el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 14 de mayo de 2010

LUCHA PELUCHE Vol.1


Una vez más, un libro aparecido hace muy poquito me obliga a transgredir mi disciplina, que consiste en leer el material en el orden en que lo voy consiguiendo. Pero esta vez el cebamiento es más fuerte. Y la objetividad más frágil que nunca, porque se trata del libro del Niño Rodríguez, de quien soy amigo hace más de 20 años, cuando los dos éramos niños de verdad.
Allá por 1987, cuando tanto el Niño como yo hacíamos nuestras primeras armas en el mundo de los fanzines, este animal rosarino ya daba cátedra. Resolvía con total solvencia todo tipo de desafíos historietisticos, clonaba cualquier estilo (incluso algunos difíciles, como el de Bilal o el de Juan Giménez), demostraba un talento alucinante para la sátira y cuando lo veías dibujar, te convencías de que dibujar (y bien) era lo más fácil del mundo. Y esto con 18 años, mucho antes de empezar a publicar profesionalmente en medios de alcance nacional, o de hacerse conocido fuera del under rosarino… Imaginate ahora, que lleva más de 20 años de laburo constante, que egresó de Bellas Artes, que la rompió en la historieta, la ilustración, la animación y hasta en el diseño de decorados para programas de TV (Ver Para Leer y RSM).
Y bueno, cuando en 2008 le llegó la oportunidad de hacerse cargo de una tira diaria (desafío jodido si los hay), el Niño respondió con la categoría de los grandes. Lucha Peluche es, por afano, lo mejor que apareció en los diarios argentinos durante los dos años y monedas que duró el recién extinto diario Crítica. Las tiras que componen este tomo recorren aquellos tumultuosos meses de la famosa crisis que enfrentó al campo con el Gobierno, pero además de cubrir ese suceso de modo desopilante y genial, el Niño habló de todo eso con una altura tal, que quedó más allá de la coyuntura. Hoy lo leés, y por ahí ni te acordás de todo ese kilombo, pero las tiras son excelentes igual.
Lucha Peluche tiene todo: personajes tiernos e ingeniosos como Mafalda, personajes jodidos y grotescos como La Nelly, comentarios irónicos sobre la realidad nacional como Clemente, reflexiones inteligentes como la tira de Rep, y un dibujo personal e hipnótico como el de Macanudo. Y además chistes geniales, para reirse en serio, con carcajada posta. ¿Cuánto hacía que una tira diaria nacional no me arrancaba una carcajada? La última debe haber sido en el… tercer o cuarto tomo de Macanudo…. Acá hay un montón de momentos que te parten de la risa. El mejor, o el que a mí más me hizo reir, fue la aparición de Brazuca Joe, el indigente brasileño que se encuentra con Morta Dela, uno de los protagonistas. Pero hay un montón de momentos graciosísimos y frases geniales (“el capitalismo es un chancho vendiendo jamón”).
Aunque están ambientadas en un lugar neutro, al que sólo se nombra como “el culo del mundo”, las tiras de Lucha Peluche tienen muchas referencias a nuestra realidad política. El Niño sorprende al repartir los palos para todos lados, con notable criterio y ecuanimidad. Hay palos para todas las ideologías, para el Gobierno, para la oposición, para el campo y hasta para Dios. Pero la peor parte se la llevan los medios de comunicación, representados por Tony Torres, un periodista abyecto, genuflexo, sensacionalista y ventajero, que manda cualquier fruta por un punto de rating o por algún beneficio para él o para el multimedio en el que labura. Hoy que tanto se cuestiona el rol de los medios y del “periodismo independiente”, esta tira tiene muchísimo para aportar al debate.
Los demás personajes también tienen momentos magistrales y todos contribuyen a que leer la tira recopilada resulte una experiencia 100% gratificante, incluso para el que ya las leyó de una por día, ya sea en el diario o en la web. El universo de Lucha Peluche es absoutamente seductor y entre sus viñetas se respiran dos sensaciones: la de un caos perfectamente ordenado por un autor que sabe lo que quiere y cómo transmitirlo, y una enorme libertad que le permite el Niño zarparse a gusto y piaccere ya sea con el humor negro, la sátira sociopolítica o el lenguaje subido de tono. Lucha Peluche gana por puesta de espaldas, por knock-out, por afano y por si acaso. Ojalá que el cierre del diario en el que se publicaba no sea óbice para que De la Flor edite más recopilaciones de esta maravilla del Noveno Arte.

jueves, 13 de mayo de 2010

13/ 05: CLAUDIO CUECO


La primera vez que el maestro valenciano Daniel Torres publicó una historieta en forma profesional fue en 1980, en un número de El Víbora (que tengo por ahí). La historieta era Asesinato a 64 Imágenes por Segundo y en sus 15 míticas páginas hacía su primera aparición la versión más conocida de Claudio Cueco, un personaje al que Torres ya había usado alguna vez para unas planchas humorísticas que nunca se publicaron.
Este Claudio Cueco, el de Asesinato… es un detective privado clásico, perfecta réplica de los duros antihéroes de la novela negra americana, pero con cara de pájaro. Es un detalle, nomás, tanto que –extrañamente- el resto de los personajes, todos ellos humanos normales, no parecen notarlo. Esta primera historieta es perfecta, redonda, y sienta las bases de lo que va a hacer Torres con Claudio las veces que vuelva visitarlo, que van a ser muy pocas. En Asesinato… hay femmes fatales, muertes truculentas, villanos despiadados y mucho hijo de puta dispuesto a perpetrar las más abyectas traiciones por un buen fangote de guita. Entre ellos el propio Claudio Cueco, que de altruista no tiene una pluma.
Al año siguiente, en 1981, Torres regresó con una saga extensa, de 46 páginas. El Angel Caído nos invita a seguir a Claudio en una aventura por medio mundo, mucho más compleja que la anterior, con más personajes que entran y salen de escena, y por supuesto rosquean, se espían, se encaman y se traicionan sin el menor escrúpulo. Acá vemos bastante más del universo retro en el que transcurren estas historias, en el que Torres hace coexistir los autos, las armas y la ropa de la década del ´40 con avances tecnológicos que en 1982 estaban muy, muy lejos, e incluso con una posguerra, pero de la Tercera Guerra Mundial. El truco del retro-futuro será de aquí en más una marca registrada de Torres y lo llevará al extremo en la saga de Roco Vargas, que iniciará cuando se despida de Claudio y será su trabajo consagratorio.
La tercera historieta (aunque en el recopilatorio de Norma la hayan puesto primera) es la única realizada por Torres a todo color, con color directo, y también data de 1982. Otra vez nos encontramos con una historia sórdida y un final que destila hectolitros de mala leche. Además (al igual que un segmento de El Angel Caído) la trama se sitúa en Valencia, la ciudad natal de Torres a la que no se cansa nunca de dibujar. Y finalmente Claudio Cueco reaparece El Enigma de la Torre, la historia más breve del personaje, desarrollada en apenas ocho tiras de cuatro viñetas. Aún así, el autor se las rebusca para plantear una historia para nada burda ni banal y resolverla con solvencia.
Es muy loco que casi siempre se habla de Daniel Torres como un maestro del dibujo (que lo es, obviamente) pero pocas veces se hace hincapié en lo grosso que es como guionista. En estas cuatro historias lo demuestra con una cancha y una amplitud demoledoras.
Pero vamos al dibujo, que es un rubro sumamente interesante, porque al tener cuatro historias de cuatro años distintos se nota con toda claridad la impresionante evolución que experimentó el artista en un lapso de tiempo increíblemente breve. En las dos primeras historias, Torres parece buscar su identidad gráfica, a mitad de camino entre la línea chunga y una línea de realismo retro. A esto le suma su talento nato para la narrativa y su gran manejo de las tramas mecánicas, y ya está. Alcanzó para ponerlo en el mapa. Pero en la tercera historia ya aparece (además del color) el otro Torres, el que lleva a su cénit a la línea clara valenciana, el zarpado que reinterpreta la línea clara pop y psicodélica del maestro Miguel Calatayud (también valenciano) y le pone el filo, la ironía y la impronta “diseñosa” que requerían los modernísimos ´80, en los que la estética era lo fundamental. En esa historieta (Cartón Mojado) está todo lo que va a coronar a Torres cuando se sume a la revista Cairo y publique Tritón, la primera aventura de Roco Vargas. Y en las tiras que componen El Enigma de la Torre lo vemos afianzarse en el manejo de la iluminación e incluso terminar de definir su rotulado, con esa forma tan calatayudiana de dibujar las letras, que lo caracterizará durante años.
¿Viste esas bandas que sacan su primer disco y decís “Nah, me están jodiendo… Estos tipos tocan juntos hace 20 años, no pueden sonar así si son pendejos que graban por primera vez”?. Bueno, Claudio Cueco es eso, el disco debut de una banda que la rompe desde el primer tema, una especie de The Hurting (de Tears for Fears), que también es de 1983, como El Enigma de la Torre. Daniel Torres es grosso hace 30 años y cada día canta mejor.

