Bueno, valió la pena tenerle paciencia a este manga y tomarse un cachito más de tiempo para recorrer sus 240 páginas. Con el correr de las historias, Kenji Tsuruta define mejor a los personajes y los conflictos, como para que la obra termine por ofrecer un marco atractivo y sólido.
¿Alcanza con eso? No, hacen falta también buenos guiones, y eso es lo que Forget Me Not no tiene. El planteo es muy ganchero: Mariel Imari, hija de un italiano y una japonesa, vive en Venecia, en una fastuosa mansión que fuera de su abuelo, un famoso detective privado. Para heredar la fortuna familiar, Mariel tiene que seguir los pasos de su abuelo: convertirse en detective y averiguar quién se robó de la mansión el cuadro más preciado para el viejo detective: un valioso lienzo llamado Forget Me Not. Mariel no es ninguna boluda, por el contrario, es muy inteligente. El tema es que es vaga, dispersa, colgada, no le sale eso de ponerse las pilas, concentrarse y trabajar. Entonces vive con lo justo, con las monedas que le tiran los turistas por la calle, mientras los sirvientes de la mansión la presionan para que se deje de joder y resuelva de una puta vez el caso del robo del cuadro. Sólo para que no le rompan más las bolas, Mariel va a aceptar algunos casos menores, los va a resolver y finalmente va a dar con Vecchio, el famoso ladrón de cuadros que se pungueó el Forget Me Not de la mansión del detective.
Parece una buena historia, no? Sin embargo Kenji Tsuruta se empecina en entorpecer el desarrollo con escenas confusas, que no aportan nada, escenas de cuelgue, diálogos enrevesados y un final muy precipitado, casi abrupto. Sobre todo en la segunda mitad del tomo, uno quiere que la cosa levante, que se encamine, porque ya se enganchó con la trama y ya compró a los personajes principales. Bueno, no. La historieta sigue a los tumbos, con el guión como principal obstáculo entre un buen planteo argumental y un buen manga.
Un detalle que rápidamente pasa de curioso a molesto es el de las tetas de Mariel. Desde temprano, Tsuruta nos da a entender que la protagonista luce un muy buen par de tetas, lo cual no está mal, por el contrario. Ahora, la cantidad de veces que los hombres le miran las tetas, los chistes que hace ella misma sobre sus tetas y las poses que dibuja Tsuruta para que nunca jamás se nos ocurra olvidarnos de esos suculentos senos ya son un poquito demasiado. Vestida o desnuda, disfrazada de cualquier cosa, Mariel es siempre “la de las tetas” y llega un punto en que eso aburre, porque el personaje tiene varias aristas más que valía la pena explorar. Por suerte Tsuruta le dedica bastante espacio a los otros contrapuntos de la personalidad de Mariel: la mina inteligente que desaprovecha su talento por colgada y la habitante de una mansión que vive como una crota. Todo suena más interesante que las tetas, pero bue...
Finalmente, lo que hace que uno nunca evalúe siquiera la posibilidad de dejar este manga por la mitad, es el dibujo. En este sentido, lo de Tsuruta es muy, muy notable. El estilo es realista, cercano al de Seimu Yoshizaki (la de Kingyo Used Books), pero con brotes de virtuosisimo, como si de pronto recibiera transfusiones de sangre radioactiva de Hiroaki Samura. La narrativa por momentos se hace confusa, la composición de las viñetas no brilla ni mucho menos, pero el dibujo en sí es realmente excelente. Las imágenes de Venecia que brotan del pincel de Tsuruta tienen una magia indescriptible y tanto sus aguadas como sus páginas a color muestran a un ilustrador de exquisita sutileza y buen gusto.
En fin, no me da para recomendar fervientemente este manga, pero tampoco puedo negar sus virtudes, porque están y son bastante conspicuas (como las gomas de Mariel). Una pena que el guión no le haga justicia al argumento y mucho menos al dibujo.
sábado, 14 de julio de 2012
viernes, 13 de julio de 2012
13/ 07: HOY NO HAY NADA
Se com-
plicó... Estoy leyendo un manga que a) tiene más de 200 páginas, b) está editado en sentido de lectura oriental, c) está en francés, d) llegando a la mitad del tomo, no me termina de engan-
char demasiado.
Sumémosle el hecho de que estoy muy congestionado, lo cual me da somnolencia y dolor de cabeza, y el resultado es que del tomito que me propuse leer hoy, leí menos de la mitad. Y eso que le puse huevo... Pero no alcanzó, me ganó la pulseada, el hijo de puta.
Para mañana sí, va a estar la reseña de este manga, para el domingo habrá otra reseña, y así.
Hoy, para que no creas que me rasqué la chota, te puedo recomendar los Comic Clips que escribí para la Comiqueando Online y el articulito que redacté para Soretes Azules, que me consumió buena parte del tiempo libre que tenía acovachado para leer ese manguita y escribir la reseña nuestra de cada día.
La foto con la que ilustro este post la mostró alguien en Facebook y como me gustó mucho, la guardé. No tiene nada que ver con nada, pero está alucinante.
Sorry por el “faltazo” y la seguimos mañana...
plicó... Estoy leyendo un manga que a) tiene más de 200 páginas, b) está editado en sentido de lectura oriental, c) está en francés, d) llegando a la mitad del tomo, no me termina de engan-
char demasiado.
Sumémosle el hecho de que estoy muy congestionado, lo cual me da somnolencia y dolor de cabeza, y el resultado es que del tomito que me propuse leer hoy, leí menos de la mitad. Y eso que le puse huevo... Pero no alcanzó, me ganó la pulseada, el hijo de puta.
Para mañana sí, va a estar la reseña de este manga, para el domingo habrá otra reseña, y así.
Hoy, para que no creas que me rasqué la chota, te puedo recomendar los Comic Clips que escribí para la Comiqueando Online y el articulito que redacté para Soretes Azules, que me consumió buena parte del tiempo libre que tenía acovachado para leer ese manguita y escribir la reseña nuestra de cada día.
La foto con la que ilustro este post la mostró alguien en Facebook y como me gustó mucho, la guardé. No tiene nada que ver con nada, pero está alucinante.
Sorry por el “faltazo” y la seguimos mañana...
jueves, 12 de julio de 2012
12/ 07: JONAH HEX: BURY ME IN HELL
Llegamos al final, nomás. La gran serie de Jonah Hex iniciada en 2005 se terminó en el 2011, para dar pie al reboot de toda la línea editorial de DC. Cambió mil veces de dibujante (de hecho no tenía dibujante titular, sino dibujantes frecuentes) pero todo, absolutamente todo lo que pudimos leer a lo largo de 70 entregas mensuales fue escrito a cuatro manos por Justin Gray y Jimmy Palmiotti. La dupla arrancó con la idea correcta y la bancó hasta el final: este era un comic 100% de autor, pero dentro del mainstream de DC (o casi, porque nunca tuvo crossovers ni nada de esas boludeces con las que suelen contaminar incluso a muchos títulos que no están ambientados en el presente).
El último tomo tiene dos hallazgos más: mantenerse lejos de las historias extensas (que no fueron precisamente el fuerte de esta colección) y recopilar nada menos que 10 episodios de un saque. Ya sólo por eso, sería un TPB poco menos que fundamental. Pero además está el último episodio, el n° 70, que es un cierre perfecto, absolutamente brillante. Si después de esas 20 páginas nunca jamás se vuelve a escribir otra historieta de Hex, está todo más que bien. Ese fue el auténtico broche de oro, la despedida triunfal, en la que Gray y Palmiotti responden las preguntas que cualquier fan de esta serie seguro se hizo mil veces y elevan al personaje al status icónico que –me parece a mí- le corresponde. El dibujo decae a mitad de camino, porque arranca con muchas pilas Ryan Sook, pero no llega a terminar el capítulo y las últimas páginas se las dan a Diego Olmos. Igual es una joya.
El episodio que dibuja Eduardo Risso no tiene un guionazo, pero se disfruta a pleno porque vemos al león de Leones dibujar cosas que nunca antes había dibujado: el combate entre un hombre y un pulpo, un circo de freaks al estilo de la película de Tod Browning... y cowboys! ¿Cuándo había dibujado cowboys el maestro Risso? Creo que nunca.
A Nelson, en cambio, le tocó un guión notable, pero no estuvo a la altura de las circunstancias. Se nota demasiado que estamos ante un dibujante mediocre, al que dibujar decentemente le cuesta un huevo y la mitad del otro. La impactante Fiona Staples fue bendecida con otro guión zarpado, maligno y perturbador, muy bien dibujado aunque con algunos excesos en materia de referencia fotográfica. El amigo español Rafa Garrés (a quien conocí compartiendo pieza en un hostel de San Diego) se pasa un poco de vanguardista: opta por un estilo muy intrincado, muy raro, una mezcla indescifrable entre Shawn McManus, Alex Niño y Mick McMahon, con un color tipo historieta clásica española de Antonio Hernández Palacios, y el resultado es una cosa que no se termina de entender, a tal punto que ni llegás a engancharte con lo que narra el guión. Y el otro invitado de lujo es el canadiense Jeff Lemire, prócer del anti-virtuosismo, que la rompe en otras 20 páginas memorables, en las que el guión de la dupla levanta un vuelo soberbio y el creador de Sweet Tooth responde con su expresionismo agreste y visceral.
Los cuatro episodios restantes están a cargo de lo más parecido a un dibujante titular que tuvo la serie, el prócer catalán Jordi Bernet. No tiene mucho sentido volver a hablar maravillas de este monstruo. Alcanza con hacer clic en la etiqueta y ver lo que ya opinamos de sus trabajos anteriores. Sí vale la pena señalar que en las historias que dibuja Bernet, Gray y Palmiotti “ablandan un cachito” a Jonah Hex. Hay más comedia, no baja la cantidad de muertes escabrosas, pero sí se filtra un rayito de esperanza, en escenas en las que Hex parece un poco menos hijo de puta y un poco más redimible. De los cuatro guiones que dibuja el catalán, el primero se pasa de gracioso, el segundo es tremendamente escalofriante, el tercero tiene una tensión magnífica y un giro final alucinante y el cuarto es apenas interesante. Lo único impresionante son las excusas por las que los enemigos de Hex no lo hacen boleta cuando tienen la oportunidad...
Y bueno, la serie se termina acá (después de 11 libros de dignos para arriba) pero la historia de Hex, al estar integrada a una industria que necesita seguir facturando, sigue en la revista All-Star Western, cuyos TPBs me pediré ni bien me los ofrezcan, simplemente porque Gray y Palmiotti siguen llevando las riendas de la caripela más fulera del Oeste, aunque ahora se haya mudado al Este.
El último tomo tiene dos hallazgos más: mantenerse lejos de las historias extensas (que no fueron precisamente el fuerte de esta colección) y recopilar nada menos que 10 episodios de un saque. Ya sólo por eso, sería un TPB poco menos que fundamental. Pero además está el último episodio, el n° 70, que es un cierre perfecto, absolutamente brillante. Si después de esas 20 páginas nunca jamás se vuelve a escribir otra historieta de Hex, está todo más que bien. Ese fue el auténtico broche de oro, la despedida triunfal, en la que Gray y Palmiotti responden las preguntas que cualquier fan de esta serie seguro se hizo mil veces y elevan al personaje al status icónico que –me parece a mí- le corresponde. El dibujo decae a mitad de camino, porque arranca con muchas pilas Ryan Sook, pero no llega a terminar el capítulo y las últimas páginas se las dan a Diego Olmos. Igual es una joya.
El episodio que dibuja Eduardo Risso no tiene un guionazo, pero se disfruta a pleno porque vemos al león de Leones dibujar cosas que nunca antes había dibujado: el combate entre un hombre y un pulpo, un circo de freaks al estilo de la película de Tod Browning... y cowboys! ¿Cuándo había dibujado cowboys el maestro Risso? Creo que nunca.
A Nelson, en cambio, le tocó un guión notable, pero no estuvo a la altura de las circunstancias. Se nota demasiado que estamos ante un dibujante mediocre, al que dibujar decentemente le cuesta un huevo y la mitad del otro. La impactante Fiona Staples fue bendecida con otro guión zarpado, maligno y perturbador, muy bien dibujado aunque con algunos excesos en materia de referencia fotográfica. El amigo español Rafa Garrés (a quien conocí compartiendo pieza en un hostel de San Diego) se pasa un poco de vanguardista: opta por un estilo muy intrincado, muy raro, una mezcla indescifrable entre Shawn McManus, Alex Niño y Mick McMahon, con un color tipo historieta clásica española de Antonio Hernández Palacios, y el resultado es una cosa que no se termina de entender, a tal punto que ni llegás a engancharte con lo que narra el guión. Y el otro invitado de lujo es el canadiense Jeff Lemire, prócer del anti-virtuosismo, que la rompe en otras 20 páginas memorables, en las que el guión de la dupla levanta un vuelo soberbio y el creador de Sweet Tooth responde con su expresionismo agreste y visceral.
