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martes, 2 de junio de 2026
MARTES SOBRENATURAL
De nuevo tardé mucho en leer un par de libritos, pero la verdad es que estoy a full con la Comiqueando Digital, que está quedando bárbara.
Empiezo en Japón, año 2019, con algo que ya es casi un clásico: una adaptación de un relato de Howard P. Lovecraft realizada por el virtuoso mangaka Gou Tanabe. En esta ocasión, Tanabe se mete nada menos que con La Llamada de Chtulhu, y la convierte en un relato de casi 280 páginas que te pone los pelos de punta. Uno tiende a creer que, porque ya leyó las versiones de Lovecraft y de algún otro historietista (pienso por ejemplo en las adaptaciones de Alberto Breccia junto a Norberto Buscaglia), y ya sabe lo que va a pasar, está como "vacunado", como inmunizado frente al torrente de sensaciones que generan estos relatos. No, maestro, nada te inmuniza frente a una maravilla del horror como La Llamada de Chtulhu. La forma en la que Lovecraft construye ese misterio y cómo lo complejiza (y lo corrompe) cuando le agrega toda la mitología de los Primigenios es algo para lo que nunca estamos del todo preparados. Sobre todo para los dos primeros tercios del relato, cuando todo resulta muy cercano, muy posible, muy real. Después, cuando La Llamada... abandona el entorno urbano y nos lleva a locaciones mucho más aventureras, es como que te predispone mejor para un encuentro con lo fantástico y lo imposible. Pero para ese momento, ya el misterio es tan espeso que se hace opresivo y no podés soltar el libro.
A esto sumémosle el trabajo de Tanabe, y ya está, ya nos dejaron a un paso del Arkham Asylum. En Enero de 2025, cuando reseñé otro libro de Tanabe/ Lovecraft, dije " Ya está. Creo que después de esto, no tiene mucho sentido seguir leyendo adaptaciones de obras de Lovecraft hechas por Tanabe. Acá alcanzó una cima apoteótica, majestuosa, y todo lo que venga después (aunque esté dibujado como los dioses cósmicos) va a parecer poco frente a esta epopeya". Bueno, "ya está", las pelotas. Este libro me sedujo desde la portada y me atrapó por completo. Me hizo cagar en las patas y me deslumbró como me suelen deslumbrar los mangas de Tanabe. Acá me encontré, además de con las versiones dibujadas de los dioses ancestrales de Lovecraft, con un laburo magnífico en la reconstrucción de los Estados Unidos de la época (principios de los años ´30) y con esa ciudad perdida de R´lyeh que solo un genio demente podía visualizar. Pero además, Tanabe entiende que Lovecraft no es solo el impacto de las criaturas pesadillescas y el horror cósmico. El tipo conserva a rajatabla el ritmo parsimonioso de los cuentos, toda esa parte lenta y enroscada en la que los protagonistas tratan de explicar de manera racional lo que empieza a desenvolverse frente a sus ojos. Y lo narra con jerarquía, sin "casarse" con el texto, con tiempo y espacio para conjurar un clima que nos envuelva ineluctablemente en el misterio.
No sé si voy por más, pero este libro me parece brillante, hiper-recomendable.
Un año después, en 2020, el sello Black Label de DC nos trajo de vuelta al Hellblazer de la gente, el Hellblazer fumador y puteador, picante al mango y heroico hasta por ahí nomás. Rise + Fall, sin embargo, no me pareció una gran historia, principalmente porque el argumento me resultó medio flojo, medio desabrido. Sin ser un embole, no está a la altura del formato cheto ni de las casi 150 páginas que dura la historieta. Esto mismo podría haber sido un Annual de Hellbalzer, o dos numeritos (tres a lo sumo) de la serie regular. Pero tampoco, porque en la serie regular (la buena, la de Vertigo), si bien los guionistas tenían bastante autonomía, se respetaba una continuidad. Esto no la respeta: acá tenemos a un John Constantine que parece tener menos de 35 años, cuyo padre está vivo, y cuya vida sexual pasa básicamente por compartir la cama con varones. Aparece el infaltable Chas, también bastante más joven que en la serie regular de Vertigo, y aparece un Lucifer que te patea toda la continuidad a la mierda, porque parece ser el First of the Fallen y el Lucifer de Sandman fusionados en un mismo personaje, que no tiene prácticamente nada en común con ninguno de los dos capos del Averno que tuvieron un cierto peso en el universo de Vertigo.
Si fuera eso solo, ponele que te lo fumás. Pero además, como decía, el argumento es finito, le falta relieve. La bajada de línea socio-política no está muy enfantizada, es como si alguien le hubiese dicho al guionista "Che, no te olvides de meter algo vinculado a la lucha de clases o a las desigualdades sociales, que al fan termo de Hellblazer le copa esa onda". "Uy, cierto. Bancame que ya le meto algo". Incluso llegué a pensar que esto lo había escrito un yanki, que no son los más cancheros en materia de lucha de clases... pero de pronto aparece un elemento re-british que para los yankis es todavía más indescifrable, que es la pasión futbolera, y me descolocó por completo. Me fui a Google, y descubrí que el guionista de Rise + Fall, Tom Taylor, es australiano. Y ahí me cerró todo un poquito más.