miércoles, 12 de mayo de 2010

12/ 05: KINGYO USED BOOKS Vol.1


Kingyo Used Books es, además de un excelente manga, un canto de amor al manga. Las siete historias que componen el tomo giran en torno a una librería que se especializa en vender mangas usados, a aquellos que quieren reencontrarse con las historias que los emocionaron en la infancia y la juventud. Y por supuesto, también a los geeks pasados de rosca que quieren tener las “figuritas difíciles”, como las primeras ediciones de algunas obras clave en la historia de este medio.
La mangaka a cargo de abastecer las bateas de esta librería con sorpresas y emociones es Seimu Yoshizaki, a quien jamás había oído nombrar, pero a la que se le nota el talento y la pasión por el tema que toca y por los personajes que construye para llevar adelante los distintos relatos. El dibujo es muy, muy bueno. No es majestuoso, no es super-personal, pero tampoco es la típica mangaka que vemos en los shojos de Ivrea, esas que desconocen por completo las reglas básicas de la narrativa y se zarpan metiendo personajitos cutes y deformes, o textos kilométricos en los que te explican en qué mierda estaban pensando mientras sacaban con fritas las páginas para llegar a tiempo a la peluquería, a hacerse los rulos en los pendejos. Preparate para descubrir a una mangaka muy completa, difícil de encasillar, que trabaja muy bien los climas, los gestos, los fondos… todo con una solidez notable.
El manga está lleno de información sobre otros mangas. Los personajes son expertos y a veces asesoran a los clientes con data muy grossa sobre series, autores y hábitos de consumo de los comiqueros nipones, data que la autora complementa con breves notas a los costados de las viñetas y que el especialista Hiroshi Hashimoto desarrolla en artículos que se publican al final del tomo. Todo eso, más los propios hallazgos del guión, que no son pocos, contribuye a crear un clima en el que gobierna la pasión, el cebamiento, el saber conectarse con la emoción o la alegría que sólo el buen manga te puede brindar.
Entre muchos detalles riquísimos y placenteros, destaco tres. El momento del primer episodio en el que el tipo que consulta en la librería para vender sus mangas aclara que no es un otaku para que no lo miren mal, revela con elocuencia cómo en Japón ser otaku es una especie de patología nefasta, como ser barrabrava, pedófilo o afiliado al PRO. Por otro lado, el episodio en el que uno de los empleados de la librería descubre un tomo del Teniente Blueberry (clásico del comic francés, creado por Jean-Michel Charlier y Jean “Moebius” Giraud) es un acertado estudio acerca de cómo se relacionan los japoneses con el comic occidental, qué les pasa cuando lo leen, qué entienden y qué no, y lo bizarro que les resulta la forma en que se publica la historieta en Europa: el álbum grandote, con tapas duras, 46 páginas de historieta a color y papel finoli, para los ponjas es una marcianada indescifrable… pero el amor es más fuerte, y Shibasan rápidamente ve cómo Charlier y Giraud derriban las barreras entre el manga y la bande dessinée y se hace fan a muerte de Blueberry.
También sobresale el capitulazo de Ayu Chan y Okadome, los buscadores de mangas raros en tiendas antiguas a las que ya nadie visita. Lejos el mejor dibujado, este episodio cambia el foco, se concentra en personajes que hasta acá no habíamos visto y nos explica de qué se trata la apasionante profesión de los sedoris, todo eso en medio de una historia conmovedora y con un final demasiado bueno para ser real.
Si alguna vez sentís que tu pasión por el manga está en declive, que ya no te cebás tanto como antes con esas historias, esos autores y esos personajes con las que alguna vez deliraste, la fórmula infalible es visitar la tienda de libros usados de Kingyo. Ahí te van a dar para que tengas, y te vas a querer quedar a vivir, como creo que nos pasó a todos los que tuvimos la suerte de leer este manga.

