el blog de reseñas de Andrés Accorsi

sábado, 20 de abril de 2019

SABADO TRANQUI

Sábado pachorro y con un clima espectacular, ideal para sentarse a escribir unas reseñitas.
Tengo una hermosa tanda de álbumes de Spirou que conseguí en 2017 y que recién ahora empiezo a leer. Cronológicamente, el más antiguo es La Mina y el Gorila (en la edición original es el Vol.11 de la serie y se titula Le Gorllle a Bonne Mine), una historieta que el maestro André Franquin serializó en las páginas del semanario Spirou allá por 1956. Se trata de una aventura breve, apenas 40 páginas, por eso en la edición francófona la complementaron con una segunda aventura. Esta edición española, lamentablemente, ofrece sólo las 40 planchas de “Le Gorille…”. Cuanto más escucho hablar a los que saben, más me convenzo de que Grijalbo se mandó todas las cagadas habidas y por haber y que, si me alcanzan los años de vida, tendría que esforzarme por cambiar todos esos álbumes españoles de Spirou, Astérix, Lucky Luke, Valérian y Blueberry por las ediciones en francés. Es un planteo medio utópico, pero estoy seguro de que si alguna vez lo concreto, voy a descubrir miles de genialidades que en aquellas ediciones gallegas no están.
En cuanto a la aventura en cuestión, La Mina y el Gorila ofrece una trama muy simple, muy lineal, muy jugada a una revelación supuestamente impactante, que llega en la página 36 pero era bastante predecible 30 páginas antes. Es una aventura sólida, con peligros reales y jodidos (por suerte Franquin tiene a mano al Marsupilami para resolver todo con clase y categoría, como el Number One que es), con Fantasio y Spip prácticamente al pedo y con el detalle de no retratar a los nativos africanos como bestias bípedas infantiloides y supersticiosas. En el dibujo, Franquin no se guarda ningún estereotipo a la hora de dibujar a los guerreros de la tribu Wagundu, pero en el guión los trata (dentro de todo) bastante bien.
Y ya que mencioné el dibujo, no puedo cerrar la reseña sin subrayar que acá, en 1956, André Franquin alcanza la perfección. Después la va a llevar más allá, le va a dar una vueltita más para que su trazo sea un poquito menos “careta” y más personal. Pero el nivel al que llega en este álbum alcanza y sobra para ponerlo entre los grandes maestros de la historieta del Siglo XX. Acá se ve el Franquin seminal, al que estudiaron exhaustivamente todos sus seguidores, desde los más serviles hasta tipos como Yves Chaland que se atrevieron a modernizar, o a reformular la siempre vigente estética de la línea clara de Marcinelle. Gloria eterna para Franquin, a quien prometo volver a visitar pronto.
Salto brutal a Argentina, año 2018, cuando se edita Übertraven, un álbum con dos historias escritas por Daniel Basilio y dibujadas por Ramiro Pasch, a quienes jamás había oído nombrar. Me encontré con dos historietas (una de 19 páginas y una de 20) muy extrañas, muy distintas a todo lo que leí hasta ahora.
Los textos y las ideas de Daniel Basilio me parecieron alucinantes. El tipo escribe nivel Alan Moore, con un vuelo, unas imágenes, una sofisticación, una elaboración en la prosa que prácticamente no existe en la historieta actual. Posta, cada bloque de texto me dejó más atónito que el anterior. Lo que no logro entender es por qué decidió convertir esas ideas en historietas, porque no tienen mucha estructura de relato. Por supuesto les sobra lirismo para inspirar unas imágenes fastuosas, pero les falta esa intención más narrativa (más prosaica también, si se quiere), que las haría mucho más “historietables”. No pretendo que una bestia que escribe como Basilio se baje los lienzos para contarme la enésima batalla de Buenos contra Malos, pero podría aparecer una veta más narrativa, como en algún tramo de la segunda historia, en la que por momentos la estructura se asemeja a la de un cuento de H.P. Lovecraft. Obviamente quiero ver más trabajos de esta prodigiosa pluma rosarina.
El dibujo de Ramiro Pasch lucha contra dos gigantes de seis metros, con tubos del grosor de un subte y llenos de pinches tipo Doomsday: uno es el texto, que (como ya dije) no es muy “historietable”. Cuando te tiran un texto como el de Basilio lo mejor que podés hacer es dejar que tu dibujo vuele, que se vaya al carajo y más allá, ni intentar ponerlo al servicio de “contar la historia”. Pasch incursiona con bastante buen tino en ese camino, pero además arma secuencias y trata de encauzar en cierto modo las ideas de Basilio hacia un relato. Muy a mi pesar, se copa mal con la grilla menos narrativa de todas, la de dos cuadros uno arriba y uno abajo, pero bueno, necesita espacio para que el dibujo se luzca.
¿Por qué? Porque (acá está el otro gigante contra el que Pasch pierde por goleada) mete demasiado en cada imagen. Demasiados elementos, demasiadas texturas, demasiadas rayitas y puntitos. Ni hace falta aclarar que sólo los virtuosos pueden alcanzar ese dominio de la técnica. Pero en función de estas historietas, sobra carga gráfica. En la segunda historieta lo veo mejor a Pasch, en un sendero entre autores locos de El Víbora y el maestro Richard Sala. De hecho hay un par de personajes que parecen haberse fugado de un comic de Sala. Por ese lado creo que Pasch puede encontrar una estética muy interesante y con muchas posibilidades narrativas.

Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 17 de abril de 2019

THE OMEGA MEN

Arranca el finde largo y mientras nos preparamos para salir de joda, o para quedarnos en casa leyendo toneladas de comics, voy con la reseña de una obra extensa (casi 300 páginas) que me resultó muy rica para el análisis. Se trata de mi primer comic de DC post-Convergence y además de mi primera obra importante de Tom King, guionista del que había leído sólo cositas breves.
The Omega Men me dejó sensaciones contradictorias, como ser fan de los derechos humanos y votar a Cambiemos. Me dio por las bolas, por ejemplo, ese juego de palabras repetido hasta el cansancio entre el Alpha y el Omega. Me molesta que King introduzca a Alpha y Omega como elementos centrales de la religión del sistema solar Vega, que nunca había ido para ese lado. Me irrita ver a personajes que conozco hace 35 años actuar de modo extraño, fuera de su caracterización habitual. Y me indigna que esta aventura, pensada para ser la saga más grossa de la historia de los Omega Men (guarda, quizás lo sea), tenga como protagonista a Kyle Rayner y no a Primus, Kalista, Tigorr o Broot. Me confunde que el sistema solar Vega tenga 22 planetas y King se haga cargo sólo de seis. Y me llama mucho la atención que el propio guionista (y ex-agente de la CIA) haya planteado tan abiertamente el paralelismo entre la historia que narra este comic y la situación en Medio Oriente. Pensé que esa lectura la había propuesto un crítico, o los fans, pero no: el propio King abrió la caja de Pandora a las interpretaciones políticas.
Al ver la saga a través de ese prisma, me queda claro que el stellarium es el petróleo, que Kyle es el occidental pelotudo que cae a Medio Oriente sin entender por qué esta gente lleva décadas matándose entre sí, que los Omega Men son los rebeldes islámicos y que la Citadel es el imperio maligno, genocida, al que sólo le importan los recursos naturales, o sea, un combo EEUU/ Israel. Lo loco es que la trama se basa en la transición de Kyle de una posición conciliadora (tiene que haber una forma pacífica de resolver esto) a una posición extremista (hay que hacer mierrrrda al imperio genocida).
El desarrollo de la historia está groseramente estirado y todo lo importante podría haberse condensado en 96 páginas, como máximo. Pero King te la hace llevadera con un montón de recursos narrativos ingeniosos (y algunos brillantes), muchas escenas de alto impacto y un as de espadas que es el majestuoso dibujo de Barnaby Bagenda (a quien jamás había oído nombrar) complementado como los hiper-dioses cósmicos por la paleta mágica de Rómulo Fajardo. Visualmente esto es… la gloria. Parece un álbum europeo dibujado por Carlos Meglia, pero con mucha grilla de nueve cuadros, a las que Meglia les escapó siempre que pudo. Para la mitad del noveno episodio (lejos el mejor pensado y ejecutado de los 12), King y Bagenda detonan una escena PERFECTA, memorable, definitiva, de esas en las que textos e imágenes se ensamblan para dejarte sin aliento, babeando como un subnormal. Todo lo anterior parece un lento build-up hacia esa escena y todo lo posterior parece intrascendente, como si el plato principal fuera una suprema Maryland con papas paille y el postre un Criollita húmeda.
Hacía mucho que no leía un comic con Kyle Rayner (creo que desde los números de Green Lantern Corps que van entre Blackest Night y Brightest Day) y la verdad, me lo acordaba menos nabo, menos cuadrado, menos fácil de manipular… y jamás pensé que iba a pelar un crucifijo y rezar ¡en castellano!. Pero creo que son mocos que se manda Tom King, que se caga en la caracterización de Kyle desarrollada por otros guionistas, así como se caga en tantas cosas que (desde que los creara Marv Wolfman en 1981) le pasaron a los Omega Men. Me gusta que Kyle no use sus poderes casi hasta el final y que siga con su imparable racha ganadora con mujeres que le dan 14 vueltas. Pero no que eclipse a personajes que me gustan mucho más, como Primus, Kalista o Tigorr, este último tan poco aprovechado por King que se podría reemplazar tranquilamente por Wolverine o cualquier otro zarpadito con garras prominentes y cero reparos a la hora de matar.
En fin, me parece que The Omega Men es un comic pensado para ser leído más de una vez, para captar subtextos, para disfrutar de algunos yeites narrativos formales casi dignos de Alan Moore y sobre todo para deleitarnos con el magnífico trabajo de Bagenda y Fajardo en la faz visual. En una primera lectura, te van a estremecer la violencia, las runflas, la mala leche y las masacres. Pero me da la sensación de que por abajo de eso hay capas más profundas, potencialmente más emocionantes.

Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 15 de abril de 2019

LUNES DE CIENCIA-FICCION

Arranco esta entrada del blog con una reseña de Valerian: Los Rayos de Hipsis, la historia que va justo entre el álbum reseñado el 28/01/13 y el reseñado el 27/02/15. Se trata de un episodio rarísimo en la legendaria saga creada por los maestros Pierre Christin y Jean-Claude Mézieres, que me hizo comer todos los amagues. Después de un tomo anterior en el que se planteaba de modo tenue la amenaza de Hipsis y 40 páginas de este tomo en el que la cosa se pone más espesa, el peligro es más palpable y tenemos (por fin) algo de acción, todo hacía suponer que el final iba a ser a pura machaca cósmica, sobre todo porque (al haber leído los tomos posteriores) uno sabía que las consecuencias que dejaba Los rayos de Hipsis eran jodidas de verdad. Bueno, al climax que alcanza esta historia en el segundo y el tercer cuarto, le siguen ocho páginas finales en las que Christin pega un volantazo imposible, reformula totalmente a la amenaza para convertirla en algo absolutamente impredecible, no exenta de onda, pero a años luz de lo que uno espera en el contexto de una saga de aventuras y ciencia-ficción. No quiero contar con qué se encuentran Valerian, Laureline y sus aliados al final de este tomo, porque lo escribo y no lo puedo creer. Alcanza con decir que si llegaste a este álbum (el duodécimo) y no creías que Valerian fuera una serie en la que podía pasar cualquier cosa, seguramente el final de Los Rayos de Hipsis te va a hacer cambiar de opinión.
El dibujo de Mezíéres alcanza en esta época (mediados de los ´80) el cénit, el estado de gracia. La puesta en página es entre dinámica y mágica, las expresiones faciales son brillantes, las naves son gloriosas, los paisajes son hermosos, las escenas de acción son vibrantes, y las otras, todas esas páginas en las que Christin nos bombardea con una grotesca cantidad de texto, el dibujante las pilotea sin mayor dificultad, incluso cuando lo único que vemos son gente (o algo así) que habla, rosquea o trata de deducir el enigma de Hipsis.
Hasta acá Valerian era la serie copada, que a través de aventuras repletas de acción, misterio, romance y certeras pinceladas de un humor bastante ácido nos entretenía y a la vez nos bajaba una cierta línea ideológica progre, o directamente zurda. A partir del díptico compuesto por este álbum y su antecesor inmediato, ya entramos en el terreno en el que todo es posible, incluso algunos altibajos bastante pronunciados, tanto en los guiones como en los dibujos.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando se edita Lovechip, una historieta de ciencia-ficción de Emilio Balcarce y Guillermo Donés originalmente producida para el mercado italiano. El guión de Balcarce, sin ser una genialidad, es entretenido, tiene varias ideas interesantes y por lo menos dos giros argumentales que no me vi venir ni a palos. Los diálogos (a menudo el talón de Aquiles del guionista salteño) están bastante bien, nunca faltan las excusas (casi todas válidas) para meter escenas impactantes en las que vemos explosiones, masacres y gente que se caga a tiros, y si no te molesta esa impronta ochentosa de la aventura para adolescentes con tetas y drogas, seguramente la trama de Lovechip te va a atrapar.
El tema del sexo está bastante enfatizado, pero la verdad es que las (no pocas) escenas de cierto voltaje erótico no son las que hacen avanzar la trama. Por el contrario, Balcarce subraya todo el tiempo que Lovechip (como la mitad de su título lo indica) es una historia de amor. O sea que se habla mucho de coger y de hecho se coge bastante, pero en el global de la obra, el sexo es apenas anecdótico.
El dibujo de Donés me dejó muchísimas dudas. Esto está muy lejos de aquellas historietas que el crédito de Salto publicaba en la Skorpio a fines de los ´80 y principios de los ´90. No sé si el paso de color a blanco y negro le jugó una mala pasada o qué, pero visualmente esto así no se luce para nada. Las naves, máquinas, armaduras y locaciones futuristas están buenas, dentro de una estética que remite de inmediato a Juan Giménez. Pero los seres humanos… ma-mita. Las caras parecen desfiguradas, la anatomía tiene fallas (sobre todo cuando vemos cuerpos en movimiento), no se entiende bien si Donés buscaba un estilo más sintético o si estaba apurado y entregó algunas viñetas apenas bocetadas, para que el colorista tratara de darles un poco más de forma, o de fuerza… Una lástima, realmente, porque hacía mucho que no veía trabajos de Donés y mi expectativa era mucho más alta.

