas por el propio Rafael Curci, que por suerte no insistió y delegó este trabajo en Coggiola y Basile, que lo hacen mucho mejor. Si nunca leíste Mikilo y querés descubrir por qué se ganó el rótulo de « el Hellboy argentino », entrale con confianza al integral.
Salto a 2002, a Francia, para deleitarme una vez más con Seix Cent Soixante-Seize Apparitions de Killoffer, un libro grandote, difícil de guardar, en el que explota definitivamente el gran Patrice Killoffer, uno de los miembros “perfil bajo” de L’Association. Esta es la obra maestra de este autor grandote, al que su amigo Lewis Trondheim suele dibujarlo en sus historietas con cabeza de oso, y además es una obra tan personal que él es el protagonista y su nombre aparece en el título. Pero no salgan corriendo: no es otra aburrida historia autobiográfica de un dibujante mediocre que corre atrás de un laburo, una mina, o una idea.
666 Apparitions… es un delirio grotesco que sólo puede suceder en la mente del autor. Este viaja a Canadá, pero deja sus platos, ollas y cubiertos sucios en su cocina de París. ¿Que hará toda esa mugre durante su ausencia? ¿Cómo evolucionará? La respuesta que imagina Killoffer es increíble. Con texto en apenas ocho de sus 48 páginas, 666 Apparitions… muestra un dibujo que va de Tardi a José Muñoz y de Charles Burns a Hergé, un balance impactante entre blancos y negros y una narrativa totalmente original y desenfrenada.
No quiero ahondar mucho en la trama, porque esto hay que verlo para creerlo. Por suerte está editado en Brasil, así que capaz que se puede conseguir sin necesidad de leer francés. Seix Cent Soixante-Seize Apparitions de Killoffer es un magnífico monumento al descontrol, donde lo que empieza como un delirio inofensivo termina con una pantomima truculenta y escabrosa, que incluye masacres, orgías, violaciones, canibalismo, borracheras y estallidos de violencia extrema, condimentados con pis, vómitos, guasca, mierda y sangre. Y talento. Mucho talento.

Nada más por hoy. Gracias por leer y será hasta la próxima.

martes, 11 de junio de 2019

MEDIODIA DE MARTES

Estos libritos los liquidé entre viernes y sábado, pero recién hoy tengo un rato para reseñarlos.
Empiezo con el Vol.3 de Oyasumi Punpun, del maestro Inio Asano. Lejos, el mejor de los tres tomos que leí hasta ahora. Al autor no le tiembla el pulso a la hora de dejar completamente de lado los elementos de misterio o de thriller para centrar el relato 100% en los vínculos afectivos entre los personajes. Y sí, todavía tenemos detalles limadísimos como el hecho de que Punpun y su familia estén dibujados como pajaritos-fantasmas, o esas contorsiones grotescas que Asano dibuja en los rostros de los adultos, o el famoso conjuro para que aparezca Dios y los diálogos entre los humanos y el susodicho. Pero este tercer tomo se abraza a un nivel de realismo donde el verosímil no se daña prácticamente nunca y donde las tramas que tienen que ver con los sentimientos ganan en profundidad.
En la primera mitad del tomo, Asano arma un clásico triángulo de amor bizarro, que se enriquece a medida que se fortalece el vínculo entre dos pibes que están enamorados de una misma minita. Todo esto contado de un modo casi tragicómico, pero absolutamente realista. Para la segunda mitad del tomo, Punpun prácticamente desaparece y Asano pone el foco en Yuichi, el tío del protagonista, que acá pasa de ser un secundario más a tener un rol destacadísimo, y a ser el personaje con el que claramente nos vamos a identificar los solteros mayores de 30 que entremos al mundo de Oyasumi Punpun. Este tramo centrado en Yuichi es brillante, es el lado B de la clásica comedia romántica de ambientación urbana, con unos flashbacks, unos diálogos y unos silencios absolutamente memorables. Ojalá en los próximos tomos tengamos siempre 100 páginas en las que todo pase por la vida sentimental del tío Yuichi.
En cuanto al dibujo, Asano y su legión de asistentes nos sepultan bajo un alud de talento, onda, poder de observación y capacidad para generar climas cautivantes. Realmente es obsceno lo bien dibujado que está Oyasumi Punpun. Prometo entrarle pronto al Vol.4 y felicito a Ivrea por haber completado la publicación de esta serie.
Me voy a EEUU, a 2015, cuando el gran Brian Wood se pone al hombro la serie de Moon Knight que habían lanzado nada menos que Warren Ellis y Declan Shalvey (ver reseña del 19/06/17). Wood forma equipo con Greg Smallwood (sí, es en serio, Wood y Smallwood) para seis numeritos que, para mi propia sorpresa, me gustaron más que los de Ellis y Shalvey. El dibujo de Smallwood, si bien no es tan original como el de Shalvey, está buenísimo, con mucho riesgo y muchos aciertos en materia de planificación del relato gráfico y un ensamblaje muy logrado con la paleta de la siempre eficaz Jordie Bellaire. Creo que nunca había leído historietas de Greg Smallwood, pero lo que despliega en Moon Knight me alcanzó para hacerme fan.
De Brian Wood (como puede dar fe cualquiera que siga hace un tiempo este blog) ya era fan desde hace mil años, así que no me sorprendió para nada la cancha con la que el maestro toma los nuevos conceptos que introdujo Ellis en el TPB anterior y los eleva un par de escalones más. El primer episodio da la sensación de ser un unitario, cuando leés el segundo notás que hay algo más, algo que avanza por atrás de la trama central sin resolverse, y cuando te querés dar cuenta, Wood te atrapó en las redes de un arco argumental extenso, complejo, repleto de sorpresas impactantes y dilemas morales espesos. Lo único que no tiene este tramo es desarrollo de personajes secundarios. El resto está y es impecable, pero sobre todo atípico. Tan atípico que en la resolución final del conflicto (perdón por no dar muchos detalles) casi no hay lugar para la violencia.
Gran saguita de Moon Knight, muy autoconclusiva, muy recomendable incluso para el lector que no suele visitar el Universo Marvel, porque Wood la ambienta en una New York rara, en la que a nadie se le ocurre siquiera mencionar a otros superhéroes, como si se tratara de un comic de otra editorial, de un título creator-owned de Image o Dark Horse. A la serie le queda un sólo TPB más, en el que el personaje pasa a manos de Cullen Bunn, así que yo cuelgo acá. Y eventualmente le entraré a la serie que arrancó en 2016, de nuevo con Smallwood como dibujante, pero ahora con Jeff Lemire (otro fetiche de este blog) al frente de los guiones.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

