martes, 28 de abril de 2026
PLAN B
Hoy a esta hora, yo debería estar en el CC Art Media disfrutando del show de Echo & the Bunnymen, una banda a la que amo y a la que nunca vi en vivo. Pero el viernes se anunció la cancelación del show y acá estamos, en casa como unos pelotudos, a la espera de que se anuncie la fecha reprogramada. Mientras tanto, tengo un par de libritos para reseñar, y ahí vamos.
Tenía pendiente el tercer y último tomo de Trees, la inquietante creación de Warren Ellis y Jason Howard para Image. Y me llevé varias sorpresas. Primero y principal: los autores no retoman a ninguno de los personajes de los tomos anteriores. Estos cinco episodios conforman un arco totalmente independiente de lo que vimos hasta ahora, con otra ambientación, otros personajes y otros conflictos. De hecho, se le da ínfima pelota al tema de los árboles alienígenas que bajaron once años atrás a nuestro planeta y lo modificaron para siempre. Ese elemento, bastante importante en los tomos anteriores, acá podría no estar y la historia sería básicamente la misma.
La otra sorpresa tiene que ver con la gran calidad de la historia que nos traen Ellis y Howard en este arco argumental. No es la trama más original del mundo, pero está tan bien llevada, tiene tanto gancho y tanta profundidad, que brilla con luz propia, más allá de la mucha o poca conexión con el resto de la serie. Three Fates (que así se llama el arco) tiene personajes inolvidables, un par de giros argumentales impactantes, muchos diálogos magníficos, unas escenas de violencia estremecedoras y un final más amargo que la hinchada de Independiente.
A la hora del dibujo, Jason Howard se canta quiero retruco a sí mismo y nos regala un trabajo muy superior al de los tomos anteriores... que ya de por sí eran excelentes. Acá el dibujante lleva al límite su técnica de iluminar las viñetas con rayitas muy finitas, y nos brinda los mejores paisajes, los mejores climas, los rostros más expresivos y la mayor variedad de planos, enfoques y formas de organizar la página en toda la serie. Si el guion es atrapante por mérito propio, la magia que le agrega Howard con sus trazos y su paleta de colores es absolutamente inexplicable. No sé qué hay que hacer para que Ellis y Howard se vuelvan a juntar y produzcan nuevos arcos de Trees, o de lo que ellos quieran. Pero cuenten conmigo para cualquier cruzada que haya que emprender para que eso suceda. Tres TPBs es muy poco para semejante ensamble entre guionista y dibujante inspirados a este nivel. Ni siquiera pretendo que expliquen de dónde vinieron los árboles extraterrestres, ni por qué durante once años estuvieron inertes, sin la menor interacción con los terrícolas. Ya ni me interesa todo eso. Pero me copan estas historias duras, muy humanas, que se dan el lujo de ningunear a los elementos fantásticos que los propios Ellis y Howard crearon para Trees, para ir para otro lado, más jugado, más genial.
Termino mi recorrida por la historieta latinoamericana reciente con Vidas Secas, una adaptación al comic de la famosa novela de Graciliano Ramos, realizada por el guionista Arnaldo Branco y el célebre dibujante Eloar Guazzelli, todos oriundos de Brasil. Esta es una obra que se dio a conocer en 2015 y ya acumula 13 reimpresiones, porque no para de venderse. Vidas Secas es un clásico de la literatura del Coloso de Sudamérica, y la versión en historieta se convirtió, a su vez, en un referente muy grosso de la novela gráfica contemporánea.
Yo debo decir que el guion me sedujo poco y nada, seguramente porque no hace tanto tiempo (18/08/24) me topé con Como Pedra, la hermosa novela gráfica de Luckas Iohanathan, que comparte ambientación y temática con Vidas Secas. Seguramente la influencia va para el lado contrario de mis lecturas, es decir, lo más probable es que Iohanathan haya leído Vidas Secas antes de publicar Como Pedra. Pero aún así, leer ooootra vez acerca de lo mal que viven los pobres en el sertao de Brasil, cómo sufren las inclemencias del desierto, los abusos de los terratenientes y las consecuencias de su propia falta de cultura y educación, se me hizo cuesta arriba. La adaptación, además, tiene sus tropiezos, con páginas repletas de texto, y hasta páginas que solo tienen texto. Levanta mucho hacia el final, como si Branco y Guazzelli hubiesen terminado de sintonizarle la onda al trabajo cuando faltaban 30 ó 35 páginas para cerrarlo.
