el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 28 de diciembre de 2012

28/ 12: TOM STRONG Vol.4

Me reencuentro con Tom Strong (una serie de la que nunca llegué a hacerme hardcore fan) porque encontré muy barato este TPB con los números 20 al 25 de la serie creada por Alan Moore y Chris Sprouse.
Vamos de atrás para adelante, y así es como arrancamos con un numerito muy menor, apenas una anécdota graciosa, escrita por Geoff Johns y muy bien dibujada por el gran John Paul Leon. Después aparecen dos unitarios más, ambos escritos por Peter Hogan y dibujados por Sprouse, aunque no con todas las pilas. Uno de los guiones de Hogan, el de las mujeres murciélago de la Luna, es bastante flojo y sólo se redime porque le da a Sprouse la oportunidad de homenajear a Hergé con una ilustración que recrea la genial portada de Aterrizaje en la Luna. El resto, es sin dudas prescindible. El otro unitario, el de Greta Gabriel y el Dr. Permafrost, es realmente grosso, con una trama fuerte, redondísima, con grandes escenas y grandes diálogos y un final totalmente impredecible. Está tan bueno que se podría cambiar a Permafrost por Mr. Freeze y meterlo entre los comics basados en la serie animada de Batman, esos que escribía Kelley Puckett en los ´90, en los que cada vez que aparecía Mr. Freeze se prendían fuego las páginas (valga la paradoja).
Y claro, la papa más fina está en la trilogía con la que abre el tomo, escrita por el mismísimo Mago de Northampton, quien luego de esta saguita abandonaría la serie para regresar sólo en el capítulo final (el 36). Entre tanto Elseworlds y What If...? medio pelo, acá Moore se embarca en una historia alternativa de ese estilo, pero con un nivel impresionante. Una mínima variante en una secuencia del origen de Tom Strong da pie a una nueva línea temporal en la que el héroe nunca nace, y su lugar lo ocupa Tom Stone, hijo de la mamá de Tom Strong y un marinero negro. La vida de Tom Stone tendrá puntos de contacto y puntos de absoluto disenso con la del Tom Strong que todos conocemos y de ahí Moore sacará un jugo virtualmente inagotable para mostrar nuevas e impredecibles aristas de los personajes y el mundo que los lectores ya teníamos asimilados.
Además, fiel a su estilo, el Mago explorará esta bizarra vuelta de tuerca hasta sus últimas consecuencias: ¿quién causó esta variación en el pasado de los personajes? ¿Por qué? ¿Quién sabe que esa realidad no es la “verdadera realidad”, sino que es una versión alterada de otra realidad “oficial”? ¿Qué se hace para anular una línea temporal alternativa cuando uno sabe que sólo puede conducir a la catástrofe? Todos esos elementos tan gancheros y adictivos que vimos mil veces en sagas como Back to the Future o la Legion de Keith Giffen, en manos de Alan Moore cobran un vuelo realmente impactante, electrizante. Y no puede faltar la secuencia en la que el Mago hace jueguito para la tribuna y pela algún truco narrativo de esos que te quitan el aliento: en este caso, las dos páginas previas a la última, en la que nos narra en paralelo dos secuencias que transcurren en distinto lugar y en distinto tiempo, alternándolas de a una viñeta cada una, todas widescreen y todas importantísimas para la definición de una saga brillante.
Como todo truquito de narrativa, para que salga bien hace falta la complicidad de un dibujante de bueno para arriba, y acá el Mago contó nada menos que con Jerry Ordway, quien se puso al hombro toda la trilogía de Tom Stone con la solvencia y la elegancia que lo caracterizan. Algún día alguien me explicará por qué un dibujante con la calidad de Ordway no tiene muchísimos más fans, ni una legión de editores a sus pies, suplicándole que trabaje para ellos. Lo cierto es que acá el ídolo no sólo recrea con mínimas modificaciones las escenas del origen de Tom Strong que ya nos habia contado Sprouse en los primeros episodios, sino que además reversiona a decenas de héroes y villanos (en la saga interviene prácticamente todo el universo ABC) y crea a otros tantos, para luego entrelazarlos en secuencias sumamente ambiciosas y jodidas de dibujar. Y bueno, maestro, vos sabés que cuando agarrás un guión de Moore, te vas a tener que esforzar el doble. Felizmente, tanto Ordway como Sprouse y Leon están apuntalados por el trabajo siempre magistral de Dave Stewart, as indiscutido del color digital. Lo de Stewart es muy importante, sobre todo para realzar la labor de Sprouse, cuyos unitarios están dibujados muy con lo justo, bastante por debajo del nivel habitual de este animalito.
Y bueno, de acá en más queda un sólo episodio de Tom Strong escrito por el Mago, así que me bajo en esta, nomás. Tendremos más Alan Moore acá en el blog durante 2013. Prometido.

jueves, 27 de diciembre de 2012

27/ 12: CONVERSACIONES EN LA CIUDAD DE CARTON

Hoy se enciende la alerta de trolls, porque mi recorrida por la historieta latinoamericana me lleva a leer una obra... de autores peruanos!
Ganadora de un reciente premio de Novela Gráfica organizado por la librería/ editorial Contracultura (la única que genera con alguna constancia obras de nuevos autores peruanos), Conversaciones... tiene varios problemas. Es solemne, es críptica, no intenta nada parecido a una curva dramática y a la hora de combinar textos y dibujos, lo hace con la destreza de un pingüino empetrolado. Tiene a su favor un ancho de espadas, que es el dibujo de Miguel Det y Agueda Noriega, muy, muy trabajado, muy logrado, aunque poco eficaz a la hora de contar la historia. Bah, el problema es que “la historia” no es tal. Una vez que dejás de babear con los dibujos, llega la hora de tratar de leer la historieta, y ahí la cosa se hace cuesta arriba.
Si bien no me animo a etiquetarla como “biografía”, Conversaciones... hilvana, o intenta hilvanar, varias secuencias de la vida de un poeta peruano, Rafael de la Fuente Benavides, más conocido como Martín Adán. Las secuencias y anécdotas aparecen en orden no cronológico, mechadas con data no muy explícita sobre la situación política en el país (Martín Adán vivió entre 1908 y 1985, o sea que sobran los momentos interesantes para reflejar) y salpicadas con textos extraídos de los propios poemas de Adán, famosos por su hermetismo, su complejidad y su profundidad metafísica. Estamos por batir en la coctelera lava volcánica, nitroglicerina, uranio enriquecido, viagra vencido y pis de Fing-Fang-Foom. De acá puede salir cualquier cosa, y seguro lo que salga va a ser... delicado.
Sumémosle a la alquimia el hecho de que Adán era alcohólico y que, a medida en que sus desventuras económicas superaron a su éxito literario, pasó más y más años de su vida en hospicios y hospitales de escasos recursos. El guión de Det trata de meter todo esto en menos de 60 páginas, y además de nombrar a todos los compañeros de colegio de Rafael que luego fueron nombres importantes de la cultura y la política de Perú, a todos los otros poetas y escritores conocidos con los que se juntaba a escabiar, a todas las minas a las que les tiró los galgos... A las pocas páginas, ya tenés en la cabeza una ensalada de datos que si no sos especialista en cultura y política peruanas del Siglo XX, estás en el horno con papas, batatas y unas rodajitas de cebolla.
Y eso no es lo más heavy. Lo más heavy llega en esas secuencias en las que los personajes que aparecen en las viñetas (casi siempre en primer plano) llevan adelante un diálogo, mientras que por arriba, los bloques de texto narran otra cosa, sólo a veces referida a la situación de los personajes. Otras veces, Det reparte entre los bloques de texto pedacitos de poemas de Martín Adán, que van continuando sin demasiada lógica de una viñeta a otra, siempre por encima (pero nunca en sintonía con) lo que los personajes hacen o dicen. Okey, estamos hablando de un poeta vanguardista, complicado, extraño... pero ¿hacía falta complicarnos tanto la vida a los que queríamos leer la historieta?
Y al final, después de los versos, los amores, las frustraciones, los secretos y las mamúas de Rafael (o Martín), quedan los dibujos, que es donde se ve de modo incontrastable el talento de los autores del comic. Por ahí no les sobra originalidad: hay Robert Crumb, hay Rick Geary, hay Jesús Cossio (el Joe Sacco peruano) y hay muchísimos dibujos creados en base a fotos. Aún así, con estos recursos y una cantidad de horas de laburo que sospecho infinitas, Det y Noriega lograron darle a Conversaciones... una faz gráfica realmente notable. Los quiero ver en una próxima obra, más abierta, más accesible, menos pretenciosa.
El año que viene, más historieta latinoamericana reciente acá en el blog. Caiga quien caiga.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

