Este es el segundo libro de La Duendes que se propone rescatar del olvido a uno de los maestros del humor gráfico que disfrutamos allá por los ´70 y ´80 los que leíamos las revistas de Ediciones de la Urraca.
La gran diferencia es que, a la hora de redescubrir la obra del alucinante Jorge Limura, los editores decidieron concentrarse en sólo dos de sus series más conocidas: Fuerte Brigitte y Vida de Indios. Hay varios chistes más, a modo de ilustraciones de los textos con los que abre y cierra el libro, pero básicamente esto es un recopilatorio de Fuerte Brigitte (64 páginas) y Vida de Indios (11 páginas).
Paradójicamente, la menor diversidad no le resta atractivo al tomo. No porque Fuerte Brigitte sea la única obra de Limura que merezca ser redescubierta, sino porque se trata de una serie que gana con la reiteración, con la insistencia. Una plancha es entretenida, 64 al hilo son muy, muy graciosas. Fuerte Brigitte es un fuerte de la Legión Extranjera clavado en el medio del desierto, un páramo inhóspito rodeado de beduinos, jeques y tribus nómades. Obviamente hay un costado aventurero en esto, pero Limura lo des-enfatiza. Le interesa más jugar con el contrapunto entre las carencias del Tercer Mundo y la actitud patotera y colonialista del Primer Mundo. Y por supuesto, como la historieta se publicaba durante la dictadura militar, Limura nos muestra a los milicos del fuerte como una manga de ineptos, corruptos, ventajeros, ignorantes y cobardes. En una de esas, la epopeya de Fuerte Brigitte era esa: reirse en la cara de un enemigo bravo de verdad, en medio de una pelea demasiado real.
Acá se ve claramente un rasgo que diferenciaba a Limura de los otros humoristas, no sólo en las historietas, sino también en los chistes: los textos. A Limura, claramente, le gustaba escribir. Ya sea en una sóla viñeta o en el formato secuencial, sus personajes se mandaban largos soliloquios, absolutamente desopilantes, en los que el autor hacía gala de un manejo del lenguaje poco frecuente para los dibujantes “de monitos”. Por ahí el remate no era tan categórico como uno de Fontanarrosa, pero para llegar hasta ahí, pasabas por diálogos o monólogos tan bien escritos, que te reías un montón de veces durante la historieta.
Lamentablemente, este libro no ofrece las planchas de Fuerte Brigitte en el orden en que fueron hechas. De hecho, hay una que aparece dos veces. Esto nos impide ver con claridad la evolución gráfica de Limura, un tipo en constante movimiento, que nunca dibujaba siempre igual. A mí me gusta más el Limura tardío, el que sintetiza más el trazo y dibuja los globitos con una línea entrecortada. Por supuesto, el dibujo del maestro se luce mucho más en las páginas con menos viñetas, pero las de 6 cuadros son pocas. Son muchas más las de 8 y no faltan tampoco las de 9. Ahí el dibujo se ve más abigarrado, casi no hay espacios que no estén ocupados por los personajes o los globos (fondos, al estar todo situado en el desierto, hay muy pocos) y para mí, se disfruta menos, por lo menos en este formato.
Vida de Indios es claramente posterior a Fuerte Brigitte. Ahí Limura adopta definitivamente la grilla de 6 cuadros, en la que el dibujo levanta un vuelo espectacular, y suma el color, aunque en esta edición una sóla plancha (la de la contratapa) lo conserve. En Vida de Indios vemos incluso una historieta muda, algo rarísimo en la obra de Limura.
En síntesis, un libro muy atractivo para los que quieran conocer a un virtuoso del dibujo que planteó una forma distinta de encarar la historieta humorística, muy personal, pero para nada cerrada. No sé qué estará haciendo Limura, pero yo extraño sus personajes grotescos, sus diálogos recontra-elaborados y su línea finita y nerviosa, casi enfermiza. Y extraño a esta colección, también, que hace varios meses que no tiene tomos nuevos. Ojalá vuelva pronto, con más historietas semi-perdidas de esta calidad.
lunes, 14 de mayo de 2012
domingo, 13 de mayo de 2012
13/ 05: THE BEST AMERICAN COMICS 2011
Por tercera vez en tres años me siento a destripar estas lujosas antologías de material alternativo, que le dan sistemáticamente la espalda a lo que publican los diarios y las editoriales más grandes, para concentrarse en historietas surgidas en las editoriales “boutique” o incluso en la web. Esta vez la coordinación cayó en manos de Alison Bechdel (autora de la fundamental Fun Home) y, lógicamente, hay más autoras mujeres que de costumbre. Y menos maestros indiscutidos.
De los autores mega-consagrados, primero aparece Joe Sacco, con sus tremendas historietas testimoniales ambientadas en la Franja de Gaza. Impresionante material, sobre todo porque Sacco narra y dibuja cada vez mejor. Después, Chris Ware con una historia de Jordan W. Lint formalmente muy interesante, pero aburrida y retorcida al pedo. Por más que lo intento, no logro sintonizar la onda de este supuesto genio del Noveno Arte. En cambio lo de Jaime Hernández (una historieta ambientada en la pre-adolescencia de Maggie Chasacarrillo) me mató. Probablemente sea lo mejor del libro. Bechdel eligió también un hermoso fragmento de Rasl, del maestro Jeff Smith, el que dedica a contar la historia del excéntrico Nikola Tesla. Una maravilla el dibujo, pero la historia ya me la sabía de memoria. Y el otro capo absoluto que aparece en el libro es Paul Pope, con una historieta muy breve (apenas 4 páginas) en las que rinde un magnífico tributo a David Bowie. Historieta cortita pero perfecta, ya que –a diferencia de la de Jaime- no hay que manejar los códigos de un universo ficticio para disfrutarla.
A ver cómo le fue a los Segunda Línea. Gabrielle Belle, que se había sacado buena nota en otras ediciones de TBAC, acá dibuja para atrás un guión aburrido, que quiere ser Fun Home y no tiene con qué. Dash Shaw aparece con un fragmento de su novela Bodyworld y confirma mis sospechas de que es un vendehumo. Ya está, no le doy más chances, lo paso a la lista de los ilegibles. La de Jillian Tamaki es demasiado breve, pero el dibujo es excelente. La re-banco. Y la de Kevin Huizenga está muy bien dibujada, con unos truquitos de narrativa brillantes, pero el guión es la nada misma.
El resto, entran todos en la categoría de Autores Revelación, de chicos y chicas prácticamente desconocidos. La más grossa de este paquete es Kate Beaton, a quien vimos no hace mucho en el Vol.2 de Strange Tales, jugando con los personajes de Marvel. Acá pela una tira cómica MUY lograda. Y la otra a la que le pongo muuuuchas fichas es Angie Wang, que acá experimenta con los clichés de los comics de superhéroes en un estilo hipnótico, onda Suehiro Maruo, pero con un manejo glorioso del color. Al resto le falta un poco más de sopa, en distintas proporciones, claro. Kevin Mutch va bien encaminado en la comedia costumbrista, con buenos diálogos y demás. Ken Dahl dibuja muy bien, le falta un poco de narrativa y un guión menos hermético. Eric Orner, al revés: tiene talento para narrar y maneja muy bien la autobiografía, pero como dibujante se cae a pedazos viñeta por medio. A Robert Sergel le falta un toquecito más de personalidad en el dibujo, el resto está muy bueno. Joey Alison Sayers tiene un estilo muy personal, lástima que a mí no me copa. Su guión, sin embargo, es de los más punznates y graciosos. Sabrina Jones narra bien y toca un tema muy interesante. El dibujo es demasiado limitado, pero en un contexto under, zafa dignamente. Lo mismo se aplica a Noah Van Sciver, gran narrador, gran autobiógrafo, pero el dibujo sólo es aceptable en un fanzine, todavía no tiene nivel profesional. Muy lindo lo de Peter y Maria Hoey, me hizo acordar a los buenos dibujantes europeos de línea clara posmoderna. Brendan Leach, muy grosso. Buenos dibujos, buen guión, excelentes diálogos, una onda originalísima... me chocó un poquito el rotulado, nomás. Quiero ya su novela gráfica. Y la última página, en la que David Lasky resume en seis viñetas todos los clichés de las novelas gráficas tan de moda en la actualidad, es otra joya.
El resto, no jodamos... Aprendan a dibujar, a narrar, a escribir, a rotular, a entintar... o dejen las páginas del próximo TBAC a autores más curtidos, con más solvencia profesional. La verdad que si esta gente pone a Julia Gfrörer entre los mejores, me interesa mucho su selección de los peores.
Y más allá del inevitable debate, como siempre digo, esta antología cumple con creces el objetivo de mostrarnos a nuevos autores con los que cebarnos. Es un bajón que haya tantos fragmentos de novelas gráficas en vez de más unitarios, pero bueno, hacia ahí viró este segmento de la producción historietística yanki. Y es lógico y sano que así sea.
De los autores mega-consagrados, primero aparece Joe Sacco, con sus tremendas historietas testimoniales ambientadas en la Franja de Gaza. Impresionante material, sobre todo porque Sacco narra y dibuja cada vez mejor. Después, Chris Ware con una historia de Jordan W. Lint formalmente muy interesante, pero aburrida y retorcida al pedo. Por más que lo intento, no logro sintonizar la onda de este supuesto genio del Noveno Arte. En cambio lo de Jaime Hernández (una historieta ambientada en la pre-adolescencia de Maggie Chasacarrillo) me mató. Probablemente sea lo mejor del libro. Bechdel eligió también un hermoso fragmento de Rasl, del maestro Jeff Smith, el que dedica a contar la historia del excéntrico Nikola Tesla. Una maravilla el dibujo, pero la historia ya me la sabía de memoria. Y el otro capo absoluto que aparece en el libro es Paul Pope, con una historieta muy breve (apenas 4 páginas) en las que rinde un magnífico tributo a David Bowie. Historieta cortita pero perfecta, ya que –a diferencia de la de Jaime- no hay que manejar los códigos de un universo ficticio para disfrutarla.
A ver cómo le fue a los Segunda Línea. Gabrielle Belle, que se había sacado buena nota en otras ediciones de TBAC, acá dibuja para atrás un guión aburrido, que quiere ser Fun Home y no tiene con qué. Dash Shaw aparece con un fragmento de su novela Bodyworld y confirma mis sospechas de que es un vendehumo. Ya está, no le doy más chances, lo paso a la lista de los ilegibles. La de Jillian Tamaki es demasiado breve, pero el dibujo es excelente. La re-banco. Y la de Kevin Huizenga está muy bien dibujada, con unos truquitos de narrativa brillantes, pero el guión es la nada misma.
El resto, entran todos en la categoría de Autores Revelación, de chicos y chicas prácticamente desconocidos. La más grossa de este paquete es Kate Beaton, a quien vimos no hace mucho en el Vol.2 de Strange Tales, jugando con los personajes de Marvel. Acá pela una tira cómica MUY lograda. Y la otra a la que le pongo muuuuchas fichas es Angie Wang, que acá experimenta con los clichés de los comics de superhéroes en un estilo hipnótico, onda Suehiro Maruo, pero con un manejo glorioso del color. Al resto le falta un poco más de sopa, en distintas proporciones, claro. Kevin Mutch va bien encaminado en la comedia costumbrista, con buenos diálogos y demás. Ken Dahl dibuja muy bien, le falta un poco de narrativa y un guión menos hermético. Eric Orner, al revés: tiene talento para narrar y maneja muy bien la autobiografía, pero como dibujante se cae a pedazos viñeta por medio. A Robert Sergel le falta un toquecito más de personalidad en el dibujo, el resto está muy bueno. Joey Alison Sayers tiene un estilo muy personal, lástima que a mí no me copa. Su guión, sin embargo, es de los más punznates y graciosos. Sabrina Jones narra bien y toca un tema muy interesante. El dibujo es demasiado limitado, pero en un contexto under, zafa dignamente. Lo mismo se aplica a Noah Van Sciver, gran narrador, gran autobiógrafo, pero el dibujo sólo es aceptable en un fanzine, todavía no tiene nivel profesional. Muy lindo lo de Peter y Maria Hoey, me hizo acordar a los buenos dibujantes europeos de línea clara posmoderna. Brendan Leach, muy grosso. Buenos dibujos, buen guión, excelentes diálogos, una onda originalísima... me chocó un poquito el rotulado, nomás. Quiero ya su novela gráfica. Y la última página, en la que David Lasky resume en seis viñetas todos los clichés de las novelas gráficas tan de moda en la actualidad, es otra joya.
El resto, no jodamos... Aprendan a dibujar, a narrar, a escribir, a rotular, a entintar... o dejen las páginas del próximo TBAC a autores más curtidos, con más solvencia profesional. La verdad que si esta gente pone a Julia Gfrörer entre los mejores, me interesa mucho su selección de los peores.
Y más allá del inevitable debate, como siempre digo, esta antología cumple con creces el objetivo de mostrarnos a nuevos autores con los que cebarnos. Es un bajón que haya tantos fragmentos de novelas gráficas en vez de más unitarios, pero bueno, hacia ahí viró este segmento de la producción historietística yanki. Y es lógico y sano que así sea.
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sábado, 12 de mayo de 2012
12/ 05: SE VIENE MONTEVIDEO COMICS
Mi temporada de viajes debió haber empezado a fines de Marzo en Lobos, en el Encuentro del Humor y la Historieta. No pudo ser: poquito antes de la fecha en que se iniciaba el evento, se canceló y se reprogramó para Octubre. Finalmente, mi primer viaje de 2012 coincide con el último de 2011: me voy a Montevideo, capital de la hermana República Oriental del Uruguay, a participar de una nueva edición de Montevideo Comics.
El año pasado estuve a milímetros de ir, pero un problema de salud me dejó abajo del Buquebús y me perdí un evento que –dicen- estuvo muy bueno. Esta vez voy en busca de la venganza, y con bastantes expectativas, porque Montevideo Comics cumple 10 años y los festejos prometen. La cita es el sábado 18 y el domingo 19 en el Cine Teatro Plaza y entre los invitados están el maestro español Alfonso Azpiri (a quien no conozco personalmente) y mis amigos Joe Kelly, Luciano Saracino, Diego Greco y Dante Ginevra. Y por supuesto, la mayoría de los historietistas uruguayos que hacen que el país vecino haya recuperado protagonismo en el panorama mundial del comic.
Lo único que me la baja un poco es que, a pesar de su nombre, Montevideo Comics no es una convención típicamente comiquera. Hay mucha historieta, pero muy mezclada con un montón de otras cosas: animación de todo el mundo, cine bizarro y pochoclero, videogames, cosplay, Magic, karaoke, juegos de rol... un montón de cosas que a mí me interesan entre poco y nada. Pero bueno, en ese contexto, veremos dónde se viene cavando la trinchera de la resistencia comiquera, sumaremos una pala más a ese esfuerzo y resistiremos. Son dos días, tampoco es tan grave.
Lo más interesante es la programación en materia de conferencias: va ahaber charlas brindadas por todos estos invitados que ya nombré, más Robert Lence, un veterano de la industria de la animación yanki que va a contar cómo es trabajar para Disney, Pixar y Hanna-Barbera. Y un chabón de Buenos Aires que hace todos los días un blog sobre comics del que se editaron dos libros y que –dicen- chamuya bastante bien. Esa charla va a tener lugar el sábado a las 16, y como siempre, tendrá menos convocatoria que Arsenal jugando de visitante en Jujuy.
También habrá presentaciones de libros (los amigos de Belerofonte tienen unas novedades que pintan bárbaro), firmas de autógrafos y un montón de proyecciones, entre las que se destacan las de las pelis de Farsa Producciones (Filmatrón y Plaga Zombie III) y el documental Hora Cero, de José Luis Cancio, dedicado a la vida y la obra de Héctor Oesterheld, en el que aparezco en un par de escenas hablando giladas. También van a aparecer en vivo (creo que presentando un documental sobre ese tema) varios luchadores famosos de catch de distintos países latinoamericanos, entre ellos la Masa, Rayo de Plata y The Ripper. Yo nunca pasé de Titanes en el Ring, pero por ahí para las nuevas generaciones estos tipos tienen tanta chapa como tenían el Ancho, Martín y el Caballero Rojo cuando yo era pendejo...
Como sucedió a fines del año pasado, el blog seguirá normalmente los días que yo esté en Uruguay. O sea que si estás allá nos vemos y si estás acá, nos leemos. A menos que te copes y quieras viajar a Montevideo a participar del evento, lo cual tampoco estaría nada mal...
El año pasado estuve a milímetros de ir, pero un problema de salud me dejó abajo del Buquebús y me perdí un evento que –dicen- estuvo muy bueno. Esta vez voy en busca de la venganza, y con bastantes expectativas, porque Montevideo Comics cumple 10 años y los festejos prometen. La cita es el sábado 18 y el domingo 19 en el Cine Teatro Plaza y entre los invitados están el maestro español Alfonso Azpiri (a quien no conozco personalmente) y mis amigos Joe Kelly, Luciano Saracino, Diego Greco y Dante Ginevra. Y por supuesto, la mayoría de los historietistas uruguayos que hacen que el país vecino haya recuperado protagonismo en el panorama mundial del comic.
Lo único que me la baja un poco es que, a pesar de su nombre, Montevideo Comics no es una convención típicamente comiquera. Hay mucha historieta, pero muy mezclada con un montón de otras cosas: animación de todo el mundo, cine bizarro y pochoclero, videogames, cosplay, Magic, karaoke, juegos de rol... un montón de cosas que a mí me interesan entre poco y nada. Pero bueno, en ese contexto, veremos dónde se viene cavando la trinchera de la resistencia comiquera, sumaremos una pala más a ese esfuerzo y resistiremos. Son dos días, tampoco es tan grave.
Lo más interesante es la programación en materia de conferencias: va ahaber charlas brindadas por todos estos invitados que ya nombré, más Robert Lence, un veterano de la industria de la animación yanki que va a contar cómo es trabajar para Disney, Pixar y Hanna-Barbera. Y un chabón de Buenos Aires que hace todos los días un blog sobre comics del que se editaron dos libros y que –dicen- chamuya bastante bien. Esa charla va a tener lugar el sábado a las 16, y como siempre, tendrá menos convocatoria que Arsenal jugando de visitante en Jujuy.
También habrá presentaciones de libros (los amigos de Belerofonte tienen unas novedades que pintan bárbaro), firmas de autógrafos y un montón de proyecciones, entre las que se destacan las de las pelis de Farsa Producciones (Filmatrón y Plaga Zombie III) y el documental Hora Cero, de José Luis Cancio, dedicado a la vida y la obra de Héctor Oesterheld, en el que aparezco en un par de escenas hablando giladas. También van a aparecer en vivo (creo que presentando un documental sobre ese tema) varios luchadores famosos de catch de distintos países latinoamericanos, entre ellos la Masa, Rayo de Plata y The Ripper. Yo nunca pasé de Titanes en el Ring, pero por ahí para las nuevas generaciones estos tipos tienen tanta chapa como tenían el Ancho, Martín y el Caballero Rojo cuando yo era pendejo...
Como sucedió a fines del año pasado, el blog seguirá normalmente los días que yo esté en Uruguay. O sea que si estás allá nos vemos y si estás acá, nos leemos. A menos que te copes y quieras viajar a Montevideo a participar del evento, lo cual tampoco estaría nada mal...
viernes, 11 de mayo de 2012
11/ 05: LA INVENCION DE MOREL
En un país donde se le da tan poca bola al comic europeo, que se edite una novela gráfica de un autor francés siempre es una buena noticia. Esta esconde una pequeña trampita y es que Jean Pierre Mourey convirtió en historieta nada menos que La Invención de Morel, la mejor novela de Adolfo Bioy Casares, uno de los nombres fundamentales de la literatura argentina. Lo limado habría sido que esto NO se publicara en nuestro país.
La Invención de Morel es un relato fantástico, que involucra a una tecnología tan avanzada que no sólo no existía en 1940 (cuando se editó la novela), sino que tampoco existe aún hoy. Y como todos los elementos que aparecen ante nuestros ojos tienen una explicación fantástica, la podemos catalogar como una historia de ciencia-ficción, aunque no esté ambientada en el futuro, ni en el espacio exterior. Pero además, es una historia de amor obsesiva, al límite de la locura, narrada en un tono frío, desapasionado, lo cual contrasta con esa obsesión y a la vez la subraya. Allá por Julio de 2010 lo veíamos al pobre Dago sufrir de amor por una mujer que en realidad era un fantasma, y acá esa historia se repite (con igual final, pero con los sentimientos des-enfatizados) cuando el prófugo venezolano se enamora de la bella Faustine, quien resulta ser... una especie de sofisticado holograma corpóreo.
Jean Pierre Mourey reproduce a la perfección el tono frío, intencionalmente poco expresivo del texto de la novela de Bioy. No sé si porque entendió de qué iba la prosa del argentino, o porque realmente se siente limitado a la hora de ponerle onda y emoción a sus dibujos. No descartemos lo segundo: cuando el guión requiere un primer plano fuerte, expresivo, es cuando flaquea el trazo de Mourey, cuando está cerca de derrapar hacia el feísmo o el grotesco. Las mejores viñetas del francés son, sin dudas, las que nos muestran a los personajes de lejos, insertos en los hermosos paisajes que ofrece la misteriosa isla del Dr. Morel.
El gran hallazgo de Mourey no pasa por el dibujo, sino por la narrativa. Por un lado, encontró la forma de destilar el texto a su esencia, de que este no se haga omnipresente, no agobie al lector y –lo más infrecuente en las adaptaciones literarias- le permita al dibujo hacerse cargo del peso de relato durante varias secuencias en las que las palabras brillan por su ausencia. Además de este notable equilibrio, Mourey saca chapa al aprovechar al máximo un recurso propio de esta novela: la reiteración. El prófugo venezolano descubre (junto con el lector) que todos los otros habitantes de la isla están presos de un loop infinito, “la semana eterna”, que se sucede una y otra vez. Mourey plasma ese fenómeno del modo más obvio y a la vez más brillante: reitera una y otra vez los mismos dibujos para subrayar que –otra vez- está sucediendo lo que sucedió una semana atrás. Y lo mejor es cuando el protagonista logra insertarse en el loop y crear la falsa interacción con el resto de los “intrusos”. Ahí el historietista integra perfectamente al venezolano... en las mismas secuencias que ya habíamos visto mil veces!
La puesta en página también es fría, casi mecánica. Tres filas de viñetas, a veces divididas en tres cuadros, a veces en dos y a veces con un sólo cuadro. Ese esquema se repite página tras página, salvo en tres o cuatro de las casi 100 que tiene el comic. Dos de esas páginas son muy parecidas entre sí (seis planos de distintos rincones de la isla vistos desde la óptica del venezolano) y las dos son la página 14, una de la Primera Parte y la otra de la Segunda Parte. Obviamente esto no es casualidad, sino producto del cálculo recontra-matemático de Mourey.
La Invención de Morel es una historia tan redonda, tan perfecta, que era difícil convertirla en una mala historieta. Mourey hizo más que eso, la convirtió en una muy buena historieta. Tan buena es la adaptación, que tiene el mismo problema que la novela de Bioy Casares: el virtuosismo pecho frío, la no emoción, la no intensidad, la distancia, la pasividad, la decisión de mostarnos prodigios científicos alucinantes sin sobresaltos, sin impacto, como si fueran lo más normal del mundo. Hay que ser muy talentoso para contar una historia de amor obsesivo, mezclado con elementos fantásticos y un cierto thriller de conspiraciones, y no apelar a la emoción. Bioy lo hizo. Mourey también. Pero en la historieta, tanta frialdad hace un poquito más de ruido que en la literatura.
La Invención de Morel es un relato fantástico, que involucra a una tecnología tan avanzada que no sólo no existía en 1940 (cuando se editó la novela), sino que tampoco existe aún hoy. Y como todos los elementos que aparecen ante nuestros ojos tienen una explicación fantástica, la podemos catalogar como una historia de ciencia-ficción, aunque no esté ambientada en el futuro, ni en el espacio exterior. Pero además, es una historia de amor obsesiva, al límite de la locura, narrada en un tono frío, desapasionado, lo cual contrasta con esa obsesión y a la vez la subraya. Allá por Julio de 2010 lo veíamos al pobre Dago sufrir de amor por una mujer que en realidad era un fantasma, y acá esa historia se repite (con igual final, pero con los sentimientos des-enfatizados) cuando el prófugo venezolano se enamora de la bella Faustine, quien resulta ser... una especie de sofisticado holograma corpóreo.
Jean Pierre Mourey reproduce a la perfección el tono frío, intencionalmente poco expresivo del texto de la novela de Bioy. No sé si porque entendió de qué iba la prosa del argentino, o porque realmente se siente limitado a la hora de ponerle onda y emoción a sus dibujos. No descartemos lo segundo: cuando el guión requiere un primer plano fuerte, expresivo, es cuando flaquea el trazo de Mourey, cuando está cerca de derrapar hacia el feísmo o el grotesco. Las mejores viñetas del francés son, sin dudas, las que nos muestran a los personajes de lejos, insertos en los hermosos paisajes que ofrece la misteriosa isla del Dr. Morel.
El gran hallazgo de Mourey no pasa por el dibujo, sino por la narrativa. Por un lado, encontró la forma de destilar el texto a su esencia, de que este no se haga omnipresente, no agobie al lector y –lo más infrecuente en las adaptaciones literarias- le permita al dibujo hacerse cargo del peso de relato durante varias secuencias en las que las palabras brillan por su ausencia. Además de este notable equilibrio, Mourey saca chapa al aprovechar al máximo un recurso propio de esta novela: la reiteración. El prófugo venezolano descubre (junto con el lector) que todos los otros habitantes de la isla están presos de un loop infinito, “la semana eterna”, que se sucede una y otra vez. Mourey plasma ese fenómeno del modo más obvio y a la vez más brillante: reitera una y otra vez los mismos dibujos para subrayar que –otra vez- está sucediendo lo que sucedió una semana atrás. Y lo mejor es cuando el protagonista logra insertarse en el loop y crear la falsa interacción con el resto de los “intrusos”. Ahí el historietista integra perfectamente al venezolano... en las mismas secuencias que ya habíamos visto mil veces!
La puesta en página también es fría, casi mecánica. Tres filas de viñetas, a veces divididas en tres cuadros, a veces en dos y a veces con un sólo cuadro. Ese esquema se repite página tras página, salvo en tres o cuatro de las casi 100 que tiene el comic. Dos de esas páginas son muy parecidas entre sí (seis planos de distintos rincones de la isla vistos desde la óptica del venezolano) y las dos son la página 14, una de la Primera Parte y la otra de la Segunda Parte. Obviamente esto no es casualidad, sino producto del cálculo recontra-matemático de Mourey.