Sin dudas lo mejor de Rise+ Fall es el dibujo de Darick Robertson, mucho mejor que en Transmetropolitan o en The Boys, a un nivel similar al que peló en Happy!, que probablemente sea su trabajo que más disfruté. Robertson le saca un provecho enorme al formato más grande, mete viñetas impactantes, puestas arriesgadas, y encima está apuntalado por un muy buen colorista, el argentino Diego Rodríguez. Por ahí pasa lo más rescatable de una saga que tiene una buena idea (el demonio que vive dentro de un pibito al que John creía muerto hace más de 20 años), pero que se estira al pedo, con personajes secundarios que no aportan casi nada, con un clima de perversión sexual que pierde la gracia muy rápido y con una resolución medio fumanchera que los yankis (que se enteraron ayer que al futbol se juega con una pelota redonda) deben haber odiado, porque los deja muy arafue. Igual prefiero mil veces este intento fallido de Tom Taylor antes que esas aventuras de Constantine con la Justice League, Dark o no Dark.
Nada más, por hoy. En unas horitas, en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea, estrenamos nuevo episodio de Opiniones Meméticas. Nos vemos ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 6 de enero de 2025
LUNES PROFUNDO
Estamos en el post nº2997, a milímetros del nº3000.
Y empezamos en Japón, año 2017, cuando se publica esta segunda parte de la adaptación de Las Montañas de la Locura, realizada por Gou Tanabe sobre el texto original de H.P. Lovecraft que Planeta tuvo la amabilidad de traer a las librerías argentinas en una buena edición a un precio amistoso.
Sospecho que lo más interesante, o lo más lindo, cuando uno adapta a la historieta un texto literario debe ser tomar esas descripciones de personajes, criaturas o lugares que escribe el autor y cambiarlas por imágenes que le transmitan más o menos lo mismo al lector. Ahí es como que el historietista se hace casi tan autor como el escritor, porque le da rasgos físicos a cosas o personas que no los tenían. Esto se potencia cuando los personajes, lugares, etc. no son reales, sino fruto de la imaginación del escritor. Y más todavía cuando lo que describe el texto es algo claramente indescriptible. Ahí el desafío para quien dibuja es total. ¿Qué hacés cuando en el texto aparece algo tan bello o tan horrendo que el escritor se niega a describirlo? ¿No lo dibujás? Obviamente sí lo dibujás, y dejás la vida para que el lector no se olvide nunca de la belleza o el horror que le transmitieron tus dibujos. Y eso es lo que hace Gou Tanabe en este manga.
El argumento es mínimo, no daba ni a palos para dos libros de más de 300 páginas. Esta segunda parte, con los conflictos y los personajes ya presentados y el elenco reducido a -básicamente- dos protagonistas, menos todavía. Pero entra en juego el morbo: uno quiere ver cómo se las rebusca Tanabe para describir desde el trazo a las criaturas que Lovecraft apenas describe en sus textos, y entonces Las Montañas de la Locura se convierte en un manga más de contemplación que de vértigo aventurero. Más descriptivo que narrativo. Tanabe lo sabe y entra en ese juego como un campeón. Crea un clima cada vez más ominoso, te pone nervioso, te hace gritar "¡No sean boludos, no se metan ahí!" cada vez que Dyer y Danforth exploran un área nueva de las imposibles edificaciones de la ciudad maldita, y te lleva a un ritmo muy lento hacia una única secuencia de acción, que aparece unas 60 páginas antes del final y dura poco.
No quiero ahondar más en la trama, en parte porque no hay tanto para puntualizar, y en parte porque si sos fan de Lovecraft ya sabés mucho de lo que Tanabe te va a contar acerca de los Antiguos, la progenie de Cthulhu, los shoggoths y demás. La gracia está, sin dudas, en cómo el mangaka le da vida gráfica a este delirio cósmico. Asistimos a lo largo del libro a varios momentos en los que el virtuosismo de Tanabe estalla como una supernova y te deslumbra no solo con las cosas imposibles que tiene que dibujar, sino con la calidad del trazo, la perfección de las composiciones, la aplicación de las texturas logradas con tramas de grises... No sé si son más zarpadas y más inhumanas las criaturas que dibuja, o el propio mangaka, sinceramente.
Y ya está. Creo que después de esto, no tiene mucho sentido seguir leyendo adaptaciones de obras de Lovecraft hechas por Tanabe. Acá alcanzó una cima apoteótica, majestuosa, y todo lo que venga después (aunque esté dibujado como los dioses cósmicos) va a parecer poco frente a esta epopeya. Ojalá el autor se mande a explorar (como en sus primeros trabajos) las obras de otros escritores, o mejor aún: que se le ocurran sus propias historias para dibujarlas con esta "indescriptible" calidad.
En 2024 tuvimos nuevo libro de Rodrigo Canessa y Matías De Vincenzo (el anterior lo vimos el 22/10/19) y esta vez se trata de una ambiciosa historieta de 300 páginas, que originalmente se publicó de manera digital. Efecto Malena es una historia de misterio teñida de costumbrismo, con realidades divergentes que se cruzan y superponen al punto de volver locos a varios de sus protagonistas. Está llena de secuencias memorables, de diálogos muy reales, muy cuidados, y personajes muy atractivos. Y dibujada a un nivel realmente excelente por un De Vincenzo más sólido y más maduro que en sus trabajos anteriores.
