Seguimos en el eterno jueves 11 de Octubre y ahora sí: a los piques rumbo al fastuoso Javits Center, que arrancó la Convención!
Rápidamen-
te nos entregaron las acreditaciones que nos permitían quedarnos hasta las nueve de la noche a disfrutar de... muy poco. La verdad, la programación del jueves en materia de charlas y demás era bastante penosa. Eso tiene una explicación: el jueves la Con abría sólo para profesionales, prensa y los fans que habían comprado el pase para viernes, sábado y domingo (los hardliners, bah). O sea que, si bien había bastante gente, al lado de lo que se vendría el viernes, el Javits estaba menos poblado que las vitrinas de Gimnasia.
La comparación con San Diego es inevitable, por lo menos con el San Diego de hace 12 años, que fue el último en el que estuve. De movida, el Javits tiene mucho menos espacio para charlas, juegos, proyecciones, etc., que San Diego. Sin embargo el “main floor” (el sector de los stands) es prácticamente igual de grande, y el Artist Alley (el sector de los artistas) es mucho más amplio y cómodo. Al recorrer los stands rápidamente se notan algunas ausencias: ¿Cómo no están IDW ni Boom! Studios? Mediante alguna lógica retorcida, puedo entender que no estén Fantagraphics, o Drawn & Quarterly, o kiosquitos unipersonales tipo Cartoon Books (que nunca faltaban en las San Diegos noventosas), pero IDW y Boom! no podían no estar. Aún así, no estaban.
En general, todo el “palo indie” estaba escasamente representado. Había stand de Top Shelf (ni en pedo te hacían las ofertas que ponen en su sitio web), de First Second, y pará de contar. ¿Autores? Peter Kuper, que fue por la suya al Artist Alley, y porque la gilada lo identifica con Spy vs. Spy. El resto, ni a saludar. En San Diego siempre tenías un Daniel Clowes, un Peter Bagge, alguno de los Hermanos Hernández... Acá, pindonga. Si no dibujás superhéroes, zombies o jedis, no existís. Y sin dudas, eso fue lo más choto de la NYCC, la poca diversidad.
Había bastante manga, es cierto. Muchos stands de animé y merchandising, bastantes menos vendiendo los tomitos (Viz, por ejemplo, no vendía nada). Esto es porque este año la NYCC absorbió al NY Anime Festival dentro de su programación. De todos modos, la maniobra no fue prolija, a tal punto de que las actividades de manga y animé aparecían en un sector aparte del catálogo de la Con y yo me enteré de que estaba el sensei Masakazu Katsura... cuando ya se había ido. Otros autores a los que me hubiera gustado ver pero jamás vi fueron Dave Gibbons, Andy Kubert y Patrick McDonnell (el de Mutts!). En el catálogo dice que estaban, yo no los vi por ningún lado.
Y bueno, ¿qué se puede hacer en una convención el día que la programación es chota? Obviamente ir a avechu-
chear al sector de los dealers, a los que venden los back issues y los TPBs a precios obscena-
mente bajos, antes de que arrase la marabunta y no quede ni una Team Youngblood en mal estado. La otra es ir al Artist Alley a boludear con los autores, pero yo el primer día no lo encontré (estaba medio escondido), así que mi primera y única opción fue entregarme (junto con mi secuaz Nacho Alcuri) a las garras de la más abyecta adicción: los TPBs a u$ 5. La inmensa mayoría de los dealers tenían cajas de back issues baratísimos (en la foto estoy escrutando una caja de u$ 0,50) y dos sectores de brolis: uno de brolis a mitad de tapa y otro de brolis a u$ 5. En las cajas de u$ 5 había tanta merca y tan grossa, que a los de mitad de tapa ni los mirábamos. ¿Me vas a cobrar u$ 9 por un TPB de u$ 18? Ni en pedo, con u$ 9 me compro casi dos TPBs de u$ 5. ¿Remeras a u$ 20? Metételas en el orto, son cuatro brolis de u$ 5. En un par de horas, la nueva unidad monetaria fue el TPB de u$ 5. El sandwich me salió un TPB, la entrada al MOMA cinco TPBs, el numerito de Solo que me faltaba (el de Darwyn Cooke) lo pagué dos TPBs, y así todo lo demás.
Tipo 18:30, Nacho se fue junto con Nico Peruzzo al Bronx, a ver un show en vivo de Jerry Seinfeld, obviamente cargado con varias bolsas que explotaban de TPBs. Yo me quedé hasta que cerró el predio, adiviná haciendo qué. Y sí, carroñando ofertitas en las mesas de los dealers. Ya habría tiempo para presenciar charlas y encontrarse con autores amigos el día viernes, pero antes... Acababa de salir el último número de Scalped y para celebrarlo, Vertigo organizaba una fiesta ese mismo jueves a la noche. Mis amigos uruguayos y yo estábamos invitados, así que allá vamos. Retomamos pronto!
miércoles, 7 de noviembre de 2012
martes, 6 de noviembre de 2012
06/ 11: EXPLORER: THE MYSTERY BOXES
Mientras los muchachos de los Estados Imperiales de América llenan cajitas con papelitos para elegir entre dos propuestas tan parecidas entre sí que casi ni tiene sentido ir a votar, el maestro Kazu Kibuishi armó una nueva antología en la que las cajas son decisivas. ¿Te acordás de Flight, esa antología en la que el tema del vuelo unificaba a todas las historietas? Bueno, este tomo de Explorer, titulado The Mystery Boxes funciona igual: en todas las historietas aparece una caja que encierra algún misterio, algún secreto o algo que puede cambiar el rumbo de las tramas. Veamos qué hay dentro de esta caja de papel y viñetas:
Abre la ignota pero impactante Emily Carroll, una chica cuyo estilo gráfico mezcla acertadamente lo mejor de Kate Beaton y lo mejor de Vera Brosgol. Sin ser original, Carroll es buenísima a la hora de dibujar. Por suerte se respalda a sí misma con un gran guión, tenso, climático y con muchos momentos en los que no te imaginás qué catzo puede llegar a pasar. Arrancamos muy bien.
La segunda historia ya baja un cachito. Los autores también son desconocidísimos: Dave Roman (creo que es novelista) y Raina Telgemeier. El guión es divertido, dentro de lo predecible, y el dibujo zafa, es una especie de Chris Eliopulos de la B, correcto aunque no destacable.
La tercera tiene un problema, que es el dibujo. Jason Caffoe es el principal asistente de Kazu Kibuishi, por eso publica en la antología. Porque como dibujante es francamente limitado, sumamente dependiente del color y los efectitos del photoshop. El tema es que todo el escepticismo que te genera el dibujo te lo contrarresta el guión, que es fino, inteligente, sugestivo y con un giro sobre el final definitivamente hermoso.
La cuarta historieta está a cargo de otro autor ignoto, Rad Sechrist, que claramente viene del campo de la animación. De hecho, la historieta parece un storyboard para un corto animado. Está bien, no es la octava maravilla del comic, pero es atractiva, con buen ritmo, buenos gags y una sana sensación de “vale todo”.
La siguiente historia está escrita y dibujada por Stuart Livingston y no es ni chota ni demasiado buena. El dibujo es correcto (parece de un autor español de los ´90, tipo Germán García, Luis Bustos o Javi Rodríguez) y el guión... tiene momentos lindos, emotivos, que medio se desinflan al final con un chamuyo de “paz y amor” que queda muy bien pero a mí no me terminó de cerrar.
Vamos a la sexta, que seguro es una de las mejores. Johane Matte también es grossa en el palo de la animación y lo muestra, lo exhibe con total desparpajo en una historieta definitivamente delirante, pensada para hacernos cagar de risa. Matte mezcla ciencia-ficción con comedia descontrolada onda Looney Tunes y dibuja todo tan bien que asusta. Sus personajes son graciosos, tiernos, hiper-kinéticos e hiper-expresivos, la narrativa es excelente y –un lujo extra- el color está puesto con lo mínimo, sin la menor chance de disputarle el protagonismo al dibujo. Muy grossa esta autora de la que quiero YA más material.
Y cierra el jefe, Kazu Kibuishi, el padre de la criatura. La primera página es “wow!”. Parece que vamos a leer una de Yukinobu Hoshino coloreada a todo culo con las mega-técnicas digitales. Después te das cuenta de que no, de que Kibuishi es mucho más limitado que Hoshino tanto en el dibujo como en la narrativa. Por suerte el color es majestuoso y levanta la onda medio chata del dibujo. Y lo más importante: el guión está MUY bueno. Por ahí se podía contar lo mismo en menos páginas, y aún así la historieta es muy disfrutable porque las ideas son grossas y el dilema que plantea Kibuishi es profundo y atrapante.
En síntesis, otra antología más que interesante que cumple con creces la misión de mostrarnos trabajos de autores distintos, a los que no seguimos habitualmente, y además sorprende con varios guiones de muy buen nivel en historietas aptas para todo público (grandes y chicos, varones y mujeres), sin énfasis en la machaca y con huevos para explorar con éxito varios géneros distintos. Bien por Kibuishi y sus amigos.
Abre la ignota pero impactante Emily Carroll, una chica cuyo estilo gráfico mezcla acertadamente lo mejor de Kate Beaton y lo mejor de Vera Brosgol. Sin ser original, Carroll es buenísima a la hora de dibujar. Por suerte se respalda a sí misma con un gran guión, tenso, climático y con muchos momentos en los que no te imaginás qué catzo puede llegar a pasar. Arrancamos muy bien.
La segunda historia ya baja un cachito. Los autores también son desconocidísimos: Dave Roman (creo que es novelista) y Raina Telgemeier. El guión es divertido, dentro de lo predecible, y el dibujo zafa, es una especie de Chris Eliopulos de la B, correcto aunque no destacable.
La tercera tiene un problema, que es el dibujo. Jason Caffoe es el principal asistente de Kazu Kibuishi, por eso publica en la antología. Porque como dibujante es francamente limitado, sumamente dependiente del color y los efectitos del photoshop. El tema es que todo el escepticismo que te genera el dibujo te lo contrarresta el guión, que es fino, inteligente, sugestivo y con un giro sobre el final definitivamente hermoso.
La cuarta historieta está a cargo de otro autor ignoto, Rad Sechrist, que claramente viene del campo de la animación. De hecho, la historieta parece un storyboard para un corto animado. Está bien, no es la octava maravilla del comic, pero es atractiva, con buen ritmo, buenos gags y una sana sensación de “vale todo”.
La siguiente historia está escrita y dibujada por Stuart Livingston y no es ni chota ni demasiado buena. El dibujo es correcto (parece de un autor español de los ´90, tipo Germán García, Luis Bustos o Javi Rodríguez) y el guión... tiene momentos lindos, emotivos, que medio se desinflan al final con un chamuyo de “paz y amor” que queda muy bien pero a mí no me terminó de cerrar.
Vamos a la sexta, que seguro es una de las mejores. Johane Matte también es grossa en el palo de la animación y lo muestra, lo exhibe con total desparpajo en una historieta definitivamente delirante, pensada para hacernos cagar de risa. Matte mezcla ciencia-ficción con comedia descontrolada onda Looney Tunes y dibuja todo tan bien que asusta. Sus personajes son graciosos, tiernos, hiper-kinéticos e hiper-expresivos, la narrativa es excelente y –un lujo extra- el color está puesto con lo mínimo, sin la menor chance de disputarle el protagonismo al dibujo. Muy grossa esta autora de la que quiero YA más material.
Y cierra el jefe, Kazu Kibuishi, el padre de la criatura. La primera página es “wow!”. Parece que vamos a leer una de Yukinobu Hoshino coloreada a todo culo con las mega-técnicas digitales. Después te das cuenta de que no, de que Kibuishi es mucho más limitado que Hoshino tanto en el dibujo como en la narrativa. Por suerte el color es majestuoso y levanta la onda medio chata del dibujo. Y lo más importante: el guión está MUY bueno. Por ahí se podía contar lo mismo en menos páginas, y aún así la historieta es muy disfrutable porque las ideas son grossas y el dilema que plantea Kibuishi es profundo y atrapante.
En síntesis, otra antología más que interesante que cumple con creces la misión de mostrarnos trabajos de autores distintos, a los que no seguimos habitualmente, y además sorprende con varios guiones de muy buen nivel en historietas aptas para todo público (grandes y chicos, varones y mujeres), sin énfasis en la machaca y con huevos para explorar con éxito varios géneros distintos. Bien por Kibuishi y sus amigos.
lunes, 5 de noviembre de 2012
05/ 11: S.
Y bueno, me salió mal. La verdad, no logré decodificar qué quiso hacer el maestro italiano Gipi en esta extensa novela gráfica.
Si me apuran, diré que son una serie de anécdotas sólo conectadas porque en todas aparece S., quien –me parece- es Sergio, el padre de Gipi. Estas saltan por distintas épocas, locaciones y hasta géneros. Algunas son intimistas y otras, las que tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial, tienen visos bélicos y hasta épicos.