Los cuatro episodios restantes están a cargo de lo más parecido a un dibujante titular que tuvo la serie, el prócer catalán Jordi Bernet. No tiene mucho sentido volver a hablar maravillas de este monstruo. Alcanza con hacer clic en la etiqueta y ver lo que ya opinamos de sus trabajos anteriores. Sí vale la pena señalar que en las historias que dibuja Bernet, Gray y Palmiotti “ablandan un cachito” a Jonah Hex. Hay más comedia, no baja la cantidad de muertes escabrosas, pero sí se filtra un rayito de esperanza, en escenas en las que Hex parece un poco menos hijo de puta y un poco más redimible. De los cuatro guiones que dibuja el catalán, el primero se pasa de gracioso, el segundo es tremendamente escalofriante, el tercero tiene una tensión magnífica y un giro final alucinante y el cuarto es apenas interesante. Lo único impresionante son las excusas por las que los enemigos de Hex no lo hacen boleta cuando tienen la oportunidad...
Y bueno, la serie se termina acá (después de 11 libros de dignos para arriba) pero la historia de Hex, al estar integrada a una industria que necesita seguir facturando, sigue en la revista All-Star Western, cuyos TPBs me pediré ni bien me los ofrezcan, simplemente porque Gray y Palmiotti siguen llevando las riendas de la caripela más fulera del Oeste, aunque ahora se haya mudado al Este.
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miércoles, 11 de julio de 2012
11/ 07: LOS VIEJOS TIEMPOS Vol.1
La verdad que me siento para el orto... Estoy muy congestionado, y eso me da somnolencia y dolor de cabeza. Y además me estoy cagando de frío. Veremos si puedo sintetizar la reseña en un par de párrafos como para cumplir y rajar hacia el sobre, que mañana tengo otro día bravo...
Este es el primer tomo de una serie que el imparable Joann Sfar empezó en 2009... y nunca continuó. Por suerte la primera entrega tiene la brutal cantidad de 140 páginas, o sea que es casi el equivalente a tres álbumes franceses normales. Y lo más importante: este tomo es maravilloso, probablemente el mejor trabajo en la extensa carrera del autor.
Sfar ambienta esta historia de fantasía épica en esos años justo antes del medioevo, en los que la idea de un “Dios único” empieza a ganar terreno mientras empiezan a extinguirse los dragones, los gigantes y los unicornios. Con hechizos, combates, banquetes, intrigas y romances, el autor mantiene nuestro interés siempre al mango a lo largo de todo el tomo, y además mecha un montón de escenas tranqui, en las que los personajes se preguntan por cuestiones trascendentales como la fe, la lealtad, el amor, la vida después de la muerte y los cambios que sufre este mundo fantástico, aunque absolutamente coherente.
El trabajo que hace Sfar con los personajes es formidable: el valiente Cassian, la enigmática Nadége y la cínica serpiente tienen la complejidad y el atractivo de las mejores creaciones del francés y, ya pasadita la mitad del tomo, el personaje que parece confinado a narrar la historia en tercera persona, sin involucrarse, sin mostrar demasiado de sí mismo, también pela y se revela como otra excelente pieza en este atractivo tablero.
El estilo de dibujo es el que nos mostró el ídolo en La Vallée des Merveilles y Chagall en Russie: el plumín suelto, prendido fuego, las viñetas que estallan en texturas, climas y detalles hermosos, algunas páginas con viñetas más grandes, otras con viñetas sin los marquitos (más tipo libro ilustrado), la sospecha de que hay secuencias enteras realizadas directamente en tinta, sin lápiz ni boceto previos, y la convicción de que Brigitte Findakly (la esposa de Lewis Trondheim) es una verdadera superheroína del color, porque realmente debe ser dificilísimo interpretar las arriesgadas y superpobladas composiciones de Sfar en blanco y negro. Y más aún debe ser colorearlas de tal modo que el impacto y la belleza sean aún mayores. Lo cierto es que todo el tomo, de la primera página hasta la última, se ve increíblemente bien.
Si creés que ya leíste todas las historias de hechiceros, princesas, castillos y caballeros, y que ese género ya no esconde secretos para vos, no dejes de leer Los Viejos Tiempos. Te aseguro que vas a sentir una bocanada de aire fresco, la alegría de revisitar un género clásico desde una óptica moderna y la desesperación por saber cuándo carajo sale la segunda parte.
Este es el primer tomo de una serie que el imparable Joann Sfar empezó en 2009... y nunca continuó. Por suerte la primera entrega tiene la brutal cantidad de 140 páginas, o sea que es casi el equivalente a tres álbumes franceses normales. Y lo más importante: este tomo es maravilloso, probablemente el mejor trabajo en la extensa carrera del autor.
Sfar ambienta esta historia de fantasía épica en esos años justo antes del medioevo, en los que la idea de un “Dios único” empieza a ganar terreno mientras empiezan a extinguirse los dragones, los gigantes y los unicornios. Con hechizos, combates, banquetes, intrigas y romances, el autor mantiene nuestro interés siempre al mango a lo largo de todo el tomo, y además mecha un montón de escenas tranqui, en las que los personajes se preguntan por cuestiones trascendentales como la fe, la lealtad, el amor, la vida después de la muerte y los cambios que sufre este mundo fantástico, aunque absolutamente coherente.
El trabajo que hace Sfar con los personajes es formidable: el valiente Cassian, la enigmática Nadége y la cínica serpiente tienen la complejidad y el atractivo de las mejores creaciones del francés y, ya pasadita la mitad del tomo, el personaje que parece confinado a narrar la historia en tercera persona, sin involucrarse, sin mostrar demasiado de sí mismo, también pela y se revela como otra excelente pieza en este atractivo tablero.
El estilo de dibujo es el que nos mostró el ídolo en La Vallée des Merveilles y Chagall en Russie: el plumín suelto, prendido fuego, las viñetas que estallan en texturas, climas y detalles hermosos, algunas páginas con viñetas más grandes, otras con viñetas sin los marquitos (más tipo libro ilustrado), la sospecha de que hay secuencias enteras realizadas directamente en tinta, sin lápiz ni boceto previos, y la convicción de que Brigitte Findakly (la esposa de Lewis Trondheim) es una verdadera superheroína del color, porque realmente debe ser dificilísimo interpretar las arriesgadas y superpobladas composiciones de Sfar en blanco y negro. Y más aún debe ser colorearlas de tal modo que el impacto y la belleza sean aún mayores. Lo cierto es que todo el tomo, de la primera página hasta la última, se ve increíblemente bien.
Si creés que ya leíste todas las historias de hechiceros, princesas, castillos y caballeros, y que ese género ya no esconde secretos para vos, no dejes de leer Los Viejos Tiempos. Te aseguro que vas a sentir una bocanada de aire fresco, la alegría de revisitar un género clásico desde una óptica moderna y la desesperación por saber cuándo carajo sale la segunda parte.
martes, 10 de julio de 2012
10/ 07: EL NEGRO BLANCO Vol.7
No me avergüenza decirlo: yo nunca había leído El Negro Blanco hasta que lo empezó a editar Ivrea en libritos. O sea, para mí nunca fue una tira diaria, siempre fue una historieta episódica con el típico armado de las series argentinas que se publican en los semanarios italianos. De hecho, lo que leo yo no es El Negro Blanco, sino Bruno Bianco traducido al castellano, porque la edición de Ivrea respeta a la italiana y para Italia los autores convirtieron a la tira en otra cosa: le sacaron viñetas, le modificaron diálogos, la re-armaron toda para que sea, precisamente, una típica historieta episódica. Y no sé si la tira estaba buena, pero así, en este formato, esta creación ochentosa de Carlos Trillo y Ernesto García Seijas funciona bastante bien.
Hay un problemita y es el abuso de una fórmula: el tipo canchero, ganador con las minas, y la mina que está bárbara y no tiene mayor inconveniente en revolcarse casi con nadie. En el universo del Negro Blanco estos dos arquetipos son prácticamente mayoria. Hay feos y feas, hay algún tímido, pero en una proporción ínfima comparado con el mundo real. Acá reina un clima de libertad sexual al borde del frenesí, y la gracia (porque estamos ante una comedia) es ver cómo todos garchan con todos. El sexo no está demasiado explicitado (porque originalmente esto se publicaba en la contratapa de un diario, al alcance de los niños) pero es uno de los ejes principales (sino el principal) de la serie. Los cuernos, los celos, las estrategias de X para bajarle la caña a Y, los sueños húmedos de unos y otros son la verdadera locomotora que tira de este trencito, lindo, prolijo, aunque nunca deslumbrante.
No me acuerdo casi nada de lo que pasó en los seis tomos anteriores (los leí hace mucho, antes de empezar con el blog, y porque me los regaló Trillo), pero en este tomo se ve la intención de buscarle variantes a la fórmula. El primer episodio, por ejemplo, tiene a Flopi como protagonista y el Negro no aparece. Los tres últimos probablemente sean los mejores que recuerdo haber leído: acá Marcucci nos muestra los sueños del Negro, de Flopi y de Chispa, tres formas muy locas y originales de meternos en la psiquis de los distintos personajes, narrados uno como fantasía épica, uno como comic de superhéroes y otro como western. La idea de romper con el esquema clásico de la serie (que se ve perfecto en toda su dimensión, obvia y predecible, en el segundo episodio de este tomo) garpa muchísimo y así salen muy buenos momentos.
Hasta acá, parecía que la única variante que se le ocurría a Trillo era sumar nuevos personajes. Como el Negro y Flopi trabajan en los medios de comunicación, el elenco de secundarios es virtualmente infinito: además de periodistas, productores y ejecutivos de los medios, pueden sumar actores, deportistas, políticos y un largo etcétera, además de amigos y familiares (me acuerdo en un tomo anterior una saga larga con el papá del Negro en un rol importante). El truquito de los sueños es aire fresco también en ese sentido, en el de trabajar sobre lo que hay en vez de seguir ampliando el elenco.
Además, el gran hallazgo de ambientar esas secuencias en géneros que no son la comedia costumbrista pasa por la posibilidad que tiene García Seijas de dibujar otras cosas. Ya demostró sobradamente su calidad para dibujar oficinas, departamentos y estudios de TV. Ahora puede pelar escenas totalmente distintas, incluso en el primer episodio, el de Flopi, que está ambientado en el la selva de Brasil. El trabajo de García Seijas es demasiado bueno para haber sido hecho a razón de cuatro viñetas diarias. No sé si habrá contado con asistentes, pero lo cierto es que el resultado es brillante, una cátedra para cualquiera que disfrute del dibujo académico-realista. Hay muchísima atención en los detalles, en el lenguaje gestual y corporal, y la narrativa fluye sin problemas a pesar de que buena parte de las viñetas ofrecen una sobrecarga de información visual.
Una de las características más notables del inmenso García Seijas es su capacidad de darle plasticidad al retrato de gente real para convertirla sin inconvenientes en personajes de historieta. Los casos más obvios son el de Marcucci (que existe en la realidad) y el de Flopi (una versión bidimensional de Araceli González), pero acá ensaya también una muy acertada caricatura de Alejandro Romay, que se ensambla sin hacer ruido al elenco de papel y tinta. En el sentido contrario, pela un personaje, Cococha Valdivia, dibujada en un estilo mucho más cartoon y menos realista que el resto de los personajes, una mezcla entre Olive Oyl (la novia de Popeye) y Jughead (el amigo de Archie) que desentona bastante con la estética del resto de la historieta.
Tengo por ahí los tres tomitos que faltan para llegar al final. Prometo entrarles pronto, a ver cómo evoluciona esta comedia de enredos maravillosamente dibujada y con varios aciertos a nivel guión. Mi sensación es que no daba ni ahí para leerse 1000 páginas de esto, pero por ahí me equivoco y hay muchos tramos del nivel de las últimas páginas de este tomo.
