el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 13 de mayo de 2020

MIERCOLES DE CIENCIA-FICCION

Bueno, seguimos acá, en casa. Y con algunas lecturas más para comentar en este espacio.
Efectivamente, ni bien terminé de leer el Vol.9 de Valérian, me fijé en la biblioteca a ver si estaba el Vol.10, que es la segunda parte de la historia que comentamos el viernes. Lo tenía. Y mejor aún: lo leí y sentí la sensación mágica de no haberlo leído nunca. El álbum empieza con un muy breve resumen de lo sucedido en el tomo anterior, así que sospecho que yo debo haber frenado ahí el hipotético intento de lectura, hace mil años, cuando lo conseguí (por supuesto no me acuerdo ni cuándo ni dónde). 
Creo que nunca fui tan feliz leyendo Valérian como con este díptico. Muchas cosas que en Metro Chatelet no terminaban de cerrar, acá los maestros Pierre Christin y Jean-Claude Meziéres lo cierran perfecto. ¡Y hasta tiran puntitas de sagas que vendrán después! Acá se resuelve el misterio, hay acción, comedia, traiciones, engaños, seducción, violencia, misticismo, teorías conspiranoicas, runflas entre mega-corporaciones, celos entre amigovios… Ah, y una bajada de línea maravillosa acerca del saqueo colonialista que invade a culturas menos avanzadas y les impone una religión trucha mientras le chorea las riquezas. No se le puede pedir más a 46 páginas de una aventura apuntada al público adolescente, de verdad.
Lo único que no me pareció taaaan genial es el debut de Laureline en el rol de yiro manipulador, de femme fatale, que volverá a interpretar en álbumes posteriores. Se hace demasiado larga la secuencia en la que se viste, peina y maquilla para verse MUY zorra y detonarle las hormonas a dos giles que supuestamente son muy malos, pero Christin los muestra como víctimas del ardid de esta chica otrora casta y mojigata, ya virada en sex symbol. Atenti fans de Sin City, que en esa secuencia van a encontrar un par de viñetas que sin ninguna duda Frank Miller “tomó como referencia” para algún episodio de esa saga de los ´90. Pero bueno, el dibujo de Meziéres en este tomo es tan zarpado, alcanza picos tan sublimes, que debe ser difícil que un dibujante lea esto y no se quiera “llevar algo de recuerdo”.
Brillante, absolutamente satisfactorio y con muchos toques de genialidad este arco de dos álbumes (aparecidos en 1980 y 1981, respectivamente) de la saga de Valérian. El día que se me prenda fuego la colección, ya sé cuáles son los tomos que hay que rescatar sí o sí de entre las llamas.
Sigo en el terreno de la ciencia-ficción, pero ahora en EEUU y en 2015, para empezar (tarde, como siempre) con Descender, la muy elogiada serie escrita por Jeff Lemire y dibujada por Dustin Nguyen. Hace poco leí (online, claro) Gotham Sirens, una serie con guiones de Paul Dini, cuyos primeros episodios dibujaba Nguyen. Y me pareció una garcha, inclusive el dibujo bajaba el nivel número a número hasta llegar a extremos bochornosos. Acá, todo lo contrario. Arranca muy arriba y va mejorando. No sé si Nguyen trabaja realmente con acuarelas, o si logra ese efecto con herramientas digitales, pero la verdad que la idea de ilustrar todo un comic de recontra-ciencia-ficción con esta estética es alucinante y me hizo revivir los años de gloria de las revistas tipo 1984 y Zona 84. Por momentos Nguyen dibuja tan bien, que parece una especie de Scott Hampton, con una narrativa más sólida. Para el final se relaja un poquito, se le ocurre una excusa bastante legítima para que las últimas… 40 páginas tengan pocos fondos, pero se gana ampliamente la ovación.
¿Dije “el final”? No, esto no tiene final. El libro trae seis episodios y deben ser… más de 30. Y si bien el argumento me re-enganchó, si bien hay varios personajes realmente fascinantes, sin bien Lemire pone en marcha una dinámica entre ellos muy atractiva… me da la sensación (ojalá me equivoque) de que la idea que tuvo el canadiense funcionaría mejor en una historia infinitamente más acotada. 200 páginas, a lo sumo. Planteada en el formato de serie de más de 30 episodios de 20 páginas, Descender corre el riesgo de irse por las ramas, de que algunas de esas buenas ideas que nacen en este tomo se diluyan en los que vienen después.
Ojalá me equivoque y esto esté tan bien escrito como los 40 episodios de Sweet Tooth, que es la obra de Lemire con la que más puntos de contacto le veo a Descender. Acá también hay aventuras, héroes, antihéroes y villanos, momentos de ternura, momentos de mala leche muy al límite, dilemas morales, fenómenos que la ciencia no logra controlar… y además momentos en los que Lemire, como todos los grandes autores de ciencia-ficción, usa al futuro como metáfora crítica del presente. Hasta ahora, la lectura Descender justifica las muy buenas críticas que había leído. Así da gusto irse al Descenso.

Y nada más por hoy. Se me tiene que ocurrir algo para hacerme millonario, porque la comiquería de mi barrio recibió un envío de material de España y hay unos libros gloriosos… a precios de lesa humanidad. Mientras tanto, sigo leyendo lo que tengo acovachado, como para que no falten las reseñas acá en el blog.

