Y era cierto lo que decían los críticos yankis, nomás. El segundo tomo de esta serie (que empecé a leer en algún momento de 2010 y dejé colgada hasta ayer) no logra ni por casualidad mantener el asombroso nivel del primer tomo. Ojo, no se va al descenso directo. Claramente, mantiene un interés más que suficiente como para que uno quiera seguir leyendo (aunque sólo queda un tomo más, ya que la serie fue prematuramente cancelada, luego de apenas 16 episodios), pero más claramente aún, la inspiración con la que Peter Milligan sorprendió en el primer arco, se fue para no volver.
El principal problema, me parece, es que Milligan cerró mucho el “universo”. Okey, no podés tener 15 ó 20 protagonistas como en Fables. Pero cinco es poco. Sobre todo si tu idea para el segundo tomo es que los protagonistas de TODAS las secuencias del Vol.1 intereactúen permanentemente entre sí. En el primer arco, las historias de Eddie (Edipo), Sandy (Casandra), Lord Menon (Agamenón), Mischa (Medea) y el detective Dedalus (Dédalo) se tocaban, pero poco, eran casi paralelas. Era lógico que, en algún punto de la serie, varias de ellas iban a confluir, pero había que dejarlas madurar un cachito más. Cruzar a los cinco tan de golpe, y de modo tan intenso, en el segundo arco da sensación de torpeza, de desesperación, de cosa forzada, traída de los pelos. No digo que sea un cagadón, porque de la interacción entre los personajes salen situaciones interesantes. Pero en un punto más avanzado de las tramas, esto mismo garparía mucho más. De todos modos, es ciencia-ficción, porque sólo queda por delante un puñadito de episodios. En la práctica (y no sé si Milligan manejaba este dato), los personajes se terminaron cruzando a la mitad de la serie.
El otro problema, mucho menor, es que este segundo arco baja mucho la impronta sexual de Greek Street. Hay un yiro que baila en un cabarulo y unos zarpados que filman pelis porno, pero se ve muy poco, se hace poco énfasis en ese aspecto, que estaba muy presente en el primer arco. Sospecho que más de un pajero habrá comprado este comic porque le dijeron que había garches al por mayor y al leer estos episodios habrá dicho “nah, me chamuyaron”, y no lo compró más.
Lo que no baja para nada es el nivel de violencia, gore y mala leche. En ese rubro, Greek Street sigue siendo peligrosamente filosa. Acá vemos balazos, explosiones, mutilaciones, cuchillazos letales, sesos fuera de los cráneos y hasta un tipo que le mea la cara a otro. Una joyita de la buena educación, como para publicarla en la Billiken. Muchas de estas guarradas están puestas en función de una trama policial dura, la de la guerra de bandas entre mafiosos griegos y chinos, y otras no, otras son cuasi-gratuitas, sobre todo las que tienen que ver con Medea, que es una especie de Wolverine descontrolado y con buenas tetas.
Además de poco sexo y mucha violencia, hay buenos desarrollos de los personajes secundarios y –sobre el final- una linda vuelta de tuerca que tiene que ver con la familia de Sandy. Pero vamos a lo más notable de Greek Street, que es el dibujo.
Impresionante lo que pela acá Davide Gianfelice. Tiene un sólo problema, muy menor, y es que TODAS las minas le salen demasiado lindas. Y con unos cuerpazos monumentales. Hasta Sandy, que tiene 15 años, parece una estrella porno recién cirujeada. Si le perdonamos ese detalle, a Gianfelice hay que aplaudirlo de pie. En su estilo conviven los dibujantes con más onda de la escuela Bonelli (Giancarlo Caracuzzo, Nicola Mari...) con dibujantes de trazo recontra-estilizado de los que habitualmente publican en EEUU, como Eric Canete o Humberto Ramos. El resultado es alucinante y está sostenido en una narrativa excelente, que por momentos le debe algo a lo que hacía Eduardo Risso en 100 Bullets, el greatest hit de Vertigo en lo que a crimen urbano se refiere.
Greek Street pasó de un tomo a otro de ser fundamental a ser... no sé si prescindible, pero sí de segunda línea. Me queda por leer el último tomo, a ver si Milligan pega un volantazo más y me vuelve a impactar como en el arranque.
martes, 21 de febrero de 2012
lunes, 20 de febrero de 2012
20/ 02: ¿POR QUE AMAMOS LA HISTORIETA?
Estoy leyendo un libro que todavía no terminé, así que la reseña va a estar mañana.
Hoy zafo con un texto de 2008, que ya salió en la Comiqueando Online. Es más largo que los de las reseñas habituales, pero tenele paciencia...
Hay un libro muy lindo (y que le agradeceré infinitamente a mi amigo Fabián por habérmelo regalado) que se llama ¿Pour Quoi J’Aime la Bande Dessinée?, o sea, ¿Por qué amo a la Historieta?. Lo publicó Delcourt en 2006, con motivo del 20° aniversario de la editorial y a lo largo de sus 120 páginas responden la pregunta del millón nada menos que 100 autores, entre ellos varios astros del mercado franco-belga (Caza, Sfar, Dionnet, Morvan, Corbeyran...) y un par de invitados yankis: Mike Mignola y Todd McFarlane. Algunos mandaron textos con algún dibujito, otros historietas completas y cada uno trató como pudo de explicar esta pasión que –como casi todas las pasiones- no tiene explicación.
¿Y vos? ¿Sabés por qué amás la Historieta? ¿Alguna vez pensaste qué cosas te llevaron a ser comiquero y no numismático, filatelista, presidente del Club de Fans de Wanda Nara, o miembro de Los Borrachos del Tablón?
Para empezar, habría que ver cuántos se hacen cargo de ser “comiqueros”. O sea, definir a quién le cabe el término y a quién no. El que lee todos los días los chistes de La Nación y una vez por año se compra el librito de Macanudo, o –Dios nos libre- de Gaturro ¿es comiquero?. El que compra la Fierro una vez por mes y no consume otras historietas, ¿es comiquero?. No, porque no hay pasión. Hay disfrute, hay un cierto grado de entusiasmo, pero no hay pasión.
Se me dirá “¿Qué hay en el mundo menos apasionante que un numismático?”. Responderé que yo los vi con mis propios ojos, cagados de frío en el Parque Rivadavia un domingo a las nueve de la matina, acechándose los unos a los otros en busca de esa fuckin’ moneda de Bélgica sin la cual la vida (su vida) no tiene sentido. Y créanme que para estar parado un domingo de invierno a las nueve de la matina en el Parque Rivadavia hay que sentir una pasión que te quema las vísceras, digna de una telenovela brazuca.
Para aspirar a la palabra mágica, la que te da acceso al grupo “de pertenencia”, es fundamental la pasión, el entusiasmo desmedido, esa sensación de “ma sí, dejo TODO por el comic”. Si no, no sos comiquero. Lo mismo se aplica a los otakus, nuestros primos filo-nipones, con la salvedad de que en Japón la palabra “otaku” se usa en forma despectiva, para discriminar a los geeks patéticos que no tienen vida por afuera del manga y el animé. Acá escuchamos a los pibes decir “No, tal chabón es un otaku grossísimo” y entendemos que lo están elogiando. En Japón, en cambio, cuanto más otaku sos, más te asemejás a una especie de subnormal invertebrado. Es un microclima tan excesivo que la pasión le gana a la vida... como pasa acá con el futbol, bengala más, puñalada menos.
Pero seguimos sin saber por qué mierda nos picó ESTE bicho y no otro. Mi abuelo Beto tenía una colección ZARPADA de partituras de tango, con primeras ediciones de tangos grossos, autografiadas por los músicos más capos, discos de 78, instrumentos del año del orto... toda la bola. Y asi, casi de keruza, sin darle demasiada pelota, coleccionaba también estampillas y monedas. O sea, en mi entorno familiar estaba bien visto cebarse mal con algo, ser fan A MUERTE de ese algo y coleccionarlo hasta que las paredes que nos rodean digan “Pará, flaco, no doy más”. Pero, ¿por qué elegí las historietas? ¿No era más fácil carroñar a mi abuelo y coleccionar cosas de tango? ¿O cartonearlo a mi viejo, que colecciona discos de jazz y clásicos del cine yanki?
Pero no: el jazz y el tango no tenían dibujos, y a mí me fascinaban los dibujos. Miraba todos los que podía en la tele en blanco y negro, o en el cine Los Angeles, o en el Real. Y cuando yo era chico, casi todos los personajes de los dibujos animados tenían sus historietas, que
1) se conseguían fácilmente en cualquier kiosco
2) no duraban ocho minutos (como los cortos animados) sino todo lo que yo quisiera hacerlas durar
y 3) eran A COLOR!
Contaban historias, como los libritos de cuentos que me traía mi abuela y yo tiraba a la mierda sin importarme que los escribiera Oesterheld, pero acá había algo más: no sólo leías la historia, también leías la imagen. Y muchas veces una cosa no se entendía sin la otra! O sea, no sólo te cebaba más porque aparecían los personajes de la tele, sino que además te EXIGIA MAS! Y no estoy hablando sólo de los comics de Barks, o de Oswal, o de cualquiera de esos hiper-capos que hicieron grande a la historieta infantil... Hasta la historieta más obvia, insulsa y verdulera tenía ese atractivo extra del leguaje corporal y gestual de los personajes que DECIA COSAS, de las onomatopeyas, las formas de los globitos y esos simbolismos limados (como la bombita de luz en la cabeza del Oso Yogui) que también DECIAN COSAS que el texto, el diálogo, lo que me leían mi vieja y mis tías, NO decían!
Creo que ahí está la génesis. Si te gusta descifrar ese código semi-oculto, si te seduce esa posibilidad de leer varias veces algo y encontrarle nuevas puntas, si te copa el desafío de tener que prestarle atención simultáneamente a dos cosas (texto e imagen) que a veces van de la mano y a veces a las patadas... te va a picar el bicho del comic y lo vas a amar para siempre.
Y si encima en la adolescencia descubrís que hay tipos grandes, serios, inteligentes, que fueron a la universidad y que se dedican a escribir sobre comics, y a pelar textos que exponen y destripan la inmensa complejidad de esos dibujitos aparentemente sencillos y de la industria que gira en torno a ellos... ahí estás perdido. Vas a querer más SIEMPRE.
Vas a dar vuelta la internet 16 veces en busca de toda la data, vas a asistir a eventos en ciudades devastadas por bombas atómicas con tal de conocer a los autores, vas a bajarte comics hasta llenar bulks enteros de DVDs, vas a renegar de los deportes (aunque no necesariamente de las salidas con amigos y amigas) como si fueran cancerígenos, vas a gastar en el vicio el equivalente al presupuesto anual de varias provincias... y un día, cuando duermas en el piso rodeado de cajas con comics y de estantes que cada día se parecen más a una letra U, seguramente te vas a preguntar ¿por qué CARAJO amo a la Historieta?
Seguramente la respuesta te va a hacer MUY feliz.
Hoy zafo con un texto de 2008, que ya salió en la Comiqueando Online. Es más largo que los de las reseñas habituales, pero tenele paciencia...
Hay un libro muy lindo (y que le agradeceré infinitamente a mi amigo Fabián por habérmelo regalado) que se llama ¿Pour Quoi J’Aime la Bande Dessinée?, o sea, ¿Por qué amo a la Historieta?. Lo publicó Delcourt en 2006, con motivo del 20° aniversario de la editorial y a lo largo de sus 120 páginas responden la pregunta del millón nada menos que 100 autores, entre ellos varios astros del mercado franco-belga (Caza, Sfar, Dionnet, Morvan, Corbeyran...) y un par de invitados yankis: Mike Mignola y Todd McFarlane. Algunos mandaron textos con algún dibujito, otros historietas completas y cada uno trató como pudo de explicar esta pasión que –como casi todas las pasiones- no tiene explicación.
¿Y vos? ¿Sabés por qué amás la Historieta? ¿Alguna vez pensaste qué cosas te llevaron a ser comiquero y no numismático, filatelista, presidente del Club de Fans de Wanda Nara, o miembro de Los Borrachos del Tablón?
Para empezar, habría que ver cuántos se hacen cargo de ser “comiqueros”. O sea, definir a quién le cabe el término y a quién no. El que lee todos los días los chistes de La Nación y una vez por año se compra el librito de Macanudo, o –Dios nos libre- de Gaturro ¿es comiquero?. El que compra la Fierro una vez por mes y no consume otras historietas, ¿es comiquero?. No, porque no hay pasión. Hay disfrute, hay un cierto grado de entusiasmo, pero no hay pasión.
Se me dirá “¿Qué hay en el mundo menos apasionante que un numismático?”. Responderé que yo los vi con mis propios ojos, cagados de frío en el Parque Rivadavia un domingo a las nueve de la matina, acechándose los unos a los otros en busca de esa fuckin’ moneda de Bélgica sin la cual la vida (su vida) no tiene sentido. Y créanme que para estar parado un domingo de invierno a las nueve de la matina en el Parque Rivadavia hay que sentir una pasión que te quema las vísceras, digna de una telenovela brazuca.