martes, 11 de mayo de 2010

11/ 05: ECLIPSO: THE MUSIC OF THE SPHERES


Este comic es un claro exponente de un montón de las cosas que DC hace mal, y por eso está bueno comentarlo.
La principal cagada que se mandan una y otra vez es tratar de volver para atrás todos los desarrollos de personajes, a los que en algún punto se decidieron a hacer avanzar, con o sin sentido, en historias copadas o aberrantes. Acá la onda es recuperar el nexo entre Eclipso y Bruce Gordon, luego de que otros dos personajes menores (Alejandro Montez y Jean Loring) hayan hecho lo suyo como huéspedes de la entidad que encarna a la venganza. ¿Para qué volver a Bruce Gordon? No se sabe. ¿Es un buen personaje? Definitivamente, no. ¿Estaba bueno que Jean Loring fuera Eclipso? Definitivamente, tampoco.
Pero bueno, ahí va el prolífico Matthew Sturges, a tratar de darle chapa al Spectre actual (Crispus Allen), que tiene pasta como para ser un buen personaje, pero le falta suerte con los guionistas. ¿Qué hace el Spectre en un comic de Eclipso? Mantenerlo en jaque, porque DC no se anima a que los malos ganen, ni siquiera cuando les dan serie propia. Además, al igual que en la serie de Eclipso de principios de los ´90 (la que estaba buena), el villano recluta entre sus filas a algunos héroes “eclipsados”, siempre segundones y tercerones sin revista propia, pero con un puñado de fans que por ahí compran este comic porque aparecen Creeper, Plastic Man o Hawk & Dove. También aparece Huntress, pero no se entiende bien para qué, porque ni siquiera llega a estar eclipsada. Sturges la usa (poco y mal) para contarnos cosas sobre el empresario corrupto que logra reconstruir (con mucha guita y el asesoramiento de un brujo malo) el Corazón de la Oscuridad, la gema que le da el poder a Eclipso.
Otra cagada clásica de DC: inesperadas vueltas de tuerca a los orígenes de personajes que están ahí hace más de 40 años y de los que ya nos habían explicado todo, de modo más o menos convincente. Acá Sturges mete una escena en la que Darkseid explica que los diamantes negros de Eclipso fueron extraídos de una mina de Apokolips, y forjados por orden suya. ¿Sirve para algo esta revelación? No, y contradice historias anteriores, en las que la relación Darkseid-Eclipso estaba planteada en otros términos.
Otra: por la mitad del tomo, Eclipso (que todavía habita el cuerpo de Jean Loring) se caga a trompadas con Mary Marvel. La entidad abandona a la ex-esposa de Atom y esta cae al océano. Y chau. No la vemos más, ni a ella ni a Mary Marvel. ¿Qué carajo pasa acá? Fácil, esto se serializó en la revista Countdown to Mystery, que está muy relacionada con la horrenda maxisaga Countdown. Ahí está desarrollado el plan de Eclipso para corromper a Mary Marvel y nos enteramos qué pasa con ella y con Jean. Pero eso no aparece en este tomo, y ni siquiera hay una nota al pie, que diga “leé tal comic para saber qué les pasó a estas dos pelotudas a las que no les pensamos dedicar ni una viñeta más en este broli”.
Y una más: Cuando van menos de 50 páginas, el dibujante Stephen Jorge Segovia (que arranca power, con un estilo impactante, onda Leinil Francis Yu) baja 132 cambios y empieza a dibujar a los pedos, sin ganas. Y después, ni siquiera dibuja todos los episodios, sino que en las últimas 110 páginas tendremos que alternar entre Segovia a media máquina y un verdulero de la B Metropolitana (cerca de irse a la C) llamado Chad Hardin, que lo poco que dibuja bien se lo afana a Doug Mahnke. Posta, es un dibujante inmundo, con cero onda. En sus primeras páginas, en cambio, Segovia se pasa un poco de pochoclero, pero sin meterse en mayores bretes narrativos y con viñetas (ya que no secuencias) realmente logradas.
Y bueno, sir ser un asco ilegible, esta saga evidencia más problemas que Medio Oriente, y son todos problemas que DC parece no poder o no querer solucionar, porque son los mismos que se repiten una y mil veces cada vez que salen a chorear con las sagas crossovereadas, los dibujantes que no cumplen con las fechas, los guionistas que mandan cualquier fruta y los coordinadores que aprueban revivals innecesarios de conceptos que están más perimidos que el diskette de 3 y ½. Es lo que hay…

lunes, 10 de mayo de 2010

10/ 05: DORA Vol.1


Una vez más, nos encontramos con una historieta en la que los malos son los nazis. Esta vez, la vuelta de tuerca es que la protagonista no lucha contra los propios nazis, sino contra el olvido y la impunidad que amenazan con dejar sin condena a muchísimos crímenes de lesa humanidad cometidos durante el Tercer Reich. Este es un comic 100% comprometido con la memoria, la verdad y la justicia y está muy bueno que un autor argentino haya elegido centrarlo en el holocausto nazi y no en la dictadura militar que flageló a este páis entre 1976 y 1983, principalmente para que sea más original y más difícil de hacer.
Una de las tantas cosas que sorprenden positivamente en este trabajo consagratorio de Ignacio R. Minaverry es el increíble laburo de documentación que le permitió recrear tanto la Berlín de 1959 como el suburbio parisino de Bobigny de 1962 y el pueblito bonaerense de Vivar de 1963. En todos los casos, el autor cuidó todos y cada uno de los detalles, hasta los afiches publicitarios que se ven en las calles. También (sobre todo en Rat-Line, la segunda aventura de Dora) los climas socio-políticos: la paranoia anti-comunista y el racismo crecientes en la Francia de De Gaulle y la resistencia peronista underground en la Argentina post-Frondizi. Hasta se tomó el laburo de investigar cuánto tardaba un avión de volar de París a Buenos Aires en 1963!
En todo ese contexto perfectamente presentado, se desarrolla la historia de Dora, una jovencita hija de marroquíes cuyo primer trabajo consiste en ordenar un archivo lleno de documentación acerca del genocidio de judíos perpetrado por los nazis. Los testimonios del horror impactan a la adolescente, mientras su amiga Lotte, más curtida en esas lides, se divierte retozando con un enigmático ex-militar norteamericano. En algún momento, Dora decide fotografiar todos los documentos y crear su propio archivo acerca de los nazis y sus crímenes. Y de paso encuentra informes que certifican el paso de su propio padre por un campo de concentración. Muy heavy.
La segunda parte nos muestra a Dora en París, ahora amiga de una chica que milita en el comunismo, y con dudas acerca de su sexualidad, que por suerte Minaverry no resuelve. Dora no llega nunca a convertirse (por lo menos a ojos del lector) en “la Torta Cazanazis”. Pero sigue adelante con su investigación y recibe una oferta para viajar a Argentina, donde se supone que se esconden varios jerarcas nazis, a los que el gobierno de Perón les brindó asilo, obviamente de keruza. En el tramo francés de Rat-Line pasa poco y es lo único medio aburrido del libro. Pero después Dora llega al pueblo de Vivar, cerca de Bahía Blanca, y ahí la historia se pone definitivamente grossa y se enrola ya sin más vueltas en el género del espionaje, sin dejar totalmente de lado algunos visos de comedia costumbrista. Ese es, lejos, el mejor tramo de la obra, el que no querés que se termine nunca.
El dibujo de Minaverry es parejo a lo largo de las 160 páginas que dura el libro y nos lo muestra en un nivel altísimo, con un estilo más redondito, más cercano a los clásicos de la línea clara franco-belga, pero además con gran manejo de las masas negras y un criterio exquisito a la hora de mechar imágenes a color, o grisados, como para romper la hegemonía del claroscuro que –reitero- está logradísimo. El ritmo narrativo es intencionalmente lento: Dora dedica casi todo su tiempo a la observación y eso en la historieta lleva mucho tiempo, o en realidad muchas viñetas en las que la acción casi no avanza. No esperes machaca, tiros y persecuciones, porque este es un comic de espías distinto, mucho más reflexivo y pausado, más parecido a lo que hicieron Pierre Christin y André Juillard en el hipnótico El Largo Viaje de Lena. Además todo está impregnado de una sensibilidad muy femenina (otro mérito notable de Minaverry), lo cual exige otra forma de resolver los conflictos.
Dora propone un viaje a la memoria, a momentos y circunstancias profundamente dramáticos, pero lo hace desde la vitalidad de una chica adolescente, cuyos sueños, fantasías e ideales siguen vivos, ávidos y dispuestos a guiarnos en esta búsqueda de la justicia que hasta ahora, con cero villanos nazis capturados por la heroína, me ha brindado inmensas gratificaciones. Obviamente quiero más.

