miércoles, 19 de agosto de 2026
NOCHE DE MIÉRCOLES
Sigue este frío de mierda, pero por lo menos hoy hubo un rato largo de sol y ganó Racing.
Hoy, en vez de un poco de humor francés, tengo un poco de humor yanki. Me enteré de casualidad (y conseguí sin demasiado esfuerzo) Tall Tales, un libro que ofrece una selección de los mejores chistes creados con ese nombre genérico por el maestro Al Jaffee para el New York Herald Tribune, entre 1957 y 1963. Para 1957, Jaffee ya tenía una carrera interesante en el humor gráfico, pero todavía no era un indiscutido, un referente absoluto como sería a partir de la segunda mitad de los años ´60. Así que, para parar la olla, inventó algo fácil de venderle a los diarios: un chiste vertical de una sola viñeta, larguito y estrecho, como para que ocupe una sola columna. De los miles de chistes que llegó a realizar en esos seis años, el libro reúne unos 120 y la verdad que hay unos cuantos excelentes.
Jaffee aprovecha el formato atípico que eligió para los chistes, y trabaja la imagen de manera tal que la gracia esté en un detalle, que probablemente el lector no detecte a primera vista. Hay que revisar la totalidad de la superficie de la viñeta para encontrar ese detalle, que es el que detona la comicidad, y eso está buenísimo. Lo que no es tan bueno es el dibujo, bastante en sintonía con lo que era el clásico humor gráfico yanki de los años ´50, pero sin virtuosismo. Si sos de los que amaron al Jaffe de MAD, el que hacía la clásica "fold-in" ("la dobladita" en la edición argentina) o la famosa sección "Snappy answers to stupid questions", acá vas a ver a un dibujante competente, al que le falta un poco de personalidad.
Volví a leer el integral de Fulú, editado por Loco Rabia, y me gustó más que cuando lo leí a principios de año, cuando la editorial me invitó a escribir el prólogo. Fulú es una historieta realizada por Carlos Trillo y Eduardo Risso entre fines de los ´80 y principios de los ´90, en principio para la editorial italiana Eura, pero con buena repercusión también en Italia y en Argentina, donde se publicó en la revista Puertitas.
Las fechas son muy llamativas, por dos motivos. Primero, era la primera vez que Trillo y Risso trabajaban juntos. Hay tantas obras de la dupla, y unas cuantas son tan buenas, que uno medio que da por sentado que la dupla se entendía de memoria, que estaban perfectamente ensamblados. Pero acá nunca habían colaborado, y la verdad es que no se nota: parece una dupla perfectamente aceitada, con años de trabajo conjunto. Y lo segundo que llama mucho la atención es que el inicio de Fulú prácticamente se superpone con el final de Parque Chas, la historieta que hacía Risso con Ricardo Barreiro... en la que el estilo del dibujante era MUY, pero MUY distinto a lo que se ve en estas páginas. No la narrativa, que tiene bastantes puntos en común, pero sí el grafismo, que parece casi obra de otro dibujante. En Parque Chas, Risso la rompía con un estilo que recordaba un poco a Milo Manara, con texturas muy sutiles, sombreados a base puntitos, cuerpos muy estilizados y mucho más blanco que negro. En Fulú, en cambio, el León de Leones pega un volantazo: vuelve recargado al claroscuro que había ensayado en sus mejores páginas para Columba, y muy de vez en cuando recurre a los puntitos y las texturas sutiles. El dibujo acá es mucho más plástico y más expresivo que en Parque Chas, mucho más funcional a los climas y con un trabajo impresionante de documentación histórica, que Parque Chas obviamente no le había requerido. Alguna vez Risso declaró que la historia de Fulú (a pedido de los editores franceses) se había estirado más de la cuenta, y que ya para el final no estaba conforme ni con los guiones ni con su propio desempeño como dibujante. No coincido para nada. Las últimas páginas están dibujadas a un gran nivel, y el tramo final de la historia tiene un ritmo increíble.
Ambientada en el Siglo XVII en las colonias portuguesas de América, Fulú se compone de cinco arcos argumentales de los cuales el más flojo probablemente sea el primero. En ese primer tramo, Trillo incurre en algunas obviedades y mantiene el tema de los poderes sobrenaturales de la protagonista en una zona gris que no me resultó muy convincente. Pero a partir del segundo arco, el guion va a cobrar más solidez y a incorporar un elenco de personajes secundarios muy bien trabajados. El misticismo se va a ensamblar mejor con la trama aventurera (plagada de desgracias, injusticias y atrocidades de las que tanto le gustaban a Trillo) y lo único medio hinchapelotas va a ser el constante juego erótico, donde el tema de "Fulú está buenísima y todos los tipos se la quieren coger a como dé lugar" se vuelve reiterativo. Por suerte, Trillo desactiva la trampa de tener una protagonista negra y mujer, contra villanos blancos y hombres. Desde temprano hay mujeres en roles de antagonista, y en el tramo final, quienes conspiran para eliminar a Fulú son tan africanos como ella.
Ente los cinco arcos, se completa una aventura histórica intensa, dramática, potente, esta vez sin las reflexiones o los guiños irónicos típicos del guionista. Acá no está esa rendija por la que suele colarse algo de humor, algo que le quite peso a la tragedia. Nada con qué rebajar el espesor dramático de la trama, que por momentos se hace tóxico, opresivo, desesperante. Pero cuando el motor del personaje es algo tan fuerte como la búsqueda de la libertad, y cuando su voluntad es tan inquebrantable como la de esta enigmática joven, los flagelos, los castigos y los abusos son apenas un obstáculo más a superar. Fulú se trata de eso: de pelear contra todo y a pesar de todo para cumplir un sueño sagrado, el sueño de ser libres. Trillo y Risso son palabras mayores en la historieta tanto argentina como mundial, y esa leyenda empieza con Fulú. Motivo más que suficiente para tirarse de cabeza sobre esta edición integral, largamente esperada por los fans de la dupla.
Nada más, por hoy. Nos vemos el viernes en la Biblioteca Nacional, donde se va a estar presentando La Historieta Argentina: Una Historia Colectiva, libro imprescindible si los hay. Gracias y hasta pronto.
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