Para aspirar a la palabra mágica, la que te da acceso al grupo “de pertenencia”, es fundamental la pasión, el entusiasmo desmedido, esa sensación de “ma sí, dejo TODO por el comic”. Si no, no sos comiquero. Lo mismo se aplica a los otakus, nuestros primos filo-nipones, con la salvedad de que en Japón la palabra “otaku” se usa en forma despectiva, para discriminar a los geeks patéticos que no tienen vida por afuera del manga y el animé. Acá escuchamos a los pibes decir “No, tal chabón es un otaku grossísimo” y entendemos que lo están elogiando. En Japón, en cambio, cuanto más otaku sos, más te asemejás a una especie de subnormal invertebrado. Es un microclima tan excesivo que la pasión le gana a la vida... como pasa acá con el futbol, bengala más, puñalada menos.
Pero seguimos sin saber por qué mierda nos picó ESTE bicho y no otro. Mi abuelo Beto tenía una colección ZARPADA de partituras de tango, con primeras ediciones de tangos grossos, autografiadas por los músicos más capos, discos de 78, instrumentos del año del orto... toda la bola. Y asi, casi de keruza, sin darle demasiada pelota, coleccionaba también estampillas y monedas. O sea, en mi entorno familiar estaba bien visto cebarse mal con algo, ser fan A MUERTE de ese algo y coleccionarlo hasta que las paredes que nos rodean digan “Pará, flaco, no doy más”. Pero, ¿por qué elegí las historietas? ¿No era más fácil carroñar a mi abuelo y coleccionar cosas de tango? ¿O cartonearlo a mi viejo, que colecciona discos de jazz y clásicos del cine yanki?
Pero no: el jazz y el tango no tenían dibujos, y a mí me fascinaban los dibujos. Miraba todos los que podía en la tele en blanco y negro, o en el cine Los Angeles, o en el Real. Y cuando yo era chico, casi todos los personajes de los dibujos animados tenían sus historietas, que
1) se conseguían fácilmente en cualquier kiosco
2) no duraban ocho minutos (como los cortos animados) sino todo lo que yo quisiera hacerlas durar
y 3) eran A COLOR!
Contaban historias, como los libritos de cuentos que me traía mi abuela y yo tiraba a la mierda sin importarme que los escribiera Oesterheld, pero acá había algo más: no sólo leías la historia, también leías la imagen. Y muchas veces una cosa no se entendía sin la otra! O sea, no sólo te cebaba más porque aparecían los personajes de la tele, sino que además te EXIGIA MAS! Y no estoy hablando sólo de los comics de Barks, o de Oswal, o de cualquiera de esos hiper-capos que hicieron grande a la historieta infantil... Hasta la historieta más obvia, insulsa y verdulera tenía ese atractivo extra del leguaje corporal y gestual de los personajes que DECIA COSAS, de las onomatopeyas, las formas de los globitos y esos simbolismos limados (como la bombita de luz en la cabeza del Oso Yogui) que también DECIAN COSAS que el texto, el diálogo, lo que me leían mi vieja y mis tías, NO decían!
Creo que ahí está la génesis. Si te gusta descifrar ese código semi-oculto, si te seduce esa posibilidad de leer varias veces algo y encontrarle nuevas puntas, si te copa el desafío de tener que prestarle atención simultáneamente a dos cosas (texto e imagen) que a veces van de la mano y a veces a las patadas... te va a picar el bicho del comic y lo vas a amar para siempre.
Y si encima en la adolescencia descubrís que hay tipos grandes, serios, inteligentes, que fueron a la universidad y que se dedican a escribir sobre comics, y a pelar textos que exponen y destripan la inmensa complejidad de esos dibujitos aparentemente sencillos y de la industria que gira en torno a ellos... ahí estás perdido. Vas a querer más SIEMPRE.
Vas a dar vuelta la internet 16 veces en busca de toda la data, vas a asistir a eventos en ciudades devastadas por bombas atómicas con tal de conocer a los autores, vas a bajarte comics hasta llenar bulks enteros de DVDs, vas a renegar de los deportes (aunque no necesariamente de las salidas con amigos y amigas) como si fueran cancerígenos, vas a gastar en el vicio el equivalente al presupuesto anual de varias provincias... y un día, cuando duermas en el piso rodeado de cajas con comics y de estantes que cada día se parecen más a una letra U, seguramente te vas a preguntar ¿por qué CARAJO amo a la Historieta?
Seguramente la respuesta te va a hacer MUY feliz.
domingo, 19 de febrero de 2012
19/ 02: REMEMBER
A ver, el artista no es un laburante normal. El artista es mucho más que eso, principalmente porque se gana la vida brindándole placer a sus congéneres. Difícilmente se pueda decir lo mismo del oficinista, la cajera del supermercado y –mucho menos- del policía. De ahí viene –creo yo- la fascinación que sentimos los mortales por el mundo del artista, el mundo que exterioriza en su obra y su mundo interior, ese que desconocemos, pero acerca del cual conjeturamos y especulamos. Benjamin, genio del dibujo si los hay, abusa un poquito de esa fascinación. Sus álbumes nos muestran, además de su obra, muchísimo de su vida, sus opiniones sobre cualquier cosa, sus gustos, sus influencias, sus sensaciones... Y la verdad es que uno puede admirarlo por sus historietas y considerarlo un salame atómico por todo lo demás.
Remember tiene, además de un montón de textos en los que el artista desnuda su mundo interior, una treintena de ilustraciones majestuosas, que nos recuerdan que estamos ante el dibujante más virtuoso que tiene hoy el comic chino. Ah, y las historietas, cierto. De esas hay dos, una larga y una más breve.
La más breve (El verano de aquel año) es decididamente chota. Acá Benjamin presenta de modo tan torpe a los personajes y los conflictos, que para cuando empiezan a pasar cosas grossas, ya no te interesa en lo más mínimo. La narrativa es confusa, sobran bloques de texto y la trama nunca llega a pegar fuerte porque está construída sobre premisas mal armadas, mal estructuradas. Del dibujo no se puede decir ni mu, porque acá el chino pela verdaderas animaladas, con una paleta de colores intencionalmente acotada y un repertorio de imágenes de conmovedora fuerza expresiva.
La más larga es larga hasta en el título: Nadie es capaz de volar, nadie es capaz de recordar. Se trata de un comic de tinte romántico, protagonizado por una minita que fue historietista y abandonó la profesión y un joven autor, talentoso y rebelde, que quiere ser figura en el mundo del comic pero la miopía de los editores no se lo permite. Benjamin mezcla ficción con autobiografía, baja línea a cuatro manos acerca de cómo funciona la industria del comic en China y sale bastante bien parado de una historieta atractiva, impredecible y cuyo único defecto es pasarse un poquito de emo. Los personajes hablan demasiado de sus sueños, de sus frustraciones, de la relación que los une... bla, bla, bla... Déjense de joder y garchen, muchachos. Todo bien con el comic, no voy a ser yo quien les pase factura por sacrificarse y dejar la vida en pos del comic, pero con tanto enrosque sentimental no se puede ni crear ni vivir.
En esta historieta la narrativa está muchísimo más cuidada, no exenta de algún salto al vacío, pero siempre con mucho criterio. Y el otro gran acierto es que –a diferencia de la historia más corta, que transcurre prácticamente toda adentro de una escuela- esta le da a Benjamin un montón de oportunidades de dibujar el paisaje urbano, que le sale demasiado bien. Autos, subtes, edificios, esa viñeta impresionante que ocupa media página y muestra el interior de un bondi... imposible no cebarse mal cada vez que Benjamin traslada la acción a las calles de Beijing.
Pero bueno, hablar bien del dibujo de este pibe ya es una redundancia absoluta, como hablar de lo mal que juega San Lorenzo. Benjamin desarrolló al máximo la técnica del lápiz óptico y los programas de dibujo digital y –dicen, yo no me lo termino de creer- que el chabón jamás dibujó con lápiz normal, de madera y grafito. Lo cierto es que su dominio sobre la técnica que eligió es sublime y además se cuida de no aplicar los mismos yeites cuando hace historieta que cuando hace ilustración. Benjamin entiende que lo que funciona bien en un medio no tiene por qué funcionar bien en otro (explicáselo a los que hacen mierda los mangas cuando los convierten en animés) y sabe cómo y cuándo cambiar el esquema táctico.
Aunque las historias no te interesen en lo más mínimo, los libros de Benjamin son una caricia para tus ojos, intensa y maravillosa, como deberían ser todas las caricias. Y si te gusta dibujar y probar cosas raras con la compu, acá vas a encontrar un nuevo dios al que venerar hasta el fin de los tiempos.
Remember tiene, además de un montón de textos en los que el artista desnuda su mundo interior, una treintena de ilustraciones majestuosas, que nos recuerdan que estamos ante el dibujante más virtuoso que tiene hoy el comic chino. Ah, y las historietas, cierto. De esas hay dos, una larga y una más breve.
La más breve (El verano de aquel año) es decididamente chota. Acá Benjamin presenta de modo tan torpe a los personajes y los conflictos, que para cuando empiezan a pasar cosas grossas, ya no te interesa en lo más mínimo. La narrativa es confusa, sobran bloques de texto y la trama nunca llega a pegar fuerte porque está construída sobre premisas mal armadas, mal estructuradas. Del dibujo no se puede decir ni mu, porque acá el chino pela verdaderas animaladas, con una paleta de colores intencionalmente acotada y un repertorio de imágenes de conmovedora fuerza expresiva.
La más larga es larga hasta en el título: Nadie es capaz de volar, nadie es capaz de recordar. Se trata de un comic de tinte romántico, protagonizado por una minita que fue historietista y abandonó la profesión y un joven autor, talentoso y rebelde, que quiere ser figura en el mundo del comic pero la miopía de los editores no se lo permite. Benjamin mezcla ficción con autobiografía, baja línea a cuatro manos acerca de cómo funciona la industria del comic en China y sale bastante bien parado de una historieta atractiva, impredecible y cuyo único defecto es pasarse un poquito de emo. Los personajes hablan demasiado de sus sueños, de sus frustraciones, de la relación que los une... bla, bla, bla... Déjense de joder y garchen, muchachos. Todo bien con el comic, no voy a ser yo quien les pase factura por sacrificarse y dejar la vida en pos del comic, pero con tanto enrosque sentimental no se puede ni crear ni vivir.
En esta historieta la narrativa está muchísimo más cuidada, no exenta de algún salto al vacío, pero siempre con mucho criterio. Y el otro gran acierto es que –a diferencia de la historia más corta, que transcurre prácticamente toda adentro de una escuela- esta le da a Benjamin un montón de oportunidades de dibujar el paisaje urbano, que le sale demasiado bien. Autos, subtes, edificios, esa viñeta impresionante que ocupa media página y muestra el interior de un bondi... imposible no cebarse mal cada vez que Benjamin traslada la acción a las calles de Beijing.
Pero bueno, hablar bien del dibujo de este pibe ya es una redundancia absoluta, como hablar de lo mal que juega San Lorenzo. Benjamin desarrolló al máximo la técnica del lápiz óptico y los programas de dibujo digital y –dicen, yo no me lo termino de creer- que el chabón jamás dibujó con lápiz normal, de madera y grafito. Lo cierto es que su dominio sobre la técnica que eligió es sublime y además se cuida de no aplicar los mismos yeites cuando hace historieta que cuando hace ilustración. Benjamin entiende que lo que funciona bien en un medio no tiene por qué funcionar bien en otro (explicáselo a los que hacen mierda los mangas cuando los convierten en animés) y sabe cómo y cuándo cambiar el esquema táctico.
Aunque las historias no te interesen en lo más mínimo, los libros de Benjamin son una caricia para tus ojos, intensa y maravillosa, como deberían ser todas las caricias. Y si te gusta dibujar y probar cosas raras con la compu, acá vas a encontrar un nuevo dios al que venerar hasta el fin de los tiempos.
sábado, 18 de febrero de 2012
18/ 02: THE HIDDEN
Tener un blog de reseñas hace más de dos años y no haber comentado nunca un comic de Richard Sala me hace merecedor de los más ignominiosos tormentos. Como mínimo, clavos abajo de las uñas y de ahí para arriba, hasta llegar a la discografía completa de los Pibes Chorros. A mí favor debo decir que no edita comics nuevos todos los meses, ni mucho menos. De hecho, desde 2009 no lanzaba nuevas obras. Pero bueno, la Historia me absolverá, dijo Fidel Castro.
The Hidden, como libro, es medio un choreo. Está editado como la San Puta, en hermosas tapas duras, y trae 130 maravillosas páginas de historieta. Pero, ¿dónde está el curro? Es un libro de 21 x 21, cuadradito, un toque menos ancho y mucho más bajo que el típico TPB americano, y muchísimo más chico que un típico álbum europeo. Sala tiene muy claro el formato en el que se va a editar el comic y por eso muchísimas de sus 130 páginas tienen una sóla viñeta y ninguna tiene más de cuatro. Andá a saber cuál es la gracia de laburar en este formato... Me queda muy claro que esta misma historieta, publicada en un tamaño más coherente, ocuparía 90-95 páginas en vez de 130, saldría más barata y sería mucho más fácil de guardar.