lunes, 11 de mayo de 2020

BLACK PARADOX

Todavía estoy triste por la muerte de Richard Sala, pero bueno, ya se me va a pasar. Mientras tanto sigo avanzando en la escritura de ese texto largo al que le estoy dedicando muchas de las horas que me sobran gracias a la fuckin´cuareterna, y por supuesto con la lectura del material pendiente… que ya no es tanto, porque en el último mes y pico prácticamente no compré una chota.
Empecé a leer Black Paradox con la idea de dosificarlo, de no clavármelo todo de un saque, de mecharlo con alguna otra lectura. No pude. Cuando me di cuenta, ya estaba en el último capítulo de este manga de Junji Ito, y ya me quedaban por delante… las últimas 20 páginas, más un par de historias cortas bastante intrascendentes, que podrían haberse omitido tranquilamente, o guardado para un tomo sólo de historias cortas. Pero la verdad es que ocupan sólo 34 páginas en un librazo de 240, con lo cual no da para protestar.
Todo el resto del libro está dedicado a una única historieta, una novela gráfica rara, en el sentido que pega un par de volantazos (sobre todo en la primera mitad) que me hacen suponer que Junji Ito no tenía muy claro para dónde iba a llevar esta historia en el momento de iniciarla. El primer capítulo de Black Paradox está armado como si fuera una historia autoconclusiva, como si no existiera en el autor la idea de seguir adelante con la historia de estos cuatro personajes. Después se le ocurren no una, sino varias puntas para seguir, pero el rol en la trama de Tableau, Marceu, Rosi y Pidan cambia tanto (y tantas veces) que casi podrían ser otros personajes, no los que aparecen en el primer capítulo.
Me imagino qué habría pasado si Ito se hubiera obstinado en contarnos capítulo a capítulo nuevos intentos de suicidio por parte de estos cuatro trastornados… y en una de esas podríamos estar hablando de una historieta muy genial, o de una muy chota. Para mi gusto, el rumbo que toma la historia a partir del segundo capítulo es más interesante que “cuatro tipos intentan suicidarse y fracasan una y otra vez”, porque el manga despega en una dirección totalmente impredecible. El primer capítulo te da la pauta de que pueden entrar en juego elementos fantásticos, y en el segundo, uno de ellos irrumpe en la trama con una fuerza tremenda, y le pone impacto, incertidumbre y fascinación. Fiel a su estilo, Junji Ito va a llevar al extremo ese elemento fantástico y las consecuencias de su interacción con los personajes. Para eso necesita expandir el elenco, y para el capítulo 4 copa la parada un personaje nuevo, que se va a apoderar rápidamente del rol protagónico. Eso también es extraño. No hay muchas novelas en las que el personaje más importante aparezca por primera vez justo en la mitad. Ya dije que estamos hablando de una obra a la que se le notan mucho los volantazos y la búsqueda constante del camino menos predecible, no?
El final también es bizarrísimo. Ocho páginas antes de que se termine la obra, Ito cambia totalmente el tono del relato, vuelve a concentrarse en los cuatro personajes iniciales y le da a uno de ellos el poder de ver el futuro, como para que le cuente a los otros (y a nosotros) varios aspectos que hacen a la resolución de la trama. Me queda claro que al autor se le ocurrió una forma muy inteligente de resolver el conflicto planteado, pero le pareció que no iba a funcionar si lo contaba en clave de aventura, por eso optó por este giro en el final. Una vez más, Ito hace jueguito con las expectativas del lector y tira esas magias del tipo “nada es lo que parece”.
Y hablando de magias, el dibujo de Black Paradox no tiene explicación. Es todo demasiado bueno. Desde los paisajes, los primeros planos, las escenas tranquilas en las que todos charlan, hasta los climas ominosos, los momentos de tensión, la acción, y por supuesto, los estallidos de terror. Un terror físico, grotesco, revulsivo. El manejo de las tramas mecánicas es exquisito, el ritmo narrativo está cuidadísimo, el trazo es tan elegante que por momentos se acerca a Suehiro Maruo… Hermoso trabajo de Junji Ito en la faz gráfica de un manga sorprendente, ágil y retorcido, que se anima a romper sus propias reglas, en el que después de un punto dejás de intentar adivinar qué va a hacer el autor con los personajes, porque es obvio que puede pasar –literalmente- cualquier cosa. Menos que te aburras. Eso sí, es prácticamente imposible.
 La calidad de la edición me asombró. Es realmente maravilloso tener una edición argentina así de cuidada, con papel de ese gramaje, con esa tinta metálica en las retiraciones, con páginas a color… Hasta banco que le hayan puesto sobrecubierta, contra el dogma que yo mismo predico habitualmente. Excelente laburo de Ivrea, que ojalá nos traiga pronto más gemas de Junji Ito.

Nada más, por hoy. Estoy leyendo otras cosas y ni bien pueda, vuelvo a postear. ¡Será hasta pronto!

viernes, 8 de mayo de 2020

OTRO VIERNES DE CLÁSICOS

Mientras Alberto sigue explicando filminas y la cuarentena se extiende hacia el infinito y más allá, sigo avanzando con las lecturas.
Me enganché bastante con la saga de Nippur en Tebas, así que rápidamente me devoré el Vol.9 de la colección de Planeta-DeAgostini, con siete episodios más de la serie con la que se consagró el maestro Robin Wood.
Las primeras tres historias que compila el tomo son muy buenas y muy atípicas. Son historias de muy poca acción y mucho desarrollo de personajes, que hasta se dan el lujo de incorporar ciertas situaciones más de comedia, en una serie que siempre se caracterizó por un tono sombrío y solemne. Pero después llega ese cuarto episodio, el funesto “MIs Gloriosos Compañeros”, que es todo lo que está mal en la saga de Nippur. Doce páginas en las que (ahora sí) estalla la acción, y en las que Robin masacra sin piedad a TODO el elenco de secundarios que se fue agrupando alrededor de Nippur en los tres episodios anteriores. Veníamos bien, el lector se podía encariñar de a poco con nuevos personajes que parecían interesantes, pero una vez más, alcanzan poquísimas páginas para demostrarnos que hacerse amigo de Nippur es letal. Más peligroso que chuparle los mocos a un anciano chino con aliento a murciélago o que aplicar las recetas del FMI en un país periférico.
La épica al palo se extiende un episodio más (“La Gran Batalla”, otra masacre, pero con muertes de personajes a los que Wood nunca desarrolló, con lo cual nos chupa todo un huevo) y enseguida vuelven la tristeza y la solemnidad en “La Epidemia”, donde además tenemos ¡la muerte de Nofretamón!. Otro golpe al corazón de nuestro héroe, de los lectores y del elenco de secundarios de la serie. Este es un episodio muy emotivo, que además desliza una certera bajada de línea para el lado más social. Y ahí saltamos de la revista D´Artagnan al comic-book de Nippur, con una aventura a todo color que yo recordaba haber leído en blanco y negro, en un libro que se editó hace más de 15 años acá en Argentina. Historia chotísima, obvia, predecible, a la que –como es habitual- salvan del bochorno los excelentes bloques de texto en los que brilla la clásica prosa woodiana.
En cuanto a los dibujos, el tomo abre con la despedida (supongo que no definitiva) de Lucho Olivera, que se despide de Nippur con un buen trabajo. Lo reemplaza Sergio Mulko (co-equiper de Lucho en la serie de Gilgamesh que ya reseñamos por acá), que al principio trata de clonar la estética de Olivera, pero ya para la mitad de su segundo capítulo se da cuenta de que es muy difícil, y empieza a “desnudar” un poco más su estilo propio, y que me resulta gráficamente menos atractivo que el de su antecesor. Y en el episodio a todo color tenemos el debut del inmenso Ricardo Villagrán, el Hal Foster argentino, una bestia sagrada del dibujo académico-realista, con un despliegue de anatomía absolutamente espectacular, potenciado por la posibilidad de dibujar en cada página muchos menos cuadros que Olivera y Mulko. Son 16 páginas (con cuatro splash-pages, una más zarpada que la otra) en las que Villagrán se posiciona en tiempo record como el dibujante destinado a levantarle la calidad gráfica a Nippur y mantenerla muy alta durante muchos años. Prometo entrarle pronto al Vol.10, a ver con qué me encuentro.
Me tiré de cabeza con toda la emoción del mundo sobre el Vol.9 de Valérian, Metro Chatélet Dirección Casiopea, que era el único que me faltaba de la etapa clásica de esta fundamental serie. Me hiper-recontra-mil cebé con la aventura que me propusieron Pierre Christin y Jean-Claude Mézieres y cuando ya estaba perdidamente atrapado en el misterio, llega el final del tomo y me entero que este tomo es parte de un díptico (el primero, en una serie que hasta acá sólo incluía álbumes autoconclusivos) y que el final de la historia no está acá, sino en Brooklyn Station Término Cosmos, que felizmente tengo. En cualquier momento lo leo (o releo, capaz que lo leí hace años, sin entender por qué carajo pasaba lo que supongo que pasaré en esas páginas) y lo comentamos por acá.
Así solito, Metro Chatélet Dirección Casiopea es mucho más que la primera mitad de un díptico. Tiene aventura, intriga, comedia, exploración del universo en el que se mueven los personajes, muchas ideas copadas y mucho desarrollo, sobre todo del vínculo entre Valérian y Monsieur Albert, quien se va a convertir en un miembro estable del elenco de la serie. Y el dibujo es infernal, no puede ser mejor. Ya desde la portada, Meziéres juega con esa dicotomía entre una estación de subte bien común y un paisaje fantástico, repleto de vuelo e imaginación. Esa dicotomía se sostiene todo el álbum, a un nivel descomunal, con imágenes y climas muy reales, muy cotidianos (sobre todo si vivías en París en 1980) en contrapunto con mundos, naves y criaturas alucinantes. Un trabajo realmente extraordinario del maestro Meziéres.

Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 5 de mayo de 2020

MARTES DE MUJERES

Bueno, acá estamos con lo que debía de ayer, y los intereses. En vez de un libro, tengo leídos dos.
Arranco con una reseña muy breve, la del Vol.2 de Ryuko. Breve porque mucho de lo que me motiva este manga de Eldo Yoshimizu ya lo puse por escrito el 24/10/19 y breve porque es un tomito de muy pocas páginas (112), con pocas viñetas por página y una cantidad de texto… no escasa, pero para nada abultada.
Me gustó más esta segunda parte, donde la narración es más lineal. O no, donde Yoshimizu elige mejor dónde interrumpir cada secuencia, para que se entienda más claramente qué está sucediendo en el presente, qué tramos son flashbacks y demás. De a poco se va delineando mejor la relación entre los personajes, como para darnos alguna pista de cuál va a ser el climax del conflicto y cómo se puede llegar a resolver.
Y por supuesto, el gancho grosso que tiene Ryuko es el dibujo, un rubro en el que Yoshimizu pone toda la carne al asador, sin la menor piedad ni respeto para con nadie. A nivel visual, este es un manga de un impacto impresionante. Acostumbrados como estamos a que cada mangaka se mueva dentro de un único registro estético, de pronto Yoshimizu nos sorprende con una mezcla alucinógena en la que una viñeta parece dibujada por Yoshitaka Amano, la siguiente por Leiji Matsumoto, y la siguiente por… Carlos Alonso, ponele. El despliegue de técnicas es infernal, te abre tremendamente la cabeza a la hora de pensar qué se puede hacer y qué no en una historieta que se imprime en blanco y negro. Y en todas esas técnicas, Yoshimizu juega de local, con el aplomo y la cancha de los consagrados.
Veremos qué nos depara la segunda mitad de este thriller violento y sórdido, pero con momentos de mucha humanidad, en los que Eldo Yoshimizu realmente logra que empaticemos con sus personajes, por más que sean todos asesinos.
Me liquidé también el Vol.2 de Scarlet Witch (el anterior lo vimos el 19/04/20) y de nuevo, me gustó más que el Vol.1. La fórmula es bastante parecida a la del tomo anterior: cinco episodios, todos básicamente autoconclusivos, siempre con James Robinson como guionista, pero con rotación de dibujantes en cada historia. Esta vez, además, son cinco dibujantes mujeres, como para subrayar ese costado feminista que yo notaba en el enfoque que propone Robinson para esta serie.
El primer episodio es flojo: apenas un tipo muy pusilánime y muy nabo al que su mujer ya muerta le enseña a vivir. El segundo, un poquito mejor, consiste en darle chapa a un personaje (obviamente femenino) que Robinson había creado para una historia corta en un one-shot de Dr. Strange. El quinto episodio, está bien, tranqui, con un giro copado y una ambientación logradísima.
Pero la pulenta, la recontra-pulenta, son el tercer y cuarto episodio. Acá vuelve el Robinson de la gente, el que nos sedujo a todos en Starman. Son 40 páginas sin acción, de Wanda hablando con dos interlocutores distintos. En el cuarto, con la excusa de que en varios títulos hay conexiones con la funesta Civil War II, Wanda habla con su hermano Pietro (Quicksilver), primero de ese tema, y después de temas muchísimo más interesantes. Una charla profunda, sin pelos en la lengua, con facturas vencidas y otras todavía dignas de ser cobradas. Si seguís las vidas de estos hermanos desde aquellos comics de los años ´60, esto te va a emocionar a pleno. Y encima dibuja Joëlle Jones a un gran nivel.
Y el tercer episodio (nº8 de la edición en revistitas) es LA GLORIA. En 20 páginas, Robinson le explica a una legión de guionistas mediocres que con Scarlet Witch NO SE JODE. Que es un personaje demasiado central del Universo Marvel como para ningunearla o basurearla como se hizo durante años con Wanda. No podés –dice Robinson- sacar de la galera personajes como Wiccan y Speed y no darle bola al vínculo con Wanda. No podés pegarle sacudones brutales a Vision o a Wonder Man sin explorar cómo eso afecta a la mujer que los amó a los dos. No le pueden mentir más en la cara ni a ella ni a los lectores que la siguen desde 1963. Lástima el dibujo (a cargo de Tula Lotay) que quizás sea el menos logrado del tomo. Pero el guión, el texto, esos diálogos, el clima que construye Robinson para el largo diálogo entre Wanda y… alguien que no es quien dice ser, alcanza y sobra para que estas 20 páginas sean una auténtica cátedra de cómo se escribe un personaje con 55 años de historia a cuestas.
Se puso power la Scarlet Witch de Vertigo, pero yo me bajo acá, porque no tengo el tercer y último tomo. Acepto donaciones.

Y nada más, por hoy. Como siempre “vamos a volver” ni bien tenga un par de libros más listos para ser reseñados.

lunes, 4 de mayo de 2020

LUNES DE AVENTURAS

Día asqueroso de lluvia, frío y aislamiento, que aproveché para avanzar con las lecturas.
Tenía abandonado hace muchos años (desde el 04/09/11) al compañero Nippur, pero ahora, para compensar que en los últimos meses casi no conseguí material de autores argentinos, me sumerjo en el clásico de Robin Wood y Lucho Olivera a través de la colección de Planeta-DeAgostini, que mi hermano tuvo la decencia de adquirir, por lo menos hasta que la empezaron a publicar todas las semanas a un precio que la hacía incomprable. Arranco con el Vol.8 no para hinchar las pelotas (bueno, un poco sí), sino porque es el que trae los episodios que van justo después de los que reseñé aquel 04/09/11.
Este tomo arranca con una portada amarguísima, a la que sólo le falta el cartelito de "dejá esto ahí y comprá otra cosa". Y encima, ni bien lo abrís, te esperan agazapadas dos historias malísimas: “El Juicio de la Espada” y “Los Cortesanos y los Guerreros”, en las que los argumentos, lo que hace Nippur, contra quién pelea y por qué, son realmente insostenibles. Zafan (lógicamente) por la calidad de los bloques de texto, narrados en primera persona por Nippur, donde Wood tira magia en cantidades imposibles. Después vienen otras dos historias en las que la voz que relata ya no es la del protagonista, sino la de un narrador omnisciente. No se entiende muy bien por qué va cambiando, pero en la quinta historia y en las subsiguientes, Nippur vuelve a ser quien narra los bloques de texto. Las dos que no narra Nippur son mucho más interesantes que las primeras, especialmente “El Sumerio ha Llegado”, que es (además de la primera aventura del incorruptible publicada a todo color) el reencuentro con Nofretamón y el inicio del arco argumental conocido como “La saga de Tebas”.
A partir de esta alianza con los tebanos y su reina, Nippur se dedicará a reclutar a otros pueblos de la Mesopotamia para pelear contra los hititas, no sin antes aleccionar a algún tebano con privilegios que se atreve a discutir su liderazgo. Los dos últimos episodios nos muestran al héroe interactuando con el “pueblo del fuego”, a los que sumará a su runfla. Son historias casi sin acción, más de política que de aventura, con mucho énfasis en los diálogos. Eso está bueno, porque cambia un poco el tono y no lo obliga a Robin a inventar excusas chotas para que Nippur pele la espada o dé cátedra con los puños. Incluso “El Águila”, el segundo de estos dos episodios, el que cierra el libro, nos muestra al infalible sumerio cometer un error grosso, que costará unas cuantas vidas. Algo poco frecuente en las obras de Robin Wood, y en las historietas de aventuras de principios de los ´70, en general.
El dibujo de Lucho Olivera tiene altas y bajas, y las limitaciones se le notan mucho más en las (muchísimas) escenas de gente hablando que en las de acción. Ahí, con menos cuadros por página y menos texto, el dibujo despliega más plasticidad, más dinamismo, y bastante onda. Después, en las secuencias tranqui, la única magia de Olivera aparece cuando nos ofrece algún efecto de iluminación más jugado, más brecciano. Los personajes se parecen bastante entre sí (los viejos son todos iguales, los gordos son todos igual de gordos, las chicas –como ya vimos- parecen todas hermanas gemelas) y todo lo que es paisajes y reconstrucción histórica de edificios, armas, vestimenta y carruajes es correcto en las páginas que Lucho sacó “con fritas” y deslumbrante en aquellas en las que dejó el alma.
Y ya que llegué hasta acá sin soltar el libro de Nippur, guardo para mañana la reseña del otro libro que tengo leído y aprovecho este espacio para exigir juicio y castigo para el hijo, nieto, bisnieto y chozno de puta que decidió re-rotular todo Nippur con la espantosa Comic Sans. Imposible, increíble, inaudito. Una vez que se reedita Nippur completo, en un formato lindo, con buen papel, buenos materiales de reproducción, con episodios a color que respetan y mejoran la labor de los coloristas de Columba… viene un sorete mal cagado y decide (no sé si por ignorancia o por pura maldad) que todos esos millones de palabras que escribió Robin, y que Columba rotulaba con esas máquinas del horror, ahora aparezcan con la tipografía más chota del mundo. La Comic Sans sólo puede ser usada por un diseñador sin imaginación, sin compromiso, sin el menor cariño por el material, ni mucho menos por los pobres giles que lo van a comprar y atesorar por siempre.
Tengo un montón de libros más de esta colección para leer, así que vamos a ir viendo juntos la evolución de esta mítica serie. Ya se escribieron gigabytes enteros sobre Nippur en general y sobre esta colección en particular, pero bueno, trataremos de aportar una mirada que sume algo más, o no, nunca se sabe.