Y nada más, por hoy. Ni bien tenga más libritos leídos, comparto las reseñas acá en el blog.

viernes, 12 de abril de 2019

TARDE DE VIERNES

Paul Kirchner es un autor claramente de culto, que tuvo su chapita allá por los años 1975-85. Discípulo y asistente de Wally Wood, a simple vista su estilo no se diferencia mucho del de los otros seguidores del maestro, como Dan Adkins o Paul Gulacy. Es un dibujante sobrio, de gran despliegue y sólida base de dibujo académico y realista. El tema es qué quiere contar. A Kirchner no le interesan mucho los relatos aventureros de héroes y villanos. Lo suyo va por un camino más extraño y en Realms (compilado de historias cortas publicado en 1987 por Catalán Communications) eso queda clarísimo. A lo largo de 12 historietas, Kirchner demuestra que lo suyo es tomar a los tópicos de la ciencia-ficción o la fantasía épica como disparadores de ideas, que después se van para otro lado, mucho más loco, más original, más rupturista.
Las historias cortitas, las de tres páginas o menos, son apenas ideas que el autor esboza, siempre basadas en una imagen, en un elemento visual muy potente. Y en los relatos más extensos (el más largo tiene 16 páginas) hay más que un impacto, más que una sorpresa: hay también desarrollo de los personajes, las ideas van más a fondo, hay una construcción de climas y hay guiños a los lectores ya curtidos en esto de la historieta de género apuntada a un público más o menos adulto.
Lo único flojo del libro es que sólo el último tercio nos permite disfrutar del asombroso dibujo de Kirchner en blanco y negro. Ahí es donde el autor deja la vida en cada viñeta, con un trabajo escalofriante de texturas, cross-hatchings y detalles alucinantes en decorados, paisajes, criaturas, etc. En las historias a color, la verdad que este suma muy poco y podría tranquilamente no estar. De todos modos el dibujo se ve muy bien, no pierde ni fuerza ni complejidad cuando lo colorean. Pero me imagino esas historietas en blanco y negro (sobre todo Tarot, la primera) y me muero de la emoción.
En fin, esto es material raro, muy de su época, pero que a fuerza de buenas ideas y un dibujo maravilloso no pierde vigencia con el correr de las décadas. Cerré este libro sintiéndome más kirchnerista que nunca.
Salto a fines de la década pasada, cuando el maestro Inio Asano serializa Oyasumi Punpun. El pasado 01/12/18 le entré al Vol.1 y me acuerdo que me gustó mucho. El Vol.2, en cambio, me gustó un poco menos. ¿Por qué? En primer lugar, porque la aventura en la fábrica abandonada no está bien narrada. Asano se complica al pedo, desaprovecha las posibilidades dramáticas de lo que pasa y por momentos elige los planos y los cortes de manera de que todo se vuelva medio ambiguo, casi críptico. Y lo peor: por lo menos en este tomo no parece haber consecuencias para lo que sucedió ese día en la fábrica.
En segundo lugar, me parece que Oyasumi Punpun está pensada como una serie muy introspectiva, y a la vez muy bajonera. El protagonista sufre mucho, lo vemos llorar páginas enteras. Entiendo que Asano quiera contarnos lo duro que es el tránsito de la infancia a la adolescencia, los sinsabores y quebrantos del primer amor… pero Punpun se zarpa un poco de emo, y encima el contexto de la familia no ayuda en lo más mínimo. Yo esperaba otra cosa, quizás más vital, o más en sintonía con el lado alegre de “la edad del pavo”.
Y finalmente, me hace un poco de ruido el tema de que Punpun y sus parientes estén dibujados con ese trazo rudimentario, minimalista, como de fibrón bien grueso. Porque la magia de Asano (y sus cinco asistentes) para convertir fotos en fondos laburadísimos es algo que te puede maravillar una vez, dos veces, ni mil. Entonces el atractivo del dibujo del ídolo pasa a ser lo bien que dibuja a los personajes. Pero si los personajes son esa cosa abstracta, sin expresiones faciales, sin la menor resemblanza de un ser humano, tampoco tienen gracia. Así es como lo realmente maravilloso del dibujo de Oyasumi Punpun está en los personajes secundarios, que por suerte en este tomo aparecen bastante.
En cuanto a la intriga que me generaba el contraste entre Punpun y el resto de los chicos… me parece que Asano no se piensa hacer cargo jamás de que el protagonista es el único chico de la escuela que en vez de un chico parece un pajarito fantasma que no habla y al que los brazos le aparecen sólo cuando los necesita. No pasa por ahí la historia, empiezo a sospechar. En fin, veremos cómo sigue esta bizarreada. Asano tiene crédito de sobra, por eso ya tengo comprados todos los tomos hasta el Vol.12.

Y nada más, por hoy. Buen finde para todos y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 9 de abril de 2019

MARTES TEMPRANISIMO

Por fin encontré un rato para sentarme a escribir las reseñas de los últimos libros que leí.
Arranqué con la puesta al día con material argentino anterior a 2018 y así llegué a Gilgamesh el Inmortal: Hora Cero, una saga que va entre el libro de Gilgamesh que reseñé el 22/11/18 y el que vimos un lejano 27/09/12. O sea que los leí en perfecto desorden: empecé por lo que sería el final, después leí el principio y ahora lo del medio. Pero bueno, es lo que hay…
Como vimos sobre el final del Vol.1, en un punto Lucho Olivera se concentra sólo en dibujar y los guiones pasan a manos de Sergio Mulko, también mucho más conocido por su labor como dibujante. Esto está todo escrito por Mulko, y sigue con bastante fidelidad los lineamientos del Gilgamesh de Lucho, en una transición bastante visible hacia esos guiones mucho más raros que veríamos en Arenas Rojas (el tramo final). Como ya vimos, acá hay varias historias sin conflictos, o con mínimos conflictos, en los que Gilgamesh básicamente habla, contempla y piensa. Pero el cuarto episodio (“Veganos”) introduce a una raza alienígena maligna, que garantiza violencia, destrucción y genocidios hasta el final mismo del tomo. Pasan otras cosas más lo-fi mezcladas con esta batalla casi personal del inmortal contra los korios, hay episodios en los que no pasa nada, otros en los que Gilgamesh busca al responsable de su inmortalidad… Pero si te gusta que los héroes luchen, acá eso está un poquito más enfatizado que en otras sagas del otrora rey de Uruk.
El dibujo de Olivera también está en tránsito, de esos incios un tanto precarios hacia el virtuosismo que le veríamos desplegar en la segunda mitad de los ´70 (estas historietas son de 1973-74). Las naves espaciales que vemos en este libro, por ejemplo, no tienen nada que envidiarle al mejor Lucho. Los primeros planos de los rostros masculinos, sí, bastante. Muy condicionado por el hecho de no poder meter nunca menos de ocho cuadros por página (y a menudo tener que meter 12 ó 14), Lucho va probando distintos rebusques narrativos y en el que más cómodo se lo ve es en la viñeta widescreen finita, que es algo que se hacía poco en la historieta argentina de los ´70. Y después está el tema del brazo de Gilgamesh, que aparece y desaparece. A veces le falta el brazo derecho, a veces el izquierdo y a veces tiene los dos. Muy loco que nadie controlara eso.
Si sos fan de Gilgamesh, seguro compraste esto cuando salió (2008). Y si no, no empieces por acá, sino por el libro titulado “El Origen”.
Sigo visitando planetas y razas alienígenas extraños en un intento por ponerme (un poquito más) al día con Saga, la epopeya de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, que tenía abandonada desde el 01/02/16 (un delirio). Para esta altura de la historia, Vaughan ya sumó a tantos personajes que los tiene que dividir en tres grupos y desarrollar tres narraciones en paralelo, un dolor de cabeza garantizado para los que leían la serie en formato de comic-book de 20 páginas de errática periodicidad. Y para que cada grupito viva una peripecia interesante, también tienen que aparecer muchos villanos, muchos conflictos, algunos de los cuales se resuelven muy rápido, antes de que lleguen a desarrollarse plenamente. Lo bueno es que la gran mayoría se resuelve de modos impredecibles.
En el medio hay buenas ideas (algunas muy locas, como las propiedades curativas del esperma de dragón), excelentes diálogos (con un nivel de guarangada muy bienvenido) y en este tomo en particular, bastante acción. O sea que si bien este Vol.5 es inabordable para el que no haya leído los cuatro anteriores, resulta muy ganchero para el que viene siguiendo desde el principio la saga de Hazel, sus padres y estos mundos en guerra.
El dibujo de Fiona Staples conserva el muy alto nivel que vimos en los tomos anteriores y me volvió a sorprender con los diseños que pela para los nuevos personajes que se van sumando al elenco sobre todo ese quinteto de villanos de clara inspiración marveliana. Los paisajes, naves y bichos que aparecen también están buenísimos, todos muy potenciados por el brillante trabajo que realiza la canadiense en el coloreado digital de estas páginas.
Recomendar Saga, a esta altura del partido, ya es medio una obviedad. Pero la idea es simplemente dejar constancia de que, mal y tarde, sigo adelante con la lectura de esta serie.