El enfoque que elige Guazzelli para la faz gráfica puede tranquilamente no gustarte, porque el autor opta por un trazo muy despojado, muy sintético, que le permite -una vez que tiene resuelta la puesta en página- liquidar el dibujo a gran velocidad. Para que te salga bien algo así, tenés que manejar muy bien las técnicas que elige Guazzelli (tintas y aguadas) y lo más importante: romperte mucho el orto para que la puesta en página sea dinámica y atractiva. El resultado es más que convincente: Guazzelli logra transmitir mucha emoción con ese trazo sintético, y la aplicación de esas tintas entre sepia y vino tinto le confieren a las páginas un cierto vuelo poético, que por momentos me hizo acordar a los grandes trabajos de Ricard Castells. También en el dibujo, lo mejor está en las últimas 30-35 páginas, en las que el consagrado historietista afila aún más el timing de la narrativa y amplía su repertorio gráfico.
Me cuesta recomendar Vidas Secas, porque me parece que no funciona bien como adaptación al comic de una novela. Lo que más me gustó, que es el dibujo de Guazzelli, lo puedo encontrar en otras obras del autor, que por suerte son muchas y muy diversas. En la bibliografía de Guazzelli hay historietas más infanto-juveniles, otras más underground, más graciosas y más salvajes, obras con guiones propios, colaboraciones con otros guionistas, adaptaciones de otras obras literarias... y siempre le fue muy bien y ganó muchos premios, tanto cuando quiso ser más mainstream como cuando quiso ser más experimental.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Mañana a las 22:30, nos vemos en el canal de YouTube de Comiqueando, en una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta, que va a estar zarpada. Y el lunes a las 19:30, en Libros del Pasaje, donde vamos a estar conversando con Liniers. Gracias y hasta pronto.
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sábado, 25 de abril de 2026
TARDE DE SÁBADO
Sigo leyendo poco y lento, pero en parte "le echo la culpa" al material que me toca leer.
El recopilatorio de Boner´s Ark publicado en 1986 por Blackthorne, por ejemplo, tiene 72 páginas con cinco tiras por página. Son casi 350 tiras, una bestialidad que no tiene sentido leer toda de un saque, por buena que sea la tira. La propia lectura te exige un ritmo más pausado, para no saturar.
Boner´s Ark es una tira más que decente, en el formato "actual" de las historietas que se producen para los diarios yankis: chiquitas, con no más de tres viñetas (una o dos de build-up y una de remate) y con un dibujo lo más sintético posible. Dentro de estos parámetros, el trabajo de Frank Johnson es realmente notable. Yo conocía a Boner´s Ark por las planchas dominicales a color, que acá las publicaba (si no me equivoco) el diario La Nación, en su suplemento infantil, y que estaban realizadas por el creador de la tira, el maestro Mort Walker, que en este caso firmaba como "Addison" (para mucha más info acerca de Mort Walker y su cosmogonía comiquera, recomiendo el artículo que escribí hace ya unos cuantos años para el nº3 de la Comiqueando Digital). Leída con ojos de niño, y filtrada por una traducción que seguro metía bastante mano en los chistes, Boner´s Ark me parecía una historieta maravillosa.
