Qué loco cómo nos olvidamos tan rápido de Grondona White. En los ´70 y ´80 este tipo era un grosso de aquellos, un referente ineludible en materia de historieta humorística. En los ´90, cuando dejé de consumir Hum® y SexHum® lo perdí de vista y hoy tengo la sensación de que Grondona White ya no labura como humorista gráfico, ni nada parecido. Ojalá me equivoque.
Lo cierto es que en este tomo La Duendes recupera muchas de sus historietas. No sé si las mejores (no está, por ejemplo, Adolfo Cruz Gamarra Hitler, aquel hito de la primera SuperHum®), pero unas cuantas muy buenas, y además un montón de chistes de una sóla viñeta. Bah, en realidad son casi todos chistes de una sóla viñeta: la mayoría del tomo reproduce esos “ensayos” de Grondona White en los que el maestro tocaba un tema genérico, relacionado con las costumbres y modas de la Argentina de su tiempo, y lo desmenuzaba en varias viñetas, cada una con un chiste dibujado y un texto complementario por afuera de la viñeta, que solía ser sumamente gracioso. Hoy que está de moda el stand-up comedy, no estaría nada mal convertir en monólogos todas esas observaciones filosas y agudas que hacía Grondona White sobre pequeñas boludeces de la vida cotidiana. Parece mentira, pero varias están escritas hace 30 años y aún así mantienen intacta su gracia y su mala leche.
O sea que, entre estos “ensayos” y los chistes, hay poco lugar para historietas con narrativa. Tenemos, en este rubro, 7 u 8 historias cortitas de los Bespi y una sin diálogos, la sorprendente La Estufa de Aladino. En estas poquitas páginas queda clarísimo que, además de un observador agudo y certero, Grondona White es un narrador nato, un tipo al que no le cuesta para nada poner su dibujo al servicio del relato, como hiciera durante tantos años en los que nos contó las maravillosas turradas del Dr. Piccafeces.
El dibujo de Grondona White es increíble. Todo su repertorio gráfico se limita a una línea negra, siempre del mismo grosor, sobre el fondo blanco. Casi no usa manchas negras, o sea que sus páginas son mayoritariamente blancas. Ese trazo siempre igual, hace magia. Tiene nervio, tiene vuelo, capta detalles con asombrosa precisión, logra expresiones de enorme realismo o de enorme impacto cómico tanto en caras como en cuerpos. Cuando no dibuja seres humanos, la línea de Grondona White se parece a la de otro monstruo de trazo nervioso y repleto de detalles: el maestro Sergio Aragonés. Pero el fuerte de Grondona White son, precisamente, los seres humanos. Ahí es donde está su clave, en su forma de retratar a sus congéneres, en un estilo demasiado estilizado para ser un típico humorista gráfico (Tabaré, ponele) y demasiado caricaturesco para ser el enésimo clon de Alex Raymond, por mencionar al autor que motivó a Grondona White a convertirse en dibujante.
La edición por parte de La Duendes tiene varias fallas, principalmente en el diseño gráfico, que se ve feo y anticuado. Hay una página (la 73) a la que le falta un pedazo del arte, pero la das vuelta y en la 74... aparece esa misma página, ahora completa! Pero bueno, es lo que hay. Por lo menos se acordaron de rescatar del olvido a este prócer y de republicar unos cuantos trabajos suyos que –repito- no perdieron ni filo ni vigencia.
Si te querés reir un rato, Grondona White sigue siendo –como en los ´70 y ´80- una excelente opción.
martes, 14 de febrero de 2012
lunes, 13 de febrero de 2012
13/ 02: ASTONISHING X-MEN Vol.4
Después de un par de libros muy tremendos o muy extraños, necesitaba un poquito de pochoclo, y la verdad es que esto es pochoclo de primerísima calidad. Hay machaca a rolete, genocidas a nivel planetario, más razas alienígenas y más navecitas copadas que en una peli de Star Wars y la tranquilidad esa que tiene el comic de superhéroes –por lo menos el más mainstream- de que pase lo que pase, siempre ganan los buenos.
El tema es –claro- a qué costo y ahí es donde Joss Whedon y John Cassaday sacan enormes ventajas. Ya sea que conozcas a estos personajes hace 30 años, o te hayas encariñado con ellos a lo largo de estos cuatro TPBs, los autores construyen un vínculo irrefutable entre lector y personajes. Y se aprovechan de eso para hacerte sufrir, para que se te frunza el orto veinte veces, cuando creés que tal es boleta, que tal pierde los poderes, que tal se pasa al bando de los malos, que tal se zarpa y masacra a sangre fría a los villanos que tiene enfrente... De pronto (no me preguntes cómo) Whedon logra que uno le crea que todas esas cosas terribles y extremas pueden llegar a pasar, que la victoria inevitable de los X-Men no va a ser gratis ni mucho menos, que el status quo puede ser alterado “para siempre”.
El argumento –para ser sinceros- daba para menos páginas. El tomo tiene 192 páginas y podría contarse exactamente lo mismo en 120, como mucho. Pero Whedon necesita espacio para convencernos de que esto que pasa es realmente grosso, que esto no es sólo grandilocuente, sino también monumental. Y además, ¿qué sería de Whedon sin las escenas tranqui? Esas escenas que en los ´80 duraban tres viñetas repletas de diálogos y ahora duran cuatro páginas, repletas de silencios tan elocuentes como el más inspirado Chris Claremont. Ahí, en esas secuencias, Whedon también marca la diferencia: hace que los personajes tiren frases mortales, o chistes brillantes, u observaciones tan atinadas que uno no puede creer cómo a ningún otro guionista (y por X-Men pasaron muchos) se le ocurrió ver de ese modo a ese personaje o esa situación.
La caracterización, entonces, es lo que hace realmente llevadero el exceso en la extensión de la saga y en las peripecias menores que los héroes deben sobrellevar para llegar a la resolución del conflicto. Y es, además, el punto más alto en toda la etapa de Whedon. El propio guionista se complica el laburo: arrancó el primer TPB con un grupito de cinco héroes y termina el cuarto con un elenco protagónico de nueve personajes, todos perfectamente laburados y con los momentos cruciales muy bien repartidos. Al final, serán Kitty Pryde y Colossus los que asuman los roles más destacados, pero todos los demás tienen su momento de gloria.
Hablando de gloria, es hora de babearnos una vez más con los dibujos de John “el Facha” Cassaday. Acá el ídolo afloja un poquito en las últimas páginas, las del Giant-Size donde termina la saga. Ese es el único tramo donde se le nota un poco el apuro, las ganas de sacarse este laburo de encima y agarrar otro que lo desafíe todavía más (Je Suis Legion, Planetary... proyectos no le faltaron nunca). En todo el resto del tomo, vemos al Facha en un gran nivel, magistral en los climas más tranquis y desbocado cuando estalla el bolonki. Buen timing en la entrada y salida de escena de todos esos personajes, gran laburo en los fondos, excelentes diseños para naves, armas, palacios, etc., y por supuesto, el color de Laura Martin que se acopla perfectamente con el dibujo y lo potencia muchísimo.
Impactos grossos, volantazos impredecibles y un final estremecedor para una saga un poco estirada pero realmente atrapante. Los X-Men de Whedon y Cassaday entraron, sin dudas, al panteón de las grandes etapas de esta serie, junto a la de Roy Thomas y Neal Adams, la de Claremont y John Byrne y la de Grant Morrison y sus seis o siete dibujantes. La verdad es que lo que viene después no me llama mucho la atención (por más que lo escriba Warren Ellis), así que hasta acá llego. Pero me voy feliz, con muchos libros de X-Men para recomendar tanto a los fans clásicos como a los que todavía no se engancharon en el vicio mutante.
El tema es –claro- a qué costo y ahí es donde Joss Whedon y John Cassaday sacan enormes ventajas. Ya sea que conozcas a estos personajes hace 30 años, o te hayas encariñado con ellos a lo largo de estos cuatro TPBs, los autores construyen un vínculo irrefutable entre lector y personajes. Y se aprovechan de eso para hacerte sufrir, para que se te frunza el orto veinte veces, cuando creés que tal es boleta, que tal pierde los poderes, que tal se pasa al bando de los malos, que tal se zarpa y masacra a sangre fría a los villanos que tiene enfrente... De pronto (no me preguntes cómo) Whedon logra que uno le crea que todas esas cosas terribles y extremas pueden llegar a pasar, que la victoria inevitable de los X-Men no va a ser gratis ni mucho menos, que el status quo puede ser alterado “para siempre”.
El argumento –para ser sinceros- daba para menos páginas. El tomo tiene 192 páginas y podría contarse exactamente lo mismo en 120, como mucho. Pero Whedon necesita espacio para convencernos de que esto que pasa es realmente grosso, que esto no es sólo grandilocuente, sino también monumental. Y además, ¿qué sería de Whedon sin las escenas tranqui? Esas escenas que en los ´80 duraban tres viñetas repletas de diálogos y ahora duran cuatro páginas, repletas de silencios tan elocuentes como el más inspirado Chris Claremont. Ahí, en esas secuencias, Whedon también marca la diferencia: hace que los personajes tiren frases mortales, o chistes brillantes, u observaciones tan atinadas que uno no puede creer cómo a ningún otro guionista (y por X-Men pasaron muchos) se le ocurrió ver de ese modo a ese personaje o esa situación.
La caracterización, entonces, es lo que hace realmente llevadero el exceso en la extensión de la saga y en las peripecias menores que los héroes deben sobrellevar para llegar a la resolución del conflicto. Y es, además, el punto más alto en toda la etapa de Whedon. El propio guionista se complica el laburo: arrancó el primer TPB con un grupito de cinco héroes y termina el cuarto con un elenco protagónico de nueve personajes, todos perfectamente laburados y con los momentos cruciales muy bien repartidos. Al final, serán Kitty Pryde y Colossus los que asuman los roles más destacados, pero todos los demás tienen su momento de gloria.
Hablando de gloria, es hora de babearnos una vez más con los dibujos de John “el Facha” Cassaday. Acá el ídolo afloja un poquito en las últimas páginas, las del Giant-Size donde termina la saga. Ese es el único tramo donde se le nota un poco el apuro, las ganas de sacarse este laburo de encima y agarrar otro que lo desafíe todavía más (Je Suis Legion, Planetary... proyectos no le faltaron nunca). En todo el resto del tomo, vemos al Facha en un gran nivel, magistral en los climas más tranquis y desbocado cuando estalla el bolonki. Buen timing en la entrada y salida de escena de todos esos personajes, gran laburo en los fondos, excelentes diseños para naves, armas, palacios, etc., y por supuesto, el color de Laura Martin que se acopla perfectamente con el dibujo y lo potencia muchísimo.
Impactos grossos, volantazos impredecibles y un final estremecedor para una saga un poco estirada pero realmente atrapante. Los X-Men de Whedon y Cassaday entraron, sin dudas, al panteón de las grandes etapas de esta serie, junto a la de Roy Thomas y Neal Adams, la de Claremont y John Byrne y la de Grant Morrison y sus seis o siete dibujantes. La verdad es que lo que viene después no me llama mucho la atención (por más que lo escriba Warren Ellis), así que hasta acá llego. Pero me voy feliz, con muchos libros de X-Men para recomendar tanto a los fans clásicos como a los que todavía no se engancharon en el vicio mutante.
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domingo, 12 de febrero de 2012
12/ 02: META 4
Uh, qué complicado es esto... Yo lo entiendo: el maestro Ted McKeever estuvo ocho años sin trabajar en historietas con guiones propios y cuando retomó la senda de la producción autoral, personal y con control absoluto sobre su obra, se pasó un poquito de rosca.