26/ 12: CHANNEL ZERO

Una vez más, esto es más raro que bueno. Y aún así es bastante bueno. Channel Zero es el primer trabajo profesional del hoy consagrado Brian Wood, publicado por Image allá por 1997. Y es sobre, todo una obra pensada para reflejar una época.
Allá por los ´90, a Rudy Giuliani, intendente de Nueva York, se le ocurrió limpiar la ciudad, convertirla en un lugar más prolijo, más seguro, más careta. Con el tiempo, lo logró. Pero para llegar a eso, primero se tuvo que enchastrar un poco y ahí es donde se pasó un poquito de rosca: hubo aprietes a periodistas y artistas, represión policial bastante zarpada en varias marchas y gente que terminó en cana sólo por expresar su disenso con lo que Giuliani quería hacer. En ese contexto, Wood crea Channel Zero, una historieta de barricada, comprometida al mango con el mensaje que el autor quería transmitir.
Por suerte es un mensaje tan fuerte (y con el que uno coincide tanto) que conserva su impacto aún hoy. Wood nos grita “despiértense, muchachos, no se suban a las modas, no compren espejitos de colores, no se crean el discurso prefabricado de los medios, porque está armado con mierda, con la mierda que a los políticos y los empresarios les conviene que tengamos en la cabeza para controlarnos mejor”. Channel Zero es un comic 100% contestatario, que sale a romper con ese discurso hegemónico de fines de los ´90 de “ya está, ya no va a pasar nada más relevante, ahora déjense de joder, miren tele y jueguen a los videogames”. Un discurso que en la Nueva York de Giuliani (y en la Argentina de Menem y De la Rúa) se impuso a fuerza de mentiras y garrotazos, para después dejar un desolador saldo de miles y miles de excluídos. Wood cava donde puede su trincherita, y desde ahí resiste, baja línea, tira bombas, intenta viralizar su mensaje ácido, despiadado, profundamente contracultural.
Ahora, ¿es la historieta el medio ideal para hacer una cosa así? Por ahí hay que tenerla muuuy clara para jugarse a hacer esto y que te salga bien, y Wood estaba muy verde. No era Warren Ellis escribiendo Transmetropolitan, por citar una serie de la misma época y con un discurso parecido. Le faltaba mucho, básicamente dibujar mejor y armar mejor la historia, para que la bajada de línea se pudiera integrar a una trama más atractiva, más dinámica, más fácil de sobrellevar. En Channel Zero, las buenas intenciones se pierden entre páginas con muy pocas viñetas, poquísima narrativa y una estética que intenta combinar las minitas hot de Image con la técnica de la foto retocada al mango. Están buenísimos los textos y hay ideas muy grossas a nivel diseño, pero con buenos textos y un diseño copado podés hacer un libro como el que vimos ayer de Miguel Brieva, no una buena historieta.
La cosa levanta bastante cuando Wood encara una precuela, una historia del pasado de la protagonista de Channel Zero, y decide no dibujarla él, sino sumar al proyecto a Becky Cloonan. Cloonan ya era ese amalgam bizarro entre Wood y Paul Pope y su llegada a la serie le aporta una narrativa mucho más fluída y una forma menos brutal de laburar en base a fotos. El guión de Wood, además, es muy bueno. Y lo mejor llega al final, en una historieta de apenas cuatro páginas realizada íntegramente por Wood, pero hace poco, cuando ya se había hecho conocido con DMZ. Acá mete color, fotos, todos esos truquitos de diseñador gráfico que perfeccionó en las portadas de DMZ y un argumento breve, conciso y que resume perfectamente el espíritu de Channel Zero.
La verdad, no sé si se justifica leerse todo este masacote de casi 300 páginas para decir “qué grosso este pibe, mirá qué huevos tuvo para salir a bajar línea a lo guanaco con su primer comic publicado”. No está mal, de hecho por momentos está muy bien. Y está lleno de detalles y cositas que preanuncian mucho de lo que vamos a ver años más tarde en DMZ (que no casualmente es un comic muy político ambientado en una Nueva York distópica). Por eso, por la integridad, por el coraje y por los buenos dibujos de Becky Cloonan, te diría que sí, que se justifica. No me termino de decidir. Lo que sí creo es que si hubiese leído Channel Zero a fines de los ´90 muy probablemente me habría detonado el bocho, mal.