Ahora, en mi primer contacto con las dailes (más breves, en blanco y negro y a cargo de Johnson desde 1981), me encuentro con autor que recrea de manera milimétrica el estilo inconfundible de Walker y nos entrega un dibujo preciso, dinámico y sumamente carismático, donde se destaca la composición de las viñetas, puesta 100% al servicio de la efectividad de los chistes. Las ideas que trae Johnson a la tira son producto de la Factoría Walker, compuesta por un grupo de cuatro o cinco autores (casi todos ellos tenían su propia tira... o más de una) que se pasaban días enteros generando chistes, y después decidían en qué tira usar cada uno. Así, algunos de los chistes de Boner´s Ark solo tienen sentido en una tira que transcurre en una especie de Arca de Noé, repleta de animales y perdida hace años en un océano infinito, y otras se podrían usar en cualquier tira en la que haya un matrimonio, por ejemplo. La tira apela al humor visual, al basado en juegos de palabras, al absurdo, al que surge de las personalidades de los personajes y hasta (de vez en cuando) hay algún chiste con u leve tinte político. En general, es un humor sencillo, directo, pensado para agradar a todos y no ofender a nadie... en los ´80. Hoy, que cualquiera se ofende por cualquier boludez, capaz que Boner´s Ark resulta más jodida. Pero no creo, en general es una lectura bastante light. Agradable y entretenida, pero light. Si alguna vez me encuentro con un tomo que recopile las planchas dominicales realizadas por Walker/ Addison, le entro sin dudarlo.
Dos detalles interesantes: a diferencia de la mayoría de las tiras humorísticas, que un día se terminan y chau, Boner´s Ark tuvo un final: una última tira publicada (en poquísimos diarios) el 27 de Mayo de 2000, en el que el arca llegaba, por fin, a tierra firme y Johnson cerraba la epopeya iniciada por Walker en 1968 con un cartelito que decía "The End". Nadie le dio demasiada pelota al final de Boner´s Ark, porque esa misma semana llegó a su fin la otra tira que Frank Johnson dibujaba todos los días: nada menos que la imprescindible Bringing Up Father, creada por el legendario Geo McManus allá por 1913. Verla despedirse tras 87 años seguramente tuvo más impacto mediático que ver cómo Boner y sus animales encontraban tierra firme y ponían fin a su viaje, divertido pero menor en el contexto de la Historia Grande de las tiras para diarios de EEUU.
El otro libro que tardé siglos en leer fue Cauchemars ex Machina, una novela gráfica lanzada en 2022 por una dupla que prometía un montón: Thierry Smolderen en guion y Jorge González en dibujos. Y se quedó en promesas, lamentablemente. El guion de Smolderen es de los más aburridos que leí en mi vida, una trama anodina, lastrada por sus propias pretensiones, en la que naufragan incluso un par de personajes que a priori parecían interesantes. Cauchemars ex Machina es una historia de espionaje y conjuras que vinculan al nazismo con la literatura policial y de misterio de la manera más embolante y poco atractiva que te puedas imaginar. De verdad, en más de 120 páginas es muy poco lo que se puede rescatar del trabajo de Smolderen. Encima el libro padece una tipografía malísima, chiquita, finita, con poquísimo espacio entre una letra y la de al lado, lo cual dificulta (aún más) la lectura. Un pijazo.
El dibujo de González tiene sus momentos, sobre todo cuando puede dibujar páginas de seis o siete viñetas un poquito más grandes. Pero cuando le tocan todas esas páginas de 12 o 13 viñetas, encima con bastante texto, el argentino radicado en España pone lo mínimo. De todo lo que me gusta ver en los trabajos de González, lo único que le pide el guion de Cauchemars ex Machina es un cierto protagonismo de los climas misteriosos y sugestivos que tan bien maneja el autor. Pero después, algo que le vi hacer a Jorge en este libro, y que no vi ya mil veces en otros trabajos suyos, es esa secuencia resuelta con colores planos y figuras muy sintéticas, que me hizo acordar a cuando el Viejo Breccia hacía historietas recortando papelitos de colores. Una secuencia breve, pero fascinante. Y lo otro que no recuerdo haber visto en trabajos anteriores de Jorge es una escena de romance entre varones, también muy bien resuelta, aunque con escasa injerencia en ese laberinto del terror que es la trama del álbum.
