lunes, 29 de diciembre de 2025
NOCHE DE LUNES
Vengo de unas horas MUY chotas: primero un corte de luz de casi dos horas, y cuando vuelve la luz, me encuentro con la noticia de que falleció alguien que fue amigo mío desde fines de los ´80. Podría dejar las reseñas para mañana, pero había prometido un post más antes de fin de año y el día de mañana va a ser sumamente complicado, porque a los varios compromisos que ya tenía se suma el velatorio de mi amigo. Así que ahí vamos...
Empiezo en Francia, año 2016, cuando el maestro Regis Loisel nos sorprende al calzarse la pilcha de camaleón estilístico para una novela gráfica de... Mickey Mouse. Si la portada no dijera "par Regis Loisel", no tendríamos ninguna pista de que este álbum es obra del autor de La Búsqueda del Pájaro del Tiempo y Peter Pan, entre otras. El francés esconde prácticamente todos sus rasgos de estilo para que esto parezca una aventura de Mickey de los años ´30, de cuando era una tira para diarios que escribía y dibujaba el inmenso Floyd Gottfredson (con tintas de Ted Twaithes y Bill Wright). Y sí, se parece mucho al Mickey de esa etapa, pero hay algunas puntitas que nos hacen sospechar que se trata de material mucho más moderno: 1) el entintado de Loisel es más complejo que el de las tiras clásicas de Mickey. Hay más detalles, más texturas, más laburo, y un resultado un poco más oscuro, como si algunas viñetas estuvieran entintadas por Robert Crumb. 2) La trama de Café Zombo es compatible con las de las aventuras clásicas de Mickey, pero Loisel le incorpora una dimensión social. En los momentos más bravos, no es el héroe o su grupito de amigos los que la pasan mal, sino todo un pueblo al que se lo ve sumido en la pobreza y sojuzgado por un garca con mucha plata que (como tantos garcas con mucha plata) se quiere quedar con todo. Como suele suceder, la inoperancia de los villanos, combinada con una excesiva ambición y la astucia y el coraje de los buenos, hará que los garcas se queden sin nada, no sin antes recorrer pasajes bastante dramáticos para una aventura de "dibujitos animados". 3) Lo que más llama la atención es el nivel de violencia que maneja Loisel. Varias veces a lo largo del álbum, Mickey y Horace confrontan con los villanos... ¡y se cagan a trompadas! ¡ Y a palazos en la cabeza! Obviamente sabés que la violencia no es letal, porque también sobreviven a explosiones, choques de autos, yunques que les caen en la cabeza, y todas esas cosas típicas de lo que llamamos "cartoon violence". Pero acá hay peleas muy brutales, que duran varias páginas y en las que se dan con todo.
Entre una cosa y otra, Loisel arma una historieta con muchísimo ritmo, una vorágine de sucesos que para encontrar un final feliz va a requerir de la intervención de las mujeres del pueblo. El autor aprovecha para bajar línea acerca de la alienación a la que te condena la explotación laboral y le dedica unos cuantos garrotazos a McDonald´s. Como siempre, Mickey es el Number One en todas las disciplinas, el que más clara la tiene, pero los roles de Horace, Minnie y Clarabelle no son para nada menores. Pluto, Goofy y Donald, en cambio, tienen mucho menos peso en la trama. Nunca supe por qué duró tan poco esta runfla entre Glénat y Disney, pero me alegra que haya durado lo suficiente como para que podamos disfrutar de esta excelente versión del Mickey clásico, traído al cuasi-presente por un talento de la jerarquía de Regis Loisel.
Me vengo a Argentina, año 2025, para disfrutar de Luna Oscura y otros casos de Cecilia Guzmán, un libro con tres historias policiales escritas por Cristian Blasco y dibujadas por Alfredo Retamar. Esto me gustó mucho, es un material muy sólido, muy profesional. Adaptados al formato de historias episódicas de 14 páginas, los casos de Cecilia Guzmán podrían ser tranquilamente una serie regular en una antología onda Skorpio. De hecho, una de las historietas tiene 14 páginas, o sea que ni habría que tocarla (bueno, habría que traducirla al italiano, porque la Skorpio argentina no existe más hace 30 años). Al dibujo le falta soltarse un poco más, ponerle un poquito más de onda, de rasgos identitarios, de modo que vos veas una página y al toque digas "ah, esto lo dibujó Retamar". Por ahora, el entrerriano radicado en Tandil juega a ser un dibujante "genérico", sin mucha personalidad, pero sumamente correcto y eficaz en lo suyo.
Y los guiones son realmente buenos. Más allá de algún tropiezo con los signos de puntuación, Blasco presenta muy bien los conflictos, desarrolla a los personajes mediante diálogos que suenan creíbles y lleva los misterios hacia finales lógicos y satisfactorios. No estira innecesariamente las historias, sino que complementa muy bien la intriga policial con escenas más vinculadas a la intimidad de los protagonistas, a los que sentimos muy reales y muy cercanos (aunque sean policías).
La historieta argentina tiene una larga tradición de buenas series policiales, con detectives que resuelven los casos con inteligencia más que con tiros o trompadas, y si siguen por este camino, Blasco y Retamar van a lograr que sumemos a Cecilia Guzmán a esa lista de series memorables. Ojalá haya nuevos casos muy pronto.
Nada más, por hoy. Cerramos un año bastante generoso en cantidad y calidad de lecturas, y en algún momento de la semana (ya pasada la barrera del 31/12) arrancamos con la decimoséptima temporada del blog. Gracias por el aguante y nos encontramos este martes a las 22:30 en el canal de YouTube de Comiqueando para una nueva emisión de Agenda Abierta, en vivo y gratis para toda el habla hispana.
