el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 11 de enero de 2026

TARDE DE DOMINGO

Ahora sí, tengo dos libros leídos y un rato para escribir reseñas. Empezamos en España, año 2021, cuando la editorial Dolmen tiene el acierto de publicar en nuestro idioma un comic que además es un documento histórico imprescindible: La Verdadera Historia de Futurópolis, de la genial Florence Cestac, traducido de manera impecable por el maestro Francisco Pérez Navarro. Florence Cestac, hoy consagrada autora de comics, trabajó 22 años en Futurópolis, la famosa editorial francesa que empezó como una comiquería especializada en historietas antiguas. El relato de todo lo que sucedió en esos años (1972-1994) es tan apasionante, que en 2007 la autora decidió convertir todas esas historias y anécdotas en una novela gráfica, un poco autobiográfica, pero con el protagonismo repartido entre todas las personas que fueron importantes en la trayectoria de la editorial. Es, además, una crónica infalible de cómo se transformó la industria del comic francés en esos años: a través del relato de Cestac vemos como se cocina y cómo explota el boom del comic para adultos, cómo editores y libreros franceses se las ingenian para que "las nuevas olas" no se lleven puesta a la ilustre tradición de la bande dessinée, cómo cambian los gustos de los lectores y los coleccionistas, cómo un sello chiquito puede convertirse en una editorial importantísima en un mercado ultra-competitivo, cómo evolucionó el circuito de eventos y festivales, y hasta vemos el Secret Origin de L´Association. O sea que, aunque no te guste el dibujo de Cestac, aunque no te copen el tono y el ritmo que elige para contar la historia, la cantidad de info que tira es tan brutal, que cualquier fan del comic francés termina hipnotizado por lo que estas páginas tienen para ofrecerle. A mí el dibujo de Cestac me encanta. En todo caso, lo que tengo para criticarle al libro es que mete demasiada data para 100 páginas. Entonces, hay muchas páginas de nueve cuadros en las que la autora nos narra... cuatro o cinco escenas distintas, casi sin desarrollo: un dibujo, un bloque de texto, uno o dos globos (con diálogos muy ingeniosos), y a otra cosa. Tantos saltos de escena en una misma página requieren mucha concentración por parte del lector y además permiten profundizar poco en cada una de ellas. Pero en los pasajes en los que Cestac descomprime un poco el ritmo, y permite que las situaciones se desplieguen a lo largo de más viñetas, y que los personajes dialoguen entre sí, sin tener que resumir todo en dos globos y un bloque de texto, la novela gráfica levanta muchísimo. La Verdadera Historia de Futurópolis recorre con humor e ironía una epopeya comiquera protagonizada por un grupo de jóvenes idealistas que tenían unas ganas locas de vivir de aquello que los apasionaba. A veces contando las monedas, a veces en la cresta de la ola, pero siempre ahí, codo a codo con los autores y los lectores que hicieron gigante al comic francés. Una cátedra de Florence Cestac, con un valor documental inmenso, un dibujo fabuloso y un mix atrapante entre momentos cómicos, momentos tensos y momentos explosivos. Si te gusta la historieta francesa, no te lo podés perder.
Y me vengo a Argentina, año 2025, para leer la recopilación de Repuestos, una obra de Rodolfo Santullo y Damián Couceiro, originalmente serializada en la antología Distopía, de la editorial Pictus. No muy conocido en nuestro país pero con un carrerón en EEUU, Couceiro es un dibujante muy sólido, muy completo. Gran narrador gráfico, generoso a la hora de dibujar fondos, y con un manejo impecable de unos cuantos yeites heredados de su maestro, el gran Marcelo Frusín. El color de Leo Sandler lo complementa muy bien, y el conjunto de la faz visual de Repuestos resulta altamente satisfactorio, casi te diría de primer nivel. Para la trama, Santullo elige meterse en un terreno espinoso, incómodo como tampón de virulana, que es el de los costos de la revolución. Repuestos es una extensa reflexión acerca de quién paga esos costos. Quién derrama su sangre para que la utopía de un mundo mejor deje de ser utopía y empiece a ser realidad. Y aún más: quién decide quiénes se tienen que sacrificar. Antes de la mitad de la obra, el planteo ético se hace tan espeso que cualquier distinción entre "buenos" y "malos" resulta absurda. De manera descarnada, casi maligna, Santullo nos explica que acá no hay héroes, y que la célula guerrillera que confronta al régimen opresor no tiene ningún prurito a la hora de adoptar tácticas y tomar decisiones tan crueles como las que toman los villanos. De ahí en más, es todo desolación, todo oscuridad, porque solo vemos cómo un grupo de hijos de puta trata de causarle daños a otro grupo de hijos de puta. Unos porque cobran un sueldo para defender el statu quo, otros porque sienten que el sueño de un mundo mejor los habilita a ser atroces e inescrupulosos. El clima de violencia y de paranoia crece hasta hacerse asfixiante, pero Santullo encuentra rendijas por donde filtrar diálogos y situaciones que le permiten darle relieve a Nicola, Mira, el Pinzas, Pol, e incluso al Interlocutor. De alguna manera, el guionista logra que empaticemos con estos asesinos, que nos pongamos en su lugar y entendamos perfectamente cuáles son sus motivaciones. Y acá entra en juego la subjetividad del lector. Habrá quien, pese a todo, banque a los rebeldes, habrá quien diga "no, se fueron al carajo"... Pareciera que el guionista nos va a dar esa libertad, que no va a ser él quien juzgue a sus personajes... hasta que llega la secuencia final y ahí nos enteramos de qué lado de la grieta quedó Santullo. Repuestos es un comic realmente áspero, difícil de digerir, precisamente por su mensaje y su tono de extremo pesimismo. Es como que en vez de un canelón te sirvan un caño de escape envuelto en papel de lija, con un poquito de salsa encima. Cito un pasaje: "Cuando empezaron a suplirnos por máquinas en todos lados, dijeron que era por "nuestro bien". Cuando conseguir un trabajo se volvió una quimera, nos seguían repitiendo que estábamos "cada vez mejor". Cuando para beneficio de unos pocos se perjudicaba a todos, se nos dijo que eso era "progreso". Cuando vender nuestros órganos se transformó en la única manera de mantener a nuestras familias, se nos dijo que era un "trabajo honesto"..." y podría seguir, pero se vuelve todo tan cercano y tan doloroso, que hace daño. En un mundo así descripto (que lamentablemente ya es más crónica cotidiana que ciencia ficción), donde además los medios de comunicación están totalmente controlados por el régimen opresor, soñar con una revolución que le ponga fin al calvario de las mayorías es tan loable como inevitable. En ese contexto, resulta especialmente desgarrador y hasta perverso que el guion ahonde en los excesos, en el aspecto más cruel y más inhumano de la lucha revolucionaria. Así es como un comic bien escrito y bien dibujado, te deja una sensación de mierda, de asco, de derrota, de desesperanza. Que una aventura futurista con machaca y explosiones logre causarte daños en el alma no es poco, no son muchas las que lo consiguen. Pero cómo duele, la concha de su madre... Gracias por el aguante, gracias por descargar la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 9 de enero de 2026

