el blog de reseñas de Andrés Accorsi

lunes, 26 de febrero de 2024

NUEVAS LECTURAS

Esta vez tengo leídos tres libritos, así que vamos de una con las reseñas para que el texto no se haga eterno. Cuando vi que existía un libro de Pip, me tiré de cabeza sobre él, porque era una obra del glorioso Micharmut que desconocía casi por completo. Después, al leer el libro, me enteré que era un trabajo en equipo, en el que el ídolo no tiene a su cargo ni las tintas (de Miguel Noé) ni el color (de Ramón Noé). No sé si hay otros trabajos de Micharmut en los que sólo se haya encargado de los lápices, pero en este caso, eso es todo lo que tenemos. El dibujo es excelente, no tengo quejas por ese lado. La tinta y el color lo complementan muy bien, se ve que sus colaboradores entendían bien lo que quería hacer Micharmut con la línea, y si tengo algún reparo es con la ubicación de los globos, y sobre todo con las tipografías. Pero, a grandes rasgos, esto se ve tan bien como cualquier otro trabajo (lamentablemente no hay tantos) de este genio valenciano fallecido en 2016. El guion aparece firmado por Juan Bosch, el nombre real de Micharmut, y es sin dudas lo más flojo del álbum. Pip es una historieta que aparecía en una revista infanto-juvenil y la verdad que, más allá de la gran imaginación del autor para crear héroes y villanos en este mundo de insectos, no hay mucho para rescatar. Los guiones narran de manera un poco atolondrada peripecias muy clásicas, muy trilladas, con los típicos cliffhangers de la publicación serial, a veces con mucho diálogo, y sin momentos decididamente cómicos. La portada sugiere también escenas románticas, que adentro no vamos a encontrar. Este álbum es recomendable sólo para niños y niñas menores de 9-10 años, o para fanáticos de Micharmut muy pasados de rosca que quieren tener TODO lo que dibujó el ídolo en su vida. Estéticamente es atractivo, porque lo vemos dibujar de un modo más claro, más reader-friendly, en un cruce muy ganchero entre su estilo habitual y el de los dibujos animados yankis de los años ´30. Pero como lectura, lamentablemente al comiquero ya crecidito no se lo puedo recomendar ni a palos. La edición (a cargo de De Ponent) es preciosa, eso sí.
Tal como estaba previsto, le entré al Vol.2 de Secret Warriors, ahora escrito solo por Jonathan Hickman. Este es un tomo de transición, donde Hickman sigue adelante (a un ritmo pachorro) con el plot central del Vol.1, que tiene que ver con Nick Fury y su refundación tanto de SHIELD como de los Howling Commandos, dos fuerzas totalmente leales a él, en su partida de ajedrez mortífera contra HYDRA y HAMMER, dos agencias de espionaje integradas por seres poderosísimos y con funestas intenciones. Hickman amplía el elenco de personajes con el regreso del agente Garrett, aquel que debutara con mucho protagonismo en la increíble Elektra Assassin (de Frank Miller y Bill Sienkiewicz) y pone el foco en uno de los miembros del equipito de pibes y pibas con poderes que venía armando el viejo Nick: buena parte de lo que sucede en este tomo tiene que ver con Alexander, el hijito de Ares, un pibe de unos 10 años, nacido de madre humana y destinado a ser el Dios del Miedo. Un personaje que en el primer TPB no tiene casi desarrollo, que hasta te hace pensar si no está ahí al pedo, o de adorno, acá cobra relieve, carnadura y hasta te convence de que es un personaje interesante, potencialmente muy grosso (todo lo contrario de su padre, que me parece infumable). En general, este es un tomo más hablado que el anterior. Hay algún combate a todo o nada, Fury se manda en alguna operación hiper-secreta a contramano de lo que cualquiera podría recomendarle, pero el foco no está puesto en la acción, sino más en la rosca y en la construcción a futuro de personajes y situaciones que seguramente harán eclosión más adelante. El dibujante es el correcto Alessandro Vitti, que tiene la viveza de trabajar en un estilo casi de línea clara para que se luzca más el coloreado a cargo de Sunny Gho, y también hay un episodio dibujado por Ed McGuiness, cuyo trazo más cartoony, más de brocha gruesa, no se complementa bien con el cromatismo hiper-realista que le impone Chris Sotomayor. No es que se vea mal, pero a McGuiness le quedan mejor otro tipo de coloreados. Ni bien pueda, voy por el Vol.3, a ver cómo sigue la historia. Por ahora, Hickman me tiene bastante enganchado, sobre todo por el nivel de los diálogos, que es exquisito.
¿Lo tenías a Eduardo Mazzitelli escribiendo un comic para el mercado chileno? ¿Algo nuevo, pensado para ser dibujado y editado en ese país, y que por supuesto está inédito en Argentina? En 2020 se publicó del otro lado de la cordillera Sir Galahad, un libro que recopila los cuatro episodios de la serie homónima, con dibujos y color de Juan Vásquez, un autor de mucha trayectoria en Chile y -como suele suceder- bastante desconocido en el resto del mundo. En las aventuras de Sir Galahad aparece la clásica estructura narrativa de Mazzitelli: cuatro episodios, cuatro desafíos para el héroe que pondrán a prueba su coraje, su destreza, su integridad y su astucia. No hay mucha sorpresa, excepto porque el protagonista es... un gato. Y la explicación de por qué un gato común y corriente es el elegido para convertirse en este héroe antropomorfo es excelente. Si bien tenemos mundos fantásticos y criaturas alucinantes como en las historietas que dibuja Quique Alcatena, acá nos encontramos con un Mazzitelli mucho más controlado a la hora de los textos. Que están, pero son más sintéticos y menos sofisticados, como si Eduardo pensara esta saga para un público pre-adolescente, que se copa con la aventura y la fantasía, pero que todavía no llegó al material que produce con Quique para Italia hace 35 años. Con menos textos, la narración avanza más rápido y nos permite colgarnos más en las ilustraciones de Juan Vásquez, que recurre varias veces por episodio a páginas de una única viñeta, en las que deja la vida. El resto de sus puestas son más clásicas, no arma esas secuencias raras que arma Alcatena, con los bordes de las viñetas hiper-ornamentados y demás. Visualmente, el dibujo de Vásquez remite mucho más al comic europeo de los ´70, con esas texturas sobrecargadas al estilo de Moebius, Philippe Druillet y el primer Enki Bilal, y un trabajo de color espectacular, repleto de climas, impacto e imaginación. Ojo, no digo que Vásquez dibuje al nivel de Moebius, Druillet o Bilal (o Alcatena), porque no es así. Se ve alta magia en la superficie, y debajo de ella aparecen algunas fallas, o se echa de menos cierta solidez. Pero es un dibujante más que competente, que narra muy bien, que orienta su búsqueda para ese lado (el del comic francés fantástico de los ´70) y que tiene momentos realmente inspirados, como el último episodio. Si sos fan hardcore de Mazzitelli, este es un libro que tenés que tener. Si querés descubrir a Juan Vásquez, también, este debe ser su trabajo más accesible para "el gran público". Y si te querés entretener un rato con una saga heroica desbordante de imaginación, acción y peripecias aptas para todo público que no caen en la boludez ni en los típicos lugares comunes, también. Los gatos tienen medio fama de garcas, de hacer la suya y cagarse en el prójimo, pero Sir Galahad no te va a dejar a pata. Porque tiene cuatro. Nada más, por hoy. Nos reencontramos el miércoles a las 22:30 hs para una nueva Agenda Abierta en el canal de Comiqueando, o nos leemos pronto por acá, ni bien tenga más material leído y listo para reseñar. Gracias totales.