martes, 25 de diciembre de 2012

25/ 12: BIENVENIDO AL MUNDO

Este libro lo compré sin saber qué carajo traía adentro, porque se vendía embolsado. Era un libro de Miguel Brieva, y eso era todo lo que yo necesitaba saber para cebarme y desembolsar los pesitos (solcitos, porque estaba en Lima) que pedían por él. Al abrirlo me encuentro con que Bienvenido al Mundo NO es un libro de historietas ni de humor gráfico, sino un libro de texto, ilustrado con chistes e historietas muy breves del propio Brieva.
En este libro, el genial autor español toma el formato de las típicas enciclopedias y lo usa para reunir y pasar en limpio todas sus ideas cáusticas y mordaces acerca de la sociedad en la que le toca vivir, con textos que muchas veces renuncian definitivamente al humor para centrarse en la otra especialidad de Brieva, que es la bajada de línea pura, dura y sin piedad. Como en sus mejores chistes, Brieva habla del poder, de la televisión, del consumo, de los políticos, de la estupidez y la mediocridad de la gente común, de la corrupción y la ineptitud de los gobernantes, de las nefastas consecuencias de la guerra, la religión organizada y el sistema capitalista y lo va mechando con boludeces, con textos más light acerca del futbol, los intelectuales o los carniceros.
En total, son 140 páginas en las que el texto se queda con el protagonismo. De todos modos, todas las páginas están ilustradas. Hay viñetitas sueltas, hay muchos de los magníficos chistes gráficos de Brieva (parecidos a los que vimos el 7 de Enero de este año en la reseña de El Otro Mundo), hay pequeñas historietas de unas pocas viñetas y alguna que otra foto trucada. También hay dos historietas más extensas: una de cuatro páginas (Grandes Personajes de la Humanidad) y una de tres páginas, a la que ya habíamos visto el 18 de Diciembre del año pasado en aquel especial de la revista Crash! dedicado a los grandes autores del comic español. Como pasó aquella vez, acá también, Animalandia sube al podio de lo mejor de este tomo. Entre las historietas cortitas también hay varias joyas, como la de Muffy (que andá a saber para qué publicación la creó Brieva y que acá la usa para ilustrar el texto dedicado al Osito), la tira del maestro Siddartha, la fundamental Clases Nocturnas, o La Noche Libre de Martin Heidigger. O sea que, si bien Bienvenido al Mundo no es un libro de historietas, estas están y –por supuesto- están brillantemente pensadas y dibujadas. Exactamente lo mismo sucede con los chistes. Hay tantos geniales que no podría enumerarlos.
Este es un libro raro, nunca vi algo así. Por ahí el principal problema de todo este combo es que se hace un poco heavy de digerir. Si te planteás leer todos los textos, es imposible bajarte el libro en menos de dos o tres días. Si leés sólo las historietas y los chistes, el libro se hace corto y deja gusto a poco. Mi consejo es leerlo todo, pero encararlo con paciencia. Acá hubo alguien (quizás el mismo Brieva) que se tomó el laburo de diagramar las páginas para que textos y viñetas convivan armónicamente y eso hay que aprovecharlo. Además, si no seguís habitualmente la vasta variedad de medios en los que Brieva publica sus trabajos (desde diarios y revistas careta tipo la Rolling Stone hasta publicaciones re-under de bajísima tirada) te vas a encontrar con un montón de chistes y pequeñas historietas que seguro no conocías. Y por si le faltaba algún atractivo, al ser un libro tan extraño, que claramente no parece el enésimo álbum de historietas, se lo podés enchufar a la gente que no lee historietas ni en pedo, convencida de que el arte que nos apasiona transmite enfermedades venéreas o te convierte en un subnormal invertebrado que a las pocas páginas empieza a babear o a preguntar si Superman es más fuerte que Son Goku.
Miguel Brieva es –ya lo dije otras veces- un genio único e irrepetible. Y este libro es tan raro, tan inclasificable y tan zarpado como él.

lunes, 24 de diciembre de 2012

24/ 12: TARZAN Vol.18

Cumplí mi promesa de terminar antes de fin de año con la colección de Tarzan de Planeta-DeAgostini que tanto me costó digerir. Este último tomo es el mejor de todos, no porque hayan mejorado los guiones (que fueron siempre el principal lastre de esta serie), sino porque hay menos guiones, entonces se sufre menos.
Me explico: ¿te acordás de aquellos primeros tomos en los que el maestro Burne Hogarth dibujaba página tras página con 16 viñetas chiquititas? Bueno, eso ya recontra fue. El prócer rediseñó las planchas para dibujar menos cuadros por entrega y en este tomo la mayoría de las páginas tienen entre 3 y 6 viñetas. Y como la cantidad de texto es la misma, en la misma cantidad de páginas suceden muchas menos cosas. En estas últimas 49 semanas, Hogarth nos cuenta lo mismo que años atrás nos contaba en 20.
¿Por qué, de repente, menos es más? En principio, porque al haber menos aventuras por tomo estas se hacen menos reiterativas. Acá ya no hay lugar para que Tarzan, en sólo 50 planchas, encuentre a tres civilizaciones perdidas, rescate a cuatro minitas que se enamoran de él, se escape de cinco trampas o se enfrente a 15 ó 20 animales salvajes. En este tomo tenemos, en apenas dos páginas, la resolución de la saguita de los Ononoes, que venía del tomo anterior, y dos aventuras más: una larga y una de sólo 9 páginas. La más larga, sin ser una joya, no está mal. Acá los malos son dos blancos que engañan y manipulan a los negros para llevarse un fabuloso tesoro que yace en las profundidades de un río. Un nativo tan avechuchesco como ellos entrará en la runfla y los ayudará a llevar adelante un plan muy turro, al que no le falta intriga palaciega, aunque la tribu tenga chozas en vez de palacios. Por supuesto, Tarzan resolverá todo muy fácil y casi sin despeinarse, pero por lo menos no es un guión taaan trillado.
El de la aventura cortita es decidamente nefasto: un cazador blanco se le aparece a Tarzan y le dice “Un zoo de Inglaterra me paga fortunas si les llevo un rinoceronte y un gorila vivos. ¿Me ayudás a capturarlos?”. Tarzan, en vez de mandarlo a la mierda, negocia: “Bueno, pero sólo el rinoceronte. Con los gorilas no se jode, porque (como diría Zambayonny) yo los considero mis hermanos”. En el medio de la cacería del rinoceronte, oh casualidad, aparece un gorila que, cuando ve al bicho de los cuernos, se pone loco y lo quiere matar. Tarzan le ordena que se calme, pero el simio desobedece a su rey lo confronta. A Tarzan le da por el quinto forro del taparrabos que el gorila se le subleve y se decide a matarlo. Ahí aparece el cazador y le dice “No lo mates, ayudame a capturarlo y yo me lo llevo”. El Rey de la Selva le hace caso (!) y así es como este pichi se vuelve a Inglaterra con un resonante triunfo de visitante, servido en bandeja por un Tarzan que, en vez de bancar a los bichos que siempre lo ayudaron, los entregó miserablemente, a cambio de nada, y traicionando su propia palabra. Un horror.
En cuanto al dibujo, esto ya es completamente indescriptible. Cuantos menos cuadros tiene la página, más se luce el dibujo de Hogarth, que acá está en un nivel divino, en el sentido que parece que dibuja con la mano de Dios. En las páginas de 6 viñetas, el maestro cumple con creces y, cuando puede dibujar tres o cuatro, estalla en unas composiciones pefectas, dinámicas, icónicas, de altísimo impacto y enorme belleza plástica. Acá Hogarth se toma en serio lo de “el Miguel Angel de la historieta” y se manda capillas sixtinas página por medio, viñetas tan elaboradas, tan bien resueltas, que podrían enmarcarse y colgarse en cualquier museo. Incluso en la tira del título, donde muchas veces iba un dibujito de relleno, el maestro mete dibujazos que jerarquizan a ese espacio tanto como a cualquier otra viñeta de la plancha.
Pero bueno, era 1950 y Hogarth, un poco cansado, decidió colgar las lianas y dedicarse a la docencia y a la realización de sus famosos libros de anatomía para dibujantes. 22 años más tarde volvería a oir el llamado de la selva y regresaría con Tarzan of the Apes, una verdadera (y gloriosa) novela gráfica, en la época en la que ese término todavía no se había acuñado. Para la plancha dominical del Rey de la Selva era el fin de una era, aunque seguiría vigente hasta el año 2000 (creo), en manos de otros autores como Russ Manning, Gil Kane y Mike Grell, entre otros. Y ya está. No más Tarzan en el blog, por lo menos durante 2013. Gracias por el aguante, fiera.