Pero sinceramente, no entendí todo lo que Gipi quiso transmitir en la historia. Por ahí porque se pasó un cachito de críptico, no sé. También tiene que ver con el hecho de que es una obra con mucho, muchísimo texto, gigantescas parrafadas de texto, y uno entiende italiano, pero hasta ahí nomás. Si tocara menos de oído seguro lo habría disfrutado más, o le habría tenido más paciencia a las secuencias en las que me pareció que Gipi se iba muy al carajo. El otro obstáculo insalvable es que todos esos infinitos masacotes de texto están escritos por el autor a mano alzada, con una caligrafía espantosa, desprolija, generosamente aderezada con tachaduras. O sea que ni te dan ganas de esforzarte para entenderlo, porque Gipi jamás se esforzó para que vos lo entiendas a él. No soy fan de las tipografías estandarizadas y suelo protestar cuando en alguna edición la excesiva “cero onda” de las tipografías conspira contra el disfrute de las historietas. Acá, traiciono mis banderas históricas al mejor estilo Unión Cívica Radical y digo “cuánto más me hubiese gustado S. sin esa letra impresentable de Gipi y con una tipografía un cachito más legible”.
Como en varios puntos me perdí, no me considero muy capacitado para criticar el argumento, el desarrollo de los personajes y esas cosas. Pesqué muchos diálogos magníficos y eso sí, lo quiero rescatar.
Y por supuesto, el dibujo, que es majestuoso y conmovedor en todas y cada una de las 100 páginas de la novela. Tanto en las secuencias en las que el dibujo se hace cargo de llevar adelante el relato como cuando se limita a ilustrar algún aspecto de los infinitos textos, Gipi demuestra que a la hora de meterle tintas negras y colores a la página, hay poquísimos que pueden aspirar a su nivel. El maestro mezcla escenas a color con otras en blanco y negro y en ambas variantes su trabajo explota en expresividad, sutileza y destreza, tanto técnica como narrativa.
Por algún lugar de los recovecos de la memoria, Gipi se aventuró a contar historias del pasado de su padre (creo). En uno de esos recovecos, yo me perdí, no sé si por alguna decisión medio extrema del autor o por mi propia inoperancia. Eso no me alcanza para decir que S. es un trabajo flojo, ni poco atractivo, ni nada. Simplemente no me animo a recomendarlo (excepto a aquellos a los que el guión no les importa en lo más mínimo y compran sólo por el dibujo) porque hay varios tramos de la obra que realmente no sé si me gustaron o no, porque no los entendí. ¿Qué va´cer? A veces pasa. Juro solemnemente volver a comprar S. el día que la vea editada en castellano.
Si me apuran, diré que son una serie de anécdotas sólo conectadas porque en todas aparece S., quien –me parece- es Sergio, el padre de Gipi. Estas saltan por distintas épocas, locaciones y hasta géneros. Algunas son intimistas y otras, las que tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial, tienen visos bélicos y hasta épicos.
Pero sinceramente, no entendí todo lo que Gipi quiso transmitir en la historia. Por ahí porque se pasó un cachito de críptico, no sé. También tiene que ver con el hecho de que es una obra con mucho, muchísimo texto, gigantescas parrafadas de texto, y uno entiende italiano, pero hasta ahí nomás. Si tocara menos de oído seguro lo habría disfrutado más, o le habría tenido más paciencia a las secuencias en las que me pareció que Gipi se iba muy al carajo. El otro obstáculo insalvable es que todos esos infinitos masacotes de texto están escritos por el autor a mano alzada, con una caligrafía espantosa, desprolija, generosamente aderezada con tachaduras. O sea que ni te dan ganas de esforzarte para entenderlo, porque Gipi jamás se esforzó para que vos lo entiendas a él. No soy fan de las tipografías estandarizadas y suelo protestar cuando en alguna edición la excesiva “cero onda” de las tipografías conspira contra el disfrute de las historietas. Acá, traiciono mis banderas históricas al mejor estilo Unión Cívica Radical y digo “cuánto más me hubiese gustado S. sin esa letra impresentable de Gipi y con una tipografía un cachito más legible”.
Como en varios puntos me perdí, no me considero muy capacitado para criticar el argumento, el desarrollo de los personajes y esas cosas. Pesqué muchos diálogos magníficos y eso sí, lo quiero rescatar.
Y por supuesto, el dibujo, que es majestuoso y conmovedor en todas y cada una de las 100 páginas de la novela. Tanto en las secuencias en las que el dibujo se hace cargo de llevar adelante el relato como cuando se limita a ilustrar algún aspecto de los infinitos textos, Gipi demuestra que a la hora de meterle tintas negras y colores a la página, hay poquísimos que pueden aspirar a su nivel. El maestro mezcla escenas a color con otras en blanco y negro y en ambas variantes su trabajo explota en expresividad, sutileza y destreza, tanto técnica como narrativa.
Por algún lugar de los recovecos de la memoria, Gipi se aventuró a contar historias del pasado de su padre (creo). En uno de esos recovecos, yo me perdí, no sé si por alguna decisión medio extrema del autor o por mi propia inoperancia. Eso no me alcanza para decir que S. es un trabajo flojo, ni poco atractivo, ni nada. Simplemente no me animo a recomendarlo (excepto a aquellos a los que el guión no les importa en lo más mínimo y compran sólo por el dibujo) porque hay varios tramos de la obra que realmente no sé si me gustaron o no, porque no los entendí. ¿Qué va´cer? A veces pasa. Juro solemnemente volver a comprar S. el día que la vea editada en castellano.
viernes, 2 de noviembre de 2012
02/ 11: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 4)
Es el jueves 11 de Octubre, estamos en el centro de Manhattan junto a Nico Peruzzo, Nacho Alcuri y Matías Bergara y es la hora a la que nos había citado Will Dennis, uno de los coordinadores más grossos de Vertigo (que tiene a su cargo también algunas series de Before Watchmen), para llevarnos a recorrer las oficinas de DC. ¿De dónde viene la onda con Dennis? De su visita a Crack Bang Boom en 2010. Ahí yo tuve el placer de conducir las charlas en las que participó como panelista y Nico y Matías se reunieron con él para presentarle carpetas. Unos meses después, en Marzo de 2011, Dennis estuvo en el primer Lima Comics y nos reencontramos. Ahí trabó verdadera amistad con Nico Peruzzo y le dijo bien clarito “Si venís a Nueva York avisame y te llevo a conocer las oficinas de DC”. Y así fue.
Entramos al suntuoso edificio (no sin antes pasar un estricto control), llegamos a la recepción y nos fumamos casi 40 minutos de espera hasta que apareció Will, que se había ido a almorzar. En la recepción aprovechamos para charlar con Clark Kent, que estaba ahí cubriendo una nota. También había un coñemu tamaño real de Batman, bastante intimidante. Este es casi nuevo: cuando visité las oficinas de DC en mi adolescencia (y en otro edificio) estaba sólo Clark.
Una vez aparecido Dennis, la primera escala fue en su oficina, bastante más chiquita de lo que yo imaginaba. Dejamos nuestras mochilas y empezamos la recorrida. Pasamos por la oficina de Jim Lee (estaba cerrada, pero daba la impresión de ser enorme), por la de Geoff Johns (idem), por la de Karen Berger, que estaba ahí, trabajando, en un espacio amplio y super-iluminado, visitamos una enorme sala de conferencias, equipada con una mega-pantalla para hablar en directo con la gente de DC Entertainment que opera desde la Costa Oeste, vimos dispensers de bebidas, fotocopiadoras, archivos, zonas de descanso, oficinas chiquitas de los distintos editores, una pared donde pegan las portadas de todas las revistas que se editan ese mes, otra llamada el “MADtropolitan Museum”, en la que están enmarcadas portadas clásicas de MAD, mucha gente abocada al tema promociones, ventas y licencias de merchandising...
En la recorrida por los dos pisos que ocupa DC, nos cruzamos con un sólo guionista (a quien yo no conocía) y varios coordinadores, entre ellos Eddie Berganza, Bobbie Chase, Shelly Bond y el enemigo de la Humanidad toda, Bob Harras. Toda gente amable, que saludaba, hacía chistes y sonreía. Si bien todo estaba cubierto de imágenes de superhéroes, Alfred E. Neuman, personajes de Vertigo, etc. (en sus distintas versiones de historieta, cine, tele, whatever), no daba la sensación de ser un lugar taaaan comiquero. Parecía más una oficina de una empresa grande, no muy distinta (aunque más chica) de lo que podés ver si te mandás a las oficinas que tiene Disney en Olivos.
Promediando la visita, me cayó la ficha de que Will no nos iba a regalar un carajo, a diferencia de mi visita de 1985, donde me regalaron un paquetón con comics. Entonces, con mi mejor cara de piedra le pedí si tenía ejemplares de las más recientes antologías de Vertigo, esas de u$ 8 llenas de historias cortas alucinantes que andá a saber si algún día saldrán en libro. Al toque las rescató de una oficina contigua (en la que parecía haber millones de comic-books, bastante despelotados) y me las dio. Y para compensar a mis amigos uruguayos, les regaló a cada uno un hardcover de Spaceman, que todavía no había salido a la venta. Los uruguayos le regalaron la camiseta de la selección de su país, esa que la rompió en Sudáfrica y ahora tiene serias chances de mirar por la tele el mundial de Brasil.
En la despedida hubo cordiales abrazos y la promesa de seguirla pronto, promesa que se cumpliría con creces. Pero claro, ya eran como las tres y pico de la tarde, o sea... ya estaba abriendo la Convención! ¿Qué carajo hacíamos en DC cuando estaba abriendo la Convención? Rajemos para allá!
(Más fotos de nuestra visita a DC y los afilados comentarios de Nacho Alcuri pueden verse en http://www.multiverseros.com/comics/:nycc-visita-a-dc-comics.html)
Entramos al suntuoso edificio (no sin antes pasar un estricto control), llegamos a la recepción y nos fumamos casi 40 minutos de espera hasta que apareció Will, que se había ido a almorzar. En la recepción aprovechamos para charlar con Clark Kent, que estaba ahí cubriendo una nota. También había un coñemu tamaño real de Batman, bastante intimidante. Este es casi nuevo: cuando visité las oficinas de DC en mi adolescencia (y en otro edificio) estaba sólo Clark.
Una vez aparecido Dennis, la primera escala fue en su oficina, bastante más chiquita de lo que yo imaginaba. Dejamos nuestras mochilas y empezamos la recorrida. Pasamos por la oficina de Jim Lee (estaba cerrada, pero daba la impresión de ser enorme), por la de Geoff Johns (idem), por la de Karen Berger, que estaba ahí, trabajando, en un espacio amplio y super-iluminado, visitamos una enorme sala de conferencias, equipada con una mega-pantalla para hablar en directo con la gente de DC Entertainment que opera desde la Costa Oeste, vimos dispensers de bebidas, fotocopiadoras, archivos, zonas de descanso, oficinas chiquitas de los distintos editores, una pared donde pegan las portadas de todas las revistas que se editan ese mes, otra llamada el “MADtropolitan Museum”, en la que están enmarcadas portadas clásicas de MAD, mucha gente abocada al tema promociones, ventas y licencias de merchandising...
En la recorrida por los dos pisos que ocupa DC, nos cruzamos con un sólo guionista (a quien yo no conocía) y varios coordinadores, entre ellos Eddie Berganza, Bobbie Chase, Shelly Bond y el enemigo de la Humanidad toda, Bob Harras. Toda gente amable, que saludaba, hacía chistes y sonreía. Si bien todo estaba cubierto de imágenes de superhéroes, Alfred E. Neuman, personajes de Vertigo, etc. (en sus distintas versiones de historieta, cine, tele, whatever), no daba la sensación de ser un lugar taaaan comiquero. Parecía más una oficina de una empresa grande, no muy distinta (aunque más chica) de lo que podés ver si te mandás a las oficinas que tiene Disney en Olivos.
Promediando la visita, me cayó la ficha de que Will no nos iba a regalar un carajo, a diferencia de mi visita de 1985, donde me regalaron un paquetón con comics. Entonces, con mi mejor cara de piedra le pedí si tenía ejemplares de las más recientes antologías de Vertigo, esas de u$ 8 llenas de historias cortas alucinantes que andá a saber si algún día saldrán en libro. Al toque las rescató de una oficina contigua (en la que parecía haber millones de comic-books, bastante despelotados) y me las dio. Y para compensar a mis amigos uruguayos, les regaló a cada uno un hardcover de Spaceman, que todavía no había salido a la venta. Los uruguayos le regalaron la camiseta de la selección de su país, esa que la rompió en Sudáfrica y ahora tiene serias chances de mirar por la tele el mundial de Brasil.
En la despedida hubo cordiales abrazos y la promesa de seguirla pronto, promesa que se cumpliría con creces. Pero claro, ya eran como las tres y pico de la tarde, o sea... ya estaba abriendo la Convención! ¿Qué carajo hacíamos en DC cuando estaba abriendo la Convención? Rajemos para allá!
(Más fotos de nuestra visita a DC y los afilados comentarios de Nacho Alcuri pueden verse en http://www.multiverseros.com/comics/:nycc-visita-a-dc-comics.html)
jueves, 1 de noviembre de 2012
01/ 11: LOS MAS VENDIDOS DE OCTUBRE
Y bueno, con el viaje en el medio, el evento en Tecnópolis y demás, este mes realmente laburé poco para la distribuidora y se notó bastante. Octubre suele ser un mes bajonero en materia de ventas, sumado al hecho de que salieron pocas novedades, o sea que la expectativa a priori era baja.
