Este es el tomo en el que cambia todo, en el que Warren Ellis veletea como si fuera un dirigente de la UCR y deja de lado los episodios unitarios para dedicarse a dos arcos argumentales de tres capítulos. Justo entre un arco y otro, la revista se relanza con un nuevo número 1, y en la nueva etapa se nota que Ellis negoció más autonomía y más poder. Así empiezan a aparecer dos cosas que para esa misma época ya se veían en Transmetropolitan: los chistes sexópatas medio subidos de tono y los elementos de ciencia-ficción más atípicos, más impredecibles. Por otro lado, en esta segunda etapa, a Ellis lo dejan apoderarse de I.O. (International Operations), esa especie de CIA del Universo WildStorm, especializada en roscas turbias con seres superpoderosos.
En el primero de los dos arcos, Ellis va directo al hueso: demuestra haber leído Miracleman desde una óptica muy inteligente y empieza a esbozar la que será la consigna primordial de The Authority: superhéroes que se cansan de responder a los ataques de los villanos y se dedican a usar sus poderes para cambiar al mundo, para mejorar la vida de la gente, le guste o no a los que detentan el poder político. Por supuesto que en tres episodios no hay espacio para indagar a fondo en una idea tan atractiva, sobre todo si en ese mismo arco tenés que presentar a cinco o seis personajes (dos de ellos, el Doctor y el Arquitecto, volverán muy cambiados más adelante), resolver un subplot que venía de antes y pegarle un volantazo muy heavy (y quizás apresurado) a uno de los personajes fundamentales de la serie. Claro, esta se terminaba y se venía el relanzamiento, con lo cual a Ellis le urgía redondear, cerrar todas las puntas que tenía abiertas. Por eso la saga de The High no tiene el impacto que debería. Eso mismo, narrado en 30 ó 40 páginas más, sería un arco argumental del mega-carajo. Así, en poco menos de 100 páginas, quedó todo muy comprimido.
En el segundo arco (el que inaugura la segunda colección de StormWatch) Ellis se dedica a presentarnos el nuevo status quo, a jugar más con los diálogos y el desarrollo de los personajes (especialmente el de Jackson King, que gana mucho protagonismo), a pasar en limpio de forma muy gráfica la gigantesca runfla política que hace posible que funcione un grupo como StormWatch y, cuando los “héroes” tienen que pelear contra algo (porque así funciona este tipo de comic), el guionista desempolva su clásico argumento de “una nube tóxica capaz de matar a mucha gente a la que no hay que dejar expandirse hacia un área urbana densamente poblada”. En el medio, más humanos mutados con órganos de super-seres (cortesía de I.O.) y no mucho más. Esto sí, entra perfectamente en 64 páginas sin apretar y sin estirar.
En cuanto a los dibujantes, la saga de The High marca la despedida de Tom Raney, que acá está –de nuevo- un poquito mejor que en el tomo anterior. Sigo viendo muchas páginas sin fondos, varios choreos a Jim Lee y notorias desproporciones en la anatomía (cabezas muy chicas, manos muy grandes), pero hay un mejor ensamblaje con las tintas de Randy Elliott y lindos homenajes a Joe Shuster, Will Eisner y Jack Kirby. Para el relanzamiento de la serie, el dibujante elegido es el español Óscar Jiménez, que alguna vez tuviera chapa gracias a sus numeritos de Flash, que estaban bastante bien. Acá lo vi más chato, con menos onda, aunque un poquito más comprometido que Raney, más aplicado a la anatomía y a la narrativa que a la estridencia y el pochoclo. Jiménez comulga con la ideología de dibujar la menor cantidad de fondos posibles y algunos de los que sí dibuja son tan feos, que ojalá se hubiese ahorrado el esfuerzo. Incluso mezquinando fondos, Jiménez no llega a cumplir con las 22 páginas mensuales y en su tercer episodio (el que cierra este tomo) le habilita las últimas páginas a Michael Ryan, un clon a rajatabla de Jim Lee, sin talento ni imaginación.
Y hasta acá llego. Esto se está poniendo muy grosso, mucho más que cualquier otro comic que yo recuerde ambientado en este universo y cada vez más, StormWatch se empieza a calzar la pilcha de “prólogo de Authority”. Pero no tengo los libros que vienen después y tengo entendido que son difíciles de conseguir. Veremos si aparecen y si no, mala leche; me quedará el hueco entre esto y el Vol.1 de The Authority, una de las primeras series que empecé a coleccionar en revistitas para al toque deshacerme de ellas y pasarme a los TPBs.
miércoles, 7 de mayo de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
06/ 05: INSPECTEUR MORONI Vol.1
Allá por 2001, el mismo año en que publicó Shenzhen (reseñada el 10/02/14), el maestro Guy Delisle inició una serie de la que llegó a realizar tres tomos. Los álbumes de Inspecteur Moroni son tan distintos de los libros de crónicas autobiográficas de Delisle, que si no te dicen que se trata del mismo autor, no tenés forma de darte cuenta. Acá, el canadiense radicado en Francia “se disfraza” de un autor mucho más convencional que el que narra sus viajes a lugares extraños.
Estos son álbumes “como Dios manda”: formato grande, tapa dura, 48 páginas con 10 u 11 viñetas a todo color, y sobre todo dibujadas en un estilo MUY pensado para el color. Las aventuras de este primerizo detective de la policía son lineales, con un humor eficaz pero no demasiado original, con la comedia que se impone ampliamente sobre la acción y unos cuantos toques de mala leche, de crítica filosa a la institución policial, muy sutiles, para nada grotescos.
En este primer álbum hay una trama policial compleja, una operación de contrabando a gran escala, a la que Delisle envuelve dentro de un gigantesco malentendido bastante disparatado. Nada que no hayamos visto ya en series, películas o historietas que mezclan la comedia con el policial. Lo más raro es el propio Inspector Moroni: su relación con su madre, con los fármacos y sobre todo con su perro, que –como varios animalitos de las historietas de Joann Sfar- tiene la facultad de dialogar con su dueño y mostrarse frente a sus ojos como una “persona” con rasgos de animal, pero con uso del raciocinio y del pulgar reversible. El compañero de Moroni en esta misión, el veterano Blaras, es otro personaje muy interesante, bien desarrollado por el autor, que al principio lo plantea como un estereotipo muy obvio y con el correr de las páginas lo deja ganar relieve, sin eclipsar al protagonista.
El dibujo nos muestra una faceta totalmente distinta del dibujo de Delisle. Acá lo vemos en un estilo elegante, muy prolijo, muy despegado de la influencia de los dibujantes de tiras para diarios de EEUU, y más cerca de lo que hacía Manu Larcenet en sus inicios, en la época de Los Superhéroes Injustamente Desconocidos (reseñado un lejano 02/05/10). Olvidate de esas viñetas grandes e impactantes con dibujos copiados de la realidad que vimos en los libros “de los viajes”, o de ese efecto increíble que parecía reproducir el trazo del lápiz con una herramienta digital. Esto –repito- está muy pensado para el color y si se publicaran los dibujos que Delisle le entrega a la infalible Brigitte Findakly, veríamos páginas y páginas de “hilitos”, sin masas negras y sin efectos de iluminación.
Lo único que realmente se conserva de lo visto en los otros libros de Delisle es el talento para orquestar el relato gráfico, incluso en páginas en las que hay que acomodar (sin zarparse, sin romper nunca la grilla de cuatro tiras) muchas más viñetas. Hay un ritmo, una cadencia, que tiene que ver con lo que leímos en sus crónicas de viajes. Y claro, la expresividad de los personajes, que acá está potenciada por el hecho de que Inspecteur Moroni es –definitivamente- una comedia y el autor se esfuerza mucho más por arrancarnos una risa o aunque sea una sonrisa. En todo lo demás, estamos ante un trabajo radicalmente distinto a las obras más conocidas de este autor, que a partir de ahora suma el rótulo de versátil.
No te quiero mentir: hasta ahora, Inspecteur Moroni no da ni por casualidad el jugo que dan los libros que cuentan los viajes de Delisle por China, Birmania o Corea del Norte. Si ser menos ricos para el análisis convierte a los comics en peores comic, esta es una obra decididamente inferior a las que ya vimos. Lo cual no significa que estemos ante una historieta chota o intrascendente: si la onda es divertirse, pasarla bien, reirse un toque con una trama policial atravesada por la comedia de enredos, acá hay una muy linda historia, que además puede atrapar a lectores más jóvenes (desde 13 años, diría yo).
Tengo para leer los otros dos tomos de Inspecteur Moroni, a ver con qué más me sorprende el maestro Guy Delisle, del que –de a poco- me voy haciendo hincha incondicional.
Estos son álbumes “como Dios manda”: formato grande, tapa dura, 48 páginas con 10 u 11 viñetas a todo color, y sobre todo dibujadas en un estilo MUY pensado para el color. Las aventuras de este primerizo detective de la policía son lineales, con un humor eficaz pero no demasiado original, con la comedia que se impone ampliamente sobre la acción y unos cuantos toques de mala leche, de crítica filosa a la institución policial, muy sutiles, para nada grotescos.
En este primer álbum hay una trama policial compleja, una operación de contrabando a gran escala, a la que Delisle envuelve dentro de un gigantesco malentendido bastante disparatado. Nada que no hayamos visto ya en series, películas o historietas que mezclan la comedia con el policial. Lo más raro es el propio Inspector Moroni: su relación con su madre, con los fármacos y sobre todo con su perro, que –como varios animalitos de las historietas de Joann Sfar- tiene la facultad de dialogar con su dueño y mostrarse frente a sus ojos como una “persona” con rasgos de animal, pero con uso del raciocinio y del pulgar reversible. El compañero de Moroni en esta misión, el veterano Blaras, es otro personaje muy interesante, bien desarrollado por el autor, que al principio lo plantea como un estereotipo muy obvio y con el correr de las páginas lo deja ganar relieve, sin eclipsar al protagonista.
El dibujo nos muestra una faceta totalmente distinta del dibujo de Delisle. Acá lo vemos en un estilo elegante, muy prolijo, muy despegado de la influencia de los dibujantes de tiras para diarios de EEUU, y más cerca de lo que hacía Manu Larcenet en sus inicios, en la época de Los Superhéroes Injustamente Desconocidos (reseñado un lejano 02/05/10). Olvidate de esas viñetas grandes e impactantes con dibujos copiados de la realidad que vimos en los libros “de los viajes”, o de ese efecto increíble que parecía reproducir el trazo del lápiz con una herramienta digital. Esto –repito- está muy pensado para el color y si se publicaran los dibujos que Delisle le entrega a la infalible Brigitte Findakly, veríamos páginas y páginas de “hilitos”, sin masas negras y sin efectos de iluminación.
Lo único que realmente se conserva de lo visto en los otros libros de Delisle es el talento para orquestar el relato gráfico, incluso en páginas en las que hay que acomodar (sin zarparse, sin romper nunca la grilla de cuatro tiras) muchas más viñetas. Hay un ritmo, una cadencia, que tiene que ver con lo que leímos en sus crónicas de viajes. Y claro, la expresividad de los personajes, que acá está potenciada por el hecho de que Inspecteur Moroni es –definitivamente- una comedia y el autor se esfuerza mucho más por arrancarnos una risa o aunque sea una sonrisa. En todo lo demás, estamos ante un trabajo radicalmente distinto a las obras más conocidas de este autor, que a partir de ahora suma el rótulo de versátil.
No te quiero mentir: hasta ahora, Inspecteur Moroni no da ni por casualidad el jugo que dan los libros que cuentan los viajes de Delisle por China, Birmania o Corea del Norte. Si ser menos ricos para el análisis convierte a los comics en peores comic, esta es una obra decididamente inferior a las que ya vimos. Lo cual no significa que estemos ante una historieta chota o intrascendente: si la onda es divertirse, pasarla bien, reirse un toque con una trama policial atravesada por la comedia de enredos, acá hay una muy linda historia, que además puede atrapar a lectores más jóvenes (desde 13 años, diría yo).
Tengo para leer los otros dos tomos de Inspecteur Moroni, a ver con qué más me sorprende el maestro Guy Delisle, del que –de a poco- me voy haciendo hincha incondicional.
lunes, 5 de mayo de 2014
05/ 05: VALENTINE´S CLASSICS
Hace unos días me metí por primera vez con los comics de Archie y hoy me interno por segunda vez en los comics de Disney. Esta vez, en vez de seguir a un autor, sigo a una temática que –casualmente- me interesa muy poco. Las historias que componen esta antología fueron elegidas por girar en torno al amor, los novios y el día de San Valentín, fiesta pelotuda si las hay. Predeciblemente, la mayoría de los guiones son infumables, plagados de cursilería y banalidad.