Prometo para mañana por lo menos una reseña más. Nos vemos acá en 24 horas.

viernes, 1 de mayo de 2020

VIERNES FERIADISIMO

Hoy tampoco pisé la calle en todo el día. Ya no me acuerdo cómo eran los bondis por adentro, ni para qué servía esa tarjeta que dice “SUBE”. Pero aprovecho para escribir y para avanzar con las lecturas.
Después de aquella panzada de Gil Jourdan (o Gil Pupila, como le pusieron en España) que me di aquel 28/10/14, no había vuelto a conseguir material de esta excelente serie de Maurice Tillieux, y tampoco otras obras del malogrado maestro belga. Pero eventualmente cayó en mis manos un tomito que no estaba incluído en el integral. De hecho, es el que viene justo después del álbum con el que cerraba aquel imponente masacote.
Este Vol.6, llamado en España “Festival sobre 4 ruedas” me atrapó desde el vamos con un guión muy potente, un verdadero mecanismo de relojería. Sin estridencias, con menos chistes que en tomos anteriores, a lo largo de estas 44 páginas pasan lo que en cualquier otra historieta pasaría en 60 ó 64. Lo más notable, o lo que a mí más me cerró es el plan de los villanos, realmente ingenioso, con todo milimétricamente pensado para llevarlo a cabo sin sobresaltos. Será un detalle pequeñísimo el que le servirá a Gil (que de gil tiene sólo el nombre) para desentrañar el misterio y armar un contra-plan (otra vez, casi digno de Los Simuladores) para capturar a los delincuentes y evitar el robo del banco. Tillieux se da el lujo de hacerte sospechar de personajes que no tienen nada que ver con el crimen, y casi logra convencerme de la inocencia de personajes que me despertaban desconfianza, y a la larga estaban sucios hasta la pera.
Una aventura pausada, tranquila, muy hablada, muy razonada, pero con su cuota de acción y peligros que se sienten reales. Sobra el personaje de Libélula (que apenas calza un par de momentos humorísticos bastante poco logrados) y se siente mucho la ausencia de personajes femeninos. Pero Gil Jourdan brilla como pocas veces y en cada interacción con otro personaje, el autor le pega una pincelada más a una personalidad sumamente interesante.
El dibujo, como siempre, muy tributario de la línea de André Franquin, pero más pulcro, más ordenado, muy idóneo para el tipo de historias que contaba Tillieux en esta serie. Un lujo, sobre todo si pensamos que son historietas de 1963. Ojalá hoy hubiese historietas de detectives para el público infanto-juvenil escritas y dibujadas a este nivel.
Retomo la lectura de Paper Girls, cuyo Vol.1 vimos el 25/03/19. Venía con una expectativa alta, porque el primer tomo me había gustado mucho, pero este me pareció incluso mejor. Es más, todavía no llegué ni a la mitad de la serie, pero ya me animo a postularla como la mejor obra en la ilustre carrera de Brian K. Vaughan. Tendría que decaer bastante en los próximos tomos (no los tengo, pero acepto donaciones) para que quede relegada en el pilón de “series que arrancan bien y después derrapan”.
Vaughan me sorprendió una vez más con la calidad de los diálogos, con el ritmo, la acción, la introspección, el manejo hiper-ajustado de las escenas, que nunca se estiran más de la cuenta. Todo muy bien ensamblado, muy consistente, con peligros muy reales, reacciones muy verosímiles por parte de todas las protagonistas… Un excelente guión, de punta a punta. Y así como en las historietas en las que los protagonistas son todos varones se extraña la presencia femenina, acá también, en algún punto decís “che, ¿no hay varones? ¿Qué es esto? ¿Y the Last Man pero sin Y?”. Me imagino que más adelante, cuando ya estemos más encariñados con las chicas, Vaughan va a meter algunos pibes en la mezcla, aunque sea en roles de villanos. Bah, digo yo. Por ahí me equivoco.
Cliff Chiang también se supera a sí mismo en este tomo, y ya está en un nivel mucho mejor que el de Wonder Woman. Más suelto, más plástico, más sintético… Por momentos parece Gonzalo Martínez entintado por Rick Leonardi. Increíble cómo semejante bestia del dibujo te mete adentro de la historia, cómo te convence de que todo lo que está pasando es real, la atención que le pone a cada detalle, a cada gesto. El color de Matt Wilson también es un deleite.
Altísima recomendación para esta serie, que tiene sumamente merecidos todos los premios que ganó. Si flasheás con esas aventuras tipo El Eternauta, que te traen a la esquina de tu casa viajes en el tiempo, tecnologías locas y batallas con monstruos y pterodáctilos, Paper Girls te va a fascinar. Y si creías que ya habías visto lo mejor que podían ofrecer tanto Brian Vaughan como Cliff Chiang, preparate para llevarte una gratísima sorpresa.

