el blog de reseñas de Andrés Accorsi

martes, 8 de junio de 2010

08/ 06: TOMB OF DRACULA: DAY OF BLOOD! NIGHT OF REDEMPTION!


Tomb of Dracula es una serie que genera adicción. No importa si la descubriste a través de los 70 numeritos de los años ´70, o en los Essentials, o en la edición española, o en los majestuosos Omibus que salen actualmente. En algún punto, la vas a completar, vas a querer más y vas a descubrir (oscuras artes mediante) la secuela de 1991.
Day of Blood! Night of Redemption! es una serie de cuatro libritos prestige (nunca recopilados en TPB) que salió a través del sello Epic de Marvel. Para la secuela se reunieron dos de los tres artífices de la etapa clásica: Marv Wolfman y Gene Colan (nada menos) y nos quedamos con las ganas de Tom Palmer, quien fue reemplazado por otro monstruo, el virtuoso Al Williamson. El pase de Marvel a Epic fue un acierto en un punto central: sangre, gore y tetas! Tres cosas fundamentales en el género de terror para adultos que no se podían mostrar en un comic apto para todo público podían aparecer en un formato más finoli, lejos de la censura del Comics Code Authority. Por otro lado, le permitió a los autores una movida arriesgada: no hacerse cargo de un montón de apariciones de Drácula en el Universo Marvel, todas posteriores a 1979, cuando la mítica Tumba cierra en su n°70.
Esta saga retoma al elenco clásico en tiempo real: pasaron 12 años desde que Quincy Harker murió para acabar con el Príncipe de las Tinieblas. En el medio murió también Rachel Van Helsing, también del equipo protagónico, pero de algún modo se va a hacer presente en esta historia. El rol central esta vez le corresponde a Frank Drake, un personaje casi segundón en la serie clásica, al que acá Wolfman trabaja a fondo y le otorga mucha chapa. Lo secundan su nueva esposa Marlene, y Blade, el semi-vampiro caza-vampiros que tanta fama logró gracias a sus aventuras hollywoodenses. Pero buena parte de la gracia de la Tumba reside en que el verdadero protagonista, el pulenta, el que moviliza a las masas, no es otro que el villano, el viejo y querido Vlad Tepes. O sea que, mucho más importante que saber con qué formación sale a la cancha el equipo de los buenos, es cómo carajo vuelve a la vida el otrora dictador de Valaquia.
Y la verdad es que el truco de Wolfman para resucitarlo está muy bien orquestado. La trama en general está un poco estirada, por ahí le sobran 50 páginas. Pero como la interacción entre los buenos está muy lograda y las maldades que hace Drácula son mil veces más escabrosas que las de los ´70 (por esto de que ahora hay sexo y sangre mucho más explícitos), la lectura se hace sumamente llevadera y los momentos de alto impacto pegan justo donde tienen que pegar. Es obvio que Wolfman ama a esos personajes, que los maneja de taquito y que la secuela estaba meloneada hacía años, con cero margen para la improvisación.
Lo de Gene Colan es, como siempre, monumental. No lo ayuda para nada el colorista (el habitualmente digno Lovern Kindzierski) y en el primer episodio las tintas de Williamson no se complementan bien con los lápices del prócer. Pero a partir del segundo librito, los dos grossos sintonizan la misma onda y Colan sale a desparramar violencia, morbo, sensualidad, vértigo, sutileza, grotesco, todo sin piedad y sin guardarse nada. Acá lo vemos jugarse a ángulos muy exagerados, en los que todo se deforma y se vuelve más expresionista y escalofriante que de costumbre. Entre esos contrapicados extremos y unos primeros planos escabrosos, fluye una narración impecable, con un despliegue de viñetas de las más diversas formas y tamaños y unos splash-pages para enmarcar y colgar en el Louvre. Esto te pone los pelos de punta, de verdad.
No era fácil plantear en los hiper-hiteros ´90 una secuela a una serie de culto de los ´70 (el propio Wolfman hace que los personajes subrayen lo mucho que cambió el mundo entre 1979 y 1991), pero Tomb of Dracula merecía una vueltita más, aunque sea para los nostálgicos, o para separarla de un Universo Marvel que en 1991 tampoco se parecía en nada al que habían habitado Drácula y sus némesis en los ´70. Un par de años más tarde, Blade, Drake y algunos otros ex-tumberos volverán en los infaustos títulos de la línea Midnight Sons, pero en manos de otros autores, mientras que Wolfman y Colan afilarán nuevamente los colmillos recién en 1998, en una bizarra cuasi-secuela publicada por Dark Horse. Pero eso ya es otra historia…

lunes, 7 de junio de 2010

07/ 06: EL MUERTERO ZABALETTA


Si hoy existe la historieta argentina, si no desapareció sin dejar rastros durante la debacle que significó la segunda mitad de los ´90, fue gracias al aguante que hicieron desde el under tipos como Diego Agrimbau y Dante Ginevra. Entre muchos otros, por supuesto. Y como testimonio de una especie de justicia divina, de recompensa kármica del destino, hoy muchos de esos otrora imberbes muchachitos son los número uno, los protagonistas de un momento de la historieta argentina más que interesante, no sólo por lo que se ve en Fierro, o en los blogs, o incluso en los diarios, sino porque de nuevo hay una considerable proyección internacional de la producción local, esta vez menos sometida a los dictámenes comerciales de la industria.
En ese contexto se enrola El Muertero Zabaletta, una historieta absolutamente argenta, pero inédita en nuestro país. Agrimbau y Ginevra trabajaron durante años en esta creación, que primero fue historia corta, después un proyecto de serial episódico y finalmente una novela gráfica de 46 páginas, dividida en capítulos que cierran apenas un cachito de la trama mayor. Una trama compleja y muy bien pensada, que tiene que ver con el enfrentamiento final entre una logia de matemáticos que busca imponerle a la sociedad una lógica basada en el cálculo trigonométrico y los líderes religiosos, que quieren preservar el status quo, la sociedad basada en la fe y los misterios. En el medio van y vienen el Inspector Zabaletta (encargado de ejecutar a la gente declarada indeseable por el estado) y su asistente Reno, personajes tributarios de los antihéroes de la novela negra, construídos con matices, gestos, formas de hablar y de moverse sumamente originales y creíbles.
El marco elegido es una Buenos Aires steampunk, hipertrofiada, gigantesca y antigua al mismo tiempo, en la que nunca se construyó el Obelisco, y donde en vez de rascacielos hay enormes edificios a la usanza de los de 1910, pero en esteroides. Se nota (y se agradece) una increíble atención a detalles de la Buenos Aires de principios del Siglo XX: bares, tranvías, esquinas, carteles… todo nos vincula a esta fantástica Ciudad del Plata con la Buenos Aires pre-tanguera del Centenario. De hecho, es todo TAN porteño que da el triple de bronca que los personajes hablen en español de España… Otro elemento 100% porteño es el de las tablas que vinculan a los sueños con los números, un clásico fetiche de quinieleros y timberos. Acá los números son importantísimos para la trama y uno enseguida se pregunta: ¿Cómo entienden en España que para nosotros el 14 es el borracho, el 17 la desgracia, y así?. Yo creía que esa relación sueños-números sólo existía en Argentina, pero Agrimbau me contó que no, que los timberos de España también vinculan sueños y números, aunque la correspondencia no coincide con la nuestra. Menos mal, porque si no, cualquier editor extranjero diría “Este tipo está en pedo”.
El trabajo de Ginevra es realmente apabullante. Las páginas de El Muertero Zabaletta constituyen un desafío bravísimo para cualquier dibujante, por cantidad de viñetas, por la complejidad en la ambientación, por la gran expresividad que hay que ponerle a los rostros para plasmar las emociones y sensaciones que viven los personajes y porque hay que afianzar desde el color todo ese clima de misterio, de corrupción y de melancolía que gobierna la trama. Dante hizo todo eso y lo hizo muy, pero muy bien. Los personajes, de rasgos simples y caricaturescos, se amalgaman sin inconvenientes con unos fondos laburadísimos. La narración fluye de modo ágil y dinámico incluso en las páginas de 10 ó 12 cuadros. Y además todo es personal, propio, a todo le sobra impronta autoral.
Si conociste a la dupla Agrimbau-Ginevra gracias a El Asco (su obra más conocida en Argentina, que pasó por el blog Historietas Reales, la rompió, y de ahí pasó a un libro que también vendió bárbaro), sabés que son dos bestias que se complementan a la perfección y que no dejan nada librado al azar. En esta obra, donde el cálculo matemático tiene mucho peso, todo está milimétricamente calculado para sorprender, impactar, emocionar y dejar pensando al lector. El Muertero Zabaletta es una aventura de estructura clásica, pero llena de ideas que nunca habíamos visto antes en otros comics. Escrita y dibujada como la San Puta, ya va siendo hora de que algún editor argentino se ponga las pilas y les ofrezca a los lectores de nuestro país la oportunidad de disfrutar de esta gran historieta de dos de los autores que mejor nos representan cada vez que los publican en Europa.