jueves, 22 de febrero de 2024

DOS ES MEJOR QUE NADA

Cuatro días sin postear y hacerlo con reseñas de sólo dos libros me deja gusto a poco, pero es lo que se pudo. Empiezo en Japón, año 2018, cuando se publica Short Stories, una antología de historias cortas de Inio Asano, que Ivrea nos trajo a nuestro mercado en una muy linda edición. Acá hay historias muy raras, casi siempre basadas en los vínculos entre las personas, aunque en general Asano se las ingenia para hablar de algo más, para tirar algún palito referido a la sociedad japonesa, su dinámica laboral, las profundas diferencias entre las grandes ciudades y los pueblos periféricos y demás. Algunas de las historias son más crípticas (está bien, parte de la gracia de las historias cortas es que sirven para que los autores experimenten), otras son totalmente irónicas y otras son excelentes relatos con principio, desarrollo y fin, que alcanzan una gran profundidad en una cantidad relativamente pequeña de páginas. Los experimentos más raros son los de la trilogía de El Hombre Gentil (una historieta a la que Asano le cambia dos veces los textos, no los dibujos, para convertirla en tres relatos distintos) y la última del tomo, Kinoko Takenoko, donde vemos al autor dejar de lado todas las técnicas de grisado que maneja a la perfección y bancársela de punta a punta solo con el trazo negro sobre el espacio blanco. Acá despuntan momentos inéditos en la bibliografía de Asano, viñetas donde su estilo parece cruzarse con los de mangakas de estética más sobrecargada, tipo Hideshi Hino, Suehiro Maruo o Junji Ito, pero también hay chispazos de Nobuaki Minegishi, y hasta de Yoshiharu Tsuge. Posta, le sacás los grises a Asano y se convierte en un dibujante muy, muy extraño. Pero todo es gilada prescindible frente a las 54 páginas de Tempest, en las que Asano realmente sacude al lector, lo estremece, lo caga a cachetazos. Esto que aparece mezclado entre historias cortas de distinta calidad, podría ser tranquilamente una novela gráfica que se venda por sí sola, y que rompa todo por su contenido. No sólo el dibujo encuentra a Asano en un nivel formidable (con grises y con una variedad de recursos gráficos demoledora) sino que la temática que aborda es tremendamente incómoda y conmovedora a la vez: los ancianos. ¿Qué hacemos con estos miles y miles de ancianos y ancianas que ya no trabajan, casi no consumen y requieren una cantidad brutal de recursos por parte del Estado y/o de sus familias para seguir vivos cada vez por más tiempo? Esta es una problemática jodida en Japón, donde la gente cada vez tiene menos hijos y la vida de los ancianos se alarga cada vez más. Asano le entra al tema con los tapones de punta, con un toque de ciencia ficción tan cercano, tan probable y tan verosímil, que te pone los pelos de punta. El resultado es una obra maestra, que justifica por sí sola la compra del tomo. A todos nos copa leer al autor cuando escribe historias limadas, o boludeces de "jóvenes a la deriva" que charlan, se histeriquean o se deprimen porque sus vidas son una garcha... pero Tempest tiene el sabor de lo urgente, de lo realmente relevante, de un problema que sin dudas los japoneses tienen que poner sobre la mesa y resolver cuanto antes... en lo posible no del modo en que se resuelve en la historieta de Asano. No me imaginaba, de verdad, que me iba a encontrar con una historia tan potente, tan estremecedora. La lectura de Tempest me dejó muy mal, pero me hizo muy feliz.
Me voy a Francia, a leer el libro más esperado del 2023, porque Astérix no sólo llegaba a su 40º álbum, sino que además estrenaba guionista, nada menos que Fabcaro, un célebre escritor de literatura y comics, también muy conocido como músico. No tengo idea de por qué no continuó Jean-Yves Ferri al frente de los guiones, pero el debut de Fabcaro revela que (al igual que su antecesor) tiene muy estudiados los álbumes clásicos, los de René Goscinny. L´Iris Blanc tiene muchos elementos de El Adivino y algunos de La Cizaña, además de retomar una punta argumental de Los Laureles del César y otra que se venía desarrollando en los álbumes de Ferri, que tiene que ver con el matrimonio entre Abraracurcix y Bonemine. Es un álbum raro, por dos motivos: primero por el rol tan importante que tiene Bonemine (nunca antes se le había dado tanto espacio al personaje) y segundo porque rompe la regla fundamental de la serie: se supone que un álbum transcurre en la aldea y el siguiente narra un viaje de Astérix y Obélix fuera de la misma... Bueno, esta vez tocaba un álbum ambientado en la aldea, pero para la página 25 traiciona la tradición y nos lleva de viaje una vez más... no a países muy lejanos, pero fuera del ámbito donde los galos irreductibles juegan de local. ¿Está bueno? Sí, es entretenido, hay momentos graciosos, momentos satíricos con sana mala leche, hay una aventura no tan enfatizada, hay algo que altera la dinámica de la aldea gala (que es lo que a mí en general me resulta más atractivo) y hay desarrollo de personajes, que es algo poco frecuente en la serie. Obviamente está muy lejos de los mejores álbumes, tanto de Goscinny como de Ferri, pero como primer intento por parte de Fabcaro, lo banco. Al igual que Ferri, me parece que Fabcaro está para más, en el sentido de que se le ocurren ideas que, para ser aprovechadas en toda su dimensión, requieren más páginas que las 44 reglamentarias. Por ahí, entre tantos rubicones que vienen cruzando en los últimos años las aventuras de Astérix, también empieza a ser hora de descartar esa limitación tan estricta y permitirle a los autores desarrollar los argumentos en más páginas. Y además más páginas significaría más dibujos de Didier Conrad, que está prendido fuego. Como ya vimos en álbumes anteriores, el ex asistente de Uderzo está dedicido a desandar el camino de su maestro y llevar a los personajes a como se veían en la segunda mitad de los años ´60, es decir, revertir esa estilización que le metió Uderzo a su trazo alrededor de Astérix y los Normandos. L´Iris Blanc va para ese lado. Vicevertus y Julio César están dibujados en una onda más cercana al Uderzo de los ´90 y 2000, pero el resto de los personajes se acerca más al aspecto que tenían en la época de Astérix y Cleopatra, o El Combate de los Jefes. Esta vez Conrad tiene la posibilidad de dibujar varias viñetas grandes, que ocupan media página, pero cuando no la tiene también la rompe toda al acomodar en viñetas chiquitas una cantidad imposible de elementos sin saturar ni agobiar al lector. Esa magia que identificamos con George Pérez, pero en un registro gráfico totalmente distinto. Sospecho que la edición argentina de L´Iris Blanc saldrá en Abril para la Feria del Libro, y bueno, vale la pena darle una oportunidad. Yo tuve la suerte (por primera vez en más de 40 años de fanático de Astérix) de comprar el álbum en francés y el día que salió, porque justo estaba en Burdeos. Una emoción infinita, rayana en la demencia. Y ahora a esperar hasta Octubre de 2025 a ver con qué nos sorprenden Fabcaro y Conrad en el siguiente álbum. Nada más, por hoy. Trataremos de que haya nuevas reseñas lo antes posible, acá en el blog. Y el miércoles 28 a las 22:30, están tod@s invitad@s a sintonizar el canal de YouTube de Comiqueando y acompañarme en vivo en una nueva emisión de Agenda Abierta. Nos vemos.

domingo, 18 de febrero de 2024

AHI VAMOS DE NUEVO

Estos últimos días me encontré con poquísimo tiempo para leer comics y encima los que leí no me parecieron gemas del infinito, sino más bien historietas correctas, bien hechas, y no mucho más. Empecé a leer Secret Warriors, la pieza que me faltaba de ese rompecabezas que es Jonathan Hickman en Marvel. Es una serie que, si no me equivoco, está toda compilada en cuatro tomos y tuve la suerte de conseguir los cuatro juntos a muy buen precio (a fines de 2022, cabe aclarar). Este primer tomo tiene argumentos de Brian Michael Bendis y Hickman, con guiones del hincha de River y dibujos del italiano Stefano Caselli. No me hice fan de Caselli, pero tampoco lo padecí. El dibujo me pareció correcto, una especie de Carlos Pacheco de segunda marca, al que ayuda muy poco el trabajo del colorista Daniele Rudoni. Sin dudas el color es el rubro más flojo de este tomo, con el agravante de que muchas le roba protagonismo al dibujo. El guion, sin ser una gloria, me resultó atractivo, con todas esas runflas espesas y revelaciones shockeantes típicas de los relatos de espionaje, donde fulleros a escala planetaria juegan al poker del modo más despiadado posible: apostando las vidas de millones de personas. Nick Fury es el personaje central, el que tiene los mejores diálogos y un poco el que impone la agenda: si no tenés idea de quién es Fury, de qué juega y más o menos cómo fue su historia de la Guerra Fría en adelante, hay unas cuantas cosas que no vas a entender. Y si simplemente no te gusta Fury, es poco probable que te enganches con Secret Warriors porque, por ahora, parece pensada para darle todavía más chapa al capo del espionaje de Marvel. La historia está bien, es ágil, tiene un buen equilibrio entre escenas de machaca y otras más tranqui, hay desarrollo para unos cuantos personajes nuevos (algunos muy copados), los villanos tienen una cierta profundidad, las traiciones y vaivenes en la lealtad de los personajes no son fruto del capricho, ni de la búsqueda del impacto por el impacto mismo, la integración con el Universo Marvel (de 2009) está bien lograda... La verdad que es un comic que, sin apartarse mucho de la fórmula de "equipo de héroes medio clandestino que realiza misiones peligrosas de manera encubierta", funciona de manera muy satisfactoria. Para el Vol.2, Bendis ya no forma parte del equipo creativo y Hickman pasa a controlar en solitario todo lo referente a argumentos y guiones. Veremos cómo evoluciona la serie a partir de este cambio. Por ahora es un arranque promisorio, que no me maravilló ni me partió la cabeza, pero me entretuvo un rato y despertó mi curiosidad. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
También pude leer un libro del 2023, el nuevo trabajo de la dupla integrada por el guionista Carlos Reyes y el dibujante Rodrigo Elgueta, notables autores chilenos cuyas obras anteriores vimos en este espacio el 21/08/15 y el 26/08/22. Esta vez Carlos y Rodrigo se proponen abordar la vida y el legado de Víctor Jara, en un libro más chiquito que los anteriores, ahora publicado por una editorial enorme como es Penguin Random House. Al leerlo, me encontré con dos elementos que redujeron notablemente mi entusiasmo: en primer lugar, Elgueta abandona su estilo realista, detallado, generoso en texturas, en favor de uno semi-funny que no está mal, pero es mucho menos personal. No te digo que cualquier queso puede dibujar como lo hace Elgueta en este libro, pero le falta ese sello autoral que tanto se disfruta en las obras anteriores. Hay algunas viñetas en las que aparece el estilo "clásico" de Elgueta y me volví loco, quería ver todo el álbum dibujado así. Encima son dibujos que se reproducen del lápiz sin entintar, con esa magia intacta. Pero bueno, estamos frente a un dibujante versátil, que para esta obra eligió otro registro visual y no está mal que así sea. Lo otro que me la bajó un poco es que... no soy fan de Víctor Jara. Por desconocimiento, casi seguro. Por ahí me pongo a escuchar sus canciones y me copa. Pero hasta ahora eso no sucedió. Entonces la parte biográfica, el relato de cómo este muchacho de origen humilde construye su carrera como cantautor a lo largo de muchos años, no me atrapó demasiado. Lo que más me gustó es la parte en la que Jara, como tantos otros militantes de izquierda, paga caro su compromiso ideológico cuando llega la dictadura de Pinochet y castiga con secuestros, torturas y asesinatos a quienes podrían enfrentarla. Pero eso ocupa... 14 páginas de la novela gráfica. O sea que, como testimonio de lo que fueron los crímenes de lesa humanidad de la dictadura en Chile, seguramente vamos a encontrar un montón mejores, más completos, que exploren la tragedia con más profundidad. Como novela gráfica de la dupla Reyes-Elgueta, también, la pongo por debajo de Los Años de Allende y Nosotros los Selk´Nam. Y como biografía de Víctor Jara en historieta, me animo a recomendársela a los fans del célebre cantautor, primero porque no conozco ninguna otra, y segundo porque el personaje está tratado con cariño, con respeto, con admiración. Y sobre todo porque la historieta como tal cumple su función de entretener e informar a quien -como yo- no sabía mucho acerca de la vida, la muerte y el legado de este artista tan relevante para la cultura popular de nuestro continente. Ahora a esperar unos años para que llegue la siguiente obra de esta dupla totalmente consagrada del otro lado de la cordillera y todavía bastante poco conocida fuera de Chile y de Francia, donde también les va muy bien. Nada más, por hoy. Espero poder meterle más horas a la lectura y reseña de comics en los próximos días, para volver a postear pronto, acá en el blog.

