el blog de reseñas de Andrés Accorsi

sábado, 22 de septiembre de 2018

TARDE DE SABADO

Me quiero ir a dormir la siesta, pero estoy esperando a gente que viene a casa a comprarme o traerme libros. Así que para aguantar despierto, me siento a escribir reseñas, y que me interrumpan cuando quieran.
Arranco con una bizarreada: un guionista belga que vive en EEUU arma una serie con un dibujante danés para una editorial francesa y yo consigo la edición británica. Se trata de la bastante reciente World War X, obra del siempre inquieto Jerry Frissen y del imbatible Peter Snejberg, cuyo integral (editado por Titan) conseguí a buen precio el año pasado. La edición es tan buena que ni se nota dónde terminaban los dos primeros álbumes que integran esta trilogía. Se lee como una novela gráfica sin fisuras, casi 140 páginas de palo y palo que avanzan hacia el desenlace sin desvíos ni atajos, sin estirar ni apretar nada.
Frissen no pretende inventar la rueda. Lo suyo es un comic de entretenimiento y alto impacto, una saga de ciencia-ficción que vira hacia la catástrofe cuando unos bichos alienígenas, prisioneros en la Tierra hace millones de años, se liberan y empiezan a destruir todo a su paso. Nada demasiado original, por lo menos en el planteo, pero el belga se las ingeniará para ofrecerle al lector un amplio abanico de emociones, mediante un guión que –a mi juicio, acertadamente- no se concentra tanto en la guerra de humanos vs. aliens. Todo esto tiene una dimensión más terrenal, más personal, incluso más íntima, que es lo que elige priorizar Frissen. Así es como, en medio de esta aventura grandilocuente, lo más importante pasa a ser el desarrollo de un personaje muy bien construído: el científico Adeshi Khan. Hay varios hallazgos más en materia de desarrollo de personajes, sin que eso empantane la acción o le reste espesor a las runflas entre políticos, milicos y empresarios medio turbios que buscan la forma de beneficiarse con el desastre.
También hay elementos místicos, alguna insinuación sexual no muy subida de tono, una versión alternativa de las relaciones entre humanos y alienígenas a lo largo de la historia, una especie de héroe sobrenatural que la pasa bastante mal y una leve trama romántica, que tampoco tendrá un final feliz. Con todo eso, Frissen mantiene el interés del lector y redondea una aventura simple pero no carente de sustento ni de intensidad.
Y por supuesto, World War X juega con ese ancho de espadas que es el dibujo de Peter Snejberg. Inmenso trabajo del Gran Danés, muy bien coloreado por Delphine Rieu (a quien conocíamos como guionista), con una excelente mezcla entre trucos de narrativa franceses y yankis y algunos ajustes en el estilo (las caras de las chicas, por ejemplo) que lo ayudan a parecerse más a un dibujante franco-belga que a Eisner o Corben. Fondos, climas, secuencias mudas, expresiones faciales, diseño de naves y monstruos, secuencias que exigen una vasta documentación histórica, páginas de 10 viñetas… Snejberg sale triunfador de todos esos desafíos. Como los grandes de verdad, bah.
Este año se publicó en Argentina la antología Nueve Dragones, con nueve historias cortas escritas por el (hasta ahora inédito) guionista Ignacio Porto, todas con distintos dibujantes. La verdad que no encontré ningún guión que me volara la cabeza. Me reí bastante con “Atómico”, el unitario dibujado en su estilo más despojado por El Waibe, y me gustaron un par más, pero no al nivel de cerrar el libro, aplaudir un rato y volverlo a abrir. Quizás sea porque no me interesa mucho el tema de los dragones, andá a saber… Lo bueno es que Porto no se centra sólo en eso, sino que utiliza a los dragones para contar historias bastante distintas entre sí, ambientadas en distintas épocas, lugares y culturas.
En materia de dibujantes también hay mucha diversidad, desde el ya mencionado Waibe hasta un clásico Horacio Lalia. Creo que el que más me gustó fue Rodrigo Cardama, un dibujane al que no conocía, que se pone al hombro una historieta muda y la lleva a buen puerto con una solvencia narrativa muy notable y una sana infuencia de David Rubín. También destaco los trabajos de Telémaco (al mismo nivel que le vimos en el libro de Urgh!) y de Beto Ledes, que es el que más se rompió el culo en materia de vestuario, fondos y tonalidades de grises. Ninguno de los dibujantes desentona demasiado, ninguno presenta demasiados aspectos para criticar, pero creo que esos tres son los que más se destacan dentro del conjunto. Veremos con qué nos sorprende Ignacio Porto en su próxima obra, que espero que sea un único relato más extenso (con un solo dibujante), en lugar de una colección de historias cortas.
Sigo avanzando con las lecturas para volver a postear pronto, acá en el blog.

jueves, 20 de septiembre de 2018

SE TERMINA EL INVIERNO

Pero siguen los horrores del neoliberalismo salvaje al que votaron sus propias víctimas. Por suerte tengo mucho material encanutado, como para que no falten lecturas.
Arranco con el último TPB de The Question, el que recopila los últimos seis episodios de la gloriosa serie regular escrita por Denny O´Neil y dibujada por Denys Cowan. Estos no son precisamente los mejores episodios de la serie, pero como O´Neil está decidido a terminarla, sin dudas pasan cosas importantes. El tema es que lo importante pasa mucho por lo emocional, lo cual está muy bueno, pero a O´Neil se le complica equilibrar eso con la machaca, con una aventura en la que el héroe esté en peligro y tenga alguien contra qué pelear. Hay algunos recursos, algunas ideas para que no resulte tan abrupta esta transición de los conflictos físicos a los dilemas éticos, o las decisiones que tienen que ver con los sentimientos… y algunos funcionan y otros no. El final es impredecible, la vuelta de tuerca que pega Myra en la última página es brillante, pero la previa hacia ese final se estira, con apariciones innecesarias de casi todos los personajes que en algún momento integraron el elenco de la serie, y que tranquilamente podrían no estar ahí para atestiguar esa trágica despedida de Vic Sage y su ciudad natal.
En el medio, O´Neil acierta con el primer unitario (el de la demolición), apunta alto pero pifia con el segundo (el del ex-combatiente) y en el unitario más blandito, con una estructura menos copada, presenta a Harold, el jorobado al que luego desarrollará Alan Grant en los comics de Batman. Después arranca la trilogía que desemboca en el final, y lo hace con un episodio realmente flojo, donde encima tenemos a un entintador suplente (Carlos Garzón) que desluce por completo el trabajo de Denys Cowan. En todo ese arco final, como ya señalé, Vic no revolea una sola patada y Cowan está condenado a dibujar casi 70 páginas donde el grueso de las viñetas nos muestran sólo gente hablando. El episodio del medio, donde aparece un impostor disfrazado de Question, tiene alguna piña y varios tiros, pero poco margen para el lucimiento de este dibujante particularmente dotado para las escenas de acción y las artes marciales.
Lo mejor que tiene el final de The Question es que O´Neil no traiciona el espíritu de la serie. Hasta la última escena, mantiene el esfuerzo por provocar al lector, por invitarlo a pensar en esta relación intrínseca y un tanto perversa entre mantener el orden, la paz y la seguridad de un distrito y la compulsión por resolver los problemas (casi siempre de raigambre social) por la vía de las piñas y las patadas. La que sale mejor parada del dilema es Myra, que cree (como O´Neil, supongo yo) que la solución no está en manos (o puños) de los justicieros, sino de políticos que asuman su responsabilidad y dejen la vida por hacer las cosas bien. En el global de los seis TPBs, The Question se la sigue bancando muy arriba, como testimonio de esa revolución de la segunda mitad de los ´80, en la que el mainstream se pobló de excelentes historietas de autor.
Salto a Argentina, a 2018, cuando Diego Arandojo y Hernán González publican Bela (el terror mundo), una breve novela gráfica de un terror más bien psicológico, aunque no escasea en absoluto la sangre. El guión es muy interesante, está pensado en términos muy visuales, el ritmo al que narra Arandojo te logra poner muy nervioso, el final es muy potente… La verdad que con muy poco texto y muy pocos personajes, la trama logra efectos bastante potentes y bastante inusuales.
La lectura se complica cuando González se deja poseer por los demonios de la tinta. Alcanza con mirar las 10 ó 12 primeras páginas para darnos cuenta de que estamos ante un dibujante de gran virtuosismo, con una solvencia técnica impresionante y un notable vuelo plástico. Pero a partir del segundo tercio de la novela, cuando empiezan a pasar las cosas más espesas, el dibujo de González empieza a naufragar en un océano de tinta. Las manchas negras se convierten en lagunas negras, y en un punto se empieza a hacer difícil lo que debería ser lo más fácil: decodificar qué carajo está pasando en cada viñeta. Las secuencias están bien armadas, la puesta en página ofrece variantes muy atractivas, el clima es el adecuado, pero el dibujo en sí, el aspecto morfológico del dibujo, se hace muy confuso, requiere demasiado esfuerzo por parte del lector, y termina por distraernos de lo más interesante que tiene Bela, que es este conflicto sobrenatural jodido, exasperante.
Con otra estética, quizás incluso con a misma estética que le vimos en Hellhound on my Trail (reseñada el 23/12/17), me parece que González podría haber logrado que la faz gráfica se ensamblara mucho mejor con la propuesta narrativa de Arandojo. Una pena.
Y bueno, nada más por ahora. Sigo leyendo material para volver a postear pronto. Y si el domingo a la tarde no llueve, nos vemos en la Plaza del Lector, en la Fiebre del Libro, la feria que organiza la Biblioteca Nacional acá en Buenos Aires.

martes, 18 de septiembre de 2018

MARTES PRIMAVERAL

Hermoso día en Buenos Aires, que coincide con un ratito libre para reseñar un par de lecturas recientes.
Allá por 2003, el sello Dolmen retomó la publicación en España de Jeremiah, la exitosa serie del maestro belga Hermann, que en los ´80 se había publicado en nuestro idioma de un modo un poco errático. Dolmen se manda con una edición espectacular… del Vol.20 de la serie. Y no, no es un “punto de entrada” para nuevos lectores. Hermann no recapitula nada, no dedica ni dos viñetas a explicar quiénes son los protagonistas, por qué hacen lo que hacen, por qué el mundo en el que se mueven está tan cambiado respecto del nuestro… O sea que si nunca habías leído un álbum de Jeremiah (o sí, pero 20 años atrás, como en mi caso) hay muchas cosas que no se terminan de entender.
Y no tengo mucho más para criticarle a este álbum de Jeremiah, en el que Hermann construye una trama muy atractiva, hace buen uso de esta ambientación un tanto extrema, presenta muy buenos personajes secundarios (que dudo que vuelva a utilizar más adelante) y nos conduce a muy buen ritmo a una resolución potente, no exenta de una cierta ironía, que a mí me hubiese gustado ver desplegarse a lo largo de un par de páginas más. Pero de jodido que soy, nomás, para regodearme un poco más en la derrota de los villanos, a los que Hermann nos presenta como unos avechuchos definitivamente irredimibles.
En una aventura clásica franco-belga, con un héroe joven, atlético y fachero, el virtuosismo en el dibujo no es algo fundamental. Puede estar, y si no está, no pasa nada. Pero este es un comic de Hermann, con lo cual la maestría del belga a la hora de ponerle imágenes a su historia es lo que más llama la atención. Inevitablemente, uno termina babeando frente a ese trabajo en los fondos, a esa tridimensionalidad que le pone Hermann al manejo de los planos (sobre todo en las viñetas más grandes)… Las secuencias están perfectamente armadas, las páginas con mucho texto se hacen sumamente llevaderas y por si faltara algo, el ídolo le mete a todo el álbum ese color directo tan característico de sus trabajos recientes. Un color sutil, vibrante, perfectamente pensado para acentuar los climas del guión, con el que Hermann resuelve todos los desafíos en materia de iluminación. No creo que nunca complete los más de 30 álbumes que tiene la serie de Jeremiah, pero como soy muy fan de Hermann y lo encontré muy barato, este tomo se suma a mi colección de buenas aventuras firmadas por el maestro. Por suerte, en el pilón de las lecturas pendientes tengo más material de Hermann.
Este año se editó en nuestro país 155 Simón Radowitzky, la novela gráfica que marcó el regreso a la historieta (después de demasiados años) de Agustín Comotto, autor argentino radicado en Cataluña. Sí, tal como te imaginás, se trata de la biografía de Simón Radowitzky contada en forma de una extensa historieta de unas 240 páginas. Y no, no te imaginás lo buena que está.
Yo sabía muy poco de la vida de Radowitzky. Para mí era “el anarquista judío que mató a Ramón Falcón”. La obra de Comotto me sumó toneladas de información que yo desconocía, y dotó al personaje de una enorme profundidad. De la mano de Comotto, Radowitzky trasciende las fronteras del héroe, del villano, del mito, para convertirse en una persona, compleja y fascinante, pero tan real como cualquiera de los lectores.
El único problema que tiene 155 es que es una historia muy triste, y cuando una historia triste está bien narrada, no hay forma de que la sensación de tristeza no invada al lector. El tono intimista que elige Comotto se tiñe gradualmente de desesperanza, y lo que podría haber sido una epopeya, o un canto al aguante y la resistencia, resulta ser una tragedia, donde incluso los momentos más favorables a Radowitzky y su causa están impregnados de nostalgia, de padeceres y sueños rotos.
Luego de tantos años alejado de la historieta, Comotto no perdió en absoluto la magia a la hora de dibujar. De hecho, no recuerdo trabajos suyos dibujados a este nivel. Y en la narrativa, se lo ve un poco retro, muy clásico para ser un autor que inició esta obra a los 47 años. Me da la sensación de que Comotto “se casó” con los referentes de cuando éramos pibes (noto, por ejemplo, ciertos yeites típicos de Carlos Sampayo), lo cual no está para nada mal, aunque quizás eso le reste atractivo a la obra a los ojos de los lectores más jóvenes… que igual no creo que sepan quién fue Radowitzky, ni les interese demasiado la vida de un anarquista revolucionario que vivió en la primera mitad del Siglo XX.
Claramente esta es una historieta apuntada a un público adulto, cuyo atractivo pasa por un dibujo sobrio, no exento de cierto vuelo poético, una narrativa muy ajustada en la que no hay escenas ni estiradas ni apretadas, y una temática siempre vigente como es la del rebelde que decide confrontar con el sistema, impulsado por un ideal de justicia y libertad para las mayorías. La historia de Radowitzky es conmovedora, inspiradora, y la amargura que me hizo sentir está más que compensada por la alegría que me da tener a Agustín de nuevo activo como autor de historietas, de nuevo dispuesto a hacer lo que mejor hace, que es poner su talento para el dibujo al servicio de buenas historias.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 14 de septiembre de 2018

DOS RESEÑAS Y A RETIRO

Otra vez me toca escribir para el blog durante la previa a un viaje, esta vez a un evento con sede en la ciudad uruguaya de Paysandú, donde no estuve nunca.
Arranco con un extraño tomo publicado por DC en 2003, que recopila historietas realizadas entre 1992 y 1994 para la Judge Dredd Megazine. Extraño porque parece estar centrado en Devlin Waugh, pero incluye una historia de 85 en la que este personaje no sólo no es el protagonista, sino que entra en escena recién en la página 51. Pero bueno, quizás el criterio para hacer encajar esta aventura de Judge Dredd conocida como “Fetish” sea que está escrita por John Smith, el guionista de todas las apariciones “solistas” de Devlin Waugh que completan el tomo.
La verdad que las aventuras en sí son tirando a chotas. A veces son demasiado burdas y otras veces, tan retorcidas que cuesta entender qué carajo está pasando. El fuerte de John Smith en esta serie son los diálogos (afiladísimos) y la construcción del personaje de Devlin Waugh, que resulta un hallazgo al borde de la genialidad.
Waugh es un investigador de casos paranormales que trabaja para el Vaticano. Es británico, vampiro y abiertamente homosexual. Tiene el lomo de Schwarzenegger, fuma con boquilla como Guillermo Nimo y es un amante del arte, la belleza, el buen vino y los chongos, un bon vivant no-muerto, que puede atravesarte la yugular con los colmillos y comerte vivo, o invitarte a compartir un té y hablar de moda, poesía o artes plásticas. Por supuesto, Smith lo plantea como un personaje elitista, soberbio, pomposo… y le saca un jugo exquisito a su contrapunto con Judge Dredd, sobre todo en la historia corta titulada “Brief Encounter”.
Esta breve comedia y la primera aventura de Devlin (Swimming in Blood) cuentan con los dibujos del maestro Sean Phillips, cuando todavía trabajaba a color directo. Lo que mejora Phillips entre la primera historia (de 1992) y la segunda (de 1993) no tiene nombre. La anatomía, los rostros, la narrativa, el color… todo se ve mucho mejor en “Brief Encounter”. Para dibujar “Fetish”, Smith recluta a Siku (pseudónimo de Ajibayo Akinsiku), un dibujante africano que capta perfectamente la atmósfera de su continente, pero que es un clon muy evidente de Simon Bisley, al que le copia hasta los errores. El dibujo de Siku tiene un impacto arrollador, y también muchos tropiezos en la narrativa, sobre todo en los primeros episodios. La cuarta historia, ambientada en Arabia, es en blanco y negro, tiene un guión bastante redondito y está dibujada con notable soltura por Michael Gaydos, en un nivel asombroso. Después hay un par de cuentos, en prosa, con hermosas ilustraciones de Phillips, pero no los leí.
En general, el balance de más de 220 páginas me da más raro que bueno, pero entre Sean Phillips y Michael Gaydos juntan los puntos que necesita Devlin Waugh para ganarse un lugar en la biblioteca de cualquiera que busque explorar los rincones menos obvios del universo de Judge Dredd y la 2000 A.D..
Me vengo a Argentina, a 2018, para hablar maravillas de Bosqueblanco, la entrega más reciente de Bosquenegro, la serie que Fernando Calvi escribe y dibuja pensando en los más chicos. Sin dudas es la historia más dramática, más terrible para las criaturas de este bosque, pero Calvi la saca adelante con un sentido del humor cálido y eficaz, y con un mensaje de esperanza, de que todo lo que se rompe se puede arreglar, porque siempre que nevó, paró. Por supuesto hay algún guiño a la nevada de El Eternauta y unos cuantos a los comics de superhéroes, ya que –en su segunda mitad- Bosqueblanco se convierte en una especie de crónica de las asombrosas hazañas de una guerrera gigante que se come la trama con su carisma, su onda y su actitud positiva frente a todo tipo de adversidades.
El dibujo de Calvi es fascinante, plástico, vibrante, con mucho énfasis en el lenguaje corporal de los personajes y un coloreado exquisito, puesto en función de la narrativa. Por momentos, en el tramo protagonizado por la heroína extra-large, el dibujo parece una cruza alucinada entre Miguel Calatayud y John Buscema. La fuerte presencia de una guerrera grandota lo lleva naturalmente a Calvi a probar con algo que no se veía mucho en las entregas anteriores de Bosquenegro: las splash pages. Y en ese rubro Calvi también se luce con composiciones en las que combina espectacularidad y belleza.
Bosqueblanco es una historia acerca de resistir con aguante cuando parece que todo se va a la mierda, narrada con la claridad, la onda y la originalidad de un artista increíble, que atraviesa un momento mágico y al que todo lo que intenta le sale obscenamente bien.
Habrá más reseñas la semana que viene, acá en el blog. Buen finde para todos.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

MIERCOLES DE MUJERES

Por fin tengo un rato para escribir reseñas…
En 2016, y después de mucho franeleo previo, Grant Morrison nos obsequió su versión de Wonder Woman, como parte de la línea Earth One. La novela gráfica me generó una enorme expectativa, porque soy fan del Genio de Glasgow, de Wonder Woman y de Yanick Paquette, el dibujante elegido para ponerle imagen a las ideas de Morrison. Esta vez, el resultado no estuvo a la altura de la expectativa. Los dos primeros tercios de la novela (unas 70 páginas) nos cuentan el origen de Wonder Woman, básicamente la historia que ya nos sabemos de memoria, con mínimas modificaciones y con bastante habilidad por parte del guionista para no dejar nada afuera: ni los elementos bizarros de la versión original del personaje (el rayo púrpura, el barro que cobra vida, el avión invisible, el torneo entre las Amazonas, etc.) ni los que se sumaron en tiempos más recientes (el rol de Heracles, la mayor integración de elementos mitológicos, la total naturalidad de las parejas lésbicas entre las súbditas de Hippolyta). A Morrison se le ocurre estructurar gran parte de la novela como si fuera un juicio, lo cual permite la entrada y salida de personajes que aportan sus testimonios a modo de flashbacks, para que dilucidemos junto con los protagonistas qué eventos llevaron a Diana a estar prisionera (atada con cadenas, típicas de los episodios de la Golden Age) en su propia tierra.
En el último tramo la novela mejora considerablemente y empiezan a pasar cosas que no estaban en el marco de lo obvio. Paradojas del destino, el personaje que más onda le insufla a la novela es Etta Candy, quien en las historias clásicas era un lastre, un personaje que quería ser simpático y resultaba insufrible, casi peor que Jimmy Olsen. Y el pobre Steve Trevor (en esta versión un milico afroamericano) aparece muchísimo pero se luce muy poco. Con el verdadero rol de Diana revelado y con una excusa bastante coherente para que la princesa amazona interactúe con el mundo patriarcal, Morrison dice “hasta acá llegamos” y cierra este primer episodio de modo bastante decoroso.
Paquette, por su parte, se queda a mitad de camino. Arranca a un nivel glorioso, sorprende con el diseño de las páginas, con esas viñetas ornamentadas y desplegadas casi con la calidad de J.H. Williams III en Promethea, pero pasada la página 16 entra en la modalidad de mezquinar horrendamente los fondos y repite mucho el plano general en el que las (bellísimas) mujeres aparecen de cuerpo entero mirando a cámara. En realidad son unos cuantos los planos que se repiten mil veces a lo largo de la novela y si bien hay momentos de más riesgo, o de más impacto, la sensación que me queda es la de un dibujante decidido a apostar a lo seguro, a no complicarse la vida y a complacer a los fanáticos de lo que los yankis llaman “good girl art”. Una pena, porque Paquette demostró que está para más, que tiene talento de sobra para aspirar a metas más ambiciosas que clonar correctamente a Frank Cho. Sin dudas esta primera novela me copó menos de lo que esperaba, pero todavía hay margen como para (eventualmente) darle una posibilidad al Vol.2.
Tarde pero seguro, me toca empezar con el material argentino publicado en 2018, y en este caso es un librito de humor gráfico, donde hay poca narrativa secuencial. La poca que hay está lastrada por la decisión de la autora, Tiana, de pensar todas las viñetas del mismo tamaño. De hecho, TODA su producción parece ser del mismo tamaño y en el librito algunas viñetas aparecen de a cuatro por página y otras a página completa. Pero sospecho que Tiana realizó estas viñetas para la web y ahí aparecieron todas en un mismo tamaño.
Por suerte me encontré con un dibujo muy logrado, obra de una autora sumamente afianzada en un estilo, con algún problema menor en las viñetas en las que los fondos son muy oscuros, que quizás se deba a un malentendido de la imprenta. Y lo más interesante: este dibujo plástico, amistoso, de fácil comprensión, casi icónico, está puesto al servicio de chistes realmente graciosos, que funcionan muy bien. Tiana juega al stand-up comedy con reflexiones agudas sobre temas cotidianos (muy apuntadas al target de mujeres de 25-35), pero también aborda temas como las redes sociales, los juegos de palabras (sumamente ingeniosos) y el humor nerd, con chistes que van de Star Wars y la Liga de la Justicia a Game of Thrones, Mario Bros., Alf o el dinosaurio Barney, sin dejar de lado todo tipo de vampiros, robots y alienígenas. O sea que me gustó mucho el dibujo y me reí bastante, dos puntos cruciales a la hora de evaluar un libro de humor gráfico. Si aparecen nuevas recopilaciones de chistes de Tiana (sobre todo de una sóla viñeta), cuenten conmigo para comprarlas.
Y no hay nada más, por ahora. Creo que este finde estoy en Paysandú, Uruguay, así que no sé si voy a poder postear en breve, o recién la semana que viene. Muchas gracias a todos los que se acercaron a saludarme en el FIC de Santiago de Chile y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LUNES FINOLI

Bueno, no sólo tuve un rato para leer un par de libros y reseñarlos, sino que además me tocaron dos obras muy logradas. Vamos a repasarlas.
Pixu es una novela gráfica de terror, realizada a ocho manos por los gemelos fantásticos Gabriel Bá y Fábio Moon, junto al griego Vasilis Lolos y a la italiana Becky Cloonan. Con el correr de las páginas, logré deducir qué secuencias dibujó cada uno, pero hay un guión, y sospecho que fue escrito entre los cuatro. Tampoco es lo más importante. La historia está totalmente basada en el clima ominoso, en la forma en que la tensión sube viñeta a viñeta. No son tan relevantes los diálogos, los personajes están definidos con pocas pinceladas y nadie se calienta por darle una explicación detallada a los fenómenos paranormales que presenciamos. Lo realmente relevante es el suspenso, es ese in crescendo cada vez más retorcido, más descontrolado, que sabés que va a terminar muy mal pero igual te cautiva.
Hay una casa con varios departamentos, una especie de entidad sobrenatural oscura que crece, y los cuatro autores se dedican a entrelazar sutilmente las historias de los distintos vecinos, a la sombra de esta amenaza que crece y corrompe todo. Pixu avanza hacia un festival de imágenes truculentas, en las que las sombras y el fuego se devoran a los personajes que llegan vivos hasta el final. Te imaginarás que eso le da a los autores mucho margen para lucirse con el dibujo, siempre jugados a un blanco y negro muy potente, muy expresivo. En general, los mejores dibujos aparecen en las secuencias a cargo de los gemelos brazucas, pero Cloonan también ofrece momentos de alto impacto, con un gran trabajo en los grises y con una notable evolución respecto de aquella Cloonan de American Virgin.
Si te gustan las historias de terror inquietantes, jodidas, donde la atmósfera se enrarece hasta asfixiarte, sin dudas Pixu se va a convertir en una de tus favoritas. Y si seguís a muerte a Bá y Moon, acá los vas a ver tirar magia con la elegancia y la calidad de siempre.
Desde aquel lejano 27/02/13 tenía abandonada a Los Centinelas, la magnífica serie de Xavier Dorison y Enrique Breccia. Hoy me toca abordar el Vol.4, publicado en Francia en 2014 y en España en 2016. Al igual que en el tomo anterior, acá Dorison hace los deberes en materia de rigor histórico: a pesar de los elementos fantásticos, la Primera Guerra Mundial de Los Centinelas no se despega demasiado de la real. Otro punto que destacamos en la reseña del Vol.3 y hay que volver a destacar es el desarrollo de los villanos por parte del guionista. De hecho, el personaje menos desarrollado es el héroe, Cortahierro, porque los otros “buenos” (Djibouti y Pegaso) también tienen sus momentos para brillar y para ganar carnadura y profundidad.
La aventura en sí también es atípica, porque en esta misión los Centinelas fracasan, y si bien venden cara la derrota, se van con una patada en el orto y con un tendal de muertos en ambos bandos. Dorison no escatima en crueldades y atrocidades para con los personajes ni para con los soldados y civiles que los rodean: en Los Dardanelos hay hambre, sed, dengue, sangre y muerte para todos. Y también hay en ambos bandos coraje y dignidad. Los alemanes de la Primera Guerra Mundial todavía no eran nazis, y Dorison aprovecha para mostrarlos como seres humanos con luces y sombras, no 100% irredimibles. Y los turcos, que juegan de locales, aparecen como personajes más turbios (con el genocidio armenio como trasfondo) pero tampoco definitivamente malos.
El dibujo de Enrique es (obviamente) extraordinario, aunque con un manejo del color un poco fluctuante, con momentos gloriosos y otros que parecen más… acelerados. Pero la base está: composición, lápiz, tinta, los fondos, los uniformes, el armamento, hasta el clima asesino del estrecho de los Dardanelos cobra vida de la mano de Enrique. Al igual que en el Vol.3, me sorprende muy gratamente ver a Breccia dar cátedra en esa materia a la que siempre le escapó, que es la de los cuerpos en acción. Acá abunda la violencia física, y el hijo de Dios pone todo para que nunca falten el dinamismo, el impacto e incluso el gore de las grandes batallas. Belleza y brutalidad van de la mano, en otro trabajo memorable de Enrique Breccia.
Y ahora sí, no más reseñas hasta la semana que viene. Si estás en Santiago de Chile, no dejes de darte una vuelta por el FIC entre el viernes 7 y el domingo 9, que la vas a pasar genial. Gracias por el aguante y hasta pronto.

sábado, 1 de septiembre de 2018

SABADO EN BUENOS AIRES

Lindo sábado acá en casa, último por un tiempito, porque el finde que viene estoy en Chile y el siguiente en Uruguay.
Hora de reencontrarme con el maestro Usamaru Furuya, de quien reseñé una sóla obra, allá por el 25/04/13. Esta vez me toca abordar Happiness, un tomo de historias cortas realizadas por este magnífico mangaka entre 2003 y 2006. La temática común en las ocho historias son los jóvenes a la deriva, chicos y chicas a los que la vida los cagó bastante y se las rebuscan como pueden para seguir adelante en el colegio, en el trabajo, o en las márgenes de una sociedad a la que le chupa un huevo si logran realizarse como personas o no. Las dos historias más flojitas son las dos primeras (la segunda es particularmente decepcionante) y después el nivel empieza a subir hasta llegar a la historia más extensa, La Habitación de las Nubes, que es una verdadera maravilla. Profunda, arriesgada, emotiva, original… todo lo que tiene que tener una historia para ser memorable, lo pone Furuya en estas 60 páginas. Y las dos historias con las que cierra el tomo también son buenísimas, si bien el final de la último (Under-Doll) no me terminó de convencer.
Con mínimos toques de fantasía, Furuya narra historias fuertes, muy centradas en los vínculos, en las que siempre hay lugar para algún exceso, alguna bizarreada que suele tener que ver con perversiones sexuales, exabruptos de violencia, alucinaciones o fantasías eróticas fuera de control. Todas las virtudes que pueden apreciarse en el trabajo del autor llegan a su punto más alto en La Habitación de las Nubes: la creación del suspenso, el desarrollo de los personajes, los coqueteos con la psicología, la bajada de línea social, la incorporación del romance y de cierto vuelo poético a situaciones que parecen girar en torno a la vida cotidiana, y por supuesto el gran laburo en los fondos, en la aplicación de las tramas de gris y en las expresiones faciales. Visualmente, Happiness se parece poco a Lychee Light Club: casi no hay violencia, la acción es mínima, no hay gore, el clima que domina las historias cortas no es ni a palos tan ominoso… Si venías muy cebado con aquella obra, en esta vas a encontrar algo totalmente distinto, y en varios aspectos mejor, porque acá Furuya logra seducir sin caer en estridencias ni en shocks brutales.
Sigo buscando obras de Usamaru Furuya para sumar a mi biblioteca, porque realmente en sus mangas encuentro cosas que no veo en los de otros autores y que me resultan sumamente atractivas. Furuya es tan grosso que hasta logra sorprender y cautivar con historias protagonizadas con chicas de escuela secundaria que se enamoran de pelotudos, pero además le sobran la jerarquía y los huevos para ir mucho más allá.
Allá por el 26/07/17 me tocó reseñar Femme, una novelita en la que descubrí el talento para los diálogos del guionista Matías Di Stefano. Hoy, en cambio, tuve la oportunidad de leer 31/12 otra novela muy breve (menos de 48 páginas) en la que Di Stefano no sólo escribe sino también dibuja. Y de nuevo caigo en la misma reflexión: el nivel en los diálogos es excelente. Una pena que en los globos haya algún error de ortografía y cero criterio en el uso (bastante escaso) de los signos de puntuación. Porque de verdad, estamos ante un autor con un manejo del diálogo sumamente afianzado. La historia en sí es como una mini-road movie, protagonizada por una chica que el 31 de Diciembre se va de su casa, vive varias peripecias dentro y fuera de su ciudad (algunas generadas por casualidades cuya improbabilidad se lleva puesta al verosímil) y finalmente regresa, para reencontrarse con su familia y putear porque toda esta odisea no le dejó ninguna moraleja.
Fuera de la forma en que Di Stefano hace añicos el verosímil, el resto está bastante bien. El ritmo es atractivo, el personaje central es interesante, hay un mensaje no muy obvio acerca de ciertos aspectos sociales… la verdad que es una lectura dinámica, livianita pero llevadera. El dibujo es correcto, con una estética que me hizo acordar a la de Federico Baert, otro autor integral que en un momento se convirtió en guionista, que además es oriundo de San Nicolás, donde (si no me equivoco) vive Matías Di Stefano. El librito está publicado en blanco y negro, mientras que la serialización previa se realizó en la web, a todo color. Claramente me gustó más a color que en blanco y negro, pero el paso de los colores a grises en el libro está bien logrado, no es un empaste asqueroso ni mucho menos. No me imaginaba que, además de guionista, Di Stefano fuera autor integral, así que en general, 31/12 resultó ser una grata sorpresa.
Y ahora sí, creo que no me queda sin leer ningún libro de autores argentinos editado antes de 2018. Bueno, sí, el hiper-masacote que recopila todo Alack Sinner, pero ese lo voy leyendo muy de a poquito, para que dure y para que no me detone totalmente las neuronas. La semana que viene voy a estar bastante enquilombado entre las Jornadas de Historieta en la Universidad de Palermo y el viaje a Chile, así que no quiero prometer mucho en materia de posteos. Por si no llego a postear de acá al martes, aprovecho hoy para desearles a todos un muy Feliz Día de la Historieta.

miércoles, 29 de agosto de 2018

MIERCOLES NEGRO

Racing pierde por goleada, el dólar pasa los $ 34 y el cambio de temperatura me produce una congestión nasal espantosa. Día horrible para estar vivo, pero bueno, vamos a tratar de olvidarnos de todo reseñando unas historietas.
Sigo avanzando con el material argentino aparecido en 2017 que se me había pasado y llego al Vol.3 de Artemis, la serie de aventuras creada por Ariel Grichener y Guillermo Villarreal. Y bueno, me convenció un poco menos que las entregas anteriores. Hay algunos errores en los textos (faltas de ortografía, espacios y letras que faltan), tipografías muuuuy chiquititas, los diálogos siguen sin gustarme y la trama tampoco me pareció tan sólida como en las entregas anteriores. Uno supondría que con el correr de los episodios, el guionista se va a animar a meterles más profundidad a los personajes, pero la verdad es que eso no sucede. Así es como todo se limita a la machaca, en la que obviamente al final van a ganar los buenos, con costos muy baratos en proporción a la magnitud del adversario.
El dibujo de Villarreal sigue firme en ese estilo derivado de Joe Madureira y otros dibujantes de línea cool tan típicos del comic yanki de los ´90. Me gustan cada vez más las caras de Villarreal, pero cada vez menos los personajes de cuerpo entero. Y en esta entrega, los fondos escasean bastante. Eso, sumado a la línea clara, prolijísima de Villarreal, pide a gritos ser coloreado. Así, en blanco y negro, me dejó satisfecho hasta por ahí nomás. De todos modos, el dibujo calza perfecto con el estilo de la historia y la narrativa fluye bastante bien. De nuevo me cuesta recomendar esta saga a los que no son fans a muerte de las historietas de acción, machaca y epopeya tecno-medieval.
Me voy más para atrás, a principios de este milenio, para sumergirme en el Vol.4 de Promethea, la obra maestra de Alan Moore y J.H. Williams III. En este tomo, Promethea pega un volantazo importante: en sus tres primeros cuartos, Moore lleva al extremo la idea de que este comic sea ante todo un viaje, una exploración, una travesía por el mundo de la Inmateria, donde existen (y Moore explica detalladamente) un montón de conceptos sumamente elevados, complejos, difíciles de imbricar (con perdón de la palabra) con un relato de aventuras. Acá se termina este extenso tramo de la obra en la que prácticamente no hay conflictos. El regreso de Sophie a New York poco antes del final del tomo cambia todo, y activa -por fin- un clivaje fuerte, en este caso con Stacia, su amiga, a quien ella designó como su reemplazante. Y este último cuarto, el de las dos chicas en pugna para ver quién queda como la Promethea titular, nos muestra a un Moore menos didáctico y más práctico, más dinámico, aunque sin jugarse todo a la machaca.
El resultado es realmente fascinante. Cerré el libro diciendo “quiero tomar de la misma que toma Alan Moore”. No sé si esta es la mejor obra en la formidable carrera del Mago, pero claramente es de las más originales, las más asombrosas, donde más veces te deja estupefacto, atónito, boquiabierto. Desde el concepto general de la saga hasta detalles mínimos como la letra de la canción que canta la banda en el último episodio, Moore juega todo el tiempo a subir su propia apuesta, a correr todo el tiempo el límite de lo que se puede hacer en un comic supuestamente enrolado en el género de los superhéroes. Una apuesta muy zarpada, en la que los que más ganan son los lectores.
Y bueno, del dibujo de J.H. Williams ya hablé bastante en las reseñas de los tomos anteriores, no me quiero repetir. Lo mejor es que, al igual que el Mago, el dibujante juega todo el tiempo a sorprender al lector, a detonarle las retinas con puestas en página, composiciones, efectos, técnicas y recursos narrativos que nunca antes habíamos visto. Llega un punto en que el trabajo de Williams III deja de ser historieta y pasa a ser gloria en estado puro, algo totalmente trascendental, inclasificable, inabarcable. Sin dudas, acá hay un antes y un después, un quiebre grosso, un salto cualitativo apabullante en la historia del comic.
Quedaron cortas las reseñas, pero bueno, la congestión me da dolor de cabeza y no tengo muchas ganas de seguir escribiendo. Ojalá mañana me arreglen mi computadora, así vuelvo a grabar videos para YouTube y a subir más contenidos al sitio de Comiqueando. Por ahora, el tiempo que no uso en esas tareas lo dedico a leer comics, así que es muy probable que vuelva a postear reseñas muy pronto, acá en el blog.