sábado, 8 de junio de 2019

SABADO NOVENTOSO

Hoy justo se me juntaron dos obras bien de los ´90, una generada en Europa y poco conocida en América y otra generada en América, pero apuntada al mercado de Europa.
Empiezo con El Rayo Negro (o Le Rayon Noir), que al toque se convirtió en mi álbum favorito de Spirou, dentro de la fascinante etapa de Tome y Janry al frente de la serie. Pensemos en un comic franco-belga, ambientado en un hermoso pueblito donde reinan la tranquilidad y la buena onda, y donde de repente irrumpe un elemento vinculado al odio y la desconfianza, que detona un conflicto heavy, que rápidamente escala del ámbito privado al social y más tarde al político. ¿Te vino a la mente La Cizaña, no? A mí sí. No pude dejar ni un minuto de pensar que estaba leyendo una especie de tributo de Tome y Janry a la aventura de Astérix que más me gusta y que más veces leí.
En El Rayo Negro el catalizador de la discordia no es el secreto de la poción mágica, sino un rayo que transforma a los europeos en africanos, es decir, los hace negros. Y entonces, el vecino, el amigo, esa cara familiar se convierte en el otro, en el extraño, en el distinto. Obviamente por detrás de la aventura (alocada, con ese ritmo frenético que André Franquin le trajo a esta serie y los autores que entienden de qué se trata Spirou no descuidan jamás) hay un subtexto que habla de discriminación, racismo, xenofobia… y por supuesto chistes, que quizás hoy, en la era de la Dictadura de la Corrección Política, algún gil podría considerar ofensivo.
Ah, y hay un villano, nada menos de Vito Cortizone, a quien vimos el otro día enfrentado a nuestros héroes en Vito el Cenizo. El rol del villano es raro, sirve para que no sea el propio Conde Champignac el que desencadene el tremendo despelote que se arma. Pero no hay un plan maestro de este émulo de Vito Corleone, más allá de escapar de la justicia. Tampoco los otros personajes importantes de la serie (Fantasio y Spip) tienen demasiado peso en la trama, que esta vez se vuelve mucho más colectiva, más social que nunca. Y ni me caliento en hablar del dibujo y el color, que son demasiado buenos para ser reales. Recomiendo fuerte este inolvidable álbum de Spirou, el último que me quedaba sin leer de esta serie que (tarde o temprano) voy a retomar.
Para principios de los ´90, el suceso arrollador de Dylan Dog ya estaba haciendo recalcular a todas las editoriales de Italia, y por supuesto Eura (hoy Aurea) no fue la excepción. Prueba de ello es la manija que le dieron a Martin Hel, una creación de Robin Wood y Lito Fernández que le debe… casi todo al icónico investigador de lo oculto de la editorial Bonelli. Este álbum editado en 1999 por Columba reúne 12 episodios de Martin Hel, y está tan mal hecho que dos de las aventuras están incompletas. Robin pensaba esta serie en trilogías, en aventuras de 36 páginas divididas en tres capítulos de 12. Y acá falta el primer capítulo de una trilogía (la de las muñecas diabólicas) y los dos últimos de otra (la del crucero de alta gama).   
Este es el Robin Wood de los ´90, el que juega menos a lucirse con el vuelo poético de su prosa y se anima a indagar un poquito más en la psiquis de los personajes, a hacerlos más tridimensionales. No creas que Martin Hel es un personaje recontra-complejo: sigue siendo bastante chato y predecible. Pero por lo menos se ve una intención de que no pase tan desapercibido en la jungla superpoblada de varones atléticos, seductores, eternamente ganadores y con un cierto halo de misterio. Las aventuras en sí no me entusiasmaron demasiado. Está bueno ver a qué amenazas recurre Robin para poner en jaque a los personajes y cómo introduce en los ´90 (y en un contexto de aventura realista) elementos fantásticos tomados de distintos mitos, leyendas y supersticiones de la antigüedad o el medioevo. Pero las tramas en sí, y especialmente las resoluciones, no me llamaron mucho la atención. Recuerdo haber leído novelitas gráficas de Martin Hel de 96 páginas, donde las tramas estaban brutalmente descomprimidas, pero me engancharon más.
Y claro, en las novelitas gráficas de 96 páginas pude disfrutar del dibujo de Lito Fernández (y su ejército de asistentes) en glorioso blanco y negro, sin esos colores abominables que le ponían los asesinos seriales de historietas de Columba, e incluso sin ese espantoso rotulado mecánico. En esta etapa de Martin Hel (en la que salía todas las semanas en episodios de 12 páginas) no vemos ni en pedo al mejor Lito, pero si leíste mucho Columba ya sabés que incluso a media máquina, o supervisando el trabajo de una legión de simios amaestrados, Lito no te deja a pata jamás. En las novelitas de 96 páginas, en blanco y negro y con menos cuadros por página, vamos a ver brillar mucho más a este insumergible narrador de aventuras.

Bueno, nada más por hoy. Ya tengo leído un librito más, y sigo adelante para volver a postear pronto nuevas reseñas. Pásenla lindo y piensen que faltan sólo seis meses para que se termine la pesadilla neoliberal.