Hay un problemita y es el abuso de una fórmula: el tipo canchero, ganador con las minas, y la mina que está bárbara y no tiene mayor inconveniente en revolcarse casi con nadie. En el universo del Negro Blanco estos dos arquetipos son prácticamente mayoria. Hay feos y feas, hay algún tímido, pero en una proporción ínfima comparado con el mundo real. Acá reina un clima de libertad sexual al borde del frenesí, y la gracia (porque estamos ante una comedia) es ver cómo todos garchan con todos. El sexo no está demasiado explicitado (porque originalmente esto se publicaba en la contratapa de un diario, al alcance de los niños) pero es uno de los ejes principales (sino el principal) de la serie. Los cuernos, los celos, las estrategias de X para bajarle la caña a Y, los sueños húmedos de unos y otros son la verdadera locomotora que tira de este trencito, lindo, prolijo, aunque nunca deslumbrante.
No me acuerdo casi nada de lo que pasó en los seis tomos anteriores (los leí hace mucho, antes de empezar con el blog, y porque me los regaló Trillo), pero en este tomo se ve la intención de buscarle variantes a la fórmula. El primer episodio, por ejemplo, tiene a Flopi como protagonista y el Negro no aparece. Los tres últimos probablemente sean los mejores que recuerdo haber leído: acá Marcucci nos muestra los sueños del Negro, de Flopi y de Chispa, tres formas muy locas y originales de meternos en la psiquis de los distintos personajes, narrados uno como fantasía épica, uno como comic de superhéroes y otro como western. La idea de romper con el esquema clásico de la serie (que se ve perfecto en toda su dimensión, obvia y predecible, en el segundo episodio de este tomo) garpa muchísimo y así salen muy buenos momentos.
Hasta acá, parecía que la única variante que se le ocurría a Trillo era sumar nuevos personajes. Como el Negro y Flopi trabajan en los medios de comunicación, el elenco de secundarios es virtualmente infinito: además de periodistas, productores y ejecutivos de los medios, pueden sumar actores, deportistas, políticos y un largo etcétera, además de amigos y familiares (me acuerdo en un tomo anterior una saga larga con el papá del Negro en un rol importante). El truquito de los sueños es aire fresco también en ese sentido, en el de trabajar sobre lo que hay en vez de seguir ampliando el elenco.
Además, el gran hallazgo de ambientar esas secuencias en géneros que no son la comedia costumbrista pasa por la posibilidad que tiene García Seijas de dibujar otras cosas. Ya demostró sobradamente su calidad para dibujar oficinas, departamentos y estudios de TV. Ahora puede pelar escenas totalmente distintas, incluso en el primer episodio, el de Flopi, que está ambientado en el la selva de Brasil. El trabajo de García Seijas es demasiado bueno para haber sido hecho a razón de cuatro viñetas diarias. No sé si habrá contado con asistentes, pero lo cierto es que el resultado es brillante, una cátedra para cualquiera que disfrute del dibujo académico-realista. Hay muchísima atención en los detalles, en el lenguaje gestual y corporal, y la narrativa fluye sin problemas a pesar de que buena parte de las viñetas ofrecen una sobrecarga de información visual.
Una de las características más notables del inmenso García Seijas es su capacidad de darle plasticidad al retrato de gente real para convertirla sin inconvenientes en personajes de historieta. Los casos más obvios son el de Marcucci (que existe en la realidad) y el de Flopi (una versión bidimensional de Araceli González), pero acá ensaya también una muy acertada caricatura de Alejandro Romay, que se ensambla sin hacer ruido al elenco de papel y tinta. En el sentido contrario, pela un personaje, Cococha Valdivia, dibujada en un estilo mucho más cartoon y menos realista que el resto de los personajes, una mezcla entre Olive Oyl (la novia de Popeye) y Jughead (el amigo de Archie) que desentona bastante con la estética del resto de la historieta.
Tengo por ahí los tres tomitos que faltan para llegar al final. Prometo entrarles pronto, a ver cómo evoluciona esta comedia de enredos maravillosamente dibujada y con varios aciertos a nivel guión. Mi sensación es que no daba ni ahí para leerse 1000 páginas de esto, pero por ahí me equivoco y hay muchos tramos del nivel de las últimas páginas de este tomo.
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lunes, 9 de julio de 2012
09/ 07: LA PATRIA EVENTERA
Hoy yo festejo el Día de la Independencia por duplicado. Como argen- tino, obvia-
mente, y como ex-expositor en la Feria del Libro Infantil y Juvenil, que empieza hoy (o mañana, no recuerdo) y que los dos últimos años me consumió infinitas horas de mi vida a lo largo de 20 días sin respiro, sin feriado, sin tregua y sin un minuto de paz. No te voy a negar que en ambas ocasiones la facturación fue buenísima, pero el desgaste fue mortal. ¿Cómo cayó un croto como yo a tener un stand en una feria tan grossa? Porque me lo daban como pago por mi laburo, que era cooordinar las actividades del Festival de Historieta que forma parte de las actividades de la Feria. Este año, la gente que organiza llegó a otro arreglo con otra gente y el que se va a volver loco para coordinar los talleres, las charlas y todo lo demás es mi amigo Luciano Saracino, uno que algo manya de historieta y literatura para los más jovencitos. Yo voy a poder caer tranqui el 27 o el 28 de este mes y cruzarme con la legión de autores que va a estar participando (Robin Wood, Cacho Mandrafina, Lito Fernández, Eduardo Maicas, Ray Collins, Tute, Alejandro Farías, Dante Ginevra, Pablo Túnica, Gustavo Sala, Fernando Calvi, Max Aguirre, El Bruno, J.J. Rovella y un infinito etcétera) o presenciar alguna charla, pero muy relajado, sin correr de un lado para el otro como un trastornado. Si te bancás la multitud de párvulos desbocados (y a sus papis) seguro vas a poder disfrutar de dos días con mucha onda comiquera, en un ámbito muy copado: el Centro de Exposiciones de Av. Figueroa Alcorta y Pueyrredón, acá en Buenos Aires.
A nivel laburo, me toca poner stand y clavarme ahí dos días el 1 y 2 de Agosto, en el Encuentro Latinoamericano de Diseño que organiza (como todos los años) la Universidad de Palermo. Eso es en Jean Jaurés 932, también en Buenos Aires, un lugar chetísimo pero con mucha onda gracias a las huestes de chicos y chicas que vienen de todos los países de la región.
Una semana después, bondi y a Rosario: del 9 al 12 de Agosto explota de nuevo Crack Bang Boom! y por supuesto, ahí voy a estar con mi stand y como conductor de alguna charla con grandes artistas. No me acuerdo todos los que vienen (seguro estaba Robin Wood, pero son decenas), así que buscá la data en internet. Y vení, que va a estar grosso. Rosario es una ciudad hermosa y el evento ya desarrolló su propia mística, su propia chapa que lo convierte en fundamental para la gente de este palo más allá del cronograma, los invitados y las actividades puntuales.
El Día de la Historieta es el 4 de Septiembre, pero yo lo festejo del 7 al 9 en Mar del Plata, en el evento Historieta a Toda Costa, al que me invitaron por tercera vez y ahora sí, dije “voy!”. Esto va a ser en el Centro de Arte MDQ y supongo que tendrá una movida muy grossa a nivel cultural, ya que eso me batieron mis amigos que estuvieron invitados a las ediciones anteriores. No sé si voy a poner stand, pero seguro voy a participar de algunas charlas.
El finde siguiente, de nuevo en Buenos Aires, se viene un nuevo Dibujados. Del 14 al 16 de Septiembre, en el microcentro porteño, otro encuentro repleto de autores, publicaciones, fanzines y alta onda, en el que seguro voy a estar con stand.
Del 26 al 29 de ese mismo mes, vuelve el congreso Viñetas Serias, en la Biblioteca Nacional, más algunas actividades en el MALBA. Buenos Aires se va a llenar de especialistas en historieta de toda Latinoamérica que expondrán sus ponencias y de autores de prestigio que brindarán conferencias. Obviamente voy a estar, en una de esas con stand, pero seguro como público, porque me re-interesa.
También se supone que justo después, del 30 de septiembre al 7 de Octubre se hace Viñetas Sueltas, acá en Capital. Ojalá. Después yo me voy de viaje para asistir a la New York Comic Con (100% como fan), así que me pierdo el Encuentro del Humor y la Historieta en Lobos, que se iba a hacer en Marzo y se reprogramó para Octubre. Y finalmente del 24 al 26 de Noviembre voy a estar en una convención en San Luis, que se hace por primera vez. De hecho, va a ser la primera vez que vaya a San Luis, una de las pocas provincias argentinas que no conozco.
Probablemente este año haya también Unicomix en Mendoza y si se hace voy a intentar estar, pero depende de las fechas, claro, porque al haber tantos eventos, siempre está el riesgo de que se superpongan varios enel mismo fin de semana.
Y también estoy trabajando en un proyecto muy interesante para Tecnópolis, del que todavía no puedo comentar nada. Pero pinta muy power! Y obviamente tiene que ver con la historieta argentina. Cuando todo termine de cobrar forma y se sepan las fechas y las actividades, prometo batir un poquito más.
Bueno, agendá los eventos que te gusten, reservá pasajes y hospedaje con tiempo para los que se hacen en ciudades que no son la tuya y nos vemos por ahí!
mente, y como ex-expositor en la Feria del Libro Infantil y Juvenil, que empieza hoy (o mañana, no recuerdo) y que los dos últimos años me consumió infinitas horas de mi vida a lo largo de 20 días sin respiro, sin feriado, sin tregua y sin un minuto de paz. No te voy a negar que en ambas ocasiones la facturación fue buenísima, pero el desgaste fue mortal. ¿Cómo cayó un croto como yo a tener un stand en una feria tan grossa? Porque me lo daban como pago por mi laburo, que era cooordinar las actividades del Festival de Historieta que forma parte de las actividades de la Feria. Este año, la gente que organiza llegó a otro arreglo con otra gente y el que se va a volver loco para coordinar los talleres, las charlas y todo lo demás es mi amigo Luciano Saracino, uno que algo manya de historieta y literatura para los más jovencitos. Yo voy a poder caer tranqui el 27 o el 28 de este mes y cruzarme con la legión de autores que va a estar participando (Robin Wood, Cacho Mandrafina, Lito Fernández, Eduardo Maicas, Ray Collins, Tute, Alejandro Farías, Dante Ginevra, Pablo Túnica, Gustavo Sala, Fernando Calvi, Max Aguirre, El Bruno, J.J. Rovella y un infinito etcétera) o presenciar alguna charla, pero muy relajado, sin correr de un lado para el otro como un trastornado. Si te bancás la multitud de párvulos desbocados (y a sus papis) seguro vas a poder disfrutar de dos días con mucha onda comiquera, en un ámbito muy copado: el Centro de Exposiciones de Av. Figueroa Alcorta y Pueyrredón, acá en Buenos Aires.
A nivel laburo, me toca poner stand y clavarme ahí dos días el 1 y 2 de Agosto, en el Encuentro Latinoamericano de Diseño que organiza (como todos los años) la Universidad de Palermo. Eso es en Jean Jaurés 932, también en Buenos Aires, un lugar chetísimo pero con mucha onda gracias a las huestes de chicos y chicas que vienen de todos los países de la región.
Una semana después, bondi y a Rosario: del 9 al 12 de Agosto explota de nuevo Crack Bang Boom! y por supuesto, ahí voy a estar con mi stand y como conductor de alguna charla con grandes artistas. No me acuerdo todos los que vienen (seguro estaba Robin Wood, pero son decenas), así que buscá la data en internet. Y vení, que va a estar grosso. Rosario es una ciudad hermosa y el evento ya desarrolló su propia mística, su propia chapa que lo convierte en fundamental para la gente de este palo más allá del cronograma, los invitados y las actividades puntuales.
El Día de la Historieta es el 4 de Septiembre, pero yo lo festejo del 7 al 9 en Mar del Plata, en el evento Historieta a Toda Costa, al que me invitaron por tercera vez y ahora sí, dije “voy!”. Esto va a ser en el Centro de Arte MDQ y supongo que tendrá una movida muy grossa a nivel cultural, ya que eso me batieron mis amigos que estuvieron invitados a las ediciones anteriores. No sé si voy a poner stand, pero seguro voy a participar de algunas charlas.
El finde siguiente, de nuevo en Buenos Aires, se viene un nuevo Dibujados. Del 14 al 16 de Septiembre, en el microcentro porteño, otro encuentro repleto de autores, publicaciones, fanzines y alta onda, en el que seguro voy a estar con stand.