VIERNES DE DIBUJANTAZOS

El lunes me hice el banana por publicar nuevas reseñas dos días seguidos, y acá estamos: recién ahora logré terminar dos libros más y encontrar un rato para sentarme a escribir... Entre 2019 y 2023, el maestro Taiyo Matsumoto produjo a un ritmo muy pachorro la serie Tokyo Days, que en 2025 se editó en Argentina, de la mano de Ivrea, cuyos huevos aplaudo de pie. Este no solo es un manga para adultos, sino que además es un manga sin acción, sin garches, casi sin conflictos. Un manga introspectivo, melancólico, en el que el personaje principal es completamente inexpresivo, y que encima está dibujado en un estilo que parece mucho más europeo que japonés. Lo único que tiene Tokyo Days (por lo menos en el Vol.1) que le puede resultar mínimamente atractivo al consumidor promedio de los típicos mangas de Ivrea es que se trata de una historia ambientada en el mundo del manga. Los personajes son mangakas, o editores que supervisan a los mangakas en la realización de sus trabajos para una editorial. Y todo el tiempo se habla de manga, de los pormenores de la profesión, y de cómo la pasión por el manga a veces te incendia el alma y a veces se va para no volver. El protagonista es Shiozawa, un señor circunspecto, amargo, con menos onda que un renglón, que ya anda por los 50 años y trabaja como editor de manga. La historia empieza justo cuando decide renunciar a su trabajo, sin demasiada explicación. Matsumoto nos va a contar (también a un ritmo muy pachorro) el proceso interno de Shiozawa, que hasta la mitad del tomo parece no querer saber más nada con el mundo de las historietas, y en un momento algo le hace ¡clic! y decide volver. Pero no a la editorial donde trabajaba. Ahora su plan es coordinar una antología y publicarla él mismo, de manera independiente. Entonces vuelve a entrar en contacto con mangakas con los que trabajó a lo largo de su carrera, en su mayoría autores y autoras ya mayores, que o bien "sacan con fritas" mangas a los que no le ponen el alma, o bien dejaron el medio para dedicarse a otra cosa. Shiozawa viaja para encontrarse con ellos y charlar, los convence de sumarse al proyecto, y mientras tanto aconseja a una editora más joven, que se hizo cargo de los mangakas a los que él dejó cuando renunció a su cargo en la editorial. De alguna manera (fría, desapasionada) el amor de Shiozawa por el manga prevalece y lo impulsa a generar esta nueva movida. Y no hay nada más para contar acerca del argumento. Matsumoto llena 220 páginas con esto, y con anécdotas menores protagonizadas por los mangakas que trabajaban con Shiozawa en el momento en el que renuncia. Lo más parecido a una escena de acción es cuando un auto esquiva a un gato que cruza la calle, para no pisarlo. El resto son charlas (muy bien traducidas por Adrián Schwarzfischer) o escenas mudas. Por supuesto, todo dibujado como los dioses por un Matsumoto inspiradísimo, que deforma la perspectiva de los edificios como si fuera Ben Katchor, elige los planos como si fuera Jacques Loustal y mete crosshatchings como si fuera Etienne Davodeau. Más allá de lo bello que es el trabajo de Matsumoto en blanco, negro y grises (más un par de páginas a color para enchastrarse la ropa interior), es sumamente placentero leer a un mangaka tan original, que se parece tan poco a todos los demás, y que incluso deja que su trazo mute de obra a obra, porque esto se parece muy poco a -por ejemplo- Ping-Pong o Tekkon Kinkreet. Incluso con ese tono pecho frío y ese ritmo parsimonioso, Tokyo Days me atrapó como para querer entrarle cuanto antes al Vol.2.
Como ya es costumbre, cierro con un comic argentino editado en 2025, en este caso El Khidr, una obra escrita por Abdul Wakil Cicco y dibujada por el maestro Quique Alcatena, que tuvo un 2025 zarpado, con una cantidad brutal de publicaciones entre reediciones de sus clásicos y material inédito. Sin dudas lo más destacable de El Khidr son los dibujos de Alcatena, que deja la vida en cada página. Casi todas las secuencias le exigen documentación histórica para recrear con rigor la Estambul de fines de los años ´40, y Quique se la banca como un duque, como si fuera un autor francés. Y cuando el guion le permite dar rienda suelta a la fantasía... bueno, ahí ya sabemos que Quique es simplemente imbatible. El guion es raro, porque tarda unas 50 páginas en presentar a los personajes y las situaciones, y recién ahí empieza la acción propiamente dicha, y se establece de alguna manera más o menos evidente cuál es el conflicto y quiénes son los antagonistas con los que deberá confrontar Halima, la librera, que es la "heroína" de la historia. En las 20 páginas finales, Cicco cambia el ritmo y empiezan a pasar más cosas, algunas de las cuales no entendí, probablemente porque tienen que ver con elementos de la tradición religiosa, o mística del Islam, que yo desconozco y que el guionista no explicita en las viñetas. En algún momento, una trama que viene para el lado de la conspiración, con tesoros de los sultanes ocultos y cierta tensión política, deriva en secuencias más extrañas, con magia, fantasmas y otros elementos sobrenaturales que irrumpen -de nuevo- sin demasiada explicación. Mi sensación es que todo sería más claro y más directo con menos personajes en escena. No me quiero extender mucho más, porque es un trabajo reciente, que está bueno que cada lector descubra por sí mismo, lo lea y saque sus propias conclusiones. Supongo que para quienes estén familiarizados con la cultura islámica, El Khidr deber tener un atractivo que a mí me pasó por encima. Y obviamente, si sos militante de Alcatena y tenés un sector de tu biblioteca consagrado a las obras del prócer, no dejes escapar este librito, porque acá hay 70 páginas dibujadas a un nivel sublime. Nada más, por hoy. Tengo leído un tercer broli, pero no me queda tiempo para reseñarlo. Ni bien acumule alguna lectura más, nos reencontramos en este espacio para comentarlas. Gracias y hasta pronto.

lunes, 5 de enero de 2026

A TODO RITMO

Desde que terminé con la Comiqueando Digital nº12 (que pueden descargar por muy poca plata en https://comiqueandoshop.blogspot.com/) recuperé el tiempo libre, y como en Enero no tengo tantos compromisos sociales, lo estoy usando para leer bastante historieta y bajar los grotescos pilones de material pendiente de lectura que se acumulan en mi habitación. Hoy empiezo en EEUU, año 2018, cuando se recopila un arco de Captain America muy atípico, titulado Promised Land. Son cuatro numeritos, nomás, escritos por Mark Waid y dibujados por Leonardo Romeo, y califico a la historia de "atípica" porque no aparece el Captain America. De hecho no aparece ningún superhéroe. La historia está ambientada en un futuro en el que no parecen existir los justicieros enmascarados. Aún así es un comic de superhéroes, básicamente porque hay un supervillano muy conocido en un rol muy destacado. El protagonista es un historiador llamado Jack Rogers, que es descendiente del glorioso Steve Rogers. Y si bien está orgulloso del legado de su ¿tatarabuelo?, no se siente para nada afín a la vida de peligros y aventuras. Pero, incluso en este futuro armónico y utópico, su hijo padece una enfermedad que resulta imposible de curar, vinculada al suero del super-soldado, que ahora se le inocula a toda la población como si fuera una vacuna. Jack está dispuesto a todo para salvar a su hijo y así es como mete la nariz donde no debía: esto lo lleva, por un lado, a liberar a un peligrosísimo villano que va a intentar (una vez más) someter a la humanidad, y por el otro a descubrir que detrás de este mundo feliz hay una mano negra (azul, en este caso), que también tiene su plan secreto para convertir a los humanos en armas al servicio de sus intereses imperialistas. Sumémosle a esto un puñado de flashbacks a distintos momentos del pasado en los que Steve era el Captain America (que podrían tranquilamente no estar) y enseguida se nos fueron las 81 páginas que dura Promised Land. Eso es sin dudas lo mejor que tiene el arco: todo avanza rápido, sin colgarse en boludeces. Como en toda saga de ciencia ficción, hay conceptos futuristas impactantes y sutiles guiños a nuestro presente. Como en todo comic de Waid, hay buenos diálogos y un toque de originalidad que le da otro sabor a los personajes clásicos. Y como en todo comic de Marvel, son sagradas la continuidad y la machaca, que no puede faltar nunca. Pero lo más importante es lo nuevo: los personajes, la ambientación y las situaciones que Waid inventa en Promised Land y que no habíamos visto nunca (y no sé si los guionistas posteriores alguna vez revisitaron). También es raro el dibujo de Romero, que se sube a la estética de Chris Samnee (dibujante del arco anterior a este, que no tengo y me interesa conseguir) pero le suma un trazo más geométrico, como si la combinara con la de Daniel Torres. Además de esas páginas muy atractivas de Romero, en los flashbacks al pasado hay invitados de la jerarquía de Howard Chaykin, Alan Davis, J.G. Jones y Adam Hughes, así que estamos hablando de un tomito visualmente maravilloso. Se le puede perdonar que incluya más de 20 páginas de relleno, entre portadas y bocetos, porque todo ese material extra también se ve espectacular, aunque no nos aporte mucho a los que compramos libros para leer.
Un par de años después, se publicó en EEUU la que hasta ahora es la última novela gráfica de Decur, y en 2025 finalmente tuvo edición argentina. Al principio, Cuando Levantas la Mirada me pareció medio ladri, por todas esas páginas dobles con un solo dibujo y un puñadito de palabras, páginas sin dibujos ni textos... ¿Qué carajo es eso?!? Pero una vez que me sumergí en la lectura, el ritmo que propone Decur me llevó de la tapa hasta la contratapa sin ninguna queja, ningún WTF?!?, ningún sobresalto. Este libro es armonía pura, es un mimo al alma que te deja mucho más feliz de lo que eras antes de abrirlo. Y además baja línea contra la dependencia de las pantallitas de los celulares, algo que yo -que soy uno de los pocos freaks sobre la faz de la Tierra que no usa celulares- valoro inmensamente. A través de la historia de Lorenzo, Decur nos cuenta que cuando se apaga el telefonito, se enciende la imaginación. Aparecen la curiosidad, la creatividad, la empatía, incluso compañeros más reales y cercanos que aquellos que cada tanto nos ponen un "me gusta" en las redes sociales. La historia es muy sencilla y obviamente se me ocurren mil formas de contarla en menos de 180 páginas. Pero no está mal: tiene mucho desarrollo del personaje principal, y un giro argumental (20 páginas antes del final) que le da mucho más sentido, más profundidad y más belleza a la obra. Decur dibuja en un estilo mucho más elaborado que en sus obras anteriores, mucho más cercano a las artes plásticas, con la expresividad intacta, un talento indescriptible para crear climas y un buen gusto increíble para las paletas de colores. Por si esto fuera poco, en varios pasajes de la obra incorpora ilustraciones que combinan técnicas de dibujo tradicional con papelitos de colores recortados. Cuando Levantas la Mirada es una novela gráfica realmente preciosa, un gran trabajo del autor rosarino, que puede emocionar a chicos y grandes, y que sin dudas merece un lugar en la biblioteca de cualquier fan de la historieta argentina. Y hasta acá llegamos, por hoy. Ni bien tenga más libros leídos, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.

