el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 18 de noviembre de 2014

18/11: SLEEPWALK (AND OTHER STORIES)

Y un día las reglas cambian. Estaba muy claro, lo dije muchas veces, que este blog nunca iba a tener publicidad, y a partir de hoy, hay un recuadrito con avisos. ¿Qué pasó? Básicamente, lo que pasó es que hace varios meses que tengo un pinzamiento jodido en el ciático, que me molesta mucho para caminar o estar parado. Los médicos me recomiendan no cargar peso y eso implica parar un poco con mi trabajo como distribuidor que consiste, en buena medida, en cargar peso.
Mientras me re-organizo, o mientras consigo otro trabajo en otra cosa, vamos a tener publicidad en el blog. Así, si cada uno que entra a leer las reseñas le da un click al recuadrito de los avisos, a mí me van a entrar unos manguitos como para poder aflojar con la distribución y cuidar un poco más mi salud. Y si muchos hacen click y entra un billete importante... ya sabés que se va a invertir en nuevos libros para reseñar en el blog. Entre todos (entre los 29.000 monos que visitan cada mes este blog) pueden ayudar (con mínimo esfuerzo) a que mi físico no se siga deteriorando. Desde ya, mil gracias.
Vamos a la reseña, sin perder más tiempo. Este libro ofrece 16 historias cortas del maestro Adrian Tomine, realizadas entre 1994 y 1997, cuando Optic Nerve era una revista promisoria, que salía de vez en cuando y sorprendía con un estilo de historias que no se veía en ningún otro lado. En su momento las había leído todas (yo era uno de los 14 fans incondicionales de Optic Nerve) pero hoy, a la hora de releerlas, no me acordaba de ninguna. Tenía muy presente, por supuesto, los climas, los tiempos, que es algo que distinguió a Tomine desde el primer día. Las historias, en cambio, me volvieron a sorprender como hace 20 años.
Quiero rescatar varias: Echo Ave., por el laburo de Tomine con la grilla de 12 cuadros. Long Distance, apenas dos paginitas, por la idea, y porque me sentí identificado. The Connecting Thread, por la decisión de narrar todo mediante bloques de texto, que encima están muy, pero muy bien escritos. Supermarket tiene un planteo excelente, grandes diálogos y un trabajo sublime en los grises, que no parecen tramas mecánicas sino aguadas, aplicadas con un criterio exquisito.
También banco mucho a Hostage Situation, por la idea extrema, porque hay algo así como un conflicto, una tensión posta, jodida de verdad. Dylan & Donovan me pareció la mejor de las historias típicamente “tominescas”, esas llenas de introspección, casi sin conflictos, en las que todo pasa por las relaciones entre personas que no se quieren, no se encuentran, no se escuchan o no se entienden. Unfaded me gustó porque coquetea con la comedia y porque Tomine juega a ser Joe Sacco o Robert Crumb y busca crear texturas e iluminaciones con unos cross- hatchings escalofriantes, logrados con un plumín que parece un bisturí. Six Day Cold es la que me pareció mejor dibujada, con la clásica grilla de Watchmen y un claroscuro perfecto, muy bien complementado con las tramas mecánicas. Por ahí el guión es medio “más de lo mismo”, pero el dibujo es devastador.
Y dejo para el final la que más me gustó: Summer Job, una de las más extensas (15 páginas) y la única que rompe un poco con la tónica de los personajes retraídos, alienados, traumados, que sufren y se cuestionan absolutamente todo lo que les pasa. Acá el protagonista es Eric, un pibe que caga olímpicamente a sus jefes (que también son unos garcas importantes) y basurea a sus compañeros de trabajo sin ningún remordimiento. El pibe encontró la forma de laburar poco, ganarse unos pesos y además imprimir un fanzine con costo cero. Para eso hay que mentir bastante y para que la mentira no se desplome hay que estar alerta, no podés estar boludeando, pensando en la minita de la secundaria que no te daba bola. Sin renunciar al verosímil, ni al ritmo pachorro, ni a los diálogos apenitas más filosos que los que intercambiamos todos los días en el mundo real, Tomine logra una historia distinta, más vital, más ganchera y mucho menos melancólica. Casi una de Buddy Bradley sin garches, ni vómitos, ni drogas, ni peleas entre borrachines.
Si te hiciste fan de ese estilo distante, cerebral y a la vez intimista a más no poder que perfeccionó Adrian Tomine a lo largo de su carrera, seguro ya llegaste a Sleepwalk. Si todavía no lo descubriste, este es un gran tomo para empezar: no tan crudo como 32 Stories y no tan frío como Summer Blonde o Shortcomings. Una joyita noventosa bien lo-fi, bien a contramano de la estridencia que reinaba en aquellos años en el comic yanki.