martes, 13 de febrero de 2024

RESEÑAS CON RITMO DE MURGA

Vivo a escasas dos cuadras de uno de los corsos más populares y tradicionales de la ciudad de Buenos Aires y hace horas que por la ventana me llegan los ritmos murgueros, bombos, cantos y gente que anuncia cosas por parlantes, a un volumen estridente. Mejor eso que el calor de los días anteriores, así que ahí vamos con las reseñas... Sigo atrapado en el laberinto del terror de Naoki Urasawa, en esa trampa mortal llamada Monster. Cuánta maldad, Dios mío... El autor no me tiene la más mínima piedad. Pasan los tomos y seguimos siempre en la misma... la investigación hiper-minuciosa acerca de Johan y su pasado, más muertes, más datos que aparecen con cuentagotas y que provienen de personajes nuevos a los que Urasawa se toma 100 páginas para presentar... Este Vol.6 tiene dos o tres sorpresas interesantes en su segunda mitad, pero claro, todavía quedan por delante otros TRES tomos, con lo cual todo lo que uno cree haberse acercado a la resolución se puede ir para atrás en la bestialidad de páginas que quedan por leer. Urasawa es especialista en impactar con una puntita que por ahí después resulta ser humo, o en introducir personajes que parecen ser clave y en realidad no lo son. Pero creo que es la primera vez que me parece copado y no un truco berreta que reaparezca el inspector Runge, por ejemplo... quizás porque esta vez está ahí para hacer avanzar realmente una de las puntas argumentales en las que Urasawa no llegó a involucrar al Doctor Tenma. Después me aburrí soberanamente con Grinner, con el libro de cuentos, con los nenitos, con toda la runfla de la policía secreta de la República Checa... y me pareció increíblemente choto que, después del cierre potente que habíamos visto en el tomo anterior para la trama del Sr. Schuwald y su hijo, vuelvan a aparecer en las últimas páginas de este tomo. El dibujo, como siempre, es formidable. El ritmo al que narra Urasawa, como siempre, es desesperante. Es un genio al que le robaron un poder, el poder de síntesis. Y la historieta es ante todo, síntesis. Nada de lo que leí hasta ahora cambia mi sospecha de que Urasawa concibió esta idea para desarrollarla en -como mucho- cuatro tankoubons de los de 200 páginas, y después, como al público le gustó, alguien le dijo "seguila hasta el infinito, como sea". La idea de que me queden por leer (y comprar) tres libros más como este que me acabo de terminar (no sin dificultad, padeciendo capítulo a capítulo) es realmente traumática. Y encima tengo amigos que ya llegaron al Vol.9 y me confirman otra sospecha funesta: el final no está a la altura de todo el desarrollo interminable y enrevesado que Urasawa urdió para Monster. Así que esto ya es un ejercicio de resignación, de abnegación. Casi una condena a cumplir por haber pisado el palito y haberme cebado con la idea de tener completa una supuesta "obra maestra" con la que sinceramente cada vez me cuesta más sintonizar. Pero de algún modo voy a llegar al final, así que este año habrá más reseñas de Monster, a la espera de que levante el ritmo... o no.
Allá por el 28/06/22 encaré la lectura del Vol.1 de Violent Love, un comic realizado para Image por el guionista Frank Barbiere y el ídolo valenciano Víctor Santos. Y me comí un cliffhanger truculento sobre el final, que me impulsó a buscar y leer el Vol.2, lo cual finalmente sucedió en estos días. Ni hace falta decir que el principal atractivo de Violent Love es el aspecto visual, la magia arrolladora que brota del lápiz de Santos y que se plasma en unas puestas en página impactantes, dinámicas, originales, en las que el dibujo, la tinta y el color están todo el tiempo al servicio del relato y de la emoción. Acá vemos a Santos probar cosas nuevas, jugar con la línea, con las texturas, con la paleta de colores... en un estilo que no oculta sus influencias pero que le es cada vez más propio y más reconocible. Otro trabajo consagratorio de este autor prolífico y sorprendente, tocado con la varita mágica para este tipo de historias repletas de tiros, violencia y sordidez. Barbiere, por su parte, se esfuerza por añadirle capas de profundidad a los personajes, por hacerlos más tridimensionales que en la primera mitad de la serie, donde todo era más arquetípico. Y logra con villanos, personajes secundarios y -sobre todo- con la protagonista, Daisy Jane, una mina que soporta pérdidas, engaños y traiciones y aún así se aferra a la humanidad y no se deja engullir por el vórtice de muerte y venganza que parece signar su existencia. De minita zarpada que no se come ni la punta a verdadera heroína, Daisy no se propone a sí misma como ejemplo de nada, pero las decisiones que toma en el tramo final de la obra la elevan enormemente. El personaje de Lou también gana en complejidad y le habilita a Barbiere los volantazos más alucinantes (y tensos) del tomo. Entre una cosa y otra, el libro cumple ampliamente su promesa: hay amor, hay violencia, el crimen y la mala leche están a la orden del día y por si faltara algo, hay giros impredecibles y a la vez muy coherentes que nos hablan de la capacidad de la gente para cambiar, para no quedar presa de su destino. Una gran historia, truculenta y estremecedora, que nos lleva por distintos rincones de los Estados Unidos profundos para vibrar al ritmo de unas vidas salpicadas de sangre y recauchutadas a fuerza de vínculos más nobles, más puros, menos espurios. Por suerte Violent Love está publicada también en castellano, así que quienes no puedan o quieran entrarle a la edición de Image, tienen otras opciones. Y nada más, por hoy. Gracias por todo y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 9 de febrero de 2024

PREVIA DEL FINDE EXTRA-LARGE

Bueno, ahora sí, me pongo con las reseñas que me quedaron en el tintero ayer. Me voy a España, año 1983, cuando la editorial Ikusager le encarga un álbum sobre La Batalla de Vitoria al por entonces joven y promisorio Felipe Hernández Cava, guionista de apenas 30 años, pero ya consagrado en el mercado peninsular. Hernández Cava se saca la lotería cuando quien acepta dibujar el álbum es nada menos que el maestro argentino José Luis Salinas, el mitíco, el excelso, el sublime, decidido a dibujar la obra más grossa de su vasta carrera. Pero lamentablemente, una enfermedad retrasa la labor de Salinas, quien muere en Buenos Aires a principios de 1985, tras entregar apenas la portada y cinco páginas. Unas páginas magníficas, pintadas a color directo, con un despliegue visual al nivel de sus mejores trabajos. Entonces toma la posta Adolfo Usero, dibujante español competente pero mucho más modesto, y completa el libro en pocos meses para que se publique en 1985. El cambio de dibujante se nota mucho, y el esfuerzo que hace Usero para parecerse mínimamente a Salinas es cada vez menor con el correr de las páginas, con lo cual ya sobre el final del álbum los dibujos son... no del montón, pero tampoco demasiado notables. El álbum reproduce hasta el mínimo detalle todos los movimientos de las tropas de los dos bandos que se van a enfrentar el 21 de Junio de 1813 en Vitoria (al sur del País Vasco), con el agregado de que los dibujos toman los rasgos de los personajes históricos que lideraron la contienda entre las tropas francesas (con José Napoléon a la cabeza) y el rejunte de españoles, portugueses e ingleses que querían que España dejara de ser parte de los dominios del emperador francés Napoleón Bonaparte, por supuesto cada uno con distintos intereses para nada altruistas. Si te gusta esa época de la historia española, o la historia militar del Siglo XIX en general, esto está genial porque tanto Hernández Cava como los dibujantes apuestan fuerte al rigor documental. Y claro, fiel a su estilo, el guionista se propone contarnos también la historia de la gente común. Y así aparece el plot de Vicente y Ricardo, dos hermanos que van a pelear en bandos enfrentados y el impacto que genera esto en su familia. Y también esos diálogos agudos y amargos acerca de las guerras, sus motivos, sus consecuencias y su rol deshumanizador y creador de miseria y dolor para muchos y gloria para pocos. Obviamente esta es la parte que a mí más me gustó, cuando Hernández Cava hace reflexionar a los personajes acerca de lo que está sucediendo y de cómo esto altera la vida no solo de los militares, sino de la gente común que muchas veces no entiende ni por qué carajo se están peleando pero igual paga los platos rotos. Esto no es la gloria, primero porque Salinas dibuja muy poquitas páginas y segundo porque Hernández Cava tiene guiones muy superiores a este. Pero es una buena historieta histórica, hoy medio olvidada, que merece por lo menos una lectura.
En 2023 se publicó en Chile y Uruguay la novela gráfica Bajo el Ala del Cóndor, primera colaboración entre un guionista uruguayo de primera línea (Rodolfo Santullo) y un dibujante chileno también de primer nivel (Gonzalo Martínez). A quienes siguen este blog hace un tiempo, no hace falta explicarles quiénes son estos señores y por qué soy fan de ambos. Creo que lo más difícil de explicar es por qué si en Chile y Uruguay esta obra salió a través de Planeta Cómic, en Argentina fue ninguneada por Planeta y saldrá a través de Historieteca. El resto, se entiende fácil. Bajo el Ala del Cóndor es una aventura en la que una periodista uruguaya, joven e intrépida llamada Georgina Remi (sí, claro, es un homenaje a Georges Remi, mucho más conocido como Hergé) se involucra en un caso que la lleva de Montevideo a Buenos Aires y de ahí a Santiago de Chile, en un intento por develar un misterio que viene de la época en la que los tres países padecían sendas dictaduras militares y que tiene que ver con la desaparición de valiosas obras de arte. Pero como Santullo es mucho mejor guionista que Hergé, no se parece a un álbum de Tintin, sino más bien a uno de Gil Jourdan, de Maurice Tillieux, el maestro del género detectivesco del comic franco-belga clásico que además (como Santullo) sabía meterle a sus tramas sutiles pinceladas de humor y una bajada de línea siempre acertada. Así tenemos una trama ágil, concisa, que no pierde el tiempo en boludeces y que se resuelve de manera lógica y consistente, sin recurrir a ningún deus ex machina bizarro. Estamos hablando de autores que comprenden perfectamente la dinámica de la aventura, de la narración de género, en general, y que encontraron una excelente excusa para ambientar su primera obra en conjunto en locaciones que les son familiares a ambos. Rodolfo y Gonzalo pegaron mucha onda, la pasaron bomba y ese disfrute queda impregnado en cada página del álbum. Y se transmite al lector, que es lo más importante. Bajo el Ala del Cóndor es un relato atrapante, cercano, posible, con acción, suspenso, buenos diálogos, buenos dibujos (por momentos Martínez se va al recontra carajo con la arquitectura, su otra pasión, y dibuja lugares y edificios típicos de las tres ciudades con un nivel de detalle que te hiela la sangre) y una mirada actual acerca de los años más oscuros de la historia de Sudamérica. No sé exactamente cuándo llegará la edición de Historieteca a las bateas argentinas, pero desde ya recomiendo tirarse de cabeza el día que se anuncie la preventa, porque se van a encontrar con un muy buen comic. Y porque además hace falta que los creadores de los distintos países de Sudamérica se encuentren más y colaboren más a menudo. No recuerdo una obra anterior a esta con un autor uruguayo y otro chileno... y son países que están al toque y donde se habla el mismo idioma, no son Rumania, ni Bostwana, ni Myanmar. Ojalá pronto haya luz verde para nuevas aventuras de Georgina Remi. Nada más, por hoy. Disfruten del finde extra-large y nos reencontramos pronto.