Hay algo que, para mi gusto, le juega en contra a la historieta, que es su extensión. La trama se disuelve un poco al estirarla a lo largo de tantas páginas y, si bien la tensión y la intriga se mantienen, pierden un poco de fuerza. Me parece que esto mismo, con 60 ó 70 páginas menos, pegaría mucho más fuerte. Y otra cosa que no sé si está bien o mal, pero me llamó mucho la atención, es que a lo largo de 300 páginas de indagar en el misterio de Malena, ninguno de los personajes llega a tener en claro lo que los lectores sabemos desde el principio, porque nos lo explican en la primera frase que aparece en la contratapa: Malena nació un 29 de Febrero y solo en los años bisiestos permanece físicamente y es recordada en nuestro mundo. No es una conclusión a la que se llega fácilmente, porque se trata de algo anómalo, atípico, que no está en los manuales de ningún detective. Pero es raro ver cómo pasan las décadas, cómo personajes muy inteligentes (como Hernán Piro) hacen lo indecible por resolver el enigma, y ninguno llega a obtener este dato que los lectores manejamos desde el primer momento.
La historia transcurre en un constante juego entre existir y no existir, y Canessa hace que sus personajes reflexionen sobre esto de manera aguda. No es el típico thriller policial de identidades sustitutas, esto es algo que desafía la lógica del espacio y el tiempo. El paso de los años es muy importante en la trama, por esto de los años bisiestos, y los autores no lo retratan de manera obvia. No te ponen un bloque de texto que dice "ahora estamos en 2004, que es bisiesto". Hay pistas que te permiten deducir en qué año estamos, pero son sutiles y tienen que ver con canciones, programas de TV, afiches en la calle y demás información que andá a saber cuántos lectores captan.
Un poco por eso, Efecto Malena es un comic que peca de ser un tanto críptico. En 300 páginas nunca aparece un personaje que para la bocha y pasa en limpio lo que sabe hasta el momento. Canessa se juega más a lo extraño, a lo que no tiene explicación, y a cómo esto genera un tsunami de irracionalidad que termina por arrastrar al abismo a los personajes más involucrados con el misterio de Malena. Lo mejor del guion es cómo mantiene todo el tiempo los pies sobre la tierra y cuida celosamente el verosímil, mientras se acumulan elementos clásicos del thriller y una amplia gama de realidades alternativas que entran y salen de escena a lo largo de muchas décadas. El misterio en sí -repito- se desinfla un poco por la extensión de la obra, por su carácter críptico y porque involucra una cantidad de elementos dramáticos también un poco excesiva. La idea que motoriza la trama es realmente muy buena, pero -de nuevo- funcionaría mejor contada de modo más simple y más breve.
Nada más, por hoy. Si necesitás más lectura para llenar los ratos libres de las vacaciones, ya sabés que en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ te podés descargar por muy poquita plata un número demoledor de la Comiqueando Digital, con 15 notas inéditas, un podcast y dos videos exclusivos. Gracias y hasta pronto!
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jueves, 26 de diciembre de 2024
MAGIA EN BLANCO Y NEGRO
Bueno, después de un paréntesis muy largo para mi gusto, tengo el placer de contarles que ya está lista la Comiqueando Digital nº10 (se puede descargar por muy poquita plata en www.comiqueandoshop.blogspot.com). Eso significa que vuelvo a tener tiempo para leer comics y reseñarlos en este espacio, volver a participar en el canal Disfuncionales y Vehementes y demás actividades que tenía suspendidas.
Hoy terminé de leer El Espíritu de Mascarín, una historieta realizada por el genial Oswal a partir de 1974 en una revista quincenal, ahora recopilada en un libro muy cheto por Deux. Por suerte lo único que hizo Deux fue llevarlo a la imprenta: del armado y el diseño del libro se encargó Silvina Viola, la hija de Oswal, que cuidó con pasión el trabajo de su padre. Originalmente, las aventuras de Mascarín ocupaban dos páginas en la revista Chaupinela, y eran páginas repletas de viñetas muy chiquitas. A veces llegaban a ser más de 40 viñetas por página, una demencia. En 2001, cuando Oswal le vendió este material a la Eura, lo rearmó en episodios de 10 páginas, con muchos menos cuadros por página, y eso es lo que podemos apreciar en este libro.
Los guiones... son de 1974. No esperes genialidades, aunque tampoco vas a encontrar ninguno que te falte el respeto. Tampoco esperes que Oswal explique categóricamente qué o quién es Mascarín. Va a quedar todo en el terreno de la especulación, o de la interpretación de cada uno. Mascarín es -ante todo- un concepto muy loco, que le permite al autor contar las típicas historias de sustitución de identidades (como esos episodios de Spider-Man contra el Chamaleon, o Batman contra Clayface), pero a una velocidad supersónica. Mascarín cambia de identidad seis, siete, ocho veces en 10 páginas, y eso acelera y potencia el ritmo de las aventuras... y la frustración del inspector de policía que se propone capturarlo. Como en las historietas de The Spirit, hay episodios más aventureros y otros más profundos, más centrados en la vida (generalmente chota) de algún personaje al que Oswal desarrolla mucho más que al protagonista mismo. Yo creo que a la serie el falta eso: explicar, o por lo menos darle desarrollo y profundidad, a Mascarín. El resto funciona, porque las ideas son buenas, los diálogos no descollan pero acompañan, y las resoluciones son siempre sorprendentes.
Y lo que realmente convierte a este libro en una pieza fundamental en la biblioteca de cualquier fan del comic es -sin dudas- el dibujo. No sé cuánto de esto redibujó Oswal en 2001, pero se ve todo demasiado bien. El claroscuro ágil, vertiginoso, del maestro se complementa a la perfección con las tramas mecánicas y el resultado es un kilombo nuclear que detona la página. Es como una vorágine, que rara vez da tregua, en la que Oswal te tira una imagen perfecta atrás de otra, sin descuidar nunca la fluidez del relato. Acción, emociones, personajes hiper-expresivos, siluetas, contornos, pinceladas cargadas de sutileza... Una belleza realmente inexplicable.