Lo cierto es que Meta 4 se postula como “un comic alegórico” y termina por ser un comic por momentos demasiado pretensioso. Okey, por ahí hay que dedicarle más tiempo, leerlo más de una vez. Yo, obviamente, no tengo tiempo, y por eso me quedo con una primera lectura que me dejó más interrogantes que certezas. No estoy para nada en contra de las historietas que exigen un poco más de los lectores, en absoluto. Es algo sumamente importante y más que bienvenido. Pero bueno, se corre el riesgo de –como en este caso- dejar medio arafue al que sólo tiene tiempo para leer una vez la novela gráfica.
La consigna, de entrada, no parece taaan críptica: un tipo aparece en Coney Island vestido de astronauta y sin ningún recuerdo de su pasado. Tendrá que salir en busca de su identidad y lo acompañará una mina grandota (un elemento ya habitual en las obras de McKeever, la mina tamaño ropero, con tubos de camionero y menos cintura que Bob Esponja) que se disfraza de Papá Noel todo el año y habla con íconos, no con palabras. Sin embargo, las alegorías, las metáforas de las que habla el título de la obra, le ganan la pulseada a la claridad en el relato, que no naufraga ni pierde interés, pero sí te deja –como ya dije- con el culo lleno de preguntas.
Como en los diálogos de la extra large co-protagonista, lo más importante acá son las imágenes. Estas se repiten de modo sutil y muy probablemente sean ellas las encargadas de darnos las pistas para descifrar los enigmas. La narración sucede en dos tiempos paralelos: el presente y la infancia del astronauta y es en esas “coincidencias” de ambientes, de objetos, de imágenes, donde McKeever construye la identidad del protagonista. En un momento hay un amague de introducir un elemento aventurero, de hecho hasta hay una escena de tiros, pero esto pronto deriva hacia más misterio y más ambigüedad. Pareciera como si después de muchas obras que lo emparentaban con Terry Gilliam, McKeever hubiese elegido pasarse al bando de David Lynch, pero en su vertiente más extrema. Y sí, el resultado es demasiado extraño hasta para mí, que lo sigo incondicionalmente hace más de 20 años .
Por el lado del dibujo, McKeever también se propone innovar, no hacer de nuevo lo mismo. Y ahí la rompe, mal. Por un lado, incorpora una faceta más realista, sobre todo cuando dibuja al astronauta (que por momentos parece de Salvador Sanz) y a la minita de los pelos locos (que parece de Tony Harris). Después, suma unas texturas (creo que logradas con pincel muy finito) que no le habíamos visto nunca. Mediante unos raspados, le agrega profundidad, volumen y hasta vuelo poético a las masas negras. Hay viñetas logradísimas en las que se nota que dibuja con témpera blanca sobre papel negro. Y finalmente, las poquitas páginas en las que la narración se concentra en los tipos que monitorean a los protagonistas desde una oficina, son el hallazgo más notable (entre tantos), con un clima totalmente surreal y unos efectos rarísimos en la iluminación, que por momentos recuerdan a las técnicas más zarpadas de Thomas Ott o Peter Kuper.
No sé si alguna vez McKeever superará lo que hizo a nivel dibujo en Meta 4. Por ahí pega otro salto cualitativo en Mondo, la obra que está serializando actualmente en Image. No me extrañaría. O por ahí vuelve a su claroscuro de siempre, a esa onda grotesca, recontra-expresionista de sus trabajos más conocidos. Acá, sin dudas, experimentó. Y así como en el guión se pasó un poquito de vanguardista con tanta metáfora y tanta alegoría, en el dibujo abrió las puertas a un estilo nuevo, que me detonó las retinas tanto como la primera vez que vi un trabajo suyo, allá por el ´89, creo.
Si nunca leíste nada de McKeever, ni se te ocurra empezar por acá. Y si lo venís siguiendo obra tras obra, bancalo también en esta, que el prócer puso todo.
Lo cierto es que Meta 4 se postula como “un comic alegórico” y termina por ser un comic por momentos demasiado pretensioso. Okey, por ahí hay que dedicarle más tiempo, leerlo más de una vez. Yo, obviamente, no tengo tiempo, y por eso me quedo con una primera lectura que me dejó más interrogantes que certezas. No estoy para nada en contra de las historietas que exigen un poco más de los lectores, en absoluto. Es algo sumamente importante y más que bienvenido. Pero bueno, se corre el riesgo de –como en este caso- dejar medio arafue al que sólo tiene tiempo para leer una vez la novela gráfica.
La consigna, de entrada, no parece taaan críptica: un tipo aparece en Coney Island vestido de astronauta y sin ningún recuerdo de su pasado. Tendrá que salir en busca de su identidad y lo acompañará una mina grandota (un elemento ya habitual en las obras de McKeever, la mina tamaño ropero, con tubos de camionero y menos cintura que Bob Esponja) que se disfraza de Papá Noel todo el año y habla con íconos, no con palabras. Sin embargo, las alegorías, las metáforas de las que habla el título de la obra, le ganan la pulseada a la claridad en el relato, que no naufraga ni pierde interés, pero sí te deja –como ya dije- con el culo lleno de preguntas.
Como en los diálogos de la extra large co-protagonista, lo más importante acá son las imágenes. Estas se repiten de modo sutil y muy probablemente sean ellas las encargadas de darnos las pistas para descifrar los enigmas. La narración sucede en dos tiempos paralelos: el presente y la infancia del astronauta y es en esas “coincidencias” de ambientes, de objetos, de imágenes, donde McKeever construye la identidad del protagonista. En un momento hay un amague de introducir un elemento aventurero, de hecho hasta hay una escena de tiros, pero esto pronto deriva hacia más misterio y más ambigüedad. Pareciera como si después de muchas obras que lo emparentaban con Terry Gilliam, McKeever hubiese elegido pasarse al bando de David Lynch, pero en su vertiente más extrema. Y sí, el resultado es demasiado extraño hasta para mí, que lo sigo incondicionalmente hace más de 20 años .
Por el lado del dibujo, McKeever también se propone innovar, no hacer de nuevo lo mismo. Y ahí la rompe, mal. Por un lado, incorpora una faceta más realista, sobre todo cuando dibuja al astronauta (que por momentos parece de Salvador Sanz) y a la minita de los pelos locos (que parece de Tony Harris). Después, suma unas texturas (creo que logradas con pincel muy finito) que no le habíamos visto nunca. Mediante unos raspados, le agrega profundidad, volumen y hasta vuelo poético a las masas negras. Hay viñetas logradísimas en las que se nota que dibuja con témpera blanca sobre papel negro. Y finalmente, las poquitas páginas en las que la narración se concentra en los tipos que monitorean a los protagonistas desde una oficina, son el hallazgo más notable (entre tantos), con un clima totalmente surreal y unos efectos rarísimos en la iluminación, que por momentos recuerdan a las técnicas más zarpadas de Thomas Ott o Peter Kuper.
No sé si alguna vez McKeever superará lo que hizo a nivel dibujo en Meta 4. Por ahí pega otro salto cualitativo en Mondo, la obra que está serializando actualmente en Image. No me extrañaría. O por ahí vuelve a su claroscuro de siempre, a esa onda grotesca, recontra-expresionista de sus trabajos más conocidos. Acá, sin dudas, experimentó. Y así como en el guión se pasó un poquito de vanguardista con tanta metáfora y tanta alegoría, en el dibujo abrió las puertas a un estilo nuevo, que me detonó las retinas tanto como la primera vez que vi un trabajo suyo, allá por el ´89, creo.
Si nunca leíste nada de McKeever, ni se te ocurra empezar por acá. Y si lo venís siguiendo obra tras obra, bancalo también en esta, que el prócer puso todo.
sábado, 11 de febrero de 2012
11/ 02: UNKNOWN SOLDIER Vol.3
Hoy cortito, que tengo poco tiempo.
Este tomo de la adictiva y tremenda serie de Joshua Dysart y Alberto Ponticcelli logra lo imposible: ser más heavy y más truculento que el primero. Acá vemos salvajadas fuera de escala, página por medio. Nunca vi a tantos nenitos morir de modos tan horrendos: de hambre, de enfermedades espantosas, de un corchazo, de un cuchillazo, de un flechazo o simplemente por estar cerca de un camión lleno de explosivos que vuela a la mierda. Esto es MUY difícil de digerir, como si en vez de un canelón te dieran un caño de escape envuelto en papel de lija.
Lo importante –como en el canelón- es el relleno, o sea, el contenido. Y lo grosso de todo esto es que Dysart recurre a estas escenas desgarradoras de violencia, miseria y oscurantismo para hablar de temas fuertes, urgentes, no para boludear o buscar el impacto por el impacto mismo. Unknown Soldier está pensada para que vos pienses, y eso es lo que la hace tan fundamental.
Con el correr de las páginas de este tomo, cobran especial relevancia las escenas finales del tomo anterior, las del ritual de purificación de los Acholi. De entrada me parecieron un relleno, o un intento por darle un cierre un toque menos desolador a una saga muy violenta, pero no. Se trata de episodios centrales en el desarrollo de una serie que –a apenas cinco episodios del final- no para de evolucionar ni de sorprender. No tengo la menor idea de cómo puede terminar este perturbador descenso a las profundidades del alma humana, este devastador retrato de la Uganda de principios del tercer milenio, esta redefinición absoluta de lo que se puede hacer cuando la historieta se mete a fondo (y en serio) con los horrores de la guerra.
Por el lado del dibujo, acá lo tenemos en todos los episodios al gran italiano Alberto Ponticcelli, con su trazo crudo, visceral, sin concesiones y toda su solvencia narrativa. Y además, con un plus muy, muy bienvenido: el colorista Oscar Celestini le encuentra una nueva vuelta de tuerca al color de la serie y este se hace menos estridente, más sutil, más rico en matices, más bello. Sumémosle unas portadas fastuosas de Dave Johnson y tenemos una faz gráfica de un vuelo impresionante.
Repito, esto no es para cualquiera. Hay que aguantarse secuencias muy al límite, donde bajás el libro asqueado, indignado, al grito de “pará, h¡jo de puta, no matés más pendejitos!”. Pero el talento de los autores logra convertir la revulsión en reflexión y eso es tan infrecuente que sólo puede ser considerado un gigantesco punto a favor de Unknown Soldier, una auténtica joya que duró poco, pero que siempre estás a tiempo de descubrir.
Este tomo de la adictiva y tremenda serie de Joshua Dysart y Alberto Ponticcelli logra lo imposible: ser más heavy y más truculento que el primero. Acá vemos salvajadas fuera de escala, página por medio. Nunca vi a tantos nenitos morir de modos tan horrendos: de hambre, de enfermedades espantosas, de un corchazo, de un cuchillazo, de un flechazo o simplemente por estar cerca de un camión lleno de explosivos que vuela a la mierda. Esto es MUY difícil de digerir, como si en vez de un canelón te dieran un caño de escape envuelto en papel de lija.
Lo importante –como en el canelón- es el relleno, o sea, el contenido. Y lo grosso de todo esto es que Dysart recurre a estas escenas desgarradoras de violencia, miseria y oscurantismo para hablar de temas fuertes, urgentes, no para boludear o buscar el impacto por el impacto mismo. Unknown Soldier está pensada para que vos pienses, y eso es lo que la hace tan fundamental.
Con el correr de las páginas de este tomo, cobran especial relevancia las escenas finales del tomo anterior, las del ritual de purificación de los Acholi. De entrada me parecieron un relleno, o un intento por darle un cierre un toque menos desolador a una saga muy violenta, pero no. Se trata de episodios centrales en el desarrollo de una serie que –a apenas cinco episodios del final- no para de evolucionar ni de sorprender. No tengo la menor idea de cómo puede terminar este perturbador descenso a las profundidades del alma humana, este devastador retrato de la Uganda de principios del tercer milenio, esta redefinición absoluta de lo que se puede hacer cuando la historieta se mete a fondo (y en serio) con los horrores de la guerra.