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jueves, 25 de diciembre de 2025
NOCHE DE JUEVES
Ahora sí, la Comiqueando Digital está casi lista y me puedo dar el lujo de ponerle una pausita al laburo para comentar los últimos libros que leí.
Este año tuvimos (por fin) edición argentina para las dos aventuras de Livingstone que nunca se habían publicado en libro (una de ellas, ni siquiera se había publicado en castellano): Amazonia y Video Star, que salieron (acertadamente) en un único libro, co-editado por Sector y Comic.ar. Supongo que para alguno será una herejía, pero a mí estas dos aventuras me gustaron bastante más que Tigre Hotel. Las noté más compactas, más coherentes, con el protagonista mejor delineado y con personajes secundarios mucho más atractivos. El hecho de que las historias tengan 56 páginas en vez de 44 también ayuda un montón a que podamos disfrutar de esta una notable mejora en la labor de Mario Rulloni como guionista, mientras que el dibujo de Pablo Zweig está al mismo nivel (descomunalmente alto) que vimos en el libro anterior (reseña del 27/12/23).
No quiero ahondar en los argumentos, pero digamos que Amazonia es una historia de ambición política que esconde (como casi siempre) la intención de apoderarse de enormes riquezas, mientras que Video Star es una enroscada y divertidísima sátira al star system de Hollywood, las superproducciones, el glamour de las actrices y toda esa parafernalia medio alienígena que rodea a la industria del cine. En ambos casos, el espesor de las tramas deja espacio para que haya muchísima acción, buenos diálogos y unas secuencias mudas totalmente hipnóticas en las que Zweig revalida sus credenciales de maestro de la narración gráfica. También en ambos casos, las fronteras entre buenos y malos son bastante borrosas, y eso le da a los conflictos una riqueza muy particular, no muy frecuente en el comic de aventuras.
Pero claro, Livingstone no es un típico comic de aventuras, en parte por cómo está trabajado el aspecto visual por Zweig. Acá el trazo ya está totalmente establecido en una zona intermedia entre Hergé y Daniel Torres, pero con un dinamismo, una plasticidad y un ingenio para "mover la cámara" que ninguno de los maestros europeos mostraron nunca. Es raro, porque en general la línea clara heredera de Hergé, tan pendiente de la prolijidad, no deja mucho lugar para el impacto visual, para esa onda desfachatada e hiperkinética que tienen las páginas de Zweig. Y ni hablemos del color, que es una auténtica maravilla: pensás que acá alguien publicó Amazonia en blanco y negro y no entendés cómo no está preso. Visualmente, esto es una fiesta total, una cátedra a la que lamentablemente asistieron pocos alumnos, porque Zweig es uno de esos referentes a los que, para mi gusto, le salieron pocos émulos.
Recomiendo muchísimo Amazonia + Video Star, incluso a quienes leyeron Tigre Hotel y no les pareció taaaan grosso. Créanme: esto es muy superior.
Tarde como siempre, le entré a 21st Century Boys, el manga de Naoki Urasawa que retoma todo lo que había quedado colgado en el último tomo de 20th Century Boys (ver reseña del 12/08/24). Por supuesto, que no deje plots colgados no significa que todo tenga sentido, pero por lo menos está la intención de explicar lo más importante: quién era Amigo, para qué corno estaba ese robot gigante ahí guardado, cómo se reorganiza el poder en Japón tras la "muerte" de su líder supremo... Y pasan cosas. Hay como 40 ó 50 páginas (en un tomo de 400) de palo-y-palo, con una aventura fuerte, que se puede resumir así: un villano loco creó un arma de devastación masiva y un grupo de héroes hará lo imposible para que esta no se active. Listo, la historia es eso. No importa que los héroes sean cincuentones que se conocen desde la infancia, no importa mucho la identidad de Amigo, ni los poderes de Kanna, no suma ni resta la canción de Kenji (aunque es importante en el epílogo, hermoso, muy emotivo), no tienen ningún peso en la resolución los mangakas, ni el tipo del bowling, ni el policía amigo de Kanna, podrían tranquilamente no estar todas las secuencias del pasado de los protagonistas, y pocas ideas me parecen tan chotas como la de ese parque de atracciones de Amigo, donde -a través de la realidad virtual- los personajes del presente pueden interactuar con sus versiones de la infancia.
Todos esos elementos (y otros que no tiene sentido enumerar) complican la trama al pedo. A veces sirven para darle más dimensión a los personajes, para que nos importe más lo que Urasawa hace con ellos. Pero a lo largo de estos 12 libracos nos comimos tantos amagues, nos fumamos tantas secuencias totalmente irrelevantes, tantas peripecias innecesarias, tanto flashback que no aporta nada, que no se puede creer cómo el co-guionista y los editores que supervisaron la labor de Urasawa tienen la valentía de que sus nombres figuren en los créditos del tomo final. Yo le echaría toda la culpa al sensei, total alguien que dibuja tan, pero tan bien, difícilmente se gane el odio de los lectores, aunque nos condene a recorrer laberintos del terror como este, o como Monster.
O sea que sí, finalmente la saga de Kenji, sus amigos de la infancia, las boludeces que inventaron de chicos y se convirtieron en trágicas amenazas de grandes, llega a un desenlace coherente, razonable y casi sin cabos sueltos. El problema es cómo y cuándo llega. Las vueltas que da Urasawa para llegar, seguramente producto de la improvisación, de ir creando el argumento sobre la marcha, al ritmo de la serialización del manga. El resultado es un kilombo, pasado de rosca en materia de ambición, en el que los hallazgos e incluso las genialidades quedan sepultados bajo el alud de elementos innecesarios, inverosímiles o directamente estúpidos. En ese péndulo infinito entre la tensión y el tedio, brilla siempre el grafismo pluscuamperfecto de Urasawa y su enorme talento como narrador. Pero no alcanza para justificar la extensión de la obra cuando el argumento que la sostiene es tan chiquito, por más que la ornamentes con personajes queribles (con Kenji, Kanna y Otcho en el podio), machaca, rosca política y un misterio que, de tanto que se estira, genera más fastidio que intriga.
