el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 22 de octubre de 2026

JUEVES DE AVENTURAS

Estoy cebadísimo leyendo una novela de Juan Sasturain (Tinta China) y me siento un traidor cada vez que suelto el libro para leer una historieta. Aún así, algo avancé en estos días con las pilas de comics pendientes.
Tuve un reencuentro poco feliz con una historieta que me había encantado cuando la leí de pendejo: Tintín en el Tibet. De grande, me pareció increíble el dibujo y por supuesto me volví loco cuando Hergé rompe su clásica grilla de cuatro tiras para meter esos cuadros enormes (el del restaurant, el del avión estrolado en la montaña), esas imágenes totalmente icónicas y pregnantes, que lo revelan como al dibujante superdotado que ya era en 1959. La documentación (como siempre) es impecable, las secuencias mudas son perfectas, la secuencia onírica es brillante... Lástima el argumento, que es una cagada. No solo por lo inverosímil, también por el ritmo lento al que avanza, por lo forzado de la resolución (el deus ex machina berreta de las visiones del lama), por lo innecesario de la inmensa mayoría de los chistes... Más que un argumento, tenemos una acumulación incesante de peripecias que se apilan unas sobre otras hasta el hartazgo. Por ahí esto me gustó de pibe porque lo leíamos de a tres páginas por semana en la Billiken. Leído todo de un saque, es un embole cósmico. En esta aventura están solo Tintín, Milú y el Capitán Haddock y -a falta de otros bufones- es este último el que se manda las mil y una, el que se tropieza, se queda dormido, se descuida, se choca con gente y termina por cumplir el rol del pelotudo, del que trata de ayudar y molesta más de lo que ayuda. Milú se manda una sola grossa (se pone en pedo con whisky, que obviamente extrae de la mochila de Haddock) pero ni el perro ni el capitán suman nada relevante a la trama. Podría estar Tintín solo y la historia sería la misma. Tintín en el Tibet es lo más parecido a una historia de amor que vamos a ver en esta serie. Un amor entre dos varones menores de edad, pero amor al fin. El belga del jopito va a arriesgar varias veces su vida (y la de algunos más) por ese chico chino al que adora, al punto de no poder soportar la idea de perderlo para siempre. Las mujeres, como es costumbre en las aventuras de Tintín, brillan por su ausencia. Y entonces el protagonista vocifera una y mil veces su amor por Tchang. Sobre el final, hay un único giro interesante, y es la idea de que el Yeti capaz no es tan abominable ni temible como creen los nativos de las montañas nevadas de Nepal. Detrás de ese monstruo estigmatizado y temido (dice Hergé) hay un ser copado, capaz de gestos humanos como la piedad y la solidaridad. Bien ahí. Obviamente no recomiendo este álbum, pero pienso insistir. Tengo ahí en el aguante otro que recuerdo haber disfrutado muchísimo de pendejo, y pronto le voy a entrar.
Me vengo ahora al Siglo XXI, para leer el segundo tomo de Ether, la serie de Matt Kindt y David Rubín. Esta vez, como uno ya conoce un poco más de este mundo fantástico y alucinante, hay cosas que deslumbran un poquito menos. Sobre todo las peripecias en el mundo de Ether. Que están buenísimas, son divertidísimas y están dibujadas por Rubín como la hiper-concha de Dios, con unos trucos narrativos y de puesta en escena sensacionales. Pero son eso: peripecias en las que los héroes están siempre al filo de la muerte y siempre zafan con lo justo. Kindt le pone onda a los diálogos y al desarrollo de los personajes secundarios, y hace que todo sea sumamente llevadero, pero impacta menos que la primera vez. Para compensar, ya desde la primera secuencia del tomo, el guion nos deja en claro que las emociones más fuertes, las revelaciones más shockeantes y los momentos que realmente van a marcar un antes y un después en la vida de Boone Días, esta vez sucederán en el mundo real. Algo que en el Vol.1 estaba apenas latente, que es la relación entre Boone y su hija, acá se convierte en el eje dramático de todo el tramo de la saga que transcurre en nuestra dimensión. Y está resuelto con magistral mala leche por un Kindt brillante y diabólico, que no tiene reparos en desgarrarnos el alma a quienes nos hicimos hinchas de Boone. El dibujo es una fiesta, de punta a punta. Hay páginas en las que los globos que contienen los diálogos están demasiado grandes y cubren demasiada superficie de la que uno quiere ver ocupada por el trazo hipnótico de Rubín. Pero después se calman, y los globos adquieren el tamaño ideal. El color es glorioso, los efectos, las texturas, esas secuencias en las que los personajes flashean que están cada uno en un comic distinto, y Rubín los dibuja en estilos distintos... En cada página la fantasía estalla como una supernova y te convence de que leer historietas es lo más lindo del mundo. El tema es que las historietas con este nivel de creatividad y de riesgo no son tantas. Ether está MUY por encima de la típica saga de aventuras en mundos fantásticos, por la tridimensionalidad de los personajes y el espesor de los conflictos, sobre todo en lo que tiene que ver con el vínculo de Boone y su familia. Se puede leer, si querés, como una de machaca en mundos limados para entretenerse un rato. Pero Kindt y Rubín se animan todo el tiempo a sumarle capas de profundidad, y eso la hace todavía más adictiva. Veremos con qué me encuentro en el Vol.3, que es el último que tengo (y en una de esas, el último que existe). Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog, y el miércoles a las 22:30 con una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando. Gracias y hasta entonces.

No hay comentarios: