el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 12 de octubre de 2018

TRIPLETE Y A ROSARIO

Esta noche me voy a dormir temprano, porque en la mañana del sábado nos vamos para Rosario, a disfrutar un par de días de Crack Bang Boom. Así que aprovecho para reseñar algunos libritos que leí en estos días.
Barcelona es una breve novela gráfica de Kenny Ruiz, el autor cuya obra más conocida (El Cazador de Rayos) vimos acá en el blog el 14/12/17. Esto no tiene ni en pedo la calidad de dibujo que vimos en El Cazador de Rayos (sobre todo en los tramos finales de dicha saga), en parte porque acá Ruiz arma un equipo con un entintador y varios coloristas en vez de hacer todo él. Pero aún así, Barcelona se ve bien, no decepciona a nivel visual. Y narrativamente se banca decorosamente el hecho de que Ruiz cuenta en 42 páginas una historia que daba para 50 ó 60. Hay que fumarse páginas con muchas viñetas chiquititas en las que el dibujo se luce poco, pero felizmente el flujo del relato no se resiente para nada.
En cuanto al argumento, entré convencido de que el álbum era una especie de canto de amor a la Ciudad Condal, pero al leerlo me encuentro con que no es así. Ruiz nos muestra (a través de los ojos de Cyan, la protagonista) lo chota y lo hostil que puede ser Barcelona para una chica que llega del sur, con poca guita, pocos contactos y pocas ganas de que la forreen. El libro se podría llamar tranquilamente “Las desventuras de Cyan en Barcelona”, porque recién sobre el final la senda de esta intrépida fotógrafa se empieza a encarrilar.
Lo cierto es que la historia se hace llevadera, dinámica, las casualidades no suenan tan forzadas y uno se encariña rápidamente con Cyan. Como fan de la ciudad, me parece que Ruiz no le sacó todo el jugo posible. Pero como fan de las historias realistas, humanas, cercanas, con un tinte de denuncia social apenas disimulado, Barcelona me pareció forma bastante satisfactoria de ver qué hace Kenny Ruiz cuando no está narrando ambiciosas epopeyas pensadas para el mercado francés.
Me bajé también el Vol.5 de Amuleto y por primera vez no tengo el tomo siguiente pidiendo pista. Tranqui, sale el mes que viene. Este es, por lejos, el tomo menos interesante de los cinco primeros. Nunca antes me había parecido que Kazu Kibuishi estaba estirando innecesariamente la saga, ralentizando más de la cuenta el ritmo al que avanza el relato. Esta vez, para mi profunda desazón, la trama se arrastra, avanza a un ritmo sólo comparable al de un bondi por la avenida Medrano, en el tramo que va de Córdoba a Bartolomé Mitre, un miércoles a las 5 de la tarde. Ya cuando empieza ese festival de las secuencias oníricas, queda de manifiesto la intención de Kibuishi por tirar la pelota a la tribuna y dejar correr los minutos. Ojo, algunas cosas suceden. Pero son pocas para la cantidad de páginas que ofrece el tomo y para el ritmo que tenía Amuleto hasta acá.
Lo bueno de estas secuencias oníricas y de la narración mucho más descomprimida es que Kibuishi encuentra espacio para meter más de sus magníficas ilustraciones. Entonces, cuando aparecen esas composiciones, esos paisajes, esos colores, medio que se hace irrelevante que la trama avance poco o nada. Por ahora hay crédito para seguir apostando por Amuleto y ver qué onda el Vol.6.
Y cierro con el Vol.5 de Lucha Peluche, que marca el fin de la fascinante tira de El Niño Rodríguez, tira a la que la gran masa del pueblo comiquero le dio escasísima bola, más allá de sus inmensos méritos.
Este tomo probablemente sea el mejor de los cinco, porque acá se nota que el Niño se sacó de encima la presión de la entrega diaria (originalmente Lucha Peluche salía en un diario) y puede pensar mejor cada mini-relato. E incluso –lo más interesante- plantear relatos más extensos, sin llegar a armar una estructura de novela, pero sí con mucho más margen para explorar a algunos personajes. La Familia Bolchevique, Mortadela, Tony Torres y en especial Alejo son los que logran hilvanar historias más jugadas, que traspasan las fronteras del chiste para parecerse un poco más a las típicas historias cortas que podrían aparecer en cualquier antología de historieta.
El humor del Niño combina chistes con reflexiones, siempre con una mirada cáustica, filosa, provocativa. Es un humor descarnado, sin concesiones, que contrasta explícita e intencionalmente con la sencillez y la belleza del dibujo. El capitalismo y sus crisis cíclicas, el vínculo espurio entre los medios de comunicación y el poder, la desigualdad social, la frivolidad de los famosos, el miedo como forma de control social y otros temas complejos y elevados se mezclan con chistes de culos y pedos, de futbol y merca, de Instagram y Twitter, en una fiesta sin límites, repleta de imaginación y con ideas que trascienden ampliamente la coyuntura que reflejaron en el momento en que el Niño las llevó al papel. Ojalá más gente descubra esta verdadera gema de la historieta humorística argentina.
Y bueno, hasta acá llegamos. Probablemente haya nuevas reseñas el lunes, si duermo poco en los bondis de ida y vuelta a Rosario. Nos vemos en la Crack Bang Boom, o donde pinte.

miércoles, 10 de octubre de 2018

MIERCOLES DE MUSCULOSOS

Los dos últimos libros que leí son de chabones musculosos, que casualmente no reparten muchas piñas.
Arranco con Superpatriot: Liberty & Justice, la segunda miniserie de esta especie de Captain America creado por el maestro Erik Larsen, publicada en la época en la que dicho autor ofrecía casi las únicas historietas de Image que se podían leer sin contagiarse blenorragia. Como en la saga anterior del Patriot, acá tenemos al glorioso Keith Giffen a cargo del argumento y el plantado de las páginas (o sea, la narrativa), diálogos de Tom y Mary Bierbaum, y dibujos de un inspiradísimo Dave “el Reverendo” Johnson.
El argumento hace equilibrio todo el tiempo entre dos ejes: por un lado, la machaca del Patriot contra el Covenant, la “institución” mitad religión/ mitad imperio criminal a la que se enfrentó también en su primera miniserie solista. Y por el otro lado, la pata humana de la historia, un conflicto potencialmente mucho más interesante, como es que al héroe le aparezcan dos hijos, de unos 19-20 años, cuya existencia desconocía y que –esto no hacía falta- también son justicieros enmascarados. Sólo con esta mitad de la historia, la de la difícil reconstrucción de una familia que nunca fue tal y las impactantes revelaciones acerca de la mamá (y el tío) de los mellizos Liberty y Justice, alcanzaba para explorar a lo largo de estas 96 páginas un montón de aristas interesantísimas. La forma en que Giffen tira sobre la mesa todo lo que tiene para revelarnos está bárbara y los Bierbaum le ponen mucha onda a los diálogos, sobre todo a los de los chicos.
Pero claro, a los pibes que leían Image en el ´94 o ´95 les tenías que dar –ante todo- violencia pasada de rosca, peleas, tiros y explosiones, y eso es lo que -muy a mi pesar- ocupa buena parte de estas 96 páginas. Comparado con lo que se veía en otras series de esta época, esta mini de Superpatriot es… Fun Home de Alison Bechdel. Y obviamente, puestos a comprar comics porque están llenos de explosiones y de gente que ametralla gente a puro BRAKKA-BRAKKA-BRAKKA, mucho mejor comprar esto que abominaciones tipo Youngblood: Strykeforce.
El dibujo del Reverendo Johnson, además, es un lujo, con momentos en los que limpia el trazo para parecerse a Moebius y momentos en los que carga las tintas para apostar fuerte al claroscuro como si fuera… casi un Mike Mignola. El color está buenísimo y las tipografías que usa Chris Eliopoulos en las onomatopeyas de explosiones y chumbos varios son magníficas. O sea que, sin acercarse al nivel de las mejores sagas de Savage Dragon, esta mini de Superpatriot es pochoclo de calidad, un comic de machaca noventosa sumamente cuidado, con desarrollo de personajes, buenos diálogos y narrativa cristalina.
Y me vengo a Argentina, a 2018, para leer Camulus: El Dios Fugitivo, una extraña novela gráfica co-escrita por Pablo García y Francisco Cascallares, con dibujos de Jok, Jorge Blanco y Darío Brabo. Lo primero que me intrigó es que esta obra no hace ninguna referencia a la etapa anterior de Camulus, que es lo que yo venía leyendo (y a veces no entendiendo) en la Antología de Héroes Argentinos. Y no, no es que se omiten las referencias a los arcos anteriores para que este sea más accesible o reader-friendly. De nuevo me encontré con una lectura muy ardua, muy solemne, casi sin resquicios por los que uno se pueda identificar con algún personaje y casi sin curva dramática.
El ritmo es raro, lo que pasa está desenfatizado, por momentos se hace confuso (hubiese estado bueno un recurso gráfico que facilitara distinguir a los flashbacks de las escenas del presente), pareciera que los autores se esforzaran por distanciarse del lector, por no involucrarlo. Se nota que García y Cascallares conocen la época en la que está ambientada la historia, que han investigado ese choque de religiones paganas y cristiana. Y creo que lo más logrado (además de cierto vuelo literario en los bloques de texto) es esa sensación de fatalismo, de “no importa lo que hagan los personajes, igual se va a ir todo a la mierda”, que impregna toda la narración.
El dibujo es realmente atractivo, pero se cae bastante en el capítulo final de la novela, que es el que no dibuja Jok. Pero guarda, que una vez terminada la saga más extensa, hay un bonus track: una historia de 20 páginas en las que Jok trabaja en blanco y negro puro, sin tonos de grises, en las que nos regala las que –sin dudas- son las páginas más hermosas del libro, con momentos en los que Jok parece poseído por Quique Alcatena o Enrique Breccia.
El guión de este último unitario también es frío, también desenfatiza la acción (y hasta la crueldad) de lo que se nos está contando. Uno se imaginaría que con un personaje que es un dios de la guerra, grandote y pulentoso, los comics de Camulus serían un canto a la violencia, con infinitas luchas, decapitaciones y masacres. Y algo de eso hay, pero poquito, como si los guionistas estuvieran buscando otro camino, otra impronta para el personaje, menos obvia, más compleja. Lo cual me parece meritorio aunque lo que encuentran (al menos por ahora) no me termine de enganchar.
Y hasta acá llegamos por hoy. Hay alguna chance de que el viernes postee nuevas reseñas, y si no el lunes, al regreso de la Crack Bang Boom. Este año no voy a estar en ningún stand ni en ninguna charla, pero si nos cruzamos por ahí acérquense a saludar.

