Ante todo, debo decir que el departamento de Harlem era chico. Mis tres amigos uruguayos y yo entrábamos con lo justo, y cada día más con lo justo, porque entre las torres de TPBs que comprábamos Nacho y yo y el hardware que se compraban ellos tres, la cosa estaba casi al límite. Aún así, el mismo viernes me desayuno con la noticia de que, entre esa noche y la del domingo, íbamos a tener un nuevo inquilino.
-¿Dónde se va a meter? –Donde pueda.
Finalmente, cuando ya estábamos acostados (olvidate de salir de joda, estábamos muy cansados y en The Pyramid los viernes hay fiestas gays) llega el nuevo roommate. Se trataba de Gerónimo Oyenard, un muchacho uruguayo emigrado años atrás a EEUU, que vive en Virginia (creo) y toca el violín en una prestigiosa orquesta. Pero claro, también es comiquero, y no se quería perder la Convención. Bajo el nombre de Hank Scorpio, Gerónimo colabora también el blog Multiverseros, y así fue como Nacho Alcuri, la estrella de dicho blog, le dio nuestra dirección y le dijo “venite, que en algún lado te ubicamos”. Uruguayo, comiquero y violinista parece una paráfrasis de “uruguayo, verdulero y mentalista”, gran frase de un tema de Zambayonny. O un personaje de Gustavo Sala: “Una aventura de Gerónimo Oyenard, el violinista comiquero”. Lo cierto es que sin hacer kilombo, el quinto pasajero peló una bolsa de dormir, la ubicó cerquita de la heladera, dejó a un costadito los brolis y muñecos que se había comprado en la Convención (donde obviamente no lo habíamos visto) y se durmió. La bolsa de dormir era verde clarito, como las larvas de los insectos, así que rápidamente fue apodado “Caterpillar”. Su crónica de la NYCC puede leerse en este link: http://www.multiverseros.com/misc/:nycc-la-mirada-de-hank-scorpio.html
El sábado temprano, los cinco enfilamos rumbo al Javits Center, donde una vez más nos esperaban una multitud enardecida, los stands repletos de ofertas inverosímiles, los autores que dibujaban o boludeaban en el Artist Alley y una generosa programación de charlas. Ese día pasé a saludar por un panel de Marvel, estuve un rato en el panel de los 10 años de Fables (con el maestro Bill Willingham a la cabeza) y me quedé un rato largo en una charla de Garth Ennis. La cola para entrar a la charla de Stan Lee era más desalentadora que ser hincha de Unión y ver la tabla de los promedios. Y había mucho más, claro. Imposible ver todo.
Lo más notable del finde probablemente haya sido el alud de disfrazados. Uno, acostumbrado al cosplay berreta con personajes pedorros de animé y videojuegos que jamás consumí ni consumiré, se sorprendió gratamente al ver disfraces de excelente calidad y, sobre todo, muy variados: había zombies, jedis, trekkies, elfos, vampiros, personajes de manga y animé, mucho Dr. Who, mucho Adventure Time y –por supuesto—muchísimos superhéroes y supervillanos de toda índole. Nacho Alcuri armó una maravillosa galería de fotos que puede verse en http://www.multiverseros.com/misc/:nycc-galeria-de-disfraces.html
La onda de los disfrazados era esa: invadir los pasillos, pasear y sacarse fotos con los fans que se copaban con sus disfraces. No iban a las charlas, no compraban una chota, no le pedían firmas a los autores. Ni siquiera sé si competían por algún premio. La hermosa Kitty Pryde que aparece en la foto conmigo (y Lockheed) se paseaba de la mano de un chongo disfrazado de Gambit, que con no muy buena cara aceptó la consigna de “correte, man, que la foto es con Kitty, no con vos”.
Y hablando de cosplay, un verdadero especialista en el tema, mi amigo Edu di Costa, estaba en la NYCC, sacando fotos y comprando boludeces. Como buen erudito en materia de Joda Nocturna, me habilitó la info de una fiesta comiquera que se hacía el sábado a la noche en un pub del centro. -¿Vamos? –Sí, pero bancame, que te lo cuento otro día.
viernes, 16 de noviembre de 2012
jueves, 15 de noviembre de 2012
15/ 11: NIJIGAHARA HOLOGRAPH
Me lo debía a mí mismo. Allá por los albores del blog me enteré de que esta obra de 2006 tenía edición en castellano y finalmente hace unos meses la encontré a un precio razonable y la capturé. Es muy loco, porque estoy leyendo a Inio Asano de atrás para adelante. En 2009 leí Solanin, en 2010 la obra inmediatamente anterior (What a Wonderful Life, comentada por acá) y ahora Nijigahara Holograph, que es de 2006. Pero bueno, es lo que hay. Cuando vea una obra posterior a Solanin, obviamente me tiro de cabeza.
Nijigahara Holograph es un manga terrible, pensado para desafiar permanentemente al lector. En principio, porque hay que prestarle mucha más atención que al manga promedio. La acción transcurre en dos tiempos, con secuencias entrelazadas de modo magistral: algunas nos muestran a los protagonistas cuando tienen 11 años, otras cuando tienen 21. O sea que sí, estamos otra vez frente a una incursión de Asano por el sub-género de “Jóvenes a la Deriva”, en el que tanta chapa cosechó. Los personajes cambian bastante de una época a otra, pero uno los identifica sin mayor dificultad, porque el tono del relato, si bien es complejo, no es críptico. Y además Asano siempre se las ingenia para que los personajes se vean bien distintos los unos de los otros.
La trama es una acumulación de situaciones tremendas, un viaje hacia atrás, una incursión por los espinosos campos de la memoria, signada por dolores, angustias, traiciones y transgresiones. Entre lo que los personajes realmente viven y lo que alucinan en sus mentes, tenemos asesinatos, mutilaciones, violaciones, incesto, suicidios, secretos mal guardados, oportunidades desaprovechadas, amores no correspondidos... Todo esto repartido entre presente y pasado, e hilvanado por un leiv motif, la invasión de mariposas, que contrasta con su vuelo poético a un clima que de tan sórdido se hace agobiante.
Asano prueba de todo y todo le sale bien. Sus bloques de texto contribuyen al clima extraño, crepuscular, al límite entre realidad y sueño (o alucinación o pura y simple mentira). Pero tal vez el recurso que mejor emplea es el corte de cada secuencia. Estas terminan siempre en el momento justo, cuando ya no hace falta decir ni mostrar nada más, o cuando –a los efectos dramáticos del guión- conviene que el lector no acopie más datos acerca de lo que está pasando entre los personajes. El resultado es una obra jodida, por momentos perturbadora, en la que el autor nos va llevando como a boludos, como a nenes con los ojos vendados, por un oscuro laberinto de pasiones, secretos, misterios y sueños hechos mierda contra el pavimento.
En la faz gráfica, Asano está inspiradísimo. Ya trabajaba muy bien las tramas mecánicas y las referencias fotográficas, ya sorprendía en la elección de los planos, ya coqueteaba con sus hoy características viñetas horizontales (widescreen) en las que las manos y los pies de los personajes suelen ser los protagonistas, ya humillaba a sus colegas de mucha más trayectoria con su talento para darle expresiones creíbles y emotivas a los rostros. Esto no parece para nada una obra de un borrego de veintipocos, y sin embargo, lo es.
Nijigahara Holograph es realmente increíble, en muchos aspectos. No es para cualquiera, hay que bancarse que el autor te sumerja en una onda tortuosa, en conflictos muy heavies, y que te tire un mensaje de desazón, en el que no rescatás ni cinco centavos de esperanza. Olvidate del Asano que bajaba línea a favor de los sueños, de la libertad, de los ideales. Acá nos encontramos con un Asano que dibuja igual de bien que en sus otras obras, pero que hace flamear las banderas del bajón, del desconsuelo, de las heridas que no cicatrizan jamás. En este manga descubrimos que de las podredumbres más abyectas de los pibes, los jóvenes y la sociedad en la que viven, Asano también obtiene materia prima para crear historias maravillosas. Y eso es parte de lo que lo hace tan genial.
Nijigahara Holograph es un manga terrible, pensado para desafiar permanentemente al lector. En principio, porque hay que prestarle mucha más atención que al manga promedio. La acción transcurre en dos tiempos, con secuencias entrelazadas de modo magistral: algunas nos muestran a los protagonistas cuando tienen 11 años, otras cuando tienen 21. O sea que sí, estamos otra vez frente a una incursión de Asano por el sub-género de “Jóvenes a la Deriva”, en el que tanta chapa cosechó. Los personajes cambian bastante de una época a otra, pero uno los identifica sin mayor dificultad, porque el tono del relato, si bien es complejo, no es críptico. Y además Asano siempre se las ingenia para que los personajes se vean bien distintos los unos de los otros.
La trama es una acumulación de situaciones tremendas, un viaje hacia atrás, una incursión por los espinosos campos de la memoria, signada por dolores, angustias, traiciones y transgresiones. Entre lo que los personajes realmente viven y lo que alucinan en sus mentes, tenemos asesinatos, mutilaciones, violaciones, incesto, suicidios, secretos mal guardados, oportunidades desaprovechadas, amores no correspondidos... Todo esto repartido entre presente y pasado, e hilvanado por un leiv motif, la invasión de mariposas, que contrasta con su vuelo poético a un clima que de tan sórdido se hace agobiante.
Asano prueba de todo y todo le sale bien. Sus bloques de texto contribuyen al clima extraño, crepuscular, al límite entre realidad y sueño (o alucinación o pura y simple mentira). Pero tal vez el recurso que mejor emplea es el corte de cada secuencia. Estas terminan siempre en el momento justo, cuando ya no hace falta decir ni mostrar nada más, o cuando –a los efectos dramáticos del guión- conviene que el lector no acopie más datos acerca de lo que está pasando entre los personajes. El resultado es una obra jodida, por momentos perturbadora, en la que el autor nos va llevando como a boludos, como a nenes con los ojos vendados, por un oscuro laberinto de pasiones, secretos, misterios y sueños hechos mierda contra el pavimento.
En la faz gráfica, Asano está inspiradísimo. Ya trabajaba muy bien las tramas mecánicas y las referencias fotográficas, ya sorprendía en la elección de los planos, ya coqueteaba con sus hoy características viñetas horizontales (widescreen) en las que las manos y los pies de los personajes suelen ser los protagonistas, ya humillaba a sus colegas de mucha más trayectoria con su talento para darle expresiones creíbles y emotivas a los rostros. Esto no parece para nada una obra de un borrego de veintipocos, y sin embargo, lo es.
Nijigahara Holograph es realmente increíble, en muchos aspectos. No es para cualquiera, hay que bancarse que el autor te sumerja en una onda tortuosa, en conflictos muy heavies, y que te tire un mensaje de desazón, en el que no rescatás ni cinco centavos de esperanza. Olvidate del Asano que bajaba línea a favor de los sueños, de la libertad, de los ideales. Acá nos encontramos con un Asano que dibuja igual de bien que en sus otras obras, pero que hace flamear las banderas del bajón, del desconsuelo, de las heridas que no cicatrizan jamás. En este manga descubrimos que de las podredumbres más abyectas de los pibes, los jóvenes y la sociedad en la que viven, Asano también obtiene materia prima para crear historias maravillosas. Y eso es parte de lo que lo hace tan genial.
Etiquetas:
Inio Asano,
manga,
Nijigahara Holograph
miércoles, 14 de noviembre de 2012
14/ 11: DMZ Vol.10
Ufff! 40 días sin leer comics de Vertigo! Poco menos que una condena!
Este tomo engancha con la saga de Nueva York. De hecho, ahora que estoy más canchero con la geografía de la islita, me animo a leer DMZ como un comic protagonizado no por el nabo de Matty Roth, sino por la propia Manhattan. Y de pronto, cosas que antes no cerraban empiezan a cerrar. Esta serie es un canto de amor de Brian Wood a su ciudad y su gente. La guerra, los horrores, el dolor, las roscas políticas, son el condimento, o el engaña-pichanga, si querés. La gracia, la verdadera motivación del autor, me parece que pasa por el lado de homenajear, de ensalzar a Manhattan.
Por supuesto, eso se puede hacer bien o mal, y el guionista lo hace MUY bien, porque ese entramado que gira en torno a la nueva Guerra Civil que enfrenta a los yankis entre sí, está brillantemente aprovechado. Digo, además de ser un concepto sumamente original. En este tomo, Wood nos ofrece cinco historias unitarias que transcurren en un mismo día, el día en que el gobierno de los EEUU decide ponerle fin a la guerra con un mega-bombardeo que acabe de una vez y para siempre con todas las céulas armadas que resisten en la islita. Y con la gente que ande por ahí, total, son “daño colateral”, perfectamente aceptable para los garcas que le dan cero valor a la vida humana.
El primer episodio tiene a Zee en un rol secundario pero importante. Es una historia dura, heavy, de difícil digestión. El dibujo de Andrea Mutti no me convenció para nada. Hubiese preferido a un dibujante más expresivo, que laburara mejor los rasgos faciales, que son cruciales en esta historia de resistencia, solidaridad y huevos.
La segunda historia es un exquisito final para un personaje increíble como es el Señor Wilson, el capo de Chinatown. Acá también hay aguante y huevos a granel, pero también runfla, especulación y cálculo finito. El dibujo de Nathan Fox es excelente, como siempre con guiños a Paul Pope y gran simbiosis con los colores de Jeromy Cox.
