el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 11 de agosto de 2010

11/ 08: ZORA Y LOS HIBERNAUTAS


Hoy me enteré y me amargué mal: ayer falleció Fernando Fernández, un autor con el que yo flasheaba a full en mi adolescencia, en las maravillosas épocas de Creepy y Zona 84. Y a la hora de rendirle un tributo se me ocurrió releer Zora…, que me acuerdo que en su momento no me gustó tanto como Drácula, que era lo más (y sospecho que lo va a ser siempre).
Leído de grande, Zora y los Hibernautas tampoco es un comic magistral, ni mucho menos. A nivel dibujo sí, es estremecedor en todo sentido. Pero el guión, sin ser choto, no aporta demasiado. Tiene un problema fundamental, que es que casi no baja línea. Pensemos en otras obras grossas de la ciencia-ficción de principios de los ´80: La Feria de los Inmortales, La Estrella Negra, Bárbara (otra de naves espaciales y heroínas de escasa vestimenta), Ficcionario, la saga del Incal, la Enciclopedia Délfica, Roco Vargas… son todas historietas con MUCHA bajada de línea, con mucho para decir, más allá de la aventura copada que te cuentan. Fernández, en cambio, elige no explotar el mejor recurso que ofrecía la sci-fi ochentosa, que era esa posibilidad de usarla para hablar de nuestro presente (o pasado, bah). Hay un mensaje, si lo sabés buscar: Zora y los Hibernautas habla de la supervivencia de la raza humana y de cómo la misma depende de que nos aferremos a lo que nos une, y no a lo que nos separa. Pero es un mensaje light, apenas delineado. Más de uno no lo pescará y se convencerá de que leyó una saga de Flash Gordon con minas en pelotas.
El resto se banca. Le falta un poquito más de motivación, de mala leche, a la villana. Pero la historia funciona, es coherente, explica muy bien el mundo en el que se mueven los personajes y se toma el tiempo para que estos, sobre todo Zora, sopesen y mediten acerca de la magnitud de la epopeya en la que están metidos. Al final, Fernández acelera un toque, casi de golpe, pero no queda demasiado abrupto ni traído de los pelos. Termina como tiene que terminar. Los condimentos con los que el autor sazona la trama, como para que justifique las 95 páginas que dura, tampoco están mal. Los personajes secundarios zafan, la intriga palaciega está bien llevada, los garches no desentonan con el clima elegante de la saga, las peripecias menores duran lo que tienen que durar, y si sos de Barcelona (como Fernández), hay un homenaje a Gaudí que te va a calcinar el cerebelo. O sea que estamos frente a una historieta cuyo guión no destila virtuosismo ni se las da de vanguardista, pero que resulta bastante competente, por lo menos para los parámetros de 1982.
Lo que realmente escapa a cualquier parámetro es lo que hace Fernández con el dibujo. Acá el capo catalán te sacude la estantería en todas las páginas. Mecha, como si fuera fácil, viñetas a color directo llenas de relieves, brillos y texturas, con viñetas de trazo lineal y colores planos, con viñetas en blanco y negro dibujadas sólo a plumín, o sólo a lápiz (con un nivel de detalle y unos sombreados que te caés de ojete, rebotás, te volvés a caer de ojete y así, hasta que en vez de un ojete tenés un bandoneón) y todo en la misma página! Y sin dañar ni complicar el flujo normal de las secuencias! Hay que ser muuuy grosso para hacer eso. Y de vez en cuando, como para hinchar las bolas, mete viñetas que parecen cuadros de Rubens, con unos volúmenes y una iluminación del carajo, aunque más estáticos. O viñetas mega-expresionistas, que te hacen acordar al Viejo Breccia, coloreadas con pinceladas más brutales. Todo eso ensamblado en una narrativa elegante, arriesgada, con puestas innovadoras en las que fondos, personajes, textos y viñetas bailan un baile provocador e hipnótico. Si te gusta el dibujo académico-realista, esto te deja el marulo en llamas, mal.
Y bueno, si Fernández me oyera me cagaría a pedos, porque era fan acérrimo de Alex Raymond. Pero entre Zora y Flash Gordon me quedo mil veces con Zora. Y no sólo porque está buenísima. Adios, Maestro. Y gracias por tanta magia.

martes, 10 de agosto de 2010

10/ 08: HITLER: LA NOVELA GRAFICA


Pasamos de un genocida con onda como Grendel a uno un poco más hijo de puta como el viejo Adolf Hitler, villano entre los villanos.
La novela gráfica que nos ocupa es gekiga clásico; de hecho, en Japón se conoce como Gekiga Hitler. Estamos ante un tomo autoconclusivo, con bastante contenido didáctico, sin elementos fantásticos y sin chistes. Y ante un autor, Shigeru Mizuki, que hoy tiene 88 años y que lleva más de 50 años trabajando como mangaka profesional, además de haber escrito varios libros. Mizuki es una institución en Japón, y una inspiración para las generaciones que lo siguieron, sobre todo por sus mangas de yokais (fantasmas, duendes y demás criaturas fantásticas vinculadas al folklore popular de la islita). Pero, al haber vivido la Segunda Guerra Mundial, en la que peleó y perdió un brazo, también tiene varias obras de carácter histórico ambientadas en ese período. Gekiga Hitler es de 1971 y salió a la luz en la Shukan Manga Sunday, donde Mizuki tenía tanta chapa entre los lectores que le compraban cualquier cosa que hiciera.
La historia arranca cuando Adolf Hitler tiene 19 años y vive en Viena, tratando sin éxito de insertarse en la comunidad de las bellas artes, que son su pasión. Mizuki nos guiará con mano maestra a lo largo de los 37 años siguientes, en los que veremos a este joven obstinado y medio trastornado convertirse en uno de los líderes más influyentes y más sanguinarios de la historia de la Humanidad. La primera mitad de la novela nos muestra su llegada al ejército, sus andanzas en la Primera Guerra Mundial, sus primeros pasos en la política, todo muy detallado y documentado, con diálogos filosos y profundos, que revelan a Hitler como un tipo intrépido, decidido a todo, con un enorme carisma y muchas más dotes para la oratoria que para las artes plásticas.
La segunda mitad nos narra el ascenso de Hitler a las más altas esferas del gobierno de Alemania y cómo, bajo su mandato, este país vuelve a soñar con el Imperio Germánico y se lanza a apoderarse de buena parte de Europa. Acá lo vemos a Hitler, de nuevo osado e inescrupuloso, bajar línea a cuatro manos, negociar, mentir, envolver con moñito a aliados y adversarios y, ya cuando el final es inevitable, Mizuki nos lo muestra como un tipo abatido, superado por los acontecimientos, firme en el error y en la decisión de no morir rendido ante nadie. Acá vemos también que, a pesar de algunos errores, el führer tenía también un talento poco frecuente para la estrategia militar, e incluso Mizuki deja en claro cómo, incluso en el momento de mayor poder, rayano en la megalomanía, el tipo mantenía intacta su pasión por las artes.
Lo único que no explica Mizuki es de dónde viene el odio por los judíos que ciega a Hitler. De hecho, si te revuelve las tripas ver imágenes del holocausto, campos de concentración, torturas, etc., quedate tranqui, porque eso no aparece en el libro, salvo por mínimas pinceladas. La primera secuencia la protagoniza un grupo de judíos franceses que le escapan a una razzia de la Gestapo en la París ocupada, pero después el tema del exterminio de millones de judíos prácticamente no se toca. En ese sentido, el autor le cobra barato al genocida.
El dibujo combina momentos de gran realismo documental, sobre todo en las batallas, movilizaciones y demás actos históricos, con momentos en los que los personajes aparecen un poco más caricaturizados, aunque sin llegar al grado de exageración con el que Mizuki dibuja a los protagonistas de sus otras obras. De todos modos, el principal esfuerzo del mangaka no está puesto en dibujar mejor o peor, o más real o más cartoony, sino en que no te aburras nunca, a pesar de que hay muchísimas páginas de ocho viñetas en las que sólo vemos a gente que habla o –a lo sumo- discute. Muchas veces una de esas viñetas es reemplazada por un bloque de texto en el cual Mizuki nos brinda información sobre el contexto en el que transcurre la escena, o sea que hay muuuucho para leer y se complica bajarse las 270 páginas de un saque, no sólo por lo heavy de lo que se nos narra, sino también por cómo elige narrarlo Mizuki.
Pero el esfuerzo remunera y mucho. No todos los días tenemos a una figura histórica seminal, desmenuzada y estudiada en detalle por uno de los artistas más importantes de la historia del manga. Esta novela gráfica te va a dar muchísima información, te va a dejar pensando y seguramente pidiendo a gritos más mangas de Shigeru Mizuki. Grosso de verdad.