domingo, 23 de diciembre de 2012

23/ 12: DEADPOOL MAX Vol.2

En mi reseña del Vol.1 (lo leí allá por Junio) yo le ponía bastantes fichas al Vol.2, a ver si la trama se encaminaba hacia algún punto un poco más sustancioso que los chistes groseros y las escenas de violencia mega-zarpada. Por suerte el maestro David Lapham me dio pelota y –seguramente alentado por el hecho de que el n° 12 iba a ser el último- mueve los hilos para que todo desemboque hacia ese episodio final y se resuelva de manera –dentro de todo- coherente.
El primer episodio de este tomo es delirio puro, una comedia disparatada, en la que Lapham explora los límites de la locura de Deadpool y su enfermiza relación con Domino (que no es la Domino del Universo Marvel posta, cabe aclarar). Acá el argumento casi no importa, está todo basado en situaciones y diálogos limadísimos. Tampoco aparece Bob, el personaje secundario más importante, el que más hace para que la trama central avance.
El tercer episodio, si bien tiene a Bob en un rol destacado, es claramente un número de relleno, con dibujante suplente y todo. Acá todo gira en torno a un proxeneta y sus chicas, o sea que abundan los chistes de temática sexual bastante subidos de tono. Si no fuera porque Shawn Crystal es un dibujante decididamente mediocre, este festival de drogas, armas y putas sería una gema memorable.
Los cuatro episodios restantes respetan, en mayor o menor medida, la consigna de hilvanar un argumento y hacerlo avanzar hasta la confrontación final entre Deadpool y Taskmaster. En ese periplo, Lapham aprovecha para habilitarnos muchísima data sobre el pasado de Bob, para llevar a Wade a visitar el orfanato donde fue criado y para parodiar con sutil mala leche toda esa runfla bochornosa en la que los propios servicios de inteligencia yankis terminan por crear (y armar hasta la chota) a una célula terrorista de Medio Oriente que más tarde cobra proyección internacional. Como a Bob le resulta fácil manipular a Deadpool con el chamuyo de HYDRA y la amenaza global que representa, termina laburando para que HYDRA exista y represente una verdadera pesadilla para la paz mundial y la seguridad de los EEUU. Para cuando Deadpool se entere de cómo viene la mano, será tarde para todo. El final es muy heavy, con el exterminio de cientos de miles de inocentes, y aún así Lapham banca el clima festivo. Claro, estaba convencido de que la serie terminaba ahí. Después hubo luz verde para seis números más, pero eso es otro tema.
¿Y por qué yo había decidido comprar el Vol.2 de una serie cuyo Vol.1 se quedaba en los chistes guarangos y la violencia más cabeza? Por los dibujos de Kyle Baker, genio de los genios, que acá puso –como es su costumbre- toda la carne al asador. Si Deadpool MAX no es un comic de superchabones que se cagan a palos (y tiros y espadazos) con garches, puteadas y drogas es porque Baker se propone lograr algo distinto y –predeciblemente- lo logra. Los fondos no existen: son todas fotos retocadas. Baker no dibuja ni un auto, ni una metra, ni un mísero celular. Captura fotos y las integra a sus dibujos con una cancha asombrosa, metiendo unas texturas loquísimas y haciendo magia con la paleta de colores. Hay algunas páginas un poco tiradas a chanta, pero en general no queda para nada mal la forma en que el ídolo zafa de dibujar lo que no tiene ganas (o tiempo) de dibujar. En la figura humana, en cambio, Baker deja la vida, incluso en escenas difíciles de dibujar. Y en las expresiones faciales se revela (en realidad lo viene haciendo desde Special Forces) como el verdadero continuador del ilustre legado de Angelo Torres y Mort Drucker, los caricaturistas más grossos de MAD. Todo el laburo de Baker es realmente impresionante, como si en vez de un capo con más de 25 años de trayectoria fuera un pibe nuevo con hambre de gloria, en busca de la consagración.
En ese sentido, si Shawn Crystal vino a Deadpool MAX en busca de ese primer hitazo que lo ponga en el listado de los dibujantes a los que seguir de cerca, avísenle que no, que no lo logró. Por suerte, fuera del bajón que significa tener 22 páginas de Crystal en vez de 22 páginas de Baker, este tomo está muy bueno, la aventura funciona, los chistes también y quien lo lea difícilmente se abstenga de comprarse un Vol.3, que creo que ya se anunció.