La Invención de Morel es una historia tan redonda, tan perfecta, que era difícil convertirla en una mala historieta. Mourey hizo más que eso, la convirtió en una muy buena historieta. Tan buena es la adaptación, que tiene el mismo problema que la novela de Bioy Casares: el virtuosismo pecho frío, la no emoción, la no intensidad, la distancia, la pasividad, la decisión de mostarnos prodigios científicos alucinantes sin sobresaltos, sin impacto, como si fueran lo más normal del mundo. Hay que ser muy talentoso para contar una historia de amor obsesivo, mezclado con elementos fantásticos y un cierto thriller de conspiraciones, y no apelar a la emoción. Bioy lo hizo. Mourey también. Pero en la historieta, tanta frialdad hace un poquito más de ruido que en la literatura.
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jueves, 10 de mayo de 2012
10/ 05: FIGHT FOR TOMORROW
Puede fallar... Escribía Brian Wood, dibujaba Denys Cowan, entintaba Kent Williams. Tres autores interesantísimos, con muchas obras grossas a sus espaldas. Daba para confiar, sin dudarlo. Y sin embargo, Fight for Tomorrow deja gusto a poco.
Si nunca leiste nada de Wood, por ahí te ceba: es una historia fuerte, intensa, dura, sobre un pibe que fue secuestrado en la infancia y obligado a cagarse a trompadas contra otros pibes en peleas clandestinas. A fuerza de piñas, patadas y padeceres varios, Cedric se convirtió en un tipo implacable, una máquina de luchar infalible e imparable. Logró escapar de sus captores, pero no encontró ni la paz ni la felicidad, porque perdió a Christie, el amor de su vida, la nena (después mujer) con la que compartió años de cautiverio y sin la cual no puede vivir. Ahora Cedric tiene la oportunidad de desarticular la red de peleas clandestinas que maneja el hijo de su captor, el que durante años lo humilló a él y abusó de su chica. Y no va a parar hasta verlo destruído.
Wood plantea la historia como una peli de Steven Seagle, garrotazo más, polvo menos. Una peli que va para adelante, que se basa demasiado en la machaca y que termina con el duelo final entre El Bueno y El Malo. Como en aquellas películas, gana El Bueno, pero a medias. Algo tiene que perder (no te cuento qué). Y ya está, no le pidas mucho más. Hay una tenue punta de denuncia social, porque se toca el tema de los chicos secuestrados para convertirlos en luchadores, pero no es lo central. Lo central es cómo Cedric revienta gente a patadas para escupirle el asado a Sivan, el villano. Por suerte, como en la historia hay un cierto clima oriental, típico de las películas de artes marciales, queda espacio para una cierta introspección, para un par de escenas más tranquis en las que Cedric reflexiona acerca de sus sentimientos, su pasado, su lugar en este mundo que lo trató tan mal.
Y hay dos personajes secundarios bastante bien trabajados: Hermana Mayor y Hermano Menor, dos chicos orientales que van a ayudar a Cedric en su búsqueda de justicia. Sivan, Christie, Amy y los otros secundarios son meros artefactos, cumplen roles muy predecibles, se limitan apenas a hacer que el guión siga avanzando para donde lo quiere llevar Wood, o a disimular un toque que la trama está estirada, que no daba ni a palos para más de 120 páginas de historieta. Para los que leímos bastante a Brian Wood, esto es –definitivamente- un punto bajo en la notable carrera de este autor.
Vos dirás “Ey, pero dibujan Cowan y Williams! Seguro que el dibujo la rema un montón”. No, amigo viñetófilo. El dibujo es lo que menos me cierra de todo el paquete. Yo siempre lo banqué a Denys Cowan, en las buenas y en las malas. El tipo, además de un gran dibujante, es cinturón negro en no sé cuántas artes marciales y –lo vimos en la gloriosa The Question de los ´80- es insuperable a la hora de dibujar peleas de kung-fu, full contact y demás disciplinas de gente que salta y pega patadas y golpes de karate. Acá eso no falla: sin dudas, las viñetas más impactantes del tomo son esas en las que Cedric rompe cosas (o gente) a patadas. Pero el laburo se ve feo, apurado, con muchas páginas a las que les faltan los fondos y con poca coordinación con el colorista, Lee Loughridge.
Lo de Williams es incluso peor. Me acuerdo cómo me hizo gozar con aquel Wolverine: Killing, miro esto y me pongo a llorar. Cowan ya había demostrado que quedaba muy bien cuando lo entintaba alguien de estilo pictórico, en alguna historieta (no me acuerdo cuál) en la que lo entintaba Bill Sienkiewicz (¿o era en las tapas de Question?). Acá, esa apuesta no garpó. Williams aporta sus manchas salvajes, su plumín desenfrenado, sus potentes efectos de salpicados y esfumados, sus texturas logradas con esponjas, un montón de yeites lindos. Y aún así, la historieta se ve fea, desprolija, como si el dibujante y el entintador trataran de sabotearse el uno al otro. La tinta de Williams desluce al lápiz de Cowan y el color los desluce a los dos. Queda para rescatar la narrativa, nomás, que está muy bien y que logra distraernos bastante del hecho de que la trama está estirada.
A nivel guión, Fight for Tomorrow es una historia normalita, sin graves errores y sin demasiada trascendencia, que seguramente agradará a los fans de la machaca grim ´n gritty sin más pretensiones. A nivel dibujo, parece más bien un experimento fallido, donde los artistas o bien se pasaron de rosca, o bien dijeron “ma´sí, me chupa todo un huevo, lo sacamos con fritas en 20 minutos y a comerla”. Essss una lucha...
Si nunca leiste nada de Wood, por ahí te ceba: es una historia fuerte, intensa, dura, sobre un pibe que fue secuestrado en la infancia y obligado a cagarse a trompadas contra otros pibes en peleas clandestinas. A fuerza de piñas, patadas y padeceres varios, Cedric se convirtió en un tipo implacable, una máquina de luchar infalible e imparable. Logró escapar de sus captores, pero no encontró ni la paz ni la felicidad, porque perdió a Christie, el amor de su vida, la nena (después mujer) con la que compartió años de cautiverio y sin la cual no puede vivir. Ahora Cedric tiene la oportunidad de desarticular la red de peleas clandestinas que maneja el hijo de su captor, el que durante años lo humilló a él y abusó de su chica. Y no va a parar hasta verlo destruído.
Wood plantea la historia como una peli de Steven Seagle, garrotazo más, polvo menos. Una peli que va para adelante, que se basa demasiado en la machaca y que termina con el duelo final entre El Bueno y El Malo. Como en aquellas películas, gana El Bueno, pero a medias. Algo tiene que perder (no te cuento qué). Y ya está, no le pidas mucho más. Hay una tenue punta de denuncia social, porque se toca el tema de los chicos secuestrados para convertirlos en luchadores, pero no es lo central. Lo central es cómo Cedric revienta gente a patadas para escupirle el asado a Sivan, el villano. Por suerte, como en la historia hay un cierto clima oriental, típico de las películas de artes marciales, queda espacio para una cierta introspección, para un par de escenas más tranquis en las que Cedric reflexiona acerca de sus sentimientos, su pasado, su lugar en este mundo que lo trató tan mal.
Y hay dos personajes secundarios bastante bien trabajados: Hermana Mayor y Hermano Menor, dos chicos orientales que van a ayudar a Cedric en su búsqueda de justicia. Sivan, Christie, Amy y los otros secundarios son meros artefactos, cumplen roles muy predecibles, se limitan apenas a hacer que el guión siga avanzando para donde lo quiere llevar Wood, o a disimular un toque que la trama está estirada, que no daba ni a palos para más de 120 páginas de historieta. Para los que leímos bastante a Brian Wood, esto es –definitivamente- un punto bajo en la notable carrera de este autor.
Vos dirás “Ey, pero dibujan Cowan y Williams! Seguro que el dibujo la rema un montón”. No, amigo viñetófilo. El dibujo es lo que menos me cierra de todo el paquete. Yo siempre lo banqué a Denys Cowan, en las buenas y en las malas. El tipo, además de un gran dibujante, es cinturón negro en no sé cuántas artes marciales y –lo vimos en la gloriosa The Question de los ´80- es insuperable a la hora de dibujar peleas de kung-fu, full contact y demás disciplinas de gente que salta y pega patadas y golpes de karate. Acá eso no falla: sin dudas, las viñetas más impactantes del tomo son esas en las que Cedric rompe cosas (o gente) a patadas. Pero el laburo se ve feo, apurado, con muchas páginas a las que les faltan los fondos y con poca coordinación con el colorista, Lee Loughridge.
Lo de Williams es incluso peor. Me acuerdo cómo me hizo gozar con aquel Wolverine: Killing, miro esto y me pongo a llorar. Cowan ya había demostrado que quedaba muy bien cuando lo entintaba alguien de estilo pictórico, en alguna historieta (no me acuerdo cuál) en la que lo entintaba Bill Sienkiewicz (¿o era en las tapas de Question?). Acá, esa apuesta no garpó. Williams aporta sus manchas salvajes, su plumín desenfrenado, sus potentes efectos de salpicados y esfumados, sus texturas logradas con esponjas, un montón de yeites lindos. Y aún así, la historieta se ve fea, desprolija, como si el dibujante y el entintador trataran de sabotearse el uno al otro. La tinta de Williams desluce al lápiz de Cowan y el color los desluce a los dos. Queda para rescatar la narrativa, nomás, que está muy bien y que logra distraernos bastante del hecho de que la trama está estirada.
A nivel guión, Fight for Tomorrow es una historia normalita, sin graves errores y sin demasiada trascendencia, que seguramente agradará a los fans de la machaca grim ´n gritty sin más pretensiones. A nivel dibujo, parece más bien un experimento fallido, donde los artistas o bien se pasaron de rosca, o bien dijeron “ma´sí, me chupa todo un huevo, lo sacamos con fritas en 20 minutos y a comerla”. Essss una lucha...
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miércoles, 9 de mayo de 2012
09/ 05: HUMORIS CAUSA
Y se nos fue Caloi... Triste, porque todavía era muy joven. Pero por otro lado, hacía muchos años que venía muy complicado en su lucha contra el cáncer y sus chances de mejorar eran muy, muy pocas.
Caloi (o Carlos Loiseau, si le miramos el DNI para enterarnos, de paso, que nació en Salta en 1948) fue uno de los grandes referentes de la historieta humorística que tuvo este país desde la década del ´70. Su principal creación, Clemente, forma parte de la cultura popular argentina y ascendió a un grado de reconocimiento y a un status icónico reservados a apenas un puñado de personajes. Esta chapa inmensa es fruto de una suma de carisma, largas décadas en la contratapa del diario más vendido del habla hispana y una exitosa incursión en el mundo de la televisión. Hasta acá, nada nuevo. Todas obviedades que cualquier salame sabe de memoria.
Más obviedades: Durante hace muchos, muchísimos años, la revista dominical de Clarín (que no siempre se llamó Viva) ofreció a sus lectores una página semanal en la que Caloi publicaba uno o más chistes, a veces de un sólo cuadro y a veces con secuencias narrativas propias de la historieta. Alguna vez esa página se llamó Caloidoscopio y se publicó en blanco y negro. Pero durante muchos años, la página llevó el nombre de su autor y se publicó a todo color. El trabajo a color le abrió a Caloi un nuevo abanico de posibilidades que -sabiamente aprovechadas- convirtieron a esa página de la revista Viva en una verdadera galería de arte. Casi 100 de esas maravillosas páginas se convirtieron en este libro fundamental, aparecido en 2007.
Frente a la inmediatez, el minimalismo y el “sale con fritas” que uno asocia con las tiras diarias (y Clemente no era en absoluto la excepción), Caloi plantaba cada página de Viva como un verdadero tratado de Estética. Realizadas íntegramente a mano, las planchas nos paseaban por maravillosos juegos de color y por inagotables estilos pictóricos: había impresionismo, clasicismo, hay Francis Bacon, Duchamp, Picasso, Miguel Angel y, sí, claro, había Oski, y Copi y Saúl Steimberg, porque este Caloi era el Caloi de siempre, aunque acá dibujara como nunca.
El humor siempre está y, si bien el énfasis no parece estar puesto en el chiste en sí (y digo “chiste” en un sentido laxo; se sabe que los buenos humoristas gráficos muchas veces plasman, más que chistes, osadas invitaciones a la reflexión que hasta pueden dejarnos un sabor amargo), sino en la forma de mostrarlo. Por eso vuelvo una y otra vez al impacto visual que producen estos trabajos, a la belleza, la complejidad, o incluso la simplicidad, a la amplia gama de sensaciones que transmite cada página.
Por supuesto, en las planchas que así lo requieren, hay un cuidado impecable de la secuencia narrativa, siempre ajustada al efecto cómico o la sorpresa que nos espera al final del gag. Y depurada al extremo, para prescindir casi por completo de los diálogos y demás textos, lo cual es sumamente arriesgado cuando muchas de las secuencias recurren al absurdo, o rozan el surrealismo, o incluso la metafísica. Pero Caloi sale airoso página tras página.
Y otra diferencia fundamental con las tiras de Clemente. En lugar de anclarse a la realidad y a los temas que esta nos impone (los presidentes, los ministros, los piqueteros, los árbitros del clásico del domingo, etc.), las 90 planchas recuperadas para Humoris Causa nos mostraban a Caloi preocupado por cinco o seis temas universales que se repiten y que poco tienen de triviales o de efímeros: las artes (y sobre todo, el proceso de creación), Dios (y de nuevo, la creación del Universo, el hombre, etc.), la tensión entre naturaleza y progreso, la vida urbana y el psicoanálisis (para muchos, nefasta consecuencia de esta última). O no. Tal vez esas no fueran las verdaderas preocupaciones del autor, sino las excusas que encontró para dibujar y pintar lo que él tenía ganas.