lunes, 9 de agosto de 2010

09/ 08: GRENDEL: BEHOLD THE DEVIL


Después de muuuchos años de no dibujar a Grendel, el año pasado Matt Wagner se mandó una saga extensa (casi 180 páginas), obviamente escrita por él mismo, y protagonizada por Hunter Rose, el Grendel original y el más querido por la hinchada. Las historias con Hunter Rose son invariablemente raras, porque en su primera saguita (la del ´84) vemos cómo termina su reinado criminal. O sea que toooodas las aventuras posteriores se dedican a llenar baches de la mítica Devil by the Deed y –en su inmensa mayoría- dejan al personaje exactamente donde lo encontraron (con algunos cientos de muertos más en su haber) para no contradecir aquella saga fundacional. En esos estrechos confines, Wagner se las rebuscó siempre para sorprendernos con nuevos relatos del primer Grendel, ya sea vistos desde otra óptica (Devil Tales), con otros personajes (el primer crossover con Batman), o dibujados por otros artistas (los Black, White & Red).
Esta vez, no hay truquitos. Todo está narrado por Hunter Rose y dibujado (en gloriosos blanco, negro, gris y rojo) por Wagner. Y el resultado es extraño, porque la premisa de la saga parece pobre, con gusto a poco, y sin embargo el desarrollo del argumento es muy, muy ganchero. A ver: Grendel siente que alguien muy pulenta lo vigila y eso lo inquieta y lo pone dubitativo, tenso. Averigua qué es, lo confronta y pasa algo que no te puedo contar, pero que no lo altera radicalmente, porque los cambios grossos están (como ya dije) en Devil by the Deed. ¿Alcanza ese planteo para 176 páginas? La lógica indica que no. Pero ahí entra el devastador conocimiento de Matt Wagner de los mecanismos del mundo de Grendel y del comic en general. Ese esqueleto medio pobretón se va enriqueciendo con excelentes personajes secundarios (básicamente, Liz Sparks y Lucas Ottoman) y con un montón de conflictos menores, que le agregan sustancia al asunto y que hacen más compleja y atractiva esta nueva incursión por los años más álgidos del reinado de Grendel sobre el hampa de New York.
Por supuesto, la misma historia se podría haber narrado en muchas menos páginas, pero una vez que opta por el formato largo, Wagner honra esa elección y se desloma para que no te aburras nunca. Un recurso al que echa mano demasiadas veces son las masacres. La cantidad de gente a la que mata Grendel en esta saga, los hectolitros de sangre que derrama, no tienen parangón, y menos en un comic supuestamente finoli. El gore, por supuesto, está a la orden del día y hay que tener estómago para aguantarlo. El hecho de que el rojo sea el único color destacado subraya el impacto que provoca todo ese tsunami de sangre que mancha toda la obra. Wagner jamás le escapó a la violencia, pero acá es como que la subió a un primer plano definitivo.
El otro recurso muy utilizado y mucho más feliz es el de la imaginación a la hora de crear puestas alucinantes para las páginas. De la doble splash-page a la grilla de 16 viñetas, Wagner prueba todo y –obviamente- todo le sale muy bien. El dibujo es excelente, vigoroso, pulentoso, con la sutileza justa, laburos notables en los fondos, una reconstrucción de época (los ´80) impecable, un dinamismo pasmoso en las escenas de acción… Pero lo que realmente te caga a trompadas es la narrativa, la forma aceitada e hipnótica en la que Wagner te pasea por las masacres de Grendel, los garches de Liz y Lucas, los paseos en el parque de Hunter y Stacy, los sórdidos cabarulos donde se juntan los malvivientes… Cada escena, cada clima y sobre todo cada secuencia están milimétricamente estudiadas por un tipo que lleva la historieta en la sangre y que por más power que le ponga al dibujo, siempre te va a dejar helado con la danza de las viñetas, los globos y los bloques de texto.
Behold the Devil no es un comic fundamental, ni una joya imprescindible. Pero si sos fan del Grendel clásico seguro que ya te lo compraste, y si te dan ganas de flashear (y aprender) con el magistral despliegue gráfico y narrativo que propone Matt Wagner, no dejes de hacerlo, porque acá te espera un grande de verdad, que no para un minuto de evolucionar ni de zarparse.