De todos modos, esas quejas mariconas son nimias y baladíes (mirá qué léxico). Una vez que te metés en The Hidden, la magia de Sala te captura, te hipnotiza y ya no te importa un carajo cuántas viñetas tienen cada página ni dónde mierda vas a guardar el librito. Una vez más, Sala logra muchísimo con poco. Las cosas más grossas que pasan en The Hidden no tienen mayor explicación, el autor no ahonda en detalles ni se cuelga en el armado del contexto que va a servir de escenario para la aventura. Lo importante para él es la aventura en sí, y una vez que esta arranca, no hay como pararla.
The Hidden empieza como una especie de road movie post-apocalíptica, pero apenas pasadita la mitad se va para el lado del thriller, con una bizarra y siempre efectiva mezcla entre elementos clásicos de la ciencia-ficción y el terror. Clones, zombies y criaturas tipo Frankenstein le pondrán peligro, emociones y hasta dilemas morales espesos a esa segunda parte, en la que se respira el clima de película clase B con el que tantos lectores identifican a Sala.
En el medio hay algo muy raro: dos personajes cuyos roles en la saga terminan por ser muy menores narran a lo largo de 20 magníficas páginas una historia-dentro-de-la-historia alucinante, escalofriante y muy bien escrita, que uno espera que conecte más adelante con la trama central, pero eso nunca sucede.
Tampoco calienta demasiado, porque en esas 20 páginas es donde mejor dibuja Sala y –no jodamos- todos nos compramos sus historietas por los dibujos. Si además los guiones están buenos, mucho mejor. Pero el fan de Sala lo que ama, por encima de todo, es el dibujo del ídolo. Y acá no defrauda ni al fan más exigente. A nivel visual, probablemente este sea el mejor trabajo en la extensa carrera del Sala yanki (también están el Sala argento y el Sala francés, David Sala, un capo poco conocido en estas pampas). ¿Ubicás a Liniers? Bueno, casi todo lo que Liniers hace bien, Richard Sala lo hace mejor. El tipo tiene ese estilo bonito, simple, muy expresivo, pero amistoso, con colores puestos con sutileza y criterio, y de pronto, con ese estilo, se va al carajo dibujando freaks, monstruos, masacres y orgías de sangre, canibalismo y destrucción. Sala se hace cargo de que meter una o dos viñetas por página puede oler a choreo, por eso a cada viñeta le pone la vida y mucho más. Se mata en los fondos y si no hay fondos se luce en el color y agrega cross-hatchings limados alrededor de los personajes. A veces los fondos no entran porque los globos son grandes y con mucho texto y ese es otro deleite: nadie en el mundo rotula como Sala. Su tipografía es única, irrepetible y espectacular.
En síntesis, The Hidden es una historieta atrapante, con climas muy bien elaborados, escenas muy impactantes (y muy escabrosas), un guión que cierra a pesar de no explicar todo lo que sucede y un dibujo indescriptiblemente bello, que lo pone a Sala aún más alto de lo que ya estaba en el Olimpo de los dibujantes fundamentales, a los que hay que comprarles hasta la última poronga que editen.
The Hidden, como libro, es medio un choreo. Está editado como la San Puta, en hermosas tapas duras, y trae 130 maravillosas páginas de historieta. Pero, ¿dónde está el curro? Es un libro de 21 x 21, cuadradito, un toque menos ancho y mucho más bajo que el típico TPB americano, y muchísimo más chico que un típico álbum europeo. Sala tiene muy claro el formato en el que se va a editar el comic y por eso muchísimas de sus 130 páginas tienen una sóla viñeta y ninguna tiene más de cuatro. Andá a saber cuál es la gracia de laburar en este formato... Me queda muy claro que esta misma historieta, publicada en un tamaño más coherente, ocuparía 90-95 páginas en vez de 130, saldría más barata y sería mucho más fácil de guardar.
De todos modos, esas quejas mariconas son nimias y baladíes (mirá qué léxico). Una vez que te metés en The Hidden, la magia de Sala te captura, te hipnotiza y ya no te importa un carajo cuántas viñetas tienen cada página ni dónde mierda vas a guardar el librito. Una vez más, Sala logra muchísimo con poco. Las cosas más grossas que pasan en The Hidden no tienen mayor explicación, el autor no ahonda en detalles ni se cuelga en el armado del contexto que va a servir de escenario para la aventura. Lo importante para él es la aventura en sí, y una vez que esta arranca, no hay como pararla.
The Hidden empieza como una especie de road movie post-apocalíptica, pero apenas pasadita la mitad se va para el lado del thriller, con una bizarra y siempre efectiva mezcla entre elementos clásicos de la ciencia-ficción y el terror. Clones, zombies y criaturas tipo Frankenstein le pondrán peligro, emociones y hasta dilemas morales espesos a esa segunda parte, en la que se respira el clima de película clase B con el que tantos lectores identifican a Sala.
En el medio hay algo muy raro: dos personajes cuyos roles en la saga terminan por ser muy menores narran a lo largo de 20 magníficas páginas una historia-dentro-de-la-historia alucinante, escalofriante y muy bien escrita, que uno espera que conecte más adelante con la trama central, pero eso nunca sucede.
Tampoco calienta demasiado, porque en esas 20 páginas es donde mejor dibuja Sala y –no jodamos- todos nos compramos sus historietas por los dibujos. Si además los guiones están buenos, mucho mejor. Pero el fan de Sala lo que ama, por encima de todo, es el dibujo del ídolo. Y acá no defrauda ni al fan más exigente. A nivel visual, probablemente este sea el mejor trabajo en la extensa carrera del Sala yanki (también están el Sala argento y el Sala francés, David Sala, un capo poco conocido en estas pampas). ¿Ubicás a Liniers? Bueno, casi todo lo que Liniers hace bien, Richard Sala lo hace mejor. El tipo tiene ese estilo bonito, simple, muy expresivo, pero amistoso, con colores puestos con sutileza y criterio, y de pronto, con ese estilo, se va al carajo dibujando freaks, monstruos, masacres y orgías de sangre, canibalismo y destrucción. Sala se hace cargo de que meter una o dos viñetas por página puede oler a choreo, por eso a cada viñeta le pone la vida y mucho más. Se mata en los fondos y si no hay fondos se luce en el color y agrega cross-hatchings limados alrededor de los personajes. A veces los fondos no entran porque los globos son grandes y con mucho texto y ese es otro deleite: nadie en el mundo rotula como Sala. Su tipografía es única, irrepetible y espectacular.
En síntesis, The Hidden es una historieta atrapante, con climas muy bien elaborados, escenas muy impactantes (y muy escabrosas), un guión que cierra a pesar de no explicar todo lo que sucede y un dibujo indescriptiblemente bello, que lo pone a Sala aún más alto de lo que ya estaba en el Olimpo de los dibujantes fundamentales, a los que hay que comprarles hasta la última poronga que editen.
viernes, 17 de febrero de 2012
17/ 02: A GOD SOMEWHERE
La puta madre, qué injusto es el mundo! ¿Cómo puede ser que nunca en la vida haya oído a ninguno de mis amigos comiqueros hablar de este libro? ¿Por qué tuve que juntar coraje para pedírmelo, como quien se juega su última ficha de 100 mangos a Pares o Impares en la ruleta? En un mundo más justo, todos (no sólo los que leemos comic yanki, sino TODOS) deberíamos estar con las bolas al plato de tanto escuchar hablar de A God Somewhere, de los premios que ganó, de sus connotaciones religiosas y sociales, de su tratamiento único y osado al ya clásico tópico de “superpoderes en el mundo real”, y por supuesto, del miedo que genera la posibilidad de que DC saque precuelas y secuelas o –peor aún- que a alguien se le ocurra convertirla en un largometraje con actores choto y edulcorado.
Sí, ya sé: Miracleman lo hizo antes y seguro lo hizo mejor. Pero acá, a John Arcudi y Peter Snejberg se les ocurren un montón de ideas que a Alan Moore no se le ocurrieron cuando escribió Miracleman, o incluso Watchmen. Hasta la mitad de la novela, ponele que sí, que A God Somewhere podría ser tildado de “Miracleman de la B Nacional”. Pero la segunda mitad, cobra un rumbo que Miracleman ni siquiera llega a sugerir y se va bien, pero bien a la mierda.
Como la novela que comentamos ayer, A God Somewhere te hace comer varios amagues a la hora de definir quién corno es el protagonista. Al principio es la historia de tres amigos, después Arcudi te hace creer que es la historia de Eric Forster y al final queda bastante claro que es la historia de Sam Knowle, el personaje con el que más se identifica el lector y al que mejor trata el guionista. Porque –no soslayemos un dato importante- esta es una historieta tremenda, descarnada, jodida, truculenta, perturbadora, dura como esos fouls que hacía el Cabezón Ruggeri en la puerta del área. Y si bien tiene momentos lindos, distendidos, de sana comedia juvenil, los personajes protagónicos la pasan mal. Muy mal. No son los únicos, claro. Arcudi reparte duro y parejo y nos ofrece hermosas masacres en las que la gente (y los cachos de la gente) vuelan por el aire, desmembrados por una ráfaga de balas, una explosión, o un tipo con superpoderes que no tiene ningún reparo en matar a ningún mísero mortal.
¿Cómo cambia un tipo común y corriente, copado y decente, el día que recibe los poderes de un dios? ¿De la noche a la mañana, o gradualmente? ¿Mucho o poco? ¿Qué lo impulsa a ayudar al prójimo y no a decir “ratas patéticas, yo tengo el poder y el que no quiera ser mi esclavo será mi víctima”? ¿Cómo se altera su entorno, la vida de sus seres queridos? ¿Cómo reaccionan los políticos y militares, que son los que creen detentar el único y legítimo poder? Y si es un dios, ¿da para venerarlo como los católicos veneran a Jesucristo y el resto de las religiones a sus respectivos mesías, profetas, etc.? Arcudi se juega la vida y responde a todas esas preguntas de un modo totalmente inesperado y definitivamente impactante.
El dibujo corre por cuenta del gran danés Peter Snejberg, en el que probablemente sea el mejor trabajo de su carrera. Gore fuera de control, violencia al recontra-extremo y genocidios estremecedores por un lado, y por el otro climas realistas, creíbles, escenas tranqui repletas de gente normal que hace cosas normales. Y como constante en uno y otro polo, el dominio cancherísimo de la anatomía, la iluminación, las expresiones faciales y la composición tanto de la viñeta como de la página en su totalidad. Snejberg apuesta fuerte y le salen todas bien. Un laburo absolutamente consagratorio para este monstruo nunca bien ponderado.
Esto, amigo viñetófilo, roza la categoría de Historieta Perfecta. Puesto a criticarle algo, se le nota un poco en su estructura, en su extensión y en cómo están organizadas las escenas, la intención de que A God Somewhere algún día se convierta en una peli de Hollywood. Pero es una boludez, una nimiedad que no opaca en lo más mínimo la apabullante calidad de esta novela gráfica. Ah, no la etiqueto como “Vertigo” porque Vertigo simplemente reedita A God Somewhere desde que desapareció el sello WildStorm, que fue el que la publicó por primera vez. Papa hiper-fina.
Sí, ya sé: Miracleman lo hizo antes y seguro lo hizo mejor. Pero acá, a John Arcudi y Peter Snejberg se les ocurren un montón de ideas que a Alan Moore no se le ocurrieron cuando escribió Miracleman, o incluso Watchmen. Hasta la mitad de la novela, ponele que sí, que A God Somewhere podría ser tildado de “Miracleman de la B Nacional”. Pero la segunda mitad, cobra un rumbo que Miracleman ni siquiera llega a sugerir y se va bien, pero bien a la mierda.
Como la novela que comentamos ayer, A God Somewhere te hace comer varios amagues a la hora de definir quién corno es el protagonista. Al principio es la historia de tres amigos, después Arcudi te hace creer que es la historia de Eric Forster y al final queda bastante claro que es la historia de Sam Knowle, el personaje con el que más se identifica el lector y al que mejor trata el guionista. Porque –no soslayemos un dato importante- esta es una historieta tremenda, descarnada, jodida, truculenta, perturbadora, dura como esos fouls que hacía el Cabezón Ruggeri en la puerta del área. Y si bien tiene momentos lindos, distendidos, de sana comedia juvenil, los personajes protagónicos la pasan mal. Muy mal. No son los únicos, claro. Arcudi reparte duro y parejo y nos ofrece hermosas masacres en las que la gente (y los cachos de la gente) vuelan por el aire, desmembrados por una ráfaga de balas, una explosión, o un tipo con superpoderes que no tiene ningún reparo en matar a ningún mísero mortal.
¿Cómo cambia un tipo común y corriente, copado y decente, el día que recibe los poderes de un dios? ¿De la noche a la mañana, o gradualmente? ¿Mucho o poco? ¿Qué lo impulsa a ayudar al prójimo y no a decir “ratas patéticas, yo tengo el poder y el que no quiera ser mi esclavo será mi víctima”? ¿Cómo se altera su entorno, la vida de sus seres queridos? ¿Cómo reaccionan los políticos y militares, que son los que creen detentar el único y legítimo poder? Y si es un dios, ¿da para venerarlo como los católicos veneran a Jesucristo y el resto de las religiones a sus respectivos mesías, profetas, etc.? Arcudi se juega la vida y responde a todas esas preguntas de un modo totalmente inesperado y definitivamente impactante.