Nada más, por hoy. De nuevo creo que habrá por lo menos un posteo más antes de fin de año. Parece mentira, pero estamos por terminar la 16ª temporada del blog. Una locura.
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lunes, 22 de diciembre de 2025
TRES MUNDOS DE FANTASÍA
Casualmente, este elemento se repite en las historietas que tengo para reseñar. Veamos.
Un muy lejano 13/05/20, teníamos en este espacio la reseña del Vol.1 de Descender, de Jeff Lemire y Dustin Nguyen. En ese momento no suponía que iba a tardar tanto en leer el Vol.2, pero puede pasar. Por lo menos me queda la tranquilidad de que en el medio leí un montón de obras más de este prolífico canadiense.
Cuando leí el Vol.1, sentí a Descender emparentado con Sweet Tooth. Ahora también le veo puntos en común con Saga (de Brian Vaughan y Fiona Staples), y no me refiero solo al género de ciencia ficción. Descender replica lo mejor que tiene Saga, que es la capacidad de combinar una aventura de proporciones épicas con una gran humanidad, un gran laburo para convencer al lector de que estos personajes y sus emociones son realmente importantes para que la trama avance. Y además, toda esa vasta exploración de un universo fantástico, con razas, planetas, culturas, tecnologías y demás, que -bien hecho- siempre resulta fascinante.
En la reseña del Vol.1 yo hablaba del "riesgo de irse por las ramas, de que algunas de esas buenas ideas que nacen en este tomo se diluyan en los que vienen después". Bueno, la chota. En este segundo tramo se incorporan nuevos personajes, locaciones y conceptos, pero Lemire no pierde para nada el foco y la narración se mantiene 100% ajustada a las consignas que nos atraparon en el Vol.1. El final del tomo llega en un momento áspero, un cliffhanger jodido como enema de chimichurri, que te ceba como para salir de tu casa a las 3 AM a buscar un dealer que te venda YA el Vol.3, al precio que sea. Y eso no se debe a que Descender sea un torbellino de acción y machaca, sino a que los autores se matan para que los personajes nos importen y los vínculos entre ellos se vuelvan el elemento central de la saga.
El dibujo y el color a cargo de Nguyen siguen muy arriba, aunque ahora son más las excusas para no dibujar fondos, y están más presentes los primeros planos. Cuando dibuja fondos, naves, satélites, asteroides agujeros negros y demás, la rompe toda. Pero -de nuevo- el énfasis está puesto en las emociones de los personajes, y eso se resuelve fácil y rápido con un buen trabajo en los primeros planos. Nguyen ofrece un menú muy amplio de grillas, para que cada puesta en página sea única y sobre todo muy efectiva.
Una vez más, me la baja un poco la extensión de la serie, sobre todo cuando uno arranca tan de atrás. Pero por ahora, Descender justifica plenamente no solo la cantidad de TPBs que hay que comprar, sino todos los elogios que recibió mientras se publicaba. Ni bien pueda, voy por más.
Me voy de EEUU a Argentina, y de los remotos confines del cosmos a un reino medieval, para internarme en La Gloriosa Historia, primer trabajo conjunto de dos autores que me gustan mucho. El guion es de Alejo Valdearena y los dibujos de Agustín Paillet. Y sí, el combo entre dos capos dio como resultado una historieta sumamente disfrutable.
La Gloriosa Historia tiene comedia, aventura, romance, batallas entre ejércitos, un toquecito de sexo, una sátira despiadada al absolutismo y los caprichos criminales de quien se sabe enormemente poderoso, y por si fuera poco, nos presenta otro mundo fantástico en el que caben muchas más historias, con estos u otros personajes. ¿Qué se le puede criticar? En mi caso, creo que esto se vería mucho mejor publicado a color, más allá de que el trabajo de Paillet en blanco, negro y grises (aplicados con tramas) sea impecable. El principal argumento para sostener esto me lo da la propia portada del libro, que es a todo color y se ve espectacular.
Y después, y en mucha menor medida, capaz que llega un poco tarde, cuando muchos lectores están ya muy cansados de que el personaje de "la minita" sea la Guacha Pistola, la que tiene todo claro, la que resuelve todo, la que le gana a todos, la que hace que -en la comparación- todos los personajes masculinos que la rodean se vean como imbéciles. Ya está, ya pasó, ya entendimos que está bueno subvertir esas reglas de la aventura clásica en las que "la minita" era parte del decorado, o estaba ahí solo para que el héroe (varón) la rescatara de algún peligro. Pero esa vertiente empezó... no sé, en 1984 con la primera Terminator... y hoy está un toque gastada. Estaría bueno agarrar para otro lado, así no se pierde la sorpresa.
El resto es una fiesta, 100 páginas a pura diversión, con buenos personajes, conflictos entretenidos y variados, una narración gráfica muy tradicional, pero a la vez muy dinámica y muy fluida, los clásicos diálogos llenos de ingenio a los que nos tiene acostumbrados Valdearena (pero ahora en castellano antiguo) y -como ya señalé- un trabajo magnífico de Paillet en el diseño de los personajes, el mundo que habitan y la forma en que se mueven. Sin dudas, La Gloriosa Historia merece un lugar entre las mejores historietas argentinas de 2025.