domingo, 8 de agosto de 2010

08/08: PRIME BABY


Día del Niño, gran oportunidad para comentar un comic protagonizado por niños. Prime Baby es una tira del grosso Gene Luen Yang (el de American Born Chinese) que salió en la revista del New York Times. Arranca como una tira costumbrista, centrada en Thaddeus (un chico de Tercer Grado) y su hermanita de un año y medio, Maddie. El humor es fundamental y tiene una onda Mafalda (porque Thaddeus tiene algunos razonamientos de adulto) y Calvin & Hobbes, porque las fantasías grandilocuentes de Thaddeus, en las que se convierte en dictador del mundo, también tienen su peso. Pero también hay un upgrade más actual, con más cabida para sutiles toques de mala leche y algún toque de sátira socio-política mucho más sutil aún.
La tira levanta vuelo cuando Yang cambia el registro y, sin escaparle del todo al costumbrismo, se manda de lleno con los elementos fantásticos. De pronto, las teorías limadas de Thaddeus que le valían la sorna de sus compañeros, resultan ser ciertas y una raza alienígena se manifiesta en su casa, a través de la pequeña Maddie, que resulta ser un portal entre dimensiones. Esta parte es muy, muy graciosa, especialmente cuando vemos cómo se comportan estas babosas del espacio exterior. No te quiero contar para dónde sigue la historia, pero está muy bien.
El dibujo de Gene Luen Yang es excelente. Limpito, sencillo, una especie de Lewis Trondheim más prolijito. Lo secunda en los colores otro capo de raíces asiáticas, Derek Kirk Kim. Yang plantea una tira sin estridencias, con un ritmo tranqui, sin grandes despliegues de acción, ni experimentos fumados a la hora de dividir la tira en cuadros. Todo es sumamente accesible, con las pausas justas para que el timing sea efectivo, con buenos diálogos y con bloques de texto, que es algo que hoy casi no se usa en las tiras humorísticas. Los bloques están narrados por Thaddeus y nos ayudan a redondear un personaje muy, muy bien trabajado por el autor.
No tengo mucho más para contarte, porque estamos ante un comic que se compone de apenas 56 tiras, menos de 200 viñetas. ¿Pero cómo? ¿Salió un libro de una historieta de 56 tiras? ¿Cómo hicieron? Fácil, hicieron trampa. La edición de First Second (editorial pulenta si las hay) es lindísima, con un diseño excelente, portadas con solapas, muy buen papel, y un tamaño un poquito más grande que el de los libros de tiras de Ediciones de la Flor. El curro maligno es que cada página trae UNA SOLA tira! Posta, una sóla tira por página, flotando en el medio de la misma, con enormes márgenes blancos arriba y abajo de la tira. Cualquiera en su sano juicio habría montado dos tiras (de 6 cm. de alto) en cada página (de 15 cm. de alto), como en cualquier tomito de Mafalda, Gaturro, Lucha Peluche, o lo que sea. Pero acá estos muchachos se pasaron de vanguardistas y, como de a dos tiras por página se consumían toda la historieta en 28 páginas, armaron este engendro, que entre tiras y carátulas ocupa 64 páginas, pero te deja la horrible sensación de que te están cagando.
Estos son los momentos en los que uno se replantea el siempre candente tema de los formatos. Nadie en el mundo me va a des-convencer de que el libro es el formato ideal para la historieta, pero ¿qué hacemos con una historieta de 56 tiras? ¿Un delito a mano armada como el que hizo First Second con Prime Baby, o qué? ¿Un libro de 32 páginas en formato apaisado? ¿Quién quiere publicar o vender algo tan chiquito, que deja tan poca ganancia? ¿Hay opciones mejores? ¿O el autor tiene que estirar la trama para llegar a las 120 tiras, así encaja mejor en el tomito recopilatorio? ¿O la corta donde le parece y se juega a que la tira no se reedite nunca, o se reedite en este formato choto que inventó First Second? Dilemas a sopesar… Mientras tanto, no se olviden de lo más importante: Gene Luen Yang es un gran historietista contemporáneo, al que conviene seguir en cualquier proyecto que le publiquen, aunque a veces haya que comerse garrones como comprar un librito de u$ 7 y descubrir que tiene sólo 56 tiras.

sábado, 7 de agosto de 2010

07/ 08: COMO UN RIO


Siguen apareciendo bestias, yo ya no lo puedo creer. Esta vez, el grossor viene desde Suiza y se llama Pierre Wazem. Wazem no se parece en nada a los dibujantes suizos más conocidos (básicamente, Enrico Marini y Thomas Ott), sino que va para el lado de Frederik Peeters, el otro helveta, menos famoso, pero con un par de obras devastadoras en su trayectoria. Wazem es un Peeters descontrolado, acelerado, frenético, con una relación con su plumín más intensa, más urgente y menos racional. Por momentos parece Dupuy y Berberian en crack, porque la narrativa es muy francesa y el guión tiene mucha onda intimista. Por ahí se cuelan también miradas, silencios y enfoques de Hugo Pratt, de quien Wazem no sólo es fan, sino que además fue el elegido para continuar Los Escorpiones del Desierto una vez fallecido el prócer veneciano.
El truco de tomar a un Don Nadie que vive en un paraje remoto e imbuirlo de rasgos muy humanos, de una personalidad compleja y atractiva, también se parece a lo que hacía el Tano en obras como Jesuita Joe, o Sven (El Hombre del Caribe). Pero Wazem lo lleva más allá y convierte a Vladimir, el viudo cincuentón y borrachín que vive en una cabaña a orillas de un río en un bosque de Rusia, en un personaje alucinante, riquísimo, de enorme carisma. Vladimir es un perdedor consumado, un tipo sin afectos, sin un mango, sin futuro, sin zapatos, siquiera. La vida le chupa un huevo y si fuera por él, se habría muerto junto con su esposa. Si sigue vivo es porque la vida es como un río, que aunque le pongas piedras en el cauce igual fluye. Su entorno le es adverso, el recuerdo de su mujer lo obnubila, y cuando parece tocar fondo, la aparición providencial de su hijo cambiará el rumbo de los acontecimientos.
Ahí, Wazem pega el volantazo. Lo que era un relato crepuscular, entre tierno, bizarro y desmedido acerca de cómo un tipo en las 10 de última se terminaba de ir al descenso, se convierte primero en el retrato del choque generacional, padre vs. hijo, campo vs. ciudad, instinto vs. formación académica. Vlad y su hijo se sacan chispas, se pasan facturas, desempolvan fantasmas, pero rápidamente negocian. En pocas páginas, el amor y la solidaridad le ganan a los rencores y la novela cobra una nueva dinámica, donde sigue habiendo lugar para elocuentes silencios, pero donde, cuando se habla, se empiezan a decir cosas realmente importantes. Las cinco páginas finales, cuando Vlad retoma su vida normal, le dan un broche de oro, redondito y perfecto a una trama que, sin renunciar a la sencillez y al universalismo, ofrece un montón de elementos y momentos sumamente atractivos.
Como un Río es un comic de autor de gran nivel. Tiene costumbrismo, drama, violencia y poesía. Nos cuenta cosas que no sabemos de la vida de gente con la que probablemente jamás nos crucemos, pero juega con emociones que todos sentimos alguna vez, y lo hace con una habilidad sobrehumana. Detrás de ese dibujo de apariencia atolondrada hay un tipo que sabe muchísimo y que no tira líneas ni manchas a la marchanta. Hay mucho de mecanismo de relojería (claro, el autor es suizo) y hasta la impronta gráfica de Wazem está en función de que el mecanismo funcione.
No quiero contar mucho más, porque me parece más copado que la lean, aprovechando que existe una edición argentina de excelente factura y sumamente accesible. Pero sí recomendarles enfáticamente que sumen a Pierre Wazem a la lista de autores realmente grossos e importantes que tiene hoy el comic europeo. Posta, se lo recontra-merece.

