Segundo tomo de esta serie y ahora sí, empieza a estar más claro por qué, a pesar de la jerarquía de sus autores, no logró pasar la marca de los 24 episodios. Lo mejor de este tomo (creo que de los dos tomos que leí hasta ahora) son los tres unitarios con los que arranca el Vol.2. El primero es brillante y está protagonizado por Atticus Mann, el ex-esclavo negro convertido en cazador de recompensas. Si sospechabas (como yo) que el rol de este personaje podía crecer hasta convertirse en fundamental para el desarrollo de Loveless, acá Brian Azzarello te da la razón y le inyecta al personaje toda la onda y la complejidad necesaria para que ese crecimiento sea sustentable a lo largo de los episodios.
El segundo unitario se centra en Ruth, la mujer de Wes Cutter. Es otro desafío para Azzarello, porque en todo el episodio no hay tiros ni piñas. Son, básicamente, mujeres hablando. De la Guerra, de sus maridos, de sus anhelos… y también hay unas pinceladas más para Jonny, el hermano de Wes, que al principio pintaba para villano y pareciera cumplir un rol más ambiguo. El tercer unitario también, es una charla tranqui entre Wes y Trotter, el hombre que lo nombró sheriff de Blackwater. Pero acá sí, Azzarello mete varios flashbacks bien shockeantes, con tiros, persecuciones y explosiones, ambientados en la época de la Guerra. No está al nivel de los otros dos, pero se la banca muy bien.
Y nos queda un arco argumental de cuatro episodios bastante piantavotos: hay demasiados personajes, todos hablan mucho y los conflictos se definen de forma bastante etérea. El primer tramo enfatiza el rol de villanos de Boyd y su banda (responsables de matar y colgar de los árboles a familias enteras de negros) pero después aparece un nuevo asesino, Punch, que juega más de keruza y es potencialmente más peligroso. En el medio hay muchas persecuciones, emboscadas, intentos de boletear a Boyd, charlas, roscas y conjuras entre los pobladores de Blackwater para sacarse de encima a Wes, más flashbacks jodidos a la época en la que Ruth se quedó sola… y nada termina de impactar. Es como un rompecabezas en el que las piezas están buenas, pero no terminan de encajar. El accionar del propio Wes es tan liviano, tiene tan poco peso en lo que sucede, que no se termina de entender.
Por suerte, cuando lo que pasa no te interesa, Azzarello te ensarta con el cómo sucede. Narra secuencias en paralelo, combina los diálogos con imágenes que no corresponden a esa escena pero que terminan por vincularse en ese juego entre texto y dibujo que Alan Moore le enseñó a todos, calza los flashbacks donde más duelen y te acribilla con los diálogos. O sea que incluso este arco medio endeble se hace sumamente llevadero. Y los unitarios, más focalizados, con más fuerza argumental, son exquisitos.
Un detalle no menor es que esos tres unitarios están dibujados por el prócer croata Danijel Zezelj, quien ya había colaborado con Azzarello en el electrizante western El Diablo (ver reseña del 06/07/10). Una vez más, el croata detona su devastador arsenal de recursos para elevar el claroscuro a una potencia brecciana y, si bien se zarpa un toque en la política de “no te dibujo un fondo”, pela unas páginas impresionantes, desbordantes de expresionismo y de emoción, con un gran manejo de la acción y unos caballos majestuosos, todo muy bien complementado por la paleta de Patricia Mulvihill.
Después tenemos unas cuantas páginas de Marcelo Frusín (que pintaba para titular pero apenas llegó a dibujar siete episodios), también a un gran nivel, con momentos de una oscuridad casi mignolesca y un gran trabajo en las expresiones faciales. Pero el rosarino cuelga los guantes a la mitad del arquito y se va para no volver. Este es (por ahora) su último aporte al sello Vertigo. Entra del banco de suplentes el italiano Werther Dell´Edera, un dibujante más tranqui, con mucha menos personalidad que Frusín, una especie de Giuseppe Camuncoli con poca onda. Dell´Edera conserva esa impronta gráfica basada en el claroscuro, pero tiene un trazo más finito, menos plasticidad en los cuerpos y se zarpa mucho menos a la hora de graficar la violencia y las atrocidades que imagina Azzarello para los personajes.
O sea que sobre siete episodios, tenemos cinco dibujados como la San Puta y los dos últimos, bastante por debajo. Lo peor es que este dibujante “menor” será el titular en la segunda mitad de la serie, que está toda recopilada en el Vol.3. Prometo entrarle pronto. Mientras tanto, si sos fan a muerte de Zezelj y rastreás por cielo y tierra sus trabajos, acá tenés más de 60 páginas del ídolo realmente gloriosas. Y si seguís a todas partes a Frusín, acá están sus últimas 44 páginas publicadas en Vertigo. ¡Buena cacería!
domingo, 8 de marzo de 2015
08/ 03: LOVELESS Vol.2
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sábado, 7 de marzo de 2015
07/ 03: HOY NO HAY NADA
Día complicado porque, a pesar de un problemita de salud que me tiene medio fuera de eje, nos tocó grabar dos podcasts de Comiqueando juntos.
Tengo un libro leído, pero hoy ya pensé y hablé tanto sobre comics que este ratito libre que me queda no quiero seguir escribiendo sobre lo mismo. Mañana seguramente sí habrá reseña.
Aprovecho para avisar que el finde que viene tenemos una nueva edición de Dibujados, un evento cada vez más grosso y convocante, centrado en la producción de los autores argentinos jóvenes e incipientes. Al igual que la vez pasada, la movida tendrá lugar en el Teatro Mandril (en pleno barrio de San Cristóbal, ciudad de Buenos Aires) y habrá muestras, talleres, charlas, dos bandas en vivo y bocha de stands de editoriales, fanzines, etc. Entre los invitados más destacados están Eduardo Mazzitelli, Ariel Olivetti, Gustavo Sala, Ariel López V., Pedro Mancini, Brian Janchez, Oscar Capristo, El Bruno, Ana Von Rebeur y Pito Campos.
Esto arranca a las 15 hs y capaz que termina tarde, así que no hay ninguna garantía en materia de reseñas para sábado ni para domingo. Es lo que hay. De última, venite a Dibujados y charlamos de comics en vivo y en directo.
Con Dibujados arranca posta el cronograma de eventos de un año que promete venir intenso en ese sentido. Veremos hasta dónde podemos acompañar...
Más adelante tiro data sobre las jornadas que estamos preparando para el 4 de Abril en Tecnópolis, como parte del Encuentro Federal de la Palabra.
Gracias por el aguante y será hasta mañana.
Tengo un libro leído, pero hoy ya pensé y hablé tanto sobre comics que este ratito libre que me queda no quiero seguir escribiendo sobre lo mismo. Mañana seguramente sí habrá reseña.
Aprovecho para avisar que el finde que viene tenemos una nueva edición de Dibujados, un evento cada vez más grosso y convocante, centrado en la producción de los autores argentinos jóvenes e incipientes. Al igual que la vez pasada, la movida tendrá lugar en el Teatro Mandril (en pleno barrio de San Cristóbal, ciudad de Buenos Aires) y habrá muestras, talleres, charlas, dos bandas en vivo y bocha de stands de editoriales, fanzines, etc. Entre los invitados más destacados están Eduardo Mazzitelli, Ariel Olivetti, Gustavo Sala, Ariel López V., Pedro Mancini, Brian Janchez, Oscar Capristo, El Bruno, Ana Von Rebeur y Pito Campos.
Esto arranca a las 15 hs y capaz que termina tarde, así que no hay ninguna garantía en materia de reseñas para sábado ni para domingo. Es lo que hay. De última, venite a Dibujados y charlamos de comics en vivo y en directo.
Con Dibujados arranca posta el cronograma de eventos de un año que promete venir intenso en ese sentido. Veremos hasta dónde podemos acompañar...
Más adelante tiro data sobre las jornadas que estamos preparando para el 4 de Abril en Tecnópolis, como parte del Encuentro Federal de la Palabra.
Gracias por el aguante y será hasta mañana.
viernes, 6 de marzo de 2015
06/ 03: EL DR. PICCAFECES
Dice la leyenda que entre 1980 y 1983 el maestro Alfredo Grondona White realizó 38 historietas del Dr. Piccafeces para la mítica revista Hum®. Este libro incluye las primeras 20 y me vino bárbaro porque yo empecé a leer Hum® en el ´81 y no conocía las primeras andanzas del inescrupuloso letrado. Por supuesto que me incomoda el formato en el que publicaba sus recopilatorios Ediciones de la Urraca en esta época (fines de los ´80), en ese formato grandote, casi tabloide, muy parecido al de los álbumes europeos más grandes, pero con tapas blandas muy fáciles de dañar, lomos que se abollaban con sólo mirarlos fijo y una encuadernación más chota que la de los prestige de Zinco. Pero las historietas no están republicadas en ningún otro lado, y entre esto y las hojitas arrancadas de las viejas Hum®, me quedo con esto.
Obviamente a las historietas de Piccafeces se les notan bastante los casi 35 años transcurridos. No sólo porque tienen referencias a temas sociales, políticos y económicos típicos de los últimos años de la dictadura militar, sino porque además la tecnología de hoy abriría las puertas para muchísimas manganetas que en 1981 Piccafeces no podría ni soñar, y al mismo tiempo haría inviables muchas de las triquiñuelas que este maestro de la estafa pone en práctica con éxito en estas páginas.
La primera historieta no requirió demasiado del ingenio de Grondona White: simplemente es una versión mínimamente exagerada de un episodio que sucedió en la realidad en 1980 y puso en jaque (por un ratito) a la editorial de la revista Hum®. La segunda historia nos muestra la única derrota de Piccafeces, su único plan que termina con un estridente fracaso. Y a partir de la tercera entrega, Grondona White traza el rumbo definitivo de la serie: el boliche de copas como oficina, las chicas licenciosas de escasa vestimenta como decorado y los planes brillantes de este capo de la corrupción que terminan invariablemente con Piccafeces tomando sol en alguna playa paradisíaca mientras los que confiaron en él se quieren matar.
Para el sexto episodio, Molita y Aladelta se convierten en las únicas y definitivas adláteres de Piccafeces. ¿Para qué están ahí, si rara vez aportan algo a la trama? Para que el protagonista tenga con quien hablar y exponga (hacia el lector) lo que está tramando. Ya en las últimas entregas de este recopilatorio, Piccafeces urde estafas al nivel de Los Simuladores, con gente que asume identidades falsas, oficinas y sellos usurpados, noticias falsas en diarios y radios y movidas cada vez más ambiciosas. Desde el principio hasta el final, Grondona White nos arranca una sonrisa cómplice y logra que los lectores hinchemos por este hijo de mil putas, por esta alimaña abyecta sin el más mínimo reparo a la hora de cagar a nadie. Y es muy loco, porque en esa misma época, en la revista Hum® había otro personaje venal, avechuchesco, garca irredento al que sólo le importaba ganar guita a costa de los demás: el Dr. Cureta. Y yo me acuerdo que me gustaba verlo PERDER a Cureta, no ganar. Claro, en esa historieta había buenos. En esta hay malos y víctimas, nomás. Lo cierto es que demasiadas veces me sorprendí a mí mismo gozando con las transfugueadas del sorete de Piccafeces y eso es un gran mérito por parte de su autor.
La faz gráfica de Piccafeces es minimalista. Prácticamente no existen los fondos, no hay la menor intención de sugerir climas ni efectos de iluminación, siempre se repiten los mismos tres o cuatro planos y está casi todo definido por una línea finita y recontra-expresiva, que nunca cambia de grosor. Por adentro de esa línea, Grondona White mete poquísimas masas negras y algunos grises logrados con tramas mecánicas. Y eso es todo. La narrativa es clarísima, el lenguaje facial y corporal de los personajes es brillante, como siempre hay una pasmosa atención por los detalles, sobre todo en peinados y vestimenta de los muchos personajes incidentales que pasan por la serie… y con eso alcanza y sobra para que todo lo que vemos en la página resulte atractivo y creíble.
Hoy estamos todos más curtidos, más avivados, y debe ser más difícil que alguien nos venda humo como lo vendía el Dr. Piccafeces en los ´80. Pero garcas va a haber siempre y el hecho de que uno nos caiga bien es digno de ser celebrado. Mientras tanto, seguimos laburando honestamente, aunque sean mínimas las chances de encontrar “el filón” que tanto desvelaba a esta gloriosa creación de Alfredo Grondona White.
