el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 17 de septiembre de 2026

ALTO JUEVES

Volvió el calorcito y todo mejoró. Y encima tengo para reseñar dos comics que me gustaron muchísimo. Empiezo en EEUU, año 2000, cuando Kieron Dwyer, conocido obrero del mainstream, se lanza con un par de amigos a editar una antología llamada LCD (siglas de Lowest Comic Denominator), que va a durar apenas tres números, en formato comic book, pero con 50 páginas y lomito. Una especie de prestige croto, porque es en blanco y negro. La temática de LCD es, básicamente, humor ido al carajo, del que ninguna editorial en su sano juicio querría publicar. El Vol.1 tiene historietas que van de una página a ocho, una más grosera que la otra. Abundan los chistes de pijas, de soretes, de enfermedades venéreas, los chistes racistas, chistes de penetraciones, felaciones, violaciones, eyaculaciones, las puteadas y las faltas de respeto a todo. Ni el mismísimo Jesucristo se salva. Y lo más importante: me cagué de risa, porque el humor ido al carajo me gusta mucho, sobre todo cuando está bien hecho. Acá me encontré con verdaderas gemas del humor sin barreras, historietas pensadas para escandalizar a las viejas, pero también para satisfacer al lector exigente que quiere que le cuenten algo que, además de zarpado, sea original, sea gracioso y esté bien dibujado. Dwyer no está solo en esta epopeya de la guarangada. Lo secundan, por ejemplo, Johnny Ryan, el máximo referente del humor grosero del under yanki. También varios autores a los que nunca había oído nombrar, entre los que descolla ampliamente Bud Jones, autor de la historieta más extensa del tomito, que además es la mejor. Otros ignotos a destacar son John Heebink y Dan Fogel. Y lo más loco: hay un par de historias cortitas en las que Rick Remender (hoy consagrado guionista) ejerce como autor integral. Guarda, que no dibujaba mal, eh? Tenía un estilo tipo Evan Dorkin, y era mil veces mejor que otros ex-autores integrales convertidos en guionistas tipo Brian Michael Bendis o Ed Brubaker. LCD nos invita a reirnos de cosas atroces, con un humor asqueroso, pringoso, llevado a un extremo que hoy, 26 años después, creo que ni los propios autores querrían publicar. Para el lector curtido en la lectura de comics, hay muy buenas parodias a las Powerpuff Girls, a las historietas de la E.C., al Stray Bullets de David Lapham y a los superhéroes al estilo Jack Kirby, y hasta gastes muy zarpados a políticos como John F. Kennedy y Richard Nixon, todo condimentado con dosis de sexo y escatología pocas veces vistas en Estados Unidos. No estoy para nada orgulloso de mearme de risa con chistes de porongas, conchas y lechazos, pero cuando eso sucede, me rindo ante los genios que lo lograron, recomiendo LCD a los fans del humor ido al carajo, y si alguna vez veo los números restantes, no dudaré en bajarme los lienzos con tal de conseguirlos.
Nos vamos a Francia, año 2021, cuando el maestro suizo Enrico Marini lanza una nueva obra en la que ejerce de autor integral: Noir Burlesque, presentada desde el vamos como un díptico, una historia de casi 200 páginas presentada en dos tomos de 96. El primer tomo es alucinante. Muy enrolado en su género (el noir), con el típico protagonista recio, que tira frases irónicas, que se banca que lo caguen a piñas con tal de mantener la fachada de duro, y que en el fondo está perdidamente enamorado de la femme fatale que parece jugar para el bando de los malos, pero conserva intacta la ambigüedad. El guion es sencillo, ágil, y el hecho de que Marini trabaje con pocos cuadros por página le permite lograr un ritmo narrativo mucho más cercano al comic book yanki que al álbum francés. De hecho, el libro parece un comic book en esteroides, más grande (pero con una caja 100% proporcional), con tapa dura y mejor papel. A la historia (ambientada en los años ´50 en New York) le sienta muy bien la decisión estética de Marini de trabajar el dibujo en blanco y negro, con grises incorporados mediante aguadas y algunos toques puntuales de rojo, como para enfatizar ciertos elementos en algunas viñetas. Y la posibilidad de trabajar con pocos cuadros por página nos permite ver al suizo explotar en splash-pages infernales, matarse en algunos fondos, armar secuencias con viñetas widescreen y que todo se vea perfecto. Las escenas de acción, la escena de sexo, las escenas mudas donde Marini apuesta fuerte por los climas, las escenas de baile donde nos tenemos que imaginar la música, todo está planificado con maestría por un autor a esta altura ya infalible. Así como me pareció chota su historieta de Batman, esta me pareció muy, muy lograda. No es para todo el mundo, porque si no te copa el noir, si te molesta esa cosa de lúmpenes machirulos de dudosa moralidad que compiten a ver quién la tiene más larga (como vimos, por ejemplo, en el Parker de Darwyn Cooke), lo más probable es que Noir Burlesque no te atrape, por lo menos desde el guion. El dibujo es insumergible, no hay forma de que te guste la historieta y no te cautive el estilo de Marini, con ese equilibrio exacto entre sofisticación y brutalidad. El segundo tomo (que está ahí, a la espera, al tope de la pila de los pendientes) promete ir a fondo con el dilema moral que atraviesa a Slick, el protagonista, tironeado por los criminales, por un policía que supo ser su amigo y -lógicamente- por la irresistible Caprice, que parece un trofeo que pasa de mano en mano, pero -me la juego- seguramente va a ser quien defina el destino final de más de un personaje de Noir Burlesque. Voy por más acción, más sordidez, más violencia, más diálogos afilados y mucha más magia visual de un narrador secuencial en estado de gracia como es Enrico Marini. Nada más, por hoy. Gracias por todo y será hasta muy pronto.

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