domingo, 6 de junio de 2010

06/ 06: THE JUNGLE


Otro de los títulos imprescindibles que nos dejó la editorial First cuando co-produjo esta colección de Classics Illustrated a principios de los ´90, fue esta maravilla del increíble Peter Kuper, luego reeditada por NBM en varios formatos.
The Jungle (1906) fue una novela revolucionaria en varios aspectos. Su autor fue Upton Sinclair, férreo militante socialista que una vez estuvo muy cerca de convertirse en gobernador de California. Con The Jungle, Sinclair se proponía denunciar la injusticia social y las atrocidades que padecían los trabajadores (especialmente los inmigrantes europeos) en los mataderos y demás fábricas relacionadas con la industria de la carne en la Chicago de principios del siglo pasado. El revuelo que causó el libro no sólo permitió el despegue de la carrera política del escritor (que falleció en 1968 con más de 100 obras publicadas), sino que forzó al gobierno de los EEUU a impulsar leyes estrictas acerca de la salubridad y el trato a los obreros de ambos sexos en toda la industria de la alimentación.
La novela tiene pasajes realmente crueles y hasta tétricos (nos cuenta, entre otras cosas, cómo un chico de 12 años se emborracha, se queda dormido en la calle y es comido vivo por las ratas), momentos terriblemente dramáticos y momentos en los que estalla la violencia más brava que es la del conflicto obrero vs. patrón. El protagonista es Jurgis Rudkus, un inmigrante lituano que llega a Chicago con su familia en busca de prosperidad, pero sólo encuentra injusticia, explotación, vejaciones y desgracias. El pobre tipo no pega una, todo está perfectamente alineado en su contra. Cada vez que parece que va a zafar, lo vuelven a cagar y de nuevo termina en cana, en la calle o en otro empleo denigrante y –a la larga- letal.
A la hora de convertir la novela en historieta, Peter Kuper tuvo que luchar contra el principal obstáculo, que es condensar todo ese texto en apenas 44 páginas que sean atractivas de leer. Y lo logró en buena medida. Hay un cierto exceso de escenas que no se terminan de conectar entre sí, algunas resueltas en muy pocas viñetas y con poco espacio para explorar sus consecuencias. Pero por lo menos no hay esa terrible avalancha de bloques de texto que padecimos en The Secret Agent. El texto está mucho más equilibrado y hay escenas excelentes en la que el dibujo se carga con todo el peso de la narración. La doble página en la que la cana se enfrenta a los huelguistas es memorable, una obra maestra al nivel de los mejores trabajos de Kuper, ya sea en historieta o en ilustración.
La verdad es que, hasta este entonces, Peter Kuper era más promesa que ídolo. Pero en The Jungle puso todo lo que hay que poner para pasar a la historia. En parte por el hecho de que Kuper también milita activamente en política y profesa una ideología muy a la izquierda de la media de los EEUU. Su vasta experiencia en el comic y la caricatura políticos le dio una gran base para romperla en The Jungle. Los climas depresivos, la soledad, la opresión, la bronca del pobre tipo humillado y cagado a palos por la sociedad, la opulencia de los ricos, la abnegación de los pobres, la desesperación de las mujeres obligadas a prostituirse para no pasar hambre, la truculencia de los mataderos, todo está perfectamente plasmado en el dibujo vigoroso, anguloso, hiper-expresivo, y en el color lleno de matices y esfumados, pero de altísimo impacto visual. Todo lo grosso que le vamos a ver a Kuper en los ´90 y en este siglo, está (y estalla) en este trabajo de 1991.
The Jungle es, por un lado, un trago amargo, sobre todo leído en países a los que el capitalismo salvaje le hizo serios daños en algún momento de su historia. Pero además de las intenciones de Sinclair por concientizar a la sociedad acerca de los pesares de la clase obrera (cosa que sigue resultando relevante hoy, más de 100 años después de publicada la novela), está la intención y la dedicación (casi diría la obsesión) de Peter Kuper por convertir a esta obra en una historieta importante, que trascienda las coyunturas y los discursos políticos para emocionarnos y sacudirnos en toda época y todo lugar. Con las limitaciones de espacio ya señaladas, Kuper logró hacer suya la desoladora historia de Jurgis Rudkus. No es fácil, pero los genios son así.

sábado, 5 de junio de 2010

05/ 06: LAS AVENTURAS DEL CAPITAN CHILE


Seguimos la recorrida por el comic de los países hermanos, iniciada hace unos días con el recopilatorio de Jorge Pérez Ruibal. Hoy me voy a Chile, un país absolutamente insular en materia de historietas. Con la obvia excepción de Condorito, el resto de las miles y miles de historietas que se produjeron en el país trasandino desde que la industria cobró fuerza en 1950, quedaron ahí, nunca se consumieron fuera de Chile. Tal vez sea por eso que la inmensa mayoría de los dibujantes chilenos desarrollaron estilos muy derivativos, casi clónicos, de los de los maestros norteamericanos y argentinos: no competían con ellos y no necesitaban ser originales para gustarle a un público chileno que consumía mayoritariamente la producción nacional. Hay excepciones, por supuesto (el primero que me viene a la mente es el grossísimo Christiano), pero el autor del Capitán Chile, Cristian Díaz (más conocido como TEC) se enrola en las generales de la ley.
Destacado especialista en la historia del comic chileno, TEC muestra en sus historietas una enorme versatilidad estilística, pero siempre en base a estilos que ya conocemos, y hasta con viñetas que ya vimos en otras historietas. Hay dibujos literalmente copiados de Akira, del Superman de John Byrne, de la Liga de la Justicia de Kevin Maguire o Adam Hughes… cientos de poses, composiciones y escorzos que, si leíste bastante comic de superhéroes, vas a poder identificar sin problemas.
Eso no está bueno, para nada, pero no alcanza para opacar la calidad del dibujo de TEC, que es muy buena, y que capta los tres registros de la obra, a saber: la aventura superheroica, la comedia costumbrista y el humor absurdo y con gags visuales al estilo MAD. Como tantos otros personajes, el Capitán Chile parte de las universalmente conocidas convenciones del comic de superhéroes y de ahí agarra para otro lado: el de la sátira costumbrista, con un fuerte elemento socio-político. TEC usa al superhéroe vernáculo para hablar de su Chile, de su Valparaíso y hasta de su vida personal. Esto hace que, por un lado, la gracia de la serie trascienda la mera parodia a los justicieros disfrazados, y que por el otro, la aventura sirva también para reflexionar sobre problemas de la sociedad chilena que no se arreglan repartiendo trompadas. Algunos de estos comentarios o apostillas de actualidad están demasiado ligados a coyunturas que uno -desde Argentina- desconoce bastante, pero que me consta que causan un gran impacto en los fans trasandinos que viven con el Capitán Chile una especie de romance, una sana complicidad, una feliz instancia de identificación.
Por suerte están todos esos elementos de sátira socio-política, porque si la historieta tuviera que leerse como un comic de superhéroes tradicional, no tendría jamás la repercusión que tiene. El Capitán Chile es más un recurso que un personaje: no sabemos nada de su origen, ni cómo obtuvo su poderes, ni de qué vive, ni por qué usa sus poderes para defender a su ciudad. Pero felizmente, ni eso, ni los orígenes de su sidekick, ni las motivaciones de los villanos (impresionante la aparición de Benedicto XVI fusionado con Mazinger para formar a Nazinger Z) constituyen el núcleo de la propuesta de TEC. Como sucedía con Cazador (que de superhéroe tradicional tenía sólo la máscara y los músculos), acá la cosa va para otro lado.
Surgido en un humilde fanzine a principios de este siglo, el Capitán Chile creció en popularidad hasta llegar a este libro (editado a todo culo con fondos concursables que otorga el gobierno a proyectos culturales) que recupera todo el material realizado por TEC hasta 2009, bajo una maravillosa portada de Ariel Olivetti. Merecido reconocimiento a la incansable labor de uno de los tipos que más hace por difundir a la historieta de su país, el libro del Capitán Chile se puede leer fuera de su contexto, pero más que nada como bizarreada, o como curiosidad, o para ver cómo TEC pudo reinterpretar en clave cómica las toneladas de comics de superhéroes que consumió en los últimos 20 años. Aguante Valparaíso, capital mundial de los quiltros y la chorrillana.

viernes, 4 de junio de 2010

04/ 06: NEXT WORLD


Estamos a principios de 1951. Osamu Tezuka ya tenía en su haber un par de éxitos y su fama comenzaba a expandirse por todo Japón. Pero la industria del manga tal como la conocemos hoy, no existía. No había revistas de manga, ni semanales, ni mensuales, ni nada. El manga se publicaba esporádicamente en libros, editados por empresas que editaban toda clase de libros. Empresas que, además, eran más bien humildes, o sea que les pedían a los autores que los mangas no tuvieran más de 100 páginas, para que los costos fueran bajos y se pudieran vender a bajo precio.
Tezuka, que habitualmente publicaba en la editorial Fuji Shobo, consiguió que le editaran Next World en dos tomos de 150 páginas. Pero claro, la obra original tenía unas 1000 páginas (!), o sea que los tomos de Next World que vieron la luz respectivamente en Enero y Febrero de 1951, son en realidad una síntesis, una versión resumida a la que le faltan extensos tramos respecto de cómo fue concebida por el autor.
Pero lo más importante: el mercado del manga todavía no estaba estudiado ni segmentado. Nadie había descubierto que ciertas temáticas o ciertas estéticas interesarían más a los varones, o a las chicas, o a los adultos, o a los militares, o a los oficinistas, o a los hinchas de Defensa y Justicia. Los mangas se editaban sin saber con precisión quiénes podrían llegar a consumirlos. Esto generaba bastante libertad entre esta primera camada de creadores, pero a la vez bastante confusión.
Next World es un ejemplo clarísimo de esto. El guión nos ubica en un planeta Tierra dominado por dos grandes potencias (obvias referencias a EEUU y la ex-Unión Soviética), enfrentadas en una guerra fría con espionaje, sabotajes y una escalada brutal en materia de armamentos de alto poder destructivo. En el medio de esta tensa calma, una raza alienígena llega para acabar con la Humanidad y destruir al planeta. Este planteo no sólo promete holocaustos nucleares, guerras y genocidios... sino que además cumple! El mensaje pacifista de Tezuka se expresa con claridad, al igual que su amargura y escepticismo acerca de la Guerra Fría que empezaba a recrudecer entre las super-potencias y Next World nos anticipaba -ya en 1951- que si ambos bandos no bajaban un cambio, la cosa iba a terminar muy, pero muy mal.
¿Qué es lo que genera confusión y contradicciones? Que toda esta trama de espionaje, rosca política y ciencia-ficción al borde del holocausto, toda esta tragedia sanguinaria de guerras y masacres... está dibujada en un estilo absolutamente infantil. Al igual que en Metrópolis (comentada en los albores de este blog), esto está lleno de personajes aniñados y bonitos que se comportan como en los dibujos animados de los años '30 y '40. Una vez más, el realismo y el dramatismo impuestos por el guión, brillan por su ausencia en el dibujo.
Este NO ES el Tezuka jodido de los '70 y '80. No esperes los climas sombríos de Oda a Kirihito, ni la violencia de Adolf, ni la mala leche de MW. Acá los personajes principales son tres chicos adolescentes, dos chicas (idénticas entre sí, para generar confusión y absurdos pasos de comedia) y un puñado de adultos, entre ellos un villano obvio y estereotipado, los líderes de las facciones políticas, un cana bueno y casacarrabias (que en la versión de 1000 páginas tenía mucho más protagonismo) y un par de científicos que alertan a la Humanidad acerca del inminente fin. Ninguno sale demasiado herido a pesar de que vuelan tiros y misiles por docenas. Por el contrario, la "violencia” también es la clásica de los dibujos animados yankis de la primera mitad del Siglo XX: tropezones, resbalones, la lapicera que escupe un chorro de tinta en la cara de alguien... esas cosas que hacen reir a los chicos de siete años... que por supuesto no entienden qué carajo es un holocausto nuclear.
Como en tantas obras del Manga no Kamisama, en Next World hay destacadas actuaciones de varios miembros del elenco estable, como Shunsaku Ban (acá de nuevo en el rol de cana cabrón que le vimos en Metrópolis), Lamp Acetylene (en el rol del villano), el heroico Ken'ichi, Duke Red, Notarlin y el Doctor Yamadano. Y no mucho más, realmente. Cuanto más leo al Tezuka de los ´50, más me gusta el de los ´70.