Obviamente a las historietas de Piccafeces se les notan bastante los casi 35 años transcurridos. No sólo porque tienen referencias a temas sociales, políticos y económicos típicos de los últimos años de la dictadura militar, sino porque además la tecnología de hoy abriría las puertas para muchísimas manganetas que en 1981 Piccafeces no podría ni soñar, y al mismo tiempo haría inviables muchas de las triquiñuelas que este maestro de la estafa pone en práctica con éxito en estas páginas.
La primera historieta no requirió demasiado del ingenio de Grondona White: simplemente es una versión mínimamente exagerada de un episodio que sucedió en la realidad en 1980 y puso en jaque (por un ratito) a la editorial de la revista Hum®. La segunda historia nos muestra la única derrota de Piccafeces, su único plan que termina con un estridente fracaso. Y a partir de la tercera entrega, Grondona White traza el rumbo definitivo de la serie: el boliche de copas como oficina, las chicas licenciosas de escasa vestimenta como decorado y los planes brillantes de este capo de la corrupción que terminan invariablemente con Piccafeces tomando sol en alguna playa paradisíaca mientras los que confiaron en él se quieren matar.
Para el sexto episodio, Molita y Aladelta se convierten en las únicas y definitivas adláteres de Piccafeces. ¿Para qué están ahí, si rara vez aportan algo a la trama? Para que el protagonista tenga con quien hablar y exponga (hacia el lector) lo que está tramando. Ya en las últimas entregas de este recopilatorio, Piccafeces urde estafas al nivel de Los Simuladores, con gente que asume identidades falsas, oficinas y sellos usurpados, noticias falsas en diarios y radios y movidas cada vez más ambiciosas. Desde el principio hasta el final, Grondona White nos arranca una sonrisa cómplice y logra que los lectores hinchemos por este hijo de mil putas, por esta alimaña abyecta sin el más mínimo reparo a la hora de cagar a nadie. Y es muy loco, porque en esa misma época, en la revista Hum® había otro personaje venal, avechuchesco, garca irredento al que sólo le importaba ganar guita a costa de los demás: el Dr. Cureta. Y yo me acuerdo que me gustaba verlo PERDER a Cureta, no ganar. Claro, en esa historieta había buenos. En esta hay malos y víctimas, nomás. Lo cierto es que demasiadas veces me sorprendí a mí mismo gozando con las transfugueadas del sorete de Piccafeces y eso es un gran mérito por parte de su autor.
La faz gráfica de Piccafeces es minimalista. Prácticamente no existen los fondos, no hay la menor intención de sugerir climas ni efectos de iluminación, siempre se repiten los mismos tres o cuatro planos y está casi todo definido por una línea finita y recontra-expresiva, que nunca cambia de grosor. Por adentro de esa línea, Grondona White mete poquísimas masas negras y algunos grises logrados con tramas mecánicas. Y eso es todo. La narrativa es clarísima, el lenguaje facial y corporal de los personajes es brillante, como siempre hay una pasmosa atención por los detalles, sobre todo en peinados y vestimenta de los muchos personajes incidentales que pasan por la serie… y con eso alcanza y sobra para que todo lo que vemos en la página resulte atractivo y creíble.
Hoy estamos todos más curtidos, más avivados, y debe ser más difícil que alguien nos venda humo como lo vendía el Dr. Piccafeces en los ´80. Pero garcas va a haber siempre y el hecho de que uno nos caiga bien es digno de ser celebrado. Mientras tanto, seguimos laburando honestamente, aunque sean mínimas las chances de encontrar “el filón” que tanto desvelaba a esta gloriosa creación de Alfredo Grondona White.
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El Dr. Piccafeces
jueves, 5 de marzo de 2015
05/ 03: LOS CUENTOS DE LA ERA DE COBRA Vol.2
No me siento muy bien y tengo muchas más ganas de irme a dormir que de escribir.
Pero quiero dejar sentado que este libro es una maravilla y que cumplió totalmente con todas las expectativas que había despertado la primera mitad de la obra (reseñada hace casi un año, el 10/03/14).
El argumento es interesantísimo, el tono del relato está muy logrado, el guión está muy bien desarrollado, hay escenas de lucimiento y voleteretas interesantes para los cuatro personajes que protagonizaron el Vol.1 y para dos más que cobraron fuerza en esta segunda parte, y como si esto fuera poco, Enrique Fernández no para de bajar la línea correcta: Los Cuentos de la Era de Cobra habla de sueños, de libertad, de aguante, de pichis que logran pintarle la cara a un grosso que se creía mil, a fuerza de ingenio, de talento, de creatividad, de coraje y de pasión. La tiranía contra la libertad, la destrucción contra el arte, la sumisión contra el amor verdadero, la rosca espuria contra las convicciones genuinas. De eso se trata esta excelente obra, que se disfraza de fábula, de relato fantástico, pero en la que Fernández seguramente habla de cosas muy reales y muy cercanas.
Las loas al dibujo de este genio del comic están ampliamente desarrolladas en las reseñas que anteriormente dediqué a sus otros trabajos, así que se puede hacer clic en la etiqueta con su nombre y repasarlas. Alguno dirá que “genio del comic” es mucho. Yo te juro que miro estas páginas y por momentos me parece poco.
Este trabajo, de 2012, es el último que realizó Fernández para el mercado francés. Luego de esto proclamó su independencia y se puso a trabajar en proyectos personales, financiados por sus propios fans a través de Kickstarter, y editados en asociación con algunos sellos más chicos de distintos países europeos, a los que logró sacarles tratos mucho más equitativos que los que le ofrecían las mega-editoriales francesas. Cuando tus huevos son tan grandes como tu talento, el aplauso se redobla y –por lo menos de este blog- te llevás una ovación estremecedora. Publique donde publique, somos muchos los que nos vamos a querer comprar cualquier historieta que lleve la firma del inmenso Enrique Fernández.
Pero quiero dejar sentado que este libro es una maravilla y que cumplió totalmente con todas las expectativas que había despertado la primera mitad de la obra (reseñada hace casi un año, el 10/03/14).
El argumento es interesantísimo, el tono del relato está muy logrado, el guión está muy bien desarrollado, hay escenas de lucimiento y voleteretas interesantes para los cuatro personajes que protagonizaron el Vol.1 y para dos más que cobraron fuerza en esta segunda parte, y como si esto fuera poco, Enrique Fernández no para de bajar la línea correcta: Los Cuentos de la Era de Cobra habla de sueños, de libertad, de aguante, de pichis que logran pintarle la cara a un grosso que se creía mil, a fuerza de ingenio, de talento, de creatividad, de coraje y de pasión. La tiranía contra la libertad, la destrucción contra el arte, la sumisión contra el amor verdadero, la rosca espuria contra las convicciones genuinas. De eso se trata esta excelente obra, que se disfraza de fábula, de relato fantástico, pero en la que Fernández seguramente habla de cosas muy reales y muy cercanas.
Las loas al dibujo de este genio del comic están ampliamente desarrolladas en las reseñas que anteriormente dediqué a sus otros trabajos, así que se puede hacer clic en la etiqueta con su nombre y repasarlas. Alguno dirá que “genio del comic” es mucho. Yo te juro que miro estas páginas y por momentos me parece poco.
Este trabajo, de 2012, es el último que realizó Fernández para el mercado francés. Luego de esto proclamó su independencia y se puso a trabajar en proyectos personales, financiados por sus propios fans a través de Kickstarter, y editados en asociación con algunos sellos más chicos de distintos países europeos, a los que logró sacarles tratos mucho más equitativos que los que le ofrecían las mega-editoriales francesas. Cuando tus huevos son tan grandes como tu talento, el aplauso se redobla y –por lo menos de este blog- te llevás una ovación estremecedora. Publique donde publique, somos muchos los que nos vamos a querer comprar cualquier historieta que lleve la firma del inmenso Enrique Fernández.
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Los Cuentos de la Era de Cobra
miércoles, 4 de marzo de 2015
04/ 03: HELLBOY: THE MIDNIGHT CIRCUS
En los ´80, salían los Annuals. En los ´90, los prestige. Hoy, para venderte una aventura de un personaje conocido que no engancha con lo que le está sucediendo en su serie regular, o que propone una mirada más o menos alejada de la que impuso su autor más conocido, te tiran por la cabeza un hardcover de u$ 15, con 49 páginas de historieta y 6-7-8 páginas de relleno. Te podés resistir, claro. Hasta que te dicen que el personaje es Hellboy y los autores son Mike Mignola y Duncan Fegredo. Y ahí vas al muere. ¿Qué opción te queda? Tener culo y conseguirlo en oferta, que es lo que me pasó a mí, por eso dejé las elucubraciones de lado y dije “adentro”.
¿Con qué me encontré? Con una historia bastante menor, bastante prescindible. Entretenida, con una buena dosis de cheap thrills, con menos machaca que la aventura promedio de Hellboy (porque acá nuestro demonio favorito es un pendejito de 9 o 10 años que no está ni entrenado ni desarrolado para rebolear enemigos por el aire), pero sin la fuerza de los grandes relatos que, cada tanto, pela Mignola. De hecho, si el propio Mignola se hubiese propuesto dibujar The Midnight Circus, en ves de 49 páginas tendría como mucho 16, porque es un autor que no se copa estirando, que no tiene problema en armar páginas de 10 ó 12 viñetas y que además sabe que su mejor recurso para expandir las historias es la machaca, y acá no daba.
El argumento, livianito, casi etéreo, nos muestra a este Hellboy borreguito en la senda de Pinocchio: se escapa de su “casa”, se fuma su primer pucho y se termina por meter en un lindo despelote fascinado por la magia del circo. Un circo dark, tenebroso, obviamente sobrenatural, poblado por criaturas espectrales, freaks y demonios. ¿Querías un villano un poco más complejo, o más trabajado? Olvidate. Acá hay apenitas una punta de caracterización para un par de estos monstruos y el resto está ahí sólo para garantizar el impacto. Lo más logrado por parte del guión es el constante homenaje a Pinocchio, los constantes paralelismos que traza Mignola entre su creación y la de Carlo Collodi. Con el famoso cuento como base, Mignola arma un juego entre realidad y alucinación que tiene sus momentos tensos, pero adolesce de una cierta falta de profundidad. Además, al ser una historia del pasado, sabés que (por más que Trevor Bruttenholm se asuste) a Hellboy no le va a pasar nada grave.
Nombraba recién el juego entre realidad y alucinación y de ese contraste sale el principal atractivo de este libro: ver dibujar a Duncan Fegredo no en uno, sino en dos estilos distintos. El británico subraya desde el grafismo estas idas y vueltas entre los dos planos de “realidad” y logra un efecto absolutamente cautivante, por supuesto resaltado por la(s) paleta(s) mágica(s) del maestro Dave Stewart, que acá realiza un trabajo sublime. Además, como no tiene que dibujar al Hellboy adulto, Fregredo se anima a despegarse un poquito más de la estética de Mignola y el resultado es una obra que visualmente se parece mucho más a otros trabajos de Fegredo que a otras sagas de Hellboy. Bah… la verdad es que no recuerdo obras de Fegredo dibujadas al nivel que pela el ídolo en estas 49 páginas. Esto es magia en estado puro, una imagen alucinante atrás de otra, con muchísimo trabajo en las expresiones faciales, en los fondos, con una claridad diáfana en la narrativa, con muchos recursos para darle una identidad gráfica propia a los flashbacks… Si alguna vez pensaste que en sus episodios anteriores de Hellboy la dupla Fegredo-Stewart había alcanzado su techo, acá el techo vuelve a subir, mientras nuestras mandíbulas se caen, rebotan contra el piso, se reacomodan y se vuelven a caer.
Si comprás comics por los dibujos, esto es fundamental, de una. Si sos muy fan de Hellboy y lo seguís a todas partes, obvio que también lo tenés que tener. Si sos barrabrava de Fegredo, ni hablar. Y si no, compralo sólo si lo ves barato. The Midnight Circus es un producto digno, respetuoso, al que no dudo que los autores le pusieron amor y dedicación, pero tampoco es de esas obras que te cambian la vida, ni mucho menos.
¿Con qué me encontré? Con una historia bastante menor, bastante prescindible. Entretenida, con una buena dosis de cheap thrills, con menos machaca que la aventura promedio de Hellboy (porque acá nuestro demonio favorito es un pendejito de 9 o 10 años que no está ni entrenado ni desarrolado para rebolear enemigos por el aire), pero sin la fuerza de los grandes relatos que, cada tanto, pela Mignola. De hecho, si el propio Mignola se hubiese propuesto dibujar The Midnight Circus, en ves de 49 páginas tendría como mucho 16, porque es un autor que no se copa estirando, que no tiene problema en armar páginas de 10 ó 12 viñetas y que además sabe que su mejor recurso para expandir las historias es la machaca, y acá no daba.