Yo suelo preguntarme con qué criterio en Argentina se publican las obras de Jorge González con guion propio y no aquellas en las que colabora con guionistas europeos. En este caso, el criterio es obvio: el guion de Thierry Smolderen hace lo imposible para que Cauchemars ex Machina resulte un bodrio prácticamente ilegible, al que ni los dibujos de González pueden rescatar del olvido.
Nada más, por hoy. Espero poder recuperar algo de ritmo y meter nuevas lecturas (y nuevas entradas en el blog) a la brevedad. Mientras tanto, ya saben: hay mucho y muy buen contenido sobre comics de todo el mundo en el sitio web de Comiqueando, en el canal de YouTube, y en la demoledora Comiqueando Digital, cuyos 12 primeros números se pueden descargar por chaucha y palitos en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. ¡Gracias y hasta pronto!
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domingo, 19 de abril de 2026
LENTO, PERO SEGURO
Bueno, con un ritmo menos frenético que el de Marzo, de a poco empiezo a acumular lecturas y entradas en el blog.
Hoy nos vamos a la Venecia del Siglo XXVIII, ostentosa y decadente, para vivir una aventura de asesinatos, venganzas, amores y corrupción de la mano del maestro Felipe Hernández Cava y de la siempre eficaz Laura Pérez Vernetti (o Laura, a secas). Estoy hablando de Sará Servito, una novela gráfica que se dio a conocer en España en 2010 y que -me parece- nunca tuvo ediciones en otros países.
La protagonista es Marina, una chica con un cierto talento para la pintura, que por las noches se esconde tras una máscara y ejerce la prostitución. Marina tiene buenos contactos entre la red de gondoleros, mendigos y demás personas que pasan por debajo del radar de los poderosos, y también en esferas más altas del poder, gracias a su pasado en un convento religioso y a su vínculo con su maestra de pintura y su hijo Caspare, que además está enamorado de ella. Hernández Cava urde la trama de Sará Servito sobre el lado más oscuro de la ciudad, donde los que no son chorros, son asesinos, depravados sexuales, o manejan las apuestas y las orgías clandestinas, obviamente entongados con las autoridades. Es un contexto ideal para una historia de capa y puñal, de mentiras, conjuras y traiciones, en las que -pese a todo- Marina va a lograr mantenerse a flote y con la sangre fría necesaria como para ejercer su venganza. Pero, por supuesto, en las obras de Hernández Cava nadie tiene el final feliz garantizado.
El guionista elige para la narración un tono protocolar, pausado, con diálogos reflexivos que incluyen citas a los grandes pensadores de aquellos tiempos, tal vez para darle una pátina de sofisticación a una historieta que, hojeada así nomás, por encima, parece ofrecer como plato principal una ensalada de muerte y sexo. El trabajo de Laura va en cierta medida a contramano del guion: Cava nos narra una Venecia crepuscular, y Laura utiliza trazos despojados y colores brillantes. Gráficamente, Sará Servito es un comic luminoso, que llama la atención sobre todo por el ajustado trabajo de recreación de fondos y vestuario de la época elegida. El dibujo en sí me convenció menos que -por ejemplo- El Toro Blanco, pero acá la veo a Laura mucho más afianzada en el relato gráfico que en aquellos años en El Víbora. Apoyada en grillas clásicas y en la posibilidad de no dibujar más de seis cuadros por página, Laura consigue un ritmo narrativo muy interesante, que contribuye a la atmósfera turbia y ominosa planteada por Cava en el guion. El resultado es raro, porque de alguna manera, contra todos los pronósticos, esos dibujos luminosos logran transmitir oscuridad y misterio.
No te quiero vender humo ni decirte que este es el mejor guion que escribió Felipe Hernández Cava en su vida (para descubrir sus obras maestras te recomiendo la nota que repasa toda su trayectoria en el nº12 de Comiqueando Digital), pero acá tenés 76 páginas de una historieta muy atractiva, obviamente apuntada al lector adulto, en la que -fiel a su estilo- el guionista español le pone condimentos sumamente atractivos al clásico thriller de secretos, puñaladas y garches.
