el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 13 de diciembre de 2018

JUEVES CON TORMENTA

El clima en Buenos Aires está espantoso, y seguramente mejorará a partir del sábado, cuando yo esté en Catamarca, en Colossus Com, el último evento lejos de Capital al que voy a asistir este año. Pero vamos a las lecturas recientes.
Allá por el 14/09/14, me tocó leer un recopilatorio de historias cortas del maestro Peiró. Recomiendo repasar esa reseña, en la que yo me quedaba con ganas de tener un libro más voluminoso, que reuniera todas, o la mayor cantidad posible, de aquellas breves gemas con las que el autor cordobés nos deleitara sobre todo en la década de los ´80. Bueno, ese libro finalmente cobró forma y se llama Córdoba Blues. Además de las ya comentadas Historia de Ana, El Chino y la Rusa, Dos Pájaros, El “Cueros”, Historia de Amor y Río, Piloto, Gracias Señor Nuys, Militancia, Ringside y la historia que da título a este libro, Córdoba Blues incluye 12 historietas más donde, una vez más, vemos un nivel de dibujo fuera de escala, guiones no del todo parejos y de vez en cuando algún titubeo en la narrativa.
Creo que de las 12 historias que no estaban en Tinta Mortal, la que más me gustó fue Señuelo. Y la que menos, Mate Cosido (escrita por Sergio Almendro) porque cuenta en 12 páginas una historia que daba tranquilamente para 20 y fuerza a Peiró a meter muchas viñetas por página, a veces muy cargadas de texto. Y me gustaron bastante las historietas en las que Peiró se vuelca (con distinto grado de disimulo) a la sátira política, a brindar un testimonio desde una óptica farsesca de lo que sucedía allá por 1983, cuando la dictadura se acercaba a su fin y la política volvía a ocupar un lugar central en la agenda de los argentinos. La Gran Carrera y Opera son las más explícitas (de hecho en la segunda aparecen levemente caricaturizados Alfonsín, Luder y Lorenzo Miguel, entre otros); Carnaval (la historieta mejor dibujada del tomo) revela la adhesión de Peiró a la infausta “teoría de los dos demonios” y a otras posiciones afines a la Unión Cínica Radical; y la menos salpicada por la coyuntura, Sensibilidad, es un chiste largo, de un humor negro, corrosivo y muy eficaz.
Ni hace falta decir que el combo global, con las 21 historietas, resulta irresistible para cualquiera que sueñe con armarse una buena biblioteca de historieta argentina. Si ya tenías Tinta Mortal, regalalo o tiralo a la mierda. Porque seguro que si lo leíste te hiciste fan de Peiró y quedaste pidiendo más a los alaridos. Y Córdoba Blues te da esa dosis extra de esa gloria gráfica llamada Peiró, encima con una calidad de edición ampliamente superior.
Salto a España, donde en 2015 se publica el Vol.51 de Spirou y Fantasio, un álbum de 2010 titulado La Amenaza de los Zorketes. Acá ya tenemos al frente de la icónica serie a la dupla integrada por Fabien Vehlmann y Yoann, que la habían roto en aquel álbum no canónico que vimos allá por el 06/08/15. Guarda: acá Yoann baja un cambio, se ajusta un poco más al estilo de André Franquin y mete menos rasgos “exógenos” a la estética clásica de Spirou. Lo bueno es que le queda perfecto, todo se ve como una versión fresca y moderna de un comic de Franquin, con esa expresividad, ese dinamismo, ese vértigo, y la paleta del inmenso Hubert apuntalando al dibujante con originalidad y jerarquía.
El guión de Vehlmann también me remitió en el acto a las aventuras de la gloriosa etapa de Franquin, con un enroscado plan del siempre impredecible Zorglub que afecta a toda la localidad de Champignac y obliga a nuestros héroes a afilar su ingenio y su bravura a límites insospechados. Básicamente, Vehlmann nos cuenta una de zombies, pero muy bien disfrazada para que no desentone en este universo festivo, colorido y apto para todo público. Y saca mucho provecho de la historia previa de los personajes, con guiños (no siempre sutiles) a cosas que vimos en álbumes de décadas y autores anteriores.
La Amenaza de los Zorketes es un álbum literalmente ATR, en el que el relato agarra desde temprano una velocidad frenética, sin descuidar el humor y el desarrollo de personajes. Un delirio fascinante, trepidante y lleno de momentos de alto impacto visual, que además deja abiertas un montón de puntas argumentales para resolver en el Vol.52, al cual prometo entrarle muy pronto. 

Si estás por Catamarca o aledaños, acercate a Colossus Com durante el finde, y si no, bancá que el martes estoy de nuevo por acá, casi seguro con material leído y listo para ser reseñado.

martes, 11 de diciembre de 2018

AQUAMAN

Bueno, ahora sí puedo contar públicamente qué me pareció la película de Aquaman.
Lo más importante es que la disfruté muchísimo, mucho más que cualquier otra película con personajes de DC que haya visto en años recientes.
A lo largo de 143 minutos, el director James Wan te bombardea con una cantidad de situaciones que casi daba para dos películas. Eso por un lado garantiza el ritmo, el palo-y-palo incesante, casi sin respiro. Y por el otro hace que ciertas cosas se simplifiquen un poco, como en un cuento de hadas, y puedan quedar al borde de los lugares comunes. Muchas de las cosas que suceden en Aquaman ya las vimos en otra películas: el héroe canchero y medio cabeza al estilo de Thor, el mentor que lo entrena para que sea grosso al estilo Daredevil, el combate para reclamar el trono de un reino ancestral al estilo Black Panther, algo que pasa al final que lo emparenta con Wasp… Digamos que el guión (en el que metió muchísima mano Geoff Johns) va más bien a lo seguro. Así es como hay “grandes revelaciones” pensadas para impactar al espectador, que si tenés unos cuantos comics de superhéroes leídos no te van a sorprender en lo más mínimo. Y por supuesto, peripecias extremas, de recontra vida o muerte, en las que vos sabés que el héroe va a salir ileso, como si estuviera jugando un partido de tute con tres viejitos en el Parque Rivadavia. Pero la película logra que vos compres ese relato, que aceptes sin cuestionar demasiado ciertas obviedades.
Durante un largo tramo del metraje, Aquaman combate a un temible enemigo (al que no voy a nombrar) en la superficie, se enfrenta a toda una civilización subacuática, rosquea con una criatura mitológica de inmenso poder, descubre el misterio más grosso de la historia de Atlantis y queda cara a cara con un personaje que se suponía que estaba muerto… en remera, pantalón y alpargatas. Eso debe haber sido lo único que me hizo ruido. Son escenas tan fuertes, tan inmensas, que daba para que Arthur se vistiera de modo un poco más heroico.
El argumento tiene bastante que ver con Throne of Atlantis, uno de los arcos más recordados de la etapa de Geoff Johns al frente del comic de Aquaman (ver reseña del 16/08/16) y no son pocos los elementos creados por mi doppleganger que aparecen en el film: el Dr. Shin, Murk, los barrabravas submarinos de The Trench… Si te gustó esa etapa del comic, sospecho que la peli te va a encantar. Por supuesto el guión le reserva un rol muy importante a Mera (diosa total Amber Heard) y a otro personaje femenino que en los comics nunca tuvo demasiado desarrollo pero que en la peli ocupa un lugar central. Los villanos están muy logrados, con sus motivaciones perfectamente explicadas.
Pero vamos a lo mejor que tiene la película: la forma alucinante en la que Wan aprovecha la posibilidad de contar una aventura subacuática en la que todo el aspecto visual está por inventarse. La acción no se parece a la de otras pelis de superhéroes, porque transcurre en buena medida bajo el agua. Y lo más lindo: la espectacularidad imponente y demoledora de los reinos, las criaturas, los trajes, las armas,los vehículos, los paisajes, las civilizaciones que aparecen bajo el mar. Esa mezcla entre ciencia-ficción y fantasía medieval le da a la peli una estética única, nunca vista, realmente superlativa. Es para verla varias veces, sólo para apreciar todos estos detalles en el diseño de producción, que es absolutamente fastuoso. Hasta tiene un homenaje a Kingdom Come, tan explìcito que seguramente el maestro Alex Ross pasó por Warner a buscar un cheque.
¿Hay chistes? Sí, es obvio que si tenés a un actor con el carisma de Jason Momoa algúnos chistes tenés que clavar. Pero no son tantos, ni están fuera de lugar. ¿Hay hitazos en la banda de sonido? Sí, en un momento hay un amague de cover de “Africa” (de Toto) y en otro momento arrecia como un huracán “It´s No Good”, de Depeche Mode. ¿Hay escenas post-créditos? Hay una justo después del elenco (la clásica “el villano empieza a planear su revancha”) y nada más. No te quedes cuatro horas viendo pasar letritas, porque al final te vas con las manos vacías, como los jubilados que votaron a Macri y esperan el bono de Navidad.  
A fuerza de acción, fantasía, comedia, romance, epopeya y sutiles pinceladas de rosca política, Aquaman te sumerge en una experiencia única, que a mí (hardcore fan del personaje hace décadas) me dejó muy conforme. No sé si habrá secuelas, no sé si Aquaman volverá en otra peli de la Justice League, tampoco me importa. Pero sí banco mucho esta película, en la que pasan muchísimas cosas y en la que este eterno segundón es tratado como un héroe recontra-grosso, el verdadero epicentro de toda una mitología con un enorme potencial para seguir explorando y seguir pelando historias capaces de maravillar a chicos y grandes. All hail the king!