sábado, 22 de diciembre de 2012

22/ 12: COCOBILL: COCOHUG

Hora de visitar a otro genio del humor ya fallecido, esta vez un italiano que la recontra-rompió desde los años ´50 hasta que murió en 1997. Poco conocido en Argentina, Benito Jacovitti fue uno de los nombres fundamentales de la historieta humorística europea, sin nada que envidiale a Francisco Ibáñez o André Franquin. Su parodia del clásico cowboy (que en Italia se conoció como Cocco Bill y en España como “Cocobill”) surgió en 1957 en el suplemento de un diario y tuvo tanto éxito que se fue a las páginas de las revistas infanto-juveniles más populares, donde continuó incluso después de la muerte del autor, cuando Coco Bill pasó a manos de su asistente, Luca Salvagno.
Las tres historietas que hoy nos ocupan son de 1969 y 1970, cuando Jacovitti ya estaba en la mítica revista Corriere dei Piccoli, Cocco Bill ya era una serie perfectamente afianzada y... -Pará un cachito: una parodia del western, protagonizada por un justiciero que fuma, le da cero bola a las minas, no falla jamás un disparo y monta un caballo blanco que habla... ¿Esto no lo vimos antes? ¿No se llamaba Lucky Luke y lo hacían los franco-belgas? La verdad es que el planteo de Cocco Bill se parece demasiado al del cowboy de Morris. Las diferencias que se me ocurren son dos: primero, Cocco Bill no acumula personajes secundarios más allá de su caballo Trottalemme (“Trotador”, en España). Y segundo, la serie italiana es bastante más zarpada que su par franco-belga, sobre todo por el lado de la violencia. Acá vuelan los tiros (o cuando aparecen los indios, los hachazos y flechazos) y la gente muere, de una. Y muchas veces de modos inusualmente truculentos para los standards de una publicación infanto-juvenil.
Las historias de Cocco Bill son más cortas (rara vez llegan a las 20 páginas) y bastante más descontroladas. Hay un argumento que avanza, pero en el medio pasan 10.000 boludeces que están ahí porque a Jacovitti le parecen divertidas. Casi todas esas boludeces son frenéticas, caóticas y muy violentas, con el invariable saldo de unos cuantos fiambres. El resultado es un comic muy intenso, con un ritmo infernal, una especie de corto de los Looney Tunes duro de merca, en el que los que son cagados a tiros no vuelven a aparecer en la siguiente secuencia. De las tres historietas que integran este álbum, la que más me gustó (porque tiene la trama más elaborada y mejor resuelta) es la que da título al álbum ("Coccoùgh!", en Italia). La primera, en la que al protagonista lo ponen en pedo con whisky, es muy graciosa pero no pasa del chiste. Y la segunda quiere ser una especie de joda a los músicos de rock pelilargos, que en algún momento se empantana, supongo que porque la trama intentar adquirir una complejidad que la premisa no justificaba. También es la historia más extensa y la única en la que Jacovitti se pega algún palo a la hora de la narrativa, fruto de alguna decisión errónea en la planificación de la página (aunque en una de esas, las viñetas fueron remontadas para la edición española y el error proviene de ahí).
Más allá de los argumentos y la puesta en página, lo que más llama la atención al leer Cocco Bill es la calidad del dibujo de Jacovitti. Acá tenemos a una bestia prendida fuego, dispuesta a dar la vida en cada viñeta. Imaginate una mezcla entre Ibáñez, Don Martin y Sergio Aragonés, pero muy sacada. Por ahí va la cosa. Cuerpos deformes, expresiones exageradas, líneas cinéticas y onomatopeyas fuera de control, detalles microscópicos en los fondos (como la ambientación cuasi-desértica del western lo habilita a dibujar pocos, cuando aparecen, Jacovitti les pone todo), gags visuales metidos en cualquier rinconcito de la viñeta... Un delirio visual impresionante, sólo opacado por la labor mediocre de coloristas a los que más de una vez les gana la pereza y terminan por pintar media viñeta de verde, o de rosa, y a lo sumo meterle los tonos correctos al personaje que aparece en primer plano.
No sé si leída hoy, Cocco Bill tiene la misma gracia que tenía en los ´60. Lo más probable es que no. De todos modos, nunca es tarde para descubrir a Benito Jacovitti, un dibujante único y magistral que durante décadas hizo reir a chicos y grandes, además de haber militado siempre por las causas correctas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

21/ 12: LOS POLLOS NO TIENEN SILLAS

Me pasó algo rarísimo con este libro. Me lo compré ayer y hoy, antes de sumarlo al grosero pilón de los libros que tengo para leer en 2013, se me ocurrió pegarle una hojeada. Para qué. Cuando me di cuenta, me había leído más de 70 de las 128 páginas. “Y, bueno, ya fue” –dije- “Ya que estoy, lo termino y dejo para mañana lo que pensaba leer hoy”.
Los Pollos no Tienen Sillas es importante, porque hacía muchas décadas que en Argentina no se publicaban las historietas de Copi. De hecho, el único libro de historietas que se había publicado era este mismo... hace casi 50 años! O sea que hay desde tiempos inmemoriales una deuda de nuestros editores para con la obra historietística de este genio del humor que nació en Buenos Aires en 1939 y falleció en París en 1987. Para varias generaciones, esta es la primera oportunidad de descubrir el extraño mundo de La Señora Sentada, la serie más conocida de este verdadero vanguardista.
Creo que lo más notable es como, a las poquísimas páginas, Copi te mete en su universo y te hace sentir que todo lo que está pasando frente a tus ojos es normal. O por lo menos verosímil. La línea no puede ser más básica ni más cruda, los personajes no tienen rasgos faciales, los fondos no existen ni en los sueños y el rotulado manual es de una torpeza casi muñoneana. Y aún así, de alguna manera, todo eso nos cierra, nos satisface, nos incluye.
Lo segundo más notable es cómo Copi maneja el ritmo, el timing de sus historietas. Con las viñetas mudas como principal recurso y con muchísima sutileza, el autor logra una especie de fusión entre la historieta y el teatro. Un teatro de bajísimo presupuesto, claro. Los decorados no se ven, los personajes casi no se mueven... son mini-obras que casi podrían representarse en un ascensor.
En tercer lugar me atrapó el estilo de humor de La Señora Sentada, un humor muy, pero muy bizarro para la época en que se publicó por primera vez (principios de los ´60). La Señora interactúa con su hijita, con un montón de animalitos (entre los que se destaca una especie de Clemente sin rayas), e incluso con el propio Copi y con duplicados de ella misma (!). Las situaciones no necesariamente van hacia un remate gracioso, sino que casi siempre son cómicas desde el planteo hasta la resolución, obviamente incluyendo también el desarrollo. Los chistes son amplísimos: hay bajada de línea socio-política, surrealismo, disparate, existencialismo, humor verbal clásico, ironía, a veces algo de humor físico, a veces remates bajoneros, o dramáticos... Si alguna vez leíste cuentos o piezas tetrales de Copi, sabés que nunca se puede predecir para dónde va a disparar este genio. Con sus historietas sucede exactamente lo mismo.
Y por último, el dibujo, que también es bastante alienígena. Claro, para cuando se hizo conocido Copi (más en Francia que en nuestro país) ya era MUY conocido Saul Steinberg, el ilustrador y caricaturista rumano que “inventó” ese estilo despojado, de síntesis absoluta, con una línea medio temblorosa como único recurso gráfico. Copi se subió a ese tren pero además sumó una impronta propia, que se vio más tarde en muchísimos dibujantes argentinos. Primero que a nadie tengo que nombrar a Viuti, tal vez el alumno más aventajado de Copi. Por ese lado también buscó y encontró el uruguayo Lizán en Santo Varón, otra cátedra de síntesis y de puesta teatral. Y sin dudas a Alberto Bróccoli, que logró reproducir (con un vuelo poético alucinante) el timing de La Señora Sentada en la maravillosa Juan y el Preguntón; y por supuesto a Caloi, que llevó a límites insospechados el truquito del pájaro inclasificable que habla e interactúa con un ser humano. También hay algo de esos conejos, ratones y chanchos en Mendieta y los otros bichos que acompañaban a Inodoro Pereyra en las historietas del Negro Fontanarrosa. O sea que si bien durante décadas Copi estuvo lejos de Argentina tanto física como editorialmente, esas semillas que sembró en sus años mozos (fines de los ´50 y principios de los ´60) florecieron en un montón de otros grandes humoristas que –concientes o no- siguieron su senda.
¿Viste que muchas veces termino una reseña con la frase “esto es más raro que bueno”? Bueno, esto es muy, pero muy bueno. Y además, muy raro.