El dibujo corre por cuenta del gran danés Peter Snejberg, en el que probablemente sea el mejor trabajo de su carrera. Gore fuera de control, violencia al recontra-extremo y genocidios estremecedores por un lado, y por el otro climas realistas, creíbles, escenas tranqui repletas de gente normal que hace cosas normales. Y como constante en uno y otro polo, el dominio cancherísimo de la anatomía, la iluminación, las expresiones faciales y la composición tanto de la viñeta como de la página en su totalidad. Snejberg apuesta fuerte y le salen todas bien. Un laburo absolutamente consagratorio para este monstruo nunca bien ponderado.
Esto, amigo viñetófilo, roza la categoría de Historieta Perfecta. Puesto a criticarle algo, se le nota un poco en su estructura, en su extensión y en cómo están organizadas las escenas, la intención de que A God Somewhere algún día se convierta en una peli de Hollywood. Pero es una boludez, una nimiedad que no opaca en lo más mínimo la apabullante calidad de esta novela gráfica. Ah, no la etiqueto como “Vertigo” porque Vertigo simplemente reedita A God Somewhere desde que desapareció el sello WildStorm, que fue el que la publicó por primera vez. Papa hiper-fina.
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jueves, 16 de febrero de 2012
16/ 02: DOBLE V
Hoy tenemos otro comic bravo, no apto para quienes buscan una lectura pasatista. El género en el que incursiona el guión de Horacio Bevaqua podría definirse como “ violencia urbana”, pero está un poquito al límite, hay algunos coqueteos con el realismo mágico, con cosas que no tienen una explicación demasiado racional. Se trata de una historia sórdida, truculenta, regada generosamente con sangre de buenos y malos, de vivos y de boludos.
El truco más ingenioso –y Bevaqua emplea varios- es el del protagonista cambiante. Al principio, te comés el amague de que el protagonista es el policía. Y no. Después, suponés que es el jefe de la banda de chorros. Tampoco. Para la segunda mitad, le ponés fichas al novio de Viviana. Menos que menos. Una y otra vez, Bevaqua te hace entrar, te muestra a un personaje, se mete a fondo en su psiquis y cuando vos te empezás a identificar con él, o a ver la historia desde su óptica y a entenderla como él la entiende, pasa algo (casi siempre funesto) y el relato agarra para otro lado, le entrega la posta a otro miembro de este extraño elenco. Un elenco que incluye –mirá qué lindo detalle- a los Breccia Quiroga, cinco oligofrénicos que hablan y se mueven como los de aquella inolvidable adaptación de La Gallina Degollada realizada por Carlos Trillo y Alberto Breccia sobre el cuento de Horacio Quiroga.
Al final, buena parte del protagonismo se lo lleva Pacha, el payasito, que hasta la página 46-47 es un personaje de relleno. Pero, por suerte, al elenco de Doble V le sobran los personajes atractivos. Otra cosa que le sobran son buenos diálogos. Claramente ese es el rubro en el que más brilla el guión de Bevaqua. Los diálogos son filosos, creíbles, mucho más dinámicos y gancheros que los bloques de texto o los soliloquios que transcurren en la mente de los personajes. Como los que veíamos la otra vez en la Lule le Lele, se disfrutarían más si Bevaqua usara como corresponde los signos de puntuación (¿será tan jodido cuidar mínimamente ese detalle?), pero así como están, también la rompen.
Y lo otro que sobra, que es excesivo, es la extensión de la obra. Doble V es un relato muy descomprimido, que se cuelga muchas veces en la contemplación, en la creación de climas, en charlas que no conducen a nada ni enganchan con el accionar de los personajes. Eso hace –por un lado- que la trama avance a un ritmo medio pachorro y -por el otro- que haya mucho, mucho espacio para el lucimiento de Lucas Aguirre, el dibujante.
Lo de Aguirre es muy raro y también muy notable. El tipo pasa –según lo requiera la secuencia- de los palotes de un nene de escuela primaria a las composiciones de luces, sombras y volúmenes de la mejor época de Simon Bisley. Arriesga en la narrativa, pelas unos ángulos rarísimos, se zarpa en la planificación de algunas páginas medio al límite del mamarracho, pero lo más interesante es la técnica. Su manejo de la tinta, de los esfumados, cepillados, grisados, aguadas, toda esa inagotable gama de texturas con las que refuerza una iluminación siempre impactante hablan de la increíble versatilidad de Aguirre. Posta, si hizo esto en blanco y negro (y –si no estoy muy loco- hace más de 10 años) no me quiero imaginar lo que puede llegar a hacer si le dan la posibilidad de laburar a color.
Lo cierto es que a Bevaqua y a Aguirre les sobran los recursos para hacer algo fuerte, sólido, competente. Y aún así, prefieren timbear, apostar a algo más extraño, más complejo, menos obvio. Para mi gusto, aciertan más de lo que pifian, pero también habrá quien diga “dejame de joder con estos fumancheros del under que se las quieren dar de vanguardistas”. Si te bancás una historieta en la que cada dos por tres los autores saltan al vacío, Doble V te va a cebar, sin dudas.
El truco más ingenioso –y Bevaqua emplea varios- es el del protagonista cambiante. Al principio, te comés el amague de que el protagonista es el policía. Y no. Después, suponés que es el jefe de la banda de chorros. Tampoco. Para la segunda mitad, le ponés fichas al novio de Viviana. Menos que menos. Una y otra vez, Bevaqua te hace entrar, te muestra a un personaje, se mete a fondo en su psiquis y cuando vos te empezás a identificar con él, o a ver la historia desde su óptica y a entenderla como él la entiende, pasa algo (casi siempre funesto) y el relato agarra para otro lado, le entrega la posta a otro miembro de este extraño elenco. Un elenco que incluye –mirá qué lindo detalle- a los Breccia Quiroga, cinco oligofrénicos que hablan y se mueven como los de aquella inolvidable adaptación de La Gallina Degollada realizada por Carlos Trillo y Alberto Breccia sobre el cuento de Horacio Quiroga.
Al final, buena parte del protagonismo se lo lleva Pacha, el payasito, que hasta la página 46-47 es un personaje de relleno. Pero, por suerte, al elenco de Doble V le sobran los personajes atractivos. Otra cosa que le sobran son buenos diálogos. Claramente ese es el rubro en el que más brilla el guión de Bevaqua. Los diálogos son filosos, creíbles, mucho más dinámicos y gancheros que los bloques de texto o los soliloquios que transcurren en la mente de los personajes. Como los que veíamos la otra vez en la Lule le Lele, se disfrutarían más si Bevaqua usara como corresponde los signos de puntuación (¿será tan jodido cuidar mínimamente ese detalle?), pero así como están, también la rompen.
Y lo otro que sobra, que es excesivo, es la extensión de la obra. Doble V es un relato muy descomprimido, que se cuelga muchas veces en la contemplación, en la creación de climas, en charlas que no conducen a nada ni enganchan con el accionar de los personajes. Eso hace –por un lado- que la trama avance a un ritmo medio pachorro y -por el otro- que haya mucho, mucho espacio para el lucimiento de Lucas Aguirre, el dibujante.
Lo de Aguirre es muy raro y también muy notable. El tipo pasa –según lo requiera la secuencia- de los palotes de un nene de escuela primaria a las composiciones de luces, sombras y volúmenes de la mejor época de Simon Bisley. Arriesga en la narrativa, pelas unos ángulos rarísimos, se zarpa en la planificación de algunas páginas medio al límite del mamarracho, pero lo más interesante es la técnica. Su manejo de la tinta, de los esfumados, cepillados, grisados, aguadas, toda esa inagotable gama de texturas con las que refuerza una iluminación siempre impactante hablan de la increíble versatilidad de Aguirre. Posta, si hizo esto en blanco y negro (y –si no estoy muy loco- hace más de 10 años) no me quiero imaginar lo que puede llegar a hacer si le dan la posibilidad de laburar a color.
Lo cierto es que a Bevaqua y a Aguirre les sobran los recursos para hacer algo fuerte, sólido, competente. Y aún así, prefieren timbear, apostar a algo más extraño, más complejo, menos obvio. Para mi gusto, aciertan más de lo que pifian, pero también habrá quien diga “dejame de joder con estos fumancheros del under que se las quieren dar de vanguardistas”. Si te bancás una historieta en la que cada dos por tres los autores saltan al vacío, Doble V te va a cebar, sin dudas.
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miércoles, 15 de febrero de 2012
15/ 02: TESTAMENT Vol.3
Oootra serie de Vertigo que tenía colgada hace mil años. De hecho, los dos primeros tomos los leí antes de arrancar con el blog, allá lejos y hace tiempo. Por supuesto, se trata de otra serie ya cancelada, que no llegó ni a los 25 episodios. Y era bastante obvio que no iba a durar, por lo osado de la propuesta: el escritor y documentalista Douglas Rushkoff se manda a re-interpretar las historias del Antiguo Testamento, pero con un twist muy limado. Las historias no están 100% cerradas, sino que se van urdiendo sobre la marcha, a partir de runflas, traiciones y pactos entre las deidades de la antigüedad y –lo más zarpado- el accionar de los humanos de mediados del Siglo XXI. De algún modo, muchas de las historias clásicas de la Biblia se repiten una o dos décadas en el futuro, y de lo que hacen esos chicos, chicas, milicos, empresarios, etc., depende el resultado de estos grandes conflictos en los que están metidos los mismísimos dioses. Too much.
Este tomo, además, inaugura la segunda mitad de la serie con dos episodios unitarios, con poca conexión con la saga central, lo cual facilita de alguna manera el re-enganche del boludo que colgó la serie hace más de dos años. Uno de esos episodios (el que más aporta a la saga principal) es más bien choto, y el otro, el más inconexo, está bastante bueno. Pero lo grosso de este tomo es un arco de cuatro episodios en el que pasan un montón de cosas importantes, tanto en el plano de los dioses como en el de los humanos. Rushkoff reversiona la ancestral historia de la Torre de Babel a través de un mega-empresario que crea una nueva moneda, definitiva, de alcance global... y con vida propia. Surge así un verdadero Rey del Mundo, un tipo cuyo código genético está conectado a lo que el planeta entero usa para comprar y vender lo que sea. Y así como en el relato clásico Dios sentía que le estaban tocando el culo y saboteaba a la torre con el tema de la diversidad de idiomas, acá serán dos chicas las que –por un proceso muy complejo y que involucra a elementos que el guionista ya había introducido en tomos anteriores- tendrán que hacer inviable a la herramienta definitiva de la hiper-globalización.
Es un lindo arco, con buenos dilemas morales, y con la rareza de que a la hora de la caracterización, Rushkoff le da más bola a los dioses que a los humanos. Hay buenos diálogos entre los chicos, y una secuencia muy fuerte, muy impactante entre Miriam y sus captores. Pero la interacción más interesante está en el plano celestial, donde Moloch, Astarte, Krishna, Marduk y demás muestran aristas muy interesantes en sus personalidades.
En cuanto al dibujo, las dos historias cortas están a cargo de Peter Gross (el de The Unwritten), entintado por Gary Erskine. Un delirio: son dos artistas con estilos muy incompatibles entre sí y de esa mezcla difícilmente salga algo bueno. El resultado es más extraño que fulero (por suerte), pero no creas que vas a encontrar un real deleite para tus retinas.
Y el arco más extenso está a cargo de quien fuera el dibujante titular de la serie, el británico Liam Sharp. Sharp es más raro aún que la mezcla entre Gross y Erskine. Hay cuadros y hasta páginas enteras en las que todo pareciera chuparle un huevo. Dibuja así nomás, casi unos palotes con un trazo bien grueso, sin un puto fondo, lo básico o mucho menos. Hasta parecen páginas dibujadas en un formato mucho más chiquito que el del comic-book y luego ampliadas. Y hay otras páginas en las que deja la vida. Mete unas composiciones jugadísimas, los personajes cobran una dinámica que recuerda a lo mejor de Simon Bisley, las caras tienen unos detalles minuciosos y hermosos al estilo Frank Quitely, los dioses, monstruos y palacios pelan un vuelo digno de Alcatena y uno queda medio idiota, preguntándose cuál es el verdadero Liam Sharp. ¿El verdulero que saca las páginas con fritas, o el salvaje que te devasta las retinas en esas páginas fastuosas? Ni idea.
En síntesis, Testament no es una serie fundamental y si no le entrás, no te perdés ni un Sandman, ni un Invisibles ni una Promethea (por citar series complicadas, no aptas para quienes buscan una diversión livianita). Está bien, con mucho gusto voy a leer el último TPB, pero tampoco es la joya de la corona de Vertigo, ni un antes y un después. Te lo juro por Dios.
Este tomo, además, inaugura la segunda mitad de la serie con dos episodios unitarios, con poca conexión con la saga central, lo cual facilita de alguna manera el re-enganche del boludo que colgó la serie hace más de dos años. Uno de esos episodios (el que más aporta a la saga principal) es más bien choto, y el otro, el más inconexo, está bastante bueno. Pero lo grosso de este tomo es un arco de cuatro episodios en el que pasan un montón de cosas importantes, tanto en el plano de los dioses como en el de los humanos. Rushkoff reversiona la ancestral historia de la Torre de Babel a través de un mega-empresario que crea una nueva moneda, definitiva, de alcance global... y con vida propia. Surge así un verdadero Rey del Mundo, un tipo cuyo código genético está conectado a lo que el planeta entero usa para comprar y vender lo que sea. Y así como en el relato clásico Dios sentía que le estaban tocando el culo y saboteaba a la torre con el tema de la diversidad de idiomas, acá serán dos chicas las que –por un proceso muy complejo y que involucra a elementos que el guionista ya había introducido en tomos anteriores- tendrán que hacer inviable a la herramienta definitiva de la hiper-globalización.
