Tarde pero seguro, me sumergí en esta novela gráfica en la que el maestro J.M. Straczynski y el dibujante Shane Davis tienen la oportunidad histórica de reformular desde cero el mito de Superman para mostrárselo a la nueva generación, la generación que nunca coleccionó comic-books, sino que compra historietas en las librerías. Lo de reformular el mito para un público nuevo y mucho más amplio que el de los comiqueros no es nuevo: se hace cada vez que sale una nueva serie o una película basadas en alguno de estos longevos personajes que hoy integran el imaginario colectivo. Por eso Superman: Earth One tiene más que ver con Man of Steel (la peli de 2013) que con Man of Steel (la historieta de 1986).
Como con el largometraje de Zack Snyder, acá lo más interesante pasa por ver qué conserva y qué descarta Straczynski, a qué aspectos del personaje le da bola y a cuáles no, con qué argumentos des-bizarrea esas cosas que hoy no se pueden respetar de la versión clásica sin tomar por boludos a los lectores. La trama está bien, tiene momentos espesos, bien dramáticos, y es todo lo coherente que puede ser una historia de este tipo. Incluso hay alguna que otra sorpresa para que no nos aburramos los que leímos 150 versiones del origen de Superman. Pero lo más atractivo es eso, imaginarse a “Stratosky” diciendo “esto sí, esto no, esto quizás más adelante”.
Terminé por coincidir con el guionista en varias cosas: hay poca infancia de Clark en Smallville, y son todas escenas centradas en su relación con Ma y Pa. Cero Lana Lang, cero Peter Ross, cero Superboy, cero Krypto. Hay roles chiquitos para Lois Lane y Jimmy Olsen; el Clark que se suma al Planet no es un infeliz, torpe y pusilánime, al que los demás tratan de idiota; no hay villanos conocidos (ni siquiera Luthor), no hay kryptonita, no tiene peso el secreto de la doble identidad, no hay casi escenas ambientadas en Krypton... Por ahí lo único que no me cierra es que el guión le da bastante entidad al villano pero no se anima a darle un nombre, a tirarnos aunque sea una referencia velada a alguno de los genocidas cósmicos con los que se enfrentó Superman en las versiones anteriores. Es un personaje 100% nuevo y funciona bien, se convierte en una amenaza sumamente acorde con el impacto que tiene que tener la historia, pero queda medio colgado, como un N.N. que de la nada cobró una chapa inmensa en poquísimas páginas.
Como en las series y las películas, hay un poco menos de machaca que en los comics normales, y está bueno, porque Straczynski usa ese espacio para indagar más a fondo en la personalidad de Clark, como para que entendamos perfectamente por qué elige este camino y no otros. Más o menos hasta la página 70, la novela se centra en la vida “normal” de un pibe anormal y, obviamente, eso también la acerca a las películas “de origen” en las que el héroe aparece por primera vez con su disfraz, en acción y repartiendo sopapos cuando ya van como 70 minutos.
El dibujo de Shane Davis está buenísimo si pensamos que este es un comic apuntado a gente que habitualmente no lee comics. Se trata de un dibujante con un estilo académico-realista muy correcto, pero para mi gusto, un poquito pecho frío. Es como una especie de Lee Bermejo o Gene Ha sin onda. En los primeros planos, las tintas de Sandra Hope acercan a Davis a un Phil Jiménez y a veces, cuando se zarpa con las rayitas y las texturitas, a un David Finch. Lo mejor que tiene Davis es el esfuerzo que pone para camuflar la referencia fotográfica, para no parecer un Juan Carlos Flicker más, de los tantos que sólo saben copiar o manosear fotos. La paleta digital de Barbara Ciardo está muy bien, ayuda a crear climas copados, efectos impactantes y a redondear esa sensación de estar viendo un blockbuster de Hollywood.
Hablando de blockbusters de Hollywood, si alguna vez vuelvo a ver Man of Steel, seguro voy a flashear al detectar muchas coincidencias entre ese guión y este. Mientras tanto, como esta primera novela me gustó, me propongo entrarle a la segunda, en algún momento, más adelante.
miércoles, 4 de junio de 2014
martes, 3 de junio de 2014
03/ 06: SPIROU ET FANTASIO Vol.26
Aclaremos algo importante: en realidad, Tembo Tabou es el Vol.24 de Spirou et Fantasio. Lo que pasa es que esta colección no es la original, sino una que editó el sello Cobra en 2013, para festejar los 75 años de Spirou. Esta editorial relanzó TODOS los álbumes en una colección de 54 libros, cuyos contenidos no coinciden con los de la colección original. De hecho, en la edición de 1974, Tembo Tabou traía como complemento una historia corta del Marsupilami (La Cage) y esta edición trae esa historieta y varias más, obviamente dibujadas en los ´90, también con el bicho amarillo como protagonista.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.
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lunes, 2 de junio de 2014
02/ 06: TROPIC OF THE SEA
Satoshi Kon, el genial director de animación tempranamente fallecido en 2010 con sólo 47 años, tuvo unas pocas incursiones en el mundo del manga, una de las cuales vimos allá por el 31/10/10. Entre su no muy vasta obra, Kon tuvo una sóla serie publicada por entregas semanales: Tropic of the Sea. Después encaró una segunda, pero la dejó inconclusa y volvió al manga sólo para alguna novela gráfica, o para historias cortas. En el postfacio de este libro, el autor narra los padecimientos y trastornos que le causaron la serialización de Tropic of the Sea, realizada a un ritmo frenético, allá por 1990. Con que el 25% de lo que cuenta sea cierto, no lo podemos verduguear por no haber persistido con nuevas obras en el durísimo circuito de los semanarios japoneses.
Tropic of the Sea aborda el viejo clásico de Preservacionismo vs. Modernización. El apacible pueblito de Ade es casi una aldea de pescadores: chiquita, pintoresca, humilde y a la vez próspera, porque el clima siempre es bueno y la pesca generosa. La tradición/ superstición habla de un pacto entre los sacerdotes de Ade y las sirenas: estos guardan en un altar un huevo de sirena, que cada 60 años debe ser regresado a una cueva y reemplazado por otro, y aquellas garantizan el buen clima y la abundancia de peces en el mar. Ahora el sacerdote a cargo del templo es Yozo, quien empieza a avanzar en una rosca a gran escala con una mega-corporación para convertir a Ade en una atracción turística: parque de diversiones, hoteles, restaurantes, canchas de tenis, cemento, acero, vidrio y a la mierda las tradiciones ancestrales del pueblo.
Yozo tiene un hijo adolescente, Yozuke, al que también le interesan poco las tradiciones de la aldea. Su única preocupación es entrar a una universidad grossa y mudarse a una ciudad importante para cursar sus estudios. Pero viste cómo es el manga... Si hay un adolescente, hay un héroe. Y Satoshi Kon nos va a mostrar más o menos eso: cómo despierta en Yozuke una conciencia noble y solidaria, y cómo el pibe se convierte en el principal obstáculo para la runfla entre su padre y la Corpo. Yozuke es el único que se va a preguntar qué carajo es ese huevo, si tiene poderes, cómo se relaciona con algunos sucesos raros que tienen y tuvieron lugar en Ade, por qué creen en las sirenas los que de hecho creen, qué hay en la cueva... Ayudado por sus amigos va a ir muy lejos e incluso a arriesgar su vida para obtener estas respuestas. Cuando las haya obtenido, no va a haber padre, ni empresarios, ni policía que lo logren parar.
La trama está desplegada a un ritmo menos intenso que el del típico shonen. Kon se toma su tiempo para explicar detalladamente todos los conflictos, todo el background, y para desarrollar a los personajes (especialmente a Yozuke y su amiga Nami) con mucha profundidad. El clima es pachorro como los aldeanos y tiene toques de misticismo, de algo que quizás sea realismo mágico y quizás realismo a secas. Y aún así, vibramos con las escenas de acción, vivimos la tensión posta cada vez que los personajes se sumergen en las profundidades del océano y compartimos la sensación de maravilla cuando el huevo... Nah, no te voy a contar qué pasa con el huevo.
El dibujo de Kon es brillante. Emotivo, sugestivo, perfecto a la hora de plasmar el contraste entre el Ade de siempre y el Ade que se viene si triunfa la Corpo. La mano de los asistentes (dos, según el autor) no se nota demasiado y sí se nota la admiración de Kon por el estilo de Katsuhiro Otomo, quien fuera su ídolo, su amigo y su socio. Los primeros planos repletos de expresividad, la aplicación de las tramas de grises y los efectos visuales que estallan cada vez que alguien se cae al agua son los puntos más altos en 200 páginas a las que le sobran los hallazgos. En el muy improbable caso de que no te atrape el argumento, el dibujo seguramente te va a mantener hipnotizado de principio a fin.
Por ahí anda dando vueltas una edición española (muy cara) con las historias cortas de Satoshi Kon. Me va a costar resistirme la próxima vez que la vea, porque esto me encantó. Espero verla un día que no tenga un mango encima, así no me empoman... y espero también que se edite en EEUU, donde se zarpan menos con el lujo y con los precios en la edición de mangas. Esta edición de Vertical tiene cero lujo, pero es realmente impecable. Y casi seguro la vas a conseguir por menos de lo que vale el hardcover gallego.
Tropic of the Sea aborda el viejo clásico de Preservacionismo vs. Modernización. El apacible pueblito de Ade es casi una aldea de pescadores: chiquita, pintoresca, humilde y a la vez próspera, porque el clima siempre es bueno y la pesca generosa. La tradición/ superstición habla de un pacto entre los sacerdotes de Ade y las sirenas: estos guardan en un altar un huevo de sirena, que cada 60 años debe ser regresado a una cueva y reemplazado por otro, y aquellas garantizan el buen clima y la abundancia de peces en el mar. Ahora el sacerdote a cargo del templo es Yozo, quien empieza a avanzar en una rosca a gran escala con una mega-corporación para convertir a Ade en una atracción turística: parque de diversiones, hoteles, restaurantes, canchas de tenis, cemento, acero, vidrio y a la mierda las tradiciones ancestrales del pueblo.
Yozo tiene un hijo adolescente, Yozuke, al que también le interesan poco las tradiciones de la aldea. Su única preocupación es entrar a una universidad grossa y mudarse a una ciudad importante para cursar sus estudios. Pero viste cómo es el manga... Si hay un adolescente, hay un héroe. Y Satoshi Kon nos va a mostrar más o menos eso: cómo despierta en Yozuke una conciencia noble y solidaria, y cómo el pibe se convierte en el principal obstáculo para la runfla entre su padre y la Corpo. Yozuke es el único que se va a preguntar qué carajo es ese huevo, si tiene poderes, cómo se relaciona con algunos sucesos raros que tienen y tuvieron lugar en Ade, por qué creen en las sirenas los que de hecho creen, qué hay en la cueva... Ayudado por sus amigos va a ir muy lejos e incluso a arriesgar su vida para obtener estas respuestas. Cuando las haya obtenido, no va a haber padre, ni empresarios, ni policía que lo logren parar.
La trama está desplegada a un ritmo menos intenso que el del típico shonen. Kon se toma su tiempo para explicar detalladamente todos los conflictos, todo el background, y para desarrollar a los personajes (especialmente a Yozuke y su amiga Nami) con mucha profundidad. El clima es pachorro como los aldeanos y tiene toques de misticismo, de algo que quizás sea realismo mágico y quizás realismo a secas. Y aún así, vibramos con las escenas de acción, vivimos la tensión posta cada vez que los personajes se sumergen en las profundidades del océano y compartimos la sensación de maravilla cuando el huevo... Nah, no te voy a contar qué pasa con el huevo.