Hagámosla corta. Humoris Causa nos muestra al otro Caloi, al artista en la plenitud de su oficio, en un vuelo plástico majestuoso, en una constante búsqueda, una constante exploración de los límites del humor gráfico, con ironía pero también con poesía y sobre todo, con maestría. La edición de Sudamericana es tan bella y lujosa como el contenido del libro y su compra es poco menos que indispensable. Tan indispensable como recordar y agradecerle por siempre a este genio que tanto hizo por la historieta, el humor gráfico y la animación.
Caloi (o Carlos Loiseau, si le miramos el DNI para enterarnos, de paso, que nació en Salta en 1948) fue uno de los grandes referentes de la historieta humorística que tuvo este país desde la década del ´70. Su principal creación, Clemente, forma parte de la cultura popular argentina y ascendió a un grado de reconocimiento y a un status icónico reservados a apenas un puñado de personajes. Esta chapa inmensa es fruto de una suma de carisma, largas décadas en la contratapa del diario más vendido del habla hispana y una exitosa incursión en el mundo de la televisión. Hasta acá, nada nuevo. Todas obviedades que cualquier salame sabe de memoria.
Más obviedades: Durante hace muchos, muchísimos años, la revista dominical de Clarín (que no siempre se llamó Viva) ofreció a sus lectores una página semanal en la que Caloi publicaba uno o más chistes, a veces de un sólo cuadro y a veces con secuencias narrativas propias de la historieta. Alguna vez esa página se llamó Caloidoscopio y se publicó en blanco y negro. Pero durante muchos años, la página llevó el nombre de su autor y se publicó a todo color. El trabajo a color le abrió a Caloi un nuevo abanico de posibilidades que -sabiamente aprovechadas- convirtieron a esa página de la revista Viva en una verdadera galería de arte. Casi 100 de esas maravillosas páginas se convirtieron en este libro fundamental, aparecido en 2007.
Frente a la inmediatez, el minimalismo y el “sale con fritas” que uno asocia con las tiras diarias (y Clemente no era en absoluto la excepción), Caloi plantaba cada página de Viva como un verdadero tratado de Estética. Realizadas íntegramente a mano, las planchas nos paseaban por maravillosos juegos de color y por inagotables estilos pictóricos: había impresionismo, clasicismo, hay Francis Bacon, Duchamp, Picasso, Miguel Angel y, sí, claro, había Oski, y Copi y Saúl Steimberg, porque este Caloi era el Caloi de siempre, aunque acá dibujara como nunca.
El humor siempre está y, si bien el énfasis no parece estar puesto en el chiste en sí (y digo “chiste” en un sentido laxo; se sabe que los buenos humoristas gráficos muchas veces plasman, más que chistes, osadas invitaciones a la reflexión que hasta pueden dejarnos un sabor amargo), sino en la forma de mostrarlo. Por eso vuelvo una y otra vez al impacto visual que producen estos trabajos, a la belleza, la complejidad, o incluso la simplicidad, a la amplia gama de sensaciones que transmite cada página.
Por supuesto, en las planchas que así lo requieren, hay un cuidado impecable de la secuencia narrativa, siempre ajustada al efecto cómico o la sorpresa que nos espera al final del gag. Y depurada al extremo, para prescindir casi por completo de los diálogos y demás textos, lo cual es sumamente arriesgado cuando muchas de las secuencias recurren al absurdo, o rozan el surrealismo, o incluso la metafísica. Pero Caloi sale airoso página tras página.
Y otra diferencia fundamental con las tiras de Clemente. En lugar de anclarse a la realidad y a los temas que esta nos impone (los presidentes, los ministros, los piqueteros, los árbitros del clásico del domingo, etc.), las 90 planchas recuperadas para Humoris Causa nos mostraban a Caloi preocupado por cinco o seis temas universales que se repiten y que poco tienen de triviales o de efímeros: las artes (y sobre todo, el proceso de creación), Dios (y de nuevo, la creación del Universo, el hombre, etc.), la tensión entre naturaleza y progreso, la vida urbana y el psicoanálisis (para muchos, nefasta consecuencia de esta última). O no. Tal vez esas no fueran las verdaderas preocupaciones del autor, sino las excusas que encontró para dibujar y pintar lo que él tenía ganas.
Hagámosla corta. Humoris Causa nos muestra al otro Caloi, al artista en la plenitud de su oficio, en un vuelo plástico majestuoso, en una constante búsqueda, una constante exploración de los límites del humor gráfico, con ironía pero también con poesía y sobre todo, con maestría. La edición de Sudamericana es tan bella y lujosa como el contenido del libro y su compra es poco menos que indispensable. Tan indispensable como recordar y agradecerle por siempre a este genio que tanto hizo por la historieta, el humor gráfico y la animación.
martes, 8 de mayo de 2012
08/ 05: ASTRO CITY: THE DARK AGE Vol.2
Bah, podríamos denominarlo también “Astro City Vol.7”, a secas. Para el que viene siguiendo la serie en libro, este es el séptimo tomo de la serie creada allá por 1995 por Kurt Busiek y Brent Anderson. Además, es la conclusión de The Dark Age, el arco argumental más extenso y más ambicioso de toda la serie, pre-publicado primero como cuatro miniseries de cuatro episodios (un verdadero disparate: hay cientos de series regulares que no llegan a los 16 números y este arco de Astro City tuvo cuatro números uno).
Ed Brubaker, en su prólogo, coincide conmigo. No literalmente, claro. No dice “tiene razón Andrés cuando dice que...”. Pero se hace cargo de algo que yo señalaba hace un tiempo, que es la inmensa influencia de Astro City sobre Gotham Central. Según el propio Brubaker, esta fue la cátedra definitiva, en la que aprendió a contar historias de gente normal ambientadas en un mundo poblado de superfreaks.
Y ya que estamos, yo coincido con Brubaker. El guionista dice que la primera mitad de The Dark Age era, para su gusto, lo mejor que había aparecido con el logo de Astro City desde que se lanzó la serie. Para mí también, sin dudas. Aquellos ocho episodios fueron realmente insuperables, repletos de emociones, misterios, dilemas morales jodidos, acción, runflas malignas y la habitual dosis de guiños geeks que tanto levantan el puntaje de Astro City.
Estos ocho episodios, sin embargo, no mantienen el altísimo nivel de los primeros ocho. El problema es uno sólo: se nota demasiado cómo Busiek fuerza el ensamblaje, la interrelación entre dos tramas muy distintas: una, la principal, la más atractiva, es la de los hermanos Charles y Royal Williams, y su lucha por vengar la muerte de sus padres. Esta es una historia fuerte, planteada con mucha inteligencia y desarrollada con mucha intensidad desde la primera página de The Dark Age. Charles y Royal son los personajes más humanos, más tridimensionales y mejor trabajados de la historia de Astro City, cosa que queda clarísimo con leer apenas las seis páginas del epílogo. Sin embargo, la resolución de su extenso peregrinar para capturar al asesino de sus padres no resulta satisfactoria. ¿Por qué?
Porque sucede justo al final, un final bastante precipitado, en el que colapsa por su propio peso otra trama, desarrollada por Busiek al principio con mucha elegancia y al final con cierta torpeza: Los héroes de Astro City deben enfrentar la Era Oscura, los años heavies, en los que los buenos ya no son tan buenos. La idea es MUY buena y Busiek la usa para bajar línea a ocho manos acerca del período 1980-1985, en el que los comics de superhéroes salen en busca de la madurez y encuentran no mucho más que violencia, sangre, muerte y códigos rotos. Hay una sóla mala idea en todo esto: corporizar a la oscuridad, darle entidad, convertirla en algo (casi alguien) a quien vencer. Busiek lo hace y, sobre el final, fuerza la colisión entre esta entidad oscura y el villano pulenta de la otra trama, el asesino al que buscan los Williams. Y ahí es donde lo que debería cerrar con una ovación cierra con un “y bue...”.
Otro día discutimos sobre por qué Busiek pone a 1986 como punto final de la Dark Age. Para los comics de superhéroes que leímos nosotros, el período 1980-1985 fue más tierno y blandito que un osito cariñoso, comparado con lo que vimos después. De todos modos, en este arco traza un montón de paralelismos alucinantes con las historias de los ´70 y ´80 que todos conocemos. Sobre todo con las de Marvel, porque acá Busiek reformula miles de las ideas que tenía para la secuela de Marvels que nunca le dejaron escribir.
Brent Anderson, por su parte, demuestra una vez más que ser clásico garpa siempre. El tipo no se sube a ninguna moda, le sigue fiel a Neal Adams y Gene Colan y en ese terreno se mueve con una destreza envidiable. Se mata en los fondos, en los climas, en los primeros planos y si alguna vez pifia es en las secuencias en las que tiene que mostrar desde lejos a 145 coñemus enmascarados envueltos en una hiper-machaca contra algo muy power. Cuando la historia baja a la calle, Anderson juega de local y gana por goleada.
Me encanta Busiek cuando se embarca en esas epopeyas superheroicas a todo o nada, me encanta Busiek cuando cuenta historias de gente común y mete a los superhéroes en el decorado y lo considero uno de los tipos más capacitados para contar, reversionar o hasta discutir la historia del género. Esta vez, la mezcla no salió del todo bien. O por lo menos el último tramo no estuvo a la altura de las glorias acumuladas hasta ahora por Astro City, que son muchas. Igual volveremos.
Ed Brubaker, en su prólogo, coincide conmigo. No literalmente, claro. No dice “tiene razón Andrés cuando dice que...”. Pero se hace cargo de algo que yo señalaba hace un tiempo, que es la inmensa influencia de Astro City sobre Gotham Central. Según el propio Brubaker, esta fue la cátedra definitiva, en la que aprendió a contar historias de gente normal ambientadas en un mundo poblado de superfreaks.
Y ya que estamos, yo coincido con Brubaker. El guionista dice que la primera mitad de The Dark Age era, para su gusto, lo mejor que había aparecido con el logo de Astro City desde que se lanzó la serie. Para mí también, sin dudas. Aquellos ocho episodios fueron realmente insuperables, repletos de emociones, misterios, dilemas morales jodidos, acción, runflas malignas y la habitual dosis de guiños geeks que tanto levantan el puntaje de Astro City.
Estos ocho episodios, sin embargo, no mantienen el altísimo nivel de los primeros ocho. El problema es uno sólo: se nota demasiado cómo Busiek fuerza el ensamblaje, la interrelación entre dos tramas muy distintas: una, la principal, la más atractiva, es la de los hermanos Charles y Royal Williams, y su lucha por vengar la muerte de sus padres. Esta es una historia fuerte, planteada con mucha inteligencia y desarrollada con mucha intensidad desde la primera página de The Dark Age. Charles y Royal son los personajes más humanos, más tridimensionales y mejor trabajados de la historia de Astro City, cosa que queda clarísimo con leer apenas las seis páginas del epílogo. Sin embargo, la resolución de su extenso peregrinar para capturar al asesino de sus padres no resulta satisfactoria. ¿Por qué?
Porque sucede justo al final, un final bastante precipitado, en el que colapsa por su propio peso otra trama, desarrollada por Busiek al principio con mucha elegancia y al final con cierta torpeza: Los héroes de Astro City deben enfrentar la Era Oscura, los años heavies, en los que los buenos ya no son tan buenos. La idea es MUY buena y Busiek la usa para bajar línea a ocho manos acerca del período 1980-1985, en el que los comics de superhéroes salen en busca de la madurez y encuentran no mucho más que violencia, sangre, muerte y códigos rotos. Hay una sóla mala idea en todo esto: corporizar a la oscuridad, darle entidad, convertirla en algo (casi alguien) a quien vencer. Busiek lo hace y, sobre el final, fuerza la colisión entre esta entidad oscura y el villano pulenta de la otra trama, el asesino al que buscan los Williams. Y ahí es donde lo que debería cerrar con una ovación cierra con un “y bue...”.
Otro día discutimos sobre por qué Busiek pone a 1986 como punto final de la Dark Age. Para los comics de superhéroes que leímos nosotros, el período 1980-1985 fue más tierno y blandito que un osito cariñoso, comparado con lo que vimos después. De todos modos, en este arco traza un montón de paralelismos alucinantes con las historias de los ´70 y ´80 que todos conocemos. Sobre todo con las de Marvel, porque acá Busiek reformula miles de las ideas que tenía para la secuela de Marvels que nunca le dejaron escribir.
Brent Anderson, por su parte, demuestra una vez más que ser clásico garpa siempre. El tipo no se sube a ninguna moda, le sigue fiel a Neal Adams y Gene Colan y en ese terreno se mueve con una destreza envidiable. Se mata en los fondos, en los climas, en los primeros planos y si alguna vez pifia es en las secuencias en las que tiene que mostrar desde lejos a 145 coñemus enmascarados envueltos en una hiper-machaca contra algo muy power. Cuando la historia baja a la calle, Anderson juega de local y gana por goleada.
Me encanta Busiek cuando se embarca en esas epopeyas superheroicas a todo o nada, me encanta Busiek cuando cuenta historias de gente común y mete a los superhéroes en el decorado y lo considero uno de los tipos más capacitados para contar, reversionar o hasta discutir la historia del género. Esta vez, la mezcla no salió del todo bien. O por lo menos el último tramo no estuvo a la altura de las glorias acumuladas hasta ahora por Astro City, que son muchas. Igual volveremos.
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lunes, 7 de mayo de 2012
07/ 05: EL CONDENADO
Allá por Diciembre de 2010 publiqué una reseña de Cayenne, una obra de Guillermo Saccomanno y Cacho Mandrafina publicada en Francia. Recomiendo releerla antes de seguir adelante (está en la página 175 del segundo libro del blog) porque Cayenne y El Condenado son la misma historieta con distinto nombre. De hecho, el primero de los episodios incluídos en esta edición argentina (esa que pedíamos a gritos en 2010) es el mismo que el que abre la edición francesa. El resto de los episodios, por suerte, son todos distintos y no coinciden tampoco con los que publicó Fierro allá por 2007-2008.
