
Uh, qué difícil sintetizar en una reseña todo lo que se me viene a la mente después de esta sobredosis de Isidoro! Está como para escribir una nota, y ya hubo una nota en la Comiqueando hace no tanto tiempo… Lo primero debería ser blanquear que las Locuras de Isidoro están hace décadas entre mis placeres culpables. Será porque uno todavía sale a piratear y se esfuerza por mantenerse soltero y mínimamente en onda, o por su carisma, o por su viveza, o por su irreverencia frente a la rígida moral que le trató de imponer sin éxito su tío… no sé por qué, pero Isidoro me cae bien, me divierte, me lo creo.
Los argumentos en general son blandos, llega un punto en que se deja de explorar las consecuencias de lo que Isidoro hace y todo se apresura, se simplifica, se exagera para poder resolverlo en el espacio previsto para cada historieta. Pero las ideas, los disparadores que usaban Mariano Juliá y Faruk para las historias, están buenísimos. Si esto fuera apenas una comedia de situación basada en el contrapunto entre el tío milico moralista y el sobrino fiestero y descarriado, ya estaría muy bien. Pero es mucho más: no sólo porque hay miles de chistes (algunos muy buenos), sino porque además en las historietas de Isidoro se ven muy clarito un montón de fenómenos de la Argentina de esa época (1968-76) y porque además de la comedia picaresca, las historias incorporan elementos de otros géneros, como el romance, el espionaje y –ese género tan de moda en Francia- el thriller financiero.
Con todo eso, los guionistas arman un cóctel muy atractivo, apoyado sobre todo en la personalidad arrolladora del Rey de los Playboys, un personaje absolutamente extremo, que no para un segundo de maquinar nuevas formas de darse la gran vida a costillas ajenas. Isidoro no mide, es puro descontrol. Hasta que la cosa se complica, y tanto chupi, baile, timba y minitas lo hunden económicamente y ahí sí, aparece el Isidoro calculador, el grosso que casi siempre tiene un Plan B para zafar, aunque a veces lo hunde él mismo con su ambición desmedida. Lo mejor de todo es que los guionistas no se ponen de acuerdo: no hay un consenso acerca de si lo que hace Isidoro merece ser castigado, premiado, o simplemente tolerado, y eso hace que nunca sepas de antemano cómo va a terminar cada historia. El volantazo del final puede llevar al ídolo a la cima, a la ruina, o a un empate decoroso. Igual, rara vez las historias se hacen cargo de lo sucedido en episodios previos, sino que suelen partir todas de un mismo status quo inicial, en el que Isidoro está a la pesca de una oportunidad más para esquilmar a su tío o a algún otro gil que le subsidie su fascinante vidurria noctámbula.
El tema del piola que vive de noche, en un mundo de farra, boliches y carreras de caballos, no lo inventó Isidoro, para nada. Existía en los comis yankis y británicos de principios del Siglo XX, y además ya lo había transitado con éxito el propio Dante Quinterno en varias historietas de su etapa pre-Patoruzú. Pero en estas historias, la temática se ve potenciada por un montón de elementos 100% típicos de la segunda mitad de ese siglo, que elevan muchísimo el techo: la tele, el cine, los viajes en avión de un continente a otro, el rock, los deportes, el consumo masivo, la liberación femenina… son todas cosas que no existían en 1920 y que juegan roles destacados en las desopilantes tramoyas de Isidoro.
El dibujo se despega bastante de la línea de Andanzas y Correrías. Se supone que el maestro Tulio Lovato estaba al frente del equipo de dibujantes, aunque claro, los nombres de los autores jamás aparecieron en ninguna publicación. Al principio, los recursos gráficos son bastante acotados: tres planos que se repiten (general, medio y primer), nunca un contrapicado, ni un bird-eye, ni un worm-eye, nunca una secuencia muda, todo muy tradicional. A partir de 1973, vemos algún experimentito más raro, y mejoras en el dibujo, sobre todo cuando se permiten romper el rígido esquema de tiras, heredado de cuando Patoruzú era furor en los diarios. Pero básicamente se mantienen los lineamientos de un estilo caricaturesco, con buen ojo para pescar detalles de la realidad y cero énfasis en la iluminación, los climas y la puesta en página.
Durante aquellos años turbulentos, hubo una historieta argentina que fue una fiesta, en la que se bailaba hasta el amanecer, se viajaba en jets y cruceros de lujo, se apostaban fortunas y fajos inmensos de billetes (moneda nacional, o Ley 1188) cambiaban de mano varias veces por episodio. En las constantes reediciones (que tienen varias modificaciones respecto de las historietas originales que rescata este libro) la farra continúa. En el imaginario colectivo también: la mayoría de la gente no sabe que desde 1977 no se producen nuevas aventuras de Isidoro. Y está bien, no les caguemos la ilusión.
Ultima y no jodo más: excelentes e imprescindibles los textos y fotos que componen las primeras 45 páginas de este mega-broli. Compensan de sobra las falencias de la impresión, que no es óptima ni mucho menos. Aguante la joda nocturna!