viernes, 6 de agosto de 2010

06/ 08: SILVER SURFER: REQUIEM


Y, es un clásico: viernes a la noche, Requiem.
Bienvenidos a una historieta perfecta. Más triste que ser macrista y bilardista, pero perfecta.
Esta vez no puedo ni abrir la boca sin spoilear, así que vamos de frente: en el primer episodio el Surfer descubre que se está por morir, y en el cuarto y último, muere. De verdad. No sé si esta historia está o no en continuidad (tiene el loguito de Marvel Knights, así que por ahí no), pero contra todos los pronósticos, termina con la muerte de quien alguna vez fuera Norrin Radd, el valiente que se sacrificó para salvar al planeta Zenn-La de la voracidad de Galactus. Uno (que es fan del Surfer) hasta último momento espera que alguna entidad cósmica marveliana, o aunque más no sea el fantasma de Jack Kirby, aparezca y le diga “No, maestro, vos no te podés morir. Tenés otra chance para volver y seguir dando cátedra”. Pero no. Llega el final del tomito y la vida del Silver Surfer se acaba para siempre. Por lo menos para mí. Esta historia me emocionó tanto, que juro solemnemente nunca más leer un comic donde aparezca el Surfer. Sin saber que era posterior a Requiem, leí una (In Thy Name) que me encantó. Pero ya fue. Para mí, el Surfer murió acá y murió con toda la gloria que se merecía un personaje así, con más de 40 años de chapa a cuestas.
El guión es obra del maestro J.M. Straczynski, pero no tengas duda de que es una historia que a Stan Lee le hubiese encantado escribir, aunque debe haber sufrido más que yo al leerla (si la leyó, andá a saber…). Es un guión pausado, con clima de despedida, con muchísimas emociones y varios momentos en los que la poesía le gana por goleada a la epopeya. La aparición de los Fantastic Four no suma mucho (ya me quedó claro que no son la especialidad de “Stratosky”), pero la del Dr. Strange y especialmente las de Spider-Man y Galactus me pusieron los pelos de punta. Spidey (con quien Stratosky contó excelentes historias antes de derrapar alrededor del séptimo TPB) es el co-protagonista del segundo episodio, en el que prácticamente no pasa nada. Pero Peter y Mary Jane son los elegidos por el guionista para despedir al Surfer de la humanidad, para decirle lo que todos le querríamos decir a un tipo que hizo lo que hizo por nuestro planeta. Y el regalo que le deja el Surfer a los humanos es inconmensurable.
El Tordo (viejo compañero en los Defenders) aparece un toquecito, para despedir a Norrin Radd cuando este abandona definitivamente la Tierra para ir a morir a su Zenn-La natal, en otra secuencia conmovedora. Que es apenas un pedacito de un tercer episodio devastador, donde el Surfer, casi con el último aliento, hace en dos remotos planetas lo que Marvel nunca permitió que hiciera en la Tierra. No te lo cuento, quedate tranquilo. No es algo sorprendente, ni limado, sino demasiado lógico para un comic de superhéroes. Y el capítulo final, de nuevo en Zenn-La, con su amada Shalla-Bal y su antiguo trompa Galactus, está narrado por otro viejo conocido, al que tampoco vamos a deschavar. Y es sencillamente majestuoso. De hecho, si todo Requiem fueran esas 23 páginas, también lo recordaríamos por siempre como un comic genial.
Por si faltara algo, todo esto lo ilustra con mano maestra el gigantesco croata Esad Ribic (del cual ya leímos una de Loki vs. Thor y una en la que Namor hace como que aparece, pero no). En el primer episodio tiene algunos dibujos y algunas secuencias memorables, pero a partir del segundo, ya parece poseído por el poder cósmico del Surfer y se manda unas animaladas memorables. El tercer capítulo, con las naves de guerra y los aliens, casi parece de Juan Giménez. Y el cuarto, con los minutos finales del Surfer y el adiós emocionado de Galactus y de toda su raza, nos muestra a un Ribic sutil, finoli-finoli, que combina grandilocuencia y lirismo para hacer vibrar de emoción a cada puto átomo de cada puto lector. Grosso en serio.
Si creías que la ochentosa muerte del Capitán Marvel era el más hermoso bajón que te podía esperar leyendo un comic de la Casa de las Ideas, preparate, porque acá Straczynski y Ribic suben la apuesta (y la calidad) a niveles siderales. Requiem es una joya inenarrable, aunque los guionistas y editores la barran abajo de la alfombra y sigan mandando nuevas historias del Surfer como si nada.

jueves, 5 de agosto de 2010

05/ 08: DAGO: …PER LOCARNO


Y sí, hay más Dago en Suiza. La edición 2009 de la convención Uchronia volvió a contar con Robin Wood y Carlos Gómez como figuras principales y un vez más se editó un hermoso álbum (cuya tapa no está en la web, por eso pongo el afiche del evento, que se le parece mucho) que recopila dos nuevas sagas de Dago en los cantones ítalo-parlantes del minúsculo país europeo.
La primera es una historia áspera, durísima, en la que presenciamos actos de infinita crueldad. Acá Dago es más testigo que protagonista, y lo encontramos en medio de un conflicto dramático y sin cuartel entre dos guerreros, uno de los cuales resulta ser Andreas Kopmann, un personaje histórico importante para Suiza. La trama, además de sacudirnos con todas las salvajadas que hacen los malos (y los no tan malos) se enriquece con varios personajes secundarios bien trabajados y con mucha data acerca de la vida cotidiana en la primera mitad del Siglo XVI. Pero no esperes la mega-historia, ni nada que vaya a modificar un milímetro al inmutable veneciano de la cicatriz.
La segunda historia se titula (como el libro) Per Locarno y acá sí, se cierra un plot fundamental, que viene desde el primer tomo de Dago en Suiza: finalmente el libro que Italo Calvino le entregara al héroe llega a manos de Giovanni Beccaria, quien será una figura clave de la Reforma. Pero hay mucho más: Dago y sus aliados tendrán que impedir que una runfla maligna orquestada por un ambicioso noble francés y los no menos avechuchescos gobernantes de Locarno termine con este cantón suizo anexado al país galo. Y acá sí, tenemos combates tremendos, más mutilaciones, más gente cagada de hambre y con la espalda curtida a latigazos, más perversiones, pero al final, una luz de esperanza. Además de Beccaria, cobra vuelo un secundario que ya apareció en la famosa saga del sitio a Roma (que tal vez sea lo más notable de todo lo que se publicó de Dago en los ´90). En aquella ocasión Luigi Orelli peleaba en el bando contrario al de Dago, pero los dos eran soldados de fortuna, y esto es así: hoy te cago a patadas, mañana jugamos en el mismo club y somos amigos.
La saga de Locarno es una auténtica epopeya, de esas que tan bien le salen a Robin, con grandes diálogos, runfla política, y esa forma de jugar con la historia para meter a Dago en el medio de hechos reales, que todo el mundo conoce. En el medio siempre hay héroes anónimos, personajes que aportan bizarreada, ternura, o sensualidad, en el caso de las chicas, casi siempre ausentes en los textos históricos, pero siempre presentes en las historietas de Robin.
Tanta entrada y salida de personajes (reales y ficticios) no se sostendría si Gómez los dibujara a todos iguales, con el sellito. Y no. La verdad es que el cordobés se desloma para que cada uno tenga rasgos propios y reconocibles, como seguramente aprendió del maestro García Seijas. Hay chicas más narigonas, o más flaquitas, tipos más morrudos, chicos con caras muy distintas, nadie se parece a nadie. Bueno, sí… uno de los ministros avechuchescos dispuesto a traicionar a su pueblo por un poco más de oro tiene la cara del nefasto Domingo Cavallo. El resto ya ni hace falta mencionarlo, no? Digo, el laburo de ambientación histórica que hace Gómez en ciudades, palacios, tabernas, armas, carruajes, vestuarios… Y por supuesto, su manejo de la anatomía, las expresiones faciales, la iluminación… En todo eso, Gómez es sencillamente perfecto, y como si esto fuera poco, se pone la serie al hombro cuando hay momentos en los que pasa poco y los personajes se limitan a hablar. Un fenómeno.
Esta vez los coloristas están acreditados y además son mejores. La primera saga la coloreó Claudio Moreno (uruguayo) y está bien, muy sobria y muy elegante. Y la segunda la coloreó el estudio de Roberto Goiriz y por momentos tiene efectos vanguardistas, estallidos de expresionismo medio descolguettis, pero que también están muy bien y en ningún momento obstaculizan ni los climas del guión ni el deleite visual que nos brindan los dibujos.
Ya está confirmado que Wood y Gómez vuelven a Suiza en Octubre, y sí, esta vez Dago llegará a Ginebra, a vivir otra aventura intensa y molto pericolosa. Mientras tanto, seguí prendiendo velas para que alguien publique en castellano estos notables trabajos de dos monstruos fundamentales para la historieta argentina.