jueves, 8 de febrero de 2024

LECTURAS ACUMULADAS

Estoy leyendo poco y tengo poquísimo tiempo para redactar las reseñas de lo que leo, pero desde la última vez que subí un texto al blog (creo que fue el viernes 2) hasta hoy, se me juntaron algunas lecturas sobre las que quería hablar un poquito. Peter Petrake fue una historieta (probablemente la primera) del maestro valenciano Miguel Calatayud, que debutó en 1970 en las páginas de la revista española Trinca. Irónica, transgresora, posmoderna antes de que se inventara el término, Peter Petrake jugaba con los tropos de los clásicos relatos de super-espías que desarticulaban los funestos planes de científicos malignos que amenazaban a la frágil paz mundial durante la Guerra Fría. Los guiones están al filo de la sátira (aunque no sé si el público infanto-juvenil que leía Trinca entendía que eran en joda) y son una colección de clichés y lugares comunes a los que Calatayud revisita -como ya dije- en clave irónica. Y el dibujo es fastuoso. Es la entrada de la historieta española en la era moderna, el primer contacto con las vanguardias graficas que habían surgido en los ´60 en Europa y Estados Unidos. Mucho de la estética de Peter Petrake nos remite a la del largometraje animado de Yellow Submarine, pero también acá hay miles de cosas que inventa el valenciano y que otros autores (incluso otros genios que no tienen nada que ver con la línea clara valenciana, como Alberto Breccia) incorporarían diez años más tarde. En su segundo intento por contar una historia más larga (la inconclusa Pop Carrusel), el propio Calatayud suma recursos a su impronta visual (las texturas logradas con plumín) y el resultado es un comic un poquito menos alienígena que los primeros episodios, aunque sea desde lo visual. Amo incondicionalmente a Calatayud, creo que con este libro ya tengo toda la obra del ídolo que se publicó en este formato, y me animo a recomendarle Peter Petrake a cualquiera que quiera descubrir la magia infinita de este genio vanguardista... siempre y cuando esté dispuesto a entender que los guiones son medio pavotes a propósito. En su momento había salido una recopilación parcial de Peter Petrake en la editorial Doncel (la que publicaba Trinca), pero la pulenta es esta de 2009, a cargo de la ignota editorial El Patito, mucho más completa y con el atractivo extra de incluir dos excelentes textos: uno a cargo del propio Calatayud y otro escrito por el maestro Pedro Porcel, el especialista español que más sabe sobre el fascinante mundo de la historieta valenciana.
En 2022, se publicó Arsenal: Historietas Santiagueñas, una antología gestada en Santiago del Estero (provincia donde no hay editoriales, ni comiquerías, ni eventos de historieta) y financiada por el gobierno provincial. Se trata de un álbum de 138 páginas, con gran cantidad de fallas técnicas y resultados artísticos bastante decepcionantes. No quiero ahondar en la enumeración de las historietas que no me gustaron (que son casi todas), sino simplemente rescatar lo poco que me satisfizo. Por un lado, dos dibujantes con bastante trayectoria a sus espaldas: Pablo "el Dogo" Álvarez y el catamarqueño Pablo Martinena, jerarquizan con sus dibujos tres de las historietas del álbum. En proporciones muy distintas, porque el Dogo dibuja solo una de cuatro páginas y Martinena se pone al hombro una de cuatro páginas y una de 18 (la más larga del tomo). En los tres casos, los guiones son cualquier cosa. El único combo entre buen dibujo y buen guion lo encontré en las 10 páginas de "¿Brujas?", del santiagueño Roberto Eberlé. Gran historieta, con buen ritmo, buenos diálogos (pésima rotulación, eso sí), un tema heavy, una ambientación histórica muy lograda y un grafismo notable, que por momentos me remitió a monstruos del dibujo como Quique Alcatena o Eleuteri Serpieri. El resto, todo material muy precario firmado por chicos y chicas a los que les falta mucho por aprender... y ojalá lo hagan. Este libro tuvo tan poca difusión que ni siquiera encontré la portada digitalizada: le tuve que sacar una foto para que aparezca una imagen encabezando el texto.
También en 2022, pero en Japón, se publicó Mimi y sus Historias de Ultratrumba, del maestro Junji Ito, un libro que en 2023 llegó por estos lares de la mano de Ivrea. Como vimos en Indigno de Ser Humano, acá también Ito toma como punto de partida una obra literaria pre-existente, en este caso la novela "Shin Mimibukuro", de Hirokatsu Kihara e Ichiro Nakayama. Y una vez más logra añadirle su propia impronta, para crear una obra visualmente muy atractiva, y con historias de misterio sobrenatural ido al carajo, pero no tanto. Las historias de ultratumba que protagoniza Mimi me hicieron acordar mucho a los cuentos de Mariana Enríquez que incluyen apariciones espectrales en un contexto de realismo cotidiano. La onda es muy parecida, el punto que los autores japoneses deciden terminar los relatos también... Lo único distinto es que acá la misma chica es testigo de nueve o diez manifestaciones sobrenaturales, lo cual estira demasiado el verosímil. Si (como en los cuentos de Enríquez) cada experiencia estuviera narrada por un personaje distinto, todo tendría más impacto y más veracidad. Si la idea de que todo esto le pasara a a Mimi era construirla como una protagonista fuerte, compleja, a la que veamos evolucionar o cambiar su actitud frente a estas situaciones, la verdad que no se logró: Mimi es la típica chica joven y linda de tantas historietas de Ito, y nunca sale de ese estereotipo, por poco que le crean los demás o por mal que la pase en algunos episodios. ¿Por qué esto es más flashero que sentarse a releer Cuando hablábamos con los muertos o Las cosas que perdimos en el fuego? Porque acá brilla (en realidad, encandila) el trazo de un Junji Ito prendido fuego. El dibujo y la puesta en página son magníficos, las dos paginitas a todo color son exquisitas, los climas que conjura el autor (con su manejo sobrenatural del blanco y negro, más la aplicación infalible de los grises) te sumergen en las tramas y te las hacen vivir con una intensidad estremecedora. Si sos fan de Ito, o de los cuentos macabros de Mariana Enríquez, entrale a Mimi y sus historias de ultratumba, que seguro te van a poner muy nervioso y la vas a pasar muy bien. Y tengo leídos un par de libritos más, pero se pueden dejar para mañana, no? Sí, mejor, así no aburro hablando giladas. Nos reencontramos muy pronto, posta. Gracias por el aguante.