¿Donde está el atractivo de este libro? En la decisión por parte de BOOM! de meter historietas originalmente publicadas en las cuatro usinas de comics Disney que existen a nivel mundial. Acá hay material generado en EEUU, en Dinamarca, en Italia y en Brasil, casi siempre a cargo de autores emblemáticos, de los próceres que engalanaron con sus plumas los comics de Mickey, Donald y familia. En esa diversidad de estilos y en la calidad de casi todos los dibujantes está la posta, lo que me hizo soportable este tomo.
Que arranca muy bien, con la historieta mejor escrita de la antología. Se trata de Love Trouble, originalmente publicada a lo largo de 1941 en la tira diaria de Mickey Mouse, por supuesto integramente a cargo del maestro Floyd Gottfredson. Las viñetas están remontadas para que en vez de tiras parezcan páginas de historieta, algo que se podía hacer muy mal pero se hizo con mucho criterio. Y muy loable también la labor de Marie Javins (otrora colorista y coordinadora de muchas series de Marvel), encargada de sumarle el color digital a un material muy pensado para blanco y negro. Odio a Mickey, lo quiero ver fracasar en todo, pero esta historia está muy lograda, muy divertida y poco predecible.
La siguiente historia es más breve (10 páginas) y a priori prometía, por tratarse de una de Donald escrita y dibujada por el genial Carl Barks. Bueno, me ensarté. El dibujo está excelente, pero el guión es la nada misma. Parece improvisado, termina en cualquier lado, casi no es gracioso, nunca termina de tener peso la trama “romántica”... una boludez atómica.
Nos vamos a Italia, para rescatar una historieta de 34 páginas creada en 1964 por el maestro Romano Scarpa, quien es –junto a Giorgio Cavezzano, que acá oficia de entintador- el mejor dibujante de Disney que dio la península. Acá el protagonista es Uncle Scrooge, el guión tiene algún que otro momento cómico (hasta ahí nomás) y el dibujo es hermoso, muy moderno, muy suelto, lleno de plasticidad. Además, como cada página tiene menos cuadros, estos son más grandes y el trazo de Scarpa se luce mucho más. Como en el clásico “fumetto” de aventuras, acá hay muchos más primeros planos y planos cortos que en las historias realizadas en EEUU, algo que, evidentemente, es un rasgo que comparten todos los autores tanos, más allá de la corriente estética en la que se enrolen.
Desde Dinamarca nos llega una historieta de Mickey de apenas cinco páginas, que nada tiene que ver con el amor y el romance. Pasan unas cuantas cosas porque ninguna página baja de las 10 viñetas, pero igual es muy menor. El autor es Dan Jippes, el máximo referente de la editorial Egmont, la factoría escandinava de comics de Disney. Después volvemos a EEUU un toque para una historia muy cortita, de sólo dos paginitas, a cargo de Al Taliaferro. Esto es de 1961 y se ve muy mal, quizás porque para esta época Taliaferro ya tenía pocas ganas de romperse el lomo en cada viñeta. El color la levanta bastante, pero el guión y el dibujo son bastante tristes.
Y terminamos con una de 32 páginas de 1988, en la que cuatro autores brasileros (dos guionistas y dos dibujantes) exploran un What If... en el que Donald y Daisy se casan. Creo que acá está lo peorcito del libro, el guión más obvio, más cabeza, y los dibujos más apurados, más derivativos, con menos onda. Todo lo que se ve bien parece afanado a Scarpa, Cavezzano o Barks, y lo que no parece afanado se ve muy mal. De una buena idea salió un resultado –con suerte- mediocre.
¿Para qué sirve este libro? Para ver historietas con los personajes icónicos de Disney hechas en cuatro países distintos, a lo largo de cinco décadas. ¿Hay historietas mejores con Mickey, Donald, Minnie y Daisy? Obvio, mil veces mejores. Pero no conozco otros recopilatorios donde Barks y Gottfredson convivan con Scarpa y Jippes y eso hace que este extraño experimento de BOOM! resulte digno de un lugarcito en la biblioteca.
¿Donde está el atractivo de este libro? En la decisión por parte de BOOM! de meter historietas originalmente publicadas en las cuatro usinas de comics Disney que existen a nivel mundial. Acá hay material generado en EEUU, en Dinamarca, en Italia y en Brasil, casi siempre a cargo de autores emblemáticos, de los próceres que engalanaron con sus plumas los comics de Mickey, Donald y familia. En esa diversidad de estilos y en la calidad de casi todos los dibujantes está la posta, lo que me hizo soportable este tomo.
Que arranca muy bien, con la historieta mejor escrita de la antología. Se trata de Love Trouble, originalmente publicada a lo largo de 1941 en la tira diaria de Mickey Mouse, por supuesto integramente a cargo del maestro Floyd Gottfredson. Las viñetas están remontadas para que en vez de tiras parezcan páginas de historieta, algo que se podía hacer muy mal pero se hizo con mucho criterio. Y muy loable también la labor de Marie Javins (otrora colorista y coordinadora de muchas series de Marvel), encargada de sumarle el color digital a un material muy pensado para blanco y negro. Odio a Mickey, lo quiero ver fracasar en todo, pero esta historia está muy lograda, muy divertida y poco predecible.
La siguiente historia es más breve (10 páginas) y a priori prometía, por tratarse de una de Donald escrita y dibujada por el genial Carl Barks. Bueno, me ensarté. El dibujo está excelente, pero el guión es la nada misma. Parece improvisado, termina en cualquier lado, casi no es gracioso, nunca termina de tener peso la trama “romántica”... una boludez atómica.
Nos vamos a Italia, para rescatar una historieta de 34 páginas creada en 1964 por el maestro Romano Scarpa, quien es –junto a Giorgio Cavezzano, que acá oficia de entintador- el mejor dibujante de Disney que dio la península. Acá el protagonista es Uncle Scrooge, el guión tiene algún que otro momento cómico (hasta ahí nomás) y el dibujo es hermoso, muy moderno, muy suelto, lleno de plasticidad. Además, como cada página tiene menos cuadros, estos son más grandes y el trazo de Scarpa se luce mucho más. Como en el clásico “fumetto” de aventuras, acá hay muchos más primeros planos y planos cortos que en las historias realizadas en EEUU, algo que, evidentemente, es un rasgo que comparten todos los autores tanos, más allá de la corriente estética en la que se enrolen.
Desde Dinamarca nos llega una historieta de Mickey de apenas cinco páginas, que nada tiene que ver con el amor y el romance. Pasan unas cuantas cosas porque ninguna página baja de las 10 viñetas, pero igual es muy menor. El autor es Dan Jippes, el máximo referente de la editorial Egmont, la factoría escandinava de comics de Disney. Después volvemos a EEUU un toque para una historia muy cortita, de sólo dos paginitas, a cargo de Al Taliaferro. Esto es de 1961 y se ve muy mal, quizás porque para esta época Taliaferro ya tenía pocas ganas de romperse el lomo en cada viñeta. El color la levanta bastante, pero el guión y el dibujo son bastante tristes.
Y terminamos con una de 32 páginas de 1988, en la que cuatro autores brasileros (dos guionistas y dos dibujantes) exploran un What If... en el que Donald y Daisy se casan. Creo que acá está lo peorcito del libro, el guión más obvio, más cabeza, y los dibujos más apurados, más derivativos, con menos onda. Todo lo que se ve bien parece afanado a Scarpa, Cavezzano o Barks, y lo que no parece afanado se ve muy mal. De una buena idea salió un resultado –con suerte- mediocre.
¿Para qué sirve este libro? Para ver historietas con los personajes icónicos de Disney hechas en cuatro países distintos, a lo largo de cinco décadas. ¿Hay historietas mejores con Mickey, Donald, Minnie y Daisy? Obvio, mil veces mejores. Pero no conozco otros recopilatorios donde Barks y Gottfredson convivan con Scarpa y Jippes y eso hace que este extraño experimento de BOOM! resulte digno de un lugarcito en la biblioteca.
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domingo, 4 de mayo de 2014
04/ 05: PIEDRA BUENA
Diez años después de su aparición, me siento a leer este libro que recopila tiras aparecidas en el diario Río Negro. En ese medio, el maestro Carlos “Chingolo” Casalla publicó durante muchos años la serie histórica Los Pioneros del Sur, escrita con un tono más aventurero que didáctico por el mismísimo dibujante de Cabo Savino, El Cosaco y tantos otros hitazos.
Por el dibujo del maestro, intuyo que esta etapa de la tira, la dedicada a narrar la vida de Luis Piedra Buena, debe ser de fines de los ´90 o principios de este siglo. Como aquella novela del Cabo Savino editada primero por Caleuche y después por La Duendes, esta historieta tiene el irresistible atractivo de ofrecernos un montón de páginas de Casalla en blanco y negro, sin ese color espantoso con el que lo tuvimos que padecer en las revistas de Columba, y con un rotulado manual impecable, aunque con alguna falta de ortografía. Casalla en blanco y negro es todo ganancia: acá se lucen el trazo vigoroso, nervioso de la pluma del maestro, su obsesión por los detalles, su gran equilibrio entre manchas negras y espacios blancos, y hasta hay lugar para efectos como esfumados, salpicados y texturas aplicadas con esponjas. Y después, por supuesto, la impronta personal de Casalla, lo que lo hace diferenciarse fácilmente de todos los demás dibujantes de estilo realista, que –si te gusta- acá se nota con muchísima fuerza.
La historia nos lleva a recorrer los 51 años de vida de Luis Piedra Buena, a quien Casalla nos presenta como un personaje noble, valiente, altruista, intrépido, leal, patriota, inteligente, compasivo, que se dedica a... matar ballenas, focas y pingüinos. Es muy loco que (en casi 140 páginas) al autor NUNCA le haga ruido que nos está tratando de vender como un héroe, como un prohombre ejemplar, a un tipo que se dedicaba (hace 150 años, cuando quizás no estaba tan mal visto como ahora) a cazar ballenas, focas, lobos marinos y demás ejemplares de la fauna de nuestra Patagonia. Nos muestra esta faceta de Piedra Buena con total naturalidad, como si nos dijera que para vivir plantaba zapallos o relataba partidos de futbol.
Si eso no te irrita ni un poquito, seguro te vas a emocionar al ver las increíbles proezas, las patriadas, los sacrificios, las cosas imposibles que logra este hombre cuyo amor por nuestra tierra y nuestro mar (no por su fauna, obviamente) fue tan incuestionable como ejemplar. Casalla investigó a full la vida de Piedra Buena y estudió especialmente la biografía escrita por Cándido Eyroa, un capitán de fragata que navegó bajo las órdenes del “Capitán Luis”. A partir de los testimonios históricos emerge una figura de enorme integridad, un verdadero pionero en esto de afirmar nuestra soberanía en los territorios del sur de nuestro país, en cada islita y cada canal perdidos en el culo del mundo y obviamente ignorados por los atildados políticos porteños. El rol de Piedra Buena en parte consiste en crear conciencia: esto existe, es nuestro, y está lleno de riquezas que –si no las protegemos- nos las van a avechuchear o nuestros vecinos del Oeste, o los piratas británicos que ya nos avechuchearon las Malvinas.
De todos modos, el heroico “Capitán Luis” no dudará en socorrer a marinos ingleses, a exploradores chilenos ni a ninguna otra víctima de los vientos huracanados, los fríos extremos o de algún aborigen medio pasado de rosca de la inhóspita región en la que elige vivir. Varias de las escenas de esta biografía transcurren en paralelo con “la campaña del Desierto”, pero el espíritu que predomina no es para nada el de la cacería despiadada de onas y tehuelches, sino el de fraternidad entre argentinos. Piedra Buena, en vez de matarlos, recluta a los indios para la causa nacional, les enseña a querer a nuestra bandera y a defender nuestro suelo de los posibles invasores. De hecho, los aborígenes que se ven en esta obra aparecen como tipos tranquilos, muy integrables, muy en armonía con su habitat (aunque con gran puntería para arponear cetáceos).
En fin... siempre está bueno conocer la vida de hombres importantes para la historia argentina, y la historia de Piedra Buena está narrada de forma dinámica, con una impronta aventurera, casi épica. Hay que mirar para otro lado cuando sale a masacrar animales, algo que felizmente el Chingolo Casalla no grafica de modo shockeante ni revulsivo. Un logro más de este historietista eterno, de este prócer que –con casi 88 años- sigue firme frente al tablero de dibujo jerarquizando nuestro Noveno Arte.
Por el dibujo del maestro, intuyo que esta etapa de la tira, la dedicada a narrar la vida de Luis Piedra Buena, debe ser de fines de los ´90 o principios de este siglo. Como aquella novela del Cabo Savino editada primero por Caleuche y después por La Duendes, esta historieta tiene el irresistible atractivo de ofrecernos un montón de páginas de Casalla en blanco y negro, sin ese color espantoso con el que lo tuvimos que padecer en las revistas de Columba, y con un rotulado manual impecable, aunque con alguna falta de ortografía. Casalla en blanco y negro es todo ganancia: acá se lucen el trazo vigoroso, nervioso de la pluma del maestro, su obsesión por los detalles, su gran equilibrio entre manchas negras y espacios blancos, y hasta hay lugar para efectos como esfumados, salpicados y texturas aplicadas con esponjas. Y después, por supuesto, la impronta personal de Casalla, lo que lo hace diferenciarse fácilmente de todos los demás dibujantes de estilo realista, que –si te gusta- acá se nota con muchísima fuerza.