Es un lindo arco, con buenos dilemas morales, y con la rareza de que a la hora de la caracterización, Rushkoff le da más bola a los dioses que a los humanos. Hay buenos diálogos entre los chicos, y una secuencia muy fuerte, muy impactante entre Miriam y sus captores. Pero la interacción más interesante está en el plano celestial, donde Moloch, Astarte, Krishna, Marduk y demás muestran aristas muy interesantes en sus personalidades.
En cuanto al dibujo, las dos historias cortas están a cargo de Peter Gross (el de The Unwritten), entintado por Gary Erskine. Un delirio: son dos artistas con estilos muy incompatibles entre sí y de esa mezcla difícilmente salga algo bueno. El resultado es más extraño que fulero (por suerte), pero no creas que vas a encontrar un real deleite para tus retinas.
Y el arco más extenso está a cargo de quien fuera el dibujante titular de la serie, el británico Liam Sharp. Sharp es más raro aún que la mezcla entre Gross y Erskine. Hay cuadros y hasta páginas enteras en las que todo pareciera chuparle un huevo. Dibuja así nomás, casi unos palotes con un trazo bien grueso, sin un puto fondo, lo básico o mucho menos. Hasta parecen páginas dibujadas en un formato mucho más chiquito que el del comic-book y luego ampliadas. Y hay otras páginas en las que deja la vida. Mete unas composiciones jugadísimas, los personajes cobran una dinámica que recuerda a lo mejor de Simon Bisley, las caras tienen unos detalles minuciosos y hermosos al estilo Frank Quitely, los dioses, monstruos y palacios pelan un vuelo digno de Alcatena y uno queda medio idiota, preguntándose cuál es el verdadero Liam Sharp. ¿El verdulero que saca las páginas con fritas, o el salvaje que te devasta las retinas en esas páginas fastuosas? Ni idea.
En síntesis, Testament no es una serie fundamental y si no le entrás, no te perdés ni un Sandman, ni un Invisibles ni una Promethea (por citar series complicadas, no aptas para quienes buscan una diversión livianita). Está bien, con mucho gusto voy a leer el último TPB, pero tampoco es la joya de la corona de Vertigo, ni un antes y un después. Te lo juro por Dios.
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martes, 14 de febrero de 2012
14/ 02: ALFREDO GRONDONA WHITE
Qué loco cómo nos olvidamos tan rápido de Grondona White. En los ´70 y ´80 este tipo era un grosso de aquellos, un referente ineludible en materia de historieta humorística. En los ´90, cuando dejé de consumir Hum® y SexHum® lo perdí de vista y hoy tengo la sensación de que Grondona White ya no labura como humorista gráfico, ni nada parecido. Ojalá me equivoque.
Lo cierto es que en este tomo La Duendes recupera muchas de sus historietas. No sé si las mejores (no está, por ejemplo, Adolfo Cruz Gamarra Hitler, aquel hito de la primera SuperHum®), pero unas cuantas muy buenas, y además un montón de chistes de una sóla viñeta. Bah, en realidad son casi todos chistes de una sóla viñeta: la mayoría del tomo reproduce esos “ensayos” de Grondona White en los que el maestro tocaba un tema genérico, relacionado con las costumbres y modas de la Argentina de su tiempo, y lo desmenuzaba en varias viñetas, cada una con un chiste dibujado y un texto complementario por afuera de la viñeta, que solía ser sumamente gracioso. Hoy que está de moda el stand-up comedy, no estaría nada mal convertir en monólogos todas esas observaciones filosas y agudas que hacía Grondona White sobre pequeñas boludeces de la vida cotidiana. Parece mentira, pero varias están escritas hace 30 años y aún así mantienen intacta su gracia y su mala leche.
O sea que, entre estos “ensayos” y los chistes, hay poco lugar para historietas con narrativa. Tenemos, en este rubro, 7 u 8 historias cortitas de los Bespi y una sin diálogos, la sorprendente La Estufa de Aladino. En estas poquitas páginas queda clarísimo que, además de un observador agudo y certero, Grondona White es un narrador nato, un tipo al que no le cuesta para nada poner su dibujo al servicio del relato, como hiciera durante tantos años en los que nos contó las maravillosas turradas del Dr. Piccafeces.
El dibujo de Grondona White es increíble. Todo su repertorio gráfico se limita a una línea negra, siempre del mismo grosor, sobre el fondo blanco. Casi no usa manchas negras, o sea que sus páginas son mayoritariamente blancas. Ese trazo siempre igual, hace magia. Tiene nervio, tiene vuelo, capta detalles con asombrosa precisión, logra expresiones de enorme realismo o de enorme impacto cómico tanto en caras como en cuerpos. Cuando no dibuja seres humanos, la línea de Grondona White se parece a la de otro monstruo de trazo nervioso y repleto de detalles: el maestro Sergio Aragonés. Pero el fuerte de Grondona White son, precisamente, los seres humanos. Ahí es donde está su clave, en su forma de retratar a sus congéneres, en un estilo demasiado estilizado para ser un típico humorista gráfico (Tabaré, ponele) y demasiado caricaturesco para ser el enésimo clon de Alex Raymond, por mencionar al autor que motivó a Grondona White a convertirse en dibujante.
La edición por parte de La Duendes tiene varias fallas, principalmente en el diseño gráfico, que se ve feo y anticuado. Hay una página (la 73) a la que le falta un pedazo del arte, pero la das vuelta y en la 74... aparece esa misma página, ahora completa! Pero bueno, es lo que hay. Por lo menos se acordaron de rescatar del olvido a este prócer y de republicar unos cuantos trabajos suyos que –repito- no perdieron ni filo ni vigencia.
Si te querés reir un rato, Grondona White sigue siendo –como en los ´70 y ´80- una excelente opción.
Lo cierto es que en este tomo La Duendes recupera muchas de sus historietas. No sé si las mejores (no está, por ejemplo, Adolfo Cruz Gamarra Hitler, aquel hito de la primera SuperHum®), pero unas cuantas muy buenas, y además un montón de chistes de una sóla viñeta. Bah, en realidad son casi todos chistes de una sóla viñeta: la mayoría del tomo reproduce esos “ensayos” de Grondona White en los que el maestro tocaba un tema genérico, relacionado con las costumbres y modas de la Argentina de su tiempo, y lo desmenuzaba en varias viñetas, cada una con un chiste dibujado y un texto complementario por afuera de la viñeta, que solía ser sumamente gracioso. Hoy que está de moda el stand-up comedy, no estaría nada mal convertir en monólogos todas esas observaciones filosas y agudas que hacía Grondona White sobre pequeñas boludeces de la vida cotidiana. Parece mentira, pero varias están escritas hace 30 años y aún así mantienen intacta su gracia y su mala leche.
O sea que, entre estos “ensayos” y los chistes, hay poco lugar para historietas con narrativa. Tenemos, en este rubro, 7 u 8 historias cortitas de los Bespi y una sin diálogos, la sorprendente La Estufa de Aladino. En estas poquitas páginas queda clarísimo que, además de un observador agudo y certero, Grondona White es un narrador nato, un tipo al que no le cuesta para nada poner su dibujo al servicio del relato, como hiciera durante tantos años en los que nos contó las maravillosas turradas del Dr. Piccafeces.
El dibujo de Grondona White es increíble. Todo su repertorio gráfico se limita a una línea negra, siempre del mismo grosor, sobre el fondo blanco. Casi no usa manchas negras, o sea que sus páginas son mayoritariamente blancas. Ese trazo siempre igual, hace magia. Tiene nervio, tiene vuelo, capta detalles con asombrosa precisión, logra expresiones de enorme realismo o de enorme impacto cómico tanto en caras como en cuerpos. Cuando no dibuja seres humanos, la línea de Grondona White se parece a la de otro monstruo de trazo nervioso y repleto de detalles: el maestro Sergio Aragonés. Pero el fuerte de Grondona White son, precisamente, los seres humanos. Ahí es donde está su clave, en su forma de retratar a sus congéneres, en un estilo demasiado estilizado para ser un típico humorista gráfico (Tabaré, ponele) y demasiado caricaturesco para ser el enésimo clon de Alex Raymond, por mencionar al autor que motivó a Grondona White a convertirse en dibujante.
La edición por parte de La Duendes tiene varias fallas, principalmente en el diseño gráfico, que se ve feo y anticuado. Hay una página (la 73) a la que le falta un pedazo del arte, pero la das vuelta y en la 74... aparece esa misma página, ahora completa! Pero bueno, es lo que hay. Por lo menos se acordaron de rescatar del olvido a este prócer y de republicar unos cuantos trabajos suyos que –repito- no perdieron ni filo ni vigencia.
Si te querés reir un rato, Grondona White sigue siendo –como en los ´70 y ´80- una excelente opción.
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Alfredo Grondona White,
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Argentina
lunes, 13 de febrero de 2012
13/ 02: ASTONISHING X-MEN Vol.4
Después de un par de libros muy tremendos o muy extraños, necesitaba un poquito de pochoclo, y la verdad es que esto es pochoclo de primerísima calidad. Hay machaca a rolete, genocidas a nivel planetario, más razas alienígenas y más navecitas copadas que en una peli de Star Wars y la tranquilidad esa que tiene el comic de superhéroes –por lo menos el más mainstream- de que pase lo que pase, siempre ganan los buenos.
El tema es –claro- a qué costo y ahí es donde Joss Whedon y John Cassaday sacan enormes ventajas. Ya sea que conozcas a estos personajes hace 30 años, o te hayas encariñado con ellos a lo largo de estos cuatro TPBs, los autores construyen un vínculo irrefutable entre lector y personajes. Y se aprovechan de eso para hacerte sufrir, para que se te frunza el orto veinte veces, cuando creés que tal es boleta, que tal pierde los poderes, que tal se pasa al bando de los malos, que tal se zarpa y masacra a sangre fría a los villanos que tiene enfrente... De pronto (no me preguntes cómo) Whedon logra que uno le crea que todas esas cosas terribles y extremas pueden llegar a pasar, que la victoria inevitable de los X-Men no va a ser gratis ni mucho menos, que el status quo puede ser alterado “para siempre”.
El argumento –para ser sinceros- daba para menos páginas. El tomo tiene 192 páginas y podría contarse exactamente lo mismo en 120, como mucho. Pero Whedon necesita espacio para convencernos de que esto que pasa es realmente grosso, que esto no es sólo grandilocuente, sino también monumental. Y además, ¿qué sería de Whedon sin las escenas tranqui? Esas escenas que en los ´80 duraban tres viñetas repletas de diálogos y ahora duran cuatro páginas, repletas de silencios tan elocuentes como el más inspirado Chris Claremont. Ahí, en esas secuencias, Whedon también marca la diferencia: hace que los personajes tiren frases mortales, o chistes brillantes, u observaciones tan atinadas que uno no puede creer cómo a ningún otro guionista (y por X-Men pasaron muchos) se le ocurrió ver de ese modo a ese personaje o esa situación.
La caracterización, entonces, es lo que hace realmente llevadero el exceso en la extensión de la saga y en las peripecias menores que los héroes deben sobrellevar para llegar a la resolución del conflicto. Y es, además, el punto más alto en toda la etapa de Whedon. El propio guionista se complica el laburo: arrancó el primer TPB con un grupito de cinco héroes y termina el cuarto con un elenco protagónico de nueve personajes, todos perfectamente laburados y con los momentos cruciales muy bien repartidos. Al final, serán Kitty Pryde y Colossus los que asuman los roles más destacados, pero todos los demás tienen su momento de gloria.
Hablando de gloria, es hora de babearnos una vez más con los dibujos de John “el Facha” Cassaday. Acá el ídolo afloja un poquito en las últimas páginas, las del Giant-Size donde termina la saga. Ese es el único tramo donde se le nota un poco el apuro, las ganas de sacarse este laburo de encima y agarrar otro que lo desafíe todavía más (Je Suis Legion, Planetary... proyectos no le faltaron nunca). En todo el resto del tomo, vemos al Facha en un gran nivel, magistral en los climas más tranquis y desbocado cuando estalla el bolonki. Buen timing en la entrada y salida de escena de todos esos personajes, gran laburo en los fondos, excelentes diseños para naves, armas, palacios, etc., y por supuesto, el color de Laura Martin que se acopla perfectamente con el dibujo y lo potencia muchísimo.
Impactos grossos, volantazos impredecibles y un final estremecedor para una saga un poco estirada pero realmente atrapante. Los X-Men de Whedon y Cassaday entraron, sin dudas, al panteón de las grandes etapas de esta serie, junto a la de Roy Thomas y Neal Adams, la de Claremont y John Byrne y la de Grant Morrison y sus seis o siete dibujantes. La verdad es que lo que viene después no me llama mucho la atención (por más que lo escriba Warren Ellis), así que hasta acá llego. Pero me voy feliz, con muchos libros de X-Men para recomendar tanto a los fans clásicos como a los que todavía no se engancharon en el vicio mutante.