lunes, 10 de diciembre de 2018

UN LUNES MAS

Bueno, la gente de Warner nos pidió que no publicáramos críticas de Aquaman hasta mañana martes a la tarde, así que queda pendiente para mañana. Hoy me concentro en las reseñas de otras cosas que estuve leyendo durante el finde.
Arranco con el Vol.4 de Batman Black & White, un recopilatorio de 30 historias cortas a cargo de un elenco muy zarpado de autores. Por supuesto, son historias chiquitas, con mini-conflictos que se pueden desarrollar y resolver en ocho páginas. Y sí, hay historietas que necesitaban más espacio para cobrar espesor dramático y otras sostenidas en premisas tan mínimas que también se podían rematar en cinco o seis páginas. No me va a dar el espacio para mencionarlas a todas, pero hay algunos puntos salientes (para arriba y para abajo) que quisiera destacar:
La portada de Marc Silvestri es vomitiva, no se me ocurre cómo empeorarla. Quizás imprimiéndola en el dorso de una boleta de Cambiemos…
Michael Cho, gran dibujante. No lo tenía en el radar, pero lo que hizo me resultó exquisito.
A Neal Adams lo dejaron entregar la historieta a lápiz, sin entintar, y la verdad que se ve buenísima, se aprecia muchísimo el trabajo del veterano autor. Lástima el guión, que es paupérrimo.
John Arcudi, Sean Murphy, Rubén Pellejero… algunos de los ídolos de los que esperaba más. Michael Allred, no sé si sufrió la falta de los colores de su esposa Laura o si se tiró un toque a chanta. Igual a media máquina también la descose.
Chris Samnee, cada día más genial, más cerca de convertirse en el único heredero legítimo del glorioso Alex Toth.
Sean Galloway me impactó con ese estilo alucinante… que no encaja ni a palos con el blanco y negro. Quiero una graphic novel suya, pero a color.
J.G. Jones, Joe Quiñones, Rafael Albuquerque, Alex Niño, Lee Bermejo, Stephane Roux, Dustin Nguyen, Paolo Rivera, Dave Johnson, Javier Pulido, Becky Cloonan… todos tremendos dibujantes.
Algunos dibujantes que se animaron a escribir sus propios guiones y les fue muy bien: Rafael Grampá, Adam Hughes y Cliff Chiang.
Genio absoluto Rian Hughes, autor de la mejor historia del tomo.
Y dignísima labor de Keith Giffen, Jimmy Palmiotti y el inolvidable Len Wein, todos guionistas que obviamente pueden dar más, pero que acá cumplieron con la consigna de que se tienen que lucir los dibujantes.
Nada, imposible hacerle el aguante a la lista de autores del Vol.1, pero sirve como muestrario de dibujantes y para ver cómo se desenvuelven ciertos autores en el escarpado terreno de las historias cortas.
Dar Todo es una novela gráfica escrita por Sebastián Rizzo y dibujada por Raúl Vila, que se propone contarnos en 75 páginas tres años en la vida de Gabriel Batistuta: desde los 18 años (cuando lo descubre Jorge Griffa y lo lleva a jugar a las inferiores de Newell´s) hasta los 21, cuando sale campéon y goleador del torneo con la camiseta de Boca, a las órdenes del Maestro Tabárez.
La verdad que, como biografía, se parece mucho a una hagiografía. Rizzo nos narra una especie de transformación milagrosa, en la que en pocos meses el Bati pasa de ser un tronco excedido de peso a ser el crack que tantas gargantas hizo vibrar con sus goles. La segunda mitad de la historia es la que más abunda en elementos propios de la gesta heroica, a tal punto que Rizzo construye un villano recurrente, un némesis para el Bati que será nada menos que Daniel Passarella. Las últimas 15 páginas se concentran en el partido entre River y Boca de Julio de 1991, y acá es donde el relato de Rizzo y Vila alcanza esas dimensiones épicas. Todo está narrado de un modo tan dramático, tan jugado a la espectacularidad, que si ese partido no hubiese existido en el mundo real, nadie dudaría que es una invención del guionista.
La historieta tiene muy buen ritmo, la entrada y salida de los personajes está muy bien orquestada y la verdad es que uno quisiera que la historia siguiera otras 75 páginas, para ver al Bati romperla en Italia y en la Selección. Pero claro, en términos de tensión dramática, no hay otro punto tan crucial en la carrera del ídolo como ese superclásico con el que cierra Dar Todo.
El dibujo va a lo seguro, se ve que a Vila no le copa asumir muchos riesgos. Se mantiene en una línea muy clásica, casi retro, con un trazo bastante fluído, bastante plástico, muy bien complementado con la paleta del gran Maco Pacheco. La narrativa también está muy lograda, apenas empantanada por alguna secuencia en la que a Rizzo se le va la mano con la cantidad de texto. Donde se hacen más conspicuos los altibajos es en las resemblanzas. Algunos personajes (Settimio Aloisio, Coco Basile) están muy bien plasmados, otros son sólo para expertos (Marcelo Tinelli, Passarella, Carlos Heller, el Loco Bielsa) y otros se parecen tan poco a los personajes reales que si el texto no especifica quiénes son, no te enterás jamás. Lamentablemente el del protagonista, el propio Gabriel Batistuta, es uno de los rostros que Vila no logra reproducir con la precisión necesaria como para que cualquiera lo logre identificar a simple vista. Fuera de ese detalle (no menor, pero no demasiado relevante a la hora de engancharse con la trama), la faz gráfica de Dar Todo aprueba con holgura. Si sos fan del asesino serial de redes nacido en Reconquista, seguro esta historieta te va a emocionar.

Mañana sí, lo prometido es deuda. Se viene la reseña de la peli de Aquaman, acá en el blog. Gracias por el aguante.