La historia nos lleva a recorrer los 51 años de vida de Luis Piedra Buena, a quien Casalla nos presenta como un personaje noble, valiente, altruista, intrépido, leal, patriota, inteligente, compasivo, que se dedica a... matar ballenas, focas y pingüinos. Es muy loco que (en casi 140 páginas) al autor NUNCA le haga ruido que nos está tratando de vender como un héroe, como un prohombre ejemplar, a un tipo que se dedicaba (hace 150 años, cuando quizás no estaba tan mal visto como ahora) a cazar ballenas, focas, lobos marinos y demás ejemplares de la fauna de nuestra Patagonia. Nos muestra esta faceta de Piedra Buena con total naturalidad, como si nos dijera que para vivir plantaba zapallos o relataba partidos de futbol.
Si eso no te irrita ni un poquito, seguro te vas a emocionar al ver las increíbles proezas, las patriadas, los sacrificios, las cosas imposibles que logra este hombre cuyo amor por nuestra tierra y nuestro mar (no por su fauna, obviamente) fue tan incuestionable como ejemplar. Casalla investigó a full la vida de Piedra Buena y estudió especialmente la biografía escrita por Cándido Eyroa, un capitán de fragata que navegó bajo las órdenes del “Capitán Luis”. A partir de los testimonios históricos emerge una figura de enorme integridad, un verdadero pionero en esto de afirmar nuestra soberanía en los territorios del sur de nuestro país, en cada islita y cada canal perdidos en el culo del mundo y obviamente ignorados por los atildados políticos porteños. El rol de Piedra Buena en parte consiste en crear conciencia: esto existe, es nuestro, y está lleno de riquezas que –si no las protegemos- nos las van a avechuchear o nuestros vecinos del Oeste, o los piratas británicos que ya nos avechuchearon las Malvinas.
De todos modos, el heroico “Capitán Luis” no dudará en socorrer a marinos ingleses, a exploradores chilenos ni a ninguna otra víctima de los vientos huracanados, los fríos extremos o de algún aborigen medio pasado de rosca de la inhóspita región en la que elige vivir. Varias de las escenas de esta biografía transcurren en paralelo con “la campaña del Desierto”, pero el espíritu que predomina no es para nada el de la cacería despiadada de onas y tehuelches, sino el de fraternidad entre argentinos. Piedra Buena, en vez de matarlos, recluta a los indios para la causa nacional, les enseña a querer a nuestra bandera y a defender nuestro suelo de los posibles invasores. De hecho, los aborígenes que se ven en esta obra aparecen como tipos tranquilos, muy integrables, muy en armonía con su habitat (aunque con gran puntería para arponear cetáceos).
En fin... siempre está bueno conocer la vida de hombres importantes para la historia argentina, y la historia de Piedra Buena está narrada de forma dinámica, con una impronta aventurera, casi épica. Hay que mirar para otro lado cuando sale a masacrar animales, algo que felizmente el Chingolo Casalla no grafica de modo shockeante ni revulsivo. Un logro más de este historietista eterno, de este prócer que –con casi 88 años- sigue firme frente al tablero de dibujo jerarquizando nuestro Noveno Arte.
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sábado, 3 de mayo de 2014
03/ 05: STORMWATCH: LIGHTNING STRIKES
Segundo tomo de la etapa del maestro Warren Ellis en StormWatch, y acá el guionista reafirma su compromiso con algo que hoy ya es casi una quimera en el comic mainstream de los EEUU: los episodios autoconclusivos. Los cinco números que compila este TPB son historias unitarias, autoconclusivas y que incluso pueden ser leídas en cualquier orden. Unos años más tarde, Ellis se superaría a sí mismo en este juego con la excelente Global Frequency, que –me doy cuenta ahora- tiene unos cuantos puntos de contacto con esta época de StormWatch.
El primer episodio está 100% centrado en Jack Hawksmoor y es una historia... tranqui, sin mayores innovaciones ni hallazgos. Sirve más que nada para ver dónde está parado Jack en términos de ética. El tercero se centra en Jackson King (Batallion), el personaje que más le gusta a Ellis de los que heredó de la etapa anterior. Y también, es una historia menor, cuyo aporte pasa principalmente por mostrarnos el potencial de los poderes psíquicos de este interesante personaje. El cuarto pareciera estar protagonizado por Rose Tattoo, pero rápidamente Ellis mecha secuencias en las que los otros miembros del grupo (los que no tienen su propio spotlight) interactúan en uno de los días libres que tienen entre una misión y otra. Esas escenas, en las que se impone un tono de comedia, garpan mucho más que las de Rose Tattoo.
El quinto unitario narra una breve misión en la que Winter, Farenheit, Flint, Fuji y Hellstrike van a jugarse la vida contra unos bichos alienígenas que habitan en una caverna. Podría haber sido interesante, si no fuera porque las 22 páginas que la componen... son TODAS splash-pages! El siempre taquillero Jim Lee (co-creador de varios de los personajes) se copó con dibujar un número de StormWatch pero, fiel a su militancia en favor de la anti-narrativa, pidió un guión que se pudiera ilustrar en 22 páginas de una sóla viñeta. El resultado es, como casi todas las obras del Chino, muy pecho frío. Nadie discute que el dibujo es lindo, vistoso, ganchero, pero lo que vemos acá no son viñetas de un comic: son posters chiquitos o figuritas grandes. Andá a explicarle a Jim Lee que el comic no son posters ni figuritas... pasan los años y el Chino sigue sin entender algo así de básico...
Y a propósito dejé para el final el segundo unitario, cuya reseña podría ser más extensa que la de todo el resto del tomo sumado. Acá, Ellis nos cuenta la historia de Jenny Sparks, nacida en el año 1900, y traza un paralelismo perfecto entre la historia de la heroína (que es la historia del Siglo XX) y la historia del comic. Acá es donde se gana mi ovación Tom Raney, dibujante de todos los episodios menos el de los pin-ups de Jim Lee. Para cada tramo de la historia, Raney adopta el estilo de un autor seminal en la historia del comic. Dibuja como Dick Calkins la escena de los años ´20, como Joe Shuster la de los ´30, como Will Eisner la de los ´40, como Frank Hampson la de los ´50, como Jack Kirby la de los ´60, como Neal Adams la de los ´70 y para la de los ´80, que es la más extensa, adopta el registro, la grilla y hasta el color y las tipografías que usara Dave Gibbons en Watchmen. Un laburo realmente memorable de Raney, que lleva a buen puerto el asombroso meta-comic que propone Ellis.
En el resto de los episodios, Raney está un poquito mejor que en el tomo anterior, pero todavía se ven pifias en la anatomía, problemas en algunas expresiones faciales y, salvo en el episodio de Rose Tattoo, una alarmante escacez de fondos. Más allá de sus coqueteos con la gloria en el unitario de Jenny Sparks, a Raney se le siguen notando mucho las limitaciones típicas del dibujante estridente, que se copa con las poses impactantes y con la acción grandilocuente, pero hace agua en casi todo lo demás.
Me queda sin leer un tomo más de esta etapa de StormWatch, al que prometo entrarle la semana que viene.
El primer episodio está 100% centrado en Jack Hawksmoor y es una historia... tranqui, sin mayores innovaciones ni hallazgos. Sirve más que nada para ver dónde está parado Jack en términos de ética. El tercero se centra en Jackson King (Batallion), el personaje que más le gusta a Ellis de los que heredó de la etapa anterior. Y también, es una historia menor, cuyo aporte pasa principalmente por mostrarnos el potencial de los poderes psíquicos de este interesante personaje. El cuarto pareciera estar protagonizado por Rose Tattoo, pero rápidamente Ellis mecha secuencias en las que los otros miembros del grupo (los que no tienen su propio spotlight) interactúan en uno de los días libres que tienen entre una misión y otra. Esas escenas, en las que se impone un tono de comedia, garpan mucho más que las de Rose Tattoo.
El quinto unitario narra una breve misión en la que Winter, Farenheit, Flint, Fuji y Hellstrike van a jugarse la vida contra unos bichos alienígenas que habitan en una caverna. Podría haber sido interesante, si no fuera porque las 22 páginas que la componen... son TODAS splash-pages! El siempre taquillero Jim Lee (co-creador de varios de los personajes) se copó con dibujar un número de StormWatch pero, fiel a su militancia en favor de la anti-narrativa, pidió un guión que se pudiera ilustrar en 22 páginas de una sóla viñeta. El resultado es, como casi todas las obras del Chino, muy pecho frío. Nadie discute que el dibujo es lindo, vistoso, ganchero, pero lo que vemos acá no son viñetas de un comic: son posters chiquitos o figuritas grandes. Andá a explicarle a Jim Lee que el comic no son posters ni figuritas... pasan los años y el Chino sigue sin entender algo así de básico...
Y a propósito dejé para el final el segundo unitario, cuya reseña podría ser más extensa que la de todo el resto del tomo sumado. Acá, Ellis nos cuenta la historia de Jenny Sparks, nacida en el año 1900, y traza un paralelismo perfecto entre la historia de la heroína (que es la historia del Siglo XX) y la historia del comic. Acá es donde se gana mi ovación Tom Raney, dibujante de todos los episodios menos el de los pin-ups de Jim Lee. Para cada tramo de la historia, Raney adopta el estilo de un autor seminal en la historia del comic. Dibuja como Dick Calkins la escena de los años ´20, como Joe Shuster la de los ´30, como Will Eisner la de los ´40, como Frank Hampson la de los ´50, como Jack Kirby la de los ´60, como Neal Adams la de los ´70 y para la de los ´80, que es la más extensa, adopta el registro, la grilla y hasta el color y las tipografías que usara Dave Gibbons en Watchmen. Un laburo realmente memorable de Raney, que lleva a buen puerto el asombroso meta-comic que propone Ellis.
En el resto de los episodios, Raney está un poquito mejor que en el tomo anterior, pero todavía se ven pifias en la anatomía, problemas en algunas expresiones faciales y, salvo en el episodio de Rose Tattoo, una alarmante escacez de fondos. Más allá de sus coqueteos con la gloria en el unitario de Jenny Sparks, a Raney se le siguen notando mucho las limitaciones típicas del dibujante estridente, que se copa con las poses impactantes y con la acción grandilocuente, pero hace agua en casi todo lo demás.
Me queda sin leer un tomo más de esta etapa de StormWatch, al que prometo entrarle la semana que viene.
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viernes, 2 de mayo de 2014
02/ 05: THE AMAZING SPIDER-MAN 2
Después de aquella grata sorpresa (reseñada el 03/07/12), Marc Webb reincide con una segunda peli del arácnido, que me gustó bastante más que la primera. Como se estrenó en Argentina hace ya ocho días, esta vez me animo a spoilear.
Lo peor está al principio: esa escena en la que Richard Parker deja de ser el científico brillante para convertirse en un émulo de James Bond y cagarse a piñas con un tipo armado arriba de un avión que se va a pique. Así como en la primera parte el Dr. Parker era el protagonista ausente, acá tiene un montón de escenas importantes, a las que me parece que no hacía falta sumarles el impacto de las peleas. Cuando van dos tercios de esta peli, Peter finalmente logra descifrar los secretos de su padre y uno esperaba que eso tuviera consecuencias más fuertes en la trama. En cambio, las consecuencias se dan sólo en el fuero íntimo de Peter, que ahora entiende un montón de cosas más sobre su pasado y hasta sobre el cambio que experimentó cuando lo picó la araña.
El origen de Electro está contado de un modo exquisito, con una gran actuación por parte de Jaimie Foxx. El rol del villano en la trama consiste básicamente en abastecer a Spidey de un enemigo muy poderoso, con el cual coprotagonizar estremecedoras y grandilocuentes escenas de machaca. Creo que desde el Spidey/ Octopus del segundo film de Sam Raimi que no veía un mano a mano tan atractivo entre dos personajes con superpoderes.
En paralelo a la lucha contra Electro avanza el plot de Norman Osborn, apenas esbozado en la primera parte, que se potencia con la entrada en escena de su hijo Harry (excelente interpretación de Dane DeHaan). Y acá los guionistas pegan OTRO salto al vacío (supongo que para alejarse aún más de la versión de Raimi): Norman muere sin haberse puesto nunca el traje del Green Goblin y será su hijo el que encarne el rol del siniestro némesis de Spider-Man. Con Harry en escena, la película se mete en varios de los recovecos más oscuros de Oscorp, donde ya podemos intuir las futuras apariciones del Doc Ock, el Vulture, Black Cat y el Spider-Slayer.