domingo, 4 de enero de 2026

LECTURAS DE DOMINGO

Acá estamos, con un par de libros más para reseñar. En 2025 se recopiló en Argentina una serie menor de Carlos Trillo, llamada Historia de la Vida de Arcabuz, que había aparecido en las antologías italianas en 1995, y en una revista de Columba, en esa misma época y a todo color. Los dibujos están a cargo de un correcto Fabián Slongo, un dibujante versátil, de gran precisión a la hora de dibujar edificios (no me sorprendería que fuera arquitecto), y cuyos personajes se inscriben en la estética de Alberto Dose, o del Eduardo Risso pre-Frank Miller, el de Caín y Fulú. A eso, Slongo le agrega una buena dosis de detalles, logrados con una rotring bien finita, al estilo de los mejores trabajos de Milo Manara. Ojo, no estoy diciendo que esto esté al nivel de un comic de Manara, Risso, o Dose, simplemente quiero trazar la "genealogía" del estilo en el que trabaja Slongo en estas páginas. La narrativa está muy bien, con buenas secuencias mudas y recursos idóneos para que no nos aburramos en las páginas en las que solo hay gente que habla (y a veces habla mucho). Y considero a Arcabuz una "serie menor" no por el desempeño de Slongo, sino por su corta duración (70 páginas) y por la escasa ambición de los guiones de Trillo. Esto está pensado como un mero divertimento, como producción comercial para llenar páginas de las revistas italianas sin mayores pretensiones. No está mal, no es una berretada, pero todos sabemos que Trillo podía escribir cosas mucho mejores. Acá se dedica a replicar la onda de los relatos picarescos tan típicos de la literatura española de los Siglos XVI y XVII, a través de un personaje cuyas motivaciones son vivir de arriba, comer y tomar contacto carnal con una piba que le hace zumbar la entrepierna (y ya que estamos, con un par más). Las historias de Arcabuz tienen un componente sexual (por momentos sexópata) bastante marcado, que no sé si habrá pasado los controles de Columba, o si alguien en la extinta editorial se habrá encargado de censurar las escenas más picantes. En general, las obras que hace 30 años buscaban hacer reir o sonreir al lector apelando a la temática sexual, hoy huelen a naftalina, a rancio. Historia de la Vida de Arcabuz no es para nada la excepción, y por suerte tiene otros atractivos además de ver cómo el protagonista hace lo imposible por voltearse a la joven Gregoria. A grandes rasgos, tenemos una comedia entretenida, que saca buen provecho de su ambientación histórica (todo transcurre en Perú, en la época en que era colonia española) y que no pierde la oportunidad de bajar línea contra los aristócratas garcas, los curas chantas y demás figuras de autoridad de aquel entonces. Pero no te vas a encontrar con nada realmente impactante, que haga imprescindible sumar este libro a tu biblioteca. Si sos fan termo y/o completista de la obra de Trillo, obviamente no lo dejes pasar. Y si no, la verdad que no creo que te aporte más que media horita/ 40 minutos de diversión pasatista.
Me voy a Estados Unidos, año 2021, cuando Image recopila en tapa blanda la serie The Fade Out, magnífica colaboración entre los maestros Ed Brubaker y Sean Phillips. Esto es una bomba, de verdad. 400 páginas sin desperdicio, sin relleno, con una trama compleja, que se nutre de su entorno y su época (Hollywood, año 1948) de una manera brillante y que está poblada de personajes tridimensionales (algunos tomados de la vida real) a los que vemos desarrollarse y ganar relieve a medida que avanza la serie. En ese "entretiempo" entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Brubaker encuentra la forma de que ambos sucesos jueguen a su favor: tenemos a un protagonista todavía traumado por lo que vio (e hizo) cuando le tocó ir a pelear a Alemania, y ya está activo el FBI de J. Edgar Hoover, buscando comunistas para ponerlos en la lista negra y que no trabajen nunca más. Y estamos en Hollywood, así que tenemos también actores, actrices, directores, guionistas y otra vertiente de los aristócratas garcas: los dueños de los estudios cinematográficos, con el poder y la impunidad para abusar -en todos los sentidos imaginables- de sus empleados. Entre borracheras, jazz, cigarrillos y orgías, aparece un crimen y cuando esto sucede, la búsqueda de la verdad se convierte en un peligro. De eso se trata The Fade Out: de buscar la verdad en un submundo que vive de vender ilusiones, fantasías... mentiras. Brubaker demuestra un conocimiento profundo de lo que era la industria del cine en aquella época y no deja sin explotar ninguna de las posibilidades dramáticas que esta le ofrece. Así urde una historia amarga, violenta, teñida de sexo, sangre, ambición y persecución ideológica, y a la vez llena de data, como si fuera un documental sobre el Hollywood de fines de los ´40. Por supuesto, esto se ve y se siente real gracias al enorme trabajo de Sean Phillips a la hora de reproducir hasta los más mínimos detalles de aquella época. Secundado por una inspiradísima Elizabeth Breitweiser en el color, Phillips ensaya varios cambios de estilo: por momentos adopta un realismo casi fotográfico (como vemos en la portada del libro), por momentos se va hacia un registro más pictórico, más "Bill Sienkiewicz de los ´80", y casi toda la obra está dibujada en su estilo más reconocible, el que aparece en sus otros trabajos en colaboración con Brubaker. Esa sensación de amargura, de dramatismo, de acumulación de golpes e injusticias, aparece con fuerza en los dibujos del británico, superpuesta al rigor documental y al brillo y el glamour que asociamos a las estrellas de Hollywood de los años ´40. Además, Phillips encuentra rasgos distintivos y únicos para los... 15 o 16 personajes con peso en la trama, un logro no menor, que ayuda a que el lector se enganche con el relato. Ya está, no quiero sanatear más. Quiero que tod@s l@s que leyeron esta reseña corran a leer (o releer) The Fade Out, porque realmente es un comic para adultos de una calidad infrecuente. Y hablando de calidad infrecuente, para aquellos que quieren leer más, saber más y entender mejor el mundo de los comics, tenemos en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ un nuevo número de la Comiqueando Digital, que se puede descargar por muy poquita plata y disfrutar desde cualquier dispositivo con la sola condición de entender castellano. Un laburo monumental, del que estamos sumamente orgullosos. Ahora sí, nada más. Gracias y hasta pronto.

jueves, 1 de enero de 2026

DECIMOSÉPTIMA TEMPORADA

Sí, así como lo oyen/ leen. Acaba de empezar el 17º año en el que existe este blog. Veremos hasta dónde llegamos, pero creo que con el material que tengo comprado y sin leer, me alcanza como para que no falten reseñas a lo largo de todo el 2026... lo cual no significa que vaya a dejar de comprar libros nuevos... Gracias a tod@s por estar ahí un año más, y vamos con las primeras reseñas del año. Romeo Muerto es un libro que yo jamás me hubiera comprado, porque me ahuyenta el tamaño gigante (más grande que un Treasury de DC, por ejemplo), las tapas duras y el papel innecesariamente grueso y cheto. Pero un amigo que conoce mi devoción por Santiago Sequeiros tuvo el acierto de regalármelo. Adentro me encontré con más de 70 páginas de una historieta imposible de explicar. La puesta en página no es demasiado experimental. El dibujo, si leíste bastante José Muñoz, el Sin City de Frank Miller y algo del Ted McKeever más zarpado, te va a resultar extremo, pero no impenetrable. Vas a enloquecer con el tratamiento de la mancha negra, con el uso del pincel seco, con esos sutiles toques de esfumados (en medio de un contexto visual totalmente marcado por el claroscuro) que no sabés si están hechos con stencil... y en algún momento vas a dejar de tratar de entender cómo Sequeiros hace lo que hace, porque vas a estar totalmente absorbido por este mundo crepuscular y esperpéntico, monstruoso e hiper-sexualizado. Y con el guion pasa algo parecido: lo empezás a disfrutar cuando dejás de intentar entenderlo. Romeo Muerto es una ensalada de cosas, un vertedero al que Sequeiros arroja ideas y personajes que había creado en los´90, como la ciudad de Mala Pena, Ambigú, Nostromo Quebranto y otras que seguro no identifiqué porque hace mil que no releo las obras noventosas de este monstruo. De esa mezcla, y de la contaminación propia de las atmósferas oscuras que le gustan al autor, sale una cosa espesa, provocativa, críptica y muy, muy bella. Me hizo acordar (salvando las distancias) a las mejores letras de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: hay algo en esa poesía que nos interpela y nos intoxica incluso sin entender totalmente su significado, y hay algo que nos dice "es mejor así, si te lo explico pierde buena parte de la gracia". La poesía tiene esa ventaja: no necesita ser entendida para ser apreciada. Y en Romeo Muerto tenemos, por un lado, maravillosos dibujos, de altísimo impacto visual, y por el otro, textos que alcanzan un vuelo poético magistral. La onda es disfrutar de ambas cosas, y no esperar que se ensamblen, que los textos nos aclaren lo que resulta ambiguo en el dibujo, o al revés. No es lo normal, ya lo sé. Pero este libro te blanquea desde el formato, desde la ilustración de la portada, que lo que vas a leer no es un comic normal. La estética de Sequeiros no es normal, la forma de plantear un relato con tintes policiales no es normal, la forma de introducir los elementos sexuales (que tienen bastante peso en la "trama") tampoco. Si hay un comic que no es para cualquier tipo de lector, es Romeo Muerto. Ni siquiera es un buen punto de entrada para el universo de Sequeiros, porque se disfruta más si conocés las obras más antiguas del autor. Esto es bizarro, retorcido, medio alienígena y -si sintonizás la onda de Sequeiros- totalmente cautivante. Sin dudas lo más raro que leí de este magnífico autor español que, por pura casualidad, nació en Buenos Aires.
Y ya que estamos en Buenos Aires, nos vamos a recorrer un poco el conurbano de la mano del maestro Rafael Curci. Misterios Conurbánicos no es exactamente una antología de historietas, sino un libro que aborda precisamente esa temática, y que incluye varias historietas muy cortitas. Curci se propone indagar en aspectos extraños, paranormales e inexplicables del Conurba, una especie de versión muy local del mítico Big Book of the Unexplained. Buena parte del atractivo del libro está en los textos, artículos en los que Curci expone muchísima información, fruto de varios años de investigar estos fenómenos, y además están las historietas. En ellas, Curci trabaja con distintos dibujantes (si alguna vez leíste Mikilo sabés que no le cuesta nada formar equipo con grandes maestros del lápiz) y mezcla distintos planos de realidad. En las historietas (que lo tienen como protagonista), todas las bizarreadas son reales, aparecen celebridades como Pedro Saborido y Jorge Luis Borges, y conviven con personajes de ficción como (los obvios) Mikilo y Adolfo y Yilé, la creación de Matías Muzzillo que vimos por acá el 04/12/22. Todas estas criaturas, leyendas urbanas, bichos y fantasmas, son tan reales como el propio Rafael. Como son muy breves, a veces los argumentos de las historietas no trascienden la mera anécdota, o el chiste largo. Pero por suerte todas cuentan con dibujos más que eficaces. La primera nos trae de vuelta al malogrado Marcelo Basile, que la rompe dibujando a Mikilo y Adolfo. Gracias a la segunda conocí a un dibujante al que no tenía en el radar, Javier Mattano, muy hábil en el estilo realista. Las cuatro páginas de Muzzillo no se ven tan inspiradas como los mejores momentos de Yilé, pero tampoco están mal. Como en cualquier antología en la que lo inviten a participar, Carlos Dearmas hace que todos sus colegas parezcan principiantes, o chantas sin ganas de laburar. Sin dudas, sus cuatro páginas son las mejor dibujadas de todo el libro. Dos habituales colaboradores de Curci como son Sergio Ibáñez y Tomás Coggiola hacen muy bien su trabajo y entregan páginas más que competentes. Incluso la historieta que menos me gustó (dibujada por Elmo Rocko en un estilo tributario del recordado Walther Taborda) se la banca. Y dejo para el final a los dos bichos raros, a los que más se alejan de la estética tradicional del comic de aventuras: Edu Molina, se zarpa con un trabajo brillante con las tramas mecánicas (que combina a la perfección con su habitual y bestial dominio del claroscuro), mientras que Diego Rey también combina tramas con otras técnicas de entintado para darnos las mejores cinco páginas que dibujó en su vida (o por lo menos que yo haya leído). En total, las historietas ocupan menos de la mitad de Misterios Conurbánicos, por eso entiendo que no a todo fan del comic le interese comprar el libro, leerlo y guardarlo. El gran gancho es la temática, la investigación que realizó Curci acerca de toda esa mitología que habita las márgenes de la cultura conurbánica, y si te interesa ese tema, no tengo dudas de que vas a disfrutar un montón el libro, más allá de la calidad de las historietas, que -en promedio- es muy convincente. Nada más, por hoy. Ah, sí. El otro día me olvidé de mencionar que ya está disponible el devastador nº12 de Comiqueando Digital, con 364 páginas de artículos inéditos y los QR para acceder a un video especial y un podcast especial. Ahí hay alto material para leer durante unas cuantas semanas, con notas completísimas y para todos los gustos. Se puede descargar por muy poquita plata en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y a nosotros nos ayuda un montón para seguir creciendo. Gracias a tod@s l@s que ya la descargaron y l@s que no, media pila. Que tengan un excelente 2026, con muchas y muy buenas lecturas.