Por el lado del dibujo, acá lo tenemos en todos los episodios al gran italiano Alberto Ponticcelli, con su trazo crudo, visceral, sin concesiones y toda su solvencia narrativa. Y además, con un plus muy, muy bienvenido: el colorista Oscar Celestini le encuentra una nueva vuelta de tuerca al color de la serie y este se hace menos estridente, más sutil, más rico en matices, más bello. Sumémosle unas portadas fastuosas de Dave Johnson y tenemos una faz gráfica de un vuelo impresionante.
Repito, esto no es para cualquiera. Hay que aguantarse secuencias muy al límite, donde bajás el libro asqueado, indignado, al grito de “pará, h¡jo de puta, no matés más pendejitos!”. Pero el talento de los autores logra convertir la revulsión en reflexión y eso es tan infrecuente que sólo puede ser considerado un gigantesco punto a favor de Unknown Soldier, una auténtica joya que duró poco, pero que siempre estás a tiempo de descubrir.
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Vertigo
viernes, 10 de febrero de 2012
10/ 02: BLACK KAISER
Hora de reencontrarme con otro fetiche de este blog, el maestro valenciano Víctor Santos, esta vez con una novela gráfica de 2009 que no conecta con ninguna de sus epopeyas anteriores. En Black Kaiser, Santos retoma la onda del comic de acción, fuerte, trepidante, sin concesiones. Es una saga violenta, oscura, zarpada, con un ritmo que no da respiro y que te hace vibrar al ritmo de las peleas, los tiros, las explosiones y los garches.
Black Kaiser también es el nombre del protagonista, una especie de Nick Fury pero del bando contrario, nacido en Berlín pero convertido en una máquina de matar por los rusos durante la Guerra Fría. Bah, en realidad se parece más al Winter Soldier que a Nick Fury.... y con algo de Golgo 13, también, porque es un tipo duro, despiadado, casi sin emociones. Lo más parecido a un talón de Aquiles que va a mostrar Black Kaiser va a ser Irina, la joven y atractiva especialista en chumbos (y en acostarse con tipos que la duplican en edad), y por supuesto Santos va a explotar esa debilidad para poner en apuros a este recio entre los recios.
Además de deleitarnos con la abundante machaca, Santos se esfuerza por tejer una trama compleja, ambientada en los días de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Black Kaiser queda “pegado” en una runfla muy heavy que involucra a los petroleros saudíes y a una especie de gabinete de las sombras llamado Iniciativa Damocles. Tanto estos grupos como el propio Pentágono enviarán a sus sicarios a operar para eliminar a los rivales y el protagonista tendrá que jugarse el ojo que le queda en una partida muy brava entre avechuchos que juegan sucio y no tienen reparos en matar ni a sus propias madres.
El clima arranca espeso como cucharada de alquitrán ya en la primera secuencia y no se relaja nunca. A todas estas runflas y black ops habrá que sumarles más y más muertes, corrupción, lujuria, torturas y mentiras flagrantes de esas que vienen muy de arriba, tan de arriba que se nos terminan vendiendo como “la verdad”. Santos, por supuesto, está en su salsa. Este cóctel
-explosivo y perverso por donde se lo mire- le permite lucirse en los ambientes sórdidos que le encanta dibujar, esa atmósfera tipo Sin City que tan bien logró plasmar en sus obras enroladas en el género noir.
En realidad, toda la faz gráfica está plagada de logros increíbles por parte del valenciano. Las luchas con artes marciales son estremecedoras y memorables, las escenas de sexo son electrizantes, las composiciones son saltos al vacío de imponente belleza y elegancia, su claroscuro fuerte y expresivo potencia el power de todo lo que sucede. Este es el Santos maduro, el que no erra un disparo ni aunque lo intente. El que maneja de taquito la síntesis, el que combinó la estética de Frank Miller en Sin City con un laburo magistral de tramas mecánicas y los yeites narrativos de Matt Wagner o Bruce Timm. Seguramente habrá por ahí alguna historia de conspiraciones y asesinos internacionales mejor escrita, o con alguna vuelta de tuerca más impactante. Pero es poco probable que esté mejor dibujada que Black Kaiser. Que además, a nivel guión, tampoco es moco de pavo. Si nunca leíste nada de Víctor Santos (a pesar de mi insistencia, a esta altura medio insufrible), este es un gran comic para empezar.
Y dicho todo esto, de acá a fin de mes vamos a aflojar con el comic europeo para tratar de ponerme al día con el material yanki y argentino, que tengo muchísimo acumulado. Por ahí se cuela un manga, pero europeo y latinoamericano, por ahora se van un rato al freezer.
Black Kaiser también es el nombre del protagonista, una especie de Nick Fury pero del bando contrario, nacido en Berlín pero convertido en una máquina de matar por los rusos durante la Guerra Fría. Bah, en realidad se parece más al Winter Soldier que a Nick Fury.... y con algo de Golgo 13, también, porque es un tipo duro, despiadado, casi sin emociones. Lo más parecido a un talón de Aquiles que va a mostrar Black Kaiser va a ser Irina, la joven y atractiva especialista en chumbos (y en acostarse con tipos que la duplican en edad), y por supuesto Santos va a explotar esa debilidad para poner en apuros a este recio entre los recios.
Además de deleitarnos con la abundante machaca, Santos se esfuerza por tejer una trama compleja, ambientada en los días de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Black Kaiser queda “pegado” en una runfla muy heavy que involucra a los petroleros saudíes y a una especie de gabinete de las sombras llamado Iniciativa Damocles. Tanto estos grupos como el propio Pentágono enviarán a sus sicarios a operar para eliminar a los rivales y el protagonista tendrá que jugarse el ojo que le queda en una partida muy brava entre avechuchos que juegan sucio y no tienen reparos en matar ni a sus propias madres.
El clima arranca espeso como cucharada de alquitrán ya en la primera secuencia y no se relaja nunca. A todas estas runflas y black ops habrá que sumarles más y más muertes, corrupción, lujuria, torturas y mentiras flagrantes de esas que vienen muy de arriba, tan de arriba que se nos terminan vendiendo como “la verdad”. Santos, por supuesto, está en su salsa. Este cóctel
-explosivo y perverso por donde se lo mire- le permite lucirse en los ambientes sórdidos que le encanta dibujar, esa atmósfera tipo Sin City que tan bien logró plasmar en sus obras enroladas en el género noir.
En realidad, toda la faz gráfica está plagada de logros increíbles por parte del valenciano. Las luchas con artes marciales son estremecedoras y memorables, las escenas de sexo son electrizantes, las composiciones son saltos al vacío de imponente belleza y elegancia, su claroscuro fuerte y expresivo potencia el power de todo lo que sucede. Este es el Santos maduro, el que no erra un disparo ni aunque lo intente. El que maneja de taquito la síntesis, el que combinó la estética de Frank Miller en Sin City con un laburo magistral de tramas mecánicas y los yeites narrativos de Matt Wagner o Bruce Timm. Seguramente habrá por ahí alguna historia de conspiraciones y asesinos internacionales mejor escrita, o con alguna vuelta de tuerca más impactante. Pero es poco probable que esté mejor dibujada que Black Kaiser. Que además, a nivel guión, tampoco es moco de pavo. Si nunca leíste nada de Víctor Santos (a pesar de mi insistencia, a esta altura medio insufrible), este es un gran comic para empezar.
Y dicho todo esto, de acá a fin de mes vamos a aflojar con el comic europeo para tratar de ponerme al día con el material yanki y argentino, que tengo muchísimo acumulado. Por ahí se cuela un manga, pero europeo y latinoamericano, por ahora se van un rato al freezer.
jueves, 9 de febrero de 2012
09/ 02: EL PREVIEWS DE ABRIL
Y bueno, me fundí. Este mes las editoriales yankis anuncian TODO. La vida y los cantos. Veamos:
Marvel saca el recopilatorio de Six Guns, el western de Andy Diggle y Davide Gianfelice. Me ceba mucho y en cualquier otro mes, pagaba sin pensarlo dos veces los u$ 14.99. Esta vez, lo voy a decidir a último momento.
DC se fue a la mierda. Por suerte, de los New 52 sacan un sólo recopilatorio que me calienta sobremanera: el de Animal Man, de Jeff Lemire y varios dibujantes. Me ceba mucho el de Batwoman, pero espero el softcover. Al de Animal Man, le tiro los u$ 14.99 de una.
También hay un nuevo TPB de la etapa de Grant Morrison en Batman and Robin, 168 páginas a u $ 17.99. Y trae episodios dibujados por Frazer Irving. No le puedo decir que no.
Legion Lost, gloriosa epopeya de Andy Lanning, Dan Abnett, Pascal Alixe y Oliver Coipel, sale en un power-broli de 296 páginas a u$ 29.99. Lo anoto para buscarlo en Amazon con descuento, porque lo re-merece.
Sale en softcover DC Universe: Legacies, el magnum opus de Len Wein con una legión de dibujantes impresionantes. Son 336 páginas a u$ 24.99 y leí buenas críticas. Adentro, de una.
Y en Vertigo, el Vol.2 de American Vampire, de Scott Snyder y Rafael Albuquerque. Tampoco me lo puedo perder. Ahí van otros u$ 17.99.
Y tendría que parar ahí, pero no me dejan. IDW saca el primer TPB de Cold War, la nueva serie de John Byrne, que pinta muy interesante. Está caro: u$ 19.99 por sólo 120 páginas. Pero no lo descarto... Veremos si llego.
Image ofrece el Vol.2 de 27, la serie de Charles Soule y Renzo Podestá que me re-cebó. Son sólo u$ 12.99, así que entro sin dudarlo.
La editorial Blank Slate ofrece una nueva (y nada cara) edición de Hugo Tate, una obra fundamental del indie británico, creada por el gran Nick Abadzis entre 1988 y 1994. Hace años que la quiero tener, pero justo este mes, no puedo.
BOOM! Studios ofrece el primer TPB de Snarked, la nueva serie del maestro Roger Langridge. No me puedo resistir, lo sumo.
Drawn & Quarterly edita Jerusalem: Chronicles from the Holy City, lo nuevo de Guy Delisle. Es un comic fundamental, pero ni en pedo lo compro en hardcover. Sáquenlo en softo y cuentan conmigo.
Lo mismo se aplica a Are You my Mother?, la nueva novela gráfica de Alison Bechdel. El hardco es regalado (u$ 22 por 240 páginas), pero estoy seguro que va a salir en una edición más barata y no tengo drama en esperarla.
La que me abrochó con un hardco es Fantagraphics: me lanza en tapa dura y formato chiquito The Aventures of Venus, que trae todo el material de los Hermanos Hernández para la revista Measles (que nunca lográ completar) y una historieta inédita. Son u$ 9.99, tampoco duele tanto.
Humanoids se zarpa con una joya: Koma, de los gloriosos suizos Pierre Wazem y Frederik Peeters. Y publica los seis tomos franceses en dos tomos de 288 páginas. El primero se anuncia ahora a u$ 29.95 (sumamente accesible si pensamos lo que trae) y yo me prendo fuego. Pero voy a bancar a que esté editado también el Vol.2 para pedirme los dos juntos, no sea cosa que la dejen por la mitad y me garquen.
Y la estocada final me la da Top Shelf con la esperada reedición de Lost Dogs, la primera novela gráfica de Jeff Lemire, que sale a sólo u$ 9.99. Se vienen meses de arroz, fideos y viajes en bondi a cualquier lado y a cualquier hora...
Marvel saca el recopilatorio de Six Guns, el western de Andy Diggle y Davide Gianfelice. Me ceba mucho y en cualquier otro mes, pagaba sin pensarlo dos veces los u$ 14.99. Esta vez, lo voy a decidir a último momento.