El maestro Oswal nos dejó en 2015, pero por suerte todavía queda su obra, y ojalá se siga reeditando con esta calidad, así llega a un público que la pueda valorar y atesorar. Y estudiarla, porque leyendo a Oswal se aprende un montón.
Vuelvo con Gou Tanabe, casi un fetiche de este blog, y me interno en las casi 300 páginas que componen la primera parte de su adaptación de Las Montañas de la Locura, el extenso relato de H.P. Lovecraft, escrito en 1931 y publicado originalmente en 1936. La historia está protagonizada por un grupo de científicos y aventureros (todos varones) de la Universidad de Miskatonic, que parten rumbo a la Antártida para descubrir los secretos del continente blanco. Lo primero que me viene a la mente es... che, para escribir esto hay que saber un montón. No sé si Lovecraft estudiaba a fondo todas estas disciplinas, o si mandaba fruta, pero acá nos habla de geografía, de geología, de biología, de meteorología, de física, de química, de espeleología... y si es fruta, la verdad que no se nota para nada. Es todo muy convincente. Lovecraft pone sobre la mesa una cantidad brutal de nociones científicas para construir el verosímil de una trama en la que -obviamente- en algún momento van a irrumpir los elementos fantásticos que le va a agregar peligro y horror a la epopeya de los protagonistas.
Lo que más me gusta, por lo menos de esta primera parte, es que los protagonistas nunca están ahí cuando se desencadena la acción. Cuando la expedición liderada por Lake descubre los cuerpos de "los antiguos", estos llevan ahí millones de años inactivos. Y cuando el grupo de Dyer encuentra a la malograda expedición de Lake, los vemos descubrir los restos, los vestigios, de una masacre espantosa que nunca nos muestran, y que cada lector se la imagina de una manera distinta, con distintos niveles de crueldad y violencia.
Tanabe elige con mucho criterio qué textos de Lovecraft conservar en su versión y cuáles no, y logra un clima de suspenso y tensión muy similar al de los relatos del mítico escritor. Y cuando le suma los dibujos, la locura se hace más palpable, el horror se hace más horrendo y el suspenso crea más tensión. Tanabe narra pausado, como Lovecraft, y se toma su tiempo para crear climas ominosos y para mostrar en dibujos con muchísimo detalle lo que el texto describe con palabras. Paisajes, animales, criaturas... todo cobra relieve y belleza gracias al trazo de Tanabe, que complementa su línea elegante con un excelente trabajo de aplicación de grisados mediante tramas. Lo único que le falta es variar un poquito más los enfoques cuando muestra primeros planos de los personajes hablando. Las viñetas de "talking heads" se parecen mucho unas a otras, y hay páginas en las que abundan bastante.
Este es un manga ideal para gente que nunca leyó manga. Fans de Lovecraft hay en todas partes, y yo supongo que la mayoría no conoce a Gou Tanabe, pero se puede dejar subyugar tranquilamente por la lograda combinación entre la prosa del ídolo yanki y el trazo y la narrativa del ídolo ponja. Tengo el Vol.2 en la pila de los pendientes y prometo entrarle a la brevedad.
Nada más, por hoy. Ojalá tengamos otro posteo antes de fin de año, ya en la cuenta regresiva hacia el 15º aniversario del blog, y el post número 3000. Y obviamente, si te gusta leer sobre historietas, no te pierdas la Comiqueando Digital, que es una bomba atómica de 426 páginas, con 15 notas inéditas, colaboradores de primer nivel y contenidos audiovisuales exclusivos.
lunes, 1 de abril de 2024
LUNES FERIADÍSIMO
Por fin encontré un ratito para redactar las reseñas de los dos últimos libros que leí...
Había prometido volver pronto al extraño mundo de El Minúsculo Mosquetero, y acá estoy con el Vol.2 de esta serie creada por Joann Sfar en los albores de este milenio. Este tomo se podría sintetizar en dos palabras: sexo y delirio. Acá se coge mucho más que en el Vol.1, hay larguísimas secuencias en las que Sfar exhibe los genitales de sus personajes y los enreda en todo tipo de posiciones amatorias. Son secuencias entretenidas, sostenidas en diálogos muy ingeniosos, a veces muy agudos, en un libro muy hablado, con mucho texto en casi todas las páginas.
Y por el otro lado, el delirio. Acá el autor ni se gasta en pensar una excusa para que sucedan las cosas que tiene ganas de dibujar. Le pinta crear un mundo subacuático, y ya fue, el mosquetero se mete en la bañadera, y se hunde hasta llegar a este mundo, en el que puede respirar bajo el agua, hablar y hasta fumar. Cuando se aburre de las criaturas submarinas, se copa con la figura de la esfinge egipcia, que también tiene una escena muy copada, y después se le ocurre dibujar personajes de la mitología griega: minotauros, gorgonas, ejércitos onda Esparta... Unas páginas después, volvemos a una especie Europa medieval, y mientras el mosquetero se revuelca con una señora muy atractiva, la acción nos lleva de nuevo a una Grecia mitológica, con un fauno, para desembocar en una batalla espectacular entre cosacos rusos, soldados griegos y un dragón impresionante. En esta batalla el mosquetero conoce a Taras Bulba, una hermosa mujer, y se enamora de ella... pero sus intentos por intimar con ella van a fracasar rotundamente. Y así volvemos a "la realidad/ el presente", donde todavía nos quedan varias escenas de sexo y diálogos por delante.