La tercera es una obra maestra. La podés sacar del contexto de DMZ y publicarla en cualquier lado. Seguro va a cosechar ovaciones, sea donde sea. La protagonista es Amina, un personaje que llevaba varios tomos desenganchado de las tramas centrales. El dibujo de Cliff Chiang sintoniza perfecto con el dramatismo de un guión electrizante.
Para la cuarta historia, Wood retoma a uno de los personajes secundarios más queridos por la hinchada, Decade Later, el genio del graffiti. La cantidad de cosas tremendas que le pasan al dibujante en estas 22 páginas te conmueven aunque tengas un témpano en el corazón. Los dibujos del ídolo croata Danijel Zezelj elevan esta maravilla al rango de joya absoluta.
Y para el final, entra en escena el único dibujante al que me imagino dibujando DMZ de manera regular, al que yo pondría de titular el día que se vaya Riccardo Burchielli (ausente en este tomo, pero inmortal en el corazón de su pueblo): el maestro David Lapham se brinda entero y jerarquiza con su pincel la única historia en la que aparece Matty Roth. No tiene el recontra-guión, pero bueno, funciona correctamente como epílogo a todo lo grosso que sucedió en los espisodios anteriores. Y además está bien mostrar algo tan trascendental como “el bombardeo definitivo a Manhattan” desde la óptica del personaje central de la serie.
Una vez más, un tomo de DMZ termina en tragedia, en una estocada letal al alma de los lectores. Y una vez más, el final marca un cambio de rumbo, pone en evidencia que sólo se puede seguir por un camino nuevo, inexplorado y –sobre todo- impredecible. ¿Qué le depara el futuro a los sufridos sobrevivientes? Habrá que leer los dos tomos que faltan para enterarse. Ya los tengo ahí, pidiendo pista. La otra intriga es cuánto aguantaré para entrarles...
Este tomo engancha con la saga de Nueva York. De hecho, ahora que estoy más canchero con la geografía de la islita, me animo a leer DMZ como un comic protagonizado no por el nabo de Matty Roth, sino por la propia Manhattan. Y de pronto, cosas que antes no cerraban empiezan a cerrar. Esta serie es un canto de amor de Brian Wood a su ciudad y su gente. La guerra, los horrores, el dolor, las roscas políticas, son el condimento, o el engaña-pichanga, si querés. La gracia, la verdadera motivación del autor, me parece que pasa por el lado de homenajear, de ensalzar a Manhattan.
Por supuesto, eso se puede hacer bien o mal, y el guionista lo hace MUY bien, porque ese entramado que gira en torno a la nueva Guerra Civil que enfrenta a los yankis entre sí, está brillantemente aprovechado. Digo, además de ser un concepto sumamente original. En este tomo, Wood nos ofrece cinco historias unitarias que transcurren en un mismo día, el día en que el gobierno de los EEUU decide ponerle fin a la guerra con un mega-bombardeo que acabe de una vez y para siempre con todas las céulas armadas que resisten en la islita. Y con la gente que ande por ahí, total, son “daño colateral”, perfectamente aceptable para los garcas que le dan cero valor a la vida humana.
El primer episodio tiene a Zee en un rol secundario pero importante. Es una historia dura, heavy, de difícil digestión. El dibujo de Andrea Mutti no me convenció para nada. Hubiese preferido a un dibujante más expresivo, que laburara mejor los rasgos faciales, que son cruciales en esta historia de resistencia, solidaridad y huevos.
La segunda historia es un exquisito final para un personaje increíble como es el Señor Wilson, el capo de Chinatown. Acá también hay aguante y huevos a granel, pero también runfla, especulación y cálculo finito. El dibujo de Nathan Fox es excelente, como siempre con guiños a Paul Pope y gran simbiosis con los colores de Jeromy Cox.
La tercera es una obra maestra. La podés sacar del contexto de DMZ y publicarla en cualquier lado. Seguro va a cosechar ovaciones, sea donde sea. La protagonista es Amina, un personaje que llevaba varios tomos desenganchado de las tramas centrales. El dibujo de Cliff Chiang sintoniza perfecto con el dramatismo de un guión electrizante.
Para la cuarta historia, Wood retoma a uno de los personajes secundarios más queridos por la hinchada, Decade Later, el genio del graffiti. La cantidad de cosas tremendas que le pasan al dibujante en estas 22 páginas te conmueven aunque tengas un témpano en el corazón. Los dibujos del ídolo croata Danijel Zezelj elevan esta maravilla al rango de joya absoluta.
Y para el final, entra en escena el único dibujante al que me imagino dibujando DMZ de manera regular, al que yo pondría de titular el día que se vaya Riccardo Burchielli (ausente en este tomo, pero inmortal en el corazón de su pueblo): el maestro David Lapham se brinda entero y jerarquiza con su pincel la única historia en la que aparece Matty Roth. No tiene el recontra-guión, pero bueno, funciona correctamente como epílogo a todo lo grosso que sucedió en los espisodios anteriores. Y además está bien mostrar algo tan trascendental como “el bombardeo definitivo a Manhattan” desde la óptica del personaje central de la serie.
Una vez más, un tomo de DMZ termina en tragedia, en una estocada letal al alma de los lectores. Y una vez más, el final marca un cambio de rumbo, pone en evidencia que sólo se puede seguir por un camino nuevo, inexplorado y –sobre todo- impredecible. ¿Qué le depara el futuro a los sufridos sobrevivientes? Habrá que leer los dos tomos que faltan para enterarse. Ya los tengo ahí, pidiendo pista. La otra intriga es cuánto aguantaré para entrarles...
martes, 13 de noviembre de 2012
13/ 11: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 7)
Arranca el segundo día de la Con-
vención, el viernes 12 de Octubre, y después de habernos ido de juerga con Will Dennis, dormimos unas horas, nos levantamos, enfilamos para el centro y ¿a quién nos encontramos saliendo del mismo subte que nosotros? Al mismísimo Will Dennis! En una ciudad de millones de habitantes, justo nos cruzamos con quien el día anterior había sido nuestro anfitrión tanto en las oficinas de DC como en la joda nocturna. Increíble pero real.
Tras una escala en la que mis amigos uruguayos compraron más computadoras, cámaras fotográficas y demás tecno-chiches (ya tenían hardware como para equipar la Baticueva), nos mandamos al Javits Center, que nos recibió con una novedad respecto del jueves: la concurrencia de público se había multiplicado hasta el infinito y más allá. Olvidate de esos pabellones apenas poblados del día anterior. A partir del viernes y hasta el domingo inclusive, cada stand, cada pasillo, cada sala, cada espacio gastronómico y hasta los baños del centro de convenciones explotaban de gente. Todo era un gigantesco subte D a las seis de la tarde, pero con menos minitas, claro. Las colas para los autógrafos, para las charlas, para todo se hicieron infinitas cuando esta horda (integrada en buena medida por disfrazados) se apropió de la NYCC.
La programación mejoró ostensiblemente, así que estuvimos un rato en la charla de Grant Morrison (en una especie de mega-sala, llena hasta la chota) y casi sobre el cierre en la de Walt Simonson, que por suerte no estaba tan abarrotada. Pero hubo decenas de charlas por las que desfilaron muchísimos autores grossos.
La otra opción para estar un poquito menos apretujados fue el Artist Alley. Yo el jueves no lo encontré, pero el viernes (gracias a las instrucciones de mi amigos) logré llegar y descubrir un ámbito mucho más distendido, en el que los autores estaban más a gusto, más propensos a charlar un ratito. Ojo, también había colas importantes para acercarse a capos como Mike Mignola o George Pérez. Pero nada opacaba la grossitud de tener a tantos monstruos bajo un mismo techo. Ahí estaban (de a ratos) Simonson, Bill Sienkiewicz, José Luis García López, Chris Claremont, Mark Waid, Juanjo Guarnido, Dave Lloyd (inseparable de su botella de vino, tanto que su obra más famosa ahora es “V de Vinito”), Phil Jiménez, Ivan Reis, Rafael Albuquerque, Eddy Barrows, la tropa argenta integrada por Ariel Olivetti, Eduardo Risso, Leandro Fernández y Darío Brizuela, Ben Templesmith, David Mack, Joe Staton, Cliff Chiang, Coleen Doran, Erik Larsen, Giuseppe Camuncoli, Fiona Staples, Rick Remender, Steve McNiven, Riccardo Burchielli, Sean Murphy, Peter Kuper, alguien que reemplazaba a Tim Sale (que no pudo asistir), Amy Reeder Hadley, Mark Bagley, Olivier Coipel, Peter David y hasta la gloriosa viejita Ramona Fradon, con sus hermosos 86 años y el talento intacto.
Cada tanto bajaban a saludar a los amigos autores que no tenían mesa en el Alley, como Joe Kelly, Francis Manapul, Brian Wood, Teddy Kristiansen o Paul Levitz. O sea que ese espacio increíble (incluso por su horizontalidad, porque al lado de un dios como Sienkiewicz por ahí estaba sentado un verdulero irreivindicable) se convirtió en terreno fértil para el diálogo, los saludos y el “¿me hacés un dibujito?”. Ahí me enteré, por ejemplo, que Jonathan Hickman es hincha de River. O que el reverendo Dave Johnson se volvió de Rosario con unos 1000 dólares... en moneda argentina! Encima el salame no sabía que Risso iba a Nueva York y no pudo arreglar con él para que se los cambiara! En fin, si la Convención hubiese sido sólo el Artist Alley, también habría sido espectacular (aunque no me habría podido comprar los kilos y kilos de TPBs a u$ 5 que tan feliz me hicieron).
El viernes el Javits cerraba a las 7 de la tarde y esta vez sí, emprendimos el regreso a Harlem los cuatro juntos. En algún momento del viaje, uno de los uruguayos (creo que Nacho Alcuri) me dice “Che (o más probablemente, “bo”), te tenemos que decir algo importante”. -¿Qué pasó? –Nada, esta noche en el depto vamos a ser cinco... –Nah, me estás jodiendo... –No, en serio. Se sumó uno más hasta el domingo a la noche.
Imaginate mi cara y aguantame un par de días, que retomamos pronto.
vención, el viernes 12 de Octubre, y después de habernos ido de juerga con Will Dennis, dormimos unas horas, nos levantamos, enfilamos para el centro y ¿a quién nos encontramos saliendo del mismo subte que nosotros? Al mismísimo Will Dennis! En una ciudad de millones de habitantes, justo nos cruzamos con quien el día anterior había sido nuestro anfitrión tanto en las oficinas de DC como en la joda nocturna. Increíble pero real.
Tras una escala en la que mis amigos uruguayos compraron más computadoras, cámaras fotográficas y demás tecno-chiches (ya tenían hardware como para equipar la Baticueva), nos mandamos al Javits Center, que nos recibió con una novedad respecto del jueves: la concurrencia de público se había multiplicado hasta el infinito y más allá. Olvidate de esos pabellones apenas poblados del día anterior. A partir del viernes y hasta el domingo inclusive, cada stand, cada pasillo, cada sala, cada espacio gastronómico y hasta los baños del centro de convenciones explotaban de gente. Todo era un gigantesco subte D a las seis de la tarde, pero con menos minitas, claro. Las colas para los autógrafos, para las charlas, para todo se hicieron infinitas cuando esta horda (integrada en buena medida por disfrazados) se apropió de la NYCC.
La programación mejoró ostensiblemente, así que estuvimos un rato en la charla de Grant Morrison (en una especie de mega-sala, llena hasta la chota) y casi sobre el cierre en la de Walt Simonson, que por suerte no estaba tan abarrotada. Pero hubo decenas de charlas por las que desfilaron muchísimos autores grossos.
La otra opción para estar un poquito menos apretujados fue el Artist Alley. Yo el jueves no lo encontré, pero el viernes (gracias a las instrucciones de mi amigos) logré llegar y descubrir un ámbito mucho más distendido, en el que los autores estaban más a gusto, más propensos a charlar un ratito. Ojo, también había colas importantes para acercarse a capos como Mike Mignola o George Pérez. Pero nada opacaba la grossitud de tener a tantos monstruos bajo un mismo techo. Ahí estaban (de a ratos) Simonson, Bill Sienkiewicz, José Luis García López, Chris Claremont, Mark Waid, Juanjo Guarnido, Dave Lloyd (inseparable de su botella de vino, tanto que su obra más famosa ahora es “V de Vinito”), Phil Jiménez, Ivan Reis, Rafael Albuquerque, Eddy Barrows, la tropa argenta integrada por Ariel Olivetti, Eduardo Risso, Leandro Fernández y Darío Brizuela, Ben Templesmith, David Mack, Joe Staton, Cliff Chiang, Coleen Doran, Erik Larsen, Giuseppe Camuncoli, Fiona Staples, Rick Remender, Steve McNiven, Riccardo Burchielli, Sean Murphy, Peter Kuper, alguien que reemplazaba a Tim Sale (que no pudo asistir), Amy Reeder Hadley, Mark Bagley, Olivier Coipel, Peter David y hasta la gloriosa viejita Ramona Fradon, con sus hermosos 86 años y el talento intacto.