El resultado es poco representativo, pero igual veamos qué fue lo que más vendió:
1) Monsieur Jean (Común)
2) La Baba (Llanto de Mudo)
3) 30 Días de Noche (Deux)
4) Macanudo Vol.9 (Común)
5) Cieloalto (Agua Negra)
6) Regreso a Arkham (Agua Negra)
7) Fuera de Cuadro (Agua Negra)
8) Cybersix Vol.1(Napoleones sin Batallas + Deux)
9) Shankar Vol.1 (Loco Rabia + Belerofonte)
10) Yo, Vampiro Vol.3+4 (Puro Comic)
Mirá vos... El mes pasado yo decía “qué notable Monsieur Jean, que bien vendió, sobre todo si pensamos que este es un país con poca tradición de historieta europea y que es un libro de $ 95 de tapa”. Y en Septiembre quedó SEXTO. ¿Qué tengo que decir este mes que quedó primero? En primer lugar, que no vendió MUCHO más que en Septiembre, pero claro, en un mes bajonero, no hace falta vender fantastillones de ejemplares para trepar en el ranking. Y en segundo, nada, por ahí la gilada aprendió a leer ;)
La Baba, con humildad y sin estridencia, se quedó con el segundo puesto y fue la novedad mejor rankeada del mes. Yo le tenía mucha fe a Cieloalto, pero salió a la venta muy cerca de fin de mes, lo cual le restó posibilidades. Seguro el mes que viene va a estar más (cielo) alto.
La otra novedad de Agua Negra, Fuera de Cuadro, logró un decoroso séptimo puesto, importante si pensamos que es un libro de ensayos y que vale $ 135. El resto de las novedades, o no salieron (lo del Vol.2 de Cybersix ya parece un chiste) o no vendieron como para entrar al ranking.
Y los puestos restantes se repartieron entre seis hitazos de 2012, un par de ellos surgidos en la primera mitad del año (Regreso a Arkham y el tomo final de Yo, Vampiro) y el resto aparecidos durante el blitzkrieg de novedades de Julio y Agosto.
Veremos qué pasa en Noviembre, con un libro esperadísimo como es el Vol.2 de Dora (de Ignacio Minaverry), varias antologías interesantes y nuevos títulos de Liniers, Berliac y Diego Cortés, entre otros.
Aprovecho estos rengloncitos para contar que mañana viernes posteo desde Buenos Aires, pero a la tarde me voy a Mendoza, a participar del Unicomix, junto a los maestros Alberto Montt, Gustavo Sala, Rubén Meriggi y Jorge Lucas. Por ese motivo, no habrá posts ni sábado ni domingo. El lunes estoy en Buenos Aires y posteo. El martes a la noche me voy a Santiago del Estero, a poner stand en la Feria del Libro de esa ciudad, con lo cual del miércoles 7 al domingo 11 se supone que voy a laburar 12 horas seguidas ahí adentro. Ya voy a encontrar la forma de hacer trampa y tener un rato para leer comics y postear reseñas desde allá...
El resultado es poco representativo, pero igual veamos qué fue lo que más vendió:
1) Monsieur Jean (Común)
2) La Baba (Llanto de Mudo)
3) 30 Días de Noche (Deux)
4) Macanudo Vol.9 (Común)
5) Cieloalto (Agua Negra)
6) Regreso a Arkham (Agua Negra)
7) Fuera de Cuadro (Agua Negra)
8) Cybersix Vol.1(Napoleones sin Batallas + Deux)
9) Shankar Vol.1 (Loco Rabia + Belerofonte)
10) Yo, Vampiro Vol.3+4 (Puro Comic)
Mirá vos... El mes pasado yo decía “qué notable Monsieur Jean, que bien vendió, sobre todo si pensamos que este es un país con poca tradición de historieta europea y que es un libro de $ 95 de tapa”. Y en Septiembre quedó SEXTO. ¿Qué tengo que decir este mes que quedó primero? En primer lugar, que no vendió MUCHO más que en Septiembre, pero claro, en un mes bajonero, no hace falta vender fantastillones de ejemplares para trepar en el ranking. Y en segundo, nada, por ahí la gilada aprendió a leer ;)
La Baba, con humildad y sin estridencia, se quedó con el segundo puesto y fue la novedad mejor rankeada del mes. Yo le tenía mucha fe a Cieloalto, pero salió a la venta muy cerca de fin de mes, lo cual le restó posibilidades. Seguro el mes que viene va a estar más (cielo) alto.
La otra novedad de Agua Negra, Fuera de Cuadro, logró un decoroso séptimo puesto, importante si pensamos que es un libro de ensayos y que vale $ 135. El resto de las novedades, o no salieron (lo del Vol.2 de Cybersix ya parece un chiste) o no vendieron como para entrar al ranking.
Y los puestos restantes se repartieron entre seis hitazos de 2012, un par de ellos surgidos en la primera mitad del año (Regreso a Arkham y el tomo final de Yo, Vampiro) y el resto aparecidos durante el blitzkrieg de novedades de Julio y Agosto.
Veremos qué pasa en Noviembre, con un libro esperadísimo como es el Vol.2 de Dora (de Ignacio Minaverry), varias antologías interesantes y nuevos títulos de Liniers, Berliac y Diego Cortés, entre otros.
Aprovecho estos rengloncitos para contar que mañana viernes posteo desde Buenos Aires, pero a la tarde me voy a Mendoza, a participar del Unicomix, junto a los maestros Alberto Montt, Gustavo Sala, Rubén Meriggi y Jorge Lucas. Por ese motivo, no habrá posts ni sábado ni domingo. El lunes estoy en Buenos Aires y posteo. El martes a la noche me voy a Santiago del Estero, a poner stand en la Feria del Libro de esa ciudad, con lo cual del miércoles 7 al domingo 11 se supone que voy a laburar 12 horas seguidas ahí adentro. Ya voy a encontrar la forma de hacer trampa y tener un rato para leer comics y postear reseñas desde allá...
miércoles, 31 de octubre de 2012
31/ 10: BATMAN & ROBIN Vol.2
A la mierda! Tenía colgada esta serie desde Junio del año pasado! Bueno, nunca es tarde para retomar.
La verdad que, si bien ninguno de los dibujantes de este tomo puede siquiera lamerle un cordón de la zapatilla a Frank Quitely, en general me parece que el Vol.2 es mejor que el Vol.1. Porque claro, no está Quitely, pero tampoco está el impresentable Philip Tan, que convirtió en un adefesio ilegible a tres numeritos a los que Grant Morrison les puso mucho huevo.
El primer arco del Vol.2 es -a grandes rasgos- prescindible. Se disfruta bastante porque Morrison mecha muy buenos momentos dentro de una trama medio anodina. Esta consiste en: aparece un cadáver de Bruce resucitado, Batman, Batwoman, Damian y Alfred lo confrontan y al final es una réplica. O sea, una gilada, como casi todo lo que pasó en las series regulares de DC cuando tuvieron que engancharse con la infausta Blackest Night. Lo bueno de este arco pasa por otro lado: por Knight y Squire (y los villanos británicos), por algunos diálogos entre Dick y Batwoman, por los magníficos cruces entre Damian y Alfred y por los dibujos de Cameron Stewart, que están buenísimos, mucho más dark que en otros trabajos suyos, como para adecuarse mejor a un guión bastante truculento y sombrío.
En el segundo arco, Morrison me shockeó. Metió en sólo tres episodios todo lo que yo esperaba ver en esta serie: el contraste entre Dick y Damian, un rol destacado (e impredecible) para Talia, una investigación exhaustiva por parte de los héroes acerca del verdadero paradero de Bruce Wayne y la aparición de uno de los villanos clásicos. No lo quiero mencionar porque es sorpresa y porque aparece recién en la última página. Obviamente la lucha grossa contra él va a estar en el Vol.3. Me acuerdo que yo rescataba del Vol.1 la interacción entre Dick y los secundarios que habitualmente rodean a Bruce: Alfred, Gordon y Lucius Fox. Bueno, la mejor escena de este tomo es cuando Damian –con la complicidad de Fox- se mete en una reunión de directorio de Wayne Enterprises. Eso es un bonus track que jamás me vi venir y que además está obscenamente bien escrito.
Hasta el momento de la revelación impactante respecto del “villano encubierto”, los buenos se distraen luchando contra otros villanos creados por Morrison para esta saga (creo), que no me llegaron a interesar. Eran meros obstáculos, un recurso para que la saga no se limitara a la investigación y tuviera algo de machaca. De todos modos, lo brillante es la investigación, cómo Morrison convierte en algo nuevo y fascinante a la Baticueva, a la Mansión Wayne y a todos esos ancestros de Bruce que alguna vez se mencionaron en historietas anteriores. El escocés hizo los deberes y “metió en continuidad” a muchos antepasados Wayne que andaban boyando por ahí y a los que después resignificó en The Return of Bruce Wayne, un comic que a priori no me interesaba leer (porque como ya dije muchas veces, me tienen los huevos al plato con Bruce Wayne) pero si realmente engancha mucho con el Vol.3 de esta serie... no me voy a poder resistir.
El dibujante de este arco es Andy Clarke, una mezcla entre Quitely y Travis Charest que no llega al nivel de ninguno de los dos, pero aún así es de bueno para arriba. Clarke trabaja sobre una narrativa clásica, sin estridencias, mete muchas rayitas que quedan muy lindas, maneja muy bien la anatomía (maravilloso su Deathstroke), pela unas portadas alternativas que le hacen el aguante a las de Quitely y por ahí su único deficit pasa por las expresiones faciales, que escasean bastante. Los personajes, especialmente Batman y Talia, tienen un repertorio de expresiones muy limitado, como si no tuvieran ganas de actuar. Si le perdonamos ese detalle, lo de Clarke está muy a altura de los excelentes guiones de Morrison.
Del primer tomo dije “está bueno, pero no es para tanto”. Del segundo digo “Si la serie aguanta hasta el final sin bajar la calidad que vimos en este tomo, puede llegar a convertirse en una de las mejores etapas en la larguísima historia de los comics de Batman”. Y encima en el Vol.3 dibuja Frazer Irving! Más fichas no le puedo poner...
La verdad que, si bien ninguno de los dibujantes de este tomo puede siquiera lamerle un cordón de la zapatilla a Frank Quitely, en general me parece que el Vol.2 es mejor que el Vol.1. Porque claro, no está Quitely, pero tampoco está el impresentable Philip Tan, que convirtió en un adefesio ilegible a tres numeritos a los que Grant Morrison les puso mucho huevo.
El primer arco del Vol.2 es -a grandes rasgos- prescindible. Se disfruta bastante porque Morrison mecha muy buenos momentos dentro de una trama medio anodina. Esta consiste en: aparece un cadáver de Bruce resucitado, Batman, Batwoman, Damian y Alfred lo confrontan y al final es una réplica. O sea, una gilada, como casi todo lo que pasó en las series regulares de DC cuando tuvieron que engancharse con la infausta Blackest Night. Lo bueno de este arco pasa por otro lado: por Knight y Squire (y los villanos británicos), por algunos diálogos entre Dick y Batwoman, por los magníficos cruces entre Damian y Alfred y por los dibujos de Cameron Stewart, que están buenísimos, mucho más dark que en otros trabajos suyos, como para adecuarse mejor a un guión bastante truculento y sombrío.
En el segundo arco, Morrison me shockeó. Metió en sólo tres episodios todo lo que yo esperaba ver en esta serie: el contraste entre Dick y Damian, un rol destacado (e impredecible) para Talia, una investigación exhaustiva por parte de los héroes acerca del verdadero paradero de Bruce Wayne y la aparición de uno de los villanos clásicos. No lo quiero mencionar porque es sorpresa y porque aparece recién en la última página. Obviamente la lucha grossa contra él va a estar en el Vol.3. Me acuerdo que yo rescataba del Vol.1 la interacción entre Dick y los secundarios que habitualmente rodean a Bruce: Alfred, Gordon y Lucius Fox. Bueno, la mejor escena de este tomo es cuando Damian –con la complicidad de Fox- se mete en una reunión de directorio de Wayne Enterprises. Eso es un bonus track que jamás me vi venir y que además está obscenamente bien escrito.
Hasta el momento de la revelación impactante respecto del “villano encubierto”, los buenos se distraen luchando contra otros villanos creados por Morrison para esta saga (creo), que no me llegaron a interesar. Eran meros obstáculos, un recurso para que la saga no se limitara a la investigación y tuviera algo de machaca. De todos modos, lo brillante es la investigación, cómo Morrison convierte en algo nuevo y fascinante a la Baticueva, a la Mansión Wayne y a todos esos ancestros de Bruce que alguna vez se mencionaron en historietas anteriores. El escocés hizo los deberes y “metió en continuidad” a muchos antepasados Wayne que andaban boyando por ahí y a los que después resignificó en The Return of Bruce Wayne, un comic que a priori no me interesaba leer (porque como ya dije muchas veces, me tienen los huevos al plato con Bruce Wayne) pero si realmente engancha mucho con el Vol.3 de esta serie... no me voy a poder resistir.