viernes, 2 de febrero de 2024

ESSENTIAL WARLOCK

Hoy me toca un viaje a los años ´70, a bordo de un tremendo masacote de 576 páginas en majestuoso blanco y negro. La saga de Warlock está claramente dividida en dos: la etapa de Roy Thomas y la etapa de Jim Starlin. Thomas es el que recupera a este personaje creado por Stan Lee y Jack Kirby en los ´60, para un numerito de Fantastic Four, y lo reformula como un héroe protagónico para los ´70, junto al maestro Gil Kane. Y cuando no le queda tiempo para escribir los comics porque lo ascienden a Jefe de Coordinadores, supervisa historias en las que Mike Friedrich o Gerry Conway desarrollan las ideas que se le ocurrieron a él. El Warlock de Thomas es básicamente un comic de machaca, aunque todo el tiempo te subrayan que el protagonista es una especie de Jesucristo, creado por una especie de Dios, enviado a una especie de Tierra a combatir a una especie de encarnación del pecado y seguido por una especie de apóstoles. La metáfora es obvia y pasa por debajo de la acción y las peleas, escritas sin mayor brillo, ni en los diálogos ni en los bloques de texto. Lo más destacable de esta etapa (además del trabajo de Gil Kane en los primeros episodios) es el momento en el que el principal villano de la serie y el presidente de los EEUU pasan a ser la misma persona. No porque el inquilino de la Casa Blanca se corrompa, sino porque su cuerpo está controlado mentalmente por el perverso Man-Beast. Pero la misión de Warlock pasa a ser cagar a trompadas al presidente del los EEUU, con todo lo que eso implica en 1974, en pleno gobierno de Richard Nixon. Pero luego de esa trilogía como invitado en la revista de Hulk (y sin salir de 1974), Warlock vuelve a tener serie propia, como protagonista de la revista Strange Tales y ahora sí, la apuesta es fuerte. Marvel le permite a Jim Starlin, un autor joven y mayoritariamente desconocido, escribir, dibujar, entintar y colorear el regreso de Warlock, que también es una reformulación, porque Starlin rápidamente se saca de encima todo el plot de Man-Beast, la Counter-Earth y el High Evolutionary para llevar la serie por otros caminos. De acá en adelante, la analogía Warlock/ Jesucristo se va a desactivar y van a entrar en escena conceptos mucho más jugados como la prisión interior, el personaje que se desdobla en dos (uno bueno y uno malo, pero el malo en realidad es el futuro del bueno), la locura como paso previo indispensable para aspirar al verdadero manejo del poder, la iglesia maligna que funciona como una potencia imperial a niveles cósmicos (idea que volverá en Dreadstar), y sobre todo el vínculo entre Adam Warlock y la gema del alma, el poder/ maldición que encierra la misma, y -ya sobre el final- el tema de las seis gemas y qué pasa cuando alguien logra reunirlas a todas. Si en la etapa de Thomas ya veíamos a un Warlock sumamente conflictuado (bien a tono con los ´70), Starlin va a extremar esa faceta del personaje y lo vamos a ver sufrir todo el tiempo, enroscado en dilemas morales de bastante profundidad, bien planteados en los diálogos y globos de pensamiento (sí, son los ´70, los personajes todavía pensaban en nubecitas). Starlin trae a Thanos (que había creado para un número de Iron Man) y al In-Betweener (que había creado para un número de Dr. Strange) y nos muestra el debut de Pip el Troll y Gamora para mezclarlos a todos en un arco argumental (el del Magus) que avanza lento, porque eran revistas bimestrales, con 19 o 20 páginas de historieta, de las cuales dos o tres se destinaban a recapitular lo ya sucedido. Pero hasta ahí, hasta que neutralizan al Magus, la Era Starlin es muy atractiva y hasta tiene algún momento en el que se asemeja a un comic moderno. No sé si de ahora, pero seguro de los ´80 o ´90. El dibujo es excelente, cuidadísimo, riquísimo en detalles, con unas puestas en página fabulosas, y empieza a decaer cuando Starlin pasa a encargarse solo de los lápices (a veces solo de los bocetos) para dejar el resto en manos de un Steve Leialoha que pone huevo, pero no llega al nivel al que nos había acostumbrado el capitán del equipo. Después vienen historias menores, y después el título se cancela y Adam Warlock reaparece como invitado en títulos de Spider-Man, los Avengers y The Thing, para la saga final contra Thanos en la que el dibujo de Starlin vuelve a brillar pero el guion es un poco más chato y más predecible que en el arco contra el Magus. Para este entonces (fines de 1977), Warlock ya es un héroe cósmico más, demasiado poderoso como para sumarlo a los Avengers, y poco popular como para tener revista propia. Entonces el arco contra Thanos termina en un empate en el que ambos rivales quedan desactivados "para siempre". Un final potente, atrevido, pero que genera un statu quo que obviamente no iba a durar. El tramo grosso del libro (la saga del Magus en Strange Tales nºs 178-181 y Warlock nºs 9-11) es una locura, dibujada en un nivel al que Starlin no volverá jamás. Un despliegue de creatividad muy zarpado, con acción y aventura, pero con espacio para indagar en temas referidos a la psiquis, el alma, la demencia, el poder, el destino, el honor, la integridad... algo que probablemente le hubiese gustado escribir a Eduardo Mazzitelli, por ejemplo. El resto tiene momentos de mucho impacto visual, pero con guiones más convencionales, más cerca de esa media (media chota) que exhibía el comic de superhéroes en los ´70 y que a los fans del género mucho no nos convence. Me quedé con las ganas de que Adam Warlock le bajara unos cuantos dientes al High Evolutionary, algo que no sé si sucedió en las etapas posteriores del personaje, porque la verdad que nunca me generaron el interés suficiente como para leerlas. Nada más. Gracias totales y nos reencontramos muy pronto, con las reseñas de otros libros que ya tengo leídos.

martes, 30 de enero de 2024

MARTES A.T.R.

Cerramos el Enero más largo de la historia con una noche calurosa en la que aprovecho un rato libre para escribir reseñas. Tenía colgada desde Abril una serie alucinante como es 20th Century Boys, del maestro Naoki Urasawa. Y me tocó volver con un tomo en el que el autor reincide en la especialidad de la casa: insertar en la trama nuevos personajes y desarrollarlos un montón, a los efectos de contar en detalle algo que, en el contexto general de la obra, no es tan relevante. En este caso quiero subrayar el trabajo que hace Urasawa con el padre Luciano, un personajón increíble, totalmente tridimensional, que le sirve para darle dramatismo y fuerza a la historia en la que el Papa viaja a Japón a pesar de que se está cocinando una runfla muy espesa para hacerlo boleta. Todo el tema de Amigo muerto y su posible resurrección es muy potente y está narrado de tal modo de generar el máximo suspenso posible como para poner muy nervioso al lector. La segunda parte del libro se excede un poco en la extensión de los flashbacks a la infancia de Amigo, pero claro, ahora que nos reveló su identidad, Urasawa ya puede explorar con más libertad la conexión entre el villano central del manga y el grupito de "los buenos". Y como tantas cosas en 20th Century Boys, esa conexión tiene que ver con el pasado y más precisamente con la infancia. Este segundo tramo arranca con un timeskip, y también presenta con lujo de detalles a nuevos personajes que -en una de esas- se integrarán al elenco protagónico. Es muy loco que todo esto esté escrito ANTES de la pandemia de Covid-19, porque los puntos de contacto con lo que pasó en el mundo real son muchísimos y muy alarmantes. Y lo más absurdo y disparatado de todo es -como siempre- la calidad del dibujo de Urasawa. La secuencia del Papa y el pandillero japonés en el pueblito chino de QingDong es una cátedra de narrativa totalmente demoledora, que te descoloca por completo en su complejidad y en la emoción que transmite. Y como esa hay varias. Tengo el Vol.9 en el pilón de los pendientes, así que prometo entrarle pronto.
Me voy a Francia, año 2020, cuando se publica Un Cowboy entre Algodones, un álbum de Lucky Luke escrito por Jul y dibujado por Achdé. Acá reaparece el legendario Bass Reeves (a quien conocimos el 05/09/23), aunque en un rol secundario. Pero está bueno que haya un personaje negro en el centro de la escena, porque este álbum aborda (por primera vez en la historia de esta longeva serie) el tema de las secuelas de la Guerra de Secesión y la reinserción de los ex-esclavos negros en la nueva sociedad que se va a construir en los Estados Unidos. El nuevo statu quo es particularmente picante en los estados del Sur (donde el sistema esclavista era prácticamente el motor de la economía) y ahí es donde Jul lleva a Lucky Luke para esta aventura. El motivo por el cual el cowboy se inserta en el contexto de una gigantesca plantación de algodón es medio frutero, pero todo lo demás (diálogos, situaciones, desarrollo y resolución de los conflictos) es magnífico. Jul no ahorra ni una gota de mala leche a la hora de mostrar la crueldad de los terratenientes blancos, unos villanos perversos e irredimibles a niveles dignos de Toto Caputo o Federico Sturzenegger. Un crueldad que duele el doble porque estos soretes no son criminales, ni marginales (como los Dalton) sino que son el establishment y sus conductas está totalmente normalizadas y gozan de la más absoluta impunidad. El dibujo de Achdé recupera a la perfección la onda de Morris y hasta un par de veces se anima a meter cuadros más grandes, que rompen con la clásica grilla de cuatro tiras. Lo que le falta en originalidad, Achdé lo compensa con una notable solvencia narrativa y unas composiciones muy logradas, sobre todo en las viñetas superpobladas de elementos. Sin dudas uno de los mejores álbumes de Lucky Luke de la era post-Goscinny, muy bien editado en Argentina por Del Zorzal.
Y ahora que paré un poco con las reseñas de historieta argentina, me puedo dedicar al pilón de material de otros países de Latinoamérica. Ya vimos el otro día historieta boliviana, y ahora es el turno del Vol.1 de Gas Station, del chileno Víctor Abarca Lizana, aparecido en 2022. Este es el típico relato noir del detective privado de la B Metropolitana que, por un buen fangote de guita, acepta meterse en un bolonki que huele recontra turbio desde el primer minuto, y donde todo el tiempo es obvio que el millonario que lo está contratando es el verdadero Garca Mayor de la historia. Y ahí va Val Bruises, a jugarse la vida para descubrir la agenda secreta de un minón infernal, casada con el millonario, y adentrarse en un laberinto de pornografía, sadomasoquismo, freaks horrendos y sobre todo, mucha violencia. No hay grandes sorpresas en el argumento en sí, pero Víctor Abarca apuesta fuerte al ritmo narrativo, a los climas, a los momentos que elige para detonar las revelaciones más impactantes, y sobre todo al plato fuerte de Gas Station, que es el dibujo. Acá vemos a un dibujante especialmente dotado para dibujar espacios cerrados, climas sórdidos y gente desfigurada. No tanto acción, ese quizás sea el talón de Aquiles de Víctor. Imaginate una especie de Nicolás Brondo, pero más compacto en la narrativa, al que se le aparece Guido Crépax y le dice "dejame que te entinte yo a las mujeres, así te quedan más hermosas". Esa pátina de sofisticación enriquece mucho al dibujo de Abarca, y lo distingue al toque de sus contemporáneos. Si te gusta el género noir, creo que Gas Station te va a atrapar y vas a querer matar gente con tal de saber cómo sigue la historia de Val y Candice. En Argentina esto no se consigue, pero por ahí conocés a alguien que viaje a Chile, donde sí está disponible en librerías y comiquerías. Hasta acá llegamos. Mañana cerramos este Enero infinito con una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta, a partir de las 22:30 hs en el canal de YouTube de Comiqueando, gratis para toda el habla hispana. Nos vemos.

