el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 6 de septiembre de 2012

06/ 09: CAPTAIN STERNN: RUNNING OUT OF TIME

Hoy traiciono por un lado la consigna de comentar material de autores argentinos y por otro una de las consignas fundamentales del blog, que es reseñar material editado en libro. Por algún motivo que no logro descifrar, estos cinco comic-books publicados por Kitchen Sink entre 1993 y 1994 nunca se convirtieron ni en TPB ni en hardcover. Y la única forma de leer esta saguita es reuniendo esas cinco revistas, cosa que a mí me tomó casi 20 años. Pero bueno, acá está, ya la pude leer completa.
Al Capitán Sternn seguro lo ubicás por ese segmento que protagoniza en la película Heavy Metal, el clásico de 1980 que redefinió la animación para adultos. Esa historia, la que vimos en la película, está tomada de una breve historieta realizada por el maestro Berni Wrightson a fines de los ´70 para la revista cuyo nombre adoptó el film. La siguiente aparición de Sternn (y de Hanover Fiste) es en esta miniserie, muuuchos años después. Y por supuesto, esta saga de 240 páginas narra la aventura más extensa de este antihéroe del futuro.
Running Out of Time (que así se llama la miniserie) reúne a Sternn con su ojo-robot Beezer, Hanover Fiste, el maestro Aldo Gorney (que había aparecido en los ´80 en un back-up de Dreadstar) y varios personajes nuevos para una epopeya trepidante, repleta de acción, con bastante comedia, mala leche, una bajada de línea muy dura (contra mi otrora amada Coca-Cola, nada menos) y con una idea muy loca para meter, en un contexto de ciencia-ficción, dos elementos que a Wrightson le encanta dibujar: dinosaurios y zombies. Cagate de risa, pero los dinosaurios, los zombies y la Coca-Cola están intrínsecamente vinculados en el argumento que Wrightson traza para esta obra.
Naves espaciales, armas del futuro, viajes en el tiempo, dinosaurios, zombies, dos minitas atractivas, un villano muy, muy hijo de puta que por momentos se come la historia... Todo está pensado en términos sumamente pochocleros. Lo bueno es que el pochoclo garpa. La historia te atrapa, el ritmo no decae, los chistes están buenos, la dudosa moral del protagonista lo hace copado e impredecible y encima, como tiene 240 páginas para llenar, Wrightson apuesta por la grandilocuencia en unas ilustraciones a doble página que te quitan en aliento, el habla y el raciocinio. Lo más interesante que tiene el guión debe ser cómo el autor se esfuerza todo el tiempo por recordarnos que esto es en joda. Hay una aventura, hay tensión, hay machaca, hay revelaciones impactantes, hay un guión obviamente bien pensado y bien ejecutado, pero ante todo (y como ya habíamos visto en el corto de Heavy Metal), esto es pop para divertirse. En ese sentido, Running Out of Time cumple con creces, porque de hecho te divierte y mucho.
De todos modos, sospecho que la mayoría de los que en su momento compraron la miniserie lo hicieron para delirar con los dibujos de Wrightson, ya que este maestro del pincel nunca tuvo una gran reputación como guionista. De hecho, no sé si volvió a escribir un comic después de este. Lo cierto es que el dibujo está espectacular de a ratos. En la mayoría de las páginas nos encontramos con ese Wrightson medio chato, medio de la B, al que habíamos padecido en Punisher P.O.V. y Batman: The Cult. Acá el ídolo ni siquiera entinta sus lápices. Esa labor recae en el ignoto Shepherd Hendrix. Lo grosso, los estallidos del Wrightson mítico, están dispersos en algunas secuencias puntuales, casi siempre en páginas de un sólo cuadro, o esas páginas dobles que mencionaba antes. En el resto de la historieta, Bernie se limita a cuidar muchísimo la narrativa (que está impecable) y le pone muchas fichas al laburo de la colorista, Julia Lacquement, que efectivamente levanta muchísimo el nivel de toda la faz gráfica.
Si no conocías a este Flash Gordon con cara de Superman y mucha mala leche, arrancá por la historia de Heavy Metal. No, la historieta no, que es difícil de conseguir. Andá a la peli, que es fabulosa. Y después sí, a rastrear Running Out of Time y pasar un muy buen rato con pochoclo de gran calidad, servido por un inmenso dibujante que esta vez se esforzó por brindarnos un muy buen guión.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

05/ 09: REPARADOR DE SUEÑOS

Puestos a respetar a rajatabla el orden en que voy consiguiendo los libros, yo tendría que leer Reparador de Sueños a fines de Octubre, o principios de Noviembre. Pero sucede que este sábado me toca conducir una presentación del libro (en un evento en Mar del Plata, razón por la cual ese día, el sábado 8, no habrá reseña en el blog) y no me da la cara para conducir la presentación de un libro que no leí. Así que acá estamos.
Reparador de Sueños es la primera novela gráfica de Matías Santellán y Serafín, a quienes ya nos habíamos encontrado en alguna antología de La Duendes. Llegó a publicarse a través de Ediciones De la Flor porque resultó ganadora de un concurso, el Premio Ñ de Historieta, auspiciado por la revista de cultura del matutino Clarín, house organ del nefasto multimedio monopólico que incumple las leyes que dictan los legisladores a los que vos y yo votamos. Por suerte, a pesar de esta “mancha de nacimiento”, la historieta acumula unos cuantos méritos para haberse editado -y vendido- muy bien.
Lo único que no me cerró es el tono. Santellán parece tomarse demasiado en serio al relato. De movida, es una distopía opresiva, en la que la libertad está suprimida al punto de que las autoridades censuran hasta el inconsciente de la población. Pero me parece que incluso en ese contexto, daba para relajarse un toquecito, para ofrecer aunque sea una secuencia más distendida, una rendijita por donde filtrar un chiste, un chascarrillo, algo un poquito más liviano. Santellán no opina lo mismo, obviamente. Su prosa es florida, repleta de lirismo, pero es un lirismo dark, tipo H.P. Lovecraft. Los bloques de texto (narrados en primera persona por Cacho, el proragonista) están repletos de adjetivos y los que más aparecen son “amorfo”, “perturbador”, “abyecto”, “desalmado”; todo el tiempo hace hincapié en el dolor, el sufrimiento, la asfixia. Hay metáforas muy logradas, todas en esa onda densa, lúgubre, que un ratito está bien, pero en 70 páginas cansa un poco.
No le discuto para nada que haya elegido un final no feliz para la historia. Me encantó el final y seguro que si todo terminaba en un jolgorio, me habría dado por las bolas. Lo que digo es que un guionista que tiene esta oportunidad de mostrarse en una vidriera tan importante podría (ni siquiera digo “debería”) hacer gala de una mayor versatilidad, tratar de mostrar que puede escribir cosas diferentes, obviamente sin traicionar la esencia de la obra que resultó premiada.
El resto, muy bueno. El argumento es complejo, porque abreva en elementos de una ciencia-ficción poco obvia, más psicológica que sociológica. Pero está tan bien llevado que en ningún momento te deja afuera. El personaje central está muy bien delineado, el gustito argento está pero no busca sobresalir, y los misterios que nos intrigan en la primera mitad se convierten en el momento justo en conflictos grossos, intensos y atrapantes que se resuelven en la segunda mitad, claro. Para ser la primera obra ambiciosa de Santellán, la verdad que esto está bárbaro.
El otro “problema” que tiene el guión es que el dibujo lo eclipsa muchísimo. Reparador de Sueños está tan bien dibujada, que se puede comprar para no leerla, para cebarse mal con los dibujos de Serafín. Al final por ahí afloja un cachito, pero lo que hace esta bestia en las primeras páginas es impresionante. Y en el último tramo de la historia, cuando ya estás perdidamente enamorado de ese estilo denso, oscuro, que mezcla al Miguelanxo Prado de Stratos con los maestros croatas Igor Kordej y Mirco Ilic, aparece esa secuencia onírica en la que Serafín cambia de estilo y abandona sus sombras y texturas en favor de un trazo limpísimo y sintético, casi como el de Calvi en Altavista. De todos modos, a Serafín lo vamos a catalogar como un virtuoso del claroscuro. Sus logros más impactantes están –sin dudas- en esas páginas con mucho negro, casi dignas de Thomas Ott. Y además la rompe en los fondos y –las pocas veces que el guión se lo permite- en las expresiones faciales. Gran laburo de un dibujante al que ya seguimos de cerca unos cuantos.
Hecha en poco tiempo y por poca plata, Reparador de Sueños podría ser una berretada, una obra de dos muertos de hambre que, desesperados por publicar, se jugaron a presentar “lo que había”, a la espera de que sus competidores presentaran cosas peores. Sin embargo es una obra a la que le sobran buenas ideas, pasión, talento y unas imágenes hermosísimas y poderosas, con las que vas a soñar muchas, muchas noches. Muy recomendable.