lunes, 27 de agosto de 2018

HOY, TODO ARGENTINO

Justo se dio la casualidad de que en mi pilón de “álbumes europeos” el de arriba de todo es una obra de un autor que vive en España hace mil años, pero que no se puede sacar del DNI el “nacido en Mendoza, República Argentina”.
Me refiero al maestro Juan Giménez, autor de la trilogía Yo, Dragón, cuyo tercer y último tomo me leí en una terminal de micros el otro día. El Vol.2 de esta saga lo leí el 29/04/14, con lo cual me acordaba bastante poco de la trama. Así es como la primera mitad de este álbum me resultó un poco ardua, un poco confusa. Influye también el criterio de Giménez para clavar los flashbacks (ninguno demasiado importante) en momento que no sé si eran los ideales, y por supuesto me complicó la vida el hecho de que este tramo final entrelazara los destinos de tantos personajes. Ya en la reseña del Vol.2 me habían hecho ruido los flashbacks y la forma en la que el elenco se expandía más allá de los requerimientos de la trama y en este tramo final eso se sufre un poco más.
De nuevo (como en el Vol.2), la segunda mitad del álbum se me hizo mucho más llevadera, y me pude conectar mejor con los personajes. De todos modos, siento que con un elenco más acotado, Giménez podría haberles dado más profundidad, más sustancia a cada protagonista. El tema de que haya un par de mujeres con el poder de transformarse en dragones no está del todo aprovechado, al igual que el personaje de Monseñor Fabián, que pintaba para villano grosso y termina por cumplir un rol bastante prescindible.
Entre toda esta madeja de venganzas, premoniciones, filiaciones sorprendentes, intrigas palaciegas y viejas facturas vencidas que se cobran con cuantiosos intereses, brilla con fulgor incandescente el dibujo de Juan Giménez. Bello, potente, elaborado, funcional al relato, con un color glorioso y un trabajo brutal en fondos y vestimenta, todo lo que surge del lápiz y los pinceles del maestro mendocino está pensado para cautivar al lector y premiarlo con unas maravillas gráficas que muy pocos historietistas le pueden ofrecer. Yo, Dragón no califica para obra maestra por esos altibajos en el guión, pero a nivel visual es un testimonio más que elocuente de la vigencia sempiterna de este genio del dibujo y la ilustración llamado Juan Giménez.
Otra obra de autores argentinos publicada en 2017 que me había quedado en el tintero es Alud, una novela gráfica de Cristian Blasco y Pablo Burman, los autores de Infestado, aquel librito de historias cortas reseñado el 11/12/16. A lo largo de 58 páginas, el guionista cordobés y el dibujante porteño abordan dos tópicos muy frecuentes en la historieta de aventuras: una sociedad distópica (tema que está muy de moda, por cierto) y un pibe común, que no tiene idea de nada, y un día descubre que su padre fue un muuuuy grosso… algo, y se convence de seguir sus pasos e incluso de llevar más allá la cruzada de su padre en pos de… algo. El famoso viaje iniciático tomará la forma de una quijotada épica en la que Charlie, como Chiquito Romero contra Holanda, se va a convertir en héroe.
Contado así, el argumento parece adolecer de una cierta falta de originalidad, pero a) no es tan así y b) Blasco ya demostró que incluso partiendo de premisas ya bastante transitadas puede llegar a resultados atractivos y sorprendentes. Me parece que el logro más notable de Alud es cuándo y cómo elige Blasco revelarnos la verdadera historia del padre de Charlie. El desarrollo en sí, el devenir de la aventura, es atrapante, convincente, pero el vuelo, la estocada de genialidad está (para mi gusto) en ese pase mágico con el que el guionista revela todo ese pasado oculto, que persiste en la memoria de pocos pero que le puede cambiar el futuro a muchos.
Y el dibujo de Burman… me sigue pareciendo muy raro. Impactante, muy original, y a la vez muy retorcido, muy idiosincrático, sin la voluntad de hacer ningún tipo de concesión para con el lector que quiere que le cuenten la historia de un modo cristalino, fácil de decodificar. Es una estética muy elaborada, muy sobrecargada, con una mezcla de técnicas de entintado de la que pocos dibujantes salen bien parados, y a la vez con mucha atención por los climas, por apuntalar desde lo visual las sensaciones que transmite el guión. Los personajes rara vez conservan los mismos rasgos faciales de una secuencia a otra, y la corrección anatómica no es ni a palos una prioridad para el dibujante. Me imagino esta historia en manos de otro dibujante y creo que podría haber funcionado mucho mejor con otra estética, con un dibujante que -por ejemplo- trace líneas rectas cuando aparecen carteles electrónicos en la ciudad futurista… Pero por otro lado creo que los excesos gráficos de Burman constituyen un ejercicio de sana libertad, de ganas de hacer las cosas distinto, de no ceñirse a modelos preexistentes, y además no llegan nunca a convertirse en un obstáculo para el disfrute de la trama. Si los saltos al vacío de este virtuoso pero extraño dibujante no te ahuyentan, estoy seguro de que Alud te va a resultar una muy rica lectura.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la Pergamino Comicon, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 24 de agosto de 2018

