
Corría 1981 y Hugo Pratt, contratado por la revista francesa Le Matin, arranca con una nueva saga de Corto Maltés, que se proponía contarnos las aventuras del marino durante los años previos a La Balada del Mar Salado, cuando lo conocimos como un pirata del Nacional B, a las órdenes de El Monje. Casi nada de eso se cumple, finalmente, en esta obra breve y con gusto a poco.
Pratt elige ambientar esta historia en Manchuria, en 1904, sobre el final de la guerra ruso-japonesa. Entre el maremagnum de chinos, rusos y japoneses hay metidos por ahí un par de estadounidenses, uno de los cuales es el escritor Jack London (notable influencia en el estilo narrativo de Pratt) y un pibe europeo, bastante misterioso y que aparece muy poco, casi sobre el final. Es Corto Maltés, más preocupado por encontrar fabulosos tesoros de la antigüedad que por las disputas políticas entre las distintas facciones.
Los verdaderos protagonistas de la saga son Jack London y el siempre impredecible Rasputín, que todavía no conoce a quien será su aliado en decenas de aventuras, pero que ya arma todos los kilombos habidos y por haber en su afán por imponer su propia ley y no agachar nunca la cabeza ante nadie. Entre estos dos personajes motorizan la trama y son los que interactúan con todos los demás, los que tienen escenas que Pratt utiliza para contarnos cómo ven el conflicto los distintos ejércitos y gobiernos. Lo más parecido a un “villano” (fuera de Rasputín, que está sacadísimo y sin el menor reparo a la hora de matar) es el Teniente Sakai, del ejército japonés, quien quiere batirse a duelo con London. Pero las mejores frases, la cátedra de cinismo posmoderno que Pratt metía en todas sus historietas post-1967 (incluso antes de que se inventara la posmodernidad) las tira el Capitan Suto, otro milico japonés con una visión de la guerra, los negocios y la geopolítica muy afilada y muy de los ´80.
Ese es el único “anacronismo” en la saga. Todo lo demás está, como siempre, perfectamente documentado e investigado. El problema es que Pratt termina la historia cuando finalmente Corto y Rasputín logran embarcarse con rumbo a Africa (a buscar los tesoros del Rey Salomón) y todo lo demás, todo lo que falta para llegar a La Balada…, no lo vemos nunca. Pratt nos lo contó en textos, en entrevistas y hasta en acuarelas, pero no hay historietas que documenten ese viaje a Africa que termina en la Patagonia, ni todos los que Corto hará después hasta el inicio de su etapa como pirata, que Pratt fecha en 1913. O sea que, en rigor de verdad, esta es una aventura de Jack London y Rasputín, con un joven Corto Maltés como personaje secundario.
A nivel dibujo, tenemos un gran trabajo del maestro veneciano. Acá todavía faltaban un par de añitos para que iniciara su cuesta abajo y nos castigara con una seguidilla de entregas muy flojas de la serie. Entre La Juventud… y Tango (1985), Pratt termina la interrumpida Jesuita Joe y dibuja Cato Zulú (de la que ya hablamos), y después de esas dos joyas, algo pasa y nada vuelve a ser lo mismo. Pero en La Juventud… el Tano está prendido fuego, con su habitual solvencia narrativa, su personalísimo (y muy efectivo) trabajo de los primeros planos y la expresión corporal de muchos y muy distintos personajes, ese criterio insuperable para balancear blancos y negros (tan grosso que se destaca incluso cuando la historieta se publica a color) y hasta trenes y barcos que parecen dibujados por Pratt más que por sus asistentes, algo que no volveremos a ver en las obras posteriores.
Aunque parezca mentira, esto se editó hace pocos meses en Argentina, el país donde los editores creen que el comic europeo es yeta, o que transmite enfermedades venéreas. Lo lanzó como opcional la revista Ñ, del oligopolio Clarín, y la edición no es buena ni mucho menos (formato agenda de bolsillo, a color, y con el remontado de viñetas de las ediciones francesas más recientes), pero valía menos de $ 10, mientras que la edición de Norma (enorme y también en innecesarios colores y tapas duras) vale más de $ 100. O sea que a los que nunca pudimos conseguir la edición española de los ´80 (la grossa, en blanco y negro y tapas blandas, una especie de Santo Grial inconseguible hace siglos), Clarín nos dio el gusto a un precio irrisorio.
La Juventud… no es una obra maestra imprescindible, pero si sos completista de Corto Maltés o fan de Hugo Pratt, no está nada mal sumarla a tu biblioteca.












