el blog de reseñas de Andrés Accorsi

martes, 9 de marzo de 2010

09/ 03: VOODOO CHILD


Por zarpado, por haber sabido abrevar de los clásicos y luego despegar hacia el infinito con su propio estilo, por su vuelo poético genial y vanguardista, Bill Sienkiewicz probablemente sea el Jimi Hendrix del Noveno Arte. O sea que cuando Martin Green (escritor, historiador y productor de discos) lo convocó para ilustrar la novela gráfica que hoy nos ocupa, demostró un olfato difícil de igualar.
A lo largo de sus 132 páginas, Voodoo Child nos narra la vida de James Marshall Hendrix, mil veces más conocido como Jimi Hendrix, el as de la guitarra que llegó a la cima del mundo del rock a fines de los ’60 y murió poquísimo tiempo después. Pero la biografía no es lineal y, con Sienkiewicz en el medio, tampoco podía serlo.
La novela propone un cóctel entre la vida, las letras y la música de Hendrix que seduce incluso a quienes no sean fans del genio de Seattle. Los tramos de las letras se cuelan entre las anécdotas de la infancia, la juventud y la –breve- vida adulta de Jimi, y el virtuosismo descontrolado de su música se ve plasmado en las más de 900 viñetas dibujadas por Sienkiewicz quien, fiel a su estilo, combina innumerables técnicas pictóricas y maneja milimétrica y rockanroleramente el ritmo del relato.
El impacto visual y el despliegue majestuoso de colores, texturas y tipografías no se hacen esperar: la novela arranca con todo, con la secuencia en que Jimi muere en Londres el 18 de Septiembre de 1970. Luego asistimos a su nacimiento, a su infancia marcada por las carencias y los sueños y ya para cuando el Jimi adolescente obtiene su primera viola, la cosa empieza a crecer y a estallar. Su paso por el ejército y su primera vez en el amor son secuencias particularmente bien resueltas, pero todo queda opacado cuando Jimi inicia su carrera profesional como músico y empiezan a sucederse las anécdotas que le dieron base al mito. Obviamente están la famosa pelea con Pete Towshend (líder de The Who) en el festival de Monterrey, su legendaria actuación en Woodstock y sus famosos problemas con la justicia. Pero hay más.
Otro de los aciertos de Voodoo Child es el trabajo en torno al contexto histórico en que se desarrolla la vida de Hendrix. Fueron 27 años turbulentos, en los que pasó de todo y en los que la sociedad, la política y la cultura de los EEUU se transformaron por completo. La rebelión de los jóvenes, el rock, las drogas, las luchas de las minorías raciales... todo eso fue noticia entre 1942 y 1970 y Hendrix tenía que ver con todo eso. La habilidad que pelan Green y Sienkiewicz para documentar ese clima en la novela gráfica es sencillamente pasmosa.
Y por si le faltara algo, Voodoo Child se editó junto con un CD, con grabaciones caseras realizadas por el propio Hendrix y que nunca antes habían salido a la luz. Son versiones rarísimas de seis de sus composiciones, una curiosidad comparable al cuaderno de bocetos de un dibujante, donde vemos sus garabatos y bosquejos previos a la historieta luego publicada.
Jimi Hendrix, rey de la electro-psicodelia hecha canción, y Bill Sienkiewicz, prócer de la revolución que upgradeó al comic en los ’80, nacieron para zapar juntos. Y en Voodoo Child sus universos creativos se encuentran y se ensamblan más allá de tus sueños más limados.

lunes, 8 de marzo de 2010

08/ 03: SPIDER-MAN: REIGN


¿Cómo sería The Dark Knight Returns si cambiáramos a Batman por Spider-Man? Con esa premisa (fumada como pocas) el canadiense Kaare Andrews se mandó esta saga de 2006, que es un obvio homenaje a la que 20 años antes partiera en mil pedazos al comic yanki de la mano de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley. Lo más impresionante es cómo Andrews (que había dado sobradas muestras de su versatilidad estilística cuando ilustraba las portadas de Hulk) clona milimétricamente el estilo de Miller y Janson. Los colores de Varley son más difíciles de imitar, pero acá Andrews cuenta con la magia de José Villarrubia (el colorista de Promethea), un as del color digital para el cual no hay imposibles. Lo cierto es que entre los dos reproducen de un modo increíble la fascinante atmósfera visual del Dark Knight.
El homenaje va casi hasta los límites del choreo: sin copiar la narrativa de Miller, Andrews usa de modo muy similar el recurso de mechar los noticieros con la acción (de hecho, el conductor del noticiero se llama Miller Janson, como para que hasta el último subnormal se dé cuenta de para dónde va el homenaje), e incluso el recurso de las secuencias oníricas y los flashbacks, mechados más o menos en los mismos momentos en los que los mechara Miller en el DKR. Incluso acá también hay un viejito hecho mierda que ayuda al héroe a volver a creer en sí mismo como fuerza de la justicia, pero en vez de Alfred se trata de Jonah Jameson, en un giro muy inteligente. El personaje de Jameson tiene muchísimo protagonismo y en varios pasajes se morfa definitivamente la serie.
La trama se parece poco a la del DKR, excepto por el hecho de que acá también el poder político juega para el bando de los malos, pero en términos muy distintos de los que planteara Miller. La aparición de los viejos villanos (gordos y baqueteados) acá es mucho más forzada y hasta innecesaria, puesta sólo para impactar. Dos de ellos juegan roles algo ambiguos, uno resulta ser el verdadero poder detrás del poder (ojo, no el que ustedes intuyen) y el resto apenas es un obstáculo para demorar el accionar de este Peter Parker venido a menos, derrotado y amargado que vuelve en busca de la resurrección.
Por ahí, a primera vista, Peter es lo que menos cierra de todo. O sea, Bruce Wayne es un humano normal y es casi lógico que a cierta edad decida no seguir cagándose a trompadas con los malvivientes en los tejados de Gotham, simplemente porque el físico le dice “pará la moto, negro, que tenés la bati-próstata a la bati-miseria”. Pero Peter tiene superpoderes y los va a tener siempre. Nunca va a dejar de ser infinitamente más ágil y fuerte que casi cualquier otro humano y ni siquiera se le va a acabar el repertorio de chistes malos para hacer engranar a los villanos mientras los surte. Entonces, ¿qué lo lleva a no seguir? ¿Por qué traiciona el famoso mandato del poder y la responsabilidad y se rebaja a envejecer sin la menor dignidad? Andrews ensaya una explicación y está muy bien, resulta emotiva y convincente, aunque no tiene para nada la intensidad psicológica del regreso de Batman, entre otras cosas porque a Peter no le divierte escuchar el ruido que hacen los huesos de los villanos cuando se los quiebra.
Por supuesto hay acción, machaca sanguinolienta, algunos personajes menores queribles y una muy lograda comunión entre el héroe y la ciudad. A su manera, Reign es (como el DKR) una historia de redención, de resistencia y de exorcismo de los propios fantasmas (acá muy palpables) que atormentan al héroe en su etapa crepuscular. Una historia que como tributo es notable (lástima que no se animaron a llamarla The Arach-Knight Returns) pero que además funciona por sí misma, como una aventura dark y al límite de un personaje al que generalmente los guionistas le sacan más jugo cuando agarran para el lado contrario. Un buen primer paso de Andrews en su etapa como autor integral. Veremos qué hace cuando no tenga a mano comics de Miller para chorear…