DC se fue a la mierda. Por suerte, de los New 52 sacan un sólo recopilatorio que me calienta sobremanera: el de Animal Man, de Jeff Lemire y varios dibujantes. Me ceba mucho el de Batwoman, pero espero el softcover. Al de Animal Man, le tiro los u$ 14.99 de una.
También hay un nuevo TPB de la etapa de Grant Morrison en Batman and Robin, 168 páginas a u $ 17.99. Y trae episodios dibujados por Frazer Irving. No le puedo decir que no.
Legion Lost, gloriosa epopeya de Andy Lanning, Dan Abnett, Pascal Alixe y Oliver Coipel, sale en un power-broli de 296 páginas a u$ 29.99. Lo anoto para buscarlo en Amazon con descuento, porque lo re-merece.
Sale en softcover DC Universe: Legacies, el magnum opus de Len Wein con una legión de dibujantes impresionantes. Son 336 páginas a u$ 24.99 y leí buenas críticas. Adentro, de una.
Y en Vertigo, el Vol.2 de American Vampire, de Scott Snyder y Rafael Albuquerque. Tampoco me lo puedo perder. Ahí van otros u$ 17.99.
Y tendría que parar ahí, pero no me dejan. IDW saca el primer TPB de Cold War, la nueva serie de John Byrne, que pinta muy interesante. Está caro: u$ 19.99 por sólo 120 páginas. Pero no lo descarto... Veremos si llego.
Image ofrece el Vol.2 de 27, la serie de Charles Soule y Renzo Podestá que me re-cebó. Son sólo u$ 12.99, así que entro sin dudarlo.
La editorial Blank Slate ofrece una nueva (y nada cara) edición de Hugo Tate, una obra fundamental del indie británico, creada por el gran Nick Abadzis entre 1988 y 1994. Hace años que la quiero tener, pero justo este mes, no puedo.
BOOM! Studios ofrece el primer TPB de Snarked, la nueva serie del maestro Roger Langridge. No me puedo resistir, lo sumo.
Drawn & Quarterly edita Jerusalem: Chronicles from the Holy City, lo nuevo de Guy Delisle. Es un comic fundamental, pero ni en pedo lo compro en hardcover. Sáquenlo en softo y cuentan conmigo.
Lo mismo se aplica a Are You my Mother?, la nueva novela gráfica de Alison Bechdel. El hardco es regalado (u$ 22 por 240 páginas), pero estoy seguro que va a salir en una edición más barata y no tengo drama en esperarla.
La que me abrochó con un hardco es Fantagraphics: me lanza en tapa dura y formato chiquito The Aventures of Venus, que trae todo el material de los Hermanos Hernández para la revista Measles (que nunca lográ completar) y una historieta inédita. Son u$ 9.99, tampoco duele tanto.
Humanoids se zarpa con una joya: Koma, de los gloriosos suizos Pierre Wazem y Frederik Peeters. Y publica los seis tomos franceses en dos tomos de 288 páginas. El primero se anuncia ahora a u$ 29.95 (sumamente accesible si pensamos lo que trae) y yo me prendo fuego. Pero voy a bancar a que esté editado también el Vol.2 para pedirme los dos juntos, no sea cosa que la dejen por la mitad y me garquen.
Y la estocada final me la da Top Shelf con la esperada reedición de Lost Dogs, la primera novela gráfica de Jeff Lemire, que sale a sólo u$ 9.99. Se vienen meses de arroz, fideos y viajes en bondi a cualquier lado y a cualquier hora...
miércoles, 8 de febrero de 2012
08/ 02: MADAME XANADU Vol.2
Retomo otra serie de Vertigo que tenía colgada desde los albores de este blog y que –como Unknown Soldier- sufrió inmerecidamente las bajas ventas y la prematura cancelación.
Guarda al hilo: sin ser choto ni mucho menos, este tomo no está al nivel del Vol.1 de esta serie ni del Vol.2 de Unknown Soldier. El primer tomo de Madame Xanadu dejó el listón muy arriba y era obvio que buena parte de sus logros tenían que ver con la forma en que Matt Wagner nos narró el pasado de este personaje que, antes de que él le metiera mano, era puro misterio, pura conjetura, a milímetros de la tábula rasa, de la nada misma. Y el origen no se puede contar en todos los tomos, por ende, ese impacto del Vol.1 lógicamente no se iba a repetir esta vez.
Aún así, Wagner se las ingenia para narrar en paralelo dos historias: un misterio sobrenatural bastante jodido que Nimue (que así se llama Madame Xanadu) debe resolver en 1940, y un drama, una tragedia sin nada parecido a un final feliz que le tocó vivir a nuestra mística favorita a fines del Siglo XV, en la España de la Sagrada Inquisición. Como Arturo Pérez-Reverte en la novela del Capitán Alatriste que vimos convertida en comic hace unas semanitas, Wagner encuentra en Torquemada y sus sicarios a un villano perfecto, incuestionable, al que le saca muy buen jugo. Las vivencias de Nimue en esa España oscurantista, en la que la fe religiosa justificaba algo que si no fue un genocidio pegó en el palo, mezclan el romance prohibido (Nimue, a la que hasta ahora habíamos visto revolcarse sólo con varones, se pone de novia con una joven y hermosa aldeana) con la denuncia social, un profundo cuestionamiento a las instituciones y, al final, con un desenlace devastador, cuyos ecos resuenan en nuestra heroína incluso en 1940.
Por el otro lado, la historia que transcurre en New York a mediados del siglo pasado también tiene sus atractivos. Principalmente el hecho de que nadie te condena a la hoguera por bruja, entonces Madame Xanadu pela hechizos a full para vencer a una amenaza muy truculenta. Este arco tenía que resistir al exigente escrutinio de los hardcore fans de Wagner y de Vertigo, porque parte de la gracia era que Nimue interactuaba con Wesley Dodds, el Sandman clásico, el del Midnight Theatre. Y si bien la interacción es poca, la aparición de Sandman suma bastante a la trama, no es un capricho ni un truco de marketing. Lo único medio traído de los pelos es cómo Wagner trata de conectar esta historia con la que transcurre en la España de la Inquisición. Hay una explicación (que intenta, de paso, explicar al villano de la historia de 1940) pero a mí no me resultó muy convincente.
El otro atractivo grosso de este arco era el dibujante: Michael Wm. Kaluta, nada menos que el creador de Madame Xanadu, un tipo muy conocido y muy respetado, pero que dibuja muy poca historieta, supongo que porque como ilustrador le pagan mejor. Y acá me voy a ganar un par de enemigos (saquen número y esperen su turno) pero la verdad es que a Kaluta lo prefiero mil veces como portadista que como historietista. Ese estilo barroco, sobrecargado, con coqueteos permanentes con la estética de Alphonse Mucha y los ilustradores de fines del Siglo XIX, se disfruta más en dosis más pequeñas. Una portada está bien. 120 páginas de historieta, es mucho. Dan demasiadas oportunidades para que el dibujante muestre la hilacha. Las portadas de estos episodios nos muestran a un Kaluta glorioso, inspiradísimo. En las historietas lo vemos jugarse en la narrativa, tratar de pilotear con dignidad el hecho de que su estilo atrasa 40 años y por momentos lo consigue. Ahí parece Charles Vess, que es como un Kaluta más dotado para la historieta. O Guy Davis, que es otro que se ceba mal con los detalles en las historietas de época, pero igual la rompe. Cuando no parece ni Vess ni Davis, Kaluta derrapa hacia una onda aburrida, solemne, con dibujos muy estáticos y algunas pifias notorias en las caras. La narrativa –repito- no tiene mayores fallas y eso ya es mucho decir. Por eso no lo puedo putear. Y porque obviamente estamos hablando de un virtuoso del plumín. No es un trabajo que me emocione, pero tampoco me da vergüenza ajena.
Espero ansioso el momento de entrarle al tercer tomo, a ver si vuelve Amy Reeder Hadley, la dibujante que la descosió en el primer arco de la serie.
Guarda al hilo: sin ser choto ni mucho menos, este tomo no está al nivel del Vol.1 de esta serie ni del Vol.2 de Unknown Soldier. El primer tomo de Madame Xanadu dejó el listón muy arriba y era obvio que buena parte de sus logros tenían que ver con la forma en que Matt Wagner nos narró el pasado de este personaje que, antes de que él le metiera mano, era puro misterio, pura conjetura, a milímetros de la tábula rasa, de la nada misma. Y el origen no se puede contar en todos los tomos, por ende, ese impacto del Vol.1 lógicamente no se iba a repetir esta vez.
Aún así, Wagner se las ingenia para narrar en paralelo dos historias: un misterio sobrenatural bastante jodido que Nimue (que así se llama Madame Xanadu) debe resolver en 1940, y un drama, una tragedia sin nada parecido a un final feliz que le tocó vivir a nuestra mística favorita a fines del Siglo XV, en la España de la Sagrada Inquisición. Como Arturo Pérez-Reverte en la novela del Capitán Alatriste que vimos convertida en comic hace unas semanitas, Wagner encuentra en Torquemada y sus sicarios a un villano perfecto, incuestionable, al que le saca muy buen jugo. Las vivencias de Nimue en esa España oscurantista, en la que la fe religiosa justificaba algo que si no fue un genocidio pegó en el palo, mezclan el romance prohibido (Nimue, a la que hasta ahora habíamos visto revolcarse sólo con varones, se pone de novia con una joven y hermosa aldeana) con la denuncia social, un profundo cuestionamiento a las instituciones y, al final, con un desenlace devastador, cuyos ecos resuenan en nuestra heroína incluso en 1940.
Por el otro lado, la historia que transcurre en New York a mediados del siglo pasado también tiene sus atractivos. Principalmente el hecho de que nadie te condena a la hoguera por bruja, entonces Madame Xanadu pela hechizos a full para vencer a una amenaza muy truculenta. Este arco tenía que resistir al exigente escrutinio de los hardcore fans de Wagner y de Vertigo, porque parte de la gracia era que Nimue interactuaba con Wesley Dodds, el Sandman clásico, el del Midnight Theatre. Y si bien la interacción es poca, la aparición de Sandman suma bastante a la trama, no es un capricho ni un truco de marketing. Lo único medio traído de los pelos es cómo Wagner trata de conectar esta historia con la que transcurre en la España de la Inquisición. Hay una explicación (que intenta, de paso, explicar al villano de la historia de 1940) pero a mí no me resultó muy convincente.
El otro atractivo grosso de este arco era el dibujante: Michael Wm. Kaluta, nada menos que el creador de Madame Xanadu, un tipo muy conocido y muy respetado, pero que dibuja muy poca historieta, supongo que porque como ilustrador le pagan mejor. Y acá me voy a ganar un par de enemigos (saquen número y esperen su turno) pero la verdad es que a Kaluta lo prefiero mil veces como portadista que como historietista. Ese estilo barroco, sobrecargado, con coqueteos permanentes con la estética de Alphonse Mucha y los ilustradores de fines del Siglo XIX, se disfruta más en dosis más pequeñas. Una portada está bien. 120 páginas de historieta, es mucho. Dan demasiadas oportunidades para que el dibujante muestre la hilacha. Las portadas de estos episodios nos muestran a un Kaluta glorioso, inspiradísimo. En las historietas lo vemos jugarse en la narrativa, tratar de pilotear con dignidad el hecho de que su estilo atrasa 40 años y por momentos lo consigue. Ahí parece Charles Vess, que es como un Kaluta más dotado para la historieta. O Guy Davis, que es otro que se ceba mal con los detalles en las historietas de época, pero igual la rompe. Cuando no parece ni Vess ni Davis, Kaluta derrapa hacia una onda aburrida, solemne, con dibujos muy estáticos y algunas pifias notorias en las caras. La narrativa –repito- no tiene mayores fallas y eso ya es mucho decir. Por eso no lo puedo putear. Y porque obviamente estamos hablando de un virtuoso del plumín. No es un trabajo que me emocione, pero tampoco me da vergüenza ajena.
