el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 20 de febrero de 2013

20/ 02: EL FEO

Este libro es importante, porque recopila en su totalidad una serie que, cuando se pre-publicó en Fierro, salió no sólo cortada en fetas, sino con menos páginas de las que entregaron los autores. Fierro nos ofreció 38 páginas a color (un color por lo menos discutible) y Llanto de Mudo nos dice que no, que El Feo son 46 páginas en blanco y negro. Hasta ahí, buenísimo. Ahora lo que no se entiende es con qué criterio una historieta de 46 páginas se recopila en un libro de 80. Tooodas esas páginas que la historieta no ocupa, están repartidas entre un prólogo del guionista (Luciano Saracino), algunos bocetos del dibujante (Omar Hetchenkopf) y 15 (!) pin-ups de artistas invitados. Algunos son maravillosos, pero... ¿hacían falta? ¿Alguien se compra un libro así por los pin-ups? ¿No era más fácil, práctico y económico editar El Feo en un libro de 56 páginas, con la historieta completa, el prólogo y algún dibujito extra? Como diría Miguel Angel Russo, “son decisiones...”, en este caso una decisión que no me termina de cerrar.
El planteo de la obra es sumamente ganchero: un demonio cansado del Infierno vive en la Tierra, más precisamente en un Abasto teñido de malevaje y arrabal. Pero resulta que esta especie de Hellboy encapuchado está enamorado de una diosa, Minerva, y la quiere encontrar. La trama narra básicamente la búsqueda de Minerva por parte de Edmond, el Feo, que se llama así por el gran Edmundo Rivero. Entre secuencias oníricas, garches sensuales (no se sabe cómo, pero El Feo la pone bastante seguido) y algunos momentos de acción, Saracino nos lleva por distintos inframundos hasta llegar al encuentro entre Minerva y El Feo, que no termina para nada como uno se lo espera.
A su habitual solvencia para el realismo mágico y la combinación de elementos terrenales y sobrenaturales, Saracino suma un hábil manejo de la mitología tanguera. Letras y climas típicos de la música que hace 100 años identifica a Buenos Aires invaden la historia de El Feo y la enriquecen, le suman vuelo y poesía. También suman esas frases definitivas, esas sentencias que algunos personajes le tiran al protagonista (que no responde porque es mudo), invariablemente bien escritas. Lo que no me llegó a atrapar del todo es el conflicto, en una de esas porque Saracino cuenta en el prólogo cómo lo va a resolver.
Y lo que definitivamente deja a El Feo afuera de la lista de los libros imprescindibles es el trabajo de Hetchenkopf al frente de la faz visual. Se nota que estamos ante un dibujante que sabe, que no improvisa, pero excepto por los primeros planos (en los que deja la vida), se lo ve poco comprometido con la trama. Claramente a Hetchenkopf no le copan las páginas con más de seis viñetas y las muchas veces que el guión se las exige, responde con dibujos precarios y planificaciones forzadas, en las que no se lucen ni su dibujo, ni la mezcla de brutalidad y sensualidad que proponen los textos. Además, Hetchenkopf se suma a la onda “ni en pedo dibujo un fondo”. Cuando no alcanza con meter manchas negras, atrás de los personajes aparecen invariablemente fotos apenas retocadas, en contraste bastante grosero con la estética del dibujo. A favor de Omar tenemos que decir que evolucionó un montón: ya no es el clon correcto de Carlos Meglia que vimos en King Cop. Ahora tiene una identidad gráfica más personal, aunque para sentarse entre los maestros del claroscuro le falta poner bastante más huevo. En un momento me imaginé estas páginas dibujadas por Dante Ginevra y tuve una especie de nirvana.
Con la originalísima consigna de combinar el mundo de los ángeles, los demonios, las hadas y los dioses con el submundo siome y sórdido del arrabal porteño, El Feo cuenta y canta, muestra y sugiere una historia “de amor a pesar de todo”. Para ser Gardel, le falta un dibujante que se juegue más, y por ahí descomprimir un poco más la trama, darle más aire, para evitar esas páginas de ocho y nueve cuadros que conspiran contra el clima de la obra y le aceleran mucho el ritmo a un baile que se disfruta más cuando se baila más pausado, cuando se franelea más.

1 comentario:

Pablo Zambrano dijo...

que raro que no entraron los barrabravas y detractores de fierro a trollear y armar bardo