Del 26 al 29 de ese mismo mes, vuelve el congreso Viñetas Serias, en la Biblioteca Nacional, más algunas actividades en el MALBA. Buenos Aires se va a llenar de especialistas en historieta de toda Latinoamérica que expondrán sus ponencias y de autores de prestigio que brindarán conferencias. Obviamente voy a estar, en una de esas con stand, pero seguro como público, porque me re-interesa.
También se supone que justo después, del 30 de septiembre al 7 de Octubre se hace Viñetas Sueltas, acá en Capital. Ojalá. Después yo me voy de viaje para asistir a la New York Comic Con (100% como fan), así que me pierdo el Encuentro del Humor y la Historieta en Lobos, que se iba a hacer en Marzo y se reprogramó para Octubre. Y finalmente del 24 al 26 de Noviembre voy a estar en una convención en San Luis, que se hace por primera vez. De hecho, va a ser la primera vez que vaya a San Luis, una de las pocas provincias argentinas que no conozco.
Probablemente este año haya también Unicomix en Mendoza y si se hace voy a intentar estar, pero depende de las fechas, claro, porque al haber tantos eventos, siempre está el riesgo de que se superpongan varios enel mismo fin de semana.
Y también estoy trabajando en un proyecto muy interesante para Tecnópolis, del que todavía no puedo comentar nada. Pero pinta muy power! Y obviamente tiene que ver con la historieta argentina. Cuando todo termine de cobrar forma y se sepan las fechas y las actividades, prometo batir un poquito más.
Bueno, agendá los eventos que te gusten, reservá pasajes y hospedaje con tiempo para los que se hacen en ciudades que no son la tuya y nos vemos por ahí!
domingo, 8 de julio de 2012
08/ 07: TRANSMETROPOLITAN Vol.9
A esta altura del partido, cuando ya falta tan poquito para el final, es medio ilógico pedirle a Warren Ellis que cambie de ritmo. Ya está, ya nos acostumbramos a que Transmetropolitan avanza así, de a poquito, sin apuro. A lo sumo le podemos pedir que en los episodios unitarios pase algo y que en los arquitos de tres episodios cierre las puntas que quedan pendientes para el enfrentamiento final entre Spider Jersualem y Gary Callahan, alias “el Sonrisas”, el presidente de los EEUU.
Por suerte, en este tomo, Ellis nos hace bastante caso. El primer unitario es la nada misma: 22 páginas para mostrarnos cómo Spider se pone las pilas para su siguiente gran jugada. Hay un poquito de exploración del paisaje urbano con bajada de línea (una especialidad de esta serie), un par de chistes groseros y no mucho más. En el segundo unitario, la cosa se pone espesa: casi todo el episodio nos muestra con lujo de detalles cómo el “héroe” tortura con violencia y sadismo a un garca de la B (trans) Metropolitana para arrancarle data jugosa en contra de su encumbrado enemigo. Es un capítulo tenso, durísimo de digerir, que tiene por objeto mostrarnos hasta dónde está dispuesto a llegar Spider con tal de destruir a Callahan.
El tercer unitario es un lujo. Por enésima vez, Ellis se propone indagar en las consecuencias de aquello tan grosso que pasó en el tomo anterior, pero esta vez centra todo en Mitchell Royce, el director de The Word, el diario en el que trabajaba Spider antes de pasar a la clandestinidad. Si alguna vez imaginaste que Royce podía pelar la chapa que pela en este episodio, es porque consumís más drogas que el protagonista de esta serie. Sin duda, esta es la revelación más power del tomo, y sí, 22 páginas para narrar lo que narra Ellis son demasiadas, pero esta vez lo ovacionamos igual.
Y nos queda el arquito de tres episodios, que arranca a un ritmo desesperante, de insostenible lentitud. Con el correr de las páginas, queda claro que Liesl Barclay va a tener un rol destacado en el desenlace y ahí sí, se justifica tanto prólogo y tanta presentación. Cuando la saguita (titulada The Cure, como una de las mejores bandas de todos los tiempos) agarra algo así como un impulso, de nuevo pasa algo muy heavy que amenaza con cambiar brutalmente el status quo de la Ciudad y hasta último momento no sabés si Spider logró o no hacer la jugada maestra que venía planeando desde el inicio del tomo antes de que todo se vaya a la mierda. La última secuencia es sencillamente genial y te deja pidiendo el próximo (y último) tomo a gritos que le helarían la sangre a la barra brava de Nueva Chicago.
O sea que, con pachorra y todo, Transmetropolitan avanza hacia el final y llega a esa instancia con inmejorables expectativas, que ojalá no defraude. La verdad es que sólo se puede criticar eso, lo poco que pasa en cada episodio. El resto es brillante, desde lo macro (la construcción del universo en el que sucede la historia) hasta lo más chiquitito (cada diálogo, cada viñeta muda pensada para que se luzcan las expresiones faciales). Y por supuesto, el punto más alto es el trabajo que pone Ellis en convencernos de que Spider Jerusalem, el talibán de la verdad, no es un ser de papel y tinta sino una criatura real como vos y yo, tridimensional, compleja, verosímil a pesar de sus irrefrenables excesos.
Para anotarse todos estos porotos, Ellis cuenta con el apoyo incondicional de Darick Robertson, que sigue ahí firme, sin faltar en ningún número. Como ya vimos, de vez en cuando los autores inventan triquiñuelas para que el dibujante no tenga que matarse en los fondos, largas secuencias que pueden narrarse sólo con planos bien cercanos, o con un mismo fondo repetido muchas veces, o algo por el estilo. Y cuando no vale usar ninguno de esos yeites, Robertson se arremanga y pela episodios en los que casi no hay viñetas sin fondos laburadísimos, llenos de detalles alucinantes, sin nada librado al azar. Pobre pibe, está en una serie donde la estrella es el guionista y encima cada tres números viene un nuevo portadista de primerísimo nivel a devastarnos las retinas con unas ilustraciones de la hostia. Lo de este tomo ya es un acto de crueldad para con Robertson: tres tapas de Glenn Fabry y tres de Moebius. Un game over definitivo.
Y ahí estamos, a apenas un tomito del final de esta serie salvaje y polémica que nos acompaña desde los albores del blog. Prometo leerlo antes de fin de mes. Pero estoy tan cebado que seguro lo leo esta semana...
Por suerte, en este tomo, Ellis nos hace bastante caso. El primer unitario es la nada misma: 22 páginas para mostrarnos cómo Spider se pone las pilas para su siguiente gran jugada. Hay un poquito de exploración del paisaje urbano con bajada de línea (una especialidad de esta serie), un par de chistes groseros y no mucho más. En el segundo unitario, la cosa se pone espesa: casi todo el episodio nos muestra con lujo de detalles cómo el “héroe” tortura con violencia y sadismo a un garca de la B (trans) Metropolitana para arrancarle data jugosa en contra de su encumbrado enemigo. Es un capítulo tenso, durísimo de digerir, que tiene por objeto mostrarnos hasta dónde está dispuesto a llegar Spider con tal de destruir a Callahan.
El tercer unitario es un lujo. Por enésima vez, Ellis se propone indagar en las consecuencias de aquello tan grosso que pasó en el tomo anterior, pero esta vez centra todo en Mitchell Royce, el director de The Word, el diario en el que trabajaba Spider antes de pasar a la clandestinidad. Si alguna vez imaginaste que Royce podía pelar la chapa que pela en este episodio, es porque consumís más drogas que el protagonista de esta serie. Sin duda, esta es la revelación más power del tomo, y sí, 22 páginas para narrar lo que narra Ellis son demasiadas, pero esta vez lo ovacionamos igual.
Y nos queda el arquito de tres episodios, que arranca a un ritmo desesperante, de insostenible lentitud. Con el correr de las páginas, queda claro que Liesl Barclay va a tener un rol destacado en el desenlace y ahí sí, se justifica tanto prólogo y tanta presentación. Cuando la saguita (titulada The Cure, como una de las mejores bandas de todos los tiempos) agarra algo así como un impulso, de nuevo pasa algo muy heavy que amenaza con cambiar brutalmente el status quo de la Ciudad y hasta último momento no sabés si Spider logró o no hacer la jugada maestra que venía planeando desde el inicio del tomo antes de que todo se vaya a la mierda. La última secuencia es sencillamente genial y te deja pidiendo el próximo (y último) tomo a gritos que le helarían la sangre a la barra brava de Nueva Chicago.
O sea que, con pachorra y todo, Transmetropolitan avanza hacia el final y llega a esa instancia con inmejorables expectativas, que ojalá no defraude. La verdad es que sólo se puede criticar eso, lo poco que pasa en cada episodio. El resto es brillante, desde lo macro (la construcción del universo en el que sucede la historia) hasta lo más chiquitito (cada diálogo, cada viñeta muda pensada para que se luzcan las expresiones faciales). Y por supuesto, el punto más alto es el trabajo que pone Ellis en convencernos de que Spider Jerusalem, el talibán de la verdad, no es un ser de papel y tinta sino una criatura real como vos y yo, tridimensional, compleja, verosímil a pesar de sus irrefrenables excesos.
Para anotarse todos estos porotos, Ellis cuenta con el apoyo incondicional de Darick Robertson, que sigue ahí firme, sin faltar en ningún número. Como ya vimos, de vez en cuando los autores inventan triquiñuelas para que el dibujante no tenga que matarse en los fondos, largas secuencias que pueden narrarse sólo con planos bien cercanos, o con un mismo fondo repetido muchas veces, o algo por el estilo. Y cuando no vale usar ninguno de esos yeites, Robertson se arremanga y pela episodios en los que casi no hay viñetas sin fondos laburadísimos, llenos de detalles alucinantes, sin nada librado al azar. Pobre pibe, está en una serie donde la estrella es el guionista y encima cada tres números viene un nuevo portadista de primerísimo nivel a devastarnos las retinas con unas ilustraciones de la hostia. Lo de este tomo ya es un acto de crueldad para con Robertson: tres tapas de Glenn Fabry y tres de Moebius. Un game over definitivo.
Y ahí estamos, a apenas un tomito del final de esta serie salvaje y polémica que nos acompaña desde los albores del blog. Prometo leerlo antes de fin de mes. Pero estoy tan cebado que seguro lo leo esta semana...
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sábado, 7 de julio de 2012
07/ 07: MORTADELO Y FILEMON: LA COCHINADITA NUCLEAR
Vuelvo con Mortadelo y Filemón, a los que tenía un poco abandonados. Y me meto de lleno en un tomo de 1988-1989 que arranca bárbaro, con dos primeras páginas muy promisorias y una consigna más que atractiva: los problemas generados por los desechos nucleares que generan las grandes potencias. Un tema que por ese entonces era candente y que la serie refleja al punto de mostrarnos a una caricatura del mismísimo Ronald Reagan (quien a fines de 1988 se encaminaba hacia el cierre de su prolongado mandato como presidente de los EEUU) en el rol del villano, o por lo menos como claro responsable de los problemas que tendrán que solucionar (obviamente sin éxito) los inoperantes operarios del recontra-espionaje creados por Francisco Ibáñez.
El problema es que, ni bien se termina el prólogo, la historieta se va a la B de la mano de un guión bochornoso, una sucesión sin ton ni son de gags reiterativos y poco inspirados, como si fueran varios cortos chotos de los Looney Tunes (esos feos de los ´60) enganchados uno atrás de otro hasta llegar a las 44 páginas. La reiteración es tanta y tan agobiante, que podés leer sólo las primeras 6 páginas, o 12, para ser generoso, y ya está, ya el resto es completamente innecesario. No hay más ideas que esas, la que se esboza en el prólogo y las que se desarrolan (de modo no muy brillante) en las primeras páginas, para luego estirarse y repetirse torpemente hasta el final. Posta, hay que ser muy guapo para llegar a la página 44.
Por supuesto, estamos ante una de las historietas en las que la firma de Ibáñez aparece veinte veces, pero que no tiene nada de la talentosa mano del creador de la serie. Es un de los infaustos episodios apócrifos, reaizados íntegramente por el Bruguera Equip, bajo la dirección de Juan Manuel Muñoz. Y no sólo te das cuenta porque aparece la Señorita Irma (en un sólo gag totalmente olvidable), sino que los dibujos no tienen ni por casualidad la onda y la plasticidad de los de Ibáñez. El colorista también hace de las suyas: pinta de blanco las (infinitas) telarañas que aparecen en los rincones, un rasgo típico del estilo de Francisco Ibáñez, reproducido luego por sus clones. Y eso destaca tanto a estas telarañas que parecen un elemento gráfico relevante en la viñeta, casi más que los globos de diálogo. Esos triangulitos, que habitualmente no joden para nada, pintados de blanco llaman demasiado la atención y distraen en vez de decorar.