lunes, 29 de diciembre de 2025

NOCHE DE LUNES

Vengo de unas horas MUY chotas: primero un corte de luz de casi dos horas, y cuando vuelve la luz, me encuentro con la noticia de que falleció alguien que fue amigo mío desde fines de los ´80. Podría dejar las reseñas para mañana, pero había prometido un post más antes de fin de año y el día de mañana va a ser sumamente complicado, porque a los varios compromisos que ya tenía se suma el velatorio de mi amigo. Así que ahí vamos... Empiezo en Francia, año 2016, cuando el maestro Regis Loisel nos sorprende al calzarse la pilcha de camaleón estilístico para una novela gráfica de... Mickey Mouse. Si la portada no dijera "par Regis Loisel", no tendríamos ninguna pista de que este álbum es obra del autor de La Búsqueda del Pájaro del Tiempo y Peter Pan, entre otras. El francés esconde prácticamente todos sus rasgos de estilo para que esto parezca una aventura de Mickey de los años ´30, de cuando era una tira para diarios que escribía y dibujaba el inmenso Floyd Gottfredson (con tintas de Ted Twaithes y Bill Wright). Y sí, se parece mucho al Mickey de esa etapa, pero hay algunas puntitas que nos hacen sospechar que se trata de material mucho más moderno: 1) el entintado de Loisel es más complejo que el de las tiras clásicas de Mickey. Hay más detalles, más texturas, más laburo, y un resultado un poco más oscuro, como si algunas viñetas estuvieran entintadas por Robert Crumb. 2) La trama de Café Zombo es compatible con las de las aventuras clásicas de Mickey, pero Loisel le incorpora una dimensión social. En los momentos más bravos, no es el héroe o su grupito de amigos los que la pasan mal, sino todo un pueblo al que se lo ve sumido en la pobreza y sojuzgado por un garca con mucha plata que (como tantos garcas con mucha plata) se quiere quedar con todo. Como suele suceder, la inoperancia de los villanos, combinada con una excesiva ambición y la astucia y el coraje de los buenos, hará que los garcas se queden sin nada, no sin antes recorrer pasajes bastante dramáticos para una aventura de "dibujitos animados". 3) Lo que más llama la atención es el nivel de violencia que maneja Loisel. Varias veces a lo largo del álbum, Mickey y Horace confrontan con los villanos... ¡y se cagan a trompadas! ¡ Y a palazos en la cabeza! Obviamente sabés que la violencia no es letal, porque también sobreviven a explosiones, choques de autos, yunques que les caen en la cabeza, y todas esas cosas típicas de lo que llamamos "cartoon violence". Pero acá hay peleas muy brutales, que duran varias páginas y en las que se dan con todo. Entre una cosa y otra, Loisel arma una historieta con muchísimo ritmo, una vorágine de sucesos que para encontrar un final feliz va a requerir de la intervención de las mujeres del pueblo. El autor aprovecha para bajar línea acerca de la alienación a la que te condena la explotación laboral y le dedica unos cuantos garrotazos a McDonald´s. Como siempre, Mickey es el Number One en todas las disciplinas, el que más clara la tiene, pero los roles de Horace, Minnie y Clarabelle no son para nada menores. Pluto, Goofy y Donald, en cambio, tienen mucho menos peso en la trama. Nunca supe por qué duró tan poco esta runfla entre Glénat y Disney, pero me alegra que haya durado lo suficiente como para que podamos disfrutar de esta excelente versión del Mickey clásico, traído al cuasi-presente por un talento de la jerarquía de Regis Loisel.
Me vengo a Argentina, año 2025, para disfrutar de Luna Oscura y otros casos de Cecilia Guzmán, un libro con tres historias policiales escritas por Cristian Blasco y dibujadas por Alfredo Retamar. Esto me gustó mucho, es un material muy sólido, muy profesional. Adaptados al formato de historias episódicas de 14 páginas, los casos de Cecilia Guzmán podrían ser tranquilamente una serie regular en una antología onda Skorpio. De hecho, una de las historietas tiene 14 páginas, o sea que ni habría que tocarla (bueno, habría que traducirla al italiano, porque la Skorpio argentina no existe más hace 30 años). Al dibujo le falta soltarse un poco más, ponerle un poquito más de onda, de rasgos identitarios, de modo que vos veas una página y al toque digas "ah, esto lo dibujó Retamar". Por ahora, el entrerriano radicado en Tandil juega a ser un dibujante "genérico", sin mucha personalidad, pero sumamente correcto y eficaz en lo suyo. Y los guiones son realmente buenos. Más allá de algún tropiezo con los signos de puntuación, Blasco presenta muy bien los conflictos, desarrolla a los personajes mediante diálogos que suenan creíbles y lleva los misterios hacia finales lógicos y satisfactorios. No estira innecesariamente las historias, sino que complementa muy bien la intriga policial con escenas más vinculadas a la intimidad de los protagonistas, a los que sentimos muy reales y muy cercanos (aunque sean policías). La historieta argentina tiene una larga tradición de buenas series policiales, con detectives que resuelven los casos con inteligencia más que con tiros o trompadas, y si siguen por este camino, Blasco y Retamar van a lograr que sumemos a Cecilia Guzmán a esa lista de series memorables. Ojalá haya nuevos casos muy pronto. Nada más, por hoy. Cerramos un año bastante generoso en cantidad y calidad de lecturas, y en algún momento de la semana (ya pasada la barrera del 31/12) arrancamos con la decimoséptima temporada del blog. Gracias por el aguante y nos encontramos este martes a las 22:30 en el canal de YouTube de Comiqueando para una nueva emisión de Agenda Abierta, en vivo y gratis para toda el habla hispana.