sábado, 27 de enero de 2024

SÁBADO RETRO

Venía pisteando como un campeón, con un muy buen ritmo de lectura, pero esta semana me costó mucho más encontrar el tiempo para dedicarle a lo más lindo el mundo, que es leer historietas. Pero bueno, hoy tengo un rato para reseñar los dos libros que llegué a leer. En 2023, entre muchas reediciones de material originalmente publicado en Skorpio, tuvimos el rescate de El Imperio y los Harapos, una breve serie creada a fines de los ´80 por dos ídolos de quien tuve la suerte de ser amigo y que -injustamente- murieron muy jóvenes: Walter Slavich y Rubén Meriggi. Walter y Rubén formaron una dupla bastante prolífica en aquellos años, pero creo que de todo lo que hicieron juntos, nada supera a El Imperio y los Harapos. En apenas 56 páginas, tenemos una saga familiar de poder, ambición, crueldad y amor, dibujada en un gran nivel y con unos textos por momentos maravillosos. Slavich le tenía tanto cariño a esta historia que los hermanos gemelos que la protagonizan se llaman Wal (por Walter) y Mar (por Marcelo, el hermano gemelo de Walter). La historia está ambientada en una versión fantástica del Lejano Oriente pre-feudal, o sea que no nos puede quedar más lejos. Pero la habilidad de Slavich como guionista hace que los conflictos se nos presenten como muy reales y muy cercanos, y que logremos identificarnos con estos personajes y sentir en carne propia los dilemas morales que los atormentan. El guion es redondo, sólido, un mecanismo de relojería que no avanza a fuerza de caprichos ni de volantazos inexplicables, a pesar de que el espacio no abunda y Slavich sabe (o intuye) que tiene que resolver todo rápido, que no se puede colgar en detalles menores. Cuando leí El Imperio y los Harapos por primera vez, me conmovió su fuerza, su profundidad y cómo la acción y la violencia que asociamos con las aventuras épicas en mundos fantásticos se pudo poner al servicio de emociones y sensaciones muy humanas, muy nuestras. Pasaron más de 30 años y hoy me volvió a emocionar, por eso la recomiendo muchísimo. El libro tiene una sola pifia (cuando enumeran las obras de Meriggi mencionan a "Iras", sin h) y un acierto, que es el de reunir a modo de complemento los tres episodios de la saga de Ray-Heart, más un unitario precioso (con los mejores dibujos del libro) llamado "Progreso". La trilogía de Ray-Heart no está al nivel de El Imperio... pero tiene un muy buen tercer episodio. El segundo, en cambio, es bastante errático y se termina por definir en una página 14 con diez viñetas repletas de texto, en las que Slavich tiene que explicar todo lo que no se entendió a lo largo de las 13 anteriores. El trabajo de Meriggi no varía mucho entre una saga y la otra (son obras de la misma época, dibujadas con pocos meses de diferencia) y representa un salto de calidad respecto de lo que el autor había mostrado en las revistas de Columba. Esa mezcla imposible entre clásicos del comic yanki tipo Joe Kubert, Jack Kirby y Gil Kane y bestias del comic francés como Moebius se plasma en estas páginas, en las que el trazo de Rubén se libera, se despliega y denota compromiso, riesgo y sobre todo felicidad. "Progreso" está un escalón por encima de las otras dos obras que incluye el libro, simplemente porque Meriggi encuentra un mejor equilibrio entre masas negras y espacios blancos. Pero el impacto, la potencia y el dinamismo que eran la marca de fábrica de Rubén, están siempre, en todas las páginas del libro.
Me voy a Italia, año 2010, cuando la editorial Sergio Bonelli le dedica el Vol.4 de la colección semestral Dylan Dog Color Fest a una antología de cuatro historias, agrupadas bajo el falso título de "Humor". Sí, la portada es del maestro Silver (del que hablamos hace poco) y es en joda. Pero las historietas de adentro no son necesariamente cómicas. Son típicos guiones de Dylan Dog, resueltos con menos oscuridad, menos muertes, y dibujados en un estilo más luminoso, más amistoso. Veamos qué hay ahí adentro. La primera aventura es la que generaba mayor expectativa, por estar a cargo de dos autores fundamentales para entender los últimos 50 años de la historieta italiana: guion de Tito Faraci, dibujos de Giorgio Cavazzano. El dibujante sale más que victorioso (y el color es muy lindo), pero el guion la verdad que está por debajo de la línea de pobreza, muy lejos de lo esperado. La segunda historia tiene un guionista menos conocido (Lorenzo Bartoli) y unos dibujos majestuosos de ese genio que es Massimo Carnevale, acá en un tono distinto al habitual, como si tratara de fusionar a François Boucq con Juan Bobillo. El resultado son 32 páginas con un guion simpático, con giros impredecibles, y un nivel en lo visual que justifica totalmente la compra del libro. La tercera historia es la más delirante, la que menos encaja en el molde de las típicas aventuras del investigador de lo oculto, escrita por Bruno Enna y -también- dibujada y coloreada de manera muy atractiva y muy disfrutable por Fabio Celoni. No es una gema, pero está muy bien. Y cerramos con una historia escrita por Giovanni Gualdoni que se ajusta demasiado al molde de Dylan Dog, de modo que casi no hay margen para la comedia. Pero es un muy buen guion, jodido, espeso, que logró ponerme nervioso. El dibujo es alucinante: es el maestro Corrado Mastantuono, especialista en climas oscuros y ominosos, en un experimento loquísimo por cambiar su línea y dibujar en un estilo semi-funny, tipo Feliciano García Zecchin en 4 Segundos, como para ubicarlo fácilmente. Lo más insólito es que le queda perfecto. Incluso a años luz de su estilo habitual, Mastantuono nos regala unas páginas realmente formidables. Y hasta acá llegamos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog. Ah, el miércoles a las 22:30 hs hay Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando, por si me quieren acompañar un rato.

martes, 23 de enero de 2024

MARTES MORTIFERO

Acá estamos de nuevo, con tres libros listos para reseñar. Empiezo con una breve mención para el Vol.11 de El Escorpión... sí, conseguí el puto Vol.11 en tapa blanda, después de buscarlo siglos y siglos. Me acordaba bastante de la trama, a pesar de que el tomito anterior lo leí un lejano 22/09/15, y por suerte el guion de Stephen Desberg tira bastantes pistas de lo que pasó antes, sin caer en una recapitulación detallada ni mucho menos densa. El Escorpión es, sobre todo, una historieta dinámica. A veces (como en este librito) la aventura pasa a un segundo plano y el protagonismo se lo lleva la rosca político-religiosa, pero siempre pasan cosas impactantes y el ritmo de la narración es ágil y ganchero. Acá además de la intriga palaciega tiene mucho peso el componente sentimental, porque a Armando "se le junta el ganado" y tiene que decidir con cuál de sus dos mujeres se va a quedar. Desberg se revela como un diestro guionista de telenovelas y genera una tensión muy interesante en torno a este punto. El Vol.12 es el final de este arco, y como un gil no me lo compré en España, porque no me acordaba que tenía el 11 sin leer. Y también es el último tomo con dibujos del glorioso Enrico Marini, cuyo trabajo en estas páginas es motivo más que suficiente para comprar el álbum. Todo el apartado gráfico es magistral, pero además está todo puesto al servicio del relato, no es Marini canchereando ni robándole la atención del lector a la historia que cuenta el guionista. Son dos narradores del carajo en perfecta sincronía, y por eso esto funciona tan bien. Ni bien pueda salgo a la caza del Vol.12, así cerramos como corresponde esta magnífica serie.
Me voy a EEUU, a leer seis números más de la serie regular de Astro City que publicó Vertigo durante la década pasada. Lovers Quarrel es el Vol.12 en la colección de trade paperbacks (la antigua, hoy ya hay una nueva donde se reordenó todo) y ofrece como plato principal la saga homónima, cuatro episodios protagonizados por Quarrel y Crackerjack. A un ritmo pachorro, pero sin aburrir jamás, Kurt Busiek aborda un tema central en el mundo de los superhéroes: qué pasa cuando los personajes que son humanos sin superpoderes empiezan a envejecer. Quarrel y Crackerjack son una pareja de justicieros enmascarados que comen sano, tratan de descansar bien y dejan la vida en cada entrenamiento para estar siempre listos para saltar, trepar, caerse y pelear, a veces en pie de igualdad con tipos y minas con poderes alucinantes. Pero ellos no tienen poderes, son simplemente una mina y tipo con habilidades y reflejos muy trabajados... que en algún momento, ya pasados los 40 años, empiezan a perder. Los golpes duelen más, las heridas tardan más en curarse, y son más frecuentes, porque ya no están tan afilados como para salir siempre enteros de los combates en los que participan. Lovers Quarrel explora todos esos cambios, y cómo además cambia irremediablemente la forma en que los personajes se vinculan con una actividad de riesgos tan altos como la de ser justicieros enmascarados. Todo esto contado con el máximo realismo que se le puede pedir a este género, grandes diálogos y excelente trabajo en el desarrollo de personajes, a los que sentimos absolutamente humanos y verosímiles. Complementa la historia de Sticks, el gorila baterista, que es entretenida y simpática, pero está contada en 48 páginas cuando daba para una historia corta, un complemento de 10 ó 12 páginas. Todo el libro cuenta con dibujos de Brent Anderson, siempre muy correcto. A Anderson le queda mejor el trazo más definido, más preciso, con más influencias de Neal Adams, que cuando opta por el trazo más fluido, más etéreo, más para el lado de Gene Colan. Por suerte mira más a Adams que a Colan, y además tiene buenos coloristas que lo respaldan. En la historia del gorila, se nota que Anderson lo dibuja copiando de fotos de distintos gorilas, con lo cual los rasgos del protagonista cambian bastante de una viñeta a otra, pero bueno, no es tan grave. Por los menos se nota que es un gorila, no parece un chabón peludo con dientes de hombre lobo como los gorilas que dibujaban en los comics de DC de los ´60. Y me parece que de acá me tengo que pasar a la colección actual de TPBs, la de Image, donde recopilan los números de Vertigo que solo habían salido en tapa dura, más los que nunca habian salido en libro, más los nuevos arcos argumentales. Hay que hacer un curso para leer Astro City en libro, lamentablemente, pero por suerte las historietas rara vez decepcionan.
Allá por el 14/02/19 me encontré en las páginas de una antología con un autor boliviano que llamó favorablemente mi atención: Armin Castellón. Y en 2023, en la Crack Bang Boom, me lo encontré vendiendo Mixtorieta, un hermoso álbum que recopila historias cortas que realizó en solitario, o junto a otra artista muy notable, Nicole Molleda. Ambos adoptan distintos estilos gráficos para cada historia corta, con lo cual al hojear el libro pareciera una antología en la que participan siete u ocho autores distintos. Pero no, son Armin y Nicole probando distintas líneas, distintas formas de armar la página, de trabajar el color, etc.. El resultado es muy interesante, al punto que las ocho historietas de la antología me gustaron. Las dos del final, dibujadas por Castellón en blanco y negro, son increíbles. Son trabajos de un autor maduro, sólido. En Juego de Niños muestra una estética parecida a la de ZeroCalcare, mientras que en Monstruos se zarpa con la aplicación de las tramas mecánicas como si fuera Sean Murphy o Nicolás Brondo. El nivel es realmente bueno en todo el libro y re vale la pena tenerlo, o por lo menos sumar a Armin Castellón y Nicole Molleda a la lista de autores bolivianos a los que conviene seguir de cerca, para disfrutar de su creatividad, su talento y su solvencia en el arte de narrar historietas. Ojalá pronto caigan en mis manos nuevos trabajos de cualquiera de los dos. Nada más, por hoy. Mañana, paro general en defensa de tu país. Nos reencontramos pronto.