martes, 4 de septiembre de 2012

04/ 09: LOS CANILLITAS

Hoy los argentinos festejamos el Día de la Historieta y, como su-
pongo que casi todos saben, la fecha tiene que ver con la primera aparición de El Eternau-
ta. Bueno, abajo de El Eternauta, en la última página del diario Tiempo Argentino, sale todos los días esta tira de Diego Agrimbau y Fernando Baldó que sospecho que mucha gente desconoce porque es un diario que vende poco y que andá a saber si se consigue fácilmente fuera de Capital y Gran Buenos Aires.
Lo cierto es que Los Canillitas, leída así, en libro, de a 200 tiras de un saque, me pareció una maravilla. Una sorpresa gratísima, de verdad. Yo venía de El Negro Blanco, otra muy buena comedia costumbrista, con enredos, problemas de polleras, personajes carismáticos y dibujos realistas de gran nivel. Imaginate mi sonrisa al descubrir que Los Canillitas está tranquilamente a ese nivel, o incluso mejor.
El dibujo no. Fernando Baldó es un capo, pero García Seijas es un totem. Igual esto se ve MUY bien. Hay un registro realista, un laburo increíble en los fondos, excelentes expresiones faciales y un detalle no menor: las tiras se publicaron originalmente a color, y acá están reeditadas en blanco y negro. Esto en general se traduce en una aberración de la naturaleza, un empaste inmundo, un cachivache de grises que desluce al dibujo donde antes la paleta del colorista lo apuntalaba. Bueno, acá nada que ver. La traducción a blanco, negro y grises de Los Canillitas es impecable y el dibujo de Baldó no pierde ni un gramo de su solvencia ni de su carisma.
El guión de Agrimbau tiene muchísimos hallazgos. Los más conspicuos están en los diálogos, que son muy, muy reales y a la vez muy cómicos. La tira le escapa al remate en la última viñeta, pero a veces el remate aparece y la tira explota en un chispazo de humor sumamente efectivo. Otra cosa muy notable es la estructura. Estas tiras (cerca de 200) son una saga, de punta a punta. Un relato con principio, desarrollo y fin que cierra por todos lados. No sólo la tira podría terminar ahí. También se podría tomar este libro y convertirlo en un excelente largometraje, una gran comedia de barrio, al estilo de Esperando la Carroza. Los personajes están muy bien trabajados y, a diferencia de los de El Negro Blanco, no pertenecen todos a un mismo entorno (el periodismo), ni siquiera a una misma clase social. Algunas de las mejores secuencias surgen cuando Agrimbau plantea el contrapunto entre Colores y Sonia, es decir, cuando se encuentran el universo de los pibes a la deriva que fuman faso y toman birra en la plaza con el de la chica que va al secundario privado, estudia y recibe la contención de sus padres.
Otro obstáculo que Agrimbau gambetea con maradoniana destreza es el tema de que los protagonistas sean canillitas: si Rodolfo y Chelo se pasaran 200 tiras clavados en el kiosco de diarios, esto sería un bajón. Los chistes serían ellos dos comentando una noticia del diario, lo cual ya vimos muchas veces cómo hunde a una tira en la intrascendencia. Por suerte, los protagonistas extienden su radio de acción por otros lugares del barrio, otras locaciones, y en ese vagabundear por otros decorados aparece el elemento más atractivo de Los Canillitas, que es la aventura. Una aventura lo-fi obviamente, bien chiquita, pero no por eso carente de emociones.
A veces, la comedia de enredos se alimenta de alguna coincidencia medio forzada, o del hecho medio inverosímil de que todos los personajes se conocen, o se van vinculando de un modo u otro. El Colores es hermano de la China, que es la mina de la que gusta Chelo, que es el socio de Rodolfo, que es el papá de Sonia, que pega onda con el Colores, y así. Esto sucede también en todas las comedias diarias de la tele, no es un problema propio de Agrimbau. Por otro lado, el guionista aprovecha muy bien otra de las posibilidades del laburo serial y a largo plazo: armar un personaje ausente, para usarlo cuando haga falta. En este caso, la mamá de Sonia y ex-esposa de Rodolfo, a la que acá se menciona un par de veces, pero de la que todavía no sabemos nada. Seguramente cuando aparezca, el impacto va a ser mayor que si nunca la hubiesen mencionado antes.
No debe ser fácil crear todos los días una tira en la que no podés delirar, ni cambiar brutalmente de personajes, ni colgarte a hablar de lo que pasa en el mundo real, ni jugarle todas las fichas al chiste que desemboca en la última viñeta. Agrimbau y Baldó lo hacen todos los días y me parece que, sin darse cuenta, están creando un nuevo clásico de nuestra centenaria historieta. Los Canillitas puede parecer una tira medio burda, populachera o tinellista, porque tiene fulbito, tetra brik, choripanes y minones infernales con esacasísima vestimenta. Pero la verdad es que no apela en absoluto al mínimo denominador común. Bien leída, no tiene nada que envidiarle a las grandes tiras de comedia costumbrista que supo ofrecernos Carlos Trillo en la contratapa del Clarín. Y eso es mucho decir. Feliz Día de la Historieta para todos!