jueves, 3 de junio de 2010

03/ 06: THE SECRET AGENT


Otra rareza de otro autor de culto, cuasi desconocido para el público masivo. Los primeros trabajos de John K. Snyder III, allá por 1986, no eran para arrancarse los pelos ni mucho menos. Pero un grosso de verdad, Matt Wagner, le vio pasta de crack y lo sumó a su granja de talentos, esa que no se cansa de lanzar a nuevos astros del firmamento comiquero. Del encuentro entre Snyder y Wagner no sólo surgió una de las mejores sagas de Grendel (God and the Devil), sino que Snyder salió de esa experiencia totalmente transformado, radicalizado, afianzado en un estilo absolutamente único y personal. Convertido en un autor hecho y derecho. Tras su paso por el Suicide Squad, Snyder recaló en la editorial First, que en 1990 relanzó la mítica colección Classics Illustrated, historietas en formato prestige que adaptaban obras clásicas de la literatura universal. Allí, el autor impactó con un Dr. Jeckyll y Mr. Hyde absolutamente consagratorio y un año más tarde, reincidió con The Secret Agent, de Joseph Conrad.
The Secret Agent (1907) es la última novela de Conrad (más conocido por El Corazón de las Tinieblas), quien naciera en Polonia en 1857 y muriera en Inglaterra en 1925. Este es un texto de enorme cinismo, que desacredita y hasta ridiculiza a los movimientos revolucionarios de principios del siglo pasado, casi tanto como a los defensores de aquel status quo repleto de privilegios para unos pocos. Estamos ante un thriller político bastante sórdido, cruel y jodido, al que muchos señalan como precursor del género de espionaje que tanta popularidad cobró en la segunda mitad del Siglo XX.
Para adaptarlo al comic, Snyder tuvo que enfrentar dos problemas: primero, la dificultad de compactar en 44 páginas una novela espesa y voluminosa. Y segundo, el desafío de plasmar en imágenes, sin aburrir, sin repetir y sin soplar, una trama que avanza a un ritmo muy lento, a fuerza de extensas escenas basadas en los diálogos y casi sin acción. Este segundo problema está bastante bien resuelto: la adaptación no se hace aburrida, aunque sí, incluye infinitos masacotes de texto, mayoritariamente dedicados a reproducir diálogos entre los personajes. El resto de los bloques de texto corresponden al “narrador omnisciente” y también tienen su protagonismo, aunque sin eclipsar del todo al majestuoso trabajo gráfico de Snyder. Lo peor es que, si bien uno sueña con ver esas páginas peladas, sin esos choclos de texto, está claro que los que están, no podrían faltar. Con menos texto, no se entendería la trama. Habría que reversionar la novela en… no menos de 80 páginas para repartir ese mismo texto de otra manera, que pise menos al dibujo, pero había 44 nomás, y no se podía hacer mucho más de lo que hizo Snyder.
Además de hacer malabares con la narrativa para que toda la novela le entre en 44 páginas que resulten entretenidas de leer, John K. Snyder III sale a matar a la hora del dibujo. Acá vemos collages, acuarelas, lápices de colores, fibrones, páginas enteras dibujadas sobre papel de colores, efectos y texturas que hoy se logran con el Photoshop, pero mucho antes de que existiera el Photoshop… un despelote, una verdadera pesadilla para cualquier profesor de Expresión Plástica de colegio secundario. El despliegue de recursos visuales (íconos, gráficos, recortes) no se detiene ni siquiera en las páginas en las que Snyder recurre a la grilla de 16 viñetas para narrar momentos especialmente ajustados y claustrofóbicos, o para resaltar la pequeñez y la mediocridad de la gente y los entornos que aparecen en la novela.
Tanto este trabajo como su Dr. Jeckyll y Mr. Hyde nos muestran a un artista totalmente adelantado a su época, a tal punto que las imprentas de aquel entonces no lograban reproducir con fidelidad ciertos detalles, ciertos yeites que Snyder ponía en sus páginas. Los especialistas muuuy pasados de rosca dicen que la experiencia de ver los originales de Snyder es muy superior a la de leer los comics editados en los ´80 y principios de los´90. Y hay gente que les da bola: de hecho, Snyder se convirtió en un dibujante fetiche de los coleccionistas y la cotización de esos originales en el mercado no parece encontrar un techo. Por suerte varias de sus obras se siguen consiguiendo en ediciones bastante accesibles, como para poder disfrutar del arte de este monstruo sin subastar los órganos en E-Bay para comprar los originales.

miércoles, 2 de junio de 2010

02/ 06: ABSURDUS DELIRIUM


Vamos con otra rareza de los ´80. Absurdus Delirium es una serie de historietas sin ninguna conexión entre sí, realizada por Josep Tharrats, más conocido como Tha, y su hermano y guionista Joan Tharrats, que en los ´80 se hacía llamar Bigart. La serie empezó en la revista Cairo en 1982, un par de años después recaló en El Jueves (un medio mucho más afín a la propuesta de los hermanos Tharrats) y de ahí saltó a la fama mundial, cuando se empezó a publicar también en la revista francesa Fluide Glacial.
Como su nombre lo indica, Absurdus Delirium se trata de jugar con el absurdo y el delirio. Excepto por un par de historietas, todas son secuencias breves, de una o dos páginas, donde –en unas pocas viñetas- Tha y Bigart plantean una historia a partir de una ambientación realista y costumbrista y se permiten inyectarle una dosis de surrealidad para que esta despegue hacia un delirio, o hacia un remate cómico. Muchas veces el “chiste” está en lo que se nos muestra: un súbito cambio de enfoque por parte del dibujante revela de pronto un detalle de alguno de los personajes se nos ocultó hasta el final y que le da sentido y gracia a la historieta. O sea que además del esfuerzo por plantear y rematar una historia en pocas viñetas, está el esfuerzo de sorprender también mediante trucos narrativos.
La mejor historieta es, además, la más extensa: siete páginas en las que seguimos a José Alberto en un delirio místico que lo lleva a creerse Dios, y además en su relación con su esposa Esther y su amigo y psicólogo Andrés, que además tienen una historia entre ellos. Acá es donde se ve más clara la influencia del realismo mágico: ya no todo apunta al absurdo, o al efecto cómico, sino que también se explora la veta dramática del elemento fantástico o sobrenatural que ofrece la trama. De hecho, esta historieta NO es graciosa, sino en un punto perturbadora.
Pero también hay grandes ideas muy bien ejecutadas en las historias de una o dos páginas. Algunas ni siquiera rozan el tema de la locura o el delirio, sino que se vuelcan por un humor absurdo, con planteos que recuerdan a lo mejor de los Monty Phyton, aunque a veces con un poquito más de mala leche. Más allá de cuánta gracia te pueda causar cada historia, es importante subrayar que todas parten de una observación muy aguda y hasta despiadada de la realidad. Los protagonistas son casi siempre gente común, mediocre, sin ningún rasgo llamativo hasta que llega ese quiebre en el que pintan el absurdo o el delirio y la cosa cobra otro color.
Un color imaginario, claro, porque en esta primera etapa las historietas están dibujadas en un magnífico blanco y negro. Tha la rompe con el plumín y la carbonilla. Tiene unos cross-hatchings en los fondos que te electrizan la piel, y una soltura en el trazo que parece una cruza entre Oswal y Carlos Giménez (mirá a qué nivel lo estoy poniendo). También cositas de Fred y de Jean-Claude Mézieres, dos ídolos del público francés (lo cual explica en parte la excelente repercusión de la serie en el país galo) y bastantes rasgos en común con otro de los genios cuasi-ocultos de esa generación de historietistas españoles, el alucinante Alfonso López.
Por suerte, y gracias a la chapa que cobró esta serie en su paso por El Jueves y Fluide Glacial, cada tanto salen reediciones de este material que en su momento fue bastante eclipsado por otras obras más populares, pero que tiene todo para ser disfrutado de modo atemporal, más allá de las épocas y las modas. Los hermanos Tharrats rara vez figuran en el atlas de los grossos indiscutidos del comic de los ´80, pero el aporte para figurar lo hicieron, y está bueno que, aunque sea tarde, el público se los reconozca.