El dibujo de Kon es brillante. Emotivo, sugestivo, perfecto a la hora de plasmar el contraste entre el Ade de siempre y el Ade que se viene si triunfa la Corpo. La mano de los asistentes (dos, según el autor) no se nota demasiado y sí se nota la admiración de Kon por el estilo de Katsuhiro Otomo, quien fuera su ídolo, su amigo y su socio. Los primeros planos repletos de expresividad, la aplicación de las tramas de grises y los efectos visuales que estallan cada vez que alguien se cae al agua son los puntos más altos en 200 páginas a las que le sobran los hallazgos. En el muy improbable caso de que no te atrape el argumento, el dibujo seguramente te va a mantener hipnotizado de principio a fin.
Por ahí anda dando vueltas una edición española (muy cara) con las historias cortas de Satoshi Kon. Me va a costar resistirme la próxima vez que la vea, porque esto me encantó. Espero verla un día que no tenga un mango encima, así no me empoman... y espero también que se edite en EEUU, donde se zarpan menos con el lujo y con los precios en la edición de mangas. Esta edición de Vertical tiene cero lujo, pero es realmente impecable. Y casi seguro la vas a conseguir por menos de lo que vale el hardcover gallego.
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domingo, 1 de junio de 2014
01/ 06: LOS MAS VENDIDOS DE ABRIL Y MAYO
A principios del mes pasado no hubo ranking de ventas, porque al haber laburado sólo medio Abril, preferí dejar que se acumulara un mes más y tener cifras más coherentes. Ahora sí, entre Abril y Mayo me surge este ranking:
1) Términus Vol.5 (Términus)
2) Altavista (Hotel de las Ideas)
3) Posters (Común)
4) Jusepe en América (Común)
5) Si Pero No (De la Flor)
6) Lo Que No Importa Está Acá (Moebius)
7) Torni Yo Vol.2 (Comiks Debris)
8) ¡Facundo! (La Duendes)
9) Lo Mejor de Poe (De la Flor)
10) Ofelia Vol.2 (De la Flor)
Los dos primeros puestos fueron para los “madrugadores”: Términus salió el 31 de Marzo y Altavista, los primeros días de Abril. Muy notable lo del libro de Fernando Calvi, porque vale $ 160 y es, a primera vista, una historieta “difícil”, de perfil bastante minoritario.
Casi a fines de Mayo salieron las novedades de editorial Común, y arrasaron. Así es como se quedaron con los puestos tres y cuatro y superaron casi sin esfuerzo a las novedades de Ediciones De la Flor, que habían salido más de 10 días antes, también en Mayo. Y al nuevo librito de Torni Yo, una de las novedades que Comiks Debris lanzó la primera quincena.
Entre tantas novedades atractivas, se colaron tres publicaciones lanzadas en los meses anteriores: ¡Facundo! (otra novedad de Marzo que pegó fuerte en Abril), el Vol.2 de Ofelia (que salió en Noviembre o Diciembre) y Lo Que No Importa Está Acá, que viene dando batalla desde Octubre y no presenta síntomas de declive.
¿Y Alcatena? Veníamos de varios meses con muchos títulos de Alcatena y Mazzitelli en los primeros puestos, y ahora nada. Parece que en Julio tendremos libro nuevo del maestro y ahí sí, volverá a disputar un lugarcito en el ranking. Un ranking en el que esta vez mandan Carlos Trillo (con dos obras: Jusepe y Torni) y Gustavo Sala, también con dos obras.
Para Junio se viene un libro nuevo de Trillo (el Vol.3 de Cybersix) y novedades de Horacio Lalia, Carlos Albiac, Brian Janchez, El Bruno, Rodolfo Santullo, Dante Ginevra, Gustavo Lucero y en una de esas, el tomo que falta para tener todo Perramus editado en Argentina. Veremos cómo les va.
1) Términus Vol.5 (Términus)
2) Altavista (Hotel de las Ideas)
3) Posters (Común)
4) Jusepe en América (Común)
5) Si Pero No (De la Flor)
6) Lo Que No Importa Está Acá (Moebius)
7) Torni Yo Vol.2 (Comiks Debris)
8) ¡Facundo! (La Duendes)
9) Lo Mejor de Poe (De la Flor)
10) Ofelia Vol.2 (De la Flor)
Los dos primeros puestos fueron para los “madrugadores”: Términus salió el 31 de Marzo y Altavista, los primeros días de Abril. Muy notable lo del libro de Fernando Calvi, porque vale $ 160 y es, a primera vista, una historieta “difícil”, de perfil bastante minoritario.
Casi a fines de Mayo salieron las novedades de editorial Común, y arrasaron. Así es como se quedaron con los puestos tres y cuatro y superaron casi sin esfuerzo a las novedades de Ediciones De la Flor, que habían salido más de 10 días antes, también en Mayo. Y al nuevo librito de Torni Yo, una de las novedades que Comiks Debris lanzó la primera quincena.
Entre tantas novedades atractivas, se colaron tres publicaciones lanzadas en los meses anteriores: ¡Facundo! (otra novedad de Marzo que pegó fuerte en Abril), el Vol.2 de Ofelia (que salió en Noviembre o Diciembre) y Lo Que No Importa Está Acá, que viene dando batalla desde Octubre y no presenta síntomas de declive.
¿Y Alcatena? Veníamos de varios meses con muchos títulos de Alcatena y Mazzitelli en los primeros puestos, y ahora nada. Parece que en Julio tendremos libro nuevo del maestro y ahí sí, volverá a disputar un lugarcito en el ranking. Un ranking en el que esta vez mandan Carlos Trillo (con dos obras: Jusepe y Torni) y Gustavo Sala, también con dos obras.
Para Junio se viene un libro nuevo de Trillo (el Vol.3 de Cybersix) y novedades de Horacio Lalia, Carlos Albiac, Brian Janchez, El Bruno, Rodolfo Santullo, Dante Ginevra, Gustavo Lucero y en una de esas, el tomo que falta para tener todo Perramus editado en Argentina. Veremos cómo les va.
sábado, 31 de mayo de 2014
31/ 05: SNARKED! Vol.2
Hoy de nuevo estoy con poco tiempo, así que me viene bien reseñar un libro que me da poco margen para explayarme, porque sigue a grandes rasgos los lineamientos que ya vimos la semana pasada, cuando me tocó reseñar el Vol.1.
Ni me caliento en hablar del dibujo, porque va por el mismo cauce que la vez pasada: Roger Langridge se aguanta las ganas de llenar todo con tramitas y texturitas, para darle espacio al colorista (Matthew Wilson), que lo complementa muy bien. El resto, la solvencia pasmosa de siempre, marca de fábrica del genio neozelandés.
El guión avanza hacia su resolución a paso firme y cada vez se ve más clara la posibilidad de que un personaje misérrimo y ventajero al mango como W.J. Walrus encuentre en el heroismo el camino hacia la redención. Una vez más, la aventura se puebla de chistes muy efectivos, y de apariciones en roles menores de otras criaturas tomadas libremente de los relatos de Lewis Carroll: el gato de Cheshire, el ciempiés, el sombrerero loco, Humpty Dumpty... un montón. El único personaje que no me termina de entusiasmar, que me parece que tiene que estar, pero que a la larga aporta muy poco, es Gryphon, el sicario enviado por los villanos para traer de vuelta al palacio a los hijitos del Rey. Gryphon fracasa en sus misiones de un modo patético, al estilo de los villanos de los dibujos animados, que intentan mil veces y mil veces pierden, y la verdad es que llega un punto en que no se justifica interrumpir la historia de la morsa, el carpintero y los herederos al trono para mostrarnos el enésimo plan de un antagonista que ya no mete miedo ni por error. Pero bueno, los tropiezos de Gryphon están plasmados por Langridge en un tono bastante cómico, y esta es una historieta pensada para enganchar también a los chicos, así que quizás no esté tan mal.
Banco a full a Snarked!, porque es una aventura entretenida, atrapante, delirante y muy graciosa. Me queda por leer el último tomo, seguramente para la semana que viene.
Ni me caliento en hablar del dibujo, porque va por el mismo cauce que la vez pasada: Roger Langridge se aguanta las ganas de llenar todo con tramitas y texturitas, para darle espacio al colorista (Matthew Wilson), que lo complementa muy bien. El resto, la solvencia pasmosa de siempre, marca de fábrica del genio neozelandés.
El guión avanza hacia su resolución a paso firme y cada vez se ve más clara la posibilidad de que un personaje misérrimo y ventajero al mango como W.J. Walrus encuentre en el heroismo el camino hacia la redención. Una vez más, la aventura se puebla de chistes muy efectivos, y de apariciones en roles menores de otras criaturas tomadas libremente de los relatos de Lewis Carroll: el gato de Cheshire, el ciempiés, el sombrerero loco, Humpty Dumpty... un montón. El único personaje que no me termina de entusiasmar, que me parece que tiene que estar, pero que a la larga aporta muy poco, es Gryphon, el sicario enviado por los villanos para traer de vuelta al palacio a los hijitos del Rey. Gryphon fracasa en sus misiones de un modo patético, al estilo de los villanos de los dibujos animados, que intentan mil veces y mil veces pierden, y la verdad es que llega un punto en que no se justifica interrumpir la historia de la morsa, el carpintero y los herederos al trono para mostrarnos el enésimo plan de un antagonista que ya no mete miedo ni por error. Pero bueno, los tropiezos de Gryphon están plasmados por Langridge en un tono bastante cómico, y esta es una historieta pensada para enganchar también a los chicos, así que quizás no esté tan mal.
Banco a full a Snarked!, porque es una aventura entretenida, atrapante, delirante y muy graciosa. Me queda por leer el último tomo, seguramente para la semana que viene.
viernes, 30 de mayo de 2014
30/ 05: TODO CLEMENTE Vol.1-4
Esta es una colección de 17 tomitos que editó Clarín a principios de 2013, unos meses después de la muerte de Caloi. Yo conseguí 16 de los 17 tomitos (en una mesa de saldos de la calle Corrientes) y no me da para reseñarlos uno por uno, así que los voy a agrupar en cuatro tandas de cuatro.
Obviamente, la primera tanda gana por afano. En estos cuatro libritos hay unas 570 tiras elegidas entre la producción de 1973 y 1977. Es decir que está prácticamente cubierta TODA la Edad de Oro de Clemente. De todos los personajes importantes de la tira el único que no aparece es la Mulatona (que vendrá más adelante) y el resto, ya esta todo acá: Bartolo, Mimí, Jacinto, personajes ocasionales como Farsán y las hormiguitis, las aventuras a bordo del tranvía, el encuentro de hinchadas en el Clem´s Clú, la batalla de los papelitos... En menos de cinco años, Caloi armó de la nada una tira y la pobló con un mundo totalmente propio, repleto de criaturas e ideas fascinantes. Más adelante, la realidad argentina le ganaría terreno a esta realidad paralela, a este mundo ilógico, surrealista, muchas veces poético, que plasma Caloi. Y así será como la tira perderá su magia y se convertirá en una más, quizás más cerca de la gente, pero lejos de la gloria. Por ahora, en esta primera etapa, la realidad de Clemente intersecta con la nuestra en un par de puntos: la pasión futbolera y el amor por Buenos Aires. Ambos temas están muy presentes en la tira, especialmente en la primera etapa, la que tiene a Bartolo en un rol destacado. Y Caloi los aborda desde una óptica muy novedosa, muy delirante, no son los típicos chistes costumbristas que salían en los ´50 en la Rico Tipo.