Nada más, por hoy. Como siempre, ni bien tenga algunas cositas más leídas nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog. ¡Será hasta entonces!

miércoles, 29 de abril de 2020

OYASUMI PUNPUN Vol.13

La mala noticia es que estoy leyendo pocos comics. La buena es que estoy leyendo muchos textos SOBRE comics, porque por primera vez (seguramente por efecto del aburrimiento que genera la reclusión domiciliaria infinita) estoy escribiendo un texto largo (obviamente referido al Noveno Arte) que eventualmente se va a publicar. En una de esas se convierte en un libro, en una de esas en una serie (larga) de artículos acá en el blog, o en el sitio web de Comiqueando, o en los dos lugares. Pero en algún momento se va a dar a conocer y ahí habrá una sobredosis de “Andrés Accorsi hablando de comics” para aquellos que se animen a bancarme en este nuevo disparate.
Mientras tanto… ¡terminé Oyasumi Punpun! El manga de Inio Asano que empecé a leer allá por Diciembre de 2018 llega a su fin con este Vol.13 más gordito que los habituales.
En la reseña del Vol.12, me aventuré a vaticinar que “tanta oscuridad tan cerca del final no hace más que prometer que Punpun va a terminar MUY para el orto”. Bueno, una vez más le erré por bastante. No te digo que hayamos tenido un final exactamente “feliz”, pero estuvo muy lejos de la tragedia para la que yo me iba preparando a medida que avanzaba en la lectura del tomo anterior. En cuanto al subplot de Pegaso, el gurú de las buenas vibras, en cambio, yo dije: “tengo mis serias dudas de que Asano logre cerrar convincentemente esta punta del argumento, o integrarlo un poco más al tronco de la saga”. Y acá la emboqué. Todas esas escenas dedicadas a esta línea argumental llevan a… la nada misma. Se sostienen en diálogos muy interesantes (y obviamente en los maravillosos dibujos de este animalito llamado Inio Asano) pero como historia no cierra por ningún lado, ni le aporta nada a la historia principal.
Y claro, ahora que uno puede ver la obra completa en perspectiva, son MUCHISIMOS los tramos de estos 13 tomos en los que Asano pierde tiempo en pelotudeces que no aportan nada. Es obvio (o en realidad se me hizo obvio al llegar al final) que acá no había un plan, que el autor iba fruteando sobre la marcha. Para este capítulo se me ocurrió que le pase tal cosa a Punpun, lo meto de una. Para este no se me ocurre nada con Punpun, pero tengo una escena copada con un personaje nuevo, que no sé si va a enganchar con lo que veníamos narrando, adentro, dale que va. Así es como desaparecen personajes interesantísimos (por supuesto con el tío Yuichi a la cabeza), y el elenco protagónico fluctúa tanto. Incluso en las últimas… 46 páginas, en ese epílogo estirado hasta el infinito y más allá, Asano trabaja durísimo para darle chapa a un personaje que no había aparecido nunca. Es así, no puede parar.
Los finales que plantea el autor para Aiko y Nanju Sachi me parecieron logradísimos y la última vuelta de tuerca para Punpun, sinceramente jamás me la vi venir. O sea que, a grandes rasgos, puedo decir que este manga extrañísimo, que prácticamente no necesitó de elementos fantásticos para convertirse en una de las lecturas más desafiantes con las que me encontré en estos años, terminó bien. Me queda el gusto amargo de pensar que lo que Asano contó en 13 tomos se podría haber contado (con una buena poda de personajes secundarios intrascendentes y volando a la mierda todas las escenas que no aportan nada a la trama central) en cinco, o como mucho seis. Pero bueno, quejarse de que los mangakas estiran es como quejarse de que los gobiernos neoliberales ajustan, o de que la AFA de Chiqui Tapia beneficia siempre a Boca. Son obviedades, son cosas intrínsecas, inevitables, que van a ser siempre así. ¿Te metiste en un manga de 13 tomos? Preparate para la estirada brutal, los personajes secundarios de relleno, y las más variopintas peripecias que a la larga no conducen a ningún lado.
Por lo menos en Oyasumi Punpun el relleno no son peleas interminables, ni colegialas que lloran porque el chico que les gusta no les habla. Este es un manga (como ya dije) mucho más de vínculos que de trama, más de introspección que de acción, y eso lo hace complejo, difícil, por momentos muy retorcido, y también lo hace profundo, intenso y honesto como pocos.
En la faz gráfica, la verdad que me saturó un poco el laburo de Asano y su ejército de asistentes. Tengo sin leer otras tres obras del ídolo (entre ellas la edición argenta de Solanin, el manga con el que me hice fan de Asano allá por 2009), pero las voy a dejar para la segunda mitad del año, porque quiero desintoxicarme un poco de esa estética tan pendiente de la foto retocada. Por momentos, Oyasumi Punpun me hizo acordar a The Amazing World of Gumball, ese dibujo animado en el que personajes de diseño sencillito, naïf y bonito se mueven sobre fondos tomados de la realidad. Me doy cuenta de que ese no es el efecto que buscaba Asano al ametrallarnos viñeta tras viñeta con esos fondos hiper-realistas, mega-cargados de detalles. Pero a mí me pasó eso, llegué al punto de decir “pará, flaco, inventate ALGO. Un celular, un par de ojotas, un estampado para la remera de Punpun”… Lo único que podría verse irreal, más propio del imaginario gráfico de un mangaka que del mundo posta, es precisamente el manga que dibuja Sachi, pero Asano no nos lo muestra.
En fin, si venís a full con Asano, no dudes en entrarle a Oyasumi Punpun. Y si te gustan las historias bajoneras, casi sin chistes, en las que vemos el tránsito de la infancia a la madurez de chicos con problemitas, esta puede ser tu Biblia Absoluta.
Gracias por el aguante y hasta pronto.