Espero ansioso el momento de entrarle al tercer tomo, a ver si vuelve Amy Reeder Hadley, la dibujante que la descosió en el primer arco de la serie.
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martes, 7 de febrero de 2012
07/ 02: LULE LE LELE: 10 AÑOS
En 2011, los chicos de Lule le Lele festejaron el décimo aniversario de su primera aparición con un libro de 100 páginas, con material íntegramente inédito, salvo algunas portadas clásicas que se reproducen al final.
De la formación original de la Lule, quedó un trío integrado por Gastón Souto, Martín Santos y el Polaco Scalerandi. Checho Basabe, otrora pilar de la revista, tiene en este tomo una sóla historieta (apenas tres paginitas) y el resto, siamo fuori. En algún punto, cuando la Lule se empezó a hacer conocida, se sumaron varios grossos invitados, y este libro no fue la excepción. Veamos primero ese sector.
Abre con una excelente ilustración de Scuzzo, sigue con dos paginitas muy locas de Langer y se va al carajo con dos páginas de Diego Parés totalmente desorbitadas, con unos dibujos desmesurados y monumentales. El siguiente invitado, Gustavo Sala, aporta una historieta menor, olvidable en el contexto de la producción del ídolo marplatense. Ariel López V. manda una muy linda historieta y una ilustración desopilante. Frank Vega se va al carajo y más allá con una historieta de una página muy zarpada y muy graciosa, dibujada en un estilo cercano al del maestro Robert Crumb. El Bruno levanta su copa con dos páginas brillantes de Malena, la Niña Alcohólica. Ernán Cirianni descontrola en una página sobrecargada de texto, y Jorge Fantoni (un prócer del under ochentoso) se despacha con una página con 19 viñetas (!) en la que narra (y dibuja como los dioses) un chiste muy conocido, pero excelente.
Guarda: No cualquiera le hace el aguante a Langer, Parés, Sala y demás... Y ahí van Souto, Santos y Scalerandi a ver cómo les va jugando de local. Y la verdad es que me hicieron reir mucho. Para mi gusto, las historietas más graciosas son “Pequeño Enmascarado”, de Scalerandi, y “Big Border”, de Souto. Esas dos me arrancaron carcajadas. Pero todas las de Souto están perfectas. Souto es una bestia, no se puede creer. El tipo lleva la comedia en la sangre. De entrada parece un clon de John Kricfalusi, con momentos onda Dave Cooper, pero el tipo hace lo que quiere. En “Bravo Payazo” pela otros estilos, más realistas, y deja muy claro que elige el slapstick, el grotesco y la escatología para joder, porque se divierte, no porque no sabe hacer otra cosa.
Santos me sorprendió mucho con “Diploma, Medalla y Beso”, una extensa aventura de Super Tipo en la que además se mete con el origen del personaje. Tiene dibujos que ya vi en otros comics de superhéroes, pero siempre aparece su impronta personal, ya bien afianzada en ese terreno intermedio entre la épica y la sátira costumbrista. Y el Polaco, además de ser un superdotado a la hora del dibujo (también con la influencia de Kricfalusi siempre presente), se zarpa mal con los diálogos, que son desopilantes. El tipo encontró una voz propia, una forma de hacer hablar a los personajes que ningún otro autor podría reproducir sin copiarse descaradamente de Scalerandi.
El problema es que, si le das protagonismo a los diálogos, tienen que estar perfectamente escritos. No es el caso: los Lule ostentan una amplia gama de faltas de ortografía y un desconocimiento preocupante de los signos de puntuación. Estos últimos te pueden cambiar por completo el sentido de una frase, y su frecuente ausencia, o mal uso, hace que algunos diálogos brillantes no se entiendan, o no suenen con la contundencia que tendrían que tener para lograr el máximo impacto humorístico. Por suerte está Souto, que la rompe incluso en una historieta casi sin texto, la magnífica “RIING!!”.
Si te bancás el humor de pedos, vómitos, discapacitados, peronistas y sexo con niños, animales y alienígenas, este libro te va a hacer pasar una tarde inolvidable. Ojalá no haya que esperar a que la Lule cumpla 20 años para tener otras 100 páginas de esta calidad.
De la formación original de la Lule, quedó un trío integrado por Gastón Souto, Martín Santos y el Polaco Scalerandi. Checho Basabe, otrora pilar de la revista, tiene en este tomo una sóla historieta (apenas tres paginitas) y el resto, siamo fuori. En algún punto, cuando la Lule se empezó a hacer conocida, se sumaron varios grossos invitados, y este libro no fue la excepción. Veamos primero ese sector.
Abre con una excelente ilustración de Scuzzo, sigue con dos paginitas muy locas de Langer y se va al carajo con dos páginas de Diego Parés totalmente desorbitadas, con unos dibujos desmesurados y monumentales. El siguiente invitado, Gustavo Sala, aporta una historieta menor, olvidable en el contexto de la producción del ídolo marplatense. Ariel López V. manda una muy linda historieta y una ilustración desopilante. Frank Vega se va al carajo y más allá con una historieta de una página muy zarpada y muy graciosa, dibujada en un estilo cercano al del maestro Robert Crumb. El Bruno levanta su copa con dos páginas brillantes de Malena, la Niña Alcohólica. Ernán Cirianni descontrola en una página sobrecargada de texto, y Jorge Fantoni (un prócer del under ochentoso) se despacha con una página con 19 viñetas (!) en la que narra (y dibuja como los dioses) un chiste muy conocido, pero excelente.
Guarda: No cualquiera le hace el aguante a Langer, Parés, Sala y demás... Y ahí van Souto, Santos y Scalerandi a ver cómo les va jugando de local. Y la verdad es que me hicieron reir mucho. Para mi gusto, las historietas más graciosas son “Pequeño Enmascarado”, de Scalerandi, y “Big Border”, de Souto. Esas dos me arrancaron carcajadas. Pero todas las de Souto están perfectas. Souto es una bestia, no se puede creer. El tipo lleva la comedia en la sangre. De entrada parece un clon de John Kricfalusi, con momentos onda Dave Cooper, pero el tipo hace lo que quiere. En “Bravo Payazo” pela otros estilos, más realistas, y deja muy claro que elige el slapstick, el grotesco y la escatología para joder, porque se divierte, no porque no sabe hacer otra cosa.
Santos me sorprendió mucho con “Diploma, Medalla y Beso”, una extensa aventura de Super Tipo en la que además se mete con el origen del personaje. Tiene dibujos que ya vi en otros comics de superhéroes, pero siempre aparece su impronta personal, ya bien afianzada en ese terreno intermedio entre la épica y la sátira costumbrista. Y el Polaco, además de ser un superdotado a la hora del dibujo (también con la influencia de Kricfalusi siempre presente), se zarpa mal con los diálogos, que son desopilantes. El tipo encontró una voz propia, una forma de hacer hablar a los personajes que ningún otro autor podría reproducir sin copiarse descaradamente de Scalerandi.
El problema es que, si le das protagonismo a los diálogos, tienen que estar perfectamente escritos. No es el caso: los Lule ostentan una amplia gama de faltas de ortografía y un desconocimiento preocupante de los signos de puntuación. Estos últimos te pueden cambiar por completo el sentido de una frase, y su frecuente ausencia, o mal uso, hace que algunos diálogos brillantes no se entiendan, o no suenen con la contundencia que tendrían que tener para lograr el máximo impacto humorístico. Por suerte está Souto, que la rompe incluso en una historieta casi sin texto, la magnífica “RIING!!”.
Si te bancás el humor de pedos, vómitos, discapacitados, peronistas y sexo con niños, animales y alienígenas, este libro te va a hacer pasar una tarde inolvidable. Ojalá no haya que esperar a que la Lule cumpla 20 años para tener otras 100 páginas de esta calidad.
lunes, 6 de febrero de 2012
06/ 02: HELLRAISER MASTERPIECES Vol.1
¿Qué carajo hago yo leyendo comics de Hellraiser? Jamás leí ni un mísero cuento de Clive Barker, ni hablemos de las novelas, y jamás vi ni una de las películas basadas en las creaciones de este autor. Me acuerdo cómo la tuve que remar el día que me tocó entrevistarlo, allá por 1993, creo... Yo tenía una idea... remotísima de lo que hacía el tipo y salí al ruedo totalmente en bolas. Pero bueno, lo cierto es que acá estoy, con un TPB de Hellraiser en mis manos, al que caí –como estarás imaginando- por los autores. En este tomo, BOOM! Studios republica muchas de las mejores historietas realizadas entre 1989 y 1993 para la colección de prestiges de Hellraiser que publicaba el sello Epic, de Marvel. Y la verdad es que armaron un combo de nombres al que no me pude resistir. Veamos...
La primera historieta es un asco, pero la escribió Larry Wachowski, hoy mega-famoso co-creador de The Matrix. El dibujo es del impresentable Mark Pacella y da lástima: las tres o cuatro viñetas copadas son choreadas a Stephen Bissette, John Totleben o Rick Veitch.
La segunda es de una dupla un poquito más power: Neil Gaiman y Dave McKean. El guión es excelente, atrapante e impredecible, y McKean –incluso cuando juega más a lucirse él que a respaldar la trama creada por Gaiman- te devasta las retinas con un laburo monumental.
La tercera es la más cortita (apenas cuatro páginas), pero está muy buena: Dwayne McDuffie y Kevin O´Neill van directo al hueso con una historia de corrupción que no tiene casi nada que ver con la mitología de Hellraiser.
Después, Marcus McLaurin nos cuenta en 15 páginas una historia que se podría haber contado en seis. Pero claro, la dibuja jorge Zaffino, ídolo de ídolos, y aunque el guión se haga lento o repetitivo, siempre es un placer infinito meterse en la montaña rusa de sensaciones visuales que proponían las historietas de Jorge.
Le sigue una historieta linda, con muchas referencias que no pesqué a las historias de los cenobitas y demás bichos, escrita por el ignoto Malcolm Smith y muy bien dibujada por el gran Mick McMahon.
La historieta más larga tiene 38 páginas y cuatro guionistas, entre ellos Smith y el mismísimo Barker. La dibuja un muy joven Alex Ross, con muchas pilas, y es más de lo mismo: una especie de “secret origin” en el que Morte Mamme, la entidad enemiga de Leviathan, le da poderes a varios humanos, para que formen una especie de super-grupo anti-cenobitas. La historia continúa y garantiza más machaca innecesaria.
La siguiente historia combina gran guión y excelentes dibujos, de la mano de un Mike Mignola inspiradísimo, que co-escribe con D.G. Chichester. Una historia heavy, inquietante, perturbadora de verdad, con un final malalechístico al estilo EC, y muy bella.
También en la línea de gran guión y dibujos gloriosos tenemos a la colaboración entre Jan Strnad y Mark Chiarello, cuyo estilo no se parece nada al de Mignola, pero que también se luce con unos climas impresionantes (e impresionistas). Esta es una historia apasionante, de ambición sin límites, que al final conecta medio a presión con la saga de Barker.
Y para el final, más Jorge Zaffino! Otras 24 páginas del maestro del claroscuro, para una historia de Randy y Jean-Marc Lofficier que se podría haber contado en la mitad del espacio, pero igual se disfruta mucho. No es mega-original, pero al estar dibujada por Zaffino levanta tanto, que no importa nada. Acá a Jorge lo colorea Christie Scheele, mucho más tranqui y menos estridente que la colorista de la historieta anterior.