El argumento, livianito, casi etéreo, nos muestra a este Hellboy borreguito en la senda de Pinocchio: se escapa de su “casa”, se fuma su primer pucho y se termina por meter en un lindo despelote fascinado por la magia del circo. Un circo dark, tenebroso, obviamente sobrenatural, poblado por criaturas espectrales, freaks y demonios. ¿Querías un villano un poco más complejo, o más trabajado? Olvidate. Acá hay apenitas una punta de caracterización para un par de estos monstruos y el resto está ahí sólo para garantizar el impacto. Lo más logrado por parte del guión es el constante homenaje a Pinocchio, los constantes paralelismos que traza Mignola entre su creación y la de Carlo Collodi. Con el famoso cuento como base, Mignola arma un juego entre realidad y alucinación que tiene sus momentos tensos, pero adolesce de una cierta falta de profundidad. Además, al ser una historia del pasado, sabés que (por más que Trevor Bruttenholm se asuste) a Hellboy no le va a pasar nada grave.
Nombraba recién el juego entre realidad y alucinación y de ese contraste sale el principal atractivo de este libro: ver dibujar a Duncan Fegredo no en uno, sino en dos estilos distintos. El británico subraya desde el grafismo estas idas y vueltas entre los dos planos de “realidad” y logra un efecto absolutamente cautivante, por supuesto resaltado por la(s) paleta(s) mágica(s) del maestro Dave Stewart, que acá realiza un trabajo sublime. Además, como no tiene que dibujar al Hellboy adulto, Fregredo se anima a despegarse un poquito más de la estética de Mignola y el resultado es una obra que visualmente se parece mucho más a otros trabajos de Fegredo que a otras sagas de Hellboy. Bah… la verdad es que no recuerdo obras de Fegredo dibujadas al nivel que pela el ídolo en estas 49 páginas. Esto es magia en estado puro, una imagen alucinante atrás de otra, con muchísimo trabajo en las expresiones faciales, en los fondos, con una claridad diáfana en la narrativa, con muchos recursos para darle una identidad gráfica propia a los flashbacks… Si alguna vez pensaste que en sus episodios anteriores de Hellboy la dupla Fegredo-Stewart había alcanzado su techo, acá el techo vuelve a subir, mientras nuestras mandíbulas se caen, rebotan contra el piso, se reacomodan y se vuelven a caer.
Si comprás comics por los dibujos, esto es fundamental, de una. Si sos muy fan de Hellboy y lo seguís a todas partes, obvio que también lo tenés que tener. Si sos barrabrava de Fegredo, ni hablar. Y si no, compralo sólo si lo ves barato. The Midnight Circus es un producto digno, respetuoso, al que no dudo que los autores le pusieron amor y dedicación, pero tampoco es de esas obras que te cambian la vida, ni mucho menos.
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martes, 3 de marzo de 2015
03/ 03: MISTERIOS DE CUARTO CERRADO
La verdad es que este subgénero del cuento policial basado en crímenes que se cometen en una habitación cerrada de la que supuestamente nadie puede entrar ni salir (onda el baño del fiscal de Puerto Madero) no me emociona en lo más mínimo. Me parece un artificio muy evidente, casi una canchereada por parte de los escritores. Canchereadas que ni siquiera salen bien, porque muchas veces la resolución es chotísima, o tramposa, o sumamente predecible. Esta vez, sin embargo, se encargó de seleccionar y adaptar los cuentos a la historieta el maestro uruguayo (aunque nacido en México) Rodolfo Santullo, y además juntó un dream team de dibujantes que logró con creces poner a este libro en la pila de los irresistibles.
Una vez leído el libro, me parece que, de las ocho historias que adaptó Santullo, me gustaron con suerte dos. Y toleré mínimamente a un par más porque están bien narradas, no por los argumentos. Veamos…
La Carta Robada, de Edgar Allan Poe, no puede ser más obvia. Nueve páginas para contar eso es un disparate, se podría haber hecho en cuatro. Menos mal que el dibujo de Oscar Capristo es excelente, con unas composiciones exquisitas y un laburo monumental en la aplicación de los grises en el photoshop.
El Jorobado, de Arthur Conan Doyle, está bastante bien. Sobre todo porque es el primero de tres o cuatro relatos que se resuelven de modo muy parecido: con la aparición de un animal capaz de meterse en lugares que para un ser humano serían imposibles. El dibujo de Lisandro Estherren, muy jugado a los climas, es una verdadera maravilla. Quiero ver más trabajos suyos en ese estilo.
Otra de Conan Doyle es La Banda de Lunares, también muy estirada y con el mismo final que la anterior: de nuevo un animalito entra y sale de donde nadie podía entrar ni salir. Hay un personaje muy interesante (el Dr. Roylott) pero la historia es floja. El dibujo, a cargo de Juan Manuel Tumburús, aporta onda, dinamismo y algún guiño al gran Sean Murphy.
El Hombre Invisible, del inmensamente grosso Gilbert K. Chesterton es otra historia resuelta con trampa. El planteo es interesante, pero el final parece una tomadura de pelo. Y me gustó mucho el dibujo de Kwaichang Kráneo, más cargado, con más negro y con fondos más laburados que en otros trabajos suyos.
La otra de Chesterton, La Forma Equívoca, tiene un misterio muy bien armado, complejo, lindo… y también se cae en la resolución, que rifa el verosímil construído en las primeras páginas. Gran trabajo en la faz gráfica de Matías Bergara, que prueba cosas nuevas con el claroscuro y se luce aplicando tramas mecánicas.
El Problema de la Celda Trece, de Jacques Futrelle, te engancha con el planteo y con el protagonista, un personaje muy interesante. Y de nuevo, el final es una fumariola frutihortícola que derrumba el clima de misterio y casi parece una joda. El dibujo de Roberto Viacava es muy sobrio, sin grises, con muchos logros en la narrativa.
Una Cama Terriblemente Extraña, de Wilkie Collins, repite la fórmula: planteo y protagonista muy atractivos y una resolución absurda, casi payasesca. Por suerte en el medio tiene esa secuencia alucinante del juego de cartas, y cuenta con un Juan Ferreyra (hoy consagradísimo en EEUU) que sale a matar desde la primera viñeta hasta la última. Soberbio trabajo de Ferreyra, tanto en la narrativa como en el grafismo, muy bien apoyado con la aplicación de los grises.
Y terminamos con Los Crímenes de la Rue Morgue, otro clásico de Poe. Me acuerdo de haber leído el cuento y más de una adaptación al comic… y creo que nunca se me hizo tan soso y predecible como esta vez. El ritmo que le da Santullo al relato está bueno, pero lo que cuenta es tan obvio que no me llegó a atrapar. De nuevo, se salva por los dibujos de Leandro Fernández (también autor de la portada), que son una fiesta para los ojos. Un manejo de los climas, un claroscuro pasado de rosca, un expresionismo acertadísimo… una bestia, bah.
En fin, si te gustan este tipo de historias ambientadas en la Inglaterra decimonónica, con detectives guacho-pija que resuelven casos complejísimos sin despeinarse, es muy probable que esto te vuelva loco. A mí, que esa temática no me engancha en lo más mínimo, Misterios de Cuarto Cerrado me sirvió para disfrutar de los dibujos de ocho artistas a los que admiro, todos en un nivel formidable. Y además me da pie para recomendar (a los que además de comic leen literatura) The Man Who Was Thursday, una novela de Chesterton demasiado buena para ser real…
Una vez leído el libro, me parece que, de las ocho historias que adaptó Santullo, me gustaron con suerte dos. Y toleré mínimamente a un par más porque están bien narradas, no por los argumentos. Veamos…
La Carta Robada, de Edgar Allan Poe, no puede ser más obvia. Nueve páginas para contar eso es un disparate, se podría haber hecho en cuatro. Menos mal que el dibujo de Oscar Capristo es excelente, con unas composiciones exquisitas y un laburo monumental en la aplicación de los grises en el photoshop.
El Jorobado, de Arthur Conan Doyle, está bastante bien. Sobre todo porque es el primero de tres o cuatro relatos que se resuelven de modo muy parecido: con la aparición de un animal capaz de meterse en lugares que para un ser humano serían imposibles. El dibujo de Lisandro Estherren, muy jugado a los climas, es una verdadera maravilla. Quiero ver más trabajos suyos en ese estilo.
Otra de Conan Doyle es La Banda de Lunares, también muy estirada y con el mismo final que la anterior: de nuevo un animalito entra y sale de donde nadie podía entrar ni salir. Hay un personaje muy interesante (el Dr. Roylott) pero la historia es floja. El dibujo, a cargo de Juan Manuel Tumburús, aporta onda, dinamismo y algún guiño al gran Sean Murphy.
El Hombre Invisible, del inmensamente grosso Gilbert K. Chesterton es otra historia resuelta con trampa. El planteo es interesante, pero el final parece una tomadura de pelo. Y me gustó mucho el dibujo de Kwaichang Kráneo, más cargado, con más negro y con fondos más laburados que en otros trabajos suyos.
La otra de Chesterton, La Forma Equívoca, tiene un misterio muy bien armado, complejo, lindo… y también se cae en la resolución, que rifa el verosímil construído en las primeras páginas. Gran trabajo en la faz gráfica de Matías Bergara, que prueba cosas nuevas con el claroscuro y se luce aplicando tramas mecánicas.
El Problema de la Celda Trece, de Jacques Futrelle, te engancha con el planteo y con el protagonista, un personaje muy interesante. Y de nuevo, el final es una fumariola frutihortícola que derrumba el clima de misterio y casi parece una joda. El dibujo de Roberto Viacava es muy sobrio, sin grises, con muchos logros en la narrativa.
Una Cama Terriblemente Extraña, de Wilkie Collins, repite la fórmula: planteo y protagonista muy atractivos y una resolución absurda, casi payasesca. Por suerte en el medio tiene esa secuencia alucinante del juego de cartas, y cuenta con un Juan Ferreyra (hoy consagradísimo en EEUU) que sale a matar desde la primera viñeta hasta la última. Soberbio trabajo de Ferreyra, tanto en la narrativa como en el grafismo, muy bien apoyado con la aplicación de los grises.
Y terminamos con Los Crímenes de la Rue Morgue, otro clásico de Poe. Me acuerdo de haber leído el cuento y más de una adaptación al comic… y creo que nunca se me hizo tan soso y predecible como esta vez. El ritmo que le da Santullo al relato está bueno, pero lo que cuenta es tan obvio que no me llegó a atrapar. De nuevo, se salva por los dibujos de Leandro Fernández (también autor de la portada), que son una fiesta para los ojos. Un manejo de los climas, un claroscuro pasado de rosca, un expresionismo acertadísimo… una bestia, bah.
En fin, si te gustan este tipo de historias ambientadas en la Inglaterra decimonónica, con detectives guacho-pija que resuelven casos complejísimos sin despeinarse, es muy probable que esto te vuelva loco. A mí, que esa temática no me engancha en lo más mínimo, Misterios de Cuarto Cerrado me sirvió para disfrutar de los dibujos de ocho artistas a los que admiro, todos en un nivel formidable. Y además me da pie para recomendar (a los que además de comic leen literatura) The Man Who Was Thursday, una novela de Chesterton demasiado buena para ser real…
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Rodolfo Santullo
lunes, 2 de marzo de 2015
02/ 03: A MAQUINA DO TEMPO
Mirá cómo una boludez (que no se le ocurre a cualquiera, pero no deja de ser una boludez) hace que el típico libro de rejunte de obra dispersa de un autor X cobre un sentido y hasta una identidad más copada. A algún genio se le ocurrió reeditar un montón de historias cortas de Adao Iturrusgarai (el brasilero radicado en Argentina) realizadas entre 1983 y 2013… de adelante para atrás. O sea, retrocediendo, como en un viaje al pasado. El libro arranca con una historieta de 2013 y termina con una 30 años anterior. El efecto es muy raro, porque invita al lector a realizar el camino inverso al que realizó Adao, desde su presente como autor consagrado hacia sus inicios como emergente del fértil under brazuca de los ´80.