Por si faltara algo, tenemos la siempre ganchera telenovela entre Peter y Gwen Stacy (Emma Stone deslumbra de nuevo con sus ojos, su voz y su encanto casi alienígena), que –como en los comics- va a terminar muy mal. Pero en el medio, Gwen hace lo que nunca hizo en los comics: ser fundamental para la derrota de uno de los villanos, en este caso de Electro. Eso hace que sea más cruel el final que le depara esta película y que hasta dudes de si realmente la van a boletear o no.
Sally Field la rompe en el rol de la Tía May, a J.J. Jameson esta vez lo nombran pero no lo vemos, y el tercer villano (Rhino) aparece tan poco que no tiene mayor injerencia en una trama donde pasan tantas cosas que no había forma lógica de meterlo en un rol más importante. Por ahí en la próxima, en la que –por como viene la mano- parece que se viene un hiper-villain team-up.
Esta vez Peter se saca menos la máscara, se dejan de hinchar con esa boludez de hacer que la policía lo persiga y nos regalan unas tomas maravillosas de una Manhattan por momentos tan mágica y tan monumental como Asgard en las pelis de Thor. Por supuesto, ni hace falta aclarar que los efectos especiales son alucinantes y que las peleas están brillantemente coreografiadas. Visualmente, esto es todo lo que esperás de una peli de superhéroes y un poco más.
En síntesis, The Amazing Spider-Man 2 no es la gloria, porque tiene algunos desajustes menores en el guión. Pero sin dudas es una película que entretiene, que emociona, que impacta, que sube la apuesta respecto de su antecesora (a la que supera ampliamente) y que además se ve jerarquizada por muy buenas actuaciones. Si sos fan del arácnido, seguro la vas a amar. Y si no, seguro te vas a divertir un par de horas.
Lo peor está al principio: esa escena en la que Richard Parker deja de ser el científico brillante para convertirse en un émulo de James Bond y cagarse a piñas con un tipo armado arriba de un avión que se va a pique. Así como en la primera parte el Dr. Parker era el protagonista ausente, acá tiene un montón de escenas importantes, a las que me parece que no hacía falta sumarles el impacto de las peleas. Cuando van dos tercios de esta peli, Peter finalmente logra descifrar los secretos de su padre y uno esperaba que eso tuviera consecuencias más fuertes en la trama. En cambio, las consecuencias se dan sólo en el fuero íntimo de Peter, que ahora entiende un montón de cosas más sobre su pasado y hasta sobre el cambio que experimentó cuando lo picó la araña.
El origen de Electro está contado de un modo exquisito, con una gran actuación por parte de Jaimie Foxx. El rol del villano en la trama consiste básicamente en abastecer a Spidey de un enemigo muy poderoso, con el cual coprotagonizar estremecedoras y grandilocuentes escenas de machaca. Creo que desde el Spidey/ Octopus del segundo film de Sam Raimi que no veía un mano a mano tan atractivo entre dos personajes con superpoderes.
En paralelo a la lucha contra Electro avanza el plot de Norman Osborn, apenas esbozado en la primera parte, que se potencia con la entrada en escena de su hijo Harry (excelente interpretación de Dane DeHaan). Y acá los guionistas pegan OTRO salto al vacío (supongo que para alejarse aún más de la versión de Raimi): Norman muere sin haberse puesto nunca el traje del Green Goblin y será su hijo el que encarne el rol del siniestro némesis de Spider-Man. Con Harry en escena, la película se mete en varios de los recovecos más oscuros de Oscorp, donde ya podemos intuir las futuras apariciones del Doc Ock, el Vulture, Black Cat y el Spider-Slayer.
Por si faltara algo, tenemos la siempre ganchera telenovela entre Peter y Gwen Stacy (Emma Stone deslumbra de nuevo con sus ojos, su voz y su encanto casi alienígena), que –como en los comics- va a terminar muy mal. Pero en el medio, Gwen hace lo que nunca hizo en los comics: ser fundamental para la derrota de uno de los villanos, en este caso de Electro. Eso hace que sea más cruel el final que le depara esta película y que hasta dudes de si realmente la van a boletear o no.
Sally Field la rompe en el rol de la Tía May, a J.J. Jameson esta vez lo nombran pero no lo vemos, y el tercer villano (Rhino) aparece tan poco que no tiene mayor injerencia en una trama donde pasan tantas cosas que no había forma lógica de meterlo en un rol más importante. Por ahí en la próxima, en la que –por como viene la mano- parece que se viene un hiper-villain team-up.
Esta vez Peter se saca menos la máscara, se dejan de hinchar con esa boludez de hacer que la policía lo persiga y nos regalan unas tomas maravillosas de una Manhattan por momentos tan mágica y tan monumental como Asgard en las pelis de Thor. Por supuesto, ni hace falta aclarar que los efectos especiales son alucinantes y que las peleas están brillantemente coreografiadas. Visualmente, esto es todo lo que esperás de una peli de superhéroes y un poco más.
En síntesis, The Amazing Spider-Man 2 no es la gloria, porque tiene algunos desajustes menores en el guión. Pero sin dudas es una película que entretiene, que emociona, que impacta, que sube la apuesta respecto de su antecesora (a la que supera ampliamente) y que además se ve jerarquizada por muy buenas actuaciones. Si sos fan del arácnido, seguro la vas a amar. Y si no, seguro te vas a divertir un par de horas.
jueves, 1 de mayo de 2014
01/ 05: HIRAM LOWATT & PLACIDO Vol.1
Como en Abril laburé sólo medio mes con la distribución, no me parece que las cifras de venta sea significativas como para publicarlas. Va a tener más sentido hacer los primeros días de Junio un ranking de Abril + Mayo. Y de paso, tenemos una reseña más de comics, que de eso se trata este blog.
Hiram Lowatt & Placido es una serie de los ´90, de la que sólo se realizaron dos álbumes. Una pena, porque tenía un equipo creativo descomunal: guiones de David B. y dibujos de Christophe Blain, dos nombres de recontra-lujo. Y por suerte se trataba de episodios autoconclusivos, o sea que cuando la serie se cortó, no quedaron historias colgadas con cabos sueltos, como pasó con el team-up entre David B. y Joann Sfar que vimos hace poco. Las aventuras de Hiram Lowatt y Placido están ambientadas en el Lejano Oeste en 1880, poco después del triunfo de las fuerzas del Norte por sobre las del Sur, en una región bastante inhóspita, en la que los pueblitos de los cowboys se ven frecuentemente asolados por los ataques de los comanches. Hiram Lowatt es un intelectual, un prestigioso periodista e investigador de Providence, al que acompaña su guardaespaldas/ confidente Placido, un aborigen piel roja que no habla pero actúa cada vez que hay que salvar las papas.
Dentro de ese contexto, los guiones de David B. se juegan a introducir elementos fantásticos muy idos al carajo, de los que rara vez vimos integrarse a los clásicos relatos del Oeste. Esta vez, además de la amenaza de los indios, los habitantes de Goliado, Texas, tendrán que vérselas con la insurrección de... los objetos inanimados! Tenedores, sogas, sillas, durmientes de las vías del tren, postes y herramientas cobrarán vida, habla y raciocinio y se organizarán para combatir a sus propietarios, sin importrarles que sean blancos o pieles rojas. Vos me dirás “Ah, es una historieta cómica...”. No. Esto está contado en serio, presentado por David B. con un tono dramático, grave, con consecuencias jodidas y cero clima de delirio o bizarreada. Hiram Lowatt, caracterizado como un tipo excesivamente racional, enfrentará a la sublevación de los objetos desde la lógica, partiendo de la comprensión de cómo y por qué estos adquirieron la facultad de moverse y pensar por sí mismos. Frente a la extraña amenaza, el resto de los blancos quedarán como tipos muy precarios, muy limitados, tan oscurantistas como los indios, aunque decididamente más violentos.
A lo largo de las 56 páginas del tomo, la historia nos lleva de modo gradual y a la vez muy coherente hacia el combate a tres puntas, un todos contra todos entre blancos, comanches y objetos, donde no hay cabida para las treguas ni para las alianzas. Lowatt y Placido serán los únicos partícipes de estos sucesos con la mente fría como para evaluar lo que está pasando y buscar la forma de ponerle fin a la masacre, que arranca unas 11 ó 12 páginas antes del final y termina un par de páginas antes del mismo.
Todo este clima trágico, misterioso, contaminado por un misticismo oscuro y ominoso, está plasmado a la perfección por el arte de Blain, que acá sorprende con un trabajo realmente consagratorio. No sólo está todo obscenamente bien dibujado, no sólo está cuidadísima la narrativa, no sólo el grafismo de Blain evoca con elegancia y personalidad la sordidez y la mugre en la que vivían estos hombres y mujeres. También está el color y es un color aplicado con técnicas pictóricas, un color que realza la belleza del dibujo, que le da volumen, texturas, fuerza. Blain es un monstruo en blanco y negro y siempre se entendió bien con los coloristas con los que le tocó trabajar. Pero acá ensaya algo totalmente distinto, por ahí más para el lado de Lorenzo Mattotti, y logra darle a esta historia violenta, por momentos casi grotesca, un vuelo poético y una calidad plástica que la ponen entre las obras más perfectas (por lo menos en cuanto al dibujo) de este genio del comic francés.
Si querés descubrir una aventura totalmente atípica, salpicada con algunos de los clásicos clichés del western, con un guión raro pero no críptico y unos dibujos que te van a obligar a cambiarte varias veces la ropa interior, salí a cabalgar por Texas con Hiram Lowatt y Placido. Te aseguro que va a ser una experiencia definitiva. Ah, antes de que alguno pregunte: esto está editado en castellano por Norma, así que –previa entrega de una cuantiosa fortuna, equivalente al presupuesto anual de varias provincias y algún club de futbol- se debe poder adquirir sin mayores inconvenientes. Prometo para este mes la reseña del segundo y último tomo de esta extraña gema en las coronas de los inmensos Christophe Blain y David B.
Hiram Lowatt & Placido es una serie de los ´90, de la que sólo se realizaron dos álbumes. Una pena, porque tenía un equipo creativo descomunal: guiones de David B. y dibujos de Christophe Blain, dos nombres de recontra-lujo. Y por suerte se trataba de episodios autoconclusivos, o sea que cuando la serie se cortó, no quedaron historias colgadas con cabos sueltos, como pasó con el team-up entre David B. y Joann Sfar que vimos hace poco. Las aventuras de Hiram Lowatt y Placido están ambientadas en el Lejano Oeste en 1880, poco después del triunfo de las fuerzas del Norte por sobre las del Sur, en una región bastante inhóspita, en la que los pueblitos de los cowboys se ven frecuentemente asolados por los ataques de los comanches. Hiram Lowatt es un intelectual, un prestigioso periodista e investigador de Providence, al que acompaña su guardaespaldas/ confidente Placido, un aborigen piel roja que no habla pero actúa cada vez que hay que salvar las papas.
Dentro de ese contexto, los guiones de David B. se juegan a introducir elementos fantásticos muy idos al carajo, de los que rara vez vimos integrarse a los clásicos relatos del Oeste. Esta vez, además de la amenaza de los indios, los habitantes de Goliado, Texas, tendrán que vérselas con la insurrección de... los objetos inanimados! Tenedores, sogas, sillas, durmientes de las vías del tren, postes y herramientas cobrarán vida, habla y raciocinio y se organizarán para combatir a sus propietarios, sin importrarles que sean blancos o pieles rojas. Vos me dirás “Ah, es una historieta cómica...”. No. Esto está contado en serio, presentado por David B. con un tono dramático, grave, con consecuencias jodidas y cero clima de delirio o bizarreada. Hiram Lowatt, caracterizado como un tipo excesivamente racional, enfrentará a la sublevación de los objetos desde la lógica, partiendo de la comprensión de cómo y por qué estos adquirieron la facultad de moverse y pensar por sí mismos. Frente a la extraña amenaza, el resto de los blancos quedarán como tipos muy precarios, muy limitados, tan oscurantistas como los indios, aunque decididamente más violentos.
A lo largo de las 56 páginas del tomo, la historia nos lleva de modo gradual y a la vez muy coherente hacia el combate a tres puntas, un todos contra todos entre blancos, comanches y objetos, donde no hay cabida para las treguas ni para las alianzas. Lowatt y Placido serán los únicos partícipes de estos sucesos con la mente fría como para evaluar lo que está pasando y buscar la forma de ponerle fin a la masacre, que arranca unas 11 ó 12 páginas antes del final y termina un par de páginas antes del mismo.