lunes, 8 de octubre de 2018

LUNES DE VERANO

Sol, calorcito y un par de lecturas copadas que quiero compartir.
La primera fue una apuesta sobre seguro: Yves H. y Hermann juntos es un combo que rara vez defrauda. Y esta vez, con Old Pa Anderson, ellos también fueron a lo seguro, a algo que les sale obscenamente bien: un thriller asfixiante, con un trasfondo muy fuerte de denuncia social.
Old Pa es un personaje que últimamente se ve bastante en el comic para adultos: un anciano que ya está jugado, que ya perdió todo lo que tenía para perder, que sabe que ya se le pasó la fecha de vencimiento, y –como sólo le queda la vida- no tiene ningún reparo a la hora de apostar fuerte. Por supuesto no es un viejo loco, que sale a matar gente por diversión. Hay una trama de venganza muy espesa, ya que la pérdida más grande que sufrió el protagonista (la de su nieta adolescente) tiene responsables que se creen impunes. Será la misión de este anciano imponer la verdad, la memoria y la justicia… en un contexto muy adverso, porque estamos en los años ´50 o ´60, en el estado de Mississippi y Old Pa es un negro que decide confrontar con los blancos.
Yves H. encuentra el tono perfecto entre el drama social y la acción trepidante, sin romper jamás el verosímil, ni siquiera para que el final sea menos desolador, menos trágico. Creo que… veinte páginas antes del final yo ya suponía el horror con el que nos iba a castigar el guionista a la hora del desenlace. El in crescendo hacia ese final es magnífico, realmente me puso muy nervioso. Y me dejó con un sabor amargo en la boca, tanto que me tuve que clavar un paquete entero de Tentaciones (de chocolate, las de frutilla son intragables).
Breve párrafo para hablar (una vez más) maravillas del papá de Yves H., el maestro Hermann, a esta altura un fetiche de este blog. ¡Qué genio este tipo, Dios mío! La rompe en todas las ambientaciones históricas y geográficas, te mata con los fondos, con los climas, te clava esas secuencias mudas devastadoras, maneja el tiempo del relato con una firmeza pasmosa, sin recurrir a artificios narrativos extraños… Un capo, mal. Ah, y si yo fuera Hermann, le haría llover las cartas documento al impresentable que diseña las portadas para las ediciones de ECC. Al lado de la portada de la edición francesa, la española es un vómito putrefacto de un cura pedófilo borracho, drogado y afiliado al PRO.
La segunda lectura, en cambio, fue una grata sorpresa. La Barranca de la Muerte es la ópera prima de Javier Velasco, y además es una joya. Muy loco cómo lo mismo que a veces no funciona, otras veces sí funciona. Me refiero a la estética que emplea Velasco para contar estas historias ambientadas en el barrio de su niñez. Una línea totalmente despojada, siempre del mismo grosor, donde el dibujo no nos transmite ninguna sensación de climas, ni de profundidad de campo, ni de texturas, donde no existe la perspectiva, los fondos son minimalistas (cuando aparecen), las formas geométricas no se respetan (porque están hechas a mano alzada) y prácticamente no existen las sombras ni ningún tipo de efecto de iluminación. Eso que no le funciona (por ejemplo) a John Porcellino, y hace que sus historietas se vean anodinas, insulsas, sin onda, de alguna manera le funciona a Velasco. Su dibujo tiene algo, un ángel, una chispa, una picardía, que obviamente no tienen todos los dibujantes de línea despojada y minimalista.
El libro ofrece 12 historias de distinta extensión, y para cuando llegué a la cuarta (la más extensa y quizás la mejor) ya estaba totalmente enganchado, ya me era imposible distinguir el mundo de Javier Velasco del mundo real. Mi infancia y la del autor se fueron amalgamando, me empecé a identificar cada vez más con lo que pasa en cada historia. Y me hizo recordar travesuras, peripecias y anécdotas jodidas de mi infancia, que seguramente transcurrió antes que la de Velasco y en otro barrio, pero que resuenan en la memoria cuando alguien que sabe narrar toca la tecla correcta. Para el final de la cuarta historia, yo era un integrante más de la pandilla de Velasco (seguramente uno de los “hermanos Macana”) y estaba ahí prendido, en esos juegos, en esas diabluras, en esas situaciones incómodas como la de la fiesta de la vecinita cheta en la que ponen lentos para que bailen los pibes de 10 años… Fue un trip alucinante, muy emotivo y muy disfrutable.
La verdad que, con ese talento para contar historias, podés dibujar infinitamente peor que Velasco y aún así ser un historietista de la San Puta.
La seguimos pronto. Seguro esta semana hay por lo menos un post más, previo a mi viaje a Rosario para asistir a la Crack Bang Boom.