Y cierro con una breve mención a Gauchobots, primera historieta del experimentado animador y diseñador de videojuegos Martín Eschoyez. La idea de un mundo de androides y robots en el que sobreviven las tradiciones de los gauchos argentinos es una genialidad absoluta. Es algo que habría funcionado maravillosamente como un serie humorística, en entregas de dos o tres páginas en cada número de Fierro. Historias cortas, en joda, muy basadas en la exploración de este universo fantástico. El tema es que Eschoyez plantea una aventura "larga", de 26 páginas, y ahí ya no alcanza con el world building: tiene que "pasar algo". Lo que pasa es una típica pelea entre el héroe y un monstruo, en la que Jote (el héroe) repite frases y hasta poses que ya vimos miles de veces en otros comics de machaca con monstruos ("¡esto se termina... ahora!"... ¿en serio? ¿Otra vez sopa?). Menos mal que el dibujo de Eschoyez es alucinante de punta a punta, porque el guion, al abordar la aventura de una manera tan remanida, pierde un poco del atractivo que tiene en las primeras páginas.
Nada más. Estén atentos al sitio web y el canal de YouTube de Comiqueando, así se enteran cuándo está disponible la nueva revista Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Calculo que habrá como mínimo una entrada más en el blog antes de fin de año. Gracias y hasta entonces.
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viernes, 19 de diciembre de 2025
TARDE DE VIERNES
Otra vez clavo una pausa en el vértigo y el frenesí que exige la Comiqueando Digital para estar lista a fin de mes, y la aprovecho para reseñar un par de libros que leí en estos días.
Muy brevemente, expreso mi tristeza por no haber podido disfrutar todo lo que esperaba con The Cardboard Valise, la novela gráfica de Ben Katchor publicada en 2011. Y un poco es culpa del que decidió que este material, originalmente publicado por Katchor en entregas semanales en distintos periódicos alternativos, se podía "envasar" en formato libro de 128 páginas. Más allá de cómo las acomodemos, del formato que les queramos dar, estas páginas NO forman un relato consistente con lo que habitualmente llamamos "novela". Son una sucesión de no-historias cortas, que repiten algunos personajes y la ambientación (una isla imaginaria en la que pasan cosas rarísimas) y por ahí tenemos UN momento copado (probablemente el remate de una entrega semanal) cada dos páginas.
Pero presentadas así, en semejante masacote, lujosamente editadas por Pantheon, estas historietas tratan de cagar más alto de lo que les da el culo. Son graciosas, tienen ese humor surrealista de un sketch de Cha-cha-cha, tienen ese ritmo de anécdota pachorra y nostálgica de las Crónicas del Ángel Gris de Alejandro Dolina, el dibujo es fastuoso, pero -discúlpenme si peco de tradicionalista- si no hay conflicto, no hay novela. Una novela no es una sucesión de anécdotas, ni de gente que le explica a otra gente qué había antes en el lugar donde están ahora.
Sin cohesión narrativa, los caprichos y las ocurrencias limadas del autor son solo eso: caprichos y limaduras. Y seguramente ese es el motivo por el cual The Cardboard Valise es la obra menos querida por los fans de Ben Katchor, pese a ser la que gozó de una edición más cheta y más cuidada. Esto así como está es excesivo, es comer dulce de leche en el desayuno, el almuerzo y la cena durante dos semanas. Llega un punto en que ya no podés ni ver al dulce de leche. Con los dibujos de Katchor obviamente eso no pasa, porque son bellísimos, pero la falta de un argumento sólido, de un real desarrollo de personajes, hace que todo el resto (el world-building complejo, lleno de ironía e imaginación, los diálogos bizarros, etc.) a partir de cierto punto se vuelva un plomazo. Hacía muchos años que buscaba este libro, finalmente lo conseguí a buen precio, y ahora no sé si quedármelo o no, porque tengo claro que en la puta vida lo voy a volver a leer. Cosas que pasan.
Y también leí (a velocidades supersónicas) las 96 páginas de Aventureros del Aire, una obra de Rodolfo Santullo y Pablo Burman que se había serializado en el e-zine de Loco Rabia y este año salió en libro a través del sello Los Aspirantes. Más allá de lo rápido que se lee, me encontré con una muy buena historieta de acción y aventura, a la que se le suma un trasfondo muy atractivo, relacionado al abuso de poder, a cómo desde el poder se manipula a la gente común y se le vende humo con total impunidad.
Santullo elige muy bien los momentos en los que nos revela qué hay detrás de esta trama, y los volantazos que pega (personajes que al principio parecen ser del bando de "los malos" y después se dan vuelta, o viceversa) son, además de sorpresivos, totalmente coherentes con la narración que construye. En un guion realmente potente, lo único que -conociendo la obra del uruguayo/mexicano- se echa un poquito de menos es el world-building, que no está muy explorado, sino apenas delineado con unos pocos trazos. Es raro, porque en general, cuando trabaja con mundos fantásticos, Santullo cuida mucho ese detalle. Acá, felizmente, se luce en muchos otros rubros, sobre todo en el desarrollo de los personajes: tanto la protagonista como los secundarios tienen sus arcos narrativos y nadie sale de la novela igual que como entró.
Si yo te contara detalles del argumento, seguro que vos empezarías a flashear imágenes en un estilo tipo Frank Robbins, Juan Giménez, o Solano López, capos indiscutidos en el rubro "historietas de aviación". Bueno, en esta lo tenemos a Pablo Burman, con un grafismo que está a años luz del de los clásicos maestros mencionados (y tantos otros), pero que te cautiva desde la primera página. Ya desde la portada queda claro que Burman se va a decantar por un estilo más pictórico, pero adentro, en vez de esos óleos vamos a tener acuarelas y lápices de colores. Sí, las queridas "pinturitas" convertidas por Burman en varitas mágicas con las que conjura formas, texturas, climas... lo que haga falta. Me gustaba cuando Burman trabajaba en blanco, negro y grises, con tinta china y aguadas, pero esto es infinitamente mejor. Hay momentos en los que no sabés si estás leyendo un comic de aventuras o recorriendo un museo dedicado a las artes plásticas y a los pintores expresionistas. Todas las decisiones estéticas de una bestia como Burman implican algún riesgo, y las decisiones en materia de puesta en página no se quedan atrás. Pero todo esto (más la típica sobriedad que le permite a Santullo contar una historia compleja sin meter enormes cantidades de texto en cada página) contribuye de manera armónica e impactante a lograr un gran ritmo, que te lleva puesto hasta el final.