lunes, 3 de septiembre de 2012

03/ 09: LOS CENTINELAS Vol.2

Hoy tenemos una obra de un autor argentino, pero que no se puede considerar historieta argentina, porque está hecha para Francia con guionista francés. Se trata de un libro de 2009 realizado por el maestro Enrique Breccia junto al enorme Xavier Dorison, guionista de El Tercer Testamento, entre muchos otros hitazos del comic francófono.
El primer tomo lo leí poco antes de empezar con este blog y lo único que me acordaba era que había un soldado con una armadura pulenta, onda Iron Man, pero de la Primera Guerra Mundial. Menos mal que este tomo arranca con una breve síntesis de lo sucedido en el Vol.1, si no, tenía que releerlo sí o sí. La referencia a Iron Man tampoco es aleatoria: cuenta la leyenda que el origen de este proyecto estuvo en Marvel, donde se iba a publicar como una versión alternativa del Vengador Dorado, hasta que algún coordinador (o alguien de más arriba, no sé) mandó todo al freezer. Ahí fue que Dorison reformuló la historia para desvincularla del Universo Marvel y –de paso- convertir a su héroe en una especie de símbolo patrio francés, más al estilo del Captain America.
El resultado es un comic que no se lee como el típico álbum francés. De hecho, pasan muchas menos cosas que en el típico álbum francés de 64 páginas. Los Centinelas tiene pocas viñetas por página, Breccia mete primeros planos y planos detalle a lo pavote, y las escenas de acción tienen la estridencia y el impacto de los buenos comics de superhéroes. Pero guarda, que tampoco se podría enrolar fácilmente en este género. Primero, porque hay todo un trasfondo bélico, bastante enchastrado de runflas espúreas, al estilo del Suicide Squad. La estructura del relato tiene mucho más que ver con el comic bélico que con el superheroico. Y además, la aparición de ese tipo con habilidades sobrehumanas genera un upgrade en los niveles de violencia, que Breccia no se abstiene de representar de un modo muy gráfico. O sea que para los standards del típico comic de superhéroes, a Los Centinelas le sobra un poco de gore.
El guión de Dorison va para adelante, no da vueltas. Los protagonistas son los buenos y tienen que cumplir una misión. Punto. Los malos (alemanes, pero todavía no nazis) no tienen ningún desarrollo: son un mero obstáculo. Y los buenos sí, tienen un trabajo muy logrado de caracterización, especialmente para Gabriel Féraud (el Cortahierro) y el grandote Djibouti, un wild card sumamente humano, tal vez el personaje más tridimensional, con el que más fácilmente se puede llegar a identificar el lector.
Quizás lo más interesante sea cómo Dorison saca provecho de una situación real, la Primera Guerra Mundial, pero no deja que eso lo encorsete ni lo condicione. El guionista se caga en el rigor documental (generalmente incuestionable entre los guionistas galos) y usa al momento histórico como un marco para un relato fantástico; nunca quiere brindarnos una crónica, siempre prioriza la aventura, lo fantástico y esa sensación de epopeya a pesar de todo, de epopeya medio mugrienta, medio zaparrastrosa, del triunfo logrado con un gol con la mano en el minuto 97 y festejado como si hubiese sido una goleada monumental.
El dibujo de Enrique está espectacular. Acá alguien le habrá puesto un chumbo en la cabeza (o mucha plata) para que dibuje lo que menos le gusta dibujar, que es la figura humana en movimiento. Este tomo está lleno de gente que corre, que lucha, que vuela a la mierda producto de una bomba que explota. Por supuesto, el Churrique está más a gusto cuando puede dibujar primeros planos, repletos de expresividad y gestos copados, o esas escenas tranqui de la campiña francesa, en las que todo se ve (se contempla) bien de lejos. Y aún así, en las muchas escenas de acción despliega todo el poderío de su dibujo. Como si eso fuera poco, acá Breccia se colorea a sí mismo, lo cual es como jugar con cuatro anchos de espada en el mazo. No esperes las genialidades del insuperable De Mar a Mar, pero sí preparate para un color que, si bien es “muy francés”, muy finoli, muy cuidado, tiene unos exabruptos electrizantes. Cuando la cosa se pone heavy, Breccia pasa de unos tonos sutiles, casi cautelosos, a un estallido cromático de gran intensidad y obviamente de gran belleza plástica. Pero siempre con la línea como protagonista, excepto cuando los hombres se convierten en manchones de sangre bajo las balas de uno u otro bando.
No sé si se hizo un tercer tomo de Los Centinelas. Creo que no. Los dos que hay, son un híbrido raro entre comic francés, argentino y yanki muy entretenido de leer, con tramas lineales, subtramas interesantes, buenos personajes, un conflicto simple y bien definido y unos dibujos del mega-carajo, a cargo de uno de los historietistas definitivos, uno de esos monstruos sagrados que tienen tinta en vez de sangre. Lo recomiendo a full.

domingo, 2 de septiembre de 2012

02/ 09: LA VERDADERA LEYENDA DE BILLY THE KID

Arrancamos el mes en el que la historieta argentina se va a afanar groseramente el protagonismo, con no menos de 15 o 20 reseñas. Y empiezo con este libro con el que una editorial española se propuso reunir varias historias cortas de El Marinero Turco, originalmente publicadas en Fierro, El Tajo y Oxido.
Esta edición nos obliga a preguntarnos: ¿Se puede hacer un libro de 52 páginas con 32 páginas de historieta? La respuesta es “Sí, pero se nota mucho el choreo”. Acá, además de un muy buen prólogo de Francisco Naranjo, los editores se lanzaron a llenar páginas con cualquier cosa: carátulas, viñetas ampliadas, una mini-biografía del autor, el listado de otros títulos del mismo sello, páginas en blanco... ¿No había por lo menos UNA historieta más del Marinero, de cinco o seis páginas, para que esto fuera menos grosero? 20 páginas de relleno realmente es un abuso.
Si las buscás entre el relleno, vas a encontrar siete historias cortas (la más larga tiene 13 páginas) en las que el autor rosarino recorre diversos géneros clásicos, revisitados en su peculiar estilo gráfico. A nivel guiones, el Marinero no salta al vacío. Se maneja –con distinta suerte- dentro de un registro convencional, respetuoso de las estructuras narrativas clásicas. Las historietas que más me gustaron fueron la del boxeador (Dinamita en los Puños) y la de Smith, el héroe de la jungla. Las dos juegan a seguir de cerca las convenciones de sus respectivos géneros, sin calentarse siquiera por esquivar los lugares comunes, y ambas se guardan para el final un giro inesperado, que levanta muchísimo la puntería y las eleva a algo más que un pastiche, un homenaje o una sutil parodia a los géneros clásicos.
La Verdadera Leyenda de Billy the Kid, la historieta más extensa, funciona como las de los Big Books, aunque con más viñetas por página. Hay mucho texto y es el texto el que se carga al hombro la labor de llevar adelante el relato casi todo el tiempo. En las escenas en las que el dibujo recobra el protagonismo y el Marinero se apoya en sus imágenes para contar la historia, esta mejora muchísimo, aunque se luciría aún más con menos cuadros por página y diálogos más sintéticos.
El dibujo del Marinero se apoya en un claroscuro fuerte, al que algunos (a mi juicio, erróneamente) emparentaron con el de José Muñoz. Nada que ver. Parte de la gracia del dibujo del Marinero es que mete una cantidad pasmosa de texturas microscópicas, de intrincados cross-hatchings que a Muñoz ni se le pasan por la cabeza. Creo que el principal hallazgo gráfico del Marinero es lograr que sus personajes transmitan expresividad, a pesar de que los dibuja prácticamente sin rasgos faciales. Lo más flojo es cuando tiene que dibujar la figura humana en movimiento, ya que muchas veces esas viñetas se ven estáticas, artificiales y hasta un poco toscas. Seguramente la mejor dibujada, donde más se disfrutan las virtudes y menos se notan los defectos del Marinero, es Dinamita en los Puños, la historieta que cierra el tomo. Es más, tal vez sean las mejores cuatro páginas de la carrera de este artista.
El libro, entonces, deja gusto a poco pero no porque no haya buen material. Incluso la historieta más floja (la bélica La Mano en la Masa) tiene cosas sumamente rescatables. El tema es que falta material. Mínimo, una historieta más. La idea de reunir en un libro las historias cortas del Marinero Turco era muy buena. La ejecución, sin embargo, no estuvo a la altura. Una pena, porque De Ponent suele ser una editorial que labura muy bien cada uno de sus libros. Justo esta vez, se tiraron a chantas y nos armaron un libro de 52 páginas de las cuales 20 podrían no estar. Es lo que hay.