domingo, 7 de marzo de 2010

07/ 03: NOCTURNO


Qué loco cómo cambia la lectura de una historieta entre leerla en formato episódico o en tomo recopilatorio. Cuando Nocturno salía en Fierro (a veces, cuando no quedaba más remedio, con paréntesis de tres o cuatro números, de a seis o siete paginitas), no me enganchaba para nada. La miraba, me cebaba con la espectral espectacularidad de los dibujos de Salvador Sanz, pero si la leía, a los 15 minutos me olvidaba por completo de qué había leído, qué pasaba, cómo venía la trama… Me acordaba que los protagonistas eran unos chicos jóvenes que se transformaban en pájaros y eso era todo. Sospechaba que detrás de esa majestuosa propuesta visual, y de esa narrativa ajustada, con ritmo cinematográfico, había algo así como un guión con cierto grado de ambición o de complejidad, pero no me llegaba a compenetrar con el relato como para seguirlo a través de toooodos esos meses.
O sea que mi verdadero descubrimiento de Nocturno se produjo esta tarde, cuando cacé mi tomo recopilatorio (excelente edición de Ivrea) y me lo leí de un saque. Ahí me enteré quién era el villano, cuál era su plan, qué causaba esas transformaciones, cuánto había de capricho y cuánto de coherencia en esa sucesión de escenas de alto impacto visual, algunas de las cuales perduraban en mis retinas desde que las vi en su momento en la Fierro. Y lo que descubrí es una novela gráfica (ya no una torpe e irregular seguidilla de episodios) sólida, osada, donde toda la grandilocuencia está puesta en función de una trama compleja, pero que se desarrolla de modo ágil, claro, sin dejar cabos sueltos. Y si a esto le sumamos la calidad (a esta altura, casi extraterrestre) del dibujo de Salva, estamos ante un comic importante, al que realmente vale la pena jugarle unas cuantas fichas.
Supongo que será inevitable la comparación con Legión. Ese trabajo de Sanz también lo editó Ivrea, también tiene protagonistas jóvenes y también nos muestra cómo el mundo real y la vida cotidiana de nuestra ciudad se ven alterados por la invasión de un elemento fantástico, claramente ajeno a nuestra realidad. Y la principal diferencia en favor de Nocturno creo que está en los diálogos: en Legión estos sonaban raros, a veces prendidos con alfileres. Acá no, acá todo suena natural y contribuye a esa sensación de realismo que contrasta notoriamente con el mundo fantástico y sombrío del que vienen los pájaros. Y la otra diferencia en favor de Nocturno es que en Legión el final parecía un poco apresurado. El principio y el desarrollo eran sumamente gancheros y promisorios hasta que, ya cerca del final, el guión cambia de ritmo y todo se acelera hacia una conclusión no abrupta, pero que por ahí necesitaba más espacio para madurar y cerrar mejor las puntas abiertas. El final de Nocturno es más lógico, más redondo, hasta más lindo. Todo esto nos habla del progreso de Salvador como guionista, un progreso que no se puede dejar de subrayar ni de aplaudir.
Y queda pendiente para otro día y otro ámbito el debate acerca de si tiene sentido o no cazar una novela gráfica, fragmentarla en capítulos que no cierran y publicarlos de modo espaciado, casi al voleo, en una antología mensual, condenando al lector a volver a comprar el número siguiente (o el otro, o el otro) para enterarse cómo carajo sigue esa historia que te atrapó, pero de la que leíste apenas ocho páginas y por ahí faltan tres meses para leer otras ocho… Por ahí al autor le sirve porque entrega un puñado de páginas y se lleva unos mangos (en lugar de cobrar recién cuando se edita el libro) y al editor le sirve porque si pone “Salvador Sanz” en la portada, por ahí vende 30 ó 40 ejemplares más, y de paso llena unas páginas con material lindo de mirar. Falta que alguien me explique en qué beneficia esto al lector, que es algo que todavía no me queda claro…

sábado, 6 de marzo de 2010

06/ 03: TRANSMETROPOLITAN Vol.3


Descubrí al Spider Jerusalem del mundo real y me hice adicto. No creo que se meta drogas duras ni lo imagino traspasando los cordones de seguridad a fuerza de puñetazos, pero en las columnas semanales que escribe Arturo Pérez-Reverte está toda la lucidez, la mala leche y el talento que uno se imagina que despliega Spider en I Hate it Here. Pérez-Reverte es un cronista descarnado de la España y del mundo en que le tocó vivir y todas las semanas caza el lanzallamas y sale indignado a rostizar a ministros, empresas, programas de TV y demás generadores de mediocridad y estupidez. A veces cuenta anécdotas de sus años como cronista de guerra en lugares jodidos al extremo, y a veces cuenta historias chiquitas, cotidianas, de amigas y amigos suyos que pueden ser pescadores, espías, prostitutas, mozos de restaurant, escritores, periodistas, soldados o amas de casa. Pero el tipo está ahí, atrincherado, y sale todas las semanas a matar o morir munido de un teclado y de una mirada despiadada y brillante sobre la realidad, los medios y la forma en que los medios muestran la realidad. Pérez-Reverte es famoso por sus novelas de ficción, pero en sus libros de columnas de opinión (Patente de Corso y Con Animo de Ofender) encontré lo más parecido a Spider Jerusalem que puede existir hoy en el mundo real.
Pero volvamos a Transmetropolitan. En este tomo, la obra magna de Warren Ellis y Darick Robertson pone segunda y se mete de lleno en un tema fascinante: Spider Jerusalem y Yelena (su nueva asistente) van a cubrir las elecciones presidenciales de los EEUU. Imagínense el festín que se hace Spider con este festival grandilocuente de runflas espúreas y debates sin ideas entre mentirosos profesionales. “La Bestia” Heller y “Sonrisas” Callahan son caricaturas filosamente acertadas de los típicos políticos yankis y lo más interesante –como suele suceder- no es lo que dicen, sino lo que ocultan. Y ahí va Spider, prendido fuego, a hundir su bisturí enchastrado en asco y mala leche.
Como buen inglés, Ellis detecta enseguida lo que hace tan hueca a la política yanki: no hay un enfrentamiento ideológico. Los dos partidos se conforman con desacreditar al candidato contrario y llenan horas de discursos con ideas abstractas que suenan maravillosas, pero que tienen cero injerencia en la vida de la gente. Después, según quién gane, el Estado gastará unos mangos más o menos en educación y salud, mandará más o menos tropas a armar kilombo en los países del Tercer Mundo y permitirá que los grandes grupos económicos se empomen con o sin forro a la gente, pero la verdad es que –gane quien gane- cambia todo demasiado poco.
Para esta etapa, el personaje de Spider empieza a ganar complejidad: ¿Qué quiere? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar? ¿Cómo lo afecta su voraz consumo de drogas? ¿De repente le pintó un amor de verdad? De a poquito Ellis empieza a investigar por debajo de la superficie del personaje. Y además lo enfrenta a un dilema moral interesantísimo: Si hay un sólo candidato capaz de ganarle la elección al presidente más hijo de puta de la historia, ¿lo bancamos aunque esté un poco sucio, o lo incineramos a la primera que se mande? Como siempre, Spider se juega por la verdad, caiga quien caiga. Y las consecuencias que va a pagar van a ser altísimas.
Del laburo de Robertson ya ni hace falta hablar. Está perfectamente asentado como dibujante de la serie, ya le sale todo de taquito y ya es un atractivo más de esta serie polémica, adictiva y que corrió varias veces los límites de lo que se puede hacer en un comic. Transmetropolitan es un comic visceral, furioso, caótico, corrosivo, pero sobre todo vital. Transmetropolitan es sexo, drogas, política y religión. Es indignación, inconformismo y barricada. Un graffiti con puteadas sobre la fachada de los corruptos escrito con pis, vómito, guasca, mierda y sangre. Y no sé cuándo, pero volveremos.