viernes, 5 de octubre de 2018

TRIPLETE DE VIERNES

Tengo sueño y debería estar durmiendo para aguantar hasta las 6 o 7 de la matina en el boliche, pero bueno… acá estamos con nuevas reseñas.
Arranco con una breve glosa de Aragonías: Reencuentro con el país de las hipótesis, un libro de 1981 que es importante porque es una de las poquísimas veces que se publicaron chistes de Sergio Aragonés en el país donde vivió hasta 1962. Son todos chistes mudos y en blanco y negro, realizados por Sergio para la revista MAD en los ´60 y ´70, y muchos de ellos ya los conocía. Pero bueno, la militancia es así. Me ponés adelante un libro de Aragonés que no tengo y si el precio no es más demencial que las tarifas del gas en Argentina, sabés que me lo voy a llevar.
De lo geniales que son los chistes de Aragonés, prefiero hacerle honor al maestro y no decir una sola palabra. Y el dibujo es un poquito desparejo, porque en los ´60 el ídolo todavía no tenía el estilo tan depurado como en los años posteriores. La edición es rara, está agotada hace siglos y no se volvió a editar jamás, así que además es una pieza buscada por los coleccionistas. Por ahí más adelante le dedico una columna de Santo Grial en el sitio web de Comiqueando.
Salto a EEUU, a 2002, para leer la primera novela gráfica del hoy encumbrado Bryan Lee O´Malley, el autor canadiense que rompió todo con Scott Pilgrim. Lost at Sea me sorprendió con su perfecta combinación entre un dibujo super-sencillo, casi minimalista, y una gran complejidad en el tratamiento de Raleigh, el personaje central. La trama en sí es medio la nada misma, pero le sirve a O´Malley para llevarnos por un viaje en el que esta chica de 18 años se descubre a sí misma, se pelea y se reconcilia con su pasado y madura en una semana lo que una chica normal madura en cinco años.
Es una historia muy basada en los diálogos y en los bloques de texto narrados en primera persona por la propia Raleigh, y acá hay tantos hallazgos que es casi impensable que esto no lo haya escrito una chica de 18 años, sino un varón que cuando Lost at Sea salió a la calle tenía 23. Por supuesto, también hay varias secuencias en las que O´Malley “se calla la boca” y deja que los dibujos nos cuenten lo que pasa, y también están perfectas. Estamos ante un verdadero hito dentro del subgénero que yo denomino “jóvenes a la deriva”, o de lo que el narratólogo David William Foster llama “novela gráfica existencialista”, y la verdad es que -si no te ahuyenta una trama en la que todo pasa por los diálogos entre cuatro adolescentes medio nabos- te vas a encontrar con una obrita maestra, redonda y satisfactoria de punta a punta. Y encima está dibujada como los dioses por un chico hasta ese entonces totalmente desconocido, hoy convertido en uno de los faros insoslayables del comic alternativo norteamericano. Una belleza chiquita pero brillante.
Y cierro con Puntapié, una antología de historietas futboleras apuntadas al público infantil, producida por el sello Comiks Debris, en la que participan muchos (o todos) los autores que habitualmente publican en esa editorial. La idea es buenísima, y el resultado… no tanto. Al incluir 14 historietas en un libro de solo 48 páginas, casi todas son tan breves que no llegan a desplegar un argumento atractivo, o sí, pero lo resuelven de modo medio abrupto. Esto con… ocho historietas de seis páginas, sería un golazo de media cancha.
Aún así, con la limitación de tener que rematar en una baldosa porque no hay espacio para más, algunos autores la clavan en el ángulo. El inolvidable Eduardo Maicas y el grossísimo Pipi Spósito te muestran que en dos páginas también se pueden tirar caños y sombreritos. Las cuatro páginas de Tiburcio (a cargo de Alejo Valdearena y Diego Greco) también se ganaron la ovación de esta hinchada. Chanti tiene tres intervenciones, pero la que da la vuelta olímpica es claramente la tercera, las dos páginas de La Historietería, repletas de buenas ideas y chistes sumamente eficaces. Greco hace doblete, porque en su segunda historieta (la de Fuerza Mosca, con guión de Alberto Moreno) también tira magia y talento en cuatro páginas. Y el cupo extranjero lo cubre Marko Torres, con cuatro páginas del genial Super Ninja Kururo, que brilla un poquitín menos que las otras historietas resaltadas en este párrafo pero pone garra y huevo como para llevarse los tres puntos de visitante.
Después hay historietas muy bien dibujadas o con alguna idea muy copada, pero que –como ya señalé- no llegan a aprovechar del todo su potencial. De todos modos está bueno ver transpirar la camiseta a troncos absolutos que en su vida tocaron una pelota como Gustavo Sala y Fer Calvi y a jugadores de toda la cancha como J.J. Rovella. Pero repito: con menos historietas un poquito más largas, este libro peleaba la Superliga, la Copa Argentina, la Sudamericana y la Libertadores.
Grazie per tutti y la seguimos pronto!

miércoles, 3 de octubre de 2018

VENOM

Raro,no? Una película de Venom por afuera del mundo de Spider-Man es como una biopic de Maradona donde nunca aparezca jugando al futbol ni entrenando. Pero bueno, se dio así. A los muchachos de Sony se les ocurrió lanzar a Venom como solista, sin la apoyatura de “es la versión oscura de Spider-Man”.
El ignoto director Ruben Fleischer juega a recuperar la fórmula que hizo exitoso a Venom en los comics: cuando los pibes se cebaron mal con él, Marvel se resistió a la tentación de convertirlo en un héroe. Entonces pasó a ser un villano bastante turbio, bastante al límite, pero siempre aparecía una excusa para que se enfrentara a otro villano mucho más hijo de puta que él. La película busca eso todo el tiempo: Venom te tiene que caer bien, tenés que hinchar por él, y para eso apuesta fuerte a dos recursos. Uno es obvio: enfrentarlo a un turro infinitamente más turro que él. Y el otro es novedoso: los guionistas de la peli le ponen toda la onda a Eddie Brock, un personaje que en los comics tenía muy poco desarrollo previo a aquel primer contacto con el simbiote que Spidey trajo del mundo de las Secret Wars.
El Eddie Brock de la película es un capo que enseguida te conquista con esa impronta de looser carismático, de tipo rebelde, con huevos, con convicciones. Y lo logra en buena medida gracias a la actuación de Tom Hardy, una especie de Darío Lopilato más corpulento. Hardy (desaprovechadísimo cuando le tocó interpretar a Bane en el cierre de la bati-trilogía de Christopher Nolan) hace hasta las mismas muecas que Darío Lopilato, lo cual me causó bastante gracia. Y el guión se centra mucho en la parte humana del asunto: en cómo le cambia la vida a Eddie una vez que se fusiona con esa masa informe, antropófaga y aparentemente incontrolable que es Venom. O sea que las expresiones faciales son muy importantes para contar esa parte de la historia y ahí Tom Hardy salió muy bien parado.
En una historia donde casi no hay buenos, la violencia está a la orden del día y la verdad que sobra bastante. La persecución de autos por las calles de San Francisco, por ejemplo, ya la vimos mucho más linda en Ant-Man & the Wasp. Y después, en todas las historias donde el personaje sufre la dualidad hombre/monstruo (Hulk, Etrigan, el que sea) lo más importante del guión termina por ser el pacto. Los términos en los que la bestia acepta (o no) ser controlada por el hombre. Ese punto es el más flojo del guión. No queda muy claro por qué Venom se encariña con Eddy y decide ayudarlo a frenar el genocidio que pretende hacer… otro monstruo pasado de rosca.
La escena del final nos ofrece una primera aproximación a Cletus Cassidy, lo cual significa que la secuela va a enfrentar a Venom con Carnage… algo que a priori me la baja muchísimo porque –en general- los que no somos fans de Venom ODIAMOS a Carnage. Pero bueno, está Woody Harrelson a cargo del personaje y eso me hace ponerle una mínima ficha.
Me dejó bastante frío la música (venía mal acostumbrado a las bandas de sonido llenas de hitazos de Guardians of the Galaxy y Deadpool) y me gustaron mucho los efectos especiales. Los reyes del CGI lograron plasmar en la pantalla muchos de los mejores dibujos de Venom que uno vio alguna vez en los comics.
En síntesis, fui esperando una garcha aberrante y me encontré con un entretenimiento bastante aceptable. El nuevo origen de Venom funciona, la desconexión con Spider-Man y su universo no obstaculiza para nada el avance de la trama y el hecho de que en la gran mayoría de las escenas tengamos a Brock a cara descubierta tampoco es grave porque –repito- la actuación de Tom Hardy está tranquilamente al nivel de la de Robert Downey Jr. como Iron Man o la de Hugh Jackman como Logan. Si no vas esperando la gloria (y no te repele la machaca), lo más probable es que pases unos 140 minutos bastante gratos.