sábado, 1 de septiembre de 2012

01/ 09: LOS MAS VENDIDOS DE AGOSTO

Seguramente impulsado por el alud de novedades (me atrevería a decir “el bukkake de novedades”), Agosto batió todos los records de ventas en el tiempo que llevo abocado a la distribución de libros en el circuito de comiquerías.
Veamos qué fue lo que más vendió:

1) Macanudo Vol.9 (Común)
2) Shankar Vol.1 (Loco Rabia + Belerofonte)
3) Cybersix Vol.1 (Napoleones Sin Batallas + Deux)
4) Inhumano (Llanto de Mudo)
5) Regreso a Arkham (Agua Negra)
6) La Murciélaga Vol.9 (MacPulenta)
7) Antología de Héroes Argentinos Vol.1 (Universo Retro)
8) Cuando Salí de Habana (Loco Rabia + Belerofonte + ExAbrupto)
9) El Feo (Llanto de Mudo)
10) Yo Vampiro Vol.3+4 (Puro Comic)

Tenemos cuatro sobrevivientes, cuatro títulos aparecidos en los meses anteriores que se bancaron la avalancha. Dos de ellos, Cybersix y Yo Vampiro, dan testimonio de cómo los fans le siguen fieles a las grandes creaciones de Carlos Trillo aunque él ya no esté (y Meglia tampoco). La Murciélaga –lo subrayamos varias veces- ya es todo un fenómeno a estudiar por la devoción que genera entre sus seguidores y Regreso a Arkham es el tanque, el Titanic insumergible del 2012, ya no me quedan dudas.
Entre los nuevos títulos, se impuso ampliamente Liniers, seguido por la mega-dupla Quique Alcatena + Eduardo Mazzitelli. Un team-up entre varios personajes conocidos (Cazador, Camulus, Bruno Helmet, etc.) le dio a Universo Retro su primer ingreso al Top Ten. Y Llanto de Mudo volvió por partida doble, de la mano de Ariel López V. y la dupla Luciano Saracino-Omar Hetchenkopf. La otra novedad que anduvo bárbaro fue el recopilatorio de historias cortas del maestro Frank Arbelo, ese que fue co-producido entre tres sellos editoriales de dos países distintos.
Por supuesto, al salir tantos títulos de golpe, no todos logran vender lo que potencialmente suponíamos que venderían. Esta vez, el más perjudicado me parece que fue Vitamina Potencia (de Federico Reggiani y Angel Mosquito), que arrancó vendiendo dignamente, pero pasó un poco desapercibido en medio de tantos lanzamientos. Ojalá este mes repunte.
¿Y Ediciones de la Flor? Evidentemente el regreso furibundo de Llanto de Mudo y Loco Rabia con su bombardeo de novedades dejó afuera a los long-sellers de la editorial de Quino, Nik y Gustavo Sala. Veremos cuándo y con qué intenta reconquistar los sitios de privilegio que suele ocupar en el ranking.
Para Septiembre, se vienen nuevos tomos de Cybersix y República Gada, lo nuevo de Diego Agrimbau, algo de Diego Cortés, la edición nacional de Monsieur Jean (la joya inenarrable de Dupuy y Berberian) y no sé si mucho más. Supongo que las editoriales guardarán algunas bombas para detonar en Octubre, en los eventos que se vienen ese mes. Veremos si con menos novedades las ventas se sostienen o se van a la B con Independiente y Unión.

viernes, 31 de agosto de 2012

31/ 08: A.M. (ANTES MUERTO)

Cada tanto, me llaman de alguna radio para hacerme una breve entrevista telefónica, general-
mente referida a temas de historieta, o de películas basadas en personajes de comics. Muy de vez en cuando, me invitan a participar de un programa en el estudio, junto a los conductores, y yo si puedo voy. Hoy me invitaron a participar en un programa de tele, A.M., el programa de las mañanas de Telefé.
Me avisaron el martes mis amigos de La Revistería: “¿Querés ir el viernes a A.M.?”. Y yo dije que sí sin preguntar a qué iba, ni con quién iba, ni cómo venía la mano. Ni siquiera sabía si el programa se hacía en los estudios de Martínez o en los de San Cristóbal. La única información que tenía era que a tal hora me pasaba a buscar un remis por mi casa. Después me entero por mi colega Matías Lértora que él también estaba invitado y que íbamos a hablar de superhéroes. Bueno, qué sé yo... No es lo que más consumo, pero es un tema que conozco bien. Y hasta ahí llegó la data previa.
Pasaditas las 10 AM llegamos con Matías al estudio de Telefé en Martínez, donde yo había estado en Marzo, cuando mi amigo Sebastián De Caro me llevó a conocer la casa de Gran Hermano. Entramos al plató propiamente dicho y nos encontramos, por un lado a Ricky y Alejandrito, mis amigos de La Revistería, que eran el enlace entre la producción de A.M. y los “especialistas”, que vendríamos a ser nosotros. Estaban también Federico y Micaela, otros dos fans de los comics que iban a compartir la mesa con nosotros. Nos juntaron a todos en el set contiguo al de A.M., donde rodeados de los decorados de otros programas de Telefé, nos dejaron una hora y media parados, a la espera de nuestro turno para salir en cámara, sin ofrecernos ni un vaso de agua, ni un café, ni una medialuna de esas tan ricas que se ven todo el tiempo en pantalla.
Esas sorpresas son mínimas al lado de las más... angustiantes: A los decorados habituales del programa le habían sumado una gigantografía de Marvel vs. CapCom y muchísimas onomatopeyas con la onda de la serie de Batman de los ´60: Sock!, Pow!, Ka-Pow!, Crunch!, y demás. Leo Montero estaba disfrazado de Spider-Man, Vero Lozano de Wonder Woman, Augusto Tartúfoli del Riddler, Jimena Monteverde de Catwoman, una chica llamada Pía (a la que jamás había visto) de Batgirl, la asistente de Jimena de Supergirl, Dalia Gutman (la locutora) de Poison Ivy, Darío Barassi de algo que no pude deducir qué era y Pepe Pompín de Mister Incredible. Cuando llegó la hijita de Vero Lozano, también la disfrazaron de Wonder Woman y la soltaron a corretear por el estudio.
En ese contexto de carnaval de bajo presupuesto, desfilaron una nota a Mariano Martínez desde un móvil, una receta de cocina, una entrevista en el estudio a Miriam Noséqué (una mina a la que nunca había visto y cuyos méritos consisten en estar buena y ser la esposa de Alejandro Fantino), una nota desde el patio del estudio con un pibe que hacía pruebas con su skate, decenas de chivos y hasta un juego en el que los integrantes del programa trataban de atravesar un globo sin pincharlo con una aguja aceitada. A un costado del set, un par de reidores se reían sin parar, exagerada y casi groseramente, de cualquier pelotudez que los que aparecen en cámara dijeran o hicieran. Después de una hora y media de ese flagelo, nos hicieron pasar al living.
Tartu mandó al aire un informe que explicaba (más o menos) quiénes éramos y qué hacíamos los invitados y acto seguido, Leo y Vero se sentaron con nosotros y nos hicieron una pregunta a cada uno. Y tras la cuarta respuesta, la nota se terminó con un “gracias, chicos”, un chivo, un corte y de nuevo al remís. Apenas quedaba tiempo para presentar a una participante de La Voz Argentina, que venía a cantar en vivo y había llegado antes que nosotros. Porque había que terminar la semana con los conductores bailando, disfrazados de superhéroes. En total, habremos estado al aire... seis minutos, por ahí siete.
¿Cuál fue nuestro aporte a ese festival de la oquedad y la pavada? Supongo que ninguno. A los diez segundos de que nos fuimos, todos (los televidentes también) se habrán olvidado de que estuvimos ahí y de las dos giladas que logró hilar cada uno en el ínfimo tiempo en que la cámara nos enfocó. Por ahí si íbamos disfrazados, nos daban más pelota.
En conclusión, una mañana espléndida perdida en una imbecilidad cósmica, jugando de visitante en un ámbito donde reinan la superficialidad, la inmediatez y el “me chupa todo un huevo” rayano en la falta de respeto. ¿Volverías a A.M.? Antes Muerto.

jueves, 30 de agosto de 2012

30/ 08: LOCKE & KEY Vol.4

Sí, son menos de 140 páginas por año. Pero eso que parece poco, cuando te sentás a leerlo es muchísimo. Locke & Key es una cátedra de historieta, sin un cuadrito librado al azar. Un mecanismo de relojería perversamente genial, una cruza genéticamente perfecta entre el costumbrismo más agudo y la fantasía más descontrolada, con un mix de escenas truculentas, tiernas, bajoneras, vibrantes, introspectivas, cómicas, pochocleras, enigmáticas y sobre todo, impredecibles. Después de Locke & Key (que termina en el Vol.6), Joe Hill podría no escribir historietas nunca más en su vida y aún así tendrá ganada su página en la historia del Noveno Arte, porque lo que está haciendo en esta serie desafía todos los límites, de la imaginación y de la exégesis.
Menos de 140 páginas por año le alcanzan al Gauchito Hill para repartir el protagonismo entre unos 10 ó 12 personajes importantes, para darle vida a todo un pueblo, para indagar en el pasado que vincula (de modos sombríos y ominosos) a los personajes más veteranos y, por supuesto, para maravillarnos con las llaves que los hermanos Locke siguen descubriendo en la imposible y ancestral Keyhouse. Algunos misterios se resuelven, otros no hacen más que agigantarse. Algunos personajes secundarios se alejan o mueren, otros no hacen más que juntar infinita chapa. Algunas máscaras se caen, otras simplemente se transmutan para que la farsa siga en pie y el peligro siga expectante, al acecho. Y para que nosotros sigamos al palo, pidiendo YA el próximo tomo, a ver cómo sigue la historia.
Hill, mientras tanto, se divierte con la exploración de nuevas variantes, nuevas formas de contarnos la extraña vida cotidiana de los hermanos Locke. En el primer episodio, por ejemplo, buena parte de la historia está contada como si fuera una tira de Calvin & Hobbes, del maestro Bill Watterson. El tercer episodio, en cambio, recorre día a día el mes de Febrero, con una escena (o a veces, una viñeta) por día. Y la segunda mitad del tomo está teñida de sangre, porque explota una violencia hasta acá insospechada, aunque sin descuidar ni el suspenso ni la caracterización.
El trabajo del chileno Gabriel Rodríguez también es merecedor de containers llenos de elogios. Si bien su estilo no es super-original, tiene una calidad en el acabado, una precisión en las expresiones faciales, una dinámica, y sobre todo una capacidad de acoplarse con el guión y narrar escenas muy jodidas desde la imagen, que lo ponen muy, muy arriba. En este tomo tiene, además del muy obvio (y muy logrado) homenaje a Calvin & Hobbes, uno un toque más sutil (pero también brillante) a la época de Paul Smith en Uncanny X-Men. La frase que manda Jordan (imitando la clásica pose de Kitty Pryde) me hizo reir un rato largo: “Professor Cornwell is a fucking bitchass dyke!”. Ya sea en las escenas más tranquis o en la machaca más desaforada, Rodríguez pone siempre lo que hay que poner para que esto sea tan estimulante desde lo visual como lo es desde la faz “literaria”.
Realmente, Locke & Key es indescriptible. Cualquier cosa que yo diga es una nimiedad, una paparruchada, al lado de lo que pelan acá Joe Hill y Gabriel Rodríguez. Hay que leer para creer. Y si creés en algún dios, rezá mucho para que el Vol.5 se edite pronto en libro (softcover, así lo compramos los crotos) y para que el último arco argumental (que está por debutar en revistitas el mes que viene, creo) esté al nivel de las glorias acumuladas hasta ahora por esta serie, cuya lectura es absolutamente indispensable.

miércoles, 29 de agosto de 2012

29/ 08: RESIDUOS

Mirá qué linda sorpresa... Esto lo compré porque lo vi barato y porque uno es fan de la historieta española. A los guionistas los conocía, pero como críticos de historieta: David Muñoz y Antonio Trashorras suelen escribir sobre temas viñetiles y los tenía bastante leídos. Ahora, leyendo este libro, me entero de que también son responsables del guión de El Espinazo del Diablo, magnífico largometraje del maestro Guillermo Del Toro. Y al dibujante, Luis Bustos, lo conocía como dibujante (valga la obviedad) y lo tenía conceptuado como uno medio del montón, uno que no descollaba demasiado en aquel efervescente panorama del comic español de los ´90, que tantas gratas sorpresas nos diera.
Acá me encuentro con un Bustos mucho mejor que aquel que yo recordaba, una cruza extraña y muy efectiva entre David Rubín, Manel Fontdevila y Germán García, a quien reemplazó en algunos episodios (no precisamente los mejores) de Tess Tinieblas, una serie que a mí me encantaba. El trabajo de Bustos en este álbum es deslumbrante, tanto cuando tiene espacio para lucirse con viñetas grandes como cuando tiene que meter 10 ó 12 viñetas microscópicas en cada página. Además de muy funcional al relato, el dibujo es plástico, desbordante de agilidad, de dinamismo y de una gran expresividad, potenciada por el hecho de que el propio Bustos colorea la historieta. Aunque no te interese la historia, re-da para tener esto sólo por los dibujos.
Y la historia es MUY ganchera: el protagonista es Mirko, un agente secreto de la Tierra que está infiltrado en otro planeta, bajo la apariencia de un nativo logipukiano y con la identidad falsa de “Pum”. Pum parece ser un simple recolector de residuos y chatarra espacial, pero en realidad es parte de una siniestra conjura de los terrícolas para invadir y sojuzgar a los habitantes de Logipuk. Para cuando este plan se pone en marcha, Mirko (o sea, Pum) ya se encariñó con el planeta, ya tiene novia, amigos... no va a ser tan fácil clavarle la puñalada trapera a esta civilización (irónicamente muy similar a la nuestra) a la que ya está perfectamente integrado.
Muñoz y Trashorras no pierden demasiado tiempo para explicar este planteo, sino que rápidamente ponen en marcha la aventura, que para antes de la mitad del tomo cobra un ritmo vertiginoso, que no decaerá hasta el final. Esto es palo y palo, a pura acción, y mucha diversión. Por momentos me hizo acordar a Planet, la bizarra epopeya de ciencia-ficción del novelista argento Sergio Bizzio (genio y figura), por la naturalidad con que los autores nos presentan la vida cotidiana en este nuevo planeta. La “alienidad” de los logipukianos está des-enfatizada y se manifiesta casi exclusivamente en su aspecto (piel verde y escamosa, boca grande al estilo de los sapos).
La aventura combinada con un dilema moral jodido siempre garpa. La ciencia-ficción enfocada desde una mirada medio irónica, también. Y si encima le metemos unos cuantos diálogos excelentes, el resultado va a dar muy, muy positivo. Residuos no te cambia la vida ni mucho menos, pero garantiza un muy buen momento, un rato en el que te vas a ver envuelto en una trama muy atrapante, con buenos personajes, mucha intensidad, un cierto subtexto que te va a dejar pensando y unos dibujos que combinan potencia, sutileza y hasta una cierta comicidad. No es poco, para nada.