Como hilo conductor de todo este incordio (en el que, por ejemplo, no se menciona más el hecho de que el mosquetero ahora es chiquitito y habita en un mundo en miniatura) tenemos al dibujo de Sfar en un nivel sencillamente glorioso. En la secuencia con Taras Bulba, además, el autor cambia la forma de colorear, para introducir unas aguadas que hacen más oscuro y más etéreo a su trazo preciso, nervioso, lleno de matices. La lucha contra el dragón ofrece viñetas más grandes, más estridentes, y en la página en la que el mosquetero debe huir de las Euménides, la puesta es una maravilla, una belleza experimental, ornamentada a todo culo, como lo haría Quique Alcatena. El único problema que tiene la faz visual de este álbum es que esas páginas repletas de globos de diálogo lo obligan a Sfar a acomodar como puede un montón de viñetas muy chiquitas, en las que el dibujo no se luce tanto. Pero ni bien afloja con la cantidad de texto, la magia de su plumín cobra protagonismo y brilla en todo su esplendor.
Hasta acá, El Minúsculo Mosquetero es una serie tan rara que puede terminar en cualquier cosa. Me voy a enterar pronto, cuando le entre al Vol.3. Por ahora, es una bizarreada entretenida, con un voltaje erótico más alto que las obras promedio de Sfar, y con un despliegue fascinante en materia de dibujo. Argumentalmente es poco lo que tiene la obra para atraparnos, pero como rareza está muy bien.
Los amigos franceses de Glénat armaron un libro muy cheto de unas 300 páginas, en el que se recopilan los primeros trabajos de Gou Tanabe, antes de que fuera el monstruo sagrado que es hoy. Son todas historietas realizadas entre 2002 y 2005, en las que cuesta un poco ver el estilo que más tarde va a caracterizar al ídolo y lo va a poner en el Olimpo del manga contemporáneo. El tomo se llama "The Outsider" y arranca con la adaptación del cuento homónimo de H.P. Lovecraft ("El extraño", en las traducciones al castellano), muy lograda, sin estirar al pedo y sin casarse innecesariamente con el texto original. Las caras de los seres humanos todavía no están muy logradas, pero el resto está muy bien.
Después aparecen las dos obras más antiguas de Tanabe: una adaptación de un relato de Anton Chejov y una de Máximo Gorki. Acá vemos a un autor muy primerizo, que maneja bien el claroscuro pero pifia en la figura humana. En los rostros muestra unas dudas bárbaras, como si no se decidiera entre un estilo más elegante, tipo Hirohiko Araki, o uno más potente y más crudo, más del palo alternativo, tipo un Taiyo Matsumoto de la primera época. El resultado es visualmente pobre, si bien la narrativa fluye de manera natural. Las historias en sí se hacen bastante embolantes, en parte porque Tanabe elige relatos que carecen totalmente de acción y se sostienen sobre todo en los diálogos.
Y el tomo ciera con Ju-Ga, una serie breve, de apenas cinco episodios, en la que Tanabe crea la historia desde cero y nos lleva a la Era Kyoho, donde vamos a conocer a Gibon Gensho, un monje que además es maestro en la disciplina que da nombre a la serie. Acá tenemos relatos muy basados en la acción, con monstruos, villanos y un sano despliegue de poderes sobrenaturales. Los dos últimos episodios son los más atractivos, los que logran una mayor tensión dramática, y los otros tres... también son un poco aburridos, pero sirven para conocer al protagonista, sus poderes y algo del contexto histórico. A lo largo de los cinco episodios de Ju-Ga (realizados entre 2004 y 2005) el dibujo de Tanabe mejora ostensiblemente y si bien para el final no está ni cerca de su mejor nivel, tenemos páginas realmente impactantes, donde no hay que ser Nostradamus para vaticinar que ese pibe iba a llegar a ser una estrella. Acá vemos más yeites tomados de autores como Hiroshi Hirata y Ryochi Ikegami, que también aportan su influencia a un Tanabe que todavía buscaba un estilo... en las fuentes correctas.
La verdad que no la pasé tan bien como suponía con The Outsider. Me sirvió para descubrir en plan arqueológico el "secret origin" de Gou Tanabe, y no mucho más. Menos mal que lo pagué muy barato. Y menos mal que tengo otros libros del ídolo en el pilón de los pendientes, como para tener la merecida revancha en un futuro no muy lejano.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
martes, 11 de abril de 2023
ACÁ ESTAMOS DE NUEVO
Bueno, por fin tengo un ratito para escribir las reseñas de los últimos libros que leí...
Empiezo en 2015, en Japón, cuando el maestro Gou Tanabe presenta su adaptación al manga de El Color que Cayó del Cielo, el famoso relato de Howard P. Lovecraft. No es la primera vez que me toca leer un manga de Tanabe que adapta una obra de Lovecraft (ver reseña del 16/11/18), así que corro el riesgo de repetir algunos conceptos. Esta vez, lamentablemente, en vez de estar editado en tapa blanda por Ivrea, El Color que Cayó del Cielo está editado en tapa dura por Planeta. O sea que es un libro innecesariamente lujoso y caro, fruto del capricho de la misma editorial que te publica esos masacotes de 1000 páginas con las obras de Osamu Tezuka en un formato pensado para destruirte la biblioteca y el bolsillo. Menos mal que en Argentina (todavía) no caímos en esta pelotudez de editar cualquier cosa en tapa dura. Se publica mucho menos que en España, pero por lo menos se eligen formatos que llegan a las bateas a un precio no tan disparatado.