viernes, 5 de marzo de 2010

05/ 03: JACARANDA


El propio autor lo confiesa en un postfacio que acompaña la edición del manga: “Tomé una idea para un chiste de una página y lo convertí en un manga de 300 páginas”. Cualquiera capaz de hacer eso, o se eleva en el acto al panteón de los dioses, o desplaza de la cima del ranking de los villanos más perversos e irredimibles a Rob Liefeld, Mayu Shinjo y Horacio Rodríguez Larreta. Por suerte, Shiriagari Kotobuki se sumó al bando de los buenos. De los MUY buenos.
A lo largo de 300 páginas, Kotobuki nos narra sólo 12 horas, 12 horas en las que pasa apenas una boludez intrascendente: se destruye Tokyo. Un brotecito se convierte en un arbolito, el arbolito crece, y a medida que la copa del jacarandá se aleja del pavimento, su tronco se ensancha y sus raíces se extienden haciendo crosta el subsuelo de la ciudad, que es donde están los subtes, los caños del agua y –punto sensible- las cámaras de gas y electricidad. Pronto Tokyo se convierte en un pandemonium y las víctimas fatales se cuentan por millones.
Kotobuki es puntillosamente cruel en su descripción de los sucesos: todo empieza super-realista, super-cotidiano, pero enseguida arranca un in crescendo que altera la rutina. Un embotellamiento acá, un apagón allá, un incendio en la otra cuadra y así hasta el colapso definitivo y monumental de los rascacielos. Otro punto muy interesante es cómo el autor presta especial atención a cómo cubren los medios la aparición del jacarandá. Primero es algo bonito y extraño y al final, las dimensiones del árbol (y del cataclismo) le pasan por encima al despliegue periodístico que trata de mostrarlo.
Excepto por las 40 páginas finales, Jacarandá se diferencia de la clásica película hollywoodense de catástrofes sólo porque no tiene personajes protagónicos (el árbol es el único protagonista) y porque tiene poquísimos diálogos. El resto es simplemente mostrar de modo descarnado y dolorosamente real cómo todo se viene abajo para esos pobres tipos y minas que sólo quieren llegar a sus casas después de haber laburado todo el día. Los derrumbes, las explosiones, la evacuación improvisada, traumática e insuficiente, las caras de desesperación de los que lo perdieron todo… Nada que no hayamos visto varias veces.
Hasta que el sol le gana la pulseada a la noche, el polvo se asienta y los sobrevivientes logran ver con claridad lo que quedó: la hiper-metrópolis devastada y ese árbol, que hasta ayer nadie sabía que existía y hoy domina el horizonte. Ahí, Kotobuki pega el volantazo, cambia la crónica del cataclismo por un vuelo poético inesperado y magistral, y abre su historieta a una multiplicidad de interpretaciones que la convierten en una obra importante, si no fundamental. Cualquier detalle que agregue, corro el riesgo de dar más data de la que hace falta para que la sorpresa sea tal.
A nivel visual, Shiriagari Kotobuki es un autor raro. Sus fondos, edificios, paisajes y subtes son alucinantes, su manejo del tiempo narrativo, la acción y los silencios es impecable, el clima que crea logra agobiarte, exasperarte, hacerte sufrir en carne propia la impotencia y la desesperación. Ahora, para dibujar gente, o se pasó de expresionista, o faltó a clase el día que el profe explicaba “Caras”. Minucioso y perfeccionista en miles de detalles, a la hora de las caras Kotobuki manda unas pocas pinceladas, crudas y atolondradas, como si no importara en lo más mínimo, y así le salen feas, deformes, precarias. No fuimos pocos los que dijimos al hojear el libro “¿Y este muerto publicaba en la Garo y ganó miles de premios? ¿Estás seguro que no es un fanzinero clase Z inflado por los españoles para vendernos un tomo de 16 euros?”. Por suerte al lado mío estaba mi amigo el Desgarreitor (Luquitas Ferrero, prócer de la destrucción mental), que me dijo “Vos fumá, que esto es vanguardia posta-posta”.
Y la verdad es que sí, Shiriagari Kotobuki es un artista del carajo y su crónica tortuosa y minuciosa de la destrucción de Tokyo va mucho más allá del horror de los cuerpos chamuscados o sepultados entre escombros. Jacarandá es un manga que está a años luz del “más de lo mismo”, que te sorprende, te emociona y te deja pensando. No se puede pedir mucho más.