La tira y el personaje cambian muy rápido. Sobre el final del Vol.4, estamos frente a algo que se parece poco a lo que vimos al principio del Vol.1. Clemente monopoliza el protagonismo, cambia su fisonomía, deja de lado la gran mayoría de las faltas de ortografía, tiene novia, tiene un hijo... Obviamente a Caloi no se le pasaba por la cabeza que la tira podría durar casi 40 años; si no, hubiese hecho estos cambios a un ritmo mucho más lento. Dentro de todo, los volantazos no se sienten tan bruscos, porque desde el primer día la consigna de esta tira fue muy libre: estaba claro que podía pasar cualquier cosa y que el autor se proponía ir y venir por distintos tipos de humor, desde el juego de palabras obvio hasta un cierto clima nostálgico y tanguero, empapado de un surrealismo muy efectivo, y un lirismo de barrio muy atractivo. Caloi jugaba mucho con el meta-chiste, con la idea de que los personajes se saben protagonistas de una historieta, e incluso se metía con el tema de la espacialidad, de las viñetas yuxtapuestas, es decir, con la gramática misma del comic. Todo le servía al autor para abrir puertas hacia el humor y hacia ese sano “vale todo”, que me parece el rasgo más saliente de esta etapa.
En materia de dibujo, en estas tiras le he visto hacer a Caloi miles de cosas que nunca antes había visto en una tira diaria. Casi ninguna la volví a ver después. Acá teníamos fondos laburadísimos, angulaciones imposibles, variaciones en el grosor de la línea, climas e iluminaciones recontra-laburados, distintos grados de realismo (en un momento aparece una mano gigante, dibujada en estilo académico, perfecto), tramados, cross-hatchings, experimentos de estilo con homenajes a varios pintores y dibujantes, y sí, también tiras MUY minimalistas, sin fondos, sin variación de enfoques, en las que simplemente tenemos a Clemente realizando alguna pantomima con mucha plasticidad, pero sin indicios de ese virtuosismo con el que tantas veces nos asombró Caloi. Con el correr de los años, ese virtuosismo se exiliaría definitivamente de la tira, para encontrar asilo en las planchas dominicales que el autor realizaba para Clarín. Acá, todavía se veía todos los días la magia de un dibujante realmente superdotado.
En algún momento, Clemente dejó de ser un personaje de historieta para convertirse en un ícono popular. Paradójicamente, me parece que eso coincide con el momento en que la tira deja de maravillar y pasa a enrolarse en el “más de lo mismo”. La lectura de los tomitos posteriores me va a ayudar a reafirmar o a refutar eso que hasta ahora es apenas una sensación.
Obviamente, la primera tanda gana por afano. En estos cuatro libritos hay unas 570 tiras elegidas entre la producción de 1973 y 1977. Es decir que está prácticamente cubierta TODA la Edad de Oro de Clemente. De todos los personajes importantes de la tira el único que no aparece es la Mulatona (que vendrá más adelante) y el resto, ya esta todo acá: Bartolo, Mimí, Jacinto, personajes ocasionales como Farsán y las hormiguitis, las aventuras a bordo del tranvía, el encuentro de hinchadas en el Clem´s Clú, la batalla de los papelitos... En menos de cinco años, Caloi armó de la nada una tira y la pobló con un mundo totalmente propio, repleto de criaturas e ideas fascinantes. Más adelante, la realidad argentina le ganaría terreno a esta realidad paralela, a este mundo ilógico, surrealista, muchas veces poético, que plasma Caloi. Y así será como la tira perderá su magia y se convertirá en una más, quizás más cerca de la gente, pero lejos de la gloria. Por ahora, en esta primera etapa, la realidad de Clemente intersecta con la nuestra en un par de puntos: la pasión futbolera y el amor por Buenos Aires. Ambos temas están muy presentes en la tira, especialmente en la primera etapa, la que tiene a Bartolo en un rol destacado. Y Caloi los aborda desde una óptica muy novedosa, muy delirante, no son los típicos chistes costumbristas que salían en los ´50 en la Rico Tipo.
La tira y el personaje cambian muy rápido. Sobre el final del Vol.4, estamos frente a algo que se parece poco a lo que vimos al principio del Vol.1. Clemente monopoliza el protagonismo, cambia su fisonomía, deja de lado la gran mayoría de las faltas de ortografía, tiene novia, tiene un hijo... Obviamente a Caloi no se le pasaba por la cabeza que la tira podría durar casi 40 años; si no, hubiese hecho estos cambios a un ritmo mucho más lento. Dentro de todo, los volantazos no se sienten tan bruscos, porque desde el primer día la consigna de esta tira fue muy libre: estaba claro que podía pasar cualquier cosa y que el autor se proponía ir y venir por distintos tipos de humor, desde el juego de palabras obvio hasta un cierto clima nostálgico y tanguero, empapado de un surrealismo muy efectivo, y un lirismo de barrio muy atractivo. Caloi jugaba mucho con el meta-chiste, con la idea de que los personajes se saben protagonistas de una historieta, e incluso se metía con el tema de la espacialidad, de las viñetas yuxtapuestas, es decir, con la gramática misma del comic. Todo le servía al autor para abrir puertas hacia el humor y hacia ese sano “vale todo”, que me parece el rasgo más saliente de esta etapa.
En materia de dibujo, en estas tiras le he visto hacer a Caloi miles de cosas que nunca antes había visto en una tira diaria. Casi ninguna la volví a ver después. Acá teníamos fondos laburadísimos, angulaciones imposibles, variaciones en el grosor de la línea, climas e iluminaciones recontra-laburados, distintos grados de realismo (en un momento aparece una mano gigante, dibujada en estilo académico, perfecto), tramados, cross-hatchings, experimentos de estilo con homenajes a varios pintores y dibujantes, y sí, también tiras MUY minimalistas, sin fondos, sin variación de enfoques, en las que simplemente tenemos a Clemente realizando alguna pantomima con mucha plasticidad, pero sin indicios de ese virtuosismo con el que tantas veces nos asombró Caloi. Con el correr de los años, ese virtuosismo se exiliaría definitivamente de la tira, para encontrar asilo en las planchas dominicales que el autor realizaba para Clarín. Acá, todavía se veía todos los días la magia de un dibujante realmente superdotado.
En algún momento, Clemente dejó de ser un personaje de historieta para convertirse en un ícono popular. Paradójicamente, me parece que eso coincide con el momento en que la tira deja de maravillar y pasa a enrolarse en el “más de lo mismo”. La lectura de los tomitos posteriores me va a ayudar a reafirmar o a refutar eso que hasta ahora es apenas una sensación.
jueves, 29 de mayo de 2014
29/ 05: FANTASTIC FOUR Vol.1
Esta es la tercera vez en lo que va del blog que reseño un “Fantastic Four Vol.1”. Ya vimos toda la etapa de Mark Waid, toda la etapa de Jonathan Hickman, y ahora es el momento de ver qué hace Matt Fraction con el cuarteto más grosso de Marvel. Bah, en realidad con LOS cuartetos, porque el guionista relanza al mismo tiempo Fantastic Four y FF, dos grupos distintos, que vivirán aventuras en paralelo, unos en el espacio exterior jamás explorado y otros prácticamente acá nomás, en la Nueva York del Universo Marvel que tan familiar nos resulta. Este primer tomo compila los tres primeros números de ambas series y arranca con una historia cortita, muy linda, protagonizada por Ant-Man (Scott Lang) y tomada de la antología Marvel NOW! Point One.
Básicamente, en Fantastic Four vamos a ver lo siguiente: a Reed se le ocurre irse de viaje a explorar lugares nuevos del cosmos, junto a Sue, Ben, Johnny, Franklin y Valeria. El viaje va a durar un año, pero como pueden viajar por el tiempo, van a regresar a Nueva York cuatro minutos después de que se fueron. Por supuesto, algo va a salir mal y no van a regresar cuatro minutos después.
Para cuidar al edificio Baxter y a los chicos de la FF durante esos cuatro minutos, los titulares arman un grupo de cuatro suplentes. Sí, un nuevo grupo de Fantastic Four pensado para durar sólo cuatro minutos. Genialidades de Reed que conviene no cuestionar demasiado... Así se juntan Ant-Man, Medusa, She-Hulk y Darla, la novia de Johnny, a la que le ponen un traje de los que usaba Ben cuando perdió sus poderes, para convertirla en Miss Thing. Y bueno, menos mal que estaban estos cuatro suplentes, porque los cuatro titulares no vuelven en el momento previsto y, lógicamente, tanto los chicos de la FF como los incansables villanos de siempre van a traerles problemas.
Estas primeras aventuras transcurren en paralelo y después ya no. Ya vendrán tomos que cuentan sólo las aventuras cósmicas de los Fantastic Four y las aventuras terrestres de los FF. ¿Y están buenas las aventuras? Por ahora se vio muy poco. Más de medio tomo se centra en la decisión de Reed de emprender este viaje (tiene un motivo personal importante, pero no lo quiero spoilear, porque es la mejor idea que presenta Fraction en este inicio de colección) y en el armado y presentación del grupo suplente. Después, el equipo titular tendrá UNA breve aventura en el espacio y el suplente UNA machaca vibrante, muy divertida, contra Mole Man, en las cercanías del edificio Baxter. Y un episodio en el que se abre un misterio atractivo, con la llegada de un Johnny viejo y hecho mierda, que dice venir de un futuro donde el resto del equipo titular fue boleta. Ahí se lucen los diálogos de Fraction, pero no la trama en sí, que está apenas insinuada.
En cuanto a los dibujos, en Fantastic Four tenemos a Mark Bagley con muchas pilas, tratando de imitar a Alan Davis y, como lo entinta Mark Farmer y lo colorea Paul Mounts (habituales adláteres de Davis), le sale bastante bien. Olvidate de ese Bagley que sacaba con fritas las páginas de Trinity, por ejemplo. A este se le notan las ganas de laburar, de dejar una marca en una serie que –intuyo- lo apasiona. Y en FF (y en el unitario de Ant-Man) tenemos al maestro, al ídolo, al genio Mike Allred, también con muchas ganas, quizás con algún fondo que debería estar y no está, o resuelto medio a los pedos, pero con la onda y el virtuosismo intactos. A Allred también se le nota que se divertía mucho con esta serie, y como siempre, llama la atención lo bien que se complementa con la paleta de su esposa y colorista titular, Laura Allred.
La etapa de Matt Fraction al frente de estas series fue muy breve, apenas 16 episodios de cada colección, lo cual es un incentivo para bancarla hasta el final. Eso y la calidad de los dibujos, obvio: muy competentes en Fantastic Four y de un nivel alucinante, muy infrecuente en los comics mensuales de mainstream, en FF. Habrá más cuartetazo, en los próximos meses.
Básicamente, en Fantastic Four vamos a ver lo siguiente: a Reed se le ocurre irse de viaje a explorar lugares nuevos del cosmos, junto a Sue, Ben, Johnny, Franklin y Valeria. El viaje va a durar un año, pero como pueden viajar por el tiempo, van a regresar a Nueva York cuatro minutos después de que se fueron. Por supuesto, algo va a salir mal y no van a regresar cuatro minutos después.