Cada tanto bajaban a saludar a los amigos autores que no tenían mesa en el Alley, como Joe Kelly, Francis Manapul, Brian Wood, Teddy Kristiansen o Paul Levitz. O sea que ese espacio increíble (incluso por su horizontalidad, porque al lado de un dios como Sienkiewicz por ahí estaba sentado un verdulero irreivindicable) se convirtió en terreno fértil para el diálogo, los saludos y el “¿me hacés un dibujito?”. Ahí me enteré, por ejemplo, que Jonathan Hickman es hincha de River. O que el reverendo Dave Johnson se volvió de Rosario con unos 1000 dólares... en moneda argentina! Encima el salame no sabía que Risso iba a Nueva York y no pudo arreglar con él para que se los cambiara! En fin, si la Convención hubiese sido sólo el Artist Alley, también habría sido espectacular (aunque no me habría podido comprar los kilos y kilos de TPBs a u$ 5 que tan feliz me hicieron).
El viernes el Javits cerraba a las 7 de la tarde y esta vez sí, emprendimos el regreso a Harlem los cuatro juntos. En algún momento del viaje, uno de los uruguayos (creo que Nacho Alcuri) me dice “Che (o más probablemente, “bo”), te tenemos que decir algo importante”. -¿Qué pasó? –Nada, esta noche en el depto vamos a ser cinco... –Nah, me estás jodiendo... –No, en serio. Se sumó uno más hasta el domingo a la noche.
Imaginate mi cara y aguantame un par de días, que retomamos pronto.
lunes, 12 de noviembre de 2012
12/ 11: HELLBOY: THE STORM AND THE FURY
Hubo un leve cambio de planes: la mega-epopeya con la que Mike Mignola y Duncan Fegredo se propusieron revolucionara Hellboy allá por 2007, se pensó para cuatro tomos y finalmente fueron tres. Lo malo: menos páginas dibujadas por este Fegredo mignolizado e insuperable, que deja la vida en cada viñeta. Lo bueno: ya no hace falta seguir esperando para saber cómo termina esta saga absolutamente fundamental.
Los primeros tres episodios (de seis) se podrían haber contado tranquilamente en 30 páginas. Acá, Mignola aprovecha el espacio que le sobra para recapitular bastante de lo sucedido en los tomos anteriores, para avanzar lentamente algunos sub-plots, para desarrollar un poquito más a un personaje riquísimo (Alice) y –por supuesto- para meter a personajes y lectores en el clima que requiere esta saga. El clima es ese de “un mundo fascinante, de salvaje belleza e infinitas posibilidades, que está a punto de irse a la mierda, pero muy, muy mal”. Algo así como lo que sentís cuando estás en un boliche repleto de minas espectaculares y el DJ pone un tema de Ricky Martin o Chayanne. Efectivamente, se viene el apocalipsis.
Y la verdad es que desde que empezó Hellboy que las profecías del apocalipsis se vienen acumulando como las copas en las vitrinas del Barça. La diferencia es que, esta vez, es todo posta. La segunda mitad de The Storm and the Fury es el verdadero final, el combate definitivo contra… no te lo puedo decir, pero es muy grosso. El sitio elegido para la batalla final es Inglaterra, la machaca desafía todos los límites de la machaca y el resultado es… desolador. Si venís leyendo las noticias, o el Previews, sabés que la próxima saga de Hellboy es en el Infierno. Creeme, te va a gustar mucho saber cómo llega hasta ahí el querido Anung Un Rama. Vas a sufrir, no lo vas a poder creer, te vas a emocionar al ver cómo el bicho de la mano indestructible aguanta hasta el final, y el final, cruel y perverso como Rodríguez Larreta, te va a cerrar a full.
A esta altura, ya es bastante obvio que Mignola se convirtió en un excelente guionista: su plan a largo plazo, su desarrollo de los conflictos y los personajes, los diálogos, los bloques de texto y hasta las secuencias mudas nos hablan de un autor que aprendió a ponerle magia y poesía al festival de los monstruos que se cagan a trompadas. ¿Por qué no es más reconocido en este aspecto? Quizás porque eligió como compañeros de aventuras a unos dibujantes tan bestialmente grossos que logran eclipsarlo. Con Fegredo pasa eso. El dibujo es tan, pero tan bueno, que los bloques de texto parecen molestar, ocupar centímetros en los que uno quiere ver más dibujitos de Fegredo. Los logros del dibujante inglés son demasiados, aunque tal vez el más notable sea cómo logró ensamblar su estilo con el del creador de la serie. Incluso la puesta en página, los enfoques, la composición de las viñetas nos recuerda en el acto a las de Mignola. Y cuando ves las páginas de cerca, aparece Fegredo, con sus detallitos sutiles, con la expresividad de los rostros (sobre todo femeninos) que Mignola no podría lograr. El combo , ese estilo en el que se mezclan los dos maestros, y al que tan bien entiende, complementa y realza el glorioso Dave Stewart con su paleta, se termina al final de este libro pero se queda a vivir para siempre en mis retinas y -me parece- en el corazón de todos los que amamos a Hellboy.
Se termina una saga que amenazaba con cambiar a Hellboy para siempre y cumplió con creces. Ahora se vienen los festejos de los 20 años del personaje y una nueva dirección, bajo las manos de un Mignola que se reconcilió con el tablero de dibujo. Gloria eterna a esta serie, un ejemplo de coherencia, creatividad y huevos para bancar un proyecto personal que al principio podía parecer medio ladri y hoy es un emblema del comic norteamericano actual.
Los primeros tres episodios (de seis) se podrían haber contado tranquilamente en 30 páginas. Acá, Mignola aprovecha el espacio que le sobra para recapitular bastante de lo sucedido en los tomos anteriores, para avanzar lentamente algunos sub-plots, para desarrollar un poquito más a un personaje riquísimo (Alice) y –por supuesto- para meter a personajes y lectores en el clima que requiere esta saga. El clima es ese de “un mundo fascinante, de salvaje belleza e infinitas posibilidades, que está a punto de irse a la mierda, pero muy, muy mal”. Algo así como lo que sentís cuando estás en un boliche repleto de minas espectaculares y el DJ pone un tema de Ricky Martin o Chayanne. Efectivamente, se viene el apocalipsis.
Y la verdad es que desde que empezó Hellboy que las profecías del apocalipsis se vienen acumulando como las copas en las vitrinas del Barça. La diferencia es que, esta vez, es todo posta. La segunda mitad de The Storm and the Fury es el verdadero final, el combate definitivo contra… no te lo puedo decir, pero es muy grosso. El sitio elegido para la batalla final es Inglaterra, la machaca desafía todos los límites de la machaca y el resultado es… desolador. Si venís leyendo las noticias, o el Previews, sabés que la próxima saga de Hellboy es en el Infierno. Creeme, te va a gustar mucho saber cómo llega hasta ahí el querido Anung Un Rama. Vas a sufrir, no lo vas a poder creer, te vas a emocionar al ver cómo el bicho de la mano indestructible aguanta hasta el final, y el final, cruel y perverso como Rodríguez Larreta, te va a cerrar a full.
A esta altura, ya es bastante obvio que Mignola se convirtió en un excelente guionista: su plan a largo plazo, su desarrollo de los conflictos y los personajes, los diálogos, los bloques de texto y hasta las secuencias mudas nos hablan de un autor que aprendió a ponerle magia y poesía al festival de los monstruos que se cagan a trompadas. ¿Por qué no es más reconocido en este aspecto? Quizás porque eligió como compañeros de aventuras a unos dibujantes tan bestialmente grossos que logran eclipsarlo. Con Fegredo pasa eso. El dibujo es tan, pero tan bueno, que los bloques de texto parecen molestar, ocupar centímetros en los que uno quiere ver más dibujitos de Fegredo. Los logros del dibujante inglés son demasiados, aunque tal vez el más notable sea cómo logró ensamblar su estilo con el del creador de la serie. Incluso la puesta en página, los enfoques, la composición de las viñetas nos recuerda en el acto a las de Mignola. Y cuando ves las páginas de cerca, aparece Fegredo, con sus detallitos sutiles, con la expresividad de los rostros (sobre todo femeninos) que Mignola no podría lograr. El combo , ese estilo en el que se mezclan los dos maestros, y al que tan bien entiende, complementa y realza el glorioso Dave Stewart con su paleta, se termina al final de este libro pero se queda a vivir para siempre en mis retinas y -me parece- en el corazón de todos los que amamos a Hellboy.
Se termina una saga que amenazaba con cambiar a Hellboy para siempre y cumplió con creces. Ahora se vienen los festejos de los 20 años del personaje y una nueva dirección, bajo las manos de un Mignola que se reconcilió con el tablero de dibujo. Gloria eterna a esta serie, un ejemplo de coherencia, creatividad y huevos para bancar un proyecto personal que al principio podía parecer medio ladri y hoy es un emblema del comic norteamericano actual.
Etiquetas:
Duncan Fegredo,
Hellboy,
Mike Mignola
domingo, 11 de noviembre de 2012
11/ 11: ELMER
Hoy nos vamos a Filipinas, un país donde, desde hace más de 40 años “la fácil” para los autores resulta ser insertarse en el mercado de EEUU a dibujar o a entintar, y resignarse a no crear ideas ni conceptos propios. De hecho, el autor de esta novela gráfica, Gerardo “Gerry” Alanguilan, ya era bastante famoso por sus trabajos como entintador en infinitos comics (casi todos bastante chotos) de Top Cow, Marvel y DC. Pero cada tanto, a Alanguilan le picaba el bichito de la dignidad, de la creatividad, de querer generar, además de un billete, algo así como una obra propia. El entintador convertido en autor batalló contra viento y marea y finalmente vio la luz este proyecto, que no tiene nada que ver con nada.
En un punto, Elmer se parece a Maus: el hijo de un tipo que las pasó muy heavies por culpa de la discriminación y la intolerancia revive la vida de su padre y la convierte en una exitosa obra de ficción. Y no es “un tipo”, es un animal con raciocinio. La diferencia grossa está en que en Maus los ratones ocupan el rol de los judíos víctimas del nazismo, mientras que en Elmer los gallos y gallinas se imponen como una nueva especie con conciencia y facultades mentales que –a partir de bizarros acontecimientos- compartirán el mundo con los humanos. La consigna –no hay que ser un genio para darse cuenta- va muy para el lado de la joda. Imaginate un what if… en el que un día se descubre que los pollos piensan y sienten como los humanos, tienen las mismas capacidades de aprendizaje y demás, y se los termina por incluir como una raza más de la especie humana. No más parripollos, no más riñas de gallos, no más chistes de gallinas (le estamos buscando nuevo apodo a River). Pero Alanguilan se propone convertir esta premisa en el sustento de una novela gráfica que, por su extensión y su ambición, necesita sí o sí tomarse en serio este cambio brutal del status quo.
Así, lo que a priori parecía un chiste, cobra la forma de una trama espesa, muy brava, con momentos de gran dramatismo y gran tensión, escenas tremendamente bajoneras y desoladoras y algunas de esas que permiten que –de a ratitos- renazca la esperanza. Alanguilan logra esa proeza ciclópea a fuerza de dos elementos fundamentales: por un lado, el realismo, el análisis a fondo y sin concesiones de las lógicas consecuencias del suceso que detona la trama. Y por el otro lado, la excelente construcción de los personajes, principalmente Jake y su padre Elmer. No quiero contar mucho de la trama para no spoilear, pero la posta es esta: si lográs ver más allá del detalle pintoresco de que la nueva raza son pollos, acá hay un mensaje muy potente, muy contundente, acerca de la tolerancia, de la reacción al cambio, de la capacidad del ser humano de aceptar al diferente. No es un mensaje idílico ni muy alentador, porque Alanguilan no edulcora para nada la mierda que aflora en la sociedad cuando se enfrenta con lo distinto, con lo imprevisto, y de ahí se nutre para hacer sufrir tanto a sus personajes como al lector. Pero gana el talento del filipino por meternos en la historia, hacernos sentir que es posible y dejarnos pensando en estos temas tan delicados.
En materia de dibujo, Alanguilan derrapa un poquito a la hora de dibujar los primeros planos de los personajes humanos. En todo lo demás, es una gratísima sorpresa. Sus plumíferos son sumamente realistas, están llenos de detalles y además de expresividad. Los fondos están laburadísimos, los crosshatchings y las texturas te hielan la sangre, la narrativa está impecable y todo funciona para que la historia llegue a buen puerto. De la nada, un entintador de esos que llenan las viñetas de rayitas innecesarias, emerge con un artista interesantísimo, generoso a la hora de contar con su dibujo una historia de enorme impacto emocional. Y eso sin dudas está buenísimo.
Elmer es una historieta con mucha alma, mucho huevo (aunque nunca sabremos si vino antes que la gallina) y la sana intención de contar algo distinto. Ojalá más autores filipinos se animen a emprender el camino que acá marca Gerry Alanguilan.
En un punto, Elmer se parece a Maus: el hijo de un tipo que las pasó muy heavies por culpa de la discriminación y la intolerancia revive la vida de su padre y la convierte en una exitosa obra de ficción. Y no es “un tipo”, es un animal con raciocinio. La diferencia grossa está en que en Maus los ratones ocupan el rol de los judíos víctimas del nazismo, mientras que en Elmer los gallos y gallinas se imponen como una nueva especie con conciencia y facultades mentales que –a partir de bizarros acontecimientos- compartirán el mundo con los humanos. La consigna –no hay que ser un genio para darse cuenta- va muy para el lado de la joda. Imaginate un what if… en el que un día se descubre que los pollos piensan y sienten como los humanos, tienen las mismas capacidades de aprendizaje y demás, y se los termina por incluir como una raza más de la especie humana. No más parripollos, no más riñas de gallos, no más chistes de gallinas (le estamos buscando nuevo apodo a River). Pero Alanguilan se propone convertir esta premisa en el sustento de una novela gráfica que, por su extensión y su ambición, necesita sí o sí tomarse en serio este cambio brutal del status quo.