domingo, 9 de mayo de 2010

09/ 05: PRIMERAS VECES


Que loco el tema del sexo, no? Es un tema del que uno no se cansa nunca de hablar, ni de escuchar hablar... Hablar de sexo es maravilloso, parece que nunca es suficiente lo que se puede aprender de este tema. Además, no jodamos, es muy divertido. Hay gente que goza más hablando de sexo que garchando. Y de verdad, tu pareja tiene que ser MUY buena en la cama para darte más placer que una buena charla de sexo con amigos. Igual, más allá de qué tan frecuentemente salga el tema en las charlas con tus amigos, siempre nos queda una asignatura pendiente, que es escuchar las charlas de sexo que tienen las chicas cuando se juntan entre ellas a hablar del tema. En ese sentido (y en otros), este libro es sumamente explícito.
Primeras Veces reúne 10 historietas eróticas escritas por la guionista francesa Sibylline, todas con distintos dibujantes, en las que se nos narra el primer contacto de 10 chicas con 10 experiencias sexuales distintas. Desde la obvia pérdida de la virginidad a manos (o penes) de un varón, a la primera paja viendo una porno, la primera compra de un consolador, el primer garche lésbico o la primera visita a un club swinger, de todos contra todos. Por supuesto, Sibylline narra todas estas historia desde el punto de vista de la mujer (de hecho, la del pajero que se compra una muñeca inflable está narrada por la muñeca!) y ahí es donde uno nota las sutiles diferencias (y no tanto) entre este erotismo y el erotismo escrito por varones, que suele ser más visceral, más cabeza, más parecido a una película porno berreta. Lo de Sibylline, sin ser menos hot, es más elegante, incluso tiene más profundidad y da más jugo para analizar (profundidad, jugo y analizar son palabras que hablando de sexo pueden cambiar de significado, pero bancame sin correr a tocarte, porque no se me ocurre con qué reemplazarlas y tengo que acabar con la reseña ;). Las minitas de estos comics son mucho más reales que las que suelen aparecen en los comics porno habituales, generalmente en posiciones que harían sonrojar a varias chicas de Vivid!, y siempre dispuestas a recibir –como si fuera una bendición de Su Santidad el Falo- el lechazo facial que las redima de todos los pecados.
A su interesantísmo poder de observación y su bienvenida falta de tapujos para narrar intimidades, Sibylline suma una muy lograda elaboración de climas, algunos más sórdidos, otros más virados a la comedia, otros más fríos, más distantes, más perversos. Pero lo más grosso que tienen estas historietas son, con perdón de Sibylline, los dibujantes. No sólo no hay UNO choto: son TODOS buenísimos! El único que viene claramente del porno es Vince, pero también hay dos consagradísimos como Olivier Vatine (con un trabajo sublime) y el mismísimo Dave McKean, con una historieta muda (qué raro), dibujada en un estilo impactante, en el casi se le cuela Marcel Duchamp.
Otros monstruos a los que descubrí en este libro son Alfred (muy parecido a Marc Hempel), Dominique Bertail (grossísima, una especie de Dante Ginevra mucho más realista), Cyril Pedrosa (otra bestia, con algunas cositas que recuerdan a Pablo Túnica) y la genial Virginie Augustin, de la cual me quiero comprar todos sus libros YA. Como tantos de los mejores historietistas de hoy, esta francesa viene del campo de la animación y trae un background alucinante en el manejo de la narrativa, el timing, las expresiones faciales y corporales y además un control molecular de elementos poco desarrollados en la animación, como la puesta en página y el criterio para balancear espacios blancos con manchas negras. Realmente, un talento para seguir de cerca.
Y bueno, no te digo que después de leer este decálogo sexual femenino entiendo a las mujeres al punto de menstruar cada 28 días, pero por lo menos me entretuve un buen rato y gocé a lo bestia con historietas excelentemente dibujadas. Este libro sirve también como material masturbatorio, pero ofrece bastante más que el típico comic para ser leído con una sóla mano.

sábado, 8 de mayo de 2010

08/ 05: DEFENDERS: INDEFENSIBLE


Después de unos años en los que les costó horrores no sólo pegar un hit, sino que les dieran un mínimo de pelota, el Trío Terrible integrado por Keith Giffen, J.M. DeMatteis y Kevin Maguire volvió a impactar allá por 2004 con una mini en joda de la Justice League, y fue tan grossa que generó, además de una secuela en DC, el bizarro experimento de aplicarle esa misma fórmula a un grupo de Marvel.
El resultado es absolutamente desopilante. No se me ocurre otro comic de Marvel con el que me haya reído tanto. Pero claro, todo el tiempo está esa sensación de que esto no cierra por ningún lado. Esos Defenders NO SON los Defenders que vimos todas estas décadas en el Universo Marvel, ese Dormammu y esa Umar tampoco son “los verdaderos”. Esto está claramente fuera de continuidad, es una jodita para los fans de la Liga, que se querían divertir con versiones alternativas y cómicas de los íconos (o casi) de la editorial de enfrente.
Es que si no, no se sostiene. Imaginate que esto fuera posta… ¿Cómo volvés a leer una historia con Dormammu sin tomártelo en joda? Los gastes que se come el otrora omnipotente dictador de la Dimensión Oscura son tan despiadados y te hacen reir tanto, que el villano queda totalmente inhabilitado como amenaza para futuras sagas. El rol del Silver Surfer también, es totalmente incompatible con cualquier intento de hacer de Norrin Rad un personaje noble, serio o mínimamente respetable. Y el resto de los protagonistas están totalmente exagerados, casi caricaturizados: Umar se pasa de yiro maléfico y además de sus clásicas runflas con Dormammu (que obviamente se rompen cuando se traicionan entre ellos) suma el costado lujurioso, al revolcarse nada menos que con Hulk, en escenas que, leídas con un mínimo de imaginación, “muestran” cosas muy, muy zarpadas. La caracterización de Hulk también va para el lado de la exageración: es el Hulk más idiota y básico de la historia, mientras que Banner es un cagón insoportable. El Dr. Strange se pasa de soberbio y abusa de los términos sofisticados y grandilocuentes, y Namor le hace el aguante al Doc en el rubro Soberbia, mientras no para de hablar un segundo acerca de su heroismo, su nobleza, su dignidad y la pleitesía que debe rendírsele por su status de monarca de Atlantis.
Con tanto estereotipo pasado de rosca, la diversión estaría asegurada incluso cuando el argumento fuera pobre. Pero no lo es. Indefensible nos narra una aventura intensa y compleja en el seno del reino de Dormammu, donde empieza a surgir una rebelión contra el tirano, a la que los Defenders tratarán de llevar a buen puerto. En el medio se encontrarán con versiones dark de ellos mismos, y de un montón de otros héroes de “nuestra” dimensión, entre muchos otros peligros místicos que pondrán a prueba la fuerza, el ingenio y –lo más difícil- la capacidad de laburar en equipo de los héroes. Todo eso, mientras se suceden los chistes y los gastes entre tipos cuyo principal defecto es tomarse demasiado en serio a sí mismos.
Como en la etapa gloriosa de la Liga, tenemos MUCHAS páginas repletas de diálogos, que requieren que Maguire dibuje 12 ó 15 viñetas en cada una, y cuadros llenos de texto, donde queda poco espacio para el lucimiento del dibujo. Pero Maguire igual se luce, en puestas alucinantes y arriesgadas, en splash pages imponentes, en viñetas microscópicas con cabecitas que hablan… En absolutamente todos los pasajes del libro, el grosso respeta la planificación que crea Giffen en sus bocetos y la convierte en una cátedra de dibujo, con una anatomía impecable, excelentes fondos, y su marca de fábrica, que son las expresiones faciales, esas que nos hacen ver a los personajes como actores… o aún más, como GRANDES actores. Los diseños de las versiones dark de los héroes de Marvel son impresionantes y las coreografías de las peleas (tanto físicas como místicas) están logradísimas.
Y bueno, si te ponés en purista, Indefensible te va a provocar una indignación de la que no se vuelve. Pero si te animás a tomar esto como un Elseworlds en el que personajes serios y pesuttis como Namor, Dr. Strange o Dormammu se animan a hacer el ridículo durante 120 páginas, te vas a cagar de la risa, mal. Y si jamás leíste comics de Marvel, pero tenés en tu altar de las Joyas Inenarrables a la época en que el Trío Terrible convirtió a la Liga en una fiesta interminable, este es un buen lugar por donde entrar a visitar a los muchachos de enfrente.