jueves, 25 de diciembre de 2025

NOCHE DE JUEVES

Ahora sí, la Comiqueando Digital está casi lista y me puedo dar el lujo de ponerle una pausita al laburo para comentar los últimos libros que leí. Este año tuvimos (por fin) edición argentina para las dos aventuras de Livingstone que nunca se habían publicado en libro (una de ellas, ni siquiera se había publicado en castellano): Amazonia y Video Star, que salieron (acertadamente) en un único libro, co-editado por Sector y Comic.ar. Supongo que para alguno será una herejía, pero a mí estas dos aventuras me gustaron bastante más que Tigre Hotel. Las noté más compactas, más coherentes, con el protagonista mejor delineado y con personajes secundarios mucho más atractivos. El hecho de que las historias tengan 56 páginas en vez de 44 también ayuda un montón a que podamos disfrutar de esta una notable mejora en la labor de Mario Rulloni como guionista, mientras que el dibujo de Pablo Zweig está al mismo nivel (descomunalmente alto) que vimos en el libro anterior (reseña del 27/12/23). No quiero ahondar en los argumentos, pero digamos que Amazonia es una historia de ambición política que esconde (como casi siempre) la intención de apoderarse de enormes riquezas, mientras que Video Star es una enroscada y divertidísima sátira al star system de Hollywood, las superproducciones, el glamour de las actrices y toda esa parafernalia medio alienígena que rodea a la industria del cine. En ambos casos, el espesor de las tramas deja espacio para que haya muchísima acción, buenos diálogos y unas secuencias mudas totalmente hipnóticas en las que Zweig revalida sus credenciales de maestro de la narración gráfica. También en ambos casos, las fronteras entre buenos y malos son bastante borrosas, y eso le da a los conflictos una riqueza muy particular, no muy frecuente en el comic de aventuras. Pero claro, Livingstone no es un típico comic de aventuras, en parte por cómo está trabajado el aspecto visual por Zweig. Acá el trazo ya está totalmente establecido en una zona intermedia entre Hergé y Daniel Torres, pero con un dinamismo, una plasticidad y un ingenio para "mover la cámara" que ninguno de los maestros europeos mostraron nunca. Es raro, porque en general la línea clara heredera de Hergé, tan pendiente de la prolijidad, no deja mucho lugar para el impacto visual, para esa onda desfachatada e hiperkinética que tienen las páginas de Zweig. Y ni hablemos del color, que es una auténtica maravilla: pensás que acá alguien publicó Amazonia en blanco y negro y no entendés cómo no está preso. Visualmente, esto es una fiesta total, una cátedra a la que lamentablemente asistieron pocos alumnos, porque Zweig es uno de esos referentes a los que, para mi gusto, le salieron pocos émulos. Recomiendo muchísimo Amazonia + Video Star, incluso a quienes leyeron Tigre Hotel y no les pareció taaaan grosso. Créanme: esto es muy superior.
Tarde como siempre, le entré a 21st Century Boys, el manga de Naoki Urasawa que retoma todo lo que había quedado colgado en el último tomo de 20th Century Boys (ver reseña del 12/08/24). Por supuesto, que no deje plots colgados no significa que todo tenga sentido, pero por lo menos está la intención de explicar lo más importante: quién era Amigo, para qué corno estaba ese robot gigante ahí guardado, cómo se reorganiza el poder en Japón tras la "muerte" de su líder supremo... Y pasan cosas. Hay como 40 ó 50 páginas (en un tomo de 400) de palo-y-palo, con una aventura fuerte, que se puede resumir así: un villano loco creó un arma de devastación masiva y un grupo de héroes hará lo imposible para que esta no se active. Listo, la historia es eso. No importa que los héroes sean cincuentones que se conocen desde la infancia, no importa mucho la identidad de Amigo, ni los poderes de Kanna, no suma ni resta la canción de Kenji (aunque es importante en el epílogo, hermoso, muy emotivo), no tienen ningún peso en la resolución los mangakas, ni el tipo del bowling, ni el policía amigo de Kanna, podrían tranquilamente no estar todas las secuencias del pasado de los protagonistas, y pocas ideas me parecen tan chotas como la de ese parque de atracciones de Amigo, donde -a través de la realidad virtual- los personajes del presente pueden interactuar con sus versiones de la infancia. Todos esos elementos (y otros que no tiene sentido enumerar) complican la trama al pedo. A veces sirven para darle más dimensión a los personajes, para que nos importe más lo que Urasawa hace con ellos. Pero a lo largo de estos 12 libracos nos comimos tantos amagues, nos fumamos tantas secuencias totalmente irrelevantes, tantas peripecias innecesarias, tanto flashback que no aporta nada, que no se puede creer cómo el co-guionista y los editores que supervisaron la labor de Urasawa tienen la valentía de que sus nombres figuren en los créditos del tomo final. Yo le echaría toda la culpa al sensei, total alguien que dibuja tan, pero tan bien, difícilmente se gane el odio de los lectores, aunque nos condene a recorrer laberintos del terror como este, o como Monster. O sea que sí, finalmente la saga de Kenji, sus amigos de la infancia, las boludeces que inventaron de chicos y se convirtieron en trágicas amenazas de grandes, llega a un desenlace coherente, razonable y casi sin cabos sueltos. El problema es cómo y cuándo llega. Las vueltas que da Urasawa para llegar, seguramente producto de la improvisación, de ir creando el argumento sobre la marcha, al ritmo de la serialización del manga. El resultado es un kilombo, pasado de rosca en materia de ambición, en el que los hallazgos e incluso las genialidades quedan sepultados bajo el alud de elementos innecesarios, inverosímiles o directamente estúpidos. En ese péndulo infinito entre la tensión y el tedio, brilla siempre el grafismo pluscuamperfecto de Urasawa y su enorme talento como narrador. Pero no alcanza para justificar la extensión de la obra cuando el argumento que la sostiene es tan chiquito, por más que la ornamentes con personajes queribles (con Kenji, Kanna y Otcho en el podio), machaca, rosca política y un misterio que, de tanto que se estira, genera más fastidio que intriga. Nada más, por hoy. De nuevo creo que habrá por lo menos un posteo más antes de fin de año. Parece mentira, pero estamos por terminar la 16ª temporada del blog. Una locura.

lunes, 22 de diciembre de 2025

TRES MUNDOS DE FANTASÍA

Casualmente, este elemento se repite en las historietas que tengo para reseñar. Veamos. Un muy lejano 13/05/20, teníamos en este espacio la reseña del Vol.1 de Descender, de Jeff Lemire y Dustin Nguyen. En ese momento no suponía que iba a tardar tanto en leer el Vol.2, pero puede pasar. Por lo menos me queda la tranquilidad de que en el medio leí un montón de obras más de este prolífico canadiense. Cuando leí el Vol.1, sentí a Descender emparentado con Sweet Tooth. Ahora también le veo puntos en común con Saga (de Brian Vaughan y Fiona Staples), y no me refiero solo al género de ciencia ficción. Descender replica lo mejor que tiene Saga, que es la capacidad de combinar una aventura de proporciones épicas con una gran humanidad, un gran laburo para convencer al lector de que estos personajes y sus emociones son realmente importantes para que la trama avance. Y además, toda esa vasta exploración de un universo fantástico, con razas, planetas, culturas, tecnologías y demás, que -bien hecho- siempre resulta fascinante. En la reseña del Vol.1 yo hablaba del "riesgo de irse por las ramas, de que algunas de esas buenas ideas que nacen en este tomo se diluyan en los que vienen después". Bueno, la chota. En este segundo tramo se incorporan nuevos personajes, locaciones y conceptos, pero Lemire no pierde para nada el foco y la narración se mantiene 100% ajustada a las consignas que nos atraparon en el Vol.1. El final del tomo llega en un momento áspero, un cliffhanger jodido como enema de chimichurri, que te ceba como para salir de tu casa a las 3 AM a buscar un dealer que te venda YA el Vol.3, al precio que sea. Y eso no se debe a que Descender sea un torbellino de acción y machaca, sino a que los autores se matan para que los personajes nos importen y los vínculos entre ellos se vuelvan el elemento central de la saga. El dibujo y el color a cargo de Nguyen siguen muy arriba, aunque ahora son más las excusas para no dibujar fondos, y están más presentes los primeros planos. Cuando dibuja fondos, naves, satélites, asteroides agujeros negros y demás, la rompe toda. Pero -de nuevo- el énfasis está puesto en las emociones de los personajes, y eso se resuelve fácil y rápido con un buen trabajo en los primeros planos. Nguyen ofrece un menú muy amplio de grillas, para que cada puesta en página sea única y sobre todo muy efectiva. Una vez más, me la baja un poco la extensión de la serie, sobre todo cuando uno arranca tan de atrás. Pero por ahora, Descender justifica plenamente no solo la cantidad de TPBs que hay que comprar, sino todos los elogios que recibió mientras se publicaba. Ni bien pueda, voy por más.
Me voy de EEUU a Argentina, y de los remotos confines del cosmos a un reino medieval, para internarme en La Gloriosa Historia, primer trabajo conjunto de dos autores que me gustan mucho. El guion es de Alejo Valdearena y los dibujos de Agustín Paillet. Y sí, el combo entre dos capos dio como resultado una historieta sumamente disfrutable. La Gloriosa Historia tiene comedia, aventura, romance, batallas entre ejércitos, un toquecito de sexo, una sátira despiadada al absolutismo y los caprichos criminales de quien se sabe enormemente poderoso, y por si fuera poco, nos presenta otro mundo fantástico en el que caben muchas más historias, con estos u otros personajes. ¿Qué se le puede criticar? En mi caso, creo que esto se vería mucho mejor publicado a color, más allá de que el trabajo de Paillet en blanco, negro y grises (aplicados con tramas) sea impecable. El principal argumento para sostener esto me lo da la propia portada del libro, que es a todo color y se ve espectacular. Y después, y en mucha menor medida, capaz que llega un poco tarde, cuando muchos lectores están ya muy cansados de que el personaje de "la minita" sea la Guacha Pistola, la que tiene todo claro, la que resuelve todo, la que le gana a todos, la que hace que -en la comparación- todos los personajes masculinos que la rodean se vean como imbéciles. Ya está, ya pasó, ya entendimos que está bueno subvertir esas reglas de la aventura clásica en las que "la minita" era parte del decorado, o estaba ahí solo para que el héroe (varón) la rescatara de algún peligro. Pero esa vertiente empezó... no sé, en 1984 con la primera Terminator... y hoy está un toque gastada. Estaría bueno agarrar para otro lado, así no se pierde la sorpresa. El resto es una fiesta, 100 páginas a pura diversión, con buenos personajes, conflictos entretenidos y variados, una narración gráfica muy tradicional, pero a la vez muy dinámica y muy fluida, los clásicos diálogos llenos de ingenio a los que nos tiene acostumbrados Valdearena (pero ahora en castellano antiguo) y -como ya señalé- un trabajo magnífico de Paillet en el diseño de los personajes, el mundo que habitan y la forma en que se mueven. Sin dudas, La Gloriosa Historia merece un lugar entre las mejores historietas argentinas de 2025.
Y cierro con una breve mención a Gauchobots, primera historieta del experimentado animador y diseñador de videojuegos Martín Eschoyez. La idea de un mundo de androides y robots en el que sobreviven las tradiciones de los gauchos argentinos es una genialidad absoluta. Es algo que habría funcionado maravillosamente como un serie humorística, en entregas de dos o tres páginas en cada número de Fierro. Historias cortas, en joda, muy basadas en la exploración de este universo fantástico. El tema es que Eschoyez plantea una aventura "larga", de 26 páginas, y ahí ya no alcanza con el world building: tiene que "pasar algo". Lo que pasa es una típica pelea entre el héroe y un monstruo, en la que Jote (el héroe) repite frases y hasta poses que ya vimos miles de veces en otros comics de machaca con monstruos ("¡esto se termina... ahora!"... ¿en serio? ¿Otra vez sopa?). Menos mal que el dibujo de Eschoyez es alucinante de punta a punta, porque el guion, al abordar la aventura de una manera tan remanida, pierde un poco del atractivo que tiene en las primeras páginas. Nada más. Estén atentos al sitio web y el canal de YouTube de Comiqueando, así se enteran cuándo está disponible la nueva revista Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Calculo que habrá como mínimo una entrada más en el blog antes de fin de año. Gracias y hasta entonces.