miércoles, 5 de junio de 2019

MIERCOLES TRANQUI

De a poquito, sin sobresaltos, estoy empezando a leer algunas cosas que conseguí en 2018, mientras dejo para más adelante libros que compré en 2017 y a los que algún día les entraré.
Parte de la cosecha 2018 es el Big Book of Martyrs, un título que en su momento no me interesó para nada, pero una vez que lo tuve en la mano, repasé la lista de autores y vi que estaba a buen precio, se vino conmigo, a sumarse a mi colección de Big Books.
El guionista de todas las historias del tomo es el maestro John Wagner, emblemático guionista de Judge Dredd, quien acá hace gala de su característico humor negro, sumado a un gran trabajo de investigación acerca de las vidas y muertes de los mártires, los tipos y minas que dieron sus vidas por su fe religiosa. Además, Wagner nos explica el proceso por el cual la Iglesia reconoce a los mártires, cómo llegás a ser beatificado y eventualmente canonizado, un proceso sinuoso y bizantino que yo desconocía por completo. Casi todas las historias son fuertes, con momentos muy impactantes, repletas de atrocidades y bizarreadas casi dignas del Antiguo Testamento.
Los dibujantes de los Big Books trabajan generalmente muy condicionados, encorsetados en una narrativa que los relega prácticamente a ilustrar pedacitos de lo que nos cuentan los textos, con pocas chances de ponerse al hombro la narración gráfica. Todas las páginas de los todos los Big Books están divididas en tres tiras, jamás vemos siquiera una mano “romper” los bordes de las viñetas y hay muchos más bloques de texto que en cualquier otro comic yanki posterior a 1985. También hay pocas transiciones “momento a momento” o “acción a acción”. En general son todas “escena a escena”, con saltos de muchos días (o años, o siglos) o amplias distancias entre una viñeta y otra. Aún contra esas restricciones, el Big Book of Martyrs despliega un nivel de dibujantes realmente llamativo.
¿Querés genios del Noveno Arte? Te puedo ofrecer a Frank Quitely, Roger Langridge, David Lloyd, D´Israeli, Joe Sacco y Michael Cherkas. ¿Querés maestros grossos, tipos y minas que –sin ser genios- aportan un talento impresionante? También hay: Joe Staton, Trina Robbins, Tom Sutton, Marie Severin, Rick Geary, Erik Shanower, George Freeman, Coleen Doran, Bob Fingerman, Brian Buniak y Steve Lieber. ¿Y tipos cumplidores, que por ahí no descollan, pero tampoco tiran para atrás el promedio? Robin Smith, Jim Fern, Peter Gross, Rick Parker, Rafael Kayanan, Randy DuBurke, Joe Phillips, Flint Henry, Dan Lawlis… un montón. Habrás notado que hay una proporción bastante alta de dibujantes británicos, lo cual tiene que ver (lógicamente) con el ámbito en el que se desenvuelve Wagner. Y entre esos nombres, encontré a varios que no conocía y me gustaron mucho, como Lennie Mace, Dan Burr y sobre todo Graham Higgins.
Entre todos (con el maestro Wagner incluído, por supuesto) ponen lo que hay que poner para que leer este Big Book no sea un martirio, si no una experiencia sumamente disfrutable. A priori, casi 180 páginas de historias de gente que se deja acribillar, crucificar o empalar por amor a Dios pueden parecer una propuesta poco seductora, pero si sos comiquero ya lo sabés: el talento de los historietistas muchas veces hace milagros.
Salto a Argentina, a 2019, para una breve glosa del Vol.5 de Bife Angosto, una colección que reaparece después de cuatro largos años, con dos novedades: 1) ahora las tiras que hace Gustavo Sala para el Suplemento No de Página/12 se republican en blanco y negro, y 2) según se comenta por ahí, la tirada de este libro fue bajísima, sólo comparable a la de los fanzines que se autoeditaba Gustavo en los ´90. Lo del blanco y negro, la verdad, no me jode. Ahora, lo de la tirada… uno entiende que muchos fans de Sala no pueden comprar el librito porque tienen que pagar fortunas por la luz, el gas, el bondi, la comida… pero siendo así, en una situación en la que la editorial prácticamente apuesta a recuperar los costos y el autor se lleva una guita ínfima, ¿tiene sentido trabajar con una editorial? ¿O conviene romper el chanchito y editarse uno mismo, que tiene muchas más herramientas para llegar al público que se interesa por lo que uno hace?
Fuera de eso, el dibujo de Sala está en un nivel apabullante, las caricaturas de los famosos están cada vez más logradas y entre los chistes hay una cantidad de ideas brillantes imposibles de enumerar exhaustivamente. Me reí muchísimo con boludeces como la Rappisodia Bohemia, los chistes de Trump, los chistes de curas pedófilos, el Turco Asís-Tiré, los gremlins del Indio Solari, los juegos olímpicos del rock, el patriarcade, la rockola de Bolsonaro y el Tintinder, la aplicación que usan los personajes de historieta para levantar. Obvio que, tiradas así, en el medio de una reseña aburridísima, estas ideas no tienen ni a palos el efecto cómico que sí tienen en su contexto original, que son las historietas y chistes de Sala.
¿Y sigue habiendo chistes de conchas, de soretes, de gente que se transforma en cosas bizarras, meta-chistes sobre el humor, etc.? Sí. Me causaron bastante menos gracia que en libros anteriores, pero hay unos cuantos. Por suerte, la realidad evoluciona y le da a quien sabe entenderla nuevos elementos con los que hacer humor. Sala tiene las antenas perfectamente sintonizadas con las transformaciones socio-culturales de los últimos años, y eso también se ve en unos cuantos chistes y tiras. Ojalá pronto haya otro plato de este adicitvo y siempre vigente Bife Angosto.
Grazie per tutti y la seguimos pronto. Arrivederci.


domingo, 2 de junio de 2019

TARDE DE DOMINGO



Rompo la clásica pachorra de los domingos para reseñar un par de libritos que me bajé en los últimos días.
Arranco con Ice Haven, un extraño trabajo del maestro Daniel Clowes del 2005. El libro es medio un choreo, porque te editan en tapa dura y a u$ 19 un material que Clowes ya había publicado poco antes en la revista Eightball. Pero la idea es excelente y presagia o preanuncia lo que iba a hacer Clowes poco después en la (quizás más renombrada) Wilson: una novela gráfica construída con breves relatos que, además de estar interconectados (porque transcurren todos en la apacible localidad de Ice Haven) están dibujados y narrados en distintos estilos, como si fueran distintas historietas de distintos autores. La verdad es que los saltos estilísticos que pega Clowes no son tan brutales (en Wilson esto se notará mucho más), pero sin dudas logra el objetivo, que es darnos la sensación de estar leyendo historietas muy distintas entre sí, que nosotros tenemos que conectar. Y para eso hay que prestarle mucha atención al guión, que es excelente.
Ice Haven tiene una trama de misterio, un clima que se va poniendo cada vez más espeso (sin llegar a los niveles de un Twin peaks, ponele) y una vasta y logradísima variedad de personajes, con distintas voces, distintas formas de vincularse a la trama global, y (como ya dije) distintas características visuales y narrativas. Por supuesto con quien más me identifiqué fue con Harry Naybors, el crítico de comics que llega soltero a los 51 años (demasiada casualidad, no?) y tiene una mirada casi alienígena acerca de los demás personajes y las situaciones por las que atraviesan, al punto de romper la cuarta pared y hablarle directamente al lector. Apenas una de las muchas sorpresas interesantes que le depara Ice Haven a quien se adentra en sus páginas.
Visualmente, esto es una belleza. Clowes acomoda su estilo a los distintos tipos de historieta que elige para armar la novela (a veces romántica, a veces de comedia costumbrista, a veces más detectivesca, a veces de humor más infantil, incluso por momentos retoma la onda y la estética de Ghost World) y en todos la rompe. El colopr y el rotulado también se modifican, y acá también suma aciertos a lo bestia... hasta que arma esas páginas con tres tiras, varias viñetas chiquitas por tira, mucho texto en cada viñeta y una tipografía microscópica que me hizo pensar seriamente en visitar al oculista, porque no se veía una chota. Fuera de ese detalle menor, recomiendo mucho Ice Haven para los que estén buscando algo realmente distinto, donde las buenas ideas se combinan con una ejecución impecable, plena de virtuosismo, de manejo del tempo narrativo y de una erudición comiquera (y meta-comiquera) sumamente bienvenida. 