Así, lo que a priori parecía un chiste, cobra la forma de una trama espesa, muy brava, con momentos de gran dramatismo y gran tensión, escenas tremendamente bajoneras y desoladoras y algunas de esas que permiten que –de a ratitos- renazca la esperanza. Alanguilan logra esa proeza ciclópea a fuerza de dos elementos fundamentales: por un lado, el realismo, el análisis a fondo y sin concesiones de las lógicas consecuencias del suceso que detona la trama. Y por el otro lado, la excelente construcción de los personajes, principalmente Jake y su padre Elmer. No quiero contar mucho de la trama para no spoilear, pero la posta es esta: si lográs ver más allá del detalle pintoresco de que la nueva raza son pollos, acá hay un mensaje muy potente, muy contundente, acerca de la tolerancia, de la reacción al cambio, de la capacidad del ser humano de aceptar al diferente. No es un mensaje idílico ni muy alentador, porque Alanguilan no edulcora para nada la mierda que aflora en la sociedad cuando se enfrenta con lo distinto, con lo imprevisto, y de ahí se nutre para hacer sufrir tanto a sus personajes como al lector. Pero gana el talento del filipino por meternos en la historia, hacernos sentir que es posible y dejarnos pensando en estos temas tan delicados.
En materia de dibujo, Alanguilan derrapa un poquito a la hora de dibujar los primeros planos de los personajes humanos. En todo lo demás, es una gratísima sorpresa. Sus plumíferos son sumamente realistas, están llenos de detalles y además de expresividad. Los fondos están laburadísimos, los crosshatchings y las texturas te hielan la sangre, la narrativa está impecable y todo funciona para que la historia llegue a buen puerto. De la nada, un entintador de esos que llenan las viñetas de rayitas innecesarias, emerge con un artista interesantísimo, generoso a la hora de contar con su dibujo una historia de enorme impacto emocional. Y eso sin dudas está buenísimo.
Elmer es una historieta con mucha alma, mucho huevo (aunque nunca sabremos si vino antes que la gallina) y la sana intención de contar algo distinto. Ojalá más autores filipinos se animen a emprender el camino que acá marca Gerry Alanguilan.
sábado, 10 de noviembre de 2012
10/ 11: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 6)
Seguimos en aquel jueves 11 de Octubre que se niega a terminar. Son las diez de la noche, Nico Peruzzo y Nacho Alcuri están volviendo desde el Bronx hacia Manhattan, mientras Matías Bergara y yo pasamos por nuestro depto a dejar el material que nos compramos en la Convención y a cambiarnos la ropa, porque ahora la cita es en el pub Fat Buddha, donde los amigos de Vertigo festejan la aparición del último número de Scalped con una fiesta en la que paga todo DC.
Nacho y Nico llegaron sin problemas (Nacho todavía cargando los pilones de TPBs capturados en la Con) y Matías y yo llegamos bastante tarde, porque nos equivocamos y agarramos el subte para el lado contrario. A nuestro favor, debo decir que teníamos mal anotada la dirección del pub. Una vez ahí, nos encontramos con un Fat Buddha repleto (como en esta foto que encontré en la web), comida ya muy escasa y una torta con el logo de Scalped, cuyas últimas porciones sobrevivían con lo justo. Entre una multitud de gente que escabiaba como cosacos al ritmo de un DJ que pasaba un hip-hop poco atractivo, nos encontramos con Will Dennis (coordinador de Scalped y quien nos invitara a la fiesta), rodeado de su esposa y un par de sus asistentes, y por supuesto los agasajados, Jason Aaron y R.M. Guéra, autores de la magnífica serie. También estaban los maestros argentinos Eduardo Risso y Leandro Fernández y una horda de guionistas vertiguescos, entre ellos Brian Azzarello, Scott Snyder, Andy Diggle y Garth Ennis. Como el lugar estaba MUY lleno de gente (y después de un día de laburo en la Con mucha olía bastante mal), la onda era copar la vereda, donde los fumadores podían fumar y donde no se oía el cada vez peor hip-hop del DJ, lo cual facilitaba mucho el diálogo distendido con los grossos invitados. Seguro había más autores a los que no conocía y nadie me presentó, pero bueno, así pasaron un par de horas de jolgorio y canilla libre pagada por la editorial de Batman y Superman.
Hasta que en un momento, pasadita la una de la matina, Will Dennis dice “Bueno, vamos a bailar. Acá cerca hay un boliche copado que pasa música de los ´80. ¿Quién se prende?”. No había terminado de decir la palabra “eighties” y yo ya estaba en la puerta, viendo para dónde arrancar. Por supuesto se sumaron la esposa de Will y mis amigos uruguayos y rápidamente enfilamos hacia la disco. Cuando Dennis notó que los guionistas no lo seguían, mandó a uno de sus asistentes a decirles sutilmente que se pusieran las pilas. Minutos más tarde y a paso cansino, los autores arrancaron también hacia The Pyramid, el boliche elegido por el coordinador.
Imaginate mi sorpresa cuando entramos: The Pyramid era el perfecto antro darkie-ochentoso, con dos pistas, una barra y cuadros de Depeche Mode, New Order y demás bandas clásicas de los ´80. La pista del subsuelo era gótico-industrial, con una onda muy de reviente, poblada por flacos producidos onda Marilyn Manson y minas con más drogas que vestimenta, en un clima entre sórdido y estridente. Arriba, en cambio, el clima era el de los mejores viernes de Requiem, aunque con poca gente, porque era jueves. El DJ era un grosso, que elegía bien los temas y los bancaba hasta el final. Dennis lideró el baile y estalló cada vez que en los parlantes sonaba New Order, su banda favorita, de la que –igual que yo- se sabía todas las canciones. Su esposa y sus esbirros trataban de seguirle el ritmo, mientras los guionistas, amargos como la hinchada de Independiente, se pedían tragos en la barra y charlaban entre ellos sin siquiera mirar a una mina semi en bolas que bailaba por ahí. De mis amigos uruguayos, el único vencido por el cansancio era Nacho Alcuri, que además llegó a The Pyramid con las bolsas que explotaban de TPBs y que lo acompañaban desde que salió de la Convención, algo que ya percibíamos como si hubiera sucedido un par de días atrás.
Cuando Will Dennis se fue a dormir (con una sonrisa que no le entraba en su tintinesco rostro), sus asistentes aguantaron… tres minutos más y al toque se dieron a la fuga. Mis amigos y yo bancamos 15 ó 20 minutos más y pensando que al día siguiente nos teníamos que levantar temprano (y en todo lo que habíamos hecho ese día) también emprendimos la retirada. De ahí también me fui cantando “volveremos, volveremos…”. Muy resignados a tomarnos un taxi (que del East Village a Harlem capaz que salía un huevo), descubrimos con alegría que el subte de New York pasa las 24 horas. Ídolo absoluto. Hubo que esperarlo un ratito, pero antes de las cuatro de la matina estábamos de vuelta en el depto, con los pies devastados de caminar y bailar durante las 20 horas previas y con la sensación de haber vivido una semana, no un día. Al día siguiente nos esperaba otra jornada en la Comic Con y, por supuesto, más sorpresas. Retomamos pronto!
Nacho y Nico llegaron sin problemas (Nacho todavía cargando los pilones de TPBs capturados en la Con) y Matías y yo llegamos bastante tarde, porque nos equivocamos y agarramos el subte para el lado contrario. A nuestro favor, debo decir que teníamos mal anotada la dirección del pub. Una vez ahí, nos encontramos con un Fat Buddha repleto (como en esta foto que encontré en la web), comida ya muy escasa y una torta con el logo de Scalped, cuyas últimas porciones sobrevivían con lo justo. Entre una multitud de gente que escabiaba como cosacos al ritmo de un DJ que pasaba un hip-hop poco atractivo, nos encontramos con Will Dennis (coordinador de Scalped y quien nos invitara a la fiesta), rodeado de su esposa y un par de sus asistentes, y por supuesto los agasajados, Jason Aaron y R.M. Guéra, autores de la magnífica serie. También estaban los maestros argentinos Eduardo Risso y Leandro Fernández y una horda de guionistas vertiguescos, entre ellos Brian Azzarello, Scott Snyder, Andy Diggle y Garth Ennis. Como el lugar estaba MUY lleno de gente (y después de un día de laburo en la Con mucha olía bastante mal), la onda era copar la vereda, donde los fumadores podían fumar y donde no se oía el cada vez peor hip-hop del DJ, lo cual facilitaba mucho el diálogo distendido con los grossos invitados. Seguro había más autores a los que no conocía y nadie me presentó, pero bueno, así pasaron un par de horas de jolgorio y canilla libre pagada por la editorial de Batman y Superman.
Hasta que en un momento, pasadita la una de la matina, Will Dennis dice “Bueno, vamos a bailar. Acá cerca hay un boliche copado que pasa música de los ´80. ¿Quién se prende?”. No había terminado de decir la palabra “eighties” y yo ya estaba en la puerta, viendo para dónde arrancar. Por supuesto se sumaron la esposa de Will y mis amigos uruguayos y rápidamente enfilamos hacia la disco. Cuando Dennis notó que los guionistas no lo seguían, mandó a uno de sus asistentes a decirles sutilmente que se pusieran las pilas. Minutos más tarde y a paso cansino, los autores arrancaron también hacia The Pyramid, el boliche elegido por el coordinador.
Imaginate mi sorpresa cuando entramos: The Pyramid era el perfecto antro darkie-ochentoso, con dos pistas, una barra y cuadros de Depeche Mode, New Order y demás bandas clásicas de los ´80. La pista del subsuelo era gótico-industrial, con una onda muy de reviente, poblada por flacos producidos onda Marilyn Manson y minas con más drogas que vestimenta, en un clima entre sórdido y estridente. Arriba, en cambio, el clima era el de los mejores viernes de Requiem, aunque con poca gente, porque era jueves. El DJ era un grosso, que elegía bien los temas y los bancaba hasta el final. Dennis lideró el baile y estalló cada vez que en los parlantes sonaba New Order, su banda favorita, de la que –igual que yo- se sabía todas las canciones. Su esposa y sus esbirros trataban de seguirle el ritmo, mientras los guionistas, amargos como la hinchada de Independiente, se pedían tragos en la barra y charlaban entre ellos sin siquiera mirar a una mina semi en bolas que bailaba por ahí. De mis amigos uruguayos, el único vencido por el cansancio era Nacho Alcuri, que además llegó a The Pyramid con las bolsas que explotaban de TPBs y que lo acompañaban desde que salió de la Convención, algo que ya percibíamos como si hubiera sucedido un par de días atrás.
Cuando Will Dennis se fue a dormir (con una sonrisa que no le entraba en su tintinesco rostro), sus asistentes aguantaron… tres minutos más y al toque se dieron a la fuga. Mis amigos y yo bancamos 15 ó 20 minutos más y pensando que al día siguiente nos teníamos que levantar temprano (y en todo lo que habíamos hecho ese día) también emprendimos la retirada. De ahí también me fui cantando “volveremos, volveremos…”. Muy resignados a tomarnos un taxi (que del East Village a Harlem capaz que salía un huevo), descubrimos con alegría que el subte de New York pasa las 24 horas. Ídolo absoluto. Hubo que esperarlo un ratito, pero antes de las cuatro de la matina estábamos de vuelta en el depto, con los pies devastados de caminar y bailar durante las 20 horas previas y con la sensación de haber vivido una semana, no un día. Al día siguiente nos esperaba otra jornada en la Comic Con y, por supuesto, más sorpresas. Retomamos pronto!
viernes, 9 de noviembre de 2012
09/ 11: LA OREJA ROTA
La última vez que me quise hacer el ecléctico entrándole a un comic anterior a 1960 me fue bastante mal: fue con el Tarzan de Hogarth, que recién ahora, cuando me llevo fumados como ocho tomos, me empieza a resultar tolerable. Esta vez repetí el experimento con un álbum de Tintín originalmente escrito y dibujado por Hergé en 1937. La verdad, no me fue mucho mejor.
La Oreja Rota es el sexto álbum de las aventuras del joven Tintín. No está el Capitán Haddock, no está el Profesor Tornasol y apenas hay una brevísima secuencia con Hernández y Fernández. El resto gira todo en torno al aventurero del jopito, personaje de escasa onda si los hay. No sé si eso es lo peor que tiene este álbum, porque hay varias cosas imperdonables. La primera (la segunda, en realidad) es que Hergé pone en marcha una trama, la desarrolla con bastante buen ritmo a lo largo de 16 páginas y la desactiva casi por completo entre las páginas 17 y 48. Todo lo importante, lo que resuelve el núcleo argumental con el que arranca La Oreja Rota, sucede cuando el belga se digna a retomar la trama desactivada, en las páginas 48 a 62. Eso me permite inferir, entre otras cosas, que el argumento de “alguien se afanó un antiguo fetiche de la tribu de los Arumbaya y urge recuperarlo” no se bancaba 62 páginas de desarrollo. El propio Hergé lo demuestra al resolverlo en 32.