jueves, 4 de marzo de 2010

04/ 03: SHOWCASE PRESENTS: THE HOUSE OF SECRETS Vol.2


Abrimos una puerta hacia la bizarreada y nos vamos a la primera mitad de los ´70, cuando DC publicaba dos antologías “de misterio”. No se podían llamar “de terror”, no podían mostrar sangre, decapitaciones, torturas, vampiros, zombies ni hombres lobos, pero se suponía que nos tenían que asustar, o al menos incomodar. Recién en las últimas historias recopiladas (este tomo llega hasta el n°119, de 1974) aparece alguna mención a un vampiro o algún monstruo medio demoníaco. Pero en general, la consigna es “terror light, descremado, desgrasado, descafeinado y diluido en Sprite Zero, por las dudas”. No es fácil escribir con tantas restricciones, y por eso es notable la labor de esos guionistas que, bajo la guía del maestro Joe Orlando, pelaban varias historias cortas para cada número de esta revista y de su hermana, House of Mystery.
En esta etapa ya no están ni Len Wein ni Marv Wolfman, pero ahí andaban veteranos ya cansados como Arnold Drake, Jack Oleck o Joe Albano, junto a pibes que recién empezaban como Steve Skeates o David Michelinie, sin poder escribir sagas largas, ni retomar personajes de las historias anteriores, sin siquiera poder salir de la fórmula que se repite mil veces: un avechucho ambicioso elimina a alguien para quitarle algo, ese alguien vuelve del más allá, o pasa algo sobrenatural y bizarro, y el avechucho termina muy, muy mal. Lo bueno es cómo “lo sobrenatural” varía historia a historia: desde pactos con Satanás hasta talismanes, fantasmas, momias, muñecos vudú, gorilas, mutaciones o hasta bombas atómicas, todo vale para que lo improbable suceda y el avechucho pague cara su turrada. Por supuesto, para el lector actual los guiones son sumamente anodinos, con más agujeros que la ventana de un bosnio, y si nos dijeran que fueron escritos en los ´40, pocos desconfiaríamos. Lo cierto es en que cada Showcase hay decenas y decenas de ideas que nacen, se desarrollan y mueren en menos de 12 páginas y sí, algunas no sirven ni para un chiste de una página, pero cada tanto aparece una de esas con las que cualquier guionista de hoy te vende una serie regular de 60 números.
Entre los dibujantes también hay algunos próceres de los ´50 y ´60 en retirada (George Evans, Ramona Fradon, Mike Sekowsky) y hasta Bernard Bailey, el creador del primer Hourman. También capos de aquel entonces como Jim Aparo y Sergio Aragonés, y pibes a los que les esperaban promisorios futuros como Arthur Suydam. Pero la inmensa mayoría de los guiones iban a parar a manos de la Legión de Dibujantes Filipinos, mano de obra barata y cumplidora que el maestro Tony De Zuñiga le proporcionaba a DC en cantidades industriales. Si querés repasar nombres y estilos de TODOS los dibujantes filipinos de que pegaron en EEUU en los ´70, este libro es la Biblia. Está De Zuñiga (obvio), el magnífico Alfredo Alcalá (al que tanto vimos entintar, pero dibujando todo él), el alucinante Rudy Nebres, Luis Domínguez, Néstor Redondo (capo total), Ernie Chan, Gerry Talaoc, E.R. Cruz, Fred Carrillo… media guía telefónica de Manila. Los filipinos se mataban en cada detalle, en cada fondo, en cada primer plano, y todo tenía una sensación de elegancia, de cosa finoli (también influye el hecho de que muchas historias estuvieran ambientadas a fines del Siglo XIX), a años luz del terror cabeza y visceral de la Creepy (donde en vez de filipinos había españoles a rolete).
Y entre tanto virtuoso del estilo clásico, se destacaba el raro, el distinto, el genio: un Alex Niño pasado de rosca daba cátedra de claroscuro y de puesta en página vanguardista, hipnótica y recontra-impactante. Las historias de Niño desentonaban, pero bien, como desentonaban esos unitarios de Meglia en la Skorpio de hace 30 años, llena de hiper-clásicos como Zanotto, García Seijas y Del Castillo. Qué injusto que hoy se hable tan poco de Alex Niño…
En fin, como asustarte, difícilmente algo de todo esto te vaya a asustar. Pero está bueno para descubrir un rincón bizarro de la producción de DC de los ´70, con autores muy de esa época y con una onda que, ni bien se logró gambetear con éxito a los organismos censores, mutó tanto y tan rápido que hasta parece que nunca hubiera existido. Pero la realidad es que existió y dio origen a cosas muy copadas. Sin ir más lejos, Swamp Thing apareció por primera vez en House of Secrets…

miércoles, 3 de marzo de 2010

03/ 03: LITTLE NOTHINGS Vol.3


No me acuerdo si fue a fines de 2008 o principios de 2009. Lo cierto es que un sábado, en el Suplemento ADN de La Nación, el siempre grosso Liniers publicó, como todos los sábados, una historieta autobiográfica bajo el título genérico de Cosas que te pasan si estás vivo. Esta me la acuerdo perfecto. En el primer cuadro, el conejo/autor frente al espejo del baño pone dentífrico en su cepillo de dientes. En el segundo, se cepilla los dientes de la derecha, en el tercero los de la izquierda. En el cuarto, ya con espumita blanca que le chorrea, se cepilla los del medio. En el quinto se muestra a sí mismo todos los dientes, para constatar que le quedaron impecables. En el sexto nos mira y dice “Y bueno, no todos los días se me ocurre algo interesante para contarles”, o algo así.
Ese renunciamiento histórico, ese momento en que uno de los autores más grossos que pisó el terreno de la autobiografía se rinde incondicionalmente, marcó un antes y un después. Al toque se anunció (seguramente sin tener idea de lo que había publicado Liniers en el ADN) una nueva “temporada” del blog Historietas Reales, ahora sin la consigna de que las historietas sean autobiográficas, y desde entonces nos han roto bastante menos las pelotas con la autobiografía como género preponderante de la historieta indie, o como quieran llamarla. Algún día el chamuyo se tenía que terminar: el emperador está en pelotas y tiene granos en la pija y los huevitos chiquitos y arrugados como pasas de uva.
Que no se malinterprete algo: la historieta autobiográfica no está mal en sí (de hecho ha dado obras maravillosas). El problema es que, para que tenga sentido, el autor tiene que haber vivido alguna historia que realmente valga la pena contar. Si no, la narrativa pierde frente al efecto Gran Hermano. ¿Cuál era la cagada de Gran Hermano? Que para ver las peleas, las runflas y los garches te tenías que comer horas de gente lavándose los dientes o cebando mate, algo que –obviamente- a nadie le importa, ni siquiera cuando el que se lava los dientes es un artista de la Mega-San-Puta como Liniers. El efecto Gran Hermano va en contra del principal recurso de cualquier narrador: la edición, la posibilidad (la obligación, incluso) de saltearnos lo menos importante para llegar más rápido a lo más importante. Y miren qué bajito está el techo de la historieta autobiográfica que en toda una semana, lo más importante que tenés para contar es que te lavaste los dientes…
Toda esta perorata tiene por objeto (además de que lluevan los comentarios) destacar a una de las dos o tres historietas autobiográficas que banco a muerte: Les Petits Riens, del genial Lewis Trondheim. ¿En qué se diferencian estas historietas de aquellas del tipo que me cuenta que fue a la panadería a comprar churros y, como no había, compró medialunas? En que la vida cotidiana de Trondheim es bastante más interesante que la del historietista promedio. El creador de Lapinot se hizo adicto a los festivales, y está todo el tiempo entre viaje y viaje. Sus historietas nos lo muestran casi siempre a bordo de algún avión (fuente inagotable de gags y momentos graciosos) o en las convenciones y salones (otro manantial generoso en anécdotas copadas) o simplemente como un turista que recorre asombrado lugares tan exóticos como las Islas Fiji, Africa, Japón, Rumania o el Caribe. O Londres, o Venecia, o Barcelona. No importa. Lo importante es que Trondheim aplica a cada uno de estos lugares, de estas culturas, su mirada entre absurda y pesimista y siempre resulta gracioso verlo interactuar ya sea con los otros dibujantes franceses que viajan con él, con sus hijos, o con gente cualquiera que se cruza con él durante estas breves no-aventuras. Además, Trondheim dibuja cada vez mejor y se luce con unas acuarelas impresionantes, en las que nos deslumbra cada vez que retrata (a la perfección) los lugares que más lo impactan. Esas páginas son verdaderas obras maestras. Y las que transcurren en su casa en Francia, zafan más que nada porque se esfuerza muchísimo por mostrarnos sólo lo más gracioso o bizarro de todo lo que le pasa en su vida diaria, siempre en un registro de comedia, sin dejar de ironizar sobre su propia condición de burgués pachorro que vive como quiere sin ningún sobresalto. Y por supuesto, todo dibujado con un nivel que mete miedo.
Ah, ¿por qué lo leo en inglés? Fácil, la edición española (de Sins Entido) vale 16 euros por tomo y la yanki (de NBM) vale 15 dólares. A pesitos argentos de hoy, es un $ 84.30 contra $ 58. No hay mucho para discutir, no?