Salto a Argentina, 2019, cuando finalmente sale a la luz El Viaje de Luka, la novela gráfica en la que Dolo Okecki (asidua lectora de este blog) trabajó nada menos que nueve años, en los ratos libres que le dejan los encargos que recibe de editoriales de Europa. El Viaje de Luka es una historia extensa (casi 230 páginas) con el ritmo y la duración exactos para convertirse en un largometraje de Hayao Miyazaki. Le falta la bajada de línea ecologista y está todo lo que nos acostumbramos a ver en las películas del glorioso estudio Ghibli. Incluso está apuntada a esa franja etárea de fines de la infancia y principios de la adolescencia, tan típica de los productos de Miyazaki, poco explotada por las historietas de aventuras.
Okecki nos invita a acompañar en este viaje a una joven loba que tiene el poder de transformarse en una chica humana. En el camino encontrará aliados, rivales, enemigos, maldiciones, hechizos, lecciones que aprender, secretos que cuidar y data que desconocía acerca de su extraña condición y su misteriosa filiación. Toda la información está presentada de un modo muy orgánico, muy prolijo, sin agobiar, sin repetir ocho mil veces lo mismo, incluso sin dramatizar demasiado las situaciones más tensas, o más duras. En general, Okecki conserva un cierto tono amistoso, donde en cualquier momento se puede filtrar un leve paso de comedia, y logra que eso no desentone con una trama en la que no escasean las peleas a muerte entre criaturas muy poderosas. El resultado es una lectura muy dinámica, muy fluída, en la que se nota el cuidado por desarrollar bien a los personajes y seguirlos en un proceso de cambio, de crecimiento, de tránsito a la madurez, sin descuidar la emoción y la machaca.
El dibujo no es parejo a lo largo de las 230 páginas, pero en sus puntos más bajos es más que aceptable y en los más altos es realmente muy notable. Dolo trabaja en un estilo que combina la influencia del manga de aventuras (con Yoshihiro Takahashi a la cabeza) con cierta vertiente cool del mainstream norteamericano, esa en la que abreva con éxito el maestro chileno Gonzalo Martínez, por nombrar a un sólo referente. Sumémosle al ya citado Miyazaki, más alguna cosita de Jeff Smith y por ahí va a aparecer el sendero estilístico que transita Okecki en su primera obra como autora integral. Recomiendo mucho El Viaje de Luka a chicos y chicas de 11 a 14 años, o a los fans de la aventura medieval, o a quienes quieran descubrir la primera publicación en Argentina de una autora local con unos cuantos años de carrera en el mercado europeo.

Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.


jueves, 30 de mayo de 2019

JUEVES DE AVENTURAS

Los dos libritos que acabo de leer parecían, a priori, muy distintos entre sí. Pero una vez leídos, me resultó llamativa la cantidad de similitudes que les encontré. Ahí vamos.
La aventura empieza en Francia, en 1982, cuando Tramber y Jano realizan un álbum de Kebra que marcaría la separación de la dupla autoral. Esta vez, en lugar de protagonizar historias cortas, Kebra se pone al hombro un relato de 40 páginas, Le Zonard des Etoiles, publicado en España como “El Macarra del Espacio”.
El dibujo de estas 40 páginas es impresionante, muy superior a los episodios anteriores e incluso a los álbumes posteriores, en los que Jano seguirá en solitario al frente de las aventuras de esta rata atropomórfica. El trabajo y la imaginación que pusieron los autores para esta epopeya de ciencia-ficción es infernal, como si le quisieran mojar la oreja a Moebius o a Philippe Druillet. La narrativa es brillante, las onomatopeyas, el color, todo está cuidadísimo y se disfruta a full.
¿Qué hace Kebra en una epopeya de ciencia-ficción? Bueno, ese es otro tema. El guión de El Macarra del Espacio es bastante blandito, apenas una sucesión no muy bien concatenada de peripecias por las que atraviesa Kebra, no exentas de impacto, pero en las que el personaje básicamente no avanza nunca un milímetro. El pibe (digámosle así) viaja a otros planetas, participa de una guerra intergaláctica, se levanta a una princesa, queda varado en un desierto, viaja en el tiempo al futuro remoto de la Tierra… y no se mueve nunca de su planteo original, el de las breves historietas ambientadas en los suburbios de París: lo suyo es sobrevivir, morfar de arriba y ponerla cada tanto, sin importar a quién hay que cagar. Se supone que una ordalía de esta envergadura le puede enseñar algo más, pero no.
Por otro lado, al aferrarse a la fórmula del típico guión de aventuras, El Macarra del Espacio es –lejos- la aventura más violenta de Kebra. Todo el tiempo aparecen conflictos, que los autores resuelven por medio de peleas, tiros, explosiones, naves que se estrellan unas contra otras y batallas campales. Por suerte en medio de todo este despelote aparecen algunas escenas más tranqui (muy bien resueltas) y alguna idea limada que no pasa por la machaca. No es un álbum que ofrezca mucho más que la bizarra acumulación de peripecias, pero sólo por el dibujo ya garpa pegarle una leída.
Salto a 2014, cuando se publica Nemo: The Roses of Berlin, la segunda novela gráfica protagonizada por Jenni Nemo, la hija del mítico capitán, a cargo de la dupla insumergible: Alan Moore y Kevin O´Neill, en la época en la que habían dejado de lado a la League of Extraordinary Gentlemen para concentrarse en este atractivo spin-off. Nunca conseguí Heart of Ice (la primera novela de Nemo), por eso me costó entender un par de cosas, pero el propio relato me fue explicando todo.
Acá también, el dibujo está fuera de escala. Lo que dibuja O´Neill en estas 50 páginas no tiene nombre, es de otra realidad. Esa versión alternativa de la Alemania nazi, emparentada con la Alemania del cine expresionista de los años ´30, es sencillamente inolvidable. Las expresiones faciales, las escenas de acción y las ilustracioness de las retiraciones de tapa y contratapa son algunos de los puntos más altos dentro de un trabajo sublime de este monstruo sin límites.
El guión de Moore, por su parte, está bien provisto de referencias literarias y cinematográficas (no las vamos a enumerar, no hace falta) y plagado de diálogos magníficos. El problema es el argumento, muy sencillo, muy lineal, donde lo único impredecible es el precio que van a pagar “los buenos” por la victoria. Como Kebra en su saga espacial, acá vemos a Nemo no moverse un milímetro de su personalidad: con casi 50 años, sigue siendo la mina dura, decidida, con un coraje y un orgullo sin parangón, que va para adelante como una locomotora a conseguir su objetivo (en este caso, rescatar a su hija y su yerno de las garras de los villanos cuasi-nazis) sin medir las consecuencias. Así se desencadenan una otras otra unas escenas de pelea inmensas, casi de blockbuster hollywoodense, en las que la apuesta sube cada vez más hasta llegar al mano a mano final con la principal antagonista. Y no hay mucho más que eso, que está muy bien, es atrapante, intenso, emotivo… pero claro, uno espera un poquito más de un genio como Alan Moore. Aún así, Roses of Berlin me dejó muy manija como para conseguir Heart of Ice, porque los personajes están obscenamente bien trabajados, el mundo es el mismo de The League…, y seguramente O´Neill me va a sorprender con otra hecatombe nuclear como la que causó en mis retinas en esta novelita.

Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 27 de mayo de 2019

MEDIODIA DE LUNES

Mientras escucho mi podcast favorito (Sonido Bragueta), me pongo a escribir las reseñas de los últimos libritos que leí.
Arranco en 1991, con Vito el Cenizo, un álbum de Spirou y Fantasio que retoma al villano de la aventura en New York. La dupla integrada por Tome y Janry, acá sumamente afianzada, nos ofrece una excelente combinación entre humor y aventura, pero con plus muy atractivo: esta vez el ritmo es mucho menos frenético que en la aventura en Moscú, y los héroes (sobre todo Fantasio) tienen tiempo para pensar en lo que hacen, en por qué lo hacen, en la relación entre ellos, en la forma en que financian sus aventuras, e incluso en una minita con la que pegó alta onda y a la que le dedica unas cuantas… remembranzas.
Lo único medio discutible de Vito el Cenizo es que las secuencias más divertidas son posibles gracias a una coincidencia muy poco verosímil. Y que le dan muy poca bola a Spip. El resto, es todo ganancia. Desde retomar a un villano de un álbum anterior, hasta la calidad de los gags y la resolución del misterio que envuelve al cargamento del barco hundido. A lo largo de estas 44 páginas te reís un montón de veces, pero además hay mucho suspenso, intriga y peligros que (a pesar del clima festivo) se sienten bastante reales.
Y el dibujo, por supuesto, es exquisito. Las expresiones faciales, el lenguaje corporal de los personajes, los fondos, las secuencias mudas, los momentos de mayor despliegue y acción… realmente todo espectacular. Tome y Janry dieron vuelta esta serie como una media y la llevaron a donde ninguna otra serie infanto-juvenil había llegado antes. Tengo sin leer un librito más de la dupla, que seguramente reseñaré pronto.
Salto a Francia, a fines de 2018, cuando se publica Guaraní, la nueva novela gráfica de los maestros argentinos Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti. El planteo es sumamente ganchero: un fotógrafo francés llega a Sudamérica a fines de la década de 1860 y se convierte en testigo privilegiado de los horrores de la Guerra de la Triple Alianza. Pierre Duprat interactúa con civiles, soldados, aborígenes, animales exóticos y enfermedades tropicales, pero nada lo prepara para la batalla de Acosta Ñu, en la que 20.000 soldados brasileños y argentinos masacran a un ejército paraguayo improvisado, en el que combatían mayoritariamente niños sin entrenamiento militar, reclutados por la fuerza entre las tribus guaraníes.
El libro es más chico que las novelas anteriores de la dupla, pero con muchas más páginas. Guaraní le da la posibilidad a Gabriel Ippóliti de dibujar pocos cuadros por página (a veces sólo dos), más grandes, en los que su dibujo se luce muchísimo. La paleta de colores (en la que los primarios están intencionalmente ausentes) es maravillosa, el trazo está suelto, dinámico, muy expresivo, sin descuidar en lo más mínimo el rigor histórico y documental. Creo que es el trabajo de Ippóliti que más me gustó, pero también creo que su próximo trabajo me va a gustar más que este.
Guaraní tiene un sólo problema, que no es menor: la escena más relevante, más impactante, más crucial para la trama y para el desarrollo del protagonista, es la de la batalla de Acosta Ñu. Y el libro nos la cuenta TRES veces: en el texto de la contratapa, en el prólogo de Agrimbau y finalmente en la historieta propiamente dicha. Para cuando la trama llega a ese punto, ya sabés lo que va a pasar. Y si esperás que después de eso venga una vuelta de tuerca más, un volantazo más que te sorprenda o te shockee tanto como esa batalla, no la esperes, porque no hay.
Por supuesto que Agrimbau narra todo esto con muchísimo aplomo, el recurso de contar todo desde la óptica de un extranjero funciona perfecto, el personaje (como ya dije) evoluciona muchísimo, si no tenés la más puta idea de lo que fue la Guerra de la Triple Alianza el guión te lo cuenta sin agobiarte con datos, los horrores y crueldades de la guerra están perefctamente plasmados, al igual que el contexto político de la época. A pesar de tener poca acción, Guaraní nunca se hace densa ni aburrida, y hasta encuentra pequeños resquicios para alguna pincelada de humor en medio de tanta desolación. Para ser brillante le faltaba ese toque imprevisible en las 20 páginas posteriores a la batalla, ese algo más que pudiera de alguna manera “cantarle retruco” a lo tremendo de esa secuencia. O no, pero en ese caso me hubiese gustado llegar al momento de la batalla sin saber lo que iba a pasar, para que me pegara más fuerte, sobre todo porque es un hecho histórico que rara vez se menciona cuando nos cuentan la Guerra de la Triple Alianza.
Por supuesto que recomiendo a full Guaraní, que seguramente tendrá edición argentina antes de que termine este año. Y ojalá la edición nacional no spoilee tan abiertamente lo que Agrimbau e Ippóliti nos van a mostrar en la mejor secuencia del libro.

Sigo avanzando con las lecturas y vuelvo a postear pronto, acá en el blog.