No me quiero extender más, porque sinceramente no hay nada que redima a esta historieta. Ni el cariño que uno ya les tiene a los personajes. La Cochinadita Nuclear arrancó pintando para memorable y terminó en el pilón de los álbumes absolutamente prescindibles de esta longeva serie, ícomo absoluto del comic humorístico español.
El problema es que, ni bien se termina el prólogo, la historieta se va a la B de la mano de un guión bochornoso, una sucesión sin ton ni son de gags reiterativos y poco inspirados, como si fueran varios cortos chotos de los Looney Tunes (esos feos de los ´60) enganchados uno atrás de otro hasta llegar a las 44 páginas. La reiteración es tanta y tan agobiante, que podés leer sólo las primeras 6 páginas, o 12, para ser generoso, y ya está, ya el resto es completamente innecesario. No hay más ideas que esas, la que se esboza en el prólogo y las que se desarrolan (de modo no muy brillante) en las primeras páginas, para luego estirarse y repetirse torpemente hasta el final. Posta, hay que ser muy guapo para llegar a la página 44.
Por supuesto, estamos ante una de las historietas en las que la firma de Ibáñez aparece veinte veces, pero que no tiene nada de la talentosa mano del creador de la serie. Es un de los infaustos episodios apócrifos, reaizados íntegramente por el Bruguera Equip, bajo la dirección de Juan Manuel Muñoz. Y no sólo te das cuenta porque aparece la Señorita Irma (en un sólo gag totalmente olvidable), sino que los dibujos no tienen ni por casualidad la onda y la plasticidad de los de Ibáñez. El colorista también hace de las suyas: pinta de blanco las (infinitas) telarañas que aparecen en los rincones, un rasgo típico del estilo de Francisco Ibáñez, reproducido luego por sus clones. Y eso destaca tanto a estas telarañas que parecen un elemento gráfico relevante en la viñeta, casi más que los globos de diálogo. Esos triangulitos, que habitualmente no joden para nada, pintados de blanco llaman demasiado la atención y distraen en vez de decorar.
No me quiero extender más, porque sinceramente no hay nada que redima a esta historieta. Ni el cariño que uno ya les tiene a los personajes. La Cochinadita Nuclear arrancó pintando para memorable y terminó en el pilón de los álbumes absolutamente prescindibles de esta longeva serie, ícomo absoluto del comic humorístico español.
viernes, 6 de julio de 2012
06/ 07: FUEYE
Ah, bueno... Yo me imaginaba que este era un gran comic, pero no suponía que era TAN bueno! Todas mis expectativas fueron ampliamente superadas por Jorge González quien, una vez más, demostró por qué es uno de los más grandes autores que tiene hoy la historieta mundial.
Fueye es, básicamente, una historia de amor y desamor, un relato iniciático que nos invita a acompañar a Horacio, el protagonista, desde su niñez hasta su madurez. Todo esto imbuído de un clima melancólico en el que predominan los acordes del tango, los padeceres de los inmigrantes que llegaron a nuestro país en las primeras décadas del siglo pasado y el trasfondo político espeso de los años ´30, cuando se jugaba todos los días el Super Clásico entre Fachos y Anarquistas (obviamente con los radicales sentados en la tribuna sin saber qué carajo hacer).
La historia de Horacio está narrada a lo largo de 134 páginas que podrían ser algunas menos, pero que le dan a González el margen necesario para zarparse a full con su dibujo, con su línea vertiginosa, de increíble soltura y conmovedor vuelo poético. Cuando tiene que narrar en espacios chicos y ajustarse a grillas tradicionales, el argentino radicado en España también la descose, pero es en esas páginas más libres, más idas al carajo, donde su arte estalla, nos hace vibrar, nos pasa por encima. Visualmente esto es impresionante, es como un Nicolas De Crécy desaforado, fuera de control, y a la vez más afianzado en la narrativa, en la danza de imágenes, palabras y sensaciones.
Por suerte, el virtuosismo de González se hace sentir también en el guión. Yo no había leído ninguna obra escrita por él mismo, y acá me sorprendió muy gratamente. Además de tener perfectamente definido al personaje central, González se luce con los secundarios: Vicente, Luis y Antonino son personajes perfectos, logradísimos, a los que les sobra chapa para protagonizar sus propias novelas. Nélida, María y el Senador Torres también están muy bien delineados, pero sin esa cuotita de genialidad que le pone el autor a los otros tres. Y por supuesto, Buenos Aires se convierte en un personaje importantísimo en la novela. González no maquilla el origen barriobajero y prostibulario del tango y (como Trillo y Túnica en La Française) nos lleva de los palacetes de clase alta a los tugurios, conventillos y barsuchos más lumpen de nuestra maravillosa ciudad.
Cuando la historia de Horacio llega a su fin, sigue la historia de Fueye. González dedica 48 páginas extra a mostrarnos algo así como el backstage de la novela, pero en forma de historieta (o casi). Acá el autor se expone por completo y nos cuenta en qué se inspiró, cómo consiguió la documentación, con qué amigos conversó para darle forma a las ideas que volcó en la historieta y sobre todo qué rol juega en la concepción de Fueye el hecho de que González es un argentino que hace muchos años vive en Europa, lejos de su familia, de su barrio, de sus afectos y de la idiosincracia porteña a la que tan bien retrata en la novela.
La faz gráfica de este tramo final es un poquito extrema. González mezcla bocetos, garabatos, mamarrachos, páginas que sólo tienen texto y secuencias o ilustraciones recontra-elaboradas. A veces incorpora también una sugestiva paleta de colores (que lo acerca más a los autores italianos como Lorenzo Mattotti, Gipi o Igort), a diferencia de la historia principal en la que el uso del color está intencional y muy efectivamente acotado a unas pocas tonalidades de marrón, sepia y gris. El resultado son 48 páginas visualmente muy extrañas, casi desconcertantes. Pero bueno, es un bonus track. La novela en sí es lo otro y eso está demasiado bueno para ser real.
Realmente un lujo y un orgullo que esto se haya publicado en Argentina. Ahora, a asaltar un banco para comprar la edición española de Dear Patagonia, la última novela de Jorge González, que pinta aún más devastadora que Fueye.
Fueye es, básicamente, una historia de amor y desamor, un relato iniciático que nos invita a acompañar a Horacio, el protagonista, desde su niñez hasta su madurez. Todo esto imbuído de un clima melancólico en el que predominan los acordes del tango, los padeceres de los inmigrantes que llegaron a nuestro país en las primeras décadas del siglo pasado y el trasfondo político espeso de los años ´30, cuando se jugaba todos los días el Super Clásico entre Fachos y Anarquistas (obviamente con los radicales sentados en la tribuna sin saber qué carajo hacer).
La historia de Horacio está narrada a lo largo de 134 páginas que podrían ser algunas menos, pero que le dan a González el margen necesario para zarparse a full con su dibujo, con su línea vertiginosa, de increíble soltura y conmovedor vuelo poético. Cuando tiene que narrar en espacios chicos y ajustarse a grillas tradicionales, el argentino radicado en España también la descose, pero es en esas páginas más libres, más idas al carajo, donde su arte estalla, nos hace vibrar, nos pasa por encima. Visualmente esto es impresionante, es como un Nicolas De Crécy desaforado, fuera de control, y a la vez más afianzado en la narrativa, en la danza de imágenes, palabras y sensaciones.
Por suerte, el virtuosismo de González se hace sentir también en el guión. Yo no había leído ninguna obra escrita por él mismo, y acá me sorprendió muy gratamente. Además de tener perfectamente definido al personaje central, González se luce con los secundarios: Vicente, Luis y Antonino son personajes perfectos, logradísimos, a los que les sobra chapa para protagonizar sus propias novelas. Nélida, María y el Senador Torres también están muy bien delineados, pero sin esa cuotita de genialidad que le pone el autor a los otros tres. Y por supuesto, Buenos Aires se convierte en un personaje importantísimo en la novela. González no maquilla el origen barriobajero y prostibulario del tango y (como Trillo y Túnica en La Française) nos lleva de los palacetes de clase alta a los tugurios, conventillos y barsuchos más lumpen de nuestra maravillosa ciudad.
Cuando la historia de Horacio llega a su fin, sigue la historia de Fueye. González dedica 48 páginas extra a mostrarnos algo así como el backstage de la novela, pero en forma de historieta (o casi). Acá el autor se expone por completo y nos cuenta en qué se inspiró, cómo consiguió la documentación, con qué amigos conversó para darle forma a las ideas que volcó en la historieta y sobre todo qué rol juega en la concepción de Fueye el hecho de que González es un argentino que hace muchos años vive en Europa, lejos de su familia, de su barrio, de sus afectos y de la idiosincracia porteña a la que tan bien retrata en la novela.
La faz gráfica de este tramo final es un poquito extrema. González mezcla bocetos, garabatos, mamarrachos, páginas que sólo tienen texto y secuencias o ilustraciones recontra-elaboradas. A veces incorpora también una sugestiva paleta de colores (que lo acerca más a los autores italianos como Lorenzo Mattotti, Gipi o Igort), a diferencia de la historia principal en la que el uso del color está intencional y muy efectivamente acotado a unas pocas tonalidades de marrón, sepia y gris. El resultado son 48 páginas visualmente muy extrañas, casi desconcertantes. Pero bueno, es un bonus track. La novela en sí es lo otro y eso está demasiado bueno para ser real.
Realmente un lujo y un orgullo que esto se haya publicado en Argentina. Ahora, a asaltar un banco para comprar la edición española de Dear Patagonia, la última novela de Jorge González, que pinta aún más devastadora que Fueye.
jueves, 5 de julio de 2012
05/ 07: B.P.R.D.: BEING HUMAN
Bueno, lo confieso: me engañaron como a una quinceañera en estado de ebriedad... El resumen del Previews nombraba a Mike Mignola, Richard Corben, Guy Davis, John Arcudi y un montón más que ni conocía, pero con esos cuatro ya me habían vendido el tomo. No te digo que haya parecido una abominación infumable, pero la verdad es que yo esperaba mucho más.
La primera historia es un larguísimo flashback a la primera misión de Liz Sherman para el B.P.R.D.. Acá apenas aparece Mignola como co-guionista, junto a Scott Allie (coordinador de la serie), y con Karl Moline como dibujante. La historia no es chota, pero está absurdamente estirada. No había forma de que esto requiriera 66 páginas para llegar a la resolución a la que finalmente llega. Lo único positivo es que sobra espacio para desarrollar a los personajes y Allie y Mignola lo aprovechan para darnos un excelente pantallazo de qué le pasaba por la cabeza a Liz en esta etapa de su vida. El dibujo de Moline se pasa un poquito de bonito, de tierno, a tal punto que su Trevor Bruttenholm parece un tipo de 35 años y sus criaturas espectrales, al lado de las de Corben o Mignola, son la Reina de la Promoción (como San Lorenzo). Urgente un título con superhéroes jovencitos y cool para Moline.
Después viene una dibujada por el ídolo máximo del B.P.R.D., el genial Guy Davis! Pero dura apenas ocho páginas, la puta que los parió, y el guión (de nuevo de la dupla Allie-Mignola) es una anécdota menor, casi intrascendente.
La siguiente historia es la que le da título al libro. Son 28 páginas protagonizadas por Hellboy y Roger el Humúnculo, con guión de Mignola y dibujos de Corben. Acá la puntería levanta bastante. Por ahí la trama no es super-ganchera, pero lo que le interesa a Mignola es ahondar en los personajes, especialmente en Roger, quien –como Liz en la primera historia- se embarca en su primera misión para el Bureau. Y le sale muy bien: los momentos en los que cobran relevancia las personalidades de estos freaks son invariablemente grandes momentos. Corben no mezquina nada, sino que por el contrario, se esfuerza para que cada viñeta, cada angulación, cada clima, te ponga los pelos de punta. El maestro Dave Stewart se da cuenta de que el gigante de Kansas pone mucho más que lo indispensable y por eso se desloma para que su mágica paleta photoshopera lo haga verse aún mejor.