El dibujante de este arco es Andy Clarke, una mezcla entre Quitely y Travis Charest que no llega al nivel de ninguno de los dos, pero aún así es de bueno para arriba. Clarke trabaja sobre una narrativa clásica, sin estridencias, mete muchas rayitas que quedan muy lindas, maneja muy bien la anatomía (maravilloso su Deathstroke), pela unas portadas alternativas que le hacen el aguante a las de Quitely y por ahí su único deficit pasa por las expresiones faciales, que escasean bastante. Los personajes, especialmente Batman y Talia, tienen un repertorio de expresiones muy limitado, como si no tuvieran ganas de actuar. Si le perdonamos ese detalle, lo de Clarke está muy a altura de los excelentes guiones de Morrison.
Del primer tomo dije “está bueno, pero no es para tanto”. Del segundo digo “Si la serie aguanta hasta el final sin bajar la calidad que vimos en este tomo, puede llegar a convertirse en una de las mejores etapas en la larguísima historia de los comics de Batman”. Y encima en el Vol.3 dibuja Frazer Irving! Más fichas no le puedo poner...
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martes, 30 de octubre de 2012
30/ 10: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 3)
“Hey, Manhattan, here I am”, decía el tema de Prefab Sprout que yo silbaba mientras recorría Harlem y Morningside aquel miércoles 10 de Octubre. Pero se hizo de noche y hubo que volver al depto. ¿Cómo resolví el tema de mis amigos uruguayos? Con un recurso clásico pero efectivo: asomarme cada tanto a la ventana, a ver si los veía. Me puse a mirar tele y cada vez que el programa iba al corte, miraba a la vereda, a ver si estaban. Efectivamente, un rato antes de las 12 (cuando yo ya estaba bastante harto de ver un programa atrás de otro, todos bastante chotos) aparecieron Matías, Nacho y Nico, con sus valijas y las anécdotas de su largo periplo desde Montevideo hasta el depto.
Para el jueves nos esperaba un día largo, muuuuy largo. Más que un día, fue una semana comprimida en 24 horas. Creo que podríamos escribir una novela tipo las últimas de Harry Potter sólo con ese 11 de Octubre. Nos levantamos temprano y fuimos a hacer compras por Harlem: el desayuno, algo de ropa y para los uruguayos, computadoras, ipads y esas cosas, que estaban infinitamente más baratas que en Montevideo. Al rato vendría a buscarnos al depto Sebastián, el hermano de Nico, que estaba dando la vuelta al mundo hacía como cuatro meses y justo coincidía en ese momento en Nueva York. Ahora éramos cuatro charrúas y un porteño y salimos a caminar para el otro lado, el de Morningside y la Universidad de Columbia, por donde había merodeado yo la noche anterior. Estábamos tan entretenidos escuchando las anécdotas de Sebastián en Asia, Europa y Oceanía que ni entramos a las dos o tres librerías por las que pasamos. Caminando tranqui llegamos hasta Tom´s Diner, el restaurant donde paraban Jerry Seinfeld y sus amigos en la mítica serie. Yo era el único no-fan de Seinfeld que no se derretía de la emoción.
De vuelta al depto, los hermanos se despidieron y con Nico, Nacho y Matías planificamos nuestra siguiente etapa: a las 13:30 nos esperaba Will Dennis en las oficinas de DC para llevarnos a recorrerlas. Nos tomamos el subte rumbo al centro y como llegamos temprano, nos quedó un rato para patear por Times Square. Entramos a varios negocios de computadoras pero nadie compró nada. Y cuando entramos al Disney Store y estaba listo para estallar el cebamiento infinito, ya era hora de enfilar para DC. “Volveremos, volveremos”, canté yo bajito mientras salía del local.
Times Square, que cuando yo fui en los ´80 era una fosa séptica llena de locales cerrados, donde sólo sobrevivían los cines porno y los vendedores de falopa, es un poquito impactante. Con sus luces, sus carteles mega-tecno tipo Blade Runner, sus increíbles marquesinas (la de Vorterix, en Times Square es una chapa pintada) y su infinita sucesión de locales de “primeras marcas” siempre atestados de gente, se me ocurre que si viviera en New York evitaría esa zona como si fuera cancerígena. No sé qué onda los neworkinos, si la evitan o si les parece copado ver a todos esos alienígenas sacando fotos y comprando pelotudeces como si se acabara el mundo dentro de 15 minutos... Por supuesto todo era más caro que en Harlem, con lo cual uno supone que es la famosa Trampa para Turistas en la que los locales no caen ni en pedo. Pero había tanta gente, tanto movimiento, latía todo tan fuerte, que sería muy arriesgado suponer que sólo había turistas.
Justo enfrente de las oficinas de DC, por ejemplo, había una cola de varios cientos de personas, que desembocaba en un hermoso teatro. Okey, era la avenida Broadway, donde hay muchísimos teatros, pero man... son las 13:30! ¿Quién hace función a esa hora? No era una obra: era David Letterman, que los jueves a la tarde graba dos programas, el del jueves y el del viernes, con los mismos espectadores en la tribuna. La entrada a la tribuna es gratis y de ahí la masiva afluencia de público todos los jueves en ese teatro.
-Pero dale, boludo, que nos espera Will Dennis y son las 13:30!
-Okey, retomamos pronto.
Para el jueves nos esperaba un día largo, muuuuy largo. Más que un día, fue una semana comprimida en 24 horas. Creo que podríamos escribir una novela tipo las últimas de Harry Potter sólo con ese 11 de Octubre. Nos levantamos temprano y fuimos a hacer compras por Harlem: el desayuno, algo de ropa y para los uruguayos, computadoras, ipads y esas cosas, que estaban infinitamente más baratas que en Montevideo. Al rato vendría a buscarnos al depto Sebastián, el hermano de Nico, que estaba dando la vuelta al mundo hacía como cuatro meses y justo coincidía en ese momento en Nueva York. Ahora éramos cuatro charrúas y un porteño y salimos a caminar para el otro lado, el de Morningside y la Universidad de Columbia, por donde había merodeado yo la noche anterior. Estábamos tan entretenidos escuchando las anécdotas de Sebastián en Asia, Europa y Oceanía que ni entramos a las dos o tres librerías por las que pasamos. Caminando tranqui llegamos hasta Tom´s Diner, el restaurant donde paraban Jerry Seinfeld y sus amigos en la mítica serie. Yo era el único no-fan de Seinfeld que no se derretía de la emoción.
De vuelta al depto, los hermanos se despidieron y con Nico, Nacho y Matías planificamos nuestra siguiente etapa: a las 13:30 nos esperaba Will Dennis en las oficinas de DC para llevarnos a recorrerlas. Nos tomamos el subte rumbo al centro y como llegamos temprano, nos quedó un rato para patear por Times Square. Entramos a varios negocios de computadoras pero nadie compró nada. Y cuando entramos al Disney Store y estaba listo para estallar el cebamiento infinito, ya era hora de enfilar para DC. “Volveremos, volveremos”, canté yo bajito mientras salía del local.
Times Square, que cuando yo fui en los ´80 era una fosa séptica llena de locales cerrados, donde sólo sobrevivían los cines porno y los vendedores de falopa, es un poquito impactante. Con sus luces, sus carteles mega-tecno tipo Blade Runner, sus increíbles marquesinas (la de Vorterix, en Times Square es una chapa pintada) y su infinita sucesión de locales de “primeras marcas” siempre atestados de gente, se me ocurre que si viviera en New York evitaría esa zona como si fuera cancerígena. No sé qué onda los neworkinos, si la evitan o si les parece copado ver a todos esos alienígenas sacando fotos y comprando pelotudeces como si se acabara el mundo dentro de 15 minutos... Por supuesto todo era más caro que en Harlem, con lo cual uno supone que es la famosa Trampa para Turistas en la que los locales no caen ni en pedo. Pero había tanta gente, tanto movimiento, latía todo tan fuerte, que sería muy arriesgado suponer que sólo había turistas.
Justo enfrente de las oficinas de DC, por ejemplo, había una cola de varios cientos de personas, que desembocaba en un hermoso teatro. Okey, era la avenida Broadway, donde hay muchísimos teatros, pero man... son las 13:30! ¿Quién hace función a esa hora? No era una obra: era David Letterman, que los jueves a la tarde graba dos programas, el del jueves y el del viernes, con los mismos espectadores en la tribuna. La entrada a la tribuna es gratis y de ahí la masiva afluencia de público todos los jueves en ese teatro.
-Pero dale, boludo, que nos espera Will Dennis y son las 13:30!
-Okey, retomamos pronto.
lunes, 29 de octubre de 2012
29/ 10: ROSENDA (Y OTROS MOMENTOS POP)
Ya lo dije alguna vez y lo repito: Manel Fontdevila es un genio del Noveno Arte, el abanderado, el heredero más talentoso de la Escuela Bruguera (la de Francisco Ibáñez, Manuel Vázquez, José Escobar y tantos otros), que además supo leer con avidez e inteligencia a Yves Chaland (otro de sus fetiches), Albert Uderzo y Frank Margerin, entre otros. Del obsceno enfieste entre la tradición española de Bruguera y el estilo atómico (o sea, la reformulación posmoderna de la línea clara de Hergé y sus clones) surge con el fulgor de una supernova el imprescindible Fontdevila, brillante guionista, inmejorable dibujante e infalible narrador gráfico. Casi me da vergüenza la poca bola que se le da en Latinoamérica a este autor con 25 años de trayectoria y muchos –y muy merecidos- premios en su haber.
Para las aventuras de Rosenda (realizadas en los ´90 para la efímera pero influyente revista Mr. Brain, que él mismo dirigía), Fontdevila opta por el estilo más “realista” que le sale, un estilo en el que se ve obviamente a Chaland, pero al estar pensado para blanco y negro, tiene unos claroscuros y unos trucos de iluminación que no aparecían en los trabajos del malogrado prócer francés. También hay algo de Roger Langridge y Hunt Emerson y hasta sombreados que nos recuerdan a Charles Burns, en las secuencias más oscuras.
Todo este despliegue de aciertos gráficos está puesto al servicio de guiones desopilantes: aventuras que parodian con acidez al género folletinesco, ese de los villanos infinitamente perversos y los héroes muy nobles y un poquito nabos. En ese sentido, Rosenda es pariente cercana del Opium de Daniel Torres. Como Torres, Fontdevila hace gala de su magistral manejo de las convenciones del género del que se quiere mofar y a la vez toma de este la estructura clásica, la de principio, desarrollo y fin. Todo cierra en cada episodio, nada queda librado al azar. Fontdevila va incluso más allá, porque las tramas en las que envuelve a la malévola Rosenda y su némesis, el ex-comisario Gustavo Plaitex, son decididamente bizarras, van de una a causar gracia, a que digas “nah, me estás jodiendo”, sobre todo por lo extremo de los planteos. Sin salir de ese clima medio festivo de “nos estamos riendo de una aventura pedorra tipo cine clase B”, aparecen situaciones realmente sórdidas, que incluyen mutilaciones, eyaculaciones, tráfico de drogas y sexo con niños. Claramente, a Fontdevila no le tiembla el pulso a la hora de joder con temas delicados.
Los personajes secundarios y muchos de los diálogos son intencionalmente acartonados, en sintonía con las novelas y comics de aventuras de épocas pasadas. Imaginate el efecto que logra Fontdevila cuando mete en ese contexto un chiste guarro escrito como hablan los lectores de hoy. Las cinco historias cortas de Rosenda son joyas de la mala leche, magníficamente dibujadas y muy difíciles de superar.
Para completar el tomo, tenemos otras dos historias cortas realizadas por Fontdevila para la revista Mr.Brain, una en un estilo mucho más caricaturesco, más cercano a los maestros españoles de los ´50, y la otra en el estilo que usa el gran Manel para casi todos sus trabajos en El Jueves. Puestas después de las desmesuradas aventuras de Rosenda, estas historietas resultan un poquito pueriles, pero no están mal.
Y finalmente, 21 tiras de Los Tres Marcianos (aparecidas en la inolvidable revista U), en las que Fontdevila les pega sin asco a los autores, los lectores y los coleccionistas de comics. Acá no hay lugar para finas ironías: cada tira desemboca en un remate certero y contundente, al ángulo, a donde el arquero no llega nunca. El dibujo es simplísimo (al punto de prescindir de los fondos en unas cuantas tiras) pero lo importante es lo que dice el autor a través de los personajes. Imposible no sentirse identificado (e incluso agraviado) en alguna de las patéticas mini-comedias que propone Fontdevila en estas tiras.
Por alguna extraña carambola del destino, este álbum (editado a todo culo por Glénat) suele verse a precios razonables en las comiquerías argentinas. Que no se te escape la gallina.
Para las aventuras de Rosenda (realizadas en los ´90 para la efímera pero influyente revista Mr. Brain, que él mismo dirigía), Fontdevila opta por el estilo más “realista” que le sale, un estilo en el que se ve obviamente a Chaland, pero al estar pensado para blanco y negro, tiene unos claroscuros y unos trucos de iluminación que no aparecían en los trabajos del malogrado prócer francés. También hay algo de Roger Langridge y Hunt Emerson y hasta sombreados que nos recuerdan a Charles Burns, en las secuencias más oscuras.