Si no te importa que en casi todas las historias aparezca un cubo extraño, o unos bichos del averno llenos de ganchos y cadenas, acá te esperan unas cuantas historietas jodidas, repletas de climas decadentes y maldades atroces perpetradas por demonios del infierno y de acá a la vuelta. La clave está en los autores y en ese sentido, es difícil hacer oídos sordos a un Gaiman-McKean-Mignola-O´Neill-Zaffino-McMahon-Chiarello-Alex Dioss. Si en el Vol.2 se arma un equipito tan pulenta, vuelvo de una.
La primera historieta es un asco, pero la escribió Larry Wachowski, hoy mega-famoso co-creador de The Matrix. El dibujo es del impresentable Mark Pacella y da lástima: las tres o cuatro viñetas copadas son choreadas a Stephen Bissette, John Totleben o Rick Veitch.
La segunda es de una dupla un poquito más power: Neil Gaiman y Dave McKean. El guión es excelente, atrapante e impredecible, y McKean –incluso cuando juega más a lucirse él que a respaldar la trama creada por Gaiman- te devasta las retinas con un laburo monumental.
La tercera es la más cortita (apenas cuatro páginas), pero está muy buena: Dwayne McDuffie y Kevin O´Neill van directo al hueso con una historia de corrupción que no tiene casi nada que ver con la mitología de Hellraiser.
Después, Marcus McLaurin nos cuenta en 15 páginas una historia que se podría haber contado en seis. Pero claro, la dibuja jorge Zaffino, ídolo de ídolos, y aunque el guión se haga lento o repetitivo, siempre es un placer infinito meterse en la montaña rusa de sensaciones visuales que proponían las historietas de Jorge.
Le sigue una historieta linda, con muchas referencias que no pesqué a las historias de los cenobitas y demás bichos, escrita por el ignoto Malcolm Smith y muy bien dibujada por el gran Mick McMahon.
La historieta más larga tiene 38 páginas y cuatro guionistas, entre ellos Smith y el mismísimo Barker. La dibuja un muy joven Alex Ross, con muchas pilas, y es más de lo mismo: una especie de “secret origin” en el que Morte Mamme, la entidad enemiga de Leviathan, le da poderes a varios humanos, para que formen una especie de super-grupo anti-cenobitas. La historia continúa y garantiza más machaca innecesaria.
La siguiente historia combina gran guión y excelentes dibujos, de la mano de un Mike Mignola inspiradísimo, que co-escribe con D.G. Chichester. Una historia heavy, inquietante, perturbadora de verdad, con un final malalechístico al estilo EC, y muy bella.
También en la línea de gran guión y dibujos gloriosos tenemos a la colaboración entre Jan Strnad y Mark Chiarello, cuyo estilo no se parece nada al de Mignola, pero que también se luce con unos climas impresionantes (e impresionistas). Esta es una historia apasionante, de ambición sin límites, que al final conecta medio a presión con la saga de Barker.
Y para el final, más Jorge Zaffino! Otras 24 páginas del maestro del claroscuro, para una historia de Randy y Jean-Marc Lofficier que se podría haber contado en la mitad del espacio, pero igual se disfruta mucho. No es mega-original, pero al estar dibujada por Zaffino levanta tanto, que no importa nada. Acá a Jorge lo colorea Christie Scheele, mucho más tranqui y menos estridente que la colorista de la historieta anterior.
Si no te importa que en casi todas las historias aparezca un cubo extraño, o unos bichos del averno llenos de ganchos y cadenas, acá te esperan unas cuantas historietas jodidas, repletas de climas decadentes y maldades atroces perpetradas por demonios del infierno y de acá a la vuelta. La clave está en los autores y en ese sentido, es difícil hacer oídos sordos a un Gaiman-McKean-Mignola-O´Neill-Zaffino-McMahon-Chiarello-Alex Dioss. Si en el Vol.2 se arma un equipito tan pulenta, vuelvo de una.
domingo, 5 de febrero de 2012
05/ 02: La 6e HEURE Vol.1
O en criollo, la sexta hora. Así se titula esta trilogía creada por Nicolas Pona para la colección Secrets du Vatican, una línea de historietas relacionadas con misterios y runflas que giran en torno a la religión católica, ya muy asentada dentro de la editorial francesa Soleil.
La primera parte de la trilogía se pasa un poquito de críptica. No porque no se entienda lo que pasa, sino porque hay pocas pistas de cómo carajo se va a explicar lo que pasa. Por un lado, tenemos a Yanis Berdzeni, inspector de policía, cuya esposa lleva meses internada en terapia intensiva. Berdzeni tiene una increíble habilidad con las manos y le encantan los trucos de magia. También tiene una moral un poquito... elástica, que le permite estar en excelentes términos con una tríada de la mafia china que maneja la prostitución en la gran ciudad (que no se sabe bien si es de Francia o de EEUU). Es un personaje muy bien construído, con todo como para hacerse cargo del rol protagónico hasta el final de la saga.
Por el otro lado tenemos a un minón infernal, Samaëlle, una pelirroja, muda (para los que dicen que no existe la mujer perfecta), que sale de la cárcel y se reencuentra con una nena muy locuaz e inteligente que supuestamente es su hija. Samaëlle tiene un bolso lleno de piezas de oro, maneja unas técnicas de combate absolutamente devastadoras y tiene mucho que ver en varias masacres que van diezmando las filas de la mafia china, entre otras organizaciones criminales. ¿Quién es Samaëlle? ¿Tiene superpoderes? ¿Es un ángel, o un demonio? ¿Será posible que sea inmortal? ¿Cuál es su relación con esas balas de oro talladas? Hasta ahora hay pocas pistas.
Para hacer más espeso el misterio, casi sobre el final del tomo aparecen dos páginas protagonizadas por Jesucristo, cuando ya esaba crucificado, y Longinus, el legionario romano dueño de la famosa lanza que atravesará el pecho del mesías condenado. ¿Cómo engancha esto con todo lo demás? Habrá que seguir leyendo...
A pesar de que se zarpa escamoteando pistas, Nicolas Pona arma un planteo bastante ganchero. Tiene muy buenos personajes secundarios (me encantó el pintor que sólo ve el color rojo) y maneja muy bien todo lo que tiene que ver con el habla cotidiana de la gente. Lo más interesante es algo que ya vimos en otros comics, principalmente en Death Note: la cana, con sus procedimientos, su balística y sus forenses, trata de explicar muertes que –los lectores lo vemos claramente- tienen que ver con una movida sobrenatural, a años luz de lo que las autoridades terrenales pueden llegar a resolver. Igual falta mucho para que el rompecabezas se termine de armar.
¿Cómo caí en esta serie? Porque la dibuja Juan Ferreyra, el prodigio cordobés que la rompió en Rex Mundi, serie fetiche de este blog. Pero atenti, que este Ferreyra no se parece tanto al de aquel clásico. El color tiene mucho menos peso, todas las figuras están definidas por la línea negra, y –sobre todo- hay muchas más viñetas por página. El resultado es un producto mucho menos personal, de mucho menos lucimiento para Ferreyra. El cordobés se sigue zarpando a la hora de elegir algunos ángulos, le pone mucha expresividad a los personajes (especialmente a Juan Dominicain, el cana compañero de Berdzeni), pero está o mucho más contenido, o menos inspirado que en Rex Mundi. La portada de La 6e Heure te ceba mal: ahí Ferreyra está incluso mejor que en Rex Mundi. Adentro, en el trajín de las 46 páginas repletas de viñetas muchas veces microscópicas, te encontrás con un dibujante sólido, que cumple con creces, pero al que le falta la magia.
Ojalá esta bestia logre poner todo en el próximo tomo. No lo tengo, pero lo quiero conseguir, porque el argumento del Vol.1 me atrapó como para seguir la saga hasta el final.
La primera parte de la trilogía se pasa un poquito de críptica. No porque no se entienda lo que pasa, sino porque hay pocas pistas de cómo carajo se va a explicar lo que pasa. Por un lado, tenemos a Yanis Berdzeni, inspector de policía, cuya esposa lleva meses internada en terapia intensiva. Berdzeni tiene una increíble habilidad con las manos y le encantan los trucos de magia. También tiene una moral un poquito... elástica, que le permite estar en excelentes términos con una tríada de la mafia china que maneja la prostitución en la gran ciudad (que no se sabe bien si es de Francia o de EEUU). Es un personaje muy bien construído, con todo como para hacerse cargo del rol protagónico hasta el final de la saga.
Por el otro lado tenemos a un minón infernal, Samaëlle, una pelirroja, muda (para los que dicen que no existe la mujer perfecta), que sale de la cárcel y se reencuentra con una nena muy locuaz e inteligente que supuestamente es su hija. Samaëlle tiene un bolso lleno de piezas de oro, maneja unas técnicas de combate absolutamente devastadoras y tiene mucho que ver en varias masacres que van diezmando las filas de la mafia china, entre otras organizaciones criminales. ¿Quién es Samaëlle? ¿Tiene superpoderes? ¿Es un ángel, o un demonio? ¿Será posible que sea inmortal? ¿Cuál es su relación con esas balas de oro talladas? Hasta ahora hay pocas pistas.
Para hacer más espeso el misterio, casi sobre el final del tomo aparecen dos páginas protagonizadas por Jesucristo, cuando ya esaba crucificado, y Longinus, el legionario romano dueño de la famosa lanza que atravesará el pecho del mesías condenado. ¿Cómo engancha esto con todo lo demás? Habrá que seguir leyendo...
A pesar de que se zarpa escamoteando pistas, Nicolas Pona arma un planteo bastante ganchero. Tiene muy buenos personajes secundarios (me encantó el pintor que sólo ve el color rojo) y maneja muy bien todo lo que tiene que ver con el habla cotidiana de la gente. Lo más interesante es algo que ya vimos en otros comics, principalmente en Death Note: la cana, con sus procedimientos, su balística y sus forenses, trata de explicar muertes que –los lectores lo vemos claramente- tienen que ver con una movida sobrenatural, a años luz de lo que las autoridades terrenales pueden llegar a resolver. Igual falta mucho para que el rompecabezas se termine de armar.
¿Cómo caí en esta serie? Porque la dibuja Juan Ferreyra, el prodigio cordobés que la rompió en Rex Mundi, serie fetiche de este blog. Pero atenti, que este Ferreyra no se parece tanto al de aquel clásico. El color tiene mucho menos peso, todas las figuras están definidas por la línea negra, y –sobre todo- hay muchas más viñetas por página. El resultado es un producto mucho menos personal, de mucho menos lucimiento para Ferreyra. El cordobés se sigue zarpando a la hora de elegir algunos ángulos, le pone mucha expresividad a los personajes (especialmente a Juan Dominicain, el cana compañero de Berdzeni), pero está o mucho más contenido, o menos inspirado que en Rex Mundi. La portada de La 6e Heure te ceba mal: ahí Ferreyra está incluso mejor que en Rex Mundi. Adentro, en el trajín de las 46 páginas repletas de viñetas muchas veces microscópicas, te encontrás con un dibujante sólido, que cumple con creces, pero al que le falta la magia.
Ojalá esta bestia logre poner todo en el próximo tomo. No lo tengo, pero lo quiero conseguir, porque el argumento del Vol.1 me atrapó como para seguir la saga hasta el final.
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sábado, 4 de febrero de 2012
04/ 02: EL PECADO ORIGINAL
Con el anuncio por parte de DC de las precuelas de Watchmen, se vuelve a jugar uno de los grandes super-clásicos de la Historia del Arte: Etica vs. Estética. Cualquiera que tenga la menor noción de ética se sentirá indignado por la movida de DC y cualquiera que tenga un mínimo de interés por lo estético se sentirá atraído (cuando no compelido) a leer estas historietas.