Y el nunca bien ponderado John Arcudi llega para el postre, una aventura de 24 páginas co-escrita con Mignola en la que nos cuentan cómo muere y cómo se integra al B.P.R.D. el cada vez más grosso Johann Kraus. Los guionistas titulares de esta serie se zarpan creando para este relatos a un villano MUY heavy, de inmenso potencial, al que –por lo menos a simple vista- Kraus va a despachar definitivamente sobre el final de la historia. Ojalá hayan encontrado algún vericueto para que este sorete abyecto de Wieland Lorst pueda volver a hacer de las suyas. Lo cierto es que, sin ser brillante, es una historia sólida y entretenida, con un muy buen giro final. El dibujante, pobrecito, todavía está muy lejos de poder sentarse a la mesa con Guy Davis y Corben. Se llama Ben Stenbeck y tiene potencial, no es un muerto irredimible, pero le falta.
En la definición por penales y cortando clavos con el orto, B.P.R.D.: Being Human logra la clasificación para la siguiente ronda porque no tiene ni guiones ni dibujos que nos falten el respeto y porque son todas historias importantes (o por lo menos relevantes) en términos del background de los personajes más destacados de la ya longeva serie. Si tu excusa para engancharte con B.P.R.D. son los dibujos de Guy Davis, acá no corre. Ahora, si sos muuuuy fan de Corben y preferís fumarte todo este TPB en vez de buscar Being Human en formato de revistita pedorra, no seré yo quien te tilde de enfermito fuera de control, porque esas 28 páginas son realmente majestuosas.
La primera historia es un larguísimo flashback a la primera misión de Liz Sherman para el B.P.R.D.. Acá apenas aparece Mignola como co-guionista, junto a Scott Allie (coordinador de la serie), y con Karl Moline como dibujante. La historia no es chota, pero está absurdamente estirada. No había forma de que esto requiriera 66 páginas para llegar a la resolución a la que finalmente llega. Lo único positivo es que sobra espacio para desarrollar a los personajes y Allie y Mignola lo aprovechan para darnos un excelente pantallazo de qué le pasaba por la cabeza a Liz en esta etapa de su vida. El dibujo de Moline se pasa un poquito de bonito, de tierno, a tal punto que su Trevor Bruttenholm parece un tipo de 35 años y sus criaturas espectrales, al lado de las de Corben o Mignola, son la Reina de la Promoción (como San Lorenzo). Urgente un título con superhéroes jovencitos y cool para Moline.
Después viene una dibujada por el ídolo máximo del B.P.R.D., el genial Guy Davis! Pero dura apenas ocho páginas, la puta que los parió, y el guión (de nuevo de la dupla Allie-Mignola) es una anécdota menor, casi intrascendente.
La siguiente historia es la que le da título al libro. Son 28 páginas protagonizadas por Hellboy y Roger el Humúnculo, con guión de Mignola y dibujos de Corben. Acá la puntería levanta bastante. Por ahí la trama no es super-ganchera, pero lo que le interesa a Mignola es ahondar en los personajes, especialmente en Roger, quien –como Liz en la primera historia- se embarca en su primera misión para el Bureau. Y le sale muy bien: los momentos en los que cobran relevancia las personalidades de estos freaks son invariablemente grandes momentos. Corben no mezquina nada, sino que por el contrario, se esfuerza para que cada viñeta, cada angulación, cada clima, te ponga los pelos de punta. El maestro Dave Stewart se da cuenta de que el gigante de Kansas pone mucho más que lo indispensable y por eso se desloma para que su mágica paleta photoshopera lo haga verse aún mejor.
Y el nunca bien ponderado John Arcudi llega para el postre, una aventura de 24 páginas co-escrita con Mignola en la que nos cuentan cómo muere y cómo se integra al B.P.R.D. el cada vez más grosso Johann Kraus. Los guionistas titulares de esta serie se zarpan creando para este relatos a un villano MUY heavy, de inmenso potencial, al que –por lo menos a simple vista- Kraus va a despachar definitivamente sobre el final de la historia. Ojalá hayan encontrado algún vericueto para que este sorete abyecto de Wieland Lorst pueda volver a hacer de las suyas. Lo cierto es que, sin ser brillante, es una historia sólida y entretenida, con un muy buen giro final. El dibujante, pobrecito, todavía está muy lejos de poder sentarse a la mesa con Guy Davis y Corben. Se llama Ben Stenbeck y tiene potencial, no es un muerto irredimible, pero le falta.
En la definición por penales y cortando clavos con el orto, B.P.R.D.: Being Human logra la clasificación para la siguiente ronda porque no tiene ni guiones ni dibujos que nos falten el respeto y porque son todas historias importantes (o por lo menos relevantes) en términos del background de los personajes más destacados de la ya longeva serie. Si tu excusa para engancharte con B.P.R.D. son los dibujos de Guy Davis, acá no corre. Ahora, si sos muuuuy fan de Corben y preferís fumarte todo este TPB en vez de buscar Being Human en formato de revistita pedorra, no seré yo quien te tilde de enfermito fuera de control, porque esas 28 páginas son realmente majestuosas.
miércoles, 4 de julio de 2012
04/ 07: A.D.A. (AGENCIA DE DETECTIVES DE LA ANTIGÜEDAD)
Chaland not dead! El genio máximo de la línea clara posmoderna (o Estilo Atómico) puede haber muerto en aquel trágico accidente de 1989, pero su esencia, su espíritu, su magia sigue viva en Antonio Lapone, este dibujante italiano al que hasta hace poco no conocía y del que hoy me hice hardcore fan. Por suerte, Lapone es bastante más que un clon prolijo de Yves Chaland. Su estilo, si bien nos remite al malogrado prócer de los ´80 (y obviamente a Hergé, que es muy anterior), es claramente Siglo XXI y se aprecia la sana intención por parte del italiano de no quedarse en el molde, de ampliar el espectro. Sobre todo en la segunda aventura (el libro trae dos), que ofrece climas más bizarros/ oscuros y Lapone responde como lo haría Lucas Varela: choreando iluminaciones de Mike Mignola, rey de la bizarreada dark. Hoy, me parece que no. Pero en 2001, cuando Lapone dibujó la primera aventura de Carter y Belzoni, si le hubiesen dicho a Lucas Varela “dibujate una de aventuras ambientada en los ´50 tratando de clonar la línea de Chaland”, habría salido algo muy, muy similar a la historieta con la que abre este tomo.
Para cuando te recuperás del impacto que producen los magníficos dibujos del italiano, te están esperando dos guionistas franceses para contarte sendas historias de aventuras con arqueólogos, nazis y femme fatales, muy al estilo Indiana Jones (de hecho, los personajes dicen conocer a Indy). En la primera, Pierre Vanloffelt nos presenta a los dos protagonistas, el yanki Carter, impulsivo y audaz, y el europeo Belzoni, refinado y cauteloso. Los dos son especialistas en reliquias de la antigüedad y aunque sus métodos son muy distintos, terminarán por formar equipo para resolver un enigma que los lleva a las pirámides de Egipto. Como suele suceder en este tipo de aventuras, hay acción, persecuciones, traiciones y revelaciones shockeantes, más alguna secuencia virada hacia la comedia y (como en el Freddy Lombard de Chaland) ricos contrapuntos entre personajes con personalidades muy fuertes, muy bien definidas. Lo único molesto es que pasan demasiadas cosas en apenas 48 páginas, lo cual le resta lucimiento al dibujo de Lapone, que tiene que meter chotocientas viñetas por página. Esto mismo, en 64 páginas era mil veces mejor.
La segunda historieta salió en Francia cinco años después que la primera, ahora con otro guionista, Regis Hautiére, frecuente colaborador de Walther Taborda en los trabajos que realiza nuestro compatriota para el mercado franco-belga. Hautiére le tiene un poquito más de piedad al pobre Lapone y afloja un cachito con la cantidad de viñetas por página. Como los personajes ya están presentados, la segunda aventura le pone todo el énfasis a la trama, una trama compleja, ambiciosa, que trae al elenco a México para marearlo con varias vueltas de tuerca impredecibles, con algunos momentos más cercanos a Hellboy que a Tintín y con un rol más importante para dos mujeres, que además de sensualidad aportan una mirada distinta acerca del mundo de los aventureros de parajes exóticos.
Los dos guionistas cumplen con lo suyo de manera más que satisfactoria y nos dejan para la posteridad a dos personajes, Carter y Belzoni, a los que cualquier fan del comic de aventuras quiere volver a ver cuanto antes. De todos modos, y aunque la saga de los Detectives de la Antigüedad no se retome jamás, este libro es un hallazgo inolvidable, simplemente porque me sirvió para descubrir a este nuevo ídolo llamado Antonio Lapone. No sabemos si de vez en cuando o muy seguido, pero Lapone. Siempre Lapone. Ponelo vos también en la lista de los imprescindibles.
Para cuando te recuperás del impacto que producen los magníficos dibujos del italiano, te están esperando dos guionistas franceses para contarte sendas historias de aventuras con arqueólogos, nazis y femme fatales, muy al estilo Indiana Jones (de hecho, los personajes dicen conocer a Indy). En la primera, Pierre Vanloffelt nos presenta a los dos protagonistas, el yanki Carter, impulsivo y audaz, y el europeo Belzoni, refinado y cauteloso. Los dos son especialistas en reliquias de la antigüedad y aunque sus métodos son muy distintos, terminarán por formar equipo para resolver un enigma que los lleva a las pirámides de Egipto. Como suele suceder en este tipo de aventuras, hay acción, persecuciones, traiciones y revelaciones shockeantes, más alguna secuencia virada hacia la comedia y (como en el Freddy Lombard de Chaland) ricos contrapuntos entre personajes con personalidades muy fuertes, muy bien definidas. Lo único molesto es que pasan demasiadas cosas en apenas 48 páginas, lo cual le resta lucimiento al dibujo de Lapone, que tiene que meter chotocientas viñetas por página. Esto mismo, en 64 páginas era mil veces mejor.
La segunda historieta salió en Francia cinco años después que la primera, ahora con otro guionista, Regis Hautiére, frecuente colaborador de Walther Taborda en los trabajos que realiza nuestro compatriota para el mercado franco-belga. Hautiére le tiene un poquito más de piedad al pobre Lapone y afloja un cachito con la cantidad de viñetas por página. Como los personajes ya están presentados, la segunda aventura le pone todo el énfasis a la trama, una trama compleja, ambiciosa, que trae al elenco a México para marearlo con varias vueltas de tuerca impredecibles, con algunos momentos más cercanos a Hellboy que a Tintín y con un rol más importante para dos mujeres, que además de sensualidad aportan una mirada distinta acerca del mundo de los aventureros de parajes exóticos.
Los dos guionistas cumplen con lo suyo de manera más que satisfactoria y nos dejan para la posteridad a dos personajes, Carter y Belzoni, a los que cualquier fan del comic de aventuras quiere volver a ver cuanto antes. De todos modos, y aunque la saga de los Detectives de la Antigüedad no se retome jamás, este libro es un hallazgo inolvidable, simplemente porque me sirvió para descubrir a este nuevo ídolo llamado Antonio Lapone. No sabemos si de vez en cuando o muy seguido, pero Lapone. Siempre Lapone. Ponelo vos también en la lista de los imprescindibles.
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Antonio Lapone,
Pierre Vanloffelt,
Régis Hautiére
martes, 3 de julio de 2012
03/ 07: THE AMAZING SPIDER-MAN
Ufff... tres películas en lo que va del año! ¿No será mucho? Bueno, guarda con esta reseña que está hasta las manos de spoilers...
Nueva década, nueva versión fílmica del siempre vigente Spider-Man. ¿Qué andaba mal en la anterior? Digo, aparte del guión de la III, que parece escrito por un Wachiturro lobotomizado... Seguramente la edad del protagonista: a Tobey Maguire se lo veía ya muy grandecito para hacer de héroe adolescente. Eso había que corregirlo, pero ¿hacía falta empezar otra vez de cero?