viernes, 7 de diciembre de 2018

VIERNES DE VIGILIA

Me re-cagaron. Me programaron la función de prensa de Aquaman para mañana sábado a la mañana, y entonces no puedo salir de joda esta noche, porque además mañana laburo toda la tarde. Más vale que la peli esté buena… En vez de apolillar para salir fresco a disfrutar de la trasnoche, hoy estoy acá, con un laaargo rato libre para reseñar algunas de las cositas que leí en estos días.
Encontré en una mesa de saldos el Vol.1 de Pin-Up, la serie iniciada en 1994 por Yann y Philippe Berthet, y me lo compré sin dudar. Ahora me metí en brete de aquellos, porque la serie a) consta de 10 álbumes y b) me pareció excelente.
Básicamente, lo que cuentan Yann y Berthet es cómo cambia la vida de una chica cuando un historietista famoso toma primero sus rasgos y más tarde su realidad misma para darle vida a la protagonista de una tira diaria de inmensa popularidad. Estamos en EEUU, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando el comic es una forma de  entretenimiento hiper-masiva, al punto que se lo utiliza para motivar a los soldados que pelean en los distintos frentes del conflicto bélico. Ahí va a jugarse el pellejo Joe, el novio de Dottie, mientras que esta pasa a ser la inspiración para Poison Ivy, una heroína intrépida y sexy, creada por el talentoso (e inescrupuloso) Milton. Sí, obviamente es una referencia a Milton Caniff, aquel historietista mítico de los años ´30 y ´40, tan hábil con el plumín como en la rosca con los militares y los servicios de inteligencia yankis.
El dibujante es algo así como el villano de Pin-Up (por lo menos en este primer tomo), y eso le permite a Yann abrir todo un abanico de juegos metacomiqueros, de distintos niveles de realidad al estilo Peter Kampf lo Sabía. Yann además explota a full el hecho de tener como protagonista a una chica íntegra, para nada boluda y con muchísima personalidad, en una historia ambientada en una época en la que las minas eran básicamente objetos cuyo valor estaba intrínsecamente relacionado a su belleza física.
Parte de lo que hace muy atrapante a este primer Pin-Up es que pasan muchas cosas en 44 páginas, y eso es porque Berther se morfa un montón de páginas de 10 o más viñetas. Sin embargo la narrativa no se resiente para nada, los fondos, armas y vehículos muestran un nivel de documentación superlativo y la línea del francés brilla muchísimo en ese fino equilibrio entre Luc Cornillon y Daniel Torres. Veremos si consigo a buen precio los siguientes tomitos, o si cedo a la tentación de ir directo por los integrales, qe deben costar un huevo y la cáscara del otro.
Ayer jueves me tocó conducir la presentación en Buenos Aires de Terra Australis, la nueva novela gráfica de Agustín Graham Nakamura, y obviamente me tomé el laburito de leerla previamente, para no mandar más fruta de la habitual. Terra Australis es un thriller de misterio, que amaga con ser policial pero en realidad está motorizado con elementos que provienen de la órbita de la ciencia-ficción. A diferencia de Zero Point, la obra está claramente ambientada en Argentina (en este caso, a fines de los ´80) y juega a mostrar el DNI argento en la medida justa y precisa. La trama tiene muchísimo suspenso, te logra poner bastante nervioso, y por supuesto incluye una dosis notable de acción: hay tiros, persecuciones, explosiones, poderes psiónicos fuera de control, y lo mejor es que todo sirve para que avance la historia, no es “golosina visual” para enganchar a los fans del comic bien jugado a la machaca.
Los diálogos están muy logrados, los dos protagonistas (Maia y Mosca) son fruto de un gran trabajo de elaboración por parte de Agustín, quien además se da el lujo de bajar una línea ecologista, que nos invita a reflexionar acerca del daño que le hacemos los humanos al planeta que nos tocó habitar. O sea que la lectura trasciende el mero entretenimiento.
La narrativa que despliega Graham Nakamura es bien cinematográfica, con mucha viñeta widescreen, como si quisiera convencernos de que estamos viendo una peli, no leyendo un comic. Pero además maneja muy bien los recursos propios del Noveno Arte y hasta se florea tirando homenajes a Katsuhiro Otomo y el Viejo Breccia. Visualmente, Terra Australis es belleza e impacto en estado puro, con puntos muy altos como la aplicación de las tramas de grises y esos primeros planos del villano que te hielan la sangre.
Si te gusta la historieta de género, con buenos y malos, intrigas y kilombos, y esa mezcla oesterheldiana entre elementos de ciencia-ficción extremos y gente que toma mate y es hincha de San Lorenzo, no tengo dudas de que Terra Australis te va a cautivar. Banco fuerte y espero que Agustín se juegue a contarnos (en un futuro no muy lejano) un nueva aventura con estos mismos personajes.

Nos reencontramos pronto con la reseña de la peli de Aquaman, acá en el blog.

martes, 4 de diciembre de 2018

EL MARTES, SEGUNDAS PARTES

Hoy tengo para reseñar dos libros que se complementan con otros dos ya reseñados acá en el blog.
Empezamos con Parker: The Outfit, la segunda novela de Richard Stark (en realidad, Donald Westlake firmando con pseudónimo) que adaptara al comic el inolvidable Darwyn Cooke. La primera (The Hunter) la reseñamos el 13/07/13.
El libro arranca con una especie de serendipia, una yapa imprevista que está demasiado bien para ser real: las 24 páginas de The Man with the Getaway Face, un breve relato que funciona muy bien en sí mismo, pero además sirve como puente entre The Hunter y The Outfit. Es una historia tan redondita, tan jodida, que si le ponés un garche y cinco chistes se convierte en uno de los mejores episodios de Torpedo 1936.
Y después, la historia larga en la que Parker sale con los tapones de punta, a escupirle el asado a una poderosa organización criminal que lo trató de matar, justo a él, que es un genio del delito low-fi. Stark primero y Cooke después nos cuentan minuciosamente cómo funcionan los grandes curros de este imperio clandestino, y acá es donde el historietista canadiense encuentra el mayor desafío: Buena parte de la novela es una explicación paso a paso, casi un manual de instrucciones, de cómo está armada la logística de cada uno de los negocios ilegales de esta “empresa” criminal. Son unas 30 páginas sin acción ni conflictos, que ahondan en detalles minuciosos acerca de estos operativos, y Cooke encuentra distintas formas de graficar estos procedimientos para hacerlos visualmente interesantes para el lector de historietas. Con distinto éxito, no? Porque no todos los recursos que emplea funcionan igual de bien. Pero el resultado es sumamente satisfactorio, y para cuando Parker y sus aliados empiezan a desbaratar sistemáticamente los negocios de “la empresa”, uno ya entendió perfectamente cómo están estructurados, cómo circula la guita negra, cómo se blanquea, cómo se reparte y demás. Una especie de Ruta del Dinero K, un poquito menos delirante que la que te vendieron los medios neoliberales de Argentina.
El dibujo… ufff, ni tiene sentido intentar explicar la magia que tira Cooke en la faz gráfica. A las influencias habituales de Bruce Timm, Alex Toth, Ty Templeton y David Mazzucchelli hay que sumarle páginas dibujadas en una línea clarísima, secuencias enteras ilustradas como si fueran cartoons humorísticos de los años ´50… un despelote realmente extraordinario, con una sofisticación increíble y una fuerza expresiva descomunal. Recontra-recomendable y sumamente imprescindible para las viudas de Cooke que creen que el ídolo era sólo un gran dibujante de superhéroes.
También en 2013, el 14 de Septiembre, me tocó reseñar el primer librito de Fumetsu, una saga de aventuras, machaca épica y ciencia-ficción creada por los chilenos Felipe Benavides y Fernando Pinto. Era apenas el inicio de dicha saga, y en esas primeras 48 páginas se empezaba a avizorar un universo vasto y atractivo. El Vol.2 en vez de 48 páginas tiene 80 y termina donde tiene que terminar: con el final de la historia de este bravo samurai del futuro remoto y su lucha por liberar a la humanidad del yugo de los Warui.
Una vez más, Benavides no se calienta mucho por desarrollar a los personajes. El elenco está muy bien armado y varias de las mejores secuencias surgen de la ingeniosa interacción entre estas criaturas. Pero no van del punto A al punto B, sino que se concentran en los diálogos y en la acción. También al igual que el Vol.1, esta segunda entrega tiene muchísima acción, extensas secuencias prácticamente sin textos en las que vemos unos combates electrizantes, casi siempre importantes para el devenir de la trama. La vez pasada, la abundancia de machaca hacía que el librito durara muy poco, como esos tomitos de shonen de 190 páginas que te bajás en menos de 15 minutos. Esta vez, al tratarse de un tomo bastante más voluminoso, eso se siente un poco menos.
Lo mejor que tiene Fumetsu es cómo Benavides mueve a los personajes por este mundo, cómo aprovecha ese trasfondo, esa complejidad de conceptos aventureros que supo construir a lo largo de toda la saga para llegar a un final potente. El dibujo de Pinto no desentona para nada con el clima épico de Fumetsu y además potencia muchísimo el aspecto más humano, el de la interacción entre los personajes. Una vez más me atrapó con ese trazo similar al de Enric Rebollo, con la coreografía de las batallas y obviamente con la aplicación de los grises, que es el punto más alto de la faz gráfica de Fumetsu.
No estamos ante el comic que marcará un antes y un después en la historia de la historieta chilena, pero la verdad que para pasar un rato entretenido y vibrar al ritmo de la machaca, está muy bien.