¿Ya está? Bueno, empiezo con una fe de erratas. En la reseña de Cayenne yo decía que el bar Sweet Sodome estaba en alguna ciudad portuaria no identificada de EEUU. Y no, nada que ver. En las historias de este tomo queda muy claro que el bar está en Melbourne, Australia, un toquecito lejos de EEUU.
El libro argentino abre con ese primer episodio (fundamental para entender que este Marcel Clouzot es el mismo tipo que se escapó de la penitenciaría de Cayena en la serie que salía en Skorpio en los ´70 y ´80) y cierra con una saguita de dos, que narran una maravillosa historia ambientada en la época en que Clouzot vagaba por los mares del sur. Las casi 100 páginas del medio componen una saga extensa, la saga de Carol, en la que Clouzot se establece como chofer, valet, guardaespaldas y confidente de una prostituta fina, que atiende a clientes de la alta sociedad australiana. No es exactamente una novela gráfica (como reza un texto en la portada del libro), porque Saccomanno no oculta en lo más mínimo el formato episódico de la historieta. De hecho, cada ocho páginas y con puntualidad suiza, la trama cierra y el relato nos devuelve al presente, a la época en la que Clouzot rememora estas vivencias sucedidas en su pasado. La gran mayoría de los segmentos de ocho páginas cierran tan bien, tan lindo, que serían –además- grandes historias unitarias.
Pero el formato serial le permite a Saccomanno desarrollar a los personajes, meterse a fondo en la vida de Carol, su hijo Jimmy y este tipo aparentemente sin emociones, este pecho frío al que por dentro le pasa de todo, pero no expresa nada. Los temas centrales son la corrupción, la facilidad con la que la gente juzga al prójimo, la tensa relación entre patrona y empleado y la improbable búsqueda de la redención por parte de un veterano de mil combates que ya está de vuelta de todo. Hay algún momento tierno, algún coqueteo erótico (lógico en una historia co-protagonizada por una meretriz) y cero chistes. De verdad, ninguno. Esto es amargo como la hinchada de Independiente, no hay margen ni para la más mínima sonrisa.
Dentro de este contexto áspero, heavy, mi secuencia favorita son esos dos episodios co-protagonizados por Philip, el cajero del banco que cree que se va a morir. A esa historia, le metés tres chistes y es un capítulo perfecto de The Spirit. Lo más flojo, el de la pelea de Clouzot con los otros choferes, que aporta muy poco. El final es un toquecito anticlimático, porque Marcel venía anunciando su movida hacía unas cuantas páginas, pero está muy, muy bien narrado. El Condenado peca un poquito de algún vicio literario (citas a escritores, extensos bloques de texto), pero está bien: Saccomanno es sinónimo de buena literatura argentina y de un impecable manejo del género negro.
¿Y qué se puede decir de Mandrafina que no se haya dicho ya? Acá se puede disfrutar del maestro en un excelente nivel, con toda su fuerza, toda su expresividad. Sus autos, paisajes y mansiones son increíbles, la puesta en página es absolutamente clásica, la acción está casi des-enfatizada, mientras que las emociones de los personajes están a flor de piel, sumamente amplificadas por el dibujo de Cacho. Es alucinante todo lo que las caras de Carol y Marcel nos dicen acerca de lo que les pasa. Cosas que el texto no siempre dice, pero que el dibujo prácticamente nos las grita en la cara. Otra cátedra de este artista fundamental, protagonista absoluto de los últimos 35 años de nuestra historieta.
Manchada por la literatura, por el género negro y por el formato serial que la obliga a “volver del flashback” cada ocho páginas, la historia del Condenado está llena de humanidad, de pasión, de climas jodidos, de giros impredecibles y de bajadas de línea para el lado correcto. Creadas hace poco más de 10 años para una editorial italiana, siempre es un placer leer esto en nuestro idioma y editado en nuestro país, más allá de que en la comparación con el papel y la impresión del libro francés, este salga perdiendo por goleada.
¿Ya está? Bueno, empiezo con una fe de erratas. En la reseña de Cayenne yo decía que el bar Sweet Sodome estaba en alguna ciudad portuaria no identificada de EEUU. Y no, nada que ver. En las historias de este tomo queda muy claro que el bar está en Melbourne, Australia, un toquecito lejos de EEUU.
El libro argentino abre con ese primer episodio (fundamental para entender que este Marcel Clouzot es el mismo tipo que se escapó de la penitenciaría de Cayena en la serie que salía en Skorpio en los ´70 y ´80) y cierra con una saguita de dos, que narran una maravillosa historia ambientada en la época en que Clouzot vagaba por los mares del sur. Las casi 100 páginas del medio componen una saga extensa, la saga de Carol, en la que Clouzot se establece como chofer, valet, guardaespaldas y confidente de una prostituta fina, que atiende a clientes de la alta sociedad australiana. No es exactamente una novela gráfica (como reza un texto en la portada del libro), porque Saccomanno no oculta en lo más mínimo el formato episódico de la historieta. De hecho, cada ocho páginas y con puntualidad suiza, la trama cierra y el relato nos devuelve al presente, a la época en la que Clouzot rememora estas vivencias sucedidas en su pasado. La gran mayoría de los segmentos de ocho páginas cierran tan bien, tan lindo, que serían –además- grandes historias unitarias.
Pero el formato serial le permite a Saccomanno desarrollar a los personajes, meterse a fondo en la vida de Carol, su hijo Jimmy y este tipo aparentemente sin emociones, este pecho frío al que por dentro le pasa de todo, pero no expresa nada. Los temas centrales son la corrupción, la facilidad con la que la gente juzga al prójimo, la tensa relación entre patrona y empleado y la improbable búsqueda de la redención por parte de un veterano de mil combates que ya está de vuelta de todo. Hay algún momento tierno, algún coqueteo erótico (lógico en una historia co-protagonizada por una meretriz) y cero chistes. De verdad, ninguno. Esto es amargo como la hinchada de Independiente, no hay margen ni para la más mínima sonrisa.
Dentro de este contexto áspero, heavy, mi secuencia favorita son esos dos episodios co-protagonizados por Philip, el cajero del banco que cree que se va a morir. A esa historia, le metés tres chistes y es un capítulo perfecto de The Spirit. Lo más flojo, el de la pelea de Clouzot con los otros choferes, que aporta muy poco. El final es un toquecito anticlimático, porque Marcel venía anunciando su movida hacía unas cuantas páginas, pero está muy, muy bien narrado. El Condenado peca un poquito de algún vicio literario (citas a escritores, extensos bloques de texto), pero está bien: Saccomanno es sinónimo de buena literatura argentina y de un impecable manejo del género negro.
¿Y qué se puede decir de Mandrafina que no se haya dicho ya? Acá se puede disfrutar del maestro en un excelente nivel, con toda su fuerza, toda su expresividad. Sus autos, paisajes y mansiones son increíbles, la puesta en página es absolutamente clásica, la acción está casi des-enfatizada, mientras que las emociones de los personajes están a flor de piel, sumamente amplificadas por el dibujo de Cacho. Es alucinante todo lo que las caras de Carol y Marcel nos dicen acerca de lo que les pasa. Cosas que el texto no siempre dice, pero que el dibujo prácticamente nos las grita en la cara. Otra cátedra de este artista fundamental, protagonista absoluto de los últimos 35 años de nuestra historieta.
Manchada por la literatura, por el género negro y por el formato serial que la obliga a “volver del flashback” cada ocho páginas, la historia del Condenado está llena de humanidad, de pasión, de climas jodidos, de giros impredecibles y de bajadas de línea para el lado correcto. Creadas hace poco más de 10 años para una editorial italiana, siempre es un placer leer esto en nuestro idioma y editado en nuestro país, más allá de que en la comparación con el papel y la impresión del libro francés, este salga perdiendo por goleada.
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domingo, 6 de mayo de 2012
06/ 05: THE UNWRITTEN Vol.4
Evidentemente, el final del tomo anterior fue demasiado heavy. Tanto que el arranque de este me mareó con su avalancha de referencias a lo que pasó en el anterior, hechos que yo –para variar- recordaba muy vagamente. Las consecuencias de lo sucedido en el Vol.3 que ameritaban una exploración por parte de Mike Carey eran tantas, que Leviathan (la saga central del Vol.4) tarda bastante en arrancar. Hay que armar un nuevo status quo, afianzarlo mínimamente, definir un nuevo rumbo para Tom Taylor y sus amigos y recién ahí, poner en marcha la siguiente epopeya.
La verdad es que –sin ser chota- Leviathan está muy estirada. La idea es excelente. Lo que Tom aprende al final del arco es fundamental y va a abrir muchísimas puertas a futuro. El tema es cuántas páginas necesita Carey para llegar a ese punto. Para mi gusto, son muchas. ¿Y con qué las rellena? Con una idea casi ramplona, casi un choreo barato a The League of Extraordinary Gentlemen: un bizarro team-up entre todos los personajes literarios en cuyas historias aparece una ballena: el bíblico Jonás, Simbad el Marino, Pinocho, el Barón de Münchhausen... y por supuesto, la ballena es Moby Dick. Ese truquito sirve para que la historia en sí (que conecta al clásico de Herman Mellville con la teoría política de Thomas Hobbes) dure 28 páginas más de las que debería. No está mal, es divertido y está bien escrito. Pero no hacía falta, es casi una canchereada por parte del guionista.
Lo más notable es cómo entra en la rosca el Leviatán de Hobbes. A ver: se suponía que The Unwritten era una historieta sobre literatura, un juego entre realidad y ficción, entre el mundo y la palabra. Ahora irrumpe el pensamiento y la ecuación se altera para siempre. Okey, la teoría política es pensamiento escrito. O sea, tiene por dónde entrar a la rosca. Pero yo (que estudié Ciencia Política) no me imaginé que Carey se iba a meter en ese terreno y menos que le iba a ir tan bien a la hora de hilar conceptos teóricos con ficciones literarias.
Por el lado de los personajes secundarios, la apuesta de este tomo es el desarrollo de Richie Savoy, mientras que Lizzie Hexam (muy protagonista en el tomo anterior) avanza muy poquito. El monstruo de Frankenstein otra vez aparece cuando menos te lo esperás y está cada vez más claro que es un actor importantísimo en esta saga. Por el lado de los villanos, Rauch, la titiritera, es el personaje mejor desarrollado del tomo. Y Carey se las ingenia para que Wilson Taylor, el papá (o en realidad, el creador) de Tom siga apareciendo bastante y no sólo en los flashbacks al pasado del protagonista.
Y si el arranque del arco central requería un ejercicio de memoria para no quedar pagando con las referencias al Vol.3, imaginate lo que pasa cuando llegás al episodio final del tomo: un unitario que retoma la historia iniciada en el último episodio del Vol.2! Obviamente, no me acordaba un carajo, excepto que había un conejo pasado de rosca que puteaba más que Cazador. ¿De dónde venía y por qué? Tuve que repasar el Vol.2 para tener una mínima noción. Esta segunda entrega en la saga de Pauly Bruckner (que así se llama el conejo zarpado) es mucho mejor que la primera y hasta tiras más pistas de qué carajo está pasando y cómo puede llegar a empalmar este plot con la saga central, la de Tom Taylor.
A cargo de los dibujos de todo el tomo está Peter Gross, que sigue sin convencerme. No lo considero un muerto de frío, pero bueno, no me llega, no me dice nada. Y no me olvido de otros trabajos suyos mejores que este. Por suerte en todas las secuencias que tienen que ver con Moby Dick, Gross entrega apenas unos bocetos y el dibujo final (no sólo la tinta) está a cargo de Vince Locke, que pone mucho de su propia cosecha. El combo Gross-Locke (qué loco que llamen a Locke para una saga en la que tiene tanto peso Hobbes) es muy satisfactorio y en sus mejores viñetas (que son esos primeros plano llenos de rayitas) me hizo acordar a Guy Davis. En la historia de Pauly Bruckner también, Gross entrega bocetos muy básicos y el responsable del look definitivo de las páginas es el grossísimo Al Davison, un dibujante británico oscuro, casi maldito, con menos fans que la leucemia pero de excelente calidad. La dupla Gross-Davison pela las imágenes más fuertes del tomo, muy bien coloreadas por Chris Chuckry, que acá cambia totalmente su paleta para adaptarse a un relato que –por ahora- no se toca para nada con la trama central.
Estamos ante un tomo de transición, de pre-temporada, de esos en los que un equipo que peleó la punta el torneo pasado hace ajustes y se prepara para salir a disputar el torneo siguiente con todas las pilas, a jugar todos los partidos como si fueran finales. El cierre del Vol.4 me hace tenerle muchísima fe al Vol.5. Y si todavía no te enganchaste con The Unwritten, por enésima vez te recomiendo que lo hagas. Este es un comic atrapante, inteligente, original, filoso y con miles de referencias al maravilloso universo de la literatura. “Agarrá los libros, que no muerden”, dice el dicho popular. “Bueno, casi ninguno...”, agregaría Carey.