Pero vamos a la historia: Tanabe está enrolado en la corriente de las adaptaciones muy respetuosas al texto original, al igual que nuestro abanderado en materia de adaptaciones de clásicos del terror, el maestro Horacio Lalia. El talentoso mangaka conserva la ambientación espacio-temporal, el elenco, la atmósfera, el orden de los sucesos y hasta muchísimos textos de la narración original, y lo único que agrega es el dibujo. Digo "lo único" y suena a poco, pero realmente es muchísimo. Ese trazo prolijo y sobrecargado de Tanabe (que por momentos me remite a Salvador Sanz) le suma un montón al clima que propone Lovecraft. Le da vida a los horrores que describe el escritor norteamericano, y enfatiza desde el ritmo que elige para el relato esa sensación de extrañeza, de tensión que crece hasta hacerse asfixiante. El trabajo de Tanabe es tan bueno, está tan afilado, que logra que te imagines ese color imposible incluso en un comic realizado en blanco, negro y grises.
A esta altura, ya no me queda duda alguna: el mejor historietista para una adaptación de Lovecraft hoy es Gou Tanabe. El que mejor entiende los climas, los ritmos, el que mejor dibuja, el que más se rompe el culo en los detalles, el que te hace sentir el horror más cerca, más palpable. El único handicap de Tanabe es que no le pone mucha expresividad a los personajes. No te tira esas caras de "estoy totalmente loco, trastornado por los horrores que me toca presenciar" que te ponían Lalia, Alberto Breccia o Berni Wrightson cuando te adaptaban a Lovecraft. Los tipos tienen el marulo detonado, pero el dibujo no lo enfatiza con la misma polenta que en los autores mencionados (y otros más). En todo lo demás, Tanabe saca mucha diferencia y te hace vivir una Experiencia Lovecraft que no te olvidás nunca más.
Voy por los libros que me faltan del ídolo, pero con la mira puesta en las ediciones yankis de Dark Horse, que son más baratas y más cómodas para manipular y guardar que las españolas.
Me voy a Francia, año 2021, cuando Lucas Varela forma equipo con el guionista galo Hervé Bourhis para ofrecernos Le Labo, una interesantísima novela gráfica de 100 páginas a todo color que ya tuvo edición en nuestro idioma por parte de La Cúpula.
Le Labo parte de un hecho real, pero lo distorsiona un poco para contar la historia de un modo más divertido. Se trata de un experimento loco de mediados de los ´70, cuando una poderosa empresa francesa que se había expandido a raíz del éxito de las fotocopiadoras que fabricaba, le pone un montón de plata a un laboratorio donde el hijo del dueño reúne a los más capos en informática de ese país para empezar a desarrollar la computadora personal... y más tarde la internet y la telefonía celular. El comic recorre toda esa segunda mitad de los ´70, donde Jean-Yves y su equipo trabajan a puro ensayo y error, hasta que llegan los yankis con su voracidad comercial y se quedan con todo.
Por delante de este contexto histórico tan interesante (y poco explorado), Bourhis acierta al alejarse del relato documental para poner el foco en los personajes y sus vínculos. De ahí salen algunas escenas dramáticas y otras realmente muy cómicas. También ensaya un truco que no es nuevo, pero que está buenísimo: en un momento, un personaje secundario, marginado y ninguneado, se pierde entre los pliegues de la trama para reaparecer sobre el final transformado en un personaje absolutamente central. Ese es el arco de Nicole, la hermana menor de Jean-Yves, quien resulta ser la narradora de todo lo que sucede en Le Labo. La relación entre los franceses y los californianos también está muy bien aprovechada y plasmada de modo muy gracioso. Bourhis está tan canchero en el manejo de la época y la temática, que hasta tira magia con injertos de retro-continuidad, en los que Jean-Yves y su equipo flashean (a veces bajo los efectos del faso) con avances tecnológicos que llegarían varias décadas después y que, si bien en 1977 parecían delirios de fumones o de fans de la ciencia ficción, hoy son parte de nuestra vida cotidiana.
El dibujo y el color, ambos a cargo de Varela, son alucinantes. Nuestro compatriota capta sin el menor problema todos esos detalles de la ambientación setentosa que tienen que ver con ropa, peinados, artefactos que hoy parecen prehistóricos, el chiste (ya visto en series y películas) de que todo el mundo fumaba en todas partes... Toda esa carga de "mostremos la vida cotidiana de estos tipos y minas" que propone el guion de Bourhis está llevada al papel por Varela con verdadera maestría, y aporta también a generar ese clima de comedia costumbrista en la que podrían aparecer tranquilamente Alberto Olmedo o el Gordo Porcel sin que a nadie le resulte raro. El creador de Paolo Pinocchio te hace entretenidas las escenas donde solo hay talking heads, y deja la vida en esas doble splash-pages en las que Jean-Yves tiene esas visiones proféticas que cambian el rumbo de la novela gráfica (y de la historia del desarrollo de la informática en dos continentes).
Si sos fan de Lucas Varela, de la computación, de la historia de los avances tecnológicos del Siglo XX, o si te copa leer una historia muy divertida y descontracturada acerca de los años "de incubación" de Apple, la internet, los celulares y los videojuegos, seguro vas a pasar un buen rato con Le Labo.
Y hasta acá llegamos. Tengo avanzada la lectura de un librito más, que seguramente comentaremos (junto a algún otro) en el próximo post que aparezca acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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viernes, 16 de noviembre de 2018
DOS DE VIERNES
En un rato explota el finde largo, pero antes, un par de reseñas.