Volvemos pronto con nuevas reseñas y nos vemos este jueves en Sector 2814, donde voy a estar charlando con mi amigo e ídolo Agustín Graham Nakamura. Sayonara.  

sábado, 1 de diciembre de 2018

SABADO TREMENDO

Arranca Diciembre y arranca muy fuerte, con dos lecturas realmente impactantes.
Desde mediados del año pasado, vengo comprando cada vez que salen los tomitos de Oyasumi Punpun editados por Ivrea, y tengo 10 acumulados. Sin haber leído ninguno, compré 10. A ese nivel llega mi fe en Inio Asano. Y bueno, ahora leí el Vol.1 y me pareció excelente.
Del dibujo no pienso hablar, porque ya está todo dicho en las reseñas anteriores de obras del ídolo. Pero el guión… acá sí que vi muchas cosas que nunca había visto en otros trabajos de Asano. Por lo menos en el arranque, Oyasumi Punpun nos ofrece una comedia costumbrista de chicos de escuela primaria que descubren la sexualidad, la paja e incluso el amor, pero con más de un twist extraño, con más de un elemento perturbador. La apariencia de Punpun, sin ir más lejos: ¿por qué Asano lo dibuja como una especie de fantasmita con pico y patas de pájaro, al que nunca vemos hablar y al que los bracitos le aparecen sólo cuando los necesita para agarrar algo? ¿Los demás no notan que Punpun es totalmente distinto al resto? ¿O lo notan y se hacen los boludos? ¿Y qué onda la familia de Punpun, que también aparece dibujada como pajaritos-fantasmas? Ahí pasa algo raro, que me genera muchísima intriga, que me saca mucho de eje.
Después está el misterioso mensaje que aparece en medio del video porno, que guiará a los chicos en una aventura que Asano desarrollará –supongo- en el Vol.2. Y lo más raro: esos adultos que se descontrolan y se ríen o se alteran como si fueran dementes patológicos. Acá el ídolo dibuja las expresiones faciales más zarpadas, más potentes de toda su carrera, pero todavía no sabemos si es para hinchar las pelotas o si eso es parte de algún elemento constitutivo de la trama. Ah, y también está Dios, un Dios con “alta onda” al que pareciera que Asano le reserva un rol importante en la saga de Punpun.
Se supone que este fue el intento de Asano por incursionar en un manga más comercial, más masivo (de hecho, trabajó con cinco asistentes para bancar el ritmo de la serialización semanal), pero hasta ahora se siente como un trabajo totalmente personal, sin concesiones de ningún tipo, muy fiel al espíritu de las obras de este genio que venimos viendo hace ya unos cuantos años. Banco a full y felicito a Ivrea por los huevos para editar esto en Argentina y por la traducción (de Pablo Tschopp) que está muy bien.
Hablando de Argentina, hace poquito se editó en nuestro país ¿Quién Mató a Rexton?, una novela gráfica que Diego Agrimbau venía planificando hace muchos años. A través de un ingenioso artificio narrativo, Agrimbau se genera la posibilidad de reencontrarse con varios de los dibujantes con los que colaboró asiduamente en sus… 20 años de trayectoria (Gabriel Ippóliti, Dante Ginevra, Pietro, Fernando Baldó) y de trabajar con dos dibujantes más jóvenes (pero también muy talentosos) como Pato Delpeche y Gato Fernández.
¿Quién Mató a Rexton? es una historia 100% metacomiquera, un comic que indaga en el asesinato de un famoso guionista de comics, desde la óptica de los dibujantes que trabajaron con él. Agrimbau aprovecha para hablar sobre el constante clivaje entre los aspectos artístico y comercial de la historieta y de cómo la tensión entre ellos la hace compleja y fascinante (tema acerca del cual la manya lunga), y además le suma la faceta humana, la de los vínculos entre personas muy distintas entre sí. Probablemente ese sea el costado más atractivo de ¿Quién Mató a Rexton?, el mejor trabajado por el guionista. Eso, y el giro del final, impredecible y sumamente satisfactorio.
Se me complica destacar a uno o dos de los seis dibujantes que participan, porque la verdad que los seis dejaron la vida, cada uno en su estilo. Estamos frente a un libro de una solidez gráfica impresionante, algo poco frecuente cuando mete mano tanta gente. Se podrían escribir larguísimos artículos acerca de esta novela, pero hagámosla corta: si te copa ver a un guionista y varios dibujantes contando historias de amor, locura, mala leche y ambición protagonizadas por guionistas y dibujantes (y editores, y críticos), no tengo dudas de que ¿Quién Mató a Rexton? va a rankear alto en tu lista de lo mejor de 2018.

Gracias por el aguante y la seguimos pronto.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

MIERCOLES MAGISTRAL

Hoy la verdad que no me puedo quejar. Los dos libros que me tocó leer en estos días me parecieron excelentes.
Empiezo con Pánico en el Atlántico, un álbum de Spirou de la serie en la que autores famosos aportan su versión (no necesariamente canónica) del popular personaje creado hace 80 años por Rob-Vel. Esta entrega data de 2010 y lleva las firmas del inmenso Lewis Trondheim y de un dibujante al que no conocía y del que me hice fan en el acto: Fabrice Parme. Firmemente enrolado enla línea clara, Parme combina la influencia de la clásica historieta franco-belga con la de los dibujos animados norteamericanos de vanguardia, desde los famosos cartoons de la UPA hasta hitazos más recientes como Los Padrinos Mágicos. Imaginate una mezcla entre el Sáenz Valiente de Norton Gutiérrez y el Nahuel Sagárnaga de Wachín, con la aparición esporádica de expresiones o detalles más sacados, tipo Gustavo Sala. Lo que nos ofrece Parme en este álbum es una verdadera fiesta para los ojos, perfectamente apuntalada por la labor de la colorista Véronique Dreher.
El guión, por su parte, es totalmente adictivo. No es frecuente leer 62 páginas en las que pasen tantas cosas. Es como si Trondheim tomara el clásico álbum infanto-juvenil de Spirou o Tintin (o cualquiera que se plantee combinar aventuras con comedia) y lo acelerara con un enema de merca y speed, para que vaya a 400 km por hora por la banquina del lado contrario. Pánico en el Atlántico no para un segundo, no da respiro. Termina una escena trepidante con Spirou y arranca una desopilante con Fantasio, Spip o el Conde de Champignac. Trondheim rebota como la bolita de un pinball enloquecido entre las peleas, las persecuciones y los chistes, a veces más físicos y a veces más típicos de las comedias de enredos onda Juan Carlos Mesa.
Ves todos esos personajes en la portada y decís “no hay forma de que haya espacio en 62 páginas para que todos intervengan y tengan escenas en las que se lucen”. Hay forma. El guión de Trondheim tiene un acelere tan vertiginoso y aprovecha tan al mango cada viñeta, que todos esos personajes tienen su peso en la trama. Incluso algunos son tan copados que querés verlos en todos los álbumes de Spirou. Si querés vivir un rato largo de emociones, humor y aventura enla que el verosímil no importa en lo más mínimo, no dudes en embarcarte en este álbum de la mano de Trondheim y Parme. En los próximos meses habrá bastante más Spirou acá en el blog, así que atentos.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando se reúnen dos autores muy atípicos, ambos dueños de idiosincracias narrativas muy personales. ¿Qué sale de la unión entre dos autores “raros”? ¿Un comic MUY raro? Nah, tranqui. Con guión de Damián Connelly y dibujos de Pedro Mancini, Felicidad no es una historieta obvia, ni trillada, ni siquiera convencional, pero tampoco es un delirio críptico o incomprensible como la permanencia en el gobierno de Patricia Bullrich. El guionista maneja un grado de abstracción importante, simplifica tremendamente la trama para concentrarse en lo que más le interesa: una historia en la que el afecto derrota a la violencia, salpicada con reflexiones acerca de la felicidad, qué es, para qué sirve y hasta dónde vale llegar para tratar de alcanzarla.
Los diálogos son breves, muy eficaces, y hay un sólo personaje al que Connelly desarrolla a lo largo de estas 60 páginas: el farmacéutico Alan Rimbauer, el tipo que conoce la fórmula química de la felicidad y sin embargo nunca será feliz. El resto del elenco acompaña, pero el que motoriza la trama y al que el guionista más le interesa explorar es a Alan. ¿Se podía contar esta misma historia de un modo más simple, menos afectado? Obviamente que sí, pero en una de esas era un embole. Así como está, Felicidad ofrece una dosis muy bien equilibrada entre introspección, misterio, acción y momentos más oníricos, más bizarros, más davidlyncheanos.
Este aspecto más surreal encaja perfecto con la propuesta estética que suelen tener las historietas en las que Pedro Mancini dibuja sus propios guiones. Y se nota que el dibujante se sintió cómodo en su incursión por este mundo imaginado por Connelly. Lo único a lo que me costó mucho acostumbrarme es a ver a Mancini dibujando expresiones faciales. El estilo de Pedro se basa mucho en la síntesis, y en esa búsqueda, suele prescindir de los rasgos faciales para mostrarnos rostros básicamente inexpresivos, que tienen mucho sentido en la mayoría de sus historias. El guión de Felicidad, en cambio, le otorga mucho protagonismo a las expresiones faciales y al principio esos primeros planos que dibuja Pedro me hicieron un poco de ruido. Después me acostumbré. El resto de la faz gráfica es impecable, con personajes y fondos muy bien diseñados, con muchos logros en la composición de las viñetas y el armado de las secuencias. Una obra muy recomendable, seas fan de Connelly, de Mancini, de ambos, o incluso de ninguno de los dos.
Y hasta acá llegamos por hoy. Parece que se cancela el viaje a Santiago del Estero que tenía previsto para este finde, así que es probable que en los próximos días tenga tiempo de sobra para leer material y escribir reseñas. La seguimos pronto.

lunes, 26 de noviembre de 2018

LUNES DE SUPERHEROES EXTRAÑOS

Tengo sueño, pero antes de irme a dormir quiero reseñar un par de libritos que me leí en estos días.
Enigma es un comic para el que Grant Morrison escribió el prólogo, pero estoy seguro de que le hubiese gustado escribir el guión. El autor real es Peter Milligan, y sí, es un guión re-morrisonesco. Hoy poca gente registra a Enigma, porque es algo que hace mucho que no se hace: un comic de superhéroes 100% para adultos, generado en el sello Vertigo. Ya hace varias décadas que nadie relaciona a Vertigo con los superhéroes, pero hace 25 años, cuando el sello era joven, habia espacio para proyectos como este, que aún hoy rankea entre las obras más interesantes del gran Peter Milligan.
Enigma tiene todo: gran argumento, grandes diálogos, escenas de tremenda fuerza dramática, una intriga que no para de crecer, personajes construidos de manera magistral, giros impredecibles, juegos metacomiqueros y muchísima emoción. Ah, y como es un comic para adultos, tiene mucha violencia, puteadas y sexo, en este caso entre varones. Milligan conduce este freakshow con mano maestra, y rápidamente te mete adentro, te hace partícipe y logra que te olvides de algunos saltos medio brutales en la lógica de la historia. De a poco se impone (en un marco a priori realista) una lógica de comic de superhéroes raro, quizás con más puntos en común con un experimento limado de Steve Ditko que el Shade the Changing Man del propio Milligan. Y lo mejor es que funciona perfecto, incluso leído aún hoy.
No nombré todavía al dibujante, que es otro monstruo sagrado: Duncan Fegredo, que acá se zarpa como nunca. Olvidate de ese Fegredo más prolijo, más careta, de series como Millennium Fever, o de ese Fegredo más mignolesco que vimos durante su paso por Hellboy. Este es un animal salvaje, una bestia desbocada que te impacta con su dinamismo y su visceralidad, con esas manchas negrastremendas, con esos coqueteos con el grotesco, con esas rayitas excesivas tipo Nicolás Brondo… Un trabajo tan demoledor que es como descubrir a un nuevo Duncan Fegredo, con todo lo que eso significa. Lamentablemente, esto fue coloreado por Sherilyn Van Valkenburgh de un modo definitivamente criminal. Necesito urgente una edición de Enigma recoloreada, o en majestuoso blanco y negro.
Hace muy poquito leí Iceberg, y ahora me encuentro con que los guionistas Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo retoman algunos elementos de esa historia (que parecía autoconclusiva) para darle inicio a una saga que pinta muy, pero muy atractiva. Este librito de Manta está muy bien escrito, quizás mejor escrito que Iceberg, y si no lo pongo por encima de esa obra es porque acá nos están mostrando apenas la puntita de una historia que andá a saber para dónde puede llegar a disparar.
Este primer tramo es atrapante, en parte por la decisión (arriesgada y sabia por igual) de contar la historia de atrás para adelante. O sea, recién en el último tercio de Manta te enterás cómo catzo encaja esta historia con lo que habíamos visto en Iceberg. Y por supuesto, si leiste Iceberg la respuesta te sorprende muy gratamente. Además los diálogos (punto altísimo de Iceberg) mantienen el excelente nivel de la “precuela”.
Donde Manta no llega ni cerca del nivel de Iceberg es en la faz gráfica. En vez de un dibujante hay tres, y ninguno arrima a la calidad de Alessio Rossino. El más flojito es el primero (Cristian Cassani) y los otros dos son dibujantes a los que ya vimos en el blog: Daniel Mendoza y Nacho Lázaro, artistas correctos, sin tropiezos en la narrativa, a los que quizás les falta un poco más de identidad visual, de diferenciarse un poco más de la estética hegemónica del mainstream yanki. De todos modos, ninguno de los tres es un croto, ni mucho menos.
Realmente no me imaginé que Manta me iba a gustar tanto, pero por suerte así fue. Espero ansioso el Vol.2.
Y ya fue, me voy a dormir, que mañana tengo un día bravísimo. Gracias a todos los que se acercaron a saludar en La Costa Comics y vuelvo pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 22 de noviembre de 2018

TRASNOCHE DE JUEVES

Tarde pero seguro, encontré un ratito para sentarme a escribir las reseñas de los últimos dos libros que me devoré.
Empiezo con Gilgamesh: El Origen, la reedición de los primeros 14 episodios de esta serie creada por el gran Lucho Olivera en 1970 para la revista D´Artagnan. Esto arranca con esas ocho famosas páginas a las que Robin Wood convertiría en un montón de episodios alucinantes, cuando la serie se rebootea en 1980. Pero en rigor de verdad, no son muchos más los puntos de contacto con la versión de Gilgamesh que vimos en las reseñas del 20 y 28 de Octubre de 2017. En esta primera versión, el dibujo de Olivera está mucho menos inspirado, repleto de páginas de 12 ó 13 viñetas microscópicas en las que dibujo y texto se disputan un espacio muy escaso. La acción está desenfatizada… cuando está, porque en unos cuantos episodios no hay acción.
Las aventuras de Gilgamesh no son exactamente aventuras: son las crónicas de un tipo que simplemente no puede morir, entonces en vez de vivir, dura. Esto era algo muy atípico en la historieta argentina de principios de los ´70: aventuras casi sin conflictos, donde el protagonista recorre distancias colosales y subsiste a lo largo de siglos y milenios, prácticamente sin sobresaltos. ¿Qué nos quería contar Olivera con esta serie? Imposible determinarlo con certeza, pero mi sensación es que quería hablar sobre el destino de la Humanidad, sobre cómo ciertas decisiones pueden modificar el devenir de la especie humana en este y otros planetas. Así es como en Gilgamesh vemos más ajedrez que machaca, más reflexión metafísica que acción física, más encrucijadas éticas que luchas con enemigos.
Una vez que te acostumbrás a lo extraño que es todo esto (dentro y fuera de una revista de Columba de 1972-73), la saga te empieza a atrapar. Los últimos cuatro episodios del tomo ya no los escribe Lucho, sino que están a cargo de Sergio Mulko (como el tomo de Gilgamesh que vimos el 27/09/12). El primero de los cuatro de Mulko, “Jornada de Guerra en Ammeru”, es el que menos me gustó de todo el libro. El mejor dibujado me parece que es “El Cerebro” (el único publicado a color) y el mejor escrito es –acá no tengo dudas- “La Ballesta del Cazador”, que es donde Olivera logra el equilibrio más fino entre introspección, construcción de personajes y sucesos que hagan avanzar a la trama. Tengo sin leer el tomo que le sigue a este, así que pronto habrá más Gilgamesh, acá en el blog.
Me voy ahora a 1999, cuando DC publica los tres libritos prestige de Doctor Mid-Nite, que leí en su momento y ahora redescubrí gracias a que conseguí el TPB. Esta es otra obra rara, que originalmente iba a estar protagonizada por el Dr. Mid-Nite de los ´40, después iba a ser un Elseworlds y al final terminó por presentar a una nueva iteración del personaje, en principio demasiado parecido a Charles McNider, pero que después (en buena medida gracias a que Geoff Johns y James Robinson lo suman a la JSA) tendrá una impronta más personal, más original.
Los manoseos editoriales de los que fue víctima nos dan margen para perdonarle a esta obra de Matt Wagner y John K. Snyder III algo que sería imperdonable en cualquier saga donde se presenta a un “legacy hero”: Pieter Cross, el nuevo Dr. Mid-Nite, no tiene NINGUN punto de contacto con el original. Nunca se encuentran, viven en distintas ciudades, no comparten personajes secundarios ni villanos, de hecho a Charles McNider no se lo nombra nunca, en casi 150 páginas de historieta. Es cierto que el Dr- Mid-Nite original siempre tuvo pocos fans y ponerlo en un rol importante en el origen de un sucesor no era garantía de vender más ejemplares, pero hubiese estado bueno algo (una mención, un guiño) que conectara al lector con la versión clásica del personaje.
El argumento, en general, es bastante decepcionante. Lo único atractivo es cómo Wagner baja línea socio-política, como se anima a indagar en las desigualdades sociales que genera el capitalismo salvaje, con una mega-corporación en el (ya muy obvio) rol del villano y varios personajes secundarios importantes tomados de esta subcultura de las márgenes donde se hacinan los excluídos. El resto, el conflicto en sí, la ordalía que debe atravesar Pieter Cross para derrotar a los villanos, es más de lo mismo al punto de que por momentos me aburrió.
Por suerte el debut de este nuevo Dr. Mid-Nite tiene un as imbatible que es el dibujo de John K. Snyder III. Responsable absoluto de que esta miniserie anunciada para 1994 viera la luz recién en 1999, Snyder dejó la vida en cada una de estas páginas y creo que después no volvió a publicar historietas hasta mediados de este año. En la faz gráfica de Doctor Mid-Nite tenemos lo mejor de ambos mundos: Snyder combina la narrativa típica de un comic de Matt Wagner (ajustada, sólida, con yeites vanguardistas) y el despliegue visual, el vuelo (más pictórico que gráfico) de un Bill Sienkiewicz. Y lo mejor es que funciona. Todo lo que no me cautivó el guión de Wagner, me volvió loco el dibujo de Snyder, con esos climas, esos planos detalle, esos encuadres raros, esos fondos devastadores y ese lápiz desbordante de virtuosismo, a distancias siderales de lo que vimos hace poquito (24/08/18) en un TPB del Suicide Squad. Ni hace falta decir que el trabajo del dibujante justifica por sí solo la compra de este TPB. Y si descubriste a Pieter Cross en la mejor época de la JSA, no está mal conocer su origen de la mano de sus creadores.
Dudo que vuelva a postear antes del lunes, así que buen finde para todos y nos cruzamos con los que se acerquen a saludar en La Costa Comics (Santa Teresita), donde voy a estar sábado y domingo. Ci vediamo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