martes, 28 de agosto de 2012

28/ 08: FANTASTIC FOUR Vol.2

Este es un tomo raro, el clásico tomo de pre-temporada. Es cortito, trae sólo cuatro episodios, y entre todos conforman un build-up, un extenso prólogo a algo muy, muy grosso que –supongo- sucederá en el próximo tomo. La acción es mínima y casi intrascendente. A grandes rasgos, en los cuatro episodios sucede lo mismo: los Fantastic Four se enteran de la existencia de una ciudad, o de una civilización, que no conocían. Como las cuatro civilizaciones están o dentro o muy cerca de la Tierra, Reed y sus amigos van a tomar contacto con cada una de estas culturas y a enterarse qué onda. Quiénes son, qué quieren, cómo y por qué surgieron esas ciudades fuera de la vista del ser humano común. O sea que más que aventuras hay explicaciones, muchas explicaciones, páginas y páginas de personajes que les cuentan a los FF cosas sobre su pasado, su cultura, su tecnología, etc.
Esto que podría parecer un embole no lo es, primero porque están esas escenitas de machaca (medio forzadas, pero bue), segundo porque –como ya dije- es un TPB corto, y tercero porque el maestro Jonathan Hickman le pone mucha onda a los diálogos para que no nos aburramos. Además, ya que está, da cátedra de erudición geek, porque ninguna de estas razas están improvisadas ni sacadas de la galera: son todas civilizaciones de las que el fan hardcore de Marvel ya había tenido noticias, ya sea a través de Fantastic Four, o de otras series. Hickman investigó y –como los FF- salió a explorar. Y se ve que recorrió bastante el Universo Marvel y sobre todo que se calentó en encontrar buenas explicaciones y buenas vueltas de tuerca que hagan que el regreso de razas tan... pintorescas como los Kymellianos nos produzca algo más que risa o comentarios al estilo de “Nah, me estás jodiendo...”.
Así como en el TPB anterior era demasiado obvio que Reed acaparaba para sí todo el protagonismo, esta vez no está pintado al óleo, pero no hay ningún tramo en el que eclipse a sus compañeros. El protagonismo está mucho mejor repartido y si alguno se morfa una porción un cachito más grande, es Johnny. Los que sí quedaron relegados (espero que no por mucho tiempo) son Valeria y Franklin, los hijitos de los Richards.
Por el lado del dibujo, hay buenas noticias. Primero, dibuja TODO el más que correcto Dale Eaglesham y no hay que soportar a aquel fiambre a medio resucitar que lo suplió en algunos episodios del Vol.1. Por otro lado, Eaglesham dibuja mejor que en el Vol.1. Está más suelto, más osado, más acoplado a la onda del guión, esa onda de “acá todo es más grosso, más incomensurable, más definitivo y más asombroso de lo que te imaginabas”. Pareciera que el dibujante se dejó maravillar por los guiones y decidió, para no ser menos, maravillarnos a los lectores. Guarda, le sigue faltando un poco de onda. Los cuerpos me siguen recordando a Jerry Ordway y las caras (ahora dibujadas en un estilo un toque más sintético) a Steve Rude. Pero con menos onda que estos dos maestros, bastante menos onda. Y me sigue dibujando a Reed con lomo, cuello y músculos de jugador de rugby, la puta que lo parió.
Imaginate que si después del tomo anterior, en el que pasaban bastantes cosas, me aguanté poco y nada antes de agarrar este, ahora, que me fumé casi 90 páginas de prólogo a una saga supuestamente hiper- cataclísmica, voy a aguantar como mucho un par de días para cazar el Vol.3 y comprobar qué tanto de lo que me vendió Hickman era posta y qué tanto era humo. Después te cuento qué onda...

lunes, 27 de agosto de 2012

27/ 08: SETON Vol.3

Por ahí lo leí medio atravesado, no sé... Lo cierto es que este tomo me pareció bastante más flojo que los otros dos. Sospecho que se debe a que ya estaba muy clara la fórmula y acá Yoshiharu Imaizumi no hace más que repetirla. No hay ni media vuelta de tuerca impredecible, uno sabe en todo momento lo que va a pasar. Creo que lo que más me atrajo es el primer tercio, ese tramo en el que el guionista nos cuenta lo mal que la pasa el joven Ernest Thompson Seton en Londres, sin un mango y con el compromiso asumido con sus padres de recibirse en la exigente Academia Real. Como nos presentan esa secuencia a modo de flashback, jamás dudamos de que Seton va a sobrevivir a esa ordalía, para regresar a los bosques cuasi-vírgenes de las planicies canadienses. Aún así, es el tramo que se me hizo menos “figurita repetida”.
Y la otra innovación es que esta vez Seton se obsesiona con un animal que tiene pocas chances de hacerlo boleta. El lobo zarpado del Vol.1 y la lince famélica del Vol.2 eran, claramente, depredadores. Un paso en falso y Seton en vez de aparecer en un manga, aparecía en el menú. Acá, en cambio, nuestro naturalista favorito se ceba mal con un ciervo. Prodigioso, enorme, majestuoso y –por supuesto- esquivo. Ernest no va a parar hasta quedar frente a frente con el cornudo y nunca dudás de que lo va a lograr. Con lo cual toooodas esas páginas en las que el pibe sigue el rastro del ciervo, pisada a pisada, sin rendirse nunca a pesar del frío y los peligros de pernoctar a la intemperie, a veces solo, a veces con otros cazadores, a veces incluso agarrando con la mano la caca del animal para ver si todavía está caliente (bleuuurrrghhh), tooodo eso es como un jugueteo previo a un coito que sabés inevitable desde el vamos. Un poquito de jugueteo previo está buenísimo, pero Imaizumi se zarpa al meter centenares de páginas de chico-busca-ciervo.
O sea que es un manga que se va desinflando, que gradualmente pierde el interés, porque no sólo sabés que Seton va a encontrar al portentoso Sandhill Stag (que así se llama el ciervo). También sabés lo que va a pasar cuando lo encuentre. Te queda una chance de no adivinar el final cientos de páginas antes: no haber leído los tomos anteriores. Ahí, en una de esas, el climax de la historia te puede llegar a resultar menos obvio. Pero si seguís la serie en el orden en que se editan los tomos, cagaste, esto es más predecible que un partido Barcelona-Desamparados de San Juan.
Y de nuevo, por ahí me agarró atravesado a mí, pero ya me hinchó un poquito las bolas la prosa de Imaizumi, tan cargada de comentarios emo, con tanto hincapié en los sentimientos de este pibe al que -en vez de la joda y las minas- lo excitan las huellas y las heces de los animales. Las situaciones se repiten mucho y –coherente, pero lamentablemente- los textos en off de Imaizumi también. Pasa lo mismo que hace 25 páginas, Seton siente lo mismo, el texto nos cuenta lo mismo. Por momentos, sentís que estás atrapado en un loop, en un eterno Día de la Marmota. ¿Otra vez el pibe encuentra el rastro del ciervo en la nieve? ¿Cuántas veces más se le va a escapar?
Por suerte todo esto está dibujado por el glorioso Jiro Taniguchi, fan incondicional de las historias basadas en la contemplación de la naturaleza y sus maravillas. Mientras yo me aburría, seguro que Taniguchi la pasaba bomba. Bah, no sé, por ahí se aburrió de dibujar a Seton mirando huellas de animales en la nieve... Y si las escenas del naturalista en Londres le interesaban menos, la verdad es que no se notó para nada, porque están dibujadas a un nivel superlativo. Obviamente con mucha referencia fotográfica, pero perfectamente integrada al estilo del grande entre los grandes.
Si te bancás una historia contada a un ritmo muy, muy lento y que avanza hacia el final más obvio que te puedas imaginar, el premio son más de 280 páginas dibujadas como los dioses por un Taniguchi a esta altura insuperable. No es poco. Ah, en Japón, Italia y Francia hay editado un cuarto tomo de Seton, esta vez centrado en un prodigioso, enorme, majestuoso y –por supuesto- esquivo... oso. Si lo veo a un precio razonable, no lo dudo, pero por ahora, hasta acá llegamos con esta serie cuyos dos primeros tomos me convencieron mucho más que este.