Aventureros del Aire no es un comic que te cambia la vida, pero es una gran historia, con giros argumentales muy logrados, un vértigo alucinante y unos dibujos atípicos y (por momentos) gloriosos. Recomiendo mucho esta colaboración entre Santullo y Burman y ojalá pronto haya nuevas.
Nada más, por hoy. Buen finde y hasta pronto.
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domingo, 14 de diciembre de 2025
RESEÑAS DE DOMINGO
Obviamente todavía me duran la bronca y la tristeza por la final que perdió Racing anoche, pero bueno, tengo un par de libritos para reseñar antes de internarme de nuevo en la Comiqueando Digital.
Empezamos en 2021, con el especial de 100 páginas que publicó DC Comics para festejar los 80 años de Green Arrow. Ya vimos varias de estas antologías (me falta reseñar solo la de Robin), pero esta es particularmente atractiva.
Mariko Tamaki y Javier Rodríguez (lujoso equipo) nos cuentan una amena historia del Green Arrow y el Speedy de la Golden Age, muy linda. Tom Taylor y Nicola Scott arman un injerto de continuidad que nos lleva a la época en la que Oliver estaba cortejando a Dinah Lance, mientras entrenaba con Ted "Wildcat" Grant. También, muy divertida, con buenos diálogos y hermosos dibujos. Después tenemos al Ollie contestatario y rebelde, en conflicto con sus compañeros de la Justice League, en una historia con onda "principios de los ´80", a cargo de Stephanie Phillips y Chris Mooneyham. El dibujo está bastante bien, el guion es olvidable.
El maestro Mike Grell, responsable en buena medida de que el personaje haya durado 80 años, escribe y dibuja una breve pero atractiva historia ambientada en la época de Seattle, con un rol importante para Shado (algún día, algún guionista se va a ocupar de "poner en valor" a Shado). La de Ram V y Christopher Mitten es muy menor, y gira en torno a la relación entre Ollie y Dinah, ya más consolidada y menos volátil. Medio un embole. Connor Hawke también tiene oportunidad de lucirse, gracias a los magníficos dibujos de Jorge Corona. Lástima el guion de Brandon Thomas, que no le hace justicia.
Roy Harper tiene su aventura solista, en la que Devin Grayson indaga en su relación con su hijita Lian. Esto está muy bien escrito, realmente se nota el compromiso y la onda de la guionista. No podía faltar el talento argento en la antología, así que estas páginas están dibujadas en un gran nivel por Max Fiumara. El maestro Phil Hester trata de recuperar en ocho paginitas la magia de las etapas de Kevin Smith y Judd Winick al frente de la serie, pero -si bien el dibujo tiene un encanto absoluto- el guion requería muchas más páginas para ser algo más que un chiste largo. Vita Ayala y Laura Braga también centran su historia en el vínculo entre Ollie y Dinah, y sobre todo en la chapa de esta última en su rol como Black Canary. No está mal, sobre todo el dibujo.
Ya casi sobre el final, tenemos a la dupla de Benjamin Percy y Otto Schmidt (dibujantazo del hiper-carajo), con una historia linda, cumplidora, a la que le sobra la pelea con el villano. Otra dupla de recordado paso por la serie, Jeff Lemire y Andrea Sorrentino, cuentan una historia crepuscular, aburrida y confusa, con un dibujo demasiado basado en la referencia fotográfica. Y para cerrar, una gema: Larry O´Neil, hijo del mítico Denny O´Neil, escribe seis páginas de una historieta muda (muy bien dibujada por Jorge Fornés) que resume la increíble carrera de su padre, a la vez que le rinde un homenaje tan bello como conmovedor.
Sin dudas, una antología para conseguir y conservar (más allá de la mucha o poca chapa de Green Arrow) simplemente por el gran desempeño de una lista larga de autores talentosos.
Me vengo a Argentina, año 2025, para leer La culpa la tuvo Charly García, ópera prima del músico Martín Ameconi, quien ahora decidió incursionar también en la novela gráfica. La verdad que al principio el libro me generó poco entusiasmo: autor desconocido, dibujo poco llamativo, historieta autobiográfica... parecía todo bastante intrascendente. Pero la historia está tan bien contada que te atrapa, te identificás al toque con el personaje de Salva, y de pronto esas anécdotas se vuelven realmente importantes, vitales, hipnóticas para el lector.
Te tiene que gustar la música, y obviamente suma muchos puntos que alguna vez te hayas emocionado escuchando un disco de Charly, o presenciando alguno de sus shows en vivo. Hay muchas referencias al rock, tanto nacional como extranjero, y si no está empapado de ese tema, por ahí te las perdés. Pero eso no te deja afuera, ni te impide engancharte con el relato, que se sostiene sobre todo en los diálogos (verosímiles, picantes, dinámicos) y en ese viaje interno de Salva, de pendejo medio sin rumbo a joven decidido a perseguir un sueño le guste o no a quien corresponda.
Como ya dije, el dibujo de Ameconi está a años luz del virtuosismo, y parece -con buena voluntad- un dibujo animado de Mike Judge, sin el color, el movimiento y el sonido. Hay un manejo correcto de las técnicas de entintado, y sobre todo un gran trabajo en la narrativa, en el armado de las secuencias, en la elección de los planos y de los momentos en los que Ameconi corta una escena para pasar a la siguiente, o para calzarte una secuencia onírica.