Aunque, para ser justos, la evolución (para atrás) del estilo de Iturrusgarai no es tan marcada ni tan evidente como uno podría suponer. La historieta de 1983 no es tan distinta, ni en temática ni en estética, de la de 2013. Son más las continuidades que las rupturas, lo cual habla de la coherencia del autor consigo mismo y del muy buen nivel que ya tenía cuando le tocó dar sus primeros pasos. En el medio hay momentos más raros, en los que Adao amaga con agarrar para otro lado, y eso está muy bien. La página fechada en 1986, por ejemplo, nos muestra al autor en una busqueda que lo aleja de Georges Wolinski (su referente natural) y lo acerca a Philippe Vuillemin. En las páginas de 1989, Adao parece transformarse en un autor de El Víbora, con cositas de Miguel Gallardo o Bartolomé Seguí. En las páginas de 1997 y 2001 vemos la versión más limpita, más “careta” del estilo del autor, algo que me había llamado mucho la atención en la reseña del 02/04/14. En 2005, lo vemos coquetear con el minimalismo más extremo en la brillante Drink Fatal. Y de ahí en más, pueden variar las técnicas de entintado, o de coloreado, pero es básicamente el Adao Iturrusgarai que nos conquistó a todos con su onda visceral y desfachatada.
Además de Drink Fatal, la antología ofrece varias historias más realmente notables. Moscas (2013) es una maravilla, que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas. Son tres páginas fundamentales para entender… todo. Timoteo o Timido (2011) es un muy lindo ejercicio narrativo, más experimental que cómico. Otro ejercicio muy interesante es la página sin título (y sin textos) de 2009, la del tipo que se agranda hasta abandonar el planeta. Del mismo año, O Contorno de Gregório Sancha es una muy buena historia, bizarra pero profunda, con bastante contenido como para pensar. Y también de 2009 y también sin textos, me encantó Love Story, que aparentemente es un “cover” de una historieta de Wolinski.
De 2008 me encantaron la breve pero demoledora Já Mentiu Hoje? y la desopilante O Vendedor de Respostas, que me parece que la leí hace unos años en la Fierro. De 2007, me reí mucho con Morte no Horario de Verao, una gran idea muy bien desarrollada. Me sorprendió muy gratamente el final de Festa a Fantasía (2006). Y me gustaron algunos (no todos) los episodios de Stronzata Galattica. Y ya mucho más atrás, me reí mucho con las tiras de O Fim Dos Super-Herois (1990), con chistes de exquisita mala leche. Y hay muchos chistes más muy graciosos, de pijas, tetas, borracheras, drogas y boludeces varias. Los tests tipo “¿Cuánto te va a durar el enamoramiento?” no son muy originales (los hizo durante mil años Matt Groening en Life in Hell) pero están muy bien resueltos.
También hay un par de historias cortas realizadas en colaboración: la que dibuja Adao con guión de Verde se me hizo muy larga, y la que escribe para que dibuje el maestro Laerte va muy rápido, está muy comprimida, de modo que no se llega a establecer bien quiénes son los personajes y cuál es el conflicto.
Si sos fan de Iturrusgarai, no lo dudes: pedile a alguien que viaje a Brasil que te traiga esta joya, muy bien editada por Zarabatana. Y si no lo conocés, acá te vas a encontrar con un abanderado del Humor Sin Barreras, que casi siempre renuncia al virtuosismo gráfico para irse al carajo con las ideas, con los diálogos e incluso con situaciones de la vida real que Adao reinterpreta para llevarlas al extremo del delirio, del descontrol y –obviamente- de la comicidad. Muito prazer.
Aunque, para ser justos, la evolución (para atrás) del estilo de Iturrusgarai no es tan marcada ni tan evidente como uno podría suponer. La historieta de 1983 no es tan distinta, ni en temática ni en estética, de la de 2013. Son más las continuidades que las rupturas, lo cual habla de la coherencia del autor consigo mismo y del muy buen nivel que ya tenía cuando le tocó dar sus primeros pasos. En el medio hay momentos más raros, en los que Adao amaga con agarrar para otro lado, y eso está muy bien. La página fechada en 1986, por ejemplo, nos muestra al autor en una busqueda que lo aleja de Georges Wolinski (su referente natural) y lo acerca a Philippe Vuillemin. En las páginas de 1989, Adao parece transformarse en un autor de El Víbora, con cositas de Miguel Gallardo o Bartolomé Seguí. En las páginas de 1997 y 2001 vemos la versión más limpita, más “careta” del estilo del autor, algo que me había llamado mucho la atención en la reseña del 02/04/14. En 2005, lo vemos coquetear con el minimalismo más extremo en la brillante Drink Fatal. Y de ahí en más, pueden variar las técnicas de entintado, o de coloreado, pero es básicamente el Adao Iturrusgarai que nos conquistó a todos con su onda visceral y desfachatada.
Además de Drink Fatal, la antología ofrece varias historias más realmente notables. Moscas (2013) es una maravilla, que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas. Son tres páginas fundamentales para entender… todo. Timoteo o Timido (2011) es un muy lindo ejercicio narrativo, más experimental que cómico. Otro ejercicio muy interesante es la página sin título (y sin textos) de 2009, la del tipo que se agranda hasta abandonar el planeta. Del mismo año, O Contorno de Gregório Sancha es una muy buena historia, bizarra pero profunda, con bastante contenido como para pensar. Y también de 2009 y también sin textos, me encantó Love Story, que aparentemente es un “cover” de una historieta de Wolinski.
De 2008 me encantaron la breve pero demoledora Já Mentiu Hoje? y la desopilante O Vendedor de Respostas, que me parece que la leí hace unos años en la Fierro. De 2007, me reí mucho con Morte no Horario de Verao, una gran idea muy bien desarrollada. Me sorprendió muy gratamente el final de Festa a Fantasía (2006). Y me gustaron algunos (no todos) los episodios de Stronzata Galattica. Y ya mucho más atrás, me reí mucho con las tiras de O Fim Dos Super-Herois (1990), con chistes de exquisita mala leche. Y hay muchos chistes más muy graciosos, de pijas, tetas, borracheras, drogas y boludeces varias. Los tests tipo “¿Cuánto te va a durar el enamoramiento?” no son muy originales (los hizo durante mil años Matt Groening en Life in Hell) pero están muy bien resueltos.
También hay un par de historias cortas realizadas en colaboración: la que dibuja Adao con guión de Verde se me hizo muy larga, y la que escribe para que dibuje el maestro Laerte va muy rápido, está muy comprimida, de modo que no se llega a establecer bien quiénes son los personajes y cuál es el conflicto.
Si sos fan de Iturrusgarai, no lo dudes: pedile a alguien que viaje a Brasil que te traiga esta joya, muy bien editada por Zarabatana. Y si no lo conocés, acá te vas a encontrar con un abanderado del Humor Sin Barreras, que casi siempre renuncia al virtuosismo gráfico para irse al carajo con las ideas, con los diálogos e incluso con situaciones de la vida real que Adao reinterpreta para llevarlas al extremo del delirio, del descontrol y –obviamente- de la comicidad. Muito prazer.
domingo, 1 de marzo de 2015
01/ 03: LOVELESS Vol.1
Las ventas de la Distri durante Febrero fueron bastante insignificantes, con lo cual no da para armar un ranking más o menos serio. Haremos un Febrero + Marzo más adelante, y aprovechamos la entrada de hoy para avanzar con las reseñas.
Esta es una serie de Vertigo a la que le fue bastante mal y terminó cancelada luego de apenas 24 episodios. Una pena, porque en todo momento se nota que Brian Azzarello estaba colocando los cimientos de algo grande, algo ambicioso, probablemente pensada (como American Vampire) para abarcar muchas décadas en la historia de los EEUU. Por ahora, este primer TPB (el único tramo de Loveless que había leído en su momento en revistitas) se queda todo el tiempo en el mismo momento, un par de años después del fin de la Guerra de Secesión. Felizmente, esa etapa histórica nutre a Azzarello de una buena variedad de conflictos, como para tejer una primera parte de la historia rica en tensiones, aunque por ahí con poca acción.
Este tramo se centra en Wes Cutter, un tipo duro y honesto que peleó en la guerra para el Sur, y tras la derrota, se decide a regresar al pueblito de Blackwater, donde se va a encontrar con las cosas muy cambiadas. Cutter va a tener que lidiar no sólo con haber perdido la guerra, sino con haber perdido a su mujer, haberse distanciado de su hermano (que pinta para ser un villano importante) y tener su tierra ocupada por el ejército vencedor, que no ve con buenos ojos su regreso a Blackwater. Igual, algo va a inventar para quedarse en el pueblo y empezar a saldar cuentas que le quedaron pendientes.
O sea que está todo dado para que se genere un lindo clima de rosca política, sumado a un drama familiar, una historia de amor, las secuelas de las atrocidades cometidas por uno y otro bando durante la guerra, y un tema con mucho peso en el EEUU de aquellos años: la reciente libertad de los esclavos negros, que ahora buscan insertarse en una sociedad que (sobre todo en el Sur) no está muy conforme con el nuevo status quo. Uno de estos ex-esclavos, Atticus, está muy bien desarrollado por Azzarello y también amenaza con convertirse en un personaje relevante en el contexto global de la saga.
¿Por qué no me sorprende que Loveless no haya sido un hitazo a la par de 100 Bullets, por ejemplo? Porque me parece que arranca a un ritmo demasiado pachorro, le falta impacto. Azzarello muestra un par de escenas jodidas en las primeras páginas, pero no se explica sino hasta mucho después en qué afectan a los personajes principales. Y además hay muchísimos personajes, demasiados. Enseguida cobra preponderancia Wes Cutter, pero a su alrededor se aglutina un elenco de secundarios muy nutrido, y son pocos aquellos en los que Azzarello llega a profundizar. El resto se convierte en un cúmulo de Juan Carlos Nadie con los que el lector nunca logra empatizar y apenas si alcanza a diferenciarlos entre sí. Obviamente eso se puede corregir sin necesidad de hacer milagros a lo largo de los futuros episodios, pero me imagino que, en el momento del mes-a-mes, debe haber ahuyentado a más de un lector.
Lo que, por el contrario, funciona como un gancho irresistible, es el dibujo del maestro rosarino Marcelo Frusín, que ya había formado dupla con Azzarello en unos cuantos episodios de Hellblazer. Como todo comic ambientado en las agrestes planicies cuasi-rurales del EEUU del Siglo XIX, Loveless le brinda a Frusín la posibilidad de dibujar muchos espacios abiertos y pocos fondos. Por eso, en las exiguas escenas en las que la acción se traslada a las callecitas de Blackwater o al interior de algún edificio, el dibujante deja la vida en cada fondo. Siempre subrayo la cuota extra de virtuosismo que pela Frusín cada vez que tiene que dibujar animales, y acá me encontré con caballos y perros gloriosos. Quiero más bichos en los próximos tomos. Pero lo más notable es lo que hace Marcelo a la hora de crear climas (apoyado por el color de Patricia Mulvihill) y sobre todo a la hora de plantear juegos narrativos que tienen que ver con cosas que suceden fuera de cuadro, con la elección de ángulos para sorprender al lector, con la integración de los flashbacks a las viñetas del presente, o con el armado de montajes paralelos como el de las primeras dos páginas del quinto episodio. Frusín no se va a quedar hasta el final de Loveless, pero en este primer tramo no falta nunca y deja todo.
Por temática, por ambientación, incluso por el tono, entiendo que Loveless pueda no ser una lectura prioritaria para el típico fan de Vertigo. Pero si sos fan de Azzarello o de Frusín, te la recomiendo igual, porque acá los dos animalitos salieron a dar lo mejor, a innovar y a meterse con temas que la historieta (especialmente ell mainstream yanki) rara vez aborda.
Esta es una serie de Vertigo a la que le fue bastante mal y terminó cancelada luego de apenas 24 episodios. Una pena, porque en todo momento se nota que Brian Azzarello estaba colocando los cimientos de algo grande, algo ambicioso, probablemente pensada (como American Vampire) para abarcar muchas décadas en la historia de los EEUU. Por ahora, este primer TPB (el único tramo de Loveless que había leído en su momento en revistitas) se queda todo el tiempo en el mismo momento, un par de años después del fin de la Guerra de Secesión. Felizmente, esa etapa histórica nutre a Azzarello de una buena variedad de conflictos, como para tejer una primera parte de la historia rica en tensiones, aunque por ahí con poca acción.
Este tramo se centra en Wes Cutter, un tipo duro y honesto que peleó en la guerra para el Sur, y tras la derrota, se decide a regresar al pueblito de Blackwater, donde se va a encontrar con las cosas muy cambiadas. Cutter va a tener que lidiar no sólo con haber perdido la guerra, sino con haber perdido a su mujer, haberse distanciado de su hermano (que pinta para ser un villano importante) y tener su tierra ocupada por el ejército vencedor, que no ve con buenos ojos su regreso a Blackwater. Igual, algo va a inventar para quedarse en el pueblo y empezar a saldar cuentas que le quedaron pendientes.