Completé finalmente la colección de especiales con los que DC celebró entre 2020 y 2021 los 80 años de varios de sus personajes más icónicos. Me faltaba el de Robin, y la verdad que me encontré con un librito de 100 páginas lleno de sorpresas de las buenas. Son 10 historias cortas, y me da paja comentarlas una por una. Creo que hay una sola que me pareció floja: a la de Stephanie Brown, escrita por Amy Wolfram, no la salva ni el dibujo zarpado de Damion Scott). El resto está todo más que bien. Y no es casualidad, ni ojete: el coordinador Paul Kaminski armó un verdadero seleccionado de los autores que dejaron su marca en los distintos Robin, los convocó, y todos dejaron el alma en la cancha. Están Marv Wolfman y Tom Grummett, están Chuck Dixon y Scott McDaniel, están Devin Grayson y Dan Jurgens, están Tim Seeley, Tom King y Mikel Janín, están Judd Winick y Dustin Nguyen... ¿qué más querés? También hay colaboraciones de Adam Beechen, Freddie Williams II, James Tynion IV, Javier Fernández, Peter Tomasi y Jorge Jiménez, toda gente que estuvo vinculada a algún título en el que brilló alguno de los Robin. Lo único medio verga es que cuando llega el turno de Damian Wayne, en vez de tener a Grant Morrison y Frank Quitely (lo cual ya sería un lujo casi obsceno), tenemos un guion de Robbie Thompson, dibujado por Ramón Villalobos, quien imita milimétricamente el estilo de Quitely. La verdad que el guion es muy decente, y hay secuencias que -si no te dicen que las dibujó Villalobos- te comés sin dudarlo que las dibujó Quitely.
El balance general es muy positivo, al punto de que hay historietas tan buenas que no hace falta ser fan de Robin, ni conocer su historia, ni el rol en la Bat-Family de los distintos personajes que fueron Robin para disfrutarlas. Obviamente al que más bola le dan es a Dick Grayson, pero claro, Dick no solo es el sidekick original, el primero de todos, sino que además es el único que hace 30 años lleva adelante su propia revista de manera prácticamente ininterrumpida, casi siempre como Nightwing, a veces como Batman, y alguna vez como Grayson, el Agente 37. Las historias cortas que protagoniza Dick exploran todas esas aristas, más su siempre atractivo vínculo con Bruce Wayne y su faceta como líder de los Teen Titans.
No te digo que a partir de esto me voy a poner a leer las aventuras solistas de los distintos Robin, porque es un concepto que no me resulta muy interesante. Pero sí estoy contento por haberle dado una posibilidad a este librito, que en principio me cerraba simplemente para completar la colección de los especiales, y después de leerlo me cerró por la calidad que encontré en muchas de las historias y en todos los dibujantes.
Nada más, por hoy. Como siempre, ni bien tenga más material leído, lo comentamos acá en el blog. Gracias y hasta pronto.
martes, 14 de abril de 2026
ACÁ VAMOS DE NUEVO
Casi dos semanas sin postear en el blog es una animalada, pero bueno... pasaron un montón de cosas. Tantas, que casi no tuve tiempo para leer historietas, y sin historietas para reseñar el blog no tiene mayor sentido. Podría frutear infinitamente hablando de lo bien que salió el evento de los Premios Cinder, o de la zarpada cantidad de reproducciones que tuvieron los dos primeros episodios de Opiniones Meméticas, pero no es la idea. La idea es hablar de los comics que leo, así que ahí vamos.
En la sección "Qué frustrante que estas obras hechas por autores argentinos para Europa no se conozcan en nuestro país", hoy me quiero referir a Othello, adaptación del clásico de William Shakespeare (igual que aquella que vimos el 03/10/19) que además es la primera historieta larga dibujada por el maestro Oscar Zárate. Esto tuvo varias ediciones en Inglaterra (la primera data de 1983) pero prácticamente no se conoce fuera de ese país. Zárate recuerda que empezó el trabajo con muchísimo entusiasmo porque la paga era muy buena, pero que la relación con la editorial se deterioró rápidamente y ya para el final era insoportablemente tensa.