martes, 2 de marzo de 2010

02/ 03: LOS HERMANOS


Cada tanto, los comiqueros argentinos escuchamos las leyendas de ese El Dorado fastuoso e inalcanzable que es la inmensa producción de nuestros autores para el mercado italiano. Esa que, desde que desapareció Skorpio en 1995, no sólo casi no se conoce en nuestro país, sino que en su gran mayoría ni siquiera se publica jamás en castellano. Así es como leer a Robin Wood o a Mazzitelli, nos resulta tan excéntrico e improbable como leer al más vanguardista de los autores del under ucraniano. El bache ya es un abismo de 15 años, del cual se han rescatado apenas un puñado de obras (algunas, gracias a un sello editor uruguayo) y desde cuyo lejano fondo nos llegan ecos de Alcatenas, Capristos, Tabordas, Lalias, Vogts o Carlitos Gómez, ecos de voces gloriosas que acá casi ni se conocen.
Esta vez fue La Duendes la editorial que se animó a bucear en el abismo y rescatar a una de las miles de historietas creadas en Argentina para ver la luz en Italia, y que por supuesto no existía en nuestro idioma hasta que apareció esta edición. Ricardo “Infinito” Ferrari y Diego “el Chueco” Aballay son los autores de esta saga que se propone rescatar la aventura en su más puro estado: una epopeya 100% fantástica, sin contacto alguno con la realidad, ni obvio ni sugerido a través de sutiles metáforas. Los Hermanos juega a ser historieta “de la de antes”, con malos muy malos, buenos muy buenos y un contexto fantástico en el que la magia, los bichos fumados, las gemas de luz, los zombies, gigantes, enanos y brujos puedan cagarse libremente a espadazos, o sacrificarse los unos a los otros en algún altar bañado en sangre.
Y le sale bien. Ricardo Ferrari (uno de los guionistas con más obra publicada en Italia e inédita en Argentina) maneja perfectamente los mecanismos del clásico guión de aventuras y lleva esta historia adelante sin mayores sobresaltos. Crea un mundo coherente, interesante, y suelta a los personajes para que jueguen en él. Como en casi todas las obras de Ferrari, prácticamente no hay viñetas sin texto. El diálogo es omnipresente y a veces –viejo vicio columbero- nos cuenta exactamente lo que nos está mostrando el dibujo, mientras que otras veces –las mejores- sirve para que Ferrari dé cátedra de finas ironías y afilado sentido del humor. Tal vez lo más logrado sea la forma en que Ferrari se resiste a estirar innecesariamente la historia. El planteo argumental da para una serie infinitamente más extensa, para chorear años y años y hasta vender la licencia para el videogame. Esta misma historia, cualquier guionista japonés te la hace durar no menos de 7.000 páginas. Ferrari la remata en 96 sin dejar cabos sueltos y sin retacearle espacio al desarrollo de los personajes. Eso es oficio.
Por el lado del dibujo, el Chueco Aballay deja ver en algunos momentos que este trabajo (de 2005) marca su debut en Primera División. Si viste sus páginas más recientes (y si no, chequeá su blog, que es una orgía), te quedará clarísimo que el Aballay de 2010 le pasa 136 trapos al Aballay de 2005. Lo cual no significa que su desempeño en Los Hermanos sea flojo. Hay algunos dibujos muy estáticos, falta un poquito de soltura y de onda, pero –Bambino dixit- la base está. Y es una muy buena base, en la que vemos la influencia de uno de sus maestros, el recordado Alberto Salinas, pero también la inquietud de ir un poco más allá de los cánones hiper-clásicos del prócer, y meterse también con algunos de los autores yankis que en décadas recientes cambiaron bastante la forma en que se piensa el dibujo realista, o de aventuras. Lo cual no siempre se puede capitalizar en favor del relato, porque los capos de la Eura Editoriale te van a pedir siempre que te ajustes a la narrativa clásica, por más que hayas estudiado al dedillo y puedas imitar todos los yeites de Neal Adams, Steranko, Chaykin o –Dios nos libre- McFarlane o Jim Lee. Pero la intención de buscar variantes novedosas está, y se agradece.
Si te gusta la fantasía épica pura y dura, con machaca tipo Conan, criaturas pesadillescas, buenos diálogos y un argumento que no se empantana ni pierde tiempo en boludeces, Los Hermanos te va a resultar una aventura sumamente gratificante.

lunes, 1 de marzo de 2010

01/ 03: DEATH NOTE Vol.2


Uia, me cagaron… ¿Cómo escribo una reseña de la extensión habitual acerca de un tomo en el que pasa tan poco? Le tengo que pedir a Aníbal Fernández que me preste la guitarra mágica para sanatear…
En principio, el dibujo de Takeshi Obata sigue siendo tan grosso como en el tomo anterior. Acá ya tenemos una sóla ambientación, la de Tokyo, y un desafío: que el lector no se aburra a lo largo de 200 páginas en las que no hay acción, ni peleas, ni escenas en el mundo dark de los shinigamis, ni nada mucho más emocionante que un señor con saco y corbata pegando un par de gritos a sus empleados. Y Obata se arremanga y labura, trata de variar los enfoques, deja la vida en los fondos, se luce con las tramas mecánicas, le pone onda a los primeros planos para reflejar las expresiones de los personajes y darle rasgos individuales a los agentes que colaboran con L y el papá de Light en la investigación. Un fenómeno.
En todo caso, el problema está en el guión. Tsugumi Ohba baja de golpe tres cambios, y la historia queda al borde del punto muerto. Después de un primer tomo en el que pasaban montones de cosas, ahora la trama avanza más lento que el 151 por Bartolomé Mitre un martes a las dos de la tarde. Habíamos comparado el duelo entre Light (o Kira) y L con una partida de ajedrez… y bueno, esta es la parte aburrida, en la que los dos tratan de asimilar la última jugada del rival y delinear su próxima movida. Casi todo gira en torno a las consecuencias de la que hasta ahora fue la jugada más arriesgada de Light: la eliminación de los 12 agentes del FBI que respondían a L e investigaban a la policía japonesa. L no tiene más remedio que hacer causa común con los propios agentes a los que él mandó a espiar y para eso se tiene que ganar su confianza. A Light le pasa algo parecido: se tiene que ganar la confianza de una ex-agente, novia de uno de los que él mató. Si no, está en el horno.
Todo esto lleva muuuuchas páginas, en las que no pasa mucho más. Ryuk, el shinigami, está de adorno. Light ya aprendió las reglas del cuaderno y se las rebusca muy bien solito, o sea que esa relación de entrenador-jugador se disuelve en la nada misma. Ryuk está ahí simplemente para que Light tenga alguien a quien comentarle lo que piensa a medida que planifica sus movidas, pero su aporte en este tramo es mínimo.
En fin, no los quiero aburrir con chamuyos inconducentes, ni buscarle la quinta pata al gato. Este tomo simplemente no da el jugo necesario como para dedicarle el mismo espacio que a los anteriores. Ojalá en el próximo la historia recupere el ritmo y el impacto del primer tomo, así yo me divierto al leerlo y ustedes sufren un poco menos al leer la reseña…