VIERNES COMPLICADO

Otra vez tengo problemas con mi computadora y estoy trabajando en una prestada. Esta noche no tengo joda nocturna, porque mañana muy temprano viajo a Pergamino, a participar de la Pergamino Comicon, que tiene una pinta espectacular.
Me voy a 2015, cuando se edita Caza Mayor, una “novela gráfica” que combina textos de Javier Chiabrando y dibujos de Nicolás Brondo. Las comillas vienen a cuento de que no es una verdadera novela gráfica, sino un cuento, una obra literaria de Chiabrando, re-armada para ocupar alrededor de 100 páginas, mezclada con dibujos, viñetas y unas poquitas páginas dibujadas por Nico Brondo. El cuento es bueno, atractivo, bien escrito, pero uno quiere ver a Brondo contar la historia con sus dibujos y eso sucede poco y de vez en cuando. Lamentablemente, no es mucho lo que Brondo logra transformar en narrativa secuencial, con lo cual en buena medida se limita a acompañar con sus dibujos las ideas del cuento original. Las secuencias más largas son dos, que ocupan cuatro páginas cada una, y obviamente es lo más disfrutable que tiene el libro. Después tenemos viñetas sueltas, o dibujos sin formato de viñeta, que aparecen en distintos tamaños, a veces más próximos a los de la ilustración. Algunos dibujos incluso se repiten varias veces, lo cual es medio una garcha. Y en general están muy bien, excepto cuando Brondo se zarpa copiando a Cacho Mandrafina y convierte al protagonista, Pierino Baldacci, en un clon del protagonista de Cosecha Verde. Eso también es bastante lamentable.
Cierro con un concepto reiterado: el relato que propone Chiabrando está muy bien, pero esto NO es una novela gráfica. Sólo se lo puedo recomendar a los fans extremos de Nico Brondo que tengan ganas de verlo afrontar un trabajo distinto, más calmo, menos experimental, sin elementos fantásticos y hasta con referencia fotográfica muy visible, otro rasgo atípico en la obra del cordobés.
Y también me bajé el Vol.4 de las recopilaciones del Suicide Squad de John Ostrander (el último que me quedaba sin leer), que trae apenas cinco episodios de esa gloriosa serie, mezclados en un crossover no demasiado atractivo con otras cuatro colecciones de DC de esa época: cuatro episodios de Checkmate (una serie menor escrita por Paul Kuppeberg), uno de Manhunter, uno de Firestorm (las otras dos series que escribía Ostrander, a las que les venía bien una inyección de nuevos lectores) y un epílogo de Captain Atom, casi un choreo, que tiene mínima conexión con la saga troncal.
La saga se llamó The Janus Directive, y lo mejor que tiene es la reflexión solapada acerca de los vicios, pecados y miserias de las agencias de inteligencia y demás operarios encubiertos al servicio del gobierno yanki. El resto -en el contexto de esta inolvidable etapa del Squad- es bastante olvidable. El plan de Kobra es medio estúpido, no hay una relación lógica entre lo que quiere hacer y toda esa runfla intrincada para hacer que los metahumanos y demás espías al servicio del gobierno se den machaca entre ellos. Por supuesto, Ostrander no baja nunca la calidad de los diálogos y siempre mete esos magníficos toques de caracterización en héroes, villanos y personajes secundarios. Comparado con lo que tenía para ofrecer Kuppeberg en Checkmate, Ostrander sale obscenamente bien parado, incluso en esas extensas secuencias donde lo único que hay son batallas entre tipos y minas con poderes.
Para este TPB, ya no tenemos a Luke McDonnell como dibujante del Squad. El reemplazante es el genial John K. Snyder III, que acá todavía estaba un poquito crudo. Eran sus primeros trabajos para una editorial mainstream, y desentonaba un poquito, sobre todo cuando lo entinta Pablo Marcos. Al principio cuesta acostumbrarse a esos cuerpos más masivos, esos rostros más deformes y esas angulaciones más extremas. Después vuelve a entintar Karl Kesel, y le da una pátina más clásica, menos transgresora al dibujo de Snyder. Pero lo mejor de este dibujante va a venir más adelante, cuando lo dejen entintarse a sí mismo. El libro también ofrece trabajos de un par de obreros del lápiz bastante correctos (Grant Miehm, Steve Erwin, Rick Hoberg), un capo como Tom Mandrake y un dibujante a veces muy bueno y a veces choto, como Rafael Kayanan (acá lo vemos en su faceta chota).
A pesar de fumarnos un crossover extenso, no demasiado trascendental y con muchos episodios de una serie medio pete como era Checkmate, los fans del Squad nos vamos contentos de este Vol.4, porque The Janus Directive no sólo no traiciona el espíritu del Squad, sino que Ostrander va a saber utilizar lo que sucede en esta saga para seguir construyendo para adelante, o por lo menos hasta el número 40, que es donde vendrá un sacudón bastante más zarpado que lo que se vio hasta ahora.
Me llevo unos libritos para leer en el micro rumbo a Pergamino, así para lunes o martes seguro tengo material para volver a postear acá en el blog. Gracias y hasta pronto.

martes, 21 de agosto de 2018

MARTES DE FINALES

Hoy tengo para reseñar dos tomos que funcionan como cierre a sendas colecciones.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.

sábado, 18 de agosto de 2018

SABADO SATANICO

Hoy me toca reseñar dos obras en las que tiene bastante peso un pacto con una entidad demoníaca. Coincidencias limadas de la vida y la historieta…
El Fausto Sudaca es una obra de teatro muy famosa en Chile, una versión del clásico de Goethe creada por el dramaturgo trasandino Omar Saavedra Santis. En 2015, el Fausto Sudaca fue llevado a la historieta por el guionista (también chileno) Sebastián Castro y el dibujante mexicano Hugo Aramburo. La propuesta no es muy distinta de la que nos traen cada tanto Alejandro Farías y varios dibujantes en las distintas entregas de Teatro en Viñetas, pero el problema es la extensión. Esto mismo, desarrollado en 36 páginas, 40 como mucho, hubiese sido mucho más dinámico, más atrapante, más impactante. La decisión de Castro de “licuar” el argumento en 84 páginas hace que el desarrollo se haga lento, por momentos pesado, y la idea pierda fuerza y efectividad.
¿Por qué pasa esto? Sospecho que porque Castro estaba demasiado apegado a la obra de Saavedra Santis y tomó la decisión de no omitir ni sintetizar absolutamente nada de lo que se ve en la obra. Y no está mal ser respetuoso del material que uno elige para adaptar, pero la historieta es –ante todo- síntesis. Privilegiar momentos, como decía el maestro Carlos Albiac. Sin embargo Castro no elige qué momentos privilegiar: quiere plasmar TODO en su versión de la obra y hay cosas que quizás funcionan muy bien en teatro y no en historieta (y viceversa, obviamente). Así es como la adaptación del Fausto Sudaca, a pesar de sus buenas intenciones, se empantana y se hace (por lo menos para mí) innecesariamente extensa.
El dibujo de Aramburo es correcto, es una especie de Fabián Mezquita un toque menos virtuoso y un toque menos plástico. Quizás lo que menos me convenció fue la decisión de que los personajes tuvieran los rasgos faciales de los actores que los interpretan en la versión teatral. Me imagino al dibujante mexicano mirando fotos y videos de los actores chilenos para retratarlos fielmente y digo “pobre flaco, ¿qué necesidad había?”. Pero bueno, quizás en Chile esos actores sean hiper-populares y la aparición de sus rasgos faciales en el comic represente para un montón de gente un gran atractivo a la hora de comprarlo.
Me voy a 2012, a EEUU, para leer un libro muy raro. El TPB de Caligula, editado por Avatar, no advierte en ningún lado acerca de su contenido adulto. Recién cuando lo leés, te das cuenta de que prácticamente todos los personajes secundarios de la obra terminan empomados, asesinados o morfados, no necesariamente en ese orden. El maestro David Lapham nos transporta al Imperio Romano para mostrarnos una versión alternativa (y a la vez bastante lógica) de los últimos días de Cayo Julio César Augusto Germánico, mucho más conocido como Calígula.
En la versión de Lapham, el emperador no sólo está loco: también está poseído por una entidad satánica, que consume almas humanas para mantenerlo siempre vivo y joven, y que lo lleva a perpetrar todo tipo de atrocidades. El guión se regodea notablemente en el aspecto más sádico y perverso de este carismático villano y nos ofrece un amplio abanico de masacres, torturas, destripamientos, canibalismo, orgías de todos contra todos, violaciones de hombres y mujeres y hasta un caballo (también poseído por el Mal) que se garcha tipos y minas. Y en medio de este festival de la lujuria descontrolada y la falta absoluta de respeto por la vida humana, hay un argumento que tiene que ver con un joven granjero que busca matar al emperador y termina por convertirse en su mano derecha, su confidente y su amante.
El único personaje secundario que se mantiene lejos de la vorágine de locura, sexo y sangre que rodea a Calígula es Laurentius, un héroe militar, probo y honorable, que es el que le sirve a Lapham para mantener el foco en el aspecto más político de la trama, que no está tan desarrollado como el aspecto más “de terror”, o de “shock value”, pero tiene bastante peso y bastante interés. Lo mejor que tiene Caligula es que avanza siempre a buen ritmo, no parece estar ni estirada ni comprimida.
Y lo que me llevó a comprar el libro es el dibujante, nuestro compatriota Germán Nóbile, que se hace cargo también del color y realiza un trabajo de altísimo impacto visual. Elegante y preciso a la hora de recrear palacios, vehículos, vestimenta y paisajes y tremendamente brutal a la hora de dibujar las orgías, las masacres y los tipos en chota, Nóbile encuentra un equilibrio notable. El estilo de Nóbile me hizo acordar por momentos al de Ignacio Noé, pero claro, Noé no labura para EEUU, con lo cual sus obras no requieren de esa dosis de acción, de violencia, de esos exabruptos visuales que son tan frecuentes en el comic yanki y que Nóbile plasma con muchísima destreza en estas páginas.
Si te da el estómago para procesar escenas de sexo, violencia y canibalismo realmente estremecedoras, aventurate con Lapham y Nóbile en esta versión oscura, truculenta y visualmente fascinante de la historia de ese loco hijo de puta que (como tantos otros locos hijos de puta que no la pasaban tan bien) tomó las riendas de un imperio y lo hizo mierda en la primera curva.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 15 de agosto de 2018