lunes, 1 de octubre de 2018

LUNES CHOTO

Hay viento, hace frío, se murió Carlos Ezquerra, gobierna Cambiemos… Todo una mierda. Por suerte tengo unos libritos para reseñar, como para combatir la amargura.
Arranco con el Vol.1 de La Danza del Tiempo, una saga creada en 2008 por el ídolo ucraniano Igor Baranko. Se trata de una aventura con bastante vuelo poético, ciertos visos románticos, mucha acción y mucho misticismo, ambientada en el Siglo XIX y protagonizada por aborígenes de los pueblos originarios de los Estados Unidos. La trama se apoya, básicamente, en una idea: si se baila la danza sagrada de los espíritus en el sentido inverso al que se mueve el Sol, es posible volver atrás en el tiempo. Así es como Cuatro-Vientos, el altivo, impulsivo y cancherito príncipe de los Lakota va a poder intentar (varias veces) encauzar su historia de amor con Luna-entre-las-nubes, la hija del jefe de los Pawnee. Pero esta remake de Romeo y Julieta atravesada por Back to the Future difícilmente tenga un final feliz.
En estas primeras 48 páginas, Baranko se dedica sobre todo a presentar a los personajes (con muchos hallazgos en la dupla de villanos) y a plantear como factible toda esta explicación mística para los viajes en el tiempo . Por supuesto, al haber caciques, príncipes y princesas, también hay una sana cuota de intriga palaciega y de rosca política entre estas tribus, eternamente enfrentadas entre sí, a pesar de profesar religiones similares y tener al monstruoso hombre blanco como enemigo en común. Veremos hacia dónde avanza la trama (o no, porque no tengo los tomos posteriores), pero lo que se ve hasta ahora promete mucho, sobre todo por un elemento que apenas se menciona en esta primera parte: la danza puede “rebootear” la realidad y volver a un status quo en el que los blancos nunca llegaron a América. Y en un momento, uno de los aborígenes habla de “las tribus del Sur”, así que probablemente la saga nos muestre una América Precolombina en pleno Siglo XIX, con aztecas y mayas a los que nunca invadieron los españoles. No hace falta ser un genio para sacar una buena historia de semejante consigna, así que le pongo muchas fichas a lo que puede hacer Baranko en los tomos que no tengo.
En cuanto al dibujo, el ucraniano hace gala de la profunda influencia que tienen sobre él los grandes autores italianos: Milo Manara, Hugo Pratt y Sergio Toppi se reencuentran en el trazo de Baranko, al que le queda perfecto ese color plano, sin degradés ni efectos de volumen. Visualmente esto tiene fuerza, expresividad y el grado ideal de realismo. Baranko combina páginas de muchas viñetas con momentos más épicos, o más oníricos, en los que nos detona las retinas con viñetas mucho más grandes, con un nivel de detalle y un vuelo dignos de Quique Alcatena. Y sí, como en casi todas las historias protagonizadas por aborígenes, La Danza del Tiempo tiene muchas secuencias mudas, en las que el croata demuestra una solvencia narrativa escalofriante. Quiero más álbumes de esta serie, cuanto antes mejor.
Este año el sello Historieteca lanzó su línea de humor y su primer título fue este librito dedicado a El Oficial Yuta, la longeva (y siempre fértil) creación de J.J. Rovella. Para divertirse con esta tira hay que pagar un peaje: tenés que estar convencido de que la policía es la institución más abyecta sobre la faz de la Tierra, el epítome de la corrupción, la violencia, la represión, la mala leche y la mugre más asquerosas. Si no comulgás con este credo, ni lo intentes, porque no vas a lograr sintonizar la onda de lo que Rovella quiere hacer con El Oficial Yuta.
Como en casi todas las obras de este prolífico autor, acá hay distintos tipos de humor: más físico, más verbal, basado en la “gramática” del comic, basado en parodias a cosas que todos conocemos… Rovella prueba de todo y lo único que no me termina de convencer es cuando arma esos juegos de palabras complejos, tipo “Algunos alegremente piden mano dura. Pero cuando se me va la mano, no les dura”. Después, hay varios momentos brillantes, a veces por la crueldad, a veces por el disparate, a veces por lo que hace Rovella desde el dibujo.
Y en este rubro es donde más recursos muestra el creador de Dante Elefante. Según le convenga, su trazo y su paleta mutan para transportarnos a una tira de Mafalda, un aviso publicitario de los ´70, un videojuego, un dibujo animado clásico o una pintura rupestre. Hasta las recetas de Blanca Cotta que aparecían en Anteojito reciben su parodia/homenaje de la mano de un Rovella que no deja estética sin explorar.
Y sí, muchas veces te reís para no llorar. Y sí, te podés hacer fan de un personaje irredimible, de una bestia bruta y extremadamente hija de puta. Y sí, seas o no fan de Rovella, te den asco o no las tropelías que cometen a diario los “agentes del orden”, te recomiendo enfáticamente este libro de El Oficial Yuta. No te digo que seguro se va a convertir en tu tira favorita, porque a Seguro se lo llevaron preso, y creo que el Oficial Yuta lo picaneó un toque de más…
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 28 de septiembre de 2018

VIERNES EN CASA

Por distintos motivos, hoy no salí de casa en todo el día. Por suerte está la noche, que siempre da revancha.
Terminé el quinto y último tomo de Promethea, que no es ni remotamente el mejor. Pasa una sola cosa interesante, y es que Promethea cumple con la profecía que la señalaba como la portadora del Apocalipsis, y sí, Alan Moore y J.H. Williams nos invitan a presenciar el fin del mundo tal como lo conocen los habitantes de esta New York alternativa. El conflicto que le puso picante a la serie en el tomo anterior (la superposición de Prometheas) no tiene ningún peso en este tramo final, donde todo pasa por ese nuevo estadío de la conciencia al cual se están por elevar millones de mentes.
Para esta altura, Moore ya había cerrado Tomorrow Stories y había dejado a Tom Strong en manos de otros guionistas. En la saga final de Promethea retoma a muchos de estos personajes, en un rol bastante lamentable, que deja demasiado en claro por qué se fue deshaciendo de ellos y cavó su trinchera en esta única colección. Y después está ese inclasificable nº32, donde Moore y Williams abandonan todas las convenciones del relato secuencial para ofrecernos dos mega-imágenes que a su vez contienen 16 imágenes cada una, con textos y dibujos que no están pensados para narrar absolutamente nada. En esta quijotada que pareciera funcionar como coda a toda la serie, el Mago de Northampton pasa en limpio todo lo que nos explicó acerca de cómo se vinculan entre sí las ideas, los números, las religiones, los sueños, los símbolos y demás conceptos no-materiales, en una especie de hiper-infografía en la que Williams y el letrista (el glorioso Todd Klein) dejan la vida.
A nivel argumental, el final de Promethea no me emocionó tanto como los tomos previos, pero ese último “episodio” le da a la saga un cierre absolutamente memorable, en el que Moore demuestra (una vez más) estar a años luz del que va segundo. Y una nueva consagración definitiva para un J.H. Williams que a lo largo de todo este TPB se ve obligado a trabajar en varios estilos distintos y la rompe en todos, hasta cuando el guión le pide que arme collages con fotos prácticamente sin retocar. Un monstruo.
Hablando de dibujantes que cambian de estilo, lo que más me sorprendió de Sofía (la novela gráfica editada este año por el sello cordobés Buen Gusto) es la transformación gráfica de Kundo Krunch, un dibujante al que me había cruzado en unas cuantas antologías y nunca me había terminado de convencer. No sé qué le dieron para leer (o para inyectarse) a este muchacho, pero de pronto peló un estilo impresionante, una mezcla entre el Ted McKeever salvaje de los ´80 y el Artur Laperla salvaje de los ´90. Krunch se abrazó definitivamente al claroscuro y lo abrazó tan fuerte que empezó a salir sangre. El resultado de este violento viraje estilístico es –además de impactante- muy lindo de mirar. La combinación de la línea finita, casi de Hergé, con esos estallidos de masas y manchas negras realza muchísimo el trabajo de un dibujante al que nunca vimos tropezar en materia de narrativa.
El argumento que propone Cristian Blasco se parece muchísimo al que vimos hace poco (25/07/18) en un libro de Víctor Santos: una minita ultrajada y cagada a palos queda al borde la muerte pero no muere. Alguien la entrena para volver convertida en una máquina de matar, cuyo objetivo será vengarse de los hijos de puta que casi la liquidan. El giro interesante que le pega Blasco a esta trama ya bastante remanida es que los que salvan y entrenan a Sofía son tremendos hijos de puta, y la van a manipular para que cada una de las muertes que cause jueguen a favor de esta sombría organización criminal. Además el guión de Blasco le da poca bola al entrenamiento de Sofía y mucho a su reinserción en el mundo cotidiano, con unas pinceladas costumbristas muy bien logradas, que le restan solemnidad y le agregan humanidad a toda la faceta más policial de la obra.
El principal problema del guión está en los diálogos, donde aparece
una vez más ese síndrome (urgente, ayúdenme a ponerle un nombre) que consiste en mezclar el castellano rioplatense con el neutro. Los personajes tienen nombres argentos (Ramiro, Sofía, Cecilia) y por momentos hablan como porteños (“dale”, “el finde”, “¿qué me recomendás?”), pero unas pocas viñetas después esos mismos personajes están tratándose de tú, no de vos. No usan esas palabras bizarras de traducción chota del inglés (tipo decirle “la nevera” o “el refrigerador” a la heladera), pero dicen “¿qué quieres” en vez de “¿qué querés?”. Muy raro, muy esquizofrénico. Si eso no te la baja, la verdad es que Sofía es una muy buena historieta, profunda, intensa, descarnada en el tratamiento de la violencia y muy potente desde lo visual. Así que se puede recomendar tranquilamente, en cualquier idioma.
Buen finde para todos y, ni bien tenga más material leído, vuelvo a postear acá en el blog. El miércoles hay función de prensa de Venom, así que volverán las reseñas de películas, que hace bastante que no tenemos ninguna…