domingo, 28 de febrero de 2010

28/ 02: BATMAN & POISON IVY: CAST SHADOWS


¿Dos meses de blog, 59 reseñas, sin tocar jamás un comic de Batman? No jodamos, ya era poco serio. Tarde o temprano tenía que pasar, y acá está.
Esta vez se trata de un comic oscuro de Batman, por varios motivos: porque cuando salió (2004) se le dio poquísima bola, porque no es estridente ni grandilocuente ni lleva la firma de los autores más populares, y porque además la historia es bastante dark. Sin embargo, se trata de la mejor historia con Poison Ivy que yo recuerde. Hay que decir que los autores, Ann Nocenti y John Van Fleet, habían hecho nueve años antes otra obra maravillosa protagonizada por una femme fatale que emite toxinas fumadas y a la que le faltan un par de jugadores: la recordada Typhoid, en Marvel, y centrada en la cautivante enemiga de Daredevil que creara la mismísima Nocenti a fines de los ´80. O sea que alcanzaba con ver el equipo creativo para jugarle unas cuantas fichas a este prestige.
El trabajo de Van Fleet no me cebó tanto como sus obras de los ´90. No sé si porque ya estoy saturado de dibujantes que trabajan con referencia fotográfica (aunque Van Fleet se despega bastante de la onda “Juan Carlos Flicker”), o porque acá se juega menos que en laburos anteriores, o porque no me gusta cómo dibuja a Batman. Lo levanta mucho su propio color y tiene momentos en los que pela unos truquitos de photoshop realmente notables, pero el dibujo en sí (sobre todo en las escenas de acción, en las que invariablemente aparece ese Batman medio tosco, medio cabezón) no me terminó de cerrar.
Por suerte está Ann Nocenti de por medio, con su habitual garantía de calidad. Lo primero que impacta de Nocenti es su comprensión milimétrica de los personajes centrales (Batman y Poison Ivy) y de la naturaleza del conflicto que los hace enemigos irreconciliables. Esto se pone de manifiesto en unos diálogos filosos, deliciosamente incómodos. Por momentos, uno levanta las cejas y dice “Pará… ¿cómo es que Poison Ivy manda términos como “ontológicamente”, o “quintaesencialmente”?!? Y claro, es que uno está acostumbrado a esos guionistas pedorros que tratan a Ivy como una buscona barata, eterna segundona de cuanto grupete de villanos se junte por ahí, siempre relegada al rol de poner carita sexy y seducir a algún salame. Pero esta mina –Nocenti lo recuerda a la perfección- es una científica del carajo, una de las más importantes estudiosas del reino vegetal sobre la faz de la tierra. Está medio chapita, okey, pero eso no le reduce el intelecto a niveles karinajelineskos.
Otro punto para Nocenti: el mega-millonario corporativo ambicioso y ostentoso no es exactamente el villano. Pero la guionista lo hace quedar como un auténtico pelotudo, al desnudarlo como el avechuchito básico, limitado y estúpidamente irracional que oculta detrás de tanto pseudo-poder. Y los verdaderos villanos, como en tantos comics de Nocenti y en tantas buenas aventuras de Batman, tienen razón. O por lo menos, motivos sumamente válidos para hacer lo que hacen. Con lo cual Batman, si bien hace “lo correcto”, termina en esa posición chota de obstaculizar una movida que el lector percibe como absolutamente justa. Eso se llama “sustancia” y la mayoría de los comics de superhéroes de hoy no la tienen.
Al ser un comic de DC, tenemos que hablar de la siempre manoseada continuidad. En este caso, alcanza con decir que buena parte de la historia gira en torno al Asilo Arkham, que es un lugar donde la continuidad no existe, o por lo menos está siempre en estado de flujo. A los guionistas no les sirve que alguien defina fehacientemente qué villanos están internados en Arkham en cada momento (acá está, por ejemplo, el Penguin, que generalmente termina en cárceles comunes), ni qué médicos están al frente del nosocomio o a cargo de qué pacientes, y a los dibujantes les incomoda tener que copiar la arquitectura de Arkham creada por algún otro colega. O sea que en cada saga donde aparece, cambia el look del lugar, cambian los médicos y los pacientes van y vienen, entran y salen, como si en vez de un neuropsiquiátrico de alta complejidad el Arkham fuera un maxikiosco 24 horas. Fuera de eso, esto es tan coherente como cualquier saguita de Legends of the Dark Knight o Batman Confidential.
Si sos fan de los villanos de Gotham, o de Posion Ivy, o de la siempre sorprendente Ann Nocenti, este librito tan dark te va a iluminar la tarde.