sábado, 20 de enero de 2024

VOLVER AL PASADO

Ustedes no se acuerdan porque capaz que ni habían nacido, pero hubo un tiempo en que había libros de historieta argentina en los kioscos. Casi todos eran de Ediciones de la Flor, que recopilaba páginas de humor y tiras cómicas de Caloi, Quino, Fontanarrosa... pero también Columba cada tanto te mandaba un libro de Nippur, y De la Urraca sacaba libros con material de Trillo y Altuna, Grondona White, Tabaré, Milo Manara... Después en los ´90, el circuito de kioscos perdió terreno frente a las librerías y ahí apareció con bastante fuerza Colihue, que te sacaba libros de Oesterheld, Breccia, Solano López, Nine, Lalia... O sea que uno asociaba al libro con un lugar de privilegio, reservado a autores y obras de prestigio. Un punto de llegada. En esas mismas décadas (´80 y ´90) los chicos que querían ser historietistas hacían sus primeros palotes en los fanzines, revistitas baratas, de circulación limitada. Casi todos tenían entre 40 y 80 páginas, en formato antología, es decir, con historietas cortas de distintos autores. Prácticamente ninguno se planteaba sagas largas, porque nadie sabía con certeza cuándo salía el número siguiente, entonces pensaban las historias en seis páginas, ocho, doce a lo sumo. Número a número de cada fanzine, veías cómo mejoraban estos principiantes y cómo algunos sacaban chapa de "jóvenes promesas". Incluso vimos cómo muchas de esas promesas se cumplieron. Hoy, los libros son igual de difíciles de producir, caros de imprimir y requieren la misma cantidad de saberes y recursos aplicados a la logística, la distribución y la venta que hace 30 años. Sin embargo, por lo menos en Argentina, no son más el punto de llegada. También pueden ser el punto de partida. Por algún extraño motivo, chicos que recién empiezan, a los que les falta muchísimo rodaje, están apurados por publicar su mega-obra en libros voluminosos que -lógicamente- terminan por editar ellos mismos (sin experiencia ni conocimientos previos) porque las editoriales no apuestan por sus obras. Justo esta semana me topé con dos ejemplos de esto. Al Ocaso en Buenos Aires es una ambiciosa novela gráfica de Manuel Boyero de 170 páginas. El libro tiene varios problemas en el aspecto técnico, pero lo más impactante es la bajísima calidad del dibujo. Boyero tiene buenas ideas para sorprender con la puesta en página, pero el dibujo me resultó impenetrable. Las limitaciones en la anatomía, en la gestualidad de los personajes, en cosas tan básicas como la perspectiva, la indefinición en materia de entintado, ese ir y venir caótico entre plumín, pincel, aguadas, claroscuro, esfumados, témpera blanca... hasta páginas a color tenemos en Al Ocaso en Buenos Aires, en una búsqueda frenética por una identidad gráfica que Boyero no encuentra nunca, porque no domina ninguna de las técnicas que ensaya. Este es un caso emblemático, de un chico al que nadie le dijo "no, flaco, te falta un montón. No te tires a la pileta con un libro, que te vas a quemar". Boyero está para colaborar en fanzines durante varios años, mientras mejora su dibujo que -repito- acá se ve muy precario. Pero le ganó el apuro por ver su libro publicado y la verdad que el resultado no lo posiciona ni cerca del status de "joven promesa". Ojalá se tome un tiempo antes de ofrecernos nuevas historietas y lo haga en dosis más pequeñas, con menos ambición y más consistencia.
Otro que apareció de la nada y se autoeditó un libro de 140 páginas es Luciano Villar, un muchacho que cuenta en el prólogo del libro que aprendió a dibujar en su casa, mirando tutoriales en YouTube. Nadie le dijo "no, flaco, andá a estudiar con un profesor", y así tenemos un trabajo llamado Buscando la Verdad, donde el dibujo adolece de todos los problemas típicos de los principiantes que antes veíamos en los fanzines. Anatomía y perspectiva son los rubros más flojos en un trabajo que no me convenció en absoluto, aunque tiene bastante menos ambición que Boyero y se mete en menos berenjenales a la hora del entintado. Villar narra una historia autobiográfica, en la que un flaco de casi 30 vive la clásica vida de los "jóvenes a la deriva", atravesado por un vacío existencial que lo angustia y lo atormenta. A lo largo del libro sale a buscar respuestas trascendentales a lo que le pasa y finalmente las encuentra en una religión cristiana, pero no católica (creo que es adventista). La historia es un gigantesco panfleto en favor de la fe en Dios, o sea que si no sos creyente te puede resultar un pijazo infumable. Por suerte hay escenas en las que Villar le mete imaginación a los conflictos, y los ilustra de modos originales y visualmente gancheros, más allá de sus obvias limitaciones a la hora de dibujar. Nada, no me quiero ensañar con estos pibes a los que no conozco y en una de esas son macanudísimos. Pero quiero dejar sentado que -por lo menos desde mi óptica- estos libros no deberían existir. Soy fan de los fanzines, y por supuesto desde que empezó este milenio también de los blogs, el behance y todas esas instancias de publicación digital que nos permiten ver trabajos de autores que recién empiezan. Para mí, el libro es otra cosa. No quiero ver palotes de pre-escolar en un libro caro, pesado, que ocupa mucho espacio en la biblioteca. Ese material tiene que mostrarse, si no queda otra, en otro tipo de publicaciones. Porque si no, se nivela para abajo, y eso no le sirve a nadie. Prefiero volver a ese pasado en el que había un fulbito de potrero y una Champions League bien diferenciados.
Para sacarme la amargura del paladar, le entré a 22-26 el segundo librito de historias cortas de Tatsuki Fujimoto, el consagrado autor de Chainsaw Man (el anterior lo vimos el 11/12/23). Acá, ya un poquito más maduro y más afianzado como narrador, Fujimoto levanta bastante la puntería. La primera historia, la de las sirenas, se me hizo un poco larga al pedo, pero las ideas están buenas y tiene momentos muy interesantes. La segunda historia fue, definitivamente, la que más me impactó. Acá el autor se concentra en dibujar básicamente rostros y cuerpos vistos muy de cerca y con pocos detalles, casi sin darle pelota a los fondos. Y cuenta una historia donde las emociones y los diálogos sostienen una estructura dramática muy ganchera. "La enfermedad que te convierte en chica" es una montaña rusa en la que te reís, sufrís, te agarrás la cabeza al grito de "¡No puede ser! ¡Te estás yendo al re-carajo!"... y todo en 45 páginas. "Nayuta la chica de la profecía" es, lejos, la mejor dibujada de estas cuatro historietas. También parte de una premisa muy atractiva y tiene momentos que me pusieron muy nervioso. Hay épica, hay costumbrismo, hay un contraste muy logrado entre escenas tiernas y cómicas y escenas truculentas, y por ahí lo que menos me cerró fue el final, que tampoco es un desastre ni mucho menos. Y finalmente, "Hermanas" es casi un chiste largo, una comedia muy dinámica, con algún momento más tenso, pero en general muy basada en los diálogos y en la interacción entre dos personajes muy bien logrados. Acá lo vemos a Tatsuki ensayar un trazo más adusto, como si quisiera esconder su virtuosismo, o como si quisiera reproducir algo de esa síntesis de la que hace gala en sus mangas Kiriko Nananan. El balance es muy bueno, me animo a recomendar 22-26 incluso a quienes no entrarían nunca al paco de Chainsaw Man. Nada más, por hoy. Prometo de acá en más muchas menos reseñas de historieta argentina y más material de Europa, Japón, Estados Unidos y otros países de Latinoamérica. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto.