Yo creo que ningún crítico serio puede descalificar a una obra de arte por disentir ideológicamente con quien la produce. De ser así, sólo los filo-nazis, chupacirios y anti-comunistas aplaudirían a Hergé y sólo los oligarcas, xenófobos y pro-milicos venerarían a Dante Quinterno. Sin dudas, se puede profesar ideologías nefastas y aún así crear grandes obras de arte. Incluso obras en las que las ideologías nefastas se expongan claramente, se reivindiquen y se promuevan. El crítico se las tiene que fumar mansito, aunque la bajada de línea le dé náuseas, y limitarse a opinar acerca del valor artístico de la obra, de la calidad en la concepción y la ejecución de la misma. Por eso, ponerse HOY en la vereda de enfrente de Before Watchmen es medio pelotudo. Hay que aguantar a leerlo y ver qué onda, aunque a priori nos parezca una turrada maligna o una imbecilidad cósmica.
¿Hacía falta? No. ¿Es éticamente correcto? No. ¿Hay grandes chances de que de acá salgan buenas historietas? Y, sí, no jodamos. ¿Podría haber sido peor? Por supuesto. Primero, porque podrían haber hecho una secuela, en vez de varias precuelas, y ahí sí, las chances de crear una buena historia eran casi nulas. Y después, porque si mirás los autores que tiene DC en las series regulares, salvo cuatro o cinco, el resto no puede ni siquiera aspirar a la chapa y la calidad de la mayoría de los involucrados en Before Watchmen. Está claro que DC puso en este proyecto a los mejores artistas que pudo conseguir.
Ninguno es Alan Moore, claro. Pero hubo momentos en los que Alan Moore tampoco fue Alan Moore. ¿O nos olvidamos de esas atrocidades radioactivas tipo Spawn/ WildCATs o Badrock/ Violator? Esos insultos a la historieta existieron, se publicaron hace menos de 20 años y fueron escritos por el Mago de Northampton, en la época en la que tenía más hambre que el Chavo del 8 y más deudas que pelos en la cabeza. De última, la participación del autor original no garantiza la calidad de las secuelas o precuelas. Y si no, mirá lo que hizo Jodorowsky cuando continuó (para adelante y para atrás) la saga del Incal.
“Todo bien, pero con Watchmen no se jode”, sostiene más de uno. Loco, esto es capitalismo salvaje. Acá se jode CON TODO. El problema no es que se hagan precuelas de Watchmen, ni que en vez del Mago estén Len Wein o Straczynski. El problema va mucho más allá y es el Pecado Original. No, no me refiero a la manzana de Adán y Eva ni al hitazo de InXS. El Pecado Original es el sistema de mierda que todavía usan un montón de editoriales yankis por el cual la empresa es propietaria de todo lo que creen los autores para sus publicaciones. Mientras se mantenga esa trampa perversa, injusta y decimonónica, cosas como estas van a pasar siempre. ¿Te indigna cómo se lo empomaron a Moore? Tranqui, fiera, a Joe Simon y Joe Shuster se los empomaron mil veces más. Y a Bill Finger, ni hablar. Y a Kirby le hicieron nuevos orificios por donde empomárselo. Hasta los que rosquearon con la patronal, como Bob Kane o Stan Lee, se volvieron a su casa con una limosna misérrima comparada con la guita que generaron sus creaciones.
Lamentablemente, los lectores podemos hacer muy poco para cambiar el sistema. A lo sumo no comprar Before Watchmen, con la excusa de que tememos que -si les va bien- se venga el After Watchmen. Los que tienen que ponerse las pilas y romper la trampa de las grandes editoriales son los artistas. Estoy seguro que muchos se conforman con ser laburantes bien pagos: reciben su guioncito todos los meses, lo dibujan sin decir ni mu, entregan en fecha, reciben su cheque y la vida continúa sin mayores aspiraciones. Otros –no tengo dudas- se consideran artistas, no laburantes. Y quieren crear y ser dueños de lo que crean. Y llevarse el billete grosso si pintan ediciones en otros países, un videogame, un muñeco o una película con sus creaciones. Pero sin hacer kilombo, las grandes corporaciones no los van a dejar, les van a decir “callate y seguí remando con los demás esclavos”. Hace 20 años, cuando irrumpió Image, muchos creímos que el sistema predatorio y esclavista tenía los días contados. Y sí, hoy el trato a los escla... digo a los autores, es bastante mejor. Pero situaciones como la de Before Watchmen nos dan la pauta de toooodo lo que falta por hacer. Ojalá los grossos de hoy tomen nota de cómo las corporaciones tratan a los grossos de ayer y profundicen los cambios. Posta, es urgente.
Yo creo que ningún crítico serio puede descalificar a una obra de arte por disentir ideológicamente con quien la produce. De ser así, sólo los filo-nazis, chupacirios y anti-comunistas aplaudirían a Hergé y sólo los oligarcas, xenófobos y pro-milicos venerarían a Dante Quinterno. Sin dudas, se puede profesar ideologías nefastas y aún así crear grandes obras de arte. Incluso obras en las que las ideologías nefastas se expongan claramente, se reivindiquen y se promuevan. El crítico se las tiene que fumar mansito, aunque la bajada de línea le dé náuseas, y limitarse a opinar acerca del valor artístico de la obra, de la calidad en la concepción y la ejecución de la misma. Por eso, ponerse HOY en la vereda de enfrente de Before Watchmen es medio pelotudo. Hay que aguantar a leerlo y ver qué onda, aunque a priori nos parezca una turrada maligna o una imbecilidad cósmica.
¿Hacía falta? No. ¿Es éticamente correcto? No. ¿Hay grandes chances de que de acá salgan buenas historietas? Y, sí, no jodamos. ¿Podría haber sido peor? Por supuesto. Primero, porque podrían haber hecho una secuela, en vez de varias precuelas, y ahí sí, las chances de crear una buena historia eran casi nulas. Y después, porque si mirás los autores que tiene DC en las series regulares, salvo cuatro o cinco, el resto no puede ni siquiera aspirar a la chapa y la calidad de la mayoría de los involucrados en Before Watchmen. Está claro que DC puso en este proyecto a los mejores artistas que pudo conseguir.
Ninguno es Alan Moore, claro. Pero hubo momentos en los que Alan Moore tampoco fue Alan Moore. ¿O nos olvidamos de esas atrocidades radioactivas tipo Spawn/ WildCATs o Badrock/ Violator? Esos insultos a la historieta existieron, se publicaron hace menos de 20 años y fueron escritos por el Mago de Northampton, en la época en la que tenía más hambre que el Chavo del 8 y más deudas que pelos en la cabeza. De última, la participación del autor original no garantiza la calidad de las secuelas o precuelas. Y si no, mirá lo que hizo Jodorowsky cuando continuó (para adelante y para atrás) la saga del Incal.
“Todo bien, pero con Watchmen no se jode”, sostiene más de uno. Loco, esto es capitalismo salvaje. Acá se jode CON TODO. El problema no es que se hagan precuelas de Watchmen, ni que en vez del Mago estén Len Wein o Straczynski. El problema va mucho más allá y es el Pecado Original. No, no me refiero a la manzana de Adán y Eva ni al hitazo de InXS. El Pecado Original es el sistema de mierda que todavía usan un montón de editoriales yankis por el cual la empresa es propietaria de todo lo que creen los autores para sus publicaciones. Mientras se mantenga esa trampa perversa, injusta y decimonónica, cosas como estas van a pasar siempre. ¿Te indigna cómo se lo empomaron a Moore? Tranqui, fiera, a Joe Simon y Joe Shuster se los empomaron mil veces más. Y a Bill Finger, ni hablar. Y a Kirby le hicieron nuevos orificios por donde empomárselo. Hasta los que rosquearon con la patronal, como Bob Kane o Stan Lee, se volvieron a su casa con una limosna misérrima comparada con la guita que generaron sus creaciones.
Lamentablemente, los lectores podemos hacer muy poco para cambiar el sistema. A lo sumo no comprar Before Watchmen, con la excusa de que tememos que -si les va bien- se venga el After Watchmen. Los que tienen que ponerse las pilas y romper la trampa de las grandes editoriales son los artistas. Estoy seguro que muchos se conforman con ser laburantes bien pagos: reciben su guioncito todos los meses, lo dibujan sin decir ni mu, entregan en fecha, reciben su cheque y la vida continúa sin mayores aspiraciones. Otros –no tengo dudas- se consideran artistas, no laburantes. Y quieren crear y ser dueños de lo que crean. Y llevarse el billete grosso si pintan ediciones en otros países, un videogame, un muñeco o una película con sus creaciones. Pero sin hacer kilombo, las grandes corporaciones no los van a dejar, les van a decir “callate y seguí remando con los demás esclavos”. Hace 20 años, cuando irrumpió Image, muchos creímos que el sistema predatorio y esclavista tenía los días contados. Y sí, hoy el trato a los escla... digo a los autores, es bastante mejor. Pero situaciones como la de Before Watchmen nos dan la pauta de toooodo lo que falta por hacer. Ojalá los grossos de hoy tomen nota de cómo las corporaciones tratan a los grossos de ayer y profundicen los cambios. Posta, es urgente.
viernes, 3 de febrero de 2012
03/ 02: LOCKE & KEY Vol.3
Hoy cortito, que tengo poco tiempo.
Lejos, el mejor tomo en lo que va de esta serie. La cantidad de llaves se sigue incrementando, los secundarios que cobran chapa también, y el misterio que nos proponen Joe Hill y Gabriel Rodríguez ya se hace tremendamente adictivo. No sé cómo voy a hacer para aguantar hasta mediados de Mayo, cuando sale en softcover el cuarto tomo.
Algunas novedades de este tercer arco: Ellie y el tío Duncan ni aparecen, hay un episodios (probablemente el mejor) muy centrado en Nina (la mamá de los chicos) que en el tomo anterior casi no aparecía, y –lo más impactante- en un momento estalla la machaca, pero heavy de verdad. Cero sutileza, nada “sugerido”. Machaca de la buena, con gente que se caga a palos y se arranca miembros.
A todo esto hay que sumarle excelentes diálogos, momentos exquisitos de comedia y toda la acumulación de cosas extrañas e imposibles que se van acumulando en torno a esta casa (Keyhouse) y esta familia (los Locke) que –sin duda- tienen en su pasado un montón de secretos siniestros.
El gauchito Hill sigue afiladísimo para mechar los flashbacks, para intercalar las secuencias tranqui, para generar los climas espesos y ominosos, y Gabriel Rodríguez está cada vez más afianzado, más que capacitado para bancarse los ambiciosos desafíos que propone el guión. Realmente, esto es un lujo de punta a punta, desde el prólogo de Brian K. Vaughan hasta la última ilustración.
Revolvé cielo y tierra para conseguir esta serie, rosqueá con dealers, hinchá las bolas en las comiquerías... de última, preguntá si la tienen en la cerrajería :P Pero no te quedes afuera, que esto es papa fina de verdad.
Lejos, el mejor tomo en lo que va de esta serie. La cantidad de llaves se sigue incrementando, los secundarios que cobran chapa también, y el misterio que nos proponen Joe Hill y Gabriel Rodríguez ya se hace tremendamente adictivo. No sé cómo voy a hacer para aguantar hasta mediados de Mayo, cuando sale en softcover el cuarto tomo.
Algunas novedades de este tercer arco: Ellie y el tío Duncan ni aparecen, hay un episodios (probablemente el mejor) muy centrado en Nina (la mamá de los chicos) que en el tomo anterior casi no aparecía, y –lo más impactante- en un momento estalla la machaca, pero heavy de verdad. Cero sutileza, nada “sugerido”. Machaca de la buena, con gente que se caga a palos y se arranca miembros.