NOCHE DE MIERCOLES

Sigo avanzando en la lectura de material de autores argentinos que se me escapó en su momento, y ya me falta poquito. En cualquier momento empiezo a leer libros publicados en 2018.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.

lunes, 13 de agosto de 2018

LUNES CON ONDA

Otro día con lindo clima, a pesar de que –por distintos motivos- no me moví de mi casa. Y sí, anoche estaba desvelado y me terminé dos libros que tenía empezados.
El Vol.3 de los tomos que recopilan el glorioso Suicide Squad de John Ostrander es una fuckin´ aplanadora. 280 páginas de mala leche, runfla política, acción y un desarrollo de personajes impensable en el comic de hoy en día. Creo que ya mencioné esto en la reseña de alguno de los tomos anteriores, pero creo que pocas series hacen mejor uso de esa posibilidad que daba el comic-book mensual de planificar a largo plazo. Digo “daba” porque hoy rara vez un mismo guionista se queda en una serie más de 18-20 episodios, y casi ninguno se calienta por crear y desarrollar personajes secundarios. Ostrander es tan generoso en ese rubro, que se podría haber lanzado un segundo títulos SIN el Suicide Squad, sólo con Amanda Waller y el personal civil de Belle Reve. Todo el tiempo aparecen nuevos tipos y minas sin poderes, subalternos o sub-subalternos de Amanda y Ostrander hace que todos tengan una voz propia, o algo copado para aportarle a la serie.
Y después están las misiones, jodidas como enema de chimichurri, en las que vemos a este rejunte de villanos, héroes y anti-héroes de la B Metropolitana ir y venir de acá para allá según los caprichos de Waller, y hasta parársele de manos a esta abanderada de la amoralidad para tratar de torcer el rumbo del Squad, que más de una vez está a milímetros de hacerse mierda contra el piso. Pero los miembros del Squad van y vienen y lo que mantiene a esta serie allá arriba es el tono, esa ambigüedad turbia, en la que vemos a los malos hacer lo correcto, a los buenos sentir que se están enchastrando por causas más o menos justas, a los políticos cagarse en todo con tal de acumular poder y a Waller explotar las inseguridades y vulnerabilidades de todos en su propio beneficio. De nuevo me encontré con decenas de diálogos que me acordaba minuciosamente, pero aún así el libro me hizo muy feliz.
En este tramo de la serie, reaparece Karl Kesel y la conjunción entre sus tintas y el dibujo de Luke McDonnell levanta muchísimo la faceta gráfica. La comparación con la labor del otro entintador (Bob Lewis) es inimitable… y la verdad que es como comparar al Maradona del ´86 con el de ahora, a Quino con Nik o a Bob Marley con Marley. Entre los invitados están también el correcto Grant Miehm, un primerizo (y muy flojito) Graham Nolan y apenas ocho paginitas de un Keith Giffen exquisito. Pero lo más power, lejos, es el reencuentro entre McDonnell y Kesel. Tengo para leer el Vol.4, aunque me parece que antes le voy a entrar a la miniserie de Deadshot, que va en paralelo con los primeros episodios de este TPB. Gloria eterna al Suicide Squad de Ostrander y sus secuaces.
En 2014, con el maestro Caloi ya fallecido, la editorial Planeta publicó varios tomos de humor gráfico bajo el rótulo de “Universo Caloi”. Uno de ellos apareció muy barato en una librería y no me pude resistir.
El Absurdo de Caloi ofrece 120 páginas de chistes de distintas épocas firmados por el creador de Clemente, algunos resueltos en una única viñeta y otros en forma de historieta, con una narrativa secuencial siempre impecable. A veces a color, a veces en blanco y negro, a veces con textos y otras veces sólo con imágenes, Caloi tira ideas a la marchanta y las remata de modo sorprendente, en este caso jugando siempre a lo absurdo, a lo ilógico, a lo imprevisto. No tiene mucho sentido ponerse a explicar los chistes, y menos cuando la gracia para por el absurdo, por el capricho, por lo inexplicable. Pero sí es menester señalar lo bien que se movía Caloi en este registro, mucho menos prosaico que el de las tiras de Clemente.
Los chistes abarcan temáticas muy distintas, desde náufragos y astronautas hasta reflexiones muy agudas y profundas acerca de los vínculos entre las personas, o entre las personas y lo divino, o entre las personas y la realidad. Y al estar seleccionados de distintas épocas de la vasta carrera de Caloi, los chistes componen también una especie de montaña rusa visual, con sacudones violentos, cambios de estilo muy marcados, técnicas que aparecen y desaparecen, el rotulado que va mutando… Muy interesante para los que nos copamos siguiendo la huella gráfica de este prócer del humor. Y si bien no vi muchas páginas que me produjeran el orgasmo visual que viví con Humoris Causa (quizás el mejor recopilatorio de chistes de Caloi) el nivel pictórico de este material es increíble. Parece mentira que un dibujante le pusiera tanta dedicación y tanta sapiencia a una página humorística en la revista dominical de un diario de mierda.
¿Algo para criticar? Nah, que varios chistes de una sóla viñeta que en su momento aparecieron compartiendo página con otros, acá ocupan una página ellos solos, con infinito espacio blanco alrededor. Pero está bien, no es grave, no sentí que me estuvieran mezquinando el material. Y lo más importante cuando uno aborda un libro de humor gráfico: me reí varias veces. Si ves a buen precio El Absurdo de Caloi, no cometas el sinsentido de dejarlo pasar.
Gracias a todos los que se acercaron a saludar el sábado en el evento de la Escuela Da Vinci, y prometo volver a postear pronto, acá en el blog.