¿Y en las 30 páginas restantes, qué carajo pasa? Tintín viaja a un país de Sudamérica en busca del fetiche robado y se encuentra con una caricatura bastante grosera de la típica republiqueta: hombres vagos y desaliñados que escabian a toda hora, milicos corruptos que se derrocan los unos a los otros en una incansable sucesión de tiranos y un clima de inestabilidad política que hace que Tintín, un pendejo que no tiene idea de nada, ni siquiera tiene 18 años y –aún más heavy- ni siquiera tiene apellido, llegue a ocupar el cargo de Coronel y mano derecha de uno de los milicos que se alza con el gobierno de San Teodoro. Hergé claramente se pasa de listo en su caricatura y se nota todo el tiempo que las atrocidades que narra le causan más gracia que escozor. Dentro de ese clima mucho más festivo que trágico, tira una grossa: se viene una guerra entre San Teodoro y el país vecino, instigada por los yankis, que se quieren quedar con el petróleo de ambas naciones. Impresionante. Uno juraría que Hergé leía los diarios del 2012, pero no, leía los de 1937. Ahí ya estaba presente el negocio de agitar a los milicos para que declararan guerras absurdas y gastaran fortunas en armas, para después rosquear con la multinacional de turno que se quedaba –por chaucha y palito- con los recursos naturales del sufrido país tercermundista. Había que saber verlo, nomás, y Hergé lo vio con toda claridad.
En todo el álbum, pero en especial en estas 30 páginas en las que Tintín queda varado en San Teodoro, Hergé mecha una buena cantidad de gags bastante graciosos, que son los que lo salvan del embole definitivo. La aventura en sí no está para nada bien llevada, porque se basa en una acumulación ridícula de casualidades. Tintín zafa tantas veces de tantos peligros tan extremos, y encima con excusas tan chotas, que el verosímil se erosiona hasta desaparecer. Si te hace un poquito de ruido ver a un adolescente portar armas de fuego, manejar autos y disponer de la guita que hace falta para viajar de un continente a otro, el ruido que te hacen las peripecias de Tintín en San Teodoro es atronador. Es casi una carcajada burlona que se te ríe en la cara por haber perdido tu tiempo leyendo semejante sarta de pelotudeces. Tal vez eso sea lo peor de La Oreja Rota.
El dibujo es de 1937, o sea, todavía falta para que Hergé entregue sus mejores páginas. Acá el estilo del maestro todavía está un poquito crudo, aunque ya se le nota su principal virtud: resolver todo con un trazo simplísimo. Sin sombras, reservando el realismo sólo para fondos y vehículos, Hergé se las ingeniaba para plasmar en sus páginas absolutamente todo lo que hacía falta para narrar estas aventuras con toques de comedia de un modo sólido y eficaz. No sé si la grilla de cuatro tiras por página (algunas de las tiras llegan a incluir cinco viñetitas) lo ayuda o le juega en contra. Me cuesta imaginarme las aventuras de Tintín con una puesta en página distinta, más moderna, menos tributaria de las tiras de prensa clásicas. Así, en ese mosaico de cuadritos mínimos, formas muy definidas y colores planos, la historia parece funcionar. Con todas las limitaciones propias de guiones escritos para chicos hace 75 años, obviamente; pero en ese aspecto, el de la narrativa, me parece que es donde Hergé menos atrasa.
Tengo más álbumes de Tintín sin leer, así que volveremos a visitarlo a la brevedad.
La Oreja Rota es el sexto álbum de las aventuras del joven Tintín. No está el Capitán Haddock, no está el Profesor Tornasol y apenas hay una brevísima secuencia con Hernández y Fernández. El resto gira todo en torno al aventurero del jopito, personaje de escasa onda si los hay. No sé si eso es lo peor que tiene este álbum, porque hay varias cosas imperdonables. La primera (la segunda, en realidad) es que Hergé pone en marcha una trama, la desarrolla con bastante buen ritmo a lo largo de 16 páginas y la desactiva casi por completo entre las páginas 17 y 48. Todo lo importante, lo que resuelve el núcleo argumental con el que arranca La Oreja Rota, sucede cuando el belga se digna a retomar la trama desactivada, en las páginas 48 a 62. Eso me permite inferir, entre otras cosas, que el argumento de “alguien se afanó un antiguo fetiche de la tribu de los Arumbaya y urge recuperarlo” no se bancaba 62 páginas de desarrollo. El propio Hergé lo demuestra al resolverlo en 32.
¿Y en las 30 páginas restantes, qué carajo pasa? Tintín viaja a un país de Sudamérica en busca del fetiche robado y se encuentra con una caricatura bastante grosera de la típica republiqueta: hombres vagos y desaliñados que escabian a toda hora, milicos corruptos que se derrocan los unos a los otros en una incansable sucesión de tiranos y un clima de inestabilidad política que hace que Tintín, un pendejo que no tiene idea de nada, ni siquiera tiene 18 años y –aún más heavy- ni siquiera tiene apellido, llegue a ocupar el cargo de Coronel y mano derecha de uno de los milicos que se alza con el gobierno de San Teodoro. Hergé claramente se pasa de listo en su caricatura y se nota todo el tiempo que las atrocidades que narra le causan más gracia que escozor. Dentro de ese clima mucho más festivo que trágico, tira una grossa: se viene una guerra entre San Teodoro y el país vecino, instigada por los yankis, que se quieren quedar con el petróleo de ambas naciones. Impresionante. Uno juraría que Hergé leía los diarios del 2012, pero no, leía los de 1937. Ahí ya estaba presente el negocio de agitar a los milicos para que declararan guerras absurdas y gastaran fortunas en armas, para después rosquear con la multinacional de turno que se quedaba –por chaucha y palito- con los recursos naturales del sufrido país tercermundista. Había que saber verlo, nomás, y Hergé lo vio con toda claridad.
En todo el álbum, pero en especial en estas 30 páginas en las que Tintín queda varado en San Teodoro, Hergé mecha una buena cantidad de gags bastante graciosos, que son los que lo salvan del embole definitivo. La aventura en sí no está para nada bien llevada, porque se basa en una acumulación ridícula de casualidades. Tintín zafa tantas veces de tantos peligros tan extremos, y encima con excusas tan chotas, que el verosímil se erosiona hasta desaparecer. Si te hace un poquito de ruido ver a un adolescente portar armas de fuego, manejar autos y disponer de la guita que hace falta para viajar de un continente a otro, el ruido que te hacen las peripecias de Tintín en San Teodoro es atronador. Es casi una carcajada burlona que se te ríe en la cara por haber perdido tu tiempo leyendo semejante sarta de pelotudeces. Tal vez eso sea lo peor de La Oreja Rota.
El dibujo es de 1937, o sea, todavía falta para que Hergé entregue sus mejores páginas. Acá el estilo del maestro todavía está un poquito crudo, aunque ya se le nota su principal virtud: resolver todo con un trazo simplísimo. Sin sombras, reservando el realismo sólo para fondos y vehículos, Hergé se las ingeniaba para plasmar en sus páginas absolutamente todo lo que hacía falta para narrar estas aventuras con toques de comedia de un modo sólido y eficaz. No sé si la grilla de cuatro tiras por página (algunas de las tiras llegan a incluir cinco viñetitas) lo ayuda o le juega en contra. Me cuesta imaginarme las aventuras de Tintín con una puesta en página distinta, más moderna, menos tributaria de las tiras de prensa clásicas. Así, en ese mosaico de cuadritos mínimos, formas muy definidas y colores planos, la historia parece funcionar. Con todas las limitaciones propias de guiones escritos para chicos hace 75 años, obviamente; pero en ese aspecto, el de la narrativa, me parece que es donde Hergé menos atrasa.
Tengo más álbumes de Tintín sin leer, así que volveremos a visitarlo a la brevedad.
jueves, 8 de noviembre de 2012
08/ 11: SHOWCASE PRESENTS YOUNG LOVE Vol.1
Aproveché el largo viaje a Santiago del Estero para bajarme este masacote de historietas románticas de DC de los ´60. Estas son las historietas que, a fines de los ´70, leían mis compañeras de la primaria en la revista Susy, Secretos del Corazón, obviamente traducidas para el ojete por la impresentable Novaro.
Esto es muy alienígena. Tanto que nadie sabe quiénes fueron los autores de la mayoría de las historietas. Son autores anónimos, como el que inventó los chistes de Jaimito, o el pibe que tiró la bengala en Cromagnon. Básicamente, son historias de amor rosa, muy light. Minas que se enamoran de un tipo que no se quiere casar o que no les da bola, la clásica de dos amigas / hermanas que se disputan a un mismo flaco, minas que creen amar a uno y al final descubren que aman a otro, el tipo o mina que se va de viaje y deja a su pareja sufriendo porque cree que lo/la va a perder a manos de otro/a, y boludeces por el estilo. No se ven, y me llamó la atención, algunos conflictos típicos de la telenovela argentina, como falsos embarazos, romances entre mucama y patrón, gente que cree ser hija de quienes no son sus verdaderos padres y demás clichés. Las historias son muy cortas, muy obvias, poco profundas. Si hay algún vuelo, está en los bloques de texto en los que los anónimos guionistas describen lo que sienten estas heroínas presas de sus sentimientos.
La única excepción a esta regla es el serial protagonizado por Mary Robin, la enfermera, que está en casi todos los números del tomo. Acá hay gente que se queda ciega o paralítica, o que pierde la memoria, otros yeites clásicos de nuestras telenovelas. Y hay algo así como un personaje mejor trabajado, explorado con más profundidad. Era obvio que en un punto se tenía que terminar, porque para que la historieta tuviera gracia, Mary se tenía que transar a distintos chongos en todos los episodios. Y con 14 episodios (y casi la misma cantidad de muchachos) ya acumulados, más que enfermera parecía un yiro barato. Estas historietas, además, son las que ostentan los mejores dibujos, a cargo de un John Romita (padre, obvio) inspiradísimo, con mucha onda, incansable en la búsqueda de recursos para no dibujar sólo cabecitas que hablan (y se enroscan en fogosos besos).
¿Y el resto de las historietas? Y, bastante pobretonas desde lo visual. Hay alguito de Gene Colan, alguito de Mike Sekowsky, bastante Don Heck (pero con pocas pilas) y varios dibujantes ignotos. Lo más loco es cómo todos se esfuerzan por dibujar igual. De hecho, todos los varones que aparecen en estos comics son idénticos! No hay gordos, ni escuálidos, ni lungos, ni petisos, ninguno tiene barba, ni bigotes, ni anteojos, ni pelo largo y por supuesto ninguno es negro, ni oriental, ni latino, ni aborigen, ni nada. Se nota que el coordinador Jack Miller tenía muy claro con qué ideal de chongo se mojaban las chicas que leían Young Love.
Esto leído hoy no atrasa décadas, sino milenios. Por muchos motivos, pero principalmente porque no hay garches. Los pibes y minas se enamoran locamente, suspiran, se desean, sienten cómo se aceleran sus pulsaciones, se buscan, se encuentran, se besan con toda la pasión… y hasta ahí llegamos. Lo cual nos permite, además de leer las historietas, jugar al juego de Adivine Cuándo Garchan. Vas leyendo la historia y cada vez que la cosa se pone hot, decís “esta secuencia ameritaba un garche”. Y como tenés la mente podrida, seguro te imaginás a los protagonistas en situaciones mucho más escabrosas que las que hubiesen podido dibujar estos atildados señores en los años ´60. Probalo, es bastante divertido.
Hasta fines de los ´60, DC conservó esta ilusión de un mundo idílico, de amor limpito y sano, sin contaminar por las luchas sociales, el crimen urbano, el choque generacional, las desigualdades de clase, o incluso por temas más relacionados con la pareja, como la revolución sexual, el amor libre de los hippies, o los movimientos feministas que –sospecho- habrían odiado los contenidos de Young Love. Este libro (el único de su género que me pienso comprar) es interesante como rareza, como reliquia bizarra, y si hay algo que realmente se disfruta, que realmente te llena, son todas esas páginas dibujadas como los dioses por John Romita, hasta que Stan Lee se lo llevó a Marvel. El resto, supongo que estará bueno sólo si sos mujer heterosexual y tenés entre 11 y 14 años.
Esto es muy alienígena. Tanto que nadie sabe quiénes fueron los autores de la mayoría de las historietas. Son autores anónimos, como el que inventó los chistes de Jaimito, o el pibe que tiró la bengala en Cromagnon. Básicamente, son historias de amor rosa, muy light. Minas que se enamoran de un tipo que no se quiere casar o que no les da bola, la clásica de dos amigas / hermanas que se disputan a un mismo flaco, minas que creen amar a uno y al final descubren que aman a otro, el tipo o mina que se va de viaje y deja a su pareja sufriendo porque cree que lo/la va a perder a manos de otro/a, y boludeces por el estilo. No se ven, y me llamó la atención, algunos conflictos típicos de la telenovela argentina, como falsos embarazos, romances entre mucama y patrón, gente que cree ser hija de quienes no son sus verdaderos padres y demás clichés. Las historias son muy cortas, muy obvias, poco profundas. Si hay algún vuelo, está en los bloques de texto en los que los anónimos guionistas describen lo que sienten estas heroínas presas de sus sentimientos.