miércoles, 4 de agosto de 2010

04/ 08: SAND AND FURY


Ah, bueno… Si lo que leí ayer me resultó heavy, con esto ya nos fuimos a la mierda pero para no volver. Este comic es más perturbador que bajarte una porno y descubrir que la protagonista es tu vieja.
En esta novela gráfica nos reencontramos con Ho Che Anderson (a quien visitáramos en la primera quincena del año), pero muy cambiado. Acá el dibujo es más duro, más como de grabado, y la búsqueda va para el lado del feísmo. Por momentos parece (sólo parece) un principiante, un clon choto de Edu Molina, hasta que ves qué hay debajo de la superficie del dibujo, de las manchas, las tramas mecánicas y ese plumín endemoniado. El primer tercio es, lejos, el mejor dibujado. Ahí hay un Anderson mega-expresionista, con una narrativa que más que a Howard Chaykin (principal referente del autor) nos recuerda a Jacques Loustal, y dibujos en los que vemos yeites de los que se mandaba Pablo Páez en la Fierro clásica (¿alguien se acuerda de Pablo Páez?) más algunas genialidades dignas de Marc Hempel o Dave McKean. Pero la trama pasa rápidamente del misterio a la atrocidad lisa y llana, y el dibujo, tal vez para acompañarla, se hace más bestial, más crudo, menos sutil que Jacobo Winograd borracho y drogado. Y la magia sigue ahí, latente. Se cuela en una secuencia onírica del tercio final y vuelve con tutti en las dos o tres páginas finales, donde Anderson demuestra que, además de cagarte a sopapos, te puede conquistar con caricias.
Sand & Fury es una historieta terrible, fatídica, sensual, perversa y visceral. Nos cuenta la historia de una chica cuyo nombre desconocemos (le diremos Scream Queen, ya que el subtítulo de la obra es “A Scream Queen Adventure”) que muy a pesar suyo recibió el poder de las banshees: la minita lanza su alarido y alguien (casi siempre un hombre) muere. Y además desconoce el dolor, se acuesta indistintamente con minas o tipos, sobrevivió a haber sido sepultada en la arena y tiene un tajo en la garganta. O sea, de esas minas que conocés todos los días en la cola del supermercado.
La historia de Scream Queen no es para nada lineal. Como en una peli de David Lynch, Anderson va y viene sin avisar y los flashbacks se entrecruzan con el presente, y por supuesto con los sueños. Las motivaciones de Scream Queen tampoco son obvias: hay que leer entre líneas para entender qué le pasa por la cabeza. Los personajes que la enfrentan o la acompañan están muy bien trabajados, especialmente Avril y Lydia, pero de entrada sabés que todos van a terminar muy mal. No van por ese lado las sorpresas…
Para que Sand & Fury trascienda las barreras del thriller sobrenatural, violento y retorcido, Ho Che Anderson decide salpicarlo con escenas de una truculencia feroz. Mutilaciones, martillazos en la cara, violaciones… también sexo grupal con sogas, frula y juguetes de goma, y hasta una secuencia que nos muestra con lujo de detalles y sin el menor eufemismo cómo Scream Queen se mete un alambre en la argolla y se produce a sí misma un aborto, para librarse de un embarazo no deseado. Creo que eso no lo había visto nunca en un comic, y eso que le vengo dando duro a Suehiro Maruo y un par de salvajes más.
Pero esa es apenas una barrera más que rompe Anderson, que claramente se mandó en busca de new sensations, tanto en cuanto a los temas a tocar como en la faz gráfica, donde explora territorios a los que no había ido nunca y de los que se va con un par de containers cargados de chapa. En Sand & Fury hay monstruosidades de todo tipo, sangre, profecías ominosas y un clima de extrañeza, de que lo más siniestro puede pasar en cualquier momento, como si estuviéramos frente a un cuento de Lovecraft, pero en los desiertos del sudoeste de los EEUU. Un lugar que, de ahora en más, vas a recorrer tomando infinitos recaudos, porque Ho Che Anderson lo anexó al territorio de las pesadillas. Sand & Fury es para valientes. Garpa a full, pero cobra caro y nunca sabés cuándo te vienen a cobrar la próxima cuota.

martes, 3 de agosto de 2010

03/ 08: MONSTER Vol.1


Puta, que vale la pena estar vivo! Fuera de joda, ni yo puedo creer la calidad del material que me está tocando leer estos días…
Monster es una joya, incómoda e inquietante como compartir la cama con tres minitas y tu abuela. Sos un joven cirujano japonés que trabaja en un hospital alemán. Tu jefe es medio garca, pero te tiene allá arriba y hasta te entregó a su hija, que está buenísima. Un día, tenés que elegir entre salvar la vida del intendente de la ciudad y la de un pibito de 9 años. Elegís salvar al pibito y el intendente muere. Tu jefe, más preocupado por las runflas políticas que tenía con el intendente que por la vida de sus pacientes, te pasa factura: te desciende a un cargo de menos responsabilidad y su hija ya ni te saluda. Puta, pero vos hiciste lo correcto, ¿por qué de pronto te consideran menos que un sorete? Y también de pronto (ya parezco el Loco Barreiro), el jefe y los otros médicos jodidos para los que la medicina era un negocio y una forma de acumular poder, mueren misteriosamente. ¿Quién asciende a number one? Vos, papá, que sos MUY grosso. Pero ¿y la policía? ¿De quién te parece que va a sospechar? Pasan los años, el crimen no se resuelve y se empiezan a acumular asesinatos misteriosos. ¿Sabés quién los cometió? Sí, el mismo que pasó a valores a los garcas del hospital. El pendejito al que vos le salvaste la vida, que ahora es un asesino hijo de mil putas sin el menor reparo a la hora de boletear a nadie.
Este argumento, irónico y brillante, con final O´Henry y todo, podría contarse en 14 páginas. Me lo imagino dibujado por Jack Kamen, en una Shock Suspenstories, y me zumba la entrepierna. Pero no. Naoki Urasawa lo usó como punto de partida de Monster, un manga de 18 tomos, en el que el cirujano (el Dr. Kenzo Tenma) y el asesino (Johan Liebhart) se enfrentarán en un duelo mortal. El médico tratará de impedir que el monstruo al que le salvó la vida siga desparramando cadáveres por Alemania y Johan demostrará ser mucho más que un villano que hace turradas porque le parece divertido. No sé cómo seguirá la historia, ni si realmente la trama bancará las más de 3.500 páginas que hay que tragarse para llegar al desenlace, pero el primer tomo me resultó absolutamente devastador. La secuencia final, en la que Tenma ve a Johan después de nueve años y este liquida a sangre fría a uno de sus secuaces es de una fuerza dramática apabullante, casi te asfixia la tensión que crea Urasawa. Y después hay un montón de otros momentos majestuosos, como cuando vemos morir al avechuchesco Doctor Heinemann. Pocas veces fui tan feliz al ver la muerte de un personaje en un comic. Ahora quiero ver morir a la arrastrada de Eva…
Previo a Monster, el único manga de Urasawa que había leído era el glorioso Pineapple Army, donde Naoki laburaba sobre guiones de Kazuya Kudo, y no sé cuántos años pasaron entre ese manga y este, pero la verdad es que, además de sorprenderme con lo que mejoró como dibujante, me impactó cómo Urasawa peló chapa de guionista, pero de guionista de verdad. El dilema moral que atraviesa la serie vale por sí solo el costo del librito. Verlo a Tenma quebrarse, replantearse todo cuando se da cuenta de que salvarle la vida a Johan no sólo le costó la vida al intendente, sino a mucha gente más, es absolutamente impagable y Urasawa lo muestra con una emotividad y una crudeza impresionantes.
El dibujo de Urasawa tampoco se queda atrás. Si en Pineapple Army era una especie de Otomo menos dark y un toquecito más caricaturesco, ahora hace gala de un trazo más sintético, más fino y con menos manchas. Con mucho énfasis en los primeros planos y las expresiones faciales y niños con rostros que parecen de Miyazaki. Y por supuesto, maneja todos los recursos habidos y por haber para mantener a full la tensión: angulaciones, siluetas, cortes… todo contribuye a que la experiencia de leer Monster sea inolvidable.
Ahora falta que LARP se ponga las pilas y edite los tomos que faltan antes de que tengamos nietos…