Para cuidar al edificio Baxter y a los chicos de la FF durante esos cuatro minutos, los titulares arman un grupo de cuatro suplentes. Sí, un nuevo grupo de Fantastic Four pensado para durar sólo cuatro minutos. Genialidades de Reed que conviene no cuestionar demasiado... Así se juntan Ant-Man, Medusa, She-Hulk y Darla, la novia de Johnny, a la que le ponen un traje de los que usaba Ben cuando perdió sus poderes, para convertirla en Miss Thing. Y bueno, menos mal que estaban estos cuatro suplentes, porque los cuatro titulares no vuelven en el momento previsto y, lógicamente, tanto los chicos de la FF como los incansables villanos de siempre van a traerles problemas.
Estas primeras aventuras transcurren en paralelo y después ya no. Ya vendrán tomos que cuentan sólo las aventuras cósmicas de los Fantastic Four y las aventuras terrestres de los FF. ¿Y están buenas las aventuras? Por ahora se vio muy poco. Más de medio tomo se centra en la decisión de Reed de emprender este viaje (tiene un motivo personal importante, pero no lo quiero spoilear, porque es la mejor idea que presenta Fraction en este inicio de colección) y en el armado y presentación del grupo suplente. Después, el equipo titular tendrá UNA breve aventura en el espacio y el suplente UNA machaca vibrante, muy divertida, contra Mole Man, en las cercanías del edificio Baxter. Y un episodio en el que se abre un misterio atractivo, con la llegada de un Johnny viejo y hecho mierda, que dice venir de un futuro donde el resto del equipo titular fue boleta. Ahí se lucen los diálogos de Fraction, pero no la trama en sí, que está apenas insinuada.
En cuanto a los dibujos, en Fantastic Four tenemos a Mark Bagley con muchas pilas, tratando de imitar a Alan Davis y, como lo entinta Mark Farmer y lo colorea Paul Mounts (habituales adláteres de Davis), le sale bastante bien. Olvidate de ese Bagley que sacaba con fritas las páginas de Trinity, por ejemplo. A este se le notan las ganas de laburar, de dejar una marca en una serie que –intuyo- lo apasiona. Y en FF (y en el unitario de Ant-Man) tenemos al maestro, al ídolo, al genio Mike Allred, también con muchas ganas, quizás con algún fondo que debería estar y no está, o resuelto medio a los pedos, pero con la onda y el virtuosismo intactos. A Allred también se le nota que se divertía mucho con esta serie, y como siempre, llama la atención lo bien que se complementa con la paleta de su esposa y colorista titular, Laura Allred.
La etapa de Matt Fraction al frente de estas series fue muy breve, apenas 16 episodios de cada colección, lo cual es un incentivo para bancarla hasta el final. Eso y la calidad de los dibujos, obvio: muy competentes en Fantastic Four y de un nivel alucinante, muy infrecuente en los comics mensuales de mainstream, en FF. Habrá más cuartetazo, en los próximos meses.
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miércoles, 28 de mayo de 2014
28/ 05: VAPOR
Hoy tardísimo, pero bue... surgieron compromisos inesperados.
Esta es la última novela gráfica de Max y la primera que se edita en Argentina. Me encanta que se edite historieta española en nuestro país, sin embargo no me cierra que no se la traduzca al “argentino”. En España, cuando se publican obras de autores argentinos, les suelen meter mucha mano a los diálogos y a llenarlos de localismos propios de la Madre Patria. Acá habría que hacer lo mismo. No clonar la edición española así como viene, sino meterle mano a los diálogos para argentinizarlos. Creo que eso es lo único que no me maravilló de Vapor, el gusto agridulce de estar leyendo una edición argentina repleta de localismos de otro país.
El resto fue puro disfrute, porque la verdad que acá Max saltó (de nuevo) al vacío y el experimento le salió demasiado bien. Muy básicamente y para no spoilear (porque la idea es que, si te interesa mínimamente, banques con tu compra la edición argentina), Vapor cuenta la historia de Nicodemo, un tipo del que no sabemos casi nada, excepto que se cansó de la civilización y se fue a vivir solo a un desierto. A no hacer nada, a meditar, a comer, beber y bañarse muy de vez en cuando. En ese vacío, en esa nada, Nicodemo espera encontrar alguna verdad, o al menos alguna respuesta. Claro que la falta de comida y bebida y la exposición al sol lo van a hacer ver... cosas raras y pronto se empezará a desdibujar la frontera entre lo que Nicodemo realmente vive y lo que alucina.
Con acertado criterio, Max no dejará pasar demasiadas páginas para rodear a Nick de otros personajes, reales o imaginarios, con los que el aspirante a anacoreta podrá dialogar y de ahí saldrán las mejores secuencias del tomo. Y cuando uno cree que ya le “tomó el tiempo” a la obra, que ya entendió cómo está planteada la estructura dramática y supone que Max no se va a mover mucho de ahí, el catalán pega un volantazo brillante y a 10 páginas del final arma y resuelve un conflicto a una escala mucho mayor que los que habíamos visto hasta el momento. Con lo cual la novela se vuelve otra vez impredecible, como si en vez de en la página 101 estuviéramos en la 2.
El desierto y las alucinaciones le permiten a Max crear algo que a los historietistas en general les encanta: un mundo donde la lógica funciona distinto, donde las reglas son otras y pasan cosas rarísimas en un contexto de fingida normalidad. Eso que inventó hace más de 100 años George Herriman en Krazy Kat, sigue vivo en Max, y de hecho acá hay algún homenaje bastante explícito a la inmortal historieta de Herriman. En pocas páginas, Max le da entidad a un mundo ensimismado, bizarro, de una falsa simplicidad. Ese mundo le impone el clima a la obra, tanto que Nicodemo se ve sumergido en él tan rápido y de modo tan definitivo, que si Max quisiera mostrarnos un flashback a la vida del protagonista previa a su llegada al desierto, nos parecería un desubique mayúsculo, casi una atrocidad.
Hasta la página... 16, uno sospecha que Max decidió ambientar esta historieta en un desierto para no dibujar fondos y terminarla más rápido. Pero pronto (y gradualmente) empiezan a aparecer escenarios más y más elaborados, cosas cada vez más difíciles de dibujar y ya en el último tramo de la obra (cuando nos acercamos a la página 90, más o menos) lo tenemos al catalán dibujándose la vida, en secuencias que le exigen un tremendo despliegue de efectos gráficos, todos solucionados con tinta, plumín, pincel y talento. A lo largo de toda la obra, además, tenemos un trabajo formidable en el lenguaje gestual de los personajes: rostros y cuerpos de increíble expresividad, en constante movimiento, que se contraponen brutalmente a la quietud y la escacez de los decorados. Y todo en un blanco y negro puro, sin tonalidades, perfectamente equilibrados.
Vapor es una hermosa historieta, que te intriga, te inquieta, por momentos te hace vibrar al ritmo de una acción atípica (pero acción al fin) y al final te deja pensando. Son muchos los logros de Max en esta obra y muchos los huevos del sello Musaraña, que apostó a editar esta joyita en nuestro país. Ojalá haya muchos más sellos decididos a traernos buenas ediciones locales de las grandes obras del comic europeo.
Esta es la última novela gráfica de Max y la primera que se edita en Argentina. Me encanta que se edite historieta española en nuestro país, sin embargo no me cierra que no se la traduzca al “argentino”. En España, cuando se publican obras de autores argentinos, les suelen meter mucha mano a los diálogos y a llenarlos de localismos propios de la Madre Patria. Acá habría que hacer lo mismo. No clonar la edición española así como viene, sino meterle mano a los diálogos para argentinizarlos. Creo que eso es lo único que no me maravilló de Vapor, el gusto agridulce de estar leyendo una edición argentina repleta de localismos de otro país.
El resto fue puro disfrute, porque la verdad que acá Max saltó (de nuevo) al vacío y el experimento le salió demasiado bien. Muy básicamente y para no spoilear (porque la idea es que, si te interesa mínimamente, banques con tu compra la edición argentina), Vapor cuenta la historia de Nicodemo, un tipo del que no sabemos casi nada, excepto que se cansó de la civilización y se fue a vivir solo a un desierto. A no hacer nada, a meditar, a comer, beber y bañarse muy de vez en cuando. En ese vacío, en esa nada, Nicodemo espera encontrar alguna verdad, o al menos alguna respuesta. Claro que la falta de comida y bebida y la exposición al sol lo van a hacer ver... cosas raras y pronto se empezará a desdibujar la frontera entre lo que Nicodemo realmente vive y lo que alucina.
Con acertado criterio, Max no dejará pasar demasiadas páginas para rodear a Nick de otros personajes, reales o imaginarios, con los que el aspirante a anacoreta podrá dialogar y de ahí saldrán las mejores secuencias del tomo. Y cuando uno cree que ya le “tomó el tiempo” a la obra, que ya entendió cómo está planteada la estructura dramática y supone que Max no se va a mover mucho de ahí, el catalán pega un volantazo brillante y a 10 páginas del final arma y resuelve un conflicto a una escala mucho mayor que los que habíamos visto hasta el momento. Con lo cual la novela se vuelve otra vez impredecible, como si en vez de en la página 101 estuviéramos en la 2.
El desierto y las alucinaciones le permiten a Max crear algo que a los historietistas en general les encanta: un mundo donde la lógica funciona distinto, donde las reglas son otras y pasan cosas rarísimas en un contexto de fingida normalidad. Eso que inventó hace más de 100 años George Herriman en Krazy Kat, sigue vivo en Max, y de hecho acá hay algún homenaje bastante explícito a la inmortal historieta de Herriman. En pocas páginas, Max le da entidad a un mundo ensimismado, bizarro, de una falsa simplicidad. Ese mundo le impone el clima a la obra, tanto que Nicodemo se ve sumergido en él tan rápido y de modo tan definitivo, que si Max quisiera mostrarnos un flashback a la vida del protagonista previa a su llegada al desierto, nos parecería un desubique mayúsculo, casi una atrocidad.
Hasta la página... 16, uno sospecha que Max decidió ambientar esta historieta en un desierto para no dibujar fondos y terminarla más rápido. Pero pronto (y gradualmente) empiezan a aparecer escenarios más y más elaborados, cosas cada vez más difíciles de dibujar y ya en el último tramo de la obra (cuando nos acercamos a la página 90, más o menos) lo tenemos al catalán dibujándose la vida, en secuencias que le exigen un tremendo despliegue de efectos gráficos, todos solucionados con tinta, plumín, pincel y talento. A lo largo de toda la obra, además, tenemos un trabajo formidable en el lenguaje gestual de los personajes: rostros y cuerpos de increíble expresividad, en constante movimiento, que se contraponen brutalmente a la quietud y la escacez de los decorados. Y todo en un blanco y negro puro, sin tonalidades, perfectamente equilibrados.