Todo este despliegue de aciertos gráficos está puesto al servicio de guiones desopilantes: aventuras que parodian con acidez al género folletinesco, ese de los villanos infinitamente perversos y los héroes muy nobles y un poquito nabos. En ese sentido, Rosenda es pariente cercana del Opium de Daniel Torres. Como Torres, Fontdevila hace gala de su magistral manejo de las convenciones del género del que se quiere mofar y a la vez toma de este la estructura clásica, la de principio, desarrollo y fin. Todo cierra en cada episodio, nada queda librado al azar. Fontdevila va incluso más allá, porque las tramas en las que envuelve a la malévola Rosenda y su némesis, el ex-comisario Gustavo Plaitex, son decididamente bizarras, van de una a causar gracia, a que digas “nah, me estás jodiendo”, sobre todo por lo extremo de los planteos. Sin salir de ese clima medio festivo de “nos estamos riendo de una aventura pedorra tipo cine clase B”, aparecen situaciones realmente sórdidas, que incluyen mutilaciones, eyaculaciones, tráfico de drogas y sexo con niños. Claramente, a Fontdevila no le tiembla el pulso a la hora de joder con temas delicados.
Los personajes secundarios y muchos de los diálogos son intencionalmente acartonados, en sintonía con las novelas y comics de aventuras de épocas pasadas. Imaginate el efecto que logra Fontdevila cuando mete en ese contexto un chiste guarro escrito como hablan los lectores de hoy. Las cinco historias cortas de Rosenda son joyas de la mala leche, magníficamente dibujadas y muy difíciles de superar.
Para completar el tomo, tenemos otras dos historias cortas realizadas por Fontdevila para la revista Mr.Brain, una en un estilo mucho más caricaturesco, más cercano a los maestros españoles de los ´50, y la otra en el estilo que usa el gran Manel para casi todos sus trabajos en El Jueves. Puestas después de las desmesuradas aventuras de Rosenda, estas historietas resultan un poquito pueriles, pero no están mal.
Y finalmente, 21 tiras de Los Tres Marcianos (aparecidas en la inolvidable revista U), en las que Fontdevila les pega sin asco a los autores, los lectores y los coleccionistas de comics. Acá no hay lugar para finas ironías: cada tira desemboca en un remate certero y contundente, al ángulo, a donde el arquero no llega nunca. El dibujo es simplísimo (al punto de prescindir de los fondos en unas cuantas tiras) pero lo importante es lo que dice el autor a través de los personajes. Imposible no sentirse identificado (e incluso agraviado) en alguna de las patéticas mini-comedias que propone Fontdevila en estas tiras.
Por alguna extraña carambola del destino, este álbum (editado a todo culo por Glénat) suele verse a precios razonables en las comiquerías argentinas. Que no se te escape la gallina.
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domingo, 28 de octubre de 2012
28/ 10: SMOKE
Alex de Campi es una chica yanki que estudió Historia del Arte y después se fue a Hong-Kong, a dedicarse al mundo de las finanzas. No se sabe cómo, terminó por vivir mitad en EEUU mitad en Londres, donde dirige videoclips y escribe algunas historietas. Aunque resulte casi imposible de creer, Smoke es la primera historieta que escribió, allá por 2005.
Digo que es casi increíble que esta sea la ópera prima de de Campi porque Smoke ostenta un guión de una potencia y una solidez que mucho envidian la mayoría de los tipos que llevan 25 ó 30 años en la profesión. Hay un sólo problema: cuando al protagonista, Rupert Cain, le cae la ficha de quién es el más hijo de puta de “los malos” y decide liquidarlo para ponerle fin a sus padeceres, faltan sólo cuatro páginas. O sea que el fin de este siniestro personaje llega (de modo espectacular) muy sobre la hora, cuando ya casi no queda espacio para bajar un cambio, respirar y disfrutar más tranqui de algún tipo de epílogo. Al final, lo más parecido a un epílogo son las últimas dos viñetas.
Si dejamos pasar este detalle, tenemos por delante 146 páginas (tres libritos, en la edición de IDW) absolutamente hipnóticas, en las que de Campi nos enrosca en una conspiración de sofisticada maldad. La historia nos lleva a un futuro muy cercano (podría ser el 2013, tranquilamente) en el que Inglaterra está al borde del default económico y el FMI amenaza con tomar cartas en el asunto. El verdadero “poder detrás del poder” (que no es la familia real, ni el primer ministro) pone en marcha un intricado plan para salvar al otrora próspero imperio, y para eso habrá que hacer trampa, boletear a unos cuantos, perjudicar seriamente a muchos más y venderle al resto fruta podrida para que nunca sospeche qué fue lo que realmente sucedió. Lo de siempre, bah...
A la bancarrota económica se suma la moral: Smoke está poblada de tantos tipos nefastos y excecrables que el protagonista, que es un asesino a sueldo, nos termina por caer simpático. Tras varios acuestes y operaciones-dentro-de-la-operación, el albino Cain (que era un sicario del Gobierno) se verá en la situación de tener que ser él quien confronte y derrumbe la gigantesca mentira urdida por sus ex-jefes. De Campi no le ahorra momentos de mierda: al pobre asesino le va mal con la mina a la que ama, se entera de que el hombre al que más respetaba era un sorete, le mienten, lo manipulan, le usurpan la identidad, lo tratan de boletear veinte veces... No está muy bueno ser Rupert Cain, realmente.
La trama, además de atrapante y compleja, es muy clara. “Los malos” tienen un buen Plan B, “el bueno” no resuelve las cosas por casualidad, los personajes secundarios (entre los que se destaca la periodista Katie Shah) entran y salen de escena de modo coherente y la acción no decae: siempre aparece cuando tiene que aparecer, ni antes ni después.
El dibujo de Smoke es una cátedra magistral del maestro croata Igor Kordey, aquel que nos maravilló en los ´80 con sus laburos para las antologías europeas (y la Heavy Metal) y después mutó para dibujar superhéroes de Marvel. Acá, nada que ver. Este es un Kordey distinto y además mucho mejor. De lejos, puede parecer un dibujante clásico, cercano a la línea de Joe Kubert o Jordi Bernet. Ahora, cuando lo mirás en detalle, empiezan a aparecer recursos de Dave Gibbons, David Lloyd, John Cassaday, Enki Bilal, Andreas... puestas en página re-europeas al mejor estilo Hermann combinadas con otras que parecen de Howard Chaykin... un lujo atrás de otro. Kordey se juega la vida en cada fondo, le pone todo a cada escena tranqui, explota en las escenas de acción, la rompe cuando elige los ángulos, impacta cuando le imprime a sus personajes unas expresiones faciales que un dibujante “careta” nunca les pondría y se complementa a la perfección con el colorista Len O´Grady, al que no tenía visto y ya pongo en la lista de los fundamentales.
Smoke es un thriller político apasionante, con algo de romance, algo de comedia, mucha mala leche y mucha acción. Guionista novata y dibujante experimentadísimo mancomunaron esfuerzos para crear una saga muy, muy atractiva, cautivante y satisfactoria de principio a fin. Acá sí que no nos vendieron humo...
Digo que es casi increíble que esta sea la ópera prima de de Campi porque Smoke ostenta un guión de una potencia y una solidez que mucho envidian la mayoría de los tipos que llevan 25 ó 30 años en la profesión. Hay un sólo problema: cuando al protagonista, Rupert Cain, le cae la ficha de quién es el más hijo de puta de “los malos” y decide liquidarlo para ponerle fin a sus padeceres, faltan sólo cuatro páginas. O sea que el fin de este siniestro personaje llega (de modo espectacular) muy sobre la hora, cuando ya casi no queda espacio para bajar un cambio, respirar y disfrutar más tranqui de algún tipo de epílogo. Al final, lo más parecido a un epílogo son las últimas dos viñetas.
Si dejamos pasar este detalle, tenemos por delante 146 páginas (tres libritos, en la edición de IDW) absolutamente hipnóticas, en las que de Campi nos enrosca en una conspiración de sofisticada maldad. La historia nos lleva a un futuro muy cercano (podría ser el 2013, tranquilamente) en el que Inglaterra está al borde del default económico y el FMI amenaza con tomar cartas en el asunto. El verdadero “poder detrás del poder” (que no es la familia real, ni el primer ministro) pone en marcha un intricado plan para salvar al otrora próspero imperio, y para eso habrá que hacer trampa, boletear a unos cuantos, perjudicar seriamente a muchos más y venderle al resto fruta podrida para que nunca sospeche qué fue lo que realmente sucedió. Lo de siempre, bah...
A la bancarrota económica se suma la moral: Smoke está poblada de tantos tipos nefastos y excecrables que el protagonista, que es un asesino a sueldo, nos termina por caer simpático. Tras varios acuestes y operaciones-dentro-de-la-operación, el albino Cain (que era un sicario del Gobierno) se verá en la situación de tener que ser él quien confronte y derrumbe la gigantesca mentira urdida por sus ex-jefes. De Campi no le ahorra momentos de mierda: al pobre asesino le va mal con la mina a la que ama, se entera de que el hombre al que más respetaba era un sorete, le mienten, lo manipulan, le usurpan la identidad, lo tratan de boletear veinte veces... No está muy bueno ser Rupert Cain, realmente.
La trama, además de atrapante y compleja, es muy clara. “Los malos” tienen un buen Plan B, “el bueno” no resuelve las cosas por casualidad, los personajes secundarios (entre los que se destaca la periodista Katie Shah) entran y salen de escena de modo coherente y la acción no decae: siempre aparece cuando tiene que aparecer, ni antes ni después.
El dibujo de Smoke es una cátedra magistral del maestro croata Igor Kordey, aquel que nos maravilló en los ´80 con sus laburos para las antologías europeas (y la Heavy Metal) y después mutó para dibujar superhéroes de Marvel. Acá, nada que ver. Este es un Kordey distinto y además mucho mejor. De lejos, puede parecer un dibujante clásico, cercano a la línea de Joe Kubert o Jordi Bernet. Ahora, cuando lo mirás en detalle, empiezan a aparecer recursos de Dave Gibbons, David Lloyd, John Cassaday, Enki Bilal, Andreas... puestas en página re-europeas al mejor estilo Hermann combinadas con otras que parecen de Howard Chaykin... un lujo atrás de otro. Kordey se juega la vida en cada fondo, le pone todo a cada escena tranqui, explota en las escenas de acción, la rompe cuando elige los ángulos, impacta cuando le imprime a sus personajes unas expresiones faciales que un dibujante “careta” nunca les pondría y se complementa a la perfección con el colorista Len O´Grady, al que no tenía visto y ya pongo en la lista de los fundamentales.
Smoke es un thriller político apasionante, con algo de romance, algo de comedia, mucha mala leche y mucha acción. Guionista novata y dibujante experimentadísimo mancomunaron esfuerzos para crear una saga muy, muy atractiva, cautivante y satisfactoria de principio a fin. Acá sí que no nos vendieron humo...
sábado, 27 de octubre de 2012
27/ 10: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 2)
Bueno, veníamos bien. Teníamos el cuarteto armado, el depto y los pasajes. Me faltaba que los amigos de la New York Comic Con me acreditaran como periodista para no pagar la entrada, que no era barata.
Mi único antecedente en este sentido era San Diego, donde me acredité como profesional en mi primera visita (1991) y nunca más me hizo falta realizar ningún tramite para que me otorgaran el pase de “PRO”. En aquel momento el trámite era sencillo, se hacía por fax y los requisitos eran mínimos. En la NYCC, 20 años más tarde, el trámite se sigue haciendo por fax, pero es bastante más complejo. El Javits Center, sede de la convención, tiene una capacidad limitada y los muchachos que organizan aclaran desde el vamos que su prioridad son los fans, no la prensa. Y para que ningún falso periodista “le robe” su lugar en el predio a un fan (que además son los que ponen la tarasca), para darte el pase de PRESS te vuelven loco. Yo tuve que llenar un formulario de cinco páginas, completarlo con datos como cuánta gente escucha mi podcast, lee mi blog o visita mi sitio web, qué clase de cobertura pensaba darle al evento, mi tarjeta profesional (no tengo, truché una para mandarles por fax a estos rompebolas), copias de artículos míos en los que figure mi nombre, obviamente vinculados al tema, etc. Ya que estaba, les metí las portadas de los dos libros de este blog, en los que mi nombre aparece grandote.
En total fueron hojas y hojas de fax, con todos los comprobantes habidos y por haber de que uno se dedica a esto de verdad. Faltó que me pidieran el certificado de vacunación de los perros que no tengo. Tardé varias semanas en reunir toda esa data y mandarla, pero en muchos menos días de los previstos me llegó por mail la confirmación de que mi solicitud había sido aprobada y que tal día a tal hora podía pasar a retirar mi credencial de PRESS por tal mostrador del Javits Center. Ahora sí, medio cerquita de las fechas del evento (ese mail me llegó el 30 de Agosto y la Con arrancaba el 11 de Octubre), ya estaba todo listo.