O sea que está todo dado para que se genere un lindo clima de rosca política, sumado a un drama familiar, una historia de amor, las secuelas de las atrocidades cometidas por uno y otro bando durante la guerra, y un tema con mucho peso en el EEUU de aquellos años: la reciente libertad de los esclavos negros, que ahora buscan insertarse en una sociedad que (sobre todo en el Sur) no está muy conforme con el nuevo status quo. Uno de estos ex-esclavos, Atticus, está muy bien desarrollado por Azzarello y también amenaza con convertirse en un personaje relevante en el contexto global de la saga.
¿Por qué no me sorprende que Loveless no haya sido un hitazo a la par de 100 Bullets, por ejemplo? Porque me parece que arranca a un ritmo demasiado pachorro, le falta impacto. Azzarello muestra un par de escenas jodidas en las primeras páginas, pero no se explica sino hasta mucho después en qué afectan a los personajes principales. Y además hay muchísimos personajes, demasiados. Enseguida cobra preponderancia Wes Cutter, pero a su alrededor se aglutina un elenco de secundarios muy nutrido, y son pocos aquellos en los que Azzarello llega a profundizar. El resto se convierte en un cúmulo de Juan Carlos Nadie con los que el lector nunca logra empatizar y apenas si alcanza a diferenciarlos entre sí. Obviamente eso se puede corregir sin necesidad de hacer milagros a lo largo de los futuros episodios, pero me imagino que, en el momento del mes-a-mes, debe haber ahuyentado a más de un lector.
Lo que, por el contrario, funciona como un gancho irresistible, es el dibujo del maestro rosarino Marcelo Frusín, que ya había formado dupla con Azzarello en unos cuantos episodios de Hellblazer. Como todo comic ambientado en las agrestes planicies cuasi-rurales del EEUU del Siglo XIX, Loveless le brinda a Frusín la posibilidad de dibujar muchos espacios abiertos y pocos fondos. Por eso, en las exiguas escenas en las que la acción se traslada a las callecitas de Blackwater o al interior de algún edificio, el dibujante deja la vida en cada fondo. Siempre subrayo la cuota extra de virtuosismo que pela Frusín cada vez que tiene que dibujar animales, y acá me encontré con caballos y perros gloriosos. Quiero más bichos en los próximos tomos. Pero lo más notable es lo que hace Marcelo a la hora de crear climas (apoyado por el color de Patricia Mulvihill) y sobre todo a la hora de plantear juegos narrativos que tienen que ver con cosas que suceden fuera de cuadro, con la elección de ángulos para sorprender al lector, con la integración de los flashbacks a las viñetas del presente, o con el armado de montajes paralelos como el de las primeras dos páginas del quinto episodio. Frusín no se va a quedar hasta el final de Loveless, pero en este primer tramo no falta nunca y deja todo.
Por temática, por ambientación, incluso por el tono, entiendo que Loveless pueda no ser una lectura prioritaria para el típico fan de Vertigo. Pero si sos fan de Azzarello o de Frusín, te la recomiendo igual, porque acá los dos animalitos salieron a dar lo mejor, a innovar y a meterse con temas que la historieta (especialmente ell mainstream yanki) rara vez aborda.
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sábado, 28 de febrero de 2015
28/ 02: ZERO POINT
Esto es algo que en nuestro país se hace poco, que es lo que yo llamo “historieta sin documentos”. Zero Point no da el más mínimo indicio de haber sido ideada y dibujada por un autor argentino. Está escrita en neutro y ambientada en una ciudad aparentemente yanki a la que jamás se menciona. No hay “argentinadas” en ningún lado: ni en los diálogos, ni en la ambientación, ni en la trama, que es un clásico thriller de asesinos a sueldo, mafias y canas corruptos que podría haber sido tranquilamente producido en EEUU, Japón, Brasil o cualquier país europeo.
Visualmente, lo que hace Agustín Graham Nakamura tampoco se parece en nada al típico comic argentino. Agustín vivió varios años en Japón (país donde nació su madre), y estudió manga y dirección de animación. Eso se ve con toda claridad en este trabajo, que tiene una estética muy cercana a la del manga, mucho más que cualquier otra historieta de autores locales editada hasta el momento en Argentina. Ojo: no estoy diciendo que “es un manga”. Está narrado de izquierda a derecha, está hecho a un ritmo muy lento (Nakamura tardó años en realizar menos de 190 páginas) y casi sin asistentes, apenas con la colaboración de Ramón Bunge, encargado de aplicar las tramas mecánicas.
Pero la impronta japonesa está y está muy bien lograda. Las recién mencionadas tramas mecánicas están perfectas, las líneas cinéticas abundan y están magníficamente usadas, hay ángulos típicos del manga, trucos narrativos alucinantes que rara vez se ven en el comic occidental (¡esa secuencia toda narrada en cámara subjetiva!), mucho énfasis en los silencios, escenas trepidantes de altísimo impacto narradas sin diálogos ni onomatopeyas, y el típico contraste entre edificios, armas y vehículos muy realistas y figuras humanas mucho más simples, en las que se ve el amor de Nakamura por autores como Naoki Urasawa y Katsuhiro Otomo, entre otros. También en algunos rostros hay cositas menos japonesas y más yankis, especialmente en los personajes femeninos. Y lo más importante: todo está muy, muy bien dibujado. En poquísimas viñetas, Nakamura te mete adentro de su universo, te seduce, te convence de que todo es real y te lleva de un sacudón a otro a fuerza de una faz gráfica contundente, sin fisuras.
Por supuesto, todo esto no alcanzaría para hablar bien de Zero Point si no estuviera respaldado por un buen guión. Y felizmente, el guión está buenísimo. Es complejo, pega giros impredecibles, no se rompe nunca el verosímil, no juega al impacto por el impacto mismo, y hasta se anima a saltar al vacío en el desarrollo de un personaje clave (¿o son dos?). El pase de manos que hace Agustín sobre el final de la obra, redefine a un personaje secundario (Crow, el mejor diseñado de todo el elenco) y abre toda una nueva perspectiva acerca de todo lo que habíamos leído hasta ese punto. Ese es un golpe maestro, no parece una idea de un autor que está forcejeando con su ópera prima.
Entre una cosa y otra, Zero Point resulta una lectura atrapante, muy intensa. No le pidas mucho más que un rato de entretenimiento, porque eso es lo que se planteó Agustín Nakamura como meta: entretener con una historia fuerte, basada en el ritmo y en los momentos extremos en los que estallan las peleas, las persecuciones, los tiros y las explosiones. Si a eso le sumamos una profundidad asombrosa en algunos personajes, buenos diálogos, un garche muy hot y giros argumentales inesperados, estamos en condiciones de afirmar que las aspiraciones del autor se cumplieron con creces.
A la historieta argentina le hacen falta más obras como Zero Point, más obras que –por estética, más que por temática- puedan resultarle irresistibles a los fans del manga que ni en pedo te tocan una historieta de autores locales… y que a la vez no subestime ni a este grupo de lectores ni a los otros. Agustín Graham Nakamura, un ronin del comic y la animación hoy radicado en Brasil, frotó la lámpara y logró con esta obra convocar a lectores de todos los palos, generar un éxito de ventas muy notable y dejarnos cebados a muchos de los críticos más exigentes, que hoy nos preguntamos cuándo carajo sale su próxima novela gráfica, para comprarla de una.
Visualmente, lo que hace Agustín Graham Nakamura tampoco se parece en nada al típico comic argentino. Agustín vivió varios años en Japón (país donde nació su madre), y estudió manga y dirección de animación. Eso se ve con toda claridad en este trabajo, que tiene una estética muy cercana a la del manga, mucho más que cualquier otra historieta de autores locales editada hasta el momento en Argentina. Ojo: no estoy diciendo que “es un manga”. Está narrado de izquierda a derecha, está hecho a un ritmo muy lento (Nakamura tardó años en realizar menos de 190 páginas) y casi sin asistentes, apenas con la colaboración de Ramón Bunge, encargado de aplicar las tramas mecánicas.
Pero la impronta japonesa está y está muy bien lograda. Las recién mencionadas tramas mecánicas están perfectas, las líneas cinéticas abundan y están magníficamente usadas, hay ángulos típicos del manga, trucos narrativos alucinantes que rara vez se ven en el comic occidental (¡esa secuencia toda narrada en cámara subjetiva!), mucho énfasis en los silencios, escenas trepidantes de altísimo impacto narradas sin diálogos ni onomatopeyas, y el típico contraste entre edificios, armas y vehículos muy realistas y figuras humanas mucho más simples, en las que se ve el amor de Nakamura por autores como Naoki Urasawa y Katsuhiro Otomo, entre otros. También en algunos rostros hay cositas menos japonesas y más yankis, especialmente en los personajes femeninos. Y lo más importante: todo está muy, muy bien dibujado. En poquísimas viñetas, Nakamura te mete adentro de su universo, te seduce, te convence de que todo es real y te lleva de un sacudón a otro a fuerza de una faz gráfica contundente, sin fisuras.
Por supuesto, todo esto no alcanzaría para hablar bien de Zero Point si no estuviera respaldado por un buen guión. Y felizmente, el guión está buenísimo. Es complejo, pega giros impredecibles, no se rompe nunca el verosímil, no juega al impacto por el impacto mismo, y hasta se anima a saltar al vacío en el desarrollo de un personaje clave (¿o son dos?). El pase de manos que hace Agustín sobre el final de la obra, redefine a un personaje secundario (Crow, el mejor diseñado de todo el elenco) y abre toda una nueva perspectiva acerca de todo lo que habíamos leído hasta ese punto. Ese es un golpe maestro, no parece una idea de un autor que está forcejeando con su ópera prima.
Entre una cosa y otra, Zero Point resulta una lectura atrapante, muy intensa. No le pidas mucho más que un rato de entretenimiento, porque eso es lo que se planteó Agustín Nakamura como meta: entretener con una historia fuerte, basada en el ritmo y en los momentos extremos en los que estallan las peleas, las persecuciones, los tiros y las explosiones. Si a eso le sumamos una profundidad asombrosa en algunos personajes, buenos diálogos, un garche muy hot y giros argumentales inesperados, estamos en condiciones de afirmar que las aspiraciones del autor se cumplieron con creces.
A la historieta argentina le hacen falta más obras como Zero Point, más obras que –por estética, más que por temática- puedan resultarle irresistibles a los fans del manga que ni en pedo te tocan una historieta de autores locales… y que a la vez no subestime ni a este grupo de lectores ni a los otros. Agustín Graham Nakamura, un ronin del comic y la animación hoy radicado en Brasil, frotó la lámpara y logró con esta obra convocar a lectores de todos los palos, generar un éxito de ventas muy notable y dejarnos cebados a muchos de los críticos más exigentes, que hoy nos preguntamos cuándo carajo sale su próxima novela gráfica, para comprarla de una.
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viernes, 27 de febrero de 2015
27/ 02: VALERIAN Vol.5
Venía leyendo los álbumes de Valérian de a uno, pero bueno, pintó muy barato este mega-tomo de Norma que trae tres álbumes juntos y no lo pude evitar. Por suerte, la historieta de Pierre Christin y Jean-Claude Mézieres se caracteriza por su ritmo ágil, con lo cual clavarme tres álbumes en un día no resultó un sacrificio mayúsculo ni mucho menos. Este hardcover trae los episodios 13, 14 y 15 de esta mítica serie, que pertenecen a la época en la que Valérian deja de serializarse en la revista Pilote y empieza a salir directamente en álbumes, de modo bastante espaciado.
La primera aventura de este tomo es Sur les Frontiéres, de 1988, que originalmente se publicó serializada y en blanco y negro en el diario France Soir. Este es el peor guión que escribió Christin para la saga de Valérian y probablemente en toda su carrera. El guionista presenta a varios personajes nuevos, empieza a armar un conflicto grosso, hace crecer la tensión, mata a uno de los personajes y revela al otro como un villano zarpado con un plan ambicioso y fatal, pone a los héroes en acción para intentar frenarlo, cuando la cosa ya está al borde de la hecatombe llega el enfrentamiento entre el villano, Valérian y Laureline… y ahí se desinfla totalmente la historia. De las 62 páginas, 55 son un build-up hacia una lucha que promete ser definitiva. Sin embargo, en la página 56, todo el espesor dramático, todo el conflicto se desvanece de un modo que torna totalmente irrelevantes a todas las peripecias, peligros, marchas y contramarchas que dieron buenos y malos a lo largo de casi toda la aventura. Un bajón al que sólo levantan esos toques de caracterización magistrales que Christin le mete todo el tiempo a Valérian y Laureline y que los hace tan reales y tan queribles.