martes, 1 de junio de 2010

01/ 06: TRANSIT


Aunque se lo nombre poco, aunque nunca le hayan dado ni un mísero premio Eisner, aunque no lo mimen ni la Wizard ni el Comics Journal, aunque jamás haya sido un best-seller ni mucho menos, Ted McKeever es uno de los autores más importantes que tiene EEUU. Un genio con todas las letras que desde 1987 descolla tanto en sus propias creaciones como cuando le toca trabajar con personajes de las grandes editoriales.
Imaginate mi alegría cuando en 2008 el imprint Shadowline de Image (sí, el de Jim Valentino) recopiló en un hermoso libro los cinco episodios de Transit, la opera prima de McKeever, pero con el agregado del sexto y último episodio, que quedó inédito en los ´80, porque el autor se dedicó a otra cosa. Transit es 100% comic de autor ochentoso: deja algunas puntas sueltas, no todo se termina de explicar, pero todo funciona en torno a la construcción de un mundo, de un universo que el autor controla, en el que se siente cómodo y en el que pela sus obsesiones y sus búsquedas con naturalidad, coherencia y –si dibuja tan bien como McKeever- contundencia.
Transit es un thriller político ambientado en una urbe decadente, aplastada por el crimen organizado que tiene como capo a Boss Traun, una especie de Kingpin al que le agarra un brote místico y decide ya no sojuzgar a la ciudad, sino hacerla mierda, de una y sin piedad. En el medio están su títere (un Don Nadie que asume la identidad de un pastor religioso para postularse a intendente), el artista de grafitti y rebelde Spud, un par de amigos de éste, y Joe Bones, un recluso que sale de prisión por encargo de Rex Interior, otro malviviente muy conectado con el poder. Por supuesto, ninguno tiene garantizado el final feliz. Por el contrario, la sordidez y la mala leche marcan el tono de la obra, excepto en el último episodio (el realizado por McKeever en 2008), donde todo pega un giro hacia un destino que no puedo revelar para no cagar al que no la leyó.
De todos modos, lo más relevante de este trabajo es la evolución de McKeever como dibujante, una evolución que es más bien un salto brutal, que se da entre el primer y el segundo episodio, y que tiene nombre y apellido: Lou Stathis, el ya fallecido coordinador, fue quien recibió a McKeever en la editorial Vortex y, tras aprobarle el primer capítulo, le entregó un bolso lleno de revistas para que el autor estudiara a algunos maestros del comic contemporáneo. Stathis no sólo era amigo de Art Spiegelman: era especialista en comic europeo de vanguardia y en historieta argentina. De hecho, se jactaba de ser el único newyorkino que tenía los 100 números de la Fierro clásica.
O sea que, mientras prepara el segundo capítulo de Transit, McKeever descubre y estudia a los genios del claroscuro, José Muñoz y Alberto Breccia, y enseguida empieza a hacer bien lo que Keith Giffen y Frank Miller hicieron mal. Estas influencias (más las de autores españoles no tan conocidos, como Guillem Cifré, Micharmut o Toni Garcés) potencian hasta el infinito el incipiente estilo de McKeever y a lo largo de Transit lo vemos afianzarse como un dibujante distinto, genial, arriesgado, sólido, impactante, con una narrativa inquietante, no exenta de truculencia ni de poesía. El final de Transit, escrito en 1988 y dibujado para esta recopilación, ya es sublime. Es el McKeever de hoy, una bestia desaforada con una gama de recursos muchísimo más vasta que la que mostraba en los ´80 y la cancha que dan los años. Son apenas 15 páginas, pero no te las olvidás nunca más.
Es probable que Transit no esté entre las mejores obras de Ted McKeever, pero si venías siguiendo los trabajos del ídolo, seguro tenías esa espina, la de su “álbum debut” que había quedado inconcluso y que era más jodido de encontrar que un bukkake en una historieta de Columba. Esta edición repara esas falencias y además premia al que lo esperó 20 años con un final impresionante, dibujado al recontra-palo por un genio del Noveno Arte, más admirado por los dibujantes que por los lectores, pero de incontrastable grossitud.

lunes, 31 de mayo de 2010

31/ 05: LA NELLY Vol.6


Antes de que acallen los ecos de la reseña anterior, me puse las pilas para leer otro tomo recopilatorio de La Nelly, el que reúne las tiras publicadas durante la segunda mitad de 2006.
Este tomo viene más tranqui, sin sagas tan largas ni tan fumadas como las del anterior. Acá Sergio Langer y Rubén Mira se concentran en temas un poco más munícipes, más de todos los días. Arrancan con un tema que cada tanto, cuando los noticieros no tienen de qué carajo hablar, se pone de moda: la inseguridad. Y lo abordan desde una óptica ingeniosa y sagaz, sin repetir de memoria el discursito de los medios y de algunas facciones políticas derechosas y amigas del gatillo fácil. Buena parte de la gracia está en el análisis de cómo funcionan, cómo se comercializan y qué pasa cuando se usan para el orto, las tecnologías vinculadas a la seguridad, principalmente las camaritas de vigilancia que tantos edificios lucen en sus frentes.
También en torno a la tecnología hay varios chistes muy buenos, que se suceden cuando los Pibes Chorros le venden a la Nelly el celular de la hija de George W. Bush, heroicamente pungueado a la hija del borracho-genocida-retrasado mental durante su paso por Buenos Aires. La secuencia más breve y menos interesante es la de Sabrina, la ahijada de Selva que con sólo 15 años quiere operarse para implantarse siliconas en las tetas. Los chistes son bastante predecibles y, si bien toca un tema real, preocupante y potencialmente muy gracioso, el resultado no está a la altura. Tampoco brilla demasiado el tramo en el que los autores juegan con la idea de la “actitud Buenos Aires”, un slogan lanzado en aquel entonces por el jefe de gobierno Jorge Telerman.
La aventura que da título al libro es un delirante flashback que va de 1945 a 1970. En su cumpleaños, Nelly les cuenta a sus amigas que conoce a Sandro desde que nació, que compartió momentos de su infancia y adolescencia, que siguió desde el inicio la carrera del ídolo y que en 1970, tras un show del Gitano en New York, logró arrebatarle el calzoncillo que hoy exhibe en su living. Por supuesto, todo esto es una fábula urdida por Nelly, y finalmente aparece el mismísimo Roberto Sánchez para contar cómo llegó ahí ese calzoncillo, y a recuperarlo de una vez y para siempre. Todo este tramo es realmente cómico, con excelentes gags y muy buenos dibujos.
Pero la mejor parte es la que Nelly coprotagoniza con Maxi, el sobrino de Selva. Maxi vuelve de Miami luego de haber emigrado en 2001 y empieza a trabajar de barrabrava mercenario, a sueldo del club que mejor pague o que ofrezca mejores posibilidades para los negocios turbios. Acá la tira se concentra en analizar y denunciar las prácticas nefastas de los barras, su relación de complicidad con los dirigentes, la falta de huevos de la AFA a la hora de ponerles límites y la impunidad de la que gozan, ya sea en el ejercicio de la violencia o en los chanchullos vinculados a la reventa de entradas y demás. Incluso hay palitos sutiles para los árbitros y los jugadores, de los que se habla poco cuando se toca el tema de la violencia en el futbol. Por supuesto, también hay tiras que interrumpen el devenir de estos relatos para mostrarnos postales, figuritas, falsas publicidades y demás artilugios gráficos en los que se destaca el dibujo de Langer (y el color de Catriel Tallarico), y que funcionan a modo de pausa (o algo así) en la narrativa diaria de las aventuras de La Nelly.
Aventuras que, con sus más y sus menos, leídas en estos tomitos se la re-bancan. Yo hoy no me pondría a releer diarios de 2006 ni drogado, pero a través de esta historieta, los temas, los personajes y los sucesos de esa época se pueden revivir de un modo placentero, ameno y jocoso, lo cual es una forma muy copada de hacer memoria. Pero La Nelly me gusta más allá de su rol “testimonial” por un montón de otras cosas. Creo que la más importante es que la protagonista es egoísta, jodida, ventajera y reaccionaria. Eso habilita a Langer y Mira a volcar en la tira una dosis de mala leche que por un lado es un hallazgo (porque antes de La Nelly no era frecuente ver algo así en la contratapa de un medio masivo) y por el otro, está claro que en un punto “pianta votos”, precisamente porque la mayoría del público está acostumbrada a otro tipo de personajes, a otra dinámica narrativa (en la que cada chiste termina en la última viñeta, en lugar de sacarle jugo al formato serial) y a otro tipo de tratamiento de los temas de actualidad. El censo de los comiqueros que se copan con La Nelly se puede hacer en una servilleta de heladería, pero yo la banco igual.