Finalmente llegó el día de viajar a Nueva York, apenas unas horas después de desarmado el stand en Tecnópolis, totalmente filtrado a causa de varios días de laburar mucho y dormir poco. Nunca en mi vida viajé con la valija tan vacía: tres remeras, tres calzones, tres pares de medias, las ojotas, el pijama y un sweater. Y en la mochila, un par de libritos para leer en los aeropuertos. El avión de LAN aterrizó en el aeropuerto Kennedy el miércoles 10 a las 7:30 de la matina y entre las colas para migraciones, la espera del equipaje y el viaje en tren y subte del JFK al departamento, llegué al mismo cerca de las 11:30. Ya nos habían avisado que nos lo iban a entregar a las 14, así que tenía varias horas para perder. Logré infiltrarme en el edificio, dejé la valija semi-vacía al lado de la puerta de mi depto y –más livianito- me fui a pasear por el barrio, a hacer huevo hasta las 14. Los uruguayos llegaban entre las 11 y las 12 de la noche, así que a mí me tocaba la responsabilidad de pagarle al manager la tasa de limpieza y el depósito y recibir las llaves y todas las instrucciones pertinentes.
En los papeles, el depto estaba en el Upper West Side, cerca de Morningside Heights y la Universidad de Columbia. Y sí, es cierto, la universidad estaba a unas cinco o seis cuadras. Pero a una cuadra y media estaba... el corazón de Harlem! Upper West Side, la pindonga. Estábamos en el auténtico Harlem, cuna de los Globetrotters, de Louis Armstrong, Duke Ellington, Billie Holiday, Fats Waller, Sammy Davis Jr. y Alicia Keys, entre miles de célebres afroamericanos. De hecho, estábamos a escasas tres cuadras del legendario teatro Apollo, por donde pasaron todos los músicos y stand-up comedians negros a los que vale la pena escuchar.
O sea que al ritmo del hip-hop y rodeado de chicos con capuchita que le sacaban chispas al aro de basket de la plaza, recorrí el barrio, caminé también para el lado de Morningside (hacia el Oeste, donde se termina la islita), me encontré con el manager, me habilitó el depto, entré la valija (a la que obviamente nadie había tocado), me bañé, dormí un rato, seguí caminando la zona, comí livianito y en un punto me di cuenta de algo: el portero eléctrico no funcionaba. ¿Cómo carajo me iba a enterar yo que habían llegado los uruguayos, si el portero eléctrico no funcionaba? Telepatía no tengo, celular tampoco, computadora tampoco... ¿Y ahora? Retomamos pronto.
Mi único antecedente en este sentido era San Diego, donde me acredité como profesional en mi primera visita (1991) y nunca más me hizo falta realizar ningún tramite para que me otorgaran el pase de “PRO”. En aquel momento el trámite era sencillo, se hacía por fax y los requisitos eran mínimos. En la NYCC, 20 años más tarde, el trámite se sigue haciendo por fax, pero es bastante más complejo. El Javits Center, sede de la convención, tiene una capacidad limitada y los muchachos que organizan aclaran desde el vamos que su prioridad son los fans, no la prensa. Y para que ningún falso periodista “le robe” su lugar en el predio a un fan (que además son los que ponen la tarasca), para darte el pase de PRESS te vuelven loco. Yo tuve que llenar un formulario de cinco páginas, completarlo con datos como cuánta gente escucha mi podcast, lee mi blog o visita mi sitio web, qué clase de cobertura pensaba darle al evento, mi tarjeta profesional (no tengo, truché una para mandarles por fax a estos rompebolas), copias de artículos míos en los que figure mi nombre, obviamente vinculados al tema, etc. Ya que estaba, les metí las portadas de los dos libros de este blog, en los que mi nombre aparece grandote.
En total fueron hojas y hojas de fax, con todos los comprobantes habidos y por haber de que uno se dedica a esto de verdad. Faltó que me pidieran el certificado de vacunación de los perros que no tengo. Tardé varias semanas en reunir toda esa data y mandarla, pero en muchos menos días de los previstos me llegó por mail la confirmación de que mi solicitud había sido aprobada y que tal día a tal hora podía pasar a retirar mi credencial de PRESS por tal mostrador del Javits Center. Ahora sí, medio cerquita de las fechas del evento (ese mail me llegó el 30 de Agosto y la Con arrancaba el 11 de Octubre), ya estaba todo listo.
Finalmente llegó el día de viajar a Nueva York, apenas unas horas después de desarmado el stand en Tecnópolis, totalmente filtrado a causa de varios días de laburar mucho y dormir poco. Nunca en mi vida viajé con la valija tan vacía: tres remeras, tres calzones, tres pares de medias, las ojotas, el pijama y un sweater. Y en la mochila, un par de libritos para leer en los aeropuertos. El avión de LAN aterrizó en el aeropuerto Kennedy el miércoles 10 a las 7:30 de la matina y entre las colas para migraciones, la espera del equipaje y el viaje en tren y subte del JFK al departamento, llegué al mismo cerca de las 11:30. Ya nos habían avisado que nos lo iban a entregar a las 14, así que tenía varias horas para perder. Logré infiltrarme en el edificio, dejé la valija semi-vacía al lado de la puerta de mi depto y –más livianito- me fui a pasear por el barrio, a hacer huevo hasta las 14. Los uruguayos llegaban entre las 11 y las 12 de la noche, así que a mí me tocaba la responsabilidad de pagarle al manager la tasa de limpieza y el depósito y recibir las llaves y todas las instrucciones pertinentes.
En los papeles, el depto estaba en el Upper West Side, cerca de Morningside Heights y la Universidad de Columbia. Y sí, es cierto, la universidad estaba a unas cinco o seis cuadras. Pero a una cuadra y media estaba... el corazón de Harlem! Upper West Side, la pindonga. Estábamos en el auténtico Harlem, cuna de los Globetrotters, de Louis Armstrong, Duke Ellington, Billie Holiday, Fats Waller, Sammy Davis Jr. y Alicia Keys, entre miles de célebres afroamericanos. De hecho, estábamos a escasas tres cuadras del legendario teatro Apollo, por donde pasaron todos los músicos y stand-up comedians negros a los que vale la pena escuchar.
O sea que al ritmo del hip-hop y rodeado de chicos con capuchita que le sacaban chispas al aro de basket de la plaza, recorrí el barrio, caminé también para el lado de Morningside (hacia el Oeste, donde se termina la islita), me encontré con el manager, me habilitó el depto, entré la valija (a la que obviamente nadie había tocado), me bañé, dormí un rato, seguí caminando la zona, comí livianito y en un punto me di cuenta de algo: el portero eléctrico no funcionaba. ¿Cómo carajo me iba a enterar yo que habían llegado los uruguayos, si el portero eléctrico no funcionaba? Telepatía no tengo, celular tampoco, computadora tampoco... ¿Y ahora? Retomamos pronto.
viernes, 26 de octubre de 2012
26/ 10: TARZAN Vol.15
No pasaba nada, no pasaba nada, y de repente... pasa todo junto!
La vez pasada se nos cortó el tomo cuado recién arrancaba la saga de los tártaros, esa en la que –por primera vez- había personajes femeninos atractivos, capaces de mover los hilos de la trama. Bueno, hete aquí que el maestro Burne Hogarth... no termina esa saga! Hace 12 páginas más y se va a probar suerte con Drago, un personaje de su propia creación. Para reemplazarlo llega Rubimor, pseudónimo detrás del cual se esconde el portorriqueño Rubén Moreira, conocido por los muy eruditos de DC por haber co-creado a Roy Raymond y Rip Hunter, además de participar bastante en las antologías de misterio.
Rubimor, un dibujante correcto, a años luz de Hogarth, apenas un poco mejor que los pibes de 18 años que daban pena en los comic-books de Marvel y DC de mediados de los ´40, se va a quedar al frente de las planchas dominicales de Tarzan 88 semanas. Va a terminar la saga de los tártaros y a iniciar otras, que esta edición no incluye para centrarse en las aventuras en las que mete mano Hogarth. O sea que hay un salto en la narración y es bastante brusco, porque cuando se inicia la saga que marcará el regreso de Hogarth, Tarzan está casado con Jane y vive en una granja, con capataces y peones. Incluso cuando tiene que viajar, se viste con un impecable traje blanco! Pero pará, que falta lo mejor. Cuando Rubimor lleva seis páginas de esta nueva saga (llamémosla “El Lago de Sangre”) se anima a lo imposible: cambia el esquema de cuatro tiras de viñetas por uno de TRES tiras! O sea que dibuja, como máximo, nueve viñetas por página en vez de 16! Acá mejora mucho el dibujo, pero claro, como pasan menos cosas por página, se ve más forzado el cliffhanger con el que terminaba cada entrega.
Y la página 18 de esta saga, del 10 de Agosto de 1947, marca el regreso triunfal de Burne Hogarth, a quien le había ido bastante mal con Drago. Hogarth vuelve cambiado, más extremo, más expresionista, más cebado con dibujar acción y machaca grandilocuente. La nueva grilla de menos cuadros le permite jugar mucho más con el dibujo y cada vez que la rompe para darle más espacio a alguna viñeta, su anatomía y sus fondos explotan en una orgía visual apabullante. Ahora sí, el dibujo de Hogarth brilla en todo su esplendor y –salvo algunos rostros femeninos- todo se ve demasiado perfecto para ser real.
Además, tanto en el tramo inicial (el de los tártaros) como en el epílogo de la saga del Lago de Sangre, Hogarth hace que pase algo que nunca había pasado antes: exhausto y malherido, Tarzan cae, se va a la lona, tira la toalla, no tiene más fuerza para pelear, ni siquiera para mantenerse erguido. Al principio lo salvan otros tártaros. Al final, el monito Nikima pide auxilio a todos los animales de la jungla y ya veremos en el tomo siguiente quién logra rescatar al Rey de la Selva de una situación límite, que por primera vez parece revestir real gravedad. Por supuesto, aplaudo la aparición de este Tarzan más vulnerable, porque eso lo humaniza, lo hace más creíble. El guacho pistola que se banca todo las 24 horas de los 365 días del año ya me tenía bastante podrido.
Tarde pero seguro, explotó Tarzan. Y ahora sí, si los guiones empeoran aún más, me importa un carajo. Primero porque me faltan sólo tres tomos para llegar al final. Y segundo porque sobre el final de este tomo, el dibujo de Burne Hogarth alcanzó ese nivel imposible, ascendió al Olimpo, no dejó promesas ni amenazas sin cumplir. Si el precio para acceder a este festival del dibujo académico-realista es fumarse guiones excecrables, de los que no se puede rescatar ni los signos de puntuación, yo por este Hogarth me los fumo, sin dudarlo.
La vez pasada se nos cortó el tomo cuado recién arrancaba la saga de los tártaros, esa en la que –por primera vez- había personajes femeninos atractivos, capaces de mover los hilos de la trama. Bueno, hete aquí que el maestro Burne Hogarth... no termina esa saga! Hace 12 páginas más y se va a probar suerte con Drago, un personaje de su propia creación. Para reemplazarlo llega Rubimor, pseudónimo detrás del cual se esconde el portorriqueño Rubén Moreira, conocido por los muy eruditos de DC por haber co-creado a Roy Raymond y Rip Hunter, además de participar bastante en las antologías de misterio.
Rubimor, un dibujante correcto, a años luz de Hogarth, apenas un poco mejor que los pibes de 18 años que daban pena en los comic-books de Marvel y DC de mediados de los ´40, se va a quedar al frente de las planchas dominicales de Tarzan 88 semanas. Va a terminar la saga de los tártaros y a iniciar otras, que esta edición no incluye para centrarse en las aventuras en las que mete mano Hogarth. O sea que hay un salto en la narración y es bastante brusco, porque cuando se inicia la saga que marcará el regreso de Hogarth, Tarzan está casado con Jane y vive en una granja, con capataces y peones. Incluso cuando tiene que viajar, se viste con un impecable traje blanco! Pero pará, que falta lo mejor. Cuando Rubimor lleva seis páginas de esta nueva saga (llamémosla “El Lago de Sangre”) se anima a lo imposible: cambia el esquema de cuatro tiras de viñetas por uno de TRES tiras! O sea que dibuja, como máximo, nueve viñetas por página en vez de 16! Acá mejora mucho el dibujo, pero claro, como pasan menos cosas por página, se ve más forzado el cliffhanger con el que terminaba cada entrega.
Y la página 18 de esta saga, del 10 de Agosto de 1947, marca el regreso triunfal de Burne Hogarth, a quien le había ido bastante mal con Drago. Hogarth vuelve cambiado, más extremo, más expresionista, más cebado con dibujar acción y machaca grandilocuente. La nueva grilla de menos cuadros le permite jugar mucho más con el dibujo y cada vez que la rompe para darle más espacio a alguna viñeta, su anatomía y sus fondos explotan en una orgía visual apabullante. Ahora sí, el dibujo de Hogarth brilla en todo su esplendor y –salvo algunos rostros femeninos- todo se ve demasiado perfecto para ser real.