viernes, 24 de abril de 2020

VIERNES DE CLASICOS

Sigue la cuarentena (a esta altura ya “cuareterna”), sigue el encierro y sigo leyendo comics, que más temprano que tarde tendrán su reseña en este espacio.
Hoy empiezo con El Oro de Cush, el segundo álbum de Los Escorpiones del Desierto, escrito y dibujado por el inolvidable Hugo Pratt allá por 1975-1976. O sea que va en el medio entre el que vimos hace tres años, el 24/04/17, y el que vimos poco después, el 01/06/17. Este es un tomo particularmente notable porque uno de los personajes dice haber sido amigo de Corto Maltés, con lo cual se estructura (de modo tibio, aclaremos) una continuidad compartida por las dos series que Pratt llevaba adelante en los ´70 y ´80.
Básicamente, este breve historia de apenas 39 páginas narra la búsqueda de un tesoro. Sí, otro álbum de Hugo Pratt en el que los protagonistas buscan un cofre lleno de oro, encanutado en un lugar recóndito, en medio de una geografía hostil y una situación extrema, en este caso la Segunda Guerra Mundial. Pero hay más elementos que enriquecen muchísimo esta premisa. Quienes van tras el oro son dos militares de bandos opuestos: un italiano y un polaco que pelea para el bando británico, y la evolución de esta improbable alianza entre supuestos enemigos es –lejos- lo más atractivo del relato propuesto por el glorioso Tano. Podría no ser parte de la serie Los Escorpiones del Desierto, porque el único de los Escorpiones con un mínimo peso en la trama es el Teniente Koinsky, y además el rol que acá cumple el polaco lo podría haber cumplido cualquier otro aventurero. Incluso el propio Corto Maltés.
El guerrero dancalo Cush, cuyo nombre aparece en el título del álbum, entra en escena pasada la mitad del tomo, y su aporte va a ser bastante secundario. Recién cinco páginas antes del final, Pratt va a revelar el juego y a dejar en claro qué sentido tenía que este africano parco y taciturno (el amigo de Corto) se uniera a Koinsky y a Stella, el militar italiano… que también podría haber sido cualquier otro aventurero, aunque su personalidad está mucho mejor trabajada incluso que la de personajes a los que Pratt pensó para protagonizar en solitario álbumes más extensos que este.
La trama está muy bien orquestada, el ritmo es (típico de Pratt) muy pachorro, los diálogos son buenísimos, y lo único que falta es un buen personaje femenino, un rubro en el que el Tano siempre se sacó buena nota. Acá hay una mujer importante para la historia, pero será un personaje ausente, casi un espejismo. Ni hace falta hablar de la calidad del dibujo, porque ya señalé que esto es de mediados de los ´70, época mágica y milagrosa de Pratt, en la que todo lo que tocaba se convertía en oro. Esta edición tiene el color que le agregaron los editores franceses (más que aceptable) y una calidad de impresión muy chota, muy precaria, que no le hace justicia a la gran historia de Koinsky, Stella, Crush y el cofre lleno de oro escondido en pleno desierto africano, justo cuando los ingleses preparan el embate final contra las posiciones italianas en Etiopía. Nunca es tarde para encontrarlo y desenterrarlo.
Y volví a leer una novela gráfica del año 1984, que seguro leí alguna vez en mi juventud, pero de la que no me acordaba absolutamente NADA. Me refiero a Heartburst, la primera obra importante del maestro Rick Veitch, aquel aventajado alumno de Joe Kubert que desde principios de los ´80 empezó a ganar espacio en distintas antologías.
Heartburst es un relato clásico de rito iniciático, en el que el pibe pelotudo y malcriado se convierte paso a paso en un héroe, en un tipo muy capo, muy valiente, con enormes responsabilidades a cuestas. Algo que ya leímos chotocientas mil veces, pero muy bien matizado con una ambientación futurista, en un planeta que conoce a la cultura de la Tierra a través de programas de TV de los más chotos, y por supuesto con acción, aventura, sexo, misticismo y bajada de línea socio-política para el lado correcto. Muy por encima del gaste irónico a la ínfima calidad de la programación televisiva, Veitch machaca fuerte sobre el tema de la intolerancia, la supresión del distinto, la alienación, la represión de ideas que podrían mejorar notoriamente la vida de los pueblos… todo para cumplir los caprichos de un gobernante totalitario, apoyado por milicos fachos, fans de la violencia, la tortura y el exterminio de razas enteras. No estoy mencionando nada que no fuera moneda corriente en el comic para adultos de los ´80, pero bueno, lo único realmente jugado que tiene Heartburst es que lo publicó Marvel, una editorial donde los contenidos generalmente van para otro lado.
Con sus peripecias al límite, su bajada de línea y el excelente desarrollo del personaje protagónico, Heartburst te ofrece casi 50 páginas de un entretenimiento intenso, muy digno, con la capacidad de dejarte pensando cuando la historieta se termina. Veitch dibuja muy bien, como si quisiera fusionar el estilo de Kubert con el de Richard Corben, y en ese intento aparece con fuerza el estilo que le vamos a ver mucho más asentado en sus obras posteriores. El manejo del color es muchísimo más arriesgado que el del dibujo y quizás para el ojo del lector actual puede resultar medio bizarro. Pero en el contexto de mediados de los ´80, se la recontra-banca. Y en la puesta en página también, lo vemos a Veitch ensayar trucos de magia de los que después van a maravillar a los lectores de sus trabajos más populares, o más rupturistas. Si sos fan de este ídolo (hoy medio en retirada) no tengo dudas de que Heartburst te va a emocionar, o por lo menos a impactar.
Nada más por hoy, la seguimos pronto.
  

miércoles, 22 de abril de 2020

ENESIMO MIERCOLES DE ENCIERRO

La concha de la lora, qué largo se hace el encierro… Hace poco más de cuatro años, cuando me operé de la columna, también me comí casi 50 días sin salir de mi casa, pero por lo menos me podían venir a visitar mis amigos, mis hermanos… Esto ya es un embole cósmico que no tiene fin. Y uno encima se porta bien y cumple.
Vamos con las lecturas y arranco con un rescate de mesa de saldos, un librito prestige llamado Hugo Moro, de 2002, gracias al cual me reeencontré con Oriol Roca, un autor español del que conocía una sóla obra (Cupido), que me había gustado mucho.
Hugo Moro protagoniza (por lo menos en este tomito) dos historietas de 22 páginas, probablemente pensadas para aparecer en comic-books que nunca se materializaron. Son dos historias autoconclusivas (una de 1999 y una de 2000), ambientadas en un período histórico muy interesante, que es la Edad Media, justo después de las Cruzadas, en pleno apogeo de la Inquisición. El protagonista es un sacerdote reclutado por el Papa para integrarse a una orden religiosa que investiga “asuntos que escapan al entendimiento de los hombres", una especie de X-Files del medioevo.
Las dos tramas son atractivas, las dos están narradas a buen ritmo, las dos brindan excusas más que válidas para que Hugo Moro pele la espada y reparta duro y parejo, en las dos hay una bajada de línea muy certera, muy linda. La idea de meterle elementos fantásticos a esta época de oscurantismo es, sin dudas, lo más interesante. Acá nos encontramos vírgenes que quedan embarazadas y chanchos que aparecen muertos y sin sangre, pero a eso Oriol Roca le encuentra una explicación. Lo que no puede explicar es la barbarie, la intolerancia, el odio al distinto, los excesos de quienes sienten que tienen el poder suficiente para no darle explicaciones a nadie.
El dibujo de Roca es potente, expresivo, basado en un claroscuro muy logrado, por momentos bastante extremo, como si Santiago Sequeiros o Mike Mignola se pusieran a entintar páginas de Fernando De Felipe. La puesta en página es dinámica, con muchas variantes bien exploradas (el widescreen, la grilla de 9 cuadros, la de tres viñetas verticales…) y quizás lo único que no me gustó haya sido el rotulado.
Si te cruzás con Hugo Moro en un eventual paseo por las librerías de saldo, no lo dejes ahí, que –sin ser la Octava Maravilla del Mundo- se merece un lugarcito en tu biblioteca de historieta española.
Tomo 12 de Oyasumi Punpun, a poquísimas páginas del final del inclasificable manga de Inio Asano, y esta vez sí, el que puso esa sobrecubierta básicamente negra la embocó. Estamos en el momento decididamente dark de la serie, cuando ese lento y paulatino proceso de maduración de Punpun pegó un volantazo para el lado del carajo y los lectores presenciamos atónitos el descenso del protagonista hacia las fosas de la abyección moral. ¿Creíste que el romance con la chica a la que amó toda su vida podía llevar a Punpun hacia el final feliz que en algún momento se mereció? Pindonga. El enésimo capricho de Asano hace que esta relación que pudo haber sido hermosa, idílica, perfecta, forme parte del enrosque más jodido que leí alguna vez en un manga. Oyasumi Punpun sigue siendo una obra acerca de los vínculos, pero ahora son vínculos espantosos, morbosos, heavies, retorcidos, asfixiantes. Por un lado, esto que pasa en el Vol.12 me angustió tanto, que sentí alivio al pensar que el próximo tomo es el último. Por el otro, tanta oscuridad tan cerca del final no hace más que prometer que Punpun va a terminar MUY para el orto.
Por detrás de la trama central, muy eclipsada por la misma, sigue avanzando la historia del gurú de las buenas vibras y su elenco de personajes secundarios, y de nuevo, tengo mis serias dudas de que Asano logre cerrar convincentemente esta punta del argumento, o integrarlo un poco más al tronco de la saga, que pasa (obvio) por Punpun. Y en este tomo, Asano vuelve a hacer crecer y a darle mucha chapa al personaje de Sachi, a esta altura lo más parecido a una heroína que le quedó a la serie. Sachi incluso interactúa en una escena con el otro gran personaje poco aprovechado de este manga, que es el querido tío Yuichi. Y como la chica que siempre quiso ser mangaka está haciendo las cosas bien, confío en que su arco confluya con el de Punpun en las pocas páginas que quedan antes del final.
El dibujo, realmente en este tomo pasa muy a segundo plano. Hay tanto paisaje, tanta contemplación, tanta toma “de lejos” que lo que más se luce es la habilidad de Asano para retocar fotos. Y esa secuencia muda con Aiko en la playa, a la que es imposible no imaginar con música y movimiento. A sólo 200 páginas del final, el ídolo no se relaja, no afloja nunca en su intento de recordarnos EN TODAS LAS PUTAS VIÑETAS que esto es el mundo real. Que Punpun no tiene cara de pibe humano porque él (Asano) es un excéntrico, un caprichoso, un vanguardista, pero que TODO es real.
Casi me tienta la idea de entrarle a otros mangas antes de leer el último tomo de Oyasumi Punpun, como para flagelarme un poco a mí mismo, pero no, ni en pedo. Antes de fin de mes seguro lo leo y lo comentamos por acá.
Y bueno, nada más, por hoy. A seguir esperando el milagro de que se cierre este paréntesis eterno en la vida social y el laburo. Será hasta pronto.