Probablemente sí, porque está claro que Marc Webb quiere despegar a su Spider-Man lo más posible del de la trilogía de Sam Raimi. Por eso esta peli se centra –de nuevo- en el origen del arácnido y, como en la versión de 2002, hay traiciones groseras al origen que conocemos los fans del comic, todas justificadas en pos de la historia, de des-bizarrear el material sesentoso del que parte el mito y –una vez más- separarse lo más posible de la versión de Raimi. ¿Raimi le daba mucha bola a Mary Jane? Acá ni la nombran. ¿Sus pelis tenían un inmejorable J.J. Jameson? Acá ni se lo nombra. ¿La primera nos mostraba a Peter confrontando con el asesino del Tío Ben? Acá jamás lo encuentra. ¿Raimi le daba cero bola a los padres de Peter? Webb se esfuerza por darle mucha chapa a Richard Parker, el verdadero protagonista ausente de la película. ¿Puteaste a Raimi por los lanzarredes orgánicos? Acá tenés una muy buena versión de cómo Peter los construye de modo mecánico. ¿Raimi apostó fuerte por el Green Goblin y su hijo Harry Osborn? Acá a Harry no lo nombran y a su papá sí, pero no lo vemos nunca, y el que no sabe de comics no tiene ni el más mínimo indicio de que Norman Osborn está destinado a ser el villano más emblemático de Spider-Man.
Las diferencias son tantas que los más ortivas verán a esta versión como un nuevo (y capaz que innecesario) manoseo a la mitología del personaje. Entre tanto sacudón, hay uno que es sumamente fiel a Stan Lee y Steve Ditko: ponerle fichas desde el primer día a Gwen Stacey, por cierto, muy bien interpretada por Emma Stone, una hermosa actriz a la que nunca había visto y cuya voz me produjo zumbidos en la entrepierna. Andrew Garfield, el nuevo Peter Parker, es mucho mejor actor que Tobey Maguire. Su Peter es más intenso, más freak, se lo ve muchísimo más alterado por la picadura de la araña y menos melancólico, con más de esa pasta de humorista que tan bien le queda al Parker de los comics. El resto del elenco está bien, aunque para mi gusto, Rhys Ifans (el Dr. Connors) sobreactúa un toque.
A pesar de que te tenés que fumar de nuevo el origen y bancar una hora hasta que Peter aparece con el traje de Spidey, la película es entretenida. El guión no se cuelga en la trama romántica, no cae en un pozo depresivo cuando muere el Tío Ben y se las ingenia para que todas las peleas estén bien justificadas (además de muy bien coreografiadas y filmadas). La única cagada es ese giro cerca del final, cuando la cana le encaja un balazo a Spidey y, para que llegue a tiempo a la torre de Oscorp, lo terminan por ayudar unos chabones que manejan grúas. Una gilada sin pies ni cabeza, no sé si para mostrar al héroe como un tipo vulnerable, o para reflejar el espíritu solidario que invade a los newyorkinos en tiempos de crisis, o porque a algún tarado le pareció que eso se va a ver bien en un videogame. En vez de generar tensión, o dramatismo, ese recurso me generó fastidio. Eso y el hecho de que Peter se saque la máscara demasiadas veces y cuide poco el secreto de su identidad fue lo único decididamente cuestionable. El resto, se re-banca.
The Amazing Spider-Man tiene machaca, comedia, drama, misterio, unos efectos especiales de la hiper-concha de Dios, buenas actuaciones, una aparición brillante de Stan Lee y muchas secuencias que parecen calcadas de las historietas. Y una re-versión del origen que se caga en los comics de los ´60, en Ultimate Spider-Man y en todas las películas y dibujos animados anteriores y aún así funciona muy dignamente. ¿Será este el Spider-Man definitivo, el que no va a necesitar otra cirugía mayor sin anestesia de acá a 10 o 15 años? Puede ser. Nos vamos a enterar cuando empiecen a aparecer las secuelas (esta peli no hace más que abrir puntas para explorar en infinitas secuelas) y Marc Webb, ya sin la mochila de tener que recontar el origen, se lance a contar la historia que claramente puso a cocinar a fuego lento en esta primera entrega.
Nueva década, nueva versión fílmica del siempre vigente Spider-Man. ¿Qué andaba mal en la anterior? Digo, aparte del guión de la III, que parece escrito por un Wachiturro lobotomizado... Seguramente la edad del protagonista: a Tobey Maguire se lo veía ya muy grandecito para hacer de héroe adolescente. Eso había que corregirlo, pero ¿hacía falta empezar otra vez de cero?
Probablemente sí, porque está claro que Marc Webb quiere despegar a su Spider-Man lo más posible del de la trilogía de Sam Raimi. Por eso esta peli se centra –de nuevo- en el origen del arácnido y, como en la versión de 2002, hay traiciones groseras al origen que conocemos los fans del comic, todas justificadas en pos de la historia, de des-bizarrear el material sesentoso del que parte el mito y –una vez más- separarse lo más posible de la versión de Raimi. ¿Raimi le daba mucha bola a Mary Jane? Acá ni la nombran. ¿Sus pelis tenían un inmejorable J.J. Jameson? Acá ni se lo nombra. ¿La primera nos mostraba a Peter confrontando con el asesino del Tío Ben? Acá jamás lo encuentra. ¿Raimi le daba cero bola a los padres de Peter? Webb se esfuerza por darle mucha chapa a Richard Parker, el verdadero protagonista ausente de la película. ¿Puteaste a Raimi por los lanzarredes orgánicos? Acá tenés una muy buena versión de cómo Peter los construye de modo mecánico. ¿Raimi apostó fuerte por el Green Goblin y su hijo Harry Osborn? Acá a Harry no lo nombran y a su papá sí, pero no lo vemos nunca, y el que no sabe de comics no tiene ni el más mínimo indicio de que Norman Osborn está destinado a ser el villano más emblemático de Spider-Man.
Las diferencias son tantas que los más ortivas verán a esta versión como un nuevo (y capaz que innecesario) manoseo a la mitología del personaje. Entre tanto sacudón, hay uno que es sumamente fiel a Stan Lee y Steve Ditko: ponerle fichas desde el primer día a Gwen Stacey, por cierto, muy bien interpretada por Emma Stone, una hermosa actriz a la que nunca había visto y cuya voz me produjo zumbidos en la entrepierna. Andrew Garfield, el nuevo Peter Parker, es mucho mejor actor que Tobey Maguire. Su Peter es más intenso, más freak, se lo ve muchísimo más alterado por la picadura de la araña y menos melancólico, con más de esa pasta de humorista que tan bien le queda al Parker de los comics. El resto del elenco está bien, aunque para mi gusto, Rhys Ifans (el Dr. Connors) sobreactúa un toque.
A pesar de que te tenés que fumar de nuevo el origen y bancar una hora hasta que Peter aparece con el traje de Spidey, la película es entretenida. El guión no se cuelga en la trama romántica, no cae en un pozo depresivo cuando muere el Tío Ben y se las ingenia para que todas las peleas estén bien justificadas (además de muy bien coreografiadas y filmadas). La única cagada es ese giro cerca del final, cuando la cana le encaja un balazo a Spidey y, para que llegue a tiempo a la torre de Oscorp, lo terminan por ayudar unos chabones que manejan grúas. Una gilada sin pies ni cabeza, no sé si para mostrar al héroe como un tipo vulnerable, o para reflejar el espíritu solidario que invade a los newyorkinos en tiempos de crisis, o porque a algún tarado le pareció que eso se va a ver bien en un videogame. En vez de generar tensión, o dramatismo, ese recurso me generó fastidio. Eso y el hecho de que Peter se saque la máscara demasiadas veces y cuide poco el secreto de su identidad fue lo único decididamente cuestionable. El resto, se re-banca.
The Amazing Spider-Man tiene machaca, comedia, drama, misterio, unos efectos especiales de la hiper-concha de Dios, buenas actuaciones, una aparición brillante de Stan Lee y muchas secuencias que parecen calcadas de las historietas. Y una re-versión del origen que se caga en los comics de los ´60, en Ultimate Spider-Man y en todas las películas y dibujos animados anteriores y aún así funciona muy dignamente. ¿Será este el Spider-Man definitivo, el que no va a necesitar otra cirugía mayor sin anestesia de acá a 10 o 15 años? Puede ser. Nos vamos a enterar cuando empiecen a aparecer las secuelas (esta peli no hace más que abrir puntas para explorar en infinitas secuelas) y Marc Webb, ya sin la mochila de tener que recontar el origen, se lance a contar la historia que claramente puso a cocinar a fuego lento en esta primera entrega.
lunes, 2 de julio de 2012
02/ 07: LIMA PARA VIÑETOFILOS
Suponete que decidís viajar a Lima y no tenés la suerte de caer justo para las fechas de Lima Comics. ¿Cómo hacés para despuntar el vicio de las viñetas?
Para empezar, atenti a los kioscos. El diario Perú 21 (uno de los dos o tres más grossos) saca todas las semanas tres comic-books de compra opcional, a precios muy accesibles. Generalmente son dos de Marvel y uno de DC. Ahora, por ejemplo, estaban editando Iron Man, Spider-Man y Superman/ Batman. También sin salir de los kioscos, tenés ediciones locales de The Walking Dead, Hellboy y muy pronto Sin City. Y una edición trucha (“marca Chancho”, dicen los peruanos) del comic basado en la serie animada de los Avengers.
Ponele que con esto no te alcanza. En ese caso, la opción más power es el Centro Comercial Arenales, un territorio freak apodado “Arenaliens” y poblado de la bizarra fauna de comiqueros, gamers, otakus y cosplayers. De a poquito, la galería (ubicada en el barrio de Lince) se llenó de cybers, donde los pibes se masacran jugando juegos en red; tiendas repletas de remeras, pins, mochilas y boludeces para el cosplay; locales especializados en miniaturas y muñecos (con una cantidad y variedad de merca que en Argentina nunca en tu vida viste) y un par de comiquerías (la más copada es Skull Comics). Acá vas a ver además de lo que se publica en los kioscos, el material de ECC Sudamérica, algo de lo que editaba Planeta, algo (no mucho) de comic yanki en inglés y no menos de 50 títulos de manga distintos... todos en ediciones “marca Chancho”, escaneados, traducidos e impresos de modo muy precario, obviamente sin licencia. También se consiguen ediciones truchas de Walking Dead y de algunos comics de DC. Recorrer todo Arenaliens te va a llevar un rato largo, y si sos fan de los muñecos, corrés serios riesgos de frotar tu tarjeta de crédito hasta que te quede del grosor de la tapa de una Patoruzito.
Si lo tuyo es una onda más retro, tenés que ir al Centro Histórico. Ahí hay varias librerías especializadas en saldos, donde vas a ver bochas de material de Zinco, Sticker Design, ediciones mexicanas de cualquier poronga yanki de los ´90 y hasta números de El Víbora que acá no se distribuyeron nunca. Pero la pulenta está en las cuevas de la calle Quilca. Ahí hay varias “galerías” con varios puestos uno al lado del otro, una especie de Parque Rivadavia con techo. No todos venden comics, pero los que tienen, tienen merca devastadora: desde Hora Cero, El Tony y Patoruzú hasta parvas monumentales de revistas mexicanas... de los ´50 y ´60! Novaro, La Prensa, ese material ancestral que hoy en Argentina vale forrrtunas, allá se consigue fácil y por mucho menos. También hay material americano raro (comic-books de los ´60 hasta los 2000), los infaltables saldos de Zinco, material de superhéroes editado por Panini en Brasil y hasta parvas de manga en japonés. Son horas y horas de ensuciarse los dedos revolviendo montañas infinitas de comics viejos (y no tanto) que nunca viste o que nunca creíste que volverías a ver.
También en Quilca hay un distribuidor, el que llevó a Perú la merca de ECC Sudamérica, que tiene otra especialidad (además de los saldos de Zinco): las ediciones “marca Chancho” de las historietas de Robin Wood! Hay no menos de 25 títulos distintos, en un formato “de bolsillo”, impresos de modo tan precario como los mangas truchos de Arenaliens. Otro clásico argento que circula a full en edición “marca Chancho” es el Toda Mafalda. Y ni hablar de los muñecos sin licencia basados en los personajes de Quino. De esos también hay miles, hasta en la sopa (cuac!).
¿Y si querés leer material de autores peruanos? Ahí tenés que agarrar para el chetísimo barrio de Miraflores y visitar la librería Contracultura, que además es editorial. Contracultura publica libros muy grossos del ídolo nac & pop Sergio Langer y novelas gráficas de los autores locales más interesantes, como Pérez Ruibal, Rodrigo La Hoz, Juan Acevedo, César Carpio o Jesús Cossio. En ese local vas a ver algo de comic argento actual, algo de Skorpio o Columba y por ahí algún material europeo, pero a precios muy zarpados.