viernes, 19 de diciembre de 2025

TARDE DE VIERNES

Otra vez clavo una pausa en el vértigo y el frenesí que exige la Comiqueando Digital para estar lista a fin de mes, y la aprovecho para reseñar un par de libros que leí en estos días. Muy brevemente, expreso mi tristeza por no haber podido disfrutar todo lo que esperaba con The Cardboard Valise, la novela gráfica de Ben Katchor publicada en 2011. Y un poco es culpa del que decidió que este material, originalmente publicado por Katchor en entregas semanales en distintos periódicos alternativos, se podía "envasar" en formato libro de 128 páginas. Más allá de cómo las acomodemos, del formato que les queramos dar, estas páginas NO forman un relato consistente con lo que habitualmente llamamos "novela". Son una sucesión de no-historias cortas, que repiten algunos personajes y la ambientación (una isla imaginaria en la que pasan cosas rarísimas) y por ahí tenemos UN momento copado (probablemente el remate de una entrega semanal) cada dos páginas. Pero presentadas así, en semejante masacote, lujosamente editadas por Pantheon, estas historietas tratan de cagar más alto de lo que les da el culo. Son graciosas, tienen ese humor surrealista de un sketch de Cha-cha-cha, tienen ese ritmo de anécdota pachorra y nostálgica de las Crónicas del Ángel Gris de Alejandro Dolina, el dibujo es fastuoso, pero -discúlpenme si peco de tradicionalista- si no hay conflicto, no hay novela. Una novela no es una sucesión de anécdotas, ni de gente que le explica a otra gente qué había antes en el lugar donde están ahora. Sin cohesión narrativa, los caprichos y las ocurrencias limadas del autor son solo eso: caprichos y limaduras. Y seguramente ese es el motivo por el cual The Cardboard Valise es la obra menos querida por los fans de Ben Katchor, pese a ser la que gozó de una edición más cheta y más cuidada. Esto así como está es excesivo, es comer dulce de leche en el desayuno, el almuerzo y la cena durante dos semanas. Llega un punto en que ya no podés ni ver al dulce de leche. Con los dibujos de Katchor obviamente eso no pasa, porque son bellísimos, pero la falta de un argumento sólido, de un real desarrollo de personajes, hace que todo el resto (el world-building complejo, lleno de ironía e imaginación, los diálogos bizarros, etc.) a partir de cierto punto se vuelva un plomazo. Hacía muchos años que buscaba este libro, finalmente lo conseguí a buen precio, y ahora no sé si quedármelo o no, porque tengo claro que en la puta vida lo voy a volver a leer. Cosas que pasan.
Y también leí (a velocidades supersónicas) las 96 páginas de Aventureros del Aire, una obra de Rodolfo Santullo y Pablo Burman que se había serializado en el e-zine de Loco Rabia y este año salió en libro a través del sello Los Aspirantes. Más allá de lo rápido que se lee, me encontré con una muy buena historieta de acción y aventura, a la que se le suma un trasfondo muy atractivo, relacionado al abuso de poder, a cómo desde el poder se manipula a la gente común y se le vende humo con total impunidad. Santullo elige muy bien los momentos en los que nos revela qué hay detrás de esta trama, y los volantazos que pega (personajes que al principio parecen ser del bando de "los malos" y después se dan vuelta, o viceversa) son, además de sorpresivos, totalmente coherentes con la narración que construye. En un guion realmente potente, lo único que -conociendo la obra del uruguayo/mexicano- se echa un poquito de menos es el world-building, que no está muy explorado, sino apenas delineado con unos pocos trazos. Es raro, porque en general, cuando trabaja con mundos fantásticos, Santullo cuida mucho ese detalle. Acá, felizmente, se luce en muchos otros rubros, sobre todo en el desarrollo de los personajes: tanto la protagonista como los secundarios tienen sus arcos narrativos y nadie sale de la novela igual que como entró. Si yo te contara detalles del argumento, seguro que vos empezarías a flashear imágenes en un estilo tipo Frank Robbins, Juan Giménez, o Solano López, capos indiscutidos en el rubro "historietas de aviación". Bueno, en esta lo tenemos a Pablo Burman, con un grafismo que está a años luz del de los clásicos maestros mencionados (y tantos otros), pero que te cautiva desde la primera página. Ya desde la portada queda claro que Burman se va a decantar por un estilo más pictórico, pero adentro, en vez de esos óleos vamos a tener acuarelas y lápices de colores. Sí, las queridas "pinturitas" convertidas por Burman en varitas mágicas con las que conjura formas, texturas, climas... lo que haga falta. Me gustaba cuando Burman trabajaba en blanco, negro y grises, con tinta china y aguadas, pero esto es infinitamente mejor. Hay momentos en los que no sabés si estás leyendo un comic de aventuras o recorriendo un museo dedicado a las artes plásticas y a los pintores expresionistas. Todas las decisiones estéticas de una bestia como Burman implican algún riesgo, y las decisiones en materia de puesta en página no se quedan atrás. Pero todo esto (más la típica sobriedad que le permite a Santullo contar una historia compleja sin meter enormes cantidades de texto en cada página) contribuye de manera armónica e impactante a lograr un gran ritmo, que te lleva puesto hasta el final. Aventureros del Aire no es un comic que te cambia la vida, pero es una gran historia, con giros argumentales muy logrados, un vértigo alucinante y unos dibujos atípicos y (por momentos) gloriosos. Recomiendo mucho esta colaboración entre Santullo y Burman y ojalá pronto haya nuevas. Nada más, por hoy. Buen finde y hasta pronto.