viernes, 7 de mayo de 2010

07/ 05: FUN HOME


Volvemos al ríspido terreno del comic autobiográfico, y esta vez nos encontramos con Alison Bechdel, una exitosa historietista estadounidense, que se toma 220 páginas para contarnos lo siguiente: A los 19 años, cuando ya se había ido a New York a cursar sus estudios universitarios, Alison le blanqueó a sus padres su condición homosexual. Tres meses después, su madre le confesó que su padre tenía una doble vida: bajo la mascarada del padre y marido ejemplar, amante de las artes y dueño de la prestigiosa empresa de servicios fúnebres fundada por su abuelo, Bruce Bechdel era gay y salía a escondidas con muchachos desde su adolescencia. Y cuando Alison empieza a procesar la noticia, Bruce muere en una situación extraña, que no queda claro si es accidente o suicidio.
Esta “tragicomedia familiar” es, sin dudas, bastante más interesante que la vida del historietista promedio. Pero ¿cómo llenás 220 páginas con un argumento tan chiquito? Ese es el desafío grosso que se impone Alison Bechdel en este libro. Todas las páginas en las que no avanza la no-trama, las dedica a una vasta colección de anécdotas de su infancia y adolescencia en el plácido pueblo de Beech Creak, Pennsylvania, cerca de los montes Apalaches. Muchas de las anécdotas nos aportan pistas bastante elocuentes acerca de las inclinaciones sexuales tanto de Bruce como de su hijita (marimacho desde la infancia), y dotan a ambos personajes de una enorme profundidad. También hay flashbacks a la juventud de Bruce, a la época en que conoció a Helen, quien sería su esposa y madre de sus hijos, y varias situaciones cómicas y bizarras relacionadas con la profesión de Bruce y el hecho de que su familia estuviera en contacto cotidiano con cadáveres y ataúdes.
Tanto Bruce como Helen amaban las artes, en especial la música, la literatura y el teatro, entonces muchos de los recuerdos de Alison tienen que ver con libros (de los que reproduce párrafos enteros), obras y conciertos. Lo cual ayuda a darle vuelo intelectual al asunto, pero resulta bastante aburrido a la hora de la lectura. No son pocas las anécdotas demasiado extensas o intrascendentes que empantanan la lectura del libro, y si uno no lo tira a la mierda, seguramente es porque se encariña con los personajes (incluso con Bruce, a quien su hija muestra como un tipo frío, distante y bastante autoritario) y porque Alison trata de armar una correlatividad más o menos causal entre los libros, las películas y las obras de teatro a las que accede, y su periplo interno hasta el momento de declararse lesbiana y blanquear esto frente a su familia.
Y por supuesto, hay otro gancho para no abandonar, que es el dibujo. El trabajo de Bechdel en este rubro es muy, muy notable. Acá es donde realmente justifica todos los premios que ganó y los millones de libros que vendió. Bechdel dibuja como si fuera obscenamente fácil, en un estilo mezcla de Howard Cruse y Gary Trudeau. Maneja perfectamente el timing de la comedia costumbrista, nos muestra en cada rostro lo que los personajes están viviendo e incluso lo que están ocultando, la rompe en fondos que nos transportan sin la menor dificultad a la década del ´70 (en la que transcurre la mayor parte de la “trama”), demuestra un increíble poder de observación gestual y de lenguaje corporal y controla a piaccere una amplia variedad de climas, ayudada por una paleta intencionalmente limitada a distintos tonos de turquesa, aplicados con el photoshop, pero imitando la pincelada de la acuarela.
Fun Home no es una historieta fácil, ya que por momentos exige del lector, más que paciencia, una cierta abnegación. Pero la autora sabe dotar de profundidad y de humanidad este testimonio franco y generoso acerca del descubrimiento de su identidad sexual, de su relación con su familia y del secreto que durante años atormentó a sus padres. Hay diálogos magníficos, un retrato acertadísimo de la vida suburbana en los EEUU de los ´70, y encima todo está muy, muy bien dibujado. Da para dedicarle un rato, sobre todo si estás con ganas de leer algo distinto.

jueves, 6 de mayo de 2010

06/ 05: AYAKO Vol.1


Otra pasión a la que tenía un poco abandonda es el Manga no Kamisama, el siempre sorprendente Osamu Tezuka. Esta vez me toca meterme en una serie de apenas dos tomos, de mi período favorito del Maestro: la década del ´70, cuando Tezuka deja de lado la onda de la aventura infanto-juvenil para meterse en dramas jodidos, crudos, con temas adultos y fuerte compromiso social.
En Ayako (como en MW) no hay buenos, son todos malos. Lo más parecido a un héroe es un pibito de 7 años que cuando cumple 18 se garcha a su hermana de 15. Pero claro, este pibito (Shiro Tenge) es miembro de una familia de poderosos terratenientes que entran en decadencia después de la Segunda Guerra Mundial (este tomo va de 1949 a la guerra de Corea) y en la que uno de sus hermanos le entrega su esposa a su padre a cambio de ser el principal heredero de las tierras familiares. De esta unión entre el veterano Sakuemon y la joven Sue (su nuera) nace Ayako, la menor de los Tenge, a quien le ocultan su filiación.
Paralelamente al drama familiar, y a la vez bastante entrecruzada con este, avanza una trama policial no menos escabrosa: Jiro Tenge, uno de los hijos de Sakuemon, regresa después de haber peleado en la guerra. Y lo hizo de modo tan leal y patriótico, que ahora trabaja como espía para las fuerzas de ocupación estadounidenses. Jiro es una rata abyecta, que no sólo traicionó a su país: tampoco tiene reparos en transformarse en sicario de los militares yankis (lejos, los villanos más malignos en lo que va de la historia) y perpetrar por unos mangos varios asesinatos que buscan desarticular al Partido Progresista, una agrupación de centro-izquierda que combate las medidas económicas que los EEUU le imponen al débil gobierno del Japón ocupado. La familia de Jiro intentará encubrirlo, pero Ayako vio cosas que no conviene que se sepan y la encantadora chiquita de cuatro años terminará pagando un precio demencialmente alto.
Con el correr de las páginas, y siempre seguido de cerca por el Inspector Geta (el único personaje que aparece en otros mangas de Tezuka), el inescrupuloso Jiro Tenge pasará de espía de los yankis a renegado, hasta que logrará cambiar de identidad y convertirse en un próspero empresario, gracias a una red de contrabando que hace fastuosos negocios aprovechando la guerra en Corea. Mientras tanto, en la aldea de los Tenge, el deterioro de la salud de Sakuemon y la sombra cada vez más perversa y retorcida de lo que la “noble” familia le hizo a la pobre Ayako, hacen que el clima sea cada vez más irrespirable.
Acá volvemos a encontrarnos con el Tezuka Maligno, el Turro no Kamisama. Tezuka nos entra con los tapones de punta, sin piedad, y nos empuja a una fosa séptica de corrupción, decadencia, crueldad y lujuria sin límites. Supongo que al final los malos pagarán por sus atrocidades, simplemente porque (como en MW) Tezuka nos muestra TODOS los cabos sueltos que pueden haber quedado luego de cada crimen, y es probable que alguno caiga en manos de la policía y que algún rayito de justicia logre filtrarse por esta espesa red de impunidad. Pero mientras tanto, los perversos militares yankis se afianzan en el gobierno de Japón, el excecrable Jiro Tenge amasa millones con el contrabando y sus hermanos la reman para que el imperio latifundista de la familia no se vaya al descenso junto con su padre, mientras que la pobre Ayako… nah, no te puedo contar qué le hicieron estos hijos de puta a Ayako. Lo tenés que ver vos mismo.
Esta obra data de 1972, y Tezuka la terminó justo antes de empezar Black Jack. El dibujo del Maestro está a ese nivel, o sea, altísimo. Hay experimentos narrativos, climas muy logrados, momentos en los que el dibujo se vuelve absolutamente realista (en los fondos, obvio) y momentos en los que despunta el expresionismo para resaltar la tensión, la lujuria o la violencia. Estamos ante una saga incómoda, áspera, terrible. No tengo idea de cómo puede terminar, pero arrancó muy, muy arriba, con altas dosis de mala leche, incesto, bajada de línea política, muertes escabrosas y un clima electrizante, donde todo se está por ir a la mierda. Fenomenal.