Arranco en 2014, con El Sabueso y Otras Historias, un librito editado por Ivrea (España) que reúne tres adaptaciones al comic de cuentos de H.P. Lovecraft realizadas por el mangaka Gou Tanabe. A esta altura, es difícil que un historietista nos sorprenda con una versión gráfica de un cuento de Lovecraft, porque es algo que ya se hizo demasiadas veces. De hecho, me sumergí en el libro de Tanabe con imágenes muy potentes en la cabeza, que provenían de la versión de El Sabueso que hizo hace como 20 años el maestro Horacio Lalia. Pero acá hay dos elementos muy atractivos: 1) nunca había visto a un mangaka adaptar a Lovecraft, y 2) Gou Tanabe es un dibujante prodigioso, algo así como el Salvador Sanz japonés, un grosso absoluto en el manejo de los climas oscuros, los detalles demenciales en los fondos, el trabajo con los grises… Visualmente estas versiones son realmente alucinantes, sin nada que envidiarle a las mejores adaptaciones del gran H.P. a la historieta.
Tan bien dibuja Tanabe que no me irritó en lo más mínimo que estirara El Sabueso a lo largo de 60 páginas (Lalia la despachó en 14), ni que moviera la ambientación de El Templo de la Primera Guerra Mundial (la que recién había terminado cuando Lovecraft inicia su etapa más prolífica en materia de relatos de terror) a la Segunda Guerra Mundial. El Templo, contada en 62 páginas con poquísimo texto, sí se me hizo un poco pesada, aunque lo interesante es dejarse subyugar, o incluso asfixiar, por el clima que Tanabe va conjurando a través de todas esas secuencias mudas.
El tercer relato, La Ciudad sin Nombre, se desarrolla en sólo 32 páginas y acá Tanabe no tiene mucho margen para tirar magia y probar cosas raras. Es una historia casi sin conflicto, donde el atractivo es cómo exploramos (a través de los ojos del protagonista) un lugar que se va tornando cada vez más imposible, más extraño, más ominoso. Y Tanabe no escatima absolutamente nada a la hora de dibujar decorados complejísimos, paisajes surreales y criaturas asombrosas, siempre a tono con la oscuridad del cuento de Lovecraft. Creo que es la adaptación que más me cerró de las tres.
Recomiendo mucho El Sabueso y Otras Historias a los fans de Lovecraft, y anoto a Gou Tanabe en la lista de los mangakas a seguir hasta el fondo la cripta más nauseabunda.
Salto a Argentina, año 2018, cuando se publica Dora: Malenki Sukole, tercer libro protagonizado por esta heroína creada por Ignacio Minaverry (las reseñas de los Vol.1 y 2, haciendo click en la etiqueta de Dora). Ambientado en Europa entre 1963 y 1964, este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores. ¿Qué nos cuenta Minaverry en estas 120 páginas? Básicamente una historia de verdad, memoria y justicia en la que Dora asume (15 años antes de que existieran en la realidad) el rol de las gloriosas Abuelas de Plaza de Mayo.
Minaverry nos cuenta que (al igual que los genocidas del Proceso) los nazis robaron bebés polacos de las familias judías a las que mandaron a los campos de concentración y los “germanizaron”. Los entregaron a familias alemanas que los criaron como si fueran sus propios hijos, por supuesto ocultándoles su verdadera identidad. Dora descubre que su amiga Lotte es una de estas hijas “germanizadas”, decide contarle la verdad, y le ofrece encontrarse con su verdadera familia (o lo que quedó de ella tras el holocausto). El conflicto es ese, el que conocemos los que seguimos el trabajo de las Abuelas: devolverle la identidad a una chica después de más de 20 años no es algo sencillo, hay un vínculo con sus apropiadores que no se puede soslayar y además insertar a una chica de veintipico en una familia que no la conoce tampoco es una boludez. Pero en Malenki Sukole todo esto se da de modo muy armónico, muy natural, sin que vuele una sola cachetada, sin tiros, ni persecuciones ni escenas más cercanas a una película de espías. Si no fuera porque está todo narrado de un modo muy efectivo, con Minaverry apostando fuerte a emocionar al lector (que puede o no captar la analogía con lo que pasó y pasa en nuestro país), la trama se puede hacer un poco aburrida, sobre todo porque el disparador de la misma aparece recién en la página 27.
Por suerte a Minaverry no se le escapa el hecho de que escribió una novela de 120 páginas de gente hablando (o viajando, o pensando) y se esmera como nunca en el dibujo, que alcanza un nivel realmente extraordinario. Excepto por Lotte (que parece Pepe Sánchez disfrazado de mujer) el resto de los personajes tienen un trabajo exquisito en las expresiones faciales y en el lenguaje corporal. Minaverry va hacia una línea más gruesa, con más presencia de la mancha negra (en parte, me imagino, para suplir la falta de color) y logra una estética que me remitió de inmediato a la de Jacques Tardi. Y claro, a Dora la dibuja mucho más linda que una “chica Tardi promedio”, como si los lápices del maestro francés fueran entintados por dibujantes yankis “de chicas lindas” tipo Terry Dodson, Adam Hughes o Frank Cho. Por supuesto los paisajes, vehículos, peinados y ropa que vemos en Malenki Sukole están milimétricamente tomados de la realidad de 1964, en un laburo de reconstrucción de época tan titánico como el que había mostrado Minaverry en los tomos anteriores. A un comic dibujado a este nivel, ya ni me caliento en pedirle conflictos más explosivos o escenas más impactantes.
¡Volvemos pronto con nuevas reseñas, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados!