Nada más, por hoy. Ni bien tenga un par de libros leídos, se vienen nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 4 de abril de 2019

SALVADOS POR LOS DIBUJANTES

Esta vez me toca reseñar dos libros que sólo tienen sentido por la calidad de los dibujos.
Ozópolis es un libro editado en Chile, que reúne material realizado para EEUU por el gran dibujante trasandino Gonzalo Martínez, junto al guionista Kirk Kushin. Es básicamente un compilado de cuatro episodios originalmente publicados como comic-books y una historia corta, inédita hasta 2014, cuando se lanzó Ozópolis en Chile. La serie está ambientada en el reino de Oz, y retoma un montón de los elementos creados por Frank L. Baum para su célebre serie de novelas iniciada en el año 1900.
Y los guiones de Kushin dan más lástima que San Lorenzo en la Superliga. No me quiero extender en la crítica despiadada a la labor de este ignoto guionista. Simplemente dejar en claro que las aventuras son obvias y predecibles, y los personajes (sobre todo las dos chicas protagonistas) están primeras en la lista del INCUCAI para recibir un transplante de onda.
Peeeeero, acá tenemos 100 páginas dibujadas por Gonzalo Martínez a un nivel superlativo, en el que quizás sea su mejor trabajo (de los que tuve la oportunidad de leer). ¿Por qué? Porque en Ozópolis tenemos la misma (y muy alta) calidad de dibujo que en Alex Nemo, por ejemplo, con ese mismo virtuosismo, esa misma perfección en el manejo de las tramas mecánicas para crear efectos de iluminación y texturas, la misma solidez en las expresiones faciales, el mismo laburo demencial en los fondos, pero además el dibujo se luce más, porque Martínez puede dibujar menos cuadros por página. Entonces acá lo vemos más suelto, más generoso en el despliegue de la acción, con algunas páginas planificadas “a lo George Perez”, con un ritmo narrativo realmente impecable, que hace que uno quiera seguir leyendo aunque los diálogos sean chotos y las peripecias intrascendentes. Ojalá los guionistas chilenos y neozelandeses con los que suele colaborar Martínez lean Ozópolis y descubran lo que es capaz de hacer el maestro cuando lo encorsetan menos, cuando le exigen menos viñetas por página y le dan más espacio para impactar al lector con la magia de su trazo. Se van a aburrir con los guiones, es cierto, pero van a disfrutar del trabajo de un Gonzalo que se lleva el mundo por delante con la fuerza y el carisma de sus dibujos.
Me voy a Francia, donde en 2017 se editó Michigan, una novela gráfica escrita por Julien Frey y dibujada nada menos que por Lucas Varela. Lógicamente, cualquier cosa que tenga 140 páginas dibujadas por Varela se gana un lugar en mi biblioteca, así, de una, sin importarme un carajo de qué trata la historia, o incluso aunque no tenga historia.
Michigan cuenta dos historias: Una muy interesante, la de Odette, una chica francesa que durante la Segunda Guerra Mundial se enamora de uno de los tantos soldados yankis que llegan a Europa para combatir a los nazis, y termina por abandonar París para irse a vivir a EEUU, a orillas del lago Michigan, en las afueras de Detroit. Es la historia de unas 200.000 chicas europeas, llamadas “war brides”, y la verdad que yo desconocía esto por completo. La historia de amor entre Odette y John en el Viejo Continente, el viaje de las “war brides” en barco hasta New York, la vida de la joven pareja en Michigan… todo eso me pareció atractivo, a pesar de que Frey no presenta conflictos fuertes, ni piñas, ni persecuciones, ni escenas de guerra, ni un mísero garche.
Pero esa historia ocupa… medio libro, como mucho. Todo el resto se centra en el propio Julien Frey y su esposa (sobrina nieta de Odette), que viajan a Michigan a visitar a la ya anciana “war bride” y a los hijos y nietos que esta y John tuvieron en EEUU. Eso está ambientado en el presente y es un slice of life aburridísimo, totalmente innecesario. Páginas y páginas hasta que Julien y Odette quedan cara a cara, hasta que Julien se interesa por el pasado de la anciana y le propone contar su historia. ¿Para qué me mostrás eso, maestro? ¿Te interesó la historia de la “war bride”? Contame eso, no me cuentes cuando fuiste a ver un partido de beisbol en un estadio de EEUU. ¿Para qué caer en el pantano anodino de lo autorreferencial? Me acuerdo cuando leí Camino a Auschwitz (ver reseña del 22/10/15) y me encontré con esos tramos en los que el guionista-personaje le disputa el protagonismo a la viejita que vivió los horrores de los campos de concentración y uno tenía que elegir qué historia le interesaba más. Imaginate acá, que ni siquiera hay campos de concentración. Es un embole total, que Frey trata de matizar con la famosa pica entre yankis y franceses y las (para nada sutiles) diferencias entre vivir en uno u otro país.
Y nada más, posta. Hay algún chiste que funciona y ya está, pará de contar. Por suerte está el dibujo de Varela, elegante, expresivo, siempre atento a los detalles de la ropa, los peinados, los fondos… La reconstrucción histórica es brillante, los paisajes son bellísimos, los climas están muy bien logrados y, como detalle extraño o inusual, acá Varela trabaja con una paleta de colores intencionalmente acotada, en la que no existen ni los amarillos ni los verdes. No creo que Michigan se publique alguna vez fuera de Francia, pero si sos completista de la obra de Lucas Varela, seguro la vas a atesorar por los inmensos logros a nivel gráfico que regala en estas páginas el creador de Paolo Pinocchio.
Y nada más por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.


martes, 2 de abril de 2019

SHAZAM!