sábado, 27 de febrero de 2010

27/ 02: BUKOWSKI


Bienvenidos al mundo de Charles Bukowski, el famoso escritor nacido en Alemania y emigrado desde muy joven a los EEUU. Un mundo de putas, chorros, drogas, cucarachas, borrachos, laburos de mierda que pagan dos mangos, marginales, fracasados, resignados y sublevados. Bukowski trajo al Siglo XX la siempre vigente temática del lumpen, del croto inadaptado que se las rebusca para subsistir en las márgenes de un sistema que se limpia el culo con la gente.
Ya sea en las grandes ciudades o en la América profunda, el sistema funciona igual: siempre hay un patrón garca, siempre hay un empleado que se desloma por chaucha y palito y se la gasta en cerveza y putas baratas, siempre hay un futuro que queda demasiado lejos, siempre hay algún sueño listo para ser aplastado por el gatillo fácil de la policía, por algún buchón, o incluso por la propia fiaca, que siempre es más fácil quedarse en la cama que ponerse las pilas y hacer algo.
Este mundo sórdido y jodido llegó al Noveno Arte por la puerta grande: de la mano de las adaptaciones de Bukowski realizadas por otro genio nacido en Alemania, el increíble Matthias Schultheiss. Si alguna vez leíste El Víbora, o la Heavy Metal, o la gloriosa Comix Internacional, seguro asociás a Schultheiss con esos magníficos laburos a color, esas orgías expresionistas llenas de climas perturbadores, de ritmo y de poesía. Bueno, olvidate de todo eso. Acá Schultheiss prueba otra cosa totalmente distinta: primero, trabaja en blanco y negro. Un blanco y negro pasado de rosca, hiper-detallista, con un cross-hatching capaz de enfermar a los fans de Robert Crumb y Joe Sacco. Todos los cuadritos tienen, por lo menos, el mismo nivel de trabajo que las páginas más zarpadas de El Garaje Hermético de Moebius, y algunas mucho más. Casi sin manchas, pero con el despliegue de rayitas y puntitos más desmedido que puedas imaginar, Schultheiss crea climas, iluminaciones, volúmenes y texturas como sólo un dios del plumín puede hacerlo.
Y la otra gran diferencia está en la composición de las páginas. Sin ser tradicional, Schultheiss nunca se había caracterizado por pelar puestas innovadoras y mucho menos zarpadas. Acá tira el mundo por la ventana y nos gratifica con páginas que el mismo Will Eisner envidiaría. Hay planos, secuencias y páginas enteras totalmente novedosas, muchas, muchas cosas que no le habías visto hacer ni a Schultheiss ni a nadie. Nueva York por 95 Centavos, la historia de los tipos que laburan colocando afiches en los vagones del tren suburbano, tiene unos momentos en los que la puesta en página logra hacerte sentir vértigo de tan compleja y arriesgada. Realmente notable.
Otro logro importantísimo de Schultheiss tiene que ver con el trabajo de la adaptación literaria. Muchas veces vemos que, cuando un cuento o una novela se convierten en historieta, el autor opta por respetar a rajatabla el texto original y así lo vemos robarse el protagonismo, en enormes bloques de texto, farragosos e infinitos, que le restan dinamismo al relato gráfico. Schultheiss, en cambio, se las ingenia para que sea la imagen la que lleve adelante la narración, de modo que las historias puedan disfrutarse como historietas, incluso por quien no sabe que están basadas en los cuentos de Bukowski. La única donde proliferan los bloques de texto es la última del libro, Mi Madre Culona, que además es la menos narrativa de todas. Bukowski simplemente nos cuenta una historia muy chiquita, donde el 95% del tiempo el protagonista toma cerveza, lee el diario o tiene sexo con dos mujerzuelas. La verdad que la lectura del diario y la ingesta de cerveza no son imagenes muy interesantes para un relato en historieta, y el sexo con dos yiros baqueteados por ahí sí, pero ya sería un comic porno y habría que publicarlo de otra manera.
En sus incandescentes polaroids de locura ordinaria, Bukowski le cantó a la derrota, a la miseria, a la desidia y a la desesperanza. Matthias Schultheiss le dio imagen a ese mundo y lo convirtió en algo más sórdido y cautivante que el texto original. Lo convirtió en unas historietas de la San Puta, que además de a la mente y al corazón, te llegan a los ojos, le hacen el amor a tus pupilas y -como las putas que conocen bien su oficio- logran que quieras volver a visitarlas una y mil veces.

viernes, 26 de febrero de 2010

26/ 02: DMZ Vol.4


Una de las formas de convencerse del inmenso poder artístico de la historieta es leer un comic que te duela. Pero dolor posta, como duele una muela cuando se pudre, como duele perder una final por un gol en offside en el minuto 94, como duelen los huevos después de toda una noche transando con una minita que no entrega. Este tomo de DMZ, conocido como Friendly Fire o El Día 204, duele como pocas historietas que me haya tocado leer.
Encima, a los porteños nos duele un poco más. Les resumo el argumento: Un montón de personas, en su mayoría jóvenes, se meten por su propia voluntad en un lugar bastante peligroso. Alguien (no se sabe quién) dispara un arma de fuego, tal vez (nunca lo sabremos) por orden de alguien más, que tampoco sabemos quién es. El resultado es una masacre en la que mueren 198 inocentes. La Justicia actúa tarde (cuando ya desapareció buena parte de la evidencia), va muy lento, y cuando emite su fallo, los castigos a los responsables resultan absolutamente insuficientes para los sobrevivientes, los deudos de los que murieron y la población en general. No hace falta explicar mucho más, no?
Pero Brian Wood (a esta altura un hijo de puta que me ha hecho sufrir más que Racing) va más allá. En el final de la saga, le pega un giro impredecible a la bronca de la gente contra el fallo judicial, que termina de hundirnos en el bajón y la desesperanza. Si hasta acá DMZ venía heavy y difícil de digerir, acá ya se vuelve una variante novedosa del sadomasoquismo, ideal para el suicida que quiere leer algo mientras prepara el nudo la horca. Posta, leés esto con Pink Floyd de fondo y te pegás un corchazo, mal.
Por supuesto, entre la mierda y el bajón anda Matty Roth, el protagonista de la serie, que se propone preguntar lo que nadie pregunta sobre la masacre, con la tenue esperanza de llegar a la verdad. Pero en un punto se da cuenta de que no importa saber a ciencia cierta qué pasó, porque igual todo se va a encubrir, y –como mucho- le endurecerán las penas a los chivos expiatorios. Cuando pasó tanto tiempo de algo tan jodido y metió mano tanto garca, la verdad ya vale menos que una cucaracha muerta flotando en el agua podrida de la alcantarilla. Imaginate lo que siente un periodista honesto cuando le cae esa ficha y entenderás por qué a Matty le pega tanto una tragedia en la que no perdió a ningún hermano, ni amigo, ni nada.
Por el lado del dibujo, Riccardo Burchielli se toma unas merecidas vacaciones y dibuja apenas la mitad de las 110 páginas que tiene la saga. Lo cubren Kristian Donaldson (acá no tan inspirado como en el unitario de Zee del Vol.2) y Nathan Fox, prendido fuego, con un estilo personalísimo y de alto impacto. Atenti con este muchacho, porque me parece que tiene todo para ser Número Uno. Y así como alguna vez critiqué el trabajo del colorista Jeromy Cox, ahora se lo ve muchísimo mejor, sobre todo en las páginas que dibuja Fox. Por suerte la calidad de los dibujantes se mantiene alta, como para que el ojo disfrute mientras uno sufre.
Qué loco que exista una historieta así, y que la publique una subsidiaria de Time-Warner… Qué loco que haya un kamikaze gritando desde un comic que EEUU se murió, que el ciudadano no puede confiar ni en sus fuerzas armadas, ni en los medios de comunicación, ni en las empresas, ni en los jueces. Qué loco que haya lectores suficientes para sustentar una propuesta así, que cada mes te somete a un nuevo bukkake de pálidas, injusticias, crueldades y patadas en la garganta… Y a la vez, qué grosso. En cuatro TPBs, DMZ pasó de interesante a atrapante, de ahí a heavy y de ahí a fundamental. Que no decaiga, aunque duela.