Vamos con Les Armes Vivants, aparecida directamente en álbum en 1990. Acá los autores vuelven al formato de 54 páginas y el guión levanta un poco. De nuevo, Christin repite el truco de presentar a varios personajes nuevos y repartir mucho el protagonismo entre ellos y los héroes “titulares” de la serie. Y le sale bien. Son personajes atractivos, que rápidamente generan una muy buena química entre sí y con Valérian y Laureline. Al final, resulta no haber “malos”: los buenos quedan atrapados en medio de un conflicto bélico ancestral que amenaza con no resolverse jamás, y el guionista lo usa para bajar línea acerca de la carrera armamentista y lo poco creíbles que suenan los discursos de los líderes de las grandes potencias cuando hablan de ponerle fin a las guerras. El final es bastante poco verosímil, como si Christin hiciera “una de más” en su afán de que estos nuevos personajes terminen bien y le queden a mano por si los necesita para más adelante; pero bueno, al lado del final de Sur les Frontiéres, este es brillante.
Cuatro años después de Les Armes… aparece Les Cercles du Pouvoir, lejos el mejor de los tres álbumes que integran este integral (cuac!). Esta es una aventura en todo su esplendor, repleta de persecuciones, peleas, espionaje, investigación al estilo del hard boiled, traiciones, escenas de comedia sumamente efectivas y revelaciones shockeantes. Acá reaparecen varios personajes del álbum Les Spectres d´Inverloch (reseñado el 28/01/13) y está todo ambientado en el hiper-corrupto planeta Rubanis. Christin se prodiga (y se divierte) en la descripción de esta extraña sociedad (con más de un guiño a la nuestra) y logra que todos los detalles que nos resultan atractivos en esa descripción, tengan peso a la hora de la acción, de la resolución de la trama. El final tiene una resonancia rara con el de The Wizard of Oz y está muy bien. Los personajes nuevos también tienen mucha onda y no estaría mal volver a verlos, especialmente a la villana Na-Zultra.
Este último episodio es el único en el que se lo nota a Mézieres un poquito por debajo de su mejor nivel. El dibujo arranca muy arriba, con Mézieres realmente prendido fuego, tirando magia en las expresiones faciales, en la plasticidad de los cuerpos, y obviamente en la creación de paisajes, naves y seres inimaginables. El primer tramo del integral, que transcurre mayoritariamente en la Tierra del presente, nos lo muestra también muy afilado para documentarse y mostrarnos lugares perfectamente reconocibles de nuestro planeta. En el segundo tramo, Mézieres deja la vida en las escenas de combates multitudinarios de miles contra miles. Y en el tercero, parece gastar todos los cartuchos en dos o tres escenas muy grossas y al resto prestarle menos atención. Esto se nota especialmente en los primeros planos, que a menudo parecen apresurados, descuidados, dibujados “como para zafar”. Convengamos en que Mézieres, al 70% de lo que puede dar, también es una bestia implacable. Pero uno es un rompebolas que lo quiere todo el tiempo al 100%.
Y me faltarían dos de estos masacotes de 190 páginas para completar todo Valérian. Deben valer un huevo y la cáscara del otro, pero me gusta la edición, las traducciones son muy buenas y son la forma más práctica de capturar los seis álbumes que no tengo y jamás leí de esta serie que tanto hizo por expandir los límites de la ciencia-ficción.
La primera aventura de este tomo es Sur les Frontiéres, de 1988, que originalmente se publicó serializada y en blanco y negro en el diario France Soir. Este es el peor guión que escribió Christin para la saga de Valérian y probablemente en toda su carrera. El guionista presenta a varios personajes nuevos, empieza a armar un conflicto grosso, hace crecer la tensión, mata a uno de los personajes y revela al otro como un villano zarpado con un plan ambicioso y fatal, pone a los héroes en acción para intentar frenarlo, cuando la cosa ya está al borde de la hecatombe llega el enfrentamiento entre el villano, Valérian y Laureline… y ahí se desinfla totalmente la historia. De las 62 páginas, 55 son un build-up hacia una lucha que promete ser definitiva. Sin embargo, en la página 56, todo el espesor dramático, todo el conflicto se desvanece de un modo que torna totalmente irrelevantes a todas las peripecias, peligros, marchas y contramarchas que dieron buenos y malos a lo largo de casi toda la aventura. Un bajón al que sólo levantan esos toques de caracterización magistrales que Christin le mete todo el tiempo a Valérian y Laureline y que los hace tan reales y tan queribles.
Vamos con Les Armes Vivants, aparecida directamente en álbum en 1990. Acá los autores vuelven al formato de 54 páginas y el guión levanta un poco. De nuevo, Christin repite el truco de presentar a varios personajes nuevos y repartir mucho el protagonismo entre ellos y los héroes “titulares” de la serie. Y le sale bien. Son personajes atractivos, que rápidamente generan una muy buena química entre sí y con Valérian y Laureline. Al final, resulta no haber “malos”: los buenos quedan atrapados en medio de un conflicto bélico ancestral que amenaza con no resolverse jamás, y el guionista lo usa para bajar línea acerca de la carrera armamentista y lo poco creíbles que suenan los discursos de los líderes de las grandes potencias cuando hablan de ponerle fin a las guerras. El final es bastante poco verosímil, como si Christin hiciera “una de más” en su afán de que estos nuevos personajes terminen bien y le queden a mano por si los necesita para más adelante; pero bueno, al lado del final de Sur les Frontiéres, este es brillante.
Cuatro años después de Les Armes… aparece Les Cercles du Pouvoir, lejos el mejor de los tres álbumes que integran este integral (cuac!). Esta es una aventura en todo su esplendor, repleta de persecuciones, peleas, espionaje, investigación al estilo del hard boiled, traiciones, escenas de comedia sumamente efectivas y revelaciones shockeantes. Acá reaparecen varios personajes del álbum Les Spectres d´Inverloch (reseñado el 28/01/13) y está todo ambientado en el hiper-corrupto planeta Rubanis. Christin se prodiga (y se divierte) en la descripción de esta extraña sociedad (con más de un guiño a la nuestra) y logra que todos los detalles que nos resultan atractivos en esa descripción, tengan peso a la hora de la acción, de la resolución de la trama. El final tiene una resonancia rara con el de The Wizard of Oz y está muy bien. Los personajes nuevos también tienen mucha onda y no estaría mal volver a verlos, especialmente a la villana Na-Zultra.
Este último episodio es el único en el que se lo nota a Mézieres un poquito por debajo de su mejor nivel. El dibujo arranca muy arriba, con Mézieres realmente prendido fuego, tirando magia en las expresiones faciales, en la plasticidad de los cuerpos, y obviamente en la creación de paisajes, naves y seres inimaginables. El primer tramo del integral, que transcurre mayoritariamente en la Tierra del presente, nos lo muestra también muy afilado para documentarse y mostrarnos lugares perfectamente reconocibles de nuestro planeta. En el segundo tramo, Mézieres deja la vida en las escenas de combates multitudinarios de miles contra miles. Y en el tercero, parece gastar todos los cartuchos en dos o tres escenas muy grossas y al resto prestarle menos atención. Esto se nota especialmente en los primeros planos, que a menudo parecen apresurados, descuidados, dibujados “como para zafar”. Convengamos en que Mézieres, al 70% de lo que puede dar, también es una bestia implacable. Pero uno es un rompebolas que lo quiere todo el tiempo al 100%.
Y me faltarían dos de estos masacotes de 190 páginas para completar todo Valérian. Deben valer un huevo y la cáscara del otro, pero me gusta la edición, las traducciones son muy buenas y son la forma más práctica de capturar los seis álbumes que no tengo y jamás leí de esta serie que tanto hizo por expandir los límites de la ciencia-ficción.
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jueves, 26 de febrero de 2015
26/ 02: FLOYD FARLAND, CITIZEN OF THE FUTURE
¿Alguna vez te preguntaste qué hizo Chris Ware antes de inventar Acme Novelty Library? Yo no. Pero me encontré de casualidad con este librito y me pareció interesante, por eso lo capturé. Se trata de una historieta que Ware hizo a los 19 años para un periódico escolar, reversionada para esta edición a cargo de Eclipse, que salió en 1988, cuando el autor tenía apenas 21 años.
Esto es MUY loco, porque no se parece absolutamente en nada a los trabajos más conocidos de Ware. El formato es el del típico comic-book, es en blanco y negro, y la estética no se parece para nada a la que vimos a partir de los ´90 en las “aventuras” de Jimmy Corrigan y demás. Olvidate de ese estilo puntilloso, de línea clara generosa en detalles y pensada para ser complementada con el color: Acá Ware trabaja con un claroscuro extremo, binario, en el que ni siquiera hay lugar para la línea negra. Todo es mancha o espacio en blanco. El resultado es por un lado impactante y por el otro muy raro, muy experimental. Es algo que por ahí se podría haber visto en El Víbora, en la RAW, o en alguna otra publicación de impronta vanguardista.
De los trucos que ya le conocía a Ware, el único que se ve acá es el de controlar milimétricamente el tempo narrativo mediante el armado de secuencias compuestas por muchas viñetas muy pequeñas, idénticas o bastante parecidas entre sí. Acá se juega con páginas de hasta 19 cuadros, algo muy infrecuente en el formato de comic-book. Y ofrece muchísimas páginas con más de 15 cuadros. Eso hace que estas 41 páginas se lean muy lento, en el tiempo en el que normalmente leemos 64 u 80. Como el dibujo es muy extremo, una vez que lo decodificás ya “se lee solo”. Y el gancho pasan a ser por un lado la acción, y por el otro los textos.
Hay que decir que, para ser una obra de un chico de 19 años, Floyd Farland está muy bien escrita. Es una especie de comedia de enredos con espionaje y conspiraciones, ambientada en un futuro distópico, con guiños a G. K. Chesterton y George Orwell. Ware encuentra la forma de que sucedan cosas bastante escabrosas, pero contadas de modo tal que parezcan livianas, casi cómicas. Los personajes están delineados con brocha gorda, no tienen demasiados matices, porque lo interesante está en la forma en que los vaivenes de la trama los van llevando a situaciones muy complejas. No quiero contar muchos detalles para que te sorprenda como me sorprendió a mí.
Y si bien el grafismo, algunas puestas en página y sobre todo la splash page que se manda cerca del final (con un bizarro tributo a la publicidad de los años ´50) muestran una sana intención de experimentar, de innovar, esta no es una obra revolucionaria desde lo formal como sí lo sería Acme Novelty Library. No es tradicional, se va al carajo por varios caminos distintos, pero no es ese “antes y después” que va a plantear Ware a partir de 1993.
La compañera Wikipedia me tira el dato de que hoy Ware no se hace cargo de Floyd Farland, que le parece un bochorno, una obra ingenua y muy de principiante. De hecho se dice que el autor suele comprar todos los ejemplares que encuentra para destruirlos. Bueno, maestro, se te escapó uno. Y cayó en mis manos. Y lo leí con mala leche, porque –ya lo conté varias veces- a mí Ware me parece un genio en cuanto al replanteo formal que propone en el armado de las páginas y las secuencias, me encanta su dibujo, pero sus historias me aburren, me parecen frías, reiterativas, no me transmiten la más mínima pasión. Siempre lo comparo con esos violeros prodigiosos onda Yngwie Malmsteen, que te devastan desde la técnica pero que a la hora de generar emociones resultan muy pecho frío. Esta vez, el virtuoso con un témpano en el tórax me enganchó con una historia muy interesante, con un conflicto atractivo, giros impredecibles, buenos textos y algún capricho medio bizarro, por qué no… Seguro que Floyd Farland no estuvo nominado para ningún premio ni vendió un choto ni le aportó demasiado capital simbólico a su joven autor. Pero es una historieta muy digna y, si conseguís este librito antes de que Chris Ware termine con su campaña para borrarlo de la faz de la Tierra, sospecho que te va a gustar, incluso si no sos fan de este celebrado ícono del comic contemporáneo.
Esto es MUY loco, porque no se parece absolutamente en nada a los trabajos más conocidos de Ware. El formato es el del típico comic-book, es en blanco y negro, y la estética no se parece para nada a la que vimos a partir de los ´90 en las “aventuras” de Jimmy Corrigan y demás. Olvidate de ese estilo puntilloso, de línea clara generosa en detalles y pensada para ser complementada con el color: Acá Ware trabaja con un claroscuro extremo, binario, en el que ni siquiera hay lugar para la línea negra. Todo es mancha o espacio en blanco. El resultado es por un lado impactante y por el otro muy raro, muy experimental. Es algo que por ahí se podría haber visto en El Víbora, en la RAW, o en alguna otra publicación de impronta vanguardista.