Todo este clima trágico, misterioso, contaminado por un misticismo oscuro y ominoso, está plasmado a la perfección por el arte de Blain, que acá sorprende con un trabajo realmente consagratorio. No sólo está todo obscenamente bien dibujado, no sólo está cuidadísima la narrativa, no sólo el grafismo de Blain evoca con elegancia y personalidad la sordidez y la mugre en la que vivían estos hombres y mujeres. También está el color y es un color aplicado con técnicas pictóricas, un color que realza la belleza del dibujo, que le da volumen, texturas, fuerza. Blain es un monstruo en blanco y negro y siempre se entendió bien con los coloristas con los que le tocó trabajar. Pero acá ensaya algo totalmente distinto, por ahí más para el lado de Lorenzo Mattotti, y logra darle a esta historia violenta, por momentos casi grotesca, un vuelo poético y una calidad plástica que la ponen entre las obras más perfectas (por lo menos en cuanto al dibujo) de este genio del comic francés.
Si querés descubrir una aventura totalmente atípica, salpicada con algunos de los clásicos clichés del western, con un guión raro pero no críptico y unos dibujos que te van a obligar a cambiarte varias veces la ropa interior, salí a cabalgar por Texas con Hiram Lowatt y Placido. Te aseguro que va a ser una experiencia definitiva. Ah, antes de que alguno pregunte: esto está editado en castellano por Norma, así que –previa entrega de una cuantiosa fortuna, equivalente al presupuesto anual de varias provincias y algún club de futbol- se debe poder adquirir sin mayores inconvenientes. Prometo para este mes la reseña del segundo y último tomo de esta extraña gema en las coronas de los inmensos Christophe Blain y David B.
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miércoles, 30 de abril de 2014
30/ 04: SUPERMARKET
Sigo encontrando obras de Brian Wood, verdadero fetiche de este blog. Este es un trabajo de 2006, es decir, anterior a DMZ, que es la obra que marca un antes y un después en la trayectoria de este autor.
Supermarket es una saguita breve, de menos de 90 páginas, y la verdad que la idea daba para mucho más. No sé si para una serie regular de 60 episodios, pero seguro 12 episodios se bancaba, sin estirar ni frutear demasiado. Al contar la historia en 90 páginas, Wood se encuentra con que no puede explorar a fondo ni el mundo que inventa para la serie (una ciudad hiper-capitalista, donde todo se basa en la guita y el comercio, bajo la atenta mirada de dos poderosas mafias enfrentadas entre sí) ni las consecuencias de los sacudones que le pega a Pella, la protagonista. En estas páginas, Pella crece muchísimo, se embarca en un verdadero viaje iniciático muy bien pensado, pero claro, descubre secretos y abre puertas que en menos de 90 páginas no se llegan a explorar del todo.
Donde no falla Wood es en contarnos una aventura a la que no le faltan vértigo ni machaca, y a la vez meternos mucho y muy bien en la psiquis de esta chica a la que el mundo se le da vuelta en pocas horas. Salvo el primer tramo, en el que no hay acción, los otros tres tienen muy buenas dosis de adrenalina, con persecuciones, peleas y tiros, sin descuidar nunca lo que le pasa por dentro a Pella. Lástima que lo que le pasa es tan grosso, y todo cobra una magnitud tan zarpada, que cualquier cosa que haga esta chica en el tramo final de la saga va a parecer poco. Por eso hubiese estado bueno seguirla. Perdón por no ser más explícito, pero todo tiene que ver con secretos muy heavies que se revelan y si los menciono le cago la lectura a los que todavía no hayan descubierto Supermarket.
Los diálogos están muy bien, te creés que vienen de una nena cheta de 16 años, y además encierran -con astucia y sutileza- una mirada aguda y muy crítica hacia esta sociedad de hiper-consumo en la que sólo importa poseer bienes materiales, en lo posible de primera marca.
El dibujante de esta saga es Kristian Donaldson, suplente en DMZ y titular en The Massive, la serie actual de Brian Wood en Dark Horse, cuyo primer tomo reseñamos acá a fines de Marzo. Si no te dicen que es el mismo dibujante de The Massive, no tenés forma de darte cuenta. Acá vemos a un Donaldson mucho más personal, menos pendiente del realismo fotográfico que pela en The Massive, más cerca de una Becky Cloonan, con cositas heredadas de ese referente ineludible que es Paul Pope. Donaldson crea personajes más expresivos, más sueltos, y los mete en unos decorados que muchas veces están basados en fotos a las que se esfuerza por retocar y deformar para integrarlas a su grafismo con mucha más naturalidad que en The Massive. Como además lo dejan ser su propio colorista, el dibujante se reserva efectos y climas para definirlos no con la tinta, sino con el color digital, y la verdad es que le quedan muy bien. Un muy buen trabajo de Donaldson, cuyo vínculo con Wood viene de mucho antes de lo que yo suponía.
Por su acotada extensión, Supermarket no aspira a cambiarte la vida, ni a posicionarse entre las obras fundamentales de esta verdadera usina creativa llamada Brian Wood. Lo cual no es óbice para que la lectura se disfrute plenamente y nos logre entretener un buen rato con ideas atractivas y con un personaje al que el autor le otorga una profundidad y una sustancia que no le vendrían nada mal a personajes pensados para estar al frente de historietas mucho más largas. Habrá más Brian Wood en los próximos meses, acá en el blog.
Supermarket es una saguita breve, de menos de 90 páginas, y la verdad que la idea daba para mucho más. No sé si para una serie regular de 60 episodios, pero seguro 12 episodios se bancaba, sin estirar ni frutear demasiado. Al contar la historia en 90 páginas, Wood se encuentra con que no puede explorar a fondo ni el mundo que inventa para la serie (una ciudad hiper-capitalista, donde todo se basa en la guita y el comercio, bajo la atenta mirada de dos poderosas mafias enfrentadas entre sí) ni las consecuencias de los sacudones que le pega a Pella, la protagonista. En estas páginas, Pella crece muchísimo, se embarca en un verdadero viaje iniciático muy bien pensado, pero claro, descubre secretos y abre puertas que en menos de 90 páginas no se llegan a explorar del todo.
Donde no falla Wood es en contarnos una aventura a la que no le faltan vértigo ni machaca, y a la vez meternos mucho y muy bien en la psiquis de esta chica a la que el mundo se le da vuelta en pocas horas. Salvo el primer tramo, en el que no hay acción, los otros tres tienen muy buenas dosis de adrenalina, con persecuciones, peleas y tiros, sin descuidar nunca lo que le pasa por dentro a Pella. Lástima que lo que le pasa es tan grosso, y todo cobra una magnitud tan zarpada, que cualquier cosa que haga esta chica en el tramo final de la saga va a parecer poco. Por eso hubiese estado bueno seguirla. Perdón por no ser más explícito, pero todo tiene que ver con secretos muy heavies que se revelan y si los menciono le cago la lectura a los que todavía no hayan descubierto Supermarket.
Los diálogos están muy bien, te creés que vienen de una nena cheta de 16 años, y además encierran -con astucia y sutileza- una mirada aguda y muy crítica hacia esta sociedad de hiper-consumo en la que sólo importa poseer bienes materiales, en lo posible de primera marca.
El dibujante de esta saga es Kristian Donaldson, suplente en DMZ y titular en The Massive, la serie actual de Brian Wood en Dark Horse, cuyo primer tomo reseñamos acá a fines de Marzo. Si no te dicen que es el mismo dibujante de The Massive, no tenés forma de darte cuenta. Acá vemos a un Donaldson mucho más personal, menos pendiente del realismo fotográfico que pela en The Massive, más cerca de una Becky Cloonan, con cositas heredadas de ese referente ineludible que es Paul Pope. Donaldson crea personajes más expresivos, más sueltos, y los mete en unos decorados que muchas veces están basados en fotos a las que se esfuerza por retocar y deformar para integrarlas a su grafismo con mucha más naturalidad que en The Massive. Como además lo dejan ser su propio colorista, el dibujante se reserva efectos y climas para definirlos no con la tinta, sino con el color digital, y la verdad es que le quedan muy bien. Un muy buen trabajo de Donaldson, cuyo vínculo con Wood viene de mucho antes de lo que yo suponía.
Por su acotada extensión, Supermarket no aspira a cambiarte la vida, ni a posicionarse entre las obras fundamentales de esta verdadera usina creativa llamada Brian Wood. Lo cual no es óbice para que la lectura se disfrute plenamente y nos logre entretener un buen rato con ideas atractivas y con un personaje al que el autor le otorga una profundidad y una sustancia que no le vendrían nada mal a personajes pensados para estar al frente de historietas mucho más largas. Habrá más Brian Wood en los próximos meses, acá en el blog.
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martes, 29 de abril de 2014
29/ 04: YO, DRAGON Vol.2
Segunda parte de esta serie cuyo primer tomo comentamos allá por el 27/03/12 y cuyo tercer y último tomo muy probablemente no salga nunca, porque Juan Giménez tuvo un conflicto con la editorial y abandonó este proyecto para dedicarse a otros. Ese dato no es menor, porque hoy en día, para gastarse la guita que valen estos álbumes, lo menos que uno puede pedir es que terminen las historias que empiezan. Comprar Yo, Dragón sabiendo que quedará inconclusa es un acto de militancia extrema, sólo para talibanes de Juan Giménez movidos por el afán cuasi-fetichista de tener TODAS las obras del maestro mendocino. Pero bueno, quién te dice que un día de estos se apaciguan las aguas y Giménez termina el tercer tomo, si no en la editorial donde empezó la serie, en otra.
El guión me gustó un poco menos que el de la primera parte, que me había resultado muy ganchero. Las primeras 24 páginas están plagadas de flashbacks, sobran los flashbacks, como si a Giménez se le hubiese ocurrido que –de pronto- saber todo sobre el pasado de los personajes era fundamental para poder entender la trama. Es cierto: ya desde el título, el autor sugiere que tendrá mucho peso el “libro de hierro” y, si bien no recuerdo que en el primer tomo lo nombraran, este libro tuvo un rol importante en secuencias del pasado que conviene graficar. Pero, ¿todas juntas, una atrás de otra? ¿Hacía falta? ¿No se podía dosificar esa misma información de otra manera? Por supuesto, tampoco facilita las cosas el hecho de que haya tantos personajes. Me parece que en el primer tomo estaba más claro quiénes eran los protagonistas, quiénes los secundarios, y a quiénes Giménez planeaba hacer crecer en protagonismo a lo largo de la serie. Ahora está todo más mezclado y pareciera haber siete u ocho protagonistas, mientras que ninguno de los “tapados” del Vol.1 parece crecer o aspirar a roles más destacados. ¿No se podía simplificar un poco el elenco, suprimir algunos personajes que no aportan prácticamente nada? Me parece que sí, y que eso le hubiese sumado claridad y dinamismo a este segundo tomo.
Pero claro, pasada la página 24, Giménez hace exactamente eso: la historia cobra un cauce más claro, los conflictos centrales concentran toda nuestra atención, se termina de explicitar quiénes son los malos, quiénes son los buenos, de qué juegan los dragones, y en el último tercio se viene la eliminación (inteligente, con sorpresas, sin obviedades) de varios personajes. O sea que, superado ese bajón inicial, nos esperan 32 páginas en las que la epopeya, la intriga palaciega y la acción bélica se despliegan con la fuerza que uno espera de este tipo de relatos. Para el final, uno ya se olvidó de lo mucho que le costó arrancar a este tomo y ya está de nuevo enganchadísimo, viendo a quién carajo rezarle para que alguna vez salga el Vol.3.
El dibujo de Giménez brilla con el fulgor de siempre, ahora potenciado por el hecho de que los dragones entran en acción y protagonizan secuencias espectaculares, de enorme impacto visual. La narrativa es muy sólida y resiste sin inconvenientes los embates de las doble splash-pages por un lado y de las páginas con muchísimo texto por el otro. Giménez sabe que hay mucho para explicar y que la rosca y el chamuyo tienen mucho peso en la trama, por eso opta siempre por grillas de ocho viñetas o menos, que le permiten meter en cada una de estas un montón de diálogos y bloques de texto, sin comprometer las composiciones y sin eclipsar al dibujo, que es (en esencia) lo que uno viene a buscar cuando se compra un libro del ídolo.
Mi consejo es que estés alerta: si alguna vez sale el Vol.3 de Yo, Dragón, hay que comprarlo, de una. Y completar la trilogía. Si no, si queda inconclusa, entrale a esta serie sólo si delirás MAL con Juan Giménez y necesitás una dosis periódica de los majestuosos dibujos del mendocino devenido catalán.