jueves, 20 de diciembre de 2012

20/ 12: GOTHAM CENTRAL Vol.4

Se termina esta gloriosa serie que a lo largo de 40 episodios le supo dar brillo y prestigio al mainstream de DC.
Los nueve números finales arrancan con un unitario magnífico, muy tenso, muy bien llevado y al que Greg Rucka remata con la imprevista aparición de un personaje de los conocidos, de los clásicos super-freaks de Gotham, para una vuelta de tuerca macabra y fascinante. Este unitario marca el pulso de lo que veremos en el resto del tomo: mucho protagonismo para Reneé Montoya y Crispus Allen y sobre todo para Jim Corrigan, irredimible cabecilla de una espeluznante red de corrupción que funciona adentro de la policía de Gotham. El dibujo es del maestro Steve Lieber, acá en su estilo más cercano al de Sean Phillips.
Rucka une fuerzas con Ed Brubaker para el siguiente arco, el de los Robin muertos. Esta es una historia típica de esta serie, bien centrada en los procedimientos policiales, con el protagonismo más repartido entre los distintos inspectores y con otra aparición bastante breve (y perturbadora) de Batman. En el dibujo se combinan el español Kano y el italiano Stefano Gaudiano y el resultado, sin ser brillante, no está mal.
Hay un unitario más de Rucka y Lieber, esta vez una especie de tie-in con Day of Vengeance, una de las miniseries que desembocaron en la intrascendente y vendehumo Infinite Crisis. Esa saga gradilocuente al pedo la escribia Rucka y bueno, decidió mostrarla desde la óptica de un humano común y corriente, en este caso Crispus Allen, quien más adelante tendrá bastante que ver con la magia, la ira de Dios y demás chamuyos místicos.
Y lo mejor del tomo llega al final, con la última trilogía, a cargo de Rucka, Gaudiano y Kano. Si ya sabías que Crispus Allen en algún momento iba a asumir el rol del Spectre, probablemente te preguntabas cómo y dónde murió. Bueno, acá Rucka se juega la vida y los cantos al hacer boleta (pero boleta de verdad) a uno de los protagonistas excluyentes de Gotham Central. Que es lo que deberían hacer todos los guionistas cuando está por cerrar una serie en la que hay personajes que ellos mismos crearon, no? En fin, lo cierto es que Allen está muy cerca de exponer a la red mafiosa de Corrigan y este le baja un cargador entero por la espalda. Montoya descubre que Allen investigaba a Corrigan y pronto todo el elenco está buscando pistas que incriminen al corrupto.
Esta saga es perfecta por muchos motivos: por la intensidad dramática, por cómo afecta a los personajes la muerte de Crispus, porque no aparecen freaks disfrazados, por la impotencia que te da ver cómo el villano zafa, porque los buenos pierden y porque lo que vos creés (convencidísimo) que va a pasar al final (Montoya se pudre y boletea a Corrigan a sangre fría) no pasa. Ese giro del final, esa anteúltima secuencia en la que Montoya tiene la oportunidad de vengar a su amigo y acabar con un corrupto hijo de mil putas, le pega un upgrade tan grosso al personaje que decís “Ah, bueno... ahora sí, Montoya no tiene límites en cuanto a la cantidad de chapa que puede llegar cosechar”.
Lástima que no fue así. Tras este magistral cierre de Gotham Central, Rucka siguió adelante con las aventuras de Allen y Montoya, ahora mucho más integrados al circo superheroico (Allen como el nuevo Spectre y Montoya como la nueva Question), pero todo fue cuesta abajo. Con capas y máscaras, estos dos personajones no dieron nunca el jugo que daban con sobretodo y reglamentaria. Ni siquiera cuando los escribió Rucka. Pero bueno, nada de eso empaña la importancia de estos cuatro brolis de Gotham Central en los que Rucka y Brubaker nos hicieron fans de la policía a fuerza de historias tan pero tan fuertes, tan complejas, tan humanas, tan reales que cuesta creer que estuvieran ambientadas en la misma Gotham en la que transcurren tantas aventuras chotas u olvidables de Batman y sus bati-amigos. Ovación de pie para estos dos grandes guionistas, hoy alejados de un mainstream que, evidentemente, les queda chico.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

19/ 12: 1899

Mi habitual recorrido por la historieta latinoamericana reciente me lleva esta vez a Chile, donde el guionista Francisco Ortega y el dibujante Nelson Daniel lograron un resonante éxito con la vieja e insumergible fórmula de la ucronía. Esta historia explora las consecuencias de un suceso trascendental, ocurrido en plena Guerra del Pacífico, aquella que enfrentó a Chile con Bolivia y Perú. En esta versión, la guerra duró poco: en el medio de la batalla naval de Iquique, cuando los buques chilenos del Almirante Arturo Prat enfrentaban a la armada peruana liderada por el Capitán Miguel Grau, nuestros vecinos pelaron buques voladores, armados hasta la chota y propulsados por una maravilla científica: la metahulla, un mineral parecido al carbón, pero azul y brillante, que se encontró en enormes cantidades bajo el suelo chileno.
Los de Prat ganan la guerra y, para hacerla completa, el propio almirante detona una mega-bomba de metahulla sobre la ciudad de Lima, que es completamente devastada. Este atroz genocidio marca el inicio de la hegemonía de Chile en Sudamérica y su ascenso hacia la elite de las naciones más poderosas del planeta. También marca el fin de la paz para Luis Uribe, un militar al que le toca sobrevolar Lima en la nave que la destruirá. Desde entonces, tendrá sueños cada vez más raros y dejará la milicia para trabajar como agente de los servicios de inteligencia.
La historia nos sitúa 20 años después de la guerra. Chile vive una etapa de esplendor científico, con trenes voladores y policías robóticos, pero social y éticamente las cosas están tan ásperas como siempre. Uribe debe investigar una seguidilla de misteriosas explosiones de metahulla, que lo llevarán a confrontar cara a cara con el héroe, el prócer ,el intachable Arturo Prat. Un epílogo nos llevará además a 1934 a Empire City (ex Nueva York) de la mano de un Uribe ya anciano. Y un segundo epílogo hará honor a la tradición steampunk para vincular a esta saga con la del amigo Vlad Tepes. Parece mentira, pero no. Ortega cuenta LA MISMA historia que vimos en 40 Cajones, la de la goleta Demeter, que acá llega con su capitán atado al timón, cajones con tierra y un perro/ lobo de aspecto satánico... a un puerto chileno.
Lo más raro de 1899 es que no banca la ucronía hasta las últimas consecuencias. 25 páginas antes del final, los personajes más importantes ya se hacen cargo de estar viviendo en una continuidad paralela, en una realidad que no es la única y que no es la correcta. Y sí, hay una forma de pasar de una realidad a otra, cosa que han hecho –entre otros- Aleister Crowley y Erich Weiss (más conocido como Harry Houdini). Esto ayuda a Ortega a llegar hacia un final bastante redondo y aún así no restarle espesor a los misterios que se seguirán desarrollando en un segundo tomo.
El dibujo de Daniel está muy bien. Es una especie de Phil Hester del Nacional B, apoyado en una narrativa muy sólida y un gran trabajo con las tramas mecánicas. Sin las tramas, esto se vería definitivamente chato, poco imaginativo, del montón. Con las tramas, se ve mil veces más atractivo.
De todos modos, lo interesante de 1899 es lo que propone el guión. Sobre todo la forma en que Ortega no cae en el patriotismo exacerbado y facilista de decir “ahora sí, los chilenos somos los más poronga y al que no le guste lo exterminamos”. El guionista le cobra caro a Prat haber detonado la mega-bomba sobre Lima y no confunde el avance científico con la felicidad de los chilenos. La sociedad post-metahulla también tiene injusticias, dilemas y conflictos y Ortega se hace cargo y nos los muestra a través de los ojos de Uribe. Un acierto, sin dudas, que se suma al hecho de que 1899 –sin ser demasiado original- es un comic muy bien escrito, con buenas ideas, buenos textos, buen desarrollo de personajes y muchísimos guiños a los conocedores de la ficción de fines del Siglo XIX. Le falta hectolitros de sopa para acercarse a The League of Extraordinary Gentlemen, pero la senda trazada por Ortega y Daniel es la correcta, a pesar de que generó bastante polémica, sobre todo en Perú, donde los putearon duro y parejo por el tratamiento que le dan al Capitán Grau.