Salí del microcine donde vi este largometraje bastante contento. Yo nunca fui muy fan de los comics de Shazam! (o Capitán Marvel, si prefieren) y me pareció que el director David Sandberg y sus guionistas habían creado una versión del mito MUY traidora a la versión comiquera, pero que funcionaba bien a varios niveles. Después, charlando con gente más fanática del personaje, descubrí que casi todos los hallazgos de la película (por no decir todos) están tomados de las historietas de Geoff Johns y Gary Frank, que yo nunca había leído. Hoy antes de escribir esta reseña me leí todo lo que encontré de Shazam! escrito por mi clon perdido, y sí, me gustó mucho más que la película. Ya con que haya dibujos de Gary Frank la diferencia con cualquier imagen filmada es abismal.
Pero los 132 minutos del largometraje se me hicieron muy llevaderos, me divertí mucho. Me encontré un combo efectivo, bien filmado, con buen equilibrio entre machaca, humor y emoción, y encima todo lo que me parecía obscenamente irrespetuoso respecto del Shazam! de mi infancia, resultó estar tomado casi de modo textual de un comic que me gustó mucho. Se me hizo un poco larga la batalla final contra los villanos y el resto me atrapó con un buen ritmo, diálogos muy logrados y un twist ingenioso a situaciones que ya vimos chotocientas mil veces tanto en cine como en historietas.
El argumento, las sorpresas que ofrece la película a nivel argumental, son tan tributarios de los comics de 2012-13 que me siento habilitadísimo a dar detalles sin sentir que estoy spoileando. Cualquiera que haya leído el Shazam! de Johns y Frank YA SABE prácticamente todo lo que va a pasar. Básicamente la película deja afuera a Black Adam (supongo que para tener un villano pulenta en una hipotética secuela), elimina las menciones a Tawny y le da bastante bola (y un espesor dramático muy atractivo) a la mamá biológica de Billy Batson. Fuera de eso, sigue al pie de la letra los lineamientos del comic, hasta el detalle de no ambientar la historia en Fawcett City sino en Philadelphia. Por supuesto, que la trama se nutra de los mismos conflictos no significa que se resuelvan de la misma manera, ni en el mismo orden. Pero hay tantas similitudes, tantos pequeños detalles del comic que el film de Sandberg se lleva tal cual a la pantalla que casi podemos hablar más de una adaptación que de una versión.
En cuanto a las actuaciones, medalla de oro para Jack Dylan Grazer (un Freddy Freeman copadísimo y entrañable desde el primer fotograma hasta el último), medalla de plata para Asher Angel (un Billy Batson sumamente convincente) y medalla de bronce para Zachary Levi, quien fuera Fandral en las películas de Thor y acá logra componer un Capitán Marvel que combina ingenuidad, picardía, nobleza, estridencia, canchereada y sorpresa ante las proezas que él mismo va logrando. Los efectos especiales y la música, muy bien. El diseño de producción… bien, pero yo esperaba un poco más de la Rock of Eternity. De todos modos está todo bastante bien alineado con la visión de Johns y Frank, que aparentemente Sandberg y su equipo respetaron como si fuera la Biblia (y como si nunca hubiesen existido otras versiones de Shazam!).
Como siempre digo, cualquier película de Hollywood sin trama romántica suma automáticamente dos puntos extra, y en todo caso esta vez esa ausencia se compensa con un mensaje de “valores familiares” y “lo primero es la familia” que no llega a hacerse empalagoso, pero casi. En el comic, donde las últimas escenas coinciden con el festejo de la Navidad, resulta bastante peor. En la peli alguien tuvo la viveza de explotar a full el clima pre-Navidad sin caer en la obviedad de cerrar la historia con un brindis.
En síntesis, película muy competente, entretenida, dinámica, con pocas sorpresas para el que leyó el Shazam! de Johns y Frank, con (hasta ahora) cero integración a un supuesto “DC Cinematic Universe”, pensada (al igual que la historieta en la que se basa) para interesarle incluso al que jamás se cebó con las aventuras que acumuló Billy Batson en casi 80 años. La secuencia de los créditos finales es magnífica, la escenita extra que le sigue está muy bien (acá aparece mi villano de Shazam! favorito) y la que cierra la peli (después de la infinita sucesión de letritas microscópicas) es un chiste gracioso, no mucho más.

Ahora sí, a esperar Avengers: Endgame con la expectativa que semejante hito se merece. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 31 de marzo de 2019

ESPERANDO LAS 18:10

Hoy lo único que me importa es que Racing juega contra Tigre y si gana, sale campeón. Y si no gana pero Defensa y Justicia pierde, también. El resto del día es la previa del partido y, eventualmente, la consecuencia del mismo, es decir, los festejos. En ese contexto, me siento a escribir un par de reseñas.
Me bajé el voluminoso Vol.6 de The Invisibles, más de 200 páginas con los nueve episodios que cierran lo que fuera el segundo tramo de esta serie. Acá ya no está más Phil Jimenez y el elegido para sucederlo es Chris Weston, quien fuera suplente en el tomo anterior. Weston es un poquito más vulnerable al trazo de los entintadores (no se ve igual entintado por Ray Krissing que por John Stokes, ni cuando se entinta él mismo) pero nos regala un gran trabajo en materia de expresiones faciales, deja la vida en los fondos (que Phil muchas veces gambeteaba) y se apoya en una solidez narrativa a prueba de bombas nucleares. El episodio que no dibuja Weston nos muestra a un primerizo (pero ya muy competente) Ivan Reis. 
En cuanto a los guiones de Grant Morrison, allá por 2013, cuando me tocó leer el Vol.7, postulé que “la saga completa, la que hoy ocupa siete TPBs y más de 1200 páginas, se podría resumir en los cuatro episodios de Satanstorm (el primero de los tres arcos que recopila este TPB) y los tres episodios de The Invisible Kingdom (el tercer arco de este TPB). Con eso, entendés todo: los buenos, los malos, el conflicto, la resolución, TODO. La gracia, en todo caso, es comprobar cómo Morrison siembra en los arcos anteriores los plots que va a terminar de hilvanar y redondear en estos dos arcos, y –lo más divertido- con qué cosas estira”. Y ahora lo reafirmo, con menos dudas que antes.
El Vol.6 tiene acción, runflas, debates filosóficos, toques de comedia logradísimos, garches intensos, grandes diálogos, viajes en el tiempo y mucho más desarrollo de personajes que los tomos anteriores. De hecho, el último episodio es SOLO desarrollo de personajes y me pareció el mejor del tomo, lejos. Y aún así, por haber leído hace no tantos años el Vol.7, me dejó gusto a relleno, a acumulación de peripecias para nada imprescindibles en el big picture de la serie. Pero bueno, no la pasé mal, para nada. Me divertí, me encariñé con casi todos los personajes, vibré al ritmo de la machaca y sumé data acerca de temas tan diversos como los aliens, el SIDA, Hollywood, la magia voodoo, o drogas y dioses que nunca había escuchado nombrar. Valoro por sobre todas las cosas la libertad que transmite esta serie, la contundencia con la que se impuso (por sobre cualquier especulación comercial) el criterio lírico-genital de un autor al que, cuando lo dejan irse a la mierda, se va a la recontra-mierda y hace añicos el siempre rendidor “más de lo mismo”.
El librito de Dr. Paradox se imprimió en Diciembre de 2018 y se empezó a distribuir en Enero, así que entra (medio por la ventana) como publicación argentina del año pasado. Vamos a repasarla antes de zambullirme en el material más antiguo que prometí la vez pasada.
Esta serie (oriunda de Totem Comics) es un homenaje de Quique Alcatena a los comics de superhéroes que lo hicieron flashear en su infancia. Básicamente, la Silver Age de DC. Las aventuras de Dr. Paradox son lineales, sin llegar a ser ingenuas, con mucho ritmo y con la virtud de no tomarse a sí mismas demasiado en serio. Si las obras de Alcatena con Mazzitelli te resultan algo solemnes, esto va claramente para otro lado. Yo que no soy fan de la Silver Age de DC, me encuentro con un problema: los diálogos, en los que Quique abusa del juego de palabras y los retruques supuestamente graciosos con un vocabulario que sólo existe en las malas traducciones del comic yanki. Sobre todo en la primera aventura, eso me la bajó muchísimo. Después, la compulsión por meter en cada historia universos enteros de héroes y villanos a los que (obviamente) no hay espacio para desarrollar. Así se sucede un festival interminable de héroes y villanos (testimonio de una imaginación prodigiosa e inagotable como la de Alcatena) en los que nunca se llega a profundizar. Y para ese mismo lado van los nueve pin-ups con los que cierra el librito: unas ilustraciones majestuosas en las que Quique nos muestra la puntita de conceptos fascinantes, limadísimos… que se quedan solo en eso, en la imagen alucinante. Ojalá en futuras aventuras haya un poco más de indagación en los orígenes, poderes y motivaciones de estos personajes.
A nivel dibujo y narrativa, Dr. Paradox no tiene nada que ver con las obras de Alcatena para el mercado italiano. Acá hay color a full, una planificación de las páginas mucho más cercana a la del comic de superhéroes clásico, menos bloques de texto, onomatopeyas estridentes y personajes que parecen estar todo el tiempo en movimiento, sin detenerse jamás. Te puede resultar medio bizarro si estás muy acostumbrado a la otra estética alcateniana, pero se ve todo demasiado bien, se nota que atrás hay un autor que pensó minuciosamente lo que iba a hacer y que (una vez más) puso todo el despliegue visual al servicio de los relatos.
Por suerte a este primer tomito de Dr. Paradox le fue muy bien, así que este año habrá un nuevo recopilatorio para este pastiche estrambótico y adictivo con el que Alcatena revive (él solito) la inexplicable magia de la Silver Age.