En las librerías de los shoppings hay poco: algo de Planeta (sólo DC, cero Vertigo, manga, europeo, etc.) a precios de lesa humanidad y casi todos los comics que edita en España el pulpo Random House-Mondadori, a precios parecidos a los que se ven acá. Las librerías MUY grossas tienen también algunos comics de Marvel y DC en inglés, pero son casi todos hardcovers a precios disparatadamente caros.
Y no mucho más. La cosa parece estar en expansión, pero muy orientada hacia el palo del mainstream yanki. Del resto, hay poco y nada, a menos que te quieras meter en el bizarro submundo de los mangas “fansubeados” y editados de keruza. Veremos con qué me encuentro la próxima vez que visite la maravillosa, caótica e hiper-consumista Lima, a esta altura, mi ciudad latinoamericana favorita, obviamente después de Buenos Aires.
Para empezar, atenti a los kioscos. El diario Perú 21 (uno de los dos o tres más grossos) saca todas las semanas tres comic-books de compra opcional, a precios muy accesibles. Generalmente son dos de Marvel y uno de DC. Ahora, por ejemplo, estaban editando Iron Man, Spider-Man y Superman/ Batman. También sin salir de los kioscos, tenés ediciones locales de The Walking Dead, Hellboy y muy pronto Sin City. Y una edición trucha (“marca Chancho”, dicen los peruanos) del comic basado en la serie animada de los Avengers.
Ponele que con esto no te alcanza. En ese caso, la opción más power es el Centro Comercial Arenales, un territorio freak apodado “Arenaliens” y poblado de la bizarra fauna de comiqueros, gamers, otakus y cosplayers. De a poquito, la galería (ubicada en el barrio de Lince) se llenó de cybers, donde los pibes se masacran jugando juegos en red; tiendas repletas de remeras, pins, mochilas y boludeces para el cosplay; locales especializados en miniaturas y muñecos (con una cantidad y variedad de merca que en Argentina nunca en tu vida viste) y un par de comiquerías (la más copada es Skull Comics). Acá vas a ver además de lo que se publica en los kioscos, el material de ECC Sudamérica, algo de lo que editaba Planeta, algo (no mucho) de comic yanki en inglés y no menos de 50 títulos de manga distintos... todos en ediciones “marca Chancho”, escaneados, traducidos e impresos de modo muy precario, obviamente sin licencia. También se consiguen ediciones truchas de Walking Dead y de algunos comics de DC. Recorrer todo Arenaliens te va a llevar un rato largo, y si sos fan de los muñecos, corrés serios riesgos de frotar tu tarjeta de crédito hasta que te quede del grosor de la tapa de una Patoruzito.
Si lo tuyo es una onda más retro, tenés que ir al Centro Histórico. Ahí hay varias librerías especializadas en saldos, donde vas a ver bochas de material de Zinco, Sticker Design, ediciones mexicanas de cualquier poronga yanki de los ´90 y hasta números de El Víbora que acá no se distribuyeron nunca. Pero la pulenta está en las cuevas de la calle Quilca. Ahí hay varias “galerías” con varios puestos uno al lado del otro, una especie de Parque Rivadavia con techo. No todos venden comics, pero los que tienen, tienen merca devastadora: desde Hora Cero, El Tony y Patoruzú hasta parvas monumentales de revistas mexicanas... de los ´50 y ´60! Novaro, La Prensa, ese material ancestral que hoy en Argentina vale forrrtunas, allá se consigue fácil y por mucho menos. También hay material americano raro (comic-books de los ´60 hasta los 2000), los infaltables saldos de Zinco, material de superhéroes editado por Panini en Brasil y hasta parvas de manga en japonés. Son horas y horas de ensuciarse los dedos revolviendo montañas infinitas de comics viejos (y no tanto) que nunca viste o que nunca creíste que volverías a ver.
También en Quilca hay un distribuidor, el que llevó a Perú la merca de ECC Sudamérica, que tiene otra especialidad (además de los saldos de Zinco): las ediciones “marca Chancho” de las historietas de Robin Wood! Hay no menos de 25 títulos distintos, en un formato “de bolsillo”, impresos de modo tan precario como los mangas truchos de Arenaliens. Otro clásico argento que circula a full en edición “marca Chancho” es el Toda Mafalda. Y ni hablar de los muñecos sin licencia basados en los personajes de Quino. De esos también hay miles, hasta en la sopa (cuac!).
¿Y si querés leer material de autores peruanos? Ahí tenés que agarrar para el chetísimo barrio de Miraflores y visitar la librería Contracultura, que además es editorial. Contracultura publica libros muy grossos del ídolo nac & pop Sergio Langer y novelas gráficas de los autores locales más interesantes, como Pérez Ruibal, Rodrigo La Hoz, Juan Acevedo, César Carpio o Jesús Cossio. En ese local vas a ver algo de comic argento actual, algo de Skorpio o Columba y por ahí algún material europeo, pero a precios muy zarpados.
En las librerías de los shoppings hay poco: algo de Planeta (sólo DC, cero Vertigo, manga, europeo, etc.) a precios de lesa humanidad y casi todos los comics que edita en España el pulpo Random House-Mondadori, a precios parecidos a los que se ven acá. Las librerías MUY grossas tienen también algunos comics de Marvel y DC en inglés, pero son casi todos hardcovers a precios disparatadamente caros.
Y no mucho más. La cosa parece estar en expansión, pero muy orientada hacia el palo del mainstream yanki. Del resto, hay poco y nada, a menos que te quieras meter en el bizarro submundo de los mangas “fansubeados” y editados de keruza. Veremos con qué me encuentro la próxima vez que visite la maravillosa, caótica e hiper-consumista Lima, a esta altura, mi ciudad latinoamericana favorita, obviamente después de Buenos Aires.
domingo, 1 de julio de 2012
01/ 07: THE LORDS OF MISRULE
Cuando uno está muy, muy hecho crosta por culpa de los comics, hay veces que no sólo compra un libro por el personaje, por el tema, por el guionista o por el dibujante. En los casos más extremos de la adicción, vale incluso comprar por la editorial. Alguna vez te podrás clavar, no lo dudo, pero algunos sellos editoriales tienen esa chapa, esa mística, ese “no sé qué” que te hace mirar con cariño cualquier cosa que hayan publicado. Así es como, boludeando por Lima Comics, me tiré de cabeza sobre este librito del que no sabía absolutamente nada, excepto que estaba a buen precio, la portada de Simon Bisley era irresistible y lo editaba Atomeka, aquel sello británico que durante los primeros años ´90 nos deleitó con unas cuantas de las mejores historietas jamás publicadas en el imperio de Su Conchuda Majestad.
Ya adentro del tomo, me encuentro con una mezcla entre thriller psicológico, misterio freak al estilo X-Files y una especie de historia paralela, bien enrolada en el género clásico de fantasía épica al estilo Tolkien. Todo esto sale de la mente de John Tomlinson, guionista inglés del que no recuerdo haber leído otras obras, quien acá emprende la dura labor de subirse a esa onda que Neil Gaiman le daba a los primeros arcos de Sandman, aquellos en los que la inolvidable epopeya de Morpheus coqueteaba bastante con el terror y no tenía mayor drama en sumergirse en las fosas del gore, la sangre y las mutilaciones. No sería justo decir que Tomlinson busca clonar a Gaiman, pero sí encontrar un tono parecido. Y la verdad es que, sin ser Sandman, The Lords of Misrule logra ese equilibrio entre lo impactante, lo intrigante y cierto aire de sofisticación, de “no en cualquier comic te cuentan estas cosas de esta manera”.
El personaje central, el ilustrador Kieron Wallace, está trabajado a full, con un grado de complejidad encomiable. La trama está bien llevada, no está estirada en lo más mínimo, los flashbacks calzan en los momentos justos, las secuencias de la “historia paralela” también, el final resuelve prácticamente todo (todo no, porque habrá una secuela) y el gore salpica, pero sin estropear las cualidades de la historia. No quiero contar mucho del argumento para no spoilear. Es difícil explicar de qué va la historia sin revelar lo que Tomlinson no quiere que sepas hasta que él mismo te lo cuenta. Pero creeme que está muy buena.
A cargo del dibujo tenemos a Gary Erskine, con quien ya nos encontramos varias veces, esta vez con un trabajo impresionante, de enorme calidad. Lo de Erskine es muy, muy bueno: sus secuencias de fantasía épica parecen una mezcla entre lo mejor de P. Craig Russell y Charles Vess, sus secuencias más dark son tremendas, tiene primeros planos laburados casi con tanto detalle como los de Brian Bolland y un repertorio de expresiones faciales variadísimas y llenas de detalles, que por momentos me recordaron a Richard Piers Rayner, el de The Road to Perdition. La narrativa está perfecta, siempre a tono con las sorpresas truculentas, bizarras o retorcidas que propone el guión y con el espacio suficiente para que Erskine descontrole en un puñado de viñetas enormes, de increíble potencia visual. La única cagada es que el color, a cargo de Sophie Heath, es cuasi-catastrófico. Decí que esto se editó en 1993, porque hoy, a una colorista que entrega un laburo así, le meten una patada en el orto que la dejan en órbita geoestacionaria junto al Intelsat V.
Y bueno, ahora a buscar la secuela, que según me bate Wikipedia salió en Dark Horse, con Dan Abnett como co-guionista, el gran Peter Snejberg como dibujante y en blanco y negro, como para zafar de los horrores perpetrados en este primer tomo por esa colorista que –en un mundo más justo- debería estar en cana. Me juego el izquierdo a que el Vol.2 se consigue en oferta por muy poquitos dólares...
Ya adentro del tomo, me encuentro con una mezcla entre thriller psicológico, misterio freak al estilo X-Files y una especie de historia paralela, bien enrolada en el género clásico de fantasía épica al estilo Tolkien. Todo esto sale de la mente de John Tomlinson, guionista inglés del que no recuerdo haber leído otras obras, quien acá emprende la dura labor de subirse a esa onda que Neil Gaiman le daba a los primeros arcos de Sandman, aquellos en los que la inolvidable epopeya de Morpheus coqueteaba bastante con el terror y no tenía mayor drama en sumergirse en las fosas del gore, la sangre y las mutilaciones. No sería justo decir que Tomlinson busca clonar a Gaiman, pero sí encontrar un tono parecido. Y la verdad es que, sin ser Sandman, The Lords of Misrule logra ese equilibrio entre lo impactante, lo intrigante y cierto aire de sofisticación, de “no en cualquier comic te cuentan estas cosas de esta manera”.
El personaje central, el ilustrador Kieron Wallace, está trabajado a full, con un grado de complejidad encomiable. La trama está bien llevada, no está estirada en lo más mínimo, los flashbacks calzan en los momentos justos, las secuencias de la “historia paralela” también, el final resuelve prácticamente todo (todo no, porque habrá una secuela) y el gore salpica, pero sin estropear las cualidades de la historia. No quiero contar mucho del argumento para no spoilear. Es difícil explicar de qué va la historia sin revelar lo que Tomlinson no quiere que sepas hasta que él mismo te lo cuenta. Pero creeme que está muy buena.
A cargo del dibujo tenemos a Gary Erskine, con quien ya nos encontramos varias veces, esta vez con un trabajo impresionante, de enorme calidad. Lo de Erskine es muy, muy bueno: sus secuencias de fantasía épica parecen una mezcla entre lo mejor de P. Craig Russell y Charles Vess, sus secuencias más dark son tremendas, tiene primeros planos laburados casi con tanto detalle como los de Brian Bolland y un repertorio de expresiones faciales variadísimas y llenas de detalles, que por momentos me recordaron a Richard Piers Rayner, el de The Road to Perdition. La narrativa está perfecta, siempre a tono con las sorpresas truculentas, bizarras o retorcidas que propone el guión y con el espacio suficiente para que Erskine descontrole en un puñado de viñetas enormes, de increíble potencia visual. La única cagada es que el color, a cargo de Sophie Heath, es cuasi-catastrófico. Decí que esto se editó en 1993, porque hoy, a una colorista que entrega un laburo así, le meten una patada en el orto que la dejan en órbita geoestacionaria junto al Intelsat V.
Y bueno, ahora a buscar la secuela, que según me bate Wikipedia salió en Dark Horse, con Dan Abnett como co-guionista, el gran Peter Snejberg como dibujante y en blanco y negro, como para zafar de los horrores perpetrados en este primer tomo por esa colorista que –en un mundo más justo- debería estar en cana. Me juego el izquierdo a que el Vol.2 se consigue en oferta por muy poquitos dólares...
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