Internas aparte, el maestro argentino convirtió la pieza teatral de Shakespeare en 130 páginas de historieta y lo hizo como (a mi juicio) no hay que hacerlo. El Othello de Zárate no deja afuera NADA de la obra original. Están todas las escenas, están todos los personajes, y hasta están todos los diálogos. No es una síntesis, no es una versión, es simplemente la obra de Shakespeare trasladada a la historieta. Incluso los textos usan expresiones del inglés antiguo y conservan las rimas que el bardo de Stratford-upon-Avon creaba para los parlamentos. Lo único que realmente Zárate trae de su propia cosecha es la posibilidad de que los personajes se muevan por distintos espacios, interiores y exteriores, que en el comic tienen mucha más variedad que en cualquier puesta teatral, simplemente porque todo se resuelve dibujando fondos, no construyendo decorados.
En algunos momentos puntuales de la adaptación, Zárate descolla con puestas en página asombrosas y originales. Pero casi siempre está atado de pies y manos por la cantidad de personajes y textos que tiene que meter en cada página, y así le quedan muchos tramos de la historieta en la que solo vemos páginas de 12 o 13 viñetas chiquitas, repletas de letras, en las que -obviamente- no se lucen los dibujos del maestro. Una pena, porque tanto el dibujo como el color son gloriosos.
No es mi intención enseñarle a trabajar a un grosso indiscutible como Zárate, pero esto se solucionaba planificando la adaptación en base a una síntesis del argumento de la obra. Menos diálogos, quizás menos personajes, menos escenas, una narración que rescate la esencia de la obra de Shakespeare de manera mucho más concisa, más dinámica, y que le permita al historietista desplegar su talento para el relato gráfico, sin el lastre de los choclos de texto que aparecen cada vez que un personaje abre la boca (o incluso sin abrirla, porque también hay inmensos globos de pensamiento). Me quedo con esta versión de Othello en mi biblioteca porque (creo que ya lo dije) me copa la idea de coleccionar versiones en comic de las obras de Shakespeare (sigo buscando el Romeo y Julieta de David Rubín) y porque los dibujos de Zárate en esta historieta me llenaron las retinas de felicidad. Habrá más Zárate acá en el blog, tarde o temprano.
Y tuve un reencuentro con Junji Ito, de la mano del lujoso tomo llamado Best of Best, que sacó Ivrea el año pasado, en un formato más parecido al del comic yanki que al del clásico manga. El libro incluye unas ilustraciones majestuosas y 10 historietas cortas autoconclusivas... de las cuales muy pocas tienen un nivel que justifique su inclusión en un libro titulado "Best of Best". Hay una que es realmente excelente, y unas cuantas que son más de lo mismo y podrían haber aparecido en cualquier otra antología de historias cortas de suspenso y de terror de las 8.500 que le publicó Ivrea al sensei Ito.
La primera historia, Millones Solitarios, tiene un guion por debajo de la línea de pobreza, absurdo y predecible de punta a punta. La segunda, La Silla Humana, es una bizarreada (tomada de un relato de Edogawa Rampo) que tampoco llegó siquiera a ponerme nervioso. Después viene otro guion medio pelo, Venus en el Punto Ciego, en la que ni siquiera hay excusas para que Ito dibuje elementos fantásticos idos al carajo. La Lamedora, si bien se ajusta a una fórmula muy clásica, que el maestro ya empleó en decenas de historias cortas, me atrapó, me dio risa, asco y ganas de releerla, porque está muy bien. Le sigue El Sensei Umezu y Yo, una breve historia autobiográfica en la que Ito le rinde tributo a su gran maestro y principal influencia. La intención es buena y hay algún momento impactante, pero en general no es gran cosa.