El tema es –claro- a qué costo y ahí es donde Joss Whedon y John Cassaday sacan enormes ventajas. Ya sea que conozcas a estos personajes hace 30 años, o te hayas encariñado con ellos a lo largo de estos cuatro TPBs, los autores construyen un vínculo irrefutable entre lector y personajes. Y se aprovechan de eso para hacerte sufrir, para que se te frunza el orto veinte veces, cuando creés que tal es boleta, que tal pierde los poderes, que tal se pasa al bando de los malos, que tal se zarpa y masacra a sangre fría a los villanos que tiene enfrente... De pronto (no me preguntes cómo) Whedon logra que uno le crea que todas esas cosas terribles y extremas pueden llegar a pasar, que la victoria inevitable de los X-Men no va a ser gratis ni mucho menos, que el status quo puede ser alterado “para siempre”.
El argumento –para ser sinceros- daba para menos páginas. El tomo tiene 192 páginas y podría contarse exactamente lo mismo en 120, como mucho. Pero Whedon necesita espacio para convencernos de que esto que pasa es realmente grosso, que esto no es sólo grandilocuente, sino también monumental. Y además, ¿qué sería de Whedon sin las escenas tranqui? Esas escenas que en los ´80 duraban tres viñetas repletas de diálogos y ahora duran cuatro páginas, repletas de silencios tan elocuentes como el más inspirado Chris Claremont. Ahí, en esas secuencias, Whedon también marca la diferencia: hace que los personajes tiren frases mortales, o chistes brillantes, u observaciones tan atinadas que uno no puede creer cómo a ningún otro guionista (y por X-Men pasaron muchos) se le ocurrió ver de ese modo a ese personaje o esa situación.
La caracterización, entonces, es lo que hace realmente llevadero el exceso en la extensión de la saga y en las peripecias menores que los héroes deben sobrellevar para llegar a la resolución del conflicto. Y es, además, el punto más alto en toda la etapa de Whedon. El propio guionista se complica el laburo: arrancó el primer TPB con un grupito de cinco héroes y termina el cuarto con un elenco protagónico de nueve personajes, todos perfectamente laburados y con los momentos cruciales muy bien repartidos. Al final, serán Kitty Pryde y Colossus los que asuman los roles más destacados, pero todos los demás tienen su momento de gloria.
Hablando de gloria, es hora de babearnos una vez más con los dibujos de John “el Facha” Cassaday. Acá el ídolo afloja un poquito en las últimas páginas, las del Giant-Size donde termina la saga. Ese es el único tramo donde se le nota un poco el apuro, las ganas de sacarse este laburo de encima y agarrar otro que lo desafíe todavía más (Je Suis Legion, Planetary... proyectos no le faltaron nunca). En todo el resto del tomo, vemos al Facha en un gran nivel, magistral en los climas más tranquis y desbocado cuando estalla el bolonki. Buen timing en la entrada y salida de escena de todos esos personajes, gran laburo en los fondos, excelentes diseños para naves, armas, palacios, etc., y por supuesto, el color de Laura Martin que se acopla perfectamente con el dibujo y lo potencia muchísimo.
Impactos grossos, volantazos impredecibles y un final estremecedor para una saga un poco estirada pero realmente atrapante. Los X-Men de Whedon y Cassaday entraron, sin dudas, al panteón de las grandes etapas de esta serie, junto a la de Roy Thomas y Neal Adams, la de Claremont y John Byrne y la de Grant Morrison y sus seis o siete dibujantes. La verdad es que lo que viene después no me llama mucho la atención (por más que lo escriba Warren Ellis), así que hasta acá llego. Pero me voy feliz, con muchos libros de X-Men para recomendar tanto a los fans clásicos como a los que todavía no se engancharon en el vicio mutante.
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domingo, 12 de febrero de 2012
12/ 02: META 4
Uh, qué complicado es esto... Yo lo entiendo: el maestro Ted McKeever estuvo ocho años sin trabajar en historietas con guiones propios y cuando retomó la senda de la producción autoral, personal y con control absoluto sobre su obra, se pasó un poquito de rosca.
Lo cierto es que Meta 4 se postula como “un comic alegórico” y termina por ser un comic por momentos demasiado pretensioso. Okey, por ahí hay que dedicarle más tiempo, leerlo más de una vez. Yo, obviamente, no tengo tiempo, y por eso me quedo con una primera lectura que me dejó más interrogantes que certezas. No estoy para nada en contra de las historietas que exigen un poco más de los lectores, en absoluto. Es algo sumamente importante y más que bienvenido. Pero bueno, se corre el riesgo de –como en este caso- dejar medio arafue al que sólo tiene tiempo para leer una vez la novela gráfica.
La consigna, de entrada, no parece taaan críptica: un tipo aparece en Coney Island vestido de astronauta y sin ningún recuerdo de su pasado. Tendrá que salir en busca de su identidad y lo acompañará una mina grandota (un elemento ya habitual en las obras de McKeever, la mina tamaño ropero, con tubos de camionero y menos cintura que Bob Esponja) que se disfraza de Papá Noel todo el año y habla con íconos, no con palabras. Sin embargo, las alegorías, las metáforas de las que habla el título de la obra, le ganan la pulseada a la claridad en el relato, que no naufraga ni pierde interés, pero sí te deja –como ya dije- con el culo lleno de preguntas.
Como en los diálogos de la extra large co-protagonista, lo más importante acá son las imágenes. Estas se repiten de modo sutil y muy probablemente sean ellas las encargadas de darnos las pistas para descifrar los enigmas. La narración sucede en dos tiempos paralelos: el presente y la infancia del astronauta y es en esas “coincidencias” de ambientes, de objetos, de imágenes, donde McKeever construye la identidad del protagonista. En un momento hay un amague de introducir un elemento aventurero, de hecho hasta hay una escena de tiros, pero esto pronto deriva hacia más misterio y más ambigüedad. Pareciera como si después de muchas obras que lo emparentaban con Terry Gilliam, McKeever hubiese elegido pasarse al bando de David Lynch, pero en su vertiente más extrema. Y sí, el resultado es demasiado extraño hasta para mí, que lo sigo incondicionalmente hace más de 20 años .
Por el lado del dibujo, McKeever también se propone innovar, no hacer de nuevo lo mismo. Y ahí la rompe, mal. Por un lado, incorpora una faceta más realista, sobre todo cuando dibuja al astronauta (que por momentos parece de Salvador Sanz) y a la minita de los pelos locos (que parece de Tony Harris). Después, suma unas texturas (creo que logradas con pincel muy finito) que no le habíamos visto nunca. Mediante unos raspados, le agrega profundidad, volumen y hasta vuelo poético a las masas negras. Hay viñetas logradísimas en las que se nota que dibuja con témpera blanca sobre papel negro. Y finalmente, las poquitas páginas en las que la narración se concentra en los tipos que monitorean a los protagonistas desde una oficina, son el hallazgo más notable (entre tantos), con un clima totalmente surreal y unos efectos rarísimos en la iluminación, que por momentos recuerdan a las técnicas más zarpadas de Thomas Ott o Peter Kuper.
No sé si alguna vez McKeever superará lo que hizo a nivel dibujo en Meta 4. Por ahí pega otro salto cualitativo en Mondo, la obra que está serializando actualmente en Image. No me extrañaría. O por ahí vuelve a su claroscuro de siempre, a esa onda grotesca, recontra-expresionista de sus trabajos más conocidos. Acá, sin dudas, experimentó. Y así como en el guión se pasó un poquito de vanguardista con tanta metáfora y tanta alegoría, en el dibujo abrió las puertas a un estilo nuevo, que me detonó las retinas tanto como la primera vez que vi un trabajo suyo, allá por el ´89, creo.
Si nunca leíste nada de McKeever, ni se te ocurra empezar por acá. Y si lo venís siguiendo obra tras obra, bancalo también en esta, que el prócer puso todo.
Lo cierto es que Meta 4 se postula como “un comic alegórico” y termina por ser un comic por momentos demasiado pretensioso. Okey, por ahí hay que dedicarle más tiempo, leerlo más de una vez. Yo, obviamente, no tengo tiempo, y por eso me quedo con una primera lectura que me dejó más interrogantes que certezas. No estoy para nada en contra de las historietas que exigen un poco más de los lectores, en absoluto. Es algo sumamente importante y más que bienvenido. Pero bueno, se corre el riesgo de –como en este caso- dejar medio arafue al que sólo tiene tiempo para leer una vez la novela gráfica.
La consigna, de entrada, no parece taaan críptica: un tipo aparece en Coney Island vestido de astronauta y sin ningún recuerdo de su pasado. Tendrá que salir en busca de su identidad y lo acompañará una mina grandota (un elemento ya habitual en las obras de McKeever, la mina tamaño ropero, con tubos de camionero y menos cintura que Bob Esponja) que se disfraza de Papá Noel todo el año y habla con íconos, no con palabras. Sin embargo, las alegorías, las metáforas de las que habla el título de la obra, le ganan la pulseada a la claridad en el relato, que no naufraga ni pierde interés, pero sí te deja –como ya dije- con el culo lleno de preguntas.
Como en los diálogos de la extra large co-protagonista, lo más importante acá son las imágenes. Estas se repiten de modo sutil y muy probablemente sean ellas las encargadas de darnos las pistas para descifrar los enigmas. La narración sucede en dos tiempos paralelos: el presente y la infancia del astronauta y es en esas “coincidencias” de ambientes, de objetos, de imágenes, donde McKeever construye la identidad del protagonista. En un momento hay un amague de introducir un elemento aventurero, de hecho hasta hay una escena de tiros, pero esto pronto deriva hacia más misterio y más ambigüedad. Pareciera como si después de muchas obras que lo emparentaban con Terry Gilliam, McKeever hubiese elegido pasarse al bando de David Lynch, pero en su vertiente más extrema. Y sí, el resultado es demasiado extraño hasta para mí, que lo sigo incondicionalmente hace más de 20 años .
Por el lado del dibujo, McKeever también se propone innovar, no hacer de nuevo lo mismo. Y ahí la rompe, mal. Por un lado, incorpora una faceta más realista, sobre todo cuando dibuja al astronauta (que por momentos parece de Salvador Sanz) y a la minita de los pelos locos (que parece de Tony Harris). Después, suma unas texturas (creo que logradas con pincel muy finito) que no le habíamos visto nunca. Mediante unos raspados, le agrega profundidad, volumen y hasta vuelo poético a las masas negras. Hay viñetas logradísimas en las que se nota que dibuja con témpera blanca sobre papel negro. Y finalmente, las poquitas páginas en las que la narración se concentra en los tipos que monitorean a los protagonistas desde una oficina, son el hallazgo más notable (entre tantos), con un clima totalmente surreal y unos efectos rarísimos en la iluminación, que por momentos recuerdan a las técnicas más zarpadas de Thomas Ott o Peter Kuper.
No sé si alguna vez McKeever superará lo que hizo a nivel dibujo en Meta 4. Por ahí pega otro salto cualitativo en Mondo, la obra que está serializando actualmente en Image. No me extrañaría. O por ahí vuelve a su claroscuro de siempre, a esa onda grotesca, recontra-expresionista de sus trabajos más conocidos. Acá, sin dudas, experimentó. Y así como en el guión se pasó un poquito de vanguardista con tanta metáfora y tanta alegoría, en el dibujo abrió las puertas a un estilo nuevo, que me detonó las retinas tanto como la primera vez que vi un trabajo suyo, allá por el ´89, creo.
Si nunca leíste nada de McKeever, ni se te ocurra empezar por acá. Y si lo venís siguiendo obra tras obra, bancalo también en esta, que el prócer puso todo.
sábado, 11 de febrero de 2012
11/ 02: UNKNOWN SOLDIER Vol.3
Hoy cortito, que tengo poco tiempo.
Este tomo de la adictiva y tremenda serie de Joshua Dysart y Alberto Ponticcelli logra lo imposible: ser más heavy y más truculento que el primero. Acá vemos salvajadas fuera de escala, página por medio. Nunca vi a tantos nenitos morir de modos tan horrendos: de hambre, de enfermedades espantosas, de un corchazo, de un cuchillazo, de un flechazo o simplemente por estar cerca de un camión lleno de explosivos que vuela a la mierda. Esto es MUY difícil de digerir, como si en vez de un canelón te dieran un caño de escape envuelto en papel de lija.
Lo importante –como en el canelón- es el relleno, o sea, el contenido. Y lo grosso de todo esto es que Dysart recurre a estas escenas desgarradoras de violencia, miseria y oscurantismo para hablar de temas fuertes, urgentes, no para boludear o buscar el impacto por el impacto mismo. Unknown Soldier está pensada para que vos pienses, y eso es lo que la hace tan fundamental.
Con el correr de las páginas de este tomo, cobran especial relevancia las escenas finales del tomo anterior, las del ritual de purificación de los Acholi. De entrada me parecieron un relleno, o un intento por darle un cierre un toque menos desolador a una saga muy violenta, pero no. Se trata de episodios centrales en el desarrollo de una serie que –a apenas cinco episodios del final- no para de evolucionar ni de sorprender. No tengo la menor idea de cómo puede terminar este perturbador descenso a las profundidades del alma humana, este devastador retrato de la Uganda de principios del tercer milenio, esta redefinición absoluta de lo que se puede hacer cuando la historieta se mete a fondo (y en serio) con los horrores de la guerra.