La única excepción a esta regla es el serial protagonizado por Mary Robin, la enfermera, que está en casi todos los números del tomo. Acá hay gente que se queda ciega o paralítica, o que pierde la memoria, otros yeites clásicos de nuestras telenovelas. Y hay algo así como un personaje mejor trabajado, explorado con más profundidad. Era obvio que en un punto se tenía que terminar, porque para que la historieta tuviera gracia, Mary se tenía que transar a distintos chongos en todos los episodios. Y con 14 episodios (y casi la misma cantidad de muchachos) ya acumulados, más que enfermera parecía un yiro barato. Estas historietas, además, son las que ostentan los mejores dibujos, a cargo de un John Romita (padre, obvio) inspiradísimo, con mucha onda, incansable en la búsqueda de recursos para no dibujar sólo cabecitas que hablan (y se enroscan en fogosos besos).
¿Y el resto de las historietas? Y, bastante pobretonas desde lo visual. Hay alguito de Gene Colan, alguito de Mike Sekowsky, bastante Don Heck (pero con pocas pilas) y varios dibujantes ignotos. Lo más loco es cómo todos se esfuerzan por dibujar igual. De hecho, todos los varones que aparecen en estos comics son idénticos! No hay gordos, ni escuálidos, ni lungos, ni petisos, ninguno tiene barba, ni bigotes, ni anteojos, ni pelo largo y por supuesto ninguno es negro, ni oriental, ni latino, ni aborigen, ni nada. Se nota que el coordinador Jack Miller tenía muy claro con qué ideal de chongo se mojaban las chicas que leían Young Love.
Esto leído hoy no atrasa décadas, sino milenios. Por muchos motivos, pero principalmente porque no hay garches. Los pibes y minas se enamoran locamente, suspiran, se desean, sienten cómo se aceleran sus pulsaciones, se buscan, se encuentran, se besan con toda la pasión… y hasta ahí llegamos. Lo cual nos permite, además de leer las historietas, jugar al juego de Adivine Cuándo Garchan. Vas leyendo la historia y cada vez que la cosa se pone hot, decís “esta secuencia ameritaba un garche”. Y como tenés la mente podrida, seguro te imaginás a los protagonistas en situaciones mucho más escabrosas que las que hubiesen podido dibujar estos atildados señores en los años ´60. Probalo, es bastante divertido.
Hasta fines de los ´60, DC conservó esta ilusión de un mundo idílico, de amor limpito y sano, sin contaminar por las luchas sociales, el crimen urbano, el choque generacional, las desigualdades de clase, o incluso por temas más relacionados con la pareja, como la revolución sexual, el amor libre de los hippies, o los movimientos feministas que –sospecho- habrían odiado los contenidos de Young Love. Este libro (el único de su género que me pienso comprar) es interesante como rareza, como reliquia bizarra, y si hay algo que realmente se disfruta, que realmente te llena, son todas esas páginas dibujadas como los dioses por John Romita, hasta que Stan Lee se lo llevó a Marvel. El resto, supongo que estará bueno sólo si sos mujer heterosexual y tenés entre 11 y 14 años.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
07/ 11: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 5)
Seguimos en el eterno jueves 11 de Octubre y ahora sí: a los piques rumbo al fastuoso Javits Center, que arrancó la Convención!
Rápidamen-
te nos entregaron las acreditaciones que nos permitían quedarnos hasta las nueve de la noche a disfrutar de... muy poco. La verdad, la programación del jueves en materia de charlas y demás era bastante penosa. Eso tiene una explicación: el jueves la Con abría sólo para profesionales, prensa y los fans que habían comprado el pase para viernes, sábado y domingo (los hardliners, bah). O sea que, si bien había bastante gente, al lado de lo que se vendría el viernes, el Javits estaba menos poblado que las vitrinas de Gimnasia.
La comparación con San Diego es inevitable, por lo menos con el San Diego de hace 12 años, que fue el último en el que estuve. De movida, el Javits tiene mucho menos espacio para charlas, juegos, proyecciones, etc., que San Diego. Sin embargo el “main floor” (el sector de los stands) es prácticamente igual de grande, y el Artist Alley (el sector de los artistas) es mucho más amplio y cómodo. Al recorrer los stands rápidamente se notan algunas ausencias: ¿Cómo no están IDW ni Boom! Studios? Mediante alguna lógica retorcida, puedo entender que no estén Fantagraphics, o Drawn & Quarterly, o kiosquitos unipersonales tipo Cartoon Books (que nunca faltaban en las San Diegos noventosas), pero IDW y Boom! no podían no estar. Aún así, no estaban.
En general, todo el “palo indie” estaba escasamente representado. Había stand de Top Shelf (ni en pedo te hacían las ofertas que ponen en su sitio web), de First Second, y pará de contar. ¿Autores? Peter Kuper, que fue por la suya al Artist Alley, y porque la gilada lo identifica con Spy vs. Spy. El resto, ni a saludar. En San Diego siempre tenías un Daniel Clowes, un Peter Bagge, alguno de los Hermanos Hernández... Acá, pindonga. Si no dibujás superhéroes, zombies o jedis, no existís. Y sin dudas, eso fue lo más choto de la NYCC, la poca diversidad.
Había bastante manga, es cierto. Muchos stands de animé y merchandising, bastantes menos vendiendo los tomitos (Viz, por ejemplo, no vendía nada). Esto es porque este año la NYCC absorbió al NY Anime Festival dentro de su programación. De todos modos, la maniobra no fue prolija, a tal punto de que las actividades de manga y animé aparecían en un sector aparte del catálogo de la Con y yo me enteré de que estaba el sensei Masakazu Katsura... cuando ya se había ido. Otros autores a los que me hubiera gustado ver pero jamás vi fueron Dave Gibbons, Andy Kubert y Patrick McDonnell (el de Mutts!). En el catálogo dice que estaban, yo no los vi por ningún lado.
Y bueno, ¿qué se puede hacer en una convención el día que la programación es chota? Obviamente ir a avechu-
chear al sector de los dealers, a los que venden los back issues y los TPBs a precios obscena-
mente bajos, antes de que arrase la marabunta y no quede ni una Team Youngblood en mal estado. La otra es ir al Artist Alley a boludear con los autores, pero yo el primer día no lo encontré (estaba medio escondido), así que mi primera y única opción fue entregarme (junto con mi secuaz Nacho Alcuri) a las garras de la más abyecta adicción: los TPBs a u$ 5. La inmensa mayoría de los dealers tenían cajas de back issues baratísimos (en la foto estoy escrutando una caja de u$ 0,50) y dos sectores de brolis: uno de brolis a mitad de tapa y otro de brolis a u$ 5. En las cajas de u$ 5 había tanta merca y tan grossa, que a los de mitad de tapa ni los mirábamos. ¿Me vas a cobrar u$ 9 por un TPB de u$ 18? Ni en pedo, con u$ 9 me compro casi dos TPBs de u$ 5. ¿Remeras a u$ 20? Metételas en el orto, son cuatro brolis de u$ 5. En un par de horas, la nueva unidad monetaria fue el TPB de u$ 5. El sandwich me salió un TPB, la entrada al MOMA cinco TPBs, el numerito de Solo que me faltaba (el de Darwyn Cooke) lo pagué dos TPBs, y así todo lo demás.
Tipo 18:30, Nacho se fue junto con Nico Peruzzo al Bronx, a ver un show en vivo de Jerry Seinfeld, obviamente cargado con varias bolsas que explotaban de TPBs. Yo me quedé hasta que cerró el predio, adiviná haciendo qué. Y sí, carroñando ofertitas en las mesas de los dealers. Ya habría tiempo para presenciar charlas y encontrarse con autores amigos el día viernes, pero antes... Acababa de salir el último número de Scalped y para celebrarlo, Vertigo organizaba una fiesta ese mismo jueves a la noche. Mis amigos uruguayos y yo estábamos invitados, así que allá vamos. Retomamos pronto!
Rápidamen-
te nos entregaron las acreditaciones que nos permitían quedarnos hasta las nueve de la noche a disfrutar de... muy poco. La verdad, la programación del jueves en materia de charlas y demás era bastante penosa. Eso tiene una explicación: el jueves la Con abría sólo para profesionales, prensa y los fans que habían comprado el pase para viernes, sábado y domingo (los hardliners, bah). O sea que, si bien había bastante gente, al lado de lo que se vendría el viernes, el Javits estaba menos poblado que las vitrinas de Gimnasia.
La comparación con San Diego es inevitable, por lo menos con el San Diego de hace 12 años, que fue el último en el que estuve. De movida, el Javits tiene mucho menos espacio para charlas, juegos, proyecciones, etc., que San Diego. Sin embargo el “main floor” (el sector de los stands) es prácticamente igual de grande, y el Artist Alley (el sector de los artistas) es mucho más amplio y cómodo. Al recorrer los stands rápidamente se notan algunas ausencias: ¿Cómo no están IDW ni Boom! Studios? Mediante alguna lógica retorcida, puedo entender que no estén Fantagraphics, o Drawn & Quarterly, o kiosquitos unipersonales tipo Cartoon Books (que nunca faltaban en las San Diegos noventosas), pero IDW y Boom! no podían no estar. Aún así, no estaban.
En general, todo el “palo indie” estaba escasamente representado. Había stand de Top Shelf (ni en pedo te hacían las ofertas que ponen en su sitio web), de First Second, y pará de contar. ¿Autores? Peter Kuper, que fue por la suya al Artist Alley, y porque la gilada lo identifica con Spy vs. Spy. El resto, ni a saludar. En San Diego siempre tenías un Daniel Clowes, un Peter Bagge, alguno de los Hermanos Hernández... Acá, pindonga. Si no dibujás superhéroes, zombies o jedis, no existís. Y sin dudas, eso fue lo más choto de la NYCC, la poca diversidad.
Había bastante manga, es cierto. Muchos stands de animé y merchandising, bastantes menos vendiendo los tomitos (Viz, por ejemplo, no vendía nada). Esto es porque este año la NYCC absorbió al NY Anime Festival dentro de su programación. De todos modos, la maniobra no fue prolija, a tal punto de que las actividades de manga y animé aparecían en un sector aparte del catálogo de la Con y yo me enteré de que estaba el sensei Masakazu Katsura... cuando ya se había ido. Otros autores a los que me hubiera gustado ver pero jamás vi fueron Dave Gibbons, Andy Kubert y Patrick McDonnell (el de Mutts!). En el catálogo dice que estaban, yo no los vi por ningún lado.
Y bueno, ¿qué se puede hacer en una convención el día que la programación es chota? Obviamente ir a avechu-
chear al sector de los dealers, a los que venden los back issues y los TPBs a precios obscena-
mente bajos, antes de que arrase la marabunta y no quede ni una Team Youngblood en mal estado. La otra es ir al Artist Alley a boludear con los autores, pero yo el primer día no lo encontré (estaba medio escondido), así que mi primera y única opción fue entregarme (junto con mi secuaz Nacho Alcuri) a las garras de la más abyecta adicción: los TPBs a u$ 5. La inmensa mayoría de los dealers tenían cajas de back issues baratísimos (en la foto estoy escrutando una caja de u$ 0,50) y dos sectores de brolis: uno de brolis a mitad de tapa y otro de brolis a u$ 5. En las cajas de u$ 5 había tanta merca y tan grossa, que a los de mitad de tapa ni los mirábamos. ¿Me vas a cobrar u$ 9 por un TPB de u$ 18? Ni en pedo, con u$ 9 me compro casi dos TPBs de u$ 5. ¿Remeras a u$ 20? Metételas en el orto, son cuatro brolis de u$ 5. En un par de horas, la nueva unidad monetaria fue el TPB de u$ 5. El sandwich me salió un TPB, la entrada al MOMA cinco TPBs, el numerito de Solo que me faltaba (el de Darwyn Cooke) lo pagué dos TPBs, y así todo lo demás.
Tipo 18:30, Nacho se fue junto con Nico Peruzzo al Bronx, a ver un show en vivo de Jerry Seinfeld, obviamente cargado con varias bolsas que explotaban de TPBs. Yo me quedé hasta que cerró el predio, adiviná haciendo qué. Y sí, carroñando ofertitas en las mesas de los dealers. Ya habría tiempo para presenciar charlas y encontrarse con autores amigos el día viernes, pero antes... Acababa de salir el último número de Scalped y para celebrarlo, Vertigo organizaba una fiesta ese mismo jueves a la noche. Mis amigos uruguayos y yo estábamos invitados, así que allá vamos. Retomamos pronto!
martes, 6 de noviembre de 2012
06/ 11: EXPLORER: THE MYSTERY BOXES
Mientras los muchachos de los Estados Imperiales de América llenan cajitas con papelitos para elegir entre dos propuestas tan parecidas entre sí que casi ni tiene sentido ir a votar, el maestro Kazu Kibuishi armó una nueva antología en la que las cajas son decisivas. ¿Te acordás de Flight, esa antología en la que el tema del vuelo unificaba a todas las historietas? Bueno, este tomo de Explorer, titulado The Mystery Boxes funciona igual: en todas las historietas aparece una caja que encierra algún misterio, algún secreto o algo que puede cambiar el rumbo de las tramas. Veamos qué hay dentro de esta caja de papel y viñetas:
Abre la ignota pero impactante Emily Carroll, una chica cuyo estilo gráfico mezcla acertadamente lo mejor de Kate Beaton y lo mejor de Vera Brosgol. Sin ser original, Carroll es buenísima a la hora de dibujar. Por suerte se respalda a sí misma con un gran guión, tenso, climático y con muchos momentos en los que no te imaginás qué catzo puede llegar a pasar. Arrancamos muy bien.