domingo, 19 de abril de 2020

OTRO DOMINGO EN CASA

A fines de 2015, Marvel decidió reparar una injusticia y le dio serie regular a Scarlet Witch, inmenso personajes siempre contenido en las páginas de los distintos títulos de Avengers, tras hacer las inferiores como villana en Uncanny X-Men. El guionista elegido fue James Robinson, muy fan del tema de las brujas, como atestigua su serie Witchcraft, de la cual escribió un par de sagas en Vertigo, en los ´90. Y el formato elegido es muy parecido al que vimos hace poco en aquella serie de S.H.I.E.L.D.: episodios autoconclusivos, siempre con distintos dibujantes. Evidentemente esa fórmula no es la que prende hoy en día entre los lectores de Marvel, porque a Scarlet Witch también le fue mal, y la serie se extinguió luego de apenas 15 entregas. Pero de ahí salieron tres TPBs, de los cuales tengo dos, y hoy tengo para comentar el primero.
Robinson presenta una versión bastante “vertiguesca” de la querida Wanda Maximoff, más madura, menos bardera, conectada a full con el tema de la brujería (que se usa para explicar sus poderes, por encima de cualquier poder mutante que pueda tener la heroína) y hasta con un tinte feminista, ya que la cuestión de género tiene bastante peso en las tramas. Falta que la veamos putear y acostarse con otras mujeres y ya podríamos decir que esta es la Scarlet Witch de Vertigo. De todos modos, como suele suceder en Marvel, aunque los autores tengan amplias libertades para llevarse a los personajes a las márgenes del meta-relato compartido entre todos los títulos de la editorial, el Universo Marvel siempre se hace presente, en distintas formas.
El primer episodio es bastante flojo, pensado más para piantar compradores que para seducirlos. El segundo levanta un poco, el tercero y el cuarto ya están bastante mejor (acá Robinson ensaya otra innovación: inventarle un archienemigo a Wanda, que nunca tuvo uno) y el quinto, que es el más desenganchado, el más autoconclusivo de todos, es el que a mí más me gustó. Es rara cómo está mostrada la acción, con lo cual uno nunca siente el peligro, la emoción, la veta épica de lo que está sucediendo, pero a nivel argumental me parece la historia más lograda.
Este último episodio está ambientado en España y una vez más (como en el libro de Shade que vimos el 17/03/14) Robinson convoca para dibujarlo al gran Javier Pulido, que plantea una puesta en página medio extraña, pero dibuja a un nivel muy alto. Después tenemos a Vanesa del Rey (bastante del montón lo suyo), a Chris Visions (no lo conocía, me gustó bastante), al maestro Steve Dillon (tranquilo, sin sobresaltos) y a Marco Rudy, mil veces mejor que en aquellos números de Swamp Thing donde lo vimos reemplazar a Yanick Paquette, ahora con la posibilidad de colorearse a sí mismo, y con un juego de puesta en página que emula (con dignísimos resultados) a los que proponía J.H. Williams III en Promethea. O sea que visualmente el TPB tiene más logros que tropiezos. Prometo entrarle pronto al Vol.2, a ver si siguen mejorando los guiones.
Me queda sin leer muy poco material editado en Argentina en 2019 y en 2020 casi no salieron libros de autores locales, así que veremos de qué carajo me disfrazo para que no falte comic nacional en este espacio. Tengo leído Changos es Puro Cuento, una antología en la que varios autores reversionan clásicos de la literatura con una vuelta de tuerca rara e ingeniosa: la de meter en el medio a sus propios personajes, todos ya aparecidos (creo) en otras historietas destinadas al público infantil. O sea que al desafío de adaptar a pocas páginas de historieta relatos literarios mucho más extensos, se suma este, bastante más jodido, que es el de romper la lógica de l@s autores originales para darle a todo una onda infanto-juvenil y mechar personajes de la propia cosecha de cada un@ de l@s historietistas.  
Todas las historietas comparten un problema serio: esa tipografía chota, amarga, que va en sentido contrario del despliegue de imaginación que uno espera ver en un libro de estas características. Y después, hay dibujantes realmente flojos, a los que les quedó muy grande el formato libro, las páginas a color, la chapa de los textos que adaptaron, etc. Material que si ves en un fanzine no te hace ruido, pero en este contexto, el de un libro con una calidad de edición impecable, impacta muy negativamente.
En el rubro “busquemos una vuelta loca para contar las historias que todo el mundo conoce con una impronta distinta y metámosles personajes que no tienen nada que ver”, creo que los mejores resultados los obtienen Willy Pinuer, Pablo Lizalde, y la dupla Muriel Frega-Mariela Acevedo. Además, son tres de las historietas realmente bien dibujadas. La forma en que Hernán Offi encara la adaptación de 2001: A Space Odyssey también me causó bastante gracia, pero al dibujo le falta un poco más y no está tan logrado el equilibro entre texto e imagen. Y después hay dibujos más que correctos en la historieta de Laura Vásquez (donde falta destreza en la puesta en página, en el flujo narrativo de la historia) y en menor medida en las de Sergio Puente y Laura Rosendo.
En el resultado global, creo que es un proyecto mejor pensado que ejecutado, pero a los más chicos seguro los va a cautivar, y a mí me brindó la posibilidad de conocer a algun@s nombres vinculados a la historieta infantojuvenil que desconocía, en parte porque la inmensa mayoría son de Mar del Plata. A ver con qué más me sorprenden l@s creativ@s de esa hermosa ciudad.

Y nada más, por hoy. Ni bien tenga otro par de libros leídos, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.