jueves, 23 de mayo de 2019

JUEVES A LA NOCHE

Sigo avanzando con las lecturas y me voy a 2012, cuando Yukiko Seike (creo que es una mujer, pero no estoy seguro) adapta al manga 5 Centímetros por Segundo, el film animado con el que Makoto Shinkai rompió todo a fines de la década pasada. Yo había escuchado hablar bastante de la obra de Shinkai, y siempre muy bien. Así es como, cuando vi el manga a buen precio (hermosa edición de Vertical en un masacote de más de 450 páginas) no dudé en entrarle.
Al leerlo recordé una vez más por qué no me engancha la historieta romántica japonesa. Ojo, no es culpa de Yukiko Seike. El dibujo de este manga es excelente, no sólo para los standards del típico manga romántico, sino a nivel general. Es una historieta visualmente exquisita, con las secuencias muy bien pensadas, las pausas bien puestas, unos silencios de increíble elocuencia, un manejo de los climas apabullante… todo buenísimo, de verdad. Los fondos, la aplicación de los grises, esas viñetas en las que vemos a Kanae practicando surf... puntos altísimos en un gran trabajo de una mangaka que obviamente no aspira a un nivel de genialidad cercano al de Inio Asano, pero despliega una cantidad de virtudes muy, muy notable.
Por el otro lado, el argumento y el guión me parecieron un embole. Tohno, el protagonista, es un pecho frío insoportable. Y la idea de que el tipo fracase en varias relaciones sentimentales porque no puede olvidar a su amigovia de los 13-14 años tampoco tiene mayor sustento. Imaginate una historia de amor sin besos, donde los personajes no sólo no garchan, sino que ni siquiera se tocan. 5 Centímetros por Segundo narra en 460 páginas la historia de amor entre un chico y una chica que se ven por última vez en la página 154. De ahí en más, Akari será un fantasma en la vida de Tohno que seguirá siempre ahí, para asegurarse de que este pobre gil nunca sea feliz. No es el tipo de historia romántica que me interesa leer, posta, aunque Yukiko Seike tire magia para que el relato me resulte enormemente atractivo a la vista.
Me voy con otros chicos de 15 años que se enamoran, pero estos además bailan, se ponen en pedo, se drogan, cogen y matan gente a lo bestia. Estoy en el Vol.2 de Deadly Class (el Vol.1 lo vimos el 07/06/17) y noto con alegría muchas mejoras en este tramo de la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Los textos son espectaculares: acá realmente se ve que Remender se mete a fondo en la mente de los personajes, tiene clarísima la línea que quiere bajar y le agrega una dimensión casi poética a la trama de machaca, sangre y corrupción extrema. El flashback a la infancia de Marcus es tremendo y se destaca en un contexto en el que todo el tiempo suceden cosas impactantes, ya sea por lo zarpado de la violencia, o por los niveles de mala leche, o por los volantazos que pega Remender en las relaciones entre los chicos que protagonizan la serie, que sin duda son un eje importantísimo de Deadly Class. Hay tiros, descuartizamientos, torturas, drogas, piñas, espadazos, flechazos, gente que muere en explosiones o morfada por perros antropófagos, pero lo importante son siempre los vínculos. El amor, la amistad, la lealtad… o la falta de ellos, por supuesto.
Al alud de referencias ochentosas que vimos en el Vol.1 se suma ahora una buena dosis de referencias a otras historietas (de los ´80, claro), ya que el protagonista consigue trabajo en una comiquería. Y por si tuviéramos poco con la violencia y las puteadas, Remender nos tira la fatality con una escena desopilante en la que juega fuerte a la escatología, un recurso que aparece poco en las historietas de corte “aventurero”. Obviamente quedé muy cebado como para leer más, o incluso para ver qué onda la serie de TV, que según dicen está muy buena.
Pero claro, la serie de TV tiene actores y el comic tiene los dibujos de Wes Craig, que acá está incluso más pasado de rosca que en el Vol.1, cada vez mejor complementado por la paleta de Lee Loughridge. Craig tira esa magia tan rara en el comic yanki que hace que uno sienta que dibujar así es muy fácil. Trazos simples, un dinamismo arrollador en el armado de las secuencias, criterio acertado para decidir dónde poner los fondos y dónde omitirlos y listo: esto funciona así, al toque, el famoso “sale con fritas”. Bueno, las pelotas. Para llegar al grado de síntesis que ostenta el canadiense, para manejar así el claroscuro, para irte al carajo con el expresionismo como se va Craig, para encontrarle esas vueltas tan gancheras tanto a las escenas de diálogo como a las de acción, tenés que saber MUCHISIMO de historieta y haber estudiado a fondo a maestros como Jim Steranko, Frank Miller, David Mazzucchelli, Eduardo Risso, Paul Pope, incluso a mangakas onda Katsuhiro Otomo. Excelente lo de Wes Craig, también por encima de lo que vimos en el Vol.1.

Y nada más, por hoy. Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 20 de mayo de 2019

LUNES LLUVIOSO

Mientras los fans del ajuste salvaje y la inflación descontrolada buscan archivos viejos en los que Alberto basureaba a Cristina o viceversa, sigo avanzando con las lecturas.
Me voy a los ´80, cuando Eleuteri Serpieri publica Druuna, la secuela de Morbus Gravis protagonizada por la escultural morocha que da título a la obra. Estamos todavía en los albores de la saga de Druuna, cuando Serpieri todavía trataba de llevar adelante un relato de aventuras ambientadas en un mundo post-holocausto, signado por la decadencia, la putrefacción y las mutaciones horrendas. Así es como en estas 62 páginas se ve un esfuerzo por hacer avanzar una trama, hay una especie de misión que Druuna debe cumplir y eso funciona como brújula para la acción, que tampoco es tanta. No es un gran guión, aclaremos de antemano. Parece una mala copia de una saguita de las que escribía Ricardo Barreiro en Fierro o Skorpio, con menos violencia, escenas oníricas intercaladas con un criterio medio dudoso… y hasta con menos garches de los que uno espera en un comic de Druuna.
No te digo que me dejó un poco frío, porque constaté que aún a esta edad, en los umbrales de la ancianidad, Druuna sigue provocando revoluciones hormonales de esas que hacen casi inviable leer este material en un lugar público, donde esté mal visto mandarse una mano por abajo de los lienzos. Esta no es una aventura de palo-y-palo, sino una aventura bien al palo, que no es lo mismo. Lo que falta en materia de ritmo, de potencia narrativa, sobra en el rubro cachondeo. Ver a Druuna en pelotas, atada, recibiendo latigazos, en esas tomas que subrayan las redondeces de las cachas o el escote, o verla participar voluntaria o involuntariamente de esos garches, son algunos de atractivos realmente insoslayables que tiene esta historieta. Es un recurso berreta, efectista, pero puesto sobre la página por un tipo que tiene un dominio de la anatomía en general y de la femenina en particular absolutamente magistral.
Serpieri es un dotado, un dibujante tocado por la varita mágica, que sabe sacar lo mejor del estilo académico-realista, darle onda, fluidez, ponerlo en función de la trama (aunque sea una trama medio pelo) y no sólo del impacto (aunque esta saga se basa mucho en eso). Además se rompe el culo en los fondos, las armas, los monstruos… No es solamente un dibujante de minas que están buenísimas y lucen escasa vestimenta. Serpieri le canta “quiero retruco” en todas las viñetas a José Luis Salinas, que es claramente su principal influencia, y a la vez se despega del maestro cuando le agrega al dibujo esa plasticidad, ese dinamismo que por ahí asociamos más con Alberto Salinas, o con Juan Zanotto, o con Antonio Hernández Palacios, por citar sólo a algunos seguidores destacados del glorioso José Luis. O sea que si te gusta esa estética (o leer historietas con una sola mano) sabés que con Druuna la vas a pasar bomba.
Hace casi un mes, el 23 de Abril, me tocó reseñar el Vol.1 de Nextwave, Agents of H.A.T.E. y me gustó muchísimo. La verdad que lo que tengo para decir del Vol.2 se parece demasiado a lo que ya escribí en la reseña del Vol.1 y no se me ocurre qué carajo inventar para no repetirme como un ganso.
Creo que lo más destacado del tomo es el episodio 10, cuando Warren Ellis y Stuart Immonen juegan a disfrazarse de otros autores para mostrarnos esas secuencias limadas que transcurren en la mente de los distintos personajes. Ya sólo con las tres páginas dedicadas a Elsa Bloodstone en las que Immonen dibuja a lo Mike Mignola sobraba para ganarse mi ovación, pero hubo mucho más magia y más aciertos. Y en el episodio 11, puestos a transgredir un poco más, tenemos esa seguidilla de seis dobles splash-pages en las que los “héroes” va avanzando por un pasillo dentro de una base secreta llena de peligros. Acá el maestro Ellis se llama al silencio y el Immonen clava la cámara, la deja fija a lo largo de DOCE páginas. Sí, doce páginas sin texto, en la que vemos seis ilustraciones a doble páginas en las que la cámara está inmóvil y lo que se mueven son los personajes. Es un laburo demecial de composición, de puesta en escena, y de diseño de personajes porque Immonen mete en la trifulca a los bichos más bizarros y disparatados que te puedas imaginar, desde androides, samurais y dinosaurios a chimpancés disfrazados de Wolverine y enanos vestidos de BDSM. Un kilombo realmente maravilloso.
Y bueno, nada más. Recontra-recomiendo Nextwave, sobre todo a los fans de la Justice League de Giffen y DeMatteis. O a los que extrañan a Immonen y quieren descubrir un trabajo muy atípico del ídolo canadiense.

Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 17 de mayo de 2019

MAÑANA DE VIERNES

Es raro escribir reseñas un viernes a la mañana, pero bueno, es lo que hay…
Sigo leyendo álbumes de Spirou que nunca había leído pego un salto de 30 años, que son los que pasaron entre El Viajero del Mesozoico (1960) y Spirou y Fantasio en Moscú (1990). Acá me encuentro con Tome y Janry, la dupla que revitalizó la serie allá por 1983, ya afianzadísima y en un nivel altísimo, con muy poco que envidiarle a los mejores álbumes de André Franquin.
Lo único que le puedo criticar a esta aventura en Moscú es que no deja margen para desarrollar a los personajes. Es tanto lo que pasa, se acumulan tantas peripecias en apenas 44 páginas de historieta, que Tome y Janry no encuentran espacio para la pausa, para salir un poquito del ritmo frenético que impone la trama y entrar en la psiquis de los personajes para ahondar un toque en sus motivaciones, sentimientos, etc. Pero bueno, también tengo claro que estas son aventuras infanto-juveniles de hace casi 30 años, en las que la profundidad psicológica de los personajes no era para nada lo que venían a buscar los lectores.
Fuera de eso, sólo tengo palabras de elogio para Spirou y Fantasio en Moscú. Me atrapó totalmente el ritmo, sentí que los héroes realmente corrían peligros grossos; me causó mucha gracia la forma farsesca en la que (al mejor estilo René Goscinny) los autores nos presentan a esa Unión Soviética en plena desintegración como si fuera casi otro planeta, con énfasis (y chistes) en todos los sitios, costumbres y vicios que caracterizan a los moscovitas; y por supuesto aplaudo los huevos para tomarse 100% en joda esa especie de epílogo de la Guerra Fría, en la que los roles de la KGB y las agencias de inteligencia de Europa y EEUU empiezan a resultar más confusos, más ambiguos y por ende más fértiles para generar enredos y situaciones cómicas.
El dibujo es excelente, muy bien complementado por la paleta (adusta, opaca) de Stephane de Becker, y totalmente funcional a la narrativa. Esas dos páginas en el teatro Bolshoi merecen ser contadas en forma de dibujo animado, porque Tome y Janry les pusieron esa dinámica, esa lógica, esa plasticidad, que impactaría mucho más combinada con música y movimiento. Habrá más Spirou de Tome y Janry muy pronto.
Me vengo a Argentina, a 2019, para leer el Mío Cid, el clásico fundacional de la literatura castellana ahora reversionado por el incansable Alejandro Farías y un dibujante al que nunca había oído nombrar: Antonio Acevedo, un joven de apenas 29 años oriundo de San Juan. Me hice fan al toque de Acevedo, me alcanzaron estas 64 páginas para ponerlo entre los autores argentinos a los que hay que seguir de cerca. Le encontré una sola falla (que también se le puede atribuir a los editores, no sólo al dibujante), que son algunas viñetas en las que están mal colocados los globos de diálogo. Esto hace que uno los lea en desorden y las conversaciones no tengan sentido. Son tres o cuatro, nomás, pero no tendría que suceder. El resto, un lujo tanto en el aspecto narrativo como en el visual, con un combo devastador entre el dibujo tipo Batman Animated (la estética creada por Bruce Timm y continuada por Ty Templeton, Brad Rader, Dev Madan, etc.), la impronta más angulosa de Segundo Moyano, una aplicación de grises exquisita, y el despliegue kilombero de David Rubín o Jim Steranko, en esas páginas dobles dedicadas a las estremecedoras batallas del Cid.
El trabajo de Farías también me resultó muy satisfactorio. El autor no cae en la tentación de recontar la saga del Cid como si fuera una aventura del Siglo XXI, sino que respeta ese clima más protocolar, más pausado, de los relatos medievales. Y además no nos agobia con información innecesaria, le encuentra la duración exacta a cada escena, maneja los recursos idóneos para resaltar bien los conflictos y sabe cuando “callarse la boca” y dejar que sean los dibujos de Acevedo los que lleven adelante la narración. La única decisión que no comparto mucho es la de suavizar demasiado el horror de la afrenta de Corpes. Farías y Acevedo eligen con buen criterio no mostrar en detalle los ultrajes a los que son sometidas las hijas del Cid, pero cuando nos muestran a las jóvenes post-violación, están atadas a los árboles, con tajos y heridas… y la ropa puesta. Un disparate.   
Fuera de ese detalle menor, Mío Cid es una excelente adaptación, que transmite la epopeya de Rodrigo Díaz de forma muy accesible, muy dinámica, como para que cualquier lector de aventuras se pueda enganchar y disfrutarla a pleno. Y además nos brinda la posibilidad de sumar a nuestra biblioteca la primera obra importante de Antonio Acevedo, destinado a generar muchos hitazos más.

Nada más por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 15 de mayo de 2019