La segunda historia ya baja un cachito. Los autores también son desconocidísimos: Dave Roman (creo que es novelista) y Raina Telgemeier. El guión es divertido, dentro de lo predecible, y el dibujo zafa, es una especie de Chris Eliopulos de la B, correcto aunque no destacable.
La tercera tiene un problema, que es el dibujo. Jason Caffoe es el principal asistente de Kazu Kibuishi, por eso publica en la antología. Porque como dibujante es francamente limitado, sumamente dependiente del color y los efectitos del photoshop. El tema es que todo el escepticismo que te genera el dibujo te lo contrarresta el guión, que es fino, inteligente, sugestivo y con un giro sobre el final definitivamente hermoso.
La cuarta historieta está a cargo de otro autor ignoto, Rad Sechrist, que claramente viene del campo de la animación. De hecho, la historieta parece un storyboard para un corto animado. Está bien, no es la octava maravilla del comic, pero es atractiva, con buen ritmo, buenos gags y una sana sensación de “vale todo”.
La siguiente historia está escrita y dibujada por Stuart Livingston y no es ni chota ni demasiado buena. El dibujo es correcto (parece de un autor español de los ´90, tipo Germán García, Luis Bustos o Javi Rodríguez) y el guión... tiene momentos lindos, emotivos, que medio se desinflan al final con un chamuyo de “paz y amor” que queda muy bien pero a mí no me terminó de cerrar.
Vamos a la sexta, que seguro es una de las mejores. Johane Matte también es grossa en el palo de la animación y lo muestra, lo exhibe con total desparpajo en una historieta definitivamente delirante, pensada para hacernos cagar de risa. Matte mezcla ciencia-ficción con comedia descontrolada onda Looney Tunes y dibuja todo tan bien que asusta. Sus personajes son graciosos, tiernos, hiper-kinéticos e hiper-expresivos, la narrativa es excelente y –un lujo extra- el color está puesto con lo mínimo, sin la menor chance de disputarle el protagonismo al dibujo. Muy grossa esta autora de la que quiero YA más material.
Y cierra el jefe, Kazu Kibuishi, el padre de la criatura. La primera página es “wow!”. Parece que vamos a leer una de Yukinobu Hoshino coloreada a todo culo con las mega-técnicas digitales. Después te das cuenta de que no, de que Kibuishi es mucho más limitado que Hoshino tanto en el dibujo como en la narrativa. Por suerte el color es majestuoso y levanta la onda medio chata del dibujo. Y lo más importante: el guión está MUY bueno. Por ahí se podía contar lo mismo en menos páginas, y aún así la historieta es muy disfrutable porque las ideas son grossas y el dilema que plantea Kibuishi es profundo y atrapante.
En síntesis, otra antología más que interesante que cumple con creces la misión de mostrarnos trabajos de autores distintos, a los que no seguimos habitualmente, y además sorprende con varios guiones de muy buen nivel en historietas aptas para todo público (grandes y chicos, varones y mujeres), sin énfasis en la machaca y con huevos para explorar con éxito varios géneros distintos. Bien por Kibuishi y sus amigos.
Abre la ignota pero impactante Emily Carroll, una chica cuyo estilo gráfico mezcla acertadamente lo mejor de Kate Beaton y lo mejor de Vera Brosgol. Sin ser original, Carroll es buenísima a la hora de dibujar. Por suerte se respalda a sí misma con un gran guión, tenso, climático y con muchos momentos en los que no te imaginás qué catzo puede llegar a pasar. Arrancamos muy bien.
La segunda historia ya baja un cachito. Los autores también son desconocidísimos: Dave Roman (creo que es novelista) y Raina Telgemeier. El guión es divertido, dentro de lo predecible, y el dibujo zafa, es una especie de Chris Eliopulos de la B, correcto aunque no destacable.
La tercera tiene un problema, que es el dibujo. Jason Caffoe es el principal asistente de Kazu Kibuishi, por eso publica en la antología. Porque como dibujante es francamente limitado, sumamente dependiente del color y los efectitos del photoshop. El tema es que todo el escepticismo que te genera el dibujo te lo contrarresta el guión, que es fino, inteligente, sugestivo y con un giro sobre el final definitivamente hermoso.
La cuarta historieta está a cargo de otro autor ignoto, Rad Sechrist, que claramente viene del campo de la animación. De hecho, la historieta parece un storyboard para un corto animado. Está bien, no es la octava maravilla del comic, pero es atractiva, con buen ritmo, buenos gags y una sana sensación de “vale todo”.
La siguiente historia está escrita y dibujada por Stuart Livingston y no es ni chota ni demasiado buena. El dibujo es correcto (parece de un autor español de los ´90, tipo Germán García, Luis Bustos o Javi Rodríguez) y el guión... tiene momentos lindos, emotivos, que medio se desinflan al final con un chamuyo de “paz y amor” que queda muy bien pero a mí no me terminó de cerrar.
Vamos a la sexta, que seguro es una de las mejores. Johane Matte también es grossa en el palo de la animación y lo muestra, lo exhibe con total desparpajo en una historieta definitivamente delirante, pensada para hacernos cagar de risa. Matte mezcla ciencia-ficción con comedia descontrolada onda Looney Tunes y dibuja todo tan bien que asusta. Sus personajes son graciosos, tiernos, hiper-kinéticos e hiper-expresivos, la narrativa es excelente y –un lujo extra- el color está puesto con lo mínimo, sin la menor chance de disputarle el protagonismo al dibujo. Muy grossa esta autora de la que quiero YA más material.
Y cierra el jefe, Kazu Kibuishi, el padre de la criatura. La primera página es “wow!”. Parece que vamos a leer una de Yukinobu Hoshino coloreada a todo culo con las mega-técnicas digitales. Después te das cuenta de que no, de que Kibuishi es mucho más limitado que Hoshino tanto en el dibujo como en la narrativa. Por suerte el color es majestuoso y levanta la onda medio chata del dibujo. Y lo más importante: el guión está MUY bueno. Por ahí se podía contar lo mismo en menos páginas, y aún así la historieta es muy disfrutable porque las ideas son grossas y el dilema que plantea Kibuishi es profundo y atrapante.
En síntesis, otra antología más que interesante que cumple con creces la misión de mostrarnos trabajos de autores distintos, a los que no seguimos habitualmente, y además sorprende con varios guiones de muy buen nivel en historietas aptas para todo público (grandes y chicos, varones y mujeres), sin énfasis en la machaca y con huevos para explorar con éxito varios géneros distintos. Bien por Kibuishi y sus amigos.
lunes, 5 de noviembre de 2012
05/ 11: S.
Y bueno, me salió mal. La verdad, no logré decodificar qué quiso hacer el maestro italiano Gipi en esta extensa novela gráfica.
Si me apuran, diré que son una serie de anécdotas sólo conectadas porque en todas aparece S., quien –me parece- es Sergio, el padre de Gipi. Estas saltan por distintas épocas, locaciones y hasta géneros. Algunas son intimistas y otras, las que tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial, tienen visos bélicos y hasta épicos.
Pero sinceramente, no entendí todo lo que Gipi quiso transmitir en la historia. Por ahí porque se pasó un cachito de críptico, no sé. También tiene que ver con el hecho de que es una obra con mucho, muchísimo texto, gigantescas parrafadas de texto, y uno entiende italiano, pero hasta ahí nomás. Si tocara menos de oído seguro lo habría disfrutado más, o le habría tenido más paciencia a las secuencias en las que me pareció que Gipi se iba muy al carajo. El otro obstáculo insalvable es que todos esos infinitos masacotes de texto están escritos por el autor a mano alzada, con una caligrafía espantosa, desprolija, generosamente aderezada con tachaduras. O sea que ni te dan ganas de esforzarte para entenderlo, porque Gipi jamás se esforzó para que vos lo entiendas a él. No soy fan de las tipografías estandarizadas y suelo protestar cuando en alguna edición la excesiva “cero onda” de las tipografías conspira contra el disfrute de las historietas. Acá, traiciono mis banderas históricas al mejor estilo Unión Cívica Radical y digo “cuánto más me hubiese gustado S. sin esa letra impresentable de Gipi y con una tipografía un cachito más legible”.
Como en varios puntos me perdí, no me considero muy capacitado para criticar el argumento, el desarrollo de los personajes y esas cosas. Pesqué muchos diálogos magníficos y eso sí, lo quiero rescatar.
Y por supuesto, el dibujo, que es majestuoso y conmovedor en todas y cada una de las 100 páginas de la novela. Tanto en las secuencias en las que el dibujo se hace cargo de llevar adelante el relato como cuando se limita a ilustrar algún aspecto de los infinitos textos, Gipi demuestra que a la hora de meterle tintas negras y colores a la página, hay poquísimos que pueden aspirar a su nivel. El maestro mezcla escenas a color con otras en blanco y negro y en ambas variantes su trabajo explota en expresividad, sutileza y destreza, tanto técnica como narrativa.
Por algún lugar de los recovecos de la memoria, Gipi se aventuró a contar historias del pasado de su padre (creo). En uno de esos recovecos, yo me perdí, no sé si por alguna decisión medio extrema del autor o por mi propia inoperancia. Eso no me alcanza para decir que S. es un trabajo flojo, ni poco atractivo, ni nada. Simplemente no me animo a recomendarlo (excepto a aquellos a los que el guión no les importa en lo más mínimo y compran sólo por el dibujo) porque hay varios tramos de la obra que realmente no sé si me gustaron o no, porque no los entendí. ¿Qué va´cer? A veces pasa. Juro solemnemente volver a comprar S. el día que la vea editada en castellano.
Si me apuran, diré que son una serie de anécdotas sólo conectadas porque en todas aparece S., quien –me parece- es Sergio, el padre de Gipi. Estas saltan por distintas épocas, locaciones y hasta géneros. Algunas son intimistas y otras, las que tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial, tienen visos bélicos y hasta épicos.
Pero sinceramente, no entendí todo lo que Gipi quiso transmitir en la historia. Por ahí porque se pasó un cachito de críptico, no sé. También tiene que ver con el hecho de que es una obra con mucho, muchísimo texto, gigantescas parrafadas de texto, y uno entiende italiano, pero hasta ahí nomás. Si tocara menos de oído seguro lo habría disfrutado más, o le habría tenido más paciencia a las secuencias en las que me pareció que Gipi se iba muy al carajo. El otro obstáculo insalvable es que todos esos infinitos masacotes de texto están escritos por el autor a mano alzada, con una caligrafía espantosa, desprolija, generosamente aderezada con tachaduras. O sea que ni te dan ganas de esforzarte para entenderlo, porque Gipi jamás se esforzó para que vos lo entiendas a él. No soy fan de las tipografías estandarizadas y suelo protestar cuando en alguna edición la excesiva “cero onda” de las tipografías conspira contra el disfrute de las historietas. Acá, traiciono mis banderas históricas al mejor estilo Unión Cívica Radical y digo “cuánto más me hubiese gustado S. sin esa letra impresentable de Gipi y con una tipografía un cachito más legible”.
Como en varios puntos me perdí, no me considero muy capacitado para criticar el argumento, el desarrollo de los personajes y esas cosas. Pesqué muchos diálogos magníficos y eso sí, lo quiero rescatar.
Y por supuesto, el dibujo, que es majestuoso y conmovedor en todas y cada una de las 100 páginas de la novela. Tanto en las secuencias en las que el dibujo se hace cargo de llevar adelante el relato como cuando se limita a ilustrar algún aspecto de los infinitos textos, Gipi demuestra que a la hora de meterle tintas negras y colores a la página, hay poquísimos que pueden aspirar a su nivel. El maestro mezcla escenas a color con otras en blanco y negro y en ambas variantes su trabajo explota en expresividad, sutileza y destreza, tanto técnica como narrativa.
Por algún lugar de los recovecos de la memoria, Gipi se aventuró a contar historias del pasado de su padre (creo). En uno de esos recovecos, yo me perdí, no sé si por alguna decisión medio extrema del autor o por mi propia inoperancia. Eso no me alcanza para decir que S. es un trabajo flojo, ni poco atractivo, ni nada. Simplemente no me animo a recomendarlo (excepto a aquellos a los que el guión no les importa en lo más mínimo y compran sólo por el dibujo) porque hay varios tramos de la obra que realmente no sé si me gustaron o no, porque no los entendí. ¿Qué va´cer? A veces pasa. Juro solemnemente volver a comprar S. el día que la vea editada en castellano.
viernes, 2 de noviembre de 2012
02/ 11: LA SAGA DE NUEVA YORK (parte 4)
Es el jueves 11 de Octubre, estamos en el centro de Manhattan junto a Nico Peruzzo, Nacho Alcuri y Matías Bergara y es la hora a la que nos había citado Will Dennis, uno de los coordinadores más grossos de Vertigo (que tiene a su cargo también algunas series de Before Watchmen), para llevarnos a recorrer las oficinas de DC. ¿De dónde viene la onda con Dennis? De su visita a Crack Bang Boom en 2010. Ahí yo tuve el placer de conducir las charlas en las que participó como panelista y Nico y Matías se reunieron con él para presentarle carpetas. Unos meses después, en Marzo de 2011, Dennis estuvo en el primer Lima Comics y nos reencontramos. Ahí trabó verdadera amistad con Nico Peruzzo y le dijo bien clarito “Si venís a Nueva York avisame y te llevo a conocer las oficinas de DC”. Y así fue.