El guión me gustó un poco menos que el de la primera parte, que me había resultado muy ganchero. Las primeras 24 páginas están plagadas de flashbacks, sobran los flashbacks, como si a Giménez se le hubiese ocurrido que –de pronto- saber todo sobre el pasado de los personajes era fundamental para poder entender la trama. Es cierto: ya desde el título, el autor sugiere que tendrá mucho peso el “libro de hierro” y, si bien no recuerdo que en el primer tomo lo nombraran, este libro tuvo un rol importante en secuencias del pasado que conviene graficar. Pero, ¿todas juntas, una atrás de otra? ¿Hacía falta? ¿No se podía dosificar esa misma información de otra manera? Por supuesto, tampoco facilita las cosas el hecho de que haya tantos personajes. Me parece que en el primer tomo estaba más claro quiénes eran los protagonistas, quiénes los secundarios, y a quiénes Giménez planeaba hacer crecer en protagonismo a lo largo de la serie. Ahora está todo más mezclado y pareciera haber siete u ocho protagonistas, mientras que ninguno de los “tapados” del Vol.1 parece crecer o aspirar a roles más destacados. ¿No se podía simplificar un poco el elenco, suprimir algunos personajes que no aportan prácticamente nada? Me parece que sí, y que eso le hubiese sumado claridad y dinamismo a este segundo tomo.
Pero claro, pasada la página 24, Giménez hace exactamente eso: la historia cobra un cauce más claro, los conflictos centrales concentran toda nuestra atención, se termina de explicitar quiénes son los malos, quiénes son los buenos, de qué juegan los dragones, y en el último tercio se viene la eliminación (inteligente, con sorpresas, sin obviedades) de varios personajes. O sea que, superado ese bajón inicial, nos esperan 32 páginas en las que la epopeya, la intriga palaciega y la acción bélica se despliegan con la fuerza que uno espera de este tipo de relatos. Para el final, uno ya se olvidó de lo mucho que le costó arrancar a este tomo y ya está de nuevo enganchadísimo, viendo a quién carajo rezarle para que alguna vez salga el Vol.3.
El dibujo de Giménez brilla con el fulgor de siempre, ahora potenciado por el hecho de que los dragones entran en acción y protagonizan secuencias espectaculares, de enorme impacto visual. La narrativa es muy sólida y resiste sin inconvenientes los embates de las doble splash-pages por un lado y de las páginas con muchísimo texto por el otro. Giménez sabe que hay mucho para explicar y que la rosca y el chamuyo tienen mucho peso en la trama, por eso opta siempre por grillas de ocho viñetas o menos, que le permiten meter en cada una de estas un montón de diálogos y bloques de texto, sin comprometer las composiciones y sin eclipsar al dibujo, que es (en esencia) lo que uno viene a buscar cuando se compra un libro del ídolo.
Mi consejo es que estés alerta: si alguna vez sale el Vol.3 de Yo, Dragón, hay que comprarlo, de una. Y completar la trilogía. Si no, si queda inconclusa, entrale a esta serie sólo si delirás MAL con Juan Giménez y necesitás una dosis periódica de los majestuosos dibujos del mendocino devenido catalán.
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lunes, 28 de abril de 2014
28/ 04: STORMWATCH: FORCE OF NATURE
A partir de estas historietas de 1996 y durante varios años, el británico Warren Ellis cavó una trinchera muy interesante dentro de la línea WildStorm, desde la que lanzó un montón de buenas ideas, tanto en series como en miniseries y tanto con creaciones propias como con personajes hasta entonces identificados con la época más desgarradora de Image. Estos seis episodios de StormWatch, además de mostrarnos las primeras semillas de lo que luego germinaría hasta convertirse en The Authority, nos muestran a Ellis decidido a encontrar en una serie pedorrísima, bien de la parte de abajo del montón, pequeñas cosas, puntitas de las que agarrarse para ensayar un vuelco total, para convertir a esta bandera del comic intrascendente en algo que los fans más exigentes quisieran leer todos los meses.
Me lo imagino al pobre Ellis sumergido en el pilón de los back issues de StormWatch, con un broche en la nariz para que la baranda a estiércol no lo hiciera lanzar. Lo cierto es que el inglés logró su misión: se sacó de encima a unos cuantos personajes que no le interesaban en lo más mínimo, se propuso revitalizar a los que le gustaban, y contó con la libertad suficiente para crear a algunos nuevos, a los que se les nota desde el vamos la impronta personal del guionista. El resultado es que, en apenas seis episodios, la serie dejó de parecerse a un montón de otros títulos hediondos que publicaba Image para convertirse en un comic de autor adentro del mainstream, en el que empezaban a suceder un montón de cosas que no podrían suceder en ninguna otra revista.
Lo más notable es, por un lado, el trabajo sobre los personajes, para dotar de onda y de identidad a héroes y heroínas chatos y genéricos. Por otro lado, el tejido de dilemas morales, como para enroscar a estos paladines en tramas espesas, en las que entran a jugar elementos políticos y cobra peso la eterna pregunta: ¿quién vigila a los que nos vigilan?. Y lo más atractivo, al menos para mí, es cómo Ellis se resiste a la mega-saga de varios capítulos hilvanados por el continuariola infinito y desarrolla estos seis primeros episodios como unitarios muy sólidos, cada uno con su propia estructura, sus propios conflictos y sus propias resoluciones. Por supuesto, hay un sub-argumento que cobrará más peso en el siguiente tomo (supongo), que es el de esa segunda persona capaz de activar los superpoderes de la gente afectada por el paso de un cometa misterioso, responsable de que en el Universo WildStorm haya tanta gente metahumana.
El dibujante de cuatro de estos seis episodios es Tom Raney, a quien ya nos cruzamos en algún tomo de Thor de la etapa de Dan Jurgens. A mí no me gustaba el Raney de Thor, así que imaginate qué me parecía este, que es seis o siete años anterior. En estos números de StormWatch se ve a un Raney torpe, muy efectista pero con poca onda, con muchas limitaciones. Como si tratara de copiar la espectacularidad de un Jim Lee, pero sin el conocimiento del dibujo, sin esa solvencia que no se le puede discutir al Chino, por más que a uno no lo seduzca el estilo. Y en los episodios donde no está Raney, tenemos a un incipiente Pete Woods y a un tal Michael Ryan. El TPB no especifica qué páginas (o números) dibuja cada uno, pero está claro que son los dos tan precarios que logran que extrañemos a Raney. Hoy, Woods le rompe el culo mal a Raney, pero en 1996 tanto él como Ryan eran unos muertos de frío, que además de no dibujar fondos (algo que en WildStorm parecía estar bien visto) pifiaban bastante en la anatomía y en las expresiones faciales.
Y bueno, no te quiero mentir. No te puedo decir que el volantazo que le pegó Warren Ellis a StormWatch es comparable con el que le pegó Grant Morrison a la Doom Patrol. Másbien diría que la llegada del inglés a esta serie tuvo un efecto similar al de Caruso Lombardi en Racing: vino a salvarla del descenso y la dejó en los puestos de arriba de la tabla. La tuvo que relanzar varias veces y hasta cambiarle el nombre, pero logró que muchos nos cebáramos con Henry Bendix, Jackson King, Swift, Jenny Sparks, Jack Hawkmoore y demás. No es poco.
Me lo imagino al pobre Ellis sumergido en el pilón de los back issues de StormWatch, con un broche en la nariz para que la baranda a estiércol no lo hiciera lanzar. Lo cierto es que el inglés logró su misión: se sacó de encima a unos cuantos personajes que no le interesaban en lo más mínimo, se propuso revitalizar a los que le gustaban, y contó con la libertad suficiente para crear a algunos nuevos, a los que se les nota desde el vamos la impronta personal del guionista. El resultado es que, en apenas seis episodios, la serie dejó de parecerse a un montón de otros títulos hediondos que publicaba Image para convertirse en un comic de autor adentro del mainstream, en el que empezaban a suceder un montón de cosas que no podrían suceder en ninguna otra revista.
Lo más notable es, por un lado, el trabajo sobre los personajes, para dotar de onda y de identidad a héroes y heroínas chatos y genéricos. Por otro lado, el tejido de dilemas morales, como para enroscar a estos paladines en tramas espesas, en las que entran a jugar elementos políticos y cobra peso la eterna pregunta: ¿quién vigila a los que nos vigilan?. Y lo más atractivo, al menos para mí, es cómo Ellis se resiste a la mega-saga de varios capítulos hilvanados por el continuariola infinito y desarrolla estos seis primeros episodios como unitarios muy sólidos, cada uno con su propia estructura, sus propios conflictos y sus propias resoluciones. Por supuesto, hay un sub-argumento que cobrará más peso en el siguiente tomo (supongo), que es el de esa segunda persona capaz de activar los superpoderes de la gente afectada por el paso de un cometa misterioso, responsable de que en el Universo WildStorm haya tanta gente metahumana.
El dibujante de cuatro de estos seis episodios es Tom Raney, a quien ya nos cruzamos en algún tomo de Thor de la etapa de Dan Jurgens. A mí no me gustaba el Raney de Thor, así que imaginate qué me parecía este, que es seis o siete años anterior. En estos números de StormWatch se ve a un Raney torpe, muy efectista pero con poca onda, con muchas limitaciones. Como si tratara de copiar la espectacularidad de un Jim Lee, pero sin el conocimiento del dibujo, sin esa solvencia que no se le puede discutir al Chino, por más que a uno no lo seduzca el estilo. Y en los episodios donde no está Raney, tenemos a un incipiente Pete Woods y a un tal Michael Ryan. El TPB no especifica qué páginas (o números) dibuja cada uno, pero está claro que son los dos tan precarios que logran que extrañemos a Raney. Hoy, Woods le rompe el culo mal a Raney, pero en 1996 tanto él como Ryan eran unos muertos de frío, que además de no dibujar fondos (algo que en WildStorm parecía estar bien visto) pifiaban bastante en la anatomía y en las expresiones faciales.
Y bueno, no te quiero mentir. No te puedo decir que el volantazo que le pegó Warren Ellis a StormWatch es comparable con el que le pegó Grant Morrison a la Doom Patrol. Másbien diría que la llegada del inglés a esta serie tuvo un efecto similar al de Caruso Lombardi en Racing: vino a salvarla del descenso y la dejó en los puestos de arriba de la tabla. La tuvo que relanzar varias veces y hasta cambiarle el nombre, pero logró que muchos nos cebáramos con Henry Bendix, Jackson King, Swift, Jenny Sparks, Jack Hawkmoore y demás. No es poco.
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domingo, 27 de abril de 2014
27/ 04: EL HEROE Vol.2
Y sí, una vez leída la segunda mitad, corresponde colgarle a El Héroe la chapa de Historieta Perfecta. Estas páginas me dejaron atónito, anonadado, balbuceando boludeces como un subnormal invertebrado. Sin dudas, David Rubín sube la apuesta entre un tomo y otro y en esta segunda mitad todo es mejor: los conflictos son más espesos, la acción es más trepidante, los riesgos en materia de puesta en página son más, la indagación en la psiquis del protagonista (Heracles, también conocido como Hércules, hijo bastardo de Zeus y héroe fundamental de la mitología griega) va más a fondo... Creo que no hay una sola viñeta en 300 páginas en la que no se luzca el virtuosismo de Rubín, el criterio inmejorable del gallego para armar las secuencias, para componer, para colorear, para meter efectos locos. El Héroe es un tren blindado que viene a 300 kilómetros por hora y te lleva puesto, desde que arranca hasta que termina.
Recién releía mi reseña del Vol.1 (del 24/11/13) y me llamaba la atención la cantidad de artistas a los que hacía referencia. Lo mismo me sucedió cuando leí el prólogo que Craig Thompson escribió para el Vol.2. El autor de Blankets no para un minuto de relacionar el trabajo de Rubín con el de otros autores. Y la verdad es que es algo inevitable. David es un animal gráfico, uno de esos tipos que no dibujan, sino que viven el dibujo, que tienen las venas llenas de tinta y las retinas inundadas de imágenes bidimensionales. En este libro, Rubín refrenda su compromiso con el dibujo y se anima a graficar sin pelos en la lengua las escenas más bestiales de su carrera: la machaca más sangrienta, la violación más tremenda, los destripamientos más escabrosos, esas escenas jodidas en las que vemos a Heracles descender a los infiernos de la merca, el escabio y la lujuria, esa doble página (que seguro le debe algo a una de Frank Miller de Elektra Lives Again) en la que Heracles descubre que los monstruos a los que masacró en realidad eran su familia, la secuencia en la que lucha contra Meleagro al estilo Titanes en el Ring, el efecto que inventa para mostrarnos que los personajes están poseídos por la villana... posta, esto hay que verlo para creerlo.
Una vez más, me encantó ese jueguito ucrónico en el que Rubín le agrega a la Hélade clásica toda esa parafernalia moderna, con máquinas zarpadas, celulares, publicidades, comics, motos y un montón de cosas más que no existían en los tiempos de Heracles. Y lo que más me gustó es la profundidad del personaje principal. Heracles no es sólo “el bueno”, es un tipo muy complejo, que se debate entre la incomodidad de su origen bastardo, su lealtad a una rata miserable como Euristeo, su amor por su familia y por Yolae, su sed de aventuras y la felicidad que le produce hacer el Bien, ayudar al prójimo, derrotar a las fuerzas oscuras. En ese sentido, Rubín le pone a su protagonista mucha más sustancia de la que yo esperaba encontrar.