No te digo que estamos frente a la nueva obra maestra de la historieta argentina, ni ante el reverdecer de la autobiografía, pero para tratarse del debut de un autor sin trayectoria previa, La culpa la tuvo Charly García me resulta un trabajo consistente, que entretiene, conmueve y te hace unos mimos en el alma. La clave está en cómo Ameconi pone el foco en el arte y en cómo la irrupción de un gran artista en nuestras vidas puede cambiarlas por completo. Si eso no te llega, replanteate muchas cosas. Say no more.
Nada más, por hoy. Gracias y hasta pronto!
miércoles, 10 de diciembre de 2025
OTRA TARDE DE MIÉRCOLES
Meto otra pausa cortita en el laburo para comentar un par de libros que leí en estos últimos días.
Le entré al Vol.4 de Deadly Class (el 3 lo habíamos visto el 28/04/25) y medio que me cansó. Tanta sobredosis de violencia, tanta sangre, tanta mala leche, se sostiene un rato, no toda la vida. En estos cuatro TPBs se recopilaron los primeros 21 números de la serie de Rick Remender y Wes Craig y se me hizo un poco monocorde. Sobre todo este último tomo, que no tiene mucho más que cinismo y muertes truculentas. Hay una referencia piola a Lord of the Flies, y UN diálogo brillante entre un vendedor de discos fan del heavy metal y un pibe que le trata de explicar por qué B-52´s es una banda del mega-carajo. El resto, persecuciones, tiroteos, cuchillazos, alguna revelación impactante acerca del pasado (invariablemente sórdido) de algún personaje secundario, y no mucho más. Todo esto narrado con muy buen ritmo, de manera muy ganchera, por dos autores a los que les sobran recursos para poner nervioso al lector y asfixiarlo con la sensación de que se está yendo todo a la mierda.
Pero tantas páginas de lo mismo, a mí me satura un poco. Me encanta el dibujo de Wes Craig (salvo esos primeros planos que parecen calcados de viñetas de Paul Pope), cuando Remender baja un cambio mete unos diálogos magníficos, el color es precioso, hasta el rotulado la rompe. Y cuando se acuerdan de jugar con el hecho de que la historia esté ambientada en los ´80, salen momentos muy copados, que no se ven en otros comics de machaca y oscuridad.
La colección de TPBs termina en el Vol.12. Es imposible que en los ocho tomos que me faltan los autores no paren un toque la pelota, no prueben con otra cosa, con otro ritmo, con otros climas... hasta con otros personajes, porque en este tomo palman un montón. El tema es que son ocho tomos: mucho espacio en la biblioteca, mucha guita y muchas horas de lectura. No sé si le quiero dedicar todo ese esfuerzo a una serie que me gusta, pero no me vuelve loco. Veremos. Por ahora, la corto acá. Si aparece el Vol.5 muy barato, no descarto darle una posibilidad.
Vuelvo al repaso por la historieta argentina publicada en 2025 y me encuentro con Hotel, el nuevo trabajo de Carina Altonaga. Al salir tan encima del trabajo anterior de la autora (Chamán, reseñado el 10/01/25) la comparación es inevitable... y desfavorable para Hotel. La faz gráfica es una maravilla. A esa estética realista, emparentada con la de Salvador Sanz, Altonaga suma ahora el color, y acá saca una diferencia enorme. Es un color bellísimo, aplicado con sutileza, con criterio, con imaginación y con una técnica que me remitió más a Juan Ferreyra que a Sanz. Además de rigor académico, el dibujo tiene encuadres variados, como para darle ritmo incluso a las secuencias en las que no vemos mucho más que personas hablando. Las referencias fotográficas están muy bien integradas, los personajes son fácilmente reconocibles y los estallidos de violencia son electrizantes.
¿Por qué, entonces, pongo a Hotel por debajo de Chamán? Básicamente por el guion, que me pareció mucho menos original, más pegado a una fórmula que ya consumí mil veces, y con un misterio menos atrapante que el de la obra anterior. Los personajes están bien (sobre todo Lily Torres), los diálogos no brillan pero cumplen, la explicación de qué es el hotel y por qué pasa lo que pasa está bien, los flashbacks están puestos en el momento correcto, pero el argumento en sí, la base sobre la que se construye el relato, me pareció más endeble. Las últimas páginas, que me hicieron acordar a algún unitario de Hellblazer, levantan un poco el promedio, y aún así el guion de Hotel queda lejos del de Chamán.
Una pena que, justo en el momento en el que Carina Altonaga había pegado fuerte con una obra muy grossa, que llamó mucho la atención, tengamos que verla retroceder un par de casilleros con una novela gráfica que -pese a sus inmensos méritos en el aspecto visual- adolece de un argumento medio flojo de papeles. Para la próxima (que ojalá sea pronto) estaría bueno verla colaborar con un/a guionista, a ver qué pasa.
Y ya estoy para despedirme, pero antes quiero dedicarle unas líneas a la excelente reedición que hizo Historieteca de tres historietas de Brian Janchez que estaban descatalogadas. No voy a extenderme acerca de cada una de ellas, porque de El Permiso ya hablé acá el 22/02/18, de La Mejor mis Ex-Novias hablé el 24/12/18 y La Hija del Carpintero tuvo su reseña en este espacio el 21/08/19. Durante la relectura me di cuenta de lo poco que me acordaba de los argumentos, pero también releí las reseñas, y coincido en casi todo con lo que escribí en su momento, así que ahí están, para quien quiera consultarlas.
Nada más por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 6 de diciembre de 2025
SÁBADO CALUROSO
Dos reseñas (supongo que cortitas) para esta calurosa tarde de sábado.