domingo, 17 de abril de 2011

17/ 04: SHORTCOMINGS


Esto es brillante. No hay otra palabra para describirlo. Shortcomings es tan bueno, que ni dan ganas de reseñarla. Es una onda “leé esto, o condenate a vos mismo a no existir”.
Shortcomings es una cátedra de guión. Una cátedra que deberían cursar todos esos cineastas con ínfulas de hacer “cine de autor”, pero con cinco pesos para filmar. Si estás condenado a las historias realistas y urbanas porque no tenés presupuesto para hacer explotar autos, vení a visitar al maestro Adrian Tomine, que en un poco más de 100 páginas te explica todo. Cómo se arman los personajes, cómo se entablan y desarrollan los conflictos, qué partes no aportan nada a la trama y –por ende- conviene obviar mediante la elipsis, dónde y cuándo darle dramatismo a algo que si fuera todo el tiempo dramático se haría insostenible, y sobre todo, cómo generar diálogos creíbles y atractivos, que se carguen al hombro la responsabilidad de llevar adelante la historia, ya que –como en la vida misma- casi no hay margen para la acción física.
En esta novela gráfica, todo gira en torno a Ben Tanaka y su no muy satisfactoria relación con su novia, Miko Hayashi. La primera parte se centra en eso: en las tensiones que hacen que el futuro de esta pareja sea menos promisorio que el del PJ Federal. La segunda parte gana muchísimo en interés, en parte por la distancia entre Ben y Miko (que permite la entrada en escena de otras chicas) y sobre todo porque gana mucho protagonismo Alice Kim, la amiga gay de Ben, que es –lejos- el personaje con más onda de la novela. Y en el tercio final, el elenco protagónico vuelve a reunirse, pero en una situación totalmente distinta a la del principio y –mirá qué innovación vanguardista- todo se resuelve. No como te lo imaginás, para nada, pero todo se resuelve. Y todo cierra, todo suena absolutamente real, verosímil, coherente.
Shortcomings tiene un montón de ingredientes de nuestra vida sentimental real: amores y desamores, inseguridades, conflictos por boludeces, canchereadas que salen mal, traiciones misérrimas, lealtades más allá de todo, momentos en los que te sentís capaz de hacer cualquier cosa por esa mina, momentos en los que no te importa en lo más mínimo, momentos en los que tirás el orgullo a la mierda con tal de acceder a la cama indicada, los amigos que aconsejan, los fantasmas de los y las ex que complican las cosas… El maestro Tomine, con esa carita de nerd que se casó con la primera mina que le dio bola en su vida, demuestra (una vez más) tenerla muuuuy clara en este tema de las relaciones de pareja, y recorre este laberinto con onda, con certeros dardos de mala leche y con su habitual mirada desapasionada, distante, como si nos contara un documental sobre la migración de las aves marinas del archipiélago de la Polinesia. El tipo ama a estos personajes, pero no tiene problemas en hacerlos quedar como unos imbéciles, o como unos turros, o como unos inmaduros que no saben qué carajo quieren hacer con sus vidas. Tal vez ese sea su más notable acierto.
El dibujo de Tomine no evolucionó demasiado desde aquellos primeros trabajos en los albores de los ´90. En ese entonces ya era asombroso y hoy todavía sorprende por su realismo pero además por su capacidad de síntesis de dibujar un mundo real en el que no sobra información, ni detalle, ni nada. Tomine es como un Daniel Clowes sin el factor freak, o como un David Lapham sin violencia ni estridencia. Un virtuoso de inmensa categoría para construir secuencias (casi todas de gente que habla) tensas, ajustadas, con muchas viñetas por página (nunca menos de siete), chiquitas y a veces reiterativas, como las vidas que nos quiere mostrar. Tomine también cuida muchísimo el equilibrio entre masas negras y espacios blancos, elige con gran criterio dónde meter los tramados y cada tanto deslumbra con la aparición de detalles (en la ropa, en los muebles, en las calles) que sólo un ojo muy perspicaz puede pescar y sólo una mano muy diestra puede transmitir al papel.
Sin persecuciones, ni piñas, ni explosiones, casi sin gritos y con apenas un garchecito muy light, también se puede crear obras maestras del Noveno Arte. Cuando la sabés mirar como la mira Tomine, la vida cotidiana de la gente real también puede ser un terreno sumamente fértil para cultivar grandes historias, con personajes memorables y hasta con espacio para hablar (medio en serio y medio en joda) de algunos de los temas importantes en la sociedad actual. La frase de cierre tiene que ser la misma con la que empecé: posta, esto es brillante.