LUNES DE MAGIA Y CALOR

Tras una magnífica edición de Dibujados, me siento bajo el ventilador de techo a escribir unas reseñitas.
Arranco en España a mediados de los ´80, cuando el maestro Josep María Beá realiza la extraña historieta conocida como La Muralla. A priori, parecía una obra muy atractiva, y como la vi barata no dudé un segundo en comprarla. Pero a medida que la iba leyendo, se me deshizo en las manos, se me escurrió como un puñado de arena, hasta que cuando llegué a la última página me quedaba sólo la nada misma. Hasta el dibujo es inconsistente: hay páginas donde Beá te masacra con unos dibujos al nivel de sus mejores trabajos, y otras donde aparecen choreos hiper-obvios a Hugo Pratt, viñetas dibujadas así nomás porque están cubiertas en un 70% por texto… y cuando aparece de la nada esa mujer (una buscona cuya única función en la trama es abrirse de gambas) Beá cambia de estilo y ensaya una mezcla entre realismo y línea clara, algo que le salía muy bien a Milo Manara, pero no al autor español. Todo esto sin llegar a lo peor que tiene la faz gráfica, que es el color. En este rubro, Beá acierta las pocas veces que trata de reproducir esas tonalidades sutiles que usaba Moebius, pero después te tira esas páginas todas engamadas en violetas, verdes o rosas, que son un horror cuasi-columbístico.
El guión también es flojo, errático, caprichoso, a años luz de esos hermosos mecanismos de relojería que construyera Beá en Historias de Taberna Galáctica. Lo único divertido es cuando los diálogos se tornan repentinamente groseros. Ahí el autor me sorprendió y me sacó varias sonrisas. El resto es una aventura con estructura clásica, interrumpida con flashbacks al pasado del protagonista que no revisten ningún interés, escenas oníricas que no responden a ninguna necesidad del argumento, y un par de volantazos demasiado bizarros. Me quedo con las historias cortitas que vienen al final, a modo de complemento, donde los guiones no tienen ni la más mínima pretensión, pero el dibujo de Beá explota con una fuerza expresiva y una destreza técnica que no se ve ni a palos en las páginas de La Muralla.
Con mucha menos ambición, obtiene mejores resultados Iceberg, un breve relato gráfico (41 páginas no alcanzan para el rótulos de “novela gráfica”) co-escrito por Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo y dibujado por Alessio Rossino. Iceberg tiene un sólo problema, y es que se lee muy rápido. Los guionistas toman la decisión (bastante arriesgada, por cierto) de contar casi toda la historia sin diálogos, y además el tramo principal de la obra transcurre en… menos de cinco minutos y bajo el agua, o sea que se complicaba posta poner muchos más diálogos. Los diálogos que efectivamente aparecen están muy bien, ayudan a sugerir el perfil del protagonista que (por la brevedad del relato) no llegará a desarrollarse, pero por lo menos alguna data tenemos sobre él, como para que nos importe un poco más lo que le pasa. No me quiero extender contando el argumento, porque esto se publicó en Argentina hace relativamente poco y está al alcance de cualquiera que quiera conseguirlo y leerlo. Lo importante es que lo que quieren contar Crenovich y Mazzeo está, y pega fuerte.
Lógicamente hay un muy buen manejo de la narrativa, para que todas esas secuencias mudas impacten y emocionen al lector, y para eso es fundamental el trabajo del dibujante. Con una línea sencilla, limpita, y un manejo del color alucinante, Alessio se pone al hombro casi todas las secuencias de Iceberg y despliega planificaciones muy logradas, con mucho énfasis en el timing, en ese tiempo que corre y que pone nervioso al lector a medida que se complica más la situación de Bruno, este “Mister Miracle subacuático” al que le toca pasarla bastante mal.
Y si bien Iceberg llega a un final contundente (y muy satisfactorio), algo pasa como para que otra historieta de Mazzeo y Crenovich retome a Manta, el enmascarado acuático que protagoniza esta historia. Prometo leer y reseñar muy pronto el primer librito de Manta, donde tengo entendido que los autores ensayan un relato episódico, bastante más extenso que este promisorio debut que vimos en Iceberg.
Nada más, por ahora. Muchas gracias a todos los que se acercaron a saludar en Dibujados (a felicitar por el blog, el canal de YouTube o los podcasts) y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas.