jueves, 16 de abril de 2020

JUEVES GLORIOSO

Hoy la vida me premió con unas lecturas de una calidad inverosímil. Me tengo que esforzar para que me caiga la ficha de que realmente leí en dos días dos historietas tan buenas, aparecidas una en 2006 y otra en 2007, muy pegaditas.
Voy primero con la de 2006, que es Después de la Lluvia, el Vol. -84 de La Mazmorra Amanecer, el cuarto tomo de esta serie, y continuación directa del tomo de La Mazmorra Monstruos que vimos un lejano (y binario) 11/01/11. Aquel álbum narraba sucesos tan impactantes, que Joann Sfar y Lewis Trondheim se vieron obligados a romper la progresión numérica y saltar del nivel -97 al -84 para explorar a full las consecuencias. Pero hay mucho más que eso en las exiguas 46 páginas de Después de la Lluvia.
Además del Dream Team Absoluto de La Mazmorra (Sfar, Trondheim y Christophe Blain, que es como armar la delantera con Messi, el Batistuta de 1993 y el Gordo Ronaldo del ´97) tenemos una aventura al palo, trepidante, definitiva, con pinceladas de humor, altísimas dosis de violencia, algo de sexo, rosca política, sacudones brutales en el status quo de la serie, revelaciones tremendas sobre algunos personajes, el regreso de otros, guiños a los que sabemos qué les va a pasar “más tarde” a estos personajes por haber leído álbumes que van mucho más adelante en la cronología de la serie… No le pongo el rótulo de “Historieta Perfecta” simplemente porque hay varias cosas que no se entienden si no venís leyendo los tomos anteriores de La Mazmorra.
El dibujo de Blain es magistral, expresivo y dinámico como buen dibujo animado protagonizado por animalitos antropomórficos, y a la vez oscuro, ominoso, turbio, como casi todo lo que pasa en este álbum. Menos mal que un día me puse a ordenar mis álbumes de La Mazmorra, menos mal que consulté un checklist en la web, menos mal que identifiqué a tiempo que me faltaba un tomito y menos mal que el año pasado lo conseguí a buen precio. Vivir sin tener completa esta saga es casi un pecado mortal y morir sin haber leído Después de la Lluvia es prácticamente un crimen de lesa humanidad.
Después de un paréntesis prolongado, retomé Oyasumi Punpun, el manga de Inio Asano, con el Vol.11 (el Vol.10 lo vimos el 23/02/20). Me dejó shockeado, cagado a trompadas. No puedo creer lo que leí.
De nuevo Yuichi aparece con cuentagotas, apenas un segundito. Y algo parecido pasa con el otro personaje que me copaba, Sachi, también bastante relegada en este tomo. ¿Qué onda? ¿Asano averigua qué personajes me gustan a mí para sacarles protagonismo y esconderlos en escenitas de relleno? No, pero antes de que este tomo llegue a la página 50 pasa algo tan grosso, tan tremendo, tan inesperado, tan impredecible, la trama pega un volantazo tan zarpado, que nada de lo que venía contando Asano en los tomos anteriores conserva demasiada relevancia. A la luz de ESA escena (no la quiero spoilear), todo lo demás pasa a ser relleno. El plot de Pegaso, el gurú de las buenas vibras, avanza un montón, Asano se desloma para ponerle personajes secundarios copados, diálogos buenísimos… pero empalidece por completo frente a lo otro, a lo más grosso, que tiene a Punpun y a Aiko como protagonistas excluyentes.
Oyasumi Punpun sigue siendo ese manga inclasificable, raro, introspectivo, donde los vínculos tienen muchísimo más peso que la acción, donde el proceso de maduración del protagonista le gana el spotlight a las líneas argumentales… pero en este tomo hay acción, mucha y muy bestial, y Asano dispara una línea argumental con fuerza suficiente para llevarse puesto a todo lo demás. Veremos qué nos prepara este ídolo fuera de serie para los últimos dos tomitos.
Ah, juicio y castigo para el que decidió tapar con esa sobrecubierta amarga y pechofrío una de las ilustraciones más hermosas de ese virtuoso sin límites que es Inio Asano.
No mucho más, por hoy. Gracias por el aguante y ojalá las boludeces que uno escribe sirvan para hacer menos embolante el confinamiento.


lunes, 13 de abril de 2020

REBELS

Hoy me aboco a reseñar un sólo libro, ya que por su extensión me tomó muchas horas de lectura y por su contenido da tela como para cortar a lo largo de un par de párrafos más que los que habitualmente le dedico a cada TPB.
Este libro recopila los 10 episodios de Rebels que editó Dark Horse entre 2015 y 2016. Rebels fue una breve serie escrita por Brian Wood, que reunía varias historias vinculadas a la guerra por la independencia de los Estados Unidos, con énfasis en el costado más humano, más cotidiano de estos hombre y mujeres a los que un día les tocó ser soldados en la guerra contra el imperio más poderoso que tenía el planeta en el último tercio del Siglo XVIII. Con vastas diferencias temporales y geográficas, el planteo de Wood no es tan distinto al de la recordada Northlanders: hay una saga inicial extensa, que construye minuciosamente a un protagonista (en este caso Seth Abbott, hijo de granjeros de Vermont), y después varios relatos más cortos, con otros personajes, y algún regreso más breve del protagonista inicial.
Claro que en 10 números no se puede hacer la misma magia que en 50, por eso ya de movida Rebels tiene pocas chances de eclipsar a Northlanders. Pero si obviamos la comparación y leemos Rebels en seco, sin ningún contexto, nos vamos a encontrar con una excelente premisa (el backstage de una guerra revolucionaria que cambió la historia del mundo), varios personajes muy bien desarrollados, conflictos reales, humanos, a los que el conflicto mayor (la guerra) les agrega espesor dramático, y una investigación exhaustiva del período histórico, que le brinda al lector muchísima información de un modo para nada aburrido, a años luz de esa avalancha de información innecesaria que hace tan difícil de leer obras como From Hell, por citar “una que sepamos todos”.
Quizás el único problema de Rebels esté en la extensión que le dio Wood a cada historia. La principal, la de Seth Abbott, se podría haber contado tranquilamente con 30 páginas menos. La de Silence Bright, que dura apenas 16 páginas, daba para seguirla bastante más. Y de las tres que duran 22 páginas, hay dos perfectas (la de Sarah Hull y la de la amistad entre el milico inglés y el aborigen) y una que aporta poco y nada, a la que no arreglás ni agregándole páginas ni compactándola para que dure menos.  
Seguramente el rubro en el que Rebels pierde por goleada contra Northlanders es el de los dibujantes. Acá el que más páginas dibuja es Andrea Mutti, un dibujante al que Wood tuvo de suplente en DMZ y que para mi gusto tiene poca onda, poco despliegue. Es un dibujante correcto, sin pifias ni tiradas a chanta, pero desangelado, crudo, sin magia, como si un dibujante de aventura clásica de los años ´50 se propusiera convertirse en una especie de… Guy Davis pero se detuviera a mitad de camino. El color de Jordie Bellaire es hermoso (como siempre) y realza los climas en todo el amplio abanico de escenas que recorre la historia. Y de los dibujantes invitados para las historias cortas, la que más me gustó es Ariela Kristantina, quien le pone mucha más onda que Mutti, sin descuidar para nada el rigor histórico en la ambientación. Lamentablemente son pocas las páginas que le aporta al tomo esta artista nacida en Indonesia y hoy radicada en EEUU.
Hay un segundo libro de Rebels, que compila los ocho episodios publicados con el título de Rebels: These Free and Independent States, y que por supuesto no tengo (acepto donaciones). Esa segunda tanda de episodios terminó de salir en 2017 y tiene –una vez más- a Andrea Mutti como dibujante principal, complementado en las historias cortas por otros artistas menos conocidos. Y no hay nada más. Después vino la “caída en desgracia” de Brian Wood, acusado de tirarle los galgos de mala manera a dos chicas (en distintas situaciones, con años de distancia), y en poco tiempo lo perdí de vista, a medida que las puertas de las editoriales se le fueron cerrando a raíz de estas denuncias.
Obviamente al no conocer los casos, ni conocer personalmente al y las involucrad@s, no estoy habilitado a opinar acerca de las denuncias. Pero me queda un sabor amargo en la boca, porque durante 20 años Wood me dio muchas alegrías como guionista de historieta, me emocionó, me hizo pensar, me transmitió muchísimos conocimientos, me resultó una voz coherente, sensible, inteligente, un típico exponente de esa “izquierda” yanki bien monolítica, bien termo… y lamentablemente bien minoritaria. Por ahí detrás de esa impronta autoral tan copada hay un machirulo, un tipo jodido, o un pelotudo, liso y llano. Y sería una pena que así fuera, aunque eso no nos impide a los fans de su obra, y muy especialmente a los fans de la historia de la independencia de nuestro continente, disfrutar y sufrir con los relatos (más desgarradores que épicos) que Wood conjuró en Rebels.  

Grazie per tutti e ci vediamo.