Vapor es una hermosa historieta, que te intriga, te inquieta, por momentos te hace vibrar al ritmo de una acción atípica (pero acción al fin) y al final te deja pensando. Son muchos los logros de Max en esta obra y muchos los huevos del sello Musaraña, que apostó a editar esta joyita en nuestro país. Ojalá haya muchos más sellos decididos a traernos buenas ediciones locales de las grandes obras del comic europeo.
martes, 27 de mayo de 2014
27/ 05: CREEPY PRESENTS RICHARD CORBEN
Cada tanto uno se da gustos caros. Este es un lujoso hardcover de u$ 30 (para nada disparatado, si pensamos que trae 350 páginas, en excelente papel) que recopila TODAS las historietas realizadas por el maestro Richard Corben para las revistas Creepy e Eerie, durante la década del ´70. Yo ya tenía el hardcover anterior, el que editó Heavy Metal en el 2000 (creo), que hoy tiene fama de Santo Grial inconseguible. Pero este le gana por varios cuerpos. Primero, no es una selección, sino que está TODO, las 40 historietas de Corben y todas las portadas que realizó para esas dos clásicas antologías de terror de la Warren. Segundo, acá hay un cuidado por la calidad de las reproducciones muy superior, con historietas escaneadas de los originales de Corben, historietas que en su momento salieron en blanco y negro coloreadas para esta edición, e historietas mal impresas en su momento a las que el maestro José Villarrubia les retocó el color para que se vean espléndidas. Esto es muy importante, porque (creo que no hace falta subrayarlo) Corben estaba MUY adelantado a su época en materia de color, y las técnicas de impresión de aquel entonces no lograban hacerle justicia al material que entregaba el maestro, por lo menos en las editoriales de EEUU. Y tercero, en el libro de Heavy Metal alguien se zarpó tapando pezones y oscureciendo algunas viñetas para camuflar los desnudos frontales, que acá están perfectamente respetados. Ojo, no son historietas porno, ni casi nunca giran en torno al garche o a la posibilidad del garche. Pero en los ´70 era toda una apuesta publicar historietas de aventuras y terror con tetas al aire, y me parece que no daba para ocultarlas.
Los guiones rompen bastante la fórmula de las antologías setentosas “de misterio” que editaba DC y que vimos varias veces acá en el blog. En las revistas de Warren, además de tetas, había decapitaciones, canibalismo, licántropos, vampiros, zombies, momias, posesiones satánicas y un clima más sacado, menos finoli, en el que la violencia tenía un rol mucho más importante. Además (y en una de esas, de keruza), algunos guionistas bajaban línea acerca del fanatismo religioso, la ambición desmedida de las mega-corporaciones, la inminencia de un desastre ecológico y el deterioro del tejido social en las grandes urbes, de pronto asoladas por asesinos seriales y otros monstruos “de la vida real”. También hay versiones de cuentos clásicos de Edgar Allan Poe (adaptados por Rich Margopoulos) y relatos sumamente pasatistas, con machaca y gore, pero en un clima más bien festivo. En total en el libro hay trabajos de 16 guionistas, entre los que destaco a Bruce Jones, Doug Moench, Greg Potter, Jan Strnad, Nicola Cuti y Gerry Boudreau, autor de Anti-Christmas, una de las dos mejores historias del tomo (la otra es In Deep, de Bruce Jones).
El dibujo de Corben varía mucho de historia a historia. Se trata de 40 historietas realizadas entre 1970 y 1982, un período largo, en el que el estilo del ídolo cambió mucho, muchas veces. En el mix tenemos trabajos más líricos, trabajos más grotescos, historietas en las que Corben juega más a los climas, o más al impacto crudo, cosas que parecen dibujadas a los pedos, a mano alzada, y otras que tienen un laburo que te hiela la sangre. Acá vemos a Corben experimentar con aguadas, con tramas mecánicas, con masas de gris pleno, con el aerógrafo, historietas en las que se ve el lápiz s¡n entintar, con una increíble variedad de texturas, y por supuesto muchas genialidades en materia de color, que es donde el Gigante se sentía más cómodo y donde realmente demostraba ser un distinto. Como en toda antología, en Creepy no faltaba el guionista al que le daban pocas páginas y compensaba metiendo unos masacotes de texto infinitos. Corben tiene que pilotear desde la narrativa varias historias a las que le sobra BOCHA de texto, y casi siempre sale bien parado. Lo más flojo es lo que padecen todas las obras del maestro de esta etapa: las caras de los personajes, que rara vez se parecen de una viñeta a otra. Sin embargo, Corben se mataba en los rasgos faciales, y quizás por eso los personajes solían quedarle un toque cabezones. En fin, detalles que hacían único a este monstruo, siempre difícil de encasillar.
Si sos fan de Corben, seguro escuchaste hablar maravillas de sus coqueteos con el terror setentoso en las revistas de Warren. El día que te decidas a tener todo ese material en un sólo broli, perfecto por donde se lo mire, entrale sin dudas a esta maravilla editada como los dioses (o las criaturas lovecraftianas) por Dark Horse.
Los guiones rompen bastante la fórmula de las antologías setentosas “de misterio” que editaba DC y que vimos varias veces acá en el blog. En las revistas de Warren, además de tetas, había decapitaciones, canibalismo, licántropos, vampiros, zombies, momias, posesiones satánicas y un clima más sacado, menos finoli, en el que la violencia tenía un rol mucho más importante. Además (y en una de esas, de keruza), algunos guionistas bajaban línea acerca del fanatismo religioso, la ambición desmedida de las mega-corporaciones, la inminencia de un desastre ecológico y el deterioro del tejido social en las grandes urbes, de pronto asoladas por asesinos seriales y otros monstruos “de la vida real”. También hay versiones de cuentos clásicos de Edgar Allan Poe (adaptados por Rich Margopoulos) y relatos sumamente pasatistas, con machaca y gore, pero en un clima más bien festivo. En total en el libro hay trabajos de 16 guionistas, entre los que destaco a Bruce Jones, Doug Moench, Greg Potter, Jan Strnad, Nicola Cuti y Gerry Boudreau, autor de Anti-Christmas, una de las dos mejores historias del tomo (la otra es In Deep, de Bruce Jones).
El dibujo de Corben varía mucho de historia a historia. Se trata de 40 historietas realizadas entre 1970 y 1982, un período largo, en el que el estilo del ídolo cambió mucho, muchas veces. En el mix tenemos trabajos más líricos, trabajos más grotescos, historietas en las que Corben juega más a los climas, o más al impacto crudo, cosas que parecen dibujadas a los pedos, a mano alzada, y otras que tienen un laburo que te hiela la sangre. Acá vemos a Corben experimentar con aguadas, con tramas mecánicas, con masas de gris pleno, con el aerógrafo, historietas en las que se ve el lápiz s¡n entintar, con una increíble variedad de texturas, y por supuesto muchas genialidades en materia de color, que es donde el Gigante se sentía más cómodo y donde realmente demostraba ser un distinto. Como en toda antología, en Creepy no faltaba el guionista al que le daban pocas páginas y compensaba metiendo unos masacotes de texto infinitos. Corben tiene que pilotear desde la narrativa varias historias a las que le sobra BOCHA de texto, y casi siempre sale bien parado. Lo más flojo es lo que padecen todas las obras del maestro de esta etapa: las caras de los personajes, que rara vez se parecen de una viñeta a otra. Sin embargo, Corben se mataba en los rasgos faciales, y quizás por eso los personajes solían quedarle un toque cabezones. En fin, detalles que hacían único a este monstruo, siempre difícil de encasillar.
Si sos fan de Corben, seguro escuchaste hablar maravillas de sus coqueteos con el terror setentoso en las revistas de Warren. El día que te decidas a tener todo ese material en un sólo broli, perfecto por donde se lo mire, entrale sin dudas a esta maravilla editada como los dioses (o las criaturas lovecraftianas) por Dark Horse.
lunes, 26 de mayo de 2014
26/ 05: LEGION
Leí esta breve novela gráfica hace varios años, cuando la editó Ivrea, y ahora tengo la edición nueva, la que sacó OVNI a fines de 2013. No sé con cuál quedarme, ya me decidiré.
Legión tiene un problema fundamental: uno ya leyó las obras posteriores de Salvador Sanz (me falta el Vol.2 de Angela Della Morte, que está ahí, en el aguante, y espero leer antes de fin de año) y sabe que lo que viene después es mejor. Legión no está mal, en absoluto, pero al lado de Nocturno, por ejemplo, pierde por bastante margen. ¿Qué es lo que más tira abajo a Legión? En la edición original, yo hubiese respondido “los diálogos”, que no sonaban muy reales y desentonaban bastante con el clima general de la obra. En esta nueva edición, me da la sensación de que Salva retocó bastante los diálogos, porque ahora me gustaron, me resultaron muy acordes para lo que nos narra la historia.
¿Y ahora? ¿Qué es lo que menos me convence? La extensión. La idea está buenísima, el desarrollo es atrapante, intenso, shockeante... Pero la historia dura apenas 44 páginas y termina de un modo bastante abrupto, justo en un momento interesantísimo de la trama. Esta era una idea que necesitaba... mínimo 20 páginas más, para que Sanz pudiera elaborar algo así como un “tercer acto”, que es lo que parece faltarle a la obra. No pretendo un final limpito, donde todo se explique minuciosamente, ganen los buenos y el pibe se transe a la minita. Pero el guión pide a gritos más desarrollo del conflicto (aunque los buenos no tengan chance de ganar) o una indagación más a fondo en esta nueva realidad que cambió totalmente tras el triunfo de la Legión. Puestos a chorear, hasta se bancaría una secuela, una segunda parte con otras 44 páginas.
El dibujo, sin ser mejor que el de las obras más recientes de Salva, es excelente. Sobre todo si pensamos que era la primera vez que veíamos a este autor encarar un relato extenso sin serializar, y la primera vez que lo veíamos incursionar en el color. Todo lo que nos gusta del dibujo de Sanz, todo lo que lo convirtió en uno de los autores más populares y a la vez más prestigiosos del continente, ya se ve claramente en Legión: el realismo en personajes y decorados, la imaginación descontrolada en las criaturas fantásticas, la acción fuerte, sin concesiones, bien condimentada con sangre y gore, esos climas densos, ominosos, la atención por los detalles en vestimenta, peinados, objetos de la vida cotidiana... acá, por suerte, no falta nada.
La narrativa está cuidadísima, con algunos recursos bien cinematográficos y otros 100% comiqueros, unos ángulos raros, muy bien elegidos, hay unas persecuciones electrizantes (algo difícil de hacer en historieta)... incluso el jueguito de que algunas secuencias tengan color y otras no responde a una decisión narrativa.
Si sos fan de Salva y querés tener todas sus obras, esta sin dudas es la más rara, porque es la que no salió ni en la Catzole ni en la Fierro. Cortita y todo, Legión es una muy buena primera incursión de este monstruo en el mundo de la novela gráfica. Me parece justo bancarla por eso, y porque es el paso previo y necesario para los magníficos trabajos que brotaron en los últimos años de la pluma de este ejemplo de aplomo, de dedicación, de imaginación y de talento llamado Salvador Sanz.
Legión tiene un problema fundamental: uno ya leyó las obras posteriores de Salvador Sanz (me falta el Vol.2 de Angela Della Morte, que está ahí, en el aguante, y espero leer antes de fin de año) y sabe que lo que viene después es mejor. Legión no está mal, en absoluto, pero al lado de Nocturno, por ejemplo, pierde por bastante margen. ¿Qué es lo que más tira abajo a Legión? En la edición original, yo hubiese respondido “los diálogos”, que no sonaban muy reales y desentonaban bastante con el clima general de la obra. En esta nueva edición, me da la sensación de que Salva retocó bastante los diálogos, porque ahora me gustaron, me resultaron muy acordes para lo que nos narra la historia.