Arranco en 2014, con El Sabueso y Otras Historias, un librito editado por Ivrea (España) que reúne tres adaptaciones al comic de cuentos de H.P. Lovecraft realizadas por el mangaka Gou Tanabe. A esta altura, es difícil que un historietista nos sorprenda con una versión gráfica de un cuento de Lovecraft, porque es algo que ya se hizo demasiadas veces. De hecho, me sumergí en el libro de Tanabe con imágenes muy potentes en la cabeza, que provenían de la versión de El Sabueso que hizo hace como 20 años el maestro Horacio Lalia. Pero acá hay dos elementos muy atractivos: 1) nunca había visto a un mangaka adaptar a Lovecraft, y 2) Gou Tanabe es un dibujante prodigioso, algo así como el Salvador Sanz japonés, un grosso absoluto en el manejo de los climas oscuros, los detalles demenciales en los fondos, el trabajo con los grises… Visualmente estas versiones son realmente alucinantes, sin nada que envidiarle a las mejores adaptaciones del gran H.P. a la historieta.
Tan bien dibuja Tanabe que no me irritó en lo más mínimo que estirara El Sabueso a lo largo de 60 páginas (Lalia la despachó en 14), ni que moviera la ambientación de El Templo de la Primera Guerra Mundial (la que recién había terminado cuando Lovecraft inicia su etapa más prolífica en materia de relatos de terror) a la Segunda Guerra Mundial. El Templo, contada en 62 páginas con poquísimo texto, sí se me hizo un poco pesada, aunque lo interesante es dejarse subyugar, o incluso asfixiar, por el clima que Tanabe va conjurando a través de todas esas secuencias mudas.
El tercer relato, La Ciudad sin Nombre, se desarrolla en sólo 32 páginas y acá Tanabe no tiene mucho margen para tirar magia y probar cosas raras. Es una historia casi sin conflicto, donde el atractivo es cómo exploramos (a través de los ojos del protagonista) un lugar que se va tornando cada vez más imposible, más extraño, más ominoso. Y Tanabe no escatima absolutamente nada a la hora de dibujar decorados complejísimos, paisajes surreales y criaturas asombrosas, siempre a tono con la oscuridad del cuento de Lovecraft. Creo que es la adaptación que más me cerró de las tres.
Recomiendo mucho El Sabueso y Otras Historias a los fans de Lovecraft, y anoto a Gou Tanabe en la lista de los mangakas a seguir hasta el fondo la cripta más nauseabunda.
Salto a Argentina, año 2018, cuando se publica Dora: Malenki Sukole, tercer libro protagonizado por esta heroína creada por Ignacio Minaverry (las reseñas de los Vol.1 y 2, haciendo click en la etiqueta de Dora). Ambientado en Europa entre 1963 y 1964, este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores. ¿Qué nos cuenta Minaverry en estas 120 páginas? Básicamente una historia de verdad, memoria y justicia en la que Dora asume (15 años antes de que existieran en la realidad) el rol de las gloriosas Abuelas de Plaza de Mayo.
Minaverry nos cuenta que (al igual que los genocidas del Proceso) los nazis robaron bebés polacos de las familias judías a las que mandaron a los campos de concentración y los “germanizaron”. Los entregaron a familias alemanas que los criaron como si fueran sus propios hijos, por supuesto ocultándoles su verdadera identidad. Dora descubre que su amiga Lotte es una de estas hijas “germanizadas”, decide contarle la verdad, y le ofrece encontrarse con su verdadera familia (o lo que quedó de ella tras el holocausto). El conflicto es ese, el que conocemos los que seguimos el trabajo de las Abuelas: devolverle la identidad a una chica después de más de 20 años no es algo sencillo, hay un vínculo con sus apropiadores que no se puede soslayar y además insertar a una chica de veintipico en una familia que no la conoce tampoco es una boludez. Pero en Malenki Sukole todo esto se da de modo muy armónico, muy natural, sin que vuele una sola cachetada, sin tiros, ni persecuciones ni escenas más cercanas a una película de espías. Si no fuera porque está todo narrado de un modo muy efectivo, con Minaverry apostando fuerte a emocionar al lector (que puede o no captar la analogía con lo que pasó y pasa en nuestro país), la trama se puede hacer un poco aburrida, sobre todo porque el disparador de la misma aparece recién en la página 27.
Por suerte a Minaverry no se le escapa el hecho de que escribió una novela de 120 páginas de gente hablando (o viajando, o pensando) y se esmera como nunca en el dibujo, que alcanza un nivel realmente extraordinario. Excepto por Lotte (que parece Pepe Sánchez disfrazado de mujer) el resto de los personajes tienen un trabajo exquisito en las expresiones faciales y en el lenguaje corporal. Minaverry va hacia una línea más gruesa, con más presencia de la mancha negra (en parte, me imagino, para suplir la falta de color) y logra una estética que me remitió de inmediato a la de Jacques Tardi. Y claro, a Dora la dibuja mucho más linda que una “chica Tardi promedio”, como si los lápices del maestro francés fueran entintados por dibujantes yankis “de chicas lindas” tipo Terry Dodson, Adam Hughes o Frank Cho. Por supuesto los paisajes, vehículos, peinados y ropa que vemos en Malenki Sukole están milimétricamente tomados de la realidad de 1964, en un laburo de reconstrucción de época tan titánico como el que había mostrado Minaverry en los tomos anteriores. A un comic dibujado a este nivel, ya ni me caliento en pedirle conflictos más explosivos o escenas más impactantes.
¡Volvemos pronto con nuevas reseñas, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados!
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