lunes, 2 de agosto de 2010

02/ 08: 100 BULLETS VOL.8


Bueno, ahora sí. Se acabaron los prólogos, se acabó la modorra, se acabó la onda de sembrar plots para cosechar más adelante. La mítica serie de Brian Azzarello y Eduardo Risso inicia su segunda mitad con un cambio de ritmo asombroso, un mega-broli con nueve episodios en los que pasan muchísimas cosas y se explican muchísimas más.
Pero guarda, que la explicación no es “Hola, soy Lono. Antes era uno de los Minutemen del Agente Graves y trabajaba para el Trust. Ahora soy un chabón heavy que bla-bla-bla”. Para nada. Azzarello no quiere cobrar barato, no le cierra hacer todo el esfuerzo él (y Risso) y que el lector coma la papita ya masticada. Acá todo es ambiguo, oscuro y para cazar cómo viene la mano hay que prestar muchísima atención. Los flashbacks van y vienen, la mitad de los personajes miente más que Macri y hay que estar muy, muy concentrado para seguir la historia por tantos vericuetos. Lo bueno es que de a poco, va quedando claro que estamos ante UNA historia y que todos los personajes a los que vimos hasta ahora van a terminar por confluir. La guerra entre el Trust de las 13 familias que gobiernan el mundo y su ex-empleado, el Agente Graves, está por estallar y ahora sí, los protagonistas tienen que elegir bando y bancarse esa elección.
Este tomo arranca con un episodio fundamental, el 50, en el que uno de los ex-Minutemen que sigue vivo explica nada menos que el origen secreto del Trust y su célula de justicia interna. Y de ahí nos vamos a New Orleans, para una saga extensa, ocho episodios en los que reaparece Wiley Times (a quien habíamos visto en un gran unitario, allá por el Vol.6), otro ex-Minutemen que ahora se reactiva y se enreda en una historia 100% troncal, en la que cobran muchísimo protagonismo Dizzy Córdova y sobre todo Shepherd, cuyo rol en la runfla se empieza a entender mucho mejor. Sobre el final, trágico, tenso, desesperante, un volantazo imprevisto va a cambiar radicalmente el curso de lo que veníamos viendo hasta ese punto, y ahí sí, todo encaja mejor y se encauza hacia el momento que estábamos esperando, que es el de la confrontación frente-march entre el Trust y la alegre muchachada de Graves.
Nada de lo dicho hasta acá le hace ni la menor justicia al trabajo de Azzarello, a su particular forma de llevar las tramas, a su manejo de los tiempos, a su inigualable oído para los diálogos, a la solvencia con la que presenta y define a decenas de personajes en cada arco y a la profundidad que les brinda no sólo a los protagonistas. En esta saguita ese laburo de personajes secundarios alcanza la cima con Martin, el trompetista genial y deforme al que todos apodan Gabriel. Lo que hace Azzarello con él es brillante y a la vez no tiene perdón de Dios.
Y lo de Risso, como siempre, está más allá del Bien y del Crack. A mitad de camino entre José Muñoz y Steve Dillon, el cordobés-rosarino encuentra un espacio donde expresarse con una contundencia infrecuente en el comic actual. Las miradas, el lenguaje corporal, los estallidos de violencia, todo es impactante y todo está perfectamente graficado. Hay en este arco varias minitas super-power y Risso recurre a figuras manarescas y trompitas altuneanas, pero sin renunciar nunca a su propia impronta visual. Pero lo más zarpado lo vemos en la construcción de las secuencias, varias de las cuales merecen pasar a la historia. La escena de Wylie y Martin en el pantano, una vez que zafan de sus captores, se tiene que usar en las escuelas para enseñar qué carajo es una historieta. El flashback que narra el fin de la relación entre Wylie y Rose también, es un clásico. Si eso no te pone los pelos de punta, tenés un témpano en el corazón de proporciones riquelmeanas.
100 Bullets, muchachos. 100 números, dos autores, cientos de personajes, infinitos corchazos, miles de diálogos filosos, de chistes groseros, de conspiraciones, traiciones y pases de facturas manchadas con sangre. Una gloria del Noveno Arte cuya segunda mitad –por lo menos en el arranque- cumple y dignifica mucho de lo que prometía la primera mitad.