La verdad es que –sin ser chota- Leviathan está muy estirada. La idea es excelente. Lo que Tom aprende al final del arco es fundamental y va a abrir muchísimas puertas a futuro. El tema es cuántas páginas necesita Carey para llegar a ese punto. Para mi gusto, son muchas. ¿Y con qué las rellena? Con una idea casi ramplona, casi un choreo barato a The League of Extraordinary Gentlemen: un bizarro team-up entre todos los personajes literarios en cuyas historias aparece una ballena: el bíblico Jonás, Simbad el Marino, Pinocho, el Barón de Münchhausen... y por supuesto, la ballena es Moby Dick. Ese truquito sirve para que la historia en sí (que conecta al clásico de Herman Mellville con la teoría política de Thomas Hobbes) dure 28 páginas más de las que debería. No está mal, es divertido y está bien escrito. Pero no hacía falta, es casi una canchereada por parte del guionista.
Lo más notable es cómo entra en la rosca el Leviatán de Hobbes. A ver: se suponía que The Unwritten era una historieta sobre literatura, un juego entre realidad y ficción, entre el mundo y la palabra. Ahora irrumpe el pensamiento y la ecuación se altera para siempre. Okey, la teoría política es pensamiento escrito. O sea, tiene por dónde entrar a la rosca. Pero yo (que estudié Ciencia Política) no me imaginé que Carey se iba a meter en ese terreno y menos que le iba a ir tan bien a la hora de hilar conceptos teóricos con ficciones literarias.
Por el lado de los personajes secundarios, la apuesta de este tomo es el desarrollo de Richie Savoy, mientras que Lizzie Hexam (muy protagonista en el tomo anterior) avanza muy poquito. El monstruo de Frankenstein otra vez aparece cuando menos te lo esperás y está cada vez más claro que es un actor importantísimo en esta saga. Por el lado de los villanos, Rauch, la titiritera, es el personaje mejor desarrollado del tomo. Y Carey se las ingenia para que Wilson Taylor, el papá (o en realidad, el creador) de Tom siga apareciendo bastante y no sólo en los flashbacks al pasado del protagonista.
Y si el arranque del arco central requería un ejercicio de memoria para no quedar pagando con las referencias al Vol.3, imaginate lo que pasa cuando llegás al episodio final del tomo: un unitario que retoma la historia iniciada en el último episodio del Vol.2! Obviamente, no me acordaba un carajo, excepto que había un conejo pasado de rosca que puteaba más que Cazador. ¿De dónde venía y por qué? Tuve que repasar el Vol.2 para tener una mínima noción. Esta segunda entrega en la saga de Pauly Bruckner (que así se llama el conejo zarpado) es mucho mejor que la primera y hasta tiras más pistas de qué carajo está pasando y cómo puede llegar a empalmar este plot con la saga central, la de Tom Taylor.
A cargo de los dibujos de todo el tomo está Peter Gross, que sigue sin convencerme. No lo considero un muerto de frío, pero bueno, no me llega, no me dice nada. Y no me olvido de otros trabajos suyos mejores que este. Por suerte en todas las secuencias que tienen que ver con Moby Dick, Gross entrega apenas unos bocetos y el dibujo final (no sólo la tinta) está a cargo de Vince Locke, que pone mucho de su propia cosecha. El combo Gross-Locke (qué loco que llamen a Locke para una saga en la que tiene tanto peso Hobbes) es muy satisfactorio y en sus mejores viñetas (que son esos primeros plano llenos de rayitas) me hizo acordar a Guy Davis. En la historia de Pauly Bruckner también, Gross entrega bocetos muy básicos y el responsable del look definitivo de las páginas es el grossísimo Al Davison, un dibujante británico oscuro, casi maldito, con menos fans que la leucemia pero de excelente calidad. La dupla Gross-Davison pela las imágenes más fuertes del tomo, muy bien coloreadas por Chris Chuckry, que acá cambia totalmente su paleta para adaptarse a un relato que –por ahora- no se toca para nada con la trama central.
Estamos ante un tomo de transición, de pre-temporada, de esos en los que un equipo que peleó la punta el torneo pasado hace ajustes y se prepara para salir a disputar el torneo siguiente con todas las pilas, a jugar todos los partidos como si fueran finales. El cierre del Vol.4 me hace tenerle muchísima fe al Vol.5. Y si todavía no te enganchaste con The Unwritten, por enésima vez te recomiendo que lo hagas. Este es un comic atrapante, inteligente, original, filoso y con miles de referencias al maravilloso universo de la literatura. “Agarrá los libros, que no muerden”, dice el dicho popular. “Bueno, casi ninguno...”, agregaría Carey.
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sábado, 5 de mayo de 2012
05/ 05: MERCI
Desde que salió este libro no paró de vender y de levantar críticas maravillosas y hasta premios (esta semana ALIJA lo distinguió como el mejor libro de Ilustración publicado en 2011). Uno, que veía esas viñetitas microscópicas que le publican a Decur en la Fierro, junto a los textos de Laura Vazquez Hutnik, intuía que detrás de ese dibujo había algo más. Pero no me imaginé que había un universo.
Merci es una puerta abierta al universo de Decur, pseudónimo del rosarino Gullermo Decurgez. Un universo que a los fans de la historieta no nos resulta del todo alienígena, porque está poblado por climas, criaturas y hasta temas que ya vimos antes en Max Cachimba y en Liniers. Pero Decur, si bien es fácil de enrolar en esa corriente de historieta tierna, poética, con un costado más ingenuo y uno más delirante, no es exactamente un clon de Liniers o de Cachimba. Si yo te digo que un personaje se llama Arnaldo, el Socotroco Avivador, vos enseguida vas a pensar “esto es un choreo a Liniers”. Hasta que ves la historieta de Decur y comprobás que no se parece casi nada a la forma en que plantea sus mini-relatos el autor de Macanudo. Hay un parentesco insoslayable, pero no se ve el choreo por ningún lado.
Decur comparte con su coterráneo Max Cachimba la fijación con lo antiguo. Merci está repleto de muebles de la época de mis bisabuelos, juguetes viejos, fonógrafos, bicicletas ancestrales, gente que usa moñito y sombrero... todo parece estar clavado en las primeras décadas del Siglo XX, como en tantas historietas y chistes de Cachimba. Al igual que sus dos referentes principales, Decur juega también a cagarse en la perspectiva, a deformar los planos y la espacialidad de sus dibujos. Los personajes, por ejemplo, suelen ser de tamaños muy distintos y rara vez respetan las proporciones reales. Los objetos, los animales y hasta la representación gráfica de los sentimientos suelen flotar en el aire. Como en las historietas de Cachimba, la tipografía manuscrita nos remite al cuaderno de clase de un chico de la primaria. Decur mezcla todos estos elementos y construye una identidad gráfica muy propia, muy bella y en un punto bastante retorcida. Lo quiero ya a cargo de una adaptación al comic de Alice in Wonderland, de Lewis Carroll.
Pero falta lo más impactante, lo que nunca hicieron (y probablemente nunca puedan hacer) Liniers y Cachimba: la técnica. Decur conjura todas estas hermosas bizarreadas en base a acrílicos aplicados con pinceles muy chiquitos, con un trazo minucioso y preciosista al extremo, que se complementa a la perfección con la textura de la tela, que se ve con total claridad al fondo de cada dibujo. O sea, este pibe es un enfermo mental. No hay otra explicación para ese grado de detalle, esa habilidad inhumana para meter detalles microscópicos en las ilustraciones. Este es el ancho de espadas de Decur y por supuesto, lo utiliza a full. De hecho, las composiciones de sus imágenes están pensadas para que uno se cuelgue mirando los detallecitos ínfimos y se ponga a revisar, casi a catalogar esas colecciones de objetos y personajes que pueblan (sin nunca atiborrar) las viñetas de Decur.
No sé si Decur se considera un historietista, se lo voy a preguntar mañana en la Feria del Libro. Lo cierto es que en este libro hay unas cuantas ilustraciones (con y sin texto), algunos “chistes” de una sóla viñeta, y unos cuantos relatos en los que el autor recurre a la secuencia de imágenes, a contar en forma de historieta. Los argumentos pueden ser mejores o peores (hay dos o tres brillantes) pero lo más interesante es –creo yo- cómo se desenvuelve Decur a la hora de usar sus increíbles dibujos para contar estas pequeñas historias. La verdad es que, si se pega algún palo, es muy menor, casi imperceptible. Aún con la impronta tan fuerte, tan imponente de su grafismo, logra que las historias fluyan con toda normalidad (dentro de lo freak del contexto, claro) y que la mayoría de las veces uno se compenetre con estos relatos sin colgarse a babear con los dibujos.
Esto es muy raro, no es para cualquier lector de comics y menos para los que están muy jugados por las estéticas más tradicionales. Pero también es muy atractivo para aquellos que buscan algo más, una visión más personal, una estética más rara, un vuelo poético novedoso, distinto. Y ni hablar de la gente que habitualmente no consume historietas. A esos lectores (y especialmente lectoras), les das Merci y los detonás. No lo van a poder creer, te lo van a agradecer por siempre. Y se van a hacer fans a muerte de Decur. Merci pour la magie.
Merci es una puerta abierta al universo de Decur, pseudónimo del rosarino Gullermo Decurgez. Un universo que a los fans de la historieta no nos resulta del todo alienígena, porque está poblado por climas, criaturas y hasta temas que ya vimos antes en Max Cachimba y en Liniers. Pero Decur, si bien es fácil de enrolar en esa corriente de historieta tierna, poética, con un costado más ingenuo y uno más delirante, no es exactamente un clon de Liniers o de Cachimba. Si yo te digo que un personaje se llama Arnaldo, el Socotroco Avivador, vos enseguida vas a pensar “esto es un choreo a Liniers”. Hasta que ves la historieta de Decur y comprobás que no se parece casi nada a la forma en que plantea sus mini-relatos el autor de Macanudo. Hay un parentesco insoslayable, pero no se ve el choreo por ningún lado.
Decur comparte con su coterráneo Max Cachimba la fijación con lo antiguo. Merci está repleto de muebles de la época de mis bisabuelos, juguetes viejos, fonógrafos, bicicletas ancestrales, gente que usa moñito y sombrero... todo parece estar clavado en las primeras décadas del Siglo XX, como en tantas historietas y chistes de Cachimba. Al igual que sus dos referentes principales, Decur juega también a cagarse en la perspectiva, a deformar los planos y la espacialidad de sus dibujos. Los personajes, por ejemplo, suelen ser de tamaños muy distintos y rara vez respetan las proporciones reales. Los objetos, los animales y hasta la representación gráfica de los sentimientos suelen flotar en el aire. Como en las historietas de Cachimba, la tipografía manuscrita nos remite al cuaderno de clase de un chico de la primaria. Decur mezcla todos estos elementos y construye una identidad gráfica muy propia, muy bella y en un punto bastante retorcida. Lo quiero ya a cargo de una adaptación al comic de Alice in Wonderland, de Lewis Carroll.
Pero falta lo más impactante, lo que nunca hicieron (y probablemente nunca puedan hacer) Liniers y Cachimba: la técnica. Decur conjura todas estas hermosas bizarreadas en base a acrílicos aplicados con pinceles muy chiquitos, con un trazo minucioso y preciosista al extremo, que se complementa a la perfección con la textura de la tela, que se ve con total claridad al fondo de cada dibujo. O sea, este pibe es un enfermo mental. No hay otra explicación para ese grado de detalle, esa habilidad inhumana para meter detalles microscópicos en las ilustraciones. Este es el ancho de espadas de Decur y por supuesto, lo utiliza a full. De hecho, las composiciones de sus imágenes están pensadas para que uno se cuelgue mirando los detallecitos ínfimos y se ponga a revisar, casi a catalogar esas colecciones de objetos y personajes que pueblan (sin nunca atiborrar) las viñetas de Decur.
No sé si Decur se considera un historietista, se lo voy a preguntar mañana en la Feria del Libro. Lo cierto es que en este libro hay unas cuantas ilustraciones (con y sin texto), algunos “chistes” de una sóla viñeta, y unos cuantos relatos en los que el autor recurre a la secuencia de imágenes, a contar en forma de historieta. Los argumentos pueden ser mejores o peores (hay dos o tres brillantes) pero lo más interesante es –creo yo- cómo se desenvuelve Decur a la hora de usar sus increíbles dibujos para contar estas pequeñas historias. La verdad es que, si se pega algún palo, es muy menor, casi imperceptible. Aún con la impronta tan fuerte, tan imponente de su grafismo, logra que las historias fluyan con toda normalidad (dentro de lo freak del contexto, claro) y que la mayoría de las veces uno se compenetre con estos relatos sin colgarse a babear con los dibujos.
Esto es muy raro, no es para cualquier lector de comics y menos para los que están muy jugados por las estéticas más tradicionales. Pero también es muy atractivo para aquellos que buscan algo más, una visión más personal, una estética más rara, un vuelo poético novedoso, distinto. Y ni hablar de la gente que habitualmente no consume historietas. A esos lectores (y especialmente lectoras), les das Merci y los detonás. No lo van a poder creer, te lo van a agradecer por siempre. Y se van a hacer fans a muerte de Decur. Merci pour la magie.
viernes, 4 de mayo de 2012
04/ 05: DEATH NOTE Vol.11
Aleluya, hermanos! Los dioses de todos los panteones dejaron de lado por un rato sus diferencias y se mandaron un hiper-team-up para permitir el milagro que mucho estábamos esperando: que LARP publicara en un lapso realmente breve los dos tomos de Death Note que faltaban para terminar con la saga de Takeshi Obata y Tsugumi Ohba. Hoy el milagro es increíble, pero real.
El Vol.11 es un poco extremo: hay una pequeña persecución de vehículos en las últimas cuatro páginas y el resto, todo chamuyo, conjetura, especulación. Un altísimo porcentaje de las viñetas nos muestra un plano detalle de las caras de Light o de Near (su contrincante en esta etapa de la serie), con textos superpuestos así, de una, sin globo de diálologo ni de pensamiento, que nos cuentan qué está elucuburando cada uno. Páginas y páginas de eso, de mentes trabadas en un duelo a muerte y textos (a veces redundantes) que nos cuentan qué pasa por esas mentes.