Y hablar del dibujo en sí ya es medio redundante. De nuevo, acá está todo lo grosso que habíamos visto en el Vol.1, llevado un paso más allá por una bestia prendida fuego. Me mató el color, los efectos limados en los fondos, y sobre todo me mató ver cómo toda las decisiones que toma Rubín y que parecen ser estéticas, a la larga son decisiones narrativas. Todo ese despliegue desaforado de figuras recontra-expresivas, ese festival de viñetas y onomatopeyas de todas las formas y tamaños imaginables no están ahí para cancherear, para que uno diga “coño, qué bien dibuja este hijoputa”, sino para acentuar una intención narrativa, para darle al relato la impronta poderosa, vibrante, adictiva, que Rubín le quería dar.
No me alcanzan las palabras para recomendar El Héroe a los fans de cualquier tipo de historieta. Esto es maravilloso de verdad.
Recién releía mi reseña del Vol.1 (del 24/11/13) y me llamaba la atención la cantidad de artistas a los que hacía referencia. Lo mismo me sucedió cuando leí el prólogo que Craig Thompson escribió para el Vol.2. El autor de Blankets no para un minuto de relacionar el trabajo de Rubín con el de otros autores. Y la verdad es que es algo inevitable. David es un animal gráfico, uno de esos tipos que no dibujan, sino que viven el dibujo, que tienen las venas llenas de tinta y las retinas inundadas de imágenes bidimensionales. En este libro, Rubín refrenda su compromiso con el dibujo y se anima a graficar sin pelos en la lengua las escenas más bestiales de su carrera: la machaca más sangrienta, la violación más tremenda, los destripamientos más escabrosos, esas escenas jodidas en las que vemos a Heracles descender a los infiernos de la merca, el escabio y la lujuria, esa doble página (que seguro le debe algo a una de Frank Miller de Elektra Lives Again) en la que Heracles descubre que los monstruos a los que masacró en realidad eran su familia, la secuencia en la que lucha contra Meleagro al estilo Titanes en el Ring, el efecto que inventa para mostrarnos que los personajes están poseídos por la villana... posta, esto hay que verlo para creerlo.
Una vez más, me encantó ese jueguito ucrónico en el que Rubín le agrega a la Hélade clásica toda esa parafernalia moderna, con máquinas zarpadas, celulares, publicidades, comics, motos y un montón de cosas más que no existían en los tiempos de Heracles. Y lo que más me gustó es la profundidad del personaje principal. Heracles no es sólo “el bueno”, es un tipo muy complejo, que se debate entre la incomodidad de su origen bastardo, su lealtad a una rata miserable como Euristeo, su amor por su familia y por Yolae, su sed de aventuras y la felicidad que le produce hacer el Bien, ayudar al prójimo, derrotar a las fuerzas oscuras. En ese sentido, Rubín le pone a su protagonista mucha más sustancia de la que yo esperaba encontrar.
Y hablar del dibujo en sí ya es medio redundante. De nuevo, acá está todo lo grosso que habíamos visto en el Vol.1, llevado un paso más allá por una bestia prendida fuego. Me mató el color, los efectos limados en los fondos, y sobre todo me mató ver cómo toda las decisiones que toma Rubín y que parecen ser estéticas, a la larga son decisiones narrativas. Todo ese despliegue desaforado de figuras recontra-expresivas, ese festival de viñetas y onomatopeyas de todas las formas y tamaños imaginables no están ahí para cancherear, para que uno diga “coño, qué bien dibuja este hijoputa”, sino para acentuar una intención narrativa, para darle al relato la impronta poderosa, vibrante, adictiva, que Rubín le quería dar.
No me alcanzan las palabras para recomendar El Héroe a los fans de cualquier tipo de historieta. Esto es maravilloso de verdad.
sábado, 26 de abril de 2014
26/ 04: WONDERCON 2014
A todo esto, nunca comenté nada de la convención que motivó mi viaje al sur de California. Los artistas que me recomendaron la WonderCon me la vendieron como un evento grande, poco contaminado por la gilada que confunde a las convenciones comiqueras con eventos grandilocuentes en los que estalla la calentura por las películas, las series de TV y los videogames. Y en ese sentido, debo decir que no me mintieron para nada.
El evento se realiza en un predio majestuoso, mucho más amplio, cómodo y con el espacio mejor distribuído que la New York Comic Con. El primer día, la cola para entrar era de unas ocho cuadras, algo que yo sólo había visto el día que Soda Stereo tocó en River después de 10 años separados. Adentro, toda esa horda estaba cómoda, no había colas molestas para entrar a las salas, ni a los baños, ni para comprar algo de morfar.
El sector de stands está muy bien, pero no transmite ese vértigo, esa sensación sobrecogedora de que –con paciencia y billetera- vas a poder encontrar TODO lo que se te cante, cosa que sí sentí en la NYCC. Acá estaban los stands que faltaban en New York: Boom!, IDW, Last Gasp, Valiant, Avatar, hasta Zenescope... pero no estaba Marvel! ¿Cómo carajo Marvel no pone stand en la WonderCon? Ni idea. También faltaban Viz, Vertical... todos los que le dan bastante bola al manga. Y al igual que en la NYCC, había poco comic alternativo, poca merca que escapara de la trilogía superhéroes- zombies- jedis. De todos modos, recorriendo un poquito, había stands muy bien presentados, tanto de editoriales como de comiquerías y dealers de remeras, muñecos, merchandising raro y originales.
El sector de los artistas (el Artists´Alley) era mucho más chico que el de la NYCC, y a la vez más cómodo para recorrerlo. Por supuesto, no había tantas luminarias como en NYCC ocupando sus mesitas, pero me encontré con ídolos como Sergio Aragonés, Mark Waid, Paul Gulacy, Dan Brereton, Humberto Ramos, Tommy Lee Edwards, Rick Burchett, Felipe Smith, Yannick Paquette, Steve Lieber, Cully Hamner, Marc Silvestri, y el inefable Rob Liefeld, entre otros. En el stand de DC (el único que realmente sorprendió con la cantidad y calidad de autores que se acercaron a firmar) estaban Jim Lee, Gail Simone, Francis Manapul, Tony Daniel, Cliff Chiang, el maestro Marv Wolfman... un desfile bastante intenso de autores con mucha convocatoria.
Las salas donde se hacen las charlas son espectacu-
lares, sin nada que envidiarle a las de San Diego. Elegí para ilustrar la nota una foto en la que aparecen Manapul, James Robinson y Tony Daniel, en una charla muy interesante en la que también estaban Mark Waid, Kelly Sue DeConnick y Robert Venditti. También había salas dedicadas a juegos y proyecciones, imagino que habría un amplio sector para que desfilaran los cosplayers (había muchos y con muy buenos disfraces) y para que firmaran autógrafos algunos actores y celebridades de la B Metropolitana. Lo que lamentablemente no vi (pero a esta altura nadie se lo exige a los eventos yankis) es un sector con muestras de originales.
En general, fueron tres días muy comiqueros, en un lugar muy lindo y muy cómodo, en el que a los periodistas nos trataron muy bien, con buenas actividades, mucha onda, mucha gente que la pasó bárbaro, sumado a la posibilidad de interactuar con una veintena de autores grossos y de comprar muchísimo material a precios que –comparados con lo que se paga hoy en Argentina por el comic yanki, traducido o no- parecen una cargada. No te digo que ya estoy al palo, sacando pasaje para la WonderCon 2015, pero sí que es un evento que se disfruta a pleno y que además es una excelente excusa para irse a tomar un poco de sol a las hermosas playas de California.
Mañana sí, vuelven las reseñas de libros, caiga quien caiga.
El evento se realiza en un predio majestuoso, mucho más amplio, cómodo y con el espacio mejor distribuído que la New York Comic Con. El primer día, la cola para entrar era de unas ocho cuadras, algo que yo sólo había visto el día que Soda Stereo tocó en River después de 10 años separados. Adentro, toda esa horda estaba cómoda, no había colas molestas para entrar a las salas, ni a los baños, ni para comprar algo de morfar.
El sector de stands está muy bien, pero no transmite ese vértigo, esa sensación sobrecogedora de que –con paciencia y billetera- vas a poder encontrar TODO lo que se te cante, cosa que sí sentí en la NYCC. Acá estaban los stands que faltaban en New York: Boom!, IDW, Last Gasp, Valiant, Avatar, hasta Zenescope... pero no estaba Marvel! ¿Cómo carajo Marvel no pone stand en la WonderCon? Ni idea. También faltaban Viz, Vertical... todos los que le dan bastante bola al manga. Y al igual que en la NYCC, había poco comic alternativo, poca merca que escapara de la trilogía superhéroes- zombies- jedis. De todos modos, recorriendo un poquito, había stands muy bien presentados, tanto de editoriales como de comiquerías y dealers de remeras, muñecos, merchandising raro y originales.
El sector de los artistas (el Artists´Alley) era mucho más chico que el de la NYCC, y a la vez más cómodo para recorrerlo. Por supuesto, no había tantas luminarias como en NYCC ocupando sus mesitas, pero me encontré con ídolos como Sergio Aragonés, Mark Waid, Paul Gulacy, Dan Brereton, Humberto Ramos, Tommy Lee Edwards, Rick Burchett, Felipe Smith, Yannick Paquette, Steve Lieber, Cully Hamner, Marc Silvestri, y el inefable Rob Liefeld, entre otros. En el stand de DC (el único que realmente sorprendió con la cantidad y calidad de autores que se acercaron a firmar) estaban Jim Lee, Gail Simone, Francis Manapul, Tony Daniel, Cliff Chiang, el maestro Marv Wolfman... un desfile bastante intenso de autores con mucha convocatoria.
Las salas donde se hacen las charlas son espectacu-
lares, sin nada que envidiarle a las de San Diego. Elegí para ilustrar la nota una foto en la que aparecen Manapul, James Robinson y Tony Daniel, en una charla muy interesante en la que también estaban Mark Waid, Kelly Sue DeConnick y Robert Venditti. También había salas dedicadas a juegos y proyecciones, imagino que habría un amplio sector para que desfilaran los cosplayers (había muchos y con muy buenos disfraces) y para que firmaran autógrafos algunos actores y celebridades de la B Metropolitana. Lo que lamentablemente no vi (pero a esta altura nadie se lo exige a los eventos yankis) es un sector con muestras de originales.
En general, fueron tres días muy comiqueros, en un lugar muy lindo y muy cómodo, en el que a los periodistas nos trataron muy bien, con buenas actividades, mucha onda, mucha gente que la pasó bárbaro, sumado a la posibilidad de interactuar con una veintena de autores grossos y de comprar muchísimo material a precios que –comparados con lo que se paga hoy en Argentina por el comic yanki, traducido o no- parecen una cargada. No te digo que ya estoy al palo, sacando pasaje para la WonderCon 2015, pero sí que es un evento que se disfruta a pleno y que además es una excelente excusa para irse a tomar un poco de sol a las hermosas playas de California.
Mañana sí, vuelven las reseñas de libros, caiga quien caiga.
viernes, 25 de abril de 2014
25/ 04: MAS COMIQUERIAS... Y MAS EVENTOS!
Completo la guía de las comiquerías de la zona de Los Angeles con dos más, que visité el miércoles.
Una es la clásica comiquería de Hollywood, Golden Apple, que está hace mil años y que siempre se destacó con comodidad, siempre estuvo (como Hi-de-Ho) entre las imprescindibles. En mi regreso después de tanto tiempo, me encontré con que el local se mudó y ya no está en una de las cuadras más chetas de la avenida Melrose, sino en un lugar (sobre la misma avenida) un toque más céntrico y un toque menos finoli. El local también, es un poco más croto. No está tan bien iluminado, casi no tiene merchandising (antes tenía mucho) y las bateas de back issues son más pedorras y menos cómodas para recorrer. Es un local MUY basado en las novedades, con mucha revista y mucho TPB, y sobre todo con mucha onda comiquera. Difícil que encuentres la merca más rara, pero por ahí, con paciencia, de las bateas de back issues te llevás algo lindo a buen precio. Ahí no sólo había bastante oferta de comic-books, sino que incluso había una caja de TPBs a dos por u$ 5 (un delirio). Si andás por la zona de Hollywood, jugale unas fichas.
Y la revelación fue una comiquería de la que nunca había oído hablar, pero que existe hace más de 30 años. Se llama Geoffrey´s Comics y la descubrí de pedo, sobre la avenida Crenshaw, enfrente de la Universidad de El Camino, en la localidad (medio Loma del Orto) de Gardena. De afuera parece un local medio pelo, pero cuando entrás, te caés de orto. Es un lugar amplio, repleto de comiqueros con la mejor onda (y un olor a huevo que ma-mita) y donde al toque te das cuenta de que te va a atender gente que sabe bocha. Hay un espacio con silloncitos para sentarse a leer, un inmenso sector de TPBs muy bien elegidos (con bateas de hardcovers a u$ 10 y softcos a u$ 5), un buen sector de novedades y unas bateas de back issues donde podés encontrar papa fina y rara, a precios muy razonables. Incluso hay bateas dedicadas a los magazines de los ´70 y las novelas gráficas de los ´80, donde pintan unos Santos Griales importantes. Sin duda entró a la lista de las comiquerías a las que quiero volver sí o sí, aunque quede medio trasmano.