¿Y ahora? ¿Qué es lo que menos me convence? La extensión. La idea está buenísima, el desarrollo es atrapante, intenso, shockeante... Pero la historia dura apenas 44 páginas y termina de un modo bastante abrupto, justo en un momento interesantísimo de la trama. Esta era una idea que necesitaba... mínimo 20 páginas más, para que Sanz pudiera elaborar algo así como un “tercer acto”, que es lo que parece faltarle a la obra. No pretendo un final limpito, donde todo se explique minuciosamente, ganen los buenos y el pibe se transe a la minita. Pero el guión pide a gritos más desarrollo del conflicto (aunque los buenos no tengan chance de ganar) o una indagación más a fondo en esta nueva realidad que cambió totalmente tras el triunfo de la Legión. Puestos a chorear, hasta se bancaría una secuela, una segunda parte con otras 44 páginas.
El dibujo, sin ser mejor que el de las obras más recientes de Salva, es excelente. Sobre todo si pensamos que era la primera vez que veíamos a este autor encarar un relato extenso sin serializar, y la primera vez que lo veíamos incursionar en el color. Todo lo que nos gusta del dibujo de Sanz, todo lo que lo convirtió en uno de los autores más populares y a la vez más prestigiosos del continente, ya se ve claramente en Legión: el realismo en personajes y decorados, la imaginación descontrolada en las criaturas fantásticas, la acción fuerte, sin concesiones, bien condimentada con sangre y gore, esos climas densos, ominosos, la atención por los detalles en vestimenta, peinados, objetos de la vida cotidiana... acá, por suerte, no falta nada.
La narrativa está cuidadísima, con algunos recursos bien cinematográficos y otros 100% comiqueros, unos ángulos raros, muy bien elegidos, hay unas persecuciones electrizantes (algo difícil de hacer en historieta)... incluso el jueguito de que algunas secuencias tengan color y otras no responde a una decisión narrativa.
Si sos fan de Salva y querés tener todas sus obras, esta sin dudas es la más rara, porque es la que no salió ni en la Catzole ni en la Fierro. Cortita y todo, Legión es una muy buena primera incursión de este monstruo en el mundo de la novela gráfica. Me parece justo bancarla por eso, y porque es el paso previo y necesario para los magníficos trabajos que brotaron en los últimos años de la pluma de este ejemplo de aplomo, de dedicación, de imaginación y de talento llamado Salvador Sanz.
domingo, 25 de mayo de 2014
25/ 05: WONDER WOMAN: THE BLUE AMAZON
Entre las tantas pelotudeces que le vimos hacer a Dan DiDio en los años que lleva al frente de DC (creo que ya son más de 10, la década perdida), una de las más obtusas fue haberle puesto fin a la línea Elseworlds. Por supuesto, bajo ese rótulo aparecieron muchas historietas francamente excecrables, pero también fue un ámbito propicio y generoso para el surgimiento de papa fina, o de comics quizás imperfectos, pero que tenían el atractivo de ver a autores muy grossos hacer lo que se les diera la gana con los personajes de DC. Así, de arranque, me vienen a la mente Alan Davis, Howard Chaykin, Michael Lark, Mark Millar, Paul Pope, Dan Brereton, Paul Gulacy, García López, Mike Mignola... muchos nombres de los que no se ven habitualmente en las series regulares de DC y que sí mojaban cada tanto en los Elseworlds.
Entre los Elseworlds más raros está la trilogía que termina en The Blue Amazon. Acá, los guionistas Randy y Jean-Marc Lofficier (a los que conocimos en los ´80 como “el matrimonio que traducía al inglés las historietas de Moebius para que las publicara Epic”) deforman los argumentos de varias películas clásicas del cine expresionista alemán para mezclarlos con una versión también muy distorsionada del DCU. El primer librito fue Superman: Metropolis, el segundo Batman: Nosferatu, y este (de 2003) no se mete con una sóla película, sino con dos: The Blue Angel y Dr. Mabuse, the Gambler. En algún momento se habló de un cuarto libro, en el que aparecerían versiones de los cuatro miembros clásicos de la JLA a los que hasta ahora no mencionamos, pero eso nunca se concretó. Y hubiese sido bastante raro, sobre todo porque The Blue Amazon funciona muy bien como un final de trilogía.
El mérito principal del guión es ese: nos presenta de cero a tres personajes (Diana, Cheetah y el Dr. Psykho), arma una trama en la que los tres tienen espacio para destacarse, y además logra insertar esa trama en el contexto mayor, con roles destacados para el Nosferatu y el Super-Man a los que nos habían presentado en los tomitos anteriores. Para que todo funcione, para que la mitología de las amazonas pueda amalgamarse con esta trama mayor que tiene como eje a la ciudad de Metropolis, los guionistas necesitan clavar en la mitad del tomo un extenso flashback, que se morfa 10 de las 64 páginas que tiene la obra. Por suerte, nunca se hace denso ni obvio, sino que está lleno de revelaciones interesantes y condimentado con una dosis justa de machaca.
La trama del “presente” tampoco se empantana nunca. No tiene demasiados diálogos (sí unos cuantos bloques de texto muy atractivos, con bastante vuelo) y está llevada con un ritmo ágil, mucho más orientado a la acción que cualquier película clásica alemana, y condimentada con crueldades, atrocidades y actos de violencia (física y emocional) realmente escabrosos. Vos sabés que, con Superman y Wonder Woman en el paquete, es casi imposible que ganen los malos, pero igual la runfla se hace tan espesa (y la mano negra de Lutor se siente tanto, incluso dos tomos después de su muerte) que más de una vez el pronóstico se hace bastante desalentador.
Lo que se ve espléndido de punta a punta es el dibujo del maestro Ted McKeever, muy bien interpretado y potenciado por el colorista Chris Chuckry. No es fácil colorear a McKeever, y menos cuando la consigna de “homenajear al cine expresionista alemán” te obliga a acotar la paleta. El clima de la obra, la gran cantidad de freaks y deformes varios que aparecen, la buena dosis de acción y violencia, le brindan a McKeever muchas oportunidades de lucimiento, que el ídolo no desaprovecha jamás. Su única limitación es que, si uno le cree a los bloques de texto, Diana es una mina de una belleza inigualable, que te deja helado con sólo mirarle los ojos. Y McKeever es un genio, pero no le pidas que dibuje minas hermosas, porque le cuesta un huevo. Es más fácil encontrar hinchas de Tristán Suárez en Bulgaria que minas hermosas dibujadas por McKeever. En general, su fuerte es lo otro, esa onda retorcida, de personajes contrahechos, grotescos, que heredó del Viejo Breccia. Ni siquiera cuando realmente se esfuerza, le sale un rostro de Diana que vos digas “ah, sí, esta es la mina perfecta que me describen los bloques de texto”. Pero bueno, es McKeever y lo banco a muerte.
Si nunca leíste Metropolis y Nosferatu, no se te ocurra empezar por acá. La trilogía debe ser leída en orden, porque si no, se entiende la mitad. De hecho, este es el tomito más difícil de encontrar, así que las chances de que empieces por el final son muy pocas. No estaría mal un recopilatorio de los tres prestiges en un sólo libro, así te sumergís de un saque en esta extraña versión del DCU (denominada por los especialistas Tierra-1927) creada entre películas mudas de los años ´20 y comics de todos los tiempos por los esposos Lofficier y el incomparable Ted McKeever.
Entre los Elseworlds más raros está la trilogía que termina en The Blue Amazon. Acá, los guionistas Randy y Jean-Marc Lofficier (a los que conocimos en los ´80 como “el matrimonio que traducía al inglés las historietas de Moebius para que las publicara Epic”) deforman los argumentos de varias películas clásicas del cine expresionista alemán para mezclarlos con una versión también muy distorsionada del DCU. El primer librito fue Superman: Metropolis, el segundo Batman: Nosferatu, y este (de 2003) no se mete con una sóla película, sino con dos: The Blue Angel y Dr. Mabuse, the Gambler. En algún momento se habló de un cuarto libro, en el que aparecerían versiones de los cuatro miembros clásicos de la JLA a los que hasta ahora no mencionamos, pero eso nunca se concretó. Y hubiese sido bastante raro, sobre todo porque The Blue Amazon funciona muy bien como un final de trilogía.
El mérito principal del guión es ese: nos presenta de cero a tres personajes (Diana, Cheetah y el Dr. Psykho), arma una trama en la que los tres tienen espacio para destacarse, y además logra insertar esa trama en el contexto mayor, con roles destacados para el Nosferatu y el Super-Man a los que nos habían presentado en los tomitos anteriores. Para que todo funcione, para que la mitología de las amazonas pueda amalgamarse con esta trama mayor que tiene como eje a la ciudad de Metropolis, los guionistas necesitan clavar en la mitad del tomo un extenso flashback, que se morfa 10 de las 64 páginas que tiene la obra. Por suerte, nunca se hace denso ni obvio, sino que está lleno de revelaciones interesantes y condimentado con una dosis justa de machaca.
La trama del “presente” tampoco se empantana nunca. No tiene demasiados diálogos (sí unos cuantos bloques de texto muy atractivos, con bastante vuelo) y está llevada con un ritmo ágil, mucho más orientado a la acción que cualquier película clásica alemana, y condimentada con crueldades, atrocidades y actos de violencia (física y emocional) realmente escabrosos. Vos sabés que, con Superman y Wonder Woman en el paquete, es casi imposible que ganen los malos, pero igual la runfla se hace tan espesa (y la mano negra de Lutor se siente tanto, incluso dos tomos después de su muerte) que más de una vez el pronóstico se hace bastante desalentador.
Lo que se ve espléndido de punta a punta es el dibujo del maestro Ted McKeever, muy bien interpretado y potenciado por el colorista Chris Chuckry. No es fácil colorear a McKeever, y menos cuando la consigna de “homenajear al cine expresionista alemán” te obliga a acotar la paleta. El clima de la obra, la gran cantidad de freaks y deformes varios que aparecen, la buena dosis de acción y violencia, le brindan a McKeever muchas oportunidades de lucimiento, que el ídolo no desaprovecha jamás. Su única limitación es que, si uno le cree a los bloques de texto, Diana es una mina de una belleza inigualable, que te deja helado con sólo mirarle los ojos. Y McKeever es un genio, pero no le pidas que dibuje minas hermosas, porque le cuesta un huevo. Es más fácil encontrar hinchas de Tristán Suárez en Bulgaria que minas hermosas dibujadas por McKeever. En general, su fuerte es lo otro, esa onda retorcida, de personajes contrahechos, grotescos, que heredó del Viejo Breccia. Ni siquiera cuando realmente se esfuerza, le sale un rostro de Diana que vos digas “ah, sí, esta es la mina perfecta que me describen los bloques de texto”. Pero bueno, es McKeever y lo banco a muerte.
Si nunca leíste Metropolis y Nosferatu, no se te ocurra empezar por acá. La trilogía debe ser leída en orden, porque si no, se entiende la mitad. De hecho, este es el tomito más difícil de encontrar, así que las chances de que empieces por el final son muy pocas. No estaría mal un recopilatorio de los tres prestiges en un sólo libro, así te sumergís de un saque en esta extraña versión del DCU (denominada por los especialistas Tierra-1927) creada entre películas mudas de los años ´20 y comics de todos los tiempos por los esposos Lofficier y el incomparable Ted McKeever.
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sábado, 24 de mayo de 2014
24/ 05: INSPECTEUR MORONI Vol.3
Ultimo tomo de esta serie en la que el maestro canadiense Guy Delisle se encargó de mostrarnos el lado absurdo y los rincones más miserables del típico policial “de procedimiento”.