miércoles, 5 de mayo de 2010

05/ 05: TASTY BULLET


A mediados de los ´90, cuando las bebidas energizantes eran un fenómeno relativamente nuevo, el mercado japonés fue sacudido por una bebida llamada Tasty, fabricada por la corporación Bullet. Para publicitarla, convirtieron a una modelo en Tasty Girl y su cara apareció de pronto en una infinidad de afiches. Poco después la empresa la mandó a hacer pruebas físicas de alto riesgo, para generar más promoción. Tras afianzarse en Japón, la bebida se empezó a vender también en la Europa Oriental, donde también había una Tasty Girl a cargo de darle una imagen cool y agresiva al producto, y de manijearlo con apariciones públicas en las que se jugaba la vida en proezas riesgosísimas. Todo esto, hasta que alguien se dio cuenta de que la Tasty generaba adicción y quienes dejaban de tomarla sufrían síntomas parecidos a los de la gripe, pero más heavies. Ahí, las autoridades de los distintos países prohibieron la bebida y la corporación Bullet no tardó en desaparecer. Pero claro, nunca se supo qué fue de la otrora popularísima Tasty Girl, ni mucho menos se supo con qué sustancias se elaboraba la Tasty.
A partir de esa extraña historia del mundo real, el guionista Jonathan Vankin (autor de varios Big Books y de las excelentes Vertigo Pop: Tokyo y Vertigo Pop: Bangkok) y el dibujante holandés Arnold Pander (quien probó la Tasty durante un viaje por Europa) crearon esta historia, ambientada en una Los Angeles del futuro cercano y protagonizada por Tamar, la despampanante Tasty Girl, encargada de promocionar a la bebida rosa llamada Tasty Bullet. La historia nos llevará por muchos otros lugares del mundo (Tokyo, Bombay, Guatemala), a partir de que Tamar empieza a preguntarse por qué y cómo se convirtió en Tasty Girl, y además a experimentar qué sucede cuando deja de tomar la bebida que promociona. En una carrera contra la muerte, la intrépida heroína (y super-modelo) deberá descubrir su origen y lanzar un ataque suicida contra Tasty Corp, los oscuros fabricantes de la bebida.
Acá sí, terminaremos por enterarnos con qué se hace el brebaje rosa y qué pasó con la chica de los afiches y las escenas de riesgo cuando se desvinculó de la empresa y dejó de consumir la Tasty. No es muy difícil deducir que la corporación jugará el rol del villano, y que para derrotarla habrá que desentrañar una compleja red de mentiras, sobornos y crímenes impunes, de esas que hacen que los ricos y poderosos sean aún más ricos y más poderosos. Y por supuesto, el hecho de que la protagonista esté habituada a las escenas de alta peligrosidad será fundamental para que sobreviva (muchas veces con lo justo) a momentos bravos de verdad, en los que la corporación intentará eliminarla sin la menor compasión. Sin su entrenamiento, Tasty Girl había llegado fiambre a la página 32, y el comic tiene más de 160.
El guión de Vankin es trepidante, redondito e intenso, y el personaje de Tamar está muy bien trabajado, al igual que varios de los secundarios (sobre todo Zak). Sin ser la gloria, es una historia de acción y suspenso atrapante, con misterios bien llevados y una resolución no muy impredecible, pero sí muy disfrutable.
El dibujo de Pander, por otro lado, es muy raro. Inspirado en el origen japonés de la Tasty, o convencido de que los pibes quieren comprar cualquier cosa que parezca japonesa, el holandés deja de lado su estilo habitual (que vimos en obras como Grendel, XXX, o Accelerate) para jugarse por un grafismo y hasta por una narrativa más cercanas al manga. Tasty Bullet es dinámica pura, es un comic que desde lo visual no da respiro. Hasta en las escenas más tranqui, Pander se las rebusca para que su heroína de enormes pupilas transmita el vértigo de una acción que parece no detenerse nunca. Los escorzos y las expresiones faciales también están exagerados para contribuir a esta búsqueda, que alcanza sus mejores resultados en los dibujos que separan a cada capítulo del siguiente. Para el resto del comic, me hubiese gustado más el Pander de sus otros trabajos, aunque este no está mal y lo muestra en una faceta distinta, más volcado a la machaca y con un gran manejo del blanco y negro y las tramas mecánicas.
Tasty Bullet no llega ni en pedo a lectura obligatoria, ni marca un antes y un después de nada, pero es una historieta bastante original, bien pensada y bien ejecutada y que –en el mejor de los casos- tal vez logre que los lectores que rara vez salen del manga prueben algo distinto. En una de esas, hasta les genera tanta adicción como la Tasty.