De los trucos que ya le conocía a Ware, el único que se ve acá es el de controlar milimétricamente el tempo narrativo mediante el armado de secuencias compuestas por muchas viñetas muy pequeñas, idénticas o bastante parecidas entre sí. Acá se juega con páginas de hasta 19 cuadros, algo muy infrecuente en el formato de comic-book. Y ofrece muchísimas páginas con más de 15 cuadros. Eso hace que estas 41 páginas se lean muy lento, en el tiempo en el que normalmente leemos 64 u 80. Como el dibujo es muy extremo, una vez que lo decodificás ya “se lee solo”. Y el gancho pasan a ser por un lado la acción, y por el otro los textos.
Hay que decir que, para ser una obra de un chico de 19 años, Floyd Farland está muy bien escrita. Es una especie de comedia de enredos con espionaje y conspiraciones, ambientada en un futuro distópico, con guiños a G. K. Chesterton y George Orwell. Ware encuentra la forma de que sucedan cosas bastante escabrosas, pero contadas de modo tal que parezcan livianas, casi cómicas. Los personajes están delineados con brocha gorda, no tienen demasiados matices, porque lo interesante está en la forma en que los vaivenes de la trama los van llevando a situaciones muy complejas. No quiero contar muchos detalles para que te sorprenda como me sorprendió a mí.
Y si bien el grafismo, algunas puestas en página y sobre todo la splash page que se manda cerca del final (con un bizarro tributo a la publicidad de los años ´50) muestran una sana intención de experimentar, de innovar, esta no es una obra revolucionaria desde lo formal como sí lo sería Acme Novelty Library. No es tradicional, se va al carajo por varios caminos distintos, pero no es ese “antes y después” que va a plantear Ware a partir de 1993.
La compañera Wikipedia me tira el dato de que hoy Ware no se hace cargo de Floyd Farland, que le parece un bochorno, una obra ingenua y muy de principiante. De hecho se dice que el autor suele comprar todos los ejemplares que encuentra para destruirlos. Bueno, maestro, se te escapó uno. Y cayó en mis manos. Y lo leí con mala leche, porque –ya lo conté varias veces- a mí Ware me parece un genio en cuanto al replanteo formal que propone en el armado de las páginas y las secuencias, me encanta su dibujo, pero sus historias me aburren, me parecen frías, reiterativas, no me transmiten la más mínima pasión. Siempre lo comparo con esos violeros prodigiosos onda Yngwie Malmsteen, que te devastan desde la técnica pero que a la hora de generar emociones resultan muy pecho frío. Esta vez, el virtuoso con un témpano en el tórax me enganchó con una historia muy interesante, con un conflicto atractivo, giros impredecibles, buenos textos y algún capricho medio bizarro, por qué no… Seguro que Floyd Farland no estuvo nominado para ningún premio ni vendió un choto ni le aportó demasiado capital simbólico a su joven autor. Pero es una historieta muy digna y, si conseguís este librito antes de que Chris Ware termine con su campaña para borrarlo de la faz de la Tierra, sospecho que te va a gustar, incluso si no sos fan de este celebrado ícono del comic contemporáneo.
miércoles, 25 de febrero de 2015
25/ 02: KINGSMAN: THE SECRET SERVICE
Ayer fui al cine después de muchos meses, a ver una peli que me llamaba la atención por ser una adaptación de un comic de Mark Millar y Dave Gibbons. Tengo el libro, pero todavía no lo leí, así que no sé si me va a gustar más o menos que la película. Por ahora, lo que tengo para opinar sobre Secret Service son estos 129 minutos dirigidos por Matthew Vaughn. Un dato curioso es que este muchacho ya gritó “¡acción!” en otras tres películas basadas en comics (Stardust, Kick-Ass y X-Men: First Class), de las cuales yo no vi ninguna.
Así, en bolas, sin haber leído nada, sin tener la menor idea del argumento que ideó Millar para el comic (seguramente especulando con que se podría convertir también en largometraje), Kingsman: TSS me gustó mucho. Me pareció un entretenimiento muy logrado, con mucho ritmo, mucha intensidad, con una mirada irónica muy bien puesta sobre las convenciones de las típicas películas de espías, y sobre todo con un excelente desarrollo del personaje principal, Eggsy, muy bien encarnado por Taron Egerton.
Por supuesto hay momentos en los que el guión (obra de Vaughn y Jane Goldman) se va un poquito al carajo y abandona toda pretensión de verosimilitud. Los excesos pochoclísticos tan propios de los blockbusters se imponen en algunos pasajes por sobre una atmósfera bastante realista, construída sobre todo a través de los diálogos. Ojo, no es que pasen cosas más fumadas que en una peli típica de James Bond o del Capitán América. Pero, en un contexto más “verídico” como el que plantea Kingsman:TSS, hace un poco más de ruido ver –por ejemplo- a 50 tipos cagando a tiros a uno sólo sin acertarle un mísero disparo. O a un pibe sin ningún tipo de entrenamiento aguantando casi un minuto abajo del agua. En fin, deslices habituales en este tipo de relatos basados en la acción incesante y espectacular.
Acá, además de tiroteos, peleas alucinantes y explosiones, hay una trama muy atractiva, con un villano muy carismático cuyo plan no tiene nada que envidiarle a los de los mejores films de James Bond. La conspiración que urde este excéntrico personaje va más allá de lo que uno sospecha al principio y mucho antes del final de la peli ya genera consecuencias muy grossas, de las que alteran radicalmente el desarrollo de la historia. Esto habla de lo impredecible del argumento, que es algo que hay que valorar. Y también está muy presente la mala leche típica de Mark Millar. No sólo las puteadas (que abundan como pocas veces), sino esa crueldad, ese humor negro, ese tinte maligno para mostrar desde un simple choque de autos a un intento de genocidio a nivel global.
Los diálogos, además de la superpoblación de puteadas, ofrecen pinceladas que sirven para delinear al menos dos conflictos de menor escala: el de los aristócratas acomodados vs. la gente humilde que subsiste con lo justo, y el de los ingleses protocolares y atildados vs. los yankis relajados y barderos. Esas son cositas que enriquecen mucho al guión, y andá a saber si están tan logradas en el comic.
Y, sin spoilear (porque capaz que alguno se decide a ir a ver Kingsman: TSS después de leer esto), hay una secuencia que no creo que esté en el comic (la de Eggsy al volante del auto robado a los muchachones del pub), y una que, si está, debe haber sido graficada y orquestada por Gibbons de un modo muy distinto a lo que nos muestra Vaughn: la de la detonación de los implantes que tienen en el cogote todos los que rosquearon con el villano. Ya me voy a enterar cómo se resuelve eso sin movimiento y sin música. En la pantalla grande, la resolución que ofrece Vaughn me pareció brillante, un contraste exquisito con lo tremendo de la escena.
En cuanto a las actuaciones, además de la de Taron Egerton destaco la de Colin Firth, a quien había oído nombrar pero no recordaba de otras películas (obviamente debido a mi escasa cultura cinematográfica). Y generalmente me encanta verlo actuar al maestro Samuel Jackson, pero acá me irritó con la manía de hablar zezeando, algo que no creo que Millar haya imaginado cuando creó al personaje de Richmond Valentine. Otro punto muy a favor de la película es que no tiene una historia de amor, si bien hay una chica de la misma edad de Eggsy que gana bastante protagonismo, interpretada por una hermosa Sophie Cookson, a quien tampoco conocía.
Kingsman: TSS ofrece rito iniciático, acción y espionaje en una muy buena historia que funciona como una especie de lado B de Wanted (el comic, la peli jamás la vi), esta vez centrada en el bando de los buenos. No la puedo comparar con otras adaptaciones al cine de las obras de Mark Millar, porque no vi ninguna. Pero para pasar un lindo rato, la recomiendo a full. Y prometo entrarle pronto a la historieta.
Así, en bolas, sin haber leído nada, sin tener la menor idea del argumento que ideó Millar para el comic (seguramente especulando con que se podría convertir también en largometraje), Kingsman: TSS me gustó mucho. Me pareció un entretenimiento muy logrado, con mucho ritmo, mucha intensidad, con una mirada irónica muy bien puesta sobre las convenciones de las típicas películas de espías, y sobre todo con un excelente desarrollo del personaje principal, Eggsy, muy bien encarnado por Taron Egerton.
Por supuesto hay momentos en los que el guión (obra de Vaughn y Jane Goldman) se va un poquito al carajo y abandona toda pretensión de verosimilitud. Los excesos pochoclísticos tan propios de los blockbusters se imponen en algunos pasajes por sobre una atmósfera bastante realista, construída sobre todo a través de los diálogos. Ojo, no es que pasen cosas más fumadas que en una peli típica de James Bond o del Capitán América. Pero, en un contexto más “verídico” como el que plantea Kingsman:TSS, hace un poco más de ruido ver –por ejemplo- a 50 tipos cagando a tiros a uno sólo sin acertarle un mísero disparo. O a un pibe sin ningún tipo de entrenamiento aguantando casi un minuto abajo del agua. En fin, deslices habituales en este tipo de relatos basados en la acción incesante y espectacular.
Acá, además de tiroteos, peleas alucinantes y explosiones, hay una trama muy atractiva, con un villano muy carismático cuyo plan no tiene nada que envidiarle a los de los mejores films de James Bond. La conspiración que urde este excéntrico personaje va más allá de lo que uno sospecha al principio y mucho antes del final de la peli ya genera consecuencias muy grossas, de las que alteran radicalmente el desarrollo de la historia. Esto habla de lo impredecible del argumento, que es algo que hay que valorar. Y también está muy presente la mala leche típica de Mark Millar. No sólo las puteadas (que abundan como pocas veces), sino esa crueldad, ese humor negro, ese tinte maligno para mostrar desde un simple choque de autos a un intento de genocidio a nivel global.
Los diálogos, además de la superpoblación de puteadas, ofrecen pinceladas que sirven para delinear al menos dos conflictos de menor escala: el de los aristócratas acomodados vs. la gente humilde que subsiste con lo justo, y el de los ingleses protocolares y atildados vs. los yankis relajados y barderos. Esas son cositas que enriquecen mucho al guión, y andá a saber si están tan logradas en el comic.
Y, sin spoilear (porque capaz que alguno se decide a ir a ver Kingsman: TSS después de leer esto), hay una secuencia que no creo que esté en el comic (la de Eggsy al volante del auto robado a los muchachones del pub), y una que, si está, debe haber sido graficada y orquestada por Gibbons de un modo muy distinto a lo que nos muestra Vaughn: la de la detonación de los implantes que tienen en el cogote todos los que rosquearon con el villano. Ya me voy a enterar cómo se resuelve eso sin movimiento y sin música. En la pantalla grande, la resolución que ofrece Vaughn me pareció brillante, un contraste exquisito con lo tremendo de la escena.
En cuanto a las actuaciones, además de la de Taron Egerton destaco la de Colin Firth, a quien había oído nombrar pero no recordaba de otras películas (obviamente debido a mi escasa cultura cinematográfica). Y generalmente me encanta verlo actuar al maestro Samuel Jackson, pero acá me irritó con la manía de hablar zezeando, algo que no creo que Millar haya imaginado cuando creó al personaje de Richmond Valentine. Otro punto muy a favor de la película es que no tiene una historia de amor, si bien hay una chica de la misma edad de Eggsy que gana bastante protagonismo, interpretada por una hermosa Sophie Cookson, a quien tampoco conocía.
Kingsman: TSS ofrece rito iniciático, acción y espionaje en una muy buena historia que funciona como una especie de lado B de Wanted (el comic, la peli jamás la vi), esta vez centrada en el bando de los buenos. No la puedo comparar con otras adaptaciones al cine de las obras de Mark Millar, porque no vi ninguna. Pero para pasar un lindo rato, la recomiendo a full. Y prometo entrarle pronto a la historieta.
martes, 24 de febrero de 2015
24/ 02: BATU Vol.1
Allá por 2009, la editorial Sudamericana empezó a recopilar en libritos las tiras de Batu que Tute publicó durante varios años en la contratapa de La Nación, hasta que se cansó y volvió a los chistes de una sóla viñeta. Yo había leído algunas tiras, en forma esporádica, y la verdad que al leerlas así, en una dosis extra-large de 93 tiras, me gustaron mucho más.