miércoles, 17 de enero de 2024

NOCHE DE MIERCOLES

Hoy sólo dos reseñas, pero bueno, algo es algo. Empiezo en Italia, año 1996, cuando se publica un Almanacco Lupo Alberto dedicado al mejor personaje secundario surgido en la famosa historieta de Silver: Enrico La Talpe, un topo jodido como enema de chimichurri que comparte con Alberto y el resto de los bichos antropomorfos el entorno de esa granja sin seres humanos. El libro recopila varias planchas de Lupo Alberto en las que el protagonismo (o por lo menos los roles destacados) recaen en Enrico, su esposa Cesira y Silvietta, la joven pajarita a la que el topo se quiere voltear. Acá descubrí al Silver de los ´80, que dibujaba mucho más que en los ´90. Yo lo conocí en esa década, cuando su estilo ya había logrado un punto de síntesis que lo emparentaba con Massimo Mattioli y con Charles Schulz, capos totales de una línea finita y poco generosa en materia de detalles, aunque muy expresiva. El Silver anterior, al que nunca había visto, hace gala de un trazo más cargado, casi para el lado de Walt Kelly, Robert Crumb o el mejor Angeli. Una bestia fuera de control, que además maneja muy bien el tempo narrativo de la tira y la aplicación de los grises. Además de esas páginas de Silver, el libro ofrece varias historietas protagonizadas por Enrico La Talpe (algunas se publicaban por primera vez en el Almanacco) a cargo de otros autores. Casi todos los guiones son de Francesco Artibani y el dibujante con más presencia es Giacomo Michelon, que se parece muchísimo al Silver de los ´80, aunque más dotado para meter muchos más elementos en cada viñeta, incluso en las más pequeñas. Ni hace falta aclarar que se trata de historietas cómicas, con gags pasados de rosca en materia de violencia, a veces con una ironía muy filosa, otras con un humor más para el lado de la clásica tira de los diarios norteamericanos y otras un poco más resueltas por el absurdo. Nada, rarezas que uno lee para explorar, y que si bien en Italia son populares, fuera de la península son menos que una nota al pie. Pero me re-gustó, eh? Me reí bastante y los dibujos me parecieron maravillosos.
Pero vamos a lo grosso. Me liquidé en dos sentadas las 376 páginas de Walicho, el nuevo libro de Sole Otero, recientemente publicado por Salamandra. Me encontré con un comic sencillamente brillante, de lo mejor que se publicó en 2023 a nivel global. Una verdadera cátedra de una autora que pega saltos exponenciales entre un trabajo y el siguiente y no permite avizorar un techo para su crecimiento. En esta verdadera obra maestra, Sole arma una trama compleja de misterio sobrenatural que abarca varias generaciones, y la trae a Buenos Aires, a algún lugar del conurbano. Los personajes hablan un argento perfecto, hay una sintonía finísima en los diálogos, sobre todo de los personajes jóvenes. Después, en el fragmento en el que se habla castellano clásico (con "vosotros" y esas cosas) aparecen algunas pifias, pero en todo el tramo que transcurre en el presente es asombroso el nivel de los diálogos. Hay, además, muy buena construcción de personajes, una decisión muy acertada (y bancada a lo largo de todo el libro) de insertar los elementos fantásticos en un contexto de costumbrismo que muchas veces nos hace verlos (y tratar de entenderlos) desde una óptica más cercana a la comedia que al drama... aunque Walicho no deja nunca de ser una historia dramática. Rápidamente te cae la ficha de que esos elementos que se repiten en las distintas historias no son casualidad: es Sole contando una única historia, pero segmentada para poder abordar la trama desde ópticas distintas y en momentos distintos de la historia de los personajes. Un andamiaje narrativo complejo y cautivante, como se ve en las grandes obras de la literatura. Como en toda obra de semejante cantidad de páginas, hay escenas estiradas, y hasta escenas que podrían no estar. Pero la verdad que gráficamente está todo tan bien presentado que mejor no sintetizar, ni sacar nada de lo que hay. Otero experimenta con la puesta en página, con el color, tiene páginas sin zanjas y otras con, secuencias enteras basadas en el manejo del lenguaje icónico (no verbal) que sólo existe en la historieta y encuentra distintas formas gráficas de meterte en la cabeza de los personajes y en el núcleo de la trama. Como en Naftalina, tenemos esas figuras grandotas con las cabezas chiquitas, que ya son una marca registrada de Sole, pero en Walicho todo es más plástico, más dinámico. En algún momento del libro, uno de los personajes menciona a Mariana Enríquez, y me cerró muchísimo, porque algo del clima de Walicho se vive también en los cuentos y novelas de esta increíble escritora argentina. El tema de traer al barrio el misterio y la oscuridad, esos detalles de la realidad cotidiana que hacen más creíble a la ficción, están presentes también en la obra de Otero y le aportan a Walicho parte del encanto que lo hace irresistible. De verdad, entré a este libro con expectativas muy altas y me topé con un relato magistral, muy por encima de lo que yo esperaba. No alcanzan las palabras para recomendarlo. Y nada más, por hoy. Si todavía no pasaste por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ a descargar la Comiqueando Digital, no seas ortiva y contribuí con unos pesitos a que sigamos generando contenidos gratuitos y de calidad. Si ya la descargaste, mil gracias. Nos reencontramos pronto, acá en el blog.

domingo, 14 de enero de 2024

DOMINGO VARIADITO

Hoy tengo para reseñar publicaciones muy distintas entre sí. Veamos con qué nos encontramos. Empieza en Estados Unidos, año 1983, cuando la ignota editorial Nautilus Dreams publica una ambiciosa antología llamada Voyages en un formato de álbum europeo, con 90 páginas y portadas en cartulina. Ya desde la portada de Frank Brunner nos llama la atención el diseño de una guerrera tan parecida a Angela, que si la ilustración fuera mía, le habría metido un juicio (otro) a Todd McFarlane. En el interior del álbum brilla el imposible Alex Toth con 21 páginas del que probablemente sea el trabajo más raro de su larga y gloriosa historia. Un delirio en el que su personaje emblemático de los ´80 (Bravo for Adventure) es una excusa para dibujar lo que al prócer se le da la gana, experimentar con la línea y dar cátedra de recursos narrativos. Después de eso, todo lo demás deja gusto a poco. Hasta unas paginitas a todo color de Howard Chaykin realizadas con técnicas pictóricas muy avanzadas para la época. Hay historias cortitas de Charles Vess, una de Rick Geary bastante bien escrita, están también Lela Dowling y Trina Robbins (con historias bastante del montón), hay un artículo acerca de la obra y las técnicas de P. Craig Russell, y lo que más me gustó (fuera de lo de Toth) es una historieta mucho más poética que narrativa a cargo de Jay Muth, apenas tres páginas en las que las imágenes me remitieron a los videoclips de Fleetwood Mac protagonizados por Stevie Nicks. No mucho más. No sé si hubo más entregas de Voyages, o si esta fue debut y despedida. Pero es una rareza en el panorama del comic yanki de los ´80, y la atesoro como tal.
Por fin le entré al tercer y último tomo de Indigno de Ser Humano, el mejor manga que leí en 2023 (y estas semanitas de 2024). En esta adaptación de una famosa novela de Osamu Dazai me encontré con el mejor Junji Ito que vi en mi vida, un autor que -sin resignar su impronta gráfica personal- vuelca toda su capacidad narrativa para ponerse al servicio de un relato que le es ajeno. Este último tomo también tiene sacudones imprevistos, escenas de un nivel estremecedor de crueldad y sordidez, momentos en los que estos turros te hacen sentir empatía y compasión por personajes abyectos y despreciables, grandes diálogos y garches subidos de tono. El dibujo de Ito es realmente exquisito, por momentos más adusto, pero cuando encuentra la ocasión, se hace suntuoso, barroco, sobrecargado de una magia imposible para los detalles y las texturas. Acá el horror y la demencia son tan importantes como en las otras obras de este autor, pero pasan por otro lado, y felizmente Ito lo entiende y encuentra nuevas formas de graficar y transmitir esas sensaciones. Recomiendo enfáticamente este manga, porque es realmente una gema, jugada, adulta, conmovedora y muy bien editada por Ivrea.
Y me queda para comentar la antología Match (20 historias de citas) que arranca desde el inframundo, en -10, por estar publicada con el logo de Dunken, la editorial más horrible y trucha del universo, el peor ejemplo de lo que se llama "vanity press", garantía de pésima distribución, pésima difusión, un curro liso y llano pensado para esquilmar a autores que están hartos de rebotar con sus obras por otras editoriales más serias y prestigiosas. Esta antología coordinada por Leila Kovacs (colorista del libro reseñado el 12/03/22) tiene una consigna ganchera, y dos problemas muy notorios: 1) el nivel MUY desparejo de los dibujantes, y 2) la decisión ilógica de meter 20 historietas en 110 páginas, lo cual hace que todas sean excesivamente cortas (la más larga tiene seis páginas). Es imposible pretender que autores en su mayoría nóveles (o muy jóvenes) narren una buena historia en cuatro o cinco páginas, con lo cual hay muy poquito para rescatar en materia de guiones. Apenas uno de los guiones de Kovacs (Amantes Invisibles), el de Lenm y el de Pablo Turambar se destacan en un contexto de una pobreza tan alarmante como inevitable. Por suerte en el rubro dibujos hay un nivel bastante más interesante. Hay un muy buen trabajo de El Toreh, cuatro páginas muy logradas de Enri Santana, tres paginitas de Dolores Alcatena en las que el color ayuda muchísimo, un interesante Gonzalo Aquino (muy influenciado por Salvador Sanz, pero con gran potencial), un impactante laburo de Ignacio Vega (mas ilustrador que historietista, pero de innegable talento), y otros tres autores a los que no conocía y me parece que van muy bien encaminados: Pablo Murias, Daviana Saavedra y Pahito. Ya había destacado la labor de Lenm (Luisina Módica) como guionista, y además sus cuatro páginas están muy bien a nivel dibujo, narrativa y color. Gran trabajo de esta joven revelación que este año surgió con todo. Ojalá muchos de estos chicos y chicas logren continuidad en el medio y muy pocos tengan que volver a publicar a través de Dunken. Nada más, por hoy. Muchas gracias a tod@s l@s que descargaron la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/, y quienes no lo hicieron, todavía están a tiempo de llevarse un contenido realmente premium por muy poca plata. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.