En 1982 salió el Vol.14 de los álbumes que recopilaban las historietas de Gaston Lagaffe, el famoso personaje creado por André Franquin, que solía aparecer todas las semanas en la revista Spirou. Casi siempre ocupaba una página completa, de vez en cuando dos, y de vez en cuando media. Pero Gaston siempre estaba.
Este álbum rescata más de 40 planchas de aquella época y son muchas. Quiero decir: el humor de Gaston Lagaffe se disfruta mucho más en dosis más pequeñas. Una historieta por semana, dos a lo sumo. Leer cuarenta y pico de un saque les quita un poco de gracia y se hace inverosímil que ninguna de sus víctimas tome la decisión de echarlo a patadas en el orto de esa oficina (que, en un hábil juego meta, es la redacción de la revista Spirou) en la que no para de mandarse cagadas, causar desastres y apolillar en horario laboral. En esta etapa, Franquin había desarrollado un segundo escenario para las tropelías de Gaston: la calle, donde quien sufre las calamidades causadas por este energúmeno es un policía llamado Longtarin. Nunca llegamos a ponernos del lado del policía, porque Franquin nos deja en claro que no tiene buenas intenciones: su objetivo es encajarle multas a los autos (o a sus dueños) a como dé lugar, incumplan o no las normas. Y obviamente su enfrentamiento con la creatividad destructiva de Gaston va a terminar en derrota para el agente... una y otra, y otra vez. En este tramo de la serie hay un elemento recurrente, que se vuelve fundamental en el eterno combate entre Gaston y Longtarin: los parquímetros. Supongo que habrá coincidido con la época en la que, en la Bruselas del mundo real, a alguien se le ocurrió llenar las calles de parquímetros. El maestro Franquin imagina una cantidad infinita de variaciones sobre el tema "chistes con parquímetros" y unos cuantos son brillantes.
Ni hace falta decir que, muy por encima de la gracia (mucha o poca) que nos causen los chistes, resalta el dibujo de Franquin y su descomunal talento para la narrativa. Imitado hasta el hartazgo por decenas de dibujantes, a principios de los ´80 Franquin estaba en un nivel formidable, afianzadísimo en su estilo hiperkinético, muy canchero para trabajar con la mancha negra (línea clara, las pelotas) y para sobrecargar la viñeta con líneas y detalles de todo tipo sin obstaculizar para nada la fluidez y el vértigo de las historias. Nunca es suficiente la cantidad de historietas de Franquin que uno quiere leer y atesorar. En el caso de Gaston Lagaffe (conocido en España como Tomás Elgafe) no recomiendo bajarse todo el álbum de un saque, sino dosificarlo para el impacto humorístico sea mayor. Si nunca leiste nada del glorioso André Franquin, cualquier álbum de Gaston es un buen punto para empezar.
Encontré en la pila de los pendientes otro libro publicado en Argentina en 2024, pero este es un manga: Ciudad de Tumbas, un masacote de 408 páginas con 11 historietas autoconclusivas de Junji Ito, sin ninguna relación entre sí, más allá de la temática de misterio sobrenatural con terror y asquerosidades. Nada, más de lo mismo. Dibujos espectaculares, imágenes escalofriantes, un nivel de detalle inhumano en paisajes, escenografías y criaturas fantásticas, con guiones MUY desparejos, muchos de los cuales hacen "la Gran Mariana Enríquez" (es decir, plantean un conflicto, pero no lo resuelven). Hay historias mejores y peores, algunas que te enganchan desde la primera página y se desinflan en el final, otras que arrancan tranqui y explotan en el final, algunas muy atrapantes de punta a punta (como "Las estatuas de bronce") y otras chotísimas de punta a punta (como las 50 páginas de "Materia flotante"). Y rarezas como "El Misterio del túnel", en la que Ito te mete... cuatro plots distintos, que transcurren en el mismo lugar y al mismo tiempo, pero no resuelve ninguno de manera satisfactoria. Un desperdicio de ideas, que podría haber dosificado (y desarrollado mejor) a lo largo de distintas historietas.
Como suele suceder en las historias "cortas" del ídolo, los personajes se parecen bastante entre sí, no hay grandes hallazgos en materia de caracterización, ni siquiera en los relatos de 50 páginas. Aún así los diálogos son entretenidos (bien ahí la traducción de Martín Parle) y -salvo algún que otro clavo- las historias son llevaderas, en parte gracias al formato corto (varias historias tienen 32 páginas o menos). Obviamente para el que compra manga por los dibujos, Ciudad de Tumbas es imprescindible. Para los fans del buen comic de terror y misterio, se me ocurren opciones mejores.
Nada más, por hoy. Vuelvo a la Comiqueando Digital, que está quedando un kilo y dos pancitos. Gracias y hasta pronto.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
OTRO MIÉRCOLES CON RESEÑAS
Interrumpo un toque el frenesí de la Comiqueando Digital para comentar un par de libros que leí en estos últimos días.
Soy un Cobarde y Otras Historias es un libro que nunca imaginé tener en mi biblioteca. Es un recopilatorio de historias cortas dibujadas en la primera mitad de la década del ´60 por el maestro Leopoldo Durañona, cuando todavía era una joven promesa, un pibe más de esa generación que irrumpió en la industria de la historieta argentina en esos años finales de la Editorial Frontera.
Acá vemos a Durañona dibujar tres guiones de Héctor G. Oesterheld (de los años ´62 y ´63), en un estilo muy pegadito al que lucía en esos años Alberto Breccia. Ninguno de los guiones me pareció deslumbrante (sí la calidad de la prosa de Oesterheld, pero romperla en los bloques de texto no equivale a escribir buenos guiones), y sin dudas el atractivo pasa por el trazo de Durañona, que -repito- no es muy original, pero no cualquiera recreaba la magia que tiraba Breccia en la época de Mort Cinder.