martes, 18 de diciembre de 2012

18/ 12: KING CITY

¿Te acordás de Marian Churchland, esa minita que dibuja tipo Charles Vess, a la que nos cruzamos en un par de libros de Vertigo? Bueno, el novio de esta mina es Brandon Graham, el autor del mega-broli que hoy nos ocupa. Graham es del ´76 y forma parte de la generación alienígena, la que se caga bastante en toda la tradición historietística yanki, tanto del palo clásico como del indie noventoso. El único autor yanki que se nota que le gusta es Paul Pope. Bueno, y Vaughn Bodé, pero eso porque compartió estudio con James Stokoe. Los referentes de Graham están, claramente, lejos de EEUU. El mismo reconoce que a la hora de componer las viñetas mira mucho a Moebius, y en el dibujo en sí, las influencias que uno ve van variando a lo largo de estas 424 páginas. Al principio, el estilo de Graham parece de un autor español raro: medio Toni Garcés, medio Miguel Angel Martín, medio José Luis Agreda, algunos efectos de iluminación típicos de Fernando De Felipe... por ahí andaba la cosa. Para la segunda mitad del tomo ya se ven las influencias más marcadas de Taiyo Matsumoto (en King City hay Tekkon Kinkreet para tirar al techo) y Felipe Smith, el famoso mangaka cuasi-argentino, que también publicaba en Tokyopop, que es donde King City apareció serializada.
¿Qué hace Graham con ese cóctel explosivo de influencias tan eclécticas como bizarras? Un comic muy, muy raro y a la vez muy ganchero. Se supone que King City es un comic de espías, que cumplen misiones de alto riesgo en una ciudad del futuro, y que –de a poco- va a cobrar peso en la trama una amenaza más grossa, que va a desencadenar una machaca a gran escala, muy por encima de lo que un espía (por entrenado que esté) puede llegar a enfrentar. Bueno, de ahí a la posta hay un largo trecho. Primero porque el hiper-combate contra el Demon King no se ve. La historia termina justo cuando la pesadillesca criatura se manifiesta en King City, pero antes de llegar a confrontar con los Cat Masters, que son los que –en una de esas- le pueden llegar a hacer el aguante.
Por el otro lado, el protagonista es Joe, un espía entrenado para convertirse en cat master, o sea, en un hábil manipulador de unos gatos especiales que –con las inyecciones de las sustancias exactas- pueden hacer cosas increíbles. Joe y su gato forman un combo imbatible, tipo el Capitán América y su escudo. La diferencia es que Joe no es bueno, es un mercenario que trabaja para el que pone la tarasca. No es el que soporta el dilema moral más heavy de la trama: ese rol está reservado para Pete, el amigo de Joe. A Joe le toca sufrir por una minita, Anna, que ahora está de novia con otro flaco, y a la vez acostarse con Beebay, una misteriosa femme fatale que le encarga misiones y lo manipula mediante el sexo (la clásica, bah).
Cuando hay protagonistas jóvenes, minitas y tiempos muertos, es inevitable que aparezcan las típicas escenas de “Jóvenes a la Deriva”. King City tiene miles de esas, algunas muy, muy cómicas, a tal punto que muchas veces la trama central pasa a un segundo plano y Graham se concentra a full en las vidas privadas de estos pibes de veintipocos que charlan, caminan, chupan, se enamoran y –a veces- la ponen. En estos pasajes es donde Joe, Pete y Anna cobran carnadura, profundidad, onda. Las escenas de acción están resueltas con talento y originalidad, pero las escenas tranqui son –por afano- las más jugosas.
King City es una epopeya sumamente atípica. Por el ritmo pachorro, por las ideas bizarras que infectan a todo el libro (acá hay conceptos que ridiculizan a los mejores hallazgos de Warren Ellis en Transmetropolitan), por cómo la acción y el misterio se mezclan con la historia de los “Jóvenes a la Deriva”, por los chistes (hay miles, desde simples –y aún así ingeniosos- juegos de palabras hasta chistes de pedos y porongas), por el universo que Graham arma y describe alrededor de la trama, por los personajes (espías, ninjas, gatos con poderes, drogadictos que se consumen a sí mismos) y sobre todo por el dibujo, que no se parece demasiado a nada y sin embargo es excelente de punta a punta. Espero ansioso la próxima obra de Brandon Graham, que quedó a milímetros de la lista de los autores imprescindibles y obviamente adentro de la lista de los autores realmente novedosos, con una voz propia y un enorme arsenal de ideas para derrotar al “Más de lo Mismo”.

lunes, 17 de diciembre de 2012

17/ 12: HOY NO HAY NADA

Estoy con una congestión espantosa, me duele mucho la cabeza y de a ratos me sube la fiebre.
En los escasos minutos de lucidez y bienestar, estoy leyendo un libro de chotocientas mil páginas que, con un poco de suerte, puedo llegar a terminar mañana.
Hoy, con muuucha buena voluntad, llegué a meter un post en Soretes Azules. Quien quiere leer, que lea.
Será hasta mañana.