viernes, 16 de noviembre de 2018

DOS DE VIERNES

En un rato explota el finde largo, pero antes, un par de reseñas.
Arranco en 2014, con El Sabueso y Otras Historias, un librito editado por Ivrea (España) que reúne tres adaptaciones al comic de cuentos de H.P. Lovecraft realizadas por el mangaka Gou Tanabe. A esta altura, es difícil que un historietista nos sorprenda con una versión gráfica de un cuento de Lovecraft, porque es algo que ya se hizo demasiadas veces. De hecho, me sumergí en el libro de Tanabe con imágenes muy potentes en la cabeza, que provenían de la versión de El Sabueso que hizo hace como 20 años el maestro Horacio Lalia. Pero acá hay dos elementos muy atractivos: 1) nunca había visto a un mangaka adaptar a Lovecraft, y 2) Gou Tanabe es un dibujante prodigioso, algo así como el Salvador Sanz japonés, un grosso absoluto en el manejo de los climas oscuros, los detalles demenciales en los fondos, el trabajo con los grises… Visualmente estas versiones son realmente alucinantes, sin nada que envidiarle a las mejores adaptaciones del gran H.P. a la historieta.
Tan bien dibuja Tanabe que no me irritó en lo más mínimo que estirara El Sabueso a lo largo de 60 páginas (Lalia la despachó en 14), ni que moviera la ambientación de El Templo de la Primera Guerra Mundial (la que recién había terminado cuando Lovecraft inicia su etapa más prolífica en materia de relatos de terror) a la Segunda Guerra Mundial. El Templo, contada en 62 páginas con poquísimo texto, sí se me hizo un poco pesada, aunque lo interesante es dejarse subyugar, o incluso asfixiar, por el clima que Tanabe va conjurando a través de todas esas secuencias mudas.
El tercer relato, La Ciudad sin Nombre, se desarrolla en sólo 32 páginas y acá Tanabe no tiene mucho margen para tirar magia y probar cosas raras. Es una historia casi sin conflicto, donde el atractivo es cómo exploramos (a través de los ojos del protagonista) un lugar que se va tornando cada vez más imposible, más extraño, más ominoso. Y Tanabe no escatima absolutamente nada a la hora de dibujar decorados complejísimos, paisajes surreales y criaturas asombrosas, siempre a tono con la oscuridad del cuento de Lovecraft. Creo que es la adaptación que más me cerró de las tres.
Recomiendo mucho El Sabueso y Otras Historias a los fans de Lovecraft, y anoto a Gou Tanabe en la lista de los mangakas a seguir hasta el fondo la cripta más nauseabunda.
Salto a Argentina, año 2018, cuando se publica Dora: Malenki Sukole, tercer libro protagonizado por esta heroína creada por Ignacio Minaverry (las reseñas de los Vol.1 y 2, haciendo click en la etiqueta de Dora). Ambientado en Europa entre 1963 y 1964, este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores. ¿Qué nos cuenta Minaverry en estas 120 páginas? Básicamente una historia de verdad, memoria y justicia en la que Dora asume (15 años antes de que existieran en la realidad) el rol de las gloriosas Abuelas de Plaza de Mayo.
Minaverry nos cuenta que (al igual que los genocidas del Proceso) los nazis robaron bebés polacos de las familias judías a las que mandaron a los campos de concentración y los “germanizaron”. Los entregaron a familias alemanas que los criaron como si fueran sus propios hijos, por supuesto ocultándoles su verdadera identidad. Dora descubre que su amiga Lotte es una de estas hijas “germanizadas”, decide contarle la verdad, y le ofrece encontrarse con su verdadera familia (o lo que quedó de ella tras el holocausto). El conflicto es ese, el que conocemos los que seguimos el trabajo de las Abuelas: devolverle la identidad a una chica después de más de 20 años no es algo sencillo, hay un vínculo con sus apropiadores que no se puede soslayar y además insertar a una chica de veintipico en una familia que no la conoce tampoco es una boludez. Pero en Malenki Sukole todo esto se da de modo muy armónico, muy natural, sin que vuele una sola cachetada, sin tiros, ni persecuciones ni escenas más cercanas a una película de espías. Si no fuera porque está todo narrado de un modo muy efectivo, con Minaverry apostando fuerte a emocionar al lector (que puede o no captar la analogía con lo que pasó y pasa en nuestro país), la trama se puede hacer un poco aburrida, sobre todo porque el disparador de la misma aparece recién en la página 27.
Por suerte a Minaverry no se le escapa el hecho de que escribió una novela de 120 páginas de gente hablando (o viajando, o pensando) y se esmera como nunca en el dibujo, que alcanza un nivel realmente extraordinario. Excepto por Lotte (que parece Pepe Sánchez disfrazado de mujer) el resto de los personajes tienen un trabajo exquisito en las expresiones faciales y en el lenguaje corporal. Minaverry va hacia una línea más gruesa, con más presencia de la mancha negra (en parte, me imagino, para suplir la falta de color) y logra una estética que me remitió de inmediato a la de Jacques Tardi. Y claro, a Dora la dibuja mucho más linda que una “chica Tardi promedio”, como si los lápices del maestro francés fueran entintados por dibujantes yankis “de chicas lindas” tipo Terry Dodson, Adam Hughes o Frank Cho. Por supuesto los paisajes, vehículos, peinados y ropa que vemos en Malenki Sukole están milimétricamente tomados de la realidad de 1964, en un laburo de reconstrucción de época tan titánico como el que había mostrado Minaverry en los tomos anteriores. A un comic dibujado a este nivel, ya ni me caliento en pedirle conflictos más explosivos o escenas más impactantes.
¡Volvemos pronto con nuevas reseñas, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados!

martes, 13 de noviembre de 2018

ESSENTIAL MOON KNIGHT Vol.3

Este voluminoso masacote recopila prácticamente todas las historietas protagonizadas por Moon Knight entre 1983 y 1990. No todas, porque para 1990 ya estaba saliendo la serie Marc Spector: Moon Knight, la más extensa de las muchas colecciones encabezadas por el personaje, que aún hoy nunca se recopiló en libro. Pero la historieta que cierra este libro funciona perfecto como epílogo a todo lo anterior, es decir, a la serie original (cuyos últimos siete números abren el Essential) y a la segunda y efímera Moon Knight: Fist of Khonshu, que duró sólo seis números y aparece completa en este libro.
Pero volvamos a 1983, cuando Doug Moench nos regala sus últimas historias de este personaje con el que tanto se identificó. La verdad, son guiones muy flojitos comparados con lo que veníamos viendo en los Essentials anteriores (nunca los reseñé porque los leí antes de empezar con el blog). Pero tienen un ancho de espadas imbatible que son los dibujos de Kevin Nowlan, que en blanco y negro mejoran muchisimo y adquieren sublime majestad. Como el ritmo de producción de Nowlan ya era lento, la revista traía back-ups, a cargo de otros autores. Uno de ellos, “Cancer” (a cargo de Alan Zelenetz y un primerizo Marc Silvestri) está realmente muy bien.
Cuando se va Moench lo reemplaza Tony Isabella, pero sólo por un par de numeritos donde escasean bastante las buenas ideas. Lo mejor es un back-up medio en joda, homenajeando a los comics de la E.C., con dibujos de Richard Howell. Y para los tres últimos números de esta primera serie de Moon Knight, se convierte en guionista Alan Zelenetz, quien tratará de cambiar la onda del personaje: en vez de un justiciero urbano tipo Batman o Daredevil, nuestro héroe ahora se vinculará en asuntos sobrenaturales, siempre repletos de elementos místicos… con resultados sobrenaturalmente espantosos. Su primer número es casi aceptable porque lo dibuja y entinta el gran Bo Hampton, pero ni bien llega un entintador que tapa un poco el trazo de Hampton, Moon Knight se torna ilegible.
Llega entonces el relanzamiento, con un nuevo nº1 y un nuevo rumbo más para el lado del ocultismo. Zelenetz se da el lujo de no darle bola al vínculo entre el protagonista y sus amigos (Marlene y Frenchie) y ningunear por completo uno de los elementos más interesantes, que es el las múliples identidades secretas del héroe. Eso dura cuatro números muy aburridos, dibujados por el correcto Chris Warner y entintados como los dioses por el exquisito filipino Eufronio Reyes Cruz (E.R. Cruz, para los amigos). Y después vienen un unitario escrito por Jo Duffy y otro por Jim Owsley (hoy Christopher Priest), uno más intrascendente que el otro. Y así, en Diciembre de 1985, el Fist of Khonshu se lo meten donde vos te estás imaginando y Moon Knight se queda sin serie propia por varios años.
Pero todavía falta para llegar a aquel unitario de 1990. Primero tenemos una historia de Ann Nocenti y Brent Anderson (a priori, un equipazo) donde Moon Knight y Marlene de nuevo están juntos, para enfrentar a otra amenaza sobrenatural bastante pelotuda. Después, en otra historia corta, Jo Duffy plantea otra aventura con elementos místicos, pero con algo de humor y palos despiadados contra las boy bands chotas tipo New Kids on the Block. Mike Carlin, en poquitas páginas, narra una historia ambientada en New York en la que el héroe reaparece con todas sus personalidades secretas, como si de nuevo estuviéramos en 1983 y Moench fuera el guionista titular. En la siguiente historia corta, en cambio, Moon Knight opera en el área de Los Angeles, sin sus personajes secundarios de siempre, y de nuevo se vincula con la temática sobrenatural. Los textos del maestro Roger Stern son abultadísimos, el dibujo del veterano Bob Hall está bastante bien y la historia se hace cargo (un poquito) del accidentado paso del personaje por la revista West Coast Avengers.
Y después sí, la breve “Old Business”, en la que el cuasi-ignoto Robert M. Ingersoll se anima a ponerle un moñito a toda esta etapa de Moon Knight, barre un poco abajo de la alfombra la faceta mística del personaje para reconciliarlo con la impronta más “batmanesca” y hasta tiene tiempo de presentar a un villano, que nunca más volvió a aparecer. El dibujo de esas 11 páginas es pesadillesco, abisal, un auténtico cáncer de retinas. La gracia está (como ya señalé) en la sensación de clausura, de “fin de una era” que transmite el guión. Si la idea era dejarle la cancha limpita a Chuck Dixon para que jugara tranquilo en la serie que lanzó en 1989, esta historia llegó tarde, pero cumplió su cometido.
Y bueno, faltarán muchos años para que Moon Knight vuelva a protagonizar una serie cuyo atractivo se acerque al de los primeros 30 números de Doug Moench, con lo cual no me duele tanto que no exista un Vol.4 de esta colección. Con los tres tomos que hay, te armás perfectamente la etapa clásica y te quedan sobrando unas cuantas de las historias que componen este Vol.3, claramente el menos imprescindible de los tres Essentials.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la San Luis Comic Con y volvemos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 8 de noviembre de 2018