Entramos al suntuoso edificio (no sin antes pasar un estricto control), llegamos a la recepción y nos fumamos casi 40 minutos de espera hasta que apareció Will, que se había ido a almorzar. En la recepción aprovechamos para charlar con Clark Kent, que estaba ahí cubriendo una nota. También había un coñemu tamaño real de Batman, bastante intimidante. Este es casi nuevo: cuando visité las oficinas de DC en mi adolescencia (y en otro edificio) estaba sólo Clark.
Una vez aparecido Dennis, la primera escala fue en su oficina, bastante más chiquita de lo que yo imaginaba. Dejamos nuestras mochilas y empezamos la recorrida. Pasamos por la oficina de Jim Lee (estaba cerrada, pero daba la impresión de ser enorme), por la de Geoff Johns (idem), por la de Karen Berger, que estaba ahí, trabajando, en un espacio amplio y super-iluminado, visitamos una enorme sala de conferencias, equipada con una mega-pantalla para hablar en directo con la gente de DC Entertainment que opera desde la Costa Oeste, vimos dispensers de bebidas, fotocopiadoras, archivos, zonas de descanso, oficinas chiquitas de los distintos editores, una pared donde pegan las portadas de todas las revistas que se editan ese mes, otra llamada el “MADtropolitan Museum”, en la que están enmarcadas portadas clásicas de MAD, mucha gente abocada al tema promociones, ventas y licencias de merchandising...
En la recorrida por los dos pisos que ocupa DC, nos cruzamos con un sólo guionista (a quien yo no conocía) y varios coordinadores, entre ellos Eddie Berganza, Bobbie Chase, Shelly Bond y el enemigo de la Humanidad toda, Bob Harras. Toda gente amable, que saludaba, hacía chistes y sonreía. Si bien todo estaba cubierto de imágenes de superhéroes, Alfred E. Neuman, personajes de Vertigo, etc. (en sus distintas versiones de historieta, cine, tele, whatever), no daba la sensación de ser un lugar taaaan comiquero. Parecía más una oficina de una empresa grande, no muy distinta (aunque más chica) de lo que podés ver si te mandás a las oficinas que tiene Disney en Olivos.
Promediando la visita, me cayó la ficha de que Will no nos iba a regalar un carajo, a diferencia de mi visita de 1985, donde me regalaron un paquetón con comics. Entonces, con mi mejor cara de piedra le pedí si tenía ejemplares de las más recientes antologías de Vertigo, esas de u$ 8 llenas de historias cortas alucinantes que andá a saber si algún día saldrán en libro. Al toque las rescató de una oficina contigua (en la que parecía haber millones de comic-books, bastante despelotados) y me las dio. Y para compensar a mis amigos uruguayos, les regaló a cada uno un hardcover de Spaceman, que todavía no había salido a la venta. Los uruguayos le regalaron la camiseta de la selección de su país, esa que la rompió en Sudáfrica y ahora tiene serias chances de mirar por la tele el mundial de Brasil.
En la despedida hubo cordiales abrazos y la promesa de seguirla pronto, promesa que se cumpliría con creces. Pero claro, ya eran como las tres y pico de la tarde, o sea... ya estaba abriendo la Convención! ¿Qué carajo hacíamos en DC cuando estaba abriendo la Convención? Rajemos para allá!
(Más fotos de nuestra visita a DC y los afilados comentarios de Nacho Alcuri pueden verse en http://www.multiverseros.com/comics/:nycc-visita-a-dc-comics.html)
Entramos al suntuoso edificio (no sin antes pasar un estricto control), llegamos a la recepción y nos fumamos casi 40 minutos de espera hasta que apareció Will, que se había ido a almorzar. En la recepción aprovechamos para charlar con Clark Kent, que estaba ahí cubriendo una nota. También había un coñemu tamaño real de Batman, bastante intimidante. Este es casi nuevo: cuando visité las oficinas de DC en mi adolescencia (y en otro edificio) estaba sólo Clark.
Una vez aparecido Dennis, la primera escala fue en su oficina, bastante más chiquita de lo que yo imaginaba. Dejamos nuestras mochilas y empezamos la recorrida. Pasamos por la oficina de Jim Lee (estaba cerrada, pero daba la impresión de ser enorme), por la de Geoff Johns (idem), por la de Karen Berger, que estaba ahí, trabajando, en un espacio amplio y super-iluminado, visitamos una enorme sala de conferencias, equipada con una mega-pantalla para hablar en directo con la gente de DC Entertainment que opera desde la Costa Oeste, vimos dispensers de bebidas, fotocopiadoras, archivos, zonas de descanso, oficinas chiquitas de los distintos editores, una pared donde pegan las portadas de todas las revistas que se editan ese mes, otra llamada el “MADtropolitan Museum”, en la que están enmarcadas portadas clásicas de MAD, mucha gente abocada al tema promociones, ventas y licencias de merchandising...
En la recorrida por los dos pisos que ocupa DC, nos cruzamos con un sólo guionista (a quien yo no conocía) y varios coordinadores, entre ellos Eddie Berganza, Bobbie Chase, Shelly Bond y el enemigo de la Humanidad toda, Bob Harras. Toda gente amable, que saludaba, hacía chistes y sonreía. Si bien todo estaba cubierto de imágenes de superhéroes, Alfred E. Neuman, personajes de Vertigo, etc. (en sus distintas versiones de historieta, cine, tele, whatever), no daba la sensación de ser un lugar taaaan comiquero. Parecía más una oficina de una empresa grande, no muy distinta (aunque más chica) de lo que podés ver si te mandás a las oficinas que tiene Disney en Olivos.
Promediando la visita, me cayó la ficha de que Will no nos iba a regalar un carajo, a diferencia de mi visita de 1985, donde me regalaron un paquetón con comics. Entonces, con mi mejor cara de piedra le pedí si tenía ejemplares de las más recientes antologías de Vertigo, esas de u$ 8 llenas de historias cortas alucinantes que andá a saber si algún día saldrán en libro. Al toque las rescató de una oficina contigua (en la que parecía haber millones de comic-books, bastante despelotados) y me las dio. Y para compensar a mis amigos uruguayos, les regaló a cada uno un hardcover de Spaceman, que todavía no había salido a la venta. Los uruguayos le regalaron la camiseta de la selección de su país, esa que la rompió en Sudáfrica y ahora tiene serias chances de mirar por la tele el mundial de Brasil.
En la despedida hubo cordiales abrazos y la promesa de seguirla pronto, promesa que se cumpliría con creces. Pero claro, ya eran como las tres y pico de la tarde, o sea... ya estaba abriendo la Convención! ¿Qué carajo hacíamos en DC cuando estaba abriendo la Convención? Rajemos para allá!
(Más fotos de nuestra visita a DC y los afilados comentarios de Nacho Alcuri pueden verse en http://www.multiverseros.com/comics/:nycc-visita-a-dc-comics.html)
jueves, 1 de noviembre de 2012
01/ 11: LOS MAS VENDIDOS DE OCTUBRE
Y bueno, con el viaje en el medio, el evento en Tecnópolis y demás, este mes realmente laburé poco para la distribuidora y se notó bastante. Octubre suele ser un mes bajonero en materia de ventas, sumado al hecho de que salieron pocas novedades, o sea que la expectativa a priori era baja.
El resultado es poco representativo, pero igual veamos qué fue lo que más vendió:
1) Monsieur Jean (Común)
2) La Baba (Llanto de Mudo)
3) 30 Días de Noche (Deux)
4) Macanudo Vol.9 (Común)
5) Cieloalto (Agua Negra)
6) Regreso a Arkham (Agua Negra)
7) Fuera de Cuadro (Agua Negra)
8) Cybersix Vol.1(Napoleones sin Batallas + Deux)
9) Shankar Vol.1 (Loco Rabia + Belerofonte)
10) Yo, Vampiro Vol.3+4 (Puro Comic)
Mirá vos... El mes pasado yo decía “qué notable Monsieur Jean, que bien vendió, sobre todo si pensamos que este es un país con poca tradición de historieta europea y que es un libro de $ 95 de tapa”. Y en Septiembre quedó SEXTO. ¿Qué tengo que decir este mes que quedó primero? En primer lugar, que no vendió MUCHO más que en Septiembre, pero claro, en un mes bajonero, no hace falta vender fantastillones de ejemplares para trepar en el ranking. Y en segundo, nada, por ahí la gilada aprendió a leer ;)
La Baba, con humildad y sin estridencia, se quedó con el segundo puesto y fue la novedad mejor rankeada del mes. Yo le tenía mucha fe a Cieloalto, pero salió a la venta muy cerca de fin de mes, lo cual le restó posibilidades. Seguro el mes que viene va a estar más (cielo) alto.
La otra novedad de Agua Negra, Fuera de Cuadro, logró un decoroso séptimo puesto, importante si pensamos que es un libro de ensayos y que vale $ 135. El resto de las novedades, o no salieron (lo del Vol.2 de Cybersix ya parece un chiste) o no vendieron como para entrar al ranking.
Y los puestos restantes se repartieron entre seis hitazos de 2012, un par de ellos surgidos en la primera mitad del año (Regreso a Arkham y el tomo final de Yo, Vampiro) y el resto aparecidos durante el blitzkrieg de novedades de Julio y Agosto.
Veremos qué pasa en Noviembre, con un libro esperadísimo como es el Vol.2 de Dora (de Ignacio Minaverry), varias antologías interesantes y nuevos títulos de Liniers, Berliac y Diego Cortés, entre otros.
Aprovecho estos rengloncitos para contar que mañana viernes posteo desde Buenos Aires, pero a la tarde me voy a Mendoza, a participar del Unicomix, junto a los maestros Alberto Montt, Gustavo Sala, Rubén Meriggi y Jorge Lucas. Por ese motivo, no habrá posts ni sábado ni domingo. El lunes estoy en Buenos Aires y posteo. El martes a la noche me voy a Santiago del Estero, a poner stand en la Feria del Libro de esa ciudad, con lo cual del miércoles 7 al domingo 11 se supone que voy a laburar 12 horas seguidas ahí adentro. Ya voy a encontrar la forma de hacer trampa y tener un rato para leer comics y postear reseñas desde allá...
El resultado es poco representativo, pero igual veamos qué fue lo que más vendió:
1) Monsieur Jean (Común)
2) La Baba (Llanto de Mudo)
3) 30 Días de Noche (Deux)
4) Macanudo Vol.9 (Común)
5) Cieloalto (Agua Negra)
6) Regreso a Arkham (Agua Negra)
7) Fuera de Cuadro (Agua Negra)
8) Cybersix Vol.1(Napoleones sin Batallas + Deux)
9) Shankar Vol.1 (Loco Rabia + Belerofonte)
10) Yo, Vampiro Vol.3+4 (Puro Comic)
Mirá vos... El mes pasado yo decía “qué notable Monsieur Jean, que bien vendió, sobre todo si pensamos que este es un país con poca tradición de historieta europea y que es un libro de $ 95 de tapa”. Y en Septiembre quedó SEXTO. ¿Qué tengo que decir este mes que quedó primero? En primer lugar, que no vendió MUCHO más que en Septiembre, pero claro, en un mes bajonero, no hace falta vender fantastillones de ejemplares para trepar en el ranking. Y en segundo, nada, por ahí la gilada aprendió a leer ;)
La Baba, con humildad y sin estridencia, se quedó con el segundo puesto y fue la novedad mejor rankeada del mes. Yo le tenía mucha fe a Cieloalto, pero salió a la venta muy cerca de fin de mes, lo cual le restó posibilidades. Seguro el mes que viene va a estar más (cielo) alto.
La otra novedad de Agua Negra, Fuera de Cuadro, logró un decoroso séptimo puesto, importante si pensamos que es un libro de ensayos y que vale $ 135. El resto de las novedades, o no salieron (lo del Vol.2 de Cybersix ya parece un chiste) o no vendieron como para entrar al ranking.
Y los puestos restantes se repartieron entre seis hitazos de 2012, un par de ellos surgidos en la primera mitad del año (Regreso a Arkham y el tomo final de Yo, Vampiro) y el resto aparecidos durante el blitzkrieg de novedades de Julio y Agosto.
Veremos qué pasa en Noviembre, con un libro esperadísimo como es el Vol.2 de Dora (de Ignacio Minaverry), varias antologías interesantes y nuevos títulos de Liniers, Berliac y Diego Cortés, entre otros.
Aprovecho estos rengloncitos para contar que mañana viernes posteo desde Buenos Aires, pero a la tarde me voy a Mendoza, a participar del Unicomix, junto a los maestros Alberto Montt, Gustavo Sala, Rubén Meriggi y Jorge Lucas. Por ese motivo, no habrá posts ni sábado ni domingo. El lunes estoy en Buenos Aires y posteo. El martes a la noche me voy a Santiago del Estero, a poner stand en la Feria del Libro de esa ciudad, con lo cual del miércoles 7 al domingo 11 se supone que voy a laburar 12 horas seguidas ahí adentro. Ya voy a encontrar la forma de hacer trampa y tener un rato para leer comics y postear reseñas desde allá...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