domingo, 14 de diciembre de 2025

RESEÑAS DE DOMINGO

Obviamente todavía me duran la bronca y la tristeza por la final que perdió Racing anoche, pero bueno, tengo un par de libritos para reseñar antes de internarme de nuevo en la Comiqueando Digital. Empezamos en 2021, con el especial de 100 páginas que publicó DC Comics para festejar los 80 años de Green Arrow. Ya vimos varias de estas antologías (me falta reseñar solo la de Robin), pero esta es particularmente atractiva. Mariko Tamaki y Javier Rodríguez (lujoso equipo) nos cuentan una amena historia del Green Arrow y el Speedy de la Golden Age, muy linda. Tom Taylor y Nicola Scott arman un injerto de continuidad que nos lleva a la época en la que Oliver estaba cortejando a Dinah Lance, mientras entrenaba con Ted "Wildcat" Grant. También, muy divertida, con buenos diálogos y hermosos dibujos. Después tenemos al Ollie contestatario y rebelde, en conflicto con sus compañeros de la Justice League, en una historia con onda "principios de los ´80", a cargo de Stephanie Phillips y Chris Mooneyham. El dibujo está bastante bien, el guion es olvidable. El maestro Mike Grell, responsable en buena medida de que el personaje haya durado 80 años, escribe y dibuja una breve pero atractiva historia ambientada en la época de Seattle, con un rol importante para Shado (algún día, algún guionista se va a ocupar de "poner en valor" a Shado). La de Ram V y Christopher Mitten es muy menor, y gira en torno a la relación entre Ollie y Dinah, ya más consolidada y menos volátil. Medio un embole. Connor Hawke también tiene oportunidad de lucirse, gracias a los magníficos dibujos de Jorge Corona. Lástima el guion de Brandon Thomas, que no le hace justicia. Roy Harper tiene su aventura solista, en la que Devin Grayson indaga en su relación con su hijita Lian. Esto está muy bien escrito, realmente se nota el compromiso y la onda de la guionista. No podía faltar el talento argento en la antología, así que estas páginas están dibujadas en un gran nivel por Max Fiumara. El maestro Phil Hester trata de recuperar en ocho paginitas la magia de las etapas de Kevin Smith y Judd Winick al frente de la serie, pero -si bien el dibujo tiene un encanto absoluto- el guion requería muchas más páginas para ser algo más que un chiste largo. Vita Ayala y Laura Braga también centran su historia en el vínculo entre Ollie y Dinah, y sobre todo en la chapa de esta última en su rol como Black Canary. No está mal, sobre todo el dibujo. Ya casi sobre el final, tenemos a la dupla de Benjamin Percy y Otto Schmidt (dibujantazo del hiper-carajo), con una historia linda, cumplidora, a la que le sobra la pelea con el villano. Otra dupla de recordado paso por la serie, Jeff Lemire y Andrea Sorrentino, cuentan una historia crepuscular, aburrida y confusa, con un dibujo demasiado basado en la referencia fotográfica. Y para cerrar, una gema: Larry O´Neil, hijo del mítico Denny O´Neil, escribe seis páginas de una historieta muda (muy bien dibujada por Jorge Fornés) que resume la increíble carrera de su padre, a la vez que le rinde un homenaje tan bello como conmovedor. Sin dudas, una antología para conseguir y conservar (más allá de la mucha o poca chapa de Green Arrow) simplemente por el gran desempeño de una lista larga de autores talentosos.
Me vengo a Argentina, año 2025, para leer La culpa la tuvo Charly García, ópera prima del músico Martín Ameconi, quien ahora decidió incursionar también en la novela gráfica. La verdad que al principio el libro me generó poco entusiasmo: autor desconocido, dibujo poco llamativo, historieta autobiográfica... parecía todo bastante intrascendente. Pero la historia está tan bien contada que te atrapa, te identificás al toque con el personaje de Salva, y de pronto esas anécdotas se vuelven realmente importantes, vitales, hipnóticas para el lector. Te tiene que gustar la música, y obviamente suma muchos puntos que alguna vez te hayas emocionado escuchando un disco de Charly, o presenciando alguno de sus shows en vivo. Hay muchas referencias al rock, tanto nacional como extranjero, y si no está empapado de ese tema, por ahí te las perdés. Pero eso no te deja afuera, ni te impide engancharte con el relato, que se sostiene sobre todo en los diálogos (verosímiles, picantes, dinámicos) y en ese viaje interno de Salva, de pendejo medio sin rumbo a joven decidido a perseguir un sueño le guste o no a quien corresponda. Como ya dije, el dibujo de Ameconi está a años luz del virtuosismo, y parece -con buena voluntad- un dibujo animado de Mike Judge, sin el color, el movimiento y el sonido. Hay un manejo correcto de las técnicas de entintado, y sobre todo un gran trabajo en la narrativa, en el armado de las secuencias, en la elección de los planos y de los momentos en los que Ameconi corta una escena para pasar a la siguiente, o para calzarte una secuencia onírica. No te digo que estamos frente a la nueva obra maestra de la historieta argentina, ni ante el reverdecer de la autobiografía, pero para tratarse del debut de un autor sin trayectoria previa, La culpa la tuvo Charly García me resulta un trabajo consistente, que entretiene, conmueve y te hace unos mimos en el alma. La clave está en cómo Ameconi pone el foco en el arte y en cómo la irrupción de un gran artista en nuestras vidas puede cambiarlas por completo. Si eso no te llega, replanteate muchas cosas. Say no more. Nada más, por hoy. Gracias y hasta pronto!

miércoles, 10 de diciembre de 2025

OTRA TARDE DE MIÉRCOLES

Meto otra pausa cortita en el laburo para comentar un par de libros que leí en estos últimos días. Le entré al Vol.4 de Deadly Class (el 3 lo habíamos visto el 28/04/25) y medio que me cansó. Tanta sobredosis de violencia, tanta sangre, tanta mala leche, se sostiene un rato, no toda la vida. En estos cuatro TPBs se recopilaron los primeros 21 números de la serie de Rick Remender y Wes Craig y se me hizo un poco monocorde. Sobre todo este último tomo, que no tiene mucho más que cinismo y muertes truculentas. Hay una referencia piola a Lord of the Flies, y UN diálogo brillante entre un vendedor de discos fan del heavy metal y un pibe que le trata de explicar por qué B-52´s es una banda del mega-carajo. El resto, persecuciones, tiroteos, cuchillazos, alguna revelación impactante acerca del pasado (invariablemente sórdido) de algún personaje secundario, y no mucho más. Todo esto narrado con muy buen ritmo, de manera muy ganchera, por dos autores a los que les sobran recursos para poner nervioso al lector y asfixiarlo con la sensación de que se está yendo todo a la mierda. Pero tantas páginas de lo mismo, a mí me satura un poco. Me encanta el dibujo de Wes Craig (salvo esos primeros planos que parecen calcados de viñetas de Paul Pope), cuando Remender baja un cambio mete unos diálogos magníficos, el color es precioso, hasta el rotulado la rompe. Y cuando se acuerdan de jugar con el hecho de que la historia esté ambientada en los ´80, salen momentos muy copados, que no se ven en otros comics de machaca y oscuridad. La colección de TPBs termina en el Vol.12. Es imposible que en los ocho tomos que me faltan los autores no paren un toque la pelota, no prueben con otra cosa, con otro ritmo, con otros climas... hasta con otros personajes, porque en este tomo palman un montón. El tema es que son ocho tomos: mucho espacio en la biblioteca, mucha guita y muchas horas de lectura. No sé si le quiero dedicar todo ese esfuerzo a una serie que me gusta, pero no me vuelve loco. Veremos. Por ahora, la corto acá. Si aparece el Vol.5 muy barato, no descarto darle una posibilidad.
Vuelvo al repaso por la historieta argentina publicada en 2025 y me encuentro con Hotel, el nuevo trabajo de Carina Altonaga. Al salir tan encima del trabajo anterior de la autora (Chamán, reseñado el 10/01/25) la comparación es inevitable... y desfavorable para Hotel. La faz gráfica es una maravilla. A esa estética realista, emparentada con la de Salvador Sanz, Altonaga suma ahora el color, y acá saca una diferencia enorme. Es un color bellísimo, aplicado con sutileza, con criterio, con imaginación y con una técnica que me remitió más a Juan Ferreyra que a Sanz. Además de rigor académico, el dibujo tiene encuadres variados, como para darle ritmo incluso a las secuencias en las que no vemos mucho más que personas hablando. Las referencias fotográficas están muy bien integradas, los personajes son fácilmente reconocibles y los estallidos de violencia son electrizantes. ¿Por qué, entonces, pongo a Hotel por debajo de Chamán? Básicamente por el guion, que me pareció mucho menos original, más pegado a una fórmula que ya consumí mil veces, y con un misterio menos atrapante que el de la obra anterior. Los personajes están bien (sobre todo Lily Torres), los diálogos no brillan pero cumplen, la explicación de qué es el hotel y por qué pasa lo que pasa está bien, los flashbacks están puestos en el momento correcto, pero el argumento en sí, la base sobre la que se construye el relato, me pareció más endeble. Las últimas páginas, que me hicieron acordar a algún unitario de Hellblazer, levantan un poco el promedio, y aún así el guion de Hotel queda lejos del de Chamán. Una pena que, justo en el momento en el que Carina Altonaga había pegado fuerte con una obra muy grossa, que llamó mucho la atención, tengamos que verla retroceder un par de casilleros con una novela gráfica que -pese a sus inmensos méritos en el aspecto visual- adolece de un argumento medio flojo de papeles. Para la próxima (que ojalá sea pronto) estaría bueno verla colaborar con un/a guionista, a ver qué pasa.
Y ya estoy para despedirme, pero antes quiero dedicarle unas líneas a la excelente reedición que hizo Historieteca de tres historietas de Brian Janchez que estaban descatalogadas. No voy a extenderme acerca de cada una de ellas, porque de El Permiso ya hablé acá el 22/02/18, de La Mejor mis Ex-Novias hablé el 24/12/18 y La Hija del Carpintero tuvo su reseña en este espacio el 21/08/19. Durante la relectura me di cuenta de lo poco que me acordaba de los argumentos, pero también releí las reseñas, y coincido en casi todo con lo que escribí en su momento, así que ahí están, para quien quiera consultarlas. Nada más por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