Y bueno, nada más. Aguante la Academia que, más que nunca, “para ser campeón, hoy hay que ganar”. Mañana tengo función de prensa de Shazam!, así que pronto habrá reseña. ¡Feliz domingo para todos!

miércoles, 27 de marzo de 2019

MIERCOLES DE FINALES

Hoy tengo para reseñar el último tomo de una serie que veníamos recorriendo acá en el blog, y el último que me quedaba sin leer de los libros de historieta argentina que se sumaron a mi biblioteca en 2018.
Voy primero con el Vol.5 de Ping-Pong, el magnífico shonen del maestro Taiyo Matsumoto. El Vol.4 nos dejo a la mitad de un torneo de ping-pong para el cual se habían preparado de distinta manera los dos protagonistas del manga: Peko y Smile. El Vol.5 cuenta básicamente dos partidos de ese torneo: una semifinal y la final. Después hay un epílogo muy emotivo, ambientado unos cuantos meses (o unos pocos años) después de esa final y listo, se acabó. O sea que el grueso de la narración está concentrada en dos partidos, ambos con un mismo protagonista, porque el que gana la semifinal lógicamente pasa a disputar la final.
Y hasta ahí lo predecible. Nunca me imaginé que Matsumoto guardara para el cierre de esta serie una confrontación entre los dos personajes a los que más desarrolló a lo largo de la serie. Pensaba que uno de “los héroes” iba a jugar el duelo decisivo con uno de “los villanos”. Pero no, la final termina por enfrentar a Peko contra Smile, los compañeros del Instituto Katase y el resultado de este choque también me sorprendió. De todos modos, creo que lo más asombroso es verlo a Matsumoto mechar entre las jugadas más tremendas esos momentos pensados para seguir sumándole profundidad a los personajes y lirismo a un shonen que podía pecar de hueco o hasta de cabeza (en el contexto de la obra de Matsumoto, se entiende). Impresionante, de verdad.
Y a nivel dibujo, este tomo destruye a los cuatro anteriores. Acá Matsumoto deja la vida en cada viñeta y llega a límites insospechados para hacernos vibrar, emocionarnos y hasta chivar con estos partidos de ping-pong, como si fuéramos nosotros los que sostenemos la paleta. Las líneas cinéticas copan la parada, se multiplican, cambian de grosor, por momentos hasta de grafismo, se deforma la anatomía, la perspectiva, las angulaciones se hacen más extremas que nunca, las onomatopeyas cobran vida, la “cámara” elige los planos más extraños jamás vistos en un shonen… Esto es un golpe de estado a los cinco sentidos, un 21-0 demoledor, una cátedra de narrativa pocas veces vista.
Gracias por la magia, sensei Matsumoto, gracias ECC por editar esto y gracias al genio universal que inventó el ping-pong.
Ingratitos es el cuarto libro de Caro Chinaski y el primero que me toca reseñar acá en el blog. Cada página ofrece una breve historieta de cuatro viñetas iguales que desembocan en un remate humorístico, con lo cual estamos ante un clásico tomito recopilatorio de tiras cómicas, simplemente pensado en un formato cuadrado (no apaisado) para publicar una sola tira por página sin dar la sensación de que nos están mezquinando material.
Por suerte el material que hay es sumamente aceptable. Mentiría si dijera que me cagué de risa, porque no fue así. Pero me entretuvo bastante y encontré un puñado de chistes muy buenos. Quizás los personajes no me resultaran tan gancheros, pero los diálogos y las situaciones que les inventa Chinaski están muy bien. Creo que lo mejor de Ingratitos aparece cuando los gatos interactúan con “su humana”.
Cuando trabajás con una grilla fija es difícil manejar el timing, y sin timing muchas veces el humor no funciona. Acá encontré muchas tiras en las que los chistes logran su efecto a pesar de la falta de timing, y tiras en las que Chinaski organiza sus ideas para que, incluso en cuatro viñetas de igual tamaño, percibamos algo así como un control del timing en busca de ese efecto cómico. El dibujo es cumplidor, tiene onda, es más carismático que llamativo. Me gustaba más el estilo más libre, más limado, más cargado de rayitas que usaba Caro en Indecentemente Cursi, pero la síntesis que encuentra en Ingratitos seguramente funciona mucho mejor con el público que habitualmente no consume historietas que es (me parece) el segmento al que apunta este libro. De hecho, me parece un libro ideal para regalarle a esa amiga, novia o amigovia que en su vida leyó un comic pero te habla todo el tiempo de sus gatos como si fueran lo más. Ahí quedás como un duque y de paso (en 15 minutos, 20 a lo sumo) te leés esta recopilación de tiras y descubrís la vertiente más “domesticada” de la notable Caro Chinaski.