Por el lado del dibujo, acá lo tenemos en todos los episodios al gran italiano Alberto Ponticcelli, con su trazo crudo, visceral, sin concesiones y toda su solvencia narrativa. Y además, con un plus muy, muy bienvenido: el colorista Oscar Celestini le encuentra una nueva vuelta de tuerca al color de la serie y este se hace menos estridente, más sutil, más rico en matices, más bello. Sumémosle unas portadas fastuosas de Dave Johnson y tenemos una faz gráfica de un vuelo impresionante.
Repito, esto no es para cualquiera. Hay que aguantarse secuencias muy al límite, donde bajás el libro asqueado, indignado, al grito de “pará, h¡jo de puta, no matés más pendejitos!”. Pero el talento de los autores logra convertir la revulsión en reflexión y eso es tan infrecuente que sólo puede ser considerado un gigantesco punto a favor de Unknown Soldier, una auténtica joya que duró poco, pero que siempre estás a tiempo de descubrir.
Este tomo de la adictiva y tremenda serie de Joshua Dysart y Alberto Ponticcelli logra lo imposible: ser más heavy y más truculento que el primero. Acá vemos salvajadas fuera de escala, página por medio. Nunca vi a tantos nenitos morir de modos tan horrendos: de hambre, de enfermedades espantosas, de un corchazo, de un cuchillazo, de un flechazo o simplemente por estar cerca de un camión lleno de explosivos que vuela a la mierda. Esto es MUY difícil de digerir, como si en vez de un canelón te dieran un caño de escape envuelto en papel de lija.
Lo importante –como en el canelón- es el relleno, o sea, el contenido. Y lo grosso de todo esto es que Dysart recurre a estas escenas desgarradoras de violencia, miseria y oscurantismo para hablar de temas fuertes, urgentes, no para boludear o buscar el impacto por el impacto mismo. Unknown Soldier está pensada para que vos pienses, y eso es lo que la hace tan fundamental.
Con el correr de las páginas de este tomo, cobran especial relevancia las escenas finales del tomo anterior, las del ritual de purificación de los Acholi. De entrada me parecieron un relleno, o un intento por darle un cierre un toque menos desolador a una saga muy violenta, pero no. Se trata de episodios centrales en el desarrollo de una serie que –a apenas cinco episodios del final- no para de evolucionar ni de sorprender. No tengo la menor idea de cómo puede terminar este perturbador descenso a las profundidades del alma humana, este devastador retrato de la Uganda de principios del tercer milenio, esta redefinición absoluta de lo que se puede hacer cuando la historieta se mete a fondo (y en serio) con los horrores de la guerra.
Por el lado del dibujo, acá lo tenemos en todos los episodios al gran italiano Alberto Ponticcelli, con su trazo crudo, visceral, sin concesiones y toda su solvencia narrativa. Y además, con un plus muy, muy bienvenido: el colorista Oscar Celestini le encuentra una nueva vuelta de tuerca al color de la serie y este se hace menos estridente, más sutil, más rico en matices, más bello. Sumémosle unas portadas fastuosas de Dave Johnson y tenemos una faz gráfica de un vuelo impresionante.
Repito, esto no es para cualquiera. Hay que aguantarse secuencias muy al límite, donde bajás el libro asqueado, indignado, al grito de “pará, h¡jo de puta, no matés más pendejitos!”. Pero el talento de los autores logra convertir la revulsión en reflexión y eso es tan infrecuente que sólo puede ser considerado un gigantesco punto a favor de Unknown Soldier, una auténtica joya que duró poco, pero que siempre estás a tiempo de descubrir.
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viernes, 10 de febrero de 2012
10/ 02: BLACK KAISER
Hora de reencontrarme con otro fetiche de este blog, el maestro valenciano Víctor Santos, esta vez con una novela gráfica de 2009 que no conecta con ninguna de sus epopeyas anteriores. En Black Kaiser, Santos retoma la onda del comic de acción, fuerte, trepidante, sin concesiones. Es una saga violenta, oscura, zarpada, con un ritmo que no da respiro y que te hace vibrar al ritmo de las peleas, los tiros, las explosiones y los garches.
Black Kaiser también es el nombre del protagonista, una especie de Nick Fury pero del bando contrario, nacido en Berlín pero convertido en una máquina de matar por los rusos durante la Guerra Fría. Bah, en realidad se parece más al Winter Soldier que a Nick Fury.... y con algo de Golgo 13, también, porque es un tipo duro, despiadado, casi sin emociones. Lo más parecido a un talón de Aquiles que va a mostrar Black Kaiser va a ser Irina, la joven y atractiva especialista en chumbos (y en acostarse con tipos que la duplican en edad), y por supuesto Santos va a explotar esa debilidad para poner en apuros a este recio entre los recios.
Además de deleitarnos con la abundante machaca, Santos se esfuerza por tejer una trama compleja, ambientada en los días de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Black Kaiser queda “pegado” en una runfla muy heavy que involucra a los petroleros saudíes y a una especie de gabinete de las sombras llamado Iniciativa Damocles. Tanto estos grupos como el propio Pentágono enviarán a sus sicarios a operar para eliminar a los rivales y el protagonista tendrá que jugarse el ojo que le queda en una partida muy brava entre avechuchos que juegan sucio y no tienen reparos en matar ni a sus propias madres.
El clima arranca espeso como cucharada de alquitrán ya en la primera secuencia y no se relaja nunca. A todas estas runflas y black ops habrá que sumarles más y más muertes, corrupción, lujuria, torturas y mentiras flagrantes de esas que vienen muy de arriba, tan de arriba que se nos terminan vendiendo como “la verdad”. Santos, por supuesto, está en su salsa. Este cóctel
-explosivo y perverso por donde se lo mire- le permite lucirse en los ambientes sórdidos que le encanta dibujar, esa atmósfera tipo Sin City que tan bien logró plasmar en sus obras enroladas en el género noir.
En realidad, toda la faz gráfica está plagada de logros increíbles por parte del valenciano. Las luchas con artes marciales son estremecedoras y memorables, las escenas de sexo son electrizantes, las composiciones son saltos al vacío de imponente belleza y elegancia, su claroscuro fuerte y expresivo potencia el power de todo lo que sucede. Este es el Santos maduro, el que no erra un disparo ni aunque lo intente. El que maneja de taquito la síntesis, el que combinó la estética de Frank Miller en Sin City con un laburo magistral de tramas mecánicas y los yeites narrativos de Matt Wagner o Bruce Timm. Seguramente habrá por ahí alguna historia de conspiraciones y asesinos internacionales mejor escrita, o con alguna vuelta de tuerca más impactante. Pero es poco probable que esté mejor dibujada que Black Kaiser. Que además, a nivel guión, tampoco es moco de pavo. Si nunca leíste nada de Víctor Santos (a pesar de mi insistencia, a esta altura medio insufrible), este es un gran comic para empezar.
Y dicho todo esto, de acá a fin de mes vamos a aflojar con el comic europeo para tratar de ponerme al día con el material yanki y argentino, que tengo muchísimo acumulado. Por ahí se cuela un manga, pero europeo y latinoamericano, por ahora se van un rato al freezer.
Black Kaiser también es el nombre del protagonista, una especie de Nick Fury pero del bando contrario, nacido en Berlín pero convertido en una máquina de matar por los rusos durante la Guerra Fría. Bah, en realidad se parece más al Winter Soldier que a Nick Fury.... y con algo de Golgo 13, también, porque es un tipo duro, despiadado, casi sin emociones. Lo más parecido a un talón de Aquiles que va a mostrar Black Kaiser va a ser Irina, la joven y atractiva especialista en chumbos (y en acostarse con tipos que la duplican en edad), y por supuesto Santos va a explotar esa debilidad para poner en apuros a este recio entre los recios.
Además de deleitarnos con la abundante machaca, Santos se esfuerza por tejer una trama compleja, ambientada en los días de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Black Kaiser queda “pegado” en una runfla muy heavy que involucra a los petroleros saudíes y a una especie de gabinete de las sombras llamado Iniciativa Damocles. Tanto estos grupos como el propio Pentágono enviarán a sus sicarios a operar para eliminar a los rivales y el protagonista tendrá que jugarse el ojo que le queda en una partida muy brava entre avechuchos que juegan sucio y no tienen reparos en matar ni a sus propias madres.
El clima arranca espeso como cucharada de alquitrán ya en la primera secuencia y no se relaja nunca. A todas estas runflas y black ops habrá que sumarles más y más muertes, corrupción, lujuria, torturas y mentiras flagrantes de esas que vienen muy de arriba, tan de arriba que se nos terminan vendiendo como “la verdad”. Santos, por supuesto, está en su salsa. Este cóctel
-explosivo y perverso por donde se lo mire- le permite lucirse en los ambientes sórdidos que le encanta dibujar, esa atmósfera tipo Sin City que tan bien logró plasmar en sus obras enroladas en el género noir.
En realidad, toda la faz gráfica está plagada de logros increíbles por parte del valenciano. Las luchas con artes marciales son estremecedoras y memorables, las escenas de sexo son electrizantes, las composiciones son saltos al vacío de imponente belleza y elegancia, su claroscuro fuerte y expresivo potencia el power de todo lo que sucede. Este es el Santos maduro, el que no erra un disparo ni aunque lo intente. El que maneja de taquito la síntesis, el que combinó la estética de Frank Miller en Sin City con un laburo magistral de tramas mecánicas y los yeites narrativos de Matt Wagner o Bruce Timm. Seguramente habrá por ahí alguna historia de conspiraciones y asesinos internacionales mejor escrita, o con alguna vuelta de tuerca más impactante. Pero es poco probable que esté mejor dibujada que Black Kaiser. Que además, a nivel guión, tampoco es moco de pavo. Si nunca leíste nada de Víctor Santos (a pesar de mi insistencia, a esta altura medio insufrible), este es un gran comic para empezar.
Y dicho todo esto, de acá a fin de mes vamos a aflojar con el comic europeo para tratar de ponerme al día con el material yanki y argentino, que tengo muchísimo acumulado. Por ahí se cuela un manga, pero europeo y latinoamericano, por ahora se van un rato al freezer.
jueves, 9 de febrero de 2012
09/ 02: EL PREVIEWS DE ABRIL
Y bueno, me fundí. Este mes las editoriales yankis anuncian TODO. La vida y los cantos. Veamos:
Marvel saca el recopilatorio de Six Guns, el western de Andy Diggle y Davide Gianfelice. Me ceba mucho y en cualquier otro mes, pagaba sin pensarlo dos veces los u$ 14.99. Esta vez, lo voy a decidir a último momento.
DC se fue a la mierda. Por suerte, de los New 52 sacan un sólo recopilatorio que me calienta sobremanera: el de Animal Man, de Jeff Lemire y varios dibujantes. Me ceba mucho el de Batwoman, pero espero el softcover. Al de Animal Man, le tiro los u$ 14.99 de una.
También hay un nuevo TPB de la etapa de Grant Morrison en Batman and Robin, 168 páginas a u $ 17.99. Y trae episodios dibujados por Frazer Irving. No le puedo decir que no.
Legion Lost, gloriosa epopeya de Andy Lanning, Dan Abnett, Pascal Alixe y Oliver Coipel, sale en un power-broli de 296 páginas a u$ 29.99. Lo anoto para buscarlo en Amazon con descuento, porque lo re-merece.
Sale en softcover DC Universe: Legacies, el magnum opus de Len Wein con una legión de dibujantes impresionantes. Son 336 páginas a u$ 24.99 y leí buenas críticas. Adentro, de una.
Y en Vertigo, el Vol.2 de American Vampire, de Scott Snyder y Rafael Albuquerque. Tampoco me lo puedo perder. Ahí van otros u$ 17.99.
Y tendría que parar ahí, pero no me dejan. IDW saca el primer TPB de Cold War, la nueva serie de John Byrne, que pinta muy interesante. Está caro: u$ 19.99 por sólo 120 páginas. Pero no lo descarto... Veremos si llego.
Image ofrece el Vol.2 de 27, la serie de Charles Soule y Renzo Podestá que me re-cebó. Son sólo u$ 12.99, así que entro sin dudarlo.
La editorial Blank Slate ofrece una nueva (y nada cara) edición de Hugo Tate, una obra fundamental del indie británico, creada por el gran Nick Abadzis entre 1988 y 1994. Hace años que la quiero tener, pero justo este mes, no puedo.
BOOM! Studios ofrece el primer TPB de Snarked, la nueva serie del maestro Roger Langridge. No me puedo resistir, lo sumo.
Drawn & Quarterly edita Jerusalem: Chronicles from the Holy City, lo nuevo de Guy Delisle. Es un comic fundamental, pero ni en pedo lo compro en hardcover. Sáquenlo en softo y cuentan conmigo.
Lo mismo se aplica a Are You my Mother?, la nueva novela gráfica de Alison Bechdel. El hardco es regalado (u$ 22 por 240 páginas), pero estoy seguro que va a salir en una edición más barata y no tengo drama en esperarla.