domingo, 30 de mayo de 2010

30/ 05: Y SE ME PRESENTÓ EN FORMA DE BESTIA


Este álbum editado en Perú en 2008 por la editorial Contracultura reúne TODAS las historietas de Jorge Pérez Ruibal publicadas hasta esa fecha en el fanzine Trulópolis, más alguna limadura inédita, y son 80 páginas imposibles de olvidar.
El fanzine Trulópolis es una especie de hit de culto en el underground limeño, tanto que a su creador comenzaron a apodarlo “Truloboy”. Pero este grosso indiscutido en la escena indie latinoamericana está más allá de toda denominación. De hecho, estamos ante uno de los autores más genuinamente salvajes de la historia del comic. Las historietas de Pérez Ruibal son una especie de oda al asco, una glorificación de todo lo incorrecto, envuelta (y revuelta) en una belleza estética tan bizarra como incontrastable. En sus historias (casi todas breves, de entre dos y seis páginas) no sólo abundan las criaturas abisales y los demonios, también los monstruos de todos los días, los freaks, las deformaciones, los muertos vivos, miembros amputados, volcanes de vómito, tajos a flor de piel, espaldas laceradas, sangre, sudor y semen. No es material para todo público, ni mucho menos.
Una vez que desarrollás el estómago necesario para bancar un comic de Pérez Ruibal, viene el premio: los guiones son redonditos, incluso cuando narran sus sueños. Los diálogos son brillantes. La sobrecarga de detalles, texturas y tramas no empaña para nada la narrativa. Y el dibujo... ma-mita! Pocas veces vi a alguien dibujar así. Este animal combina en su estilo rasgos de Martí, de Julie Doucet y de Hideshi Hino (del que leyó un sólo comic en su vida), pero con la virulencia de Mike Diana y los franceses de Lederniercri y la obsesión patológica por los detalles de Robert Crumb. Sí, ya sé... no es muy normal.
Particularmente traumáticas resultan sus ilustraciones, que son –paradójicamente- las que le permiten ganarse la vida. Acá lo vemos dominar una variedad de técnicas impresionante, y dejar volar hasta el precipicio y más allá sus obsesiones pesadillescas, macabras, demenciales y repulsivas. Muchas de ellas son fruto de la improvisación, mientras que en las historietas trabaja a partir de ideas mucho más elaboradas y pasa por varios bocetos hasta llegar a la puesta en página definitiva.
De la autobiografía al delirio, Jorge Pérez Ruibal explora, sin parar. Y a veces llega a lugares increíbles, como en la célebre Papas al Hilo (que se publicó en un número de Suda Mery K), que tal vez sea la mejor historieta del libro. Pero hay varias que le hacen el re-aguante, entre ellas la inmunda Muñeca de Trapo, la poética El Fantasma de tu Perfume, la casi tierna Koyama o la mega-lumpen Chupete de Veneno. En todas hay algo que te va a impactar o a emocionar, más allá de la calidad del dibujo, que directamente te caga a trompadas.
Claramente, hay que estar muuuuy hecho mierda para crear las cosas que crea Pérez Ruibal, y casi igual de hecho mierda para disfrutarlas. Pero si llegaste a ese punto de destrucción mental, moral y espiritual en el que vale todo menos el “más de lo mismo”, acá está Truloboy, listo para llevarte a recorrer las pesadillas más reales y fascinantes de tu vida.

sábado, 29 de mayo de 2010

29/ 05: THE UNWRITTEN Vol.1


Volvió Mike Carey a consumar su venganza. Carey es uno de los pocos guionistas que le siguió eternamente fiel a Vertigo. Cuando terminó Lucifer, tomó las riendas de Hellblazer y la descosió junto a los argentinos Marcelo Frusín y Leonardo Manco. Después probó suerte son Crossing Midnight y le fue muy mal, aunque le importó poco, porque ya estaba también en Marvel, donde la levanta en pala con su trabajo en los títulos de X-Men. Y después de un breve paréntesis, volvió al sello que lo vio nacer con una nueva propuesta que enseguida se convirtió en furor entre los fans y que ya está sumando nuevos, por afuera del palo del comic.
The Unwriten es una historieta acerca de la literatura, un comic para gente a la que le gusta leer libros. La historia es más o menos así: Wilson Taylor es un escritor que ya de grande creó a Tommy Taylor, un personaje MUY en la línea de Tim Hunter y Harry Potter, cuya serie de novelas lo hizo multimillonario. Ahora Wilson Taylor desapareció y nadie sabe si está vivo o muerto. El principal interesado en averiguarlo es su hijo, Tom Taylor, supuestamente la persona real en la que Wilson se basó para crear a Tommy. Tom será quien herede la cuantiosa fortuna de su padre, por eso el mundo le presta más atención que de costumbre, sobre todo cuando aparece una denuncia que lo señala como un huérfano rumano o croata, comprado (o apropiado en circustancias poco regulares) por el escritor. ¿Quién es en realidad Tom Taylor? ¿Y dónde está Wilson? Esos son los ejes del primer arco argumental.
Pero a la vez, Carey nos empieza a mostrar que hay una mano sobrenatural detrás de todo esto. Siniestros personajes que vigilan a Tom y asesinan a sus circunstanciales aliados nos hablan de una conspiración jodida, y el hecho de que los muertos se disuelvan en un charco de letras (!) es una pista bastante inquietante. De a poquito, con mucha sutileza, Carey empieza a desdibujar las fronteras entre realidad y ficción. Tom se ve obligado a aclarar todo el tiempo que él no es Tommy, el joven mago, sino un tipo común, de carne y hueso. Pero a medida que se pone en crisis su origen y su filiación, la identidad “ficticia” empieza a parecer un buen refugio. O por lo menos eso cree Lizzie Hexam, la enigmática chica que parece tener bastante claro qué corno está sucediendo, y quien seguramente se convertirá en el interés romántico de Tom.
Todo esto, rociado con una catarata de detalles relacionados con el mundo literario: citas a obras célebres, escritores, agentes, editores, libreros, convenciones tipo Feria del Libro, datos sobre la vida de grandes literatos, y hasta tramos de las novelas de Tommy Taylor convertidos en historieta, pero con los textos tal como los imaginó Wilson Taylor. O sea que al misterio le sobran elementos atractivos como para que, incluso con poquísma acción (no hay ni un garche, cosa que Vertigo úlimamente se cuida de que no falte casi nunca), el tomo se haga atrapante y ganchero hasta el final. Obviamente, estamos ante una serie a la que conviene seguir muy de cerca, porque tiene todo para convertirse en un comic de los grossos, de los importantes, de esos de los que se va a hablar mucho y durante mucho tiempo.
A cargo de la faz gráfica tenemos a otro dibujante de larga tradición vertiguesca, Peter Gross, acá en un trabajo sobrio, correcto. No esperes al Peter Gross de Chosen (su mejor trabajo, lejos), porque acá le piden más de 20 páginas por mes, y con tal de cumplir, el tipo baja un poquito el listón. Pero aún así tiene muy buenos momentos y es en buena parte responsable de que un comic tan poblado de “talking heads” no resulte un plomo, ni a la hora de leerlo ni a la hora de mirarlo. El último episodio, que es un flashback a la vida de Rudyard Kipling, nos muestra que Gross también se esforzó por documentarse y laburar sobre ambientaciones que no son las habituales.
Atenti con The Unwritten, entonces. Si te gusta una ficción que hable de la ficción, que se juegue a desentrañar con onda la relación entre autor y personaje (eso que hizo magistralmente Rodrigo Fresán en su novela Jardines de Kensington, que seguramente tuvo a Mike Carey entre sus lectores), o entre realidad y literatura (la Gran Borges), o si extrañás esa pátina de “chapa cultural” con la que Neil Gaiman barnizaba las sagas (a veces muy truculentas) de Sandman, The Unwritten tiene grandes posibilidades de convertirse en una de tus series favoritas de todos los tiempos.