En el medio hay una historia medio intrascendente que salió en la revista Super Misterix (en la etapa de la editorial Yago), y después, tres historietas imposibles. Una sorpresa abrumadora, algo absolutamente insólito, que me dejó estupefacto. "El librero", "Puerto" y "El Túnel" son historietas loquísimas, en las que Durañona experimenta con el trazo y con las técnicas como si fuera Luis Scafati (pero 15 años antes) y obtiene resultados rarísimos, páginas en las que prima un dibujo casi abstracto, que requiere muchísima decodificación por parte del lector. Hay manchas, texturas extrañas, pedazos de fotos, recortes de diarios, tramas mecánicas, líneas de plumín bien finitas... un despelote visual increíble, que por momentos alcanza cotas de belleza impensables en la historieta industrial, y por momentos se vuelve un obstáculo para entender qué corno está pasando, si bien son historietas con bastante texto. Y subrayo lo de "historieta industrial" porque parte de la sorpresa, parte de lo que hace inverosímil a este material, es que originalmente se publicó en la revista Intervalo. Sí, esa revista de Columba que nos parecía un embole, con historietas "para señoras", en los ´60 le daba cabida a trabajos sumamente experimentales de un pibe que tenía huracanes, tifones y torbellinos en el tintero, como era en ese entonces Durañona.
Después, la vida lo va a "domesticar" y Leopoldo va a brillar en mercados como el italiano y el norteamericano con historietas más tradicionales, con un dibujo realista y una narrativa más clásica, más ajustada a lo que requieren relatos de género, sea policial, terror, bélico, o lo que le pidan los guionistas. Yo tuve la suerte de conocerlo y trabajar con él a principios de los ´90, y la verdad que nunca me imaginé que 30 años antes había hecho estas locuras. Por suerte la recopilación (a cargo de Sector Editorial) incorporó un nuevo rotulado, buen papel, algunas ilustraciones publicitarias que realizó Durañona en aquella época y mucha información, como para convertir muy rápido a los neófitos en especialistas en la obra de este monstruo del Noveno Arte. No lo compres esperando grandes guiones, así no te clavás. Compralo para descubrir una faceta de Durañona que seguro desconocías y que te va a dejar totalmente atónito.
Allá por 2019, se empezó a publicar History of the Marvel Universe, una miniserie escrita por Mark Waid y dibujada por Javier Rodríguez. En su momento me re enganché y la leí mes a mes en scans, hasta que conseguí a buen precio el TPB, y la volví a leer, toda de un saque y en papel, como me gusta a mí. La idea es bastante similar a la del History of the DC Universe que hicieron Marv Wolfman y George Pérez justo después de Crisis on Infinite Earths, pero Waid le agrega un elemento muy copado, que -a mi juicio- la hace superior. Esto no es informe que prepara Harbinger para... alguien que no sabemos quién es, sino que es una historia que Galactus le cuenta a Franklin Richards justo antes de que el universo muera, y ellos dos pasen a otro nivel de existencia. O sea que, además de la lograda organización cronológica de todos los sucesos más o menos relevantes en la historia del Universo Marvel (desde el big bang hasta el futuro remoto), tenemos muy buenos diálogos entre el máximo creador de mundos (Franklin) y el máximo consumidor de mundos (Galan).
Obviamente lo que más llama la atención es lo rápido que pasamos del inicio de los tiempos a las historias que alguna vez fueron "el presente", es decir, las publicadas por Marvel (en sus distintas iteraciones) de 1939 para acá. La mayoría de los sucesos que subraya Waid y que están ubicados entre el big bang y la Segunda Guerra Mundial nos fueron revelados a través de flashbacks, en historias ambientadas en "el presente". Muy pocas veces, casi nunca, los autores de Marvel nos contaron en revistas publicadas de 1939 para acá historias ambientadas en épocas pretéritas. No me quiero extender mucho acerca de esto (ya lo hice en los primeros capítulos de ¿Quién quiere ser superhéroe?) pero sin dudas es notable lo poco explorados que están todos esos siglos de posibles aventuras, en comparación con la grotesca acumulación de hechos canónicos que se sitúan de 1939 a 2019.
Atrás de la historieta, el libro ofrece anotaciones, en este caso breves textos que (en un derroche de erudición nerd que harán las delicias de los fanáticos) nos aclaran en qué historietas se dieron a conocer los hechos que Waid y Rodríguez repasan en cada página del comic.
Rodríguez, además de un dibujante sumamente talentoso, es un pibe inteligente, y enseguida deduce lo difícil que es ganar de visitante en una cancha que inventó George Pérez (que en ese momento todavía estaba vivo). Entonces inventa otro juego, nuevas formas de desplegar en las páginas las imágenes que acompañan a los textos de Waid. El guionista le da una mano: explica las sagas de manera muy resumida, como para que a) el lector que se interese por ellas las vaya a buscar en vez de conformarse con esos parrafitos tan sintéticos, y b) el dibujante pueda lucirse con dibujos enormes y puestas en página mil veces más arriesgadas y complejas que las que peló Pérez en el ´86. El resultado es tan atrapante que aunque no te interese en lo más mínimo la historia que cuenta Galactus, vale la pena leer el libro para disfrutar de los dibujazos de un Javier Rodríguez en estado de gracia. Y si sos fan del Universo Marvel (en su iteración comiquera, claro) esto es una pieza imprescindible, una gran pasada en limpio de 80 años de publicaciones a veces medio caóticas o contradictorias. Una tarea titánica que solo el maestro Mark Waid podía acometer, y de la que salió tan bien parado que hasta este año se animó a hacer lo mismo, pero con 90 años de historias mucho más caóticas y contradictorias como son las del Universo DC. Esa también la leí en scans y la quiero comprar cuando salga el TPB. Pero tranqui, falta un montón.
Nada más por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.
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