domingo, 16 de diciembre de 2012

16/ 12: LAS JOYAS DE LA CASTAFIORE

Ah, si todos los álbumes de Tintín fueran como este... A veces los grandes aventureros viven sus mejores aventuras sin moverse de su casa. Le pasó a Astérix, también, en la segunda mitad de la época clásica (1968-1977), cuando empezó a protagonizar álbumes que transcurrían de punta a punta en la aldea, con resultados gloriosos. Unos años antes, Hergé serializa (entre 1961 y 1962) esta saga, luego compilada en álbum en 1963. En la cronología de Tintín, Las Joyas de la Castafiore viene justo después de Tintín en el Tibet, ampliamente considerado el mejor álbum de la serie. ¿Cómo superamos a una aventura insuperable? Y, con una no-aventura.
Lo mejor que tiene Las Joyas... es que acá Hergé prueba algo nuevo y le sale perfecto. Son 62 páginas en las que Tintín y Haddock no viajan, no pegan una sola trompada, nadie los captura ni los ata, no hay tiros, y lo más importante: práticamente nunca se rompe el verosímil. El... 90% de lo que sucede en Las Joyas... podría suceder en la realidad. Pero hay muchos más hallazgos.
Otra cosa que a mí me gustó mucho es la línea que baja la historia: por un lado, los palos a las revistas faranduleras, con los que uno coincide a pleno. Por el otro, desaparece una joya y al toque todos desconfían de una tribu de gitanos que acampan cerca de Moulinsart. Finalmente, y contra el prejuicio facilista de los acomodados, resulta que estos cuasi-indigentes no tenían nada que ver con el supuesto hurto.
Y así como Hergé monta este malentendido en clave más o menos dramática, apoya el resto de la trama en toda otra serie de malentendidos definitivamente en joda. Las Joyas... es, a todas luces, una comedia de enredos, donde Hergé despliega un asombroso talento para el humor basado en situaciones y en la exageración de los rasgos de personalidad de los personajes. Si hasta ahora lo habíamos visto lucirse en los gags, ahora el belga nos muestra un arsenal de recursos humorísticos muchísimo más vasto y más efectivo.
Ayuda mucho, por supuesto, el hecho de tener ya consolidado al elenco: Tintín, Milú, Haddock, Hernández y Fernández, el Profesor Tornasol, Néstor, Bianca Castafiore y hasta el marmolero chanta que no viene a reparar el escalón roto, tienen roles decisivos, no sólo en la trama central, sino en toda la sensación de festivo desconcierto que reina en estas páginas. Con los policías gemelos y la Castafiore, Hergé se puede ir al carajo tranquilo. Se nota desde el primer momento que están pensados como “comic relief”. Con Tintín, Haddock y Tornasol, protagonistas de muchas aventuras muy tensas, un exceso de joda podría jugarle en contra, y sin embargo en Las Joyas... no se priva de nada. Excepto Tintín, que se mantiene siempre careta, el resto entra a este festival de situaciones desopilantes con pitos, matracas, collares de guirnaldas y haciendo un trencito al ritmo del Carnaval Carioca.
El dibujo tiene un solo problema: hay algunas páginas con tanto texto, que este se ve eclipsado. Lo cual se compensa con dos picos, dos momentos altísimos: la secuencia de las páginas 49 y 50 (en la que la trama no avanza en lo más mínimo) con el televisor experimental de Tornasol, que le permite a Hergé jugar al pop art y al surrealismo en viñetas memorables; y la secuencia de las páginas 40 y 41 en las que Tintín se interna en el bosque de noche y –por primera vez en toda la serie- vemos un trabajo zarpadísimo de sombras. Sí, sombras! Durante 11 viñetas, Hergé traiciona a la línea clara y se juega a un claroscuro denso, ominoso, con enorme protagonismo de las masas negras. El resto del álbum muestra la elegancia y la solvencia de siempre, las que uno asocia al Hergé ya afianzado, ya muy canchero en ese estilo tan marcado, tan propio y que en este libro se revela como ideal para este tipo de historias más livianas, más de entrecasa.
Desde hace muchos años, Las Joyas de la Castafiore es mi álbum de Tintín preferido. Hoy, al releerlo, me quedó clarísimo por qué: es un comic tan redondo, tan efectivo, tan exquisitamente extraño, que te puede gustar aunque odies a Tintín.

sábado, 15 de diciembre de 2012

15/ 12: FALLEN WORDS

Cada vez que se habla de teatro japonés, caemos casi invariablemente en el kabuki. Pero a mí me gusta el Rakugo, que es -a grandes rasgos- algo así como el stand-up comedy nipón. Surgido alrededor del año 1670, el rakugo es un monólogo cómico, en el cual el humorista lleva adelante un relato y juega con su voz y sus expresiones faciales para crear distintos personajes. Se lo suele acompañar con un redoblante y con una flauta de bambú que suena cuando el cómico entra o sale de escena. El actor/narrador (llamado rakugo-ka) se viste con un kimono sencillo y actúa sentado en un almohadón, con una pequeña toalla y un abanico, los únicos objetos que pueden aparecer en escena.
Los relatos clásicos del rakugo son pocos (como los chistes de gauchos) y el público suele conocerlos de antemano, por eso es tan importante la interpretación del actor, que no puede jugarle todas las fichas al remate humorístico, llamado ochi. Por eso agrega inflexiones, detalles, objetos imaginarios y chistes para matizar el desarrollo de las historias. La llegada del cine primero y de la Segunda Guerra Mundial después, redujeron bastante el circuito y la difusión del rakugo, pero desde los ´60 el estilo recuperó popularidad, gracias a la tele. Hoy, además de tener programas de rakugo en la TV, hay teatros caros y prestigiosos que le dedican ciclos al género, mientras que varias universidades dictan talleres de rakugo para que los alumnos lo estudien y practiquen, aunque sea por diversión.
Y bueno, después del impactante suceso de A Drifting Life, su apasionante manga autobiográfico, el maestro Yoshihiro Tatsumi se mandó a adaptar al manga ocho relatos clásicos de rakugo. Una especie de traición a sus banderas históricas, ya que el tipo lleva décadas remando en el palo del gekiga, o sea, el manga de corte dramático y realista, que fue reduciendo gradualmente el margen para meter chistes hasta hacerlos desaparecer. En estas historias hay chistes y hasta incluso elementos fantásticos.
La primera, la del falso millonario que estafa al posadero y se gana la lotería, no está mal, va juntando tensión hasta ponerte nervioso. Lástima el final, abrupto, impredecible y muy raro. La segunda, la del nene caprichoso, irrespetuoso y cancherito es un espanto: dura 24 páginas y se hace eterna de tan insoportables que son los dos personajes centrales. La tercera, la del pintor y los gorriones, está bárbara si no fuera porque está toda armada en base a un juego de palabras que no es gracioso una vez que se lo traduce. La cuarta, la del tipo casado que lleva una doble vida junto a una amante, es perfecta hasta un punto y después, cuando aparecen los elementos sobrenaturales, derrapa.
La quinta, la que transcurre toda en un lupanar, zafa por la línea que baja, pero no es ni bizarra, ni tensa, ni graciosa. La sexta, la del pibe que cae engañado a un prostíbulo y conoce por primera vez el calor de un cuerpo femenino, es graciosa aunque un toque predecible. La séptima, la más extensa, la del falso médico confabulado con la muerte, es recontra-ganchera y está muy, muy bien llevada hasta la secuencia final, que –de nuevo- es abrupta y traída de los pelos. Una lástima, porque era mi favorita. Y la última, la del pescadero perdido en el vicio del alcohol, termina por ser la más redonda. La moraleja... bueno, se puede obviar. Pero la historia está muy buena y Tatsumi la cuenta de modo ágil, desconcertante y atrapante.
El dibujo del septuagenario sensei no brilla ni por casualidad como en A Drifting Life. Se lo ve apurado, descuidado, cada vez más convencido de que la gracia del manga no reside en la calidad del dibujo. Por momentos parece Stan Sakai dibujando sin ganas, o sin pulso. La narrativa está muy cuidada, la reconstrucción de época también, pero en el dibujo en sí se pasa un cachito de displicente. Si le juraste lealtad eterna a Tatsumi, lo tenés que tener. Si no, la verdad que se me ocurren muchos libros mejores en los que gastar u$ 20.