lunes, 24 de septiembre de 2018

LUNES PRE-PARO

De a poquito se empieza a sentir en Buenos Aires el clima de un paro que tiene todo para ser histórico. Mañana no pienso salir de mi casa, así que en una de esas hasta vuelvo a postear reseñas. Por ahora, lo que tengo leído es esto:
En el Vol.1 de La Chica a la Orilla del Mar, el genial Inio Asano nos presenta una historia de sexo sin amor entre Isobe y Sato, un chico y una chica de escuela secundaria que juegan, experimentan, se histeriquean, tratando de no involucrarse afectivamente, para que sea la lujuria la que lleve las riendas de la relación. Por supuesto, en algún momento alguno de los dos va a ceder y le va a proponer a la otra parte encarar algo así como un noviazgo. Y seguramente eso que en este primer tomo se manifiesta como un proto-conflicto, en la segunda y última parte va a cobrar relevancia. También hay (en las márgenes del desapasionado pero intenso vínculo entre Isobe y Sato) una historia de violencia que tiene que ver con la muerte del hermano de Isobe, que nunca se terminó de aclarar. Y por encima de todo eso, un subtexto bastante habitual en las obras de Asano, que es la desconexión entre estos adolescentes, sus sueños, sus padeceres, y los padres de los chicos, a los que sólo parece importarles el trabajo y la guita.
La historia, ambientada en un pueblito de provincia donde todo avanza a un ritmo muy pausado, se siente muy real, muy honesta, a tal punto que no escandaliza para nada ver garches bastante fuertes entre un chico y una chica menores de edad. Asano es un especialista en narrar a ritmo lento, en colgarse en detalles, en silencios, en la observación de paisajes suburbanos, o sea que acá está en su salsa. En Japón se lo criticó bastante por el tema de meter escenas típicas de películas porno en un manga costumbrista protagonizado por adolescentes, pero La Chica a la Orilla… no especula con el sexo entre borreguitos para impactar al lector o para vender tres ejemplares más. O sea, a comerla.
Y el dibujo, por supuesto, es el arma imbatible con la que esta bestia te dispara al corazón y te hace boleta. Los personajes de Asano, plásticos, expresivos, vibrantes, se integran perfectamente a un mundo tomado de la realidad, un mundo construído por fotos perfectamente convertidas en dibujos por un maestro de la documentación. Un trabajo apabullante de un mangaka completísimo, que acá nos regala hasta una escena de pelea, algo raro en su bibliografía.
Me vengo a nuestro país, donde este año se editó Ecos de Mundos Posibles, un recopilatorio de siete historias cortas, originalmente realizadas para Italia por la dupla integrada por el guionista Gustavo Schimpp y el dibujante Sergio Ibáñez. Las siete historias se inscriben en la tradición de la aventura clásica, con ambientación fantástica, medieval o de ciencia-ficción post-holocausto.
El dibujo de Ibáñez es excelente para este tipo de relatos. En su trazo conviven maestros legendarios como Juan Zanotto, Alberto Salinas y Horacio Lalia, combinados con cositas más actuales, sobre todo en la narrativa, que es ágil, dinámica, con varios riesgos bien asumidos. Pero además hay un gran despliegue en la documentación histórica, en los fondos, en los caballos, armas, trajes, vehículos, y mucho talento en la anatomía, en la iluminación y en el lenguaje corporal de los personajes.
Los guiones de Schimpp, en cambio, arriesgan un poco menos, van más a lo seguro. La idea del guionista es tratar de sorprender al lector, sobre todo en la última escena, con una vuelta de tuerca impredecible. Bueno, si leíste muchos años la revista Skorpio, u otras revistas de antología con aventuras para adolescentes y adultos, es poco probable que los finales te sorprendan. Schimpp propone planteos interesantes, en la tradición de Ricardo Barreiro o Eduardo Mazzitelli, siempre con acción, con violencia, con crueldad, con buenas excusas para meter algo de sexo, y a veces con cierta pátina literaria, como ese unitario en el que por momentos “se disfraza” de H.P. Lovecraft. Las historias no están estiradas, no están apretadas, no están 100% jugadas a esa revelación final y algunas se animan a explorar bastante la psiquis de los personajes.
En un par de historias me hicieron ruido los diálogos, porque Schimpp combina frases re-argentas como “ni en pedo”, “pelotudo” o “la puta que te parió”, con diálogos en neutro (también llamado “malas traducciones del inglés hechas en Centroamérica”) onda “¿en verdad crees que extrañaré esto?” y cosas así, que ningún argentino diría nunca en la vida. Por suerte en las historias de ambientación medieval o de espada y brujería no aparecen estas inconsistencias.
Si sos “viuda de Skorpio”, quedate tranqui: mientras el calendario afirma que estamos en 2018, las antologías italianas de la Aurea siguen ancladas en 1990. Por eso autores de formación clásica como Schimpp e Ibáñez siguen teniendo allí un espacio para contar este tipo de historias, que a los fans del comic más actual les pueden resultar un poco anticuadas, pero que tienen todo para cautivar al fan de la historieta de género, de la aventura pura, dura y tradicional. Esa historieta, que durante tantos años brilló en las páginas de Skorpio de la mano de una veintena de maestros hoy medio olvidados en nuestro país pero venerados desde siempre en Italia, produce estos Ecos que llegan hasta nuestros días de la mano de Ibáñez y Schimpp. Quien quiere oir, que oiga.

sábado, 22 de septiembre de 2018

TARDE DE SABADO

Me quiero ir a dormir la siesta, pero estoy esperando a gente que viene a casa a comprarme o traerme libros. Así que para aguantar despierto, me siento a escribir reseñas, y que me interrumpan cuando quieran.
Arranco con una bizarreada: un guionista belga que vive en EEUU arma una serie con un dibujante danés para una editorial francesa y yo consigo la edición británica. Se trata de la bastante reciente World War X, obra del siempre inquieto Jerry Frissen y del imbatible Peter Snejberg, cuyo integral (editado por Titan) conseguí a buen precio el año pasado. La edición es tan buena que ni se nota dónde terminaban los dos primeros álbumes que integran esta trilogía. Se lee como una novela gráfica sin fisuras, casi 140 páginas de palo y palo que avanzan hacia el desenlace sin desvíos ni atajos, sin estirar ni apretar nada.
Frissen no pretende inventar la rueda. Lo suyo es un comic de entretenimiento y alto impacto, una saga de ciencia-ficción que vira hacia la catástrofe cuando unos bichos alienígenas, prisioneros en la Tierra hace millones de años, se liberan y empiezan a destruir todo a su paso. Nada demasiado original, por lo menos en el planteo, pero el belga se las ingeniará para ofrecerle al lector un amplio abanico de emociones, mediante un guión que –a mi juicio, acertadamente- no se concentra tanto en la guerra de humanos vs. aliens. Todo esto tiene una dimensión más terrenal, más personal, incluso más íntima, que es lo que elige priorizar Frissen. Así es como, en medio de esta aventura grandilocuente, lo más importante pasa a ser el desarrollo de un personaje muy bien construído: el científico Adeshi Khan. Hay varios hallazgos más en materia de desarrollo de personajes, sin que eso empantane la acción o le reste espesor a las runflas entre políticos, milicos y empresarios medio turbios que buscan la forma de beneficiarse con el desastre.
También hay elementos místicos, alguna insinuación sexual no muy subida de tono, una versión alternativa de las relaciones entre humanos y alienígenas a lo largo de la historia, una especie de héroe sobrenatural que la pasa bastante mal y una leve trama romántica, que tampoco tendrá un final feliz. Con todo eso, Frissen mantiene el interés del lector y redondea una aventura simple pero no carente de sustento ni de intensidad.
Y por supuesto, World War X juega con ese ancho de espadas que es el dibujo de Peter Snejberg. Inmenso trabajo del Gran Danés, muy bien coloreado por Delphine Rieu (a quien conocíamos como guionista), con una excelente mezcla entre trucos de narrativa franceses y yankis y algunos ajustes en el estilo (las caras de las chicas, por ejemplo) que lo ayudan a parecerse más a un dibujante franco-belga que a Eisner o Corben. Fondos, climas, secuencias mudas, expresiones faciales, diseño de naves y monstruos, secuencias que exigen una vasta documentación histórica, páginas de 10 viñetas… Snejberg sale triunfador de todos esos desafíos. Como los grandes de verdad, bah.
Este año se publicó en Argentina la antología Nueve Dragones, con nueve historias cortas escritas por el (hasta ahora inédito) guionista Ignacio Porto, todas con distintos dibujantes. La verdad que no encontré ningún guión que me volara la cabeza. Me reí bastante con “Atómico”, el unitario dibujado en su estilo más despojado por El Waibe, y me gustaron un par más, pero no al nivel de cerrar el libro, aplaudir un rato y volverlo a abrir. Quizás sea porque no me interesa mucho el tema de los dragones, andá a saber… Lo bueno es que Porto no se centra sólo en eso, sino que utiliza a los dragones para contar historias bastante distintas entre sí, ambientadas en distintas épocas, lugares y culturas.
En materia de dibujantes también hay mucha diversidad, desde el ya mencionado Waibe hasta un clásico Horacio Lalia. Creo que el que más me gustó fue Rodrigo Cardama, un dibujane al que no conocía, que se pone al hombro una historieta muda y la lleva a buen puerto con una solvencia narrativa muy notable y una sana infuencia de David Rubín. También destaco los trabajos de Telémaco (al mismo nivel que le vimos en el libro de Urgh!) y de Beto Ledes, que es el que más se rompió el culo en materia de vestuario, fondos y tonalidades de grises. Ninguno de los dibujantes desentona demasiado, ninguno presenta demasiados aspectos para criticar, pero creo que esos tres son los que más se destacan dentro del conjunto. Veremos con qué nos sorprende Ignacio Porto en su próxima obra, que espero que sea un único relato más extenso (con un solo dibujante), en lugar de una colección de historias cortas.
Sigo avanzando con las lecturas para volver a postear pronto, acá en el blog.