También en base a un relato de Edogawa Rampo, tenemos Amor de Otro Mundo, una historia retorcida, perversa, que crece en tensión hasta ponerte nervioso. El final no está a la altura de lo bueno que es el desarrollo, pero tampoco es para putear. Cómo Llegó el Amor al Profesor Kirida (basada en un relato de Robert Hichens) está bastante bien, y podría ser mejor si en vez de 26 páginas tuviera 16. Ya casi sobre el final, El Misterio de la Falla Amigara es más de lo mismo: cualquier lector asiduo de Ito ya leyó 15 historias parecidas y ya sabe lo que va a pasar casi desde el principio. La muy breve La Tragedia del Pilar (única publicada integramente a color) es la nada misma. Si esto es lo mejor de Junji Ito, ya fue, me hago fan de Masami Kurumada. Y el libro cierra con El Recuerdo, que es la verdadera gema de esta antología. Con varios giros argumentales sorprendentes en 19 páginas, personajes atractivos, un conflicto incómodo y perturbador y un final glorioso, esto sí merece ser incluido en una selección a todo culo de lo mejor de Junji Ito.
Y no hablé en ningún momento del dibujo, porque en ese rubro el libro es excelente de punta a punta. No hay historietas dibujadas así nomás, no hay tiradas a chanta. Acá el maestro está tocado con la varita mágica y solo lo vemos dar cátedra, página tras página. Hay alguna que otra secuencia en la que abusa un poquito de los primeros planos, pero también hay unos cuantos momentos en los que rompe los moldes y las grillas clásicas para sacudirnos con unas puestas en página realmente brillantes, que funcionan como implacables signos de puntuación para las narraciones del maestro, siempre basadas en el suspenso y la tensión. La edición por parte de Ivrea es excepcional, un auténtico lujo. Lástima algunos guiones, que son entre repetitivos y lamentables.
Nada más. Espero retomar el ritmo habitual y volver pronto con nuevas reseñas. Mientras tanto, nos podemos leer en la Comiqueando Online, en la Comiqueando Digital, o vernos en el canal de YouTube. Gracias por el aguante de siempre.
miércoles, 1 de abril de 2026
EL DILUVIO QUE VIENE
En Buenos Aires se viene la tormenta del siglo. Falta que pase volando el Silver Surfer a anunciar el apocalipsis inminente. Y yo aprovecho un ratito libre para reseñar un par de libros que tengo leídos.
El otro día quedé muy manija con la primera parte de Age of Doom, ese arco argumental en el que Jeff Lemire y Dean Ormston dan vuelta todo lo que sabíamos acerca de Black Hammer y sus protagonistas, así que le entré fuerte a la segunda mitad, que es el Vol.4 de la galardonada serie.
Los dos primeros episodios podrían tranquilamente no estar. Son un metacomic muy entretenido, con personajes queribles y diálogos ingeniosos, pero en el contexto de la saga, sobran por completo. Me cerraría más si fuera un one-shot por fuera de la colección, para que el quiere lo compre y el que no, lo deje pasar. El dibujo de Rich Tomasso (a quien vimos por acá el 19/10/19) está muy logrado, con momentos en los que se nota que dejó la piel, y felizmente lo dejan colorearse a sí mismo. Pero es un chiste largo, que podría tranquilamente no estar incluido en el TPB.
Y después sí, retomamos la historia de Lucy Weber y los superhéroes clonados de los de DC para cinco episodios magníficos en los que pasa de todo. De hecho, es tanto lo que pasa, que la saga de Black Hammer... ¡llega a un final! Un final tan copado, tan redondito, que no tiene sentido seguirla. Obviamente alguien convenció a Lemire de seguirla, y hasta es probable que en los tomos posteriores pasen más cosas geniales y se sumen más personajes, y el universo se haga más rico y más adictivo. Pero para el que se quiere bajar acá, este tomo funciona PERFECTO como cierre del universo Black Hammer.