jueves, 25 de febrero de 2010

25/ 02: THE TWO FACES OF TOMORROW


No te dejes engañar por esa portada pechofrío que no dice nada. Debajo de la misma hay más de 550 páginas de uno de los mejores mangas de ciencia-ficción que se publicaron fuera de la islita. Todo empezó con una novela publicada en 1979 por James P. Hogan, uno de los grossos de la llamada “ciencia-ficción dura” (en una de esas porque se zarpaban con la frula), que te va a recordar a un montón de pelis y series de sci-fi, todas ellas escritas DESPUES de esta novela. Y en 1993, un mangaka al que la ciencia-ficción le queda perfecto, convirtió la novela en historieta. Hoy me resulta imposible pensar que existe una versión de The Two Faces of Tomorrow que NO ES un manga dibujado por Yukinobu Hoshino.
Hoshino había dedicado buena parte de la década del´80 a trabajar sobre historias cortas de ciencia-ficción bastante jugadas para la época y ahora se lanzaba al desafío de adaptar una novela larga y dura (como esssta), escrita 15 años atrás por un autor de otro país y otra cultura. Algo muy raro, porque la gran mayoría de las veces, los mangakas que trabajan sobre obras literarias eligen textos de autores japoneses. Y el resultado es más raro aún, por lo menos para el mercado nipón: no hay chistes, no hay mascotas ni personajes medio en joda, nadie tiene superpoderes, no hay adolescentes, todas las mujeres son mayores de edad y una sóla aparece en bolas, en una sóla página, porque tiene un accidente en la ducha. Para los occidentales es algo bastante más normal. Es una saga de ciencia-ficción con mucha machaca (de hecho, hay todo un tramo en que se convierte en un comic 100% bélico), que bien podría haberse publicado en Skorpio o Cimoc.
Lo que sí es bastante japonés es el énfasis en el mensaje. The Two Faces of Tomorrow es una obra que no disimula ni 15 segundos su intención de invitarnos a reflexionar acerca de qué futuro queremos, cómo es nuestra relación con las máquinas, en cuánto nos beneficia y en cuánto nos perjudica que estas sean cada vez más poderosas, o incluso que aprendan de nosotros conceptos como “el Bien y el Mal”, la auto-preservación, el miedo, la solidaridad. Hoshino no escatima acción ni explosiones en ningún momento, pero siempre mantiene en primer plano esta provocación al debate, esta disputa (encarnada en el Dr. Dyer y sus superiores) acerca de cuánta fe se le puede tener a una humanidad cada vez más dependiente de las máquinas.
Hay muchos más temas relevantes en la obra, pero el de la evolución de las máquinas y su vinculación con los humanos sin duda es el central. Por supuesto, muy bien matizado con una guerra salvaje y sin cuartel, lógica consecuencia de las decisiones incorrectas de los humanos. Una guerra que se ve venir, que va escalando en un clima de tensión cada vez más angustiante, tipo la primera peli de Alien. A tal punto te incomoda esa tensión, que cuando estalla la guerra entre los soldados humanos y la hiper-computadora que controla toda la base orbital, sentís un gran alivio, aunque sepas que a muchos de los personajes les quedan poquísimas páginas de vida. El final es coherente, redondo, brillante, grandilocuente en el buen sentido. Una gloria.
El trabajo de Hoshino en la faz gráfica es impecable. No sólo se mata en todos esos decorados, naves, robots y armas llenos de chiches tecnológicos, sino que además todo es creíble, todo podría existir pasado mañana. Su puesta en página es devastadora, al igual que su manejo de la acción y de las expresiones faciales. Las minitas le salen un poco parecidas entre sí, pero todos los personajes masculinos (que son amplia mayoría) son diferentes y únicos, perfectamente definidos. Además te acribilla con unas tramas mecánicas y unas líneas cinéticas siempre oportunas y siempre impactantes, que complementan a su pincel vigoroso y versátil para crear un blanco y negro magnífico en su complejidad y en su polenta.
Si te copás con la ciencia-ficción, o con una de guerra que transcurre en el espacio, The Two Faces of Tomorrow te va a volatilizar las neuronas. Gracias, Dark Horse, por editarla de este lado del Pacífico.

miércoles, 24 de febrero de 2010

24/ 02: SHAZAM!: THE MONSTER SOCIETY OF EVIL


Uno habitualmente se queja de cómo el comic yanki no se renueva, cómo todo gira siempre alrededor de los mismos íconos gastados a los que les vienen sacando la leche hace 70 años y el 99% de las veces, el planteo es más que válido. O sea, todo bien: es una industria, hay que facturar y no se puede matar a la gallina de los huevos de oro… pero ¡70 años! 70 años es una infinidad para un personaje, por exitoso o copado que sea. Sobre todo cuando son personajes que fueron creados por tipos que no tenían ni la más mínima idea de que esos conceptos pudieran perdurar por más de 70 años. Yo creo que jamás pensaron que iban a durar… ni 20 años, pero eso ya entra en el terreno de la ciencia-ficción, o del What If…?
Lo cierto es que, muy de vez en cuando, se da ese 1% restante: una nueva versión, una nueva visión, una nueva vuelta de tuerca que, sin traicionarlo, agarra a uno de esos íconos herrumbrosos, le pega un lindo lifting, lo adapta a los nuevos tiempos y lo relanza para que lo disfrute un nuevo público. Lo que hizo Jeff Smith (el consagradísimo autor de Bone) con el mítico Captain Marvel es exactamente eso. Este es un comic de superhéroes que atrapa al mismo público al que atrapaba el Capi en los ´40 (chicos y adolescentes), con una narrativa clásica y cristalina, y un guión bastante más complejo, como para estar al nivel de lo que exigen los fans de hoy. ¿Cómo le vendés a estos fans un tigre que habla? Tranqui, Smith lo logra. ¿Y una nenita de ocho años con superpoderes, no quedará medio idiota? Tranqui, Smith te la pilotea.
El capo de Ohio se da el lujo de combinar toda la mitología fantástica de Shazam! con una sutil denuncia social, y una clara bajada de línea acerca de la peligrosa paranoia (inflada por unos pocos para lucrar) generada por los atentados del 11 de Septiembre. Nada de esto es obvio, ni desvía demasiado nuestra atención de las piñas y de las emociones que llevan adelante la trama, pero todo suma. Incluso lo que no está: No sé si Smith se da cuenta de lo piola que estuvo al resistir la tentación de meter a Black Adam. Cualquier otro autor un poco más choto, lo habría metido de una. Pero Smith se dio cuenta de que con Mr. Mind y sus monstruosos esbirros y esta novedosa y brillante versión de Sivana, había amenazas suficientes como para que los chicos Marvel se arremangaran y repartieran sopapos durante 200 páginas.
Por si te estás preguntando dónde encaja esto en la continuidad (o algo así) de DC, nada, esto no tiene nada que ver con las versiones del Capi que hayas leído antes. Ni siquiera estoy seguro de que transcurra en el Universo DC. Esto es comic de autor con personajes de la editorial, o si preferís, una especie de All-Star Shazam!, totalmente autoconclusivo y coherente sólo consigo mismo.
Del dibujo de Smith no hay mucho para decir, a esta altura del partido. Por ahí destacar la solvencia con la que nos mete en un ambientación urbana contemporánea, después de años y años de dibujar un valle perdido, con cavernas, acantilados, castillos y pueblitos de estética medieval. Visualmente, este trabajo se parece poco a Bone, pero si leíste Bone (o sea, si existís) vas a notar una cierta cadencia en la narrativa que te va a resultar extrañamente familiar. El color de Steve Hamaker también está muy bien.
Este es el equivalente comiquero del Huracán de Angel Cappa: entretenido, efectivo y bello. Y si te dejás cebar por la ternura de Billy, la nobleza del Capi y la onda de los demás personajes, te vas a sorprender emocionándote como cuando leías comics de pendejito y todo te parecía hiper-flashero. Un tiki-tiki de personajes entrañables, diálogos precisos, situaciones novedosas, secuencias logradísimas y un final más que satisfactorio. Así da gusto que nos regurgiten a un personaje del año del pedo para reversionarlo por enésima vez.