Además, tanto en el tramo inicial (el de los tártaros) como en el epílogo de la saga del Lago de Sangre, Hogarth hace que pase algo que nunca había pasado antes: exhausto y malherido, Tarzan cae, se va a la lona, tira la toalla, no tiene más fuerza para pelear, ni siquiera para mantenerse erguido. Al principio lo salvan otros tártaros. Al final, el monito Nikima pide auxilio a todos los animales de la jungla y ya veremos en el tomo siguiente quién logra rescatar al Rey de la Selva de una situación límite, que por primera vez parece revestir real gravedad. Por supuesto, aplaudo la aparición de este Tarzan más vulnerable, porque eso lo humaniza, lo hace más creíble. El guacho pistola que se banca todo las 24 horas de los 365 días del año ya me tenía bastante podrido.
Tarde pero seguro, explotó Tarzan. Y ahora sí, si los guiones empeoran aún más, me importa un carajo. Primero porque me faltan sólo tres tomos para llegar al final. Y segundo porque sobre el final de este tomo, el dibujo de Burne Hogarth alcanzó ese nivel imposible, ascendió al Olimpo, no dejó promesas ni amenazas sin cumplir. Si el precio para acceder a este festival del dibujo académico-realista es fumarse guiones excecrables, de los que no se puede rescatar ni los signos de puntuación, yo por este Hogarth me los fumo, sin dudarlo.
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jueves, 25 de octubre de 2012
25/ 10: DENGUE
El post de hoy, destinado a ser recordado por siempre por ser el número 1000 de este blog, engancha en cierto modo con la saga de Nueva York. En una de las tantas charlas con el maestro uruguayo Matías Bergara, le comenté que era inminente la aparición del milésimo post, a lo cual me respondió de una “Tiene que ser la reseña de Dengue”. Y bueno, no le puedo fallar a un amigo...
Dengue no se parece en nada a las otras historietas de Rodolfo Santullo y Bergara que leímos antes. Al igual que El Graf Spee y Acto de Guerra está ambientada en Montevideo, y hasta ahí llegan las similitudes. Si Acto... pretendía funcionar como testimonio y El Graf Spee jugaba a rodear de un cierto contexto aventurero un célebre hecho histórico, Dengue opta por el camino opuesto: el de irse a la mierda, el de usar a la ciudad real como marco para una aventura totalmente sacada, osada, grandilocuente y entregada sin condiciones a los brazos de lo fantástico, de la imaginación sin límites. Algo así como lo que hizo Oesterheld con El Eternauta.
Dengue es, además, la obra menos dark de la dupla. Al desconectarse de los trágicos episodios reales en los que se basaban sus antecesores, Dengue crea un clima un poco menos opresivo y sobre todo menos solemne. Tiene sus momentos truculentos, hay corrupción, violencia y escenas que te estrujan el corazón con la crueldad de un verdugo del medioevo en un mal día, pero no es una historieta demasiado reflexiva ni mucho menos depresiva. Al final, cuando la terminás, queda la aventura. Una especie de thriller policial en el que “el cana imperfecto pero bueno” se juega la vida una y mil veces para desentrañar una trama muy espesa de corrupción, negocios sucios y muerte y ni siquiera se queda con la minita. ¿Creés haber leído muchos de esos? Te aseguro que ninguno se parece a Dengue, porque en ese contexto ya bastante transitado, Santullo mete un elemento de ciencia-ficción que detona en la página 8 y propulsa a la historieta en una dirección totalmente distinta.
Hay varios aciertos más en el guión, pero me quedo con uno sólo: el primer tramo de Dengue no se lee como una novela gráfica, sino como un mosaico de historias cortas, unidas por un contexto y un personaje (el Sargento Pronzini) en común. De hecho, el segundo episodio, el de los jugadores de futbol, cierra tan perfecto en sí mismo, que publicado por afuera de Dengue también sería una joyita. Después, los hallazgos típicos de Santullo: buena construcción de personajes, excelentes diálogos, hábil manejo de las convenciones de los géneros con los que coquetea y un gran criterio para dosificar la información, para que la historia nunca se empantane entre complejas explicaciones pseudo-científicas, de las cuales acá hay unas cuantas.
Por el lado de la faz gráfica, tengo un problema jodido: No me gustó para nada el color. Vi los originales en blanco y negro en el estudio de Bergara y me gustaron mucho más que la versión publicada. Entiendo por qué se optó por esa paleta y demás, pero no me gusta. Ahora, si hago el esfuerzo de no ver el color (me hago daltónico, como John Byrne y Raúl Fortín) y me concentro en el dibujo en sí, en la línea, las manchas y los espacios “blancos”, me encuentro con un Bergara muy superior al de sus trabajos anteriores. Cada vez que aparecen “el Príncipe” o Kaneda, sentí que estaba leyendo a Katsuhiro Otomo, o a Moebius. Hay primeros planos perfectos, notables planificaciones de página, mucha variedad de ángulos, un gran trabajo en el lenguaje gestual de los personajes, en los cuerpos en movimiento, en la acción (y hay MUCHA acción), los monstruos son realmente horrendos, sin nada que envidiarle a los de Berni Wrightson, y los fondos son muy básicos, muy esquemáticos, pensados para desaparecer a la primera de cambio sin disputarle jamás el protagonsimo a la figura humana. Un salto cualitativo impresionante en la labor de este joven artista (todavía no tiene ni 30 años), lamentablemente un poco opacado por el color.
Aparecida hace menos de seis meses, Dengue ya es la historieta uruguaya más vendida en la historia del país vecino. Y muy merecidamente, porque realmente –y más allá de que uno sea amigo de los autores- es una lectura atrapante, consistente, impactante e inteligente, que se disfruta de principio a fin. Eso sí, después de leerla, doble pasada de Off, Raid a toda hora y espirales hasta en los calzoncillos...
Dengue no se parece en nada a las otras historietas de Rodolfo Santullo y Bergara que leímos antes. Al igual que El Graf Spee y Acto de Guerra está ambientada en Montevideo, y hasta ahí llegan las similitudes. Si Acto... pretendía funcionar como testimonio y El Graf Spee jugaba a rodear de un cierto contexto aventurero un célebre hecho histórico, Dengue opta por el camino opuesto: el de irse a la mierda, el de usar a la ciudad real como marco para una aventura totalmente sacada, osada, grandilocuente y entregada sin condiciones a los brazos de lo fantástico, de la imaginación sin límites. Algo así como lo que hizo Oesterheld con El Eternauta.
Dengue es, además, la obra menos dark de la dupla. Al desconectarse de los trágicos episodios reales en los que se basaban sus antecesores, Dengue crea un clima un poco menos opresivo y sobre todo menos solemne. Tiene sus momentos truculentos, hay corrupción, violencia y escenas que te estrujan el corazón con la crueldad de un verdugo del medioevo en un mal día, pero no es una historieta demasiado reflexiva ni mucho menos depresiva. Al final, cuando la terminás, queda la aventura. Una especie de thriller policial en el que “el cana imperfecto pero bueno” se juega la vida una y mil veces para desentrañar una trama muy espesa de corrupción, negocios sucios y muerte y ni siquiera se queda con la minita. ¿Creés haber leído muchos de esos? Te aseguro que ninguno se parece a Dengue, porque en ese contexto ya bastante transitado, Santullo mete un elemento de ciencia-ficción que detona en la página 8 y propulsa a la historieta en una dirección totalmente distinta.
Hay varios aciertos más en el guión, pero me quedo con uno sólo: el primer tramo de Dengue no se lee como una novela gráfica, sino como un mosaico de historias cortas, unidas por un contexto y un personaje (el Sargento Pronzini) en común. De hecho, el segundo episodio, el de los jugadores de futbol, cierra tan perfecto en sí mismo, que publicado por afuera de Dengue también sería una joyita. Después, los hallazgos típicos de Santullo: buena construcción de personajes, excelentes diálogos, hábil manejo de las convenciones de los géneros con los que coquetea y un gran criterio para dosificar la información, para que la historia nunca se empantane entre complejas explicaciones pseudo-científicas, de las cuales acá hay unas cuantas.
Por el lado de la faz gráfica, tengo un problema jodido: No me gustó para nada el color. Vi los originales en blanco y negro en el estudio de Bergara y me gustaron mucho más que la versión publicada. Entiendo por qué se optó por esa paleta y demás, pero no me gusta. Ahora, si hago el esfuerzo de no ver el color (me hago daltónico, como John Byrne y Raúl Fortín) y me concentro en el dibujo en sí, en la línea, las manchas y los espacios “blancos”, me encuentro con un Bergara muy superior al de sus trabajos anteriores. Cada vez que aparecen “el Príncipe” o Kaneda, sentí que estaba leyendo a Katsuhiro Otomo, o a Moebius. Hay primeros planos perfectos, notables planificaciones de página, mucha variedad de ángulos, un gran trabajo en el lenguaje gestual de los personajes, en los cuerpos en movimiento, en la acción (y hay MUCHA acción), los monstruos son realmente horrendos, sin nada que envidiarle a los de Berni Wrightson, y los fondos son muy básicos, muy esquemáticos, pensados para desaparecer a la primera de cambio sin disputarle jamás el protagonsimo a la figura humana. Un salto cualitativo impresionante en la labor de este joven artista (todavía no tiene ni 30 años), lamentablemente un poco opacado por el color.
Aparecida hace menos de seis meses, Dengue ya es la historieta uruguaya más vendida en la historia del país vecino. Y muy merecidamente, porque realmente –y más allá de que uno sea amigo de los autores- es una lectura atrapante, consistente, impactante e inteligente, que se disfruta de principio a fin. Eso sí, después de leerla, doble pasada de Off, Raid a toda hora y espirales hasta en los calzoncillos...
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Matías Bergara,
Rodolfo Santullo
miércoles, 24 de octubre de 2012
24/ 10: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 1)
Bueno, a pedido de la hinchada, se viene un repaso por mi reciente viaje a Nueva York, organizado en varios posts no consecutivos, para poder dedicarle un espacio razonable a cada cosa.
Este era mi segundo viaje a la Gran Manzana. El anterior había sido en Enero de 1985, cuando yo tenía 16 añitos. Era mi primer viaje sin mis viejos y hacía un frío de la hiper-concha de Dios: 18 grados bajo cero a la mañana, 40 bajo cero a la noche. Era como vivir en el ojete de Mr.Freeze. Estuve varios días vagando por la ciudad, casi siempre solo, con mi melena ochentosa (ver foto), y nunca más allá de la hora en que se hacía de noche (tipo 17:30). Mi viejo había estado en 1980, poco después del colapso, cuando la ciudad era medio “No Man´s Land”, y me había quemado la cabeza con advertencias, con lo cual yo iba bastante cagado en las patas. Fui a un par de museos, descubrí por primera vez las comiquerías (creo que en 1985 en Sudamérica no había ninguna) y no me animé a meterme en el subte porque me ahuyentó la baranda a chivo, vómito y meo de borracho. Subí al Empire State, pasé por las Twin Towers, por el edificio de las Naciones Unidas (en esa época yo todavía soñaba con ser diplomático... sí, justo ;) y no vi la Estatua de la Libertad porque la estaban reparando y estaba toda vallada. Ah! Y me mandé de caradura a las oficinas de DC donde no sólo no me echaron flit, sino que me regalaron muchos comics, entre ellos el n°1 de Crisis on Infinite Earths.
Entre el ´91 y el 2000 fui varias veces más a EEUU, pero siempre a la Convención de San Diego y –lógicamente- a Los Angeles, que es ahí cerquita y en verano es maravillosa. A Nueva York, nunca más. Pero ¿qué pasó? La San Diego Comic Con, otrora meca del comic, traicionó sus ideales. Durante la última década mutó en un gigante deforme y obsceno, 100% volcado al cine, la tele, los videogames y cualquier forma de entretenimiento más o menos masivo. El comic, bien gracias. En paralelo, fue creciendo la New York Comic Con, con consignas parecidas a las que hicieron indispensable a San Diego en los ´90. O por lo menos eso me contaban los autores amigos que viven allá o viajan con frecuencia (Eduardo Risso, Ariel Olivetti, etc.). Me fui cebando, me fui cebando, y a mediados de 2011 decidí que este año volvería a EEUU, y a explorar esa “nueva” convención, que de paso ofrecía la excusa perfecta para redescubrir Nueva York con ojos de adulto.
El primero que me dijo “Buenísimo, voy con vos!” fue Lucas Varela, con quien habíamos ido a San Diego en el 2000 y a Madrid y Barcelona en el ´99. Pero después le salió un viaje a Francia y allá se quedó, no le dio para emprender otra larga travesía. Entra en escena la Liga Latinoamericana. No me acuerdo en qué evento de 2011 (creo que el Unicomix de Mendoza) me encuentro con mis amigos uruguayos Matías Bergara y Nico Peruzzo (los dos tuvieron obras reseñadas acá en el blog) y me dicen “Uh, qué copado! Nosotros queremos ir! Vamos juntos, así nos sale más barato!”. Y no me acuerdo cómo se suma –por poquito tiempo- Chiqui Vilca, el organizador de Lima Comics. Eramos cuatro: un argentino, dos uruguayos y un peruano. Poco después se bajó Chiqui y se sumó un tercer charrúa, a quien yo conocí recién en Mayo de este año, cuando viajé a Montevideo Comics: Ignacio Alcuri, un famoso blogger, conductor de radio y televisión, stand-up comedian y autor de seis libros de cuentos. Y comiquero a full, no como los autores de comics que suelen ser medio pecho frío a la hora de apasionarse por los autores y los personajes.