jueves, 20 de septiembre de 2018

SE TERMINA EL INVIERNO

Pero siguen los horrores del neoliberalismo salvaje al que votaron sus propias víctimas. Por suerte tengo mucho material encanutado, como para que no falten lecturas.
Arranco con el último TPB de The Question, el que recopila los últimos seis episodios de la gloriosa serie regular escrita por Denny O´Neil y dibujada por Denys Cowan. Estos no son precisamente los mejores episodios de la serie, pero como O´Neil está decidido a terminarla, sin dudas pasan cosas importantes. El tema es que lo importante pasa mucho por lo emocional, lo cual está muy bueno, pero a O´Neil se le complica equilibrar eso con la machaca, con una aventura en la que el héroe esté en peligro y tenga alguien contra qué pelear. Hay algunos recursos, algunas ideas para que no resulte tan abrupta esta transición de los conflictos físicos a los dilemas éticos, o las decisiones que tienen que ver con los sentimientos… y algunos funcionan y otros no. El final es impredecible, la vuelta de tuerca que pega Myra en la última página es brillante, pero la previa hacia ese final se estira, con apariciones innecesarias de casi todos los personajes que en algún momento integraron el elenco de la serie, y que tranquilamente podrían no estar ahí para atestiguar esa trágica despedida de Vic Sage y su ciudad natal.
En el medio, O´Neil acierta con el primer unitario (el de la demolición), apunta alto pero pifia con el segundo (el del ex-combatiente) y en el unitario más blandito, con una estructura menos copada, presenta a Harold, el jorobado al que luego desarrollará Alan Grant en los comics de Batman. Después arranca la trilogía que desemboca en el final, y lo hace con un episodio realmente flojo, donde encima tenemos a un entintador suplente (Carlos Garzón) que desluce por completo el trabajo de Denys Cowan. En todo ese arco final, como ya señalé, Vic no revolea una sola patada y Cowan está condenado a dibujar casi 70 páginas donde el grueso de las viñetas nos muestran sólo gente hablando. El episodio del medio, donde aparece un impostor disfrazado de Question, tiene alguna piña y varios tiros, pero poco margen para el lucimiento de este dibujante particularmente dotado para las escenas de acción y las artes marciales.
Lo mejor que tiene el final de The Question es que O´Neil no traiciona el espíritu de la serie. Hasta la última escena, mantiene el esfuerzo por provocar al lector, por invitarlo a pensar en esta relación intrínseca y un tanto perversa entre mantener el orden, la paz y la seguridad de un distrito y la compulsión por resolver los problemas (casi siempre de raigambre social) por la vía de las piñas y las patadas. La que sale mejor parada del dilema es Myra, que cree (como O´Neil, supongo yo) que la solución no está en manos (o puños) de los justicieros, sino de políticos que asuman su responsabilidad y dejen la vida por hacer las cosas bien. En el global de los seis TPBs, The Question se la sigue bancando muy arriba, como testimonio de esa revolución de la segunda mitad de los ´80, en la que el mainstream se pobló de excelentes historietas de autor.
Salto a Argentina, a 2018, cuando Diego Arandojo y Hernán González publican Bela (el terror mundo), una breve novela gráfica de un terror más bien psicológico, aunque no escasea en absoluto la sangre. El guión es muy interesante, está pensado en términos muy visuales, el ritmo al que narra Arandojo te logra poner muy nervioso, el final es muy potente… La verdad que con muy poco texto y muy pocos personajes, la trama logra efectos bastante potentes y bastante inusuales.
La lectura se complica cuando González se deja poseer por los demonios de la tinta. Alcanza con mirar las 10 ó 12 primeras páginas para darnos cuenta de que estamos ante un dibujante de gran virtuosismo, con una solvencia técnica impresionante y un notable vuelo plástico. Pero a partir del segundo tercio de la novela, cuando empiezan a pasar las cosas más espesas, el dibujo de González empieza a naufragar en un océano de tinta. Las manchas negras se convierten en lagunas negras, y en un punto se empieza a hacer difícil lo que debería ser lo más fácil: decodificar qué carajo está pasando en cada viñeta. Las secuencias están bien armadas, la puesta en página ofrece variantes muy atractivas, el clima es el adecuado, pero el dibujo en sí, el aspecto morfológico del dibujo, se hace muy confuso, requiere demasiado esfuerzo por parte del lector, y termina por distraernos de lo más interesante que tiene Bela, que es este conflicto sobrenatural jodido, exasperante.
Con otra estética, quizás incluso con a misma estética que le vimos en Hellhound on my Trail (reseñada el 23/12/17), me parece que González podría haber logrado que la faz gráfica se ensamblara mucho mejor con la propuesta narrativa de Arandojo. Una pena.
Y bueno, nada más por ahora. Sigo leyendo material para volver a postear pronto. Y si el domingo a la tarde no llueve, nos vemos en la Plaza del Lector, en la Fiebre del Libro, la feria que organiza la Biblioteca Nacional acá en Buenos Aires.