Después de la no-aventura de la vez pasada, Delisle vuelve a apostar a un relato intenso, vertiginoso, con tiros, persecuciones y muchísimas escenas en exteriores. Y le sale el mejor de los tres guiones que escribió para el Inspecteur Moroni. El único problema que tiene es que algunas páginas están muy sobrecargadas de diálogo. Está compensado con muchas y muy buenas secuencias mudas, pero visualmente, me pasó que llegué a algunas páginas, vi la cantidad de texto que había y sólo atiné a cerrar el libro para retomar la lectura un rato más tarde.
Delisle se encuentra con mucho para explicar, porque mete a un personaje que prácticamente convierte a Moroni en secundario, y necesita contranos quién es y por qué hace lo que hace. El personaje de Eugéne Puthoff es complejo, con varias aristas atractivas, y Delisle se propone explorarlo a fondo. Para eso lo tiene que dejar hablar mucho, de su pasado, de su guerra secreta contra una corporación maligna y de una conspiración a gran escala que –en una de esas- incluye a los mismísimos alienígenas. ¿Víctima o victimario? ¿Trastornado o visionario? El canadiense nos da los elementos para que nosotros mismos juzguemos a Eugéne. Y si Moroni se convierte en secundario, Vanceslas, la madre del inspector y sus jefes y compañeros de la policía aparecen muy, muy poquito, en roles muy pequeños, pero casi siempre logran aportar buenos toques de humor/ patetismo a la trama central.
Decía que este es el mejor de los guiones de esta serie, y seguro se debe a que es el que logra el equilibrio más fino entre una aventura frenética, un buen desarrollo de personajes y, por supuesto, el humor. En ese sentido lo emparento bastante con Snarked!, la joyita de Roger Langridge que me tocó comentar ayer. La sátira a la cana y sus procedimientos sigue ahí, en un primer plano, pero además Delisle se anima a hablar –siempre desde la joda, nunca desde el púlpito- de otros temas importantes, que tienen que ver con la tensión constante entre la preservación del medio ambiente y la rosca empresarial a gran escala. La verdad, un lujo.
A diferencia de los dos primeros álbumes, que salieron con pocos meses de distancia, Le Syndrome de Stockholm salió dos años después de su antecesor. Quizás por eso se nota un poquito más la evolución del dibujo de Guy Delisle, que transita hacia un trazo más suelto, más plástico, menos frío, menos calculado, más expresivo. Entre esa leve mutación del grafismo y el uso del color, esto se ve todavía más distinto de las obras autobiográficas del autor que los otros tomos del Inspecteur Moroni. Posta, hay que esforzarse para ver en este trabajo rasgos gráficos que emparenten a este Delisle con el que nos contó sus viajes por Shenzhen, Birmania, Pyongyang o Jerusalén. Claramente el estilo que pela el autor en estos álbumes de Moroni es mucho más ganchero, más comercial, si se quiere, aunque sin renunciar a una fuerte impronta personal.
Repito lo que dije la vez pasada: creo que esta serie nunca se tradujo al castellano y me parece bastante injusto, no sólo porque me imagino que Delisle ya tiene una cantidad importante de fans incondicionales, que le comprarían de una estos álbumes e incluso otros mil veces peores, sino porque se trata de historietas de excelente calidad, accesibles no a los chicos pero sí a los adolescentes, muy bien escritas y brillantemente dibujadas. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Guy Delisle, que ya amenazaba con convertirse en otro autor fetiche de este blog.
Después de la no-aventura de la vez pasada, Delisle vuelve a apostar a un relato intenso, vertiginoso, con tiros, persecuciones y muchísimas escenas en exteriores. Y le sale el mejor de los tres guiones que escribió para el Inspecteur Moroni. El único problema que tiene es que algunas páginas están muy sobrecargadas de diálogo. Está compensado con muchas y muy buenas secuencias mudas, pero visualmente, me pasó que llegué a algunas páginas, vi la cantidad de texto que había y sólo atiné a cerrar el libro para retomar la lectura un rato más tarde.
Delisle se encuentra con mucho para explicar, porque mete a un personaje que prácticamente convierte a Moroni en secundario, y necesita contranos quién es y por qué hace lo que hace. El personaje de Eugéne Puthoff es complejo, con varias aristas atractivas, y Delisle se propone explorarlo a fondo. Para eso lo tiene que dejar hablar mucho, de su pasado, de su guerra secreta contra una corporación maligna y de una conspiración a gran escala que –en una de esas- incluye a los mismísimos alienígenas. ¿Víctima o victimario? ¿Trastornado o visionario? El canadiense nos da los elementos para que nosotros mismos juzguemos a Eugéne. Y si Moroni se convierte en secundario, Vanceslas, la madre del inspector y sus jefes y compañeros de la policía aparecen muy, muy poquito, en roles muy pequeños, pero casi siempre logran aportar buenos toques de humor/ patetismo a la trama central.
Decía que este es el mejor de los guiones de esta serie, y seguro se debe a que es el que logra el equilibrio más fino entre una aventura frenética, un buen desarrollo de personajes y, por supuesto, el humor. En ese sentido lo emparento bastante con Snarked!, la joyita de Roger Langridge que me tocó comentar ayer. La sátira a la cana y sus procedimientos sigue ahí, en un primer plano, pero además Delisle se anima a hablar –siempre desde la joda, nunca desde el púlpito- de otros temas importantes, que tienen que ver con la tensión constante entre la preservación del medio ambiente y la rosca empresarial a gran escala. La verdad, un lujo.
A diferencia de los dos primeros álbumes, que salieron con pocos meses de distancia, Le Syndrome de Stockholm salió dos años después de su antecesor. Quizás por eso se nota un poquito más la evolución del dibujo de Guy Delisle, que transita hacia un trazo más suelto, más plástico, menos frío, menos calculado, más expresivo. Entre esa leve mutación del grafismo y el uso del color, esto se ve todavía más distinto de las obras autobiográficas del autor que los otros tomos del Inspecteur Moroni. Posta, hay que esforzarse para ver en este trabajo rasgos gráficos que emparenten a este Delisle con el que nos contó sus viajes por Shenzhen, Birmania, Pyongyang o Jerusalén. Claramente el estilo que pela el autor en estos álbumes de Moroni es mucho más ganchero, más comercial, si se quiere, aunque sin renunciar a una fuerte impronta personal.
Repito lo que dije la vez pasada: creo que esta serie nunca se tradujo al castellano y me parece bastante injusto, no sólo porque me imagino que Delisle ya tiene una cantidad importante de fans incondicionales, que le comprarían de una estos álbumes e incluso otros mil veces peores, sino porque se trata de historietas de excelente calidad, accesibles no a los chicos pero sí a los adolescentes, muy bien escritas y brillantemente dibujadas. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Guy Delisle, que ya amenazaba con convertirse en otro autor fetiche de este blog.
viernes, 23 de mayo de 2014
23/ 05: SNARKED! Vol.1
Ayer los teníamos a Trillo y Breccia metiéndole mano a los cuentos de hadas clásicos, los que llegaron a nosotros a través de los libros de los Hermanos Grimm, o de las películas de Disney, y hoy tenemos algo más o menos en ese estilo. En Snarked!, el genio neozelandés Roger Langridge se apodera de dos personajes de Lewis Carroll, que aparecen en uno de los libros de Alicia, y en la película de Disney basada en Alice in Wonderland y su secuela, Through the Looking Glass. Se trata de la morsa y el carpintero, ahora convertidos por Langridge en el carismático e inescrupuloso Wilburforce J. Walrus y su inepto adláter, el carpintero Clyde McDunk.
El entorno que elige Langridge para las aventuras, sin embargo, no se aferra tanto al de los relatos de Carroll. En todo caso, mezcla ciertos elementos de surrealismo o de absurdo con un contexto más afín al de los cuentos de hadas más clásicos, aunque todavía no aparecieron las hadas. Sí tenemos, en este primer tomo, un rey en peligro, una princesa que debe rescatarlo y una conjura puertas adentro del palacio, liderada por avechuchescos personajes que quieren sacar provecho de la ausencia del monarca. En el medio hay unas criaturas extrañas, los snark, cuya sola mención aterroriza a los moradores de este reino. Seguramente pronto habrá un flashback que nos explique qué onda con estos pseudo-dragones que tanto pánico causan.
Si bien esto está repleto de chistes de todo tipo, el ritmo es claramente aventurero. Hay una epopeya en ciernes y Langridge apuesta a envolvernos en esta trama y a que alucinemos viendo cómo un personaje cínico y amoral (Walrus) termina por asumir un rol heroico y a jugarse el pellejo en una gesta peligrosa, pero no por eso poco disparatada. El equilibrio está logradísimo: aventuras, humor y desarrollo de personajes se amalgaman en las dosis justas. Y lo más interesante: al igual que los comics de los Muppets, esto es bien para todo público. Lo pueden leer los chicos, entender todo y cebarse a full, y lo pueden leer los grandes sin sentir que te están contando un cuentito para nenes de segundo grado o para subnormales incapaces de seguir tramas más complejas. Lo único que se me ocurre para criticarle al guión es que, si comprás sólo este primer tomo, te deja totalmente en pelotas. Snarked! es una saga narrada en tres libros y me da la sensación de que si no leés los tres, no se entiende nada. Lo cual, por otro lado, habla de la complejidad y la ambición de la historia que propone Langridge.
El dibujo del ídolo está al mismo nivel que vimos en los comics de los Muppets. Está claro que, cuando trabaja con un colorista (en este caso Rachelle Rosenberg), Langridge no pone toda la carne al asador, sino que trata de dejar un margen para que se luzca también su partenaire. Muchos de los efectos que el neozelandés suele resolver con texturas y tramas surgidas de su pincel mágico, acá están resueltos con la paleta digital de Rosenberg. De todos modos, hay páginas pletóricas de detalles microscópicos, en las que Langridge se zarpa tanto en la composición de las escenas como en el acabado del dibujo, y seguramente Rosenberg sufrió para colorear cada cosita mínima como sufre Tom Luth cada vez que tiene que colorear un comic de Groo. El diseño de los personajes es dinámico, amistoso, con una nena que parece exiliada de Peanuts y una mezcla rara entre personajes humanos y animales antropomórficos, algunos con ciertos rasgos similares a los que vimos en los comics de los Muppets. Como siempre, tenemos los excelentes fondos y las hermosas onomatopeyas que nunca faltan en los comics de esta bestia.
Tengo para leer pronto el Vol.2 y es probable que me lo liquide antes de fin de mes, porque este primer tomo de Snarked! me dejó muy cebado. Una vez más, garpó apostar por una obra de este verdadero genio del Noveno Arte nacido en Nueva Zelanda, radicado en Inglaterra y llamado Roger Langridge. Gracias BOOM! por editar esta papita tan fina.
El entorno que elige Langridge para las aventuras, sin embargo, no se aferra tanto al de los relatos de Carroll. En todo caso, mezcla ciertos elementos de surrealismo o de absurdo con un contexto más afín al de los cuentos de hadas más clásicos, aunque todavía no aparecieron las hadas. Sí tenemos, en este primer tomo, un rey en peligro, una princesa que debe rescatarlo y una conjura puertas adentro del palacio, liderada por avechuchescos personajes que quieren sacar provecho de la ausencia del monarca. En el medio hay unas criaturas extrañas, los snark, cuya sola mención aterroriza a los moradores de este reino. Seguramente pronto habrá un flashback que nos explique qué onda con estos pseudo-dragones que tanto pánico causan.