Bajo la pluma afiladísima de Lemire y el lápiz implacable de Ormston, el tramo final de Age of Doom nos ofrece más volantazos impredecibles, más desarrollo de personajes (sobre todo para Barbalien y Dragonfly), y nos invita a reflexionar acerca de los sacrificios que los superhéroes deben hacer para que no se imponga el Mal. ¿Cuánto sacrificio está bien y cuánto es demasiado? ¿Qué pasa si yo quiero ser un héroe pero no un mártir? Lemire le pone drama y profundidad a esto que ya de por sí es una rareza dentro del comic de superhéroes, simplemente por el escaso protagonismo que tiene la machaca. Acá hay pocas escenas en las que la acción y la violencia le ganan a la reflexión, la introspección y cierto tono melancólico, y eso es parte de lo que hace irresistible a Black Hammer.
Recomiendo muchísimo Black Hammer, y si consigo baratos los tomos posteriores la voy a seguir leyendo. Si no, con lo que leí hasta ahora me voy más que satisfecho, porque acá realmente cierra todo de manera magistral.
Me voy a Francia, año 2021, cuando el maestro Christophe Chabouté convierte en historieta la novela Yellow Cab, de Benoit Cohen. La idea de Cohen es genial. El tipo es un francés que viene del palo del cine y tiene guita, pero le falta motivación. Se va a vivir con su mujer a New York, sigue medio a la deriva, y finalmente se le ocurre hacerse taxista, y convertir todas esas experiencias en una nueva película... que al final terminó por ser una novela. De la mano de Cohen descubrimos el laberinto burocrático que hay que recorrer para que te dan la licencia para manejar taxis en la Gran Manzana, vemos un muestrario de la gente (amplísima mayoría de hombres) que se gana la vida como taxista, acompañamos a Benoit a medida que se vuelve más canchero y aprende las calles, las rutas, los lugares donde es más fácil conseguir pasajeros... Y al mismo tiempo, Benoit nos muestra las notas que toma para la creación de su película: qué anécdotas quiere contar tal cual, cuáles quiere modificar un poquito para darles más efecto dramático, cómo y por qué se le ocurre que la protagonista del film sea mujer y no varón, qué grado de crudeza o de realismo le quiere dar al proyecto... Todo ese proceso creativo que lleva adelante el autor mientras maneja un taxi va a parar también a las páginas de Yellow Cab y nos habla del compromiso de Cohen con el proyecto, y de cómo es para él ese viaje hacia la materialización de una idea.
Además, su recorrida por las calles de la ciudad nos ofrece un retrato muy vívido de la misma, tan preciso y tan real que (acá viene lo que menos me gustó del comic) no hacía falta que lo dibujara una bestia como Chabouté. Para no desentonar con el registro documental que propone la novela de Cohen, el maestro Chabouté recurre a un estilo de dibujo demasiado pendiente del realismo fotográfico lo cual, cuando dibujás al nivel que dibuja este animal, es medio un desperdicio. Los rasgos propios del bellísimo estilo de Chabouté aparecen apenas en los primeros planos de algún personaje. TODO lo demás está copiado de fotos. Por supuesto, con ese trazo fluido y generoso que caracteriza a este gran autor, pero sin esa carga de imaginación y creatividad que vemos en sus otros trabajos. Chabouté no te mezquina nada, deja la vida en cada página, pero tampoco inventa nada. El texto no le pertenece y las imágenes se diferencian de las que cualquiera puede ver en un paseo por New York (o en películas o documentales ambientados en ese lugar) solo porque el comic es en blanco y negro y la realidad no.
La verdad que con un dibujante menos virtuoso, esto se disfrutaba igual. Pero bueno, a Chabouté le gustan este tipo de historias, sin acción, con ritmos pausados, mucho espacio para la contemplación y la introspección, mucha secuencia muda... Yellow Cab es un comic buenísimo, porque la idea de Benoit Cohen es buenísima. El aporte de Chabouté le suma mucho al combo, pero por ahí no hacía falta contar con semejante dios del claroscuro para que el proyecto fuera viable también como historieta.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Mil gracias a tod@s l@s que pasaron por los canales de YouTube de La Batea y Comiqueando a ver el nuevo episodio de Opiniones Meméticas, y nos vemos el finde en Quetren (Olazábal 1784, ciudad de Buenos Aires) para compartir dos días a pura historieta en el imperdible evento de los Premios Cinder.
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