Poquísimos días después de Montevideo Comics ya teníamos sacados los pasajes y reservado el departamento. Yo había tramitado el pasaporte en Enero y la visa en Abril, y hasta me había empezado a armar un canuto de dólares en ese viaje a Uruguay, donde vendí libros argentinos y cambié los pesos uruguayos por billetes verdes, de esos que en el país de acá enfrente te venden hasta en la caja del supermercado. En Junio, cuando viajé a Lima (de nuevo, con muchos libros argentinos para vender), repetí el procedimiento y me terminé de abastecer de dólares. Sólo me faltaba acreditarme como periodista para no pagar la entrada a la Convención, algo que en San Diego siempre me resultó ridículamente fácil y en New York, no tanto. Retomamos pronto!
Este era mi segundo viaje a la Gran Manzana. El anterior había sido en Enero de 1985, cuando yo tenía 16 añitos. Era mi primer viaje sin mis viejos y hacía un frío de la hiper-concha de Dios: 18 grados bajo cero a la mañana, 40 bajo cero a la noche. Era como vivir en el ojete de Mr.Freeze. Estuve varios días vagando por la ciudad, casi siempre solo, con mi melena ochentosa (ver foto), y nunca más allá de la hora en que se hacía de noche (tipo 17:30). Mi viejo había estado en 1980, poco después del colapso, cuando la ciudad era medio “No Man´s Land”, y me había quemado la cabeza con advertencias, con lo cual yo iba bastante cagado en las patas. Fui a un par de museos, descubrí por primera vez las comiquerías (creo que en 1985 en Sudamérica no había ninguna) y no me animé a meterme en el subte porque me ahuyentó la baranda a chivo, vómito y meo de borracho. Subí al Empire State, pasé por las Twin Towers, por el edificio de las Naciones Unidas (en esa época yo todavía soñaba con ser diplomático... sí, justo ;) y no vi la Estatua de la Libertad porque la estaban reparando y estaba toda vallada. Ah! Y me mandé de caradura a las oficinas de DC donde no sólo no me echaron flit, sino que me regalaron muchos comics, entre ellos el n°1 de Crisis on Infinite Earths.
Entre el ´91 y el 2000 fui varias veces más a EEUU, pero siempre a la Convención de San Diego y –lógicamente- a Los Angeles, que es ahí cerquita y en verano es maravillosa. A Nueva York, nunca más. Pero ¿qué pasó? La San Diego Comic Con, otrora meca del comic, traicionó sus ideales. Durante la última década mutó en un gigante deforme y obsceno, 100% volcado al cine, la tele, los videogames y cualquier forma de entretenimiento más o menos masivo. El comic, bien gracias. En paralelo, fue creciendo la New York Comic Con, con consignas parecidas a las que hicieron indispensable a San Diego en los ´90. O por lo menos eso me contaban los autores amigos que viven allá o viajan con frecuencia (Eduardo Risso, Ariel Olivetti, etc.). Me fui cebando, me fui cebando, y a mediados de 2011 decidí que este año volvería a EEUU, y a explorar esa “nueva” convención, que de paso ofrecía la excusa perfecta para redescubrir Nueva York con ojos de adulto.
El primero que me dijo “Buenísimo, voy con vos!” fue Lucas Varela, con quien habíamos ido a San Diego en el 2000 y a Madrid y Barcelona en el ´99. Pero después le salió un viaje a Francia y allá se quedó, no le dio para emprender otra larga travesía. Entra en escena la Liga Latinoamericana. No me acuerdo en qué evento de 2011 (creo que el Unicomix de Mendoza) me encuentro con mis amigos uruguayos Matías Bergara y Nico Peruzzo (los dos tuvieron obras reseñadas acá en el blog) y me dicen “Uh, qué copado! Nosotros queremos ir! Vamos juntos, así nos sale más barato!”. Y no me acuerdo cómo se suma –por poquito tiempo- Chiqui Vilca, el organizador de Lima Comics. Eramos cuatro: un argentino, dos uruguayos y un peruano. Poco después se bajó Chiqui y se sumó un tercer charrúa, a quien yo conocí recién en Mayo de este año, cuando viajé a Montevideo Comics: Ignacio Alcuri, un famoso blogger, conductor de radio y televisión, stand-up comedian y autor de seis libros de cuentos. Y comiquero a full, no como los autores de comics que suelen ser medio pecho frío a la hora de apasionarse por los autores y los personajes.
Poquísimos días después de Montevideo Comics ya teníamos sacados los pasajes y reservado el departamento. Yo había tramitado el pasaporte en Enero y la visa en Abril, y hasta me había empezado a armar un canuto de dólares en ese viaje a Uruguay, donde vendí libros argentinos y cambié los pesos uruguayos por billetes verdes, de esos que en el país de acá enfrente te venden hasta en la caja del supermercado. En Junio, cuando viajé a Lima (de nuevo, con muchos libros argentinos para vender), repetí el procedimiento y me terminé de abastecer de dólares. Sólo me faltaba acreditarme como periodista para no pagar la entrada a la Convención, algo que en San Diego siempre me resultó ridículamente fácil y en New York, no tanto. Retomamos pronto!
martes, 23 de octubre de 2012
23/ 10: EX MACHINA Vol.8
Lo fui a visitar a Mitchell Hundred y no estaba, el muy turro! Pasé por el City Hall de Nueva York camino al puente de Brooklyn y lo busqué, pero fue al pedo. Debe ser porque este comic se terminó hace unos añitos. De hecho, todas las secuencias del “presente” que ofrece este TPB están ambientadas en 2004, aunque las historietas se publicaron entre 2008 y 2009, o sea que Ex Machina incluso en su momento estaba situada en el pasado de la Gran Manzana.
Por supuesto, al tener muy fresquita la geografía y los escenarios de Manhattan, la lectura de esta serie (y supongo que también de DMZ) cobra un gustito especial, que es el de reconocer esquinas, edificios, colectivos y hasta gente, que hasta hace un par de días para mí eran tridimensionales y ahora no. Y al haber respirado el clima de la ciudad, tengo que contradecir un cachito a Brian K. Vaughan. En muchos pasajes de esta obra, el guionista subraya (a través de Mitchell Hundred) lo difícil que es ser Jefe de Gobierno de una ciudad como Nueva York. La verdad, me parece que exagera. No digo que sea pan comido, o que cualquier subnormal (incluso perteneciente al PRO) pueda hacerlo. Pero al lado de ciudades como Buenos Aires, San Pablo, Lima o México D.F., me dio la sensación de que Nueva York no es tan complicada de sacar adelante. Si quieren que asuma la intendencia para demostrarlo con los hechos, no tengo problema. Convóquenme y con mucho gusto me fumo cuatro años al frente de los cinco distritos.
Pero vamos a este libro, que trae por un lado, una saga en la que el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush le complica la vida a Hundred al elegir a Nueva York como la sede de la convención que ungirá a los candidatos republicanos para la elección de 2004. Se trata de uan decisión medio extraña, porque la ciudad siempre le dio –histórica y merecidamente- la espalda al partido más conservador, retrógrado y filo-fascista de este continente. Pero no olvidemos que Hundred no es ni republicano ni demócrata, y además, al acercarse el fin de su mandato como Jefe de Gobierno, está evaluando la posibilidad de presentarse él también como candidato a Presidente de los EEUU. O sea que hay una linda runfla, un lindo teje-maneje de ambiciones, cálculos y especulaciones.
El problema es... el problema. Como este conflicto “fino” no alcanza para vender historietas, Vaughan tiene que sumar un conflicto grueso, casi grotesco, y es la chica medio chapita a la que los medios llaman “Trouble” (Problema). Años atrás, Trouble fue rescatada de una muerte segura por Great Machine (la ex identidad heroica de Hundred) y ahora ella también anda enmascarada, cometiendo osados actos de vandalismo con el único objetivo de desprestigiar e incomodar a Bush para que no venga a Manhattan a rosquear candidaturas con su séquito de olfas. Esto le da a Vaughan la posibilidad de mechar escenas de acción que, la verdad, no hacían mucha falta. Y de volver una y otra vez a los flashbacks a la época en que Hundred trabajaba de superhéroe, que ya me tienen medio harto. Hay un par de sub-plots que avanzan a buen ritmo, excelentes diálogos y buen desarrollo para varios de los secundarios, lo cual hace que el conjunto resulte satisfactorio a pesar de la machaca innecesaria.
Y lo mejor viene al final: 32 páginas dibujadas por el gran John Paul Leon que transcurren aún más atrás, cuando Hundred todavía no es Great Machine, y exploran el viejo tema del Ku Kux Klan, pero desde otra óptica: Vaughan se centra en el hecho de que estos racistas excecrables actúan enmascarados y eso dispara un exquisito debate sobre las máscaras y las identidades suprimidas que obvia pero muy inteligentemente, salpica para el lado de los superhéroes.
Todo lo que no dibuja Leon está a cargo, como siempre, de Tony Harris, esta vez con viñetas más grandes (pocas páginas ofrecen más de cuatro) y con su ya tradicional combinación de realismo, corrección y frialdad. Si cliqueás en la etiqueta de Ex Machina vas a ver que hace varios TPBs que vengo hinchando por el regreso (a esta altura impostergable) del Harris más dark y más expresionista.
Ni bien consiga los dos tomos que me faltan, me zambullo hacia el final de esta originalísima serie. Aguante Nueva York!
Por supuesto, al tener muy fresquita la geografía y los escenarios de Manhattan, la lectura de esta serie (y supongo que también de DMZ) cobra un gustito especial, que es el de reconocer esquinas, edificios, colectivos y hasta gente, que hasta hace un par de días para mí eran tridimensionales y ahora no. Y al haber respirado el clima de la ciudad, tengo que contradecir un cachito a Brian K. Vaughan. En muchos pasajes de esta obra, el guionista subraya (a través de Mitchell Hundred) lo difícil que es ser Jefe de Gobierno de una ciudad como Nueva York. La verdad, me parece que exagera. No digo que sea pan comido, o que cualquier subnormal (incluso perteneciente al PRO) pueda hacerlo. Pero al lado de ciudades como Buenos Aires, San Pablo, Lima o México D.F., me dio la sensación de que Nueva York no es tan complicada de sacar adelante. Si quieren que asuma la intendencia para demostrarlo con los hechos, no tengo problema. Convóquenme y con mucho gusto me fumo cuatro años al frente de los cinco distritos.
Pero vamos a este libro, que trae por un lado, una saga en la que el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush le complica la vida a Hundred al elegir a Nueva York como la sede de la convención que ungirá a los candidatos republicanos para la elección de 2004. Se trata de uan decisión medio extraña, porque la ciudad siempre le dio –histórica y merecidamente- la espalda al partido más conservador, retrógrado y filo-fascista de este continente. Pero no olvidemos que Hundred no es ni republicano ni demócrata, y además, al acercarse el fin de su mandato como Jefe de Gobierno, está evaluando la posibilidad de presentarse él también como candidato a Presidente de los EEUU. O sea que hay una linda runfla, un lindo teje-maneje de ambiciones, cálculos y especulaciones.
El problema es... el problema. Como este conflicto “fino” no alcanza para vender historietas, Vaughan tiene que sumar un conflicto grueso, casi grotesco, y es la chica medio chapita a la que los medios llaman “Trouble” (Problema). Años atrás, Trouble fue rescatada de una muerte segura por Great Machine (la ex identidad heroica de Hundred) y ahora ella también anda enmascarada, cometiendo osados actos de vandalismo con el único objetivo de desprestigiar e incomodar a Bush para que no venga a Manhattan a rosquear candidaturas con su séquito de olfas. Esto le da a Vaughan la posibilidad de mechar escenas de acción que, la verdad, no hacían mucha falta. Y de volver una y otra vez a los flashbacks a la época en que Hundred trabajaba de superhéroe, que ya me tienen medio harto. Hay un par de sub-plots que avanzan a buen ritmo, excelentes diálogos y buen desarrollo para varios de los secundarios, lo cual hace que el conjunto resulte satisfactorio a pesar de la machaca innecesaria.
Y lo mejor viene al final: 32 páginas dibujadas por el gran John Paul Leon que transcurren aún más atrás, cuando Hundred todavía no es Great Machine, y exploran el viejo tema del Ku Kux Klan, pero desde otra óptica: Vaughan se centra en el hecho de que estos racistas excecrables actúan enmascarados y eso dispara un exquisito debate sobre las máscaras y las identidades suprimidas que obvia pero muy inteligentemente, salpica para el lado de los superhéroes.
Todo lo que no dibuja Leon está a cargo, como siempre, de Tony Harris, esta vez con viñetas más grandes (pocas páginas ofrecen más de cuatro) y con su ya tradicional combinación de realismo, corrección y frialdad. Si cliqueás en la etiqueta de Ex Machina vas a ver que hace varios TPBs que vengo hinchando por el regreso (a esta altura impostergable) del Harris más dark y más expresionista.
Ni bien consiga los dos tomos que me faltan, me zambullo hacia el final de esta originalísima serie. Aguante Nueva York!
Etiquetas:
Brian Vaughan,
Ex Machina,
Tony Harris
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