THE BEST OF WONDER WART-HOG

Y me terminé, por fin, el mamotreto de más de 460 páginas con el que estuve yendo y viniendo durante días y días.
Hace casi nueve años, el 21/05/10, le dediqué la reseña de ese día al mega-broli que recopila TODO lo que hizo el maestro Gilbert Shelton con los Freak Brothers. En esa misma colección apareció (en 2013) este tomo donde se reedita lo mejor de Wonder Wart-Hog, la brutal parodia a los superhéroes creada por el ídolo allá por 1962 y continuada (con intermitencias) hasta el día de hoy.
Dos detalles para criticar de esta tremenda edición de Knockabout: 1) hubiese estado bueno que el material respetara el orden cronológico en el que lo realizó Shelton, y 2) también hubiese estado bueno agregar la info de años y publicación en la que aparecieron por primera vez cada una de estas historietas. El resto es todo alucinante, desde el diseño hasta esas 32 páginas a todo color que vienen en el medio del libro.
A lo largo de estas 464 páginas, recorremos varias décadas y vemos evolucionar muchísimo a Gilbert Shelton, no sólo a nivel dibujo (empieza como un clon dubitativo de Sergio Aragonés y para fines de los ´60 ya es una bestia fuera de toda escala), sino también a nivel de los temas que le interesa tocar. Wonder Wart-Hog arranca como una obvia sátira a Superman, con jodas que giran en torno al secreto de la doble identidad, los superpoderes, los villanos estrafalarios… pero rápidamente empieza a cuestionar el lado ético del asunto, la motivación del héroe, su altruismo, su relación con las autoridades, incluso su condición de freak, de marginal que no encaja en ningún lado. Más tarde, a Shelton le empiezan a interesar más los temas sociales y hasta la política misma, y eso hace crecer muchísimo a la serie. No te digo que en un punto “se convierte en otra cosa” (como le pasó a Cerebus, que un día dejó de ser una parodia de Conan para convertirse en otra cosa), porque el gaste a Superman está siempre presente. Pero hay mucho más. 464 páginas de chistes con superhéroes que se pasan de violentos, de losers o de escatológicos serían difíciles de digerir incluso dibujadas al nivel que exhibe Shelton. Acá claramente hay más riesgo, más sustancia, más profundidad y obviamente más mala leche.
Entre las historias cortas, destaco la irónica Strike Fever, la políticamente incorrecta Wonder Wart-Hog Visits the Ghetto, la desopilante The Famous Superheroes School y la demoledora Philbert Gets a Job. De las “medianas”, me quedo con las 20 páginas de Sudden Death, repleta de palos letales contra el futbol americano y el gran negocio que representa, y las 17 de Epidemic!, otro fuerte alegato social. Y después hay varias historias largas. La más graciosa es Battle of the Titans!!!, donde Shelton se caga de risa del género de los superhéroes en una saga con alienígenas, clones y realidades alternativas, intencionalmente sobrecargada de cheap thrills. La más rara es Philbert Desanex´s 100.000 th Dream, una historieta de 44 páginas (todas con la grilla de cuatro tiras de dos viñetas de igual tamaño) en la que Shelton narra un sueño disparatado, que no da respiro y que le permite incursionar en virtualmente todos los géneros imaginables, aunque sea durante algunos cuadritos.
Y no podía faltar mi historia favorita de Shelton de todos los tiempos: las 47 páginas de Wonder Wart-Hog & the Nurds of November, un comic 100% político, realizado en 1979. El título es medio un engaña-pichanga: el protagonista absoluto es Philbert Desanex y son poquísimas las viñetas en las que lo vemos convertido en el Jabalí de Acero. Pero eso no es óbice para disfrutar de una trama brillante, con unos giros argumentales perfectos y un mensaje muuuuy adelantado para su época que tiene que ver con el poder de los medios de comunicación convertidos en mega-empresas. Este es un Shelton prendido fuego, indignado por la corrupción, la pobreza, la desigualdad, la ignorancia, la falta de compromiso político y la tendencia de la gente común y corriente a bancar gobiernos fachos. Una lectura imprescindible en un año electoral, y en cualquier otro.
En síntesis, con tanta cantidad de material que abarca tantos años de producción es imposible que el nivel de todas las historietas sea parejo y –para qué te voy a mentir- hay unas cuantas que podrían no estar en un compilado que se titula “The Best of”. Pero también están las que realmente son las mejores, las que pasan cualquier filtro y entran en cualquier selección. Y esas son verdaderas gemas, que resisten el paso del tiempo y que no se pueden dejar de recomendar ni hoy ni nunca.

Gracias por el aguante, gracias a los seguidores del blog que me vinieron a saludar en Montevideo Comics y vuelvo a postear a la brevedad, ni bien tenga un par de libritos leídos.

jueves, 9 de mayo de 2019

JUEVES TORMENTOSO

Hoy hubo tiros cerca de Congreso, la militancia copó la Rural para escuchar a la única que sabe y además llovió como la San Puta. Yo tranqui, laburando como si nada. Estaba leyendo un masacote de 400 páginas y le clavés una pausa para leer otras cosas, así no me aburro. Y lo que leí fue esto:
Arranco en Inglaterra, año 1992, cuando aparece The Minotaur´s Tale, una novela íntegramente realizada por Al Davison. A lo largo de 80 páginas, el autor traza un paralelismo entre la historia del famoso minotauro de la mitología griega y la vida de un pobre tipo que nace con malformaciones en el rostro y el cuerpo y habita en una gran urbe inglesa a principios de los ´90. Al relato clásico acerca del minotauro, su origen y su muerte a manos de Teseo, Davison le suma un montón de datos que yo desconocía, y hasta se anima a narrar los hechos desde la óptica del monstruo. Pero poco a poco, me empezó a interesar más la historia de Banshee, el tipo desfigurado. Una historia que arranca muy de atrás, que al principio parece casi irrelevante, pero que con el correr de las páginas gana en complejidad hasta desembocar en un giro final muy impredecible y de mucho vuelo.
Davison aprovecha la historia ambientada en “el presente” para bajar línea acerca de temas espesos como la marginalidad, la prostitución, el SIDA y la completa desprotección que le brindan los estados “modernos” a los pobres y discapacitados. Pero The Minotaur´s Tale no es un comic de denuncia, ni de corte socio-político. Es una novela en la que lo principal son los vínculos entre las personas, la dicotomía entre lo bello y lo feo, los monstruos por fuera y los monstruos por dentro, la discriminación al distinto y la solidaridad con el de al lado, sea quien sea. No te digo que es una obra fundamental para entender el Noveno Arte, pero está realmente muy bien.
Y el dibujo de Al Davison es alucinante. La cantidad de técnicas que emplea, lo bien que las domina, cómo elige los momentos para cambiar de estilo, el efecto expresivo que provoca cada vez que salta de un grafismo a otro, la construcción de las secuencias mudas… Creo que lo único que no me gustó es que traza líneas negras entre las viñetas en vez de las típicas zanjas blancas, y que mete un par de splash pages medio innecesarias. Pero nada de eso es óbice para disfrutar de una labor realmente notable de un dibujante virtuosísimo en el trazo, en el color y en la articulación de todos esos elementos en pos de una narrativa poco convencional y a la vez muy sólida.
Allá por el 17/11/11, me tocaba comentar un libro con cuatro historias cortas de Joaquín Cuevas, uno de los historietistas más interesantes surgidos en Bolivia. Ahora me toca leer Ctrl Z, otra antología que reúne las mejores historietas realizadas por Cuevas entre 2004 y 2006, 15 relatos breves de los cuales uno sólo formó parte del libro reseñado en 2011.
Lo mejor que tiene este libro es que las historietas están en orden cronológico. ¿Por qué? Porque las últimas cinco historietas son, por amplio margen, las mejores del tomo y los mejores trabajos que recuerdo haberle visto a Joaquín. Y son todas bastante distintas entre sí, eh? El libro arranca bien, tiene algún altibajo en el medio, pero una vez que arrancan las cuatro páginas de “Alas”, ya no baja nunca más. De ahí hasta el final tenemos excelentes dibujos, buenas ideas en los guiones, un humor afilado, un vuelo poético muy logrado, mucho riesgo bien asumido a la hora de elegir técnicas, enfoques, grillas para armar la página y hasta tipografías para los textos.
En su momento postulé que 24, 31, etc. (así se llamaba el librito que reseñé en 2011) no ofrecía la selección de material más idónea para convertir en fans de Joaquín Cuevas a quienes hasta entonces no lo conocían. Ctrl Z, en cambio, cumple con creces esa función. Si nunca leíste nada de este joven y experimentado autor boliviano, sin dudas te recomiendo empezar por acá y disfrutar ese in crescendo que desemboca en cinco últimas historietas de un nivel excelente.

Y bueno, me llevo el masacote que estoy leyendo a Montevideo, a ver si me lo liquido entre el viaje y alguna hora muerta en el evento. Y nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.