A todo esto hay que sumarle excelentes diálogos, momentos exquisitos de comedia y toda la acumulación de cosas extrañas e imposibles que se van acumulando en torno a esta casa (Keyhouse) y esta familia (los Locke) que –sin duda- tienen en su pasado un montón de secretos siniestros.
El gauchito Hill sigue afiladísimo para mechar los flashbacks, para intercalar las secuencias tranqui, para generar los climas espesos y ominosos, y Gabriel Rodríguez está cada vez más afianzado, más que capacitado para bancarse los ambiciosos desafíos que propone el guión. Realmente, esto es un lujo de punta a punta, desde el prólogo de Brian K. Vaughan hasta la última ilustración.
Revolvé cielo y tierra para conseguir esta serie, rosqueá con dealers, hinchá las bolas en las comiquerías... de última, preguntá si la tienen en la cerrajería :P Pero no te quedes afuera, que esto es papa fina de verdad.
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jueves, 2 de febrero de 2012
02/ 02: LAS CRONICAS DE MALIKI 4 OJOS
Hoy la recorrida por la historieta latinoamericana reciente me lleva a Chile, a encontrarme con Marcela Trujillo, una autora a la que conocía por breves colaboraciones en antologías y de la que siempre quise tener un libro “solista”. Trujillo es artista plástica y autora de comics desde su adolescencia (nació en el ´69, así que estamos hablando de unos 25 años de producción artística), pero siempre interrumpió su carrera como pintora para dedicarse a la historieta, o al revés. No conozco su obra pictórica, pero sus comics no dejan ver la mano de una autora que está pensando en pintar cuadros, no están “contaminados” por los otros intereses artísticos de Marcela. A los 27 años, Trujillo emigró a los EEUU y –una vez establecida en New York- descubrió la escena indie de los ´90, lo cual la reconcilió con la historieta. Desde entonces, es un referente ineludible en el género de la autobiografía, que es el que elige cada vez que decide volver a dibujar comics.
Las historietas reunidas en este tomo nos cuentan ese tránsito de Trujillo de chica punki chilena, a inmigrante en New York, a artista reconocida, mujer adulta y madre de dos hijas. Hay detalles de su infancia, de sus viajes, de su labor como docente (una vez que regresó a Chile) y mucho, muchísimo, de su vida afectiva y hasta de su intimidad. Lo primero que sorprende (además de la calidad del dibujo, que es superlativa) es la honestidad con la que Trujillo revela y hace públicas sus fantasías sexuales, sus perversiones, su deseo y un montón de cosas referidas a los genitales (propios y ajenos) que uno generalmente hace “puertas para adentro”. A través del personaje de Maliki, Trujillo logra desembarazarse de todo tipo de pudor y va al frente, como una locomotora, a exponer públicamente los pormenores de su vida sexual.
Eso es en las primeras historietas. Después, a medida que cuenta historias de una Maliki más madura, el voltaje sexual baja un poco y las crónicas van más hacia la sátira costumbrista. Trujillo retrata al ambiente de los artistas plásticos newyorkinos, baja línea acerca de la guerra de Irak impulsada por el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush, revela detalles truculentos de su infancia en Chile, en la época del golpe militar de 1973, juega con el tema de su sobrepeso... todo mucho más tranqui que los diálogos que tenía con su clítoris mientras se lo frotaba en los primeros episodios. Su relación con el padre de sus hijas, el nacimiento de las mismas, el regreso a Chile, la ruptura de la pareja y su trabajo como docente le dan a Trujillo la materia prima para el último tramo del libro, el de la Maliki ya adulta, que se acerca a los 40 y ve la vida de un modo totalmente distinto al de las primeras historietas.
En general, las historias son atractivas, divertidas y hasta se hace soportable que los personajes chilenos hablen con los localismos de ese país. Lo más interesante, sin duda, es ver evolucionar a la autora a través del personaje. Y por supuesto, lo que hace fundamental a Marcela Trujillo es su estilo de dibujo, que tiene mucho que ver con el under norteamericano y que también evoluciona con el correr de los años. Las virtudes gráficas de Trujillo son imposibles de enumerar, pero lo que a mí más me gusta es cómo logra mantener una onda caricaturesca y funny dentro de una estética MUY realista, sobrecargada de detalles (la delirante dibuja hasta la textura de los sweaters, cada puto hilito de lana entretejido con el de al lado). También me gusta cómo piensa las secuencias, cuándo permite que el dibujo se haga cargo de llevar adelante la narración... y esas ilustraciones recontra-laburadas, que parecen las que hace Diego Parés en Barcelona. En las últimas historietas, Trujillo demuestra que (como Robert Crumb) cuando quiere, puede sintetizar su trazo y lograr una estética claramente de cartoon. Que también le queda genial. Pero cuando sobredibuja y se zarpa en los detalles, en los fondos, en cada pelo de cada personaje, es donde realmente te hace golpear la mandíbula contra el piso.
¿No es hiper-original? No calienta. De última, es de Chile, donde NUNCA hubo historietistas hiper-originales. Y puestos a tomar modelos de afuera, entre tanto boludo que mira los comics chotos de Image de los ´90, una que mira a Crumb, Jessica Abel, Phoebe Gloeckner, Charles Burns o Daniel Clowes sigue siendo un gran avance.
Las historietas reunidas en este tomo nos cuentan ese tránsito de Trujillo de chica punki chilena, a inmigrante en New York, a artista reconocida, mujer adulta y madre de dos hijas. Hay detalles de su infancia, de sus viajes, de su labor como docente (una vez que regresó a Chile) y mucho, muchísimo, de su vida afectiva y hasta de su intimidad. Lo primero que sorprende (además de la calidad del dibujo, que es superlativa) es la honestidad con la que Trujillo revela y hace públicas sus fantasías sexuales, sus perversiones, su deseo y un montón de cosas referidas a los genitales (propios y ajenos) que uno generalmente hace “puertas para adentro”. A través del personaje de Maliki, Trujillo logra desembarazarse de todo tipo de pudor y va al frente, como una locomotora, a exponer públicamente los pormenores de su vida sexual.
Eso es en las primeras historietas. Después, a medida que cuenta historias de una Maliki más madura, el voltaje sexual baja un poco y las crónicas van más hacia la sátira costumbrista. Trujillo retrata al ambiente de los artistas plásticos newyorkinos, baja línea acerca de la guerra de Irak impulsada por el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush, revela detalles truculentos de su infancia en Chile, en la época del golpe militar de 1973, juega con el tema de su sobrepeso... todo mucho más tranqui que los diálogos que tenía con su clítoris mientras se lo frotaba en los primeros episodios. Su relación con el padre de sus hijas, el nacimiento de las mismas, el regreso a Chile, la ruptura de la pareja y su trabajo como docente le dan a Trujillo la materia prima para el último tramo del libro, el de la Maliki ya adulta, que se acerca a los 40 y ve la vida de un modo totalmente distinto al de las primeras historietas.
En general, las historias son atractivas, divertidas y hasta se hace soportable que los personajes chilenos hablen con los localismos de ese país. Lo más interesante, sin duda, es ver evolucionar a la autora a través del personaje. Y por supuesto, lo que hace fundamental a Marcela Trujillo es su estilo de dibujo, que tiene mucho que ver con el under norteamericano y que también evoluciona con el correr de los años. Las virtudes gráficas de Trujillo son imposibles de enumerar, pero lo que a mí más me gusta es cómo logra mantener una onda caricaturesca y funny dentro de una estética MUY realista, sobrecargada de detalles (la delirante dibuja hasta la textura de los sweaters, cada puto hilito de lana entretejido con el de al lado). También me gusta cómo piensa las secuencias, cuándo permite que el dibujo se haga cargo de llevar adelante la narración... y esas ilustraciones recontra-laburadas, que parecen las que hace Diego Parés en Barcelona. En las últimas historietas, Trujillo demuestra que (como Robert Crumb) cuando quiere, puede sintetizar su trazo y lograr una estética claramente de cartoon. Que también le queda genial. Pero cuando sobredibuja y se zarpa en los detalles, en los fondos, en cada pelo de cada personaje, es donde realmente te hace golpear la mandíbula contra el piso.
¿No es hiper-original? No calienta. De última, es de Chile, donde NUNCA hubo historietistas hiper-originales. Y puestos a tomar modelos de afuera, entre tanto boludo que mira los comics chotos de Image de los ´90, una que mira a Crumb, Jessica Abel, Phoebe Gloeckner, Charles Burns o Daniel Clowes sigue siendo un gran avance.
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Marcela Trujillo
miércoles, 1 de febrero de 2012
01/ 02: HOY NO HAY NADA...
Y, la verdad que se me complicó. La tormenta hizo que la tensión eléctrica subiera y bajara y cada mínimo bajón de tensión hizo que se me apagara la compu unas... seis veces. Así, lo que tenía que hacer en dos horas lo terminé haciendo en más de tres.
Pero tranqui, que mañana hay reseña como todos los días.
Tengo las cifras de venta de Districomix de Enero, pero no son muy representativas porque laburé sólo 15 días. Banquemos hasta Marzo y publico todo junto, lo más vendido de Enero y Febrero.
Hoy, simplemente aprovecho para agradecerle a los lectores el increíble aguante que le han hecho a este blog durante Enero. Pasamos las 22.000 visitas! Yo creía que nunca íbamos a superar las 20.500 de Diciembre, pero las recontra-superamos este mes. Gracias... totales!
Y ya que estamos, también aprovecho para recomendar otra vez el otro blog diario con el que "le meto los cuernos" a 365 Comics, que es Soretes Azules, el blog de tributo al maestro Carlos Trillo que hacemos con Diego Agrimbau, Pablo Túnica, Lucas Varela, Laura Vazquez y un montón de especialistas invitados, argentinos y extranjeros.
Ah, también hay textos míos (cortitos y no relacionados con el comic) en Latinauta, el blog de mi amigo Leandro Paolini, centrado en viajes por Latinoamérica. Ese se actualiza una vez por mes, y en Diciembre escribí sobre La Paz y en Enero sobre Lima.
Y casi todos los días estoy posteando noticias en la Comiqueando Online. Hoy, obviamente, la noticia grossa fue la de Before Watchmen, así que ilustro este no-post con la portada que más me gustó de las siete que difundió DC.
Será hasta mañana!
Pero tranqui, que mañana hay reseña como todos los días.
Tengo las cifras de venta de Districomix de Enero, pero no son muy representativas porque laburé sólo 15 días. Banquemos hasta Marzo y publico todo junto, lo más vendido de Enero y Febrero.
Hoy, simplemente aprovecho para agradecerle a los lectores el increíble aguante que le han hecho a este blog durante Enero. Pasamos las 22.000 visitas! Yo creía que nunca íbamos a superar las 20.500 de Diciembre, pero las recontra-superamos este mes. Gracias... totales!
Y ya que estamos, también aprovecho para recomendar otra vez el otro blog diario con el que "le meto los cuernos" a 365 Comics, que es Soretes Azules, el blog de tributo al maestro Carlos Trillo que hacemos con Diego Agrimbau, Pablo Túnica, Lucas Varela, Laura Vazquez y un montón de especialistas invitados, argentinos y extranjeros.
Ah, también hay textos míos (cortitos y no relacionados con el comic) en Latinauta, el blog de mi amigo Leandro Paolini, centrado en viajes por Latinoamérica. Ese se actualiza una vez por mes, y en Diciembre escribí sobre La Paz y en Enero sobre Lima.
Y casi todos los días estoy posteando noticias en la Comiqueando Online. Hoy, obviamente, la noticia grossa fue la de Before Watchmen, así que ilustro este no-post con la portada que más me gustó de las siete que difundió DC.
Será hasta mañana!
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