domingo, 26 de agosto de 2012

26/ 08: GRANDES HUMORISTAS PARAGUAYOS Vol.5

Hoy la recorrida por la historieta latinoamericana me lleva de nuevo a Paraguay, donde siempre termino por hablar del mismo autor: Roberto Goiriz, el hombre orquesta, el tipo capaz de realizar una novela gráfica de temática histórica junto a Robin Wood, o chistes al estilo de Rudy y Daniel Paz, todo a la vez y sin despeinarse.
La primera mitad de este libro está compuesta por chistes de una sóla viñeta, sin narrativa. Algunos están basados en situaciones coyunturales muy puntuales, obviamente de la realidad paraguaya pero, en general, se pueden entender y disfrutar en cualquier país que haya padecido la nefasta combinación entre gente pobre y dirigentes millonarios. La corrupción y las injusticias que denuncia Goiriz en sus chistes no son propiedad exclusiva del país hermano, lamentablemente, aunque a la hora de leer humor, eso sume. Por supuesto también hay chistes que no tienen que ver con la vida socio-política de Paraguay y ahí también Goiriz se las ingenia para sacarnos una sonrisa.
La segunda mitad del tomo es mucho más interesante, porque está compuesta básicamente por historietas, centradas en dos personajes. El primero es Jopo, un personaje muy universal, muy libre, casi surrealista, que arranca como protagonista de historietas de varias páginas (3 a 6), que parecen apuntadas al público infantil. Después las historias se estandarizan en una sóla página y el personaje empieza a bajar línea acerca de los medios de comunicación, la publicidad y el sistema capitalista. ¿Qué pasa ahí? Finalmente, Jopo se convierte en protagonista de una tira y en cada una Goiriz nos ofrece un chiste autoconclusivo. Y acá ya se va al otro extremo: TODOS esos chistes (supongo que realizados para un diario) se refieren a noticias, sucesos o situaciones de la realidad política, económica o social de Paraguay, y más precisamente de la ciudad de Asunción. Rarísimo periplo el de este personaje cuyo universo (atractivo y poblado de secundarios con mucho carisma) terminó subsumido al de las noticias del día.
Las cuatro páginas finales están dedicadas a otra tira, que claramente duró mucho menos: Juan Tinto, un personaje unidimensional (al estilo de Fallutelli, Cicuta, Ramona y un largo etcétera), pero muy gracioso y efectivo. Como su apellido lo sugiere, Juan Tinto le entra sin asco al vino y en las tiras lo vemos hacer las típicas boludeces que hacen todos los borrachos, aunque con mucho más ingenio y simpatía. A pesar de ser poquitas tiras, creo que esto es lo que más disfruté de todo el libro (y eso que no me gusta el vino), en parte porque el dibujo de Goiriz está muy afilado, muy sólido, con un gran equilibrio entre los espacios blancos (su especialidad es hacer humor con muuuucho espacio blanco) y las masas negras. Hay muchos aciertos en el dibujo, tanto en los chistes como en las distintas etapas por las que pasa Jopo, siempre dentro de un enfoque clásico. No le pidas a Goiriz que innove, ni que se zarpe. Como en sus historietas de aventuras, el paraguayo transita una línea de sobriedad y corrección, con imaginación, con ideas, pero sin asumir demasiados riesgos ni coquetear con los extremos.
No puedo ir mucho más allá, porque no me quiero poner a contar los chistes. La liquido con el reconocimiento a un autor al que por primera vez me encuentro dibujando sin narrar (yo sólo había leído sus historietas de aventuras) y al que le descubrí con mucho gusto esa otra faceta, la de los chistes, páginas y tiras cómicas, todas muy bien dibujadas y con un gran manejo del timing para el humor. Me quedo pensando si Goiriz se sentirá más a gusto rodeado de héroes y villanos en eternos combates entre el Bien y el Mal, o en estos universos minimalistas, ensimismados, poblados por criaturas que sólo existen en su imaginación y que no aspiran al menor grado de realismo, aunque muchas veces basen sus chistes en problemas reales...