La que me abrochó con un hardco es Fantagraphics: me lanza en tapa dura y formato chiquito The Aventures of Venus, que trae todo el material de los Hermanos Hernández para la revista Measles (que nunca lográ completar) y una historieta inédita. Son u$ 9.99, tampoco duele tanto.
Humanoids se zarpa con una joya: Koma, de los gloriosos suizos Pierre Wazem y Frederik Peeters. Y publica los seis tomos franceses en dos tomos de 288 páginas. El primero se anuncia ahora a u$ 29.95 (sumamente accesible si pensamos lo que trae) y yo me prendo fuego. Pero voy a bancar a que esté editado también el Vol.2 para pedirme los dos juntos, no sea cosa que la dejen por la mitad y me garquen.
Y la estocada final me la da Top Shelf con la esperada reedición de Lost Dogs, la primera novela gráfica de Jeff Lemire, que sale a sólo u$ 9.99. Se vienen meses de arroz, fideos y viajes en bondi a cualquier lado y a cualquier hora...
Marvel saca el recopilatorio de Six Guns, el western de Andy Diggle y Davide Gianfelice. Me ceba mucho y en cualquier otro mes, pagaba sin pensarlo dos veces los u$ 14.99. Esta vez, lo voy a decidir a último momento.
DC se fue a la mierda. Por suerte, de los New 52 sacan un sólo recopilatorio que me calienta sobremanera: el de Animal Man, de Jeff Lemire y varios dibujantes. Me ceba mucho el de Batwoman, pero espero el softcover. Al de Animal Man, le tiro los u$ 14.99 de una.
También hay un nuevo TPB de la etapa de Grant Morrison en Batman and Robin, 168 páginas a u $ 17.99. Y trae episodios dibujados por Frazer Irving. No le puedo decir que no.
Legion Lost, gloriosa epopeya de Andy Lanning, Dan Abnett, Pascal Alixe y Oliver Coipel, sale en un power-broli de 296 páginas a u$ 29.99. Lo anoto para buscarlo en Amazon con descuento, porque lo re-merece.
Sale en softcover DC Universe: Legacies, el magnum opus de Len Wein con una legión de dibujantes impresionantes. Son 336 páginas a u$ 24.99 y leí buenas críticas. Adentro, de una.
Y en Vertigo, el Vol.2 de American Vampire, de Scott Snyder y Rafael Albuquerque. Tampoco me lo puedo perder. Ahí van otros u$ 17.99.
Y tendría que parar ahí, pero no me dejan. IDW saca el primer TPB de Cold War, la nueva serie de John Byrne, que pinta muy interesante. Está caro: u$ 19.99 por sólo 120 páginas. Pero no lo descarto... Veremos si llego.
Image ofrece el Vol.2 de 27, la serie de Charles Soule y Renzo Podestá que me re-cebó. Son sólo u$ 12.99, así que entro sin dudarlo.
La editorial Blank Slate ofrece una nueva (y nada cara) edición de Hugo Tate, una obra fundamental del indie británico, creada por el gran Nick Abadzis entre 1988 y 1994. Hace años que la quiero tener, pero justo este mes, no puedo.
BOOM! Studios ofrece el primer TPB de Snarked, la nueva serie del maestro Roger Langridge. No me puedo resistir, lo sumo.
Drawn & Quarterly edita Jerusalem: Chronicles from the Holy City, lo nuevo de Guy Delisle. Es un comic fundamental, pero ni en pedo lo compro en hardcover. Sáquenlo en softo y cuentan conmigo.
Lo mismo se aplica a Are You my Mother?, la nueva novela gráfica de Alison Bechdel. El hardco es regalado (u$ 22 por 240 páginas), pero estoy seguro que va a salir en una edición más barata y no tengo drama en esperarla.
La que me abrochó con un hardco es Fantagraphics: me lanza en tapa dura y formato chiquito The Aventures of Venus, que trae todo el material de los Hermanos Hernández para la revista Measles (que nunca lográ completar) y una historieta inédita. Son u$ 9.99, tampoco duele tanto.
Humanoids se zarpa con una joya: Koma, de los gloriosos suizos Pierre Wazem y Frederik Peeters. Y publica los seis tomos franceses en dos tomos de 288 páginas. El primero se anuncia ahora a u$ 29.95 (sumamente accesible si pensamos lo que trae) y yo me prendo fuego. Pero voy a bancar a que esté editado también el Vol.2 para pedirme los dos juntos, no sea cosa que la dejen por la mitad y me garquen.
Y la estocada final me la da Top Shelf con la esperada reedición de Lost Dogs, la primera novela gráfica de Jeff Lemire, que sale a sólo u$ 9.99. Se vienen meses de arroz, fideos y viajes en bondi a cualquier lado y a cualquier hora...
miércoles, 8 de febrero de 2012
08/ 02: MADAME XANADU Vol.2
Retomo otra serie de Vertigo que tenía colgada desde los albores de este blog y que –como Unknown Soldier- sufrió inmerecidamente las bajas ventas y la prematura cancelación.
Guarda al hilo: sin ser choto ni mucho menos, este tomo no está al nivel del Vol.1 de esta serie ni del Vol.2 de Unknown Soldier. El primer tomo de Madame Xanadu dejó el listón muy arriba y era obvio que buena parte de sus logros tenían que ver con la forma en que Matt Wagner nos narró el pasado de este personaje que, antes de que él le metiera mano, era puro misterio, pura conjetura, a milímetros de la tábula rasa, de la nada misma. Y el origen no se puede contar en todos los tomos, por ende, ese impacto del Vol.1 lógicamente no se iba a repetir esta vez.
Aún así, Wagner se las ingenia para narrar en paralelo dos historias: un misterio sobrenatural bastante jodido que Nimue (que así se llama Madame Xanadu) debe resolver en 1940, y un drama, una tragedia sin nada parecido a un final feliz que le tocó vivir a nuestra mística favorita a fines del Siglo XV, en la España de la Sagrada Inquisición. Como Arturo Pérez-Reverte en la novela del Capitán Alatriste que vimos convertida en comic hace unas semanitas, Wagner encuentra en Torquemada y sus sicarios a un villano perfecto, incuestionable, al que le saca muy buen jugo. Las vivencias de Nimue en esa España oscurantista, en la que la fe religiosa justificaba algo que si no fue un genocidio pegó en el palo, mezclan el romance prohibido (Nimue, a la que hasta ahora habíamos visto revolcarse sólo con varones, se pone de novia con una joven y hermosa aldeana) con la denuncia social, un profundo cuestionamiento a las instituciones y, al final, con un desenlace devastador, cuyos ecos resuenan en nuestra heroína incluso en 1940.
Por el otro lado, la historia que transcurre en New York a mediados del siglo pasado también tiene sus atractivos. Principalmente el hecho de que nadie te condena a la hoguera por bruja, entonces Madame Xanadu pela hechizos a full para vencer a una amenaza muy truculenta. Este arco tenía que resistir al exigente escrutinio de los hardcore fans de Wagner y de Vertigo, porque parte de la gracia era que Nimue interactuaba con Wesley Dodds, el Sandman clásico, el del Midnight Theatre. Y si bien la interacción es poca, la aparición de Sandman suma bastante a la trama, no es un capricho ni un truco de marketing. Lo único medio traído de los pelos es cómo Wagner trata de conectar esta historia con la que transcurre en la España de la Inquisición. Hay una explicación (que intenta, de paso, explicar al villano de la historia de 1940) pero a mí no me resultó muy convincente.
El otro atractivo grosso de este arco era el dibujante: Michael Wm. Kaluta, nada menos que el creador de Madame Xanadu, un tipo muy conocido y muy respetado, pero que dibuja muy poca historieta, supongo que porque como ilustrador le pagan mejor. Y acá me voy a ganar un par de enemigos (saquen número y esperen su turno) pero la verdad es que a Kaluta lo prefiero mil veces como portadista que como historietista. Ese estilo barroco, sobrecargado, con coqueteos permanentes con la estética de Alphonse Mucha y los ilustradores de fines del Siglo XIX, se disfruta más en dosis más pequeñas. Una portada está bien. 120 páginas de historieta, es mucho. Dan demasiadas oportunidades para que el dibujante muestre la hilacha. Las portadas de estos episodios nos muestran a un Kaluta glorioso, inspiradísimo. En las historietas lo vemos jugarse en la narrativa, tratar de pilotear con dignidad el hecho de que su estilo atrasa 40 años y por momentos lo consigue. Ahí parece Charles Vess, que es como un Kaluta más dotado para la historieta. O Guy Davis, que es otro que se ceba mal con los detalles en las historietas de época, pero igual la rompe. Cuando no parece ni Vess ni Davis, Kaluta derrapa hacia una onda aburrida, solemne, con dibujos muy estáticos y algunas pifias notorias en las caras. La narrativa –repito- no tiene mayores fallas y eso ya es mucho decir. Por eso no lo puedo putear. Y porque obviamente estamos hablando de un virtuoso del plumín. No es un trabajo que me emocione, pero tampoco me da vergüenza ajena.
Espero ansioso el momento de entrarle al tercer tomo, a ver si vuelve Amy Reeder Hadley, la dibujante que la descosió en el primer arco de la serie.
Guarda al hilo: sin ser choto ni mucho menos, este tomo no está al nivel del Vol.1 de esta serie ni del Vol.2 de Unknown Soldier. El primer tomo de Madame Xanadu dejó el listón muy arriba y era obvio que buena parte de sus logros tenían que ver con la forma en que Matt Wagner nos narró el pasado de este personaje que, antes de que él le metiera mano, era puro misterio, pura conjetura, a milímetros de la tábula rasa, de la nada misma. Y el origen no se puede contar en todos los tomos, por ende, ese impacto del Vol.1 lógicamente no se iba a repetir esta vez.
Aún así, Wagner se las ingenia para narrar en paralelo dos historias: un misterio sobrenatural bastante jodido que Nimue (que así se llama Madame Xanadu) debe resolver en 1940, y un drama, una tragedia sin nada parecido a un final feliz que le tocó vivir a nuestra mística favorita a fines del Siglo XV, en la España de la Sagrada Inquisición. Como Arturo Pérez-Reverte en la novela del Capitán Alatriste que vimos convertida en comic hace unas semanitas, Wagner encuentra en Torquemada y sus sicarios a un villano perfecto, incuestionable, al que le saca muy buen jugo. Las vivencias de Nimue en esa España oscurantista, en la que la fe religiosa justificaba algo que si no fue un genocidio pegó en el palo, mezclan el romance prohibido (Nimue, a la que hasta ahora habíamos visto revolcarse sólo con varones, se pone de novia con una joven y hermosa aldeana) con la denuncia social, un profundo cuestionamiento a las instituciones y, al final, con un desenlace devastador, cuyos ecos resuenan en nuestra heroína incluso en 1940.
Por el otro lado, la historia que transcurre en New York a mediados del siglo pasado también tiene sus atractivos. Principalmente el hecho de que nadie te condena a la hoguera por bruja, entonces Madame Xanadu pela hechizos a full para vencer a una amenaza muy truculenta. Este arco tenía que resistir al exigente escrutinio de los hardcore fans de Wagner y de Vertigo, porque parte de la gracia era que Nimue interactuaba con Wesley Dodds, el Sandman clásico, el del Midnight Theatre. Y si bien la interacción es poca, la aparición de Sandman suma bastante a la trama, no es un capricho ni un truco de marketing. Lo único medio traído de los pelos es cómo Wagner trata de conectar esta historia con la que transcurre en la España de la Inquisición. Hay una explicación (que intenta, de paso, explicar al villano de la historia de 1940) pero a mí no me resultó muy convincente.
El otro atractivo grosso de este arco era el dibujante: Michael Wm. Kaluta, nada menos que el creador de Madame Xanadu, un tipo muy conocido y muy respetado, pero que dibuja muy poca historieta, supongo que porque como ilustrador le pagan mejor. Y acá me voy a ganar un par de enemigos (saquen número y esperen su turno) pero la verdad es que a Kaluta lo prefiero mil veces como portadista que como historietista. Ese estilo barroco, sobrecargado, con coqueteos permanentes con la estética de Alphonse Mucha y los ilustradores de fines del Siglo XIX, se disfruta más en dosis más pequeñas. Una portada está bien. 120 páginas de historieta, es mucho. Dan demasiadas oportunidades para que el dibujante muestre la hilacha. Las portadas de estos episodios nos muestran a un Kaluta glorioso, inspiradísimo. En las historietas lo vemos jugarse en la narrativa, tratar de pilotear con dignidad el hecho de que su estilo atrasa 40 años y por momentos lo consigue. Ahí parece Charles Vess, que es como un Kaluta más dotado para la historieta. O Guy Davis, que es otro que se ceba mal con los detalles en las historietas de época, pero igual la rompe. Cuando no parece ni Vess ni Davis, Kaluta derrapa hacia una onda aburrida, solemne, con dibujos muy estáticos y algunas pifias notorias en las caras. La narrativa –repito- no tiene mayores fallas y eso ya es mucho decir. Por eso no lo puedo putear. Y porque obviamente estamos hablando de un virtuoso del plumín. No es un trabajo que me emocione, pero tampoco me da vergüenza ajena.
Espero ansioso el momento de entrarle al tercer tomo, a ver si vuelve Amy Reeder Hadley, la dibujante que la descosió en el primer arco de la serie.
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