Lo primero que hay que destacar es el dibujo. Acá vemos un Tute radicalmente distinto del que nos cruzamos allá por el 08/04/14 con El Amor es un Perro Verde. Acá hay cero dibujo a mano alzada, cero improvisación, cero desprolijidad. Este es el Tute “careta”, si se quiere, que cuida mucho las formas y que –sin renunciar a su sello personal- se encolumna detrás de los grandes maestros de las tiras cómicas protagonizadas por niños: Charles Schulz, Quino y Bill Watterson. A veces, cuando el guión lo justifica, Tute deja volar a su plumín y sorprende con unas texturas fantásticas, dignas de David B. o Joann Sfar, aunque siempre contenidas en una línea negra prolija, diáfana, muy pensada para ser coloreada con colores planos, casi siempre primarios.
Al contar con una tira doble, Tute no escatima esfuerzos y muchas veces nos regala entregas con ocho o nueve viñetas. Estas secuencias armadas con cuadros chiquitos en los que los dibujos apenas se modifican le permiten manipular perfectamente el tempo narrativo de las tiras, que se enriquecen con los silencios, las pausas, que impone el autor, y que acompañan a las logradas pantomimas de los personajes.
La temática elegida por Tute es la niñez, no tanto en contraste con el mundo adulto (si bien cada tanto se nutre también de ese elemento), sino más bien encarada como un inagotable patio de juegos, como un reino en el que lo imaginario se hace real con tan sólo un “dale que…”. Batu tiene reflexiones que cualquier chico de ocho o nueve años puede producir y, cada tanto, algún pensamiento más agudo, más pensado para descolocar al lector, que seguramente tiene más de nueve años. La relación entre Batu y Tútum (su perro) por momentos me hizo acordar a la de Ernestina y Fellini, aunque Tute nos propone más similitudes y menos distancia entre niño y mascota. Buena parte del tiempo Tútum es un chico más, con morfología canina pero con un rol que podría cumplir tranquilamente un hermano humano de Batu. Y el otro personaje secundario muy bien planteado por Tute es Boris, el gordito de anteojos, secuaz a pesar suyo de las travesuras de Batu, cuya falta de iniciativa (que debería resultarnos patética) muchas veces resulta conmovedora.
No es mucho más lo que puedo agregar sin ponerme a contar los chistes. Lo importante es que, al menos en estos primeros meses de serialización, Batu se planteó como una tira muy interesante, con muchos recursos humorísticos y gráficos muy bien plasmados y con la sana intención de actualizar para el Siglo XXI la tradición de las tiras protagonizadas por chicos. Con talento e imaginación, Tute encontró nuevas vueltas de tuerca a un tópico que ya parece muy gastado, muy transitado, y mientras duró ese impulso inicial Batu fue una magnífica tira, a la que vale la pena descubrir o redescubrir ahora que el autor dejó este formato para volver al chiste.
Lo primero que hay que destacar es el dibujo. Acá vemos un Tute radicalmente distinto del que nos cruzamos allá por el 08/04/14 con El Amor es un Perro Verde. Acá hay cero dibujo a mano alzada, cero improvisación, cero desprolijidad. Este es el Tute “careta”, si se quiere, que cuida mucho las formas y que –sin renunciar a su sello personal- se encolumna detrás de los grandes maestros de las tiras cómicas protagonizadas por niños: Charles Schulz, Quino y Bill Watterson. A veces, cuando el guión lo justifica, Tute deja volar a su plumín y sorprende con unas texturas fantásticas, dignas de David B. o Joann Sfar, aunque siempre contenidas en una línea negra prolija, diáfana, muy pensada para ser coloreada con colores planos, casi siempre primarios.
Al contar con una tira doble, Tute no escatima esfuerzos y muchas veces nos regala entregas con ocho o nueve viñetas. Estas secuencias armadas con cuadros chiquitos en los que los dibujos apenas se modifican le permiten manipular perfectamente el tempo narrativo de las tiras, que se enriquecen con los silencios, las pausas, que impone el autor, y que acompañan a las logradas pantomimas de los personajes.
La temática elegida por Tute es la niñez, no tanto en contraste con el mundo adulto (si bien cada tanto se nutre también de ese elemento), sino más bien encarada como un inagotable patio de juegos, como un reino en el que lo imaginario se hace real con tan sólo un “dale que…”. Batu tiene reflexiones que cualquier chico de ocho o nueve años puede producir y, cada tanto, algún pensamiento más agudo, más pensado para descolocar al lector, que seguramente tiene más de nueve años. La relación entre Batu y Tútum (su perro) por momentos me hizo acordar a la de Ernestina y Fellini, aunque Tute nos propone más similitudes y menos distancia entre niño y mascota. Buena parte del tiempo Tútum es un chico más, con morfología canina pero con un rol que podría cumplir tranquilamente un hermano humano de Batu. Y el otro personaje secundario muy bien planteado por Tute es Boris, el gordito de anteojos, secuaz a pesar suyo de las travesuras de Batu, cuya falta de iniciativa (que debería resultarnos patética) muchas veces resulta conmovedora.
No es mucho más lo que puedo agregar sin ponerme a contar los chistes. Lo importante es que, al menos en estos primeros meses de serialización, Batu se planteó como una tira muy interesante, con muchos recursos humorísticos y gráficos muy bien plasmados y con la sana intención de actualizar para el Siglo XXI la tradición de las tiras protagonizadas por chicos. Con talento e imaginación, Tute encontró nuevas vueltas de tuerca a un tópico que ya parece muy gastado, muy transitado, y mientras duró ese impulso inicial Batu fue una magnífica tira, a la que vale la pena descubrir o redescubrir ahora que el autor dejó este formato para volver al chiste.
lunes, 23 de febrero de 2015
23/ 02: APACHE CONTRA REVOLVER
Tenía bastante abandonada a la historieta mexicana, pero entre este mes y el próximo vamos a tener bastante material de ese país acá en el blog. Para empezar, me tocó un libro muy raro, una historieta de apariencia clásica pero realizada en forma de experimento bizarro por el guionista (y periodista especializado, y a veces editor) Luis Gantus y el dibujante Sergio Tapia.
Apache Contra Revolver surgió como webcomic a fines de 2009, con una consigna muy loca: Tapia entregaba una página por semana de un western convencional, una aventura bastante genérica en la que un héroe y una heroína cabalgaban las planicies del Lejano Oeste en busca de… algo, y vivían peripecias, peleas y demás. Y después venía Gantus y le agregaba a las páginas una importante cantidad de texto… absolutamente en joda. Tanto los diálogos de los protagonistas como los del narrador (un personaje con un diseño magnífico, más cerca de Tales From The Crypt que de All-Star Western) están sobrecargados de chistes, juegos de palabras, doble sentido al borde de la guarangada, nombres delirantes y graciosos para las personas, los lugares y hasta los caballos… y todo escrito con los informalismos y localismos de México, lo cual lo hace muy arduo de leer si no manejás esa jerga.
Este detalle para nada menor convierte a los diálogos festivos y zarpados de Gantus en un laberinto del terror del cual es muy difícil salir. Si fueran ocho páginas, o diez, se banca. Pero en 72 páginas, tanto texto cargado de chistes de los cuales más de la mitad sólo se entienden si sos mexicano, es un poquito heavy. El argumento, sin embargo, se hace divertido, las peripecias están buenas, el ritmo es siempre intenso… pero llega un punto en que todo ese volúmen de texto se hace inviable.
Me imagino que el lector mexicano, que entiende todos los chistes, se debe cagar de risa. Sobre todo leyendo esto de a una página por semana. Y supongo que cuando entendés todos los chistes se debe disfrutar más ese contraste entre un dibujo serio, que intenta contarnos una aventura clásica, y unos diálogos pasados de rosca en los que los personajes –entre otros disparates- rompen la cuarta pared para hablar de los autores y de los lectores.
Hay que agregar un dato importante y es que el dibujo de Tapia está muy bien, es muy correcto. Me hizo acordar bastante a los mejores trabajos del maestro Roberto Goiriz. Lo mejor que tiene es el equilibrio entre blancos y negros y los primeros planos, que están muy logrados, siempre repletos de expresión. Sobre el final hay algunos fondos que son fotos apenas retocadas (una pena) y a lo largo de todo el libro, un detalle extraño: hay unas cinco o seis imágenes de diligencias típicas del far west demasiado bien dibujadas, en un estilo más elegante, más puntilloso, más realista que el resto de la historieta. Todas estas viñetas son apaisadas y están resueltas con un trazo más fino. Sospecho que son viñetas que Tapia había dibujado con anterioridad, para algún otro proyecto, y que las re-utilizó para Apache Contra Revolver. El resto muy bien. Se nota que Tapia está curtido en las lides de los “sensacionales” (pequeñas revistas apuntadas a los sectores populares, con historietas bien de género, siempre condimentadas con una pizca de erotismo bastante poco sutil) y que ni la ambientación ni el ritmo del western le son extraños.
Me encanta que, además de las obras con las que pagan las expensas, los historietistas se embarquen en proyectos limados para subir a la web, en los que pueden jugar a cualquier cosa sin ninguna restricción. Por eso banco a Gantus y Tapia, aunque por momentos Apache Contra Revolver me haya resultado casi imposible de descifrar. Si sos mexicano, obviamente te lo recomiendo a full. Y si no, difícilmente lo puedas conseguir, así que está todo bien…
Apache Contra Revolver surgió como webcomic a fines de 2009, con una consigna muy loca: Tapia entregaba una página por semana de un western convencional, una aventura bastante genérica en la que un héroe y una heroína cabalgaban las planicies del Lejano Oeste en busca de… algo, y vivían peripecias, peleas y demás. Y después venía Gantus y le agregaba a las páginas una importante cantidad de texto… absolutamente en joda. Tanto los diálogos de los protagonistas como los del narrador (un personaje con un diseño magnífico, más cerca de Tales From The Crypt que de All-Star Western) están sobrecargados de chistes, juegos de palabras, doble sentido al borde de la guarangada, nombres delirantes y graciosos para las personas, los lugares y hasta los caballos… y todo escrito con los informalismos y localismos de México, lo cual lo hace muy arduo de leer si no manejás esa jerga.
Este detalle para nada menor convierte a los diálogos festivos y zarpados de Gantus en un laberinto del terror del cual es muy difícil salir. Si fueran ocho páginas, o diez, se banca. Pero en 72 páginas, tanto texto cargado de chistes de los cuales más de la mitad sólo se entienden si sos mexicano, es un poquito heavy. El argumento, sin embargo, se hace divertido, las peripecias están buenas, el ritmo es siempre intenso… pero llega un punto en que todo ese volúmen de texto se hace inviable.
Me imagino que el lector mexicano, que entiende todos los chistes, se debe cagar de risa. Sobre todo leyendo esto de a una página por semana. Y supongo que cuando entendés todos los chistes se debe disfrutar más ese contraste entre un dibujo serio, que intenta contarnos una aventura clásica, y unos diálogos pasados de rosca en los que los personajes –entre otros disparates- rompen la cuarta pared para hablar de los autores y de los lectores.
Hay que agregar un dato importante y es que el dibujo de Tapia está muy bien, es muy correcto. Me hizo acordar bastante a los mejores trabajos del maestro Roberto Goiriz. Lo mejor que tiene es el equilibrio entre blancos y negros y los primeros planos, que están muy logrados, siempre repletos de expresión. Sobre el final hay algunos fondos que son fotos apenas retocadas (una pena) y a lo largo de todo el libro, un detalle extraño: hay unas cinco o seis imágenes de diligencias típicas del far west demasiado bien dibujadas, en un estilo más elegante, más puntilloso, más realista que el resto de la historieta. Todas estas viñetas son apaisadas y están resueltas con un trazo más fino. Sospecho que son viñetas que Tapia había dibujado con anterioridad, para algún otro proyecto, y que las re-utilizó para Apache Contra Revolver. El resto muy bien. Se nota que Tapia está curtido en las lides de los “sensacionales” (pequeñas revistas apuntadas a los sectores populares, con historietas bien de género, siempre condimentadas con una pizca de erotismo bastante poco sutil) y que ni la ambientación ni el ritmo del western le son extraños.
Me encanta que, además de las obras con las que pagan las expensas, los historietistas se embarquen en proyectos limados para subir a la web, en los que pueden jugar a cualquier cosa sin ninguna restricción. Por eso banco a Gantus y Tapia, aunque por momentos Apache Contra Revolver me haya resultado casi imposible de descifrar. Si sos mexicano, obviamente te lo recomiendo a full. Y si no, difícilmente lo puedas conseguir, así que está todo bien…
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