domingo, 1 de agosto de 2010

01/ 08: CHARLIE MOON


Hace como 200 días le dediqué una reseña a Marco Mono, una de las obras con las que Carlos Trillo y Enrique Breccia le ponían pimienta, allá por 1979, a una época gloriosa para la historieta argentina. Hoy vuelvo a 1979, pero para hablar de una obra que Trillo realizaba junto a otro de sus asiduos colaboradores de aquella etapa, el gigantesco petiso Horacio Altuna. Por si fuera poco con El Loco Chávez y Las Puertitas del Señor López, la dupla celebró la aparición de la seminal revista SuperHumor con la creación de una nueva serie, de la que sólo realizarían cinco episodios, recientemente reunidos en un lujoso tomo por Planeta-DeAgostini.
Charlie Moon es un chico de unos trece años, sin un mango, sin domicilio fijo, sin padres, sin pasado, sin mucho para perder. Pero igual pierde bastante. Las no-aventuras de Charlie por los pueblos y las granjas del EEUU de 1936 lo llevan por un puñado de situaciones algunas simplemente incómodas y otras terriblemente dramáticas, que no hacen más que complicarle al pobre pibe ese difícil tránsito hacia la adultez, que ya de por sí es bastante bravo para los pendejos cuya mayor preocupación es comprarse la Play-3. A lo largo de las historias, a este EEUU de 1936 se le cuela la Argentina de 1979: Charlie aprende que, seas victimario o testigo, lo único que se puede hacer frente a la injusticia y la atrocidad es callarse la boca.
Y seguramente es por eso que estos comics tienen tan poco diálogo. Trillo nunca se caracterizó por zarparse con los diálogos, pero áca directamente te los mezquina. Ese rol de testigo silencioso que a veces jugaban el Loco Chávez o el Señor López, se exacerba en Charlie Moon. La procesión va por dentro y Charlie, que no tiene puertitas para abrir, no tiene más remedio que aguantar mansito las tormentas que, cuando no lo afectan, le pasan cerca.
Todas esas secuencias mudas ayudan a que le prestemos atención al que probablemente sea el mejor trabajo de la impactante carrera de Horacio Altuna. Sin minas que rajan la tierra, sin ciencia-ficción y sin comedia, el ídolo no sólo se la recontra-banca, sino que pela como pocas veces. Lo primero que llama la atención es el excelente laburo de documentación, para el cual Altuna se basó en los trabajos de los mejores fotógrafos americanos de aquella época. Después el manejo de las tramas mecánicas, que combinadas con la mancha y la línea altunescas, realzan las composiciones, los primeros planos, los climas y los silencios. El resultado es de una belleza gráfica inusual incluso en la obra del maestro. Y lo otro que te deja boquiabierto, babeando como los pelotudos que miran ShowMatch para ver culos, es la narrativa, la forma en que Altuna te caza de la mano (para no decir otra grosería) y te lleva a través de esa magnífica sucesión de viñetas, muchas de ellas alargadas tipo pantalla de cine, y te hace vibrar con cada cambio de plano, cada pausa y cada truquito. La escena de la muerte del negro Jeremías, por ejemplo, merece pasar a la historia, de una. El último episodio es, paradójicamente, el más breve y el que más texto tiene. Ahí vemos a Altuna poner en escena el truco narrativo que mejor le sale y que será una marca de fábrica, infaltable en obras más ambiciosas como El Ultimo Recreo y Ficcionario: el encolumnado de los diálogos en el centro de las viñetas, para formar una especie de “espina dorsal” de globos que recorren la página de arriba hacia abajo haciendo infalible la comprensión de las secuencias. Otro hallazgo de un capo que estaba en un momento impresionante.
Charlie Moon es una obra menor, pero sólo por su extensión. Si existieran cinco o seis episodios más, estaríamos hablando de uno de los comics fundamentales del Noveno Arte argentino. Y en rigor de verdad, la edición de Planeta (con sus tapas duras, sus fotografías, su entrevista a Altuna y el prólogo del propio Horacio) debería ser LA edición definitiva de la serie. Pero yo le tengo tanto cariño a la de Toutain que me parece que me voy a quedar con las dos…

sábado, 31 de julio de 2010

31/ 07: BIRTH OF A NATION


Además de Special Forces (de la que ya hablamos), en estos últimos años el incombustible Kyle Baker acumuló muchísimas obras interesantes, entre otras Plastic Man, King David y la impactante Nat Turner. Pero, casi irónicamente, su mejor trabajo es el único en el que el guión no le pertenece. Birth of a Nation (de 2004) es un comic absolutamente bakereano, pero escrito por Aaron McGruder (autor de The Boondocks, una popular tira diaria) y Reginald Hudlin (guionista y director de cine, que llegó al comic para escribir Black Panther).
El hecho de que los tres autores sean negros no es ninguna casualidad. De hecho, la nación a la que alude el título no es otra que Blackland, una región de St. Louis con mayoría de población afroamericana, que decide separarse de los EEUU y convertirse en un país independiente. Suena a algo serio (sobre todo a la luz de que hoy EEUU tiene un presidente negro), pero Birth of a Nation es una gran farsa, una joda inteligentísima y con toques de mala leche, que nace de aquella famosa elección presidencial de 2000, la que George W. Bush le birló a Al Gore, legítimo ganador... si todos los votantes hubiesen podido votar, o si los votos se hubiesen contado como corresponde.
La historia parece por momentos uno de esos grandes episodios de South Park en los que una boludez cotidiana empieza a crecer tipo bola de nieve, a hacerse cada vez más grossa, hasta que ya se le va de las manos a los propios protagonistas y puede terminar en cualquier cosa. Y sí, tanto el desarrollo como el desenlace de la historia de Blackland están totalmente fuera de cualquier pronóstico, incluso de los lectores más curtidos. La historia se construye con coherencia, de modo accesible y lineal, pero pega volantazos alucinantes en los momentos clave que hacen que nunca puedas predecir qué va a pasar con esta nueva nación.
Birth of a Nation es un comic raro, primero porque es político, cosa que no suele suceder con frecuencia, y segundo porque es 100% satírico, y tiene hasta gags verbales y físicos, mientras que en general el comic político suele ser demasiado circunspecto. Pero McGruder y Hudlin hablan de política sin pelos en la lengua, se meten a fondo en los mecanismos del poder y sus consecuencias en la vida cotidiana de la gente, y además le ponen la onda de comedia zarpada y disparatada, esa que Kyle Baker pilotea como los dioses.
El trabajo de Baker es definitivamente fundamental para que la novela gráfica prospere. El glorioso creador de Why I Hate Saturn opta por un trazo muy sencillo, con una línea muy austera y un estilo caricaturesco, casi de animación. Y después realza el dibujo a niveles maradonianos con la computadora, para agregar efectos, texturas, brillos volúmenes, y –obviamente- el color y las letras, que a esta altura son rasgos tan propios de Baker como su propia firma. Como en muchas de sus mejores obras, acá Baker trabaja sin globos de diálogo dentro de las viñetas. Los textos se ubican abajo o al costado de los dibujos y siempre se entiende a quién pertenecen. Para que eso suceda, los guionistas recurren a los medios de comunicación como reemplazo del narrador omnisciente, esa figura mediante la cual el autor suele narrarnos en los bloques de texto cosas que los personajes muchas veces desconocen (o deciden no expresar). El resultado es un hermoso contraste entre una presentación de la página limpita, ordenada y más prolija que armario de puto, y unas viñetas en cuyo interior se desatan pandemoniums página por medio, ya sea por pasiones, luchas de poder, intereses económicos, o lógica reacción del perejil oprimido frente al garca opresor.
Las 137 páginas de Birth of a Nation son una lectura recomendadísima para los fans de: 1) la política, 2) los movimientos por los derechos de las minorías raciales, 3) Kyle Baker, 4) el humor malalechístico acerca de temas socio-políticos, 5) las novelas gráficas originales y zarpadas que se cagan por completo en los géneros más masivos y en el siempre poderoso Más de lo Mismo. Pulenta de la buena.