viernes, 28 de mayo de 2010

28/ 05: CORTO MALTES: LA JUVENTUD


Corría 1981 y Hugo Pratt, contratado por la revista francesa Le Matin, arranca con una nueva saga de Corto Maltés, que se proponía contarnos las aventuras del marino durante los años previos a La Balada del Mar Salado, cuando lo conocimos como un pirata del Nacional B, a las órdenes de El Monje. Casi nada de eso se cumple, finalmente, en esta obra breve y con gusto a poco.
Pratt elige ambientar esta historia en Manchuria, en 1904, sobre el final de la guerra ruso-japonesa. Entre el maremagnum de chinos, rusos y japoneses hay metidos por ahí un par de estadounidenses, uno de los cuales es el escritor Jack London (notable influencia en el estilo narrativo de Pratt) y un pibe europeo, bastante misterioso y que aparece muy poco, casi sobre el final. Es Corto Maltés, más preocupado por encontrar fabulosos tesoros de la antigüedad que por las disputas políticas entre las distintas facciones.
Los verdaderos protagonistas de la saga son Jack London y el siempre impredecible Rasputín, que todavía no conoce a quien será su aliado en decenas de aventuras, pero que ya arma todos los kilombos habidos y por haber en su afán por imponer su propia ley y no agachar nunca la cabeza ante nadie. Entre estos dos personajes motorizan la trama y son los que interactúan con todos los demás, los que tienen escenas que Pratt utiliza para contarnos cómo ven el conflicto los distintos ejércitos y gobiernos. Lo más parecido a un “villano” (fuera de Rasputín, que está sacadísimo y sin el menor reparo a la hora de matar) es el Teniente Sakai, del ejército japonés, quien quiere batirse a duelo con London. Pero las mejores frases, la cátedra de cinismo posmoderno que Pratt metía en todas sus historietas post-1967 (incluso antes de que se inventara la posmodernidad) las tira el Capitan Suto, otro milico japonés con una visión de la guerra, los negocios y la geopolítica muy afilada y muy de los ´80.
Ese es el único “anacronismo” en la saga. Todo lo demás está, como siempre, perfectamente documentado e investigado. El problema es que Pratt termina la historia cuando finalmente Corto y Rasputín logran embarcarse con rumbo a Africa (a buscar los tesoros del Rey Salomón) y todo lo demás, todo lo que falta para llegar a La Balada…, no lo vemos nunca. Pratt nos lo contó en textos, en entrevistas y hasta en acuarelas, pero no hay historietas que documenten ese viaje a Africa que termina en la Patagonia, ni todos los que Corto hará después hasta el inicio de su etapa como pirata, que Pratt fecha en 1913. O sea que, en rigor de verdad, esta es una aventura de Jack London y Rasputín, con un joven Corto Maltés como personaje secundario.
A nivel dibujo, tenemos un gran trabajo del maestro veneciano. Acá todavía faltaban un par de añitos para que iniciara su cuesta abajo y nos castigara con una seguidilla de entregas muy flojas de la serie. Entre La Juventud… y Tango (1985), Pratt termina la interrumpida Jesuita Joe y dibuja Cato Zulú (de la que ya hablamos), y después de esas dos joyas, algo pasa y nada vuelve a ser lo mismo. Pero en La Juventud… el Tano está prendido fuego, con su habitual solvencia narrativa, su personalísimo (y muy efectivo) trabajo de los primeros planos y la expresión corporal de muchos y muy distintos personajes, ese criterio insuperable para balancear blancos y negros (tan grosso que se destaca incluso cuando la historieta se publica a color) y hasta trenes y barcos que parecen dibujados por Pratt más que por sus asistentes, algo que no volveremos a ver en las obras posteriores.
Aunque parezca mentira, esto se editó hace pocos meses en Argentina, el país donde los editores creen que el comic europeo es yeta, o que transmite enfermedades venéreas. Lo lanzó como opcional la revista Ñ, del oligopolio Clarín, y la edición no es buena ni mucho menos (formato agenda de bolsillo, a color, y con el remontado de viñetas de las ediciones francesas más recientes), pero valía menos de $ 10, mientras que la edición de Norma (enorme y también en innecesarios colores y tapas duras) vale más de $ 100. O sea que a los que nunca pudimos conseguir la edición española de los ´80 (la grossa, en blanco y negro y tapas blandas, una especie de Santo Grial inconseguible hace siglos), Clarín nos dio el gusto a un precio irrisorio.
La Juventud… no es una obra maestra imprescindible, pero si sos completista de Corto Maltés o fan de Hugo Pratt, no está nada mal sumarla a tu biblioteca.