Ahora que terminé con el pilón de las publicaciones argentinas de 2018, le voy a entrar a algunos títulos más antiguos, y después sí, empezaré con el material de 2019. Nada más, por hoy. Gracias y hasta pronto.

lunes, 25 de marzo de 2019

DOS DE 2016

Hoy me toca reseñar dos libros aparecidos el mismo año, el ya bastante lejano 2016.
Arranco con el Vol.3 de Varua Rapa Nui (los Vol.1 y 2 tuvieron sus reseñas los días 09/04/13 y 27/03/14, respectivamente), esta vez con una novedad llamativa: la galardonada serie que escribe Bernardita Labourdette cambia de dibujante y en lugar de Ismael Hernández tenemos al frente de la faz gráfica a Fernando Pinto, el dibujante de Fumetsu (serie de la cual también reseñé dos tomos acá en el blog). La verdad es que no son muchas las innovaciones que propone Pinto, quien sigue los lineamientos de Hernández en materia de puesta en página y tratamiento del color, aunque sin alcanzar los niveles de belleza plástica, de destreza en el dibujo de la figura humana y expresividad en los rostros que lograba su antecesor. Me quedo mil veces con Hernández y pongo el trabajo de Pinto en Fumetsu bastante por encima de su labor en Varua Rapa Nui.
En cuanto al guión, me pasó lo mismo que cuando leí el Vol.2: sentí que le costaba arrancar. Para cuando los conflictos cobran verdadero espesor, ya se me habían ido 32 páginas de un comic de 50. Y hasta llegar a ese punto, la cocción se me hizo lenta, el franeleo previo se me hizo largo. Después la historia se pone picante, y los conflictos que en las entregas anteriores tenían que ver con eventos más mitológicos que históricos, ahora sí se convierten en testimonios truculentos de hechos reales (y aberrantes) que exigen verdad, memoria y justicia. El cambio de registro, la forma en que Labourdette decide aferrarse a la aventura pero cambiar el foco para irse de la leyenda a la historia, es lo que más me gustó de este tercer tomo, acertadamente titulado “El Ocaso”. También se ve el esfuerzo de la guionista por darle onda y personalidad a tres personajes destacados, pero a mí me enganchó más lo otro, la trama de violencia, crueldad, desazón y lucha contra viento y marea que protagonizan estos entrañables nativos de la Isla de Pascua.
Y no mucho más. Tengo entendido que la serie termina en el cuarto tomo, cuya aparición viene bastante demorada. Ojalá luego de esta experiencia podamos disfrutar a Bernardita Labourdette enfocada en otro tipo de relatos, como para terminar de afianzarse como una de las muy buenas plumas que tiene hoy el comic chileno.
Tarde como siempre, empecé a leer Paper Girls, la serie de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang que se termina ahora, a mitad de año. Me la habían vendido como La Mismísima Gloria, y la verdad es que me encantó. Son cinco episodios (uno de 40 páginas) en los que pasan un montón de cosas: Vaughan nos presenta a cuatro personajes muy bien elaborados, con matices, con aristas atractivas para explorar, y además nos bombardea con un verdadero aluvión de sucesos inexplicables, de tremendo impacto en estos suburbios de Cleveland, Ohio de 1988 en los que normalmente pasaba poco y nada.
Como en El Eternauta, de pronto las vidas de cuatro chicas comunes y corrientes se ven alteradas por elementos extremos que tienen que ver con la ciencia-ficción. Viajes en el tiempo, quizás incluso en el espacio, tecnología de avanzada junto a animales que no se veían desde la Prehistoria… Acá pasan cosas rarísimas y seguro está en juego mucho más de lo que Vaughan nos mostró hasta ahora. La acumulación de misterios y situaciones bravísimas, combinada con unos diálogos extraordinarios, hacen que uno no pueda dejar de pasar las páginas hasta que se termina el libro. Lo cual sucede (obviamente) en un momento de absoluta tensión, como para que el suspenso te estrangule… o salgas corriendo a buscar el Vol.2.
Cliff Chiang, brillante, fascinante, mucho mejor que en Wonder Woman, donde ya la descosía. Para la cuarta página, cuando mete ese poster de Depeche Mode en la habitación de Erin, ya me tenía rendido a sus pies. La paleta de Matt Wilson lo complementa a la perfección, con un despliegue de engamados logradísimo, muy al servicio de los climas de la historia. Y cuando hay que matarse en los detalles, ni el dibujante ni el colorista mezquinan nada.
Acabo de descubrir una serie realmente sólida, tanto en guión como en dibujo, que sólo puede ahuyentar lectores si se estira más de la cuenta. Pero con el final confirmado para el nº30, estimo que eso no sucederá, que con lo que sembró en estos cinco episodios, Vaughan puede cosechar tranquilamente durante otros 25 sin que decaiga el interés. Me da la sensación de que cuando llegue al final de Paper Girls voy a extrañar a estas chicas tanto como extraño a Mitchell Hundred y a Yorick Brown…

