
Esta saga de 2005 apunta a varias cosas. Por un lado, a rescatar del olvido a Adam Strange, personaje poco explotado por DC de 1965 para acá. Por otro lado, a re-armar el panteón heroico de DC que tiene al espacio por ámbito natural. Algo de eso habíamos visto cinco o seis años antes en Starman, pero acá la cosa va mucho más a fondo. Así reaparecen los Omega Men (que juntaban polvo en un rincón hacía añares), los Darkstars, y hasta Vril Dox y su L.E.G.I.O.N. que también llevaban varios años sin dejarse ver por ningún lado. Un tercer objetivo de esta saga es funcionar como precuela a The Rann-Thanagar War, que a su vez es una de las sagas que desembocan en la impresentable Infinite Crisis. Y un cuarto puede ser probar a Andy Diggle (guionista inglés con algunos títulos no muy exitosos en Vertigo) como posible guionista para reforzar el mainstream. Ah, y además contar una buena historia, bien escrita y bien dibujada.
Increíblemente, todos los objetivos se cumplieron. Diggle se sentó a hacer los deberes y logró armar una historia trepidante, con muchísimo ritmo, con muchísimas escenas de alto impacto, pero además con ingenio, humor y personajes muy bien logrados. El falso Flash Gordon es un personaje que no necesita mucha más profundidad, porque funciona así, casi como ícono. Pero Diggle igual se mete a fondo con él y lo dota de una carnadura más humana y más copada. Su manejo de Tigorr (de los Omega Men) y de los villanos también es grosso, sus aportes a Vril Dox no creo que sean muy tenidos en cuenta por los guionistas posteriores pero no están mal, y el final que les da a los Darkstars es mucho más honroso que todas las historietas que los tuvieron por protagonistas que –para qué negarlo- son un bofe irredimible.
Lo mejor que tiene el guión es que Adam Strange entra a la historia muy tarde, cuando casi todo lo importante ya pasó. La situación desesperada que vive Rann hace que Sardath actúe por la suya, sin informarle nada a su yerno, y este queda de garpe y termina sacándole más data a los malos que a su propia familia. Después vendrán el reencuentro y el combate final contra el hiper-villano de turno (no voy a decir quién es, porque Diggle lo mantiene en secreto a lo largo de casi toda la obra) y ahí sí, tanto Adam como los aliados que supo cosechar serán fundamentales para que Rann tenga una chance de zafar sin condenar al resto del Universo.
El dibujo del español Pasqual Ferry es magnífico, de punta a punta. Por supuesto, a los que somos fans de Ferry desde los ´80 nos gusta más su estilo de aquel entonces, más personal, más fuerte, con esos claroscuros impresionantes, esos climas melancólicos y bizarros, todo eso que hacía de Ferry un AUTOR con todas las letras, no un simple “penciller”. Pero bueno, acá tuvo la oportunidad de consagrarse definitivamente en el mercado yanki y no la desaprovechó. Con una narrativa arriesgada, excelentes expresiones faciales y un despliegue visual alucinante, cumplió con creces las expectativas más exigentes. Mucho ayuda el trabajo del colorista, Dave McCraig, aunque a veces todos esos efectos y esos colores medio esfumados (encima aplicados a un comic de ciencia-ficción, naves y rayos locos) hacen que Pasqual se vea como una especie de Juan Giménez del Nacional B, cosa que no es ni creo que quiera ser, por más que nos cebe a todos el estilo del prócer mendocino (no, ¿qué Cobos? Giménez).
Planet Heist demuestra a las claras que DC no necesita apelar al mínimo denominador común para pegar un hit, porque también con personajes y autores menos conocidos, si hacen las cosas bien, los fans van y compran. Pero cuando ya estás taaaan acostumbrado a bajarte los lienzos, se complica…