jueves, 27 de mayo de 2010

27/ 05: DAYBREAK Vol.1


A Brian Ralph lo sigo desde fines de los ´90, cuando lo descubrí en alguna antología fumanchera y dije “Wow! Qué grosso este pibe!”. Pero siempre lo seguí a través de historias cortas, nunca me había internado en sus obras más extensas, hasta que me enganché con Daybreak, una saga de unas 120 páginas, publicadas en tres tomos. Ojalá se reedite en uno sólo, pero mientras tanto, me pongo en campaña para conseguir los Vol.2 y 3, porque el primero me pareció excelente.
Daybreak nos cuenta la historia de un pibe (no sabemos su nombre) que perdió buena parte de su brazo derecho (no sabemos cómo) y que vive en un mundo devastado (no sabemos por qué), entre las ruinas y los escombros de algo que parece haber sido una ciudad (no sabemos cuál). Durante este primer tramo vemos cómo este pibe y su perro (tampoco sabemos cómo se llama) sobreviven en un entorno sumamente hostil, agravado por la constante amenaza de unos zombies, hombres-lobo o algo que tampoco sabemos bien qué es (y de los que vemos apenas los brazos), pero que asola por las noches a la ciudad devastada. También hay un encontronazo con otro sobreviviente, un tipo más grande, que se moviliza entre los escombros a bordo de un herrumbroso tanque militar. Obviamente, no sabemos cómo se llama el tipo, ni de dónde sacó el tanque.
O sea que, si bien el argumento parece ser complejo y bien elaborado, el guión de Ralph es minimalista. Olvidate de esos guiones en los que cada situación anómala o alejada de lo cotidiano requiere una extensa y sesuda explicación. Acá el autor te mete en una historia ya empezada y te dice “es lo que hay”. Uno supone que en los tomos posteriores habrá más datos acerca de este mundo crepuscular, pero aunque no los haya, la historia te atrapa de una, y a las pocas páginas la estás viviendo como si estuvieras ahí. Esto se debe en parte a que el protagonista le habla todo el tiempo a alguien que no vemos, que en realidad somos nosotros. “Dale, pasá. Cuidado, no te tropieces. ¿Querés tomar algo? Ya te sirvo”… esa onda que ya vimos –por ejemplo- en el mítico n°1 de Hate y que acá genera una sensación de cercanía, de participación, un gran truco para involucrarnos rápidamente con el pibe del brazo mutilado y su precaria situación.
En el primer tomo, como en todas las historietas de Brian Ralph, predomina un ritmo tranqui, de contemplación, que está perfecto para que el lector descubra y conozca el entorno en el que transcurre la saga. Pero también hay escenas de acción que rompen ese clima (aunque no la omnipresente grilla de seis viñetas iguales por página) y en las que Ralph se anima a pelar otras cosas, bastante extremas si pensamos que su obra se caracteriza por las pausas, los silencios, la ya mentada contemplación y una cierta ternura medio freak. Claramente, estamos frente a un autor mucho más completo de lo que suponíamos, y obviamente merecedor de mucho más reconocimiento que el que tiene.
El estilo de Brian Ralph es difícil de describir. Se nota que estudió a Hergé y le gusta la línea clara, pero también tiene esa impronta underground de los ´90, tipo Brian Chippendale y demás monstruos que fueron muy influyentes para su generación. Y por supuesto procesó esas influencias de un modo parecido al de sus coetáneos, los chicos que surgieron del under en esa misma época, como Craig Thompson y James Kochalka, por citar a los dos más conocidos. Es como un John Porcellino pero con onda, con ganas de dibujar y de contar historias, con sangre en las venas y talento para el claroscuro. Para ser más gráficos, un comic de Porcellino parece el esqueleto, o el boceto, de uno de Brian Ralph. Y hay que nombrar también a Angel Mosquito, otro autor de la misma generación de Ralph y con varios elementos en común, tanto en la gráfica como en la narrativa. Con eso sospecho que te harás una idea de qué tipo de artista es esta bestia, pero seguro esa idea palidecerá el día que caces un tomo de Daybreak y veas esas láminas de doble página con las que abre y cierra el tomo: majestuosos dibujos en blanco, negro y tonos de amarillo en los que no se guarda absolutamente nada.
Y bueno, ya sea en historias cortas o extensas, en sus trabajos de los´90 o en los más actuales (este es de 2006-2008), recomiendo enfáticamente seguir de cerca la impresionante evolución de Brian Ralph, músico, ilustrador, docente y magnífico historietista del panorama yanki actual.

miércoles, 26 de mayo de 2010

26/ 05: CAPTAIN AMERICA: ROAD TO REBORN


Esta es la única serie regular de Marvel con la que estoy 100% al día. Recopilatorio que sale, recopilatorio que me encargo ni bien lo veo en el Previews. O sea que todavía no leí Reborn, que es donde varios amigos y colegas me han dicho que Ed Brubaker meó un par de hectolitros afuera del tarro y la serie sufrió un éxodo masivo de lectores que le bajaron la persiana indignados.
Cuando la lea comentaré qué me pareció, pero mientras tanto sigo disfrutando a lo pavote de lo previo, de los 50 números de esta serie que a partir del n°600 retomó la numeración de la original, la que venía de Tales of Suspense. La verdad es que el aporte de Brubaker a la mitología del Capi es definitivo. Hoy es, cómodamente, el guionista más identificado con el longevo personaje de Stan Lee para acá, por encima de próceres como Steve Englehart, Roger Stern, Mark Waid, o de Mark Gruenwald, cuya etapa tiene menos fans que la leucemia, pero se la bancó diez años ininterrumpidos al frente de la serie. Brubaker le encontró la vuelta al Capi, de eso no caben dudas. El regreso de Bucky, que presentado de cualquier otra forma habría desencadenado un tsunami de puteadas, merece ser ovacionado de pie. Y ni hablar de la forma en que el guionista trató al ex-compañerito del héroe, tanto en su rol de Winter Soldier como cuando le tocó vestirse de símbolo patrio tras la escalofriante muerte de Steve Rogers.
Prácticamente nada en esta serie tiene desperdicio. El equilibrio entre acción e introspección es brillante. Los constantes flashbacks al pasado de los personajes son emotivos y reveladores, nunca un relleno intrascendente. Los villanos resultan creíbles y verdaderamente amenazantes, no una manga de freaks y payasos con cero chances de ganarle a los buenos. Y los héroes reciben un tratamiento de lujo. Nunca hubo un guionista que escribiera tan bien a Falcon, Sharon Carter, Black Widow y Bucky. Más adelante, cuando empiezan a aparecer seguido Nick Fury, Iron Man y Hawkeye, Brubaker también los maneja de taquito, y los pone en escenas tensas, les hace decir cosas jodidas, los enriquece a ellos y al conflicto que los enfrenta (digamos que de Civil War para acá las cosas con Iron Man no están 10 puntos) con pinceladas sutiles y de enorme categoría.
Este tomo en particular es de pretemporada. Es obvio que el status de la serie se está por modificar radicalmente y Brubaker dedica estas historias a pasar en limpio lo que venimos leyendo desde que arrancó. Primero con un texto (maravillosamente ilustrado por Marcos Martín) que resume toda la historia del Capi. Después, con un numerazo centrado en Sharon Carter y otro unitario notable, protagonizado por Bucky Barnes (estos dos dibujados por el brasileño Luke Ross). Después viene el extra-large n°600, que gira en torno al primer aniversario de la muerte de Steve Rogers y nos muestra cómo lo viven distintos personajes. Acá a Brubaker lo acompañan bestias como el legendario Howard Chaykin o los ascendentes David Aja y Rafael Albuquerque, y además hay secuencias escritas por otros dos grossos, los ya veteranos Stern y Waid, ambos con buenos dibujantes. Y de ahí nos vamos a Reborn, cuyo TPB espero ansioso.
Pero antes de que termine este tomo, tenemos otro número doble, el 601, en el que se publica aquel Annual que iba a salir en 2006 y no salió, ese en el que Brubaker formaba equipo con el maestro de los maestros, el inmortal Gene Colan. Colan, quien dibujara bocha de números gloriosos a fines de los ´60, se reencontró con el Capi (y Bucky) en un flashback a la Segunda Guerra Mundial lleno de pesadillescos vampiros y truculentas decapitaciones, en una historieta MUY heavy y MUY jodida. Colan tiene hoy 83 años, así que no le pidas que suba a cabecear todos los centros… Es más, ni siquiera le pidas que entinte. Acá vemos su dibujo a lápiz, muy bien coloreado, y si bien no está tan afilado como en sus años mozos, se lo sigue disfrutando por su solidez y su excelente despliegue narrativo.
Si realmente lo que viene después es una bosta inmunda e irrespetuosa, este será el último tomo del Capi que calce en mi biblioteca. De ser así, no tengo dudas de que será un broche de oro, un canto del cisne, una despedida lujosa y a todo culo, con Cerati descorchando champán frente a una multitud al grito de “Gracias… totales!”.