Por otro lado, Abril se convirtió en un mes de sobredosis de eventos. Arrancamos con Dibujados el finde del 5 y el 6, el 11, 12 y 13 estuve en el FIC de Santiago de Chile (muy copado), el 18, 19 y 20 en la WonderCon (mañana una reseña sobre eso) y este finde, que tendría que parar un poco la mano, no puedo porque empezó la Feria del Libro. No me acuerdo la cantidad de actividades interesantes que hay este año en la Feria, pero sí tengo agendada una imprescindible: este sábado 26, a las 18:30, en la Sala Alfonsina Storni, me toca conducir nada menos que un homenaje a Oswal, uno de los genios indiscutidos de la historieta argentina. Ahí estaremos, junto al sensei Oscar Capristo, charlando con el prócer quilmeño de su vida y su obra. Y antes o después, una recorrida por los stands a ver qué papongas aparecen, como si no me hubiese traído una torre asesina de libros del viaje a Chile y EEUU. Ojalá mañana seamos muchos para ovacionar como se merece al glorioso creador de Sónoman.
Una es la clásica comiquería de Hollywood, Golden Apple, que está hace mil años y que siempre se destacó con comodidad, siempre estuvo (como Hi-de-Ho) entre las imprescindibles. En mi regreso después de tanto tiempo, me encontré con que el local se mudó y ya no está en una de las cuadras más chetas de la avenida Melrose, sino en un lugar (sobre la misma avenida) un toque más céntrico y un toque menos finoli. El local también, es un poco más croto. No está tan bien iluminado, casi no tiene merchandising (antes tenía mucho) y las bateas de back issues son más pedorras y menos cómodas para recorrer. Es un local MUY basado en las novedades, con mucha revista y mucho TPB, y sobre todo con mucha onda comiquera. Difícil que encuentres la merca más rara, pero por ahí, con paciencia, de las bateas de back issues te llevás algo lindo a buen precio. Ahí no sólo había bastante oferta de comic-books, sino que incluso había una caja de TPBs a dos por u$ 5 (un delirio). Si andás por la zona de Hollywood, jugale unas fichas.
Y la revelación fue una comiquería de la que nunca había oído hablar, pero que existe hace más de 30 años. Se llama Geoffrey´s Comics y la descubrí de pedo, sobre la avenida Crenshaw, enfrente de la Universidad de El Camino, en la localidad (medio Loma del Orto) de Gardena. De afuera parece un local medio pelo, pero cuando entrás, te caés de orto. Es un lugar amplio, repleto de comiqueros con la mejor onda (y un olor a huevo que ma-mita) y donde al toque te das cuenta de que te va a atender gente que sabe bocha. Hay un espacio con silloncitos para sentarse a leer, un inmenso sector de TPBs muy bien elegidos (con bateas de hardcovers a u$ 10 y softcos a u$ 5), un buen sector de novedades y unas bateas de back issues donde podés encontrar papa fina y rara, a precios muy razonables. Incluso hay bateas dedicadas a los magazines de los ´70 y las novelas gráficas de los ´80, donde pintan unos Santos Griales importantes. Sin duda entró a la lista de las comiquerías a las que quiero volver sí o sí, aunque quede medio trasmano.
Por otro lado, Abril se convirtió en un mes de sobredosis de eventos. Arrancamos con Dibujados el finde del 5 y el 6, el 11, 12 y 13 estuve en el FIC de Santiago de Chile (muy copado), el 18, 19 y 20 en la WonderCon (mañana una reseña sobre eso) y este finde, que tendría que parar un poco la mano, no puedo porque empezó la Feria del Libro. No me acuerdo la cantidad de actividades interesantes que hay este año en la Feria, pero sí tengo agendada una imprescindible: este sábado 26, a las 18:30, en la Sala Alfonsina Storni, me toca conducir nada menos que un homenaje a Oswal, uno de los genios indiscutidos de la historieta argentina. Ahí estaremos, junto al sensei Oscar Capristo, charlando con el prócer quilmeño de su vida y su obra. Y antes o después, una recorrida por los stands a ver qué papongas aparecen, como si no me hubiese traído una torre asesina de libros del viaje a Chile y EEUU. Ojalá mañana seamos muchos para ovacionar como se merece al glorioso creador de Sónoman.
jueves, 24 de abril de 2014
24/ 04: ARCHIE AMERICANA SERIES: BEST OF THE SIXTIES
Cuando yo tenía diez años , no me enganchaban los comics con estética realista. Me parecían aburridos. No leia superhéroes, ni Fantomas, ni Tarzan, ni nada de lo que editaba Columba. Mis ídolos eran Lucky Luke, Isidoro y Archie, casualmente tres personajes "al límite", en el sentido de que estaban dibujados con intención caricaturesca, pero partiendo de un agudo sentido de observación de la realidad. Es decir, nunca, en ningún momentos, dudabas de que Isidoro o Archie fueran personas reales y la forma en que se relacionaban con sus respectivos mundos se parecía demasiado a como la gente real se relaciona con el nuestro. Archie fue un comic imprescindible en mi formación como lector, pero sobre todo como persona: gracias a Archie aprendi que NUNCA hay que elegir entre la rubia y la morocha, sino que hay que seguirle el juego a las dos, hasta las últimas consecuencias. Archie me enseñó que la poligamia es mucho más divertida que la pareja seria y estable y por eso le estoy eternamente agradecido.
Este libro, de mediados de los '90, se propone recopilar las mejores historias del pecoso pelirrojo aparecidas originalmente en los '60, pero lo hace desde el Pecado Original, desde esa concepción estúpida y retrógrada en la que los autores son engranajes de una maquinaria, perfectamente reemplazables y descartables. Esta edición no se hace cargo de que las distintas historietas tienen distintos autores, y si bien uno -que es zorro viejo- puede identificar sin mayor inconveniente al maestro Dan DeCarlo y capaz que a alguno más, es profundamente injusto que los nombres de los creadores de las "mejores" historias de Archie (apenas 16, elegidas entre cientas) no aparezcan en el libro.
Lo más interesante de esta antología es cómo los guionistas de Archie se tratan de adaptar a ese cambio brutal en la cultura yanki que se dio en los '60: de pronto, los jóvenes tenían el poder. De pronto, los jóvenes eran la vanguardia, los que imponían la moda y los temas de los que iba a hablar toda la sociedad. Obviamente, todo magnificado por el hecho de que estos comics estaban apuntados precisamente a esos lectores: los chicos y chicas de 12 a 16, a los que -también de pronto- sus padres y maestros se veian obligados a entender y contener, en vez de ubicarlos de un sopapo, como en las décadas anteriores. Me imagino a los atildados (y anónimos) guionistas de Archie, cuarentones de camisa de manga corta, moñito y pipa, rompiéndose los sesos para armar historias en base al surf, el rock, la beatlemanía, los hippies, los drásticos cambios en la moda... todas cosas que seguramente estos probos señores no entendían ni sentían como propias. Por suerte, como tenían cinco o seis páginas para desarrollar cada historia, no hacía falta un conocimiento profundo de cada uno de estos temas: simplemente plantearlos (generalmente como una marcianada, un delirio más de estos borregos acelerados), encontrarles el lado gracioso (generalmente en el contraste con los adultos) y rematar con un gag más o menos efectivo.
Con esas limitaciones, algunas de estas historias están bien y se bancan ser leídas 50 años tarde. Las mejores son las que se escapan de la fórmula tradicional, la eternamente explotada consigna de "Betty y Veronica le quieren bajar la caña a Archie y él juega a dos puntas, aprovechando los beneficios que le ofrecen ambas, y a veces cosechando estrepitosas derrotas por pasarse de vivo". Y, como decía antes, lo más notable llega cuando los guionistas logran plasmar en términos de comedia la brecha generacional, la distancia abismal entre lo que les gusta y divierte a los pibes y lo difícil que es para los adultos adaptarse a este tsunami y comprenderlo.
Los distintos dibujantes se esfuerzan por mantener un estilo limpito, fresco, con mucha atención por las expresiones faciales y el lenguaje corporal, y por supuesto -como se trata de un comic para lectores que se están iniciando en la lectura- la narrativa es cristalina, diáfana, a prueba de idiotas. Y como no podía ser de otra manera, el que se destaca, el que dibuja más lindo, al que más le creés que estudió las revistas de moda para copiar la ropa de las chicas, es a Dan DeCarlo, quien se convertiría con sobrados méritos en el principal dibujante de Archie de los '70 .
Hay mucho más para hablar sobre las aventuras de Archie y sus amigos, sobre todo porque es la primera vez en 52 meses que me toca escribir sobre el tema. Pero hasta acá llegamos. Ojalá en algún momento las mejores historias de los '60 se reediten como corresponde, con la info completa acerca de los autores que le dieron vida (y onda) a esta barra kilombera que aún hoy sigue vigente y que está perfectamente integrada a la cultura popular y masiva de los EEUU.
Este libro, de mediados de los '90, se propone recopilar las mejores historias del pecoso pelirrojo aparecidas originalmente en los '60, pero lo hace desde el Pecado Original, desde esa concepción estúpida y retrógrada en la que los autores son engranajes de una maquinaria, perfectamente reemplazables y descartables. Esta edición no se hace cargo de que las distintas historietas tienen distintos autores, y si bien uno -que es zorro viejo- puede identificar sin mayor inconveniente al maestro Dan DeCarlo y capaz que a alguno más, es profundamente injusto que los nombres de los creadores de las "mejores" historias de Archie (apenas 16, elegidas entre cientas) no aparezcan en el libro.
Lo más interesante de esta antología es cómo los guionistas de Archie se tratan de adaptar a ese cambio brutal en la cultura yanki que se dio en los '60: de pronto, los jóvenes tenían el poder. De pronto, los jóvenes eran la vanguardia, los que imponían la moda y los temas de los que iba a hablar toda la sociedad. Obviamente, todo magnificado por el hecho de que estos comics estaban apuntados precisamente a esos lectores: los chicos y chicas de 12 a 16, a los que -también de pronto- sus padres y maestros se veian obligados a entender y contener, en vez de ubicarlos de un sopapo, como en las décadas anteriores. Me imagino a los atildados (y anónimos) guionistas de Archie, cuarentones de camisa de manga corta, moñito y pipa, rompiéndose los sesos para armar historias en base al surf, el rock, la beatlemanía, los hippies, los drásticos cambios en la moda... todas cosas que seguramente estos probos señores no entendían ni sentían como propias. Por suerte, como tenían cinco o seis páginas para desarrollar cada historia, no hacía falta un conocimiento profundo de cada uno de estos temas: simplemente plantearlos (generalmente como una marcianada, un delirio más de estos borregos acelerados), encontrarles el lado gracioso (generalmente en el contraste con los adultos) y rematar con un gag más o menos efectivo.
Con esas limitaciones, algunas de estas historias están bien y se bancan ser leídas 50 años tarde. Las mejores son las que se escapan de la fórmula tradicional, la eternamente explotada consigna de "Betty y Veronica le quieren bajar la caña a Archie y él juega a dos puntas, aprovechando los beneficios que le ofrecen ambas, y a veces cosechando estrepitosas derrotas por pasarse de vivo". Y, como decía antes, lo más notable llega cuando los guionistas logran plasmar en términos de comedia la brecha generacional, la distancia abismal entre lo que les gusta y divierte a los pibes y lo difícil que es para los adultos adaptarse a este tsunami y comprenderlo.
Los distintos dibujantes se esfuerzan por mantener un estilo limpito, fresco, con mucha atención por las expresiones faciales y el lenguaje corporal, y por supuesto -como se trata de un comic para lectores que se están iniciando en la lectura- la narrativa es cristalina, diáfana, a prueba de idiotas. Y como no podía ser de otra manera, el que se destaca, el que dibuja más lindo, al que más le creés que estudió las revistas de moda para copiar la ropa de las chicas, es a Dan DeCarlo, quien se convertiría con sobrados méritos en el principal dibujante de Archie de los '70 .
Hay mucho más para hablar sobre las aventuras de Archie y sus amigos, sobre todo porque es la primera vez en 52 meses que me toca escribir sobre el tema. Pero hasta acá llegamos. Ojalá en algún momento las mejores historias de los '60 se reediten como corresponde, con la info completa acerca de los autores que le dieron vida (y onda) a esta barra kilombera que aún hoy sigue vigente y que está perfectamente integrada a la cultura popular y masiva de los EEUU.
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