martes, 18 de septiembre de 2018

MARTES PRIMAVERAL

Hermoso día en Buenos Aires, que coincide con un ratito libre para reseñar un par de lecturas recientes.
Allá por 2003, el sello Dolmen retomó la publicación en España de Jeremiah, la exitosa serie del maestro belga Hermann, que en los ´80 se había publicado en nuestro idioma de un modo un poco errático. Dolmen se manda con una edición espectacular… del Vol.20 de la serie. Y no, no es un “punto de entrada” para nuevos lectores. Hermann no recapitula nada, no dedica ni dos viñetas a explicar quiénes son los protagonistas, por qué hacen lo que hacen, por qué el mundo en el que se mueven está tan cambiado respecto del nuestro… O sea que si nunca habías leído un álbum de Jeremiah (o sí, pero 20 años atrás, como en mi caso) hay muchas cosas que no se terminan de entender.
Y no tengo mucho más para criticarle a este álbum de Jeremiah, en el que Hermann construye una trama muy atractiva, hace buen uso de esta ambientación un tanto extrema, presenta muy buenos personajes secundarios (que dudo que vuelva a utilizar más adelante) y nos conduce a muy buen ritmo a una resolución potente, no exenta de una cierta ironía, que a mí me hubiese gustado ver desplegarse a lo largo de un par de páginas más. Pero de jodido que soy, nomás, para regodearme un poco más en la derrota de los villanos, a los que Hermann nos presenta como unos avechuchos definitivamente irredimibles.
En una aventura clásica franco-belga, con un héroe joven, atlético y fachero, el virtuosismo en el dibujo no es algo fundamental. Puede estar, y si no está, no pasa nada. Pero este es un comic de Hermann, con lo cual la maestría del belga a la hora de ponerle imágenes a su historia es lo que más llama la atención. Inevitablemente, uno termina babeando frente a ese trabajo en los fondos, a esa tridimensionalidad que le pone Hermann al manejo de los planos (sobre todo en las viñetas más grandes)… Las secuencias están perfectamente armadas, las páginas con mucho texto se hacen sumamente llevaderas y por si faltara algo, el ídolo le mete a todo el álbum ese color directo tan característico de sus trabajos recientes. Un color sutil, vibrante, perfectamente pensado para acentuar los climas del guión, con el que Hermann resuelve todos los desafíos en materia de iluminación. No creo que nunca complete los más de 30 álbumes que tiene la serie de Jeremiah, pero como soy muy fan de Hermann y lo encontré muy barato, este tomo se suma a mi colección de buenas aventuras firmadas por el maestro. Por suerte, en el pilón de las lecturas pendientes tengo más material de Hermann.
Este año se editó en nuestro país 155 Simón Radowitzky, la novela gráfica que marcó el regreso a la historieta (después de demasiados años) de Agustín Comotto, autor argentino radicado en Cataluña. Sí, tal como te imaginás, se trata de la biografía de Simón Radowitzky contada en forma de una extensa historieta de unas 240 páginas. Y no, no te imaginás lo buena que está.
Yo sabía muy poco de la vida de Radowitzky. Para mí era “el anarquista judío que mató a Ramón Falcón”. La obra de Comotto me sumó toneladas de información que yo desconocía, y dotó al personaje de una enorme profundidad. De la mano de Comotto, Radowitzky trasciende las fronteras del héroe, del villano, del mito, para convertirse en una persona, compleja y fascinante, pero tan real como cualquiera de los lectores.
El único problema que tiene 155 es que es una historia muy triste, y cuando una historia triste está bien narrada, no hay forma de que la sensación de tristeza no invada al lector. El tono intimista que elige Comotto se tiñe gradualmente de desesperanza, y lo que podría haber sido una epopeya, o un canto al aguante y la resistencia, resulta ser una tragedia, donde incluso los momentos más favorables a Radowitzky y su causa están impregnados de nostalgia, de padeceres y sueños rotos.
Luego de tantos años alejado de la historieta, Comotto no perdió en absoluto la magia a la hora de dibujar. De hecho, no recuerdo trabajos suyos dibujados a este nivel. Y en la narrativa, se lo ve un poco retro, muy clásico para ser un autor que inició esta obra a los 47 años. Me da la sensación de que Comotto “se casó” con los referentes de cuando éramos pibes (noto, por ejemplo, ciertos yeites típicos de Carlos Sampayo), lo cual no está para nada mal, aunque quizás eso le reste atractivo a la obra a los ojos de los lectores más jóvenes… que igual no creo que sepan quién fue Radowitzky, ni les interese demasiado la vida de un anarquista revolucionario que vivió en la primera mitad del Siglo XX.
Claramente esta es una historieta apuntada a un público adulto, cuyo atractivo pasa por un dibujo sobrio, no exento de cierto vuelo poético, una narrativa muy ajustada en la que no hay escenas ni estiradas ni apretadas, y una temática siempre vigente como es la del rebelde que decide confrontar con el sistema, impulsado por un ideal de justicia y libertad para las mayorías. La historia de Radowitzky es conmovedora, inspiradora, y la amargura que me hizo sentir está más que compensada por la alegría que me da tener a Agustín de nuevo activo como autor de historietas, de nuevo dispuesto a hacer lo que mejor hace, que es poner su talento para el dibujo al servicio de buenas historias.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 14 de septiembre de 2018

DOS RESEÑAS Y A RETIRO

Otra vez me toca escribir para el blog durante la previa a un viaje, esta vez a un evento con sede en la ciudad uruguaya de Paysandú, donde no estuve nunca.
Arranco con un extraño tomo publicado por DC en 2003, que recopila historietas realizadas entre 1992 y 1994 para la Judge Dredd Megazine. Extraño porque parece estar centrado en Devlin Waugh, pero incluye una historia de 85 en la que este personaje no sólo no es el protagonista, sino que entra en escena recién en la página 51. Pero bueno, quizás el criterio para hacer encajar esta aventura de Judge Dredd conocida como “Fetish” sea que está escrita por John Smith, el guionista de todas las apariciones “solistas” de Devlin Waugh que completan el tomo.
La verdad que las aventuras en sí son tirando a chotas. A veces son demasiado burdas y otras veces, tan retorcidas que cuesta entender qué carajo está pasando. El fuerte de John Smith en esta serie son los diálogos (afiladísimos) y la construcción del personaje de Devlin Waugh, que resulta un hallazgo al borde de la genialidad.
Waugh es un investigador de casos paranormales que trabaja para el Vaticano. Es británico, vampiro y abiertamente homosexual. Tiene el lomo de Schwarzenegger, fuma con boquilla como Guillermo Nimo y es un amante del arte, la belleza, el buen vino y los chongos, un bon vivant no-muerto, que puede atravesarte la yugular con los colmillos y comerte vivo, o invitarte a compartir un té y hablar de moda, poesía o artes plásticas. Por supuesto, Smith lo plantea como un personaje elitista, soberbio, pomposo… y le saca un jugo exquisito a su contrapunto con Judge Dredd, sobre todo en la historia corta titulada “Brief Encounter”.
Esta breve comedia y la primera aventura de Devlin (Swimming in Blood) cuentan con los dibujos del maestro Sean Phillips, cuando todavía trabajaba a color directo. Lo que mejora Phillips entre la primera historia (de 1992) y la segunda (de 1993) no tiene nombre. La anatomía, los rostros, la narrativa, el color… todo se ve mucho mejor en “Brief Encounter”. Para dibujar “Fetish”, Smith recluta a Siku (pseudónimo de Ajibayo Akinsiku), un dibujante africano que capta perfectamente la atmósfera de su continente, pero que es un clon muy evidente de Simon Bisley, al que le copia hasta los errores. El dibujo de Siku tiene un impacto arrollador, y también muchos tropiezos en la narrativa, sobre todo en los primeros episodios. La cuarta historia, ambientada en Arabia, es en blanco y negro, tiene un guión bastante redondito y está dibujada con notable soltura por Michael Gaydos, en un nivel asombroso. Después hay un par de cuentos, en prosa, con hermosas ilustraciones de Phillips, pero no los leí.
En general, el balance de más de 220 páginas me da más raro que bueno, pero entre Sean Phillips y Michael Gaydos juntan los puntos que necesita Devlin Waugh para ganarse un lugar en la biblioteca de cualquiera que busque explorar los rincones menos obvios del universo de Judge Dredd y la 2000 A.D..
Me vengo a Argentina, a 2018, para hablar maravillas de Bosqueblanco, la entrega más reciente de Bosquenegro, la serie que Fernando Calvi escribe y dibuja pensando en los más chicos. Sin dudas es la historia más dramática, más terrible para las criaturas de este bosque, pero Calvi la saca adelante con un sentido del humor cálido y eficaz, y con un mensaje de esperanza, de que todo lo que se rompe se puede arreglar, porque siempre que nevó, paró. Por supuesto hay algún guiño a la nevada de El Eternauta y unos cuantos a los comics de superhéroes, ya que –en su segunda mitad- Bosqueblanco se convierte en una especie de crónica de las asombrosas hazañas de una guerrera gigante que se come la trama con su carisma, su onda y su actitud positiva frente a todo tipo de adversidades.
El dibujo de Calvi es fascinante, plástico, vibrante, con mucho énfasis en el lenguaje corporal de los personajes y un coloreado exquisito, puesto en función de la narrativa. Por momentos, en el tramo protagonizado por la heroína extra-large, el dibujo parece una cruza alucinada entre Miguel Calatayud y John Buscema. La fuerte presencia de una guerrera grandota lo lleva naturalmente a Calvi a probar con algo que no se veía mucho en las entregas anteriores de Bosquenegro: las splash pages. Y en ese rubro Calvi también se luce con composiciones en las que combina espectacularidad y belleza.
Bosqueblanco es una historia acerca de resistir con aguante cuando parece que todo se va a la mierda, narrada con la claridad, la onda y la originalidad de un artista increíble, que atraviesa un momento mágico y al que todo lo que intenta le sale obscenamente bien.
Habrá más reseñas la semana que viene, acá en el blog. Buen finde para todos.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