sábado, 25 de agosto de 2012

25/ 08: SWEET TOOTH Vol.4

Hoy, más breve que de costumbre porque tengo poco tiempo.
Esto es una maravilla. No sé cuánto de todo lo que pasa en estos ocho episodios será realmente decisivo en el contexto global de la serie, cuyo final no está tan lejos. Por ahí, en el balance global, resulta que tooodo esto le sirvió a Jeff Lemire apenas para introducir un concepto, para sumar al elenco a un personaje o sacarse de encima a otros. Ni idea. Lo cierto es que, como Sweet Tooth tiene estructura de road movie, lo atractivo es que cada vez que los personajes detienen su marcha vivan alguna peripecia grossa o descubran algo vinculado a eso que salieron a buscar a la ruta.
En ese sentido, este tomo es ejemplar. Si bien el foco principal sigue puesto en Gus, el protagonismo es más coral que nunca y Lemire lo reparte con maestría entre siete u ocho personajes todos perfectamente trabajados, todos con espacio para tener SU momento, una secuencia que los defina y , sobre todo, que los haga avanzar. Acá hay tantas de esas, que en el próximo tomo cuando –sospecho yo- Lemire nos cuente hasta dónde piensa achicar el elenco protagónico, no vamos a lamentar ninguna partida, porque todos los personajes nos mostraron prácticamente todo su potencial.
Y además de páginas y páginas de cabecitas que hablan, también hay mucha acción, bien dosificada y de una intensidad poco frecuente en los comics de Vertigo. Lemire no les da respiro a sus personajes, no nos deja olvidarnos ni por un minuto que Gus y sus amigos están en constante peligro. Los estallidos de la acción no siempre hacen avanzar la historia. A veces simplemente enrarecen aún más ese clima que ya de por sí es muy tenso porque casi todos los personajes sospechan que algún otro es un traidor que se los está por empomar a todos. Por supuesto, Lemire calza esos estallidos de acción en los momentos justos para generar intriga entre un episodio y otro, y así torturar despiadadamente a los pobres giles que leen Sweet Tooth de a 20 paginitas por mes.
Del dibujo del ídolo canadiense ya hablamos bastante en las reseñas previas y no hay mucho para agregar. Sí quiero destacar dos cosas: el episodio en el que Lemire se toma unas mini-vacaciones y reparte 14 páginas entre tres amigos suyos. Ahí vemos brillar al gran Matt Kindt (hoy guionista de Frankenstein), que sobresale entre los invitados con una secuencia exquisita centrada en el pasado de Wendy. Y lo otro, los episodios en el que el que se toma vacaciones es el colorista José Villarrubia, el poeta del photoshop, y el propio Lemire colorea un montón de páginas (las del delirio de Gus, al borde de la muerte) con un manejo impresionante de las acuarelas, a las que le saca un jugo expresivo de gran belleza plástica. Quiero una novela gráfica de Lemire toda coloreada por él en este estilo. Ya.
Lo único que se puede decir en contra de este tomo, no es necesariamente un problema de la historieta. Se lee muy rápido, es cierto, pero porque Lemire sabe contar con las imágenes. Y como estas son las que nos cuentan muchísimas cosas, los textos aparecen casi cuando no queda más remedio, en cantidades mucho menores a las del comic promedio de Vertigo. El autor nos propone leer cada dibujo, cada rostro, cada clima, cada silencio. Si hacemos eso, cada tomo de Sweet Tooth nos lleva horas y horas de lectura. Si nos quedamos con los diálogos, ahí sí, este masacote de más de 160 páginas se nos escurre entre las manos (o entre los ojos) a una velocidad asombrosa. Aunque sin dejar gusto a poco, en absoluto, porque –más allá de qué tan rápido nos bajemos los brolis- esto es grosso de verdad.

viernes, 24 de agosto de 2012

24/ 08: EL JUICIO A COLUMBA

Esto es algo que, me parece, nos debemos todos los fans de la historieta argentina. Este año se habló bastante del tema, un poco a raíz de los múltiples homenajes a Robin Wood, un poco por la movida de repasar los 100 Años de la Historieta Argentina que armamos en la Comiqueando Online, y un poco porque sí, porque en algún punto es inevitable.
¿Qué onda Columba? ¿Qué se puede reivindicar y qué requiere un categórico Nunca Más de todo lo que hizo la famosa editorial entre 1928 y 2001?
Para mí, es fundamental empezar diciendo que Editorial Columba fue una empresa que durante décadas apostó a la historieta adocenada (o “por kilo”, como me gusta decirle a mí), reiterativa, maniquea, obvia. Columba condicionó y censuró a sus guionistas, le robó los originales a los dibujantes, los obligó a copiar a los autores más exitosos, y premió a los más prolficos por sobre los más talentosos. Alineada ideológicamente con cuanta dictadura militar padeció el país durante el Siglo XX, Columba fue una gigantesca picadora de carne, que jugó fuerte para imponer un concepto de historieta de aventuras que hoy, felizmente, está extinto, pero que dejó a cientos de miles de lectores convencidos de que esas fórmulas retrógradas (gastadas varios lustros antes de que la editorial desapareciera) eran las únicas viables.
Pero claro, dicho todo esto, también hay que reconocer que a pesar de todas estas limitaciones, en las revistas de Columba aparecieron artistas que lograron expresarse, desarrollar una voz propia, y aprovechar la masividad de las publicaciones para convertirse en íconos de la cultura popular. Por supuesto ninguno puede aspirar al impacto que logró –a partir de su debut, en 1967- el maestro Robin Wood, pero puestos a enumerar, seguro me van a quedar afuera varios autores, sobre todo los anteriores a 1967. Aún así, hay que destacar la labor de tipos como Lucho Olivera, Carlos Casalla, Alberto Salinas, Carlos Vogt, Cacho Mandrafina, Lito Fernández, el propio Solano López, Ricardo Villagrán, Ernesto García Seijas, José Luis García López, Enrique Breccia, Rubén Marchionne, otros guionistas como Ray Collins, Ricardo Ferrari o el mismísimo Oesterheld... son unos cuantos, y eso sin salir de los que me gustan a mí. También habrá gente a la que le gusten los que a mí me resultan irredimibles (Armando Fernández, Rezzónico, Furlino, los hermanos de Ricardo Villagrán y un infinito etcétera).
Cuando la picadora de carne funcionó en su máximo esplendor (1970-82), hizo falta sumar carne y Columba se convirtió durante esos años en un promisorio semillero de nuevos dibujantes que empezaron de muy pibes, con cero experiencia, y se curtieron en ese laburo ingrato e impersonal hasta convertirse en monstruos legendarios, en nombres clave de la historieta argentina (y a veces mundial). Así surgieron animalitos como Jorge Zaffino, Eduardo Risso, Rubén Meriggi, Walther Taborda, Carlitos Gómez y varios más a los que Columba virtualmente les pagó por aprender y años más tarde dejaron huellas importantes en este camino y esta profesión.
A partir de 1989 (fecha clave, porque es la primera vez que la otrora próspera editorial entra en cesación de pagos) la calidad de las historietas, que ya venía en baja, derrapa hacia un abismo sin fondo. Y Columba debe salir al rescate de las historietas que muchas de sus luminarias realizaban directamente para el mercado italiano, donde eran conocidos por sus trabajos tanto para estas revistas como para las de Record, y donde –a partir de la crisis que devastó a nuestro país a fines de los ´80- los artistas se sentían económicamente más seguros. En esa movida, Columba tuvo que hacer concesiones: estas historietas hechas para Italia eran bastante distintas a las clásicas. Tenían menos texto, cada tanto algún desnudo y se metían en temas de los que la conducción (reaccionaria al mango) de la editorial no quería que se tocaran en sus revistas. Los desnudos eran fáciles de censurar, el resto no tanto. La ítalo-dependencia llegó a su punto máximo en 1994, cuando los editores italianos le dicen a Robin Wood que no escriba más a Nippur (lejos el personaje más exitoso de Columba) y se concentre en Dago, Amanda y Martin Hel. Por supuesto, Columba respondió con infinitas reediciones de los episodios viejos, y los fans respondieron comprando menos revistas.
Esos primeros años ´90 (92 al 95-96) fueron turbulentos, con varios cambios brutales en la cúpula de la editorial y en los cargos intermedios. Después de esas experiencias (patéticos manotazos de ahogado), sólo faltaba la agonía, la peor época, en la que las revistas se llenaron de reediciones, apenas mechadas con material nuevo de bajísima calidad. Y un día el imperio se desmoronó y con él se murió la producción industrial de historietas en nuestro país.
Columba le dio laburo a muchísimos artistas, buscó como nadie expandir el consumo de historietas al público femenino, cuidó como nadie la llegada de sus publicaciones a todos los putos kioscos del país y en su época de esplendor pagó maravillosamente bien las colaboraciones. Imaginate si además hubiese apostado a la calidad en vez de a la cantidad y hubiese respetado a los autores en vez de convertirlos en engranajes de una maquinaria perversa y retrógrada...
Lindo tema para debatir, no? Escucho otras opiniones.