Si bien esto está repleto de chistes de todo tipo, el ritmo es claramente aventurero. Hay una epopeya en ciernes y Langridge apuesta a envolvernos en esta trama y a que alucinemos viendo cómo un personaje cínico y amoral (Walrus) termina por asumir un rol heroico y a jugarse el pellejo en una gesta peligrosa, pero no por eso poco disparatada. El equilibrio está logradísimo: aventuras, humor y desarrollo de personajes se amalgaman en las dosis justas. Y lo más interesante: al igual que los comics de los Muppets, esto es bien para todo público. Lo pueden leer los chicos, entender todo y cebarse a full, y lo pueden leer los grandes sin sentir que te están contando un cuentito para nenes de segundo grado o para subnormales incapaces de seguir tramas más complejas. Lo único que se me ocurre para criticarle al guión es que, si comprás sólo este primer tomo, te deja totalmente en pelotas. Snarked! es una saga narrada en tres libros y me da la sensación de que si no leés los tres, no se entiende nada. Lo cual, por otro lado, habla de la complejidad y la ambición de la historia que propone Langridge.
El dibujo del ídolo está al mismo nivel que vimos en los comics de los Muppets. Está claro que, cuando trabaja con un colorista (en este caso Rachelle Rosenberg), Langridge no pone toda la carne al asador, sino que trata de dejar un margen para que se luzca también su partenaire. Muchos de los efectos que el neozelandés suele resolver con texturas y tramas surgidas de su pincel mágico, acá están resueltos con la paleta digital de Rosenberg. De todos modos, hay páginas pletóricas de detalles microscópicos, en las que Langridge se zarpa tanto en la composición de las escenas como en el acabado del dibujo, y seguramente Rosenberg sufrió para colorear cada cosita mínima como sufre Tom Luth cada vez que tiene que colorear un comic de Groo. El diseño de los personajes es dinámico, amistoso, con una nena que parece exiliada de Peanuts y una mezcla rara entre personajes humanos y animales antropomórficos, algunos con ciertos rasgos similares a los que vimos en los comics de los Muppets. Como siempre, tenemos los excelentes fondos y las hermosas onomatopeyas que nunca faltan en los comics de esta bestia.
Tengo para leer pronto el Vol.2 y es probable que me lo liquide antes de fin de mes, porque este primer tomo de Snarked! me dejó muy cebado. Una vez más, garpó apostar por una obra de este verdadero genio del Noveno Arte nacido en Nueva Zelanda, radicado en Inglaterra y llamado Roger Langridge. Gracias BOOM! por editar esta papita tan fina.
jueves, 22 de mayo de 2014
22/ 05: HABIA OTRA VEZ...
Por fin se recopilaron en nuestro país estas cinco historietas breves, realizadas entre 1979 y 1980 por Alberto Breccia y Carlos Trillo. Hasta hace poco, este material estaba inédito en nuestro país, o perdido dentro de antologías inconseguibles, de hace más de 30 años.
Acá hay dos historietas rarísimas, realmente alienígenas. La de Caperucita Roja, escrita por el propio Breccia, ambienta el clásico cuento en un suburbio de Buenos Aires y cambia tanto a los personajes que Caperucita termina como vedette en un teatro de revistas con olor a prostíbulo. Acá casi no se ve el trazo del Viejo Breccia, en ninguno de sus estilos. Toda la faceta gráfica está lograda con papeles recortados, con muy pocas líneas y manchas puestas por el autor sobre los mismos. Es un trabajo rarísimo, por momentos muy crudo (como los primeros capítulos de South Park) y por momentos genial. La forma en que el Viejo repiensa el tema de la espacialidad en la viñeta, la forma en que imagina estas composiciones y las plasma con formas que no brotan de su pincel sino de papeles recortados, es realmente impactante. Por supuesto, funciona bien porque se trata de un experimento de seis páginas. Quizás esto mismo en una historieta extensa, de 64 u 80 páginas, se hacía intragable.
La otra historieta muy rara es la última, de apenas tres páginas. Aquí sí escribe Trillo y lo que se supone que debería ser una reversión satírica de La Bella Durmiente rápidamente se convierte en un chiste no muy gracioso que involucra a Karen Quinlan (una chica que pasó años conectada a máquinas que la mantuvieron artificialmente viva) y a Walt Disney, de quien se decía que había sido criogenado tras su muerte en 1966. Los propios autores (brillantemente caricaturizados por Breccia) asumen el rol protagónico para estas 12 viñetas que –leídas lejos del contexto en el que fueron concebidas- resultan extrañísimas.
Las otras tres, son verdaderas gemas: Hansel y Gretel juega al límite del terror; Blancanieves tiene un príncipe que parece un cantor de tangos y enanitos con rasgos de personajes (y personalidades) del mundo del comic; y La Cenicienta está transplantada al presente, con un astro del rock (mezcla de Elvis y Sandro) en el rol del príncipe.
Estas tres versiones destilan una genial mala leche por parte de Trillo, que acentúa las aristas más jodidas de estos relatos e incluso rescata elementos bastante escabrosos que alguna vez fueron parte de estos cuentos y que más tarde, cuando estos fueron edulcorados para ser consumidos por los niños, terminaron por ser eliminados. Por supuesto, al estar ambientada en el presente, la que más línea baja y la que se mofa de clichés más reconocibles es La Cenicienta. Creo que es la que más me gustó de todo el libro.
De todos modos, esto hay que comprarlo por el dibujo. Lo que hace Breccia en estas páginas es descomunal, no tiene explicación. El Viejo despliega su estilo bien grotesco, bien esperpéntico, bien granguiñolesco, para lograr personajes tremendos, de desaforada expresividad. A esto se le suma un color directo, aplicado con maestría, y –lo más notable- las texturas. Breccia mete todo tipo de recortes: papeles de empapelar paredes, fotos, cachos de tela, de arpillera, de bordados, de tejidos, texturas logradas con piedras y huesos, con cepillos, con tintas disueltas en líquidos más densos que el agua... un delirio total. Nunca vi uno de estos originales, pero imagino que deben ser un nirvana, algo capaz de producirle un ACV a cualquier profe de Dibujo de la secundaria. Lo más loco es que muchas de estas texturas no están para rellenar los contornos de las figuras, sino que reemplazan a las figuras! Breccia no dibuja un sólo árbol, por ejemplo. Todos los árboles están hechos con recortes de cosas cuya textura nos remite a la de los árboles. La técnica del collage aparece varias veces en la ilustre trayectoria del Viejo, pero creo que nunca me había detonado las retinas tanto como esta vez.
Por suerte, el libro está muy bien impreso, en un papel en el que se lucen plenamente todas las genialidades gráficas de Breccia. Si nos ponemos muy en puristas (como mi amigo Dani Otamendi), podemos llegar a lamentar que el rotulado original, a cargo de Héctor Formento (el gran letrista que tuvo el Viejo en sus últimos... 25 años de carrera), haya sido reemplazado por un rotulado digital, que está bien, pero es un toquecito más frío. La posta es que este libro es un lujo, imprescindible para los fans tanto de Breccia como de Trillo. Y el que no es fan de ninguno de los dos no existe, así que es imprescindible para el mundo entero.
Acá hay dos historietas rarísimas, realmente alienígenas. La de Caperucita Roja, escrita por el propio Breccia, ambienta el clásico cuento en un suburbio de Buenos Aires y cambia tanto a los personajes que Caperucita termina como vedette en un teatro de revistas con olor a prostíbulo. Acá casi no se ve el trazo del Viejo Breccia, en ninguno de sus estilos. Toda la faceta gráfica está lograda con papeles recortados, con muy pocas líneas y manchas puestas por el autor sobre los mismos. Es un trabajo rarísimo, por momentos muy crudo (como los primeros capítulos de South Park) y por momentos genial. La forma en que el Viejo repiensa el tema de la espacialidad en la viñeta, la forma en que imagina estas composiciones y las plasma con formas que no brotan de su pincel sino de papeles recortados, es realmente impactante. Por supuesto, funciona bien porque se trata de un experimento de seis páginas. Quizás esto mismo en una historieta extensa, de 64 u 80 páginas, se hacía intragable.
La otra historieta muy rara es la última, de apenas tres páginas. Aquí sí escribe Trillo y lo que se supone que debería ser una reversión satírica de La Bella Durmiente rápidamente se convierte en un chiste no muy gracioso que involucra a Karen Quinlan (una chica que pasó años conectada a máquinas que la mantuvieron artificialmente viva) y a Walt Disney, de quien se decía que había sido criogenado tras su muerte en 1966. Los propios autores (brillantemente caricaturizados por Breccia) asumen el rol protagónico para estas 12 viñetas que –leídas lejos del contexto en el que fueron concebidas- resultan extrañísimas.
Las otras tres, son verdaderas gemas: Hansel y Gretel juega al límite del terror; Blancanieves tiene un príncipe que parece un cantor de tangos y enanitos con rasgos de personajes (y personalidades) del mundo del comic; y La Cenicienta está transplantada al presente, con un astro del rock (mezcla de Elvis y Sandro) en el rol del príncipe.
Estas tres versiones destilan una genial mala leche por parte de Trillo, que acentúa las aristas más jodidas de estos relatos e incluso rescata elementos bastante escabrosos que alguna vez fueron parte de estos cuentos y que más tarde, cuando estos fueron edulcorados para ser consumidos por los niños, terminaron por ser eliminados. Por supuesto, al estar ambientada en el presente, la que más línea baja y la que se mofa de clichés más reconocibles es La Cenicienta. Creo que es la que más me gustó de todo el libro.
De todos modos, esto hay que comprarlo por el dibujo. Lo que hace Breccia en estas páginas es descomunal, no tiene explicación. El Viejo despliega su estilo bien grotesco, bien esperpéntico, bien granguiñolesco, para lograr personajes tremendos, de desaforada expresividad. A esto se le suma un color directo, aplicado con maestría, y –lo más notable- las texturas. Breccia mete todo tipo de recortes: papeles de empapelar paredes, fotos, cachos de tela, de arpillera, de bordados, de tejidos, texturas logradas con piedras y huesos, con cepillos, con tintas disueltas en líquidos más densos que el agua... un delirio total. Nunca vi uno de estos originales, pero imagino que deben ser un nirvana, algo capaz de producirle un ACV a cualquier profe de Dibujo de la secundaria. Lo más loco es que muchas de estas texturas no están para rellenar los contornos de las figuras, sino que reemplazan a las figuras! Breccia no dibuja un sólo árbol, por ejemplo. Todos los árboles están hechos con recortes de cosas cuya textura nos remite a la de los árboles. La técnica del collage aparece varias veces en la ilustre trayectoria del Viejo, pero creo que nunca me había detonado las retinas tanto como esta vez.
Por suerte, el libro está muy bien impreso, en un papel en el que se lucen plenamente todas las genialidades gráficas de Breccia. Si nos ponemos muy en puristas (como mi amigo Dani Otamendi), podemos llegar a lamentar que el rotulado original, a cargo de Héctor Formento (el gran letrista que tuvo el Viejo en sus últimos... 25 años de carrera), haya sido reemplazado por un rotulado digital, que está bien, pero es un toquecito más frío. La posta es que este libro es un lujo, imprescindible para los fans tanto de Breccia como de Trillo. Y el que no es fan de ninguno de los dos no existe, así que es imprescindible para el mundo entero.
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