sábado, 6 de diciembre de 2025

SÁBADO CALUROSO

Dos reseñas (supongo que cortitas) para esta calurosa tarde de sábado. En 1982 salió el Vol.14 de los álbumes que recopilaban las historietas de Gaston Lagaffe, el famoso personaje creado por André Franquin, que solía aparecer todas las semanas en la revista Spirou. Casi siempre ocupaba una página completa, de vez en cuando dos, y de vez en cuando media. Pero Gaston siempre estaba. Este álbum rescata más de 40 planchas de aquella época y son muchas. Quiero decir: el humor de Gaston Lagaffe se disfruta mucho más en dosis más pequeñas. Una historieta por semana, dos a lo sumo. Leer cuarenta y pico de un saque les quita un poco de gracia y se hace inverosímil que ninguna de sus víctimas tome la decisión de echarlo a patadas en el orto de esa oficina (que, en un hábil juego meta, es la redacción de la revista Spirou) en la que no para de mandarse cagadas, causar desastres y apolillar en horario laboral. En esta etapa, Franquin había desarrollado un segundo escenario para las tropelías de Gaston: la calle, donde quien sufre las calamidades causadas por este energúmeno es un policía llamado Longtarin. Nunca llegamos a ponernos del lado del policía, porque Franquin nos deja en claro que no tiene buenas intenciones: su objetivo es encajarle multas a los autos (o a sus dueños) a como dé lugar, incumplan o no las normas. Y obviamente su enfrentamiento con la creatividad destructiva de Gaston va a terminar en derrota para el agente... una y otra, y otra vez. En este tramo de la serie hay un elemento recurrente, que se vuelve fundamental en el eterno combate entre Gaston y Longtarin: los parquímetros. Supongo que habrá coincidido con la época en la que, en la Bruselas del mundo real, a alguien se le ocurrió llenar las calles de parquímetros. El maestro Franquin imagina una cantidad infinita de variaciones sobre el tema "chistes con parquímetros" y unos cuantos son brillantes. Ni hace falta decir que, muy por encima de la gracia (mucha o poca) que nos causen los chistes, resalta el dibujo de Franquin y su descomunal talento para la narrativa. Imitado hasta el hartazgo por decenas de dibujantes, a principios de los ´80 Franquin estaba en un nivel formidable, afianzadísimo en su estilo hiperkinético, muy canchero para trabajar con la mancha negra (línea clara, las pelotas) y para sobrecargar la viñeta con líneas y detalles de todo tipo sin obstaculizar para nada la fluidez y el vértigo de las historias. Nunca es suficiente la cantidad de historietas de Franquin que uno quiere leer y atesorar. En el caso de Gaston Lagaffe (conocido en España como Tomás Elgafe) no recomiendo bajarse todo el álbum de un saque, sino dosificarlo para el impacto humorístico sea mayor. Si nunca leiste nada del glorioso André Franquin, cualquier álbum de Gaston es un buen punto para empezar.
Encontré en la pila de los pendientes otro libro publicado en Argentina en 2024, pero este es un manga: Ciudad de Tumbas, un masacote de 408 páginas con 11 historietas autoconclusivas de Junji Ito, sin ninguna relación entre sí, más allá de la temática de misterio sobrenatural con terror y asquerosidades. Nada, más de lo mismo. Dibujos espectaculares, imágenes escalofriantes, un nivel de detalle inhumano en paisajes, escenografías y criaturas fantásticas, con guiones MUY desparejos, muchos de los cuales hacen "la Gran Mariana Enríquez" (es decir, plantean un conflicto, pero no lo resuelven). Hay historias mejores y peores, algunas que te enganchan desde la primera página y se desinflan en el final, otras que arrancan tranqui y explotan en el final, algunas muy atrapantes de punta a punta (como "Las estatuas de bronce") y otras chotísimas de punta a punta (como las 50 páginas de "Materia flotante"). Y rarezas como "El Misterio del túnel", en la que Ito te mete... cuatro plots distintos, que transcurren en el mismo lugar y al mismo tiempo, pero no resuelve ninguno de manera satisfactoria. Un desperdicio de ideas, que podría haber dosificado (y desarrollado mejor) a lo largo de distintas historietas. Como suele suceder en las historias "cortas" del ídolo, los personajes se parecen bastante entre sí, no hay grandes hallazgos en materia de caracterización, ni siquiera en los relatos de 50 páginas. Aún así los diálogos son entretenidos (bien ahí la traducción de Martín Parle) y -salvo algún que otro clavo- las historias son llevaderas, en parte gracias al formato corto (varias historias tienen 32 páginas o menos). Obviamente para el que compra manga por los dibujos, Ciudad de Tumbas es imprescindible. Para los fans del buen comic de terror y misterio, se me ocurren opciones mejores. Nada más, por hoy. Vuelvo a la Comiqueando Digital, que está quedando un kilo y dos pancitos. Gracias y hasta pronto.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

OTRO MIÉRCOLES CON RESEÑAS

Interrumpo un toque el frenesí de la Comiqueando Digital para comentar un par de libros que leí en estos últimos días. Soy un Cobarde y Otras Historias es un libro que nunca imaginé tener en mi biblioteca. Es un recopilatorio de historias cortas dibujadas en la primera mitad de la década del ´60 por el maestro Leopoldo Durañona, cuando todavía era una joven promesa, un pibe más de esa generación que irrumpió en la industria de la historieta argentina en esos años finales de la Editorial Frontera. Acá vemos a Durañona dibujar tres guiones de Héctor G. Oesterheld (de los años ´62 y ´63), en un estilo muy pegadito al que lucía en esos años Alberto Breccia. Ninguno de los guiones me pareció deslumbrante (sí la calidad de la prosa de Oesterheld, pero romperla en los bloques de texto no equivale a escribir buenos guiones), y sin dudas el atractivo pasa por el trazo de Durañona, que -repito- no es muy original, pero no cualquiera recreaba la magia que tiraba Breccia en la época de Mort Cinder. En el medio hay una historia medio intrascendente que salió en la revista Super Misterix (en la etapa de la editorial Yago), y después, tres historietas imposibles. Una sorpresa abrumadora, algo absolutamente insólito, que me dejó estupefacto. "El librero", "Puerto" y "El Túnel" son historietas loquísimas, en las que Durañona experimenta con el trazo y con las técnicas como si fuera Luis Scafati (pero 15 años antes) y obtiene resultados rarísimos, páginas en las que prima un dibujo casi abstracto, que requiere muchísima decodificación por parte del lector. Hay manchas, texturas extrañas, pedazos de fotos, recortes de diarios, tramas mecánicas, líneas de plumín bien finitas... un despelote visual increíble, que por momentos alcanza cotas de belleza impensables en la historieta industrial, y por momentos se vuelve un obstáculo para entender qué corno está pasando, si bien son historietas con bastante texto. Y subrayo lo de "historieta industrial" porque parte de la sorpresa, parte de lo que hace inverosímil a este material, es que originalmente se publicó en la revista Intervalo. Sí, esa revista de Columba que nos parecía un embole, con historietas "para señoras", en los ´60 le daba cabida a trabajos sumamente experimentales de un pibe que tenía huracanes, tifones y torbellinos en el tintero, como era en ese entonces Durañona. Después, la vida lo va a "domesticar" y Leopoldo va a brillar en mercados como el italiano y el norteamericano con historietas más tradicionales, con un dibujo realista y una narrativa más clásica, más ajustada a lo que requieren relatos de género, sea policial, terror, bélico, o lo que le pidan los guionistas. Yo tuve la suerte de conocerlo y trabajar con él a principios de los ´90, y la verdad que nunca me imaginé que 30 años antes había hecho estas locuras. Por suerte la recopilación (a cargo de Sector Editorial) incorporó un nuevo rotulado, buen papel, algunas ilustraciones publicitarias que realizó Durañona en aquella época y mucha información, como para convertir muy rápido a los neófitos en especialistas en la obra de este monstruo del Noveno Arte. No lo compres esperando grandes guiones, así no te clavás. Compralo para descubrir una faceta de Durañona que seguro desconocías y que te va a dejar totalmente atónito.
Allá por 2019, se empezó a publicar History of the Marvel Universe, una miniserie escrita por Mark Waid y dibujada por Javier Rodríguez. En su momento me re enganché y la leí mes a mes en scans, hasta que conseguí a buen precio el TPB, y la volví a leer, toda de un saque y en papel, como me gusta a mí. La idea es bastante similar a la del History of the DC Universe que hicieron Marv Wolfman y George Pérez justo después de Crisis on Infinite Earths, pero Waid le agrega un elemento muy copado, que -a mi juicio- la hace superior. Esto no es informe que prepara Harbinger para... alguien que no sabemos quién es, sino que es una historia que Galactus le cuenta a Franklin Richards justo antes de que el universo muera, y ellos dos pasen a otro nivel de existencia. O sea que, además de la lograda organización cronológica de todos los sucesos más o menos relevantes en la historia del Universo Marvel (desde el big bang hasta el futuro remoto), tenemos muy buenos diálogos entre el máximo creador de mundos (Franklin) y el máximo consumidor de mundos (Galan). Obviamente lo que más llama la atención es lo rápido que pasamos del inicio de los tiempos a las historias que alguna vez fueron "el presente", es decir, las publicadas por Marvel (en sus distintas iteraciones) de 1939 para acá. La mayoría de los sucesos que subraya Waid y que están ubicados entre el big bang y la Segunda Guerra Mundial nos fueron revelados a través de flashbacks, en historias ambientadas en "el presente". Muy pocas veces, casi nunca, los autores de Marvel nos contaron en revistas publicadas de 1939 para acá historias ambientadas en épocas pretéritas. No me quiero extender mucho acerca de esto (ya lo hice en los primeros capítulos de ¿Quién quiere ser superhéroe?) pero sin dudas es notable lo poco explorados que están todos esos siglos de posibles aventuras, en comparación con la grotesca acumulación de hechos canónicos que se sitúan de 1939 a 2019. Atrás de la historieta, el libro ofrece anotaciones, en este caso breves textos que (en un derroche de erudición nerd que harán las delicias de los fanáticos) nos aclaran en qué historietas se dieron a conocer los hechos que Waid y Rodríguez repasan en cada página del comic. Rodríguez, además de un dibujante sumamente talentoso, es un pibe inteligente, y enseguida deduce lo difícil que es ganar de visitante en una cancha que inventó George Pérez (que en ese momento todavía estaba vivo). Entonces inventa otro juego, nuevas formas de desplegar en las páginas las imágenes que acompañan a los textos de Waid. El guionista le da una mano: explica las sagas de manera muy resumida, como para que a) el lector que se interese por ellas las vaya a buscar en vez de conformarse con esos parrafitos tan sintéticos, y b) el dibujante pueda lucirse con dibujos enormes y puestas en página mil veces más arriesgadas y complejas que las que peló Pérez en el ´86. El resultado es tan atrapante que aunque no te interese en lo más mínimo la historia que cuenta Galactus, vale la pena leer el libro para disfrutar de los dibujazos de un Javier Rodríguez en estado de gracia. Y si sos fan del Universo Marvel (en su iteración comiquera, claro) esto es una pieza imprescindible, una gran pasada en limpio de 80 años de publicaciones a veces medio caóticas o contradictorias. Una tarea titánica que solo el maestro Mark Waid podía acometer, y de la que salió tan bien parado que hasta este año se animó a hacer lo mismo, pero con 90 años de historias mucho más caóticas y contradictorias como son las del Universo DC. Esa también la leí en scans y la quiero comprar cuando salga el TPB. Pero tranqui, falta un montón. Nada más por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.