MIERCOLES DE MUJERES

Por fin tengo un rato para escribir reseñas…
En 2016, y después de mucho franeleo previo, Grant Morrison nos obsequió su versión de Wonder Woman, como parte de la línea Earth One. La novela gráfica me generó una enorme expectativa, porque soy fan del Genio de Glasgow, de Wonder Woman y de Yanick Paquette, el dibujante elegido para ponerle imagen a las ideas de Morrison. Esta vez, el resultado no estuvo a la altura de la expectativa. Los dos primeros tercios de la novela (unas 70 páginas) nos cuentan el origen de Wonder Woman, básicamente la historia que ya nos sabemos de memoria, con mínimas modificaciones y con bastante habilidad por parte del guionista para no dejar nada afuera: ni los elementos bizarros de la versión original del personaje (el rayo púrpura, el barro que cobra vida, el avión invisible, el torneo entre las Amazonas, etc.) ni los que se sumaron en tiempos más recientes (el rol de Heracles, la mayor integración de elementos mitológicos, la total naturalidad de las parejas lésbicas entre las súbditas de Hippolyta). A Morrison se le ocurre estructurar gran parte de la novela como si fuera un juicio, lo cual permite la entrada y salida de personajes que aportan sus testimonios a modo de flashbacks, para que dilucidemos junto con los protagonistas qué eventos llevaron a Diana a estar prisionera (atada con cadenas, típicas de los episodios de la Golden Age) en su propia tierra.
En el último tramo la novela mejora considerablemente y empiezan a pasar cosas que no estaban en el marco de lo obvio. Paradojas del destino, el personaje que más onda le insufla a la novela es Etta Candy, quien en las historias clásicas era un lastre, un personaje que quería ser simpático y resultaba insufrible, casi peor que Jimmy Olsen. Y el pobre Steve Trevor (en esta versión un milico afroamericano) aparece muchísimo pero se luce muy poco. Con el verdadero rol de Diana revelado y con una excusa bastante coherente para que la princesa amazona interactúe con el mundo patriarcal, Morrison dice “hasta acá llegamos” y cierra este primer episodio de modo bastante decoroso.
Paquette, por su parte, se queda a mitad de camino. Arranca a un nivel glorioso, sorprende con el diseño de las páginas, con esas viñetas ornamentadas y desplegadas casi con la calidad de J.H. Williams III en Promethea, pero pasada la página 16 entra en la modalidad de mezquinar horrendamente los fondos y repite mucho el plano general en el que las (bellísimas) mujeres aparecen de cuerpo entero mirando a cámara. En realidad son unos cuantos los planos que se repiten mil veces a lo largo de la novela y si bien hay momentos de más riesgo, o de más impacto, la sensación que me queda es la de un dibujante decidido a apostar a lo seguro, a no complicarse la vida y a complacer a los fanáticos de lo que los yankis llaman “good girl art”. Una pena, porque Paquette demostró que está para más, que tiene talento de sobra para aspirar a metas más ambiciosas que clonar correctamente a Frank Cho. Sin dudas esta primera novela me copó menos de lo que esperaba, pero todavía hay margen como para (eventualmente) darle una posibilidad al Vol.2.
Tarde pero seguro, me toca empezar con el material argentino publicado en 2018, y en este caso es un librito de humor gráfico, donde hay poca narrativa secuencial. La poca que hay está lastrada por la decisión de la autora, Tiana, de pensar todas las viñetas del mismo tamaño. De hecho, TODA su producción parece ser del mismo tamaño y en el librito algunas viñetas aparecen de a cuatro por página y otras a página completa. Pero sospecho que Tiana realizó estas viñetas para la web y ahí aparecieron todas en un mismo tamaño.
Por suerte me encontré con un dibujo muy logrado, obra de una autora sumamente afianzada en un estilo, con algún problema menor en las viñetas en las que los fondos son muy oscuros, que quizás se deba a un malentendido de la imprenta. Y lo más interesante: este dibujo plástico, amistoso, de fácil comprensión, casi icónico, está puesto al servicio de chistes realmente graciosos, que funcionan muy bien. Tiana juega al stand-up comedy con reflexiones agudas sobre temas cotidianos (muy apuntadas al target de mujeres de 25-35), pero también aborda temas como las redes sociales, los juegos de palabras (sumamente ingeniosos) y el humor nerd, con chistes que van de Star Wars y la Liga de la Justicia a Game of Thrones, Mario Bros., Alf o el dinosaurio Barney, sin dejar de lado todo tipo de vampiros, robots y alienígenas. O sea que me gustó mucho el dibujo y me reí bastante, dos puntos cruciales a la hora de evaluar un libro de humor gráfico. Si aparecen nuevas recopilaciones de chistes de Tiana (sobre todo de una sóla viñeta), cuenten conmigo para comprarlas.
Y no hay nada más, por ahora. Creo que este finde estoy en Paysandú, Uruguay, así que no sé si voy a poder postear en breve, o recién la semana que viene. Muchas gracias a todos los que se acercaron a saludarme en el FIC de Santiago de Chile y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LUNES FINOLI

Bueno, no sólo tuve un rato para leer un par de libros y reseñarlos, sino que además me tocaron dos obras muy logradas. Vamos a repasarlas.
Pixu es una novela gráfica de terror, realizada a ocho manos por los gemelos fantásticos Gabriel Bá y Fábio Moon, junto al griego Vasilis Lolos y a la italiana Becky Cloonan. Con el correr de las páginas, logré deducir qué secuencias dibujó cada uno, pero hay un guión, y sospecho que fue escrito entre los cuatro. Tampoco es lo más importante. La historia está totalmente basada en el clima ominoso, en la forma en que la tensión sube viñeta a viñeta. No son tan relevantes los diálogos, los personajes están definidos con pocas pinceladas y nadie se calienta por darle una explicación detallada a los fenómenos paranormales que presenciamos. Lo realmente relevante es el suspenso, es ese in crescendo cada vez más retorcido, más descontrolado, que sabés que va a terminar muy mal pero igual te cautiva.
Hay una casa con varios departamentos, una especie de entidad sobrenatural oscura que crece, y los cuatro autores se dedican a entrelazar sutilmente las historias de los distintos vecinos, a la sombra de esta amenaza que crece y corrompe todo. Pixu avanza hacia un festival de imágenes truculentas, en las que las sombras y el fuego se devoran a los personajes que llegan vivos hasta el final. Te imaginarás que eso le da a los autores mucho margen para lucirse con el dibujo, siempre jugados a un blanco y negro muy potente, muy expresivo. En general, los mejores dibujos aparecen en las secuencias a cargo de los gemelos brazucas, pero Cloonan también ofrece momentos de alto impacto, con un gran trabajo en los grises y con una notable evolución respecto de aquella Cloonan de American Virgin.
Si te gustan las historias de terror inquietantes, jodidas, donde la atmósfera se enrarece hasta asfixiarte, sin dudas Pixu se va a convertir en una de tus favoritas. Y si seguís a muerte a Bá y Moon, acá los vas a ver tirar magia con la elegancia y la calidad de siempre.
Desde aquel lejano 27/02/13 tenía abandonada a Los Centinelas, la magnífica serie de Xavier Dorison y Enrique Breccia. Hoy me toca abordar el Vol.4, publicado en Francia en 2014 y en España en 2016. Al igual que en el tomo anterior, acá Dorison hace los deberes en materia de rigor histórico: a pesar de los elementos fantásticos, la Primera Guerra Mundial de Los Centinelas no se despega demasiado de la real. Otro punto que destacamos en la reseña del Vol.3 y hay que volver a destacar es el desarrollo de los villanos por parte del guionista. De hecho, el personaje menos desarrollado es el héroe, Cortahierro, porque los otros “buenos” (Djibouti y Pegaso) también tienen sus momentos para brillar y para ganar carnadura y profundidad.
La aventura en sí también es atípica, porque en esta misión los Centinelas fracasan, y si bien venden cara la derrota, se van con una patada en el orto y con un tendal de muertos en ambos bandos. Dorison no escatima en crueldades y atrocidades para con los personajes ni para con los soldados y civiles que los rodean: en Los Dardanelos hay hambre, sed, dengue, sangre y muerte para todos. Y también hay en ambos bandos coraje y dignidad. Los alemanes de la Primera Guerra Mundial todavía no eran nazis, y Dorison aprovecha para mostrarlos como seres humanos con luces y sombras, no 100% irredimibles. Y los turcos, que juegan de locales, aparecen como personajes más turbios (con el genocidio armenio como trasfondo) pero tampoco definitivamente malos.
El dibujo de Enrique es (obviamente) extraordinario, aunque con un manejo del color un poco fluctuante, con momentos gloriosos y otros que parecen más… acelerados. Pero la base está: composición, lápiz, tinta, los fondos, los uniformes, el armamento, hasta el clima asesino del estrecho de los Dardanelos cobra vida de la mano de Enrique. Al igual que en el Vol.3, me sorprende muy gratamente ver a Breccia dar cátedra en esa materia a la que siempre le escapó, que es la de los cuerpos en acción. Acá abunda la violencia física, y el hijo de Dios pone todo para que nunca falten el dinamismo, el impacto e incluso el gore de las grandes batallas. Belleza y brutalidad van de la mano, en otro trabajo memorable de Enrique Breccia.
Y ahora sí, no más reseñas hasta la semana que viene. Si estás en Santiago de Chile, no dejes de darte una vuelta por el FIC entre el viernes 7 y el domingo 9, que la vas a pasar genial. Gracias por el aguante y hasta pronto.