martes, 4 de mayo de 2010

04/ 05: HUMAN TARGET: FINAL CUT


Ah, bueno… Esto es jodido de verdad!
Obviamente, con Christopher Chance en Los Angeles, no se podía hacer esperar la saguita hollywoodesca, en la que el Blanco Humano se sumerja en el mundillo rutilante e hipócrita de las estrellas del Séptimo Arte. Ahí, donde todos juegan a ser lo que no son, donde la ficción tiene más peso que la vida real, el Gran Simulador puede sentirse casi a gusto y volver a encontrarle sentido a la profesión después de la tragedia de la saga anterior. Esta llegó tres años más tarde (en 2002) y en forma de una extensa novela gráfica, 91 páginas sin respiro y sin concesiones.
Acá Milligan ya tiene al personaje armado y lo maneja de taquito: “Todos estamos mintiendo. Toda mi vida es una mentira. Yo no soy nadie”, dice Chance en una de las mejores escenas del libro. Y esta vez, las consecuencias de vivir la vida de otro, y de SER otro, son muy heavies, porque Chance se enamora perdidamente de la esposa de uno de los hombres a los que suplanta. Que en total son tres: un actor veterano, un guionista y actor segundón (sospechoso de haber raptado a un chico que con sólo 13 años es estrella de cine) y un prestigioso productor, hijo de actores y padre del chico desaparecido. El Blanco Humano está acostumbrado a meterse en kilombos y a ser testigo (y partícipe) de relaciones tortuosas, sórdidas y perturbadoras, pero lo que va a tener que ver (y hacer) en Hollywood está más allá de su vasta preparación. Sobre todo cuando le toca encarnar a Davey King, el guionista de un film que ningún estudio aceptó rodar. King está hasta las bolas en más de un kilombo, y casi todos son producto de su relación con Conchita, una bomba atómica, más zarpada y problemática que él, que lo envuelve en un tsunami de sexo, droga y rock´n roll, que Chance trata de entender sobre la marcha, mientras esquiva los corchazos.
En la novela gráfica Milligan no sólo resuelve el misterio de la desaparición de Ronan White: también nos enteramos quién contrató a Emerald (la mercenaria de la saga anterior) para que le volara la cara a Chance. La respuesta es totalmente impredecible, al igual que la resolución del caso de Ronan White. Esta última, además, es totalmente cruel y shockeante. En esa secuencia final se va a la mierda todo ese clima frío, de “todo bajo control”, de investigación detectivesca prolija y bien estudiada. Ahí estalla la emoción violenta, se caen las máscaras que realmente importan y el lector recibe una seguidilla de patadas a la garganta, salvaje y visceral. No es la única escena de alto voltaje, para nada. Esta saga tiene menos machaca que la anterior, pero tampoco es un dibujito del Discovery Kids.
Para reemplazar al difunto croata Edvin Biukovic, llega un gran dibujante español: Javier Pulido. En el trazo de Pulido se ven vestigios de lo mejor de la línea clara valenciana (o sea, Daniel Torres), pero su manejo del pincel y su estilo adusto, austero y a la vez demoledoramente sólido nos remite también a Hugo Pratt y su narrativa tiene bastante de Dave Lapham. Pulido hace gala de un gran manejo de la acción, pero también de los climas más introspectivos. Su Human Target es reflexivo, serio, profundo, lleno de elocuentes silencios. Ni loco se mata en los fondos tanto como Biukovic, pero eso no le resta ni credibilidad ni efectividad a su Hollywood manchado de sol y sangre. El estilo de Pulido, rico en claroscuros e intencionalmente pobre en detalles, requiere un colorista especial, que entienda el planteo estético del dibujante y se acople a él armoniosamente. Ese enorme mérito le corresponde a Dave Stewart, el grossísimo colorista al que ya nos cruzamos en varias reseñas, siempre dispuesto a apuntalar con su paleta mágica los laburos de buenos dibujantes.
Final Cut es otra historieta perfecta por donde se la mire, intensa, arriesgada, potente, capaz de arrancarte una sonrisa, de ponerte los pelos de punta, y de dejarte pidiendo más. Misterio, acción, corrupción y las relaciones humanas más retorcidas del mundo, en una historia llena de vueltas de tuerca alucinantes que no podés dejar de leer.

lunes, 3 de mayo de 2010

03/ 05: HUMAN TARGET


Una vez más, se repite la situación en la que un guionista se anima a reinterpretar a un personaje longevo y a dotarlo de una profundidad y un atractivo que no tenía en su versión original. A ver, lo de Len Wein no era bochornoso, ni mucho menos. Pero era un personaje pensado para aventuritas de ocho páginas, breves historias complementarias que aparecían de vez en cuando en las revistas de Superman o de Batman. Los primeros en sospechar que el personaje daba para más fueron los productores de TV, que en 1992 lo convirtieron en protagonista de una efímera serie con Rick Springfield, seguramente para sorpresa de la propia gente de DC, que a esa altura ni se debía acordar que existía Christopher Chance, el Blanco Humano.
Lo cierto es que en 1999, el grossísimo Peter Milligan logra que Vertigo le compre el pase a Christopher Chance y lo relanza en una miniserie impresionante, 100% adulta y moderna, que le debe poco a lo que habíamos visto tanto en la tele como en los comics de los ´70 (igual Len Wein figura como “consultor”, en un dignísimo gesto de respeto por el creador del personaje). La primera gran movida del británico es mudar a Chance a Los Angeles, capital mundial de la superficialidad. La segunda es enfrentar al Target con un enemigo tan grosso que ni llegamos a verle la cara. Es apenas el jefe de Emerald, la asesina a sueldo que trata de matar varias veces a nuestro impostor favorito. El personaje de Emerald está trabajado a fondo, delineado y desarrollado con mucho más cuidado que el que suelen ponerle los guionistas a un villano de segunda línea. Pero nos falta mencionar la más pulenta de las movidas de Milligan: nada menos que preguntarse qué efectos tiene en la psiquis humana ese juego perverso de absorber la identidad de otro, de llevar la actuación y la simulación al punto de –literalmente- ser durante meses o días OTRA persona. ¿Cómo se vuelve de eso? ¿Qué secuelas trae? ¿Cuánto hay de patológico en esa habilidad innata de Chance y su asistente, Tom McFadden, de suplantar a otros sin que nadie sospeche nada?
En un relato con identidades volátiles, donde todos se hacen pasar por quien no son en realidad, la cornisa es finita y un paso en falso hace que la historia se vaya a la mierda y nadie entienda nada. Acá Milligan impacta con las revelaciones acerca de Christopher, Tom y el reverendo Earl James (al que ambos suplantan en algún momento de la trama), pero nada está librado al azar. Cada cambio de aspecto e identidad de los protagonistas está absolutamente claro y tiene toda la lógica que uno pueda exigirle a un relato tan adulto y realista como este. El personaje de Tom es otro hallazgo de Milligan, otra figura compleja y de múltiples dimensiones. La acción es abundante y creíble, y la resolución (en la que cobra muuucha chapa Dee-Noyze, otro villanito del Ascenso) es potente y emotiva. De ahí seguramente surgirá un Christopher Chance distinto, con otra visión de esta profesión-adicción y de los efectos que tiene en su personalidad.
En materia de dibujantes, Milligan se sacó la lotería, pero le duró poco. El croata Edvin Biukovic (una mezcla entre Eduardo Risso y Luis García Durán) le puso todo a este trabajo y confirmó las expectativas que había despertado con su labor en Grendel: Devils and Deaths. Pero poco después de finalizar el último episodio de la saga, falleció repentinamente, con apenas 30 años. Biukovic sorprendió con una narrativa dinámica, totalmente en sincro con el comic yanki actual, con un gran timing para la acción, una Los Angeles totalmente consistente y verosímil, y mucha onda para que las escenas más tranqui no se hicieran densas. Realmente su pérdida fue un golpe durísimo.
Por suerte quedan un puñado de historieta del croata publicadas en inglés y castellano, entre ellas esta aplanadora que supo combinar intriga y machaca, pochoclo e introspección. ¿Vieron? Me aguanté un mes sin comentar nada de Vertigo, pero cuando volví, volví con tutti. Mañana hay más Human Target!