La mejor secuencia del tomo está cerca del final y son esas ocho páginas mudas en las que los autores recorren la vida cotidiana de los protagonistas durante una semana (o un poquito más) en la que lo único que pueden hacer es dejar correr el tiempo para poner en marcha su siguiente jugada. Sobre el final, será Near quien cante “quiero retruco” y vuelva a acorralar a Light con una propuesta muy arriesgada, pero que el protagonista absoluto de Death Note no podrá rechazar.
No quiero contar mucho más para no spoilear, pero está claro que todo avanza hacia un final definitivo. Lo que me sorprende es cómo Ohba sigue sin echar mano a un recurso fundamental, que para mí debería ser decisivo en el desenlace: los shinigamis. Acá se los nombra... 15 cuadritos, y Ryuk aparece en ocho o nueve, pero completamente pintado al óleo, sin el menor amague de recuperar algo del protagonismo perdido hace ya muchos tomos. ¿Cometerá el guionista el error de mantener a los shinigamis relegados incluso en el último tomo? Me cuesta creerlo, pero muy pronto me voy a enterar.
El dibujo de Obata, magistral como siempre, con una perfecta integración de la referencia fotográfica y millones de recursos para que no se haga soporífera la lectura de un manga donde lo único que se ve es gente que piensa, escribe o habla. Un prócer.
Y hasta acá llego. En poquitos días más tendré en mis manos el Vol.12, lo leeré, lo reseñaré y –lo más importante- me enteraré cómo carajo termina esta historia que me tiene agarrado de los huevos hace años. Aleluya!
El Vol.11 es un poco extremo: hay una pequeña persecución de vehículos en las últimas cuatro páginas y el resto, todo chamuyo, conjetura, especulación. Un altísimo porcentaje de las viñetas nos muestra un plano detalle de las caras de Light o de Near (su contrincante en esta etapa de la serie), con textos superpuestos así, de una, sin globo de diálologo ni de pensamiento, que nos cuentan qué está elucuburando cada uno. Páginas y páginas de eso, de mentes trabadas en un duelo a muerte y textos (a veces redundantes) que nos cuentan qué pasa por esas mentes.
La mejor secuencia del tomo está cerca del final y son esas ocho páginas mudas en las que los autores recorren la vida cotidiana de los protagonistas durante una semana (o un poquito más) en la que lo único que pueden hacer es dejar correr el tiempo para poner en marcha su siguiente jugada. Sobre el final, será Near quien cante “quiero retruco” y vuelva a acorralar a Light con una propuesta muy arriesgada, pero que el protagonista absoluto de Death Note no podrá rechazar.
No quiero contar mucho más para no spoilear, pero está claro que todo avanza hacia un final definitivo. Lo que me sorprende es cómo Ohba sigue sin echar mano a un recurso fundamental, que para mí debería ser decisivo en el desenlace: los shinigamis. Acá se los nombra... 15 cuadritos, y Ryuk aparece en ocho o nueve, pero completamente pintado al óleo, sin el menor amague de recuperar algo del protagonismo perdido hace ya muchos tomos. ¿Cometerá el guionista el error de mantener a los shinigamis relegados incluso en el último tomo? Me cuesta creerlo, pero muy pronto me voy a enterar.
El dibujo de Obata, magistral como siempre, con una perfecta integración de la referencia fotográfica y millones de recursos para que no se haga soporífera la lectura de un manga donde lo único que se ve es gente que piensa, escribe o habla. Un prócer.
Y hasta acá llego. En poquitos días más tendré en mis manos el Vol.12, lo leeré, lo reseñaré y –lo más importante- me enteraré cómo carajo termina esta historia que me tiene agarrado de los huevos hace años. Aleluya!
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jueves, 3 de mayo de 2012
03/ 05: HELLBLAZER: BLOODY CARNATIONS
A la mierda! Nueve episodios de un saque, todos en un mismo TPB. Una auténtica panzada de Hellblazer servida por el maestro Peter Milligan. Si leíste la reseña del TPB anterior, yo ponía a India al tope del ranking de las sagas de la Era Milligan en Hellblazer. Bueno, sigue ahí. Bloody Carnations está espectacular, pero no tanto como el tomo anterior. Por varios motivos, a saber:
No hay una trama socio-política para complementar a la del chamuyo místico, los conjuros, etc.
Dibuja muy poquito Simon Bisley, apenas 25 ó 30 páginas de los flashbacks a 1979.
Y lo más importante: se nota demasiado que la trama central está estirada. Todas esas páginas y páginas con Shade podrían no estar y la historia sería exactamente lo mismo. Okey, uno es fan de Vertigo desde el día cero y se emociona con la aparición de Shade. Pero realmente ¿aporta algo a la trama? Muy poquito. Me parece que Milligan lo metió como una forma de presionar sutilmente para que se reedite esa saga de Shade con Constantine que escribió hace muchos años para una revista (la de Shade) que no vendía un pomo.
Dicho todo esto, vamos a los aciertos, que son muchos.
Giuseppe Camuncoli tiene MUCHAS páginas para demostrar su grossitud. La dupla que forma con el entintador Stefano Landini es demoledora y, si bien se le nota algún choreo a Eduardo Risso o Marcelo Frusín, el tomo está lleno de imágenes poderosísimas. Todo el tramo con Shade, en el que el guión gira en torno a la locura, le abre a Camuncoli la posibilidad de zarparse con el dibujo, de apostarle todo a la imaginación. El tano la aprovecha a full y sin meterse en bretes narrativos, lo cual es muy notable. El suplente de Camuncoli es Maradona, es cierto. Pero él se está matando para ser Francéscoli.
Para cuando se termina la participación de Shade (pasaditas las 100 páginas del tomo), el guión se prende fuego. Milligan pone en marcha una saga realmente osada, que termina con un cambio brutal en el status quo de la serie. Pero además demuestra con creces que no es un capricho, ni un manotazo de ahogado, ni un golpe de efecto para llamar la atención o sacudirnos la modorra a los lectores acostumbrados a seguir mes a mes al brujo de la B Metropolitana. En las 120 páginas finales, Milligan da cátedra de cómo hacerse cargo de todo lo más heavy que John Constantine acumuló en sus 275 meses ininterrumpidos al frente de su propia revista y sin dejar nada afuera, sin barrer nada abajo de la alfombra, sin cagarse en los aportes de ninguno de los guionistas que lo antecedieron, demuestra que se puede, que hay una vuelta de tuerca más para darle a este ya clásico personaje que parece destinado a sobrevivir a todo. Y por supuesto, al establecer un cambio tan grosso en el status quo, abre un montón de nuevas puntas para explorar, con lo cual potencia brutalmente la expectativa para los próximos arcos argumentales.
El otro rubro en el que Milligan hace gala de su inmensa chapa es en la caracterización. Vos leés esto y creés que estos tipos y minas son reales. Hasta Shade, que es un alienígena más pirado que Lilita Carrió, es creíble. Chas aparece menos que en otras etapas, pero cada vez que aparece, la rompe. Epiphany Greaves es un hallazgo de esos que se dan muy de vez en cuando. Terry Greaves, el capo mafia papá de “Piffy”, es otro personajón y sus diálogos con John hacen que vibren las páginas del libro. No quiero ni nombrar al villano para no spoilear, pero también, está perfectamente escrito. La cantidad de chistes groseros, de retruques ingeniosos, de frases definitivas que tiran John y un par de personajes más hacen que no importe en lo más mínimo si Milligan estira un poquito las tramas.
Si leés Hellblazer hace mucho, seguro te está pasando lo mismo que a mí: te cuesta creer que esta etapa dure lo que está durando, porque es demasiado buena para durar. Milligan ya lanzó los conjuros, ya dibujó los pentagramas y los grimorios en el piso. Nos tiene atrapados, no nos deja salir. Y la siguiente etapa en su plan maestro es que nos olvidemos de lo grossos que fueron los autores anteriores y nos pongamos todos de acuerdo para ungirlo como El Mejor Guionista de Hellblazer de Todos los Tiempos. Si esto sigue así, es probable que lo logre...
No hay una trama socio-política para complementar a la del chamuyo místico, los conjuros, etc.
Dibuja muy poquito Simon Bisley, apenas 25 ó 30 páginas de los flashbacks a 1979.
Y lo más importante: se nota demasiado que la trama central está estirada. Todas esas páginas y páginas con Shade podrían no estar y la historia sería exactamente lo mismo. Okey, uno es fan de Vertigo desde el día cero y se emociona con la aparición de Shade. Pero realmente ¿aporta algo a la trama? Muy poquito. Me parece que Milligan lo metió como una forma de presionar sutilmente para que se reedite esa saga de Shade con Constantine que escribió hace muchos años para una revista (la de Shade) que no vendía un pomo.
Dicho todo esto, vamos a los aciertos, que son muchos.
Giuseppe Camuncoli tiene MUCHAS páginas para demostrar su grossitud. La dupla que forma con el entintador Stefano Landini es demoledora y, si bien se le nota algún choreo a Eduardo Risso o Marcelo Frusín, el tomo está lleno de imágenes poderosísimas. Todo el tramo con Shade, en el que el guión gira en torno a la locura, le abre a Camuncoli la posibilidad de zarparse con el dibujo, de apostarle todo a la imaginación. El tano la aprovecha a full y sin meterse en bretes narrativos, lo cual es muy notable. El suplente de Camuncoli es Maradona, es cierto. Pero él se está matando para ser Francéscoli.
Para cuando se termina la participación de Shade (pasaditas las 100 páginas del tomo), el guión se prende fuego. Milligan pone en marcha una saga realmente osada, que termina con un cambio brutal en el status quo de la serie. Pero además demuestra con creces que no es un capricho, ni un manotazo de ahogado, ni un golpe de efecto para llamar la atención o sacudirnos la modorra a los lectores acostumbrados a seguir mes a mes al brujo de la B Metropolitana. En las 120 páginas finales, Milligan da cátedra de cómo hacerse cargo de todo lo más heavy que John Constantine acumuló en sus 275 meses ininterrumpidos al frente de su propia revista y sin dejar nada afuera, sin barrer nada abajo de la alfombra, sin cagarse en los aportes de ninguno de los guionistas que lo antecedieron, demuestra que se puede, que hay una vuelta de tuerca más para darle a este ya clásico personaje que parece destinado a sobrevivir a todo. Y por supuesto, al establecer un cambio tan grosso en el status quo, abre un montón de nuevas puntas para explorar, con lo cual potencia brutalmente la expectativa para los próximos arcos argumentales.
El otro rubro en el que Milligan hace gala de su inmensa chapa es en la caracterización. Vos leés esto y creés que estos tipos y minas son reales. Hasta Shade, que es un alienígena más pirado que Lilita Carrió, es creíble. Chas aparece menos que en otras etapas, pero cada vez que aparece, la rompe. Epiphany Greaves es un hallazgo de esos que se dan muy de vez en cuando. Terry Greaves, el capo mafia papá de “Piffy”, es otro personajón y sus diálogos con John hacen que vibren las páginas del libro. No quiero ni nombrar al villano para no spoilear, pero también, está perfectamente escrito. La cantidad de chistes groseros, de retruques ingeniosos, de frases definitivas que tiran John y un par de personajes más hacen que no importe en lo más mínimo si Milligan estira un poquito las tramas.
Si leés Hellblazer hace mucho, seguro te está pasando lo mismo que a mí: te cuesta creer que esta etapa dure lo que está durando, porque es demasiado buena para durar. Milligan ya lanzó los conjuros, ya dibujó los pentagramas y los grimorios en el piso. Nos tiene atrapados, no nos deja salir. Y la siguiente etapa en su plan maestro es que nos olvidemos de lo grossos que fueron los autores anteriores y nos pongamos todos de acuerdo para ungirlo como El Mejor Guionista de Hellblazer de Todos los Tiempos. Si esto sigue así, es probable que lo logre...
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miércoles, 2 de mayo de 2012
02/ 05: CORAZONES ROLLIZOS Vol.2
El otro día, con el Vol.1, me morfé un Cero Comentarios más injusto que aquel Huracán 0- Vélez 1 que le valiera a este último el Clasura 2009. Pero no importa, ahí voy de nuevo...
Para este segundo tomo de sus historias con gorditas como protagonistas, Jean-Paul Krassinsky introduce una novedad importante: en vez de cinco historias de 8 ó 10 páginas, ahora tenemos tres historias: dos de 12 y una de 27. Como en los jeans ajustados, las gordas necesitaban más espacio, y la decisión del autor de estirar las historias repercutió en una mejora en la calidad de las mismas.
En la primera historia, una periodista entrada en carnes termina casi por accidente en pareja con Ricky Lefraud, un famoso astro del rock que habitualmente se bajaba a las más apetitosas top models. El personaje de Ricky se le va un poco de las manos a Krassinsky. No sólo le roba el protagonismo a Fanny: también amenaza con romper el verosímil, porque es una caricatura demasiado grosera del rockero pasado de rosca. Es como si metiéramos a un personaje extremo, tipo Pomelo o Violencia Rivas, en un contexto de comedia romántica tipo Graduados. Cuando más protagonismo le demos, más va a desentonar. Aún con ese handicap, la historia es interesante.