DOS CORTITAS Y A SAN LUIS

Hoy se me juntaron dos libros de poquitas páginas, de esos que se leen muy rápido.
Empiezo con Mitos, del maestro holandés Dick Matena, un álbum ochentoso que reúne cuatro relatos de 10 páginas cada uno. Los mitos que elige Matena para explorar en estas historias son John Lennon, Marilyn Monroe, Alfred Hitchcock y James Dean, pero lejos de la biografía obvia, el holandés toma a los personajes como disparadores de ideas muy locas.
El mejor guión es, lejos, el de la historia de Hitchcock. Un verdadero mecanismo de relojería, ajustado al milímetro. Pero el de Lennon, sin ser un prodigio técnico, también me resultó muy atrapante. El de James Dean es un poquito predecible (dentro del clima cuasi-onírico que tienen los cuatro relatos) y el de Marilyn está bien, sin ser una genialidad. Subrayo lo del clima: Matena sitúa estas historias en un mundo irreal, un plano dimensional donde todo es icónico, estridente, cacofónico. Los fondos son formas, colores y gente: celebridades, deportistas, figuras vinculadas a la religión o la política, soldados, payasos, tipos y minas que garchan con desenfreno, dibujantes frente a sus tableros… Por ese espacio en constante estado de flujo o de ebullición, transitan los personajes centrales de estas extrañas historias, que eran claramente vanguardistas cuando Matena las creó allá por 1981-82.
Matena plantea las páginas con pocos cuadros, con muchas páginas de tres cuadros y ninguna de más de seis. Eso le permite jugarse la vida en las composiciones, para que todo ese despliegue fascinante de los fondos no le reste claridad a lo que sucede en primer plano con los personajes centrales. Y ahí es donde Mitos tiene todo para ganar: en cómo están compuestas las viñetas, y obviamente ene l trazo claro y potente de Matena. El holandés trabaja sin sombras, con una línea clara (no muy distinta a lo que vimos hace poco en aquel álbum dibujado por Atilio Micheluzzi), que gana peso con el color plano, como le pasaba al trazo ochentoso de Moebius.
No es un libro para pagar caro, porque tiene sólo 40 páginas de historieta. Pero si la idea es conocer a un autor atípico de un mercado atípico (porque convengamos que aún hoy nos cuesta situar a Holanda en el mapa de la historieta mundial), Mitos es una gran incorporación para cualquier biblioteca. Y además tiene la magia de haber sido editado por Toutain.
Este año se recopilaron en un librito casi 80 entregas de El Gordo Sin Remera, la historieta humorística que Juampa Camarda comparte casi todos los días en las redes sociales. Es un formato raro, con planchas cuadradas, a su vez divididas siempre en cuatro viñetas exactamente iguales. Lógicamente, para poder contar mini-historias cómicas en ese formato hay que tener un gran manejo del timing, y sí, Camarda lo tiene. El Gordo Sin Remera, como tantas obras actuales, encuentra la comicidad en el patetismo del protagonista, sin salir de las escenas más básicas de la vida cotidiana: la comida, el trabajo, la relación con la novia, los videojuegos y una perra rompepelotas. Así, sin estridencias ni elementos fantásticos, con un blanco y negro crudo, casi sin fondos, Camarda construye pequeñas joyas minimalistas de gran efectividad humorística.
Buena parte de la gracia reside en los diálogos, que están ajustadísimos, y el resto en el dibujo, que mejora mucho y muy rápido. Cuando van… 10-12 entregas Camarda pega un salto cualitativo en el dibujo que lo pone muy arriba y ahí se mantiene hasta hoy. Lo cual es especialmente meritorio al tratarse de una historieta que no está apoyada en el talento gráfico de su autor sino (como ya dije) en los diálogos, el timing y la construcción de este carismático personaje que seguramente tiene mucho en común con el propio Juampa Camarda.
Si te querés reir un rato y –en una de esas- sentirte identificado con este loser, o si querés sentir ese alivio que produce ver que hay pibes más hechos mierda que uno, asomate a espiar la vida del Gordo Sin Remera, que seguro vas a pasar un buen rato.
Esta noche viajo a San Luis y sí, me llevo un Essential bien power para leer en el viaje. Casi seguro el martes que viene tenemos la reseña por acá. Buen finde para todos y espero encontrarme con todos los que asistan a la San Luis Comic Con.

martes, 6 de noviembre de 2018

MARTES DE CHICAS

Hace bastante que no leo nada vinculado al universo de Fables, pero acá estoy, con In All the Land, la novela gráfica de Fairest, publicada en 2013. Se trata de una historia de 150 páginas escrita por el gran Bill Willingham, en la que participan un montón de dibujantes. La protagonista es Cinderella, la estructura es la de un misterio policial clásico (un whodunnit) y la resolución es excelente. Esos son los puntos a favor.
Pero también tiene varios puntos en contra, a saber: a) está bastante estirada. Esa misma historia se podría haber contado en 90 ó 96 páginas. b) la novela empieza y termina con dos segmentos que no son historieta sino prosa, complementada con ilustraciones de Chrissie Zullo. Nada, no está mal escrita, pero cuando uno compra novelas gráficas es porque prefiere leer historietas, no literatura. c) Para que la novela gráfica conectara mejor con la consigna de Fairest (historias centradas en los personajes femeninos de Fables), Willingham fuerza bastante la trama para que aparezcan muchísimas de estas chicas del universo de Fables, algunas en roles muy poco relevantes.
Entre los dibujantes no hay ninguno demasiado desastroso. Tony Akins lidera, como de costumbre, el ranking de los más crotos. Y entre los que realmente se lucen, entre los que engalanan con su talento las pocas páginas que dibuja cada uno, están bestias sagradas como Gene Ha, Kevin Maguire, Adam Hughes, Chris Sprouse (al que le tocó un segmento magnífico, casi una historieta unitaria independiente metida de prepo en la novela), Phil Noto, Shawn McManus, Dean Ormston, Renae de Liz y por supuesto el glorioso Mark Buckingham, el dibujante titular de Fables. También están Al Davison, Iñaki Miranda y Tula Lotay (por debajo de su nivel habitual), Russ Braun, Ming Doyle (con solo dos paginitas, a mi pesar) y algunos chicos y chicas más a los que no conocía.
En síntesis, In All the Land es una historia entretenida, pensada para darle mucha chapa a Cinderella, que hubiese sido mucho mejor si fueran 96 páginas, todas en forma de comic y todas dibujadas por un mismo artista.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando Camila Torre Notari presenta El Ángel Negro, una especie de novela integrada por capítulos que bien podrían ser una serie de historias autoconclusivas. La autora logra algo bastante difícil de hacer: sin moverse un milímetro del slice of life, sin apelar a ningún elemento onírico ni fantástico, incluso poniéndose a ella misma como protagonista, Camila presenta en cada una de estas nueve historias un auténtico conflicto. Obviamente son conflictos chiquitos, de entrecasa, pero conflictos al fin. Y para cada uno hay un desarrollo y una resolución. Eso es tan infrecuente en la historieta autobiográfica que lo tengo que subrayar y aplaudir de pie.
El Ángel Negro es una historieta acerca del amor por las mascotas, pero no hace falta ser fan de los gatos y los perros para disfrutarla. Torre Notari tiene varios anchos de espadas: por un lado, el truco de ambientar las historias en su casa, con su propia familia y su amigos como personajes principales y secundarios. Para bancar esta decisión hay que ponerle a los relatos una dosis de honestidad muy importante y eso también se agradece. Otro punto que me cautivó por completo es el de los diálogos: acá están –lejos- los díalogos más realistas, mejor sintonizados con el habla argenta del 2018, que leí en mucho tiempo. Increíble el oído de Camila para pescar y reproducir los giros idiomáticos que usamos todos los días. Hay algo más, muy interesante, y es que no se nota un esfuerzo por parte de la autora por resaltar que todo lo que cuenta es verdad. Creo que para la cuarta o quinta página ya no me quedaba ninguna duda de que El Ángel Negro tiene cero ficción, mucha menos que cualquier diario de los que se publican en Argentina. Pero no es un comic documental ni enfantiza todo el tiempo el hecho de no tener ficción.
De la faz gráfica me gustaron mucho la narrativa, el armado de las páginas y el uso de las distintas tonalidades de amarillo. Y el dibujo en sí, un poquito menos. Es funcional al relato, es expresivo, contribuye también a establecer este verosímil tan sólido, pero no es lo que más me llamó la atención. De todos modos, cuando las historias son interesantes y el flujo narrativo está cuidado, el virtuosismo gráfico no es lo más importante.
Recomiendo mucho El Ángel Negro a los amantes del buen slice of life, de los animalitos y de las historietas que no requieren de elementos ficticios para atraparnos.
En una de esas tenemos nuevo post el día jueves… y si no será el martes 13, cuando esté de regreso en Buenos Aires tras un fin de semana en San Luis que promete ser demoledor. Gracias y hasta pronto.