domingo, 2 de mayo de 2010

02/ 05: LOS SUPERHEROES INJUSTAMENTE DESCONOCIDOS


En los últimos 50 años nos hemos cansado de leer y ver historias en las que autores más lúcidos y más pícaros que Bob Kane o Jerry Siegel (o sea, casi todos) se dedicaron a satirizar al superhéroe, a parodiarlo, o simplemente a deconstruirlo por el absurdo al situarlo en un contexto realista, en el cual un tipo así vestido es poco menos que un payaso, o si los poderes se lo permiten, un aspirante a dictador. Se me ocurren millones de ejemplos de cada cosa, buenos, chotos, exitosos, fracasados… pero lo cierto es que, cuando la sátira está bien hecha, sigue causando gracia.
Esta vez el piola de turno es el increíble Manu Larcenet, dibujante de varios libros de La Mazmorra y autor de la fundamental Los Combates Cotidianos, entre otras. Este trabajo es anterior a todo eso y data de los años 2000-2001, cuando Larcenet colaboraba en la famosa revista humorística Fluide Glaciel. Allí se publicaron estas siete historietas cortas, cada una con la historia de un superhéroe de la B Metropolitana, no tan injustamente olvidado. Larcenet nos presenta a héroes que a veces de héroes tienen sólo el disfraz y los poderes. En general son losers, marginados, o simplemente idiotas, que obtienen sus poderes por accidente y no siempre los usan para ayudar al prójimo.
Super Científico Man es –como su nombre lo indica- un científico creído y aburrido que se dedica a refutar disparates científicamente imposibles como caminar sobre el agua o resucitar tres días después de morirse. Y sí, su principal enfrentamiento es con Jesucristo. Super Tímido Boy tiene poderes grossísimos, pero sale corriendo si le tiene que hablar a una mujer. Esta probablemente sea la mejor historieta del libro. Wonder Mecánico es el rey de los motores y las bujías, capaz de reparar “en dos patás” cualquier desperfecto mecánico de cualquier artefacto. Combustion Man es un superhéroe ya cuarentón, que en los años ´20 logró repeler una invasión alienígena, y de paso carbonizar a 11 personas. Super Divertido logra ganarse el respeto de unos muchachones muy heavies y hasta alcanzar la paz mundial, gracias a su control sobrehumano de… los chistes! Agrikultor es otro chico bastante loser, que adquiere el poder de hacer crecer rápido todo tipo de vegetales. Y cierra el libro Hiper Colocado Man, un lumpen, chorro y drogadicto, a quien un jeringazo de cierta sustancia tóxica convierte en un torbellino imbatible. Esta es la única historieta en la que aparecen superhéroes consagrados (Iron Man y Batman).
Las situaciones y peripecias que nos narra Larcenet son muy variadas, desopilantes y con bastante mala leche. La historia de Agrikultor es particularmente cruel, y las de Super Científico Man e Hiper Colocado Man definitivamente no se podrían publicar en EEUU. La única contra es que el álbum se lee demasiado rápido. Se disfruta a pleno, pero un ratito corto.
La recopilación conserva el blanco y negro (con grises) de la publicación original en Fluide Glaciel, y eso sirve para ver algunas cosas que habitualmente se notan menos en el dibujo de Larcenet, básicamente esos sombreados con carbonillas, que le agregan matices a su excelente manejo de rotring y pincel. Como siempre, el trazo medio chungo de Larcenet (obviamente emparentado con el de Lewis Trondheim) lo hace ideal para contar historias cómicas de perdedores y mediocres, y sus diálogos son jugosos y afilados. Si te pinta leer algo muy gracioso, guarro, despiadado, ingenioso y con una vuelta de tuerca bastante original sobre la ya muy trillada parodia de los justicieros enmascarados, este rejunte de ignotos super-losers te va a hacer pasar un muy buen momento.

sábado, 1 de mayo de 2010

01/ 05: DES FRITES AU CHOCOLAT


Hoy cumple años mi amigo e ídolo Carlos Trillo, y se me ocurrió homenajearlo a través de la reseña de una de las tantas obras suyas que injustamente están inéditas en nuestro idioma. En una de esas, esto lo lee algún editor de habla hispana y se copa…
Des Frites au Chocolat (Chocolate con Fritas, en criollo) es una novela gráfica de 2003, realizada por Trillo junto al imparable Juan Bobillo. O para ser más exactos, junto a DOS de los… cinco Juan Bobillos que existen. En menos de 15 años de trayectoria, este animalito desarrolló por lo menos cinco estilos, cinco formas distintas de dibujar con poco contacto entre sí, a tal punto que mirás algunas de sus obras (como Anton Blake, o su tira cómica Coca, Ramón y Fernet) y decís “Pará, ¿esto es de Bobillo? ¿Estás seguro?”, porque no se parecen NADA a lo que viste en Anita, en Sick Bird, o en sus trabajos para Marvel. Bueno, acá pasa lo mismo. El Bobillo más conocido aparece en cinco viñetas-página en las que lo vemos dar cátedra de ilustración, con la paleta zarpada que mostró en las portadas de Anita, pero con más fuerza y más emotividad. Las 41 páginas restantes las dibuja otro Bobillo, uno que leyó mucho a Kyle Baker, que rumbea hacia el humor gráfico y que tiene un timing para la comedia que uno no imaginaba. Es un Bobillo sin líneas negras, con un gran manejo del color, de los fondos y del lenguaje corporal de los personajes, intencionalmente cabezones para poder enfatizar también las expresiones faciales. El trazo es juguetón y un poquito caótico, como las situaciones que nos va a ofrecer el guión de Trillo. Después de tres álbumes de Sick Bird, esta obra resultó un gran desafío para Juan, del cual salió no sólo bien parado, sino además enriquecido como artista.
El guión es un claro ejemplo del Trillo Malaleche de este milenio. Durante los ´80, el ídolo metía en sus obras sutiles ironías, ciertos guiños sardónicos, pero siempre en un contexto políticamente correcto, siempre para bajar una línea positiva. Ahora ya no. Ahora Trillo se mete con las miserias humanas más abyectas porque se divierte, porque está bueno, porque le agrega un sabor picante a los conflictos que proponen sus guiones. En Chocolate con Fritas se ve clarísimo: Los sextillizos Leandro, Lalo, Lorenzo, Leonardo, Lucas y Luciano se despiertan un día en su departamento para descubrir que sus padres ya no están. Desaparecieron sin dejar rastros. En secuencias desopilantes y tiernas, los seis nenes de siete u ocho años tienen que organizarse para seguir adelante con sus vidas. Necesitan cocinar, comprar cosas para el hogar, ir a la escuela, y además averiguar qué sucedió con sus padres.
Por supuesto, Trillo se preocupa por dotar a cada uno de los sextillizos de una personalidad propia. Y rápidamente se destaca Lalo, el que asume el rol de “mamá y papá” de sus hermanos y hasta se disfraza de ellos. Lalo es el actor, el más gracioso, pero los otros no se quedan atrás, especialmente Lorenzo, que se revela como el gran cocinero, creador del plato favorito de los chicos, que es el que le da nombre a la obra. El principal obstáculo que encuentran los chicos para seguir adelante con sus vidas es el encargado del edificio, que empieza a preguntarse qué hacen esos chicos viviendo sin los padres, mientras los hermanos sospechan que este grandote con cara de pocos amigos (y fanático de Star Wars) puede estar entongado con los alienígenas que –de eso no tienen dudas- abdujeron a sus padres y en cualquier momento vendrán por ellos. Este juego de opuestos, ocultamientos y sospechas brinda un marco muy fértil para la comedia de enredos y Trillo le saca un jugo espectacular.
No te quiero contar el final, pero es de una crueldad sublime. Si te pareció que el Trillo de El Síndrome Guastavino era retorcido y perturbador, es porque no leíste Chocolate con Fritas. Y ya está, no digo más nada. Bueno, sí… que también está editado en inglés, por si no leés francés ni querés esperar a ser anciano para leerlo en castellano.