viernes, 30 de julio de 2010

30/ 07: THE PUNISHER: FROM FIRST TO LAST


No soy fan de Punisher. Nunca lo fui y no creo que nunca lo vaya a ser. No sé por qué, pero es un personaje que casi no me genera ningún interés. De todos modos, y gracias a las recomendaciones de amigos y colegas, cada tanto algún especial fuera de las series regulares me llama la atención y entro como un caballo. Este libro reúne tres one-shots escritos por Garth Ennis, dos de los cuales me habían cebado cuando escuché de qué se trataban, quénes eran los dibujantes y qué opinaban de ellos algunos críticos cuyos gustos suelen coincidir con los míos. Así fue como me decidí a comprarlo, y la verdad es que no me arrepiento para nada.
Me saco de encima rapidito el que menos me gustó: The Cell. Nada, es la fácil. Punisher se hace meter preso para boletear a cinco mafiosos hijos de mil putas que viven como reyes en un penal, protegidos por la propia policía. Castle pergeña un plan para hacerlos mierda, y va para adelante, sin mayores contratiempos. El final es 100% gore y truculencia, porque los mata con una crueldad inusitada, acorde con los crímenes de los mafiosos, que encima tuvieron que ver con la muerte de la esposa y los hijos de Castle en aquella famosa masacre en el Central Park. Es un comic duro, áspero, frío y sin sobresaltos más allá de ese final salpicado de vísceras. El dibujante es Lewis Larosa, un muerto de frío sin onda, que chorea fotos a cuatro manos y no tiene nada para aportar.
Pero el tomo abre con una joya: The Tyger es una de las mejores historias de Punisher jamás escritas, si no la mejor. Nos ubica en dos tiempos paralelos: la infancia de Frank y su primera noche como Punisher, pero también tiene un maravilloso (y escalofriante) flashback al paso de Castle por Vietnam. The Tyger alude al famoso poema de William Blake y –aunque parezca una joda- la poesía es un elemento central en esta historia de venganzas, miedos, hipocresías y dilemas morales, de esos que desembocan en decisiones jodidas, de las que no hay marcha atrás. Los dibujos son del maestro John Severin, que obviamente no dibuja como en los ´50 y ´60, pero pone su onda retro al servicio del relato con una cancha descomunal. Hay viñetas de enorme belleza plástica, un trabajo de plumín asombroso y una perfecta reconstrucción de las tres épocas en las que transcurre la historia. El truco de las páginas negras donde sólo “vemos” diálogos es un salto al vacío por parte de Ennis, pero le sale demasiado bien. Posta, esta historia vale el precio que pagues por todo el tomo.
Y para cerrar, The End, dibujado por el gigantesco Richard Corben. Sí, Corben y Ennis juntos. Too much. Esta arranca como una historia rara, un post-holocausto trasnochado, con un Punisher viejo y baqueteado, que con el mundo devastado por la guerra nuclear, igual sigue fanatizado con su misión de boletear criminales. El lector se identifica no con Castle, sino con su ocasional aliado, Paris Peters. Pero para la mitad de la historia, Ennis pega un volantazo totalmente inesperado y todo tiene tanto sentido que lo aplaudís de pie. Sí, flaco, así actuaría Punisher en un futuro post-holocausto. No hay otra. Y el giro del final también, un lujo, una última gota de mala leche para redondear con chapa y hasta con vuelo poético una historia magistral. Lo de Corben es impecable. El tipo algo manya de futuros apocalípticos y acá por ahí no se luce como en sus mejores trabajos, pero no se guarda nada. Espera pacientemente el momento justo para lucirse, se luce, y durante el resto de la historia acompaña al guión con sobriedad, pero con su estilo inconfundible. Otro lujo y van…
Probablemente los fieles seguidores del Puni se hayan perdido From First to Last, porque no sigue la numeración de ninguna de las colecciones habituales. Y los que no son fans del calavera, probablemente lo hayan pasado por alto para darle bola a otro material. Pero a ambos les recomiendo armarse hasta los dientes, salir a buscar este libro y matar a quien haga falta para conseguirlo. Ennis ya mostró muchas veces que puede hacer obras de arte a partir del grim ´n gritty pasado de rosca y acá lo vuelve hacer, incluso sin recurrir a los chistes que tantas veces lo hemos visto reiterar. Grosso, mal.

jueves, 29 de julio de 2010

29/ 07: SMART MONKEY


El comic es así. Cuando ya creías que habías visto todo, aparece un nuevo hijo de puta que patea el tablero y te estropea la cabeza con cosas que creías que nunca en tu vida ibas a ver en una historieta. El francés Winshluss es uno de esos hijos de puta y la chapa que obtuvo en los últimos años no es casualidad, ni regalo, ni un cobro de favores mafiosos por parte del editor que le publica los libros.
Smart Monkey es una obra exquisita, una novela gráfica de 95 páginas de las cuales sólo 13 tienen texto. El resto es todo mudo, ya que el protagonista es un monito que no habla, y que interactúa con otros animales que tampoco hablan. Muy parecido a lo que sucede con el alucinante Gon, de Masashi Tanaka. De hecho, Smart Monkey es el Gon europeo. Con algunas diferencias, claro, y la más importante es que Winshluss no se propone mostrarnos un canto a la naturaleza y la vida salvaje, sino que usa al monito para hablar solapadamente de los humanos, de las luchas de poder, de las boludeces que hacemos los tipos para levantarnos minas, de la crueldad con la que los pulenta pasan por encima a los pichis. No hace falta llegar a la secuencia en la que aparecen los humanos (y los diálogos) para darnos cuenta de que ese monito recontra-expresivo está ahí para mostrarnos cosas de nosotros mismos.
La otra gran diferencia entre Smart Monkey y Gon es el estilo del dibujo. Mientas Tanaka se mata para darle a sus bichos y sus paisajes un realismo fotográfico, Winshluss se caga de risa y nos muestra todo a través de un prisma exagerado, descontrolado, con mucho de dibujo animado yanki de la época de Chuck Jones y Tex Avery. Acá ves el movimiento, aunque no quieras. Esos personajes están vivos, inquietos, ansiosos, alzados. Como en los comics de André Franquin, las pantomimas se potencian, se exacerban y cobran un protagonismo infrecuente en la historieta europea, que tiene fama de sobria. Pero esto no tiene nada que ver con los clásicos europeos (excepto por esa referencia a Franquin). O sí, porque la iluminación de las viñetas y algunas manchas tienen matices que vimos en Blutch, o en Christophe Blain. Pero la narrativa parece yanki, y en el dibujo hay cositas de Carlos Nine, de Gary Baseman y hasta de John Kricfalusi, el creador de Ren & Stimpy, lo cual engancha con la mención a los ultra-clásicos de la animación yanki.
Que parece ser una referencia ineludible, porque el argumento está plagado de gags visuales y hay secuencias enteras en las que el monito y el tigre dientes de sable podrían reemplazarse sin problemas por Tweety y Silvestre o el Coyote y el Correcaminos. Sí, este es un comic de un altísimo voltaje humorístico, que se centra en el slapstick, pero que también incluye finas y malignas ironías, como todo el epílogo protagonizado por Humberto, el Vizconde de Vallombreuse. Poco importa si Winshluss manda fruta cuando nos cuenta cómo y cuándo se extinguen un montón de animales prehistóricos. La gracia está en cómo nos muestra esta historia de ingenio y supervivencia, que tiene todos los elementos para ser memorable, y que además está dibujada como los fuckin´dioses, por un genio del pincel y el plumín que da cátedra de narrativa, composición, diseño de personajes, crosshatching, iluminación y fondos, todo en 95 páginas.
Smart Monkey tiene hace unos meses una edición nacional, excelente y sumamente accesible, como para que nadie se quede sin descubrir esta papita tan fina y tan brutal.