La segunda juega con la doble identidad y se mete, por un lado, con el submundo de los darkies hechos mierda que se creen vampiros o criaturas de la noche; y por el otro con las pésimas condiciones de trabajo que deben aceptar muchos chicos jóvenes para ganarse un mango en las sociedades regidas por el capitalismo salvaje. La gordita de turno va a consumar en estas páginas un pequeño acto de justicia más grotesca que poética, pero justicia al fin, en otra historia en la que las caricaturas de ciertos tipos sociales están un toquecito exageradas.
Y queda la historia larga, la de 27 páginas, que es –por lejos- la mejor. La protagonista es Miriam, una gordita que se queda sin novio y se compra un perrito bastante repulsivo. Enseguida se le empiezan a acercar los tipos en busca de llevársela a la cama, pero el perrito rápidamente se encarga de establecer una especie de filtro, que uno sólo de los pretendientes de Miriam logrará pasar. El tono es el de una comedia de enredos muy graciosa, con momentos de una violencia increíble no tanto por lo jodida, sino por lo impredecible. Acá hay un sólo personaje descripto con brocha gruesa: Víctor, el tosco e inculto empleado de la concesionaria de autos. El resto de los candidatos a quedarse con Miriam están presentados con humor, pero son caricaturas más agudas y más sutiles. Por suerte, la mayor extensión de la historieta abre el juego para que todos se puedan lucir. El resultado es una excelente comedia, sin nada que envidiarle a películas tipo There´s Something About Mary, que justifica por sí sola la compra de este libro.
A la hora de dibujar todo esto, Krassinsky recurre a su estilo indeciso. Para que te ubiques es como una mezcla entre Peni y Feliciano García Zecchín, pero un toque más realista, no tanto en las caras sino en la anatomía y los decorados. Como decíamos la vez pasada, el autor oscila entre la línea clara y el estilo más sucio, tipo Blain y Blutch. La mezcla le queda bastante bien. Y de nuevo, se abstiene de dibujar a sus gordas con rasgos más extremos. Todo el tiempo se nota el esfuerzo de Krassinsky para que estas chicas no se vean grotescas ni desagradables, sino sexies y atractivas a pesar de sus talles XL. En la última historia, la de Miriam y su perrito, el dato de que Miriam es gordita casi no tiene peso (valga la paradoja) en la trama. Krassinsky la dibuja tan linda, que los tipos la buscan igual, como si fuera una actriz porno.
Con más espacio para narrar, Krassinsky sigue fiel a las páginas de 10 ó 12 cuadros. No descomprime para nada, sino que aprovecha el espacio extra para contar cosas más complejas o darle más desarrollo a los personajes. El resultado es que el dibujo no se luce tanto, pero el alemán radicado en Francia sabe (creo yo) que lo suyo no es el virtuosismo y, si el dibujo pasa medio desapercibido, casi se hace un favor a sí mismo. El ancho de espadas acá son los guiones y el de bastos es la consigna: comedias románticas con sátira costumbrista protagonizadas por gorditas. Con eso alcanza para captar a un montón de curiosos, o de lectoras que se sientan identificadas con las “Chicas Krassinsky”. Corazones Rollizos es un producto cuidadosamente pensado y elaborado, apuntado a un target específico, pero mucho más genuino y más sabroso que esos alfajores dietéticos con gusto a cartón. Y si pinta una rica golosina... a comerla!
Para este segundo tomo de sus historias con gorditas como protagonistas, Jean-Paul Krassinsky introduce una novedad importante: en vez de cinco historias de 8 ó 10 páginas, ahora tenemos tres historias: dos de 12 y una de 27. Como en los jeans ajustados, las gordas necesitaban más espacio, y la decisión del autor de estirar las historias repercutió en una mejora en la calidad de las mismas.
En la primera historia, una periodista entrada en carnes termina casi por accidente en pareja con Ricky Lefraud, un famoso astro del rock que habitualmente se bajaba a las más apetitosas top models. El personaje de Ricky se le va un poco de las manos a Krassinsky. No sólo le roba el protagonismo a Fanny: también amenaza con romper el verosímil, porque es una caricatura demasiado grosera del rockero pasado de rosca. Es como si metiéramos a un personaje extremo, tipo Pomelo o Violencia Rivas, en un contexto de comedia romántica tipo Graduados. Cuando más protagonismo le demos, más va a desentonar. Aún con ese handicap, la historia es interesante.
La segunda juega con la doble identidad y se mete, por un lado, con el submundo de los darkies hechos mierda que se creen vampiros o criaturas de la noche; y por el otro con las pésimas condiciones de trabajo que deben aceptar muchos chicos jóvenes para ganarse un mango en las sociedades regidas por el capitalismo salvaje. La gordita de turno va a consumar en estas páginas un pequeño acto de justicia más grotesca que poética, pero justicia al fin, en otra historia en la que las caricaturas de ciertos tipos sociales están un toquecito exageradas.
Y queda la historia larga, la de 27 páginas, que es –por lejos- la mejor. La protagonista es Miriam, una gordita que se queda sin novio y se compra un perrito bastante repulsivo. Enseguida se le empiezan a acercar los tipos en busca de llevársela a la cama, pero el perrito rápidamente se encarga de establecer una especie de filtro, que uno sólo de los pretendientes de Miriam logrará pasar. El tono es el de una comedia de enredos muy graciosa, con momentos de una violencia increíble no tanto por lo jodida, sino por lo impredecible. Acá hay un sólo personaje descripto con brocha gruesa: Víctor, el tosco e inculto empleado de la concesionaria de autos. El resto de los candidatos a quedarse con Miriam están presentados con humor, pero son caricaturas más agudas y más sutiles. Por suerte, la mayor extensión de la historieta abre el juego para que todos se puedan lucir. El resultado es una excelente comedia, sin nada que envidiarle a películas tipo There´s Something About Mary, que justifica por sí sola la compra de este libro.
A la hora de dibujar todo esto, Krassinsky recurre a su estilo indeciso. Para que te ubiques es como una mezcla entre Peni y Feliciano García Zecchín, pero un toque más realista, no tanto en las caras sino en la anatomía y los decorados. Como decíamos la vez pasada, el autor oscila entre la línea clara y el estilo más sucio, tipo Blain y Blutch. La mezcla le queda bastante bien. Y de nuevo, se abstiene de dibujar a sus gordas con rasgos más extremos. Todo el tiempo se nota el esfuerzo de Krassinsky para que estas chicas no se vean grotescas ni desagradables, sino sexies y atractivas a pesar de sus talles XL. En la última historia, la de Miriam y su perrito, el dato de que Miriam es gordita casi no tiene peso (valga la paradoja) en la trama. Krassinsky la dibuja tan linda, que los tipos la buscan igual, como si fuera una actriz porno.
Con más espacio para narrar, Krassinsky sigue fiel a las páginas de 10 ó 12 cuadros. No descomprime para nada, sino que aprovecha el espacio extra para contar cosas más complejas o darle más desarrollo a los personajes. El resultado es que el dibujo no se luce tanto, pero el alemán radicado en Francia sabe (creo yo) que lo suyo no es el virtuosismo y, si el dibujo pasa medio desapercibido, casi se hace un favor a sí mismo. El ancho de espadas acá son los guiones y el de bastos es la consigna: comedias románticas con sátira costumbrista protagonizadas por gorditas. Con eso alcanza para captar a un montón de curiosos, o de lectoras que se sientan identificadas con las “Chicas Krassinsky”. Corazones Rollizos es un producto cuidadosamente pensado y elaborado, apuntado a un target específico, pero mucho más genuino y más sabroso que esos alfajores dietéticos con gusto a cartón. Y si pinta una rica golosina... a comerla!
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antología,
Corazones Rollizos,
Jean-Paul Krassinsky
martes, 1 de mayo de 2012
01/ 05: LOS MAS VENDIDOS DE ABRIL
Abril continuó con la nefasta tendencia de Marzo: la de las novedades tardías. De hecho, la que más vendió fue la que primero salió. En realidad, la única que salió antes del 20. Lo cierto es que quedó un ranking rarísimo:
1) Merci (De la Flor)
2) Ariel Olivetti: Life & Artbook (Dícese)
3) Biblioteka Cazador Vol.1, segunda edición (Deux)
4) ¿Quién es Montt? (De la Flor)
5) Fergus, Detective Publicitario (Historieteca)
6) Bonjour (De la Flor)
7) Saichann (Loco Rabia)
8) Gaturro Vol.18 (De la Flor)
9) Los Canillitas (Loco Rabia)
10) Coco y Cilindrina (Comiks Debris)
Ey! ¿Dónde está Llanto de Mudo? ¿Y Gustavo Sala? ¿Y Peter Kampf? ¿Qué carajo pasó acá?
A ver, después de salir segundo en el global de Enero + Febrero y en Marzo, el exitoso Merci de Decur se quedó finalmente con el primer puesto. Esta semana juro leerlo y reseñarlo. Con el liderazgo de Merci y la esperada reedición de Bonjour, De la Flor metió (otra vez) cuatro títulos en el Top Ten. En Mayo, seguro va a mantener su hegemonía porque en las últimas semanas lanzó un par de títulos muy hiteros (incluyendo un nuevo Gaturro) que se empiezan a distribuir ni bien termine la Feria del Libro.
Otra reedición, la del Vol.1 de Cazador, le dio un excelente resultado a Deux, siempre demorada a la hora de sacar títulos nuevos. Ojalá reediten pronto el Vol.2, que ya está agotadísimo.
La novedad madrugadora (que aún así salió después del 15) fue el artbook de Ariel Olivetti, primera publicación de una nueva editorial, que apostó a la chapa de un autor consagradísmo, con muchos fans que habitualmente no consumen historieta argentina, y le fue muy, muy bien. Le veo pasta de long seller.
Loco Rabia se la re-bancó: sus dos novedades de Marzo se afianzaron entre las más vendidas también este mes. Coco y Cilindrina, lanzado por Comiks Debris muy sobre el final de Marzo, tuvo su buen arranque en Abril. Uno supone que sucederá eso en Mayo con los lanzamientos de Pictus (Escuela de Monstruos y los Vol.2 de Jim, Jam y el Otro y Alina y Aroldo), que salieron todos muy sobre fines de Abril.
Y nos queda otra novedad que también salió muy cerca de fin de mes, pero igual arrasó: Fergus, lo nuevo de Diego Agrimbau y Pietro, salió con los tapones de punta y en poquísimos días vendió muchísimos ejemplares. Seguro la va a romper también en Mayo.
Para ese mes tendremos tooodas las novedades de Ediciones de la Flor (Gaturro, Montt, Quino, la novela gráfica que ganó el concurso de Ñ), ese libro de Cazador que no llegó a salir en Abril (Regreso a Arkham), El Feo (de Saracino y Hetchenkopf) con el que buscará recuperar terreno Llanto de Mudo y, si todo sale bien, ese número de Comiqueando que tenemos en carpeta. Y seguro algunas cosas más de las que me estoy olvidando.
1) Merci (De la Flor)
2) Ariel Olivetti: Life & Artbook (Dícese)
3) Biblioteka Cazador Vol.1, segunda edición (Deux)
4) ¿Quién es Montt? (De la Flor)
5) Fergus, Detective Publicitario (Historieteca)
6) Bonjour (De la Flor)
7) Saichann (Loco Rabia)
8) Gaturro Vol.18 (De la Flor)
9) Los Canillitas (Loco Rabia)
10) Coco y Cilindrina (Comiks Debris)
Ey! ¿Dónde está Llanto de Mudo? ¿Y Gustavo Sala? ¿Y Peter Kampf? ¿Qué carajo pasó acá?
A ver, después de salir segundo en el global de Enero + Febrero y en Marzo, el exitoso Merci de Decur se quedó finalmente con el primer puesto. Esta semana juro leerlo y reseñarlo. Con el liderazgo de Merci y la esperada reedición de Bonjour, De la Flor metió (otra vez) cuatro títulos en el Top Ten. En Mayo, seguro va a mantener su hegemonía porque en las últimas semanas lanzó un par de títulos muy hiteros (incluyendo un nuevo Gaturro) que se empiezan a distribuir ni bien termine la Feria del Libro.
Otra reedición, la del Vol.1 de Cazador, le dio un excelente resultado a Deux, siempre demorada a la hora de sacar títulos nuevos. Ojalá reediten pronto el Vol.2, que ya está agotadísimo.
La novedad madrugadora (que aún así salió después del 15) fue el artbook de Ariel Olivetti, primera publicación de una nueva editorial, que apostó a la chapa de un autor consagradísmo, con muchos fans que habitualmente no consumen historieta argentina, y le fue muy, muy bien. Le veo pasta de long seller.
Loco Rabia se la re-bancó: sus dos novedades de Marzo se afianzaron entre las más vendidas también este mes. Coco y Cilindrina, lanzado por Comiks Debris muy sobre el final de Marzo, tuvo su buen arranque en Abril. Uno supone que sucederá eso en Mayo con los lanzamientos de Pictus (Escuela de Monstruos y los Vol.2 de Jim, Jam y el Otro y Alina y Aroldo), que salieron todos muy sobre fines de Abril.
Y nos queda otra novedad que también salió muy cerca de fin de mes, pero igual arrasó: Fergus, lo nuevo de Diego Agrimbau y Pietro, salió con los tapones de punta y en poquísimos días vendió muchísimos ejemplares. Seguro la va a romper también en Mayo.
Para ese mes tendremos tooodas las novedades de Ediciones de la Flor (Gaturro, Montt, Quino, la novela gráfica que ganó el concurso de Ñ), ese libro de Cazador que no llegó a salir en Abril (Regreso a Arkham), El Feo (de Saracino y Hetchenkopf) con el que buscará recuperar terreno Llanto de Mudo y, si todo sale bien, ese número de Comiqueando que tenemos en carpeta. Y seguro algunas cosas más de las que me estoy olvidando.
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