Y nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 21 de marzo de 2019

TARDE DE JUEVES

Hora de bajar un cambio y escribir unas reseñitas, en este primer (y hermoso) día de otoño.
Arranco en 2000, cuando se publica en Francia y España este álbum con 45 planchas de Agrippine, de la capa máxima del humor costumbrista, Claire Bretécher. En historietas de una página con una cantidad de cuadros que fluctúa entre los 9 y los 12, Bretécher nos invita a conocer a Agrippine, una chica de escuela secundaria, de unos 15 ó 16 años, ya en edad de tener novios y darle cada vez menos pelota a los padres y a los profesores. Bretécher satiriza sin piedad a estas chicas huecas a las que sólo les interesa la música, la ropa, los chongos y la forma de conseguir guita para comprar ropa, ir a recitales y salir con chongos. Estamos hablando (como supondrás) de chicas de clase media sin sobresaltos, el target favorito de esta autora, que obviamente no desaprovecha la oportunidad de clavarle varios tiros por elevación a los padres de Agrippine, típicos burgueses a los que se les cae muy a menudo la careta. El que mejor parado sale es Tristán, el hermanito menor de Agrippine, que podría ser una especie de pre-Titeuf, un Titeuf con un par de años menos que el célebre personaje de Zep.
Con este elenco y este contexto, uno supone que las 45 planchas funcionan como un bombardeo de chistes y carcajadas que te deja las mandúbulas doloridas. Y la verdad que no, que no son pocas las mini-comedias de Agrippine que no me causaron gracia. En algunos casos esto es intencional: me queda claro que lo que busca Bretécher es invitarnos a reflexionar más que a cagarnos de risa. En otros casos, los chistes se empantanan en la traducción al castellano de España, o en la referencia a elementos y situaciones de una coyuntura que me queda medio lejos. Lo cierto es que me reí y me divertí, pero menos que con Les Frustrées o con Cellulite, que son las otras de esta autora que vimos acá en el blog.
Obviamente lo que no decae nunca es el nivel del dibujo (que acá es exquisito), el poder de observación de Bretécher y su inigualable timing para la comedia. Elementos que, lógicamente, garantizan que uno se quiera quedar con este libro y trate de conseguir otros de la misma colección.
Me vengo a Argentina donde a fines de 2018 se recopiló en libro Dr. Oscuro, una serie que Roberto Barreiro y Lucas Varela realizaron para el fanzine Kapop! entre 1999 y 2000. Esto está hecho en simultáneo con Los Hermanos Segelín (ver reseña del 09/03/17) y sin embargo no tiene NADA que ver con esa historieta, ni en el tono de los guiones, ni en la estructura del relato, ni en el planteo estético del dibujante. Donde los Segelín funcionaban como parodia a los clásicos aventureros que buscaban tesoros en parajes exóticos, el Dr. Oscuro le da a Barreiro la posibilidad de homenajear a los pulps y los seriales de los años ´30 y ´40, con justicieros enmascarados, sectas orientales, asesinatos, experimentos bizarros y hasta un zeppelin gigante.
El misterio está bueno, está bien llevado, y si bien Barreiro mete mucho diálogo, es por un lado para darle onda y gracia a los personajes y por el otro para explicitar algunas de las cosas que suceden a lo largo de la obra, que son unas cuantas y bastante retorcidas. A lo mejor, sin esa información que nos brindan los diálogos, no se entendía todo lo que pasa en este relato. El personaje del título, el Dr. Oscuro, no es exactamente el protagonista, ni el personaje que más le interesa desarrollar a Barreiro. De alguna manera elige dejarlo ahí, bajo un halo de ambigüedad, enroscado en un enigma que el resto de los personajes no tienen chances de resolver. Con buen criterio, el guionista elige darle mucha más carnadura a Jones y Steele, los personajes con los que se supone que se tienen que identificar los lectores. Lo más raro (y que también funciona sorprendentemente bien) es que los personajes se tratan de vos y usan todo el slang argento, aunque queda clarísimo que la historia NO transcurre en Buenos Aires, ni remotamente cerca.
El dibujo de Varela está ajustadísimo, más realista, con más manchas, sombras y tramas mecánicas, más cercano a lo que veríamos años después en Sasha Despierta (ver reseña del 17/06/12). Cuando faltan 13 ó 14 páginas para el final, a los autores les cae la ficha de que la única forma de resolver todas las puntas argumentales abiertas es metiendo más cuadros por página, y Varela reconfigura la planificación para pasar de una puesta más “de comic yanki” a una bien “de comic europeo”, con páginas de 9, 10 o inclusive 11 viñetas. Obviamente en estas últimas no se luce tanto, pero de todos modos el dibujo no pierde fuerza ni belleza ni claridad.
A 20 años de su primera aparición, Dr. Oscuro todavía se puede recomendar sin ningún prurito a los fans de la aventura clásica, con buenos, malos, peligros zarpados y combates a todo o nada.

Esto es todo por hoy. Prometo volver pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 18 de marzo de 2019

OTRA NOCHE DE LUNES

Vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé durante los últimos días.
Arranco con el Vol.5 de The Invisibles, llamado “Counting to None”. Esto abarca los nºs 5 al 13 de la segunda serie y es probablemente lo más flojo de la seminal obra de Grant Morrison. Son más de 200 páginas sostenidas por una premisa argumental tan chiquita, tan intrascendente, que por momentos me dio vergüenza ajena. En el contexto global de la obra, el 90% de lo poco que pasa en este tomo podría no pasar y no cambiaría prácticamente nada. El plot más interesante del tomo anterior (la posible dominación mental de Ragged Robin por parte del maligno Mr. Quimper) acá ni se menciona. Toda la gigantesca movida de los Invisibles y sus enemigos por capturar la Mano de la Gloria termina por tener ínfimas consecuencias, al igual que la captura de Boy por parte de una célula cuyo verdadero rol en la trama es impredecible y está bastante bien resuelto.
Y también hay mucha acción, violencia y torturas en grandes cantidades, amor, sexo, viajes astrales, conceptos limadísimos y diálogos muy afilados. Pero falta. Falta desarrollo en los personajes, sobre todo. Boy es la que más atención recibe, porque –torturas psicológicas mediante- nos metemos bastante en su mente. Y también hay algo de King Mob. Pero el resto, muy poquito. Es muy loco, porque en general cuando me dan un comic de machaca escrito por uno que sabe, me la creo, me engancho y no siento que me están mezquinando espesor dramático o solidez argumental. Acá sentí esa falencia todo el tiempo, incluso cuando Morrison detona todos esos diálogos brillantes y esas revelaciones supuestamente shockeantes.
El dibujo de Phil Jimenez sigue –por suerte- en un muy buen nivel, incluso en los episodios en los que entrega unos bocetos bastante básicos para que los termine un laborioso John Stokes. En los episodios donde no está Jimenez, tenemos unas muy lindas paginitas de un Michael Lark que no se parece en nada al actual y una participación muy notable de Chris Weston, que deja la vida en cada viñeta. Me queda un sólo tomo por leer, que espero sea mejor que este.
Salto a Brasil, a 2008, año en el que el maestro Adâo Iturrusgarai se viene a vivir a Argentina, no sin antes publicar No Divâ com Adâo (al diván con Adán) un libro de humor con el que me cagué de la risa, mal. Me reí a carcajadas en el bondi, como un subnormal. Son unas 120 páginas de chistes (varias de ellas inéditas), todas compuestas por cuatro viñetas en las que Adâo propone una misma estructura: un in crescendo de crueldad, mala leche o guarrada lisa y llana que desemboca invariablemente en una cuarta viñeta tremenda. Para mi sorpresa, la repetición de la fórmula suma comicidad con la acumulación, en vez de diluirse o hacerse predecible.
Adâo le va metiendo pequeñas modificaciones a la fórmula. Al principio todo gira en torno a cuántos años de terapia necesitás para superar ciertas situaciones, después cuántos Aves Marías y Padres Nuestros hacen falta para que Dios te perdone ciertos pecados, después cuántos kilos de culpa producen ciertos actos, después cuántos años de Infierno te merecés por cada cosa y así. Lo importante en realidad son las situaciones. La forma en la que Adâo observa y satiriza momentos, hechos, puntitas de conflictos con los que a veces es muy fácil sentirse identificados y otras veces es inevitable decir “nah, te fuiste a la mierda”. El genio del humor brazuca no deja títere con cabeza. Manda chistes de sexo salvaje, drogas, escatología, política, humor negro, violencia, y por supuesto no deja afuera el patetismo, la mala leche y la mediocridad de la vida cotidiana.
El dibujo fluctúa bastante, desde viñetas más cuidadas (más cercanas a un Angeli, ponele) hasta otras resueltas bien a los bestia, en un par de trazos bestiales, viscerales, más cercanos a un Johnny Ryan. El color a veces está más laburado, otras veces está todo pintado del mismo color, sin distinguir siquiera a los personajes de los fondos. Pero nada de eso es demasiado importante. Está claro que para Adâo el dibujo es totalmente accesorio, y lo realmente fundamental son las ideas y la forma de transmitirlas. Y ahí es donde el autor da la vuelta olímpica en el Maracaná que se le negó dos veces a la verdeamarela. En la gracia, la fuerza, el impacto y la genialidad con la que baja línea en estas no-historias que explotan de humor y que mucho le hubiera gustado imaginar al maestro Alfredo Grondona White. Esto en Brasil lo publicó la mega-editorial Planeta, así que no me parece tan utópico que se pueda traducir al castellano y publicarse en el país donde vive Adâo Iturrusgarai hace casi 11 años.

Y no hay más. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.